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por PASCUAL GAVIRIA • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 29 Noviembre de 2011

Las rejas blancas y recias de una fortaleza, cubiertas de una pelusa de polvo y grasa, separan a la Lonchería Maracaibo de los agites eternos de la carrera Bolívar. En realidad son un alarde innecesario: la Lonchería solo está cerrada durante tres horas muertas en mañana. La alcahuetería es la principal vocación del restaurante que durante más de cuatro décadas ha sido despensa indispensable para noctámbulos de oficio, vampiros de juerga, jugadores insomnes, borrachos de apetito desordenado, choferes con jet lag y otras especies que revolotean alrededor de su teléfono inolvidable. A la 1:30 a.m. se cierran las rejas pero se abre la ventanilla bondadosa por donde se atienden los caprichos del remate de la fiesta. Si la pequeña ventana de la lonchería, luminosa como una caldera, no ofreciera sus botellas y sus cajas varias, Medellín se habría dormido mucho antes muchas veces.

A las 7 p.m., la carrera Bolívar a espaldas del Nutibara es un hervidero de vendedores de frutas, legumbres y celulares. Los voceadores de buses gritan el barrio de destino. Debajo del metro están los dependientes de un tapete que exhibe gangas a punto de ser basura. De pronto se oye una gritería: “cójalo, cójalo”… El ambiente se llena de un entusiasmo general. Salgo de la lonchería en busca de un poco del espectáculo siniestro y me cruzo con un joven que exhibe un garrote en la mano y la sonrisa del deber cumplido en la cara. Pregunto por el ladrón y todo el mundo me alza las cejas. Un cigarrillero me entrega la única respuesta: “Se robó una cadena de plata… ¡Y estaba gruesa!”. No importa que eso suceda día de por medio en las afueras de la Lonchería Maracaibo: la elegancia debe conservarse y los meseros siguen llamando “el salón” a su espacio de 10 mesas, al que le da calor de hogar un pequeño carrusel de pollos asados.

En una mesa del salón, leyendo el periódico del día en la noche, está la señora Laura Rosa Duque. Como los detectives de las comedias mira con ojos desconfiados por encima del pliego: no le dan buena espina los preguntones y mucho menos si son desconocidos. Les pide a los meseros que nos interroguen y los meseros nos dejan las cervezas frías entre murmullos y risas. Uno de ellos me señala con un puchero a la señora de largas trenzas blancas como la mamá de los dueños. Me paro hasta la mesa de la decana de la lonchería y cuando le ofrezco mi mano como saludo ya me ha contado tres historias de su natal Marinilla: “Es que uno tiene que estar pendiente. Mis hijos me decían: mami, vos parecés que hubieras estudiado pa’ fiscalía”. A los 84 años solo se puede alardear con los 12 hijos, los 50 nietos y los 50 bisnietos. Intento que se concentre en el nacimiento del negocio y me dice: “Ah, esto nació después de que se cerró ‘La casa del pollo’, que era allí a la vuelta”. Me deja claro que nunca ha conocido los agites de esa cocina y que los dueños del secreto fueron sus hijos Manuel, Darío y Fernando. Mientras habla de lo dura que está la competencia, le deja caer dos groserías provocadoras a un mesero y me señala con cariño a su nieto mayor, que atiende la registradora. Se despide con un beso en la mano y cuando le pregunto por el mejor plato de la lonchería me responde con un susurro desganado: “Ay no, a mí me gusta es la aguasalita de la casa”.

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Dos mujeres que se han pasado a vivir al delantal atienden la cocina de la lonchería en el turno de la noche. Una le da vuelta a los borbotones de las ollas de regimiento y entrega las cajas rebosantes al despachador, mientras la otra se dedica a lavar platos en una caneca de agua espumosa. Todo tiene un aspecto de curtida limpieza. Las señoras miran con curiosidad al curioso que se asoma a su rutina. Ellas saben que cocinan para el más pernicioso de los batallones de la ciudad. Las ollas tremebundas de los fríjoles, el arroz, la posta y la sobrebarriga, el consomé y el mondongo, están a fuego lento, con el cucharón dispuesto, espesando para los clientes del último pedido a las 5:30 a.m.: los más necesitados. Los peroles están destinados a darle la famosa vuelta y vuelta al hígado, las chuletas, el cerdo y el pescado para las bandejas.

