por JULIÁN ESTRADA OCHOA // Hice lo que hago siempre cuando tomo por primera vez un diccionario, pensé una palabra y procedí: árbol, arce, ardilla, areca, arenque, arilo… ¡Imposible! Se pifió el licenciado Gómez de Silva, se le embolató en su mesa de trabajo ni más ni menos que la palabra “Arepa”. Tranquilo Guido, de esto en Antioquia, tierra de areperos, nadie se entera.
Venezuela roja rojita
por DAVID E. GUZMAN • Fotografías por el autor
Número 31 Febrero de 2012
Desde que abordamos la camioneta, mis tías Carmen y Beatriz nos alertaron y dijeron que tuviéramos mucho cuidado en Caracas, que hoy en día es una de las ciudades más violentas de Suramérica, con altos índices de delincuencia, inseguridad y homicidios. La misma película de Medellín, donde Gloria y yo hemos vivido casi toda la vida, así que no era nada nuevo ese ambiente peligroso que nos pintaban. Minutos antes nos habían recogido en Maracay, la ciudad jardín, en la urbanización El centro, un lugar lleno de palos de mango entre los que vive un gallo que canta a toda hora. Eran las nueve de la mañana del primero de febrero de 2012.
Nosotros íbamos atrás. Adelante, mis tías hablaban sobre su ida a Caracas para cambiar la fecha de unos tiquetes aéreos. Dijeron que regresarían a Maracay antes de las cuatro de la tarde para evitar la cola, el taco que suele hacerse en la autopista y en el que pueden perderse horas y horas.
Tras algunos minutos de recorrido arribamos a un peaje, justo antes de tomar la autopista. Pasamos derecho, sin pagar, como los demás vehículos. Entonces supimos que los peajes en Venezuela no funcionan desde hace varios años, después de que Chávez dijera espontáneamente en una alocución que no se cobrarian más peajes en el país. Mis tías no se apasionaron al mencionar a Chávez y con serenidad opinaron que el cobro era tan irrisorio que no valía la pena, como el precio de la gasolina, que en todo caso no es gratis, pero casi: con el cascajo que en Colombia se paga una limpiada de vidrios en un semáforo, en Venezuela se tanquea una camioneta.
Avanzando por la autopista, la misma de hace veinticinco años, sin un solo cambio, vimos que el pasto seco de los costados ardía en llamas. Las ventanillas estaban cerradas y el aire acondicionado prendido. Desde ahí divisamos algunas invasiones recalentadas por el sol. En las entradas a esos poblados ondeaba siempre una bandera roja, clavada en el suelo polvoriento. “Aragua es un estado rojo rojito”, dijo Carmen, utilizando la expresión que en Venezuela se utiliza para designar al individuo, ciudad, estado, empresa o grupo humano que apoya incondicionalmente y con fervor el gobierno comandado por Hugo Chávez. Supimos que la expresión la dijo por primera vez Rafael Ramírez Carreño, Ministro de Energía y Jefe de Petróleos de Venezuela, Pdvsa, en un ataque de amor desmesurado y autoritario en nombre de ochenta mil venezolanos que trabajaban allí: “Pedevesa es roja rojita, de arriba abajo”. Desde eso, la expresión fue adoptada por “mi comandante en jefe” en sus campañas e interminables alocuciones.
Del rojo de la revolución bolivariana pasamos al rojo de la sangre. Carmen, que es médica y ejerce como anestesióloga en dos centros hospitalarios de Maracay, soltó unas cifras divulgadas hace poco por la prensa: 38 muertos en una noche en Caracas, 5.600 personas asesinadas en 2011, la sexta ciudad más violenta del mundo. “¿Qué quieren hacer exactamente en Caracas?”, preguntó Beatriz, la tía copiloto, mientras comía ciruelas: “estar allá. Hace mucho no voy y Gloria no conoce”. También dijimos que queríamos visitar un par de museos y ver las obras de Armando Reverón, el pintor y escultor venezolano que conocimos gracias a la película Reveròn, de Diego Risquez. La habíamos visto dos días antes en la Cinemateca Nacional de Maracay por ocho bolívares fuertes, menos de 800 pesos colombianos. Fue el lunes que el gobernador de Aragua decretó cívico porque Los Tigres de Aragua, el equipo de béisbol, se había coronado campeón del torneo venezolano la noche anterior. A pesar del feriado, la Cinemateca abrió sus puertas.
Armando Reverón nació en Caracas en 1889 pero se fue a vivir a La Guaira, cerca al mar, y se alejó de la sociedad caraqueña porque detestaba el ambiente hipócrita, oficial y acartonado en el que se movía el arte. En la costa se casó con una negra hermosa de dientes grandes. Un miquito, que hacía sonar una campana cada vez que alguien llegaba al rancho de Armando, ofició de cura en la ceremonia. Reverón vivió y gozó como un niño, pero también sufrió: su propio mundo lo desbordó mentalmente y para la sociedad perdió el quicio. Fue ingresado a la fuerza en un hospital mental hasta que murió en 1954.
