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Un silencio sostenido

Un silencio sostenido

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ


Número 45 Mayo de 2013

El maestro llegó del Centro y se puso a sintonizar un radio de tres bandas, de esos en los que se pescan las frecuencias más remotas. Entre el ronquido hertziano alcanzó a oír las notas de Hacia el calvario, transmitidas por Radio Moscú. La música había cruzado la Cortina de Hierro, y en ese momento él la estaba oyendo allí, en su casa de Pichincha, en el barrio El Salvador.

No les dijo nada a sus hijos, apagó el radio, abrió el piano y siguió pulsando las teclas hasta el mediodía, en el almuerzo, cuando le comentó a Raquel, su esposa, que los rusos estaban poniendo esa canción.

Este Carlos tan requeñeque para hablar, diría ella. ¡Cómo es que oye su propia canción por allá, desde el otro lado del mundo, y se queda callado!

Iba al Café La Bastilla todos los días a encontrarse con León Zafir, ‘El Vate’ Gonzalez, Tartarín Moreira o José Mejía y Mejía, los infaltables de esa mesa. Vieco anclaba allí, pedía un tinto, se lo bogaba en silencio, sin dejar de teclear en las rodillas el piano invisible que siempre llevaba consigo. De pronto, se sorbía el poso del café, se paraba y decía: “bueno, hablamos…”. Y esas podían ser las únicas palabras que decía en toda la mañana.

Oía en su cabeza acordes y arpegios todo el tiempo, y pensaba que el resto del mundo también los oía y por eso no hacía falta decir nada. Su cabeza bullía como un panal de notas. “No me pregunte nada, por favor”, decía con frecuencia al gacetillero de turno que soñaba con la entrevista a ocho columnas. “Dígame qué quiere que le toque”, agregaba, para no parecer desatento.

Al cumplir los dieciocho, y ante el temor de ser reclutado para el servicio militar, Carlos Vieco se refugió en casa de sus padres durante tres meses. Allí llegó un pariente a sugerirle que huyera hacia la parte alta del cerro El Salvador. La idea le quedó sonando y se sentó a componer la canción Echen pal morro, un llamado a la desobediencia en ritmo de pasillo.

En la Escuela de música de Santa Cecilia el maestro de Vieco, Jesús Arriola, convenció a unos intérpretes para que la tocaran. La melodía se estrenó con aplauso cerrado en el Circo España, el escenario más popular de Medellín en los años veinte. De golpe, la pieza comenzó a ser parte del repertorio de los rollos de pianola, la música mecánica que sonaba a lo largo de la Villa. Pocos sabían que su autor era un tímido joven que enseñaba guitarra a las señoritas de la alta sociedad.

Carlos intentaba componer desde los siete años, según la leyenda familiar. Su padre, don Camilo Vieco, ebanista de profesión, también interpretaba varios instrumentos, pues había heredado el gusto por la música de su padre Emigdio Vieco, un flautista de origen italiano radicado en Yolombó en el siglo XIX.

Después de emigrar a la capital de Antioquia desde el Nordeste, Camilo conoció a María Teresa y fundaron un hogar curioso en estas tierras. Si para cualquier patriarca antioqueño la idea de que un hijo suyo se vuelva artista es sinónimo de bohemia, pobreza y holgazanería, Don Camilo en cambio pensaba que este era el mejor destino para su prole. Así que no solo matriculó a los nueve en escuelas de arte, sino que además les infundió el gusto estético que lo llevó a tallar en madera el altar mayor de varias iglesias, a tocar guitarra y a componer pasillos. Al cabo del tiempo los hermanos de Carlos no fueron diletantes sino artistas de verdad: músicos, pintores y escultores con obras renombradas. Carlos, el benjamín de la casa, después de estudiar en el Liceo Antioqueño aprendió dictado musical y armonía, como el resto de sus hermanos, para luego conformar la orquesta de los Vieco, que era un furor en los bailes de salón y en los festivales de la canción antioqueña.

Otra de las piezas más celebradas del maestro fue su obra Noches de Agua de Dios, compuesta a beneficio del leprocomio donde estaba recluido el también compositor Luis A. Calvo. Faltaban solo doce días para el acto benéfico cuando desde Agua de Dios encomendaron a un locutor que entregara la letra a Gonzalo Vidal, autor de la música del himno antioqueño. Este pretextó que era muy poco tiempo para inventar una melodía. Sugirió el nombre de ese muchacho que había compuesto Echen pal morro, cuyo talento apenas empezaba a trascender. “Ese lunes llegué a la casa, me senté al piano y me dediqué a escribir –dijo Vieco un día que andaba locuaz–. Francamente no creo que me haya demorado más de media hora. Al día siguiente, martes, madrugué, como suelo hacerlo desde joven, y le llevé la música al locutor”.

Después del estreno en el Teatro Bolívar, la facilidad para componer y el talento que resonaba en las melodías de Vieco empezaron a pregonarse por todo el país. El propio Luis A. Calvo, autor del Intermezzo número dos, vino a conocer a ese prodigio de la lied paisa. Tocaron a cuatro manos varias piezas, pero después de la visita las tías de Carlos lo obligaron a bañarse en alcohol, porque cómo se le ocurría tocar en el mismo piano con un leproso. Vieco quedó contagiado del deseo de hacer una música refinada como la de Calvo. Varias circunstancias se cruzaron para frustrar la obra que quería hacer, a la que le dedicaba largas horas y que guardaba con orden en un secreter de tres piezas. Esta música, compuesta en más de tres mil partituras, tiene un aire algo distinto de las canciones del sentir popular, las que el mercado y los poderosos le impusieron, junto con las medallas para adoptarlo como un símbolo de la raza montañera.

Hasta hoy la imagen que tenemos de Vieco es la de un compositor popular. Sus piezas aluden a escenas bucólicas que recuerdan lo que se va quedando atrás por el delirio de modernidad y la migración de los campesinos hacia la urbe. A eso tal vez se deba el eco emotivo de canciones como Adiós casita blanca o Tierra labrantía, que obligaron al maestro a hacerle más caso a ese sentimiento que a su propio deseo de hacer otra clase de música.

En 1937, en otra sesión con sus amigos del Café, León Zafir le entregó una letra para que la enviaran a un concurso que organizaba Bellas Artes. En la misma mesa el autor sacó las notas en veinte minutos. No pasó nada esa vez, y entonces Vieco, algo dolido, la mandó a un concurso en Estados Unidos, porque le gustaban las competencias. Para este segundo concurso sí les avisó a los suyos que iban a dar el veredicto por radio. Se reunieron en la sala alrededor del transistor. Un locutor de una cadena americana anunció en español los nombres de las canciones. El grito unánime se escuchó en todo el barrio. Te vi cultivando rosas había quedado de tercera entre quinientas canciones de Latinoamérica.

El reconocimiento público no disipó su inspiración, que ya tenía domesticada a punta del ejercicio cotidiano frente al piano y la escucha intensiva de las piezas en el almacén musical de su hermano Alfonso, en la Avenida De Greiff. Vieco se sentía atraído por la música europea, en especial por el vals, la zarzuela y la opereta. En alguna ocasión comentó: “qué dirá la gente si escucha estas cosas, les debe sonar muy raro”.

En 1937 se estrenó en el Teatro Junín como director de su opereta El romance esclavo, con letra de Arturo Sanín. La trama de la obra es la historia de una dama de alcurnia que en un veraneo en Santa Fe de Antioquia se enamora hasta la perdición de un esclavo. Al regresar a la Villa de la Candelaria sus padres la destierran, pues la noticia de su aventura ha llegado antes que ella. Entonces interviene Juan del Corral, quien pugna por abolir la esclavitud y favorece el encuentro de los amantes furtivos. El arrebato amoroso se convierte en el detonante principal de la independencia de Antioquia.

Aunque a las funciones iba poca gente, Vieco estaba contento con su labor de director de opereta, mientras su esposa Raquel llevaba con firmeza la batuta de un hogar con diez hijos y otras cargas de las que no podía entenderse alguien que solo pensaba en componer otra melodía aún más pegajosa que la anterior, o una contradanza para su secreter. La posteridad daría cuenta de otro Vieco, más sutil y profundo, un autor refinado a la altura de Schubert y otros maestros vieneses. Raquel entendía con admiración los largos silencios de su marido, y hasta se reía de ellos en público. Contaba que Carlos se hacía el que escuchaba las confidencias de ella mientras oía esa música interior.

El mutismo del maestro se hizo más hondo después de una tragedia familiar de la que no logró reponerse. Al regresar de su recorrido por el Centro no encontró a nadie en casa, y algunos vecinos de la calle Pichincha le contaron que a uno de sus hijos menores lo había arrollado un bus de servicio público al volver del colegio. La muerte del pequeño lo sumergió en la honda pena de la que habla una de sus canciones. Desde entonces, Vieco, triste y lejano, se refugió otra vez en la creación de una música que parece replicar el tono de su emoción de esos años.

Como saben los pocos conocedores de su obra, los que han repasado las partituras que solo interpretó en su cabeza, Vieco compuso obras en todos los géneros de la música andina. Les puso melodía a poemas de Barba Jacob cuando este aún vivía, y a los de cientos de escritores anónimos que tocaban a su casa para entregarle un papelito o se lo tiraban por debajo de la puerta, con la pretensión de que el maestro pusiera a sonar sus estrofas. Cuando alguna letra le gustaba empezaba a agitar el índice para medir los compases.

En los sesenta, el pasillo, el bambuco y la guabina fueron quedando a un lado por la irrupción de la música costeña de la mano de Lucho Bermúdez, otro prolífico. Vieco, que también hizo galerones, torbellinos, marchas, valses y zarzuelas, e incluso un réquiem de broma para un contertulio del Café La Bastilla, sufrió un traspié creativo. Cuando los productores empezaron a pedirle ritmos que surtieran la fiebre tropical, el maestro, por primera vez en su larga historia de genio repentista, se declaró impotente para traer una cumbia al mundo. Llegó a componer tangos para Agustín Magaldi y obras para Juan Pulido, el divo de Columbia Records, pero pedirle cumbias era demasiado.

Mientras tanto, con su clarinete caribeño, Bermúdez se hacía seguir de un séquito de muchachas hasta el lugar de la pachanga, como en el cuento El flautista de Hamelín. Una tarde el músico costeño y su cola de embrujadas llegaron hasta una finca que tenía Bernardo Vieco, hermano de Carlos, en las lomas de Robledo. El recato de la época los obligaba a hacer los bailes de día para que dejaran ir a las mujeres. Cuando ya la fiesta estaba prendida, se largó un aguacero que se extendió hasta por la noche. Las niñas dejaron de bailar, empezaron a agitarse nerviosas de un lado a otro del zaguán, con temor a la sanción de sus padres por la tardanza. Entonces Lucho Bermúdez, que no pudo convencerlas de que siguieran la rumba, se sentó a componer, en media hora, un tema a manera de crónica sobre lo que estaba pasando: Sal si puedes, un porro que se volvió inmortal. Pedirle a Carlos Vieco una pera de esas era el colmo, sobre todo después de la muerte de su hijo.

