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Santa Cruz terminal

Santa Cruz terminal

por LUCKAS PERRO • Fotografías de Juan Fernando Ospina


Número 63 Marzo de 2015

Esperando, un poco aburridos junto con los perros a la salida de la carnicería. Ellos, velando el guargüero, los huesos que aún quedan manchados de sangre; Pablo y yo, atentos a que don Miguel salga para el otro negocio que tiene más arriba.

Este señor tiene la carnicería más conocida de la zona y su fama llega a muchos lugares, aunque no sé si de un carnicero se puede decir que es famoso, así como los políticos platudos que uno ve en la tele. En todo caso las señoras de por mi casa dicen que al lugar llega gente de Aranjuez, del Centro y de Campo Valdés para surtir sus negocios, hasta de San Javier, me dijo alguna vez la abuela.

A los perros les falta poco. La ansiedad que nos acompaña desde las siete de la mañana se nos siente más a nosotros. Yo los veo ahí, con su mirada de perros, aplastados en el piso, viendo, quizá en blanco y negro, el piso húmedo y los pies de la gente metidos en chanclas y zapatos rotos. Hoy martes no hay mucha gente, pero los domingos a esta hora ya hay una fila que llega hasta la cafetería donde Pablo y yo estamos sentados y siempre está retirada.

Yo no sé este lugar quién lo hizo. Es como una calle muy amplia del tamaño de una cancha de microfútbol, pegadita de la avenida principal, que conecta a Santa Cruz con el Popular Uno en sus partes altas. En el extremo contrario hay dos callecitas pequeñas a cada lado, por donde uno va a dar a Villa del Socorro, y van a los lados porque a todo el frente hay dos graneros que atienden unos manes con cara de marranos, y enseguida, la carnicería. O sea que esto no es cuadrado como una cancha sino que es como una mujer estrechita en la cintura y nalgona de ahí pa abajo.

Voy pensando en todo esto mientras le hago un nuevo mapa a Pablo para que me entienda como es que debemos salir. Él lo mira intrigado, jugando al experto.
—Por detrás es más fácil que nos cojan güevón, y a la hora que queremos hacer la vuelta hay mucha gente mercando —me dice, señalando el cuerpo de la mujer que dibujé; yo le hago un corazoncito por donde va la chimba y este man se emputa.
—¡Dejá de güevoniar marica! ¿Qué hora es ya?

La carnicería cierra temprano. A las diez de la mañana ya no hay nada de solomo, lo único que queda colgado de los ganchos es el tocino más grasoso y menos carnudo, patas secas, mosquitos, y un toque de mañana que parece que fuera la tarde, como esa hora en la que el reloj no se mueve. Adentro eso parece una tumba de indios de las que muestran en la parabólica, o un banco de ahorros volado por guerrilleros a punta de pipetas de gas de esos que salen en el noticiero. ¡Uy sí!, huele a muerto y todo. El piso es de cemento y las baldosas de las paredes y del mesón ya no son blancas sino amarillentas como si tuvieran hepatitis. Cuando no están las voces de las viejitas pidiendo rebaja, ni los gritos de las señoras porque un niño se está metiendo en la fila, solo se escucha ese refrigerador gigante que hay al fondo y eso le da como misterio a la vaina, hace frío y todo, aunque no se sienta el aire. Y don Miguel solito, porque ya Marcelo y Beatriz, los que camellan con él, se han ido. Ahí queda el man, afilando el cuchillo y preparando la carne vieja que mañana va a vender como fresca, apretándola, como a las nalgas de una puta, para que cuando las viejitas la vean en el gancho y le metan sus uñas largas y salga como un juguito, ellas solo sonrían y le digan deme tres libras pero quítemele ese gordo tan feo.

¡Ah juemadre! Don Miguel ahí todo encarretado y el Pablo que llega como cuando ha metido perico y se ha ido a montar cicla —o sea, como entre agitado y fresco… y gato— y le dice que le dé dos y media de mondongo y dos de cerdo, y que rápido que es pal almuerzo, y entonces él se las da y el Pablo se va de espaldas hasta el marco de la puerta, y llego yo y le digo que si compró la libra de copete que le había dicho mi mamá y ¡tan! Nos devolvemos los dos a lo Padrino, boleando rápido y solemnemente bala. Y el carnicero ahí agachadito, escupiendo con sangre sus últimas palabras o sus últimos números —porque lo que tiene es plata— y me le monto por esa rejilla y los tubos de donde cuelga la sangre y cojo el hacha y los ganchos y…
—¡Ey ve!— me interrumpe el Pablo, dañándome la película que ya me estaba haciendo en la cabeza—. Les llegó la hora a esos chandosos.

Los perros lamen los pies de Marcelo, el empleado, que lleva en sus manos dos bolsas negras, dobles y grandes. Él es flaco pero con los músculos rayados y tal. Desde que salió a la puerta de la carnicería, sus ojos bajo la gorra, negra ya de tanta sangre, habían marcado a los perros, sabe que si empiezan a ladrar se van de pateada en la cara porque a don Miguel no le gustan los regueros que hacen los perros cuando se les dan esas bolsas. Don Miguel es bien con los pobres, los fines de semana la gente llega con doscientos, trescientos pesos y él les da buen “güeso” pal caldo, y hasta un toque de pezuña; pero con los perros ni culo, yo creo que prefiere mandar eso pa la comida de su casa que dejársela a estos animalitos.

Y así es, cuando me toque pegarle ese pepazo en la cabeza y cuando lo vea chorreando sangre y moverse en el piso como un cerdo que se estrega la espalda en el chiquero, y así con ese bozo de morsa todo rojo y los labios morados y la piel del color del hueso picado en la piedra y la barriga como gelatina… Cuando todo eso pase, yo me veré como un perro ladrando con la lengua bien larga afuera, con una morisqueta como si fuera a vomitar pero, al contrario, con mucha hambre; un perro que justifica lo que hace porque para matar lo único que se necesitan son razones o estar empepado. A mí me gusta más la primera, yo no sé al Pablo. Yo busco razones en el perro porque es que a veces me da pesar de ese man el carnicero y me pongo todo rosa y veo a su hija como al mediodía, de uniforme, con esas chimbitas de piernas, recién bañada esperando en el control el bus para ir a estudiar, y luego de negro, echándome en la cara su tristeza y de una, así seguido como en las telenovelas, ella, la flaca, yéndome a buscar a la morgue, todo gris, todo, como en una carnicería. ¡Uy no!

Pablo se ríe mientras se toma la segunda gaseosa.

—¡Mirá ese perro marica! Está es que se lambe a ese man —me dice, como si estuviéramos en la casa viendo un partido de fútbol.
—Sisas —le respondo yo pasito, pensando todavía en la flaca.

—Esos animales son inteligentes, ¿si o qué? Ya saben que si ese man llega hasta la caneca… perdieron —sigue Pablo que parece que no solo me hablara a mí y agita el dedo índice contra su cuello. Yo por dentro solo hago fuerza, como en los últimos minutos de lo que ya dije que parecíamos viendo.

¡Gol hijueputa!, digo duro para adentro, aunque es como si Pablo me hubiera escuchado porque emocionado me da un golpe en la espalda.

Una de las bolsas se rompió y en el descuido uno de los perros se fue de dientes contra la otra. Esa bolsa al principio parecía como las operaciones que muestra esa gente en los buses pa pedir plata, pero luego ya todo era rojo y el Marcelo alzó las manos con putería. Y nosotros cagados de la risa sin disimular.

En los quince días que llevamos detrás de don Miguel yo no sé cómo hemos hecho para que la gente no se azare con tanto visaje. Pero miro para los lados y veo muchos manes parecidos a nosotros ahí sentados, con pura pinta de cargadores de papas.

¡Agh!, me cogió la pereza, ya estoy todo maltratado en esta silla plástica. Cuándo será que nos estamos lamiendo nuestras bolsas, y estamos caminando por esa cuadra pa abajo, todos desbaratados de la llenura, buscando perras… Me digo de nuevo para adentro, mirando mi cuerpo, sobándome los brazos para simular una cobija, bostezando, mostrándole los dientes al aire.


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Charlie encore

Charlie encore

por RICARDO VARGAS POSADA


Número 62 Febrero de 2015

El 7 de enero de 2015, los hermanos Sherif y Said Kouachi, franceses de ascendencia argelina, ingresaron a la redacción del semanario satírico Charlie-Hebdo armados con rifles kalashnikov y asesinaron a doce personas. Cuatro de los caricaturistas más mordaces de Francia estaban entre las víctimas.

El mundo se conmocionó con la noticia. El hashtag Je suis Charlie inundó las redes sociales. Era fácil dejarse llevar por el furor del momento; más que justo, era perentorio elevar el lápiz simbólico que los extremistas pretendían acallar. Se repitió hasta el cansancio el manido mantra: “no estaré de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”.

La policía tardó poco más de dos días en dar con los sospechosos. Los Kouachi se refugiaban en una litografía, en la pequeña población de Dammartin- en-Göele, a las afueras de París. Un centenar de policías rodearon el lugar. Hubo intercambio de disparos. Al parecer, tenían rehenes. El reportero Igor Sahiri, de la cadena BFMTV, logró ponerse en contacto telefónico con Sherif. El menor de los Kouachi hablaba con calma: dijo haber sido enviado por la célula de Al Qaeda en Yemen, reafirmó su papel como defensor del Profeta.

—Nosotros no asesinamos a mujeres. No somos como ustedes. Son ustedes los que asesinan niños musulmanes en Irak, Siria, Afganistán.
—Pero asesinaron ustedes a doce personas —dijo el periodista.
—Exactamente, hemos vengado —respondió Kouachi.
Poco después, ambos hermanos fueron dados de baja por la policía. Said tenía 34 años. Sherif, 32.

¿Libertad de expresión?

Ese mismo domingo, Francia presenció la mayor manifestación en su historia. Casi cuatro millones de personas se convocaron en todo el país con el fin de rechazar la masacre y reafirmar el derecho absoluto a la libertad de expresión consagrado en la constitución francesa. Fue una necesaria reivindicación del carácter laico de la república y de los valores que la sustentan. Fue vergonzoso, sin embargo, ver en la marcha a líderes de países con un amplio prontuario de violaciones de los Derechos Humanos: Benjamin Netanyahu, primer ministro israelí; Sergei Lavrov, ministro de relaciones exteriores de Rusia; y Ahmed Davutoglu, primer ministro turco, entre otros, unieron sus manos y cantaron en favor de la libertad de expresión. Luego vino un momento de reflexión. Hubo quienes, silenciados en un primer momento por la dicotomía “eres Charlie o eres un defensor del terrorismo”, decidieron buscar un camino intermedio. Se preguntó por los límites a la libertad de expresión. Se habló del respeto a la dignidad del otro, tal y como lo consagra la constitución francesa. El Papa católico recordó las responsabilidades que conlleva el ejercicio de la libertad.

Poco después, el senado francés aprobó continuar participando de los ataques contra el Estado Islámico. El primer ministro, Manuel Valls, ordenó, además, el despliegue de tropas adicionales en sitios estratégicos de todo el país y redoblar los esfuerzos en la búsqueda de contenidos en internet que glorificaran los atentados. Al cabo de una semana, más de cincuenta individuos habían sido puestos bajo custodia por incitar al odio y al terrorismo en las redes sociales. Amnistía Internacional llamó la atención sobre cómo estas medidas ponían en riesgo el derecho a la intimidad y a la libre expresión.

Uno de los arrestos más sonados fue el del comediante francés Dieudonne M’bala M’bala por un comentario en su página de Facebook en el que decía sentirse como Charlie Coulibaly, un juego de palabras que hacía referencia a Charlie-Hebdo y a Amedy Coulibaly, autor de otro ataque terrorista, dos días después, en una tienda kosher donde murieron cuatro personas. Al comediante se le acusa de hacer apología del terrorismo y podría pasar hasta siete años en prisión.

La Jihad

Una semana después de los atentados, la célula de Al Qaeda en la Península Arábica difundió un video en el que se adjudicaba la autoría del atentado. Para entonces, los medios de comunicación ya habían filtrado información sobre la identidad de los asesinos. Se supo que al menos uno de los hermanos Kouachi había recibido entrenamiento militar en Yemen en 2011 y que ambos pertenecían a una red que enviaba personas a combatir al Medio Oriente. En 2005, Sherif había sido arrestado cuando se disponía a viajar a Irak a participar en la resistencia contra la invasión norteamericana. Pasó dieciocho meses en prisión.

