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Amplificando en español

Amplificando en español

por CARLOS ALBERTO ACOSTA • Fotografías de Juan Fernando Ospina


Número 91 Octubre de 2017

Cuando llegué a New Order y me dirigí a la barra, vi que el Tuso, un sicario del combo de Castilla, tenía su pistola sobre la barra y la giraba como una hélice muy cerca al puesto del DJ. De pronto dijo en tono amenazante, “esta noche yo les voy a decir cuál es la música que van a poner”; en ese momento supe que New Order había muerto. Era el momento de despedirme de mi bar.

Corría 1989 y habían pasado ya tres años desde los días de New York New York, otro pequeño bar de música romántica en Envigado, donde realmente todo empezó. En la década de los ochenta Medellín era la capital colombiana de la música. Casi todas las disqueras, Sonolux, Discos Fuentes, Codiscos, Discos FM, Discos Victoria, tenían su sede en la ciudad. Ser el columnista de música en El Colombiano me convertía automáticamente en el centro de atención de las mismas, giraban buscando una reseña para sus discos.

Eran días muy divertidos, casi de ensueño. Un día visitaba a Marco F. Eusse, director A&R de Codiscos, y salía con los brazos llenos de todo el rock argentino del sello Interdisc que jamás vería la luz en Colombia. Lo mismo sucedía cuando visitaba a Edwina Vásquez, directora de mercadeo internacional de Sonolux, y le preguntaba:
—Edwina, ¿qué es esto que dice Ilegales?
—Es un grupo español.
—¿Y lo vas a sacar?
—No, para nada. Aquí no hay nadie que programe esa música… Te lo regalo.

Y de regalo en regalo me hice a una discoteca con bandas y solistas que nadie conocía y nadie quería hacer sonar: Charly García, Virus, Serú Girán, Miguel Ríos, Olé Olé, Orquesta Mondragón, Abuelos de la Nada. Al escucharlos me parecía increíble descubrir música tan bien hecha y cantada en español. Pero en Colombia no había espacio para esos sonidos, pues las emisoras juveniles solo reproducían el formato Top-40 de Billboard y las románticas no se movían de Julio Iglesias y compañía.

Para entenderlo bien hay un ejemplo perfecto. En 1985 Codiscos se atrevió y lanzó el álbum Todo a pulmón del argentino Alejandro Lerner. Me encomendaron promocionarlo en todo el país, visité más de diez ciudades y la respuesta fue siempre la misma, resumida perfectamente por Carlos Sierra de La Voz de Colombia: “Es demasiado pop y eso aquí a la gente no le gusta”. La canción que les parecía demasiado pop era No hace falta que lo diga, hoy un súper clásico del archivo. Estaba sin saberlo frente al paradigma de la época.

New York New York

Todo iba a comenzar a cambiar la noche de un jueves de 1986 en Envigado, cuando después de rumbiar en el apartamento con Vickytru, Jota, Panelo y Emilio Sus, y de brincar como indios locos con esa música rechazada, nos fuimos a visitar a Santiago Ochoa, un roquero muy fino que había conseguido trabajo de barman en New York New York, un bar a media cuadra del parque.

Con ese nombre esperábamos algo más cosmopolita. Entramos y no había un alma a pesar de que sonaban los éxitos de Camilo Sesto, José José y otros románticos de moda. Aprovechando que estábamos solos le dijimos a Santiago que nos pusiera los discos que traíamos de grupos argentinos y españoles. Con semejante amplificación, esa noche la terminamos brincando en aquel bar que estaba abierto solo para nosotros y, lo mejor, ya no nos gustaba solo a cinco… ya éramos seis.

Prometimos volver al siguiente jueves. Algunos fuimos con acompañantes y la historia se repitió. Entre brinco y brinco nos preguntábamos casi al grito… ¿y eso qué es? Radio Futura, contestaba el DJ de turno. ¿Y ese cómo se llama? Aviador Dro, decía el otro. Todo era nuevo y fascinante.

La cita del jueves se volvió ritual y cada semana llegaban más amigos de los amigos. Como Javier Rodríguez, que luego dirigiría Cámara FM; Tato, que luego fundaría Estados Alterados, y Elkin Ramírez, con quien estrenamos una noche, en primicia municipal, Escudo y espada, anticipo del primer álbum de Kraken.

Como ya no cabíamos y solo queríamos bailar, arrinconamos sillas y mesas. Jamás olvidaré cuando estando en la barra se sentó a mi lado un tipo muy elegante que nos miraba a todos como observando una invasión alienígena… Era el dueño del bar que llegaba sin aviso. Un joven médico muy tieso y muy majo. Llamó a Santiago y cuando todos pensamos que lo iba a despedir y nos iba sacar a la calle, le dijo que se olvidara de la “plancha”, se quitó el saco y la corbata y se puso a bailar. Fue el primero en lucrarse con la idea.

Unas semanas después y de manera sistemática comenzaron a caer la policía y el ejército. Se turnaban. Hacían quitar la música y nos ponían a todos contra la pared. Cerraban el lugar si alguno no portaba su cédula, si a alguien le encontraban marihuana o simplemente porque la música estaba muy alta. O solo porque sí.

Una vez le preguntamos a uno soldado por qué nos la tenían tan velada y nos dijo, “es por orden del patrón, el patrón no quiere sitios de vicio en su ciudad”. El patrón, Pablo Escobar, era por aquel entonces el amo y señor de Envigado. Era irónico pensar que el mayor narcotraficante del mundo nos persiguiera solo porque teníamos el pelo largo, con algunos tintes, y no bailábamos chucuchucu. No recuerdo haber sentido nunca dentro de New York New York olor a marihuana. Lo cierto es que al final de cuentas lo cerraron.

New Order

Sin un lugar dónde reunirnos quedamos huérfanos. El mundo jamás volvió a ser el mismo para ninguno de nosotros. Las tabernas como Lauro’s donde uno iba a sentarse a oír “música americana”, o las discotecas como Kevin’s, con toda la fiebre merenguera y traqueta de la época, nos resultaban aburridas y clichés.

Empezamos a reunirnos en las casas que algunos voluntarios ofrecían. Eso sí, apenas los padres veían las pintas de los invitados iban cambiando de opinión, jamás pudimos repetir casa. Terminamos reuniéndonos todos los viernes en el Parque de Laureles. Alberto Hurtado ponía la grabadora y la fiesta seguía al aire libre hasta que, naturalmente, llegaba la policía.

A mediados del 87 Paneso, un estudiante de medicina que cambió su carrera por perseguir la buena música, me dijo que en los bajos de la Bolera Acuario había un bar de jazz que estaba quebrado y lo alquilaban. En el edificio de la Bolera solo había cuatro bares funcionando, uno de lesbianas, otro de tango, Boca de Chicle con música de los sesentas y uno más de música vieja, de resto asustaban por sus pasillos vacíos. ¡Era perfecto para que nadie nos molestara! No lo pensé dos veces y con Jairo Álvarez lo arrendamos. Quitamos las sillas y las mesas, tapamos las ventanas y pusimos una vieja registradora de bus a la entrada. El artista Jorge Botero, Boterito, nos donó dos murales brutales que le dieron todo el carácter underground al sitio.

El nombre New Order nació, por supuesto, de la banda inglesa de tecno, pero tenía además la connotación de un nuevo orden de rumba con música que traía una nueva poética, letras provocadoras y que reunía, en una sola tribu, al punk, al tecno, al new wave y al rock duro. Atrás habían quedado los bailes de garaje y los amacices de discoteca. Había nacido el individualismo. El yo salgo solo y bailo solo y no necesito pareja para estar bien.

New Order puede haber sido el primer pub de Colombia. Llegabas, comprabas tu trago en la barra y luego te hacías donde pudieras con tu vaso desechable. Sin meseros ni nadie para consentirte o ante quien darte ínfulas. Desde que abrimos, el lugar siempre estuvo lleno con la comunidad heredada de New York New York, pero acrecentada por el boca a boca que crecía en volumen. Lo neorromántico estaba en su apogeo y sus clientes llegaban cada noche con la moda de The Cure, Depeche Mode, Siouxsie and The Banshees, Plasmatics o Sex Pistols. Mientras el mundo afuera seguía adormilado, entrar a New Order era como entrar a un bar con habitantes de mundos extraños y por ende de extrañas formas.

En un momento dado levantabas la mirada y veías brincando a Fanny Mickey, Camilo Pombo o Pilar Castaño, y en una esquina a los Toreros Muertos, a Alcohol Etílico, o a músicos de Soda Stereo, Enanitos Verdes y Caifanes.

