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Bebidas energéticas

Bebidas energéticas

Archivo Fotográfico BPP


Número 111 Octubre de 2019

Laboratorios Salomón (1942). Fotografía Rodríguez. 

Hubo un tiempo en el que el yerbatero y el farmacéutico confluían en un lugar común: la botica. Y por extensión, en el boticario. Este personaje, que no era un chamán pero tampoco un químico, fue un personaje fundamental en sociedades del pasado pues era una especie de puente entre el conocimiento ancestral y la técnica moderna. En una ciudad a la vez urbana y rural como fue Medellín por tanto tiempo, en cuya población los médicos de facultad no abundaban, los dueños de botica terminaban ofreciendo la solución para el dolor; para los males diarios: la consunción, el patatús, el colerín calambroso, la tontina, el vértigo lila, el descagalete, el cólico miserere. Con sus polvos en papeleta o sus jarabes en frasquito, el boticario purgaba al lombriciento, espulgaba al niguatero, le devolvía el rubor a la empalidecida. Curaba, en fin, las cosas que padecía la gente de a pie. Tan importante era el boticario que por siglos en toda buena obra literaria o teatral hubo uno en el reparto. Y herramienta fundamental en su gabinete fueron los jarabes reconstituyentes: mezclas de todo lo conocido y de sabor almizclado y astringente para cumplir un único fin: alentar al desganado. El Confortativo Salomón y el Eliminol fueron dos ejemplos de tónicos reconstituyentes que se comercializaron con mucho éxito en Medellín en el despunte del siglo XX, aunque para la época de estas fotos eran ya fabricados con todas las de la ley en los Laboratorios Salomón de Francisco Rojas, dueño de la Droguería Universal, que era la evolución de la botica de antaño. Decía la etiqueta del Confortativo Salomón: “Composición química fosfohemogenciokolarsenito”. ¿Qué significaba aquello? Tal vez ni el mismo creador lo sabía, pero en la línea de abajo el bebedizo prometía “restablecer las fuerzas y el color perdidos”. Y en aquel entonces eso equivalía a ir al hospital.

Publicidad de Eliminol (1937).

Confortativo Salomón (1942).


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Iceberg masivo

Iceberg masivo

Archivo Fotográfico BPP


Número 110 Septiembre de 2019

Las imágenes que acompañan este texto fueron hechas por el fotógrafo Juan Fernando Ospina a lo largo de varios años, aunque son solo una pequeñísima fracción de su archivo; apenas el ápice que sobresale por fuera del agua de un iceberg masivo y voluminoso que se extiende hacia todos lados y está lleno de aristas.

Se trata de un trabajo que empezó al final de la década de los ochenta y ha continuado hasta hoy. No es broma: una de estas fotos fue tomada hace un par de meses, pero comparte de igual a igual con otra de hace seis años, y con otra de hace quince, y con otra de hace treinta, como la de la mujer y el edificio Coltejer, una fotografía que fue una suerte de ícono local cuando la vimos por primera vez con los ojos impresionables de los noventa, a pesar de que para entonces ya habíamos visto tanto.

Todas estas imágenes, en el buen sentido de la palabra, se parecen. O mejor: están ligadas por una estética similar —la calle como un gran estudio fotográfico, rebosante de personajes y utilería real— y representan una búsqueda sistemática y serial del fotógrafo que se ha pasado la vida reconociendo y señalando la belleza a menudo confusa y rara que producen los ecosistemas humanos que llamamos ciudades. De ahí que un chicle opaco de esmog estampado contra el aviso rasgado de una turbia sala de masajes pueda ser retratado de una manera tan gozosa.

Estas fotos, junto al grueso del archivo, comienzan a formar parte de las colecciones que salvaguarda la Biblioteca Pública Piloto de Medellín en la Torre de la Memoria, el lugar donde se conserva buena parte del patrimonio fotográfico de la ciudad.



Bombardear a Medellín

Bombardear a Medellín

por JUAN FERNANDO RAMÍREZ


Número 110 Septiembre de 2019

Cuarta entrega de la serie Medellín lado B. Una bravuconada del alcalde de Nueva York en 1988, una amenaza contra una ciudad curtida por los estallidos. Algo de risa para apaciguar el drama.

El Mundo, 5 de abril de 1988. Archivo Universidad de Antioquia.

El lunes 4 de abril de 1988 saldría al aire en el noticiero matutino de Caracol Radio, 6 a. m. 9 a. m., la entrevista que sostuvieron sus periodistas con Ed Koch, el entonces alcalde de Nueva York, conocido por ser tan adepto a las polémicas gratuitas como a las políticas duras, por lo que él mismo se tildaba de manera irónica como un “liberal with sanity”, o sea un “liberal con sentido común”, y a quien la revista Time había definido así: “Si Nueva York es un taxi, Ed Koch es su conductor: de mal genio, beligerante, dogmático, hablador, protector, franco y, posiblemente, loco. Por lo general, acelera y, a veces, conduce por la acera. Sus enemigos, según él, son estúpidos. A todos los que están al alcance de su voz, les pregunta: ¿Cómo me va? Dos de cada tres neoyorquinos le responden que bien”. La entrevista la había arreglado el alcalde electo de Bogotá, Andrés Pastrana, quien, en visita de cortesía a Nueva York, un día antes había convencido a Ed Koch para que, en 1989, realizaran en esa ciudad la primera conferencia internacional de alcaldes, que versaría sobre el tráfico de drogas y sus posibles soluciones. Y sería precisamente con una posible solución para ese problema global, acaso la más intransigente, que finalizaría Ed Koch su primera respuesta a la larga entrevista de nueve preguntas radiada por Caracol: “Si ustedes nos solicitan que les prestemos personal militar para bombardear a los narcotraficantes de la droga, yo estaría dispuesto a decir que sí. Si ustedes nos piden que les enviemos tanques de guerra para invadir a esa ciudad, ¿cómo es que se llama…? Medellín, yo diría también que sí”. Al día siguiente, martes 5 de abril de 1988, haciendo énfasis en esa explosiva respuesta, tanto El Mundo como El Tiempo publicarían la transcripción de la entrevista bajo estos titulares: “Estoy de acuerdo con bombardear a Medellín” y “Apoyaría invasión de E.U. a Medellín” respectivamente. Titulares que pasarían inadvertidos en ambas portadas, porque estas y las del resto de periódicos del país se las robaba la masacre de Mejor Esquina, en Córdoba, la primera cometida por los paramilitares comandados por alias Rambo, o sea por Fidel Castaño, en la región Caribe colombiana, dejando un saldo de 28 campesinos muertos.

Un día después, el miércoles 6 de abril de 1988, El Espectador, en una noticia titulada “Lo de bombardear a Medellín es algo folclórico”, recogería las palabras del alcalde de Medellín, William Jaramillo Gómez, con respecto a las de Koch: “Creo que aquello hace parte del folclor de la campaña electoral del señor Koch para su reelección como alcalde de Nueva York. Él siempre ha sido bastante lengüisuelto y en esta ocasión se tomó atribuciones que son competencia del presidente de la república, muy posiblemente por la situación que tiene en Nueva York en relación con el consumo de droga, porque tal como lo dijo la revista Time hace varias semanas, la batalla contra el consumo se está perdiendo particularmente en esa capital, en donde el sitio denominado ‘Jamaica’ se ha convertido en el mayor dolor de cabeza de Koch. Lo demás es puro folclor”.

