Como un brillo escaso y parpadeante

por JORGE IVÁN AGUDELO • Archivo Fotográfico BPP

Número 149 Mayo de 2026

El Fondo de la familia Duperly, donado el 9 de diciembre de 2019 a la Biblioteca Pública Piloto, constituye un importante conjunto documental y fotográfico que evidencia la evolución de los procesos de reproducción de imágenes y el ejercicio de la fotografía a través de cinco generaciones.

A través de viajes y exploraciones, especialmente vinculados al Caribe y otros territorios, los integrantes de esta familia construyeron un amplio registro visual de personas, paisajes, sucesos, actividades comerciales e industriales y escenas de la vida cotidiana.

“—¡Arre, mulitas maganzonas qui hay que llegar hoy a Playalarga! ¡Ah, táparo jediondo: solíviale, Toño, la carg’a a l’ Algarroba! ¡Y vos, niguater’ uel diablo —al sangrero— apurá que nos cogió la noche!”, dice, mejor sería decir, grita, Perucho, en “El último arriero”, relato de Tulio González publicado a finales de 1930, dos décadas después, poco más poco menos, de haber sido tomada la foto Arrieros por Óscar Duperly, en un momento en que, como también sucede con Horizontes, la pintura de Francisco Antonio Cano, la rudeza del paisaje, de los caminos, de la colonización, ha dado paso, en el mundo de las carreteras y de la industria, a la fascinación nostálgica y al mito del hombre venciendo, mediante la voluntad y el trabajo tesonero, la autonomía, la feracidad y el desorden de la naturaleza.

Sin embargo, aunque nos hablen de lo mismo, entre otras cosas, de que, como diría James J. Parsons en su famoso libro La colonización antioqueña en el occidente de Colombia: “Aun los rancheros antioqueños más ricos, prefieren las mulas de silla a los caballos, porque la firmeza de sus remos y su vigor, les dan ventaja decisiva para los fangosos caminos de herradura de las montañas”, relato y foto, más allá de su particular medio expresivo, develan distintos matices de una misma faena.

En el primero, la jerga propia de la arriería, con las palabras como suenan, sin caer, eso sí, en un folclorismo a ultranza, pinta, entre la jovialidad y el deber, la relación del hombre con los animales, la voz de mando que, en la historia y en la vida, terminará por quebrarse o, para ser más justos, por desplazarse, porque el mundo y las carreteras y la velocidad y el tráfico lo exigen, al certamen de otros oficios, en el caso de Perucho, que corrió con suerte y supo acomodarse a los nuevos tiempos, al de chofer de camión, no de cualquier camión, de uno “con bocina sonora, pintado de verde con un letrero rojo que decía: El rayo”, que pudo comprar, es sabido, con la venta de sus mulas.

En la segunda, la imagen construida con una composición diagonal y profunda que guía la mirada desde el primer plano hasta el fondo, permite dimensionar la extensión de una caravana viboreando por un paisaje que, por su relieve montañoso, su vegetación dispersa y el camino quebrado, refuerza la idea del paso lento y difícil, de la repetición y de la sincronía, al tiempo que genera, si seguimos la disposición de los animales, un ritmo visual de escala.

Aunque la imagen, lejos de ser una captura casual, sugiera la intención del fotógrafo de registrar una actividad económica representativa de la época, vinculada al transporte de mercancías, de productos como el café, la panela, la sal, y, en este sentido, funcione como un documento para evidenciar la circulación de bienes, registrar prácticas tradicionales y dar testimonio de infraestructuras precarias, caminos de herradura, también destaca la magnitud del territorio por encima del individuo, valiéndose para esto de un punto de vista elevado, que permite abarcar la longitud de la recua, y de una profundidad de campo amplia, que mantiene visible todo el recorrido, creando así, muy seguramente sin buscarlo, una atmósfera de fantasmas.

La espectralidad marca la caravana y hace enmudecer los ocurrentes y precipitados gritos de Perucho, porque aquí, como en una procesión fúnebre o en una silvestre corte de los milagros, arriero y animales se presentan avasallados por la lógica del trabajo y del paisaje, pero al tiempo, no podría ser de otra forma, intuimos, con las palabras del filósofo Georges Didi-Huberman, que nos habla de otros mundos que también son este mundo, la vida, como un brillo escaso y parpadeante, entre despeñaderos, pantanos y medidos pasos: “De súbito la vida de las luciérnagas parece extraña e inquietante, como si estuviera hecha de la materia superviviente —luminiscente pero pálida y débil, a menudo verdosa de los fantasmas—. Fuegos debilitados o almas errantes”

El monologuista involuntario

por ÁLEX JIMÉNEZ • Ilustración de Buziraco

Número 149 Mayo de 2026

Es lógico que casi todo lo mío
sea una indiferencia hacia todo lo de afuera,
porque todo me va es por dentro.

Mario Escobar Velásquez, Diario de un escritor

Un hombre que vive con la convicción de que escribe libros grandiosos los ha visto rechazados, uno tras otro, por el ecosistema literario. Inventa una editorial para publicarlos de su propio bolsillo. Oficia de autor, editor, publicista, distribuidor. Escribe solapas elogiosas y premonitorias donde anuncia los éxitos publicados y los que ha de publicar. En algún prólogo da las gracias a “todos en la editorial”. Aprovecha los talleres de escritura que dirige para vender esos libros entre sus aprendices, a veces con cómodas cuotas de pago. Explica en qué consiste la maestría usando ejemplos de su propia obra. No se le ocurre que no pueda tener razón, ni concibe discrepancias dignas de ser oídas. Existe incluso el rumor de que se ha ido a los puños con pupilos abjurados. Sus novelas y cuentos a menudo contradicen lo que él preconiza sobre la buena literatura.

Sé que algunas personas hubieran querido hacer esta caricatura para cuestionar su grandeza. No es eso lo que busco en este ejercicio. Las objeciones que intentaré aquí no le harán un solo rasguño: si cuento con suerte, podrían ayudarnos a leerlo mejor. Ese hombre, Mario Escobar Velásquez, mi héroe de juventud, fue uno de los padres literarios a los que tuve que matar, como conviene en toda vida que persiga un mínimo de hábitos saludables. Una sola vez tomé el valor necesario para acercarme y hablarle. Sobre ese desastre hablaré más adelante.

Don Mario (así le decíamos en clave reverencial mis amigos y yo) pensaba que nadie escribía como quería. “Cada quien escribe como es. Escribir es retratarse”. No sé si lo dijo con resignación o con orgullo. Como la mayoría de sus observaciones en torno a la escritura, me parece acertada. Como la mayoría de sus observaciones en torno a la escritura, creo que no la llevó hasta las últimas consecuencias. De lo contrario, habría tomado decisiones que no entraran en conflicto con su carácter indomable, como hizo Fernando Vallejo al construir su obra en torno a su alter ego Fernando Vallejo. Mario Escobar no percibió que su personalidad iba en contravía de los preceptos que, se supone, hacen la buena literatura. Creía que los cuentos debían carecer de ripios: casi todos los suyos los tienen. Pensaba que las intenciones de una obra debían permanecer ocultas: a menudo las deja ver. Creía que los personajes no debían ser un calco del autor, pero casi todos los suyos lo son: no pareció notar que pensaban como él, sabían lo que él, abusaban de sus símiles, repetían sus aforismos, compartían su sintaxis enrevesada. Pese a todo, son creíbles porque su autor logra sentir como ellos. Es lo opuesto a Shakespeare, quien tenía la capacidad de ser muchas personas, pero se distanciaba de ellas a veces hasta la indiferencia. Aunque Mario Escobar no logra ser sus personajes, es capaz de sentir lo que sienten. Quizá por eso tenemos la impresión de que las historias en las que los animales son protagonistas constituyen su mejor trabajo: se limita a sentirlos, sin intentar hacerles el psicoanálisis que aplicó a sus humanos con el ingenuo entusiasmo de Stendhal en Rojo y Negro.

Sin embargo, ninguna de las objeciones que tengamos logra arruinarnos sus historias: es capaz de meternos en ellas, de ponerlas frente a nuestros ojos, de dárnoslas a probar, a palpar, a respirar. Creo que su gran enseñanza es la de no olvidar ninguno de los sentidos para obtener atmósferas muy vivas. Siempre consigue meternos dentro de un escenario para presenciar, oler, tocar los acontecimientos. Por esa razón decidí nunca volver a leer Con sabor a fierro, uno de sus mejores cuentos.

Si escribir es retratarse, entenderemos por qué su prosa no parece una declaración de individualidad, como cualquier estilo, sino una imposición enfática. Su ritmo es, por momentos, despectivo. No percibo una invitación musical para atravesar párrafos, sino el careo de un guapito: “Léame, si es tan verraco”. Baste como ejemplo esta frase tortuosa de Historias del Bosque Hondo: “Era una piedra de moler maíz, traída quién sabe de dónde, y cuándo, ahuecada por otras piedras a modo de cincel, y pulida por la ‘mano’, o sea la piedra, otra, que se adaptaba a esa concavidad y molía el maíz cocido”. Ninguna percepción estética es definitiva: entiendo que hay quienes disfrutan de estas zancadillas.

Antes de leer sus poemas, creí que don Mario tenía un oído duro. Después de leerlos, entendí que su sentido de musicalidad funcionaba bien. Sospecho entonces que pasa algo diferente. Una prosa fluida es tal vez la declaración de que creemos en la existencia del otro, o al menos de que no nos tiene sin cuidado. En su Diario, Mario Escobar lo dice con todas las letras: al escribir, no pensaba en un hipotético, casi imposible lector. Escribía lo que quería, como quería, y consideraba que los lectores debían amoldarse a él y a cada autor. Esa idea, atendible en dosis razonables, en su voz parece la elaboración compleja de un simple “de malas”. Hay obras que saben conversar: la de Marvel Moreno y Margaret Atwood son buenos ejemplos. Algunos poemas de Emily Dickinson me producen el sabor de un soliloquio, como si la desdichada escritora hubiera tenido el hábito de hablarse a sí misma en voz alta. A veces tengo la impresión de que Gabo, con el embrujo de su prosa encantadora, quiere venderme algo. La prosa de Mario Escobar, en cambio, es el monólogo pedregoso de un rumiante. Sin embargo, cuando un lector nuevo pasa el filtro del estilo autoritario y acepta el pacto impuesto, logra creer en lo que lee. Y la mayoría de las veces, lo agradece.

Aparte de músicos populares y una cita de Felix Mendelssohn, el único compositor que recuerdo mencionado por Mario Escobar Velásquez es Beethoven. No eligió al sublime y equilibrado Bach, al delicado Chopin, al sofisticado Debussy o a compositores disruptivos del siglo XX. Un hombre sensible, de trato difícil, de carácter fuerte, eligió a un romántico sensible, de trato difícil, de carácter fuerte. En su Diario dice esto: “La Quinta sinfonía de Beethoven me dice, y yo le entiendo, de un tránsito de una vida a otra”. También compara el final de un cuento suyo con el final que quiso darle de “sinfonía de Beethoven”. Y en uno de los poemas de Juan Sin Tierra habla de “la música enorme de Beethoven”. Creo que puedo relacionarlos de varias maneras. El adjetivo que usa para describir esa música, “enorme”, describe el amor de Mario Escobar por lo desmedido, lo expansivo: símiles en los que abundan dolores más fuertes que el aguijón de “diez mil abejorros”, soledades que muerden más duro que “mil lobos”; un lenguaje profuso que por momentos se antepone a la historia; el hábito de escribir novelas, una tras otra; el orgullo que le produce que no sean “esmirriadas de páginas”. Pero hay algo más. En una entrevista, Leonard Bernstein habla de Beethoven, de su armonía demasiado básica, de su ritmo predecible, de sus melodías monótonas. Esa pobreza de cada elemento individual funciona como un don divino cuando las partes se funden en su conjunto. Creo que con Mario Escobar ocurre algo así: las objeciones que he hecho de sus elementos sueltos son irrelevantes para el conjunto. Hay otro rasgo: Beethoven se puso en la mitad de su obra, como si quisiera decir “este soy yo: Beethoven”. Mario Escobar también lo hizo, no solo con su “trasunto” Alaín Calvo, sino también cuando creyó ser otros. Su obra podría leerse como un largo monólogo involuntario que tiende a la poesía. Lo que un autor hace a sus propias espaldas suele provocar burlas. Eso, sin embargo, no es suficiente para invalidar lo que logra. A nuestras espaldas ocurre la mitad de lo que somos.

Desde que escapó de su casa a los dieciséis años, Mario Escobar se dedicó a la ardua tarea de ser él mismo. Eso lo hace también en la mayoría de sus textos. Pero en los trabajos en los que no se cuidaba de reforzar el estilo que ya tenía, que ya era él, es más legible. Ejemplos de ese estilo menos enfático pueden estar en Marimonda, en su Diario, en los poemas de Juan Sin Tierra. Cuando comencé a escribir esta idea, pensé en comparar esa manía de mi maestro con la de alguien empeñado en pulir su respiración, algo absurdo en la cotidianidad, útil para unas pocas actividades específicas, como el yoga. Y entonces encontré este fragmento de su Diario: “Cuando me dormí no sospeché que mi cansado diafragma dejaría de funcionar con su dispositivo automático, y que yo tendría que practicar la respiración voluntaria. Me pasa, a veces”. No puedo dejar de pensar que lo uno tiene que ver con lo otro.

La característica en la que nunca flaquea Mario Escobar es en su extraordinario trabajo plástico: es un pintor incomparable. En este párrafo de su Diario, por ejemplo, logra de manera espontánea lo que muchos no lograremos jamás con la mejor voluntad: “La luz que en esta mañana entraba por la ventana la untaba muy singularmente. Su piel desnuda tenía alternados visos hermosos: de oro, de miel, de fuego, de níquel, de plata, de luna, de cobre rojizo ardiendo suave. La luz la inventaba en cada vez con un color distinto, y no sé cuál era más bello. En algo así como un cuarto de hora fue muchas y varias. Lo que hubiera dado por conservarlas a todas”.

En algunas páginas del Diario, Mario Escobar hace una lista de gratitud por las enseñanzas de sus maestros. No menciona a una sola mujer. Sin embargo, más adelante habla de las obras de mujeres que lo conmovieron hasta los huesos: Carmelina Soto, Meira del Mar, Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik. Sus desplantes hacia lo femenino son de otro tipo: ideas de posesión, justificación de los celos, dominación. Sin embargo, si queremos ser justos, es importante matizar este punto. La fecha de nacimiento de Mario Escobar está más cerca del siglo XIX que del XXI. Los valores que heredó fueron los que hemos heredado de cientos de años de opresión femenina, pero más intensos. Vivió el siglo XX en un campo atrasado, empobrecido, durante sus primeros años de formación. Pese a todo, logró cuestionar las ideas que rodearon su crianza y la nuestra: la de la violencia como condición de masculinidad, la de la mujer como apéndice del hombre, la del homosexualismo como enfermedad. Si no llegó más lejos en esa ruta, fue porque la vida no le dio para más.

El tiempo depura nuestro trabajo. No sé cuáles de sus obras sobrevivirán a los años. Yo quisiera que el olvido perdonara a Gato, cuento inspirado en su amigo-gato Bazuco, hermoso a pesar de su injustificable frase final; los poemas de Juan Sin Tierra, que me permitieron ver a su autor de una manera diferente; Muy caribe está, donde vivimos la resistencia indígena en la selva contra los conquistadores; Diario de un escritor, que podría leerse como una obra experimental cuya fragmentación nos ofrece el sabor de un ser humano completo. Y la que más me ha conmovido, Marimonda, en la que nos hacemos amigos de un mono, sentimos que sus trabajos se ven justificados en su vida y acompañamos el llanto de belleza del hombre que contempla todo esto con ternura y asombro.

En una mañana del año 2004, un muchacho triste y tímido decidió acercarse a su ídolo. Lo había observado largamente en los pasillos universitarios, lo había visto caminar con parsimonia y acariciar las plantas que encontraba a su paso. Varias veces se había sentado cerca de él en un corredor y había interpretado los únicos compases que conocía de Asturias, de Isaac Albéniz, convencido de que su ídolo lo estaba escuchando. Esa mañana, el muchacho se acercó con un libro bajo el brazo y un fajo de papeles ocultos en el bolsillo de atrás. El libro se llamaba Muy caribe está. Pese a las advertencias de lo que podía pasar según las lecturas del Diario de un escritor, el muchacho, temblando y con las manos sudorosas, tomó el valor de pedirle a su maestro que le firmara ese ejemplar. La leyenda encarnada accedió. Mientras garabateaba una dedicatoria, Mario Escobar Velásquez me preguntó qué era lo que más me había gustado de la obra. Pensé en hablarle de la capacidad de meterme en cada situación, de sentir el coletazo del caimán enorme, el calor de la selva, la furia de los combates. Pero yo era inseguro y todo eso me pareció superfluo: me creí indigno. Decidí repetir el comentario que había hecho un amigo sobre lo interesante que le había parecido el personaje de Francisco Pizarro. Cuando lo dije, don Mario enfureció. Se despachó contra los conquistadores: los puteó profusamente de arriba abajo, de derecha a izquierda, al derecho y al revés. Me devolvió el libro contra el pecho. Rápidamente saqué los papeles que llevaba ocultos en el bolsillo de atrás y se los entregué. Eran la narración de un sueño que había tenido. Di las gracias y escapé. Desde ese momento, traté de que no me viera de nuevo. Por esa época tuve sueños a los que les di permiso para torcerme el destino. Este es el que narré en el texto:

Sentado en una patineta, bajé una pendiente a mucha velocidad. En dirección opuesta subía un mar de ratas que me saltaba a la cara. De alguna manera, logré escapar. De pronto me vi frente a un hombre enorme de barbuchas negras. Era Julio Cortázar. Me acerqué, emocionado, y lo besé. Cuando acabó el beso, volví a mirar. Ya no estaba Cortázar, sino el hombre de la espantosa portada que hizo Plaza y Janés de Un hombre llamado Todero, la segunda novela de Mario Escobar. Retomé el beso emocionado. Ese es, depurado por veinte años de olvido, el sueño que relaté de manera extensa en esas hojas cuyo destino espero seguir ignorando.