Este personaje, de barba tupida y pocas palabras, nos llegó al alma por su rebeldía, su inteligencia, su originalidad, y también porque nos recordó al poeta Raúl Gómez Jattin. “¿Cuáles son los elementos básicos de su pintura?”, le preguntaron una vez a Reverón y él respondió: “Los elementos básicos de mi pintura son dos. Anote: blanco y mierda”. Con esa respuesta definió perfectamente al mundo, a la humanidad, al menos para nosotros en ese instante de nuestra existencia, en ese teatro. Y ese blanco y mierda era lo que queríamos ver con nuestros propios ojos en la Galería Nacional, eso era lo más importante que íbamos a hacer en Caracas.
Bienvenidos
Sentí que habíamos llegado cuando miré por la ventanilla y vi en los cerros el cordón de ranchos coloridos y apeñuscados. Veníamos por la autopista Valle Coche, a la altura de Los Próceres, un paseo larguísimo con césped bien cortado, monumentos y arcos blancos enormes. A pesar de las advertencias sobre los peligros de la ciudad, estábamos serenos, nos sentíamos fuertes. La experiencia reciente de haber recorrido buena parte de Suramérica sin contratiempos ni sustos nos daba la confianza de tener afilada la intuición.
Desde el carro vimos varios murales con rostros hinchados y caricaturescos de Chávez, consignas socialistas, banderas tricolores y caudillos con patillas largas. Mientras conducía y ante la inminente separación, mi tía Carmen retomó las recomendaciones, pero esta vez se notó más interesada en alertarnos de verdad y aportó un último dato, mirándonos por el retrovisor con los ojos bien abiertos: 450 asesinatos en Caracas en enero, pilas.
Seguimos viendo los edificios con sus ventanas y balcones enrejados desde el primero hasta el último piso, como disfrazados de cárceles, con ropa tendida en lugar de cortinas. Pedí que apagaran el aire acondicionado y abrí la ventanilla: el aire tibio entró con fuerza. Penetramos en la ciudad y tomamos la avenida Francisco Miranda hasta entrar a los parqueaderos de la Torre Provincial. Faltaban instantes para despedirnos de mis tías. “Ya saben pues, moscas”, dijo Carmen dentro del ascensor, justo antes de que abriera sus puertas en el lobby del edificio. Nos abrazamos y quedamos en que al día siguiente volveríamos a Maracay por nuestra cuenta. Eran las once de la mañana.
Antes de abandonar la Torre Provincial, me aseguré de que la billetera estuviera bien metida en el bolsillo de atrás del bluyín. De equipaje solo teníamos un morral con los efectos personales de ambos. Me lo colgué en la espalda y salimos. Ahí mismo nos encontramos con la estación Chacao del metro. Estábamos sobre la misma avenida por la que habíamos llegado, la Francisco Miranda. A pesar del sol picante, decidimos caminar un poco.
En una esquina nos topamos con una carpa amarilla llena de afiches amarillos y gente de camiseta amarilla. Era una manifestación política del Partido PJ, Primero Justicia, de Capriles Radonski, el candidato que ganó el pasado doce de febrero las elecciones primarias de la oposición y tendrá la muy difícil misión de derrotar a Hugo Chávez en las presidenciales del 7 de octubre.
En el camino Gloria se sorprendió de que en el país antiyanqui por excelencia hubiera un Wendy’s. Le dije que esperara, que más adelante vería una demostración verdadera de la publicidad capitalista que aún imperaba. Anduvimos tranquilos, atentos pero sin paranoia. Con las frentes derretidas de antisolar llegamos a la estación Altamira y nos metimos al metro con la idea de ir hasta la estación Bellas Artes. Dos tiquetes nos costaron tres bolos, unos seiscientos pesos. De pie en el vagón, optamos por bajarnos antes, en la estación Sabana Grande, para continuar caminando y llegar a pie a la Plaza de los Museos y al Teatro Teresa Carreño, zona de espacio público, arte y movida cultural. La señora de una caseta de prensa y golosinas nos señaló la ruta y nos advirtió que la caminada hasta Bellas Artes era larga. Sin embargo, y sin afanes, iniciamos la caminata, señalando con curiosidad los balcones y ventanas enrejadas, esos aparta—cárceles donde viven miles de venezolanos.
En un lugar llamado Las Terrazas tomamos café negro, muy fuerte, con un pastel de jamón y queso. Estábamos cerca de la Plaza Venezuela, donde quería mostrarle a Gloria los verdaderos animales de la publicidad salvaje, pero por primera vez desde que vengo a Caracas no divisé el logo gigante de Pepsi ni la gran taza de Nescafé que hasta hace un par de años colonizaban los techos de sendos edificios en el sector donde nos encontrábamos. Me pareció lógico y pensé incluso que el gobierno se había demorado en encontrar un pretexto legal para quitar esos infames símbolos del capitalismo que ensucia el cielo con sus latas y sus cacharros.
