Entradas de]

,

Mitos y certezas de un desconcierto

Mitos y certezas de un desconcierto

por GLORIA ESTRADA


Latina Stereo 40 de volumen Octubre de 2025

Willie Colón y su banda tras las rejas. Autor desconocido.

Testigos hay que aseguran haber visto, la noche del jueves 5 de octubre de 1985, a un tipo con una conga por la carrera 70, a eso de las once, cuando los alrededor de diez mil asistentes al fallido concierto de Willie Colón en el coliseo Iván de Bedout abandonaron el sitio derrotados y tristes: tras una pequeña inversión de dinero y una enorme cantidad de tiempo y esperanza tuvieron que irse sin ver ni escuchar al Gran Varón.

Se rumora también que en Barrio Antioquia vive un mecánico que tiene plastificada una partitura sonsacada en medio de los disturbios de esa noche. Dicen que no se le alcanza a leer nada de lo deteriorada que está. Podría ser cualquier cosa. Ni certeza ni garantías: el propietario cada tanto cambia su versión sobre el origen del papel.

También en Bello un hombre afirma tener en su poder la partitura de Oh que será. “En una bolsita”, declara alguien, como en secreto, que califica al contador de esta historia como poco confiable.

Tal vez sea verdad que un galeno de Medellín, un tipo serio, se haya robado esa noche, en el despelote, las partituras de Sin poderte hablar y Voló, esta última incluso con algunas correcciones en lápiz hechas presuntamente por el mismísimo Willie, pero todo se reduce a si le creemos o no a esta eminencia médica, pues imposible verlas, tocarlas, analizarlas: las perdió en un trasteo. ¡Vaya!

La que fue la primera visita de Willie Colón y su orquesta a Medellín, hace cuarenta años, está llena de especulaciones y mitos, datos por confirmar, historias que en el fondo lo que tratan es de hacer a cada uno de sus testigos dueño de una verdad, la que sea, aunque no lo sea.

Sobre las razones para la ausencia de Willie Colón, quien nunca llegó a subirse a la tarima en el coliseo, especulan algunos que en el Hotel Nutibara, adonde llegó a hospedarse, conoció a una bella señorita que también era huésped, se encerró con ella en una habitación y se le olvidó el compromiso. Se dijo también, algunos lo sostienen todavía, que se quedó en Bogotá en una fiesta con mafiosos, trago y coca. Sin embargo, si nos atenemos a lo publicado por la prensa regional y nacional, donde se registran las diferentes versiones, el cantante y los miembros de su orquesta llegaron a Medellín, sí, pero no a tiempo para presentarse al concierto convocado para las siete y media de la noche, sino dos horas después, cuando ya en el Iván de Bedout estaban a punto volar botellas de aguardiente por el aire. El retraso en el vuelo desde Bogotá al recién inaugurado José María Córdova fue el culpable: programado para el mediodía, el avión de SAM donde venían los músicos apenas vino a despegar a las 7:15 p. m.

***

A las diez de la noche los asistentes al coliseo (unos diez mil promediando los reportes) que habían ido a ver al Malo del Bronx, “directamente desde Nueva York”, estaban todos exhaustos y desilusionados, y algunos, también, borrachos y trabados. La mayoría había llegado a las afueras del Iván de Bedout desde las cinco de la tarde y adentro llevaban casi tres horas de espera, de parcos anuncios en los que más que información se lanzaban engaños: “Ya casi, ya casi”. Ya habían pasado por el escenario un conjunto vallenato, al decir de algunos, contratado a última hora ahí en la 70, ve tú a saber, y unos bailarines de salsa. A los primeros los dejaron cantar tres o cinco temas y se bajaron en medio de la rechifla, a los segundos, unos afirman que los celebraron y trataron de imitar, otros dicen que produjeron más desespero. El público pedía salsa, pedía a Willie y su famosa Gitana. Así que desde las nueve de la noche lo que se escuchó por los amplificadores, unas torres de sonido gigantes, potentes y novedosas, fueron discos.

Poco a poco los gritos de “¡Queremos salsa!” fueron cambiando por los de “¡Ladrones! ¡Pícaros!”. Medios y asistentes coinciden al señalar las 10:10 p. m. como la hora llegada. En ese instante empezó el lanzamiento de botellas desde las tribunas y de sillas metálicas desde la pista. Todos los objetos apuntaban al escenario. En cuestión de segundos grupos de muchachos derribaron las portentosas torres de sonido y enseguida arremetieron contra instrumentos y partituras ya dispuestos en la tarima.

Darío Calderón estuvo allí. “A las ocho y media el animador nos pedía paciencia, que en 45 minutos llegaba. A las nueve y media salió a decir que ya venía y la gente empezó a gritar ¡ladrones!”, relata este contador público que para entonces tenía 40 años.

Para Ricardo Barrios, comunicador, todo fue el resultado de un “error lamentable del promotor y del representante. Ya había habido espectáculos en Medellín, se habían presentado el Gran Combo, Héctor Lavoe, eso en los ochenta era masivo, pero en este caso en particular no lo supieron manejar. El presentador no era claro, que ya viene, que ya viene…”. Barrios, que asistía al coliseo por primera vez a sus 25 años, recuerda que afuera también estaba muy caliente. La policía hizo disparos al aire con el objetivo de dispersar a la gente que salía.

“Los ánimos estaban muy exacerbados. En medio de la espera y cuando menos pensamos voló una garrafa de una de las tribunas… Tumbaron las torres de sonido, arrojaron sillas, había gente dañando los instrumentos en la tarima. Acabaron con el coliseo, el sonido quedó en el suelo”, así lo recuerda Juan Fernando Trujillo, quien tenía 15 años cuando acudió al concierto junto con su hermana.

***

Aquel jueves, Willie Colón y sus estrellas llegaron al Hotel Nutibara a las nueve y media de la noche, muy cansados, según informaron después, se dieron un respiro, posiblemente una ducha —minutos valiosos en acicalamiento— y salieron. Eran las 10:20 p. m. cuando arribaron al coliseo, pero ni se bajaron del carro. “La policía lo enteró de lo que estaba pasando adentro y no le permitió entrar. Junto con sus músicos se devolvió para el hotel”, informó El Mundo el sábado 7 de septiembre. Una hora después, a las once y treinta, llegaron al hotel veinte uniformados, según El Tiempo, que detuvieron a Willie y sus trece acompañantes (en otros medios se habla de once, pero el diario bogotano enlista trece nombres) y se los llevaron para el F2 en Belén. La orden la dio el coronel Miguel Carrillo García, comandante de la policía metropolitana. Los cargos: incumplimiento y estafa.

