Primera vez

por JUAN CARLOS ORREGO • Ilustración de Veróniza Velásquez

Número 77 Julio de 2016

A mí no me importaba que el Medellín perdiera otra final. O quizá no era que me diera lo mismo, sino, más exactamente, que estaba preparado para soportar un nuevo subtítulo. Ya había visto a mi equipo quedar campeón tres veces, y, a fin de cuentas —como dice Mono, mi hermano—, uno es hincha del cuadro poderoso incluso si gana. Algo de eso sentí en el partido de ida de una de las finales perdidas en seguidilla, el 17 de diciembre de 2014, cuando, al término del 1-2 contra Santa Fe, volteamos a mirarnos entre algunos hinchas y descubrimos que en nuestros gestos había tanta frustración como buen humor: “Qué maricada ome”, dijo con inigualable gracia un hombrecito calvo con pinta de operador de televisión por cable.

Con todo, poco importaba lo que a mí me importara. En la nueva final de junio de 2016 mi angustia nacía de la expectativa de Juan Manuel, mi hijo de 10 años. Su uso de razón futbolera apenas había conocido segundos lugares, y eran vanos mis intentos de tranquilizarlo con el argumento de que él ya había probado las mieles del triunfo: supuestamente cuando, el 20 de diciembre de 2009, el DIM empató 2-2 con el Huila y se llevó la última Copa Mustang de la historia. Pero la verdad era que Juan Manuel tenía de aquella final una imagen tan borrosa y surrealista como la que yo atesoro de la final de Argentina 78. Respecto de la final de aquel diciembre glorioso, mi hijo creía haber visto, en alguna parte, un carro de bomberos.

Por más que yo quisiera engañarme, Juan Manuel se encontraba en un momento especialmente propicio —y por ello crítico— de fijación de recuerdos, a tal punto que una nueva final perdida sería para él una hecatombe sentimental. Muy por el contrario, yo quería que a partir de ese momento con indiscutida objetividad, él pudiera vanagloriarse de haber alcanzado su primera estrella. Precisamente, a los diez años yo fijé en mi memoria un par de sucesos rutilantes de la historia rojiazul: el gol de Eduardo Malásquez contra el Unión Magdalena en el octogonal de 1984 —la temeraria “malasqueña”—, así como el dulce tercer lugar en la tabla final de posiciones tras América y Millonarios, escaño alcanzado después de vencer 3-2 al Bucaramanga y callar, con ello, a los escépticos. De hecho, recuerdo especialmente que fue ese año, al otro día de un apretado triunfo por 1-0 contra Santa Fe —un gol del Benny Aristizábal en el minuto 83—, cuando Mono y yo presionamos a nuestra madre para que aceptara comprarnos el periódico ese lunes y todos los del siguiente lustro. Aquella vez El Colombiano usó un titular soberbio: “A siete del pitazo final”. ¿Qué podía quedar en la cabeza de mi vástago si el DIM perdía su cuarta final al hilo? No quería imaginarlo, pero su cabeza gacha del 2012, sus ojos acuosos del 2014 y sus palabrotas biches del 2015 —cuando el Cali se coronó en nuestras propias narices— eran claros indicios del apocalipsis que se fijaría en su cabeza.

Juan Manuel se cansó de mis falsas épicas y mis resignados sofismas y decidió interrogar a Mono sobre el asunto con puntualidad científica: “Tío, ¿y qué pasa si perdemos otra vez?”. Mi hermano, autoridad futbolera de la familia —muy por encima de nuestros tíos folclóricos y triunfalistas—, le dijo al niño algo que no supe si era un subterfugio pusilánime o una sabia respuesta budista: “Nada, Juanma, no pasa nada”. Estábamos en casa de nuestra madre, a pocos minutos del inicio del partido de ida en Barranquilla, con la nevera atestada de cervezas que, en verdad, nadie tenía ganas de tomar —ni siquiera el tío desenfadado que recaló por allí—, y no fue fácil sopesar aquella frase. Pero una vez acabó el partido con aquel marcador de 1-1 que, a pesar de toda la angustia desplegada durante noventa minutos para lograrlo y mantenerlo (yo me martiricé con la cábala de sentarme en un sillón alejado del que ocupaba mi angustiado hijo), no significaba todavía ninguna ganancia real, sospeché que en mi hermano se escondía realmente un filósofo consumado.

Como pudimos, sobrevivimos hasta el crepúsculo del domingo (Día del Padre por más señas). Dígase lo que se diga, es un consuelo empatar de local o perder el primer partido de una final: entonces uno archiva las esperanzas y se dedica, sin más, a vivir la tranquila vida de todos los días. Pero cuando de entrada se saca un buen marcador la ansiedad de la victoria hace de la existencia algo insoportable, de modo que el acto más cotidiano pesa insufriblemente sobre la voluntad. No sé cómo no morí de hambre entre los partidos de ida y vuelta de la final de diciembre de 2002 o cómo pude leer Cumbres borrascosas en la misma instancia en junio de 2004. Por fortuna, mi abuela murió un par de horas después de que el DIM ganara el partido de ida en Neiva en diciembre de 2009 y nos permitió distraernos con su recuerdo hasta la antesala del juego definitivo. En la reciente final, el alivio vino por cuenta de un inteligente truco de mi esposa, quien pretextó un arrebato altanero de Juan Manuel y le prohibió asistir al partido de vuelta, y con ello nos tuvo en vilo al niño y a mí hasta la media tarde del mismísimo 19 de junio, cuando el castigo acabó disolviéndose entre la efervescencia del Día del Padre. Al fijar esa fecha, Fenalco acertó de cabo a rabo.

Doblegados por la angustia nos entregamos al rito paquidérmico de hacer tres filas y esperar por casi dos horas el inicio del partido, aplastados por el calor del inminente solsticio de verano. Una vez sobre las gradas de Oriental, Mono y yo, por el puro miedo de espantar la gloria, contestamos a regañadientes las preguntas de Juan Manuel sobre los campeonatos cosechados por el Medellín en la década pasada. Uno de los tíos folclóricos, fiel a su estilo oportunista, se presentó a última hora con sus historias agrícolas y poco pudo hacer por distraernos del suplicio de los buenos recuerdos y de la visión de la cancha enorme que, como un paredón de fusilamiento, se extendía a nuestros pies.

Mientras se cantaban los himnos, Juan Manuel hizo un nuevo alarde de sangre fría. Me dijo: “Papá, ¿por qué siento como si este fuera un partido común y corriente, y no una final?”. Fue sin embargo su última fanfarronada, porque poco después se desmoronó. No habíamos llegado al minuto quince cuando, entre pase errático y pase errático de nuestro equipo, me dijo: “Papá, ya estoy temblando”. Y no solo tembló: una y otra vez se puso las manos en la cabeza y se mordió los dedos hasta astillarse las uñas y rasparse la lengua; así lo hizo antes de que Christian Marrugo clavara el primer gol en el minuto 34, cuando se bosquejó, por fin, la promesa de la estrella. No comió nada en el receso, y si abrió la boca fue solo para preguntar, a destiempo, cuánto faltaba para terminar el partido. La primera vez que quiso saberlo apenas se arrastraba, como gota de aceite, el minuto 62; a partir de allí volvió a hacerlo cada cinco minutos con tortuosa sincronía, y terminó haciéndolo cada instante a partir del minuto ochenta. Por supuesto, lo sé porque luego reconstruí los hechos con los testimonios de nuestros acompañantes, pues por entonces yo era también un guiñapo de los nervios: zapateaba y berreaba como un crío cada vez que perdíamos el balón y — con sinestesia poética— me tapaba los oídos para no ver los tiros de esquina con que Junior nos bombardeó en los últimos minutos. En los estertores del juego, la conciencia de la existencia de mi hijo se redujo a un bulto rubio y rojo que estaba puesto a mi lado derecho, incandescente y cada vez más luminoso con el correr de los segundos y los rechazos de la defensa, y al que yo no debía tocar hasta que el árbitro no hubiera dado el pitazo final.

Pero el pitazo final nunca sonó o, mejor, a nadie le importó que sonara. Antes de que eso ocurriera, Marrugologró salirse del estanque infestado de tiburones y se encaminó hacia el arco solitario que había al otro lado. Por el rabillo del ojo logré advertir que Juan Manuel abandonaba la posición recogida en que había contemplado hasta entonces el partido y se paraba en la silla, listo para saltar hacia cualquier parte. Marrugo llegó casi hasta la línea del área chica y fusiló al único defensa que había logrado ponérsele enfrente. Cuando el balón chocó contra la red, hice dos cosas por primera vez en mi vida: en vez de gol grité otra palabra para celebrar la anotación de mi equipo, y me volteé para abrazar a mi hijo y felicitarlo por su primera estrella. En lo sucesivo, también él podría decir que no le importaba si el Medellín perdía otra final.

Enfermo por Nacional

por DAVID E. GUZMÁN • Fotografías  por el autor

Número 77 Julio de 2016

La cosa no estaba fácil para mis papás, un filósofo recién graduado y una joven bachiller con alergia a las oficinas y a los jefes. Yo todavía no había cumplido el año de nacido cuando decidieron viajar a Venezuela —donde vivía mi familia paterna— para probar suerte con algún trabajo. La primera oportunidad se presentó rápido: vender una inmensa carga de pinzas para el pelo y otros objetos metálicos que llevaban cinco años en bodega. Era el último chance para que no chatarrizaran esa mercancía. Luego de aceptar el desafío, mis padres salieron temprano para el centro de Valencia, a la zona de quincallerías, se repartieron las calles y se quedaron de encontrar para almorzar y compartir la experiencia. Al mediodía regresó mi papá cabizbajo, apretado por el fracaso de las pinzas, pero cuando vio la sonrisa de mi mamá supo que traía buenas noticias: le había vendido todo a un par de comerciantes chinos. Ante semejante milagro, el dueño del cargamento, Alex Gorayeb, mayor accionista del Deportivo Cali en esa época y timonel de la empresa General Metálica, dijo que quería conocer a la persona que había logrado tal hazaña. “Quiero conocer a esa muchacha, me la traen ya”, dijo Gorayeb. Así regresamos de la boyante Venezuela a Medellín y mi mamá empezó a trabajar con Gorayeb, viajando a Cali con frecuencia. En Medellín mi papá había conseguido empleo en un colegio y como mi entrada a la guardería aún estaba lejos, empecé a acompañar a mi mamá en todos sus viajes a la Sultana del Valle. Mientras ella cumplía sus citas y descollaba en el mundo de las ventas, yo me la pasaba en los entrenamientos del Cali. Allí conocí el olor del linimento, y jugadores como el Tigre Benítez y la Mosca Caicedo me cargaron en sus brazos. Al calor de estas circunstancias, todo pintaba para que fuera un paisa hincha del Cali; en mis primeros años regresaba a Medellín con banderines del equipo azucarero y en la familia se volvió famosa la anécdota del día que conocí al gran Willington Ortiz. Cuentan que al ver al negro, al descubrir su pequeña humanidad, dije decepcionado “¿y este es el viejo Willy?”, ocasionando carcajadas entre los demás jugadores y en el mismo Gorayeb, a quien recuerdo por sus elegantes pipas, siempre oliendo a tabaco de ciruela. Lo que no recuerdo es el viaje de mi mamá a Argentina, a La Bombonera, para la final de la Libertadores del 78; Alex la llevó para que cuidara a Karim, su hijo, que me llevaba unos siete años. Era tan grande la amistad con el poderoso libanés que el carro que utilizó Salvador Bilardo cuando dirigía al Cali terminó en manos de mi padre, un Simca azul clarito con caja de velocidad de Porsche que después de unos meses quedó en pérdida total tras volcarnos en plena autopista regional. Todos salimos ilesos.

El plato estaba servido pues para que fuera un azucarero más. Yo mismo lo decía aunque todavía no sabía en realidad qué era ser hincha, ni sabía de pasiones, solo iba pegado de las faldas de mi mamá. Ella sí se volvió azucarera y se enfrentaba a mi primo Jaime y en especial al tío Memo, hinchas furibundos del Atlético Nacional; que como se le ocurría volverme hincha del Cali, que tenía que ser verde, pero de la montaña, decían ellos. Y yo inocente, la seguía acompañando a la sede del equipo. En medio de ese tira y afloje entre mi mamá y Memo y Jaime, llegó la época en que empecé a cobrar conciencia. Ya ellos me habían llevado al Atanasio un par de veces, pero no habían podido volverme nacionalista, aún estaba muy niño y quizás no me interesaba tomar decisiones más allá de preferir un juguete a otro. Si bien seguía más cerca del Cali por influencia materna, en diciembre de 1981 tuve un primer encuentro a solas con Nacional. Recuerdo ver la portada de El Colombiano entrando por debajo de la puerta de la casa; en primera plana estaba la foto del equipo formado y el titular decía “Nacional Campeón”. Nacional, el equipo del primo y del tío. Pero a mis cinco años seguía ajeno a esas pasiones aunque, sin saberlo, la semilla verdolaga ya estaba sembrada.

Un año más tarde, en 1982, en otro de los viajes a Cali, Memo nos acompañó porque al domingo jugaban Cali-Nacional en el Pascual Guerrero. Ese año, a pesar de que Nacional defendía el título, el Cali tenía una estrella más y mejores pergaminos, venía de ser el primer club colombiano en disputar la final de la Libertadores. El partido era todo del Cali, Memo sufría y mi mamá cantó a rabiar el primer gol caleño cuando empezaba el segundo tiempo. Fue un riendazo de Nadal, de zurda, inatajable para Carrabs. El partido pintaba para victoria del Cali. Faltando pocos minutos para el final, hubo un tiro libre a favor de Nacional, al cobro César Cueto. Nunca olvidaré el grito de gol del tío Memo cuando la pelota iba apenas por el aire y la felicidad mía cuando infló la red. Después entendí que Memo lo había cantado desde antes porque el balón pegó en la barrera, exactamente en Carpene, volante del Cali, y dejó al arquero Zape lejos de atajarlo. Lo celebramos juntos, me levantó en sus brazos, gritamos. Recuerdo que mi mamá le dijo que estuvo a punto de pegarle una palmada en la cara por cantar el gol sin que entrara el balón y creo que no le faltaron ganas de darme una pela por traición. Así se supo toda la verdad, las puntadas del destino me habían hecho verde, verde de la montaña contra todos los pronósticos.

A partir de entonces empecé a vibrar como hincha del Atlético Nacional. Ir al Atanasio de la mano de Memo o Jaime se convirtió en plan semanal y los banderines y otros suvenires del Cali fueron desapareciendo de la casa. Una de las primeras veces que fui al estadio de noche, un miércoles de 1984, jugaron Nacional-Santa Fe. Al salir del estadio fuimos a comer chuzo y a tomar fresco. Todo transcurría dentro de lo normal, recogimos el carro en las afueras del estadio después de una media hora y emprendimos el camino de vuelta a casa. No muy lejos vimos un negro en sudadera caminando por la calle Colombia con una tulita colgando de la espalda. “¿Ese es Sapuca?”, preguntó Memo sorprendido. Nos acercamos y mi tío, que era inspector de policía, se ofreció a llevarlo a su destino. Sin pensarlo, el negro Aparecido Donisette de Oliveira se subió al puesto del copiloto y yo me pasé para la banca de atrás por encima de la palanca de cambios; no lo podía creer, quedé mudo del susto y la emoción. Habló poco Sapuca, que expulsaba un tufillo a cerveza, y aunque no fue mucho lo que estuve en el carro porque me dejaron en el barrio Carlos E. Restrepo, ahí cerca al Atanasio, fue una escena que me marcó. Negro y de barba, con ese porte, lo vi como a Baltasar, el rey mago.

