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Los envíos de la Polla

Crónica verde

Los envíos de la Polla

por DAVID E. GUZMÁN • Ilustraciones de Verónica Velásquez


Número 71 Noviembre de 2015

Las mentes ingeniosas no solo están al servicio de las grandes empresas o de las fuerzas del mal y los carteles de la mafia, también trabajan sin descanso por triunfos irrisorios con sabor inolvidable para unos pocos. Mentes obstinadas, creativas, arriesgadas, que agotan todos los recursos y todas las neuronas para producir en los suyos una risa, una comilona, una mirada diferente en tierras lejanas y extrañas. Tierras donde, por equis o ye circunstancia, escasea el moño.

Aquella vez llevaba dos meses viviendo en París. Había terminado materias en la universidad y aunque debía la tesis de grado, engatusé a mis tías amantes de los collares de perlas para que me mandaran a estudiar francés. Un lujo a toda costa inmerecido y hasta contraproducente, con el diploma todavía embolatado, decía con razón mi papá. Pero allá estaba, soportando el invierno parisino de comienzos de este siglo, sobrellevando como bien o mal podía mi primera temporada fuera de Colombia.

Los primeros días los había pasado en los extramuros de París, en casa de Patricia, una vieja pintora amiga de la familia que me amenizó el jet lag con unos buenos bouquets de hachís y picadura de tabaco. La expectativa por lo nuevo y el asombro de estar al otro lado del mundo hicieron que no valorara esos poderosos porros que a Patri le quedaban como unas saetas y a mí me quemaban la garganta.

A la semana, cuando ya sabía cruzar la calle con la baguete bajo el brazo, me instalé en la capital francesa para iniciar clases. Ahí empezó el viaje en serio, mi cotidianidad, hospedado en una chambre en la rue de la Santé, treizième arrondissement, en el apartamento de Stéphane Marquet, experto en computadores y bufón aficionado que nunca pudo superar los números de su desaparecido padre, Perniky, un payaso de verdad con historial en circos. Mis días, grises y muchas veces nostálgicos precisamente como el espíritu de los payasos, transcurrían entre las aulas, el apartamento y los parques cuando el frío lo permitía. Patricia entró en sus locuras de artista y le perdí el rastro. Por mi cabeza no pasaba aún la fiesta, no tenía amigos, ni conocidos, ni mucho menos la más mínima posibilidad de conseguir, diga usted, un poco de yerba para recrearme. En realidad era suficiente con lo que estaba viviendo y si bien soy de los que suele mirar el reloj a las 4:20, el tema me tenía despreocupado; todas mis energías estaban puestas en aprender la lengua y en ir descubriendo, totalmente solo, la Ciudad Luz. Sin embargo, un afortunado suceso prendería las alarmas de las mentes ingeniosas en Medellín.

Cierto día llegué a casa muy abrigado y en la chambre comencé a quitarme capas de ropa, como una cebolla, porque no tenía una chaqueta de invierno sino mucho trapo interno, buzos y chompas. De pronto sentí unos bollitos dentro del bolsillo de la camisa, una leñadora de cuadros verdes y negros, y de inmediato los extraje: se trataba de diminutos moños de marihuana recubiertos de pelusas. Emocionado, luego de retirar las motas, procedí a echar los ripios en una pipa clásica que había heredado de mi abuelo. Salieron pocas bocanadas pero suficientes para alcanzar un estado fabuloso; ahí mismo salí a flotar por las calles con la mirada achinada, la sonrisa tenue y esa sensación calientica y placentera que producen unas caladas criollas lejos del hogar. Esa misma noche llamé a la Polla y le conté lo sucedido con tanta alegría que me dijo que iba a pensar la manera de mandarme un poquito desde Medellín. Sonaba absurdo, pero no era nada raro en ella, una mujer temeraria, alcahueta, que además había comulgado en el festival jipi de Ancón.

Lo común era que mi gente me llamara los lunes que había una promoción de larga distancia, pero un sábado temprano llamó la Polla para decirme que estuviera pendiente, que me había enviado por correo “unos acetatos y un material de trabajo para las clases”. Se despidió sin dar más detalles y a partir de ese momento entré en un estado de ansiedad temerosa y alegre. No tardé mucho en llamarla para que me resolviera dudas de cómo proceder en caso de que las cosas no salieran como estaban previstas, entonces, en ese tiempo en el que apenas si había internet, la Polla ordenó que se me pusiera un mail con las instrucciones: en caso de que descubrieran los “acetatos” debía decir que desconocía el destinatario, que probablemente me querían perjudicar desde mi patria. Pasaron los días y poco a poco me olvidé del asunto. Ya resignado, en una tarde lluviosa, me puse a palpar en todos los bolsillos de la ropa y rescaté unos ripios que esta vez prendí con todo y pelusas.

A las dos semanas, cuando había perdido toda esperanza y pensaba que era obvio que el paquete iba ser detectado en alguno de los aeropuertos, encontré una boleta de La Poste al llegar a casa: habían ido a llevarme la encomienda pero como nadie atendió el citófono debía presentarme en la sucursal del barrio para reclamarla. Oh merde, hubiera querido pensar, pero no, me dije: ay jueputa, ¿y ahora qué?… De los nervios me comí un pan entero con queso y sopa de tomate, la idea era llegar bien lleno a La Poste por si me detenían. En ningún momento se me ocurrió la posibilidad de abandonar la operación que hasta bien lejos había avanzado la Polla. Fui caminando al correo y los pies me temblaban, entré a la oficina con cara de buen ciudadano, sonriendo sin mirar a nadie a los ojos, e hice la fila. El pensamiento triunfal de que la yerba de Barrio Antioquia había cruzado el Atlántico entre unos acetatos empresariales se mezclaba con la sensación de que en cualquier momento iban a sonar las alarmas y me iban a tirar al piso. Por fin llegué a la taquilla y en cuestión de segundos, sin que me tocara mediar palabra, una rubia me entregó el paquete. Corrí a casa, me encerré en la chambre y despejé el escritorio; desnudé con cuidado la envoltura, quitando las cintas con delicadeza y separando las hojas de acetato que la Polla había incluido para hacer bulto. Muy pronto encontré los acetatos madre, unidos por una cinta delgada; entre esos dos acetatos, que tenían información textual y gráfica sobre mejoramiento continuo y que la Polla proyectó más de una vez en sus capacitaciones, estaba la yerba, desmenuzada parejita como si fuera avena; en alguna parte de Medellín debió sonar pólvora mientras la vertía sobre una hoja blanca. La ración, que más o menos daba para armar cuatro barillos decentes, fue administrada en la pipa y me duró un par de semanas.

Y así como me imaginó mi padre alguna vez, vago, sentado en un toldo en las afueras del estadio, de mocasines y cerveza en mano, leyendo la sección deportiva del periódico, lo único que le calaba a mi mente de pollo, así más o menos me encontraba ahora, pero en las afueras de la torre Eiffel, de boina, dándomelas de poeta con libreta en mano y de borracho con un vino barato para remojar las bocanadas. La idea de la Polla había sido un éxito y con astucia alistó un segundo envío, pero ese jamás llegó y los días de escasez regresaron. Para entonces ya tenía dos amigos en el curso, un mejicano y un alemán, Nils Peter, con quien compartía el gusto por el THC y sus variaciones. Mi única ilusión en ese momento era que el hombre concretara una cita con unos escurridizos dealers marroquíes que vendían barritas de hachís. La Polla, ante la caída del segundo paquete, tomó medidas preventivas y suspendió indefinidamente los envíos. Eso sí, su mente creativa seguiría fraguando una nueva forma de abastecer a su amado jumento en suelos galos. Y la oportunidad se daría gracias a las vacaciones de Semana Santa.

A comienzos de abril, días antes de salir para Roma a encontrarme con unos primos y otros familiares que venían de Medellín, recibí una llamada de la Polla. Casi ni me saluda para decirme que ya se había craneado un nuevo envío. Quedé helado cuando me contó de qué se trataba. Si el primer modus operandi me causó temor y ansiedad, el nuevo procedimiento me enfermó. Casi le rogué para que no me pusiera en esa situación pero me dijo que tranquilo, que después le iba a agradecer y que ella corría más riesgos. El envío consistía en un bluyín nuevo, pero con su toque mágico: tres barillos incrustados dentro de la marquilla de la prenda, la cual tuvieron que descoser y coser de nuevo. Lo peor de todo era la persona que en Roma me entregaría el bluyín que supuestamente me estaba haciendo falta: mi inocente abuela.

El tren de París a Roma fue un lechero de catorce horas. Ni siquiera cuando un pasajero chino sacó un cangrejo hervido y ensolvó el vagón me pude sacar la imagen de mi abuela, la madre del mismísimo embajador, detenida en el aeropuerto por intentar llevar tres olorosas sorpresitas ocultas en un bluyín. Durante el viaje también pensaba por qué la Polla se arriesgaba tanto en hacerme esos pequeños y deliciosos envíos. Recordando los días de mi infancia concluí que lo hacía por un amor compinche y quizás también porque era su forma de retribuir cierta alcahuetería; por ejemplo, debió ser feliz el día que le presté con gusto la biblia del colegio para que arrancara un par de hojillas que reemplazaran sus cueros. O la noche que, en medio de una fiesta en la casa, le facilité para el mismo efecto las primeras y últimas hojas de las obras completas de Aguilar de Rudyard Kipling, un sacrilegio que a mis diez años no dimensionaba. También vino a mis recuerdos la vez que, después de atar cabos y juntar pruebas, dedujo con orgullo que era yo quien saqueaba las chicharras carnudas que guardaba en un tarro. Un poco tarde supo que su muchacho había entrado a ese selecto grupo de la ganja como aprendiz de maestros ajenos a la familia. Ahora éramos de los que desaparecíamos juntos de las fiestas y volvíamos a aparecer risueños y con buen apetito.

Llegué a la casona del embajador con una cara de sumisión terrible, dispuesto a ponerle el pecho a la situación y a confesar que en efecto las sospechas que recaían en nuestro subgrupo familiar eran ciertas. Los antecedentes de la Polla eran suficiente carta de presentación y ahora con la abuela detenida se confirmaba que éramos las ovejas negras y mariguaneras de la familia, un mal ejemplo probado. Pero la Polla supo cómo hacer las cosas. La abuelita, con esa ternura, me entregó el bluyín y yo la abracé fuerte, más que contento por el envío, feliz de verla sana… y salva. El bluyín era un Carrel azul oscuro que ni siquiera desdoblé; tal cual me lo entregaron lo metí en el fondo del morral y como mis primos son personas de bien, mojigatos como ellos solos, decidí que aguantaría hasta mi regreso a París para espulgar y gozar la prenda.

