Entradas de]

,

Con la cabeza levantada

Con la cabeza levantada

por JUANGUI ROMERO • Fotografías de Juan Fernando Ospina


Número 148 Marzo de 2026

1

—Marta, ¿vos creés que naciste en el momento equivocado?

Ya llevábamos más de una hora conversando, habíamos terminado de desenrollar toda su vida futbolera —nada fácil, por cierto—, y se me ocurrió arrinconarla como hacen los periodistas de esos típicos programas de televisión en los que un jugador de otra época termina encarcelado en un primer plano imaginando que mereció más reconocimiento o más billete, como le sucede al delantero de moda.

Pero afortunadamente Marta Lida Arias Arango, una de las pioneras del fútbol femenino en Antioquia, agarró ese balón medio huevo y sin dejarlo caer lo mandó de media bolea bien lejos:

—No, yo no iba a ser ni Cata Usme, ni Yoreli Rincón. Y a mis 64 años de pura calle, ¿de qué me sirve imaginarme como una técnica famosa? A mí lo que me gustaba era dirigir. No, yo valoro todo el camino porque desde muy peladita me gané a pulso el derecho a jugar en las canchas de micro de Bello, así empecé. Así empezamos varias amigas que llegábamos temprano con un balón de básquet y al momentico sacábamos un Golty amarillo, y a jugar mientras nos gritaban de todo. ¿Y yo qué les decía? ¡Más maricas los que gritan y se esconden! Porque yo crecí en un matriarcado que nos enseñó que había que hacerse respetar.

—¿Y qué le viste de extraordinario al fútbol?

—No, como le pasa a cualquier niño, y hoy por fortuna a muchas niñas: me gustaba muchísimo llevar el balón con la cabeza levantada. Porque si usted no levanta la cabeza desde que empieza, la va a tener muy difícil. Yo siempre era atrás, con la cabeza arriba, organizando el equipo, me gustaba ser la técnica dentro de la cancha, mandar balones al espacio vacío. Y yo sé que la gente veía eso…

2

No es más que otra calle, dicen los fríos datos: la 57A entre la carrera Sucre y la Avenida Oriental. Pero Barbacoas es mucho más que eso. “Levantá un poquito la cabeza y pisá el balón”, le dice Juan Fernando Ospina mientras encuadra la foto. De lo quieta parece una estatua humana imitando a un maniquí de almacén deportivo. Son las seis de la tarde de un día de semana. Le pedimos que se vistiera así, y después, que se parara en mitad de la vía, que agarrara el balón con las manos para armar un par de piezas que evoquen los campeonatos de fútbol callejero que se jugaron hace más de treinta años en esta calle curva, con forma de bragueta, como algunos la describen.

Y entonces, ella desempolva en su cabeza una suerte de álbum tipo Panini, o mejor, varios álbumes en los que figuran muchos negocios de la zona y de distintas épocas —porque a ella le gusta proclamar que es una futbolista y ya también una lesbiana vieja guardia—. El Machete, El Paisa (después Noches Alteradas), Controversia, Milan’s Bar (después Planet), El Bar de Moe, Estación 57, El barcito de Luis, la Fonda Luna, Kanahan y Bilitis —el bar donde Marta vio por primera vez una película lésbica, la que justamente le dio el nombre al sitio— son lugares imprescindibles en la línea de tiempo de su vida y de la ciudad, donde muchos hombres y mujeres retiñeron a punta de pequeñas historias de amor las primeras letras de la sigla LGTBIQ+ cuando ya el siglo XXI se nos venía encima.

En esos álbumes, muchos de los nombres de esos bares son los mismos de los equipos, sus patrocinadores. Pero también podrían ocupar el espacio dedicado a las foticos de los estadios, porque en ellos la hinchada se ubicaba para seguir los partidos mientras disfrutaba de unas cervezas, unos aguardientes o unas copitas de cualquier otro licor.

3

¿Y por qué no hacen lo mismo en los barrios donde también están jugando fútbol a esta misma hora?, ¿les da miedo meterse en las calles donde juegan los pillos? Esas eran las arengas que recibía el único equipo que no era bien visto en esos torneos: el de los policías, que aparecían de repente para demostrar que su juego estaba pensado para evitar cualquier escándalo en la vía pública. Porque, para remate, la Catedral Metropolitana está a unos pocos pasos y los partidos se jugaban justo los días en que hay más misas: los domingos. “Pero siempre les quitamos alguna clientelita, porque no faltaron los que iban o salían de misa y se quedaban al ver el buen ambiente, aplaudiéndonos muchas veces junto a sus hijos y a sus hijas… Niñas por fin viendo que las mujeres también podíamos divertirnos y competir en ‘ese juego de varones’. Demás que después de eso, alguna le empezó a pedir balones al Niño Dios”.

Pero muy pronto todos los equipos le agarraron la vuelta al estilo del equipo policial… Todos contra ellos. Y como el fútbol es pura estrategia fue suficiente poner un par de campaneros en cada esquina para que las cosas pudieran volver a la falsa normalidad en cuestión de unos pocos segundos. La calle se abría de nuevo, los arcos, fabricados en PVC, exhibían ahora sus virtudes decorativas en cualquiera de los negocios, ¿y todas esas futbolistas? Sentadas como si nada en las aceras, a las entradas de los locales, bajándole a las pulsaciones, alguna de ellas recostada sobre el balón, ocultándolo, silenciándolo, mientras conversaban con la fanaticada. ¿Y los policías? Perdidos en la cancha.

Aunque vale anotar que también había futbolistas hombres, porque uno de los equipos más recordados se llamaba Mujeres Divinas y estaba integrado por gais y trans, quienes muchas veces jugaron de faldas corticas, pensando en levantar la tribuna, en celebrar de manera muy alegre cada gol: siempre bailando. Ni sus rivales dejaban de mirar cuando aparecían aquellas improvisadas coreografías, esos flashazos que todavía hoy parpadean en esta calle cuando a alguien se le ocurre volver a comentar alguna de esas pintorescas jugadas. ¡Porque recordar es reír!

4

Doris Ríos, la popular Fru-fru, que en paz descanse, era la Fifa. Ella lo había concebido todo desde El Paisa, ese negocio del que ya se dijo que pasó a llamarse Noches Alteradas, para buscar justamente con ingenio paisa que la zona no se apagara al finalizar las noches sabatinas, y que, incluso, no muriera tampoco en el amanecer dominical. Su idea era que los domingos también fueran alterados y dieran, además, algo de platica.

Marta ya llevaba un buen tiempo metida en el mundo del fútbol femenino en Antioquia, que por entonces andaba apenas gateando. “Había un torneo corto en el que participaban equipos de Rionegro, Sabaneta, Envigado, estaba la Universidad de Antioquia, y otros dos que se llamaban Nueva Generación y Desarrollo Sostenible, si no estoy mal… Yo jugaba en el de Itagüí, y muchas de esas jugadoras fueron las que llegaron a los torneos de Barbacoas”.

Y lo hicieron porque ella hacía tiempo trabajaba en la zona poniendo la música, atendiendo en la barra o meseriando en algunos de estos negocios, y era en ese momento una trabajadora del bar de Doris. Así las cosas, la jugadora ideal para fungir como la armadora de esos campeonatos, la todoterreno. Ella conseguía los equipos, definía la programación de cada fecha, era la planillera durante los encuentros, pitaba a veces y si estaba embalada se traía a su sobrino Jhony para que también supiera lo que era tener a las hinchadas ahí pegadas, literalmente respirándole en la nuca, unas barras bravas siempre dispuestas a gozárselo todo. “Nada, la gente lo quería mucho, y le pedía y le gritaban cosas como a cualquier árbitro, pero el ambiente era de pura camaradería, una fiesta de la diversidad. Aunque claro, todos los equipos querían ganar. Pero igual sabían que lo importante era parchar, y pa mayor aliciente estaba la marranada de cierre, que nunca faltó”.

Un gana-gana para todas porque así ella también les pudo conseguir “madrinas” a las jugadoras del equipo de Itagüí, al convencer a algunas de las clientas más pudientes de estos bares de aportar también algún dinero que les garantizara al menos los pasajes para llegar a los partidos. Las veían primero en Barbacoas y las acompañaban luego en los partidos de la liga. Puro fútbol parche.

5

Marta todavía conserva las tarjetas y el pito que se utilizaron en esos partidos. Quisiera tener un museo de esa época, o al menos más fotos, porque en su día a día siempre hay una imagen de aquellos años que la pone de nuevo a moverse sobre la arenilla o el pasto de todas esas canchas que recorrió, en las que aprendió a jugar con esos guayos que reemplazaron los tacones que utilizaba cuando era asesora de ventas del cementerio Jardines de la Fe.

Su incursión en las canchas grandes, su paso del micro al fútbol, se dio gracias a la combatividad que demostró en varios campeonatos callejeros de barrio, donde todavía las veían como una curiosidad apenas digna de introducir los partidos masculinos, de ser sus teloneros. Y fue después de uno de estos campeonatos relámpagos en el barrio Robledo Kennedy, cuando la invitaron a ser parte del equipo de fútbol de Itagüí. Para entonces Marta ya había tenido a Andrea, su única hija. Se había casado a los dieciséis, fue mamá a los dieciocho y se separó cuando tenía veintiuno, porque su madre fue la primera en remarcarle que nadie tiene por qué vivir en medio del maltrato. Una historia que prefiere llevar al terreno de los chistes al señalar que su matrimonio se vino abajo cuando se dio cuenta de que le gustaban más sus cuñadas que su marido. Con los años, su madre aceptó por fin su orientación sexual al reconocer en medio de su formación tradicionalista, de su catolicismo heredado, que no hacerlo era también maltrato.

6

De cierre de la conversa decidimos irnos a comer unas empanaditas a Maracaibo, se le nota cansada. Lleva varios días pintando una casa. Ahora se la rebusca de mil maneras, porque la pandemia la obligó a cerrar Ruta 69, un restaurante que había montado porque le fascina cocinar. Pero nada parece quitarle fuerzas. Gran parte de su tiempo lo invierte ahora en sacar adelante el trabajo de La Colectiva 69, creada para gestionar diversas iniciativas que reivindiquen a la comunidad LGTBIQ+ de la ciudad, y el fútbol es una herramienta muy valiosa en algunas de sus propuestas. Mientras comemos, Marta me recomienda un video de 2018 muy visto en las redes sociales. En este se ve a cinco jugadoras de la liga femenina de Jordania rodeando a una de sus rivales, para permitir que esta vuelva a ponerse el hiyab que se le cayó, en pleno partido, cuando intentaba eludir a dos de ellas. Se trata de un velo sin el que algunas mujeres musulmanas se sienten sumamente vulnerables, porque este da cuenta de la obediencia que han decidido profesar a su dios en todo momento.

Marta lo menciona mientras me comenta muy enojada que no puede creer que todavía se condene el fútbol femenino considerándolo un detonante del lesbianismo y no se hable, por ejemplo, de estas muestras de sororidad, que algo tendrán para decirnos en estos tiempos, me dice. Para ella, el crecimiento del fútbol practicado por mujeres se debe al invaluable aporte de las lesbianas; lo dice plenamente convencida al referir su empuje como minoría, al recordar todo lo que ella misma aguantó: “Había que ver, por ejemplo, a los hombres todos mironcitos cuando llegábamos a esas canchas y nos tocaba armar camerinos humanos, ahí en las tribunas porque no había ni baños. Unas paradas a los lados y otras adelante y atrás, para poder cambiarnos y salir a jugar. Nosotros en lo nuestro y ellos en cambio sintiendo que acosar a unas peladas era de hombres, que eso siempre es normal. Como normal les parecía darnos unos trofeos que traían un muñequito hombre y por ningún lado aludían al físico de las mujeres, como los de hoy”.

La suya fue una época de apodos: Queta, Arepa, Pachequito, Reblujo, Mino-Mino, la Totona. Y el de ella, que bien pudo haber sido la Mariscala o la Muralla, como suele bautizarse a los defensas centro, resultó ser Marta Tamales. La razón: fue a punta de estos envueltos que pagó su bachillerato y pudo también criar a su hija. Muchas veces se los vendía a los hinchas, que solían ser amigos o familiares de las mismas jugadoras; o también a estas, con las que terminaba convirtiendo los pospartidos en una especie de minipaseos al ponerse a jugar cartas y a comer tamales mientras veían y analizaban a sus próximas rivales. “Imaginate ese parche, cómo no voy a decir que esos fueron los días más felices de mi vida. Y pregúntele a cualquier mujer que haya guerriado con nosotras en esas canchas, rival o compañera, lesbiana o hetero, y te va a decir lo mismo, así no le hayamos sacado ni un peso a esto ni seamos, pero ni cinco de famosas. Pasamos bueno y pusimos a soñar a muchas, ¡le parece poquito!”.

7

“El deber ser de la mujer colombiana se construyó de acuerdo con un estereotipo de mujer burguesa blanqueada, en el que la práctica de un deporte de confrontación, como el fútbol, no cabía”, esto dice Gabriela Ardila Biela en su libro titulado A las patadas. Un recuento de la historia del fútbol de mujeres en Colombia desde 1949. Su investigación para demostrar que esta ha seguido una línea de discriminación intencionada parte de esa fecha porque según los registros de prensa, ese año en Barranquilla ya se hablaba de un cuadrangular de fútbol femenino en el que figuraban dos equipos llamados Las Sirenas de Caribe y Las Estrellas Gallegas. Y también en Cali se jugó un clásico entre el Deportivo Cali y el Boca Juniors, promovido por dos reinas de belleza: Carmen Arango y Clarita Domínguez al que asistieron catorce mil espectadores. ¡Público siempre han tenido! Y aunque apenas un año antes, en 1948, había comenzado oficialmente el campeonato profesional masculino, el de mujeres se demoró casi setenta años en arrancar. Nuestra liga profesional femenina comenzó apenas en 2017, el primer partido se jugó el 17 de febrero entre las chicas del Deportivo Pasto y las del Cortuluá.