Entre los años 85 y 88, o sea de los nueve a los doce años, mi amor por Nacional creció más que mi conciencia. Y conocí lo que es el sufrimiento por el equipo amado, las derrotas a manos de rivales de peso, el odio hacia ellos y el amor hacia los jugadores que defienden la camiseta. En el último partido del 87, aquel domingo fatídico que Nacional, en los pies de Beto Sierra y el Andino de Oro, botó dos penales ante el América y perdió la opción de ir a Libertadores, derramé lágrimas por primera vez. Desde ese año empecé a sufrir de seborrea capilar a causa de la angustia y los nervios, según el médico; era una caspa que se costrificaba en el cuero cabelludo y me picaba mucho. También la padecí en el octogonal del 88 cuando al final perdimos el título con Millonarios, después de empatar a uno contra Santa Fe en Bogotá. El gol santafereño de Checho Angulo fue como una cuchillada y otra vez el llanto, la frustración, la caspa. Recuerdo que me mandaron una loción llamada Seborín que para la Copa Libertadores del 89 ya me tenía aliviado. Para ese momento mis padres estaban divorciados y los fines de semana los pasaba con mi papá. Sumergido en sus libros no comprendía por qué si Nacional jugaba a las 3:30 de la tarde, yo giraba alrededor del partido desde por la mañana hasta por la noche que daban el noticiero y los goles de la fecha. “¡Enfermo por el Nacional!”, era su frase, su regaño preferido.

Para la Libertadores del 89 me desteté de Memo y Jaime y empecé a ir al estadio con gente del colegio, en especial con Daniel, compañero desde kínder, y con Ángela, la profesora de Estética. Por algún inconveniente con las torres de iluminación, los cuartos de final y la semifinal fueron por la tarde. La fiesta se armaba entonces desde el primer descanso y ya nadie ponía atención en clase. En los pliegos de cartulina que nos servían para hacer carteleras sobre el sistema solar o las partes de la célula hacíamos letreros para llevar a los partidos. El día que jugamos contra Millonarios, Daniel hizo una mano empuñada con el dedo corazón levantado y debajo una frase que no podía faltar en los cotejos contra el azul: “Pimentel HP”. Fue avalado por Ángela pero nos lo decomisaron a la entrada del estadio, no por el mensaje para Eduardo sino porque presumían que la cartulina era un material con el que se podían armar baretos. Después de eliminar a Millos y desquitarnos de los dolores que nos habían ocasionado en el 88, y en la primera ronda de esa Copa, el partido contra Danubio prometía una bacanal y así fue: se vino una lluvia de goles, un exceso de celebraciones en una tarde inolvidable. Era la primera vez que cantaba media docena de goles en un solo partido; el quinto y sexto no los cantamos a rabiar, afónicos ya de gritar, sino que nos detallamos la celebración de los jugadores. “Mirá como saltó el Palomo, ¡qué brinco metió!”.

También era la primera vez que acariciábamos la posibilidad de ganar un título, uno continental, era un sueño increíble. Pero como un baldado de agua fría cayó la noticia de que la final no se podía jugar en Medellín porque el Atanasio no tenía al aforo suficiente. Cuando ya estaba resignado a verlo por televisión, porque no nos dejaron ir en bus a Bogotá, recibí la llamada de una tía que era novia de Fausto, el cantante. Que pidiera permiso para faltar al colegio miércoles, jueves y viernes porque nos íbamos para Bogotá a ver la final, que Fausto había conseguido boletas y que ella me iba a regalar el pasaje en avión. Fui el elegido entre decenas de primos de todas las edades porque en la familia sabían lo enfermito que era por el verde.

Recuerdo la pinta con la que llegué a Bogotá y presencié el título de Copa: una camiseta OP verde de manga larga, de las chiviadas que vendían en El Diamante, y un overol índigo. Ese 31 de mayo del 89 sufrí como nunca en el primer tiempo al ver que no hacíamos gol y luego me desboqué de alegría con la remontada, aunque hubo sustos tremendos porque Olimpia estuvo a poco de descontar. En la tanda de penales, mi tía, hincha a muerte del DIM, me cuidaba de reojo. Estuve relativamente tranquilo hasta que Pipe Pérez botó su disparo y comencé a llorar como si hubiéramos perdido, el recuerdo de los penales del 87 se me vino a la mente con la sensación de derrota. Un señor desconocido que estaba a mi lado me puso la mano en la cabeza y me dijo, “tranquilo pollito que esto lo vamos a ganar”. Todavía agradezco esas palabras que me devolvieron la confianza. Qué momento feliz en medio de la fría noche bogotana ver al equipo dar una vuelta olímpica de esa magnitud. Tanto sufrimiento se veía recompensado.

A principios de los noventa me conseguí con Fausto un pase para quince personas, para la tribuna sur alta, y fundé, con catorce amigos de la unidad residencial donde vivía, la barra “El rebaño verde”. El trapo no era muy grande, creo que de ninguna tribuna se alcanzaba a leer el nombre de la barra, pintado con un verde claro y letra gordita típica de pelada de colegio de esa época. En el 91, después de eliminar al América en cuartos de Libertadores con goles del Torito Cañas y Diego Osorio, nos fuimos a celebrar a la 70; en medio del festejo unos hinchas verdes se bajaron de un R4 embadurnados de harina y me pegaron para robarse mi bandera. En ese mismo año, en diciembre, hicimos una fila de todo un día para comprar las boletas del partido que definía el título. Con un sombrerito hermoso del Bendito Fajardo quedamos campeones y por fin dimos una vuelta olímpica en el torneo local. Fue un delicioso desquite luego de las lágrimas que nos había hecho derramar La Mecha en los pies de Gareca, Battaglia y el Pipa de Ávila. Tres años más tarde, en el 94, con el rebaño extinguido y la amargura de la reciente muerte de Andrés, dimos otra vuelta olímpica en el Atanasio frente al Medallo, y al año siguiente nos volvimos a ilusionar con un gol de tiro libre de René y la Libertadores. Terminamos con la mirada clavada al piso, soportando los cánticos victoriosos de la hinchada de Gremio. En ese 95 ya estaba en la universidad y un día cualquiera me fui para la sala de periódicos de la U. de A. con el recuerdo borroso de aquella vieja portada de El Colombiano que había visto a mis cinco años. Quería corroborar si esa imagen era real y pedí todos los ejemplares de diciembre del 81; los miré uno a uno hasta que me encontré la portada, tal cual la tenía en mi mente. Ahí me di cuenta de que esa lejana epifanía infantil fue la que terminó por hacerme hincha de Nacional.

La universidad, las mujeres, la fiesta, los amigos, algunas temporadas en el extranjero, toda esa mezcla y otros intereses me alejaron del estadio desde el 96. La tristeza, más no el llanto ni la seborrea, regresó con las humillaciones del 2004 ante Medellín y Junior, quizás el año más duro para la hinchada de Nacional. Las vueltas olímpicas que siguieron a ese fatídico 2004 las viví con fervor en las calles, sobre todo los títulos ganados al Santa Fe en 2005 y 2013. En la final del primer semestre de 2007 tuve la oportunidad de ir al estadio y bajar a la pista atlética para dar la vuelta olímpica con los jugadores gracias a que uno de mis primos contemporáneos trabajaba en las inferiores del equipo. Ya Nacional era otro, un verdadero poderoso, muy diferente al que conocí a comienzos de los años ochenta, de media tabla y permanentes fracasos a pesar de sus grandes jugadores, mis primeros ídolos: Herrera, Santín, Carrabs, Cueto, La Rosa, Sapuca.

En 2014 estuve en Brasil y después de acompañar al verde en Porto Alegre ante Gremio y en Montevideo ante el Nacional de Uruguay por la primera ronda de la Libertadores, me agarró una nostalgia hasta rara y unas ganas insaciables de volver al Atanasio. Una vez regresé a Medellín, motivado además por la presencia y títulos de Libretica Osorio, me aboné para ir al estadio durante todo el 2015. Ya no en preferencia, sin pases oficiales, sino a la popular Norte. Con un par de amigos barbados, que parecen más filósofos que hinchas como yo, colonizamos lo más alto de la baranda, justo abajo del tablero electrónico. Otra vez víctima de la enfermedad —de la que quiero morir y no me quiero curar— ir al fútbol se convirtió de nuevo en plan semanal, volvieron las celebraciones a rabiar, las lágrimas de alegría, la fiebre verdolaga.

En la Libertadores de este año 2016, de la mano del profe Rueda y de cracks como MacNelly, Armani, Sebas Pérez, Guerra, Alex Mejía, volvimos a acariciar la gloria continental. En el partido en casa contra Rosario Central el corazón me empezó a latir más rápido, a esta edad ya el miedo no es la seborrea sino un infarto. En los últimos minutos tuve que respirar profundo y sentarme. El gol de Berrío no lo pude gritar sino que levanté los brazos al cielo mientras la hinchada se revolvía y abrazaba convirtiéndose en una sola amalgama desenfrenada. Me sentí como un dios viendo semejante escena. Luego, contra Sao Paulo, en la antesala del partido, la gente empezó a cantar el coro que dice “Yooo te vi salir campeóoon del continennnte, vamos mi verdolaga, quiero volver a verteee” y para mí fue imposible contener el llanto, volví a llorar de la emoción esta vez junto a muecos sin camisa, viejos asfixiados y mis compañeros de tribuna, con quienes suelo calentar motores y rematar partidos en el caspete de la Mona, allá donde también celebran los fundadores de la barra Aquel 54. Al son de guaro y cerveza se cocinó una nueva alegría, una nueva alegría continental.

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Noches de radio

por JUAN CARLOS ORREGO • Ilustración de Tobías Divad Nauj

Número 63 Mayo de 2015

Hace más de treinta años — para ser exactos, la noche del miércoles 19 de octubre de 1983—, mi hermano y yo escuchamos un partido del Medellín entre las cobijas. ‘El Poderoso’ jugaba contra el Tolima en el Atanasio Girardot y logró poner el marcador 2-2 con un gol tardío de Carlos ‘El Tigre’ Acevedo, un uruguayo que pasó sin mucho ruido por la historia del equipo rojiazul. El que por entonces hacía la magia y, en consecuencia, copaba las portadas de los periódicos, era León Villa, conocido más adelante —cuando se vistió con las rayas verdes del vecino de patio— como ‘El León de Campo Valdés’; porque la noche de marras recibió del locutor el remoquete —más sencillo pero al mismo tiempo más solemne— de ‘Maestro colombiano’. Esa jornada de octubre, alargada clandestinamente hasta las diez y cuarto de la noche a despecho de la temprana rutina colegial que nos esperaba al día siguiente, fue una de mis primeras experiencias importantes con la radio al oído; por lo menos, la que aparece en el primer lugar de mi tramposa memoria. Yo tenía nueve años.

Sobra decir que en los años ochenta la transmisión por televisión de los partidos de la liga colombiana era impensable, como no se tratara de la última fecha del octogonal final, día en el que, casi invariablemente, solíamos ver a los diablos del América dar la vuelta olímpica. En 1985 ocurrió algo salido del libreto y fue que, para adormecer al país mientras los rockets del ejército se clavaban en la mole del Palacio de Justicia, el presidente Betancur autorizó la transmisión de no sé qué partido o resumen inédito de goles. Por razones que se me escapan, ese mismo noviembre, el recién nacido Teleantioquia retransmitió un partido en que Medellín había vencido 1-0 al Cali; por supuesto, mi hermano y yo lo habíamos escuchado por radio la noche anterior, y más que el gol de cabeza de Luis Carlos Perea —otro que saltó al solar ajeno— nos había quedado en la cabeza una expresión usada por ‘El Espectacular’ Jorge Eliécer Campuzano para describir cómo ‘Ormeño’ Gómez había atajado un remate letal del ‘Checho’ Angulo: “¡A contrapierna!”. Nunca nos lo confesamos el uno al otro, pero cuando pudimos ver la jugada en la transmisión diferida sentimos que, contada en la radio, la acción de nuestro arquero había sido más audaz.

El transistor de casa era el radiorreloj que nuestro padre, in artículo mortis, le había dejado a mamá como regalo de Navidad en 1980. El aparato solía estar en su alcoba, salvo por alguna situación de excepción; sobre todo, que ella estuviera agobiada por sus pertinaces jaquecas y, además, que el partido que nos interesara acabara demasiado tarde. Otra cosa era cuando se trataba de escuchar las transmisiones de las etapas de la Vuelta a España o el Tour de Francia: entonces mi hermano estaba autorizado de antemano para instalar el radiorreloj en nuestra habitación desde la noche anterior, pues las emisiones comenzaban en la madrugada, y como él y yo ya estábamos en bachillerato —por lo menos así fue a partir de 1986—, íbamos al colegio en la tarde y no era forzoso aprovechar todas las horas oscuras para dormir. Por lo que respecta a mi madre, a ella le bastaba su reloj biológico para levantarse a la hora exacta en que debía despachar a nuestra hermana mayor. Recuerdo particularmente el alba del 4 de mayo de 1987, cuando el radiorreloj se encendió automáticamente a la hora programada y pudimos saber que, en la carrera ibérica, Néstor Mora se había fugado y marchaba con una ventaja de nueve minutos sobre el pelotón; cuando clareaba lo capturaron, pero hacia las nueve de la mañana ‘Lucho’ Herrera despertó, se alzó sobre la bicicleta, sembró a los demás en la carretera y se enfundó la camiseta amarilla en la meta de Lagos de Covadonga.

Como no mediaran los dolores de cabeza maternos o las grandes vueltas ciclísticas europeas, lo habitual era que mi hermano y yo nos acomodáramos junto al radiorreloj en la propia alcoba de mi madre. Como en 1986 —por lo que se ve, el año de nuestra mayoría de edad— nos hicimos visitantes asiduos del estadio, lo que restaba por oír en la radio eran los juegos de visitante del Medellín, la mayoría de las veces en la voz provinciana de Rodrigo Londoño Pasos. Un juego quedó particularmente grabado en mi memoria: un 2-2 frente a Millonarios en Bogotá, jugado un mediodía de sábado por motivos que ahora no recuerdo, y en el que los uruguayos Rafael Villazán y Yubert Lemos anotaron por el DIM; goles que, por lo excepcional de la programación sabatina, escuchamos narrados por la voz histérica de Luis Fernando Múnera Eatsman. Pero no solo nos convocaban los partidos: también los magazines futboleros nocturnos, cuyos debates, regularmente acalorados, nos parecían el colmo del atrevimiento periodístico, de modo que los escuchábamos con el delicioso sentimiento de estar degustando lo prohibido. Jamás olvidaré que en esa misma temporada del empate con Millonarios, en GenteDeporte y Punto, Iván Mejía Álvarez pronosticó que Medellín sería el campeón. Se entenderá que, si a la fecha no odio a ese ríspido comentarista, no es solo porque deteste afiliarme a las causas populares. Dicho sea de paso — quizá haya quién no lo sepa— el campeón de 1986 fue América; no podía ser de otro modo.

