El pecado de la carne

por ANDRÉS DELGADO • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 22 Abril de 2011

La carne es exquisita. Carne viva y amorosa o carne jugosa y asada. Una semana en blanco, sin llevarnos un buen bocado de carne a la boca, es un penoso trance. Para no tener que soportarlo usted sabrá cómo se las arregla para agenciarse la porción de carne viva. Pero por el otro lado ¿cómo es el proceso para disfrutar del suculento sabor de la carne asada? En UNIVERSOCENTRO se lo contamos.

“Tengo tres años de edad y en pocos minutos seré sacrificado. Seré despellejado, me abrirán en canal, me sacarán el corazón, trozarán mi hígado, me cortarán la cabeza, rebanarán mis patas y me extirparán los ojos. Son las tres de la mañana y el beneficiadero está en plena faena. Otros novillos hacen fila en dirección de una rampa. Los humanos nos sacrifican en la madrugada para que los restaurantes tengan carne fresca al mediodía. Talvez por esa obsesiva puntualidad con los restaurantes es que a mi muerte la llaman beneficio. Y es muy posible que esta misma noche una porción de mí caiga en las brasas de un asadero y unas muelas humanas terminen por triturarme. Tengo tres años, soy un novillo de 400 kilos y eso quiere decir que estoy bueno para comer, literalmente”.

Si un novillo pudiera escribir su diario, esto es lo que más o menos escribiría antes de su muerte:

“Estamos encerrados en la Central Ganadera de Medellín, en un corral lejos de la planta industrial para que no sintamos el olor a sangre de nuestros congéneres y no nerviemos ni comencemos a dar patadas y cabezazos. Nos bañan con agua fresca que cae sobre mi cabeza y me sienta bien. Después del baño estoy más relajado. Un sujeto con bata blanca me alza la cola, mira por debajo, se levanta y me palmotea el lomo. El procedimiento se llama Inspección ante-mortem, para determinar que no tengo ninguna enfermedad y que estoy en condiciones de morir en esta madrugada. En fila, vamos pasando por una rampa. Ahora camino sereno, con dignidad. Ha llegado mi hora”.

Hasta aquí el diario del novillo.

A qué huele el beneficiadero

En la sala de sacrificio el olor es vomitivo. Es un fuerte olor entre boñiga, herrumbre, sangre y químicos que le produce arcadas a quien no esté acostumbrado. Esto es un beneficiadero pero parece una línea de ensamble de Sofasa. Lámparas blancas, sierras crujientes, golpes de troqueles, rieles en la altura; no hay reses en el piso sacudiéndose mientras se desangran; hay pasillos congestionados de operarios con pesados delantales amarillos, guantes largos, botas industriales y cascos de obra civil. El siguiente novillo ingresa a la plataforma y queda atrapado. Un operario retiene su cabeza en la caja de sacrificio y empuña una pistola neumática de perno. Apoya el cañón entre los ojos del animal y dispara. El perno rompe el hueso frontal, destroza los sesos, pero el animal sigue vivo. Al disparo ese se le llama insensibilización; el novillo está y no está. Es un procedimiento diseñado para el bienestar del animal, para que no se angustie con la idea de la muerte, ni se huela lo que le viene después.

El novillo tiene los ojos abiertos pero no ve, ni se da cuenta en qué momento le amarran una pata trasera y lo levantan cabeza abajo. Está atontado y su corazón aún bombea sangre. La lengua le cuelga, casi tocando el piso. Este procedimiento se llama izamiento. Una vez arriba, avanza por el riel elevado entre el sonido industrial de las poleas, los golpes y las sierras. Más adelante, un operario sostiene el cuchillo vampiro. Este pedazo de metal es un tubo con punta diagonal, conectado a una manguera que va a una bolsa plástica transparente. El operario clava el cuchillo vampiro en la yugular. La sangre roja y caliente empieza a descender por la manguera y se recoge en la bolsa. Con este operario sería imposible una pelea a cuchillo. Finalmente el novillo muere por anemia aguda en aproximadamente diez minutos. No quedan rastros de violencia. Aún así no quisiera que un hindú ingresara a la planta de beneficio, ni llorara las reencarnaciones de su madre y su cuñada.

“Tenemos un proceso muy tecnificado”, me dice el médico veterinario Jorge Mario Escobar, gerente de la Central Ganadera, el beneficiadero de 28 hectáreas fundado en 1954, ubicado en la autopista norte, a 6 kilómetros del centro de Medellín. La usanza de los viejos matarifes consistía en zanjar el cuello sin previa insensibilización. La muerte era traumática. Los novillos perdían el equilibrio, desangrándose a borbotones; caían lanzando patadas y coces, inundando el recinto de sangre. Los novillos sufrían y el organismo, en su agonía, liberaba sustancias que dañaban el sabor y la textura de la carne. Ahora es distinto. El procedimiento de insensibilización fue todo un logro después de muchos años de estar buscando alternativas que mitigaran el sufrimiento del animal. En Medellín, hay grupos de activistas en contra del consumo de carne. No han entendido que es un asunto natural, que comemos carne hace milenios y que los novillos no son mascotas sino bienes de consumo.

La línea de producción

El novillo colgado se desliza por el riel. En la próxima estación de trabajo se despelleja la carne, se apila el cuero, y en la siguiente, se abre la panza en canal. Es un trabajo que requiere un operario con destreza para manejar una poderosa sierra eléctrica que troza los huesos como si se deslizara por un blando y grueso filete. También se necesita cursar en el Sena Operaciones básicas de sacrificio bovino y Buenas prácticas de manufactura, BPM. A los trabajadores se les exige además rasurarse barba y bigote, no portar anillos ni pulseras y mantener las uñas limpias y bien cortadas. Todo esto para cumplir con el decreto 1.500 que regula la oficina del Invima, ubicada dentro del mismo beneficiadero. El operario gana un sueldo de 700 mil pesos mensuales y cubre un turno heroico: de doce de la noche a ocho de la mañana. Lo leímos en el diario del novillo: “La jornada debe hacerse en la madrugada para que los restaurantes tengan carne fresca al mediodía”.

Las regulaciones del Invima obligan a la Central Ganadera a cumplir con las normas de inocuidad y a realizar procedimientos modernos, donde se priorice la muerte digna del animal. La planta tiene capacidad para beneficiar 640 novillos por turno de trabajo; la velocidad del riel es de 80 animales por hora. El doctor Escobar se deleita, como si se tratara de un lomito a la pimienta, con el ritmo de la línea de producción: especialización del trabajo, estandarización de procedimientos, estudios de métodos y tiempos, ergonomía y cero tiempo perdido en cambios de referencia. Si a la sierra de pecho se le parte un tornillo, toda la línea se detiene. La solución: planes de mejoramiento intensivos en el mantenimiento mecánico. Y en verdad el riel elevado, las luces blancas de neón, los operarios uniformados, las estaciones de trabajo, los sonidos de sierras, pistones y golpes, son los mismos que en una fábrica manufacturera.

La diferencia: mientras en Sofasa, a medida que un Renault Logan avanza por el riel, los operarios le adicionan componentes. En el matadero ― el doctor Escobar insiste en que es beneficiadero, pero cada cosa tiene su nombre―, en el matadero, digo, a medida que el novillo avanza, los operarios lo desvalijan. En Sofasa, al final del recorrido, el Logan está ensamblado. En el matadero, al final, no queda nada del novillo. Es desmontado en su totalidad, pieza por pieza.

