El negocio de la adicción en la triple frontera amazónica

por JUANITA VÉLEZ Y BRAM EBUS • Ilustraciones de Laura Alcina

Amazon Underworld* y La Liga Contra el Silencio Julio de 2026

En la triple frontera entre Colombia, Perú y Brasil, el avance del narcotráfico ha transformado el consumo de drogas en una crisis de salud pública que golpea especialmente a las comunidades indígenas. Jóvenes Tikuna y Cocama son reclutados como mano de obra para los cultivos y laboratorios de coca en Perú, mientras otros reciben pasta base de cocaína como pago o lo consiguen en puntos de venta dentro de sus comunidades, alimentando un ciclo de adicción, violencia, suicidios y exclusión social.

“Nazareth tiene que cambiar, Nazareth tiene que mejorar”, dice con un micrófono una líder indígena, en un salón desocupado por el que pasa un perro bostezando. La voz sale por un parlante por el que la gente de esta comunidad indígena de 1 080 habitantes en la Amazonía colombiana, y de las etnias Tikuna y Cocama, se entera de todo lo que pasa aquí: los horarios de las clases de danza, las jornadas de atención en salud, los anuncios de reuniones políticas, y los suicidios.

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“Me estaba volviendo loca. En 2020, de enero a junio, todos los meses hubo un caso (de suicidio) y todos los meses nos enterábamos por ese parlante”. Quien habla es Geni Catachunga, promotora de salud hace 11 años en la comunidad. Mientras lo cuenta, enumera con los dedos los suicidios, pero no le alcanzan. Van doce. Todos jóvenes.

Según datos de la Secretaría de Salud de la Gobernación de Amazonas, en todo el departamento los intentos de suicidio aumentaron de 63 en 2021 a 100 en 2024 y otros 100 en 2025. En lo que va de este año se han contabilizado 43 casos. 

Catachunga, de pelo negro recogido y bata azul, cuenta que los jóvenes no tienen mucho en qué desempeñarse ni entretenerse y que a veces tampoco tienen el apoyo de sus padres. Está sentada en una mesa de madera en toda la entrada de una casita blanca, de marcos azul cielo, donde funciona el puesto de salud de Nazareth. Al lado de la mesa hay una puerta rodeada de carteles: a la derecha, un letrero que dice “Wechikaru” en lengua tikuna;  abajo, otro en el que se lee “Consultorio”; arriba, un cartel con el título “¿Sabes qué es la salud mental?”; y, a la izquierda, otra cartelera que comienza con “Ruta de atención de consumo de sustancias psicoactivas”. 

Consultorio de salud en Nazareth, una comunidad indígena de la Amazonía colombiana. Foto: Juanita Vélez.

Un estudio de 2020 del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar señala que el principal factor de riesgo asociado a la conducta suicida de niñas, niños y jóvenes en Nazareth es el choque cultural con el mundo occidental, en el que se ven “atraídos por las lógicas de consumo y acumulación” y algunos recurren al “dinero fácil” para cubrir las ‘necesidades’ que les son implantadas. “Trabajan en actividades ilícitas afines a la venta de sustancias psicoactivas, mal pagas, que les generan afectaciones en su bienestar físico y emocional”, indica el informe. Catachunga agrega que, además, algunos casos han presentado signos de violencia intrafamiliar y abusos sexuales.  

Los jóvenes de Nazareth consumen bazuco —una sustancia psicoactiva compuesta principalmente por alcaloides de la hoja de coca y también conocida como pasta base de cocaína—, y marihuana que consiguen en Leticia o con gente que no es de la comunidad y ha llegado a venderles ahí mismo; o gasolina, que se roban de las lanchas que se parquean al pie de un puente para después olerla. 

En la triple frontera entre Colombia, Perú y Brasil, ver a los ojos a muchos de estos jóvenes indígenas con consumo problemático es ver la cara más vulnerable de una cadena de suministro de drogas que ha convertido al río Amazonas en una de las principales rutas de narcotráfico hacia Europa y un mercado en el que cientos de indígenas ya no son únicamente mano de obra para el narcotráfico, sino usuarios que se estrellan con un sistema de salud muy precario para atender sus adicciones.

El problema está estrechamente relacionado con el aumento de cultivos de hoja de coca y de laboratorios para su transformación en Perú, donde narcos peruanos y colombianos y grupos criminales brasileños controlan plantaciones a las que van a raspar la hoja familias indígenas que viven regadas sobre el río Amazonas y a quienes, en algunos casos, les pagan con pasta base de cocaína que consumen o revenden en sus comunidades para compensar por la inversión del tiempo de trabajo.

El auge del consumo también se ve en que ya hay “ollas” o puntos de venta de drogas en comunidades indígenas. Raymundo Fernández, líder comunitario y coordinador de la guardia indígena de Azcaita, que agrupa a diez comunidades indígenas en Amazonas cuenta: “Estamos queriendo hacer un trabajo articulado con las fuerzas militares para combatir esta problemática que se nos ha metido dentro de la comunidad”. 

Explica que los jóvenes consumen o “se prestan para hacer venta de drogas de personas exteriores que vienen a proveerles a ellos para hacer esta distribución dentro de las comunidades. Al meterse en eso ya no pueden salir porque son amenazados por las personas que les proveen”. La situación es tan crítica que ya tienen jóvenes indigentes, dice.

A diciembre de 2025, en las calles de Leticia había 224 habitantes de calle, 37 más que en 2024, según datos de la Secretaría de Salud Departamental. De ese total, 35 % son indígenas, la mayoría hombres jóvenes, en medio de un microtráfico controlado por Comando Vermelho (CV), según confirmó un oficial de seguridad. Este poderoso grupo nació en la prisión Cândido Mendes de Río de Janeiro hace 50 años y su presencia se ha extendido por Brasil y países vecinos. El gobierno de Estados Unidos lo designó el 28 de mayo como organización terrorista.

De Colombia a Perú

Entre varias comunidades indígenas amazónicas de Colombia hay un lugar conocido en Perú por ser uno de los epicentros de cultivo y producción de coca: Bellavista. Es un poblado indígena Tikuna que hace parte de la provincia Mariscal Ramón Castilla en la región de Loreto y que, según datos del más reciente informe publicado en junio de 2025 por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), es la tercera comunidad nativa con más hectáreas de hoja de coca en ese país. Pasó de tener 307 hectáreas en 2020 a 786 en 2024.

A Bellavista llegan familias indígenas de Colombia a trabajar en plantaciones de coca. Las mujeres, por lo general, van a cocinar los almuerzos que les dan a los hombres, papás e hijos, que raspan la hoja y que se quedan a dormir por varios días. También suelen ser explotadas sexualmente. Según Jonatas Soares, comandante del Octavo Batallón de Policía Militar en Tabatinga, municipio brasileño que limita con Leticia, quienes mandan en Bellavista son dos líderes de CV: alias ‘Lobo’ y  ‘Meia Noite’. 

“Tenemos esta hegemonía del CV y el mando brasileño tiene su sede en Bellavista. Cuando hablo de «mando», me refiero al brazo más operativo de la facción —la parte de la producción, la logística— porque la parte financiera es toda una maraña de empresas involucradas en el blanqueo de capitales”, explica el comandante. Según sus cálculos, el negocio para el CV —que ha logrado imponer un control total negociando con narcos peruanos y controlando quién puede comprar en la región y quién no— es redondo: un kilo de coca que compran en Bellavista a US $300 se vende en las calles de Europa a 22,600-41,800 euros.

Para lavar la plata, el CV no solo financia la minería ilegal de oro en ríos como el Puré (que comparten Brasil y Colombia), y más recientemente el Juruá (que nace en Perú y atraviesa la Amazonía brasileña), o compra directamente oro a los mineros. También blanquean mediante el negocio del pirarucú, el pez de agua dulce más grande del río Amazonas, que se comercializa legalmente. “Coges ese dinero ilegal del oro, lo cambias en la casa de cambio, lo conviertes en reales… y ya, está limpio”, explica Soares. 

Los viajes que muchos indígenas colombianos hacen para raspar y “quimiquear” —como le dicen coloquialmente a ir a trabajar a los laboratorios de procesamiento de la hoja de coca— en Bellavista y en otros poblados peruanos como Islandia o Santa Rosa, pueden no tener regreso. “Acá no vamos por miedo, porque la gente que va a raspar le pagan y después la matan. Vemos personas muertas en el río y sabemos lo que es”, cuenta Geni, la promotora de salud. 

Un joven de Nazareth, a quién protegemos su identidad por seguridad, dijo que sí hay muchachos que han ido a Perú a raspar. “Algunos sí aceptan ir a lo de la raspa, otros aceptan ir a la cosa más grande, donde la cocinan”, dijo. Otro joven de 26 años, que prefiere no ser identificado, dijo que le han ofrecido, pero que no va. “Tengo distinguidos (amigos) de otros lugares que han ido y me dicen que no vaya. Termina uno metido con delincuencia y si robas algo, te buscan hasta encontrarte o te quedas ahí en la olla”. Pero vayan o no, jóvenes de esa y otras comunidades indígenas terminan metidos en una adicción que han intentado tratar en Leticia.

Cura y enfermedad

Juan* tenía 13 años cuando comenzó a fumar marihuana. Vivía en La Pedrera,  una población indígena amazónica a orillas del río Caquetá, cuando llegaron a reclutarlo hombres del Estado Mayor Central, una disidencia de las antiguas FARC-EP. Su abuela, que lo mantiene desde que su mamá murió, recuerda que un día los disidentes estaban felices porque se llevaron a 15 niños y armaron una fiesta para celebrarlo. Miembros de este grupo suelen acercarse a los jóvenes mientras juegan fútbol o están en la calle y les ofrecen algo de tomar y de comer, o plata, y así los enganchan para que trabajen transportando marihuana o pasta base de cocaína.

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Pero Juan no quiso irse, así que recibió un ultimátum: tenía 24 horas para desaparecer de su pueblo. Su abuela lo trajo a Leticia para que escapara y, por medio de la Institución Prestadora de Servicios de Salud (IPS) Indígena Mallamas, terminó en la IPS Nuevo Amazonas. Su representante legal y gerente es el médico psiquiatra Henry Esteban Porras, un leticiano que estudió su carrera en Bogotá, regresó a atender consultas en psiquiatría básica y creó la IPS en una casa abandonada donde antes estuvo el prostíbulo “Conejitas Show”. “Fue un burdel muy ambicioso que fracasó (…)”, dice Porras sentado en su oficina en la que tiene tres diplomas de la Universidad Javeriana colgados en la pared, un MacBook Air y pocos adornos más. 

Cuenta que cuando el centro abrió sus puertas, en 2017, implantaron el “modelo de comunidad terapéutica” en el que los rehabilitados orientan a los demás, con jerarquías entre los recuperados y los pacientes. En sus palabras: “utiliza estrategias de terapia de choque, muy aversivas y a veces humillantes, usadas para que dejen de consumir sustancias, por ejemplo, le ponían carteles a los pacientes, o usaban mucho lo de echar agua, el baldado de agua. O hacer flexiones, como si fueran militares”.

Jeffrey González, médico psiquiatra con especialización en adicciones y salud pública, explica que los tratamientos de comunidad terapéutica nacieron en los setenta, y que “buscan rehabilitar más el comportamiento que la enfermedad o trastorno. Hace mucho tiempo la ciencia entendió que no rehabilita necesariamente la conducta de una persona con trastorno de consumo de sustancias porque rehabilitar la conducta no es lo único necesario sino que también se tienen que tener en cuenta factores biológicos, psicológicos y sociales más allá de conducta”. 

Según Porras, el centro dejó de usar ese modelo en 2018. Ahora tiene un equipo de tres psicólogas, una trabajadora social y una terapeuta ocupacional, con las que aplican, según él, un “enfoque biopsicosocial, basado en teorías y terapias de prevención de recaídas, la intervención familiar y la rehabilitación social y comunitaria, con un enfoque de derechos humanos”. Pero Amazon Underworld recogió siete testimonios de jóvenes que han estado en ese centro desde 2020 o de sus familiares, y la mayoría denuncian maltratos. Juan*, por ejemplo, entró al centro en 2024 y cuenta que le gritaban.

“A uno no, sino al adicto que uno tiene adentro, le gritan que el adicto que uno tiene adentro es el que se comporta mal y molesta y roba y todo eso”. 

Recuerda también que a veces lo dejaban “un día encerrado, porque uno molestaba, porque uno le gritaba al líder (…) lo dejaban a uno sin mecato (snacks o alimentos ligeros), sin llamadas, sin visitas”.

La mamá de Pedro*, un joven tikuna que estuvo en ese centro en 2022, dice que fue a visitar a su hijo después de un mes de que estuviera allí y que él le contó que los hacían dormir en ropa interior en una colchoneta en un cuarto aislado y que a algunos compañeros a veces los golpeaban como “castigo”. El papá de Víctor*, quien estuvo tres veces en el centro, también cuenta que a su hijo lo hicieron dormir desnudo y “le echaban agua”. “Cuando yo encontré esta cruda realidad yo paré de mandar jóvenes ahí”, dice.

Ramiro*, otro joven de 26 años, relata que terminó metido en su adicción cuando le vendía balas a un miembro del Comando Vermelho a cambio de pasta base de cocaína. En 2022 decidió entrar al centro para evitar que lo persiguieran. Aunque dijo que él no se sintió maltratado, habló del caso de un joven que fumó marihuana en el centro. Según su testimonio, el “castigo” fue encerrarlo en ropa interior en un cuarto con un colchón y hacer planas en un cuaderno que decían “no debo fumar marihuana, no debo fumar marihuana en el centro”. “Ese castigo es normal ahí adentro. Todo el que la embarra, el que pelea, el que roba, tiene castigos allá, el que toca las cosas de los demás, el que hace algo malo, digamos”.

“El chico llegó y me dijo, mamá, yo me fui porque no me gustó el espacio, lo maltratan a uno psicológicamente”, dice otra entrevistada que no identificamos para proteger su identidad. Luego, mandó a otro hijo que también se terminó escapando del centro. “Viví maltrato cuando intenté escaparme la primera vez. Me dieron tres pastillas de 100 miligramos, en total 300 miligramos. Yo me sentía en coma y ahí me dio rabia. Me quedé paralizado, la mitad de mi cuerpo no funcionaba, pero el cerebro estaba activo y pensé: ‘Me recupero y brinco esa reja para largarme de aquí’”, dice Octavio*, quien efectivamente logró escapar del centro. Su mamá pensó en demandar al centro. 

“¿Por qué se fueron los muchachos? ¿Por qué no me los entregaron sanos?”, se pregunta la mujer.

Porras reconoce que en los últimos años sí han recibido quejas de un trato considerado por los pacientes como injusto o agresivo, pero aclaró que “en general, quejas de maltrato no. Muy poco. Reconozco mi cuota y los errores que se han podido dar en mi institución”. 

“Nosotros teníamos un cuarto de reflexión que era una habitación donde si estás muy agresivo, te quedas ahí, pero eso lo acabamos más o menos antes de la pandemia”, dice Porras. Según él, tener ese “cuarto de reflexión” fue una herencia del modelo terapéutico, pero afirma que se acabó, que hoy se llama habitación 5 y es un cuarto normal. También dice que usar ese cuarto “no era una metodología de castigo, era de control de agresión, de agresividad”. 

Frente al porqué muchos jóvenes que van al centro no se recuperan, Porras dice que “aunque tú intervengas a la población que tiene patología adictiva grave, las tasas de recuperación rara vez superan el 60-50 %, y depende mucho de las características de la patología. Nosotros técnicamente en el Amazonas no tenemos modelos de atención en masa para población con adicciones”. También admite que a veces el mismo personal ha sido una fuente de peligro y le ha tocado despedir gente. “Yo tuve que despedir a un celador porque después de que los pacientes salían del proceso los contactaba y les ofrecía prostituirse”.  

Porras también es señalado por ser sobrino de Evaristo Porras, el famoso narcotraficante, jefe del Cartel del Amazonas, que murió en 2010. “Yo te puedo decir que mi comunidad no me ha maltratado por ser el sobrino”. Dice que vio a su tío una vez, cuando tenía cinco años, porque “toda mi infancia estuvo preso. (…) En Colombia, ¿quién no tiene un familiar que no haya tenido que ver con el narcotráfico? Ese estigma me parece muy desgraciado”, dice.

Otras fuentes consultadas también lo señalan de ganarse un contrato —en octubre de 2024 hasta el 30 de enero de 2025 por 4 465 millones de pesos (casi un millón de dólares), el más alto que ha firmado esta IPS con la gobernación— por ser familiar de Ramiro León, pareja de la congresista liberal Karina Bocanegra, una poderosa política del departamento, que le hizo campaña y es aliada del actual gobernador Óscar Sánchez.  Ese contrato fue firmado para crear y fortalecer redes de apoyo en salud mental, capacitar a las comunidades, y hacer pruebas de tamizaje en Leticia, Puerto Nariño y las áreas no municipalizadas del departamento, con la idea de que de ahí saliera un estudio de salud mental, por distintas edades, que sirviera de insumo para la gobernación y que encuestó a más de 10 mil personas. Porras dice que se ganó ese contrato porque fue el único que se presentó, por ser la única IPS de salud mental. 

Aunque la gobernación le giró a la IPS un anticipo del 50 % (2 232 millones de pesos), solo ejecutó 1 835 millones, por lo que la IPS tuvo que devolverle casi 397 millones de pesos a la gobernación. Sandra Viviana Arias, profesional a cargo del programa de salud mental de la gobernación y supervisora del contrato, dijo a Amazon Underworld que la IPS solo se gastó esa plata porque “el contrato solo se ejecutó en todas las comunidades indígenas de Leticia y Puerto Nariño, pero no se llegó a todo el departamento por los tiempos. Por eso no se pagó completo”.  Porras dice que “presupuestalmente la operación fue más económica de lo que se había proyectado. Cubrió todo el trapecio amazónico, que concentra el 70 % de la población del departamento, pero no cubrió el área no municipalizada y fue más económica por eso”. 

Otra opción de muchos jóvenes en la triple frontera con problemas de consumo es entrar a fundaciones religiosas en las que, a punta de fe en que un ser superior los va a ayudar a curarse, le apuestan a otra salida.

Gloria a Dios

“Dios los bendiga muchachos. Digan gloria a Dios”, dice el pastor Arley Tavares, fundador en Brasil de la Fundación Cristiana Rescatados por su Sangre, que se presenta como una organización sin ánimo de lucro que nació en 2010 en Fusagasugá, un municipio cercano a Bogotá. Según su página web, la fundación ofrece “procesos de formación y restauración para los habitantes de calle, en concordancia con trabajo profesional en busca de la integralidad del hombre”. Su enfoque es la teoterapia, una práctica de tratamiento para el consumo de sustancias psicoactivas mediante la predicación del evangelio de Cristo. 

Tavares es colombiano y se presenta como un rehabilitado que duró 27 años en las drogas. Se pasea por la sede de la fundación, ubicada en un barrio bajo control del Comando Vermelho en Tabatinga, que antes era una olla de consumo de drogas Mientras habla, camina hacia un patio en el que hay cuatro hombres, todos con un carnet de la fundación colgando de sus cuellos, que responden en coro apenas lo ven: “Dios lo bendiga”.

“Estos muchachos acaban de llegar de hacer una colecta de alimentos”, dice. “Yo aprovecho de verdad para decir que este es un trabajo con amor, con cariño. Aquí es voluntario; ninguno está obligado”, dice mirando a la cámara. “Aquí nos hablaron de la palabra de Dios y gracias a Dios escuchamos de esta fundación porque Dios es el que cambia y aquí estamos”, señala uno de los muchachos. 