La grandeza le pertenece a la especie. El individuo acepta encarnarla o no, vivir o no las vicisitudes de ese destino. Mario Escobar Velásquez, tan repleto de defectos como cualquiera de nosotros, la aceptó. En la primera entrada de su Diario reflexiona al respecto, a partir de la parábola bíblica que concluye que muchos son los llamados y pocos los elegidos. Gracias a eso nos dejó páginas de belleza muy suyas. “La Belleza no me traicionó nunca”, dejó escrito. Más allá del lugar que tengamos o no en el podio inútil de la gloria, la literatura nos ayuda a ejercer nuestra humanidad, le da algún sentido a nuestras horas. Eso nos pone en la misma situación de Shakespeare, de Borges, de Yourcenar. Entonces su vida, nuestra vida, no es en vano.

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Tres historias de agrande

por JUANGUI ROMERO • Ilustración de Maria Alejandra Pérez

Número 149 Mayo de 2026

Cambio de ritmo

¿Qué habría pasado si yo tuviera hijos? En eso me quedé pensando al ver a ese niño subirse a esa moto con cara de quien quiere llegar cuanto antes a la casa después de un mal partido, y bañarse, y estregarse con rabia cada dedo del pie derecho, los culpables de tantas malas jugadas que solo merecen perderse por el desagüe. Su padre —o a lo mejor era el tío futbolero— no lo dejó ponerse el casco, no se lo pasó a pesar de que el chico lo pedía. Quería que siguiera ahí parado, pensando en ese partido hasta cuando él lo decidiera, hasta que le diera la gana de encender la moto —hasta que se despidieran en el aeropuerto, cuando el hombre volvería a marcharse una vez más, rumbo a Estados Unidos—. “Santi, si haces eso no va a importar tu estatura…, les vas a ganar a todos esos grandotes”. El hombre trabajaba en Miami —y según mis ataques de grandeza, todo era producto de la torpeza típica de un padre ausente—. “Mira, Santi, yo trabajo cerquita al estadio donde juega Messi y lo veo hacer eso cada semana… Y mira lo viejo que está”. El tipo lucía una camisa de fútbol americano que le quedaba juagada —la moto le quedaba igual—, en una mano tenía un vapeador que se llevaba cada rato a la boca y los dos cascos seguían colgados de los espejos. Siempre estuvo sentado de medio lado sobre el sillín de la moto, desesperado por tirarle la lengua al niño, pero este nunca le respondió. “Cuando vayas te voy a llevar a unas montañas rusas que tienen las curvas flat, ¿sabes qué quiere decir flat?… Planas, curvas planas. ¡Pura velocidad!”. El chico seguía escuchándolo en silencio, más bien desatento, escasamente levantaba la cabeza cuando aparecían esas palabras en inglés, como si en esos momentos lo picara un zancudo. “Esas montañas rusas se llaman wild mouse, ¡ratón salvaje!, ¿escuchaste bien, Santi?, eso es lo que tienes que ser tú en la cancha”. Y fue en ese instante cuando por fin le pasó el casco al niño, y también se puso el suyo, como si ahora necesitara acelerarlo todo. La moto estaba en una bahía, junto a la mía, delante de una seguidilla de canchas sintéticas, y entonces el freno retador de un bus que había parado justo al frente, anunció con su bufido lo que este hombre —también cincuentón, como yo—, consideraba el clímax de su charla técnica: “Santi, mira este bus. Los dos vamos a arrancar al mismo tiempo. Nosotros somos un delantero y él un defensa tan grande y pesado como Yerry Mina. ¿Cómo le ganas?, si decides chocarlo, mueres; si le cambias de ritmo, lo dejamos mirándonos la placa”. Eso fue lo último que escuché, mientras seguía esperando a mi esposa. Cuando tengo que recogerla me las ingenio para citarla junto a cualquier cancha de fútbol, así veo desde la moto lo que sucede en esos partiditos. Incluso, si ya estamos rodando y pasamos cuando van a cobrar un tiro de esquina o un tiro libre, desacelero a ver cómo termina la jugada. Por fortuna, ella hace rato entendió que esto es una enfermedad.

Un abrazo torcido

No recuerdo la fecha exacta, pero fue en 1993. Ese día jugábamos la final del torneo de micro más famoso de la Universidad de Antioquia: el de los bajos de la biblioteca central. Para mí, el campeonato que llevó a Gianni Infantino, el presidente de la Fifa, a armar este mundial con 48 selecciones. Está claro que a este man no le gusta que ningún récord duerma lejos de su casa, y seguro alguien le mostró en cualquier reunión los registros con este mismo número de equipos que dejó para la historia don Miguel Valencia (q. e. p. d.); ese señor con aires de cacique bonachón, que además de vender periódicos en la principal portería de esta universidad, se la pasaba colgando allí, en la malla contigua, unos tableros de lata o de cartón en los que difundía todo tipo de noticias. Un periodista empírico incansable, que por esos días publicaba los resultados e incluso algunos comentarios que dejaba cada nueva fecha de este campeonato del que ya solo quedábamos dos equipos de los 48 que habían arrancado —cómo no remarcarlo—, lo hacía en unas letras grandísimas, hechas con marcador, que solían atravesar el reverso de varios cartones de Marlboro. Todavía recuerdo que ese día llegué de mañanita a la U, y eso que no tenía clases. Estaba muy ansioso ante semejante partido, proyectado para el mediodía. Y lo primero que hice fue quedarme un rato en los bajos de la biblioteca, mirando la cancha, contemplándola todavía dormida, esperando que aparecieran mis compañeros de equipo —en esa época los celulares eran cosa de ciencia ficción—. Pero, ¡oh sorpresa!, el primero que me saludó, el primero en hablarme del partido ese día fue justamente don Miguel: “¿A usted le molestaría dedicarme un gol hoy?… Si hace gol, ¿me lo dedica, por favor…? Yo voy a estar ahí en las primeras escalas…”. Aunque él saludaba a todo el mundo, yo no era su amigo, si acaso le había comprado uno que otro periódico para cualquier tarea. Lo cierto es que dicho eso, se fue. Cada frase suya le había salido más cortada que la anterior, como si de verdad me viera como una estrella y le avergonzara hacerme tal solicitud. Yo, en cambio, le contesté con la alegría de un trovador: “¡Claaaro don Miguel!, ¡claro que sí!, ¡hágale don Miguel!”. Yo estaba pleno, y entonces, por cábala; o, mejor dicho, por ganas de ser ídolo, campeón, figura, estrella, leyenda, decidí no contarles nada a ninguno de mis compañeros… A nadie. Siempre se ha dicho que si uno habla de este tipo de cosas antes de que sucedan, se vinagran, y todo pintaba como un delicioso banquete para el ego: nosotros ya le habíamos ganado 4-1 a ese equipo en la ronda de grupos; en el último partido habíamos eliminado a Salseros, campeón invicto del torneo anterior; yo estaba entre los goleadores del campeonato; a la gente le gustaba nuestro juego. ¿Qué podía fallar? A partir de ese momento, no hice otra cosa que imaginar lo que don Miguel pondría sobre mi gol y sobre nuestro abrazo en su gran periódico mural. Al fin y al cabo, él era uno de los personajes más queridos de la U, y tal vez el periodista más leído en la U de A. Pero a la gloria le gusta jugar con los sentimientos de las personas, es la más casquillera de todas las casquilleras, porque cuando apenas el partido llevaba unos minutos, decidió clavarme un par de inyecciones en los ojos. La jeringa uno contenía un golazo del equipo rival. Y la segunda me entró todavía peor, sin que yo hubiera logrado parpadear, porque ahí estaba, apenas a unos pasos míos, la imagen sonriente de don Miguel esperando en la tribuna con los brazos abiertos al anotador de ese gol, saltando como nunca lo vi hacerlo, como si fuera el barrista más apasionado de la historia del fútbol. Yo no lo podía creer. “¡Vamos, vamos!”, gritaban desesperados varios de mis compañeros, tratando de meternos de nuevo en el partido. Y aunque al final no tuvimos nada que reprocharnos porque corrimos como locos, perdimos 3-2, y sobra decir que no hice gol. Cuando ya íbamos de salida para la casa, mis compañeros y yo decidimos abordar a don Miguel, al verlo ahí, parapetado como siempre en su puesto de periódicos, para decirle de mil maneras que era un torcido, un vil mercader de los abrazos, pero él no hizo más que reírse, acusándome entre bromas de ser el mayor perdedor de todos esos perdedores. Unos días después le pedí que me regalara ese pedazo de cartón en el que escribió que el favoritismo nos había maniatado, que habíamos perdido por creernos superiores —y lo guardé durante mucho tiempo—. Ese fue el primer recuerdo que desempolvé en mi mente cuando el capitán de este inolvidable equipo me puso el 12 de octubre del año pasado un mensaje de Whatsapp que anunciaba la muerte de don Miguel Valencia, el final del juego para Miguel carteles.

Larga vida al Toque

Todos le decíamos Toque, aunque hubo un tiempo en el que su apodo fue el Black. Era un metalero del barrio al que le dio por jugar fútbol después de los treinta. Y aunque él y sus amigos me llevaban quince años o más, yo jugaba con ellos todos los domingos en una cancha de arenilla larguísima en la que se estiraban tremendos cotejos. Al comienzo, su principal “virtud” consistía en ensuciar los partidos. Le fascinaba meter el balón entre los bordes internos de los pies, atenazarlo con los tobillos, para deambular por la cancha a punta de pequeños saltitos, buscando que se armara la trifulca. Era como si su objetivo no fuera convertir goles o ayudar a hacerlos sino crear pequeños pogos. Otras veces, se ponía a aplanchar la pelota en el punto del tiro de esquina, de espaldas a la cancha, para robarnos los minutos más preciados de aquellos calurosos domingos, amontonando a su alrededor a varios jugadores, incluidos algunos de su equipo, hasta que lograba salir de allí a la fuerza, taqueando, forcejeando contra todos. En ocasiones, lo hacía a los puños, con cualquiera que caía en su juego, porque, además, cada vez estaba más cuajo a punta de hacer barras y pesas. Bueno, no tanto como su rottweiler, ese perro negro que un día cayó fulminado en medio de la rutina militar que ambos seguían todos los domingos: subir y bajar el cerro de las Tres Cruces no sé cuántas veces, antes de caer a jugar el picadito semanal. El perro también jugaba su partido porque él lo amarraba en una de las mallas que estaba a la entrada de la cancha, y a este cada tanto le daba por perseguir el balón hasta donde su cadena se lo permitiera, el mejor estímulo para aprender a frenarnos sobre la marcha, al reconocer que esas mandíbulas marcaban el punto exacto para devolver el balón de taco, esa jugada que se volvió el sello de todos en el barrio gracias al perro del Toque. Esa palabra mágica que se convirtió en su alias porque empezó a salir de su boca como una muletilla a medida que fue adquiriendo más dominio de balón. Esa que todos los amigos repetimos en su entierro como una especie de letanía. En muy poco tiempo el Toque aprendió a moverse sin parar, esperando que le devolvieran el balón y devolviéndolo de una, siempre estaba desmarcado. Entendía tan bien el juego que todos terminamos aceptando que se comportara como esos profesores de aeróbicos que marcan el ritmo y la intensidad de los movimientos de todos sus seguidores. “Toque, eso, toque, toque, muévase”. Eso se la pasaba diciendo todo el partido. De pronto, todos queríamos jugar en su equipo, sobre todo los más chicos, pero también así de repente nos llegó la noticia de su muerte. Sus hermanos simplemente dijeron que se había metido con la gente equivocada y ya. Pero a mí no se me olvida que en esa sala de velación todos sus amigos futboleros estuvimos ahí, recordando cómo su disciplina y su talento lo habían convertido en uno de los mejores jugadores del barrio, conversando y conversando de su carrera futbolística, como si esta existiera de verdad, porque realmente no sabíamos nada más de su vida. Seguramente por eso primero lo llamaban el Black.

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Sacrilegio a la milagrosísima morenita

Sopetrán, 1738

por FELIPE OSORIO VERGARA • Ilustración de Tobías Arboleda

Número 149 Mayo de 2026

La imagen más sagrada de Antioquia había sido profanada. Las ansias por oro y perlas habían hecho que alguien superara el temor al desprecio colectivo, a la excomunión y a los fuegos infernales en una sociedad dominada por la monarquía y la Iglesia. El relato de un hurto perdido entre folios coloniales.

Al darse cuenta de tantos sacrilegios, entra en un solo temblor y un sudor frío le pasa y otro le sobreviene. El espanto no lo deja levantarse y la lengua se le traba, como en una pesadilla. Así se queda, contra un escaño, medio de hinojos, medio desmayado. Cuando la iglesia queda sola, logra levantarse; va a la sacristía y los frailes han desaparecido. Ornamentos, vasos y misal están tirados por ahí, y abierta la puerta que da a una manga. ¡Virgen Santísima!

Tomás Carrasquilla en La Marquesa de Yolombó.

La gente se agolpaba en medio del calor y se empujaban los unos a los otros a las puertas de la iglesia de Sopetrán. Los murmullos contrastaban con los lamentos de mujeres vestidas de luto y mantilla que, incrédulas como Santo Tomás, esperaban confirmar si podía ser cierto ese chisme que de público y notorio había corrido y que había roto esa monotonía colonial. Una vez los cofrades sacaron el retablo de la virgen, la multitud atestiguó a la Milagrosísima Imagen de Nuestra Señora de Sopetrán despojada de sus sortijas y alhajas de oro y perlas. La virgen a la que tantos testamentarios habían legado ríos de oro para que se le ofrecieran misas y salmodias, y por la que un nutrido número de peregrinos antioqueños dedicaba días de camino para visitarla y pedirle favores, había sido despojada. ¿Quién se había atrevido a hurtar, no a un innoble mortal, sino a la mismísima Madre de Cristo, intercesora de los cristianos y patrona del pueblo?

El párroco y su séquito habían sacado a la virgen en procesión por Sopetrán, no solo por ser día de su fiesta, sino para hacer una rogativa por la devolución de sus joyas, pero era más el temor de la feligresía que, entre la bruma del incienso, se persignaba y rezaba el Salve Regina, el Avemaría o el Rosario, cuchicheando que, si aun la virgen era profanada dentro del templo en el día de su fiesta patronal, ¿qué podría esperarle al resto de pecadores que poblaban la tierra? Las gentes, ruanetas o nobles, blancos, esclavizados o libres de todos los colores, temían que ese hurto atrajera castigos divinos, mientras que el clero, encabezado por el párroco Gerónimo de Castañeda, aprovechaba para decir que no solo habían roto el séptimo mandamiento, sino que era un sacrilegio, encarnación de la descomposición social y pérdida moral de la que tanto profetizaban en el púlpito.

No se sabe si fue fruto de la rogativa, de la culpa, temor a la paila ardiente o solo como una artimaña para desviar la atención de ese asentamiento católico perdido en las montañas salineras del occidente de Antioquia, pero al día siguiente, en la tarde del 15 de agosto de 1737, una vez terminada la misa mayor, el doctrinero Miguel Guillén encontró cuatro sortijas de oro de la virgen en la sacristía del templo. 

La identidad del ladrón se había convertido en prioridad pública, tanto para las autoridades civiles como eclesiásticas. El único indicio existente provenía de Teresa Lezcano, mujer rezandera de ochenta años que frecuentaba la iglesia y que, la mañana antes del robo, después de misa, había visto merodeando un hombre. “Francisca de Lezcano le había dicho que había visto a un hombre blanco quitándole las joyas a la virgen”, declaró María Gertrudis de la Higuera el 12 de enero de 1738. Aunque el robo había sucedido en agosto de 1737, para enero del año siguiente el caso seguía activo y había dado dos sospechosos por su cercanía a la iglesia y por cotilleos locales: Juan Calixto Urquijo y Miguel Guillén.