Y ninguna parte se desperdicia. Con la sangre se produce harina, morcilla, carnes frías y es utilizada en farmacéutica. Con la bilis, laxantes. Con el estiércol, abono orgánico. Con el miembro viril, juguetes para mascotas. Así es, los perros son los que terminan comiéndose el pipí del novillo. Con el intestino delgado se hace la chunchurria de Buenos Aires. Las vísceras del novillo van a dar a la paila de la cocina o son utilizadas como materia prima para los concentrados animales. Nada se desperdicia. El ganado siempre ha sido un excelente negocio. No es gratuito que el oficio de cuidar vacas en corrales se llame ganadero, porque en efecto, quien lo practica, es un indiscutible ganador. Con las patas, se preparan gelatina y colágeno. El cuero va directo a las curtimbres. Con los cachos se producen artesanías y botones porque no creemos, como los chinos, que sean afrodisiacos. La lengua también se come, pero ahora no la ofrecen en las cartas de los restaurantes. No porque sea de mal sabor, sino porque pedirla es un atrevimiento. Imagínense: “Mesero, deme lengua por favor”.

Los cálculos renales son una verdadera fortuna. Cada gramo de estas piedras cuesta más que uno de oro. Aún así, no hay manera de predecir que un novillo tenga en los riñones o en la vesícula biliar, una de estas valiosas perlas orgánicas. Para evitar robos en la Central Ganadera, la mesa de acero inoxidable donde se abren estas vísceras es vigilada por una cámara. Gracias a esa vigilancia se impide que los cálculos vayan a parar en el mercado negro de la Plaza Minorista, donde se comercializan bajo cuerda. Al matadero llega un sujeto con lentes oscuros y un maletín de cuero, compra la mercancía y se larga. Se lleva en promedio 200 gramos al mes. No se sabe qué hace con ellos. Se especula que son materia prima para microcomponentes japoneses, pero debe ser falso porque los cálculos renales se cuidan con celo desde años antes del desarrollo de la electrónica. El asunto es un misterio; ni el doctor Escobar supo contestar la pregunta.

Vale decir, finalmente, que ningún pedazo, ninguna garra, ninguna excrecencia del novillo cae al rio Medellín, y a eso lo llama el doctor Escobar un buen balance ambiental.

Carne en pie, bistec a caballo

La raza más común en Colombia en cuestión de carne es la brahman, descendiente del cebú; es una raza proveniente de la India y que se diferencia del ganado europeo por su giba. El valor del ganado se mide en la masa muscular que se obtiene en el menor tiempo posible. En Colombia, los novillos alcanzan 400 kilos en tres años. En Argentina, las vacas obtienen ese mismo peso en la mitad de tiempo, gracias al tipo de ganado y a la geografía; en las pampas las vacas argentinas pastan con mansedumbre, son extremadamente perezosas y crecen con los músculos flácidos y pulposos. El filete de calidad debe tener un balance entre grasa y músculo. Esa característica se llama marmórea, como las vetas negras en el mármol blanco, las vetas de grasa blanca en la carne roja.

La Central Ganadera no es dueña de ningún novillo; es la intermediaria. El vendedor y el comprador cierran el negocio en los corrales de la Central. Allí se presta el servicio de corral y se facturan $51.400 pesos por cada res beneficiada, además se adiciona un impuesto con el nombre más truculento de todo el estatuto tributario: Impuesto al degüello, de $17.900 pesos por res.

Ahora bien, todo hay que decirlo, en Medellín también comemos caballo. El matadero La Mosca, en el municipio de Rionegro, por ejemplo, sacrifica caballos y su carne se comercializa en restaurantes y carnicerías. Las deliciosas butifarras callejeras, que nos rescatan de las peores borracheras a las tres de la mañana, son producidas con carne de caballo. En realidad, eso no tiene nada de malo. Evitar meterle el diente a los caballos es un tabú y un despropósito. Es un condicionamiento cultural absurdo como el que tienen los judíos contra el cerdo o como el que tienen los hindúes, que se mueren de hambre mientras engordan vacas y ratas pardas. En la Argentina se cultivan caballos y se los comen en jugosos filetes de diez centímetros de ancho. Sirven el filete con un cuchillo desechable de plástico y el trinchete se desliza entre la carne como si fuera mantequilla. Imagínense la delicia.

En Medellín también abunda el mercado negro de carne de caballo. Si a un campesino en San Pedro de los Milagros se le enferma un potro flaco y acabado y no puede recuperarlo, el campesino no pierde. Lo sacrifica, se lo hecha a los hombros y lo baja en moto hasta San Cristóbal. Un distribuidor pirata lo compra, lo estruja en la maleta de su Mazda 323 y lo transporta a una casa de barrio, como tantas otras, donde funcionan mataderos clandestinos con todo su arsenal de neveras, mesas de faena, sierras eléctricas, cuchillos, operarios, y, por supuesto, buenos clientes en carnicerías y restaurantes. ¿Alguna vez se ha preguntado cómo es posible comerse un sabroso menú ejecutivo por $5 mil pesos? Ya sabe la respuesta.

La carne en cifras

Según Acopi, el consumo de carne per cápita por año en Colombia es de 17 kilos. En Argentina, 55. Brasil es el primer exportador de carne a nivel mundial, lo sigue Australia, y Colombia ocupa el décimo puesto. Argentina no está en el primer renglón exportador porque prefieren comerse las vacas que exportarlas. Aún en las peores crisis económicas, los australes siempre han ostentado el título de primer consumidor de carne del mundo.

El pecado de la carne

Desde hace milenios estamos obsesionados con la carne. Punta de anca, tabla, mondongo, churrasco, solomo, hígado, ojos, nalga, lengua. Incluso la iglesia católica le dio un giro metafórico a la lujuria y la llamó de manera gráfica: El pecado de la carne. En la tradición se recomienda la abstinencia de saborear la carne viva y amorosa o jugosa y asada, durante los viernes de cuaresma.

Según el catecismo del padre Astete, esta regulación debe cumplirse entre los 6 y 60 años. Quien esté por fuera de este rango puede mandarse la carne que quiera y no queda en pecado. La iglesia y sus vainas. Es más, hasta hace pocos años, si durante los viernes de cuaresma usted se comía un par de muslos a punta de picos corría el riesgo de quedar pegado a ellos.

El cuadril es la parte externa y trasversal del cuarto trasero de la vaca. Contiene la tabla, la posta, el huevo de aldana y el solomito. Es un culo delicioso. Andrés Calamaro dice en una canción: “Y así suene muy poco sutil, de tu cuadril no me olvido nunca más”.

La carne es un placer. Y un pecado. De gula y de lujuria. Nuestra costumbre es comernos a nosotros mismos. Gracias a ello y a que nos comemos nuestras vacas, esta especie ha sobrevivido por centurias.

¿Qué quieres comer hoy? Cuello, hoy quiero comerte el cuello.

El hombre y los animales

La vida de los animales es un libro de J.M. Coetzee y narra la relación de los humanos con los animales. Paseando por corrales llenos de vacas dice Coetzee: “No he visto horror alguno, no he visto ningún matadero. Sin embargo, estoy seguro de que están ahí. Simplemente no se anuncian al público”. El asunto es: nos encanta la carne pero nos repudia su sistema de producción. En Discovery Channel hemos visto cómo se produce el cereal, la cerveza y el pan, pero nunca veremos el capítulo de la producción cárnica. Es mejor que otro sujeto mate la vaca, y bien lejos. Obvio. La muerte no es asunto para ver. A menos que usted sea lector de Q´hubo. 

Desnutridos y desnutridas

por SERGIO VALENCIA • Ilustración de Cachorro

Número 22 Abril de 2011

En Medellín poca gente aguanta física hambre, según determinó un juicioso estudio que la Escuela de Nutrición y Dietética de la U. de A. hizo para la Alcaldía en el 2010. Poca gente, hay que aclarar de inmediato, comparada con la que antes vivía hambrienta, que era mucha. Porque de todos modos preocupa que más o menos 230.000 personas (el 10% de los que andareguiamos por aquí) se acuesten sin haberle metido lo suficiente al estómago y con las tripas reclamando.

Afortunadamente, lo ratifica el estudio, si las autoridades municipales persisten en atacar el problema del hambre como lo han venido haciendo y pulen sus estrategias con las recomendaciones de los expertos, es factible que en un día no muy lejano lleguemos al ansiado punto de cero buchones con las costillas forradas y el pelo de mentiritas. Que así sea.

