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Un teatro llamado San Siro

Un teatro llamado San Siro

por MARIO CÁRDENAS • Ilustración de Jenny Giraldo García


Número 149 Mayo de 2026

Cuando me inventé la idea de que quería hacer un via|je a Milán para visitar un estadio y escribir algo, la invención y su efecto sorpresa tomó un impulso en la charla de sábado que se apagaba. Pero no, no iba a viajar. Hay cosas que uno dice para llamar la atención.

Lo cierto es con o sin viaje iba a escribirle una carta al estadio, pero la carta no me salió, me salió otra cosa: un texto cocido con varias piezas y recuerdos modificados sobre un estadio que tiene la forma de uno de los últimos eslabones del fútbol de antes.

Hay un hálito romántico, quizás más atractivo, en escribir una carta al edificio que será demolido y nunca verás en pie. Algo de utopía. Escribir a unas imágenes y a un deseo creado con distancia.

Al edificio lo he visto de lejos; a cierta distancia parece un coliseo con forma de nave espacial varada en un pedazo de tierra de un barrio que tiene su nombre más popular. Lo he visto en fotografías y en los encuadres de la señal de televisión, en videos que muestran partes de su interior y su exterior.

Últimamente lo he visto más, en nuevos videos que dan otros panoramas, tomas aéreas desde un dron, en fotografías que se enfocan en sus detalles, desde adentro, desde afuera, desde un costado. Tengo las piezas de un rompecabezas, no las tengo todas, pero con eso me basta. Veinte años atrás visitarlo era un sueño, pero me repele tanto la idea del turista que se precia de viajar para conocer algo, tomarse la foto rápidamente y ajustar la colección, que abandoné la idea.

En San Siro, el 19 de junio de 1990, la selección Colombia de fútbol marcó el primer gol que tengo en mi memoria, el gol que tiene gran significado para muchos de mi generación. Me acuerdo de ese día, era un martes, tenía el uniforme del colegio puesto, estaba llegando o saliendo directo por esa carrera 23 de Calarcá que unía mi casa con el colegio, en esa mañana lo que captaba mi atención era el televisor Shimasu a color de doce botones con la imagen nítida rodando. La jugada de gol tiene la forma de una llave que abre un muro: un esquema perfecto que calza y destraba, el balón pasando entre las piernas de un arquero, el gol, y la celebración de un grupo de muchachos con chaquetas y camisetas rojas con líneas amarillas y azules que se amontonan sobre el anotador. Todo es perfecto, lo repito de nuevo: el balón que circula por la cancha transformado en una bola de billar sobre un paño verde. Es un momento infinito.

Me acuerdo también que en la celebración desbordada empezaron a titilar unas letras que brotaban de la pantalla, en ese momento creí que éramos campeones de algo, mientras mi papá y mi mamá celebraban saltando, yo me quedé fijo viendo la pantalla de catorce pulgadas del televisor. En medio del griterío imaginé que habíamos ganado el mundial, que habíamos ganado algo grande. Las letras, supe después, decían: Viva Colombia. Todavía las busco intentando que en la repetición diga: Campeones del mundo. Lo cierto es que ganamos algo, enorme, empatar en un San Siro repleto de banderas alemanas, con un gol perfecto al último segundo en contra de Alemania Federal, un empate en contra de la selección que ganó el mundial de Italia 90.

Los uniformes de las dos selecciones son camisetas y chaquetas que están en el altar de los uniformes de fútbol: Alemania recién unificada, pero con la herida abierta. Colombia, en uno de los primeros capítulos de la guerra por las drogas, tratando de sobrellevar el trauma de uno de sus años más violentos. Para muchos de los jugadores de la selección: René Higuita, el Chonto Herrera, Leonel, el Bendito Fajardo, el Pibe Valderrama, Andrés Escobar, Freddy Rincón, la Gambeta Estrada, jugar en el mundial en San Siro era como estar en otro planeta. Contrario a lo que pasaba con algunos de los alemanes: Andreas Brehme, Lothar Matthäus, Jürgen Klinsmann, San Siro era su cancha habitual.

El mundial y el partido fueron un sueño dentro de un sueño. Los jugadores colombianos hacían del balón un péndulo que se movía en muchas direcciones, apenas comenzaban a sonar en el concierto mundial. Jugaron y empataron con el gol que Freddy Eusebio Rincón Valencia celebra con el número 19 en la espalda y soltando el grito con los puños apretados que no lograron contener tanta euforia. 

En los primeros años de la década del dos mil, uno de mis primos mayores tenía una pequeña colección de revistas de fútbol que se perdió entre trasteo y trasteo. Hay una que aún sigo buscando, la revista traía impresa a doble página una foto tomada detrás del arco sur de San Siro justo cuando el balón está ingresando entre las piernas del joven Bodo Illgner. Recuerdo, y veo la imagen: al costado izquierdo estaba el arquero desparramado mirando hacia atrás, el balón entrando, la malla del arco cubría las dos páginas y entre los orificios se veía el estadio, sus pisos elevados y graderías de colores verde, azul y rojo, la sombra blanca de los hinchas alemanes, los techos transparentes, las torres y estructuras rojas. El estadio desde ese punto se ve como una catedral de muchos pisos. No sé si fue ahí, o de tanto ver fútbol italiano que me despertó una pasión por ese estadio. Una obsesión por un espacio lejano y sagrado.

San Siro, o Giuseppe Meazza como le dicen los hinchas del Inter de Milán, es uno de esos últimos estadios, antes de que todos se volvieran latas de sardinas o inodoros diseñados para la gente que va los estadios a tomarse fotos y posar las camisetas de equipos que no les interesan. Lo sé, es una idea básica y romántica. El alegato típico contra el fútbol moderno. Dicen que no ver la virtud de lo nuevo es aferrarse demasiado a la nostalgia, pero San Siro, como el demolido Highbury, el Estadio Olímpico de Múnich, el Monumental en Buenos Aires, el Arena de Ámsterdam o el Signal Iduna Park son estadios de hinchas de fútbol, de gente que va a las canchas porque les gusta ese juego popular.

En San Siro también hizo un gol Faustino Hernán Asprilla Hinestroza. Es otro de esos momentos infinitos. Fue en una de esas mañanas de domingo en los primeros años noventa cuando nos levantábamos a ver Calcio italiano. También fue el costado sur, de tiro libre, al AC Milan de Fabio Capello el domingo 21 de marzo de 1993. Fue el gol de la temporada. El arquero Sebastiano Rossi apenas se mueve para ver el balón que se mete en la escuadra. El invicto de 58 fechas del Milan de Baresi, Maldini, Savicevic, Massaro, de los Gli invincibili, se vino al piso. El testigo de una nueva hazaña de un colombiano: San Siro, con sus graderías de colores, la arquitectura del techo, los cuernos rojos y las once torres.

Este año San Siro cumplirá cien años y será demolido, es lo que se ha anunciado. Un coliseo del que no quedarán ni las ruinas. Pero San Siro no siempre fue así como lo hemos visto desde hace cuatro décadas. El estadio Giuseppe Meazza del barrio San Siro fue inaugurado el 19 de septiembre de 1926 tras comenzar su construcción en 1925 por iniciativa de Piero Pirelli, presidente del AC Milan, con diseño de los arquitectos Alberto Cugini y Ulisse Stacchini, en esa primera versión los arquitectos mezclaron elementos del estilo Liberty que estaba en tendencia con elementos neoclásicos tardíos, en un concepto de estadio similar al de los equipos ingleses: cuatro tribunas independientes, perpendiculares al terreno de juego y construidas de hormigón armado, una de las cuales estaba parcialmente techada, sin pista atlética, con las graderías encima de los arcos, solo para fútbol. Diez años después el ayuntamiento de Milán tomó la administración del estadio y se hizo la primera reforma bajo la supervisión de ingeniero Bertera y el arquitecto Perlasca, se agregaron cerramientos a las gradas y su capacidad se amplió a sesenta mil espectadores. Gigante para su época. Luego, en 1956, sería rediseñado por Armando Ronca y Ferruccio Calzolari. Los arquitectos proyectaron la construcción de un segundo anillo de gradas accesible a través de una serie de rampas que recorren todas las paredes del edificio. La imagen de nuevo cambió, se abrió paso a unas temporadas de éxito para el Inter y el AC Milan con una docena es scudettos y varias ligas de campeones de Europa. A partir de esa renovación al San Siro se le empezó a llamar Scala del Calcio, una variación del nombre del teatro más famoso de Milán. Un teatro para el fútbol y el primer estadio con iluminación nocturna de Italia. En los años ochenta se dio el último cambio drástico y se completó la imagen que tengo en la memoria: los arquitectos Giancarlo Ragazzi y Enrico Hoffer y el ingeniero Leo Finzi completaron lo que hoy son las señas de identidad del estadio, las once torres cilíndricas con rampa helicoidal que permiten el acceso al tercer anillo de graderías, sobre el que descansa una cubierta de acero pintada de rojo.

La última fase hizo del nuevo San Siro unas de las sedes principales del mundial de Italia 90, con la ceremonia de apertura y el partido entre el vigente campeón Argentina y la debutante selección de Camerún. En la ceremonia de inauguración, con la luz de esos días, Gianna Nannini y Edoardo Bennato interpretaron el tema musical oficial Un’estate italiana, versión en italiano del proyecto creado por Giorgio Moroder y el letrista Tom Whitlock, que en su versión en inglés, y olvidada para muchos, fue titulada como: To be number one. Gianna y Edoardo, dos jóvenes de Nápoles y Siena, cantan en San Siro esa balada que también parece el himno de un mundo que se está acabando, suena a despedida, a un tiempo que se va alejando. Desde entonces, los mundiales han ido cambiando, y aunque para muchos el de Italia no fue un gran mundial, su promedio de goles fue bajo, las asistencias no fueron las mejores, es de esos mundiales que están más cercanos al fútbol de antes y no a los espectáculos costosos y saturados de marketing que se fueron implantando desde USA 94 como una serie de bromas infinitas.

Mientras escribo esto no sé si por la alocución del algoritmo que trata de afectar la redacción llegan nuevas imágenes de San Siro. El teatro que se va a demoler es testigo de otro evento: las primeras imágenes que veo son las del estadio en preparación para una ceremonia, la iluminación interior resalta los colores de sus graderías, la imagen es fúnebre, al interior unas piezas blancas en vitrinas esperan el momento. Más tarde nuevas imágenes y sonidos llegan en una serie: aparece Andrea Bocelli vestido de negro con una nítida interpretación de Nessun Dorma de la ópera Turandot de Puccini en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán. Sí, Bocelli, el mismo que cantó veinte años atrás en la ceremonia de apertura de Juegos Olímpicos de Turín. “Belleza y poder”, leo en uno de los comentarios que aparecen debajo del video. En la ceremonia las luces amarillas no distorsionan la uniformidad de lo que se antoja es un velorio. Hay más; luego, otra imagen sella de nuevo esa idea de belleza y poder: Laura Pausini, con un vestido negro y brillantes, interpreta el himno nacional de Italia, a lado y lado las modelos que han desfilado en el homenaje a Giorgio Armani con los trajes de colores de la bandera de Italia la acompañan. Elegancia contenida. Belleza limpia y blanca. Pausini canta, ejecuta, como lo hizo Bocelli, en sus casos no habrá un juicio técnico sino racional admiración por la sobriedad y la regla del protocolo. Las letras del himno que salen de su boca se lo tragan todo como una luz blanca salida de un reflector, en un momento una de las cámaras enfoca a la primera ministra de Italia Giorgia Meloni quien sonríe a gusto. El gesto es contenido. Parece satisfecha por el resultado de la ceremonia: ejecución, canto, belleza blanca y poder. He visto esas imágenes antes; en los desfiles y las puestas en escena de Nayib Bukele, en los sueños y las copias de las actuaciones de Abelardo de la Espriella, antes de que por campaña tuviera que fingir gusto popular.

Las últimas imágenes son de una batalla; afuera, en las calles de Milán, las protestas contra los juegos son un enfrentamiento que olvida la limpieza del espectáculo, no hay control, nada de belleza y poder, también hay luces en muchas direcciones, hay fuegos artificiales, bengalas que rompen el marco y la limpieza que se controla al interior. A la limpieza de la ceremonia dentro de la Scala del Calcio se contrapone lo que sucede afuera. Es un tipo de ceremonia que manda un mensaje: en un mundo abiertamente fascista esta es la ceremonia ideal que se contrapone a otros símbolos de consuelo y alegría.

San Siro es la casa del derby della Madonnina, entre el FC Internazionale y AC Milan, nombrado así en honor a la estatua de la Virgen de los Dolores, conocida popularmente como Madonnina, que se encuentra en la cima del Duomo de Milán. La virgen es para muchos la protección de la ciudad, una estatua que como el estadio son parte de su alma. “San Siro no es un símbolo de la ciudad, es parte de la historia de la ciudad”, dice un hincha en un documental de la Deutsche Welle.

El estadio caerá, la ceremonia que celebró Meloni a puerta cerrada es apenas un preámbulo de lo que se derrumba y se instala, de algo que está emergiendo de a poco, aunque ya se ve su forma. Mientras la poca atención pasa por el show de Bad Bunny en el Super Bowl, el espectáculo de supermercado no nos deja ver los otros lados. No sería extraño que San Siro sea testigo de esto, el punto de una nueva bienvenida. Como pasó en Milán en 1919 cuando Benito Mussolini fundó el Fasci Italiani di Combattimento. Milán es la recreación de un nuevo punto de partida, de lo que espera el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, cuando dictó la Conferencia de Seguridad de Múnich unos días después: “Queremos aliados que estén orgullosos de su cultura y su patrimonio, que comprendan que somos herederos de la misma civilización grande y noble, y que, junto con nosotros, estén dispuestos y sean capaces de defenderla”. Belleza blanca y poder.

Volví a ver el partido entre Colombia y Alemania Federal. Lo vi completo, sin narración y con la captura de los sonidos que permiten escuchar las voces en la cancha, en el archivo hay tramos en los que se puede escuchar lo que se dice de cerca entre un jugador y otro. Las palabras van y vienen en diminutivos, gritos, arengas, alientos que se alternan coon las palabras que dicen los alemanes. Las voces de jóvenes de la selección tienen un eco perceptible, el sonido de las palabras y los gestos es igual a lo que escuchamos en un partido del barrio. Un monumento al fútbol colombiano y nuestra memoria popular. Unas imágenes y sonidos que siguen circulando entre esos más de noventa minutos de partido.

Reviso de nuevo lo que escribo, afuera de la casa hay un equipo de producción que organiza detalles para grabar unas escenas. No sé si es parte de una película, un comercial o una serie. En la calle se vive un ambiente inusual. De repente escucho unos gritos, me asomo de nuevo a la ventana a husmear, sale un grupo de mujeres, hombres y niños vestidos con las camisetas de la selección Colombia, son copias y versiones de las camisetas de Italia 90. Al final queda uno de los hombres con una camiseta roja, desde lejos parece Freddy Rincón caminando.

Aunque se han hecho esfuerzos por declarar a San Siro como patrimonio cultural el edificio parece ir derecho al matadero. Al margen de esto, el archivo, volver a las imágenes, me permite crear una interrupción y una alternativa a esa idea global y homogénea de la belleza que se ha instalado como monocultivo. Como pasó con el viejo Wembley, otro de esos estadios donde un jugador colombiano dejó su sello, San Siro caerá. Pero eso no borrará nada.



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La carnicería de baldosas blancas

La carnicería de baldosas blancas

por FRANCISCO ZULUAGA MD • Ilustración de Cachorro


Número 149 Mayo de 2026

En la carrera de Medicina, una vez superadas las materias denominadas básicas, los estudiantes pasaban al hospital para los semestres clínicos. En esa rotación, el trauma siempre fue lo que más sedujo a Nando. Era una atracción difícil de definir. Encontraba en esta práctica médica una belleza irreal, una simbiosis entre lo caótico de la atención y la sapiencia del médico, que aplicaba lo mejor de su sabiduría para que el herido se recuperara, sin juzgar, claro, a ninguno de los pacientes, independientemente del bando del que provinieran.

Su bautismo de fuego en la Policlínica ocurrió una tarde cualquiera. Nando pasó por la enorme sala de emergencias y dijo que quería estar en un turno apoyando al personal. Su ofrecimiento, por supuesto, no fue rechazado. En el ingreso a la sala le llamaron a un médico que parecía estar a cargo, y que, sin presentarse ni considerar ninguna cortesía, le soltó una andanada de preguntas:

—¿En qué semestre está? ¿Sabe suturar? ¿Sabe de fracturas? ¿Sabe poner un tubo a tórax?