Bajo la frase bíblica “nada es imposible para Dios”, la fundación hoy tiene más de 40 sedes, la mayoría en Colombia, pero también en Ecuador, Brasil y Panamá. A Leticia llegó en 2016, a una casa muy cerca de la IPS Nuevo Amazonas. Según Tavares, allí llegaron a atender hasta 2019 a 110 personas, cuando cerraron las puertas de la Fundación en Leticia para abrirlas en Tabatinga.

Dos funcionarios públicos de Leticia que pidieron no ser citados dijeron que la Fundación cerró sus puertas porque los tenían en la mira, señalándolos de traer personas de otras regiones del país para que entraran a su fundación, algo que Tavares niega. Desde la Secretaría de Salud de la Gobernación de Amazonas respondieron que la fundación no está registrada, por lo que no pueden dar información sobre las razones por las que dejó de funcionar en Leticia. 

En 2019 llegaron a Tabatinga en medio de una guerra a muerte entre organizaciones criminales en Brasil. Por un lado estaba el grupo Os Crías, que recibía el apoyo de Primeiro Comando da Capital (PCC), que surgió en una cárcel de Sao Paulo, y por otro el Comando Vermelho (CV). En 2023, el CV ganó esa guerra y ahora controla varios barrios de Tabatinga, incluyendo el barrio donde está ubicada la fundación. En las paredes de las casas vecinas se pueden ver grafitis con las siglas CV. 

Siglas del Comando Vermelho en una pared de un barrio en Tabatinga, Brasil. Foto: Bram Ebus.

En Brasil es conocido que Comando Vermelho les da como única ruta de salida a los jóvenes que hacen parte del grupo que entren a iglesias. “No hay un vínculo institucional, ninguna iglesia está vinculada formalmente con CV, eso no existe”, explica Soares, el comandante del Octavo Batallón de Policía Militar en Tabatinga. “Lo que existen son normas internas de CV que establecen que si alguien quiere dejar la delincuencia solo puede marcharse acudiendo a una iglesia. Pero acudir a la iglesia y vivirla de verdad (…) pero si luego lo pillan consumiendo drogas, bebiendo alcohol o llevando una conducta incompatible con alguien que camina en la palabra del Señor, lo matan”. En Benjamín Constant, un poblado brasilero a 20 kilómetros de Tabatinga, hay líderes de iglesias evangélicas que fueron antiguos miembros del CV, como lo documentó El País América.

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Esta relación informal de las iglesias y los grupos, que no está por escrito, pero se cumple como si lo estuviera, es algo que también se vive en la cárcel de Tabatinga. Según Walmir Barbosa, coordinador de la Pastoral Carcelaria de la Diócesis de Alto Solimões, “a los que van a la iglesia, los que cambian de verdad, los dejan en paz. Se llama la ‘celda de la bendición’”.

Tavares llegó a fundar Rescatados por Su Sangre en medio de ese complejo territorio y dice que con el CV “no tenemos problema porque la fundación es muy conocida. ¿Qué nos piden ellos? En caso tal de que llegase a presentarse, es como la policía, ¿que me pide a mí la Policía Federal? Que los muchachos no me hagan daños, que haya un buen comportamiento, que haya un buen testimonio (…) No nos concentramos tanto en si ellos están o comandan una zona porque la verdad no es de nuestra competencia”.

A Rescatados por Su Sangre lo han señalado en Leticia y Tabatinga por ser la “fundación del maní” porque sus miembros venden maní en las calles, en el puerto de Leticia, algo que algunos pobladores ven como una forma de exponerlos, porque terminan obteniendo dinero con las ventas en zonas en las que es fácil conseguir drogas. Pero Tavares explica que lo hacen para sostenerse.

—“La fundación no solo vende maní y toda fundación lo vende, no sólo ésta”.

¿No cree que la venta los expone?

—“Puede ser, claro que sí, pero no tenemos de otra manera. ¿Quién paga el arriendo de esta casa? Si la familia de él no paga una mensualidad, entonces, ¿cómo hacemos para sostener la casa? ¿Cómo hacemos para sostener el arriendo de la sede?”.

Puerto de Leticia, sobre el río Amazonas. Foto: Bram Ebus.

En este embarcadero es normal ver jóvenes que venden maní y que llevan carnets con el nombre de la fundación. Lo venden, según uno de ellos, a 2 000 pesos (0,50 dólares) el paquete, 500 para ellos y 1 500 para la Fundación. “Ganamos 500 pesos por maní, es como un trabajo tanto para mí como para la obra”, dice uno de ellos. “Ellos lo mandan para diferentes lugares donde se abren más sedes para que sostengan y paguen un arriendo”, agrega, refiriéndose a la plata que debe darle a la fundación. 

En las comunidades indígenas de la triple frontera amazónica, a miles de kilómetros de los puertos europeos donde un kilo de cocaína puede venderse por decenas de miles de dólares, la riqueza que genera el narcotráfico nunca llega. 

La crisis de consumo a la que se enfrentan no es solo una consecuencia del narcotráfico, también es parte de su funcionamiento. Las mismas comunidades indígenas que han sido utilizadas para cultivar, transportar o procesar coca, hoy se han convertido en un mercado para las drogas que circulan por el río Amazonas. Mientras las organizaciones criminales consolidan su negocio y su poder, los jóvenes indígenas cargan con el costo más alto: quedan atrapados entre el reclutamiento, el consumo y la violencia. Hasta hoy, las respuestas estatales siguen siendo insuficientes.

Pero incluso en medio de ese escenario hay quienes intentan romper el patrón. Promotoras de salud como Geni Catachunga siguen recorriendo las comunidades para identificar a tiempo a los jóvenes en riesgo. Líderes indígenas organizan guardias comunitarias para impedir la entrada de expendedores de droga. Familias y comunidades intentan evitar que sus hijos crucen el río hacia los cultivos de coca en Perú.

Son esfuerzos pequeños frente a economías criminales que mueven millones de dólares y atraviesan países. Sin una respuesta estatal sostenida, difícilmente serán suficientes frente a un problema de salud pública sin respuestas basadas en prevención y reducción de daños. Pero muestran que, en la Amazonía, la disputa no es únicamente por el control de las rutas del narcotráfico: también lo es por el futuro de comunidades enteras.

*Los nombres fueron cambiados para proteger la identidad de las fuentes.

*Amazon Underworld es una alianza de periodismo colaborativo que investiga las tendencias del delito transfronterizo, economías ilícitas y sus impactos en el medio ambiente y las comunidades amazónicas, y está integrada por Armando.Info (Venezuela), Al Margen (Perú), InfoAmazonia (Brasil),  La Liga Contra el Silencio (Colombia) y RAI (Bolivia).

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El crimen más organizado del mundo

por GUSTAVO DUNCAN • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 101 Marzo de 2018

I

En el principio fue el caos. Luego vino el orden y al orden lo siguió un caos aun peor. Desde entonces, la ciudad ha pasado del caos al orden. A veces más el uno y a veces más el otro. Todo depende de a quién se pregunte.

II

El inicio de todas las entrevistas en las cárceles fue el mismo: “El crimen en Medellín es el más organizado del mundo, en Colombia ninguna otra ciudad se le parece”. Entre los reclusos la idea que prima es la de que todo lo que ocurre en Medellín, al menos todo lo relacionado con el crimen, obedece a un orden que se origina en una sólida y tradicional estructura que dicta qué se puede hacer y qué no.

En la base están los combos. Son los muchachos de siempre en varias cuadras a la redonda. Conocen a todos en la comunidad porque son parte de ella. Allí, entre callejones y escaleras, han gastado sus pocos años de vida. Son los encargados de vigilar que la ley de los bandidos se cumpla en el terreno. Quien mate, quien robe o quien venda droga sin permiso, o simplemente quien no se sepa comportar es sujeto de un castigo. Puede ser una multa, una paliza, el destierro o la muerte. En la calle, inconscientemente, se pueden ver los efectos de la ley. Muchos de los drogadictos que deambulan al lado del río fueron expulsados de sus comunas cuando la droga los convirtió en un problema de convivencia.

La ley tiene su precio. En algunos barrios todos deben pagar una vacuna. En otros solo los negocios, desde los buses hasta los distribuidores que quieran surtir las tiendas. Sin embargo, los muchachos del combo no se hacen ricos con esa renta. Son muchos y al final no es tanto dinero, son barrios pobres. Les basta saber que ganan más que si se dedicaran a trabajar en algo legal. Además, obtienen un poder, un prestigio y un atractivo sexual que difícilmente obtendrían en otra ocupación. No todo es dinero en la vida.

Arriba están las razones, como se conoce a las cerca de dos decenas de bandas que se reparten la ciudad. Cada una de ellas maneja un territorio a través de combos leales que le garantizan que solo sus mercancías —sean drogas, aguardiente adulterado, gaseosas, huevos, etc.— se vendan en el lugar y que ninguna otra “razón” cruce sus fronteras. Los coordinadores, una suerte de administradores profesionales del crimen, son los que conectan las razones con los combos, llevan las órdenes de arriba abajo y las quejas de abajo arriba. Es una tarea difícil mantener el control de tantos jóvenes llenos de testosterona y habituados a una violencia letal. Uno de ellos, ya retirado, resumió su oficio: “Mi trabajo era ponerle disciplina a los jóvenes”.

Quizá no haya asunto de la vida de las comunidades en que más se vea reflejada la disciplina impuesta por el crimen organizado que la violencia sexual. Los violadores, sobre todo los violadores de niños, son ferozmente perseguidos por los combos y el castigo es el más severo. Un coordinador, entre las risas que le causaba un cigarrillo de marihuana que acababa de fumarse a la vista de todos en la calle, respondió cuando se le preguntó qué se hacía con los violadores: “En esos casos lo que se recomienda es matarlos”. No siempre fue así.

III

Es difícil resistir los primeros diez minutos de la película. Las escenas son de una crudeza tal que uno se niega a creer que eso haya podido ocurrir. La realidad es que La mujer del animal, de Víctor Gaviria, es un relato de lo que solía pasar en muchos barrios de invasión en los setentas. Surgían pandillas que aterrorizaban a la comunidad. Amedrentaban y robaban, pero lo verdaderamente humillante eran las violaciones. Se hizo común la práctica del revolión, en que una muchacha era seducida por alguno de la pandilla y luego cuando la llevaba a algún lugar apartado era violada por todos.

Tanta humillación llevó a que los hombres de la comunidad organizaran grupos de vigilantes para cazar los delincuentes. Pronto, se convirtieron también ellos mismos en delincuentes aunque algo había cambiado: ahora se convertían en la autoridad de la comunidad. Imponían orden, un orden oprobioso pero orden al fin al cabo.

Por esa misma época, en barrios populares pero no tan pobres como los que retrata La mujer del animal, surgió otro fenómeno entre jóvenes que sentían que las perspectivas de trabajo en las fábricas, que habían aliviado las aspiraciones de sus padres, eran cosa del pasado. Eran tiempos de crisis económica. Se sintieron desahuciados del futuro y optaron por la delincuencia, aunque como estaban más integrados a la ciudad se convirtieron en bandidos más sofisticados. En vez de robar a su propia gente asaltaban bancos y carros de valores. Y, al igual que los vigilantes, desarrollaron una cultura de gobierno de sus comunidades.

Entonces apareció Pablo. Del orden precario que surgió con los nuevos bandidos vino el peor de los caos.

IV

Se comenta que el gran error de Escobar fue haberse metido en política. Y, de manera ingenua, se reduce su vida política a la campaña electoral de 1982 y su paso fugaz por el Congreso. En realidad, Escobar todo el tiempo hizo política a través de medios muy distintos a las elecciones.

Él se dio cuenta de que si se ganaba a los jóvenes bandidos no solo podía hacerse al control del Cartel de Medellín sino que podía disponer del ejército y del territorio para plantear una guerra contra el Estado. Las fotos de Escobar en campaña, inaugurando canchas de futbol en los barrios populares, esconden una transacción política muy profunda. No era a los líderes políticos a quienes se iba a ganar. Era a los bandidos a quienes estaba seduciendo. La lógica era simple: ellos dejaban de cometer los crímenes de siempre, tomaban de una vez por todas el control de sus barrios y hacían parte de su ejército personal, a cambio Escobar les transfería una parte de las rentas del narcotráfico que por entonces inundaba la ciudad. Si un narco se atrevía a no pagar su parte iba a tener un ejército de bandidos respirándole en la nuca. Ese fue su verdadero poder político.

Comenzaba, en medio del sangriento caos que fue la guerra de Escobar, a gestarse el control actual de las bandas y los combos. Ya no eran simples delincuentes de barrio. Los bandidos se volvieron conscientes del poder que encarnaban y de las rentas que estaban disponibles si actuaban de manera organizada. Cómo no iban a darse cuenta si en un momento dado bajo el liderazgo de Escobar pusieron al Estado en jaque. Al final, como era de esperarse, fueron derrotados por una alianza entre fuerzas de seguridad, disidencias del Cartel de Medellín y se dice que la propia cúpula al menos sabía lo que se cocinaba, pero la enseñanza de la guerra les despejó cualquier duda sobre la magnitud de su poder.

V

De nuevo el orden o, mejor, una pretensión de orden.

El reto de quienes mataron a Pablo era imponer orden entre los bandidos que dejó la guerra. A los Castaño y a Don Berna les tomó tiempo hacerlo. Y cuando lo lograron tuvieron que usar esa fuerza para combatir a las milicias de las guerrillas. Por eso, en la desmovilización de los paramilitares la mayoría de quienes dejaban las armas eran bandidos.

Los tiempos de Don Berna dejaron una nueva enseñanza. No tenía sentido hacer una guerra contra el Estado y desafiar el resto de la sociedad. Si los bandidos racionalizaban sus comportamientos podían mantener el poder en sus comunidades, hacerse a jugosas rentas y evitarse problemas con las autoridades. La clave estaba en identificar negocios susceptibles a la explotación, que no involucraran un despojo, sino una extracción sistemática por el solo hecho de disponer la fuerza para extorsionar o monopolizar sus rentas. ¿Qué sentido tenía robar si en proteger empresas informales y criminales había mayores ganancias?

Había comenzado la domesticación del crimen en Medellín. Ahora los bandidos estaban interesados en la pacificación. La violencia era pésima para los negocios y las autoridades se los hacía saber. Podían sobornarlos pero si en la prensa aparecían los muertos no había caso. Los policías cerraban las plazas de vicio y capturaban sus cabecillas. Todos perdían.

VI

En las propias estadísticas del Estado se vio el efecto. Luego de la extradición de Don Berna vino la guerra entre Sebastián, el elegido de los bandidos, y Valenciano, el dueño de la riqueza. Ganó Sebastián pero apenas pudo disfrutar su poder, enseguida fue capturado. La sorpresa fue que en el largo plazo la tasa de homicidios, con sus sobresaltos, bajaba a pesar de las guerras.

¿Por qué esta tendencia a la baja de la violencia? En gran parte porque el Estado llegó y reclamó orden, así fuera a su manera, con garrote y zanahoria, o lo que es lo mismo, con operativos, sobornos e inversiones en el hábitat. También en parte porque la historia, como se aprecia, les enseñó a los bandidos que la civilización trae enormes beneficios. Ya el destino no está marcado por una muerte segura antes de los treinta años ni por una prisión perpetua en Estados Unidos si se quiere ser rico.

Ahora la ruta hacia el orden, en una ciudad que lo ha anhelado y exaltado durante años, se nota en que hoy tiene unos bandidos que se precian de ser el crimen más organizado del mundo.

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Con todos los juguetes

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 53 Marzo de 2014

Los juguetes viejos han sido usados para todas las historias. Tinta, hojas, imaginación. Los juguetes de la bodega, museo y taller de Rafael Castaño son de carne y hueso. Todos fueron jugados en estas calles, en estas tierras, en estos aires. Van y vienen los juguetes de la memoria.

Mientras en la ciudad hay fieles que se afanan por regalarle un juguete a un niño, Rafael Castaño ayuda a que muchos adultos encuentren su juguete favorito, el que perdieron u olvidaron en su niñez envejecida. Cuando alguien descubre en una vitrina ese tren de cuerda, el mismo que corría entre cordilleras de cobijas, vuelve a ver la película de su infancia. A Marcel Proust le pasó con una tacita de té, tomando el algo, mientras remojaba una colación: lo llamó memoria involuntaria. Y algo parecido es lo que sucede todas las semanas en la bodega de La Bayadera, donde se refugian Rafael y sus juguetes.

Desde hace quince años, él y su hermano Alejandro llegaron a Barrio Colombia a construir naves y animales utópicos inspirados en aviones antiguos, monstruos mitológicos y algunas máquinas de Leonardo Da Vinci. Al tiempo, el lugar se fue llenando de otros inquilinos, los muñecos abandonados que adoptaba Rafael en las quincallas del Centro y en el Bazar de Los Puentes. De niño coleccionaba monedas y estampillas por contagio de su tía Corina, filatélica y numismática. Pero fue ya grande cuando algún dios de los juguetes le hizo el llamado. No se cayó del caballo, como Pablo de Tarso, pero casi.

“Fue en el Centro, por Bolívar, antes de que tumbaran esa calle para hacer el Metro. Iba al lado de la ventanilla, en un bus de Belén Terminal. Cuando lo vi se me apareció toda la infancia: era un carro viejo de pedal. Me bajé a mirarlo. Valía como dos mil pesos. Lo compré y me lo llevé para la casa. Desde ese día, a mí no me pueden decir que hay un juguete en la cola del mundo porque allá voy.

“Una vez me contaron que en la repisa de una cantina había un carro de bomberos y hasta allá fui. Era hermoso. ‘Muéstremelo’, le dije al dueño. ‘No… no… y no’, me respondió. Era muy parecido al que yo tenía cuando niño. Volví varias veces hasta que el hombre lo bajó y me lo vendió”.

Antes de abrir su taller de creación, Rafael estudió Derecho con el único fin de proteger a su familia luego de la muerte del padre. Siendo adolescente leyó una novela donde un tal Pietro Crespi trataba de conquistar a una mujer a fuerza de regalarle jugueticos de cuerda que ella ponía de adorno en las paredes de la sala, hasta que un coronel loco los desbarató para ver si tenían alma. Castaño nunca litigó. Se enamoró de María Cecilia y, cuando a ella la trasladaron a Cartagena por su trabajo, él se fue detrás. A la postre hizo dos cosas: se casó con su novia y se graduó como artista en la Escuela de Bellas Artes.

Como tantas de sus criaturas que hacen maromas increíbles con un pequeño impulso, también Rafael, con monedera de artista, ha logrado reunir auténticas joyas de colección: un mono articulado marca Schuco, de los años veinte; autómatas japoneses de la postguerra; el Cadillac dorado de Elvis Presley, que se prende con llave como el de verdad; una motocicleta Arnold Mac, cuyo piloto se baja, la prende, sube el pie y arranca: todo un prodigio accionado por un diminuto motor de cuerda. En la promiscuidad de las vitrinas conversa Topo Gigio con un grupo de muñecas, el Mago Fox desaparece a un conejo, o lo desaparecía porque ya no prende. La mayoría de los juguetes están descompuestos, las pilas de hoy no les funcionan o les falta algún resorte, una rueda del engranaje… Así, los juguetes lucen adormecidos en su limbo, como los de Toy Story. Tal vez, de noche, cuando el dueño se va, salen todos a pasear, cojeando por La Bayadera, o se cuelan en la alucinación de algún habitante de la calle.

Cuando algún reciclador del barrio encuentra un robot entre una caneca, corre a llevárselo a Rafael. No lo mueve solo la paga: “Aquí regresan todos los que me han vendido algo para que se los muestre. Entran y contemplan otra vez el juguete que trajeron hace tres años. Se emocionan porque sienten que hacen parte de algo grandioso como esta colección y que su trabajo no es basura.