Después de pasar la Semana Santa en el Vaticano y de haber estado en una misa presidida por Wojtyła, en la que en algún momento se me vinieron a la mente los barillos apachurrados dentro de la marquilla del Carrel, volví en tren a París y a mi chambre en la rue de la Santé. Desempaqué y puse la gran prenda como un trofeo sobre la cama. Meticuloso, descosí cada puntada y recuperé los barillos. Estaban intactos pero blandos, así que los desarmé y con lo que reuní armé un porro robusto y dejé el resto para la pipa. Al día siguiente regresamos a clases y al salir de la jornada, como era costumbre, me fui con Nils Peter y el mejicano para un parque, esta vez el Jardin des Plantes. De un momento a otro saqué mi bouquet montañero. A Nils Peter, guitarrista de un grupo de rock que ya había probado lo habido y por haber, se le abrieron los ojos, recibió en sus manos el cono y lo olfateó con ganas. Cuando les conté la historia no me creían, y pensaba en la Polla, lejana, hubiera querido que estuviera presente para que viera cómo el alemán disfrutaba de sus historias y sus manjares. Él, acostumbrado a fumar hachís con tabaco negro en una pipa de agua fabricada con un galoncito plástico agujereado, una coraza de lapicero y un pequeño embudo forrado en papel aluminio, quedó asombrado con el sabor y efecto de la pangola paisa, según él, mucho más consistente y duradero; al parecer la mezcla que fumaba lo volteaba fuerte pero por lapsos cortos. Esa noche se alargó y quisimos rematar en un club nocturno en el sector de la Bastille pero nos negaron la entrada por tener los ojos rojos. Nos indignamos, Nils alegó e insultó a los patovicas, pero fue infructuoso. Como tenía los míos cuales hígados sangrantes, me echaron la culpa y desde ese día mi apodo fue L’homme aux yeux rouges.

Petetre, el mejicano, quien recibió ese apodo luego de pronunciar con total falta de elegancia la expresión peut être en plena clase, se había mantenido toda la vida alejado de la mota y sus humos almendrados. Sin embargo, las risas y el buen rato de aquella vez con Nils lo tenían picado, curioso. Si ya había dejado el nido era cuestión de tiempo que se atreviera a probar algo nuevo. Y se llegó el día, esta vez en el Jardin du Luxembourg, con el último poquito que me quedaba de la ración que vino con el Carrel. Nils no vino con nosotros y se perdió del número más gracioso de Petetre en París con el patrocinio de la Polla. Al cabo de unos minutos lo cogió un ataque de risa sin motivo, lo cual lo asustó mucho, y me preguntaba, ¿qué me está pasando, Garza? Petetre me decía Garza porque un día un viejo cascarrabias parisino me acosó para pasar un semáforo, “allé garçon!”. ¿Garza, qué me pasa?, preguntaba Petetre con los ojos en la trastienda.

A la vez lo cogió una paranoia con cinco vigilantes del parque que justo se reunieron para distribuirse las zonas y el pobre Pete creía que lo señalaban a él. Sin poder contener las carcajadas me suplicaba que botara la pipa y todo lo que tuviera. ¡Tírala, Garza, tírala! Finalmente nos tocó irnos, para cruzar el Boulevard Saint Michel me cogió de gancho como si fuera un viejito, subimos a su apartamento y, a las tres de la tarde, se metió a la cama y se cobijó sin poder parar de carcajearse y preguntar qué le estaba pasando. Ahí lo dejé, acostado, sonriendo, con una culebra que le recorría todo el cuerpo por dentro, decía él fascinado. Hasta para evangelizar sirvieron los envíos de la Polla.

Terminó de pasar el invierno y en plena primavera por fin Nils le cogió la vena a los dealers. Los encuentros eran a la media mañana en los pasadizos subterráneos que comunican las estaciones del metro. Un día lo acompañé para que me presentara a Karim, un tipo con pinta de rapero marsellés. Quedé con su teléfono por si alguna cosa. Nils regresaría a Alemania mientras que Petetre se iría a recorrer España. Por esos días probé la pipa casera del alemán y fui testigo de cómo se le blanqueaban los ojos. En verano despedí a mis amigos. A mí me quedaban las dos últimas semanas en París antes de volver a Medellín. La mente de la Polla había hecho lo suyo oportunamente y ahora era mi turno retribuir aquel tesoro con algún caramelo marroquí. Llamé a Karim y después de un diálogo de sordos, porque hablaba rapidísimo y con unas palabrejas que no estaban en el diccionario, pudimos cuadrar una cita. Le pagué ochenta francos por un barrilete, de ahí saqué para los estertores de mi aventura y guardé una pequeña porción para el homenaje a la Polla.

La víspera del viaje fui a un refugio de gente pobre y regalé el fino Carrel, estaba nuevecito y no sería raro que hoy todavía esté en la guerra, en algún balde en París destiñendo ese azul penetrante. Empaqué y dejé todo listo para el vuelo. La piedrecilla de hachís la llevaría en el pantalón que me iba poner, dentro de la marquilla interna de uno de los bolsillos traseros, la cual descosí y cosí con la maestría de una abuela. Con ella allí dentro, envuelta en papel aluminio, me presenté a las requisas en el aeropuerto Charles de Gaulle. Cuando iba a pasar a las salas de abordaje, el detector de metales pitó al pasar por el bolsillo del pantalón. “Qu’est-ce que ça?”, me preguntó con curiosidad el uniformado y yo quedé mudo, como si no hubiera aprendido una sola palabra en francés. “Qu’est-ce que ça?”, insistía el tipo y detrás mío se hizo una fila, era claro que algo estaba ocurriendo. Reaccioné y con la voz temblorosa dije, “c’est rien, c’est un petit peu”, y saqué la funda del bolsillo y le mostré al tipo que ese bultico, al que no podíamos acceder porque estaba dentro de la etiqueta, era lo que sonaba. Aún no eran tiempos de paranoia en los aeropuertos y no sé si por lástima o porque los pasajeros se empezaron a acumular, el tipo me dejó pasar sin poder despejar la duda de lo que traía. Me senté a esperar el abordaje todavía nervioso: después de los trabajos impecables de la Polla mi error pendejo casi echa todo por la borda. Solo a un cerebro de pollo se le ocurriría usar papel aluminio para tal menester. En fin, apenas pude me deshice del papel y solo al llegar a Medellín respiré tranquilo. Mientras esperaba la maleta, vi a la Polla a través del vidrio. Nos saludamos con gritos felices y sordos, después me llevé la mano al bolsillo de atrás y apreté la piedrecilla, el premio que le esperaba. 



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Autobiografía del pueblo

por ROBERTO LUIS JARAMILLO // Si quieren saber cómo cambió y engordó mi figura, miren un retrato que se me hizo en tiempos de la preguerra. Observen cómo estaba poblada mi ciudad quebrada arriba y quebrada abajo. No digo mucho de los solares húmedos cercanos al río, o de las malolientes orillas del zanjón de Guanteros.

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Antioquia no es tierra de arqueros

Antioquia no es tierra de arqueros

por JAIME BARRIENTOS


De ida y vuelta 2015

El fútbol es un deporte de equipo hasta que el arquero comete un error.

Fotografía de Juan Fernando Ospina.

Sin arquero no puede jugarse un partido de fútbol. Puede ser un desafío, un partido de amigos en una cancha sintética, una final del mundo o un partido en Play Station, y en ningún caso pueden jugarse ni siquiera cinco minutos de eso que con gran precisión Luis Omar Tapias llamó “el deporte más hermoso del mundo”. Si no hay un jugador que se diferencie del resto, tanto en uniforme como en posibilidad de agarrar el balón con las manos, no se puede jugar.

El arquero es un jugador aparte. Piensa distinto, se mueve diferente, come más, tiene más grasa, es más grueso, entrena aislado, celebra solo, pierde los partidos, rara vez gana alguno y es el único futbolista con reglas propias. Le dicen guardavallas, arquero, portero, golero, cancerbero, cuidapalos. Miguel Hernández, aquel recordado poeta y dramaturgo español de la brillante Generación del 27, lo inmortalizó en letras con su Elegía al guardameta.

En la década del treinta, cuando el fútbol empezó a popularizarse en Antioquia, especialmente en Medellín, con partidos épicos en Los Libertadores (hoy barrio San Joaquín) y con jugadores que brillaban por su exquisitez técnica, hubo uno que marcó época: Carlos Enrique Álvarez Jaramillo. Un nombre común para el descomunal arquero que fue. Según Carlos E. Serna, estadígrafo e historiador del fútbol antioqueño, ha sido el mejor portero que tuvo este departamento. Los que lo vieron tapar dicen que fue el mayor representante de los voladores de palo a palo. Carlos Castro Saavedra, en su columna Zona Verde del periódico El Correo de 1967, escribió sobre Álvarez: “Frente a la portería era una verdadera muralla, pero viva, elástica, alada, la cual, en el momento menos esperado, saltaba sobre el cielo”.

Este portero paisa, al nivel de los mejores, integró la Selección Antioquia desde 1932 hasta mediados de la década del cuarenta, y trazó el camino para una gran variedad de cancerberos reconocidos más por su técnica que por su estatura.

Cuando se escoge un arquero la técnica y el talento deben estar por encima de unos cuantos centímetros de más, característica que para los entrenadores europeos no importa tanto cuando tienen que decidirse entre un gran portero no tan alto y uno normal pero con más de 190 centímetros de altura. Estigma que sufriría 85 años después el que podría denominarse como el mejor representante de los arqueros paisas, por sus logros obtenidos en clubes y por ser el actual dueño del arco de la Selección Colombia.