Escuchar los partidos en la radio fue, para mi hermano y yo, una liturgia que se extendió hasta el siglo XXI, y si terminó fue solo porque yo salí de casa a principios de 2001, cuando, plenamente consciente de lo que hacía, decidí compartir mi vida con una hincha del club de las franjas verdes. Como nos fuimos a vivir a Santa Lucía, al mismo tiempo que me enteraba de las gestas de mi equipo, podía escuchar —con todo el recelo del caso— los murmullos eufóricos que venían desde el Atanasio Girardot y por los que Nancy, mi esposa, se interesaba particularmente. Sin la tutela de mi hermano fui haciéndome un energúmeno, y llegó el día en que quise tumbar las paredes a puñetazos cuando los goles rivales caían en el último minuto. Así sucedió cuando, en el cuadrangular final del primer semestre de 2004, Chicó nos derrotó 3-2 en la agonía del reloj. Por fortuna, en ese torneo —y sin que mediara ningún vaticinio— Medellín alcanzó el título tras derrotar a su eterno vecino de patio. Ya por entonces menudeaban las transmisiones televisivas, y como, además, las emisiones de Fox y ESPN nos habían civilizado con el arte de la narración mesurada y el comentario conciso, la transmisión radial —cuyos protagonistas eran, en buena parte, solistas cavernícolas— fue quedándose relegada, y casi se la olvidó cuando las cámaras de Une coparon toda la programación de la Dimayor. Por entonces, se me antojaba que mi suegro — conectado por walkman a los alaridos de Múnera Eatsman al mismo tiempo que veía los partidos de su equipo— era un anacronismo sobre dos pies o, por lo menos, un romántico empedernido, anclado a las emociones auditivas de los viejos tiempos.

Juan Manuel, mi hijo menor, llegó al mundo en la época del auge de los partidos por televisión. En el segundo semestre de 2009, cuando apenas ajustaba cuatro años, tuvo su primera rabieta frente a la pantalla chica al presenciar cómo el DIM —por entonces casi invencible— se doblegaba por tres goles ante Millonarios, en la fría Bogotá. Por lo visto, yo había hecho un excelente trabajo inconsciente como maestro iracundo frente a los malos resultados de nuestro equipo, al que por fortuna mi hijo se aficionó a pesar de los genes adversos que le venían por el linaje materno; genes que, con fatalidad, habían enquistado en el alma de Laura, nuestra primogénita.

A la sazón, Juan Manuel tenía de la radio una idea harto particular: creía que la componían, apenas, las emisoras de rock latinoamericano, baladas y música para planchar que eran del gusto de Nancy y —confieso— mío. Solo muy tardíamente, por los días de su sexto cumpleaños, vino a descubrir que en la vieja grabadora de la biblioteca podía escucharse una simpática versión auditiva de los partidos que solía ver, de modo perfectamente sinestésico, en el televisor. Ocurrió el 14 de septiembre de 2011, cuando Medellín derrotó 4-1 al Real Cartagena en el Atanasio Girardot. Era necesario escuchar el partido por dos razones: nuestro equipo nos había espantado de las graderías después de un par de temporadas desastrosas, y, como el juego era en mitad de semana, no había posibilidad de verlo por televisión. Me pareció que mi hijo encontró ingeniosa la ocurrencia radial, de la misma manera como, tras años de montar en taxi —prácticamente desde que surgió en el vientre de su madre—, disfrutó su primer paseo en un Circular Coonatra.

La radio volvió de repente a nuestras vidas cuando el monopolio de DirectTv y Win Sports nos impidió ver todos los partidos de la liga. Mi alma, a un mismo tiempo tradicionalista y adolescente, se rebeló contra las imposiciones del mercado de los medios; es decir, no solo sentía dolor ante la idea de cambiar de operador de cable, sino que veía como una afrenta el que se me obligara a hacerlo. Me pareció que, con tal de salvar mi dignidad —o, si se quiere, con tal de no tener que fatigarme firmando un nuevo contrato televisivo—, podía pagar el precio de no ver más partidos de la liga, y supe que no tendría ningún problema si apenas tomaba las migajas que, a mí y otros como yo, nos servía la Futbolmanía de RCN. Para todo lo demás estaba la radio, vibrante y rápida como ninguna otra cosa en el mundo. En todo caso, Juan Manuel —que solo ha aprendido de mí el modelo estoico y furibundo de mi afición por el equipo del pueblo— lo resolvió de otra manera, y muy pronto llegó a acuerdos con mi suegro para que lo llevara a ver los partidos del DIM en alguna de las tiendas del barrio que estaban dotadas con el exclusivo servicio. Para suerte de mi hijo, su abuelo acababa de jubilarse y necesitaba, desesperadamente, razones para salir de casa; en su entraña verdusca, poco le importaba que la coartada fuera un partido del Medellín; por supuesto, también pesaba aquello del amor rendido por los nietos.

Un cuarto de hora después, cuando yo había logrado, por fin, redondear el primer párrafo de la reseña, el árbitro sancionó un tiro libre a favor del Medellín, no lejos de la valla de los pijaos. El locutor anunció, con no poco aspaviento, que Vladimir Marín se aprontaba para el cobro y que, como un toro de lidia, zapateaba sobre la grama, y tanto insistió en ello —con el coro del comentarista principal y el vocero de los anuncios comerciales— que no me sorprendí particularmente cuando, un minuto después, el balón se coló en el arco de Joel Silva. Realmente me sobrecogí un segundo después del grito del locutor, cuando, desde el otro lado de la casa, llegó el alarido eufórico y destemplado de Juan Manuel. Fui hasta su cuarto para celebrar el gol con él, pero me detuve en la puerta apenas distinguí en la oscuridad lo que él hacía: tenía los ojos cerrados y sonreía de modo beatífico mientras apretaba, contra su corazón, el pequeño aparato radial. Ya que Tolima —a diferencia del Medellín de tres décadas atrás— no tuvo un Tigre Acevedo que nivelara el marcador, mi hijo tuvo la noche más feliz de su vida, arrullado por las voces y las ondas del triunfo. Ignoro a qué hora pudo conciliar el sueño; como quiera que sea, cuando fui a llamarlo en la madrugada me pareció que todavía sonreía.

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Manuel Mejía Vallejo y los nadaístas

por EDUARDO ESCOBAR • Ilustraciones de Tobías Aboleda

Número 112 Diciembre de 2019

Desde el comienzo de nuestra irrupción en Medellín, los nadaístas mantuvimos con Manuel Mejía Vallejo una amistad llena de reticencias. A veces lindaba con la camaradería, y a veces con el atentado personal y la vileza. Ahora cuando me dispongo a hablar sobre su persona y su obra hallo en mí un montón de sentimientos encontrados. Cavilo si centrarme en lo que nos unía o enfatizar en lo que nos apartaba. Fue un buen amigo de quien nos alejaron muchas cosas. Su entendimiento de lo que debe ser la literatura no compaginaba con lo que nosotros pensábamos. Sus ídolos literarios eran Tomás Carrasquilla, entre los colombianos, y Eduardo Mallea entre los latinoamericanos. Nuestros maestros eran Rimbaud, Lautremont y Henry Miller y en la literatura nacional apreciábamos a León de Greiff y a Fernando González y a los integrantes del grupo de Mito, incluido el aún desconocido García Márquez. Para ajustar, valga la infidencia, Manuel Mejía y yo nos vimos envueltos en una historia de amor que me hizo sufrir como un condenado, cuando sedujo a mi novia de los quince años, que me abandonó obnubilada por su prestigio, su labia de culebrero y su corbata de galán. La comprendo. Yo tenía dos camisas. Una puesta y otra en un platón con detergente esperándome en algún hotelito proletario. Y había empeñado mi única corbata, la de la primera comunión, por una cerveza. A mí mis padres no me soportaban. Los suyos estaban muy orgullosos de su muchacho con razón: acababa de ganar un concurso de cuento en El Salvador. Un buen comienzo. Porque después ganó premios en todas partes: en Cali y Manizales e intermedias, para acceder más tarde al Nadal y al Rómulo Gallegos.

A Manuel lo atraían las muchachas bonitas, y sobre todo tiernas cuando ya no se cocinaba en dos aguas, más que las mujeres hechas y derechas aunque fueran bellas. Tal vez la afición a las nínfulas revelara una secreta inseguridad. Un miedo al amor adulto.

Manuel Mejía era un hombre querible, tenía eso que los antiguos llamaron bonhomía. Nosotros lo admirábamos por su vida privada que algunos divulgaron, llena de singularidades en una ciudad pragmática que trataba de cogerle el ritmo al siglo con retraso. Decían que pintaba al carboncillo con talento, que practicaba el moldeado en barro, que inventaba juguetes artesanales, lo cual hablaba de su candor pero al mismo tiempo de unas cualidades humanas que nos seducían, las de la sensibilidad para las actividades inútiles, porque los hacía por gusto, sin las intenciones torticeras del comerciante, y ni siquiera para jugar con sus invenciones porque siempre estaba ocupado escribiendo, o bebiendo. O seduciendo las novias de los amigos. Más tarde supe que se preocupaba por las técnicas de la impresión de libros. Y que escribió una carta a la casa Heidelberg con una propuesta para mejorar sus prensas famosas en el mundo.

Aunque estábamos lejos de sus ideales estéticos y su estilo obediente a preceptivas que nosotros habíamos venido a desprestigiar, Mejía Vallejo fue un habitual de nuestras tertulias primerizas, uno de esos contertulios que sin pertenecer de corazón al movimiento, ni adherir a sus propuestas renovadoras, lo veían con curiosidad y simpatía. Había otros, pero nos parecían intratables, como Jorge Robledo Ortiz, poeta de la raza, y como Jorge Montoya Toro, un filisteo que escribía sonetos a Jesucristo y a las impúdicas rosas. Mejía estaba más próximo a nosotros aunque su escritura no concordara con las crisis de un mundo que asistía a las circunvoluciones de los primeros satélites artificiales, con una perra dentro, un mono, o una señora rusa. Y al asco de una nueva guerra, la de Vietnam, que algunos contaban como el primer estallido de una tercera conflagración mundial hecha de conflictos focalizados.

Su escritura olía a boñiga y a saúcos en un mundo que se urbanizaba y al que comenzaban a atosigar los vahos de la gasolina. Pero de cualquier modo no era rimbombante como casi todos los poetas del entorno pobrísimo. Era la primera persona de la santísima trinidad literaria de la antioqueñidad. Las otras fueron Carlos Castro Saavedra, un poeta de corte nerudiano dado a las depresiones que cantaba a los carpinteros, y Oscar Hernández, otro magro discípulo de Neruda aunque mezclara a esa influenza la ternura de César Vallejo, y la tristeza que puso de moda el peruano envenenado en París con la solanina de las papas del mercado de los pobres. Los tres se acercaron a nuestra capilla desabrida, surgida en plan de escandalizar la aldea donde el arzobispo importaba más que el alcalde porque había arrendado al diablo. Castro pronto dejó de tratarnos enemistado con Gonzalo Arango por la nimiedad de un epíteto cariñoso. Hernández debía trabajar para sostener una familia. Y jamás entendió que mantuviéramos una discreta distancia, saludable además como después se vio, con la izquierda colombiana, más hecha de sentimientos beatos que de ideas, y de pasión que de marxismo.

La prosa de Mejía Vallejo era clara, tranquila. Más próxima a la verdad de la vida para nuestro criterio, así nos resultara sospechosa por ordenada y racional, y aunque sus relatos estuvieron plagados de diálogos sentenciosos y descripciones convencionales fuera de tono para quienes pretendíamos ser absolutamente modernos según el mandato de Rimbaud. Nosotros amábamos lo descabellado. Nos parecía que la misma sintaxis y hasta la ortografía eran cárceles que justificaban el orden establecido. Y los temas agrestes de sus primeras prosas, La tierra éramos nosotros y Tiempo de sequía, nos sonaban anacrónicos a pesar de la sobriedad. Él se aferraba a la nostalgia del pasado. Nosotros estábamos pendientes de un futuro que temíamos y aferrados al presente existencialista, a la inmediatez de la experiencia. El pensaba que un relato, así nos dijo una vez puesto en el plan magistral que en ocasiones adoptó al hablarnos con el aire de superioridad del escritor laureado, debía comenzar por una panorámica del ambiente, y seguir con la presentación de los personajes, antes de ponerlos en acción. Esas ingenuidades de una preceptiva retrógrada no nos impidieron quererlo. Para nosotros las novelas y los cuentos podían principiar por donde a uno le diera la gana, y carecer de pies y cabeza, y ni siquiera eran necesarias, sino indeseables, las supercherías aristotélicas del conflicto, la trama, la peripecia y la anagnórisis. Pero lo aceptamos distinto como era, vestido de paño, camisa de cuello y corbata, y con la costumbre de visitar al peluquero cada sábado para que le puliera las patillas. Nosotros nos dejábamos crecer el pelo como los piratas que nos sentíamos, vestíamos bluyines, camisas de colores, mocasines, medias de rombos. A él le gustaba hacer el elogio de Asturias, y Rómulo Gallegos, y estaba decidido a continuar la tradición de Tomás Carrasquilla. Nosotros preferíamos a Joyce, a Becket, a Buttor y a los objetalistas franceses, en cuyas obras no pasaba a veces nada distinto del viento de las hojas al volverlas. Y desconfiábamos de los apologistas de lo autóctono. De los nostálgicos de los padres indios y los abuelos criollos empobrecidos por las guerras civiles. De los dolores del campesino que hablaba con los pájaros de sus amores y llevaba una barbera en el carriel por si se veía obligado a cobrar una ofensa de borrachos. El color local nos espantaba, nos declaramos los servidores de una nueva barbarie dispuesta a arrasar los falsos valores de Occidente. Amílcar empezaba a circular entre nosotros los libros de Nietzsche. A Manuel Mejía la filosofía le era indiferente, no tenía problemas metafísicos más allá de los cafés con leche con buñuelo frío que comía con mi exnovia en la Heladería Donald. Y jamás lo vi interesado en nuestras discusiones, las propias de unos muchachos educados en el catolicismo que acababan de descubrir a Bertrand Russell y el existencialismo y a Nicola Abbagnano en los breviarios del Fondo de Cultura Económica.

A veces lo veíamos salir de matiné después de ver alguna película norteamericana de vaqueros que quizás le ayudaba a redondear sus fábulas de duelos de matones. Una obra suya se llamó El día señalado como una película norteamericana famosa. Lo cual puede no ser casualidad. Y escribió un cuento que tituló, La venganza, como bien hubiera podido nombrarse un western espagueti de Clint Eastwood. A nosotros nos intrigaban más las películas de tesis, el cine de una lentitud infernal de Bergman, el neorrealismo italiano, los dramas patafísicos de la nueva ola francesa con sus romances entre seres atrabiliarios y despistados, y sus parlamentos en el lenguaje del retorcido humanismo sartreano, perfectos para calificar el tedio de vivir, el sentimiento del absurdo y la irrefutable inutilidad de todo. Para Manuel Mejía todo eso no pasaba de ser un capricho de niños burgueses, una impostura que no valía la pena tomar en serio.

No encajábamos por completo a pesar de los esfuerzos por querernos. Manuel Mejía nació en 1923, el día del idioma español: el mayor de los nadaístas había nacido en 1931 bajo el signo de Capricornio que lo hizo sombrío y proclive a inventarse fracasos. Mejía Vallejo disfrutaba los bambucos olorosos a toronjil, los despechos de carrilera y los tangos matreros a la hora de sus tragos. Los nadaístas para nuestros festines de mala fama recurríamos al jazz estridente de New Orleans, a Duke Ellington, a las canciones canallescas de la Piaff y Juliette Grecco. Nos gustaban los tangos, pues eran el folclor urbano de la ciudad industrial de Colombia, pero los escuchábamos de distinto modo.

Los padres de los nadaístas eran todos pequeños funcionarios o comerciantes al menudeo. Con la excepción de Gonzalo Arango, llegado de Andes, y de Amílcar Osorio, que llegó desde Jericó, los demás crecimos junto a las fábricas, en medio de los buses urbanos que reemplazaron los trolleys y los tranvías. Tal vez en esta circunstancia radicaron las desavenencias con el autor de La casa de las dos palmas. Nosotros habíamos conocido de oídas la Violencia. Manuel Mejía sabía mejor de las brutalidades de las guerras entre liberales y conservadores. Pero el peor desacuerdo entre nosotros fue causado por la devoción que él guardaba por Tomás Carrasquilla, un escritor que considerábamos injustamente un autor fallido, un costumbrista, el maestro de un estilo marchito.

