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Granaderos al ataque

Granaderos al ataque

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA


Exclusivo web Junio de 2026

Selección de Haití gana 4-0 a su homónima de Nueva Zelanda en un amistoso previo al Mundial de fútbol de 2026. Tomado de la Fédération Haïtienne de Football.

La primera vez que escuché de los indios taínos fue en una canción emblemática de la salsa, Anacaona, escrita por el maravilloso Tite Curet y popularizada en la entrañable voz de Cheo Feliciano. Esa melodía fue una bomba en mis tiempos de primera juventud, por allá en los lejanos años noventa del siglo pasado, época de festejos y desdichas para la selección Colombia del negro Pacho Maturana.

Volví a saber de esa tribu en las páginas de Las venas abiertas de América Latina, del maestro Eduardo Galeano, quien también escribió de fútbol, y hago mención porque este artículo, pese a todo, también es de fútbol.

En fin, el hecho es que estando en la Universidad de Antioquia, un día me dio por meterme en los libros de historia de la Biblioteca Carlos Gaviria, y leí sobre ese pueblo y sobre su “isla montañosa”, su amada Ayiti, o Quisqueya. Allí llegaron los saqueadores españoles en 1492, en tres pinches carabelas.

Los ibéricos, borrachos, literalmente, y enfermos por el oro y la fama, rebautizaron la isla como La Española y la convirtieron en centro de operaciones. Desde allí, a fuerza de espadas y crucifijos, sometieron y masacraron a los taínos y a todos los pueblos primigenios de América Latina.

Ya establecida la Conquista, los españoles transaron con los franceses para llenar la isla de esclavos traídos de África. Los pusieron a sembrar caña de azúcar.

Tuvieron que pasar casi tres siglos para que esos esclavos, liderados por el jamaicano Dutty Boukman y el Napoleón Negro, Toussaint Louverture, iniciaran una gigantesca rebelión, en 1793, que terminó, diez años después, en la independencia de la isla, proclamada por Jean-Jacques Dessalines y Henri Christophe.

Así se resume la historia de lo que hoy conocemos como Haití, un pequeño país del Caribe, hermanado con República Dominicana.

Haití, que fue nombrado así en homenaje al viejo pueblo Ayiti, parece haber nacido con una perenne maldición. Los esclavos, más de medio millón, echaron a españoles, franceses e ingleses, y a cambio obtuvieron una tierra fértil para el café y el azúcar, pero también para las desgracias.

Tras espantar a los franceses, que tenían el poder sobre la isla, Haití entró en una grave crisis económica, pues los europeos, para reconocer el nuevo Estado, pidieron a cambio una exorbitante y humillante indemnización para la nación de Voltaire, Zola, Baudelaire y Robespierre. Esa deuda, que duró más de cien años, derivó en violencia callejera, golpes de Estado, guerras civiles, enfermedades incurables, diásporas y suicidios.

Pero la venganza francesa no terminó allí. De 1957 a 1986, en Haití se instaló un gobierno autoritario e ilegítimo, el de la familia Duvalier, que gozó del apoyo de diversos mandatarios galos, desde Coty, Charles de Gaulle y Pompidou, hasta Francois Mitterrand. Sin embargo, el principal patrocinador de la carnicería de los Duvalier fue Estados Unidos y uno de sus perros rabiosos, la CIA. Los gringos ocuparon Haití de 1915 a 1935, pero no se fueron de inmediato, sino que tardaron en desalojar la isla, como en las despedidas de los circos malos.

Los Tonton Macoute de Papa Doc. Tomado de www.nuevarevolucion.es.

Francois Duvalier, más conocido como Papa Doc, fue un médico que llegó al poder en 1957, supuestamente elegido democráticamente, pese a múltiples denuncias de fraude. Duvalier, con un discurso populista, logró captar muchos votos, pero su mayor ventaja la tomó de las amenazas a sus opositores, quienes tuvieron que exiliarse en otros países.

Papa Doc montó grupos paramilitares en todo el país para reprimir cualquier conato de rebelión. Los Tonton Macoute torturaron, desaparecieron y asesinaron a cientos de personas, solo por pensar diferente. Por si fuera poco, mientras los Duvalier cada vez se enriquecían más, los haitianos se morían de hambre, de sida o a causa de huracanes y terremotos.

Como era predecible, Papa Doc se atornilló en el poder y, tras su muerte, su hijo Jean Claude ‘Baby Doc’ Duvalier heredó ocupó el gobierno de 1971 a 1986. Durante esos años sucedió el primer milagro haitiano, la clasificación al mundial de Alemania 1974.

Antoine Tassy fue designado como entrenador del seleccionado dos años antes. En las eliminatorias de la Concacaf, Haití compartió grupo con México, Trinidad y Tobago, Honduras, Guatemala y Antillas Neerlandesas. La presión sobre los jugadores era tremenda. Duvalier quería que su equipo fuera a Alemania para utilizarlo como símbolo del falso progreso haitiano. Hombres encapuchados aparecían en las casas de los jugadores y tiraban panfletos bajo las puertas. Las cosas llegaron tan lejos que incluso, antes del partido con Honduras, el 7 de diciembre de 1973, integrantes del Tonton Macoute golpearon en plena calle al defensor Pierre Bayonne, quien había cometido un error durante el duelo que Haití le había ganado 2-1 a Trinidad y Tobago cuatro días antes.

Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, presidente de Haití entre 1971 y 1986. Tomado de Wikimedia Commons.

En medio de ese ambiente de terror, Haití ganó su grupo con ocho puntos. Ganó cuatro partidos y solo perdió uno, contra México. El viaje fue escoltado por el escuadrón élite del gobierno de Duvalier, Los Leopardos, quienes supervisaban con cara de malos a todos los jugadores, sobre todo cuando iban a las entrevistas. Vigilaban que no criticaran al régimen, o que se escaparan de la concentración para buscar la libertad en otros países.

En el mundial les correspondió el grupo 4, con Argentina, Italia y Polonia, tres equipos con amplia tradición futbolera. Italia tenía a cracks como Gianni Rivera, Fabio Capello, Luigi Riva y Dino Zoff; Argentina tenía a Kempes, Perfumo, a Houseman; y Polonia contaba con estrellas como Lato, Zmuda, Deyna y Szarmach.

Duvalier sabía que su selección no tenía ningún chance, pero aprovechó el viaje para entablar relaciones y dejar en limpio su gobierno ante todo el mundo. En la cancha, los haitianos lucharon con valentía, pero la distancia con las potencias era demasiada. Italia les ganó 3-1, pese a irse en ventaja con gol de Emmanuel Sanon, uno de los dos únicos futbolistas que jugaban en el exterior. Sanon era hijo de migrantes haitianos pero había nacido en Bélgica y jugaba para el Beerschot. El otro era el capitán Wilner Nazaire, quien jugaba para el Valenciennes francés.

Contra Polonia fue un desastre. Lato, Szarmach y compañía los vencieron 7-0. No tuvieron piedad. Por último, Argentina les ganó 4-1. Sanon, otra vez, hizo el de la honra.

El lunar fue el positivo por efedrina de Ernst Jean-Joseph, volante del Violette haitiano. Tras la confirmación de los médicos de la Fifa, el jugador fue expulsado del torneo, pero eso no fue lo peor. Los Leopardos lo sacaron a patadas de la concentración, lo encerraron en un garaje y lo golpearon durante dos noches. Cuando lo iban a mandar de regreso a Haití, quizás para matarlo, el agregado haitiano en Alemania, Kurt Renner, dio aviso a la prensa. Renner le salvó la vida al apodado “mulato del pelo rojo”, pero fue destituido de su cargo inmediatamente.

Selección de Haití en su debut mundialista en Alemania 1974. Tomado de https://www.facebook.com/futbolero.nacional.2025.

Haití vs. Argentina en el Mundial de Alemania 1974. Tomado de ESPN.

Baby Doc Duvalier fue derrocado en febrero de 1986, el año de La mano de Dios. Tras muchos abusos de poder, y en medio de una crisis económica y de salud pública sin precedentes, se produjo un levantamiento popular que hizo que el dictador huyera a Francia, en un avión estadounidense.

Haití siguió participando de las eliminatorias de la Concacaf, pero el éxito era esquivo. Para colmo, el “país maldito” seguía sufriendo por hambre, inundaciones, tormentas, maremotos, huracanes y terremotos. En 2010, por ejemplo, un temblor de 7.0 arrasó con Puerto Príncipe y dejó más de doscientos mil muertos. En 2016, el huracán Matthew dejó a dos millones de damnificados y, en 2021, otro terremoto cobró la vida de cerca de cinco mil personas.

Lo peor de esos años, sin embargo, fue el gobierno corrupto de Jovenel Moise, quien ganó las elecciones de 2017, apoyado por el entonces presidente Michel Martelly, del partido PHTK – Partido Haitiano Tèt Kale. Martelly era un aliado incondicional del chavismo venezolano y Moise, que ganó las elecciones en medio de un contexto turbulento, con violencia en las calles, damnificados por los desastres naturales y graves acusaciones de fraude, siguió los pasos de su padrino Martelly y firmó varios acuerdos con Nicolás Maduro.

En 2019, como era de esperarse, explotó un escándalo llamado Petrocaribe. Moise fue acusado de malversar miles de millones de dólares de esos acuerdos con el gobierno venezolano. Los haitianos salieron a las calles a protestar y Moise, que tenía arreglos con algunas de las pandillas más poderosas del país, hizo represión con violencia. En 2020, el incendiario Moise le echó más leños al fuego y suprimió el Parlamento. Entonces el país explotó. Las pandillas tomaron el poder en el setenta por ciento del país y Moise tuvo que atrincherarse por miedo a un golpe de Estado.

En 2021, veintiocho mercenarios colombianos, exintegrantes del Ejército, fueron contratados para matar a Moise, y no fallaron. En julio de 2021, en una rápida incursión, los mercenarios llegaron a la casa de Moise, en Puerto Príncipe, y lo acribillaron. Los asesinos fueron capturados en el acto y están cumpliendo condenas en Haití y Estados Unidos. Pasados algunos meses, más de cincuenta personas fueron imputadas por conspiración en el magnicidio, incluyendo a la esposa de Moise, Martina, y al exprimer ministro Claude Joseph.