Farid Benyettou fue el primer contacto que tuvieron los Kouachi con el islam radical. Trabajaba en la mezquita que los hermanos frecuentaban en un barrio de clase baja al nordeste de París. Corría el 2003. Benyettou hablaba continuamente de las guerras contra los musulmanes en Irak y en Afganistán, de la responsabilidad de los gobiernos de Occidente en las masacres de civiles en esos países, de la obligación que tenían de ir a hacer la jihad en Irak para defender a sus correligionarios.

El término jihad suele traducirse como “guerra santa”, pero sería más apropiado traducirlo como “lucha”. En su acepción más compleja, habla de esa guerra interior que el individuo tiene continuamente consigo mismo en su proceso de crecimiento personal. Esa es la jihad mayor; la más importante, donde se confronta al enemigo más difícil. Pero existe también la jihad menor, volcada hacia afuera, con los otros, el espacio donde corresponde defender y difundir el islam. Esto puede hacerse de muchas formas, la violencia es una de ellas, pero debe ser sancionada por una autoridad religiosa competente y no es común que esto suceda. La particular interpretación del Corán con la que los musulmanes radicales justifican su violencia es rechazada por la amplia mayoría de teólogos en el mundo islámico.

Con un grupo de seguidores, entre los que se encontraban los hermanos Kouachi, Benyettou empezó a realizar prácticas militares en el parque de Buttes- Chaumont. En ese entonces, ya las autoridades tenían pleno conocimiento de sus actividades. Incluso, Sherif participó en un documental que la cadena TV5 grabó sobre el creciente islamismo en los barrios pobres de París.

Contrario a lo que suele pensarse, islamismo y jihadismo no son lo mismo. El islamismo es una interpretación política radical del islam, pero no es necesariamente violenta. El jihadismo, en cambio, es violento por antonomasia. La gran mayoría de los musulmanes en el mundo no son ni lo uno ni lo otro. Lo anterior parece una obviedad, pero un error común entre los analistas está en tratar de entender a una comunidad de más de mil millones de personas como un todo monolítico en el cual las características más censurables de unos pocos son entendidas como prácticas cotidianas de todos. El islam es también una religión de paz y tolerancia: el mensaje del sufismo, su corriente mística, es un sofisticado ejemplo de ello.

La cárcel

En 2005, atizados por los excesos de los soldados estadounidenses en la prisión de Abu Ghraib, y sin mayores perspectivas laborales en Francia, Benyettou y Sherif Kouachi decidieron viajar a Irak a combatir. Pero poco antes de abordar el avión, ambos fueron arrestados y condenados a seis años de prisión por terrorismo. Fueron enviados a Fleury-Mérgois, la cárcel más grande de Europa, a las afueras de París, donde se hacinan más de cuatro mil reclusos en precarias condiciones. Fue allí donde Sherif Kouachi entró en contacto con otros potenciales jihadistas: Amedy Koullibaly, autor del atentado en el supermercado kosher, y Jamel Beghal, islamista radical franco-argelino, encarcelado por terrorismo, y que al parecer había planeado volar la embajada de Estados Unidos en París.

Las cárceles francesas, donde más de la mitad de la población es musulmana, se han convertido en un espacio ideal para difundir la ideología jihadista. El coordinador de imames en la prisión de Fleury-Mérgois, Abdelhak Eddouk confiesa que no hay suficientes clérigos para atender a los internos. Según él, los reos son presa fácil de las ideologías más radicales. La cárcel los confronta consigo mismos, los obliga a preguntarse quiénes son y para qué viven. Y el islam radical les ofrece respuestas.

Fenómeno mundial

Francia no es la excepción. En otros países de Europa, así como en Estados Unidos, Australia y Rusia, cientos de jóvenes escuchan el llamado de la jihad. Los señalamientos de los que han sido sujetos las minorías musulmanas han empujado a las nuevas generaciones a buscar un asidero y muchos de ellos lo encuentran en grupos radicales. Quilliam, un centro de pensamiento especializado en contra-extremismo, calcula en 2.580 el número de europeos combatiendo para el Estado Islámico en Irak y en Siria en 2014. El número de franceses que viajó a Irak a engrosar las filas del Estado Islámico aumentó en un 69 por ciento en el último año.

Sin duda, la exitosa campaña mediática del Estado Islámico tiene mucho que ver. Competentes en el uso del internet como ninguna otra organización terrorista en el pasado, han desarrollado aplicaciones para teléfonos inteligentes, creado su propio sistema de mensajería en línea y diseminado sus ideas de una manera muy atrayente.

Al Qaeda no se queda atrás. La revista Inspire es una publicación de propaganda jihadista en inglés que busca reclutar seguidores en países como Estados Unidos, Australia e Inglaterra. Su lenguaje es fresco, cercano a los jóvenes, su diseño impecable, con imágenes que invitan a la guerra y glorifican el martirio. La publicación empezó a editarse en 2010 y cuenta ya con catorce números. En su edición número 13, aparece una lista de diez “enemigos del islam”, y a su lado la frase: “una bala al día mantiene alejado al infiel”. El escritor Salman Rushdie, Flemming Rose, editor cultural del diario Jyllands Posten —que en 2005 publicó imágenes ofensivas del profeta Muhammad—, y Stéphan Charbonniere, más conocido como Charb, antiguo editor de Charlie- Hebdó, están en la lista.

¿Quién ganó con los atentados?

El principal ganador es, sin duda alguna, la industria armamentista, pues la estrategia de enfrentar la violencia con violencia garantiza el crecimiento del negocio. El fervor militarista está en alza y las compañías de defensa están facturando como nunca. La coalición ha llevado a cabo más de mil cuatrocientos ataques aéreos sobre Siria e Irak en los últimos seis meses, muchos de ellos con misiles Tomahawk, fabricados por la compañía Raytheon. Cada misil de estos vale 1.4 millones de dólares. Solamente el primer día de los bombardeos sobre el Estado Islámico se lanzaron 47. Otras compañías como Lockheed Martin, General Dynamics y Northrop Grumman, que también proveen arsenal a la coalición, han visto crecer el valor de sus acciones a niveles récord desde el comienzo de los bombardeos en agosto del año pasado.

Los gobiernos también ganan, pues aprovechan la indignación general para aumentar la vigilancia y el control de la población. No solo el gobierno francés; el primer ministro de Canadá, Stephen Harper, aprovechó el momento para presentar ante el congreso una nueva legislación que busca ampliar las facultades del servicio de espionaje canadiense e incrementar los poderes de la policía. Inglaterra también debate actualmente, sin mucha oposición, una drástica ley antiterrorista. En Francia gana el Front National, partido de extrema derecha, liderado por Marine Le Pen, que viene de obtener la más alta votación en las pasadas elecciones de mayo para el parlamento europeo. Seguramente sabrá aprovechar el miedo que se siente en amplios sectores del electorado de clase media tradicional y en las zonas rurales para aumentar sus posibilidades presidenciales en 2017.

¿Quién perdió?

Según el Observatorio sirio de Derechos Humanos, desde que los bombardeos de la coalición comenzaron en agosto del año pasado, han ocasionado la muerte a por lo menos cincuenta civiles. Hace poco más de un mes, el Pentágono aceptó por primera vez la posibilidad de víctimas inocentes en los ataques contra el Estado Islámico. A pesar de ello, una semana después de los atentados de París, la asamblea francesa votó de manera casi unánime por continuar apoyando los bombardeos liderados por los Estados Unidos. Ninguna iniciativa había tenido tanto consenso en la presente magistratura.

Los senadores franceses se dejan llevar por un ánimo de revancha. Pero tales decisiones obran un efecto contrario al esperado. Existe una relación directa entre las campañas militares de los gobiernos de Occidente en países musulmanes y la radicalización de los jóvenes musulmanes en todo el mundo. Ahí anida el germen del terrorismo. La formación de diferentes milicias jiihadistas y la multiplicación de atentados en los últimos años se nutre del rechazo que generan las guerras de la Otán en Afganistán y Paquistán, la invasión de Estados Unidos a Irak, los excesos cometidos por los soldados norteamericanos en la prisión de Abu Ghraib, la tortura sistemática de los internos en la cárcel de Guantánamo y otros centros de detención de la CIA en todo el mundo, así como de los bombardeos en Siria e Irak contra el Estado Islámico o los ataques con drones en países como Yemen y Somalia.

Todos, la sociedad en general, hemos perdido con esta masacre. Las religiones, los proyectos europeos de nación, los defensores de la democracia y de las libertades individuales. Pero, el principal perdedor es, en última instancia, el islam. Las cifras hablan por sí solas. De acuerdo con un informe del Centro internacional para el estudio de la radicalización y la violencia política, la gran mayoría de víctimas de ataques jihadistas son musulmanas. Solo en el mes de noviembre más de ochocientas personas fueron asesinadas en Nigeria y Afganistán, el 51 por ciento de las cuales eran civiles. Si se cuentan, además, los atentados en Yemen, Paquistán y Somalia, el número de muertes supera los cinco mil.

Los musulmanes que viven en Europa o Estados Unidos, muchos de ellos ciudadanos de segunda o tercera generación, verán aumentar la estigmatización social de la que ya son objeto. Esto, unido a la poca representación que tienen sus comunidades en los espacios del poder, afianzará, a la larga, las condiciones que permiten al jihadismo apelar a las nuevas generaciones de ciudadanos marginados que buscan algo en qué creer y lo encuentran en las antípodas de los principios fundamentales que las sociedades occidentales defienden. 



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Los sabores de Dolly

Los sabores de Dolly

por DAVID E. GUZMÁN • Fotografía de Juan Fernando Ospina


Número 61 Noviembre de 2014

Un tributo a la comida de mi ciudad
no me puedo morir sin decir la verdad
tengo en mis venas colesterol
porque a mí, ¡me gusta el rock and roll!
Dick my fuck you

 

La rodaja se deshace en su boca como el manjar más exquisito. Mastica suave con los ojos cerrados y levanta la cabeza. Lo único que le falta es darse la bendición con la servilleta en la mano y dejar caer un par de granos de arroz con sangre cocida. Carlos traga y paga con premura. A pocos pasos lo espera un bus de Laureles al que pronto ensolvará con el aroma de dos libras de morcilla que acompañada con arepa será su cena y la de su familia.

Carlos trabaja en el edificio Gaspar de Rodas, ubicado sobre la avenida Oriental entre las calles Ayacucho y Colombia, el sector elegido por Maria Dolly para vender sus productos. Antes de abordar, Carlos dice que la morcilla de Dolly es la única que aceptan en su casa, sobre todo Maria Carolina, su hija médica. “Hace ocho años que le compro morcilla a Dolly, es muy limpia, muy bien hechecita”, cuenta el hombre mientras ve cómo tres señoras se le adelantan y se suben al bus.

Maria Dolly Suaza Ríos colonizó este punto en 1994 y desde entonces viene de lunes a sábado. A las seis de la tarde ya está al pie del Gaspar, sentada en un butaco casi al nivel del piso, rodeando con sus piernas una gran olla cargada con morcillas, buches y “cagaleras”; es tan pesada y voluminosa que dos vendedoras de fruta le ayudan a bajarla del taxi que siempre la trae desde su casa en Enciso.

Atraído por el tripaje generoso y humeante, un transeúnte se acerca y le echa un vistazo a la olla. Como el embutido artesanal es un producto que a veces genera dudas, Dolly siempre le ofrece al interesado una rodaja de prueba. Y a los compradores fijos también. Así es que ha enamorado a la clientela, porque después de probar la morcilla es imposible resistirse a llevar un buen pedazo. El transeúnte pide media libra, paga 2.500 pesos y sigue su camino.

Darío Larrea, frutero de cabeza blanca, le trae a Dolly media papaya envuelta en una bolsa. “Comé papayita”, le dice, y por ahí derecho se lleva dos libras de morcilla. Le queda debiendo seis mil pesos, pero Maria Dolly la tiene clara, “yo después se los cobro en fruta”. De repente hay cinco personas alrededor de la olla. Un señor compra un buche y una libra de rellena. “¿Cuántos comen ahí?”, pregunta uno de los que espera. “Mi señora y yo no más”, responde el señor con sonrisa pícara porque a simple vista parece mucha cena para dos. Odontólogos, asistentes, encorbatados salen del Gaspar de Rodas y mientras unos compran, otros saludan a Dolly con afecto. Vendedores ambulantes, obreros cansados, guardas de tránsito, gente que termina el día y otra que inicia la jornada nocturna: no pasan dos minutos sin que alguien esté probando o comprando morcilla.

***

Es lunes y hoy Maria Dolly no tiene gimnasia, a diferencia de los martes y los jueves. Está levantada desde las cinco y media de la mañana, ya despachó a su hijo, arregló la casa y ahora lava una tanda de ropa. Estas labores son bien conocidas para ella, pues desde los doce años hasta los 34 trabajó en casas de familia y en una empresa de aseo.