Algunos entre nosotros empezábamos a interesarnos en las ciencias de los pulsares y las estrellas enanas que se derriten sobre sí mismas, en el comportamiento secreto de los átomos, imbuidos en la siniestra amenaza del peligro nuclear que fue la espada de Damocles sobre nuestras cabezas despeinadas. Manuel Mejía contra las metafísicas que estas preocupaciones suscitaban en nosotros albergaba una sola certeza mística: que existía una ley de la compensación, semejante al karma, que los nadaístas comenzamos a debatir a partir de la lectura de los textos del budismo, a los que llegamos empujados por los poetas beat, fanáticos del dharma. O camino. No había demasiadas contradicciones interiores en Manuel Mejía. Era un hombre simple como unas tijeras. Y formaba parte del orden parroquial como un adorno. Nosotros éramos la imagen del desconcierto y la desconfianza. Ahora que lo pienso, si seguimos siendo amigos a pesar de todo fue por el sentido del humor que compartíamos. Por la capacidad para reírnos. Aunque él solo les aplicara el cauterio de la risa a los demás. Mientras los nadaístas podíamos reírnos de nosotros mismos con perfecta impudicia. Él se tomaba en serio su vida y su trabajo de escritor. Nosotros éramos más irresponsables y estábamos más confundidos. Él era un escritor del establecimiento. Nosotros estábamos situados al margen. Recuerdo que al principio me impresionó un rasgo de personalidad muy escaso entre los círculos de los escritores: jamás hablaba mal de los ausentes, aunque después aprendió. Pero en general nunca lo vi comprometerse, ni hablar de la política del día, por ejemplo, que es algo que les gusta tanto a los escritores modernos. Era cauto.

Manuel Mejía fue un detractor injusto del nadaísmo cuando estaba de malas pulgas. Sobre todo le gustaba vapulear al pobre gonzaloarango por lo que decía y lo que dejaba de decir. En ocasiones Mejía se pasaba de crítico acerbo con nosotros. Una vez, él había envejecido, y yo me había casado y separado, y vuelto a casar por aquellas cosas del eterno retorno y el miedo de la soledad, leyó un poema que buscaba, a través de unas cucarachas, celebrar la música humana y la técnica moderna. Y me dijo sonriendo con ironía campechana. “Escribirle poemas a las cucarachas es una bobada, hombre”. Y me miró como quien piensa sin razón que las cucarachas solo necesitan insecticidas y no poemas con reminiscencias de Vivaldi y Schönberg y con pormenores sobre la fabricación de los transistores. No quise decirle que las cucarachas tenían tanto derecho a ser poéticas como los alelíes. Y que había descubierto en un viaje de LSD que son ángeles camuflados. Y un portento biológico. No hubiera comprendido.

Pero al mismo tiempo Manuel Mejía fue muy generoso con los poetas del nadaísmo que comenzaron a transitar por la carrera Junín en los años sesentas y que lo veían salir de las películas de la vespertina con sus eternos cartapacios bajo el brazo en busca de un café tranquilo donde corregir sus obras. No solo participaba en nuestras tertulias con su ingenio cándido, sus recuerdos de la madre Laura con la que guardaba un parecido físico, sus memorias de aventurero por Centroamérica y su colección de refranes y décimas y coplas aprendidos con los peones de las fincas donde creció. A veces fue magnánimo con nosotros de un modo que ahora me permite sospechar de su insinceridad cuando nos quiso y cuando nos desdeñó. Eso no importa. Es preciso honrar la justicia. Cuando lo nombraron director de la imprenta municipal de Medellín publicó allí el primer libro de Gonzalo Arango, HK 111 y Nada bajo el cielorraso, dos obras de teatro que le permitieron al capitán del nadaísmo el sentimiento inenarrable de saborear la gloria de sostener en sus manos su primer libro publicado.

HK 111 alcanzó el honor de las tablas bajo la dirección de Fausto Cabrera, un activista español que después fue guerrillero maoísta y acabó en la China, un ecléctico que recitaba un día Claveles rojos o La casada infiel y cosas de mayor enjundia de García Lorca y al otro montaba una broma de Ionesco. Ignoro si llegó a entenderse con Poeta en Nueva York, el único Lorca soportable para los nadaístas. La obra contó con la actuación de Santiago García y Mónica Silva su mujer entonces. Los tres habían fundado el Teatro Experimental El Búho para la divulgación de las obras de la vanguardia, con la pretensión de fundar un grupo estable que ayudara a la creación de un teatro nacional moderno que superara las comedias políticofolclóricas de Campitos, y las obras del rancio teatro español de Jacinto Benavente y Alejandro Casona, autores predilectos de los grupos de aficionados de Colombia antes de que se pudiera hablar de profesionales de las tablas.

HK 111 fue puesta en escena en el teatro Ópera de Medellín después de una temporada en Bogotá y causó estupor en la parroquia. Una escenografía escueta con seis varillas simulaba la cabina de un avión, el protagonista amenazaba en el clímax de la obra con orinarse en el escenario. Escatología pueril pero inusual para el lugar y los tiempos. Gonzalo Arango les tenía pánico a los aviones. Y pensaba que eran el más terrorífico de los inventos humanos junto con la jeringa hipodérmica.

Yo hice el ridículo al llevar a la gala en aquel calor estival un abrigo inglés de paño que pesaba como el Big Ben y hacía los efectos de un sauna, propiedad de mi padre que lo había recibido de Laureano Gómez por interpuesta persona, un primo suyo postizo, un hombre notable durante la presidencia del Monstruo, y que siguió siéndolo durante la dictablanda de Rojas Pinilla.

Cuando dediqué a mi padre “El anticuario”, un poema que pretende reunir (como nadie lo ha notado lo anoto) las ideas afines a las noción de decadencia, Manuel Mejía me hizo un elogio matizado de sorna: si tu poema de las cucarachas me parece una nadaistada, el que le dedicaste a tu padre debería formar parte de la antología de la poesía colombiana siempre. Se dosificaba. Entre el vituperio y la alabanza. Esa noche celebramos mi poema en la casa de una de mis hermanas. Fue la única vez que lo vi borracho. Siempre fue de un aguante olímpico. Ya se encaminaba a la bancarrota. Y acabó cuan largo era, bocarriba, en la mesa de centro bañado en ron Caldas.

Yo lo quise desde que lo conocí. Y él también me quería y hasta admiraba al osado adolescente que yo era cuando comenzamos a tratarnos como vecinos en el barrio Los Ángeles. Yo era un adolescente con una mala fama merecidísima. Y con la suerte bendecida por una enorme capacidad para la indiferencia, resignado a vegetar sin rencor ni esperanza, sin propósitos, vacío por dentro, sin tuétanos. La falta de pudor me permite reconocer que también me adornaba un cierto éxito entre las muchachas más bellas de la ciudad de mercaderes con vocación industrial, a pesar de mis camisas de pobre, mis zapatos rotos y la melena salvaje que extrañaba el champú. Creo que las muchachas se me acercaban seducidas por mi fama de poeta precoz más que por mi cara de ángel despeñado. Llevadas por algún impulso tanático. Porque fui magnífico como amante a la hora de hacerlas sufrir.

Manuel Mejía me hizo muy desgraciado cuando se quedó con el amorcito de mis primeras experiencias reales de amor, y al fin me arrebató a la sujeta de mis primeros afectos, valido de su aire de Pedro Armendáriz y de su propensión a ganar concursos de literatura. Más tarde, para compensarme, se convirtió en mi primer editor. Pues cuando lo echaron de la imprenta oficial por imprimir las obras de teatro del inventor del nadaísmo fundó con Oscar Hernández una editorial que llamaron Papel Sobrante, pues la alimentaban con los desechos de las prensas de los periódicos municipales donde Oscar Hernández hacía de todero. Uno de los primeros libros de la empresa fue mi libro Invención de la uva. Los otros fueron los cuentos primerizos de Darío Ruiz Gómez y de Oscar Collazos.

Medellín aquellos años vivía el sopor saludable del Frente Nacional después las atrocidades de la violencia que prolongó las guerras religiosas del siglo XIX. Hernández, Mejía Vallejo y Castro Saavedra eran los autores prominentes en la aldea de un millón escaso de habitantes. No había dicho que Oscar Hernández escribía poemas al pan, al trigo y a las amadas, y que fue un montón de cosas, boxeador, futbolista, vendedor ambulante y empresario de una fábrica de refrescos; que Manuel Mejía había viajado por Centroamérica siguiendo los pasos de Porfirio Barba Jacob, y que Carlos Castro pavoneaba los elogios que le hizo Pablo Neruda a su poesía cuando estuvo en Chile. Neruda comenzaba a descollar con su obra desigual y profusa, y por el brillo de su glotonería verbal, llevado de la mano de los comunistas. Y un espaldarazo suyo era consagratorio. En la casa de poesía Silva de Bogotá hay una fotografía conmovedora de un Castro Saavedra, la cara triste y menuda, y con un sombrero hiperbólico que le queda como una casa, junto a León de Greiff que a su lado parece un ogro vikingo con su belfo, la boina y el traje de paño desgalichado de siempre. Sus amigos solían preguntarle dónde mandaba a arrugar los vestidos.

Manuel Mejía Vallejo fue el narrador más reputado de Colombia hasta la aparición de Cien años de soledad. Yo creo que resintió su publicación como un desorden inesperado en su honra. Los escritores suelen tener egos frondosos. Cien años de soledad confundió la literatura colombiana con sus excesos. De modo que muchos novelistas colombianos apelaron a los recursos del realismo mágico en una mimesis cómica y servil, y otros, para corregir el rumbo, apelaron al grotesco, a la recuperación de sus recuerdos familiares o a la novela histórica ideologizada. En el desconcierto probó la novela urbana. Y como había abandonado las temáticas campesinas, inventó a Balandú, que se insinuó en sus escritos tímidamente hasta alcanzar la apoteosis en La casa de las dos palmas, que intenta contar una saga familiar como el piedracielista de Aracataca.

Mejía hizo alguna mención literaria de mi deslustrada persona. Quizás para acallar la mala conciencia del depredador sexual. En La sombra de tu paso, donde la novia que me ganó se llama Claudia, expresa sus celos. Y le pregunta. ¿Lo amaste? Y ella. A quién. Y él le dice: a Eduardo. Y dice que yo entonces me parecía a Jesucristo… cuando lo aporreaban. No sé qué quería decir con eso de mi barba y mis greñas de cobre. Y sin mi novia en aquella Junín donde los nadaístas gastamos la adolescencia en el descubrimiento del amor y la poesía a contramano, cometiendo pequeños delitos viles, fumando marihuana, emborrachándonos y tragando a puñadas barbitúricos de la casa Lilly. Desde niño soñé ser escritor. Pero nunca se me pasó por la cabeza que podía ser un personaje de novela.

Los que no vivieron aquellos días en esa aldea en las faldas de los Andes nunca alcanzarán a imaginar cómo era entonces la ciudad que fundó don Miguel de Aguinaga. Soy un sentimental. No me importa. Medellín es para mí la de antes de la Avenida Oriental que cometió el sacrilegio de comerse la casa de Dora Echavarría, la suegra de Manuel Mejía, la abuela de sus hijos, que lo adoraba. Y sentí mucho el día cuando tumbaron el Hotel Europa que era como un Kremlin en chiquito. Al Medellín de mis recuerdos le lucía ese edificio con cúpulas negras, como le sigue luciendo un palacio egipcio en la calle Miranda o una portada con leones de bronce en la casa de un magnate en el barrio Laureles. En el lugar que dejó el Hotel Europa levantaron la Torre Coltejer, que no sabe a nada, empinando el hocico hacia el cielo empobrecido, aguja ciega, para hacer una metáfora de sastre. Otros la consideran la marca del comienzo de la decadencia de la familia Echavarría, como Babel confundió las lenguas de los israelitas para castigar su arrogancia.

La tragedia del empresariado antioqueño burgués fue su aniquilación por el proletariado chino en la guerra comercial del mundo. En la bendita globalización galopante los discípulos de Mao condujeron a la bancarrota a la ilustre familia paisa, admirada y vilipendiada, que llevó a Medellín a trancazos de tren hasta Puerto Berrío y de allí a lomo de mula los primeros telares mecánicos. Fernando González dijo que Medellín era bueno cuando los Echavarrías estaban chiquitos. Desconfiaba de los retumbos del progreso. Como todos los metafísicos que saben que es imposible conectarse por teléfono con lo esencial.

La calle Junín era un hervidero de chismes. La sombra de tu pasoY el mundo sigue andando están hechos de eso. De murmuraciones. Cuando Manuel Mejía intentó liberarse de los helechos de La tierra éramos nosotros, los muchachos de entonces estrenábamos el desaliño de los existencialistas franceses que superara el dandismo de gomina de la generación de los cocacolos y sus propias corbatas ya pasando de moda, en una ciudad donde todo el mundo aún saludaba a los policías secretos por sus nombres. Y por sus apodos a los borrachos del Parque de Bolívar, de alcohol antiséptico y pasante de grillo. Mejía Vallejo y sus amigos, Hernández y Castro Saavedra, adecentaron el uso del parque. Se reunían por las noches con sus libros bajo los balsos del de Bolívar frente a la heladería San Francisco. Los hombres de bien solo lo usaban cuando iban a embolarse los zapatos. Y los domingos de la retreta.

Manuel Mejía estaba recién llegado de Centroamérica y gozaba de un tibio prestigio por sus cuentos agrestes de gallera, haciendas, venganzas de hermanos y parricidas incapaces del sacrilegio. De cuentos de campesinos que más tarde cambió por cuchilleros de barriada en Aire de Tango. En Y el mundo sigue andando se estrena de Joyce andino pero no le lucen los experimentos y los retruécanos se le atoran. Aunque no lo quisiera era sin remedio un representante del machismo latinoamericano en la vertiente andina de la literatura colombiana.

Todo era cándido, liviano y feliz en la calle Junín que transitaba Manuel Mejía Vallejo, tanto que lo único posible era que a alguien se le ocurriera inventar el nadaísmo con su sentido trágico y sus amarguras impostadas que después se tornaron en amarguras y podredumbres auténticas. Mejía acabó por apartarse de nosotros del todo cuando apareció la marihuana en las fiestas. Y comenzó a crear su propio entorno de amigos con Darío Ruiz, Oscar Jaramillo, Elkin Restrepo, Oscar Collazos y Fernando González hijo. Y recuerdo que después del primer manifiesto publicamos un volante supuestamente patrocinado por una inexistente fábrica de papitas Juan XXIII. Y recuerdo, pero puede ser un falso recuerdo, que a Mejía Vallejo, que se había regocijado por nuestra irrupción podrida en el paraíso de popelina, no le gustó el fingido patrocinio. Era un anticlerical respetuoso. No estoy seguro de que no creyera en el diablo. Recorrió los caminos de Barba Jacob por Centroamérica y escribió un libro sin mucha gracia dedicado al vate de Santa Rosa. Pero la marihuana remota de Barba no era un peligro como la nuestra para él.

A mí, digo, para comenzar a terminar, más que su ecuanimidad y sus virtudes evidentes me impresionaron en él sobre todo los rones triples de la madurez que se echaba en ayunas en su casa de la calle Perú, cuando comenzó a deteriorarse y a dudar de su grandeza, después de la aparición apoteósica de Cien años de soledad. Como casi todos los escritores colombianos experimentó un cimbronazo con ese libro monstruoso que devolvió la novela moderna a sus orígenes. Las pretensiones de Manuel Mejía de convertirse en el continuador de la línea narrativa de Tomás Carrasquilla con un toque de José Eustasio Rivera se volvieron obsoletas.

