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Doña Gloria

Doña Gloria

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA • Fotografía de Juan Fernando Ospina


Número 100 Septiembre de 2018

El sol es picante al mediodía, pero en la carrera 43B con San Juan parece que se ensañara con los trabajadores y caminantes que, a esa hora, solo piensan en resolver el quejido de las tripas y apurarse alguna bebida refrescante que les dé ánimo para continuar la jornada.

Y no hay mejor opción, con la chispa sobre el cuello como un cruel soldador, que meterse al restaurante Doña Gloria, en toda la esquina de San Juan, a cincuenta metros del chequeadero de buses de Cootransmallat, y pedir una mazamorra de mil pesos, con leche y bocadillo veleño. Un tentempié antes de que la señora exponga su menú de suculentos platos recién hechos a tres mil pesos.

“Recuerde mija, es una cucharadita de sal por libra de arroz. Si quiere le echa pimentón, pero unas dos pizquitas, no más. Y los frijoles, una hora después de que pite la olla, les licúa zanahoria, les echa ‘sorfrito’ de cebolla y listo, así quedan bien ricos. Hoy vamos a vender carne sudada, de cerdo que es la que más gusta. No se olvide de echarle cilantro, cebolla y pimentón. Acá la comida es barata pero rica y sustanciosa, porque recuerde que el alimento es bendición”, repite la dueña del lugar, Gloria Esther Cruz Ramos, como si estuviera recitando un antiguo conjuro mágico, mientras mueve de un lado a otro su cuerpo de noventa kilos de peso y 59 años de edad.

Doña Gloria es cordobesa, de Montelíbano, y es hija de un carnicero y una cocinera. Nació el 8 de febrero de 1959 y es madre de Yuliana, una joven transexual que vive en Italia, país en el que se ha abierto paso como chef.

Yuliana a veces visita a su madre y le ayuda en los quehaceres del restaurante. También le muestra recetas de pastas y de sopas que jamás podrían venderse en Niquitao, donde los estómagos parecen estar diseñados para tolerar solo frijoles, sancochos, sudados y secos con carne asada.

Todavía repitiendo su credo culinario, su inefable sortilegio, doña Gloria saluda a cada comensal inclinando levemente la cabeza. Luego los acompaña hasta el comedor y les explica detalladamente el menú.

“Hoy hice frijolitos con un poquito de coles y trozos de carne de cerdo. El seco también trae carne, con una salsita que se inventó mi marido, muy rica. Pero también tenemos sopita de verduras y seco con carne de res o pollo. Para tomar hay juguito, gaseosa y mazamorra”, expresa la señora, ataviada con un fino delantal y una pañoleta que oculta su pelo castaño y canoso.

El restaurante es una casa de tres pisos, pintada de blanco con franjas verdes, anaranjadas y azules. En el tercer piso viven Gloria y su actual esposo, José Alberto Cartagena, quien por amor tuvo que aprender a cocinar y además se encarga de hacer mercado, cada martes o miércoles, en la Plaza Minorista. En los pisos restantes queda el restaurante, que abre en semana de ocho de la mañana a ocho de la noche, y los domingos y festivos de ocho a seis.

Todos en el restaurante deben saber cocinar. Doña Gloria, quien lleva cocinando desde que tenía trece años, no admite que ninguna de sus trabajadoras no sepa “ni prepararse un huevo”. Por eso la inducción al empleo es en la cocina, y allí deja a los recién llegados hasta que aprendan a hacer un arroz con la sal justa o unos frijoles calados al punto.

A los tres años llegó a vivir a Medellín, en Niquitao, pero luego se fue para Cisneros, Nordeste antioqueño, donde su madre había abierto un restaurante. Allá conoció a su primer esposo, con quien montó dos carnicerías en Turbo. Luego de separarse volvió a Medellín, de nuevo a Niquitao, y durante 26 años vivió en un inquilinato donde montó su primer restaurante, Lobo Marino.

Gloria también vendió almuerzos en los ochenta en las afueras del Hotel Nutibara, frente al Centro Comercial Veracruz. Junto a otras mujeres, la mayoría madres solteras, vendía almuerzos a cien y ciento cincuenta pesos. Eran tantas que la gente empezó a conocer la esquina donde se ubicaban como “el portacomidas”.

“Mi vida ha sido cocinar, dar de comer”, les cuenta a sus clientes animosos de conversación, pues la comida que sirve Doña Gloria genera una inexplicable sensación de bienestar, como si los ingredientes produjeran un desbordamiento de dopamina en el cerebro.

“Ahh, qué comida más rica doña Gloria, así sí da gusto volver a trabajar”, le suelta uno de sus clientes frotándose la barriga como un buda grasoso y bigotón. Y la señora responde: “El ingrediente es cariño don Roberto, mucho cariño”.

La única verdad es que sus almuerzos tienen tres características, la limpieza de su presentación, el sabor y la frescura de sus productos. Como bien dice: “Acá se le pone tanto amor a la comida como a la limpieza. Todas las mañanas y todas las noches, entre todos dejamos el restaurante reluciente, como si fuera nuevo”.

Las comidas se sirven segmentadas y en platos de loza. Las mesas son de plástico y están desprovistas de manteles. Las cocinas del primer y segundo piso están ubicadas sobre la pared del fondo, a unos cinco metros del comedor principal.

Doña Gloria tiene unas diez trabajadoras, todas madres solteras y habitantes de la periferia de la ciudad. Le gusta ayudarles, enseñarles cada truco de la cocina. Con el tiempo, todas ellas han ido asimilando su carácter. Sonríen amablemente, mantienen sus manos y sus uniformes pulcros y a cada cliente le dan la bienvenida como si fuera un amigo de toda la vida.

Es el restaurante más antiguo de Niquitao, donde uno puede gozar de una buena comida a un precio ínfimo y, al mismo tiempo, puede escaparse, al menos por una hora o dos, de la rutina agobiante de ese sector del Centro de Medellín.


Los tres golpes


Almorzar trancado con tres monedas es un sueño para famélicos, caminantes sin rumbo, empleados ahorradores y gorreros de esquina. Aquí no se clasifica ni con estrellas ni con tenedores, lo que vale es el tamaño de la montaña de arroz, el fondo del plato para los frijoles o la sopa de pasta y las promesas de la carne. No se gasten la plata del trago en comida. Sigan esta ruta gastroanémica.

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Afuera de la plaza

Afuera de la plaza

por LUIS FERNANDO GONZÁLEZ ESCOBAR • Fotografías del Álbum de la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín


Número 100 Septiembre de 2018

La calle Barbacoas en 1910.

Las historias urbanas como las cartografías parten del centro a las periferias. En pocos casos los mapas dan cuenta de lo que está por fuera del reconocimiento oficial. Unas veces los bordes de los mapas se simplifican, se vuelven difusos, pierden claridad; otras, son rotundos, definidos por diversos límites institucionales, ya sean carreteras circunvalares, cotas de servicios, perímetros verdes, jardines, fuera de los cuales no se reconoce la existencia de nada. En cualquiera de los casos son habitados por fuera de donde se ejerce el poder, del escenario para los rituales y controles religiosos, políticos o sociales, incluso, en los umbrales entre legalidad e ilegalidad.

Mientras la historia oficial niega y olvida, la forma urbana incorpora y borra. Pero hay casos en los que las memorias quedan inscritas como vestigios de otras historias no contadas. Fragmentos que resisten y que desde su condición singular nos obligan a mirar con más detalle, a profundizar y comprender dejando de lado lo inmediato y aparente. ¿Qué es la calle Barbacoas, con su recorrido sinuoso y su marginalidad dentro del Centro de la ciudad? La pregunta siempre me inquietó. Ahora entiendo que su actual extensión muestra apenas unos tramos de una más calle más histórica y marginal, condición que aún mantiene pese a que hoy es parte del Centro histórico, y a los intentos por reglarla, tanto en la traza como en las normas del decoro y las buenas costumbres urbanas.

Cuando Francisco de Paula Muñoz en 1870, casi cuatro años antes de escribir El crimen de Aguacatal, por el cual se lo considera un pionero del reportaje en Colombia, realizó una memoria descriptiva de Medellín que se publicó en la Crónica Municipal, hizo referencia a cada una de las quince calles transversales que cruzaban la ciudad de norte a sur, y las trece longitudinales, que lo hacían de oriente a occidente. Como buena parte de las descripciones posteriores, fue minucioso en destacar lo que contenían las calles principales que estaban cercanas a la plaza principal y escueto en las calles más alejadas. Cuando describe el límite norte de la villa lo hace de la siguiente manera: “Hay en Villanueva, que es el nombre dado a la parte habitada en la banda septentrional de la quebrada, tres calles longitudinales anónimas y la de Barbacoas que es el límite de la ciudad por aquel lado”. Era apenas razonable que las tres calles que daban a la nueva plaza, que luego sería transformada y convertida en el Parque de Bolívar, no tuvieran nombre pues estaban recién trazadas y construidas, contrario a Barbacoas que ya era una calle antigua, la frontera urbana al norte, la que menciona pero no le da ninguna importancia y por tanto no la describe. Lo mismo hizo al momento de la descripción de la calle Girardot, la que consideraba que simplemente remataba en una calle sin nombre, en el mismo barrio El Chumbimbo que, con su sonoro nombre, no pareciera formar parte del plano urbano descrito, en tanto señalaba Muñoz no tenía nombre oficial. Estaba pero no era. El nombre vulgar no era comparable con los nombres patrióticos otorgados a las demás calles principales, por lo tanto allí no habitaban personajes, ni contaban con arquitecturas significativas, no había nada que resaltar. Solo anonimato.

Las crónicas y las historias de Medellín narran el crecimiento hacia el norte cuando se construyó el puente sobre la quebrada Santa Elena, superando así este límite al prolongar la denominada calle del Resbalón para convertirla en la carrera Junín, que remataba en la plaza de Villanueva, descrita por el mismo Muñoz como “espaciosa, regular y reciente… un cuadrado de 150 metros de lado, excluyendo el espacio que ocupará la iglesia que se pretende construir; el piso ha sido recientemente nivelado y encascajado; y está rodeado de árboles recientemente sembrados”. La plaza era el centro del proyecto de urbanización que se promovió desde 1848 en tierras del inglés Tyrrel Moore, las que la historia rosa dice haber regalado a la ciudad. Al proyecto se le llamó Nueva Londres, pero se le conoció “vulgarmente”, al decir de Muñoz, como Villanueva; no obstante este era un proyecto que reemplazó a otro aprobado por el Cabildo en 1837 y que se comenzó a trazar en 1840, promovido en gran medida por los emergentes artesanos que para entonces comenzaron a tener importancia política y llegaron hasta aquella instancia pública.

El proyecto de Nueva Londres con su traza y pretensiones de un barrio burgués negaba todo el poblamiento anterior. Se ha dicho que entre las quebradas Santa Elena y La Loca no había mayor poblamiento, y los cronistas dan cuenta de algunas casuchas de pobres, de mala factura e infectas, a las que se llegaba por caminos estrechos y pedregosos o por lodazales. De ahí que surgía allí una Villanueva, cuando en realidad había una amplia ocupación cuyo arco espacial iba desde el occidente, con el camino de Guarne, hasta encontrarse al norte con la calle Barbacoas; esta era el límite norte y se prolongaba hacia el occidente hasta encontrarse con el Camino del Monte (hoy carrera Bolívar) que era la salida al norte de la antigua villa, cruce donde estaba ubicada una guarnición, al lado de la cual se ubicó el primer cementerio. La calle Barbacoas se prolongaba más al occidente hasta cruzar en la parte baja de la quebrada Santa Elena, para salir arriba de la iglesia de San Benito.

Pero había dos cosas relevantes en este gran espacio ignorado. La primera, que allí estaba contenido el barrio El Chumbimbo, limitado por una calle del mismo nombre por el oriente (hoy la carrera Girardot), la calle Barbacoas al norte, el camino de Guarne al oriente y al sur la quebrada Santa Elena, pero el cual era cruzado por un callejón paralelo a la Santa Elena, conocido como Niguateral, luego calle El Guanábano (hoy Maracaibo), que se encontraba con el camino de Guarne en donde hoy es el Parque del Periodista. Esta parte fue conocida en una época como barrio Guarne, pues era la salida de Medellín por el camino de Guarne, que luego de encontrarse con la calle Barbacoas, se llamaba camino de La Ladera, para dar inicio al ascenso bordeando el cerro Pan de Azúcar, llegar al Alto de Mora, la laguna de Guarne y seguir por la ruta del altiplano del oriente.