A pesar de lo poco amigable que es Caracas para caminar, en ningún momento nos sentimos inseguros. Los pocos transeúntes contrastaban con el ronroneo permanente de los carros. Pasamos por el Colegio de Ingenieros y luego bordeamos una mezquita lujosa con una torre blanca, alta y angosta. Unos pasos más adelante un policía nos dijo que ya estábamos cerca del sector de Bellas Artes. Le pedimos un mapa pero dijo que no tenía.
Por la avenida Este 0 empezamos a ver más transeúntes, autobuses, motos, vendedores; el ruido se acrecentó, también el sol y el caos citadino. Gloria, que tenía colgada su cartera en el hombro, agarró las cargaderas y dejó el puño pegado a la axila. Yo volví a palpar la billetera y ahí estaba bien metida. Tratamos de ubicar el Parque Central para buscar El Limón, un hotel que nos recomendaron, pero la señalización era escasa. Un vendedor callejero de carpetas nos indicó que bajáramos por una calle que resultó llamarse Tito Salas, en honor al pintor venezolano que hizo cuadros gigantes de Simón Bolívar y demás próceres.
Bajamos por Tito y llegamos a la avenida Este 2. En la esquina, al pie de un semáforo, había un tumulto y dos policías. Lo primero que pensamos era que habían agarrado un ladronzuelo. La multitud estaba alrededor de algo que no se veía. A pesar del gentío quedaba espacio para pasar por un lado, pegados a un muro, así que no detuvimos la marcha. Entre los cuerpos de los curiosos alcancé a ver unas piernas estiradas en la calle, vestidas con un bluyín índigo oscuro: se desmayó alguien, pensé. De inmediato, por una intuición que ahí mismo me pareció exagerada e incluso maldadosa, le dije a Gloria: “No vayas a mirar”. Ella me hizo caso y clavó los ojos en el piso.
Avanzamos pegados al muro, muy cerca de la escena. Se oía un murmurar continuado de voces variadas, fue como entrar a un ambiente de circulación espesa que no podíamos descifrar porque no se veían más que las miradas dirigidas al piso. No había lamentos ni gritos ni drama. Antes de salir de ahí miré por segunda vez y en una milésima de segundo de horror vi acostada en el pavimento una cabeza morena y calva de la que salía un charco de sangre muy roja, rojísima. De inmediato un zumbido me convulsionó por dentro.
Le apreté la mano a mi compañera y la jalé para caminar más rápido. Siguieron tres arcadas. Iba con la mano derecha en la frente. “No, no, no”, era lo que decía o lo que pensaba. Ensordecido, adolorido, sólo escuchaba el zumbido que se mezclaba con el aire caliente. Las personas eran manchas que se movían. Sentí terror en cada paso que daba para alejarme de allí. En la siguiente avenida, México, el caos vehicular y el tránsito en general, que al principio era manejable, se complicaba. El miedo ya estaba instalado en nosotros. La mente solo me mostraba ese charco de sangre roja intensa, caliente, y esa cabeza de muerto fresquecito. Baleado. Cada persona que veía acercarse me la imaginaba desenfundando un fierro, veía mi cabeza en el pavimento con el pelo ensangrentado.
Fotografía tomada de guerrillacomunicacional.blogspot.com
Cruzamos la avenida México abrazados, nos sentíamos desprotegidos y vulnerables. Las piernas temblaban. Los edificios parecían gigantes, o nosotros pequeñitos. Caminamos hasta la Galería Nacional pero no para entrar a ver las pinturas de Reverón. La sensibilidad había quedado en ese corrillo. Trastornada. Tampoco teníamos hambre. Le preguntamos al vigilante y nos dijo que nos metiéramos debajo de un puente para encontrar el Parque Central.
Nos dirigimos al puente pero su soledad nos hizo devolver. Dimos una vuelta enorme para llegar a la avenida Bolívar. En medio del aturdimiento alcancé a ver unos tubos grandes, de colores vivos, empotrados en un edificio. Todo se me hizo familiar. Era el Museo de los niños, había estado allí en 1987, de once años, y el recuerdo que tengo es que pasé muy bueno con mis primos y salí descrestado. Eran cuatro pisos de ciencia, juegos y conocimiento. De esa edad había visto el primer muerto, en el barrio San Germán de Medellín, tendido en la calle, bocabajo y con agujeros de bala en la espalda.
Entramos al Museo de los niños huyendo de la ciudad y buscando sosiego en los juegos y exposiciones didácticas interactivas. Dos entradas costaron 80 bolívares, unos dieciséis mil pesos. Poco a poco se fue esfumando la imagen del muerto, la risa empezó a acomodarse en nosotros y jugamos. Volvimos a vivir.
