Vivir sin agua

por MATEO LÓPEZ LÓPEZ • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

—Muchacho, ¿se toma algo?

En un viejo escaparate color caoba hay dos botellones de agua en miniatura, parecen de colección. Amparo y yo estamos sentados en el comedor de su casa, la misma que construyó cuando se hacían terraplenes en pineras y eucaliptos deforestados en una montaña sin caminos, entre pasos de pantano y lodo. Al frente hay un balde con agua y, sobre el poyo de la cocina, al lado de donde estamos conversando, un filtro de agua.

—Agua está bien.

Van unos veintiséis años desde que Amparo vive en Granizal, una vereda del municipio de Bello cuya frontera con Medellín es La Negra. Una quebrada. Solo eso. Un cuerpo hídrico que separa dos formas radicalmente distintas de vivir el agua.

Se trata de un sector que desde que empezó a poblarse ha recibido a un gran número de desplazados por el conflicto armado en el país y que, según sus propios habitantes, les dio una oportunidad de vida con promesas de desarrollo. En 1996 llegaron las primeras familias y, desde entonces, lo hicieron desde el norte, el suroeste, el oriente y el Urabá antioqueño; desde el Magdalena Medio, el Chocó, los Montes de María, el norte del Cauca, el sur del Huila, de Córdoba y del Eje Cafetero. En los últimos años, también se convirtió en refugio del éxodo venezolano.

De acuerdo con las investigaciones que han documentado el fenómeno del desplazamiento forzado interno en Colombia, a finales del siglo XX casi 6 500 000 personas abandonaron sus tierras al verse inmersas en los enfrentamientos que se dieron entre guerrillas, paramilitares y el Estado colombiano.

Sin embargo, no les fue tan fácil escapar de la violencia. En la nueva tierra también se encontraron con actores armados que disputaban el control. Durante los primeros años de poblamiento hicieron presencia guerrillas como las entonces Farc-EP y el ELN. A comienzos de los años 2000, la expansión del Bloque Metro de las AUC por la zona nororiental de Medellín y los corredores que conectan con Bello también alcanzó el entorno de Granizal. Tras la derrota de esa estructura en 2003, el control pasó a otras organizaciones sucesoras del paramilitarismo y, con los años, a grupos de delincuencia organizada que continuaron regulando la vida cotidiana de la vereda.

—Esto anteriormente era una olla. Aquí no podía entrar nadie sin acompañante porque lo quebraban —recuerda uno de los vecinos de Granizal.

Este paraestado era absoluto. Se alimentaba del reclutamiento de los mismos habitantes y determinaba con celo quién podía entrar o salir del territorio. Quien robara o consumiera drogas, o cruzara una frontera, corría riesgo de morir.

—Mucha gente llegando a la carretera se bajaba del colectivo y ahí mismo la mataban. A mi hermano lo iban a matar en el llanito de la carnicería de Cumbamba, una que quedaba arriba de mi casa. Cuando le iban a disparar, reconocieron que era un hermano mío y se salvó —recuerda Amparo.

Aunque los muertos hoy son menos, el olvido institucional permanece. Jhon Jairo Yepes, presidente de la Junta de Acción Comunal de El Pinar, resalta que el cambio hacia una vida más pacífica es el resultado de un proceso colectivo.

—Por la comunidad, por las juntas, por todo el mundo. Se ha concientizado a la gente de que la violencia no da nada bueno.

La vereda difícilmente ha conocido la legitimidad del Estado. Es el segundo asentamiento informal más grande de Colombia en el que viven aproximadamente veintiocho mil personas y, en consecuencia, uno de los territorios con más desigualdades.

A Amparo la conocí por recomendación de mi abuela. Ambas, viejas distinguidas de la iglesia y sus mítines políticos del partido MIRA. Su historia está atravesada por la historia de su barrio. Llegó a El Pinar en 1996, un año después de las primeras invasiones. De esa época recuerda a vecinos martillando hasta las doce, una, dos de la mañana, clavando palos, arreglando sus casitas, cuando no había alcantarillado, no había agua. Por esos años hizo “un ranchito” que, ahora, es una casa de material en obra negra de tres pisos adornada con plantas y bien acompañada de un gato, su hijo y unas cuantas gallinas ponedoras. Es una mujer determinada, generosa, paciente y elocuente, rasgos derivados de una vida en el campo.

Precisamente, mientras pasa el agua por el filtro y la sirve, hablamos sobre el origen de su vereda, de sus luchas por conseguir agua y de la vida en su comunidad.

—Nosotros hemos sufrido mucho en esta zona por el agua. Toda la vida, desde que entramos, no había agua.

“Yo sí soy una loca, ome”, me digo. Estamos conversando sobre agua; escasez de agua. Amparo acaba de contarme las peripecias de unas tres décadas buscando, peleando, trayendo, cargando, racionando, curando agua en su territorio, y a mí no se me ocurre otra cosa que pedirle agua. Pero caigo en la cuenta tarde, justo cuando sostengo entre las manos el vaso plástico fucsia que acaba de entregarme.

La desigualdad es una vía

Mi cita con Amparo comenzó tarde por culpa de un trancón de media hora que siempre se forma en la estación Santo Domingo Savio del metrocable, cerca de mi casa.

Para acceder a la vereda hay un par de rutas de bus que paran en la estación Prado del metro, en el centro de Medellín. Yo había cogido un mototaxi que va hasta Granizal por unos seis mil pesos, pero en ese punto nadie se escapa del taco. Adelante y atrás hay carros, camiones, motos y hasta peatones en fila. Esperamos a que el carro de la basura cargue el volco para continuar. No nos queda de otra. Esta ruta es el único acceso a la vereda, la vieja vía a Guarne, una carretera que se abrió paso hace un siglo para instalar los rieles del Tranvía de Oriente, que iba desde el barrio Manrique hasta Marinilla. El tranvía dejó de funcionar en 1942 y la vía a Granizal, cien años después, sigue siendo una trocha sin pavimentar.

Delante de mí hay un carrotanque de EPM goteando agua todo el tiempo. Aunque su presencia no ayuda mucho con el trancón, hace parte de los vehículos que proveen la única agua potable que llega a la vereda diariamente, unos 266 mil litros, un promedio de 9,5 litros por persona, que apenas alcanzan para lo mínimo que necesitan los veintiocho mil habitantes de la vereda. En 2010, la ONU determinó que cada ser humano tiene derecho a disponer de cincuenta a cien litros de agua segura, aceptable y asequible por día para uso doméstico y personal.

Cada día, a las siete de la mañana, cinco carrotanques de estos hacen la ruta del agua. La primera parada de su peregrinación empieza en un hidrante amarillo en Santo Domingo. Allí, cada uno de los operarios conecta la manguera, abre el tubo y espera unos veinte minutos a que el tanque se llene. Esto ocurre justo cuando un chorro de agua empieza a salir del camión. Entonces, cierran el hidrante con una llave de expansión y arrancan cuesta arriba. La otra pausa es el trancón. Después, toman la vía y cada vehículo, según la ruta asignada, reparte el agua en los ocho barrios que componen Granizal: Manantiales, El Pinar, Oasis de Paz, El Regalo de Dios, Portal de Oriente, El Siete, y Altos de Oriente I y II.

Los camiones abastecen 112 tanques comunitarios. Diariamente, apenas llega el carro de EPM, se forma una fila de niños, niñas, mujeres, ancianos que esperan su turno con tarros desechables, baldes, poncheras, botellas y ollas. Pocos hombres en la fila. Todos aprovechan para llenar sus recipientes de agua y, con ello, tratar de tasar el suministro que, con suerte, alcanzará hasta el otro día. Esto no es garantía de nada, pues los acaparadores dejarán los tanques secos en muy poco tiempo. Porque la carrera matutina no es solo por ganarse un buen puesto en la cola, sino para salirles al paso a las casas y los negocios que, tan pronto instalaron los tanques, encontraron la manera de abrirles un boquete para tomar el agua directamente por medio de una manguera.

—Conforme llega el carro, ahí mismo el agua se acaba —dice Amparo.

La imagen de la fila no es nueva para mí. Muchas veces me ha tocado hacer esa misma cola a la espera de agua cuando en mi barrio se daña un tubo o cuando hacen mantenimiento a la infraestructura del acueducto. En todo caso, no deja de ser un evento esporádico que se atiende con la tranquilidad de que al día siguiente saldrá agua limpia de la ducha o de la cocina; lo hará de manera ilimitada y la vida volverá a la normalidad. La paradoja es que mientras mi barrio está a escasos dos kilómetros de Granizal, nosotros contamos con el derecho al acceso a agua potable, y ellos, por lo general, podrían caminar hasta medio kilómetro entre ida y vuelta, es decir, unas cinco cuadras entre todo el desplazamiento cada día. Así como una casa puede estar al lado de un tanque, otra familia puede tenerlo a veinte o treinta casas de distancia. El recorrido es relativo, pero en todo caso siempre implica salir a la calle y echarse al hombro varias canecas de unos veinte litros. La dificultad para cada familia depende de la distancia de la vivienda al bidón; toca encontrar la mejor manera de hacer desecho, pasar pantanos, subir escaleras o arrastrar carretas. Dependiendo de los recipientes y la capacidad de cada persona, el viaje puede repetirse una, dos o tres veces.

Se calcula que en el Valle de Aburrá unas 65 mil familias viven en las mismas condiciones, pese a que en esta región se encuentra, al mismo tiempo, la más importante empresa de servicios públicos del país.

Fotografía: Mateo López López.

De un acueducto hechizo a la Acción Popular

El “privilegio” del agua tratada es relativamente nuevo en este sector. Las filas son parte del paisaje apenas desde 2020. Antes de eso, y durante cerca de veinticuatro años, no había carrotanques intensificando trancones, ni bidones a los cuales acudir en las esquinas, ni filas que hacer diariamente. No había otra opción que tomar agua cruda, agua no potable.

El agua para cocinar salía del acueducto hechizo, la primera fuente de agua con la que contó Granizal. Se trata de un sistema improvisado de redes de PVC y mangueras de neumático, que resaltan en las calles de tierra, y que las comunidades construyeron, poco a poco, conforme fueron poblando el territorio.

El agua que corre por este sistema proviene de la represa Piedras Blancas, ubicada a tres kilómetros de la vereda. Fue la primera fuente hídrica que tuvo Medellín y aún abastece el nororiente de la ciudad, excepto el punto donde se encuentra Granizal. Las plantas de tratamiento que potabilizan el agua de esta represa están en Bello Oriente (Comuna 3) y en Villa Hermosa (Comuna 8), pero en Granizal no hay infraestructura para el proceso de potabilización, por lo que la gente no tiene otra alternativa que conectarse de manera irregular al paso de agua cruda, con todas las implicaciones que esto tiene. Sobre las condiciones del líquido, testeos realizados por el Laboratorio de Ingeniería Sanitaria de la Universidad de Antioquia, en 2015, demostraron que el agua consumida en el sector Manantiales y El Pinar tiene presencia de materia fecal humana y animal, lo que pone en riesgo la salubridad de la población, con posibles infecciones diarreicas, parásitos intestinales, hepatitis, enfermedades en la piel y problemas respiratorios.

La distribución del agua que provee EPM en los tanques comunitarios desde hace seis años no se trató de una medida social y benévola del Estado, sino de una respuesta a la organización comunitaria, la cual se consolidó por medio de una Acción Popular que interpusieron en el año 2015 para exigir una solución, debido a que por años la negativa de un acueducto se sustentó en el hecho de que su territorio es informal.

Cuando la vereda comenzó a poblarse, sus habitantes tomaban agua de nacimientos y quebradas. En medio de la expansión urbana, se fue obteniendo de la represa. Esto le dio fuerza a la organización comunitaria. Las juntas de acción comunal pedían una colaboración de quinientos o mil pesos, y con eso se le pagaba a un fontanero que estaba pendiente de las canillas y pasos del agua.

—Con esas colaboraciones se hicieron tanques allá arriba, todos esos caminos que se ven en las escalas se vaciaron con ese dinero. La gente aportaba que un plátano, que una yuca, bolsas de patas y cabezas, cualquier cosa pal convite y el sancocho —recuerda Amparo.

En 2012, la comunidad conformó el Comité Veredal de Granizal, acompañados por los profesores Jaime Gómez y Jaime Agudelo de la Universidad de Antioquia, en el cual participaron varios presidentes de las JAC, entre ellos Jhon Jairo Yepes. Los académicos acompañaron a la comunidad durante mucho tiempo hasta concretar una Acción Popular que logró demostrar la vulneración de varios derechos, con evidencia científica de las condiciones tóxicas del agua.

—Hicimos un plantón en la autopista Medellín-Bogotá, como cinco o seis horas. Pedimos que se pusieran pilas con nosotros, básicamente, que nos vean como seres humanos. Y con eso, llegamos a ciertos acuerdos con relación a acelerar la gestión del POT.

La respuesta a la queja la dio el Consejo de Estado en 2020. El documento reconoció que en la comunidad se han vulnerado derechos colectivos como el acceso a agua potable, a la salubridad pública, al ambiente sano, al acceso eficiente a servicios públicos y a prevención de desastres. Para el Consejo de Estado resolver la falta de agua potable y alcantarillado en Granizal no es tarea de una sola entidad. La mayor responsabilidad recae sobre la Alcaldía de Bello y EPM, que deben trabajar de manera conjunta para garantizar el acceso a estos servicios, primero con soluciones temporales y luego con obras definitivas cuando las condiciones lo permitan. A ese esfuerzo también deben sumarse la Gobernación de Antioquia y el Ministerio de Vivienda, encargados de apoyar la coordinación y la gestión de los recursos necesarios para hacer realidad esas soluciones.

En marzo de este año, pregunté directamente a EPM por qué Granizal no tiene agua. Se me explicó que se debe a que el territorio se construyó de manera informal, sobre un suelo rural que no cumple las condiciones urbanísticas exigidas por ley. Sin embargo, con el antecedente de la sentencia judicial, el Municipio de Bello realizó un cambio excepcional en su POT el año pasado, en el que Granizal pasó a ser suelo de expansión urbana. Esto abre la puerta a generar una solución de fondo que hoy toda la vereda espera. Ahora es el municipio el que debe plantear una propuesta para que se realicen los estudios necesarios para las condiciones del suelo y la construcción de plantas, tanques y redes primarias de acueducto.

La falta de agua tiene nombre de mujer

Quince minutos después de que el camión de basura nos dejara pasar, el carrotanque que venía siguiendo se alista para llenar un tanque. El operario conecta la manguera y, con un silbido, le avisa al conductor para que bombee el agua. Al ver la primera fila decidí pagarle al mototaxi y bajarme a observar. Allí me encontré a Patricia, una amiga de la casa que durante el colegio quería de suegra.

—¿Qué hay de vos?

—Bien, mija. ¿Cómo te ha ido?

—Acá, vea, en lo de siempre.

—¿Está visitando la mamá?

—Nada, me vine a vivir por acá hace como un año. ¿Va a entrar a la casa?

—Pero no me puedo demorar.
Me están esperando por allí —le dije, pensando en Amparo—. Venga le llevo eso —un balde de agua.

Patricia vive sola. Construyó en un terreno que había comprado hace un par de años, cuando trabajaba cuidando niños al lado de mi casa. Ahora es ama de casa y vive de ventas informales. Ella conoce bien la diferencia entre el privilegio del agua ilimitada y las dificultades para tenerla. Es que cambia la vida. Cambian los hábitos. Cambian los quehaceres de la casa. Cambia la tranquilidad de disponer del líquido cuando se quiere.

—Saber que el agua llega y, en el momento que llega, usted aprovecha para llenar las canecas y hacer lo que se vaya a hacer porque, a veces, el agua se va un día, dos días… Por eso, aquí es vital mantener las canecas llenas así haya agua en la llave.

La crisis del agua tiene género. Cuando escasea, alguien debe conseguirla y, por lo general, lo hacen las mujeres. De acuerdo con la Unicef y la OMS, en siete de cada diez hogares del mundo que deben desplazarse por agua, la responsabilidad recae sobre ellas. A eso hay que sumarle el hecho de que aunque trabajen fuera del hogar, dedican casi cuatro horas más a labores domésticas y de cuidado que los hombres.

—A mí la arreglada de la cocina sí se me dificulta mucho. Otra cosa que he notado es que hacer las cosas se me hace más demorado, porque coja la canequita, coja la coca, cargue aquí, vaya para allá. Entonces, no es lo mismo que usted abra una llave y haga lo que necesita, sino que todo es más lento.

En Granizal y en cualquier otro lugar donde falta el agua como en Popular, San Antonio de Prado, San Javier o El Faro, cada quehacer de la casa duplica el esfuerzo físico de la labor: cargar agua para lavar la ropa, para asear los espacios, para la higiene personal; filtrar agua para cocinar y para lavar los alimentos, y racionar agua para garantizar su disponibilidad durante el día.

La ausencia de agua profundiza el desequilibrio que miden las estadísticas del Dane en relación con la carga del cuidado doméstico en la vida de las mujeres. Uno de estos datos señala que, en los estratos socioeconómicos 1 y 2, el 69 por ciento de las jefaturas económicas de los hogares está a cargo de mujeres solteras, un peso que se intensifica cuando se le suma la responsabilidad de salir a la calle a buscar agua.

El tubo madre que traía agua cruda de Piedras Blancas colapsó en Altos de Oriente II a las 3:25 de la mañana del 24 de junio del 2025. Llevaba un día lloviendo sin parar. Un aluvión bajó con cada vez más fuerza de la montaña y siguió el cauce de La Negra donde se convirtió en una avalancha devastadora. Decenas de casas habían sido golpeadas. Pero lo peor estaba por venir: en Altos de Oriente diecisiete hogares fueron devorados por la tierra y por lo menos veintisiete personas murieron. Días antes, representantes de EPM habían intervenido la capacidad de boquerón del tubo de agua cruda.

Desde entonces, ya ni el agua cruda llega a los habitantes de Altos de Oriente. La canilla abierta suena sedienta, como si pidiera agua. Las versiones oficiales sostienen que lo acontecido fue el resultado de las conexiones irregulares que debilitaron la infraestructura: la falta de una solución efectiva es la única culpable de la catástrofe. Los primeros en sacar los cuerpos de la tierra fueron los vecinos, a algunos los enterraron por partes. Unos pocos suertudos consiguieron un mes de subsidios para el arriendo: 750 000 pesos.

La frontera del progreso

Aunque las dos formas de obtener el agua coexisten en el territorio, la de los tanques de agua potable y la cruda del sistema comunitario como el nacimiento de La Negra u otras fuentes, la segunda alternativa tiene un costo económico y político que no solo está viciado por la irregularidad en la captación, sino por la manera en que se controla el suministro a las casas.

Cuando las comunidades comenzaron a poblar la vereda fueron conectándose al agua cruda como mecanismo único de acceso. Estas redes se tejieron de manera comunitaria y las juntas de acción comunal las administraban de tal forma que quien fuera construyendo encontrara un amparo ante una situación que hace un par de décadas era mucho más invisible que ahora. Sin embargo, desde hace unos años una estructura ilegal le quitó la administración a la comunidad y se atribuyó el control logístico de la red y el cobro por su uso.

—Ellos vieron que era muy buena renta el agua. Esa agua no es tratada, pero le sirve mucho a uno para lavar y cocinar, porque uno la filtra —dice Amparo.

Las famosas vacunas, que imponen un impuesto extorsivo a la comercialización de productos de la canasta básica familiar, como huevos y arepas, aplican también para algunos servicios de primera necesidad, como el gas de pipeta, por el que en el territorio cobran cinco mil pesos por encima del precio del mercado formal. En el caso del agua cruda, a la gente de Granizal le toca pagar una cuota semanal de siete mil pesos.

—¿Y si no los pagan?

—Segueta y tapón.

Esto quiere decir que, por agua no tratada, no apta para el consumo humano, cada casa en la vereda está obligada a destinar, cada mes, veintiocho mil pesos, una tarifa que duplica lo que un barrio de estrato 1 paga en Medellín por agua potable. Se supone que en esta zona mandan los de San Pablo, a quienes la comunidad se refiere como “los muchachos”.

—Doña Amparo, para recoger agua entonces toca la que viene de la canilla o salir a la calle, ¿no?

—O agua lluvia.

—Cuénteme.

—Venga le muestro.

Subimos a la terraza. Amparo tiene un inmenso jardín de plantas florales y de frutos. Al fondo, una lata de zinc baja desde la canoa hasta un tanque de casi mil litros para almacenar agua de la lluvia.