Volviendo a los años gloriosos del fútbol por el fútbol, además de Carlos Álvarez, Antioquia tuvo en el arco a verdaderos ídolos como Julio ‘Chonto’ Gaviria, a quien por su notable desempeño en el primer título del fútbol profesional colombiano con Santa Fe, en 1948, también lo llamaron “Chontafé” y fue el jugador mejor pago del torneo ese año con un salario de mil pesos mensuales; y Gabriel Mejía Lopera, del que muchos dirían que heredó las voladas de Álvarez y fue el arquero campeón con Atlético Nacional en el 54. Era una época compleja para los jugadores locales debido a la gran cantidad de futbolistas extranjeros que venían al torneo colombiano.

En los pasillos futboleros del país siempre se ha dicho que Antioquia no es tierra de arqueros, pero al mirar hacia atrás se encuentran goleros que hicieron historia en las décadas anteriores. Juan ‘Rumbo’ Vidal y Gabriel Ochoa Uribe compartieron arco finalizando los cuarenta, el último más reconocido por sus logros como director técnico que como arquero. También Ernesto Lopera, dueño de la portería paisa en los cincuenta. En los sesenta aparecieron Carlos García y Roberto Vasco; lo mismo sucedió en los setenta con Carlos Arboleda, Fabio ‘la Gallina’ Calle y Wilson Londoño. Estos dos últimos reconocidos entrenadores de arqueros en la actualidad.

En este injusto recorrido seguramente muchos se quedaron por fuera y ni siquiera Google les presta su merecida atención. Pero esa es la vida del arquero: ser reconocido en muy pocas ocasiones por su buen rendimiento, y cuando aparece el error ser señalado de primero. Bien lo dijo Moacyr Barbosa —arquero brasilero del fatídico Maracanazo— cuando no le permitieron entrar a la concentración carioca en 1993 por considerarlo una “mufa” (expresión futbolera del sur del continente utilizada para explicar que alguien o algo atrae la mala suerte): “En Brasil, la pena mayor por un crimen es de treinta años de cárcel. Hace 43 años que yo pago por un crimen que no cometí”.

Llegaron los ochenta con las selecciones de Tucho Ortiz, campeonas en casi todo lo que jugaban, y sucedido por Luis Alfonso Marroquín, que quería seguirle los pasos cada vez con un fútbol mejor jugado. Marroquín conformó selecciones Antioquia de muy buen pie con un arquero muy talentoso y de mucha proyección: Raúl Ignacio Torres Franco. Los que lo vieron tapar dicen que tenía grandes condiciones, no en vano su suplente era José René Higuita, ese que merece todo un libro para él solo. René era dos años menor que Torres y ya empezaba a despuntar, sin embargo Raúl, además de defender muy bien su arco, ya jugaba fuera de él como arquero líbero. Así lo afirma Torres, quien en medio de la tranquilidad de los años asegura que él le mostró a René lo que un portero podía realizar si jugaba fuera del área, lo entrenaron con la Selección Antioquia y fue una especie de padrino del que sería más adelante un genio del balompié. De esta manera tuvieron una lucha mano a mano por la titularidad. Pero el fútbol, y sobre todo la portería, puede ser cruel: aquel que no tenga la suficiente fortaleza puede sucumbir ante cualquier adversidad.

Si el fútbol de alto rendimiento es odioso por excluyente, la posición de arquero es malvada por única. Torres era el titular de la Selección Antioquia juvenil que defendía el título de la Copa Coca-Cola en 1983. Al terminar la primera vuelta de la ronda final Antioquia solo había perdido un partido contra Valle y Marroquín decidió que era el momento de que René tapara, a pesar de que Raúl había hecho muy buenos partidos. La segunda vuelta empezó con la visita de Antioquia a Bogotá. René fue una de las figuras y los paisas ganaron 6-0. El puesto ya tenía nuevo dueño y Antioquia saldría campeón nuevamente. Recuperar la titularidad no era fácil. Cuando un arquero no juega, sus posibilidades para volver a tapar se reducen a una lesión, a una expulsión, a un nivel paupérrimo del titular, o a la novedosa y poco utilizada rotación.

Raúl Torres continuó tapando. Sus condiciones eran tantas que Gabriel Ochoa Uribe lo llamó para que hiciera parte del gran América de Cali de los ochenta con Falcioni en el arco, pero el envigadeño se devolvió para Medellín porque “nunca pudieron llegar a un acuerdo la gente del América con los dueños de mi pase”, asegura Raúl. Tan corta fue su estadía en la Sultana que ni siquiera aparece en la robusta base de datos de Fabio León Naranjo, estadígrafo consumado. El fútbol profesional fue esquivo para un arquero atrevido, innovador, de 1.80 metros y muy prometedor. Ahora es entrenador de arqueros en la Secretaría de Deportes de Envigado y René se convirtió en un ícono mundial. Cambió la posición de portero para siempre, eclipsó a una generación de guardavallas, no solo antioqueños sino del país. Aunque el ser tan díscolo le permitió a unos cuantos colegas probar un poco del puesto que desde 1987 tuvo dueño y que cedió algunas veces gracias a sus múltiples quehaceres fuera de la cancha.

A pesar de que Higuita, por obvias razones, es conocido como el Loco, vale la pena aclarar que un arquero no puede ser completamente cuerdo. No hay que hacer un análisis muy profundo para llegar a esta conclusión, simplemente basta con realizar la siguiente ecuación: la esencia del fútbol es el gol y el arquero es aquel ser que, a sabiendas de esto, intenta evitarlo a como dé lugar. Sin importar a quién tenga en frente, en qué estadio juega o cuánta gente haya a su alrededor, siempre querrá apagar gritos de felicidad. Eso de andar evitando por todos los medios que la gente sea feliz debería ser considerado como algún síntoma de enfermedad mental. No es normal que una persona impida conscientemente con su cuerpo la alegría de otro, pero la normalidad no es una característica de un guardameta.

Arqueros antioqueños cortos de estatura, magros, altos, flacos, negros, blancos, rubios, felinos, voladores, guanábanas, pero en su mayoría porteros de gran capacidad técnica. Después de René y Torres seguirían José ‘Chepe’ Castañeda, John Hernández, Andrés Cadavid, de los pocos jugadores antioqueños que están en la galería de campeones prejuvenil, juvenil y sub-23, Osvaldo Durán, titular en el famoso 1-0 contra Bogotá en 1987, cuando el público tumbó las puertas de la tribuna oriental del Atanasio para poder ingresar.

Cerrando el siglo veinte apareció Juan Carlos ‘la Araña’ Henao, el eterno Henao con más de seiscientos partidos como profesional. Pero como Antioquia no es tierra de arqueros, resulta que los dos equipos colombianos campeones de Copa Libertadores tuvieron en sus porterías a dos arqueros paisas determinantes en ambos títulos: René y Henao, artífices de las dos más grandes alegrías que un club puede darle a su hinchada, a su región y a su país.

En los convulsionados noventa también surgieron Hugo Tuberquia, Daniel Vélez, Edigson ‘Prono’ Velásquez —que venía de Pueblorrico— Andrés Saldarriaga, Didier Muñoz —de Andes—, y David González, actual arquero del Medellín, quien afirma que podía sentir la presión de estar en un puesto por el que había acabado de pasar un colega que debutó a muy corta edad en el profesionalismo cuando todavía integraba la Selección Antioquia.

Como era de esperarse en una tierra que no es de arqueros, de Antioquia salió la mejor guardameta del país: Sandra Sepúlveda. Empezó en el fútbol aficionado paisa para después ser la portera por excelencia de las selecciones Antioquia y de ahí pasar a cuidar la portería de la Selección Colombia de mayores en Juegos Olímpicos, mundiales, panamericanos y a nivel de clubes en las seis copas libertadores que se han realizado hasta la fecha.

Sesenta años después de la leyenda voladora de Carlos Álvarez, llegó al arco de las selecciones Antioquia un cancerbero al que supuestamente todavía le faltan unos centímetros para poder ser parte del Olimpo de los arqueros. A principios de este siglo David Ospina fue campeón infantil y prejuvenil con Antioquia, después campeón con Atlético Nacional, pasó al fútbol francés, fue el titular en la mejor campaña en toda la historia de Colombia en un mundial y actualmente comparte portería con Petr Cech en el Arsenal inglés. David es el mejor reconocimiento que se les puede hacer a los arqueros antioqueños. En él se reúnen las mejores cualidades de esos grandes guardametas que tienen más de 85 años de vivir en los recuerdos de los aficionados paisas.

Pero que no se confunda el lector, Antioquia no es tierra de arqueros.

Archivo Fotográfico de la BPP.



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Cinco segundos

Cinco segundos

por SAÚL ÁLVAREZ LARA • Ilustración de Camila López


Número 64 Abril de 2015

El Cirrus fue restaurante y bar en la esquina de la calle Maracaibo con la avenida Juan del Corral, detrás del Hotel Nutibara, al inicio de la calle. Más arriba, sobre Maracaibo, estaban el cine Ópera y la Librería Aguirre, y dos cuadras más arriba, la Clínica Medellín y lo que acabó siendo la Avenida Oriental. En esos años, década del sesenta, no había metro, ni Plaza Botero, ni hombres estatua a la espera de una moneda para hacer el movimiento ensayado hasta la memoria. Estaban las palmeras de la Plazuela Nutibara que no parecen haber cambiado, ni crecido, ni desmejorado con los años, siguen iguales, menos en número por el paso del viaducto, pero iguales. Eso creo.

El Cirrus ofrecía en aquellos años lo que hoy se conoce como un corrientazo. Era un restaurante con almuerzo para empleados de la zona que en las noches pasaba a cabaret. Lo digo por la exhibición de botellas, adornos, luces y espejos del mostrador, y por el piano en el rincón más alejado de la puerta, la tarima pequeña que insinuaba el lugar del cantante y la pista, también pequeña, que sugería la posibilidad del baile. Nunca estuve allí de noche pero un cierto ambiente Casablanca se sentía en los rincones, mediterráneo, un poco. La penumbra, refrescante al medio día, llegaba hasta las cuatro o cinco puertas sobre la calle Maracaibo, abiertas pero con mesas de banca unida y espaldar alto que impedían la entrada. Los manteles siempre a cuadros, rojos y blancos, la vajilla blanca, las sillas y el resto de la madera azul; las paredes color ladrillo, eran con seguridad lo que contribuía al ambiente de otra parte. A la hora del almuerzo, en lugar de sopa era posible elegir espaguetis. ¿Espaguetis en lugar de sopa? A quién se le ocurriría algo así. También había salsas, boloñesa o napolitana. Lo que parecía una exageración, más tarde lo supe, era una costumbre italiana donde la pasta es una entrada y siempre va acompañada de otro plato: ossobuco, filete o lo que el chef proponga. En El Cirrus después de la pasta venía el seco: arroz, papas, carne y repollo o tomate picado.

