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La bici gramatical

por CARLOS SÁNCHEZ • Ilustración de Samuel Castaño

Exclusivo web Octubre de 2026

Leí que el viaje en bici era una buena escuela de escritura. Como entiendo que cualquier asunto humano o no, sin diferencia de lo anodino, desconocido o interesante que sea o que parezca, puede ser esa buena escuela, no encontré muy excepcional la observación, pero sí muy concerniente. Viajo en bicicleta y tengo el hábito de la escritura entre mis hábitos. La tomé entonces como de “interés personal”. Releí, repensé la frase, repasé mi experiencia de ciclista y la de otros ciclistas. Sabía de qué modo te hace merecedor de la distancia y tanto del cansancio como del descanso. Sabía de qué manera una bicicleta le narra el mundo a su ciclista, se trataba ahora de cómo esa experiencia se convertía en taller de escritura.

Tomar conciencia de la larga línea que van escribiendo las ruedas sobre los pavimentos y procurar que toda idea se deslice sin perderse por su renglón. Lograr que los acentos del pedalazo caigan concentrados en su pedazo de distancia. Que no produzcan ese inmerecido desconcierto que castiga las piernas cuando su ilusionado envión cae en el vacío. No basurear talento en la página ni esfuerzos en la carretera.

Ver que las palancas de frenos, que son cuerpos delgados, apenas un tris de bicicleta, se parecen tanto a una coma, apenas un tris de lenguaje. Ver que sí, que los frenos son unas comas capaces de concluir con acierto cada una de sus apariciones en el relato sólido del suelo. Ocurre porque los frenos comprenden los ínfimos y sorpresivos desafíos del suelo. La ruta solitaria y en inmejorable estado guarda anuncios inciertos. Los frenos estarán sin pausa ajustados y despabilados para garantía del avance.

Cuánta diferencia y provecho en el uso de sus facultades. Los frenos garantizan distintos términos de parada, algo que realza la variedad y la calidad de su servicio en la página o en el pavimento. Hay el frenazo de leve presión, el paso merma, merma sucesivamente hasta agotarse con suavidad como al final de una canción. Hay el frenazo un poco más apurado que detiene la rueda por un instante apenas. El avance prosigue en el instante siguiente y figura un punto y seguido y quizá un punto aparte. Hay esos frenazos de ligera y repetida aplicación que, por breves intervalos, disminuyen el avance a lo mínimo posible. El ciclista suspende el pedalazo, está sentado sobre el sillín, afirmado en su centro de gravedad y caracolea la rueda delantera en procura de equilibrio, no de distancia. Al mismo tiempo recoge y suelta el manubrio con reiteración técnica y nerviosa que revela la calidad de puntos suspensivos de ese momento de la marcha. Hay el freno de detención momentánea. La palanca se aplica a fondo. La bici se detiene sobre la hoja de pavimento, el ciclista pone un pie en tierra y con eso estructura un equilibrio integral suyo y de la bicicleta y necesario para la pasajera detención. Luego continúa la marcha, bien que entre en un párrafo de niebla o en una carretera de deslumbrante claridad.

La detención tiene variadas intenciones y no siempre quiere decir final. De hecho, una jornada por larga o corta que sea solo tiene una última pedalada y entre la primera y esta siempre habrá muchas detenciones por comas elementales, puntos y seguido de suave, débil respiración y solo una vez ese punto drástico de final de oración, párrafo o pedalazo.

Para la claridad en el desplazamiento, los frenos atienden amplia y espontánea lista de urgencias arriba y abajo de la escala temporal y emocional de la marcha. La intervienen y señalan en espacios, en tramos, igual que hacen las comas en un párrafo, en una página, en cien. Cada coma interviene en su página como una puntada de la historia que contiene, así como cada frenazo teje la consistencia del recorrido. Ver que un párrafo abusado por gula gramatical, digamos, un exceso de comas, puede representar holgadamente la molestia de pedalear caminos encharcados o calles empedradas o saturadas de baches.