A propósito de Time, como si el narcotráfico hubiera hermanado a ambas capitales, la del mundo y la de Antioquia, curiosamente quince días antes, el 21 de marzo de 1988, esa revista también se había ocupado de Medellín en un artículo titulado “Welcome to Medellin, coke capital of the world”. Allí, entre otras cosas, se decía lo siguiente: “Conocida localmente como la ciudad de la eterna primavera por su suave clima de montaña, se ha convertido en la ciudad de la eterna violencia, con más de 3000 personas asesinadas el año pasado, y una tasa de homicidios unas cinco veces superior a la de Nueva York y, probablemente, la más alta del mundo… Medellín es tan peligrosa que el consulado de los Estados Unidos fue cerrado en 1981 por razones de seguridad. La DEA, por su parte, retiró a sus empleados en 1984, y hace dos meses el Departamento de Estado lanzó un aviso advirtiendo a los estadounidenses no visitar esa ciudad”. Aviso que saldría a la luz inmediatamente después del magnicidio del procurador Carlos Mauro Hoyos, quien, tras haber sido secuestrado en el aeropuerto José María Córdova, sería asesinado de tres disparos por alias Popeye en una finca del oriente antioqueño. Hoyos había emitido días antes una orden de investigación sobre la liberación de Jorge Luis Ochoa, que, por un recurso de habeas corpus, había recuperado su libertad después de pasar 27 días a la sombra, en los que estuvo respaldado por la siguiente amenaza del cartel de Medellín que publicaría, por ejemplo, El Colombiano: “Si extraditan a Jorge Luis Ochoa declararemos la guerra total y absoluta contra los líderes políticos del país. Ejecutaremos a los principales jefes de los partidos políticos”. “Esa liberación repentina —escribiría Time en su artículo sobre Medellín— enfureció a la Administración Reagan”. Y también había enfurecido a Ed Koch, y así lo haría saber en la referida entrevista con Caracol Radio: “Lo que más me desagradó, lo que más me molestó, fue cuando su sistema judicial permitió la salida de la cárcel de uno de los mayores traficantes de drogas, cuando nosotros les habíamos pedido que lo extraditaran”. Lo había molestado tanto que, días después de que Time sacara a la luz su artículo sobre Medellín, declarándola la capital mundial de la coca, Ed Koch publicaría en The New York Times una página, pagada de su bolsillo, contra Colombia, pidiendo que se cortara la ayuda de Estados Unidos a ese país. ¿Cuánto le costó esa publicación? Le preguntaron los periodistas de Caracol Radio. “Once mil dólares”, respondería Koch.

El Espectador, 7 de abril de 1988.
Archivo Universidad de Antioquia.

Un día después, el jueves 7 de abril de 1988, Al Donado, caricaturista de El Espectador, transformaría las palabras del alcalde de Medellín con respecto a las de Ed Koch, a saber, “Lo de bombardear a Medellín es puro folclor”, en una especie de meme, en el que Koch aparece de ruana y sombrero sosteniendo una bomba típica de historieta mientras exclama: “Pongo las bombas y me los pongo de ruana”. Además, el pie de meme, jugando con el heterónimo de la bacteria que causa la tuberculosis y su homónimo vacilar, o sea minimizando el asunto, restándole importancia a las declaraciones del alcalde de Nueva York, sería “El bacilo de Koch”.

Ese mismo jueves 7 de abril, en su tradicional sección de opinión “Ecos y comentarios”, bajo el irónico título “La genial propuesta de Koch”, El Colombiano por fin se ocuparía del tema: “Otra vez habló el alcalde Koch de Nueva York. Lo había hecho para pedir que se cortara toda ayuda económica a Colombia. Ahora lo hace para ofrecer bombas para lanzarlas sobre Medellín. Pero si somos más lógicos que políticos, porque él está siendo político y lo que busca es perpetuarse en la alcaldía de la ciudad de los rascacielos, deberíamos pedir que las bombas se lanzaran más bien sobre los consumidores que viven en varias urbes norteamericanas, especialmente en Nueva York, la capital del crac y de muchas otras cosas… Nueva York no es un dechado de virtudes. Hay mucha gente buena, como también la hay en Medellín, pero abundan los vicios y la criminalidad. Una bombita eliminaría no solo a los drogadictos y borrachitos sino a los homosexuales, al propio alcalde Koch, a los usureros, a los lavadores y atracadores”. Luego de destilar su inveterada homofobia, El Colombiano, en la siguiente página, la 5A, le daría continuidad a la anterior opinión a través de una caricatura firmada por Ricky, en donde una Estatua de la Libertad poseída por el espíritu de Ed Koch, además de estar fumándose un bazuco, difiere en dos simbolismos con respecto a la original: en lugar de la tablilla de las leyes que tiene grabada la fecha de la firma de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, sostiene una que dice “Imperio del sida”, y en lugar de la antorcha encendida que remite al Siglo de las Luces, está soltando una bomba atómica sobre el Edificio Coltejer, corazón visible de Medellín.

Un día después, el viernes 8 de abril, El Mundo, en un artículo titulado “¿Y al alcalde de Nueva York quién lo ronda?”, remarcaría estas palabras: “Cuando el alcalde Ed Koch, entre la ignorancia y la fanfarronada, habla de invadir y bombardear a Medellín, tal vez olvida que el crimen organizado neoyorquino ha extendido su poder de decisión a importantes sectores de los 200 mil millones de dólares que mueve esa megaeconomía urbana. Se estima que la mafia controla directamente un 15% de la actividad económica, porcentaje que bien podría duplicarse si se agregan los negocios indirectos”.

Dos días después, el domingo 10 de abril, El Colombiano volvería a la carga a través de una columna satírica de Jaime Jaramillo Panesso titulada “Loco: ¡bombardear a Medellín!”: “…El señor Koch habla tamaña barbaridad porque no conoce a los colombianos y menos a los antioqueños. Ni mancos que fuéramos… ¿Se imaginan ustedes al posudo alcalde de Nueva York desembarcando de un portaviones por los lados de Turbo, con las botas puestas y su R-15, con un enorme estandarte a sus espaldas proclamando su cruzada conquistadora en nombre de la iglesia presbiteriana o de alguna secta mormona, dando declaraciones para la CBS? ¿Se imaginan ustedes al gordito ese con su morral lleno de agente naranja descendiendo en paracaídas sobre el Barrio Antioquia, o sobre El Poblado, dizque presto a fumigar todos los solares y jardines de la prestante comuna? Quizás los vientos le hagan perder precisión en el salto y caiga entonces por los lados del parque de Envigado, en donde, después de un emocionante grito a lo Tarzán, tome posesión en nombre de su majestad Ronald Reagan. Bastaría que le salga el espanto de Fernando González para que el paranoico señor Koch corra por la Loma del Chocho y allí lo rescate un helicóptero. Antes de alejarse bien podría la ciudadanía de ese municipio regalarle un bareto para que vuele bien alto”.

Finalmente, al día siguiente, lunes 11 de abril, El Colombiano cerraría el asunto en sus páginas para siempre con una columna de Miguel Zapata titulada “El gringo feo”: “Ed Koch, alcalde de Nueva York, sería prototipo para un libro que años atrás interesó al continente. Se llama El Gringo Feo. Es la crítica a ciertos personajes antipáticos de Estados Unidos que suelen complacerse asustando latinoamericanos. Parecen del barro de Teodoro Roosevelt, el que auspició el movimiento separatista de Panamá… Los Estados Unidos fueron más generosos con sus enemigos de hace medio siglo que con países que estuvieron a su lado. El plan Marshall permitió que Alemania e Italia se repusieran de modo que actualmente tienen postrado al mismísimo dólar. La actividad de MacArthur culminó dando a los súbditos de Hirohito el poder terrenal en proporción igual al que tenían en lo espiritual. A los países suramericanos, en cambio, les exige sumisión sin recompensa. Es la actitud actual frente a Colombia”.

El Colombiano, 7 de abril de 1988. Archivo Universidad de Antioquia.