Edison Morales, el DJ de base, sabía exactamente el momento en que el lugar estaba listo para disparar la energía. Solo era escuchar los primeros acordes de El baile de los que sobran de Los Prisioneros para que la pista se llenara y desde ahí hasta el final ya jamás se detenía. Bailábamos por horas, hipnotizados en esa envolvente música que sonaba como queríamos y decía lo que sentíamos. El piso se movía, a veces parecía que nos desplomaríamos sobre los carros del parqueadero. La pista era una masa humana que subía y bajaba al ritmo de la música, todos concentrados mirando al piso, al techo o con los ojos cerrados. Uno que otro pogo pero solo como parte del menú. ¡Y cantábamos! “Litros de alcohol corren por mis venas, mujer / No tengo problemas de amor / Lo que me pasa es que estoy loco por privar / Salta hacia atrás o quítate la ropa, mujer / No provoques más mi pasión / Tengo un fuego dentro / que no puedo contener”.

Super Stereo amplifica a New Order

Providencialmente Fernando Pava Camelo decidió abrir en Medellín su segunda emisora pop, Super Stereo 92.9, “la estación del poder”. Digo providencial porque si bien New Order funcionaba bien, sentía que si lográbamos difundir masivamente esa música podíamos crear un movimiento. La premisa era simple: si funciona en el bar tiene que funcionar en la radio.

Primero creamos Radio Pirata, un programa de una hora los domingos en la noche donde programábamos la música que sonaba en New Order. Tal vez con Radio Pirata no hubiera pasado nada raro si no fuera porque la promo del programa la hicimos con el coro de A quién le importa de Alaska y Dinarama. Ese fue el detonante de un cambio en la historia de la radio y de la música en Colombia.

Cuando escogí la canción para musicalizar la promo le dije al grabador de Radio Super que aparte del coro sonara la estrofa que dice: “La gente me señala / me apuntan con el dedo / susurra a mis espaldas / y a mí me importa un bledo”.

En aquella época decir en la radio “me importa un bledo” era algo irreverente pero aún dentro de lo permitido. Esa frase llamó la atención de los oyentes que inmediatamente empezaron a preguntar cómo se llamaba esa canción y quién la cantaba.

El público pedía que programáramos la canción. La presión fue tanta que hicimos una reunión para saber si rompíamos las reglas y metíamos un tema de New Order en la emisora. Dijimos que sí, pero también dijimos que había que lanzarla con bombos y platillos y empezar a separarnos del resto de emisoras anglo de la época como Veracruz Stereo y Todelar Stereo.

Nace el “rock en español”

Lancémosla como rock en tu idioma dijeron unos, como pop latino dijeron otros, rock en español dijeron otros. En esa mesa estábamos Vicky Trujillo, la Supersónica; Jairo Álvarez, el Capitán Activo; Juan Carlos Gómez, Santiago Ríos, Jaime Piedrahita y el gerente Enrique ‘Blue’ Martínez. Como no hubo consenso, terminé la reunión y me metí a la cabina. Cogí el disco de Alaska y Dinarama, lo saqué de la chuspa, lo puse sobre el tornamesa, cuadré la canción y sostuve el disco con un dedo mientras debajo de él giraba el tornamesa. Abrí el micrófono, anuncié la canción y dije: “Esto es rock en español”.

Al final del día A quién le importa era la canción más pedida por los oyentes, el paradigma se había roto y ahora solo había que desatar todo el potencial de una música que todos habían rechazado un par de años atrás. No estábamos descubriendo el agua tibia. Rock en Argentina, España o en Colombia había desde los sesenta en simultánea con la Beatlemanía, pero fue en Medellín donde le pusimos la chapa de rock en español y le dimos alas.

Cuando esa noche fui a New Order le dije al DJ que me diera las canciones que más le pedían en el bar. Me entregó La muralla verde de Enanitos Verdes, Devuélveme a mi chica de Hombres G, Mi sombra en la pared de Miguel Mateos, Soy un animal de Toreros Muertos, Nada personal de Soda Stereo y Muevan las industrias de Los Prisioneros.

Esa fue la primera andanada de canciones que lanzamos bajo el rótulo de rock en español. Los discos eran nuestros, exclusivos, nadie más los tenía porque ninguna disquera los había querido sacar al mercado. Las canciones las escogimos nosotros, nadie nos dijo promuevan esta o aquella. New Order era la incubadora de canciones que luego pasábamos a Super Stereo ya con certificado de éxitos. A su vez, la emisora le devolvía el favor al bar haciéndole publicidad como el único lugar donde podían escuchar y bailar esa música.

Finalmente un día llamé a Edwina Vásquez, la dura de Sonolux y le dije:
—¿Te acuerdas de ese disco que me regalaste un día de un grupo español llamado Los Toreros Muertos?
—No, no me acuerdo, ¿por qué?
—Pues sácalo —le dije—, porque es número uno en la emisora.

Me hizo caso y en un mes vendió treinta mil unidades y otras tantas de Miguel Mateos, mientras CBS/Sony se cansó de vender a los Hombres G y a Soda Stereo.

El salto a Bogotá

El rock en español salió de Medellín el día que Fernando Pava me llamó y me dijo:
—Cal, mándame esa canción que está de número uno en tu listado de éxitos. ¿Cómo es que se llama?

Era Lobo hombre en París, la que sería la primer canción de rock en español que sonó en Bogotá, casi un año después del boom en Medellín.

Como no habían discos en las tiendas, todo lo que sonaba en Bogotá eran copias en cartucho de nuestros discos de New Order, pero una vez que la capital acogió al rock en español la industria se echó a andar y el fenómeno se salió de nuestras manos y tomó vida propia.

Otros bares comenzaron a programar rock en español. El éxito de New Order atrajo hacia la Bolera Acuario a una horda de empresarios que montaron cuanto bar se les ocurría, atrayendo entre la multitud a los mafiosos de la época que rápidamente desplazaron a la comunidad original del bar. La fiesta había terminado.

Han pasado treinta años y con la misma mística de la peregrinación del ramadán, la comunidad de New Order se reúne cada año para revivir, solo por una noche, aquella época y aquella música que marcó nuestras vidas y cambió a toda una generación en la ciudad, en el país y en Suramérica.


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Al caído, caerle

Al caído, caerle

Archivo Fotográfico BPP


Número 88 Julio de 2017

Horacio Gil Ochoa, fotógrafo antioqueño, dedicó cuarenta años de su vida a andar detrás de ciclistas. Retrató la Vuelta a Colombia, circuitos urbanos en varias ciudades del país e, incluso, algunos eventos deportivos en Europa.

Entre rutas y casualidades, en 1969, Gil Ochoa capturó la naturaleza más trágica del ciclismo: un accidente. Durante un circuito dominical por el barrio Laureles en Medellín, un niño salió entre los curiosos que observaban y terminó chocándose de frente con el corredor Jairo González. El descuido del infante propició no solo La Caída, como se titula esta foto que se conserva en el Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto, sino la pérdida de dos dientes del ciclista, que en la imagen se ven volar cerca del mentón. El fotógrafo cuenta, entre preocupación y orgullo, que se alegró del incidente, no porque le gustaran los ciclistas caídos —aclara con firmeza—, sino porque supo que sería una buena foto. El éxito de la imagen fue tal que al otro día alcanzó primera plana en los periódicos locales, y luego llegaría a exposiciones deportivas en otros lugares del país y del mundo.

Años después el niño de la imagen se encontró con Horacio Gil y le contó su lado de la historia: en vez de ir a misa, como lo había mandado su mamá, se dejó llevar por la bulla de los espectadores emocionados por los ciclistas. Luego del accidente, y al verse mugroso y ensangrentado, le dijo a su madre que camino a la iglesia se había caído en una alcantarilla. Pero la pela vino al otro día, cuando todos lo vieron en primera plana.

Bien dicen por ahí que primero cae un mentiroso que un cojo.


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El sabio del Jardín

El sabio del Jardín

Archivo Fotográfico BPP


Número 87 Junio de 2017

Entre titís grises, reinos de palmas, verdolagas florecidas y patos esperando migas de pan, vive el espíritu del maestro que custodia las especies animales y vegetales conservadas en el Jardín Botánico de Medellín: Joaquín Antonio Uribe, un hombre florecido en Sonsón, por quien fue bautizado este edén criollo.

Representó, en el desarrollo intelectual antioqueño del siglo XX, la combinación perfecta entre disciplina, poesía y ciencia. Su pasión por la naturaleza se desbordaba en el saber aplicado con absoluta entrega, plasmado en una prosa armoniosa que da cuenta de su vocación por la enseñanza. Este sabio naturalista concentró sus esfuerzos en abarcar distintas disciplinas científicas, y aunque es reconocido por sus adelantos en biología y botánica, su curiosidad lo llevó también por la geografía, la geología, la historia y la literatura. Parte de su legado se conserva en la Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto, en el Fondo Marceliano Posada, intelectual amigo quien se encargó de guardar los detalles de su hacer investigativo y de su vida personal. Las libretas de apuntes hablan por sí solas del detalle minucioso que llevaba el maestro Uribe en cada tema, descubrimiento y objeto de estudio. Para la muestra, su libreta titulada Historia Natural, una recopilación de estudios sobre fauna y flora en Antioquia que inició en julio de 1925, en la que describe y cataloga especies según su taxonomía; en el detalle, el Cuadro de la Clasificación Vegetal dividido en clases, órdenes y familias, en el que evidencia la variedad de las 1.134 plantas determinadas a lo largo de esta investigación.