El Museo, al igual que Venezuela, parecía estancado en el tiempo, como un lugar fantasma que funciona a medias porque la otra mitad de las cosas se las tragó la falta de inversión y cuidado. Los mismos botones que hundí en el 87, los volví a hundir ahora. Me trasladé a mi época de infancia, a mis viajes a Venezuela llenos de fraternidad.
A las tres de la tarde almorzamos pollo asado. El mesero nos dijo cómo llegar a El Limón que resultó ser una pocilga asquerosa, así que huimos. Los hoteles aledaños al Teatro Teresa Carreño, expropiados por el gobierno nacional y ahora administrados por la estatal Venezolana de Turismo, estaban llenos. Dando vueltas por el sector dimos con el hotel Renovación. Tenía una pieza disponible, pero con jacuzzi. Ante el cansancio y el precio, 450 bolos, como noventa mil pesos, decidimos meternos ahí. Los pies nos palpitaban. En la habitación prendí la piscinita motorizada y nos sumergimos en ese ronquido silencioso por lo menos media hora.
Renovados volvimos a las calles de Caracas. Fuimos al Parque Los Caobos, arborizado y extenso, donde nos sorprendió la noche. De salida del parque nos sentimos en peligro, la iluminación pública era pobrísima y en medio de la oscuridad nos empezamos a llenar de miedo. Yo llevaba la billetera atrás y me la pasé para el bolsillo de adelante. Cuando me miré, vi que se veía muy gorda y aparatosa, entonces me la volví a llevar atrás. En ese momento levanté la mirada y dos tipos jóvenes me observaban. Seguimos caminando. No pudimos con la soledad del sector, ni con la oscuridad, ni con la paranoia que se apoderó de nosotros, así que decidimos entrar a un restaurante pequeño donde comimos arepa con carne desmechada. Algunas cuadras que transitamos hacia el hotel estaban solas y negras. El día tenía que terminar.
Mierda y blanco
El jueves dos de febrero nos levantamos temprano y salimos del hotel. A las dos cuadras llegamos a una esquina que se nos hizo conocida. Era la calle Tito Salas con Este 2, el mismísimo lugar de los hechos. Lo reconocí por el muro que rozamos y luego por el reguero de sangre en la vía, con puntos más secos que otros. Al frente, una venta de empanadas y parva llamada “El Paisa” estaba atiborrada de clientes, y del poste del semáforo involucrado colgaban dos afiches políticos, uno de ellos contrincante de Radonski, Pablo Pérez, cuyo lema rezaba “Por tu futuro seguro”.
Pasamos de largo porque íbamos llenos de buena energía a ver las obras de Reverón. En el camino compramos dos periódicos y los metimos al morral. Llegamos a la Galería Nacional y empezamos el recorrido hasta que nos topamos con una sección dedicada a Armando. Incluía algunas pinturas, la muñeca Seferina, que había diseñado para no tener que llevar modelos a la casa y evitar que su negra Juanita lo celara, y un par de esculturas. Aquella experiencia nos produjo el sentimiento alegre y sencillo de ver con nuestros propios ojos las obras de aquel pintor venezolano que nos había enamorado. Haber visto estas obras de Reverón fue un triunfo. Y el viaje a Caracas fue para nosotros como él dijo alguna vez que eran los elementos de su pintura: mierda y blanco.
Nos fuimos para el Capitolio en metro. Almorzamos pabellón, un plato con caraotas, carne desmechada, tajadas de maduro y arroz. De repente sonó el celular que nos habían prestado mis tías. Eran ellas. Estaban de regreso en Caracas porque se les había quedado un papel y nos dijeron que fuéramos a las cuatro de la tarde a la Torre Provincial para que regresáramos juntos a Maracay. Nos quedaban un par de horas más en la ciudad. El tiempo suficiente para conocer el Parque Bolívar.
Al llegar allí escuchamos un rock escuálido. Era uno de los eventos conmemorativos del Febrero de la Revolución decretado por Chávez, y en el que todos los asistentes tenían camisetas rojas. En un costado del parque leímos la prensa. A veces, unas confianzudas ardillas negras bajaban de los árboles y comían maní de la mano de la gente. También visitamos el caserón natal del Libertador y el Museo Bolivariano, y pudimos ver una venta móvil de arepas y un mercado popular de alimentos, ambos subsidiados por el gobierno y con largas filas de compradores.
Escurridos de calor y de cansancio nos metimos al metro con rumbo a la Torre Provincial. La visita a Caracas llegaba a su fin. Como faltaban quince minutos para que mis tías salieran de su diligencia, dimos una vuelta a la manzana y encontramos una tienda de video. Preguntamos por cine venezolano y nos mostraron cuatro películas: Secuestro Express, El Hermano, Sumas y Restas y la Virgen de los Sicarios. La misma sangre.
