Terremoto

por CRISTIAN ALARCÓN

Número 12 Mayo de 2010

Crecí escuchando relatos de terremotos y tsunamis. Sonia Casanova, mi madre, me debe haber narrado una decena de veces lo que pasó esa tarde del domingo 22 de mayo de 1960, cuando mi tío Raúlcho dejó una botella de chicha de manzana sobre la mesa antes de que el terremoto comenzara. Los Casanova habían sentido un primer temblor, apenas un aviso de lo que se vendría. Raúlcho, que tenía diez años, avisó: “¡Ahí se viene el otro!”.

Y la botella de chicha comenzó a agitarse como si la batieran. Mi madre lo recuerda porque temió que se quebrara y eso desatara un huracán de mal humor en mi abuelo Isaías, que por ese tiempo, sin un trago cerca se ponía de mal genio y no había santo que lo aguantara.

Aquel 22 de mayo, pasado el mediodía, mi madre, mis abuelos y mis tíos apenas habían escuchado un rumor sobre que en Concepción, al norte, había temblado la tierra. Nadie sabía que el día anterior, a las 6.06 de la mañana, un sismo de 7,75 grados había derrumbado dos mil casas, un puente de dos kilómetros sobre el río Biobío, y matado a 125 personas. Al fin y al cabo, en el sur de Chile, no es nada raro que la tierra se mueva, un poco, de vez en cuando.

Eran las 14.55 del domingo cuando Raúlcho gritó que se venía el otro, y la familia Casanova salió corriendo del inquilinato cercano a la estación del pueblo de La Unión, donde todavía viven muchos de ellos. Mi abuela Aura había parido a los mellizos, Ivonne e Iván, hacía pocos días. Había sido un parto terrible. Mi madre, de doce años, había tenido que asistir como enfermera a la matrona en un cuarto de la casa. Todos estaban obnubilados con la niña, Ivonne, porque era la primera mujer después de seis varones. Y porque había nacido por el milagro que logró un conjuro: como la beba venía atravesada, la meica —el nombre mapuche de las parteras— mandó a mi madre al patio a traer una gallina negra con la que santiguó el vientre de Aura para que Ivonne saliera. La bebé se enderezó de pronto y nació, pero azul y sin aire. La meica puso el pico de la gallina sobre la boca de la niña y la exhalación del animal la hizo respirar. Lloró, vivió y hoy es mi adorada tía Ivonne.

La fascinación por la niña Ivonne hizo que, al escapar, los Casanova de la casa que se doblaba y crujía sobre sí se olvidaran del mellizo, Iván. Mi madre se dio cuenta cuando ya estaba en la calle y sin pensarlo regresó por el bebé. Iván lloraba en una cuna bajo los techos de una madera que comenzaba a astillarse. Ella lo abrazó y salió dando los trancos más largos que pudo, con el niño en brazos. Corría por la calle Caupolicán cuando sintió el rugido del terremoto, un sonido sordo y cavernoso que aterroriza antes de remecer. Mi padre, que lo vivió entonces en medio del campo, lo describe como “miles de caballos galopando al mismo tiempo”. Entonces —y ésta es la imagen que Sonia Casanova jamás olvidará, que jamás olvidaré— la tierra se rajó bajo sus pies. Sonia simplemente abrió las piernas, como quien juega a la rayuela dispuesto a llegar al cielo. La tierra volvió a cerrarse sobre sí. Los Casanova se salvaron. Subieron a una colina del pueblo y allí pasaron los siguientes días, soportando, como los sobrevivientes de hoy en el Biobío y el Maule, las incontables réplicas del terremoto. Luego pasaron dos años como allegados en casas de parientes y amigos. Hasta que les entregaron una nueva y reluciente, en la Aldea Campesina Georgia, que lleva el nombre del estado norteamericano que la hizo construir. Sus habitantes son sobrevivientes del Gran Terremoto de Chile, como se conoció el sismo del 60.

El tiempo pasó, mi madre, ya una joven, se volvió enfermera, y luego, al comienzo de la dictadura, nos refugiamos en la Patagonia argentina. No volvió a sentir movimientos de la tierra y quedaron las historias que nos contó. Hasta estos días, en que se le hace difícil dormir y no puede evitar tener el canal chileno las 24 horas puesto en su casa de Cipolletti. Ayer me recordó algo de lo que hoy les cuento. Y se confesó, entre risas, un tanto asustada por los rumores que circulan en el Alto Valle: dicen que harán sonar la sirena de emergencias porque el temblor en el lago Huechulafquen del lunes pasado produjo una fisura en la represa del Chocón, que podría desbordarse. Dicen que habría que correr hacia las zonas altas del valle. El Organismo Regulador de Seguridad de Presas (Orsep) ya desmintió esos infundios. Igual, verdad o mentira, ahí sigue mi madre, valiente como entonces, jugando a la rayuela desde la tierra al cielo, ida y vuelta, a salvo del temblor.

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por RUBÉN VÉLEZ // No creo que Medellín sea la más educada. Eso sí, es la menos aburrida. Su parque principal ya es el escenario de dos circos. Uno de ellos, el más conocido, se llama “El show de La Danny”. ¿Qué nombre darle al otro? ¿”El don de la vida” o “La alharaca de Vallejo?”

