El ostracismo de Lázaro

Medellín, siglo XVIII

por FELIPE OSORIO VERGARA • Ilustración de Tobías Arboleda

Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

Décadas antes de que se fundaran Agua de Dios o Contratación, cuando ni siquiera Luis Antonio Calvo existía para alegrar con su piano esos “conventos prohibidos” que llamaban lazaretos, la lepra ya atemorizaba a los habitantes de la Villa de la Candelaria de Medellín.

“Cuando la nube dejó de estar encima del tabernáculo, allí estaba Miriam, con su piel tan blanca como la nieve, leprosa. Cuando Aarón vio lo que había pasado con ella, clamó a Moisés: ‘¡Oh, mi señor! ¡Por favor, no nos castigues por este pecado que tan neciamente cometimos! No dejes que ella sea como un bebé que nace muerto y que ya está en descomposición’”.

Números 12:10-12

Un grupo de habitantes del sitio de Hatoviejo, hoy en día Bello, acudieron al Cabildo de Medellín muy preocupados porque Juan Antonio de Bustamante y su familia deseaban aportar limosnas para la nueva iglesia de Nuestra Señora del Rosario que se pensaba reedificar. El problema a los ojos de la comunidad era que los Bustamante portaban el mal de la lepra. “Don Juan Antonio Bustamante pretende ayudar con el pretexto de tener derecho en ella para enterrar su familia, lo que es en notable perjuicio nuestro por estarse muriendo de un achaque contagioso que dicen ser mal de san Lázaro”, se quejaban el 11 de abril de 1744, Manuel y Salvador Tamayo, José y Manuel de Piedrahita e Ignacio Sánchez en representación de los vecinos de Hatoviejo.

El Cabildo de Medellín trató esta petición y llamó al médico Juan Cano, quien revisó a la familia y concluyó que “don Javier de Bustamante y otros dos que murieron y doña Juana María, todos hijos del predicho Juan Antonio, padecen los vivos del achaque de san Lázaro”. Con el concepto médico y teniendo en cuenta la solicitud de la población, el Cabildo ordenó que los Bustamante no salieran de su casa ni visitaran a ningún vecino, y que los enfermos de la familia no participaran del proceso de fabricación de dulces del que dependía el sustento familiar.

El mal de san Lázaro era el término usado en la América virreinal para identificar a la lepra. El origen de este nombre puede rastrearse hasta el pasaje bíblico del Evangelio de Lucas que menciona al mendigo, llamado Lázaro, cuyas llagas fueron interpretadas desde el medioevo con las lesiones que dejaba la lepra en el cuerpo. Esta infección, que acompaña a la humanidad desde hace más de cuatro mil años, se creía que había entrado a América con los conquistadores europeos y la trata transatlántica de personas esclavizadas, pero investigaciones publicadas en la revista Science han demostrado que, si bien los europeos y africanos trajeron una de las variantes de la lepra que rápidamente se esparció en el continente (Mycobacterium leprae), en América también había evolucionado una variante diferente (Mycobacterium lepromatosis), presente en restos humanos previos al contacto colombino.

Una variante o la otra, lo cierto es que en Medellín, al igual que en el resto de la América colonial hispánica, la percepción de la lepra fluctuó entre el temor al contagio y el desprecio a los leprosos, y la caridad cristiana y la lástima hacia los mismos. Por ejemplo, en 1769 José Antonio Vélez, procurador general de Medellín encargado de representar y defender los derechos e intereses de la comunidad, alertaba que la hospitalidad y generosidad de los habitantes de la Villa de la Candelaria para con los leprosos mendigos podía regar la enfermedad por la ciudad: “Estos con su misma desdicha pidiendo su limosna a donde quiera que piden posada los alojan […] o por la mucha caridad que este lugar administra”.

No obstante, la piedad cristiana no dejaba de lado el rechazo social debido al miedo a los contagios y a las deformaciones físicas que la enfermedad causaba en etapas avanzadas. En 1774 otro procurador escribió al Cabildo de Medellín quejándose de que las lazarinas Josefa y Rita de Ospina elaboraban dulces para la venta y tenían contacto con el resto de la población, sin estar recluidas en casa, lo que había causado numerosas quejas de los medellinenses. “He sido nuevamente requerido por parte del pueblo, pidiendo sean extrañadas de todo concurso y comunicación que de no ser así […] vendrá a inundarse esta república del tal accidente o lepra si con tiempo no se acude al remedio”. Incluso tras la muerte, los cuerpos de los leprosos eran despreciados y se solía impedir su enterramiento en los osarios o criptas de las iglesias por la creencia de que las miasmas derivadas de la descomposición del cuerpo contaminarían el aire y causarían contagios.