—Con esta agua riego el jardín. O la uso abajo cuando es necesario.

Amparo se queda mirando por el balcón.

—¿Todo eso es Medellín?

—Sí, comienza como a un kilómetro de acá.

No se ve muy lejos. Es Medellín. La vista desde la terraza es hermosa. La altura aplana la ciudad. Se pierden las pendientes. Desde arriba, Medellín y Bello parecen una sola: ladrillo y concreto extendiéndose montaña abajo como un enorme hormiguero. El mismo zinc, las mismas casas, la misma montaña, pero esa continuidad es una ilusión. A simple vista no hay frontera. No se ve dónde termina la ciudad formal y dónde empieza la ladera. No se ve dónde termina la promesa del desarrollo y dónde empieza el abandono. Salvo que uno venga y lo viva.

Entre Granizal y Medellín corre La Negra. Una quebrada. Solo eso. De un lado, una ciudad que aprendió a narrarse globalmente como símbolo de innovación, ciencia y desarrollo. Del otro, a solo una quebrada de distancia, un territorio donde abrir la llave no garantiza agua potable y donde el acceso sigue dependiendo de carrotanques, mangueras hechizas, canecas y lluvia, y de la voluntad política del Estado o de los grupos ilegales.

Aquí, desde este balcón, se entiende que la frontera no es geográfica. La quebrada solo hace visible una división más profunda. La frontera real está en decidir para quién fluye el progreso: aparece cuando el agua llega limpia a unas casas y a otras no.

—Yo viví en el campo, donde usted tiene toda el agua que quiera, y uno pasar acá a sufrir por el agua, eso es muy duro.

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Siento sin cuenta

EDITORIAL

Número 150 Agosto-septiembre de 2026

Universo Centro ha alcanzado otro número redondo, una vuelta más de las que hemos dado sobre el mismo eje del mismo bar. Son 150 números publicados en casi dieciocho años de destilar tintas, venenos, sedantes y algunos dulces. UC ha ido mudando sus pieles sin muchas pretensiones ni planes. El comienzo fue una hojilla de bar, un pequeño boletín que informaba sobre las conversaciones más serias de la barra, dejaba caer algunas anécdotas de los alrededores, daba voz a los memoriosos y alquilaba dos columnas y un techo a los poetas. De ahí, de ese primer número, surgió una compinchería, complicidad dirían en el comando, alrededor del encanto de verse en el espejo de lo impreso. La promesa de un nuevo número alentó el humor, que fue la primera enseña del periódico, y con la sátira llegaron otro tipo de perversiones poéticas. Tomaban forma algunos ensayos callejeros y unas primeras crónicas de antros.

UC era un adolescente algo licencioso y andariego cuando llegaron los periodistas a colonizar sus páginas, porque ni oficinas ni cubículos. Las periodistas, mujeres casi todas, estaban estrenando sus libretas y pusieron los primeros rigores a una redacción que todavía vivía del desenfado de algunos profesores, de sus insolencias tardías, y de los amagos malditos de escritores en remojo. La novedad en el marco de la plaza, los chismes, el catolicismo, la inopia de la prensa conservadora hicieron que el pasquín recién impreso generara algún revuelo. De modo que mecanógrafos y lectores a conciencia comenzaron a velar la llegada de cada número. El periódico era una disculpa para ir al bar. Teníamos un perfecto círculo vicioso. Y llamaron las plumas de renombre. Querían conocer al pichón, verle las alas como hilachas, el pico inofensivo. Y escribieron notas en sus páginas y soltaron elogios en planas mayores y entrevistas.

Entonces aparecieron los artistas. No todo podía ser letras en el engendro surgido de ese bar variopinto. Los números se hicieron más puntuales y la maquinita funcionaba con las colaboraciones que llegaban al correo, los inventos del comité editorial, los embelecos de los poetas y las heráldicas de algunos autores consagrados. Universo Centro, sin darse cuenta, tenía un ala periodística que movían los más jóvenes del grupo, una redacción literaria con profesores que salían de la erudición en busca de diversión, una camada de ilustradores dispuestos, un fotógrafo de cabecera, unos cuentistas ad honorem y diez mecenas. La onda se iba expandiendo y UC comenzaba a recibir encargos y a liderar proyectos editoriales.

El Antro de Redacción adquirió entonces una reputación que no logró convertirlo en oficina. Universo Centro siguió rodando con la inercia que le entregaban creadores de todos los calibres. Más de quinientos que han pasado por estas páginas conformando una especie de comunidad que se separa y se une, que se dispersa y regresa, que recoge nuevos integrantes y despide a otros. Pocos medios logran llegar al número que corona UC con esta edición. Hablábamos de mudar de piel y es cierto que el periódico es hoy un ejemplar más rugoso, con nudos más gruesos, vicios más acentuados, rasgos más profundos. Somos, para bien y para mal, un periódico curtido, pero todavía con dientes.

Algunos lectores, adolescentes en los primeros números de UC, son hoy corresponsales de planta, gentes del Antro. Aunque suene senil hay que decir que UC ha tenido relevo generacional, y ha visto y contado algunos retazos de Medellín desde 2008, cuando la ciudad apenas despedía a los jefes paras que se fueron de extradición, y los turistas extranjeros eran solo una quimera, y los Úsuga apenas mostraban sus primeros gestos de patrones. UC ha recorrido los fondos del valle, ha subido a las laderas, ha esculcado rincones y archivos de la ciudad, y ha seguido el rastro de la música y el olor de la comida recalentada, siempre lejos de las hazañas periodísticas, de la política partidista, de la pureza corporativa. Siempre con la caja en saldo rojo, siempre en emergencias, siempre en un insistente desequilibrio.

Estos números completos, sonoros, obligan a usar la calculadora. A ojo de buen cubero se puede decir que Universo Centro ha publicado 4800 páginas. Eso es un gran directorio de relatos, fábulas, imágenes, semblanzas, anuncios, mentiras, crónicas, ensayos, poemas, diatribas, memorias. Sin darnos cuenta construimos un gran repositorio literario y periodístico. Cuando hay un suceso regional, nacional o mundial uno puede abrir su navegador y poner en Google el tema más las palabras Universo Centro. Siempre aparecerá al menos una revelación, una referencia, un destello de otro tiempo u otra geografía. Luego del terremoto del pasado 10 de agosto hicimos el ejercicio. Terremoto más Universo Centro: aparecieron las memorias del escritor Cristián Alarcón en el inestable Chile de su infancia. Lo mismo pasa con todo tipo de pestes, apoteosis deportivas, controversias sociales. Empezamos mamando gallo y ya vamos en una desordenada enciclopedia escrita a cientos de manos.

Otra suma nos dice que hemos repartido, de manera gratuita, cerca de un millón y medio de periódicos. Se regala bien este Universo Centro que deja claro que una cosa es repartir papel periódico y otra muy distinta es conseguir papel moneda. No es secreto que hoy el periódico gira un poco más lento, que ya no es posible sacar los once números al año de los tiempos de mayor movimiento. Tal vez pesamos y pensamos un poco más, jugamos un poco menos, tenemos más filtro y menos margen para imprimir, y somos un grupo un poco más pequeño, pero los textos siguen llegando a nuestro correo, los proyectos se buscan, la curiosidad sigue intacta y las historias siempre se renuevan. Las certezas de los primeros días las lava la lluvia. Hay piel todavía…, y hay cuero.

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Relatos de lo innombrable

Medellín, siglo XIX

por FELIPE OSORIO VERGARA • Ilustración de Tobías Arboleda

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Hay un fenómeno incómodo del que no se habla, relegado a los mitos clásicos del toro blanco de Minos y Pasífae, que dio origen al minotauro; a las transfiguraciones de Zeus en cisne y toro para estar con Leda y raptarse a Europa; o incluso al estereotipo que asocia la virilidad en algunas zonas del Caribe colombiano a las relaciones con burras, llevadas a la poesía por Gómez Jattin. En estos relatos, la búsqueda del placer catapultó a dos muchachos de Medellín a saltarse los límites morales, sin importar la censura, el pecado y la vergüenza pública, haciendo santiguar a quienes los vieron y ruborizar a más de un juez.

“No le sorprendió que el padre le preguntara si había hecho cosas malas con mujer, y contestó honradamente que no, pero se desconcertó con la pregunta de si las había hecho con animales”.

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.

I.
La vaca

José María Urrego buscó la sombra de los cámbulos, los sauces y las guaduas y se metió entre las cañas y la hierba alta que crecían en ese meandro pantanoso del río Aburrá. Allí, aprovechando que ya los jornaleros y mayordomos de la finca de Clemente Jaramillo habían terminado turno, fue por la ternera más mansa, la ató de un tronco y le amarró las patas para que no pateara. Luego, se bajó los pantalones de liencillo barato, se sostuvo de la grupa de esa vaca criolla blanca orejinegra y se dispuso a saciar su deseo de muchacho de 17 años. No se sabe si lo delató un mugido, un gemido o el golpeteo rítmico, pero el viudo Francisco Villa, su compañero de trabajo como albañil y que había salido más tarde de la obra, lo alcanzó a pistear entre la manigua, no sin antes santiguarse y quejarse de la degeneración de la juventud. También el zapatero Uladislao Torres, que bordeaba el río para ir a su casa, lo pudo ver y corrió aterrado.

Fue precisamente Francisco Villa quien, tras escuchar de boca de varios vecinos que ya eran de público y notorio los comportamientos del muchacho José María Urrego, compañero suyo y posible aprendiz, que decidió ir un mes después del incidente a denunciarlo ante Mariano Callejas, alcalde de Medellín. “Habiéndose presentado en esta fecha (trece de febrero de 1857) ante el infrascrito alcalde, Francisco Villa denunció el hecho escandaloso de que José María Urrego ha cometido el delito de onanismo o bestialidad”, se lee al iniciar el expediente 9343 del Archivo Histórico Judicial de Medellín (AHJM).

El Código Penal de la Nueva Granada de 1837, vigente entonces, no contemplaba como un delito específico la bestialidad, es decir, las relaciones sexuales entre un ser humano y un animal, pero sí hablaba sobre los delitos contra la moral pública. Por ejemplo, en su Capítulo 1°, Título 9° del Tercer libro trataba sobre las palabras y acciones obscenas, y en su artículo 435 señalaba: “Los que públicamente ejecutaren acciones deshonestas delante de otro, serán castigados con uno a cuatro meses de prisión”; era este artículo por el que se investigaba a Urrego. 

Para dar solidez a sus declaraciones, Francisco Villa dio los nombres de otros testigos que fueron requeridos por el alcalde Callejas para continuar con las pesquisas. El zapatero Uladislao Torres declaró el 16 de febrero de 1857 que: “Hará poco más o menos un mes que vi patentemente a José María Urrego en la playa del río, y por dos veces, cometiendo actos carnales con una vaca”. El sastre Justiniano Villa agregó el 20 de febrero que “sabe que José María Urrego ha tenido actos carnales con una vaca en la playa del río porque Uladislao Torres se lo dijo”, mientras que el carpintero Ulpiano Zuleta añadió que “no presenció el hecho que se trata de averiguar, pero sí lo supo porque Justiniano Villa se lo contó”. Como puede verse, el caso de Urrego había pasado de boca en boca, reflejando a la sociedad antioqueña de entonces donde, como indica la socióloga Gloria Arango en Religión y vida social en Antioquia en el siglo XIX, el control de la conducta individual se ejercía como una tarea colectiva a través de chismes, comentarios y cotilleos que podían traducirse hasta en denuncias. De este modo, Urrego se había vuelto la comidilla del artesanado medellinense, pues entre el denunciante y los cinco testigos convocados, solo había dos personas que afirmaban haberlo visto, mientras que el resto eran solo testigos de oídas. Así pues, convencido de la veracidad de las acusaciones contra Urrego, el alcalde lo llamó a indagatoria el 20 de febrero de 1857.

Por ser menor de edad, a Urrego se le nombró un curador de menores para que lo representara y firmara su declaración. El alcalde inició con el interrogatorio: “¿Sabe usted o ha oído decir o se presume quién sería un hombre que hará poco más o menos un mes y medio que se hallaba en la manga del doctor Clemente Jaramillo y en la playa del río cometiendo actos carnales deshonestos con el animal llamado ‘vaca’?”. Y de la forma más franca y resignada, José María Urrego contestó: “Sí, señor, yo fui quien lo hice sin saber que era pecado, pero una vez nada más, hará como dos meses”.

José María Urrego tenía 17 años, un hermano menor y era hijo de la madre soltera Genoveva Urrego, de la que había heredado el apellido y con la que vivía en Medellín. Era albañil, muy seguramente aprendiz de Francisco Villa, por lo que era posible que también apoyara recogiendo arena, piedra y boñiga de las riberas del Aburrá como material de construcción para los nacientes barrios que se estaban edificando en esa incipiente capital provincial que tenía unas catorce mil almas por allá en los estertores de la República de la Nueva Granada.

José María era analfabeta y su familia era de bajos ingresos, por lo que no era precisamente un buen partido y se encontraba soltero. Las normas sociales en ese entonces, heredadas de la época colonial, restringían la sexualidad solo a la alcoba matrimonial, exhortando la castidad y censurando las pasiones de la juventud. A esto se sumaba el sumo cuidado de la virtud de las mujeres y el temor a los embarazos y a las deshonras públicas, por lo que muchos jóvenes, como José María, además de acudir a la autosatisfacción, veían a los animales domésticos como opciones para liberar sus deseos. “Los jóvenes trabajaban desde muy pequeños en los espacios rurales. Allí tenían a plena vista los coitos de los animales. Todo esto convertía ese largo periodo desde los catorce hasta entrados los veinte años en una época de provocación de las pasiones, la cual daba origen a formas de iniciación y experimentación sexual. Es en ese aspecto donde la bestialidad empezaba a jugar un papel preponderante como práctica de desahogo sexual, una forma masturbatoria para aliviar los deseos juveniles o mostrar la llegada de la masculinidad, operando como un ritual de madurez”, argumenta la historiadora Leidy Torres en Bestialidad y justicia: Nueva Granada (1615-1809).

No obstante, por siglos, y tomando de referencia versículos del Éxodo, Levítico y preceptos teológicos medievales como los de Tomás de Aquino, la bestialidad había sido entendida como una de las formas más graves del pecado contra natura, en tanto implicaba una ruptura del orden moral, natural y del plan divino cimentado en la reproducción y el matrimonio que debía regir la sexualidad humana. De hecho, en el caso colombiano existe un importante antecedente, que puede rastrearse hasta 1615, cuando Hernando, un indígena pijao que habitaba en Antioquia, fue condenado a ser reducido a polvo y cenizas por haber tenido relaciones sexuales con una ternera, considerándolo un delito de lesa majestad: “Hernando fue ahorcado hasta que naturalmente murió. Luego, el cuerpo del indio, quien tendría veinte años ‘poco más o menos’, junto con el de la ternera con la que había cometido el pecado y crimen de bestialidad, fueron abrasados y consumidos por el fuego hasta que se convirtieron en polvo y cenizas”, explica la historiadora Torres en Polvo y cenizas. Bestialidad y orden social en Antioquia colonial

La confesión de Urrego de que efectivamente había estado con la vaca, bastó para suspender la indagatoria y para que el alcalde enviara el sumario directamente al Juzgado 2° del crimen del Circuito de Medellín, para que dictara sentencia. El 25 de febrero, el juez ordenó su sobreseimiento por no considerarse como delito y envió a consulta al Tribunal Superior de la provincia de Antioquia, que confirmó la sentencia el 7 de marzo de 1857: “Pudiera decirse, tal vez, que la acción de Urrego como obscena está codificada en la sección 1, capítulo 1, art. 9, libro 3, del Código Penal, empero no consta que esta haya sido pública y escandalosa. Por esta circunstancia, es mejor condenar este acto de tan pútrida y hedionda inmoralidad con la sanción del silencio más grave y severo, y con la del imprescindible rubor que produce la necesidad de tener que tratar de él. Os pido, pues, que confirméis el auto de sobreseimiento consultado”.

Además de argumentar que la acción de Urrego no fue pública, es posible que el hecho de ser menor de edad, sumado a su pobreza y analfabetismo fueran razones para evitar su condena. Por ejemplo, el mismo muchacho en su declaración afirmó que, si bien era católico, apostólico y romano, actúo así por no saber que lo que había hecho era pecado, lo que lo mostraba ante las autoridades como un ser ignorante y reforzaba que su acción podría tener castigo divino, mas no humano. Adicionalmente, el hecho cometido prefirió ser callado como una especie de castigo simbólico para negarle la oportunidad de hacer parte del discurso público, pues el solo hecho de discutir el tema y ampliar detalles era visto como vergonzoso e inmoral. Esta concepción no es nueva, se cimenta en una tradición jurídica que parte desde la época colonial y hasta la misma Edad Media, en la que el bestialismo era considerado un pecado nefando, es decir, tan abominable y vergonzoso que ni siquiera merecía ser nombrado. En ese sentido, en lugar de analizar lo sucedido o discutir las causas de la conducta de Urrego, se eligió el silenciamiento, convirtiendo el caso en tabú y echándolo bajo el tapete. 

Primera página del expediente 9343, sobre bestialidad con una vaca en 1857. Foto: Felipe Osorio V.

II.
Las gallinas

Una madrugada de marzo de 1893 Susana Rendón sintió golpes en su puerta de madera. Prendió una vela de cebo en el candelero, se calzó las cotizas de fique y preguntó quién era. Al otro lado, escuchó la voz de su vecino, Bruno Arango, de 19 años. En medio del sereno de la madrugada que hacía en ese contorno semirrural de la otra banda del río Aburrá, quitó la tranca, le abrió la puerta con extrañeza y le hizo pasar. Arango, que había llegado con una guitarra después de haber estado de juerga, le pidió que lo dejara pernoctar, y que una vez clareara el día se iría para casa de sus padres, pues temía que no le abrieran la puerta o lo reprendieran. A la mañana siguiente, una vez todos en la casa de Rendón se habían levantado, descubrieron que había una gallina muerta; pero en ese momento nadie sospechó nada.

Bruno Arango era hijo del matrimonio entre Bruno y Marcelina Arango que, como las grandes familias antioqueñas de finales del siglo XIX, se destacaban por su fecundidad, pues además de Bruno habían tenido otros siete hijos. Los Arango Arango vivían en el occidente de Medellín, que por entonces era una zona campestre y agrícola a la que se accedía cruzando los puentes de Guayaquil, Colombia, Acevedo, el Puente colgante de San Juan o incluso a vado por algunos meandros tranquilos. La casa de los Arango tenía solar, donde habían instalado la fragua en la que trabajaban los hombres de la familia y también criaban gallinas. “Tenía Arango (padre) una gallina con pollos, y un día fui yo con el fin de llevarle harina a los pollos y encontré la gallina enferma, y Bruno (padre) me dijo ‘ya para qué, mi señora, si la gallina se está muriendo’, y yo le dije que no tuviera cuidado, que eso le daba siempre a las gallinas. Al otro día volví y ya estaba muerta la gallina y tenía los huesos como despedazados, y yo le dije a Bruno (padre) que esa gallina por qué estaba así, y él me contestó que cuando estaban culecas resultaban de esa manera”, relató Rodolfa Lotero el 17 de abril de 1893. El 4 de mayo, Susana Rendón añadió ante el inspector de la policía del occidente de Medellín, Nacianceno Marín que “en una ocasión me dijo el papá de Bruno que su hijo dizque le había matado una gallina con pollos y que el modo como la había matado no se podía decir porque dizque era vergonzoso”.

A sus 19 años, Bruno se encontraba soltero y viviendo en casa de sus padres, donde había heredado de su papá el oficio de herrero trabajando en la fragua familiar. En esa época, los herreros cumplían un rol fundamental porque forjaban herramientas para minería y labranza, como picos, barretas, palas, azadones, machetes, hachas, arados y herraduras para
caballos y mulas; piezas muy apreciadas en regiones de reciente colonización al sur de Antioquia, donde se ampliaba la frontera agrícola.