La defensa del buen nombre

Juan Calixto Urquijo, español, era el mayordomo de la cofradía de Nuestra Señora de Sopetrán y era muy respetado en el pueblo. Viajaba con frecuencia a la Villa de la Candelaria de Medellín, donde también tenía residencia. Sin embargo, a propósito del robo de las joyas de la virgen, fue uno de los acusados porque contaba con llaves de la sacristía y la cercanía a la iglesia. “Ha llegado a mí, noticia de que Francisco García, de color pardo, residente en el sitio de El Salado, anda con ningún miramiento […] y sin temor de Dios, difamando mi buen obrar y procedimientos […] y su mujer llamada Teresa se ha dejado decir con Francisco Leal, el moro, y doña Gertrudis de la Higuera y otras personas, palabras injuriosas y ofensivas que me escandalizan e inquietan el pronunciarlas […] pues andan diciendo y relacionándome del usurpo y robo de las joyas de mi madre y señora de Sopetrán”, se quejaba Urquijo el 11 de enero de 1738 ante Diego de Cepeda, alcalde ordinario de Santa Fe de Antioquia.

Además, Urquijo los denunció por injuria y pedía que fueran castigados por dañar su buen nombre y reputación. “A vuestra merced pido y suplico se sirva de prestar atención a pedimiento tan justo y quede mi crédito y buen obrar en limpio […] y que estas personas sean compulsas, apremiadas […] y castigadas”. Asimismo, pedía que se indagara sobre el robo con el indígena Miguel Guillén y que este declarara las sortijas que había encontrado en la sacristía.

Entre el 11 y 12 de enero, el alcalde de Santa Fe de Antioquia visitó las casas de Francisco García, Teresa Caballero, Francisco Leal y Gertrudis de la Higuera para interrogarlos si sabían sobre el robo y el motivo por el cual estaban acusando al español Urquijo. Todos se retractaron y negaron las acusaciones que habían hecho, argumentando que solo habían repetido la información que les había dicho Francisca Lezcano, de ochenta años. Cuando el alcalde acudió donde esta última, ella argumentó: “Estando la que declara sola en la santa iglesia después de misa mayor, vio entrar al mayordomo, Calixto Urquijo, una mañana apartando un cuadro y que estaba viendo la virgen y que no le vio otro movimiento”, declaró Lezcano. 

El 13 de enero el alcalde citó a Lezcano para que, ante el cura y otros testigos, recreara la acción que había visto hacer al español Urquijo cerca de la pintura de la virgen. “Y habiéndonos ella mostrado un cuadro de San Ignacio, paramos a reconocerlo y le hallamos imposible de poder quitar ni rebullir […] en cuyo estado hicimos varias industrias y no le pudimos mover ni hallar resquicio de poder robar las joyas de la virgen, sino que debió ser por la puerta del camarín, abriéndola con su llave o con otra falsa”, concluyó el alcalde Cepeda. En ese sentido, se ordenó que Teresa Lezcano fuera castigada porque sus rumores habían atentado contra la reputación del español Urquijo, siendo obligada a no poder salir de Santa Fe de Antioquia y estando bajo el depósito de Francisco Ruiz, quien debía vigilar que cumpliera su condena, pues por su avanzada edad se había librado de la cárcel.

Así, el mayordomo Juan Calixto Urquijo fue absuelto, por lo que solo quedaba un sospechoso: Miguel Guillén.  

La morenita protectora de los indígenas

Sopetrán fue uno de los pueblos de indígenas que se crearon durante la visita del oidor Francisco Herrera Campuzano al occidente antioqueño. Allí reunieron a diferentes comunidades indígenas —como guamas, ebéjicos y peques— que habían sobrevivido a las enfermedades y al abuso de los encomenderos para facilitar su evangelización y tributación, pero también para protegerlos, al menos en el papel, del usurpo de sus tierras. “Los pueblos de indios están encomendados a los españoles, con calidad de que los doctrinen y defiendan”, se lee en el Libro VI, Título tercero de la Recopilación de Leyes de Indias. Y se añadía que, “aunque los indios sean pocos, se ha de hacer iglesia donde se pueda decir misa con decencia y tenga puerta con llave […] y que cerca de donde hubiere minas, se procuren fundar pueblos de indios”. De este modo, la fundación de Sopetrán fue promovida porque en su territorio había presencia de comunidades indígenas, estaba cerca del centro minero de Buriticá y también por ser una zona productora de sal.

Herrera Campuzano, oriundo de Hita, en Castilla-La Mancha, era creyente de la virgen de Sopetrán, cuya advocación tenía adeptos en el interior de España desde la Edad Media por el relato de su aparición milagrosa a un príncipe musulmán que se había convertido al cristianismo y liberado a los cristianos que tenía cautivos. El oidor Herrera encargó en Santa Fe de Antioquia un retablo de la virgen de Sopetrán a partir de una estampa que él había traído desde España para ponerlo en la pequeña capillita de paja, palma y tierra que se había fundado en Sopetrán. Una vez terminada la pintura, esta fue llevada hasta el pueblo, donde llegó el 14 de agosto de 1616 en medio de una procesión y gran alboroto.

Desde ese entonces, se dice que el retablo pintado comenzó a hacer milagros. “Nuestra Señora de Sopetrán, a devoción de la que tiene el oidor don Francisco de Herrera Campuzano […] salió tan admirable que aquella tierra ha experimentado continuos favores, y el primer milagro fue que su lámpara ardió tres días sucesivos sin tener materia en qué cebar su luz, y se han seguido otros”, relató en 1672 en sus Genealogías del Nuevo Reino de Granada el escribano y custodio de los archivos de la Real Audiencia de Santa Fe, Juan Flórez de Ocáriz.

A este primer milagro de la lámpara que ardió sin combustible, se sumó el más famoso, cuando a mediados del siglo XVII el entonces gobernador de Antioquia don Diego Radillo y Arce, caballero de la Orden de Calatrava, estaba de paso por Sopetrán y se le enfermó de gravedad una hija suya todavía niña. “El padre, afligido al ver la gravedad de su hija, invocó la protección de la Virgen de Sopetrán y prometió que si le daba la salud a su hija haría traer de España la imagen y la colocaría en aquel pueblo. La Virgen Santísima no desoyó la súplica de su devoto, la niña recuperó la salud y el padre cumplió la promesa”, narró en 1919 el académico Julio César García en María a través de nuestra historia.

Estos milagros habían hecho de Sopetrán el corazón de romerías de cientos de fieles antioqueños que atravesaban la provincia para ver la imagen, pedirle favores o entregar exvotos. Pero el retablo tuvo también la finalidad de favorecer el proceso de conversión de los indígenas del pueblo y de contornos cercanos como Buriticá, Sabanalarga y San Jerónimo, pues las imágenes, en tanto representaciones de la fe, eran instrumentos para imponer la religión católica desde el discurso visual a una población analfabeta y que, en muchos casos, estaba a medio camino entre el español y su lengua propia; la iconografía virreinal era la Biblia de los analfabetos. Así, los supuestos milagros de la virgen, ocurridos en una zona con presencia indígena, reforzaban la creencia de que ella era madre y protectora de los pueblos originarios, facilitando su evangelización y dando lugar a procesos sincréticos donde los santos y figuras religiosas tomaban elementos americanos como la tez mestiza, la flora nativa o los paisajes locales para generar identidad, mientras que algunos indígenas, como ejercicio de resistencia cultural, resignificaron estas imágenes asociándolas a sus propias deidades y cosmovisión. “Estos milagros de Sopetrán tienen también un sentido político, y es que la virgen está presente al lado de los indios, lo que se refuerza con el hecho de que ella fue pintada como morena para que los indígenas la vieran como alguien próximo”, propone el historiador y presidente del Centro de Historia de Sopetrán, Carlos Mario Guevara. De hecho, este caso de una virgen cobriza se corresponde con otras advocaciones marianas en Colombia, como la de Chiquinquirá o Las Lajas, donde su presencia contribuyó a la cristianización de áreas habitadas por comunidades indígenas.

Un indígena doctrinero

Miguel Guillén era indígena y había nacido hacia 1696 en el pueblo de indios de Nuestra Señora de Sopetrán, que pertenecía a la jurisdicción de Santa Fe de Antioquia. Estaba casado con Petronila Sisquiarco, también indígena, con la que había tenido numerosa descendencia. Guillén era doctrinero de la parroquia de Sopetrán, y entre sus funciones estaba enseñar la doctrina cristiana a los indígenas y asistir a todo lo que se ofreciera en la iglesia, aunque por no saber leer ni escribir, dictaba la catequesis de memoria. Además, finalizando 1737 había sido designado como fiscal de la iglesia por sus buenas labores. Por su cercanía eclesiástica, Guillén tenía en su poder una copia de las llaves de la sacristía y del nicho donde se colgaba la imagen de la virgen, hecho que sumado a su descubrimiento de las cuatro sortijas y a los señalamientos del mayordomo Urquijo, lo convirtieron en el principal sospechoso del hurto.

El 13 de enero de 1738 el alcalde Diego de Cepeda lo interrogó sobre el caso, a lo que Guillén respondió: “No ha oído culpar a ninguna persona, que lo más que oyó decir inmediatamente de la sustracción de dichas alhajas fue que quizá sería el negro del cura”, respondió Guillén. Una vez fue preguntado sobre las sortijas que él había encontrado, respondió: “El declarante las encontró en la sacristía en día de función, había muchas personas de varias partes y las guardó pensando que serían de alguna de ellas. Después que todos se fueron sin solicitar dichas sortijas, entró en malicia el declarante de que podrían ser de la Madre de Dios y pasó con ellas a mostrárselas a doña Juana Díez de la Torre, con la deshecha de que sobre dichas sortijas le prestase dos pesos, y que la señora las reconoció y dijo que eran de la virgen, y que el declarante […] se las dejó a la dicha Juana”.

Para el alcalde, la versión de Guillén no tenía sentido, ya que su labor como doctrinero y fiscal de la parroquia lo hacía permanecer en contacto con la dotación de la iglesia y conocer casi que de memoria cada uno de los elementos utilizados para las funciones religiosas, por lo que lo cuestionó: “Cómo diciendo que ha sido mucho tiempo fiscal y que como tal asistía a todas las funciones de iglesia y adornar a la virgen, y abrir y cerrar el camarín y que a su vista se ponían todas las alhajas, ¿cómo no reconoció dichas sortijas, más cuando dice que estaban juntas, atadas en un cordón de hilo?”. A esto, Guillén respondió con un escueto: “No acató a tal cosa porque tiene mala memoria”.

Para corroborar la versión de Guillén, el alcalde visitó la casa de doña Juana Díez de la Torre para recoger su testimonio. Ella confirmó que Guillén le había llevado las joyas, pero que era mentira que él le hubiera pedido dinero prestado a cambio de tenerlas como prenda. Esta contradicción en el relato de Guillén bastó para que el alcalde ordenara su encarcelamiento en Santa Fe de Antioquia mientras se definía su sentencia. “Habiendo conducido a Miguel Guillén, indio natural del pueblo de Sopetrán y fiscal en su santa iglesia y por las incidencias que constan de su declaración, mando se asegure en la cárcel pública de esta ciudad, con las prisiones que en esta hubiere, y en consideración a no haber otras que cepo y grillos, hice que se le pusieran”, ordenó el alcalde Cepeda el 14 de enero de 1738. Allí, aparte del cepo y las cadenas, Guillén tendría que dormir en el suelo y su familia debía sustentarlo, pues en la Colonia, la alimentación corría por cuenta de la familia del reo.

El hurto de las joyas de la virgen era un delito grave que no solo involucraba una pena legal, sino que también podría acarrear castigos de índole religioso: “Hurtar cosa sagrada, se llama sacrilegio. Maldad que, aunque abominable y enorme, está tan cundida, que los bienes que piadosa y sabiamente estaban como destinados como necesarios para el culto divino, ministros de la iglesia o socorro de los pobres, se ven convertidos en conveniencias privadas y perniciosas liviandades”, señala el Catecismo Romano del Concilio de Trento de 1566. Adicionalmente, Las Siete Partidas, cuerpo jurídico castellano de origen medieval pero empleado también en América para impartir justicia, coincidía en que el robo de objetos sagrados era sacrilegio, a la vez que afirmaba que quienes lo hacían, merecían la pena de excomunión. 

Sentencia del corregidor Bernardo Villa, dada en Santa Fe de Antioquia el 22 de febrero de 1738.

Una persona de naturaleza “sincera e ignorante”

La legislación colonial habitualmente tomaba a los indígenas, llamados también “naturales”, como menores de edad y “miserables”, que requerían de protección debido a que consideraban que eran vulnerables, iletrados y que no comprendían de manera plena los delitos; de ahí que fuese necesario la intervención de un representante o protector para poder defenderse en los procesos que se adelantaban contra ellos. “Como consecuencia de categorizar a los indios como miserables y menores de edad, estos debían ser representados en sus actuaciones legales. Para tal fin se creó la Institución de los Protectores y Defensores de Naturales”, apunta el historiador Nicolás Ceballos en Indios y defensores ante la justicia criminal por delitos de hurto (1750-1810). Como Miguel Guillén no había nombrado un defensor para la causa que contra él se seguía, el 29 de enero de 1738, el alcalde Diego de Cepeda envió copia de su expediente a Bernardo de Villa, corregidor de los pueblos de indios de Sopetrán, Buriticá y Sabalanarga para su conocimiento y búsqueda de un protector de indios de oficio. Villa, quien continuó la investigación del caso, nombró a Pedro Zapata como defensor, quien fue aceptado por Guillén. Zapata esgrimió varias razones para desestimar la acusación contra su defendido:

“El dicho Miguel Guillén no se halla cooperado en el robo de las joyas de Nuestra Señora de Sopetrán, pues aunque el mismo Guillén se contradice en un punto de su confesión, hallará vuestra merced que:

El dicho ignora la religión del juramento como persona que es de naturaleza sincera.

En el dicho tiempo que sucedió el robo, no era fiscal de la santa iglesia de Sopetrán.

Si hubiera sido el ladrón, no hubiera manifestado las sortijas, ni menos hubiera pasado en el pueblo con ellas […] pues este no las hubiera robado para tenerlas guardadas, pues el que se expone a tal, lo hará movido por su mucha necesidad o de mala inclinación, lo cual no le asiste al dicho, pues si tal le asistiera, ya hubiera ejecutado el robo en tanto tiempo que hace que ejerce el oficio de fiscal, y si lo hubiera hecho por necesidad, hubiera machucado, fundido o trocado a oro en polvo”.

Para darle fuerza a sus argumentos, el defensor Zapata pidió que se citara a diferentes vecinos de Sopetrán en aras de que dieran fe de la intachable reputación de Guillén y se averiguara con mercaderes y comerciantes para descartar que este les hubiera vendido oro o las joyas robadas. Y pedía al corregidor: “Se ha de servir vuestra merced de absolver al dicho Guillén del delito que se le ha querido atribuir, teniendo presente para usar de conmiseración con el dicho la grande ignorancia que le asiste y que solo en esta ocasión ha habido querella contra el dicho, conmutándole la pena en que puede haber incurrido, en la larga prisión que padece”.

Atendiendo la petición, el corregidor Bernardo Villa citó a cuatro testigos (dos hombres y dos mujeres) para conocer sobre la reputación de Guillén y la posible venta de oro. “Conoce a Miguel Guillén desde que nació y que hasta lo presente no ha oído decir ni ha visto que el dicho haya tenido malas operaciones ni dado motivo a quejas, y que ha sido muchas veces fiscal en esta santa iglesia y que nunca en su tiempo faltó cosa ninguna”, declaró el alférez de 68 años, Juan de Cepeda. Por otro lado, la comerciante de 36 años, Petronila de Legarda, expresaba que “no ha visto al dicho Guillén comprar ni trocar con oro labrado”, mientras que Bárbara Pereañez, de sesenta años, complementó que “no ha visto ni oído decir que Guillén haya comprado con oro fundido ni machucado ni con joya”.

Tras conocer las declaraciones de los testigos, el defensor de Miguel Guillén solicitó nuevamente al corregidor que lo absolviera, pues los testimonios habían demostrado sus buenas costumbres y buen obrar como fiscal y doctrinero. Asimismo, reiteraba la ignorancia y sinceridad de su espíritu y apelaba a la piedad, señalando las muchas semanas que llevaba encarcelado y a que su esposa e hijos se habían visto privados de sustento y abrigo por la cárcel de este.

Una investigación abierta

El 22 de febrero de 1738, Bernardo Villa, corregidor de Sopetrán, sentenció: “Declaro al expresado Guillén por libre, mediante a no resultar contra él otro indicio ni malicia que le culpe, sin el de la implicación que consta de su confesión y el haber en su poder las cuatro sortijas que conoció doña Juana Díez de la Torre ser de las joyas perdidas, lo que queda por la mucha sencillez que en el susodicho se reconoció en la dicha confesión, y con lo dicho y alegado por el referido su defensor […] y teniendo a la vista como tengo las declaraciones hechas en el pueblo de Sopetrán a pedimento del dicho Pedro, las que resultaron a favor del expresado Guillén, mando sea suelto de la prisión en que se halla, conmutándole en lo que ha padecido toda la pena que por los no averiguados indicios le correspondía usando de dicha piedad en nombre de nuestro rey y señor por la mucha que su majestad acostumbra con los indios”. Y remataba escribiendo que la causa seguiría abierta y se le tomaría testimonio al esclavizado del párroco de Sopetrán y al indio Pío Quinto, quien había hecho las veces de fiscal durante el robo de las joyas en 1737, antes del nombramiento de Guillén.