Brazos y bobinas

Brazos y bobinas

por Jorge Iván Agudelo • Archivo Fotográfico BPP


Número 148 Marzo de 2026

A primer golpe de vista, parece que la foto viniera o, en todo caso, para no fascinarnos con los imposibles, recreara un mundo futuro, uno hecho de asepsia y simetría, donde el hombre y la máquina, con sus brazos y sus bobinas, conformaran una sola materialidad, fueran caras limadas, sin fisuras, de una misma moneda; pero en la trasescena, en el mundo de los hechos reales, digamos, está Medellín, el año de 1992, la Industria Colibrí, a veintiún años de su liquidación definitiva, una cámara análoga marca Mamiya, y el pulso y la mirada de Lina Isaza, que, para entonces, abrían camino y fijaban las pautas de las que serían muchas de las imágenes publicitarias de la época.

Ya situados en una ciudad y un tiempo precisos, la foto se vuelve paradójica: enaltece la repetición industrial, la precisión técnica, en fin, el trabajo textil de la última década del siglo pasado, y, al tiempo, nos hace pensar, después del brillo de la manufactura local, en una sentencia presidencial que, aunque rápido mostró sus costuras, fue caballo de batalla coreado por muchos: “Bienvenidos al futuro”, como si se tratara del tiempo esperado, del instante decisivo para cumplir una promesa aplazada, la de subir, con toda la pompa y la gloria, al tren de la modernización y de la apertura económica.

Entonces la foto se vuelve túnel, proyección al infinito de la máquina hacia la oscuridad, símbolo, también, del trabajo inacabable, de la subordinación del hombre a los gestos que se repiten, a la hilatura industrial que lo reclama y, sin embargo, lo va dejando un poco a la deriva entre el primer plano (presente, máquina, trabajo) y el fondo (laberinto, embudo, clausura) que bien funciona como corolario de lo que vendría: máquinas de las fábricas textiles obsoletas y trabajadores empujados a la informalidad y al desempleo, mientras se asomaba, como otra promesa, y basilisco, una nueva cara del mito modernizador: la digitalización de la industria y la “cuarta revolución industrial”.

Así y todo, más allá de las resonancias o de los sombríos augurios que pueden encontrarse en una imagen, está Lina Isaza, 34 años después, hablándonos del día en que compró unos filtros, porque las luces habituales de la Industria Colibrí eran unas luces verdes, de las que ya no existen, para que los hilos blancos, que se pueden ver en filas de a dos sobre la cabeza del operario, no cambiaran de color y la foto fuera la que es, una estampa, se nos ocurre a nosotros, que a primer golpe de vista, parece venir de un mundo futuro.

El trabajo de Lina Isaza se suma, en septiembre de 2024, bajo el acompañamiento de Jackeline García Chaverra, a los 45 fondos que, desde su fundación, a partir de las siete mil placas de vidrio que quedaban del archivo del fotógrafo antioqueño Benjamín de la Calle, alberga el Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto. El fondo de esta fotógrafa, conformado por 25 778 imágenes, marca un punto de inflexión, toda vez que se trata del primer archivo personal de una mujer, con toda su diversidad temática (fotografía publicitaria, fotografía social, fotografía de viajes, fotografía documental) y de formatos (35mm, 4x4cm, 6x4cm, fotogramas a color, blanco y negro y transparencias), que puede consultarse en nuestra biblioteca.


,

Un ilustre desconocido

Un ilustre desconocido

por CARLOS SÁNCHEZ • Ilustración de Señor OK


Número 148 Marzo de 2026

Rafael Barrett, español, periodista por casualidad, anarquista por “obra del libre examen” y paraguayo por adopción, fue un accidente literario y espiritual que ocurrió en Paraguay, Uruguay y Argentina entre 1904 y 1910. En tan pocos años, cuatro de ellos apurado por la tuberculosis y algunas veces por la policía, modificó el paisaje y el destino periodístico de esos países. Ocho versiones de sus obras completas, la última en 2011 en Paraguay, cerca de cincuenta antologías de su obra, investigaciones y tesis académicas recientes y de muy diferentes disciplinas ilustran su vigencia y su rizoma.

Aunque en Bogotá se publicó una antología de dos de sus libros, La solidaridad de los esfuerzos (Animal extinto, 2018), en Medellín y en Colombia la pregunta parece improcedente, pues se desconocen su obra y su nombre, tanto como su personalidad que fue otra obra que Barrett le agregó al mundo. En realidad, en Suramérica solo en esos tres países la pregunta traería respuestas suficientes.

En ellos y principalmente en Paraguay, donde es la cara más visible de la literatura nacional, después de Augusto Roa Bastos, Barrett construyó su obra de periodismo y sus cuentos, diálogos y aforismos que celebraron los escritores de mayor reconocimiento en estos países y en el mundo: Jorge Luis Borges en 1919 lo recomendó “de rodillas y con lágrimas en los ojos”, en carta a un amigo. José Enrique Rodó en 1908 en Carta abierta a Rafel Barrett, apuntó: “Yo no sé si tengo derecho a envanecerme de haber contribuido a aumentar el número de sus lectores”. Augusto Roa Bastos en 1978: “Barrett nos enseñó a escribir a los escritores paraguayos de hoy”. Otros lo han llamado “héroe”, “santo” y hasta “imprescindible” siguiendo las estimaciones de Bertolt Brecht en su conocido poema, pues habitó en su periodismo, sin pausa, guiando su obra en una militancia esencialmente moral. “Todos tenemos la obligación de vaciarnos antes de desvanecernos”, escribió, cuando ya se había vaciado casi todo.

En su vida de imprescindible abundan episodios que lo instalan en la leyenda y lo alargan hasta el mito que su obra no necesita y que su vida no rechaza ni contradice porque le pertenecen. Que nació en la aristocracia española. Que casó, al menos, cinco duelos de caballero. Que el mismísimo Ramón María del Valle-Inclán apadrinó uno de ellos. Que llegó a Paraguay como corresponsal y más bien se enlistó como soldado de una revolución. Que se inició como periodista a los 27 y dejó de hacerlo a los 34 cuando murió, puede decirse, de periodismo. Que en tan poco tiempo construyó prolífica, profunda obra siempre intransigente con los poderes, incluso antes de declararse anarquista. Que en esos años vivió la cárcel, la difamación, la censura, el destierro, la pobreza sin pausa, algún atentado y también el plagio y la gloria aunque una gloria crepuscular, tres meses antes de morir y entregarnos su huella tan altamente comparable con la de José Martí.

En este punto es probable que la pregunta inicial haya derivado en otra: ¿por qué no conocemos ese periodista? Buenas preguntas en este 2026 que es el año de su sesquicentenario natal.

Como las ponderaciones de una escritura se muestran mejor así mismas que con palabras ajenas, se ofrece aquí una muestra mínima. El resto está en Google.

La gloria

Carta abierta al señor de Phocas, en la revista Germinal, de Paraná, República Argentina:

Distinguido señor:

He visto que se dedica usted a firmar mis Moralidades, empresa poco difícil, y sin embargo superior a las fuerzas de una persona decente; pero ¿tienen razón las personas decentes? ¿No contribuyen también las demás, y tal vez mejor, a hacer justicia? Ya que las Moralidades actuales son tan de su gusto, permítame, elegante señor de Phocas, que le consagre y dirija la que estoy escribiendo en el instante, la más actual de todas, sin disputa.

Mi impresión primera fue de rabia. Si la musculatura física de usted es por el estilo de su musculatura moral, y hubiera usted estado a mano cuando abrí la revista y contemplé mi artículo prisionero, inerme y huérfano, quizás no lo hubiera usted pasado bien. Al cabo de unos minutos me serené y sonreí, consolado de este… ¿cómo diré?… de esta sustracción. Y Dios sabe que tengo al que sustrae el pensamiento y el alma por ladrón absoluto, y al que sustrae oro por ladrón relativo y en ocasiones disculpable y hasta meritorio. Mas usted conoce ya mis opiniones. La moralidad titulada El Robo, y publicada no ha mucho, ha sido de seguro leída por usted y me atrevo a esperar que la habrá usted hallado digna de su firma y de ser estampada en Germinal.

Pues bien, no solo me consolé; le quedo profundamente agradecido. Me ha proporcionado usted la sensación exquisita de la gloria, del naciente rayo de la gloria.

¡No llevo dos años de escritor militante, y ya me plagian! Y no me plagia un cualquiera, sino el señor de Phocas, el refinado personaje de Juan Lorrain, el rival del no menos maravilloso Des Esseintes de Huysmans. Tener la certeza de agradar a alguien encanta; tener la certeza de agradar a un señor de Phocas, y de agradarle hasta el extremo de arrastrarle, a él, tan delicado y pulcro, a la tentación y al delito, es cosa soberbia. Gracias, distinguido señor.

Por otra parte, ¿qué importa la firma? A usted le gustan mis ideas, las reproduce y las propaga; he ahí lo esencial; ¿qué importa la etiqueta Rafael Barrett o señor de Phocas? ¿Será distinto el vino? ¿Dejarán de ser mías las ideas? Son ellas las vivas, y no mi nombre, letrero casual. Son ellas las que constituyen mi personalidad, lo único de mi espíritu, y no las letras de mi apellido. Usted es mi vehículo, el medio de que mis ideas circulen, algo así como mi cabalgadura mental. Usted me es útil. Usted y los que son iguales a usted me son necesarios. El saqueo ha fundado la propiedad moderna. El plagio, ¡oh señor de Phocas!, fundará mi reputación y mi gloria. Porque yo, que no soy tan genio todavía, quiero serlo, quiero la gloria. Un día vendrá, señor de Phocas, en que no podrá usted plagiarme, pues los pedazos de mi sensibilidad, dispersos por obra de usted y compañeros, se habrán integrado en una gran individualidad solitaria, que llamaremos X. Y todo lo que yo haga será inmediatamente reconocido como de X; y si usted se arriesgara a suscribir una moralidad futura, la gente exclamaría por doquier: “¡Oh, el señor de Phocas caloteando a X!”.

Y entonces se cumplirá el segundo período de la gloria de X, o sea de Rafael Barrett. En lugar de imprimir mi prosa con firma ajena, pondrán mi firma a la ajena prosa. Usted, señor de Phocas, caso de que sobreviva a sus crímenes, aprovechará mi nombre para tratar de dar aceptación a sus propias producciones, y quizá de este modo conseguirá usted salir de la mediocridad en que yace.

Se pensará que bosquejo una triste imagen de la gloria. ¿No hemos de contar con el amor honrado de los hombres?

¡No! La vida que no es lucha es olvido y muerte. La admiración que no es envidia es indiferencia. La energía que no remueve el fondo cenagoso y cruel de la humanidad no es energía. La gloria sin plagio no es gloria.

¡Salud, señor de Phocas!

(6 de febrero de 1907) 

La plegaria del burro

La reciente psicología comparada revela que los animales —sobre todo los animales superiores— tienen lo necesario para ser tan infelices como nosotros; deseos, inteligencia, manías morales, remordimientos y la ilusión de la responsabilidad. El perro es hasta religioso; su dios es el hombre. Consultad los estudios de Anatole France sobre Riquet, el can de monsieur Bergeret, y quedaréis convencidos. Maeterlinck, en su artículo Sur la mort d’un petit chien, opina igual, y asegura que el perro es la única especie con que se comunica la nuestra, de alma a alma. El caballo padece un espanto incurable. Está medio loco. Las otras bestias domésticas no piensan sino en tragar. Yo, y perdóneme el gran Maeterlinck, haría una excepción con el burro. Se le ha colocado científicamente junto al caballo, pero eso no prueba nada, como no prueba mucho nuestro parecido exterior con el mono. La naturaleza gusta de disfrazarse, y no es prudente juzgar por la cáscara el fruto. Creo que somos también los dioses del asno, y que su metafísica y su teología son más profundas, más alemanas que las del perro. El asno nos reza. Escuchemos su plegaria. No seamos sordos como las demás divinidades. Escuchemos:

Hombre omnipotente, a ti me entrego en cuerpo y en espíritu. Tómame: ¿qué asno habrá bastante ciego para no ver que eres el creador del cielo y de la tierra? Si creas faroles y focos rechinantes que disipan las sombras nocturnas, vencedoras del sol, ¿no hemos de reconocerte el poder de crear el mismo sol y las exiguas estrellas? Y si creaste el pasto esencial, el grano absoluto, ¡oh señor de las mieses!, ¿no habrás creado plantas y cosas menos útiles? El que puede lo más puede lo menos. Hombre innumerable y sutil, dueño mío, tú fabricas establos sublimes y altas viviendas que duran tanto como cien generaciones de burros. Sin duda me engendraste a mí, que duro tan poco. Si existo, es por tu infinita bondad. ¿De qué te sirvo yo, torpe, lento, ingrato, irreverente, a ti, amo de los carros de fuego que devoran la distancia rodeados del universal terror? Tu mano sagrada sostiene mis horas. Cada minuto de mi existencia es un beneficio tuyo.