Posdata 1: Lo que no sabía Ed Koch es que Medellín a la sazón ya estaba siendo bombardeada. Ese abril de 1988, por ejemplo, explotarían once bombas en esa ciudad, incluyendo una contra una sinagoga en El Poblado, otra contra la sede del Hare Krishna y una más contra el Colombo Americano. Y en general, desde el 13 de enero de 1988, día de la bomba contra el edificio Mónaco que iniciaría la guerra abierta entre los carteles de Medellín y Cali, hasta el 2 de diciembre de 1993, cuando sería abatido Pablo Escobar, en la capital de la eterna primavera explotarían 184 bombas.

Posdata 2: Un año después, en abril de 1989, en “Company Town”, polémico artículo de la revista Rolling Stone que sería amenazado de demanda por Juan Gómez Martínez, por entonces alcalde de Medellín, se informaría que la mafia de esa ciudad no se había cruzado de brazos ante las amenazas de Ed Koch: “En Nueva York, en octubre pasado, los agentes de la DEA arrestaron a tres sicarios, presuntamente en una misión de asesinato contra el alcalde Ed Koch. Posteriormente, se dijo que otro nombre en la lista negra del cartel de Medellín era el del gobernador Mario Cuomo, quien, como Koch, había llamado la atención prometiendo ser duro con los traficantes de drogas. Parece que los métodos que han tenido tanto éxito en Medellín ahora se están exportando a todo el mundo”. Meses más tarde, finalizando ese 1989, Ed Koch fracasaría en su intento de ser elegido por cuarta vez alcalde de Nueva York, al ser derrotado en las primarias demócratas por David Dinkins.

Posdata 3: Veintitrés años después, en enero de 2012, en una columna de Semana titulada “Otra vez la farsa”, Antonio Caballero recordaría el tema de bombardear a Medellín gracias a un tuit de Álvaro Uribe en el que proponía que bombardearan a las bandas criminales: “La sugerencia de Uribe recuerda la que hizo hace veinte años el alcalde de Nueva York, Ed Koch: un bombardeo de alfombra que redujera a cenizas la ciudad de Medellín para acabar así con el cartel del mismo nombre y matar a su jefe, Pablo Escobar, con lo cual se acabaría el narcotráfico. Tanto Koch en sus tiempos como Uribe ahora parecen ignorar que el negocio del narcotráfico es eso: un negocio. No depende de la actividad de un hombre como Escobar o de un grupo como los Urabeños, sino de las condiciones del mercado: de la inmensa demanda universal que genera ganancias descomunales para la oferta, concentrada en unos pocos países tropicales productores de la droga, en este caso de la cocaína. Ignorancia inexcusable en quien fue alcalde de Nueva York, que es la primera consumidora de drogas del mundo, y en quien fue presidente de Colombia, que es el primer país productor”.

Posdata 4: Un año después, el 2 de febrero de 2013, El Tiempo anunciaría la muerte de Ed Koch reproduciendo el siguiente obituario de Reuters: “El exalcalde de Nueva York, Ed Koch, murió a los 88 años por una falla cardíaca. Fue elogiado porque en los 70, durante su primer mandato, sacó a la ciudad de la ruina fiscal. En Colombia, por su parte, es recordado por proponer bombardear a Medellín para acabar con el narcotráfico”.



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También con miedo, también con fuerza

También con miedo, también con fuerza

por SIMÓN MURILLO MELO


Número 106 Mayo de 2019

Fotografía de Juan Fernando Ospina

Piedad es una maestra de primaria en sus cincuenta con una voz dulce de asperezas escondidas; hoy tiene una camisa de Pink Floyd escotada y tacones destapados. Un pelao de chaqueta llena de pines le viene a dejar unos cedés de su banda, Odio, para que los venda en su tienda: Rock and Roll.

—¿Me trajiste factura? —le dice Piedad.
—No, nada.
—¿Cómo que no, pirobo?
—Es que yo confío en usted.
—Es que no se trata de confianza. Es por tener la contaduría hecha, bobo.

Rock and Roll queda en el segundo piso del Centro Comercial Paseo de La Playa, un edificio de dos pisos en la esquina de La Playa con la Oriental, rodeado de hombres repartiendo volantes. Uno de ellos con crespos a lo Zarco persigue a una señora y le dice casi al oído: “Nos vamos a perforar, nos vamos a tatuar, pipas, narguilas, copas pa hacer el amor”. Es un resumen de lo que ocurre adentro: un sábado cualquiera el sitio zumba con las agujas de los tatuadores y parece que cada local está repleto.

En Rock and Roll no tatúan ni hacen piercings. Máscaras de películas de terror adornan las paredes, las acompañan sostenes de taches, colgantes, medias veladas negras repletas de patrones intrincados, camisetas de punk, de hardcore, de metal, de rock, zapatos de plataforma recubiertos en tartán, botas hasta la rodilla, arneses y objetos que no sé cómo se ponen y no estarían fuera de lugar en una tienda sadomasoquista. Lo atienden las hermanas Castro, que son además el alma de Fértil Miseria, una banda fundamental del punk antioqueño, la primera íntegramente compuesta por mujeres, cuando tocaba con ellas la fallecida Yolanda Molina.

Fértil suena a la Oriental, cuando el orín se combina con el esmog y los pitidos de los carros no tienen fin y los edificios se tragan el sol:

Amarillo encabeza
la gran farsa
Azul el cielo
Rojo la muerte
van a adorar
a la bandera
negro es el color
de la bandera
sucio es el color
de la bandera (…).

Vicky es la que canta y escribe las letras. Es pequeña y tiene la cabeza casi rapada y entre los pocos pelos claros y las canas se alcanza a ver un tatuaje que le cubre todo el cráneo. En los brazos hay muchos más, entre ellos una esvástica negada; su cuerpo, un testamento de horrores y resistencia en el siglo XX. “La ropa no lo hace a uno, pero mientras más roquera me vista mejor me siento”, y habla del visaje de “un bobo hijueputa con una cresta o una cadena pero que no sabe nada”. Ella fue la primera mujer vocalista de una banda de punk, posiblemente la primera roquera en liderar una: Crimen Impune.

En los años ochenta había muy pocas mujeres en el rock en Medellín y las miraban por encima. “No nos decían casposas porque llevábamos mucho tiempo en la escena y sabían que amábamos el rock. Todos decían: cómo será el descache de esas viejas, y por eso iban a vernos al principio. Cuando tocamos las primeras veces, siempre era en piezas y techos con bandas amigas. En Castilla, Manrique, Envigado, basureros, donde fuera”.

Vicky trabajaba en Mimos y Piedad, la bajista, estaba cansada de hacer fonomímicas: tocaban con guitarras de palo. “Trescientos, cuatrocientos roqueros en una terraza, poníamos el disco y nos disfrazábamos y hacíamos como si estuviéramos tocando. Nos daba mucha risa porque a veces la gente creía que estábamos tocando de verdad y yo les decía, ¡cómo pueden ser tan brutos!”.

Empezaron como un trío con Yolanda que murió de cáncer hace tres años; le pusieron a la banda Fértil Miseria por la abundancia de la tierra antioqueña para engendrar asesinatos, desplazamiento y pobreza. Yolanda tenía una tienda de discos para punkeros en el Paseo de La Playa y Piedad se la manejaba hasta que se cansó y decidieron cerrarla. Aprovechó el vacío y hace once años ya, montó Rock and Roll tras la huella de Yolanda: “ Yo quería que los roqueros tuvieran un lugar chimba al que ir”, dice.

Eran los años más duros del narcotráfico, en los que la violencia arrojaba miles de flores sangrientas en Medellín. El punk, un orgulloso hijo bastardo del rock tocado en garajes por amateurs, reggae, ritmos peruanos y el caos social, nació más o menos en 1978 en Inglaterra. El año del verano más caliente hasta el momento registrado por allá, cuando la inflación estaba disparada y el trabajo era escaso en los suburbios. Los orígenes musicales y estéticos del punk son difusos, retumban contra las puertas de las bodegas, en suburbios hastiados y en las entrañas de pelaos solos; inventando la blasfemia en bares de tercera. Su estética se unifica por la confrontación a la sociedad, a la música, al futuro: algunos andaban con agujas perforando las narices, cachetes y orejas, mujeres se vestían de hombres, hombres andaban con faldas, la ropa del colegio se podía convertir en una indumentaria militar para escandalizar a la madre, camisetas mostraban violaciones, esvásticas y fotografías obscenas, las banderas y símbolos patrios y religiosos eran controvertidos. Vivienne Westwood, la madre de lo que significa el punk llamó a su primera tienda Sex que después cambió de nombre a Les Seditionaries.