Dieciocho horas estuvo detenido Willie Colón en Medellín en una celda con todos sus compañeros. De pie, incomunicados y sin alimento. Piedad Córdoba, subcontralora municipal, se apareció por allá y le impidieron llevarles pollos asados a los reclusos. “Nos trataron como criminales”, diría a su salida el cantante.

Entre las cinco y seis de la tarde del viernes 6 de septiembre el combo musical fue liberado y en cambio fueron detenidos dos empresarios de la firma Rumba Productions quienes supuestamente deberían responder por los daños ocasionados en el coliseo y ante los espectadores que pagaron sus boletas. Algunos de estos, al parecer, alcanzaron a recibir su reembolso. Willie canceló sus presentaciones en Cali y Barranquilla, previstas para ese fin de semana y voló de regreso a Nueva York, no sin antes dejar entrever que no volvería a Colombia. Su amarga experiencia en Medellín lo inspiraría a componer Especial #5, su versión sobre los hechos, dedicada al coronel Carrillo y lanzada al año siguiente en el álbum con el mismo nombre.

***

Las fotos publicadas por los diarios los días 6 y 7 de septiembre de 1985 dan cuenta de los destrozos en el Iván de Bedout. “Los revoltosos dañaron 16 puertas, los vidrios de seis oficinas, 14 soportes del escenario, cinco baños, el tablado de la cancha de baloncesto, sillas e implementos de las oficinas que funcionan en el coliseo”, compendió El Tiempo. Según el diario que se lea, los daños se calcularon en tres o cinco millones de pesos solo en los equipos de sonido y otros tantos por la destrucción del lugar. Los heridos fueron seis, tal vez siete, es posible que ocho, entre ellos varios técnicos que intentaron proteger los equipos y recibieron el impacto de los objetos lanzados por la turba.

Por su parte, Willie Colón calculó las pérdidas por el deterioro de sus instrumentos en quince mil dólares. Mientras que su apoderado informó que los daños al piano se podían estimar en cuatro millones de pesos y que en aquel episodio se robaron una batería, dos tumbadoras, dos congas y un bombo grande.

La periodista de El Colombiano afirma que a la salida del coliseo, bordeando la medianoche, empezaba a llover, mientras la gente abandonaba el lugar “corriendo hacia los buses, alejándose de la sirena que anunciaba la llegada de los antimotines y las fuerzas del orden, alejándose del ruido de disparos al aire…”. Entre ellos quizás iba la sombra del tipo aquel que nadie sabe quién es ni dónde está, pero que muchos aseguran haber visto con una conga marcada con el nombre de Willie Colón debajo del brazo. O en la cabeza, quién sabe, para protegerse de las primeras gotas de lluvia.


, , , ,

La otra lucha del Titán

La otra lucha del Titán

por RAFAEL GONZÁLEZ TORO


Exclusivo web

Foto de Juan Fernando Ospina, 1989.

El momento se repite pasado el mediodía. Sentado en una de las cuatro sillas amarillas de la mesa circular de la cocina de doña Oliva Zapata, Elkin mira a su mamá y después de un gesto cómplice, que solo ellos dos entienden, empiezan a cantar.

Cantan en voz baja. Tranquilos, sin afanes, mientras la sopa de papa, yuca y plátano suelta los primeros vapores que se dispersan con los rayos de sol que entran por una puerta que comunica al patio contiguo. Doña Oliva no descuida los alimentos. Tampoco deja de cantar. Elkin y su madre repiten una estrofa y el coro. Entonan suavemente Vestido de cristal.

Así pasan los días de Elkin Ramírez, alma, nervio y voz de Kraken, la banda más importante del rock nacional. Acompañado del cariño y los cuidados maternos, sus fuerzas se centran, desde julio de 2015, en su proceso de recuperación tras ser intervenido quirúrgicamente por la aparición de un gliosarcoma, un tumor alojado en el lóbulo temporal del cerebro.

El 17 de julio del año pasado, minutos antes de entrar al quirófano en el Instituto Neurológico de Colombia, con serenidad y una sonrisa en la cara, no se cansó de repetir: “Tranquilos, de esta salimos bien”.

Tras la cirugía y el posoperatorio, Elkin retomó un proyecto que había quedado postergado con la aparición de la enfermedad: la grabación de un nuevo álbum de Kraken. De esta producción, la novena en estudio del grupo creado en 1984, ya había maquetas y Rubén Gélvez, tecladista de la banda, tenía un buen porcentaje adelantado de las composiciones y los arreglos.

En el primer trimestre de este año la banda se metió de lleno en el estudio Pocket Audio, de Bogotá, ciudad donde residen los músicos. Con el material grabado, solo quedaba confiar en la recuperación de su líder y vocalista para que con el aval de los médicos pudiera grabar las voces.

Tras los tratamientos de quimio y radioterapia, sumados a terapias físicas y ejercicios, en abril de 2016, Elkin obtuvo la autorización para cantar. Matthias Krieger, ingeniero de grabación y mezcla, viajó desde Bogotá y en el Oriente antioqueño logró la captura de las voces del cantante. Días después, tras un viaje de tres días de Elkin a Bogotá, se grabaron los coros, en los que participó toda la banda.

Así vio la luz la producción titulada Kraken VI. Sobre esta tierra. En ella, de manera paradójica, el que Elkin hubiera estado alejado de los escenarios por casi ocho meses hasta esa grabación le favoreció porque logró tonalidades de su voz que hace algún tiempo no obtenía, debido al desgaste de la giras y presentaciones en vivo.

Fue un gran momento volver a ver al jefe cantando. Las capturas de su voz quedaron de gran calidad. Logró unos registros que hace unos diez años no tenía. Nos sorprendió mucho. Se logró un trabajo con un gran sonido y el resultado es un álbum de excelente factura. Todos quedamos muy contentos”, dice Germán Morales, mánager del grupo.

Con el trabajo en posproducción y presupuestado para salir en septiembre, Elkin siguió con el tratamiento. El amor de Oliva y Daniel, los padres, y de sus hermanos ha sido el impulso que ha necesitado el Titán del rock colombiano para proseguir su lucha. También las constantes visitas de los amigos más cercanos a la casa de su madre en el barrio Belén son un motor para que este mal rato quede superado.