A pesar de las inconsistencias en su confesión, la cercanía a la iglesia y la tenencia de las sortijas de la virgen, Guillén fue absuelto gracias a los argumentos del defensor de naturales, anclados en que no tenía necesidad de ejecutar el robo, no era el fiscal en ese momento, ya llevaba tiempo en prisión y, sobre todo, por la supuesta ignorancia e inconsciencia sobre el concepto de delito que se creía que tenían los indígenas.

Solo la historia sabrá si realmente Guillén fue culpable; o si quizá Urquijo planeó todo, aprovechando su estatus y quejándose de que estaba siendo injuriado como cortina de humo para desviar la atención e incriminar al indígena, dejando las cuatro sortijas como señuelo y llevándose el resto del botín en sus constantes viajes a Medellín; o quién sabe si sería el esclavizado del cura, el antiguo fiscal Pío Quinto, el mismísimo párroco o cualquier otro. Lo cierto es que en documentos eclesiásticos se registró que Miguel Guillén siguió viviendo con su esposa en Sopetrán hasta su muerte en 1765, aunque es probable que fuera condenado por murmullos persistentes de una comunidad dolida por el expolio. Por otro lado, el documento 18, carpeta 2, caja 34 del fondo de Miscelánea Criminal del Archivo Histórico de Antioquia termina allí y ni en ese ni en otros expedientes del fondo se encontró si continuaron las investigaciones, si se recuperaron las joyas o si se encontró al ladrón. Sin embargo, lo más probable es que este sacrilegio quedara en la impunidad, privando a la virgen de sus joyas, pero, especialmente, dejando a los sopetraneros de entonces con la certeza de que ni aun lo más sagrado, estaba libre de la codicia humana.

Jaime Torres Holguín: la vida de un impostor genial

por MARCOS FABIÁN HERRERA • Fotografías Archivo Academia Huilense de Historia

Número 148 Marzo de 2026

A la derecha, Jaime Torres Holguín, en un homenaje a colombianos destacados en New Haven, lejos de sus picardías en el Huila.

“¡Dejemos que estos güevones se rompan las cabezas!”. Esa fue la frase escueta y lapidaria que le lanzó al rostro de Urbano Cabrera el hombre que esa noche acaparaba las miradas en el Batallón Tenerife. Coincidían en el baño del salón en el que se hacía la fiesta y el tono contenía una tácita invitación a la complicidad. Era la noche del 14 de diciembre de 1962. El limitado círculo de la aristocracia neivana lo integraban familias de consabidos apellidos que por tradición asistían a la fiesta de Santa Bárbara, la patrona de los artilleros.

Una hora antes, Urbano había llamado por su nombre y apellido al engolado embajador de la India que desde hacía tres días recibía homenajes y atenciones. Mientras bailaba con una amiga, se acercó al diplomático y le gritó: “¡Jaime Torres!”. El hombre corpulento no vaciló en fijar su mirada en su antiguo compañero del seminario de Garzón. El “embajador” había sido jornalero en sembradíos de arroz y sorgo, había probado suerte como vaquero y lechero en un hato de ganado bovino en su pueblo y eran famosas sus tretas retóricas y galanteos de manual. Al final de la adolescencia veía pasar los días en Yaguará entregado a la molicie. Solo su tío podría liberarlo de la condena de parasitar en un extraviado pueblo en el que importaban más las vacas que los humanos. Cuando recibió la carta de su tío acompañada de un par de billetes, supo que el destino enviaba una señal. En la carta, su tío lo apremiaba a armar la maleta y viajar a Garzón para que iniciara sus estudios en teología en el seminario.

Por aquel entonces Urbano se dedicaba a cultivar arroz en los predios de su familia y no desaprovechaba ocasión para disfrutar de los festejos que sus amigos organizaban con las mujeres más pretendidas de la ciudad. Esa noche presenciaba el desconcierto de su amigo Bernardo, un atildado abogado neivano cuyos ímpetus para el cortejo se desvanecían por la injusta competencia: la mujer que pretendía, la bella Silvia, prefería bailar con el diplomático a hacerlo con un lugareño sin lumbre internacional. Para tranquilizar a su amigo le comentó al oído: “Ese pendejo no es ningún embajador. Fue compañero mío de estudios en Garzón”. Incrédulo por lo que parecía una frase consoladora fruto del entusiasmo etílico, Bernardo se resignó a ver a su pretendida tomada de la mano del extranjero que todos los asistentes a la fiesta aplaudían.

Antes de acudir a la mesa de funcionarios de la gobernación del Huila, Urbano buscó a un miembro del G2 del ejército. El militar dio crédito a la versión de Urbano. También le sugirió que no era el momento indicado para desenmascarar al impostor. Cuando se acercó al punto en el que departía el gabinete departamental, le explicó a Ignacio Solano Manrique, para la fecha secretario de Hacienda del Huila, que él conocía al hombre que ellos creían diplomático. Se trataba de Jaime Torres Holguín, un excompañero de estudios, amante del fútbol y virtuoso en los idiomas que lo aventajaba en dos cursos en el seminario. Escéptico, Ignacio lo invitó a la calma y la serenidad. Su confusión, le explicó a Urbano, podía causar un conflicto diplomático de grandes proporciones.

Urbano, quien en esos años era un juerguista empedernido, siguió disfrutando de la fiesta hasta las cuatro de la mañana. Prefirió pasar por necio a protagonizar un escándalo que malograra la celebración de Santa Bárbara. Con sus tragos en la cabeza, se fue a dormir y pasar el guayabo. Al día siguiente recordaría los sucesos de la noche anterior entre brumas y tratando de precisar la secuencia de lo ocurrido. Aunque todos creyeron que su obstinación era producto de la borrachera, ahí no finalizaría su participación en la historia. Dos días después, luego de asistir a la misa en la catedral de la ciudad, se encontraría con su amigo el juez penal Jesús María López, quien sería el encargado de develar la verdadera identidad del impostor.

 ¿Cómo llega a Neiva?

Desde la década del veinte, Neiva vivía un crecimiento constante gracias a la producción de tabaco, añil, café y ganado. El flujo permanente de pasajeros convirtió la estación del ferrocarril de la capital del Huila en un lugar de confluencia étnica. Todo esto era originado por la mano de obra que demandaba las primeras grandes construcciones civiles, el flujo de materias primas y la necesidad de consolidar la presencia estatal.

Álvaro Díaz Chavarro era un comerciante de la ciudad que desde los años cuarenta proveía los insumos a las obras de la incipiente urbe. Además de ferretero y comerciante, servía de intermediario para la búsqueda y selección de profesionales que se requerían en los proyectos inmobiliarios que por entonces se gestaban. Ese mediodía esperaba a un ingeniero civil proveniente de Bogotá. Aldichar, como se le conocía entre sus amigos, además de su pulcritud en la vestimenta, era de una puntualidad obsesiva. Media hora antes de lo anunciado ya se encontraba en la populosa parada de tren. Cuando atisbó entre los pasajeros que descendían al ingeniero civil, se acercó para recibirlo con la calidez que lo distinguía como un patrón amable y cortés. Luego del saludo, el recién llegado le señaló con discreción a un hombre de rostro cetrino que caminaba con parsimonia y observaba con estudiado asombro a las personas que entre el alborozo circulaban en todas las direcciones.

—Es un extranjero. Parece que es el embajador de la India. Venía leyendo la revista Life.

—No puede ser embajador. Ellos tienen un protocolo especial. Además, anda sin acompañantes.

—Le entendí que había abordado el tren en Espinal luego de abandonar su carro averiado. Quiere pasar desapercibido porque su propósito es hacer un viaje de descanso.

—Podríamos confirmar su identidad si le preguntamos hacia dónde se dirige.

Los nulos conocimientos idiomáticos de don Álvaro y el ingeniero civil les hicieron creer que el incomprensible idioma del viajero era inglés. También asumieron con candidez que el limitado balbuceo de frases en español confirmaba su pertenencia a la esfera diplomática y que necesitaba acompañamiento y protección. Por ello no dudaron en llevarlo al Hotel Plaza. Al ser el más importante y lujoso de Neiva, no podría ser otro el lugar de acogida para el representante de un país milenario. Prometieron no divulgar su ubicación y menos su identidad y el hombre, que actuaba con los protocolos propios de un jerarca hindú y las formas naturales de un curtido diplomático, se despidió de los baquianos con reverencias.

—Ignacio, en el Hotel Plaza se aloja el embajador de la India. Lo acabo de dejar allá. No dude en avisarle al gobernador —fue la primera frase del saludo que Álvaro pronunció en esa conversación telefónica con el hombre de confianza del gobernador del Huila.

Gustavo Salazar Tapiero era un acérrimo militante del partido conservador. Jurista consagrado y litigante experimentado en las áreas del derecho contencioso administrativo, desde sus inicios como abogado sostenía una oficina en la calle 9 con carrera 4 justo al frente del ingreso al parqueadero del Palacio de Mosaico. Cuando Guillermo León Valencia juramentó como presidente de la república el 7 de agosto de 1962, pronto se supo que el jefe de debate en el Huila de la campaña del candidato del Frente Nacional sería el nuevo mandatario de los huilenses.

—¿Un embajador sin seguridad ni acompañantes? La cancillería debió habernos informado de la llegada de un hombre de esas calidades. Si se confirma, no debemos perder tiempo y organizar el protocolo para visitantes ilustres —le repuso el gobernador a Ignacio Solano cuando le relató los detalles de la llegada y el deseo manifiesto del diplomático de no ser identificado por las autoridades civiles de la ciudad.

El gobernador llamó a Jaime París, gerente del Hotel Plaza, para confirmar la presencia de un hombre proveniente de la India. En una conversación que según los testimonios de la época fue breve y emotiva, el señor París corroboró que en el hotel se alojaba alguien que correspondía a la fisonomía de un hombre originario de la India.

De inmediato, el gobernador convocó un consejo de gobierno y se conformó una comitiva liderada por el mandatario para dirigirse al hotel y presentar un saludo en nombre de los huilenses. Cruzaron el Parque Santander cinco personas: tres secretarios de despacho, el gobernador y el comandante de la Novena Brigada, el coronel José ‘Pepe’ Rivas. En el hall del Hotel Plaza, luego de unos minutos de espera, y ante una escasa concurrencia que de a poco fue aumentando, el ilustre visitante era notificado del recibimiento oficial y del orgullo que le reportaba a la ciudad y el departamento la presencia de una figura emérita que oficiaba como vocero oficial de un país con presencia destacada en la geopolítica mundial.

Dispusieron de un carro oficial para desplazar al diplomático y procedieron a izar las banderas en la Plazoleta de Armas. Los directivos del único rotativo con circulación diaria enviaron a un reportero y un fotógrafo. En el acto, el homenajeado pronunció unas deshilvanadas frases con una arrastrada dicción. El esfuerzo por dominar el castellano se truncaba por sus tropiezos en el habla. Aunque no existe una publicación impresa que dé fiel testimonio del discurso pronunciado por el gobernador, todas las versiones coinciden en que el mandatario enfatizó el privilegio y la oportunidad que esa visita significaba para el desarrollo económico del Huila.

Fueron dos actos principales los que se realizaron en torno a la visita del falso embajador. La primera fue una fiesta en el Club Campestre de Neiva a la que asistieron líderes cívicos, empresarios, familias distinguidas de la ciudad y todo el gabinete departamental. La segunda fue la celebración de Santa Bárbara en el casino de oficiales del Batallón Tenerife. Fue en esta última en la que tuvo lugar el encuentro con Urbano Cabrera y empezó el desvelamiento del personaje. En el intervalo, el farsante aceptó una invitación de Ignacio Solano Manrique a su finca en Campoalegre. Fue una jornada de comidas y bebidas y muchas promesas para la comitiva. Se especula que ese día anunció la importación de razas de ganado provenientes de la India para el mejoramiento genético de los semovientes bovinos del Huila. En el agasajo en el Club Campestre departió con don Oliverio Lara, el hacendado más importante del sur de Colombia y el único huilense que había visitado la India. Por las remembranzas de los asistentes a estos actos, se sabe que fue don Oliverio el más escéptico en la autenticidad del visitante. Cuando el tema de conversación se centraba en los linajes y las razas del animal sagrado en la tradición brahmánica, el embajador se mostraba evasivo y titubeante.

¿Cómo se revela y confirma la verdadera identidad del falso embajador?

Urbano tenía por tradición asistir a la misa en la catedral de Neiva los domingos a las siete a. m. Ese día, luego de su habitual asistencia a la eucaristía, invitó a un café a Jesús María López. El popular Chucho López era un destacado juez penal municipal del circuito de Neiva. También había sido compañero suyo en los años de adolescencia en el seminario conciliar de Garzón. En ese periodo conocieron a un Jaime Torres, dueño de un temperamento altivo, con algunos visos de arrogancia, muy seguro de sí mismo, siempre liderando causas y con un aprendizaje avezado en latín, francés, inglés e italiano. Sabían que era oriundo de Yaguará y que su padrino y benefactor era su tío monseñor Félix María Torres, a la postre arzobispo de Barranquilla. Ese era el hombre que durante siete días Neiva había aclamado como el portavoz oficial de la enigmática India. Ahora, mientras vaciaban las humeantes tazas de café y se aprestaban a saborear el almuerzo, desde la distancia observaban a quien simulaba concentrar el equilibrio espiritual liderando una sesión grupal de yoga con agraciadas mujeres de la localidad.

Plenamente seguros de la identidad del autor de la patraña, Chucho López informó a investigadores del DAS, quienes rápidamente apresaron al suplantador y lo llevaron a un interrogatorio a las oficinas principales de la entidad. En un acto de compasión, el juez envió esa noche un pollo asado al calabozo para que el impostor no aguantara hambre. Como un polvorín, el rumor del falso embajador de la India se propagó por toda la ciudad. Las jovencitas que se habían fotografiado con él buscaron afanosamente a los fotógrafos para rogarles que destruyeran los rollos y no quedara ninguna evidencia del entramado de provincianismo, ignorancia e ingenuidad que por una semana asaltó las buenas intenciones de miles de personas. El Sapo Villoria, un periodista radial y autor de fallidos versos, que en un acto de lambonería le entregó un anillo de oro con la heráldica de la familia luego de que el embajador le prometiera una expedición a Bombay y Calcuta, amaneció junto a la puerta del DAS a la espera de verlo para pedirle la devolución de la joya. Jaime Torres fue amparado por un defensor compasivo y altruista. Encontró en Guillermo Plazas Alcid el defensor y espadachín jurídico para librarlo de los líos con la justicia.

Plazas Alcid era un valeroso abogado nacido en Baraya que editaba el semanario El Debate. Fue el primero en editorializar con sorna y desparpajo el suceso que dejó más lecciones y chistes que convenios portuarios y comerciales con la India. La pluma de quien en el futuro llegara a ser senador de la república, alcalde de Neiva y embajador en Moscú, sentenció lo siguiente: “El advenedizo Jaime Torres Holguín evidenció públicamente la falta de visión, la escasez de prudencia, la mentalidad yérmica, la cortesía frívola y la espesa ignorancia que distingue a nuestra empinada élite político-social”.

Berenice Quintero, su esposa, a quien había conocido a sus 26 años en unas fiestas en Carmen de Apicalá, lo acompañaba la tarde de diciembre de 1962 cuando los dos, gracias a una carta de recomendación firmada por su tío, presentaban una entrevista de trabajo en la oficina de correos del barrio Teusaquillo en la ciudad de Bogotá. Llevaban tres meses en la capital dedicados a actividades de supervivencia y tratando de conseguir un empleo estable para organizar una familia. Luego del examen que presentó perfumado y acicalado con esmero, le dijo que iría a pasar unos días con sus padres en Yaguará, en el Huila. Con el dinero ganado en la atención de una cigarrería compró el tiquete de tren que lo llevaría a Neiva, la última estación de la larga carrilera que se extendía desde la Estación de la Sabana, cruzaba la región andina, atravesaba el valle del Magdalena y culminaba en la capital del Huila. Al llegar ahí, protagonizaría la historia central de su vida.

Camilo Francisco Salas, historiador y autor del libro Así es mi Huila, lo conoció tres años después, en 1965. Se desempeñaba como docente de idiomas del colegio público Jorge Isaac en Ibagué. Camilo era visitador de la Secretaría de Educación del Tolima y lo trató en una ocasión en la que practicaba una visita de rutina a la institución educativa en la que laboraba. Siempre locuaz y dotado de un sentido del humor que afloraba en cada frase, recordaba el engaño con desparpajo y sin asomo de rubor.