“Hace algún tiempo vino uno al que llaman ‘El Bogotano’. Apenas vio el famoso Batimóvil de hojalata, inspirado en la serie de los sesenta, dijo que cuando tenía ocho o nueve años iba de la escuela a trabajar en una fábrica que ensamblaba estos carritos. Las piezas las mandaban de la casa Ford, en Estados Unidos. Era la época en que las empresas matrices de automóviles sacaban al mismo tiempo que sus carros una línea de réplicas de juguete. No me atreví a preguntarle al hombre si él mismo había llegado a tener su Batimóvil. Es muy posible que no”.

De pronto, asoma un astronauta que ha salido a dar una vuelta alrededor de la nave, atado a su cordón umbilical. “Todo esto es de Los Puentes”, dice Castaño, quien con ese semblante de plácido mostacho y rodeado de sus figuras, se parece cada vez más a Gepetto. “Son juguetes de mi época. A mí me tocó el viaje a la Luna, los aviones de propulsión; monté en los de hélice y en el Super Constellation. La característica de los juguetes de esos años son sus decorados con litografía”.

Un día pasó un hombre vendiendo escobillones. Castaño, atraído por la UC forma de ese cepillo de alambre trenzado para limpiar botellas, le compró uno. El vendedor también sintió curiosidad por el refugio del artista.

“Siga, adentro tengo juguetes”, le dijo.

El otro caminó a lo largo de las vitrinas hasta que se fijó en una mariposa y un avión rústico de lata. Los ojos se le encharcaron, eran los juguetes que le hacía su papá, y allí estuvo un buen rato recordando, entre lágrimas, cada detalle. Antes de la irrupción del plástico casi todo era de hojalata: baldes, regaderas, bañeras para bebé. En Medellín era habitual que los hojalateros hicieran juguetes con los retales de ese material. Los soldaban con estaño y los pintaban con esmalte. La mariposa tiene ruedas y cuando el niño la empujaba con un palo agitaba las alas. Rafa hace la demostración mientras lanza una declaración de terapeuta: “Estos juguetes le permitieron a ese señor encontrarse con su padre”.

Una señora llamó al local para preguntar si allí tenían una muñeca de pasta que lleva unas flores en la mano. Y como aquellos niños a los que les inculcan que no sean egoístas con sus juguetes, Rafael se la prestó para que la cargara, pero solo dentro del museo. Ella vino y contó que esas muñecas eran muy populares en los cincuenta, que entre sus amiguitas les celebraban fiestas de cumpleaños y de primera comunión, y hasta les hacían tarjetas de invitación.

Entre tanto hay una secretaria, con cola de caballo, que ha dejado de teclear para mirarnos a través de la vitrina. Rafa anota que hubo una época en que estos juguetes pretendían enseñar roles u oficios en la sociedad. Ahora no sucede así, antes bien podría considerarse como una discriminación de género o un insulto: “Yo le tuve que pedir permiso a una hermana para regalarle unas ollitas a una sobrina porque le había escuchado decir que quería jugar mamacita con vajilla”.

Una búsqueda memorable del juguete favorito empezó cuando una visitante agachó la cabeza y confesó que nunca había tenido juguetes. “Haga memoria”, le dijo Rafa con el tono neutro del analista, “haga memoria que usted sí tuvo. Es que los juguetes se hacen”, le insistió. Y luego de un silencio revelador la mujer recordó: “Mentiras, yo sí tuve una muñeca. La hicimos entre mi mamá y yo con una mazorca, le pusimos ojos y el cabello de lo mismo… Hasta me duró un buen tiempo”.

También vinieron unas antropólogas para confirmarle a Castaño su teoría. En sus estudios sobre la vida cotidiana de los indígenas emberá en Risaralda, escucharon de buena fuente que a los niños les prohibían jugar. Pero una informante les contó luego que su hermanita y ella hacían amasijos de hojas que amarraban con tiras de tela, a manera de muñecas. Cuando los adultos se acercaban, las pequeñas solo tenían que soltar los nudos: las hojas saltaban por el aire y las muñecas desaparecían.

No siempre los chechereros son los que proveen a Rafael de sus piezas. De pronto, en una visita familiar vio a una niña boleando una abeja de madera, una maravilla de colección hecha por la Fisher Price en el año 37, caramelo escaso. Rafa empezó a temblar.

“Preste pa’ acá”, le dijo, “que eso no es pa’ jugar”.

A él le gusta decir que no compra juguetes sino que se los encuentra. También se siente depositario de un secreto cuando alguien le entrega el juguete que más quería cuando era niño. Sabe que en cualquier momento esa persona va a volver. Se erige como delegatario de la memoria que encarnan esas figuras. Y por eso son las que cuida con mayor celo.

Cuando Castaño expuso en Comfenalco una serie de ciento cincuenta piezas, bajo el título Arqueología del Juguete, un señor muy serio se acercó y le dijo: “Ese avión es el mío”. Él le replicó que ese era un juguete japonés de los cincuenta, del cual podría haber miles de ejemplares en el mundo. Son aviones grandes de tres motores que hacen aparecer la azafata en la puerta y muestran a los pasajeros levantándose de las sillas.

“¿Por qué dice usted que es el suyo?”. Entonces el otro sacó algo del bolsillo: “Mire, estas son las ruedas que le faltan”. Se las puso y calzaron a la perfección. Daba la impresión de que era un tipo muy aporreado por la vida, de una edad menor a la que aparentaba.

“Se llamaba igual que yo, Rafael. Nos volvimos amigos y caía a deshoras al taller, se notaba que necesitaba hablar. Me contó que había salido de la casa y que cuando volvió, la mujer con la que vivía le había botado todos sus juguetes, los que guardaba desde niño. Parece que nunca se recuperó de esa separación. Saber que tuvo momentos felices en su infancia lo alentaba a seguir”.

Rafael sabe cada detalle de su Robocop de los ochenta, de un tren Lionel o de un Bambi hecho en Medellín, en el taller de José Bartolini, cuando la fiebre del plástico logró que muchos niños pudieran tener uno. Un buen número de personajes no gozan del privilegio de estar exhibidos en las vitrinas y se mantienen confinados en enormes cajas de cartón en el segundo piso. De pronto nos muestra unos carros de hojalata con inscripciones diminutas: “Japón ocupado”, “Alemania ocupada”. Eran los juguetes que se hacían poco después de la Segunda Guerra, muchos de ellos con material reciclado de latas de galletas y con proclamas políticas. Era habitual en los barrios de las ciudades arrasadas reunirse para hacer juguetes con lo que se hallaba a mano.

También aquí pasaba que los papás ocupaban tardes enteras en hacer juguetes para sus críos. Don René Botero, el personaje que recoge en un Volkswagen al niño que perdió el bus de la escuela, en El olvido que seremos, era uno de esos.

“Don René tenía apariencia de hosco, pero le encantaba fabricar trompos y patinetas para sus hijos. Los viejos de esa época se hacían los bravos porque creían que era la única manera de lograr que no nos desviáramos en la vida, aunque de todas maneras nos desviamos”.

A Rafael le parece un tanto disparatada la idea de que las armas de juguete vuelvan violentos a los niños. “Yo mismo jugué con armas, rifles de copas, disparé pistolas y tiré con caucheras”. Entonces recuerda la idea de Virgilio en la Eneida cuando dice que en un momento de ira cualquier instrumento de trabajo se convierte en un arma.

“Una vez vino un personaje a decirme que necesitaba que yo le vendiera todo: mis juguetes, los móviles, las vitrinas, la bodega, yo incluido con las historias. Fui insistente al decirle que nada de esto andaba en venta, pero el hombre volvía desafiante: ‘¿Cuánto vale? Dígame una cifra’. No había ninguna. ¿Qué iba a hacer yo con la plata? ¿Qué pensaba hacer el tipo con mis cosas? No lo sé, tal vez las quería para decorar o… ¡para nada! Hay gente que no sabe qué hacer con la plata y quiere comprar los sueños de los otros”.

Si los juguetes han sobrevivido a las bataholas de la niñez debe ser porque hay niños cuidadosos o madres como aquella que no dejaba sacar a la Barbie de su caja, de modo que la niña la tenía que arrullar así empacada. Gracias a esa orden, las lánguidas se conservan intactas como momias en su sarcófago. Aunque Rafael Castaño prefiere las reliquias mugrientas que encuentra bajo el Metro: un oso lustrabotas, un bombero de moto, un payaso en harapos con los que el niño desconocido maquinó más de una jugarreta.

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La reina de los mares

por DAVID E. GUZMÁN • Fotografías por el autor

Número 52 Febrero de 2014

Nuestro corresponsal en Brasil viajó seis meses antes para acostumbrarse al Brazuca. Y a la cachaza. Se reparte entre limpiar la piscina y podar el jardín de su rancho ardiente. La primera de nuestras ceremonias mundialistas está dedicada, con toda reverencia, al sincretismo entre dioses cristianos y africanos. Todo sea por una mala racha para Costa de Marfil.

Cientos de barquitos azules flotaron en el mar de Cidreira durante la noche del sábado primero de febrero y la madrugada del domingo. En su interior viajaban tarros de perfume, peinillas, espejos, labiales y dosis de champú. Iemanjá es vanidosa y golosa. Cocadas, merengues, trozos de sandía y empanadas de alga también hacían parte de las improvisadas tripulaciones. La noche era fresca y las pocas gotas de lluvia que caían sobre la playa parecían evaporarse con los juegos pirotécnicos.

Si los negros africanos hubieran llegado a Brasil por cuenta propia y no para trabajar como esclavos, Iemanjá sería aún más voluptuosa, de caderas amplias y tetas grandes, de piel morena y labios gruesos. Pero esta diosa tiene aspecto de virgen. Una virgen sin aureola, sin niño, sin tanto atuendo protector de la moral y las buenas costumbres. Solo lleva un largo vestido azul, prolongación del mar, con un escote sin complejos tan ceñido al cuerpo que resalta sus piernas y su cintura estrecha.

Iemanjá es resultado del sincretismo de Brasil. Si bien los esclavos africanos ponían en sus altares las divinidades de sus amos católicos y hacían la mímica de rezarles, en sus almas, el lugar al que los negreros no podían acceder, seguían adorando a sus propios dioses: Oxalá, Changó, Olorúm, Jemanjá. Tuvieron que pasar muchos años para que la esclavitud terminara. Luego, con la libertad a cuestas, surgieron religiones que fusionaron las creencias africanas con el catolicismo, como Umbanda o Candomblé, satanizadas y perseguidas por el Estado hasta mediados del siglo XX.

***

Llevaba pocos días viviendo en Brasil cuando me enteré de que el dos de febrero era la fiesta de Nossa Senhora dos Navegantes, la celebración religiosa más importante y tradicional de Porto Alegre. Esta ciudad queda a una hora de Viamão, mi nuevo hogar desde que salí de Colombia a finales de diciembre. Sin dudarlo agendé para ese día un viaje a la capital de Río Grande del Sur. Era un buen motivo para conocer un poco la cultura y el agite del país que me acoge.

Mientras se acercaba la fecha, leí sobre el tema: los fundadores de Porto Alegre en 1742, portugueses provenientes de las islas Azores, consideraban a la madre de Jesús como la santa protectora de los mares. La imagen de Nuestra Señora de los Navegantes llegó a Porto Alegre en 1871. Era obra del escultor João Alfonso Lapa, quien tuvo que volver a hacerla en 1910 después de que un incendio la destruyera junto a la capilla de su mismo nombre; la reconstrucción de la iglesia estuvo a cargo de los devotos y la reinauguración se celebró tres años después.

La celebración consiste en una procesión de miles de personas que llevan a Nossa Senhora de una iglesia a otra, seguida de un desfile fluvial sobre las aguas del lago Guaíba. El obispo, el alcalde, el ejército a caballo, los feligreses, la fe, el bullicio. Imaginé cómo sería el calor y el sofoco ese dos de febrero, con temperaturas de cuarenta grados, mientras buscaba imágenes de la virgen de los navegantes. Una virgen católica, común y corriente, parada sobre una canoa inundada de flores, con un niño en sus brazos y tres ángeles a sus pies; de la mano del niño, que mira impávido una tempestad mortífera que solo él puede ver, cuelgan un cordel y un ancla.

Como si la pantalla del computador fuera el mismo mar, mientras veía esas imágenes de la virgen emergió la atractiva diosa Iemanjá. Apareció imponente con sus palmas abiertas dejando caer perlas al agua. No fue difícil reconocer el sincretismo entre estas dos santas. Tampoco cambiar la celebración católica por la africana. Ahora el paseo era a Cidreira, en el litoral, la ciudad más umbandista de Brasil. Los dos primeros días de febrero Cidreira se convierte en el epicentro de la adoración a Iemanjá, con procesión nocturna y rituales en la playa al son del fuego y los tambores. Las numerosas casas de religión de Umbanda prometían más diversión. Además, el mar siempre inclinará la balanza a favor.

***

La primera estatua de Iemanjá que vimos en Cidreira era tan grande como nosotros. Parada en la acera, y un poco bisoja, invitaba a entrar a un local que vendía pequeños barcos azules con los cosméticos y la vitualla para ofrendarla. Cada embarcación costaba sesenta reales, unos 51 mil pesos. También vendían velas y pareos con la imagen de la diosa.

Llevábamos una hora buscando hospedaje, pero todo estaba ocupado. Habíamos llegado a las 10:30 de la mañana, después de esperar una hora en la autopista el bus que nos llevó de Viamão al litoral norte de Río Grande del Sur. El viaje fue lento, en medio de una larga cola en la que iban autos con gente vestida de blanco.

Rayando el mediodía por fin encontramos hospedaje a dos cuadras de la costa. El casal, es decir el casao, la pareja, valía 150 reales. En la recepción se destacaba una virgen negra acomodada sobre un escaparate. Luego de refrescarnos en la habitación, salimos a comer churrasco. A pesar de ser un pueblo costero, el hecho de estar en una región gaucha hace que se consuma más carne que pez. La cerveza en litro, que conserva su temperatura helada gracias al grueso termo con que la recubren, era el único medio para combatir el calor y acentuar nuestras expectativas: se calcula que en Brasil existen cinco millones de umbandistas, y su celebración más popular y difundida es la de Iemanjá.

A las 8:30 de la noche el cielo aún pertenecía al día. A esa hora arrancó la procesión, organizada por la Fauers (Federação Afro Umbandista Espiritualista do Estado do Rio Grande do Sul). Minutos antes habíamos llegado al punto de partida, una concha acústica en el centro de Cidreira. Una efigie de Iemanjá estaba montada en la plataforma de un moderno camión, y los feligreses, la mayoría mujeres, hacían su aparición con camisetas blancas, collares y ramos de flores. Algunas señoras mayores parecían disfrazadas de la diosa pero con turbantes. Por megáfono, uno de los organizadores explicó que la caminata iría hasta la Terminal Turística y ahí giraría hacia la playa.

Tres canciones pop dedicadas a Iemanjá sonaron a lo largo de los dos kilómetros de procesión. En lugar de tambores y cantos africanos, los feligreses aplaudían cuando el hombre del megáfono agradecía a la divinidad o la presencia de todos a pesar de la lluvia, una lluvia etérea que ni siquiera tenía posibilidad de apagar las velas que cada persona llevaba a la altura del pecho. Al principio eran unas cien, pero luego, cuando la gente agolpada a los lados de la avenida Mostardeiro se fue uniendo, la procesión alcanzó unas 300 personas. El ambiente parecía más católico que cualquier cosa y era imposible no sentirnos decepcionados.

A las 9:30 se veía ya la noche en el cielo estrellado. Un altar a la reina de los mares con veladoras y flores nos dio la bienvenida. Por una callejuela que desembocaba en la playa la procesión se empezó a confundir con el resto de gente. A lado y lado, las ventas de chuzos, longanizas, hamburguesas, helados, camisetas, estatuillas y artículos religiosos sugerían una atmósfera de carnaval. Atropellando el humo de las presas al carbón, el camión entró a la playa y parqueó en la zona que la Fauers tenía reservada para divulgar sus avisos parroquiales. Allí, un abanico de santos, entre ellos Jesús, San Miguel Arcángel, Oxóssi y la recién descendida Iemanjá, escoltaba a los líderes de la Federação. Un concejal, el alcalde y otros funcionarios esperaban su turno al megáfono. A juzgar por el protocolo y el tono de los discursos, el sincretismo también es político.

Ahuyentados por ese aire oficial decidimos ir a otro lugar. Cerca de la playa humedecida por el vaivén de las olas, tres personas arrodilladas cavaban un hueco en la arena para que la brisa no apagara las velas que iluminaban la ofrenda a Iemanjá. Estatuillas de Changó, Jesús y la misma diosa del mar ya estaban dentro de la goleta. Elaine da Silva Martins, umbandista hace doce años, nos contó que llevaron un barco con santos y otro para arrojar al mar con perfume, peines, aretes y labial. “Ella es muy vanidosa… Todos los años venimos aquí a Cidreira para esta celebración”.

Aunque el rugido del mar y el viento opacaban la conversación, ya de por sí difícil porque no dominamos el portugués, seguimos hablando con Elaine. “No le estoy pidiendo nada a Iemanjá, ni agradeciendo nada. Es nuestra ofrenda, es para cumplir nuestra obligación con ella”. Era bajita y morena y la brisa le alborotaba el pelo negro ensortijado. Nos contó sonriente que la Umbanda tiene origen nigeriano, “de los esclavos, es una religión de mucho sincretismo, nació aquí en Brasil y se extendió por otros países. ¿En Colombia no existe Umbanda?”.

Rosni Lemos, vestido de blanco de pies a cabeza como su esposa Elaine, vino hacia nosotros. La pareja es de Gravataí y no hace parte de ninguna casa de religión sino que practica libremente sus ritos. El hombre no fue tan sonriente pero se preocupó más porque entendiéramos; nos dijo que cada santo católico tiene su equivalente en la iglesia umbandista: “ellos tienen a San Jorge, nosotros tenemos a Ogum; ellos tienen a San Jerónimo, nosotros tenemos a Xangó; ellos a la virgen, nosotros a Iemanjá; Jesucristo, Oxalá”. Mientras hablábamos, su suegro moldeaba una muralla que rodeaba el hueco en la arena. “Los esclavos africanos adoraban a sus dioses pero aquí se encontraron con las creencias cristianas, entonces para poder adorar a sus orixas los transformaron o los fundieron con dioses que ya existían y que eran aprobados por sus amos”. Así fue que Iemanjá terminó “branquinha”.

***

Un sonido de tambores acompañado de cantos africanos viajó hasta la orilla del mar. El ritual de la Casa de Umbanda Ogum Beira Mar había empezado. En un costado del terreiro escogido y cercado con palos, tres muchachos hacían la música. Cantaban en yoruba, una lengua nigeriana. El rectángulo era un poco más grande que un ring de boxeo, con una salida en dirección al mar. El ritual era liderado por el Pai, o babalorixa, el gran jefe de la casa de religión; con una capa verde, fumando un tabaco de olor amargo, se paseaba por el terreno bendiciendo a los suyos. Los devotos bailaban en su puesto y bebían algo que parecía ron. Los médiums, que son devotos en proceso de convertirse en babalorixas, algunos con capas o cascos con penachos, seguían los pasos del Pai.

Los tambores eran cada vez más potentes y los cantos indescifrables no paraban. Con el paso de los minutos los participantes entraron en una especie de trance. Los bailes ahora tenían más movimiento. Entre todos se abrazaban, se olían las manos, se chocaban los antebrazos y se besaban las mejillas. El Pai se acercaba a cada devoto y parecía darle la orden de ir al mar; alguno de los médiums acompañaba al elegido a las aguas saladas para su encuentro con Iemanjá. Todos parecían poseídos por los dioses. Cuando regresaban del mar se tiraban durísimo contra la arena y el golpe producía un ruido sordo; luego se revolcaban frente al altar, adornado con ofrendas e imágenes sagradas.

