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Primeros planes

Primeros planes

por LUIS FERNANDO GONZÁLEZ ESCOBAR


Número 96 Mayo de 2018

Carrera Bolívar. Gabriel Carvajal, 1968. Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto

En 1968 el entonces Departamento Administrativo de Planeación contrató con los arquitectos César Valencia Duque y Jorge Cadavid López el Estudio del centro de la ciudad. El documento fue publicado al final del año siguiente. Se cumplen así cincuenta años del primer intento de estudiar, imaginar y definir qué hacer con el Centro. A partir de esos primeros trazos se han sucedido variados estudios, planes, programas y proyectos. Muchas cosas han dicho los planificadores y otras tantas han hecho las 28 administraciones que se han sucedido entre 1968 y 2018, ya sea siguiendo lo formulado o, simplemente, el capricho del mandatario de turno, los intereses económicos, el cálculo político o simplemente el deseo megalómano. En ese lapso son grandes y dramáticos los cambios sobre el paisaje urbano que diagnosticaron los arquitectos Valencia y López; pero, a pesar de la transformación, también es cierto que se conservan espacios y usos, rutas e hitos de ese Centro de hace medio siglo.

Para aquellos años finales de la década de 1960, el Centro estaba al servicio de una ciudad de un millón de habitantes y contenía una diversidad de usos que lograba un cierto equilibrio. Si bien la actividad comercial era importante — el 33,58 por ciento—, era casi la misma proporción de la ocupación del suelo dedicada a vivienda —34,75 por ciento—, lo demás estaba repartido en usos varios, actividad industrial y su condición de centro institucional, ya religioso o político. Era un centro dinámico y diverso. Donde se concentraban los discursos y los sermones de la ciudad que dejaba de ser villa, donde crecían el comercio y la pequeña industria, y al mismo tiempo se concentraban las actividades educativas y culturales; así, en esa mezcla social había dos clubes de la elite y 16 templos, pero también 17 salas de cine, 58 heladerías y 398 cafés, donde las distintas clases sociales aun convergían.

En las 341 páginas del estudio, con sus anexos y sus 45 planos, se plantearon las grandes preocupaciones del momento para un Centro conformado por 237 manzanas —entre el centro principal y la zona adyacente— en torno a la arquitectura, el urbanismo, la vivienda, la circulación y las sedes institucionales.

Siguiendo el pensamiento predominante del momento, los autores concluían que no había una arquitectura de conjunto, le faltaba carácter y era “inmadura”, pues a una innovación le seguía otra de manera rápida, con materiales de calidades discutibles, lo que implicaba no un conjunto coherente sino una suma de edificaciones, con efectos irremediables en la estética urbana, la que no era sino el reflejo de “una de las características más sobresalientes de nuestra idiosincrasia”, esto es, el “individualismo”. Ya se alzaba en el horizonte la ruptura de la escala urbana debido a los nuevos edificios de Propiedad Horizontal, llamados rascacielos, que tomaban impulso y se construían como alternativa de vivienda para los sectores de “alta categoría”. Cinco décadas después las demostraciones de esa idiosincrasia individualista darían como resultado ese collage complejo que caracteriza hoy el Centro de la ciudad, ya con más torres, menos espaciosas, no para la “alta categoría” sino para sectores medios, y con una estética simplificada al extremo, en donde predomina no la individualidad sino las construcciones en serie.

Para los autores no existía en la ciudad un verdadero urbanismo; por ejemplo, señalaron cómo el Plan Piloto, entregado en 1951 por los urbanistas Paul Weiner y José Luis Sert, fue una reglamentación de tipo general que nunca fue llevada al detalle y a consecuencias sobre el territorio; en otro sentido, la carencia de servicios comunales en los barrios hizo del Centro el lugar con el mayor poder de atracción, el “cual se congestionaba cada vez más”. Pero lo más interesante es cómo reconocieron la carencia de zonas verdes urbanas y la ausencia de planes en ese sentido: “Las nuevas vías y ampliaciones tienen fallas en este aspecto. Como consecuencia la ciudad se ha tornado árida. La temperatura ambiental ha venido aumentando gradualmente”. Sin lugar a dudas una lectura que se anticipó a los tiempos de la ecología urbana y los microclimas. Apenas ahora se trata de entender y mitigar lo que aquel estudio anunció hace cincuenta años.

Es cierto que el urbanismo hizo irrupción con el paso de los años y se ha intentado una mirada de conjunto, pero aun así la falta de verdaderas centralidades barriales siguió siendo uno de los factores determinantes para que el Centro fuera y se mantuviera como el mayor factor de atracción. Hoy día muchos siguen sin entender que buena parte de las problemáticas del Centro pasan por las dinámicas barriales, las periferias y la marginalidad urbana.

La vivienda era un uso considerado compatible con la vida del Centro y en su mayor parte, especialmente en el centro principal, era valorada como de alta calidad. Si bien eran aún predominantes las casas de uno y dos pisos, se daba paso a los edificios multifamiliares y a los de renta de cuatro pisos en las áreas adyacentes al centro principal. De ahí que el sesenta por ciento de la población del Centro era permanente y solo un cuarenta por ciento era flotante. No obstante se diagnosticaron sectores en deterioro, tomando como criterio el estado de la infraestructura urbana, y el nivel socioeconómico, para hablar eufemísticamente de la población pobre asentada allí, como los casos de San Antonio, Guayaquil, La Bayadera, los alrededores de la iglesia del Corazón de Jesús, los alrededores del edificio de EPM, aparte del sector de la Estación Villa con sus tugurios y la expansión del barrio Colón. La vivienda hoy es minoritaria en el Centro, el mayor porcentaje de la población es flotante y los sectores señalados, pese a las intervenciones que se han hecho, se mantienen sin resolver sus problemas fundamentales. El 14,2 por ciento de la población económicamente activa de entonces se empleaba en el Centro, de tal manera que la población flotante iba en incremento mientras que la residente ya comenzaba su desplazamiento a Laureles y El Poblado; las rutas de buses convergían especialmente a la Plaza de Cisneros —el centro popular por excelencia—, al Parque de Berrío y la Plazuela Nutibara, lo que hacía que el Centro se saturara por sectores, aunque se consideraba que aún tenía capacidad de crecer por unos diez años más sin colapsar; no ocurría lo mismo en términos peatonales, pues era problemático debido a que los andenes eran insuficientes, no tenían capacidad para albergar tanta demanda, además eran estrechos y estaban deteriorados y ocupados por ventas ambulantes.

La propuesta, hecha para prever el crecimiento futuro y atender esa demanda presente, era el desarrollo combinado de un anillo vial periférico y al interior del mismo la peatonalización de vías. De hecho el anillo periférico ya se había planteado con la idea de la Avenida Oriental, la continuidad por la calle Vélez al norte, la Avenida del Ferrocarril al occidente y al sur por la carrera 33. Con los propósitos de este plan esa idea se fortaleció e incluyó paraderos de buses y zonas de estacionamiento vehicular a lo largo de todo el anillo. Mientras tanto al interior se planteó la peatonalización de la carrera Junín —entre Caracas y La Playa—, la avenida La Playa —entre Junín y Sucre—, la carrera Bolívar para unir el Parque de Berrío y la Plazuela Nutibara, la remodelación del Parque de Bolívar y el pasaje La Bastilla, además del cierre al tránsito de calles como Boyacá, Colombia, Calibío, entre otras.

El anillo vial fue construido cerrando al sur no por la calle 33 sino por la calle San Juan, los efectos sobre el Centro de la ciudad fueron dramáticos por la demolición de cientos de edificios a lo largo de la Avenida Oriental, pero sin las obras de mitigación que se pensaron en el Plan, y sin los paraderos ni las zonas de estacionamiento. Desaparecieron del paisaje hermosos ejemplos de arquitectura histórica y se cercenaron espacios públicos como la plaza de Cisneros o la plazuela de San José, aunque al interior se ganaron los pasajes de Junín o La Bastilla. A la hora de los balances fueron más los saldos en rojo que los positivos. En distintas administraciones esos mismos pasajes han cambiado de material en sus pisos, de amoblamiento y decoración; y esas mismas calles hoy se intentan entregar al peatón, disputándolas a los vehículos y a las ventas ambulantes.

Los otros grandes proyectos discutidos en el Plan del Centro de 1968 fueron la Central de transporte interurbano, la plaza de mercado de Cisneros y la construcción del Centro Administrativo Oficial. La Central de transportes implicaba la reubicación de las terminales de buses y del ferrocarril, de hecho el Ferrocarril no se reubicó sino que se acabó y la central dio lugar primero a la terminal de transporte del norte y años después la del sur, alejando de Guayaquil las actividades que habían sido determinantes en su dinámica como puerto seco. Por su parte la plaza de mercado era considerada uno de los más serios problemas urbanísticos de la ciudad, con sus 1200 puestos hacinados adentro y sus más de 400 puestos afuera de la parte cubierta, especialmente en el denominado Pedrero. Se pensaba que con el traslado de sus actividades a una plaza mayorista al sur de la ciudad y un plan de mercados satélites en los barrios Guayabal, Campo Valdés, Castilla, Robledo, La América y Belén, que estaban en construcción, debería desaparecer. Pero no fue así. Algunas plazas funcionaron y otras no. Se incluyó posteriormente la plaza minorista José María Villa, pero muchas de sus actividades se fueron desplazando al Centro en un proceso de años que se llamó la “guayaquilización” del Centro.

Mientras que con el centro administrativo se buscaba solucionar la dispersión de las dependencias oficiales y la dificultad para ampliar las distintas sedes, aparte de las condiciones arquitectónicas de las oficinas, la ausencia de espacios libres en sus inmediaciones, las dificultades de acceso, la falta de zonas de parqueo, entre otras razones que justificaban la creación del centro administrativo en La Alpujarra, como ya había sido contemplado en el Plan Piloto de 1951. Con el Plan del Centro se justificó, por el poco valor de la tierra en La Alpujarra, la posibilidad de la renovación urbana de este sector, la realización de edificios con técnicas modernas de funcionalidad y arquitectura; la libertad arquitectónica para estudiar espacios abiertos y perspectivas exteriores, sus relaciones paisajísticas con el cerro Nutibara, la facilidad de separar el tráfico vehicular y peatonal, y así crear un centro como eje metropolitano. El Plan recomendó la creación de una Junta o Comité Provisional como entidad a cargo de adelantar la obra y se puso una meta de diez años para adelantar el proyecto. Solo en 1975 se hizo el concurso para elegir el proyecto, que se ejecutó entre 1983 y 1987, con otros criterios, diseños y concepciones a las planteadas en este Plan.

En general el Plan del Centro de 1968, siguiendo las concepciones de aquellos años, hace el diagnóstico de la situación, plantea alternativas y define lineamientos para que sean convertidos en proyectos específicos. No hacía urbanismo estrictamente ni diseño urbano. Pero concibió un centro de ciudad a partir de la interpretación de unas realidades que se consideraban adecuadas o problemáticas. Con lo cual nos dejaron un retrato de cómo era el Centro en aquellos años pero también de los imaginarios de aquella sociedad a través del pensamiento de los arquitectos y el equipo a cargo. Al concretarse su ejecución, con cambio de orientaciones, con errores y aciertos, se cambió radicalmente el paisaje urbano. Curiosamente algunas preguntas y respuestas fundamentales sobre transformaciones sociales siguen vigentes, mantienen los mismos sesgos y prejuicios, las mismas ubicaciones y segregaciones socioespaciales mientras se abren y se cierran vías, se amplían calles, se cambian una y otra vez los pisos de aceras y espacios públicos, se reglamentan y mejoran fachadas… obras que parecen un déjà vu. Y queda aún latente la pregunta por la historia, de la que poco o nada hay referencia en aquel Plan del Centro, y la que poco parece significar e incidir en el presente.

Carrera Bolívar. Juan Fernando Ospina, 2017.