Nando le confesó que solo había suturado naranjas, práctica de los estudiantes que les sirve para aprender a manejar la aguja y el hilo con los que se cierran heridas. A pesar de su inexistente experiencia, y ante la alta demanda de pacientes en la Policlínica, el médico le respondió:

—¡Suficiente! Venga para acá y póngales cuidado a las instrucciones.

Iba vestido con ropa de estudiante: bluyín, camiseta de manga corta y unos tenis blancos que le había regalado una tía. Arriba de ese atuendo se puso una bata blanca, recién comprada, que tenía el logo de la universidad estampado en verde a la derecha del pecho. En la sala, los demás médicos de diferentes categorías y especialidades estaban ocupados con una multitud de pacientes. Casi nadie se fijó en él. Solo escuchó un comentario, que no fue disimulado y que no supo de dónde vino.

—Pobre güevón, va a salir vuelto nada. Ojalá no esté muy encariñado con esa ropita.

Una enfermera veterana, mientras canalizaba la vena de un paciente, lo miró y comentó con un poco de fastidio:

—Otro que viene a estorbar.

No habían terminado de darle tan amable y calurosa bienvenida cuando de una ambulancia se bajó, caminando por sus propios medios y ante el asombro de todos los médicos que miraban incrédulos, un hombre moreno, de no más de metro sesenta de estatura, contextura gruesa y mediana edad. Llevaba ropa blanca y su camisa tenía una mancha de sangre de un color rojo muy vivo. Todo parecía una sucesión de imágenes en cámara lenta para Nando. Estaba completamente hipnotizado por lo que presenciaba. Del pecho del herido sobresalía el mango negro y plateado de una navaja automática. La enfermera más cercana gritó:

—¡Doctor!

El apuñalado avanzó hacia Nando, que lo miraba como si fuera una aparición, y se sacó la navaja del pecho de un solo tirón. Un chorro de sangre carmesí salió disparado hacia Nando, que por reflejo brincó hacia un lado y escuchó un grito que lo devolvió a la tierra.

—¡Métale el dedo, güevón!

El herido se fue al suelo y uno de los médicos le agarró la mano derecha. Tomó el dedo índice de Nando y lo introdujo por la boca de la herida. El estudiante no sabía qué era peor. Si las náuseas, el mareo o la abrumadora y súbita gravedad de la situación. Trató de concentrarse en la voz que le gritaba.

—Siga por el camino de la puñalada. Busque el hueco y meta el dedo hasta que sienta que el latido se siente alrededor de la punta del dedo.

—¡Listo! —gritó Nando tratando de hacerse escuchar por encima de los quejidos del herido, porque todo el procedimiento se hacía sin anestesia.

Se emocionó al ver que el chorro de sangre disminuía. Las enfermeras ya le habían puesto dos bolsas de un litro de suero en ambos antebrazos al herido y dos camilleros esperaban.

Otro grito retumbó en la cabeza de Nando.

—¡A la camilla y al pabellón de cirugía! Corriendo, que se muere.

La camilla era un armatoste de metal pintado de verde claro sobre cuatro ruedas gastadas. No había nada que evitara el contacto entre el paciente y la superficie metálica de esa cama, que tenía algunas partes oxidadas. Así eran los equipos por esos días en el hospital sometido a una altísima demanda de servicios, y los pagos llegaban a cuentagotas.

Nando trató de ayudar a subirlo, pero nuevamente la voz gritó tajante:

—No vaya a mover el dedo de ahí. Quédese quieto.

Subieron el herido a la camilla y Nando se fue corriendo al lado. Mientras las enfermeras apretaban las bolsas de suero para que el líquido ingresara más rápido en el cuerpo del paciente, recorrieron pasillos y pabellones hasta que llegaron a los quirófanos. Los estaban esperando. Les habían notificado por teléfono que iba en camino un paciente en condición crítica con una herida que comprometía al corazón.

Nando había aprendido, en las clases, que las salas de cirugía debían ser asépticas, y que para ingresar tocaba cambiarse y ponerse ropa sin contaminar. Por eso, apenas llegó a la puerta del quirófano, se detuvo. No quiso ingresar. Pero rápidamente fue empujado bruscamente por una enfermera que le gritó:

—¡Hágale pues! No se asuste. Dele para adentro, pelao.

Los cirujanos parecían más interesados en que el dedo de Nando se mantuviera dentro del herido que en saludar o preguntar quién era. Bañaron en una solución yodada antiséptica al paciente y empezaron a abrir el tórax alrededor de la mano del estudiante hasta que dejaron la herida a la vista. En simultánea, el anestesiólogo lo intubaba y lo anestesiaba.

Nando no conocía a nadie en la sala. Todos estaban vestidos de pies a cabeza con trajes verdes, tapabocas y gorros que solo dejaban a la vista sus ojos. A su derecha, uno de esos doctores enmascarados le dijo con una calma extrema:

—Hijo, voy a contar hasta tres. Ahí usted saca su dedo e inmediatamente se tira hacia atrás y nos deja hacer el resto del trabajo a nosotros.

Todo parecía tan cotidiano y tan rutinario. Nando quedó impresionado con la callada eficiencia y el funcionamiento coordinado de todos en la sala de cirugía. Pensó en quedarse a mirar un rato por curiosidad, pero rápidamente las enfermeras de emergencias lo sacaron del quirófano.

Volvió a la sala de urgencias triunfante. Tenía su pecho inflado de orgullo. Era el protagonista de un procedimiento que había salvado una vida. Esperaba, al menos, una palmada en la espalda o alguna palabra reconfortante por su labor. Pero el único comentario que escuchó le bajó la moral y le pegó con fuerza como una cachetada.

—¿Qué tal? ¡Una herida de muerte y el pichón de médico brincó a un lado, como con un resorte, para no ensuciarse la ropita!

Fue tal la vergüenza que ni levantó la mirada para identificar de dónde venía el reproche. Se alejó en silencio y juró que eso nunca le volvería a pasar.

Con las jornadas, que después de pocos días se hacían rutinarias, los estudiantes que se ofrecían a colaborar podían entrar y salir cuando quisieran de la Policlínica. Ya le era común a Nando moverse con solvencia por las urgencias y otras dependencias del hospital. Los turnos se cumplían con rigor y el resultado de esas extensas y fatigantes jornadas se veía en las caras del personal médico y en sus atuendos. Una vez le pidieron que buscara un interno y Nando no tenía ni la más remota idea de cómo se identificaba, ni siquiera dónde encontrarlo. El médico lo jaló del brazo y lo llevó por el corredor evitando pisar pacientes que se quejaban acostados en el suelo, porque no había dónde más ponerlos, y le señaló a un muchacho. El joven estaba sucio de pies a cabeza, desgreñado, con unas profundas ojeras, y caminaba casi arrastrando un cuerpo que se negaba a moverse.

—Para que no se le olvide: ese es un médico interno. Igual que él se va a ver usted después de trabajar por más de 36 horas seguidas. No lo vaya a juzgar —le dijo el experimentado galeno.

En esos años no era común tener a disposición más de un delantal o un juego de ropa médica. Por eso, y más si eran estudiantes, quienes participaban en aquella labor se iban a las casas sucios, sudados y manchados de sangre, de pies a cabeza, tras los agotadores turnos.

Nando, una tarde, totalmente agotado, trató de parar varios buses para irse a su casa, pero ninguno se detuvo. Su aspecto era deplorable. Parecía salido de una pelea a cuchillo en un bar de mala muerte. Su camiseta, además de sangre, estaba manchada de otros fluidos que no supo ni quiso identificar. El pantalón tenía restos de vómito y la parte de atrás, entre los bolsillos y la zona posterior de la rodilla, estaba impregnada de un líquido aceitoso que emanaba un olor penetrante.

Después de varios intentos, un transporte medio vacío le paró. El conductor lo miró de arriba abajo como observando a un extraterrestre.

—Trabajo en Policlínica —dijo Nando casi suplicándole al chofer que lo dejara subir.

El conductor vaciló un momento y le respondió:

—Hágale, súbase. Váyase hasta atrás y se queda parado. No se vaya a sentar que me ensucia las sillas y lo bajo.

Nando tomó esa advertencia como un triunfo. Estaba cansado, maloliente, y solo quería llegar a su casa para dormir. En el trayecto pensaba que estaba en el peor escenario entre dos mundos. Y en ambos su presencia era incómoda. En el hospital creía no encajar, por torpe, lento y falto de conocimiento práctico, y en la calle, por su aspecto, la gente lo despreciaba, se le hacía a un lado.

Su llegada a la casa fue otro drama. Ya el sol de la tarde había caído y todo estaba oscuro. Cuando tocó a la puerta, una tía que les ayudaba por días en la vivienda abrió. Todo el atontamiento, producto del cansancio, se le fue de golpe a Nando. Los gritos de la señora lo trajeron nuevamente a la realidad.

—¡Ave María Purísima, sin pecado concebida! Miren a este muchacho cómo llegó.

El padre de Nando bajó a los trompicones del segundo piso, casi se cae si no es porque se agarra de una baranda, y le preguntó angustiado:

—¿Qué le pasó, mijo?

—Vengo de trabajar en Policlínica.

Intentó traspasar la puerta de la casa y la señora lo detuvo.

—¡No, hombre! Quédese ahí. Ya le traigo una bolsa plástica para que meta todos esos chiros y una toalla para que se vaya derechito al baño. ¡Huele a puro muerto!

Las semanas pasaron. Nando se acopló a la rutina y a la hermandad dentro del servicio de emergencias. Los heridos eran, en un gran porcentaje, de máxima complejidad. Como centro regional de trauma, la Policlínica Municipal recibía pacientes de casi un centenar de pueblos y ciudades pequeñas de Antioquia, tal vez la región del país que con mayor fuerza vivía el conflicto armado interno y también las disputas entre grupos mafiosos al servicio del narcotráfico.

Un día, cuando hubo un respiro en la atención de heridos, uno de los médicos le preguntó:

—¿Usted sabe suturar por planos?

—No, doctor —contestó Nando con un poco de vergüenza.

—Venga le enseño, mijo.

Al frente de ellos, en uno de los mesones altos de las urgencias, reposaba un paciente dormido, que tenía restos de vómito en su cara y roncaba por momentos. A leguas se veía y se olía que estaba borracho. Tenía, al menos, veinte heridas de machete producto de una pelea en la que, por supuesto, se había llevado la peor parte. Los machetazos variaban en profundidad, extensión y lugar del cuerpo.

El médico, con toda la calma, le explicó a Nando cómo debía proceder.

—Esta herida es profunda. La tiene que lavar con suero lo mejor que pueda. Luego sutura los músculos seccionados preservando la funcionalidad y la anatomía. Después lo hace con la cobertura del músculo. Tenga cuidado, la grasa no la suture. Y, por último, haga lo mismo con la piel.

Nando no despegó la mirada de las manos del doctor, quien suturó la primera herida con maestría. El movimiento se veía ágil y sencillo en las manos del maestro. Sin esfuerzo encontraba los extremos de los músculos y los cosía sin desgarrarlos. De ahí pasó a la cubierta y más adelante a la piel. El estudiante quedó maravillado por la destreza con la que su profesor ejecutó ese procedimiento.

—Ahora le toca a usted —dijo el doctor.

Nando inició el procedimiento y el paciente se despertó de golpe. Parecía un potro salvaje. En ese momento, el trabajo del estudiante se centró en explicar lo que estaba haciendo. Trató de sujetarlo, pero todo estaba saliendo mal.

Por esos años, dadas las restricciones económicas, suturaban con nailon de pescar. Era lo más económico y lo que tenían a la mano. Ese material tenía un problema: su rigidez impedía hacer los nudos para cerrar los bordes de la herida de manera independiente. Por eso les tocaba aplicar un cuidado extremo al retirarlo, porque, cuando se apretaba, el nailon recuperaba su posición original y abría de nuevo la cortada. Los médicos se las arreglaban.

Tras una breve disputa por tratar de calmarlo, y de varias amenazas del paciente hacia Nando y la enfermera que lo apoyaba, el herido volvió a dormirse.

Nando pensó que esa era su oportunidad. La enfermera se le acercó y le preguntó:

—¿Necesita que le administremos más anestesia?

El estudiante, con una sonrisa cómplice, le respondió:

—Este ya está anestesiado. No siente nada.

Faltaban solo unos pocos puntos en la parte posterior del cuello y el hombro para terminar el procedimiento. Lo voltearon y Nando trató de hacer más rápidamente las últimas puntadas. Se tranquilizó porque estaba a punto de terminar, pero entonces empezó a sentir que un líquido húmedo y viscoso recorría su abdomen, hasta abajo de su entrepierna. Después sintió que ese fluido iba hacia sus zapatos. Se estremeció y uno de los médicos le dijo:

—Menos mal que lo pusiste de lado. Si estuviera bocarriba, se le va el vómito a los pulmones y se complica la cosa.

A Nando se le hizo curioso comprobar que el tipo de heridas que atendía cambiaba. Al inicio de su servicio veía muchas lesiones de arma blanca, ya fueran cuchillos, navajas o machetes. Después llegaba gente hasta con amputaciones hechas con motosierras. Todas estas formas de causar daño fueron advertencias terroríficas hechas en el lenguaje de los guerreros de la calle.

La barbarie de la violencia escaló con los años en la ciudad y desde adentro de los servicios no se pensaba más que en atender y solucionar lo que les llegaba en el día a día, y como pudieran. Así los recursos para atender ese volumen de pacientes no estuvieran ni cerca de ser los adecuados. Para el personal médico todo era el aquí y el ahora. No hacían conjeturas sobre qué ocurría en ese mundo aparentemente lejano de puertas para afuera de las urgencias, y pocas veces asociaban que sus familias también vivían en esa misma realidad de Medellín.

*Este capítulo hace parte del libro Los parias de blanco. Salvando vidas en la Medellín de los ochenta (2025).



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Un viaje en bici y en barco

Un viaje en bici y en barco

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA


Número 149 Mayo de 2026

Giovanni Jiménez. Archivo particular.

El Fort Carillon fue un buque construido por Davie Shipbuilding & Repairing Co. El diseño y los planos se llevaron a cabo en 1940 y su construcción terminó el 5 de mayo de 1943, con chapas de acero reforzado, cabinas hasta para diez marineros y armamento mediano, el mundo vivía el horror de la Segunda Guerra Mundial.

En 1949 fue vendido a Acadia Overseas Freighters Ltd., Halifax. En 1950 fue renombrado Streatham Hill, al menos administrativamente, pero a causa de la guerra, jamás se le pintó el nuevo nombre, por lo que en las bitácoras de los puertos seguía llamándose Fort Carillon, en honor a la batalla de 1758 entre franceses y británicos, a orillas del lago Champlain, en la frontera entre Canadá y Nueva York. El pequeño buque de colores blanco y negro constaba de una bodega, dos escotillas, dos grúas y motores en la popa, con dimensiones de 130 por veintiséis pies. Realizó doscientos viajes en el servicio marítimo en el periodo de 1944 a 1966, cuando fue desguazado en Santander, España.

Más de 65 barcos de la compañía canadiense Davie Shipbuilding & Repairing fueron destruidos en el Atlántico entre 1939, año en el que Canadá le declaró la guerra a Alemania, y 1945. El Fort Carillon sobrevivió milagrosamente a varias minas y bombardeos: en más de una ocasión, a pesar de ser un buque mercante, fue usado para llevar víveres a los cientos de miles de soldados que estaban en el frente contra los nazis.

En abril de 1962, ese buque de bandera canadiense estaba atracado en el puerto de Santa Marta, en Colombia, listo para zarpar hacia Hamburgo, Alemania, cargado de alimentos y materiales de construcción. Como era un barco mercante, podía dejar espacio para unos cuantos pasajeros, que pagaban pequeñas sumas de dinero para cruzar el Atlántico.

Giovanni Jiménez, un medellinense próximo a cumplir 20 años, nacido en el barrio Altamira y habitante del barrio Boston, pues su casa era cercana a la Placita de Flórez, hacía parte de los viajeros del Fort Carillon, cuya tripulación era de apenas veinte marineros. El capitán, un canadiense de apellido Toussier, lo acomodó en un camarote aislado, pequeño y mohoso, por lo que Giovanni, cuyo único viaje en su vida había sido por tierra a Bogotá, prefirió mantenerse la mayor parte del tiempo en la proa, agazapado en un rincón junto a las barandas, atormentado por las náuseas y el dolor de estómago.

El viaje duró doce días hasta Hamburgo y, en ese trayecto, vomitó al menos veinte veces. No fue un viaje tranquilo. El mar todavía estaba cargado de minas y, aunque era verano, no faltaban las tormentas con sus olas gigantes y sus potentes vientos. En esos momentos, a Giovanni le tocaba resguardarse en su camarote, a merced de la fiebre y los mareos.

