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En el pueblo hay una plaza, en la plaza hay una iglesia y en la iglesia hay un órgano

En el pueblo hay una plaza,
en la plaza hay una iglesia
y en la iglesia hay un órgano

por RICARDO ARICAPA • Fotografías de Juan Fernando Ospina


El libro de los parques Noviembre de 2013

El dragón de la Catedral

“En el pueblo hay una plaza, en la plaza hay una iglesia y en la iglesia hay un órgano” era una retahíla que se usaba antes para enseñarles a los niños a leer y a escribir, y de paso dejarles claro el orden natural de las cosas.

Ese antes es 1933, el pueblo es Medellín, la plaza es el Parque Bolívar (ya con el Libertador de bronce montado en su caballo), la iglesia es la recién terminada Catedral Metropolitana (tan enorme para la ciudad de entonces que se alcanzaba a divisar desde ambos extremos del Valle de Aburrá), y el órgano es un aparato no menos desmesurado, comprado a la prestigiosa casa alemana Walcker, el más grande y costoso de cuantos se cotizaron, como correspondía al tamaño y prodigio del templo.

El órgano traía incorporado lo último en tecnología, en una época en que los organeros competían por construir un instrumento de sonoridad universal, es decir, que a la par con el sonido romántico que traía del siglo XIX tuviera el brillo metálico del período barroco; mejor dicho, una vuelta al siglo de oro de ese aparato, cuando el devoto Johann Sebastian Bach lo usaba para comunicarse directamente con Dios.

Seis meses tomó en Alemania la construcción del órgano de La Metropolitana, y tres más demoró su traslado a Medellín, primero en buque, luego en barco por el río Magdalena, y después a lomo de mula desde Puerto Berrío, desarmado y empacado en cajas. Con él llegó para armarlo el ingeniero Oskar Binder, quien ordenó reforzar el sotacoro con una estructura metálica capaz de soportar las veintidós toneladas que pesa y la vibración del motor de tres caballos con el que hace trinar sus tres mil 478 flautas, la más grande de seis metros de largo y la más pequeña de seis milímetros, lo que le permite reproducir sonidos de trompetas, bombardas, oboes, clarinetes, flautas, violonchelos, campanas y hasta la voz humana; toda la paleta de colores de una orquesta que se maneja desde una pequeña consola con cuatro teclados, tres para tocar con las manos y uno con los pies.

Es el instrumento más grande del país y el papá de todos los órganos de Antioquia. Mide diez metros de alto, doce de ancho y cinco de fondo, y con su maderamen de palo santo oscuro y sus largos tubos a la vista semeja un dragón echado, al que no le falta sino botar candela cuando retumba con toda su potencia en la inmensidad de la Catedral, su caja de resonancia, una inmensidad de 97 mil metros cúbicos.

Binder, el ingeniero alemán que lo instaló, se quedó un tiempo en Medellín y luego se radicó en Bogotá, donde formó su propia compañía especializada en reparación de órganos. Y eso fue lo mejor que le pudo pasar al órgano de la Catedral: le aseguró buen mantenimiento por muchos años, los que alcanzó a vivir el longevo Binder, quien lo mantenía al pelo, como se dice. En 1975 Binder lo refaccionó y reforzó; le modernizó los mecanismos electrónicos y le adicionó un juego de trompetas de cobre para que sonara más fuerte. Ese mismo año se celebró el Festival Internacional de Órgano de Medellín, que vio desfilar a los mejores organistas del mundo.

Esos festivales, en su primera época, los organizó y dirigió Hernando Montoya, el personaje más entrañable que ha cuidado al dragón, pues lo tocó durante casi cuarenta años y, mientras vivió, fue considerado el mejor organista del país. Quién sabe cuántas de las personas que iban a las misas lo hacían solo para escucharlo tocar, acompañado los domingos por un coro numeroso. Asistía mucha gente en ese entonces, pues la devoción todavía flotaba en el aire y la feligresía llenaba las iglesias; no como hoy, que es cada vez más escasa: a la última misa matutina que se celebra entre semana asisten unas cien personas mal contadas, que vistas desde lo alto del órgano parecen migajas esparcidas.

Los años noventa no fueron buenos. Binder murió, el órgano se desajustó, perdió brillo y vigor, y no tuvo quien lo auxiliara. Se necesitó una circunstancia fortuita para que en el año 2002 la Arquidiócesis decidiera meterle la mano.

Ese año se anunció la gira por Colombia de Pierre Pincemaille, organista titular de Saint-Denis, la catedral de París donde reposan los restos de todos los reyes de Francia y, por lo mismo, plaza obligada para organistas de gran importancia. Y Pincemaille sí que era una celebridad mundial, en especial por sus magistrales improvisaciones. Su gira por el país fue promovida y financiada por la embajada francesa en misión de intercambio cultural. Así que tocó refaccionar el órgano a las carreras y ponerlo a tono para la importante gala.

“Yo no lo reparé totalmente, lo limpié y le hice una intervención técnica puntual para que se pudiera tocar ese concierto”, dice Francisco Serna, el organero que llamaron para realizar el trabajo, cuya mayor recompensa fue que después del concierto el propio Pincemaille lo buscó para felicitarlo. El órgano siguió entonces con sus achaques, a medio sonar, hasta que llegó otro golpe de suerte. Esta vez fue la embajada alemana la que se interesó por él, en razón de que fue catalogado como patrimonio cultural por ser de los pocos órganos construidos antes de la Segunda Guerra Mundial. El gobierno alemán asumió buena parte de su restauración, y lo demás corrió por cuenta del gobierno local y la empresa privada. El trabajo lo realizó la casa organera alemana Oberlinger, que pasó factura por casi 700 millones de pesos. Francisco Serna, paisa al fin y al cabo, dice que él la habría hecho por cien millones de pesos y le habría quedado mejor, porque, a su juicio, la restauración que hicieron los alemanes quedó con fallas.

No son muchos los organistas que han posado sus manos y pies en el órgano de la Catedral. Después de Hernando Montoya, el más duradero fue Guillermo Gómez, un sacerdote todoterreno que le revolvía de todo a su labor pastoral: programas de radio, conferencias académicas y devoción por la música. Tocaba muy bien el piano y el órgano, en especial la obra de Bach. Tenía incluso su propio Guinness Records: fue el primer sacerdote pianista del mundo en interpretar las 32 sonatas de Beethoven y los 48 preludios y fugas de Bach. Su último proyecto, maratónico, fue tocar toda la obra de Bach, y para ello programó un ciclo de conciertos el último domingo de cada mes. Cuando la muerte se atravesó en su camino tenía conciertos programados hasta el año 2015.

En la actualidad el organista titular es Octavio Giraldo, pianista y organista jubilado de la Facultad de Música de la Universidad de Antioquia. Su hijo Esteban, de treinta años, es el organista auxiliar, y lo más seguro es que herede el lugar de su padre.

El venerable órgano de La Candelaria

El Parque Berrío fue una apacible plaza pueblerina donde vivían en casas de balcón las más distinguidas familias; había mercado los domingos, manifestaciones públicas, paradas militares y hasta fusilamientos. Entrado el siglo XX, después de varios incendios, se reconstruyó con una nueva vocación: ser el centro de referencia de la pujanza industrial, cafetera y minera de Antioquia, sede de bancos, edificios empresariales y oficinas del gobierno. Y así duró hasta que el Metro se atravesó y lo volvió estación de paso. El desempleo y el rebusque hicieron el resto. Se puede decir que recuperó la vocación de plaza de mercado de antaño, pero al estilo y al ritmo de la economía informal de ahora.

Lo único que ha permanecido invariable es el venerable órgano de la iglesia de La Candelaria, porque hasta esta sufrió cambios importantes; por ejemplo, antes era de ladrillo a la vista y ahora es blanca. Y es venerable porque es el órgano más antiguo que se conserva en la ciudad, traído en 1850 gracias al dinero que donó un rico a la parroquia a cambio de indulgencias. La idea era comprar un órgano acorde con las dimensiones y la importancia de La Candelaria, por entonces el principal templo de Medellín y de Antioquia, tierra abonada para la misa y el rosario. Su construcción se encargó a la casa Walcker de Londres, y llegó por la ruta acostumbrada del Magdalena y las trochas para reemplazar uno modesto que habían construido los organeros jesuitas.

Lo que no está claro es si ese fue el órgano que se pidió a la Walcker. Según una versión, que algunos consideran leyenda, iba para otra ciudad pero por una confusión en los trámites terminó en Medellín. Una posible prueba de ello es su tamaño, que resulta mastodóntico para una catedral de mediano calado como La Candelaria. El caso es que la Walcker tuvo que dejarlo acá. Y así fue como La Candelaria quedó dotada con el órgano más grande y fino de cuantos hasta ese momento se habían importado al país, con quince registros de sonidos diferentes, dos teclados manuales y el pedalero. Lo que no hubo fue quién lo instalara. De esa tarea se tuvo que encargar un arquitecto y mecánico alemán radicado en Medellín que sabía hacer de todo: Enrique Haeusler, el mismo que construyó el Puente Guayaquil y le hizo una reparación importante a la iglesia de La Candelaria. No era organero ni músico pero se le midió a instalarlo, asesorado en el trabajo de afinación por un músico inglés que hacía parte de la comisión científica de Codazzi.

Tampoco faltó quién lo tocara, pues en la ciudad había buenos pianistas que podían hacerlo. El más connotado fue el compositor Gonzalo Vidal, maestro de capilla de La Candelaria por muchos años y autor de la música del himno antioqueño.

En 1914 el órgano se refaccionó y se le adicionó el registro de la voz humana. En 1978 lo restauró Oskar Binder, quien no le modificó nada sustancial, de tal suerte que se conserva casi igual a como era hace 163 años. Una joya afónica, según el organero Francisco Serna, porque la refacción más reciente le dejó escapes.

Pero así estuviera en perfecto estado su sonoridad no se podría apreciar, la bulla que se cuela desde la calle no permite escucharlo en todo su esplendor. No hay que olvidar que el órgano se inventó para la solemnidad y el silencio de las catedrales, necesita ese ambiente como las cometas necesitan el viento, y La Candelaria está rodeada de ajetreo y bulla, siempre expuesta a la formidable banda sonora del rebusque, o sea a los gritos de los fruteros, el pregón de los baratijeros, las guitarras de los merenderos, los tambores de los hare krishna, los pitos de los carros, el perifoneo de los loteros, el “¡cójalo!” que sigue a los carteristas…, en fin, los nuevos mercaderes del templo.

Es una iglesia de paso y de pobres, como la define Yolanda Niño, la secretaria mayor de la parroquia. Y de viejos, se podría agregar, pues casi toda su clientela es gente mayor, el promedio no baja de cincuenta años, con uno que otro joven por ahí entreverado. Para ellos, durante todas las misas de la mañana, toca el órgano Lubín Alzate Sánchez, maestro de capilla desde hace dieciocho años.

Lubín es un hombre bajo, cercano a los setenta años y magro como un arpegio. Pertenece a esa vieja guardia de buenos organistas que se formó a la sombra de Hernando Montoya. De ahí que no le falte algo de razón cuando dice que la gente que lo visita solo se interesa en el órgano, mas no en el ejecutante; se queja de que nadie le pregunta por su salud, sus necesidades y condiciones de trabajo. Sus razones tendrá Lubín para quejarse.

El Merklin que trajeron los jesuitas

En 1905 llegó de Europa el órgano para la iglesia de San Ignacio, templo insigne de los jesuitas en Medellín. Aquel año el templo celebraba cien años de existencia, todavía con la fachada a medio hacer, porque el arquitecto Agustín Goovaerts aún no le había construido el frontis barroco. La compra del órgano hizo parte de la celebración. Y sí que había razones para celebrarlos, considerando lo difíciles que fueron para la Compañía de Jesús, perseguida y expropiada por los liberales radicales durante las guerras civiles del siglo XIX. En una de esas le confiscaron el colegio y el claustro, que estarían dos décadas en manos de la autoridad civil.

Para 1905 solo había dos órganos en el departamento: el de La Candelaria y el de la Basílica de Santafé de Antioquia. Después llegarían muchos más, que obviamente serían ubicados en templos religiosos, porque en nuestro medio el órgano es especie endémica: solo habita en las iglesias. Distinto a Estados Unidos, por ejemplo, donde la industria del cine lo usó en los teatros como banda sonora de las películas mudas, con dispositivos alterados para que diera el sonido de gritos, disparos, estruendos, portazos…

No hay duda de que los jesuitas hicieron una buena inversión con la compra de este órgano, que es un valioso bien patrimonial tanto por sus sonidos como por su constructor, Joseph Merklin, famoso organero alemán que en su tiempo hizo notables aportes al desarrollo de estos aparatos, tan exitoso que no daba abasto para atender los pedidos. Varias iglesias importantes de Europa tienen órganos fabricados por él, y el del templo de San Ignacio fue uno de los últimos que construyó en su taller de París, pocos años antes de morir.