El párrafo se deja obrar por las ruedas mientras se extiende en la hoja haciendo la distancia.

Existe el punto y aparte. El párrafo se detiene. No está cansado. No le faltan ideas ni fuerza, pero ha encontrado una pausa, un silencio, un puente. Lo asume. Sabe que al otro lado lo que sigue es un trozo más de la misma carretera.

Hay el punto de final de jornada que es un cambio total de plana o de pueblo. Ha terminado la tarde y el biciviajero se detiene para reparar las fatigas. Desmonta. Recuesta la bici, la duerme. La línea se ha detenido, el relato, que siendo de bicicletas lo es de equilibrio, prosigue, porque el movimiento se siente bien entre la quietud y el equilibrio. Sigue una noche profunda. Toda la energía del ciclista se ocupará en reparar la energía perdida, tal vez no venga a su cabeza ningún sueño.

La marcha se reanudará a la mañana siguiente (o quién sabe cuándo. Ha pasado) y siempre bajo la condición de una delicada y llamativa mayúscula encargada de encarar las novedades venideras. Habrá otra carretera, otro pueblo. Tal vez algún párrafo salga inédito de una niebla en una de sus calles. Tal vez un recuerdo para siempre lo espere en el hotel.

Y existe ese freno de final de viaje que en realidad no es nunca el punto final del relato, pues no existe tal cosa. Existe la última página de un libro, pero no el punto final de la novela. Ninguna historia se detiene, ninguna tiene fin. Se detiene el viajero, se detiene la bici. El viaje queda en suspensión. Se cierra la página, pero no el viaje que, aunque detenido, sigue abierto y divagado. 

El ciclista sabe que un escupitajo lanzado con mucha voluntad o una mirada de más a un lado de la pista pueden arrastrarlo a la caída, al choque. Ante la contingencia probable mantiene las manos avisadas sobre las encomiables palancas, capaces, en un leve apretón, de asegurarle integridad. De la misma manera el que se dedica a llenar páginas mediante su escritura, aprende pronto de su mano desbocada, sin frenos en una larga página de curvas. Aprende de su mano reprimida. Cuánto vacío, cuánta deuda con la promesa del lenguaje ansiado por la hoja desnuda.

Con el tiempo, con el entrenamiento permanente, llegará a enterarse de cuál es la velocidad de su escritura en la página del día. Sabrá que no tiene veinticuatro velocidades como cualquier bicicleta de barrio, sino una como cualquier hijo de vecino. Sabrá que tal velocidad deberá resultarle suficiente para mantener su intención y el ofrecimiento de la bicicleta en relación conveniente a las subidas y bajadas de escritura.

Atacado por las ruedas el asfalto mantiene resistencia, la ejerce. Está hecho para eso. El biciviajero avanza sobre ese suelo de materiales rígidos y grises restando inquietudes y temores. Las dudas, que al comienzo del día le mostraban tan superior y le conferían toda ventaja posible a ese suelo inanimado, al final de la jornada, si el ciclista venció la dureza gramatical de la carretera, si estaba hecho para eso, sabrá que la suya, solo es una victoria pasajera, que mañana, otra vez, otro pavimento estará en su sitio intacto y sólido esperando su paso como una página en blanco espera a otra.

Así, el escritor se apura en restar el arduo, el pesado color blanco de la página vacía. Una palabra, dos, tres. Avanza un renglón, otro. Piensa en lo lejos, aún en lo más lejos, pero mira lo cerca, su página que es el suelo donde se desplaza. Respira. Avanza. La página está caliente como un pavimento, convertida en un continuo desgarrón de líneas negras que intentan construir un recorrido y un sentido. Logra siempre el recorrido que está hecho con esfuerzo corporal, enviones y pedales, ruedas y respiraciones adecuadas, pero no siempre el sentido que pertenece a una esencialidad no visible y más compleja que el esfuerzo de piernas y pulmones. Resta el escritor, al final de una jornada, todo el poder blanco del papel o la pantalla. Vence, con reteñido palabrear esa superioridad de página en blanco y solo para encontrarla de nuevo intacta y blanca en la carretera siguiente.

