por ANDRÉS DELGADO // Las casas de masajes provocan curiosidad. Bien sea por la atracción que ejercen las mujeres fáciles y desconocidas o simplemente por calmar el deseo de saber cómo son estos lugares. La curiosidad comienza a picar al recibir, en el centro de la ciudad, un papelito de publicidad.
Sinfonía porno
por ANDRÉS DELGADO
Número 18 Noviembre de 2010
Doble penetración y Analización sexual son las películas que se presentan esta semana en el Teatro Sinfonía. Las aventuras en el sexo y Juegos de leche son los estrenos para la siguiente. Fernando González, el filósofo de Envigado, decía: “Pornografía es tenerle miedo a la vida, tener los instintos vitales encapuchados en la oscuridad de la vergüenza”.
1
Son las 6:30 de la tarde y el centro de Medellín hierve en la congestión. El Sinfonía está ubicado en Sucre, entre Caracas y Maracaibo, donde a esta hora fluye lenta una cola de carros. Cientos de empleados vuelven a sus casas. La taquilla del teatro es un local al borde de la calle. Los afiches explícitos están a un paso de los transeúntes. En los 90, cuando pasaba con mis amigos del colegio por esta calle, mirábamos con desengaño la taquilla, frustrados por no ser mayores de edad. Siempre tuve curiosidad por esta vaina. Detenido en el corredor del teatro, escucho un taconeo que se aproxima. Giro y cruzo la mirada con un par de secretarias. Miran los afiches, se ríen, y siguen taconeando. Se burlan de mí, que sigo ojeando solitario la cartelera.
El horario se prolonga desde las 10 de la mañana hasta las 11 de la noche, de lunes a lunes, en función continua. A lo largo del día repiten dos pelis. Cada semana se renueva el cartel. Uno podría ingresar a medio día y quedarse la tarde entera encerrado allí, todo por 5 mil quinientos pesos. Según Simón Posada, en su Diccionario arbitrario del porno, “la clasificación triple XXX concierne al grado de desnudez: una x para los senos, otra para el trasero y otra para la vagina”. Por otra parte, Salman Rushdie, el novelista británico que vive en permanente amenaza de muerte por los musulmanes radicales, es uno de los más famosos defensores de la pornografía. Según él, es un indicador de la libertad de expresión en cada país. En la entrada del teatro me acerco al portero y le pregunto cómo están las películas. “Muy buenas, muy buenas”, me dice desganado. Entonces me voy a la taquilla y pago. A juzgar por la indiferencia del portero, en esta sala de cine lo que menos interesa es la proyección en la pantalla.
Boleta en mano, paso al siguiente pasillo. Levanto unas pesadas cortinas rojas y me sumerjo en aberraciones y jadeos. A diferencia de los teatros contemporáneos, al Sinfonía se ingresa por la parte superior. Así que me encuentro de frente con una delirante pareja que folla desde la pantalla. Me detengo a ojear el entorno. Desde atrás, veo cabezas desgranadas por las filas. El Sinfonía es un teatro de antaño. En total hay quinientas sillas —un teatro comercial tiene 170-. La sala es enorme. Alrededor hay sujetos de pie, apoyados en las paredes. Con la escasa claridad puedo verlos y todos ellos me clavan la mirada. Lo mejor es seguir adelante.
Me siento en mitad de una fila desocupada e intento relajarme. El protagonista termina la escena disparando sobre el rostro de la chica un potente chorro de jeringa. Según las costumbres del Japón feudal, para castigar a una mujer infiel varios hombres eyaculaban en su cara.
La película concluye y las luces se encienden. Nadie se levanta. Todos esperamos que comience la siguiente. El recinto queda en silencio. Echo una ojeada y compruebo que todos somos hombres. Aquí y allá hay varias parejas de ellos. Empieza a sonar música de vaqueros, es un far-west de Frank Pourcel. Al cabo de unos minutos se apagan de nuevo las luces. De manera inesperada, un sujeto se acomoda en el extremo de mi fila. “Normal”, pienso y me escurro en la silla, sentándome casi en la espalda. Sé que el tipo me está mirando. Giro la cabeza y lo confirmo. Se trata de un gordo, calvo y barbado, con las cejas tupidas. Respiro con calma y no vuelvo a determinarlo. En la pantalla aparece una chica con cara de folladora profesional. En la oscuridad, el gordo se levanta y recorre la fila para sentarse cerca, a una silla de distancia. Me parece que puedo ser obligado a una locura. Puede ser que sea tiempo de terminar con mi reportería. Para enviarle un mensaje al gordo lo miro con la cara más brava que sé fingir, una cara que he practicado en el espejo de mi baño. El hombre me devuelve la misma expresión. Nos miramos con el cejo fruncido. Resoplando, vuelvo a la pantalla. La protagonista procede a meterse en la boca, por turnos, las vergas de cinco sujetos.