Poco es lo que se ha dicho del maestro Joaquín Antonio, pero sus aportes no se quedan cortos para la dedicación con que trabajó y vivió la naturaleza en estas tierras; no en vano decimos que su espíritu se quedó viviendo, entre orquídeas e iguanas, como guardián del Jardín.

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Años mozos

Años mozos

Archivo Fotográfico BPP


Número 84 Marzo de 2017

María Cano y sus primas.

Alguna vez todos fuimos jóvenes. Sin embargo, en la iconografía de personajes célebres por lo general abundan las imágenes de la adultez. Estos sujetos aparecen siempre retratados muy bien puestos y trajeados, adustos y serios, con el rostro que queda después de años y años de vida compleja. O de caminos fáciles y placenteros, porque la pura dicha también moldea. En últimas, no tenemos la cara que nos tocó, sino la que nos forjamos.

Aquí presentamos a dos personajes a quienes solemos ver muy curtidos. Por un lado estamos acostumbrados a María Cano en su versión de agitadora social, con el pelo corto, quieto, y el rostro más bien duro. Y por el otro, al fotógrafo Benjamín de la Calle, caracterizado como si no viviera en Guayaquil sino en Montmartre, con sobrero bombín y chaleco de terciopelo. Pero aquí los vemos antes de todas las hazañas y las desgracias. La Cano, de pie en el grupo de tres, es apenas una doncellita en traje. Por su parte, Benjamín, si se le quita el bigote, a duras penas resiste el título de señor. Ambas fotografías son retratos hechos por Melitón Rodríguez y hacen parte de la colección patrimonial del Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

Benjamín de la Calle.


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La batalla de las bandas

La batalla de las bandas

por FELIPE HINCAPIÉ • Fotografías del Archivo Periódico El Mundo


Número 83 Febrero de 2017

El éxito que tenía Súper Conciertos JIV Limitada había llegado al punto de manejar dos emisoras, una columna en uno de los diarios más reconocidos del país y tener a todos los grupos locales a su favor. Después del histórico concierto de Argus, Raúl Velásquez tuvo la idea que marcaría la historia tanto para ellos como para el rock paisa en general. Raúl, Jairo Álvarez, Carlos Alberto Acosta y Vicky Trujillo comenzaron a idearse el concierto La Batalla de las Bandas.

La idea inicial era tratar de abarcar todos los grupos locales y géneros posibles para promocionarlos y posicionarlos, pues se miraba mucho hacia el ámbito internacional pero no se tomaban en serio los grupos locales. Un gran concierto que uniera a los rockeros en la Plaza de Toros La Macarena, lugar que ya tenían como referente.

“Empezamos el proceso, comenzamos a hablar de eso en el programa de radio y aparecieron muchas bandas interesadas en participar”, recuerda Jairo Álvarez. “Nos dimos a la tarea de ir a visitar todas las zonas donde ensayaban, todos los barrios donde estaban las bandas para seleccionar las que iban a participar”.

Jairo y Vicky eran los encargados de las audiciones y de calificarlos. Un día, cuando ya estaban seleccionadas la mayoría de las bandas, apareció un grupo de punkeros que se sentían relegados. Raúl Velásquez, como representante del evento, luego de hablar con ellos les dio la razón, por lo que abrió dos espacios más de los que tenía planeados.

Jairo Álvarez, quien fue el primer vocalista y mánager de Kraken, así lo recuerda: “Kraken era como el gran referente en ese momento y la mitad de los rockeros los adoraban y la mitad los odiaban, entonces se creó un ambiente muy curioso alrededor de La Batalla porque más allá de una manifestación cultural era una manifestación social. Había muchas bandas de punk, de metal, de hardcore, y que al final fueron seleccionadas, luego de más o menos seis meses de preparación y selección, les escogimos salas de ensayos donde les dimos instrumentos un poco más adecuados para que pudieran practicar y tener una mejor calidad a la hora de la presentación”.

Era la primera vez que se vinculaba un medio de comunicación como copatrocinador de un evento de rock. El periódico El Mundo fue, además de algunas empresas privadas, el que impulsó la realización del concierto. Era una apuesta segura, por lo que dineros privados y algunos personajes políticos se mostraron interesados en colaborar en algo realizado para los jóvenes. Así lo recuerda Carlos Alberto Acosta: “Esos personajes políticos salieron muy aburridos porque casi los linchan apenas se montaron al escenario y comenzaron a hablar. La verdad es que los odios entre los distintos géneros musicales, sobre todo los más radicales como los metaleros y los punkeros, hacia otros géneros como el rock heavy, el rock estándar y el pop, eran muy fuertes, entonces ahí no hubo ninguna convivencia. Fue una real batalla entre los seguidores de unos géneros tratando de matar a los otros”.

Como organizadores, el hecho de haberle puesto La Batalla de las Bandas a un evento que pretendía fomentar la convivencia sí les llamó la atención, al punto de querer cambiarlo días antes del evento por Encuentro de Bandas. Era demasiado tarde, la mayoría de la publicidad ya estaba impresa.

El mito decía que el concierto se iba a acabar cuando tocara Spol o cuando tocara Kraken, que eran los grupos “caspa”, los que la mayoría de la gente de los barrios populares no quería escuchar.

El cartel

Fueron ocho agrupaciones en total, y la dinámica del concierto era generar una votación para que las bandas más populares entre dos categorías, expertos y novatos, ganaran un disco. Además, se esperaba sacar un videoclip de los grupos ganadores y un registro completo del concierto para ser transmitido en televisión nacional.

El orden pretendido para esa tarde era Spol, Glostergladiattor, Danger, Mierda, Excalibur, Parabellum, Lasser y Kraken.

A diferencia de Ancón, los pormenores técnicos ya estaban listos: una tarima de dieciséis por ocho metros, cincuenta personas de logística controladas por Javier Betancourt, quien había trabajado anteriormente con Alice Cooper. La boleta se podía comprar en el almacén de JIV Limitada y en otros seis puntos de la ciudad. Todo estaba listo para aquel sábado 23 de marzo de 1985, el día de La Batalla de las Bandas.

Primeras horas

Como si de un presagio se tratara, la temperatura en Medellín aquel sábado estaba en uno de sus puntos más altos. Treinta grados acompañaban a la ciudad en aquellos tiempos sin fenómeno de El Niño. Mientras las personas del común buscaban la sombra y se abanicaban con lo que tuvieran a la mano, los jóvenes rockeros aguantaban el sol mientras hacían la fila afuera de la Plaza de Toros La Macarena.

Algunos, como en Argus, llegaban ebrios a la requisa antes de entrar, pues si el policía les detectaba la bota o el litro de cualquier licor lo vaciaba en un considerado río de vicios. El capitán Acevedo se aseguró de que toda persona que pasara al recinto fuera requisada hasta en las partes más íntimas con el fin de buscar productos non sanctos, tal como lo relató el periódico El Mundo que reseñó el concierto días después en el artículo “Una expresión de libertad… ¡vigilada!”: “En aprietos se vieron los uniformados para revisar todos los bolsillos y los bolsillitos, todas las billeteras y todas las mochilas de todos los rockeros asistentes. En un rincón de cada entrada empezó a crecer el cúmulo de periódicos, cadenas, navajas, botellas, chapas, al lado de una que otra bola de marihuana. La muchachada solo esperaba cumplir con la humillante requisa para correr desenfrenada hacia las graderías, y regresar más rápido a buscar la arena de la plaza, porque era allí que se vivía la vida. Los más ‘serios’ se quedaron en los tendidos, disfrutando el espectáculo con el vino que llevaron en una bolsa plástica, o en una bota que no les decomisaron porque le repitieron cincuenta veces al agente, en la puerta, ‘somos una parejita sana’. En el ruedo, centenares de jóvenes se jugaban la vida, como toreros. Le hacían el quite a la rutina, agarraban a estocadas los convencionalismos y entraban a matar todo lo que estorbara su libertad. Otras veces parecían gladiadores venidos de otros circos y otras Romas, semivestidos, pletóricos de taches y de hebillas y de colores. (…) Y al final de cada intervención, miles de manos alzándose hacia el cielo, coronadas con una ve y ambientadas con gritos como descargas de infernales artillerías. Por no hablar de las bandas. Alguien imitaba a alguien en el fervor y en la mística del rito-rockero-musical-vital”.