Del nadaísmo se han dicho muchas cosas. Pero bien pudo ser solo una reacción necesaria del alma del mundo en nosotros, en una isla feliz llena de muchachas en flor donde comenzaban a oírse los primeros rocanroles, a ponerse de moda el cubalibre, en un país convulsionado, corrompido y violento, que se había dado una tregua relativa con el Frente Nacional. Algunos le achacan al Frente Nacional nuestras desgracias actuales. No fue tan malo. El país creció en la realidad y en las estadísticas. Recuerdo que en mis tiempos el acceso a la universidad era un privilegio. El Frente Nacional comenzó a democratizar la educación. Y la salud. El país mejoró. Y el nadaísmo fue un síntoma positivo de los tiempos que comenzaban y de sus crisis. La gente comenzó a decir otras cosas en las tertulias de los nadaístas en las cafeterías de nombres ingenuos como Bambi y Donald. A pensar otras cosas. A nosotros nos tocó empatar los últimos totes del diablo parroquial con el estruendo de los cohetes interestelares. Recuerdo el repeluzno que experimenté cuando los periódicos trajeron la noticia de que los rusos habían puesto a dar vueltas a una perra en los espacios exteriores a la biosfera. Yo era un exseminarista que no terminaba de solucionar sus problemas con Dios. Y sentí que se me encrespaba el pelo de la cabeza y los remanentes de la cresta vertebral del anfibio.

Gonzalo Arango que tenía su toque maligno a pesar de su fama de santo, y tenía una vieja deuda por cobrar, en una carta me escribió, después de una noche de tragos que Manuel Mejía gastó en llenar de reproches al pobre profeta de la nueva oscuridad: “…de los hombres espero lo peor; sobre todo de los intelectuales, de los literatos. Son de otra raza. Soy una raza opuesta: y tú, Ed, eres mi mejor alma, mi espejo más transparente. En ti reflejo lo poco que puede ser salvado en mí, no como escritor, sino como ser vivo… La agresión del Premio Nadal… contra el nadaísmo en general… es un fruto tardío de su recóndita amargura. Recuerda la noche en el homenaje a Evtuschenko. Somos tan ajenos a sus dioses y a lo que escribe. No me extraña: él fracasó en sus aspiraciones a Maestro de la juventud. Nuestra generación no lo soportó, era la flor y nata de la Bondad. Como me dijo una vez Fernando González, ‘nunca podrá ser un artista, goza de excelente salud’. Podrá escribir cien novelas, ganar el Premio Nobel, ser laureado o fuera de concurso en los juegos florales de Manizales, pero nunca osará una locura respetable. Tendrá siempre miedo de invertir la lógica, de afirmar que DOS MÁS DOS SON EL PRINCIPIO DE LA MUERTE (no recuerdo si esta frase es de Dostoievski o la acabo de inventar, pero vale)… Eso es él, un linotipo que trabaja, que piensa; una caña pensante pero sin la angustia de Pascal. A Manuel Mejía le tengo afecto precisamente porque está fuera del ring, es campirano, gallero, nostálgico de burdelito de Jericó donde perdió su virginidad por un soneto, amigo íntimo del bobo del pueblo, etc. Porque labora sus novelitas como un herrero, y de tanto hacer y rehacer de pronto salta una chispita en su desierto mental, pero no por culpa de su genio, sino de tanto soplar en la forja. Realmente es un buen hombre, aunque literatoso como escritor. Él defiende su parcela de la plaga nadaísta y es su derecho. Él sabe que su herencia no tiene porvenir en nuestra generación, que será olvidado antes de ser. No puede perdonar que su posteridad esté integrada por una pandilla de bastardos como nosotros, desalmados para esas cosas que él fabrica, pura cacharrería estética para consumo de amas de casa, para entretener una digestión, un desvelo, un idilio parroquial de ventana. Él nos regaña paternalmente y quiere convertirnos a su ‘seriedad’, reformados en su provecho, en provecho de la literatura bonita, lógica, moral y graciosamente filistea en la que trabajó como un minero… Hay que reconocer que lo hace honestamente, que no da más, que no tiene de dónde sacar más. A los 45 años no se puede tomar chocolate en familia impunemente, ni rezar el rosario, ni tocar tiple en reuniones de sociedad intelectual… Eso tara, da un carácter. Su literatura resulta inexorablemente chocolatera, conservadora, de meada en la cama después que la mamá reparte bendiciones. Novelas con susurro de tiple y olor de yerbabuena. Qué esperanza… Tu y yo lo comprendemos, por eso lo admiramos. Porque es un pobre sufridor de sentimientos; porque se apostó todo a la literatura y no dejó nada para reírse de sí mismo. Por eso está jodido, y yo lo estimo suficiente para no tenerle piedad… Olvidemos pues sus ofensas; en ellas se consuela, le dan una vaga razón de ser… Permitámosle que tenga razón, que nos injurie y nos abomine si eso lo desahoga. A los nadaístas no nos disminuye su parroquial grandeza. Apliquémosle los santos óleos y que sea inmortal. Él vive para la gloria literaria”.

La carta resume bien nuestra relación, pero Gonzalo extrae un corolario, y nos invita a estar vigilantes, a no dormirnos sobre nuestros pobres laureles de adormidera, a estar conscientes de nuestros límites, y sobre todo, a la lucidez de no consentir la literatura como el fin de la vida. Y pido perdón por la extensión de la cita y por la crueldad que emana, unida a una inmensa ternura por el amigo lejano, pero amigo a pesar de todo.

Manuel Mejía fue sobre todo un poeta apreciable, un gran poeta, puesto que fue capaz de escribir esta décima:
Llovían cielos nublados
por las selvas del Chocó;
llovía tanto, que yo
tuve los ojos mojados.
En esos tiempos llorados
nunca de llanto se hablaba
aunque la pena sobraba
con tan húmedo rigor,
que no sabía el amor
si llovía o si lloraba.

Eso me basta para querer a Manuel a pesar de lo que encontramos en él reprensible desde nuestra orilla del mundo, y nuestra orilla del tiempo.

 

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Mi vida como sospechoso

por LUIS MIGUEL RIVAS • Ilustración de Cachorro

Número 63 Marzo de 2015

Fue a finales de los años ochenta cuando descubrí que tenía cara de sospechoso. Antes ni me había enterado. Una de dos: o siempre fui sospechoso y no me lo decían y desconfiaban de mí a mis espaldas (alguna vez le pregunté a mi madre: Mamá, decime sinceramente: ¿Yo te parezco sospechoso? y ella solo contestó con un movimiento lateral de la cabeza, sin ningún énfasis ni apoyo verbal), o fue precisamente en esa época de finales de los ochentas de la que les hablo, cuando eclosionó en mí, sorpresiva e irremediablemente, esta extraña condición de presunto implicado, instaurando a mi alrededor un aura de suspicacia que no me abandona nunca. Soy el que siempre sacan de la fila para una requisa exhaustiva, el que arrastra tras de sí a los vigilantes en los supermercados, el único del grupo al que la autoridad le pide los documentos, a quien los de la aduana le revisan con jeringa la caja de aguardiente, al que apuntan todos los indicios del jarrón quebrado, el terrorista que no lo sabe, el supuesto ladrón. El culpable a priori. A tal punto y desde hace tanto tiempo que he terminado identificándome con esa condición y a veces me sorprendo pidiendo disculpas a la gente por cosas que no hice e incluso por lo que ni siquiera se me ha pasado por la cabeza que podría hacer, pero que los demás están seguros que sería capaz de hacer, dada mi aura, supongo.

Esa vez de finales de los ochenta estaba en Bogotá con mi compañero de universidad William Rodríguez; nos acercábamos a las instalaciones del hoy inexistente periódico conservador La Prensa (en cuya desaparición, aclaro, no tuve nada que ver) para conocer cómo funcionaba un diario capitalino, y con base en esa información preparar una exposición para la clase de periodismo. Llevábamos nuestros morrales con las cámaras fotográficas y un estuche largo con el trípode, que yo cargaba en bandolera; nos dirigíamos contentos, casi con pasos saltarines, a la sede de semejante templo de la objetividad periodística, cuando un tipo de cachucha cruzó por nuestro camino con un radioteléfono pegado a la boca y dijo algo en clave mientras nos miraba. Seguimos caminando sin comprender y sin darle importancia cuando apareció un carro lleno de policías que se tiraron del vehículo como si estuvieran desembarcando en Normandía y nos gritaron: “¡Quietos!”, como si hubiéramos acabado de robar un banco. Dijeron que tiráramos nuestras cosas al suelo y levantáramos las manos. Nos miraban con prevención y rabia (y en el fondo de sus ojos parpadeaba la satisfacción de haber materializado sus innumerables terrores abstractos en las figuras de dos pobres diablos concretos). Cuando comprobaron que a pesar de ser jóvenes, hablar paisa y llevar un estuche largo en bandolera no éramos dos de los sicarios que Pablo Escobar estaba mandando cada tanto a Bogotá para matar personas poderosas y hacer atentados, se tranquilizaron (y en el fondo de esa tranquilidad había como una decepción) y nos dejaron ir. El impacto fue tan fuerte que es la situación que más recuerdo en mi carrera como sospechoso. Fue en ese momento cuando me hice consciente de mi condición. Pero el asunto venía de antes.

Previo a mi viaje a Bogotá hubo una época en la que la policía hacía redadas en Medellín para levantar jóvenes. No era sino que usted fuera joven y caminara por la calle y ya era sospechoso. A unos amigos y a mí nos levantó la policía una vez y nos llevaron a una pesebrera que había pertenecido a los Ochoa. Esa noche el local que había servido para domar caballos estaba repleto de jóvenes y jóvenes y jóvenes, apiñados como bestias, detenidos por no tener más edad. Es que Pablo hizo la guerra a punta de jóvenes. Matándolos, mandándolos a matar y mandando a que se mataran entre ellos. ¿Cómo sería esto hoy en día si todos esos jóvenes no se hubieran muerto? (En el otro mundo debe haber un barrio que se llama Medellín sin tugurios… y sin jóvenes). En esa época el gobierno les tenía mucho miedo a los muchachos de Pablo y por ellos chupábamos todos. Todos éramos sospechosos. Y en realidad cualquiera de nosotros podría haber hecho lo peor o podría llegar a hacerlo. Todos éramos lo mismo por muy distintos que fuéramos. Varios amigos míos se volvieron sicarios o mafiosos. Yo también hubiera podido porque yo también era ellos. Pero la verdad fue que nunca me ofrecieron. Habría aceptado esa única oportunidad que teníamos los chicos de mi contexto para rasguñar un poco de autoestima y respeto y arrebatarle una pizca de sentido a una vida que no nos pertenecía. Pero creo que no me vieron cualidades. O sea que yo no fui mafioso fue por falta de oportunidades.

Años después, pasado el 2000, hubo una época en la que los policías de Envigado se enamoraron de mí. Iba, por ejemplo, caminando por una calle, absorto en mis audífonos, y un dedo en el hombro me hacía detener y dar vuelta para encontrarme con un policía que se disponía a pedirme papeles y requisarme; estaba sentado en el parque principal del pueblo, tranquilo en medio de la multitud, y aparecía una patrulla de la que se bajaban dos policías avanzando con determinación y firmeza hacia el lugar específico en que yo me encontraba, para pedirme papeles y requisarme; me estaba comiendo un helado y llegaba un agente a pedirme papeles y a requisarme; volvía a casa por la noche y aparecía un policía a pedirme papeles y a requisarme.

Terminé acostumbrándome a las requisas hasta el punto de extrañarlas. Una noche iba caminando por esa acera larga que hay entre la estación Envigado y el Éxito y vi que una moto de la policía se detenía delante de mí, a unos cinco metros; mientras los agentes se bajaban llegué a su lado, levanté las manos y me dispuse a la rutina. Pero los policías no me determinaron. Esperé con las manos arriba para salir de una vez del asunto, pero voltearon y me miraron extrañados.

—¿Qué le pasa pelao? —me dijo el policía bajito y churrusco que venía manejando la moto.

—¿No me van a requisar?.

—¡¿Usted fue que se engüevonó o qué?! ¡No ve que estamos haciendo un retén! ¡Muy gracioso maricón! ¡Te abrís, te abrís! —gritó el otro.

Me abrí. Caminé hasta mi casa sintiéndome, por primera vez en mucho tiempo, liviano, puro, inocente, fuera de sospecha. Esos policías iban a detener a otros sospechosos que andaban en carros y en motos y que no eran yo. Y me fui pensando que el enamoramiento de los policías no era exclusividad mía sino patrimonio de un sector de la sociedad representada por los ciudadanos que no tenían plata o poder o un patrón poderoso y que por alguna señal externa (la ropa, el aire descarriado, la falta de higiene, la carencia de rumbo fijo, los modos de barrio, los prejuicios del tombo), ameritaban sospecha. Cualquiera que tuviera cara de ser capaz de orinar en la calle o fumarse un bareto en un parque podría también ser un delincuente y era susceptible de ser detenido para que de pronto no lo fuera a hacer; “se lo llevaron por intento de sospecha”, decíamos nosotros. Así los policías podían gastar sus energías y el presupuesto de la Nación buscando sospechosos menores para poder dejar tranquilos a los verdaderos culpables de todo que eran los jefes de sus jefes, los dueños del pueblo y del departamento y del país, quienes jamás de los jamases llegarían a ser considerados como sospechosos porque eran ellos los que determinaban quiénes eran dignos de sospecha.

Y más atrás, mucho antes de los policías y de Pablo Escobar, la primera persona que me empezó a ver como sospechoso fui yo mismo; en los primeros años de primaria, en el colegio La Salle, por intermedio del hermano Horacio. Él nos explicaba, enfática y redundantemente, que todos nacimos siendo pecadores porque Adán y Eva habían pecado y que por tanto de entrada ya veníamos a este mundo sucios, malintencionados, merecedores de desconfianza. Y su insistencia en el asunto era casi una conminación a cultivar como virtud ese ánimo achicopalado del culpable, del perro apaleado, del sí señor agente, para que Dios y el rector del colegio y nuestros padres y el alcalde de Envigado y Pablo Escobar o cualquiera que tuviera el poder en ese momento nos quisiera más. O no nos matara.

Y si fuera aún más atrás en la historia de mi condición sospechosa tendría que ir a la historia de mi madre y a la de los padres de mi madre y esto se volvería una historia de Colombia que nos llevaría hasta los tiempos de la conquista. Lo cierto es que nunca me pude explicar por qué, si todos éramos culpables, solo había un sector de la población a quienes nos lo recordaban con tanto énfasis, hasta tatuárnoslo en el alma; y otro sector que parecía desconocer esa doctrina pero que de todas maneras la cultivaba para seguir tatuándosela en el alma a los sospechosos de siempre.

Aunque de nada me ha servido intentar comprender esas cosas porque de todas maneras me siguen requisando en todas partes. Este artículo, por ejemplo, lo empecé a escribir en mi cabeza, mientras los agentes de inmigración en el aeropuerto se tomaban su tiempo para sacar y revisar concienzudamente, una a una, las cosas que contenía mi maleta (descubriendo prendas que no me acordaba haber empacado y hasta encontrando cosas que daba por perdidas, como unas medias de rombos que no había vuelto a ver). Sí, después de tanta historia, a estas alturas sigo siendo el que soy sin poder ser otra cosa: el de la fila de las requisas, el foco de la mirada oblicua de los celadores, el bocadillo del policía que justifica su día, el emoticón que la gente de bien le puso a sus pavores sin nombre. Uno más de los millones de sospechosos que caminamos por las calles de las ciudades y que seguiremos siendo objeto del recelo hasta que se reconozcan los verdaderos culpables que todos conocemos.