El punk era la estética de la amalgama y el caos que rehusaba cualquier cuartel. Un vacío en el entramado de la vida que se convertía en otra cosa. Westwood lo resumía como “vestimenta confrontacional”, el choque entre lo natural y lo construido: si era feo, era hermoso.

Aquí, el sonido y la estética del punk llegó tarde, en los albores de los años ochenta. “Cuando estábamos empezando no había ropa. Las camisetas pintadas con vinilo, todo de negro. Los taches, inmundos, los comprábamos en ferreterías, no había tiendas especializadas. En el ochenta y punta nos llegó de Estados Unidos a Vicky y a mí una camiseta original de Slayer y Destruction”, dice Piedad, “y todo el mundo nos paraba: ‘¡esas camisetas!’, llegábamos a un concierto y casi que no nos dejaban en paz. Y yo mandé dos pintadas para la USA y allá eran la sensación las pintadas de vinilo. Ellos querían las de aquí y nosotros queríamos las de allá. La ropa era mucho más agresiva que la de ahora. Nos poníamos taches en la muñeca. ¡No, eso era un tacherío ni el hijueputa! Y era lo único que había. Toda la ropa era hecha por nosotros”. Durante un tiempo usaron gabanes y una mezcla del vestuario pasado y moderno de los punkeros europeos; como la música, las pintas inevitablemente llegaban tarde.

La ropa cumplía aquí una función más explícita que para los punkeros del primer mundo: marcar territorio. Para muchos, el punk fue lo que salvó o intentó salvarles la vida cuando todo se hacía pedazos, decenas de jóvenes buscando baterías para empezar una banda. La creatividad, producto de la brutalidad medellinense, florecía. A finales de los ochenta y principios de los noventa Medellín era, como siempre, la primera en el mundo: desbordaba en bandas de rock y asesinatos. Su influencia creativa se extendió a la moda, la publicidad, la fotografía, el cine. Piedad se convirtió entonces en una influyente figura del fanzine y el periodismo musical, editando a punta de fotocopias las revistas Medellín Subterráneo y Nueva Fuerza.

Archivo Fértil Miseria

En los fanzines se escribía sobre el uso de napalm y los abusos del imperialismo gringo, entrevistaron a la banda sueca Raped Teenagers sobre el frío por allá arriba y a una banda local que les dijo sobre su producción: “Hasta el momento hemos vomitado ocho asquerosos temas y esperamos seguir haciendo más”. El estilo se convirtió en una forma de arte y de vida, el rechazo a todo con un largo y estilizado dedo medio sobre la sociedad que los parió.

El actual cantante de Mayhem, la influyente banda de black metal noruega (el anterior murió asesinado como parte de una oscura trama de suicidios, cuasicanibalismo y rituales satánicos), tiene un disco de Fértil que mostró en una entrevista, en la que dijo que el sonido de Colombia se parecía al de Noruega. “De una u otra manera la rabia de nosotros era la guerra, la música, el miedo, porque también con miedo se hace música. Y lo de ellos podría ser la soledad: tenerlo todo puede ser muy duro también”, opina Piedad.

En esos años se iban caminando a todas partes. Una amiga de las hermanas recuerda las subidas a pie hasta Santa Elena y las caminadas desde las comunas del norte hasta Envigado. Las acusaban de satanismo y les cerraban la puerta en la cara. Una vez la Kika, hombre de confianza de Pablo Escobar, se las encontró cuando subían a pie por Castilla y sacó el arma para matarlas, “por roqueras”, pero apareció una patrulla que les salvó la vida.

En una fiesta en Cristo Rey se fueron las hermanas Castro con un combo de punkeros. Iban a una casa desocupada con sus tesoros más preciados: discos carísimos de vinilo que llegaban de Europa y Estados Unidos. Entró una banda armada con pistolas y machetes, cerraron la puerta y los robaron. Después anunciaron que iban a violar a todas las mujeres. “Teníamos los gabanes y los hombres eran igual de peludos que las mujeres. Yo le dije a Vicky: parce, agache la cabeza y no la vaya a alzar ni por el putas. Y los hijos de puta dijeron: ‘hagan fila aquí los hombres’, y nosotros nos hicimos con los hombres y salimos. A las cinco mujeres que quedaron las violaron y las volvieron mierda. Eso fue una cosa que yo nunca olvidaré. Creo que Vicky y yo fuimos las únicas que nos escapamos”. La ciudad se partía en gritos y los barrios se dormían a punta de balas. Los punkeros se arrastraban por calles y esquinas como una mancha negra intentando gritar más fuerte que Medellín, en una espiral de muerte y violencia, de No Futuro, de presente infinito.

La música de Fértil es particularmente agresiva. El ritmo es veloz y la cacofonía de los instrumentos parece atacar la complacencia del oyente; las letras hablan de desplazados, atacan a los militares, a los policías, al Estado. Una de sus canciones más populares, Los generales, dura minuto y medio y termina así:

Honorables, honorables, honorables, generales
Honorables, honorables, honorables, gonorreas
Gonorreas, hijos de puta.

Otras tratan explícitamente de la muerte:

Instantes
de fríos envolventes
otro cuerpo está inerte
su mente esperará
es mi hijo, es mi hermano
no tenía que pasar
es muy joven, es mi amigo
nos tenía que dejar.

El punk puede leerse como un dadaísmo comprometido. Letras e imágenes crudas mezcladas con lo imposible para hablar de lo imposible. Dice Piedad: “Estoy absolutamente convencida de que esa agresividad en las letras y la música, y todo lo que hace a una banda como Fértil Miseria, es la consecuencia y la causa, además, de haber sufrido toda esa violencia”.

Piedad perdió la cuenta de sus muertos, y Vicky dice: “No hay necesidad ni de hablar de eso”. Crecieron en un barrio complicado. Vicky dijo en una entrevista que le ofrecieron plata para matar a un policía. A Juan, el guitarrista de la banda, lo metieron a un carro hace unos años y le dieron vueltas para intimidarlo: no te queremos ver más por acá, peludo. Cuando Piedad habla de su infancia se le quiebra la voz, normalmente dura y voluminosa: “He pasado hambre, maltrato por parte del padre, autoritarismo, me tocó aguantar hambre, viví en la calle veinte días. Mi papá nos maltrataba y nos iba a pegar con una tabla que tenía un clavo y salimos voladas… Creo que por eso amo tanto a mis estudiantes, porque sé lo que es ser como ellos”. Los estudiantes de Piedad, que se sorprenden cuando ella también toma aguapanela, son su orgullo: cuando habla de ellos, también llora.

El hijo de Vicky de diecinueve años vive con ella y estudia Diseño Gráfico. A veces, ella le dice al despedirse: “Cuídese, y de pronto nos vemos después”.

Y aunque hay problemas de plata, las hermanas se aferran. Son admiradas y la violencia ha podido ceder en sus vidas. Vicky revienta de orgullo cuando llega a los parches: le piden fotos, le dan picos; a Piedad se le arriman para decirle que es una berraca.