El asunto, igual o más grave, es otro, pues como suele suceder en Colombia, mientras se arregla un problema sale algo peor a eclipsarlo.

Inseguridad alimentaria

Ya bastaba con la inseguridad en las calles, con la que parece no puede nadie, “ni mi Dios con dos piones” como resume desesperanzado el dicho antioqueño. Ahora quedó demostrado que el 60% de los medellinenses, además de sufrir con las balaceras y los atracos, sufre de inseguridad alimentaria, que no es menos que vivir la cruel incertidumbre de tener con qué almorzar hoy pero no saber si mañana se conseguirá la plata para almorzar de nuevo o siquiera desayunar.

En concreto son un millón cuatrocientos mil ciudadanos los que viven al día con su alimentación, en la cuerda floja de sus intestinos. Más de la mitad de los que cruzan por La Playa con la Oriental, de las que hacen aseo en El Poblado, de los que cuidan carros en el estadio, de los que motilan prados o cogen goteras en Belén, no saben a ciencia cierta si al otro día aguantarán hambre. Por suerte no tienen hambre en el instante, pero vuelve el sol a salir y vuelven las inevitables ganas de comer, de ellos y de su familia; lo que tal vez no vuelva es la oportunidad de satisfacerlas.

No tener ni arroz para aplacar el hambre es terrible, pero es apenas una pizca menos terrible tener que tasarlo.

El huevo o la gallina

Esa vergonzosa cantidad de gente que padece inseguridad alimentaria se ve obligada a apretarse continuamente el cinturón, y no es un chiste. Del Perfil Alimentario y Nutricional de Medellín 2010, que así se llama el estudio, se infiere que ante la probabilidad de quedarse sin comida por falta de ingresos, las familias hacen primero cambios cualitativos en su dieta. Por ejemplo, pasan obligados del jugo de frutas al refresco en polvo, de la carne pulpa a la gorda y de la ensalada de verduras al tronco de panela. Y otra vez la perversa realidad los arrincona, enflaquecen aún más su menú por el lado de la cantidad: De los tradicionales tres golpes pasan a dos, de los fríjoles a la sola tinta y una ración de carne (cuando la hay) la convierten en varias. Así, literalmente, logran sacarle el cuerpo al hambre y, de carambola, resuelven un eterno dilema de la humanidad, pues si a un inseguro alimentario le preguntan qué fue primero, si el huevo o la gallina, responderá sin titubeos que primero fue la gallina pero después se volvió imposible de comprar.

Alguien dirá, quizás uno de esos godos platudos que moralizan el estatus quo, que esa forma de enfrentar la pobreza es otra muestra del ingenio paisa para resolver los problemas inherentes a la vida y lo refrendará orgulloso con un “antioqueño no se vara”. Y no es así. El ingenio que se gasta para inventar con poco una comida presentable es solo una respuesta mecánica a la adversidad, tanto que los ingeniosos cambios en la dieta de quienes no tienen asegurada una buena alimentación les resultan doblemente perjudiciales, como comprueba la citada investigación.

En el limbo de la nutrición

Que Dios proveerá es promesa cada vez más difícil de creer. Hasta la FAO reconoce que “en el 2009 padecían hambre crónica o subnutrición en el mundo 1.020 millones de personas, de las cuales 1.002 millones se encontraban en los países en desarrollo”.

Hoy en Medellín, el 60% no vive precisamente en ese infierno alimenticio, pero está condenado al limbo nutricional. Es decir, el millón cuatrocientos mil conciudadanos de que hablamos alcanza a comprar comida y llena su barriga, pero forzados por los bajos ingresos llevan a la mesa comida barata, esa que parece leche, ese salchichón color carne, ese azúcar gaseoso que traba el hambre, todo aquello que no hace más que engordarlos. De tal manera que sufren a la vez de déficit nutricional y de exceso de peso. Vaya paradoja subdesarrollada: ¡Rozagantes desnutridos! ¡Falsos positivos!

También contribuyen al problema la globalización de la producción de alimentos y la toma de los mercados por parte de las multinacionales, pues no le dejan más camino a las clases bajas que consumir “alimentos baratos con alta densidad calórica”. Comida chatarra, llenadora, para hablar claramente.

Aseveran los investigadores que la situación alimentaria y nutricional de Medellín se aleja de la de los países pobres, y al mismo tiempo de la de los países más desarrollados. “Parece que la ciudad se acerca más a la situación que viven algunos de los llamados países de economías emergentes. En ellos, en medio de los problemas de inseguridad alimentaria, desnutrición y carencias nutricionales, también penetraron problemas como el sobrepeso, inicialmente en las zonas urbanas, y luego se convirtieron en un fenómeno generalizado que avanzó y continúa avanzando con inusitada celeridad. Por otro lado, el estilo de vida de la población pasó a ser más sedentario”.

[Hay un dato curioso en el estudio que no sé dónde meterlo pero que amerita el paréntesis: Las comunas en que mayor porcentaje de población permanece sentado durante la jornada diaria son El Poblado (58,9%) Laureles (54,8%) y La América (49,9%), y entre los corregimientos, el de San Cristóbal (40,3%)].

[Y otro: 6 alimentos predominan en el 90% de los hogares de todas las comunas: huevo, arroz, arepa, papa común, tomate y sal].

Si se tratara de un sencillo problema de apariencia, no importara tanto. Gorditos y gorditas siempre ha habido, y ese carretazo de que todos tenemos que pelear contra los genes y la gula y el deseo para lucir una cintura socialmente correcta nos tiene hasta la coronilla. Pero resulta que la obesidad trae consigo, inevitablemente, enfermedades ruinosas como la diabetes y la hipertensión, por solo mencionar dos y no mencionar la cantidad de males que acarrea la gordura excesiva en los niños.

Solución intravenosa

El hambre y la inseguridad alimentaria tienen la principal causa en la desigualdad social. Lo que significa que no se solucionan fácilmente ni sólo con buenas intenciones. “La desigualdad social se refleja en la marcada diferencia de ingresos y oportunidades, excluyendo del progreso a buena parte de la población y limitando sus derechos, entre ellos el derecho a la alimentación”, aclara el Perfil, y añade: “Los problemas en casi todos los campos de la salud reflejan claramente la manera como se distribuyen los bienes sociales”. Ya dijimos que no será fácil, estamos hablando de nada más y nada menos que de una justa redistribución del ingreso, en Latinoamérica, el más desigual de los continentes.

Y nada despejará el oscuro panorama de la inseguridad alimentaria en nuestra ciudad hasta que no reconozcamos la raíz del problema y actuemos en consecuencia. Lo dice el bienvenido estudio de la Escuela de Nutrición y Dietética que hemos citado: “La situación alimentaria y nutricional de Medellín, así como los estilos de vida de sus habitantes, son un reflejo de dos características que han sido destacadas en diversos estudios: un territorio en proceso de consolidación como gran ciudad, profundamente desigual, que ha legitimado la desigualdad social como si fuera inherente a su proceso de desarrollo”.

Queda solamente recomendarles a los lectores que busquen el Perfil Alimentario y Nutricional de Medellín 2010 y que desayunen bien para que no se duerman leyéndolo.

*En concreto son un millón cuatrocientos mil ciudadanos los que viven al día con su alimentación, en la cuerda floja de sus intestinos.

Tinto a dos centavos
Historia de los cafés en Medellín (primera parte)

por RAFAEL ORTIZ • Ilustraciones de Jacinta Molina

Número 22 Abril de 2011

No podemos decir que la vieja Villa de la Candelaria haya sido el lugar donde se inventó el café —ese salón de entretenimiento y tertulia donde además se puede tomar tinto—, pues bien se sabe que en Europa ha habido, desde hace mucho tiempo, cafés notables por sus servicios, categoría y ambiente. Pero, con toda seguridad, si allá no los hubieran inventado aquí lo habríamos hecho, pues la estructura social conformada en nuestra tierras desde la colonia es la adecuada.