El médico a bordo tuvo que atenderlo todo el viaje y hasta le pidió al capitán que lo agrupara con los demás viajeros, pero fue imposible, nadie quería compartir con el enfermo. De modo que fue el médico el que terminó trasladando su equipaje para una cabina aledaña al camarote del antioqueño, ya que temía que se muriera por los vómitos o que el delirio de la fiebre lo llevara a tirarse por la borda.

¿Pero qué hacía en ese barco Giovanni Jiménez? ¿Un joven montañero, de tez trigueña, flaco y sin experiencia? Perseguía un sueño, quería ser ciclista, ganar carreras y, además, quería ser pionero. Cerca de su casa quedaba el taller de bicicletas de Víctor Betancur, un reconocido mecánico del ciclismo antioqueño. Allí iban todos los grandes del pedal, incluidos Ramón Hoyos, Hernán Medina, Cochise Rodríguez y el Ñato Suárez. Giovanni, que amaba las bicis, veía a todas esas estrellas desfilar por las calles de su barrio y se sentaba a escuchar sus historias en la acera del taller, calladito, como un niño en clase de geografía.

Otro sitio que frecuentaban los escarabajos era la carnicería Bandera Blanca, donde había trabajado Ramón Hoyos durante varios años, y también J. Enrique Ríos Calderón, amigo de infancia de Giovanni y ciclista en su época de juventud. J. Enrique, después de que Giovanni se fue para Europa en el Fort Carillon, ingresó a la Universidad de Antioquia para estudiar Economía y luego se convertiría en escritor y periodista.

En esos tiempos, comienzos de los años cincuenta, Medellín era una ciudad en constante transformación. El ciclismo estaba de moda y en el Centro de la ciudad era frecuente ver a ciudadanos de aquí para allá en sus ciclas. Giovanni estudiaba en El Sufragio, en todo el parque de Boston, y allá se mantenía un ingeniero alemán, Joachim Kautezky, quien frecuentaba el restaurante Manhattan para disfrutar de la comida, la música en vivo y las tertulias que allí se formaban.

A Giovanni, una tía le había regalado una bicicleta marca Raleigh, para que fuera a la escuela. El niño había obtenido excelentes calificaciones, así que su tía le había prometido un regalo para navidad, en 1951. El niño quería un acordeón, pero se decidió por la bicicleta.

Ese año se había corrido la Vuelta a Colombia por primera vez, y apellidos como Hoyos, Gil, Pintado, Forero y Beyaert eran famosos en los periódicos y la radio. Giovanni se enamoró de ese deporte y, aunque tenía 9 años, prometió convertirse en un escarabajo.

A los 13, en 1954, llevó su bicicleta donde Víctor Betancur, le cambió el manubrio y le quitó los guardabarros para poder competir como “turismero”. Ganó su primera carrera en la década del cincuenta, justo en los alrededores de Boston y Buenos Aires.

  1. Enrique Ríos, su gran amigo, también adquirió una bici, dispuesto a competir en las carreras juveniles de la época, junto a Giovanni. Ambos fueron subiendo escalones en el mundo del pedal al lado de grandes nombres como Raúl Mesa, Hugo Cuartas, Mario ‘Papaya’ Vanegas, Asdrúbal Salazar, Hernán Herrón, Gustavo Vásquez y Hugo Escobar. En 1961, Giovanni logró el título nacional del kilómetro contra el reloj, y a comienzos de 1962, repitió la hazaña.

Giovanni trabajaba como vendedor de la empresa Siemens, en la cual el alemán Kautezky era ingeniero. Nunca se habían visto en Boston, pero en la empresa se hicieron amigos y fue el teutón quien lo animó a irse para Europa.

“Tienes mucha potencia, te iría bien en Europa. Allá, en verano y en primavera, hay unas carreras planas, de muchos kilómetros, que se corren a través de pantanos y calles adoquinadas. Se les llama clásicas. A ti te iría bien en esas competencias”, le dijo Joachim, un enfermo por el ciclismo que tenía tres bicicletas en su casa.

Giovanni era un soñador, y la idea de embarcarse hacia lo desconocido, hacia la aventura, le hizo gracia. Por su labor en Siemens se había ido a vivir a Bogotá, una ciudad fría, convulsa. No le gustó estar allí, tan lejos de su familia, de su barrio. Así que una tarde, sentado en una cafetería de la carrera Séptima, tomó la decisión y se fue para Santa Marta. Como el Ismael de Melville, empacó lo que pudo en una sola maleta y se echó a la mar.

Dejó su aldea atrás, su Medellín, su Centro, ávido por conocer el mundo, el universo del ciclismo.

En el barco, tras una semana de fiebres, mareos y vómitos, logró recuperarse y los días finales de la travesía los gozó en la proa, junto a los demás viajeros. El Fort Carillon paró en el puerto de Hamburgo, el Tor zur Welt (Puerta al mundo), a mediados de abril. El clima era fresco. Varios de los viajeros se bajaron allí y corrieron al mercado Speicherstadt. Giovanni también bajó, pero no se alejó del puerto. Tan solo deambuló por el malecón del río Elba, respiró el aire marinado, una extraña mezcla de metal y pescado. Tras un par de horas de contemplar los alrededores, volvió al barco, su idea era seguir hasta Múnich, aunque su destino final era Colonia, la ciudad de las bicicletas.

El capitán se sentó a su lado en la proa y le dijo: “Colombiano, acá debes bajarte. Para ir a Múnich debes tomar un ferri. Mi barco va de regreso a Halifax, Canadá”.

El ferri salía al día siguiente, así que Giovanni buscó un hotel económico. Sus deseos de conocer y conquistar el mundo del ciclismo no se habían reducido en lo más mínimo pese al tormentoso viaje. Además, le vino bien el descanso en tierra firme, en una cama fresca, con sábanas limpias. Era joven, fuerte, sano, de modo que, cuando despertó, estaba como nuevo.

Solo un par de meses le bastaron para darse cuenta de que en Múnich no iba a encontrar equipo o patrocinador. Necesitaba seguir hacia Colonia, pero lo detuvo el inverno, un durísimo invierno, y ya no pudo hacer nada. Fueron cinco meses de nieve, de soledad, de escasez. Era casi imposible comunicarse con su familia, y tampoco podía salir a entrenar o a buscar trabajo. Todos sus ahorros se acabaron en esa ciudad, en el encierro.

A pesar de todos los tropiezos, Giovanni Jiménez no se amilanó y siguió aferrado a su sueño, resistió como pudo el hambre, el invierno y la nostalgia. Se entretuvo aprendiendo alemán e inglés. Le habían rentado una habitación con desayuno y cena, a un precio módico, en una Alemania que todavía estaba recuperándose de la guerra.

Cuando volvió el verano, Giovanni consiguió un trabajo como obrero en los ferrocarriles, pero un par de meses después se fue para Colonia, porque debía recuperar el tiempo perdido. En esa ciudad encontró trabajo como mecánico y un día, en un cartel, se enteró de una competencia de pista en el velódromo Müngersdorf. El cartel estaba por todas partes, pero no especificaba la dirección, o quizás él no la entendía. Lo que si vio fue un nombre. El organizador del evento era presidente de un club de ciclismo. Ese descubrimiento alegró al paisa, quien se puso como objetivo, en el corto plazo, conocer a ese hombre y contarle su historia.

En 1965 lo conoció y le contó que era colombiano. El señor se asustó porque jamás había escuchado hablar del ciclismo colombiano, ni de Colombia en realidad. Giovanni, en ese momento, entendió que la única forma de convencerlo era sobre la bicicleta, así que le pidió una prueba. El alemán aceptó y, tras ver correr al colombiano, lo aceptó en su club, pero debía conseguir una licencia de la Unión Ciclística Internacional (UCI), un trámite que podía tardarse siete meses.

Hizo las vueltas para la licencia, pero no se quedó con los brazos cruzados. Se inscribió en varias carreras de aficionados de setenta, ochenta y cien kilómetros, y acumuló tantas victorias que se convirtió en el líder de su equipo. Aprendió que tranvía se decía tram, en alemán, y que ciclismo se decía radfahren.

En sus ratos libres caminaba por las orillas del Rin o se iba en bicicleta hasta la Kölner Dom, la famosa catedral. Oraba por su familia, por su lejana Colombia y volvía a concentrarse en las bielas.

En Medellín había dejado un amor, una jovencita de 17 años que lo añoraba, pero era claro que jamás volvería a verla. Sus prioridades, en todo caso, no eran sentimentales.

Gracias a sus triunfos, su nombre cobró relativa fama en Alemania y, durante una competencia en el velódromo, conoció a Emile van Ruymbeke, un militar belga ya retirado que amaba las clásicas. Se saludaron y se hicieron amigos. Van Ruymbeke sí conocía Colombia, y le ofreció a Giovanni llevarlo a su país, para que corriera las clásicas del norte, las de Flandes.

“La lluvia, el viento, el polvo, la velocidad. No sabes de lo que te pierdes”, le dijo el viejo militar a Jiménez, quien ya tenía en sus planes salir de Alemania, por lo que convencerlo de irse a Bruselas no fue difícil.

Emile lo instaló en Ruisbroek, un pequeño pueblo muy cerca de Bruselas. Lo alojó en su propia casa y le presentó a su familia. Era 1968, ya eran seis años en Europa y Giovanni no había dado el salto al profesionalismo, así que el traslado a Bélgica era su última oportunidad o, de lo contrario, volvería a Colombia.

Su nuevo amigo y benefactor lo inscribió en el equipo Ruisbroek Sportief Cycling, cuyo presidente era Camille Berghmans, un exciclista que fue determinante en la carrera del colombiano. Lo cuidó, lo mimó, le enseñó todo lo que necesitaba saber sobre ese ciclismo tan diferente al suyo. Y sí, también le presentó a su hija, Yolande, una joven de ojos verdes. Fue amor a primera vista. Se hicieron novios, luego esposos y, finalmente, compañeros para toda la vida.

Después del duro viaje en barco, después del fuerte invierno y la falta de oportunidades, a Giovanni Jiménez le llegó la primavera. Su vida cambió y su carrera profesional, por fin, inició en Bélgica, en 1968. Cumplió su sueño de ir a Europa y ser el primer ciclista colombiano en ese continente. Era un pionero.

Aprendió alemán, francés, flamenco y hasta inglés. Ganó carreras de provincia y una que otra con presencia de ciclistas de otros países, y su nombre se convirtió en un rumor, en una suerte de leyenda urbana. Le decían “el que no se rinde”, “el que vino del otro lado del mundo”, “el que gana con su corazón”.

El 11 de mayo de 1968, Giovanni Jiménez, el vecino de la Placita de Flórez, ganó su primera carrera en Bélgica, en Mouscron. Ese día venció, increíblemente, al legendario Walter Planckaert.

Durante la carrera, Jiménez se desprendió del lote con facilidad y solo Planckaert pudo seguirlo. Tras más de cincuenta kilómetros en punta, el belga le dijo al antioqueño: “Oye, vas mejor que yo, eres muy bueno. Déjame ayudarte y me conformaré con el segundo lugar”. El paisa aceptó el trato y los dos cruzaron la meta casi hombro a hombro. “La furia colombiana”, tituló al día siguiente un periódico flamenco en su crónica principal.

Esa victoria le permitió, ese mismo año, firmar su primer contrato profesional con el poderoso equipo Mann-Grundig, donde fue compañero de otra bestia, Herman van Springel, ganador ese año del Het Volk y el Giro de Lombardía, y segundo del Tour de Francia.

Su debut como profesional fue el 31 de julio de 1968, en Malle, cerca de Amberes. Quedó octavo, nada mal para un principiante que acababa de cumplir 26 años.

Se quedó dos años en el Mann-Grundig y luego pasó al Goldor-Fryns, con esposa a bordo. También estuvo en el Alsaver-Jeunet-De Gribaldy y en el mítico Splendor. Ganó carreras en Amberes y en Kruibeke y, en 1971, no solo fue el primer colombiano en la clásica Amstel Gold Race, sino que representó a Colombia en el Campeonato Mundial de Mendrisio, Suiza. Fue un evento brutal, salvaje, por las condiciones climáticas, en el que venció Eddy Merckx. Giovanni terminó en la casilla 33, entre 93 pedalistas.

Jiménez fue también el primer colombiano en correr y terminar la Gent-Wevelgem (1972, 90º), Het Volk (1972, 68º) y el Tour de Flandes (1973, 32º). También tomó la salida en el Infierno del Norte, la París-Roubaix, pero en este caso no fue capaz de llegar hasta el velódromo.

Otro hito de este Odiseo del parque de Boston fue su participación, también como pionero, en la Vuelta a España de 1974, con el equipo BIC, cuyo líder era Luis Ocaña y en el que también estaban Jan Janssen y Jean Marie Leblanc. Hizo lo que pudo, fue un excelente gregario, y finalmente se ubicó en la casilla 74 de la general, entre más de cien ciclistas.

Giovanni, en su aventura por Europa, se codeó con los mejores de todos los tiempos, incluyendo a Eddy Merckx, Felice Gimondi, Francesco Moser, Roger de Vlaeminck, Raymond Poulidor y Joop Zoetemelk. Disputó tres mundiales de ruta para profesionales, en Mendrisio, San Cristóbal y Leicester, en representación de Colombia; dos Vueltas a España —que no terminó—, una Vuelta al País Vasco y decenas de clásicas.

Fue el pionero. Y lo hizo de una manera única, al encontrar el lugar ideal, la región de Flandes en Bélgica, donde el ciclismo es tan venerado como en ninguna otra parte del mundo. Jiménez estuvo como profesional trece temporadas, desde 1968 hasta 1979, cuando se retiró. Vistió las camisetas de ocho escuadras y en su paso por aquel país ganó siete carreras, obtuvo trece segundos lugares e igual número de terceros puestos. Una historia de leyenda.

Giovanni Jiménez está próximo a cumplir 84 años y todavía recuerda aquel viaje en el Fort Carillon donde todo comenzó. Viajó como grumete, desde el Centro de Medellín hasta el centro del universo.

Giovanni Jiménez vistiendo el maillot del equipo BIC. Archivo particular.



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Como un brillo escaso y parpadeante

Como un brillo escaso y parpadeante

por JORGE IVÁN AGUDELO • Archivo Fotográfico BPP


Número 149 Mayo de 2026

El Fondo de la familia Duperly, donado el 9 de diciembre de 2019 a la Biblioteca Pública Piloto, constituye un importante conjunto documental y fotográfico que evidencia la evolución de los procesos de reproducción de imágenes y el ejercicio de la fotografía a través de cinco generaciones.

A través de viajes y exploraciones, especialmente vinculados al Caribe y otros territorios, los integrantes de esta familia construyeron un amplio registro visual de personas, paisajes, sucesos, actividades comerciales e industriales y escenas de la vida cotidiana.

“—¡Arre, mulitas maganzonas qui hay que llegar hoy a Playalarga! ¡Ah, táparo jediondo: solíviale, Toño, la carg’a a l’ Algarroba! ¡Y vos, niguater’ uel diablo —al sangrero— apurá que nos cogió la noche!”, dice, mejor sería decir, grita, Perucho, en “El último arriero”, relato de Tulio González publicado a finales de 1930, dos décadas después, poco más poco menos, de haber sido tomada la foto Arrieros por Óscar Duperly, en un momento en que, como también sucede con Horizontes, la pintura de Francisco Antonio Cano, la rudeza del paisaje, de los caminos, de la colonización, ha dado paso, en el mundo de las carreteras y de la industria, a la fascinación nostálgica y al mito del hombre venciendo, mediante la voluntad y el trabajo tesonero, la autonomía, la feracidad y el desorden de la naturaleza.

Sin embargo, aunque nos hablen de lo mismo, entre otras cosas, de que, como diría James J. Parsons en su famoso libro La colonización antioqueña en el occidente de Colombia: “Aun los rancheros antioqueños más ricos, prefieren las mulas de silla a los caballos, porque la firmeza de sus remos y su vigor, les dan ventaja decisiva para los fangosos caminos de herradura de las montañas”, relato y foto, más allá de su particular medio expresivo, develan distintos matices de una misma faena.

En el primero, la jerga propia de la arriería, con las palabras como suenan, sin caer, eso sí, en un folclorismo a ultranza, pinta, entre la jovialidad y el deber, la relación del hombre con los animales, la voz de mando que, en la historia y en la vida, terminará por quebrarse o, para ser más justos, por desplazarse, porque el mundo y las carreteras y la velocidad y el tráfico lo exigen, al certamen de otros oficios, en el caso de Perucho, que corrió con suerte y supo acomodarse a los nuevos tiempos, al de chofer de camión, no de cualquier camión, de uno “con bocina sonora, pintado de verde con un letrero rojo que decía: El rayo”, que pudo comprar, es sabido, con la venta de sus mulas.