Un detalle por fuera de la carta, si así lo pudiéramos llamar, sucedió en una de las puertas del Cirrus, la segunda cuando uno baja por la calle Maracaibo rumbo a la avenida Juan del Corral, un miércoles de septiembre a las 12:45 del día. A esa hora ya habíamos despachado los espaguetis acompañados con salsa napolitana y esperábamos el seco. Silvio, el mesero, estaba desbordado, el tumulto de la hora lo obligaba a ir de un lado para otro esquivando mesas y comensales con agilidad a prueba de obstáculos; había más gente que de costumbre y los choques de voces, cubiertos, platos y vasos tronaban entre las mesas. Silvio, malabarista en su salsa, llegó con el segundo plato a nuestra mesa.

Para quien baje por Maracaibo mi puesto era el más cercano a la calle en la mesa de la segunda puerta, de allí alcanzaba a ver la gente que subía y la espalda de quienes pasaban rumbo a la avenida. De repente algo enorme se abatió sobre mi plato en el momento mismo que Silvio lo dejó en la mesa frente a mí. Fue lo me quedó grabado en la memoria. Aquella fuerza inesperada, oscura y contundente hizo saltar arroces, hilachas de repollo y puré de papa en todas las direcciones. No tuve tiempo de ver el plato. Lo que quedó después de la ráfaga que lo azotó fue algo parecido a lo que deja un terremoto. Levanté la mirada asustado porque era posible que una réplica aún más fuerte se presentara y entonces vi la espalda desenfocada, oscura, casi negra, que se alejaba por la calle Maracaibo hacia abajo, rumbo a la esquina de la avenida Juan del Corral donde se detuvo para mirar el lugar de los hechos. Aunque sea con la mirada, siempre se regresa al lugar del crimen. Fueron unos segundos, cinco, diez, máximo quince. Desde la esquina, la silueta oscura, negra por la ropa desencajada y sucia, me miró con la picardía del triunfo en sus ojos y la carne que arrancó de mi plato a punto del primer mordisco. No fue la última vez que lo vi. En los más de veinte años que siguieron me crucé con él varias veces y aunque nunca se acordó de mí —no había razón—, yo no olvidé su figura.

Alcides, imagino que era su nombre, vivía en la calle, era un “desechable” aunque en la época de la carne del Cirrus, nadie los llamaba así, les decían mariguaneros o gamines. Con el tiempo, los cambios de moda, de lenguaje, de costumbres; con la aparición del narcotráfico, el terror y la violencia mafiosa, la gente de la calle quedó valiendo menos que nada y fue entonces cuando los comenzaron a llamar desechables. Volví a ver a Alcides más de doce años después del miércoles de la carne. El Cirrus había clausurado sus puertas. Me crucé con él en la misma calle Maracaibo dos cuadras más arriba del lugar del crimen, estaba igual, por lo menos su silueta parecía igual, flaco, alto, la expresión de la cara era la misma que ya había visto, fugaz, de mirada maliciosa. La ropa hubiera podido ser la que llevaba doce años antes, desencajada y negra por el mugre, estaba sentado sobre cartones en el piso al lado de la puerta de entrada a un edificio; venía de recostarse contra el muro de piedra amarilla pero su cuerpo no parecía en reposo, estaba alerta, quizá esperaba que algo o alguien llegara o pasara cerca, una presa o un enemigo. Recordé la mirada pícara, la cara de gozo con el pedazo de carne a punto del primer mordisco, era el mismo, a pesar de que la expectativa lo dominaba. Me pareció que entre el miércoles del Cirrus y ese momento, el tiempo se había detenido para él. Lo observé desde la esquina disimulado entre un vendedor de periódicos y un poste del alumbrado público. Recordé el día en que lo vi por primera vez y como en una película vi también pasar su sombra de terremoto.

Alcides apareció como un ancla en el tiempo, fue una sorpresa, en realidad nunca más lo había recordado, con seguridad a él también le habían pasado muchas cosas pero seguía siendo, por lo menos en aire y apariencia, el mismo.

Dejé la ciudad y lo perdí de vista de nuevo, cuando lo volví a ver, otro buen número de años había transcurrido y él seguía igual. Regresé a una Medellín que sí había cambiado, había crecido en habitantes, se había extendido hacia las laderas, era una ciudad donde todo parecía reciente y a veces sin terminar porque nada de lo que significara vestigios de historia o de pasado permanecía. Así desaparecieron calles, barrios, casas, en beneficio de una ciudad más moderna con el pasado enterrado debajo de grandes edificios y unidades residenciales, custodiadas por guardianes armados con escopetas que hacían la ronda y parecían cuidar el futuro. Lo vi un martes o un jueves en la mañana, temprano, en una época en que dos o tres veces al mes, en ocasiones una vez por semana, me encontraba para desayunar en Versalles de Junín, cerca del Parque de Bolívar, con Juan Diego, un amigo escritor que con paciencia escuchaba los argumentos de unos cuentos que iba a escribir, leía los ya escritos, hacía comentarios y estimulaba el paso del imaginario visual al escrito. Fue un jueves o un martes, no recuerdo exactamente el día porque durante esos meses, quizá un par de años, con frecuencia me crucé con Alcides, a veces antes, a veces después de los desayunos literarios. Nunca me miró. Nunca le hablé. Nunca supo que yo era el dueño de la carne aquella. Algunas veces le entregué unas monedas que recibía sin decir palabra.

Las últimas veces que lo vi, me pareció que seguía siendo el mismo solo que ya no era él quien acechaba, parecía convertido en presa. Nunca me crucé con él en un lugar distinto, siempre, desde el miércoles del Cirrus, hasta la última vez, Alcides frecuentó el mismo tramo de cuatro cuadras de la calle Maracaibo. Era su territorio. El tiempo en esa calle se detuvo durante los treinta años que duraron nuestros cruces. Para él, esos años debieron durar lo que duran cinco segundos.

*Cinco segundos hace parte de Con los ojos bien abiertos. Cuentos, coincidencias y serendipias.


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Santa Cruz terminal

Santa Cruz terminal

por LUCKAS PERRO • Fotografías de Juan Fernando Ospina


Número 63 Marzo de 2015

Esperando, un poco aburridos junto con los perros a la salida de la carnicería. Ellos, velando el guargüero, los huesos que aún quedan manchados de sangre; Pablo y yo, atentos a que don Miguel salga para el otro negocio que tiene más arriba.

Este señor tiene la carnicería más conocida de la zona y su fama llega a muchos lugares, aunque no sé si de un carnicero se puede decir que es famoso, así como los políticos platudos que uno ve en la tele. En todo caso las señoras de por mi casa dicen que al lugar llega gente de Aranjuez, del Centro y de Campo Valdés para surtir sus negocios, hasta de San Javier, me dijo alguna vez la abuela.

A los perros les falta poco. La ansiedad que nos acompaña desde las siete de la mañana se nos siente más a nosotros. Yo los veo ahí, con su mirada de perros, aplastados en el piso, viendo, quizá en blanco y negro, el piso húmedo y los pies de la gente metidos en chanclas y zapatos rotos. Hoy martes no hay mucha gente, pero los domingos a esta hora ya hay una fila que llega hasta la cafetería donde Pablo y yo estamos sentados y siempre está retirada.

Yo no sé este lugar quién lo hizo. Es como una calle muy amplia del tamaño de una cancha de microfútbol, pegadita de la avenida principal, que conecta a Santa Cruz con el Popular Uno en sus partes altas. En el extremo contrario hay dos callecitas pequeñas a cada lado, por donde uno va a dar a Villa del Socorro, y van a los lados porque a todo el frente hay dos graneros que atienden unos manes con cara de marranos, y enseguida, la carnicería. O sea que esto no es cuadrado como una cancha sino que es como una mujer estrechita en la cintura y nalgona de ahí pa abajo.

Voy pensando en todo esto mientras le hago un nuevo mapa a Pablo para que me entienda como es que debemos salir. Él lo mira intrigado, jugando al experto.
—Por detrás es más fácil que nos cojan güevón, y a la hora que queremos hacer la vuelta hay mucha gente mercando —me dice, señalando el cuerpo de la mujer que dibujé; yo le hago un corazoncito por donde va la chimba y este man se emputa.
—¡Dejá de güevoniar marica! ¿Qué hora es ya?

La carnicería cierra temprano. A las diez de la mañana ya no hay nada de solomo, lo único que queda colgado de los ganchos es el tocino más grasoso y menos carnudo, patas secas, mosquitos, y un toque de mañana que parece que fuera la tarde, como esa hora en la que el reloj no se mueve. Adentro eso parece una tumba de indios de las que muestran en la parabólica, o un banco de ahorros volado por guerrilleros a punta de pipetas de gas de esos que salen en el noticiero. ¡Uy sí!, huele a muerto y todo. El piso es de cemento y las baldosas de las paredes y del mesón ya no son blancas sino amarillentas como si tuvieran hepatitis. Cuando no están las voces de las viejitas pidiendo rebaja, ni los gritos de las señoras porque un niño se está metiendo en la fila, solo se escucha ese refrigerador gigante que hay al fondo y eso le da como misterio a la vaina, hace frío y todo, aunque no se sienta el aire. Y don Miguel solito, porque ya Marcelo y Beatriz, los que camellan con él, se han ido. Ahí queda el man, afilando el cuchillo y preparando la carne vieja que mañana va a vender como fresca, apretándola, como a las nalgas de una puta, para que cuando las viejitas la vean en el gancho y le metan sus uñas largas y salga como un juguito, ellas solo sonrían y le digan deme tres libras pero quítemele ese gordo tan feo.