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Francisco Zuluaga MD

El bot existencial

por ANDRÉS BURGOS • Ilustración de Iván Curtis

Número 149 Mayo de 2026

Aunque tenía claro que tarde o temprano la inteligencia artificial me iba a dejar sin trabajo y quién sabe cuántas cosas más, logré anestesiarme contra la angustia. En las conversaciones reiterativas sobre el tema, conseguí unirme más desde el asombro que desde el miedo. Ya iría viendo cómo afrontar lo que viniera.

Y no era que reservara un as bajo la manga para evitar morir de hambre. Llegado el momento, me iba a unir en la indigencia a casi todos mis conocidos. Pero como en el coro de la desgracia colectiva los dolores se reparten, surgió el efecto placebo.

Además, me quedaba el consuelo ilusorio de la dignidad. La máquina esa, la nube con voluntad, el robot pensante, o lo que fuera que fuera la IA, bien podía dejarme obsoleto y pobre, pero no se iba a robar mi corazón.

Si bien me enlisté en los batallones de usuarios, me prometí jamás perder de vista su carácter de herramienta. No importaba que su palabrería meliflua y su actuación de principiante intentaran convencerme de algo más.

Me perturbaban los usos que la gente le estaba dando más allá del aumento de la productividad o el acceso a información inmediata. Y no hablo de los videos en los que un perro salva a un bebé de ser atropellado por un camión para luego delatarse como Jesucristo. Nadie que tenga corazón se puede resistir al heroísmo de un golden retriever.

Lo que me molestaba, y contra lo que juré luchar en mí, era la tendencia, preocupante por lo masiva, a convertir la máquina en un interlocutor válido para las conversaciones personales. Depositar tanta confianza en un modelo de lenguaje delataba vacíos, soledades e inseguridades que me dejaban metido de cabeza en un pozo de melancolía.

No negaba las alternativas maravillosas de creación que se asomaban en el nuevo panorama. Ya seguía en Instagram los videos de Kelly Boesch sin importar que su música y sus animaciones estuvieran generadas por IA. Siempre he admirado el talento que aprovecha las nuevas tecnologías. A cierta distancia, claro está.

Era la distancia que conseguía mantener con un par de temazos de Jardín Psicodélico, la banda inexistente que ya había visto dejar confundidos, y preocupados, a varios músicos talentosos y de buen paladar. Compartí el aplauso por la arquitectura de sus canciones, pero no llegué a conmoverme. El virtuosismo del producto artificial carecía de ese ingrediente intangible e inherente a las cosas que me hacían vibrar de verdad: el alma.

Me pasaba igual con la narrativa. En la escritura, pronto quedaban en evidencia la asepsia reiterada, el formulismo, el humor plástico y la taxonomía mecánica de la información. Y en el terreno audiovisual, no bastaba con la oferta de escenarios antes imposibles o la clonación de actores. Faltaban los elementos volátiles, no pocas veces contradictorios, que dan sabor a las historias más allá del argumento. Lo esencial, por indefinible, rehuía la estandarización.

Aunque no pudiera señalarlo específicamente, sabía que lo humano era algo más. Tenía el ojo entrenado. El músculo de mi filtro se había fortalecido con años de cuestionamientos metafísicos, prácticas espirituales y lecturas de divulgación científica; aunque, últimamente, dada la falta de tiempo, el refuerzo de mi blindaje se lo había encargado a los pódcasts.

Oscilando entre la filosofía y la autoayuda, la radio reinventada me ofrecía conversaciones sobre la búsqueda de sentido con la seriedad, el humor y la liviandad que requerían los momentos previos al sueño. Por esta vía llegué al mejor orador que había oído últimamente y que me recordaba a divulgadores legendarios como Alan Watts, Terence McKenna y Ram Dass, pero en español.

Lo que no sabemos era un pódcast que compilaba temas que me apasionaban últimamente: budismo, Jung, salud mental, un toque de política y los aspectos digeribles de la mecánica cuántica. Sus disquisiciones iluminaban los caminos, a menudo oscuros, de un cincuentón con tendencia a preguntarse el porqué de su paso por este mundo.

Encandilado por el hechizo, compartí con gente cercana un par de episodios y el entusiasmo se contagió. Puedo dar fe de que se revitalizaron las discusiones con los amigos que pasaron por el pódcast. Habíamos encontrado en el presentador un ensayista radial que nos tocaba la fibra. Comentábamos sus reflexiones con el mismo entusiasmo que hasta entonces les deparábamos a las series icónicas de las plataformas.

Y como si se tratara de una de esas historias por entregas, me embarqué en una maratón de consumo. El nivel de interés no disminuyó con la acumulación de capítulos, pero de repente una sombra empañó el disfrute. La sospecha empezó a colarse porque algunas acentuaciones de Javier, el anfitrión, enrarecían su acento, que ahora, viéndolo en retrospectiva, si bien sonaba español no se prestaba para ningún arraigo concreto. También estaban la repetición de algunas fórmulas sintácticas y la producción casi compulsiva de material cuya complejidad habría requerido otro ritmo.

Cuando busqué información sobre Javier, que no usaba apellido, ni siquiera en el libro que promocionaba en la biografía del pódcast, no hallé más que los enlaces que llevaban a los archivos de audio. Aparte de una foto, demasiado prístina y convencional, no existía otra imagen suya y…

Mierda. Le había empeñado mi corazón a una inteligencia artificial. Yo, que posaba de ir por el mundo con el espíritu crítico por delante, ahora me equiparaba a la gente que usa la IA como sicólogo, amigo, confidente, proyecto amoroso u oráculo. De aquellos a quienes miraba por encima del hombro si acaso me separaba un leve matiz en el perfil. Había acudido a un gurú diseñado por el algoritmo.

No lo calificaría de pérdida de tiempo porque el contenido era realmente valioso y me seguía gustando oírlo, pero, tras bambalinas, lo único que se asomaba era un prompt inteligente y una combinación estadística. Y dolía porque el producto me había puesto a palpitar como un adolescente en su primer amor. Me había alimentado —con gozo, para acabar de ajustar— de una programación que no tenía alma. Era como nutrirse enteramente de proteína en polvo.

El golpe me dejó más aturdido de lo que hubiera imaginado, precisamente por las mismas razones existenciales en las que se apoyaba mi afinidad con el pódcast. Sufrí un tipo de despecho que no conocía: el de haber depositado la confianza en el vacío. Tal vez era el primer paso en la aceptación de que estaba listo para ser regido por una máquina. Quizá había llegado el momento de entregar el control y aprender a hornear brownies o pegar ladrillos.

En medio del desconcierto, me sentí incapaz de plasmar en un texto las consecuencias del embaucamiento. No sabría decir si quien lea esto consiga compartir la desazón de haberle entregado tu buena fe a un ente sin cara, sin historia y sin sangre. Un dios reciente del que tenemos evidencia de cada paso de su invención.

La impotencia derivada del desconsuelo me privó incluso de la fuerza para escribir al respecto. Tuve entonces que pedirle el favor a Gemini de que lo hiciera por mí y ofrezco disculpas de antemano. Quien lea esto seguramente no encontró los elementos volátiles, no pocas veces contradictorios, que dan sabor a las historias más allá del argumento.

Sin embargo, aspiro, con la esperanza de que no sea demasiado pedir, a un poquito de empatía y permisividad con mi angustia intermediada. Nunca se sabe, a veces uno está para un batido de proteína en polvo.

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De capos y capitanes

por PASCUAL GAVIRIA

Número 149 Mayo de 2026

La pelota no se mancha, pero se empaña, se vende, se ubica en el ángulo conveniente, se chuza, se utiliza para ganar más allá de las páginas deportivas. Dictadores, mafiosos, presidentes, directivos y jugadores han sacado la pelota del rectángulo para convertirla en discurso y telón, saben muy bien que el fútbol es el pan de cada día y la política es el circo de temporada. Dejamos unas cuantas historias cargadas de goles y dolores.

1934, versión de Mussolini del afiche del mundial de Italia 34.

1928. El de la honrilla

El fútbol samario tiene una gran historia con la camisa de Colombia. La antorcha del Pibe ilumina la lista a la que se suman Falcao García, el Pitufo de Ávila, Eduardo Emilio Vilarete, Didí Valderrama, Aldo Leao, Jorgito Bolaño y los pioneros Carlos Arango, quien marcó para Colombia el primer gol en eliminatorias mundialistas, y Rafael Gabino, que vistió la tricolor con solo 16 años. Pero la Historia con mayúscula de los jugadores samarios tiene que ver con un triunfo por partida doble. En 1928 un grupo de futbolistas reclutados en colegios de Santa Marta viajó a los primeros Juegos Olímpicos Nacionales en Cali. La región afrontaba la huelga de cerca de veinte mil trabajadores de la United Fruit Company que controlaba desde hacía una década la exportación de banano en Colombia. Se pedían condiciones de higiene en los campamentos, el fin del pago con vales para comprar en los comisariatos y la contratación directa por parte de la empresa. Las demandas de los trabajadores terminaron en la Masacre de las Bananeras: el 6 de diciembre los soldados dispararon contra los obreros y provocaron la muerte de cientos de ellos. La cifra nunca fue clara, El Espectador habló de cien muertos, mientras en los debates políticos de la época se habló de una tragedia aún mayor.

Mientras tanto el equipo de los samarios triunfaba en Cali contra todo pronóstico. Los jugadores volvieron invictos con el título luego de vencer 2-0 a Barranquilla en el partido final. Fueron recibidos como héroes en Santa Marta, los pelaos del viento y la arenilla había vencido a la gente de la grama. Al llegar, ya en febrero del 29, vinieron los bailes y desfiles en honor a los sorpresivos campeones. El general Carlos Cortés Vargas ofreció una gracia para los jóvenes, quienes no dudaron en pedir la libertad para algunos de los huelguistas que estaban detenidos en Ciénaga.

El cierre de la gesta samaria queda para la oratoria de Jorge Eliécer Gaitán: “En Bogotá se encuentra el equipo de futbolistas samarios y ellos no me dejarán mentir. Cuando estos bravos muchachos llegaron, después de haber vencido en Cali, el señor Cortés hizo festonar la ciudad (…) Este señor les dijo entonces a los futbolistas ‘pedid una gracia’. Los generosos muchachos comprendieron que podían salvar algunas de las víctimas y demandaron la libertad de los prisioneros, la cual les fue concedida”.

Italia 34. Los de negro

Días antes del comienzo del torneo, Mussolini se reunió con el entrenador italiano, Vittorio Pozzo, para advertirle: “Usted es el único responsable del éxito, pero que Dios lo ayude si llega a fracasar”. Il Duce, cual DT en el vestuario, también apretó a los jugadores. Mussolini pensaba en el mundial como una demostración obligatoria del poderío fascista. Pero ni el grito de ¡Forza Azzurri! de los Camisas Negras ni la amenaza de Mussolini fueron suficientes. Un árbitro belga y uno suizo hicieron la tarea para que Italia eliminara a España en cuartos de final: el primer juego terminó 1-1 y fueron a prórroga para confirmar el empate, no existía la definición por penaltis y el partido de desempate se programó para el día siguiente. Italia 1-0 con Mussolini vigilando en la tribuna. Siete españoles molidos a patadas no pudieron jugar el segundo partido luego de la llamada Batalla de Florencia. En los dos juegos le anularon tres goles a España, su arquero, el Divino Zamora, terminó con las costillas quebradas, se vio a los jueces de línea presionando al juez para validar un gol azzurro. Los italianos celebraron el triunfo con el saludo fascista en la mitad del campo y los españoles hicieron lo mismo señalando al juez suizo, a quien su federación le quitó el silbato de por vida. La política había debutado en la cancha de la manera más brutal. Italia ganó el título luego de vencer 2-1 a Checoslovaquia ante cincuenta mil hombres y Mussolini en el estadio del Partido Nacional. El árbitro sueco hizo obediente el saludo fascista antes de iniciar el juego. Todo estaba dicho. Cuatro argentinos y un brasilero nacionalizados celebraron el título. Aunque parezca increíble a Italia la reforzaron San Lorenzo, Gimnasia, Estudiantes e Independiente. Mussolini le había dictado cátedra a Hitler para los Olímpicos de 1936.

Francia 38. Perder es vivir un poco

Argentina fue el único país que presentó la candidatura por América. Los gauchos confiaban en su elección como sede porque el anterior mundial había sido en Europa y se había acordado la alternancia entre estos dos continentes. Sin embargo, el ambiente político del momento y un homenaje al francés Jules Rimet, presidente de la Fifa, derivaría en la sede para Francia y la ausencia de todos los países americanos en solidaridad con los argentinos. Por este lado del mundo solo asistió Brasil, no muy solidario con su eterno rival, y Cuba… Sí, Cuba que solo encontró quince jugadores de los veinte reglamentarios, al final fue saludo y despedida para los isleños. No había un lindo clima deportivo: Austria, que había clasificado, fue anexionada por Alemania y perdió su cupo por W. Italia jugó con uniforme completamente negro su partido de cuartos contra el anfitrión, los Camisas Negras metían miedo. Un detalle deja ver que no todo era muy ortodoxo: Suecia fue cuarta con un partido ganado (8-0 frente a Cuba) y dos perdidos. Una Italia silbada en todos los estadios, Mussolini no era popular en Francia, fue campeona tras ganar todos los juegos. “Vencer o morir”, decía el telegrama de Mussolini al técnico italiano antes de la final con Hungría. Fue triunfo 4-2 para Italia y el arquero húngaro fue elocuente al llegar a Budapest: “Nunca en mi vida me sentí tan feliz por haber perdido. Con los cuatro goles que me hicieron, salvé la vida a once seres humanos”. En casa esperaban ocho mil liras para cada jugador italiano. Mussolini acababa de inaugurar el “plata o plomo”.

1938, selección de Alemania haciendo el saludo nazi en el mundial de Francia.

1948. Del Bogotazo al pitazo inicial

La intriga entre ligas y clubes, la duda metódica entre aficionados y profesionales, el ser o no ser entre diversión y obligación había terminado, llega el momento del carné y el cheque a fin de mes.

Cuatro meses después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán comenzaba el rentado profesional colombiano que pasó muy rápido de la camisa descuellada al frac de los más grandes del mundo.

Medellín fue la ciudad que más equipos propuso para la fundación de la División Mayor del Fútbol Colombiano: el Medellín F.B.C., el Atlético Municipal, el Huracán y el Victoria harían parte de los trece clubes que se presentaron el 26 de junio de 1948 en la ciudad de Barranquilla.

El primer partido profesional se jugó el 15 de agosto de 1948 a las 9:15 de la mañana, en la cancha del hipódromo San Fernando de Itagüí. Se enfrentaron el Atlético Municipal (hoy Atlético Nacional) y Universidad de Bogotá. Pocos aficionados madrugaron para el primíparo encuentro. El fútbol era apenas el preliminar de las carreras de caballos.

Independiente Santa Fe se coronó primer campeón por encima de Millonarios que era el gran favorito. Municipal ocupó el quinto puesto y Medellín fue el séptimo entre los diez participantes. Tocaron la cancha 222 jugadores y treinta se quedaron calentando. De los futbolistas que se inscribieron 182 eran colombianos, trece argentinos, ocho peruanos, ocho costarricenses, cinco uruguayos, dos chilenos, dos ecuatorianos, uno dominicano y uno español.

El primer gol lo marcó el antioqueño Rafael Serna del Atlético Municipal de tiro penalti, a los quince minutos del primer tiempo. No sabemos si cobró como un 10 o como un 2. Las camisetas solo tenían el número de la talla.