En la segunda, la imagen construida con una composición diagonal y profunda que guía la mirada desde el primer plano hasta el fondo, permite dimensionar la extensión de una caravana viboreando por un paisaje que, por su relieve montañoso, su vegetación dispersa y el camino quebrado, refuerza la idea del paso lento y difícil, de la repetición y de la sincronía, al tiempo que genera, si seguimos la disposición de los animales, un ritmo visual de escala.

Aunque la imagen, lejos de ser una captura casual, sugiera la intención del fotógrafo de registrar una actividad económica representativa de la época, vinculada al transporte de mercancías, de productos como el café, la panela, la sal, y, en este sentido, funcione como un documento para evidenciar la circulación de bienes, registrar prácticas tradicionales y dar testimonio de infraestructuras precarias, caminos de herradura, también destaca la magnitud del territorio por encima del individuo, valiéndose para esto de un punto de vista elevado, que permite abarcar la longitud de la recua, y de una profundidad de campo amplia, que mantiene visible todo el recorrido, creando así, muy seguramente sin buscarlo, una atmósfera de fantasmas.

La espectralidad marca la caravana y hace enmudecer los ocurrentes y precipitados gritos de Perucho, porque aquí, como en una procesión fúnebre o en una silvestre corte de los milagros, arriero y animales se presentan avasallados por la lógica del trabajo y del paisaje, pero al tiempo, no podría ser de otra forma, intuimos, con las palabras del filósofo Georges Didi-Huberman, que nos habla de otros mundos que también son este mundo, la vida, como un brillo escaso y parpadeante, entre despeñaderos, pantanos y medidos pasos: “De súbito la vida de las luciérnagas parece extraña e inquietante, como si estuviera hecha de la materia superviviente —luminiscente pero pálida y débil, a menudo verdosa de los fantasmas—. Fuegos debilitados o almas errantes”


Los cuadernos de Mario

Los cuadernos de Mario

por MARIO ESCOBAR VELÁSQUEZ • Ilustraciones de Buziraco
Selección y notas: Fernando Mora Meléndez


Número 149 Mayo de 2026

Escrito en el tránsito espiritual entre las selvas de Urabá y las calles de Medellín, el diario de Mario Escobar concilia el testimonio de un hombre de acción con el de un tipo de letras. Reúne la confesión íntima con estampas de la ciudad, los diálogos de amigos y los de la ficción. Con el encanto de la nota espontánea y la agudeza de estilo, es a la vez una lección de ironía sobre la vida y la escritura.

La primera tarea de su taller era comprar un cuaderno de notas. Lo pedía de tapas duras para que soportara el trajín de la calle, suponiendo que sus discípulos fatigarían el mundo como él lo hacía. Había que escribir lo que a juicio del principiante fuera digno de mojar tinta. Solo agregó, “con realce literario”, aquellas pequeñeces que el arte exagera. Y, como los músicos que pasan largo rato tocando escalas (otros las trepan), se trataba de rayar mucho papel, andar atento a las percepciones para copiarlas, como ese ser que va por un camino con un espejo, según Stendhal, o esa persona con antenas, que dijo Henry Miller. El cuaderno, lleno quizás de la calderilla de los días vacíos, en algún momento de inopia literaria, escupiría alguna perla para salir de aprietos.

Llevar un diario, aunque fuera en blanco, como el de Bartleby, no era ninguna novedad de la cocina literaria. El maestro nos lo dijo, y hasta invitó a hurgar en diarios de plumas consagradas. No era obligatorio, tanto como leer Servidumbre Humana o Sinuhé, el egipcio, las dos novelas de las que recordaba episodios, leía pasajes o ponía ejemplos. Aun así, cada cierto tiempo volvía a preguntar por el diario, como si en algún momento de delirio profesoral fuera a revisarlo. A veces sacaba el suyo del maletín, lo enseñaba, pero no leía nada de allí. Y uno pensaba en los diarios íntimos, como los de las santas, Teresa de Ávila. O los de artistas, de vidas non sanctas, como el Diario del ladrón, de Jean Genet.

Muchos de aquellos papeles solo vieron la luz después de que sus autores fallecieron. Y, al correr del tiempo, pasó igual con el suyo. Con ademán curioso, hurgamos en esas páginas, publicadas por la Universidad de Antioquia, para leer por fin los apuntes que Mario Escobar Velásquez copiaba al natural en sus cuadernos.

Nos dimos cuenta de que hacía lo que predicaba. Sus fragmentos, como los de diaristas de oficio: Camus, Virginia Woolf o Ribeyro, son piezas que dibujan el periplo real e imaginario de su autor. Combinan la confesión íntima, con la prosa del día, los apuntes ensayísticos, el aforismo, los esbozos de personajes, sus reacciones al mundillo literario o a las noticias, con las preocupaciones de un novelista que debió sobrevivir con quehaceres alejados de las letras. Vivió en la selva de Urabá, a orillas del río León, como constructor, granjero, y como fundidor de piezas de metal en Medellín; al tiempo que urdió obras tan celebradas, como Un hombre llamado Todero, Muy caribe está o Toda esa gente, su novela preferida.

Cuando contaba sus faenas en clase, su inventario incluía marcar reses, caparlas, construir una cabaña, reparar bombas aspirantes e impelentes, motores fuera de borda, medir bosques tumbados, revisar la podada de las malezas y pagar nóminas. Tales recuentos despertaban la suspicacia de algún postulante que no confiaba en que de la rusticidad de un hombre de acción, con una parla poco engolada, brotaran novelas ejemplares. Hemingway parecía un señorito al lado suyo. Y el efecto de esas lides físicas corre con auténtica emoción por sus escritos, aquellos que prefería esbozar antes con tinta estilográfica.

Se pensaría que, por ir aparejados con los azares de los días, que traen su propio afán, los diarios tendrían frases borroneadas, desmañadas quizás, con líneas ilegibles. Por el contrario, se nota en ellos la intención contraria, la de dar forma al caos de la vida. Nada parece tan nimio que no amerite una agudeza, como las que describe sobre un gato o los peces de un acuario, en las ceremonias de interior que recrearon su soledad.

En cuanto al registro de sus lecturas, en una suerte de diario de lector, sorprende con sus humoradas que, en contravía de los estereotipos, hace guiños a lo que se ha considerado sagrado en la república de las letras. De paso, registra sus conversas con amigos escritores. A despecho de la crítica reinante, no tiene empacho en vincular la biografía de los autores con los destellos de esta en los textos.

Desde la mirada de transeúnte, registra con minucia la botánica de acera o las criaturas que se cruzan en sus rutas citadinas, con el esplendor de su asombro. Las salpimienta con una ironía que linda con la herejía de buen salvaje, que no dejó de anhelar su cabaña de madera en el golfo.

A su manera, cuenta sus desencuentros con los personajes de sus ficciones, su brega con las palabras que, en busca de la precisión, prefería inventarlas. Y luego del punto final, también describe la depresión puerperal del novelista.

Lejos de parecer la bitácora de un autor desde su torre de marfil, este dietario no evade la gravitación de las noticias. Así, entre líneas, puede leerse el contraste entre el mundo interior de quien escribe, preocupado por el aumento de peso, y los aconteceres más allá de su ventana, como en la isla de Granada, invadida por Ronald Reagan.

Mario Escobar tampoco dejó por fuera las fantasías oníricas, aquellas que pueblan diarios, como los de Kafka o Adorno, y se entrecruzan entre sus visiones diurnas. Aquí algunas páginas subrayadas y rasgadas de esos cuadernos: intentos, recuerdos y notas a pie.

Ceremonias de interior

Bazuko, mi gato, que ya ha alcanzado una gran talla, mató, en un descuido nuestro, a uno de los pajarillos que venían a comer de las harinas puestas para ellos, y empezó a comerlo. Se lo quité, adolorido. Es un “crimen” de la vida que organizó la cadena, no suyo. Como todo se paga, al minuto vino un perro que no es Lucky, su amigo, y casi agarra al gato en una gran perseguida. Bazuko trepó a un pino, y en él lo ató el miedo. No quiso atender a mis llamadas. A poco llovía esta lluvia torpemente fría de estas lomas, y el gato se agarrotaba hasta que se empapó más que un tabaco en un río.

Lo dejé ahí, en la lluvia, más de una hora deliberada. Gato y todo, es bueno que sepa de otros eslabones de la cadena. Después me agencié una escalera, lo bajé y lo sequé, y ahora duerme, igual que siempre, en el tapete suyo, al calor de mis pies. Pero antes de que se durmiera le vi los ojos, y ya no son inocentes.

Libros

Por donde voy de la casa, los libros. Ordenados en anaqueles, y apilados por el suelo. Los amo intensamente, como no amé, ni amo, ni amaré a otra cosa ninguna. Si tuviera el dinero que he invertido en ellos tendría una suma de mucha consideración. Pero no amaría a esa suma, ni ella me hubiera reportado lo que los libros.

Cuando voy de librerías me rasco el bolsillo hasta la inopia. Luego voy sin pesos por la calle, con paquetes bajo el brazo, deseoso de llegar a meter los ojos por ellos.

Como en otras veces, hoy compré más de lo que puedo permitirme: no aprendo de mesuras en las librerías. Después, las horas me son pocas.

***

Morirme, tarde o pronto, me será muy triste porque tengo que dejar a mis libros. He pasado con ellos la vida. Por donde fui estuvieron. Mientras que aliente estarán. Nadie como ellos fue mi amigo, ni a nadie he querido por tan largo tiempo, sin desmayos. Siempre, siempre, antes de dormir estuve con uno por mucho rato, leyéndolo. El amor que les tengo es físico y espiritual, y si hay más vidas me serán menos duras si por allá hay libros.

***

Bazuko se perdió, hace días ya. Tropezó quizá con algún tósigo, porque robaba en casas vecinas. De pronto uno notó que no estaba, dolido, esperoso. Se quedó en mi novela.

***

Supongo que para muchos sería perder el tiempo, pero estuve más de media mañana mirando parir a una de las hembras gupis en la pecera grande frente a mi escritorio. En cada vez suelta a dos cosas esféricas, mínimas, que al decímetro de bajar al agua estallan en pececitos, que nacen sabiendo que hay jetas esperando para comérselos. Cada uno se dispara y se adosa a una rama, disfrazándose, o se oculta debajo de una pedrezuela, ceñido a rama o piedra como si fuera parte.

Es, claro, la memoria heredada, o el conocimiento heredado. Los terneros, igual: entre otras cosas que saben está el que las tetas de la madre quedan arriba de la altura de su cabeza, y las buscan. A veces de un toro grandote y de una vaca chica nace un ternero alto al cual las tetas de la madre le quedan debajo de la testa, y entonces se arma un lío. […]

Me pregunto qué cosas enormes olvidamos los hombres al nacer. Yolanda, mi hija, al cuarto de hora de nacida, miraba a las cosas sabiéndolas o reconociéndolas, viejos ojos sabidos en su cara estrecha. A mí, viéndola reconocer, me dio mucho miedo.

De lecturas y tipos de letras

A mí Flaubert no me incendia. Sé que Madame Bovary fue un suceso enorme en su época. Con esa novela creó técnicas y modos a los cuales y a las cuales debemos infinitamente. Pero sé igual que todo eso se ha superado, y que ante lo inmediato, lo suyo, remoto, palidece. Emma Bovary fue una heroína extraordinaria, pero en su época. Después las hubo a centenas, usuales, y no conmueven. Pero Flaubert escritor es un guía al cual me atengo: su respeto por el quehacer literario, su disciplina inaudita, sus investigaciones minuciosas para adueñarse del tema, su sentir hondamente a sus personajes, me motivan. ¿Cómo no admirar sus vómitos cuando escribía del envenenamiento con arsénico de su protagonista? Él estaba siendo ella, y sufriendo igual. No hay otra manera de hacer las cosas literarias bien hechas.

***

Cuando de El día señalado, una novela que obtuvo el prestigioso Premio Nadal, de España, Manuel Mejía Vallejo extrajo un cuento perfecto llamado “La venganza”, y que a mí me parece como cuento mejor que la novela como novela, y el cuento estuvo adecuado, “lloré”, me dijo.

Un llanto que yo entiendo. La belleza llora a veces o nos hace llorar sin tristezas.

***

Algunos escritores hablan del “lector” en el cual piensan cuando escriben, para agradarlo. Salvo las cartas, que suelen ser privadas y tienen un destinatario único, “el lector” no tiene entidad, sencillamente porque no hay dos iguales, con la misma cultura, los mismos gustos, etc. El escritor no puede plegarse a todos. En su variedad son los lectores los que deben adaptarse al escritor.

Cuando escribo no pienso sino en lo que escribo, batallando con las palabras para que digan lo que yo quiero, como yo quiero que lo digan. Es toda una lucha: las palabras son esquivas, quieren desbandarse y uno las quiere unidas. Me recuerdan al ganado de Urabá cuando había que meterlo en corraleja para vacunarlo. Yo solía decir que era mío solamente cuando ya lo tenía encerrado donde yo quería. Lo mismo son las palabras.

***

Bajo el volcán, la obra más caracterizada de Malcolm Lowry fue escrita en cuatro veces. Al primer original lo perdió en una de sus borracheras seriadas, luengas. Al segundo en un incendio, que tal vez él mismo provocó en otra de sus curdas, sin quererlo. El tercero naufragó con un barco, y se ilustraron los peces y los corales. Y para el cuarto casi que no encuentra editor, porque estaba entonces en boga una novelucha de dipsómanos.

Era todo un apego a una idea, tan poderosa como su necesidad de beber. Uno sabe que las tres ocasiones fallidas no le hicieron daño a la obra, sino provecho: un libro que no se haya escrito en esas veces por lo menos tiene de feto. Es un libro inmaduro. Uno casi que recomendaría borracheras de botar libros, incendios de quemarlos y naufragios en provecho de peces, a más de uno de nuestros escritores.

El paso y el repaso de lo escrito hacen buena prosa, amarra los hilos sueltos, cohesiona el conjunto. Si por un acaso se hallara el original primero y se comparara con lo publicado, se hallaría la diferencia misma que hay entre una naranja verde y otra en sazón.

***

En Crucifixión rosada, el libro que me gusta más, Henry Miller habla de una con la cual convivió durante siete años. Cuando ella leyó dijo que “todo está distorsionado. Esa no soy yo. Yo esperé de ti algo bonito sobre mí”.

Es que no sabemos cómo nos ven. El que nos mira nos interpreta. Al pasar a su través nos distorsiona de necesidad.

Henry escribió sobre la que odiaba. Pero en ella tendría que haber una lovable: esa que se sacrificó por él y que, así fuera puteando, se conseguía los billetes de a cien para que Henry Miller pudiera escribir y escribir. Tal vez el odio le nació de ahí, de esa dependencia. A esas bondades que dan tanto y por tan largo tiempo llega a odiárselas.

***

En la única librería de viejo que conozco en esta ciudad hallé dos tomos de los diarios de Camus, que copan desde el año 35 al 51, que son los de su madurez. He pasado momentos tediosos, que se alargaban, borrando anotaciones y subrayados de su dueño anterior, que me incomodaban tanto como lavarme los dientes con un cepillo ajeno. Afortunadamente estaban con lápiz. Solamente cuando acabé de borrar pude ponerme a leer, y a rayar como yo rayo.

Un libro es un objeto tan personal como una camisa.

Camus temía del sexo. Lo comparaba con el opio, como adormecedor de cosas en el hombre. Anhelaba la castidad en la cual, presumiblemente, trabajaba mejor.

Algo muy parecido le dijo alguna vez Ernest Hemingway a su amigo Hotchner. Creía que se derrocha en el sexo, cuando debería ahorrarse para la literatura.

Pero a mí el sexo me tonifica. Sin él no puedo escribir, envenenado de esos jugos espesos si se me acumulan. Creo que me parto abajo, y también en el cerebro. Cuando mejor escribo es cuando le hago un uso pleno.

Lo que importa es ser consecuente con lo que se es, cada uno. Si la castidad es tu estado, sé casto, caray: lo que importa es tu obra.

***

“Besacalles” es un gran cuento de Andrés Caicedo. Una maestría en el desarrollo, y en los amarres, y en el entorno. ¡Cuán placentero es leer algo bueno! Cuánto escasea lo mejor, y cómo cuesta encontrarlo.