A la inmensa mayoría de quienes solicitaban permiso para emigrar a las Américas desde España, Portugal y otros países, se les imponía un contrato según el cual debían dedicarse a la agricultura; pero una vez en la aldea o ciudad colonizada, a los seis meses máximo, esos emigrantes encontraban cómo medrar sin tener que trabajar.

Pronto se enrolaban en las huestes de los aventureros cuyo derrotero era enriquecerse robando oro a los indios, o a quienes fuera, para poner un almacén en la plaza de la población. Con una ventaja: en los almacenes no había que trabajar más que un día por semana, el de mercado; el resto lo pasaban en el negocio jugando cartas o en la casa de una amiga.

El almacén era, por tanto, centro de recreación y tertulia, y como en esos entonces no había forma de hacer tinto, allí se consumía sirope, jarabe y, casi a la hora de la Independencia, el famoso té de la sabana descubierto por la Expedición Botánica.

Cuando llegó el café, como producto, a Medellín, la gente lo preparó en el hogar en las formas conocidas de tinto, perico y carajillo. Luego empezó a ser vendido en las calles por muchachos piernipeludos; a muchos de ellos algunas familias ricas les regalaban el tinto con el afán de ayudarles, los demás tenían que comprarlo. Salían con seis termos organizados en una armazón de madera y con media docena de pocillos de porcelana colgada de los soportes laterales; al lado, una olla grande llena de agua para lavarlos cada vez que eran usados.

El café, como establecimiento comercial, sólo surge cuando don Hipólito Londoño (Polito), ya dueño de Café La Bastilla, vio en Caracas, Venezuela, cómo expendían el tinto en establecimientos dedicados al efecto. A su regreso, lo primero que hizo fue comprar vajilla de porcelana y poner venta de tinto a dos centavos, de lo que después se lamentaría, pues la demanda comprobó que el precio inaugural pudo haber sido de cinco.

No había pasado el primer mes del tinto en La Bastilla cuando ya se vendía en todas las tiendas, pulperías y establecimientos similares con gran acogida. Esto obligó a crear nuevos establecimientos, con más mesas y hasta músicos y pistas de baile.

Después, las tertulias que se hacían en las farmacias y las esquinas con los contertulios de pie y sin consumir más que el ocasional tinto vendido por los muchachos, pasaron a hacerse en los cafés. Eso sí, se siguió fumando mucho tabaco negro del doblado en casa y del doblado por profesionales.

Las pulperías

Antiguamente llevaban este nombre los establecimientos que vendían víveres, cacharros, correajes, canastos, forjas, artefactos de cabuya como lazos, enjalmas, arretrancas, cinchones, etc. La mayor parte de los víveres se guardaba en cajones y la panela era encerrada en los armarios.

En algunas también se menudeaban cervezas del país, aguardiente y ron común. Los licores se llevaban en un charol, servidos en copas y vasos a los que se hacía un simulacro de lavado en una ponchera a la que sólo se le cambiaba el agua cuando ya estaba espesa de residuos; la secada de los trastos se hacía con una toalla que no pecaba de limpieza. Era de rigor llenar los estantes con botellas vacías y no podía faltar, como detalle indispensable, la tinaja de barro con la chicha dulce.

Fueron pocas las pulperías en Medellín porque en dichos tiempos casi todas las gentes se proveían de lo necesario, los días martes y viernes, en el mercado de la plaza principal.

Los cafés

Permanentemente abiertos al público adulto, son esos lugares donde se vende tinto (café negro), perico (pocillo pequeño de café con leche), licores y algunos alimentos. Allí concurren los clientes no sólo a disfrutar los clásicos productos sino a hacer negocios, tertuliar, leer periódicos y libros, y en general, a encontrar esparcimiento y relacionarse con los demás.

Cantinas, tiendas y billares

Mezcla de tienda de víveres y café, las cantinas son características de los barrios alejados del centro. Algunas, inclusive tenían carnicería.

Las tiendas, también generalmente de barrio, venden al menudeo toda clase de productos alimenticios incluyendo legumbres, licores y cigarrillos.

Los billares ofrecen los mismos servicios de licores que los cafés pero además alquilan, por horas o fracciones, mesas de pool y carambola, tableros de ajedrez, parqués y dominós.

Por conveniencias de publicidad, por esnobismo o por difamación, con el tiempo a algunos cafés se les puso el nombre de bar, taberna y otras denominaciones parecidas traídas por lo general del exterior.

por ANDRÉS DELGADO // Las casas de masajes provocan curiosidad. Bien sea por la atracción que ejercen las mujeres fáciles y desconocidas o simplemente por calmar el deseo de saber cómo son estos lugares. La curiosidad comienza a picar al recibir, en el centro de la ciudad, un papelito de publicidad.

Sinfonía porno

por ANDRÉS DELGADO

Número 18 Noviembre de 2010

Doble penetración y Analización sexual son las películas que se presentan esta semana en el Teatro Sinfonía. Las aventuras en el sexo y Juegos de leche son los estrenos para la siguiente. Fernando González, el filósofo de Envigado, decía: “Pornografía es tenerle miedo a la vida, tener los instintos vitales encapuchados en la oscuridad de la vergüenza”.

1

Son las 6:30 de la tarde y el centro de Medellín hierve en la congestión. El Sinfonía está ubicado en Sucre, entre Caracas y Maracaibo, donde a esta hora fluye lenta una cola de carros. Cientos de empleados vuelven a sus casas. La taquilla del teatro es un local al borde de la calle. Los afiches explícitos están a un paso de los transeúntes. En los 90, cuando pasaba con mis amigos del colegio por esta calle, mirábamos con desengaño la taquilla, frustrados por no ser mayores de edad. Siempre tuve curiosidad por esta vaina. Detenido en el corredor del teatro, escucho un taconeo que se aproxima. Giro y cruzo la mirada con un par de secretarias. Miran los afiches, se ríen, y siguen taconeando. Se burlan de mí, que sigo ojeando solitario la cartelera.

El horario se prolonga desde las 10 de la mañana hasta las 11 de la noche, de lunes a lunes, en función continua. A lo largo del día repiten dos pelis. Cada semana se renueva el cartel. Uno podría ingresar a medio día y quedarse la tarde entera encerrado allí, todo por 5 mil quinientos pesos. Según Simón Posada, en su Diccionario arbitrario del porno, “la clasificación triple XXX concierne al grado de desnudez: una x para los senos, otra para el trasero y otra para la vagina”. Por otra parte, Salman Rushdie, el novelista británico que vive en permanente amenaza de muerte por los musulmanes radicales, es uno de los más famosos defensores de la pornografía. Según él, es un indicador de la libertad de expresión en cada país. En la entrada del teatro me acerco al portero y le pregunto cómo están las películas. “Muy buenas, muy buenas”, me dice desganado. Entonces me voy a la taquilla y pago. A juzgar por la indiferencia del portero, en esta sala de cine lo que menos interesa es la proyección en la pantalla.

Boleta en mano, paso al siguiente pasillo. Levanto unas pesadas cortinas rojas y me sumerjo en aberraciones y jadeos. A diferencia de los teatros contemporáneos, al Sinfonía se ingresa por la parte superior. Así que me encuentro de frente con una delirante pareja que folla desde la pantalla. Me detengo a ojear el entorno. Desde atrás, veo cabezas desgranadas por las filas. El Sinfonía es un teatro de antaño. En total hay quinientas sillas —un teatro comercial tiene 170-. La sala es enorme. Alrededor hay sujetos de pie, apoyados en las paredes. Con la escasa claridad puedo verlos y todos ellos me clavan la mirada. Lo mejor es seguir adelante.

Me siento en mitad de una fila desocupada e intento relajarme. El protagonista termina la escena disparando sobre el rostro de la chica un potente chorro de jeringa. Según las costumbres del Japón feudal, para castigar a una mujer infiel varios hombres eyaculaban en su cara.