Pero los grandes secretos de la lonchería no están en la cocina sino en el embalaje de sus raciones. Las cajas blancas se apilan por todas partes con un orden sorprendente: algunas forman flores circulares sobre las repisas en una especie de origami involuntario. Y se llenan a dos manos: en la cocina reciben parte del contenido y en el mostrador les entregan la cuña de ensalada y el cierre definitivo. Guardar una bandeja con posta, salsa criolla, fríjoles, arroz, papas fritas, repollo y arepa en una caja de cartón es un desafío. Cuando la caja está llena y tan compacta que es imposible que algo se mueva en el recorrido, se cubre con un pequeño plástico que impedirá filtraciones. Una vez sellada se mete en una bolsa de papel donde se firma con el garabato que especifica el contenido. Eso para las bandejas. Los caldos tienen sus cocas de icopor, y la tilapia y el cañón su propio empaque estilizado: una caja plana como de camisa fina. Baratísima según el aviso sobre la ventanilla de la cocina: “Todo servicio para llevar en caja vale 300”.

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Wilson, uno de los repartidores de vieja guardia, me dice que en sus tiempos de apogeo la lonchería llegó a lucir nueve Kawasaki100 frente a su portón. En los bares clásicos de Guayaquil —Paletará, Lucán, Chapultepec, Renobar— no se pedía otra cosa. Y los camioneros que se hospedaban en el Hotel Karen bajaban de Yarumal soñando con las chuletas. Las loquitas de Labios y el Majestic guardaban la línea con una caja de arroz Maracaibo con tajadas de maduro. Pero la lonchería ha criado su propia competencia: “Muchos de los empleados que han salido de aquí han montado restaurante. La lonchería es el papá de Nuevo Milenio, Calibío y La 41. Y ahora solo somos siete mensajeros atendiendo el fin de semana”.

La verdad, siete mensajeros no me parecen pocos. Wilson me dice que puede hacer 15 o 20 viajes en su jornada y, en promedio, en cada viaje va en busca de 4 o 5 direcciones. La suma es sencilla: de las 8:00 p.m. del sábado a las 5:30 a.m. del domingo, la lonchería puede auxiliar más o menos a 540 guaridas que buscan sustento alimenticio para poder tragarse las botellas por venir. Porque la Lonchería ha tirado desde siempre, y eso hace parte de su reputación, el anzuelo de suculentas botellas de aguardiente, ron, vodka, tequila y whisky. Y un consomé de pollo, pasado con tequila a las 4 a.m., es uno de esos milagros que el dinero sí puede comprar.

Hemos hablado de la lonchería como cocina de combate, así que es lógico que Wilson tenga dos deserciones anotadas en su hoja de servicios en el ejército. Me señala los límites de sus misiones en el mapa de la Maracaibo: la Frontera en Envigado, la 10 Sur con la 52 en Guayabal y el Tricentenario por el Norte. Pero de vez en cuando se puede ir un poco más allá y llevar unos tamales o un muchacho en salsa o una ensalada de finas hierbas.

Las Kawasaki100 son historia y ahora cada repartidor trabaja en su propia moto. Wilson tiene un tiesto que parece un pandero recién pisado: “Yo nunca he comprado moto nueva, pa’ qué, a mí me han robado tres o cuatro motos repartiendo pa’ la lonchería. Todavía me roban: se llevan la comida, la carpa y adiós… Esta lambretica ni la miran”, dice, y señala con ternura a su Vespa blanca marcada con el GZV52.

En el salón la seguridad está garantizada. Los policías y los azules comen con el 30% de descuento. Son los únicos que reciben promociones por parte de la lonchería, que siempre ha despreciado las gangas semanales que usa la competencia. La Maracaibo tiene maneras clásicas: hace poco se sometió a la vulgaridad de vender hamburguesas y chuzos. Espero que no moleste la comparación: son un Hatoviejo en caja para los amanecidos, un Doña Rosa con bar abierto.

Miro el local de la lonchería desde la acera del frente. Parece un comedero más en la inmensa olla aguamacera de los corrientazos. Pero la lonchería es un número, es un nombre, es una solución para otros corrientazos, es una institución invisible debajo del Metro de Medellín. Es el único domicilio que puede llevar la comida, la botella que cierra la rasca y el calentao del desayuno en la misma caja fuerte.

Barbacoas St.

por MARIA ISABEL NARANJO

Número 29 Noviembre de 2011

Hay calles que forman parte de la historia y calles que hacen historia. Barbacoas, calle de lúcidas locas,
es una de estas últimas.

Quebrada La Loca. Carrera Ecuador con calle La Paz en 1944.

La primera vez que visité la calle Barbacoas, entre la Avenida Oriental y la carrera Sucre, me regalaron un folleto con el título: “Un cuerpo digno y amoroso” y un condón. El joven que me los obsequió, como parte de una campaña para la salud sexual de la comunidad LGBTI (la “I” es de intersexual, y la sigla sigue creciendo), me soltó un comentario para ponerme en contexto de lo que significa esta callecita para Medellín: “Esto que ve hoy es una pequeña revolución”.