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De Greiff: el músico y el poeta

De Greiff: el músico y el poeta

Archivo Fotográfico BPP


Número 95 Marzo de 2018

Entre relatos, rimas y palabras exquisitas, León de Greiff se ubica en un lugar privilegiado de la historia intelectual antioqueña. A este poeta esencial se le identifica como un erudito dedicado a las letras y al estudio minucioso de la composición narrativa y lírica, esto reflejado en su lectura fervorosa de diversos autores en sus lenguas nativas, como Goethe, Shakespeare, Voltaire, Thomas Mann, Homero, al igual que varios de sus contemporáneos colombianos. Su hacer literario no tuvo fronteras; no obstante, De Greiff tenía un músico dentro que siempre se le escapó entre líneas. El interés y la curiosidad por el hacer musical se hacen patentes en su construcción literaria de tal forma que se le atraviesa hasta en la pluma, llegando al punto de componer sus letras con los matices y florituras propios de la música académica. Entre las libretas personales del poeta que guarda la Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto se encuentran varias de ellas con un contenido cuyo orden o sentido aún se desconoce, pero que en su singularidad revelan parte del espíritu erudito de Leo Legris: sus listas de libros, discos y compositores van tejiendo la inmensa red que habría de ser la mente ilustrada de este escritor. Pero entre los autores, las disqueras y los códigos de clasificación resalta la temática reiterativa que refleja precisamente esa curiosidad musical: la vida de grandes compositores como Wagner, Beethoven, Debussy, Bach, Schubert y otros tantos más, en libros y análisis musicales que daban detalles tanto de la estética de la composición como del ánimo y pulsión del músico.

De alguna forma, el espíritu artístico de León de Greiff se encontraba inquieto ante la grandeza de estos compositores que con sus obras impactaron la historia de la música y del arte en general, transformando las dinámicas académicas y sociales de cada una de las épocas en donde tuvieron lugar sus genios. Quizás por eso, sus propios poemas, con una estructura que se asemejaba a diversos ritmos, géneros e instrumentos, sonaban una música única para el poeta, cuya dirección no tenía batuta, sino tinta y pluma.

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El Mocho Giraldo. Un ejemplar original

El Mocho Giraldo
Un ejemplar original

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ • Fotografías de Archivo familiar, Jairo Ruiz Sanabria y Juan Fernando Ospina


Número 95 Marzo de 2018

Guayaquil podía convertir a un joven bulteador y vendedor de aguacates maduros en un novel comerciante de libros viejos. No importaba que el Mocho apenas juntara las letras, fue acumulando números y comenzó a distribuir textos escolares en varias ciudades colombianas.

Aprendía rápido. Con el paso de las hojas se hizo magnate y luego pirata para darle lustre a su muñón. Baldor, Krishnamurti y García Márquez fueron sus socios. Murió en diciembre pasado en una de sus bodegas en Medellín. Dejamos un epílogo a manera de epitafio.

No hay auténtico caballero que no se haya comportado como un rufián al menos una vez en la vida. Eso dice Javier Marías cuando se refiere a Robert Louis Stevenson, el escritor inglés, autor por cierto de una de las sagas de corsarios más pirateada: La isla del tesoro. De esos granujas sin tacha, de textos viejos y algunos no tanto, trata la leyenda de Gilberto Giraldo Barrientos, más conocido en los antros de libros y discos viejos como el Mocho.

En diciembre de 2017, muy cerca de cumplir ochenta años, Giraldo dormía al fondo de una de sus bodegas, en la avenida La Playa, pertrechado por torres de libros, y más de quinientos mil discos de vinilo que cuidaba con recelo, aunque sin ningún registro más que su memoria. El hombre ya sordo, sin hijos, con una pensión de seiscientos mil pesos, que además tenía embargada, había aparecido treinta años antes, quién lo creyera, en la revista Dinero, como propietario de una de las quinientas empresas más prósperas del país: la Librería Antaño.

Entre las décadas del ochenta y noventa, el imperio de don Gilberto tenía sucursales en Barranquilla, Cúcuta, Bucaramanga, Cali, Manizales y Pereira, además de otras sedes pequeñas, en ciudades intermedias, y hasta en pueblos como Fredonia. Era el distribuidor autorizado de sellos prestigiosos como McGraw-Hill, Pearson, Planeta, Susaeta, Norma, Santillana y otros más. Los gerentes comerciales de estas empresas le despachaban sus camiones bajo contratos de palabra. Uno de ellos recuerda que bastaba la cédula de Giraldo y su muñón para cerrar un contrato. Las citas comerciales se hacían casi todas en bares del Centro de Medellín. Al inicio de la temporada escolar, los ejecutivos de ventas tenían que esperar su turno, cerveza en mano, en alguna mesa, hasta que el Mocho se dignara a dictarles su pedido, uno por uno, con fondo de bandoneón y canciones de arrabal, en sitios como El Campín o Leomar, cerca de la Plazuela Uribe Uribe.

La intuición que tenía don Gilberto estaba respaldada por el conocimiento del mercado. Le gustaba recorrer el país en carro, tienda por tienda, para averiguar cómo se movían los libros en cada región. Ni corto ni perezoso, el Mocho cruzó fronteras para ampliar su comercio hasta Ecuador, Perú, Argentina y Uruguay. Y aunque era ávido para los negocios, le tenía miedo a los aviones. Como no podía cruzar la selva del Darién por tierra, le tocó volar, como Simbad, hasta Panamá. Desde allá, su mercadeo sobre ruedas llegó hasta Costa Rica, Guatemala y México D.F.

En aquellos tiempos no había ni atisbos de internet. La gente todavía compraba enciclopedias a crédito, alquilaba revistas de historietas y ni por asomo se hablaba de libros electrónicos. El Mocho era una especie de jeque tropical de los libros. Le gustaba vestir Kosta Azul y Everfit, tener su propio chofer y pavonearse de su fortuna con los libreros pobres del pasaje La Bastilla, a los que de vez en cuando invitaba a beber. En aquellos raptos de generosidad, cuando le anunciaban que ya era hora de cerrar el local, se encerraba con los convidados a tomar pola o a jugar billar hasta el amanecer: “Yo pago todo”, anunciaba.

Celina, la última mujer de Giraldo, evoca sus juergas disparatadas: “Después de trabajar como un burro, bebía hasta ocho días seguidos. Andate que ya voy para la casa, me decía, cuando iba a sacarlo del Campín. Y después aparecía con mariachis o con amigos músicos. Otras veces íbamos a Tierras Colombianas, en la época de los ochenta, cuando había plata para dar y convidar”.

Lo conoció en Cali, cuando ella era una madre soltera, paisa y sin fortuna. A Gilberto le cayó en gracia, pero adujo estar ocupado en ese momento. Le puso una cita en La Viña, en Medellín. Vio que era un tipo de pocas palabras, aunque agradable, a pesar de la mano que le faltaba. Luego supo que la había perdido de niño, durante la molienda de caña en un trapiche, una de las tantas faenas que le imponía su padre en la finca de Ituango donde había nacido.

Quince días más tarde, Gilberto cumplió su cita en la repostería. Mientras tomaban el algo, el hombre le propuso a Celina que le ayudara a manejar una bodega en el Edificio Cuartas. Andaba más suelto de lengua, y contó episodios sobre su pasado rural. El rigor de esas labores de campo excedía su cuerpo de niño, pero talló en él ese carácter duro, que por momentos rayaba en la hosquedad, y que solo los más cercanos comprendían. Manco y agrio, Gilberto migró a buscar futuro en la Bella Villa.

Era poco más que un adolescente cuando llegó a trabajar en el mercado de Guayaquil como mensajero, bulteador y vendedor de aguacates. Un tío que pasaba, Roberto Giraldo, cantante de música vieja, lo vio con una carga enorme al hombro y se conmovió: ¿Por qué no vendés libros más bien? El joven Giraldo Barrientos tuvo su epifanía. Los puestos de libros callejeros ya anidaban entre los de verduras. A diferencia de los vegetales, que los clientes buscan cada vez más frescos, los libros, aún envejecidos, cobraban el interés de algún peatón. Un vagabundo pasó ofreciendo un directorio telefónico y el Mocho se lo compró. Luego pasó alguien que necesitaba hacer una llamada y, cuando le pidió prestado el mamotreto, Gilberto le dijo: “No se lo presto, se lo vendo”. Le dobló el precio. Tomó aquel golpe de suerte como un augurio. Fue el inicio de su carrera y un episodio de leyenda que a él le encantaba comentar.

Como vendedor a granel, Giraldo anduvo en aceras y ferias callejeras de todo el país. En Bogotá fue compañero de andanzas de Carlos Federico Ruiz, que a la postre sería el fundador de Panamericana. “Tenía olfato y buena memoria —dice Gustavo Zuluaga, el Hamaquero— para saber qué libros se vendían mejor. Sabía detectar el aire intelectual de su época, sin haber leído casi nada”. Era un lector solapado, apenas leía solapas. A ojo de buen cubero, lograba calcular el costo de cada ejemplar en un lote inmenso de libros. Más que librero era un saldero. Una vez, según cuenta el mismo Gustavo, compró veinticinco cajas de Plaza y Janés sin mirarlas. Con vender solo una parte libraba el costo, mientras el resto de volúmenes, a cualquier precio, era una ganancia neta. Las bodegas de Giraldo empezaban a llenarse. Mientras tanto, cuando un autor se ponía de moda, él iba preguntando: “Ole, ¿y ese Krishnamurti quién diablos es?”.

Antes de que la autoayuda colmara los estantes con sus recetas de felicidad, era el espiritismo el que atrapaba al lector. El ansia por encontrar cualquier luz en el camino hizo que varios autores pescaran incautos para obnubilarlos. De aquí y de más allá llegaron toda clase de propuestas: viajes astrales, la ampliación del tercer ojo, citas con los muertos, ocultismo recién revelado, sexo tántrico y toda suerte de oráculos y regresiones. Esta fiebre popular de metafísica no solo le brindó pingües ganancias a don Gilberto, sino que le despertó el interés como lector, algo insólito en un librero de su calaña.

Samael Aun Weor, seudónimo de Víctor Manuel Gómez fue el profeta que lo sedujo. Su discurso era una mezcla de esoterismo, evangelios apócrifos, astrología y doctrinas orientales. Se decía en los bajos fondos que este personaje era un hermano bastardo de Laureano Gómez. Tenía más de treinta títulos en circulación, entre los que se encontraban: Tratado de alquimia sexual, Rosa Ígnea, Curso esotérico de Kábala, Magia crística azteca, Las respuestas que dio un lama, La piedra filosofal, Matrimonio, divorcio y tantrismo. Sus enseñanzas hacían parte de la doctrina de una secta neognóstica que tenía sedes en Bogotá y Ciudad de México.

A mediados de los setenta, los libros de Samael se vendían como pan. Don Gilberto sabía conseguirlos y despacharlos a todo el país y a los países vecinos. El aura de este gurú era la que más brillaba en el mercado del libro popular, mucho antes de que se ungiera a Paulo Coelho. Ningún tiraje parecía suficiente, los adeptos se multiplicaban, así que alguno de ellos le dio al Mocho la idea de sacar sus propias ediciones. Correcto como había sido, averiguó quién podría detentar los derechos de autor de su admirado maestro. Una voz al otro lado de la línea se identificó como el albacea literario y único heredero de los derechos, un teniente del ejército de apellido Gómez, hijo de Aun Weor, quien se conformó con un cheque por setenta millones de la época. A partir de entonces, el Mocho Giraldo contrató los servicios de un taller litográfico. Fue un negocio redondo, uno de los que impulsó en su carrera de magnate de los libros.

Celina recuerda el día en que don Gilberto la llevó a conocer su oficina en el Edificio Cuartas. Eran cuatro pisos atiborrados de libros hasta los baños, como a él le gustaba, sin orden ni concierto. Desde ese sancta sanctórum, el hombre manejaba solo y con una mano aquel reino de papel. Venía de Cali, donde acababa de abrir otra sucursal de la Librería Antaño, pero también había fundado ya, en la misma ciudad, con Orlando Vázquez, el Tuerto, la mítica librería Atenas. Frente a esos arrumes polvorientos, lo primero que le dijo a ella, con el rictus serio fue: “¿Por qué no me ayudás a hacer un inventario?”. Ella no supo si reír o llorar.

Desde luego que don Gilberto hablaba en serio. Siempre trató de que las mujeres le ayudaran a ordenar su vida, pero a excepción de Celina, todas terminaban por robarle mercancía, chantajearlo o hacer contabilidades dobles de sus admirables dividendos. Con la última pareja de Cali, una nativa del Pacífico, sufrió una decepción que acentuó su melancolía. Tuvo con ella una hija y, muchos años después de la ruptura, el hombre trató de encontrar a su heredera, acaso para acogerla y llevarla a vivir con él. Atando cabos logró llegar hasta un inquilinato donde le contaron que la pelada andaba más en la calle que allí, que se había extraviado entre las drogas, hasta que en alguna mala noche un fulano la contagió del sida que la mató poco después.