Tú me das de comer —¡oh misterio adorable!—, tú permites que te transporte de un punto a otro, que oprima mis lomos tu excelsa persona. ¡Y cuántas veces te he llevado con sacrílega distracción! Pero cuando resplandece tu inagotable misericordia es cuando me castigas, cuando haces caer tu santísimo palo sobre mis huesos.

Si te ocupas de mí, es con un fin trascendental. Me pegas desinteresadamente; me corriges como padre amoroso. Te propones elevarme a la vida perfecta. Tu rigor es benéfico. Mis pecados formidables merecerían torturas sin término. El crimen mayor del burro es su soberbia. Soy impaciente, colérico, cruel. Soy, además, lascivo. La lujuria de la burra, su perfidia disimulada a veces bajo las apariencias del pudor y de la virginidad nos traen vergonzosas catástrofes. ¡Ay! La burra es amarga como la muerte.

Tus palos divinos me indican mi deber; debo ser humilde, casto, resignado. No debo desanimarme en la lucha. La carne del burro es flaca, las tentaciones numerosas, pero Tú me ayudarás. Los cortos días que pasamos en un mundo de penas y de horrores obscuros, y lo inmenso de nuestros sueños, me dicen que el alma del burro es inmortal. Después que me hayan enterrado resucitaré, si fui burro y supe aprovechar las enseñanzas de tu palo santísimo; entonces me uniré a ti, y contemplaré en tu espléndido rostro la sonrisa de la eterna reconciliación.

Entonces obtendré tus caricias, que aquí abajo serían absurdas. Cuenta la leyenda que un Hombre cabalgó sobre un asno sin fustigarle, y entró así en una ciudad donde les recibieron entre palmas. Aquel Hombre era débil, y los Hombres le pusieron en una cruz. Hicieron bien. Mi Hombre es el Hombre fuerte, el Hombre del palo. Sin el palo tu majestad sería inconcebible. Obedecido y reverenciado seas por los siglos de los siglos, y hágase tu voluntad, y no la mía. (Me parece que es lo que más me conviene por ahora).

(27 de mayo de 1909)



¡Comparte esta historia!





,

Ni oficio ni beneficio

Ni oficio ni beneficio

Vagos, ociosos y malentretenidos en Rionegro, 1875

por FELIPE OSORIO VERGARA • Ilustración de Tobías Arboleda


Número 148 Marzo de 2026

¿Cuántas historias dejó por fuera el relato oficial de Antioquia? La memoria de esa provincia pujante que fue construida a pulso por habitantes que se encomendaban a la virgen y al santoral católico no podía permitirse darles relevancia a personajes indeseables que se salían de lo moralmente aceptable. Los vagos, los borrachos, las trabajadoras sexuales, los ladrones, los homosexuales y los leprosos “afeaban” las ciudades y los pueblos y chocaban con ese ideal de progreso, modernidad y buenas costumbres del que se ufanaban esos incipientes villorrios antioqueños. Iniciamos una saga que saca de debajo del tapete a estos seres despreciados por sus contemporáneos y de los que solo sabemos gracias a los archivos judiciales e históricos.

«Ahora es preciso que te despereces —dijo el maestro—, pues que andando en plumas no se consigue fama”.

Dante Alighieri, La Divina Comedia, Canto XXIV.

Esa calle ya era conocida. La que décadas después bautizarían como calle Obando en honor al expresidente José María Obando y que en el siglo XX sería llamada de la Chirria por el chirrido de los catres de metal de los hoteles de mala muerte y los burdeles era ya desde finales del siglo XIX un foco de “indeseables” en Rionegro, por entonces bastión liberal antioqueño y lugar donde en 1863 se había firmado la Constitución de los Estados Unidos de Colombia. Si bien era una calle comercial importante, que partía del parque principal hacia el noroeste, poco a poco esa misma actividad de comercio había enquistado allí una colonia de personajes incómodos para las autoridades y las élites rionegreras. “La calle Obando era un espacio dedicado y dirigido al comercio en el que se reunían tahúres, ladrones, vagos, borrachos, prostitutas, comerciantes y compradores, entre muchos otros, revelando la otra cara, el comercio ilegal y las diferentes practicas punibles”, explica el historiador Miguel Ángel Hincapié en Obando, sobando y metiendo. Historia de la calle Obando en la Ciudad Santiago de Arma de Rionegro. Allí se reunían los vagos de Rionegro y, precisamente, en diciembre de 1874 las autoridades tomaron cartas en el asunto, cansadas de las quejas de los rionegreros y buscando ejercer un control sobre esa población que consideraban opuesta al espíritu trabajador y modernizador de la ciudad: “Llámese a declarar a las personas más conocedoras de los habitantes de la población para que, bajo la gravedad de juramento, digan qué individuos pueden ser reputados como vagos de este distrito”, se lee en un expediente del tomo 309 del Fondo Judicial del Archivo Histórico de Rionegro.

Era ese sector el que frecuentaban Félix García, José Ochoa y María Lucía Montoya, individuos que el gobierno municipal quería escarmentar. Lo más probable es que se conocieran, bien porque coincidieran en esa misma calle, bien porque en un pueblo de poco más de nueve mil habitantes, según el censo de 1870, casi todos se conocían.

Félix García, de 18 años, fue el primer acusado como vago, y como la ley es para los de ruana, le tocó un proceso de policía inusualmente ágil, pues en solo seis días hábiles se pasó de la acusación al castigo. La palabra de dos testigos bastó para que sobre él cayera el rigor de la contravención de vagancia, pues era considerado un “joven suelto” y holgazán. “Este individuo no tiene renta, hacienda, oficio ni beneficio que le produzca honrosamente la subsistencia”, declararon José María Bernal y el profesor Miguel Valencia. Así, el 15 de diciembre de 1874 fue castigado con nueve meses de prisión en las colonias penales del Estado de Antioquia porque su conducta era “perniciosa para la sociedad”. El 6 de marzo de 1875, este castigo fue reafirmado por la prefectura del departamento del Oriente por ser “estrictamente legal la sentencia”.

Trabajar como hormiga arriera ha sido símbolo de los antioqueños, que han asociado el trabajo, más que como medio de subsistencia, en un mantra y un deber ser. Ya en el siglo XIX, exploradores nacionales y extranjeros habían gastado tinta destacando el espíritu industrioso de los antioqueños: “Es trabajador, sobrio, fuerte, robusto”, describía la Comisión Corográfica en 1858 en su Geografía física y política de las provincias de la Nueva Granada; mientras que el explorador francés Pierre d’Espagnat escribió en 1897 en sus Recuerdos de la Nueva Granada que “esta raza antioqueña respira actividad y trabajo”. La vagancia se oponía a este andamiaje y fue rechazada en la época colonial y republicana por los diferentes estamentos. Para la Iglesia, los vagos eran contraventores del sistema de valores del cristianismo que, desde el Génesis, dictaba ganarse el pan con el sudor de la frente y que solo admitía el día de descanso para el culto religioso, amén de ser la personificación del pecado capital de la pereza. Los diferentes gobiernos, por su parte, tachaban a los Cosiacas que pasaban los días callejeando, gastando suela o “mal parqueados” en las aceras como obstáculos del progreso y antítesis del buen ciudadano en tanto distaban de los pilares del orden social establecido, soportado en la familia, la propiedad, el trabajo, la moralidad y la fe católica. “La promoción de los ideales de la ciudadanía se basó en la exaltación de ciertos valores y la reprobación de ciertos comportamientos a través de la creación de una imagen de lo que era bueno y malo, con una moral que aceptaba o rechazaba formas de ser. Para lograrlo, se consideró necesario extirpar la vagancia y difundir la moralidad”, expone el historiador Leonardo Zapata en Criminalización, instrumentalización y moralización: el manejo de la vagancia en Antioquia, 1825-1858.

Otro rionegrero acusado de vagancia, pero esta vez anclada en el malentretenimiento, fue José Ochoa, un cincuentón casado con Juliana Vallejo, con quien tenía dos hijas: Rita y Teresa. Ochoa vivía en San Antonio de Pereira donde, a veces, cultivaba la tierra. Sin embargo, daba mala vida a su familia y eran frecuentes sus alborotos y embriaguez. “Este hombre es de muy mala conducta, casi no trabaja y si lo hace es una que otra vez, pasando la mayor parte del tiempo en la ociosidad, jugando en los garitos o tomando licor hasta embriagarse; en este estado es que causa más escándalos públicos. Da malos tratamientos a su esposa y a sus dos hijas, amenazándolas continuamente e insultándolas sin motivo alguno, lo mismo que a los particulares. En pocas palabras, es un hombre dañado y corrompido”, señalaba el agricultor José María Sosa el 30 de junio de 1875.

Desde la Colonia, especialmente bajo las Reformas Borbónicas del siglo XVIII, la vagancia había sido criminalizada porque se asociaba a la delincuencia y la degradación social. Por eso, surgieron diferentes conceptos, vigentes hasta el siglo XIX, para precisar la categoría del vago. Sobre esto, la socióloga Patricia Rodríguez reunió en Reconstrucción de la objetivación del sujeto vago en Colombia las cuatro grandes clasificaciones: el holgazán, para las personas renuentes al trabajo o que se aprovechaban del prójimo y su caridad para evitar laborar; el vago, para quienes andaban de pueblo en pueblo, viviendo en la ociosidad; el malentretenido encarnaba esa figura transgresora de las normas sociales de convivencia pública (como los jugadores y borrachos), los horarios (trasnochadores) y los espacios (asistentes a burdeles, galleras, garitos, billares), lo que les restaba tiempo dedicado al trabajo; por último el joven suelto definía a los muchachos rebeldes que no se sujetaban a la disciplina del hogar, eran altaneros con sus padres y no ejercían actividades consideradas como útiles.

La mala conducta de Ochoa y sus frecuentes escándalos en garitos, galleras y billares del centro de Rionegro hicieron que la población se quejara de él ante las autoridades argumentado que, más que vago, Ochoa era un malentretenido. “Ochoa trabaja algo la agricultura, pero el día que se pone a jugar, bota el producto de él y lo despilfarra todo”, narraba el carpintero Eusebio Castrillón. El expediente de Ochoa está incompleto, por lo que se pierde el rastro sobre el castigo asignado, aunque lo más probable es que recibiera prisión en las colonias penales del estado de Antioquia entre tres meses y máximo un año, tal y como dictaban las disposiciones de policía de aquella época, donde sería obligado a trabajar en obras públicas como vías o líneas telegráficas que se extendían como telarañas por el quebrado paisaje antioqueño.

Portada del expediente de José María Ochoa por vagancia. Archivo Histórico de Rionegro, Fondo Judicial, tomo 309.

La Ley General de Policía del Estado de Antioquia de 1856, válida en ese entonces, dedicaba su décimo capítulo a la vagancia, donde en veinticinco artículos dictaba los pormenores de su clasificación, sanciones y consideraciones. Por ejemplo, en el artículo 81 se describían los doce tipos de vagos que debían ser castigados. Estos iban desde los holgazanes sin “oficio ni beneficio”, de los que no se sabía de dónde venía su sustento; pasando por las prostitutas, los errantes, los limosneros, los jugadores, los ebrios y escandalosos; hasta aquellos jóvenes con poco respeto a sus padres o patrones, que poseían malas costumbres y que, si trabajaban un día, pasaban el resto de la semana dedicados a la “ociosidad”. Además, enumeraba los seis posibles castigos que recibirían por este delito: trabajarles a particulares por uno o dos años en calidad de concertados y recibiendo alimento, vestido, pero no necesariamente salario; trabajar en obras públicas o en el centro de reclusión, pagar una multa o una fianza y comprometerse a tener una buena conducta; o hasta ser desterrados en poblaciones de reciente fundación en zonas baldías y lejanas.

Y aunque la Ley de Policía de Antioquia de1856 marcó un hito, toda vez que la vagancia dejó de ser un delito contemplado en códigos penales para considerarse una contravención —una falta a la convivencia que debía ser atendida y corregida por la policía y no por jueces ni tribunales—, esto no significó que la vagancia no fuera reprimida, especialmente cuando se trataba de mujeres.

A las mujeres se les exigía ser hacendosas, administradoras de su hogar y reflejo de buenas costumbres ante el ojo escrutador de la sociedad. Por eso, cualquier resquicio de “inmoralidad” o vagancia dentro del “bello sexo”, como se hacía referencia en el siglo XIX a las mujeres, debía ser inmediatamente extirpado. Fue el caso de María Lucía Montoya, de 43 años, tachada de “pedigüeña” y limosnera. “Conozco a María Lucía Montoya y me consta que es mujer de muy malas costumbres, que pide limosna aun siendo sana y robusta, haciendo esto en compañía de un niñito a quien ha acostumbrado a mendigar sin necesidad. Sé que, aunque se le ha proporcionado trabajo, no trabaja”, declaraba el agricultor Rafael Arenas. Así, el 12 de abril de 1875, la Jefatura Municipal de Rionegro decidió abrir una causa con el fin de determinar si, efectivamente, era vaga y poderla castigar. Las autoridades de Rionegro llamaron a declarar a tres testigos, todos hombres casados y de buena reputación entre las gentes del pueblo, con el fin de que corroboraran las noticias de la vagancia de “la Montoya”. Tanto el agricultor Arenas, como el alcaide Juan Peña y el alguacil José Sosa coincidieron en que Lucía era joven, sana, en edad y con las condiciones de trabajar, pero que se negaba así se le ofreciera trabajo. Argumentaban que salía siempre acompañada de un niño, presumiblemente hijo suyo, al que ya estaba malacostumbrando a la pedigüeñería. A lo largo de la causa, los testigos enfatizaron en que ella era una mujer sana y robusta, porque sabían que en la Ley General de Policía se leía que solo podían aceptarse como mendigos aquellos que, por imposibilidad física, no podían trabajar y no tenían quién viera por ellos, debiendo contar con la licencia o permiso por parte de la policía municipal para ejercer la mendicidad.