Lazarinos “a ojo”

La detección de la lepra era más común en etapas tardías cuando había mayor presencia de manchas y úlceras, ya que en sus estadios tempranos los enfermos trataban de ocultar las heridas para evitar ser excluidos. Los diagnósticos se hacían examinando ocularmente a los pacientes y sus síntomas, buscando insensibilidad en la piel y detectando las lesiones cutáneas, como describió el 21 de marzo de 1757 Pedro Euse, médico francés afincado en Medellín: “Mudarle el color natural del cuerpo en otro extraño, hincharse poco a poco los pies, manos y cara […] despidiendo de todo el cuerpo un olor podrido, el habla algo impedida, el pelo caído, la frente reluciente, el color extraño decolorante y finalmente el rostro totalmente deforme”. El problema radicaba en que casi cualquier lesión cutánea podía caber en la sintomatología de la lepra, lo que daba lugar a diagnósticos errados, confusiones con otras enfermedades y, por ende, presencia de casos en los que se aislaba a personas sanas mientras algunos enfermos no identificados seguían en la calle.

En ocasiones, otras enfermedades que causaban heridas cutáneas eran confundidas con la lepra, como el mal de bubas (sífilis), el mal de san Antonio (ergotismo), mal de la rosa (pelagra) o algunas etapas avanzadas de la viruela o la varicela, lo que generaba la exclusión de los enfermos hasta que se definiera qué tipo de enfermedad padecían y si era contagiosa o no. Sobre esto, en 1769 el procurador general informó al Cabildo que en casa de Agustín de Olarte vivía una mulata esclavizada llamada Rita que, según se decía, padecía de lepra. El Cabildo ordenó que fuera revisada por alguno de los tres médicos que entonces estaban en Medellín, por lo que Pedro Euse dictaminó que “el achaque que tiene es gangrena, que no es contagioso”.

Otro caso aconteció el 8 de junio de 1778 en la Villa de San José de la Marinilla, que entonces estaba a un día a caballo de Medellín atravesando trochas que descolgaban por Santa Elena o Guarne. Allí se decía que el mendigo Joaquín Barco era leproso, lo que hacía que los marinillos se alejaran al verlo y no le dieran limosna ni lo dejaran pernoctar en sus casas. “Vulgarmente se dice que Joaquín Barco, pobre leproso y mendigante, el mal que tiene es el que llaman de san Lázaro, mal muy contagioso, por cuyo motivo no halla el dicho quién lo abrigue o dé posada en su casa, y está en grande necesidad”. Ignacio José Echeverri, alcalde de Marinilla, solicitó reconocer a Joaquín, pero ante la falta de médicos buscó personas que supieran de la materia y hubieran visto la lepra en otras circunstancias. Diego de Salas, vecino de Rionegro, declaró el 10 de junio: “Mediante al conocimiento que tiene de haber visto en los hospitales reales de la Europa, de España, de todas las enfermedades que Dios manda a sus criaturas, dijo que el enunciado Barco es mal de san Antonio el que tiene, no de san Lázaro como se dice, y que este no es contagioso como el mal de san Lázaro”. El español Sebastián Reynalte, residente en Marinilla, coincidió con el dictamen, añadiendo: “Pasó al reconocimiento de la lepra que padece Joaquín Barco, y que según la práctica y conocimiento que tiene del mal de san Lázaro, en su conciencia halla no ser tal mal, y que el mal que tiene es de san Antonio, el cual no es contagioso”, se lee en el Documento 639, tomo 25, Fondo Alcaldía del Archivo Histórico de Marinilla.

El mal de san Antonio, conocido actualmente como ergotismo, era una enfermedad no contagiosa que se originaba por el consumo de cereales y sus derivados contaminados con el hongo del cornezuelo, ocasionando la necrosis o muerte de los tejidos, especialmente en las extremidades, así como la pérdida de sensibilidad y sensaciones de fuego en las partes afectadas, lo que a veces hacía que se le llamara fuego de san Antonio. Por ser Joaquín Barco un mendigo, es posible que algunos alimentos que le regalaban estuviesen en mal estado y contrajera la enfermedad.