“Sus enflautados son una maravilla, de sonoridad exquisita”, dice Francisco Serna, quien tuvo la oportunidad de meterle la mano en 1999, cuando lo llamaron para que lo reparara. Lo limpió, lo ajustó y cambió la viga del segundo nivel de enflautados, que estaba carcomida por el comején.

Fue el segundo órgano que Francisco reparó en su vida. El primero fue el de La Veracruz, dos años atrás, trabajo que se le encomendó como último recurso para salvar el órgano. Llevaba treinta años fuera de uso y estaba en pésimo estado, tanto que ni la compañía de Oskar Binder lo quiso reparar. Además, en una ciudad en la que los organeros se cuentan en los dedos de una mano y sobran dedos, el párroco de La Veracruz no encontró quién más le hiciera ese trabajo, y menos con el presupuesto tan famélico que había disponible.

“Pero me le medí”, dice Francisco, cuya única experiencia en la materia era el año que había sido ayudante en la reparación del órgano de la iglesia del barrio Manrique, de la misma marca que el de La Veracruz: un Casavant canadiense. También había adquirido conocimientos teóricos como autodidacta y desarrollado algunas habilidades en tecnología aplicada. Aprendió desde muy joven a tocar el piano y el clavicémbalo en el Conservatorio Nacional de México. El organero es un artesano que debe conjugar varios saberes, desde la mecánica, la carpintería y el manejo del cuero, hasta la ingeniería eléctrica, la música y la acústica.

Dos años le tomó a Francisco la reparación del órgano de La Veracruz. En la sola limpieza se demoró un mes, por el hollín acumulado en los tubos y el excremento de ratas, murciélagos y palomas, que en algunas partes formaba un tapiz de hasta un centímetro de espesor. Este aprendizaje le permitiría luego encarar la reparación de los órganos de la iglesia de San Ignacio y la Catedral Metropolitana.

Hoy, el órgano de San Ignacio se encuentra otra vez desarmado y en reparación. Según Francisco, otro organero con más créditos académicos (pero no con más conocimientos, enfatiza) diagnosticó que su trabajo anterior había quedado mal hecho y propuso una nueva. Gajes de la competencia entre organeros.

Pobreza franciscana

Además de organero, Francisco Serna es egresado de historia de la Universidad Nacional y autor de una tesis sobre los órganos en Antioquia. Contó 37 en Medellín y los demás municipios; la mayoría están en un estado deplorable, tanto que las reparaciones que les han hecho a algunos ha sido más labor de salvamento que de mantenimiento.

El que está en peor estado tal vez sea el órgano de la iglesia de San Antonio, el insigne templo de la orden de San Francisco en Medellín consagrado a San Antonio de Padua, un monje del siglo XIII que toda su vida hizo milagros y alguna vez se anotó uno portentoso: para convencer a un marido celoso de que el bebé que acababa de tener su esposa sí era suyo, hizo que el bebé hablara y le confirmara que sí, que verdaderamente él era su padre.

Este templo data de finales del siglo XIX pero fue reformado totalmente entre los años 1929 y 1945, cuando se construyeron sus amplias naves, sus preciosos altares de madera y su gran cúpula. Sobre el sotacoro se instaló el órgano, instrumento construido en España por Esteban Dourte, un artesano vasco que, según Francisco Serna, encarnó el momento culminante de la vieja escuela organera catalana-aragonesa. Por eso es interesante y vale la pena recuperarlo.

Este órgano no suena desde hace más de treinta años. Lleva todo ese tiempo dañado y a merced del comején. Y aunque desde abajo uno lo vea impecable en su elegante maderamen repartido en dos cuerpos, al acercarse ve la ruina en que se encuentra: la consola está carcomida y en harinas, y tiene malas las secretas, los fuelles, el motor, las bases, todo. Lo único bueno es su tubería, que es muy valiosa. “Y si hay tubería, hay órgano, se puede restaurar”, dice Francisco, quien tiene razones para decirlo porque hace quince años lo llamaron para que lo revisara y cotizara la restauración. También tiene como experiencia haber restaurado un órgano similar en Aguadas, Caldas. Según sus cálculos, restaurar este órgano puede costar 120 millones de pesos, “y eso bajita la mano porque yo no soy carero”.

De todas maneras, 120 millones es un billete largo para una comunidad como la de San Francisco de Asís, que vive de la caridad. Su pobreza es proverbial. Además, la ponchera tampoco es que ayude mucho, porque el templo de San Antonio es tal vez el menos concurrido del Centro. Los usos que ha adquirido el parque en los últimos años aislaron el templo del contexto urbano y lo vaciaron de feligreses. La mañana en que lo visitamos, a eso de las siete y media, había catorce personas en misa –o trece, porque uno de los señores roncaba plácidamente en una de las bancas–.

Sin embargo, esos pocos feligreses tienen un órgano que acompaña las misas. La parroquia compró uno eléctrico cuyo sonido se amplifica con altoparlantes, y que interpreta el hermano Julián enfundado en el tradicional hábito café con cordoncillo blanco de la orden.

El hermano Julián abrazó desde muy joven la causa religiosa, y lleva varios lustros sirviendo como sacristán en el templo de San Antonio. Es un hombre fornido y de pocas palabras, además de arisco, quien aparte de preparar las misas tiene en la responsabilidad de tocar el órgano eléctrico, un aparato que apenas si zurrunguea, como él mismo lo reconoce.

Teclado y pedalero, órgano de la Iglesia de San Antonio.

El gran órgano de San José

En 1955 las familias pudientes que vivían en torno a la iglesia de San José decidieron reunir el dinero necesario para dotarla de un órgano digno de su importancia. La mejor oferta que recibieron fue un órgano español construido en 1922, restaurado y mejorado, y casi tan grande y rico en sonoridad como el de la Catedral Metropolitana: tres mil flautas y 44 registros; un portento de aparato, el segundo más grande de Antioquia. El organero Oskar Binder estuvo a cargo de su restauración, lo que lo cotizó más. No en balde lo utilizaron para acompañar la grabación de un disco, el primero de esas características que se grabó en Colombia.

En el año 2002 tuvo un daño eléctrico que afectó parcialmente su funcionamiento, pero ahí estuvo Francisco Serna para repararlo y de paso hacerle algunos ajustes. En 2010 la junta de arte de la Arquidiócesis decidió restaurarlo en su totalidad, un trabajo que costó 500 millones de pesos y le fue encomendado a otro organero.

El cuarto de hora de Francisco como reparador de órganos al parecer ya pasó, hace rato no utilizan sus servicios. Reconoce que el mercado de la reparación, que de por sí es escaso, está copado por nuevos organeros: “lo malo –se queja– es que quieren acreditar su trabajo desacreditando el mío”.

Entretanto sigue alimentando un capricho personal: terminar el órgano que empezó a construir de manera artesanal, pieza por pieza, hace algunos años. Es la réplica de un órgano cortesano español de la época de la Colonia, que lleva apenas en la mitad por falta de recursos, pues hoy se tiene que ganar la vida como profesor de música.

También ha empezado a incursionar en el mercado de los detergentes. Le hizo caso a la recomendación de un amigo y empezó a fabricar un jabón líquido cuya fórmula él mismo ideó. La creó para limpiar órganos, pero descubrió que también funciona para lavar platos porque es biodegradable y no es hostil con las manos. Ya lo patentó y lo fabrica en su propia casa. “Facilín”, se llama, y valga la cuña. “A lo mejor tengo más futuro con los detergentes que con los órganos”.


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Un silencio sostenido

Un silencio sostenido

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ


Número 45 Mayo de 2013

El maestro llegó del Centro y se puso a sintonizar un radio de tres bandas, de esos en los que se pescan las frecuencias más remotas. Entre el ronquido hertziano alcanzó a oír las notas de Hacia el calvario, transmitidas por Radio Moscú. La música había cruzado la Cortina de Hierro, y en ese momento él la estaba oyendo allí, en su casa de Pichincha, en el barrio El Salvador.

No les dijo nada a sus hijos, apagó el radio, abrió el piano y siguió pulsando las teclas hasta el mediodía, en el almuerzo, cuando le comentó a Raquel, su esposa, que los rusos estaban poniendo esa canción.

Este Carlos tan requeñeque para hablar, diría ella. ¡Cómo es que oye su propia canción por allá, desde el otro lado del mundo, y se queda callado!

Iba al Café La Bastilla todos los días a encontrarse con León Zafir, ‘El Vate’ Gonzalez, Tartarín Moreira o José Mejía y Mejía, los infaltables de esa mesa. Vieco anclaba allí, pedía un tinto, se lo bogaba en silencio, sin dejar de teclear en las rodillas el piano invisible que siempre llevaba consigo. De pronto, se sorbía el poso del café, se paraba y decía: “bueno, hablamos…”. Y esas podían ser las únicas palabras que decía en toda la mañana.

Oía en su cabeza acordes y arpegios todo el tiempo, y pensaba que el resto del mundo también los oía y por eso no hacía falta decir nada. Su cabeza bullía como un panal de notas. “No me pregunte nada, por favor”, decía con frecuencia al gacetillero de turno que soñaba con la entrevista a ocho columnas. “Dígame qué quiere que le toque”, agregaba, para no parecer desatento.

Al cumplir los dieciocho, y ante el temor de ser reclutado para el servicio militar, Carlos Vieco se refugió en casa de sus padres durante tres meses. Allí llegó un pariente a sugerirle que huyera hacia la parte alta del cerro El Salvador. La idea le quedó sonando y se sentó a componer la canción Echen pal morro, un llamado a la desobediencia en ritmo de pasillo.

En la Escuela de música de Santa Cecilia el maestro de Vieco, Jesús Arriola, convenció a unos intérpretes para que la tocaran. La melodía se estrenó con aplauso cerrado en el Circo España, el escenario más popular de Medellín en los años veinte. De golpe, la pieza comenzó a ser parte del repertorio de los rollos de pianola, la música mecánica que sonaba a lo largo de la Villa. Pocos sabían que su autor era un tímido joven que enseñaba guitarra a las señoritas de la alta sociedad.

Carlos intentaba componer desde los siete años, según la leyenda familiar. Su padre, don Camilo Vieco, ebanista de profesión, también interpretaba varios instrumentos, pues había heredado el gusto por la música de su padre Emigdio Vieco, un flautista de origen italiano radicado en Yolombó en el siglo XIX.

Después de emigrar a la capital de Antioquia desde el Nordeste, Camilo conoció a María Teresa y fundaron un hogar curioso en estas tierras. Si para cualquier patriarca antioqueño la idea de que un hijo suyo se vuelva artista es sinónimo de bohemia, pobreza y holgazanería, Don Camilo en cambio pensaba que este era el mejor destino para su prole. Así que no solo matriculó a los nueve en escuelas de arte, sino que además les infundió el gusto estético que lo llevó a tallar en madera el altar mayor de varias iglesias, a tocar guitarra y a componer pasillos. Al cabo del tiempo los hermanos de Carlos no fueron diletantes sino artistas de verdad: músicos, pintores y escultores con obras renombradas. Carlos, el benjamín de la casa, después de estudiar en el Liceo Antioqueño aprendió dictado musical y armonía, como el resto de sus hermanos, para luego conformar la orquesta de los Vieco, que era un furor en los bailes de salón y en los festivales de la canción antioqueña.

Otra de las piezas más celebradas del maestro fue su obra Noches de Agua de Dios, compuesta a beneficio del leprocomio donde estaba recluido el también compositor Luis A. Calvo. Faltaban solo doce días para el acto benéfico cuando desde Agua de Dios encomendaron a un locutor que entregara la letra a Gonzalo Vidal, autor de la música del himno antioqueño. Este pretextó que era muy poco tiempo para inventar una melodía. Sugirió el nombre de ese muchacho que había compuesto Echen pal morro, cuyo talento apenas empezaba a trascender. “Ese lunes llegué a la casa, me senté al piano y me dediqué a escribir –dijo Vieco un día que andaba locuaz–. Francamente no creo que me haya demorado más de media hora. Al día siguiente, martes, madrugué, como suelo hacerlo desde joven, y le llevé la música al locutor”.