En el 'esla' perdí a Gabriela

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Número 11 Abril de 2010

En una noche cargada de luna blanca, una luna colgada de un cielo oscuro y tan blanca, que parecía ser el terrible ojo de un ciego… En esa noche láctea, ay Dios, conocí a Gabriela…

Recuerdo que era sábado y que en mi mente andaban trabados múltiples pensamientos, de pronto, un revoltoso guaguancó de Gilberto Cruz (Resignación) hizo temblar los parlantes del bar y mis pies se fueron despegando del piso y empezaron a golpear suavemente el pegajoso embaldosado gris. Me levanté de mi silla, todavía con una cerveza en la mano, y me fui hasta una mesa repleta de “mango bajito”. Quería sandunguear, “soltar los caballos”, y escogí a una negra de caderas sabrosas para saborear la pista. La negra me hizo dar vueltas, me tiraba y me traía. Yo era feliz nadando en ese mar de trompetas y tambores isleños, pensando en un retozón debajo de las estrellas, sin más compañía que Joe Cuba, sin más abrigo que el vientre de esa negra sandunguera y recia, pero la canción se terminó y tuve que cancelar mi primer arrebato en la tibia noche de sábado por la noche. Volví pues a mi “chela” fría, a mi “tripita” de cebada y alcohol, el mejor energético pa’ menear el esqueleto.

Dejé que pasaran canciones, evité sones y salmueras románticas. Evité la “leche en polvo” y el “hechizo de media luna”, luego me tiré al baldoseo con Margie de Ray Barreto, esta vez con una blanquita francesa que no sabía mover los hombros. Con ella también me inventé un final feliz, quizás entre sábanas, en un apartamento pequeño y con buen olor, escuchando Pink Floyd y Velvet Underground hasta la muerte de la última hora de la madrugada. Le arrimé mi aliento y saboreé el palpitar de su pecho con mis manos flacas; le repasé la espalda con mi dedo anular y ella me miró con ojos de miel brillante. Pude haberle robado el color rosado de sus mejillas pero Tito Puente soltó a Patato Valdés con el Stick on Bongo. La nena se escurrió dulcemente de mis manos de lobo y fue a sentarse junto a la negra de las caderas sabrosas. Yo me quedé petrificado, sintiendo como se erguía la hombría dentro de mis pantalones.

“Sabés qué flaca, dame media de ron y una botella de soda”, le dije a la mesera, ella me hizo una mueca salpicada de malicia y luego desapareció en el tumulto. Después de Patato cayó Rubén Blades con el “Padre Antonio y su monaguillo Andrés”.

A mí se me hizo muy chafa la mezcla de timbales ketaminosos con la suavidad eclesiástica de los xilófonos de los Seis del Solar, pero ya estaba muy cogido de la electricidad de la música como para no dejarme sobornar de las estrellas. Los dos primeros tragos de ron me sacaron una sonrisa de pendejo.

Iban pasando las horas, mis ojos, cada vez más rojos, se plantaron en una línea recta que daba a la puerta de madera del Eslabón. Allá, como una muñeca luminosa, estaba Gabriela, cambiando el aire de sus pulmones por el humo de un cigarrillo húmedo.

Yo la esperé atado a mi silla metálica, la detallé línea por línea, hasta que la tuve en frente y comencé a temblar como perro callejero. Ella no dijo nada, o eso creo, tan sólo alzó esos ojos de pantera rabiosa y se sentó a mi lado. Pidió una copa y un vaso con agua, bebió de mi botella sin preguntar. Luego, tras el amargo trago, me cogió de la mano y me tiró a la pista, “vamos a bailar”, dijo, y me apretó contra su cintura. Me dejé dominar por ese cuerpo cálido y me emborraché con el suave olor de su cabello.

El tornamesa gorjeaba una dulzura de Roberto Roena y Gabriela y yo nos fuimos envolviendo en un solo sudor al ritmo de la voz de Poncho Sánchez. Casi ni escuchaba la música, encantado que estaba con el vaivén pélvico de ‘Gabi’. Parecíamos en otro espacio, suspensos en otro aire. Yo me imaginé que era Laurent Wolf el que sonaba… o quizás Debussy, y que en vez del Eslabón, estábamos, ella y yo, en medio de una iluminada llanura cercada por robles y cedros.

Pero la salsa me trajo de vuelta a la realidad, ese sonido de tambores y de trompetas me rebotó de nuevo hasta la barra, donde ya no estaban las nalgas duras de Gabriela.

La media de ron iba por la mitad. Yo estaba medio loco, medio aturdido, pero feliz.

A Gabriela no la vi más esa noche, no la vi más ninguna noche, pero al Eslabón volví siempre, me sedujo el bar, el aliento a alcohol petrificado de Carelo y John, el bozo mejicano de Palomino y las banderas del Medellín que se dejan correr silenciosamente por la brisa, pendidas de las vigas de madera añeja que sostienen el largo techo del bar.

Rubén Vélez