Los locales en el Paseo de La Playa tienen una clientela esquiva y esporádica. En pocos meses los locales cambian de dueños y ofertas. La mayoría del primer piso son propiedad de una mujer hare krishna que se expandió al negocio de los metaleros y punkeros. Tiene más de diez tiendas, todas idénticas: fila tras fila de camisas negras al lado de narguilas y piercings. En el segundo piso, Blacky’s store exhibe un maniquí con chaqueta de cuero, leggins de esqueleto, botas punkeras, todo al ritmo de Bruno Mars sonando por los altoparlantes, Cambios Trujillo’s cambia bolívares a pesos, y el local es solo una mesa colegial en una esquina, ni siquiera paredes de yeso.

Vicky está un poco arrepentida de no haber seguido trabajando en Mimos. Gente que empezó con ella ya es administradora o ha escalado en la cadena corporativa de la empresa, pero ella sigue teniendo problemas de plata. Hace poco le descubrieron varios problemas de rodilla, le duele y está empezando a caminar con una ligera cojera. No quiere hacerse operar, porque eso implicaría volver a operarse dentro de cinco, diez o quince años. Sus tatuajes y sus pantalones de cuero, la expresión feroz de siempre son una defensa ineficaz ante el cuerpo que se desgasta a fuerza de golpes y calle.

El equipo de fútbol en los torneos interclases de los alumnos de Piedad se llama La Piedad, porque los niños la quieren mucho aunque sea “fuerte”. Los regaña por sentarse mal y los hace quedarse más tiempo si no hicieron la tarea. “Usted tiene que ser alguien en la vida, porque yo ya tengo media pata en el cementerio, y es a ustedes a los que les toca cambiar este mundo tan asqueroso”. Habla de la descomposición social y critica a las familias colombianas, y por un momento suena como un político conservador: “¡Es que esos pelados andan en la calle a las once, doce de la noche, y a los papás no les importa!”.

 ¿Y vos no estabas en las mismas a esa edad? “No. Mi papá no nos dejaba. Teníamos que estar en la casa a las nueve de la noche”. Vicky la interrumpe: “Y llegábamos al otro día, nos daban unas pelas”.

Piedad no tiene hijos. “La chimba, tener un niño en este mundo tan gonorrea”. Sus arranques godos los puede descargar en la tienda, con sus estudiantes, en la banda.

Ella piensa que en algunos años puede cerrar la tienda, aunque no sabe qué hacer con Fértil. “Es un novio feo que nunca quiero dejar”. Detesta la vejez: “Es el estado más asqueroso del ser humano. Y por ese odio tan hijueputa que le tengo, seguro voy a llegar a vieja. Pero por ahí en unos diez años me voy con Vicky y unas amigas a una finca, un parchecito de viejos roqueros para ir a morirse”.

Este año cumplen treinta años juntas, la banda de punk más vieja de Antioquia, y tal vez de Colombia. En 2010 se presentaron ante más de treinta mil personas en Rock al Parque. A Piedad le dio diarrea. “Yo casi me muero: cagué tres veces. Ya después del tercer tema, muy bien, pero si me ponía a mirar al frente, me moría. Y se veía gente con banderas de Fértil Miseria. ¡Qué belleza!”. En el concierto, los pelados hicieron un pogo gigantesco, mientras Piedad, con una camiseta de Dead Kennedys y un bluyín negro pegado, voleaba la cabeza, y Vicky, vestida y con el aplomo de un general anarquista, se paraba con fuerza en un reflector, canalizando el odio y la esperanza de un público que se enredaba como un huracán. A ratos parecían cansadas y Vicky se arrodillaba a descansar. Pero un segundo más tarde ya estaba otra vez de pie gritando con la rabia de los años: ¡Gonorreas hijueputas!

Archivo Fértil Miseria


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El primero y el último

El primero y el último

Archivo Fotográfico BPP


Número 103 Diciembre de 2018

El 20 de diciembre de 2018 se realizará la reapertura del edificio central de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América Latina. Luego de un proceso de repotenciación y reforzamiento estructural que duró más de tres años, el edificio construido en los años sesenta —el cual no cumplía con la norma antisísmica para edificaciones públicas— ahora aparece renovado y cool, o como dirían nuestras mamás, un verdadero joven buen mozo.

Pero más allá del edificio, de sus viejas estanterías y corredores, de los entrañables ficheros y sus mesas de estudio, a lo largo de su historia la biblioteca ha albergado miles de libros, algunos ya dados de baja o enviados a otros centros de consulta, otros tantos mutilados o desaparecidos. Todos ellos, en suma, han servido para formar e ilustrar a los medellinenses.

Y como una forma de celebrarlos a todos, presentamos aquí el libro que lleva más tiempo en la Piloto y el más reciente. El primer ejemplar ingresado a la colección, el 3 de mayo de 1954, lleva por título Los amigos de Totó, una suerte de narrativa juvenil con ciertos matices escolásticos propios de la influencia franquista en Hispanoamérica, escrito por la catalana Mercedes Baguer; es una primera edición de la Editorial Librería Religiosa de 1947, impresa en Barcelona.

Este primer libro de la colección general y muchos de los que se pusieron al servicio en los años cincuenta tuvieron una especie de filtro de censura o circulación intencionada hacia la formación de lectores obreros y sus familias. La junta de clasificación bibliográfica de la naciente BPP, además de bibliotecarios experimentados, incluía a sacerdotes como Jaime Serna Gómez, más conocido en columnas de prensa y otras publicaciones de la época con el seudónimo de Humberto Bronx, de tal manera que dicho comité de selección, con la aceptada influencia de la Pastoral Cristiana, revisaba y aprobaba el material bibliográfico que llegaba gracias a los convenios de cooperación internacional y de la Unesco. Para los rechazos la biblioteca habilitó un salón especial donde reposaban las obras de los autores no aceptados, pero de gran valor artístico y literario, al cual no podían entrar los menores de dieciocho años. ¡Qué tiempos aquellos!

Luego de 65 años, y como proyecto colectivo de construcción de una biblioteca más libertaria, el más reciente libro en ingresar a la colección general es una novela gráfica y autobiográfica que expresa las transformaciones sexuales y los cambios e imaginarios generacionales en el naciente siglo XXI, y que al leerse hoja por hoja no escandalizaría a ningún lector de hoy, salvo, obviamente, al padre Bronx: Todo va a estar bien, de Powerpaola. Es una primera edición del año 2015, de Silueta Ediciones y Paola Gaviria, impresa en Bogotá por Escala S.A., su registro de ingreso data del 5 de diciembre de este año. No es coincidencia, más allá de los libros de texto, los de historia, teologías y autoayuda, la Piloto ha privilegiado una colección juvenil permanente y fresca, que ahora se enriquece con la novela gráfica, el cómic y las narrativas creativas y experimentales.


Visitas al brujo

Visitas al brujo

Ilustración de Santiago Rodas


Número 103 Diciembre de 2018

Yo soy Fernando, hijo de Fernando González, y tengo un gran cariño por Estanislao Zuleta, tanto padre como hijo, porque los recuerdos son muy bonitos. Primero conocí yo a Estanislao en la Bolivariana, estábamos jugando un partido de fútbol y tengo esa imagen de él, de futbolista, me acuerdo que era callado, un poco pesado para correr, pero pateaba duro, esa era la imagen de deportista.

Luego vuelvo a ubicarlo entrando aquí a Otraparte, venía los sábados por la tarde en camión de escalera de esa época, se bajaba aquí y siempre traía libros bajo el brazo, era de caminar lento, entraba y cuando se le decía a mi papá: “Vino Estanislao”, gozaba mucho, y entonces se sentaban ahí en una mesa que había pertenecido a Carlos E. Restrepo que era el padre de mi madre, era de un cedro viejo. Esa mesa la menciono porque fue el lugar de reunión de mi padre con sus amigos y hay en ella cierto cordón umbilical de todo lo que ha pasado en esta casa.