Mientras tanto, siento en el cuello la mirada incisiva del gordo. Mi paranoia aumenta. La mujer chupa y chupa. Está feliz. Mi vecino estira la rodilla y, sobre ella, apoya una mano. Mi pierna ha quedado a una breve distancia de su mano regordeta. Su intención es clara. De modo que me levanto de un tirón. Camino apresurado por el flanco contrario y busco la salida por esa interminable fila de sillas. Me largo terriblemente asustado. Cuando cruzo a toda prisa delante de los tipos que están detenidos en las paredes me siguen con la mirada. Me observan, como a una puta pasar por la calle.
2
Luego de la primera experiencia tras las cortinas rojas, vuelvo al día siguiente para hablar con Héctor Sierra, el administrador. Tal vez don Héctor me explique la dinámica en el interior de la sala. A medida que hablamos, detenidos en la taquilla, varios sujetos pagan su ingreso. Al principio de la conversación don Héctor no quiere hablar demasiado, se queja de los reportajes que han dejado por el piso la reputación del Sinfonía. Pienso en el episodio con el gordo. ¿Pudo suceder algo grave ayer? Para suavizar la cuestión, le pregunto por la historia del teatro.
En 1942 se construyó el teatro Salón España, y en los 60 se convirtió en las instalaciones de Radio Sinfonía, una emisora. Al finalizar esa década volvió a ser sala de cine, ahora bajo el nombre de Teatro Sinfonía. Los dueños eran Bernardo Giraldo Zuluaga y Jorge Tobón Villamizar. Inicialmente se presentaron westerns y películas de artes marciales. Más tarde llegó el cine erótico, con películas de argumento, música y exteriores. En 1973, en el gobierno de Misael Pastrana Borrero, llegaron las películas del destape. El Sinfonía se consolidó como el primer teatro de la ciudad que presentaba sólo películas de contenido sexual. Don Héctor dice que las filas llegaban hasta Junín. Actualmente, las películas que se proyectan son de origen norteamericano, italiano y francés, y se alquilan desde Bogotá. Las películas de 35 mm se acabaron. Ahora sólo se proyecta formato DVD. Todo es carreta, porque a mí lo que me interesa son las historias que don Héctor no me quiere contar.
Según don Héctor, la sala es fácil de vigilar.
—¿Le parece fácil? —le pregunto.
—La idea —dice— es que la gente se comporte bien.
—¿Adentro puedo tomar licor?
—No.
—¿Puedo venir con mi novia?
—Sí, siempre y cuando ella se haga responsable de todo lo que le pase.
—¿Y qué podría pasar?
—Entre ustedes dos, se pueden acariciar.
Me dice que si vengo con mi novia seríamos rodeados por algunos espectadores. Según él, es seguro que empezarían a tocarnos. Don Héctor, por fin, suelta la lengua. Los sábados las mujeres entran gratis, pero no pueden cobrar por sus actividades. El teatro es un sitio de recreación y no de trabajo. Recuerdo a una actriz que decía: “La diferencia entre el sexo a cambio de dinero y el sexo gratuito es que el sexo a cambio de dinero resulta más barato”.
Ahora, quiero saber si pude ser acosado físicamente anoche.
—¿Don Héctor —repunto yo—, ¿y si vengo solo?
—Lo mismo dice, alguien vendrá a buscarlo.
—¿Y si me paso de lugar?
—En cualquier parte que se siente, volverán por usted.
—Pero ¿puede suceder una agresión?
—¡No, hombre! don Héctor se ríe. ¡Cómo se le ocurre!