Precisamente la segunda cosa relevante es que las orillas del camino de La Ladera eran habitadas y en ciertos puntos había barrios y lugares con una importante población como La Aguadita —hoy parte del barrio Enciso—, el Pasaje del Infante o el Callejón del Mico. Lugares singulares no solo por su nombre, sino por la misma configuración de los sitios o las actividades que desempeñaban sus habitantes; por ejemplo, el Callejón del Mico era una calle tan estrecha que solo tenía 1.80 metros de ancho y apenas ochenta metros de largo, pero era “profusamente habitado”, como lo narró Alberto Bernal Nicholls en su Miscelánea sobre la historia usos y las costumbres de Medellín (1980); mismo que nos dejó constancia de que La Aguadita, por el nombre de la quebrada, era un barrio muy poblado y lo habitaron “tejedores de lana que fabricaban alfombras y gualdrapas y objetos preciosos por su delicado tejido y por la variedad y combinación de colores”.

Una población formada por mulatos, mestizos, negros libertos o blancos pobres, pero que no fueron tenidos en cuenta por su condición social, considerada inferior, no solo por el color de su piel sino por sus apellidos, como bien lo describió uno de los cronistas de la ciudad, Carlos J. Escobar, en Medellín hace 60 años (2003), escribiendo desde su propia centralidad: “Después de la dicha ‘quebrada’ de ‘La Loca’, había un pequeño caserío compuesto de ocho o diez ranchos de bahareques y techados con pajas, donde vivían las familias de los Chalarcas, los Veras y los Vegas, pero no pertenecientes aquellos apellidos, ni a los Alarcas, ni a los de Vera, ni a los de Vega, no, ellos eran del arroyo de ‘La Loca’..”; además de no tener apellidos ni abolengos eran tenidos por peleadores y cada sábado según el cronista resultaban dos o tres heridos entre ellos mismos. Pero, en general, por aquellos asentamientos periféricos estaban los labradores, jornaleros, arrieros, tratantes, talabarteros, plateros, sastres, tejedoras, maestros de obra, tapieros, herreros o músicos de Medellín. El camino era el que posibilitaba comunicarse con la ciudad, y permitía por igual llegar a las fincas y casas de campo como la famosa de La Ladera, o a los ranchos, casas o barrios como los descritos, en donde también se ubicaban talleres, tenerías y guarnecerías, lo mismo que pulperías, tiendas, estanquillos y cantinas, de las últimas algunas que se hicieron famosas como La Mar y sus Conchas.

Allá afuera de la plaza también había vida. Los caminos que salían de la misma o llegaban a ella, desde el sur por el camellón de Guanteros y La Asomadera; el oriente, por la Santa Elena o por La Ladera; el norte, por el Camino del Monte y el Llano de los Muñoces, o desde occidente, por la calle por real de San Benito, eran habitados por aquellos que cumplían los oficios en sus propias viviendas, en los sitios inmediatos —ya en los tejares o los salados—, pero también por los que iban a trabajar en los oficios de las casas del marco de la plaza o a vender lo que producían en el mercado de la plaza, primero en la principal, luego en la de Flórez y después en Guayaquil. Ese era el mercado formal. La ruta que llevaba a la plaza, a la misa y al control policivo. Pero había otras rutas que no pasaban por la plaza, y una de las principales fue la San Benito- Barbacoas-La Ladera; esta ruta de occidente a oriente, luego de pasar el río Medellín, no seguía el camino real, sino que se evadía por un callejón lateral en el barrio San Benito para vadear la quebrada y conectar con Barbacoas. Ruta de contrabando de mercancías, armas y, sobre todo, licores, especialmente después de 1788 cuando se instaló la fábrica de aguardientes en Medellín, por lo cual se incrementaron los controles para evitar los fraudes. Tanto en Sopetrán al occidente, al norte en Barbosa, como en Guarne al oriente era famosa la producción doméstica e ilegal de aguardiente y tapetusa, de ahí que esta fuera una de las rutas socorridas para evadir y aprovisionar, y de ahí también los intentos de control con la ubicación de los guardas de estancos por estos lados del norte.

Pero la calle de Barbacoas, con sus conexiones de El Chumbimbo, Guarne y La Ladera, fue lentamente incorporada al orden urbano y a la estructura formal, iniciando por la conversión de El Chumbimbo en la carrera Girardot, y El Guanábano renombrada calle Maracaibo; siguiendo con la construcción de la nueva catedral en el barrio Villanueva, levantada sobre la propia quebrada La Loca, y la apertura de nuevas calles que implicó que los Chalarcas, Veras y Vegas no se extinguieran en las peleas semanales sino que fueran desplazados junto a sus vecinos. De la nueva catedral en construcción hacia el oriente, sucesivas urbanizaciones fueron eliminando los trazos originales de la calle, ya por el nuevo barrio Boston alrededor de la plaza Sucre a partir de 1888, entre el Camino de Guarne y la quebrada La Aguadita; o el barrio La Independencia promovido por Manuel de J. Álvarez en 1898, que supuso el desarrollo de la avenida Echeverri precisamente sobre la misma Barbacoas cambiando su nombre y rectificando tres cuadras con un ancho de veinte metros, hasta el cruce con Girardot; luego este mismo promotor realizó el barrio Majalc, acrónimo de su nombre; entre 1904 y 1919, el barrio La Ladera, que incluyó la apertura de la calle Cuba, sobre la que quedó la casa de Heliodoro Medina (hoy teatro del Águila Descalza), construida mucho antes del desarrollo del barrio Prado; y, a partir de 1920, la construcción del barrio Villa Hermosa, que termina por ordenar, higienizar y barrer los antiguos asentamientos del camino de La Ladera. Lo mismo sería de la catedral hacia occidente, desde 1872 con la apertura de la calle La Paz, detrás de la catedral, y así sucesivamente con la prolongación de las calles que conectaron el Parque de Bolívar con el nuevo y residencial barrio Prado en la década de 1920, especialmente las carreras Ecuador y Palacé; al igual que la apertura de la avenida Juan del Corral en 1932, que sirvió de corredor a la Exposición Industrial que ese año tuvo como sede los pabellones del Hospital San Vicente de Paúl; o el ensanche de Carabobo en la década de 1940.

Así, las nuevas aperturas, ensanches y rectificaciones aportaron su parte para que la calle Barbacoas fuera perdiendo su continuidad. Cada vez más cercenada no podía percibirse en su totalidad, quedando reducida aparentemente a unas pocas calles. Pero basta mirar el mapa de Medellín, desde la calle Tejelo, en la plaza Rojas Pinilla, siguiendo por la llamada calle del Calzoncillo, hasta la parte más reconocida de la calle Barbacoas pasando por detrás de la catedral, salvando la avenida Oriental hasta la avenida Echeverri y continuar por Enciso arriba… para entender su lógica y la permanencia en sus fragmentos de unas determinantes geográficas, históricas y, aun, sociales. Todavía en el Centro siguen habitando las periferias, ahí por los laditos…

Panorámica de Medellín en 1910. Al fondo, el camino.


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El Atanasio

El Atanasio

Archivo Fotográfico BPP


Número 98 Julio de 2018

Estadio Atanasio Girardot. Gabriel Carvajal, 1952.

Proyecto estadio Atanasio Girardot por Nel Rodríguez.
Fotografía Rodríguez.

Antes de la construcción del estadio Atanasio Girardot el fútbol en Medellín se jugaba en mangas más o menos adaptadas para que rodara un balón: en la grama interior llena de parches de arenilla del antiguo hipódromo San Fernando, por ejemplo, que en realidad quedaba en Itagüí. Así fue hasta 1937 cuando se puso en consideración un proyecto para construir un estadio con todas las de la ley. Pero fue solo en 1946 que se adquirieron los terrenos para hacerlo: unos lotes inmensos en una zona llena de descampados que se llamaba Otrabanda y donde se planeaba levantar “el Medellín del futuro”. El proyecto de estadio no consistía solamente en una gramilla con tribunas, sino que era una amplia ciudadela deportiva con varias canchas para más deportes, adornada con bulevares y plazoletas como bien puede verse en los dibujos hechos por el arquitecto Nel Rodríguez — una vista general del estadio y el detalle de la circulación bajo las graderías— y en la maqueta a escala, que es de 1940.

Como suele pasar, todo el proyecto se retrasó y en marzo de 1953 se entregó un estadio solitario. Pero Medellín tuvo por fin un lugar para que sus equipos jugaran fútbol de manera decorosa y eso alegró a la gente. Luego, año a año, se fueron construyendo e integrando otros escenarios hasta conformar la Unidad Deportiva Atanasio Girardot que conocemos hoy en día.

Estadio Atanasio Girardot. Gabriel Carvajal, 1952.

Proyecto estadio Atanasio Girardot. Fotografía Rodríguez.


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Sí, acepto

Sí, acepto

por CAROLINA CALLE • Fotografías por la autora


Número 98 Julio de 2018

Esa no era una boda común y corriente. Si el sacerdote hubiera sabido en qué condiciones se enamoraron los novios, se hubiera ahorrado algunas preguntas. Como no sabía, entonces le preguntó a esa mujer lo de siempre. Que si tomaba a ese flaco por esposo, para amarlo, en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la adversidad. “Sí, acepto”, respondió con un brillo en los brackets. Y así, sin titubeos, Edith se casó con ese hombre recién salido de la cárcel.

A las nueve de la mañana del 20 de agosto de 2010, cuando aún estaba adentro, Diego la llamó, le confesó que estaba nervioso, que sentía un cosquilleo en los pies. Él solo sabía que la misa era a las seis de la tarde. No sabía el resto, ni cómo, ni dónde, ni con qué iba a casarse. Edith y su cuadrilla de amigas se encargaron de toda la logística. Él solo tenía que salir de Bellavista y dejarse llevar.

Diego le hizo la propuesta un año antes. Ella no le creyó, le dijo: “Baboso, sobre todo”. Él insistió, le juró que era en serio. “No se meta con un preso”, “él no está enamorao, él lo que está es amurao”, “la va a dejar cuando salga”, recordó los comentarios de la gente y luego pensó: “Pues de malas, me caso”.

Al día siguiente Edith buscó los anillos en el Centro. Él le sugirió que no fueran de lata, que parecieran finos, que no se doblaran ni se oxidaran con el tiempo. Encargó las argollas, no eran de oro puro pero algo de oro tenían. Se las entregaron en una semana y las guardó por dieciséis meses mientras preparaba la boda.

Diego salió de la prisión un viernes antes del atardecer, como si volviera de la guerra, hambriento y sin equipaje, con ansias, con afán de vivirlo todo a la vez. La responsable del transporte y de la indumentaria del novio lo estaba esperando en un taxi. Lo saludó, le dio un trago de aguardiente y, cuando ya iban en camino, le pasó el traje.

El saco le quedó ancho, los zapatos estrechos y el pantalón corto. Diego no se quejó, solo se reía, nunca en la vida se había visto tan elegante. La amiga que les regaló las fotos del matrimonio se encargaría luego de alargar el pantalón en Photoshop. La familia de Edith estaba triste. Nadie la entregó al novio en la ceremonia, ni su padre, ni sus hermanos. Todos se quedaron en la banca haciendo fuerza por el paso en falso que estaba a punto de dar. No les cabía en la cabeza que eligiera a un hombre que encontró por accidente en la prisión. A las 6:05 de la tarde, Edith vestida de blanco, caminó hacia el altar y se entregó sola.

***

Edith le tiene pánico al agua fría y a las alturas. No sabe montar en bicicleta ni en patines. Les tiene respeto a las arañas y a las mariposas negras que se posan detrás de la puerta de la casa. En cambio, para entrar a un penal no tuvo ningún cuidado, ningún agüero, ningún miedo.

Llegó por primera vez a Bellavista a visitar al sobrino. Entró al patio quinto y en medio del tumulto, del encierro, del barullo, perdió el juicio. Él tenía veintiún años, ella pisaba los treinta, la miró, lo saludó, él le echó un chiste, ella una carcajada. Era el último domingo de enero de 2003 cuando ese joven, alto y desgarbado, coqueto y risueño, cambió la ruta y la historia de Edith.

No fue amor a primera vista. En realidad, ese domingo hubo un reencuentro. La vida volvió a presentarlos con otros ojos y con otra estatura. Se conocieron en el siglo pasado, en una vereda, cuando él era un niño y ella una quinceañera. Fueron vecinos de finca en un pueblo del Oriente antioqueño. Edith era más alta que Diego y él más necio que ella. Él perseguía conejos y arrancaba flores. Ella mataba cucarachas y espantaba culebras.

A pesar de la diferencia de edad, Edith y Diego alcanzaron a coger frutas y a jugar canicas juntos hasta que aparecieron hombres de verde. Tanto la familia de Diego como la de Edith fueron desplazadas por la guerrilla. Cada una llegó a la cumbre de una montaña diferente en Medellín y desde entonces no volvieron a verse.