Un mal “incurable” enviado por Dios

En la Colonia había quienes creían que el mal de san Lázaro no solo se originaba por el contacto con una persona enferma, sino que podía aparecer como una enfermedad presente en el ser humano y enviada por Dios a los pecadores, tal y como concluían los médicos residentes en la villa de Medellín Juan Francisco Cano y Juan Llaques el 4 de julio de 1750: “Pueden padecer el dicho mal por contagio y sin él por estar la naturaleza sujeta a la corrupción por lo pecaminoso de los humanos”. Mientras que hacia 1790 el naturalista neogranadino Pedro Fermín Vargas consideraba que la lepra podía incubarse por el calor, la sudoración excesiva y el alto consumo de carne de cerdo, según escribió en Pensamientos políticos y memoria sobre la población del Nuevo Reino de Granada.

Pero el temor al contagio incluía también a los bienes u objetos, como lo demuestra el mismo Fermín Vargas al lamentarse de que el pueblo llano neogranadino comprara telas fabricadas por los leprosos de la provincia de Vélez: “Como los lienzos bastos de que viste el pueblo en todo el Virreinato son fabricados por gran parte de aquellos infelices, son de temer las consecuencias más funestas para nuestra población si no se aplica con tiempo el remedio conveniente”.

En lo referente al tratamiento, se decía que era una enfermedad incurable, por lo que solo podían administrarse bebedizos de algunas plantas como paliativos para aliviar el dolor y la picazón que causaba. Por citar un caso, en 1761 el sacerdote neogranadino Basilio Vicente de Oviedo escribía en Cualidades y riquezas del Nuevo Reino de Granada sobre un remedio que podía ayudar a las lesiones leprosas: “[…] el árbol que llaman coralito, porque su fruta parece corales finos: ésta es muy amarga, y mojada y estregada en las lepras o manchas que brotan en el cuerpo, que unas llaman empeine, otras carate y otras semejantes, muy inmundas y asquerosas, las quita у destruye y deja la carne y cutis limpia sin señal de la enfermedad que se padecía”. También se usaban emplastos con hierbas aromáticas, quina, azufre o se recurría a frecuentes baños termales, como los que cuentan que tomó Jiménez de Quesada en Tocaima cuando lo aquejó la lepra, casi tratando de que la misericordia divina hiciera su efecto y lo sanara como al sirio Naamán tras bañarse siete veces en el Jordán.

Hoy en día se sabe que la lepra se transmite tras un contacto prolongado y cercano con una persona enferma y especialmente con sus fluidos de boca y nariz, en consecuencia, los contactos ocasionales al dar la mano, un abrazo o sentarse al lado de un leproso no son formas de contagio. Igualmente, se conoce que su periodo de incubación puede ser desde casi un año hasta llegar a los veinte, y que es una infección curable a través de antibióticos; pero todo esto vino a saberse ya bien entrado el siglo XX, por lo que en la época virreinal el aislamiento, también llamado degredo, fue la forma más común para combatir la enfermedad.

Portada del Superior Decreto del virrey Caballero y Góngora enviado a Antioquia en 1785. Archivo Histórico de Antioquia, fondo Colonia, tomo 3, documento 128. Foto: Felipe Osorio Vergara.

El degredo

Como pueblo chiquito es infierno grande, en Medellín los mismos habitantes se encargaban de la vigilancia sobre el estado de salud del vecindario, y al menor indicio de algún posible leproso este era reportado por miedo a que regara la enfermedad, pero también para quedar bien ante vecinos y autoridades, mostrándose como personas comprometidas con la salubridad pública y el “vivir en policía”, es decir, sujetos a esa idea civilizatoria anclada a la urbanidad, la convivencia y el control social planteada por la monarquía. En Medellín solían informar los casos al procurador general o al alcalde de la hermandad, encargado de mantener el orden en las zonas rurales, y de ahí escalaba al alcalde o al Cabildo, donde habitualmente se decretaba el encierro en casa e se impedía el trato y comunicación del enfermo con el resto de la población.