Histriónico y con una imaginación desaforada, disfrutaba de que sobre su figura circularan todo tipo de rumores y hazañas, muchas de ellas inverosímiles pero todas atribuibles a su ingenio y talento para la actuación y el engaño. Urbano escuchó que vivía en los Llanos Orientales y era el propietario de una flota de avionetas. En los cafetines del centro de Neiva se oyó que, gracias a su formación políglota, Jaime era miembro honorario de la sociedad de Caballeros de Malta, el exclusivo círculo de poder al que pertenecen magnates y expresidentes del mundo entero. Monseñor Libardo Ramírez, ordenado como sacerdote en 1956 en el mismo seminario en el que estudió Jaime, lo conoció como condiscípulo. Cuando supo de su tramoya, no dudó en creerla: “Era tan inteligente como ambicioso. Sabía que tenía un talento excepcional y una mente cultivada que le servía para descrestar a gentes humildes e incautas”.

Jaime Salazar Díaz, arquitecto, urbanista y exalcalde de Neiva, lo encontró cinco años después en San Juan de Puerto Rico en un congreso latinoamericano de arquitectura urbana. Se le presentó como profesor de Filosofía de la Universidad de Puerto Rico y lo invitó a almorzar después de escuchar la ponencia de Jaime en el evento. Entre sorprendido y perplejo, Jaime aceptó la invitación con el propósito de conocer la versión del engaño de boca de su protagonista y auscultar al hombre que con su histrionismo y habilidad demostró el carácter lambón de los huilenses. Jaime disfrutó la gracia cautivadora del yagüareño.

Jorge Villamil Cordovez, le reveló a su biógrafo, Vicente Silva Vargas, que Lizardo Díaz, uno de Los Tolimenses, fue estafado por Jaime Torres Holguín en Bogotá. Se presentaba como importador de licores finos y nunca le entregó la botella de un whisky escocés que vendió al músico. Irma Suz Pastrana, amiga de Villamil, recuerda que, al año siguiente del fraude en Neiva, en 1963, la canción más escuchada de la radio en Colombia fue el sanjuanero El Embajador de la India. Orgulloso por haber inspirado la lírica picaresca de la canción, Jaime Torres le envió una carta agradeciéndole a Villamil el haber compuesto esa canción que lograba perpetuar sus peripecias en la memoria de los colombianos.

Guillermo Plazas Alcid, en calidad de abogado defensor del imputado, probó que no existía mérito alguno para abrir una indagación preliminar o abrir un proceso. El delito de suplantación, tipificado en el Código Penal de esos años, no se configuró. La República de la India no tenía en aquel momento representación diplomática en Colombia. Fue solo en 1968 que dicho país abrió formalmente un consulado en Bogotá. Tampoco se cometió hurto o usurpación. Todo lo recibido fueron obsequios y dádivas generosas y espontáneas de los parroquianos que, anonadados, escuchaban el enrevesado idioma del extraño.

Radicado en New Haven, en el estado de Connecticut, destacó como líder de iniciativas empresariales y filantrópicas en la comunidad de emigrantes latinoamericanos residentes en Estados Unidos. Su aura de leyenda se prolongó en el tiempo y la memorable hazaña que protagonizó en el Huila se convirtió en un símbolo de la pasividad y genuflexión de las opitas. Aunque sus restos –según versiones familiares– fueron repatriados, en el fichero fúnebre del cementerio central de la catedral de Neiva no se encontró una tumba catalogada bajo el nombre de Jaime Torres Holguín. Quizás hasta su sepultura, supo burlarse de quienes hoy lo buscamos para contar su historia.

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Con la cabeza levantada

por JUANGUI ROMERO • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 148 Marzo de 2026

1

—Marta, ¿vos creés que naciste en el momento equivocado?

Ya llevábamos más de una hora conversando, habíamos terminado de desenrollar toda su vida futbolera —nada fácil, por cierto—, y se me ocurrió arrinconarla como hacen los periodistas de esos típicos programas de televisión en los que un jugador de otra época termina encarcelado en un primer plano imaginando que mereció más reconocimiento o más billete, como le sucede al delantero de moda.

Pero afortunadamente Marta Lida Arias Arango, una de las pioneras del fútbol femenino en Antioquia, agarró ese balón medio huevo y sin dejarlo caer lo mandó de media bolea bien lejos:

—No, yo no iba a ser ni Cata Usme, ni Yoreli Rincón. Y a mis 64 años de pura calle, ¿de qué me sirve imaginarme como una técnica famosa? A mí lo que me gustaba era dirigir. No, yo valoro todo el camino porque desde muy peladita me gané a pulso el derecho a jugar en las canchas de micro de Bello, así empecé. Así empezamos varias amigas que llegábamos temprano con un balón de básquet y al momentico sacábamos un Golty amarillo, y a jugar mientras nos gritaban de todo. ¿Y yo qué les decía? ¡Más maricas los que gritan y se esconden! Porque yo crecí en un matriarcado que nos enseñó que había que hacerse respetar.

—¿Y qué le viste de extraordinario al fútbol?

—No, como le pasa a cualquier niño, y hoy por fortuna a muchas niñas: me gustaba muchísimo llevar el balón con la cabeza levantada. Porque si usted no levanta la cabeza desde que empieza, la va a tener muy difícil. Yo siempre era atrás, con la cabeza arriba, organizando el equipo, me gustaba ser la técnica dentro de la cancha, mandar balones al espacio vacío. Y yo sé que la gente veía eso…

2

No es más que otra calle, dicen los fríos datos: la 57A entre la carrera Sucre y la Avenida Oriental. Pero Barbacoas es mucho más que eso. “Levantá un poquito la cabeza y pisá el balón”, le dice Juan Fernando Ospina mientras encuadra la foto. De lo quieta parece una estatua humana imitando a un maniquí de almacén deportivo. Son las seis de la tarde de un día de semana. Le pedimos que se vistiera así, y después, que se parara en mitad de la vía, que agarrara el balón con las manos para armar un par de piezas que evoquen los campeonatos de fútbol callejero que se jugaron hace más de treinta años en esta calle curva, con forma de bragueta, como algunos la describen.

Y entonces, ella desempolva en su cabeza una suerte de álbum tipo Panini, o mejor, varios álbumes en los que figuran muchos negocios de la zona y de distintas épocas —porque a ella le gusta proclamar que es una futbolista y ya también una lesbiana vieja guardia—. El Machete, El Paisa (después Noches Alteradas), Controversia, Milan’s Bar (después Planet), El Bar de Moe, Estación 57, El barcito de Luis, la Fonda Luna, Kanahan y Bilitis —el bar donde Marta vio por primera vez una película lésbica, la que justamente le dio el nombre al sitio— son lugares imprescindibles en la línea de tiempo de su vida y de la ciudad, donde muchos hombres y mujeres retiñeron a punta de pequeñas historias de amor las primeras letras de la sigla LGTBIQ+ cuando ya el siglo XXI se nos venía encima.

En esos álbumes, muchos de los nombres de esos bares son los mismos de los equipos, sus patrocinadores. Pero también podrían ocupar el espacio dedicado a las foticos de los estadios, porque en ellos la hinchada se ubicaba para seguir los partidos mientras disfrutaba de unas cervezas, unos aguardientes o unas copitas de cualquier otro licor.

3

¿Y por qué no hacen lo mismo en los barrios donde también están jugando fútbol a esta misma hora?, ¿les da miedo meterse en las calles donde juegan los pillos? Esas eran las arengas que recibía el único equipo que no era bien visto en esos torneos: el de los policías, que aparecían de repente para demostrar que su juego estaba pensado para evitar cualquier escándalo en la vía pública. Porque, para remate, la Catedral Metropolitana está a unos pocos pasos y los partidos se jugaban justo los días en que hay más misas: los domingos. “Pero siempre les quitamos alguna clientelita, porque no faltaron los que iban o salían de misa y se quedaban al ver el buen ambiente, aplaudiéndonos muchas veces junto a sus hijos y a sus hijas… Niñas por fin viendo que las mujeres también podíamos divertirnos y competir en ‘ese juego de varones’. Demás que después de eso, alguna le empezó a pedir balones al Niño Dios”.

Pero muy pronto todos los equipos le agarraron la vuelta al estilo del equipo policial… Todos contra ellos. Y como el fútbol es pura estrategia fue suficiente poner un par de campaneros en cada esquina para que las cosas pudieran volver a la falsa normalidad en cuestión de unos pocos segundos. La calle se abría de nuevo, los arcos, fabricados en PVC, exhibían ahora sus virtudes decorativas en cualquiera de los negocios, ¿y todas esas futbolistas? Sentadas como si nada en las aceras, a las entradas de los locales, bajándole a las pulsaciones, alguna de ellas recostada sobre el balón, ocultándolo, silenciándolo, mientras conversaban con la fanaticada. ¿Y los policías? Perdidos en la cancha.

Aunque vale anotar que también había futbolistas hombres, porque uno de los equipos más recordados se llamaba Mujeres Divinas y estaba integrado por gais y trans, quienes muchas veces jugaron de faldas corticas, pensando en levantar la tribuna, en celebrar de manera muy alegre cada gol: siempre bailando. Ni sus rivales dejaban de mirar cuando aparecían aquellas improvisadas coreografías, esos flashazos que todavía hoy parpadean en esta calle cuando a alguien se le ocurre volver a comentar alguna de esas pintorescas jugadas. ¡Porque recordar es reír!

4

Doris Ríos, la popular Fru-fru, que en paz descanse, era la Fifa. Ella lo había concebido todo desde El Paisa, ese negocio del que ya se dijo que pasó a llamarse Noches Alteradas, para buscar justamente con ingenio paisa que la zona no se apagara al finalizar las noches sabatinas, y que, incluso, no muriera tampoco en el amanecer dominical. Su idea era que los domingos también fueran alterados y dieran, además, algo de platica.

Marta ya llevaba un buen tiempo metida en el mundo del fútbol femenino en Antioquia, que por entonces andaba apenas gateando. “Había un torneo corto en el que participaban equipos de Rionegro, Sabaneta, Envigado, estaba la Universidad de Antioquia, y otros dos que se llamaban Nueva Generación y Desarrollo Sostenible, si no estoy mal… Yo jugaba en el de Itagüí, y muchas de esas jugadoras fueron las que llegaron a los torneos de Barbacoas”.

Y lo hicieron porque ella hacía tiempo trabajaba en la zona poniendo la música, atendiendo en la barra o meseriando en algunos de estos negocios, y era en ese momento una trabajadora del bar de Doris. Así las cosas, la jugadora ideal para fungir como la armadora de esos campeonatos, la todoterreno. Ella conseguía los equipos, definía la programación de cada fecha, era la planillera durante los encuentros, pitaba a veces y si estaba embalada se traía a su sobrino Jhony para que también supiera lo que era tener a las hinchadas ahí pegadas, literalmente respirándole en la nuca, unas barras bravas siempre dispuestas a gozárselo todo. “Nada, la gente lo quería mucho, y le pedía y le gritaban cosas como a cualquier árbitro, pero el ambiente era de pura camaradería, una fiesta de la diversidad. Aunque claro, todos los equipos querían ganar. Pero igual sabían que lo importante era parchar, y pa mayor aliciente estaba la marranada de cierre, que nunca faltó”.

Un gana-gana para todas porque así ella también les pudo conseguir “madrinas” a las jugadoras del equipo de Itagüí, al convencer a algunas de las clientas más pudientes de estos bares de aportar también algún dinero que les garantizara al menos los pasajes para llegar a los partidos. Las veían primero en Barbacoas y las acompañaban luego en los partidos de la liga. Puro fútbol parche.

5

Marta todavía conserva las tarjetas y el pito que se utilizaron en esos partidos. Quisiera tener un museo de esa época, o al menos más fotos, porque en su día a día siempre hay una imagen de aquellos años que la pone de nuevo a moverse sobre la arenilla o el pasto de todas esas canchas que recorrió, en las que aprendió a jugar con esos guayos que reemplazaron los tacones que utilizaba cuando era asesora de ventas del cementerio Jardines de la Fe.

Su incursión en las canchas grandes, su paso del micro al fútbol, se dio gracias a la combatividad que demostró en varios campeonatos callejeros de barrio, donde todavía las veían como una curiosidad apenas digna de introducir los partidos masculinos, de ser sus teloneros. Y fue después de uno de estos campeonatos relámpagos en el barrio Robledo Kennedy, cuando la invitaron a ser parte del equipo de fútbol de Itagüí. Para entonces Marta ya había tenido a Andrea, su única hija. Se había casado a los dieciséis, fue mamá a los dieciocho y se separó cuando tenía veintiuno, porque su madre fue la primera en remarcarle que nadie tiene por qué vivir en medio del maltrato. Una historia que prefiere llevar al terreno de los chistes al señalar que su matrimonio se vino abajo cuando se dio cuenta de que le gustaban más sus cuñadas que su marido. Con los años, su madre aceptó por fin su orientación sexual al reconocer en medio de su formación tradicionalista, de su catolicismo heredado, que no hacerlo era también maltrato.

6

De cierre de la conversa decidimos irnos a comer unas empanaditas a Maracaibo, se le nota cansada. Lleva varios días pintando una casa. Ahora se la rebusca de mil maneras, porque la pandemia la obligó a cerrar Ruta 69, un restaurante que había montado porque le fascina cocinar. Pero nada parece quitarle fuerzas. Gran parte de su tiempo lo invierte ahora en sacar adelante el trabajo de La Colectiva 69, creada para gestionar diversas iniciativas que reivindiquen a la comunidad LGTBIQ+ de la ciudad, y el fútbol es una herramienta muy valiosa en algunas de sus propuestas. Mientras comemos, Marta me recomienda un video de 2018 muy visto en las redes sociales. En este se ve a cinco jugadoras de la liga femenina de Jordania rodeando a una de sus rivales, para permitir que esta vuelva a ponerse el hiyab que se le cayó, en pleno partido, cuando intentaba eludir a dos de ellas. Se trata de un velo sin el que algunas mujeres musulmanas se sienten sumamente vulnerables, porque este da cuenta de la obediencia que han decidido profesar a su dios en todo momento.

Marta lo menciona mientras me comenta muy enojada que no puede creer que todavía se condene el fútbol femenino considerándolo un detonante del lesbianismo y no se hable, por ejemplo, de estas muestras de sororidad, que algo tendrán para decirnos en estos tiempos, me dice. Para ella, el crecimiento del fútbol practicado por mujeres se debe al invaluable aporte de las lesbianas; lo dice plenamente convencida al referir su empuje como minoría, al recordar todo lo que ella misma aguantó: “Había que ver, por ejemplo, a los hombres todos mironcitos cuando llegábamos a esas canchas y nos tocaba armar camerinos humanos, ahí en las tribunas porque no había ni baños. Unas paradas a los lados y otras adelante y atrás, para poder cambiarnos y salir a jugar. Nosotros en lo nuestro y ellos en cambio sintiendo que acosar a unas peladas era de hombres, que eso siempre es normal. Como normal les parecía darnos unos trofeos que traían un muñequito hombre y por ningún lado aludían al físico de las mujeres, como los de hoy”.

La suya fue una época de apodos: Queta, Arepa, Pachequito, Reblujo, Mino-Mino, la Totona. Y el de ella, que bien pudo haber sido la Mariscala o la Muralla, como suele bautizarse a los defensas centro, resultó ser Marta Tamales. La razón: fue a punta de estos envueltos que pagó su bachillerato y pudo también criar a su hija. Muchas veces se los vendía a los hinchas, que solían ser amigos o familiares de las mismas jugadoras; o también a estas, con las que terminaba convirtiendo los pospartidos en una especie de minipaseos al ponerse a jugar cartas y a comer tamales mientras veían y analizaban a sus próximas rivales. “Imaginate ese parche, cómo no voy a decir que esos fueron los días más felices de mi vida. Y pregúntele a cualquier mujer que haya guerriado con nosotras en esas canchas, rival o compañera, lesbiana o hetero, y te va a decir lo mismo, así no le hayamos sacado ni un peso a esto ni seamos, pero ni cinco de famosas. Pasamos bueno y pusimos a soñar a muchas, ¡le parece poquito!”.

7

“El deber ser de la mujer colombiana se construyó de acuerdo con un estereotipo de mujer burguesa blanqueada, en el que la práctica de un deporte de confrontación, como el fútbol, no cabía”, esto dice Gabriela Ardila Biela en su libro titulado A las patadas. Un recuento de la historia del fútbol de mujeres en Colombia desde 1949. Su investigación para demostrar que esta ha seguido una línea de discriminación intencionada parte de esa fecha porque según los registros de prensa, ese año en Barranquilla ya se hablaba de un cuadrangular de fútbol femenino en el que figuraban dos equipos llamados Las Sirenas de Caribe y Las Estrellas Gallegas. Y también en Cali se jugó un clásico entre el Deportivo Cali y el Boca Juniors, promovido por dos reinas de belleza: Carmen Arango y Clarita Domínguez al que asistieron catorce mil espectadores. ¡Público siempre han tenido! Y aunque apenas un año antes, en 1948, había comenzado oficialmente el campeonato profesional masculino, el de mujeres se demoró casi setenta años en arrancar. Nuestra liga profesional femenina comenzó apenas en 2017, el primer partido se jugó el 17 de febrero entre las chicas del Deportivo Pasto y las del Cortuluá.