La Jefatura Municipal de Rionegro notificó del inicio de la causa a María Lucía al mediodía del lunes 12 de abril con el fin de que tuviera el derecho de defensa. Esta manifestó que: “No me conformo con el cargo que se me hace”, por lo que las autoridades le concedieron tres días para presentar descargos. El 15 de abril a las dos de la tarde venció el plazo y Lucía no presentó ninguna defensa, por lo que al lunes 20 las autoridades municipales determinaron: “Esta jefatura, administrando justicia en nombre del Estado y por autoridad de la ley, falla condenándose a María Lucía Montoya a sufrir la pena de seis meses de reclusión, que sufrirá en las colonias penales del Estado”.

El Censo de Rionegro de 1870 registra que María Lucía Montoya era ama de casa, casada con el agricultor Vicente Echeverri desde 1867, mientras que en el libro de Bautizos de 1870 se señala que tenían un hijo llamado Gregorio. Si su hijo la acompañaba a pedir, y en el expediente no hay registro o mención alguna a su marido, ¿será que acaso perdió a su esposo y se vio obligada a mendigar para sobrevivir? ¿Será que en lugar de buscar trabajo eligió vivir de la limosna y apelar a la lástima, aprovechando a su hijo pequeño, como expresan los testigos? Nunca se sabrá, así como tampoco se sabe qué pasó con el niño una vez María Lucía fue encarcelada, donde el trabajo no sería oficio ni sustento, sino condena.

***

Félix, José y María Lucía fueron usados de ejemplo para moralizar a la población rionegrera de finales del XIX, mientras se imponía un ideal de civilidad anclado en la productividad, que valoraba al individuo en tanto este fuera útil dentro del engranaje del trabajo. Por eso, en su mayoría, el control de la vagancia fue un disfraz que beneficiaba los intereses económicos de las clases dirigentes, buscando integrar mano de obra a los proyectos productivos del Estado y valiéndose de su fuerza para la apertura en zonas de frontera o empleando su trabajo en colonias penales. Además, condenar a los vagos no atacaba de raíz los problemas estructurales de entonces, donde el desempleo entre las grandes masas de personas sin tierra dejaba a un buen número de población flotante en la delgada línea entre el desempleo y la vagancia, y donde los espacios de ocio, aun entre las personas trabajadoras, eran censurados bajo un sistema de valores que alababa el trabajo y reprochaba el descanso.


,

En mi lugar

En mi lugar

por ÁLVARO CASTILLO • Fotografías por el autor


Número 148 Marzo de 2026

Estar allí, entonces. Fue lo primero que se me vino a la cabeza: “Estar allí, entonces”. El título de las memorias de Gregory Randall sobre sus años en Cuba. Solo que, en mi caso, le agregué una coma que cambia por completo el sentido. Ya no se trata de una afirmación sino de, más bien, la apertura a un diálogo. Una interrogación. Una explicación.

Llevo ya 31 años de experiencia cubana. De ir y virar constantemente. De tener un pie en cada orilla, porque esto, en mi caso, es posible. Una especie de vida dividida. Una vida en pausa mientras la otra continúa. Ese ir y regresar me ha permitido tener dos patrias y habitar, como un caminante que sabe dónde comprar el pan o dónde es posible encontrar un almuerzo barato, en dos lugares que se parecen más que en lo que se diferencian.

¿En qué se parecen Colombia y Cuba? En que vivimos unas realidades tan desmesuradas, extrañas e incomprensibles que nadie, ni nosotros mismos, es capaz de entenderlas o explicarlas. Desafiamos cualquier lógica, toda razón. Esto hace que seamos, entonces, unos seres que vivimos en nuestros espacios “contra toda esperanza” (sí, suena exagerado recurrir al nombre de las memorias de Nadiezhda Mandelstam para buscar una definición). Simplemente vivimos y estamos sin preguntarnos demasiado porque pa qué, porque ya qué. No hay nada que entender.

Creo, además, que estas realidades tan extrañas suscitan en los visitantes una especie de “ansia explicativa”: de repente y sin pudor alguno, cualquiera se siente con la autoridad, la experiencia y el conocimiento para explicar semejante absurdo. Y no hay nada que choque más, a cualquiera. No se trata de que no se pueda opinar sobre nosotros, sino de creer que pueden explicarnos con solo pasar unos días en nuestras calles. Y, por supuesto, es una tentación en la que es fácil caer. Y no voy a caer a estas alturas del partido en ella.

La experiencia de una vida es imposible de transmitir. Cada cual habla de su realidad desde su punto de vista. Desde las pocas calles que puede recorrer. Esto hace que la comprensión de un suceso de carácter nacional sea inatrapable. ¿Cómo, por ejemplo, poder hablar de un país sumido en una crisis energética sin precedentes cuando, por esas cosas de la vida, el sitio que se habita tiene el sistema eléctrico soterrado y no se va la luz? Cuando a los demás sí se les va. ¿Es posible, entonces, asumir la experiencia y tragedia de los demás como propia?

Creo que el testigo tiene el deber de decirlo y contarlo todo (esta frase no es mía y no recuerdo donde la leí). No queda entonces otra posibilidad que la de contar desde la propia orilla o darles la voz a otros, a los demás, que también harán lo mismo. Podría hacer esto, sí. Pero no lo creo honesto. Cuando se trata de la tragedia de un pueblo entero lo primero que hay que tener es decoro y vergüenza.

¿“Estar allí, entonces” qué quiere decir? Ser uno más sin pretender ser el único. Escuchar todas las voces sin pretender poseer la única. Acompañar en el camino. Dando una mano o las dos.

Los momentos que se están viviendo en Cuba son, para cualquiera que no sea de aquí, incomprensibles. Parece que no sucediera nada, pero está sucediendo todo. Parece que todo sigue igual y, aunque no podamos verlo, todo es diferente. El dolor, la tristeza, la incertidumbre, la rabia, la confusión van por dentro. No hay, entonces, nada mejor que vivir como “uno de esos días en que es la vida” porque, así nos esforcemos, no podemos cambiar lo que aún no ha sido escrito.

Y, por sobre todas las cosas, nos falta para acercarnos a vislumbrar alguna explicación, la experiencia de haber sido y ser cubanos durante este tiempo, ya largo y al que algunos “llamarán antiguo” (como escribió el poeta Norberto Codina).

Estoy acá, con los cubanos, como un cubano de a pie más, en medio de la incertidumbre de que algo va a pasar, puede pasar, está pasando y no ha sucedido. Con la certeza plena de que lo que me tocó ahora por la libreta es esto. Y no me queda más remedio ni posibilidad que “estar aquí, entonces”, del lado de ustedes, y a su lado, hermanos cubanos míos.



¡Comparte esta historia!





,

Volver a la tierra

Volver a la tierra

por SIMÓN MURILLO MELO • Fotografías por el autor


Número 148 Marzo de 2026

Lo único que le dejaron sus padres a Karleth Izquierdo fue la tierra, más o menos un cuarto de hectárea en Boca de la Ceiba, al borde del río Sinú. Ahí vive en una casa de bloques de concreto con su hijo adolescente. Cuando su papá vivía la casa daba a un pequeño barranco donde crecían unos guamos y donde ahora ella cultiva hojas de biao, que le dan para vivir. A unos metros de sus cultivos, las aguas espesas y marrones del Sinú se estiran acaloradas. Ahí corría un riachuelo que la mayoría de los días no llegaba ni a barro mojado, un minúsculo chorro de agua, el caño Bugre. El bloqueo de su corriente algunos metros aguas abajo por basura y rastrojos cortaron la salida del Bugre al Sinú. Algunos tramos se convirtieron en pantanos. Otros se secaron. En las lluvias de los primeros días de febrero el riachuelo creció y creció. Alarmados, los vecinos construyeron una barrera de costales en su ribera y esperaron lo mejor. Ya antes habían tenido crecidas, pero nunca como esta. En la madrugada, un sonido terrible levantó a Karleth: como si un rayo hubiese caído sobre ella.

La diminuta corriente del caño Bugre se había hecho barrejobo. El río que por años agonizó, ahora era imparable. Karleth y sus vecinos erigieron en la oscuridad una nueva barrera de costales para reemplazar la anterior que había sido arrastrada. Tampoco sirvió. Alguien sacó una canoa de plástico para navegar por donde antes era nada más que tierra firme. El agua devoró todos los cultivos de hojas de biao de Karleth y llegó hasta su casa, a unos cuarenta metros de distancia y por lo menos cuatro de altura. Lo perdieron todo, menos la tierra, todavía. No paraba de llover.

Habían pasado quince días desde las inundaciones y el cultivo de biao de Karleth, ahora podrido, seguía anegado. Ella estaba muy angustiada y había empezado a enfermarse por pasar tanto tiempo metida en el agua, intentando ganar un poco de espacio. Como en el resto de Córdoba, no había ninguna presencia estatal o local apoyando a los inundados. Eran solo ella y sus vecinos contra el río.

Visité Boca de la Ceiba junto a Álvaro Cogollo y su primo José Antonio Cogollo. Este año Álvaro cumple setenta. Es un hombre fuerte, risueño y hablador. Es botánico, uno de los más prolíficos del continente. Tiene unos ojos pequeños e intensos que le han revelado más de doscientas especies nuevas en lugares completamente diferentes de nuestra geografía. Lo que para muchos es la culminación de una carrera, para él es la maravilla usual de ver lo nuevo, una y otra vez. “Cuando estoy en el bosque ya no miro para arriba. Miro para el suelo, a la hojarasca”.

Cuando era muchacho, Cogollo, familia y amigos solían ir con frecuencia a Boca de la Ceiba a recoger agua, a bañarse. Hace años, cuando corría libre, el Bugre era un caño de aguas lentas que bajaba hasta la Ciénaga Grande de Lorica. En Manguelito se dividía en un chorro sin nombre que armó la vida de Álvaro cuando era niño, allá en El Tapón de San Pelayo.

El 24 de diciembre de 1969 Cogollo dormía en la casa de un amigo, no muy lejos de la de sus padres, en la vereda Providencia. Los adultos jugaban dominó cuando alguien se asomó en la noche: “Hay suba”. El afluente del Bugre supuraba bocachicos, tantos que parecían un segundo río. “Vamos a bracearlos”, dijo el amigo de Cogollo, ahora su cuñado. “En par patadas llenamos un costalao de bocachico”. Nunca volvería a ver tantos pescados juntos en su vida.

A veces su abuelo, Fernando Cogollo, hacía un comentario misterioso: “Mañana va a amanecer el caño crecido”. Y en la madrugada la predicción se hacía realidad, las aguas del río se embravecían y el caudal aumentaba. “¿Abuelo, usted por qué sabe?”, le preguntó Álvaro alguna vez. Fernando extendió su dedo hacia el sur, donde las nubes negras se acumulaban: “Está lloviendo en las cabeceras”. La respuesta implicaba más preguntas que se hicieron claras en un libro de geografía de segundo de primaria: en un lugar en Antioquia llamado el nudo del Paramillo nacía el Sinú que en Boca de la Ceiba formaba un ramal, el Bugre, que en Manguelito se dividía en el caño que pasaba frente a su casa. Algún día, se dijo Álvaro, conocería el nacimiento del Sinú. Lo imaginó como una gran laguna, tan bella como la ciénaga.

La Voz de Montería pasaba un jingle que lo maravillaba: “Los valles del Nilo, el Tennessee, el Sinú, las tierras más fértiles del mundo”. Los Cogollo, como era propio de los campesinos acomodados del Sinú, tenían una roza, una parcela para la yuca, el ñame, el plátano, la papaya, el mango y la patilla. Bastaba bajar al río para sacar agua. Siglos de ingeniería hidráulica zenú habían canalizado las aguas del Paramillo a la tierra misma, convirtiéndola en una de las más fértiles del mundo en biomasa. La vida se desbordaba por todas partes y Álvaro aprovechaba, cazando pájaros con la honda y pisingos con la escopeta en la ciénaga El Vichal junto a sus tíos Toño y Rafael.

Ellos eran rianos, los que vivían del río, abacú, gente de chancla tres puntá. Cada día pasaba por el afluente del Bugre una chalupa con motor, el portátil, recogiendo campesinos desde Cotorra hasta Cereté y más allá. El papá de Álvaro, Justiniano, se había enamorado en Chimá, al otro lado de la ciénaga, y para ir a visitar a María del Carmen Pacheco se embarcaba en su portátil con el remo y la palanca. Y si en alguna noche cenagosa sin estrellas llegaba a perderse, torres de las iglesias de Arache, Momil, Cotorra, Sitioviejo y Chimá brillaban como faros, en la oscuridad.