El viernes 14 de abril, como a las ocho de la noche, Bruno volvió a visitar a su vecina Susana Rendón, y tras conversar con ella y con algunas de las cocineras de la casa, aprovechó que se ocupaban en asar arepas en la parrilla de carbón que tenían en el corredor y se escabulló hasta la cocina, donde dejaban entrar a las gallinas para que durmieran en la noche. Susana le dijo a Clara Rosa Chalarca, su cocinera, que fuera a mirar en qué andaba Bruno, pues ya tenía sospechas y no quería que le mataran otra gallina como había pasado en marzo. Clara tomó una vela y fue hasta la cocina, pero no vio nada y se imaginó que Arango estaría en el solar. Al cuarto de hora, Arango apareció, tertulió un rato con las mujeres en la sala, merendó y se fue para su casa. “Después, fui yo a la cocina con el fin de ver si había matado alguna gallina y encontré una muerta y se la llevé a Susana, cuya gallina estaba todavía caliente y toda ajada, que demostraba el acto inmoral que Arango había cometido con ella, cosa que no me atrevo a explicar porque me ruborizo”, señaló Clara Rosa Chalarca. Tras el incidente, Susana mandó a una de sus criadas a llamar al policía Benancio Ocampo, que estaba de turno, y este entró y se llevó el cuerpo de la gallina para la Comandancia de la Policía. “Anoche como a las nueve, me dijo Susana Rendón que Bruno Arango (hijo) había cometido un crimen o acto inmoral con una gallina la cual apareció muerta”, relató el policía Ocampo al inspector Nacianceno Marín el sábado 15 de abril de 1893 en la mañana, enterándolo del suceso.

Este hecho llevó a que el inspector abriera una investigación contra Bruno Arango, “Habiéndose informado la policía que Bruno Arango (hijo) cometió un delito inmoral, instrúyase el correspondiente sumario”. Aparte de Rodolfa, Clara Rosa, Susana y el policía Benancio, acerca del caso dieron testimonio otras cuatro personas que habían visto o escuchado sobre la gallina muerta, mas no podían dar fe de que Bruno la hubiera matado ni tampoco podían afirmar si había cometido inmoralidades.

Los tres actos realizados por Arango con las gallinas, donde estas terminaban muertas, revelan algo común en los casos de bestialidad, donde los animales son instrumentalizados hasta el punto de ser considerados meros objetos para obtener placer sexual. Además, el estatus de bienes muebles que tenían en aquel tiempo los hacía ver también como un objeto “desechable”, instrumentalizado a tal punto que se daban casos, sobre todo con aves de corral, en los cuales se mataba al animal durante el acto sexual porque los agresores creían que las contracciones o espasmos de la agonía podrían aumentar el placer.

Aquí entra en juego la distinción entre la bestialidad y la zoofilia, ya que, como indica la sexóloga Hani Miletski en Understanding Bestiality and Zoophilia, el bestialismo hace referencia al comportamiento o acto físico de tener relaciones sexuales con un animal para obtener placer, muchas veces de manera circunstancial ante la falta de parejas humanas o como exploración sexual juvenil; mientras que la zoofilia se refiere a una condición, atracción, fijación o vínculo emocional hacia los animales, pudiendo ser agrupado dentro de los “otros trastornos parafílicos especificados” que hacen parte de la quinta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales.

Las autoridades buscaban investigar si Arango había cometido un delito contra la moral pública, como el del artículo 416 del Código Penal de 1890, que rezaba: “Los que ejecutaren acciones deshonestas delante de otros serán castigados con prisión por ocho días a dos meses”. Y también buscaban determinar si, tras la muerte de las dos gallinas de Susana Rendón en marzo y abril, él era responsable de infringir el artículo 883, que decía: “El que matare o inutilizare, maliciosamente, algún ave doméstica, o domesticada, y otro animal de la misma clase perteneciente a otra persona, pagará una multa del duplo de su valor”. Por eso, se citó a indagatoria a Bruno Arango, que compareció el 18 de mayo en la Inspectoría de Occidente, pero por ser menor de edad, pues en el siglo XIX se consideraba como tal hasta los 21 años, debió ser acompañado por un curador de menores. Allí se le interrogó por la gallina que se le había muerto a su padre, por la gallina que recientemente habían encontrado muerta en casa de Susana Rendón y sobre si conocía quién podría ser el que andaba “cometiendo crímenes inmorales con las gallinas”. A todas las preguntas respondió “no sé”, por lo que el inspector dio por cerrado el interrogatorio y remitió el sumario al Circuito en lo Criminal de Medellín para que se dictara sentencia.

La repartición del caso le correspondió al Juzgado 2° en lo criminal, donde el fiscal Clodomiro Ramírez conceptuó el 25 de mayo de 1893 que: “Los actos inmorales de que da cuenta el presente sumario no están erigidos en delito por nuestra legislación penal. En tal virtud, solicito que a las presentes diligencias se les ponga término por medio de un sobreseimiento que no será consultable”. Acto seguido, el 30 de mayo, el juez ordenó que se sobreseyera el caso bajo los mismos argumentos expuestos por el fiscal.

Si Bruno pagó por las gallinas o no ya es una incógnita que queda sin resolver en el expediente 13345 del Archivo Histórico Judicial de Medellín. Es posible que la vergüenza de solo hablar de eso, sumado al sobreseimiento del proceso, llevaran a que Susana dejara el tema quieto y evitara enfrascarse en discusiones o enemistades con los Arango. Lo que sí es casi seguro es que ya la conducta de Bruno haría parte del cotilleo local y quizá sería sancionado socialmente con una mala reputación y escondiéndole las gallinas cuando visitara cualquier casa del sector.

***

A pesar de que no pueden medirse las acciones del pasado con el rasero moral del presente, vale contrastar cómo algunas discusiones que hoy serían el centro del debate están ausentes en estos procesos del XIX. Por ejemplo, el maltrato a la vaca y las gallinas que integraron estas dos crónicas ni siquiera fue considerado, así como tampoco hay mención a la incapacidad de los animales para dar consentimiento o al estrés o lesiones derivadas de los abusos sexuales interespecie que sufrieron, lo que evidencia el cambio de paradigma frente al relacionamiento con los animales que se ha dado en el último siglo, en el que actualmente son reconocidos como seres sintientes protegidos por la legislación colombiana. Por otro lado, las posibles enfermedades zoonóticas originadas por estos actos sexuales, como la rabia, brucelosis, leptospirosis o salmonela también estuvieron fuera del radar debido a la escasa o nula atención médica que se daba entonces, así como por lo bochornoso que hubiera implicado una revisión genital con peritos. En esencia, los dos muchachos involucrados, de 17 y 19 años, muy posiblemente recurrieron a los animales motivados por una exploración sexual juvenil y en un afán por saciar sus pasiones, censuradas por una sociedad ataviada en almidonados corsés morales que prefirió el manto del silencio sobre ese pecado “innombrable”, antes que entender sus causas y sus consecuencias.

*Esta historia es publicada gracias al apoyo de la Academia Antioqueña de Historia, que se suma al proyecto Adopta una Historia a partir de esta edición.

Gallinas

por IGNACIO PIEDRAHÍTA • Ilustración de Señor Ok

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Para Rebeca, el corral de gallinas felices no era tan feliz. Sus compañeras le picoteaban la crisma y la hacían aparte. No la dejaban dormir con ellas en los travesaños ni usar los cómodos nidos para poner. A la hora del maíz la relegaban a comer de última, cuando el grano estaba sucio y revuelto. Todo esto porque no tenía la belleza de las otras. Era menudita y de cuello corto, como si le faltara una vértebra. Su cresta era enana y escurrida, y su plumaje más bien pálido y desparejo. En vez de hacerla destacar, su colorido la emborronaba. Y quizá la odiaban por eso, por no llevar en alto los rasgos de la especie.

Así que Rebeca se vio obligada a idear un mundo a su conveniencia. Su técnica más frecuente era cavar bajo las mallas a primera hora de la mañana y salir a pastar por fuera, de modo que las otras, al verla, la seguían. Y luego, cuando ya estaban todas fuera, Rebeca volaba por encima de la malla y quedaba sola dentro, donde comía hasta hartarse sin ser molestada. Mientras tanto, la multitud de gallinas, encandiladas por el sol de mediodía, enceguecidas por una libertad no buscada, confundían el camino de regreso.

Aunque estaba claro que Rebeca no actuaba por ambición o codicia, sino por necesidad, el desorden que provocaba iba en aumento. Intentaron adiestrarla con sombrerazos y taparon los agujeros con piedras, pero ella lo hacía para sobrevivir, de modo que obedecer no era una opción. Hasta que un día no hubo más paciencia: se la regalaron a Leo, el ayudante, para el almuerzo.

Pero Leo estaba demasiado encariñado con Rebeca como para matarla. Un día que fue a trabajar en la finca me la ofreció, y él mismo sugirió que la dejáramos en una perrera amplia que nunca se usó. Fui a recogerla un viernes en la tarde a su casa, a un kilómetro largo de camino hacia la montaña. La encontré amarrada de una pata, debajo de un pedazo de teja rota. Esa precariedad hizo que la adoptara con más cariño. La puse en un costal y me la eché al hombro. Bambú la olisqueaba y le gruñía a través del saco durante el recorrido, mientras ella se balanceaba y daba tumbos contra mi espalda.

Al llegar a casa, ya en plena noche, la saqué del costal directamente al corral. Le puse agua, un puñado de maíz y me fui a dormir. Le dije a mi pareja que al otro día se la presentaba. Pero no fue necesario. Apenas despuntó el día, lo primero que vimos al abrir los ojos fue a Rebeca paseándose por el prado, como si nada. Fui a ver y la malla estaba intacta, no había ningún rastro de fuga. De todos modos, aseguré la parte baja y la puse de nuevo dentro. Era fácil atraparla, pues aunque había crecido en un corral amplio, era una gallina de cautiverio y seguía siendo mansa.

Pero no habíamos terminado de desayunar cuando la vimos pasar de nuevo, picoteando bichos de tierra sin preocupación alguna. Fui y reforcé otra vez la seguridad del gallinero, pero ella se salía una y otra vez, favorecida por su astucia y por ese cuerpo esquelético. Decidimos entonces dejarla suelta: ¿qué falta hacía encerrarla? La dejamos que viviera sola y tranquila, a voluntad, ahora que el corral había quedado atrás. Le habían dicho que era una gallina, pero era más valiente que cualquiera. Había estado cerca de la muerte y ahora se merecía un paraíso.

Leo vino después y me preguntó por el sabor de los huevos de Rebeca. Me encogí de hombros, pues hasta el momento no sabíamos dónde ponía. Dedicamos un buen rato a buscar el nido y lo encontramos en el borde del bosque. Ponía su huevito diario y ya tenía siete, justo la semana que llevaba en casa. Hacía rato no probábamos huevos así: tenían la clara espesa y la yema, de un amarillo intenso. Ahora sí, Rebeca parecía feliz, y nosotros también.

Unos amigos que nos visitaron dijeron que Rebeca disfrutaría más la vida con un gallo a su lado. Nos quedamos pensando. Había un detalle: ella nunca había aprendido a dormir en el árbol al que le pusimos una escalera, de modo que las noches a la intemperie no solo eran frías sino riesgosas. En cualquier momento podría pasar por allí una zarigüeya y dar cuenta de su magro cuerpo. Más tardé yo en decirle a Leo que me avisara si se enteraba de un gallo para la venta, que él en aparecer con un hermoso pollo blanco, adornado con un collar de plumas rojas.

De inmediato se hicieron amigos, a su manera: ella lo picoteaba, le decía cuándo comer y lo trataba como si fuera su criado. Él esperaba a que ella se acomodara sobre el pasto y vigilaba hasta que oscurecía, antes de acurrucarse a su lado. Por ese papel de segundón, llamamos al pollo Sancho, como el escudero de don Quijote. Un ayudante dudoso, como en la novela, porque parte de su docilidad se debía a que todavía era un pollo.

Su canto se fue templando con los días, mientras crecía en tamaño y en belleza, y la pobre Rebeca parecía cada vez más poca cosa a su lado. Y, pese a haber crecido juntos, llegó el día en que las hormonas lo desbordaron. Cuando el cuerpo se lo ordenó, la correteó hasta pisarla, que es como le dicen al amor entre las aves de corral. Ella lo toleró al principio, pero con el transcurrir de las semanas el vigor del gallito fue creciendo hasta que Rebeca dejó de consentirlo. Hubo refriegas y la pareja se distanció. Ya no se les veía juntos todo el día, aunque siempre durmieran pegados uno al otro.

Un día nos inquietó que Sancho desapareciera a media mañana. Al amanecer cantaba en nuestra ventana hasta que me hacía levantar a ponerle el maíz; más tarde, se acicalaba y desaparecía por el pastizal. Lo seguí sigilosamente y descubrí sus aventuras secretas: pasaba el día con las gallinas de la finca vecina, calmando sus urgencias y desgarrándose la garganta como dueño y señor del redil. Rebeca nos hizo ver que para ella era el equilibrio perfecto: estaba sola y tranquila en el día, pero acompañada en la noche. Nobleza de su parte, Sancho nunca faltaba a la cita nocturna.

Pero pronto, para nuestro pesar, me di cuenta de que comenzaron a encerrar a las gallinas vecinas. Seguramente no querían que un gallo fecundara sus huevos y ellas se ocuparan en empollar en vez de poner. El mensaje era claro: debíamos retener a Sancho de alguna manera. Pero él había crecido en el campo y atraparlo no fue fácil. Me acerqué a cogerlo y, como tenía raza de gallo de pelea, saltó, espueleó y me hizo un corte en la mejilla. Volví a casa con la dignidad herida.

Un atardecer lo esperé cuando venía de su excursión. Pensé que llegaba ya a acostarse, pero comió y salió de nuevo. ¿Acaso creía que estaba en un hotel? Esta vez fui más sagaz. Bambú le montó una encerrona y yo me le fui con decisión hasta reducirlo. Me miraba de reojo mientras intentaba en vano picotearme. Sentí bajo mis manos sus delicados huesos del cuello. Lo amarré de una pata a un árbol mientras ajustaba la malla del viejo gallinero.

Pero ¿cómo dejar a Sancho encerrado y a Rebeca libre? Para ser justos, los encerramos a los dos. Rebeca me miró de lado, no tanto con rabia como con una decepción teñida de sarcasmo. Por mi parte, envalentonado por haber vencido a Sancho en franca lid, reforcé con toda mi inteligencia el enmallado para que la escapista no pudiera salir. Me justificaba pensando que Rebeca se había vuelto orgullosa. Era hora de que entendiera que toda libertad tiene límites. Ella respondió sin una sola palabra, pero de manera contundente: cerró su cloaca con una llave más fuerte que la mía y no volvió a poner.

Por pura soberbia, comencé a comprar huevos. Al llegar con la canasta cada ocho días, Rebeca me miraba tras las rejas que yo tan astutamente había dispuesto, como diciéndome que en casa ya los animales éramos cuatro: ellos dos, el perro y un asno. Los huevos de supermercado eran flácidos, pálidos y simplones. Pero yo no estaba dispuesto a ceder. Admiraba su búsqueda de libertad a toda costa, aunque me parecía que debía darle una lección.

Mi pareja se quejó de que la finca se había vuelto triste, con Sancho y Rebeca confinados. No se armaban los cacareos y los escándalos de antes, cuando Bambú los correteaba con mi soterrada complacencia. El gallinero nos quedaba tan lejos que hasta nos olvidábamos de ellos. El canto de Sancho se confundía con el de otros gallos de la vereda o simplemente no lo oíamos. Aunque nos despertara, nos hacía falta su potente llamado en la madrugada. Llegó el día en que, según acordamos, dejé la puerta abierta después de llevarles el maíz.

Solo esperábamos que Rebeca volviera a poner. Buscábamos a diario el nido escondido, aunque sin éxito. Cuando veía a Sancho solo y cantando, me convencía de que su pareja andaba cerca y me agazapaba frente al bosque para seguirle el rastro. Esperaba eternidades, hasta que oía los cacareos de Rebeca a mis espaldas, sin haber visto de dónde salía. Perdí la esperanza. Quizá ya no volvería a poner nunca más. Pero no era orgullo lo que había en ella, sino una pequeña cobranza. Dos semanas después me dejó ver el nido con once huevos enormes para su cuerpo enclenque. De nuevo nos encontrábamos a la pareja en los lugares menos pensados y nos arrancaban una sonrisa con sus peleas por culebritas que a veces devoraban.

Alguien nos sugirió que trajéramos un par de pollas jóvenes para que Sancho tuviera con quién entretenerse en casa antes de que se volara de nuevo. Le pedí a Leo que las comprara en la plaza del pueblo, y un domingo se apareció con ellas. Al verlas salir de la caja de cartón donde las traía, me sorprendió que fueran tres.

—Me encimaron el pollo negro —se adelantó a explicar.

—¿Y no va a haber problema con Sancho?

—No, porque van a crecer juntos.

Desconfié, pero ya estaban allí.

Llamamos a la polla roja Sonia, a la amarilla Julieta y al pollo Raskólnikov, como el personaje de Crimen y castigo. Mientras se acostumbraban a su nueva casa, tuvimos la mala idea de ponerlos a todos en el mismo corral. Las pollas entraron en pánico. Una de ellas se escapó volando, la otra, solo alcanzó a sacar la cabeza por donde pudo, mientras el gallo la montaba de prisa y sin compasión, picoteándole la nuca. En su arrebato de lujuria, por poco no se lleva por delante al mismo Raskólnikov.

Dejé las pollas adentro y al abusador afuera, y él, con solo verlas allí, pasaba más tiempo en casa. Cuando se hicieron mayorcitas, las dejé salir y Sancho estableció, ahora sí, su propio harén. Rebeca seguía siendo la reina, pero ahora con más independencia. Aun cuando las pollas la sobrepasaron en tamaño, ella siempre comía primero. Seguía durmiendo con Sancho, aunque liberada de sus apetitos mañaneros. Apenas aclaraba, el gallo se iba al pie del árbol donde ellas dormían y, al bajar, las ponía a su servicio.

Volvió la armonía a la finca. Nosotros comíamos huevos de campo, Rebeca estaba libre todo el día en su dichosa soledad y Sancho satisfacía sus necesidades sexuales, que no lo dejaban en paz. Pero ese equilibrio duró poco. Tal como estaba cantado, Raskólnikov creció y se convirtió en competencia de Sancho. Para mantenerlo a raya y recordarle quién era allí el mandamás, el gallo picoteaba y aterrorizaba al joven sin descanso. Un día las cosas cambiaron, para peor. Raskólnikov, desbordado por el instinto, no se contuvo y pisó a una de las pollas. Confió en que Sancho estaba distraído y, quizá, en la rapidez con que ocurre el amor entre gallos y gallinas. Pero Sancho lo vio a lo lejos y se vino a toda carrera, lleno de ira. Cogió al pollo en pleno acto, con los ojos aún brotados de placer, y le dio una tunda inolvidable que partió su vida en dos.

Desde ese día Raskólnikov fue un paria, un desterrado. No solo no podía acercarse al grupo, sino que, para comer, tenía que hacerlo a hurtadillas, asustado y de prisa. Vivía con miedo y pasaba casi todo el tiempo en el bosque, sin la compañía de sus iguales, en una soledad obligada que lo fue entristeciendo. Al final de la novela, Raskólnikov no escapa al castigo: lo espera el exilio en Siberia. Algo parecido le había ocurrido al pollo, excluido de los suyos como la pena mayor. Entonces empezó a rondarme la idea. Recordé la sensación de los débiles huesos del cogote de Sancho entre mis manos, y comencé a sentir que hacerlo era una necesidad.

—¿Acaso no compramos pechugas en el mercado? —le dije a mi pareja, que se había mostrado en contra.

Para entonces ya había aprendido a atrapar las gallinas sin corretearlas. Me les acercaba en la noche y las encandilaba con una linterna. Así hice con Raskólnikov y lo puse dentro de un guacal de madera, con agua y nada más. Abrí la puerta de su prisión en la mañana, lo tomé suavemente y sentí que me guiaba la mano de tantos seres humanos que habían sobrevivido de otros animales antes que yo.

Mi pareja trajo una olla con agua hirviendo. Lo sumergimos ya exánime para quitarle las plumas. Lo cocinamos y lo comimos, agradecidos. Mientras tanto, afuera, una de las pollas pasó con una tropa de pollitos a su alrededor. Sancho cantaba como un padre orgulloso y Rebeca se daba la buena vida entre el pastizal, como una verdadera matriarca de su estirpe.

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Consumidor final

por FEDERICO ARTEAGA • Ilustración de Mariana Parra

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Es mejor recordado que sabido que la plazoleta de la Nueva Villa de Aburrá fue construida por el desaparecido Banco Central Hipotecario. El BCH era el guardián de la Unidad de Poder Adquisitivo Constante, o Upac, el Univac de las crisis inmobiliarias.