Y no abandonan, biciviajero y escritor, juntos o cada uno en su propia bicicleta, mantienen alerta su convicción de que lo único con honrada y categórica importancia es continuar. Aplicados a esa seguridad avanzan sobre sus destinadas superficies y así es que salvan la promesa de sus esfuerzos.

La bici es un idioma y tiene amplia y solvente normativa, por cierto, harto amigable, podría decirse cómplice. Ella concede, por ejemplo, ser pedaleada por alguien que desconoce todo de su mecánica, como decir de su gramática y que solo sabe conducirla sin perder el equilibrio y hacer las curvas y frenar. Un bisoño al que le hacen falta unas cuantas caídas sin cerrar por eso la posibilidad de otras caídas. La bici lo recibe en compañía. Va con él. Sabe que el camino mejorará las borraduras. Así permite un libro que un escritor lo saque de donde está, un cielo o tierra prometida o algo así.

Desconocer la solución de un pinchazo, que es un incidente corriente de la carretera, será como ignorar el proceso de búsqueda en un diccionario y desconocer los trucos que evitan el pinchazo, será como carecer de diccionario.

La cámara requiere cantidad determinada de aire. Se puede palpar con los dedos o medir exactamente con un manómetro. Si más, puede estallar, si menos avanzará en resentida y pesada marcha porque la falta de aire pesa tanto como el exceso de equipaje.

Pero no existe el manómetro literario aunque cada frase, cada párrafo tiene su medida conveniente de arte, su soplo adecuado de aire. Si el escritor no conoce o no percibe esas medidas de atmósfera y de aire en sus palabras, es fácil que los párrafos queden desinflados, expuestos al brinquito insano en la tela de la lectura, bien que al final, tropezando en el viento de las páginas y gracias a la promesa de la letra en el papel, puedan leerse sus párrafos desacostumbrados y de confuso camino.

El biciviajero empuja solo y en silencio por su renglón de carretera. No puede pedirle a otro que pedalee por él. Va desplegando cuidados desde el fondo de su cabeza hacia el pavimento. Va solo. Va muy atento. Va entregado a su doble empeño de pedalear mirando el suelo riguroso y a un lado y otro el paisaje que va encontrando y al mismo tiempo dejando. Todo fluyendo en un adiós inmediato. La velocidad, como “la experiencia, no se improvisa”, ni la suya de diez o menos kilómetros por hora.

El escritor también avanza solo. Va atareado, concentrado en su página. Su herramienta: lapicero o computador (una máquina de escribir traería mucho ruido a este párrafo) produce en silencio, así como las ruedas apenas zumbando producen la distancia. El texto que está juntando ya estaba provisto con harta señalización gramatical y deudas de lenguaje desde antes de empezarlo. Va muy cuidadoso de ellas que por oficio y propiedad le anuncian los acá, los allá, los más allá de su escritura. La página en blanco es un camino inédito. El escritor la recorre, se adueña de ella igual que el biciviajero de su kilómetro. Este debe respetar orillas, acatar señales y precisar esfuerzos en el renglón de muchos kilómetros que es la carretera. Riesgos no faltan y el ciclista no siempre logra esquivarlos. El escritor busca reconocer todas las llamadas y símbolos de su ejercicio, se prepara para eso, se entrega a la tarea, pero nada le garantiza que aquellas que reconozca las interprete y use con eficacia.