A Estanislao lo recuerdo sentado en un ángulo del extremo y mi papá en la cabecera. Él sacaba los libros que traía y comenzaba a comentar con mi papá, que si los había leído, que tal cosa, intercambiaban libros y había una relación, diría uno, casi fraterna, era más bien una comunión. Por eso cuando me preguntan cómo influyó mi papá en Estanislao, hombre, yo no creo que haya influido en ese sentido de maestros y esas cosas, sino que había una afinidad, una armonía, que era no solamente por el lado del padre, Estanislao viejo (mi papá decía que era el único amigo que había tenido en la vida), sino por el mismo espíritu rebelde, buscador, caminador, valiente, solitario, que se enfrenta a la realidad, la denuncia sin amargura sino con una gran valor y una gran lucidez, que fue lo que representó.

Como Rendón y todo ese grupo, el mismo León de Greiff que tanto quería Estanislao, solos se autoexiliaron porque Estanislao al fin se aisló también, según me cuentan, y lo mismo fue mi papá, mi papá se exilió porque desde que escribe El maestro de escuela en el 41 y firma ex Fernando González, se metió aquí a Otraparte y se dedicó a escribir sus últimos libros que fueron el Libro de los viajes y las presencias, La tragicomedia…, y ya era una lucha no contra lo social, ni lo económico ni lo político sino contra él mismo, entonces por eso quienes lo siguen o lo leen hasta la etapa de lo revolucionario, social y económico al final dicen: “Fernando González se volvió místico”, pero no ven que ya estaba en otra cosa. Entonces, no sé, generacionalmente y en esa convivencia fueron fraternos. Sí, inicialmente sobre todo, pero Estanislao era un culto y un lector tremendo, porque en esa época los grandes amores de mi papá eran Nietzsche, Schopenhauer, Spinoza, sobre todo. Recuerdo que mi papá le decía a Estanislao: “Hombre Estanislao, acuérdese en ese postulado 33 de Spinoza de la Ética, cuando dice: ‘porque la beatitud no es premio a la virtud, sino la virtud misma’”. Desfasa todo el criterio ético, que venía vigente a través del antiguo testamento, de que había más mérito ético en cuanto más tenía que violentarse el hombre para cumplir con algo o actuar de determinada manera. No, el verdadero virtuoso siente los mandamientos o la armonía, esa ley divina connatural, no tiene que esforzarse para no robar, para no hacer daño al prójimo, en fin, eso es muy lindo. A Spinoza por eso lo apedrean allá en Róterdam, porque él dijo: no señores, qué cuento de que el hombre tiene que ser virtuoso para ganarse el cielo, no: la virtud es en cuanto no necesita premio para ser.

Bueno, Estanislao después de que vino aquí ( lo recuerdo unas diez veces), y óigalo bien, eso es muy bonito porque cuando Estanislao después de ese contacto con mi papá, y haber coincidido, abierto los ojos ambos, pasó a la Universidad de Antioquia a enseñar y recuerdo que una vez una discípula de él muy linda me dijo: “Hombre Fernando, yo quiero mucho a Estanislao, Estanislao en la universidad tuvo una época en la cual no hablaba bien de tu papá, era un lector crítico de una parte de su obra”. Entonces fue una forma de amor y fue una dialéctica vital porque después hay un reportaje que le hacen a Estanislao, allá en Cali, salió en la prensa, y él dice: “Fernando González me enseñó a amar a mi padre y es como mi padre”, y dice que el mejor libro que él haya leído de mi padre es Viaje a pie.

La última vez que vi a Estanislao fue en la Biblioteca Pública Piloto, él entraba, yo iba de paso y lo vi allá y fui a saludarlo. Hacía como diez años que no lo veía: “Hombre Estanislao, qué has hecho”, ¡qué cariño!, iba con unos de los discípulos que lo querían mucho y veían en Estanislao a su maestro, entonces apenas entré yo, dijo el acompañante de Estanislao: “Fernando, lástima que tu papá fuera un gran escritor pero que nunca escribiera poesía”, entonces Estanislao se enojó y dijo: “Hombre, toda la obra de Fernando está impregnada de poesía”, y la conversación a otra cosa. Eso fue unos meses antes de morir Estanislao. Entonces, ¿qué hay entre ellos dos?, pues una afinidad como esas de la naturaleza, afinidades que uno llamaría en la búsqueda, en la rebelión, en la gana de claridad, en el gran fastidio de lo circundante, en la afirmación de la distancia que hay entre este medio colombiano y una persona que sea libre y piense; porque creo que hoy la soledad colombiana es más vigente que nunca, somos absolutamente exilados en una cosa hedionda.

Mi papá hace cincuenta años en la Revista Antioquia dice, criticando a López y a los Santos y a Ospina: “Si los gobernantes de Colombia siguen así, llegará el momento en que ni siquiera en las cárceles estaremos seguros”. Vea lo de hoy: todo profetizado. Entonces no solamente los unía ese ardor en la lucha, esa lucidez, esa soledad, sino en cierto sentido algo de premonitorio, de profético, porque la prueba es que hoy la gente se emociona con Estanislao, ven en él un camino, lo mismo es con lo de mi papá, pero a pesar de todo, porque ellos no tuvieron grupo político ni social ni económico que los impulsara, ellos surgen por la misma vida que representan, por el mismo futuro, claro que la vida se empeña y se muestra a sí misma. Ellos eran muy cercanos, quienes tratan hoy de hacer una escisión, de esquematizarlos, algunos inclusive oponiéndolos, de eso no hay nada, yo diría que hay una comunión, pero con mayúsculas. 

*Fragmento de una entrevista a Fernando González hijo realizada en video por Antonio Dorado en diciembre de 1999. La transcripción es de Sandra Salazar.


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Los gitanos de Itagüí

Los gitanos de Itagüí

Archivo Fotográfico BPP


Número 102 Noviembre de 2018

En la memoria de muchos aún estarán los gitanos de Itagüí. Habitaban un descampado amplísimo, no lejos de lo que hoy es la Central Mayorista, colmado de tiendas como si estuvieran de paso, aunque vivían allí de manera permanente. Habían aparecido hacia el final de la década del cuarenta, tal vez como resultado de los grandes éxodos europeos hacia Suramérica durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Se instalaron y siempre vivieron en calma, aunque los acompañó la sospecha heredada que todos los pueblos del mundo suelen tener de los gitanos: tramposos y raponeros. Y en efecto las lenguas flojas de acá les endilgaron lo de siempre, y, como si fuera poco, le sumaron el robo de niños. Pero no era verdad; solo eran distintos. Hacían la vida trabajando metales, en especial calderos y pailas de cobre, y más tarde se convirtieron en negociantes de mulas y ganado.

Desde luego —qué tal que no— también leían la mano. A las mujeres, que eran fáciles de reconocer por las faldas y los pañuelos —los hombres iban más en ropa de paisano—, se les veía a menudo en el Centro de Medellín, sobre todo andando por Junín. Con mucho poder de persuasión conseguían que los peatones les dieran pesos a cambio de contarles el futuro que tenían labrado en los surcos y las líneas de la palma de la mano. El asentamiento gitano de Itagüí se volvió tan permanente que las toldas se tornaron en casas y el descampado en un barrio, que se llamó Santa María y fue famoso. Las cifras hablan de hasta tres mil personas. Pero con el tiempo las familias originales se mezclaron en matrimonios y uniones con locales, y durante la década del noventa los gitanos empezaron a abandonar Santa María en un proceso natural de dispersión que se extendió hasta principios de este siglo. Se trasladaron a otros sectores del valle de Aburrá, especialmente a Envigado, donde aún vive un pequeño enclave gitano amparado y reconocido como minoría étnica.

Gabriel Carvajal. Sin fecha. Archivo fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto


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Los tres golpes

Los tres golpes


Número 100 Septiembre de 2018

Almorzar trancado con tres monedas es un sueño para famélicos, caminantes sin rumbo, empleados ahorradores y gorreros de esquina. Aquí no se clasifica ni con estrellas ni con tenedores, lo que vale es el tamaño de la montaña de arroz, el fondo del plato para los frijoles o la sopa de pasta y las promesas de la carne. No se gasten la plata del trago en comida. Sigan esta ruta gastroanémica.