Cada vez llegaba más gente. Las diferentes casas de religión, en grupos de entre diez y cincuenta personas, elegían su terreno y lo preparaban para sus ritos. A medianoche la playa era un hervidero. Según la prensa, diez mil personas entre umbandistas independientes, integrantes de casas de religión y público en general se hicieron presentes en este sector del litoral durante la celebración. Veleritos azules, comida, botellas de sidra, velas encendidas y artículos de belleza invadieron el mar y la playa. Ángela Gianpaolli, integrante de la casa de religión de Zé Pilintra, nos contó que la diferencia entre Umbanda y Candomblé es que esta última se celebra sobre todo en el nordeste del país, por ser una región con más influencia africana. Sobre la celebración a Iemanjá, dijo que cada templo hace lo suyo, y soltó su prédica: “yo no estoy de acuerdo con el tema de las ofrendas porque contaminan la playa. ¿Qué sentido tiene arrojar toda esa basura al mar y luego ir a bañarse allí?”.

A lo largo de la costa las casas de religión también ofrecieron sanación al público, y vimos filas de decenas de personas que esperaban ser atendidas, buscando claridad. Las ialorixas, o las Mai, y los guías o médiums, se paraban frente al paciente y en tres minutos de toqueteo y humo de tabaco limpiaban su mente y equilibraban sus emociones. Por la callejuela seguían llegando centenares de feligreses, con atuendos tan pintorescos que en un momento nos sentimos en una fiesta de disfraces elegantes donde sobresalían faldas esponjadas y coloridas. La venta de comidas, ropa y souvenirs fue creciendo, y el ambiente ardía en una mística que se apoderaba de todo.

Cuando fuimos a tomarnos una cerveza a la feria vimos un extraño animal sumergido en un plato; era como un pepino rugoso y poseído que no paraba de moverse. Su nariz puntiaguda salía a flote y hacía circular un juguete con forma de ojo. Los suyos eran negros, finos y redondos. Luego supimos que era una especie de camarón negro, un espécimen nativo que parecía traído del mar de los infiernos.

En la madrugada, antes de que saliera el sol, una mujer que se habría confundido con la noche si no hubiera llevado un vestido blanco cantaba sola mientras caminaba hacia el mar con los brazos abiertos. Detrás, cuatro devotas llevaban sobre sus cabezas un barco del tamaño de un ataúd infantil. Entraron despacio al mar y con el agua en la cintura impulsaron suavemente la embarcación llena de ofrendas, para que Iemanjá emergiera otra vez de las profundidades del océano, no para alertar con sus cantos a los navegantes incautos sino para ser complacida.

***

Cientos de barquitos despedazados, trozos pisoteados de sandía, flores maltrechas, restos de comida y montones de basura plástica no impedían disfrutar de la playa de Cidreira durante la mañana del domingo dos de febrero. Mujeres y hombres se doraban bajo el fuerte sol. Mientras en la orilla del mar dos niños jugaban con un pedazo de madera azul, en algunos lugares de la playa aún se vivía la celebración. Unos participaban de la sanación, y una que otra casa de religión terminaba su ritual. La feria en la callejuela seguía en su furor pero ya no había rastros del camarón negro. En ese mismo punto había una venta de camisetas que la brisa sacudía; la hermosa reina del mar parecía viva, parecía llamarme con su serpenteo. Decidí entonces que en adelante Iemanjá iba a ser mi diosa. Ahora la llevaba estampada en el pecho.

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Raponazos en el gallinero

por DAVID E. GUZMÁN • Fotografías por el autor

Número 54 Abril de 2014

En cualquier momento vienen a pedirnos plata. Pero estamos preparados y tenemos un puñado de monedas en cada bolsillo. Ya hemos reconocido a varios pelaos que también estuvieron en Porto Alegre. El que más nos llama la atención es el gordito que salió en el noticiero uruguayo diciendo que la policía los había retenido y golpeado en la frontera con Brasil. Es de piel morena, ojos achinados y acento rolo; parece un Edgardo Román de veinte años. En el Arena de Gremio nos abordó dos veces sin darse cuenta, con el mismo discurso: “Parces, miren, nosotros llevamos meses viajando, acompañando al equipo, les queremos pedir solo una ayuda”. Hablaba enredado y con un convencimiento puro que su embriaguez no desvirtuaba. Esa noche, con un pedazo de plástico azul en la mano, negoció con uno de los tipos que cuidaba la tribuna. Le rogaba para que no les cobraran el asiento que habían quebrado. Eran patovicas macanudos vestidos de negro los que cuidaban el Arena, un estadio que bien podría recibir partidos del Mundial. El Ejército aguardaba en los bajos. Esta doble vigilancia y las normas de seguridad de un estadio moderno no impidieron que las barras hicieran daños y fueran contra las reglas. Pero la ley, esta vez privada, nunca los había tratado tan bien. Los vigilantes, pacientes, abordaron a los hinchas más alterados y dialogaron con ellos. Ante las advertencias y la posibilidad de que les cobraran, Edgardo prometió que no se pararían más en la silletería y pidió a los hinchas que se bajaran. Hicieron caso. La pelea que no pudieron ganar los patovicas fue la de la marihuana, pues a pesar de los constantes llamados para que no se fumara, siempre hubo algún sigiloso rascando moño y exhumando pipas.

Antes del pitazo inicial, cuando todo parecía bajo control, uno de los macancanes le preguntó en tono amistoso a dos hinchas: “¿Cual é a figura do Atlético?“. “¡El diez! Cardona”, “¡Medina!”, respondieron en simultánea.

Gremio–Nacional empezó y perdimos de vista a Edgardo. En ese momento no teníamos ni idea de que lo íbamos a ver días después en el noticiero mostrando los moretones que le dejó la policía fronteriza. Esa noche, con el tres-cero que sufrió el equipo, los ánimos se aplacaron y la hinchada, que tuvo que esperar triste media hora a que salieran los locales, caminó cabizbaja las interminables rampas y escaleras del estadio. Días atrás, cuando fueron a comprar las entradas, habían dejado ya sus huellas y escudos: “Policarpa D.C”, “La corte sur Bogotá-Nacional Jerson”.

***

Donde no vimos grafitis fue aquí en el Gran Parque Central, en Montevideo. En este barrio sencillo los muros ya están ocupados con leyendas del Nacional de Uruguay, más conocido como “El Bolso”, el rival de esta noche.

Siempre me imaginé el viento de Montevideo así de frío. Los descamisados tienen la piel de gallina, pero prefieren lucir sus tatuajes verdolagas en pecho y espalda antes que abrigarse con las chompas. Se pasean por la tribuna, se reconocen, se saludan, se ponen al día en sus hazañas, se toman fotos con el Gran Parque Central de fondo. Falta una hora para el partido y aún no vienen a ofrecernos pulseritas, ni camisetas, ni a pedirnos colaboración. Esto está cada vez más oscuro. La torre de iluminación está delante de nosotros y toda la luz se derrama exclusivamente sobre la cancha. Estamos en el típico gallinero detrás del arco. La misma boleta advierte en letra menuda: “En las gradas más bajas de esta localidad las condiciones de visibilidad no son óptimas”. Pero eso es lo de menos. Unos cien hinchas estamos a la espera de las emociones de un partido decisivo.

Hoy Edgardo no está embriagado pero sí exaltado; es el foco de atención de casi todos los grupos de hinchas, comenta del canazo y de la paliza en Chuy, pueblo uruguayo en la frontera con Brasil. Propenso a las carcajadas, de gafas oscuras y voz rasgada, definitivamente es uno de los líderes. Si la tribuna del Arena le quedaba grande y se vio obligado a negociar con los patovicas, en este pedazo de cemento se mueve como pez en el agua. Este estadio parece universitario y aunque muestra su mística, no es majestuoso ni genera esa sensación de que uno tiene cien cámaras encima. Apenas hay unos cuantos “robocops” sentados y separados por unas vallas, aburridos, sin mucho que cuidar; las posibilidades de pelea con hinchas de El Bolso son pocas y el humo agridulce en este país es legal. “¡Grande Pepe Mujica!”, grita alguien con el porro levantado y humeante. Este tipo de antesala se presta mucho para la recocha. Compatriotas reunidos en tierra ajena, al aire libre y unidos por una misma causa: alentar al equipo hasta que gane y aunque pierda. Una fiesta.

De pronto llegan a la tribuna dos señores bien vestidos y recién peinados, con camisetas originales del Nacional. Edgardo lo nota y va a saludarlos, a soltarles el discurso. Otros pelados se acercan a chocar esos cinco verdolagas. Ser hinchas del mismo equipo y estar a miles de kilómetros del país les da autoridad para saludar a quien sea y pedir la colaboración de rigor. Uno de los sujetos se lleva la mano al bolsillo trasero del pantalón, saca un billete de un dólar y se lo entrega a uno de los hinchas. Felicidad. No lo puede creer, lo levanta y lo mira contra la luz. ¡Un dólar! Al parecer los señores también vinieron preparados porque el otro repite el movimiento: mete la mano al bolsillo y saca otro billete para ligar a Edgardo.

Minutos más tarde es nuestro turno. Por un lado aparece Santiago con un tubo de cartón que simula una mano rodeada de pulseras rastas y de otros estilos. El pelo brota generoso de su cachucha y cae lacio en sus hombros. Es de Bogotá y tiene cara de niño. Nos cuenta que salió de Colombia en agosto del año pasado con dos amigos y aún no tienen planes de regresar. Han acompañado al Nacional en Copa Suramericana y Libertadores, y quieren estar en el Mundial. Viajan en camión y a veces pagan pasaje en bus. Viven de vender manillas, dulces, “lo que sea”. Pueden pasar semanas e incluso meses entre partido y partido. Están sometidos a un calendario que los puede poner a viajar de Lima a Sao Paulo en ocho días. Y casi siempre duermen donde los barristas de otros países, con quienes tienen contacto por Facebook.

“Los de Gremio nos prestaron dos casas para que durmiéramos todos. Los de Colo Colo y los de Alianza Lima en Perú nos han recibido. Con los de Banfield o Nueva Chicago en Buenos Aires siempre tenemos donde llegar; pero, por ejemplo, en Bogotá no nos la llevamos bien con la gente de Racing, y Los del Sur de Medellín sí la van bien con ellos, ahí es diferente”. Sobre los demás hinchas verdes, dice que son varios grupos los que viajan y unos llevan más tiempo que otros. En sus banderas está escrito el lugar de donde vienen: Ipiales, Bogotá, Armenia, Ibagué, Manizales. Hay algunas mujeres pero la mayoría son hombres. Mi ojímetro dice que ninguno pasa de los veinticinco años.

Pero no todos los hinchas están viajando en gallada. Muy cerca de nosotros hay una parejita que vino desde Buenos Aires, según escuchamos son estudiantes universitarios y viven allá. La chica está sentada con un taco de galletas de soda en su regazo. El novio habla con un amigo. La chica tiene frío, puedo ver erizados los pelillos rubios de su brazo. Abre las galletas y se come una. Le ofrece al novio y al otro tipo. Atraídos por la envoltura y el crujido, aparecen como gallinazos cuatro hinchas y piden con decencia su galleta. Llega otro, otro y otro hasta que se viene un combo. El taco de galletas se cae al suelo. El novio lo recoge y mira a la chica.

—No, pues dales —dice ella resignada.

Atacan el taco como si fueran pirañas y las últimas galletas se vuelven polvo por los manotazos de los últimos hambrientos. La espera es cada vez más amena. Al rato, un corrillo de último minuto nos hace mirar para arriba de la tribuna. Varios hinchas se reúnen en torno a Edgardo, que mira hacia abajo.

—¿Qué pasa, qué hay? —le gritan.
—Confites —responde Edgardo con malicia.

Algunos pelaos suben apresurados al corrillo. Los “armados” y las “ruedas” se despachan en cinco minutos. De esa manera algunos embolatan el hambre, el frío y la vida. La tribuna es una porción de Colombia en tierra lejana.

***

Marcelo nació en Montevideo, es un baterista de pelo largo y pañoleta. Tiene unos cuarenta años y hace veinte se cansó de todo; agarró sus cosas, sus seis perros y se metió en un Volskwagen escarabajo. “En un fusquinha“. Se vino para Chuy y vive aquí desde entonces. Trabajó como mesero e hizo mil cosas, pero ahora tiene un puesto de comidas rápidas al borde de la carretera. Empezó con un carro de hamburguesas, pero se le creció el negocio y tuvo que meter el carro en un local con mesas y ayudante. Mientras nos prepara una empanada de humita, Marcelo, que no pierde oportunidad para reírse de su propio humor, trae a colación el chiste de los mandatarios reunidos en México que se van a tomar un tequila y el presidente de Colombia esnifa la sal. Ríe hasta el fondo dejando la boca abierta, buscando complicidad con la mirada. No puede parar de hablar, debe estar acostumbrado a conversar con forasteros. Cuenta que gozó como nunca con el cinco-cero a Argentina. Luego, antes de su próxima estocada, se asegura de que no seamos hinchas del América.

“No te imaginás lo que disfruté el gol de Aguirre, no porque tenga nada contra el América de Cali sino por Falcioni. Ese día que Peñarol le ganó la final de la copa, después del gol, Aguirre le decía a Falcioni en el suelo: ‘baboso, sos un baboso’. Los argentinos son unos babosos, che”, dice Marcelo. Después de una pausa, en la que la humita entra a la fritadora, vuelve al ataque. “Hace poco pasaron por aquí otros colombianos, hinchas del Atlético Nacional… Divinos”.

En el par de días que estuvieron en Chuy los hinchas verdolagas se esforzaron para que no los olvidaran. Entraron de manera ilegal, sin documentación, y los que la tenían ni siquiera hicieron sellar sus pasaportes. Cuenta Marcelo que robaron un supermercado y algunos locales de la Avenida Brasil, una doble calzada que funciona como frontera y zona comercial libre de impuestos. Eran entre diez y doce pelaos. Ya entendemos por qué una vendedora de ropa nos miró con miedo y desconfianza cuando le preguntamos dónde quedaba la Terminal. En este pueblo pequeño y caliente, donde todo existe en función del movimiento fronterizo, el paso de la tropa colombiana fue como el de unos piratas de otro mundo.

Un vendedor de panchos nacido en Chuy, con aspecto de beatle, sesentón, pelo sobre las orejas y capul, también se alertó cuando nos escuchó el acento. Era de noche y hacía unos minutos había sacado su carrito de perros a la calle. Cuando le dijimos que éramos colombianos alguna cosa le tuvo que haber apretado el pecho. Su trato era cercano pero cortante, como midiendo el aceite. “¿Qué le echás al pancho?”. “Mostaza, salsa de tomate y papitas”. “Ahora está de moda la papita, la papita, todos quieren con papita”. Mientras preparaba los panchos, y después de cerciorarse de que éramos un par de viejos casi como él, dejó salir su indignación y sus quejas.

“Está muy mal lo que hicieron sus compañeros, yo sé que ustedes no tienen que ver, pero estos colombianos son una plaga, se metieron con la gente, robaron el supermercado, se drogaron en el parque, todo mal”. Estaba tan descompuesto “el beatle” que logró hacernos sentir culpables. En cambio para los hinchas nómadas pasar una noche en el calabozo con golpiza incluida fue una anécdota más de sus aventuras por el continente. Las imágenes del noticiero charrúa mostraban piernas moradas, contusiones en los brazos, pieles enrojecidas. Lo que se sabe es que doce policías uruguayos los retuvieron sin orden judicial y los adentraron cien kilómetros hasta el peaje Garzón. En algún momento se produjo el maltrato y los hinchas denunciaron con Edgardo como vocero. Varios policías fueron procesados, al igual que dos colombianos sindicados de robarse un chaleco y un aparato de comunicaciones de la comisaría.

Marcelo tiene razón: divinos, unas bellezas todos. Antes de que salgamos de su local, con la humita empacada, hace el último chiste: “¿Y no me trajiste nada de Colombia?”, y suelta una carcajada, otra vez la boca abierta un rato, buscando complicidad con la mirada, y remata el número con la mano cerca de su nariz, simulando que se da un pase. “Chao querido”.

***

No sé de dónde diablos sacó un hincha verde un cubito de hielo pero lo extrajo de su boca y lo lanzó con fuerza a la tribuna vecina, donde está la gente del Nacional uruguayo, a unos quince metros. Separadas por una franja de vallas y robocops, las hinchadas se alcanzan a gritar cosas y se retan con gestos entre pendencieros y burleteros. Edgardo recoge sus brazos y aletea como un ave. “¡Gallinas hijueputas!”, les grita ante la impavidez de los policías. “¡Sicarios colombianos!”, responden desde la otra orilla. La barra brava rival está al frente, lejos, con la cancha de por medio, y aun así opaca los cantos verdolagas con sus coros y tambores. Pero aquí no se para de cantar en medio de la fumata y la alharaca. La espera y la noche traen hambre y sed pero no hay opciones ni de pegarse de una canilla. La fiesta está prendida, han llegado más hinchas y calculo que en total somos ciento cincuenta. Hoy hay que ganar como sea y la hinchada lo refleja.

Tres flacos blancos e imberbes suben a lo alto de las gradas para tomarse una foto, tienen una bandera que dice “Poto”.

—¿Quién es Poto, un parcero?
—Es el barrio de nosotros, queda en una colina en lo más al sur de Bogotá.
—Parce, ¿y qué, se siguen para Rosario?
—Volvemos a Brasil y ahí viajamos a Rosario, acá nos va mal: de diez personas a las que le pedimos una nos da; allá en Porto Alegre nueve de diez nos dan. Nos podemos hacer cien reales en un día”. Y sentencia: “Póngale cuidado que la Copa Libertadores nos va a dejar en Brasil, listos para el Mundial.

Los rolos vuelven a la parte baja. En ese momento, un señor de delantal entra a escena con una canasta cubierta con una tela delgada. Adentro lleva unos pasteles humeantes de carne y de queso, unificados en bolsas listos para ser consumidos. Son como una hojuela redonda y rellena del tamaño de una arepa clásica. A Edgardo casi se le salen los ojos cuando los ve. Bastan unas miradas para que sus amigos rodeen el vendedor y pregunten por precios, receta y sabores. El señor responde con la canasta en la mano mientras Edgardo, agazapado atrás, intenta robar un pastel. Operan con una seguridad y una pericia innatas. Después de varios enviones, en los que los dedos de Edgardo apenas rozaban las bolsas, logran el raponazo. En menos de un segundo el pastel ya está en manos de otro compinche. El vendedor lo sabrá más tarde, cuando cuadre caja. Se da media vuelta y sale, nadie le compra, unos por no tener plata y otros por no atraer a las hienas. Miro hacia atrás y Edgardo tiene la boca llena, cagado de risa no puede masticar bien el bocado que le sacó al pastel. Los otros también disfrutan del botín y se chupan la grasa que les queda en los dedos. Tribu que una noche caza junta pero a la siguiente no se sabe.

Cuando salen los equipos al gramado, buena parte de los hinchas, sobre todo los viajeros, bajan y forman un núcleo de aliento. Los veo saltar y cantar. Hay uno en silla de ruedas que bajan y suben en hombros. Al minuto 65 celebrarán a rabiar un gol de Cardona a pase de Medina. Cuando se acabe el partido, mientras espera media hora a que salga la gente de El Bolso, Edgardo bailará en su puesto, feliz por el triunfo de visitantes. Otros hinchas les gritarán cosas a los rivales que salen con la mirada en el piso. No habrá ningún tipo de incidentes afuera del estadio. Caminando me daré cuenta de que me sobró un puñado de monedas. Caminando pensaré que no las necesitan. Son unos sobrevivientes entusiastas, de espíritu aventurero y suicida, dispuestos a hacer lo que tengan que hacer para seguir acompañando al equipo que llevan en sus trapos y en su cuero duro.