Nacida el 2 de junio de 1960 en Santa Bárbara, Dolly aterrizó en Medellín siendo bebé. Su infancia la pasó en el barrio Popular Número 1 y antes de llegar a Enciso vivió en Villatina y en el Doce de octubre.

Allí, en este barrio de Robledo, Dolly se quedó sin empleo y le dio un giro a su vida. “Estaba muy aburrida, con tres hijos que mantener y una vecina me dijo ‘venga yo le enseño a trabajar’ y me enseñó a hacer morcilla. Al principio era muy duro, el menudo venía muy sucio, lavarlo era muy difícil”, recuerda Dolly, que empezó a vender en el cruce de Colombia con Cundinamarca antes de emigrar a la Oriental. “Tengo permiso de espacio público, lo conseguí porque tengo una hija especial con problema mental moderado”, Dolly mira a la puerta, su hermana acaba de llegar para ayudarle a preparar lo que venderá en la noche.

Veinte libras de morcilla, cinco buches y dos cagaleras -el último tramo del intestino grueso del cerdo- son las viandas a cocinar. Dolly desempaca y lava tres intestinos enteros, tres tripajes delgados y cinco buches. Con una varilla de hierro voltea las tripas para que el agua limpie hasta la última arruga. Aunque ya el menudo viene prelavado, Dolly nunca deja de pegarle una juagadita. Luego lo reposa durante horas en un balde de guineo licuado con cáscara. Después lo lava de nuevo y le echa piedra lumbre para que amarre y quede suavecito. Previamente ha cocinado y enfriado el arroz, y su hermana ha picado la cebolla de rama, los gordos y el cilantro. Todo lo revuelve en otro balde con ajo, comino y ocho litros de sangre licuada. Con ese guiso rellena las vísceras y las hierve en dos galones de agua durante 35 minutos. Tras dos horas y media de cocción, los manjares están listos para ser consumidos.

***

A las siete de la noche Dolly vende la última cagalera. La mujer que espera frente a la olla observa las manos de Dolly, enguantadas con bolsas, esculcando el tripaje hasta que pesca la presa. “Eavemaría, qué belleza”, exclama la cliente como si estuviera ante un ejemplar único. Dolly se la empaca y la mujer, de bombacho, se va arrastrando sus chanclas contra el baldosín. Han venido otros personajes como Jeison, un obrero que picó y echó pala todo el día en una obra en El Poblado; aunque Dolly lo mínimo que vende son dos mil pesos de morcilla, a veces entrega una porción por quinientos o mil pesos. “Hay gente más necesitada que uno, ahora estoy bien, pero me tocó muy duro, al principio tenía que subirme a los buses por la puerta de atrás y cocinaba a vela”, relata Dolly mientras vende otro buche por cinco mil pesos. Los otros tres quedarán para mañana.

Con pasos apurados llega doña Amparo, saluda con efusividad a Dolly y le pide dos libras de morcilla. Ya es poco lo que queda en la olla. Amparo madrugará mañana al batallón Bomboná y les llevará el almuerzo a sus dos hijos y a otros muchachos. “Lo único que cargamos los pobres es comida como un berraco”, dice Amparo, y guarda la rellena en el bolso. Esta misma noche la troceará y la meterá en cocas plásticas, acompañada de arepa, tajadas de maduro y papa cocida. Con casi todo vendido, Dolly llama al taxista, esta noche quiere dormir temprano. Mañana tiene gimnasia. 


El tedio de la fama

GGM (1927/2014)

Un apartamento regentado por la señora de la cultura de la época.
Llega el Nobel y se enfría el ajiaco.
El escritor consagrado añora su cueva.

El tedio de la fama

por EDUARDO ESCOBAR • Viñeta de Miguel Bustos


Número 54 Abril de 2014

Recuerdo que Manuel Mejía Vallejo definió la fama como eso que permite que algunos nos tachen de hijueputas sin habernos tratado jamás. Quiero y admiro a García Márquez y juro que la mañana cuando escuché que le había sido concedido el premio Nobel se me atragantó el desayuno de la pura alegría, pues aunque muchos lo esperábamos, también era una bella sorpresa. Pero sobre todo, más que la sabiduría del prosar, aprendí de él que la gloria tiene un peso espeso, y que puede convertirse en un problema engorroso.

Lo que más sorprende en GGM, como dejé dicho en el ensayo que le dediqué en Cuando nada concuerda, es el modo como lo quería todo el mundo. Personas en desacuerdo en todo lo demás como Fidel Castro y Bill Clinton, por ejemplo, coinciden en la admiración por el autor de Cien años de soledad. Una novela estrambótica que devolvió el género a los tiempos de Las mil y una noches; un anacronismo, después de los refinamientos de Joyce y Becket y de los narradores del objetualismo francés, que habían convertido la novela en otra cosa, llevando el género a límites inhumanos.

En una entrevista GGM condenó a Arnold Schömberg y, extrañamente para mí, al expresionista Stravinski, porque dijo habían llevado la música a una crisis sin salida ni inspiración. Pero defendió a Béla Bartók, el músico húngaro que al parecer lo acompañó durante la escritura de El otoño del patriarca. Esto explica quizá su decisión de escribir una novela que rescatara el género de la técnica pura, contra los novelistas de vanguardia, y también su apego a la cultura popular que confesó siempre. Béla Bartók, aunque a veces coqueteó con el dodecafonismo de la escuela de Viena, en los más ásperos de sus cuartetos, permaneció apegado siempre a las canciones de su patria, a la música del pueblo de ese país extraño que ha pasado por tantas desgracias entre el nazismo y la tiranía de Stalin hasta hoy.

Amalgamando los vicios temáticos del absurdo de Kafka, a quien conoció en la juventud, con la andadura barroca de Faulkner que debió enseñarle a leer su amigo Cepeda Samudio; tomando las delicadezas del piedracielismo bogotano que había descubierto en el colegio de Zipaquirá y cantando su gusto por los boleros y los vallenatos, GGM consiguió hacerse a una voz tan personal que resulta inconfundible. No importa cómo se formó el portento. Importa más el hecho misterioso de que su manera de testimoniar este mundo le mereciera esa gloria que le cayó encima como un martillazo en la cabeza después de la publicación de Cien años de soledad.

¿Es probable que por las leyes de la compensación que según algunos rigen la vida, el tributo amoroso que se le rinde en todas partes sea el premio de consolación por una infancia solitaria en una casa llena de viejos, en medio de una familia innumerable y extraña, y separado tempranamente de unos padres a quienes incluso dejó de reconocer y apenas aprendió a querer? Quién sabe. Su autobiografía narra cómo la vez que se encontró con su madre después de años de no verla, descubrió que la había olvidado. Y en la biografía de Gerald Martin, el padre es la sombra inodora de un extraño que se obstina en vivir cambiando de rumbo cada semestre para encontrar siempre otro fracaso al final, otro fracaso cosechado sin ruido. Los dos, el padre y la madre, son unos seres ajenos a su vida. Y eso siempre entristece.

A GM todo le sucedió con la misteriosa naturalidad con que suceden las cosas en los cuentos de hadas y en los relatos de milagros, desde cuando se encontró con un fauno en un tranvía bogotano mientras él iba leyendo versos de Jorge Rojas, hasta cuando conquistó el amor universal de los lectores, en chino, swahili y checo, y en las otras lenguas surgidas de la confusión de Babel. Pero el privilegio de la fama le vino con el descubrimiento de que ésta puede convertirse en una desgracia. El hombre tímido que discurre como algunos caribeños melancólicos entre frases despedazadas dichas en tono de confidencia, el que había querido ser visible solo para sus amigos de Barranquilla, resultó involucrado, casi sin querer, en la farsa colosal de los honores del mundo. Y a partir del día cuando en un teatro de Buenos Aires la gente recibió su ingreso en la platea con el chaparrón de unos aplausos, para agradecerle la novela de la familia Buendía, las cámaras lo siguieron a todas partes: por los abrevaderos de ron y los comederos de butifarras del Caribe, en el Elíseo cenando con un presidente francés, entrando a desayunar en el palacio de un rey hiperbóreo y hasta encerrado en el Vaticano con un papa que no puede abrir una puerta trabada. Para defenderse dijo que la novela que lo arrastró a la notoriedad era una mamadera de gallo, nada distinto a un vallenato largo. Pero fue en vano. La gente siguió confiando en sus fantasías y pasando por las librerías para hacerse a sus tósigos, a sus relatos opiáceos reproducidos en ediciones millonarias.

Gabito, como le dicen muchos que jamás lo vieron, pagó el afecto que vino a equilibrar las soledades de la niñez con los embrollos de esplendores de una fama de la cual jamás dejó de quejarse. “Estoy hasta los cojones de García Márquez”, dijo una vez. Pero también es posible que tanta honra lo halagara al final. Porque después de la celebración de su octogésimo aniversario, cuando reunió en Cartagena a sus amigos más eminentes, incluido un rey de España, el hombre más rico del mundo y un ex emperador gringo, le dijo a su biógrafo inglés con zumba de vanidoso: “Me encanta que hayas venido para que nadie pueda decir que fue mentira”. Unas palabras que se pueden interpretar como un reproche póstumo al padre que solía repetir que el más glorioso de sus hijos había sido un mentiroso desde chiquito y que no entendía por qué hacían tanto alboroto a su alrededor cuando había otros escritores en la familia. La madre, doña Luisa Santiaga, cuando supo que le habían otorgado el Premio Nobel solo se alegró pensando que al fin le iban a arreglar el teléfono. Y cómo puede uno convertirse en el escritor más famoso de su siglo cuando su madre se llama Santiaga y a uno lo distinguen como Gabriel García

Pero todas estas cosas están dichas ya por la crítica propia y la ajena. Lo que no he contado, gracias a un capricho del disco duro de mi máquina Apple, es la historia de la tarde en que conocí al monstruo. Fue en un almuerzo bogotano cuando se me reveló la crueldad de la fama y cómo puede trastornar la vida de un hombre bajo la forma del aislamiento. Fue en la casa de Aura Lucía Mera, entonces directora de Colcultura. Aquella tarde la casa estaba como siempre en las fiestas de Aura Lucía, atestada de señoras caleñas cada una más increíble que la otra, llenas de gracias espirituales, atributos faciales y delicadezas de bulto; y de poetas, pintores y políticos. Nadie sabía que un Premio Nobel estaba invitado al ajiaco. La charla se animó en un delicioso relajamiento fraternal a medida que corrieron los vinos de los preliminares. Hasta cuando, pasada la una en el reloj, sonó el timbre. Y una señora, la más hermosa de ojos, abrió los tesoros de los suyos como dos platillos voladores, y musitó mirando al zaguán como si hubiera aparecido el diablo: “García Márquez”. Y se arregló el escote y la falda como si se dispusiera a recibir al Padre Eterno y no a un simple Premio Nobel. El hombre entró en la sala del brazo de un conspicuo caballero de industria de apellido vasco cuyo nombre olvidé, y venía trajeado, si la memoria no me engaña con el prejuicio, con una de esas chaquetas de cuadros que le merecieron el remoquete de ‘Trapoloco’ entre los choferes de la Arenosa y que después fue puliendo en los tratos palaciegos. Y se acabó la fiesta. Todo el mundo se puso a hacer un papel. O como quien dice, todo el mundo extravió su autenticidad, cada uno se puso la cara más inteligente y en apariencia más interesante de la colección de caras sociales que todos llevamos en el almario. Yo traté de distender el ambiente con una trivialidad a propósito del premio de poesía que se acababa de ganar Jotamario. Pero nadie me oyó por mirar la reliquia de hombre. Solo el invitado principal me miró como quien echa un vistazo a un florero. Muy ocupado atendiendo a una santísima trinidad de señoras que trataban de convencerlo de que en Cien años de soledad había contado sin querer la historia de sus propias familias (todas las familias creen lo mismo entre Constantinopla y Siracusa y entre la China y Chinchiná), de modo que el de Aracataca comenzó a transpirar aburrimiento. Y puso un gesto de lástima y unos ojos de espanto indecible.

Recuerdo que los invitados comenzaron a ocupar por turnos el taburete contiguo al del maestro para tomarse una fotografía con él. Y que él soportó el ritual por cortesía pero con el fastidio inocultable del que espera el turno de su crucifixión. Y que empezó a chorrearle por todos los poros un tedio corrosivo que decoloró los cuadros de la chaqueta estrafalaria. El hombre aprovechó cuando el fotógrafo tuvo que cambiar el rollo exhausto de la cámara recalentada para huir a la cocina, detrás de la nevera, donde instaló su plato y su servilleta en la mesa de picar cebollas, en compañía de una muchacha recién llegada de cantar canciones de protesta en París.