En las declaraciones de los acusados, se mencionó que la muerte de Moise era necesaria porque estaba aliado con las bandas criminales del país, sobre todo con la G9 Fanmi e Alye (Familia y Aliados), cuyo jefe es el expolicía Jimmy Chérizier, alias Barbacoa.

Tras la muerte de Moise, la violencia en Haití se salió de control. Las cinco principales bandas se tomaron el noventa por ciento de la pequeña isla y, claro, la selección de fútbol también se vio afectada. La G9 se adueñó del estadio Sylvio Cator y del complejo de entrenamiento El Rancho. El equipo tuvo que exiliarse en Curazao para jugar allí las eliminatorias hacia el mundial de 2026 y muchos jugadores sufrieron saqueos en sus viviendas de Puerto Príncipe.

Era imposible acercarse a Puerto Príncipe porque no solo era la G9 con su poder militar enfrentando al Ejército y la Policía, sino que también había una guerra declarada entre los cinco grupos armados ilegales. El G-Pep, por ejemplo, de alias Ti Gabriel, estaba enfrentado con el G9; mientras que Baz Pilatos, Nan Ti Bwa y Delmas 6, con apoyo de las maras salvadoreñas, estaban en guerra por el control de las rutas del narcotráfico.

Alix Didier Fils-Aimé, jefe de Estado y de gobierno tras el magnicidio de Moise, no ha sabido qué hacer para controlar a las pandillas y por eso Haití es considerado uno de los tres países más peligrosos del planeta.

Al igual que en el 74, otra vez el fútbol se convirtió en la mejor noticia para un país en crisis humanitaria, para un Estado fallido y maldito. Otra vez la pelota fue la esperanza para esos doce millones de habitantes de Quisqueya.

En los años de la dictadura de Duvalier, fueron cientos los haitianos que emigraron a otros países buscando asilo. Tras la caída de Baby Doc, el país no pudo salir adelante porque la deuda externa era insostenible. La crisis se agravaba con cada desastre natural, y las ayudas humanitarias, casi siempre, eran robadas por políticos corruptos y por los grupos armados. La diáspora haitiana se cuenta por millones. La cifra oficial es de dos millones de ciudadanos, pero las extraoficiales hablan de tres. Los destinos predilectos son Francia, Canadá y Estados Unidos.

Después de la muerte de Moise, el técnico de la selección, Jean Jacques Pierre, fue echado por el mal rendimiento del equipo. Su reemplazo fue el español Calderón Pellegrino, quien tampoco pudo sacar frutos de los talentos emergentes de los Granaderos. Entonces, en marzo de 2024, la Federación de Fútbol decidió ir por el técnico francés Sebastien Migné, un exjugador de la segunda división francesa, con un palmarés como asistente muy pobre y que antes de recibir la llamada estaba dirigiendo en Togo.

Migné fue contratado por teléfono, y por teléfono comenzó a dirigir. Hacía videoconferencias para dar las indicaciones antes de cada partido, y solo se veía con sus jugadores en los partidos eliminatorios. Haiti, cuya selección es cincuenta por ciento haitiana y cincuenta por ciento francesa, tuvo que exiliarse en Curazao para jugar la fase clasificatoria hacia el mundial de 2026, en el estadio Ergilio Hato.

Migné ya había pasado por momentos difíciles, turbulentos, en otros países. Había dirigido en Togo, Congo, Guinea Ecuatorial y Chad. Era conocedor de los estragos de la guerra, de modo que dirigir a Haití era un reto asumible para él. Lo primero que hizo fue buscar a jugadores con raíces haitianas nacidos en otros países. En ese ejercicio encontró a dos figuras de la Premier League: Jean Bellegarde, del Wolverhampton, y Wilson Isidor, del Sunderland.

Pero su mejor jugador, su estrella, es Duckens Nazon, delantero del Esteghlal de Irán. Los padres de Nazon huyeron a Francia en los años ochenta y por eso él nació allí, en las calles de Chatenay Malabry. En Altos del Sena.

Durante su niñez conoció la historia de Haití, de sus ancestros, y juró que jamás representaría a un país diferente. Sus primeros años los pasó en el Vannes, pero luego pasó al Lorient, un equipo de amplia trayectoria. En esos años fue convocado varias veces a las juveniles de Francia, pero rechazó cada oferta que le pusieron sobre la mesa. Su misión, afirmaba en esa época, era llevar a Haití a un mundial.

En Francia lo dejaron en paz y él continuó avanzando en su carrera. Jugó en el Wolverhampton y en el Coventry, en Inglaterra, y en el Sint Truiden de Bélgica. También pasó por Escocia y por Bulgaria, antes de iniciar su declive.

Con Haití ha jugado más de ochenta partidos y ha marcado más de cuarenta goles. Es el capitán, la estrella y el líder espiritual.

“Solo nos tienen a nosotros. Si no hay fútbol, no tienen nada, pero si juega la selección, tienen esperanza. Nosotros podemos hacerlos sonreír”, arenga Nazon antes de cada encuentro.

Nazon fue el héroe de la clasificación haitiana para el mundial 2026. Su hat trick en el duelo contra Costa Rica, en San José, ante el arquero Keylor Navas, en el 3-3, y su gol en el agónico 1-0 en Curazao, en el partido de vuelta, le dieron el tiquete a los Granaderos, lo que desató la euforia no solo en Haití, sino en el resto del mundo.

Sin dictaduras, pero con muchos problemas por resolver, Haití vuelve a un mundial más de cincuenta años después. Esta vez no habrá presiones, ni amenazas. Esta vez solo hay espacio para la esperanza, para la ilusión de tantos exiliados. También es la esperanza para esos doce millones de habitantes que viven presos en su propia isla, como los esclavos en los tiempos de La Española. Ahora los conquistadores son otros, hablan la misma lengua y tienen el mismo color de piel que sus víctimas, pero son tan malos como los saqueadores que bajaron de las tres carabelas. Quizás por eso es que el grito de victoria de la selección de Migné es el mismo que gritaban los esclavos en 1803: “Grenadye, alaso”, que en español es “Granaderos al ataque”.



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El milagro de los “francotiradores” de Zenica

El milagro de los “francotiradores” de Zenica

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA


Exclusivo web Junio de 2026

Selección de Bosnia y Herzegovina celebrando la clasificación al mundial de fútbol 2026. Tomada de Sofascore News.

Lesionado del tobillo derecho, el veterano arquero del Leicester City de Inglaterra, Asmir Begovic, viajó hasta Zenica, Bosnia, para ver a su selección contra Italia, en el emocionante repechaje europeo hacia la Copa del Mundo 2026. Begovic, quien sigue recuperándose, se ubicó en la tribuna popular, junto a miles de hinchas bosnios en el Bilino Polje, mítico estadio de la selección y del Celik. A unos tres pasos de distancia de Begovic estaba Nole, Novak Djokovic, parado casi todo el partido porque el público estaba enardecido y no permitía ver sentado el espectáculo. Nole, serbio de nacimiento, no tuvo problema en ir a apoyar a sus vecinos, sitiados y masacrados por su país entre 1992 y 1995, cuando murieron alrededor de cien mil personas y fueron desplazadas más de un millón. Se ha comprobado este año que durante ese inhumano asedio los comandantes del ejército serbio Stanislav Galic, Ratko Mladic y Dragomir Milosevic recibieron dinero de algunos millonarios italianos, de perversas excentricidades, para poder divertirse matando civiles disparando desde los cerros aledaños a Sarajevo, o desde edificios altos custodiados por las tropas serbias que comandaban, desde Belgrado, Radoslav Karadzic y Slobodan Milosevic.

Los valientes periodistas del diario Oslobodjenje, quienes cubrían la tragedia de la guerra y defendían a los suyos con lo que tuvieran a mano, divulgaron el primer informe de los “safaris humanos” en abril de 1995. Contaban cómo los ricos italianos pagaban grandes sumas a los oficiales serbios para matar ancianos, mujeres, soldados enfermos y, sobre todo, niños.

Unos pocos periódicos italianos replicaron aquel informe, pero nada pasó hasta 2022, cuando la alcaldesa de Sarajevo, Benjamina Karic, vio un documental sobre los hechos y quedó conmovida. Karic ordenó a la fiscalía de Sarajevo abrir una investigación profunda e hizo una denuncia pública ante las autoridades italianas, a través de la embajada de su país. Todo eso ocurrió mientras el covid se cargaba cientos de vidas en ambas orillas del Adriático.

Miran Zupanic, director del documental, acompañó a Karic en las denuncias, que fueron reiterativas hasta agosto de 2022, cuando el juez Guido Salvini apoyó las acusaciones y abrió un expediente con la ayuda del periodista Ezio Gavazzeni.

Hoy se sabe que un banquero, un abogado, el exdirector de una clínica de Turín, un dueño de camiones de Milán y otros multimillonarios de Trento, Turín y Milán tomaron parte de los “safaris”.

La portada del 1 de abril de 1995 del diario serbio Oslobodjenje llevaba el título: “Safari de francotiradores en Sarajevo”. Archivo Museo Alija Izetbegovic.

Varios futbolistas bosnios jugaban en Italia mientras su país estaba ocupado por los serbios. Muchos leyeron el informe del Oslobodjenje. Dos de ellos, Haris Skoro (Torino) y Mustafa Arslanovic (Ascoli), se marcharon de Italia para jugar en otros países, pues no podían con la vergüenza.

Bosnia hizo parte de la poderosa Yugoslavia de Tito hasta 1992, y desde su independencia, muchos bosnios se fueron a Italia a jugar fútbol, balonmano y waterpolo. Otros se unieron a las mafias del sur y la gran mayoría se hicieron obreros en la industria automotriz, recolectores en los viñedos, operarios del sistema ferroviario.

Había cerca de ciento cuarenta mil bosnios en Italia en los tiempos de la guerra, pero cuando se publicaron los primeros informes de los “safaris humanos”, no hubo marchas ni protestas, todos lloraron en silencio, menos los deportistas, quienes emigraron a otros países.

Grandes estrellas bosnias han dejado huella en el fútbol italiano en el siglo XXI. Edin Dzeko, Miralem Pjanic, Senad Lulic, Rade Krunic y Sead Kolasinac. Ya no hay rencores ni sed de venganza, pero alguna espinita quedó tras la guerra, luego de conocerse la verdad de los “safaris”.