Un ilustre desconocido

por CARLOS SÁNCHEZ • Ilustración de Señor OK

Número 148 Marzo de 2026

Rafael Barrett, español, periodista por casualidad, anarquista por “obra del libre examen” y paraguayo por adopción, fue un accidente literario y espiritual que ocurrió en Paraguay, Uruguay y Argentina entre 1904 y 1910. En tan pocos años, cuatro de ellos apurado por la tuberculosis y algunas veces por la policía, modificó el paisaje y el destino periodístico de esos países. Ocho versiones de sus obras completas, la última en 2011 en Paraguay, cerca de cincuenta antologías de su obra, investigaciones y tesis académicas recientes y de muy diferentes disciplinas ilustran su vigencia y su rizoma.

Aunque en Bogotá se publicó una antología de dos de sus libros, La solidaridad de los esfuerzos (Animal extinto, 2018), en Medellín y en Colombia la pregunta parece improcedente, pues se desconocen su obra y su nombre, tanto como su personalidad que fue otra obra que Barrett le agregó al mundo. En realidad, en Suramérica solo en esos tres países la pregunta traería respuestas suficientes.

En ellos y principalmente en Paraguay, donde es la cara más visible de la literatura nacional, después de Augusto Roa Bastos, Barrett construyó su obra de periodismo y sus cuentos, diálogos y aforismos que celebraron los escritores de mayor reconocimiento en estos países y en el mundo: Jorge Luis Borges en 1919 lo recomendó “de rodillas y con lágrimas en los ojos”, en carta a un amigo. José Enrique Rodó en 1908 en Carta abierta a Rafel Barrett, apuntó: “Yo no sé si tengo derecho a envanecerme de haber contribuido a aumentar el número de sus lectores”. Augusto Roa Bastos en 1978: “Barrett nos enseñó a escribir a los escritores paraguayos de hoy”. Otros lo han llamado “héroe”, “santo” y hasta “imprescindible” siguiendo las estimaciones de Bertolt Brecht en su conocido poema, pues habitó en su periodismo, sin pausa, guiando su obra en una militancia esencialmente moral. “Todos tenemos la obligación de vaciarnos antes de desvanecernos”, escribió, cuando ya se había vaciado casi todo.

En su vida de imprescindible abundan episodios que lo instalan en la leyenda y lo alargan hasta el mito que su obra no necesita y que su vida no rechaza ni contradice porque le pertenecen. Que nació en la aristocracia española. Que casó, al menos, cinco duelos de caballero. Que el mismísimo Ramón María del Valle-Inclán apadrinó uno de ellos. Que llegó a Paraguay como corresponsal y más bien se enlistó como soldado de una revolución. Que se inició como periodista a los 27 y dejó de hacerlo a los 34 cuando murió, puede decirse, de periodismo. Que en tan poco tiempo construyó prolífica, profunda obra siempre intransigente con los poderes, incluso antes de declararse anarquista. Que en esos años vivió la cárcel, la difamación, la censura, el destierro, la pobreza sin pausa, algún atentado y también el plagio y la gloria aunque una gloria crepuscular, tres meses antes de morir y entregarnos su huella tan altamente comparable con la de José Martí.

En este punto es probable que la pregunta inicial haya derivado en otra: ¿por qué no conocemos ese periodista? Buenas preguntas en este 2026 que es el año de su sesquicentenario natal.

Como las ponderaciones de una escritura se muestran mejor así mismas que con palabras ajenas, se ofrece aquí una muestra mínima. El resto está en Google.

La gloria

Carta abierta al señor de Phocas, en la revista Germinal, de Paraná, República Argentina:

Distinguido señor:

He visto que se dedica usted a firmar mis Moralidades, empresa poco difícil, y sin embargo superior a las fuerzas de una persona decente; pero ¿tienen razón las personas decentes? ¿No contribuyen también las demás, y tal vez mejor, a hacer justicia? Ya que las Moralidades actuales son tan de su gusto, permítame, elegante señor de Phocas, que le consagre y dirija la que estoy escribiendo en el instante, la más actual de todas, sin disputa.

Mi impresión primera fue de rabia. Si la musculatura física de usted es por el estilo de su musculatura moral, y hubiera usted estado a mano cuando abrí la revista y contemplé mi artículo prisionero, inerme y huérfano, quizás no lo hubiera usted pasado bien. Al cabo de unos minutos me serené y sonreí, consolado de este… ¿cómo diré?… de esta sustracción. Y Dios sabe que tengo al que sustrae el pensamiento y el alma por ladrón absoluto, y al que sustrae oro por ladrón relativo y en ocasiones disculpable y hasta meritorio. Mas usted conoce ya mis opiniones. La moralidad titulada El Robo, y publicada no ha mucho, ha sido de seguro leída por usted y me atrevo a esperar que la habrá usted hallado digna de su firma y de ser estampada en Germinal.

Pues bien, no solo me consolé; le quedo profundamente agradecido. Me ha proporcionado usted la sensación exquisita de la gloria, del naciente rayo de la gloria.

¡No llevo dos años de escritor militante, y ya me plagian! Y no me plagia un cualquiera, sino el señor de Phocas, el refinado personaje de Juan Lorrain, el rival del no menos maravilloso Des Esseintes de Huysmans. Tener la certeza de agradar a alguien encanta; tener la certeza de agradar a un señor de Phocas, y de agradarle hasta el extremo de arrastrarle, a él, tan delicado y pulcro, a la tentación y al delito, es cosa soberbia. Gracias, distinguido señor.

Por otra parte, ¿qué importa la firma? A usted le gustan mis ideas, las reproduce y las propaga; he ahí lo esencial; ¿qué importa la etiqueta Rafael Barrett o señor de Phocas? ¿Será distinto el vino? ¿Dejarán de ser mías las ideas? Son ellas las vivas, y no mi nombre, letrero casual. Son ellas las que constituyen mi personalidad, lo único de mi espíritu, y no las letras de mi apellido. Usted es mi vehículo, el medio de que mis ideas circulen, algo así como mi cabalgadura mental. Usted me es útil. Usted y los que son iguales a usted me son necesarios. El saqueo ha fundado la propiedad moderna. El plagio, ¡oh señor de Phocas!, fundará mi reputación y mi gloria. Porque yo, que no soy tan genio todavía, quiero serlo, quiero la gloria. Un día vendrá, señor de Phocas, en que no podrá usted plagiarme, pues los pedazos de mi sensibilidad, dispersos por obra de usted y compañeros, se habrán integrado en una gran individualidad solitaria, que llamaremos X. Y todo lo que yo haga será inmediatamente reconocido como de X; y si usted se arriesgara a suscribir una moralidad futura, la gente exclamaría por doquier: “¡Oh, el señor de Phocas caloteando a X!”.

Y entonces se cumplirá el segundo período de la gloria de X, o sea de Rafael Barrett. En lugar de imprimir mi prosa con firma ajena, pondrán mi firma a la ajena prosa. Usted, señor de Phocas, caso de que sobreviva a sus crímenes, aprovechará mi nombre para tratar de dar aceptación a sus propias producciones, y quizá de este modo conseguirá usted salir de la mediocridad en que yace.

Se pensará que bosquejo una triste imagen de la gloria. ¿No hemos de contar con el amor honrado de los hombres?

¡No! La vida que no es lucha es olvido y muerte. La admiración que no es envidia es indiferencia. La energía que no remueve el fondo cenagoso y cruel de la humanidad no es energía. La gloria sin plagio no es gloria.

¡Salud, señor de Phocas!

(6 de febrero de 1907) 

La plegaria del burro

La reciente psicología comparada revela que los animales —sobre todo los animales superiores— tienen lo necesario para ser tan infelices como nosotros; deseos, inteligencia, manías morales, remordimientos y la ilusión de la responsabilidad. El perro es hasta religioso; su dios es el hombre. Consultad los estudios de Anatole France sobre Riquet, el can de monsieur Bergeret, y quedaréis convencidos. Maeterlinck, en su artículo Sur la mort d’un petit chien, opina igual, y asegura que el perro es la única especie con que se comunica la nuestra, de alma a alma. El caballo padece un espanto incurable. Está medio loco. Las otras bestias domésticas no piensan sino en tragar. Yo, y perdóneme el gran Maeterlinck, haría una excepción con el burro. Se le ha colocado científicamente junto al caballo, pero eso no prueba nada, como no prueba mucho nuestro parecido exterior con el mono. La naturaleza gusta de disfrazarse, y no es prudente juzgar por la cáscara el fruto. Creo que somos también los dioses del asno, y que su metafísica y su teología son más profundas, más alemanas que las del perro. El asno nos reza. Escuchemos su plegaria. No seamos sordos como las demás divinidades. Escuchemos:

Hombre omnipotente, a ti me entrego en cuerpo y en espíritu. Tómame: ¿qué asno habrá bastante ciego para no ver que eres el creador del cielo y de la tierra? Si creas faroles y focos rechinantes que disipan las sombras nocturnas, vencedoras del sol, ¿no hemos de reconocerte el poder de crear el mismo sol y las exiguas estrellas? Y si creaste el pasto esencial, el grano absoluto, ¡oh señor de las mieses!, ¿no habrás creado plantas y cosas menos útiles? El que puede lo más puede lo menos. Hombre innumerable y sutil, dueño mío, tú fabricas establos sublimes y altas viviendas que duran tanto como cien generaciones de burros. Sin duda me engendraste a mí, que duro tan poco. Si existo, es por tu infinita bondad. ¿De qué te sirvo yo, torpe, lento, ingrato, irreverente, a ti, amo de los carros de fuego que devoran la distancia rodeados del universal terror? Tu mano sagrada sostiene mis horas. Cada minuto de mi existencia es un beneficio tuyo.

Tú me das de comer —¡oh misterio adorable!—, tú permites que te transporte de un punto a otro, que oprima mis lomos tu excelsa persona. ¡Y cuántas veces te he llevado con sacrílega distracción! Pero cuando resplandece tu inagotable misericordia es cuando me castigas, cuando haces caer tu santísimo palo sobre mis huesos.

Si te ocupas de mí, es con un fin trascendental. Me pegas desinteresadamente; me corriges como padre amoroso. Te propones elevarme a la vida perfecta. Tu rigor es benéfico. Mis pecados formidables merecerían torturas sin término. El crimen mayor del burro es su soberbia. Soy impaciente, colérico, cruel. Soy, además, lascivo. La lujuria de la burra, su perfidia disimulada a veces bajo las apariencias del pudor y de la virginidad nos traen vergonzosas catástrofes. ¡Ay! La burra es amarga como la muerte.

Tus palos divinos me indican mi deber; debo ser humilde, casto, resignado. No debo desanimarme en la lucha. La carne del burro es flaca, las tentaciones numerosas, pero Tú me ayudarás. Los cortos días que pasamos en un mundo de penas y de horrores obscuros, y lo inmenso de nuestros sueños, me dicen que el alma del burro es inmortal. Después que me hayan enterrado resucitaré, si fui burro y supe aprovechar las enseñanzas de tu palo santísimo; entonces me uniré a ti, y contemplaré en tu espléndido rostro la sonrisa de la eterna reconciliación.

Entonces obtendré tus caricias, que aquí abajo serían absurdas. Cuenta la leyenda que un Hombre cabalgó sobre un asno sin fustigarle, y entró así en una ciudad donde les recibieron entre palmas. Aquel Hombre era débil, y los Hombres le pusieron en una cruz. Hicieron bien. Mi Hombre es el Hombre fuerte, el Hombre del palo. Sin el palo tu majestad sería inconcebible. Obedecido y reverenciado seas por los siglos de los siglos, y hágase tu voluntad, y no la mía. (Me parece que es lo que más me conviene por ahora).

(27 de mayo de 1909)

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Ni oficio ni beneficio

Vagos, ociosos y malentretenidos en Rionegro, 1875

por FELIPE OSORIO VERGARA • Ilustración de Tobías Arboleda

Número 148 Marzo de 2026

¿Cuántas historias dejó por fuera el relato oficial de Antioquia? La memoria de esa provincia pujante que fue construida a pulso por habitantes que se encomendaban a la virgen y al santoral católico no podía permitirse darles relevancia a personajes indeseables que se salían de lo moralmente aceptable. Los vagos, los borrachos, las trabajadoras sexuales, los ladrones, los homosexuales y los leprosos “afeaban” las ciudades y los pueblos y chocaban con ese ideal de progreso, modernidad y buenas costumbres del que se ufanaban esos incipientes villorrios antioqueños. Iniciamos una saga que saca de debajo del tapete a estos seres despreciados por sus contemporáneos y de los que solo sabemos gracias a los archivos judiciales e históricos.

«Ahora es preciso que te despereces —dijo el maestro—, pues que andando en plumas no se consigue fama”.

Dante Alighieri, La Divina Comedia, Canto XXIV.

Esa calle ya era conocida. La que décadas después bautizarían como calle Obando en honor al expresidente José María Obando y que en el siglo XX sería llamada de la Chirria por el chirrido de los catres de metal de los hoteles de mala muerte y los burdeles era ya desde finales del siglo XIX un foco de “indeseables” en Rionegro, por entonces bastión liberal antioqueño y lugar donde en 1863 se había firmado la Constitución de los Estados Unidos de Colombia. Si bien era una calle comercial importante, que partía del parque principal hacia el noroeste, poco a poco esa misma actividad de comercio había enquistado allí una colonia de personajes incómodos para las autoridades y las élites rionegreras. “La calle Obando era un espacio dedicado y dirigido al comercio en el que se reunían tahúres, ladrones, vagos, borrachos, prostitutas, comerciantes y compradores, entre muchos otros, revelando la otra cara, el comercio ilegal y las diferentes practicas punibles”, explica el historiador Miguel Ángel Hincapié en Obando, sobando y metiendo. Historia de la calle Obando en la Ciudad Santiago de Arma de Rionegro. Allí se reunían los vagos de Rionegro y, precisamente, en diciembre de 1874 las autoridades tomaron cartas en el asunto, cansadas de las quejas de los rionegreros y buscando ejercer un control sobre esa población que consideraban opuesta al espíritu trabajador y modernizador de la ciudad: “Llámese a declarar a las personas más conocedoras de los habitantes de la población para que, bajo la gravedad de juramento, digan qué individuos pueden ser reputados como vagos de este distrito”, se lee en un expediente del tomo 309 del Fondo Judicial del Archivo Histórico de Rionegro.

Era ese sector el que frecuentaban Félix García, José Ochoa y María Lucía Montoya, individuos que el gobierno municipal quería escarmentar. Lo más probable es que se conocieran, bien porque coincidieran en esa misma calle, bien porque en un pueblo de poco más de nueve mil habitantes, según el censo de 1870, casi todos se conocían.

Félix García, de 18 años, fue el primer acusado como vago, y como la ley es para los de ruana, le tocó un proceso de policía inusualmente ágil, pues en solo seis días hábiles se pasó de la acusación al castigo. La palabra de dos testigos bastó para que sobre él cayera el rigor de la contravención de vagancia, pues era considerado un “joven suelto” y holgazán. “Este individuo no tiene renta, hacienda, oficio ni beneficio que le produzca honrosamente la subsistencia”, declararon José María Bernal y el profesor Miguel Valencia. Así, el 15 de diciembre de 1874 fue castigado con nueve meses de prisión en las colonias penales del Estado de Antioquia porque su conducta era “perniciosa para la sociedad”. El 6 de marzo de 1875, este castigo fue reafirmado por la prefectura del departamento del Oriente por ser “estrictamente legal la sentencia”.

Trabajar como hormiga arriera ha sido símbolo de los antioqueños, que han asociado el trabajo, más que como medio de subsistencia, en un mantra y un deber ser. Ya en el siglo XIX, exploradores nacionales y extranjeros habían gastado tinta destacando el espíritu industrioso de los antioqueños: “Es trabajador, sobrio, fuerte, robusto”, describía la Comisión Corográfica en 1858 en su Geografía física y política de las provincias de la Nueva Granada; mientras que el explorador francés Pierre d’Espagnat escribió en 1897 en sus Recuerdos de la Nueva Granada que “esta raza antioqueña respira actividad y trabajo”. La vagancia se oponía a este andamiaje y fue rechazada en la época colonial y republicana por los diferentes estamentos. Para la Iglesia, los vagos eran contraventores del sistema de valores del cristianismo que, desde el Génesis, dictaba ganarse el pan con el sudor de la frente y que solo admitía el día de descanso para el culto religioso, amén de ser la personificación del pecado capital de la pereza. Los diferentes gobiernos, por su parte, tachaban a los Cosiacas que pasaban los días callejeando, gastando suela o “mal parqueados” en las aceras como obstáculos del progreso y antítesis del buen ciudadano en tanto distaban de los pilares del orden social establecido, soportado en la familia, la propiedad, el trabajo, la moralidad y la fe católica. “La promoción de los ideales de la ciudadanía se basó en la exaltación de ciertos valores y la reprobación de ciertos comportamientos a través de la creación de una imagen de lo que era bueno y malo, con una moral que aceptaba o rechazaba formas de ser. Para lograrlo, se consideró necesario extirpar la vagancia y difundir la moralidad”, expone el historiador Leonardo Zapata en Criminalización, instrumentalización y moralización: el manejo de la vagancia en Antioquia, 1825-1858.