Me enorgullezco de mi gesto humanitario. Cuando Jota, mi amigo, el poeta nadaísta, me invitó, él que es como es, a hacerme la toma de rigor, me negué en redondo y le dije: “Dejen tranquilo a ese pobre señor, por Dios”. Y me parece recordar que GM me miró con ojos de ternero agradecido. Y si no fue así debió hacerlo. 

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Las viñetas que acompañan estos textos fueron tomadas del libro GABO. Memorias de una vida mágica. Una historia ilustrada de la vida de Gabriel García Márquez. Con guión de Óscar Pantoja e ilusstraciones de Miguel Bustos, Felipe Camargo, Tatiana Córdoba y Juan Naranjo, Rey Nrnjo Editores, 2013.



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Un silencio sostenido

Un silencio sostenido

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ


Número 45 Mayo de 2013

El maestro llegó del Centro y se puso a sintonizar un radio de tres bandas, de esos en los que se pescan las frecuencias más remotas. Entre el ronquido hertziano alcanzó a oír las notas de Hacia el calvario, transmitidas por Radio Moscú. La música había cruzado la Cortina de Hierro, y en ese momento él la estaba oyendo allí, en su casa de Pichincha, en el barrio El Salvador.

No les dijo nada a sus hijos, apagó el radio, abrió el piano y siguió pulsando las teclas hasta el mediodía, en el almuerzo, cuando le comentó a Raquel, su esposa, que los rusos estaban poniendo esa canción.

Este Carlos tan requeñeque para hablar, diría ella. ¡Cómo es que oye su propia canción por allá, desde el otro lado del mundo, y se queda callado!

Iba al Café La Bastilla todos los días a encontrarse con León Zafir, ‘El Vate’ Gonzalez, Tartarín Moreira o José Mejía y Mejía, los infaltables de esa mesa. Vieco anclaba allí, pedía un tinto, se lo bogaba en silencio, sin dejar de teclear en las rodillas el piano invisible que siempre llevaba consigo. De pronto, se sorbía el poso del café, se paraba y decía: “bueno, hablamos…”. Y esas podían ser las únicas palabras que decía en toda la mañana.

Oía en su cabeza acordes y arpegios todo el tiempo, y pensaba que el resto del mundo también los oía y por eso no hacía falta decir nada. Su cabeza bullía como un panal de notas. “No me pregunte nada, por favor”, decía con frecuencia al gacetillero de turno que soñaba con la entrevista a ocho columnas. “Dígame qué quiere que le toque”, agregaba, para no parecer desatento.

Al cumplir los dieciocho, y ante el temor de ser reclutado para el servicio militar, Carlos Vieco se refugió en casa de sus padres durante tres meses. Allí llegó un pariente a sugerirle que huyera hacia la parte alta del cerro El Salvador. La idea le quedó sonando y se sentó a componer la canción Echen pal morro, un llamado a la desobediencia en ritmo de pasillo.

En la Escuela de música de Santa Cecilia el maestro de Vieco, Jesús Arriola, convenció a unos intérpretes para que la tocaran. La melodía se estrenó con aplauso cerrado en el Circo España, el escenario más popular de Medellín en los años veinte. De golpe, la pieza comenzó a ser parte del repertorio de los rollos de pianola, la música mecánica que sonaba a lo largo de la Villa. Pocos sabían que su autor era un tímido joven que enseñaba guitarra a las señoritas de la alta sociedad.

Carlos intentaba componer desde los siete años, según la leyenda familiar. Su padre, don Camilo Vieco, ebanista de profesión, también interpretaba varios instrumentos, pues había heredado el gusto por la música de su padre Emigdio Vieco, un flautista de origen italiano radicado en Yolombó en el siglo XIX.

Después de emigrar a la capital de Antioquia desde el Nordeste, Camilo conoció a María Teresa y fundaron un hogar curioso en estas tierras. Si para cualquier patriarca antioqueño la idea de que un hijo suyo se vuelva artista es sinónimo de bohemia, pobreza y holgazanería, Don Camilo en cambio pensaba que este era el mejor destino para su prole. Así que no solo matriculó a los nueve en escuelas de arte, sino que además les infundió el gusto estético que lo llevó a tallar en madera el altar mayor de varias iglesias, a tocar guitarra y a componer pasillos. Al cabo del tiempo los hermanos de Carlos no fueron diletantes sino artistas de verdad: músicos, pintores y escultores con obras renombradas. Carlos, el benjamín de la casa, después de estudiar en el Liceo Antioqueño aprendió dictado musical y armonía, como el resto de sus hermanos, para luego conformar la orquesta de los Vieco, que era un furor en los bailes de salón y en los festivales de la canción antioqueña.

Otra de las piezas más celebradas del maestro fue su obra Noches de Agua de Dios, compuesta a beneficio del leprocomio donde estaba recluido el también compositor Luis A. Calvo. Faltaban solo doce días para el acto benéfico cuando desde Agua de Dios encomendaron a un locutor que entregara la letra a Gonzalo Vidal, autor de la música del himno antioqueño. Este pretextó que era muy poco tiempo para inventar una melodía. Sugirió el nombre de ese muchacho que había compuesto Echen pal morro, cuyo talento apenas empezaba a trascender. “Ese lunes llegué a la casa, me senté al piano y me dediqué a escribir –dijo Vieco un día que andaba locuaz–. Francamente no creo que me haya demorado más de media hora. Al día siguiente, martes, madrugué, como suelo hacerlo desde joven, y le llevé la música al locutor”.

Después del estreno en el Teatro Bolívar, la facilidad para componer y el talento que resonaba en las melodías de Vieco empezaron a pregonarse por todo el país. El propio Luis A. Calvo, autor del Intermezzo número dos, vino a conocer a ese prodigio de la lied paisa. Tocaron a cuatro manos varias piezas, pero después de la visita las tías de Carlos lo obligaron a bañarse en alcohol, porque cómo se le ocurría tocar en el mismo piano con un leproso. Vieco quedó contagiado del deseo de hacer una música refinada como la de Calvo. Varias circunstancias se cruzaron para frustrar la obra que quería hacer, a la que le dedicaba largas horas y que guardaba con orden en un secreter de tres piezas. Esta música, compuesta en más de tres mil partituras, tiene un aire algo distinto de las canciones del sentir popular, las que el mercado y los poderosos le impusieron, junto con las medallas para adoptarlo como un símbolo de la raza montañera.

Hasta hoy la imagen que tenemos de Vieco es la de un compositor popular. Sus piezas aluden a escenas bucólicas que recuerdan lo que se va quedando atrás por el delirio de modernidad y la migración de los campesinos hacia la urbe. A eso tal vez se deba el eco emotivo de canciones como Adiós casita blanca o Tierra labrantía, que obligaron al maestro a hacerle más caso a ese sentimiento que a su propio deseo de hacer otra clase de música.

En 1937, en otra sesión con sus amigos del Café, León Zafir le entregó una letra para que la enviaran a un concurso que organizaba Bellas Artes. En la misma mesa el autor sacó las notas en veinte minutos. No pasó nada esa vez, y entonces Vieco, algo dolido, la mandó a un concurso en Estados Unidos, porque le gustaban las competencias. Para este segundo concurso sí les avisó a los suyos que iban a dar el veredicto por radio. Se reunieron en la sala alrededor del transistor. Un locutor de una cadena americana anunció en español los nombres de las canciones. El grito unánime se escuchó en todo el barrio. Te vi cultivando rosas había quedado de tercera entre quinientas canciones de Latinoamérica.

El reconocimiento público no disipó su inspiración, que ya tenía domesticada a punta del ejercicio cotidiano frente al piano y la escucha intensiva de las piezas en el almacén musical de su hermano Alfonso, en la Avenida De Greiff. Vieco se sentía atraído por la música europea, en especial por el vals, la zarzuela y la opereta. En alguna ocasión comentó: “qué dirá la gente si escucha estas cosas, les debe sonar muy raro”.

En 1937 se estrenó en el Teatro Junín como director de su opereta El romance esclavo, con letra de Arturo Sanín. La trama de la obra es la historia de una dama de alcurnia que en un veraneo en Santa Fe de Antioquia se enamora hasta la perdición de un esclavo. Al regresar a la Villa de la Candelaria sus padres la destierran, pues la noticia de su aventura ha llegado antes que ella. Entonces interviene Juan del Corral, quien pugna por abolir la esclavitud y favorece el encuentro de los amantes furtivos. El arrebato amoroso se convierte en el detonante principal de la independencia de Antioquia.

Aunque a las funciones iba poca gente, Vieco estaba contento con su labor de director de opereta, mientras su esposa Raquel llevaba con firmeza la batuta de un hogar con diez hijos y otras cargas de las que no podía entenderse alguien que solo pensaba en componer otra melodía aún más pegajosa que la anterior, o una contradanza para su secreter. La posteridad daría cuenta de otro Vieco, más sutil y profundo, un autor refinado a la altura de Schubert y otros maestros vieneses. Raquel entendía con admiración los largos silencios de su marido, y hasta se reía de ellos en público. Contaba que Carlos se hacía el que escuchaba las confidencias de ella mientras oía esa música interior.

El mutismo del maestro se hizo más hondo después de una tragedia familiar de la que no logró reponerse. Al regresar de su recorrido por el Centro no encontró a nadie en casa, y algunos vecinos de la calle Pichincha le contaron que a uno de sus hijos menores lo había arrollado un bus de servicio público al volver del colegio. La muerte del pequeño lo sumergió en la honda pena de la que habla una de sus canciones. Desde entonces, Vieco, triste y lejano, se refugió otra vez en la creación de una música que parece replicar el tono de su emoción de esos años.

Como saben los pocos conocedores de su obra, los que han repasado las partituras que solo interpretó en su cabeza, Vieco compuso obras en todos los géneros de la música andina. Les puso melodía a poemas de Barba Jacob cuando este aún vivía, y a los de cientos de escritores anónimos que tocaban a su casa para entregarle un papelito o se lo tiraban por debajo de la puerta, con la pretensión de que el maestro pusiera a sonar sus estrofas. Cuando alguna letra le gustaba empezaba a agitar el índice para medir los compases.

En los sesenta, el pasillo, el bambuco y la guabina fueron quedando a un lado por la irrupción de la música costeña de la mano de Lucho Bermúdez, otro prolífico. Vieco, que también hizo galerones, torbellinos, marchas, valses y zarzuelas, e incluso un réquiem de broma para un contertulio del Café La Bastilla, sufrió un traspié creativo. Cuando los productores empezaron a pedirle ritmos que surtieran la fiebre tropical, el maestro, por primera vez en su larga historia de genio repentista, se declaró impotente para traer una cumbia al mundo. Llegó a componer tangos para Agustín Magaldi y obras para Juan Pulido, el divo de Columbia Records, pero pedirle cumbias era demasiado.

Mientras tanto, con su clarinete caribeño, Bermúdez se hacía seguir de un séquito de muchachas hasta el lugar de la pachanga, como en el cuento El flautista de Hamelín. Una tarde el músico costeño y su cola de embrujadas llegaron hasta una finca que tenía Bernardo Vieco, hermano de Carlos, en las lomas de Robledo. El recato de la época los obligaba a hacer los bailes de día para que dejaran ir a las mujeres. Cuando ya la fiesta estaba prendida, se largó un aguacero que se extendió hasta por la noche. Las niñas dejaron de bailar, empezaron a agitarse nerviosas de un lado a otro del zaguán, con temor a la sanción de sus padres por la tardanza. Entonces Lucho Bermúdez, que no pudo convencerlas de que siguieran la rumba, se sentó a componer, en media hora, un tema a manera de crónica sobre lo que estaba pasando: Sal si puedes, un porro que se volvió inmortal. Pedirle a Carlos Vieco una pera de esas era el colmo, sobre todo después de la muerte de su hijo.

Los figurones del espectáculo que visitaban Medellín tenían en sus agendas una visita obligada a la casa del maestro, y se hacían tomar fotos con él mientras Vieco, como siempre, callaba y volvía a preguntar “qué quiere que le toque”. Al final de sus días, cuando una enfermedad lo postró, eran sus hijos los que iban a tocarle sus canciones. Vieco se sintió desesperar con los sonidos de sus propios ritmos, y ordenó que nadie volviera jamás a tocar ese piano.

En una de las escenas de La puntual inspiración, un documental que estaba grabando en casa del maestro, su hijo Julián Vieco, violinista jubilado de la Orquesta sinfónica de Bogotá, extrajo del secreter una partitura, la ensayó en su cabeza un rato y luego se puso a tocar una fantasía colombiana indescriptible, porque como decía el mismo Vieco, “hay otros que tienen palabras para todo, pero yo no he podido”.