Pero la reclusión de los enfermos de lepra en sus casas acarreaba no solo la exclusión social y su invisibilidad del espacio público, una cuasi “muerte” social, sino que podía traducirse en hambre cuando el mal aquejaba a las clases populares. Fue el caso del leproso Francisco Fernández, residente en Altavista, a quien el Cabildo había ordenado en 1792 mantenerse encerrado en casa, razón por la cual no había podido salir a trabajar o a pedir limosna y estaba a punto de morir de hambre. “Por ser un sujeto que tanto por su achaque cuanto por su suma pobreza se halla reducido al estado muy miserable, concurriendo el agravante de su orfandad y soledad en que está constituido, careciendo de quien por él limosne su alimento […] carece de un bocado de comida y experimenta insufribles necesidades y siente que acaso llegaría al extremo de morir por falta de alimento”, se lee en un exhorto del alcalde de la Santa Hermandad dirigido al Cabildo de Medellín el 24 de diciembre de 1793. Además, en dicho documento añadía que, si bien se entendía la medida de aislamiento impuesta a Fernández como una estrategia para frenar los contagios, pedía que el cabildo nombrara un semanero para que cada semana se encargara de recolectar las limosnas entre los habitantes de Altavista y de Medellín para asegurar su sustento. También abogó por un “Fulano” Rodas, habitante de los Altos de San Lorenzo, para que se le asignara semanero para conseguir limosnas para su manutención, pues también era leproso y pasaba hambre.

En la práctica, el degredo o aislamiento de los enfermos fue una de las alternativas más usadas por las autoridades para evitar los contagios y, sobre todo, mostrar gestión ante los miedos de la población sana. No obstante, casi nunca se dio un aislamiento total de los enfermos de lepra en la Medellín colonial porque el contacto con el resto de la población, así fuera mínimo, era indispensable para garantizar su subsistencia, bien fuera para comercializar productos, como dulces o artesanías, o mendigar para conseguir su sustento.

Esclavizados “tocados” por el mal de san Lázaro

Situación diferente era la de los esclavizados lazarinos, que pasaban a convertirse en encartes para sus amos, quienes por miedo a la transmisión leprosa a veces los liberaban o echaban para no tener que mantenerlos durante su enfermedad, como contaba el procurador general de Medellín, José Antonio Vélez, en 1769: “Llegó a mi casa a pedir limosna una mujer a mi parecer lazarina y averiguando de dónde era, dónde vivía, supe que había sido esclava de los señores Bustamantes y estos la vendieron a un Ximénez de la Marinilla y este, dicen, reconoció el mal y la corrió y se halla viviendo hacia San Lorenzo”. Otras oportunidades, los amos trataban por todos los medios de devolver a los esclavizados leprosos para recuperar su dinero, tal y como pasó el 20 de junio de 1750, cuando compareció Juan Antonio de la Madrid ante el alcalde de Medellín pidiendo la redhibición en la compra que había hecho de Jacinta, una africana esclavizada, porque ella estaba enferma de lepra y deseaba devolverla al vendedor, el mercader Pedro Vidal, y que este le retornara el dinero que había pagado:

“Habrá tiempo de veinte meses, poco más o menos, que compré a don Pedro Luis Vidal una negra bozal, la que desde aquel tiempo tenía una leve lesión en un pie, por cuyo motivo y que no fuese a pasar a ser grave enfermedad, con la misión de curarla lo he procurado desde entonces, persuadido a que fuese algún achaque curable. Lo que he venido a entender ahora no serlo, antes bien, ser mal de san Lázaro, incurable, según dicen y saben todos, […] por lo que se ha de servir vuestra merced a don Pedro Luis Vidal reciba la dicha negra y me devuelva ciento doce pesos y medio de oro que de primer plazo en cuenta de la dicha negra le tenía dados”.

Tras doce folios con alegatos y argumentos que fueron y vinieron, compilados en el expediente 3925 del Archivo Histórico Judicial de Medellín, el 5 de agosto la justicia falló a favor del mercader porque consideraba que la venta se había realizado de manera legal, “al estilo de feria y mercado con sus tachas y enfermedades”, es decir, que desde el momento en que Jacinta había sido subastada, Juan Antonio de la Madrid había podido verla y conocer su estado de salud y aun así decidió comprarla, no siendo engañado ni ocultando nada de ella, por lo que no había fundamento para su reclamo.

El hospicio 

Movidos por la caridad cristiana, especialmente la demostrada por Jesús en los Evangelios, y asimismo buscando un aislamiento más humano con los leprosos pobres, en Medellín se pensó en tener un hospicio para reunir y cuidar a los enfermos. El 6 de septiembre de 1751, el Cabildo ordenó que se reconociera a los leprosos y se buscara en los ejidos o terrenos comunales de la villa el espacio más adecuado para fundar un hospicio para ellos.