Los figurones del espectáculo que visitaban Medellín tenían en sus agendas una visita obligada a la casa del maestro, y se hacían tomar fotos con él mientras Vieco, como siempre, callaba y volvía a preguntar “qué quiere que le toque”. Al final de sus días, cuando una enfermedad lo postró, eran sus hijos los que iban a tocarle sus canciones. Vieco se sintió desesperar con los sonidos de sus propios ritmos, y ordenó que nadie volviera jamás a tocar ese piano.

En una de las escenas de La puntual inspiración, un documental que estaba grabando en casa del maestro, su hijo Julián Vieco, violinista jubilado de la Orquesta sinfónica de Bogotá, extrajo del secreter una partitura, la ensayó en su cabeza un rato y luego se puso a tocar una fantasía colombiana indescriptible, porque como decía el mismo Vieco, “hay otros que tienen palabras para todo, pero yo no he podido”.

“Creo que es la única vez que eso se ha escuchado –me dijo Julián, conmovido–. Lástima que usted no sea músico para entender lo que yo siento”.

A su funeral de tres días asistieron, además de sus amigos, próceres de la república, tunas, coros, reinas de belleza. La multitud tarareaba entre llantos la música de Hacia el calvario, que acompañaba el cortejo. Los amigos del Café sabían que esa obra no tenía una intención religiosa sino que era otro de los poemas de León Zafir, en el que el poeta describía su ascenso por una montaña hacia la cárcel de Concordia mientras la policía de rentas lo llevaba a empellones. Al bohemio Zafir lo habían sorprendido por esos caminos transportando tapetusa de contrabando.

El diario de la parroquia tituló No faltó nadie. Y eran tales los duelos y gemidos, que la propia viuda tuvo que tomar un megáfono para pedir que por favor no crecieran el dolor con tanto llanto porque lo que más quería Carlos Vieco era silencio.

Familia Vieco Ortiz. Fotografía Rodríguez. Carlos en el extremo izquierdo. 1944.


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Miércoles de striptease

Miércoles de striptease

por ANDRÉS DELGADO


Número 14 Septiembre de 2012

¿Por qué vamos donde las putas?
Por fetichistas y lujuriosos. Por salir de la rutina de la cama propia y saciar la curiosidad por un cuerpo ajeno y, lo mejor, un cuerpo fácil. Nos gusta el striptease porque nos fascina ver mujeres desnudas, porque de vez en cuando nos atrae el submundo y porque a estas mujeres se les puede dar palmaditas en el trasero a cuero limpio. 

El escritor Santiago Gamboa decía que si no existieran las putas tendríamos que suprimir más o menos el cincuenta por ciento de la poesía y el arte. “Es difícil dar con un poeta que no haya sido putañero o burdelesco”, escribió Gamboa. Y es verdad. La lista de los colombianos podría ser encabezada por León de Greiff, Mejía Vallejo, Mario Escobar, RH Moreno Durán, García Márquez, Barba Jacob y seguir nombrando escritores, incluyendo al propio Gamboa, hasta el final de la crónica.

Es miércoles, son las ocho de la noche y el grill La Barra Ejecutiva está casi vacío, a no ser por cinco tipos solitarios y una docena de chicas en minifalda que vagan por las mesas. Hoy es un mal día para ellas. En el local suena una salsa: Es Mark Anthony. En pleno centro de Medellín, el lugar es como cualquier striptease: música estridente, luz roja y una tarima con esqueleto de barras plateadas. El sector de la ciudad es uno de los más peligrosos. Una cuadra abajo hay cantinas herrumbrosas, burdeles sucios, residencias de mala muerte, niñas de la calle, plazas de vicio, gamines, travestis y cacorros. Todo lo más sórdido de Medellín.

La salsa deja de sonar y retumba una música discotequera. El discjokey anuncia: Con ustedes, caballeros, Andrea en la pasarela.

Sube a la tarima una muchacha delgada con un babydoll negro y tacones puntilla. Sus piernas están enfundadas en medias de malla hasta la mitad de los muslos.

—¡Disfruténla! —dice el dj—. Y se prepara Claudia, otro pastelito para la noche —anuncia.

Sin querer estoy moviendo la cabeza al ritmo de la música disco. Andrea es blanca y se contonea yendo de un lado a otro de la tarima. Desde mi puesto, pegado de la pasarela, levanto los ojos para mirarle el trasero.

Luego de unos minutos, la música cambia. Ahora suena una balada ochentera y Andrea se va para el extremo más iluminado de la tarima. Esforzándose por parecer sexy, se quita el brasier y luego la tanga. Sus pezones son rosados como carne de salmón. Quítele a una mujer lo que quiera, pero déjele los tacones y el liguero. ¡Andrea se ve maravillosa! A medio metro de mi nariz, Andrea se pone en cuatro, me ofrece el trasero y veo cómo revuelve sus carnes temblorosas. Sus porciones son como manzanas. Provoca morderlas. Andrea se acuesta, gira y me enseña a sangre fría su sexo lampiño. Todo desaparece para mí. Las mesas, los hombres, la música, las calles, Medellín, el mundo entero ya no tiene sentido, y ahora sólo existen esas pequeñas y rosadas cortinas verticales. Con gran esfuerzo levanto el rostro para mirar los ojos de Andrea. Su mirada es fría. Incluso, parece que me odia. De golpe, vuelo a la realidad. Andrea no lo está disfrutando. Baila y se toca el cuerpo como tocando cualquier cosa. Tiene el sexo seco. Me decepciono y tomo un trago de cerveza. Guillermo, un amigo putañero, alguna vez me dijo que: “a las putas se les mira el culo, pero nunca los ojos.”

Recuerdo que estoy allí para contar lo que veo. Entonces miro a los clientes. Andrea se arrastra por la tarima como una pantera y exhibe su sexo sin pudor a otros ojos. La balada sigue sonando duro. Los tipos miran ganosos. Sus ojos son prolongaciones de las manos, palpando, tentando cada porción de la carne de Andrea. Mi vecino se frota el rostro con energía. Está ansioso. La chica le desata ese feroz animal interior que quiere morder carne, lamer cuello, amasar piernas, chupar, empujar, apretar y reventar. Estas mujeres explotan la lujuria, para su provecho, y para el nuestro. Quizás si nuestras novias fueran tan lujuriosas como nosotros, no tendríamos nada qué hacer allí. El dicho popular es cierto: “Nada como una señorita en la sala, pero bien puta en la cama”. Alguna vez, una amiga me dijo que en el fondo todas las mujeres son unas putas, pero el miedo y la vergüenza las reprimen. Josefina Licitra, en una violenta diatriba contra los hombres que van donde las putas, confesó que lo que más la irritaba de un putañero es que le estaba dando a ella el lugar de santa. “Y yo, que cada tanto sueño con ser puta pero soy periodista, no me lo merezco”, concluye Josefina.

Andrea tiene el coño rasurado. Si Henry Miller viera lo que estas mujeres le hacen a su pubis, se moriría de asco. Para Miller, el misterio de un coño está en sus vellos ensortijados. Un coño rasurado no es un coño de mujer, es una tierna fracción infantil. Bukowski decía que el mejor amuleto no era guardar una pata de conejo en el bolsillo, sino acariciarle el pubis peludo a la novia.

El show acaba y Andrea recoge sus trapitos, desciende de la tarima y en las escalas se viste. La escena me parece más seductora que la anterior: Una mujer en tacones resbala por sus muslos una tanga negra y se ajusta un triángulo negro donde no hay triángulo negro. Andrea se pone los calzones de manera natural, sin el falso erotismo con el que se los quitó. En la naturalidad está la seducción. El verdadero arte de Andrea no es quitarse la ropa sino ponérsela.

La noche sigue con pocas variaciones. La serie de chicas que se empelotan en la tarima hace casi los mismos numeritos de Andrea y luego recorren las mesas pidiendo una colaboración. Para variar, le pido a una chica que se siente conmigo. Es una mezcla de niña-puta, aunque sé que no es tan niña. Es un truco de la oscuridad. Tomamos cerveza. Le pregunto cuánto vale “el cuadre”.

—Para usted, papi, vale ochenta mil.

Me doy un trago largo de cerveza. Sé que está cobrando según el marrano. Lo normal son sesenta, incluido el preservativo y la pieza. Pero eso está bien, que se aproveche de los incautos y cobre alto por su trabajo, cuando tenga oportunidad. Soportar el peso de un desconocido, que empuja y suda grasa, no es un trabajo para cualquiera.

Termino con la cerveza y me voy. Es paradójico que, mientras a los poetas les encantan las putas, lo cierto es que para la mayoría de estas mujeres su oficio resulta un trabajo de perros.


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La ciudad de 1913

La ciudad de 1913

por VERÓNICA PERFETTI


Número 32 Marzo de 2012

El plano Medellín Futuro, trazado hace casi 100 años luego de un concurso público, intentaba un primer orden para una ciudad que comenzaba a mirar el ejemplo de las grandes metrópolis. Puesto sobre la mesa se puede mirar como una especie de fotografía aérea, un retrato de los ilustres de la villa, una hoja de valorización y una utopía rayada por la realidad.

El catastro levantado en 1913 por orden del Concejo de Medellín registra 275 manzanas para una población, según el censo del año anterior, de 70.547 habitantes en el distrito y cerca de 50.000 en el área urbana. La ciudad tenía una nueva dinámica de desarrollo marcada por la prolongación del ferrocarril a Bolombolo, la gran producción de café en el departamento, la expansión de las industrias, la construcción de varias carreteras y el desarrollo de la riqueza petrolífera del país.

En este marco de ciudad los hechos urbanos que consolidaron una trama se situaron sobre el núcleo central de la vieja ciudad colonial y su inmediata periferia: Guayaquil, San Antonio, Buenos Aires, Villa Nueva y la parte baja de Bolívar, inmediata a la quebrada Santa Elena y al río Medellín.

Es posible describir así el área del ensanche que se estaba produciendo: al Oriente la zona de mayor presión por las urbanizaciones esporádicas; la quebrada Santa Elena demarcaba dos sectores de población socialmente diferenciados: al Norte incluía la parte alta de Villa Nueva, unas tres cuadras más desde la Catedral y cuatro más hasta Carabobo. En la parte baja de la zona Norte abarcaba las tierras circunvecinas al río que hacía las veces de límite natural. En el Sur la calle San Juan servía de lindero. En 1905 se había señalado un marco urbano para la ciudad que se amplió en 1912. No está de más acotar que con el barrio Berlín se empezaron a construir en Medellín, a partir de 1917, las grandes urbanizaciones situadas por fuera del perímetro urbano.

Los alrededores del Parque de Berrío mantuvieron su condición comercial, lo cual incidiría de manera significativa en los costos de la propiedad. Guayaquil conformaría un centro de servicios de alcance regional con la plaza de mercado y la Estación del Ferrocarril. Algunos de los centros comunitarios, sociales y personales de asistencia mantuvieron su asiento en la traza colonial. Sin embargo, la plaza de mercado y la plaza de ferias se localizaron con nuevas instalaciones sobre los bordes del límite urbano, y algunas fábricas y trilladoras compartieron estas áreas de extramuros. Los centros educativos de mayor atracción, la Universidad de Antioquia y el Colegio San Ignacio, junto a la Iglesia de San Francisco, conformaban la plazuela José Félix de Restrepo. Villa Nueva albergó los centros vinculados con la élite: el Circo España y años más tarde el Palacio Episcopal.