La película concluye y las luces se encienden. Nadie se levanta. Todos esperamos que comience la siguiente. El recinto queda en silencio. Echo una ojeada y compruebo que todos somos hombres. Aquí y allá hay varias parejas de ellos. Empieza a sonar música de vaqueros, es un far-west de Frank Pourcel. Al cabo de unos minutos se apagan de nuevo las luces. De manera inesperada, un sujeto se acomoda en el extremo de mi fila. “Normal”, pienso y me escurro en la silla, sentándome casi en la espalda. Sé que el tipo me está mirando. Giro la cabeza y lo confirmo. Se trata de un gordo, calvo y barbado, con las cejas tupidas. Respiro con calma y no vuelvo a determinarlo. En la pantalla aparece una chica con cara de folladora profesional. En la oscuridad, el gordo se levanta y recorre la fila para sentarse cerca, a una silla de distancia. Me parece que puedo ser obligado a una locura. Puede ser que sea tiempo de terminar con mi reportería. Para enviarle un mensaje al gordo lo miro con la cara más brava que sé fingir, una cara que he practicado en el espejo de mi baño. El hombre me devuelve la misma expresión. Nos miramos con el cejo fruncido. Resoplando, vuelvo a la pantalla. La protagonista procede a meterse en la boca, por turnos, las vergas de cinco sujetos.

Mientras tanto, siento en el cuello la mirada incisiva del gordo. Mi paranoia aumenta. La mujer chupa y chupa. Está feliz. Mi vecino estira la rodilla y, sobre ella, apoya una mano. Mi pierna ha quedado a una breve distancia de su mano regordeta. Su intención es clara. De modo que me levanto de un tirón. Camino apresurado por el flanco contrario y busco la salida por esa interminable fila de sillas. Me largo terriblemente asustado. Cuando cruzo a toda prisa delante de los tipos que están detenidos en las paredes me siguen con la mirada. Me observan, como a una puta pasar por la calle.

2

Luego de la primera experiencia tras las cortinas rojas, vuelvo al día siguiente para hablar con Héctor Sierra, el administrador. Tal vez don Héctor me explique la dinámica en el interior de la sala. A medida que hablamos, detenidos en la taquilla, varios sujetos pagan su ingreso. Al principio de la conversación don Héctor no quiere hablar demasiado, se queja de los reportajes que han dejado por el piso la reputación del Sinfonía. Pienso en el episodio con el gordo. ¿Pudo suceder algo grave ayer? Para suavizar la cuestión, le pregunto por la historia del teatro.

En 1942 se construyó el teatro Salón España, y en los 60 se convirtió en las instalaciones de Radio Sinfonía, una emisora. Al finalizar esa década volvió a ser sala de cine, ahora bajo el nombre de Teatro Sinfonía. Los dueños eran Bernardo Giraldo Zuluaga y Jorge Tobón Villamizar. Inicialmente se presentaron westerns y películas de artes marciales. Más tarde llegó el cine erótico, con películas de argumento, música y exteriores. En 1973, en el gobierno de Misael Pastrana Borrero, llegaron las películas del destape. El Sinfonía se consolidó como el primer teatro de la ciudad que presentaba sólo películas de contenido sexual. Don Héctor dice que las filas llegaban hasta Junín. Actualmente, las películas que se proyectan son de origen norteamericano, italiano y francés, y se alquilan desde Bogotá. Las películas de 35 mm se acabaron. Ahora sólo se proyecta formato DVD. Todo es carreta, porque a mí lo que me interesa son las historias que don Héctor no me quiere contar.

Según don Héctor, la sala es fácil de vigilar.
—¿Le parece fácil? —le pregunto.
—La idea —dice— es que la gente se comporte bien.
—¿Adentro puedo tomar licor?
—No.
—¿Puedo venir con mi novia?
—Sí, siempre y cuando ella se haga responsable de todo lo que le pase.
—¿Y qué podría pasar?
—Entre ustedes dos, se pueden acariciar.
Me dice que si vengo con mi novia seríamos rodeados por algunos espectadores. Según él, es seguro que empezarían a tocarnos. Don Héctor, por fin, suelta la lengua. Los sábados las mujeres entran gratis, pero no pueden cobrar por sus actividades. El teatro es un sitio de recreación y no de trabajo. Recuerdo a una actriz que decía: “La diferencia entre el sexo a cambio de dinero y el sexo gratuito es que el sexo a cambio de dinero resulta más barato”.
Ahora, quiero saber si pude ser acosado físicamente anoche.
—¿Don Héctor —repunto yo—, ¿y si vengo solo?
—Lo mismo dice, alguien vendrá a buscarlo.
—¿Y si me paso de lugar?
—En cualquier parte que se siente, volverán por usted.
—Pero ¿puede suceder una agresión?
—¡No, hombre! don Héctor se ríe. ¡Cómo se le ocurre!

Mientras me habla recibe los tiquetes de los espectadores, todos ellos son sujetos que oscilan entre los 30 y 60 años, con presencia muy masculina. Todos saludan. Es muy frecuente encontrar voyeurs que pasan la tarde entera esperando a que suceda algo en la sala para ir a presenciar en vivo. Hay un hombre que trae a otros dos, para verlos acariciarse. El 80% de los espectadores son clientes que vienen regularmente y entre ellos se conocen los gustos. Hay un cliente, un viejito, que pregunta desde la taquilla: “Don Héctor, ¿hay mujeres adentro?” El caso es que no las haya, el cliente responde: “Entonces vuelvo más tardecito”. Si don Héctor afirma, sale disparado para la taquilla. El público, en su mayoría gay, no se conforma sólo con mirar. Lo que sucede entre la silletería supera fácilmente las películas que se proyectan. Con la complicidad de la penumbra los clientes dejan de ser espectadores aburridos y pasan a ser protagonistas de sus propias escenas. Para Andrew Blake, que dirigió varias películas de Playboy, “el ser humano hace pornografía para inmortalizar sus actos sexuales”. Pero en estos teatros lo que menos interesa es el cine.
—Acá se puede hacer de todo le digo. ¿Cuál es el límite?
—Penetraciones, y para evitarlo se vigila constantemente con una linterna.

3

El Teatro Sinfonía es fácil de vigilar porque es de una sola planta, a diferencia del Villanueva, que tiene tres pisos y 600 sillas. Son los últimos dos teatros de cine porno en Medellín. Anteriormente había una pléyade de cinco teatros X: además de los que sobreviven estaban el MetroCine, en Bolívar con San Juan; el Radio City; en Maracaibo; y el Capitol en Palacé. Varios de estos cines se convirtieron en centros de oración. Ahora que las salas X están en vía de extinción por culpa de internet y de las cabinas privadas de videos, ¿adónde van a ir estos sujetos a no ver películas?

En el Villanueva, ubicado en la esquina de Bolívar con Caracas, converso con Hugo Rivera, el administrador. Al contrario de don Héctor, don Hugo no tiene pelos en la lengua para contarme las historias de su teatro. El atractivo de la sala reside en que los asistentes pueden ir rotando libremente por las sillas masturbándose unos a otros. Tomo nota. Me narra la historia de un sujeto que cada ocho días ingresa con su mujer para que la manoseen mientras se masturba. En Tokio hay gente que se gana la vida haciendo donaciones de esperma, a los espectadores del Villanueva se les está escurriendo el dinero entre las manos.

En su libro Plegarias atendidas Truman Capote dijo que “la pornografía ha sido muy mal interpretada, ya que no fomenta maníacos sexuales ni los manda a dar vuelta por las callejuelas, sino que constituye un bálsamo para los sexualmente reprimidos y no correspondidos, ya que, ¿cuál es el fin de la pornografía sino estimular la masturbación?”