Caicedo, un poco nuestro Truman Capote, tenía ya un estilo a sus veinte años. Como el gringo, empezó desde muy temprano, y harto que produjo. Al contrario del gringo, no rompía nada. Lo conservaba todo, bien organizada versión tras versión de un mismo asunto. Sería muy interesante mirar los desarrollos que tuvo para cada uno. Después de la creación iniciaba un lento, un múltiple, un repetido trabajo de artesanía.

Y después, en un baúl de esos antiguos que eran los escaparates de otras épocas, apilaba las versiones. Como si pensara que algún día irían a estudiarlo. Y eso se hiciera, si esas versiones se publicaran.

Apuntes de ciudad

Uno sabe que la gente de ciudad, esa nacida acá y acá vivida, sedentaria, es otra cosa distinta a lo que uno es. Que su mundo apenas si roza el de uno. A veces se llegan a donde tengo mi escritorio con la pecera espléndida a un lado, mi mar reducido, y se quedan alelados viendo al molusco. Preguntan:

—¿Qué es eso? ¿Esos?

—Son caracoles.

—¡Qué maravilla! Nunca había visto a uno vivo.

Y yo entiendo entonces sus almas con calles de cemento, con árboles domésticos y esmirriados, con un horizonte de patio o de calle o carrera. Y sé que por eso aparecemos ellas, las gentes y yo, extrañas. Tienen un solo mundo, y yo a muchos más de dos.

***

Bajé del carro para abrir el garaje, y vi a la niñita: estaba al sol de las 12 m., muy modosica sentada en el muro de enfrente, solitaria, vestida de blanco, dos guedejas rubias sobre los hombros. Debe ser una de las innúmeras, parientes de la gente de ahí, con muchos vínculos con el campo. Conversaba, sola al parecer. Gesticulaba con manos y brazos. Nada sucedía para ella sino su conversación. A mí no me percibió. El viejo perro de esa casa, sentado en la cola, la oía. Pero no era con él la conversación. Era con alguien que para ella existía, así yo no lo viera, y de quien no dudo.

Así somos los escritores. A veces, solo al parecer, en el carro, converso con mis personajes, y el diálogo es siempre interesante. Creerán que hablo solo, o con fantasmas, pero a mí qué. En ese aspecto los escritores seguimos siendo niños: no es un defecto. Es que los demás se anquilosaron.

***

Rodrigo Arenas Betancur es pequeñito de cuerpo, y no faltó alguno que dijo o escribió que por eso sus figuras son monumentales. En la cara, hondos y pequeños, le bullen los ojos inquietos de cualquier campesino antioqueño. Ojos de esos he visto muchos: son calculadores, calibradores, “machuchos”. Pero en los de él está algo que es de maravilla: la inteligencia del artista. Él quiere aparecer culto, y tal vez lo sea. Es deslenguado al hablar de otros. Me dijo, por ejemplo, que pese a haber escrito Aire de tango, que presuntamente ocurre en el barrio Guayaquil de antes, Manuel Mejía Vallejo es un “señorito que si pasó por allá lo ‘hizo en taxi’”. Es decir que no lo conoció, y el suyo es un entorno inventado. Eso se nota en la obra. Dice que Guayaquil fue un puerto magnífico, como El Pireo, así terrestre, y como otro cualquiera repleto de marineros. Que él sí vivió a Guayaquil. Añadió que “Manuel se identifica con el Jairo de la novela, pero que se soslaya y que debió asumirse más”.

***

Vende frutas a la entrada de la U, y en el brazo, que una camisa completamente en sisa deja visible, tiene escrita, y mal, la palabra “vengansa”, en tinta de un azul desvaído. Un tatuaje barato.

Mi amiga le preguntó la razón de esa marca indeleble. Contestó como lo primero:

—Cosas de uno.

Pero como mi inquisidora no continuó las preguntas, él hilvanó otra respuesta:

—Es para acordarme en todos los días que debo vengarme de una hijueputa.

Yo, callado, sin mover el labio, me reí de él. Quien de veras desea vengarse no requiere de recordatorios. Ese debió quedar lleno con el letrero y las punciones. Su venganza es de esas baratas de exportación, de mostrar, de engreírse. Ese, al odio, no lo ha conocido. ¡Seguro!

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Todos los de antes se colapsaron, o colapsan. En cada vez estoy más solo de la gente de antes. Ahora es él quien agoniza. Juntos enseñamos en el Liceo de Udem, hace como 30 años. Por entonces él creía ser poeta, y tuvo sonetos casi. Pero no llegaban.

Me dice su hija que las radiografías muestran a un corazón casi tan grande como un pulmón. Con la hipertrofia, empeñoso, pretende suplir sus menguas. Pero él agoniza, con una asfixia cruel y lenta, y sabe pedir a quienes le rodean que lo maten. En otra asfixia como esa que Franz Kafka le dijo al médico, con la más kafkiana de sus razones:

—Si no me mata, es usted un asesino.

Cada uno de los antes que se muere me mata en un tris. Cuando esos trises sean volumen moriré yo. Uno se muere a pedazos de otros.

***

En Cartagena, afuera del Castillo de San Felipe, y no adentro, está la estatua de don Blas de Lezo. Se la ve un poco como a un espantajo, una pata delgada de zancudo, de palo. Una manga vacía para el brazo faltante, la espada en la otra, y, desde luego, tuerto, vaciado de puntazo uno de los ojos, no sé si el derecho.

Los españoles lo pintan en la historia que nos legaron como invicto e indomable, no vencido de Vernón: es puro arte de hacer héroes, tan necesarios en la guerra. Porque el invicto e indomable es ese castillo, todavía. Pero más para los medios de la época de Vernón. Esa mole formidable dice de lo buenos ingenieros que eran los españoles.

Con un gorro de esos de tres picos sobre la testa tozuda, el empecinado de don Blas, que ciertamente no fue ileso, parece un insecto trancando en la explanada del castillo. Y no me inspiró cosas épicas, sino sonrisitas de chiste.

No sé qué quiso augurarle el autor de la estatua. A mí me pareció bailoteando y burlándose de los ingleses, cuando idos sin poder, todo payasudo ese incompleto.

***

San Pedro Claver fue pequeñito: se le ve en la calavera. Quizá no alzó ni los 1.60 metros.

Ni en la iglesia que se llama suya, ni en el convento adjunto, ni en sus aposentos, se le siente. Y la calavera no impresiona, marfilina, sin la quijada. San Pedro Claver es ahora otro buen negocio de los jesuitas.

Misterios del oficio

Cada autor puede hacer de su novela lo que a bien tenga, siempre que sepa qué hace. Una novela no es únicamente una acumulación de palabras demasiadas, o de hechos, o de caracteres de personajes, o de estos, sino una unión armónica de todo eso con un fin determinado. Este fin lo subordina todo. Es decir que la novela es proclive, debe obedecer a un plan. En una buena novela no hay una sola palabra sin objeto. Ningún hecho, ningún carácter. Nada sobra, y desde luego no falta nada. No hay que dejar a los personajes a que hablen por su autor, expresen sus opiniones, etc. Los personajes deben ser ellos mismos, no calco de quien los creó.

***

La sensación de vacío al acabar de escribir una novela genera una displicencia terrible. Uno no sabe qué hacer, pero no quiere nada. Uno es unas cenizas de un fuego que se apagó: es decir nada. Es su frío, al acabarse. Acabar una novela se parece a morir. Es un fin. ¡Y cómo cuesta renacerse!

***

Acabé, creo, “Caínes”, un cuento al que le trabajé mucho. Su concepción es obvia: el guerrero no tiene sentires propios, sino los de su bando. Todo en él es colectivo. No razona porque ya razonaron por él.

Esa es una crueldad para con el individuo, porque lo niega.

Cualquier guerrero. Básicamente no hay entre ellos sino diferencias ideológicas, las de su bando, contrarias a las del otro bando. Unos bandos miran a la derecha, y otros a la izquierda. Pero actúan lo mismo, sin piedad. La desgracia es que quienes los sufren son los que están entre ellos, los neutrales, los pacifistas, los intelectuales, los campesinos: los ajenos a los bandos.

***

Casi entero el día metido en la melancolía, como en una piscina. Una melancolía viscosa. Es que en la mañana me encontré con quienes me compraron la finca de Urabá, sobre el río León, abajo del caño Tumaradó, y la recordé. Se habló poco de ella, porque cuando querían decírmela, yo variaba. Y después estuve reorganizando el capítulo primero de Canto rodado, que publiqué en alguna parte como cuento bajo el título “¿Qué es un siglo, patrón?”, que ocurre allá en esa finca.

Recordé el pasto, seco en el verano, y amarillo, pero a que a la menor llovizna enverdecía como la esperanza. Y al río perezoso y como dormido, pero con tanta potencia en sus aguas, que no mostraba. Y a la selva innúmera, que entonces dominaba en la región. Y al sol bravo.

Recordé a Fela (por Felícita) que es el personaje femenino de ese capítulo, y que yo traspolé a india fantasma. Y recordé a todos los amorosos escarceos que nunca culminaron, y a los cuales siento todavía como un vacío muy parecido a la sed.

Todo lo recordé, incluido el que allá fui feliz, y que no olvido. Fui feliz, sin saberlo, así como se es joven sin entenderlo. Juventud y felicidad solo se saben en la inmensidad de su valor al perderlas. Como los paraísos. Como el dinero. Como las mujeres. Pero no sabía por qué me ponían así agrio el día, hasta que recordé lo que la saudade es: tristeza de lo que ya no está.

¿Qué importa? La vida me ha cambiado en otra de sus muchas veces. Allá escribí Un hombre llamado Todero, y terminé mi primera novela. Allá tuve lo menos de cosas materiales que era posible: un jergón, un mosquitero, una mesa para escribir, cuatro trastos de cocina baratones, ni energía eléctrica, ni agua corriente, pero sí libros a montones. Tampoco mujer, salvo en los escarceos con Fela. En cada vez que salí de allá, para volver, paré al otro lado del río para mirar la casa que yo mismo me hice casi entera, y el pedazo de paisaje que me cabía en los ojos. Siempre salí triste, y volví alegre. Pero cuando salí para no volver no torné la cara. Le temía a convertirme en estatua de sal, como la mujer de Lot, por no aceptar los avatares.

Pero estaba recordando el final de la novela Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes: “Me fui como quien se desangra”.



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El monologuista involuntario

El monologuista involuntario

por ÁLEX JIMÉNEZ • Ilustración de Buziraco


Número 149 Mayo de 2026

Es lógico que casi todo lo mío
sea una indiferencia hacia todo lo de afuera,
porque todo me va es por dentro.

Mario Escobar Velásquez, Diario de un escritor

Un hombre que vive con la convicción de que escribe libros grandiosos los ha visto rechazados, uno tras otro, por el ecosistema literario. Inventa una editorial para publicarlos de su propio bolsillo. Oficia de autor, editor, publicista, distribuidor. Escribe solapas elogiosas y premonitorias donde anuncia los éxitos publicados y los que ha de publicar. En algún prólogo da las gracias a “todos en la editorial”. Aprovecha los talleres de escritura que dirige para vender esos libros entre sus aprendices, a veces con cómodas cuotas de pago. Explica en qué consiste la maestría usando ejemplos de su propia obra. No se le ocurre que no pueda tener razón, ni concibe discrepancias dignas de ser oídas. Existe incluso el rumor de que se ha ido a los puños con pupilos abjurados. Sus novelas y cuentos a menudo contradicen lo que él preconiza sobre la buena literatura.

Sé que algunas personas hubieran querido hacer esta caricatura para cuestionar su grandeza. No es eso lo que busco en este ejercicio. Las objeciones que intentaré aquí no le harán un solo rasguño: si cuento con suerte, podrían ayudarnos a leerlo mejor. Ese hombre, Mario Escobar Velásquez, mi héroe de juventud, fue uno de los padres literarios a los que tuve que matar, como conviene en toda vida que persiga un mínimo de hábitos saludables. Una sola vez tomé el valor necesario para acercarme y hablarle. Sobre ese desastre hablaré más adelante.

Don Mario (así le decíamos en clave reverencial mis amigos y yo) pensaba que nadie escribía como quería. “Cada quien escribe como es. Escribir es retratarse”. No sé si lo dijo con resignación o con orgullo. Como la mayoría de sus observaciones en torno a la escritura, me parece acertada. Como la mayoría de sus observaciones en torno a la escritura, creo que no la llevó hasta las últimas consecuencias. De lo contrario, habría tomado decisiones que no entraran en conflicto con su carácter indomable, como hizo Fernando Vallejo al construir su obra en torno a su alter ego Fernando Vallejo. Mario Escobar no percibió que su personalidad iba en contravía de los preceptos que, se supone, hacen la buena literatura. Creía que los cuentos debían carecer de ripios: casi todos los suyos los tienen. Pensaba que las intenciones de una obra debían permanecer ocultas: a menudo las deja ver. Creía que los personajes no debían ser un calco del autor, pero casi todos los suyos lo son: no pareció notar que pensaban como él, sabían lo que él, abusaban de sus símiles, repetían sus aforismos, compartían su sintaxis enrevesada. Pese a todo, son creíbles porque su autor logra sentir como ellos. Es lo opuesto a Shakespeare, quien tenía la capacidad de ser muchas personas, pero se distanciaba de ellas a veces hasta la indiferencia. Aunque Mario Escobar no logra ser sus personajes, es capaz de sentir lo que sienten. Quizá por eso tenemos la impresión de que las historias en las que los animales son protagonistas constituyen su mejor trabajo: se limita a sentirlos, sin intentar hacerles el psicoanálisis que aplicó a sus humanos con el ingenuo entusiasmo de Stendhal en Rojo y Negro.

Sin embargo, ninguna de las objeciones que tengamos logra arruinarnos sus historias: es capaz de meternos en ellas, de ponerlas frente a nuestros ojos, de dárnoslas a probar, a palpar, a respirar. Creo que su gran enseñanza es la de no olvidar ninguno de los sentidos para obtener atmósferas muy vivas. Siempre consigue meternos dentro de un escenario para presenciar, oler, tocar los acontecimientos. Por esa razón decidí nunca volver a leer Con sabor a fierro, uno de sus mejores cuentos.

Si escribir es retratarse, entenderemos por qué su prosa no parece una declaración de individualidad, como cualquier estilo, sino una imposición enfática. Su ritmo es, por momentos, despectivo. No percibo una invitación musical para atravesar párrafos, sino el careo de un guapito: “Léame, si es tan verraco”. Baste como ejemplo esta frase tortuosa de Historias del Bosque Hondo: “Era una piedra de moler maíz, traída quién sabe de dónde, y cuándo, ahuecada por otras piedras a modo de cincel, y pulida por la ‘mano’, o sea la piedra, otra, que se adaptaba a esa concavidad y molía el maíz cocido”. Ninguna percepción estética es definitiva: entiendo que hay quienes disfrutan de estas zancadillas.

Antes de leer sus poemas, creí que don Mario tenía un oído duro. Después de leerlos, entendí que su sentido de musicalidad funcionaba bien. Sospecho entonces que pasa algo diferente. Una prosa fluida es tal vez la declaración de que creemos en la existencia del otro, o al menos de que no nos tiene sin cuidado. En su Diario, Mario Escobar lo dice con todas las letras: al escribir, no pensaba en un hipotético, casi imposible lector. Escribía lo que quería, como quería, y consideraba que los lectores debían amoldarse a él y a cada autor. Esa idea, atendible en dosis razonables, en su voz parece la elaboración compleja de un simple “de malas”. Hay obras que saben conversar: la de Marvel Moreno y Margaret Atwood son buenos ejemplos. Algunos poemas de Emily Dickinson me producen el sabor de un soliloquio, como si la desdichada escritora hubiera tenido el hábito de hablarse a sí misma en voz alta. A veces tengo la impresión de que Gabo, con el embrujo de su prosa encantadora, quiere venderme algo. La prosa de Mario Escobar, en cambio, es el monólogo pedregoso de un rumiante. Sin embargo, cuando un lector nuevo pasa el filtro del estilo autoritario y acepta el pacto impuesto, logra creer en lo que lee. Y la mayoría de las veces, lo agradece.