Mientras me habla recibe los tiquetes de los espectadores, todos ellos son sujetos que oscilan entre los 30 y 60 años, con presencia muy masculina. Todos saludan. Es muy frecuente encontrar voyeurs que pasan la tarde entera esperando a que suceda algo en la sala para ir a presenciar en vivo. Hay un hombre que trae a otros dos, para verlos acariciarse. El 80% de los espectadores son clientes que vienen regularmente y entre ellos se conocen los gustos. Hay un cliente, un viejito, que pregunta desde la taquilla: “Don Héctor, ¿hay mujeres adentro?” El caso es que no las haya, el cliente responde: “Entonces vuelvo más tardecito”. Si don Héctor afirma, sale disparado para la taquilla. El público, en su mayoría gay, no se conforma sólo con mirar. Lo que sucede entre la silletería supera fácilmente las películas que se proyectan. Con la complicidad de la penumbra los clientes dejan de ser espectadores aburridos y pasan a ser protagonistas de sus propias escenas. Para Andrew Blake, que dirigió varias películas de Playboy, “el ser humano hace pornografía para inmortalizar sus actos sexuales”. Pero en estos teatros lo que menos interesa es el cine.
—Acá se puede hacer de todo le digo. ¿Cuál es el límite?
—Penetraciones, y para evitarlo se vigila constantemente con una linterna.
3
El Teatro Sinfonía es fácil de vigilar porque es de una sola planta, a diferencia del Villanueva, que tiene tres pisos y 600 sillas. Son los últimos dos teatros de cine porno en Medellín. Anteriormente había una pléyade de cinco teatros X: además de los que sobreviven estaban el MetroCine, en Bolívar con San Juan; el Radio City; en Maracaibo; y el Capitol en Palacé. Varios de estos cines se convirtieron en centros de oración. Ahora que las salas X están en vía de extinción por culpa de internet y de las cabinas privadas de videos, ¿adónde van a ir estos sujetos a no ver películas?
En el Villanueva, ubicado en la esquina de Bolívar con Caracas, converso con Hugo Rivera, el administrador. Al contrario de don Héctor, don Hugo no tiene pelos en la lengua para contarme las historias de su teatro. El atractivo de la sala reside en que los asistentes pueden ir rotando libremente por las sillas masturbándose unos a otros. Tomo nota. Me narra la historia de un sujeto que cada ocho días ingresa con su mujer para que la manoseen mientras se masturba. En Tokio hay gente que se gana la vida haciendo donaciones de esperma, a los espectadores del Villanueva se les está escurriendo el dinero entre las manos.
En su libro Plegarias atendidas Truman Capote dijo que “la pornografía ha sido muy mal interpretada, ya que no fomenta maníacos sexuales ni los manda a dar vuelta por las callejuelas, sino que constituye un bálsamo para los sexualmente reprimidos y no correspondidos, ya que, ¿cuál es el fin de la pornografía sino estimular la masturbación?”
Entre historias de pajas, voyeurs, gays y mamadas, don Hugo dice que prohibió la entrada a travestis porque “vienen a pelear por hombres”. En otras ocasiones ha ingresado a la sala con una linterna para lidiar con tres o cuatro herramientas por fuera de sus cremalleras. Además, ha llegado a encontrar pruebas de coprofagia. En varias ocasiones lo han visitado funcionarios de Salud Pública. Le han preguntado por qué hay tanta servilleta en la sala, papel higiénico y condones. Entre una y otra amonestación, los funcionarios públicos se van del teatro. Le pregunto si conoce alguna regulación legal que controle el funcionamiento del negocio. Me dice que no, pero asegura pagar toda clase de impuestos legales.
A la salida del Villanueva don Hugo me dice que a la clientela no se le puede pedir que rece un rosario mientras ve una película triple equis. Pienso en el gordo barbado del Sinfonía. Es seguro que anoche libró el pago de la entrada con otro sujeto. Menos mal no fue conmigo.