¡Ah juemadre! Don Miguel ahí todo encarretado y el Pablo que llega como cuando ha metido perico y se ha ido a montar cicla —o sea, como entre agitado y fresco… y gato— y le dice que le dé dos y media de mondongo y dos de cerdo, y que rápido que es pal almuerzo, y entonces él se las da y el Pablo se va de espaldas hasta el marco de la puerta, y llego yo y le digo que si compró la libra de copete que le había dicho mi mamá y ¡tan! Nos devolvemos los dos a lo Padrino, boleando rápido y solemnemente bala. Y el carnicero ahí agachadito, escupiendo con sangre sus últimas palabras o sus últimos números —porque lo que tiene es plata— y me le monto por esa rejilla y los tubos de donde cuelga la sangre y cojo el hacha y los ganchos y…
—¡Ey ve!— me interrumpe el Pablo, dañándome la película que ya me estaba haciendo en la cabeza—. Les llegó la hora a esos chandosos.

Los perros lamen los pies de Marcelo, el empleado, que lleva en sus manos dos bolsas negras, dobles y grandes. Él es flaco pero con los músculos rayados y tal. Desde que salió a la puerta de la carnicería, sus ojos bajo la gorra, negra ya de tanta sangre, habían marcado a los perros, sabe que si empiezan a ladrar se van de pateada en la cara porque a don Miguel no le gustan los regueros que hacen los perros cuando se les dan esas bolsas. Don Miguel es bien con los pobres, los fines de semana la gente llega con doscientos, trescientos pesos y él les da buen “güeso” pal caldo, y hasta un toque de pezuña; pero con los perros ni culo, yo creo que prefiere mandar eso pa la comida de su casa que dejársela a estos animalitos.

Y así es, cuando me toque pegarle ese pepazo en la cabeza y cuando lo vea chorreando sangre y moverse en el piso como un cerdo que se estrega la espalda en el chiquero, y así con ese bozo de morsa todo rojo y los labios morados y la piel del color del hueso picado en la piedra y la barriga como gelatina… Cuando todo eso pase, yo me veré como un perro ladrando con la lengua bien larga afuera, con una morisqueta como si fuera a vomitar pero, al contrario, con mucha hambre; un perro que justifica lo que hace porque para matar lo único que se necesitan son razones o estar empepado. A mí me gusta más la primera, yo no sé al Pablo. Yo busco razones en el perro porque es que a veces me da pesar de ese man el carnicero y me pongo todo rosa y veo a su hija como al mediodía, de uniforme, con esas chimbitas de piernas, recién bañada esperando en el control el bus para ir a estudiar, y luego de negro, echándome en la cara su tristeza y de una, así seguido como en las telenovelas, ella, la flaca, yéndome a buscar a la morgue, todo gris, todo, como en una carnicería. ¡Uy no!

Pablo se ríe mientras se toma la segunda gaseosa.

—¡Mirá ese perro marica! Está es que se lambe a ese man —me dice, como si estuviéramos en la casa viendo un partido de fútbol.
—Sisas —le respondo yo pasito, pensando todavía en la flaca.

—Esos animales son inteligentes, ¿si o qué? Ya saben que si ese man llega hasta la caneca… perdieron —sigue Pablo que parece que no solo me hablara a mí y agita el dedo índice contra su cuello. Yo por dentro solo hago fuerza, como en los últimos minutos de lo que ya dije que parecíamos viendo.

¡Gol hijueputa!, digo duro para adentro, aunque es como si Pablo me hubiera escuchado porque emocionado me da un golpe en la espalda.

Una de las bolsas se rompió y en el descuido uno de los perros se fue de dientes contra la otra. Esa bolsa al principio parecía como las operaciones que muestra esa gente en los buses pa pedir plata, pero luego ya todo era rojo y el Marcelo alzó las manos con putería. Y nosotros cagados de la risa sin disimular.

En los quince días que llevamos detrás de don Miguel yo no sé cómo hemos hecho para que la gente no se azare con tanto visaje. Pero miro para los lados y veo muchos manes parecidos a nosotros ahí sentados, con pura pinta de cargadores de papas.

¡Agh!, me cogió la pereza, ya estoy todo maltratado en esta silla plástica. Cuándo será que nos estamos lamiendo nuestras bolsas, y estamos caminando por esa cuadra pa abajo, todos desbaratados de la llenura, buscando perras… Me digo de nuevo para adentro, mirando mi cuerpo, sobándome los brazos para simular una cobija, bostezando, mostrándole los dientes al aire.


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Charlie encore

Charlie encore

por RICARDO VARGAS POSADA


Número 62 Febrero de 2015

El 7 de enero de 2015, los hermanos Sherif y Said Kouachi, franceses de ascendencia argelina, ingresaron a la redacción del semanario satírico Charlie-Hebdo armados con rifles kalashnikov y asesinaron a doce personas. Cuatro de los caricaturistas más mordaces de Francia estaban entre las víctimas.

El mundo se conmocionó con la noticia. El hashtag Je suis Charlie inundó las redes sociales. Era fácil dejarse llevar por el furor del momento; más que justo, era perentorio elevar el lápiz simbólico que los extremistas pretendían acallar. Se repitió hasta el cansancio el manido mantra: “no estaré de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”.

La policía tardó poco más de dos días en dar con los sospechosos. Los Kouachi se refugiaban en una litografía, en la pequeña población de Dammartin- en-Göele, a las afueras de París. Un centenar de policías rodearon el lugar. Hubo intercambio de disparos. Al parecer, tenían rehenes. El reportero Igor Sahiri, de la cadena BFMTV, logró ponerse en contacto telefónico con Sherif. El menor de los Kouachi hablaba con calma: dijo haber sido enviado por la célula de Al Qaeda en Yemen, reafirmó su papel como defensor del Profeta.

—Nosotros no asesinamos a mujeres. No somos como ustedes. Son ustedes los que asesinan niños musulmanes en Irak, Siria, Afganistán.
—Pero asesinaron ustedes a doce personas —dijo el periodista.
—Exactamente, hemos vengado —respondió Kouachi.
Poco después, ambos hermanos fueron dados de baja por la policía. Said tenía 34 años. Sherif, 32.

¿Libertad de expresión?

Ese mismo domingo, Francia presenció la mayor manifestación en su historia. Casi cuatro millones de personas se convocaron en todo el país con el fin de rechazar la masacre y reafirmar el derecho absoluto a la libertad de expresión consagrado en la constitución francesa. Fue una necesaria reivindicación del carácter laico de la república y de los valores que la sustentan. Fue vergonzoso, sin embargo, ver en la marcha a líderes de países con un amplio prontuario de violaciones de los Derechos Humanos: Benjamin Netanyahu, primer ministro israelí; Sergei Lavrov, ministro de relaciones exteriores de Rusia; y Ahmed Davutoglu, primer ministro turco, entre otros, unieron sus manos y cantaron en favor de la libertad de expresión. Luego vino un momento de reflexión. Hubo quienes, silenciados en un primer momento por la dicotomía “eres Charlie o eres un defensor del terrorismo”, decidieron buscar un camino intermedio. Se preguntó por los límites a la libertad de expresión. Se habló del respeto a la dignidad del otro, tal y como lo consagra la constitución francesa. El Papa católico recordó las responsabilidades que conlleva el ejercicio de la libertad.

Poco después, el senado francés aprobó continuar participando de los ataques contra el Estado Islámico. El primer ministro, Manuel Valls, ordenó, además, el despliegue de tropas adicionales en sitios estratégicos de todo el país y redoblar los esfuerzos en la búsqueda de contenidos en internet que glorificaran los atentados. Al cabo de una semana, más de cincuenta individuos habían sido puestos bajo custodia por incitar al odio y al terrorismo en las redes sociales. Amnistía Internacional llamó la atención sobre cómo estas medidas ponían en riesgo el derecho a la intimidad y a la libre expresión.

Uno de los arrestos más sonados fue el del comediante francés Dieudonne M’bala M’bala por un comentario en su página de Facebook en el que decía sentirse como Charlie Coulibaly, un juego de palabras que hacía referencia a Charlie-Hebdo y a Amedy Coulibaly, autor de otro ataque terrorista, dos días después, en una tienda kosher donde murieron cuatro personas. Al comediante se le acusa de hacer apología del terrorismo y podría pasar hasta siete años en prisión.

La Jihad

Una semana después de los atentados, la célula de Al Qaeda en la Península Arábica difundió un video en el que se adjudicaba la autoría del atentado. Para entonces, los medios de comunicación ya habían filtrado información sobre la identidad de los asesinos. Se supo que al menos uno de los hermanos Kouachi había recibido entrenamiento militar en Yemen en 2011 y que ambos pertenecían a una red que enviaba personas a combatir al Medio Oriente. En 2005, Sherif había sido arrestado cuando se disponía a viajar a Irak a participar en la resistencia contra la invasión norteamericana. Pasó dieciocho meses en prisión.

Farid Benyettou fue el primer contacto que tuvieron los Kouachi con el islam radical. Trabajaba en la mezquita que los hermanos frecuentaban en un barrio de clase baja al nordeste de París. Corría el 2003. Benyettou hablaba continuamente de las guerras contra los musulmanes en Irak y en Afganistán, de la responsabilidad de los gobiernos de Occidente en las masacres de civiles en esos países, de la obligación que tenían de ir a hacer la jihad en Irak para defender a sus correligionarios.

El término jihad suele traducirse como “guerra santa”, pero sería más apropiado traducirlo como “lucha”. En su acepción más compleja, habla de esa guerra interior que el individuo tiene continuamente consigo mismo en su proceso de crecimiento personal. Esa es la jihad mayor; la más importante, donde se confronta al enemigo más difícil. Pero existe también la jihad menor, volcada hacia afuera, con los otros, el espacio donde corresponde defender y difundir el islam. Esto puede hacerse de muchas formas, la violencia es una de ellas, pero debe ser sancionada por una autoridad religiosa competente y no es común que esto suceda. La particular interpretación del Corán con la que los musulmanes radicales justifican su violencia es rechazada por la amplia mayoría de teólogos en el mundo islámico.

Con un grupo de seguidores, entre los que se encontraban los hermanos Kouachi, Benyettou empezó a realizar prácticas militares en el parque de Buttes- Chaumont. En ese entonces, ya las autoridades tenían pleno conocimiento de sus actividades. Incluso, Sherif participó en un documental que la cadena TV5 grabó sobre el creciente islamismo en los barrios pobres de París.