En el hermano país de la República Bolivariana de Venezuela estuvimos unos días más. El sábado 4 de febrero, en el paseo Los Próceres, se celebraron los veinte años del fallido golpe de Estado que encabezó Hugo Chávez en 1992, el que lo catapultó a la presidencia y lo hizo merecedor del afecto de la mitad del pueblo venezolano que hoy, rojo rojito, lo apoya con devoción, mientras que la otra mitad, fuerte opositora, le reprocha cada acción a su gobierno.
Ese mismo día, mientras todos los canales nacionales transmitían el desfile militar conmemorativo, revisé prensa en Internet. En El Universal, al final del reporte del asesinato de un ex policía, encontré el entretítulo “Otros casos”, que decía así: “En Bellas Artes, frente al centro comercial Parque Caracas, ultimaron la tarde del miércoles a Richard Sanoja Istúriz, de 23 años. Era mototaxista y lo atacaron a tiros delante de transeúntes. La zona fue acordonada por la policía. Por ese caso no hubo detenidos”. El muerto que vi. Leí también que doce cadáveres habían entrado a la morgue de Bello Monte en las primeras 36 horas de febrero. Apagué el computador y con una incomodidad en el pecho, escuchando a Chávez decir que hay que seguir la marcha con los muertos dentro de nosotros mismos, me dispuse a empacar la maleta para regresar a Colombia.
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por PASCUAL GAVIRIA • Fotografías de Juan Fernando Ospina
Número 29 Noviembre de 2011
Las rejas blancas y recias de una fortaleza, cubiertas de una pelusa de polvo y grasa, separan a la Lonchería Maracaibo de los agites eternos de la carrera Bolívar. En realidad son un alarde innecesario: la Lonchería solo está cerrada durante tres horas muertas en mañana. La alcahuetería es la principal vocación del restaurante que durante más de cuatro décadas ha sido despensa indispensable para noctámbulos de oficio, vampiros de juerga, jugadores insomnes, borrachos de apetito desordenado, choferes con jet lag y otras especies que revolotean alrededor de su teléfono inolvidable. A la 1:30 a.m. se cierran las rejas pero se abre la ventanilla bondadosa por donde se atienden los caprichos del remate de la fiesta. Si la pequeña ventana de la lonchería, luminosa como una caldera, no ofreciera sus botellas y sus cajas varias, Medellín se habría dormido mucho antes muchas veces.
A las 7 p.m., la carrera Bolívar a espaldas del Nutibara es un hervidero de vendedores de frutas, legumbres y celulares. Los voceadores de buses gritan el barrio de destino. Debajo del metro están los dependientes de un tapete que exhibe gangas a punto de ser basura. De pronto se oye una gritería: “cójalo, cójalo”… El ambiente se llena de un entusiasmo general. Salgo de la lonchería en busca de un poco del espectáculo siniestro y me cruzo con un joven que exhibe un garrote en la mano y la sonrisa del deber cumplido en la cara. Pregunto por el ladrón y todo el mundo me alza las cejas. Un cigarrillero me entrega la única respuesta: “Se robó una cadena de plata… ¡Y estaba gruesa!”. No importa que eso suceda día de por medio en las afueras de la Lonchería Maracaibo: la elegancia debe conservarse y los meseros siguen llamando “el salón” a su espacio de 10 mesas, al que le da calor de hogar un pequeño carrusel de pollos asados.
En una mesa del salón, leyendo el periódico del día en la noche, está la señora Laura Rosa Duque. Como los detectives de las comedias mira con ojos desconfiados por encima del pliego: no le dan buena espina los preguntones y mucho menos si son desconocidos. Les pide a los meseros que nos interroguen y los meseros nos dejan las cervezas frías entre murmullos y risas. Uno de ellos me señala con un puchero a la señora de largas trenzas blancas como la mamá de los dueños. Me paro hasta la mesa de la decana de la lonchería y cuando le ofrezco mi mano como saludo ya me ha contado tres historias de su natal Marinilla: “Es que uno tiene que estar pendiente. Mis hijos me decían: mami, vos parecés que hubieras estudiado pa’ fiscalía”. A los 84 años solo se puede alardear con los 12 hijos, los 50 nietos y los 50 bisnietos. Intento que se concentre en el nacimiento del negocio y me dice: “Ah, esto nació después de que se cerró ‘La casa del pollo’, que era allí a la vuelta”. Me deja claro que nunca ha conocido los agites de esa cocina y que los dueños del secreto fueron sus hijos Manuel, Darío y Fernando. Mientras habla de lo dura que está la competencia, le deja caer dos groserías provocadoras a un mesero y me señala con cariño a su nieto mayor, que atiende la registradora. Se despide con un beso en la mano y cuando le pregunto por el mejor plato de la lonchería me responde con un susurro desganado: “Ay no, a mí me gusta es la aguasalita de la casa”.