La abuela María Ascención Berrocal era yerbatera y partera. Las plantas que para los demás eran invisibles tenían muchos sentidos para ella y su nieto Álvaro era el alumno más atento que había tenido. Cogollo mantenía una libreta en la que anotaba el nombre de todas las plantas que lo rodeaban, con extensos comentarios sobre “cómo se cortaban de acuerdo con las fases de la luna, cuál era la leña de corazón que daba la suficiente brasa para cocinar el arroz o cuál rama de arbusto lechero era mejor para fabricar una honda”.

Después de la pandemia Cogollo usó la plata de un premio que le habían dado y se compró media hectárea en El Tapón de San Pelayo, a unos metros del río donde aprendió a nadar, justo al lado de la tierra del primo Rafael Antonio Zabaleta Cogollo y cerca de la que fue la tierra de sus abuelos. Las aguas del caño donde aprendió a nadar entre guamos se habían eutrofizado y sedimentado y estaba contaminado con pesticidas y basura, aunque menos que otros de la zona. Apenas tenía corriente ahora, como un pantano.

En San Pelayo muchas cosas han cambiado pero otras se mantienen idénticas. Hay un Cogollo o un Berrocal de todas las edades en cada esquina, el ecosistema agrario y el minifundio persisten, pululan las bandas musicales. Pero los ríos ya no hacen parte de la vida pública, ni de la vida en general. Muchos se han vuelto vertederos. Algunos de los pescados del pasado han desaparecido hasta la memoria de la gente. Como Cogollo me dijo, “Fíjate, ya uno ni siquiera… Si uno pregunta: Oye, ¿conoces la mayupa? La gente ya no la conoce. Tampoco el bocachico rubio, el congo o la alondra. Todo eso se ha perdido”.

Si hace más de mil años los zenú construyeron una civilización junto al agua, algunas décadas del siglo XX habían hecho a los cordobeses ajenos a su pasado anfibio. La moto reemplazó al bote. Tanto los campesinos como los terratenientes fueron ganándole terreno a la ciénaga, con ganado o con barreras de material que secaban las aguas, los jarillones. La productividad del Sinú se dio por hecha y las ciénagas que la generaban aparecieron como impedimento para más y más cultivo. Elías Milani, terrateniente de la zona, llegó a ser tan buen destructor de humedales que la Gobernación de Córdoba lo condecoró.

Los padres de Cogollo estaban montados, como casi todos los campesinos de la zona, en la fiebre del algodón. Impulsada por la política de colonización agraria colombiana y por la Alianza para el Progreso del gobierno de Kennedy, la frase favorita de los políticos y terratenientes era “Habilitar tierras para el cultivo”. Los humedales eran especímenes de un pasado montuno que podía desaparecer, como en el Valle del Cauca, para dar paso a los cultivos del mañana en la forma en que lo hacían los gringos, con pocas manos, muchas máquinas, altas concentraciones de agua y, pronto, el dulce olor de los pesticidas.

“No se me olvida el olor del toxafeno DDT 40-20”, me dijo Cogollo. Primero regado por manos humanas, luego desde un helicóptero y luego del primer avión que Cogollo vio en su vida, dejando una estela de toxafeno detrás de sí. Él cortó una madera de balso y se hizo un avión con una hélice de lata.

A su tío Rafael un sobrino le propuso alquilarle sus tierras. “¿Para sembrar algodón?”, contestó, “No, señor, desde que llegó el algodón todo hay que fumigarlo. Hay que fumigar el maíz, la yuca, el ñame, a todo le cae plagas. Y uno pasa al día siguiente y encuentra el sapo muerto, la rana muerta, lo que se comía las plagas. ¿Tú te comes una mota de algodón? Yo siembro lo que me pueda comer. El maldito va a ser la ruina del Sinú y mientras yo viva no se va a sembrar una mata de algodón en mis tierras”.

En febrero de 1963 Álvaro y su hermana Fausta se fueron a estudiar a Chimá, al otro lado de la ciénaga. Chimá, “tierra bonita”, una de las pocas palabras que nos quedan del zenú, es una zona de transición entre el bosque húmedo del Paramillo y el bosque seco del Bajo Sinú y el golfo de Morrosquillo. Es un pueblo de pescadores y campesinos mecido en el ritmo paciente del calor de las cuatro, donde la vida empieza y termina en la ciénaga. Allí Cogollo escuchó la historia de un pescador que un día le avisó a su familia que iría a “darle la vuelta al mundo”. Salió en la madrugada con su canoa y su familia lo despidió incierta del futuro. Dos días después había vuelto. “Eche, ¿no le ibas a dar la vuelta al mundo?”. “Ya la di, le di la vuelta a la ciénaga”.

Después de unos meses en la escuela de Chimá, Cogollo recorrió varias escuelas de la región antes de hacer parte de la primera promoción del INEM de Montería, otro legado de la Alianza para el Progreso que tenía la enorme novedad de que tenía baños; como nadie tenía ni idea de qué era un lavamanos, los estudiantes orinaban en ellos. En el INEM cultivó una pasión por el vallenato, militó algunos años en la causa de la reforma agraria en las juventudes del MOIR y conoció en un salón de octavo grado a Nohra Guzmán, una de las pocas mujeres del colegio y la compañera de toda su vida.

Por un tiempo pensó que iba a ser ingeniero agrónomo pero decidió ser botánico, como María Ascención. Entró a la Universidad de Antioquia y conoció a Enrique Rentería, el profesor de taxonomía que lo llevó a conocer la selva húmeda por primera vez, en el Magdalena Medio, y lo conectó con Thomas Croat, experto en las aráceas. En su primer viaje al Chocó, acompañando a Croat, Cogollo recolectó un anturio que vio curioso y que Croat identificaría ahí mismo como nuevo para la humanidad. Lo nombró Anthurium cogolloanum.

Volví a Chimá con Cogollo a ver la ciénaga. “Es un árbol críticamente en peligro de extinción”, me dijo de un solitario guayacán azul, el Guaiacum officinale, en la tierra de su hermano Lucho, un campesino. Álvaro fue el único de los hermanos Cogollo Pacheco en irse de Córdoba. El resto hizo su vida en el Medio y Bajo Sinú, como maestros, campesinos o líderes. Con su hermano Óscar, quien nunca se queda quieto, recorrimos un pequeño jarillón que los campesinos habían construido sobre la ciénaga Los Charcos, que en el pasado fue parte de un gran complejo ininterrumpido de humedales que conectaba Lorica con los pueblos del sur. Durante mucho tiempo reducida, las inundaciones la habían hecho crecer hasta confundir el agua con el horizonte.

Los chimalenses aprovecharon el jarillón que le construyeron a la ciénaga para hacer unos pequeños cultivos de algodón y patilla. Con las inundaciones, no habrá esperanza de cosecha este año. Muchas familias del pueblo esperaban esos ingresos para sobrevivir. Sin la patilla, la economía circular de todo el pueblo tambaleaba. Como nos dijo Alexander Jiménez, un activista zenú por el buen vivir con las ciénagas: “El pescador vende al mercado local que le vende al pescadero y el dinero va rotando”.

Isaac, un pescador ya veterano, pasa el calor de la tarde con sus compañeros en una cabaña al borde de la ciénaga. Las inundaciones habían afectado la ecología de los peces y aunque la ciénaga es un refugio de manatíes, las capturas en las atarrayas y trasmallos de los pescadores habían caído significativamente. Otros pescados como el sábalo han desaparecido. Un brillo emanaba del cielo casi despejado. Isaac, con voz pausada, describió con calma la situación: “Ya solo quedaba el hambre”.

La revolución agraria que prometía la Alianza para el Progreso implicaba menos gente para más campo. Ese proceso de desplazamiento masivo se consolidó con la arremetida paramilitar de finales de siglo y la dramática transformación del Sinú por la construcción de la hidroeléctrica de Urrá. Y antes que amilanarse con el cambio climático, la voracidad de los terratenientes continúa sin vergüenza: Erasmo Zuleta, el gobernador de Córdoba, es poseedor de una finca con ciénaga, un gusto mafioso impedido en teoría por la ley colombiana y la Convención Ramsar de los Humedales. Entonces Zuleta construyó jarillones para secarla y que así no le pongan mucho problema por lo que es suyo.

Durante quién sabe cuántos siglos, los habitantes de las ciénagas se movían por ellas con libertad, monteando la liga. Así lo hicieron Alexander, Isaac y Cogollo de muchachos. Buscando asegurar su propiedad, los terratenientes locales han empezado a cerrar la ciénaga con cercas eléctricas. Según Alexander, alrededor de Chimá hay más de doscientas hectáreas electrificadas. Y si los campesinos logran superarlas, vigilancia enfierrada les anuncia que estos humedales son ahora propiedad privada. Ahora vivir al lado de una ciénaga, como de un río, es un encarte.

Las carreteras, como las casas, como las haciendas, se construyeron sobre ellas durante muchos años. Ahora mismo poderes locales planean construir un extenso jarillón de Lorica a Purísima, una traición más a la ciénaga de Lorica, la más grande del bajo Sinú. La Oxy quiere aprovechar que hay pocos interesados y convertir las ciénagas del Medio Sinú en campos de gas conectados con Cartagena.

Entre Ciénaga de Oro y Chimá se abre uno de los paisajes más hermosos que he visto en mi vida, un extenso complejo cenagoso rodeado por guayacanes y sangregallinas en plena floración, sus flores empantanando el agua diáfana del espejo. Pero en la mitad de una ciénaga convertida en el antejardín de una hacienda, una valla publicitaria anuncia para el Senado a Milena Flórez, esposa del condenado Musa Besaile.

En 1991 Cogollo intentó por primera vez subir al alto del Paramillo, a donde nace el Sinú. Solo otras dos expediciones habían logrado coronar antes el alto. Cogollo arrancó la subida por Ituango, por el Bajo Inglés y siguió por Santana y luego La Redonda. Alcanzó a llegar a los 3100 metros pero dio la vuelta. Lo volvió a intentar en el 93, con el botánico valluno Hermes Cuadros y con Alwyn Genthry, del jardín botánico de Missouri, una leyenda de la botánica neotropical del siglo XX. En vez de seguir por La Redonda, remontaron a machete el cauce del río Ituango. La selva húmeda dio paso a los bosques de montaña y los bosques de montaña al páramo más inexplorado del país, donde nace el San Jorge, donde nace el Sinú.

Pero no había laguna por ninguna parte. Apenas unos hilos lentos en el silencio del páramo. Ese era el nacimiento del Sinú. Cogollo tomó fotos apresuradamente. No tenían suficiente agua. Tenían que bajar de nuevo. Después de recargar las cantimploras en el río Ituango, se perdieron. Los morrales les pesaban con las muestras de todo lo que habían recolectado. El bosque espeso se cerraba contra ellos y la comida se había agotado. Ahí encontraron una mora silvestre gigantesca que Cogollo jamás volvió a ver y que les calmó el hambre un instante. Sin signos de camino, Cogollo se acostó en su morral a calmar el cansancio. Cuando caía la noche, un grito lo levantó: “¡Mierda de vaca!”. Era Genthry, que había visto la civilización.

De regreso al caserío de Santa Ana, decidieron cruzar el nudo por un filo menos elevado y salir al otro lado, al pueblo de Juan José en la cuenca del San Jorge. Los interceptó una avanzada de las Farc. Los venían siguiendo. Tuvieron que devolverse y en el camino de regreso Álvaro se volvió a fijar en una planta “que en el trayecto nos estuvo mamando gallo”. Luego sabrían que era una Metteniusa, ahora llamada Metteniusa cogolloi. Cuando Álvaro fue a revelar el rollo de las fotos que tomó en el alto del Paramillo, el rollo estaba quemado. No quedó nada de las aguas del Sinú.

El mismo año que Cogollo escaló el Paramillo el Inderena otorgó una licencia ambiental a la que hasta entonces era la hidroeléctrica más grande del país, una fantasía de control de la naturaleza que bajaba desde la Alianza para el Progreso: Urrá. Abeja en eberá. El aguijón de la abeja destruyó 7400 hectáreas del Paramillo y desplazó a más de tres mil personas, la mayoría indígenas emberá de los resguardos de Karagabí e Iwagadó.

El activismo contra la represa se organizó en Tierralta alrededor de Simón Domicó y Kimy Pernía. En Bogotá el cordobés Paul Sánchez Puche fue financiado por el Cinep para impulsar un movimiento clave en la historia de las luchas ecológicas contra el pillaje energético. El lema de Urrá, “Energía para el desarrollo de Córdoba”, resultó ser poco más que una burla. Durante años la clase alta de Córdoba y Antioquia utilizó escuadrones de la muerte para asegurarse el control de la montaña e imponer el proyecto sobre los cadáveres que fueran necesarios.

Aunque el movimiento logró impedir que se construyera una segunda hidroeléctrica junto a la primera, Urrá 2, en el año 2000 la culminación de la construcción y el cierre de las compuertas le dieron lo que parecía ser la última puñalada al Sinú. Urrá contribuyó al declive de las ciénagas de Córdoba al no suplir el mismo caudal de antes al gran complejo de la ciénaga de Lorica. La población de pescados del Sinú colapsó. Y justo lo opuesto de la agricultura zenú que usaba al río para dar gran fertilidad a las planicies, al descender el nivel freático, las tierras de Córdoba se irán salinizando con cada año de operación de Urrá.