Después del estreno en el Teatro Bolívar, la facilidad para componer y el talento que resonaba en las melodías de Vieco empezaron a pregonarse por todo el país. El propio Luis A. Calvo, autor del Intermezzo número dos, vino a conocer a ese prodigio de la lied paisa. Tocaron a cuatro manos varias piezas, pero después de la visita las tías de Carlos lo obligaron a bañarse en alcohol, porque cómo se le ocurría tocar en el mismo piano con un leproso. Vieco quedó contagiado del deseo de hacer una música refinada como la de Calvo. Varias circunstancias se cruzaron para frustrar la obra que quería hacer, a la que le dedicaba largas horas y que guardaba con orden en un secreter de tres piezas. Esta música, compuesta en más de tres mil partituras, tiene un aire algo distinto de las canciones del sentir popular, las que el mercado y los poderosos le impusieron, junto con las medallas para adoptarlo como un símbolo de la raza montañera.

Hasta hoy la imagen que tenemos de Vieco es la de un compositor popular. Sus piezas aluden a escenas bucólicas que recuerdan lo que se va quedando atrás por el delirio de modernidad y la migración de los campesinos hacia la urbe. A eso tal vez se deba el eco emotivo de canciones como Adiós casita blanca o Tierra labrantía, que obligaron al maestro a hacerle más caso a ese sentimiento que a su propio deseo de hacer otra clase de música.

En 1937, en otra sesión con sus amigos del Café, León Zafir le entregó una letra para que la enviaran a un concurso que organizaba Bellas Artes. En la misma mesa el autor sacó las notas en veinte minutos. No pasó nada esa vez, y entonces Vieco, algo dolido, la mandó a un concurso en Estados Unidos, porque le gustaban las competencias. Para este segundo concurso sí les avisó a los suyos que iban a dar el veredicto por radio. Se reunieron en la sala alrededor del transistor. Un locutor de una cadena americana anunció en español los nombres de las canciones. El grito unánime se escuchó en todo el barrio. Te vi cultivando rosas había quedado de tercera entre quinientas canciones de Latinoamérica.

El reconocimiento público no disipó su inspiración, que ya tenía domesticada a punta del ejercicio cotidiano frente al piano y la escucha intensiva de las piezas en el almacén musical de su hermano Alfonso, en la Avenida De Greiff. Vieco se sentía atraído por la música europea, en especial por el vals, la zarzuela y la opereta. En alguna ocasión comentó: “qué dirá la gente si escucha estas cosas, les debe sonar muy raro”.

En 1937 se estrenó en el Teatro Junín como director de su opereta El romance esclavo, con letra de Arturo Sanín. La trama de la obra es la historia de una dama de alcurnia que en un veraneo en Santa Fe de Antioquia se enamora hasta la perdición de un esclavo. Al regresar a la Villa de la Candelaria sus padres la destierran, pues la noticia de su aventura ha llegado antes que ella. Entonces interviene Juan del Corral, quien pugna por abolir la esclavitud y favorece el encuentro de los amantes furtivos. El arrebato amoroso se convierte en el detonante principal de la independencia de Antioquia.

Aunque a las funciones iba poca gente, Vieco estaba contento con su labor de director de opereta, mientras su esposa Raquel llevaba con firmeza la batuta de un hogar con diez hijos y otras cargas de las que no podía entenderse alguien que solo pensaba en componer otra melodía aún más pegajosa que la anterior, o una contradanza para su secreter. La posteridad daría cuenta de otro Vieco, más sutil y profundo, un autor refinado a la altura de Schubert y otros maestros vieneses. Raquel entendía con admiración los largos silencios de su marido, y hasta se reía de ellos en público. Contaba que Carlos se hacía el que escuchaba las confidencias de ella mientras oía esa música interior.

El mutismo del maestro se hizo más hondo después de una tragedia familiar de la que no logró reponerse. Al regresar de su recorrido por el Centro no encontró a nadie en casa, y algunos vecinos de la calle Pichincha le contaron que a uno de sus hijos menores lo había arrollado un bus de servicio público al volver del colegio. La muerte del pequeño lo sumergió en la honda pena de la que habla una de sus canciones. Desde entonces, Vieco, triste y lejano, se refugió otra vez en la creación de una música que parece replicar el tono de su emoción de esos años.

Como saben los pocos conocedores de su obra, los que han repasado las partituras que solo interpretó en su cabeza, Vieco compuso obras en todos los géneros de la música andina. Les puso melodía a poemas de Barba Jacob cuando este aún vivía, y a los de cientos de escritores anónimos que tocaban a su casa para entregarle un papelito o se lo tiraban por debajo de la puerta, con la pretensión de que el maestro pusiera a sonar sus estrofas. Cuando alguna letra le gustaba empezaba a agitar el índice para medir los compases.

En los sesenta, el pasillo, el bambuco y la guabina fueron quedando a un lado por la irrupción de la música costeña de la mano de Lucho Bermúdez, otro prolífico. Vieco, que también hizo galerones, torbellinos, marchas, valses y zarzuelas, e incluso un réquiem de broma para un contertulio del Café La Bastilla, sufrió un traspié creativo. Cuando los productores empezaron a pedirle ritmos que surtieran la fiebre tropical, el maestro, por primera vez en su larga historia de genio repentista, se declaró impotente para traer una cumbia al mundo. Llegó a componer tangos para Agustín Magaldi y obras para Juan Pulido, el divo de Columbia Records, pero pedirle cumbias era demasiado.

Mientras tanto, con su clarinete caribeño, Bermúdez se hacía seguir de un séquito de muchachas hasta el lugar de la pachanga, como en el cuento El flautista de Hamelín. Una tarde el músico costeño y su cola de embrujadas llegaron hasta una finca que tenía Bernardo Vieco, hermano de Carlos, en las lomas de Robledo. El recato de la época los obligaba a hacer los bailes de día para que dejaran ir a las mujeres. Cuando ya la fiesta estaba prendida, se largó un aguacero que se extendió hasta por la noche. Las niñas dejaron de bailar, empezaron a agitarse nerviosas de un lado a otro del zaguán, con temor a la sanción de sus padres por la tardanza. Entonces Lucho Bermúdez, que no pudo convencerlas de que siguieran la rumba, se sentó a componer, en media hora, un tema a manera de crónica sobre lo que estaba pasando: Sal si puedes, un porro que se volvió inmortal. Pedirle a Carlos Vieco una pera de esas era el colmo, sobre todo después de la muerte de su hijo.

Los figurones del espectáculo que visitaban Medellín tenían en sus agendas una visita obligada a la casa del maestro, y se hacían tomar fotos con él mientras Vieco, como siempre, callaba y volvía a preguntar “qué quiere que le toque”. Al final de sus días, cuando una enfermedad lo postró, eran sus hijos los que iban a tocarle sus canciones. Vieco se sintió desesperar con los sonidos de sus propios ritmos, y ordenó que nadie volviera jamás a tocar ese piano.

En una de las escenas de La puntual inspiración, un documental que estaba grabando en casa del maestro, su hijo Julián Vieco, violinista jubilado de la Orquesta sinfónica de Bogotá, extrajo del secreter una partitura, la ensayó en su cabeza un rato y luego se puso a tocar una fantasía colombiana indescriptible, porque como decía el mismo Vieco, “hay otros que tienen palabras para todo, pero yo no he podido”.

“Creo que es la única vez que eso se ha escuchado –me dijo Julián, conmovido–. Lástima que usted no sea músico para entender lo que yo siento”.

A su funeral de tres días asistieron, además de sus amigos, próceres de la república, tunas, coros, reinas de belleza. La multitud tarareaba entre llantos la música de Hacia el calvario, que acompañaba el cortejo. Los amigos del Café sabían que esa obra no tenía una intención religiosa sino que era otro de los poemas de León Zafir, en el que el poeta describía su ascenso por una montaña hacia la cárcel de Concordia mientras la policía de rentas lo llevaba a empellones. Al bohemio Zafir lo habían sorprendido por esos caminos transportando tapetusa de contrabando.

El diario de la parroquia tituló No faltó nadie. Y eran tales los duelos y gemidos, que la propia viuda tuvo que tomar un megáfono para pedir que por favor no crecieran el dolor con tanto llanto porque lo que más quería Carlos Vieco era silencio.

Familia Vieco Ortiz. Fotografía Rodríguez. Carlos en el extremo izquierdo. 1944.


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Miércoles de striptease

Miércoles de striptease

por ANDRÉS DELGADO


Número 14 Septiembre de 2012

¿Por qué vamos donde las putas?
Por fetichistas y lujuriosos. Por salir de la rutina de la cama propia y saciar la curiosidad por un cuerpo ajeno y, lo mejor, un cuerpo fácil. Nos gusta el striptease porque nos fascina ver mujeres desnudas, porque de vez en cuando nos atrae el submundo y porque a estas mujeres se les puede dar palmaditas en el trasero a cuero limpio. 

El escritor Santiago Gamboa decía que si no existieran las putas tendríamos que suprimir más o menos el cincuenta por ciento de la poesía y el arte. “Es difícil dar con un poeta que no haya sido putañero o burdelesco”, escribió Gamboa. Y es verdad. La lista de los colombianos podría ser encabezada por León de Greiff, Mejía Vallejo, Mario Escobar, RH Moreno Durán, García Márquez, Barba Jacob y seguir nombrando escritores, incluyendo al propio Gamboa, hasta el final de la crónica.

Es miércoles, son las ocho de la noche y el grill La Barra Ejecutiva está casi vacío, a no ser por cinco tipos solitarios y una docena de chicas en minifalda que vagan por las mesas. Hoy es un mal día para ellas. En el local suena una salsa: Es Mark Anthony. En pleno centro de Medellín, el lugar es como cualquier striptease: música estridente, luz roja y una tarima con esqueleto de barras plateadas. El sector de la ciudad es uno de los más peligrosos. Una cuadra abajo hay cantinas herrumbrosas, burdeles sucios, residencias de mala muerte, niñas de la calle, plazas de vicio, gamines, travestis y cacorros. Todo lo más sórdido de Medellín.

La salsa deja de sonar y retumba una música discotequera. El discjokey anuncia: Con ustedes, caballeros, Andrea en la pasarela.

Sube a la tarima una muchacha delgada con un babydoll negro y tacones puntilla. Sus piernas están enfundadas en medias de malla hasta la mitad de los muslos.

—¡Disfruténla! —dice el dj—. Y se prepara Claudia, otro pastelito para la noche —anuncia.

Sin querer estoy moviendo la cabeza al ritmo de la música disco. Andrea es blanca y se contonea yendo de un lado a otro de la tarima. Desde mi puesto, pegado de la pasarela, levanto los ojos para mirarle el trasero.

Luego de unos minutos, la música cambia. Ahora suena una balada ochentera y Andrea se va para el extremo más iluminado de la tarima. Esforzándose por parecer sexy, se quita el brasier y luego la tanga. Sus pezones son rosados como carne de salmón. Quítele a una mujer lo que quiera, pero déjele los tacones y el liguero. ¡Andrea se ve maravillosa! A medio metro de mi nariz, Andrea se pone en cuatro, me ofrece el trasero y veo cómo revuelve sus carnes temblorosas. Sus porciones son como manzanas. Provoca morderlas. Andrea se acuesta, gira y me enseña a sangre fría su sexo lampiño. Todo desaparece para mí. Las mesas, los hombres, la música, las calles, Medellín, el mundo entero ya no tiene sentido, y ahora sólo existen esas pequeñas y rosadas cortinas verticales. Con gran esfuerzo levanto el rostro para mirar los ojos de Andrea. Su mirada es fría. Incluso, parece que me odia. De golpe, vuelo a la realidad. Andrea no lo está disfrutando. Baila y se toca el cuerpo como tocando cualquier cosa. Tiene el sexo seco. Me decepciono y tomo un trago de cerveza. Guillermo, un amigo putañero, alguna vez me dijo que: “a las putas se les mira el culo, pero nunca los ojos.”

Recuerdo que estoy allí para contar lo que veo. Entonces miro a los clientes. Andrea se arrastra por la tarima como una pantera y exhibe su sexo sin pudor a otros ojos. La balada sigue sonando duro. Los tipos miran ganosos. Sus ojos son prolongaciones de las manos, palpando, tentando cada porción de la carne de Andrea. Mi vecino se frota el rostro con energía. Está ansioso. La chica le desata ese feroz animal interior que quiere morder carne, lamer cuello, amasar piernas, chupar, empujar, apretar y reventar. Estas mujeres explotan la lujuria, para su provecho, y para el nuestro. Quizás si nuestras novias fueran tan lujuriosas como nosotros, no tendríamos nada qué hacer allí. El dicho popular es cierto: “Nada como una señorita en la sala, pero bien puta en la cama”. Alguna vez, una amiga me dijo que en el fondo todas las mujeres son unas putas, pero el miedo y la vergüenza las reprimen. Josefina Licitra, en una violenta diatriba contra los hombres que van donde las putas, confesó que lo que más la irritaba de un putañero es que le estaba dando a ella el lugar de santa. “Y yo, que cada tanto sueño con ser puta pero soy periodista, no me lo merezco”, concluye Josefina.