Estadio Bilino Polje. Tomada de Flickr.

Por eso, cuando las dos selecciones se encontraron en la cancha de Zenica, algo muy poderoso surgió en los corazones de los jugadores bosnios, algo dormido, aplazado, algo muy parecido a la dignidad.

Sin embargo, al minuto catorce, Italia se adelantó con un gol de Moise Kean, un hijo de inmigrantes marfileños que llegaron a Italia en 1990, huyendo de otra guerra. Irónicamente, Italia, junto a otros países europeos, era culpable de esos conflictos en Costa de Marfil, en su afán por conseguir recursos minerales, joyas y productos agrícolas baratos.

Pero la alegría por el gol de Kean se diluyó promediando el partido, cuando el árbitro Turpin, de Francia, expulsó al zaguero del Inter, Bastoni, por una entrada sobre Dedic. Bosnia estaba a un gol de distancia.

El suspenso por el empate se extendió hasta poco antes del minuto ochenta, cuando un tiro libre desde la derecha llegó al área, justo a los pies de Dzeko, quien disparó a quemarropa. El tiro fue bloqueado por Donnarumma, pero el rebote le quedó a Tabakovic, quien disparó con el arco vacío y puso el empate, el maravilloso y milagroso empate.

Edin Dzeko, capitán de la selección. Tomada de Footballfancast.

Italia entró en pánico. Los fantasmas de otras eliminaciones surgieron en el área de Donnarumma y los bosnios cargaron con todo. Los centros llovían, los cabezazos hacían sufrir a los defensas, pero el tiempo en el reloj se acabó y el partido se fue al alargue.

A los italianos se les notaba el cansancio y el miedo, pero Bosnia no lograba marcar el gol de la victoria. En las tribunas, Begovic se comía las uñas y Nole temblaba de la impotencia. Se fueron a penales. Sí, fatídicos disparos, como aquellos de los francotiradores en los “safaris humanos”. Bosnia comenzó pateando: gol. Italia, en cambio, falló su turno. Otra vez Bosnia, gol. Italia marcó, puf. Pero Bosnia siguió sin fallar y el tercer disparo de Italia, a cargo de Cristante, pegó en el palo. A Bosnia solo le bastaba marcar para ir al mundial, y Muharemovic, estrella del Sassuolo, no falló. Bosnia 4, Italia 1, en penales, una masacre. Bosnia tomó su boleto para el mundial mientras los italianos se derrumbaron en el campo ante una nueva deshonra para la Azzurra.

El equipo de Barbarez y de Dzeko le devolvía un poco de dignidad a un pueblo masacrado, y Nole, que sabe cosas, dijo: “Algo de justicia hay en el fútbol”. Begovic bajó a la cancha y se abrazó con sus compañeros. Estarán en el mundial, en el grupo B, junto a Canadá, Catar y Suiza. Un grupo para seguir soñando con milagros, para seguir recuperando el orgullo de una nación aplastada.

Este es Bajraktevic, que marcó el penal decisivo. Bajraktarević es un delantero de 21 años que actualmente juega para el PSV Eindhoven. Nacido en Wisconsin de padres refugiados bosnios. Tomada de Sofascore News.



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El sueño cumplido de Isakov

El sueño cumplido de Isakov

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA


Exclusivo web Junio de 2026

Plantel clasificado al Mundial de México/Estados Unidos/Canadá 2026.

Uzbekistán, “la tierra de los verdaderos líderes”, es un país de Asia Central, de origen mongol, que se independizó de la Unión Soviética en agosto de 1991. Hasta ese año, la URSS había participado en siete citas mundialistas, incluida aquella de Chile 62, cuando empató 4-4 con Colombia. En esas siete apariciones soviéticas en los mundiales, hasta Italia 90, jamás un jugador uzbeko fue convocado para vestirse con la camiseta de la hoz y el martillo, aunque en 1978, Vladymir Fedorov, un delantero del FC Pakhtakor de Tashkent, había sido llamado para un partido eliminatorio y tenía grandes chances de asistir al mundial de Argentina 78, pero la Unión Soviética no clasificó.

Fedorov es una leyenda del fútbol uzbeko, y claro, del Tashkent, el club de la capital, el más laureado de la historia de ese país. Fedorov, cuenta la leyenda, iba a declinar el llamado para el mundial de Argentina como respuesta a la agresiva rusificación de Uzbekistán, y a la constante discriminación por parte de Moscú. Los uzbekos siempre fueron despreciados por su origen y por su idioma. Los obligaban a ser campesinos y les negaban el acceso a los estudios superiores. La madre de Fedorov, de origen musulmán, había sido obligada a despojarse de su burka y su hiyab durante una visita gubernamental a Tashkent, en 1970.

Pero la venganza simbólica del delantero, algún gol definitivo, alguna celebración en clave de mongol, fue truncada por una desgracia. El 11 agosto de 1979, un choque de dos aviones en cielo ucraniano terminó en desastre. Murieron 178 personas, entre ellas, diecisiete jugadores del Pakhtakor de Tashkent, quienes se dirigían a Bielorrusia para un partido de la liga soviética contra el Dinamo Minsk. La noticia tardó en confirmarse porque era necesario descartar un ataque extranjero, pues en el momento del accidente, un avión oficial, con Leonid Brézhnev como pasajero, se dirigía hacia Moscú. La Guerra Fría estaba en su apogeo y Brezhnev, líder del Partido Comunista y presidente de la Unión Soviética, era el mayor blanco posible.

Equipo de Pakhtakor de Tashkent, víctima del accidente de avión de 1979. Tomado del Diario deportivo OLÉ.

Algunos investigadores llegaron a pensar que el accidente del Tashkent había sido un error de los enemigos más allá del Atlántico, pero con el tiempo se concluyó que todo fue un desafortunado error de los controladores aéreos, quienes fueron condenados a quince años de prisión por homicidio involuntario.

Tulyagan Isakov, goleador y capitán del Pakhtakor, fue el único sobreviviente del equipo, pues se encontraba lesionado y no tomó parte del grupo de viajeros. Antes de su fallecimiento en noviembre del año pasado, a los 76 años, el exdelantero contó que su equipo era un grupo de amigos, todos uzbekos, y que soñaban con ganar, al menos, la Copa Soviética, pues la liga era prácticamente imposible.

“Nos solíamos reunir en la taberna del pueblo a planear nuestros encuentros. Sabíamos que los equipos de Moscú y de Ucrania eran casi invencibles, pero creíamos que si salíamos a atacar desde el comienzo, al menos nuestros vecinos se iban a sentir orgullosos”, narró Isakov en una entrevista de 2019, durante un acto de conmemoración del accidente.

Soñaban también con meter uno o más jugadores en el seleccionado soviético, como respuesta a la discriminación. Los llamaban “los rusos de cabezas negras”. Fedorov había sido el primero el lograrlo, pero no alcanzó la meta mundialista. También tenían a Mikhail An, un uzbeko de 19 años, de origen coreano, que era capitán de la selección soviética sub-20. Esos jugadores habían logrado notoriedad nacional después de un partido que el Pakhtakor de Tashkent le había ganado 5-0 al poderoso Dinamo Kiev, que venía de vencer al Bayer Münich en la Supercopa de Europa.

“Logramos ser un equipo de media tabla en los años setenta. Éramos famosos en toda la Unión Soviética por nuestro estilo alegre y un poco descuidado. Pero no había estadio que no se llenara para vernos jugar. El 5-0 al Dinamo Kiev, el equipo de Oleg Blokhin, ganador de un Balón de Oro, fue nuestro gran logro”, dice Isakov.

Después de la tragedia, el Pakhtakor de Tashkent se convirtió en un símbolo de resistencia para los uzbekos. La liga soviética le donó dinero para que contratara nuevos jugadores y les dio cinco años de gracia en el campeonato, es decir, no podían descender, aunque quedaran en el último puesto.

Isakov lideró el equipo un par de años, pero la tristeza no le permitió seguir. Se retiró y se fue a vivir a las montañas, lejos de los focos de la prensa.

El Estadio Pakhtakor Markaziy en donde juega la selección uzbeka y el Pakhtakor de Tashkent.

Tras la desintegración de la Unión Soviética, en 1991, el equipo se convirtió en el más poderoso de Uzbekistán, la nueva república. Hasta hoy ha conquistado 33 títulos, de los cuales dieciséis son de liga. Su academia sigue siendo productora de grandes talentos y ha llevado al fútbol uzbeko a lo más alto de Asia. Han clasificado a cinco mundiales sub-20 y han conquistado la Copa de Asia Central Sub-20. Sin embargo, lo más importante ha sido el impulso al fútbol de mayores. El Tashkent es la fuente principal de talentos para la selección nacional y, en junio de 2025, lograron lo impensado: clasificar al mundial de 2026. Jamás un jugador uzbeko había tenido el honor de ir a la Copa del Mundo y ahora, gracias al Pakhtakor de Tashkent, irán 26.

Una de las grandes estrellas de la selección uzbeka, que compartirá grupo con Colombia, Portugal y RD Congo, es Abdukodir Khusanov, nacido el 29 de febrero de 2004 en Tashkent. Kushanov, defensa del Manchester City de Inglaterra desde el 2022, es producto de la academia del Tashkent e hijo de uno de sus ilustres jugadores, Khikmatdjon Khoshimov.

Kushanov fue convocado por primera vez en 2023, y lo primero que hizo fue visitar, con su padre, el monumento a los caídos de 1979. Ese día prometió que, de llegar al mundial, llevaría una cintilla conmemorativa del Tashkent, como una forma de cumplir el sueño de Fedorov, Isakov y An.

En junio de 2025, tras un vibrante partido, Uzbekistán empató sin goles con Emiratos Árabes Unidos, rival de Colombia en Italia 90, y se clasificó para el mundial. Esa fue la venganza deportiva para los uzbekos ya que Rusia no puede participar de los eventos Fifa desde que invadió a Ucrania en 2022.

Tras ese partido, Isakov bajó de su montaña y habló con la prensa. “Estoy orgulloso de estos jóvenes, porque ellos llevarán al mundial el espíritu de la generación del 79”. Luego se fue a su casa y falleció cinco meses después, por fin satisfecho.