Edith no pudo terminar la escuela. En la ciudad le tocó vivir en un rancho de tablas, trabajar en casas de familia haciendo el aseo. A los diecisiete años se fue a vivir con un señor, tuvo tres hijos y, antes de cumplir treinta, se separó por el maltrato, por el encierro, por la mala vida.

La mamá de Diego fue la celestina que volvió a presentar a esos viejos amigos. Doña Fabiola reconoció a Edith en la fila dominical para entrar a Bellavista, la llamó, la invitó a reconocer a su muchacho y allá, rodeadas por bolillos, cámaras de vigilancia, concertinas afiladas, empezó el amor por Diego y la amistad con la suegra.

A Edith la rebozó el ímpetu. Cambió de trabajo, dejó los bares, el tufo y el guayabo. Trabajó en confecciones, recogió basuras en las madrugadas, abrió una guardería y cuidó niños en la mañana. En las noches retomó el colegio para terminar su bachillerato.

Edith ingresaba al penal cuatro veces al mes. Cada domingo se convirtió en el mejor día de su vida. Salía de Bellavista como si saliera de un spa o de un motel: radiante, despelucada, caricontenta. Aprendió a ser feliz en la brevedad, a disfrutar la ausencia y a saborear la añoranza entre semana. Cuando no se aguantaba las ansias de volver a verlo lo visitaba a escondidas de la guardia.

En la parte trasera de la prisión se trepaba a un muro, se agarraba de la malla, le silbaba, le acariciaba las manos, le daba besitos a través del alambrado y se despedía echándole la bendición.

Las cartas también ayudaron a matizar la espera. Ambos, ella en su pieza, él en su celda, escribían una bitácora de ausencia. Cada domingo había intercambio de correos. Así comenzó a coleccionar, ordenar, memorizar cartas de amor escritas por Diego. De cada año de noviazgo tenía sus fragmentos preferidos:

2003: “Agradezco a Dios que me haya tenido en este lugar para que nuestras vidas se cruzaran”.

2004: “Algún día, por algún motivo, perdí lo más preciado de todo ser humano, la libertad. Sin embargo y a pesar de haberla perdido salí ganando porque sin buscar o sin pensarlo, te encontré”.

2005: “No te imaginas cuánto le agradezco a mi madre por haberte traído a mi vida esa mañana de enero de 2003, recuerdo que la primera vez que te vi, sentí la necesidad de volverte a ver y luego fue imposible verte y no hablarte, hablarte y no tocarte, tocarte y no besarte, besarte y no enamorarme”.

2006: “Lucho día tras día por salir de esta prisión, para demostrarte no acá sino en tu mundo que este sentimiento es verdadero”.

2007: “No te imaginas las ganas que tengo de estar a tu lado pero afuera”.

2008: “Estos días que tuve que pasar sin verte me sirvieron para darme cuenta de lo mucho que tú vales para mí. Pues las horas son días y los días son años, una semana se pasa pero dos son insoportables”.

2009: “Te amo como eres y qué hps. Y si no te gusta así pues te va a tocar aguantarme porque ni por el putas te voy a dejar”.

2010: “Hoy digo con mucho orgullo y sin temor a equivocarme que en 28 años, 4 meses y 9 días eres lo más hermoso que ha podido pasarme”.

Siete años más tarde, un cura los declaró marido y mujer. Después de la marcha nupcial empezó una tormenta de película de terror. Los invitados y los curiosos comenzaron a cuchichear: “Van a sufrir”, “les va a ir mal”, “no les conviene estar juntos”. El ventarrón, los rayos, los truenos, todo era un mal presagio.

Escampó y a la salida llovió arroz. Ambos parecían felices, convencidos de esa locura que acababan de hacer. “¿Ahora qué hacemos?, ¿para dónde vamos?”, preguntó Diego en el atrio. “Vamos a comprar un pollo asado”, respondió Edith. A Diego no le chocó que la recepción de su boda fuera en el asadero de la esquina.

Caminaron sobre la calle mojada y se desviaron hacia el salón donde sería la fiesta. Al ver las bombas, las flores, el bizcocho, Diego se puso las manos en la cabeza, abrió la boca y lloró. Después de tanto tiempo encerrado había olvidado lo que era un festejo.

No hubo dinero para tarjetas de invitación, Edith simplemente regó la noticia entre vecinas, amigas, colegas, conocidas y esa boda la armaron entre todas como si fuera un convite de cuadra.

A punta de empanadas pagaron el alquiler de los vestidos, los ingredientes de la comida y la luna de miel que empezaría el domingo. Una colega puso el equipo de sonido y la música parrandera. La madrina puso las flores para el yugo y la decoración de las mesas. Las sillas y los manteles los prestó el grupo de la tercera edad del barrio.

Otra amiga puso la vajilla desechable para la cena. El padrino puso una caja con botellas de ron. Y aunque sabían que ese matrimonio tenía las horas contadas, los invitados y los colados se confabularon y brindaron, bebieron y bailaron como si el fin del mundo estuviera cerca.

La pareja llegó al amanecer del sábado y durmió hasta el mediodía. Hacía muchos años a Diego no lo despertaba el sol. Diego desempacó los regalos como un niño, jamás en su vida recibió tantos: perfumes, una licuadora, una olla pitadora, una plancha, vasos de cristal, toallas, un collar, un par de chanclas, un bóxer, unas tangas y algunos sobres con plata.

En la tarde fueron a devolver los vestidos, caminaron cogidos de la mano, Diego estaba aturdido con el sonido del Centro, extasiado con tanta gente, no paraba de mirar el cielo despejado, sin garitas, sin rejas, sin alambres de púas.

***

Diego Sánchez llegó a la cárcel Bellavista de Medellín nueve años antes de su matrimonio. Lo capturaron a finales de octubre de 2001 por un delito que sí cometió, no era inocente, era culpable, autor material e intelectual de los hechos. Las autoridades lo presentaron en sociedad como un asesino. Le tomaron las huellas, le asignaron un número y lo llamaron interno, preso, recluso. No tenía nombre ante el Estado porque nunca hizo un trámite, no tenía cédula de ciudadanía.

Era un N.N., una persona indocumentada, no tenía cómo demostrar su identidad, tampoco su nacionalidad, su edad, su pasado. No era nadie. Tenía veinte años de edad y el único registro de su existencia era un papel que fijaba el 21 de septiembre de 1981 como su fecha de nacimiento.

Sus padres anduvieron por varios pueblos de Antioquia. Su papá, don Antonio, era camionero, alto, flaco y barrigón. Su madre, doña Fabiola, trabajaba la tierra y la casa, tenía la piel blanca y la voz dulce. Emigraron al norte del país. Vivieron en una finca rodeada de cultivos de papaya. El papá viajaba a Medellín en el camión y vendía las frutas que cosechaban.

Diego era el mesero de la finca. La mamá preparaba la comida de los trabajadores. A él le tocaba ir y volver. Llevar y traer platos a un salón repleto de hamacas, machetes, costales. Otros hombres de verde les dieron una orden de salida, los paramilitares necesitaban “limpiar” la zona.

Los padres tragaron saliva y tristeza, miraron el reloj y comenzó la mudanza. Salieron de noche. Empacaron una parte y dejaron casi todo. No había tiempo ni espacio para trasladar un hogar. Así le dijeron adiós al campo y llegaron a Medellín en los años noventa.

El carro fue la casa en la ciudad. Como no había dinero para un hotel durmieron adentro del camión. A los días el papá llegó con el cuento de que tendrían una casa en la montaña.

Les advirtieron que ese terreno era propiedad privada, que no lo podían habitar porque los sacaban. Pero no había otra opción. Cogieron un pedacito de montaña mientras el Estado los desalojaba. Podía pasar un día, o podían pasar años.

Las primeras noches hicieron fuerza para que no lloviera mientras armaban la casa. Les alcanzó para que tuviera paredes de madera, tejas de cartón, piso de tierra. A esa parte de la montaña la llamaron “barrio de invasión”.

Tenían la mejor vista de Medellín. A la mamá le florecieron las matas, aparecieron dalias y rosas amarillas. Tuvieron una ardilla, un perro y un conejo que se murió de viejo.

Diego ingresó a una escuela nocturna. Descubrió que ya sabía leer cuando leyó en la montaña del frente una palabra verde luminosa que decía COLTEJER. A la salida se iba a ver la noche, las estrellas. Planeaba travesuras, le tiraba piedras a la luna. Su sueño era manejar un carro grande, viajar por Colombia con frutas a bordo, ser como su padre al volante.

El proyecto duró poco porque los desalojaron. Bajaron, cruzaron el río y subieron a otra montaña. El papá cambió el camión por una tienda, vendía legumbres a los vecinos del nuevo barrio. Diego ya no podía estudiar, para que la vida fuera posible tenía que trabajar y cumplir responsabilidades de adulto.

Los jóvenes de su edad estaban estudiando, otros estaban en esquinas o en billares, jugando cartas, algunos “vigilando” el barrio. A esos les decían milicianos, eran representantes de las guerrillas en la ciudad. La fama del miliciano era de “matagente”, era el que “limpiaba” el barrio de viciosos, ladrones y extraños. Abajo mandaban unos, arriba otros. Cada sector tenía su dueño, la recomendación era no cruzar las fronteras.

Los fines de semana pedían un dinero a la comunidad. A esa cuota le decían “colaboración” y la destinaban para el sostenimiento de la organización, para seguirlos “cuidando”. Aunque el papá decía que no era justo trabajar para otros, daba su aporte por miedo.

Durante años pagó sin falta la extorsión semanal. Un domingo le cobraron la vacuna y él la pagó. Minutos después se acercaron otros hombres y volvieron a cobrarle. Le advirtieron que quienes habían pasado temprano eran desertores de la organización. El papá se opuso a pagar de nuevo y lo mataron en la tienda.

Diego perdió el equilibrio, quedó en el suelo. El asesinato de su padre lo tumbó. Las autoridades subieron a recoger el cuerpo. Le entregaron unos papeles a la mamá para que pusiera la denuncia. Doña Fabiola no sabía leer ni escribir. Tampoco tenía documentos de identidad. No tenía fuerzas para hacer trámites en medio del duelo. Pedir justicia era perder el tiempo. Dejaron las cosas así.

Ocho días después los asesinos volvieron a la tienda a pedir la “colaboración” de esa semana. Diego estaba desbaratando lo que quedaba del negocio para irse del barrio. Al verlos, recordó los catorce disparos que le dieron al papá, lo imaginó arrastrándose por la calle, pidiendo ayuda mientras los milicianos lo miraban morir, sintió impotencia, explotó, perdió el control y vengó su muerte.

En cuestión de minutos lo capturaron. La policía lo presentó como el resultado de un exitoso operativo contra los grupos armados ilegales en las comunas populares de Medellín. Lo hicieron posar junto a una mesa con fusiles, escopetas, granadas. Le tomaron fotos, lo sacaron de la ciudad y la cárcel Bellavista lo recibió con sus rejas abiertas.

***

El domingo Diego y Edith se fueron de luna de miel con veinte personas. Alquilaron un bus y tomaron la vía al mar. Diego se pidió la ventanilla para oír el viento. Salieron a las siete de la mañana y después de un par de horas de camino llegaron a una piscina para pasar un día de sol en San Jerónimo.

“Esto sí es alegría”, “esto es la libertad”, “¿qué más le puedo pedir a la vida?”, exclamaba Diego. Se daba la bendición y miraba al cielo como los futbolistas cuando meten un gol. Bromeaba, corría, saltaba, empujaba, abrazaba, gritaba, nadaba, cantaba, bailaba, reía, sudaba, vivía. Diego era la felicidad en persona.

Cuando Diego llegó a prisión su memoria era un laberinto. Afuera quedaron su infancia, su juventud, su madre. Creyó que ese era el final de todo. Solo quería morirse. Contaba los segundos, los minutos, las horas, los días, las semanas, el tiempo no corría, no encontraba salida, solo podía mirar hacia el pasado, revivir la tragedia, maldecir su suerte, reprochar sus decisiones, llenarse de remordimiento, anhelar la muerte.

Todo le daba vueltas. Lo que hizo, lo que dejó de hacer, lo que quedó atrás, lo que pudo ser. Un compañero de celda le dijo: “De aquí para adelante hay otra vida. Tenemos que morir acá para nacer en el mundo de la libertad”.

Para volver a Medellín debía aprovechar esa temporada de reja. Le hizo caso. Se miró al espejo y empezó a fabricar el hombre que quiso y no pudo ser cuando estuvo libre. Por eso valoró lo que ese presente le daba de sobra: tiempo libre.

Adentro tuvo lo que no encontró afuera: acceso a la educación, a la salud, por primera vez tuvo un trabajo estable. En vez de pensar en las pérdidas, pensó en cuidar lo que quedaba, pensó en su vieja y le juró que algún día lo vería en libertad.