Sin embargo, en agosto pasado una evaluación médica hizo necesaria una nueva intervención. El 8 de ese mes Elkin fue operado de nuevo. Y la lucha por su recuperación definitiva comenzó de nuevo. “Los hermanos, el papá y la mamá le damos mucho cariño. Los médicos se han portado de gran manera. Es admirable la atención que han tenido con él. Es difícil, pero confiamos en que todo va a salir muy bien”, comenta Daniel Ramírez, padre del cantante.

En los primeros días de octubre, Elkin pudo tener en sus manos el esperado Kraken VI. Sobre esta tierra. Se puso muy contento al escuchar los nueve cortes de la producción. Los músicos del grupo, formación con la que ya completó más de una década de amistad y trabajo, viajaron desde Bogotá para vivir juntos ese histórico momento junto a su líder.

Después de todos los contratiempos generados por la enfermedad, la producción logró ver la luz con un Elkin esplendoroso en la interpretación vocal y un sonido potente y muy cuidado en general. Una vez más logró sacar adelante ese proyecto, como hace tres décadas cuando junto a la primera formación de Kraken cambió para siempre la historia del rock colombiano. Como cuando después de la partida de muchos de los integrantes mantuvo vivo el fuego del Titán que emergió de las profundidades para seguir adelante.

Hoy, con 54 años recién cumplidos, la lucha continúa. Elkin dedica los días a su recuperación. Las jornadas pasan entre citas, terapias y sesiones de ejercicios en casa. Por momentos escucha música o recibe visitas de amigos cercanos a quienes les repite constantemente: “Tranquilos, de esta salimos bien”. El amor de doña Oliva no lo desampara.

Es por eso que al mediodía llega uno de los momentos preferidos para él. Es ahí cuando comparte esos minutos en los que madre e hijo juntan sus voces para cantar las canciones que lo hicieron grande. Los mismos temas que lograron que Elkin Ramírez, que es lo mismo que decir Kraken, se convirtiera en el estandarte del rock nacional.

*Texto tomado de Medellín, movida cultural. Proyecto de la Secretaría de Cultura Ciudadana en coedición con Universo Centro. Edición 3, noviembre de 2016.

Foto de Julián Gaviria, cortesía libro Kraken 30 años.


,

Enterrar a la mamá

Enterrar a la mamá

Archivo Fotográfico BPP


Número 117 Agosto de 2020

Cobertura de la quebrada Santa Elena. Francisco Mejía. Circa 1940.

Si usted hubiera sido un niño en esos tiempos habría podido presenciar con asombro —y quién sabe si dolor— uno de los entierros más descomunales que haya organizado Medellín. Un entierro por lo alto, planeado por años, promovido con entusiasmo y finalmente ejecutado con bríos, recursos y convicción. Un crimen, lo han llamado algunos. Un asesinato, otros. Un mal necesario. Un acierto, incluso. Pero un entierro al fin y al cabo.

En esta foto lo podemos ver clarito. Ante nuestros ojos —y ante los ojos de quienes miran o conversan dispersos en la escena—, el proceso de enterramiento en todo su esplendor. En medio de la imagen, proyectando su cauce en diagonal desde abajo hacia la derecha, vemos el flujo de agua más importante en el largo proceso de surgimiento, crecimiento y desarrollo de esta ciudad. El que la “amamantó”, la “bautizó” y le dio todo lo que un arroyo —con su lecho y sus riberas— le hubiera podido ofrecer a un pequeño asentamiento humano. Un pequeño caserío en tierras indígenas convertido luego en sitio de españoles y, casi cuatro siglos más tarde —aquí lo vemos—, en un pueblo grande que se negaba a aceptar un apelativo diferente al de “ciudad”: la “Villa de nuestra señora de la Candelaria de Aná”, luego “Villa de nuestra señora de la Candelaria de Medellín”, y hoy Medellín, a secas. Esa que nació recostada a orillas de la antigua quebrada de Aná, la mismísima quebrada Santa Elena. La que desde los días en que fue tomada esta fotografía atraviesa a oscuras el Centro, bajando desde las montañas del oriente hasta desembocar en el río Medellín.

¿Cómo llega una ciudad a tomar la decisión de que la fuente de agua que históricamente “la trajo al mundo” debía ser sepultada bajo una lápida de cemento armado? ¿Qué extraño encadenamiento de hechos puede llevar a que se prefiera eso a abrazarla, a salvarla?

La respuesta sin duda está dispersa en los archivos históricos, en las páginas de los periódicos o en los ires y venires de los títulos de propiedad del suelo urbano. Pero en últimas la explicación está en un lugar más inasible y sutil, pero contundente: la mentalidad de los hombres y mujeres que hemos habitado este valle desde los tiempos de la invasión española. Y que aunque se ha transformado con el paso de los siglos y las modas, aún sigue ahí, aquí, a su manera, dando forma a este pedazo de mundo.

Si los modos de vida medievales que heredamos de España la comenzaron a asfixiar en aguas negras, por otra parte las obsesiones por las idea de progreso, higiene y acumulación de capital —importadas de Estados Unidos, Inglaterra, Francia— se ocuparon de darle el golpe de gracia. Vertimientos continuos de residuos industriales y la posibilidad de convertirla, de un solo golpe, en una alcantarilla que arrastrara todo lo sucio por debajo, y una calle que permitiera la circulación de todo lo nuevo y limpio (automóviles, aceras, gente bien bañada) por encima.

De modo que esto que aquí vemos es el proceso de cobertura o “entamboramiento” de la quebrada Santa Elena, pero al mismo tiempo es la ansiedad de una ciudad latinoamericana por dejar atrás su pasado colonial de tapia, bahareque y barro, y abrazar con furor una promesa de futuro motorizada, encementada y perfumada.

Uno se podría detener en el hecho de que Coltejer decidiera, olímpicamente, convertir esta quebrada de todos en el alcantarillado de ellos, para deshacerse —a cielo abierto— de sus hediondos residuos de tintorería.

O en la falta de sentido colectivo y defensa de lo público de un Concejo Municipal que permitió que una empresa privada se ahorrara los costos de deshacerse de semejantes pestilencias en un lugar distinto a la “quebrada madre” de esta ciudad.

Pero en últimas fuimos todos. Como rezaba un anuncio de la época que promovía la cobertura de la quebrada, nos convencimos de que había que hacerlo “por salud, por transporte… ¡y hasta por negocio!”.