“Creo que es la única vez que eso se ha escuchado –me dijo Julián, conmovido–. Lástima que usted no sea músico para entender lo que yo siento”.

A su funeral de tres días asistieron, además de sus amigos, próceres de la república, tunas, coros, reinas de belleza. La multitud tarareaba entre llantos la música de Hacia el calvario, que acompañaba el cortejo. Los amigos del Café sabían que esa obra no tenía una intención religiosa sino que era otro de los poemas de León Zafir, en el que el poeta describía su ascenso por una montaña hacia la cárcel de Concordia mientras la policía de rentas lo llevaba a empellones. Al bohemio Zafir lo habían sorprendido por esos caminos transportando tapetusa de contrabando.

El diario de la parroquia tituló No faltó nadie. Y eran tales los duelos y gemidos, que la propia viuda tuvo que tomar un megáfono para pedir que por favor no crecieran el dolor con tanto llanto porque lo que más quería Carlos Vieco era silencio.

Familia Vieco Ortiz. Fotografía Rodríguez. Carlos en el extremo izquierdo. 1944.


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Miércoles de striptease

Miércoles de striptease

por ANDRÉS DELGADO


Número 14 Septiembre de 2012

¿Por qué vamos donde las putas?
Por fetichistas y lujuriosos. Por salir de la rutina de la cama propia y saciar la curiosidad por un cuerpo ajeno y, lo mejor, un cuerpo fácil. Nos gusta el striptease porque nos fascina ver mujeres desnudas, porque de vez en cuando nos atrae el submundo y porque a estas mujeres se les puede dar palmaditas en el trasero a cuero limpio. 

El escritor Santiago Gamboa decía que si no existieran las putas tendríamos que suprimir más o menos el cincuenta por ciento de la poesía y el arte. “Es difícil dar con un poeta que no haya sido putañero o burdelesco”, escribió Gamboa. Y es verdad. La lista de los colombianos podría ser encabezada por León de Greiff, Mejía Vallejo, Mario Escobar, RH Moreno Durán, García Márquez, Barba Jacob y seguir nombrando escritores, incluyendo al propio Gamboa, hasta el final de la crónica.

Es miércoles, son las ocho de la noche y el grill La Barra Ejecutiva está casi vacío, a no ser por cinco tipos solitarios y una docena de chicas en minifalda que vagan por las mesas. Hoy es un mal día para ellas. En el local suena una salsa: Es Mark Anthony. En pleno centro de Medellín, el lugar es como cualquier striptease: música estridente, luz roja y una tarima con esqueleto de barras plateadas. El sector de la ciudad es uno de los más peligrosos. Una cuadra abajo hay cantinas herrumbrosas, burdeles sucios, residencias de mala muerte, niñas de la calle, plazas de vicio, gamines, travestis y cacorros. Todo lo más sórdido de Medellín.

La salsa deja de sonar y retumba una música discotequera. El discjokey anuncia: Con ustedes, caballeros, Andrea en la pasarela.

Sube a la tarima una muchacha delgada con un babydoll negro y tacones puntilla. Sus piernas están enfundadas en medias de malla hasta la mitad de los muslos.

—¡Disfruténla! —dice el dj—. Y se prepara Claudia, otro pastelito para la noche —anuncia.

Sin querer estoy moviendo la cabeza al ritmo de la música disco. Andrea es blanca y se contonea yendo de un lado a otro de la tarima. Desde mi puesto, pegado de la pasarela, levanto los ojos para mirarle el trasero.

Luego de unos minutos, la música cambia. Ahora suena una balada ochentera y Andrea se va para el extremo más iluminado de la tarima. Esforzándose por parecer sexy, se quita el brasier y luego la tanga. Sus pezones son rosados como carne de salmón. Quítele a una mujer lo que quiera, pero déjele los tacones y el liguero. ¡Andrea se ve maravillosa! A medio metro de mi nariz, Andrea se pone en cuatro, me ofrece el trasero y veo cómo revuelve sus carnes temblorosas. Sus porciones son como manzanas. Provoca morderlas. Andrea se acuesta, gira y me enseña a sangre fría su sexo lampiño. Todo desaparece para mí. Las mesas, los hombres, la música, las calles, Medellín, el mundo entero ya no tiene sentido, y ahora sólo existen esas pequeñas y rosadas cortinas verticales. Con gran esfuerzo levanto el rostro para mirar los ojos de Andrea. Su mirada es fría. Incluso, parece que me odia. De golpe, vuelo a la realidad. Andrea no lo está disfrutando. Baila y se toca el cuerpo como tocando cualquier cosa. Tiene el sexo seco. Me decepciono y tomo un trago de cerveza. Guillermo, un amigo putañero, alguna vez me dijo que: “a las putas se les mira el culo, pero nunca los ojos.”

Recuerdo que estoy allí para contar lo que veo. Entonces miro a los clientes. Andrea se arrastra por la tarima como una pantera y exhibe su sexo sin pudor a otros ojos. La balada sigue sonando duro. Los tipos miran ganosos. Sus ojos son prolongaciones de las manos, palpando, tentando cada porción de la carne de Andrea. Mi vecino se frota el rostro con energía. Está ansioso. La chica le desata ese feroz animal interior que quiere morder carne, lamer cuello, amasar piernas, chupar, empujar, apretar y reventar. Estas mujeres explotan la lujuria, para su provecho, y para el nuestro. Quizás si nuestras novias fueran tan lujuriosas como nosotros, no tendríamos nada qué hacer allí. El dicho popular es cierto: “Nada como una señorita en la sala, pero bien puta en la cama”. Alguna vez, una amiga me dijo que en el fondo todas las mujeres son unas putas, pero el miedo y la vergüenza las reprimen. Josefina Licitra, en una violenta diatriba contra los hombres que van donde las putas, confesó que lo que más la irritaba de un putañero es que le estaba dando a ella el lugar de santa. “Y yo, que cada tanto sueño con ser puta pero soy periodista, no me lo merezco”, concluye Josefina.

Andrea tiene el coño rasurado. Si Henry Miller viera lo que estas mujeres le hacen a su pubis, se moriría de asco. Para Miller, el misterio de un coño está en sus vellos ensortijados. Un coño rasurado no es un coño de mujer, es una tierna fracción infantil. Bukowski decía que el mejor amuleto no era guardar una pata de conejo en el bolsillo, sino acariciarle el pubis peludo a la novia.

El show acaba y Andrea recoge sus trapitos, desciende de la tarima y en las escalas se viste. La escena me parece más seductora que la anterior: Una mujer en tacones resbala por sus muslos una tanga negra y se ajusta un triángulo negro donde no hay triángulo negro. Andrea se pone los calzones de manera natural, sin el falso erotismo con el que se los quitó. En la naturalidad está la seducción. El verdadero arte de Andrea no es quitarse la ropa sino ponérsela.

La noche sigue con pocas variaciones. La serie de chicas que se empelotan en la tarima hace casi los mismos numeritos de Andrea y luego recorren las mesas pidiendo una colaboración. Para variar, le pido a una chica que se siente conmigo. Es una mezcla de niña-puta, aunque sé que no es tan niña. Es un truco de la oscuridad. Tomamos cerveza. Le pregunto cuánto vale “el cuadre”.

—Para usted, papi, vale ochenta mil.

Me doy un trago largo de cerveza. Sé que está cobrando según el marrano. Lo normal son sesenta, incluido el preservativo y la pieza. Pero eso está bien, que se aproveche de los incautos y cobre alto por su trabajo, cuando tenga oportunidad. Soportar el peso de un desconocido, que empuja y suda grasa, no es un trabajo para cualquiera.

Termino con la cerveza y me voy. Es paradójico que, mientras a los poetas les encantan las putas, lo cierto es que para la mayoría de estas mujeres su oficio resulta un trabajo de perros.


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La ciudad de 1913

La ciudad de 1913

por VERÓNICA PERFETTI


Número 32 Marzo de 2012

El plano Medellín Futuro, trazado hace casi 100 años luego de un concurso público, intentaba un primer orden para una ciudad que comenzaba a mirar el ejemplo de las grandes metrópolis. Puesto sobre la mesa se puede mirar como una especie de fotografía aérea, un retrato de los ilustres de la villa, una hoja de valorización y una utopía rayada por la realidad.

El catastro levantado en 1913 por orden del Concejo de Medellín registra 275 manzanas para una población, según el censo del año anterior, de 70.547 habitantes en el distrito y cerca de 50.000 en el área urbana. La ciudad tenía una nueva dinámica de desarrollo marcada por la prolongación del ferrocarril a Bolombolo, la gran producción de café en el departamento, la expansión de las industrias, la construcción de varias carreteras y el desarrollo de la riqueza petrolífera del país.

En este marco de ciudad los hechos urbanos que consolidaron una trama se situaron sobre el núcleo central de la vieja ciudad colonial y su inmediata periferia: Guayaquil, San Antonio, Buenos Aires, Villa Nueva y la parte baja de Bolívar, inmediata a la quebrada Santa Elena y al río Medellín.

Es posible describir así el área del ensanche que se estaba produciendo: al Oriente la zona de mayor presión por las urbanizaciones esporádicas; la quebrada Santa Elena demarcaba dos sectores de población socialmente diferenciados: al Norte incluía la parte alta de Villa Nueva, unas tres cuadras más desde la Catedral y cuatro más hasta Carabobo. En la parte baja de la zona Norte abarcaba las tierras circunvecinas al río que hacía las veces de límite natural. En el Sur la calle San Juan servía de lindero. En 1905 se había señalado un marco urbano para la ciudad que se amplió en 1912. No está de más acotar que con el barrio Berlín se empezaron a construir en Medellín, a partir de 1917, las grandes urbanizaciones situadas por fuera del perímetro urbano.

Los alrededores del Parque de Berrío mantuvieron su condición comercial, lo cual incidiría de manera significativa en los costos de la propiedad. Guayaquil conformaría un centro de servicios de alcance regional con la plaza de mercado y la Estación del Ferrocarril. Algunos de los centros comunitarios, sociales y personales de asistencia mantuvieron su asiento en la traza colonial. Sin embargo, la plaza de mercado y la plaza de ferias se localizaron con nuevas instalaciones sobre los bordes del límite urbano, y algunas fábricas y trilladoras compartieron estas áreas de extramuros. Los centros educativos de mayor atracción, la Universidad de Antioquia y el Colegio San Ignacio, junto a la Iglesia de San Francisco, conformaban la plazuela José Félix de Restrepo. Villa Nueva albergó los centros vinculados con la élite: el Circo España y años más tarde el Palacio Episcopal.

Medellín Futuro

En el número de abril 18 de 1910 del periódico La Organización, la Sociedad de Mejoras Públicas (SMP) convocó a un concurso público para premiar “el mejor plano” de Medellín Futuro. El citado concurso se sumaba a las conmemoraciones del centenario de La Independencia, iniciativa de la Sociedad San Vicente de Paúl dirigida a exhibir los avances industriales. Los términos de la convocatoria estaban orientados a mantener como base la ciudad existente, proponer modificaciones sobre el espacio público y proyectar las futuras vías determinadas entre el puente de Guayaquil, sobre el río Medellín, las tierras Cipriano (situadas arriba del Bosque de la Independencia) y las partes baldías del Oriente, aprovechables para urbanización. Este concurso planteó la posibilidad de recoger las sugerencias de la opinión informada. Paralelamente, la SMP, ente creado para el embellecimiento y ornato de Medellín, solicitaba apoyo al Concejo Municipal a través de la creación de un Acuerdo que adoptara el plano ganador como oficial, y tomara las medidas legales para asegurar el desarrollo futuro de la ciudad dentro de los parámetros de los trazos del primer puesto.

Un concurso para un proyecto urbano

En 1907 Ricardo Olano partió a Washington en viaje de negocios. Hijo de minero procedente de Santo Domingo, Antioquia, llegó a Medellín a principios de siglo y se desempeñó no solo como comerciante sino como inversionista, industrial, urbanizador y político liberal. Participó en el Concejo de Medellín en 1914 y 1918, y fue miembro más que activo de la SMP.

Olano perteneció a la élite que lideró el progreso de la ciudad entre 1900 y 1930. El ingeniero Jorge Rodríguez lo definió como el más “progresista” de su generación. Su personalidad decidida y pujante, sus dotes especiales y su visión original hicieron de él un pionero de la urbanística, reconocido en Colombia y en el exterior gracias a su participación en congresos internacionales y a su actividad como director de la revista Progreso, órgano de la SMP desde donde mantuvo un intercambio de información sobre la ciudad colombiana y el urbanismo en Estados Unidos, México, Suramérica y Europa. Para entender su visión cosmopolita basta saber que el plano de la nueva ciudad de Canberra, Australia, fue presentado y comentado en Progreso.