Andrea tiene el coño rasurado. Si Henry Miller viera lo que estas mujeres le hacen a su pubis, se moriría de asco. Para Miller, el misterio de un coño está en sus vellos ensortijados. Un coño rasurado no es un coño de mujer, es una tierna fracción infantil. Bukowski decía que el mejor amuleto no era guardar una pata de conejo en el bolsillo, sino acariciarle el pubis peludo a la novia.

El show acaba y Andrea recoge sus trapitos, desciende de la tarima y en las escalas se viste. La escena me parece más seductora que la anterior: Una mujer en tacones resbala por sus muslos una tanga negra y se ajusta un triángulo negro donde no hay triángulo negro. Andrea se pone los calzones de manera natural, sin el falso erotismo con el que se los quitó. En la naturalidad está la seducción. El verdadero arte de Andrea no es quitarse la ropa sino ponérsela.

La noche sigue con pocas variaciones. La serie de chicas que se empelotan en la tarima hace casi los mismos numeritos de Andrea y luego recorren las mesas pidiendo una colaboración. Para variar, le pido a una chica que se siente conmigo. Es una mezcla de niña-puta, aunque sé que no es tan niña. Es un truco de la oscuridad. Tomamos cerveza. Le pregunto cuánto vale “el cuadre”.

—Para usted, papi, vale ochenta mil.

Me doy un trago largo de cerveza. Sé que está cobrando según el marrano. Lo normal son sesenta, incluido el preservativo y la pieza. Pero eso está bien, que se aproveche de los incautos y cobre alto por su trabajo, cuando tenga oportunidad. Soportar el peso de un desconocido, que empuja y suda grasa, no es un trabajo para cualquiera.

Termino con la cerveza y me voy. Es paradójico que, mientras a los poetas les encantan las putas, lo cierto es que para la mayoría de estas mujeres su oficio resulta un trabajo de perros.


Las mujeres del fútbol

Las mujeres del fútbol

por JUAN CAMILO GALLEGO CASTRO


Número 32 Marzo de 2012

Foto de José Luis Chavarriaga

A José Saule le brillan los ojos azules a través de unos lentes gruesos que parecen la base de una botella. Viste una sudadera azul oscura y una camiseta celeste, como la de su natal Uruguay. Con su mano derecha agarra un bastón en el que se apoya y con la izquierda señala cada uno de los trofeos, fotografías y poemas que adornan su cuarto.

Sobre su cama pequeña se alza un crucifijo, y las fotos de su familia en sepia y blanco y negro. Está en sus noventa años y ya no tiene el cuerpo atlético que ostentó cuando fue jugador del Montevideo Wanderers y abandonó el fútbol porque no le pagaban.

En 1948 recibió un correo de Bogotá, en el que le ofrecían un salario como futbolista. De inmediato aceptó la oferta sin saber que se enamoraría en Medellín y se casaría con una antioqueña, solo para regresar a Uruguay en 1982. Primero fue jugador de Millonarios, pero luego de un año tuvo que abandonar el fútbol por una lesión de ligamentos y meniscos que traía de tiempo atrás.

Un viejo conocido del deporte en Antioquia, a quien le decían el “Cabo Torres”, le ofreció a Saule ser entrenador del club Huracán. Y así fue como llegó a la ciudad, en donde fue también entrenador del Nacional y selecciones Antioquia.

No olvida su esposa fallecida, su gran amor, pero no pasa por alto que fue un gran bohemio en el mundo social medellinense, un galán de cabello rubio y ojos claros, apuesto y con un acento que encantaba a las mujeres y les hacía pensar en los grandes puertos del sur.

Eran los famosos años de El Dorado, cuando a Colombia llegaron algunos de los mejores futbolistas del continente a jugar en el naciente fútbol profesional. De manera especial Millonarios y Santa Fe impusieron la moda de contratar extranjeros, en su mayoría argentinos y uruguayos.

En Medellín, esos tipos fueron el imán que atrajo a un caudal más amplio de damas al vetusto Hipódromo de San Fernando, en Itagüí, donde jugaban Medellín F.B.C., Atlético Nacional y el desaparecido Huracán.

De la hípica al fútbol

Al hipódromo las mujeres iban siempre acompañadas de sus esposos. Era una especie de rito social en el que las familias prestantes disfrutaban de uno de los pocos sitios de diversión que tenía la ciudad. Los memoriosos todavía recuerdan los nombres de algunos caballos clásicos: Kamasutra, Mosaico, Rabino…

“Las carreras eran de fábula. Mi esposa iba a San Fernando siendo señorita. Una tarde yo bajé al centro y vi que tomaba una camioneta que iba para el hipódromo con unos tipos. Me metí en esa camioneta y conversé con ella y la esperé porque trabajaba en una joyería famosa que había en Junín. Ahí comenzaron nuestros amores. Eso sí, las carreras eran muy buenas, porque eso era un hipódromo, no una cancha de fútbol. Claro que había arcos y lo que vos quisieras, pero eso no tenía mantenimiento, no tenía nada”, recuerda Saule.

Pero la hípica venía perdiendo aficionados frente al fútbol. Cada vez era menor la rentabilidad de las carreras y los futbolistas iban tapando la celebridad de los binomios coloridos que alegraban los domingos. Pocos años después la hípica debió subordinarse ante el espectáculo de 22 extraños detrás de un balón.

Las reinas del deporte

Las primeras mujeres que se acercaron al deporte fueron las esposas de tipos de prestancia o aquellas señoritas que se sentían identificadas con un reinado.

Ese espectáculo de las Reinas del Deporte en Medellín se remonta a la década de 1930, cuando cada barrio tenía su representante. Fue una costumbre que acaparó la atención de las mujeres por un lado, y el interés de los hombres por otro. Las damas se sentían identificadas y reconocidas en un espectáculo hasta ese momento masculino, mientras los varones veían en ellas una forma de popularizar el deporte y embellecer el paisaje. Además todo servía para cumplir funciones benéficas, porque gracias a su convocatoria se recogían donaciones para diversas obras sociales.

José Saule cuenta que en un principio las señoritas que asistían a los espectáculos deportivos solo iban a la hípica: “no tenían idea de qué era el fútbol”. Igual recuerdo tiene el entrenador antioqueño Gabriel Ochoa Uribe: “las mujeres no entendían. Les pasaba como a nosotros con el fútbol americano, que es difícil de entender porque tiene muchas reglas”.

Las Reinas, que se harían famosas en el profesionalismo, impulsaron en Medellín, durante dos décadas, diferentes actividades sociales y animaron desde las tribunas los partidos. Al ganar protagonismo bajaron a las canchas para hacer el saque de honor y entregar ramos de flores a los equipos visitantes. Gabriel Ochoa Uribe, con su ojo clínico, recuerda a Carmen Elisa Arango, “La muñeca”, quien fue una de las titulares en su momento:

“Las Reinas del Deporte fueron distinguiéndose. La que yo conocí fue La Muñeca Arango, de aquella época del 49 cuando estábamos en pleno campeonato. Yo apenas tenía 19 años y estábamos jugándonos la final con Cali. Apareció La Muñeca Arango y ella fue la que hizo el saque inicial del juego. Una mujer muy hermosa que lógicamente se hizo famosa por ese saque”.

Para José Saule, cruzarse con las reinas en los aviones era todo un espectáculo que alborotaba pasajeros y pilotos.

Incluso, cuando lo normal era que periódicos como El Colombiano y El Correo reservaran la portada a las disputas partidistas en el país, algunas reinas de carnes atractivas y mirada provocadora como Blanca Ramírez llegaban a reemplazar a Jorge Eliécer Gaitán o a Laureano Gómez en las páginas principales.

Pero nada se compara a la llegada de los extranjeros. Según Saule, como había cientos de foráneos en el balompié, las mujeres empezaron a mirar con interés ese acertijo para hombres y a asistir a los estadios. Ya no era necesario ir acompañada del esposo o buscar el pretexto de una compañera que estaría entre las reinas para disfrutar del football: posiblemente el futuro marido estaba sudando en esa cancha llena de huecos.

Las mujeres enamoradas

Como les sucedía a casi todos los deportistas llegados desde las orillas del río de La Plata, José Saule disfrutó aquella agradable experiencia de sentirse bañado por algo especial, mirado con devoción y curiosidad por las mujeres de la tierra de acogida. Las mujeres sentían por aquellos sureños un encanto particular. Era más sonoro un marido con apellido Saule que Jaramillo.

De acuerdo con el periodista antioqueño Gonzalo Medina Pérez, llegó un momento en el que casi el 70% de las personas que iban a los espectáculos deportivos eran mujeres: “la llegada de los jugadores argentinos a finales de la década de los cuarenta se convirtió en un suceso social para Colombia, entonces ellos se convirtieron en los grandes caballeros que asistían a las fiestas sociales y que bailaban con las señoritas prestantes de Medellín”.

La ciudad vivía una especie de liberación femenina. Ellas constituían la mayoría de mano de obra en la industria antioqueña y tal vez ese asomo de libertad hiciera que se fijaran más en esos tipos blancos y guapos de quienes se escuchaba su nombre en cada esquina de la ciudad, que de los recelosos hombres de la Villa. Preferían esos “europeos” a los simples obreros que maltrataban su cuerpo en semana y jugaban el domingo detrás del balón. Los futbolistas de la tierra eran trabajadores solo reconocidos el último de los siete días de la semana, que recibían un salario irrisorio o que incluso jugaban por placer más que por plata.

El encanto solo lo generaban los sureños. ¿Cómo no iban a cobrar si eran los que mejor conocimiento tenían del deporte? A su vez que eran los más lindos para las señoritas, eran los más talentosos y reconocidos de la ciudad. Pero había una importante excepción entre los extranjeros, un grupo que no obtenía suspiros sino rezongos: los peruanos. Recuerda Saule que los peruanos vivían en lo alto de Buenos Aires porque allá podían fumar marihuana libremente. No les gustaba bajar de allá arriba porque preferían una vida más discreta en la periferia. Pero si ellos aguardaban en sus casas, otros preferían una vida social y sexual más activa.

Los placeres de Lovaina

El Norte de Medellín siempre fue el desfogue del centro. En todo el límite de la ciudad estaban los más famosos burdeles, las prostitutas más deseadas y uno que otro travesti.

José Saule se sonríe y no utiliza la palabra “travesti”, más sacada de tiempos recientes que de aquellos años cincuenta. “Es que eso apenas fue ayer”, explica el viejo con movimientos lentos y una voz achacosa con palabras que lo llevan a recordar. Al parecer vuelve a vivir.

De Prado salían los ricos de Medellín hacia Lovaina a disfrutar los placeres que no había en casa. Allá también resultaban uno que otro domingo los famosos extranjeros para darle rienda suelta a las últimas energías que faltaban por consumir después de los partidos en Itagüí. Ni que decir de los argentinos que jugaban en Millonarios y Santa Fe. Llenaban el hipódromo con más de diez mil personas cada venían a la ciudad, y al finalizar el partido iban acompañados por el apuesto Saule hacia el Norte de Medellín. Nada más ni nada menos que para Lovaina, la famosa Lovaina. Y así fue muchas veces. A los extranjeros les encantaban las mujeres de los burdeles. Mientras en el estadio las señoritas suspiraban por ellos, en Lovaina bebían y pagaban por un par de piernas criollas.

Saule recuerda una historia que se repetía en muchas visitas. Había un tipo muy hermoso, un travesti con rasgos de mujer que siempre esperaba al uruguayo. Cuando arribaba del estadio se le acercaba y se le insinuaba. El viejo Saule siempre se le negó, aunque el tipo le dijera que no le cobraba porque le gustaba mucho este sureño.

José Saule, con su sonrisa pícara, aún mantiene vivos sus años de bohemia. Se mantiene de pie todo el tiempo, así gesticula mejor y mueve sus brazos con holgura, para recordar que si las mujeres se enamoraron de extranjeros como él y se agolparon cada fin de semana en el estadio, uno que otro hombre también se inspiró en esos rubios de ojos claros para afirmar su gusto por el gol. Sí, el gol del que también querían ser merecedores.