Aparte de músicos populares y una cita de Felix Mendelssohn, el único compositor que recuerdo mencionado por Mario Escobar Velásquez es Beethoven. No eligió al sublime y equilibrado Bach, al delicado Chopin, al sofisticado Debussy o a compositores disruptivos del siglo XX. Un hombre sensible, de trato difícil, de carácter fuerte, eligió a un romántico sensible, de trato difícil, de carácter fuerte. En su Diario dice esto: “La Quinta sinfonía de Beethoven me dice, y yo le entiendo, de un tránsito de una vida a otra”. También compara el final de un cuento suyo con el final que quiso darle de “sinfonía de Beethoven”. Y en uno de los poemas de Juan Sin Tierra habla de “la música enorme de Beethoven”. Creo que puedo relacionarlos de varias maneras. El adjetivo que usa para describir esa música, “enorme”, describe el amor de Mario Escobar por lo desmedido, lo expansivo: símiles en los que abundan dolores más fuertes que el aguijón de “diez mil abejorros”, soledades que muerden más duro que “mil lobos”; un lenguaje profuso que por momentos se antepone a la historia; el hábito de escribir novelas, una tras otra; el orgullo que le produce que no sean “esmirriadas de páginas”. Pero hay algo más. En una entrevista, Leonard Bernstein habla de Beethoven, de su armonía demasiado básica, de su ritmo predecible, de sus melodías monótonas. Esa pobreza de cada elemento individual funciona como un don divino cuando las partes se funden en su conjunto. Creo que con Mario Escobar ocurre algo así: las objeciones que he hecho de sus elementos sueltos son irrelevantes para el conjunto. Hay otro rasgo: Beethoven se puso en la mitad de su obra, como si quisiera decir “este soy yo: Beethoven”. Mario Escobar también lo hizo, no solo con su “trasunto” Alaín Calvo, sino también cuando creyó ser otros. Su obra podría leerse como un largo monólogo involuntario que tiende a la poesía. Lo que un autor hace a sus propias espaldas suele provocar burlas. Eso, sin embargo, no es suficiente para invalidar lo que logra. A nuestras espaldas ocurre la mitad de lo que somos.

Desde que escapó de su casa a los dieciséis años, Mario Escobar se dedicó a la ardua tarea de ser él mismo. Eso lo hace también en la mayoría de sus textos. Pero en los trabajos en los que no se cuidaba de reforzar el estilo que ya tenía, que ya era él, es más legible. Ejemplos de ese estilo menos enfático pueden estar en Marimonda, en su Diario, en los poemas de Juan Sin Tierra. Cuando comencé a escribir esta idea, pensé en comparar esa manía de mi maestro con la de alguien empeñado en pulir su respiración, algo absurdo en la cotidianidad, útil para unas pocas actividades específicas, como el yoga. Y entonces encontré este fragmento de su Diario: “Cuando me dormí no sospeché que mi cansado diafragma dejaría de funcionar con su dispositivo automático, y que yo tendría que practicar la respiración voluntaria. Me pasa, a veces”. No puedo dejar de pensar que lo uno tiene que ver con lo otro.

La característica en la que nunca flaquea Mario Escobar es en su extraordinario trabajo plástico: es un pintor incomparable. En este párrafo de su Diario, por ejemplo, logra de manera espontánea lo que muchos no lograremos jamás con la mejor voluntad: “La luz que en esta mañana entraba por la ventana la untaba muy singularmente. Su piel desnuda tenía alternados visos hermosos: de oro, de miel, de fuego, de níquel, de plata, de luna, de cobre rojizo ardiendo suave. La luz la inventaba en cada vez con un color distinto, y no sé cuál era más bello. En algo así como un cuarto de hora fue muchas y varias. Lo que hubiera dado por conservarlas a todas”.

En algunas páginas del Diario, Mario Escobar hace una lista de gratitud por las enseñanzas de sus maestros. No menciona a una sola mujer. Sin embargo, más adelante habla de las obras de mujeres que lo conmovieron hasta los huesos: Carmelina Soto, Meira del Mar, Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik. Sus desplantes hacia lo femenino son de otro tipo: ideas de posesión, justificación de los celos, dominación. Sin embargo, si queremos ser justos, es importante matizar este punto. La fecha de nacimiento de Mario Escobar está más cerca del siglo XIX que del XXI. Los valores que heredó fueron los que hemos heredado de cientos de años de opresión femenina, pero más intensos. Vivió el siglo XX en un campo atrasado, empobrecido, durante sus primeros años de formación. Pese a todo, logró cuestionar las ideas que rodearon su crianza y la nuestra: la de la violencia como condición de masculinidad, la de la mujer como apéndice del hombre, la del homosexualismo como enfermedad. Si no llegó más lejos en esa ruta, fue porque la vida no le dio para más.

El tiempo depura nuestro trabajo. No sé cuáles de sus obras sobrevivirán a los años. Yo quisiera que el olvido perdonara a Gato, cuento inspirado en su amigo-gato Bazuco, hermoso a pesar de su injustificable frase final; los poemas de Juan Sin Tierra, que me permitieron ver a su autor de una manera diferente; Muy caribe está, donde vivimos la resistencia indígena en la selva contra los conquistadores; Diario de un escritor, que podría leerse como una obra experimental cuya fragmentación nos ofrece el sabor de un ser humano completo. Y la que más me ha conmovido, Marimonda, en la que nos hacemos amigos de un mono, sentimos que sus trabajos se ven justificados en su vida y acompañamos el llanto de belleza del hombre que contempla todo esto con ternura y asombro.

En una mañana del año 2004, un muchacho triste y tímido decidió acercarse a su ídolo. Lo había observado largamente en los pasillos universitarios, lo había visto caminar con parsimonia y acariciar las plantas que encontraba a su paso. Varias veces se había sentado cerca de él en un corredor y había interpretado los únicos compases que conocía de Asturias, de Isaac Albéniz, convencido de que su ídolo lo estaba escuchando. Esa mañana, el muchacho se acercó con un libro bajo el brazo y un fajo de papeles ocultos en el bolsillo de atrás. El libro se llamaba Muy caribe está. Pese a las advertencias de lo que podía pasar según las lecturas del Diario de un escritor, el muchacho, temblando y con las manos sudorosas, tomó el valor de pedirle a su maestro que le firmara ese ejemplar. La leyenda encarnada accedió. Mientras garabateaba una dedicatoria, Mario Escobar Velásquez me preguntó qué era lo que más me había gustado de la obra. Pensé en hablarle de la capacidad de meterme en cada situación, de sentir el coletazo del caimán enorme, el calor de la selva, la furia de los combates. Pero yo era inseguro y todo eso me pareció superfluo: me creí indigno. Decidí repetir el comentario que había hecho un amigo sobre lo interesante que le había parecido el personaje de Francisco Pizarro. Cuando lo dije, don Mario enfureció. Se despachó contra los conquistadores: los puteó profusamente de arriba abajo, de derecha a izquierda, al derecho y al revés. Me devolvió el libro contra el pecho. Rápidamente saqué los papeles que llevaba ocultos en el bolsillo de atrás y se los entregué. Eran la narración de un sueño que había tenido. Di las gracias y escapé. Desde ese momento, traté de que no me viera de nuevo. Por esa época tuve sueños a los que les di permiso para torcerme el destino. Este es el que narré en el texto:

Sentado en una patineta, bajé una pendiente a mucha velocidad. En dirección opuesta subía un mar de ratas que me saltaba a la cara. De alguna manera, logré escapar. De pronto me vi frente a un hombre enorme de barbuchas negras. Era Julio Cortázar. Me acerqué, emocionado, y lo besé. Cuando acabó el beso, volví a mirar. Ya no estaba Cortázar, sino el hombre de la espantosa portada que hizo Plaza y Janés de Un hombre llamado Todero, la segunda novela de Mario Escobar. Retomé el beso emocionado. Ese es, depurado por veinte años de olvido, el sueño que relaté de manera extensa en esas hojas cuyo destino espero seguir ignorando.

La grandeza le pertenece a la especie. El individuo acepta encarnarla o no, vivir o no las vicisitudes de ese destino. Mario Escobar Velásquez, tan repleto de defectos como cualquiera de nosotros, la aceptó. En la primera entrada de su Diario reflexiona al respecto, a partir de la parábola bíblica que concluye que muchos son los llamados y pocos los elegidos. Gracias a eso nos dejó páginas de belleza muy suyas. “La Belleza no me traicionó nunca”, dejó escrito. Más allá del lugar que tengamos o no en el podio inútil de la gloria, la literatura nos ayuda a ejercer nuestra humanidad, le da algún sentido a nuestras horas. Eso nos pone en la misma situación de Shakespeare, de Borges, de Yourcenar. Entonces su vida, nuestra vida, no es en vano.



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Tres historias de agrande

Tres historias de agrande

por JUANGUI ROMERO • Ilustración de Maria Alejandra Pérez


Número 149 Mayo de 2026

Cambio de ritmo

¿Qué habría pasado si yo tuviera hijos? En eso me quedé pensando al ver a ese niño subirse a esa moto con cara de quien quiere llegar cuanto antes a la casa después de un mal partido, y bañarse, y estregarse con rabia cada dedo del pie derecho, los culpables de tantas malas jugadas que solo merecen perderse por el desagüe. Su padre —o a lo mejor era el tío futbolero— no lo dejó ponerse el casco, no se lo pasó a pesar de que el chico lo pedía. Quería que siguiera ahí parado, pensando en ese partido hasta cuando él lo decidiera, hasta que le diera la gana de encender la moto —hasta que se despidieran en el aeropuerto, cuando el hombre volvería a marcharse una vez más, rumbo a Estados Unidos—. “Santi, si haces eso no va a importar tu estatura…, les vas a ganar a todos esos grandotes”. El hombre trabajaba en Miami —y según mis ataques de grandeza, todo era producto de la torpeza típica de un padre ausente—. “Mira, Santi, yo trabajo cerquita al estadio donde juega Messi y lo veo hacer eso cada semana… Y mira lo viejo que está”. El tipo lucía una camisa de fútbol americano que le quedaba juagada —la moto le quedaba igual—, en una mano tenía un vapeador que se llevaba cada rato a la boca y los dos cascos seguían colgados de los espejos. Siempre estuvo sentado de medio lado sobre el sillín de la moto, desesperado por tirarle la lengua al niño, pero este nunca le respondió. “Cuando vayas te voy a llevar a unas montañas rusas que tienen las curvas flat, ¿sabes qué quiere decir flat?… Planas, curvas planas. ¡Pura velocidad!”. El chico seguía escuchándolo en silencio, más bien desatento, escasamente levantaba la cabeza cuando aparecían esas palabras en inglés, como si en esos momentos lo picara un zancudo. “Esas montañas rusas se llaman wild mouse, ¡ratón salvaje!, ¿escuchaste bien, Santi?, eso es lo que tienes que ser tú en la cancha”. Y fue en ese instante cuando por fin le pasó el casco al niño, y también se puso el suyo, como si ahora necesitara acelerarlo todo. La moto estaba en una bahía, junto a la mía, delante de una seguidilla de canchas sintéticas, y entonces el freno retador de un bus que había parado justo al frente, anunció con su bufido lo que este hombre —también cincuentón, como yo—, consideraba el clímax de su charla técnica: “Santi, mira este bus. Los dos vamos a arrancar al mismo tiempo. Nosotros somos un delantero y él un defensa tan grande y pesado como Yerry Mina. ¿Cómo le ganas?, si decides chocarlo, mueres; si le cambias de ritmo, lo dejamos mirándonos la placa”. Eso fue lo último que escuché, mientras seguía esperando a mi esposa. Cuando tengo que recogerla me las ingenio para citarla junto a cualquier cancha de fútbol, así veo desde la moto lo que sucede en esos partiditos. Incluso, si ya estamos rodando y pasamos cuando van a cobrar un tiro de esquina o un tiro libre, desacelero a ver cómo termina la jugada. Por fortuna, ella hace rato entendió que esto es una enfermedad.

Un abrazo torcido

No recuerdo la fecha exacta, pero fue en 1993. Ese día jugábamos la final del torneo de micro más famoso de la Universidad de Antioquia: el de los bajos de la biblioteca central. Para mí, el campeonato que llevó a Gianni Infantino, el presidente de la Fifa, a armar este mundial con 48 selecciones. Está claro que a este man no le gusta que ningún récord duerma lejos de su casa, y seguro alguien le mostró en cualquier reunión los registros con este mismo número de equipos que dejó para la historia don Miguel Valencia (q. e. p. d.); ese señor con aires de cacique bonachón, que además de vender periódicos en la principal portería de esta universidad, se la pasaba colgando allí, en la malla contigua, unos tableros de lata o de cartón en los que difundía todo tipo de noticias. Un periodista empírico incansable, que por esos días publicaba los resultados e incluso algunos comentarios que dejaba cada nueva fecha de este campeonato del que ya solo quedábamos dos equipos de los 48 que habían arrancado —cómo no remarcarlo—, lo hacía en unas letras grandísimas, hechas con marcador, que solían atravesar el reverso de varios cartones de Marlboro. Todavía recuerdo que ese día llegué de mañanita a la U, y eso que no tenía clases. Estaba muy ansioso ante semejante partido, proyectado para el mediodía. Y lo primero que hice fue quedarme un rato en los bajos de la biblioteca, mirando la cancha, contemplándola todavía dormida, esperando que aparecieran mis compañeros de equipo —en esa época los celulares eran cosa de ciencia ficción—. Pero, ¡oh sorpresa!, el primero que me saludó, el primero en hablarme del partido ese día fue justamente don Miguel: “¿A usted le molestaría dedicarme un gol hoy?… Si hace gol, ¿me lo dedica, por favor…? Yo voy a estar ahí en las primeras escalas…”. Aunque él saludaba a todo el mundo, yo no era su amigo, si acaso le había comprado uno que otro periódico para cualquier tarea. Lo cierto es que dicho eso, se fue. Cada frase suya le había salido más cortada que la anterior, como si de verdad me viera como una estrella y le avergonzara hacerme tal solicitud. Yo, en cambio, le contesté con la alegría de un trovador: “¡Claaaro don Miguel!, ¡claro que sí!, ¡hágale don Miguel!”. Yo estaba pleno, y entonces, por cábala; o, mejor dicho, por ganas de ser ídolo, campeón, figura, estrella, leyenda, decidí no contarles nada a ninguno de mis compañeros… A nadie. Siempre se ha dicho que si uno habla de este tipo de cosas antes de que sucedan, se vinagran, y todo pintaba como un delicioso banquete para el ego: nosotros ya le habíamos ganado 4-1 a ese equipo en la ronda de grupos; en el último partido habíamos eliminado a Salseros, campeón invicto del torneo anterior; yo estaba entre los goleadores del campeonato; a la gente le gustaba nuestro juego. ¿Qué podía fallar? A partir de ese momento, no hice otra cosa que imaginar lo que don Miguel pondría sobre mi gol y sobre nuestro abrazo en su gran periódico mural. Al fin y al cabo, él era uno de los personajes más queridos de la U, y tal vez el periodista más leído en la U de A. Pero a la gloria le gusta jugar con los sentimientos de las personas, es la más casquillera de todas las casquilleras, porque cuando apenas el partido llevaba unos minutos, decidió clavarme un par de inyecciones en los ojos. La jeringa uno contenía un golazo del equipo rival. Y la segunda me entró todavía peor, sin que yo hubiera logrado parpadear, porque ahí estaba, apenas a unos pasos míos, la imagen sonriente de don Miguel esperando en la tribuna con los brazos abiertos al anotador de ese gol, saltando como nunca lo vi hacerlo, como si fuera el barrista más apasionado de la historia del fútbol. Yo no lo podía creer. “¡Vamos, vamos!”, gritaban desesperados varios de mis compañeros, tratando de meternos de nuevo en el partido. Y aunque al final no tuvimos nada que reprocharnos porque corrimos como locos, perdimos 3-2, y sobra decir que no hice gol. Cuando ya íbamos de salida para la casa, mis compañeros y yo decidimos abordar a don Miguel, al verlo ahí, parapetado como siempre en su puesto de periódicos, para decirle de mil maneras que era un torcido, un vil mercader de los abrazos, pero él no hizo más que reírse, acusándome entre bromas de ser el mayor perdedor de todos esos perdedores. Unos días después le pedí que me regalara ese pedazo de cartón en el que escribió que el favoritismo nos había maniatado, que habíamos perdido por creernos superiores —y lo guardé durante mucho tiempo—. Ese fue el primer recuerdo que desempolvé en mi mente cuando el capitán de este inolvidable equipo me puso el 12 de octubre del año pasado un mensaje de Whatsapp que anunciaba la muerte de don Miguel Valencia, el final del juego para Miguel carteles.