Contrario a lo que suele pensarse, islamismo y jihadismo no son lo mismo. El islamismo es una interpretación política radical del islam, pero no es necesariamente violenta. El jihadismo, en cambio, es violento por antonomasia. La gran mayoría de los musulmanes en el mundo no son ni lo uno ni lo otro. Lo anterior parece una obviedad, pero un error común entre los analistas está en tratar de entender a una comunidad de más de mil millones de personas como un todo monolítico en el cual las características más censurables de unos pocos son entendidas como prácticas cotidianas de todos. El islam es también una religión de paz y tolerancia: el mensaje del sufismo, su corriente mística, es un sofisticado ejemplo de ello.

La cárcel

En 2005, atizados por los excesos de los soldados estadounidenses en la prisión de Abu Ghraib, y sin mayores perspectivas laborales en Francia, Benyettou y Sherif Kouachi decidieron viajar a Irak a combatir. Pero poco antes de abordar el avión, ambos fueron arrestados y condenados a seis años de prisión por terrorismo. Fueron enviados a Fleury-Mérgois, la cárcel más grande de Europa, a las afueras de París, donde se hacinan más de cuatro mil reclusos en precarias condiciones. Fue allí donde Sherif Kouachi entró en contacto con otros potenciales jihadistas: Amedy Koullibaly, autor del atentado en el supermercado kosher, y Jamel Beghal, islamista radical franco-argelino, encarcelado por terrorismo, y que al parecer había planeado volar la embajada de Estados Unidos en París.

Las cárceles francesas, donde más de la mitad de la población es musulmana, se han convertido en un espacio ideal para difundir la ideología jihadista. El coordinador de imames en la prisión de Fleury-Mérgois, Abdelhak Eddouk confiesa que no hay suficientes clérigos para atender a los internos. Según él, los reos son presa fácil de las ideologías más radicales. La cárcel los confronta consigo mismos, los obliga a preguntarse quiénes son y para qué viven. Y el islam radical les ofrece respuestas.

Fenómeno mundial

Francia no es la excepción. En otros países de Europa, así como en Estados Unidos, Australia y Rusia, cientos de jóvenes escuchan el llamado de la jihad. Los señalamientos de los que han sido sujetos las minorías musulmanas han empujado a las nuevas generaciones a buscar un asidero y muchos de ellos lo encuentran en grupos radicales. Quilliam, un centro de pensamiento especializado en contra-extremismo, calcula en 2.580 el número de europeos combatiendo para el Estado Islámico en Irak y en Siria en 2014. El número de franceses que viajó a Irak a engrosar las filas del Estado Islámico aumentó en un 69 por ciento en el último año.

Sin duda, la exitosa campaña mediática del Estado Islámico tiene mucho que ver. Competentes en el uso del internet como ninguna otra organización terrorista en el pasado, han desarrollado aplicaciones para teléfonos inteligentes, creado su propio sistema de mensajería en línea y diseminado sus ideas de una manera muy atrayente.

Al Qaeda no se queda atrás. La revista Inspire es una publicación de propaganda jihadista en inglés que busca reclutar seguidores en países como Estados Unidos, Australia e Inglaterra. Su lenguaje es fresco, cercano a los jóvenes, su diseño impecable, con imágenes que invitan a la guerra y glorifican el martirio. La publicación empezó a editarse en 2010 y cuenta ya con catorce números. En su edición número 13, aparece una lista de diez “enemigos del islam”, y a su lado la frase: “una bala al día mantiene alejado al infiel”. El escritor Salman Rushdie, Flemming Rose, editor cultural del diario Jyllands Posten —que en 2005 publicó imágenes ofensivas del profeta Muhammad—, y Stéphan Charbonniere, más conocido como Charb, antiguo editor de Charlie- Hebdó, están en la lista.

¿Quién ganó con los atentados?

El principal ganador es, sin duda alguna, la industria armamentista, pues la estrategia de enfrentar la violencia con violencia garantiza el crecimiento del negocio. El fervor militarista está en alza y las compañías de defensa están facturando como nunca. La coalición ha llevado a cabo más de mil cuatrocientos ataques aéreos sobre Siria e Irak en los últimos seis meses, muchos de ellos con misiles Tomahawk, fabricados por la compañía Raytheon. Cada misil de estos vale 1.4 millones de dólares. Solamente el primer día de los bombardeos sobre el Estado Islámico se lanzaron 47. Otras compañías como Lockheed Martin, General Dynamics y Northrop Grumman, que también proveen arsenal a la coalición, han visto crecer el valor de sus acciones a niveles récord desde el comienzo de los bombardeos en agosto del año pasado.

Los gobiernos también ganan, pues aprovechan la indignación general para aumentar la vigilancia y el control de la población. No solo el gobierno francés; el primer ministro de Canadá, Stephen Harper, aprovechó el momento para presentar ante el congreso una nueva legislación que busca ampliar las facultades del servicio de espionaje canadiense e incrementar los poderes de la policía. Inglaterra también debate actualmente, sin mucha oposición, una drástica ley antiterrorista. En Francia gana el Front National, partido de extrema derecha, liderado por Marine Le Pen, que viene de obtener la más alta votación en las pasadas elecciones de mayo para el parlamento europeo. Seguramente sabrá aprovechar el miedo que se siente en amplios sectores del electorado de clase media tradicional y en las zonas rurales para aumentar sus posibilidades presidenciales en 2017.

¿Quién perdió?

Según el Observatorio sirio de Derechos Humanos, desde que los bombardeos de la coalición comenzaron en agosto del año pasado, han ocasionado la muerte a por lo menos cincuenta civiles. Hace poco más de un mes, el Pentágono aceptó por primera vez la posibilidad de víctimas inocentes en los ataques contra el Estado Islámico. A pesar de ello, una semana después de los atentados de París, la asamblea francesa votó de manera casi unánime por continuar apoyando los bombardeos liderados por los Estados Unidos. Ninguna iniciativa había tenido tanto consenso en la presente magistratura.

Los senadores franceses se dejan llevar por un ánimo de revancha. Pero tales decisiones obran un efecto contrario al esperado. Existe una relación directa entre las campañas militares de los gobiernos de Occidente en países musulmanes y la radicalización de los jóvenes musulmanes en todo el mundo. Ahí anida el germen del terrorismo. La formación de diferentes milicias jiihadistas y la multiplicación de atentados en los últimos años se nutre del rechazo que generan las guerras de la Otán en Afganistán y Paquistán, la invasión de Estados Unidos a Irak, los excesos cometidos por los soldados norteamericanos en la prisión de Abu Ghraib, la tortura sistemática de los internos en la cárcel de Guantánamo y otros centros de detención de la CIA en todo el mundo, así como de los bombardeos en Siria e Irak contra el Estado Islámico o los ataques con drones en países como Yemen y Somalia.

Todos, la sociedad en general, hemos perdido con esta masacre. Las religiones, los proyectos europeos de nación, los defensores de la democracia y de las libertades individuales. Pero, el principal perdedor es, en última instancia, el islam. Las cifras hablan por sí solas. De acuerdo con un informe del Centro internacional para el estudio de la radicalización y la violencia política, la gran mayoría de víctimas de ataques jihadistas son musulmanas. Solo en el mes de noviembre más de ochocientas personas fueron asesinadas en Nigeria y Afganistán, el 51 por ciento de las cuales eran civiles. Si se cuentan, además, los atentados en Yemen, Paquistán y Somalia, el número de muertes supera los cinco mil.

Los musulmanes que viven en Europa o Estados Unidos, muchos de ellos ciudadanos de segunda o tercera generación, verán aumentar la estigmatización social de la que ya son objeto. Esto, unido a la poca representación que tienen sus comunidades en los espacios del poder, afianzará, a la larga, las condiciones que permiten al jihadismo apelar a las nuevas generaciones de ciudadanos marginados que buscan algo en qué creer y lo encuentran en las antípodas de los principios fundamentales que las sociedades occidentales defienden. 



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Los sabores de Dolly

Los sabores de Dolly

por DAVID E. GUZMÁN • Fotografía de Juan Fernando Ospina


Número 61 Noviembre de 2014

Un tributo a la comida de mi ciudad
no me puedo morir sin decir la verdad
tengo en mis venas colesterol
porque a mí, ¡me gusta el rock and roll!
Dick my fuck you

 

La rodaja se deshace en su boca como el manjar más exquisito. Mastica suave con los ojos cerrados y levanta la cabeza. Lo único que le falta es darse la bendición con la servilleta en la mano y dejar caer un par de granos de arroz con sangre cocida. Carlos traga y paga con premura. A pocos pasos lo espera un bus de Laureles al que pronto ensolvará con el aroma de dos libras de morcilla que acompañada con arepa será su cena y la de su familia.

Carlos trabaja en el edificio Gaspar de Rodas, ubicado sobre la avenida Oriental entre las calles Ayacucho y Colombia, el sector elegido por Maria Dolly para vender sus productos. Antes de abordar, Carlos dice que la morcilla de Dolly es la única que aceptan en su casa, sobre todo Maria Carolina, su hija médica. “Hace ocho años que le compro morcilla a Dolly, es muy limpia, muy bien hechecita”, cuenta el hombre mientras ve cómo tres señoras se le adelantan y se suben al bus.

Maria Dolly Suaza Ríos colonizó este punto en 1994 y desde entonces viene de lunes a sábado. A las seis de la tarde ya está al pie del Gaspar, sentada en un butaco casi al nivel del piso, rodeando con sus piernas una gran olla cargada con morcillas, buches y “cagaleras”; es tan pesada y voluminosa que dos vendedoras de fruta le ayudan a bajarla del taxi que siempre la trae desde su casa en Enciso.

Atraído por el tripaje generoso y humeante, un transeúnte se acerca y le echa un vistazo a la olla. Como el embutido artesanal es un producto que a veces genera dudas, Dolly siempre le ofrece al interesado una rodaja de prueba. Y a los compradores fijos también. Así es que ha enamorado a la clientela, porque después de probar la morcilla es imposible resistirse a llevar un buen pedazo. El transeúnte pide media libra, paga 2.500 pesos y sigue su camino.