La tragedia de la hija fue tan dolorosa como el accidente en el trapiche. Regresó a Medellín, pero antes le ofreció trabajo a Celina. Ella iba a darle una mano con las facturas, a atender las llamadas de las sucursales, a despachar textos de temporada, o a pasar el trapo por algunos volúmenes que él se empecinaba en guardar para las próximas ferias. De esa época recuerda que escribía las cuentas, con un mocho de lápiz, en las paredes: Zutano me debe tanto, escribía.

El Mocho parecía adoptar aquella frase: Témele al hombre de un solo libro. Quería tenerlos todos con él. Compraba por una bicoca los restos que quedaban del regreso al colegio, o los discos en acetato de Los 14 cañonazos que ya nadie bailaría; siempre encontraba un sitio dónde ubicarlos. Tuvo hasta ocho bodegas solo en Medellín. Tal vez se sentía seguro con las bases ocupadas. Otros lanzarán teorías sobre su pasión por acumular; baste decir que los bibliófilos que asomaban la nariz por sus recovecos no hallaban por dónde caminar.

Las torres de papel siempre lo atrajeron. Pablo Quintero, ejecutivo de ventas, recuerda la época de oro de don Gilberto. Alguna vez le facturó un pedido por dos mil millones de pesos para la Editorial Pearson. “Eran libros de ciencias básicas, como el famoso Cálculo de Leithold, o el de Swokowski, y libros técnicos de ingeniería. Nunca tuvo una visión comercial de los negocios, todo lo tercerizaba con porcentajes. No era un estudioso, pero tenía una intuición absoluta”.

El Mocho Giraldo en el pasaje La Bastilla, 1974-1976. Archivo familiar.

Durante varios años el libro más vendido en Colombia fue la cartilla Nacho lee. Había una edición pirata que estaba quebrando a la Editorial Susaeta. Viendo esto, Quintero le propuso a su empresa sacar una edición más barata que la fraudulenta, y distribuirla de manera masiva por todo el país. Solo faltaba una pieza clave en el mecanismo: el Mocho. Cuando el hombre les puso una cita en su billar favorito ya tenía su propio plan. Aceptaría distribuir los treinta mil ejemplares de Nacho lee bajo una condición: todas las cartillas debían llevar impresa en su contraportada la publicidad de la Librería Antaño, junto con las direcciones de las principales sucursales en todo el país. El auténtico Nacho venció a los piratas. Además, su aventura editorial permitió ampliar la colección. Ahora Nacho escribía, sumaba y multiplicaba.

A mediados de los noventa, Giraldo Barrientos viajó al Cono Sur, hizo contactos con la Editorial Kier, de Argentina, que publicaba a escritores esotéricos como Max Heindel, autor de El secreto rosacruz del cosmos, o a Rudolf Steiner, inventor de Antroposofía. El sello gaucho era uno de los más buscados por las almas extraviadas de la Nueva Era. Ante la demanda de los lectores, otros libreros también importaron los títulos. Varios de ellos, que no eran tan serios como el Mocho, les incumplieron con el pago a los impresores. Y cuando Giraldo intentó renovar los pedidos, le contestaron que habían suspendido cualquier negocio con colombianos. La sequía de las almas se dejó sentir en las vitrinas. Los gurúes dejaron de hablar en sus páginas hasta el día que a Giraldo se le dañó el corazón e inició su carrera de pirata.

“Gracias a él pude leer Por el camino del zen, de Alan Watts, o El libro tibetano de los muertos —dice Gustavo Zuluaga, quien en esos años andaba arañado por el esoterismo—. Las ediciones del Mocho se volvieron imprescindibles para iniciados y no iniciados. Don Gilberto era muy osado. Mientras un pirata timorato imprimía doscientos ejemplares, él sacaba cinco mil. Así pasó, por ejemplo, con Ibis, de Vargas Vila, o con Lobsang Rampa, ambos de Ediciones Beta, de México”. Los hippies bajaban de Santa Elena a buscar en sus anaqueles un Tao te king o un Popol Vuh de bolsillo, para leer en sus ratos de incienso. Y solo una vez, don Gilberto recibió una llamada intimidante de Bogotá. Alguien con una voz socarrona le dijo que ostentaba los derechos de una obra, y le anunció su demanda: el libro era el I ching, escrito hacia el año 1200 antes de Cristo.

Para no ignorar a los profetas en su tierra, el Mocho también hizo sus tirajes de Fernando González, mientras la familia del filósofo andaba agarrada con la Editorial Bedout por los derechos.

Entre otros autores que pudieron entablar pleitos contra Giraldo se cuenta al poeta Juan Manuel Roca. Solo que él vivía agradecido porque cada vez que visitaba algún país vecino lo recibían con honores. No entendía cómo lo habían leído. Luego supo que hacía rato circulaba por Latinoamérica la primera edición casi original de su Antología poética, obra del Mocho. Ningún editor se había arriesgado a publicar un libro de poesía con un tiraje de cinco mil ejemplares. Y, cuando se encontraban, Giraldo le decía en broma al vate: “Juan Manuel, casi no se ha vendido tu libro…”.

El juego tuvo su primer revés de fortuna la mañana del 27 de agosto de 1992. De improviso, varios camiones de la Fiscalía y de la Policía Metropolitana llegaron a rodear una zona entre la calle Colombia y la carrera Junín, justo en el área donde don Gilberto tenía tres de sus bodegas. La noticia contaba que habían decomisado 2242 cajas con libros piratas por un valor de 1740 millones de pesos. Entre los textos decomisados figuraban ejemplares de Doce cuentos peregrinos, para el momento el libro más reciente de García Márquez. También se informaba de la detención de Giraldo Barrientos y el inicio de una investigación en su contra por el delito de plagio.

Fue cierto que don Gilberto empezó a vender Doce cuentos un día antes de que este se presentara en sociedad, mediante una tropa de jóvenes que voceaban el título, a grito pelado, por el Paseo Junín. Los lectores afiebrados lo cogían en las manos y dudaban cuando los muchachos les advertían que no eran copias piratas sino originales. Escépticos, pagaban su ejemplar, aunque advertían algo en la calidad de la impresión. Meses después, con el Mocho en la cárcel, empezó a tejerse una trama que parecía otro cuento peregrino.

Fotografía de Juan Fernando Ospina.

Fotografía de Juan Fernando Ospina.

El allanamiento y la detención llegaron luego de que el editor de García Márquez, el catalán José Vicente Kataraín, denunciara el 29 de junio de ese año la supuesta reproducción ilegal de ejemplares de la editorial Oveja Negra; además de la desaparición de planchas y fotolitos. Había varios nombres implicados en el delito, entre ellos Felix Burgos y Gilberto Giraldo, exempleados de ventas del sello. 

En las pesquisas iniciales, de acuerdo con la noticia, no se hallaron evidencias ni pruebas de que los acusados fueran los responsables de la reproducción fraudulenta. Además, las planchas hurtadas todavía figuraban en el inventario de la Oveja, sin que nadie antes hubiera denunciado su pérdida.

En otra diligencia, los investigadores le preguntaron a Kataraín cómo podía explicar el robo teniendo en cuenta que para llevarse unas planchas tan pesadas se necesitaban varios montacargas. El editor cambió su versión y dijo que solo le habían robado los negativos fotográficos. A pesar de lo dicho, luego se hallaron las pruebas en las empresas donde Oveja Negra imprimía a Gabo: los talleres Printer y Retina. A propósito, la Fiscalía aclaraba que no había ediciones piratas entre los materiales confiscados a don Gilberto, luego: ¿cómo habían llegado a sus bodegas estos libros originales?

La mañana en que lo detuvieron lucía atolondrado. Y aunque esta vez él sabía que era una falsa acusación, se doblegó a tal punto que los verdaderos culpables se aprovecharon. El Tiempo de esos días soltó el cuento caliente:

“En este episodio de Medellín, Patricia Salazar, Fiscal de Investigaciones Especiales, hizo una serie de acusaciones contra Kataraín. Los detectives de la Dijín sacaron de su oficina a Giraldo y lo llevaron a una casa donde funciona un negocio de apuestas permanentes. Allí Kataraín redactó un documento en manuscrito donde consta que Giraldo cede todos sus bienes por un valor de dos mil millones de pesos como pago por los libros que supuestamente había pirateado. Y lo obliga a firmar una confesión donde él acepta que es un editor pirata”.

“A pesar de que Kataraín pone a disposición de la Fiscalía dichos comprobantes y títulos valores, esta considera que pudo haber un constreñimiento ilegal contra Giraldo, es decir, que lo presionaron con la Dijín, para actuar contra su voluntad, prefabricar pruebas, y entregar sus bienes”.

Era curioso que los tiquetes aéreos y los gastos de hospedaje, en el Hotel Nutibara, y la alimentación de los sabuesos del caso, los pagara el mismo Kataraín, en una conducta que se insinuó como un caso de cohecho. La Fiscalía solicitó entonces que la Procuraduría Delegada para la Policía Judicial investigara la conducta de los miembros de la Policía.

El editor catalán y su abogado obtuvieron de Giraldo no solo los cheques sino su cédula, con la cual hicieron retiros de dinero de sus cuentas. Como parte de la patraña, después entregaron el dinero a la Fiscalía. Luego, Kataraín intentó demostrar que los libros del Mocho Giraldo no eran originales. Para comparar, les enseñó a los agentes del DAS, un libro de Crónica de una muerte anunciada producido en Oveja Negra.

Cuando los agentes examinaron el ejemplar encontraron un error que les llamó la atención. En el libro se leía: “Impreso en 1989, en Santa Fe de Bogotá”, nombre que se retomó para la ciudad solo después de la Constitución de 1991. A juicio de los investigadores se trataba de una seria evidencia de que el libro había sido impreso de manera fraudulenta por Kataraín.

La fiscal Salazar, en su providencia, decidió dejar en libertad a todos los implicados. Y aunque la falsa denuncia quedó sin pista, nunca se volvió a hablar de los ochocientos mil ejemplares distribuidos por toda América, y que, según los cálculos de la agente literaria del nobel, Carmen Balcells, jamás se declararon a su autor.

Confundido e indignado con el embrollado cuento de los piratas, García Márquez envió a los diarios un mensaje: “Ante la legalización de las ediciones piratas por la justicia colombiana, no me queda otro recurso que retirar del mercado de Colombia todos mis libros legales”. Después también le dio la espalda a su editor de confianza.

El Mocho Giraldo con el Hamaquero, 2017. Fotografía de Jairo Ruiz Sanabria.

Con el sambenito de pirata que portaba, era difícil para el Mocho librarse del cargo de plagiar al Nobel. En algún momento, entre agosto y diciembre de 1992, declaró que el lote de cinco mil gabos no era obra suya, se lo había comprado a Pedro Walteros; pero admitió su culpa en el mercadeo de unos libros que, aunque eran originales, también eran ilegales.

Celina recuerda que mientras estuvo en la celda de la Cárcel Modelo las librerías siguieron abiertas, y que a don Gilberto lo visitaban los proveedores para tomarle sus pedidos: a pesar de todo, no le retiraron su estima de hombre correcto. Fue incluso el propio gerente de la McGraw-Hill el que ayudó en la defensa.

En medio del escándalo de los piratas de Macondo, Margarita Vidal, en la revista Cromos, lo bautizó: “El Pablo Escobar de los libros”, un título nobiliario que él repetía con gracia, aunque solo después de que los abogados le arrancaran hasta un último peso, y que la Fiscal 266 dijera que no había encontrado méritos para mantenerlo en prisión.

Volvió a respirar el aire de sus bodegas, aunque “arrinconado por esa mala fama”, según Gustavo Zuluaga, que se precia de ser el único amigo de sus últimos tiempos. “No podía ver una foto de García Márquez porque le daba maluquera”, dice Celina. Se acordaba de esos días sin sosiego, entre celdas y juzgados, o de las bandas que lo extorsionaban porque todavía lo veían como un magnate.