Entre historias de pajas, voyeurs, gays y mamadas, don Hugo dice que prohibió la entrada a travestis porque “vienen a pelear por hombres”. En otras ocasiones ha ingresado a la sala con una linterna para lidiar con tres o cuatro herramientas por fuera de sus cremalleras. Además, ha llegado a encontrar pruebas de coprofagia. En varias ocasiones lo han visitado funcionarios de Salud Pública. Le han preguntado por qué hay tanta servilleta en la sala, papel higiénico y condones. Entre una y otra amonestación, los funcionarios públicos se van del teatro. Le pregunto si conoce alguna regulación legal que controle el funcionamiento del negocio. Me dice que no, pero asegura pagar toda clase de impuestos legales.

A la salida del Villanueva don Hugo me dice que a la clientela no se le puede pedir que rece un rosario mientras ve una película triple equis. Pienso en el gordo barbado del Sinfonía. Es seguro que anoche libró el pago de la entrada con otro sujeto. Menos mal no fue conmigo.

Gutenberg

por ERREMORA

Número 18 Noviembre de 2010

Desde niño había subido infinitas veces por la calle Calibío, corriendo casi, por ese callejón que se formaba entre el antiguo Palacio de la Gobernación y una serie de edificaciones bajas de ladrillo. Subía por allí todas las mañanas desde Cundinamarca, después de bajarme de un bus atestado que venía del norte, corría Calibío arriba hasta la Plazuela Nutibara para tomar otro bus atestado, el doble, que me llevara hasta el extremo sur; y ya iba tarde como siempre y el timbre del Inem ya estaba por sonar llamando a la primera clase.

Calibío es de las pocas callejuelas peatonales que existen en el centro de esta ciudad y siempre estaba intransitable. Obreros a las fábricas. Oficinistas a la oficina. Ascensoristas al ascensor. Vendedoras al almacén. Barberos a la barbería. Maestros a la escuela. Estudiantes al tablero. Putas a la casa, porque la noche acababa de acabarse. Un mar de gente y yo tenía que esquivar cada cuerpo que caminaba con mucha prisa. Siempre me daba la impresión de que iba a morir aplastado. Eran los ochenta y nunca miré al cielo mientras caminaba por ese callejón. Barberías en el costado sur, y algún café, es lo único que recuerdo. El viejo hotel de la esquina no existía para mí. Veinte años después, una madrugada de esas calurosas, tomado de la mano de una mujer bellísima, estaba tocando un viejo y ruidoso timbre para que nos abrieran sus puertas.

Bajamos del taxi justo en la esquina de Carabobo con Calibío. No se veía un alma. Lu me tomó de la mano y nos adentramos unos metros en el callejón. Vamos al Gutenberg, me había dicho cuando decidimos pasar lo poco que quedaba de la noche juntos y lejos del resto de nuestros amigos con los que nos emborrachábamos en el puesto de licores de la gasolinera de Colombia. Yo no tenía la más mínima idea de cuál lugar hablaba la chica, pero subimos al primer taxi que pasó y en menos de ocho minutos estábamos en el centro de Medellín. Un viejo y austero edificio de ladrillo, de aquellos que los arquitectos llaman Art Deco, se levantaba ante mis ojos.

Subimos la escalera hasta llegar a una puerta vidriera gigantesca con marcos de madera pintados de un amarillo pálido. Seguí a Lu, que empujó el portón.

Delante del habitáculo que hacía de recepción, había un hombre de aspecto campesino, de unos treinta y cinco años, bigote negro, el faldón de su camisa verde claro metido dentro de la pretina del pantalón. Se le formaba una enorme bombacha en la espalda. Las mangas de la camisa remangadas dejaban ver sus antebrazos tostados por el sol. Una pequeña tula sintética era todo su equipaje, además de una gorra de béisbol desteñida y del poncho que colgaba de su hombro izquierdo. La habitación vale quince mil, señor, descargó la recepcionista adormilada. El hombre sacó los billetes y la mujer le dio una llave atada a un trozo de madera. Lu y yo esperábamos detrás. Cuando el hombre desapareció al doblar un pasillo, la mujer nos miró. Sólo me queda una pieza múltiple. Se las puedo abrir, pero con un recarguito de cinco mil. Acento paisa remachado. Soltamos una carcajada suave y le dimos los billetes. Ella misma nos acompañó hasta la enorme puerta de dos batientes…Cuantos años tiene este hotel, le pregunté a la mujer. Hmmm, no séééé, muchos, respondió con sueño, pero sin bostezar.

La enorme puerta doble tembló cuando la mujer abrió. Una vez adentro, soltamos una carcajada al ver el enorme salón en el que había varias camas impecablemente tendidas, a la usanza de los pueblos. No recuerdo cuantas camas, pero reí aun más cuando Lu me dijo divertida: escoge una. Sí que tenemos variedad, ¿no?. Y soltó una de sus risotadas tiernas mientras entornaba los ojos.

Me gustan los viejos hoteles

Abrimos una de las ventanas, porque esas ventanas invitaban a ser abiertas de par en par, y la calle Carabobo apareció solitaria, silenciosa, como extrañando el ruido de las tardes. Implorando el bramido de los buses y los pitos y todo el humo negro que sube al cielo cada día. Nos paramos a fumar nuestros cigarrillos. No quedaba una gota de ron en la botella. El aire estaba muy quieto, el silencio de la calle asustaba, pero no aterraba más que el silencio que aparecía en nuestros rostros cada vez que dábamos una fumada a los Marlboros.

Allí parado imaginé historias de pasillos. Venían a mi mente almas cansadas buscando el sueño y sudores de parejas mordiéndose los labios bajo sábanas ásperas y con aroma a Descurtol Indio. ¿Acaso aquel hombre que nos encontramos en la recepción venía huyendo de su pueblo?

Los años han pasado

El hotel Gutenberg no era un hotel glamouroso. No servía banquetes ni había room service con pancakes y miel. No. No iban allí gringos blanquiñosos ni europeos mal olientes a drogarse… El hotel Gutenberg no existe. El hotel Gutenberg no ha existido nunca. Se llamaba hotel Universo, pero la gente de estos lados del planeta siempre se refería a él como el Gutenberg. Dicen las historias que en sus salones funcionaban los talleres de la tipografía Bedout, pero ya en los ochenta alojaba a viajeros pueblerinos agotados, que venían a la ciudad a cerrar algún negocio y a parejas de universitarios que buscaban un polvo tranquilo en una habitación barata y limpia. Me gustaba el Gutenberg. Ahora ni se atrevan a mirar lo que hay allí.

ED
G
U
T
E
N
B
E
R
G

Leí en letras de molde vaciadas en cemento en lo alto de la ochava, cuando alcé los ojos y la luz del sol me castigó con furia. A esa hora de la mañana sabatina, Calibío ya era el hervidero que recordaba de aquellos días del colegio.

Chicherías, baños públicos, putas y bastardos

por LÍDERMAN VÁSQUEZ

Número 17 Octubre de 2010

Tomada del libro Historia de Bogotá Siglo XX de Fabio Zambrano P.

A finales del siglo XIX, por los alrededores del Parque Berrío, había muchas chicherías. A ellas acudían los pobres a emborracharse y a liarse con alguna puta vieja, trajinada, devaluada. Eran sitios donde imperaba el desaseo. Desde los periódicos locales las plumas de bien instaban a los ricos de la ciudad a apropiarse de esos sitios y construir modernos edificios acordes con los nuevos tiempos. Por un cuartillo de chicha, y a veces sólo por la compañía, las putas se iban con los hombres a copular en las mangas cercanas al parque, o a callejones oscuros, en medio del ladrido de los perros.

Llegaban a la ciudad, todavía niñas, huyendo del rejo paterno, y entraban a servir en una casa de ricos. Los años, el maltrato, y uno que otro aborto, las iban devaluando, como a Guayaquil, y terminaban sus días en las chicherías. Estos lugares, vestigios de una época colonial que seguía viva en la cabeza de todos, eran el sitio de diversión de los pobres.

Los ricos tenían otros gustos.