Con el ambiente pesado y los nervios del primer gran concierto, Spol se apoderó de sus instrumentos y se encargó de abrir el concierto. Los altoparlantes, hasta ese momento utilizados para dar indicaciones, se llenaron de un rock suave que levantó nuevamente las silbatinas. Era un público difícil, y al notar que la primera canción del grupo no sería la estridencia que fueron a escuchar, comenzaron a volar las primeras piedras y cúmulos de arena.

Más que una presentación musical lo de Spol fue un acto circense, pues la gran atracción fue ver a su cantante tratar de cantar mientras se defendía de los objetos voladores. El acto duró una canción, precisamente hasta que una pedrada en el ojo le avisó al vocalista que debía bajarse de allí, en medio del abucheo y el grito generalizado: “¡Caspa, caspa, caspa!”.

El segundo en escena fue Glostergladiattor, que usó las palabras mágicas para que el público comenzara a bailar: “Sigue el metal”. No importó el ritmo sincopado, la arritmia musical ni la estridencia, el público por fin estaba feliz. El vocalista no paraba de alentar con frases como “el heavy es la solución” y “que seamos polvo”. Algo de poder tuvieron sus frases, pues el polvo tomó vida propia y la arena de la Plaza se volvió una nube que tapó a todo el público de abajo.

“Hubo muchísimo calor, y cuando la gente empezó a brincar se levantó un arenero de tal magnitud que la gente no veía el escenario, y nosotros desde la tarima no veíamos la arena, del polvero que había”, recuerda Jairo Álvarez. “Tocó llamar a los soldados para que mojaran la arena, y la gente aprovechó para mojarse, se volvió una gran fiesta, pero mientras se armó todo ese desorden siguió el concierto y el caos no se hizo esperar”.

Danger se encargó de volver a caldear la plaza. Aunque el sonido era malo, y la voz del grupo se escuchaba gangosa, un cover de Judas Priest hizo delirar al público, al punto de que uno de los aficionados se subió a darle un abrazo al cantante. “Gracias Medellín por ponerle sangre”, gritó el líder de la banda, despidiéndose, sin imaginar lo que se vendría unos cuantos minutos después.

El error clave estuvo en el momento en que se le permitió subir al escenario a un grupo llamado Mierda, cuyo propósito, según ellos mismos, no era ni el amor, ni la armonía, ni la belleza. Representante del ultra metal, el vocalista subió maquillado con sangre e incitando a la gente a insultar, a ser irreverentes y a no dejar nada en pie. “Crucificadme” y “Satanás está entre nosotros” fueron algunas de las frases que desde el micrófono tentaron a la suerte.

El ambiente se volvió tan tenso que tras la presentación de Mierda hubo un receso no programado. Mientras algunos se abrazaban, otros trataban de limpiarse la polvareda, buscar a los amigos e hidratarse, pues la temperatura seguía por las nubes.

Excalibur, aunque era metal, pecaba por no ser del grupo ultra metal. Tal y como le pasó a Spol, fueron apedreados una vez se subieron al escenario, por lo que decidieron bajar sin dar todo su potencial. Una parte del escenario ya había sido reventado, lo que auguró que la presentación de Kraken, el verdadero “florero de Llorente”, sería una catástrofe. Sin embargo, antes del grupo de Elkin Ramírez se debía presentar Lasser, y antes de estos dos el turno era para el grupo más esperado por el público. No había terminado Excalibur y ya se oía el grito generalizado de “Parabellum, Parabellum”.

La visión de Parabellum

Aunque Ramón Restrepo, vocalista de Parabellum, sabía que ellos representaban el género musical del ultra metal, hoy día cree que en la presentación de ese día hicieron lo que tenían que hacer.

Estaban tras bastidores, y ya había llegado el rumor al camerino de que el ambiente afuera estaba pesado. Tal situación no les era indiferente ni extraña, pues el público que asistió a La Batalla de las Bandas ese día era su público habitual.

Sus letras eran fuertes, pero no creyeron nunca que fueran un detonante incitador para acabar con el concierto. Querían hablar sobre la lucha contra el comercio musical, contra la música caspa, vendida al mejor postor, contra aquellos que para ellos no hacían nada significativo con las canciones que creaban, pero eran las letras de sus canciones, era la forma con la que interactuaban con su público, era su filosofía de vida.

“Parabellum, en esas épocas, confrontando lo que era la religión, la política, la misma existencia, la guerra y el comercio musical, hizo que la gente entendiera y se saciara hasta un punto máximo. Quedaron a gusto, al punto que no querían escuchar más. Después de que la banda tocó la gente no quería más concierto, ya no necesitaban más sonidos en sus oídos, se generó un caos. Además, luego venían unas bandas que en ese momento, por el pensamiento radical de la gente, no eran aceptables, porque los consideraban muy comerciales. Bandas locales, bandas nuestras, que en esa época eran consideradas caspas y que ahora son respetadas y se reconocen como parte de la historia de nuestra música, pero en ese momento no lo eran. Se supone que nosotros ganamos La Batalla de la Bandas y merecíamos el disco. Igual el sentido no era ese, el propósito no era ganarnos esa grabación, al fin y al cabo el ultra metal o el metal de esa época era muy underground; preferíamos hacer las cosas por nuestros propios medios encima de que nos la regalaran, aunque si nos la daban tampoco la íbamos a rechazar”, cuenta Restrepo recordando ese día de tarima.

Parabellum se montó al escenario gritando que había llegado el metal, que se prepararan todos para la presentación más impactante de la tarde. Hasta los policías dejaron de bostezar para ponerse alerta tanto con el grupo como con aquellos que desde la arena comenzaban a tirar guijarros a los de las graderías que, se suponía, eran los que no querían estar en el alboroto.

El público enardecía, y las paredes maltratadas a lo largo del día ya se habían astillado. La pared del escenario era negra, de cuatro metros de alto y con los cantantes de Parabellum en su cúspide, lo que no fue obstáculo para uno de los asistentes que, ayudado por otro, escaló con el único fin de abrazar a Ramón.

Ricardo Aricapa, en su crónica “Rock y Anarquía”, así lo reseñó: “Subterráneo, como herido de muerte, surge de las esquinas de los barrios populares de Medellín ese grito hondo y desgarrado del cantante del grupo Parabellum; un alarido como el de un degollado que se riega airoso y contagioso por la plaza estremeciendo cuerpos y levantando polvareda, a pesar de los bomberos, que con sus mangueras no pudieron sofocar del todo ese incendio juvenil”.

Faltaban por tocar Lasser y Kraken, pero como Parabellum era el último grupo representante del ultra metal, para algunos, el concierto había terminado.

“Y llegó Lasser. Ahora los ánimos tenían el mismo volumen de los altoparlantes. En los tendidos seguía el entusiasmo, pero dosificado, la gente en general tiraba juicio. Buena parte de los de la arena ya andaban volando. Y volando bajo”, escribió Aricapa ese 1985.

Lasser tuvo la misma suerte que Excalibur y Spol, pues lo poco que estuvo en tarima fue para luchar por su vida. Las piedritas comenzaron a volar por todo lado con mayor frecuencia, y la tarima, con los golpes en la pared que la sostenía, ya no era un lugar seguro.

Juan Fernando Trujillo había decidido desde el principio del concierto ir al balcón, pues no era allegado al metal ni al ultra metal. Necesitaba un espacio sin congestión y donde pudiera ver el fenómeno tranquilamente: gente en la arena bailando, corriendo, pogueando y gritando cualquier cantidad de cosas a los que estaban cerca de él.

Ya se habían tirado diferentes tipos de objetos desde abajo hacia las gradas, pero quizás el primer gran motivo de la guerra que se formaría fue un baile de una persona en las graderías. La gente lo recuerda de muchas maneras: que fue un tipo que empezó a bailar de forma homosexual, que los de las gradas comenzaron a gritarle cosas a los que estaban tirando cosas, que nadie bailó nada, que todo empezó con Spol, que todo empezó con Lasser. En todo caso, Juan Fernando Trujillo asegura haber estado diagonal a la mujer de pañoleta roja que empezó a bailar con pasos de Jhon Travolta. En las tribunas, desentendidos del concierto, comenzaron a animar a la mujer, hasta que el alboroto fue tal que los que estaban en la arena se dieron cuenta, y le lanzaron a aquella mujer de pañoleta todo lo que tuvieron al alcance: chitos, papitas, guijarros, arena y bolsas llenas de quien sabe qué cosas.

Como es natural, las personas de arriba comenzaron a responder, y el evento perdió el poco sentido que le quedaba. Cada uno de los involucrados en la guerra comenzó a despicar piedras de las estructuras con las botas y las comenzaron a tirar. Los dos hombres que manejaban el sonido se tuvieron que refugiar en los tornamesas mientras se cubrían con los bafles y las telas negras del escenario.