La primera selva húmeda que conoció Cogollo fue cerca del río Carare, en Campo Capote. Nunca había visto nada igual. Estaba en primer semestre y había logrado que lo aceptaran en el semillero de botánica de Enrique Rentería. Incluso para él, que venía de las infinitas ciénagas del Sinú. Esa selva no tuvo par, ni aún hoy, porque en algunas décadas había sido completamente arrasada. Ahora el que vuelva a ver ese paraje se va a encontrar solo con tierra yerma para el ganado y el petróleo. “La vida de un ser humano es demasiado corta ante cambios de esa clase”, me dijo Cogollo.

Más de doscientas mil personas sufrieron las inundaciones y 35 000 hectáreas se inundaron en Córdoba, apenas una muestra de lo que vendrá después. Las ciénagas volverán. El futuro para alguien como Karleth es incierto. La tierra firme está desapareciendo debajo de sus pies. La clase política cordobesa ha reaccionado con el apropiado cinismo: “Borrón y cuenta nueva”, es el eslogan de David Barguil, ahora senador del Partido Conservador.

Hace más de treinta años, Cogollo fue a un evento en Montelíbano. Ahí vio a unos árboles curiosos, sembrados en fila. Veintiséis años después se los volvió a encontrar, en Tierralta. “Ahí mismo me acordé”. Luego en la ciénaga de Betancí los volvió a ver. Eran de una especie nueva, la primera que descubre en su departamento, la Cordia nicandroides. Llega a los veinticinco metros de altura, florece en cientos de flores blancas y su pariente más cercano está a miles de kilómetros de distancia, en la caatinga brasileña. Es un descubrimiento con profundas implicaciones para la conectividad vegetal del continente. Pero ahora Cogollo encuentra el árbol en partes insospechadas de Córdoba y la Costa. Siempre estuvo ahí. Lo único que tuvo que hacer fue volver a mirar.



¡Comparte esta historia!





,

Receta de luz

Receta de luz

por CARLOS SUÁREZ QUICENO • Ilustración de Alejandra Pérez


Número 148 Marzo de 2026

I

Aunque atravesamos la montaña, el Nevado del Ruiz había permanecido oculto a nuestros ojos. En el segundo día descendíamos por la carretera de Murillo a Armero, en el departamento del Tolima. Ahora el valle del río Magdalena aparecía alternativamente a uno y otro lado de la vía. En el último tramo alcanzamos a ver un restaurante que ofrecía chivo a la brasa.

Acaso porque era la última oportunidad de contemplar ese paisaje o por la proximidad del mediodía, nos detuvimos. Un horno de hierro humeaba a la entrada de una amplia caseta de hierro y lata. Dos árboles de mango guardaban el frente donde se ubicaba un aviso: Doña Luz. Atrás y por ahí dispersos se veían unos arbolitos que luego supimos que eran de moringa, el árbol de la vida.

Una señora, cercana a los setenta años, de cara abrasada por el sol, habló con cierto acento tolimense y nos confirmó que sí había chivo, pero solo costilla o sobrebarriga, porque la carne magra ya se había acabado. Añadió, con cierta confusión, que la sobrebarriga incluía costilla. Al fin entendimos que todo era un mismo plato, y nos conformamos viendo que el asador tenía carbón.

Mientras esperábamos el pedido recorrimos la caseta azul y blanca. Un hombre de bigote estaba sentado en una mecedora de la que se levantó para ir a atender el fuego. En una pared cercana había muchas fotos de álbumes familiares impresas en tres lonas envejecidas y maltratadas. Tenían una leyenda: Memorias de Armero. Eran estampas de los desaparecidos pobladores de Armero en reuniones familiares, en celebraciones, reinados y encuentros deportivos. Las imágenes, medio sostenidas entre la pared y un enrejado contiguo, miraban de soslayo al valle.

Hablamos entonces de las fotos y del paisaje, mientras el costillar rechinaba al carbón. Preguntamos lo obvio y la pareja confirmó que las fotos eran parte del recuerdo de los que perecieron hace cuarenta años.

—Yo perdí veintidós familiares… Y ella once —dijo el hombre señalando a su esposa.

—¿Y sus hijos? ¿Y ustedes cómo se salvaron? —preguntamos.

Entonces siguió hablando el hombre, que para ese momento ya sabíamos que se llamaba Antonio: 

—Yo trabajaba allí, al otro lado de la carretera, en un molino. Ahí vivíamos mientras nuestros dos hijos se quedaban en el pueblo con la abuela. Esa noche habían venido para que les firmáramos un permiso para un paseo de la escuela. Se quedaron a dormir aquí y al otro día ya no encontraron nada.

—¿Y qué pasó con la abuela? —seguimos preguntando.

La abuela esa noche sintió un ruido como el que hacían en las celebraciones de los partidos de fútbol. Salió a la puerta con una linterna y un machete para ver qué pasaba. En ese momento alguien la tomó cargada y la montó a un carro de los bomberos que subía hacia el cerro para escapar de la avalancha. Cuando se pusieron a salvo, las llantas ya tenían pantano.

Pasamos luego a disfrutar del plato de chivo, en franca lucha con la sobrebarriga. La sazón era única, no recordábamos el sabor del chivo. Las costillas huesudas, exiguas, dejaban una promesa.

Ellos debieron estar muy jóvenes en aquel fatídico año 1985. Don Antonio siguió trabajando en el molino. Años más tarde, la tierra aún quería sepultarlo. Un derrumbe lo sorprendió mientras cortaba un tajo de caña. Quedó enterrado de medio lado, apenas sobresalían la cabeza y un hombro.

—Entonces me di cuenta de que podía respirar, pero tenía que hacer como un marrano, suavecito, sin soltar el aire del todo; porque entonces la tierra me aprisionaría. En esas llegó mi hijo y me sacó. Desde entonces quedé con un nudo en la rodilla.

Efectivamente, caminaba con el pie izquierdo en comba. Hace muchos años que abrieron el restaurante. Venden chivo y avena. La avena es una fórmula secreta que tuvieron que descubrir por sí mismos, porque el cuñado de doña Lucila, como oímos que la llamaba su esposo, les cobraba diez millones de pesos por dársela y los obligaba a venderla lejos de allí, para no hacerle competencia. Entonces ellos se indignaron y buscaron por sí mismos la receta. Y como testimonio de su relato, la mujer fue al refrigerador y sirvió dos vasos pequeños de un líquido nebuloso, brillante, casi traslúcido que nos ofreció en silencio. Lo degusté con absoluta sorpresa: una avena fría, de consistencia fluida, con un sabor que no la hacía comparable a ninguna otra. Le pregunté cómo se hacía.

Ya hablábamos con tan amistosa confianza que también nos ofrecieron semillas de moringa. Doña Lucila dijo que ellos no eran egoístas, que les gustaba compartir lo que sabían y ofreció darnos la receta escrita. Así lo hizo. Se levantó de la mesa cercana y fue hasta la cocina que se apreciaba detrás de unas rejas, y volvió con un trozo de papel y un lapicero. Escribía mientras yo escuchaba la conversación que mantenía don Antonio acerca del cultivo de la moringa.

Ella volvió al tema:

—Aquí venían unas señoras a tomar avena y decían “esto sí es avena de verdad”. Y vaciaban el vaso y repetían. Luego entregamos el restaurante y no hace mucho regresamos; pero ya estamos muy viejos y queremos alquilar de nuevo.

Entretanto, me dejó ver la receta y empezó a hablar acerca de un ingrediente que era una esencia de arequipe y de la importancia de que la leche fuera de tal marca y que además le agregara leche en polvo. El primer ingrediente que aparecía en la receta era Yucarina, la tradicional harina de yuca. Los revisé mientras escuchaba las explicaciones. Le advertí que había olvidado escribir el ingrediente principal: la avena.

Entonces ella, como por darme gusto, lo escribió al final del papelito, casi al borde y me dijo.

—Es que si usted quiere le echa avena, pero la verdad es que no la necesita.

Acaso ese era el secreto de la avena de doña Lucila, que no tenía avena, pero estaba llena de luz.

II

Era hora de seguir el camino y la conversación no terminaba. Pagamos el almuerzo y otro poco por todo lo demás. Don Antonio hizo lo propio, salió con nosotros y nos mostró los árboles de la vida. Cortó dos esquejes y nos los ofreció para que lográramos más pronto la cosecha, porque las semillas suelen ser lentas. Esa vida de los árboles era el único robo que había hecho en su vida, recordó mientras nos los obsequiaba. La charla de la avena que sostuve con doña Lucila estuvo combinada con la de la moringa que mantenía don Antonio con mi esposa:

—Yo trabajé con un ingeniero… Estábamos en una finca donde tenían un criadero de cerdos y los alimentaban con moringa y cuidos especiales. Todo era para exportar. Esa finca como que era de un mafioso. A la hora del almuerzo nos hicimos debajo de un árbol para aprovechar la sombra. Entonces, el ingeniero me hizo señas y yo empecé a coger todas las semillas que pude, aunque allá había mucha vigilancia. Pasó luego el tiempo y me olvidé de ellas, hasta que las sembré y logré que crecieran varios arbolitos. En la pandemia venían a comprarme las hojas. Muchos se salvaron del covid con esta planta. Me ofrecían comprarme todas las hojas que tuviera.

Antes de continuar el viaje, también alcancé a ver algo así como las semillas de una casa, unos ladrillos arrumados a la espera del capricho de alguna mano. ¿Qué sería? Más tarde lo entendí: allí construirá una casa doña Lucila, cuando alquilen de nuevo el restaurante. Probablemente se dedique, entonces, pensativa, a mirar el valle.

Habían conservado la vida donde tantos la perdieron, pero debió serles muy difícil continuar tan solos. Ahora la vejez se cierne implacable sobre ellos, acaso lo que más les importe ya sea recordar todo aquello por lo que valió la pena seguir, todo aquello que les permitió sobrevivir mientras se convierten a su vez en un recuerdo.

Al despedirnos sentí que había estado en un lugar donde se cuece la supervivencia, un lugar al que algún día volvería, ¿pero estarán entonces estos viejos valerosos? Un poco más adelante, sin haber dejado aún de pensar en el restaurante Doña Luz, nos encontramos con lo único que pudimos ver de Armero: un peaje que conserva el nombre del desaparecido poblado. Nada quedaba de lo que fue, en todo había algo fantasmal, contradictorio. Nos alejábamos al fin del cerro blanco, de Cumanday como le decían los quimbaya, de las garras del león dormido.



¡Comparte esta historia!





,

Yo no nací sino para amar

Yo no nací sino para amar

por PAULA ANDREA MARÍN COLORADO • Ilustración de Hansel Obando


Número 148 Marzo de 2026

Es julio de 1868. Eusebio Liborio viaja de Bogotá a Tocaima (Cundinamarca) para tomar posesión de una hacienda familiar que su mamá Blasina había heredado del abuelo Miguel: La Ceiba. Allí, planea hacer el montaje de un establecimiento de añil. Lleva meses escuchando a Miguel Antonio, su hermano mayor, y a amigos de la familia hablar del éxito del añil en el exterior, especialmente en Londres, a donde le han dicho que es fácil exportarlo. A sus 23 años, Eusebio debe tomar la primera decisión importante de su vida: definir su profesión u oficio. Eusebio no solo piensa en su familia, sino en la mujer de la que está profundamente enamorado: Susana. Si el establecimiento de añil fracasa, no se podrá casar con ella, defraudará a su familia, los dejará en la ruina y no podrá sobrevivir sin el amor de su amada.

Eusebio ha leído varios de los manuales y artículos de prensa que se han publicado, en los que se explica el proceso de cultivo y extracción del añil. Los libros no tienen gráficos ni ilustraciones, pero las descripciones son muy detalladas. Cuando va a llevar las cartas para Bogotá habla con los hombres en el pueblo y todos le dan consejos para el negocio. Dónde conseguir gente de confianza para sembrar el añil, para construir el tanque, para instalar la bomba de agua. Eusebio debe encargarse de fabricar los ladrillos para hacer el tanque, al tiempo que coordina la siembra del añil y la consecución de la bomba de agua que lo surtirá con la suficiente cantidad y presión. A medida que pasa el tiempo no puede ocultar más su desesperación en las cartas a su hermana Margarita, porque el negocio exige más gastos de los que había previsto. A la falta de cálculo presupuestal se suma la inexperiencia y dificultades en el trato con albañiles y jornaleros en la hacienda, la incertidumbre del clima y la llegada de las plagas; se necesita un equilibrio entre la lluvia y el sol para que el añil pueda crecer bien, un factor incontrolable. A todo lo anterior se suma otro reto: exportar el añil a Londres.

En noviembre de 1869 Eusebio recoge la primera cosecha de añil; en julio de 1870 despacha su primera remesa para Europa y en enero de 1871 ya ha exportado varias cajas a Londres, pero las ventas no han sido tan altas como esperaba, así que empieza a vender el añil en Bogotá a un alemán que se encarga de exportarlo. Para junio de 1871, Eusebio comienza a fraguar el plan de vender el establecimiento: “Estoi convencido ya que en este negocio no se gana sino mui poca cosa que luego vendrá a perderse en un fuerte verano”, le escribe a su hermana el 17 de junio de 1871. Para septiembre del mismo año, le explica a su hermana que hacer el avalúo del establecimiento es difícil, pues “esta empresa de añil es calificada de mala por muchos de los que hasta ahora poco la creían tan buena”. Para julio de 1872, Eusebio, si bien se encuentra aún en La Ceiba, ya no menciona nada sobre el añil en sus cartas; sus angustias han desaparecido. Está feliz porque está preparando su matrimonio con Susana, con quien vivirá en la hacienda desde 1873.