La plazoleta es un anfiteatro sin relieve a la orilla de la avenida 80. Existen dos clases de negocios en su contorno: los establecimientos de siempre y los locales que no prosperan. Hay dos cajeros, dos estanquillos y una administración que determina los horarios sociales del espacio y las actividades que hacen sostenible su mantenimiento.

Tienen suerte porque La Villa es el foro favorito de todas las generaciones en este lado de Belén. Están las y los sexagenarios que traen sillas plegables y se emborrachan con los amigos de toda la vida discutiendo los temas de siempre. Está la adolescencia gótica y emo (¡Alabado sea El Bajísimo!) yendo de los puestos de salchipapas a los parques en Miravalle, donde opera La Villa after dark: licor, sustancias, moda, pretensión y juventud, bendita y hermosa juventud.

De noche, las familias llevan a sus pequeños a montar en bicicleta, esquivan pícnics y sortean perros sueltos persiguiéndose los anos. Este tránsito nunca colapsa. Hay una benigna indiferencia que se convierte en camaradería entre los asistentes de La Villa, y harto de ella podrían aprender los promotores pagados del civismo oficial. Esta plazoleta privada deja de estar abierta al público a las 11:00 p. m.; los viernes a las nueve arman los toldos para el mercado campesino del sábado en la mañana.

Una de las formas que tiene la administración de mejorar la sostenibilidad del sitio es aprovechar su tráfico nocturno programando actividades que estimulen el comercio local. Si el sábado en la mañana el cilantro está fresco, ¿cuánto más no lo estará la noche del viernes? Con esta lógica seductora se lanzaron los Trasnochones Campesinos, la nueva tendencia que causa furor en los escenarios públicos de la ciudad. Desplazaron a las sillas plegables y recibieron a los compradores que entienden la necesidad de ganarle tiempo al tiempo, que invierten la noche en tareas domésticas como hacer los almuerzos de la semana para no interrumpir durante el día la marcha del progreso.

Los Trasnochones Campesinos fueron hechos pensando en ellos. También en quienes no pueden asomarse a la luz del sol, como los vampiros.

A diferencia de su antecesor cárpato, nuestro vampiro mestizo puede comer otras cosas además de sangre, que sigue siendo su principal sustento. El vampiro latinoamericano camina, compra y cocina. Es seguro encontrarse uno entre las frutas y verduras de un supermercado 24 horas, usando gafas oscuras y apretando aguacates como si fueran piernas muy amadas, separando el perejil liso del cilantro por su olor, pidiendo kilos y kilos de hígado sin tajar. No se miden con el gasto, tienen paciencia con las cajas de autoservicio y traen sus propias bolsas de lona negra (parecen hechas con las velas de los barcos que sus ancestros usaron para venir al trópico).

Hace mucho sabemos que están entre nosotros y que tienen hábitos de consumo. He seguido a un par en el Carulla de El Poblado y nunca salen con menos de medio millón de pesos en mercado para la semana. Sabemos que gastan a dos manos en productos para el pelo, skincare y morcilla española. También sabemos que prefieren el consumo ético porque no se pierden los Trasnochones Campesinos.

Como dije, he seguido a un par para llenar reportes de tendencias, estudios de mercadeo, e infografías de coolhunting. En los Trasnochones Campesinos es donde el vampiro latinoamericano se revela como segmento: demuestra emociones, interactúa con productores/vendedores y relaciona la experiencia comercial con su rutina diaria. Es decir, nocturna.

Compran todas las variedades de miel disponibles. Es un producto animal cuyo sabor es antónimo al de la sangre. La sacan de la gaveta al amanecer y se meten cucharadas enteras a la boca mientras contemplan el ascenso del sol, que no es sino la Tierra inclinándose ante la estrella. Juran que este ritual les garantiza dulces sueños. Los vendedores de miel celebran la confidencia del vampiro latinoamericano entre hipnotizados por su vampirismo y encantados por la venta de sus frascos.

La noche de mi último encargo fue el jueves 4 de diciembre de 2025. Luna llena por supuesto. Un intelectual medellinense exiliado en Santa Elena estaba haciendo y empacando su propia mayonesa de ajo negro, y entre la vampirada de los Carullas 24 horas corrió el rumor de que este ajo negro no era el blanco de Rumania, y, siendo ellos vampiros de otra tierra con sangre de otro olor y color, esta mayonesa de ajo negro era la respuesta química a la prohibición que limitaba la eternidad gastronómica del vampiro latinoamericano.

Vinieron vampiros de otras ciudades a hacer su compra. Una delegación peruana estaba realizando un documental sobre la aventura para la comunidad internacional (el director era Werner Herzog, quien habla español y vive de beber sangre humana).

Este sería el primer Trasnochón Campesino del intelectual. De hecho, sería la primera vez que participaba en algo así, y lo tranquilizaba que fuera en La Villa. Allá lo habían llevado sus papás a montar en la bicicleta que le trajo el Niño Dios. Desde los días del BCH hasta la actualidad, tener una bicicleta es una unidad de poder adquisitivo constante entre los amiguitos de la plaza. Una vuelta en bicicleta se canjeaba entonces por manejar el carro a control remoto. Una vuelta en bicicleta se canjea hoy por pilotear el dron y publicar la foto. Poder adquisitivo constante. Seguramente empezar su venta de mayonesa de ajo negro en este laboratorio comercial de la niñez sería de buena suerte.

Lo fue. Usando métodos vampíricos que no puedo revelar por este medio, la concurrencia escogió un delegado local para recibir la media galleta Tosh con mayonesa negra de ajo y probarla en nombre de los siglos malditos y malgastados sin el sabor del ajo en el aliento, en el corazón. Podría salir mal. El rumor podía ser falso, el delegado podía evaporarse al primer mordisco en una nube de dolor y cenizas sulfurosas que alertarían a sexagenarios, adolescentes y parvulario por igual.

No pasó nada. O sí: el mundo cambió. El delegado local fue transportado de La Villa a un país de sabor ahumado con regusto a estragón, donde el aire era crema, y la única palabra pronunciada era el aliento del ajo consolando cualquier congoja del alma, por vieja o inmortal que fuera el alma o la congoja.

Salió bien para el intelectual medellinense y los vampiros latinoamericanos. El uno vendió todas sus existencias y los otros mejoraron su existencia. El perfil de consumidor que levanté esa noche es una maravilla del marketing moderno, y alcancé a enviarlo por WhatsApp minutos antes de que otra delegación local me interceptara.

Sabían que había seguido un par. Sabían que sabía que el Carulla de El Poblado era su versión de La Villa. Sabían de mi encargo, y sabían que acababa de enviar mi reporte. Entonces me quitaron el teléfono y me invitaron a subirme a un coupé blanco de vidrios polarizados.

Estoy en una de las lomas (El Indio o Las Brujas). El apartamento es moderno y limpio. Puedo hacer lo que quiera si permanezco adentro, pero al tocar las ventanas o las puertas, siento fuego en los ojos de mi madre. Ni mi voz ni mi imagen ni mi señal pueden salir del apartamento. Mi Anfitrión, Melitón IV, está usando un viejo sortilegio que me hace imperceptible al mundo.

Está bien así. Él ha honrado mi cuerpo bebiendo su sangre. Me permite escribir, me deja dictar. Dice que tenemos entre manos el primer perfil de lifestyle del vampiro latinoamericano. Junto con halagarme y mostrarme los paisajes prohibidos de la eternidad, Mi Anfitrión se encarga de editar este escrito, aprobar su tono y reenviarlo a los periódicos y semanarios del valle de Aburrá hasta que alguien le preste atención a todo lo que no ha terminado de pasarme.

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Jorge Iván Agudelo

Quibdó cosmopolita

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ

Número 88 Julio de 2017

Parque de Los Libertadores en 1910, reproducción tomada del Censo General de la República de Colombia, 1912.

Cuesta creer que la ciudad de Quibdó, que asociamos con la desidia estatal, los incendios, el deterioro, la corrupción o la miseria, haya sido, a comienzos del siglo XX, un puerto con vapores de lujo, aserríos, fábricas de bujías, industria de licores, de bebidas gaseosas, cinco hoteles, alumbrado público, escuelas, colegios, bibliotecas, calles asfaltadas, alamedas, cuerpo de bomberos, imprentas, talleres de fotograbado, cines y bares de lujo.

Parece traído de los cabellos decir que, en los tiempos de la primera guerra mundial, tenía un periódico, el ABC, que circulaba en dos ediciones, matutina y vespertina; aunque también algunos diarios de Europa y Estados Unidos llegaban en los aviones Junker, de Scadta, que acuatizaban en el río Atrato. En los barcos, procedentes de Cartagena, se traía un sinfín de mercancías para los comercios florecientes; en estos se vendían toda clase de finuras importadas, vinos, telas o sombreros canotier. Los archivos de la época muestran que nada del mundo exterior les era ajeno a sus pobladores, ni los objetos materiales ni las ideas, literarias o políticas: el socialismo, las vanguardias artísticas o la arquitectura modernista que alborotaba por los años veinte a las metrópolis europeas.

Varias razones ayudan a explicar el curioso esplendor de un lugar orillero, entre la selva chocoana y las aguas torrentosas de un río. Mientras en el siglo XIX la tagua y el caucho atrajeron a los comerciantes foráneos, a comienzos del XX fueron el oro y el platino. Sobre todo este último, pues luego de la revolución bolchevique, en Rusia, las minas de este metal dejaron de explotarse en los montes Urales. Entonces se supo que había en villorrio perdido en las selvas de Suramérica, donde había platino como agua. Ansiosos por explorar estas vetas, llegaron colonos ingleses, alemanes, putas y aventureros, pero también un número apreciable de ciudadanos  siriolibaneses que se afincaron por esos contornos para fundar industrias, comprar metales, vender enseres y abalorios, o montar flotas de navegación entre Quibdó y Cartagena, por el norte; o hacia Condoto, Istmina o Andagoya, el enclave minero, por el sur.

A pesar de que en las primeras décadas del veinte, desde el gobierno de Rafael Reyes, Chocó era considerado solo una intendencia, con el carácter marginal que este título le imponía, en la práctica estaba más conectado con el mundo que Medellín. Desde el siglo XIX ya había imprenta en Quibdó, y se publicaban periódicos como Ecos del Atrato o la revista Chocó.

Mientras la red de carreteras y la del ferrocarril apenas comenzaban en el país, los viajes fluviales eran obligatorios para ingresar desde el Caribe al interior, por el Atrato; o para salir, desde los Llanos Orientales hacia el Atlántico, por el río Orinoco.

Para ilustrar estos contrastes, basta pensar que traer un piano hasta Antioquia implicaba transportarlo por el Magdalena hasta Puerto Berrío, luego en tren hasta el Nare, hacer transbordo en mulas hasta el Nus, y luego retomar los rieles hasta la Villa de la Candelaria. Así, una capital como Medellín era una periferia al lado de Quibdó que tenía el acceso expedito, y albergaba cada vez más gente de toda laya y condición.

Al tiempo que se excavaba la tierra para extraer mineral precioso, la familia Abuchar fundó un ingenio azucarero, el de Sausatá, en el norte de la intendencia, en terrenos que hoy conforman el Parque Nacional de Los Katíos. En la explotación de la caña, se requirió, al comienzo, mano de obra haitiana, luego cubana, además de otros expertos en la zafra.

También desembarcaron carpinteros jamaiquinos llamados chombos, los mismos que habían construido el barrio aledaño a la zona del Canal de Panamá. Sus ciudades de palafitos, con calados que moderaban el calor del trópico, o las normas sanitarias del médico William Gorgas influenciaron tanto la arquitectura chocoana como las medidas para prevenir las enfermedades tropicales, que ya había probado ese salubrista gringo en la región del istmo.

Con la avanzada de progreso fue inevitable el encuentro de los nativos con la música antillana, con las palabras y los relatos afrocaribes, ingleses y siriolibaneses. Eso explica que la música de un sexteto de Urabá nos evoque de repente los sones cubanos, o que en el propio Quibdó se celebraran juegos florales, o circulara plata vieja, libras esterlinas, dólares, y hasta la moneda de aluminio que acuñó la familia Abuchar, dueña del ingenio, para mantener el control de sus ganancias en la población de influencia. A este paso, se amasaron grandes fortunas, se crearon entables de segregación como la zona minera de Condoto e Istmina, pero también, proyectos de una ciudad moderna, como los trazados por el arquitecto catalán Luis Llach.

Paseo en carro por la Alameda Reyes hacia la quebrada El Caraño. Cerca de 1926. Archivo de la familia Martínez Ferrer, Medellín.

Llach vino de Europa, se enamoró de Eloísa, una mulata de Quibdó, con ella se casó, sentó sus reales por un tiempo en la ciudad, e inició un proyecto urbanístico que incluyó la construcción de una iglesia gótica en madera, palacios privados, edificios públicos y el diseño en planos de una urbe con todas las trazas ideales de una metrópoli del gran mundo.

En una foto tomada desde un hidroavión, en 1924, se advierte la Ciudad Jardín, que alcanzó a levantar Llach, para la nueva élite, fruto del mestizaje entre los inmigrantes del Medio Oriente, Europa y los nacidos en el Chocó o Cartagena. Por otro lado, aparecen los suburbios de otros recién llegados como obreros, empleados del gobierno y los nativos del Atrato.

A esta nueva élite, distinta a la esclavista del siglo XIX, el profesor Luis Fernando González la denomina mulatocracia, un nombre que intenta designar no solo la mezcla de etnias sino la irrupción de una modernidad que permitió el encuentro de las hablas locales con el pensamiento universal, el auge de algunas industrias, pero también las mejoras en la educación, un ideario de progreso y hasta el reconocimiento de las identidades. En efecto, fue esa clase ilustrada la que recogió los sones negros, rescató la poesía vernácula y validó las expresiones del Atrato.

González no niega que los primeros intendentes eran foráneos, pero varios de ellos traían ideas progresistas. El primer administrador del Chocó fue Enrique Palacios, el papá de Eustaquio Palacios, autor de la novela El alférez real; el secretario era Benjamín Tejada, padre del célebre cronista Luis Tejada. Ellos dos, en compañía de un impresor manizalita, Carlos Orrego, crearon un cenáculo para promover sus ideales literarios. Organizaron en 1908 los juegos florales, unos torneos para premiar a los mejores rapsodas. Con sus versos, publicaron luego una antología cuyos detractores no dudaron en tildar de afrancesada.

Una hija del arquitecto Luis Llach, Eloísa, fue coronada en una ocasión como la reina de los estudiantes. En sus últimos años vivía en San José de Costa Rica. Y cuando el profesor González la visitó, ella todavía anhelaba al Quibdó futurista, en medio de la selva, ese que su padre había ayudado a levantar.

La mujer aún conservaba el álbum con los poemas que le habían dedicado las plumas más calificadas del Chocó. Había fotos suyas, en el furor de su belleza, trepada en una carroza que desfilaba en esa ciudad idílica, cuyos planos utópicos nunca se concretaron. Su madre, Eloísa Castro Torrijos, era de la misma familia de mulatos que luego llegó al poder en Panamá. Entre lágrimas y ensoñaciones describió la ciudad donde había pasado su infancia y parte de su adolescencia. “Era la ciudad más linda del mundo”, le dijo al profesor, “y eso que yo he conocido ciudades hermosas, pero ninguna como Quibdó. Tenía casas como palacios, con jardines de orquídeas y otras flores, con alamedas y templetes”. Uno de aquellos templetes era, por cierto, el que su padre construyó en honor a Cesar Conto, héroe radical y poeta, que la historia en ese tiempo exaltaba. En los años treinta, don Luis Llach, de talante andariego, abandonó la ciudad con su familia para regresar a San José, donde está enterrado. De su obra, en el Barrio Norte, perduran escasos vestigios.

Muchos edificios públicos, como el Colegio Carrasquilla, la Escuela Modelo, la Prefectura, la Alameda Istmina, fueron obras diseñadas por Luis Llach, pero promovidas por la mulatocracia, de la que hacían parte las familias siriolibanesas, como los Meluk, los Uecher, los Rumié o los Abuchar. Estos inmigrantes llegaron hacia 1880 y ganaron espacio en la sociedad, no solo apoyando las obras sino despertando el interés por las culturas del Atrato y manteniendo las mejores relaciones con el poder político y religioso. Su afán de convertir la ciudad en una urbe moderna se evidencia en los anuncios del periódico ABC. En él se pregonan desde automóviles con “choferes cultos y complacencia con los clientes” hasta viajes por el vapor Sautatá, “seguro y rápido, que ha sido dotado recientemente de amplios camarotes y de todo género de comodidades, y cuya capacidad transportadora es de 150 toneladas”. Aun así, desde su llegada, los siriolibaneses sintieron el estigma de la prensa y de la gente del común que los llamaba turcos.

Como parte de esa élite se considera al grupo de familias cartageneras que migraron al Chocó para buscar fortuna en distintos oficios. Uno de los más recordados descendientes fue el escritor Reinaldo Valencia Rey. Su nombre aparece en el cabezote de ABC como propietario del diario, aunque es además, un animador cultural. A juzgar por los textos que publicaba: noticias, crónicas, poemas, se entiende el interés por poner a Quibdó en la onda de la actualidad mundial, tanto de lo que llegaba por el río o el telégrafo, como de las corrientes literarias que estaban en boga. Un lector desprevenido esperaría que en las páginas de la revista Choconía solo se encontrara poesía costumbrista, nunca textos surrealistas al lado de artículos socialistas de María Cano, Víctor Raúl Haya de la Torre, o ensayos etnográficos de Rogelio Velázquez, pionero de la antropología en Colombia, así como de pensadores antioqueños radicados en el Chocó. También la voz de los jóvenes intelectuales negros, como la de Diego Luis Córdoba tiene un lugar allí. Sorprende el barniz contemporáneo de las publicaciones, además de su tolerancia con autores de miradas opuestas sobre los mismos asuntos. Hasta el nombre de la revista, Choconía, ya parece reflejar la rica mezcla étnica y cultural de la región.

Alrededor de estas publicaciones se crearon tertulias famosas como el Ciempiés, liderada por el intelectual siriochocoano Alfonso Meluk, quien también hizo parte del grupo Los Trabajadores. En aquellas cofradías se discutían las novedades literarias y se leían manuscritos. Cuando el sopor de la selva se replegaba, al final de la tarde, concurrían a sitios públicos, al aire libre, a la manera de cualquier dandi parisino. En las estampas aparecen junto a la reja de un jardín urbano, vestidos de lino blanco, o con paños ingleses, algo insólito en el trópico; o caminando descalzos por la Alameda Reyes donde se sembraría un bosque ordenado, sin el caos hostil de la naturaleza.

Casa comercial A & Meluk, reproducción tomada de la revista Chocó, 1928.

Al decir de Alfonso Melo, la selva representaba, en ese momento, lo incivilizado, lo incomprendido, mientras que una alameda es una creación tan ordenada y racional como los jardines de Versalles. Desde ese pensamiento modernista se entiende lo de organizar, por ejemplo, la Marcha del Árbol, en 1919, en pleno corazón de la selva.

En sus relatos, los miembros de esta élite mulata relatan sus periplos desde Nueva York a Cartagena, o desde Barranquilla hasta Quibdó. Demasiadas cosas revisten la novedad en su travesía, pero, también cuentan los pormenores de la llegada, el asombro de los ribereños ante la descarga de los productos traídos desde lejanos confines. El cemento, por ejemplo, venía de Bélgica, el arroz de Nueva York. Este último, después de que empezó a cultivarse en los pantanos ribereños, se convertiría, con el tiempo, en la base dietaria del lugar, con una denominación de origen: el arroz clavado.

En la misma tónica futurista del arquitecto Llach aparece la novela Quibdó, de Pedro Sonderéguer, hijo de un ingeniero suizo que había venido con su socio y amigo Ferdinand de Lesseps en el primer viaje exploratorio para la construcción del Canal de Panamá. Aunque Sonderéguer nació en Villanueva, Bolívar, y corre el rumor de que nunca pisó Quibdó, logró concebir una novela urbana, que narra el retorno de un joven, por el Atrato, en un vapor de lujo.