Ricardo Aricapa terminó su reseña así: “Era una verbena robada a esta ciudad voraz donde ya no quedan resquicios para los sueños, la que sin embargo no se aprovechó plenamente porque lo que se había anunciado como un grito de libertad de las bandas y de los súbditos del rock de Medellín; lo que se esperaba que fuera una batalla fraternal entre metaleros, terminó en una batalla de guijarros entre el público. Y fue así como el altar del rock fue profanado por esa minoría sin dirección que parece empeñada en masacrar todos los valores; por esa franja marginal de la cultura urbana que el sábado asistió masivamente a La Macarena. Confieso que sentí temor por mi vida cuando el ruedo y las tribunas se desocuparon en estampida; cuando ya había varios heridos. Fueron diez minutos mudos en los que cualquier cosa pudo haber pasado en La Macarena. La gente pedía música y paz, pero los vándalos hacían la guerra. Todos queríamos que el concierto siguiera, pero no había por dónde porque se había desatado una situación absurda que ya no tenía reversa. En esas estábamos cuando llegó la policía, que bolillo en mano desocupó la plaza en cinco minutos. En el tráfago de la salida precipitada, pude ver otra vez al joven de la foto. Iba más trabado y ausente, sin darse cuenta de que en el fondo del callejón sin salida en el que se encuentra él y esa juventud que no quiere ver perjudicada está la policía esperando”.

El capitán Acevedo y sus 48 hombres se adentraron a la gradería donde estaba Juan Fernando Trujillo y la chica de la pañoleta. Mientras unos iban de manera pacífica a calmar el alboroto, otros, con bolillo en mano, aumentaron la tensión.

La mayoría de esos catorce mil asistentes habían salido de la Plaza de Toros en los diez minutos posteriores al suceso. Los cuerpos descompuestos, empolvados, con ropas desgarradas y botas raídas, en su mayoría, buscaban una forma de regresar a su hogar, mientras otros se dedicaban a seguir la pelea y esparcirla por todo el barrio El Naranjal. Tanto fue así que la mujer de la pañoleta roja tuvo que salir corriendo del lugar y montarse al primer bus que pasó por el lugar. Todos vieron partir a aquella mujer en un Floresta San Juan, mientras dejaba atrás todo el caos que, en parte, había provocado.

Muchos, como Juan Fernando, se quedaron en los alrededores de la Plaza por el resto de la tarde. Desprogramados, silenciosos, aletargados, pensativos con lo que había sucedido allí adentro, una parte de ellos quería terminar el concierto, aunque esa opción ya era más que imposible.

¿Y Kraken?

En el camerino aún permanecían Vicky Trujillo, Raúl Velásquez, Carlos Alberto Acosta y Jairo Álvarez, quienes despacharon a los músicos y les ofrecieron disculpas anticipadas a los miembros de Kraken.

Hugo Restrepo, de Kraken, todavía recuerda ese tiempo en el camerino: “No logramos tocar en La Batalla de las Bandas porque todo se terminó antes con el tipo de desorden público que hubo, entonces Kraken no se pudo presentar. No nos vimos en peligro, porque estábamos atrás en el camerino. No fue porque estaban en peligro nuestras vidas, sino que la gente, el público, se estaba agrediendo entre ellos. No siento que hubiera una resistencia a Kraken, lo que se detectó es que fueron riñas personales: la gente que estaba en las tribunas empezó a agredir o a hacer cosas que disgustaron a los de abajo, pero no había una rencilla con ningún grupo. Rencilla después, en un concierto en el teatro al aire libre Carlos Vieco, ahí sí fue una rencilla. Esa del Carlos Vieco fue una experiencia muy negativa, mucha gente salió muy malherida, el concierto no se pudo terminar, fue un fracaso para la banda tener que terminar así, escoltados y todo”.

La Batalla de las Bandas se convirtió en una expresión violenta, pues ya había un problema social más grande. Lastimosamente, toda esa música pesada se filtró ahí en el mundo del sicariato, lo que volvió a la época en sí misma un periodo muy oscuro.

Luis Grisales, quien también asistió al evento, aún no es capaz de hacerse una idea de la lógica que tuvo la gente para ocasionar tal grado de destrucción. “En ese instante me di cuenta de algo muy triste, que en realidad la ciudad estaba pasando por un momento muy crítico, un momento de violencia, que uno no lo tiene en la cabeza. ¿Hasta dónde una masa es capaz de agredir a otra? Era un despertar, era ver que las masas eran, y son, idiotas. Si a mí no me gustaba una banda me iba para otro lado o la escuchaba a ver si ahora sí me gustaba, pero yo no tenía esa dimensión, el querer agredir a alguien por música. Con el tiempo es que uno aprende que hay unos problemas de fondo, como se viven ahora esos problemas con las barras futboleras que es algo que no tiene que ver con el fenómeno del fútbol. Si el parqués fuera deporte nacional también nos daríamos bofetadas por el color de las fichas”.

Los reclamos por parte de los contradictores del rock no se hicieron esperar, y, como lo dice Carlos Alberto Acosta, al día siguiente de La Batalla de las Bandas se sabía que se tenía que empezar de ceros. “A partir de eso todo se fue para atrás: ya la Plaza de Toros no la querían prestar, los medios no querían saber nada de rock y los enemigos del género se aprovecharon de eso para difundir más eso de que el rock era satánico, que el rock era promotor del vicio, y lo escribían desde las secciones editoriales. Todos se vinieron encima de La Batalla de las Bandas, y el golpe fue duro”.

El golpe se podía notar desde las mismas reseñas al concierto. Una vez más el texto Rock y Anarquía, de Aricapa, mostró lo que se le vendría encima al género musical más adelante: “Cuando el reportero gráfico de El Mundo se acercó a fotografiar la escena de un muchacho desmayado por exceso de rock y estupefacientes en pleno ruedo de la plaza de toros La Macarena, en el paroxismo de la efervescencia que vivió el sábado la juventud rockera de Medellín, uno de los dos jóvenes que, tan trabados como su compañero caído trataban inútilmente de ayudarlo, enfrentó sin alientos al reportero y con una voz droga y cansada le pidió el favor de que no tomara la foto porque con ella iba a perjudicar la juventud. En su ensueño artificial el jovencito por lo menos logró captar que semejante foto iba a ser el más triste testimonio de una generación extraviada a la cual está atado por manoplas de cuero negro y correas anchas tachonadas con estoperoles; una juventud que se resquebraja en un nihilismo sin brújula; al ritmo metálico del rock y en plácida traba de metacualona, la cocaína de los pobres, porque el rock en Medellín se bajó de clase social y anda regado como una epidemia por los barrios populares de la ciudad. Por eso, los que tuvimos el privilegio de asistir el sábado a La Macarena para ver lo que hace la juventud más atravesada de Medellín cuando tiene un espacio físico para su ritual de rock y droga, vimos en esas miradas hundidas y en esos atuendos insólitos la avidez de la pobreza. Y bajo esos maquillajes estrafalarios vimos también las muchachas más lindas de Medellín danzando sin uno en pleno ruedo”.

El problema del radicalismo se agravaría posteriormente, pues el odio que había hacia Kraken por una parte del público sabotearía un par de eventos más en los años posteriores. El radicalismo llegaría a su punto máximo y su caída en los años noventa, cuando la apertura económica y la llegada de mayor oferta musical volverían absurdo el hecho de pelear por gustos musicales.

Como ocurrió con Ancón, luego de La Batalla de las Bandas se vino una época oscura donde tímidamente los grupos volverían a sus zonas de confort: parches pequeños, notas con amigos, cada uno dedicado a lo suyo y los conciertos de garaje que serían pieza clave para el resurgir del género en los noventa. 

En el ruedo La Batalla comenzó literalmente y no hubo tiempo de liberar el Kraken. El Titán y sus músicos se quedaron en el camerino. Su ausencia quedó como una marca. Su momento no había llegado.


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Rueda la bola. 1910-1947

Rueda la bola

1910-1947

por JUAN MANUEL URIBE


Jugando en casa. Historias de cancha, hazañas de tribuna

Enero de 2017

La cancha de Miraflores, testigo del crecimiento del fútbol en Medellín, 1927. ¿Qué tal la pinta del árbitro?. Archivo Carlos Serna.

Cien años después de la Independencia llegó a Me­dellín un nuevo invasor: el fútbol. Vino en forma de pelota, una vejiga envuelta en una piel de cuero, tan pesada cuando se mojaba que ni el más temible caño­nero de aquellos tiempos era capaz de levantarla con un golpe del empeine. La trajo Guillermo Moreno, un antioqueño de familia pudiente, comerciante, viajero, aventurero como todo buen arriero. Los primeros pica­dos se llevaron a cabo en el Bosque de la Independen­cia y luego en la Manga de los Belgas. Armaban arcos con palos y piedras, y jugaban entre amigos. Los testi­gos eran simples parroquianos que, como atortolados, se quedaban con la boca abierta por ver a aquellos jó­venes de “buena pinta” corriendo detrás de una extraña esfera cosida como un zapato.