Meses después, el 28 de febrero de 1752, el Cabildo argumentó que como se carecía de recursos, procederían a hacer una colecta entre la población para financiar la construcción. Puede imaginarse el edicto pegado en las puertas de los edificios públicos de la ciudad, los avisos parroquiales después de las misas y al pregonero recorriendo las calles en tierra proclamando el inicio de la colecta para el hospicio de los lazarinos, apelando a la salud pública y a la piedad cristiana y, aprovechando para dejar en alto los nombres de los cabildantes, grandes benefactores de la obra, pues este tipo de iniciativas eran una oportunidad para demostrar riqueza. El 15 de junio, el Cabildo señaló que se habían recogido 170 pesos entre los más de cuarenta benefactores, pero que la cantidad era muy poca y no alcanzaba para construir el hospicio y mucho menos para la manutención de los lazarinos. Por eso, como medida para frenar el contagio, reiteraron la orden de aislamiento de los leprosos: “Dichos lazarinos no vayan a casa de ningún vecino ni con persona alguna y que los esclavos que salieran lisiados de dicho achaque los mantengan sus amos en clausura para evitar el contagio”.

Cinco años después, en 1757, el tema fue reabierto y se recurrió a un nuevo reconocimiento de los enfermos. Los médicos Juan Vásquez y Pedro Euse presentaron un informe con los nombres de los siete leprosos reconocidos en la zona urbana de la villa de Medellín, que según el censo de 1787 tenía quince mil habitantes en toda su jurisdicción, pero solo 712 en su zona urbana céntrica. Tras el reconocimiento, se inició una segunda colecta para tratar de materializar el hospicio, pero ese año tampoco se recogió lo suficiente, truncándose la idea hasta 1797, cuando, según José Antonio Benítez en su Carnero de Medellín, se terminó de construir la Casa Hospital, que sería reemplazada en 1803 por el hospital y convento San Juan de Dios, pues la casa construida no era tan cómoda.

Ahora bien, mientras se construyó el hospital, otra solución fue el traslado de los enfermos a Cartagena, que contaba con un Hospital Real dedicado a esta enfermedad, fundado en 1608, era uno de los más antiguos de América.

El 31 de agosto de 1785 el virrey Caballero y Góngora, de acuerdo con la Real Cédula del rey Carlos III, ordenó un nuevo impuesto al aguardiente para financiar el Real Hospital de San Lázaro en Cartagena de Indias dedicado a la curación, sustento y vestido de los lazarinos de la Nueva Granada. La orden llegó a Antioquia el 5 de septiembre y el visitador Mon y Velarde la obedeció: “Se pasa inmediatamente noticia a los señores alcaldes ordinarios de esta capital y demás señores jueces del distrito de este gobierno […] celando y vigilando no se permitan ni toleren semejantes enfermos y procurando su pronta conducción al Hospital de San Lázaro de Cartagena”, se lee en el Documento 128 del tomo 3 del Fondo Colonia del Archivo Histórico de Antioquia.

Aunque el visitador aceptara de buen grado el cumplimiento del impuesto, queda en el tintero si se tomó con el mismo entusiasmo por parte de las localidades antioqueñas, donde lo más probable es que generara malestar entre las élites y autoridades locales que veían con malos ojos que sus impuestos estuvieran financiando un hospital lejano, mientras en Medellín ni siquiera con colectas habían logrado materializar el hospicio para los enfermos de la ciudad.

Estas microhistorias son una rendija para observar a quienes padecieron la enfermedad y a una Medellín que los miró entre el asistencialismo y el estigma, entre la compasión cristiana y el miedo al contagio, pero sobre todo reflejan que el aislamiento no comenzó con los grandes lazaretos o leprosarios decimonónicos, sino que desde mucho antes ya había una sociedad que aprendió a vivir apartando, trazando fronteras entre el cuerpo enfermo y el cuerpo sano, y condenando al ostracismo a los tocados por el mal de san Lázaro.

*Estos casos fueron encontrados en el Archivo de Medellín, Fondo Concejo, sección Colonia, tomos 10, 11, 12, 15, 22, 35, 50; Archivo Histórico de Antioquia, Archivo Histórico Judicial de Medellín y Archivo de Marinilla.