Las descripciones del paisaje, la atmósfera y hasta los diálogos de los personajes, en sus hablas locales, las recreó a partir de las descripciones que le hiciera su amigo Reinaldo Valencia, que antes se mencionó como el hombre de letras y propietario del diario ABC. Cierta o no la noticia de que Sonderéguer nunca estuvo en la capital de la intendencia, se le abona la intrépida aventura de fabular el mundo de la élite inmigrante, un barrio bucólico, el Jardín del Norte, donde hay palacios y casas solariegas, autos de motor y ferrocarril. El relato, escrito y publicado en Buenos Aires, en 1927, es en el fondo una novela de anticipación, aunque realista, que narra ese sueño de transformación que proyectaba la mulatocracia en clave de ensoñación futurista. Así que, más allá de enjuiciar los aciertos literarios de Sonderéguer, su novela, Quibdó, se convierte en una metáfora del anhelo de fundar una urbe cosmopolita a la orilla del Atrato. La idea, como hemos visto, no se aleja para nada de las obras arquitectónicas de Luis Llach en la ciudad, de sus planes urbanísticos o de otra serie de invenciones técnicas e industriales que se instauraron en el Chocó antes que en cualquier otra provincia. No hay que olvidar que su autor era ingeniero como el padre, y detrás de este aparente delirio modernista ya existían de verdad algunos inventos asombrosos como los canales interoceánicos, la telegrafía y otros artilugios, difíciles de pensar en un enclave minero y mercantil como Quibdó.

A propósito, también se evoca en las crónicas el proyecto de Robert White, ingeniero de origen inglés, nacido en Frontino, quien diseñó un sistema de cables aéreos, por encima de la selva, para cruzar de lado a lado el mapa de la intendencia, de un modo similar a como lo hicieran los caldenses de la zona cafetera para acarrear el grano. El trazado y ejecución harían posible en pocos años transportar por el aire el oro y el platino hasta la cuenca del Sinifaná, en Antioquia, y, de vuelta, llevar carbón hacia el Chocó. Proyectos como ese rondaban por las mentes de la época en que Sonderéguer escribió su relato.

Los lectores de la novela Quibdó encontrarán que hay solo algunos negros en su trama, pero los pocos que rondan por esas páginas son gente industriosa que remonta su origen y consigue un lugar en la sociedad, a punta de esfuerzos, educación y algún golpe de suerte. Estos personajes se inspiran en seres reales. Se trata de los primeros negros, hijos de comerciantes, venidos de pueblos como Neguá o Tadó, que logran ser aceptados en esa sociedad. Irrumpen con apellidos como Asprilla, Lozano, Córdoba o Caicedo. Varios de ellos se hicieron célebres, como Camilo Mayo Caicedo, al que un padre acomodado mandó a estudiar a Bogotá, y se convirtió en el primer arquitecto negro de la región.

Otros hijos cultos de chocoanos ricos comenzaron a ascender al poder. Tenían dinero, educación y un ideario político basado en los conceptos raciales de la afrodescendencia. Uno de los más memorables, Diego Luis Córdoba, para obtener votos en la región, apeló a la defensa de un credo negro en defensa de sus paisanos. Durante más de una década representó al Chocó en la Cámara de Representantes. En 1947 consiguió que la antigua intendencia se transformara en departamento. Este hecho, que una mayoría leyó como conquista racial, los hijos de inmigrantes y otras etnias de la mulatocracia lo padecieron hasta el exilio.

Ante la insidia y el acoso, Reinaldo Valencia y otros líderes abandonaron la ciudad. Muchos de los siriolibaneses huyeron a Cartagena. A los nuevos gobernantes les tocó educar mal y a la carrera a un grupo sin demasiados proyectos que buscó deshacer de lapo la memoria de la élite mulata, o su ansia de construir una urbe moderna, acaso diversa, pero que, desde el discurso racialista de Córdoba, simplemente era la ciudad de los blancos.

En 1968, muchos años después de que los mulatos se largaran, cuando ya no había vapores en el río, ni un dandi vestido de lino ni fiestas florales ni alamedas: un incendio redujo a escombros las joyas que aún quedaban del Quibdó cosmopolita, ese que hoy en las fotos no podemos creer, como si se tratara de otra ficción de Pedro Sonderéguer.

En una carta a su amigo Benjamín Arango, que persistía en Quibdó, en labores de tribunal, Gonzalo Arango recordó los consejos que aquel le dio para seducir a los chocoanos con otra clase de incendios, los de la palabra.

“—Oye, bandido, cómo es la cosa en el Chocó, para que te luzcas: primero tienes que hablar bonito del Atrato… de la selva…, de los negros… Diles que son muy inteligentes, qué diablos, eso no te cuesta nada… Luego, le echas un elogio al difunto Diego Luis, que es el ídolo de la negramenta liberal… Ellos le sacaron el corazón antes de enterrarlo y lo metieron en un frasco, o sea, en una urna de cristal… No olvides eso y verás cómo te aplauden… Y para terminar, dedícale una florecita al doctor Mosquera Garcés, para que los godos no se enojen y no digan mañana que eres un ateo y un comunista… Después de los elogios sí puedes decir todas esas carajadas nadaístas que nadie entiende. Pero eso sí, bandido, nada de blasfemar contra Nuestro Señor y los sacerdotes…, ¿me oyes?”.

Día del Árbol. Cerca de 1919. Informe del Prefecto Apostólico del Chocó, Bogotá, Imprenta Nacional, 1924.

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Año de terremotos

por IGNACIO PIEDRAHÍTA

Número 13 Junio de 2010

El origen

Hay quienes consideran que los días calurosos son presagio de temblores. Acosados por un bochorno impenitente en Medellín, sin nubes a la vista, se les oye decir: “va a temblar”. Algunos se sientan en la sala a esperar la sacudida. Otros, en respuesta a la idea de que todo puede terminar en cualquier momento, ponen un delicado empeño en lo que están haciendo. Pero la mayoría de las veces la vida sigue igual en la ciudad, mostrando que si tal presagio fuera cierto, no solo bastaría un termómetro para predecir los sismos, sino que el idioma de la geología sería lengua muerta.

Sin embargo, no todo es mentira en ese mito, pues el calor es fundamental en el origen de los sismos. Gracias a que el interior de la Tierra es un horno radioactivo, la roca que compone el planeta se funde y se mueve de un lugar a otro como las corrientes de agua en el océano o de aire en la atmósfera. Cuesta creerlo, pues caminamos sobre un piso frío y duro, pero ahí están los volcanes para mostrar la conflagración que gobierna en el interior de la Tierra. El piso, pues, no es sino una corteza, una cascarita que cubre la Tierra, como la escoria que se acumula en la superficie del hierro fundido.

Esta corteza que cubre la Tierra está partida en un puñado de fragmentos llamados placas tectónicas. Y allí donde estas entran en contacto, hay problemas. Por un costado, cada placa se va renovando debido al magma que surge de la profundidad, pero por el otro extremo se enfrenta a otra placa, y a lado y lado se desliza contra sus vecinas. Esa lucha de titanes es la que da lugar a los sismos. Los bordes de las placas son ásperos y su enfrentamiento no se resuelve suavemente. De ahí que se atranquen y acumulen energía, hasta que ya no aguantan más y sobreviene el desplazamiento de una gran masa de tierra. Ese es el sismo, ese jalón. Después, todo queda tranquilo, aunque la energía comienza de nuevo a acumularse para un sismo venidero. Esto está ocurriendo a cada momento, pero solo en ocasiones el desplazamiento de las rocas es tal que se siente en la superficie.

Todo el costado occidental de América, es decir, el lado de la costa Pacífica, así como el mar Caribe, son zonas de enfrentamiento de placas tectónicas. Llueva o haga verano, los sismos acompañarán estas dos regiones por muchos miles de años.

Los de ahora

Haití y Chile fueron escenario de fuertes sismos en los dos primeros meses de este año. Que pase cierto tiempo sin un temblor con graves consecuencias en la región, y de repente sucedan dos casi simultáneos da lugar a sospechas, pero fueron fenómenos independientes. En Haití, el sismo fue generado por dos placas tectónicas que se desplazan hacia rumbos diferentes a través de la falla de Enriquillo. Esta falla es el plano sobre el cual se desplazan las placas, y es como un corte a cuchillo que divide la isla de La Española en dos pedazos a la altura de Puerto Príncipe: el territorio al norte de la falla va como para Cuba y el del sur para las Antillas menores.

Según la escala de Richter, que va de 1 a 10 aproximadamente, los 7.3 grados del sismo de Haití son bastante significativos. Pero no es solo la magnitud del sismo lo que mide sus consecuencias. Su poder destructor depende de la ubicación del epicentro (es decir, el lugar exacto donde ocurrió el desplazamiento súbito de las placas, proyectado en la superficie), así como del suelo sobre el que esté asentada una ciudad y la calidad de sus construcciones. No bien ocurre un terremoto, las ondas superficiales generadas por este salen como perros de presa a la busca de todo lo que yace en su camino. Como las casas y edificios están hechos para soportar cargas en sentido vertical, estas ondas las golpean por el costado de manera implacable. Con un sismo apenas a 13 kilómetros de profundidad y un epicentro a 25 de distancia, las casas de Puerto Príncipe fueron un fácil bocado para esas ondas asesinas. Los muertos, consecuencia de la caída de los muros, sobrepasaron los 200 mil, y los que quedaron sin techo rondan el millón.

Nada de esto es nuevo en la historia de Haití. Hace 250 años ocurrió un terremoto de magnitud similar, mientras que cuatro de magnitud superior a 7 grados han tenido lugar en islas vecinas en los últimos 60 años. En Chile, los antecedentes son aun más dicientes. En 1960, cerca de la ciudad de Valdivia, se presentó en este país un sismo de 9.5 grados de magnitud, el más fuerte del que la humanidad haya tenido noticia. Este sismo fue tan potente que el tsunami que generó atravesó el Atlántico y reclamó un puñado de vidas en Japón, Hawai y Filipinas. Sin embargo, en total, la cifra de muertos no pasó de 2.000. En lo poco que va de este siglo, en Chile se han presentado nueve sismos con una magnitud superior a 6 grados. El de febrero de este año, con 8.8 de magnitud, logró meterse en el quinto lugar del ranking mundial, desplazando al terremoto ocurrido bajo el mar fronterizo entre Ecuador y Colombia, cuyos temblores llegaron a sentirse en Bogotá y el tsunami que causó arrasó con una isla entera frente a Tumaco.

El terremoto de Chile, a pesar de su gran magnitud, fue 20 kilómetros más profundo que el de Haití, y su epicentro, que en este caso fue en el mar, se ubicó a unos cien kilómetros de cualquier ciudad importante. De ahí que los daños no fueran tan devastadores como en Puerto Príncipe y el número de muertos, 708, de manera alguna comparable. Las placas tectónicas causantes de este poderoso remezón fueron la de Nazca, ubicada bajo el océano Pacífico, y la de Suramérica, representada por el continente. Estas placas están enfrentadas a casi todo lo largo de la costa chilena, donde la corteza oceánica se mete por debajo de la continental a una velocidad de 7 centímetros por año. Sin embargo, desde el año 1835 no había ocurrido movimiento en el lugar del sismo, lo cual quiere decir que había mucha energía acumulada, suficiente para que las placas se desplazaran hasta 12 metros una con respecto a otra en el momento del destranque, ocurrido en la madrugada del 27 de febrero de este año. La sacudida, de casi tres minutos de duración, fue tal que la ciudad de Buenos Aires, en Argentina, se movió un par de centímetros hacia el Occidente.

Para quienes se preguntan si en Medellín podemos pasar de los temblores a los terremotos, la respuesta de los expertos es tranquilizadora. Si bien por su ubicación en la zona andina la ciudad está en un contexto de fallas geológicas, no hay registros históricos de grandes sismos. Sistemas de fallas como el de Romeral, que pasa al occidente del Valle de Aburrá, y que fue el culpable del terremoto de Armenia, no ha tenido mayor actividad en la parte norte del país. De modo pues que será poco probable esperar algo más que las leves sacudidas locales, recordatorios apenas de que estas montañas se levantaron gracias a los esfuerzos del interior de la Tierra.

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Chocó no es tierra para débiles

por ANDREA ALDANA • Fotografías de la autora

Número 110 Septiembre de 2019

—¿Cómo es que vos te llamás? Laura, ¿cierto?
—Sí.
—¿Y vos cuántos años tenés, Laura?
—Quince.
—¿Quince? ¿Y cuánto tiempo llevás en la guerrilla?
—Esta es mi segunda vez.
—¿Cómo así?
—Sí. Es mi segunda vez acá. Yo ya estuve una vez pero me fui y ahora volví.
—¿Pero cómo así? ¿Por qué te metiste la primera vez? ¿Y por qué te saliste?
—Lo que pasa es que… Vea, no nos digamos mentiras, cuando uno se mete a la guerrilla por un hombre, le va mal.
—¿Vos te metiste a la guerrilla porque estabas enamorada de un guerrillero?
—Sí. Me fui detrás de él, pero no duré ni dos meses. Después nos dejamos y yo me fui pa la casa otra vez.
—¿Y por qué volviste a la guerrilla?
—Por mi casa.
—No entiendo.
—Es que en mi casa somos siete y solo está mi mamá. Muy difícil alimentar siete bocas. Ella no tiene cómo, no. Fue cuando decidí devolverme. Yo hablé con ella y le dije: “Vea, usted tiene que alimentar siete bocas. Bueno, pues ya a mí no me cuente. Cuenta con una menos”. Y le dije que me devolvía para la guerrilla.
—¿Y ella qué dijo? ¿Te dejo venirte así nomás?
—¿Qué me iba a decir? Ella no quería que yo me viniera, no; me rogó y todo. Pero dijera lo que dijera, una boca más es una carga más. Es muy duro ver la mamá llorando porque no tiene qué darnos de comer. En cambio estando acá uno hasta la puede ayudar.
—¿Y tus hermanos qué dicen?
—Hay uno que salió con que dizque también se quiere venir.
—¿A la guerrilla?
—Sí.
—¿Y vos qué le dijiste?
—No, que no. Él sabe que no puede. Ya está terminando el colegio y mi mamá quiere que sea alguien. Yo también quiero que él estudie y sea alguien, que llegue lejos.
—¿En algún momento te has arrepentido de haber ingresado a la guerrilla?
—Hay momentos en que me arrepiento porque en verdad quiero seguir estudiando; pero por otro lado no, porque aquí he aprendido bastante.
—¿Y qué quieres estudiar?
—Mi sueño siempre ha sido ser abogada.
—¿Y por qué no lo haces? ¿Por qué no estudias Derecho? Finalmente la guerrilla sí que va a necesitar abogados.
—¡Ja! Porque esa carrera es muy cara, y la realidad es que no hay quién pague esa universidad.

Y así, en las comunidades donde el agua más potable que se consume es el agua lluvia y donde no tener qué comer no es carreta de campaña, es como la guerra se cuela y pasa a ser un proyecto de vida.

Durante todo el año 2018, la Defensoría del Pueblo emitió 73 Alertas Tempranas en las que advirtió sobre los riesgos de reclutamiento forzado a los que estaban sometidos “niños, niñas y adolescentes”. Antioquia acumuló el quince por ciento de las alarmas y Chocó ocupó el segundo lugar con el doce.

Después de este grito, la Defensoría afirmó: “Los grupos armados al margen de la ley que realizan estas actividades ilegales son las Autodefensas Gaitanistas Colombianas, AGC; el Ejército de Liberación Nacional, ELN, y las disidencias de las Farc”. Pero pongamos el dedo en la llaga y, como dice Laura, no nos digamos mentiras: ¿quién está detrás de la forzosa decisión de una niña que se va de su casa e ingresa a la guerra para que su madre no tenga que alimentar siete bocas sino seis? ¿A quién le corresponde garantizarle un entorno seguro y por “entorno seguro” me refiero a que al menos tenga diariamente algo que comer?

***

Estamos escondidos bajo el techo de un rancho de madera en medio de la selva, una choza campesina algo destapada ubicada al lado de los restos de un campo de coca que ahora está abandonado y seco. Va uno, van dos, pero ahora son tres los helicópteros del ejército que nos sobrevuelan y nosotros somos cuatro los periodistas que estamos con la guerrilla: dos camarógrafos, dos reporteros.

Van veinte minutos de sobrevuelo. Hay susto. Suena otro helicóptero y otro. El comandante guerrillero dice que no están cerca y que si nos tuvieran ubicados, ya nos hubieran hecho un “desembarco”, es decir, ya se habrían lanzado soldados con cuerdas y estarían disparando sobre nosotros. Pero esto no me calma, yo siento que tenemos encima a toda la fuerza aérea colombiana. El comandante insiste:
—Además, esta tierra no es fácil, pa caminar este fango se necesita. Si soltaron gente, todavía necesitan por lo menos dos horas de caminata para llegar hasta donde estamos.

Treinta minutos… Sesenta… Hora y 45 minutos de sobrevuelo ininterrumpido. ¡Jesús! Pues si soltaron gente, estamos a quince minutos de que nos caigan. A quince minutos de quedar en la mitad de un combate entre el ejército y la guerrilla.
—¿Por qué no nos movemos? —pregunto—. ¿Y si nos caen?
—Porque no sabemos dónde están. Los helicópteros sonaron por aquí, por allí, por allí y por allí —dice el comandante señalando los cuatro puntos cardinales—; ¿y si terminamos cayéndoles nosotros por error?

Suena otro helicóptero. Este suena durísimo y nos pasa cerquititica. Por medio de un destapado que hay entre las hojas de la selva, el colega reportero y yo vemos pasar la aeronave y hasta alcanzamos a contar los soldados que van dentro del aparato. Se acercan diez metros más y hasta les cuento los lunares de la cara. “¡Mierda!”, pensé.
—Reunión urgente, muchachos — dije a los periodistas.
Nos reunimos en círculo y empezamos a improvisar el protocolo de seguridad:
—Qué hijueputa susto.
—¿Qué vamos a hacer?
—Todos de blanco ya. Camiseta blanca ya.
—¿Pero qué vamos a hacer si el ejército llega? Yo estaba pensando en tirarnos al río.
—No, no. A la loca no nos podemos poner a correr.
—¿Entonces qué hacemos?
—No sé. Lo primero es separarnos de la guerrilla, lo segundo es empezar a gritar “prensa, prensa” a la loca mientras agitamos una camiseta blanca por el aire.
—¿Y lo tercero?
—Confiar en que el ejército vea la bandera blanca y no nos dispare.
—¿Tú crees que nos dispararían?
—Yo creo que a ningún gobierno le conviene que maten a cuatro periodistas en un operativo militar. Pero es que otra cosa es la adrenalina, esa es la que actúa primero y piensa después.

Miro el rostro de Laura, la guerrillera de quince años, y noto cómo ella también observa el cielo asustada. De todos, es la que se ve más preocupada. El comandante guerrillero, en cambio, nos observa desde lejos, hay algo de tensión en su rostro pero lo que más resalta en su mirada es un dejo de burla. Somos un chiste para él. Intenta seguir calmándonos y como último recurso, bajo el sonido de las hélices en el cielo, decide ponerse a cantar una canción de los hermanos Mejía Godoy: “Vendrá la guerra, amor, y en el combate / no habrá tregua ni freno para el canto. / Sino poesía naciendo incontenible, / del cañón, de fusiles libertarios. / Vendrá la guerra, amor, y en el combate, / nos fundiremos en las barricadas. / Deteniendo las hordas criminales, / a punta de corazón, fuego y metralla”.

El comandante es alias Uriel, el que tiene más presencia ante las cámaras. El más buscado de la región. El premio gordo de los militares. Y preciso nosotros teníamos que estar con él. Como si no fueran suficientes los peligros propios que atormentan al Chocó. La guerrilla que nos recibe es el Ejército de Liberación Nacional (ELN). Estamos en el litoral de los afluentes que se desprenden de alguna parte del río San Juan, ni idea cuál, pero con certeza es la parte que ellos dominan. Porque el resto del río, al igual que el Atrato, se lo disputan con las “disidencias” y las AGC.

Estamos con el ELN porque queremos conocer su dinámica en el territorio y su papel en este momento del conflicto en el país; y si no estamos en los territorios de las AGC o de los disidentes de las Farc es únicamente porque no nos han autorizado el ingreso. Y acá la autoridad son ellos.

***

La disputa por el territorio entre los grupos armados al margen de la ley se ha incrementado en los últimos dos años. La salida de las Farc del escenario bélico dejó un vacío de poder que todos los actores armados se apuraron a llenar. Todos, claro, menos el Estado. Que desaprovechó tremenda oportunidad y siguió llenando el río San Juan con sus buques de guerra y sus botes de combate, y dejando al litoral sin escuelas, sin energía eléctrica, sin agua potable y sin puestos de salud.