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Sin hinchada pero con hinchas

por SANTIAGO HERNÁNDEZ HENAO • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 81 noviembre de 2016

Arturo, Iván y Alfonso son los primeros en entrar, los últimos en irse, de los pocos en no faltar. “Este es nuestro plan de todos los fines de semana, nuestro lugar para reunirnos, ver fútbol, estar en familia”. Un par de escalas más abajo, Diego, Juan Camilo y Javier tienen un ritual diferente: llegan sobre la hora, despliegan una bandera, aplauden, gritan mucho y se ríen a carcajadas. “Es nuestra forma de vivir el partido: ir, ver fútbol, ver a figuras, pero divertirnos. No sufrimos, o no tanto como otros hinchas”. Esa es la tribuna de Envigado.

En el Parque Estadio Sur no hay barrabrava. No hay hinchas locales exaltados pidiendo otra vuelta olímpica, tampoco rabiosos que creen que la hinchada suda más la camiseta. Nada, ni siquiera visitantes rabiosos porque no pueden ir con sus colores. A lo sumo hay unas mil personas, gente de edades extremas, y algo que se ha perdido en las tribunas: familias.

Iván Guarín tiene 76 años y varios problemas en el corazón. Pero ninguno por el equipo. Es el mayor de los tres veteranos que se hacen en la parte alta de la tribuna, donde no pasan vendedores por el frente, y donde el muro de las cabinas sirve para descansar la ajetreada espalda. “Vengo hace veinticinco años y ya hace parte de mi rutina. Antes iba al Atanasio Girardot a ver a Nacional, pero cuando subió el equipo a primera división, empecé a venir al Polideportivo”. Con un saco que lleva para no enfermarse y que tapa el naranja fluorescente, Iván busca la compañía de un hijo o un nieto. Con sus lentos pasos siempre es uno de los primeros en llegar a un estadio que casi nunca tiene filas. Allí se encuentra con dos amigos de fútbol, Arturo Escobar y Alfonso Pineda, un par de cuñados que comparten su plan de fin de semana.

Arturo recuerda los días del ascenso a la primera, así como el descenso en 2005 y el nuevo título de 2006. También las decenas de noches con apenas un centenar de personas en las tribunas, muchas de ellas acompañadas por derrotas o juegos muy pobres. “Pero nunca ha sido nuestra idea venir a ver campeones. Es algo que hicimos parte de nuestra vida, venir a ver fútbol con tranquilidad, sin peleas. Las tanquetas de la policía las traen de adorno”.

Arturo fue quien llevó a Alfonso, el más nuevo de la barra (barra como grupo, no como hinchada). Ellos comparten la edad, 75 años, y la familia. Alfonso Pineda lleva un lustro viendo al Envigado. Comenzó tras su regreso al país, luego de vivir 48 años en Estados Unidos. Pero su esposa murió, y cuando nada lo ataba al frío de Boston, volvió a la tierra, a la casa de su cuñado Arturo, y de ahí al Poli. “Allá no veía mucho fútbol, y si pasaban algo en un restaurante, era de Nacional o Medellín. Esto de Envigado es un gusto adquirido”. El trío refleja la tranquilidad de una tribuna en la que no se corretea a un rival como si fuera una avanzada de guerra. “Es un plan de fútbol”.

Una pasión traidora

“¿De Envigado? ¿Es en serio?”. La doble pregunta es una constante en las vidas de Diego Sandoval, Javier Parra y Juan Camilo Paniagua, integrantes de lo más cercano a una barra: Pasión Naranja.

Ellos son la cara visible de la hinchada. Son aquellos que se hacen en el centro de la tribuna, + unas seis filas má abajo de Iván, Arturo y Alfonso. Ante cualquier fallo del árbitro o el rival, se levantan a insultar, gritan como desaforados. “Todo comenzó en 2000, pero solo hasta 2005, antes del descenso, vinimos a organizarnos. Llegamos a ser sesenta, con carné y entrada de cuenta del club, pero la gente fue creciendo, se fueron casando o yendo del país. Hoy somos quince, y no todos vamos”, sostiene Juan Camilo, uno de los pelaos de camiseta vieja y garganta rota, que ha llegado a corretear a un árbitro para tacharlo de pícaro y a ser apercollado por un jugador después de un insulto desde la tribuna. Una rareza en el Poli.

Ellos viven una pasión traidora. En la casa Sandoval, el verde no fue tan fuerte como la naranja del vecino. “Aunque en mi familia la mayoría era hincha de Nacional, nunca sentí esa fiebre. Y en 1995 vivía junto a Antonio Roa, defensa del Envigado de esa época, y él me invitó por primera vez al estadio.Me entraron por un ladito, sin boleta, y aunque me demoré en volver, me quedó el cariño. Comencé a ir sin falta un par de años después, cuando la ciudad empezó a dividirse entre las barras rojas y verdes”. Al estadio fue, sin pausa, hasta que su trabajo como periodista lo alejó por sus horarios. “Antes iba hasta los entrenamientos, pero ahora es más complicado”.

Paniagua llegó a tener un uniforme del DIM, equipo del papá y del abuelo, gracias a una Navidad de 1991. Pero ni así lo alejaron del Parque Estadio. “Lo mío fue más una rebeldía que se convirtió en amor. A finales de los noventa todos los pelaos de mi edad empezaron a dividirse entre rojos y verdes, pero cuando me fui a vivir a Envigado, empecé a ir al estadio, y me hice hincha”.

El caso de Javier es más complejo, pues traicionó al béisbol. Nació en Venezuela y llegó a Envigado para estudiar en la universidad. Fanático de los Tigres de Aragua en béisbol, y jugador de selecciones de baloncesto, terminó en el Polideportivo Sur por casualidad. “Como jugaba en el equipo de básquet de Envigado, nos invitaban a ver fútbol. No me gustaba, pero con el tiempo le fui tomando cariño, a tal punto de no perderme un solo partido”. Hoy va a la tribuna con su gorra de los Tigres, pero sabe que la pecosa le ganó a la pelota caliente, y que Envigado es su casa: “Jamás pensé en ser hincha de otro que no fuera el naranja”.

Mientras muchos se jactan de sus viajes por Sudamérica o de excursiones eternas a Japón, la Pasión Naranja saca pecho con su viaje al ascenso de 2007 frente al ya desaparecido Academia. Fueron tres buses a Bogotá, uno con la barra, otro con familiares y otro con gente que no se sabe de dónde salió. Para Sandoval, “fue uno de los momentos más lindos del Envigado”.

Caras conocidas

El Oso no habla, solo sonríe. Con sus ojos medio apagados trata de no perderse un segundo del partido. Sus amigos cuentan que se llama Fabio Alberto Escobar, que es vendedor ambulante de esos que sale con un pingüino gigante a la calle, pero que el club le regala la entrada hace muchos años. Poco sale de su boca, solo uno que otro esporádico grito de gol. Todo lo contrario al Gustavo Monsalve, el Embalador, vendedor de “torticas de queso y bocadillo, contra la droga y el cigarrillo”. Gustavo lleva diecisiete años en las tribunas del Poli, vendiendo sus ollas de embaladoras a los que van a su estadio. “Con Envigado vendo poco, porque si quiero hacer negocio tiene que ser con Nacional y Medellín, ahí sí se mueve esto”.

El Oso y el Embalador hacen parte de esa amorfa tribuna naranja. No hay trapos, menos bombos y trompetas. Se mezclan entre los niños de la escuela de fútbol, los jugadores juveniles del club, los profesionales que no fueron convocados al partido de turno. A su costado se ven los pintorescos “gringos”, un grupo de ingleses, sudafricanos y estadounidenses, que llegan con sus pelos rubios y barbas largas. “Es ambiente diferente, muy familiar, tranquilo”, dice Simon Edwards, uno de los integrantes del AFC Envigado, quien junto a Ollie Lythe, un inglés que tiene tatuado al Chelsea en su cuello, llevaron su pasión al punto de crear un equipo amateur solo de extranjeros, con el que juegan partidos de barriada en Medellín defendiendo el color naranja.

A la pequeña tribuna de once mil espectadores ha llegado una docena de barras que duran menos de un semestre. Cada nuevo patrocinador (cuando había) llevaba a sus empleados, los dotaba con camisetas, les daba una pancarta. Al primer partido iban doscientos, luego cien, y a la mitad de semestre solo quedaba la pancarta. También chicos que entran tratando de simular la barra brava de los equipos grandes, pero que pierden el impulso ante el primer fracaso. Los datos de taquilla no se dan a conocer, la asistencia llega como parte de cortesías entregadas por el club y la alcaldía. De taquillas no viven, y nunca lo podrán hacer. Se vive del fútbol y sus transferencias.

Para encontrar las tribunas llenas hay que irse a los periódicos de noviembre de 1991, cuando Envigado logró el primer ascenso en la historia del fútbol colombiano. Un partido ante Alianza Llanos, un 1-0 (gol de Luis Alfonso Hoyos), y unas tribunas repletas. “No somosun equipo de hinchada, ni en ese ascenso ni ahora, pero sí tenemos hinchas. Tenemos familias, gente del municipio, aficionados de otros equipos. Aprendimos a vivir así”, explica Hugo Tuberquia, quien defendió el arco naranja ese 30 de noviembre y hoy prepara los arqueros del club. Más de una década dándolela cara a la tribuna, “y no ha pasado nada, esto es muy tranquilo para el jugador”.

El encantamiento del hincha ha sido un imposible. Hablar de la cantera de héroes, de los comienzos de James Rodríguez, de la magia del ídolo Néider Morantes, no ha sido suficiente para atrapar. Los logros de Envigado se limitan a anécdotas de cafetería, lejos de las 26 copas de Nacional o las cuatro finales de Libertadores de América. Ni siquiera un título de goleador, o una final perdida generan empatía colectiva.

No obstante, el equipo sobrevive gracias a su cantera, a su estilo repleto de juveniles, y a que en esa proliferación de equipos de papel, Envigado llega a ser casi un “tradicional”. Su capitán de los últimos años, Andrés Orozco, quien ya supo estar de verde y de rojo, y vivió los gritos de la Guardia Imperial de Racing, y la Guardia Popular del Inter de Porto Alegre, hoy vive los años tranquilos de la tribuna naranja. “Envigado es un estadio para familias. Para reencontrarse con esa alegría de ir a una tribuna. Como debe ser todo el fútbol, con amor por el juego. Acá tenemos hinchas, no hinchada”.

*Este texto hace parte del convenio entre la Subsecretaría de Ciudadanía Cultural de Medellín y la Fundación Taller de Letras en cooperación con Universo Centro para la construcción de la memoria
del fútbol en la ciudad.

 

Primera vez

por JUAN CARLOS ORREGO • Ilustración de Veróniza Velásquez

Número 77 Julio de 2016

A mí no me importaba que el Medellín perdiera otra final. O quizá no era que me diera lo mismo, sino, más exactamente, que estaba preparado para soportar un nuevo subtítulo. Ya había visto a mi equipo quedar campeón tres veces, y, a fin de cuentas —como dice Mono, mi hermano—, uno es hincha del cuadro poderoso incluso si gana. Algo de eso sentí en el partido de ida de una de las finales perdidas en seguidilla, el 17 de diciembre de 2014, cuando, al término del 1-2 contra Santa Fe, volteamos a mirarnos entre algunos hinchas y descubrimos que en nuestros gestos había tanta frustración como buen humor: “Qué maricada ome”, dijo con inigualable gracia un hombrecito calvo con pinta de operador de televisión por cable.

Con todo, poco importaba lo que a mí me importara. En la nueva final de junio de 2016 mi angustia nacía de la expectativa de Juan Manuel, mi hijo de 10 años. Su uso de razón futbolera apenas había conocido segundos lugares, y eran vanos mis intentos de tranquilizarlo con el argumento de que él ya había probado las mieles del triunfo: supuestamente cuando, el 20 de diciembre de 2009, el DIM empató 2-2 con el Huila y se llevó la última Copa Mustang de la historia. Pero la verdad era que Juan Manuel tenía de aquella final una imagen tan borrosa y surrealista como la que yo atesoro de la final de Argentina 78. Respecto de la final de aquel diciembre glorioso, mi hijo creía haber visto, en alguna parte, un carro de bomberos.

Por más que yo quisiera engañarme, Juan Manuel se encontraba en un momento especialmente propicio —y por ello crítico— de fijación de recuerdos, a tal punto que una nueva final perdida sería para él una hecatombe sentimental. Muy por el contrario, yo quería que a partir de ese momento con indiscutida objetividad, él pudiera vanagloriarse de haber alcanzado su primera estrella. Precisamente, a los diez años yo fijé en mi memoria un par de sucesos rutilantes de la historia rojiazul: el gol de Eduardo Malásquez contra el Unión Magdalena en el octogonal de 1984 —la temeraria “malasqueña”—, así como el dulce tercer lugar en la tabla final de posiciones tras América y Millonarios, escaño alcanzado después de vencer 3-2 al Bucaramanga y callar, con ello, a los escépticos. De hecho, recuerdo especialmente que fue ese año, al otro día de un apretado triunfo por 1-0 contra Santa Fe —un gol del Benny Aristizábal en el minuto 83—, cuando Mono y yo presionamos a nuestra madre para que aceptara comprarnos el periódico ese lunes y todos los del siguiente lustro. Aquella vez El Colombiano usó un titular soberbio: “A siete del pitazo final”. ¿Qué podía quedar en la cabeza de mi vástago si el DIM perdía su cuarta final al hilo? No quería imaginarlo, pero su cabeza gacha del 2012, sus ojos acuosos del 2014 y sus palabrotas biches del 2015 —cuando el Cali se coronó en nuestras propias narices— eran claros indicios del apocalipsis que se fijaría en su cabeza.

Juan Manuel se cansó de mis falsas épicas y mis resignados sofismas y decidió interrogar a Mono sobre el asunto con puntualidad científica: “Tío, ¿y qué pasa si perdemos otra vez?”. Mi hermano, autoridad futbolera de la familia —muy por encima de nuestros tíos folclóricos y triunfalistas—, le dijo al niño algo que no supe si era un subterfugio pusilánime o una sabia respuesta budista: “Nada, Juanma, no pasa nada”. Estábamos en casa de nuestra madre, a pocos minutos del inicio del partido de ida en Barranquilla, con la nevera atestada de cervezas que, en verdad, nadie tenía ganas de tomar —ni siquiera el tío desenfadado que recaló por allí—, y no fue fácil sopesar aquella frase. Pero una vez acabó el partido con aquel marcador de 1-1 que, a pesar de toda la angustia desplegada durante noventa minutos para lograrlo y mantenerlo (yo me martiricé con la cábala de sentarme en un sillón alejado del que ocupaba mi angustiado hijo), no significaba todavía ninguna ganancia real, sospeché que en mi hermano se escondía realmente un filósofo consumado.

Como pudimos, sobrevivimos hasta el crepúsculo del domingo (Día del Padre por más señas). Dígase lo que se diga, es un consuelo empatar de local o perder el primer partido de una final: entonces uno archiva las esperanzas y se dedica, sin más, a vivir la tranquila vida de todos los días. Pero cuando de entrada se saca un buen marcador la ansiedad de la victoria hace de la existencia algo insoportable, de modo que el acto más cotidiano pesa insufriblemente sobre la voluntad. No sé cómo no morí de hambre entre los partidos de ida y vuelta de la final de diciembre de 2002 o cómo pude leer Cumbres borrascosas en la misma instancia en junio de 2004. Por fortuna, mi abuela murió un par de horas después de que el DIM ganara el partido de ida en Neiva en diciembre de 2009 y nos permitió distraernos con su recuerdo hasta la antesala del juego definitivo. En la reciente final, el alivio vino por cuenta de un inteligente truco de mi esposa, quien pretextó un arrebato altanero de Juan Manuel y le prohibió asistir al partido de vuelta, y con ello nos tuvo en vilo al niño y a mí hasta la media tarde del mismísimo 19 de junio, cuando el castigo acabó disolviéndose entre la efervescencia del Día del Padre. Al fijar esa fecha, Fenalco acertó de cabo a rabo.

Doblegados por la angustia nos entregamos al rito paquidérmico de hacer tres filas y esperar por casi dos horas el inicio del partido, aplastados por el calor del inminente solsticio de verano. Una vez sobre las gradas de Oriental, Mono y yo, por el puro miedo de espantar la gloria, contestamos a regañadientes las preguntas de Juan Manuel sobre los campeonatos cosechados por el Medellín en la década pasada. Uno de los tíos folclóricos, fiel a su estilo oportunista, se presentó a última hora con sus historias agrícolas y poco pudo hacer por distraernos del suplicio de los buenos recuerdos y de la visión de la cancha enorme que, como un paredón de fusilamiento, se extendía a nuestros pies.

Mientras se cantaban los himnos, Juan Manuel hizo un nuevo alarde de sangre fría. Me dijo: “Papá, ¿por qué siento como si este fuera un partido común y corriente, y no una final?”. Fue sin embargo su última fanfarronada, porque poco después se desmoronó. No habíamos llegado al minuto quince cuando, entre pase errático y pase errático de nuestro equipo, me dijo: “Papá, ya estoy temblando”. Y no solo tembló: una y otra vez se puso las manos en la cabeza y se mordió los dedos hasta astillarse las uñas y rasparse la lengua; así lo hizo antes de que Christian Marrugo clavara el primer gol en el minuto 34, cuando se bosquejó, por fin, la promesa de la estrella. No comió nada en el receso, y si abrió la boca fue solo para preguntar, a destiempo, cuánto faltaba para terminar el partido. La primera vez que quiso saberlo apenas se arrastraba, como gota de aceite, el minuto 62; a partir de allí volvió a hacerlo cada cinco minutos con tortuosa sincronía, y terminó haciéndolo cada instante a partir del minuto ochenta. Por supuesto, lo sé porque luego reconstruí los hechos con los testimonios de nuestros acompañantes, pues por entonces yo era también un guiñapo de los nervios: zapateaba y berreaba como un crío cada vez que perdíamos el balón y — con sinestesia poética— me tapaba los oídos para no ver los tiros de esquina con que Junior nos bombardeó en los últimos minutos. En los estertores del juego, la conciencia de la existencia de mi hijo se redujo a un bulto rubio y rojo que estaba puesto a mi lado derecho, incandescente y cada vez más luminoso con el correr de los segundos y los rechazos de la defensa, y al que yo no debía tocar hasta que el árbitro no hubiera dado el pitazo final.

Pero el pitazo final nunca sonó o, mejor, a nadie le importó que sonara. Antes de que eso ocurriera, Marrugologró salirse del estanque infestado de tiburones y se encaminó hacia el arco solitario que había al otro lado. Por el rabillo del ojo logré advertir que Juan Manuel abandonaba la posición recogida en que había contemplado hasta entonces el partido y se paraba en la silla, listo para saltar hacia cualquier parte. Marrugo llegó casi hasta la línea del área chica y fusiló al único defensa que había logrado ponérsele enfrente. Cuando el balón chocó contra la red, hice dos cosas por primera vez en mi vida: en vez de gol grité otra palabra para celebrar la anotación de mi equipo, y me volteé para abrazar a mi hijo y felicitarlo por su primera estrella. En lo sucesivo, también él podría decir que no le importaba si el Medellín perdía otra final.