Es justo hablar del esfuerzo físico de ambos. Uno y otro resuelven sus ideales sentados y con no poco compromiso muscular, óseo y mental. El ciclista, de sus nalgas que centran fuerza y equilibrio; de sus piernas, brazos y espalda que impulsan, mantienen y dirigen su esfuerzo al desplazarse. No puede permitirse un metro de descuido. Este metro puede alzarse contra él en bastante menos que un segundo. El escritor asimismo estará comprometido con sus nalgas que lo soportarán sedente, como una fuerza muerta, durante horas y días de largo peregrinaje por la página. Deberá asumirse, reconciliarse con su espalda que soportará la gravedad de esa posición y con sus manos que lo atarán a la superficie blanca y leve de la hoja.

A veces una palabra o expresión quedan sonando en la pausa de un párrafo. Ya no hay contacto visual o acústico con las letras, pero la palabra sigue viva, sigue diciendo, rodando en la curvilínea carretera cerebral igual que al suspender el pedaleo, la bici continua en marcha “regalada”, rodando perfectamente equilibrada por el impulso de una energía en desarrollo y equivalente a la acumulada en el último pedalazo.

Sí, había unos cuantos parecidos entre la escritura y la bicicleta, aunque no necesariamente destinados a escuela de escritura, muchos parecen pertenecer a una categoría diferente, la de aprender a vivir, pero aquí no se trata de tan grave asunto, algo para cuya excelencia no es necesario irse de viaje en bicicleta o dedicarse a la escritura.

Se conocen tan poco esos parecidos porque son pocos los viajes que se cuentan o se escriben, son en verdad muy pocos, nada, vistos los millones de viajes que se hacen en el mundo. Si se contaran más o si la gente viajara más, habría mayor comprensión de ellos. Se les harían menores exigencias sin restarles méritos y lejanía. Los viajeros no tendrían que regresar héroes ni millonarios. Se verían más semejanzas entre montar en bici y escribir, que seguro hay muchas más. Por ahora, volviendo a la lista referida, bastará con agregar una diferencia. No es lo mismo caerse de una página que de una bicicleta. Aunque el peligro de una coma mal puesta pueda ser fatal, muy pocos habrán muerto por la falta, acaso alguno y eso en forma de metáfora, “muerto de vergüenza”, en cambio, serán tantos los que habrán muerto por mala aplicación de los frenos y muchos más por no aplicarlos. La preceptiva de las rutas es tan constante como la gramática en la página, pero menos indulgente. La largueza gramatical en la página es una ventaja para el escritor, pero no para sus personajes. Una coma puesta en lugar indebido empobrecerá a un rico o enfermará a un sano.

“Dadme una coma y moveré el mundo”, dirá alguien, y otro: “Dadme unos frenos y lo impediré”.

Coda: Después de conocer algunas similitudes entre el viaje de bicicleta y la escritura, entre una carretera y una página de papel, conocí dos frases de campeones de ciclismo que por su aporte y precisión para el caso no omitiré.

Un mito del ciclismo mundial, Fausto Coppi (cinco veces campeón del Giro de Italia, dos veces del Tour de Francia, etcétera), recomendó: “Montar en bicicleta. Montar en bicicleta. Montar en bicicleta”, cuando le preguntaron cómo se obtendrían mejores resultados del ciclismo de competición. Puesto que su frase tiene utilidad para toda pretensión humana, no deja de guardarla para el que quiera mejores resultados de su escritura: escribir, escribir, escribir.

Otra leyenda ciclística, Greg LeMond (tres veces campeón del Tour de Francia, dos veces campeón del mundo, etcétera), produjo una semejanza por oposición cuando respondió: “Nunca es más fácil, simplemente te vuelves más rápido”. Con la mayor comprensión de su oficio un escritor no siente que le sea más fácil ni más rápido, sino más preciso, más seguro y quizá, por aumento de cuidados, más lento.