Miro la calle y pienso que “pequeña” sí es porque apenas ocupa un espacio curvo en la calle 57ª, pero es una Revolución (con R), como me lo explicaría Mario León Giraldo, activista de la corporación Gente Diversa, si la entendemos como el corazón gay de la ciudad. “Si sos gay y llegás a Medellín el punto de referencia para todo es Barbacoas. Yo acabo de llegar de Boston, donde vivo, y acá estoy”, me cuenta mientras saca del empaque la tiara plateada con la que van a coronar a la Miss Colombia Gay en diciembre. Uno de los hombres que nos mira mientras conversamos se acerca emocionado y con un gritico me pide que le tome una foto con la corona que de otro modo no podría tener en su cabeza. Sonríe. Clic. Flash.

A Barbacoas se le conocía antiguamente como la Calle del Calzoncillo, debido a la forma de pierna pantalón que conforma el triángulo de sus calles. Humberto Tobón, líder de la comunidad LGBTI, trata de mostrarme ese calzoncillo y se para en el parque de Villanueva. Mirando hacia el tramo de Barbacoas que linda con Palacé extiende sus brazos en forma de “V” y me interroga: “¿si lo ve?”. Yo no logro visualizar esa forma de pantalón corto, pero si tanta gente lo ha visto ahí tiene que estar ese calzoncillo. Lisandro Ochoa cuenta que esta calle estaba habitada por gente pobre y las pocas casas construidas estaban hechas de bareque y techos de paja. Otra anécdota de Rafael Ortiz Arango dice que la calle estaba trazada siguiendo un camino indígena que atravesaba la ciudad desde occidente y llegaba hasta Mazo, en Santa Elena, lo que era antes el Camino de Arví.

Pero la historia que nos concierne comienza en la década de los 80, cuando aparecieron en forma de rincones oscuros los primeros espacios de homosocialización. En estos rincones los “maricas” de la época se protegían de los ojos curiosos y de la fuerza represiva de la policía, que se llevaba a los “anormales” que cogieran en la calle a pasar una noche en la Permanencia Norte, donde hoy queda la Personería de Medellín. El Chola, un vendedor de cigarrillos y cervezas, recuerda que el F2 les cerraba la cuadra y todos comenzaban a correr hacia la Oriental gritando “el camión 24, el camión 24”. A muchos se los llevaron y él no los volvió a ver. Según Humberto estos policías hacían parte del Departamento de Orden Ciudadano (DOC), que se convirtió en una especie de oficina de los sicarios de Pablo Escobar. Pero, extrañamente, recuerda que en el momento más violento de Medellín los sitios LGBTI fueron los menos amenazados, quizá porque muchos sicarios también eran homosexuales.

Retomo la conversación con el chico de la campaña, el mismo del condón, que hace parte de una brigada de gays que visitan todos los sitios que hay en esta cuadra para repartir los condones. “Los bares gay nos permitieron comprar nuestro derecho a ser ciudadanos en esta calle, acá nos sentimos libres”. Mi mente se pierde de la conversación buscando los datos del último informe de la Personería de Medellín sobre violencia de género: “once crímenes por prejuicio, un homosexual amenazado en la Comuna 13, dos travestis asesinados en el barrio El Limonar y en Bello Oriente, dos lesbianas expulsadas de un centro comercial…”.

 

La calle Barbacoas el día del Orgullo Gay 2011.

Hace treinta años, sin la Constitución del 91, apenas se contaban tres locales en esta calle: El Machete, de los hermanos Óscar y Orlando Gómez; el Club Barbacoas, de la familia Fernández Castaño; y El Paisa, que ahora se llama Noches Alteradas y su dueña es Doris Ríos; poco después vino el Minimercado El Viejo Migue, un guajiro que en realidad se llama Jorge y antes no era un minimercado sino un negocio de empaques y plásticos que evolucionó a tienda de barrio. Cuento los locales que se encuentran a lado y lado de la calle y ahora suman trece. A la izquierda, mirando hacia la Avenida Oriental, se encuentran el bar Rainbow (que hasta hace unos meses era Chiquitita), la discoteca Azúcar (un nombre “pegajoso y dulce” para la rumba gay, el hotel la Hora Alterada, y el bar la K-nequita. Al frente, en la acera derecha, están el bar Kanahan, Controversia, Milan’s Bar (antes Planet), el Bar de Moe, y la Fonda Luna.