El desenlace de la aventura de Eusebio Liborio no es excepcional. El boom del cultivo del añil en Colombia fue efímero: duró menos de una década. A partir de 1850 los países europeos aumentaron su demanda de productos agrícolas y mineros, provenientes de Latinoamérica. En Colombia, esa demanda se concentró en el cacao, el tabaco y la quina, el producto más exportado en el país durante el siglo XIX. A finales del siglo, el café los desplaza a todos. A mediados de la década de 1860, descendió el cultivo del tabaco y se encontraron oportunidades para la producción y exportación del añil en las regiones de Ambalema y Honda (cerca de Tocaima), pero en la década de 1870 la producción se arruinó porque en Prusia inventaron los colorantes artificiales y Bengala se restableció como principal abastecedor de añil para el mercado inglés. A diferencia del tabaco y la quina, el añil requería una inversión de capital significativa y suponía un riesgo de inversión mayor, pues se necesitaba procesar el producto del cultivo y este agotaba muy pronto la productividad de la tierra. Según afirma Carolina Sastoque, en su artículo «Tabaco, quina y añil en el siglo XIX. Bonanzas efímeras», “solo comerciantes y terratenientes de reconocida trayectoria contaban con la acumulación de capital para iniciar tal negocio”. Eusebio Liborio Caro Tobar no encajaba en ninguna de estas posiciones.

Los Caro Tobar no eran una familia muy acaudalada. Desde que llegó a Colombia el primer Caro, proveniente de España, a finales del siglo XVIII, generación tras generación, los hombres habían ocupado distintos cargos como funcionarios públicos (sobre todo, en Hacienda), primero de la Corona española y luego de la república. Con la Independencia, fue Nicolasa Ibáñez, abuela de Margarita, Eusebio Liborio y Miguel Antonio, quien había intercedido por su esposo, Antonio José Caro, ante Simón Bolívar, para que obtuviera un cargo en el gobierno de la nueva república. Luego de su distanciamiento de Bolívar, Nicolasa fue muy cercana a Francisco de Paula Santander, quien también otorgó a su esposo un cargo como funcionario público. Es con José Eusebio Caro (padre de los hermanos Caro Tobar), que los hombres Caro empezarán a ocupar cargos ya no solo como funcionarios públicos, sino también como políticos en el Congreso (adscritos al Partido Conservador) y que se empezarán a desempeñar como escritores públicos (fundadores y redactores de periódicos, y autores de libros), como lo será Miguel Antonio, quien también ocupó el cargo de presidente de la república. Cuando José Eusebio se casa con Blasina Tobar, ella aporta el capital económico a una familia que solo lo tenía en términos sociales, culturales y políticos.

Las cartas entre los hermanos acompañan los esfuerzos de Eusebio; junto a ellos, hay otros temas importantes, como la salud. Hay una insistencia en el cuidado que Eusebio debe procurarse para no causar sufrimiento a su familia. Según Beatriz Castro (en el libro Historia de la vida cotidiana en Colombia), el periodo 1855-1872 fue una época en la que los ciudadanos padecieron de mucha ansiedad, no solamente por las guerras civiles, sino por las pestes, epidemias (de viruela, sarampión, tosferina, disentería y gripe) y por la mortandad de mujeres y niños durante los partos; la mortalidad infantil era del sesenta por ciento. Ante esta cercanía constante de la experiencia de muerte, la religión católica se convirtió en un refugio. La presencia del credo católico es muy enfática en las cartas entre los hermanos Caro; la virtud cristiana que más se menciona en ellas es la resignación, la “conformidad con la que se deben llevar las muchas amarguras de que está llena la vida” (carta de Eusebio a Margarita, 26 de agosto de 1871). Eusebio se siente menos apto para lograr esta resignación y le escribe a su hermana: “Yo soy malo y tú una santa” (carta del 28 de enero de 1869).

Las cartas entre Margarita y Eusebio no se leen solamente como cartas entre hermanos, sino entre dos seres que han construido una amistad, es decir, un tipo de relación excepcional entre hombres y mujeres en la época (a las mujeres les restringían mucho las relaciones con los hombres, pues se temía por la pérdida de su “virtud”), a través de la cual podemos acceder a su mundo emocional. La complicidad entre Eusebio y Margarita es clara en las cartas desde su niñez, cuando él estaba internado en el colegio; en una de las cartas, le pide a Margarita que interceda por él ante su mamá para que lo saque de interno, porque está muy aburrido de estar encerrado. De esta complicidad y grado de intimidad alcanzado en el vínculo entre los hermanos se desprende otro tema muy importante en las cartas: la relación afectiva que cada uno de ellos estaba comenzando con quienes luego serían sus cónyuges: Susana de Narváez Guerra y Carlos Holguín Mallarino.

Sus nombres no aparecen en las cartas (solo alusiones a ese “él” y a esa “Ella”), sino hasta que el compromiso de matrimonio es oficial en ambas parejas. Susana le había pedido a Eusebio que no le escribiera, porque, al parecer, esto le producía demasiada ansiedad; ella sufría por no ver a Eusebio y manifestaba celos. Por su parte, Eusebio también sufría, no solo por no tener noticias de Susana (que le solicitaba frecuentemente a Margarita), sino por no tener el patrimonio suficiente para casarse con ella: “Espero nuestro matrimonio como una salvación para mí. ¿Que qué me ha faltado para realizarlo? Dinero” (carta a Margarita del 24 de junio de 1871). En mayo de 1870, tras la aprobación de la propuesta de matrimonio por parte de Susana y de sus padres, la familia Caro Tobar la acepta como futura esposa de Eusebio; luego de esto, su hermano Miguel Antonio comienza a visitar la casa de los Narváez Guerra y terminará casándose, en 1872 (un año antes del matrimonio de Eusebio), con la hermana menor de Susana: Ana de Narváez.

El matrimonio católico era un mandato para los hombres y, sobre todo, para las mujeres de la clase social de los hermanos Caro Tobar. Sin esposo, a las mujeres les era difícil gozar de autonomía económica y social; toda su formación tenía como única finalidad la de “cautivar un marido”, según leemos en los manuales de comportamiento de la época.

Margarita se preocupaba porque su hermano, siendo tan joven y sin tener aún un oficio o patrimonio claros estuviera pensando en casarse, guiado por los consejos de un corazón que se sentía enamorado por primera vez. Eusebio expresará durante toda su correspondencia cómo las cartas de Margarita siempre son un consuelo para su alma y lo mucho que extraña verla: “Cada carta tuya me hace una impresión tal, que no podría esplicártela. Cuando veo que ya se acaba casi siempre lloro de aflicción al ver que tú me estás pensando i que me hablas i yo no puedo verte i abrazarte” (carta a Margarita del 14 de marzo de 1869). Lo mismo le sucede a Margarita: “Dulcificas mis disgustos y mis tristezas” (carta a Eusebio del 17 de septiembre de 1873). Cada uno desea ser el mejor amigo del otro y no hacer más pesada “su carga”:

Mi amor por ti, amor que no se funda únicamente en la sangre que corre igual por nuestras venas, y que hace que todos los hermanos, a no ser excepciones monstruosas, se quieran instintivamente, sino también en la simpatía de nuestros sentimientos, en la amistad que hace nacer la estimación, y sobre todo en la extremada ternura y la confianza que tú me has inspirado desde que éramos niños. (Carta de Margarita a Eusebio del 2 de enero de 1870).

Lo que más anhelan es verse para poder hablar muy largamente; las cartas se quedan cortas para sustituir una verdadera conversación, además porque debían ser muy cautelosos con lo que se contaba en ellas, no solo debido al temor de que las palabras llegaran a destinatarios distintos (las cartas se leían en voz alta a familiares y amigos cercanos), sino por el imperativo de no preocupar en demasía a los seres queridos. Margarita le envía a Eusebio, además de las cartas, libros, periódicos y diccionarios para ayudar a paliar un poco la soledad y el aislamiento del hermano. Ambos cumplen con una tarea que, por lo general, se atribuye como propia de las mujeres: una función terapéutica de regulación de la vida emocional del otro. “Hay veces que me dan deseos de contarte ideas que no le contaría ni a mi confesor”, le escribe Margarita a su hermano (carta del 21 de septiembre de 1870).

Esta regulación emocional era un lujo en un contexto en el que hablar abiertamente de las emociones no estaba bien visto; la expresión de las emociones estaba limitada para ambos sexos, aunque especialmente para las mujeres, pese a que históricamente se haya relacionado a la mujer con esta capacidad, pues sobre ellas se ejercía —y se ejerce— mayor vigilancia sobre su comportamiento.

En el best seller de la época —que sigue editándose en la actualidad—, el Manual de urbanidad y buenas maneras de Carreño, se afirma: “Los gritos descompasados de dolor, de la sorpresa o del miedo, los saltos o demás demostraciones de alegría y el entusiasmo, los arranques de ira son enteramente características de las personas vulgares y mal educadas”. La expresión de las emociones que muestran vulnerabilidad, como el amor, tal como lo hace Eusebio en sus cartas, la podemos entender como liberación por escrito de aquella expresión que en persona no podía hacer. Sin embargo, lo interesante en el caso de Eusebio es que la expresión exaltada de los sentimientos, que vemos en sus cartas, sobre todo, los de desasosiego, miedo a la locura, pero también amor y alegría máxima, parecen ser un rasgo de su personalidad, tanto escritural como comportamental: “Yo no nací sino para amar”, le escribe a su mamá Blasina (10 de julio de 1870), y luego a su hermana: “Yo sin afectos no podría vivir, como no podría vivir un árbol sin agua” (carta a Margarita, s.f.). Eusebio parece identificarse con su padre José Eusebio Caro, el mayor exponente del romanticismo en Colombia:

¡Me he acordado mucho de papá! Me parecía cuando estaba llorando i sentía una dicha tan grande, que él me miraba desde el Cielo i que me bendecía. Nunca como ahora había podido estimar, ni graduar en todo su valor el profundo sentimiento que a él lo dominaba i que espresó tan bien en su [poema] “Lágrima de felicidad”. (Carta a Margarita del 14 de mayo de 1870).

Eusebio, a quien le gustaba cantar, tocar la cítara y practicar la ebanistería, se sentía “incapaz de hacer nada útil” y se sentía avergonzado cuando se comparaba con su cuñado Carlos Holguín (congresista, luego director del Partido Conservador y más tarde presidente de la república) y con Miguel Antonio. Esta situación expresa las presiones a las que también ha estado sometida la masculinidad dentro del sistema patriarcal.

Margarita es menos expresiva frente a sus emociones y amonesta a Eusebio por sus continuas pesadumbres, quizá también porque temía que la desazón del hermano por la falta de su amada afectara el patrimonio familiar que estaba en juego; sin embargo, en junio de 1869, le expresa que por fin lo entiende y que ya no reconvendrá más su actitud, pues ella misma ha experimentado el sufrimiento por amor, cuando su familia se opone a su matrimonio con Carlos Holguín; si antes instaba a Eusebio a que no pensara en amores tan pronto, siendo tan joven (aunque era mayor que ella) y, más aún, sabiendo que era la primera vez que se enamoraba, a partir de ese momento, será más comprensiva con su situación. Sin embargo, después de casada vuelve al tono serio de reconvención, aunque prudente, para que el hermano sea más ordenado con la economía del negocio, con el orden en el gasto.

Para un hombre —y no solo de la clase social de Eusebio—, el matrimonio demandaba tener un oficio o profesión consolidada socialmente, desde la cual pudiera ofrecerse un futuro estable a la futura esposa (y su familia). No era, pues, suficiente, con ser de la élite social, cultural y política para ser un “buen partido”, sino también demostrar suficiencia económica, como no era el caso, en un principio, de Eusebio frente a Susana, menos habiendo escogido la vía del añil. Margarita, por su parte, debía cuidar muy bien su decisión de con quién casarse, pues de ello dependía no solo su futuro, sino también el de su familia.

Esta relación epistolar entre Margarita y Eusebio Caro Tobar se cuenta a través de las cartas conservadas en el Fondo Holguín y Caro, del Instituto Caro y Cuervo (Bogotá), que apenas ahora empieza a ser explorado, y nos permite cuestionar los prejuicios sobre las relaciones de género en el siglo XIX colombiano. Si bien hubo un régimen emocional que impelía a hombres y mujeres a constreñir la expresión de sus sentimientos, Margarita y Eusebio —como todos los hombres y mujeres de todas las épocas— encontraron formas de negociar con él. En la identidad masculina de Eusebio confluyen el hombre sensible y el hombre productivo; en Margarita, la exigencia de ser el “ángel del hogar” y la mujer práctica que puede sostener el orden y la economía familiar.


Polvo eres

Polvo eres

por PASCUAL GAVIRIA 


Número 148 Marzo de 2026

La aparición de Cristo a María Magdalena, Juan de Flandes. Archivo Galería de las Colecciones Reales de Madrid. 1496-1504.