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Un ilustre desconocido

por CARLOS SÁNCHEZ • Ilustración de Señor OK

Número 148 Marzo de 2026

Rafael Barrett, español, periodista por casualidad, anarquista por “obra del libre examen” y paraguayo por adopción, fue un accidente literario y espiritual que ocurrió en Paraguay, Uruguay y Argentina entre 1904 y 1910. En tan pocos años, cuatro de ellos apurado por la tuberculosis y algunas veces por la policía, modificó el paisaje y el destino periodístico de esos países. Ocho versiones de sus obras completas, la última en 2011 en Paraguay, cerca de cincuenta antologías de su obra, investigaciones y tesis académicas recientes y de muy diferentes disciplinas ilustran su vigencia y su rizoma.

Aunque en Bogotá se publicó una antología de dos de sus libros, La solidaridad de los esfuerzos (Animal extinto, 2018), en Medellín y en Colombia la pregunta parece improcedente, pues se desconocen su obra y su nombre, tanto como su personalidad que fue otra obra que Barrett le agregó al mundo. En realidad, en Suramérica solo en esos tres países la pregunta traería respuestas suficientes.

En ellos y principalmente en Paraguay, donde es la cara más visible de la literatura nacional, después de Augusto Roa Bastos, Barrett construyó su obra de periodismo y sus cuentos, diálogos y aforismos que celebraron los escritores de mayor reconocimiento en estos países y en el mundo: Jorge Luis Borges en 1919 lo recomendó “de rodillas y con lágrimas en los ojos”, en carta a un amigo. José Enrique Rodó en 1908 en Carta abierta a Rafel Barrett, apuntó: “Yo no sé si tengo derecho a envanecerme de haber contribuido a aumentar el número de sus lectores”. Augusto Roa Bastos en 1978: “Barrett nos enseñó a escribir a los escritores paraguayos de hoy”. Otros lo han llamado “héroe”, “santo” y hasta “imprescindible” siguiendo las estimaciones de Bertolt Brecht en su conocido poema, pues habitó en su periodismo, sin pausa, guiando su obra en una militancia esencialmente moral. “Todos tenemos la obligación de vaciarnos antes de desvanecernos”, escribió, cuando ya se había vaciado casi todo.

En su vida de imprescindible abundan episodios que lo instalan en la leyenda y lo alargan hasta el mito que su obra no necesita y que su vida no rechaza ni contradice porque le pertenecen. Que nació en la aristocracia española. Que casó, al menos, cinco duelos de caballero. Que el mismísimo Ramón María del Valle-Inclán apadrinó uno de ellos. Que llegó a Paraguay como corresponsal y más bien se enlistó como soldado de una revolución. Que se inició como periodista a los 27 y dejó de hacerlo a los 34 cuando murió, puede decirse, de periodismo. Que en tan poco tiempo construyó prolífica, profunda obra siempre intransigente con los poderes, incluso antes de declararse anarquista. Que en esos años vivió la cárcel, la difamación, la censura, el destierro, la pobreza sin pausa, algún atentado y también el plagio y la gloria aunque una gloria crepuscular, tres meses antes de morir y entregarnos su huella tan altamente comparable con la de José Martí.

En este punto es probable que la pregunta inicial haya derivado en otra: ¿por qué no conocemos ese periodista? Buenas preguntas en este 2026 que es el año de su sesquicentenario natal.

Como las ponderaciones de una escritura se muestran mejor así mismas que con palabras ajenas, se ofrece aquí una muestra mínima. El resto está en Google.

La gloria

Carta abierta al señor de Phocas, en la revista Germinal, de Paraná, República Argentina:

Distinguido señor:

He visto que se dedica usted a firmar mis Moralidades, empresa poco difícil, y sin embargo superior a las fuerzas de una persona decente; pero ¿tienen razón las personas decentes? ¿No contribuyen también las demás, y tal vez mejor, a hacer justicia? Ya que las Moralidades actuales son tan de su gusto, permítame, elegante señor de Phocas, que le consagre y dirija la que estoy escribiendo en el instante, la más actual de todas, sin disputa.