Doña Fabiola lo acompañó a lo largo de seis años. Quedó sola, viuda, sin empleo, enferma. No faltó un domingo en Bellavista, así le tocara irse a pie. Caminaba por horas, al sol y al agua, de ida y vuelta. Visitar a su hijo era su motivo de fuerza mayor.

Edith la invitó a vivir a su casa para cuidarla. Tomó vitaminas, estuvo en quimioterapia, le aplicaron morfina. Con el tiempo perdió el cabello, la fuerza. Aumentaron los dolores, poco a poco, la cama la fue agarrando hasta que no pudo volver a levantarse.

A finales de noviembre de 2007 empeoró. Tenía fiebre y los pies fríos. Le rogó a Edith que de esa casa no la sacara más. Que no le prolongara el sufrimiento. Miraba con pesadumbre al cuadro del Corazón de Jesús y repetía el nombre de su hijo.

—No me lo deje solo —le suplicó doña Fabiola a Edith presintiendo que moriría antes de tiempo.
—Doña Fabiola, váyase tranquila a descansar, yo no lo voy abandonar —le prometió Edith.

Llamó al médico, pidió ayuda: “Está alimentando el cuerpo, dele agua y morfina. Si la lleva al hospital le va a alargar la mala vida”.

—Su mamá está muy mal —le dijo Edith a Diego a través del celular ese jueves en la noche.
—No deje que se muera mi mamá, dígale que me espere —le imploró Diego.
—No la torture más, déjela ir, libérela de esa promesa —le insistió a Diego.

Diego apenas balbuceaba, intentaba hablar, esa impotencia de no estar presente a la hora de una muerte le apabullaba las palabras.

Edith le acercó el celular para que doña Fabiola pudiera escuchar la voz de su hijo.

—Madrecita… yo creo que no te voy a poder cumplir ese sueño…
—Ah… —suspiró un lamento y salieron lágrimas de renuncia.

A primera hora del día siguiente Edith llamó a la cárcel.

—No me cuente nada —le advirtió Diego presintiendo que su madre ya había muerto—. ¿Me va a traer a mi viejita?

Edith llamó al director del penal, explicó el caso y le permitió entrar en coche fúnebre para que Diego pudiera despedirse de su madre. Edith llegó en la tarde con las ojeras del luto, el conductor de la funeraria bajó el ataúd y lo condujo a la primera reja.

Edith estiró los brazos para la requisa. La guardiana hurgó en sus axilas, entre los senos, en el vientre, en los muslos, en las pantorrillas. Le advirtió que no podría entrar con tacones, que a la cárcel se entraba de chanclas. Como Edith no estaba de ánimo para demostrarle que en las suelas no traía droga, dinero, armas, ni celulares, entró descalza.

Mientras un guardián fue al patio a notificar a Diego, otro puso a un perro a oler el féretro. Luego ordenó abrirlo para requisar al cadáver. Diego llegó cabizbajo y esposado. Al encontrar la mirada de Edith se descompuso, la abrazó cuando tuvo las manos libres y sollozaron en coro. Se le acercó a su madre, le acarició las manos, le quitó una cadenita que ella traía en el cuello, le puso un escapulario de él y le habló en voz baja.

—Mi viejita, cuánta falta me vas hacer…

***

El lunes Diego amaneció despierto, callado, pensativo. La sonrisa del primer día ya no era la misma. Después del día de sol y del alboroto, pidió estar un rato en silencio con su mamá. Compró una rosa en las afueras del cementerio y cuando llegó a la bóveda se persignó y se sentó en el piso por un buen rato a hacerle la visita.

Edith asumió la condena de Diego como su causa. No fue difícil cumplirle su promesa a la suegra porque el amor la despertaba y le tenía el ojo abierto desde las dos de la mañana del domingo que salía a hacer la fila para verlo.

Consiguió el Código Penitenciario y Carcelario, estudió el artículo 147 de la Ley 63 de 1993. Supo que el Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario concedía permisos hasta de 72 horas para salir del penal, sin vigilancia, a quienes hubieran trabajado o estudiado durante la reclusión.

Diego cumplía con todo. Estudió y se graduó con honores del colegio de Bellavista. Empezó a descontar días de su pena laborando como reciclador, panadero, barrendero. Como jamás tuvo un llamado de atención, lo ascendieron y trabajó en la granja, en el galpón y en la marranera.

Edith se encargó de hacer la gestión del permiso para que Diego tuviera un respiro, una degustación de libertad: fue, volvió, fotocopió, firmó, entregó, insistió, llamó, reclamó, presionó, esperó, recibió y nueve meses después de papeleos le aprobaron el primer permiso de salida el 20 de diciembre de 2009.

Diego se especializó en hacer rendir los recuerdos, guardaba reservas para prolongarlos en los días venideros de cárcel. De esa primera vez aún tenía memoria del humo y de las luces de la discoteca, de la sazón casera, de la velada romántica, de los alumbrados del río, del amanecer despierto, del horizonte sin muros, del atardecer desnudo.

Ocho meses después, volvió a salir y en 72 horas tuvo una boda, un sol de miel, una luna sin rejas y una separación prematura. De regreso a Bellavista compró una cerveza enlatada y la bebió lentamente mientras miraba la calle a través de la ventana del taxi. En el bolsillo llevaba un pedazo de torta negra que sobró de la fiesta.

A las 4:55 de la tarde ya estaba en las afueras de la cárcel con su esposa. Le pidió el favor al taxista de que la esperara un par de minutos mientras se despedían. Diego la abrazó, la cargó, ella se colgó de su cuello, lo besó. Ambos lloraron, se dieron las gracias, se separaron.

Edith lo vio entrar por la puerta grande. Le agitó la mano y cuando dejó de verlo la desbarató una sensación de vacío.
—Mis respetos señora, yo no haría eso — le dijo el taxista—. ¿Uno recién casado y ya separándose?
—Vamos a ver cómo me va —le respondió y se tragó un suspiro.

Edith no sabía en qué se estaba metiendo y, para ella, eso era lo mejor de esta historia. Apenas ajustaba tres días de casada con un hombre condenado a 38 años y seis meses de cárcel.


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Gaitán en Medellín

Gaitán en Medellín

Archivo Fotográfico BPP


Número 96 Mayo de 2018

Fotografía de Gabriel Carvajal, 1947.

El pasado abril se cumplió un aniversario redondo de la muerte del Caudillo: setenta años hace que asesinaron a balazos a Jorge Eliécer Gaitán en una esquina del centro de Bogotá, aún no se sabe por qué ni por quién, aunque en el fondo sí se sepa. El caso es que la fecha permitió que una oleada de fotografías de Gaitán vivo, muerto, y de la capital incendiada durante el Bogotazo, inundara periódicos y revistas. Lo interesante de ver una vez más esas imágenes, que ya hemos visto tanto, es que nos recuerdan un punto de giro nacional: los historiadores se han puesto de acuerdo en que ese 9 de abril comenzó La Violencia. Pero además forman parte de eso que los sicólogos, los sociólogos y los antropólogos llaman memoria colectiva, y que no es otra cosa que un puñado de imágenes incrustadas en nuestra psiquis, en las que nos reconocemos todos. Tanto que de eso hicieron un billete —el de mil, con Gaitán arengando al pueblo, aunque ya va de salida—. En el archivo fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto hay un par de tomas de Gaitán que lo muestran de visita en Medellín, y no dejan de ser insólitas en tanto casi toda la iconografía gaitanista ocurre en Bogotá. En la primera, de 1946, aparece interpretando su rol de caudillo: gritando “a la carga”, “yo no soy un hombre soy un pueblo”, “si muero vengadme”, sus frases de batalla contra lo que él llamaba la oligarquía. Lo curioso es que la toma parece ser en el Club Unión. La segunda, disparada en 1947, lo muestra en el Aeropuerto Olaya Herrera, compartiendo con sus partidarios. Sin embargo, todo en él es distinto: el traje blanco, el pañuelo que sobresale, las gafas de lentes oscuros, el pelo peinado hacia atrás, y el gesto de seguridad en la cara le confieren más la apariencia de una estrella de cine que la de un segundo comunero.

Fotografía de Gabriel Carvajal, 1947.


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Primeros planes

Primeros planes

por LUIS FERNANDO GONZÁLEZ ESCOBAR


Número 96 Mayo de 2018

Carrera Bolívar. Gabriel Carvajal, 1968. Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto

En 1968 el entonces Departamento Administrativo de Planeación contrató con los arquitectos César Valencia Duque y Jorge Cadavid López el Estudio del centro de la ciudad. El documento fue publicado al final del año siguiente. Se cumplen así cincuenta años del primer intento de estudiar, imaginar y definir qué hacer con el Centro. A partir de esos primeros trazos se han sucedido variados estudios, planes, programas y proyectos. Muchas cosas han dicho los planificadores y otras tantas han hecho las 28 administraciones que se han sucedido entre 1968 y 2018, ya sea siguiendo lo formulado o, simplemente, el capricho del mandatario de turno, los intereses económicos, el cálculo político o simplemente el deseo megalómano. En ese lapso son grandes y dramáticos los cambios sobre el paisaje urbano que diagnosticaron los arquitectos Valencia y López; pero, a pesar de la transformación, también es cierto que se conservan espacios y usos, rutas e hitos de ese Centro de hace medio siglo.

Para aquellos años finales de la década de 1960, el Centro estaba al servicio de una ciudad de un millón de habitantes y contenía una diversidad de usos que lograba un cierto equilibrio. Si bien la actividad comercial era importante — el 33,58 por ciento—, era casi la misma proporción de la ocupación del suelo dedicada a vivienda —34,75 por ciento—, lo demás estaba repartido en usos varios, actividad industrial y su condición de centro institucional, ya religioso o político. Era un centro dinámico y diverso. Donde se concentraban los discursos y los sermones de la ciudad que dejaba de ser villa, donde crecían el comercio y la pequeña industria, y al mismo tiempo se concentraban las actividades educativas y culturales; así, en esa mezcla social había dos clubes de la elite y 16 templos, pero también 17 salas de cine, 58 heladerías y 398 cafés, donde las distintas clases sociales aun convergían.

En las 341 páginas del estudio, con sus anexos y sus 45 planos, se plantearon las grandes preocupaciones del momento para un Centro conformado por 237 manzanas —entre el centro principal y la zona adyacente— en torno a la arquitectura, el urbanismo, la vivienda, la circulación y las sedes institucionales.

Siguiendo el pensamiento predominante del momento, los autores concluían que no había una arquitectura de conjunto, le faltaba carácter y era “inmadura”, pues a una innovación le seguía otra de manera rápida, con materiales de calidades discutibles, lo que implicaba no un conjunto coherente sino una suma de edificaciones, con efectos irremediables en la estética urbana, la que no era sino el reflejo de “una de las características más sobresalientes de nuestra idiosincrasia”, esto es, el “individualismo”. Ya se alzaba en el horizonte la ruptura de la escala urbana debido a los nuevos edificios de Propiedad Horizontal, llamados rascacielos, que tomaban impulso y se construían como alternativa de vivienda para los sectores de “alta categoría”. Cinco décadas después las demostraciones de esa idiosincrasia individualista darían como resultado ese collage complejo que caracteriza hoy el Centro de la ciudad, ya con más torres, menos espaciosas, no para la “alta categoría” sino para sectores medios, y con una estética simplificada al extremo, en donde predomina no la individualidad sino las construcciones en serie.

Para los autores no existía en la ciudad un verdadero urbanismo; por ejemplo, señalaron cómo el Plan Piloto, entregado en 1951 por los urbanistas Paul Weiner y José Luis Sert, fue una reglamentación de tipo general que nunca fue llevada al detalle y a consecuencias sobre el territorio; en otro sentido, la carencia de servicios comunales en los barrios hizo del Centro el lugar con el mayor poder de atracción, el “cual se congestionaba cada vez más”. Pero lo más interesante es cómo reconocieron la carencia de zonas verdes urbanas y la ausencia de planes en ese sentido: “Las nuevas vías y ampliaciones tienen fallas en este aspecto. Como consecuencia la ciudad se ha tornado árida. La temperatura ambiental ha venido aumentando gradualmente”. Sin lugar a dudas una lectura que se anticipó a los tiempos de la ecología urbana y los microclimas. Apenas ahora se trata de entender y mitigar lo que aquel estudio anunció hace cincuenta años.

Es cierto que el urbanismo hizo irrupción con el paso de los años y se ha intentado una mirada de conjunto, pero aun así la falta de verdaderas centralidades barriales siguió siendo uno de los factores determinantes para que el Centro fuera y se mantuviera como el mayor factor de atracción. Hoy día muchos siguen sin entender que buena parte de las problemáticas del Centro pasan por las dinámicas barriales, las periferias y la marginalidad urbana.