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La ciudad de 1913

La ciudad de 1913

por VERÓNICA PERFETTI


Número 32 Marzo de 2012

El plano Medellín Futuro, trazado hace casi 100 años luego de un concurso público, intentaba un primer orden para una ciudad que comenzaba a mirar el ejemplo de las grandes metrópolis. Puesto sobre la mesa se puede mirar como una especie de fotografía aérea, un retrato de los ilustres de la villa, una hoja de valorización y una utopía rayada por la realidad.

El catastro levantado en 1913 por orden del Concejo de Medellín registra 275 manzanas para una población, según el censo del año anterior, de 70.547 habitantes en el distrito y cerca de 50.000 en el área urbana. La ciudad tenía una nueva dinámica de desarrollo marcada por la prolongación del ferrocarril a Bolombolo, la gran producción de café en el departamento, la expansión de las industrias, la construcción de varias carreteras y el desarrollo de la riqueza petrolífera del país.

En este marco de ciudad los hechos urbanos que consolidaron una trama se situaron sobre el núcleo central de la vieja ciudad colonial y su inmediata periferia: Guayaquil, San Antonio, Buenos Aires, Villa Nueva y la parte baja de Bolívar, inmediata a la quebrada Santa Elena y al río Medellín.

Es posible describir así el área del ensanche que se estaba produciendo: al Oriente la zona de mayor presión por las urbanizaciones esporádicas; la quebrada Santa Elena demarcaba dos sectores de población socialmente diferenciados: al Norte incluía la parte alta de Villa Nueva, unas tres cuadras más desde la Catedral y cuatro más hasta Carabobo. En la parte baja de la zona Norte abarcaba las tierras circunvecinas al río que hacía las veces de límite natural. En el Sur la calle San Juan servía de lindero. En 1905 se había señalado un marco urbano para la ciudad que se amplió en 1912. No está de más acotar que con el barrio Berlín se empezaron a construir en Medellín, a partir de 1917, las grandes urbanizaciones situadas por fuera del perímetro urbano.

Los alrededores del Parque de Berrío mantuvieron su condición comercial, lo cual incidiría de manera significativa en los costos de la propiedad. Guayaquil conformaría un centro de servicios de alcance regional con la plaza de mercado y la Estación del Ferrocarril. Algunos de los centros comunitarios, sociales y personales de asistencia mantuvieron su asiento en la traza colonial. Sin embargo, la plaza de mercado y la plaza de ferias se localizaron con nuevas instalaciones sobre los bordes del límite urbano, y algunas fábricas y trilladoras compartieron estas áreas de extramuros. Los centros educativos de mayor atracción, la Universidad de Antioquia y el Colegio San Ignacio, junto a la Iglesia de San Francisco, conformaban la plazuela José Félix de Restrepo. Villa Nueva albergó los centros vinculados con la élite: el Circo España y años más tarde el Palacio Episcopal.

Medellín Futuro

En el número de abril 18 de 1910 del periódico La Organización, la Sociedad de Mejoras Públicas (SMP) convocó a un concurso público para premiar “el mejor plano” de Medellín Futuro. El citado concurso se sumaba a las conmemoraciones del centenario de La Independencia, iniciativa de la Sociedad San Vicente de Paúl dirigida a exhibir los avances industriales. Los términos de la convocatoria estaban orientados a mantener como base la ciudad existente, proponer modificaciones sobre el espacio público y proyectar las futuras vías determinadas entre el puente de Guayaquil, sobre el río Medellín, las tierras Cipriano (situadas arriba del Bosque de la Independencia) y las partes baldías del Oriente, aprovechables para urbanización. Este concurso planteó la posibilidad de recoger las sugerencias de la opinión informada. Paralelamente, la SMP, ente creado para el embellecimiento y ornato de Medellín, solicitaba apoyo al Concejo Municipal a través de la creación de un Acuerdo que adoptara el plano ganador como oficial, y tomara las medidas legales para asegurar el desarrollo futuro de la ciudad dentro de los parámetros de los trazos del primer puesto.

Un concurso para un proyecto urbano

En 1907 Ricardo Olano partió a Washington en viaje de negocios. Hijo de minero procedente de Santo Domingo, Antioquia, llegó a Medellín a principios de siglo y se desempeñó no solo como comerciante sino como inversionista, industrial, urbanizador y político liberal. Participó en el Concejo de Medellín en 1914 y 1918, y fue miembro más que activo de la SMP.

Olano perteneció a la élite que lideró el progreso de la ciudad entre 1900 y 1930. El ingeniero Jorge Rodríguez lo definió como el más “progresista” de su generación. Su personalidad decidida y pujante, sus dotes especiales y su visión original hicieron de él un pionero de la urbanística, reconocido en Colombia y en el exterior gracias a su participación en congresos internacionales y a su actividad como director de la revista Progreso, órgano de la SMP desde donde mantuvo un intercambio de información sobre la ciudad colombiana y el urbanismo en Estados Unidos, México, Suramérica y Europa. Para entender su visión cosmopolita basta saber que el plano de la nueva ciudad de Canberra, Australia, fue presentado y comentado en Progreso.

La visita de Olano a la biblioteca del Congreso de Washington dio a Medellín, si se la compara con el resto de las ciudades colombianas, la posibilidad de adentrarse tempranamente en algunos aspectos de la modernidad. De esa visita surgió su inquietud de realizar un “plano de la ciudad futura”. Su utopía en aquel momento era visualizar un desarrollo racional para Medellín, como más de un siglo antes lo había hecho Pierre Charles L’Enfant para la capital de Estados Unidos.

La ideología liberal de Giorgio Piccinato fue una directriz permanente de la lucha de Olano. Todos los principios del pensamiento político del italiano: los derechos ciudadanos, la participación pública, la libre actividad económica, la limitación en la intervención del Estado, fueron temas que ventiló en diferentes revistas y en la prensa. En esa reflexión de Piccinato se concluye que “la urbanística tiene en el liberalismo una de sus matrices ideológicas”. Por esto no es extraño que un ciudadano de comienzos de siglo tan progresista forjara los principios de la urbanística en Colombia.

Ricardo Olano

La idea de un plano

La oportunidad se presentó en la exposición industrial de 1910, donde el mismo Olano lanzó la propuesta de convocar a un concurso público para desarrollar un Plano del Medellín Futuro. A la idea se adhirió el señor Carlos Restrepo, quien en el periódico La Organización expuso los lineamientos de su proyecto, enmarcado dentro de las críticas a las condiciones defectuosas del trazado que mostraba la ciudad. Invocando el sentido de previsión que caracterizaba a la SMP, Restrepo presentó la imagen de “un cuadrilátero” con calles anchas que formaran el marco de la ciudad y así definieran un claro deslinde entre lo urbano y lo no urbano, demarcado con avenidas arborizadas. Tendría en sus cuatro ángulos parques o paseos públicos, de los cuales había dos proyectados: el del Centenario y el de La Ladera. Por razones de estética e higiene, Restrepo situaba al Norte, en predios baldíos sobre la carretera de salida de la ciudad, otro parque al cual denominó Parque Central. La financiación estaba inspirada por la experiencia de Nueva York con el Central Park. Los grandes problemas de inundaciones en los terrenos de los ejidos municipales serían resueltos por el cuarto parque, con una intervención de drenajes que lo hiciera aprovechable para lagos y con la siembras de eucaliptos para ir “suprimiendo el foco de infección más eminente que tiene la parte baja de la ciudad”.

El periódico La Defensa, del cual hacía parte el ingeniero Alejandro López, anunciaría el desenlace del concurso con estas palabras: “Para satisfacer la necesidad de que las construcciones futuras de la ciudad se hagan de acuerdo con un plan preconcebido y previamente estudiado y aprobado, promovió la SMP, con motivo del centenario, un concurso para premiar el plano que a una comisión asignada al efecto le pareciera más digno de ser adoptado, plano en el que constataran, además de lo actual, las correcciones que han de hacerse en lo futuro en el trazado de la ciudad, y el modo de prever su ensanche”. El primer premio fue otorgado al ingeniero Jorge Rodríguez y los siguientes a Federico Lalinde y Carlos Vallejo.

Luego de la premiación, el Concejo Municipal y la SMP crearon una comisión integrada por miembros de ambas entidades para perfeccionar el proyecto del ingeniero Rodríguez. Se tendrían en cuenta algunas de las ideas planteadas por los demás concursantes.

Una vez que en el seno de la SMP se conoció y aprobó el Plano del Medellín Futuro, se preparó el documento legal que debía ser refrendado por el Concejo. El 5 de marzo de 1913, Ricardo Olano presentó ante el Concejo la propuesta sobre “el ensanche general de la ciudad en el futuro”, y el Acuerdo fue aprobado en primer debate.

El plano fue elaborado en su fase final por los ingenieros Jorge Rodríguez (autor intelectual), Alejandro López, Enrique Olarte (ingeniero-arquitecto), Ricardo Olano, A. Londoño, José Arango, Horacio Marino Rodríguez (autodidacta de la arquitectura) y el entonces ingeniero del distrito, Mariano Roldán. Dibujaron Horacio M. Rodríguez y J.J. Gil.

Como parte de la reflexión acerca de por qué se hizo realidad este proyecto, es importante destacar el momento coyuntural de voluntad política y conciencia “citadina”. Los integrantes de la comisión del Medellín Futuro fueron ratificados en su cargo por las dos entidades rectoras hasta finales de los años veinte. En síntesis, para que el plano de Medellín Futuro se hiciera realidad, se conjugaron la iniciativa de Ricardo Olano, el empeño de la SMP, el apoyo de la Escuela de Minas, el conocimiento de los ingenieros antioqueños, la voluntad política del Concejo, el interés ciudadano, las pésimas condiciones de salubridad, el desarrollo industrial y la especulación de las tierras a urbanizar.

Un año después el Ingeniero Municipal presentó un informe acerca de la ampliación de la calle San Juan y una zona aledaña que se convertiría más tarde en la plaza de Cisneros. Este proyecto requería la inversión de una considerable suma de dinero de la que el tesoro municipal no disponía; sin embargo, se nombró una comisión para que se entendiera con los dueños de los terrenos. La cuestión fue planteada desde el punto de vista de de la voluntad del Concejo para “hacer de Medellín la ciudad moderna”.

Reglamento para el Plano de Medellín Futuro

El Acuerdo 56 de mayo 5 de 1913 obligaba a dar aviso al Ingeniero Municipal de la pretensión de edificar o reedificar sobre el área circunscrita por las calles de la ciudad, o en terrenos no urbanizados pero comprendidos dentro de la carretera de circunvalación señalada en el citado plano. A continuación se delimitaba la carretera de circunvalación que se iniciaba en el lugar denominado hoy Cuatro Esquinas. Tomando el oriente, bordeaba el gran parque hasta dos cuadras al norte del Cementerio de San Pedro, donde seguía hasta la parte más alta del barrio Pérez Triana. Continuaba por el frente del regimiento y seguía el ascenso hasta el límite del barrio Gerona y descendía por el sur del cerro de El Salvador hasta el Ferrocarril de Amagá.

La junta que asesoraría al Concejo a la hora de establecer las modificaciones pertinentes estaba integrada por el Ingeniero Municipal, dos representantes del Concejo, dos miembros asignados por la SMP y el personero. Tanto los gestores del proyecto como los miembros del Concejo eran conscientes de que si bien el plano intentaba garantizar las condiciones mínimas para la calidad de vida, al mismo tiempo suscitaba conflictos con los propietarios de los predios.

La adopción del plano como realidad obligó a valorar tres elementos que se presentaban en forma simultánea: lo existente como potencial de transformación, lo propuesto como abstracción y realidad del poder ser. Esta compleja tríada condicionaba los pilares que se habían erigido en 1890 como exigencias del momento: higiene, comodidad, ornato.

La atención prestada por Olano a la maqueta del Washington de L’Enfant, con sus claras perspectivas de ejes monumentales rodeados de parques y jardines, no dejó de ser una contemplación, pues solo podría entrever el proyecto de ensanche para Medellín traspasando los límites antiguos y desbordando hacia la periferia en busca de formas capaces de evidenciar la racionalización de la ciudad: la Gran Avenida Central que corre hasta el gran bosque, la Circunvalar que delimita una nueva periferia y congrega la ciudad alrededor de una nueva funcionalidad.

Es posible marcar la vigencia y efectos del Plano de Medellín Futuro como idea de la realización de intervenciones urbanas que cambiaron la faz del Medellín de una aldea a una nueva imagen de ciudad moderna.

La información de este artículo tiene como fuente la investigación Las Transformaciones de la Estructura Urbana de Medellín, La Colonia, El ensanche y el Plano Regulador presentada y aprobada para optar al título de Doctor Arquitecto de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid.