Larga vida al Toque

Todos le decíamos Toque, aunque hubo un tiempo en el que su apodo fue el Black. Era un metalero del barrio al que le dio por jugar fútbol después de los treinta. Y aunque él y sus amigos me llevaban quince años o más, yo jugaba con ellos todos los domingos en una cancha de arenilla larguísima en la que se estiraban tremendos cotejos. Al comienzo, su principal “virtud” consistía en ensuciar los partidos. Le fascinaba meter el balón entre los bordes internos de los pies, atenazarlo con los tobillos, para deambular por la cancha a punta de pequeños saltitos, buscando que se armara la trifulca. Era como si su objetivo no fuera convertir goles o ayudar a hacerlos sino crear pequeños pogos. Otras veces, se ponía a aplanchar la pelota en el punto del tiro de esquina, de espaldas a la cancha, para robarnos los minutos más preciados de aquellos calurosos domingos, amontonando a su alrededor a varios jugadores, incluidos algunos de su equipo, hasta que lograba salir de allí a la fuerza, taqueando, forcejeando contra todos. En ocasiones, lo hacía a los puños, con cualquiera que caía en su juego, porque, además, cada vez estaba más cuajo a punta de hacer barras y pesas. Bueno, no tanto como su rottweiler, ese perro negro que un día cayó fulminado en medio de la rutina militar que ambos seguían todos los domingos: subir y bajar el cerro de las Tres Cruces no sé cuántas veces, antes de caer a jugar el picadito semanal. El perro también jugaba su partido porque él lo amarraba en una de las mallas que estaba a la entrada de la cancha, y a este cada tanto le daba por perseguir el balón hasta donde su cadena se lo permitiera, el mejor estímulo para aprender a frenarnos sobre la marcha, al reconocer que esas mandíbulas marcaban el punto exacto para devolver el balón de taco, esa jugada que se volvió el sello de todos en el barrio gracias al perro del Toque. Esa palabra mágica que se convirtió en su alias porque empezó a salir de su boca como una muletilla a medida que fue adquiriendo más dominio de balón. Esa que todos los amigos repetimos en su entierro como una especie de letanía. En muy poco tiempo el Toque aprendió a moverse sin parar, esperando que le devolvieran el balón y devolviéndolo de una, siempre estaba desmarcado. Entendía tan bien el juego que todos terminamos aceptando que se comportara como esos profesores de aeróbicos que marcan el ritmo y la intensidad de los movimientos de todos sus seguidores. “Toque, eso, toque, toque, muévase”. Eso se la pasaba diciendo todo el partido. De pronto, todos queríamos jugar en su equipo, sobre todo los más chicos, pero también así de repente nos llegó la noticia de su muerte. Sus hermanos simplemente dijeron que se había metido con la gente equivocada y ya. Pero a mí no se me olvida que en esa sala de velación todos sus amigos futboleros estuvimos ahí, recordando cómo su disciplina y su talento lo habían convertido en uno de los mejores jugadores del barrio, conversando y conversando de su carrera futbolística, como si esta existiera de verdad, porque realmente no sabíamos nada más de su vida. Seguramente por eso primero lo llamaban el Black.



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Sacrilegio a la milagrosísima morenita

Sacrilegio a la milagrosísima morenita

Sopetrán, 1738

por FELIPE OSORIO VERGARA • Ilustración de Tobías Arboleda


Número 149 Mayo de 2026

La imagen más sagrada de Antioquia había sido profanada. Las ansias por oro y perlas habían hecho que alguien superara el temor al desprecio colectivo, a la excomunión y a los fuegos infernales en una sociedad dominada por la monarquía y la Iglesia. El relato de un hurto perdido entre folios coloniales.

Al darse cuenta de tantos sacrilegios, entra en un solo temblor y un sudor frío le pasa y otro le sobreviene. El espanto no lo deja levantarse y la lengua se le traba, como en una pesadilla. Así se queda, contra un escaño, medio de hinojos, medio desmayado. Cuando la iglesia queda sola, logra levantarse; va a la sacristía y los frailes han desaparecido. Ornamentos, vasos y misal están tirados por ahí, y abierta la puerta que da a una manga. ¡Virgen Santísima!

Tomás Carrasquilla en La Marquesa de Yolombó.

La gente se agolpaba en medio del calor y se empujaban los unos a los otros a las puertas de la iglesia de Sopetrán. Los murmullos contrastaban con los lamentos de mujeres vestidas de luto y mantilla que, incrédulas como Santo Tomás, esperaban confirmar si podía ser cierto ese chisme que de público y notorio había corrido y que había roto esa monotonía colonial. Una vez los cofrades sacaron el retablo de la virgen, la multitud atestiguó a la Milagrosísima Imagen de Nuestra Señora de Sopetrán despojada de sus sortijas y alhajas de oro y perlas. La virgen a la que tantos testamentarios habían legado ríos de oro para que se le ofrecieran misas y salmodias, y por la que un nutrido número de peregrinos antioqueños dedicaba días de camino para visitarla y pedirle favores, había sido despojada. ¿Quién se había atrevido a hurtar, no a un innoble mortal, sino a la mismísima Madre de Cristo, intercesora de los cristianos y patrona del pueblo?

El párroco y su séquito habían sacado a la virgen en procesión por Sopetrán, no solo por ser día de su fiesta, sino para hacer una rogativa por la devolución de sus joyas, pero era más el temor de la feligresía que, entre la bruma del incienso, se persignaba y rezaba el Salve Regina, el Avemaría o el Rosario, cuchicheando que, si aun la virgen era profanada dentro del templo en el día de su fiesta patronal, ¿qué podría esperarle al resto de pecadores que poblaban la tierra? Las gentes, ruanetas o nobles, blancos, esclavizados o libres de todos los colores, temían que ese hurto atrajera castigos divinos, mientras que el clero, encabezado por el párroco Gerónimo de Castañeda, aprovechaba para decir que no solo habían roto el séptimo mandamiento, sino que era un sacrilegio, encarnación de la descomposición social y pérdida moral de la que tanto profetizaban en el púlpito.

No se sabe si fue fruto de la rogativa, de la culpa, temor a la paila ardiente o solo como una artimaña para desviar la atención de ese asentamiento católico perdido en las montañas salineras del occidente de Antioquia, pero al día siguiente, en la tarde del 15 de agosto de 1737, una vez terminada la misa mayor, el doctrinero Miguel Guillén encontró cuatro sortijas de oro de la virgen en la sacristía del templo. 

La identidad del ladrón se había convertido en prioridad pública, tanto para las autoridades civiles como eclesiásticas. El único indicio existente provenía de Teresa Lezcano, mujer rezandera de ochenta años que frecuentaba la iglesia y que, la mañana antes del robo, después de misa, había visto merodeando un hombre. “Francisca de Lezcano le había dicho que había visto a un hombre blanco quitándole las joyas a la virgen”, declaró María Gertrudis de la Higuera el 12 de enero de 1738. Aunque el robo había sucedido en agosto de 1737, para enero del año siguiente el caso seguía activo y había dado dos sospechosos por su cercanía a la iglesia y por cotilleos locales: Juan Calixto Urquijo y Miguel Guillén.

La defensa del buen nombre

Juan Calixto Urquijo, español, era el mayordomo de la cofradía de Nuestra Señora de Sopetrán y era muy respetado en el pueblo. Viajaba con frecuencia a la Villa de la Candelaria de Medellín, donde también tenía residencia. Sin embargo, a propósito del robo de las joyas de la virgen, fue uno de los acusados porque contaba con llaves de la sacristía y la cercanía a la iglesia. “Ha llegado a mí, noticia de que Francisco García, de color pardo, residente en el sitio de El Salado, anda con ningún miramiento […] y sin temor de Dios, difamando mi buen obrar y procedimientos […] y su mujer llamada Teresa se ha dejado decir con Francisco Leal, el moro, y doña Gertrudis de la Higuera y otras personas, palabras injuriosas y ofensivas que me escandalizan e inquietan el pronunciarlas […] pues andan diciendo y relacionándome del usurpo y robo de las joyas de mi madre y señora de Sopetrán”, se quejaba Urquijo el 11 de enero de 1738 ante Diego de Cepeda, alcalde ordinario de Santa Fe de Antioquia.

Además, Urquijo los denunció por injuria y pedía que fueran castigados por dañar su buen nombre y reputación. “A vuestra merced pido y suplico se sirva de prestar atención a pedimiento tan justo y quede mi crédito y buen obrar en limpio […] y que estas personas sean compulsas, apremiadas […] y castigadas”. Asimismo, pedía que se indagara sobre el robo con el indígena Miguel Guillén y que este declarara las sortijas que había encontrado en la sacristía.

Entre el 11 y 12 de enero, el alcalde de Santa Fe de Antioquia visitó las casas de Francisco García, Teresa Caballero, Francisco Leal y Gertrudis de la Higuera para interrogarlos si sabían sobre el robo y el motivo por el cual estaban acusando al español Urquijo. Todos se retractaron y negaron las acusaciones que habían hecho, argumentando que solo habían repetido la información que les había dicho Francisca Lezcano, de ochenta años. Cuando el alcalde acudió donde esta última, ella argumentó: “Estando la que declara sola en la santa iglesia después de misa mayor, vio entrar al mayordomo, Calixto Urquijo, una mañana apartando un cuadro y que estaba viendo la virgen y que no le vio otro movimiento”, declaró Lezcano. 

El 13 de enero el alcalde citó a Lezcano para que, ante el cura y otros testigos, recreara la acción que había visto hacer al español Urquijo cerca de la pintura de la virgen. “Y habiéndonos ella mostrado un cuadro de San Ignacio, paramos a reconocerlo y le hallamos imposible de poder quitar ni rebullir […] en cuyo estado hicimos varias industrias y no le pudimos mover ni hallar resquicio de poder robar las joyas de la virgen, sino que debió ser por la puerta del camarín, abriéndola con su llave o con otra falsa”, concluyó el alcalde Cepeda. En ese sentido, se ordenó que Teresa Lezcano fuera castigada porque sus rumores habían atentado contra la reputación del español Urquijo, siendo obligada a no poder salir de Santa Fe de Antioquia y estando bajo el depósito de Francisco Ruiz, quien debía vigilar que cumpliera su condena, pues por su avanzada edad se había librado de la cárcel.

Así, el mayordomo Juan Calixto Urquijo fue absuelto, por lo que solo quedaba un sospechoso: Miguel Guillén.  

La morenita protectora de los indígenas

Sopetrán fue uno de los pueblos de indígenas que se crearon durante la visita del oidor Francisco Herrera Campuzano al occidente antioqueño. Allí reunieron a diferentes comunidades indígenas —como guamas, ebéjicos y peques— que habían sobrevivido a las enfermedades y al abuso de los encomenderos para facilitar su evangelización y tributación, pero también para protegerlos, al menos en el papel, del usurpo de sus tierras. “Los pueblos de indios están encomendados a los españoles, con calidad de que los doctrinen y defiendan”, se lee en el Libro VI, Título tercero de la Recopilación de Leyes de Indias. Y se añadía que, “aunque los indios sean pocos, se ha de hacer iglesia donde se pueda decir misa con decencia y tenga puerta con llave […] y que cerca de donde hubiere minas, se procuren fundar pueblos de indios”. De este modo, la fundación de Sopetrán fue promovida porque en su territorio había presencia de comunidades indígenas, estaba cerca del centro minero de Buriticá y también por ser una zona productora de sal.

Herrera Campuzano, oriundo de Hita, en Castilla-La Mancha, era creyente de la virgen de Sopetrán, cuya advocación tenía adeptos en el interior de España desde la Edad Media por el relato de su aparición milagrosa a un príncipe musulmán que se había convertido al cristianismo y liberado a los cristianos que tenía cautivos. El oidor Herrera encargó en Santa Fe de Antioquia un retablo de la virgen de Sopetrán a partir de una estampa que él había traído desde España para ponerlo en la pequeña capillita de paja, palma y tierra que se había fundado en Sopetrán. Una vez terminada la pintura, esta fue llevada hasta el pueblo, donde llegó el 14 de agosto de 1616 en medio de una procesión y gran alboroto.

Desde ese entonces, se dice que el retablo pintado comenzó a hacer milagros. “Nuestra Señora de Sopetrán, a devoción de la que tiene el oidor don Francisco de Herrera Campuzano […] salió tan admirable que aquella tierra ha experimentado continuos favores, y el primer milagro fue que su lámpara ardió tres días sucesivos sin tener materia en qué cebar su luz, y se han seguido otros”, relató en 1672 en sus Genealogías del Nuevo Reino de Granada el escribano y custodio de los archivos de la Real Audiencia de Santa Fe, Juan Flórez de Ocáriz.

A este primer milagro de la lámpara que ardió sin combustible, se sumó el más famoso, cuando a mediados del siglo XVII el entonces gobernador de Antioquia don Diego Radillo y Arce, caballero de la Orden de Calatrava, estaba de paso por Sopetrán y se le enfermó de gravedad una hija suya todavía niña. “El padre, afligido al ver la gravedad de su hija, invocó la protección de la Virgen de Sopetrán y prometió que si le daba la salud a su hija haría traer de España la imagen y la colocaría en aquel pueblo. La Virgen Santísima no desoyó la súplica de su devoto, la niña recuperó la salud y el padre cumplió la promesa”, narró en 1919 el académico Julio César García en María a través de nuestra historia.

Estos milagros habían hecho de Sopetrán el corazón de romerías de cientos de fieles antioqueños que atravesaban la provincia para ver la imagen, pedirle favores o entregar exvotos. Pero el retablo tuvo también la finalidad de favorecer el proceso de conversión de los indígenas del pueblo y de contornos cercanos como Buriticá, Sabanalarga y San Jerónimo, pues las imágenes, en tanto representaciones de la fe, eran instrumentos para imponer la religión católica desde el discurso visual a una población analfabeta y que, en muchos casos, estaba a medio camino entre el español y su lengua propia; la iconografía virreinal era la Biblia de los analfabetos. Así, los supuestos milagros de la virgen, ocurridos en una zona con presencia indígena, reforzaban la creencia de que ella era madre y protectora de los pueblos originarios, facilitando su evangelización y dando lugar a procesos sincréticos donde los santos y figuras religiosas tomaban elementos americanos como la tez mestiza, la flora nativa o los paisajes locales para generar identidad, mientras que algunos indígenas, como ejercicio de resistencia cultural, resignificaron estas imágenes asociándolas a sus propias deidades y cosmovisión. “Estos milagros de Sopetrán tienen también un sentido político, y es que la virgen está presente al lado de los indios, lo que se refuerza con el hecho de que ella fue pintada como morena para que los indígenas la vieran como alguien próximo”, propone el historiador y presidente del Centro de Historia de Sopetrán, Carlos Mario Guevara. De hecho, este caso de una virgen cobriza se corresponde con otras advocaciones marianas en Colombia, como la de Chiquinquirá o Las Lajas, donde su presencia contribuyó a la cristianización de áreas habitadas por comunidades indígenas.

Un indígena doctrinero

Miguel Guillén era indígena y había nacido hacia 1696 en el pueblo de indios de Nuestra Señora de Sopetrán, que pertenecía a la jurisdicción de Santa Fe de Antioquia. Estaba casado con Petronila Sisquiarco, también indígena, con la que había tenido numerosa descendencia. Guillén era doctrinero de la parroquia de Sopetrán, y entre sus funciones estaba enseñar la doctrina cristiana a los indígenas y asistir a todo lo que se ofreciera en la iglesia, aunque por no saber leer ni escribir, dictaba la catequesis de memoria. Además, finalizando 1737 había sido designado como fiscal de la iglesia por sus buenas labores. Por su cercanía eclesiástica, Guillén tenía en su poder una copia de las llaves de la sacristía y del nicho donde se colgaba la imagen de la virgen, hecho que sumado a su descubrimiento de las cuatro sortijas y a los señalamientos del mayordomo Urquijo, lo convirtieron en el principal sospechoso del hurto.

El 13 de enero de 1738 el alcalde Diego de Cepeda lo interrogó sobre el caso, a lo que Guillén respondió: “No ha oído culpar a ninguna persona, que lo más que oyó decir inmediatamente de la sustracción de dichas alhajas fue que quizá sería el negro del cura”, respondió Guillén. Una vez fue preguntado sobre las sortijas que él había encontrado, respondió: “El declarante las encontró en la sacristía en día de función, había muchas personas de varias partes y las guardó pensando que serían de alguna de ellas. Después que todos se fueron sin solicitar dichas sortijas, entró en malicia el declarante de que podrían ser de la Madre de Dios y pasó con ellas a mostrárselas a doña Juana Díez de la Torre, con la deshecha de que sobre dichas sortijas le prestase dos pesos, y que la señora las reconoció y dijo que eran de la virgen, y que el declarante […] se las dejó a la dicha Juana”.