La vivienda era un uso considerado compatible con la vida del Centro y en su mayor parte, especialmente en el centro principal, era valorada como de alta calidad. Si bien eran aún predominantes las casas de uno y dos pisos, se daba paso a los edificios multifamiliares y a los de renta de cuatro pisos en las áreas adyacentes al centro principal. De ahí que el sesenta por ciento de la población del Centro era permanente y solo un cuarenta por ciento era flotante. No obstante se diagnosticaron sectores en deterioro, tomando como criterio el estado de la infraestructura urbana, y el nivel socioeconómico, para hablar eufemísticamente de la población pobre asentada allí, como los casos de San Antonio, Guayaquil, La Bayadera, los alrededores de la iglesia del Corazón de Jesús, los alrededores del edificio de EPM, aparte del sector de la Estación Villa con sus tugurios y la expansión del barrio Colón. La vivienda hoy es minoritaria en el Centro, el mayor porcentaje de la población es flotante y los sectores señalados, pese a las intervenciones que se han hecho, se mantienen sin resolver sus problemas fundamentales. El 14,2 por ciento de la población económicamente activa de entonces se empleaba en el Centro, de tal manera que la población flotante iba en incremento mientras que la residente ya comenzaba su desplazamiento a Laureles y El Poblado; las rutas de buses convergían especialmente a la Plaza de Cisneros —el centro popular por excelencia—, al Parque de Berrío y la Plazuela Nutibara, lo que hacía que el Centro se saturara por sectores, aunque se consideraba que aún tenía capacidad de crecer por unos diez años más sin colapsar; no ocurría lo mismo en términos peatonales, pues era problemático debido a que los andenes eran insuficientes, no tenían capacidad para albergar tanta demanda, además eran estrechos y estaban deteriorados y ocupados por ventas ambulantes.

La propuesta, hecha para prever el crecimiento futuro y atender esa demanda presente, era el desarrollo combinado de un anillo vial periférico y al interior del mismo la peatonalización de vías. De hecho el anillo periférico ya se había planteado con la idea de la Avenida Oriental, la continuidad por la calle Vélez al norte, la Avenida del Ferrocarril al occidente y al sur por la carrera 33. Con los propósitos de este plan esa idea se fortaleció e incluyó paraderos de buses y zonas de estacionamiento vehicular a lo largo de todo el anillo. Mientras tanto al interior se planteó la peatonalización de la carrera Junín —entre Caracas y La Playa—, la avenida La Playa —entre Junín y Sucre—, la carrera Bolívar para unir el Parque de Berrío y la Plazuela Nutibara, la remodelación del Parque de Bolívar y el pasaje La Bastilla, además del cierre al tránsito de calles como Boyacá, Colombia, Calibío, entre otras.

El anillo vial fue construido cerrando al sur no por la calle 33 sino por la calle San Juan, los efectos sobre el Centro de la ciudad fueron dramáticos por la demolición de cientos de edificios a lo largo de la Avenida Oriental, pero sin las obras de mitigación que se pensaron en el Plan, y sin los paraderos ni las zonas de estacionamiento. Desaparecieron del paisaje hermosos ejemplos de arquitectura histórica y se cercenaron espacios públicos como la plaza de Cisneros o la plazuela de San José, aunque al interior se ganaron los pasajes de Junín o La Bastilla. A la hora de los balances fueron más los saldos en rojo que los positivos. En distintas administraciones esos mismos pasajes han cambiado de material en sus pisos, de amoblamiento y decoración; y esas mismas calles hoy se intentan entregar al peatón, disputándolas a los vehículos y a las ventas ambulantes.

Los otros grandes proyectos discutidos en el Plan del Centro de 1968 fueron la Central de transporte interurbano, la plaza de mercado de Cisneros y la construcción del Centro Administrativo Oficial. La Central de transportes implicaba la reubicación de las terminales de buses y del ferrocarril, de hecho el Ferrocarril no se reubicó sino que se acabó y la central dio lugar primero a la terminal de transporte del norte y años después la del sur, alejando de Guayaquil las actividades que habían sido determinantes en su dinámica como puerto seco. Por su parte la plaza de mercado era considerada uno de los más serios problemas urbanísticos de la ciudad, con sus 1200 puestos hacinados adentro y sus más de 400 puestos afuera de la parte cubierta, especialmente en el denominado Pedrero. Se pensaba que con el traslado de sus actividades a una plaza mayorista al sur de la ciudad y un plan de mercados satélites en los barrios Guayabal, Campo Valdés, Castilla, Robledo, La América y Belén, que estaban en construcción, debería desaparecer. Pero no fue así. Algunas plazas funcionaron y otras no. Se incluyó posteriormente la plaza minorista José María Villa, pero muchas de sus actividades se fueron desplazando al Centro en un proceso de años que se llamó la “guayaquilización” del Centro.

Mientras que con el centro administrativo se buscaba solucionar la dispersión de las dependencias oficiales y la dificultad para ampliar las distintas sedes, aparte de las condiciones arquitectónicas de las oficinas, la ausencia de espacios libres en sus inmediaciones, las dificultades de acceso, la falta de zonas de parqueo, entre otras razones que justificaban la creación del centro administrativo en La Alpujarra, como ya había sido contemplado en el Plan Piloto de 1951. Con el Plan del Centro se justificó, por el poco valor de la tierra en La Alpujarra, la posibilidad de la renovación urbana de este sector, la realización de edificios con técnicas modernas de funcionalidad y arquitectura; la libertad arquitectónica para estudiar espacios abiertos y perspectivas exteriores, sus relaciones paisajísticas con el cerro Nutibara, la facilidad de separar el tráfico vehicular y peatonal, y así crear un centro como eje metropolitano. El Plan recomendó la creación de una Junta o Comité Provisional como entidad a cargo de adelantar la obra y se puso una meta de diez años para adelantar el proyecto. Solo en 1975 se hizo el concurso para elegir el proyecto, que se ejecutó entre 1983 y 1987, con otros criterios, diseños y concepciones a las planteadas en este Plan.

En general el Plan del Centro de 1968, siguiendo las concepciones de aquellos años, hace el diagnóstico de la situación, plantea alternativas y define lineamientos para que sean convertidos en proyectos específicos. No hacía urbanismo estrictamente ni diseño urbano. Pero concibió un centro de ciudad a partir de la interpretación de unas realidades que se consideraban adecuadas o problemáticas. Con lo cual nos dejaron un retrato de cómo era el Centro en aquellos años pero también de los imaginarios de aquella sociedad a través del pensamiento de los arquitectos y el equipo a cargo. Al concretarse su ejecución, con cambio de orientaciones, con errores y aciertos, se cambió radicalmente el paisaje urbano. Curiosamente algunas preguntas y respuestas fundamentales sobre transformaciones sociales siguen vigentes, mantienen los mismos sesgos y prejuicios, las mismas ubicaciones y segregaciones socioespaciales mientras se abren y se cierran vías, se amplían calles, se cambian una y otra vez los pisos de aceras y espacios públicos, se reglamentan y mejoran fachadas… obras que parecen un déjà vu. Y queda aún latente la pregunta por la historia, de la que poco o nada hay referencia en aquel Plan del Centro, y la que poco parece significar e incidir en el presente.

Carrera Bolívar. Juan Fernando Ospina, 2017.


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De Greiff: el músico y el poeta

De Greiff: el músico y el poeta

Archivo Fotográfico BPP


Número 95 Marzo de 2018

Entre relatos, rimas y palabras exquisitas, León de Greiff se ubica en un lugar privilegiado de la historia intelectual antioqueña. A este poeta esencial se le identifica como un erudito dedicado a las letras y al estudio minucioso de la composición narrativa y lírica, esto reflejado en su lectura fervorosa de diversos autores en sus lenguas nativas, como Goethe, Shakespeare, Voltaire, Thomas Mann, Homero, al igual que varios de sus contemporáneos colombianos. Su hacer literario no tuvo fronteras; no obstante, De Greiff tenía un músico dentro que siempre se le escapó entre líneas. El interés y la curiosidad por el hacer musical se hacen patentes en su construcción literaria de tal forma que se le atraviesa hasta en la pluma, llegando al punto de componer sus letras con los matices y florituras propios de la música académica. Entre las libretas personales del poeta que guarda la Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto se encuentran varias de ellas con un contenido cuyo orden o sentido aún se desconoce, pero que en su singularidad revelan parte del espíritu erudito de Leo Legris: sus listas de libros, discos y compositores van tejiendo la inmensa red que habría de ser la mente ilustrada de este escritor. Pero entre los autores, las disqueras y los códigos de clasificación resalta la temática reiterativa que refleja precisamente esa curiosidad musical: la vida de grandes compositores como Wagner, Beethoven, Debussy, Bach, Schubert y otros tantos más, en libros y análisis musicales que daban detalles tanto de la estética de la composición como del ánimo y pulsión del músico.

De alguna forma, el espíritu artístico de León de Greiff se encontraba inquieto ante la grandeza de estos compositores que con sus obras impactaron la historia de la música y del arte en general, transformando las dinámicas académicas y sociales de cada una de las épocas en donde tuvieron lugar sus genios. Quizás por eso, sus propios poemas, con una estructura que se asemejaba a diversos ritmos, géneros e instrumentos, sonaban una música única para el poeta, cuya dirección no tenía batuta, sino tinta y pluma.

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El Mocho Giraldo. Un ejemplar original

El Mocho Giraldo
Un ejemplar original

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ • Fotografías de Archivo familiar, Jairo Ruiz Sanabria y Juan Fernando Ospina


Número 95 Marzo de 2018

Guayaquil podía convertir a un joven bulteador y vendedor de aguacates maduros en un novel comerciante de libros viejos. No importaba que el Mocho apenas juntara las letras, fue acumulando números y comenzó a distribuir textos escolares en varias ciudades colombianas.

Aprendía rápido. Con el paso de las hojas se hizo magnate y luego pirata para darle lustre a su muñón. Baldor, Krishnamurti y García Márquez fueron sus socios. Murió en diciembre pasado en una de sus bodegas en Medellín. Dejamos un epílogo a manera de epitafio.

No hay auténtico caballero que no se haya comportado como un rufián al menos una vez en la vida. Eso dice Javier Marías cuando se refiere a Robert Louis Stevenson, el escritor inglés, autor por cierto de una de las sagas de corsarios más pirateada: La isla del tesoro. De esos granujas sin tacha, de textos viejos y algunos no tanto, trata la leyenda de Gilberto Giraldo Barrientos, más conocido en los antros de libros y discos viejos como el Mocho.

En diciembre de 2017, muy cerca de cumplir ochenta años, Giraldo dormía al fondo de una de sus bodegas, en la avenida La Playa, pertrechado por torres de libros, y más de quinientos mil discos de vinilo que cuidaba con recelo, aunque sin ningún registro más que su memoria. El hombre ya sordo, sin hijos, con una pensión de seiscientos mil pesos, que además tenía embargada, había aparecido treinta años antes, quién lo creyera, en la revista Dinero, como propietario de una de las quinientas empresas más prósperas del país: la Librería Antaño.

Entre las décadas del ochenta y noventa, el imperio de don Gilberto tenía sucursales en Barranquilla, Cúcuta, Bucaramanga, Cali, Manizales y Pereira, además de otras sedes pequeñas, en ciudades intermedias, y hasta en pueblos como Fredonia. Era el distribuidor autorizado de sellos prestigiosos como McGraw-Hill, Pearson, Planeta, Susaeta, Norma, Santillana y otros más. Los gerentes comerciales de estas empresas le despachaban sus camiones bajo contratos de palabra. Uno de ellos recuerda que bastaba la cédula de Giraldo y su muñón para cerrar un contrato. Las citas comerciales se hacían casi todas en bares del Centro de Medellín. Al inicio de la temporada escolar, los ejecutivos de ventas tenían que esperar su turno, cerveza en mano, en alguna mesa, hasta que el Mocho se dignara a dictarles su pedido, uno por uno, con fondo de bandoneón y canciones de arrabal, en sitios como El Campín o Leomar, cerca de la Plazuela Uribe Uribe.

La intuición que tenía don Gilberto estaba respaldada por el conocimiento del mercado. Le gustaba recorrer el país en carro, tienda por tienda, para averiguar cómo se movían los libros en cada región. Ni corto ni perezoso, el Mocho cruzó fronteras para ampliar su comercio hasta Ecuador, Perú, Argentina y Uruguay. Y aunque era ávido para los negocios, le tenía miedo a los aviones. Como no podía cruzar la selva del Darién por tierra, le tocó volar, como Simbad, hasta Panamá. Desde allá, su mercadeo sobre ruedas llegó hasta Costa Rica, Guatemala y México D.F.