Medellín Futuro

En el número de abril 18 de 1910 del periódico La Organización, la Sociedad de Mejoras Públicas (SMP) convocó a un concurso público para premiar “el mejor plano” de Medellín Futuro. El citado concurso se sumaba a las conmemoraciones del centenario de La Independencia, iniciativa de la Sociedad San Vicente de Paúl dirigida a exhibir los avances industriales. Los términos de la convocatoria estaban orientados a mantener como base la ciudad existente, proponer modificaciones sobre el espacio público y proyectar las futuras vías determinadas entre el puente de Guayaquil, sobre el río Medellín, las tierras Cipriano (situadas arriba del Bosque de la Independencia) y las partes baldías del Oriente, aprovechables para urbanización. Este concurso planteó la posibilidad de recoger las sugerencias de la opinión informada. Paralelamente, la SMP, ente creado para el embellecimiento y ornato de Medellín, solicitaba apoyo al Concejo Municipal a través de la creación de un Acuerdo que adoptara el plano ganador como oficial, y tomara las medidas legales para asegurar el desarrollo futuro de la ciudad dentro de los parámetros de los trazos del primer puesto.

Un concurso para un proyecto urbano

En 1907 Ricardo Olano partió a Washington en viaje de negocios. Hijo de minero procedente de Santo Domingo, Antioquia, llegó a Medellín a principios de siglo y se desempeñó no solo como comerciante sino como inversionista, industrial, urbanizador y político liberal. Participó en el Concejo de Medellín en 1914 y 1918, y fue miembro más que activo de la SMP.

Olano perteneció a la élite que lideró el progreso de la ciudad entre 1900 y 1930. El ingeniero Jorge Rodríguez lo definió como el más “progresista” de su generación. Su personalidad decidida y pujante, sus dotes especiales y su visión original hicieron de él un pionero de la urbanística, reconocido en Colombia y en el exterior gracias a su participación en congresos internacionales y a su actividad como director de la revista Progreso, órgano de la SMP desde donde mantuvo un intercambio de información sobre la ciudad colombiana y el urbanismo en Estados Unidos, México, Suramérica y Europa. Para entender su visión cosmopolita basta saber que el plano de la nueva ciudad de Canberra, Australia, fue presentado y comentado en Progreso.

La visita de Olano a la biblioteca del Congreso de Washington dio a Medellín, si se la compara con el resto de las ciudades colombianas, la posibilidad de adentrarse tempranamente en algunos aspectos de la modernidad. De esa visita surgió su inquietud de realizar un “plano de la ciudad futura”. Su utopía en aquel momento era visualizar un desarrollo racional para Medellín, como más de un siglo antes lo había hecho Pierre Charles L’Enfant para la capital de Estados Unidos.

La ideología liberal de Giorgio Piccinato fue una directriz permanente de la lucha de Olano. Todos los principios del pensamiento político del italiano: los derechos ciudadanos, la participación pública, la libre actividad económica, la limitación en la intervención del Estado, fueron temas que ventiló en diferentes revistas y en la prensa. En esa reflexión de Piccinato se concluye que “la urbanística tiene en el liberalismo una de sus matrices ideológicas”. Por esto no es extraño que un ciudadano de comienzos de siglo tan progresista forjara los principios de la urbanística en Colombia.

Ricardo Olano

La idea de un plano

La oportunidad se presentó en la exposición industrial de 1910, donde el mismo Olano lanzó la propuesta de convocar a un concurso público para desarrollar un Plano del Medellín Futuro. A la idea se adhirió el señor Carlos Restrepo, quien en el periódico La Organización expuso los lineamientos de su proyecto, enmarcado dentro de las críticas a las condiciones defectuosas del trazado que mostraba la ciudad. Invocando el sentido de previsión que caracterizaba a la SMP, Restrepo presentó la imagen de “un cuadrilátero” con calles anchas que formaran el marco de la ciudad y así definieran un claro deslinde entre lo urbano y lo no urbano, demarcado con avenidas arborizadas. Tendría en sus cuatro ángulos parques o paseos públicos, de los cuales había dos proyectados: el del Centenario y el de La Ladera. Por razones de estética e higiene, Restrepo situaba al Norte, en predios baldíos sobre la carretera de salida de la ciudad, otro parque al cual denominó Parque Central. La financiación estaba inspirada por la experiencia de Nueva York con el Central Park. Los grandes problemas de inundaciones en los terrenos de los ejidos municipales serían resueltos por el cuarto parque, con una intervención de drenajes que lo hiciera aprovechable para lagos y con la siembras de eucaliptos para ir “suprimiendo el foco de infección más eminente que tiene la parte baja de la ciudad”.

El periódico La Defensa, del cual hacía parte el ingeniero Alejandro López, anunciaría el desenlace del concurso con estas palabras: “Para satisfacer la necesidad de que las construcciones futuras de la ciudad se hagan de acuerdo con un plan preconcebido y previamente estudiado y aprobado, promovió la SMP, con motivo del centenario, un concurso para premiar el plano que a una comisión asignada al efecto le pareciera más digno de ser adoptado, plano en el que constataran, además de lo actual, las correcciones que han de hacerse en lo futuro en el trazado de la ciudad, y el modo de prever su ensanche”. El primer premio fue otorgado al ingeniero Jorge Rodríguez y los siguientes a Federico Lalinde y Carlos Vallejo.

Luego de la premiación, el Concejo Municipal y la SMP crearon una comisión integrada por miembros de ambas entidades para perfeccionar el proyecto del ingeniero Rodríguez. Se tendrían en cuenta algunas de las ideas planteadas por los demás concursantes.

Una vez que en el seno de la SMP se conoció y aprobó el Plano del Medellín Futuro, se preparó el documento legal que debía ser refrendado por el Concejo. El 5 de marzo de 1913, Ricardo Olano presentó ante el Concejo la propuesta sobre “el ensanche general de la ciudad en el futuro”, y el Acuerdo fue aprobado en primer debate.

El plano fue elaborado en su fase final por los ingenieros Jorge Rodríguez (autor intelectual), Alejandro López, Enrique Olarte (ingeniero-arquitecto), Ricardo Olano, A. Londoño, José Arango, Horacio Marino Rodríguez (autodidacta de la arquitectura) y el entonces ingeniero del distrito, Mariano Roldán. Dibujaron Horacio M. Rodríguez y J.J. Gil.

Como parte de la reflexión acerca de por qué se hizo realidad este proyecto, es importante destacar el momento coyuntural de voluntad política y conciencia “citadina”. Los integrantes de la comisión del Medellín Futuro fueron ratificados en su cargo por las dos entidades rectoras hasta finales de los años veinte. En síntesis, para que el plano de Medellín Futuro se hiciera realidad, se conjugaron la iniciativa de Ricardo Olano, el empeño de la SMP, el apoyo de la Escuela de Minas, el conocimiento de los ingenieros antioqueños, la voluntad política del Concejo, el interés ciudadano, las pésimas condiciones de salubridad, el desarrollo industrial y la especulación de las tierras a urbanizar.

Un año después el Ingeniero Municipal presentó un informe acerca de la ampliación de la calle San Juan y una zona aledaña que se convertiría más tarde en la plaza de Cisneros. Este proyecto requería la inversión de una considerable suma de dinero de la que el tesoro municipal no disponía; sin embargo, se nombró una comisión para que se entendiera con los dueños de los terrenos. La cuestión fue planteada desde el punto de vista de de la voluntad del Concejo para “hacer de Medellín la ciudad moderna”.

Reglamento para el Plano de Medellín Futuro

El Acuerdo 56 de mayo 5 de 1913 obligaba a dar aviso al Ingeniero Municipal de la pretensión de edificar o reedificar sobre el área circunscrita por las calles de la ciudad, o en terrenos no urbanizados pero comprendidos dentro de la carretera de circunvalación señalada en el citado plano. A continuación se delimitaba la carretera de circunvalación que se iniciaba en el lugar denominado hoy Cuatro Esquinas. Tomando el oriente, bordeaba el gran parque hasta dos cuadras al norte del Cementerio de San Pedro, donde seguía hasta la parte más alta del barrio Pérez Triana. Continuaba por el frente del regimiento y seguía el ascenso hasta el límite del barrio Gerona y descendía por el sur del cerro de El Salvador hasta el Ferrocarril de Amagá.

La junta que asesoraría al Concejo a la hora de establecer las modificaciones pertinentes estaba integrada por el Ingeniero Municipal, dos representantes del Concejo, dos miembros asignados por la SMP y el personero. Tanto los gestores del proyecto como los miembros del Concejo eran conscientes de que si bien el plano intentaba garantizar las condiciones mínimas para la calidad de vida, al mismo tiempo suscitaba conflictos con los propietarios de los predios.

La adopción del plano como realidad obligó a valorar tres elementos que se presentaban en forma simultánea: lo existente como potencial de transformación, lo propuesto como abstracción y realidad del poder ser. Esta compleja tríada condicionaba los pilares que se habían erigido en 1890 como exigencias del momento: higiene, comodidad, ornato.

La atención prestada por Olano a la maqueta del Washington de L’Enfant, con sus claras perspectivas de ejes monumentales rodeados de parques y jardines, no dejó de ser una contemplación, pues solo podría entrever el proyecto de ensanche para Medellín traspasando los límites antiguos y desbordando hacia la periferia en busca de formas capaces de evidenciar la racionalización de la ciudad: la Gran Avenida Central que corre hasta el gran bosque, la Circunvalar que delimita una nueva periferia y congrega la ciudad alrededor de una nueva funcionalidad.

Es posible marcar la vigencia y efectos del Plano de Medellín Futuro como idea de la realización de intervenciones urbanas que cambiaron la faz del Medellín de una aldea a una nueva imagen de ciudad moderna.

La información de este artículo tiene como fuente la investigación Las Transformaciones de la Estructura Urbana de Medellín, La Colonia, El ensanche y el Plano Regulador presentada y aprobada para optar al título de Doctor Arquitecto de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid.

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Venezuela roja rojita

Venezuela roja rojita

por DAVID E. GUZMAN • Fotografías por el autor 


Número 31 Febrero de 2012

Desde que abordamos la camioneta, mis tías Carmen y Beatriz nos alertaron y dijeron que tuviéramos mucho cuidado en Caracas, que hoy en día es una de las ciudades más violentas de Suramérica, con altos índices de delincuencia, inseguridad y homicidios. La misma película de Medellín, donde Gloria y yo hemos vivido casi toda la vida, así que no era nada nuevo ese ambiente peligroso que nos pintaban. Minutos antes nos habían recogido en Maracay, la ciudad jardín, en la urbanización El centro, un lugar lleno de palos de mango entre los que vive un gallo que canta a toda hora. Eran las nueve de la mañana del primero de febrero de 2012.

Nosotros íbamos atrás. Adelante, mis tías hablaban sobre su ida a Caracas para cambiar la fecha de unos tiquetes aéreos. Dijeron que regresarían a Maracay antes de las cuatro de la tarde para evitar la cola, el taco que suele hacerse en la autopista y en el que pueden perderse horas y horas.