Mi impresión primera fue de rabia. Si la musculatura física de usted es por el estilo de su musculatura moral, y hubiera usted estado a mano cuando abrí la revista y contemplé mi artículo prisionero, inerme y huérfano, quizás no lo hubiera usted pasado bien. Al cabo de unos minutos me serené y sonreí, consolado de este… ¿cómo diré?… de esta sustracción. Y Dios sabe que tengo al que sustrae el pensamiento y el alma por ladrón absoluto, y al que sustrae oro por ladrón relativo y en ocasiones disculpable y hasta meritorio. Mas usted conoce ya mis opiniones. La moralidad titulada El Robo, y publicada no ha mucho, ha sido de seguro leída por usted y me atrevo a esperar que la habrá usted hallado digna de su firma y de ser estampada en Germinal.

Pues bien, no solo me consolé; le quedo profundamente agradecido. Me ha proporcionado usted la sensación exquisita de la gloria, del naciente rayo de la gloria.

¡No llevo dos años de escritor militante, y ya me plagian! Y no me plagia un cualquiera, sino el señor de Phocas, el refinado personaje de Juan Lorrain, el rival del no menos maravilloso Des Esseintes de Huysmans. Tener la certeza de agradar a alguien encanta; tener la certeza de agradar a un señor de Phocas, y de agradarle hasta el extremo de arrastrarle, a él, tan delicado y pulcro, a la tentación y al delito, es cosa soberbia. Gracias, distinguido señor.

Por otra parte, ¿qué importa la firma? A usted le gustan mis ideas, las reproduce y las propaga; he ahí lo esencial; ¿qué importa la etiqueta Rafael Barrett o señor de Phocas? ¿Será distinto el vino? ¿Dejarán de ser mías las ideas? Son ellas las vivas, y no mi nombre, letrero casual. Son ellas las que constituyen mi personalidad, lo único de mi espíritu, y no las letras de mi apellido. Usted es mi vehículo, el medio de que mis ideas circulen, algo así como mi cabalgadura mental. Usted me es útil. Usted y los que son iguales a usted me son necesarios. El saqueo ha fundado la propiedad moderna. El plagio, ¡oh señor de Phocas!, fundará mi reputación y mi gloria. Porque yo, que no soy tan genio todavía, quiero serlo, quiero la gloria. Un día vendrá, señor de Phocas, en que no podrá usted plagiarme, pues los pedazos de mi sensibilidad, dispersos por obra de usted y compañeros, se habrán integrado en una gran individualidad solitaria, que llamaremos X. Y todo lo que yo haga será inmediatamente reconocido como de X; y si usted se arriesgara a suscribir una moralidad futura, la gente exclamaría por doquier: “¡Oh, el señor de Phocas caloteando a X!”.

Y entonces se cumplirá el segundo período de la gloria de X, o sea de Rafael Barrett. En lugar de imprimir mi prosa con firma ajena, pondrán mi firma a la ajena prosa. Usted, señor de Phocas, caso de que sobreviva a sus crímenes, aprovechará mi nombre para tratar de dar aceptación a sus propias producciones, y quizá de este modo conseguirá usted salir de la mediocridad en que yace.

Se pensará que bosquejo una triste imagen de la gloria. ¿No hemos de contar con el amor honrado de los hombres?

¡No! La vida que no es lucha es olvido y muerte. La admiración que no es envidia es indiferencia. La energía que no remueve el fondo cenagoso y cruel de la humanidad no es energía. La gloria sin plagio no es gloria.

¡Salud, señor de Phocas!