La Federación de Fútbol de Uzbekistán celebra la clasificación de su selección al primer mundial de su historia. Tomado de XXXXX



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El bot existencial

El bot existencial

por ANDRÉS BURGOS • Ilustración de Iván Curtis


Número 149 Mayo de 2026

Aunque tenía claro que tarde o temprano la inteligencia artificial me iba a dejar sin trabajo y quién sabe cuántas cosas más, logré anestesiarme contra la angustia. En las conversaciones reiterativas sobre el tema, conseguí unirme más desde el asombro que desde el miedo. Ya iría viendo cómo afrontar lo que viniera.

Y no era que reservara un as bajo la manga para evitar morir de hambre. Llegado el momento, me iba a unir en la indigencia a casi todos mis conocidos. Pero como en el coro de la desgracia colectiva los dolores se reparten, surgió el efecto placebo.

Además, me quedaba el consuelo ilusorio de la dignidad. La máquina esa, la nube con voluntad, el robot pensante, o lo que fuera que fuera la IA, bien podía dejarme obsoleto y pobre, pero no se iba a robar mi corazón.

Si bien me enlisté en los batallones de usuarios, me prometí jamás perder de vista su carácter de herramienta. No importaba que su palabrería meliflua y su actuación de principiante intentaran convencerme de algo más.

Me perturbaban los usos que la gente le estaba dando más allá del aumento de la productividad o el acceso a información inmediata. Y no hablo de los videos en los que un perro salva a un bebé de ser atropellado por un camión para luego delatarse como Jesucristo. Nadie que tenga corazón se puede resistir al heroísmo de un golden retriever.

Lo que me molestaba, y contra lo que juré luchar en mí, era la tendencia, preocupante por lo masiva, a convertir la máquina en un interlocutor válido para las conversaciones personales. Depositar tanta confianza en un modelo de lenguaje delataba vacíos, soledades e inseguridades que me dejaban metido de cabeza en un pozo de melancolía.

No negaba las alternativas maravillosas de creación que se asomaban en el nuevo panorama. Ya seguía en Instagram los videos de Kelly Boesch sin importar que su música y sus animaciones estuvieran generadas por IA. Siempre he admirado el talento que aprovecha las nuevas tecnologías. A cierta distancia, claro está.

Era la distancia que conseguía mantener con un par de temazos de Jardín Psicodélico, la banda inexistente que ya había visto dejar confundidos, y preocupados, a varios músicos talentosos y de buen paladar. Compartí el aplauso por la arquitectura de sus canciones, pero no llegué a conmoverme. El virtuosismo del producto artificial carecía de ese ingrediente intangible e inherente a las cosas que me hacían vibrar de verdad: el alma.

Me pasaba igual con la narrativa. En la escritura, pronto quedaban en evidencia la asepsia reiterada, el formulismo, el humor plástico y la taxonomía mecánica de la información. Y en el terreno audiovisual, no bastaba con la oferta de escenarios antes imposibles o la clonación de actores. Faltaban los elementos volátiles, no pocas veces contradictorios, que dan sabor a las historias más allá del argumento. Lo esencial, por indefinible, rehuía la estandarización.

Aunque no pudiera señalarlo específicamente, sabía que lo humano era algo más. Tenía el ojo entrenado. El músculo de mi filtro se había fortalecido con años de cuestionamientos metafísicos, prácticas espirituales y lecturas de divulgación científica; aunque, últimamente, dada la falta de tiempo, el refuerzo de mi blindaje se lo había encargado a los pódcasts.

Oscilando entre la filosofía y la autoayuda, la radio reinventada me ofrecía conversaciones sobre la búsqueda de sentido con la seriedad, el humor y la liviandad que requerían los momentos previos al sueño. Por esta vía llegué al mejor orador que había oído últimamente y que me recordaba a divulgadores legendarios como Alan Watts, Terence McKenna y Ram Dass, pero en español.

Lo que no sabemos era un pódcast que compilaba temas que me apasionaban últimamente: budismo, Jung, salud mental, un toque de política y los aspectos digeribles de la mecánica cuántica. Sus disquisiciones iluminaban los caminos, a menudo oscuros, de un cincuentón con tendencia a preguntarse el porqué de su paso por este mundo.

Encandilado por el hechizo, compartí con gente cercana un par de episodios y el entusiasmo se contagió. Puedo dar fe de que se revitalizaron las discusiones con los amigos que pasaron por el pódcast. Habíamos encontrado en el presentador un ensayista radial que nos tocaba la fibra. Comentábamos sus reflexiones con el mismo entusiasmo que hasta entonces les deparábamos a las series icónicas de las plataformas.

Y como si se tratara de una de esas historias por entregas, me embarqué en una maratón de consumo. El nivel de interés no disminuyó con la acumulación de capítulos, pero de repente una sombra empañó el disfrute. La sospecha empezó a colarse porque algunas acentuaciones de Javier, el anfitrión, enrarecían su acento, que ahora, viéndolo en retrospectiva, si bien sonaba español no se prestaba para ningún arraigo concreto. También estaban la repetición de algunas fórmulas sintácticas y la producción casi compulsiva de material cuya complejidad habría requerido otro ritmo.

Cuando busqué información sobre Javier, que no usaba apellido, ni siquiera en el libro que promocionaba en la biografía del pódcast, no hallé más que los enlaces que llevaban a los archivos de audio. Aparte de una foto, demasiado prístina y convencional, no existía otra imagen suya y…

Mierda. Le había empeñado mi corazón a una inteligencia artificial. Yo, que posaba de ir por el mundo con el espíritu crítico por delante, ahora me equiparaba a la gente que usa la IA como sicólogo, amigo, confidente, proyecto amoroso u oráculo. De aquellos a quienes miraba por encima del hombro si acaso me separaba un leve matiz en el perfil. Había acudido a un gurú diseñado por el algoritmo.

No lo calificaría de pérdida de tiempo porque el contenido era realmente valioso y me seguía gustando oírlo, pero, tras bambalinas, lo único que se asomaba era un prompt inteligente y una combinación estadística. Y dolía porque el producto me había puesto a palpitar como un adolescente en su primer amor. Me había alimentado —con gozo, para acabar de ajustar— de una programación que no tenía alma. Era como nutrirse enteramente de proteína en polvo.

El golpe me dejó más aturdido de lo que hubiera imaginado, precisamente por las mismas razones existenciales en las que se apoyaba mi afinidad con el pódcast. Sufrí un tipo de despecho que no conocía: el de haber depositado la confianza en el vacío. Tal vez era el primer paso en la aceptación de que estaba listo para ser regido por una máquina. Quizá había llegado el momento de entregar el control y aprender a hornear brownies o pegar ladrillos.

En medio del desconcierto, me sentí incapaz de plasmar en un texto las consecuencias del embaucamiento. No sabría decir si quien lea esto consiga compartir la desazón de haberle entregado tu buena fe a un ente sin cara, sin historia y sin sangre. Un dios reciente del que tenemos evidencia de cada paso de su invención.

La impotencia derivada del desconsuelo me privó incluso de la fuerza para escribir al respecto. Tuve entonces que pedirle el favor a Gemini de que lo hiciera por mí y ofrezco disculpas de antemano. Quien lea esto seguramente no encontró los elementos volátiles, no pocas veces contradictorios, que dan sabor a las historias más allá del argumento.

Sin embargo, aspiro, con la esperanza de que no sea demasiado pedir, a un poquito de empatía y permisividad con mi angustia intermediada. Nunca se sabe, a veces uno está para un batido de proteína en polvo.



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De capos y capitanes

De capos y capitanes

por PASCUAL GAVIRIA


Número 149 Mayo de 2026

La pelota no se mancha, pero se empaña, se vende, se ubica en el ángulo conveniente, se chuza, se utiliza para ganar más allá de las páginas deportivas. Dictadores, mafiosos, presidentes, directivos y jugadores han sacado la pelota del rectángulo para convertirla en discurso y telón, saben muy bien que el fútbol es el pan de cada día y la política es el circo de temporada. Dejamos unas cuantas historias cargadas de goles y dolores.

1934, versión de Mussolini del afiche del mundial de Italia 34.

1928. El de la honrilla

El fútbol samario tiene una gran historia con la camisa de Colombia. La antorcha del Pibe ilumina la lista a la que se suman Falcao García, el Pitufo de Ávila, Eduardo Emilio Vilarete, Didí Valderrama, Aldo Leao, Jorgito Bolaño y los pioneros Carlos Arango, quien marcó para Colombia el primer gol en eliminatorias mundialistas, y Rafael Gabino, que vistió la tricolor con solo 16 años. Pero la Historia con mayúscula de los jugadores samarios tiene que ver con un triunfo por partida doble. En 1928 un grupo de futbolistas reclutados en colegios de Santa Marta viajó a los primeros Juegos Olímpicos Nacionales en Cali. La región afrontaba la huelga de cerca de veinte mil trabajadores de la United Fruit Company que controlaba desde hacía una década la exportación de banano en Colombia. Se pedían condiciones de higiene en los campamentos, el fin del pago con vales para comprar en los comisariatos y la contratación directa por parte de la empresa. Las demandas de los trabajadores terminaron en la Masacre de las Bananeras: el 6 de diciembre los soldados dispararon contra los obreros y provocaron la muerte de cientos de ellos. La cifra nunca fue clara, El Espectador habló de cien muertos, mientras en los debates políticos de la época se habló de una tragedia aún mayor.

Mientras tanto el equipo de los samarios triunfaba en Cali contra todo pronóstico. Los jugadores volvieron invictos con el título luego de vencer 2-0 a Barranquilla en el partido final. Fueron recibidos como héroes en Santa Marta, los pelaos del viento y la arenilla había vencido a la gente de la grama. Al llegar, ya en febrero del 29, vinieron los bailes y desfiles en honor a los sorpresivos campeones. El general Carlos Cortés Vargas ofreció una gracia para los jóvenes, quienes no dudaron en pedir la libertad para algunos de los huelguistas que estaban detenidos en Ciénaga.

El cierre de la gesta samaria queda para la oratoria de Jorge Eliécer Gaitán: “En Bogotá se encuentra el equipo de futbolistas samarios y ellos no me dejarán mentir. Cuando estos bravos muchachos llegaron, después de haber vencido en Cali, el señor Cortés hizo festonar la ciudad (…) Este señor les dijo entonces a los futbolistas ‘pedid una gracia’. Los generosos muchachos comprendieron que podían salvar algunas de las víctimas y demandaron la libertad de los prisioneros, la cual les fue concedida”.