En aquellos tiempos no había ni atisbos de internet. La gente todavía compraba enciclopedias a crédito, alquilaba revistas de historietas y ni por asomo se hablaba de libros electrónicos. El Mocho era una especie de jeque tropical de los libros. Le gustaba vestir Kosta Azul y Everfit, tener su propio chofer y pavonearse de su fortuna con los libreros pobres del pasaje La Bastilla, a los que de vez en cuando invitaba a beber. En aquellos raptos de generosidad, cuando le anunciaban que ya era hora de cerrar el local, se encerraba con los convidados a tomar pola o a jugar billar hasta el amanecer: “Yo pago todo”, anunciaba.

Celina, la última mujer de Giraldo, evoca sus juergas disparatadas: “Después de trabajar como un burro, bebía hasta ocho días seguidos. Andate que ya voy para la casa, me decía, cuando iba a sacarlo del Campín. Y después aparecía con mariachis o con amigos músicos. Otras veces íbamos a Tierras Colombianas, en la época de los ochenta, cuando había plata para dar y convidar”.

Lo conoció en Cali, cuando ella era una madre soltera, paisa y sin fortuna. A Gilberto le cayó en gracia, pero adujo estar ocupado en ese momento. Le puso una cita en La Viña, en Medellín. Vio que era un tipo de pocas palabras, aunque agradable, a pesar de la mano que le faltaba. Luego supo que la había perdido de niño, durante la molienda de caña en un trapiche, una de las tantas faenas que le imponía su padre en la finca de Ituango donde había nacido.

Quince días más tarde, Gilberto cumplió su cita en la repostería. Mientras tomaban el algo, el hombre le propuso a Celina que le ayudara a manejar una bodega en el Edificio Cuartas. Andaba más suelto de lengua, y contó episodios sobre su pasado rural. El rigor de esas labores de campo excedía su cuerpo de niño, pero talló en él ese carácter duro, que por momentos rayaba en la hosquedad, y que solo los más cercanos comprendían. Manco y agrio, Gilberto migró a buscar futuro en la Bella Villa.

Era poco más que un adolescente cuando llegó a trabajar en el mercado de Guayaquil como mensajero, bulteador y vendedor de aguacates. Un tío que pasaba, Roberto Giraldo, cantante de música vieja, lo vio con una carga enorme al hombro y se conmovió: ¿Por qué no vendés libros más bien? El joven Giraldo Barrientos tuvo su epifanía. Los puestos de libros callejeros ya anidaban entre los de verduras. A diferencia de los vegetales, que los clientes buscan cada vez más frescos, los libros, aún envejecidos, cobraban el interés de algún peatón. Un vagabundo pasó ofreciendo un directorio telefónico y el Mocho se lo compró. Luego pasó alguien que necesitaba hacer una llamada y, cuando le pidió prestado el mamotreto, Gilberto le dijo: “No se lo presto, se lo vendo”. Le dobló el precio. Tomó aquel golpe de suerte como un augurio. Fue el inicio de su carrera y un episodio de leyenda que a él le encantaba comentar.

Como vendedor a granel, Giraldo anduvo en aceras y ferias callejeras de todo el país. En Bogotá fue compañero de andanzas de Carlos Federico Ruiz, que a la postre sería el fundador de Panamericana. “Tenía olfato y buena memoria —dice Gustavo Zuluaga, el Hamaquero— para saber qué libros se vendían mejor. Sabía detectar el aire intelectual de su época, sin haber leído casi nada”. Era un lector solapado, apenas leía solapas. A ojo de buen cubero, lograba calcular el costo de cada ejemplar en un lote inmenso de libros. Más que librero era un saldero. Una vez, según cuenta el mismo Gustavo, compró veinticinco cajas de Plaza y Janés sin mirarlas. Con vender solo una parte libraba el costo, mientras el resto de volúmenes, a cualquier precio, era una ganancia neta. Las bodegas de Giraldo empezaban a llenarse. Mientras tanto, cuando un autor se ponía de moda, él iba preguntando: “Ole, ¿y ese Krishnamurti quién diablos es?”.

Antes de que la autoayuda colmara los estantes con sus recetas de felicidad, era el espiritismo el que atrapaba al lector. El ansia por encontrar cualquier luz en el camino hizo que varios autores pescaran incautos para obnubilarlos. De aquí y de más allá llegaron toda clase de propuestas: viajes astrales, la ampliación del tercer ojo, citas con los muertos, ocultismo recién revelado, sexo tántrico y toda suerte de oráculos y regresiones. Esta fiebre popular de metafísica no solo le brindó pingües ganancias a don Gilberto, sino que le despertó el interés como lector, algo insólito en un librero de su calaña.

Samael Aun Weor, seudónimo de Víctor Manuel Gómez fue el profeta que lo sedujo. Su discurso era una mezcla de esoterismo, evangelios apócrifos, astrología y doctrinas orientales. Se decía en los bajos fondos que este personaje era un hermano bastardo de Laureano Gómez. Tenía más de treinta títulos en circulación, entre los que se encontraban: Tratado de alquimia sexual, Rosa Ígnea, Curso esotérico de Kábala, Magia crística azteca, Las respuestas que dio un lama, La piedra filosofal, Matrimonio, divorcio y tantrismo. Sus enseñanzas hacían parte de la doctrina de una secta neognóstica que tenía sedes en Bogotá y Ciudad de México.

A mediados de los setenta, los libros de Samael se vendían como pan. Don Gilberto sabía conseguirlos y despacharlos a todo el país y a los países vecinos. El aura de este gurú era la que más brillaba en el mercado del libro popular, mucho antes de que se ungiera a Paulo Coelho. Ningún tiraje parecía suficiente, los adeptos se multiplicaban, así que alguno de ellos le dio al Mocho la idea de sacar sus propias ediciones. Correcto como había sido, averiguó quién podría detentar los derechos de autor de su admirado maestro. Una voz al otro lado de la línea se identificó como el albacea literario y único heredero de los derechos, un teniente del ejército de apellido Gómez, hijo de Aun Weor, quien se conformó con un cheque por setenta millones de la época. A partir de entonces, el Mocho Giraldo contrató los servicios de un taller litográfico. Fue un negocio redondo, uno de los que impulsó en su carrera de magnate de los libros.

Celina recuerda el día en que don Gilberto la llevó a conocer su oficina en el Edificio Cuartas. Eran cuatro pisos atiborrados de libros hasta los baños, como a él le gustaba, sin orden ni concierto. Desde ese sancta sanctórum, el hombre manejaba solo y con una mano aquel reino de papel. Venía de Cali, donde acababa de abrir otra sucursal de la Librería Antaño, pero también había fundado ya, en la misma ciudad, con Orlando Vázquez, el Tuerto, la mítica librería Atenas. Frente a esos arrumes polvorientos, lo primero que le dijo a ella, con el rictus serio fue: “¿Por qué no me ayudás a hacer un inventario?”. Ella no supo si reír o llorar.

Desde luego que don Gilberto hablaba en serio. Siempre trató de que las mujeres le ayudaran a ordenar su vida, pero a excepción de Celina, todas terminaban por robarle mercancía, chantajearlo o hacer contabilidades dobles de sus admirables dividendos. Con la última pareja de Cali, una nativa del Pacífico, sufrió una decepción que acentuó su melancolía. Tuvo con ella una hija y, muchos años después de la ruptura, el hombre trató de encontrar a su heredera, acaso para acogerla y llevarla a vivir con él. Atando cabos logró llegar hasta un inquilinato donde le contaron que la pelada andaba más en la calle que allí, que se había extraviado entre las drogas, hasta que en alguna mala noche un fulano la contagió del sida que la mató poco después.

La tragedia de la hija fue tan dolorosa como el accidente en el trapiche. Regresó a Medellín, pero antes le ofreció trabajo a Celina. Ella iba a darle una mano con las facturas, a atender las llamadas de las sucursales, a despachar textos de temporada, o a pasar el trapo por algunos volúmenes que él se empecinaba en guardar para las próximas ferias. De esa época recuerda que escribía las cuentas, con un mocho de lápiz, en las paredes: Zutano me debe tanto, escribía.

El Mocho parecía adoptar aquella frase: Témele al hombre de un solo libro. Quería tenerlos todos con él. Compraba por una bicoca los restos que quedaban del regreso al colegio, o los discos en acetato de Los 14 cañonazos que ya nadie bailaría; siempre encontraba un sitio dónde ubicarlos. Tuvo hasta ocho bodegas solo en Medellín. Tal vez se sentía seguro con las bases ocupadas. Otros lanzarán teorías sobre su pasión por acumular; baste decir que los bibliófilos que asomaban la nariz por sus recovecos no hallaban por dónde caminar.

Las torres de papel siempre lo atrajeron. Pablo Quintero, ejecutivo de ventas, recuerda la época de oro de don Gilberto. Alguna vez le facturó un pedido por dos mil millones de pesos para la Editorial Pearson. “Eran libros de ciencias básicas, como el famoso Cálculo de Leithold, o el de Swokowski, y libros técnicos de ingeniería. Nunca tuvo una visión comercial de los negocios, todo lo tercerizaba con porcentajes. No era un estudioso, pero tenía una intuición absoluta”.

El Mocho Giraldo en el pasaje La Bastilla, 1974-1976. Archivo familiar.

Durante varios años el libro más vendido en Colombia fue la cartilla Nacho lee. Había una edición pirata que estaba quebrando a la Editorial Susaeta. Viendo esto, Quintero le propuso a su empresa sacar una edición más barata que la fraudulenta, y distribuirla de manera masiva por todo el país. Solo faltaba una pieza clave en el mecanismo: el Mocho. Cuando el hombre les puso una cita en su billar favorito ya tenía su propio plan. Aceptaría distribuir los treinta mil ejemplares de Nacho lee bajo una condición: todas las cartillas debían llevar impresa en su contraportada la publicidad de la Librería Antaño, junto con las direcciones de las principales sucursales en todo el país. El auténtico Nacho venció a los piratas. Además, su aventura editorial permitió ampliar la colección. Ahora Nacho escribía, sumaba y multiplicaba.

A mediados de los noventa, Giraldo Barrientos viajó al Cono Sur, hizo contactos con la Editorial Kier, de Argentina, que publicaba a escritores esotéricos como Max Heindel, autor de El secreto rosacruz del cosmos, o a Rudolf Steiner, inventor de Antroposofía. El sello gaucho era uno de los más buscados por las almas extraviadas de la Nueva Era. Ante la demanda de los lectores, otros libreros también importaron los títulos. Varios de ellos, que no eran tan serios como el Mocho, les incumplieron con el pago a los impresores. Y cuando Giraldo intentó renovar los pedidos, le contestaron que habían suspendido cualquier negocio con colombianos. La sequía de las almas se dejó sentir en las vitrinas. Los gurúes dejaron de hablar en sus páginas hasta el día que a Giraldo se le dañó el corazón e inició su carrera de pirata.

“Gracias a él pude leer Por el camino del zen, de Alan Watts, o El libro tibetano de los muertos —dice Gustavo Zuluaga, quien en esos años andaba arañado por el esoterismo—. Las ediciones del Mocho se volvieron imprescindibles para iniciados y no iniciados. Don Gilberto era muy osado. Mientras un pirata timorato imprimía doscientos ejemplares, él sacaba cinco mil. Así pasó, por ejemplo, con Ibis, de Vargas Vila, o con Lobsang Rampa, ambos de Ediciones Beta, de México”. Los hippies bajaban de Santa Elena a buscar en sus anaqueles un Tao te king o un Popol Vuh de bolsillo, para leer en sus ratos de incienso. Y solo una vez, don Gilberto recibió una llamada intimidante de Bogotá. Alguien con una voz socarrona le dijo que ostentaba los derechos de una obra, y le anunció su demanda: el libro era el I ching, escrito hacia el año 1200 antes de Cristo.

Para no ignorar a los profetas en su tierra, el Mocho también hizo sus tirajes de Fernando González, mientras la familia del filósofo andaba agarrada con la Editorial Bedout por los derechos.

Entre otros autores que pudieron entablar pleitos contra Giraldo se cuenta al poeta Juan Manuel Roca. Solo que él vivía agradecido porque cada vez que visitaba algún país vecino lo recibían con honores. No entendía cómo lo habían leído. Luego supo que hacía rato circulaba por Latinoamérica la primera edición casi original de su Antología poética, obra del Mocho. Ningún editor se había arriesgado a publicar un libro de poesía con un tiraje de cinco mil ejemplares. Y, cuando se encontraban, Giraldo le decía en broma al vate: “Juan Manuel, casi no se ha vendido tu libro…”.