Tras algunos minutos de recorrido arribamos a un peaje, justo antes de tomar la autopista. Pasamos derecho, sin pagar, como los demás vehículos. Entonces supimos que los peajes en Venezuela no funcionan desde hace varios años, después de que Chávez dijera espontáneamente en una alocución que no se cobrarian más peajes en el país. Mis tías no se apasionaron al mencionar a Chávez y con serenidad opinaron que el cobro era tan irrisorio que no valía la pena, como el precio de la gasolina, que en todo caso no es gratis, pero casi: con el cascajo que en Colombia se paga una limpiada de vidrios en un semáforo, en Venezuela se tanquea una camioneta.

Avanzando por la autopista, la misma de hace veinticinco años, sin un solo cambio, vimos que el pasto seco de los costados ardía en llamas. Las ventanillas estaban cerradas y el aire acondicionado prendido. Desde ahí divisamos algunas invasiones recalentadas por el sol. En las entradas a esos poblados ondeaba siempre una bandera roja, clavada en el suelo polvoriento. “Aragua es un estado rojo rojito”, dijo Carmen, utilizando la expresión que en Venezuela se utiliza para designar al individuo, ciudad, estado, empresa o grupo humano que apoya incondicionalmente y con fervor el gobierno comandado por Hugo Chávez. Supimos que la expresión la dijo por primera vez Rafael Ramírez Carreño, Ministro de Energía y Jefe de Petróleos de Venezuela, Pdvsa, en un ataque de amor desmesurado y autoritario en nombre de ochenta mil venezolanos que trabajaban allí: “Pedevesa es roja rojita, de arriba abajo”. Desde eso, la expresión fue adoptada por “mi comandante en jefe” en sus campañas e interminables alocuciones.

Del rojo de la revolución bolivariana pasamos al rojo de la sangre. Carmen, que es médica y ejerce como anestesióloga en dos centros hospitalarios de Maracay, soltó unas cifras divulgadas hace poco por la prensa: 38 muertos en una noche en Caracas, 5.600 personas asesinadas en 2011, la sexta ciudad más violenta del mundo. “¿Qué quieren hacer exactamente en Caracas?”, preguntó Beatriz, la tía copiloto, mientras comía ciruelas: “estar allá. Hace mucho no voy y Gloria no conoce”. También dijimos que queríamos visitar un par de museos y ver las obras de Armando Reverón, el pintor y escultor venezolano que conocimos gracias a la película Reveròn, de Diego Risquez. La habíamos visto dos días antes en la Cinemateca Nacional de Maracay por ocho bolívares fuertes, menos de 800 pesos colombianos. Fue el lunes que el gobernador de Aragua decretó cívico porque Los Tigres de Aragua, el equipo de béisbol, se había coronado campeón del torneo venezolano la noche anterior. A pesar del feriado, la Cinemateca abrió sus puertas.

Reveròn. Dirigida por Diego Risquez. Venezuela, 2011.

Armando Reverón nació en Caracas en 1889 pero se fue a vivir a La Guaira, cerca al mar, y se alejó de la sociedad caraqueña porque detestaba el ambiente hipócrita, oficial y acartonado en el que se movía el arte. En la costa se casó con una negra hermosa de dientes grandes. Un miquito, que hacía sonar una campana cada vez que alguien llegaba al rancho de Armando, ofició de cura en la ceremonia. Reverón vivió y gozó como un niño, pero también sufrió: su propio mundo lo desbordó mentalmente y para la sociedad perdió el quicio. Fue ingresado a la fuerza en un hospital mental hasta que murió en 1954.

Este personaje, de barba tupida y pocas palabras, nos llegó al alma por su rebeldía, su inteligencia, su originalidad, y también porque nos recordó al poeta Raúl Gómez Jattin. “¿Cuáles son los elementos básicos de su pintura?”, le preguntaron una vez a Reverón y él respondió: “Los elementos básicos de mi pintura son dos. Anote: blanco y mierda”. Con esa respuesta definió perfectamente al mundo, a la humanidad, al menos para nosotros en ese instante de nuestra existencia, en ese teatro. Y ese blanco y mierda era lo que queríamos ver con nuestros propios ojos en la Galería Nacional, eso era lo más importante que íbamos a hacer en Caracas.

Bienvenidos

Sentí que habíamos llegado cuando miré por la ventanilla y vi en los cerros el cordón de ranchos coloridos y apeñuscados. Veníamos por la autopista Valle Coche, a la altura de Los Próceres, un paseo larguísimo con césped bien cortado, monumentos y arcos blancos enormes. A pesar de las advertencias sobre los peligros de la ciudad, estábamos serenos, nos sentíamos fuertes. La experiencia reciente de haber recorrido buena parte de Suramérica sin contratiempos ni sustos nos daba la confianza de tener afilada la intuición.

Desde el carro vimos varios murales con rostros hinchados y caricaturescos de Chávez, consignas socialistas, banderas tricolores y caudillos con patillas largas. Mientras conducía y ante la inminente separación, mi tía Carmen retomó las recomendaciones, pero esta vez se notó más interesada en alertarnos de verdad y aportó un último dato, mirándonos por el retrovisor con los ojos bien abiertos: 450 asesinatos en Caracas en enero, pilas.

Seguimos viendo los edificios con sus ventanas y balcones enrejados desde el primero hasta el último piso, como disfrazados de cárceles, con ropa tendida en lugar de cortinas. Pedí que apagaran el aire acondicionado y abrí la ventanilla: el aire tibio entró con fuerza. Penetramos en la ciudad y tomamos la avenida Francisco Miranda hasta entrar a los parqueaderos de la Torre Provincial. Faltaban instantes para despedirnos de mis tías. “Ya saben pues, moscas”, dijo Carmen dentro del ascensor, justo antes de que abriera sus puertas en el lobby del edificio. Nos abrazamos y quedamos en que al día siguiente volveríamos a Maracay por nuestra cuenta. Eran las once de la mañana.

Antes de abandonar la Torre Provincial, me aseguré de que la billetera estuviera bien metida en el bolsillo de atrás del bluyín. De equipaje solo teníamos un morral con los efectos personales de ambos. Me lo colgué en la espalda y salimos. Ahí mismo nos encontramos con la estación Chacao del metro. Estábamos sobre la misma avenida por la que habíamos llegado, la Francisco Miranda. A pesar del sol picante, decidimos caminar un poco.

En una esquina nos topamos con una carpa amarilla llena de afiches amarillos y gente de camiseta amarilla. Era una manifestación política del Partido PJ, Primero Justicia, de Capriles Radonski, el candidato que ganó el pasado doce de febrero las elecciones primarias de la oposición y tendrá la muy difícil misión de derrotar a Hugo Chávez en las presidenciales del 7 de octubre.

En el camino Gloria se sorprendió de que en el país antiyanqui por excelencia hubiera un Wendy’s. Le dije que esperara, que más adelante vería una demostración verdadera de la publicidad capitalista que aún imperaba. Anduvimos tranquilos, atentos pero sin paranoia. Con las frentes derretidas de antisolar llegamos a la estación Altamira y nos metimos al metro con la idea de ir hasta la estación Bellas Artes. Dos tiquetes nos costaron tres bolos, unos seiscientos pesos. De pie en el vagón, optamos por bajarnos antes, en la estación Sabana Grande, para continuar caminando y llegar a pie a la Plaza de los Museos y al Teatro Teresa Carreño, zona de espacio público, arte y movida cultural. La señora de una caseta de prensa y golosinas nos señaló la ruta y nos advirtió que la caminada hasta Bellas Artes era larga. Sin embargo, y sin afanes, iniciamos la caminata, señalando con curiosidad los balcones y ventanas enrejadas, esos aparta—cárceles donde viven miles de venezolanos.

En un lugar llamado Las Terrazas tomamos café negro, muy fuerte, con un pastel de jamón y queso. Estábamos cerca de la Plaza Venezuela, donde quería mostrarle a Gloria los verdaderos animales de la publicidad salvaje, pero por primera vez desde que vengo a Caracas no divisé el logo gigante de Pepsi ni la gran taza de Nescafé que hasta hace un par de años colonizaban los techos de sendos edificios en el sector donde nos encontrábamos. Me pareció lógico y pensé incluso que el gobierno se había demorado en encontrar un pretexto legal para quitar esos infames símbolos del capitalismo que ensucia el cielo con sus latas y sus cacharros.

A pesar de lo poco amigable que es Caracas para caminar, en ningún momento nos sentimos inseguros. Los pocos transeúntes contrastaban con el ronroneo permanente de los carros. Pasamos por el Colegio de Ingenieros y luego bordeamos una mezquita lujosa con una torre blanca, alta y angosta. Unos pasos más adelante un policía nos dijo que ya estábamos cerca del sector de Bellas Artes. Le pedimos un mapa pero dijo que no tenía.

Por la avenida Este 0 empezamos a ver más transeúntes, autobuses, motos, vendedores; el ruido se acrecentó, también el sol y el caos citadino. Gloria, que tenía colgada su cartera en el hombro, agarró las cargaderas y dejó el puño pegado a la axila. Yo volví a palpar la billetera y ahí estaba bien metida. Tratamos de ubicar el Parque Central para buscar El Limón, un hotel que nos recomendaron, pero la señalización era escasa. Un vendedor callejero de carpetas nos indicó que bajáramos por una calle que resultó llamarse Tito Salas, en honor al pintor venezolano que hizo cuadros gigantes de Simón Bolívar y demás próceres.

Bajamos por Tito y llegamos a la avenida Este 2. En la esquina, al pie de un semáforo, había un tumulto y dos policías. Lo primero que pensamos era que habían agarrado un ladronzuelo. La multitud estaba alrededor de algo que no se veía. A pesar del gentío quedaba espacio para pasar por un lado, pegados a un muro, así que no detuvimos la marcha. Entre los cuerpos de los curiosos alcancé a ver unas piernas estiradas en la calle, vestidas con un bluyín índigo oscuro: se desmayó alguien, pensé. De inmediato, por una intuición que ahí mismo me pareció exagerada e incluso maldadosa, le dije a Gloria: “No vayas a mirar”. Ella me hizo caso y clavó los ojos en el piso.

Avanzamos pegados al muro, muy cerca de la escena. Se oía un murmurar continuado de voces variadas, fue como entrar a un ambiente de circulación espesa que no podíamos descifrar porque no se veían más que las miradas dirigidas al piso. No había lamentos ni gritos ni drama. Antes de salir de ahí miré por segunda vez y en una milésima de segundo de horror vi acostada en el pavimento una cabeza morena y calva de la que salía un charco de sangre muy roja, rojísima. De inmediato un zumbido me convulsionó por dentro.

Le apreté la mano a mi compañera y la jalé para caminar más rápido. Siguieron tres arcadas. Iba con la mano derecha en la frente. “No, no, no”, era lo que decía o lo que pensaba. Ensordecido, adolorido, sólo escuchaba el zumbido que se mezclaba con el aire caliente. Las personas eran manchas que se movían. Sentí terror en cada paso que daba para alejarme de allí. En la siguiente avenida, México, el caos vehicular y el tránsito en general, que al principio era manejable, se complicaba. El miedo ya estaba instalado en nosotros. La mente solo me mostraba ese charco de sangre roja intensa, caliente, y esa cabeza de muerto fresquecito. Baleado. Cada persona que veía acercarse me la imaginaba desenfundando un fierro, veía mi cabeza en el pavimento con el pelo ensangrentado.