“Todos fuimos al Machete a chupar jeta”, así recuerda Mario León al Machete, que abrió sus puertas en 1984. Cuenta Óscar Gómez que a los cinco meses de abrir como un bar para parejas heterosexuales, sus mesas fueron ocupándose con la siguiente disposición: hombre con hombre y mujer con mujer. Quizá porque era un rinconcito agradable y discreto, metido en el callejón oscuro y solitario, que fue donde las parejas gay encontraron el escondedero ideal para sus encuentros amorosos.

La discreción del Machete fue famosa, recuerda Óscar: “exigíamos un buen comportamiento, que no hubiera escándalos, que se utilizaran buenos modales, y nunca hemos querido que bailen”, y la gente les hizo caso, tanto que llegaban de todos los barrios de Medellín muy temprano y a las 6:00 de la tarde ya no había donde sentarse.

Al frente de El Machete —una herramienta muy típica del macho antioqueño— abrió sus puertas El Paisa, que era todo lo contrario. Música duro en discos de vinilo de 45 revoluciones, baile de cuerpos pegachentos y muchas peleas es lo que recuerda Doris, quien empezó en la barra para luego ser la administradora y después la propietaria del local. En 1994 inaugura Noches Alteradas dirigido únicamente a lesbianas. Terremoto, periodista y dueño del Magazine Némesis Times, relata en una de sus reseñas que la inauguración fue apoteósica con la orquesta de León Rodríguez tocando hasta las 6:00 de la mañana. Doris también fue la organizadora de dos campeonatos de fútbol para lesbianas en 2003 y 2004. El Chola dice que fueron los domingos más animados de Barbacoas: “esas viejas se daban duro, gritaban y peliaban, pero también había un equipo de gays que les hacían competencia”.

El Club Barbacoas fue el segundo sauna gay, después de Casa Loma en la Placita de Flores. Que abriera sus puertas unos meses después de El Machete, es un decir, pues su interior es oculto y reservado únicamente para sus clientes. Gloria Fernández, la hija de los dueños, llega a las 9:00 de la mañana todos los días para atender el negocio. Ella es la única mujer que desfila por los pasillos del club que tiene, según me cuenta: sala, bar, sauna, turco, gimnasio, cuartos oscuros y un solario, todo un centro de acondicionamiento físico. Los hombres que entran llegan bien vestidos y solos, y cuando salen dejan una estela de buen humor.

Una intervención en el espacio público en 2009 hizo que “las ratas huyeran con la luz”, según Humberto, y ahora la gente se queda a tomar en la calle, cuando antes preferían el interior de los bares. Es como si todos los que habitan esta cuadra la cuidaran como se cuida la casa: se barre, se limpia, se pinta, se evitan los extraños en la puerta pero se reciben con agrado las visitas, se lava la ropa adentro y se mantiene bonita. Mientras se toma una cerveza en la tienda de Migue, Terremoto cuenta historias y me compara a Barbacoas con la Castro Street, en San Francisco, legendaria porque el primer hombre abiertamente homosexual fue elegido para un cargo público en 1977: don Harvey Milk. Si esta calle fuera una ciudad seguro elegirían a Abraxas Aguilar como su alcaldesa (antes de cambiarse el nombre por Abraxas, Jorge Hernán Betancur fue concejal de Medellín en 1970, candidato a la presidencia en 1998, candidato a la gobernación de Antioquia en 1999 y candidato a la alcaldía de Medellín en 2003). Ella tendría la posibilidad de guiar a una ciudad ruda, llena de vida, de energías vitales, con una Revolución en ciernes, que tiene un eco de veinte mil personas marchando cada año por las calles con el orgullo de ser gay.

Fotografía: Sergio González.

Los cronistas coinciden en señalar que por debajo de esta calle y de la Catedral Metropolitana pasa la quebrada La Loca, que llamaron de esta manera porque cuando llovía se salía de madre y arrastraba a su paso piedras, palos y latas. Fue de La Loca que sacaron piedras para construir la Catedral, y en 1944 tuvo que ser desviada y canalizada. Dicen que en una de sus enloquecidas, la fuerza del agua tumbó una de las paredes del sótano, cerca de la cripta de osarios donde se encuentran los restos de Tomás Carrasquilla, quien debe estar orgulloso de sus vecinos, recordando su antigua casa en las épocas de Ébano y Marfil. Cuando le narro a Humberto la anécdota de La Loca, él me suelta una perla que todavía me da vueltas en la cabeza: “Ahora resulta pues que de la quebrada La Loca pasamos a la calle de las locas”.

Doris y su equipo el día que ganaron el campeonato de fútbol para lesbianas.