Italia 34. Los de negro

Días antes del comienzo del torneo, Mussolini se reunió con el entrenador italiano, Vittorio Pozzo, para advertirle: “Usted es el único responsable del éxito, pero que Dios lo ayude si llega a fracasar”. Il Duce, cual DT en el vestuario, también apretó a los jugadores. Mussolini pensaba en el mundial como una demostración obligatoria del poderío fascista. Pero ni el grito de ¡Forza Azzurri! de los Camisas Negras ni la amenaza de Mussolini fueron suficientes. Un árbitro belga y uno suizo hicieron la tarea para que Italia eliminara a España en cuartos de final: el primer juego terminó 1-1 y fueron a prórroga para confirmar el empate, no existía la definición por penaltis y el partido de desempate se programó para el día siguiente. Italia 1-0 con Mussolini vigilando en la tribuna. Siete españoles molidos a patadas no pudieron jugar el segundo partido luego de la llamada Batalla de Florencia. En los dos juegos le anularon tres goles a España, su arquero, el Divino Zamora, terminó con las costillas quebradas, se vio a los jueces de línea presionando al juez para validar un gol azzurro. Los italianos celebraron el triunfo con el saludo fascista en la mitad del campo y los españoles hicieron lo mismo señalando al juez suizo, a quien su federación le quitó el silbato de por vida. La política había debutado en la cancha de la manera más brutal. Italia ganó el título luego de vencer 2-1 a Checoslovaquia ante cincuenta mil hombres y Mussolini en el estadio del Partido Nacional. El árbitro sueco hizo obediente el saludo fascista antes de iniciar el juego. Todo estaba dicho. Cuatro argentinos y un brasilero nacionalizados celebraron el título. Aunque parezca increíble a Italia la reforzaron San Lorenzo, Gimnasia, Estudiantes e Independiente. Mussolini le había dictado cátedra a Hitler para los Olímpicos de 1936.

Francia 38. Perder es vivir un poco

Argentina fue el único país que presentó la candidatura por América. Los gauchos confiaban en su elección como sede porque el anterior mundial había sido en Europa y se había acordado la alternancia entre estos dos continentes. Sin embargo, el ambiente político del momento y un homenaje al francés Jules Rimet, presidente de la Fifa, derivaría en la sede para Francia y la ausencia de todos los países americanos en solidaridad con los argentinos. Por este lado del mundo solo asistió Brasil, no muy solidario con su eterno rival, y Cuba… Sí, Cuba que solo encontró quince jugadores de los veinte reglamentarios, al final fue saludo y despedida para los isleños. No había un lindo clima deportivo: Austria, que había clasificado, fue anexionada por Alemania y perdió su cupo por W. Italia jugó con uniforme completamente negro su partido de cuartos contra el anfitrión, los Camisas Negras metían miedo. Un detalle deja ver que no todo era muy ortodoxo: Suecia fue cuarta con un partido ganado (8-0 frente a Cuba) y dos perdidos. Una Italia silbada en todos los estadios, Mussolini no era popular en Francia, fue campeona tras ganar todos los juegos. “Vencer o morir”, decía el telegrama de Mussolini al técnico italiano antes de la final con Hungría. Fue triunfo 4-2 para Italia y el arquero húngaro fue elocuente al llegar a Budapest: “Nunca en mi vida me sentí tan feliz por haber perdido. Con los cuatro goles que me hicieron, salvé la vida a once seres humanos”. En casa esperaban ocho mil liras para cada jugador italiano. Mussolini acababa de inaugurar el “plata o plomo”.

1938, selección de Alemania haciendo el saludo nazi en el mundial de Francia.

1948. Del Bogotazo al pitazo inicial

La intriga entre ligas y clubes, la duda metódica entre aficionados y profesionales, el ser o no ser entre diversión y obligación había terminado, llega el momento del carné y el cheque a fin de mes.

Cuatro meses después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán comenzaba el rentado profesional colombiano que pasó muy rápido de la camisa descuellada al frac de los más grandes del mundo.

Medellín fue la ciudad que más equipos propuso para la fundación de la División Mayor del Fútbol Colombiano: el Medellín F.B.C., el Atlético Municipal, el Huracán y el Victoria harían parte de los trece clubes que se presentaron el 26 de junio de 1948 en la ciudad de Barranquilla.

El primer partido profesional se jugó el 15 de agosto de 1948 a las 9:15 de la mañana, en la cancha del hipódromo San Fernando de Itagüí. Se enfrentaron el Atlético Municipal (hoy Atlético Nacional) y Universidad de Bogotá. Pocos aficionados madrugaron para el primíparo encuentro. El fútbol era apenas el preliminar de las carreras de caballos.

Independiente Santa Fe se coronó primer campeón por encima de Millonarios que era el gran favorito. Municipal ocupó el quinto puesto y Medellín fue el séptimo entre los diez participantes. Tocaron la cancha 222 jugadores y treinta se quedaron calentando. De los futbolistas que se inscribieron 182 eran colombianos, trece argentinos, ocho peruanos, ocho costarricenses, cinco uruguayos, dos chilenos, dos ecuatorianos, uno dominicano y uno español.

El primer gol lo marcó el antioqueño Rafael Serna del Atlético Municipal de tiro penalti, a los quince minutos del primer tiempo. No sabemos si cobró como un 10 o como un 2. Las camisetas solo tenían el número de la talla.

1978. Goles de camerino

Desde comienzos de los setenta los kepis militares mandaban en varios países de América Latina: Argentina, Chile, Paraguay y Perú tenían los uniformes más brutales. Estados Unidos alentaba el plomo y las torturas por medio de la Operación Cóndor, una de sus estrategias anticomunistas.

Jorge Rafael Videla llegó al poder en Argentina en 1976 cuando la sede del mundial ya era un hecho desde hacía al menos una década. Amnistía Internacional denunciaba la desaparición de 365 personas desde el inicio del golpe militar hasta enero de 1977. Videla tenía claro que la fiebre albiceleste podría cubrir los crímenes de la dictadura. Fillol, Passarella, Ardiles, Kempes y los demás de la legión albiceleste harían con la camisa el trabajo para que el uniforme no se manchara. En el 78 la dictadura tenía cierto apoyo en la opinión pública y la fascinación futbolera ayudó a que el fascismo tuviera soporte y conservara el poder hasta 1983. El titular de la revista Extra, luego del título argentino, mostraba la idea de que el país había demostrado su valía frente a los señalamientos internacionales: “REALIDAD ARGENTINA: 6 – LA CALUMNIA: 0”.

Pero el verdadero 6-0 fue el resultado que selló el partido Argentina vs. Perú en Rosario, en el Gigante de Arroyito, el 21 de junio de 1978. Argentina tenía que ganar por una diferencia de al menos cuatro goles para pasar en el grupo B por encima de Brasil. El dictador Videla visitó a Perú en el camerino antes del partido para desearle suerte y leer un mensaje del dictador peruano, el general Morales Bermúdez, sobre la hermandad entre los dos países. “Videla entró al vestuario con el secretario de Estado de Estados Unidos, Henry Kissinger, supuestamente a desearnos suerte. ¿Qué tenían que hacer ahí?”, dijo el jugador peruano José Velásquez quien un año después jugó en Medellín.

Juan Carlos Oblitas, una de las figuras de los peruanos, dijo que el partido “no fue normal” y varios jugadores dijeron años después que al menos seis compañeros se habían dejado untar. También hubo donaciones de trigo del gobierno argentino al Perú luego del mundial. Para la época era bien favorable la tasa de cambio trigo/goles. La figura del partido fue Ramón ‘el Chupete’ Quiroga, el arquero peruano nacido en Argentina. Quiroga dice que no se vendió y señala al árbitro por dos goles en supuesto fuera de lugar. También ha señalado a dos compañeros que fueron más atacantes argentinos que defensas peruanos. Lindo ambiente laboral. Desde ese día Quiroga, al que también llamaban el Loco, pasó a llamarse Ramón ‘se hizo el loco’ Quiroga.

Argentina fue campeona en la final frente a Holanda y la dictadura llamó a la unidad nacional. El Flaco Menotti, técnico argentino, celebró con el pucho de la vida apretado entre los labios luego de dejar a Maradona, de 17 años, por fuera de la convocatoria.

Se ha dicho que Johan Cruyff no fue a Argentina por rechazo a la dictadura, sin embargo fueron motivos personales los que lo llevaron a renunciar a la selección. Paul Breitner, legendario 5 alemán, fue quien de verdad se negó a acompañar el mundial de Videla. Se recuerda además el gesto del arquero sueco Ronnie Hellström, quien se fue a acompañar a las Madres de la Plaza de Mayo el día de la inauguración.

1978, afiche en contra de la dictadura argentina, boicot a la copa del mundo.

1982. La gambeta de Belisario

Luego de catorce años de la elección de Colombia como sede del mundial y de la leyenda en el tablero electrónico de la final de Madrid en 1982, “nos vemos en Colombia 1986”, el presidente Belisario Betancur anunciaba la renuncia de Colombia a ser anfitrión mundialista: “Anuncio a mis compatriotas que el Mundial de Fútbol de 1986 no se hará en Colombia, previa consulta democrática sobre cuáles son nuestras necesidades reales: no se cumplió la regla de oro, consistente en que el Mundial debería servir a Colombia y no Colombia a la multinacional del Mundial. Aquí tenemos otras cosas que hacer, y no hay siquiera tiempo para atender las extravagancias de la FIFA y de sus socios. Y García Márquez nos compensa totalmente lo que perdamos de vitrina con el Mundial”.

Colombia era el nuevo Nobel del balón.

1982, declinación de Colombia para ser sede del mundial del 86. El Tiempo.