Cruzamos la avenida México abrazados, nos sentíamos desprotegidos y vulnerables. Las piernas temblaban. Los edificios parecían gigantes, o nosotros pequeñitos. Caminamos hasta la Galería Nacional pero no para entrar a ver las pinturas de Reverón. La sensibilidad había quedado en ese corrillo. Trastornada. Tampoco teníamos hambre. Le preguntamos al vigilante y nos dijo que nos metiéramos debajo de un puente para encontrar el Parque Central.

Nos dirigimos al puente pero su soledad nos hizo devolver. Dimos una vuelta enorme para llegar a la avenida Bolívar. En medio del aturdimiento alcancé a ver unos tubos grandes, de colores vivos, empotrados en un edificio. Todo se me hizo familiar. Era el Museo de los niños, había estado allí en 1987, de once años, y el recuerdo que tengo es que pasé muy bueno con mis primos y salí descrestado. Eran cuatro pisos de ciencia, juegos y conocimiento. De esa edad había visto el primer muerto, en el barrio San Germán de Medellín, tendido en la calle, bocabajo y con agujeros de bala en la espalda.

Entramos al Museo de los niños huyendo de la ciudad y buscando sosiego en los juegos y exposiciones didácticas interactivas. Dos entradas costaron 80 bolívares, unos dieciséis mil pesos. Poco a poco se fue esfumando la imagen del muerto, la risa empezó a acomodarse en nosotros y jugamos. Volvimos a vivir.

El Museo, al igual que Venezuela, parecía estancado en el tiempo, como un lugar fantasma que funciona a medias porque la otra mitad de las cosas se las tragó la falta de inversión y cuidado. Los mismos botones que hundí en el 87, los volví a hundir ahora. Me trasladé a mi época de infancia, a mis viajes a Venezuela llenos de fraternidad.

A las tres de la tarde almorzamos pollo asado. El mesero nos dijo cómo llegar a El Limón que resultó ser una pocilga asquerosa, así que huimos. Los hoteles aledaños al Teatro Teresa Carreño, expropiados por el gobierno nacional y ahora administrados por la estatal Venezolana de Turismo, estaban llenos. Dando vueltas por el sector dimos con el hotel Renovación. Tenía una pieza disponible, pero con jacuzzi. Ante el cansancio y el precio, 450 bolos, como noventa mil pesos, decidimos meternos ahí. Los pies nos palpitaban. En la habitación prendí la piscinita motorizada y nos sumergimos en ese ronquido silencioso por lo menos media hora.

Renovados volvimos a las calles de Caracas. Fuimos al Parque Los Caobos, arborizado y extenso, donde nos sorprendió la noche. De salida del parque nos sentimos en peligro, la iluminación pública era pobrísima y en medio de la oscuridad nos empezamos a llenar de miedo. Yo llevaba la billetera atrás y me la pasé para el bolsillo de adelante. Cuando me miré, vi que se veía muy gorda y aparatosa, entonces me la volví a llevar atrás. En ese momento levanté la mirada y dos tipos jóvenes me observaban. Seguimos caminando. No pudimos con la soledad del sector, ni con la oscuridad, ni con la paranoia que se apoderó de nosotros, así que decidimos entrar a un restaurante pequeño donde comimos arepa con carne desmechada. Algunas cuadras que transitamos hacia el hotel estaban solas y negras. El día tenía que terminar.

Mierda y blanco

El jueves dos de febrero nos levantamos temprano y salimos del hotel. A las dos cuadras llegamos a una esquina que se nos hizo conocida. Era la calle Tito Salas con Este 2, el mismísimo lugar de los hechos. Lo reconocí por el muro que rozamos y luego por el reguero de sangre en la vía, con puntos más secos que otros. Al frente, una venta de empanadas y parva llamada “El Paisa” estaba atiborrada de clientes, y del poste del semáforo involucrado colgaban dos afiches políticos, uno de ellos contrincante de Radonski, Pablo Pérez, cuyo lema rezaba “Por tu futuro seguro”.

Pasamos de largo porque íbamos llenos de buena energía a ver las obras de Reverón. En el camino compramos dos periódicos y los metimos al morral. Llegamos a la Galería Nacional y empezamos el recorrido hasta que nos topamos con una sección dedicada a Armando. Incluía algunas pinturas, la muñeca Seferina, que había diseñado para no tener que llevar modelos a la casa y evitar que su negra Juanita lo celara, y un par de esculturas. Aquella experiencia nos produjo el sentimiento alegre y sencillo de ver con nuestros propios ojos las obras de aquel pintor venezolano que nos había enamorado. Haber visto estas obras de Reverón fue un triunfo. Y el viaje a Caracas fue para nosotros como él dijo alguna vez que eran los elementos de su pintura: mierda y blanco.

Nos fuimos para el Capitolio en metro. Almorzamos pabellón, un plato con caraotas, carne desmechada, tajadas de maduro y arroz. De repente sonó el celular que nos habían prestado mis tías. Eran ellas. Estaban de regreso en Caracas porque se les había quedado un papel y nos dijeron que fuéramos a las cuatro de la tarde a la Torre Provincial para que regresáramos juntos a Maracay. Nos quedaban un par de horas más en la ciudad. El tiempo suficiente para conocer el Parque Bolívar.

Al llegar allí escuchamos un rock escuálido. Era uno de los eventos conmemorativos del Febrero de la Revolución decretado por Chávez, y en el que todos los asistentes tenían camisetas rojas. En un costado del parque leímos la prensa. A veces, unas confianzudas ardillas negras bajaban de los árboles y comían maní de la mano de la gente. También visitamos el caserón natal del Libertador y el Museo Bolivariano, y pudimos ver una venta móvil de arepas y un mercado popular de alimentos, ambos subsidiados por el gobierno y con largas filas de compradores.

Escurridos de calor y de cansancio nos metimos al metro con rumbo a la Torre Provincial. La visita a Caracas llegaba a su fin. Como faltaban quince minutos para que mis tías salieran de su diligencia, dimos una vuelta a la manzana y encontramos una tienda de video. Preguntamos por cine venezolano y nos mostraron cuatro películas: Secuestro Express, El Hermano, Sumas y Restas y la Virgen de los Sicarios. La misma sangre.

En el hermano país de la República Bolivariana de Venezuela estuvimos unos días más. El sábado 4 de febrero, en el paseo Los Próceres, se celebraron los veinte años del fallido golpe de Estado que encabezó Hugo Chávez en 1992, el que lo catapultó a la presidencia y lo hizo merecedor del afecto de la mitad del pueblo venezolano que hoy, rojo rojito, lo apoya con devoción, mientras que la otra mitad, fuerte opositora, le reprocha cada acción a su gobierno.

Ese mismo día, mientras todos los canales nacionales transmitían el desfile militar conmemorativo, revisé prensa en Internet. En El Universal, al final del reporte del asesinato de un ex policía, encontré el entretítulo “Otros casos”, que decía así: “En Bellas Artes, frente al centro comercial Parque Caracas, ultimaron la tarde del miércoles a Richard Sanoja Istúriz, de 23 años. Era mototaxista y lo atacaron a tiros delante de transeúntes. La zona fue acordonada por la policía. Por ese caso no hubo detenidos”. El muerto que vi. Leí también que doce cadáveres habían entrado a la morgue de Bello Monte en las primeras 36 horas de febrero. Apagué el computador y con una incomodidad en el pecho, escuchando a Chávez decir que hay que seguir la marcha con los muertos dentro de nosotros mismos, me dispuse a empacar la maleta para regresar a Colombia.



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Un perro caliente con ella en la mejor esquina de América

Un perro caliente con ella
en la mejor esquina de América

por JORGE IVÁN AGUDELO


Número 27 Septiembre de 2011

—Tintín Tantán… lleve gallina—, y bailaba el perrero hacia nosotros como impulsado por su estribillo.

Hacía años que no lo veíamos; tanto tiempo había pasado, que caminamos un poco incrédulos hasta ese cruce de calles donde siempre nos esperó su carrito, sus malos chistes, sus canciones inventadas…

—Eavemaria… qué milagro, la última vez que vinieron por acá yo tenía todos los dientes y ustedes eran dos niños… y ahora hasta hijos tendrán… ¿Se casaron, cierto…?

Y como si la pregunta hubiera sido su mejor chiste, tú y yo soltamos la carcajada… lo abrazamos sabiéndolo la única certeza de que en algún momento estuvimos juntos, y tú, parsimoniosa, respondiste, no Checho, yo no estaba por aquí, desde hace nueve años no pisaba esta tierra, desde ese tiempo no nos veíamos.

El viejo Checho se lleva la mano a la cabeza como si le hubieran dicho que se iba a morir mañana…

—Hombre Checho, ¿y ya cambiaste la receta?—, le pregunté para sacarlo del trance…
—No mi niño, es la misma pero mejorada…
—Entonces danos dos perros con todo, especiales, para tus mejores clientes… ¿O tú quieres otra cosa?
—Cómo se te ocurre que me voy a comer otra cosa—, me contesta Andrea haciéndose la indignada. Nos sentamos, ella a mirar la calle, las casas, cerciorándose de que todo estuviera en su sitio… y yo, a mirar para atrás, a buscarnos en ese mismo andén antes de los años.

Nueve años, dijo ella y el tiempo se me tiró encima… yo había perdido la cuenta y aunque todavía la recordaba de vez en cuando, ya no soñaba con un reencuentro, hasta que me llamó en la tarde y me propuso que nos viéramos, que ya era justo que habláramos, que un enojo de tanto tiempo era inhumano… ¿enojo?, ¿pero de qué me hablaba?, si yo había pasado por todo, pensé, menos por el enojo… primero estuve plañendo al lado de cualquiera, después anduve con una tristeza como asordinada que se atravesaba en cualquier cosa que hacía, con los meses me acometió un pacífico aburrimiento y, por último, como dice cualquiera después de cualquier tragedia, la vida sigue… luego de esa llamada tan inesperada, de haber acordado encontrarnos en el Tíbiri Tábara a las nueve… me quedo mirando al techo, recordando nuestro último encuentro, cuando me dijiste, con la resolución de tus veinte años, que no aguantabas un minuto más en Medellín, que nos fuéramos, que estábamos a tiempo, que no valía la pena quedarse en una ciudad que más se demoraba en verte que en cobrártelo… Acabábamos de volver del entierro de tu hermana, lo recuerdo muy bien, la hora no estaba para decidir ni qué camisa ponerse, pero tú, en medio de la rabia y el dolor habías tomado tus decisiones… te abracé y lloramos, volviste a lo mismo, que mi prima nos recibe en Madrid y allá vemos, que hablo en serio, que tenía que elegir entre un mierdero lleno de bombas, o tú, y yo, sincero y estúpido, te respondí: de Medellín no me muevo. Saliste de mi casa con tu vestido de luto a empacar para el viaje. Cuando después de dos días te llamé, confiado en oírte triste pero tranquila, y nadie me contestó, supe que te habías ido, sin embargo repetí la llamada a distintas horas, fui a buscarte, le pregunté a tus vecinos y a tus amigas, y nadie, pero nadie, me quiso decir nada, como si tu última voluntad antes de irte hubiera sido castigarme aleccionando a todos los conocidos para que no me dieran noticias tuyas.