El juego tuvo su primer revés de fortuna la mañana del 27 de agosto de 1992. De improviso, varios camiones de la Fiscalía y de la Policía Metropolitana llegaron a rodear una zona entre la calle Colombia y la carrera Junín, justo en el área donde don Gilberto tenía tres de sus bodegas. La noticia contaba que habían decomisado 2242 cajas con libros piratas por un valor de 1740 millones de pesos. Entre los textos decomisados figuraban ejemplares de Doce cuentos peregrinos, para el momento el libro más reciente de García Márquez. También se informaba de la detención de Giraldo Barrientos y el inicio de una investigación en su contra por el delito de plagio.

Fue cierto que don Gilberto empezó a vender Doce cuentos un día antes de que este se presentara en sociedad, mediante una tropa de jóvenes que voceaban el título, a grito pelado, por el Paseo Junín. Los lectores afiebrados lo cogían en las manos y dudaban cuando los muchachos les advertían que no eran copias piratas sino originales. Escépticos, pagaban su ejemplar, aunque advertían algo en la calidad de la impresión. Meses después, con el Mocho en la cárcel, empezó a tejerse una trama que parecía otro cuento peregrino.

Fotografía de Juan Fernando Ospina.

Fotografía de Juan Fernando Ospina.

El allanamiento y la detención llegaron luego de que el editor de García Márquez, el catalán José Vicente Kataraín, denunciara el 29 de junio de ese año la supuesta reproducción ilegal de ejemplares de la editorial Oveja Negra; además de la desaparición de planchas y fotolitos. Había varios nombres implicados en el delito, entre ellos Felix Burgos y Gilberto Giraldo, exempleados de ventas del sello. 

En las pesquisas iniciales, de acuerdo con la noticia, no se hallaron evidencias ni pruebas de que los acusados fueran los responsables de la reproducción fraudulenta. Además, las planchas hurtadas todavía figuraban en el inventario de la Oveja, sin que nadie antes hubiera denunciado su pérdida.

En otra diligencia, los investigadores le preguntaron a Kataraín cómo podía explicar el robo teniendo en cuenta que para llevarse unas planchas tan pesadas se necesitaban varios montacargas. El editor cambió su versión y dijo que solo le habían robado los negativos fotográficos. A pesar de lo dicho, luego se hallaron las pruebas en las empresas donde Oveja Negra imprimía a Gabo: los talleres Printer y Retina. A propósito, la Fiscalía aclaraba que no había ediciones piratas entre los materiales confiscados a don Gilberto, luego: ¿cómo habían llegado a sus bodegas estos libros originales?

La mañana en que lo detuvieron lucía atolondrado. Y aunque esta vez él sabía que era una falsa acusación, se doblegó a tal punto que los verdaderos culpables se aprovecharon. El Tiempo de esos días soltó el cuento caliente:

“En este episodio de Medellín, Patricia Salazar, Fiscal de Investigaciones Especiales, hizo una serie de acusaciones contra Kataraín. Los detectives de la Dijín sacaron de su oficina a Giraldo y lo llevaron a una casa donde funciona un negocio de apuestas permanentes. Allí Kataraín redactó un documento en manuscrito donde consta que Giraldo cede todos sus bienes por un valor de dos mil millones de pesos como pago por los libros que supuestamente había pirateado. Y lo obliga a firmar una confesión donde él acepta que es un editor pirata”.

“A pesar de que Kataraín pone a disposición de la Fiscalía dichos comprobantes y títulos valores, esta considera que pudo haber un constreñimiento ilegal contra Giraldo, es decir, que lo presionaron con la Dijín, para actuar contra su voluntad, prefabricar pruebas, y entregar sus bienes”.

Era curioso que los tiquetes aéreos y los gastos de hospedaje, en el Hotel Nutibara, y la alimentación de los sabuesos del caso, los pagara el mismo Kataraín, en una conducta que se insinuó como un caso de cohecho. La Fiscalía solicitó entonces que la Procuraduría Delegada para la Policía Judicial investigara la conducta de los miembros de la Policía.

El editor catalán y su abogado obtuvieron de Giraldo no solo los cheques sino su cédula, con la cual hicieron retiros de dinero de sus cuentas. Como parte de la patraña, después entregaron el dinero a la Fiscalía. Luego, Kataraín intentó demostrar que los libros del Mocho Giraldo no eran originales. Para comparar, les enseñó a los agentes del DAS, un libro de Crónica de una muerte anunciada producido en Oveja Negra.

Cuando los agentes examinaron el ejemplar encontraron un error que les llamó la atención. En el libro se leía: “Impreso en 1989, en Santa Fe de Bogotá”, nombre que se retomó para la ciudad solo después de la Constitución de 1991. A juicio de los investigadores se trataba de una seria evidencia de que el libro había sido impreso de manera fraudulenta por Kataraín.

La fiscal Salazar, en su providencia, decidió dejar en libertad a todos los implicados. Y aunque la falsa denuncia quedó sin pista, nunca se volvió a hablar de los ochocientos mil ejemplares distribuidos por toda América, y que, según los cálculos de la agente literaria del nobel, Carmen Balcells, jamás se declararon a su autor.

Confundido e indignado con el embrollado cuento de los piratas, García Márquez envió a los diarios un mensaje: “Ante la legalización de las ediciones piratas por la justicia colombiana, no me queda otro recurso que retirar del mercado de Colombia todos mis libros legales”. Después también le dio la espalda a su editor de confianza.

El Mocho Giraldo con el Hamaquero, 2017. Fotografía de Jairo Ruiz Sanabria.

Con el sambenito de pirata que portaba, era difícil para el Mocho librarse del cargo de plagiar al Nobel. En algún momento, entre agosto y diciembre de 1992, declaró que el lote de cinco mil gabos no era obra suya, se lo había comprado a Pedro Walteros; pero admitió su culpa en el mercadeo de unos libros que, aunque eran originales, también eran ilegales.

Celina recuerda que mientras estuvo en la celda de la Cárcel Modelo las librerías siguieron abiertas, y que a don Gilberto lo visitaban los proveedores para tomarle sus pedidos: a pesar de todo, no le retiraron su estima de hombre correcto. Fue incluso el propio gerente de la McGraw-Hill el que ayudó en la defensa.

En medio del escándalo de los piratas de Macondo, Margarita Vidal, en la revista Cromos, lo bautizó: “El Pablo Escobar de los libros”, un título nobiliario que él repetía con gracia, aunque solo después de que los abogados le arrancaran hasta un último peso, y que la Fiscal 266 dijera que no había encontrado méritos para mantenerlo en prisión.

Volvió a respirar el aire de sus bodegas, aunque “arrinconado por esa mala fama”, según Gustavo Zuluaga, que se precia de ser el único amigo de sus últimos tiempos. “No podía ver una foto de García Márquez porque le daba maluquera”, dice Celina. Se acordaba de esos días sin sosiego, entre celdas y juzgados, o de las bandas que lo extorsionaban porque todavía lo veían como un magnate.

De las ventas al por mayor pasó al comercio de libros y discos viejos. Ahora tenía tratos con recicladores y carretilleros. Ante la fiebre por los discos de vinilo, se dio a la tarea de llenar cuartos enteros con música. Los coleccionistas lo buscaban en el local de Palacé o en el de La Playa con Girardot. Siempre había un melómano dispuesto a perder horas, desafiando la rinitis para encontrar alguna joya envuelta en el celofán original. En cuanto a las vejeces de papel, hay quien recuerda haber comprado una primera edición por una bicoca, y otros que vieron una edición común de Don Quijote por un precio delirante. El Mocho escribía sus precios a lápiz, con números burdos, arbitrarios y enfáticos. Todos sabían que no habría rebaja.

Entre las amantes, las bandas y los abogados, su fortuna se volvió hilachas. Pablo Quintero recuerda haber visto en un local, al lado suyo, a una mujer díscola y furiosa: ¿Es tu novia? Le preguntó, con discreción, a don Gilberto: “¡Qué novia va a ser Margarita! ¡Esa es una loca de la que no me he podido zafar!, pero como ella es tan brava, la mando a torear a los clientes malapagas”. De pronto, entre polas, los amigos del Mocho, que lo querían más que él a ellos, hacen un inventario de sus amores fugitivos.

Cuando vino la Señora Muerte, como ropavejera, a buscarlo en su bodega, don Gilberto no opuso ninguna resistencia. Le dijo a Celina que se quería quedar allí. Como reencarnacionista, siempre creyó en otras ediciones póstumas. Después agregó un comentario de su prosa comercial: “Al final me voy quebrado, pero no le debo un peso a nadie”.

Fotografías de Juan Fernando Ospina.


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La prueba reina

La prueba reina

por GISELA POSADA • Fotografías de Juan Fernando Ospina


Número 92 Noviembre de 2017

El pequeño buda está sobre la mesa, la luz de la mañana aún es tenue en la ventana que da al occidente de Medellín. Ella se levantó desde muy temprano para atender la primera cita del día. Pacientemente pasa el algodón húmedo con alcohol por cada una de las cartas del tarot egipcio y se cerciora de que las imágenes de los veintidós arcanos mayores y 56 menores queden limpias. Todo está dispuesto: la cama matrimonial al lado de un escritorio donde hay fotos familiares y frases de Desiderata, San Marco de León y San Antonio —el que hace volver los novios—; estampas religiosas y coloridas bajo la superficie de vidrio. El buda permanece inmóvil sobre un cenicero de plata con monedas y billetes en su base; la virgen con un niño en brazos está iluminada con velones encendidos. En el dintel de la puerta la penca con cintas rojas y verdes, amarrada a una herradura. Los diplomas de parasicología, los inciensos, las velas, así como las campanas traídas de Indonesia, dan crédito de un oficio que ha ejercido durante toda su vida. Siendo niña, Reina soñó con adivinar el futuro; cumplidos los 18 años y con dos hijos a bordo y en embarazo del tercero, que sería mujer, aprendió a leer la baraja española, el cigarrillo y las líneas de la mano con una gitana en Dabeiba, Antioquia.

El teléfono gris de disco redondo no para de sonar. Desde muy temprano comienzan a solicitar turnos, preferiblemente separan la cita para los martes y los viernes, días en los que según advierte la pitonisa, se leen mejor las cartas y sale más de lo que necesita saber. A las siete de la mañana inician las jornadas que terminan a la media noche. Un dolor de cuello queda después de tanto usar los “poderes de la mente”, dice, que solo se calma con cristales calientes de penca en la espalda y las papas recién cortadas en rodajas sujetadas por un pañuelo blanco a la cabeza. Un cansancio después de dedicar horas y horas a escuchar penas, secretos ajenos, desventuras, sueños imposibles. Una especie de radióloga de la debilidad humana.

Las lecturas del tarot las refuerza con los baños para la suerte. Los martes y viernes las botellas con las siete ramas están listas para completar las recetas sugeridas por la adivina. Ruda, albahaca, yerbabuena, limoncillo, botón de oro, romero y eucalipto, cocinadas todas juntas, son llevadas al toque final de la pócima con miel de abeja y citronela. Se debe echar por nueve días en el cuerpo y hay que repetir con los ojos cerrados la frase “Jesús de Nazaret así como entraste a Jerusalén a sacar el mal y entrar el bien, te pido que entres a mi cuerpo, saques el mal y entres el bien”.

***

—¿Cómo estás, Reina? —le dijo el exalcalde de Medellín.

La mañana inicia tras un tinto y algunas palabras. La visita fue creciendo en curiosidad, el cargo del consultante pendía de un hilo por orden del procurador de turno, el temido señor Ordóñez. Sin escoltas, el exalcalde de Medellín se sentó frente a doña Reina, separados por un escritorio y el fajo de cartas coloridas en el centro. Con sus manos blancas y las uñas pintadas de rojo, el tarot egipcio fue revelando una a una las imágenes, como si de una pintura se tratara. “Por su suerte, su porvenir, quién lo piensa y con quién triunfa… a su derecha…”. Allí estaban la Torre encendida en llamas, la Parca en primer plano y una noche estrellada con perros aullando, la carta de los enemigos ocultos, fueron señaladas con el dedo índice de la adivina que abrió sus ojos y luego entre suspiros, gestos contrariados y énfasis en el tono, le dijo:
—¡Usted tiene muchos enemigos, pero muchos! Una persona muy poderosa, mire aquí la carta del Emperador, lo quiere es aniquilar, pero no se preocupe, todo saldrá adelante. Lo que se viene para usted es mejor que lo que está sucediendo ahora y las cosas estarán bien, mire aquí el sol venciendo el peligro y usted saliendo adelante de todos los obstáculos. A usted no le va a pasar nada, esté tranquilo.

A los tres días del encuentro inhabilitaron por quince años al exalcalde. En una llamada por teléfono llegó el reclamo.
—Oye, Reina, ¿no dijiste pues que a él no le iba a pasar nada?, le dieron inhabilidad.
—¿Y qué es inhabilidad? Yo no sé qué es eso y además en el tarot eso no sale. Yo estoy segura de que todo saldrá bien y que no tiene de qué preocuparse.