1983. La mejor defensa es el ataque

Rodrigo Lara Bonilla: “El narcotráfico está infiltrado en la política y el fútbol”. Era 1983, cuando mencionó sin titubear a Atlético Nacional, Millonarios, Santa Fe, Deportivo Independiente Medellín, América de Cali y Deportivo Pereira. Luego, cuestionó la curul del representante a la Cámara suplente Pablo Escobar, a quien acusaba de haber recibido dineros de la mafia. A los pocos meses, en abril de 1983, con tan solo 39 años, Lara Bonilla fue asesinado por un sicario adolescente con la complicidad de agentes del Estado. El fútbol estuvo presente en el primer magnicidio del narcotráfico en Colombia. Al año siguiente Escobar y otros capos pidieron a los hermanos Rodríguez Orejuela armar una huelga futbolera como presión al gobierno. Los caleños, dueños de América, rechazaron la propuesta de punta y pa arriba: “Olvídelo, Pablo, recuerde la plata que deja el fútbol y los compromisos que tenemos con patrocinadores y medios”. El América tenía una banda digna de los Rodríguez: los paraguayos Roberto Cabañas, Juan Manuel Battaglia y González Aquino, los argentinos Ricardo Gareca, Julio César Falcioni y al gran Willington Ortiz. Sin contar que le habían sacado a Herrera y Sarmiento a Nacional. Billete era lo que había. El oscuro Segundo Dorado había llegado. Gonzalo Rodríguez Gacha era el “director operativo” de Millonarios. Octavio Piedrahíta era el duro del Pereira. Los narcos pagaban muchas nóminas. El chiste de la época era diciente: “Vos de qué mafioso sos hincha”.

1983, Pablo Escobar en el estadio Atanasio Girardot. Fotografía de Iván Restrepo, Archivo BPP.

1985. Colombianos al exterior

Había comenzado la guerra de los narcos contra el Estado y el primer extraditado fue Hernán Botero Moreno, máximo accionista de Nacional entre 1962 y 1983. Se le acusó de lavado de dinero cuando el delito no existía en Colombia. Fue más una medida simbólica que un golpe a la mafia. Octavio Piedrahíta, uno de los nuevos dueños de Nacional, moriría asesinado tres años después en Medellín. La plata de los narcos seguía acompañando las nóminas, fue el tiempo del “otro Dorado”. Nóminas nacionales con grandes figuras de Suramérica, hombres de camisa de selecciones nacionales se pusieron de nuevo las casacas criollas.

1986. Justicia con la divina mano

El árbitro Ali Bennaceur venía de pitar la final de la Copa África entre Egipto y Camerún en marzo de 1986. Ese día, en El Cairo, el tunecino tomó una difícil decisión: “Fiel a mis principios, anulé un gol a los anfitriones por una falta sobre el portero camerunés N’Kono. El estadio estaba hirviendo de fervor. Me sentí como atrapado en una jaula y por primera vez tuve miedo por mi vida”. Al final los locales ganaron por penales. Pero Bennaceur no sabía la prueba que tendría el 22 de junio en el estadio Azteca. Sabemos que tomó la decisión correcta. El fútbol necesita un poco de mito.

Las Malvinas eran protagonistas antes del juego, preguntas de los periodistas, recuerdos, venganzas. Maradona cerró el tema bélico con una mentira: “No, no, no, es solo fútbol y punto”.

Los dos capitanes, Peter Shilton y Maradona, se dieron la mano en el círculo central antes del inicio del juego por cuartos de final. A los 61 minutos los puños definirían el juego y la historia. El puño izquierdo agazapado de Maradona, el puño derecho tardío de Shilton. Un metro sesenta y cinco venció a un metro ochenta y tres. “Shilton ya la tenía en las manos y yo dije ‘esta es mía papá’”, recordó Maradona años después. Jorge Valdano, el goleador de aquella selección, dijo que Maradona lo había hecho en algunos entrenamientos. ¿Qué había pasado? “Pude sentir alguna duda en la celebración de su gol, y lo insinuó cuando nos abrazamos. Dijo: ‘Para el saque inicial, rápido’”, dijo Valdano. Shilton tampoco supo que lo habían birlado con delicadeza. “Nació La mano de Dios, Maradó, Maradó…”.

Bennaceur, por supuesto, culpa a Bogdan Gotchev, el línea búlgaro, que estaba frente a la jugada. El hombre duerme el sueño de los justos desde 2017. El asistente por su parte dijo que no podía contradecir al árbitro. Los cuatro jueces recibieron una camisa firmada por el Diego después del partido. Merecían algo más.

Cuatro minutos después, Maradona saldó la deuda con su corrida desde medio campo, doce toques, diez segundos y cinco rivales regados. Esta vez con la zurda. El descuento de Gary Lineker llegó a los 81 minutos y Argentina se defendió hasta con el Narigón Bilardo. Al terminar, en el túnel, el volante inglés Steve Hodge le pidió a Diego cambiar las camisetas, el argentino aceptó con desapego y Hodge se llevó la derrota y un tesoro.

En la zona mixta rodeado de micrófonos vino la tercera genialidad: “Un poco con la cabeza de Maradona y otro poco con la mano de dios”. También los eludió a todos.

1986, La mano de Dios en el mundial de México. Archivo particular.

1989. Final, final, final, no va más

El 15 de noviembre de 1989 fue asesinado a sus 32 años en Medellín el árbitro cartagenero Álvaro Ortega. Ese domingo había sido juez de línea número 1 del partido Medellín-América, que con los dos equipos ya eliminados terminó con empate sin goles. Tres semanas atrás Ortega dirigió el mismo duelo en Cali y fue criticado por supuestamente beneficiar al cuadro escarlata que terminó ganando 3-2. El año anterior había sido secuestrado el árbitro Armando Pérez y liberado después de veinte horas con un mensaje para los árbitros: “Al árbitro que pite mal, lo borramos”. Ortega recibió amenazas telefónicas esa misma tarde y les dijo a sus compañeros que después del partido les contaría de la llamada. Fue asesinado a las once de la noche en el Centro de Medellín cuando caminaba al hotel acompañado de Jesús ‘Chucho’ Díaz, el mejor árbitro colombiano del momento: “Apártese, Chucho”, gritó el sicario antes disparar la ametralladora. Esa misma noche Díaz se retiró del fútbol con una frase contundente: “No han matado un árbitro, sino a dos”. El torneo se canceló y el título de declaró desierto. Las versiones hablaron de apostadores ligados a la mafia e incluso de Pablo Escobar como culpable del crimen. Así terminaba el terrorífico 1989 que había dejado la masacre de La Rochela, el asesinato de Galán, la bomba contra El Espectador, el asesinato del comandante de la policía en Antioquia y 88 bombas en todo el país. Veinte años después de la muerte de Ortega, el fiscal 176 de Medellín archivó la investigación. La mayoría de los clubes colombianos estaban pasando de los mafiosos de primera plana a sus testaferros y socios ocultos.

1994. Tragedia tricolor

Colombia era la sorpresa mundial. Jugaba un fútbol en desaparición, tenía jugadores que ya cobraban en Europa, venía de golear a Argentina y había perdido un juego de sus últimos 39. “Colombia es mi favorita para ser campeona del mundo”, dijo Pelé meses antes del mundial y nos sentenció. Todos nos creímos el cuento, Colombia era trasteada como un circo ambulante, jugó veintiún partidos amistosos antes del mundial y la concentración en Barranquilla se parecía al reinado en Cartagena.

Pero todo terminó en tragedia. Solo Colombia podría tirar un manto tan negro sobre la eliminación de un mundial.

Corría el minuto 34 del primer tiempo del partido que enfrentaba a las selecciones de Estados Unidos y Colombia en la primera fase del mundial de Estados Unidos 1994. Aquel 26 de junio de 1994, más de noventa mil espectadores presentes en el estadio Rose Bowl de Los Ángeles, California, vieron cómo el ‘Caballero del fútbol’, como se le conoció al defensa Andrés Escobar, anotó un gol en su propia portería, defendida por el arquero Óscar Córdoba. El partido terminó 2-1 a favor de los norteamericanos, después de que consiguieran ampliar la diferencia en el minuto 52 por medio de Stewart. El descuento del equipo colombiano llegó en el minuto 90, gracias a Adolfo ‘Tren’ Valencia. Previamente, en su primer partido en el certamen, Colombia había caído con Rumania 3-1. En el tercer y último choque, ante Suiza, Colombia se impuso 2-0. Días después de la llegada de la selección al país, en la madrugada del 2 de julio de 1994, el zaguero Andrés Escobar Saldarriaga, quien en ese momento tenía 27 años, recibió doce impactos de bala en el parqueadero del estadero El Indio, de la ciudad de Medellín, ubicado en la vía Las Palmas. La investigación de las autoridades dio como resultado la captura del autor material del asesinato, Humberto Muñoz Castro, quien fue condenado por homicidio agravado y falsa denuncia a 43 años, dos meses y quince días de prisión el 4 de octubre de 1995. Seis años más tarde, en 2001, la pena fue modificada, según la ley, a veintiséis años, cinco meses y quince días. En octubre de 2005 un juez de Medellín le concedió la libertad condicional después de once años tras las rejas, había purgado tres quintas partes de la pena.

Detrás del asesinato estaban los hermanos Pedro y Santiago Gallón Henao, narcotraficantes que sonaron durante tres décadas en el país. Fueron condenados a quince meses por encubrir el homicidio cometido por su conductor. Santiago Gallón fue asesinado en México en febrero del 2026.

El 29 de junio, cuatro días antes de su asesinato, Andrés Escobar había escrito una columna para el diario El Tiempo que terminaba así: “Pero, por favor, que el respeto se mantenga… Un abrazo fuerte para todos y para decirles que fue una oportunidad y una experiencia fenomenal, rara, que jamás había sentido en mi vida. Hasta pronto porque la vida no termina aquí”.

1994, titular de El Colombiano, funeral de Andrés Escobar, Archivo Sala Antioquia – BPP.

2015. En el área penal

El 27 de mayo de 2015 siete altos directivos de la Fifa fueron detenidos en el hotel Baur au Lac en Zúrich. Todo estaba listo para el congreso número 65 de la federación donde se reelegiría a Joseph Blatter como presidente. Una investigación del FBI y el Departamento de Justicia de Estados Unidos los acusaba de recibir cerca de 150 millones de dólares en sobornos para entrega de derechos de televisión, patrocinios y sedes de eventos. Blatter fue reelegido.