Si nos pusiéramos en tónica punzante podríamos decir, por ejemplo, que esta historia fue algo parecido a “matar a la mamá y hacer negocio con el entierro”.

Pero para qué llorar sobre lo que ya fue.

La pregunta ahora es, ¿nos alcanza la mentalidad de estos tiempos que nos correspondió vivir para revertir ese proceso y rescatarla?

Porque aunque parezca, la Santa Elena no está muerta. Solo está perdida, sucia y escondida bajo nuestros propios pies.

***

*Sobre este tema, la Biblioteca Pública Piloto presentó el documental Santa Elena está perdida, con una charla introductoria, el 18 de agosto de 2020 (día de Santa Elena, patrona de la arqueología y las cosas perdidas). Aquí se puede ver completo.


,

“La desgraciada”: el debut de la muerte en el cine paisa

“La desgraciada”: el debut de la muerte en el cine paisa

Archivo Fotográfico BPP


Número 115 junio de 2020

La primera persona que murió en pantalla en la historia del cine hecho en medio de este arrume de montañas fue “La desgraciada”.

Así, con ese nombre, aparece el personaje en los créditos iniciales y en los intertítulos de Bajo el cielo antioqueño: la primera película rodada en Medellín, en 1925, el mismo año que se estrenaron, por citar dos clásicos cualquiera, El acorazado Potemkin y La quimera del oro.

La mujer, plagada de infortunios, aparece cuando los protagonistas entran a la Estación del Ferrocarril de Antioquia con la firme intención de tomar un tren que los lleve lejos, a darle rienda suelta a ese amor prohibido por un poderoso patriarca sobreprotector.

En la primera de estas fotos vemos a “La desgraciada” de rodillas, a los pies de Lina y Álvaro (¡uhm!), quienes hacen una brusca pausa en su huida hacia el fin del mundo para ayudar a una mujer desconsolada…

“Para Lina tuvo aquella voz una extraña atracción. Sonaba a sus oídos como venida de lo Alto”, reza el sugerente intertítulo, típico del cine mudo.

La mujer les cuenta entonces su tragedia en dos letreros: “Amé ciegamente a un hombre… Dejé por él la felicidad de mi hogar… hoy el infame se ha convertido en mi verdugo…”. Y les muestra “una enorme cuchillada sobre la morbidez del brazo, horrible herida que Álvaro se apresuró a vendar con su perfumado pañuelo”.

El pobre Álvaro lamentará en adelante ese gesto, y en general haberse detenido ante “La desgraciada”, quien, además de oracular, resultará ser una especie de médium a través de la cual la mamá de Lina alcanza a reprenderla desde el más allá.

“Pobre mujer”, exclamó Lina, “me ha salvado de cometer igual locura. Para que cure sus heridas, para que viva lejos del miserable que la maltrata, tome usted. Y desprendiéndose de sus más ricas joyas, las puso en manos de la mendiga”.

Si observan la misma imagen, verán, atrás de la columna, a dos representantes del hampa local que merodeaban por allí: “el Aeroplano” (versión cinematográfica del “avión” paisa) y “el Puntillas”.

“La buena Lina estaba bien lejos de sospechar el plato que les servía a aquellos dos desalmados”, nos advierte el intertítulo 95.

Lo demás es historia. El par de aviones puntiagudos siguen a “La desgraciada” hasta que al doblar una esquina la emboscan, la acuchillan y le arrebatan las joyas que la redimirían de su miseria.

En la última imagen de la secuencia, “el inspector de policía, acompañado de dos facultativos y un detective” inician “el levantamiento del cadáver”.

“El único indicio era aquel perfumado pañuelo con que Álvaro vendó piadosamente el brazo de la desgraciada…”.

Hasta ahí lo anecdótico.

El psicoanálisis y el socioanálisis de este primer trauma letal en la historia del cine antioqueño se los dejamos a los más aventurados.

*Estas imágenes hacen parte de la foto fija de la película Bajo el cielo antioqueño (Arturo Acevedo Vallarino, 1925) a cargo del fotógrafo Daniel A. Mesa: un conjunto de 75 fotografías, resguardadas en la Torre de la Memoria de la Biblioteca Pública Piloto y disponibles para consulta en su repositorio digital.


,

Salir en hombros

Salir en hombros

Archivo Fotográfico BPP


Número 113 Febrero / marzo de 2020

Baltasar Ochoa. Fotografía Rodríguez, 1914.

La de un tal Baltasar Ochoa es también la historia del huérfano aguerrido que logra ser alzado en hombros por las multitudes. Pero no en versión de superhéroe o de alcalde… sino de médico. Y en este caso, y a propósito de la más concurrida de estas fotos, cuando ya había atendido al último paciente. 

Para haber tenido la despedida masiva que aquí vemos, es curioso que ya nadie cuente su historia. Y que para medio recomponerla un poco toque reunir retazos dispersos por ahí, entre párrafos sueltos en libros viejos, pies de foto o secciones de “Páginas Olvidadas” en volúmenes sobre médicos antioqueños, que ni siquiera lo incluyen en el índice.

Y si no existe libro ni folleto dedicado a su memoria, menos todavía un monumento: el que había lo demolieron a martillo y pica los constructores de la avenida La Playa a mediados del siglo pasado. Porque a esta historia se puede llegar también sobre un puente. Uno con nombre de rey mago y apellido vernáculo, que unía las dos orillas de una quebrada que ahora es invisible: el Puente Baltasar Ochoa, que sobrevoló por años la quebrada Santa Elena (hoy avenida La Playa), en el cruce con la calle de Carúpano (hoy carrera Sucre) y que fue bautizado en homenaje a este famoso médico olvidado.

Puente Baltasar Ochoa. Foto de “Obando” en Figuras significativas en el tricentenario de Medellín, de Arturo Puerta y Olimpo Gómez.

Esquirlas de historia como esas cuentan que nació en febrero de 1859, en una finca “entre los distritos de Santa Bárbara y El Retiro”. Y que para llegar a ser “uno de los hombres más queridos y populares de esta capital” no la tuvo nada fácil. “Huérfano de padre a los cuatro años, la mala situación pecuniaria de su familia lo obligó dedicarse a labores agrícolas y pecuarias hasta la edad de 17”.

Cuando pudo deshacerse del azadón y el zurriago, el joven Baltasar, temerario, emigró a Bogotá a estudiar literatura “en el Colegio de San Bartolomé, donde obtuvo el título de bachiller”. Y luego, “luchando brazo a brazo con la miseria”, logró obtener “lucidamente el título de Doctor de la Facultad Nacional en el año de 1888”, cuando rondaba ya la treintena. 