—¿Al frente no quedaba esa licorera donde nos vendían cerveza a los catorce?—, preguntas señalando el garaje de una fábrica de brasieres.
—Sí, ahí quedaba, ¿te acuerdas que tu mamá amenazó al dueño con hacerle cerrar el negocio si nos volvía a vender, así fuera una caja de fósforos?
—Señora tan brava ¿no?
—Ya van a estar los perritos mis muchachos— y Checho hace su baile mostrándonos las salsas…

Tú te acomodas mejor en el murito, donde, desde los catorce hasta los veinte, como si fuera más sagrado que el Sabbat, comiste a mi lado perro con todo, te reíste con Checho, hablaste mal de tus amigas y me quisiste.

De cuatro a nueve no tuve sosiego, pensé en destapar unas cervezas para calmar la ansiedad de verte, pero me pudo el propósito de llegar sobrio a tu lado. Busqué qué ponerme, y después de escoger y no decidir, me conformé con cualquier cosa y salí a caminar. Barajé todas las vidas posibles para ti… lo más seguro es que se haya graduado en medicina, que tenga dos hijos, que reparta su tiempo entre ser una esposa y una madre ejemplares y en curar heridas, pero decidí ensoñar, crear otras vidas para ti, tal vez regenta un restaurante de comida típica que le sirve de tapadera para el menudeo de la mejor cocaína colombiana o, y lo pensé sonriendo, hace parte de una secta milenarista y viene a despedirse porque llegó la hora de los elegidos.

Y después de jugar a darte un destino, de recordar tus maravillosos pezones, el amor en el parqueadero de tu edificio, los conciertos de rock en el teatro Carlos Vieco, tu camisetica con Kurt Cobain en el pecho, las vueltas y revueltas para comprar un bareto en una chaza de la Setenta, después de hacerle honor a esa frasecita estúpida de: recordar es vivir un poco, llego a la puerta del Tíbiri y ahí estás tú, moviendo los labios, cantando pa dentro Tu amor es un periódico de ayer… sólo atino a sonreír, a señalarte la entrada de ese sótano donde tanta salsa se ha escuchado, pero tú te adelantas y me abrazas. Bajamos las escalas de la mano, te ríes con risa abierta y pides un tequila en la barra, por los viejos buenos tiempos.

No estaba tan errado… te casaste, te divorciaste, tienes dos hijos preciosos, vives para ellos y para la medicina, piensas en mí de vez en cuando, optaste por no aparecer, porque de haberlo hecho, me hubieras convencido de viajar y según cuentas, nunca hubiera sido feliz al otro lado del charco… ¿y después? Después fue tarde. Así las cosas, suena un tema del Joe y bailamos… o tu bailas y yo te estorbo y te piso… me preguntas por mis cosas como si te hubieras ido una semana de paseo a Santa Marta y no nueve años a Madrid, algo te contesto, no te lo niego, digo, fue duro al principio, pero… así fueron las cosas y me encanta verte. Estás hermosa, lo noto, lo nota todo el bar… y tú lo sabes más que nadie. Salimos al poco rato, los timbales no se hicieron ni para los reencuentros ni para las confesiones. Mientras caminas y preguntas si es seguro, si es cierta tanta belleza, si se acabó la zozobra, yo asiento y oigo tu taconeo por los adoquines de la Setenta… Y ¿qué pasó con éste?, ¿volviste hablar con tal?, pero si eran los mejores amigos… me inquieres por gente que ya ni recuerdo, cansado de no saber de nadie me invento dos o tres vidas para los amigos de la primera juventud. Como acometida por una epifanía, me suplicas: vamos donde Checho, por favor, vamos donde Checho. No puedo negarte nada, si con el sólo recuerdo de nuestro amigo el perrero se te ilumina la cara y vuelves a estar a mi lado, a usar tenis, a ser la de hace años… y aquí estamos viendo llegar dos perros calientes que parecen barcos de colores.

—Está delicioso— dices con la boca llena y vuelves a morder
—Así suene a una de esas frases que pegan en los corchos de las papelerías… hay cosas que nunca cambian.
—¿Por qué lo decís?—
me preguntas extrañada.
—Porque mientras te apoyas en mi rodilla, aprovechas para limpiarte la salsa en mi pantalón.
—Jajaja, qué pena, disculpame.

Y en esas estamos, comiendo pan y salchicha en la mejor esquina de América, cuando de la nada aparece una moto con dos pelaos, me miras como preguntando si tu miedo es un vicio adquirido en el primer mundo.

—No te preocupes, si me hubieras avisado con tiempo, te alquilo el carro de perros, solamente pa que comas tú, pero como llegaste de improviso, vas a tener que soportar a otros comensales— te ríes y terminas de comer.

Sin embargo, yo tampoco estoy tranquilo, no se han bajado de la moto, el parrillero manotea, Checho intenta explicarle algo, da media vuelta para coger un cuchillo, pero el otro se mete la mano a la chaqueta, saca un revólver, le apunta a la cabeza, dispara tres veces y arrancan. Eso es todo. Tú gritas y te levantas, pero antes de que corras a salvar a un muerto te agarro del brazo y empezamos a caminar rápido hacia la otra esquina. Intentas devolverte, te abrazo por la cintura y te recuerdo que estuvimos a dos pasos de los matones, que ellos nos vieron y nosotros a ellos, además, Andrea, le pegaron tres tiros en la cabeza a menos de un metro.

Nos montamos en un taxi, el chofer arranca sin rumbo y te mira llorar por el retrovisor; antes de que pregunte nada, le das la dirección del hotel, abres la ventanilla y recuestas el cuerpo contra la puerta, como si yo fuera el culpable, el organizador de una escenografía sangrienta, con sicarios y todo, para amenizar tu regreso. Busco enojarme pensando que eres un ave de mal agüero, nueve años sin visitar al pobre Checho, llegas como si tal cosa, te sigo el capricho… y Tintín Tantán… lleve gallina, pero no me engaño, me gustaría abrazarte, decirte algo, consolarte de alguna manera.

Te bajas y no te despides. Pienso, mientras te miro la espalda, que te debí haber dejado separar los sesos de las salsas, que fue injusto no permitirte un acto heroico.

—Llevame al centro— le digo al taxista con toda la intención de tomarme unos rones en ese parqueadero donde una vez me trozaron el dedo con una piedra.
—¿Le molesta si prendo el radio?
—No, bien pueda— y empieza a sonar esa canción promocional que cantábamos de niños:
La ciudad donde nací/y con mis amigos crecí/la ciudad que es de mis hijos/donde vivo y trabajo/por tí/ Medellín crece contigo/su progreso es para todos…

De golpe recuerdo que estamos a primeros de agosto y que Medellín está de fiesta. 


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Brisas de la Iguaná

Brisas de la Iguaná

por REDACCIÓN UC


Número 27 Septiembre de 2011

Un martes lluvioso de febrero, hace 40 años largos, Misael Pastrana llegó a Medellín para entregar una urbanización de edificios medianos para la clase media. Pastrana creía estar cortando la cinta de un suburbio que sería clientela. No sabía que inauguraba un barrio con voz propia y labia larga.

En el principio era La Iguaná. Los viejos mapas de la zona de Otrabanda muestran un hilo negro en medio de un amplio cauce gris. La quebrada hacía de las suyas al menos tres veces cada año y sus vecinos se acostumbraron a vivir con los pantalones remangados hasta la rodilla. La Iguaná era el demonio de la zona y solo quienes estaban obligados a enfrentarla -pobres de solemnidad, campesinos recién bajados, areneros, lavadores de cueros- daban la pelea contra sus embestidas y su mala fama. La leyenda negra la completaban los malos olores y el zumbido de las moscas. Además de las curtimbres y sus aguas fétidas estaban los mataderos y una fábrica de jabones en cercanías de lo que hoy es Suramericana, para terminar de ensuciarlo todo.

Los barrios de Otrabanda que ya lucían rosales en el antejardín preferían mirar más hacia la calle San Juan que hacia Colombia. Laureles y La América le daban la espalda a esas mangas turbias llenas de sauces, pomos, guamos y algunas eras de maíz y fríjol, y arrugaban la nariz frente a los tugurios en las orillas del ferrocarril y los talleres en Naranjal. Pero un buen precio es capaz de vencer todos los prejuicios. Y poco a poco aparecieron los inversionistas decididos a convertir esas tierras malsanas en apetecibles: “de fincas a estancias, de estancias a parcelas, de parcelas a mangones, de mangones a mangas y de mangas a lotes”. Cuando en el centro una vara cuadrada valía 50 pesos, en cercanías de La Iguaná se podía conseguir entre 2 y 5 pesos.

J. B. Londoño, la Compañía Industrial de Sombreros y Lisandro Ochoa, un cronista con buen ojo y buen bolsillo, fueron algunos de los grandes inversionistas en la zona. Era cuestión de arrendar los predios como potreros y esperar. Desde 1932 se hablaba de proyectos urbanísticos en Otrabanda. Un plano de la época dibuja una pequeña ciudadela en el sitio exacto donde hoy está Carlos E. Restrepo. Era apenas un triángulo modesto en una porción de la ciudad que mostraba los tranvías eléctricos de La América, Belén y Robledo, señalaba el estadio Los Libertadores en San Joaquín y le entregaba importancia a la calle Colombia como salida al occidente.

A mediados de los años sesenta llegó la certificación definitiva para esa encrucijada. La Biblioteca Pública Piloto había desafiado el ambiente desde 1952. Luego se vendieron los lotes para los centros comerciales Los Sauces y El Contemporáneo, y el almacén Sears le señaló al Éxito dónde debía montar su local y cómo no debía manejarlo. En 1966 Suramericana todavía tenía dudas sobre su edificio de oficinas y su proyecto de viviendas. Le preguntó, entonces, a una firma consultora llamada Asesorías e Interventorías (AEI). El informe se puede resumir con una frase vieja: “No lo piensen más”. Ya el municipio hablaba de una “zona en pleno desarrollo para uso habitacional” y el Instituto de Crédito Territorial (ICT) anunciaba un “gigantesco plan de vivienda en Medellín”.

En 1970 llegó el gobierno de Misael Pastrana con una frase que hoy bien podría ser propiedad de Angelino Garzón: “Frente social, objetivo el pueblo”. Medellín tenía dos grandes proyectos apoyados por el ICT, uno para familias pobres en López de Mesa en el norte y otro al pie de la Biblioteca Pública Piloto pensado para “la laboriosa clase media de la ciudad”, según los avisos de prensa. En el diario El Correo de 1971 aparecen múltiples avisos con las listas de los “preseleccionados dentro del plan alcancía aplicado a la Urbanización Carlos E. Restrepo”. Medellín era todavía un pueblo en busca de costumbres de ciudad. Las notas sociales dan cuenta de los acontecimientos memorables: “Doña Clementina P. de Ospina ofreció a sus amigas una taza de té. El juego de canasta tuvo lugar ayer en su casa de Perú con El Palo”.