***
Dos mujeres que se han pasado a vivir al delantal atienden la cocina de la lonchería en el turno de la noche. Una le da vuelta a los borbotones de las ollas de regimiento y entrega las cajas rebosantes al despachador, mientras la otra se dedica a lavar platos en una caneca de agua espumosa. Todo tiene un aspecto de curtida limpieza. Las señoras miran con curiosidad al curioso que se asoma a su rutina. Ellas saben que cocinan para el más pernicioso de los batallones de la ciudad. Las ollas tremebundas de los fríjoles, el arroz, la posta y la sobrebarriga, el consomé y el mondongo, están a fuego lento, con el cucharón dispuesto, espesando para los clientes del último pedido a las 5:30 a.m.: los más necesitados. Los peroles están destinados a darle la famosa vuelta y vuelta al hígado, las chuletas, el cerdo y el pescado para las bandejas.
Pero los grandes secretos de la lonchería no están en la cocina sino en el embalaje de sus raciones. Las cajas blancas se apilan por todas partes con un orden sorprendente: algunas forman flores circulares sobre las repisas en una especie de origami involuntario. Y se llenan a dos manos: en la cocina reciben parte del contenido y en el mostrador les entregan la cuña de ensalada y el cierre definitivo. Guardar una bandeja con posta, salsa criolla, fríjoles, arroz, papas fritas, repollo y arepa en una caja de cartón es un desafío. Cuando la caja está llena y tan compacta que es imposible que algo se mueva en el recorrido, se cubre con un pequeño plástico que impedirá filtraciones. Una vez sellada se mete en una bolsa de papel donde se firma con el garabato que especifica el contenido. Eso para las bandejas. Los caldos tienen sus cocas de icopor, y la tilapia y el cañón su propio empaque estilizado: una caja plana como de camisa fina. Baratísima según el aviso sobre la ventanilla de la cocina: “Todo servicio para llevar en caja vale 300”.
***
Wilson, uno de los repartidores de vieja guardia, me dice que en sus tiempos de apogeo la lonchería llegó a lucir nueve Kawasaki100 frente a su portón. En los bares clásicos de Guayaquil —Paletará, Lucán, Chapultepec, Renobar— no se pedía otra cosa. Y los camioneros que se hospedaban en el Hotel Karen bajaban de Yarumal soñando con las chuletas. Las loquitas de Labios y el Majestic guardaban la línea con una caja de arroz Maracaibo con tajadas de maduro. Pero la lonchería ha criado su propia competencia: “Muchos de los empleados que han salido de aquí han montado restaurante. La lonchería es el papá de Nuevo Milenio, Calibío y La 41. Y ahora solo somos siete mensajeros atendiendo el fin de semana”.
La verdad, siete mensajeros no me parecen pocos. Wilson me dice que puede hacer 15 o 20 viajes en su jornada y, en promedio, en cada viaje va en busca de 4 o 5 direcciones. La suma es sencilla: de las 8:00 p.m. del sábado a las 5:30 a.m. del domingo, la lonchería puede auxiliar más o menos a 540 guaridas que buscan sustento alimenticio para poder tragarse las botellas por venir. Porque la Lonchería ha tirado desde siempre, y eso hace parte de su reputación, el anzuelo de suculentas botellas de aguardiente, ron, vodka, tequila y whisky. Y un consomé de pollo, pasado con tequila a las 4 a.m., es uno de esos milagros que el dinero sí puede comprar.
Hemos hablado de la lonchería como cocina de combate, así que es lógico que Wilson tenga dos deserciones anotadas en su hoja de servicios en el ejército. Me señala los límites de sus misiones en el mapa de la Maracaibo: la Frontera en Envigado, la 10 Sur con la 52 en Guayabal y el Tricentenario por el Norte. Pero de vez en cuando se puede ir un poco más allá y llevar unos tamales o un muchacho en salsa o una ensalada de finas hierbas.
Las Kawasaki100 son historia y ahora cada repartidor trabaja en su propia moto. Wilson tiene un tiesto que parece un pandero recién pisado: “Yo nunca he comprado moto nueva, pa’ qué, a mí me han robado tres o cuatro motos repartiendo pa’ la lonchería. Todavía me roban: se llevan la comida, la carpa y adiós… Esta lambretica ni la miran”, dice, y señala con ternura a su Vespa blanca marcada con el GZV52.
En el salón la seguridad está garantizada. Los policías y los azules comen con el 30% de descuento. Son los únicos que reciben promociones por parte de la lonchería, que siempre ha despreciado las gangas semanales que usa la competencia. La Maracaibo tiene maneras clásicas: hace poco se sometió a la vulgaridad de vender hamburguesas y chuzos. Espero que no moleste la comparación: son un Hatoviejo en caja para los amanecidos, un Doña Rosa con bar abierto.
Miro el local de la lonchería desde la acera del frente. Parece un comedero más en la inmensa olla aguamacera de los corrientazos. Pero la lonchería es un número, es un nombre, es una solución para otros corrientazos, es una institución invisible debajo del Metro de Medellín. Es el único domicilio que puede llevar la comida, la botella que cierra la rasca y el calentao del desayuno en la misma caja fuerte.