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Engullir en Ben-Hur

Engullir en Ben-Hur

por ANDRÉS DELGADO • Fotografías de Juan Fernando Ospina


Número 100 Septiembre de 2018

El almuerzo que despacharé al calor del mediodía vale tres mil pesos. El precio de un dólar, una cerveza fría, un paquete de diez cigarrillos Marlboro, doscientos gramos de salsa de tomate. Tres mil pesos. El costo de un kilo de limón Tahití o de lentejas, una libra de maíz pira. La idea es saltarse el desayuno, aguantar hasta el mediodía y salir al bochorno del Centro de Medellín y saciar el hambre con un delicioso almuerzo de combate. Martín Caparrós en su libro El hambre escribió: “Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. No hay nada más frecuente, más constante, más presente en nuestras vidas que el hambre —y, al mismo tiempo, para la mayoría de nosotros, nada más lejos que el hambre verdadero”.

Tejelo es una calle peatonal cerca de la Plaza de Botero. Está dividida por dos ambientes desiguales: un lateral opresivo y atiborrado de legumbres y carnicerías que despachan al calor de las doce del día una libra de garra por setecientos pesos y diez chorizos por cuatro mil setecientos; y otro lateral con una seguidilla de tabernas abiertas y desoladas. Rey de copas, Bar Alaska y Malibú son aburridos bares con pista de baile y mesas solitarias. En la noche todo cambiará. La soledad barrerá el lateral oscuro del mercado y, al frente, el ardor registrará tragos y bailoteo y sonrisas.

Bajando por el lado de las tabernas siento en la panza el dolor de la venganza, el hambre que me reclama. Entonces la veo: Cafetería Ben-hur, mesas y sillas en acero inoxidable y un tablero con precios: sancocho de bagre a seis mil. Entro, me siento y pido “el económico”, sin saber qué carne se sirve. Solo quiero lo más barato.

El señor canoso que me atiende, luego lo sabré, es uno de los hermanos dueños del negocio. Viste camisa de manga corta de botones y pantalón, como si acabara de cobrar la pensión. Tiene gafas gruesas, barriga y un rostro áspero. Traslada mi pedido a la señora detrás de un mostrador. Ella repite su dureza en los ojos. Sobre la esquina plateada de la mesa veo un pegote amarillo, “sopa de ahuyama”, me digo en una apuesta mental.

Arrinconados, dos novios comen sopa y se limpian la boca con besitos. Él tiene gorra, una camiseta ceñida contra su fibra musculosa y los brazos morenos del sol. A sus pies, una caja para limpiar zapatos. Ella con una cola en el pelo que le deja racimos por fuera, una blusa de tiritas sobre los hombros tostados y un tatuaje a medio camino en puntos azules que dice “Brayan”. Qué hambre tan horrible. Al frente una señora espera su almuerzo, resopla de calor, y sobre la mesa, un pequeño canasto hasta el tope de confites y chocolatinas. Por fin llega lo mío. Un plato de sopa de pastas mezcladas con lentejas. Alguna de las dos fue de ayer, nadie adiciona gratuitamente lentejas a las pastas. Y menos en un restaurante de combate. No puedo evitar frotarme las manos. Voy por la cuchara al canasto de los cubiertos y noto que no hay servilleta. En cambio, un papel higiénico blanco envuelve la cuchara. Son cinco pedacitos unidos en una tira. El detalle me conmueve. Y lo aprovecho para darle una severa limpiada a los cubiertos a medio lavar.

La sopa no está mal. Es fresca y alivia mi angustia. El otro plato tiene papa, arroz, una tajada diminuta y frita de plátano maduro, y fría, ojalá no sea también de ayer. Ensalada de zanahoria y repollo. Además, una inquietante y generosa porción de carne cocinada. No sé si comérmela. Pienso en gatos, en caballos, en zarigüeyas. Nada, no importa, nos vamos con ella para adentro, cero-mente-cero-cabeza. Hago fe y me convenzo: es de res. Mastico y vea, me digo, muy rica que está la carne.

En su libro, Caparrós cuenta que en un pueblito de Níger encontró a una mujer que comía harina de mijo. Le preguntó que si comía eso todos los días. “Bueno, todos los días que puedo”, contestó. Caparrós quiso saber qué le pediría a un mago que le diera cualquier cosa, ella contestó que una vaca que le diera leche. “Pero lo que te digo es que el mago te puede dar cualquier cosa, lo que le pidas”, insistió él. “Pues bueno, dos vacas”, repuso ella. “¿Dos vacas?”, se quedó pensando y la señora le dijo: “Con dos sí que nunca más voy a tener hambre”. Y el periodista se quedó pensando que era tan poco, y luego se dio cuenta de que era mucho.

Cuando despacho mi almuerzo y quedo con la panza aliviada, me levanto con la taza de claro en la mano. Me acerco al mostrador, donde atiende la señora con cara agria, muy parecida al mesero. La que manda en el restaurante es ella, hace rato me di cuenta, y no él. “Muy rico el almuerzo”, le digo para intentar bajar la acidez de su rostro, “muy rico, de verdad, me gustó mucho”, y nos sonreímos. Entonces le pago con un billete de cinco mil. Me devuelve dos y volvemos a sonreír. Entonces puedo comenzar a preguntar.

Se llama Blanca Nubia y me cuenta que el negocio es familiar. Lo tienen hace 42 años. “Ahora todos los hermanos estamos pensionados —dice—, mantenemos el negocio, pero esto no da plata como antes”. Cuando comenzaron, Tejelo era una calle con paradero de buses y comercio. En esa época, cuando el edificio Miguel de Aguinaga era ocupado por las Empresas Públicas de Medellín, venían a comer los obreros y empleados. “Fue una época muy bonita, antes de la violencia, después se puso mal el Centro —dice—, la gente comenta que el sector es un atracadero, pero vea esto, ¿no es muy tranquilo?”. Descubro que Blanca Nubia quiere evitar el tema y la imagen negativa del sector. Entonces entiendo su rostro duro. Los años, el trabajo y el pasado turbio de Tejelo han dejado su huella de desconfianza.

“Néstor fue el que comenzó, teníamos panadería, mi otro hermano Luis era su administrador, también trabajó Víctor y ahora el que nos dirige es Francisco, es el patrón de nosotros hoy por hoy. ¿Y qué es lo que menos me gusta de mi trabajo? ¿Es lo que me está preguntando? Lo que menos me gusta es cuando la gente recatea porque la comida es muy maluca, entonces yo les digo váyanse a comer al Hotel Intercontinental, es que por tres mil pesos qué van a comer pues, sí, los domingos es el único día que fritamos chicharrón, a la gente le gusta mucho venir ese día. ¿Y qué es lo que más me gusta de mi trabajo? Hablar y estar con la gente, porque si una está triste entonces se distrae, se ríe, comenta, critica y echa chisme, es que a esta edad ya no se quiere estar sola, el negocio no da plata pero da compañía”.

En otros puntos del Centro de Medellín un almuerzo de combate cuesta ocho mil. En Ben-hur no son de combate, son de trinchera empantanada y destortillada por las bombas. Y menos mal. Porque cuántas hambres ha calmado. Sabiendo que no son las más graves. Hambres como la mía en este mediodía de calor. Para el postre, Caparrós dice que el hambre “no es un problema de pobreza, sino de riqueza y de la concentración de la misma. Si hay tanta gente que no come, es porque otros lo hacen de manera absolutamente desproporcionada e injusta”.

Antes de salir a la reportería, en la redacción me recomendaron: “La crónica no es solo contar cómo fue el almuerzo sino también cómo fue el daño estomacal”. Puro terror. Por si las moscas me tomo una sal de frutas, remedio que no fue necesario.