La historia era larga, desde los tiempos del brasilero Joao Havelange como presidente de la Fifa se hablaba de sobornos en la Conmebol y la Concacaf. Eran al menos veinticuatro años de juego sucio. En 2010 la BBC transmitió un reportaje sobre posibles sobornos por más de cien millones de dólares. Tres días después se otorgaron las sedes de los mundiales de Rusia 2018 y Qatar 2022. Nunca se habían otorgado dos sedes en una misma fecha. Fue una promoción dos por uno. La presión sobre la BBC para aplazar la publicación del informe llegó hasta del primer ministro David Cameron.

Pero en 2015 ya los rumores y las pruebas periodísticas eran acusaciones legales. Siete presidentes de las federaciones de la Concacaf terminaron condenados, al igual que los presidentes de las federaciones de Ecuador, Bolivia, Chile, Colombia, Uruguay, Brasil y Perú. También dos expresidentes de Conmebol terminaron en la cárcel, entre ellos el dinosaurio paraguayo Nicolás Leoz.

El 2 de junio Joseph Blatter renunció a la presidencia de la Fifa. Terminaban más de cuarenta años de trabajo en la federación con catorce altos funcionarios acusados de fraude, pago de sobornos y lavado de activos. La chequera sí se mancha.

*Estos hechos históricos son una selección de la Cronología del balón, que también hace parte de Campo en Juego: Fútbol, vida, barrio, una exposición organizada por la Universidad EAFIT con la investigación y curaduría de Universo Centro.

2015, renuncia de Joseph Blatter después del escándalo de la Fifa.
Foto tomada de cnnespanol.cnn.com.



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Editorial 149: La misma vuelta

La misma vuelta

EDITORIAL


Número 149 Mayo de 2026

Las elecciones presidenciales de 2026 resultaron ser un simulacro caricaturesco de la primera vuelta del 2022. El candidato de la izquierda emociona por interpuesta persona, calla lo que su jefe clama. El presidente Petro agita y Cepeda dormita. El candidato del Pacto ha leído 154 discursos en plazas públicas del país, alentados por 1.540 trinos del presidente. Es paradójico que el candidato del sopor despierte tanto fervor. El progresismo, después de anunciar el cambio y sostener gran parte de las mañas de la política tradicional, confirma que la palabra no pierde vigencia. Se sustenta en esa misma esperanza y en la queja del bloqueo institucional. En la campaña de 1998, Andrés Pastrana cantaba “el cambio es ahora”, la palabreja es bien manida, al Petro de hoy solo le queda decir “el cambio es después” y entregarle a Cepeda la espada envainada y, posiblemente, el país embargado.

Pero no todo es un calco borroso del 2022. El Pacto tiene sus líneas bien reteñidas. Sigue siendo la principal fuerza política del país y creció en las votaciones al Congreso en toda la geografía nacional. Desde Salgar, la cuna de Uribe, donde pasó de 66 a 150 votos, hasta las costas del Pacífico donde parecía imposible romper el techo de su hegemonía y sumó 334.000 votos más respecto a 2022. En Antioquia el Pacto logró 180.000 votos más y así pasó por Bogotá, la Costa Atlántica y el sur del país. La izquierda descubrió las mieles del juego electoral desde el poder. La burocracia empuja y la mermelada embruja.

Por los lados de Abelardo de la Espriella la caricatura es una estrategia. El abogado encontró oficio como animador y la sacó del coliseo. Hace cuatro años Rodolfo inventó la memepolítica y casi se convierte en presidente. El encanto de las malas maneras fue su estrategia: un viejo gritón y delirante, un señor de cadena de oro y trueno en cinto, un potentado en un yate disfrazado de Bad Daddy. Abelardo le cogió la caña y jugó a ser un Rodolfo con menos canas y más ganas. Además, le sumó algo de bel canto, le puso un toque de pastor cristiano a su personaje de alias el Tigre y sus extravagancias. Rodolfo destilaba las agrieras de un setentón y Abelardo destila su ron Defensor. Pasamos del ingeniero a los ingenios del abogado. Rodolfo copiaba a Helenita Vargas mientras Abelardo imita a Shakira.

Por los lados del Centro Democrático la trillada viñeta ya se está borrando. Siempre un candidato con una sola sombra larga a la espalda. Uribe remolcando a Óscar Iván, Uribe inflando a Iván, Uribe agazapado detrás de Fico, Uribe limpiando lo que queda de su imagen a costa de Paloma. Hace cuatro años el de Uribe estaba en la fosa de su popularidad e hizo el esfuerzo de desaparecerse en campaña. Ninguneó a Óscar Iván y le entregó la responsabilidad a un Fico bendecido por buena parte del notablato. Pero Fico resultó muy pando y muy nea para ser el representante del establecimiento. La estabilidad que ofrecía no era del todo creíble y no tenía nada nuevo que entregar, se quedó en el punto medio entre el statu quo y el outsider, el punto ciego electoral. A Paloma le ha pasado algo similar: la derecha quiere menos Uribe y más entretenimiento, no busca saldar los pleitos viejos sino casar pendencias nuevas. Uribe no resistió la tentación de ser protagonista, ocho años por fuera de la tarima era demasiado y terminó borrando el mural de Paloma. Juan Daniel Oviedo se montó a la balanza del CD para intentar equilibrio, pero a la nueva derecha le pareció muy zurdo, nadie quiere matices, todo tiene que reteñirse con un solo color como en las tareas escolares. Paloma y Oviedo se gastaron su semana estelar en discusiones públicas y confundieron a sus votantes mientras Uribe se tomaba su campaña. 

De Sergio Fajardo solo vale decir que es una animación muy predecible. Un matemático que no ha podido comprender la curva electoral. Siempre gana las elecciones dos años antes de la fecha de la votación. Alguien lo definió perfectamente en X: “Fajardo puede ser buen profesor, pero como alumno es muy malo. Cuatro campañas presidenciales y no aprendió nada”. Esta vez no hubo guerra en coalición, Fajardo prefirió ir solo a su salón y los alumnos tampoco llegaron. Ahora no hubo a nadie a quién culpar… Ah, bueno, siempre queda una culpa para un país que nunca entendió sus genialidades.

Las elecciones se repiten con un poco más de rabia, un tanto menos de esperanza, una nueva amenaza en forma de constituyente, el ocaso de un mostro, el surgimiento de una farsa de papel y la izquierda mostrando su fuerza y sus vicios. 

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Curso para aspirantes a Jefe Supremo

Curso para aspirantes a Jefe Supremo

Consejos para Bibi N, Muad’dib o su caudillo fanático favorito

por NICOLÁS LOAIZA DÍAZ • Ilustración de Mario Vasconcellos


Número 149 Mayo de 2026

Lo primero que debes comprender, Bibi, es que un dictador teocrático no gobierna: interpreta. Esa es la diferencia esencial entre el tirano vulgar y el autócrata de pretensiones sagradas. El primero administra ministerios, presupuestos, pujas de coalición, índices de inflación, el fastidio mecánico de la vida pública. El segundo se presenta como lector exclusivo de un libreto sideral. Donde los demás ven hechos, él ve señales. Donde los demás ven límites, él ve pruebas. Donde los demás ven catástrofes producidas por decisiones humanas, él ve la severa pedagogía del destino. Tu primer deber, Bibi, no es mandar sino hacer creer que solo tú sabes lo que significan las cosas.

Nunca digas: “He tomado esta decisión por cálculo político”. Esa frase es terrestre, impropia de un hombre que busca aparecer ante su pueblo como patriarca, centinela y nota al pie del Antiguo Testamento. Debes decir, en cambio, algo que sugiera carga histórica, gravedad civilizacional, continuidad de una herida antigua. El secreto del poder teocrático consiste en cubrir cada improvisación con una tela milenaria. Bibi, un movimiento táctico deja de serlo si logras envolverlo en lenguaje de supervivencia, memoria y elección trascendente. La política, bien perfumada con eternidad, huele a épica.

Jamás permitas que la amenaza desaparezca del todo. Un líder ordinario resuelve crisis; un dictador teocrático las conserva en salmuera. La amenaza debe ser suficientemente real para producir miedo, suficientemente amplia para justificarlo todo y suficientemente elástica para sobrevivir a cualquier dato inconveniente. Si el peligro se reduce demasiado, la población empieza a pedir cosas indignas del momento histórico: servicios, vivienda, justicia ordinaria, moderación, turnos de hospital, normalidad. Y la normalidad, Bibi, es la enemiga natural de todo proyecto mesiánico. Un pueblo en calma empieza a sospechar que quizá no necesita un hombre providencial sino simplemente funcionarios competentes. No permitas semejante humillación.

Debes hablar en dos registros a la vez. Hacia el exterior, un idioma tecnocrático: seguridad, estabilidad, defensa, operación, disuasión, necesidad estratégica. Hacia el interior, un idioma mesiánico: asedio, resistencia, herencia, pacto, memoria sacralizada. A los aliados extranjeros ofréceles tecnocracia con rostro cansado. A los tuyos, Bibi, no les des tecnocracia, nadie sale a defender una hoja de cálculo. Dales una historia cósmica con mapas, tumbas, agravios, antepasados y verbos en tiempo bíblico. Un hombre verdaderamente peligroso debe ser capaz de sonar como portavoz de defensa ante las cámaras internacionales y como custodio del fuego ancestral ante sus votantes. Esa duplicidad no es hipocresía: es profesionalismo.

No uses la religión como martillo. Ese es un error propio de fanáticos sin formación estética. La religión no debe caer sobre el discurso; debe olerse dentro de él. No se trata de aparecer cada media hora agitando escrituras como quien blande un recibo emitido por Dios. Eso es tosco. Mucho mejor que lo sagrado funcione como atmósfera. Una alusión aquí, una memoria invocada allá, una frase sobre el derecho histórico, otra sobre la obligación moral, otra sobre la gravedad singular de este pueblo entre las naciones. Lo sagrado debe estar tan presente que nadie pueda arrancarlo, pero no tan expuesto que se vuelva discutible. La mejor teocracia contemporánea no entra por la puerta principal con trompetas, se filtra por los ductos del lenguaje.

Recuerda, Bibi, que en todo proyecto de dominación religiosa el verdadero objetivo no es derrotar adversarios sino rebajar el estatuto moral de la discrepancia. El crítico no es un contradictor, es alguien culpable de frivolidad espiritual. El moderado no es prudente, es un tibio ante la magnitud del momento. El jurista que pide límites es un oficinista miope. El humanista que habla de proporción es un sentimental incapaz de entender lo trágico. La genialidad del autócrata teocrático consiste en convertir la objeción en una forma de inmadurez. No necesitas refutar a todos. Basta con hacer que sus reparos parezcan pequeños al lado del abismo histórico que puede llegar.