(6 de febrero de 1907) 

La plegaria del burro

La reciente psicología comparada revela que los animales —sobre todo los animales superiores— tienen lo necesario para ser tan infelices como nosotros; deseos, inteligencia, manías morales, remordimientos y la ilusión de la responsabilidad. El perro es hasta religioso; su dios es el hombre. Consultad los estudios de Anatole France sobre Riquet, el can de monsieur Bergeret, y quedaréis convencidos. Maeterlinck, en su artículo Sur la mort d’un petit chien, opina igual, y asegura que el perro es la única especie con que se comunica la nuestra, de alma a alma. El caballo padece un espanto incurable. Está medio loco. Las otras bestias domésticas no piensan sino en tragar. Yo, y perdóneme el gran Maeterlinck, haría una excepción con el burro. Se le ha colocado científicamente junto al caballo, pero eso no prueba nada, como no prueba mucho nuestro parecido exterior con el mono. La naturaleza gusta de disfrazarse, y no es prudente juzgar por la cáscara el fruto. Creo que somos también los dioses del asno, y que su metafísica y su teología son más profundas, más alemanas que las del perro. El asno nos reza. Escuchemos su plegaria. No seamos sordos como las demás divinidades. Escuchemos:

Hombre omnipotente, a ti me entrego en cuerpo y en espíritu. Tómame: ¿qué asno habrá bastante ciego para no ver que eres el creador del cielo y de la tierra? Si creas faroles y focos rechinantes que disipan las sombras nocturnas, vencedoras del sol, ¿no hemos de reconocerte el poder de crear el mismo sol y las exiguas estrellas? Y si creaste el pasto esencial, el grano absoluto, ¡oh señor de las mieses!, ¿no habrás creado plantas y cosas menos útiles? El que puede lo más puede lo menos. Hombre innumerable y sutil, dueño mío, tú fabricas establos sublimes y altas viviendas que duran tanto como cien generaciones de burros. Sin duda me engendraste a mí, que duro tan poco. Si existo, es por tu infinita bondad. ¿De qué te sirvo yo, torpe, lento, ingrato, irreverente, a ti, amo de los carros de fuego que devoran la distancia rodeados del universal terror? Tu mano sagrada sostiene mis horas. Cada minuto de mi existencia es un beneficio tuyo.

Tú me das de comer —¡oh misterio adorable!—, tú permites que te transporte de un punto a otro, que oprima mis lomos tu excelsa persona. ¡Y cuántas veces te he llevado con sacrílega distracción! Pero cuando resplandece tu inagotable misericordia es cuando me castigas, cuando haces caer tu santísimo palo sobre mis huesos.

Si te ocupas de mí, es con un fin trascendental. Me pegas desinteresadamente; me corriges como padre amoroso. Te propones elevarme a la vida perfecta. Tu rigor es benéfico. Mis pecados formidables merecerían torturas sin término. El crimen mayor del burro es su soberbia. Soy impaciente, colérico, cruel. Soy, además, lascivo. La lujuria de la burra, su perfidia disimulada a veces bajo las apariencias del pudor y de la virginidad nos traen vergonzosas catástrofes. ¡Ay! La burra es amarga como la muerte.

Tus palos divinos me indican mi deber; debo ser humilde, casto, resignado. No debo desanimarme en la lucha. La carne del burro es flaca, las tentaciones numerosas, pero Tú me ayudarás. Los cortos días que pasamos en un mundo de penas y de horrores obscuros, y lo inmenso de nuestros sueños, me dicen que el alma del burro es inmortal. Después que me hayan enterrado resucitaré, si fui burro y supe aprovechar las enseñanzas de tu palo santísimo; entonces me uniré a ti, y contemplaré en tu espléndido rostro la sonrisa de la eterna reconciliación.

Entonces obtendré tus caricias, que aquí abajo serían absurdas. Cuenta la leyenda que un Hombre cabalgó sobre un asno sin fustigarle, y entró así en una ciudad donde les recibieron entre palmas. Aquel Hombre era débil, y los Hombres le pusieron en una cruz. Hicieron bien. Mi Hombre es el Hombre fuerte, el Hombre del palo. Sin el palo tu majestad sería inconcebible. Obedecido y reverenciado seas por los siglos de los siglos, y hágase tu voluntad, y no la mía. (Me parece que es lo que más me conviene por ahora).

(27 de mayo de 1909)

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