Darío Larrea, frutero de cabeza blanca, le trae a Dolly media papaya envuelta en una bolsa. “Comé papayita”, le dice, y por ahí derecho se lleva dos libras de morcilla. Le queda debiendo seis mil pesos, pero Maria Dolly la tiene clara, “yo después se los cobro en fruta”. De repente hay cinco personas alrededor de la olla. Un señor compra un buche y una libra de rellena. “¿Cuántos comen ahí?”, pregunta uno de los que espera. “Mi señora y yo no más”, responde el señor con sonrisa pícara porque a simple vista parece mucha cena para dos. Odontólogos, asistentes, encorbatados salen del Gaspar de Rodas y mientras unos compran, otros saludan a Dolly con afecto. Vendedores ambulantes, obreros cansados, guardas de tránsito, gente que termina el día y otra que inicia la jornada nocturna: no pasan dos minutos sin que alguien esté probando o comprando morcilla.

***

Es lunes y hoy Maria Dolly no tiene gimnasia, a diferencia de los martes y los jueves. Está levantada desde las cinco y media de la mañana, ya despachó a su hijo, arregló la casa y ahora lava una tanda de ropa. Estas labores son bien conocidas para ella, pues desde los doce años hasta los 34 trabajó en casas de familia y en una empresa de aseo.

Nacida el 2 de junio de 1960 en Santa Bárbara, Dolly aterrizó en Medellín siendo bebé. Su infancia la pasó en el barrio Popular Número 1 y antes de llegar a Enciso vivió en Villatina y en el Doce de octubre.

Allí, en este barrio de Robledo, Dolly se quedó sin empleo y le dio un giro a su vida. “Estaba muy aburrida, con tres hijos que mantener y una vecina me dijo ‘venga yo le enseño a trabajar’ y me enseñó a hacer morcilla. Al principio era muy duro, el menudo venía muy sucio, lavarlo era muy difícil”, recuerda Dolly, que empezó a vender en el cruce de Colombia con Cundinamarca antes de emigrar a la Oriental. “Tengo permiso de espacio público, lo conseguí porque tengo una hija especial con problema mental moderado”, Dolly mira a la puerta, su hermana acaba de llegar para ayudarle a preparar lo que venderá en la noche.

Veinte libras de morcilla, cinco buches y dos cagaleras -el último tramo del intestino grueso del cerdo- son las viandas a cocinar. Dolly desempaca y lava tres intestinos enteros, tres tripajes delgados y cinco buches. Con una varilla de hierro voltea las tripas para que el agua limpie hasta la última arruga. Aunque ya el menudo viene prelavado, Dolly nunca deja de pegarle una juagadita. Luego lo reposa durante horas en un balde de guineo licuado con cáscara. Después lo lava de nuevo y le echa piedra lumbre para que amarre y quede suavecito. Previamente ha cocinado y enfriado el arroz, y su hermana ha picado la cebolla de rama, los gordos y el cilantro. Todo lo revuelve en otro balde con ajo, comino y ocho litros de sangre licuada. Con ese guiso rellena las vísceras y las hierve en dos galones de agua durante 35 minutos. Tras dos horas y media de cocción, los manjares están listos para ser consumidos.

***

A las siete de la noche Dolly vende la última cagalera. La mujer que espera frente a la olla observa las manos de Dolly, enguantadas con bolsas, esculcando el tripaje hasta que pesca la presa. “Eavemaría, qué belleza”, exclama la cliente como si estuviera ante un ejemplar único. Dolly se la empaca y la mujer, de bombacho, se va arrastrando sus chanclas contra el baldosín. Han venido otros personajes como Jeison, un obrero que picó y echó pala todo el día en una obra en El Poblado; aunque Dolly lo mínimo que vende son dos mil pesos de morcilla, a veces entrega una porción por quinientos o mil pesos. “Hay gente más necesitada que uno, ahora estoy bien, pero me tocó muy duro, al principio tenía que subirme a los buses por la puerta de atrás y cocinaba a vela”, relata Dolly mientras vende otro buche por cinco mil pesos. Los otros tres quedarán para mañana.

Con pasos apurados llega doña Amparo, saluda con efusividad a Dolly y le pide dos libras de morcilla. Ya es poco lo que queda en la olla. Amparo madrugará mañana al batallón Bomboná y les llevará el almuerzo a sus dos hijos y a otros muchachos. “Lo único que cargamos los pobres es comida como un berraco”, dice Amparo, y guarda la rellena en el bolso. Esta misma noche la troceará y la meterá en cocas plásticas, acompañada de arepa, tajadas de maduro y papa cocida. Con casi todo vendido, Dolly llama al taxista, esta noche quiere dormir temprano. Mañana tiene gimnasia. 


El tedio de la fama

GGM (1927/2014)

Un apartamento regentado por la señora de la cultura de la época.
Llega el Nobel y se enfría el ajiaco.
El escritor consagrado añora su cueva.

El tedio de la fama

por EDUARDO ESCOBAR • Viñeta de Miguel Bustos


Número 54 Abril de 2014

Recuerdo que Manuel Mejía Vallejo definió la fama como eso que permite que algunos nos tachen de hijueputas sin habernos tratado jamás. Quiero y admiro a García Márquez y juro que la mañana cuando escuché que le había sido concedido el premio Nobel se me atragantó el desayuno de la pura alegría, pues aunque muchos lo esperábamos, también era una bella sorpresa. Pero sobre todo, más que la sabiduría del prosar, aprendí de él que la gloria tiene un peso espeso, y que puede convertirse en un problema engorroso.

Lo que más sorprende en GGM, como dejé dicho en el ensayo que le dediqué en Cuando nada concuerda, es el modo como lo quería todo el mundo. Personas en desacuerdo en todo lo demás como Fidel Castro y Bill Clinton, por ejemplo, coinciden en la admiración por el autor de Cien años de soledad. Una novela estrambótica que devolvió el género a los tiempos de Las mil y una noches; un anacronismo, después de los refinamientos de Joyce y Becket y de los narradores del objetualismo francés, que habían convertido la novela en otra cosa, llevando el género a límites inhumanos.

En una entrevista GGM condenó a Arnold Schömberg y, extrañamente para mí, al expresionista Stravinski, porque dijo habían llevado la música a una crisis sin salida ni inspiración. Pero defendió a Béla Bartók, el músico húngaro que al parecer lo acompañó durante la escritura de El otoño del patriarca. Esto explica quizá su decisión de escribir una novela que rescatara el género de la técnica pura, contra los novelistas de vanguardia, y también su apego a la cultura popular que confesó siempre. Béla Bartók, aunque a veces coqueteó con el dodecafonismo de la escuela de Viena, en los más ásperos de sus cuartetos, permaneció apegado siempre a las canciones de su patria, a la música del pueblo de ese país extraño que ha pasado por tantas desgracias entre el nazismo y la tiranía de Stalin hasta hoy.

Amalgamando los vicios temáticos del absurdo de Kafka, a quien conoció en la juventud, con la andadura barroca de Faulkner que debió enseñarle a leer su amigo Cepeda Samudio; tomando las delicadezas del piedracielismo bogotano que había descubierto en el colegio de Zipaquirá y cantando su gusto por los boleros y los vallenatos, GGM consiguió hacerse a una voz tan personal que resulta inconfundible. No importa cómo se formó el portento. Importa más el hecho misterioso de que su manera de testimoniar este mundo le mereciera esa gloria que le cayó encima como un martillazo en la cabeza después de la publicación de Cien años de soledad.

¿Es probable que por las leyes de la compensación que según algunos rigen la vida, el tributo amoroso que se le rinde en todas partes sea el premio de consolación por una infancia solitaria en una casa llena de viejos, en medio de una familia innumerable y extraña, y separado tempranamente de unos padres a quienes incluso dejó de reconocer y apenas aprendió a querer? Quién sabe. Su autobiografía narra cómo la vez que se encontró con su madre después de años de no verla, descubrió que la había olvidado. Y en la biografía de Gerald Martin, el padre es la sombra inodora de un extraño que se obstina en vivir cambiando de rumbo cada semestre para encontrar siempre otro fracaso al final, otro fracaso cosechado sin ruido. Los dos, el padre y la madre, son unos seres ajenos a su vida. Y eso siempre entristece.

A GM todo le sucedió con la misteriosa naturalidad con que suceden las cosas en los cuentos de hadas y en los relatos de milagros, desde cuando se encontró con un fauno en un tranvía bogotano mientras él iba leyendo versos de Jorge Rojas, hasta cuando conquistó el amor universal de los lectores, en chino, swahili y checo, y en las otras lenguas surgidas de la confusión de Babel. Pero el privilegio de la fama le vino con el descubrimiento de que ésta puede convertirse en una desgracia. El hombre tímido que discurre como algunos caribeños melancólicos entre frases despedazadas dichas en tono de confidencia, el que había querido ser visible solo para sus amigos de Barranquilla, resultó involucrado, casi sin querer, en la farsa colosal de los honores del mundo. Y a partir del día cuando en un teatro de Buenos Aires la gente recibió su ingreso en la platea con el chaparrón de unos aplausos, para agradecerle la novela de la familia Buendía, las cámaras lo siguieron a todas partes: por los abrevaderos de ron y los comederos de butifarras del Caribe, en el Elíseo cenando con un presidente francés, entrando a desayunar en el palacio de un rey hiperbóreo y hasta encerrado en el Vaticano con un papa que no puede abrir una puerta trabada. Para defenderse dijo que la novela que lo arrastró a la notoriedad era una mamadera de gallo, nada distinto a un vallenato largo. Pero fue en vano. La gente siguió confiando en sus fantasías y pasando por las librerías para hacerse a sus tósigos, a sus relatos opiáceos reproducidos en ediciones millonarias.