De las ventas al por mayor pasó al comercio de libros y discos viejos. Ahora tenía tratos con recicladores y carretilleros. Ante la fiebre por los discos de vinilo, se dio a la tarea de llenar cuartos enteros con música. Los coleccionistas lo buscaban en el local de Palacé o en el de La Playa con Girardot. Siempre había un melómano dispuesto a perder horas, desafiando la rinitis para encontrar alguna joya envuelta en el celofán original. En cuanto a las vejeces de papel, hay quien recuerda haber comprado una primera edición por una bicoca, y otros que vieron una edición común de Don Quijote por un precio delirante. El Mocho escribía sus precios a lápiz, con números burdos, arbitrarios y enfáticos. Todos sabían que no habría rebaja.

Entre las amantes, las bandas y los abogados, su fortuna se volvió hilachas. Pablo Quintero recuerda haber visto en un local, al lado suyo, a una mujer díscola y furiosa: ¿Es tu novia? Le preguntó, con discreción, a don Gilberto: “¡Qué novia va a ser Margarita! ¡Esa es una loca de la que no me he podido zafar!, pero como ella es tan brava, la mando a torear a los clientes malapagas”. De pronto, entre polas, los amigos del Mocho, que lo querían más que él a ellos, hacen un inventario de sus amores fugitivos.

Cuando vino la Señora Muerte, como ropavejera, a buscarlo en su bodega, don Gilberto no opuso ninguna resistencia. Le dijo a Celina que se quería quedar allí. Como reencarnacionista, siempre creyó en otras ediciones póstumas. Después agregó un comentario de su prosa comercial: “Al final me voy quebrado, pero no le debo un peso a nadie”.

Fotografías de Juan Fernando Ospina.


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La prueba reina

La prueba reina

por GISELA POSADA • Fotografías de Juan Fernando Ospina


Número 92 Noviembre de 2017

El pequeño buda está sobre la mesa, la luz de la mañana aún es tenue en la ventana que da al occidente de Medellín. Ella se levantó desde muy temprano para atender la primera cita del día. Pacientemente pasa el algodón húmedo con alcohol por cada una de las cartas del tarot egipcio y se cerciora de que las imágenes de los veintidós arcanos mayores y 56 menores queden limpias. Todo está dispuesto: la cama matrimonial al lado de un escritorio donde hay fotos familiares y frases de Desiderata, San Marco de León y San Antonio —el que hace volver los novios—; estampas religiosas y coloridas bajo la superficie de vidrio. El buda permanece inmóvil sobre un cenicero de plata con monedas y billetes en su base; la virgen con un niño en brazos está iluminada con velones encendidos. En el dintel de la puerta la penca con cintas rojas y verdes, amarrada a una herradura. Los diplomas de parasicología, los inciensos, las velas, así como las campanas traídas de Indonesia, dan crédito de un oficio que ha ejercido durante toda su vida. Siendo niña, Reina soñó con adivinar el futuro; cumplidos los 18 años y con dos hijos a bordo y en embarazo del tercero, que sería mujer, aprendió a leer la baraja española, el cigarrillo y las líneas de la mano con una gitana en Dabeiba, Antioquia.

El teléfono gris de disco redondo no para de sonar. Desde muy temprano comienzan a solicitar turnos, preferiblemente separan la cita para los martes y los viernes, días en los que según advierte la pitonisa, se leen mejor las cartas y sale más de lo que necesita saber. A las siete de la mañana inician las jornadas que terminan a la media noche. Un dolor de cuello queda después de tanto usar los “poderes de la mente”, dice, que solo se calma con cristales calientes de penca en la espalda y las papas recién cortadas en rodajas sujetadas por un pañuelo blanco a la cabeza. Un cansancio después de dedicar horas y horas a escuchar penas, secretos ajenos, desventuras, sueños imposibles. Una especie de radióloga de la debilidad humana.

Las lecturas del tarot las refuerza con los baños para la suerte. Los martes y viernes las botellas con las siete ramas están listas para completar las recetas sugeridas por la adivina. Ruda, albahaca, yerbabuena, limoncillo, botón de oro, romero y eucalipto, cocinadas todas juntas, son llevadas al toque final de la pócima con miel de abeja y citronela. Se debe echar por nueve días en el cuerpo y hay que repetir con los ojos cerrados la frase “Jesús de Nazaret así como entraste a Jerusalén a sacar el mal y entrar el bien, te pido que entres a mi cuerpo, saques el mal y entres el bien”.

***

—¿Cómo estás, Reina? —le dijo el exalcalde de Medellín.

La mañana inicia tras un tinto y algunas palabras. La visita fue creciendo en curiosidad, el cargo del consultante pendía de un hilo por orden del procurador de turno, el temido señor Ordóñez. Sin escoltas, el exalcalde de Medellín se sentó frente a doña Reina, separados por un escritorio y el fajo de cartas coloridas en el centro. Con sus manos blancas y las uñas pintadas de rojo, el tarot egipcio fue revelando una a una las imágenes, como si de una pintura se tratara. “Por su suerte, su porvenir, quién lo piensa y con quién triunfa… a su derecha…”. Allí estaban la Torre encendida en llamas, la Parca en primer plano y una noche estrellada con perros aullando, la carta de los enemigos ocultos, fueron señaladas con el dedo índice de la adivina que abrió sus ojos y luego entre suspiros, gestos contrariados y énfasis en el tono, le dijo:
—¡Usted tiene muchos enemigos, pero muchos! Una persona muy poderosa, mire aquí la carta del Emperador, lo quiere es aniquilar, pero no se preocupe, todo saldrá adelante. Lo que se viene para usted es mejor que lo que está sucediendo ahora y las cosas estarán bien, mire aquí el sol venciendo el peligro y usted saliendo adelante de todos los obstáculos. A usted no le va a pasar nada, esté tranquilo.

A los tres días del encuentro inhabilitaron por quince años al exalcalde. En una llamada por teléfono llegó el reclamo.
—Oye, Reina, ¿no dijiste pues que a él no le iba a pasar nada?, le dieron inhabilidad.
—¿Y qué es inhabilidad? Yo no sé qué es eso y además en el tarot eso no sale. Yo estoy segura de que todo saldrá bien y que no tiene de qué preocuparse.

Al cabo de dos años, en el 2014, una decisión del Consejo de Estado retrocedió aquello que parecía irreversible, el exalcalde de Medellín restauró su dignidad y quedó exonerado de toda culpa.

***

En el parto, a su madre le pusieron los santos óleos, ya que peligraba su vida y la de la niña. La madrugada del 7 de diciembre de 1938, con la luz de una vela, la partera recibió a Reina Mejía, la primogénita de Sofía Mejía. Y aunque a su padre nunca lo conoció, lo trae a escena cuando recuerda que este emprendió un viaje de tres días por trocha y a caballo para verla. En ese tramo al parecer se comió una lata de sardinas con fecha vencida y murió. “Soy hija natural”, dice, y hace énfasis en que Luis Eduardo Salazar, su padre, un hombre de buena familia, alto, blanco y de ojos claros, le dejó unas casas como herencia que le fueron arrebatadas por sus tías, quienes luego vieron cómo se esfumaron de sus manos tras una inundación en Guadalupe, Antioquia. “Fue como una maldición, como no fueron para mí, no fueron para nadie”, sentencia.

A los 16 años se enamoró de un muchacho de barrio y los hijos vendrían como un milagro multiplicado, nueve en total. “Hubiera tenido veinte, treinta hijos, si hubiera podido. Estar embarazada era para mí la felicidad más grande del mundo”.

Su voz es dulce y no ha perdido el brillo con el desgaste de los años. “Yo era maestra. Estudié pedagogía en la Escuela La Modelo, que quedaba por Bolívar —cerca al Hospital San Vicente—, antes se llamaba Pedro Pablo Betancur. Tenía doce años y me encantaba estudiar, lo que más me gustaba era Historia Patria y era muy mala para el dibujo. Recién casada y con mi esposo enfermo y hospitalizado, improvisé un kínder en la sala de la casa y todos los días recibía a los niños, les cantaba canciones y así les enseñaba las vocales y refranes, algunas veces los castigaba con dos piedritas en la mano hasta que se cansaran, pero ellos me querían…”.

***

La mayoría de los días la casa está llena de clientas, solo algunos hombres se atreven a que les adivinen el futuro. Para ellas la lectura del tarot se ha convertido en necesidad biológica, el mundo no se mueve sin los consejos de la adivina.

A las primeras citas asistían mujeres que peligraban por ser amantes de los nuevos ricos del narcotráfico, y también otras que se disputaban un lugar entre los hombres de la mafia. Amanda Caro, por ejemplo, cabello corto y voz fuerte, manejaba directamente gran parte de los tratos, decidía y discutía de tú a tú con los grandes del negocio, como uno más. Una vez Reina la llamó para contarle que había soñado con ella, que su cabeza se había convertido en una cáscara de huevo que chocaba contra una pared y se volvía polvo. En medio de amenazas y huidas a media noche, Amanda tuvo que cambiar de residencia por ir más allá de los límites, donde hasta la propia sombra engaña; se encerró en un apartamento prestado y se dedicó a fumar y a leer revistas, con la esperanza de que la marea se calmara; una tarde que decidió sacar la cabeza para tomar un poco de aire en el pasillo del edificio, la esperaba un hombre que le apuntó en la boca y le vació completa la carga de balas que tenía.

Otra avezada y con cuero duro fue María Claudia Puerta, dueña de varias estaciones de gasolina. Se sintió con bríos para sobresalir en ese azaroso camino e intentó adueñarse de las rutas y de gran parte del personal de trabajo. Al quedarse con una mercancía y querer imponer sus propias reglas fue sometida a una muerte atroz: uno a uno le fueron arrancado los pelos de la cabeza, la piel del cuerpo y las uñas de pies y manos. El escarnio quedó claro para aquellas que buscaran compararse con los machos curtidos en el oficio.

Esas clientas patronas, las que asumían negocios por su cuenta, las que daban órdenes y eran truculentas, como los hombres curtidos en la trampa y el dinero fácil, fueron cayendo una a una. Ese efecto dominó fue afectando los ingresos de la pitonisa que logró equilibrar con la llegada de otras mujeres, “las de cuna”, que la buscaban por la fama de la cual gozaba en Medellín. Por eso la casa de doña Reina siempre se caracterizó por tener un carro lujoso enfrente.

Una de estas mujeres fue Alicia Mejía, alta, de piel color canela, ojos grandes y expresivos. No usaba ropa interior y lo hacía evidente con sus largas batas transparentes. Fue la primera en abrir un centro de belleza en El Poblado; una casa finca con árboles frutales, totumos, mangos y nísperos. Muchas mujeres de clase alta probaron allá las bondades del sauna, el turco y los masajes con mascarillas para la piel; complementados con alimentos como pan integral, miel de abeja, ajonjolí y jugo de naranja. Desnudas comenzaban a parlotear mientras se embadurnaban con barro y arcilla. Alicia era la expresión de un nuevo marketing en ascenso, con su cuerpo saludable y la viva prueba de todos los beneficios que decía ofrecer. Casi siempre llevaba su cabellera suelta y desordenada, una llamarada roja. Una vez Reina la esperaba para su infaltable cita de los martes en la tarde y ese día no paró de llover. Apareció en la puerta, con una sonrisa plena y el exquisito perfume que la distinguía, llegó con la cabeza rapada diciendo que era la última tendencia, que ello permitía crear un canal entre el universo y uno mismo y que el cuerpo era el vehículo para purificar todas las energías. Algunos años después, Alicia tuvo una crisis económica que la obligó a buscar horizontes fuera de Colombia. Le pidió a Reina que cuidara por tres meses a sus dos hijos adolescentes, mientras ella regresaba, ya que sus parientes le habían dado la espalda. Un domingo llegaron a la casa de Reina los dos muchachos, con maletas gigantes. Durante ese tiempo trastornaron la cotidianidad del barrio y les enseñaron a los pelaos de la cuadra a montar en bicicleta y a bailar Brillantina. Les regalaron camisetas, pantalones de marca y tenis que jamás habían visto. Se fueron mezclando con esa vida de barrio tan distante de la suya, y tres meses después se despidieron con lágrimas.

***

La casa de Reina siempre fue un centro de atracción en el barrio Manrique, no solo por el oficio que ejercía y la fama adquirida, sino por su alegría y carisma.