“Ejerció por varios años en Fredonia y allí sentó las bases de una modesta fortuna, en el negocio del café”. Tanto que, alrededor de sus 36, pudo darse el lujo de irse a Europa en “viaje de estudio” y volver un par de años más tarde a radicarse en Medellín. 

Se cuenta que ejerció “brillantemente su profesión”, que fue profesor “de varias asignaturas en la Facultad de Medicina” y redactor de los Anales de la Academia de Medicina de Medellín, en tiempos en que la granalla, el ántrax difuso o las histerectomías desvelaban al gremio. Y fue, además, médico personal de familias poderosas, como la de Ricardo Olano. 

Pero no fueron sus éxitos, títulos o relaciones con la alta sociedad lo que lo hicieron célebre. Sino su “benevolencia y nobleza de corazón”, si creemos en las palabras que acompañan, insistentes, las escasas menciones de su nombre. Según parece, al médico rico nunca lo traicionó la memoria y se entregó a aliviar los pesares de cuantos pobres le cabían en la agenda. Y se terminaría de convertir en leyenda después de que la muerte lo sorprendiera en pleno servicio: falleció “prematuramente en la casa de un paciente pobre”, “cumpliendo con su deber de honrado médico al frente del lecho de la enferma confiada a su cuidado”. 

Su entierro fue multitudinario, y el cortejo colmó las orillas de la quebrada Santa Elena —que quedó retratada aquí también— una mañana (¿o una tarde?) de 1914. No era cualquiera, en todo caso. Era “el médico más democrático que tuvo la Villa”. O eso decían. Porque ya nadie se acuerda. Y de todo eso ya no queda nada, salvo algunos retazos y tres negativos de la Fotografía Rodríguez, resguardados en el Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto.

Entierro del doctor Baltasar Ochoa. Fotografía Rodríguez, 1914.


,

Noticias del desastre

Noticias del desastre

Archivo Fotográfico BPP


Número 112 Diciembre de 2019

Esta imagen de uno de los incendios del Parque de Berrío hace parte de los elementos identificados en el proyecto Inventario del patrimonio fotográfico mueble en Medellín que realiza la Biblioteca Pública Piloto. Fotografía de Benjamín de la Calle.

El Parque de Berrío, en Medellín, solía incendiarse con mucha frecuencia. Las lenguas largas de café y aguardiente aún se despachan en hipótesis materialistas y mercantilistas para explicar esa vocación por el fuego de la plaza del comercio principal, que rara sí resulta, pero no viene al caso mencionarlas acá, sobre todo con la boca tan seca y la mente tan sobria. Lo que sí es del caso es que, por la razón que fuera, el Parque de Berrío se quemaba tanto que para los fotógrafos locales se convirtió en una rutina ir a retratar las ruinas. Casi podría hacerse una iconografía: el incendio del 12, el del 16, el del 21, el del 59… quién sabe cuántos más. Total que los escombros humeantes se convirtieron en un motivo fotográfico y no tardó mucho para que los fotógrafos empezaran a vender tarjetas postales como suvenires.

Uno de esos incendios, el de octubre del año 1921, para ser precisos, lo usó un enamorado para enviar a Bogotá las noticias de su propio desastre. “Querida Emilia: Estas son las ruinas de dos edificios, derruidos por las llamas, quisiera poder enviarle también un corazón derruido con la ausencia de lo que más quiere en el mundo, pero ningún fotógrafo se atreve a tomar esa vista, no quieren quedar mal, no quieren mostrar tan atroces escombros. Adiós Emilia, este es su corazón”. Firma al pie de la nota el hombre que, como bien puede leerse, es un alma consumida y agónica entre fuegos de desamores y nostalgias, pero cuya rúbrica intencionalmente omitimos para picar de duda al lector y cubrir con velo de anonimato las astucias de este amante.

Tarjeta postal con revés manuscrito.


,

Bebidas energéticas

Bebidas energéticas

Archivo Fotográfico BPP


Número 111 Octubre de 2019

Laboratorios Salomón (1942). Fotografía Rodríguez. 

Hubo un tiempo en el que el yerbatero y el farmacéutico confluían en un lugar común: la botica. Y por extensión, en el boticario. Este personaje, que no era un chamán pero tampoco un químico, fue un personaje fundamental en sociedades del pasado pues era una especie de puente entre el conocimiento ancestral y la técnica moderna. En una ciudad a la vez urbana y rural como fue Medellín por tanto tiempo, en cuya población los médicos de facultad no abundaban, los dueños de botica terminaban ofreciendo la solución para el dolor; para los males diarios: la consunción, el patatús, el colerín calambroso, la tontina, el vértigo lila, el descagalete, el cólico miserere. Con sus polvos en papeleta o sus jarabes en frasquito, el boticario purgaba al lombriciento, espulgaba al niguatero, le devolvía el rubor a la empalidecida. Curaba, en fin, las cosas que padecía la gente de a pie. Tan importante era el boticario que por siglos en toda buena obra literaria o teatral hubo uno en el reparto. Y herramienta fundamental en su gabinete fueron los jarabes reconstituyentes: mezclas de todo lo conocido y de sabor almizclado y astringente para cumplir un único fin: alentar al desganado. El Confortativo Salomón y el Eliminol fueron dos ejemplos de tónicos reconstituyentes que se comercializaron con mucho éxito en Medellín en el despunte del siglo XX, aunque para la época de estas fotos eran ya fabricados con todas las de la ley en los Laboratorios Salomón de Francisco Rojas, dueño de la Droguería Universal, que era la evolución de la botica de antaño. Decía la etiqueta del Confortativo Salomón: “Composición química fosfohemogenciokolarsenito”. ¿Qué significaba aquello? Tal vez ni el mismo creador lo sabía, pero en la línea de abajo el bebedizo prometía “restablecer las fuerzas y el color perdidos”. Y en aquel entonces eso equivalía a ir al hospital.

Publicidad de Eliminol (1937).

Confortativo Salomón (1942).


,

Iceberg masivo

Iceberg masivo

Archivo Fotográfico BPP


Número 110 Septiembre de 2019

Las imágenes que acompañan este texto fueron hechas por el fotógrafo Juan Fernando Ospina a lo largo de varios años, aunque son solo una pequeñísima fracción de su archivo; apenas el ápice que sobresale por fuera del agua de un iceberg masivo y voluminoso que se extiende hacia todos lados y está lleno de aristas.