El martes 16 de febrero de 1971 llegó el presidente Misael Pastrana a la ciudad. Fue recibido por el ceño fruncido del gobernador Diego Calle y la sonrisa conservadora del alcalde Álvaro Villegas. Se fue para el barrio Las Nieves, arriba de Manrique, para hacer la primera visita presidencial a la comuna nororiental. Según El Correo fue aclamado por la multitud y rompió el protocolo para juntarse con el pueblo. Les dejo el cassette del discurso: “En nuestro país la reforma urbana será quizá la más avanzada de América… Hemos pedido al ICT centrar sus esfuerzos en suministrar auténticas viviendas populares y bueno ámbitos para los colombianos más pobres”. Siguió para López de Mesa a entregar las más de 600 casas y remató en Carlos E. Restrepo. Según el cronista de la época fueron 2 horas y 17 minutos de frenesí popular antes de prepararse para el coctel de rigor en el Club Unión.

En Carlos E. Restrepo se entregaban los primeros 216 apartamentos de los 1000 proyectados. Un aviso de página entera lo celebraba: “No estamos prometiendo, estamos cumpliendo”. En el acto público, bajo un toldo y con un edificio como telón de fondo, el director del ICT le explicaba al Presidente Pastrana -“a las 5:40 de la tarde”- que un año y medio atrás esos terrenos estaban ocupados por tugurios cuyos habitantes fueron llevados a otras viviendas. Pastrana admiró el primer piso del edificio marcado con el número 53-14 y “acarició una niña y estrechó docenas de manos” antes de ir a bañarse para estar presentable en el Club Unión.

La lista de los “felices propietarios” que entrega El Correo tiene profesores, jueces, la viuda de un cronista radial, jubilados y un decorador de Fabricato. También hay un estudiante burgués entre esa “laboriosa clase media”. El periódico no se cansa de elogiar el nuevo suburbio: “los apartamentos son cómodos y acogedores. La zona verde es grande y bien distribuida”. Y eso que todavía era un peladero, qué tal que lo vieran hoy cuando ya está cubierto por un toldo verde de 40 años que sembraron sus primeros dueños.

Pocas veces los elogios de la prensa no producen risa una vez han pasado cuatro décadas. Los habitantes de Carlos E. Restrepo supieron construir un barrio abierto y saludable en medio de las recientes emboscadas del miedo, se han resistido a las rejas y a las serpentinas de acero, y ni siquiera la vecina funeraria que ya viene podrá oscurecer su ambiente de cantina y parque infantil, de cafetería universitaria y guarida de jubilados, de primera estación para la fiesta y casa de abuelos. En este caso es la ciudad la que le debe al barrio.


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Arte Central 25: Chinatown

Número 25 Julio de 2011

Chinatown

Instalación. Un proyecto de Esteban Zapata.

“Si un aglomerado de fachadas, de casitas, de edificios, de ladrillos, suele constituirse como una imagen recurrente de nuestra ciudad latina, o bien como una narración visual de Medellín, también serviría como cuadro descriptivo de un barrio oriental”.

María Isabel Naranjo Cano.



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¿Ratas? ¿Las ve?

¿Ratas? ¿Las ve?

por MARIA ISABEL NARANJO RESTREPO


Número 25 Julio de 2011

“Si me preguntan cuál es la comida típica de los paisas,
yo dudaría entre la bandeja paisa y el arroz chino”.
Esteban Zapata – Artista visual

Hubo una época en la que en el norte de China fue muy popular un dicho sobre los habitantes de la Provincia de Cantón: “Comerán cualquier cosa que nade excepto un submarino, cualquier cosa que vuele excepto un aeroplano, y cualquier cosa que ande excepto un tanque”; y otro, cantonés, que reza: “Cualquier animal que torna su cara al sol puede ser comido”.

Entre las décadas del sesenta y ochenta la mayoría de chinos que llegaron a Colombia fueron cantoneses que se dedicaron a la cocina y abrieron restaurantes, los mismos de los que se dice que comen perros y gatos.

Hace pocos días circularon en internet seis fotografías de la terraza del restaurante chino Gran Fogón, ubicado al frente del Edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia. Los elementos captados por la cámara son nítidos e incuestionables: expuestos al sol, y sin ninguna protección, se disponen sobre una placa de aluminio varios cortes de tocino. Minutos después aparecen tres roedores que se acercan a la carne para darse un festín (Blog: www.camiloarango.com).

Las fotografías y un video circularon masivamente, y en menos de una semana se retomó el viejo rumor sobre las prácticas “exóticas” de los chinos, y se llegó a una conclusión apresurada: la carne que entró en contacto con los roedores es la misma que se sirve en el restaurante. También se expresaron otras opiniones que obedecen a los mitos que hay en torno a la comida china, como la de matt87, escrita en el blog donde aparecen las fotografías: “Para mí ellos están criando ratas para venderlas en el arroz chino, y en el techo están cazando las ratas que se les han volado” (sic).

El 15 de julio la Secretaría de Salud visitó el lugar y declaró no haber encontrado evidencia de malos hábitos en la manipulación de los alimentos, ni de ninguna acción que represente riesgo para sus clientes; también aseguró que los roedores son ratas de techo que no tienen acceso al interior del edificio. Esta explicación no dejó satisfechas a varias personas que vieron las imágenes del blog de Camilo Arango, y que se niegan a creer que esa carne no fue directamente al estómago de los desprevenidos clientes, quienes podrían estar expuestos a enfermedades letales como el hantavirus o la leptospirosis. Pero el concepto de la Secretaría de Salud, autoridad responsable de evaluar, controlar y prevenir el riesgo en estos establecimientos, asegura que no hay de qué preocuparse. ¿Cómo entender entonces las imágenes?

Felipe Wu es el único miembro de la familia que puede comunicarse conmigo en español al momento de mi visita. Aparenta unos 25 años y es el hermano de Santiago Wu, dueño del restaurante. Felipe fue enviado a la silla donde yo aguardaba por el padre, David Wu, quien a su vez fue enviado por la tímida esposa del señor Wu, quien enrojeció de pena y se escondió, ante mi sorpresiva petición de explicar las fotografías. David Wu lo había intentado sin éxito al llevarme del brazo hasta el fondo del restaurante, con el fin de que yo constatara qué animales echaban al aceite caliente. “Mire usted misma, mire, mire”, decía señalando los espacios llenos de cajas, delantales y estanterías, y vociferaba, con las únicas palabras en español que le escuché, “¿Ratas? ¿Las ve?, ¿Ratas? ¿Las ve?”. Yo solo vi calderos enormes, decenas de pechugas de pollo, y cinco cocineros concentrados cada uno en una actividad diferente: picar, deshuesar, cocinar, freír y empacar.

Felipe Wu me señala a uno de los comensales y me dice: “¿Quién mejor que un cliente que dé fe del restaurante?”. Todas las mesas están vacías, excepto dos: en una hay una pareja, y en la otra está Carlos, de cuerpo voluminoso y tez ennegrecida por el humo de la calle. Come allí desde hace cuatro años y dice, burlón, que no le preocupa que le vendan carne de rata. “Es que hasta en los mejores restaurantes de Las Palmas venden carne de burro enternecida con jugo de papaya, ¡y nadie se da cuenta!”, declara mientras se sirve una generosa porción de arroz chino, chop suey (que en chino significa “trozos mezclados”), medio pollo frito y Cocacola.

Revolviéndose en la silla, el joven Wu explica con escasas palabras lo que aparece en las fotografías: “Es tocino curado. Nosotros comemos la carne así porque es más gustosa, y la dejamos al sol para que tenga un sabor más fuerte y para que se preserve más”. Hace referencia a la salazón, que consiste, según sus palabras, en untar el alimento con cristales de sal y adobarlo con diferentes salsas, para dejarlo al sol varios días hasta que se seque. Esta práctica es muy común en la cocina cantonesa, de donde proviene la familia Wu. Especias como la pimienta, el jengibre, la cebolleta, e ingredientes como la salsa de soja, el vino de arroz y el almidón, son fundamentales en su cocina; así mismo, son tradicionales el pescado fresco y los alimentos en conserva.

Resulta extraño que coman animales como perros, gatos, culebras o tortugas, pero hacen parte de una civilización de más de cinco mil años, y de un país de mil 300 millones de habitantes que ha sido asolado por periodos de pobreza y hambruna, lo que los ha llevado a elaborar recetas con una variedad increíble de ingredientes, y a aprovechar todas las partes comestibles de los animales, como tripas, cartílagos, cabezas y garras de aves.

Felipe vuelve su mirada hacia el techo y lo señala tratando de convencerme de que no hay ninguna grieta que comunique el restaurante con la casa del segundo piso, donde viven siete de sus familiares. Insiste, con desgano, como si hubiera gastado todas las palabras dando explicaciones obvias, en que esa comida fue desechada luego de constatar que las ratas tuvieron contacto con ella. “¿Qué más quiere saber?”, dice, y me da a entender que la conversación ha terminado.

***

El idioma es una de las principales barreras para comprender esta cultura milenaria, cuya población en Colombia se estima en diez mil. Dos mil de ellos viven con sus familias en Medellín según datos de la Embajada de China, lo que ya podría ser un barrio chino disperso en las calles de la ciudad; uno similar al de Barranquilla, donde existe el primero y hasta el momento único Chinatown del país.

El primer restaurante chino en Medellín fue Chung Wah de Hugo Chan, el mismo del reconocido Restaurante Asia. Cincuenta años después, en el directorio telefónico pueden enumerarse cerca de noventa, un número que evidencia la colonia de extranjeros más grande de la ciudad, y que significa una fuente importante de empleo para cientos de colombianos, quienes encuentran oficio como cocineros, meseros, armadores de cajas y mensajeros.

La necesidad de acercarse a su cultura para garantizar la asimilación de las normas sanitarias hizo que la Secretaría de Salud, en el marco de su campaña “Coma Tranquilo” (2009), dedicara una presentación exclusiva a la colonia china. Al evento llegaron una veintena de dueños de restaurantes para presenciar una obra de mímica, una cumbia colombiana, una canción y homenaje al arroz chino en letra pegajosa –”lo que todo el mundo quiere es comer arroz chino, lo comen universitarios y hasta reinas de belleza. Hasta para un chino lo mejor es el arroz chino”–, y una sección de penaltis contra las bacterias, animado en mandarín por Rafael Chan, uno de los asistentes.

La secretaria de salud, María del Pilar Pastor, asegura que la idea de que los chinos tienen malas costumbres en su cocina es un mito, ya que todos los restaurantes están sujetos a la vigilancia y control de sus prácticas. “Más bien es una idea preconcebida por el desconocimiento de su cultura”, puntualiza la ingeniera Luz Bibiana Gómez, líder de la campaña.

Cualquier persona puede verificar las condiciones sanitarias de un establecimiento mediante unos círculos verdes, amarillos o rojos, que indican un concepto favorable, condicionado o desfavorable. Según el ente de control, el 96 por ciento de los 18.927 establecimientos visitados son catalogados con concepto sanitario favorable y favorable/condicionado. Un círculo rojo significa que el lugar no cuenta con las condiciones adecuadas y es un riesgo para la salud. En este caso el lugar tiene una orden de “clausura inmediata” y si está abierto se debe dar aviso a la Secretaría de Salud.

El Gran Fogón abrió sus puertas en Medellín hace siete años. El año pasado recibió siete visitas y este año tres. Tiene un concepto sanitario favorable/condicionado, debido a detalles como una mesa metálica descascarada y al robo, el mismo día de la visita, de las tapas de los baños.