Por azares de la vida esa mujer que le pronosticó una suerte tardía a un exalcalde de Medellín, era la misma que treinta años antes le vaticinara el destino a Pablo Escobar. Llegó a la casa de ese hombre que en los inicios se ganaba la vida vendiendo chance y le dijo: “Usted va a tener muchísima plata, hasta para tirar para arriba, pero ese dinero será su muerte, su perdición”. La carta de la Fortuna, que significa riqueza, salió al lado de la Torre, una de las cartas más temidas. En esos momentos Pablo Escobar no le creyó. La tía, como la bautizó para despistar a los curiosos, terminó frecuentando muchas veces al capo. Se encontraban en hoteles, en casas de amigos, en restaurantes, en fincas. La consultaba y le hacía caso para moverse y actuar. Un día, estando en la hacienda Nápoles —esa pequeña África hecha al capricho—, Pablo Escobar le preguntó por teléfono por su seguridad y ella le dijo que debía salir, que los limosneros —como les decían en clave a los policías— lo iban a coger. Inmediatamente atendió la advertencia, huyó por el río y se resguardó en Medellín.

“Un día envió una persona que me sacó a empujones de un velorio, diciéndome que él me había mandado a llamar, que debíamos salir”, cuenta Reina, “a la hora hubo una balacera tremenda y mataron a mucha gente, sin respetar siquiera al muerto en mitad de la sala”. También recuerda una novia joven y muy bonita que Pablo tenía: “Estuvo en mi casa y me dijo: ‘estoy saliendo con un guardaespaldas de Pablo, me tiene loca y estoy muy enamorada’. Yo le dije: ‘No te pongas en esas, recuerda que Pablo es muy celoso, tanto de sus rutas como de sus mujeres… aquí sale que te va a pillar’”. Meses después la encontraron a ella y a su amante en la maleta de un carro.

***

La mirada de Reina es juguetona, sus gestos conservan la vitalidad de una infancia añeja. A sus 79 años y con dolencias en una rodilla, después de una prótesis mal hecha, no se deja bajar de pinta: se maquilla, se arregla el pelo y por lo general se tintura de rubio; usa ropa fina, lleva siempre las uñas arregladas y sandalias brillantes. Pero ni ella ha podido escapar de sus sentencias. Descubrió la propia fatalidad el día que se leyó las cartas junto a un amigo y vio cómo iban apareciendo imágenes como la Torre y la Reina de Espadas que en el tarot, cuando aparecen juntas, significan un peligro inminente. Con estupor le dijo al hombre de estatura media, piel blanca y ojos maliciosos y pequeños: “Qué extraño Germán, veo que me van a secuestrar y la persona que está detrás de todo esto sos vos; no puede ser, vas a ayudar para que me amarren, saldré enredada en algo que no sé qué es, qué susto”. Efectivamente, dos días después fue sacada de su casa con la disculpa de un trabajo a domicilio y de unos riegos que debería echarle a un negocio que estaba salado en la avenida Las Palmas. Estuvo cinco días perdida. Al regreso, con los estragos del pánico en su cuerpo, fue hospitalizada y obligada a reposar tres meses largos. Paulatinamente se adaptó de nuevo a la cotidianidad, espantando miedos y retomando la confianza en ella y en los demás.

Ahora Reina se mueve con dificultad, basta encontrarla tomando café con leche en la sala de su casa, vestida con una manta guajira, para ver esa especie de matrona que sostiene el bastón y se prepara para atender alguna clienta o algún curioso con ganas de saber qué le depara el destino. Tiene la capacidad de reírse de todo y de todos y hasta de sacarle chistes a la tragedia. Cuando recuerda los tiempos idos, las historias vuelven, reales y vivas, como cuando sentenció, sin miedo, los cambios en la vida de actores, políticos, cantantes, negociantes, profesores, sacerdotes, prostitutas y todos aquellos que pasaron la puerta. Singular destino ese de leerle el destino a la gente, saber qué les deparan sus deseos más íntimos; ese destino lo leyó a millares, cuando el dinero fácil se movía sin pudor por calles y bolsillos.



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Regular lo irregular

Regular lo irregular

Archivo Fotográfico BPP


Número 91 Octubre de 2017

Pocas figuras tan controvertidas y tan influyentes en la historia urbanística del país como las que representan los nombres del catalán Josep Lluís Sert y los suizos Paul Wiener y Charles-Édouard Jeanneret-Gris, más conocido como Le Corbusier. Este último —reconocido por ser el pionero del urbanismo del siglo XX y uno de los exponentes de la arquitectura moderna y del estilo internacional— diseñó más de veinte ciudades en el mundo. Vino cinco veces a Colombia, entre ellas una a Medellín, diseñó un plan de urbanización para Bogotá e influyó tangencialmente en el Plan Regulador de Medellín, o sea, la traza de nuestra “Tacita de Plata” no pasó inadvertida por su cerebro.

La propuesta para la capital antioqueña incluyó la canalización del río y la articulación de la ciudad en torno a aquel, el reordenamiento del Centro y la construcción de un nuevo foco administrativo —que derivó en la creación del aún vigente centro administrativo La Alpujarra—, el control de los asentamientos en las laderas —lo que hoy se entiende como el Cinturón Verde— y la construcción de la zona deportiva del estadio Atanasio Girardot.

Si bien el Plan Piloto de Wiener y Sert no es el primer referente de planificación urbana de la ciudad —lo es el renombrado Plano de Medellín Futuro, realizado en 1913 mediante una convocatoria gestada por la Sociedad de Mejoras Públicas—, sí es el más significativo y determinante de nuestra ciudad actual. Diseñado entre 1948 y 1952, define paralelamente el Plan Regulador de la ciudad, que tardó casi diez años en ser estructurado (1958- 1960) para servir de herramienta de la planeación urbana integral.

Le Corbusier en Medellín.

A partir de este, muchos de los proyectos de la planificación urbana hasta nuestros días fueron ejecutados y otros comenzados, pero la ausencia de una legislación urbanística a nivel nacional y el enorme e inesperado crecimiento demográfico de la ciudad en el período 1950-1980 hicieron que la propuesta del Plan Piloto no pudiera ser implementada por completo. Sin embargo, este se eleva como referencia primera de la influencia de la modernidad aplicada a las ciudades latinoamericanas y como modelo específico de planificación y ordenamiento urbano para Medellín.

Los informes, planos, correspondencia y documentos complementarios a este y otros proyectos de desarrollo urbano se pueden consultar en los Centros de documentación del Departamento Administrativo de Planeación Municipal actualmente ubicados en el Archivo Histórico de Medellín y en la Biblioteca Pública Piloto.


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Amplificando en español

Amplificando en español

por CARLOS ALBERTO ACOSTA • Fotografías de Juan Fernando Ospina


Número 91 Octubre de 2017

Cuando llegué a New Order y me dirigí a la barra, vi que el Tuso, un sicario del combo de Castilla, tenía su pistola sobre la barra y la giraba como una hélice muy cerca al puesto del DJ. De pronto dijo en tono amenazante, “esta noche yo les voy a decir cuál es la música que van a poner”; en ese momento supe que New Order había muerto. Era el momento de despedirme de mi bar.

Corría 1989 y habían pasado ya tres años desde los días de New York New York, otro pequeño bar de música romántica en Envigado, donde realmente todo empezó. En la década de los ochenta Medellín era la capital colombiana de la música. Casi todas las disqueras, Sonolux, Discos Fuentes, Codiscos, Discos FM, Discos Victoria, tenían su sede en la ciudad. Ser el columnista de música en El Colombiano me convertía automáticamente en el centro de atención de las mismas, giraban buscando una reseña para sus discos.

Eran días muy divertidos, casi de ensueño. Un día visitaba a Marco F. Eusse, director A&R de Codiscos, y salía con los brazos llenos de todo el rock argentino del sello Interdisc que jamás vería la luz en Colombia. Lo mismo sucedía cuando visitaba a Edwina Vásquez, directora de mercadeo internacional de Sonolux, y le preguntaba:
—Edwina, ¿qué es esto que dice Ilegales?
—Es un grupo español.
—¿Y lo vas a sacar?
—No, para nada. Aquí no hay nadie que programe esa música… Te lo regalo.

Y de regalo en regalo me hice a una discoteca con bandas y solistas que nadie conocía y nadie quería hacer sonar: Charly García, Virus, Serú Girán, Miguel Ríos, Olé Olé, Orquesta Mondragón, Abuelos de la Nada. Al escucharlos me parecía increíble descubrir música tan bien hecha y cantada en español. Pero en Colombia no había espacio para esos sonidos, pues las emisoras juveniles solo reproducían el formato Top-40 de Billboard y las románticas no se movían de Julio Iglesias y compañía.

Para entenderlo bien hay un ejemplo perfecto. En 1985 Codiscos se atrevió y lanzó el álbum Todo a pulmón del argentino Alejandro Lerner. Me encomendaron promocionarlo en todo el país, visité más de diez ciudades y la respuesta fue siempre la misma, resumida perfectamente por Carlos Sierra de La Voz de Colombia: “Es demasiado pop y eso aquí a la gente no le gusta”. La canción que les parecía demasiado pop era No hace falta que lo diga, hoy un súper clásico del archivo. Estaba sin saberlo frente al paradigma de la época.

New York New York

Todo iba a comenzar a cambiar la noche de un jueves de 1986 en Envigado, cuando después de rumbiar en el apartamento con Vickytru, Jota, Panelo y Emilio Sus, y de brincar como indios locos con esa música rechazada, nos fuimos a visitar a Santiago Ochoa, un roquero muy fino que había conseguido trabajo de barman en New York New York, un bar a media cuadra del parque.

Con ese nombre esperábamos algo más cosmopolita. Entramos y no había un alma a pesar de que sonaban los éxitos de Camilo Sesto, José José y otros románticos de moda. Aprovechando que estábamos solos le dijimos a Santiago que nos pusiera los discos que traíamos de grupos argentinos y españoles. Con semejante amplificación, esa noche la terminamos brincando en aquel bar que estaba abierto solo para nosotros y, lo mejor, ya no nos gustaba solo a cinco… ya éramos seis.

Prometimos volver al siguiente jueves. Algunos fuimos con acompañantes y la historia se repitió. Entre brinco y brinco nos preguntábamos casi al grito… ¿y eso qué es? Radio Futura, contestaba el DJ de turno. ¿Y ese cómo se llama? Aviador Dro, decía el otro. Todo era nuevo y fascinante.

La cita del jueves se volvió ritual y cada semana llegaban más amigos de los amigos. Como Javier Rodríguez, que luego dirigiría Cámara FM; Tato, que luego fundaría Estados Alterados, y Elkin Ramírez, con quien estrenamos una noche, en primicia municipal, Escudo y espada, anticipo del primer álbum de Kraken.

Como ya no cabíamos y solo queríamos bailar, arrinconamos sillas y mesas. Jamás olvidaré cuando estando en la barra se sentó a mi lado un tipo muy elegante que nos miraba a todos como observando una invasión alienígena… Era el dueño del bar que llegaba sin aviso. Un joven médico muy tieso y muy majo. Llamó a Santiago y cuando todos pensamos que lo iba a despedir y nos iba sacar a la calle, le dijo que se olvidara de la “plancha”, se quitó el saco y la corbata y se puso a bailar. Fue el primero en lucrarse con la idea.

Unas semanas después y de manera sistemática comenzaron a caer la policía y el ejército. Se turnaban. Hacían quitar la música y nos ponían a todos contra la pared. Cerraban el lugar si alguno no portaba su cédula, si a alguien le encontraban marihuana o simplemente porque la música estaba muy alta. O solo porque sí.

Una vez le preguntamos a uno soldado por qué nos la tenían tan velada y nos dijo, “es por orden del patrón, el patrón no quiere sitios de vicio en su ciudad”. El patrón, Pablo Escobar, era por aquel entonces el amo y señor de Envigado. Era irónico pensar que el mayor narcotraficante del mundo nos persiguiera solo porque teníamos el pelo largo, con algunos tintes, y no bailábamos chucuchucu. No recuerdo haber sentido nunca dentro de New York New York olor a marihuana. Lo cierto es que al final de cuentas lo cerraron.

New Order

Sin un lugar dónde reunirnos quedamos huérfanos. El mundo jamás volvió a ser el mismo para ninguno de nosotros. Las tabernas como Lauro’s donde uno iba a sentarse a oír “música americana”, o las discotecas como Kevin’s, con toda la fiebre merenguera y traqueta de la época, nos resultaban aburridas y clichés.