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Venezuela roja rojita

Venezuela roja rojita

por DAVID E. GUZMAN • Fotografías por el autor 


Número 31 Febrero de 2012

Desde que abordamos la camioneta, mis tías Carmen y Beatriz nos alertaron y dijeron que tuviéramos mucho cuidado en Caracas, que hoy en día es una de las ciudades más violentas de Suramérica, con altos índices de delincuencia, inseguridad y homicidios. La misma película de Medellín, donde Gloria y yo hemos vivido casi toda la vida, así que no era nada nuevo ese ambiente peligroso que nos pintaban. Minutos antes nos habían recogido en Maracay, la ciudad jardín, en la urbanización El centro, un lugar lleno de palos de mango entre los que vive un gallo que canta a toda hora. Eran las nueve de la mañana del primero de febrero de 2012.

Nosotros íbamos atrás. Adelante, mis tías hablaban sobre su ida a Caracas para cambiar la fecha de unos tiquetes aéreos. Dijeron que regresarían a Maracay antes de las cuatro de la tarde para evitar la cola, el taco que suele hacerse en la autopista y en el que pueden perderse horas y horas.

Tras algunos minutos de recorrido arribamos a un peaje, justo antes de tomar la autopista. Pasamos derecho, sin pagar, como los demás vehículos. Entonces supimos que los peajes en Venezuela no funcionan desde hace varios años, después de que Chávez dijera espontáneamente en una alocución que no se cobrarian más peajes en el país. Mis tías no se apasionaron al mencionar a Chávez y con serenidad opinaron que el cobro era tan irrisorio que no valía la pena, como el precio de la gasolina, que en todo caso no es gratis, pero casi: con el cascajo que en Colombia se paga una limpiada de vidrios en un semáforo, en Venezuela se tanquea una camioneta.

Avanzando por la autopista, la misma de hace veinticinco años, sin un solo cambio, vimos que el pasto seco de los costados ardía en llamas. Las ventanillas estaban cerradas y el aire acondicionado prendido. Desde ahí divisamos algunas invasiones recalentadas por el sol. En las entradas a esos poblados ondeaba siempre una bandera roja, clavada en el suelo polvoriento. “Aragua es un estado rojo rojito”, dijo Carmen, utilizando la expresión que en Venezuela se utiliza para designar al individuo, ciudad, estado, empresa o grupo humano que apoya incondicionalmente y con fervor el gobierno comandado por Hugo Chávez. Supimos que la expresión la dijo por primera vez Rafael Ramírez Carreño, Ministro de Energía y Jefe de Petróleos de Venezuela, Pdvsa, en un ataque de amor desmesurado y autoritario en nombre de ochenta mil venezolanos que trabajaban allí: “Pedevesa es roja rojita, de arriba abajo”. Desde eso, la expresión fue adoptada por “mi comandante en jefe” en sus campañas e interminables alocuciones.

Del rojo de la revolución bolivariana pasamos al rojo de la sangre. Carmen, que es médica y ejerce como anestesióloga en dos centros hospitalarios de Maracay, soltó unas cifras divulgadas hace poco por la prensa: 38 muertos en una noche en Caracas, 5.600 personas asesinadas en 2011, la sexta ciudad más violenta del mundo. “¿Qué quieren hacer exactamente en Caracas?”, preguntó Beatriz, la tía copiloto, mientras comía ciruelas: “estar allá. Hace mucho no voy y Gloria no conoce”. También dijimos que queríamos visitar un par de museos y ver las obras de Armando Reverón, el pintor y escultor venezolano que conocimos gracias a la película Reveròn, de Diego Risquez. La habíamos visto dos días antes en la Cinemateca Nacional de Maracay por ocho bolívares fuertes, menos de 800 pesos colombianos. Fue el lunes que el gobernador de Aragua decretó cívico porque Los Tigres de Aragua, el equipo de béisbol, se había coronado campeón del torneo venezolano la noche anterior. A pesar del feriado, la Cinemateca abrió sus puertas.

Reveròn. Dirigida por Diego Risquez. Venezuela, 2011.

Armando Reverón nació en Caracas en 1889 pero se fue a vivir a La Guaira, cerca al mar, y se alejó de la sociedad caraqueña porque detestaba el ambiente hipócrita, oficial y acartonado en el que se movía el arte. En la costa se casó con una negra hermosa de dientes grandes. Un miquito, que hacía sonar una campana cada vez que alguien llegaba al rancho de Armando, ofició de cura en la ceremonia. Reverón vivió y gozó como un niño, pero también sufrió: su propio mundo lo desbordó mentalmente y para la sociedad perdió el quicio. Fue ingresado a la fuerza en un hospital mental hasta que murió en 1954.

Este personaje, de barba tupida y pocas palabras, nos llegó al alma por su rebeldía, su inteligencia, su originalidad, y también porque nos recordó al poeta Raúl Gómez Jattin. “¿Cuáles son los elementos básicos de su pintura?”, le preguntaron una vez a Reverón y él respondió: “Los elementos básicos de mi pintura son dos. Anote: blanco y mierda”. Con esa respuesta definió perfectamente al mundo, a la humanidad, al menos para nosotros en ese instante de nuestra existencia, en ese teatro. Y ese blanco y mierda era lo que queríamos ver con nuestros propios ojos en la Galería Nacional, eso era lo más importante que íbamos a hacer en Caracas.

Bienvenidos

Sentí que habíamos llegado cuando miré por la ventanilla y vi en los cerros el cordón de ranchos coloridos y apeñuscados. Veníamos por la autopista Valle Coche, a la altura de Los Próceres, un paseo larguísimo con césped bien cortado, monumentos y arcos blancos enormes. A pesar de las advertencias sobre los peligros de la ciudad, estábamos serenos, nos sentíamos fuertes. La experiencia reciente de haber recorrido buena parte de Suramérica sin contratiempos ni sustos nos daba la confianza de tener afilada la intuición.

Desde el carro vimos varios murales con rostros hinchados y caricaturescos de Chávez, consignas socialistas, banderas tricolores y caudillos con patillas largas. Mientras conducía y ante la inminente separación, mi tía Carmen retomó las recomendaciones, pero esta vez se notó más interesada en alertarnos de verdad y aportó un último dato, mirándonos por el retrovisor con los ojos bien abiertos: 450 asesinatos en Caracas en enero, pilas.

Seguimos viendo los edificios con sus ventanas y balcones enrejados desde el primero hasta el último piso, como disfrazados de cárceles, con ropa tendida en lugar de cortinas. Pedí que apagaran el aire acondicionado y abrí la ventanilla: el aire tibio entró con fuerza. Penetramos en la ciudad y tomamos la avenida Francisco Miranda hasta entrar a los parqueaderos de la Torre Provincial. Faltaban instantes para despedirnos de mis tías. “Ya saben pues, moscas”, dijo Carmen dentro del ascensor, justo antes de que abriera sus puertas en el lobby del edificio. Nos abrazamos y quedamos en que al día siguiente volveríamos a Maracay por nuestra cuenta. Eran las once de la mañana.

Antes de abandonar la Torre Provincial, me aseguré de que la billetera estuviera bien metida en el bolsillo de atrás del bluyín. De equipaje solo teníamos un morral con los efectos personales de ambos. Me lo colgué en la espalda y salimos. Ahí mismo nos encontramos con la estación Chacao del metro. Estábamos sobre la misma avenida por la que habíamos llegado, la Francisco Miranda. A pesar del sol picante, decidimos caminar un poco.

En una esquina nos topamos con una carpa amarilla llena de afiches amarillos y gente de camiseta amarilla. Era una manifestación política del Partido PJ, Primero Justicia, de Capriles Radonski, el candidato que ganó el pasado doce de febrero las elecciones primarias de la oposición y tendrá la muy difícil misión de derrotar a Hugo Chávez en las presidenciales del 7 de octubre.

En el camino Gloria se sorprendió de que en el país antiyanqui por excelencia hubiera un Wendy’s. Le dije que esperara, que más adelante vería una demostración verdadera de la publicidad capitalista que aún imperaba. Anduvimos tranquilos, atentos pero sin paranoia. Con las frentes derretidas de antisolar llegamos a la estación Altamira y nos metimos al metro con la idea de ir hasta la estación Bellas Artes. Dos tiquetes nos costaron tres bolos, unos seiscientos pesos. De pie en el vagón, optamos por bajarnos antes, en la estación Sabana Grande, para continuar caminando y llegar a pie a la Plaza de los Museos y al Teatro Teresa Carreño, zona de espacio público, arte y movida cultural. La señora de una caseta de prensa y golosinas nos señaló la ruta y nos advirtió que la caminada hasta Bellas Artes era larga. Sin embargo, y sin afanes, iniciamos la caminata, señalando con curiosidad los balcones y ventanas enrejadas, esos aparta—cárceles donde viven miles de venezolanos.

En un lugar llamado Las Terrazas tomamos café negro, muy fuerte, con un pastel de jamón y queso. Estábamos cerca de la Plaza Venezuela, donde quería mostrarle a Gloria los verdaderos animales de la publicidad salvaje, pero por primera vez desde que vengo a Caracas no divisé el logo gigante de Pepsi ni la gran taza de Nescafé que hasta hace un par de años colonizaban los techos de sendos edificios en el sector donde nos encontrábamos. Me pareció lógico y pensé incluso que el gobierno se había demorado en encontrar un pretexto legal para quitar esos infames símbolos del capitalismo que ensucia el cielo con sus latas y sus cacharros.

A pesar de lo poco amigable que es Caracas para caminar, en ningún momento nos sentimos inseguros. Los pocos transeúntes contrastaban con el ronroneo permanente de los carros. Pasamos por el Colegio de Ingenieros y luego bordeamos una mezquita lujosa con una torre blanca, alta y angosta. Unos pasos más adelante un policía nos dijo que ya estábamos cerca del sector de Bellas Artes. Le pedimos un mapa pero dijo que no tenía.

Por la avenida Este 0 empezamos a ver más transeúntes, autobuses, motos, vendedores; el ruido se acrecentó, también el sol y el caos citadino. Gloria, que tenía colgada su cartera en el hombro, agarró las cargaderas y dejó el puño pegado a la axila. Yo volví a palpar la billetera y ahí estaba bien metida. Tratamos de ubicar el Parque Central para buscar El Limón, un hotel que nos recomendaron, pero la señalización era escasa. Un vendedor callejero de carpetas nos indicó que bajáramos por una calle que resultó llamarse Tito Salas, en honor al pintor venezolano que hizo cuadros gigantes de Simón Bolívar y demás próceres.

Bajamos por Tito y llegamos a la avenida Este 2. En la esquina, al pie de un semáforo, había un tumulto y dos policías. Lo primero que pensamos era que habían agarrado un ladronzuelo. La multitud estaba alrededor de algo que no se veía. A pesar del gentío quedaba espacio para pasar por un lado, pegados a un muro, así que no detuvimos la marcha. Entre los cuerpos de los curiosos alcancé a ver unas piernas estiradas en la calle, vestidas con un bluyín índigo oscuro: se desmayó alguien, pensé. De inmediato, por una intuición que ahí mismo me pareció exagerada e incluso maldadosa, le dije a Gloria: “No vayas a mirar”. Ella me hizo caso y clavó los ojos en el piso.

Avanzamos pegados al muro, muy cerca de la escena. Se oía un murmurar continuado de voces variadas, fue como entrar a un ambiente de circulación espesa que no podíamos descifrar porque no se veían más que las miradas dirigidas al piso. No había lamentos ni gritos ni drama. Antes de salir de ahí miré por segunda vez y en una milésima de segundo de horror vi acostada en el pavimento una cabeza morena y calva de la que salía un charco de sangre muy roja, rojísima. De inmediato un zumbido me convulsionó por dentro.

Le apreté la mano a mi compañera y la jalé para caminar más rápido. Siguieron tres arcadas. Iba con la mano derecha en la frente. “No, no, no”, era lo que decía o lo que pensaba. Ensordecido, adolorido, sólo escuchaba el zumbido que se mezclaba con el aire caliente. Las personas eran manchas que se movían. Sentí terror en cada paso que daba para alejarme de allí. En la siguiente avenida, México, el caos vehicular y el tránsito en general, que al principio era manejable, se complicaba. El miedo ya estaba instalado en nosotros. La mente solo me mostraba ese charco de sangre roja intensa, caliente, y esa cabeza de muerto fresquecito. Baleado. Cada persona que veía acercarse me la imaginaba desenfundando un fierro, veía mi cabeza en el pavimento con el pelo ensangrentado.