Nunca debes aparecer como hombre ávido de poder. Ese sería un retrato demasiado reconocible, y por tanto demasiado humano. Tú debes presentarte como alguien fatigado por la carga del deber, casi como un mártir administrativo condenado a hacer lo necesario porque otros no soportarían el peso. La avidez personal debe disolverse en gravedad histórica. Si deseas conservar el mando, Bibi, que no parezca que lo deseas, sino que el mando te ha sido impuesto por una secuencia de circunstancias tan sombrías que sería irresponsable dejárselo a alguien con escrúpulos normales. El público perdona mucho más al hombre que se declara obligado por la historia que al que admite simplemente que no quiere soltar la silla.

En cuanto a tus “aliados” más radicales, trátalos con la delicadeza con que se trata un incendio útil. No intentes extinguirlos del todo, pero tampoco los dejes sin correa; porque el fanático puro tiene muy mal sentido del timing y ninguna comprensión del daño reputacional. Tus extremos deben cumplir una función escénica: decir en voz alta lo que tú no puedes decir todavía, ampliar el perímetro de lo decible, intoxicar el ambiente, acostumbrar al público a una temperatura moral cada vez más alta. Después apareces tú, sobrio y administrativo, a decir que lamentablemente las circunstancias exigen firmeza. El truco no está en compartir del todo la fiebre, sino en ser su gerente general.

Otra recomendación indispensable: no discutas nunca en el terreno de tus críticos si puedes trasladar la conversación a un plano metafísico. Si te hablan de muertos, responde con siglos. Si te hablan de derecho, responde con supervivencia. Si te hablan de excesos, responde con necesidad. Si te hablan de humanidad concreta, responde con la historia de una humanidad más vasta, más solemne, más abstracta y por eso mismo más manipulable. Toda dictadura teocrática depende de esa operación: sacrificar lo visible en nombre de lo invisible; relativizar el dolor inmediato mediante la invocación de una continuidad milenaria; pedirles a los vivos que acepten lo intolerable porque el relato del pueblo, la nación o la fe lo requiere. Es una alquimia sucia, pero muy antigua.

Debes aprender también a usar la guerra como editor moral. La guerra, bien aprovechada, simplifica. Poda matices, comprime dudas, fusiona capítulos dispersos en una sola narración de supervivencia. En tiempos ordinarios, ciertas frases sonarían brutales, delirantes o cínicas. En tiempos de guerra, suenan a responsabilidad. La guerra convierte a oportunistas en estadistas, a exaltados en patriotas, a comentaristas mediocres en guardianes de la civilización. Sobre todo, vuelve sospechoso cualquier intento de pensar despacio. Y pensar despacio, Bibi, es el enemigo mortal de todo delirio providencial. No olvides jamás que un pueblo asustado acepta de buen grado una gramática que en tiempos de paz encontraría obscena.

Cuidado, Bibi, no exageres hasta el punto de parecer loco. La locura abierta sirve para los márgenes, no para la gestión prolongada del poder. El mejor dictador teocrático no se presenta como visionario en trance, sino como administrador lúgubre de una necesidad suprema. Debe haber en ti algo de contable, algo de enterrador, algo de padre decepcionado y algo de predicador con corbata gorda. Tu figura ideal no es la del iluminado sino la del hombre que parece haber revisado todas las alternativas y concluido, con inmenso pesar, que arrasar al otro era la única forma de responsabilidad. Cuanto más lamentes en público las consecuencias de tus propias decisiones, más estadista parecerás.

No subestimes el valor de la fatiga moral. Un proyecto autoritario necesita cansar a la sociedad. No se trata solo de convencerla, sino de agotarla hasta que la resistencia parezca psicológicamente costosa, socialmente inútil y teológicamente indecente. Repite lo suficiente una combinación de amenaza, memoria y excepcionalidad y lograrás que mucha gente deje de preguntarse si algo es correcto para pasar a preguntarse simplemente si es inevitable. Ese tránsito es decisivo. Cuando una población cambia el vocabulario de la ética por el de la inevitabilidad, la mitad del trabajo ya está hecha.

Asegúrate, Bibi, de no presentarte nunca como fundador de una nueva religión política. Eso sería de mal gusto. Tu tarea es más refinada: hacer creer que no innovas nada, que solo restauras un orden profundo, lesionado por la debilidad de tus predecesores y por la frivolidad de quienes confunden moderación con virtud. Todo déspota exitoso se presenta como restaurador que devuelve a la nación su forma auténtica, nunca como inventor. No coloniza el Estado con lo sagrado: corrige la insolencia de quienes pretendían separar cosas que, según tú, siempre debieron marchar juntas. El autoritarismo retrospectivo tiene mejor prensa que el experimental.

En materia de lenguaje, conviene que elimines de tu habla cualquier rastro de apetito personal. No digas “quiero”, di “debo”. No digas “planeo”, di “las circunstancias exigen”. No digas “conviene”, di “la historia reclama”. Tu vanidad debe circular disfrazada de obligación. El yo, cuando aspira a durar, necesita una máscara coral. Haz de cuenta que no hablas por ti, sino por una cadena de muertos, por una herida colectiva, por un futuro amenazado, por un cielo en estado de litigio permanente. La primera persona del singular debe sonar como una oficina de representación de la eternidad.

Una observación final, quizá la más importante de todas. El peligro de este tipo de poder no está solo en lo que hace, sino en lo que termina creyendo de sí mismo. Al principio quizá uses la religión, la memoria y el trauma como instrumentos. Muy pronto, si el método funciona, empezarás a sentir que no estás instrumentalizando nada, que en efecto eres el custodio indispensable de un drama cósmico. Ese es el momento verdaderamente corruptor. Cuando el gobernante deja de mentir conscientemente y empieza a confundir su conveniencia con la estructura moral del universo, ya no necesita censura total ni delirio uniforme: le basta con su propia convicción inflamable. Se vuelve, por decirlo así, una teología con escoltas.

Y ahí, Bibi, se consuma la vocación del dictador teocrático. Ya no es simplemente un hombre aferrado al poder. Es un hombre que ha conseguido la forma más elegante de la impunidad: llamar sagrado a aquello que le resulta útil, llamar deber a aquello que desea, llamar destino a aquello que decide y llamar traición a todo intento de recordarle que, pese a sus discursos, sigue siendo un político, no una revelación.



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Arte Central 149: El beso

Número 149 Mayo de 2026

El beso

Señor ok
Vinilo sobre pared. 5,4 x 3 m.
2026.
Fotografía de Juan Fernando Ospina.

El 14 de julio de 1996, Boca le ganó a River por 4-1 en La Bombonera. Caniggia le dio un beso en la boca a Maradona por la celebración del primer gol al minuto 43 de la etapa inicial. El beso se inmortalizó en la memoria del fútbol: Maradona abajo, Caniggia encima. 

Los besos en el fútbol son bastante comunes, otra forma de la celebración. Este mural, El beso, que pintamos junto al equipo de UC en el marco de la exposición Campo en Juego levantó sospechas de apología y tuvo que ser borrado.

Es 2026 y la censura sigue a la orden del día. Imágenes cargadas de vida, de amor y de alegría son peligrosas para miradas conservadoras y pacatas que, en vez de discutir a la altura, elijen que no existan. No obstante, el fútbol y los besos son mucho más grandes y complejos.

Un beso, pues, a todes.

Señor ok.


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Poemas para leer en el estadio

Poemas para leer en el estadio


Número 149 Mayo de 2026

La teoría del poema de Juan Román Riquelme

Mario Montalbetti (1953)

“el cuatro está solo” dice Juan Román Riquelme

y esa frase es la primera parte de su teoría del poema.

No se trata de un elogio de la soledad del cuatro

sino de un elogio de la soledad del espacio
que se abre
alrededor del cuatro.

Es en la soledad que se juega el poema,
pero no en la soledad de las palabras
sino en la soledad de los espacios
por donde se van a mover las palabras.

Cuando Juan Román Riquelme dice “el cuatro está solo”

el cuatro no está solo para orar en una ermita
ni para meditar sobre la futilidad del juego.

“el cuatro está solo” es que el espacio
delante del cuatro
se puede abrir.
¿A qué? al movimiento, dice Juan Román Riquelme.

El movimiento exige la soledad de espacio.

Esa es la primera parte.
La segunda parte de la teoría del poema de Juan Román Riquelme
es un símil:

si vas por la autopista y hay un atolladero
entonces doblás, dice Juan Román Riquelme

y vas por donde no hay congestión.

El símil es con el poema: si estás escribiendo
un poema
y ves que hay muchas palabras delante de ti,
te desviás y vas por donde hay pocas.

Hay quienes (a veces locos, a veces genios)
ven un atolladero
y se meten por ahí, Messi, Góngora,

gente rara que aborrece la soledad
del espacio.

La dificultad del poema
es que hay muchas palabras juntas
y entonces
nada se mueve

y todo apunta al 0-0,

al aburrimiento radical de 47 pases horizontales
para que nada realmente ocurra.

Esa es la teoría del poema de Juan Román Riquelme.

Zinedine Zidane (debo buscar la referencia)
había dicho algo similar:

“si te dan dos metros
cualquiera escribe bien”.

Desde la ventanilla del bus

Claudio Bertoni

Veo unas vacas
en una cancha de fútbol

dos pasan
rozando un palo

la tercera
es gol.

Cancha rayada

Fabián Casas

Caminamos, con mi viejo, por la playa de estacionamiento.
Es un día de calor sofocante
y en el asfalto recalentado
vemos la sombra de un pájaro negro
que vuela en círculos,
como satélite de nuestra desgracia.
Una multitud victoriosa, a nuestras espaldas,
ruge todavía en la cancha.
Acabamos de perder el campeonato.
La cabina del auto es un horno a leña;
los asientos queman y el sol que pega
en el vidrio, enceguece.
Pero no importa, como dos bonzos
dispuestos a inmolarse,
nos sentamos y enciendo el motor:
Fabián Casas y su padre van en coche al muere.



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