Hace poco, el pasado 5 de septiembre, la vicepresidente de la República, Marta Lucía Ramírez, escribió en Twitter: “Hoy a los jóvenes del Chocó y de 10 departamentos más, les va a ser posible acceder a la educación virtual a través de 76 programas que hoy se ofrecen a través de la línea de crédito #MásColombianoQueNunca. #EducaciónQue- Conecta”. Y su intervención resulta hasta chistosa porque: uno, el mismo Estado en su Decreto 749 de 2018, con el cual creó la Comisión Intersectorial para el Departamento del Chocó, afirmó que en el “Chocó se evidencian deficiencias en materia de cobertura y calidad en educación, salud, alimentación, agua potable, saneamiento básico, seguridad, accesibilidad, infraestructura, […] así como problemáticas ambientales que afectan la situación social, económica y humanitaria del departamento”, como para que ahora venga ella a ofrecerles una deuda. Y dos, porque el grueso del Chocó al que le ofrece “educación virtual” conecta energía eléctrica solo un par de horas al día a través de plantas de gasolina. Como escribí antes, la vice podría resultar hasta chistosa, pero el Estado allá no es ni siquiera un chiste. Es nada.

En consecuencia, la población quedó bajo la ley y el orden —o el desorden— de los grupos armados ilegales y la norma se la impone el fusil. Y en medio de los combates por aumentar este poder —poder que por supuesto incluye la recolección de impuestos, o vacunas, como les dicen los civiles—, han quedado confinadas cientos de familias sin poder salir de sus casas ni siquiera para buscar algo de comida. Situaciones que, por puro desespero, terminaron en el desplazamiento masivo de comunidades indígenas y afrodescendientes.

El 7 de septiembre de 2018, la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) emitió un comunicado en el que informó que desde el 21 de agosto, al menos 1640 personas (328 familias) se encontraban confinadas y cerca de 223 (61 familias) se habían tenido que desplazar forzosamente en los municipios de Bahía Solano y Juradó, debido a los enfrentamientos entre las AGC y el ELN. Al final, el texto también decía que un combate ocurrido el 26 de agosto entre estos grupos había causado la muerte de un menor de edad y había dejado heridas a dos mujeres indígenas.

La Defensoría del Pueblo, por su lado, emitió la Alerta Temprana No. 069 el 27 de agosto de 2018 y en ella advirtió que las comunidades presentan “desabastecimiento de alimentos, dificultad de acceso a medios de vida (actividades de pancoger), afectaciones en salud mental y necesidades de protección”. Advirtió de futuros desplazamientos y lo más grave: de contaminación por minas antipersona. En los años de la paz, volvían a minarse los territorios.

El grito de auxilio se repitió este año, en los primeros días de abril la Defensoría emitió la Alerta Temprana 017- 19 de Inminencia y ahora decía que los confinados eran 2778 más. Y que el enfrentamiento entre las AGC y el ELN ya no estaba solo en Bahía Solano y Juradó, se había expandido y ahora afectaba a nueve comunidades indígenas y afros del municipio de Bojayá: Villa Hermosa, Egoróquera, Playita, Unión Baquiaza, Mesopotamia, Napipí, Bocas de Opogadó, Carrillo y Pogue; territorios en los que se come porque se cultiva. Pero las minas y los combates, el temor al disparo del fusil, no estaban permitiendo que los agricultores salieran a cosechar.

¡Hambre! ¡Hambre es lo que había y aún hay en el Chocó! Y la vice ofreciendo educación virtual.

***

En las ocasiones que entré a entrevistar al ELN junto a otros periodistas, que son varias, casi siempre nos fue a recoger el mismo guerrillero, Uber. Un hombre de treinta y algo, no sé bien. La última vez que lo vi me mostró la foto de su hija, ya adolescente, y no paró de contarme lo feliz que estaba porque por fin la había encontrado —la guerra los separó estando ella muy pequeña— y también me dijo lo bien que les había ido en ese primer reencuentro. Esta vez no fue a recogernos. Lo habían matado. En medio de un combate, la bala de un fusil le partió la cabeza y le reventó la vida. El cuerpo aún no lo recuperan. Suponiendo que los bandos en esta guerra están bien definidos y sin entender mucho de ella —obviamente— pregunté:
—¿Y por qué no entregan el cuerpo? ¿El ejército no debería devolvérselo a la familia? ¿O fueron las AGC?
—Fueron las disidencias.
—¿Las disidencias? ¿Cómo así? Ahora también están enfrentados con las disidencias?
—Uff, la pelea más grande ahorita es con ellos. Por un lado llegaron diciendo que eran el Frente 30 y que volvían, entonces que nos teníamos que ir, por otro lado se presentan grupitos pequeños y dicen que son disidencia y que también nos tenemos que ir, y por Juradó volvió uno que fue comandante Farc pero ahora se presenta como AGC, y lo mismo: que nos fuéramos. Entonces estamos enfrentados con todos.
—¿Y Uber?
—No, pues quién se va a ir a sacarlo de por allá.

Yo quería llorar, pero sus compañeros no se mostraban muy acongojados. A mí me daba pesar por Uber y por su hija, esa menor de edad que no llegaba a los dieciséis años y ya había perdido al mismo padre por segunda vez. Pero para sus compañeros es cotidiano. En la lógica del guerrero, la muerte se vuelve dama de compañía.

Estaba pensando en todo esto cuando vi a Laura, la guerrillera de quince años, y recordando su cara de susto por el sobrevuelo que nos habían hecho las aeronaves militares el día anterior, me acerqué y le pregunté que si a ella aún le daban miedo los combates. Me contestó que no. Me contó de un par de enfrentamientos que ya había tenido con el ejército y al final agregó que eso le había matado el susto.
—Bueno, pero en conclusión: ¿ya no te dan miedo los combates?
—No. Si a mí me dicen que hay que ir, yo voy.
—¿Y entonces ayer por qué estabas con esa cara de susto cuando nos sobrevolaron esos helicópteros del ejército?
—O sea… Eso… Eso fue… ¿Caras?… ¿Yooo?
—Sí señora.
—Eso fue porque miraba hacia el cielo y me tocaba mirar así por el sol.
—No señora, yo la vi. Pura cara de susto.
—Es que la verdad eran bastantes, jajaja.

Nos reímos un rato de eso y empezamos a hacernos un par de bromas suponiendo lo que hubiéramos hecho si hubiéramos recibido el asalto militar. Entonces empecé a comprender la guerra en el Chocó. Es tan irreal y tan lejano a nosotros lo que sucede en este territorio que terminas riéndote junto a una menor de edad porque unos soldados no te dispararon y no te mataron en la mitad de la selva.

Reía ahora de una hipotética escena macabra que no sucedió; tres noches atrás, escondida en una hamaca, sin poder dormir, y ahogando el llanto con un saco para que nadie me oyera, lloraba por otra escena que tampoco viví pero que sí ocurrió.

***

—Me mataron a mi mamá, me la mataron, me mataron a mi mamá…
La voz quebrada de un niño de once años suelta ese audio por WhatsApp y el último “mamá” se oye lejano, como si apartara la boca del micrófono antes de soltar el celular. Como si algo acabara de llamar su atención. Lo imagino con paso presuroso de un lugar a otro, lo imagino tirándose del pelo, lo imagino tronándose los dedos, lo imagino llorando mientras patea con sus piernas delgadas las latas y la madera de su rancho. Imagino que suelta ese celular y corre hacia el hueco de la puerta porque cree ver regresar a la madre que nunca más va a volver.

“Me mataron a mi mamá”. Pasan tres segundos, el audio acaba y el silencio nos cae como bloque de granito. Estábamos solo una fuente, el colega reportero y yo. La voz del niño se apaga y yo inmediatamente me doy cuenta de que voy a escuchar una de esas historias que queman por dentro, que arden como arde el reflujo cuando se apodera del pecho. En Colombia asesinaron a una mujer —a otra—. Era madre. Y yo la conocía.

El nuevo cadáver no era de un líder social. No era activista. Era una mujer dedicada al rebusque. Era una persona que vivía con miedo en el Chocó. Alguien a quien mataron y no salió en las noticias. Pienso en ella, pienso en la única vez que la vi. Ahora era un cuerpo sin vida que dejaron amarrado a un tronco. Era nadie. Y gracias a esa nadie algún día yo me alimenté.

A las fieras que la asesinaron ella también las alimentó, pero estas, traicioneras, mordieron esa mano que les daba de comer. Vendía pescados y legumbres, los metía en una nevera de icopor y los transportaba a lo largo de la única vía de este vasto territorio: el río San Juan. Cruzaba —inevitable— las imperceptibles fronteras que sobre él trazan el ejército, la delincuencia común, las guerrillas y las nuevas expresiones del paramilitarismo. De ella comieron todas las fieras.
—Ay, Andrea, era mi amiga. Cómo matan a esa muchacha. Yo qué le voy a decir a usted, mija, ¿yo qué le voy a decir? Si vinieron por ella, en cualquier momento vienen por mí.

Mi fuente, dura, temeraria, que siempre está desafiante, recia, que siempre que voy a saludarla me recibe con un “Ya vino usted otra vez por aquí a hacerme perder el tiempo y con todo lo que tengo que hacer”, por primera vez está derrotada. Lo sé por sus hombros que en vez de altivos están caídos, por su mentón pegado al pecho mientras habla, por la lágrima en su mejilla derecha que ni siquiera tiene fuerzas de limpiar. Llora y yo quiero llorar. Por el niño huérfano, por la madre asesinada y por mi fuente, sobre todo por mi fuente, que es superpoderosa para mí y ahora pierde sus poderes. Quiero llorar pero me avergüenzo. El Chocó no es tierra para débiles.

La muerte la pude seguir casi en vivo como si estuviera escuchando un pódcast macabro. El primer audio es de la madre, la que asesinaron, pregunta cómo están las cosas por la vía, dice que tiene miedo, que le han dicho que “las cosas están muy calientes por ahí”, pero que ella necesita salir a trabajar. Vuelve a decir que tiene miedo y la voz no aparece más.

El segundo audio es del esposo, dice que en la vía hicieron un retén, que unos encapuchados bajaron a su esposa del transporte, que ella iba con el niño, que el niño se desesperó pero que los sujetos dijeron que solo la iban a retener un momento y la entregaban después; el hombre dice que no tiene ni idea de qué pasó con su mujer y pide, muy ansioso, que por favor le ayuden a ubicarla, que alguien haga algo para salvarla. El tercer audio vuelve a ser del marido, con tono seco y pesado, como el ruido de un puño cuando se deja caer sobre una mesa, su voz anuncia —y sus palabras golpean—: “Ya apareció. La mataron”. El cuarto audio es un niño quebrado en llanto que parece robarle el celular al padre por unos segundos porque necesita desahogar su furia y su impotencia: “Me mataron a mi mamá, me la mataron, me mataron a mi mamá”.

La fuente, pensando que es dato valioso, me extiende el celular para que vea las fotos del cuerpo (alguien lo retrató, creo que el marido), pero yo volteo rápidamente el rostro hacia el lado contrario y hago un gesto de desagrado como si hubiera ingerido una bebida amarga. El trago más amargo de la guerra: la muerte de los civiles que nunca hicieron, quisieron ni pidieron ser parte del conflicto.

En el territorio hay hipótesis sobre las fieras que la devoraron. Pero hay tantas, que no está claro de dónde vino la mordida. La bajaron en ese retén que mencionó el esposo en el audio. El niño imploró por su madre. Lloró. Los encapuchados —bondadosos ellos— le dijeron que se tranquilizara y que en unas horas se la iban a devolver unos caseríos más adelante, que ellos mismo la iban a llevar después hasta allá. La retuvieron toda la noche y al otro día, amarrada, la fusilaron; dejaron su cuerpo atado a un tronco —compasivos ellos— para que no se fuera a extraviar.

Pregunté las causas pero no pregunté por las consecuencias de ese crimen. La fuente en un comentario me dejó saber que el niño acababa de cumplir doce años y que en su cumpleaños hubo un momento en el que se aisló. El padre fue a preguntarle si estaba bien y el niño soltó un par de lágrimas y dijo que extrañaba a su mamá.

Todos quedamos en silencio y un par de horas más tarde alguien llegó por nosotros. Nos iban a llevar a otro caserío mientras las condiciones de seguridad se prestaban —habían militarizado el litoral— para que la guerrilla nos diera la entrevista. Me despedí de la fuente, seguí el recorrido y, en lugar de concentrarme en la preguntas de una entrevista que podía ser en cualquier momento o de pensar en las hostilidades a las que nos iba a someter el ejército si nos veía navegando el río tan tarde, todo el camino tuve al chico —del que solo conocí tres segundos de su voz y su llanto— en la mente. Lo imaginé cerrando los ojos muy apretados y deseando con furia que su mamá regresara. Lo imaginé después abriendo los ojos e imaginé la orfandad tan espantosa que debió sentir cuando entendió que nunca más la iba a volver a ver, que no iba a volver a tener el abrazo materno en un cumpleaños. Por la noche, mientras intentaba dormir en una hamaca, en mi mente también se coló ese otro chico de doce años que nos desgarró a todos mientras gritaba y pateaba una puerta al lado del cadáver de su madre. Ese pequeño que ya nadie recuerda. El hijo de María del Pilar Hurtado, la madre que las fieras asesinaron en Tierralta, Córdoba, frente a su hijo.

El hijo de María del Pilar quedó a cargo de tres hermanos, el chico de mi historia no sé de cuántos. El resto de mi viaje por el Chocó, que se extendió casi una semana, vi niños entre seis y doce años cargando a sus hermanos menores y no pude más que pensar en potenciales huérfanos. En madres asesinadas que a nadie importan. En unos versos de Safo:
Bajo tierra estarás, / nunca de ti, / muerta, memoria habrá, / […] Ignorada también, / tú marcharás / a esa infernal mansión, / Y volando errarás, / siempre sin luz, / junto a los muertos tú.

No pude dormir entonces y sigo sin poder dormir ahora. ¿Quién duerme tranquilo en este volátil gobierno de fusiles? ¿Quién duerme tranquilo en la morgue Colombia? Solo los muertos.

No pregunté entonces pero ahora sí pienso en las consecuencias de ese crimen, de todos los crímenes: niños que crecen con el alma envenenada, materia prima para la guerra. Colombia, país de huérfanos.

***

Terminó el viaje al Chocó en el que cuatro periodistas nos afligimos juntos, nos asustamos juntos, nos burlamos juntos y nos reímos juntos. El último día, antes de irnos, muy en la mañana, vimos a los jóvenes de la guerrilla haciendo entrenamiento deportivo en una especie de cancha del caserío donde nos quedamos esa noche mientras un puñado de niños los observaban fascinados. No había fusiles cerca, solo muchachos y muchachas haciendo deporte y tapando su rostro con un trapo rojo para evitar quedar retratados o grabados en nuestras cámaras.

Yo me concentré en los niños. Traté de entender su fascinación. Y otra vez llegué a lo mismo: en los territorios donde hay nada la guerra se vuelve un proyecto de vida. Una lancha nos recogió y nos sacó del Chocó navegando por el río San Juan, la única forma de salir de ahí, porque en esa parte ni siquiera hay carreteras. Tardamos seis horas para volver a la civilización en la que se tiene conexión eléctrica permanente. En la que no hay guerra permanente. En la que te cobija la burbuja. Durante esas horas recordé los versos de la canción que cantó el comandante Uriel bajo el ruido de las aspas de los helicópteros que nos sobrevolaban; recordé a Laura, la asustadiza guerrillera de quince años, recordé el rostro de mi fuente derrotada y recordé al niño de once años, ahora huérfano, que por WhatsApp quebraba su voz para decir que a su mamá la habían matado.

Yo no canté bajo el ruido de las hélices del ejército. Intentaba pensar en una canción para un escenario así. Pero ahora solo estaba el ruido de la lancha sobre el río y el ronroneo del motor. La melodía de la huida. Atrás quedaba, como siempre, el Chocó.

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¡Gonorrea!

Historia del insulto de insultos

por JUAN FERNANDO RAMÍREZ ARANGO • Ilustraciones de Tobías Arboleda

Número 100 Septiembre de 2018

#RigoNea

El día nueve del mes siete de 2017, Rigoberto Urán ganaría la novena etapa del Tour de Francia. Sí, la esperada etapa reina, su majestad en puertos de montaña, en puertos de categoría especial y, a la postre, también en abandonos, siete, tres y once respectivamente. 181 kilómetros entre Nantua y Chambéry que se definirían por un pelo: inicialmente, el ojo humano declararía ganador al local Warren Barguil, pero, 2 minutos y 40 segundos después, la foto finish se decantaría por Rigoberto Urán. Al reverso de esa foto panorámica del último pedalazo, del llamado golpe de riñón, el potenciómetro de Rigo firmaría su pico más alto de la jornada: 1189 vatios, o sea la potencia necesaria para encender unos diez televisores de 21 pulgadas. Si bien, encendería millones más a control remoto, pues esa novena etapa alcanzaría 5.9 puntos de rating, o, lo que es lo mismo, 15 de cada 100 colombianos verían el reñidísimo triunfo de Rigoberto Urán a través de la caja tonta. Durante las siguientes tres horas, antes de ser superado sobre las dos de la tarde por #PeriodismoDeshonestoRCN, Rigo sería tendencia número uno en Twitter para Colombia. Allí, en ese lapso del almuerzo, se haría viral una entrevista que le concedería al periodista de turno del canal Caracol mientras se dirigía a la prueba antidoping, 4 minutos y 41 segundos después de bajar del pódium: cuando Rigo lanzaba una lluvia de calificativos cuya nube de significación sería el sustantivo epopeya, pues había terminado la etapa con los cambios de la bicicleta rotos, trabados en la relación 53-11 desde el kilómetro 158, el periodista de turno del susodicho canal lo interrumpiría para preguntarle una tontería contraria a todas las mitologías capilares:
—Rigo, la gente en Colombia se pregunta: ¿sirvió el corte de cabello?
—De momento parece ser que sí, vamos a ver más adelante.
—¿Por qué se lo cortó?
—Ya lo tenía muy largo, estaba cansado. Aunque a mi mujer no le gusta así, cabecipelado, dizque porque quedo muy nea, me dice que me veo muy nea… ¿Usted sí sabe qué es nea?

Ya que el periodista de turno del susodicho canal no lo sabía, Rigo le traduciría ese vocablo propio del sociolecto de los jóvenes de Medellín, del denominado parlache, al colombianismo “gamín”. Así como para el periodista de turno fue una novedad, seguramente era la primera vez que esa palabra, la segunda más corta del parlache tras la fórmula de saludo “oe”, se escuchaba en la televisión nacional. No por nada, su significado sería tema de debate en las redes sociales ese domingo nueve del mes siete y el lunes diez, primer día de descanso en el Tour: ¿Qué es nea? Para zanjar el debate solo habría que pasar de Rigo y de las redes sociales al rigor del Diccionario de parlache. Al abrirlo en la página 143, se lee: “Nea: Acortamiento de gonorrea”. Y al retroceder 37 páginas, hasta la 106, se comprueba que “gonorrea”, la entrada número 56 de la ge, es el insulto de insultos: “Persona despreciable, ruin”. Según Luz Stella Castañeda, reconocida sociolingüista y coautora del Diccionario de parlache, el acortamiento “nea” habría surgido en los colegios femeninos de estratos altos de Medellín con el fin de encriptar el insulto, para poder usarlo sin perder prestigio, sin que las alumnas fueran tildadas de vulgares por sus profesores. Posteriormente, se propagaría por los demás colegios de estratos privilegiados, mutando a través del uso tanto su tipo como su significado, pasando de adjetivo a sustantivo, y de insulto cifrado a forma de tratamiento, convirtiéndose en sinónimo de compañero, amigo, parcero, parce, etc. A continuación, se extendería por los colegios del resto de la pirámide socioeconómica medellinense, donde sumaría una nueva acepción a su significado, a caballo entre sus dos predecesoras, y que sería el espejo de “boleta” o de “bandera”, esto es, “alguien o algo desagradable, estrambótico”, o sea lo que quería darle a entender la mujer de Rigo al Rigo cabecipelado, y el Rigo cabecipelado al periodista de turno del susodicho canal.