La visita de Olano a la biblioteca del Congreso de Washington dio a Medellín, si se la compara con el resto de las ciudades colombianas, la posibilidad de adentrarse tempranamente en algunos aspectos de la modernidad. De esa visita surgió su inquietud de realizar un “plano de la ciudad futura”. Su utopía en aquel momento era visualizar un desarrollo racional para Medellín, como más de un siglo antes lo había hecho Pierre Charles L’Enfant para la capital de Estados Unidos.

La ideología liberal de Giorgio Piccinato fue una directriz permanente de la lucha de Olano. Todos los principios del pensamiento político del italiano: los derechos ciudadanos, la participación pública, la libre actividad económica, la limitación en la intervención del Estado, fueron temas que ventiló en diferentes revistas y en la prensa. En esa reflexión de Piccinato se concluye que “la urbanística tiene en el liberalismo una de sus matrices ideológicas”. Por esto no es extraño que un ciudadano de comienzos de siglo tan progresista forjara los principios de la urbanística en Colombia.

Ricardo Olano

La idea de un plano

La oportunidad se presentó en la exposición industrial de 1910, donde el mismo Olano lanzó la propuesta de convocar a un concurso público para desarrollar un Plano del Medellín Futuro. A la idea se adhirió el señor Carlos Restrepo, quien en el periódico La Organización expuso los lineamientos de su proyecto, enmarcado dentro de las críticas a las condiciones defectuosas del trazado que mostraba la ciudad. Invocando el sentido de previsión que caracterizaba a la SMP, Restrepo presentó la imagen de “un cuadrilátero” con calles anchas que formaran el marco de la ciudad y así definieran un claro deslinde entre lo urbano y lo no urbano, demarcado con avenidas arborizadas. Tendría en sus cuatro ángulos parques o paseos públicos, de los cuales había dos proyectados: el del Centenario y el de La Ladera. Por razones de estética e higiene, Restrepo situaba al Norte, en predios baldíos sobre la carretera de salida de la ciudad, otro parque al cual denominó Parque Central. La financiación estaba inspirada por la experiencia de Nueva York con el Central Park. Los grandes problemas de inundaciones en los terrenos de los ejidos municipales serían resueltos por el cuarto parque, con una intervención de drenajes que lo hiciera aprovechable para lagos y con la siembras de eucaliptos para ir “suprimiendo el foco de infección más eminente que tiene la parte baja de la ciudad”.

El periódico La Defensa, del cual hacía parte el ingeniero Alejandro López, anunciaría el desenlace del concurso con estas palabras: “Para satisfacer la necesidad de que las construcciones futuras de la ciudad se hagan de acuerdo con un plan preconcebido y previamente estudiado y aprobado, promovió la SMP, con motivo del centenario, un concurso para premiar el plano que a una comisión asignada al efecto le pareciera más digno de ser adoptado, plano en el que constataran, además de lo actual, las correcciones que han de hacerse en lo futuro en el trazado de la ciudad, y el modo de prever su ensanche”. El primer premio fue otorgado al ingeniero Jorge Rodríguez y los siguientes a Federico Lalinde y Carlos Vallejo.

Luego de la premiación, el Concejo Municipal y la SMP crearon una comisión integrada por miembros de ambas entidades para perfeccionar el proyecto del ingeniero Rodríguez. Se tendrían en cuenta algunas de las ideas planteadas por los demás concursantes.

Una vez que en el seno de la SMP se conoció y aprobó el Plano del Medellín Futuro, se preparó el documento legal que debía ser refrendado por el Concejo. El 5 de marzo de 1913, Ricardo Olano presentó ante el Concejo la propuesta sobre “el ensanche general de la ciudad en el futuro”, y el Acuerdo fue aprobado en primer debate.

El plano fue elaborado en su fase final por los ingenieros Jorge Rodríguez (autor intelectual), Alejandro López, Enrique Olarte (ingeniero-arquitecto), Ricardo Olano, A. Londoño, José Arango, Horacio Marino Rodríguez (autodidacta de la arquitectura) y el entonces ingeniero del distrito, Mariano Roldán. Dibujaron Horacio M. Rodríguez y J.J. Gil.

Como parte de la reflexión acerca de por qué se hizo realidad este proyecto, es importante destacar el momento coyuntural de voluntad política y conciencia “citadina”. Los integrantes de la comisión del Medellín Futuro fueron ratificados en su cargo por las dos entidades rectoras hasta finales de los años veinte. En síntesis, para que el plano de Medellín Futuro se hiciera realidad, se conjugaron la iniciativa de Ricardo Olano, el empeño de la SMP, el apoyo de la Escuela de Minas, el conocimiento de los ingenieros antioqueños, la voluntad política del Concejo, el interés ciudadano, las pésimas condiciones de salubridad, el desarrollo industrial y la especulación de las tierras a urbanizar.

Un año después el Ingeniero Municipal presentó un informe acerca de la ampliación de la calle San Juan y una zona aledaña que se convertiría más tarde en la plaza de Cisneros. Este proyecto requería la inversión de una considerable suma de dinero de la que el tesoro municipal no disponía; sin embargo, se nombró una comisión para que se entendiera con los dueños de los terrenos. La cuestión fue planteada desde el punto de vista de de la voluntad del Concejo para “hacer de Medellín la ciudad moderna”.

Reglamento para el Plano de Medellín Futuro

El Acuerdo 56 de mayo 5 de 1913 obligaba a dar aviso al Ingeniero Municipal de la pretensión de edificar o reedificar sobre el área circunscrita por las calles de la ciudad, o en terrenos no urbanizados pero comprendidos dentro de la carretera de circunvalación señalada en el citado plano. A continuación se delimitaba la carretera de circunvalación que se iniciaba en el lugar denominado hoy Cuatro Esquinas. Tomando el oriente, bordeaba el gran parque hasta dos cuadras al norte del Cementerio de San Pedro, donde seguía hasta la parte más alta del barrio Pérez Triana. Continuaba por el frente del regimiento y seguía el ascenso hasta el límite del barrio Gerona y descendía por el sur del cerro de El Salvador hasta el Ferrocarril de Amagá.

La junta que asesoraría al Concejo a la hora de establecer las modificaciones pertinentes estaba integrada por el Ingeniero Municipal, dos representantes del Concejo, dos miembros asignados por la SMP y el personero. Tanto los gestores del proyecto como los miembros del Concejo eran conscientes de que si bien el plano intentaba garantizar las condiciones mínimas para la calidad de vida, al mismo tiempo suscitaba conflictos con los propietarios de los predios.

La adopción del plano como realidad obligó a valorar tres elementos que se presentaban en forma simultánea: lo existente como potencial de transformación, lo propuesto como abstracción y realidad del poder ser. Esta compleja tríada condicionaba los pilares que se habían erigido en 1890 como exigencias del momento: higiene, comodidad, ornato.

La atención prestada por Olano a la maqueta del Washington de L’Enfant, con sus claras perspectivas de ejes monumentales rodeados de parques y jardines, no dejó de ser una contemplación, pues solo podría entrever el proyecto de ensanche para Medellín traspasando los límites antiguos y desbordando hacia la periferia en busca de formas capaces de evidenciar la racionalización de la ciudad: la Gran Avenida Central que corre hasta el gran bosque, la Circunvalar que delimita una nueva periferia y congrega la ciudad alrededor de una nueva funcionalidad.

Es posible marcar la vigencia y efectos del Plano de Medellín Futuro como idea de la realización de intervenciones urbanas que cambiaron la faz del Medellín de una aldea a una nueva imagen de ciudad moderna.

La información de este artículo tiene como fuente la investigación Las Transformaciones de la Estructura Urbana de Medellín, La Colonia, El ensanche y el Plano Regulador presentada y aprobada para optar al título de Doctor Arquitecto de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid.

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Venezuela roja rojita

Venezuela roja rojita

por DAVID E. GUZMAN • Fotografías por el autor 


Número 31 Febrero de 2012

Desde que abordamos la camioneta, mis tías Carmen y Beatriz nos alertaron y dijeron que tuviéramos mucho cuidado en Caracas, que hoy en día es una de las ciudades más violentas de Suramérica, con altos índices de delincuencia, inseguridad y homicidios. La misma película de Medellín, donde Gloria y yo hemos vivido casi toda la vida, así que no era nada nuevo ese ambiente peligroso que nos pintaban. Minutos antes nos habían recogido en Maracay, la ciudad jardín, en la urbanización El centro, un lugar lleno de palos de mango entre los que vive un gallo que canta a toda hora. Eran las nueve de la mañana del primero de febrero de 2012.

Nosotros íbamos atrás. Adelante, mis tías hablaban sobre su ida a Caracas para cambiar la fecha de unos tiquetes aéreos. Dijeron que regresarían a Maracay antes de las cuatro de la tarde para evitar la cola, el taco que suele hacerse en la autopista y en el que pueden perderse horas y horas.

Tras algunos minutos de recorrido arribamos a un peaje, justo antes de tomar la autopista. Pasamos derecho, sin pagar, como los demás vehículos. Entonces supimos que los peajes en Venezuela no funcionan desde hace varios años, después de que Chávez dijera espontáneamente en una alocución que no se cobrarian más peajes en el país. Mis tías no se apasionaron al mencionar a Chávez y con serenidad opinaron que el cobro era tan irrisorio que no valía la pena, como el precio de la gasolina, que en todo caso no es gratis, pero casi: con el cascajo que en Colombia se paga una limpiada de vidrios en un semáforo, en Venezuela se tanquea una camioneta.

Avanzando por la autopista, la misma de hace veinticinco años, sin un solo cambio, vimos que el pasto seco de los costados ardía en llamas. Las ventanillas estaban cerradas y el aire acondicionado prendido. Desde ahí divisamos algunas invasiones recalentadas por el sol. En las entradas a esos poblados ondeaba siempre una bandera roja, clavada en el suelo polvoriento. “Aragua es un estado rojo rojito”, dijo Carmen, utilizando la expresión que en Venezuela se utiliza para designar al individuo, ciudad, estado, empresa o grupo humano que apoya incondicionalmente y con fervor el gobierno comandado por Hugo Chávez. Supimos que la expresión la dijo por primera vez Rafael Ramírez Carreño, Ministro de Energía y Jefe de Petróleos de Venezuela, Pdvsa, en un ataque de amor desmesurado y autoritario en nombre de ochenta mil venezolanos que trabajaban allí: “Pedevesa es roja rojita, de arriba abajo”. Desde eso, la expresión fue adoptada por “mi comandante en jefe” en sus campañas e interminables alocuciones.

Del rojo de la revolución bolivariana pasamos al rojo de la sangre. Carmen, que es médica y ejerce como anestesióloga en dos centros hospitalarios de Maracay, soltó unas cifras divulgadas hace poco por la prensa: 38 muertos en una noche en Caracas, 5.600 personas asesinadas en 2011, la sexta ciudad más violenta del mundo. “¿Qué quieren hacer exactamente en Caracas?”, preguntó Beatriz, la tía copiloto, mientras comía ciruelas: “estar allá. Hace mucho no voy y Gloria no conoce”. También dijimos que queríamos visitar un par de museos y ver las obras de Armando Reverón, el pintor y escultor venezolano que conocimos gracias a la película Reveròn, de Diego Risquez. La habíamos visto dos días antes en la Cinemateca Nacional de Maracay por ocho bolívares fuertes, menos de 800 pesos colombianos. Fue el lunes que el gobernador de Aragua decretó cívico porque Los Tigres de Aragua, el equipo de béisbol, se había coronado campeón del torneo venezolano la noche anterior. A pesar del feriado, la Cinemateca abrió sus puertas.

Reveròn. Dirigida por Diego Risquez. Venezuela, 2011.

Armando Reverón nació en Caracas en 1889 pero se fue a vivir a La Guaira, cerca al mar, y se alejó de la sociedad caraqueña porque detestaba el ambiente hipócrita, oficial y acartonado en el que se movía el arte. En la costa se casó con una negra hermosa de dientes grandes. Un miquito, que hacía sonar una campana cada vez que alguien llegaba al rancho de Armando, ofició de cura en la ceremonia. Reverón vivió y gozó como un niño, pero también sufrió: su propio mundo lo desbordó mentalmente y para la sociedad perdió el quicio. Fue ingresado a la fuerza en un hospital mental hasta que murió en 1954.

Este personaje, de barba tupida y pocas palabras, nos llegó al alma por su rebeldía, su inteligencia, su originalidad, y también porque nos recordó al poeta Raúl Gómez Jattin. “¿Cuáles son los elementos básicos de su pintura?”, le preguntaron una vez a Reverón y él respondió: “Los elementos básicos de mi pintura son dos. Anote: blanco y mierda”. Con esa respuesta definió perfectamente al mundo, a la humanidad, al menos para nosotros en ese instante de nuestra existencia, en ese teatro. Y ese blanco y mierda era lo que queríamos ver con nuestros propios ojos en la Galería Nacional, eso era lo más importante que íbamos a hacer en Caracas.