Los tres golpes


Almorzar trancado con tres monedas es un sueño para famélicos, caminantes sin rumbo, empleados ahorradores y gorreros de esquina. Aquí no se clasifica ni con estrellas ni con tenedores, lo que vale es el tamaño de la montaña de arroz, el fondo del plato para los frijoles o la sopa de pasta y las promesas de la carne. No se gasten la plata del trago en comida. Sigan esta ruta gastroanémica.

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Sazonando el viaje

Sazonando el viaje

por SIMÓN MURILLO MELO • Fotografías de Juan Fernando Ospina


Número 100 Septiembre de 2018

Solo había pasado por allá sin detenerme y con algo de susto por el exceso de bulla y suciedad. Un extraño edificio con forma de huevo, una virgen blanca pelada por el sol y una ceiba rosada enfermiza, como una araña moribunda a punto de dar el último salto. “La mataron de orinarla” dice Margarita, Márgara, que vende lentejas, sancocho y fríjoles en un carrito de mercado en la esquina del parqueadero de la placita.

Antes Margarita vendía en plena plaza, pero hace unos meses la Alcaldía metió la mano y le puso baldosa nueva y matas todavía vivas; la virgen desapareció y el cadáver de la ceiba fue enterrado. A ella la trasladaron unos metros, y dice que no le choca porque hay menos borrachos saliendo de Picar Pollito (donde me comí un consomé con sabor metálico que me hizo botarlo todo por el periodismo). Tampoco ha perdido clientes. “Oiga, que un domicilio pal Tigre en la esquina”, le dice una desdentada. “Dígale que yo no hago domicilios”, responde con la tranquilidad que le da vender más de sesenta platos por noche, todos a menos de cuatro mil pesos. Otro comensal, que la mira con afecto, mete la cucharada: “Y le cuento, platos muy deliciosos”.

Sus lentejas, servidas en un plato de icopor, son gigantes y van coronadas de un espinazo. Se come en un taburete, acompañado de mecánicos y obreros de las litográficas de los alrededores de la plaza, todos conversan con ella con la confianza del tiempo, lleva sin descansar un solo día desde hace seis años. La fuerza de Margarita es enorme: trabaja desde los nueve años y ya pasa por los sesenta. Con más de cuarenta años en Medellín, llegó desde El Santuario a los veintiuno. Además, le da tiempo, o ganas, para estudiar mercadeo en el Politécnico Andino. Cuando le conté lo de la indigestión en Picar Pollito, fue la primera en regañarme: “¡Uno no puede comer pollo en la calle!”.

Conversa muy rápido y de todo, moviéndose como una hormiga para atender a los clientes o irse para el sitio donde tiene la cocina, media cuadra arriba. Cuando el ficóptero amenaza justo encima de nosotros, uno de sus clientes ríe nervioso y pregunta: “¿Qué nos irá a hacer ese helicóptero?”, y ella replica: “¡Nosotros no tenemos nada que esconder!”.

La creencia de que la placita del Huevo alberga un crimen escondido va más allá del prejuicio. Frontera última entre ese cuadrante del Centro abierto para las familias de bien y la terra incognita de Niquitao, la placita se parte en cuatro por las épicas arterias que la desangran. Fue hogar de muchos indigentes por un tiempo, tal vez como signo de su naturaleza viajera. Aquí y allá pululan los hoteles, inquilinatos y moteles. Es bien movida pero no surgió como un sitio de encuentro sino como uno de perpetuo paso: fue creciendo con los buses, sus únicos habitantes estables, descargando y cargando gentes a toda hora.

Con los transeúntes, este mercado espontáneo trajo los locales de comida, los vendedores como Margarita y las seis pastelerías que la rodean. Los primeros reflejan el ahorro paisa y el rebusque obligatorio para lograr uno o dos golpes; las últimas, gemelas de luz blanca de las que ahora ocupan cada rincón del Centro, son un reflejo de la monotonía que siempre amenaza a las urbes.

Para la plaza, los vendedores–cocineros como Margarita se convierten en esquinas móviles, centros de actividad, conversa y memoria del sector: una quinceañera bonita de Niquitao apenas la ve le suelta, “¡Carebruja!” y sale corriendo con Margarita detrás riéndose; los mecánicos la molestan pidiendo rebajas. “Solamente nos pega un regaño”, y los caminantes preguntan por las lentejas, cumpliendo el inmemorial ritual de la acera.

El restaurante Tutunendo es una esquina pintada de verde limón. En pleno nacimiento de Amador con la Oriental, fue el primero de una generación de establecimientos chocoanos que se acabarían tomando casi toda la calle y los alrededores. Visitados casi exclusivamente por chocoanos, han construido una embajada cultural negra en mitad del Centro de Medellín. Con música de Bomby a todo taco a las dos de la tarde, los fines de semana cada restaurante se llena de familias que hacen el peregrinaje semanal para almorzar sancocho de guagua. Alegando en la calle por las cuentas, molestando con los meseros, acariciando la mano un poco más a una clienta hermosa, Edwin Rengifo, mesero, fotógrafo y creador de la revista Afrosentido, vino del Chocó para vivir en Medellín.

Los sancochos de carne ahumada son la estrella de los fines de semana, herencia mestiza de quién sabe cuántos cocidos españoles, gallinas chinas, hierbas indígenas y sazones africanas. Ante la pregunta de si ha sentido ecos de la esclavitud en Antioquia, dice que al contrario. Los restaurantes chocoanos de la zona rehabilitaron ese segmento de Amador, llenándolo de gente y limpiando un poquito las aceras.

Si algunos llevan años en Medellín, Luis Kanzler llegó el mes pasado desde Venezuela. Inmigrante nuevo y nieto de refugiados alemanes que escaparon del Holocausto, atiende en un puesto de jugos a mil y dos mil, adjunto a una frutería en El Palo, unos metros arriba de la plaza. Con pinta de vocalista de una banda de Altavoz que escucha a Leo Jiménez y a Pearl Jam a todo volumen, apenas puede, empieza a hablar de Venezuela. Fue dirigente político, barman, le hizo catering al alto mando militar venezolano.

La señora que se detiene a comprar un jugo de guanábana en leche de mil le entrega un billete de dos mil y al saber que es venezolano no espera la devuelta. La solidaridad viene en muchas denominaciones: hace las cuentas de la frutería y trabaja seis días a la semana de seis a. m. a nueve p. m. Insiste en que lo han tratado muy bien, ya conoce a los taxistas y buseteros del sector, conversa con la señora del carrito de helados que suele pasar por El Palo y empezó a salir con la morenita del Cellmax, dos locales hacia la plaza. Se le aguan los ojos y la voz decae cuando habla mucho tiempo de Venezuela. “Si el socialismo del siglo XXI gana acá en cuatro años, no le deseo a ningún colombiano tener que migrar a otro lado”. El inmigrante vendedor de jugos heredero del Holocausto recién enamorado y anticomunista es un hilo más de la trama que viene a ser la placita del Huevo. El nombre es casi pleonástico. No hay nada más aburrido y fácil de quebrar que un huevo. Tal vez, en esas tres cuadras del Centro, feas y manchadas por el hollín y el incesante recorrer, el universo se rehaga cada día. El ruido del big bang acallado por los pitidos de los buses, masas de individuos anónimos engullendo pollo. Una vez acaban con el plato, se limpian con la servilleta que Margarita nunca deja de entregar y se montan al bus.


Los tres golpes


Almorzar trancado con tres monedas es un sueño para famélicos, caminantes sin rumbo, empleados ahorradores y gorreros de esquina. Aquí no se clasifica ni con estrellas ni con tenedores, lo que vale es el tamaño de la montaña de arroz, el fondo del plato para los frijoles o la sopa de pasta y las promesas de la carne. No se gasten la plata del trago en comida. Sigan esta ruta gastroanémica.