Posdata 1: Un año antes de la primera edición del Diccionario de parlache, publicada en 2006, Luz Stella Castañeda presentaría su tesis doctoral, titulada Caracterización lexicológica y lexicográfica del parlache para la elaboración de un diccionario, y cinco años antes sería coautora de El parlache. Ambos, tanto la tesis como el libro, incluirían un glosario que sería la base de dicho diccionario, sin embargo, en ninguno de los dos estaría el acortamiento de gonorrea, luego, el surgimiento de nea es relativamente reciente, posterior a 2001, año en el que, por ejemplo, la palabra parlache se institucionalizaría, ingresaría en la vigésima segunda edición del DRAE, en la página 1683: “Jerga surgida y desarrollada en los sectores populares y marginados de Medellín, que se ha extendido en otros estratos sociales de Colombia”.

Posdata 2: “Tres letras son suficientes hoy en día para mentarle la madre a cualquiera en los barrios de Medellín. Nea, dicha en un tono fuerte, tiene una carga insultante similar a la que desde hace mucho residía en hp o en tiempos más recientes en gonorrea”. Esa es la entradilla sensacionalista de un artículo publicado en El Tiempo el 27 de marzo de 2005, titulado “Palabras de la entraña del barrio”. Allí, Luz Stella Castañeda recordaría que la primera vez que se percató de la existencia de “nea” fue en octubre de 2003, cuando, en el marco de Expouniversidad, varios estudiantes le divulgaron ese vocablo. Además, agregaría que este surgió en los sectores populares, tal vez como una metátesis de gonorrea, esto es, gorronea, que posteriormente se reduciría a “nea”, aunque un año después se rectificaría en el Diccionario de parlache, en donde se lee que dicho acortamiento “empezó usándose en los colegios de clase alta”.

La más peligrosa

¿Qué pasó con gonorrea antes de convertirse en nea, entre su origen y su acortamiento postY2K? Para establecer su año de nacimiento primero habría que echarle una ojeada al Diccionario de los mariguaneros, que saldría a la luz en Medellín abriendo 1980, gracias a los poetas Germán Suescún y Hugo Cuervo, y que sería el repertorio de una jerga que había bebido de las mismas fuentes léxicas de las que posteriormente surgiría el parlache, por lo que podría considerarse una suerte de protoparlache. Al abrirlo en la ge, y avanzar hasta la página 68, se pasa directamente del verbo transitivo “golpiar” al sustantivo “gorgonazo”, es decir, el Diccionario de los mariguaneros no incluye el adjetivo “gonorrea”. Si bien, sí incluye, por ejemplo, el insulto más usado del parlache tras gonorrea, sí, “pirobo”. Prueba necesaria y contraprueba suficiente para afirmar que la gonorrea lanzada como injuria no es anterior a 1980. Un año después, en 1981, la editorial Letras publicaría Bacano Llave, de Alberto Piedra. Desconocido ejemplar de la oralitura colombiana que, a la manera de un libro almanaque, relataría las desventuras de Bacano Llave Restrepo: un nomen nescio de la comuna noroccidental de Medellín, del barrio Robledo, el tercero de cinco hijos de Jesús Llave, un expartidario de la Anapo muerto en una balacera mientras ejercía su oficio de celador, y de Rosalba Restrepo, ama de casa impedida laboralmente por la variz. No bien cumplida la mayoría de edad, empezarían las penurias de Bacano: tras pasar sesenta días en Bellavista por mariguanero y vago reconocido, viajaría a Cali con la esperanza de refundarse. Allí, sin embargo, se haría adicto a mirar “hembritas” en el parque La María bajo los efectos del daprisal: “¡¡¡Qué culos!!! Cuando a uno le explotan los dapris se siente el putas. Pero no es como el guaro que uno se pone a peliar sino que le da es por votar caspa, fumar leña y rodarla”. Ese pasatiempo caicediano lo financiaría al venderle a unos gringos dos metros de perico falso, o sea un mix pulverizado de tres pastillas de silocaina y dos de mejoral, a precio de cuatro y medio del verdadero. Todo iría bien hasta que Bacano abandona su radio de acción, el perímetro del parque La María y sus alrededores: al adentrarse en San Fernando se toparía con un tropel entre la policía y unos estudiantes del Santa Librada, del popular Santa Pedrada. El efecto acelerador del daprisal lo obligaría a acercarse a ese ojo del huracán: lo miraría fijamente más de la cuenta y se ganaría una golpiza de los tombos. Con la golpiza vendría una elipsis narrativa del tamaño de una casa. Tan grande que, una vez superada, Bacano estaría de regreso en Medellín, recluido en un manicomio para curarse de sus adicciones, en una pieza de tres metros cuadrados con un afiche del poderoso de la montaña personalizando una de sus cuatro paredes. La elipsis es tan grande que, como en todo libro almanaque, sería minimizada al pasar la página por un elemento que contextualiza la narración: una caricatura, una foto o, en este caso, una noticia que reproducía la primera aparición de Medellín en Newsweek, al ser declarada por ese semanario la ciudad más peligrosa del mundo, lo que, por ejemplo, llevaría a clausurar el consulado gringo en Medellín promediando 1981. Ese año la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes de la ciudad más peligrosa del mundo sería 56. Finalmente, aunque Bacano Llave incluiría elementos lingüísticos que iban más allá de los contenidos en el Diccionario de los mariguaneros, tales como la locución adverbial y la negación enfática más usadas del parlache, esto es, “a la final” y “la chimba”, no incluiría a gonorrea, luego, es altamente improbable que esa palabra usada como insulto sea anterior a 1981. Un año después, en 1982, la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes de la ciudad más peligrosa del mundo sería 57. Y en 1983, 58. Cerrando ese año, como si hubiera sido determinada por la curiosa progresión aritmética de esa tasa, 56, 57, 58, aparecería el primer registro público de gonorrea en calidad de insulto. Sí, en Los habitantes de la noche. Aquel mediometraje de Víctor Gaviria cuyo argumento podría considerarse la continuación clase media de Bacano Llave: al filo de la medianoche, a seis muchachos desparchados en una esquina cualquiera del centro occidente de Medellín, se les ocurre rescatar a un compinche internado en el manicomio por su adicción a la mariguana. Al compinche lo apodaban el Topo por la cuarta acepción del DRAE, acepción que lo igualaría con Bacano Llave Restrepo: “Persona de cortos alcances que en todo yerra o se equivoca”. Para trasladarse hasta el manicomio, sito en el Bloque 4 del San Vicente de Paúl, les robarán cuatro bicicletas a cuatro celadores de Florida Nueva, barrio en el que había crecido Víctor Gaviria. Mientras el tercero de los celadores telefonea al radioprograma nocturno que le da nombre al mediometraje para denunciar el robo, le hurtan la bicicleta al cuarto: ocurre en el puente que atraviesa la quebrada Ana Díaz a la altura de la carrera 77A con la 79B. Al ser atracado, el cuarto celador exclama: “Gonorreas, respeten, malparidos”. Según el locutor, es la 1:28 a. m. del 4 de octubre de 1983, día de San Francisco de Asís. Sí, el locutor era Alonso Arcila, hermano menor de Rubén Darío Arcila, el narrador de ciclismo que, aquel 9 de julio de 2017, le daría paso al periodista de turno del canal Caracol que desconocía el significado de “nea”. Un año después, el distópico 1984, la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes de la ciudad más peligrosa del mundo sería 71. Y en 1985, 101. Ese año, del 10 al 15 de febrero, se publicaría en El Mundo la legendaria pentalogía de crónicas de Ricardo Aricapa titulada “S.O.S desde Bellavista”, en donde por primera vez se divulgaría el parlache a través de un medio masivo, en donde por primera vez se leería masivamente, por ejemplo, la forma de tratamiento para referirse a un amigo muy allegado, esto es, “parcero”, en uno de los pies de foto de la última entrega: “Carlos Robeiro Valencia Gómez, alias el Parcerito, uno de los duros del patio cuarto. Tiene más entradas a Bellavista que años de edad”. Tenía 17 años y 22 entradas, todas por robo, era de Manrique, el mayor de ocho hermanos, y, como Bacano Llave Restrepo, huérfano de padre. “S.O.S desde Bellavista” incluiría insultos como pirobo, pero no el capital, gonorrea. Un año después, en 1986, la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes de la ciudad más peligrosa del mundo sería 123. Como si ese 123 fuera una llamada de emergencia, pues desde ahí el homicidio sería la primera causa de mortalidad general en Medellín, cerrando ese año se filmaría Rodrigo D. No futuro. Sí, la película protagonizada por actores naturales de Manrique Guadalupe, pero rodada en Robledo El Diamante, es decir, la película que igualaría los destinos de las comunas noroccidental y nororiental de Medellín, representadas, respectivamente, por Bacano Llave Restrepo y por alias el Parcerito. Allí, gonorrea se pronunciaría once veces: tres, el Burrito; cinco, el Alacrán; dos, las hermanas Castro; y una, Ramón. Ese mismo año saldría a la luz El cartel punk de Medellín, un compilado de 37 canciones distribuidas en 20 agrupaciones, sí, aquel que tendría en la portada a Pablo Escobar con cresta, botas platineras y una botella de Chamberlain en la mano diestra. Aquel cuya octava canción, “Ramera de barrio”, de Mutantex, sería la primera en incluir el insulto de insultos, gonorrea, en el intro, parodiando Las mañanitas: “Estas son las chimbaitas / que más me emputan a mí / que las gonorreas más putas / jamás me lo dan a mí”. Esa octava canción, un par de años más tarde, sería la número cinco del lado A de la banda sonora de Rodrigo D. No futuro. Precisamente Ramiro Meneses, protagonista de la película y baterista y vocalista de Mutantex, escupiría el primer registro público de una acronimia formada con gonorrea, sí, en uno de los dos detrás de cámaras de Rodrigo D., titulado Cuando llega la muerte: Rodrigo, encarnado por Ramiro, está improvisando con el que será su hermanito en la película. De repente, un zócalo anuncia en letras rojas: “Buscando a los personajes, mayo de 1986”. A continuación, Rodrigo le dice a su hermanito que lo único que le gustó del colegio fue una clase de ciencias en la que le mostraron un feto de un marrano conservado en un frasco de vidrio. Y luego zanja la situación así, resumiendo: “Eso era lo único que me gustaba a mí, pero de resto, qué profesores tan petorreas los que había allá”. Petorrea: acronimia o cruce entre petardo y gonorrea, petardo en el sentido de la segunda acepción del Diccionario de parlache, a saber: “Persona poco competente”. Un año después, en 1987, la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes de la ciudad más peligrosa del mundo sería 142. Y en 1988, 198. Ese año se registraría la primera aparición de la gonorrea del parlache en la literatura, sí, en Los caminos a Roma, de Fernando Vallejo, como si todos los caminos condujeran a la gonorrea: un Vallejo viejo, el narrador, recordará a un Vallejo joven, el que había viajado a Roma para estudiar en el Centro Experimental de Cine. Una tarde, a la residencia en que se hospedaba el Vallejo joven, llegará un grupo de músicos judíos, entre ellos, una niña, la única que hablaba español. Pero no será cualquier español: “Me hablaba de vos, pero no era el vos de Antioquia que es vos y tú, ni era el vos mayestático. Era un vos que nunca antes había oído. Suyo, solo suyo. El vos que usó Castilla cuando su lengua no conocía el usted”. Ese español arcaico, constatará el Vallejo joven con el tiempo, o sea el Vallejo viejo, era el de los sefardíes expulsados de España, de Toledo, por los Reyes Católicos, el fatídico 1492. Sí, el aprendido por Colón, el de Fernando de Rojas. Con ese español celestino la niña pronunciará el lugar de origen del Vallejo joven: “¿Antioquia dixistes?”. Aunque se hablaban desde un español arcaico a uno lleno de arcaísmos, el llamado antioqueñol, el Vallejo joven le dirá a ella: “¿Que mi idioma se ha hecho nuevo y el tuyo viejo? ¡Qué importa! Una sola cosa te quiero decir, mocita, pero no te la digo ahora, te la diré mañana”. La mocita, sin embargo, dejaría Roma en la madrugada, luego, el Vallejo joven nunca le dirá lo que le tenía que decir. Al recordar esa lejana decepción, el Vallejo viejo rematará ese aparte del libro, el tercero de su pentalogía autobiográfica, así: “Palabrería. Marihuanadas. El amor es una gonorrea del alma. Con perdón”. Un año después, en 1989, la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes de la ciudad más peligrosa del mundo sería 237. Y en 1990, 312. En agosto de ese año se publicaría No nacimos pa’ semilla, de Alonso Salazar, una suerte de polifonía del círculo vicioso de los combos de Medellín. Polifonía que, siguiendo el denominador común de Bacano Llave Restrepo o de alias el Parcerito, giraría en torno a Toño, un sicario de la nororiental, de 20 años, el mayor de muchos hermanos huérfanos de padre. Toño, tras sufrir un atentado de Los Capuchos, un grupo de autodefensa, morirá lentamente en el pabellón San Rafael del San Vicente de Paul: “Con voz tranquila empieza a contarme su vida, mirándose hacia adentro, como haciendo para él mismo un inventario”. El inventario iniciaría con la mala estrella de los 13 muertos que llevaba encima. Pero No nacimos pa’ semilla también incluiría otro inventario, sí, sería el primer libro en anexar un glosario del parlache: “Este es un listado de palabras de uso común entre los integrantes de las bandas. Muchas de estas expresiones han permeado otros círculos sociales de Medellín, donde actualmente es corriente su utilización”. Glosario que, por supuesto, tendría en cuenta a gonorrea: “Persona despreciable”. Lo haría para poder explicar el metainfierno, “el túnel”, la peor celda de la Guayana, que era el sector donde iban a parar los parias, los desterrados de los patios de Bellavista: “El túnel es la cárcel de la Guayana, como quien dice el infierno del infierno. Es una celda húmeda por donde pasa la mierda. Al túnel caen las peores porquerías de Bellavista, las gonorreas”. Un año después, en 1991, la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes de la ciudad más peligrosa del mundo llegaría a su máximo histórico, a la insuperable cifra de 375.

Posdata: Curiosamente, en ese apocalíptico 1991, se publicaría el libro con más gonorreas, sí, El pelaito que no duró nada: 52 en 106 páginas. Entre ellas, se registraría por primera vez el fraseologismo exclamativo para expresar emociones negativas o de rechazo, sí, “¡qué gonorrea!”, en dos ocasiones.

Narcos

Para alimentar mi complejo de inferioridad, desde hace 17 años rastreo películas y series extranjeras que mencionan a Medellín, mi ciudad natal. Por esa vía, por ejemplo, llegué a Narcos, la serie extranjera que más la ha mencionado: 44 veces en la temporada de estreno y 57 en la segunda. La primera, a los 12 minutos y 47 segundos: “En ese entonces, Pablo era dueño de media policía de Medellín”… Narcos, según Netflix, es una de sus series más adictivas, necesitando apenas tres capítulos para enganchar al 70 por ciento de sus suscriptores. Y sería precisamente en ese tercer capítulo, entre el Medellín 18 y 19, donde una palabra me desviaría de mi conteo: se la escupe la Quica a Poison, ambos sicarios de Pablo Escobar, mientras discutían por un muerto de la noche anterior. Según Poison, era su número 65, pero la Quica decía que no, que era de él.
La Quica: Si yo fui el que se tronó al mancito.
Poison: Usted nomás le dio el plomazo cuando ya estaba todo tirado, muerto.
La Quica siguió insistiendo y Poison negando. Varios kilómetros así: el uno insistía y el otro negaba. Hasta que Poison se cansó de negar, dio un volantazo a la izquierda y atropelló a un campesino que iba caminando al borde de una carretera fantasmal.
La Quica: ¿Qué estás haciendo, gonorrea?
Poison: ¡Vea, 65, papá!

Sí, el primer gonorrea de Narcos, y el más ecuménico hasta ahora, transmitido a más de 190 países, prácticamente a todo el mundo a excepción de China, Crimea, Corea del Norte y Siria. Pronunciado 14 minutos después de que saliera en pantalla el primer reportaje sobre Pablo Escobar publicado en Colombia, sí, “Un Robin Hood paisa”, en la edición 50 de Semana, el 19 de abril de 1983, cuando el capo era suplente a la Cámara de Representantes y no tenía ningún proceso judicial en su contra, ya sea en Colombia o en el exterior. Pronunciado 17 minutos antes de la recreación de aquella famosísima plenaria de la Cámara de Representantes en donde se debatiría el tema de los llamados dineros calientes, dineros del narcotráfico financiando campañas políticas. Plenaria en la que se verían por primera y única vez las caras Rodrigo Lara Bonilla, ministro de Justicia, y Pablo Escobar. Sí, el mismo día que una fuente anónima le advertiría al editor judicial de El Espectador que, años atrás, ese periódico había publicado una noticia vinculando a Pablo Escobar con el tráfico de drogas. Sí, el mismo día que Guillermo Cano, siguiendo a la fuente de su editor judicial, encontraría dicha noticia en los archivos del periódico: publicada el viernes 11 de junio de 1976, documentaba que seis narcotraficantes, entre ellos Pablo Escobar y su primo Gustavo Gaviria, habían sido capturados en Itagüí con 39 libras de cocaína. Al día siguiente de la plenaria, 25 de agosto de 1983, El Espectador reproduciría la noticia bajo un nuevo titular: “En 1976 Escobar estuvo preso”. Sí, nuevo titular que Pablo taparía con un dedo, al menos en Medellín, al comprar todos los ejemplares de El Espectador que se distribuirían en esa ciudad ese cuarto jueves de agosto. Dos meses después, a escasos días del primer gonorrea registrado, aquel de Los habitantes de la noche, se dictaría la primera orden de captura contra Pablo Escobar, por la desaparición de los dos agentes encubiertos del DAS que lo habían pescado aquel 11 de junio de 1976. Una semana más tarde, el 26 de octubre de 1983, la Cámara de Representantes le levantaría la inmunidad parlamentaria. Comenzaría, pues, la guerra total… Ese primer gonorrea de Narcos sería traducido de distintas formas. Literalmente, por ejemplo, al inglés, italiano, húngaro, indonesio y finlandés, esto es: What are you doing, gonorrhea?; Che fai, gonorrhea?; Mit mûvelsz, tripper?; Apa yang kau lakukan, gonorrhea?; y Mitä teet, tippuri? respectivamente. Al holandés, casi literalmente: Wat doe jij nou, zieke lul?, en donde zieke lul significa pene enfermo. Distintamente, en rumano: Ce faci, nebunule?, en donde nebunule significa loco. Y también en polaco: Co ty robisz, cholero?, en donde cholero significa mierda, pero un mierda muy particular, derivado del griego choléra, que significa bilis, secreción amarillenta. A otros idiomas como sueco o checo, se traduciría de forma implícita, transformando la pregunta de la Quica, el ¿qué estás haciendo, gonorrea?, así: Vad fan gör du?, que significa ¿qué diablos estás haciendo?; y Zešílel jsi?, que significa ¿estás enojado? Finalmente, en idiomas como francés, alemán, portugués, danés, serbio, croata, turco, noruego, ruso o estonio, gonorrea no sería traducido, dejando la pregunta en un estándar ¿qué estás haciendo? Dos capítulos después, en el quinto de la primera temporada, titulado paradójicamente “There will be a future”, “Habrá futuro”, porque esa fue la última frase que le dijo Galán a Gaviria, se registraría el segundo gonorrea de Narcos y el primero pronunciado por Pablo Escobar en la serie: se lo escupe al coronel Carrillo, 38 minutos después de la recreación del magnicidio de Galán, de aquella noche suachuna del 18 de agosto de 1989, un día antes de que decretaran la extradición por vía administrativa, por fuera del alcance de la Corte Suprema de Justicia.

Carrillo: ¿Te crees el muy berraco, no? Pues deberías cambiar tu teléfono satelital.
Pablo: ¿Quién habla?
Carrillo: Tu madre está en Rionegro, con ese barrilito de grasa que llamas hijo. Y tu esposa estaba ayer en la carrera 11 comprándose una ropita.
Pablo: Malparido, marica, ¿usted qué cree, que porque es policía le tengo miedo?
Carrillo: Tú sabes dónde está mi familia, marica. Pues yo también sé dónde está la tuya, que no se te olvide.
Pablo: ¡Gonorrea, malparido!