Bienvenidos

Sentí que habíamos llegado cuando miré por la ventanilla y vi en los cerros el cordón de ranchos coloridos y apeñuscados. Veníamos por la autopista Valle Coche, a la altura de Los Próceres, un paseo larguísimo con césped bien cortado, monumentos y arcos blancos enormes. A pesar de las advertencias sobre los peligros de la ciudad, estábamos serenos, nos sentíamos fuertes. La experiencia reciente de haber recorrido buena parte de Suramérica sin contratiempos ni sustos nos daba la confianza de tener afilada la intuición.

Desde el carro vimos varios murales con rostros hinchados y caricaturescos de Chávez, consignas socialistas, banderas tricolores y caudillos con patillas largas. Mientras conducía y ante la inminente separación, mi tía Carmen retomó las recomendaciones, pero esta vez se notó más interesada en alertarnos de verdad y aportó un último dato, mirándonos por el retrovisor con los ojos bien abiertos: 450 asesinatos en Caracas en enero, pilas.

Seguimos viendo los edificios con sus ventanas y balcones enrejados desde el primero hasta el último piso, como disfrazados de cárceles, con ropa tendida en lugar de cortinas. Pedí que apagaran el aire acondicionado y abrí la ventanilla: el aire tibio entró con fuerza. Penetramos en la ciudad y tomamos la avenida Francisco Miranda hasta entrar a los parqueaderos de la Torre Provincial. Faltaban instantes para despedirnos de mis tías. “Ya saben pues, moscas”, dijo Carmen dentro del ascensor, justo antes de que abriera sus puertas en el lobby del edificio. Nos abrazamos y quedamos en que al día siguiente volveríamos a Maracay por nuestra cuenta. Eran las once de la mañana.

Antes de abandonar la Torre Provincial, me aseguré de que la billetera estuviera bien metida en el bolsillo de atrás del bluyín. De equipaje solo teníamos un morral con los efectos personales de ambos. Me lo colgué en la espalda y salimos. Ahí mismo nos encontramos con la estación Chacao del metro. Estábamos sobre la misma avenida por la que habíamos llegado, la Francisco Miranda. A pesar del sol picante, decidimos caminar un poco.

En una esquina nos topamos con una carpa amarilla llena de afiches amarillos y gente de camiseta amarilla. Era una manifestación política del Partido PJ, Primero Justicia, de Capriles Radonski, el candidato que ganó el pasado doce de febrero las elecciones primarias de la oposición y tendrá la muy difícil misión de derrotar a Hugo Chávez en las presidenciales del 7 de octubre.

En el camino Gloria se sorprendió de que en el país antiyanqui por excelencia hubiera un Wendy’s. Le dije que esperara, que más adelante vería una demostración verdadera de la publicidad capitalista que aún imperaba. Anduvimos tranquilos, atentos pero sin paranoia. Con las frentes derretidas de antisolar llegamos a la estación Altamira y nos metimos al metro con la idea de ir hasta la estación Bellas Artes. Dos tiquetes nos costaron tres bolos, unos seiscientos pesos. De pie en el vagón, optamos por bajarnos antes, en la estación Sabana Grande, para continuar caminando y llegar a pie a la Plaza de los Museos y al Teatro Teresa Carreño, zona de espacio público, arte y movida cultural. La señora de una caseta de prensa y golosinas nos señaló la ruta y nos advirtió que la caminada hasta Bellas Artes era larga. Sin embargo, y sin afanes, iniciamos la caminata, señalando con curiosidad los balcones y ventanas enrejadas, esos aparta—cárceles donde viven miles de venezolanos.

En un lugar llamado Las Terrazas tomamos café negro, muy fuerte, con un pastel de jamón y queso. Estábamos cerca de la Plaza Venezuela, donde quería mostrarle a Gloria los verdaderos animales de la publicidad salvaje, pero por primera vez desde que vengo a Caracas no divisé el logo gigante de Pepsi ni la gran taza de Nescafé que hasta hace un par de años colonizaban los techos de sendos edificios en el sector donde nos encontrábamos. Me pareció lógico y pensé incluso que el gobierno se había demorado en encontrar un pretexto legal para quitar esos infames símbolos del capitalismo que ensucia el cielo con sus latas y sus cacharros.

A pesar de lo poco amigable que es Caracas para caminar, en ningún momento nos sentimos inseguros. Los pocos transeúntes contrastaban con el ronroneo permanente de los carros. Pasamos por el Colegio de Ingenieros y luego bordeamos una mezquita lujosa con una torre blanca, alta y angosta. Unos pasos más adelante un policía nos dijo que ya estábamos cerca del sector de Bellas Artes. Le pedimos un mapa pero dijo que no tenía.

Por la avenida Este 0 empezamos a ver más transeúntes, autobuses, motos, vendedores; el ruido se acrecentó, también el sol y el caos citadino. Gloria, que tenía colgada su cartera en el hombro, agarró las cargaderas y dejó el puño pegado a la axila. Yo volví a palpar la billetera y ahí estaba bien metida. Tratamos de ubicar el Parque Central para buscar El Limón, un hotel que nos recomendaron, pero la señalización era escasa. Un vendedor callejero de carpetas nos indicó que bajáramos por una calle que resultó llamarse Tito Salas, en honor al pintor venezolano que hizo cuadros gigantes de Simón Bolívar y demás próceres.

Bajamos por Tito y llegamos a la avenida Este 2. En la esquina, al pie de un semáforo, había un tumulto y dos policías. Lo primero que pensamos era que habían agarrado un ladronzuelo. La multitud estaba alrededor de algo que no se veía. A pesar del gentío quedaba espacio para pasar por un lado, pegados a un muro, así que no detuvimos la marcha. Entre los cuerpos de los curiosos alcancé a ver unas piernas estiradas en la calle, vestidas con un bluyín índigo oscuro: se desmayó alguien, pensé. De inmediato, por una intuición que ahí mismo me pareció exagerada e incluso maldadosa, le dije a Gloria: “No vayas a mirar”. Ella me hizo caso y clavó los ojos en el piso.

Avanzamos pegados al muro, muy cerca de la escena. Se oía un murmurar continuado de voces variadas, fue como entrar a un ambiente de circulación espesa que no podíamos descifrar porque no se veían más que las miradas dirigidas al piso. No había lamentos ni gritos ni drama. Antes de salir de ahí miré por segunda vez y en una milésima de segundo de horror vi acostada en el pavimento una cabeza morena y calva de la que salía un charco de sangre muy roja, rojísima. De inmediato un zumbido me convulsionó por dentro.

Le apreté la mano a mi compañera y la jalé para caminar más rápido. Siguieron tres arcadas. Iba con la mano derecha en la frente. “No, no, no”, era lo que decía o lo que pensaba. Ensordecido, adolorido, sólo escuchaba el zumbido que se mezclaba con el aire caliente. Las personas eran manchas que se movían. Sentí terror en cada paso que daba para alejarme de allí. En la siguiente avenida, México, el caos vehicular y el tránsito en general, que al principio era manejable, se complicaba. El miedo ya estaba instalado en nosotros. La mente solo me mostraba ese charco de sangre roja intensa, caliente, y esa cabeza de muerto fresquecito. Baleado. Cada persona que veía acercarse me la imaginaba desenfundando un fierro, veía mi cabeza en el pavimento con el pelo ensangrentado.

Cruzamos la avenida México abrazados, nos sentíamos desprotegidos y vulnerables. Las piernas temblaban. Los edificios parecían gigantes, o nosotros pequeñitos. Caminamos hasta la Galería Nacional pero no para entrar a ver las pinturas de Reverón. La sensibilidad había quedado en ese corrillo. Trastornada. Tampoco teníamos hambre. Le preguntamos al vigilante y nos dijo que nos metiéramos debajo de un puente para encontrar el Parque Central.

Nos dirigimos al puente pero su soledad nos hizo devolver. Dimos una vuelta enorme para llegar a la avenida Bolívar. En medio del aturdimiento alcancé a ver unos tubos grandes, de colores vivos, empotrados en un edificio. Todo se me hizo familiar. Era el Museo de los niños, había estado allí en 1987, de once años, y el recuerdo que tengo es que pasé muy bueno con mis primos y salí descrestado. Eran cuatro pisos de ciencia, juegos y conocimiento. De esa edad había visto el primer muerto, en el barrio San Germán de Medellín, tendido en la calle, bocabajo y con agujeros de bala en la espalda.

Entramos al Museo de los niños huyendo de la ciudad y buscando sosiego en los juegos y exposiciones didácticas interactivas. Dos entradas costaron 80 bolívares, unos dieciséis mil pesos. Poco a poco se fue esfumando la imagen del muerto, la risa empezó a acomodarse en nosotros y jugamos. Volvimos a vivir.

El Museo, al igual que Venezuela, parecía estancado en el tiempo, como un lugar fantasma que funciona a medias porque la otra mitad de las cosas se las tragó la falta de inversión y cuidado. Los mismos botones que hundí en el 87, los volví a hundir ahora. Me trasladé a mi época de infancia, a mis viajes a Venezuela llenos de fraternidad.

A las tres de la tarde almorzamos pollo asado. El mesero nos dijo cómo llegar a El Limón que resultó ser una pocilga asquerosa, así que huimos. Los hoteles aledaños al Teatro Teresa Carreño, expropiados por el gobierno nacional y ahora administrados por la estatal Venezolana de Turismo, estaban llenos. Dando vueltas por el sector dimos con el hotel Renovación. Tenía una pieza disponible, pero con jacuzzi. Ante el cansancio y el precio, 450 bolos, como noventa mil pesos, decidimos meternos ahí. Los pies nos palpitaban. En la habitación prendí la piscinita motorizada y nos sumergimos en ese ronquido silencioso por lo menos media hora.

Renovados volvimos a las calles de Caracas. Fuimos al Parque Los Caobos, arborizado y extenso, donde nos sorprendió la noche. De salida del parque nos sentimos en peligro, la iluminación pública era pobrísima y en medio de la oscuridad nos empezamos a llenar de miedo. Yo llevaba la billetera atrás y me la pasé para el bolsillo de adelante. Cuando me miré, vi que se veía muy gorda y aparatosa, entonces me la volví a llevar atrás. En ese momento levanté la mirada y dos tipos jóvenes me observaban. Seguimos caminando. No pudimos con la soledad del sector, ni con la oscuridad, ni con la paranoia que se apoderó de nosotros, así que decidimos entrar a un restaurante pequeño donde comimos arepa con carne desmechada. Algunas cuadras que transitamos hacia el hotel estaban solas y negras. El día tenía que terminar.

Mierda y blanco

El jueves dos de febrero nos levantamos temprano y salimos del hotel. A las dos cuadras llegamos a una esquina que se nos hizo conocida. Era la calle Tito Salas con Este 2, el mismísimo lugar de los hechos. Lo reconocí por el muro que rozamos y luego por el reguero de sangre en la vía, con puntos más secos que otros. Al frente, una venta de empanadas y parva llamada “El Paisa” estaba atiborrada de clientes, y del poste del semáforo involucrado colgaban dos afiches políticos, uno de ellos contrincante de Radonski, Pablo Pérez, cuyo lema rezaba “Por tu futuro seguro”.

Pasamos de largo porque íbamos llenos de buena energía a ver las obras de Reverón. En el camino compramos dos periódicos y los metimos al morral. Llegamos a la Galería Nacional y empezamos el recorrido hasta que nos topamos con una sección dedicada a Armando. Incluía algunas pinturas, la muñeca Seferina, que había diseñado para no tener que llevar modelos a la casa y evitar que su negra Juanita lo celara, y un par de esculturas. Aquella experiencia nos produjo el sentimiento alegre y sencillo de ver con nuestros propios ojos las obras de aquel pintor venezolano que nos había enamorado. Haber visto estas obras de Reverón fue un triunfo. Y el viaje a Caracas fue para nosotros como él dijo alguna vez que eran los elementos de su pintura: mierda y blanco.

Nos fuimos para el Capitolio en metro. Almorzamos pabellón, un plato con caraotas, carne desmechada, tajadas de maduro y arroz. De repente sonó el celular que nos habían prestado mis tías. Eran ellas. Estaban de regreso en Caracas porque se les había quedado un papel y nos dijeron que fuéramos a las cuatro de la tarde a la Torre Provincial para que regresáramos juntos a Maracay. Nos quedaban un par de horas más en la ciudad. El tiempo suficiente para conocer el Parque Bolívar.