Se trata de un trabajo que empezó al final de la década de los ochenta y ha continuado hasta hoy. No es broma: una de estas fotos fue tomada hace un par de meses, pero comparte de igual a igual con otra de hace seis años, y con otra de hace quince, y con otra de hace treinta, como la de la mujer y el edificio Coltejer, una fotografía que fue una suerte de ícono local cuando la vimos por primera vez con los ojos impresionables de los noventa, a pesar de que para entonces ya habíamos visto tanto.

Todas estas imágenes, en el buen sentido de la palabra, se parecen. O mejor: están ligadas por una estética similar —la calle como un gran estudio fotográfico, rebosante de personajes y utilería real— y representan una búsqueda sistemática y serial del fotógrafo que se ha pasado la vida reconociendo y señalando la belleza a menudo confusa y rara que producen los ecosistemas humanos que llamamos ciudades. De ahí que un chicle opaco de esmog estampado contra el aviso rasgado de una turbia sala de masajes pueda ser retratado de una manera tan gozosa.

Estas fotos, junto al grueso del archivo, comienzan a formar parte de las colecciones que salvaguarda la Biblioteca Pública Piloto de Medellín en la Torre de la Memoria, el lugar donde se conserva buena parte del patrimonio fotográfico de la ciudad.



Bombardear a Medellín

Bombardear a Medellín

por JUAN FERNANDO RAMÍREZ


Número 110 Septiembre de 2019

Cuarta entrega de la serie Medellín lado B. Una bravuconada del alcalde de Nueva York en 1988, una amenaza contra una ciudad curtida por los estallidos. Algo de risa para apaciguar el drama.

El Mundo, 5 de abril de 1988. Archivo Universidad de Antioquia.

El lunes 4 de abril de 1988 saldría al aire en el noticiero matutino de Caracol Radio, 6 a. m. 9 a. m., la entrevista que sostuvieron sus periodistas con Ed Koch, el entonces alcalde de Nueva York, conocido por ser tan adepto a las polémicas gratuitas como a las políticas duras, por lo que él mismo se tildaba de manera irónica como un “liberal with sanity”, o sea un “liberal con sentido común”, y a quien la revista Time había definido así: “Si Nueva York es un taxi, Ed Koch es su conductor: de mal genio, beligerante, dogmático, hablador, protector, franco y, posiblemente, loco. Por lo general, acelera y, a veces, conduce por la acera. Sus enemigos, según él, son estúpidos. A todos los que están al alcance de su voz, les pregunta: ¿Cómo me va? Dos de cada tres neoyorquinos le responden que bien”. La entrevista la había arreglado el alcalde electo de Bogotá, Andrés Pastrana, quien, en visita de cortesía a Nueva York, un día antes había convencido a Ed Koch para que, en 1989, realizaran en esa ciudad la primera conferencia internacional de alcaldes, que versaría sobre el tráfico de drogas y sus posibles soluciones. Y sería precisamente con una posible solución para ese problema global, acaso la más intransigente, que finalizaría Ed Koch su primera respuesta a la larga entrevista de nueve preguntas radiada por Caracol: “Si ustedes nos solicitan que les prestemos personal militar para bombardear a los narcotraficantes de la droga, yo estaría dispuesto a decir que sí. Si ustedes nos piden que les enviemos tanques de guerra para invadir a esa ciudad, ¿cómo es que se llama…? Medellín, yo diría también que sí”. Al día siguiente, martes 5 de abril de 1988, haciendo énfasis en esa explosiva respuesta, tanto El Mundo como El Tiempo publicarían la transcripción de la entrevista bajo estos titulares: “Estoy de acuerdo con bombardear a Medellín” y “Apoyaría invasión de E.U. a Medellín” respectivamente. Titulares que pasarían inadvertidos en ambas portadas, porque estas y las del resto de periódicos del país se las robaba la masacre de Mejor Esquina, en Córdoba, la primera cometida por los paramilitares comandados por alias Rambo, o sea por Fidel Castaño, en la región Caribe colombiana, dejando un saldo de 28 campesinos muertos.

Un día después, el miércoles 6 de abril de 1988, El Espectador, en una noticia titulada “Lo de bombardear a Medellín es algo folclórico”, recogería las palabras del alcalde de Medellín, William Jaramillo Gómez, con respecto a las de Koch: “Creo que aquello hace parte del folclor de la campaña electoral del señor Koch para su reelección como alcalde de Nueva York. Él siempre ha sido bastante lengüisuelto y en esta ocasión se tomó atribuciones que son competencia del presidente de la república, muy posiblemente por la situación que tiene en Nueva York en relación con el consumo de droga, porque tal como lo dijo la revista Time hace varias semanas, la batalla contra el consumo se está perdiendo particularmente en esa capital, en donde el sitio denominado ‘Jamaica’ se ha convertido en el mayor dolor de cabeza de Koch. Lo demás es puro folclor”.

A propósito de Time, como si el narcotráfico hubiera hermanado a ambas capitales, la del mundo y la de Antioquia, curiosamente quince días antes, el 21 de marzo de 1988, esa revista también se había ocupado de Medellín en un artículo titulado “Welcome to Medellin, coke capital of the world”. Allí, entre otras cosas, se decía lo siguiente: “Conocida localmente como la ciudad de la eterna primavera por su suave clima de montaña, se ha convertido en la ciudad de la eterna violencia, con más de 3000 personas asesinadas el año pasado, y una tasa de homicidios unas cinco veces superior a la de Nueva York y, probablemente, la más alta del mundo… Medellín es tan peligrosa que el consulado de los Estados Unidos fue cerrado en 1981 por razones de seguridad. La DEA, por su parte, retiró a sus empleados en 1984, y hace dos meses el Departamento de Estado lanzó un aviso advirtiendo a los estadounidenses no visitar esa ciudad”. Aviso que saldría a la luz inmediatamente después del magnicidio del procurador Carlos Mauro Hoyos, quien, tras haber sido secuestrado en el aeropuerto José María Córdova, sería asesinado de tres disparos por alias Popeye en una finca del oriente antioqueño. Hoyos había emitido días antes una orden de investigación sobre la liberación de Jorge Luis Ochoa, que, por un recurso de habeas corpus, había recuperado su libertad después de pasar 27 días a la sombra, en los que estuvo respaldado por la siguiente amenaza del cartel de Medellín que publicaría, por ejemplo, El Colombiano: “Si extraditan a Jorge Luis Ochoa declararemos la guerra total y absoluta contra los líderes políticos del país. Ejecutaremos a los principales jefes de los partidos políticos”. “Esa liberación repentina —escribiría Time en su artículo sobre Medellín— enfureció a la Administración Reagan”. Y también había enfurecido a Ed Koch, y así lo haría saber en la referida entrevista con Caracol Radio: “Lo que más me desagradó, lo que más me molestó, fue cuando su sistema judicial permitió la salida de la cárcel de uno de los mayores traficantes de drogas, cuando nosotros les habíamos pedido que lo extraditaran”. Lo había molestado tanto que, días después de que Time sacara a la luz su artículo sobre Medellín, declarándola la capital mundial de la coca, Ed Koch publicaría en The New York Times una página, pagada de su bolsillo, contra Colombia, pidiendo que se cortara la ayuda de Estados Unidos a ese país. ¿Cuánto le costó esa publicación? Le preguntaron los periodistas de Caracol Radio. “Once mil dólares”, respondería Koch.