Enfermo por Nacional

por DAVID E. GUZMÁN • Fotografías  por el autor

Número 77 Julio de 2016

La cosa no estaba fácil para mis papás, un filósofo recién graduado y una joven bachiller con alergia a las oficinas y a los jefes. Yo todavía no había cumplido el año de nacido cuando decidieron viajar a Venezuela —donde vivía mi familia paterna— para probar suerte con algún trabajo. La primera oportunidad se presentó rápido: vender una inmensa carga de pinzas para el pelo y otros objetos metálicos que llevaban cinco años en bodega. Era el último chance para que no chatarrizaran esa mercancía. Luego de aceptar el desafío, mis padres salieron temprano para el centro de Valencia, a la zona de quincallerías, se repartieron las calles y se quedaron de encontrar para almorzar y compartir la experiencia. Al mediodía regresó mi papá cabizbajo, apretado por el fracaso de las pinzas, pero cuando vio la sonrisa de mi mamá supo que traía buenas noticias: le había vendido todo a un par de comerciantes chinos. Ante semejante milagro, el dueño del cargamento, Alex Gorayeb, mayor accionista del Deportivo Cali en esa época y timonel de la empresa General Metálica, dijo que quería conocer a la persona que había logrado tal hazaña. “Quiero conocer a esa muchacha, me la traen ya”, dijo Gorayeb. Así regresamos de la boyante Venezuela a Medellín y mi mamá empezó a trabajar con Gorayeb, viajando a Cali con frecuencia. En Medellín mi papá había conseguido empleo en un colegio y como mi entrada a la guardería aún estaba lejos, empecé a acompañar a mi mamá en todos sus viajes a la Sultana del Valle. Mientras ella cumplía sus citas y descollaba en el mundo de las ventas, yo me la pasaba en los entrenamientos del Cali. Allí conocí el olor del linimento, y jugadores como el Tigre Benítez y la Mosca Caicedo me cargaron en sus brazos. Al calor de estas circunstancias, todo pintaba para que fuera un paisa hincha del Cali; en mis primeros años regresaba a Medellín con banderines del equipo azucarero y en la familia se volvió famosa la anécdota del día que conocí al gran Willington Ortiz. Cuentan que al ver al negro, al descubrir su pequeña humanidad, dije decepcionado “¿y este es el viejo Willy?”, ocasionando carcajadas entre los demás jugadores y en el mismo Gorayeb, a quien recuerdo por sus elegantes pipas, siempre oliendo a tabaco de ciruela. Lo que no recuerdo es el viaje de mi mamá a Argentina, a La Bombonera, para la final de la Libertadores del 78; Alex la llevó para que cuidara a Karim, su hijo, que me llevaba unos siete años. Era tan grande la amistad con el poderoso libanés que el carro que utilizó Salvador Bilardo cuando dirigía al Cali terminó en manos de mi padre, un Simca azul clarito con caja de velocidad de Porsche que después de unos meses quedó en pérdida total tras volcarnos en plena autopista regional. Todos salimos ilesos.

El plato estaba servido pues para que fuera un azucarero más. Yo mismo lo decía aunque todavía no sabía en realidad qué era ser hincha, ni sabía de pasiones, solo iba pegado de las faldas de mi mamá. Ella sí se volvió azucarera y se enfrentaba a mi primo Jaime y en especial al tío Memo, hinchas furibundos del Atlético Nacional; que como se le ocurría volverme hincha del Cali, que tenía que ser verde, pero de la montaña, decían ellos. Y yo inocente, la seguía acompañando a la sede del equipo. En medio de ese tira y afloje entre mi mamá y Memo y Jaime, llegó la época en que empecé a cobrar conciencia. Ya ellos me habían llevado al Atanasio un par de veces, pero no habían podido volverme nacionalista, aún estaba muy niño y quizás no me interesaba tomar decisiones más allá de preferir un juguete a otro. Si bien seguía más cerca del Cali por influencia materna, en diciembre de 1981 tuve un primer encuentro a solas con Nacional. Recuerdo ver la portada de El Colombiano entrando por debajo de la puerta de la casa; en primera plana estaba la foto del equipo formado y el titular decía “Nacional Campeón”. Nacional, el equipo del primo y del tío. Pero a mis cinco años seguía ajeno a esas pasiones aunque, sin saberlo, la semilla verdolaga ya estaba sembrada.

Un año más tarde, en 1982, en otro de los viajes a Cali, Memo nos acompañó porque al domingo jugaban Cali-Nacional en el Pascual Guerrero. Ese año, a pesar de que Nacional defendía el título, el Cali tenía una estrella más y mejores pergaminos, venía de ser el primer club colombiano en disputar la final de la Libertadores. El partido era todo del Cali, Memo sufría y mi mamá cantó a rabiar el primer gol caleño cuando empezaba el segundo tiempo. Fue un riendazo de Nadal, de zurda, inatajable para Carrabs. El partido pintaba para victoria del Cali. Faltando pocos minutos para el final, hubo un tiro libre a favor de Nacional, al cobro César Cueto. Nunca olvidaré el grito de gol del tío Memo cuando la pelota iba apenas por el aire y la felicidad mía cuando infló la red. Después entendí que Memo lo había cantado desde antes porque el balón pegó en la barrera, exactamente en Carpene, volante del Cali, y dejó al arquero Zape lejos de atajarlo. Lo celebramos juntos, me levantó en sus brazos, gritamos. Recuerdo que mi mamá le dijo que estuvo a punto de pegarle una palmada en la cara por cantar el gol sin que entrara el balón y creo que no le faltaron ganas de darme una pela por traición. Así se supo toda la verdad, las puntadas del destino me habían hecho verde, verde de la montaña contra todos los pronósticos.

A partir de entonces empecé a vibrar como hincha del Atlético Nacional. Ir al Atanasio de la mano de Memo o Jaime se convirtió en plan semanal y los banderines y otros suvenires del Cali fueron desapareciendo de la casa. Una de las primeras veces que fui al estadio de noche, un miércoles de 1984, jugaron Nacional-Santa Fe. Al salir del estadio fuimos a comer chuzo y a tomar fresco. Todo transcurría dentro de lo normal, recogimos el carro en las afueras del estadio después de una media hora y emprendimos el camino de vuelta a casa. No muy lejos vimos un negro en sudadera caminando por la calle Colombia con una tulita colgando de la espalda. “¿Ese es Sapuca?”, preguntó Memo sorprendido. Nos acercamos y mi tío, que era inspector de policía, se ofreció a llevarlo a su destino. Sin pensarlo, el negro Aparecido Donisette de Oliveira se subió al puesto del copiloto y yo me pasé para la banca de atrás por encima de la palanca de cambios; no lo podía creer, quedé mudo del susto y la emoción. Habló poco Sapuca, que expulsaba un tufillo a cerveza, y aunque no fue mucho lo que estuve en el carro porque me dejaron en el barrio Carlos E. Restrepo, ahí cerca al Atanasio, fue una escena que me marcó. Negro y de barba, con ese porte, lo vi como a Baltasar, el rey mago.

Entre los años 85 y 88, o sea de los nueve a los doce años, mi amor por Nacional creció más que mi conciencia. Y conocí lo que es el sufrimiento por el equipo amado, las derrotas a manos de rivales de peso, el odio hacia ellos y el amor hacia los jugadores que defienden la camiseta. En el último partido del 87, aquel domingo fatídico que Nacional, en los pies de Beto Sierra y el Andino de Oro, botó dos penales ante el América y perdió la opción de ir a Libertadores, derramé lágrimas por primera vez. Desde ese año empecé a sufrir de seborrea capilar a causa de la angustia y los nervios, según el médico; era una caspa que se costrificaba en el cuero cabelludo y me picaba mucho. También la padecí en el octogonal del 88 cuando al final perdimos el título con Millonarios, después de empatar a uno contra Santa Fe en Bogotá. El gol santafereño de Checho Angulo fue como una cuchillada y otra vez el llanto, la frustración, la caspa. Recuerdo que me mandaron una loción llamada Seborín que para la Copa Libertadores del 89 ya me tenía aliviado. Para ese momento mis padres estaban divorciados y los fines de semana los pasaba con mi papá. Sumergido en sus libros no comprendía por qué si Nacional jugaba a las 3:30 de la tarde, yo giraba alrededor del partido desde por la mañana hasta por la noche que daban el noticiero y los goles de la fecha. “¡Enfermo por el Nacional!”, era su frase, su regaño preferido.

Para la Libertadores del 89 me desteté de Memo y Jaime y empecé a ir al estadio con gente del colegio, en especial con Daniel, compañero desde kínder, y con Ángela, la profesora de Estética. Por algún inconveniente con las torres de iluminación, los cuartos de final y la semifinal fueron por la tarde. La fiesta se armaba entonces desde el primer descanso y ya nadie ponía atención en clase. En los pliegos de cartulina que nos servían para hacer carteleras sobre el sistema solar o las partes de la célula hacíamos letreros para llevar a los partidos. El día que jugamos contra Millonarios, Daniel hizo una mano empuñada con el dedo corazón levantado y debajo una frase que no podía faltar en los cotejos contra el azul: “Pimentel HP”. Fue avalado por Ángela pero nos lo decomisaron a la entrada del estadio, no por el mensaje para Eduardo sino porque presumían que la cartulina era un material con el que se podían armar baretos. Después de eliminar a Millos y desquitarnos de los dolores que nos habían ocasionado en el 88, y en la primera ronda de esa Copa, el partido contra Danubio prometía una bacanal y así fue: se vino una lluvia de goles, un exceso de celebraciones en una tarde inolvidable. Era la primera vez que cantaba media docena de goles en un solo partido; el quinto y sexto no los cantamos a rabiar, afónicos ya de gritar, sino que nos detallamos la celebración de los jugadores. “Mirá como saltó el Palomo, ¡qué brinco metió!”.

También era la primera vez que acariciábamos la posibilidad de ganar un título, uno continental, era un sueño increíble. Pero como un baldado de agua fría cayó la noticia de que la final no se podía jugar en Medellín porque el Atanasio no tenía al aforo suficiente. Cuando ya estaba resignado a verlo por televisión, porque no nos dejaron ir en bus a Bogotá, recibí la llamada de una tía que era novia de Fausto, el cantante. Que pidiera permiso para faltar al colegio miércoles, jueves y viernes porque nos íbamos para Bogotá a ver la final, que Fausto había conseguido boletas y que ella me iba a regalar el pasaje en avión. Fui el elegido entre decenas de primos de todas las edades porque en la familia sabían lo enfermito que era por el verde.

Recuerdo la pinta con la que llegué a Bogotá y presencié el título de Copa: una camiseta OP verde de manga larga, de las chiviadas que vendían en El Diamante, y un overol índigo. Ese 31 de mayo del 89 sufrí como nunca en el primer tiempo al ver que no hacíamos gol y luego me desboqué de alegría con la remontada, aunque hubo sustos tremendos porque Olimpia estuvo a poco de descontar. En la tanda de penales, mi tía, hincha a muerte del DIM, me cuidaba de reojo. Estuve relativamente tranquilo hasta que Pipe Pérez botó su disparo y comencé a llorar como si hubiéramos perdido, el recuerdo de los penales del 87 se me vino a la mente con la sensación de derrota. Un señor desconocido que estaba a mi lado me puso la mano en la cabeza y me dijo, “tranquilo pollito que esto lo vamos a ganar”. Todavía agradezco esas palabras que me devolvieron la confianza. Qué momento feliz en medio de la fría noche bogotana ver al equipo dar una vuelta olímpica de esa magnitud. Tanto sufrimiento se veía recompensado.

A principios de los noventa me conseguí con Fausto un pase para quince personas, para la tribuna sur alta, y fundé, con catorce amigos de la unidad residencial donde vivía, la barra “El rebaño verde”. El trapo no era muy grande, creo que de ninguna tribuna se alcanzaba a leer el nombre de la barra, pintado con un verde claro y letra gordita típica de pelada de colegio de esa época. En el 91, después de eliminar al América en cuartos de Libertadores con goles del Torito Cañas y Diego Osorio, nos fuimos a celebrar a la 70; en medio del festejo unos hinchas verdes se bajaron de un R4 embadurnados de harina y me pegaron para robarse mi bandera. En ese mismo año, en diciembre, hicimos una fila de todo un día para comprar las boletas del partido que definía el título. Con un sombrerito hermoso del Bendito Fajardo quedamos campeones y por fin dimos una vuelta olímpica en el torneo local. Fue un delicioso desquite luego de las lágrimas que nos había hecho derramar La Mecha en los pies de Gareca, Battaglia y el Pipa de Ávila. Tres años más tarde, en el 94, con el rebaño extinguido y la amargura de la reciente muerte de Andrés, dimos otra vuelta olímpica en el Atanasio frente al Medallo, y al año siguiente nos volvimos a ilusionar con un gol de tiro libre de René y la Libertadores. Terminamos con la mirada clavada al piso, soportando los cánticos victoriosos de la hinchada de Gremio. En ese 95 ya estaba en la universidad y un día cualquiera me fui para la sala de periódicos de la U. de A. con el recuerdo borroso de aquella vieja portada de El Colombiano que había visto a mis cinco años. Quería corroborar si esa imagen era real y pedí todos los ejemplares de diciembre del 81; los miré uno a uno hasta que me encontré la portada, tal cual la tenía en mi mente. Ahí me di cuenta de que esa lejana epifanía infantil fue la que terminó por hacerme hincha de Nacional.

La universidad, las mujeres, la fiesta, los amigos, algunas temporadas en el extranjero, toda esa mezcla y otros intereses me alejaron del estadio desde el 96. La tristeza, más no el llanto ni la seborrea, regresó con las humillaciones del 2004 ante Medellín y Junior, quizás el año más duro para la hinchada de Nacional. Las vueltas olímpicas que siguieron a ese fatídico 2004 las viví con fervor en las calles, sobre todo los títulos ganados al Santa Fe en 2005 y 2013. En la final del primer semestre de 2007 tuve la oportunidad de ir al estadio y bajar a la pista atlética para dar la vuelta olímpica con los jugadores gracias a que uno de mis primos contemporáneos trabajaba en las inferiores del equipo. Ya Nacional era otro, un verdadero poderoso, muy diferente al que conocí a comienzos de los años ochenta, de media tabla y permanentes fracasos a pesar de sus grandes jugadores, mis primeros ídolos: Herrera, Santín, Carrabs, Cueto, La Rosa, Sapuca.

En 2014 estuve en Brasil y después de acompañar al verde en Porto Alegre ante Gremio y en Montevideo ante el Nacional de Uruguay por la primera ronda de la Libertadores, me agarró una nostalgia hasta rara y unas ganas insaciables de volver al Atanasio. Una vez regresé a Medellín, motivado además por la presencia y títulos de Libretica Osorio, me aboné para ir al estadio durante todo el 2015. Ya no en preferencia, sin pases oficiales, sino a la popular Norte. Con un par de amigos barbados, que parecen más filósofos que hinchas como yo, colonizamos lo más alto de la baranda, justo abajo del tablero electrónico. Otra vez víctima de la enfermedad —de la que quiero morir y no me quiero curar— ir al fútbol se convirtió de nuevo en plan semanal, volvieron las celebraciones a rabiar, las lágrimas de alegría, la fiebre verdolaga.

En la Libertadores de este año 2016, de la mano del profe Rueda y de cracks como MacNelly, Armani, Sebas Pérez, Guerra, Alex Mejía, volvimos a acariciar la gloria continental. En el partido en casa contra Rosario Central el corazón me empezó a latir más rápido, a esta edad ya el miedo no es la seborrea sino un infarto. En los últimos minutos tuve que respirar profundo y sentarme. El gol de Berrío no lo pude gritar sino que levanté los brazos al cielo mientras la hinchada se revolvía y abrazaba convirtiéndose en una sola amalgama desenfrenada. Me sentí como un dios viendo semejante escena. Luego, contra Sao Paulo, en la antesala del partido, la gente empezó a cantar el coro que dice “Yooo te vi salir campeóoon del continennnte, vamos mi verdolaga, quiero volver a verteee” y para mí fue imposible contener el llanto, volví a llorar de la emoción esta vez junto a muecos sin camisa, viejos asfixiados y mis compañeros de tribuna, con quienes suelo calentar motores y rematar partidos en el caspete de la Mona, allá donde también celebran los fundadores de la barra Aquel 54. Al son de guaro y cerveza se cocinó una nueva alegría, una nueva alegría continental.

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Noches de radio

por JUAN CARLOS ORREGO • Ilustración de Tobías Divad Nauj

Número 63 Mayo de 2015

Hace más de treinta años — para ser exactos, la noche del miércoles 19 de octubre de 1983—, mi hermano y yo escuchamos un partido del Medellín entre las cobijas. ‘El Poderoso’ jugaba contra el Tolima en el Atanasio Girardot y logró poner el marcador 2-2 con un gol tardío de Carlos ‘El Tigre’ Acevedo, un uruguayo que pasó sin mucho ruido por la historia del equipo rojiazul. El que por entonces hacía la magia y, en consecuencia, copaba las portadas de los periódicos, era León Villa, conocido más adelante —cuando se vistió con las rayas verdes del vecino de patio— como ‘El León de Campo Valdés’; porque la noche de marras recibió del locutor el remoquete —más sencillo pero al mismo tiempo más solemne— de ‘Maestro colombiano’. Esa jornada de octubre, alargada clandestinamente hasta las diez y cuarto de la noche a despecho de la temprana rutina colegial que nos esperaba al día siguiente, fue una de mis primeras experiencias importantes con la radio al oído; por lo menos, la que aparece en el primer lugar de mi tramposa memoria. Yo tenía nueve años.

Sobra decir que en los años ochenta la transmisión por televisión de los partidos de la liga colombiana era impensable, como no se tratara de la última fecha del octogonal final, día en el que, casi invariablemente, solíamos ver a los diablos del América dar la vuelta olímpica. En 1985 ocurrió algo salido del libreto y fue que, para adormecer al país mientras los rockets del ejército se clavaban en la mole del Palacio de Justicia, el presidente Betancur autorizó la transmisión de no sé qué partido o resumen inédito de goles. Por razones que se me escapan, ese mismo noviembre, el recién nacido Teleantioquia retransmitió un partido en que Medellín había vencido 1-0 al Cali; por supuesto, mi hermano y yo lo habíamos escuchado por radio la noche anterior, y más que el gol de cabeza de Luis Carlos Perea —otro que saltó al solar ajeno— nos había quedado en la cabeza una expresión usada por ‘El Espectacular’ Jorge Eliécer Campuzano para describir cómo ‘Ormeño’ Gómez había atajado un remate letal del ‘Checho’ Angulo: “¡A contrapierna!”. Nunca nos lo confesamos el uno al otro, pero cuando pudimos ver la jugada en la transmisión diferida sentimos que, contada en la radio, la acción de nuestro arquero había sido más audaz.

El transistor de casa era el radiorreloj que nuestro padre, in artículo mortis, le había dejado a mamá como regalo de Navidad en 1980. El aparato solía estar en su alcoba, salvo por alguna situación de excepción; sobre todo, que ella estuviera agobiada por sus pertinaces jaquecas y, además, que el partido que nos interesara acabara demasiado tarde. Otra cosa era cuando se trataba de escuchar las transmisiones de las etapas de la Vuelta a España o el Tour de Francia: entonces mi hermano estaba autorizado de antemano para instalar el radiorreloj en nuestra habitación desde la noche anterior, pues las emisiones comenzaban en la madrugada, y como él y yo ya estábamos en bachillerato —por lo menos así fue a partir de 1986—, íbamos al colegio en la tarde y no era forzoso aprovechar todas las horas oscuras para dormir. Por lo que respecta a mi madre, a ella le bastaba su reloj biológico para levantarse a la hora exacta en que debía despachar a nuestra hermana mayor. Recuerdo particularmente el alba del 4 de mayo de 1987, cuando el radiorreloj se encendió automáticamente a la hora programada y pudimos saber que, en la carrera ibérica, Néstor Mora se había fugado y marchaba con una ventaja de nueve minutos sobre el pelotón; cuando clareaba lo capturaron, pero hacia las nueve de la mañana ‘Lucho’ Herrera despertó, se alzó sobre la bicicleta, sembró a los demás en la carretera y se enfundó la camiseta amarilla en la meta de Lagos de Covadonga.