Empezamos a reunirnos en las casas que algunos voluntarios ofrecían. Eso sí, apenas los padres veían las pintas de los invitados iban cambiando de opinión, jamás pudimos repetir casa. Terminamos reuniéndonos todos los viernes en el Parque de Laureles. Alberto Hurtado ponía la grabadora y la fiesta seguía al aire libre hasta que, naturalmente, llegaba la policía.

A mediados del 87 Paneso, un estudiante de medicina que cambió su carrera por perseguir la buena música, me dijo que en los bajos de la Bolera Acuario había un bar de jazz que estaba quebrado y lo alquilaban. En el edificio de la Bolera solo había cuatro bares funcionando, uno de lesbianas, otro de tango, Boca de Chicle con música de los sesentas y uno más de música vieja, de resto asustaban por sus pasillos vacíos. ¡Era perfecto para que nadie nos molestara! No lo pensé dos veces y con Jairo Álvarez lo arrendamos. Quitamos las sillas y las mesas, tapamos las ventanas y pusimos una vieja registradora de bus a la entrada. El artista Jorge Botero, Boterito, nos donó dos murales brutales que le dieron todo el carácter underground al sitio.

El nombre New Order nació, por supuesto, de la banda inglesa de tecno, pero tenía además la connotación de un nuevo orden de rumba con música que traía una nueva poética, letras provocadoras y que reunía, en una sola tribu, al punk, al tecno, al new wave y al rock duro. Atrás habían quedado los bailes de garaje y los amacices de discoteca. Había nacido el individualismo. El yo salgo solo y bailo solo y no necesito pareja para estar bien.

New Order puede haber sido el primer pub de Colombia. Llegabas, comprabas tu trago en la barra y luego te hacías donde pudieras con tu vaso desechable. Sin meseros ni nadie para consentirte o ante quien darte ínfulas. Desde que abrimos, el lugar siempre estuvo lleno con la comunidad heredada de New York New York, pero acrecentada por el boca a boca que crecía en volumen. Lo neorromántico estaba en su apogeo y sus clientes llegaban cada noche con la moda de The Cure, Depeche Mode, Siouxsie and The Banshees, Plasmatics o Sex Pistols. Mientras el mundo afuera seguía adormilado, entrar a New Order era como entrar a un bar con habitantes de mundos extraños y por ende de extrañas formas.

En un momento dado levantabas la mirada y veías brincando a Fanny Mickey, Camilo Pombo o Pilar Castaño, y en una esquina a los Toreros Muertos, a Alcohol Etílico, o a músicos de Soda Stereo, Enanitos Verdes y Caifanes.

Edison Morales, el DJ de base, sabía exactamente el momento en que el lugar estaba listo para disparar la energía. Solo era escuchar los primeros acordes de El baile de los que sobran de Los Prisioneros para que la pista se llenara y desde ahí hasta el final ya jamás se detenía. Bailábamos por horas, hipnotizados en esa envolvente música que sonaba como queríamos y decía lo que sentíamos. El piso se movía, a veces parecía que nos desplomaríamos sobre los carros del parqueadero. La pista era una masa humana que subía y bajaba al ritmo de la música, todos concentrados mirando al piso, al techo o con los ojos cerrados. Uno que otro pogo pero solo como parte del menú. ¡Y cantábamos! “Litros de alcohol corren por mis venas, mujer / No tengo problemas de amor / Lo que me pasa es que estoy loco por privar / Salta hacia atrás o quítate la ropa, mujer / No provoques más mi pasión / Tengo un fuego dentro / que no puedo contener”.

Super Stereo amplifica a New Order

Providencialmente Fernando Pava Camelo decidió abrir en Medellín su segunda emisora pop, Super Stereo 92.9, “la estación del poder”. Digo providencial porque si bien New Order funcionaba bien, sentía que si lográbamos difundir masivamente esa música podíamos crear un movimiento. La premisa era simple: si funciona en el bar tiene que funcionar en la radio.

Primero creamos Radio Pirata, un programa de una hora los domingos en la noche donde programábamos la música que sonaba en New Order. Tal vez con Radio Pirata no hubiera pasado nada raro si no fuera porque la promo del programa la hicimos con el coro de A quién le importa de Alaska y Dinarama. Ese fue el detonante de un cambio en la historia de la radio y de la música en Colombia.

Cuando escogí la canción para musicalizar la promo le dije al grabador de Radio Super que aparte del coro sonara la estrofa que dice: “La gente me señala / me apuntan con el dedo / susurra a mis espaldas / y a mí me importa un bledo”.

En aquella época decir en la radio “me importa un bledo” era algo irreverente pero aún dentro de lo permitido. Esa frase llamó la atención de los oyentes que inmediatamente empezaron a preguntar cómo se llamaba esa canción y quién la cantaba.

El público pedía que programáramos la canción. La presión fue tanta que hicimos una reunión para saber si rompíamos las reglas y metíamos un tema de New Order en la emisora. Dijimos que sí, pero también dijimos que había que lanzarla con bombos y platillos y empezar a separarnos del resto de emisoras anglo de la época como Veracruz Stereo y Todelar Stereo.

Nace el “rock en español”

Lancémosla como rock en tu idioma dijeron unos, como pop latino dijeron otros, rock en español dijeron otros. En esa mesa estábamos Vicky Trujillo, la Supersónica; Jairo Álvarez, el Capitán Activo; Juan Carlos Gómez, Santiago Ríos, Jaime Piedrahita y el gerente Enrique ‘Blue’ Martínez. Como no hubo consenso, terminé la reunión y me metí a la cabina. Cogí el disco de Alaska y Dinarama, lo saqué de la chuspa, lo puse sobre el tornamesa, cuadré la canción y sostuve el disco con un dedo mientras debajo de él giraba el tornamesa. Abrí el micrófono, anuncié la canción y dije: “Esto es rock en español”.

Al final del día A quién le importa era la canción más pedida por los oyentes, el paradigma se había roto y ahora solo había que desatar todo el potencial de una música que todos habían rechazado un par de años atrás. No estábamos descubriendo el agua tibia. Rock en Argentina, España o en Colombia había desde los sesenta en simultánea con la Beatlemanía, pero fue en Medellín donde le pusimos la chapa de rock en español y le dimos alas.

Cuando esa noche fui a New Order le dije al DJ que me diera las canciones que más le pedían en el bar. Me entregó La muralla verde de Enanitos Verdes, Devuélveme a mi chica de Hombres G, Mi sombra en la pared de Miguel Mateos, Soy un animal de Toreros Muertos, Nada personal de Soda Stereo y Muevan las industrias de Los Prisioneros.

Esa fue la primera andanada de canciones que lanzamos bajo el rótulo de rock en español. Los discos eran nuestros, exclusivos, nadie más los tenía porque ninguna disquera los había querido sacar al mercado. Las canciones las escogimos nosotros, nadie nos dijo promuevan esta o aquella. New Order era la incubadora de canciones que luego pasábamos a Super Stereo ya con certificado de éxitos. A su vez, la emisora le devolvía el favor al bar haciéndole publicidad como el único lugar donde podían escuchar y bailar esa música.

Finalmente un día llamé a Edwina Vásquez, la dura de Sonolux y le dije:
—¿Te acuerdas de ese disco que me regalaste un día de un grupo español llamado Los Toreros Muertos?
—No, no me acuerdo, ¿por qué?
—Pues sácalo —le dije—, porque es número uno en la emisora.

Me hizo caso y en un mes vendió treinta mil unidades y otras tantas de Miguel Mateos, mientras CBS/Sony se cansó de vender a los Hombres G y a Soda Stereo.

El salto a Bogotá

El rock en español salió de Medellín el día que Fernando Pava me llamó y me dijo:
—Cal, mándame esa canción que está de número uno en tu listado de éxitos. ¿Cómo es que se llama?

Era Lobo hombre en París, la que sería la primer canción de rock en español que sonó en Bogotá, casi un año después del boom en Medellín.

Como no habían discos en las tiendas, todo lo que sonaba en Bogotá eran copias en cartucho de nuestros discos de New Order, pero una vez que la capital acogió al rock en español la industria se echó a andar y el fenómeno se salió de nuestras manos y tomó vida propia.

Otros bares comenzaron a programar rock en español. El éxito de New Order atrajo hacia la Bolera Acuario a una horda de empresarios que montaron cuanto bar se les ocurría, atrayendo entre la multitud a los mafiosos de la época que rápidamente desplazaron a la comunidad original del bar. La fiesta había terminado.

Han pasado treinta años y con la misma mística de la peregrinación del ramadán, la comunidad de New Order se reúne cada año para revivir, solo por una noche, aquella época y aquella música que marcó nuestras vidas y cambió a toda una generación en la ciudad, en el país y en Suramérica.


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Al caído, caerle

Al caído, caerle

Archivo Fotográfico BPP


Número 88 Julio de 2017

Horacio Gil Ochoa, fotógrafo antioqueño, dedicó cuarenta años de su vida a andar detrás de ciclistas. Retrató la Vuelta a Colombia, circuitos urbanos en varias ciudades del país e, incluso, algunos eventos deportivos en Europa.

Entre rutas y casualidades, en 1969, Gil Ochoa capturó la naturaleza más trágica del ciclismo: un accidente. Durante un circuito dominical por el barrio Laureles en Medellín, un niño salió entre los curiosos que observaban y terminó chocándose de frente con el corredor Jairo González. El descuido del infante propició no solo La Caída, como se titula esta foto que se conserva en el Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto, sino la pérdida de dos dientes del ciclista, que en la imagen se ven volar cerca del mentón. El fotógrafo cuenta, entre preocupación y orgullo, que se alegró del incidente, no porque le gustaran los ciclistas caídos —aclara con firmeza—, sino porque supo que sería una buena foto. El éxito de la imagen fue tal que al otro día alcanzó primera plana en los periódicos locales, y luego llegaría a exposiciones deportivas en otros lugares del país y del mundo.

Años después el niño de la imagen se encontró con Horacio Gil y le contó su lado de la historia: en vez de ir a misa, como lo había mandado su mamá, se dejó llevar por la bulla de los espectadores emocionados por los ciclistas. Luego del accidente, y al verse mugroso y ensangrentado, le dijo a su madre que camino a la iglesia se había caído en una alcantarilla. Pero la pela vino al otro día, cuando todos lo vieron en primera plana.

Bien dicen por ahí que primero cae un mentiroso que un cojo.


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El sabio del Jardín

El sabio del Jardín

Archivo Fotográfico BPP


Número 87 Junio de 2017

Entre titís grises, reinos de palmas, verdolagas florecidas y patos esperando migas de pan, vive el espíritu del maestro que custodia las especies animales y vegetales conservadas en el Jardín Botánico de Medellín: Joaquín Antonio Uribe, un hombre florecido en Sonsón, por quien fue bautizado este edén criollo.

Representó, en el desarrollo intelectual antioqueño del siglo XX, la combinación perfecta entre disciplina, poesía y ciencia. Su pasión por la naturaleza se desbordaba en el saber aplicado con absoluta entrega, plasmado en una prosa armoniosa que da cuenta de su vocación por la enseñanza. Este sabio naturalista concentró sus esfuerzos en abarcar distintas disciplinas científicas, y aunque es reconocido por sus adelantos en biología y botánica, su curiosidad lo llevó también por la geografía, la geología, la historia y la literatura. Parte de su legado se conserva en la Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto, en el Fondo Marceliano Posada, intelectual amigo quien se encargó de guardar los detalles de su hacer investigativo y de su vida personal. Las libretas de apuntes hablan por sí solas del detalle minucioso que llevaba el maestro Uribe en cada tema, descubrimiento y objeto de estudio. Para la muestra, su libreta titulada Historia Natural, una recopilación de estudios sobre fauna y flora en Antioquia que inició en julio de 1925, en la que describe y cataloga especies según su taxonomía; en el detalle, el Cuadro de la Clasificación Vegetal dividido en clases, órdenes y familias, en el que evidencia la variedad de las 1.134 plantas determinadas a lo largo de esta investigación.

Poco es lo que se ha dicho del maestro Joaquín Antonio, pero sus aportes no se quedan cortos para la dedicación con que trabajó y vivió la naturaleza en estas tierras; no en vano decimos que su espíritu se quedó viviendo, entre orquídeas e iguanas, como guardián del Jardín.