El Espectador, 7 de abril de 1988.
Archivo Universidad de Antioquia.

Un día después, el jueves 7 de abril de 1988, Al Donado, caricaturista de El Espectador, transformaría las palabras del alcalde de Medellín con respecto a las de Ed Koch, a saber, “Lo de bombardear a Medellín es puro folclor”, en una especie de meme, en el que Koch aparece de ruana y sombrero sosteniendo una bomba típica de historieta mientras exclama: “Pongo las bombas y me los pongo de ruana”. Además, el pie de meme, jugando con el heterónimo de la bacteria que causa la tuberculosis y su homónimo vacilar, o sea minimizando el asunto, restándole importancia a las declaraciones del alcalde de Nueva York, sería “El bacilo de Koch”.

Ese mismo jueves 7 de abril, en su tradicional sección de opinión “Ecos y comentarios”, bajo el irónico título “La genial propuesta de Koch”, El Colombiano por fin se ocuparía del tema: “Otra vez habló el alcalde Koch de Nueva York. Lo había hecho para pedir que se cortara toda ayuda económica a Colombia. Ahora lo hace para ofrecer bombas para lanzarlas sobre Medellín. Pero si somos más lógicos que políticos, porque él está siendo político y lo que busca es perpetuarse en la alcaldía de la ciudad de los rascacielos, deberíamos pedir que las bombas se lanzaran más bien sobre los consumidores que viven en varias urbes norteamericanas, especialmente en Nueva York, la capital del crac y de muchas otras cosas… Nueva York no es un dechado de virtudes. Hay mucha gente buena, como también la hay en Medellín, pero abundan los vicios y la criminalidad. Una bombita eliminaría no solo a los drogadictos y borrachitos sino a los homosexuales, al propio alcalde Koch, a los usureros, a los lavadores y atracadores”. Luego de destilar su inveterada homofobia, El Colombiano, en la siguiente página, la 5A, le daría continuidad a la anterior opinión a través de una caricatura firmada por Ricky, en donde una Estatua de la Libertad poseída por el espíritu de Ed Koch, además de estar fumándose un bazuco, difiere en dos simbolismos con respecto a la original: en lugar de la tablilla de las leyes que tiene grabada la fecha de la firma de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, sostiene una que dice “Imperio del sida”, y en lugar de la antorcha encendida que remite al Siglo de las Luces, está soltando una bomba atómica sobre el Edificio Coltejer, corazón visible de Medellín.

Un día después, el viernes 8 de abril, El Mundo, en un artículo titulado “¿Y al alcalde de Nueva York quién lo ronda?”, remarcaría estas palabras: “Cuando el alcalde Ed Koch, entre la ignorancia y la fanfarronada, habla de invadir y bombardear a Medellín, tal vez olvida que el crimen organizado neoyorquino ha extendido su poder de decisión a importantes sectores de los 200 mil millones de dólares que mueve esa megaeconomía urbana. Se estima que la mafia controla directamente un 15% de la actividad económica, porcentaje que bien podría duplicarse si se agregan los negocios indirectos”.

Dos días después, el domingo 10 de abril, El Colombiano volvería a la carga a través de una columna satírica de Jaime Jaramillo Panesso titulada “Loco: ¡bombardear a Medellín!”: “…El señor Koch habla tamaña barbaridad porque no conoce a los colombianos y menos a los antioqueños. Ni mancos que fuéramos… ¿Se imaginan ustedes al posudo alcalde de Nueva York desembarcando de un portaviones por los lados de Turbo, con las botas puestas y su R-15, con un enorme estandarte a sus espaldas proclamando su cruzada conquistadora en nombre de la iglesia presbiteriana o de alguna secta mormona, dando declaraciones para la CBS? ¿Se imaginan ustedes al gordito ese con su morral lleno de agente naranja descendiendo en paracaídas sobre el Barrio Antioquia, o sobre El Poblado, dizque presto a fumigar todos los solares y jardines de la prestante comuna? Quizás los vientos le hagan perder precisión en el salto y caiga entonces por los lados del parque de Envigado, en donde, después de un emocionante grito a lo Tarzán, tome posesión en nombre de su majestad Ronald Reagan. Bastaría que le salga el espanto de Fernando González para que el paranoico señor Koch corra por la Loma del Chocho y allí lo rescate un helicóptero. Antes de alejarse bien podría la ciudadanía de ese municipio regalarle un bareto para que vuele bien alto”.

Finalmente, al día siguiente, lunes 11 de abril, El Colombiano cerraría el asunto en sus páginas para siempre con una columna de Miguel Zapata titulada “El gringo feo”: “Ed Koch, alcalde de Nueva York, sería prototipo para un libro que años atrás interesó al continente. Se llama El Gringo Feo. Es la crítica a ciertos personajes antipáticos de Estados Unidos que suelen complacerse asustando latinoamericanos. Parecen del barro de Teodoro Roosevelt, el que auspició el movimiento separatista de Panamá… Los Estados Unidos fueron más generosos con sus enemigos de hace medio siglo que con países que estuvieron a su lado. El plan Marshall permitió que Alemania e Italia se repusieran de modo que actualmente tienen postrado al mismísimo dólar. La actividad de MacArthur culminó dando a los súbditos de Hirohito el poder terrenal en proporción igual al que tenían en lo espiritual. A los países suramericanos, en cambio, les exige sumisión sin recompensa. Es la actitud actual frente a Colombia”.