Así comenzó la historia del fútbol en la capital antioqueña. Y así dio inició el recorrido del balón por nuestras mangas, calles y canchas primerizas. La pe­lota cruzó el mar para ser amansada por jóvenes ex­tranjeros que vivían en esta comarca, y luego pasó a los pies de antioqueños y migrantes internos, quienes le dieron un sello propio a ese novel deporte que ya se había convertido en epidemia en toda Europa.

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Oficialmente el fútbol tuvo su origen en 1863, en Ingla­terra, cuando se fundó la asociación de fútbol de ese país. Sin embargo, hay registros de juegos con pelota en diferentes partes del mundo, al menos cuatro siglos antes de que los ingleses lo formalizaran. En Suraméri­ca llegó primero a Argentina, Brasil y Uruguay.

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En la primera década del siglo XX en Medellín se ju­gaba en el Bosque de la Independencia, construido en homenaje al centenario del 20 de julio de 1810; la construcción la autorizó el Concejo Municipal en 1913 y la Sociedad de Mejoras Pú­blicas lo inauguró en 1915.

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El primer equipo creado en Medellín, por iniciativa de los comerciantes suizos Juan Heiniger y Jorge Herzig, fue el Sporting en 1912 (el Barranquilla F.B.C., el primer conjunto de fútbol de Colombia, data del 4 de diciembre de 1909).

Todo listo para el saque inicial en la Manga de los Belgas, 192?. Archivo Carlos Serna.

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La creación del Medellín se registró el miércoles 21 de enero de 1914. Ese mismo año se pasó a jugar en la llamada Manga de los Belgas, situada donde estaba comenzando la construcción del Hospital San Vicente de Paul, y el nombre se debía a que ahí pastaban las mulas que arrastraban el tranvía de sangre de la empresa colombo-belga.

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Hay documentos que registran un partido entre el Medellín y el Sporting, con triunfo de este último, el sábado 9 de mayo de 1914. También quedó registrada la revancha ante los místeres, calificada de inolvidable. Siete días después se hizo un partido de festejo por la visita del presidente de la república Carlos E. Restrepo.

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En la Manga de los Belgas se jugó el domingo 29 de noviembre de 1914, a las cuatro de la tarde, el primer partido interdepartamental que se hizo en la ciudad. Se enfrentaron Bartolinos, equipo del colegio jesuita de San Bartolomé de Bogotá, y el Sporting criollo. Los bogotanos llegaron por tren, con transbordo de la estación El Limón a la de Santiago, pues todavía no existía el túnel de La Quiebra. El partido, olvidable según parece, se dirimió con un empate sin goles.

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En junio de 1915 los jesuitas compraron al empresario Coriolano Amador la finca Miraflores, en el barrio Buenos Aires. El 28 de mayo de 1916 estrenaron allí una cancha con un partido entre el Sporting y el Club Antioquia, primer equipo del colegio jesuita fundado en 1914.

Archivo de Carlos Serna.

Partido en la cancha de Miraflores, 1926. Archivo Carlos Serna.

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Con la construcción del Hospital San Vicente de Paul la Manga de los Belgas cerró sus arcos y se pasó a jugar al frente, en el campo llamado El Carretero, de propiedad del Sporting (allí se edificaría la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia). Antonio Zapata, presidente del club Albión (1916), recibió una carta fechada en Montevideo el 10 de mayo de 1919 y firmada por el presidente de la Confederación Sudamericana de Fútbol, Héctor Rivadavia Gómez, que lo invitaba a afiliar al fútbol colombiano a la Conmebol que ya contaba con Argentina, Uruguay, Brasil y Chile.

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En septiembre de 1923 comenzó a jugarse la Copa Jiménez Jaramillo, organizada por la Gobernación de Antioquia, y por tanto bautizada con los apellidos del gobernador de entonces. Se jugó en la cancha El Carretero. Fueron seis los oncenos enfrentados: Peralonso, Colombia, El Trece, Star, ABC y Medellín. El ganador fue Medellín, cuyo uniforme era de franjas verticales carmelitas y blancas.

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El primer intento de estadio fue una tribuna en la carrera Carabobo, llamada Estadium Municipal e inaugurada el 31 de agosto de 1924. Allí el Boyacá le ganó 1-0 al Nariño. La vida de ese sitio fue efímera. En 1924 se volvió a jugar la Copa Jiménez Jaramillo, sin la resonancia de la anterior y sin que la prensa reseñara los marcadores.

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En 1925 el rector de la Universidad Nacional, Carlos Gutiérrez, donó una copa y con ella se disputó el torneo Gutiérrez. Jugaron Junín, Universidad de Antioquia, Ayacucho y San Ignacio. El jueves 25 de marzo de 1925 se jugó en Miraflores un partido que el Medellín le ganó al Star por 3-2

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El 24 de julio de 1925 un combinado de antioqueños, reunido a manera de selección local, derrotó 9-0 al visitante Colegio Ramírez de Bogotá. En 1927 vino una representación de Santa Marta y ese mismo año fue una de Medellín a Bogotá. Es evidente que había copas, partidos e intercambios, pero la prensa bajó la guardia a la información certera del fútbol en Medellín. Había pasado la novedad de los viajes y los enfrentamientos entre las escuadras.

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En diciembre de 1928 y enero de 1929 se disputaron los Primeros Juegos Olímpicos Nacionales en Cali y el fútbol se jugó en el estadio Versalles. A la ciudad de Medellín la representó el Medellín F.B.C. Jorge Herzig fue el entrenador y llevó a jugadores como Carlos Congote, Arturo Echavarría, Cipriano Torres, Fabio Jiménez, Jesús Arriola, Alberto Molina, Diego Restrepo, Ignacio Arriola, Samuel Uribe Escobar (capitán), Pedro Justo Berrío y Jorge ‘Imanao’ Londoño. La final la ganó Santa Marta a Barranquilla 2-0.

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Aquel Medellín F.B.C., conocido como de “los ricos”, pues casi todos eran profesionales como el médico Samuel Uribe Escobar, se acabó en 1930, coincidiendo con la popularización del balompié, pues ya lo jugaban los llamados “artesanos”, los ciudadanos que ejercían los oficios aprendidos con el trabajo diario: tenderos, zapateros, albañiles, carpinteros. Esto hizo al fútbol el deporte más jugado y más visto en todas partes.

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El 26 de octubre de 1929 se instaló la junta de Fedefútbol, hoy Liga Antioqueña de Fútbol. Desde su creación, comenzó a jugar sus torneos en el hipódromo Los Libertadores, donde hoy está el barrio San Joaquín.

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El primer partido en Los Libertadores se jugó el 24 de febrero de 1929, a las tres de la tarde, entre el Ciclista Lima Association y el ABC local. Ganaron los peruanos 9-0. Desde ahí empezó la fama de los peruanos en Medellín y en Colombia. Entraron por Barranquilla, navegaron por el Magdalena, de Puerto Berrío a Medellín, a Bogotá, a Cali y salieron por Buenaventura. En octubre de 1929 vino otro equipo peruano, el Chancay, le ganó al Junín 12-1 y al Medellín por 4-1. En julio de 1930 volvió el Ciclista Lima y le ganó al Deportivo por 4-0. Los equipos peruanos no volverían hasta 1941 cuando ya se habían curado las heridas el conflicto entre Colombia y Perú, que empezó cuando los peruanos invadieron Leticia el 1 de septiembre de 1932.

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En 1926 Jesús María ‘el Cura’ Burgos creó en Niquitao un equipo con muchachos del sector, lo denominó Romano y le puso camiseta roja. Lo renombró Real Madrid y lo entró a la liga en 1930. En el 32 se ganó la segunda categoría y al ascender a primera división en 1933 Burgos denominó a su equipo Medellín F.B.C., tomando el nombre que había quedado sin uso. En 1935 hay fotos del equipo con las franjas horizontales rojas y blancas, pero volvió al rojo completo que terminó por imponerse. Ese es el Medellín que llegaría a ser fundador de la Dimayor en Barranquilla el 26 de junio de 1948.

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El primer campeón de la Liga Antioqueña fue el Colombia, en 1930, seguido del Unión. En el 31 fue campeón el Deportivo y segundo el Colombia Junior. En el 32 ganó el Colombia y segundo el Colombia Junior. En el 33 ganó el Deportivo y subcampeón fue el Colombia Junior. En los tres años siguientes la Liga no realizó el torneo de primera.

Es por eso que en 1936 el Cura Burgos armó una larga gira nacional. Fue el último año de Burgos en el Medellín. Lo remplazó Leo Hirsfeld, el entrenador alemán que dominó el torneo de la liga de 1937 a 1945, ganó ocho de los nueve campeonatos, solo perdió el de 1941 con Huracán y fue en el escritorio: Medellín no se presentó a la final como protesta por considerar injusta una sanción a su capitán, Alfonso Serna. Los últimos dos campeonatos antes del profesionalismo los ganó el Deportivo (el mismo que venía de 1930) y el Victoria, uno de los nuevos equipos del Cura Burgos.