En las familias de alcurnia las mujeres, educadas en los principios cristianos de castidad y sometimiento total al varón, constituían el cimiento del edificio familiar. Las relaciones sexuales dentro del matrimonio no tenían como fin el placer sino la concepción, ningún hombre debía despertar pasiones deletéreas en seres tan angelicales. Privativo de ellos, el placer había que buscarlo por fuera del matrimonio. Cuando lo procuraba la sirvienta era seguro, libre de enfermedades venéreas y de piojos: la esposa miraba para otro lado, se hacía la de la vista gorda, eso no era con ella. Si había embarazo la muchacha era expulsada y se convertía en puta. Muchas veces parían en los cañaduzales que bordeaban el río Medellín y cometían infanticidio. Nadie vio, nadie oyó.

Pero lo normal era acudir donde las putas. A procurarse lo que no les daban en casa, a disfrutar de una buena felación que las esposas, formadas a imagen y semejanza de María, madre de Dios, ni se imaginaban que se pudiera hacer, acudían los hombres a los prostíbulos de los que se fue llenando Guayaquil, el barrio residencial de las élites. Allí tuvo su casa Pedro Nel Ospina, presidente de Colombia entre 1922 y 1926. Los domingos, en la misa, putas y castas acudían al misterio de la eucaristía y estas últimas miraban con el rabillo del ojo y un mohín de desprecio a las mujeres perdidas que ofendían con su presencia la casa de Dios. Los esposos fingían indiferencia y con los ojos cerrados se entregaban al recuerdo, delicioso, de los goces comprados. Afuera, en el atrio de la iglesia, perros de todos los colores, con el pelaje del cuello erizado, mostrando los dientes y olisqueándose, medían sus fuerzas alrededor de una perra en calor. Tenían cara de malevos, de hombres lujuriosos, viciosos y pendencieros.

A medida que Guayaquil entraba en decadencia, los hombres de bien refinaban sus gustos. La gente se bañaba una vez a la semana, y, para hacerlo, acudían a baños públicos porque en las casas no había. Esta costumbre de no bañarse nunca, aparece en Europa en el siglo XII cuando la Iglesia, argumentando que durante el baño tocamos nuestros genitales, proscribe el uso del agua para estos menesteres: La cristiandad, hedionda de alma, paso a ser también hedionda de cuerpo.

En el Centro había varios. Ofrecían agua caliente, brandy y empanadas frescas. Eran sitios de encuentro con mujeres que vendían caros sus servicios, algunas de ellas alemanas, francesas, polacas, inglesas y españolas. Aunque parezca extraño, América Latina, desde México hasta Argentina, era el sitio preferido por las mujeres europeas para ejercer la prostitución. Entraban por Barranquilla y subían por el río Magdalena ofreciendo sus servicios a medida que se adentraban al interior del país. En Robledo había un baño muy bueno, frecuentado por don Coriolano Amador, el hombre más rico de Medellín, que se citaba allí con sus amantes. Entre brandy y brandy, saboreando las empanadas recién hechas se entraba en calor.

Menos frecuente que la visita al prostíbulo o a los baños públicos eran las aventuras con actrices. A Medellín llegaban compañías de teatro y de zarzuela y los hombres, vestidos a la manera europea, las seducían. Hubo frecuentes orgías en las quintas de los alrededores. Una muy famosa, pues en ella participó un verdadero contingente de actrices, se prolongó por quince días en la quinta de una de las familias más prestantes de la ciudad. Estas mujeres, igual que las putas, eran duchas en las artes amorosas y poseían la sabiduría que hizo famosas a las mujeres de Lesbo.

La industrialización atrajo a muchas mujeres del campo. La mayoría aspiraba a un empleo en las recientes fábricas textiles, pero la verdad es que muchas de ellas iban a parar a Guayaquil, o terminaban sus días en una chichería ofreciéndose por un cuartillo de chicha. Los dandis de la ciudad, elegantemente vestidos, solían frecuentar la salida de las fábricas y susurrarles palabras calientes al oído y una que otra promesa. Las muchachas, que trabajaban hasta dieciséis horas diarias y ganaban menos de la mitad de lo que ganaba un hombre, accedían a cambio de dinero. En los sitios de trabajo tenían que soportar el acoso de los capataces que bajo amenaza terminaban saliéndose con la suya. Estas historias, de las que no estaba excluido el sentimiento amoroso, terminaban con la muchacha en una residencia de Guayaquil, vendiendo su cuerpo para poder alimentar al hijo bastardo. Como en un poema de Mario Rivero en donde un cliente le dice a la muchacha: “Ven conmigo y te regalaré un vestido y un pañuelo”, y al final ella termina llorando.

Así, la nación colombiana fue nación de bastardos, de hijos naturales. De ellos descienden los policías, los soldados, los guerrilleros, los paramilitares, los maestros, los narcotraficantes, los albañiles, los empleados de grandes almacenes, etc.

Hay putas a pocos pasos de la Plaza Botero, travestis por los alrededores de la Iglesia Metropolitana, prepagos en colegios y universidades, y hasta en El Poblado, según publicación reciente del periódico ADN, adolescentes, hijas de la abundancia, se venden a traquetos y jubilados norteamericanos y españoles por diez billetes de cincuenta. Vengan que estamos en feria, es el bicentenario.

Porno a la salida de misa

por ANDRÉS DELGADO

Número 16 Septiembre de 2010

Boyacá es la calle del porno en Medellín. Ubicada en el lateral de la iglesia de La Candelaria y desembocando en el Parque de Berrío, Boyacá es un enjambre peatonal y un mercado callejero de ropa, zapatos, lociones, libros, aparatos eléctricos y un resto de cachivaches. Pero la mayor oferta, y demanda, es de pornografía: los viernes y sábados, hay más de 25 improvisados puestos de venta de películas. Todas las películas son copias ilegales en DVD. Con feligreses que salen de misa y pornógrafos ojeando culos y tetas, Boyacá es una calle donde el porno y los rezos son parte de un mismo rito.

Como muchas otras calles de América Latina, esta tiene nombre de batalla independentista. En Boyacá, Simón Bolívar derrotó definitivamente al ejército español en el norte de Suramérica. El Perú se liberó de los españoles en la batalla de las pampas de Junín. En Medellín, el paseo Junín es un bulevar que cruza por la calle 53, llamada Maracaibo, como la ciudad venezolana.

En uno de los puestos de películas un señor de bigote y buena barriga me muestra lo que tiene. Me entrega un cerro de carátulas para que pueda verlas en mis manos: Sexo duro, jovencitas, anal, maduras, gays, prenatal, pies, faldas, piernas, profesoras y enfermeras. “Gracias” le digo al gordinflón y devuelvo el paquete. Voy a otro puesto: interraciales, porno famosas, aficionadas, masajes, pelinegras, pelirrojas, eyaculaciones faciales, gordas, flacas y tetonas. Los géneros del porno, como los fetiches, son amplios.

El precio: una copia cuesta 3 mil pesos, menos de dos dólares. De pie, en las paredes de la iglesia de La Candelaria, los vendedores sostienen en los brazos docenas de películas o improvisan en la calle una tabla donde exhiben las carátulas con vergas gigantes y tetas redondas.

La venta de estas películas está prohibida por ser copias sin pagos de derechos y por ello los vendedores deben estar a cuatro ojos con los policías. Si llegan a detenerlos, les incautan el material.

Quiero ojear otros culos pero me antojo de entrar a la iglesia. La Virgen de la Candelaria es una virgen negra, como es negro el niño Jesús que sostiene en los brazos. Un Jesús negro y churrusco, un desliz en el racismo romano.

En el atrio hay un viejo sucio, como recién salido de una alcantarilla, pidiendo limosna. Es pelilargo, mugriento y flaco. Tiene las encías peladas y no tiene camisa ni zapatos. Su única prenda de vestir es una roñosa pantaloneta. Levanta la mano y pide una moneda con el rostro desgraciado.