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Años mozos

Años mozos

Archivo Fotográfico BPP


Número 84 Marzo de 2017

María Cano y sus primas.

Alguna vez todos fuimos jóvenes. Sin embargo, en la iconografía de personajes célebres por lo general abundan las imágenes de la adultez. Estos sujetos aparecen siempre retratados muy bien puestos y trajeados, adustos y serios, con el rostro que queda después de años y años de vida compleja. O de caminos fáciles y placenteros, porque la pura dicha también moldea. En últimas, no tenemos la cara que nos tocó, sino la que nos forjamos.

Aquí presentamos a dos personajes a quienes solemos ver muy curtidos. Por un lado estamos acostumbrados a María Cano en su versión de agitadora social, con el pelo corto, quieto, y el rostro más bien duro. Y por el otro, al fotógrafo Benjamín de la Calle, caracterizado como si no viviera en Guayaquil sino en Montmartre, con sobrero bombín y chaleco de terciopelo. Pero aquí los vemos antes de todas las hazañas y las desgracias. La Cano, de pie en el grupo de tres, es apenas una doncellita en traje. Por su parte, Benjamín, si se le quita el bigote, a duras penas resiste el título de señor. Ambas fotografías son retratos hechos por Melitón Rodríguez y hacen parte de la colección patrimonial del Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

Benjamín de la Calle.


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La batalla de las bandas

La batalla de las bandas

por FELIPE HINCAPIÉ • Fotografías del Archivo Periódico El Mundo


Número 83 Febrero de 2017

El éxito que tenía Súper Conciertos JIV Limitada había llegado al punto de manejar dos emisoras, una columna en uno de los diarios más reconocidos del país y tener a todos los grupos locales a su favor. Después del histórico concierto de Argus, Raúl Velásquez tuvo la idea que marcaría la historia tanto para ellos como para el rock paisa en general. Raúl, Jairo Álvarez, Carlos Alberto Acosta y Vicky Trujillo comenzaron a idearse el concierto La Batalla de las Bandas.

La idea inicial era tratar de abarcar todos los grupos locales y géneros posibles para promocionarlos y posicionarlos, pues se miraba mucho hacia el ámbito internacional pero no se tomaban en serio los grupos locales. Un gran concierto que uniera a los rockeros en la Plaza de Toros La Macarena, lugar que ya tenían como referente.

“Empezamos el proceso, comenzamos a hablar de eso en el programa de radio y aparecieron muchas bandas interesadas en participar”, recuerda Jairo Álvarez. “Nos dimos a la tarea de ir a visitar todas las zonas donde ensayaban, todos los barrios donde estaban las bandas para seleccionar las que iban a participar”.

Jairo y Vicky eran los encargados de las audiciones y de calificarlos. Un día, cuando ya estaban seleccionadas la mayoría de las bandas, apareció un grupo de punkeros que se sentían relegados. Raúl Velásquez, como representante del evento, luego de hablar con ellos les dio la razón, por lo que abrió dos espacios más de los que tenía planeados.

Jairo Álvarez, quien fue el primer vocalista y mánager de Kraken, así lo recuerda: “Kraken era como el gran referente en ese momento y la mitad de los rockeros los adoraban y la mitad los odiaban, entonces se creó un ambiente muy curioso alrededor de La Batalla porque más allá de una manifestación cultural era una manifestación social. Había muchas bandas de punk, de metal, de hardcore, y que al final fueron seleccionadas, luego de más o menos seis meses de preparación y selección, les escogimos salas de ensayos donde les dimos instrumentos un poco más adecuados para que pudieran practicar y tener una mejor calidad a la hora de la presentación”.

Era la primera vez que se vinculaba un medio de comunicación como copatrocinador de un evento de rock. El periódico El Mundo fue, además de algunas empresas privadas, el que impulsó la realización del concierto. Era una apuesta segura, por lo que dineros privados y algunos personajes políticos se mostraron interesados en colaborar en algo realizado para los jóvenes. Así lo recuerda Carlos Alberto Acosta: “Esos personajes políticos salieron muy aburridos porque casi los linchan apenas se montaron al escenario y comenzaron a hablar. La verdad es que los odios entre los distintos géneros musicales, sobre todo los más radicales como los metaleros y los punkeros, hacia otros géneros como el rock heavy, el rock estándar y el pop, eran muy fuertes, entonces ahí no hubo ninguna convivencia. Fue una real batalla entre los seguidores de unos géneros tratando de matar a los otros”.

Como organizadores, el hecho de haberle puesto La Batalla de las Bandas a un evento que pretendía fomentar la convivencia sí les llamó la atención, al punto de querer cambiarlo días antes del evento por Encuentro de Bandas. Era demasiado tarde, la mayoría de la publicidad ya estaba impresa.

El mito decía que el concierto se iba a acabar cuando tocara Spol o cuando tocara Kraken, que eran los grupos “caspa”, los que la mayoría de la gente de los barrios populares no quería escuchar.

El cartel

Fueron ocho agrupaciones en total, y la dinámica del concierto era generar una votación para que las bandas más populares entre dos categorías, expertos y novatos, ganaran un disco. Además, se esperaba sacar un videoclip de los grupos ganadores y un registro completo del concierto para ser transmitido en televisión nacional.

El orden pretendido para esa tarde era Spol, Glostergladiattor, Danger, Mierda, Excalibur, Parabellum, Lasser y Kraken.

A diferencia de Ancón, los pormenores técnicos ya estaban listos: una tarima de dieciséis por ocho metros, cincuenta personas de logística controladas por Javier Betancourt, quien había trabajado anteriormente con Alice Cooper. La boleta se podía comprar en el almacén de JIV Limitada y en otros seis puntos de la ciudad. Todo estaba listo para aquel sábado 23 de marzo de 1985, el día de La Batalla de las Bandas.

Primeras horas

Como si de un presagio se tratara, la temperatura en Medellín aquel sábado estaba en uno de sus puntos más altos. Treinta grados acompañaban a la ciudad en aquellos tiempos sin fenómeno de El Niño. Mientras las personas del común buscaban la sombra y se abanicaban con lo que tuvieran a la mano, los jóvenes rockeros aguantaban el sol mientras hacían la fila afuera de la Plaza de Toros La Macarena.

Algunos, como en Argus, llegaban ebrios a la requisa antes de entrar, pues si el policía les detectaba la bota o el litro de cualquier licor lo vaciaba en un considerado río de vicios. El capitán Acevedo se aseguró de que toda persona que pasara al recinto fuera requisada hasta en las partes más íntimas con el fin de buscar productos non sanctos, tal como lo relató el periódico El Mundo que reseñó el concierto días después en el artículo “Una expresión de libertad… ¡vigilada!”: “En aprietos se vieron los uniformados para revisar todos los bolsillos y los bolsillitos, todas las billeteras y todas las mochilas de todos los rockeros asistentes. En un rincón de cada entrada empezó a crecer el cúmulo de periódicos, cadenas, navajas, botellas, chapas, al lado de una que otra bola de marihuana. La muchachada solo esperaba cumplir con la humillante requisa para correr desenfrenada hacia las graderías, y regresar más rápido a buscar la arena de la plaza, porque era allí que se vivía la vida. Los más ‘serios’ se quedaron en los tendidos, disfrutando el espectáculo con el vino que llevaron en una bolsa plástica, o en una bota que no les decomisaron porque le repitieron cincuenta veces al agente, en la puerta, ‘somos una parejita sana’. En el ruedo, centenares de jóvenes se jugaban la vida, como toreros. Le hacían el quite a la rutina, agarraban a estocadas los convencionalismos y entraban a matar todo lo que estorbara su libertad. Otras veces parecían gladiadores venidos de otros circos y otras Romas, semivestidos, pletóricos de taches y de hebillas y de colores. (…) Y al final de cada intervención, miles de manos alzándose hacia el cielo, coronadas con una ve y ambientadas con gritos como descargas de infernales artillerías. Por no hablar de las bandas. Alguien imitaba a alguien en el fervor y en la mística del rito-rockero-musical-vital”.

Con el ambiente pesado y los nervios del primer gran concierto, Spol se apoderó de sus instrumentos y se encargó de abrir el concierto. Los altoparlantes, hasta ese momento utilizados para dar indicaciones, se llenaron de un rock suave que levantó nuevamente las silbatinas. Era un público difícil, y al notar que la primera canción del grupo no sería la estridencia que fueron a escuchar, comenzaron a volar las primeras piedras y cúmulos de arena.

Más que una presentación musical lo de Spol fue un acto circense, pues la gran atracción fue ver a su cantante tratar de cantar mientras se defendía de los objetos voladores. El acto duró una canción, precisamente hasta que una pedrada en el ojo le avisó al vocalista que debía bajarse de allí, en medio del abucheo y el grito generalizado: “¡Caspa, caspa, caspa!”.

El segundo en escena fue Glostergladiattor, que usó las palabras mágicas para que el público comenzara a bailar: “Sigue el metal”. No importó el ritmo sincopado, la arritmia musical ni la estridencia, el público por fin estaba feliz. El vocalista no paraba de alentar con frases como “el heavy es la solución” y “que seamos polvo”. Algo de poder tuvieron sus frases, pues el polvo tomó vida propia y la arena de la Plaza se volvió una nube que tapó a todo el público de abajo.

“Hubo muchísimo calor, y cuando la gente empezó a brincar se levantó un arenero de tal magnitud que la gente no veía el escenario, y nosotros desde la tarima no veíamos la arena, del polvero que había”, recuerda Jairo Álvarez. “Tocó llamar a los soldados para que mojaran la arena, y la gente aprovechó para mojarse, se volvió una gran fiesta, pero mientras se armó todo ese desorden siguió el concierto y el caos no se hizo esperar”.

Danger se encargó de volver a caldear la plaza. Aunque el sonido era malo, y la voz del grupo se escuchaba gangosa, un cover de Judas Priest hizo delirar al público, al punto de que uno de los aficionados se subió a darle un abrazo al cantante. “Gracias Medellín por ponerle sangre”, gritó el líder de la banda, despidiéndose, sin imaginar lo que se vendría unos cuantos minutos después.

El error clave estuvo en el momento en que se le permitió subir al escenario a un grupo llamado Mierda, cuyo propósito, según ellos mismos, no era ni el amor, ni la armonía, ni la belleza. Representante del ultra metal, el vocalista subió maquillado con sangre e incitando a la gente a insultar, a ser irreverentes y a no dejar nada en pie. “Crucificadme” y “Satanás está entre nosotros” fueron algunas de las frases que desde el micrófono tentaron a la suerte.

El ambiente se volvió tan tenso que tras la presentación de Mierda hubo un receso no programado. Mientras algunos se abrazaban, otros trataban de limpiarse la polvareda, buscar a los amigos e hidratarse, pues la temperatura seguía por las nubes.

Excalibur, aunque era metal, pecaba por no ser del grupo ultra metal. Tal y como le pasó a Spol, fueron apedreados una vez se subieron al escenario, por lo que decidieron bajar sin dar todo su potencial. Una parte del escenario ya había sido reventado, lo que auguró que la presentación de Kraken, el verdadero “florero de Llorente”, sería una catástrofe. Sin embargo, antes del grupo de Elkin Ramírez se debía presentar Lasser, y antes de estos dos el turno era para el grupo más esperado por el público. No había terminado Excalibur y ya se oía el grito generalizado de “Parabellum, Parabellum”.

La visión de Parabellum

Aunque Ramón Restrepo, vocalista de Parabellum, sabía que ellos representaban el género musical del ultra metal, hoy día cree que en la presentación de ese día hicieron lo que tenían que hacer.

Estaban tras bastidores, y ya había llegado el rumor al camerino de que el ambiente afuera estaba pesado. Tal situación no les era indiferente ni extraña, pues el público que asistió a La Batalla de las Bandas ese día era su público habitual.

Sus letras eran fuertes, pero no creyeron nunca que fueran un detonante incitador para acabar con el concierto. Querían hablar sobre la lucha contra el comercio musical, contra la música caspa, vendida al mejor postor, contra aquellos que para ellos no hacían nada significativo con las canciones que creaban, pero eran las letras de sus canciones, era la forma con la que interactuaban con su público, era su filosofía de vida.