Otro rionegrero acusado de vagancia, pero esta vez anclada en el malentretenimiento, fue José Ochoa, un cincuentón casado con Juliana Vallejo, con quien tenía dos hijas: Rita y Teresa. Ochoa vivía en San Antonio de Pereira donde, a veces, cultivaba la tierra. Sin embargo, daba mala vida a su familia y eran frecuentes sus alborotos y embriaguez. “Este hombre es de muy mala conducta, casi no trabaja y si lo hace es una que otra vez, pasando la mayor parte del tiempo en la ociosidad, jugando en los garitos o tomando licor hasta embriagarse; en este estado es que causa más escándalos públicos. Da malos tratamientos a su esposa y a sus dos hijas, amenazándolas continuamente e insultándolas sin motivo alguno, lo mismo que a los particulares. En pocas palabras, es un hombre dañado y corrompido”, señalaba el agricultor José María Sosa el 30 de junio de 1875.

Desde la Colonia, especialmente bajo las Reformas Borbónicas del siglo XVIII, la vagancia había sido criminalizada porque se asociaba a la delincuencia y la degradación social. Por eso, surgieron diferentes conceptos, vigentes hasta el siglo XIX, para precisar la categoría del vago. Sobre esto, la socióloga Patricia Rodríguez reunió en Reconstrucción de la objetivación del sujeto vago en Colombia las cuatro grandes clasificaciones: el holgazán, para las personas renuentes al trabajo o que se aprovechaban del prójimo y su caridad para evitar laborar; el vago, para quienes andaban de pueblo en pueblo, viviendo en la ociosidad; el malentretenido encarnaba esa figura transgresora de las normas sociales de convivencia pública (como los jugadores y borrachos), los horarios (trasnochadores) y los espacios (asistentes a burdeles, galleras, garitos, billares), lo que les restaba tiempo dedicado al trabajo; por último el joven suelto definía a los muchachos rebeldes que no se sujetaban a la disciplina del hogar, eran altaneros con sus padres y no ejercían actividades consideradas como útiles.

La mala conducta de Ochoa y sus frecuentes escándalos en garitos, galleras y billares del centro de Rionegro hicieron que la población se quejara de él ante las autoridades argumentado que, más que vago, Ochoa era un malentretenido. “Ochoa trabaja algo la agricultura, pero el día que se pone a jugar, bota el producto de él y lo despilfarra todo”, narraba el carpintero Eusebio Castrillón. El expediente de Ochoa está incompleto, por lo que se pierde el rastro sobre el castigo asignado, aunque lo más probable es que recibiera prisión en las colonias penales del estado de Antioquia entre tres meses y máximo un año, tal y como dictaban las disposiciones de policía de aquella época, donde sería obligado a trabajar en obras públicas como vías o líneas telegráficas que se extendían como telarañas por el quebrado paisaje antioqueño.

Portada del expediente de José María Ochoa por vagancia. Archivo Histórico de Rionegro, Fondo Judicial, tomo 309.

La Ley General de Policía del Estado de Antioquia de 1856, válida en ese entonces, dedicaba su décimo capítulo a la vagancia, donde en veinticinco artículos dictaba los pormenores de su clasificación, sanciones y consideraciones. Por ejemplo, en el artículo 81 se describían los doce tipos de vagos que debían ser castigados. Estos iban desde los holgazanes sin “oficio ni beneficio”, de los que no se sabía de dónde venía su sustento; pasando por las prostitutas, los errantes, los limosneros, los jugadores, los ebrios y escandalosos; hasta aquellos jóvenes con poco respeto a sus padres o patrones, que poseían malas costumbres y que, si trabajaban un día, pasaban el resto de la semana dedicados a la “ociosidad”. Además, enumeraba los seis posibles castigos que recibirían por este delito: trabajarles a particulares por uno o dos años en calidad de concertados y recibiendo alimento, vestido, pero no necesariamente salario; trabajar en obras públicas o en el centro de reclusión, pagar una multa o una fianza y comprometerse a tener una buena conducta; o hasta ser desterrados en poblaciones de reciente fundación en zonas baldías y lejanas.

Y aunque la Ley de Policía de Antioquia de1856 marcó un hito, toda vez que la vagancia dejó de ser un delito contemplado en códigos penales para considerarse una contravención —una falta a la convivencia que debía ser atendida y corregida por la policía y no por jueces ni tribunales—, esto no significó que la vagancia no fuera reprimida, especialmente cuando se trataba de mujeres.

A las mujeres se les exigía ser hacendosas, administradoras de su hogar y reflejo de buenas costumbres ante el ojo escrutador de la sociedad. Por eso, cualquier resquicio de “inmoralidad” o vagancia dentro del “bello sexo”, como se hacía referencia en el siglo XIX a las mujeres, debía ser inmediatamente extirpado. Fue el caso de María Lucía Montoya, de 43 años, tachada de “pedigüeña” y limosnera. “Conozco a María Lucía Montoya y me consta que es mujer de muy malas costumbres, que pide limosna aun siendo sana y robusta, haciendo esto en compañía de un niñito a quien ha acostumbrado a mendigar sin necesidad. Sé que, aunque se le ha proporcionado trabajo, no trabaja”, declaraba el agricultor Rafael Arenas. Así, el 12 de abril de 1875, la Jefatura Municipal de Rionegro decidió abrir una causa con el fin de determinar si, efectivamente, era vaga y poderla castigar. Las autoridades de Rionegro llamaron a declarar a tres testigos, todos hombres casados y de buena reputación entre las gentes del pueblo, con el fin de que corroboraran las noticias de la vagancia de “la Montoya”. Tanto el agricultor Arenas, como el alcaide Juan Peña y el alguacil José Sosa coincidieron en que Lucía era joven, sana, en edad y con las condiciones de trabajar, pero que se negaba así se le ofreciera trabajo. Argumentaban que salía siempre acompañada de un niño, presumiblemente hijo suyo, al que ya estaba malacostumbrando a la pedigüeñería. A lo largo de la causa, los testigos enfatizaron en que ella era una mujer sana y robusta, porque sabían que en la Ley General de Policía se leía que solo podían aceptarse como mendigos aquellos que, por imposibilidad física, no podían trabajar y no tenían quién viera por ellos, debiendo contar con la licencia o permiso por parte de la policía municipal para ejercer la mendicidad.

La Jefatura Municipal de Rionegro notificó del inicio de la causa a María Lucía al mediodía del lunes 12 de abril con el fin de que tuviera el derecho de defensa. Esta manifestó que: “No me conformo con el cargo que se me hace”, por lo que las autoridades le concedieron tres días para presentar descargos. El 15 de abril a las dos de la tarde venció el plazo y Lucía no presentó ninguna defensa, por lo que al lunes 20 las autoridades municipales determinaron: “Esta jefatura, administrando justicia en nombre del Estado y por autoridad de la ley, falla condenándose a María Lucía Montoya a sufrir la pena de seis meses de reclusión, que sufrirá en las colonias penales del Estado”.

El Censo de Rionegro de 1870 registra que María Lucía Montoya era ama de casa, casada con el agricultor Vicente Echeverri desde 1867, mientras que en el libro de Bautizos de 1870 se señala que tenían un hijo llamado Gregorio. Si su hijo la acompañaba a pedir, y en el expediente no hay registro o mención alguna a su marido, ¿será que acaso perdió a su esposo y se vio obligada a mendigar para sobrevivir? ¿Será que en lugar de buscar trabajo eligió vivir de la limosna y apelar a la lástima, aprovechando a su hijo pequeño, como expresan los testigos? Nunca se sabrá, así como tampoco se sabe qué pasó con el niño una vez María Lucía fue encarcelada, donde el trabajo no sería oficio ni sustento, sino condena.

***

Félix, José y María Lucía fueron usados de ejemplo para moralizar a la población rionegrera de finales del XIX, mientras se imponía un ideal de civilidad anclado en la productividad, que valoraba al individuo en tanto este fuera útil dentro del engranaje del trabajo. Por eso, en su mayoría, el control de la vagancia fue un disfraz que beneficiaba los intereses económicos de las clases dirigentes, buscando integrar mano de obra a los proyectos productivos del Estado y valiéndose de su fuerza para la apertura en zonas de frontera o empleando su trabajo en colonias penales. Además, condenar a los vagos no atacaba de raíz los problemas estructurales de entonces, donde el desempleo entre las grandes masas de personas sin tierra dejaba a un buen número de población flotante en la delgada línea entre el desempleo y la vagancia, y donde los espacios de ocio, aun entre las personas trabajadoras, eran censurados bajo un sistema de valores que alababa el trabajo y reprochaba el descanso.

En mi lugar

por ÁLVARO CASTILLO • Fotografías por el autor

Número 148 Marzo de 2026

Estar allí, entonces. Fue lo primero que se me vino a la cabeza: “Estar allí, entonces”. El título de las memorias de Gregory Randall sobre sus años en Cuba. Solo que, en mi caso, le agregué una coma que cambia por completo el sentido. Ya no se trata de una afirmación sino de, más bien, la apertura a un diálogo. Una interrogación. Una explicación.

Llevo ya 31 años de experiencia cubana. De ir y virar constantemente. De tener un pie en cada orilla, porque esto, en mi caso, es posible. Una especie de vida dividida. Una vida en pausa mientras la otra continúa. Ese ir y regresar me ha permitido tener dos patrias y habitar, como un caminante que sabe dónde comprar el pan o dónde es posible encontrar un almuerzo barato, en dos lugares que se parecen más que en lo que se diferencian.

¿En qué se parecen Colombia y Cuba? En que vivimos unas realidades tan desmesuradas, extrañas e incomprensibles que nadie, ni nosotros mismos, es capaz de entenderlas o explicarlas. Desafiamos cualquier lógica, toda razón. Esto hace que seamos, entonces, unos seres que vivimos en nuestros espacios “contra toda esperanza” (sí, suena exagerado recurrir al nombre de las memorias de Nadiezhda Mandelstam para buscar una definición). Simplemente vivimos y estamos sin preguntarnos demasiado porque pa qué, porque ya qué. No hay nada que entender.

Creo, además, que estas realidades tan extrañas suscitan en los visitantes una especie de “ansia explicativa”: de repente y sin pudor alguno, cualquiera se siente con la autoridad, la experiencia y el conocimiento para explicar semejante absurdo. Y no hay nada que choque más, a cualquiera. No se trata de que no se pueda opinar sobre nosotros, sino de creer que pueden explicarnos con solo pasar unos días en nuestras calles. Y, por supuesto, es una tentación en la que es fácil caer. Y no voy a caer a estas alturas del partido en ella.

La experiencia de una vida es imposible de transmitir. Cada cual habla de su realidad desde su punto de vista. Desde las pocas calles que puede recorrer. Esto hace que la comprensión de un suceso de carácter nacional sea inatrapable. ¿Cómo, por ejemplo, poder hablar de un país sumido en una crisis energética sin precedentes cuando, por esas cosas de la vida, el sitio que se habita tiene el sistema eléctrico soterrado y no se va la luz? Cuando a los demás sí se les va. ¿Es posible, entonces, asumir la experiencia y tragedia de los demás como propia?

Creo que el testigo tiene el deber de decirlo y contarlo todo (esta frase no es mía y no recuerdo donde la leí). No queda entonces otra posibilidad que la de contar desde la propia orilla o darles la voz a otros, a los demás, que también harán lo mismo. Podría hacer esto, sí. Pero no lo creo honesto. Cuando se trata de la tragedia de un pueblo entero lo primero que hay que tener es decoro y vergüenza.

¿“Estar allí, entonces” qué quiere decir? Ser uno más sin pretender ser el único. Escuchar todas las voces sin pretender poseer la única. Acompañar en el camino. Dando una mano o las dos.

Los momentos que se están viviendo en Cuba son, para cualquiera que no sea de aquí, incomprensibles. Parece que no sucediera nada, pero está sucediendo todo. Parece que todo sigue igual y, aunque no podamos verlo, todo es diferente. El dolor, la tristeza, la incertidumbre, la rabia, la confusión van por dentro. No hay, entonces, nada mejor que vivir como “uno de esos días en que es la vida” porque, así nos esforcemos, no podemos cambiar lo que aún no ha sido escrito.

Y, por sobre todas las cosas, nos falta para acercarnos a vislumbrar alguna explicación, la experiencia de haber sido y ser cubanos durante este tiempo, ya largo y al que algunos “llamarán antiguo” (como escribió el poeta Norberto Codina).

Estoy acá, con los cubanos, como un cubano de a pie más, en medio de la incertidumbre de que algo va a pasar, puede pasar, está pasando y no ha sucedido. Con la certeza plena de que lo que me tocó ahora por la libreta es esto. Y no me queda más remedio ni posibilidad que “estar aquí, entonces”, del lado de ustedes, y a su lado, hermanos cubanos míos.

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Volver a la tierra

por SIMÓN MURILLO MELO • Fotografías por el autor

Número 148 Marzo de 2026

Lo único que le dejaron sus padres a Karleth Izquierdo fue la tierra, más o menos un cuarto de hectárea en Boca de la Ceiba, al borde del río Sinú. Ahí vive en una casa de bloques de concreto con su hijo adolescente. Cuando su papá vivía la casa daba a un pequeño barranco donde crecían unos guamos y donde ahora ella cultiva hojas de biao, que le dan para vivir. A unos metros de sus cultivos, las aguas espesas y marrones del Sinú se estiran acaloradas. Ahí corría un riachuelo que la mayoría de los días no llegaba ni a barro mojado, un minúsculo chorro de agua, el caño Bugre. El bloqueo de su corriente algunos metros aguas abajo por basura y rastrojos cortaron la salida del Bugre al Sinú. Algunos tramos se convirtieron en pantanos. Otros se secaron. En las lluvias de los primeros días de febrero el riachuelo creció y creció. Alarmados, los vecinos construyeron una barrera de costales en su ribera y esperaron lo mejor. Ya antes habían tenido crecidas, pero nunca como esta. En la madrugada, un sonido terrible levantó a Karleth: como si un rayo hubiese caído sobre ella.

La diminuta corriente del caño Bugre se había hecho barrejobo. El río que por años agonizó, ahora era imparable. Karleth y sus vecinos erigieron en la oscuridad una nueva barrera de costales para reemplazar la anterior que había sido arrastrada. Tampoco sirvió. Alguien sacó una canoa de plástico para navegar por donde antes era nada más que tierra firme. El agua devoró todos los cultivos de hojas de biao de Karleth y llegó hasta su casa, a unos cuarenta metros de distancia y por lo menos cuatro de altura. Lo perdieron todo, menos la tierra, todavía. No paraba de llover.

Habían pasado quince días desde las inundaciones y el cultivo de biao de Karleth, ahora podrido, seguía anegado. Ella estaba muy angustiada y había empezado a enfermarse por pasar tanto tiempo metida en el agua, intentando ganar un poco de espacio. Como en el resto de Córdoba, no había ninguna presencia estatal o local apoyando a los inundados. Eran solo ella y sus vecinos contra el río.

Visité Boca de la Ceiba junto a Álvaro Cogollo y su primo José Antonio Cogollo. Este año Álvaro cumple setenta. Es un hombre fuerte, risueño y hablador. Es botánico, uno de los más prolíficos del continente. Tiene unos ojos pequeños e intensos que le han revelado más de doscientas especies nuevas en lugares completamente diferentes de nuestra geografía. Lo que para muchos es la culminación de una carrera, para él es la maravilla usual de ver lo nuevo, una y otra vez. “Cuando estoy en el bosque ya no miro para arriba. Miro para el suelo, a la hojarasca”.

Cuando era muchacho, Cogollo, familia y amigos solían ir con frecuencia a Boca de la Ceiba a recoger agua, a bañarse. Hace años, cuando corría libre, el Bugre era un caño de aguas lentas que bajaba hasta la Ciénaga Grande de Lorica. En Manguelito se dividía en un chorro sin nombre que armó la vida de Álvaro cuando era niño, allá en El Tapón de San Pelayo.

El 24 de diciembre de 1969 Cogollo dormía en la casa de un amigo, no muy lejos de la de sus padres, en la vereda Providencia. Los adultos jugaban dominó cuando alguien se asomó en la noche: “Hay suba”. El afluente del Bugre supuraba bocachicos, tantos que parecían un segundo río. “Vamos a bracearlos”, dijo el amigo de Cogollo, ahora su cuñado. “En par patadas llenamos un costalao de bocachico”. Nunca volvería a ver tantos pescados juntos en su vida.