Equipo Colombia, primer campeón de la primera categoría de la Liga Antioqueña de Fútbol, 1930. Fotografía de Melitón Rodríguez.

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La lista de jugadores de esa época es interesante y hubo cracks reconocidos como el portero Carlos Álvarez, José ‘Mico’ Zapata, Luis Patiño, cuyo apodo era famoso: el Bailarín Pirata; Gabriel Mejía, Julio ‘Chonto’ Gaviria, Alberto ‘el General’ Villa, los hermanos Echeverri (los Irras) y Jaime ‘Manco’ Gutiérrez. También era técnico de la liga Fernando Paternóster, quien había sido traído por la Asociación Colombiana de Fútbol, Adefútbol, para dirigir la selección de los I Juegos Bolivarianos de julio y agosto de 1938 en Bogotá.

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El primer campeonato nacional de fútbol (fuera de los Juegos Nacionales), dirigido por la Adefútbol, se jugó en 1938 en Medellín, del 19 de noviembre al 4 de diciembre. Lo ganó Antioquia, con la base del Medellín F.B.C., ambos dirigidos por el entrenador alemán Leo Hirsfeld. La final se la ganó Antioquia a Atlántico con marcador 2-0.

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El 9 de julio de 1944 hubo un incidente que dejó dos muertos y numerosos heridos en el hipódromo Los Libertadores. Se iba a jugar el partido entre Medellín y Huracán, el clásico de entonces. El silbato Gilberto Piedrahíta llamó a los jugadores al campo. El Medellín salió completo pero Huracán solo salió con siete jugadores. El árbitro permitió que Manuel Marín anotara el gol para ganar por W.O. Luego Huracán, reforzado y completo, propuso jugar un partido amistoso, pero se creyó que sería oficial. Medellín se negó a jugar el partido. Hubo protestas, se exaltaron los ánimos, dañaron las tribunas de sol, los altoparlantes rodaron por el suelo y la policía comenzó a disparar. Fue el caos y se responsabilizó y detuvo al oficial encargado. El estadio se reabrió el 18 de septiembre con el partido que el Medellín le ganó 3-1 al Unión Indulana.

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El hipódromo San Fernando fue inaugurado el 22 de febrero de 1942. Y Los Libertadores quedó solo para el fútbol hasta 1948 cuando fue vendido para la construcción del barrio San Joaquín. En 1944 se jugó un partido de fútbol en San Fernando entre antioqueños y samarios, pero no se volvió a hacer hasta el profesionalismo, por lo “lejos” que quedaba del Centro de Medellín. Cuentan personas del fútbol como Humberto ‘Tucho’ Ortiz y Rodrigo Fonnegra que se llegaba caminando y la entrada era por debajo de cuerda para ver los partidos.

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El equipo Unión, casaca roja y pantaloneta blanca, apareció en la liga en 1941. Al año siguiente ganó la segunda categoría y al ascender a primera se fusionó con el Indulana, equipo que le aportó el color negro. El nuevo nombre fue Unión Indulana, que jugó en primera los tres torneos de 1943 a 1945 y cuya casaca al principio fue verde al lado derecho y rojo al izquierdo. En 1946 se acabó la alianza entre los dos equipos y el Unión jugó con su viejo nombre, pero ya usaba la casaca verde y la pantaloneta granate.

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El 30 de abril de 1941 se fundó la sociedad del Atlético Municipal por la escritura pública número 2 100. La sociedad presidida por el ingeniero Alberto Villegas Lotero hizo una jugada maestra: para tener cupo de una vez en la primera división de la liga, les dijo a los jugadores del Unión que entraran a jugar para el Municipal con el pago de sueldos, es decir, profesionalmente. Y se incorporó al Municipal el uniforme verde y granate.

Campeones nacionales por primera vez. En aquella época se jugaba con cinco delanteros. Fotografía de Jorge Obando. Archivo Tucho Ortiz.

*Este texto hace parte del libro Jugando en casa. Historias de cancha, hazañas de tribuna, coeditado con la Subsecretaría de Ciudadanía Cultural de Medellín.



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Gastronomía sin ruta

Gastronomía sin ruta


Número 72 Diciembre de 2015

Los barrios marcan algunos hitos con el carbón, la paila hirviente y la ruta que siguen los antojos ambulantes. Culinaria y repostería de esquina. Empanadas, obleas y tilapias que no necesitan aviso ni local. Siga la voz, siga el aroma, siga la fila.


Tilapia con sabor chocoano

Barrio Ocho de Marzo

Tilapia con sabor chocoano

por REDACCIÓN UC • Fotografías de Juan Fernando Ospina


Número 72 Diciembre de 2015

La casa es un lugar meramente funcional; salvo por un par de fotos familiares y un cuadro torcido, no hay adornos. En la sala un sofá doble de cuero, una silla de plástico y un televisor encima de un escaparate conforman todo el mobiliario. En los cuartos sin puertas, lo básico: camas y armarios. Al fondo de la casa, la cocina con un poyo largo de cemento gris que termina en un lavadero con un tanque grande donde se lava ropa, loza y mucho pescado. Exactamente, tilapias rojas y negras traídas desde Armenia, Quindío, a la casa de María Eida Martínez, ubicada en un alto junto a la cancha del barrio Ocho de Marzo. Desde la amplia terraza que la precede se divisa el barrio La Sierra, al otro lado de la quebrada Santa Elena. Es allí donde María Eida, más conocida como ‘La Abuela’, dispone de mesas y sillas para atender la clientela que llega los viernes, sábados y domingos en busca de pescado frito con patacón.

Según el tamaño, el precio del plato puede variar entre siete y doce mil pesos. Pero cualquier tipo, cualquier tamaño, cualquier precio garantiza un sabor único y un comensal que vuelve. “El que viene una vez viene más veces”, asegura María Eida, de 84 años, mientras limpia y descama pescado.

De Villa Hermosa, Manrique, Buenos Aires y hasta de Itagüí ha llegado gente para comer el pescado de La Abuela. Su asistente, ‘La Tía’, otra negra grande, de risa fácil y muy coqueta, los echa a la sartén después de que La Abuela los adoba. “Ella tiene su secreto, el cuento se riega y ya hasta hay gente que encarga para llevar y nos pide domicilios”. La Tía unta de harina el pescado y lo desliza en la paila de aceite caliente.

Ambas mujeres y sus familias vienen del Chocó. María Eida llegó hace treinta años a Medellín, y abriéndose camino se fue trayendo a una parte de su gente. Vende pescado hace veinticuatro años y se ufana de no fiar y no regalarle a nadie: “El que se come el pescado, lo paga”; no vale ser sobrino, nieto, hijo, el que sea.

Todo empezó porque María Eida no quería depender de su esposo. “Tener que pedir plata para esto, para lo otro, que vea que deme mil peso, ah, ¿qué para qué mil peso? Entonce a explicar para qué los mil peso. En cambio uno tiene su plata, se pone su falda y dice: ahí le dejo la casa, me voy para el centro a comprarme un labial, una blusa”. Así explica La Abuela por qué se metió en el negocio. Y cuenta que solo en diciembre deja de lavar, preparar y vender pescado para ir a ver a los suyos en Istmina..

El pescado en el plato cruje, al cliente lo consienten: el patacón se lo hacen de plátano maduro, verde o pintón, y si avisa con tiempo, la noche o el día anterior, le cocinan yuca para acompañar. El limón no falta y le consiguen la bebida.

En cualquier momento, La Abuela grita desde la cocina con su delantal mojado: “¿Les gustó?”. No hay remedio, hay que volver y traer a Perano que es fanático de la tilapia. La Tía, en la terraza, junto al fogón de leña cubierto con una lona, aplasta plátanos sonriendo: “Aquí lo único que dejaron fue espina”.


Gastronomía sin ruta


Los barrios marcan algunos hitos con el carbón, la paila hirviente y la ruta que siguen los antojos ambulantes. Culinaria y repostería de esquina. Empanadas, obleas y tilapias que no necesitan aviso ni local. Siga la voz, siga el aroma, siga la fila.

La Quesuda

La Quesuda

por REDACCIÓN UC • Fotografías de Juan Fernando Ospina


Número 72 Diciembre de 2015

Llegó La Quesuda, puntual como cada domingo. Estacionó su carro junto a la cancha de El Progresar y puso en la calle una mesa plástica con sombrilla. Cuando apenas estaba sacando los tarros llenos de lecherita y arequipe, las cocas con mango picado, el queso rallado, el racimo de bananos pecosos y las obleas caseras, ya se habían arrumado a su alrededor, con ojos vivaces, los primeros clientes: “Dame un vaso con mango”; “yo quiero una quesuda de dos mil”, “para mí una bandeja con banano”. Pocos saben que ese moreno al que todos le dicen La Quesuda se llama Savier Mosquera.