En Narcos, el coronel Carrillo es el trasunto de Hugo Martínez, sí, el coronel que comandaría el Bloque de Búsqueda, el grupo élite de la policía reactivado para cazar a Pablo Escobar tras fugarse de la cárcel de La Catedral el 21 de julio de 1992. Tres días después, el 24 de julio, Gaviria le propondría a otro Hugo, a uno de menor rango, que se reincorporara al Bloque de Búsqueda como jefe de inteligencia. Sí, a Hugo Aguilar, el mayor que, según la historia oficial, es el autor del tiro que penetraría la espalda de Pablo Escobar, coquetearía con su corazón y se le alojaría en el maxilar inferior izquierdo, sí, el tiro inmediatamente anterior al mitificado tercero que le entraría por una oreja y le saldría por la otra, la derecha. Hugo Aguilar, actualmente encarcelado por parapolítica, también es el autor de Así maté a Pablo Escobar. Publicado en 2015, es uno de los pocos libros que da cuenta del capo pronunciando el insulto de insultos, gonorrea, sí, en el capítulo inicial, “Hablando con Pablo”:
—¿Aló?
—¿Quién habla?
—¿A quién necesita?
—Vea, hiena gonorrea, si usted es el mayor Aguilar, le voy a meter un poco de dinamita por ese culo.
—Y yo le voy a meter un roquetazo, sicópata infeliz.
—Vea, usted es el mayor Aguilar, con ese habladito boyacense. Gonorrea, cuando lo secuestre le voy a quitar uña por uña y los dedos uno a uno.

Días después, el capo llamaría a la sala técnica de interceptación de llamadas:
—¿Aló?
—¿Quién habla?
—Pablo Emilio Escobar Gaviria y en pocos segundos va a explotar un carrobomba con dos mil kilos de dinamita en esa sede de torturas, gonorrea hijueputa.

Se refería a la sede del Bloque de Búsqueda, la Escuela de Policía Carlos Holguín, que, naturalmente, sería evacuada. Tres meses después de esa falsa alarma, tras 499 días de persecución, al día siguiente de cumplir 44 años, o sea el 2 de diciembre de 1993, a las 3:15 de la tarde, sería abatido Pablo Escobar. En el techo de una casa del barrio Los Olivos, en la carrera 79B # 45D-94, sí, exactamente cuatro cuadras arriba del puente que atraviesa la quebrada Ana Díaz, a la altura de la carrera 77A con la 79B, sí, aquel puente de Los habitantes de la noche donde se pronunció el primer gonorrea del que todos podemos ser testigos. Luego, es como si el insulto de insultos, gonorrea, hubiera esperado diez años para dibujar su referente. No por nada, el margen de error de los equipos Thompson y Telefunken que triangularon las últimas llamadas de Pablo y lo ubicaron, era, precisamente, de un radio de cinco cuadras.

Posdata: Un mes después de la muerte del capo la revista Semana lo despediría con este obituario: “No dejó gobernar a tres presidentes. Transformó el lenguaje, la cultura, la fisonomía y la economía de Medellín y del país. Antes de Pablo Escobar Medellín era considerada un paraíso. Antes de Pablo Escobar el mundo conocía a Colombia como la Tierra del Café. Antes de Pablo Escobar los colombianos desconocían la palabra sicario…”. A lo que habría que agregar: antes de Pablo Escobar gonorrea era un sustantivo, una enfermedad venérea, con Pablo Escobar, un adjetivo, el mayor insulto de Medellín, y después de Pablo Escobar, el mayor insulto de los colombianos, y el más flexible.

La más fea

El mismo año de la muerte del capo, 1993, se publicaría el Diccionario de las hablas populares de Antioquia, sí, el primero en incluir el insulto de insultos: gonorrea. Para entonces su uso estaba tan extendido que no haría parte de la sección “Léxico jergal”, sino del apartado “Léxico coloquial y popular”. Un año después, en 1994, se publicarían los siete gonorreas más universales hasta la aparición de Narcos, sí, en La virgen de los sicarios. El segundo, entre paréntesis, contextualizaría al primero y a los demás: “Gonorrea es el insulto máximo en las barriadas de las comunas”. El sexto y el séptimo, por su parte, serían los más sonoros: “¡Gonorrea! El infierno entero concentrado en un taco de dinamita”, y “Dios no existe y si existe es la gran gonorrea”. Igualando ese sexto y séptimo gonorrea, y asumiendo como cierta la existencia de Dios, ocho años después Juan Villoro escribiría que La virgen de los sicarios es un evangelio al revés. Lo que comprobaría con una frase de ese libro que se encuentra, precisamente, entre dicho par de gonorreas: “Dios es el Diablo”. Al francés y al alemán esos siete gonorreas serían traducidos de forma literal, esto es, gonorrhée y tripper respectivamente. Al inglés, como si fueran una toponimia de Medellín y de Colombia reflejada en un espejo de doble fondo, la imagen de la anomia de ambas, pues, al fin y al cabo, tanto gonorrea como Medellín y Colombia tienen ocho letras, no serían traducidos, el traductor, un tal Paul Hammond, los dejaría así, intactos: gonorrea. Para el narrador de La virgen de los sicarios, un lingüista que se consideraba a sí mismo el último gramático de Colombia, ese insulto de insultos sería el resultado de una fórmula naturalista: “Al desquiciamiento de una sociedad se sigue el del idioma”. Un año después, en 1995, se publicaría la primera investigación que daría cuenta de ese desquiciamiento, sí, El parlache: una variedad del habla de los jóvenes de las comunas populares de Medellín, de Luz Stella Castañeda y José Ignacio Henao. Allí, entre otras cosas, se considera al parlache como un antilenguaje y, como tal, expresaría la nueva jerarquización social establecida en los barrios populares de Medellín. Jerarquización que sería deducida a partir de un sinnúmero de textos escritos, principalmente, por estudiantes del Pascual Bravo, entre 1991 y 1995: en la punta de la pirámide estarían las palabras “patrón, duro, jefe y fuerte”; después, en un segundo nivel, “traqueto, dedicaliente y caliente”; en el tercero, “chichipato”; en el cuarto, “torcido, fariseo y sapo”; en el quinto, “basura, pichurria, bandera y chirrete”; en el sexto, “fufurufa y pirobo”; y, en el séptimo y último, a ras del más allá, “chulo”. Jerarquización que, ciegamente, no incluiría a gonorrea. Sin embargo, en el texto número siete de los escritos por los estudiantes del Pascual Bravo, se lee lo siguiente: “Llegó una noticia que Julio estaba muerto y con un letrero en el pecho que decía: Vamos a acabar con los gonorreas”. Luego, sabiendo que chulo es sinónimo de muerto, gonorrea, en esa jerarquización, ocuparía el séptimo nivel, desplazando a chulo hasta el octavo. Gonorrea, pues, sería el calificativo de alguien que está a punto de ser besado por el fraseologismo medellinense de la muerte, que está a punto de ser “tirado al piso”. Al respecto, un año después, en 1996, en el libro La génesis de los invisibles: historias de la segunda fundación de Medellín, Alonso Salazar escribiría que dicha jerarquización es la materialización de “un lenguaje al mismo tiempo lúdico y profano, que se tomó la ciudad desde los territorios de la exclusión… Jergas repetidas como identidad o como esnobismo. Pues aún en los colegios de buenas familias para referirse a un paisano no muy estimado se le dice gonorrea. Pero las palabras no son gratuitas. En este slang las que están asociadas con la muerte son las que más sinónimos presentan”. Un año después, en 1997, en el libro Medellín es así, en un artículo titulado “La real academia del parlache”, Ricardo Aricapa, divulgando la referida investigación de Castañeda y Henao, ampliaría la cita de su colega Alonso Salazar a través de un mapa de calor del parlache según sus términos y expresiones: 87 palabras aluden a la cultura de la droga, 46 a la mariguana, 25 al bazuco y a la cocaína, 42 a la violencia, 73 a la muerte, 27 a las armas de fuego, 11 a las armas blancas, 24 a las balas o municiones, 17 a la cárcel, 19 a la policía, 25 al dinero, 14 a las prostitutas, 18 al robo y la misma cantidad a escaparse. Además, se encontrarían cuatro veces más palabras o expresiones para insultar que para elogiar, esto es, 53 frente a 13, siendo gonorrea el insulto más popular. Popularidad que alcanzaría su cimero al año siguiente, en 1998, con los 101 gonorreas pronunciados en La vendedora de rosas, ninguno, curiosamente, por Mónica, la protagonista, que moriría en Nochebuena escuchando el último de esos agravios, lo que demuestra nuevamente que, en el contexto de la nueva jerarquización social establecida en los barrios populares de Medellín, el nivel de la gonorrea es el más propincuo al de la muerte. Ese mismo año saldría a la luz, en la revista Íkala, “Parlache, crisis social y medios de comunicación”, en donde se reseñaría la primera vez que gonorrea circuló en El Espectador, el 9 de octubre de 1994, en un artículo titulado “Diccionario real de la narcolengua”: “No es raro que un niño de un colegio bien le diga a un amigo que es una gonorrea y que si no le gusta cómo lo trata, pues que se abra”. Un año después, en 1999, se publicaría De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho y otras crónicas, de Alberto Salcedo Ramos, que incluiría una titulada “El gol que costó un muerto”, acerca de William Blandón, un joven de la comuna nororiental de Medellín que sería amenazado de muerte por hacer un gol sin querer, el del triunfo definitivo en un partido de microfútbol que debía quedar empatado: “Me acuerdo como si fuera ayer del insulto que me echó en la cara. Me dijo: Gonorrea hijueputa, nos dañaste la clasificación. Cuidate, que te voy a matar”. Frase que, hasta ese momento, había retenido en su mente durante diez años, como eco, una vez más, de gonorrea trasuntado en aviso de muerte en la jurisdicción de los barrios populares de Medellín. Connotación que se extendería rápidamente a los barrios periféricos de Bogotá, como quedaría evidenciado un año después, el 26 de febrero del 2000, en una noticia de El Tiempo titulada “Los recorridos de la muerte”. Allí, se denunciaría que, en un lapso de cinco meses, habían sido asesinados cinco conductores de las rutas 728 y 729 de Coointracóndor por resistirse a ser atracados. Uno que no se resistió, llamado Emerson Mejía, describiría a su atracador así: “…de unos 18 años, 1,70 de estatura. Bien vestido. Me encañonó y me dijo: Quieto gonorrea. Entrégueme la plata hp”. Ese mismo año, el 2 de julio, y en ese mismo periódico, en una columna titulada “Cine con sociología”, Armando Silva, luego de divulgar un estudio del Ministerio de Cultura que señalaba a La estrategia del caracol y a La vendedora de rosas como las películas colombianas de mayor recordación para el público nacional, diría lo siguiente acerca de la segunda: “La vendedora, que tuvo algunos aciertos al introducir un mundo con actores naturales, sobre algo significativo como la droga y la violencia en la marginalidad citadina, fue un exceso de espontaneísmo, concordante con la repetición gratuita y ofensiva de la palabra gonorrea, emblema gastado de su audacia cinematográfica”. Un año después, en 2001, la publicación de El parlache, a través de un glosario que serviría de colofón del libro, demostraría que, a diferencia de lo escrito por Armando Silva, gonorrea no era ningún emblema gastado, sino, más bien, el vocablo más maleable de dicho glosario representativo y, por lo tanto, de la variedad argótica denominada parlache. Tan maleable que, si avanzan hasta la página 121, verán que, hasta entonces, gonorrea se había fusionado con pichurria, plasta y gorzobia, para transformarse, respectivamente, en gonopichurria, gonoplasta y gonorzobia, y se había deformado en otros insultos como gonopleta, gorronea y gorroné, este último la versión de gonorrea usada en Urabá. Tan maleable y a la vez tan apegada al contexto local y nacional que, como señala una micronoticia de El Tiempo publicada el 6 de mayo de 2001, anunciando la primera muestra de cine colombiano en Moscú, a presentarse entre el 8 y 15 de ese quinto mes en el Museo del Cine, gonorrea traería líos de traducción: “Para los traductores rusos lo más difícil por lo pronto es entender el lenguaje callejero de los protagonistas de La vendedora de rosas. Y es que les toca decir gonorrea en ruso”. Finalmente, sería traducida de manera literal: “гонорея”. Líos de traducción que, un año después, en 2002, también manifestaría Fernando Vallejo en La rambla paralela, su libro más experimental, la novela de su desdoblamiento: “Poca atención le prestó el viejo a las noticias de Colombia, preocupado como andaba por lo propio: por la intraducibilidad al alemán de sus libros dada la escasez de insultos en esa pobre lengua pendeja”. Se refería, por supuesto, a los siete gonorreas de La virgen de los sicarios que, como se dijo arriba, fueron traducidos literalmente a la lengua de Goethe, esto es, “tripper”. Líos de cuasiintraducibilidad que solo han permitido que se haya traducido una vez un vocablo extranjero al español colombiano como gonorrea. Sí, en 2003, en “Mea Culpa”, un panfleto de Céline traducido por Pablo Montoya y que publicaría la Revista Universidad de Antioquia en su número 272. Inédito hasta entonces en español, “Mea Culpa” sería el resultado de un viaje que había hecho Céline en 1936 a la Unión Soviética pagado con los derechos de la traducción al ruso de Viaje al fin de la noche. Viaje decepcionante que desembocaría en la escritura de ese manifiesto anticomunista. Allí, en un párrafo en el que habla de la superioridad práctica de las grandes religiones cristianas, Céline dice que esta reside en que “Toman al hombre en la cuna y enseguida le descubren el pastelito. Y le soplan sin ambages: Tú, pequeña gonorrea informe, nunca serás más que una basura…”. En el original, en francés, esa frase intensificada por los dos puntos que la anteceden fue escrita así: “Toi petit putricule informe, tu seras jamais qu’une ordure…”. Luego, “putricule” correspondería a gonorrea en la traducción de Pablo Montoya. Posteriormente, en un artículo titulado “Manipulación ideológica y formal en la traducción literaria de Pablo Montoya”, publicado por Wilson Orozco en Íkala vol.14 no.21, a propósito de “Mea Culpa”, Pablo Montoya diría: “A la hora de definir hacia quién iba dirigida esa traducción, pensé en los jóvenes lectores de la Universidad de Antioquia. Aunque, por obvias razones, me parecía peligroso publicar en la revista de dicha universidad un texto anticomunista”. Como esa traducción no sería bien recibida por los estudiantes antiintelectuales y anticapitalistas de esa institución, desde entonces, en esos pequeños círculos anti y anti, a Pablo Montoya se le conoce como Putricule Montoya. Un año después, el 17 de noviembre de 2004, como informaría Semana el 12 de diciembre de 2009 y El Espectador el 14 de enero de 2012 y el 16 de marzo de 2013, en “Manual para amenazar”, en “¿Por qué el DAS se ensañó contra mí?” y en “La más perseguida del DAS” respectivamente, el G-3 del DAS crearía un manual para amenazar a Claudia Julieta Duque, la periodista que, en 2002, a través del programa Contravía, había denunciado las “DASviaciones”, las desviaciones que el DAS había hecho en la investigación por el magnicidio de Jaime Garzón. El manual para amenazarla constaba de dos partes: a) Instrucciones para no ser descubiertos: la llamada debía hacerse en cercanías a las instalaciones de inteligencia de la Policía, no debía durar más de 49 segundos, debía hacerse desde un teléfono público, quien la realizara debía estar solo y desplazarse en bus hasta el sitio, debía constatar que no hubiera cámaras de seguridad en el lugar y, muy importante, resaltado, no debía tartamudear. b) La amenaza redactada, en donde gonorrea era el insulto clave: “Ni camionetas blindadas ni carticas chimbas le van a servir ahora, nos tocó meternos con lo que más quiere, eso le pasa por perra y por meterse en lo que no le importa, vieja gonorrea hijueputa”. O, “Cuando escuchamos tu voz y la de tu hija, nos dan ganas de cogerlas y picarlas, gonorrea. Su hija va a sufrir, la vamos a quemar viva, le vamos a esparcir los dedos por la casa”. Un año después, en 2005, Luz Stella Castañeda presentaría su tesis doctoral, Caracterización lexicológica y lexicográfica del parlache para la elaboración de un diccionario, que incluiría una nueva acronimia y una nueva desviación de gonorrea, esto es, chandorrea y gonopercubia, la primera mezcla de chanda y gonorrea, y la segunda “persona viciosa y pervertida”. Par de vocablos que, curiosamente, al año siguiente no harían parte del Diccionario de parlache, que sí incluiría a las ya reseñadas gonopichurria, gonoplasta, gonorzobia, gonopleta, gorronea, gorroné y, por supuesto, nea. En ese 2006, además, se publicaría el único diccionario de colombianismos que, hasta ahora, tiene como entrada a gonorrea, sí, el Diccionario comentado del español actual en Colombia, de Ramiro Montoya. En 2007, sin embargo, en el marco del XII Concurso de Ortografía convocado por El Tiempo, Copista, el blogger del concurso, preguntó: ¿Cuál es la palabra más fea del español? La pregunta estaría abierta un mes, durante el cual 1027 cibernautas propondrían 1801 palabras para, finalmente, elegir a gonorrea, el insulto de insultos, como la más fea del español. Un año después, en 2008, saldría a la luz el único texto que ha reunido en torno a unas pocas líneas a Medellín, gonorrea y nea. Sí, tríada presente en el coro de una canción titulada, precisamente, Medellín, de Bruhoo Mc: “Medellín sos como yo / yo como vos / vos como yo / yo como vos / y a la final lo mismo / meras neas. Medellín sos como yo / yo como vos / vos como yo / yo como vos / y a la final lo mismo / unas gonorreas”. En el video, que se estrenaría en 2009, un ángel alado aterrizaría en Medellín en un día caluroso, bebería agua de un charco sito en una empinada calle del barrio Las Palmas y, como lo expresa el determinismo dentro del naturalismo del coro de la canción, se contagiaría al instante de la anomia de la que fuera la ciudad más peligrosa del mundo, convirtiéndose en la gonorrea más gonorrea del barrio. Ese mismo 2009, el 29 de mayo, en un artículo publicado en El Tiempo bajo el título “Lenguaje”, su autor, Alberto Baquero Nariño, escribiría que “el idioma tiene sus formas y sus espacios: así como en la diplomacia, en las cortes y parlamentos, por ejemplo, reina la hipocresía, en la gaminería la mejor alusión de confianza es ¡Uy, gonorrea hp!”. Dando a entender, posteriormente, que así como la RAE acepta lo primero, debería pasar lo mismo con lo segundo. No sé si ese artículo habrá tenido eco internacional, de seguro no, pero al año siguiente, en 2010, la RAE publicaría la primera edición de su Diccionario de americanismos, diccionario que, sorpresivamente, incluiría en sus páginas tanto a gonorrea como a su acortamiento nea. “Gonorrea: i. Co. Se usa para dirigirse a alguien entre personas del hampa y clases populares. ii. Co. Se usa como insulto, con el significado de persona ruin y despreciable”. “Nea: f. Co. juv. Persona de malos sentimientos”. Y listo, el resto es historia reciente, desde entonces, nea se alejaría cada vez más de su origen de insulto velado, consolidándose, por un lado, como sinónimo de parcero, y, por el otro, de boleta o bandera. En cuanto a gonorrea, a partir de su aparición inesperada en aquel Diccionario de americanismos, estaría presente, por ejemplo, en catorce artículos de El Tiempo y en siete de El Espectador, e incluso haría su debut en El Colombiano, el 1 de septiembre de 2017, en un artículo titulado “Parce, ¿y vos también usás el parlache?”. Todo eso, no sin antes acompañar otro debut, el de Sofía Vergara en Saturday Night Live, el 7 de abril de 2012, cerrando el tradicional monólogo de apertura de ese legendario programa, cierre que, por supuesto, cerrará este artículo: “And finally, you might have notice that I have a little some accent sometimes, I love it, this accent can make anything sound sexy, listen: gonorrea”.

Posdata: A última hora me llegó una información acerca del Diccionario del español de uso de Antioquia, que no es público y está en un fichero en la oficina 424 del bloque 12 de la Universidad de Antioquia. Bibliográficamente, suelen fecharlo en 1987, sin embargo, Adriana Ortiz, que por estos días dirige su digitalización, me envió la ficha de gonorrea y la elaboración de la misma corresponde a septiembre de 1984, elaborada por alguien cuyas iniciales son SMDV, que no se sabe quién es. Si lo que dice el manual de instrucciones de dicho diccionario, que sí es público, es cierto, esto es, que la información para construirlo fue recolectada en 1982, estaríamos ante el primer registro de gonorrea como insulto. Cuestión que, por supuesto, podría confirmar el enigmático SMDV. Por eso, si usted es SMDV, comuníquese, por favor, con Universo Centro