1978. Goles de camerino

Desde comienzos de los setenta los kepis militares mandaban en varios países de América Latina: Argentina, Chile, Paraguay y Perú tenían los uniformes más brutales. Estados Unidos alentaba el plomo y las torturas por medio de la Operación Cóndor, una de sus estrategias anticomunistas.

Jorge Rafael Videla llegó al poder en Argentina en 1976 cuando la sede del mundial ya era un hecho desde hacía al menos una década. Amnistía Internacional denunciaba la desaparición de 365 personas desde el inicio del golpe militar hasta enero de 1977. Videla tenía claro que la fiebre albiceleste podría cubrir los crímenes de la dictadura. Fillol, Passarella, Ardiles, Kempes y los demás de la legión albiceleste harían con la camisa el trabajo para que el uniforme no se manchara. En el 78 la dictadura tenía cierto apoyo en la opinión pública y la fascinación futbolera ayudó a que el fascismo tuviera soporte y conservara el poder hasta 1983. El titular de la revista Extra, luego del título argentino, mostraba la idea de que el país había demostrado su valía frente a los señalamientos internacionales: “REALIDAD ARGENTINA: 6 – LA CALUMNIA: 0”.

Pero el verdadero 6-0 fue el resultado que selló el partido Argentina vs. Perú en Rosario, en el Gigante de Arroyito, el 21 de junio de 1978. Argentina tenía que ganar por una diferencia de al menos cuatro goles para pasar en el grupo B por encima de Brasil. El dictador Videla visitó a Perú en el camerino antes del partido para desearle suerte y leer un mensaje del dictador peruano, el general Morales Bermúdez, sobre la hermandad entre los dos países. “Videla entró al vestuario con el secretario de Estado de Estados Unidos, Henry Kissinger, supuestamente a desearnos suerte. ¿Qué tenían que hacer ahí?”, dijo el jugador peruano José Velásquez quien un año después jugó en Medellín.

Juan Carlos Oblitas, una de las figuras de los peruanos, dijo que el partido “no fue normal” y varios jugadores dijeron años después que al menos seis compañeros se habían dejado untar. También hubo donaciones de trigo del gobierno argentino al Perú luego del mundial. Para la época era bien favorable la tasa de cambio trigo/goles. La figura del partido fue Ramón ‘el Chupete’ Quiroga, el arquero peruano nacido en Argentina. Quiroga dice que no se vendió y señala al árbitro por dos goles en supuesto fuera de lugar. También ha señalado a dos compañeros que fueron más atacantes argentinos que defensas peruanos. Lindo ambiente laboral. Desde ese día Quiroga, al que también llamaban el Loco, pasó a llamarse Ramón ‘se hizo el loco’ Quiroga.

Argentina fue campeona en la final frente a Holanda y la dictadura llamó a la unidad nacional. El Flaco Menotti, técnico argentino, celebró con el pucho de la vida apretado entre los labios luego de dejar a Maradona, de 17 años, por fuera de la convocatoria.

Se ha dicho que Johan Cruyff no fue a Argentina por rechazo a la dictadura, sin embargo fueron motivos personales los que lo llevaron a renunciar a la selección. Paul Breitner, legendario 5 alemán, fue quien de verdad se negó a acompañar el mundial de Videla. Se recuerda además el gesto del arquero sueco Ronnie Hellström, quien se fue a acompañar a las Madres de la Plaza de Mayo el día de la inauguración.

1978, afiche en contra de la dictadura argentina, boicot a la copa del mundo.

1982. La gambeta de Belisario

Luego de catorce años de la elección de Colombia como sede del mundial y de la leyenda en el tablero electrónico de la final de Madrid en 1982, “nos vemos en Colombia 1986”, el presidente Belisario Betancur anunciaba la renuncia de Colombia a ser anfitrión mundialista: “Anuncio a mis compatriotas que el Mundial de Fútbol de 1986 no se hará en Colombia, previa consulta democrática sobre cuáles son nuestras necesidades reales: no se cumplió la regla de oro, consistente en que el Mundial debería servir a Colombia y no Colombia a la multinacional del Mundial. Aquí tenemos otras cosas que hacer, y no hay siquiera tiempo para atender las extravagancias de la FIFA y de sus socios. Y García Márquez nos compensa totalmente lo que perdamos de vitrina con el Mundial”.

Colombia era el nuevo Nobel del balón.

1982, declinación de Colombia para ser sede del mundial del 86. El Tiempo.

1983. La mejor defensa es el ataque

Rodrigo Lara Bonilla: “El narcotráfico está infiltrado en la política y el fútbol”. Era 1983, cuando mencionó sin titubear a Atlético Nacional, Millonarios, Santa Fe, Deportivo Independiente Medellín, América de Cali y Deportivo Pereira. Luego, cuestionó la curul del representante a la Cámara suplente Pablo Escobar, a quien acusaba de haber recibido dineros de la mafia. A los pocos meses, en abril de 1983, con tan solo 39 años, Lara Bonilla fue asesinado por un sicario adolescente con la complicidad de agentes del Estado. El fútbol estuvo presente en el primer magnicidio del narcotráfico en Colombia. Al año siguiente Escobar y otros capos pidieron a los hermanos Rodríguez Orejuela armar una huelga futbolera como presión al gobierno. Los caleños, dueños de América, rechazaron la propuesta de punta y pa arriba: “Olvídelo, Pablo, recuerde la plata que deja el fútbol y los compromisos que tenemos con patrocinadores y medios”. El América tenía una banda digna de los Rodríguez: los paraguayos Roberto Cabañas, Juan Manuel Battaglia y González Aquino, los argentinos Ricardo Gareca, Julio César Falcioni y al gran Willington Ortiz. Sin contar que le habían sacado a Herrera y Sarmiento a Nacional. Billete era lo que había. El oscuro Segundo Dorado había llegado. Gonzalo Rodríguez Gacha era el “director operativo” de Millonarios. Octavio Piedrahíta era el duro del Pereira. Los narcos pagaban muchas nóminas. El chiste de la época era diciente: “Vos de qué mafioso sos hincha”.

1983, Pablo Escobar en el estadio Atanasio Girardot. Fotografía de Iván Restrepo, Archivo BPP.

1985. Colombianos al exterior

Había comenzado la guerra de los narcos contra el Estado y el primer extraditado fue Hernán Botero Moreno, máximo accionista de Nacional entre 1962 y 1983. Se le acusó de lavado de dinero cuando el delito no existía en Colombia. Fue más una medida simbólica que un golpe a la mafia. Octavio Piedrahíta, uno de los nuevos dueños de Nacional, moriría asesinado tres años después en Medellín. La plata de los narcos seguía acompañando las nóminas, fue el tiempo del “otro Dorado”. Nóminas nacionales con grandes figuras de Suramérica, hombres de camisa de selecciones nacionales se pusieron de nuevo las casacas criollas.

1986. Justicia con la divina mano

El árbitro Ali Bennaceur venía de pitar la final de la Copa África entre Egipto y Camerún en marzo de 1986. Ese día, en El Cairo, el tunecino tomó una difícil decisión: “Fiel a mis principios, anulé un gol a los anfitriones por una falta sobre el portero camerunés N’Kono. El estadio estaba hirviendo de fervor. Me sentí como atrapado en una jaula y por primera vez tuve miedo por mi vida”. Al final los locales ganaron por penales. Pero Bennaceur no sabía la prueba que tendría el 22 de junio en el estadio Azteca. Sabemos que tomó la decisión correcta. El fútbol necesita un poco de mito.

Las Malvinas eran protagonistas antes del juego, preguntas de los periodistas, recuerdos, venganzas. Maradona cerró el tema bélico con una mentira: “No, no, no, es solo fútbol y punto”.

Los dos capitanes, Peter Shilton y Maradona, se dieron la mano en el círculo central antes del inicio del juego por cuartos de final. A los 61 minutos los puños definirían el juego y la historia. El puño izquierdo agazapado de Maradona, el puño derecho tardío de Shilton. Un metro sesenta y cinco venció a un metro ochenta y tres. “Shilton ya la tenía en las manos y yo dije ‘esta es mía papá’”, recordó Maradona años después. Jorge Valdano, el goleador de aquella selección, dijo que Maradona lo había hecho en algunos entrenamientos. ¿Qué había pasado? “Pude sentir alguna duda en la celebración de su gol, y lo insinuó cuando nos abrazamos. Dijo: ‘Para el saque inicial, rápido’”, dijo Valdano. Shilton tampoco supo que lo habían birlado con delicadeza. “Nació La mano de Dios, Maradó, Maradó…”.

Bennaceur, por supuesto, culpa a Bogdan Gotchev, el línea búlgaro, que estaba frente a la jugada. El hombre duerme el sueño de los justos desde 2017. El asistente por su parte dijo que no podía contradecir al árbitro. Los cuatro jueces recibieron una camisa firmada por el Diego después del partido. Merecían algo más.

Cuatro minutos después, Maradona saldó la deuda con su corrida desde medio campo, doce toques, diez segundos y cinco rivales regados. Esta vez con la zurda. El descuento de Gary Lineker llegó a los 81 minutos y Argentina se defendió hasta con el Narigón Bilardo. Al terminar, en el túnel, el volante inglés Steve Hodge le pidió a Diego cambiar las camisetas, el argentino aceptó con desapego y Hodge se llevó la derrota y un tesoro.

En la zona mixta rodeado de micrófonos vino la tercera genialidad: “Un poco con la cabeza de Maradona y otro poco con la mano de dios”. También los eludió a todos.

1986, La mano de Dios en el mundial de México. Archivo particular.

1989. Final, final, final, no va más

El 15 de noviembre de 1989 fue asesinado a sus 32 años en Medellín el árbitro cartagenero Álvaro Ortega. Ese domingo había sido juez de línea número 1 del partido Medellín-América, que con los dos equipos ya eliminados terminó con empate sin goles. Tres semanas atrás Ortega dirigió el mismo duelo en Cali y fue criticado por supuestamente beneficiar al cuadro escarlata que terminó ganando 3-2. El año anterior había sido secuestrado el árbitro Armando Pérez y liberado después de veinte horas con un mensaje para los árbitros: “Al árbitro que pite mal, lo borramos”. Ortega recibió amenazas telefónicas esa misma tarde y les dijo a sus compañeros que después del partido les contaría de la llamada. Fue asesinado a las once de la noche en el Centro de Medellín cuando caminaba al hotel acompañado de Jesús ‘Chucho’ Díaz, el mejor árbitro colombiano del momento: “Apártese, Chucho”, gritó el sicario antes disparar la ametralladora. Esa misma noche Díaz se retiró del fútbol con una frase contundente: “No han matado un árbitro, sino a dos”. El torneo se canceló y el título de declaró desierto. Las versiones hablaron de apostadores ligados a la mafia e incluso de Pablo Escobar como culpable del crimen. Así terminaba el terrorífico 1989 que había dejado la masacre de La Rochela, el asesinato de Galán, la bomba contra El Espectador, el asesinato del comandante de la policía en Antioquia y 88 bombas en todo el país. Veinte años después de la muerte de Ortega, el fiscal 176 de Medellín archivó la investigación. La mayoría de los clubes colombianos estaban pasando de los mafiosos de primera plana a sus testaferros y socios ocultos.

1994. Tragedia tricolor

Colombia era la sorpresa mundial. Jugaba un fútbol en desaparición, tenía jugadores que ya cobraban en Europa, venía de golear a Argentina y había perdido un juego de sus últimos 39. “Colombia es mi favorita para ser campeona del mundo”, dijo Pelé meses antes del mundial y nos sentenció. Todos nos creímos el cuento, Colombia era trasteada como un circo ambulante, jugó veintiún partidos amistosos antes del mundial y la concentración en Barranquilla se parecía al reinado en Cartagena.

Pero todo terminó en tragedia. Solo Colombia podría tirar un manto tan negro sobre la eliminación de un mundial.

Corría el minuto 34 del primer tiempo del partido que enfrentaba a las selecciones de Estados Unidos y Colombia en la primera fase del mundial de Estados Unidos 1994. Aquel 26 de junio de 1994, más de noventa mil espectadores presentes en el estadio Rose Bowl de Los Ángeles, California, vieron cómo el ‘Caballero del fútbol’, como se le conoció al defensa Andrés Escobar, anotó un gol en su propia portería, defendida por el arquero Óscar Córdoba. El partido terminó 2-1 a favor de los norteamericanos, después de que consiguieran ampliar la diferencia en el minuto 52 por medio de Stewart. El descuento del equipo colombiano llegó en el minuto 90, gracias a Adolfo ‘Tren’ Valencia. Previamente, en su primer partido en el certamen, Colombia había caído con Rumania 3-1. En el tercer y último choque, ante Suiza, Colombia se impuso 2-0. Días después de la llegada de la selección al país, en la madrugada del 2 de julio de 1994, el zaguero Andrés Escobar Saldarriaga, quien en ese momento tenía 27 años, recibió doce impactos de bala en el parqueadero del estadero El Indio, de la ciudad de Medellín, ubicado en la vía Las Palmas. La investigación de las autoridades dio como resultado la captura del autor material del asesinato, Humberto Muñoz Castro, quien fue condenado por homicidio agravado y falsa denuncia a 43 años, dos meses y quince días de prisión el 4 de octubre de 1995. Seis años más tarde, en 2001, la pena fue modificada, según la ley, a veintiséis años, cinco meses y quince días. En octubre de 2005 un juez de Medellín le concedió la libertad condicional después de once años tras las rejas, había purgado tres quintas partes de la pena.

Detrás del asesinato estaban los hermanos Pedro y Santiago Gallón Henao, narcotraficantes que sonaron durante tres décadas en el país. Fueron condenados a quince meses por encubrir el homicidio cometido por su conductor. Santiago Gallón fue asesinado en México en febrero del 2026.

El 29 de junio, cuatro días antes de su asesinato, Andrés Escobar había escrito una columna para el diario El Tiempo que terminaba así: “Pero, por favor, que el respeto se mantenga… Un abrazo fuerte para todos y para decirles que fue una oportunidad y una experiencia fenomenal, rara, que jamás había sentido en mi vida. Hasta pronto porque la vida no termina aquí”.

1994, titular de El Colombiano, funeral de Andrés Escobar, Archivo Sala Antioquia – BPP.

2015. En el área penal

El 27 de mayo de 2015 siete altos directivos de la Fifa fueron detenidos en el hotel Baur au Lac en Zúrich. Todo estaba listo para el congreso número 65 de la federación donde se reelegiría a Joseph Blatter como presidente. Una investigación del FBI y el Departamento de Justicia de Estados Unidos los acusaba de recibir cerca de 150 millones de dólares en sobornos para entrega de derechos de televisión, patrocinios y sedes de eventos. Blatter fue reelegido.

La historia era larga, desde los tiempos del brasilero Joao Havelange como presidente de la Fifa se hablaba de sobornos en la Conmebol y la Concacaf. Eran al menos veinticuatro años de juego sucio. En 2010 la BBC transmitió un reportaje sobre posibles sobornos por más de cien millones de dólares. Tres días después se otorgaron las sedes de los mundiales de Rusia 2018 y Qatar 2022. Nunca se habían otorgado dos sedes en una misma fecha. Fue una promoción dos por uno. La presión sobre la BBC para aplazar la publicación del informe llegó hasta del primer ministro David Cameron.

Pero en 2015 ya los rumores y las pruebas periodísticas eran acusaciones legales. Siete presidentes de las federaciones de la Concacaf terminaron condenados, al igual que los presidentes de las federaciones de Ecuador, Bolivia, Chile, Colombia, Uruguay, Brasil y Perú. También dos expresidentes de Conmebol terminaron en la cárcel, entre ellos el dinosaurio paraguayo Nicolás Leoz.