Cruzamos la avenida México abrazados, nos sentíamos desprotegidos y vulnerables. Las piernas temblaban. Los edificios parecían gigantes, o nosotros pequeñitos. Caminamos hasta la Galería Nacional pero no para entrar a ver las pinturas de Reverón. La sensibilidad había quedado en ese corrillo. Trastornada. Tampoco teníamos hambre. Le preguntamos al vigilante y nos dijo que nos metiéramos debajo de un puente para encontrar el Parque Central.

Nos dirigimos al puente pero su soledad nos hizo devolver. Dimos una vuelta enorme para llegar a la avenida Bolívar. En medio del aturdimiento alcancé a ver unos tubos grandes, de colores vivos, empotrados en un edificio. Todo se me hizo familiar. Era el Museo de los niños, había estado allí en 1987, de once años, y el recuerdo que tengo es que pasé muy bueno con mis primos y salí descrestado. Eran cuatro pisos de ciencia, juegos y conocimiento. De esa edad había visto el primer muerto, en el barrio San Germán de Medellín, tendido en la calle, bocabajo y con agujeros de bala en la espalda.

Entramos al Museo de los niños huyendo de la ciudad y buscando sosiego en los juegos y exposiciones didácticas interactivas. Dos entradas costaron 80 bolívares, unos dieciséis mil pesos. Poco a poco se fue esfumando la imagen del muerto, la risa empezó a acomodarse en nosotros y jugamos. Volvimos a vivir.

El Museo, al igual que Venezuela, parecía estancado en el tiempo, como un lugar fantasma que funciona a medias porque la otra mitad de las cosas se las tragó la falta de inversión y cuidado. Los mismos botones que hundí en el 87, los volví a hundir ahora. Me trasladé a mi época de infancia, a mis viajes a Venezuela llenos de fraternidad.

A las tres de la tarde almorzamos pollo asado. El mesero nos dijo cómo llegar a El Limón que resultó ser una pocilga asquerosa, así que huimos. Los hoteles aledaños al Teatro Teresa Carreño, expropiados por el gobierno nacional y ahora administrados por la estatal Venezolana de Turismo, estaban llenos. Dando vueltas por el sector dimos con el hotel Renovación. Tenía una pieza disponible, pero con jacuzzi. Ante el cansancio y el precio, 450 bolos, como noventa mil pesos, decidimos meternos ahí. Los pies nos palpitaban. En la habitación prendí la piscinita motorizada y nos sumergimos en ese ronquido silencioso por lo menos media hora.

Renovados volvimos a las calles de Caracas. Fuimos al Parque Los Caobos, arborizado y extenso, donde nos sorprendió la noche. De salida del parque nos sentimos en peligro, la iluminación pública era pobrísima y en medio de la oscuridad nos empezamos a llenar de miedo. Yo llevaba la billetera atrás y me la pasé para el bolsillo de adelante. Cuando me miré, vi que se veía muy gorda y aparatosa, entonces me la volví a llevar atrás. En ese momento levanté la mirada y dos tipos jóvenes me observaban. Seguimos caminando. No pudimos con la soledad del sector, ni con la oscuridad, ni con la paranoia que se apoderó de nosotros, así que decidimos entrar a un restaurante pequeño donde comimos arepa con carne desmechada. Algunas cuadras que transitamos hacia el hotel estaban solas y negras. El día tenía que terminar.

Mierda y blanco

El jueves dos de febrero nos levantamos temprano y salimos del hotel. A las dos cuadras llegamos a una esquina que se nos hizo conocida. Era la calle Tito Salas con Este 2, el mismísimo lugar de los hechos. Lo reconocí por el muro que rozamos y luego por el reguero de sangre en la vía, con puntos más secos que otros. Al frente, una venta de empanadas y parva llamada “El Paisa” estaba atiborrada de clientes, y del poste del semáforo involucrado colgaban dos afiches políticos, uno de ellos contrincante de Radonski, Pablo Pérez, cuyo lema rezaba “Por tu futuro seguro”.

Pasamos de largo porque íbamos llenos de buena energía a ver las obras de Reverón. En el camino compramos dos periódicos y los metimos al morral. Llegamos a la Galería Nacional y empezamos el recorrido hasta que nos topamos con una sección dedicada a Armando. Incluía algunas pinturas, la muñeca Seferina, que había diseñado para no tener que llevar modelos a la casa y evitar que su negra Juanita lo celara, y un par de esculturas. Aquella experiencia nos produjo el sentimiento alegre y sencillo de ver con nuestros propios ojos las obras de aquel pintor venezolano que nos había enamorado. Haber visto estas obras de Reverón fue un triunfo. Y el viaje a Caracas fue para nosotros como él dijo alguna vez que eran los elementos de su pintura: mierda y blanco.

Nos fuimos para el Capitolio en metro. Almorzamos pabellón, un plato con caraotas, carne desmechada, tajadas de maduro y arroz. De repente sonó el celular que nos habían prestado mis tías. Eran ellas. Estaban de regreso en Caracas porque se les había quedado un papel y nos dijeron que fuéramos a las cuatro de la tarde a la Torre Provincial para que regresáramos juntos a Maracay. Nos quedaban un par de horas más en la ciudad. El tiempo suficiente para conocer el Parque Bolívar.

Al llegar allí escuchamos un rock escuálido. Era uno de los eventos conmemorativos del Febrero de la Revolución decretado por Chávez, y en el que todos los asistentes tenían camisetas rojas. En un costado del parque leímos la prensa. A veces, unas confianzudas ardillas negras bajaban de los árboles y comían maní de la mano de la gente. También visitamos el caserón natal del Libertador y el Museo Bolivariano, y pudimos ver una venta móvil de arepas y un mercado popular de alimentos, ambos subsidiados por el gobierno y con largas filas de compradores.

Escurridos de calor y de cansancio nos metimos al metro con rumbo a la Torre Provincial. La visita a Caracas llegaba a su fin. Como faltaban quince minutos para que mis tías salieran de su diligencia, dimos una vuelta a la manzana y encontramos una tienda de video. Preguntamos por cine venezolano y nos mostraron cuatro películas: Secuestro Express, El Hermano, Sumas y Restas y la Virgen de los Sicarios. La misma sangre.

En el hermano país de la República Bolivariana de Venezuela estuvimos unos días más. El sábado 4 de febrero, en el paseo Los Próceres, se celebraron los veinte años del fallido golpe de Estado que encabezó Hugo Chávez en 1992, el que lo catapultó a la presidencia y lo hizo merecedor del afecto de la mitad del pueblo venezolano que hoy, rojo rojito, lo apoya con devoción, mientras que la otra mitad, fuerte opositora, le reprocha cada acción a su gobierno.

Ese mismo día, mientras todos los canales nacionales transmitían el desfile militar conmemorativo, revisé prensa en Internet. En El Universal, al final del reporte del asesinato de un ex policía, encontré el entretítulo “Otros casos”, que decía así: “En Bellas Artes, frente al centro comercial Parque Caracas, ultimaron la tarde del miércoles a Richard Sanoja Istúriz, de 23 años. Era mototaxista y lo atacaron a tiros delante de transeúntes. La zona fue acordonada por la policía. Por ese caso no hubo detenidos”. El muerto que vi. Leí también que doce cadáveres habían entrado a la morgue de Bello Monte en las primeras 36 horas de febrero. Apagué el computador y con una incomodidad en el pecho, escuchando a Chávez decir que hay que seguir la marcha con los muertos dentro de nosotros mismos, me dispuse a empacar la maleta para regresar a Colombia.



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Un perro caliente con ella en la mejor esquina de América

Un perro caliente con ella
en la mejor esquina de América

por JORGE IVÁN AGUDELO


Número 27 Septiembre de 2011

—Tintín Tantán… lleve gallina—, y bailaba el perrero hacia nosotros como impulsado por su estribillo.

Hacía años que no lo veíamos; tanto tiempo había pasado, que caminamos un poco incrédulos hasta ese cruce de calles donde siempre nos esperó su carrito, sus malos chistes, sus canciones inventadas…

—Eavemaria… qué milagro, la última vez que vinieron por acá yo tenía todos los dientes y ustedes eran dos niños… y ahora hasta hijos tendrán… ¿Se casaron, cierto…?

Y como si la pregunta hubiera sido su mejor chiste, tú y yo soltamos la carcajada… lo abrazamos sabiéndolo la única certeza de que en algún momento estuvimos juntos, y tú, parsimoniosa, respondiste, no Checho, yo no estaba por aquí, desde hace nueve años no pisaba esta tierra, desde ese tiempo no nos veíamos.

El viejo Checho se lleva la mano a la cabeza como si le hubieran dicho que se iba a morir mañana…

—Hombre Checho, ¿y ya cambiaste la receta?—, le pregunté para sacarlo del trance…
—No mi niño, es la misma pero mejorada…
—Entonces danos dos perros con todo, especiales, para tus mejores clientes… ¿O tú quieres otra cosa?
—Cómo se te ocurre que me voy a comer otra cosa—, me contesta Andrea haciéndose la indignada. Nos sentamos, ella a mirar la calle, las casas, cerciorándose de que todo estuviera en su sitio… y yo, a mirar para atrás, a buscarnos en ese mismo andén antes de los años.

Nueve años, dijo ella y el tiempo se me tiró encima… yo había perdido la cuenta y aunque todavía la recordaba de vez en cuando, ya no soñaba con un reencuentro, hasta que me llamó en la tarde y me propuso que nos viéramos, que ya era justo que habláramos, que un enojo de tanto tiempo era inhumano… ¿enojo?, ¿pero de qué me hablaba?, si yo había pasado por todo, pensé, menos por el enojo… primero estuve plañendo al lado de cualquiera, después anduve con una tristeza como asordinada que se atravesaba en cualquier cosa que hacía, con los meses me acometió un pacífico aburrimiento y, por último, como dice cualquiera después de cualquier tragedia, la vida sigue… luego de esa llamada tan inesperada, de haber acordado encontrarnos en el Tíbiri Tábara a las nueve… me quedo mirando al techo, recordando nuestro último encuentro, cuando me dijiste, con la resolución de tus veinte años, que no aguantabas un minuto más en Medellín, que nos fuéramos, que estábamos a tiempo, que no valía la pena quedarse en una ciudad que más se demoraba en verte que en cobrártelo… Acabábamos de volver del entierro de tu hermana, lo recuerdo muy bien, la hora no estaba para decidir ni qué camisa ponerse, pero tú, en medio de la rabia y el dolor habías tomado tus decisiones… te abracé y lloramos, volviste a lo mismo, que mi prima nos recibe en Madrid y allá vemos, que hablo en serio, que tenía que elegir entre un mierdero lleno de bombas, o tú, y yo, sincero y estúpido, te respondí: de Medellín no me muevo. Saliste de mi casa con tu vestido de luto a empacar para el viaje. Cuando después de dos días te llamé, confiado en oírte triste pero tranquila, y nadie me contestó, supe que te habías ido, sin embargo repetí la llamada a distintas horas, fui a buscarte, le pregunté a tus vecinos y a tus amigas, y nadie, pero nadie, me quiso decir nada, como si tu última voluntad antes de irte hubiera sido castigarme aleccionando a todos los conocidos para que no me dieran noticias tuyas.

—¿Al frente no quedaba esa licorera donde nos vendían cerveza a los catorce?—, preguntas señalando el garaje de una fábrica de brasieres.
—Sí, ahí quedaba, ¿te acuerdas que tu mamá amenazó al dueño con hacerle cerrar el negocio si nos volvía a vender, así fuera una caja de fósforos?
—Señora tan brava ¿no?
—Ya van a estar los perritos mis muchachos— y Checho hace su baile mostrándonos las salsas…

Tú te acomodas mejor en el murito, donde, desde los catorce hasta los veinte, como si fuera más sagrado que el Sabbat, comiste a mi lado perro con todo, te reíste con Checho, hablaste mal de tus amigas y me quisiste.

De cuatro a nueve no tuve sosiego, pensé en destapar unas cervezas para calmar la ansiedad de verte, pero me pudo el propósito de llegar sobrio a tu lado. Busqué qué ponerme, y después de escoger y no decidir, me conformé con cualquier cosa y salí a caminar. Barajé todas las vidas posibles para ti… lo más seguro es que se haya graduado en medicina, que tenga dos hijos, que reparta su tiempo entre ser una esposa y una madre ejemplares y en curar heridas, pero decidí ensoñar, crear otras vidas para ti, tal vez regenta un restaurante de comida típica que le sirve de tapadera para el menudeo de la mejor cocaína colombiana o, y lo pensé sonriendo, hace parte de una secta milenarista y viene a despedirse porque llegó la hora de los elegidos.