Al llegar allí escuchamos un rock escuálido. Era uno de los eventos conmemorativos del Febrero de la Revolución decretado por Chávez, y en el que todos los asistentes tenían camisetas rojas. En un costado del parque leímos la prensa. A veces, unas confianzudas ardillas negras bajaban de los árboles y comían maní de la mano de la gente. También visitamos el caserón natal del Libertador y el Museo Bolivariano, y pudimos ver una venta móvil de arepas y un mercado popular de alimentos, ambos subsidiados por el gobierno y con largas filas de compradores.

Escurridos de calor y de cansancio nos metimos al metro con rumbo a la Torre Provincial. La visita a Caracas llegaba a su fin. Como faltaban quince minutos para que mis tías salieran de su diligencia, dimos una vuelta a la manzana y encontramos una tienda de video. Preguntamos por cine venezolano y nos mostraron cuatro películas: Secuestro Express, El Hermano, Sumas y Restas y la Virgen de los Sicarios. La misma sangre.

En el hermano país de la República Bolivariana de Venezuela estuvimos unos días más. El sábado 4 de febrero, en el paseo Los Próceres, se celebraron los veinte años del fallido golpe de Estado que encabezó Hugo Chávez en 1992, el que lo catapultó a la presidencia y lo hizo merecedor del afecto de la mitad del pueblo venezolano que hoy, rojo rojito, lo apoya con devoción, mientras que la otra mitad, fuerte opositora, le reprocha cada acción a su gobierno.

Ese mismo día, mientras todos los canales nacionales transmitían el desfile militar conmemorativo, revisé prensa en Internet. En El Universal, al final del reporte del asesinato de un ex policía, encontré el entretítulo “Otros casos”, que decía así: “En Bellas Artes, frente al centro comercial Parque Caracas, ultimaron la tarde del miércoles a Richard Sanoja Istúriz, de 23 años. Era mototaxista y lo atacaron a tiros delante de transeúntes. La zona fue acordonada por la policía. Por ese caso no hubo detenidos”. El muerto que vi. Leí también que doce cadáveres habían entrado a la morgue de Bello Monte en las primeras 36 horas de febrero. Apagué el computador y con una incomodidad en el pecho, escuchando a Chávez decir que hay que seguir la marcha con los muertos dentro de nosotros mismos, me dispuse a empacar la maleta para regresar a Colombia.



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Un perro caliente con ella en la mejor esquina de América

Un perro caliente con ella
en la mejor esquina de América

por JORGE IVÁN AGUDELO


Número 27 Septiembre de 2011

—Tintín Tantán… lleve gallina—, y bailaba el perrero hacia nosotros como impulsado por su estribillo.

Hacía años que no lo veíamos; tanto tiempo había pasado, que caminamos un poco incrédulos hasta ese cruce de calles donde siempre nos esperó su carrito, sus malos chistes, sus canciones inventadas…

—Eavemaria… qué milagro, la última vez que vinieron por acá yo tenía todos los dientes y ustedes eran dos niños… y ahora hasta hijos tendrán… ¿Se casaron, cierto…?

Y como si la pregunta hubiera sido su mejor chiste, tú y yo soltamos la carcajada… lo abrazamos sabiéndolo la única certeza de que en algún momento estuvimos juntos, y tú, parsimoniosa, respondiste, no Checho, yo no estaba por aquí, desde hace nueve años no pisaba esta tierra, desde ese tiempo no nos veíamos.

El viejo Checho se lleva la mano a la cabeza como si le hubieran dicho que se iba a morir mañana…

—Hombre Checho, ¿y ya cambiaste la receta?—, le pregunté para sacarlo del trance…
—No mi niño, es la misma pero mejorada…
—Entonces danos dos perros con todo, especiales, para tus mejores clientes… ¿O tú quieres otra cosa?
—Cómo se te ocurre que me voy a comer otra cosa—, me contesta Andrea haciéndose la indignada. Nos sentamos, ella a mirar la calle, las casas, cerciorándose de que todo estuviera en su sitio… y yo, a mirar para atrás, a buscarnos en ese mismo andén antes de los años.

Nueve años, dijo ella y el tiempo se me tiró encima… yo había perdido la cuenta y aunque todavía la recordaba de vez en cuando, ya no soñaba con un reencuentro, hasta que me llamó en la tarde y me propuso que nos viéramos, que ya era justo que habláramos, que un enojo de tanto tiempo era inhumano… ¿enojo?, ¿pero de qué me hablaba?, si yo había pasado por todo, pensé, menos por el enojo… primero estuve plañendo al lado de cualquiera, después anduve con una tristeza como asordinada que se atravesaba en cualquier cosa que hacía, con los meses me acometió un pacífico aburrimiento y, por último, como dice cualquiera después de cualquier tragedia, la vida sigue… luego de esa llamada tan inesperada, de haber acordado encontrarnos en el Tíbiri Tábara a las nueve… me quedo mirando al techo, recordando nuestro último encuentro, cuando me dijiste, con la resolución de tus veinte años, que no aguantabas un minuto más en Medellín, que nos fuéramos, que estábamos a tiempo, que no valía la pena quedarse en una ciudad que más se demoraba en verte que en cobrártelo… Acabábamos de volver del entierro de tu hermana, lo recuerdo muy bien, la hora no estaba para decidir ni qué camisa ponerse, pero tú, en medio de la rabia y el dolor habías tomado tus decisiones… te abracé y lloramos, volviste a lo mismo, que mi prima nos recibe en Madrid y allá vemos, que hablo en serio, que tenía que elegir entre un mierdero lleno de bombas, o tú, y yo, sincero y estúpido, te respondí: de Medellín no me muevo. Saliste de mi casa con tu vestido de luto a empacar para el viaje. Cuando después de dos días te llamé, confiado en oírte triste pero tranquila, y nadie me contestó, supe que te habías ido, sin embargo repetí la llamada a distintas horas, fui a buscarte, le pregunté a tus vecinos y a tus amigas, y nadie, pero nadie, me quiso decir nada, como si tu última voluntad antes de irte hubiera sido castigarme aleccionando a todos los conocidos para que no me dieran noticias tuyas.

—¿Al frente no quedaba esa licorera donde nos vendían cerveza a los catorce?—, preguntas señalando el garaje de una fábrica de brasieres.
—Sí, ahí quedaba, ¿te acuerdas que tu mamá amenazó al dueño con hacerle cerrar el negocio si nos volvía a vender, así fuera una caja de fósforos?
—Señora tan brava ¿no?
—Ya van a estar los perritos mis muchachos— y Checho hace su baile mostrándonos las salsas…

Tú te acomodas mejor en el murito, donde, desde los catorce hasta los veinte, como si fuera más sagrado que el Sabbat, comiste a mi lado perro con todo, te reíste con Checho, hablaste mal de tus amigas y me quisiste.

De cuatro a nueve no tuve sosiego, pensé en destapar unas cervezas para calmar la ansiedad de verte, pero me pudo el propósito de llegar sobrio a tu lado. Busqué qué ponerme, y después de escoger y no decidir, me conformé con cualquier cosa y salí a caminar. Barajé todas las vidas posibles para ti… lo más seguro es que se haya graduado en medicina, que tenga dos hijos, que reparta su tiempo entre ser una esposa y una madre ejemplares y en curar heridas, pero decidí ensoñar, crear otras vidas para ti, tal vez regenta un restaurante de comida típica que le sirve de tapadera para el menudeo de la mejor cocaína colombiana o, y lo pensé sonriendo, hace parte de una secta milenarista y viene a despedirse porque llegó la hora de los elegidos.

Y después de jugar a darte un destino, de recordar tus maravillosos pezones, el amor en el parqueadero de tu edificio, los conciertos de rock en el teatro Carlos Vieco, tu camisetica con Kurt Cobain en el pecho, las vueltas y revueltas para comprar un bareto en una chaza de la Setenta, después de hacerle honor a esa frasecita estúpida de: recordar es vivir un poco, llego a la puerta del Tíbiri y ahí estás tú, moviendo los labios, cantando pa dentro Tu amor es un periódico de ayer… sólo atino a sonreír, a señalarte la entrada de ese sótano donde tanta salsa se ha escuchado, pero tú te adelantas y me abrazas. Bajamos las escalas de la mano, te ríes con risa abierta y pides un tequila en la barra, por los viejos buenos tiempos.

No estaba tan errado… te casaste, te divorciaste, tienes dos hijos preciosos, vives para ellos y para la medicina, piensas en mí de vez en cuando, optaste por no aparecer, porque de haberlo hecho, me hubieras convencido de viajar y según cuentas, nunca hubiera sido feliz al otro lado del charco… ¿y después? Después fue tarde. Así las cosas, suena un tema del Joe y bailamos… o tu bailas y yo te estorbo y te piso… me preguntas por mis cosas como si te hubieras ido una semana de paseo a Santa Marta y no nueve años a Madrid, algo te contesto, no te lo niego, digo, fue duro al principio, pero… así fueron las cosas y me encanta verte. Estás hermosa, lo noto, lo nota todo el bar… y tú lo sabes más que nadie. Salimos al poco rato, los timbales no se hicieron ni para los reencuentros ni para las confesiones. Mientras caminas y preguntas si es seguro, si es cierta tanta belleza, si se acabó la zozobra, yo asiento y oigo tu taconeo por los adoquines de la Setenta… Y ¿qué pasó con éste?, ¿volviste hablar con tal?, pero si eran los mejores amigos… me inquieres por gente que ya ni recuerdo, cansado de no saber de nadie me invento dos o tres vidas para los amigos de la primera juventud. Como acometida por una epifanía, me suplicas: vamos donde Checho, por favor, vamos donde Checho. No puedo negarte nada, si con el sólo recuerdo de nuestro amigo el perrero se te ilumina la cara y vuelves a estar a mi lado, a usar tenis, a ser la de hace años… y aquí estamos viendo llegar dos perros calientes que parecen barcos de colores.

—Está delicioso— dices con la boca llena y vuelves a morder
—Así suene a una de esas frases que pegan en los corchos de las papelerías… hay cosas que nunca cambian.
—¿Por qué lo decís?—
me preguntas extrañada.
—Porque mientras te apoyas en mi rodilla, aprovechas para limpiarte la salsa en mi pantalón.
—Jajaja, qué pena, disculpame.

Y en esas estamos, comiendo pan y salchicha en la mejor esquina de América, cuando de la nada aparece una moto con dos pelaos, me miras como preguntando si tu miedo es un vicio adquirido en el primer mundo.

—No te preocupes, si me hubieras avisado con tiempo, te alquilo el carro de perros, solamente pa que comas tú, pero como llegaste de improviso, vas a tener que soportar a otros comensales— te ríes y terminas de comer.

Sin embargo, yo tampoco estoy tranquilo, no se han bajado de la moto, el parrillero manotea, Checho intenta explicarle algo, da media vuelta para coger un cuchillo, pero el otro se mete la mano a la chaqueta, saca un revólver, le apunta a la cabeza, dispara tres veces y arrancan. Eso es todo. Tú gritas y te levantas, pero antes de que corras a salvar a un muerto te agarro del brazo y empezamos a caminar rápido hacia la otra esquina. Intentas devolverte, te abrazo por la cintura y te recuerdo que estuvimos a dos pasos de los matones, que ellos nos vieron y nosotros a ellos, además, Andrea, le pegaron tres tiros en la cabeza a menos de un metro.

Nos montamos en un taxi, el chofer arranca sin rumbo y te mira llorar por el retrovisor; antes de que pregunte nada, le das la dirección del hotel, abres la ventanilla y recuestas el cuerpo contra la puerta, como si yo fuera el culpable, el organizador de una escenografía sangrienta, con sicarios y todo, para amenizar tu regreso. Busco enojarme pensando que eres un ave de mal agüero, nueve años sin visitar al pobre Checho, llegas como si tal cosa, te sigo el capricho… y Tintín Tantán… lleve gallina, pero no me engaño, me gustaría abrazarte, decirte algo, consolarte de alguna manera.

Te bajas y no te despides. Pienso, mientras te miro la espalda, que te debí haber dejado separar los sesos de las salsas, que fue injusto no permitirte un acto heroico.

—Llevame al centro— le digo al taxista con toda la intención de tomarme unos rones en ese parqueadero donde una vez me trozaron el dedo con una piedra.
—¿Le molesta si prendo el radio?
—No, bien pueda— y empieza a sonar esa canción promocional que cantábamos de niños:
La ciudad donde nací/y con mis amigos crecí/la ciudad que es de mis hijos/donde vivo y trabajo/por tí/ Medellín crece contigo/su progreso es para todos…

De golpe recuerdo que estamos a primeros de agosto y que Medellín está de fiesta.