Como no mediaran los dolores de cabeza maternos o las grandes vueltas ciclísticas europeas, lo habitual era que mi hermano y yo nos acomodáramos junto al radiorreloj en la propia alcoba de mi madre. Como en 1986 —por lo que se ve, el año de nuestra mayoría de edad— nos hicimos visitantes asiduos del estadio, lo que restaba por oír en la radio eran los juegos de visitante del Medellín, la mayoría de las veces en la voz provinciana de Rodrigo Londoño Pasos. Un juego quedó particularmente grabado en mi memoria: un 2-2 frente a Millonarios en Bogotá, jugado un mediodía de sábado por motivos que ahora no recuerdo, y en el que los uruguayos Rafael Villazán y Yubert Lemos anotaron por el DIM; goles que, por lo excepcional de la programación sabatina, escuchamos narrados por la voz histérica de Luis Fernando Múnera Eatsman. Pero no solo nos convocaban los partidos: también los magazines futboleros nocturnos, cuyos debates, regularmente acalorados, nos parecían el colmo del atrevimiento periodístico, de modo que los escuchábamos con el delicioso sentimiento de estar degustando lo prohibido. Jamás olvidaré que en esa misma temporada del empate con Millonarios, en GenteDeporte y Punto, Iván Mejía Álvarez pronosticó que Medellín sería el campeón. Se entenderá que, si a la fecha no odio a ese ríspido comentarista, no es solo porque deteste afiliarme a las causas populares. Dicho sea de paso — quizá haya quién no lo sepa— el campeón de 1986 fue América; no podía ser de otro modo.

Escuchar los partidos en la radio fue, para mi hermano y yo, una liturgia que se extendió hasta el siglo XXI, y si terminó fue solo porque yo salí de casa a principios de 2001, cuando, plenamente consciente de lo que hacía, decidí compartir mi vida con una hincha del club de las franjas verdes. Como nos fuimos a vivir a Santa Lucía, al mismo tiempo que me enteraba de las gestas de mi equipo, podía escuchar —con todo el recelo del caso— los murmullos eufóricos que venían desde el Atanasio Girardot y por los que Nancy, mi esposa, se interesaba particularmente. Sin la tutela de mi hermano fui haciéndome un energúmeno, y llegó el día en que quise tumbar las paredes a puñetazos cuando los goles rivales caían en el último minuto. Así sucedió cuando, en el cuadrangular final del primer semestre de 2004, Chicó nos derrotó 3-2 en la agonía del reloj. Por fortuna, en ese torneo —y sin que mediara ningún vaticinio— Medellín alcanzó el título tras derrotar a su eterno vecino de patio. Ya por entonces menudeaban las transmisiones televisivas, y como, además, las emisiones de Fox y ESPN nos habían civilizado con el arte de la narración mesurada y el comentario conciso, la transmisión radial —cuyos protagonistas eran, en buena parte, solistas cavernícolas— fue quedándose relegada, y casi se la olvidó cuando las cámaras de Une coparon toda la programación de la Dimayor. Por entonces, se me antojaba que mi suegro — conectado por walkman a los alaridos de Múnera Eatsman al mismo tiempo que veía los partidos de su equipo— era un anacronismo sobre dos pies o, por lo menos, un romántico empedernido, anclado a las emociones auditivas de los viejos tiempos.

Juan Manuel, mi hijo menor, llegó al mundo en la época del auge de los partidos por televisión. En el segundo semestre de 2009, cuando apenas ajustaba cuatro años, tuvo su primera rabieta frente a la pantalla chica al presenciar cómo el DIM —por entonces casi invencible— se doblegaba por tres goles ante Millonarios, en la fría Bogotá. Por lo visto, yo había hecho un excelente trabajo inconsciente como maestro iracundo frente a los malos resultados de nuestro equipo, al que por fortuna mi hijo se aficionó a pesar de los genes adversos que le venían por el linaje materno; genes que, con fatalidad, habían enquistado en el alma de Laura, nuestra primogénita.

A la sazón, Juan Manuel tenía de la radio una idea harto particular: creía que la componían, apenas, las emisoras de rock latinoamericano, baladas y música para planchar que eran del gusto de Nancy y —confieso— mío. Solo muy tardíamente, por los días de su sexto cumpleaños, vino a descubrir que en la vieja grabadora de la biblioteca podía escucharse una simpática versión auditiva de los partidos que solía ver, de modo perfectamente sinestésico, en el televisor. Ocurrió el 14 de septiembre de 2011, cuando Medellín derrotó 4-1 al Real Cartagena en el Atanasio Girardot. Era necesario escuchar el partido por dos razones: nuestro equipo nos había espantado de las graderías después de un par de temporadas desastrosas, y, como el juego era en mitad de semana, no había posibilidad de verlo por televisión. Me pareció que mi hijo encontró ingeniosa la ocurrencia radial, de la misma manera como, tras años de montar en taxi —prácticamente desde que surgió en el vientre de su madre—, disfrutó su primer paseo en un Circular Coonatra.

La radio volvió de repente a nuestras vidas cuando el monopolio de DirectTv y Win Sports nos impidió ver todos los partidos de la liga. Mi alma, a un mismo tiempo tradicionalista y adolescente, se rebeló contra las imposiciones del mercado de los medios; es decir, no solo sentía dolor ante la idea de cambiar de operador de cable, sino que veía como una afrenta el que se me obligara a hacerlo. Me pareció que, con tal de salvar mi dignidad —o, si se quiere, con tal de no tener que fatigarme firmando un nuevo contrato televisivo—, podía pagar el precio de no ver más partidos de la liga, y supe que no tendría ningún problema si apenas tomaba las migajas que, a mí y otros como yo, nos servía la Futbolmanía de RCN. Para todo lo demás estaba la radio, vibrante y rápida como ninguna otra cosa en el mundo. En todo caso, Juan Manuel —que solo ha aprendido de mí el modelo estoico y furibundo de mi afición por el equipo del pueblo— lo resolvió de otra manera, y muy pronto llegó a acuerdos con mi suegro para que lo llevara a ver los partidos del DIM en alguna de las tiendas del barrio que estaban dotadas con el exclusivo servicio. Para suerte de mi hijo, su abuelo acababa de jubilarse y necesitaba, desesperadamente, razones para salir de casa; en su entraña verdusca, poco le importaba que la coartada fuera un partido del Medellín; por supuesto, también pesaba aquello del amor rendido por los nietos.

Un cuarto de hora después, cuando yo había logrado, por fin, redondear el primer párrafo de la reseña, el árbitro sancionó un tiro libre a favor del Medellín, no lejos de la valla de los pijaos. El locutor anunció, con no poco aspaviento, que Vladimir Marín se aprontaba para el cobro y que, como un toro de lidia, zapateaba sobre la grama, y tanto insistió en ello —con el coro del comentarista principal y el vocero de los anuncios comerciales— que no me sorprendí particularmente cuando, un minuto después, el balón se coló en el arco de Joel Silva. Realmente me sobrecogí un segundo después del grito del locutor, cuando, desde el otro lado de la casa, llegó el alarido eufórico y destemplado de Juan Manuel. Fui hasta su cuarto para celebrar el gol con él, pero me detuve en la puerta apenas distinguí en la oscuridad lo que él hacía: tenía los ojos cerrados y sonreía de modo beatífico mientras apretaba, contra su corazón, el pequeño aparato radial. Ya que Tolima —a diferencia del Medellín de tres décadas atrás— no tuvo un Tigre Acevedo que nivelara el marcador, mi hijo tuvo la noche más feliz de su vida, arrullado por las voces y las ondas del triunfo. Ignoro a qué hora pudo conciliar el sueño; como quiera que sea, cuando fui a llamarlo en la madrugada me pareció que todavía sonreía.

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Manuel Mejía Vallejo y los nadaístas

por EDUARDO ESCOBAR • Ilustraciones de Tobías Aboleda

Número 112 Diciembre de 2019

Desde el comienzo de nuestra irrupción en Medellín, los nadaístas mantuvimos con Manuel Mejía Vallejo una amistad llena de reticencias. A veces lindaba con la camaradería, y a veces con el atentado personal y la vileza. Ahora cuando me dispongo a hablar sobre su persona y su obra hallo en mí un montón de sentimientos encontrados. Cavilo si centrarme en lo que nos unía o enfatizar en lo que nos apartaba. Fue un buen amigo de quien nos alejaron muchas cosas. Su entendimiento de lo que debe ser la literatura no compaginaba con lo que nosotros pensábamos. Sus ídolos literarios eran Tomás Carrasquilla, entre los colombianos, y Eduardo Mallea entre los latinoamericanos. Nuestros maestros eran Rimbaud, Lautremont y Henry Miller y en la literatura nacional apreciábamos a León de Greiff y a Fernando González y a los integrantes del grupo de Mito, incluido el aún desconocido García Márquez. Para ajustar, valga la infidencia, Manuel Mejía y yo nos vimos envueltos en una historia de amor que me hizo sufrir como un condenado, cuando sedujo a mi novia de los quince años, que me abandonó obnubilada por su prestigio, su labia de culebrero y su corbata de galán. La comprendo. Yo tenía dos camisas. Una puesta y otra en un platón con detergente esperándome en algún hotelito proletario. Y había empeñado mi única corbata, la de la primera comunión, por una cerveza. A mí mis padres no me soportaban. Los suyos estaban muy orgullosos de su muchacho con razón: acababa de ganar un concurso de cuento en El Salvador. Un buen comienzo. Porque después ganó premios en todas partes: en Cali y Manizales e intermedias, para acceder más tarde al Nadal y al Rómulo Gallegos.

A Manuel lo atraían las muchachas bonitas, y sobre todo tiernas cuando ya no se cocinaba en dos aguas, más que las mujeres hechas y derechas aunque fueran bellas. Tal vez la afición a las nínfulas revelara una secreta inseguridad. Un miedo al amor adulto.

Manuel Mejía era un hombre querible, tenía eso que los antiguos llamaron bonhomía. Nosotros lo admirábamos por su vida privada que algunos divulgaron, llena de singularidades en una ciudad pragmática que trataba de cogerle el ritmo al siglo con retraso. Decían que pintaba al carboncillo con talento, que practicaba el moldeado en barro, que inventaba juguetes artesanales, lo cual hablaba de su candor pero al mismo tiempo de unas cualidades humanas que nos seducían, las de la sensibilidad para las actividades inútiles, porque los hacía por gusto, sin las intenciones torticeras del comerciante, y ni siquiera para jugar con sus invenciones porque siempre estaba ocupado escribiendo, o bebiendo. O seduciendo las novias de los amigos. Más tarde supe que se preocupaba por las técnicas de la impresión de libros. Y que escribió una carta a la casa Heidelberg con una propuesta para mejorar sus prensas famosas en el mundo.

Aunque estábamos lejos de sus ideales estéticos y su estilo obediente a preceptivas que nosotros habíamos venido a desprestigiar, Mejía Vallejo fue un habitual de nuestras tertulias primerizas, uno de esos contertulios que sin pertenecer de corazón al movimiento, ni adherir a sus propuestas renovadoras, lo veían con curiosidad y simpatía. Había otros, pero nos parecían intratables, como Jorge Robledo Ortiz, poeta de la raza, y como Jorge Montoya Toro, un filisteo que escribía sonetos a Jesucristo y a las impúdicas rosas. Mejía estaba más próximo a nosotros aunque su escritura no concordara con las crisis de un mundo que asistía a las circunvoluciones de los primeros satélites artificiales, con una perra dentro, un mono, o una señora rusa. Y al asco de una nueva guerra, la de Vietnam, que algunos contaban como el primer estallido de una tercera conflagración mundial hecha de conflictos focalizados.

Su escritura olía a boñiga y a saúcos en un mundo que se urbanizaba y al que comenzaban a atosigar los vahos de la gasolina. Pero de cualquier modo no era rimbombante como casi todos los poetas del entorno pobrísimo. Era la primera persona de la santísima trinidad literaria de la antioqueñidad. Las otras fueron Carlos Castro Saavedra, un poeta de corte nerudiano dado a las depresiones que cantaba a los carpinteros, y Oscar Hernández, otro magro discípulo de Neruda aunque mezclara a esa influenza la ternura de César Vallejo, y la tristeza que puso de moda el peruano envenenado en París con la solanina de las papas del mercado de los pobres. Los tres se acercaron a nuestra capilla desabrida, surgida en plan de escandalizar la aldea donde el arzobispo importaba más que el alcalde porque había arrendado al diablo. Castro pronto dejó de tratarnos enemistado con Gonzalo Arango por la nimiedad de un epíteto cariñoso. Hernández debía trabajar para sostener una familia. Y jamás entendió que mantuviéramos una discreta distancia, saludable además como después se vio, con la izquierda colombiana, más hecha de sentimientos beatos que de ideas, y de pasión que de marxismo.

La prosa de Mejía Vallejo era clara, tranquila. Más próxima a la verdad de la vida para nuestro criterio, así nos resultara sospechosa por ordenada y racional, y aunque sus relatos estuvieron plagados de diálogos sentenciosos y descripciones convencionales fuera de tono para quienes pretendíamos ser absolutamente modernos según el mandato de Rimbaud. Nosotros amábamos lo descabellado. Nos parecía que la misma sintaxis y hasta la ortografía eran cárceles que justificaban el orden establecido. Y los temas agrestes de sus primeras prosas, La tierra éramos nosotros y Tiempo de sequía, nos sonaban anacrónicos a pesar de la sobriedad. Él se aferraba a la nostalgia del pasado. Nosotros estábamos pendientes de un futuro que temíamos y aferrados al presente existencialista, a la inmediatez de la experiencia. El pensaba que un relato, así nos dijo una vez puesto en el plan magistral que en ocasiones adoptó al hablarnos con el aire de superioridad del escritor laureado, debía comenzar por una panorámica del ambiente, y seguir con la presentación de los personajes, antes de ponerlos en acción. Esas ingenuidades de una preceptiva retrógrada no nos impidieron quererlo. Para nosotros las novelas y los cuentos podían principiar por donde a uno le diera la gana, y carecer de pies y cabeza, y ni siquiera eran necesarias, sino indeseables, las supercherías aristotélicas del conflicto, la trama, la peripecia y la anagnórisis. Pero lo aceptamos distinto como era, vestido de paño, camisa de cuello y corbata, y con la costumbre de visitar al peluquero cada sábado para que le puliera las patillas. Nosotros nos dejábamos crecer el pelo como los piratas que nos sentíamos, vestíamos bluyines, camisas de colores, mocasines, medias de rombos. A él le gustaba hacer el elogio de Asturias, y Rómulo Gallegos, y estaba decidido a continuar la tradición de Tomás Carrasquilla. Nosotros preferíamos a Joyce, a Becket, a Buttor y a los objetalistas franceses, en cuyas obras no pasaba a veces nada distinto del viento de las hojas al volverlas. Y desconfiábamos de los apologistas de lo autóctono. De los nostálgicos de los padres indios y los abuelos criollos empobrecidos por las guerras civiles. De los dolores del campesino que hablaba con los pájaros de sus amores y llevaba una barbera en el carriel por si se veía obligado a cobrar una ofensa de borrachos. El color local nos espantaba, nos declaramos los servidores de una nueva barbarie dispuesta a arrasar los falsos valores de Occidente. Amílcar empezaba a circular entre nosotros los libros de Nietzsche. A Manuel Mejía la filosofía le era indiferente, no tenía problemas metafísicos más allá de los cafés con leche con buñuelo frío que comía con mi exnovia en la Heladería Donald. Y jamás lo vi interesado en nuestras discusiones, las propias de unos muchachos educados en el catolicismo que acababan de descubrir a Bertrand Russell y el existencialismo y a Nicola Abbagnano en los breviarios del Fondo de Cultura Económica.

A veces lo veíamos salir de matiné después de ver alguna película norteamericana de vaqueros que quizás le ayudaba a redondear sus fábulas de duelos de matones. Una obra suya se llamó El día señalado como una película norteamericana famosa. Lo cual puede no ser casualidad. Y escribió un cuento que tituló, La venganza, como bien hubiera podido nombrarse un western espagueti de Clint Eastwood. A nosotros nos intrigaban más las películas de tesis, el cine de una lentitud infernal de Bergman, el neorrealismo italiano, los dramas patafísicos de la nueva ola francesa con sus romances entre seres atrabiliarios y despistados, y sus parlamentos en el lenguaje del retorcido humanismo sartreano, perfectos para calificar el tedio de vivir, el sentimiento del absurdo y la irrefutable inutilidad de todo. Para Manuel Mejía todo eso no pasaba de ser un capricho de niños burgueses, una impostura que no valía la pena tomar en serio.

No encajábamos por completo a pesar de los esfuerzos por querernos. Manuel Mejía nació en 1923, el día del idioma español: el mayor de los nadaístas había nacido en 1931 bajo el signo de Capricornio que lo hizo sombrío y proclive a inventarse fracasos. Mejía Vallejo disfrutaba los bambucos olorosos a toronjil, los despechos de carrilera y los tangos matreros a la hora de sus tragos. Los nadaístas para nuestros festines de mala fama recurríamos al jazz estridente de New Orleans, a Duke Ellington, a las canciones canallescas de la Piaff y Juliette Grecco. Nos gustaban los tangos, pues eran el folclor urbano de la ciudad industrial de Colombia, pero los escuchábamos de distinto modo.

Los padres de los nadaístas eran todos pequeños funcionarios o comerciantes al menudeo. Con la excepción de Gonzalo Arango, llegado de Andes, y de Amílcar Osorio, que llegó desde Jericó, los demás crecimos junto a las fábricas, en medio de los buses urbanos que reemplazaron los trolleys y los tranvías. Tal vez en esta circunstancia radicaron las desavenencias con el autor de La casa de las dos palmas. Nosotros habíamos conocido de oídas la Violencia. Manuel Mejía sabía mejor de las brutalidades de las guerras entre liberales y conservadores. Pero el peor desacuerdo entre nosotros fue causado por la devoción que él guardaba por Tomás Carrasquilla, un escritor que considerábamos injustamente un autor fallido, un costumbrista, el maestro de un estilo marchito.

Algunos entre nosotros empezábamos a interesarnos en las ciencias de los pulsares y las estrellas enanas que se derriten sobre sí mismas, en el comportamiento secreto de los átomos, imbuidos en la siniestra amenaza del peligro nuclear que fue la espada de Damocles sobre nuestras cabezas despeinadas. Manuel Mejía contra las metafísicas que estas preocupaciones suscitaban en nosotros albergaba una sola certeza mística: que existía una ley de la compensación, semejante al karma, que los nadaístas comenzamos a debatir a partir de la lectura de los textos del budismo, a los que llegamos empujados por los poetas beat, fanáticos del dharma. O camino. No había demasiadas contradicciones interiores en Manuel Mejía. Era un hombre simple como unas tijeras. Y formaba parte del orden parroquial como un adorno. Nosotros éramos la imagen del desconcierto y la desconfianza. Ahora que lo pienso, si seguimos siendo amigos a pesar de todo fue por el sentido del humor que compartíamos. Por la capacidad para reírnos. Aunque él solo les aplicara el cauterio de la risa a los demás. Mientras los nadaístas podíamos reírnos de nosotros mismos con perfecta impudicia. Él se tomaba en serio su vida y su trabajo de escritor. Nosotros éramos más irresponsables y estábamos más confundidos. Él era un escritor del establecimiento. Nosotros estábamos situados al margen. Recuerdo que al principio me impresionó un rasgo de personalidad muy escaso entre los círculos de los escritores: jamás hablaba mal de los ausentes, aunque después aprendió. Pero en general nunca lo vi comprometerse, ni hablar de la política del día, por ejemplo, que es algo que les gusta tanto a los escritores modernos. Era cauto.