“Padre, ¿por qué me has abandonado?”, dijo Jesús en uno de sus momentos de debilidad. La más importante de sus certezas estaba flaqueando, el dolor nublaba la fe. Otro día agitó el látigo contra los mercaderes en el templo, nada de templanza, ira santa. Un momento de fiereza muy lejano a la beatitud. Frente a las tentaciones de la carne nada se dice en los evangelios oficiales ni en los apócrifos más plausibles. Pero el evangelio según Gustavo Francisco lo puso hace unas semanas en brazos y piernas de María Magdalena. El presidente insistió, en medio de sus soliloquios, en la necesidad de un Jesús presto a saciar sus necesidades, en un dios humanado, demasiado humanado. “Un hombre así sin amor no podría existir”, dijo Gustavo Francisco, “murió rodeado de las mujeres que lo amaban y eran muchas… Jesucristo hizo el amor… A lo mejor con María Magdalena”, terminó el presidente en un arrebato de lujuria verbal.

La Conferencia Episcopal puso el grito en el cielo con una carta en defensa del Dios hecho hombre célibe: “Los Obispos de Colombia invitamos a todos a leer asiduamente los evangelios y a repasar las enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica para poder llegar a la única figura de nuestro Señor Jesucristo. Y, por otra parte, invitamos a todos los que tienen dudas sobre la persona de Jesús, Señor y Mesías, a que se informen en las fuentes objetivas de los evangelios y a evitar cualquier ligereza al respecto”. Al final de la comunicación, reclamaban respeto por sus creencias así como ellos profesan respeto por las instituciones democráticas.

Sin embargo la posible relación entre Jesús y María de Magdala es un chisme histórico que ha desvelado a historiadores, hagiógrafos, creyentes y fabuladores. Lo que es claro es que María Magdalena era una preferida entre los seguidores de Jesús. Su papel era tan importante que fue la única en tocar su cadáver, la primera en ver el sepulcro vacío luego de la resurrección y la única entre sus seguidores a quien Cristo resucitado se le apareció, con su humilde atuendo de jardinero y su pala. Y en algunos escritos apócrifos se dice que Jesús la llamaba “compañera”, con la palabra griega koinônos, que no excluye la condición de esposa pero tampoco la confirma.

En El evangelio según Jesucristo, novela de José Saramago publicada en 1991, la relación entre Jesús y María de Magdala tiene un pausado y didáctico coito de tres páginas. Jesús viene caminando de regreso a casa por la orilla del Jordán. Han pasado cuatro años de peregrinaje, es un andariego de dieciocho años que quiere abrazar a su madre. Sus pies están heridos de todas las maneras, tienen la prueba de sangre de sus andares. Nunca ha visto a una mujer desnuda y su cuerpo ha comenzado a sufrir algunos temblores. Bañándose en el Jordán Jesús oye los cantos de una mujer y comienza a imaginar sus “minucias”. La erección se hace evidente: “El cuerpo de Jesús dio una señal, se hinchó lo que tenía entre las piernas, como les sucede a todos los hombres y a todos los animales, la sangre corrió veloz a un mismo sitio hasta el punto de que se le secaron súbitamente las heridas”.

Ahora imagina a la mujer viéndolo salir del río con una señal inequívoca en su túnica. Quiere buscar un rincón, un matorral para su urgencia, hasta que recuerda que el Señor le quitó la vida a Onán por derrochar su semilla. Ahora el hombre sigue el camino con una nueva ansiedad. Llegando a la ciudad de Magdala sus sandalias le reventaron una herida que tardaba en sanar. Jesús llamó a la puerta de esa casa aislada de las demás, señalada por las demás. Una mujer abrió muy pronto, Jesús estaba sentado apretando la herida que no dejaba de sangrar. Ayúdame, le dijo, y María le tendió la mano para ayudarlo a levantarse. El olor de esa mujer lo aturdió, entró en su casa apoyado en sus hombros y ceñido por su brazo. María le lavó el pie en el patio y se lo secó con un paño blanco, un sudario pedestre podría decirse.

Ese Jesús del evangelio según Saramago está indefenso frente a María de Magdala. Herido en el pie y maltrecho de ansiedad por sus recuerdos en el río. Es un adolescente cualquiera a merced de una prostituta que lo ha de curar del cuerpo y el espíritu. También él ha de redimirla, ha surgido un amor nuevo y recíproco. María vuelve con un ungüento y Jesús ya sabe que “se trata del cuerpo de una bailarina, de la risa de una mujer liviana”. Luego de la curación Jesús le pregunta cómo podía agradecerle: “Guárdame en tu recuerdo, nada más, y Jesús, no olvidaré tu bondad, y luego, llenándose de ánimo, no te olvidaré, por qué, sonrió la mujer, porque eres hermosa”. Jesús no conoce de cortejos pero parece intuirlos muy bien.

Sabía que era prostituta y que no tenía con qué pagarle, tranquilo, todos llegan igual, le dijo María. Pero Jesús no era como todos, ni por la bolsa, ni por la cara, ni por las llagas en sus pies, ni por el ritmo de su corazón. “No conozco mujer”, le dijo el hijo de Dios. “Así tenemos que empezar todos, hombres que no conocían mujer, mujeres que no conocían hombre, un día el que sabía enseñó, el que no sabía aprendió”.

Ya no es momento para testamentos ni papiros ni pruebas… Solo rumores entre Magdala y Nazareth. María lo lava, lo desnuda y lo lleva a la cama. Es su cordero, ya vendrá la comunión. Jesús cree que sus párpados lo salvarán. Su celibato, dicen los expertos, no era una elección propia sino un designio. “Eres hermoso, pero para ser perfecto tienes que abrir los ojos”, le dice la prostituta que cura su ardor.

María lo guía y le susurra, “aprende mi cuerpo… El pubis donde se demoró enredando y desenredando sus dedos”. Y luego pone sus manos en el centro del Salvador, manos que van y vienen al mismo ritmo. Es seguro que frente a la escena que se acerca, Saramago pensó en el mármol, en los viejos lienzos que retratan a Jesús y a María Magdalena: tiernos, en éxtasis espiritual, ella en cuerpo, él en espíritu. Lograr mover esos cuerpos, convertirlos en jadeos y sudor.

Pero Saramago cierra los ojos a la divinidad y describe el momento en el lecho de esa casa marcada: “… Aprende de tu cuerpo, y él lo tenía ahí, su cuerpo, tenso, duro, erecto, y sobre él estaba, desnuda y magnífica, María de Magdala, que decía, calma, no te preocupes, no te muevas, déjame a mí, entonces sintió que una parte de su cuerpo, esa, se había hundido en el cuerpo de ella, que un anillo de fuego lo envolvía, yendo y viniendo, que un estremecimiento lo sacudía por dentro, como un pez agitándose, y que de súbito se escapaba gritando, imposible, no puede ser, los peces no gritan, él, sí, era él quien gritaba, al mismo tiempo que María, gimiendo, dejaba caer su cuerpo sobre el de él, yendo a beberle en la boca el grito…”.

En la mañana repitieron el arte recién aprendido. Jesús acaba de salvar a María, su pecado la ha redimido, al menos eso podría decirle Jesús a su Dios, todo había sido por una buena causa, un cambio de sexo por conversión. Una semana duraron en la casa maldita. Lo suficiente para curar las heridas y acostumbrar los cuerpos. Luego de un largo abrazo, parte Jesús a la casa de su madre y María Magdalena le asegura que nadie volverá a la suya, ha puesto la seña en la ventana para que todos sepan que un hombre ha entrado y nunca saldrá.

María no solo le entregó su cuerpo, su oficio, su curación. Al escondido amarró veinte monedas en un nudo de la túnica de su amado, monedas impuras. Jesús llegó a casa y su madre y sus hermanos se negaron a creerle que había visto a Dios. Jesús lo repitió ante ellos y solo obtuvo burlas y rechazo. Entonces, volvió a Magdala y María le dio su don más importante: creyó en su palabra.

Quince años después, Jesús, convertido en jardinero, se le aparece a María de Magdala en el huerto donde está su tumba. Ella estira su mano para tocarlo. Tres palabras imperiosas marcan una nueva relación: “No me toques”, le dice Jesús resucitado. María de Magdala acaba de convertirse en santa.



¡Comparte esta historia!





,

Editorial 148: El Frente Frío

El Frente Frío

EDITORIAL


Número 148 Marzo de 2026

Desde las endebles oficinas de Universo Centro ha salido al fin una idea, una iniciativa con principios anémicos y alcance exiguo. Hemos decidido fundar un movimiento para la inacción política. Queremos presentarles a nuestros lectores, nunca electores, el nacimiento del Frente Frío. Fieles a nuestros propósitos no tendremos participación alguna en las próximas elecciones, no se trata de imparcialidad, nos guía el desgano. La abstención indignada no es nuestro faro, preferimos el aburrimiento, la desidia, la indiferencia. Esto, por supuesto, no es un llamado, queremos ser solo un correo no deseado.

Nuestra locha es contra la polarización. No llamamos a la conversación entre distintos ni al diálogo social ni al acuerdo sobre lo fundamental. Nos gusta el diálogo de sordos. Creemos en el mundial de fútbol como una alternativa al debate político. El Frente Frío propone al álbum de Panini como el tarjetón ideal para el 2026. Desde esta tribuna estamos seguros de que ni siquiera las cuatro horas de permiso laboral por el voto valen la pena para buscar incidencia en los próximos cuatro años de poder.

El llamado al cubículo nos parece un abuso propagandístico del Estado y estamos convencidos de que las arengas y la convocatoria a la calle, por parte de partidos y movimientos, es una extravagancia inaceptable. El Frente Frío quiere silencio, no quiere ni palomas en las plazas, ni rugidos en las calles, ni mimos en los parques. Somos ambidiestros y sabemos que el centro es un conjunto vacío. Sobra decir que por simple pereza no somos anarquistas y que solo aceptamos los ultras de las barras bravas del balón.

Respecto a los candidatos en contienda queremos dejar algunas precisiones. No se trata de descalificar, solo de llamar a la indiferencia. La apatía es la salida. Comencemos con Sergio Fajardo y su fundamentalismo. La reincidencia es una forma de violencia. Si la tercera no fue la vencida nos parece un exceso un nuevo intento. No llamamos a la moderación sino al descanso, al reposo para el candidato y los ciudadanos. Y al realismo para sus copartidarios. La alcaldía de Nuquí podría ser ideal para el retiro.

Vamos con Abelardo de la Espriella que desde su nombre nos parece desmesurado. No lo llamaremos Tigre por respeto a Radamel Falcao García. Pero desde ahí sabemos que es un impostor. No se puede ser al mismo tiempo un hombre del Sinú y del Arno. Imitar a Silvestre Dangond y a Andrea Bocelli es doble militancia. Sabemos de su gusto por las pirámides y por eso le hacemos un llamado a la serenidad. Su firma de abogados demostró que la falsificación de firmas es una industria en crecimiento. Le recomendamos una notaría. Hemos probado su ron Defensor, es bueno, pero para su hielo nos gusta más el ron Dictador. Abelardo, con moderación se goza más.

Vamos con el Pacto Histórico y su candidato Iván Cepeda. Un hombre en sordina impulsado por un megáfono. Desde el Frente Frío le proponemos El Frente Frío ser el traductor en lenguaje de señas de Gustavo Petro. Por la concordia nacional proponemos a Álvaro Uribe, su gran impulsor, como fórmula vicepresidencial. Aún hay tiempo para cambios en el tarjetón. Cuba y Nicaragua son naciones hermanas y el Frente Frío, un movimiento naciente contra los estragos del calentamiento global, espera su auxilio para sus costas inundadas. Un poco de gasolina para huir y un periodicazo de Voz Proletaria para Ortega y Díaz-Canel. En política local, le recomendamos al candidato, desde esta orilla lánguida, defender los derechos laborales de Roy, Benedetti, Euclides Torres, Julián Bedoya y otros obreros de la maquinaria, nos gusta el ocio pero queremos la reindustrialización… La gente que trabaja en silencio cobra en silencio. Frente a Venezuela, un abrazo de nuestra parte a Delcy, y que se cuide mucho. Hacemos votos para que a Aida le vaya mejor que a Francia en ese frío y provocativo palacio. Una recomendación: un corrector de estilo para su jefe que quiere dedicarse a escribir libros. El Frente Frío enviará desinteresadas hojas de vida. Y lo último, que los bastones de mando sean mansos.

Ahora vamos a hablar de Paloma y su ala moderada. Sabemos que su centro de gravedad ha cambiado. Queremos dejar una felicitación por su gran triunfo en la pequeña consulta. Comparte con Cepeda que Uribe fue su gran impulsor. Desde el Frente Frío admiramos su tesón para vencer a Cárdenas, Dávila, Luna, Gaviria, Galán, Peñalosa, Pinzón y Oviedo. Fue un trabajo fácil y eso nos gusta. Siempre queremos que las promesas se cumplan y el rayo homosexualizador era una deuda de los tiempos del plebiscito. Nos encanta que haya adoptado a Juan Daniel Oviedo. Sentimos mucho que Juan Daniel haya perdido el cien por ciento de su escucha en el oído derecho. Es interesante que la madrina política del Rayito sea María del Rosario Guerra. Lindos apellidos. No nos gusta la Paloma veintejuliera, le sale un poco forzado el discurso, pero sabemos que tiene habilidades para la escritura creativa, la estudió en Nueva York, nuestras páginas están abiertas. Nuestras urnas, cerradas.

Para terminar, dejamos claro que el Frente Frío no cree en las encuestas, lo nuestro son las apuestas. Nos gusta la política como una rama de Bet Play. Pondremos fichas para sacar partido. Pero lo nuestro es la polla del mundial.

P. d.: el Frente Frío no recibe donaciones ni adhesiones.