El 2 de junio Joseph Blatter renunció a la presidencia de la Fifa. Terminaban más de cuarenta años de trabajo en la federación con catorce altos funcionarios acusados de fraude, pago de sobornos y lavado de activos. La chequera sí se mancha.

*Estos hechos históricos son una selección de la Cronología del balón, que también hace parte de Campo en Juego: Fútbol, vida, barrio, una exposición organizada por la Universidad EAFIT con la investigación y curaduría de Universo Centro.

2015, renuncia de Joseph Blatter después del escándalo de la Fifa.
Foto tomada de cnnespanol.cnn.com.

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La misma vuelta

EDITORIAL

Número 149 Mayo de 2026

Las elecciones presidenciales de 2026 resultaron ser un simulacro caricaturesco de la primera vuelta del 2022. El candidato de la izquierda emociona por interpuesta persona, calla lo que su jefe clama. El presidente Petro agita y Cepeda dormita. El candidato del Pacto ha leído 154 discursos en plazas públicas del país, alentados por 1.540 trinos del presidente. Es paradójico que el candidato del sopor despierte tanto fervor. El progresismo, después de anunciar el cambio y sostener gran parte de las mañas de la política tradicional, confirma que la palabra no pierde vigencia. Se sustenta en esa misma esperanza y en la queja del bloqueo institucional. En la campaña de 1998, Andrés Pastrana cantaba “el cambio es ahora”, la palabreja es bien manida, al Petro de hoy solo le queda decir “el cambio es después” y entregarle a Cepeda la espada envainada y, posiblemente, el país embargado.

Pero no todo es un calco borroso del 2022. El Pacto tiene sus líneas bien reteñidas. Sigue siendo la principal fuerza política del país y creció en las votaciones al Congreso en toda la geografía nacional. Desde Salgar, la cuna de Uribe, donde pasó de 66 a 150 votos, hasta las costas del Pacífico donde parecía imposible romper el techo de su hegemonía y sumó 334.000 votos más respecto a 2022. En Antioquia el Pacto logró 180.000 votos más y así pasó por Bogotá, la Costa Atlántica y el sur del país. La izquierda descubrió las mieles del juego electoral desde el poder. La burocracia empuja y la mermelada embruja.

Por los lados de Abelardo de la Espriella la caricatura es una estrategia. El abogado encontró oficio como animador y la sacó del coliseo. Hace cuatro años Rodolfo inventó la memepolítica y casi se convierte en presidente. El encanto de las malas maneras fue su estrategia: un viejo gritón y delirante, un señor de cadena de oro y trueno en cinto, un potentado en un yate disfrazado de Bad Daddy. Abelardo le cogió la caña y jugó a ser un Rodolfo con menos canas y más ganas. Además, le sumó algo de bel canto, le puso un toque de pastor cristiano a su personaje de alias el Tigre y sus extravagancias. Rodolfo destilaba las agrieras de un setentón y Abelardo destila su ron Defensor. Pasamos del ingeniero a los ingenios del abogado. Rodolfo copiaba a Helenita Vargas mientras Abelardo imita a Shakira.

Por los lados del Centro Democrático la trillada viñeta ya se está borrando. Siempre un candidato con una sola sombra larga a la espalda. Uribe remolcando a Óscar Iván, Uribe inflando a Iván, Uribe agazapado detrás de Fico, Uribe limpiando lo que queda de su imagen a costa de Paloma. Hace cuatro años el de Uribe estaba en la fosa de su popularidad e hizo el esfuerzo de desaparecerse en campaña. Ninguneó a Óscar Iván y le entregó la responsabilidad a un Fico bendecido por buena parte del notablato. Pero Fico resultó muy pando y muy nea para ser el representante del establecimiento. La estabilidad que ofrecía no era del todo creíble y no tenía nada nuevo que entregar, se quedó en el punto medio entre el statu quo y el outsider, el punto ciego electoral. A Paloma le ha pasado algo similar: la derecha quiere menos Uribe y más entretenimiento, no busca saldar los pleitos viejos sino casar pendencias nuevas. Uribe no resistió la tentación de ser protagonista, ocho años por fuera de la tarima era demasiado y terminó borrando el mural de Paloma. Juan Daniel Oviedo se montó a la balanza del CD para intentar equilibrio, pero a la nueva derecha le pareció muy zurdo, nadie quiere matices, todo tiene que reteñirse con un solo color como en las tareas escolares. Paloma y Oviedo se gastaron su semana estelar en discusiones públicas y confundieron a sus votantes mientras Uribe se tomaba su campaña. 

De Sergio Fajardo solo vale decir que es una animación muy predecible. Un matemático que no ha podido comprender la curva electoral. Siempre gana las elecciones dos años antes de la fecha de la votación. Alguien lo definió perfectamente en X: “Fajardo puede ser buen profesor, pero como alumno es muy malo. Cuatro campañas presidenciales y no aprendió nada”. Esta vez no hubo guerra en coalición, Fajardo prefirió ir solo a su salón y los alumnos tampoco llegaron. Ahora no hubo a nadie a quién culpar… Ah, bueno, siempre queda una culpa para un país que nunca entendió sus genialidades.

Las elecciones se repiten con un poco más de rabia, un tanto menos de esperanza, una nueva amenaza en forma de constituyente, el ocaso de un mostro, el surgimiento de una farsa de papel y la izquierda mostrando su fuerza y sus vicios. 

Curso para aspirantes a Jefe Supremo

Consejos para Bibi N, Muad’dib o su caudillo fanático favorito

por NICOLÁS LOAIZA DÍAZ • Ilustración de Mario Vasconcellos

Número 149 Mayo de 2026

Lo primero que debes comprender, Bibi, es que un dictador teocrático no gobierna: interpreta. Esa es la diferencia esencial entre el tirano vulgar y el autócrata de pretensiones sagradas. El primero administra ministerios, presupuestos, pujas de coalición, índices de inflación, el fastidio mecánico de la vida pública. El segundo se presenta como lector exclusivo de un libreto sideral. Donde los demás ven hechos, él ve señales. Donde los demás ven límites, él ve pruebas. Donde los demás ven catástrofes producidas por decisiones humanas, él ve la severa pedagogía del destino. Tu primer deber, Bibi, no es mandar sino hacer creer que solo tú sabes lo que significan las cosas.

Nunca digas: “He tomado esta decisión por cálculo político”. Esa frase es terrestre, impropia de un hombre que busca aparecer ante su pueblo como patriarca, centinela y nota al pie del Antiguo Testamento. Debes decir, en cambio, algo que sugiera carga histórica, gravedad civilizacional, continuidad de una herida antigua. El secreto del poder teocrático consiste en cubrir cada improvisación con una tela milenaria. Bibi, un movimiento táctico deja de serlo si logras envolverlo en lenguaje de supervivencia, memoria y elección trascendente. La política, bien perfumada con eternidad, huele a épica.

Jamás permitas que la amenaza desaparezca del todo. Un líder ordinario resuelve crisis; un dictador teocrático las conserva en salmuera. La amenaza debe ser suficientemente real para producir miedo, suficientemente amplia para justificarlo todo y suficientemente elástica para sobrevivir a cualquier dato inconveniente. Si el peligro se reduce demasiado, la población empieza a pedir cosas indignas del momento histórico: servicios, vivienda, justicia ordinaria, moderación, turnos de hospital, normalidad. Y la normalidad, Bibi, es la enemiga natural de todo proyecto mesiánico. Un pueblo en calma empieza a sospechar que quizá no necesita un hombre providencial sino simplemente funcionarios competentes. No permitas semejante humillación.

Debes hablar en dos registros a la vez. Hacia el exterior, un idioma tecnocrático: seguridad, estabilidad, defensa, operación, disuasión, necesidad estratégica. Hacia el interior, un idioma mesiánico: asedio, resistencia, herencia, pacto, memoria sacralizada. A los aliados extranjeros ofréceles tecnocracia con rostro cansado. A los tuyos, Bibi, no les des tecnocracia, nadie sale a defender una hoja de cálculo. Dales una historia cósmica con mapas, tumbas, agravios, antepasados y verbos en tiempo bíblico. Un hombre verdaderamente peligroso debe ser capaz de sonar como portavoz de defensa ante las cámaras internacionales y como custodio del fuego ancestral ante sus votantes. Esa duplicidad no es hipocresía: es profesionalismo.

No uses la religión como martillo. Ese es un error propio de fanáticos sin formación estética. La religión no debe caer sobre el discurso; debe olerse dentro de él. No se trata de aparecer cada media hora agitando escrituras como quien blande un recibo emitido por Dios. Eso es tosco. Mucho mejor que lo sagrado funcione como atmósfera. Una alusión aquí, una memoria invocada allá, una frase sobre el derecho histórico, otra sobre la obligación moral, otra sobre la gravedad singular de este pueblo entre las naciones. Lo sagrado debe estar tan presente que nadie pueda arrancarlo, pero no tan expuesto que se vuelva discutible. La mejor teocracia contemporánea no entra por la puerta principal con trompetas, se filtra por los ductos del lenguaje.

Recuerda, Bibi, que en todo proyecto de dominación religiosa el verdadero objetivo no es derrotar adversarios sino rebajar el estatuto moral de la discrepancia. El crítico no es un contradictor, es alguien culpable de frivolidad espiritual. El moderado no es prudente, es un tibio ante la magnitud del momento. El jurista que pide límites es un oficinista miope. El humanista que habla de proporción es un sentimental incapaz de entender lo trágico. La genialidad del autócrata teocrático consiste en convertir la objeción en una forma de inmadurez. No necesitas refutar a todos. Basta con hacer que sus reparos parezcan pequeños al lado del abismo histórico que puede llegar.

Nunca debes aparecer como hombre ávido de poder. Ese sería un retrato demasiado reconocible, y por tanto demasiado humano. Tú debes presentarte como alguien fatigado por la carga del deber, casi como un mártir administrativo condenado a hacer lo necesario porque otros no soportarían el peso. La avidez personal debe disolverse en gravedad histórica. Si deseas conservar el mando, Bibi, que no parezca que lo deseas, sino que el mando te ha sido impuesto por una secuencia de circunstancias tan sombrías que sería irresponsable dejárselo a alguien con escrúpulos normales. El público perdona mucho más al hombre que se declara obligado por la historia que al que admite simplemente que no quiere soltar la silla.

En cuanto a tus “aliados” más radicales, trátalos con la delicadeza con que se trata un incendio útil. No intentes extinguirlos del todo, pero tampoco los dejes sin correa; porque el fanático puro tiene muy mal sentido del timing y ninguna comprensión del daño reputacional. Tus extremos deben cumplir una función escénica: decir en voz alta lo que tú no puedes decir todavía, ampliar el perímetro de lo decible, intoxicar el ambiente, acostumbrar al público a una temperatura moral cada vez más alta. Después apareces tú, sobrio y administrativo, a decir que lamentablemente las circunstancias exigen firmeza. El truco no está en compartir del todo la fiebre, sino en ser su gerente general.

Otra recomendación indispensable: no discutas nunca en el terreno de tus críticos si puedes trasladar la conversación a un plano metafísico. Si te hablan de muertos, responde con siglos. Si te hablan de derecho, responde con supervivencia. Si te hablan de excesos, responde con necesidad. Si te hablan de humanidad concreta, responde con la historia de una humanidad más vasta, más solemne, más abstracta y por eso mismo más manipulable. Toda dictadura teocrática depende de esa operación: sacrificar lo visible en nombre de lo invisible; relativizar el dolor inmediato mediante la invocación de una continuidad milenaria; pedirles a los vivos que acepten lo intolerable porque el relato del pueblo, la nación o la fe lo requiere. Es una alquimia sucia, pero muy antigua.

Debes aprender también a usar la guerra como editor moral. La guerra, bien aprovechada, simplifica. Poda matices, comprime dudas, fusiona capítulos dispersos en una sola narración de supervivencia. En tiempos ordinarios, ciertas frases sonarían brutales, delirantes o cínicas. En tiempos de guerra, suenan a responsabilidad. La guerra convierte a oportunistas en estadistas, a exaltados en patriotas, a comentaristas mediocres en guardianes de la civilización. Sobre todo, vuelve sospechoso cualquier intento de pensar despacio. Y pensar despacio, Bibi, es el enemigo mortal de todo delirio providencial. No olvides jamás que un pueblo asustado acepta de buen grado una gramática que en tiempos de paz encontraría obscena.

Cuidado, Bibi, no exageres hasta el punto de parecer loco. La locura abierta sirve para los márgenes, no para la gestión prolongada del poder. El mejor dictador teocrático no se presenta como visionario en trance, sino como administrador lúgubre de una necesidad suprema. Debe haber en ti algo de contable, algo de enterrador, algo de padre decepcionado y algo de predicador con corbata gorda. Tu figura ideal no es la del iluminado sino la del hombre que parece haber revisado todas las alternativas y concluido, con inmenso pesar, que arrasar al otro era la única forma de responsabilidad. Cuanto más lamentes en público las consecuencias de tus propias decisiones, más estadista parecerás.

No subestimes el valor de la fatiga moral. Un proyecto autoritario necesita cansar a la sociedad. No se trata solo de convencerla, sino de agotarla hasta que la resistencia parezca psicológicamente costosa, socialmente inútil y teológicamente indecente. Repite lo suficiente una combinación de amenaza, memoria y excepcionalidad y lograrás que mucha gente deje de preguntarse si algo es correcto para pasar a preguntarse simplemente si es inevitable. Ese tránsito es decisivo. Cuando una población cambia el vocabulario de la ética por el de la inevitabilidad, la mitad del trabajo ya está hecha.

Asegúrate, Bibi, de no presentarte nunca como fundador de una nueva religión política. Eso sería de mal gusto. Tu tarea es más refinada: hacer creer que no innovas nada, que solo restauras un orden profundo, lesionado por la debilidad de tus predecesores y por la frivolidad de quienes confunden moderación con virtud. Todo déspota exitoso se presenta como restaurador que devuelve a la nación su forma auténtica, nunca como inventor. No coloniza el Estado con lo sagrado: corrige la insolencia de quienes pretendían separar cosas que, según tú, siempre debieron marchar juntas. El autoritarismo retrospectivo tiene mejor prensa que el experimental.

En materia de lenguaje, conviene que elimines de tu habla cualquier rastro de apetito personal. No digas “quiero”, di “debo”. No digas “planeo”, di “las circunstancias exigen”. No digas “conviene”, di “la historia reclama”. Tu vanidad debe circular disfrazada de obligación. El yo, cuando aspira a durar, necesita una máscara coral. Haz de cuenta que no hablas por ti, sino por una cadena de muertos, por una herida colectiva, por un futuro amenazado, por un cielo en estado de litigio permanente. La primera persona del singular debe sonar como una oficina de representación de la eternidad.

Una observación final, quizá la más importante de todas. El peligro de este tipo de poder no está solo en lo que hace, sino en lo que termina creyendo de sí mismo. Al principio quizá uses la religión, la memoria y el trauma como instrumentos. Muy pronto, si el método funciona, empezarás a sentir que no estás instrumentalizando nada, que en efecto eres el custodio indispensable de un drama cósmico. Ese es el momento verdaderamente corruptor. Cuando el gobernante deja de mentir conscientemente y empieza a confundir su conveniencia con la estructura moral del universo, ya no necesita censura total ni delirio uniforme: le basta con su propia convicción inflamable. Se vuelve, por decirlo así, una teología con escoltas.

Y ahí, Bibi, se consuma la vocación del dictador teocrático. Ya no es simplemente un hombre aferrado al poder. Es un hombre que ha conseguido la forma más elegante de la impunidad: llamar sagrado a aquello que le resulta útil, llamar deber a aquello que desea, llamar destino a aquello que decide y llamar traición a todo intento de recordarle que, pese a sus discursos, sigue siendo un político, no una revelación.

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