Empezó a llegar más gente, y él a despacharlos con la habilidad de un avatar de ocho brazos, mientras les preguntaba: “Qué quiere reina”, “qué va a llevar el rey”, “qué le sirvo a la mami”, “cuántas porciones, mi hermano”. “Dios lo bendiga”, le dijo a cada uno al recibir la plata. No tiene ayudante porque todos quieren que sea él quien los atienda; prefieren armarse de paciencia hasta recibir sus porciones para luego sentarse a comer en las mangas de los alrededores desde donde divisan el Valle de Aburrá o en las tribunas de la cancha mientras ven el torneo de fútbol del barrio.

Está contento; siempre está contento, asegura. Abre su boca bembona y suelta, a capela, un canto grave, ancho y denso que se extiende por toda la cuadra al ritmo de lo que podría ser un porro o una cumbia: “Oiga / mire / vea, / pruebe La Quesuda para que vea. / Si subimos a Los Sauces, / allá está La Quesuda. / Si bajamos a Santander, / ahí yo veo a La Quesuda. / Si nos vamos pa’l Picacho, / ahí yo veo al Quesudo”. Savier sonríe mostrando los dientes refulgentes; el mismo gesto alegre que tiene en la foto, ya desteñida, estampada en la espalda de su delantal blanco: un primer plano de su rostro anguloso y ancho, sin barba, y en la mano una oblea a la que le echa lecherita.

“A mí la gente me pregunta: ¿Cómo estás, Quesudo? Y digo: Bien. Estoy siempre alegre y dispuesto a servirle a la gente. Por eso yo digo: ¡Fuera tristeza que llegó la alegría! Si tristeza te invita a salir dile que no, que se parche sola que tú vas a salir con alegría”, dice este chocoano que vive en Medellín desde los dos años. Y hace diez, después de trabajar como jefe de personal en una compañía de venta de libros, decidió independizarse, pues a pesar de que tenía un buen sueldo no le quedaba tiempo para su esposa y sus hijos.

“Yo te digo, el éxito que uno tiene en el trabajo no compensa nunca el fracaso en el hogar. Yo viajaba mucho, si mi esposa cumplía años me tocaba llamarla por teléfono para felicitarla. Y te digo una cosa, la torta no sabe lo mismo el día del cumpleaños, que es el 24 de junio, que el 3 de agosto, ya está vinagre. Eso me motivó a decir: vamos a trabajar independiente. Para qué dinero si no lo podés disfrutar con los tuyos”.

Lo primero que empezó a vender, andando a pie por los barrios y cargando al hombro neveras de icopor, fueron fresas con crema. Un día se antojó de las galletas caseras, parecidas a la oblea, que pasó ofreciendo un señor. Le compró un paquete y se sentó a comérselas. En esas pasaba una muchacha embarazada que se le acercó y le dijo que le vendiera una. “’No son pa vender, son pa mí’, le dije. Pero como existe el cuento de que si no se calma un antojo el niño nace boquiabierto, me tocó dárselas. Y ella luego me dijo: ‘Usted debería vender de estas galletas con queso, haría mucha plata’”.

Visionario y estratega, le hizo caso y se inventó La Quesuda, hechas con esa galleta casera crujiente grabada de cuadritos, abundante queso, arequipe y lecherita. Para empezar a venderlas hizo gala de su suspicacia: “Yo trabaja en el colegio Alberto Díaz. Y los niños me preguntaban: ‘Señor, ¿a cómo la obleas?’. ‘A mil’. Y me decían: ‘Eso tan caro, eso tan caro’. ‘A mil son’, les decía. Entonces se me ocurrió una idea. ‘Vamos a regalar la primera oblea’. Y le dije a una niña: ‘Hágame un favor, yo le voy a dar mil pesos y usted me va a comprar una’. Le pasé la plata por la reja del colegio y luego llegó la niña: ‘Señor, me da una oblea grande’. Entonces los otros niños la vieron y llegó otro: ‘Señor, me da una oblea así grande como la de esa niña’. Entonces así fue. Ese día vendí quince obleas”.

Cinco años después se le ocurrió vender mango, pero sin sal ni limón, sino con lo mismo que llevaba la galleta. Al principio lo miraron raro. “La gente decía: “¿Mango con dulce y queso? Gas, eso da vómito”. Y yo: “¿Gas? Gas que pa dentro vas”. Y así fue, la gente probó y le gustó. Y después hice lo mismo con el banano”. Le empezó a ir tan bien que se compró una moto que luego cambió por un Renault 4, después fue un 18 y ahora es un Mazda al que le puso una sirena que activa cuando llega a los distintos barrios que recorre. Sus clientes, que lo esperan con fidelidad, viven en Kennedy, París, Doce de Octubre, El Picacho, El Progresar, San Javier y Santander. Lugares a los que va solo unos días específicos de la semana, según su organigrama escrito con tinta roja en una hoja cuadriculada, para no cansarlos todos los días con lo mismo, dice.

“Con esto sostengo a mi familia. Y en este momento estoy metido en un crédito de vivienda, hasta el momento vamos QAP. Es que lo más fácil en la vida es no hacer las cosas. Y para no hacer nada usted saca cualquier excusa: que no me dio el tiempo, llovió, hizo sol… Y las metas no admiten excusas. Lo que se necesita es acción. Actuar y ser organizado. Mami, afortunadamente y con la ayuda de mi Dios, en abril compro la casa. Y voy a hacer una farra ni la hijueputa y voy a cantar –abre su boca morena, mientras le echa arequipe a los trocitos de mango–: ‘Esta casa es mía, túmbenla, estoy contento, túmbenla’. Todos están invitados a mi fiesta”, le dice, abriendo sus ojos redondos y negros, a la gente que lo rodea.


Gastronomía sin ruta


Los barrios marcan algunos hitos con el carbón, la paila hirviente y la ruta que siguen los antojos ambulantes. Culinaria y repostería de esquina. Empanadas, obleas y tilapias que no necesitan aviso ni local. Siga la voz, siga el aroma, siga la fila.

Las empanadas tienen su especialista

Barrio Belén

Las empanadas tienen su especialista

por REDACCIÓN UC • Fotografías de Juan Fernando Ospina


Número 72 Diciembre de 2015

Las empanadas de Gabriel Cuartas son a 350 pesos la unidad. Están hechas exclusivamente con masa de maíz, ni un gramo de harina. En su interior hay papa y guiso de cilantro, cebolla blanca y cebolla larga; no tienen carne ni la tendrán porque Gabriel dice que las de carne son para comérselas en la casa, “de resto, uno no sabe qué es lo que les echan”.

Las empanadas de Gabriel se consiguen en la calle 30A con 78A, a dos cuadras del parque de Belén, en una esquina de paredes viejas y techo de teja. Allí está el mostrador escueto desde donde se puede ver a su fabricante abajo, en un semisótano, armando los bocados por tandas mientras en el radio suena música vieja a todo volumen.

Las empanadas de Gabriel se pueden comprar, siempre acabaditas de hacer, a partir de las tres, tres y media de la tarde y hasta las ocho de la noche. Son empanadas de fiar, dice, porque nunca deja de un día para otro, ni crudas ni fritas, “la política mía es vender solo lo del día”. Y se pueden acompañar con el encurtido que él mismo prepara, con los mismos ingredientes del guiso más zanahoria.

Gabriel Cuartas también se presenta como “el empanadólogo” y lo argumenta diciendo que así como hay especialistas en otros ramos, él, con catorce años de experiencia, merece también su título. Para él fue una bendición haber renunciado a vender chuzos y chorizos para dedicarse de manera exclusiva a la empanada convencional. “Esto ha sido de gran ayuda para mí, yo soy pensionado pero sin esto no me hubiera alcanzado para levantar a los hijos, a la familia”.

A Gabriel le enseñó su hermana a hacer empanadas cuando todavía ni se imaginaba que iba a llegar a hacer 170 diarias. Y las hace sin afanes ni desesperos. “No me interesa hacer más de ahí, tampoco conseguir empleados. Primero, porque el negocio no da para eso, y segundo porque yo hago esto porque lo disfruto, me gusta, y si uno se pone en el estrés de producir más se le daña el estado anímico y le quedan malas las empanadas”.

El empanadólogo dice que solo dejará el oficio cuando físicamente no pueda. Hasta entonces seguirá levantándose a cocinar y moler maíz, abasteciéndose de ingredientes en la Minorista y abriendo el local, sin falta, a las dos de la tarde, de lunes a sábado.


Gastronomía sin ruta


Los barrios marcan algunos hitos con el carbón, la paila hirviente y la ruta que siguen los antojos ambulantes. Culinaria y repostería de esquina. Empanadas, obleas y tilapias que no necesitan aviso ni local. Siga la voz, siga el aroma, siga la fila.