Del restaurante dependen ocho miembros de la familia Wu y seis empleados paisas que pueden ser ocho, pero con la situación actual no saben si incluso tendrán que despedir algunos. Los Wu están preocupados por la disminución de sus ventas. Días después visitaría nuevamente el restaurante y encontraría sus trece mesas vacías.

***

Mientras apila cajas, Santiago Wu me dice que “las mesas vacías que usted ve no es normal. Lo normal es que la gente haga fila. Creo que la persona que puso en internet la información lo hizo de maldad. ¿Por qué no verificó primero con la autoridad competente si era verdad lo que él creía?”.

Santiago me habla de un viaje que hizo el año pasado. Recorrió durante diez meses los lugares que su padre le describía cuando era niño, y aprovechó para hacer un curso de cocina y panadería. Hoy habla con amor de su lejana China, pero no piensa regresar porque después de vivir catorce años en Colombia se siente más de acá que de allá. “Todavía no se me ha ocurrido qué me voy poner a hacer si esto se pone mal”, dice.

El desespero en el rostro de los Wu me recuerda la historia de un grupo de 705 cantoneses que llegó el 30 de marzo de 1854 para agilizar la construcción del ferrocarril de Panamá. El relato del historiador Germán Patiño cuenta que los chinos, lejos de su tierra natal y molestados por los irlandeses que trabajaban en las obras, cayeron en una depresión profunda. Las autoridades confundieron la nostalgia con anhelo de opio y repartieron el narcótico entre el grupo, que comenzó a suicidarse y a pagar a malayos para que cercenaran sus cabezas con un machete. Es una imagen escalofriante, pero más aún lo es saber que hay una cultura milenaria de la que solo hemos conocido la cajita de arroz.


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Historia de los cafés en Medellín (segunda entrega)

Historia de los cafés en Medellín (segunda entrega)

por RAFAEL ORTIZ • Ilustración de Lyda Estrada


Número 23 Mayo de 2011

A principios de los años veinte, ya Medellín era una población de cafés, de muchos tipos de cafés, pues no eran lo mismo los del centro que los de los barrios, y en el mismo centro existían variedades. Los de Lovaina y Guayaquil sí que eran distintos.

De día, los cafés de los barrios vendían normalmente algunos alimentos ya hechos, acompañados de café con leche, chocolate o gaseosa, y por la noche atendían el consumo de licores y tinto de los señores, antes o después de la comida, hasta las diez de la noche, cuando era obligatorio apagar el piano (que después fue rocola). Los fines de semana la vida en estos establecimientos cambiaba. Los sábados llegaban los muchachos desde temprano en la tarde, una o una y media, a tomar para luego marchar a los distintos barrios de prostitución —Lovaina, Guayaquil, Tierrabaja, etc.—. Cuando se iban, entraban los obreros y empleados, y en general quienes trabajaban hasta después de las tres de la tarde, y armaban fiestas y algazaras hasta altas horas de la noche y la madrugada.

Los domingos el movimiento de los cafés tenía dos fases: En la primera, la gente que salía de misa entraba a tomar cerveza o a comer mecato y prolongaba su permanencia hasta la hora de almorzar. La segunda correspondía a quienes salían por la tarde a buscar cómo calmar el guayabo causado por la parranda de la víspera, obtenida generalmente gorriando a los amigos o fiando hasta el próximo pago.

Bastante diferentes eran los cafés con billar, que a su vez eran distintos a las salas de billar, aunque con el tiempo ambos acabaron siendo lo mismo. Quizá la diferencia radicaba simplemente en que los cafés con billar eran los preferidos de los estudiantes, que solo jugaban a ratos (eso sí, los sábados y domingos, todo el día).

Al lado de estos cafés había otra variedad, mitad comedero rápido, mitad bar y con billar para algunos clientes que preferían jugar sin mirones. Era un local pequeño pero acogedor, con máximo cuatro mesas y eventualmente con piano. Los alimentos que se vendían eran de fácil manejo y se combinaban perfectamente con las gaseosas, cervezas y licores, que no faltaban: papas rellenas, papas, yucas y carne sudadas, plátanos maduros sudados o calados, tamales, chorizos, rellena y a veces arroz. En algunos también servían desayuno: huevos revueltos, pan, bizcochos y chocolate o perico.

Los cafés de Guayaquil funcionaba normalmente de cinco de la mañana hasta las doce de la noche y estaba dividido en tres partes: adelante, un salón donde se prestaban todos los servicios de café propiamente dicho, seguido de un espacio constituido por el mostrador o barra, la cocina y los servicios sanitarios, y de allí para atrás los cuartuchos o reservados, separados por delgados canceles, casi siempre con una mesa y dos sofás, uno a cada lado, que prácticamente se convertían en camas; en la mitad de la mesa una lámpara miserable, tipo cocuyo —alumbraba más la cusca de una vieja que fumara con la brasa entre la boca—, y en la pared un foco común y corriente, que cuando se veía encendido indicaba que el reservado estaba desocupado. Por lo general las parejas preferían la iluminación de cocuyo, la de foco en la pared era preferida por los tahúres profesionales para limpiarle el bolsillo a su clientela. En todas las mesas, incluidas las de los reservados, había una campana, desplazada cuando se generalizaron los timbres eléctricos. De lo que pasaba en el reservado, a pesar de que todo el mundo se enteraba, nadie comentaba; su uso, según para lo que fuera, aumentaba la tarifa básica y el precio de los servicios. Además de los mencionados cubículos, algunos cafés ofrecían servicios de boletería para toros, fútbol y circos, y de apuestas para las carreras de caballos y los partidos de fútbol.

El típico café guayaquileño era ante todo vistoso, lleno de afiches, decorado las más de las veces de acuerdo con el tipo de música que sonaba en su piano, aparato infaltable en todo café, así hubiera orquesta o conjunto musical. Era un aparato costoso que los dueños procuraban defender con una poderosa caparazón hecha con barras de hierro que de alguna manera remedaban su forma; por entre ese enrejado formidable asomaba toda la belleza del aparato de colores, en cuyo interior había un conjunto de luces y algunas piezas que giraban una veces con el calor de las luces, otras por medio de un pequeño motor que las accionaba. El resultado final era un conjunto caleidoscópico de luces, colores y formas en movimiento, que daba un extraño atractivo al interior del establecimiento por las noches, cuando la iluminación era escasa y los reflejos cambiantes creaban en la realidad figuras fantásticas, que con la ayuda de los tragos se volvían mas fantasiosas y que a todo daban un aire espectacular.

Las mesas eran de las más robustas que se vendían en el mercado, con patas de hierro macizo y tapa del mismo metal, para evitar de esa manera que pudieran ser manejadas muy fácilmente por los hercúleos clientes que allí se congregaban cuando se armaban las grandes batallas de borrachos y se agotaban las botellas y demás objetos menudos para tirar, y trataban de hacerlo con los muebles.

La atención del café estaba encomendada única y exclusivamente a las mujeres, las cuales servían de anzuelo a la clientela ruda y sexualmente hiperactiva que los frecuentaba. Decía un amigo criado y curtido en esos cafés: “Tenían saloneras muy bonitas, y uno como hombre y todos los hombres que entraban a un café, pues siempre mirábamos a las saloneras y uno era atraído por ellas pues una salonera buena moza no se le puede quitar a ningún hombre que la mire, así ella tenga ‘amigos’ o marido, pero tiene uno que deleitar el ojo, así no les parezca”.

Imposible encontrar un café en ese sector donde no se vendieran los más grasosos y fuertes comistrajos. Allí se consumían en cantidades increíbles el famoso chorizo antioqueño, alias “no me olvides”, el chicharrón frito a primera fritura, o mejor dicho sofreído, de modo que conservara abundante grasa; las famosas chuletas guayaquileñas también muy apetitosas y todo abundante en grasa. Cuánto se consumían tamales, rellena, papas rellenas y muchas otras especialidades, pero estas no llamaban tanto la atención como aquellas, debido principalmente a los efectos desintoxicantes que tenían las altamente grasosas.

En estos cafés a veces había una pequeña pista de baile, pero tal vez no pasaban de tres los que tenían especial atractivo por esta circunstancia. El que servía de imán a los bailarines de toda la ciudad era el Café Tropical, que se preciaba de tener catorce puertas.

En este café se organizaban los campeonatos de baile según las distintas modalidades de la época: tango, fox trot, bolero, etc. Había domingos cuando llegaban los más afamados bailarines de los barrios a dirimir supremacía con sus pares, y la cosa era de coger tribuna. Nadie se dejaba vencer, y al fin, para evitar injusticias que provocaran hechos mayores, se declaraba empatado el concurso.

En la sola calle San Juan los principales cafés que existieron, con peligro de alguna omisión, fueron:

Estos establecimientos fueron los más famosos, los más grandes, donde los hombres muchas veces pasaban la noche bebiendo abundantemente, para luego, tras tomar un baño improvisado ,salir a trabajar en mecánica, en las cómodas de la plaza de mercado, como coteros, en fin, en toda esa formidable gama de trabajos con que Guayaquil engrandecía a sus hijos, esposos y adoradores.

En contraste con estos establecimientos existían los cafés de Lovaina, El Fundungo, Venecia, La Toma, Las Palmas, etc, típicos de zona de prostitución. Todos ellos vendían licor y eran utilizados para hacer contacto con sus pupilas o con las muchachas de las casas que estaban mal. Ellas salían al rebusque de clientes y entre baile y baile los entusiasmaban y… nuevamente regresaban a la casa donde había un salón o al comedor, incluso en un patio cubierto con vidrios con un café y los mismos servicios de los accesos directo desde las calles, solo que la alcoba a mano y manejado por un marica que no toleraba ni cantinazo ni conejo.

Fuera de estos cafés, estaban los que podríamos llamar la élite, no por discriminación racial sino por la calidad del servicio. Los dos mejores exponentes fueron el Café Londres y el Mora Café.

Antiguamente los cafés, al menos los más importantes, tenían, fuera del salón comunitario donde se atendía la clientela, un servicio de baños públicos con muy buena demanda debido al hecho de que disponían permanentemente de agua fría y caliente, siendo esta última bastante escasa en las casas de familia, aunque tuvieran la famosa tina del fogón de reverbero, dado el número de hijos y parientes que vivían en la misma. A causa de ello, el agua caliente se terminaba rápido, y normalmente el padre y los hijos mayores se bañaban en los cafés cuando no querían esperar hasta la hora del almuerzo.

Estos establecimientos suministraban todo en calidades óptimas, por ello, en los baños se encontraban las toallas lavadas, planchadas, aromatizadas y precintadas con una garantía de perfecto aseo y limpieza. Los asientos eran muebles de Viena y las mesas tenían sus tapas en mármol y ciertos licores se vendían en copas de cristal, el brandy por ejemplo. Los servicios fueron atendidos por meseros hasta su desaparición, la cual coincidió con la generalización de las meseras en todos los cafés de bohemia, siendo muy contados aquellos en que sobrevivió tal costumbre. Claro que las meseras no dejan de dar un encanto especial al servicio… aunque cuando tienen el amigo al pie el servicio se va al traste.

Tal vez el primer café del centro que dio las pautas para los cafés importantes fue La Viña.