Para el alcalde, la versión de Guillén no tenía sentido, ya que su labor como doctrinero y fiscal de la parroquia lo hacía permanecer en contacto con la dotación de la iglesia y conocer casi que de memoria cada uno de los elementos utilizados para las funciones religiosas, por lo que lo cuestionó: “Cómo diciendo que ha sido mucho tiempo fiscal y que como tal asistía a todas las funciones de iglesia y adornar a la virgen, y abrir y cerrar el camarín y que a su vista se ponían todas las alhajas, ¿cómo no reconoció dichas sortijas, más cuando dice que estaban juntas, atadas en un cordón de hilo?”. A esto, Guillén respondió con un escueto: “No acató a tal cosa porque tiene mala memoria”.

Para corroborar la versión de Guillén, el alcalde visitó la casa de doña Juana Díez de la Torre para recoger su testimonio. Ella confirmó que Guillén le había llevado las joyas, pero que era mentira que él le hubiera pedido dinero prestado a cambio de tenerlas como prenda. Esta contradicción en el relato de Guillén bastó para que el alcalde ordenara su encarcelamiento en Santa Fe de Antioquia mientras se definía su sentencia. “Habiendo conducido a Miguel Guillén, indio natural del pueblo de Sopetrán y fiscal en su santa iglesia y por las incidencias que constan de su declaración, mando se asegure en la cárcel pública de esta ciudad, con las prisiones que en esta hubiere, y en consideración a no haber otras que cepo y grillos, hice que se le pusieran”, ordenó el alcalde Cepeda el 14 de enero de 1738. Allí, aparte del cepo y las cadenas, Guillén tendría que dormir en el suelo y su familia debía sustentarlo, pues en la Colonia, la alimentación corría por cuenta de la familia del reo.

El hurto de las joyas de la virgen era un delito grave que no solo involucraba una pena legal, sino que también podría acarrear castigos de índole religioso: “Hurtar cosa sagrada, se llama sacrilegio. Maldad que, aunque abominable y enorme, está tan cundida, que los bienes que piadosa y sabiamente estaban como destinados como necesarios para el culto divino, ministros de la iglesia o socorro de los pobres, se ven convertidos en conveniencias privadas y perniciosas liviandades”, señala el Catecismo Romano del Concilio de Trento de 1566. Adicionalmente, Las Siete Partidas, cuerpo jurídico castellano de origen medieval pero empleado también en América para impartir justicia, coincidía en que el robo de objetos sagrados era sacrilegio, a la vez que afirmaba que quienes lo hacían, merecían la pena de excomunión. 

Sentencia del corregidor Bernardo Villa, dada en Santa Fe de Antioquia el 22 de febrero de 1738.

Una persona de naturaleza “sincera e ignorante”

La legislación colonial habitualmente tomaba a los indígenas, llamados también “naturales”, como menores de edad y “miserables”, que requerían de protección debido a que consideraban que eran vulnerables, iletrados y que no comprendían de manera plena los delitos; de ahí que fuese necesario la intervención de un representante o protector para poder defenderse en los procesos que se adelantaban contra ellos. “Como consecuencia de categorizar a los indios como miserables y menores de edad, estos debían ser representados en sus actuaciones legales. Para tal fin se creó la Institución de los Protectores y Defensores de Naturales”, apunta el historiador Nicolás Ceballos en Indios y defensores ante la justicia criminal por delitos de hurto (1750-1810). Como Miguel Guillén no había nombrado un defensor para la causa que contra él se seguía, el 29 de enero de 1738, el alcalde Diego de Cepeda envió copia de su expediente a Bernardo de Villa, corregidor de los pueblos de indios de Sopetrán, Buriticá y Sabalanarga para su conocimiento y búsqueda de un protector de indios de oficio. Villa, quien continuó la investigación del caso, nombró a Pedro Zapata como defensor, quien fue aceptado por Guillén. Zapata esgrimió varias razones para desestimar la acusación contra su defendido:

“El dicho Miguel Guillén no se halla cooperado en el robo de las joyas de Nuestra Señora de Sopetrán, pues aunque el mismo Guillén se contradice en un punto de su confesión, hallará vuestra merced que:

El dicho ignora la religión del juramento como persona que es de naturaleza sincera.

En el dicho tiempo que sucedió el robo, no era fiscal de la santa iglesia de Sopetrán.

Si hubiera sido el ladrón, no hubiera manifestado las sortijas, ni menos hubiera pasado en el pueblo con ellas […] pues este no las hubiera robado para tenerlas guardadas, pues el que se expone a tal, lo hará movido por su mucha necesidad o de mala inclinación, lo cual no le asiste al dicho, pues si tal le asistiera, ya hubiera ejecutado el robo en tanto tiempo que hace que ejerce el oficio de fiscal, y si lo hubiera hecho por necesidad, hubiera machucado, fundido o trocado a oro en polvo”.

Para darle fuerza a sus argumentos, el defensor Zapata pidió que se citara a diferentes vecinos de Sopetrán en aras de que dieran fe de la intachable reputación de Guillén y se averiguara con mercaderes y comerciantes para descartar que este les hubiera vendido oro o las joyas robadas. Y pedía al corregidor: “Se ha de servir vuestra merced de absolver al dicho Guillén del delito que se le ha querido atribuir, teniendo presente para usar de conmiseración con el dicho la grande ignorancia que le asiste y que solo en esta ocasión ha habido querella contra el dicho, conmutándole la pena en que puede haber incurrido, en la larga prisión que padece”.

Atendiendo la petición, el corregidor Bernardo Villa citó a cuatro testigos (dos hombres y dos mujeres) para conocer sobre la reputación de Guillén y la posible venta de oro. “Conoce a Miguel Guillén desde que nació y que hasta lo presente no ha oído decir ni ha visto que el dicho haya tenido malas operaciones ni dado motivo a quejas, y que ha sido muchas veces fiscal en esta santa iglesia y que nunca en su tiempo faltó cosa ninguna”, declaró el alférez de 68 años, Juan de Cepeda. Por otro lado, la comerciante de 36 años, Petronila de Legarda, expresaba que “no ha visto al dicho Guillén comprar ni trocar con oro labrado”, mientras que Bárbara Pereañez, de sesenta años, complementó que “no ha visto ni oído decir que Guillén haya comprado con oro fundido ni machucado ni con joya”.

Tras conocer las declaraciones de los testigos, el defensor de Miguel Guillén solicitó nuevamente al corregidor que lo absolviera, pues los testimonios habían demostrado sus buenas costumbres y buen obrar como fiscal y doctrinero. Asimismo, reiteraba la ignorancia y sinceridad de su espíritu y apelaba a la piedad, señalando las muchas semanas que llevaba encarcelado y a que su esposa e hijos se habían visto privados de sustento y abrigo por la cárcel de este.

Una investigación abierta

El 22 de febrero de 1738, Bernardo Villa, corregidor de Sopetrán, sentenció: “Declaro al expresado Guillén por libre, mediante a no resultar contra él otro indicio ni malicia que le culpe, sin el de la implicación que consta de su confesión y el haber en su poder las cuatro sortijas que conoció doña Juana Díez de la Torre ser de las joyas perdidas, lo que queda por la mucha sencillez que en el susodicho se reconoció en la dicha confesión, y con lo dicho y alegado por el referido su defensor […] y teniendo a la vista como tengo las declaraciones hechas en el pueblo de Sopetrán a pedimento del dicho Pedro, las que resultaron a favor del expresado Guillén, mando sea suelto de la prisión en que se halla, conmutándole en lo que ha padecido toda la pena que por los no averiguados indicios le correspondía usando de dicha piedad en nombre de nuestro rey y señor por la mucha que su majestad acostumbra con los indios”. Y remataba escribiendo que la causa seguiría abierta y se le tomaría testimonio al esclavizado del párroco de Sopetrán y al indio Pío Quinto, quien había hecho las veces de fiscal durante el robo de las joyas en 1737, antes del nombramiento de Guillén.

A pesar de las inconsistencias en su confesión, la cercanía a la iglesia y la tenencia de las sortijas de la virgen, Guillén fue absuelto gracias a los argumentos del defensor de naturales, anclados en que no tenía necesidad de ejecutar el robo, no era el fiscal en ese momento, ya llevaba tiempo en prisión y, sobre todo, por la supuesta ignorancia e inconsciencia sobre el concepto de delito que se creía que tenían los indígenas.

Solo la historia sabrá si realmente Guillén fue culpable; o si quizá Urquijo planeó todo, aprovechando su estatus y quejándose de que estaba siendo injuriado como cortina de humo para desviar la atención e incriminar al indígena, dejando las cuatro sortijas como señuelo y llevándose el resto del botín en sus constantes viajes a Medellín; o quién sabe si sería el esclavizado del cura, el antiguo fiscal Pío Quinto, el mismísimo párroco o cualquier otro. Lo cierto es que en documentos eclesiásticos se registró que Miguel Guillén siguió viviendo con su esposa en Sopetrán hasta su muerte en 1765, aunque es probable que fuera condenado por murmullos persistentes de una comunidad dolida por el expolio. Por otro lado, el documento 18, carpeta 2, caja 34 del fondo de Miscelánea Criminal del Archivo Histórico de Antioquia termina allí y ni en ese ni en otros expedientes del fondo se encontró si continuaron las investigaciones, si se recuperaron las joyas o si se encontró al ladrón. Sin embargo, lo más probable es que este sacrilegio quedara en la impunidad, privando a la virgen de sus joyas, pero, especialmente, dejando a los sopetraneros de entonces con la certeza de que ni aun lo más sagrado, estaba libre de la codicia humana.


El delito de la vagancia

El delito de la vagancia

Fotografías de Gabriel Carvajal Pérez. Archivo BPP


Número 100 Septiembre de 2018

La información que en el registro original anotó el fotógrafo Gabriel Carvajal acerca de estas fotografías es básica: “Indigentes y mendigos son dejados en libertad después de una batida realizada por la policía”. Las tomas son de 1944. En una de ellas, en la esquina superior, alcanza a leerse “inspección de permanencia”. De ese lugar salen, vigilados seguramente por los mismos agentes que los capturaron, cuatro hombres en harapos. El motivo de la detención no es claro: ¿robo? Tal vez, aunque ninguno parece altamente peligroso como los fleteros de hoy. Estos tipos, a lo sumo, habrán cargado con un pan de una vitrina. Si nos ceñimos a la nota que dejó el autor de las fotos, que dice que se trató de una batida, a estos cuatro hombres los debieron haber capturado por vagancia, que en Colombia estuvo castigada a veces durante el siglo XIX, y luego también durante el XX, aunque sin mucha claridad ni ortodoxia, dependiendo casi siempre de quien aplicara la norma: si al inspector no le gustaban los mendigos, los mandaba a la guandoca, solo para tener que soltarlos horas más tarde cuando alguien recordaba que no hay delito en ser un vago.



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El Chacho: primer hipopótamo de Pablo Escobar

El Chacho: primer hipopótamo de Pablo Escobar

por JUAN FERNANDO RAMÍREZ ARANGO


Exclusivo web

“El Chacho”, su primera cría y la hermana de Pablo Escobar.

A propósito de hipopótamos colombianos, de los cuales ochenta van a ser sacrificados, vale la pena recordar la foto que adorna este texto, donde aparece la cabeza del patriarca o macho fundador de todo ese linaje junto a su primera cría, cría que, como se lee en el pie de foto, “murió asfixiada por su madre”.

Ambos, tanto la cabeza del patriarca como el cuerpo disecado de su cría, se exhiben en la sala del tercer protagonista de la foto, esto es, Luz María Escobar, la hermana menor de Pablo Escobar.

Según ella, ese primer hipopótamo, el patriarca, llegó a Colombia cuando el presidente de la República era Belisario Betancur y el alcalde de Medellín era Álvaro Uribe Vélez, o sea en el segundo semestre de 1982. Venía en un avión Hércules de matrícula estadounidense, al que la prensa denominó “narcoarca”, ya que también traía una hipopótama y otras 35 especies exóticas, que incluían elefantes, jirafas, camellos, avestruces, gacelas, canguros, etc.

Inicialmente, el Hércules iba a aterrizar en Pereira, pero se desvió a último momento y aterrizó en Medellín, en el aeropuerto Olaya Herrera, rayando la medianoche. Al ser advertidos de la magnitud del avión, las autoridades montaron un gran operativo, en el que esperaban decomisar armas, químicos o dinamita, y no un cargamento de animales exóticos.

Tras el decomiso, los animales fueron trasladados al Zoológico Santa Fe. ¿Qué hizo Pablo Escobar al respecto? Ese mismo día, según El Tiempo, ideó el siguiente plan tripartito para recuperarlos: 1) Les pidió a sus lugartenientes que reunieran tantos animales autóctonos como los que le habían decomisado. 2) Les ordenó que le pagaran al vigilante del zoológico cinco años de sueldo para que les entregara las llaves y se perdiera. Y 3) con el zoológico a su disposición, los lugartenientes del capo di tutti capi hicieron el cambiazo, reemplazaron a los animales autóctonos por los importados y chao, se largaron impunemente: “Hasta pintaron dos burros de blanco y negro para que parecieran cebras”. 

Dos días después, cuando los animales ya estaban instalados en la hacienda Nápoles, ocurrió la primera tragedia: el patriarca, macho seminal de todo el linaje de hipopótamos colombianos, hizo gala de su territorialidad y reclamó el sitio para él solo: “Le enterró los colmillos a un camello y a un caballo y los mató”. Por eso, por ser el autor de esas dos muertes fundacionales, lo bautizaron así: “El Chacho”. Expresión que, según el Diccionario de Parlache, significa “Persona joven, poderosa y sobresaliente”.           

Se estima que El Chacho pudo ser el padre de veinte crías, y que vivió unos 18 años en Colombia, o sea que estuvo en el mundo siete años más tras la muerte de su dueño, el capo di tutti capi. Su partida fue un caso edípico, uno de sus hijos, el nuevo macho alfa, lo atacó, le propinó heridas graves y los veterinarios no pudieron hacer nada. 

¿Qué debían hacer con el cadáver? Horas más tarde, ya de noche, Leonardo Arteaga, el esposo de Luz María Escobar, arribó a la hacienda Nápoles junto a la respuesta a esa pregunta, el taxidermista Miguel Parra: “Estaba cayendo un monumental aguacero y con solo la luz de una Toyota y unas herramientas insuficientes perforamos la piel de 12 centímetros, la carnosidad y separamos la cabeza del cuerpo”.

El proceso de disecado de la cabeza fue excepcional, tardó dos años, tras los cuales, finalmente, como se aprecia en la foto, El Chacho cerró el círculo vital que no han podido controlar las autoridades del país durante décadas: se reencontró para siempre con su primera cría colombiana.   

Posdata 1: El hijo más famoso de El Chacho se llamaba Pepe, borrado del mapa el 18 de junio de 2009, durante el gobierno necro-político de Álvaro Uribe, cuando el Ministerio de Ambiente, respaldado por Corantioqua, dio el aval para su caza, la cual fue llevada a cabo por dos hermanos alemanes, Federico y Christian Pfeil-Schneider, altos ejecutivos de Porsche en Colombia, quienes iban escoltados por soldados del Batallón Calibío. Ese par de canallas lo mataron, según Semana del 27 de julio de 2009, de cuatro balazos calibre .375, uno en el corazón, otro en el agujero lagrimal derecho, “apagando su mirada”, y los dos restantes a quemarropa, “para rematarlo”. Ellos se quedaron con la cabeza y el cuerpo como trofeos, una pata fue enviada al Ministerio de Ambiente como prueba y las demás desaparecieron. Posteriormente, cuando la noticia se convirtió en un escándalo internacional, una caricatura de Papeto, publicada por El Tiempo, tildó el caso como un nuevo falso positivo. 

Posdata 2: ¿Quiénes fueron los encargados de gestionar la importación de El Chacho y el resto de los animales exóticos? Según Luz María Escobar, fueron Fernando Avendaño y Gustavo Upegui, quien fue testaferro del capo di tutti capi, fundador y líder de la oficina de Envigado y presidente del Envigado Fútbol Club hasta 2006, cuando murió a manos de sicarios. Otras versiones de la historia, por ejemplo, la de Daniel Coronell, señalan a el automovilista Ricardo Cuchilla Londoño como el encargado de importar los animales exóticos, y no en 1982 sino en 1981. Curiosamente, Cuchilla Londoño fue asesinado por sicarios el 18 de julio de 2009, un mes exacto después de la muerte de Pepe.

Posdata 3: En julio de 2009, cuando había 28 hipopótamos heredados por Pablo Escobar, el biólogo Axel H. Antoine Feill le dijo a El Espectador que tenía una base de datos con más de 200 haciendas dispersas por toda Colombia que ofrecían las condiciones ideales para recibir a los hipopótamos. ¿El Ubérrimo era una de ellas? No se sabe, pero sería una buena medida de reparación para el país.



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