Al entrar a la iglesia el cambio se siente de inmediato: afuera el bullicio, adentro la calma. Se escucha el sermón. Las palabras del cura retumban y hacen eco en la bóveda del cielo raso. El ambiente es solemne. En las paredes hay bustos religiosos. En la cámara del sur está Jesús crucificado, un Jesús idéntico al miserable sujeto de la entrada: pelo largo, cuerpo flaco y sucio. Este Jesús es un mendigo del Parque de Berrío clavado en una cruz.

Mientras tanto, el cura sigue dando su monserga: conferencia con sabiduría sobre la vida familiar y el matrimonio. Parece un ciego hablando de la luna llena, con toneladas de información, pero sin saber absolutamente nada. Es mejor seguir ojeando porno.

A la salida de la iglesia está Jesucristo mugroso pidiendo limosna.

En nuestra ciudad, la educación sexual ha sido manipulada por la iglesia católica, tiñendo de prohibiciones y censuras la naturaleza del cuerpo. Las mujeres bien del barrio Boston llegaban vírgenes al matrimonio. Ya casadas, en las confesiones, consultaban al cura sobre asuntos del sexo. Imagine la calentura del cura escuchando estas historias. Cuando las señoras tenían sexo con el marido, se tapaban el cuerpo con una sábana con un huequito. En el pasado se le llamó Putaísmo a todo acto sexual por fuera del matrimonio. Pero también era considerada puta aquella mujer que tenía sexo con su marido cambiando de posiciones y divirtiéndose, sin esperar la procreación.

En otra iglesia del centro de Medellín, en el atrio de la iglesia de La Veracruz, trabajan las putas más viejas de la ciudad. Son señoras de 50 y 60 años que ejercen la prostitución. Como decía Eduardo Escobar, “todas las putas son católicas y van al infierno de los poetas”.

Ojeando las novedades de Jairo, un muchacho que trabaja vendiendo porno en la puerta de la iglesia de la Candelaria, veo un señor que está a punto de salir de misa. Es calvo. Antes de salir de la iglesia, gira hacia el púlpito y se echa una bendición, inclinándose. Luego camina desprevenido por la acera, en nuestra dirección. Esquiva varios peatones y pasa por mi lado. En un reflejo, el señor baja la mirada y los ojos se clavan en una carátula de Jairo. Queda impresionado con un culo enorme. Sigue caminando despacio, pero no puede quitar los ojos de la foto que lo tiene embrujado. Entonces Jairo lo aborda. Le pone en las manos varias carátulas de jovencitas desnudas. Jairo sabe que las películas de niñas follando, vuelven locos a los más viejos. El calvo, con las carátulas en las manos, se avergüenza, devuelve el paquete que antes recibió y camina ahora con más afán.

–No importa –me dice Jairo–, un día cualquiera, cuando salga de misa, me compra un DVD. 

por PASCUAL GAVIRIA // Los siete días a la semana, las 24 horas del día dos despachadores se encargan de llenar los termos de 300 tinteras —el 90% son mujeres— que inician sus recorridos con la esperanza de cambiar los brebajes por monedas de 200 contantes y sonantes.

En el 'esla' perdí a Gabriela

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Número 11 Abril de 2010

En una noche cargada de luna blanca, una luna colgada de un cielo oscuro y tan blanca, que parecía ser el terrible ojo de un ciego… En esa noche láctea, ay Dios, conocí a Gabriela…

Recuerdo que era sábado y que en mi mente andaban trabados múltiples pensamientos, de pronto, un revoltoso guaguancó de Gilberto Cruz (Resignación) hizo temblar los parlantes del bar y mis pies se fueron despegando del piso y empezaron a golpear suavemente el pegajoso embaldosado gris. Me levanté de mi silla, todavía con una cerveza en la mano, y me fui hasta una mesa repleta de “mango bajito”. Quería sandunguear, “soltar los caballos”, y escogí a una negra de caderas sabrosas para saborear la pista. La negra me hizo dar vueltas, me tiraba y me traía. Yo era feliz nadando en ese mar de trompetas y tambores isleños, pensando en un retozón debajo de las estrellas, sin más compañía que Joe Cuba, sin más abrigo que el vientre de esa negra sandunguera y recia, pero la canción se terminó y tuve que cancelar mi primer arrebato en la tibia noche de sábado por la noche. Volví pues a mi “chela” fría, a mi “tripita” de cebada y alcohol, el mejor energético pa’ menear el esqueleto.

Dejé que pasaran canciones, evité sones y salmueras románticas. Evité la “leche en polvo” y el “hechizo de media luna”, luego me tiré al baldoseo con Margie de Ray Barreto, esta vez con una blanquita francesa que no sabía mover los hombros. Con ella también me inventé un final feliz, quizás entre sábanas, en un apartamento pequeño y con buen olor, escuchando Pink Floyd y Velvet Underground hasta la muerte de la última hora de la madrugada. Le arrimé mi aliento y saboreé el palpitar de su pecho con mis manos flacas; le repasé la espalda con mi dedo anular y ella me miró con ojos de miel brillante. Pude haberle robado el color rosado de sus mejillas pero Tito Puente soltó a Patato Valdés con el Stick on Bongo. La nena se escurrió dulcemente de mis manos de lobo y fue a sentarse junto a la negra de las caderas sabrosas. Yo me quedé petrificado, sintiendo como se erguía la hombría dentro de mis pantalones.

“Sabés qué flaca, dame media de ron y una botella de soda”, le dije a la mesera, ella me hizo una mueca salpicada de malicia y luego desapareció en el tumulto. Después de Patato cayó Rubén Blades con el “Padre Antonio y su monaguillo Andrés”.

A mí se me hizo muy chafa la mezcla de timbales ketaminosos con la suavidad eclesiástica de los xilófonos de los Seis del Solar, pero ya estaba muy cogido de la electricidad de la música como para no dejarme sobornar de las estrellas. Los dos primeros tragos de ron me sacaron una sonrisa de pendejo.

Iban pasando las horas, mis ojos, cada vez más rojos, se plantaron en una línea recta que daba a la puerta de madera del Eslabón. Allá, como una muñeca luminosa, estaba Gabriela, cambiando el aire de sus pulmones por el humo de un cigarrillo húmedo.

Yo la esperé atado a mi silla metálica, la detallé línea por línea, hasta que la tuve en frente y comencé a temblar como perro callejero. Ella no dijo nada, o eso creo, tan sólo alzó esos ojos de pantera rabiosa y se sentó a mi lado. Pidió una copa y un vaso con agua, bebió de mi botella sin preguntar. Luego, tras el amargo trago, me cogió de la mano y me tiró a la pista, “vamos a bailar”, dijo, y me apretó contra su cintura. Me dejé dominar por ese cuerpo cálido y me emborraché con el suave olor de su cabello.

El tornamesa gorjeaba una dulzura de Roberto Roena y Gabriela y yo nos fuimos envolviendo en un solo sudor al ritmo de la voz de Poncho Sánchez. Casi ni escuchaba la música, encantado que estaba con el vaivén pélvico de ‘Gabi’. Parecíamos en otro espacio, suspensos en otro aire. Yo me imaginé que era Laurent Wolf el que sonaba… o quizás Debussy, y que en vez del Eslabón, estábamos, ella y yo, en medio de una iluminada llanura cercada por robles y cedros.

Pero la salsa me trajo de vuelta a la realidad, ese sonido de tambores y de trompetas me rebotó de nuevo hasta la barra, donde ya no estaban las nalgas duras de Gabriela.

La media de ron iba por la mitad. Yo estaba medio loco, medio aturdido, pero feliz.

A Gabriela no la vi más esa noche, no la vi más ninguna noche, pero al Eslabón volví siempre, me sedujo el bar, el aliento a alcohol petrificado de Carelo y John, el bozo mejicano de Palomino y las banderas del Medellín que se dejan correr silenciosamente por la brisa, pendidas de las vigas de madera añeja que sostienen el largo techo del bar.