Etiquetas: Centro de Medellín , comida , Edición 29 , Juan Fernando Ospina , Lonchería Maracaibo , Pascual Gaviria , Universo Centro 29
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Barbacoas St.
por MARIA ISABEL NARANJO
Número 29 Noviembre de 2011
Hay calles que forman parte de la historia y calles que hacen historia. Barbacoas, calle de lúcidas locas,
es una de estas últimas.
La primera vez que visité la calle Barbacoas, entre la Avenida Oriental y la carrera Sucre, me regalaron un folleto con el título: “Un cuerpo digno y amoroso” y un condón. El joven que me los obsequió, como parte de una campaña para la salud sexual de la comunidad LGBTI (la “I” es de intersexual, y la sigla sigue creciendo), me soltó un comentario para ponerme en contexto de lo que significa esta callecita para Medellín: “Esto que ve hoy es una pequeña revolución”.
Miro la calle y pienso que “pequeña” sí es porque apenas ocupa un espacio curvo en la calle 57ª, pero es una Revolución (con R), como me lo explicaría Mario León Giraldo, activista de la corporación Gente Diversa, si la entendemos como el corazón gay de la ciudad. “Si sos gay y llegás a Medellín el punto de referencia para todo es Barbacoas. Yo acabo de llegar de Boston, donde vivo, y acá estoy”, me cuenta mientras saca del empaque la tiara plateada con la que van a coronar a la Miss Colombia Gay en diciembre. Uno de los hombres que nos mira mientras conversamos se acerca emocionado y con un gritico me pide que le tome una foto con la corona que de otro modo no podría tener en su cabeza. Sonríe. Clic. Flash.
A Barbacoas se le conocía antiguamente como la Calle del Calzoncillo, debido a la forma de pierna pantalón que conforma el triángulo de sus calles. Humberto Tobón, líder de la comunidad LGBTI, trata de mostrarme ese calzoncillo y se para en el parque de Villanueva. Mirando hacia el tramo de Barbacoas que linda con Palacé extiende sus brazos en forma de “V” y me interroga: “¿si lo ve?”. Yo no logro visualizar esa forma de pantalón corto, pero si tanta gente lo ha visto ahí tiene que estar ese calzoncillo. Lisandro Ochoa cuenta que esta calle estaba habitada por gente pobre y las pocas casas construidas estaban hechas de bareque y techos de paja. Otra anécdota de Rafael Ortiz Arango dice que la calle estaba trazada siguiendo un camino indígena que atravesaba la ciudad desde occidente y llegaba hasta Mazo, en Santa Elena, lo que era antes el Camino de Arví.
Pero la historia que nos concierne comienza en la década de los 80, cuando aparecieron en forma de rincones oscuros los primeros espacios de homosocialización. En estos rincones los “maricas” de la época se protegían de los ojos curiosos y de la fuerza represiva de la policía, que se llevaba a los “anormales” que cogieran en la calle a pasar una noche en la Permanencia Norte, donde hoy queda la Personería de Medellín. El Chola, un vendedor de cigarrillos y cervezas, recuerda que el F2 les cerraba la cuadra y todos comenzaban a correr hacia la Oriental gritando “el camión 24, el camión 24”. A muchos se los llevaron y él no los volvió a ver. Según Humberto estos policías hacían parte del Departamento de Orden Ciudadano (DOC), que se convirtió en una especie de oficina de los sicarios de Pablo Escobar. Pero, extrañamente, recuerda que en el momento más violento de Medellín los sitios LGBTI fueron los menos amenazados, quizá porque muchos sicarios también eran homosexuales.
Retomo la conversación con el chico de la campaña, el mismo del condón, que hace parte de una brigada de gays que visitan todos los sitios que hay en esta cuadra para repartir los condones. “Los bares gay nos permitieron comprar nuestro derecho a ser ciudadanos en esta calle, acá nos sentimos libres”. Mi mente se pierde de la conversación buscando los datos del último informe de la Personería de Medellín sobre violencia de género: “once crímenes por prejuicio, un homosexual amenazado en la Comuna 13, dos travestis asesinados en el barrio El Limonar y en Bello Oriente, dos lesbianas expulsadas de un centro comercial…”.
Hace treinta años, sin la Constitución del 91, apenas se contaban tres locales en esta calle: El Machete, de los hermanos Óscar y Orlando Gómez; el Club Barbacoas, de la familia Fernández Castaño; y El Paisa, que ahora se llama Noches Alteradas y su dueña es Doris Ríos; poco después vino el Minimercado El Viejo Migue, un guajiro que en realidad se llama Jorge y antes no era un minimercado sino un negocio de empaques y plásticos que evolucionó a tienda de barrio. Cuento los locales que se encuentran a lado y lado de la calle y ahora suman trece. A la izquierda, mirando hacia la Avenida Oriental, se encuentran el bar Rainbow (que hasta hace unos meses era Chiquitita), la discoteca Azúcar (un nombre “pegajoso y dulce” para la rumba gay, el hotel la Hora Alterada, y el bar la K-nequita. Al frente, en la acera derecha, están el bar Kanahan, Controversia, Milan’s Bar (antes Planet), el Bar de Moe, y la Fonda Luna.