El Colombiano, 7 de abril de 1988. Archivo Universidad de Antioquia.

Posdata 1: Lo que no sabía Ed Koch es que Medellín a la sazón ya estaba siendo bombardeada. Ese abril de 1988, por ejemplo, explotarían once bombas en esa ciudad, incluyendo una contra una sinagoga en El Poblado, otra contra la sede del Hare Krishna y una más contra el Colombo Americano. Y en general, desde el 13 de enero de 1988, día de la bomba contra el edificio Mónaco que iniciaría la guerra abierta entre los carteles de Medellín y Cali, hasta el 2 de diciembre de 1993, cuando sería abatido Pablo Escobar, en la capital de la eterna primavera explotarían 184 bombas.

Posdata 2: Un año después, en abril de 1989, en “Company Town”, polémico artículo de la revista Rolling Stone que sería amenazado de demanda por Juan Gómez Martínez, por entonces alcalde de Medellín, se informaría que la mafia de esa ciudad no se había cruzado de brazos ante las amenazas de Ed Koch: “En Nueva York, en octubre pasado, los agentes de la DEA arrestaron a tres sicarios, presuntamente en una misión de asesinato contra el alcalde Ed Koch. Posteriormente, se dijo que otro nombre en la lista negra del cartel de Medellín era el del gobernador Mario Cuomo, quien, como Koch, había llamado la atención prometiendo ser duro con los traficantes de drogas. Parece que los métodos que han tenido tanto éxito en Medellín ahora se están exportando a todo el mundo”. Meses más tarde, finalizando ese 1989, Ed Koch fracasaría en su intento de ser elegido por cuarta vez alcalde de Nueva York, al ser derrotado en las primarias demócratas por David Dinkins.

Posdata 3: Veintitrés años después, en enero de 2012, en una columna de Semana titulada “Otra vez la farsa”, Antonio Caballero recordaría el tema de bombardear a Medellín gracias a un tuit de Álvaro Uribe en el que proponía que bombardearan a las bandas criminales: “La sugerencia de Uribe recuerda la que hizo hace veinte años el alcalde de Nueva York, Ed Koch: un bombardeo de alfombra que redujera a cenizas la ciudad de Medellín para acabar así con el cartel del mismo nombre y matar a su jefe, Pablo Escobar, con lo cual se acabaría el narcotráfico. Tanto Koch en sus tiempos como Uribe ahora parecen ignorar que el negocio del narcotráfico es eso: un negocio. No depende de la actividad de un hombre como Escobar o de un grupo como los Urabeños, sino de las condiciones del mercado: de la inmensa demanda universal que genera ganancias descomunales para la oferta, concentrada en unos pocos países tropicales productores de la droga, en este caso de la cocaína. Ignorancia inexcusable en quien fue alcalde de Nueva York, que es la primera consumidora de drogas del mundo, y en quien fue presidente de Colombia, que es el primer país productor”.

Posdata 4: Un año después, el 2 de febrero de 2013, El Tiempo anunciaría la muerte de Ed Koch reproduciendo el siguiente obituario de Reuters: “El exalcalde de Nueva York, Ed Koch, murió a los 88 años por una falla cardíaca. Fue elogiado porque en los 70, durante su primer mandato, sacó a la ciudad de la ruina fiscal. En Colombia, por su parte, es recordado por proponer bombardear a Medellín para acabar con el narcotráfico”.



¡Comparte esta historia!





,

El primero y el último

El primero y el último

Archivo Fotográfico BPP


Número 103 Diciembre de 2018

El 20 de diciembre de 2018 se realizará la reapertura del edificio central de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América Latina. Luego de un proceso de repotenciación y reforzamiento estructural que duró más de tres años, el edificio construido en los años sesenta —el cual no cumplía con la norma antisísmica para edificaciones públicas— ahora aparece renovado y cool, o como dirían nuestras mamás, un verdadero joven buen mozo.

Pero más allá del edificio, de sus viejas estanterías y corredores, de los entrañables ficheros y sus mesas de estudio, a lo largo de su historia la biblioteca ha albergado miles de libros, algunos ya dados de baja o enviados a otros centros de consulta, otros tantos mutilados o desaparecidos. Todos ellos, en suma, han servido para formar e ilustrar a los medellinenses.

Y como una forma de celebrarlos a todos, presentamos aquí el libro que lleva más tiempo en la Piloto y el más reciente. El primer ejemplar ingresado a la colección, el 3 de mayo de 1954, lleva por título Los amigos de Totó, una suerte de narrativa juvenil con ciertos matices escolásticos propios de la influencia franquista en Hispanoamérica, escrito por la catalana Mercedes Baguer; es una primera edición de la Editorial Librería Religiosa de 1947, impresa en Barcelona.

Este primer libro de la colección general y muchos de los que se pusieron al servicio en los años cincuenta tuvieron una especie de filtro de censura o circulación intencionada hacia la formación de lectores obreros y sus familias. La junta de clasificación bibliográfica de la naciente BPP, además de bibliotecarios experimentados, incluía a sacerdotes como Jaime Serna Gómez, más conocido en columnas de prensa y otras publicaciones de la época con el seudónimo de Humberto Bronx, de tal manera que dicho comité de selección, con la aceptada influencia de la Pastoral Cristiana, revisaba y aprobaba el material bibliográfico que llegaba gracias a los convenios de cooperación internacional y de la Unesco. Para los rechazos la biblioteca habilitó un salón especial donde reposaban las obras de los autores no aceptados, pero de gran valor artístico y literario, al cual no podían entrar los menores de dieciocho años. ¡Qué tiempos aquellos!

Luego de 65 años, y como proyecto colectivo de construcción de una biblioteca más libertaria, el más reciente libro en ingresar a la colección general es una novela gráfica y autobiográfica que expresa las transformaciones sexuales y los cambios e imaginarios generacionales en el naciente siglo XXI, y que al leerse hoja por hoja no escandalizaría a ningún lector de hoy, salvo, obviamente, al padre Bronx: Todo va a estar bien, de Powerpaola. Es una primera edición del año 2015, de Silueta Ediciones y Paola Gaviria, impresa en Bogotá por Escala S.A., su registro de ingreso data del 5 de diciembre de este año. No es coincidencia, más allá de los libros de texto, los de historia, teologías y autoayuda, la Piloto ha privilegiado una colección juvenil permanente y fresca, que ahora se enriquece con la novela gráfica, el cómic y las narrativas creativas y experimentales.