“Parabellum, en esas épocas, confrontando lo que era la religión, la política, la misma existencia, la guerra y el comercio musical, hizo que la gente entendiera y se saciara hasta un punto máximo. Quedaron a gusto, al punto que no querían escuchar más. Después de que la banda tocó la gente no quería más concierto, ya no necesitaban más sonidos en sus oídos, se generó un caos. Además, luego venían unas bandas que en ese momento, por el pensamiento radical de la gente, no eran aceptables, porque los consideraban muy comerciales. Bandas locales, bandas nuestras, que en esa época eran consideradas caspas y que ahora son respetadas y se reconocen como parte de la historia de nuestra música, pero en ese momento no lo eran. Se supone que nosotros ganamos La Batalla de la Bandas y merecíamos el disco. Igual el sentido no era ese, el propósito no era ganarnos esa grabación, al fin y al cabo el ultra metal o el metal de esa época era muy underground; preferíamos hacer las cosas por nuestros propios medios encima de que nos la regalaran, aunque si nos la daban tampoco la íbamos a rechazar”, cuenta Restrepo recordando ese día de tarima.

Parabellum se montó al escenario gritando que había llegado el metal, que se prepararan todos para la presentación más impactante de la tarde. Hasta los policías dejaron de bostezar para ponerse alerta tanto con el grupo como con aquellos que desde la arena comenzaban a tirar guijarros a los de las graderías que, se suponía, eran los que no querían estar en el alboroto.

El público enardecía, y las paredes maltratadas a lo largo del día ya se habían astillado. La pared del escenario era negra, de cuatro metros de alto y con los cantantes de Parabellum en su cúspide, lo que no fue obstáculo para uno de los asistentes que, ayudado por otro, escaló con el único fin de abrazar a Ramón.

Ricardo Aricapa, en su crónica “Rock y Anarquía”, así lo reseñó: “Subterráneo, como herido de muerte, surge de las esquinas de los barrios populares de Medellín ese grito hondo y desgarrado del cantante del grupo Parabellum; un alarido como el de un degollado que se riega airoso y contagioso por la plaza estremeciendo cuerpos y levantando polvareda, a pesar de los bomberos, que con sus mangueras no pudieron sofocar del todo ese incendio juvenil”.

Faltaban por tocar Lasser y Kraken, pero como Parabellum era el último grupo representante del ultra metal, para algunos, el concierto había terminado.

“Y llegó Lasser. Ahora los ánimos tenían el mismo volumen de los altoparlantes. En los tendidos seguía el entusiasmo, pero dosificado, la gente en general tiraba juicio. Buena parte de los de la arena ya andaban volando. Y volando bajo”, escribió Aricapa ese 1985.

Lasser tuvo la misma suerte que Excalibur y Spol, pues lo poco que estuvo en tarima fue para luchar por su vida. Las piedritas comenzaron a volar por todo lado con mayor frecuencia, y la tarima, con los golpes en la pared que la sostenía, ya no era un lugar seguro.

Juan Fernando Trujillo había decidido desde el principio del concierto ir al balcón, pues no era allegado al metal ni al ultra metal. Necesitaba un espacio sin congestión y donde pudiera ver el fenómeno tranquilamente: gente en la arena bailando, corriendo, pogueando y gritando cualquier cantidad de cosas a los que estaban cerca de él.

Ya se habían tirado diferentes tipos de objetos desde abajo hacia las gradas, pero quizás el primer gran motivo de la guerra que se formaría fue un baile de una persona en las graderías. La gente lo recuerda de muchas maneras: que fue un tipo que empezó a bailar de forma homosexual, que los de las gradas comenzaron a gritarle cosas a los que estaban tirando cosas, que nadie bailó nada, que todo empezó con Spol, que todo empezó con Lasser. En todo caso, Juan Fernando Trujillo asegura haber estado diagonal a la mujer de pañoleta roja que empezó a bailar con pasos de Jhon Travolta. En las tribunas, desentendidos del concierto, comenzaron a animar a la mujer, hasta que el alboroto fue tal que los que estaban en la arena se dieron cuenta, y le lanzaron a aquella mujer de pañoleta todo lo que tuvieron al alcance: chitos, papitas, guijarros, arena y bolsas llenas de quien sabe qué cosas.

Como es natural, las personas de arriba comenzaron a responder, y el evento perdió el poco sentido que le quedaba. Cada uno de los involucrados en la guerra comenzó a despicar piedras de las estructuras con las botas y las comenzaron a tirar. Los dos hombres que manejaban el sonido se tuvieron que refugiar en los tornamesas mientras se cubrían con los bafles y las telas negras del escenario.

Ricardo Aricapa terminó su reseña así: “Era una verbena robada a esta ciudad voraz donde ya no quedan resquicios para los sueños, la que sin embargo no se aprovechó plenamente porque lo que se había anunciado como un grito de libertad de las bandas y de los súbditos del rock de Medellín; lo que se esperaba que fuera una batalla fraternal entre metaleros, terminó en una batalla de guijarros entre el público. Y fue así como el altar del rock fue profanado por esa minoría sin dirección que parece empeñada en masacrar todos los valores; por esa franja marginal de la cultura urbana que el sábado asistió masivamente a La Macarena. Confieso que sentí temor por mi vida cuando el ruedo y las tribunas se desocuparon en estampida; cuando ya había varios heridos. Fueron diez minutos mudos en los que cualquier cosa pudo haber pasado en La Macarena. La gente pedía música y paz, pero los vándalos hacían la guerra. Todos queríamos que el concierto siguiera, pero no había por dónde porque se había desatado una situación absurda que ya no tenía reversa. En esas estábamos cuando llegó la policía, que bolillo en mano desocupó la plaza en cinco minutos. En el tráfago de la salida precipitada, pude ver otra vez al joven de la foto. Iba más trabado y ausente, sin darse cuenta de que en el fondo del callejón sin salida en el que se encuentra él y esa juventud que no quiere ver perjudicada está la policía esperando”.

El capitán Acevedo y sus 48 hombres se adentraron a la gradería donde estaba Juan Fernando Trujillo y la chica de la pañoleta. Mientras unos iban de manera pacífica a calmar el alboroto, otros, con bolillo en mano, aumentaron la tensión.

La mayoría de esos catorce mil asistentes habían salido de la Plaza de Toros en los diez minutos posteriores al suceso. Los cuerpos descompuestos, empolvados, con ropas desgarradas y botas raídas, en su mayoría, buscaban una forma de regresar a su hogar, mientras otros se dedicaban a seguir la pelea y esparcirla por todo el barrio El Naranjal. Tanto fue así que la mujer de la pañoleta roja tuvo que salir corriendo del lugar y montarse al primer bus que pasó por el lugar. Todos vieron partir a aquella mujer en un Floresta San Juan, mientras dejaba atrás todo el caos que, en parte, había provocado.

Muchos, como Juan Fernando, se quedaron en los alrededores de la Plaza por el resto de la tarde. Desprogramados, silenciosos, aletargados, pensativos con lo que había sucedido allí adentro, una parte de ellos quería terminar el concierto, aunque esa opción ya era más que imposible.

¿Y Kraken?

En el camerino aún permanecían Vicky Trujillo, Raúl Velásquez, Carlos Alberto Acosta y Jairo Álvarez, quienes despacharon a los músicos y les ofrecieron disculpas anticipadas a los miembros de Kraken.

Hugo Restrepo, de Kraken, todavía recuerda ese tiempo en el camerino: “No logramos tocar en La Batalla de las Bandas porque todo se terminó antes con el tipo de desorden público que hubo, entonces Kraken no se pudo presentar. No nos vimos en peligro, porque estábamos atrás en el camerino. No fue porque estaban en peligro nuestras vidas, sino que la gente, el público, se estaba agrediendo entre ellos. No siento que hubiera una resistencia a Kraken, lo que se detectó es que fueron riñas personales: la gente que estaba en las tribunas empezó a agredir o a hacer cosas que disgustaron a los de abajo, pero no había una rencilla con ningún grupo. Rencilla después, en un concierto en el teatro al aire libre Carlos Vieco, ahí sí fue una rencilla. Esa del Carlos Vieco fue una experiencia muy negativa, mucha gente salió muy malherida, el concierto no se pudo terminar, fue un fracaso para la banda tener que terminar así, escoltados y todo”.

La Batalla de las Bandas se convirtió en una expresión violenta, pues ya había un problema social más grande. Lastimosamente, toda esa música pesada se filtró ahí en el mundo del sicariato, lo que volvió a la época en sí misma un periodo muy oscuro.

Luis Grisales, quien también asistió al evento, aún no es capaz de hacerse una idea de la lógica que tuvo la gente para ocasionar tal grado de destrucción. “En ese instante me di cuenta de algo muy triste, que en realidad la ciudad estaba pasando por un momento muy crítico, un momento de violencia, que uno no lo tiene en la cabeza. ¿Hasta dónde una masa es capaz de agredir a otra? Era un despertar, era ver que las masas eran, y son, idiotas. Si a mí no me gustaba una banda me iba para otro lado o la escuchaba a ver si ahora sí me gustaba, pero yo no tenía esa dimensión, el querer agredir a alguien por música. Con el tiempo es que uno aprende que hay unos problemas de fondo, como se viven ahora esos problemas con las barras futboleras que es algo que no tiene que ver con el fenómeno del fútbol. Si el parqués fuera deporte nacional también nos daríamos bofetadas por el color de las fichas”.

Los reclamos por parte de los contradictores del rock no se hicieron esperar, y, como lo dice Carlos Alberto Acosta, al día siguiente de La Batalla de las Bandas se sabía que se tenía que empezar de ceros. “A partir de eso todo se fue para atrás: ya la Plaza de Toros no la querían prestar, los medios no querían saber nada de rock y los enemigos del género se aprovecharon de eso para difundir más eso de que el rock era satánico, que el rock era promotor del vicio, y lo escribían desde las secciones editoriales. Todos se vinieron encima de La Batalla de las Bandas, y el golpe fue duro”.

El golpe se podía notar desde las mismas reseñas al concierto. Una vez más el texto Rock y Anarquía, de Aricapa, mostró lo que se le vendría encima al género musical más adelante: “Cuando el reportero gráfico de El Mundo se acercó a fotografiar la escena de un muchacho desmayado por exceso de rock y estupefacientes en pleno ruedo de la plaza de toros La Macarena, en el paroxismo de la efervescencia que vivió el sábado la juventud rockera de Medellín, uno de los dos jóvenes que, tan trabados como su compañero caído trataban inútilmente de ayudarlo, enfrentó sin alientos al reportero y con una voz droga y cansada le pidió el favor de que no tomara la foto porque con ella iba a perjudicar la juventud. En su ensueño artificial el jovencito por lo menos logró captar que semejante foto iba a ser el más triste testimonio de una generación extraviada a la cual está atado por manoplas de cuero negro y correas anchas tachonadas con estoperoles; una juventud que se resquebraja en un nihilismo sin brújula; al ritmo metálico del rock y en plácida traba de metacualona, la cocaína de los pobres, porque el rock en Medellín se bajó de clase social y anda regado como una epidemia por los barrios populares de la ciudad. Por eso, los que tuvimos el privilegio de asistir el sábado a La Macarena para ver lo que hace la juventud más atravesada de Medellín cuando tiene un espacio físico para su ritual de rock y droga, vimos en esas miradas hundidas y en esos atuendos insólitos la avidez de la pobreza. Y bajo esos maquillajes estrafalarios vimos también las muchachas más lindas de Medellín danzando sin uno en pleno ruedo”.

El problema del radicalismo se agravaría posteriormente, pues el odio que había hacia Kraken por una parte del público sabotearía un par de eventos más en los años posteriores. El radicalismo llegaría a su punto máximo y su caída en los años noventa, cuando la apertura económica y la llegada de mayor oferta musical volverían absurdo el hecho de pelear por gustos musicales.

Como ocurrió con Ancón, luego de La Batalla de las Bandas se vino una época oscura donde tímidamente los grupos volverían a sus zonas de confort: parches pequeños, notas con amigos, cada uno dedicado a lo suyo y los conciertos de garaje que serían pieza clave para el resurgir del género en los noventa. 

En el ruedo La Batalla comenzó literalmente y no hubo tiempo de liberar el Kraken. El Titán y sus músicos se quedaron en el camerino. Su ausencia quedó como una marca. Su momento no había llegado.