Al cabo de dos años, en el 2014, una decisión del Consejo de Estado retrocedió aquello que parecía irreversible, el exalcalde de Medellín restauró su dignidad y quedó exonerado de toda culpa.

***

En el parto, a su madre le pusieron los santos óleos, ya que peligraba su vida y la de la niña. La madrugada del 7 de diciembre de 1938, con la luz de una vela, la partera recibió a Reina Mejía, la primogénita de Sofía Mejía. Y aunque a su padre nunca lo conoció, lo trae a escena cuando recuerda que este emprendió un viaje de tres días por trocha y a caballo para verla. En ese tramo al parecer se comió una lata de sardinas con fecha vencida y murió. “Soy hija natural”, dice, y hace énfasis en que Luis Eduardo Salazar, su padre, un hombre de buena familia, alto, blanco y de ojos claros, le dejó unas casas como herencia que le fueron arrebatadas por sus tías, quienes luego vieron cómo se esfumaron de sus manos tras una inundación en Guadalupe, Antioquia. “Fue como una maldición, como no fueron para mí, no fueron para nadie”, sentencia.

A los 16 años se enamoró de un muchacho de barrio y los hijos vendrían como un milagro multiplicado, nueve en total. “Hubiera tenido veinte, treinta hijos, si hubiera podido. Estar embarazada era para mí la felicidad más grande del mundo”.

Su voz es dulce y no ha perdido el brillo con el desgaste de los años. “Yo era maestra. Estudié pedagogía en la Escuela La Modelo, que quedaba por Bolívar —cerca al Hospital San Vicente—, antes se llamaba Pedro Pablo Betancur. Tenía doce años y me encantaba estudiar, lo que más me gustaba era Historia Patria y era muy mala para el dibujo. Recién casada y con mi esposo enfermo y hospitalizado, improvisé un kínder en la sala de la casa y todos los días recibía a los niños, les cantaba canciones y así les enseñaba las vocales y refranes, algunas veces los castigaba con dos piedritas en la mano hasta que se cansaran, pero ellos me querían…”.

***

La mayoría de los días la casa está llena de clientas, solo algunos hombres se atreven a que les adivinen el futuro. Para ellas la lectura del tarot se ha convertido en necesidad biológica, el mundo no se mueve sin los consejos de la adivina.

A las primeras citas asistían mujeres que peligraban por ser amantes de los nuevos ricos del narcotráfico, y también otras que se disputaban un lugar entre los hombres de la mafia. Amanda Caro, por ejemplo, cabello corto y voz fuerte, manejaba directamente gran parte de los tratos, decidía y discutía de tú a tú con los grandes del negocio, como uno más. Una vez Reina la llamó para contarle que había soñado con ella, que su cabeza se había convertido en una cáscara de huevo que chocaba contra una pared y se volvía polvo. En medio de amenazas y huidas a media noche, Amanda tuvo que cambiar de residencia por ir más allá de los límites, donde hasta la propia sombra engaña; se encerró en un apartamento prestado y se dedicó a fumar y a leer revistas, con la esperanza de que la marea se calmara; una tarde que decidió sacar la cabeza para tomar un poco de aire en el pasillo del edificio, la esperaba un hombre que le apuntó en la boca y le vació completa la carga de balas que tenía.

Otra avezada y con cuero duro fue María Claudia Puerta, dueña de varias estaciones de gasolina. Se sintió con bríos para sobresalir en ese azaroso camino e intentó adueñarse de las rutas y de gran parte del personal de trabajo. Al quedarse con una mercancía y querer imponer sus propias reglas fue sometida a una muerte atroz: uno a uno le fueron arrancado los pelos de la cabeza, la piel del cuerpo y las uñas de pies y manos. El escarnio quedó claro para aquellas que buscaran compararse con los machos curtidos en el oficio.

Esas clientas patronas, las que asumían negocios por su cuenta, las que daban órdenes y eran truculentas, como los hombres curtidos en la trampa y el dinero fácil, fueron cayendo una a una. Ese efecto dominó fue afectando los ingresos de la pitonisa que logró equilibrar con la llegada de otras mujeres, “las de cuna”, que la buscaban por la fama de la cual gozaba en Medellín. Por eso la casa de doña Reina siempre se caracterizó por tener un carro lujoso enfrente.

Una de estas mujeres fue Alicia Mejía, alta, de piel color canela, ojos grandes y expresivos. No usaba ropa interior y lo hacía evidente con sus largas batas transparentes. Fue la primera en abrir un centro de belleza en El Poblado; una casa finca con árboles frutales, totumos, mangos y nísperos. Muchas mujeres de clase alta probaron allá las bondades del sauna, el turco y los masajes con mascarillas para la piel; complementados con alimentos como pan integral, miel de abeja, ajonjolí y jugo de naranja. Desnudas comenzaban a parlotear mientras se embadurnaban con barro y arcilla. Alicia era la expresión de un nuevo marketing en ascenso, con su cuerpo saludable y la viva prueba de todos los beneficios que decía ofrecer. Casi siempre llevaba su cabellera suelta y desordenada, una llamarada roja. Una vez Reina la esperaba para su infaltable cita de los martes en la tarde y ese día no paró de llover. Apareció en la puerta, con una sonrisa plena y el exquisito perfume que la distinguía, llegó con la cabeza rapada diciendo que era la última tendencia, que ello permitía crear un canal entre el universo y uno mismo y que el cuerpo era el vehículo para purificar todas las energías. Algunos años después, Alicia tuvo una crisis económica que la obligó a buscar horizontes fuera de Colombia. Le pidió a Reina que cuidara por tres meses a sus dos hijos adolescentes, mientras ella regresaba, ya que sus parientes le habían dado la espalda. Un domingo llegaron a la casa de Reina los dos muchachos, con maletas gigantes. Durante ese tiempo trastornaron la cotidianidad del barrio y les enseñaron a los pelaos de la cuadra a montar en bicicleta y a bailar Brillantina. Les regalaron camisetas, pantalones de marca y tenis que jamás habían visto. Se fueron mezclando con esa vida de barrio tan distante de la suya, y tres meses después se despidieron con lágrimas.

***

La casa de Reina siempre fue un centro de atracción en el barrio Manrique, no solo por el oficio que ejercía y la fama adquirida, sino por su alegría y carisma.

Por azares de la vida esa mujer que le pronosticó una suerte tardía a un exalcalde de Medellín, era la misma que treinta años antes le vaticinara el destino a Pablo Escobar. Llegó a la casa de ese hombre que en los inicios se ganaba la vida vendiendo chance y le dijo: “Usted va a tener muchísima plata, hasta para tirar para arriba, pero ese dinero será su muerte, su perdición”. La carta de la Fortuna, que significa riqueza, salió al lado de la Torre, una de las cartas más temidas. En esos momentos Pablo Escobar no le creyó. La tía, como la bautizó para despistar a los curiosos, terminó frecuentando muchas veces al capo. Se encontraban en hoteles, en casas de amigos, en restaurantes, en fincas. La consultaba y le hacía caso para moverse y actuar. Un día, estando en la hacienda Nápoles —esa pequeña África hecha al capricho—, Pablo Escobar le preguntó por teléfono por su seguridad y ella le dijo que debía salir, que los limosneros —como les decían en clave a los policías— lo iban a coger. Inmediatamente atendió la advertencia, huyó por el río y se resguardó en Medellín.

“Un día envió una persona que me sacó a empujones de un velorio, diciéndome que él me había mandado a llamar, que debíamos salir”, cuenta Reina, “a la hora hubo una balacera tremenda y mataron a mucha gente, sin respetar siquiera al muerto en mitad de la sala”. También recuerda una novia joven y muy bonita que Pablo tenía: “Estuvo en mi casa y me dijo: ‘estoy saliendo con un guardaespaldas de Pablo, me tiene loca y estoy muy enamorada’. Yo le dije: ‘No te pongas en esas, recuerda que Pablo es muy celoso, tanto de sus rutas como de sus mujeres… aquí sale que te va a pillar’”. Meses después la encontraron a ella y a su amante en la maleta de un carro.

***

La mirada de Reina es juguetona, sus gestos conservan la vitalidad de una infancia añeja. A sus 79 años y con dolencias en una rodilla, después de una prótesis mal hecha, no se deja bajar de pinta: se maquilla, se arregla el pelo y por lo general se tintura de rubio; usa ropa fina, lleva siempre las uñas arregladas y sandalias brillantes. Pero ni ella ha podido escapar de sus sentencias. Descubrió la propia fatalidad el día que se leyó las cartas junto a un amigo y vio cómo iban apareciendo imágenes como la Torre y la Reina de Espadas que en el tarot, cuando aparecen juntas, significan un peligro inminente. Con estupor le dijo al hombre de estatura media, piel blanca y ojos maliciosos y pequeños: “Qué extraño Germán, veo que me van a secuestrar y la persona que está detrás de todo esto sos vos; no puede ser, vas a ayudar para que me amarren, saldré enredada en algo que no sé qué es, qué susto”. Efectivamente, dos días después fue sacada de su casa con la disculpa de un trabajo a domicilio y de unos riegos que debería echarle a un negocio que estaba salado en la avenida Las Palmas. Estuvo cinco días perdida. Al regreso, con los estragos del pánico en su cuerpo, fue hospitalizada y obligada a reposar tres meses largos. Paulatinamente se adaptó de nuevo a la cotidianidad, espantando miedos y retomando la confianza en ella y en los demás.

Ahora Reina se mueve con dificultad, basta encontrarla tomando café con leche en la sala de su casa, vestida con una manta guajira, para ver esa especie de matrona que sostiene el bastón y se prepara para atender alguna clienta o algún curioso con ganas de saber qué le depara el destino. Tiene la capacidad de reírse de todo y de todos y hasta de sacarle chistes a la tragedia. Cuando recuerda los tiempos idos, las historias vuelven, reales y vivas, como cuando sentenció, sin miedo, los cambios en la vida de actores, políticos, cantantes, negociantes, profesores, sacerdotes, prostitutas y todos aquellos que pasaron la puerta. Singular destino ese de leerle el destino a la gente, saber qué les deparan sus deseos más íntimos; ese destino lo leyó a millares, cuando el dinero fácil se movía sin pudor por calles y bolsillos.



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Regular lo irregular

Regular lo irregular

Archivo Fotográfico BPP


Número 91 Octubre de 2017

Pocas figuras tan controvertidas y tan influyentes en la historia urbanística del país como las que representan los nombres del catalán Josep Lluís Sert y los suizos Paul Wiener y Charles-Édouard Jeanneret-Gris, más conocido como Le Corbusier. Este último —reconocido por ser el pionero del urbanismo del siglo XX y uno de los exponentes de la arquitectura moderna y del estilo internacional— diseñó más de veinte ciudades en el mundo. Vino cinco veces a Colombia, entre ellas una a Medellín, diseñó un plan de urbanización para Bogotá e influyó tangencialmente en el Plan Regulador de Medellín, o sea, la traza de nuestra “Tacita de Plata” no pasó inadvertida por su cerebro.

La propuesta para la capital antioqueña incluyó la canalización del río y la articulación de la ciudad en torno a aquel, el reordenamiento del Centro y la construcción de un nuevo foco administrativo —que derivó en la creación del aún vigente centro administrativo La Alpujarra—, el control de los asentamientos en las laderas —lo que hoy se entiende como el Cinturón Verde— y la construcción de la zona deportiva del estadio Atanasio Girardot.

Si bien el Plan Piloto de Wiener y Sert no es el primer referente de planificación urbana de la ciudad —lo es el renombrado Plano de Medellín Futuro, realizado en 1913 mediante una convocatoria gestada por la Sociedad de Mejoras Públicas—, sí es el más significativo y determinante de nuestra ciudad actual. Diseñado entre 1948 y 1952, define paralelamente el Plan Regulador de la ciudad, que tardó casi diez años en ser estructurado (1958- 1960) para servir de herramienta de la planeación urbana integral.

Le Corbusier en Medellín.

A partir de este, muchos de los proyectos de la planificación urbana hasta nuestros días fueron ejecutados y otros comenzados, pero la ausencia de una legislación urbanística a nivel nacional y el enorme e inesperado crecimiento demográfico de la ciudad en el período 1950-1980 hicieron que la propuesta del Plan Piloto no pudiera ser implementada por completo. Sin embargo, este se eleva como referencia primera de la influencia de la modernidad aplicada a las ciudades latinoamericanas y como modelo específico de planificación y ordenamiento urbano para Medellín.

Los informes, planos, correspondencia y documentos complementarios a este y otros proyectos de desarrollo urbano se pueden consultar en los Centros de documentación del Departamento Administrativo de Planeación Municipal actualmente ubicados en el Archivo Histórico de Medellín y en la Biblioteca Pública Piloto.