Manuel Mejía fue un detractor injusto del nadaísmo cuando estaba de malas pulgas. Sobre todo le gustaba vapulear al pobre gonzaloarango por lo que decía y lo que dejaba de decir. En ocasiones Mejía se pasaba de crítico acerbo con nosotros. Una vez, él había envejecido, y yo me había casado y separado, y vuelto a casar por aquellas cosas del eterno retorno y el miedo de la soledad, leyó un poema que buscaba, a través de unas cucarachas, celebrar la música humana y la técnica moderna. Y me dijo sonriendo con ironía campechana. “Escribirle poemas a las cucarachas es una bobada, hombre”. Y me miró como quien piensa sin razón que las cucarachas solo necesitan insecticidas y no poemas con reminiscencias de Vivaldi y Schönberg y con pormenores sobre la fabricación de los transistores. No quise decirle que las cucarachas tenían tanto derecho a ser poéticas como los alelíes. Y que había descubierto en un viaje de LSD que son ángeles camuflados. Y un portento biológico. No hubiera comprendido.

Pero al mismo tiempo Manuel Mejía fue muy generoso con los poetas del nadaísmo que comenzaron a transitar por la carrera Junín en los años sesentas y que lo veían salir de las películas de la vespertina con sus eternos cartapacios bajo el brazo en busca de un café tranquilo donde corregir sus obras. No solo participaba en nuestras tertulias con su ingenio cándido, sus recuerdos de la madre Laura con la que guardaba un parecido físico, sus memorias de aventurero por Centroamérica y su colección de refranes y décimas y coplas aprendidos con los peones de las fincas donde creció. A veces fue magnánimo con nosotros de un modo que ahora me permite sospechar de su insinceridad cuando nos quiso y cuando nos desdeñó. Eso no importa. Es preciso honrar la justicia. Cuando lo nombraron director de la imprenta municipal de Medellín publicó allí el primer libro de Gonzalo Arango, HK 111 y Nada bajo el cielorraso, dos obras de teatro que le permitieron al capitán del nadaísmo el sentimiento inenarrable de saborear la gloria de sostener en sus manos su primer libro publicado.

HK 111 alcanzó el honor de las tablas bajo la dirección de Fausto Cabrera, un activista español que después fue guerrillero maoísta y acabó en la China, un ecléctico que recitaba un día Claveles rojos o La casada infiel y cosas de mayor enjundia de García Lorca y al otro montaba una broma de Ionesco. Ignoro si llegó a entenderse con Poeta en Nueva York, el único Lorca soportable para los nadaístas. La obra contó con la actuación de Santiago García y Mónica Silva su mujer entonces. Los tres habían fundado el Teatro Experimental El Búho para la divulgación de las obras de la vanguardia, con la pretensión de fundar un grupo estable que ayudara a la creación de un teatro nacional moderno que superara las comedias políticofolclóricas de Campitos, y las obras del rancio teatro español de Jacinto Benavente y Alejandro Casona, autores predilectos de los grupos de aficionados de Colombia antes de que se pudiera hablar de profesionales de las tablas.

HK 111 fue puesta en escena en el teatro Ópera de Medellín después de una temporada en Bogotá y causó estupor en la parroquia. Una escenografía escueta con seis varillas simulaba la cabina de un avión, el protagonista amenazaba en el clímax de la obra con orinarse en el escenario. Escatología pueril pero inusual para el lugar y los tiempos. Gonzalo Arango les tenía pánico a los aviones. Y pensaba que eran el más terrorífico de los inventos humanos junto con la jeringa hipodérmica.

Yo hice el ridículo al llevar a la gala en aquel calor estival un abrigo inglés de paño que pesaba como el Big Ben y hacía los efectos de un sauna, propiedad de mi padre que lo había recibido de Laureano Gómez por interpuesta persona, un primo suyo postizo, un hombre notable durante la presidencia del Monstruo, y que siguió siéndolo durante la dictablanda de Rojas Pinilla.

Cuando dediqué a mi padre “El anticuario”, un poema que pretende reunir (como nadie lo ha notado lo anoto) las ideas afines a las noción de decadencia, Manuel Mejía me hizo un elogio matizado de sorna: si tu poema de las cucarachas me parece una nadaistada, el que le dedicaste a tu padre debería formar parte de la antología de la poesía colombiana siempre. Se dosificaba. Entre el vituperio y la alabanza. Esa noche celebramos mi poema en la casa de una de mis hermanas. Fue la única vez que lo vi borracho. Siempre fue de un aguante olímpico. Ya se encaminaba a la bancarrota. Y acabó cuan largo era, bocarriba, en la mesa de centro bañado en ron Caldas.

Yo lo quise desde que lo conocí. Y él también me quería y hasta admiraba al osado adolescente que yo era cuando comenzamos a tratarnos como vecinos en el barrio Los Ángeles. Yo era un adolescente con una mala fama merecidísima. Y con la suerte bendecida por una enorme capacidad para la indiferencia, resignado a vegetar sin rencor ni esperanza, sin propósitos, vacío por dentro, sin tuétanos. La falta de pudor me permite reconocer que también me adornaba un cierto éxito entre las muchachas más bellas de la ciudad de mercaderes con vocación industrial, a pesar de mis camisas de pobre, mis zapatos rotos y la melena salvaje que extrañaba el champú. Creo que las muchachas se me acercaban seducidas por mi fama de poeta precoz más que por mi cara de ángel despeñado. Llevadas por algún impulso tanático. Porque fui magnífico como amante a la hora de hacerlas sufrir.

Manuel Mejía me hizo muy desgraciado cuando se quedó con el amorcito de mis primeras experiencias reales de amor, y al fin me arrebató a la sujeta de mis primeros afectos, valido de su aire de Pedro Armendáriz y de su propensión a ganar concursos de literatura. Más tarde, para compensarme, se convirtió en mi primer editor. Pues cuando lo echaron de la imprenta oficial por imprimir las obras de teatro del inventor del nadaísmo fundó con Oscar Hernández una editorial que llamaron Papel Sobrante, pues la alimentaban con los desechos de las prensas de los periódicos municipales donde Oscar Hernández hacía de todero. Uno de los primeros libros de la empresa fue mi libro Invención de la uva. Los otros fueron los cuentos primerizos de Darío Ruiz Gómez y de Oscar Collazos.

Medellín aquellos años vivía el sopor saludable del Frente Nacional después las atrocidades de la violencia que prolongó las guerras religiosas del siglo XIX. Hernández, Mejía Vallejo y Castro Saavedra eran los autores prominentes en la aldea de un millón escaso de habitantes. No había dicho que Oscar Hernández escribía poemas al pan, al trigo y a las amadas, y que fue un montón de cosas, boxeador, futbolista, vendedor ambulante y empresario de una fábrica de refrescos; que Manuel Mejía había viajado por Centroamérica siguiendo los pasos de Porfirio Barba Jacob, y que Carlos Castro pavoneaba los elogios que le hizo Pablo Neruda a su poesía cuando estuvo en Chile. Neruda comenzaba a descollar con su obra desigual y profusa, y por el brillo de su glotonería verbal, llevado de la mano de los comunistas. Y un espaldarazo suyo era consagratorio. En la casa de poesía Silva de Bogotá hay una fotografía conmovedora de un Castro Saavedra, la cara triste y menuda, y con un sombrero hiperbólico que le queda como una casa, junto a León de Greiff que a su lado parece un ogro vikingo con su belfo, la boina y el traje de paño desgalichado de siempre. Sus amigos solían preguntarle dónde mandaba a arrugar los vestidos.

Manuel Mejía Vallejo fue el narrador más reputado de Colombia hasta la aparición de Cien años de soledad. Yo creo que resintió su publicación como un desorden inesperado en su honra. Los escritores suelen tener egos frondosos. Cien años de soledad confundió la literatura colombiana con sus excesos. De modo que muchos novelistas colombianos apelaron a los recursos del realismo mágico en una mimesis cómica y servil, y otros, para corregir el rumbo, apelaron al grotesco, a la recuperación de sus recuerdos familiares o a la novela histórica ideologizada. En el desconcierto probó la novela urbana. Y como había abandonado las temáticas campesinas, inventó a Balandú, que se insinuó en sus escritos tímidamente hasta alcanzar la apoteosis en La casa de las dos palmas, que intenta contar una saga familiar como el piedracielista de Aracataca.

Mejía hizo alguna mención literaria de mi deslustrada persona. Quizás para acallar la mala conciencia del depredador sexual. En La sombra de tu paso, donde la novia que me ganó se llama Claudia, expresa sus celos. Y le pregunta. ¿Lo amaste? Y ella. A quién. Y él le dice: a Eduardo. Y dice que yo entonces me parecía a Jesucristo… cuando lo aporreaban. No sé qué quería decir con eso de mi barba y mis greñas de cobre. Y sin mi novia en aquella Junín donde los nadaístas gastamos la adolescencia en el descubrimiento del amor y la poesía a contramano, cometiendo pequeños delitos viles, fumando marihuana, emborrachándonos y tragando a puñadas barbitúricos de la casa Lilly. Desde niño soñé ser escritor. Pero nunca se me pasó por la cabeza que podía ser un personaje de novela.

Los que no vivieron aquellos días en esa aldea en las faldas de los Andes nunca alcanzarán a imaginar cómo era entonces la ciudad que fundó don Miguel de Aguinaga. Soy un sentimental. No me importa. Medellín es para mí la de antes de la Avenida Oriental que cometió el sacrilegio de comerse la casa de Dora Echavarría, la suegra de Manuel Mejía, la abuela de sus hijos, que lo adoraba. Y sentí mucho el día cuando tumbaron el Hotel Europa que era como un Kremlin en chiquito. Al Medellín de mis recuerdos le lucía ese edificio con cúpulas negras, como le sigue luciendo un palacio egipcio en la calle Miranda o una portada con leones de bronce en la casa de un magnate en el barrio Laureles. En el lugar que dejó el Hotel Europa levantaron la Torre Coltejer, que no sabe a nada, empinando el hocico hacia el cielo empobrecido, aguja ciega, para hacer una metáfora de sastre. Otros la consideran la marca del comienzo de la decadencia de la familia Echavarría, como Babel confundió las lenguas de los israelitas para castigar su arrogancia.

La tragedia del empresariado antioqueño burgués fue su aniquilación por el proletariado chino en la guerra comercial del mundo. En la bendita globalización galopante los discípulos de Mao condujeron a la bancarrota a la ilustre familia paisa, admirada y vilipendiada, que llevó a Medellín a trancazos de tren hasta Puerto Berrío y de allí a lomo de mula los primeros telares mecánicos. Fernando González dijo que Medellín era bueno cuando los Echavarrías estaban chiquitos. Desconfiaba de los retumbos del progreso. Como todos los metafísicos que saben que es imposible conectarse por teléfono con lo esencial.

La calle Junín era un hervidero de chismes. La sombra de tu pasoY el mundo sigue andando están hechos de eso. De murmuraciones. Cuando Manuel Mejía intentó liberarse de los helechos de La tierra éramos nosotros, los muchachos de entonces estrenábamos el desaliño de los existencialistas franceses que superara el dandismo de gomina de la generación de los cocacolos y sus propias corbatas ya pasando de moda, en una ciudad donde todo el mundo aún saludaba a los policías secretos por sus nombres. Y por sus apodos a los borrachos del Parque de Bolívar, de alcohol antiséptico y pasante de grillo. Mejía Vallejo y sus amigos, Hernández y Castro Saavedra, adecentaron el uso del parque. Se reunían por las noches con sus libros bajo los balsos del de Bolívar frente a la heladería San Francisco. Los hombres de bien solo lo usaban cuando iban a embolarse los zapatos. Y los domingos de la retreta.

Manuel Mejía estaba recién llegado de Centroamérica y gozaba de un tibio prestigio por sus cuentos agrestes de gallera, haciendas, venganzas de hermanos y parricidas incapaces del sacrilegio. De cuentos de campesinos que más tarde cambió por cuchilleros de barriada en Aire de Tango. En Y el mundo sigue andando se estrena de Joyce andino pero no le lucen los experimentos y los retruécanos se le atoran. Aunque no lo quisiera era sin remedio un representante del machismo latinoamericano en la vertiente andina de la literatura colombiana.

Todo era cándido, liviano y feliz en la calle Junín que transitaba Manuel Mejía Vallejo, tanto que lo único posible era que a alguien se le ocurriera inventar el nadaísmo con su sentido trágico y sus amarguras impostadas que después se tornaron en amarguras y podredumbres auténticas. Mejía acabó por apartarse de nosotros del todo cuando apareció la marihuana en las fiestas. Y comenzó a crear su propio entorno de amigos con Darío Ruiz, Oscar Jaramillo, Elkin Restrepo, Oscar Collazos y Fernando González hijo. Y recuerdo que después del primer manifiesto publicamos un volante supuestamente patrocinado por una inexistente fábrica de papitas Juan XXIII. Y recuerdo, pero puede ser un falso recuerdo, que a Mejía Vallejo, que se había regocijado por nuestra irrupción podrida en el paraíso de popelina, no le gustó el fingido patrocinio. Era un anticlerical respetuoso. No estoy seguro de que no creyera en el diablo. Recorrió los caminos de Barba Jacob por Centroamérica y escribió un libro sin mucha gracia dedicado al vate de Santa Rosa. Pero la marihuana remota de Barba no era un peligro como la nuestra para él.

A mí, digo, para comenzar a terminar, más que su ecuanimidad y sus virtudes evidentes me impresionaron en él sobre todo los rones triples de la madurez que se echaba en ayunas en su casa de la calle Perú, cuando comenzó a deteriorarse y a dudar de su grandeza, después de la aparición apoteósica de Cien años de soledad. Como casi todos los escritores colombianos experimentó un cimbronazo con ese libro monstruoso que devolvió la novela moderna a sus orígenes. Las pretensiones de Manuel Mejía de convertirse en el continuador de la línea narrativa de Tomás Carrasquilla con un toque de José Eustasio Rivera se volvieron obsoletas.

Del nadaísmo se han dicho muchas cosas. Pero bien pudo ser solo una reacción necesaria del alma del mundo en nosotros, en una isla feliz llena de muchachas en flor donde comenzaban a oírse los primeros rocanroles, a ponerse de moda el cubalibre, en un país convulsionado, corrompido y violento, que se había dado una tregua relativa con el Frente Nacional. Algunos le achacan al Frente Nacional nuestras desgracias actuales. No fue tan malo. El país creció en la realidad y en las estadísticas. Recuerdo que en mis tiempos el acceso a la universidad era un privilegio. El Frente Nacional comenzó a democratizar la educación. Y la salud. El país mejoró. Y el nadaísmo fue un síntoma positivo de los tiempos que comenzaban y de sus crisis. La gente comenzó a decir otras cosas en las tertulias de los nadaístas en las cafeterías de nombres ingenuos como Bambi y Donald. A pensar otras cosas. A nosotros nos tocó empatar los últimos totes del diablo parroquial con el estruendo de los cohetes interestelares. Recuerdo el repeluzno que experimenté cuando los periódicos trajeron la noticia de que los rusos habían puesto a dar vueltas a una perra en los espacios exteriores a la biosfera. Yo era un exseminarista que no terminaba de solucionar sus problemas con Dios. Y sentí que se me encrespaba el pelo de la cabeza y los remanentes de la cresta vertebral del anfibio.

Gonzalo Arango que tenía su toque maligno a pesar de su fama de santo, y tenía una vieja deuda por cobrar, en una carta me escribió, después de una noche de tragos que Manuel Mejía gastó en llenar de reproches al pobre profeta de la nueva oscuridad: “…de los hombres espero lo peor; sobre todo de los intelectuales, de los literatos. Son de otra raza. Soy una raza opuesta: y tú, Ed, eres mi mejor alma, mi espejo más transparente. En ti reflejo lo poco que puede ser salvado en mí, no como escritor, sino como ser vivo… La agresión del Premio Nadal… contra el nadaísmo en general… es un fruto tardío de su recóndita amargura. Recuerda la noche en el homenaje a Evtuschenko. Somos tan ajenos a sus dioses y a lo que escribe. No me extraña: él fracasó en sus aspiraciones a Maestro de la juventud. Nuestra generación no lo soportó, era la flor y nata de la Bondad. Como me dijo una vez Fernando González, ‘nunca podrá ser un artista, goza de excelente salud’. Podrá escribir cien novelas, ganar el Premio Nobel, ser laureado o fuera de concurso en los juegos florales de Manizales, pero nunca osará una locura respetable. Tendrá siempre miedo de invertir la lógica, de afirmar que DOS MÁS DOS SON EL PRINCIPIO DE LA MUERTE (no recuerdo si esta frase es de Dostoievski o la acabo de inventar, pero vale)… Eso es él, un linotipo que trabaja, que piensa; una caña pensante pero sin la angustia de Pascal. A Manuel Mejía le tengo afecto precisamente porque está fuera del ring, es campirano, gallero, nostálgico de burdelito de Jericó donde perdió su virginidad por un soneto, amigo íntimo del bobo del pueblo, etc. Porque labora sus novelitas como un herrero, y de tanto hacer y rehacer de pronto salta una chispita en su desierto mental, pero no por culpa de su genio, sino de tanto soplar en la forja. Realmente es un buen hombre, aunque literatoso como escritor. Él defiende su parcela de la plaga nadaísta y es su derecho. Él sabe que su herencia no tiene porvenir en nuestra generación, que será olvidado antes de ser. No puede perdonar que su posteridad esté integrada por una pandilla de bastardos como nosotros, desalmados para esas cosas que él fabrica, pura cacharrería estética para consumo de amas de casa, para entretener una digestión, un desvelo, un idilio parroquial de ventana. Él nos regaña paternalmente y quiere convertirnos a su ‘seriedad’, reformados en su provecho, en provecho de la literatura bonita, lógica, moral y graciosamente filistea en la que trabajó como un minero… Hay que reconocer que lo hace honestamente, que no da más, que no tiene de dónde sacar más. A los 45 años no se puede tomar chocolate en familia impunemente, ni rezar el rosario, ni tocar tiple en reuniones de sociedad intelectual… Eso tara, da un carácter. Su literatura resulta inexorablemente chocolatera, conservadora, de meada en la cama después que la mamá reparte bendiciones. Novelas con susurro de tiple y olor de yerbabuena. Qué esperanza… Tu y yo lo comprendemos, por eso lo admiramos. Porque es un pobre sufridor de sentimientos; porque se apostó todo a la literatura y no dejó nada para reírse de sí mismo. Por eso está jodido, y yo lo estimo suficiente para no tenerle piedad… Olvidemos pues sus ofensas; en ellas se consuela, le dan una vaga razón de ser… Permitámosle que tenga razón, que nos injurie y nos abomine si eso lo desahoga. A los nadaístas no nos disminuye su parroquial grandeza. Apliquémosle los santos óleos y que sea inmortal. Él vive para la gloria literaria”.

La carta resume bien nuestra relación, pero Gonzalo extrae un corolario, y nos invita a estar vigilantes, a no dormirnos sobre nuestros pobres laureles de adormidera, a estar conscientes de nuestros límites, y sobre todo, a la lucidez de no consentir la literatura como el fin de la vida. Y pido perdón por la extensión de la cita y por la crueldad que emana, unida a una inmensa ternura por el amigo lejano, pero amigo a pesar de todo.

Manuel Mejía fue sobre todo un poeta apreciable, un gran poeta, puesto que fue capaz de escribir esta décima:
Llovían cielos nublados
por las selvas del Chocó;
llovía tanto, que yo
tuve los ojos mojados.
En esos tiempos llorados
nunca de llanto se hablaba
aunque la pena sobraba
con tan húmedo rigor,
que no sabía el amor
si llovía o si lloraba.

Eso me basta para querer a Manuel a pesar de lo que encontramos en él reprensible desde nuestra orilla del mundo, y nuestra orilla del tiempo.

 

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