Gabito, como le dicen muchos que jamás lo vieron, pagó el afecto que vino a equilibrar las soledades de la niñez con los embrollos de esplendores de una fama de la cual jamás dejó de quejarse. “Estoy hasta los cojones de García Márquez”, dijo una vez. Pero también es posible que tanta honra lo halagara al final. Porque después de la celebración de su octogésimo aniversario, cuando reunió en Cartagena a sus amigos más eminentes, incluido un rey de España, el hombre más rico del mundo y un ex emperador gringo, le dijo a su biógrafo inglés con zumba de vanidoso: “Me encanta que hayas venido para que nadie pueda decir que fue mentira”. Unas palabras que se pueden interpretar como un reproche póstumo al padre que solía repetir que el más glorioso de sus hijos había sido un mentiroso desde chiquito y que no entendía por qué hacían tanto alboroto a su alrededor cuando había otros escritores en la familia. La madre, doña Luisa Santiaga, cuando supo que le habían otorgado el Premio Nobel solo se alegró pensando que al fin le iban a arreglar el teléfono. Y cómo puede uno convertirse en el escritor más famoso de su siglo cuando su madre se llama Santiaga y a uno lo distinguen como Gabriel García

Pero todas estas cosas están dichas ya por la crítica propia y la ajena. Lo que no he contado, gracias a un capricho del disco duro de mi máquina Apple, es la historia de la tarde en que conocí al monstruo. Fue en un almuerzo bogotano cuando se me reveló la crueldad de la fama y cómo puede trastornar la vida de un hombre bajo la forma del aislamiento. Fue en la casa de Aura Lucía Mera, entonces directora de Colcultura. Aquella tarde la casa estaba como siempre en las fiestas de Aura Lucía, atestada de señoras caleñas cada una más increíble que la otra, llenas de gracias espirituales, atributos faciales y delicadezas de bulto; y de poetas, pintores y políticos. Nadie sabía que un Premio Nobel estaba invitado al ajiaco. La charla se animó en un delicioso relajamiento fraternal a medida que corrieron los vinos de los preliminares. Hasta cuando, pasada la una en el reloj, sonó el timbre. Y una señora, la más hermosa de ojos, abrió los tesoros de los suyos como dos platillos voladores, y musitó mirando al zaguán como si hubiera aparecido el diablo: “García Márquez”. Y se arregló el escote y la falda como si se dispusiera a recibir al Padre Eterno y no a un simple Premio Nobel. El hombre entró en la sala del brazo de un conspicuo caballero de industria de apellido vasco cuyo nombre olvidé, y venía trajeado, si la memoria no me engaña con el prejuicio, con una de esas chaquetas de cuadros que le merecieron el remoquete de ‘Trapoloco’ entre los choferes de la Arenosa y que después fue puliendo en los tratos palaciegos. Y se acabó la fiesta. Todo el mundo se puso a hacer un papel. O como quien dice, todo el mundo extravió su autenticidad, cada uno se puso la cara más inteligente y en apariencia más interesante de la colección de caras sociales que todos llevamos en el almario. Yo traté de distender el ambiente con una trivialidad a propósito del premio de poesía que se acababa de ganar Jotamario. Pero nadie me oyó por mirar la reliquia de hombre. Solo el invitado principal me miró como quien echa un vistazo a un florero. Muy ocupado atendiendo a una santísima trinidad de señoras que trataban de convencerlo de que en Cien años de soledad había contado sin querer la historia de sus propias familias (todas las familias creen lo mismo entre Constantinopla y Siracusa y entre la China y Chinchiná), de modo que el de Aracataca comenzó a transpirar aburrimiento. Y puso un gesto de lástima y unos ojos de espanto indecible.

Recuerdo que los invitados comenzaron a ocupar por turnos el taburete contiguo al del maestro para tomarse una fotografía con él. Y que él soportó el ritual por cortesía pero con el fastidio inocultable del que espera el turno de su crucifixión. Y que empezó a chorrearle por todos los poros un tedio corrosivo que decoloró los cuadros de la chaqueta estrafalaria. El hombre aprovechó cuando el fotógrafo tuvo que cambiar el rollo exhausto de la cámara recalentada para huir a la cocina, detrás de la nevera, donde instaló su plato y su servilleta en la mesa de picar cebollas, en compañía de una muchacha recién llegada de cantar canciones de protesta en París.

Me enorgullezco de mi gesto humanitario. Cuando Jota, mi amigo, el poeta nadaísta, me invitó, él que es como es, a hacerme la toma de rigor, me negué en redondo y le dije: “Dejen tranquilo a ese pobre señor, por Dios”. Y me parece recordar que GM me miró con ojos de ternero agradecido. Y si no fue así debió hacerlo. 

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Las viñetas que acompañan estos textos fueron tomadas del libro GABO. Memorias de una vida mágica. Una historia ilustrada de la vida de Gabriel García Márquez. Con guión de Óscar Pantoja e ilusstraciones de Miguel Bustos, Felipe Camargo, Tatiana Córdoba y Juan Naranjo, Rey Nrnjo Editores, 2013.



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Los días de la Calliandra

Los días de la Calliandra

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ • Fotografías de Juan Fernando Ospina


Número 52 Febrero de 2014

El anciano más venerable del Parque Bolívar no se sienta en las bancas ni en los sardineles. Se la pasa de pie todo el tiempo, cerca de la calle Ecuador, apoyado en dos estacas. Llegó al parque en los años veinte, pero solo en los cuarenta se supo que tenía parentesco con una familia conocida. Y aunque sus otras ramas permanecen en el misterio, los que saben dicen que es de aquí, de una cepa oriunda de la Villa. Cualquier peatón pasa cerca de él sin notarlo. No aparenta los años que tiene, es bajo de estatura y suelta unas pelusitas rojas a manera de publicidad que algunos recogen. Dicen que ha sido estéril. Se le ve muy encorvado, pero no es por la edad. Aquellos que lo conocen saben que es así desde chiquito. Al verlo uno recuerda la canción: “No se puede corregir a la naturaleza / Árbol que nace doblao jamás su tronco endereza”.

Si un fulano se acerca a mirarlo mucho o a tocarlo, tal vez escuche el grito de unos pelados del parque: “¡Ey, home!, ¿qué le vas a hacer al árbol?”. Lo han adoptado como un símbolo de sus vidas, que tampoco se enderezan fácil. La pequeña cofradía impide que nadie atente contra el viejo. “Si vemos que alguno se va a orinar en él, lo sacamos es volando”, aclara uno de la hermandad.

Con todo y esto, los días del árbol están contados. Nadie entiende cómo hace para transportar savia hasta cada una de sus hojas si la mayor parte del tronco está carcomido. “Anda en las venas”, dice un habitante de calle. Por décadas recibió el vapuleo de los que se colgaban de sus ramas, los que hacían fogatas encima de sus raíces, los que lo usaban de retrete. Está en pie de milagro, tal vez porque tiene, como buena leguminosa, la fe del carbonero.

Desaliñado, nudoso y sin una gran fronda, nuestro personaje se parece al de la novela de Chamisso, que vendió su sombra; no se reconoce por sus frutos, ni inspiró jamás un bambuco como El Limonar. Tiene algunos amigos que lo quieren porque es torcido. Pero más allá de eso, hace parte de un curioso y duro hallazgo científico: solo quedan en la Tierra, vivos aunque achacosos, media docena de estos árboles: los cinco del Parque Bolívar y el de Mon y Velarde. Un augurio que confirmó Ramiro Fonnegra, biólogo experto en flora antioqueña.

La historia echó sus primeras hojas en los cuarenta, cuando un botánico local, Rafael Toro, estaba mostrándole a una pareja de gringos las arboledas del Club Campestre. El anfitrión y los viajeros, Britton y Killip, colectaban en sus portafolios las plantas curiosas, a la caza de alguna nueva para reportar a la ciencia. De pronto, desde la copa de un árbol una flor desconocida atrajo la mirada; tenía la forma de un cono o de una brocha roja. Era un carbonero, pero no como los otros que habían visto. Tenía hojas más pequeñas, varias flores pegadas en un mismo gajo o inflorescencia, y era un poco más alto que sus otros parientes. Estaban ante una especie desconocida. La clasificaron como Calliandra medellinensis, pues jamás fue vista fuera de la ciudad. Luego, otros estudiosos intentaron reproducirla con las únicas semillas que se encontraron en las vainas del árbol doblado del parque. Nunca lo han logrado, ni se ha sabido cuál es el agente natural, abeja o colibrí, que lo poliniza. Los cambios ambientales lo alejaron de estas flores.

Digamos, sin temor de irnos por las ramas, que de la especie bautizada como Calliandra medellinensis nacieron pocos y se criaron menos. Además, todos pegaron en el mismo sitio. Un raro endemismo, lo llaman los que saben. Y más raro aun: las semillas que lanza nuestra venerable planta no germinan ni con la buena mano de los científicos. Los árboles hablan poco, ha dicho el poeta Eugenio Montejo, pero estos parecen recordar esa consigna fatal de la ciudad hace unas décadas: “No nacimos pa semilla”.

En 2007 un congreso de botánica adoptó a la Calliandra como el árbol oficial del evento. Varios expertos fueron a contemplar los cinco sobrevivientes del parque, incluido el que nació torcido y da semillas hueras. Se asombraron del abandono en que andaban estos ancianos. Además de soportar el acoso de una banda de plantas parásitas, del combo de las epifitas, que les robaban el aire, la especie medellinensis padecía de un mal común en la ciudad: estaba amenazada. Se habló entonces de la reproducción mediante tejidos, en laboratorio, pero la investigación quedó aplazada por los altos costos.

Salvar la flor de Medellín, como se llamó por esos días a esa especie de pelusa roja que da vueltas por el parque, podría ser labor de otra cofradía. En la ciudad hay varios grupos de amigos que los domingos por la mañana no se levantan a lavar el carro sino a darle ronda a los árboles que han sembrado y a otros que quieren revivir. Juan Carlos Velázquez, por ejemplo, es un piloto comercial que aterriza de un vuelo de seis horas para ir con su amigo León Morales, profesor jubilado, a mirar el piñón de oreja de Robledo, el algarrobo del zoológico o la ceiba rosada de Palacé. De pronto suena el teléfono. Es León que llama a Juan Carlos para darle un pésame. “Ya sé qué me vas a decir”, dice el otro. “Sí, era eso. ¿Cómo supiste? ¡Se nos murió el guayacán de Bulerías!”.

Si la Calliandra medellinensis desaparece tal vez alguien lo registre en un cuaderno, como la vez que un borracho de Islas Canarias mató al último dodo que quedaba sobre la Tierra. La frase será lapidaria: murió de pie como todos los árboles.

Y a todas estas, ¿qué pensará la Calliandra? Si los árboles no hablan, Montejo lo hace por ellos:

“Es difícil llenar un breve libro
con pensamientos de árboles.
Todo en ellos es vago, fragmentario.
Hoy, por ejemplo, al escuchar el grito
de un tordo negro, ya en camino a casa,
grito final de quien no aguarda otro verano,
comprendí que en su voz hablaba un árbol,
uno de tantos,
pero no sé qué hacer con ese grito,
no sé cómo anotarlo”.