A veces su abuelo, Fernando Cogollo, hacía un comentario misterioso: “Mañana va a amanecer el caño crecido”. Y en la madrugada la predicción se hacía realidad, las aguas del río se embravecían y el caudal aumentaba. “¿Abuelo, usted por qué sabe?”, le preguntó Álvaro alguna vez. Fernando extendió su dedo hacia el sur, donde las nubes negras se acumulaban: “Está lloviendo en las cabeceras”. La respuesta implicaba más preguntas que se hicieron claras en un libro de geografía de segundo de primaria: en un lugar en Antioquia llamado el nudo del Paramillo nacía el Sinú que en Boca de la Ceiba formaba un ramal, el Bugre, que en Manguelito se dividía en el caño que pasaba frente a su casa. Algún día, se dijo Álvaro, conocería el nacimiento del Sinú. Lo imaginó como una gran laguna, tan bella como la ciénaga.

La Voz de Montería pasaba un jingle que lo maravillaba: “Los valles del Nilo, el Tennessee, el Sinú, las tierras más fértiles del mundo”. Los Cogollo, como era propio de los campesinos acomodados del Sinú, tenían una roza, una parcela para la yuca, el ñame, el plátano, la papaya, el mango y la patilla. Bastaba bajar al río para sacar agua. Siglos de ingeniería hidráulica zenú habían canalizado las aguas del Paramillo a la tierra misma, convirtiéndola en una de las más fértiles del mundo en biomasa. La vida se desbordaba por todas partes y Álvaro aprovechaba, cazando pájaros con la honda y pisingos con la escopeta en la ciénaga El Vichal junto a sus tíos Toño y Rafael.

Ellos eran rianos, los que vivían del río, abacú, gente de chancla tres puntá. Cada día pasaba por el afluente del Bugre una chalupa con motor, el portátil, recogiendo campesinos desde Cotorra hasta Cereté y más allá. El papá de Álvaro, Justiniano, se había enamorado en Chimá, al otro lado de la ciénaga, y para ir a visitar a María del Carmen Pacheco se embarcaba en su portátil con el remo y la palanca. Y si en alguna noche cenagosa sin estrellas llegaba a perderse, torres de las iglesias de Arache, Momil, Cotorra, Sitioviejo y Chimá brillaban como faros, en la oscuridad.

La abuela María Ascención Berrocal era yerbatera y partera. Las plantas que para los demás eran invisibles tenían muchos sentidos para ella y su nieto Álvaro era el alumno más atento que había tenido. Cogollo mantenía una libreta en la que anotaba el nombre de todas las plantas que lo rodeaban, con extensos comentarios sobre “cómo se cortaban de acuerdo con las fases de la luna, cuál era la leña de corazón que daba la suficiente brasa para cocinar el arroz o cuál rama de arbusto lechero era mejor para fabricar una honda”.

Después de la pandemia Cogollo usó la plata de un premio que le habían dado y se compró media hectárea en El Tapón de San Pelayo, a unos metros del río donde aprendió a nadar, justo al lado de la tierra del primo Rafael Antonio Zabaleta Cogollo y cerca de la que fue la tierra de sus abuelos. Las aguas del caño donde aprendió a nadar entre guamos se habían eutrofizado y sedimentado y estaba contaminado con pesticidas y basura, aunque menos que otros de la zona. Apenas tenía corriente ahora, como un pantano.

En San Pelayo muchas cosas han cambiado pero otras se mantienen idénticas. Hay un Cogollo o un Berrocal de todas las edades en cada esquina, el ecosistema agrario y el minifundio persisten, pululan las bandas musicales. Pero los ríos ya no hacen parte de la vida pública, ni de la vida en general. Muchos se han vuelto vertederos. Algunos de los pescados del pasado han desaparecido hasta la memoria de la gente. Como Cogollo me dijo, “Fíjate, ya uno ni siquiera… Si uno pregunta: Oye, ¿conoces la mayupa? La gente ya no la conoce. Tampoco el bocachico rubio, el congo o la alondra. Todo eso se ha perdido”.

Si hace más de mil años los zenú construyeron una civilización junto al agua, algunas décadas del siglo XX habían hecho a los cordobeses ajenos a su pasado anfibio. La moto reemplazó al bote. Tanto los campesinos como los terratenientes fueron ganándole terreno a la ciénaga, con ganado o con barreras de material que secaban las aguas, los jarillones. La productividad del Sinú se dio por hecha y las ciénagas que la generaban aparecieron como impedimento para más y más cultivo. Elías Milani, terrateniente de la zona, llegó a ser tan buen destructor de humedales que la Gobernación de Córdoba lo condecoró.

Los padres de Cogollo estaban montados, como casi todos los campesinos de la zona, en la fiebre del algodón. Impulsada por la política de colonización agraria colombiana y por la Alianza para el Progreso del gobierno de Kennedy, la frase favorita de los políticos y terratenientes era “Habilitar tierras para el cultivo”. Los humedales eran especímenes de un pasado montuno que podía desaparecer, como en el Valle del Cauca, para dar paso a los cultivos del mañana en la forma en que lo hacían los gringos, con pocas manos, muchas máquinas, altas concentraciones de agua y, pronto, el dulce olor de los pesticidas.

“No se me olvida el olor del toxafeno DDT 40-20”, me dijo Cogollo. Primero regado por manos humanas, luego desde un helicóptero y luego del primer avión que Cogollo vio en su vida, dejando una estela de toxafeno detrás de sí. Él cortó una madera de balso y se hizo un avión con una hélice de lata.

A su tío Rafael un sobrino le propuso alquilarle sus tierras. “¿Para sembrar algodón?”, contestó, “No, señor, desde que llegó el algodón todo hay que fumigarlo. Hay que fumigar el maíz, la yuca, el ñame, a todo le cae plagas. Y uno pasa al día siguiente y encuentra el sapo muerto, la rana muerta, lo que se comía las plagas. ¿Tú te comes una mota de algodón? Yo siembro lo que me pueda comer. El maldito va a ser la ruina del Sinú y mientras yo viva no se va a sembrar una mata de algodón en mis tierras”.

En febrero de 1963 Álvaro y su hermana Fausta se fueron a estudiar a Chimá, al otro lado de la ciénaga. Chimá, “tierra bonita”, una de las pocas palabras que nos quedan del zenú, es una zona de transición entre el bosque húmedo del Paramillo y el bosque seco del Bajo Sinú y el golfo de Morrosquillo. Es un pueblo de pescadores y campesinos mecido en el ritmo paciente del calor de las cuatro, donde la vida empieza y termina en la ciénaga. Allí Cogollo escuchó la historia de un pescador que un día le avisó a su familia que iría a “darle la vuelta al mundo”. Salió en la madrugada con su canoa y su familia lo despidió incierta del futuro. Dos días después había vuelto. “Eche, ¿no le ibas a dar la vuelta al mundo?”. “Ya la di, le di la vuelta a la ciénaga”.

Después de unos meses en la escuela de Chimá, Cogollo recorrió varias escuelas de la región antes de hacer parte de la primera promoción del INEM de Montería, otro legado de la Alianza para el Progreso que tenía la enorme novedad de que tenía baños; como nadie tenía ni idea de qué era un lavamanos, los estudiantes orinaban en ellos. En el INEM cultivó una pasión por el vallenato, militó algunos años en la causa de la reforma agraria en las juventudes del MOIR y conoció en un salón de octavo grado a Nohra Guzmán, una de las pocas mujeres del colegio y la compañera de toda su vida.

Por un tiempo pensó que iba a ser ingeniero agrónomo pero decidió ser botánico, como María Ascención. Entró a la Universidad de Antioquia y conoció a Enrique Rentería, el profesor de taxonomía que lo llevó a conocer la selva húmeda por primera vez, en el Magdalena Medio, y lo conectó con Thomas Croat, experto en las aráceas. En su primer viaje al Chocó, acompañando a Croat, Cogollo recolectó un anturio que vio curioso y que Croat identificaría ahí mismo como nuevo para la humanidad. Lo nombró Anthurium cogolloanum.

Volví a Chimá con Cogollo a ver la ciénaga. “Es un árbol críticamente en peligro de extinción”, me dijo de un solitario guayacán azul, el Guaiacum officinale, en la tierra de su hermano Lucho, un campesino. Álvaro fue el único de los hermanos Cogollo Pacheco en irse de Córdoba. El resto hizo su vida en el Medio y Bajo Sinú, como maestros, campesinos o líderes. Con su hermano Óscar, quien nunca se queda quieto, recorrimos un pequeño jarillón que los campesinos habían construido sobre la ciénaga Los Charcos, que en el pasado fue parte de un gran complejo ininterrumpido de humedales que conectaba Lorica con los pueblos del sur. Durante mucho tiempo reducida, las inundaciones la habían hecho crecer hasta confundir el agua con el horizonte.

Los chimalenses aprovecharon el jarillón que le construyeron a la ciénaga para hacer unos pequeños cultivos de algodón y patilla. Con las inundaciones, no habrá esperanza de cosecha este año. Muchas familias del pueblo esperaban esos ingresos para sobrevivir. Sin la patilla, la economía circular de todo el pueblo tambaleaba. Como nos dijo Alexander Jiménez, un activista zenú por el buen vivir con las ciénagas: “El pescador vende al mercado local que le vende al pescadero y el dinero va rotando”.

Isaac, un pescador ya veterano, pasa el calor de la tarde con sus compañeros en una cabaña al borde de la ciénaga. Las inundaciones habían afectado la ecología de los peces y aunque la ciénaga es un refugio de manatíes, las capturas en las atarrayas y trasmallos de los pescadores habían caído significativamente. Otros pescados como el sábalo han desaparecido. Un brillo emanaba del cielo casi despejado. Isaac, con voz pausada, describió con calma la situación: “Ya solo quedaba el hambre”.

La revolución agraria que prometía la Alianza para el Progreso implicaba menos gente para más campo. Ese proceso de desplazamiento masivo se consolidó con la arremetida paramilitar de finales de siglo y la dramática transformación del Sinú por la construcción de la hidroeléctrica de Urrá. Y antes que amilanarse con el cambio climático, la voracidad de los terratenientes continúa sin vergüenza: Erasmo Zuleta, el gobernador de Córdoba, es poseedor de una finca con ciénaga, un gusto mafioso impedido en teoría por la ley colombiana y la Convención Ramsar de los Humedales. Entonces Zuleta construyó jarillones para secarla y que así no le pongan mucho problema por lo que es suyo.

Durante quién sabe cuántos siglos, los habitantes de las ciénagas se movían por ellas con libertad, monteando la liga. Así lo hicieron Alexander, Isaac y Cogollo de muchachos. Buscando asegurar su propiedad, los terratenientes locales han empezado a cerrar la ciénaga con cercas eléctricas. Según Alexander, alrededor de Chimá hay más de doscientas hectáreas electrificadas. Y si los campesinos logran superarlas, vigilancia enfierrada les anuncia que estos humedales son ahora propiedad privada. Ahora vivir al lado de una ciénaga, como de un río, es un encarte.

Las carreteras, como las casas, como las haciendas, se construyeron sobre ellas durante muchos años. Ahora mismo poderes locales planean construir un extenso jarillón de Lorica a Purísima, una traición más a la ciénaga de Lorica, la más grande del bajo Sinú. La Oxy quiere aprovechar que hay pocos interesados y convertir las ciénagas del Medio Sinú en campos de gas conectados con Cartagena.

Entre Ciénaga de Oro y Chimá se abre uno de los paisajes más hermosos que he visto en mi vida, un extenso complejo cenagoso rodeado por guayacanes y sangregallinas en plena floración, sus flores empantanando el agua diáfana del espejo. Pero en la mitad de una ciénaga convertida en el antejardín de una hacienda, una valla publicitaria anuncia para el Senado a Milena Flórez, esposa del condenado Musa Besaile.

En 1991 Cogollo intentó por primera vez subir al alto del Paramillo, a donde nace el Sinú. Solo otras dos expediciones habían logrado coronar antes el alto. Cogollo arrancó la subida por Ituango, por el Bajo Inglés y siguió por Santana y luego La Redonda. Alcanzó a llegar a los 3100 metros pero dio la vuelta. Lo volvió a intentar en el 93, con el botánico valluno Hermes Cuadros y con Alwyn Genthry, del jardín botánico de Missouri, una leyenda de la botánica neotropical del siglo XX. En vez de seguir por La Redonda, remontaron a machete el cauce del río Ituango. La selva húmeda dio paso a los bosques de montaña y los bosques de montaña al páramo más inexplorado del país, donde nace el San Jorge, donde nace el Sinú.

Pero no había laguna por ninguna parte. Apenas unos hilos lentos en el silencio del páramo. Ese era el nacimiento del Sinú. Cogollo tomó fotos apresuradamente. No tenían suficiente agua. Tenían que bajar de nuevo. Después de recargar las cantimploras en el río Ituango, se perdieron. Los morrales les pesaban con las muestras de todo lo que habían recolectado. El bosque espeso se cerraba contra ellos y la comida se había agotado. Ahí encontraron una mora silvestre gigantesca que Cogollo jamás volvió a ver y que les calmó el hambre un instante. Sin signos de camino, Cogollo se acostó en su morral a calmar el cansancio. Cuando caía la noche, un grito lo levantó: “¡Mierda de vaca!”. Era Genthry, que había visto la civilización.

De regreso al caserío de Santa Ana, decidieron cruzar el nudo por un filo menos elevado y salir al otro lado, al pueblo de Juan José en la cuenca del San Jorge. Los interceptó una avanzada de las Farc. Los venían siguiendo. Tuvieron que devolverse y en el camino de regreso Álvaro se volvió a fijar en una planta “que en el trayecto nos estuvo mamando gallo”. Luego sabrían que era una Metteniusa, ahora llamada Metteniusa cogolloi. Cuando Álvaro fue a revelar el rollo de las fotos que tomó en el alto del Paramillo, el rollo estaba quemado. No quedó nada de las aguas del Sinú.

El mismo año que Cogollo escaló el Paramillo el Inderena otorgó una licencia ambiental a la que hasta entonces era la hidroeléctrica más grande del país, una fantasía de control de la naturaleza que bajaba desde la Alianza para el Progreso: Urrá. Abeja en eberá. El aguijón de la abeja destruyó 7400 hectáreas del Paramillo y desplazó a más de tres mil personas, la mayoría indígenas emberá de los resguardos de Karagabí e Iwagadó.

El activismo contra la represa se organizó en Tierralta alrededor de Simón Domicó y Kimy Pernía. En Bogotá el cordobés Paul Sánchez Puche fue financiado por el Cinep para impulsar un movimiento clave en la historia de las luchas ecológicas contra el pillaje energético. El lema de Urrá, “Energía para el desarrollo de Córdoba”, resultó ser poco más que una burla. Durante años la clase alta de Córdoba y Antioquia utilizó escuadrones de la muerte para asegurarse el control de la montaña e imponer el proyecto sobre los cadáveres que fueran necesarios.

Aunque el movimiento logró impedir que se construyera una segunda hidroeléctrica junto a la primera, Urrá 2, en el año 2000 la culminación de la construcción y el cierre de las compuertas le dieron lo que parecía ser la última puñalada al Sinú. Urrá contribuyó al declive de las ciénagas de Córdoba al no suplir el mismo caudal de antes al gran complejo de la ciénaga de Lorica. La población de pescados del Sinú colapsó. Y justo lo opuesto de la agricultura zenú que usaba al río para dar gran fertilidad a las planicies, al descender el nivel freático, las tierras de Córdoba se irán salinizando con cada año de operación de Urrá.

La primera selva húmeda que conoció Cogollo fue cerca del río Carare, en Campo Capote. Nunca había visto nada igual. Estaba en primer semestre y había logrado que lo aceptaran en el semillero de botánica de Enrique Rentería. Incluso para él, que venía de las infinitas ciénagas del Sinú. Esa selva no tuvo par, ni aún hoy, porque en algunas décadas había sido completamente arrasada. Ahora el que vuelva a ver ese paraje se va a encontrar solo con tierra yerma para el ganado y el petróleo. “La vida de un ser humano es demasiado corta ante cambios de esa clase”, me dijo Cogollo.

Más de doscientas mil personas sufrieron las inundaciones y 35 000 hectáreas se inundaron en Córdoba, apenas una muestra de lo que vendrá después. Las ciénagas volverán. El futuro para alguien como Karleth es incierto. La tierra firme está desapareciendo debajo de sus pies. La clase política cordobesa ha reaccionado con el apropiado cinismo: “Borrón y cuenta nueva”, es el eslogan de David Barguil, ahora senador del Partido Conservador.

Hace más de treinta años, Cogollo fue a un evento en Montelíbano. Ahí vio a unos árboles curiosos, sembrados en fila. Veintiséis años después se los volvió a encontrar, en Tierralta. “Ahí mismo me acordé”. Luego en la ciénaga de Betancí los volvió a ver. Eran de una especie nueva, la primera que descubre en su departamento, la Cordia nicandroides. Llega a los veinticinco metros de altura, florece en cientos de flores blancas y su pariente más cercano está a miles de kilómetros de distancia, en la caatinga brasileña. Es un descubrimiento con profundas implicaciones para la conectividad vegetal del continente. Pero ahora Cogollo encuentra el árbol en partes insospechadas de Córdoba y la Costa. Siempre estuvo ahí. Lo único que tuvo que hacer fue volver a mirar.

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