“Todos fuimos al Machete a chupar jeta”, así recuerda Mario León al Machete, que abrió sus puertas en 1984. Cuenta Óscar Gómez que a los cinco meses de abrir como un bar para parejas heterosexuales, sus mesas fueron ocupándose con la siguiente disposición: hombre con hombre y mujer con mujer. Quizá porque era un rinconcito agradable y discreto, metido en el callejón oscuro y solitario, que fue donde las parejas gay encontraron el escondedero ideal para sus encuentros amorosos.
La discreción del Machete fue famosa, recuerda Óscar: “exigíamos un buen comportamiento, que no hubiera escándalos, que se utilizaran buenos modales, y nunca hemos querido que bailen”, y la gente les hizo caso, tanto que llegaban de todos los barrios de Medellín muy temprano y a las 6:00 de la tarde ya no había donde sentarse.
Al frente de El Machete —una herramienta muy típica del macho antioqueño— abrió sus puertas El Paisa, que era todo lo contrario. Música duro en discos de vinilo de 45 revoluciones, baile de cuerpos pegachentos y muchas peleas es lo que recuerda Doris, quien empezó en la barra para luego ser la administradora y después la propietaria del local. En 1994 inaugura Noches Alteradas dirigido únicamente a lesbianas. Terremoto, periodista y dueño del Magazine Némesis Times, relata en una de sus reseñas que la inauguración fue apoteósica con la orquesta de León Rodríguez tocando hasta las 6:00 de la mañana. Doris también fue la organizadora de dos campeonatos de fútbol para lesbianas en 2003 y 2004. El Chola dice que fueron los domingos más animados de Barbacoas: “esas viejas se daban duro, gritaban y peliaban, pero también había un equipo de gays que les hacían competencia”.
El Club Barbacoas fue el segundo sauna gay, después de Casa Loma en la Placita de Flores. Que abriera sus puertas unos meses después de El Machete, es un decir, pues su interior es oculto y reservado únicamente para sus clientes. Gloria Fernández, la hija de los dueños, llega a las 9:00 de la mañana todos los días para atender el negocio. Ella es la única mujer que desfila por los pasillos del club que tiene, según me cuenta: sala, bar, sauna, turco, gimnasio, cuartos oscuros y un solario, todo un centro de acondicionamiento físico. Los hombres que entran llegan bien vestidos y solos, y cuando salen dejan una estela de buen humor.
Una intervención en el espacio público en 2009 hizo que “las ratas huyeran con la luz”, según Humberto, y ahora la gente se queda a tomar en la calle, cuando antes preferían el interior de los bares. Es como si todos los que habitan esta cuadra la cuidaran como se cuida la casa: se barre, se limpia, se pinta, se evitan los extraños en la puerta pero se reciben con agrado las visitas, se lava la ropa adentro y se mantiene bonita. Mientras se toma una cerveza en la tienda de Migue, Terremoto cuenta historias y me compara a Barbacoas con la Castro Street, en San Francisco, legendaria porque el primer hombre abiertamente homosexual fue elegido para un cargo público en 1977: don Harvey Milk. Si esta calle fuera una ciudad seguro elegirían a Abraxas Aguilar como su alcaldesa (antes de cambiarse el nombre por Abraxas, Jorge Hernán Betancur fue concejal de Medellín en 1970, candidato a la presidencia en 1998, candidato a la gobernación de Antioquia en 1999 y candidato a la alcaldía de Medellín en 2003). Ella tendría la posibilidad de guiar a una ciudad ruda, llena de vida, de energías vitales, con una Revolución en ciernes, que tiene un eco de veinte mil personas marchando cada año por las calles con el orgullo de ser gay.
Los cronistas coinciden en señalar que por debajo de esta calle y de la Catedral Metropolitana pasa la quebrada La Loca, que llamaron de esta manera porque cuando llovía se salía de madre y arrastraba a su paso piedras, palos y latas. Fue de La Loca que sacaron piedras para construir la Catedral, y en 1944 tuvo que ser desviada y canalizada. Dicen que en una de sus enloquecidas, la fuerza del agua tumbó una de las paredes del sótano, cerca de la cripta de osarios donde se encuentran los restos de Tomás Carrasquilla, quien debe estar orgulloso de sus vecinos, recordando su antigua casa en las épocas de Ébano y Marfil. Cuando le narro a Humberto la anécdota de La Loca, él me suelta una perla que todavía me da vueltas en la cabeza: “Ahora resulta pues que de la quebrada La Loca pasamos a la calle de las locas”.
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