Y después de jugar a darte un destino, de recordar tus maravillosos pezones, el amor en el parqueadero de tu edificio, los conciertos de rock en el teatro Carlos Vieco, tu camisetica con Kurt Cobain en el pecho, las vueltas y revueltas para comprar un bareto en una chaza de la Setenta, después de hacerle honor a esa frasecita estúpida de: recordar es vivir un poco, llego a la puerta del Tíbiri y ahí estás tú, moviendo los labios, cantando pa dentro Tu amor es un periódico de ayer… sólo atino a sonreír, a señalarte la entrada de ese sótano donde tanta salsa se ha escuchado, pero tú te adelantas y me abrazas. Bajamos las escalas de la mano, te ríes con risa abierta y pides un tequila en la barra, por los viejos buenos tiempos.

No estaba tan errado… te casaste, te divorciaste, tienes dos hijos preciosos, vives para ellos y para la medicina, piensas en mí de vez en cuando, optaste por no aparecer, porque de haberlo hecho, me hubieras convencido de viajar y según cuentas, nunca hubiera sido feliz al otro lado del charco… ¿y después? Después fue tarde. Así las cosas, suena un tema del Joe y bailamos… o tu bailas y yo te estorbo y te piso… me preguntas por mis cosas como si te hubieras ido una semana de paseo a Santa Marta y no nueve años a Madrid, algo te contesto, no te lo niego, digo, fue duro al principio, pero… así fueron las cosas y me encanta verte. Estás hermosa, lo noto, lo nota todo el bar… y tú lo sabes más que nadie. Salimos al poco rato, los timbales no se hicieron ni para los reencuentros ni para las confesiones. Mientras caminas y preguntas si es seguro, si es cierta tanta belleza, si se acabó la zozobra, yo asiento y oigo tu taconeo por los adoquines de la Setenta… Y ¿qué pasó con éste?, ¿volviste hablar con tal?, pero si eran los mejores amigos… me inquieres por gente que ya ni recuerdo, cansado de no saber de nadie me invento dos o tres vidas para los amigos de la primera juventud. Como acometida por una epifanía, me suplicas: vamos donde Checho, por favor, vamos donde Checho. No puedo negarte nada, si con el sólo recuerdo de nuestro amigo el perrero se te ilumina la cara y vuelves a estar a mi lado, a usar tenis, a ser la de hace años… y aquí estamos viendo llegar dos perros calientes que parecen barcos de colores.

—Está delicioso— dices con la boca llena y vuelves a morder
—Así suene a una de esas frases que pegan en los corchos de las papelerías… hay cosas que nunca cambian.
—¿Por qué lo decís?—
me preguntas extrañada.
—Porque mientras te apoyas en mi rodilla, aprovechas para limpiarte la salsa en mi pantalón.
—Jajaja, qué pena, disculpame.

Y en esas estamos, comiendo pan y salchicha en la mejor esquina de América, cuando de la nada aparece una moto con dos pelaos, me miras como preguntando si tu miedo es un vicio adquirido en el primer mundo.

—No te preocupes, si me hubieras avisado con tiempo, te alquilo el carro de perros, solamente pa que comas tú, pero como llegaste de improviso, vas a tener que soportar a otros comensales— te ríes y terminas de comer.

Sin embargo, yo tampoco estoy tranquilo, no se han bajado de la moto, el parrillero manotea, Checho intenta explicarle algo, da media vuelta para coger un cuchillo, pero el otro se mete la mano a la chaqueta, saca un revólver, le apunta a la cabeza, dispara tres veces y arrancan. Eso es todo. Tú gritas y te levantas, pero antes de que corras a salvar a un muerto te agarro del brazo y empezamos a caminar rápido hacia la otra esquina. Intentas devolverte, te abrazo por la cintura y te recuerdo que estuvimos a dos pasos de los matones, que ellos nos vieron y nosotros a ellos, además, Andrea, le pegaron tres tiros en la cabeza a menos de un metro.

Nos montamos en un taxi, el chofer arranca sin rumbo y te mira llorar por el retrovisor; antes de que pregunte nada, le das la dirección del hotel, abres la ventanilla y recuestas el cuerpo contra la puerta, como si yo fuera el culpable, el organizador de una escenografía sangrienta, con sicarios y todo, para amenizar tu regreso. Busco enojarme pensando que eres un ave de mal agüero, nueve años sin visitar al pobre Checho, llegas como si tal cosa, te sigo el capricho… y Tintín Tantán… lleve gallina, pero no me engaño, me gustaría abrazarte, decirte algo, consolarte de alguna manera.

Te bajas y no te despides. Pienso, mientras te miro la espalda, que te debí haber dejado separar los sesos de las salsas, que fue injusto no permitirte un acto heroico.

—Llevame al centro— le digo al taxista con toda la intención de tomarme unos rones en ese parqueadero donde una vez me trozaron el dedo con una piedra.
—¿Le molesta si prendo el radio?
—No, bien pueda— y empieza a sonar esa canción promocional que cantábamos de niños:
La ciudad donde nací/y con mis amigos crecí/la ciudad que es de mis hijos/donde vivo y trabajo/por tí/ Medellín crece contigo/su progreso es para todos…

De golpe recuerdo que estamos a primeros de agosto y que Medellín está de fiesta. 


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Brisas de la Iguaná

Brisas de la Iguaná

por REDACCIÓN UC


Número 27 Septiembre de 2011

Un martes lluvioso de febrero, hace 40 años largos, Misael Pastrana llegó a Medellín para entregar una urbanización de edificios medianos para la clase media. Pastrana creía estar cortando la cinta de un suburbio que sería clientela. No sabía que inauguraba un barrio con voz propia y labia larga.

En el principio era La Iguaná. Los viejos mapas de la zona de Otrabanda muestran un hilo negro en medio de un amplio cauce gris. La quebrada hacía de las suyas al menos tres veces cada año y sus vecinos se acostumbraron a vivir con los pantalones remangados hasta la rodilla. La Iguaná era el demonio de la zona y solo quienes estaban obligados a enfrentarla -pobres de solemnidad, campesinos recién bajados, areneros, lavadores de cueros- daban la pelea contra sus embestidas y su mala fama. La leyenda negra la completaban los malos olores y el zumbido de las moscas. Además de las curtimbres y sus aguas fétidas estaban los mataderos y una fábrica de jabones en cercanías de lo que hoy es Suramericana, para terminar de ensuciarlo todo.

Los barrios de Otrabanda que ya lucían rosales en el antejardín preferían mirar más hacia la calle San Juan que hacia Colombia. Laureles y La América le daban la espalda a esas mangas turbias llenas de sauces, pomos, guamos y algunas eras de maíz y fríjol, y arrugaban la nariz frente a los tugurios en las orillas del ferrocarril y los talleres en Naranjal. Pero un buen precio es capaz de vencer todos los prejuicios. Y poco a poco aparecieron los inversionistas decididos a convertir esas tierras malsanas en apetecibles: “de fincas a estancias, de estancias a parcelas, de parcelas a mangones, de mangones a mangas y de mangas a lotes”. Cuando en el centro una vara cuadrada valía 50 pesos, en cercanías de La Iguaná se podía conseguir entre 2 y 5 pesos.

J. B. Londoño, la Compañía Industrial de Sombreros y Lisandro Ochoa, un cronista con buen ojo y buen bolsillo, fueron algunos de los grandes inversionistas en la zona. Era cuestión de arrendar los predios como potreros y esperar. Desde 1932 se hablaba de proyectos urbanísticos en Otrabanda. Un plano de la época dibuja una pequeña ciudadela en el sitio exacto donde hoy está Carlos E. Restrepo. Era apenas un triángulo modesto en una porción de la ciudad que mostraba los tranvías eléctricos de La América, Belén y Robledo, señalaba el estadio Los Libertadores en San Joaquín y le entregaba importancia a la calle Colombia como salida al occidente.

A mediados de los años sesenta llegó la certificación definitiva para esa encrucijada. La Biblioteca Pública Piloto había desafiado el ambiente desde 1952. Luego se vendieron los lotes para los centros comerciales Los Sauces y El Contemporáneo, y el almacén Sears le señaló al Éxito dónde debía montar su local y cómo no debía manejarlo. En 1966 Suramericana todavía tenía dudas sobre su edificio de oficinas y su proyecto de viviendas. Le preguntó, entonces, a una firma consultora llamada Asesorías e Interventorías (AEI). El informe se puede resumir con una frase vieja: “No lo piensen más”. Ya el municipio hablaba de una “zona en pleno desarrollo para uso habitacional” y el Instituto de Crédito Territorial (ICT) anunciaba un “gigantesco plan de vivienda en Medellín”.

En 1970 llegó el gobierno de Misael Pastrana con una frase que hoy bien podría ser propiedad de Angelino Garzón: “Frente social, objetivo el pueblo”. Medellín tenía dos grandes proyectos apoyados por el ICT, uno para familias pobres en López de Mesa en el norte y otro al pie de la Biblioteca Pública Piloto pensado para “la laboriosa clase media de la ciudad”, según los avisos de prensa. En el diario El Correo de 1971 aparecen múltiples avisos con las listas de los “preseleccionados dentro del plan alcancía aplicado a la Urbanización Carlos E. Restrepo”. Medellín era todavía un pueblo en busca de costumbres de ciudad. Las notas sociales dan cuenta de los acontecimientos memorables: “Doña Clementina P. de Ospina ofreció a sus amigas una taza de té. El juego de canasta tuvo lugar ayer en su casa de Perú con El Palo”.

El martes 16 de febrero de 1971 llegó el presidente Misael Pastrana a la ciudad. Fue recibido por el ceño fruncido del gobernador Diego Calle y la sonrisa conservadora del alcalde Álvaro Villegas. Se fue para el barrio Las Nieves, arriba de Manrique, para hacer la primera visita presidencial a la comuna nororiental. Según El Correo fue aclamado por la multitud y rompió el protocolo para juntarse con el pueblo. Les dejo el cassette del discurso: “En nuestro país la reforma urbana será quizá la más avanzada de América… Hemos pedido al ICT centrar sus esfuerzos en suministrar auténticas viviendas populares y bueno ámbitos para los colombianos más pobres”. Siguió para López de Mesa a entregar las más de 600 casas y remató en Carlos E. Restrepo. Según el cronista de la época fueron 2 horas y 17 minutos de frenesí popular antes de prepararse para el coctel de rigor en el Club Unión.

En Carlos E. Restrepo se entregaban los primeros 216 apartamentos de los 1000 proyectados. Un aviso de página entera lo celebraba: “No estamos prometiendo, estamos cumpliendo”. En el acto público, bajo un toldo y con un edificio como telón de fondo, el director del ICT le explicaba al Presidente Pastrana -“a las 5:40 de la tarde”- que un año y medio atrás esos terrenos estaban ocupados por tugurios cuyos habitantes fueron llevados a otras viviendas. Pastrana admiró el primer piso del edificio marcado con el número 53-14 y “acarició una niña y estrechó docenas de manos” antes de ir a bañarse para estar presentable en el Club Unión.

La lista de los “felices propietarios” que entrega El Correo tiene profesores, jueces, la viuda de un cronista radial, jubilados y un decorador de Fabricato. También hay un estudiante burgués entre esa “laboriosa clase media”. El periódico no se cansa de elogiar el nuevo suburbio: “los apartamentos son cómodos y acogedores. La zona verde es grande y bien distribuida”. Y eso que todavía era un peladero, qué tal que lo vieran hoy cuando ya está cubierto por un toldo verde de 40 años que sembraron sus primeros dueños.

Pocas veces los elogios de la prensa no producen risa una vez han pasado cuatro décadas. Los habitantes de Carlos E. Restrepo supieron construir un barrio abierto y saludable en medio de las recientes emboscadas del miedo, se han resistido a las rejas y a las serpentinas de acero, y ni siquiera la vecina funeraria que ya viene podrá oscurecer su ambiente de cantina y parque infantil, de cafetería universitaria y guarida de jubilados, de primera estación para la fiesta y casa de abuelos. En este caso es la ciudad la que le debe al barrio.


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Arte Central 25: Chinatown

Número 25 Julio de 2011

Chinatown

Instalación. Un proyecto de Esteban Zapata.

“Si un aglomerado de fachadas, de casitas, de edificios, de ladrillos, suele constituirse como una imagen recurrente de nuestra ciudad latina, o bien como una narración visual de Medellín, también serviría como cuadro descriptivo de un barrio oriental”.

María Isabel Naranjo Cano.



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