Etiquetas: Andrés Delgado , Centro de Medellín , Edición 18 , Teatro Sinfonía
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Gutenberg
por ERREMORA
Número 18 Noviembre de 2010
Desde niño había subido infinitas veces por la calle Calibío, corriendo casi, por ese callejón que se formaba entre el antiguo Palacio de la Gobernación y una serie de edificaciones bajas de ladrillo. Subía por allí todas las mañanas desde Cundinamarca, después de bajarme de un bus atestado que venía del norte, corría Calibío arriba hasta la Plazuela Nutibara para tomar otro bus atestado, el doble, que me llevara hasta el extremo sur; y ya iba tarde como siempre y el timbre del Inem ya estaba por sonar llamando a la primera clase.
Calibío es de las pocas callejuelas peatonales que existen en el centro de esta ciudad y siempre estaba intransitable. Obreros a las fábricas. Oficinistas a la oficina. Ascensoristas al ascensor. Vendedoras al almacén. Barberos a la barbería. Maestros a la escuela. Estudiantes al tablero. Putas a la casa, porque la noche acababa de acabarse. Un mar de gente y yo tenía que esquivar cada cuerpo que caminaba con mucha prisa. Siempre me daba la impresión de que iba a morir aplastado. Eran los ochenta y nunca miré al cielo mientras caminaba por ese callejón. Barberías en el costado sur, y algún café, es lo único que recuerdo. El viejo hotel de la esquina no existía para mí. Veinte años después, una madrugada de esas calurosas, tomado de la mano de una mujer bellísima, estaba tocando un viejo y ruidoso timbre para que nos abrieran sus puertas.
Bajamos del taxi justo en la esquina de Carabobo con Calibío. No se veía un alma. Lu me tomó de la mano y nos adentramos unos metros en el callejón. Vamos al Gutenberg, me había dicho cuando decidimos pasar lo poco que quedaba de la noche juntos y lejos del resto de nuestros amigos con los que nos emborrachábamos en el puesto de licores de la gasolinera de Colombia. Yo no tenía la más mínima idea de cuál lugar hablaba la chica, pero subimos al primer taxi que pasó y en menos de ocho minutos estábamos en el centro de Medellín. Un viejo y austero edificio de ladrillo, de aquellos que los arquitectos llaman Art Deco, se levantaba ante mis ojos.
Subimos la escalera hasta llegar a una puerta vidriera gigantesca con marcos de madera pintados de un amarillo pálido. Seguí a Lu, que empujó el portón.
Delante del habitáculo que hacía de recepción, había un hombre de aspecto campesino, de unos treinta y cinco años, bigote negro, el faldón de su camisa verde claro metido dentro de la pretina del pantalón. Se le formaba una enorme bombacha en la espalda. Las mangas de la camisa remangadas dejaban ver sus antebrazos tostados por el sol. Una pequeña tula sintética era todo su equipaje, además de una gorra de béisbol desteñida y del poncho que colgaba de su hombro izquierdo. La habitación vale quince mil, señor, descargó la recepcionista adormilada. El hombre sacó los billetes y la mujer le dio una llave atada a un trozo de madera. Lu y yo esperábamos detrás. Cuando el hombre desapareció al doblar un pasillo, la mujer nos miró. Sólo me queda una pieza múltiple. Se las puedo abrir, pero con un recarguito de cinco mil. Acento paisa remachado. Soltamos una carcajada suave y le dimos los billetes. Ella misma nos acompañó hasta la enorme puerta de dos batientes…Cuantos años tiene este hotel, le pregunté a la mujer. Hmmm, no séééé, muchos, respondió con sueño, pero sin bostezar.
La enorme puerta doble tembló cuando la mujer abrió. Una vez adentro, soltamos una carcajada al ver el enorme salón en el que había varias camas impecablemente tendidas, a la usanza de los pueblos. No recuerdo cuantas camas, pero reí aun más cuando Lu me dijo divertida: escoge una. Sí que tenemos variedad, ¿no?. Y soltó una de sus risotadas tiernas mientras entornaba los ojos.
Me gustan los viejos hoteles
Abrimos una de las ventanas, porque esas ventanas invitaban a ser abiertas de par en par, y la calle Carabobo apareció solitaria, silenciosa, como extrañando el ruido de las tardes. Implorando el bramido de los buses y los pitos y todo el humo negro que sube al cielo cada día. Nos paramos a fumar nuestros cigarrillos. No quedaba una gota de ron en la botella. El aire estaba muy quieto, el silencio de la calle asustaba, pero no aterraba más que el silencio que aparecía en nuestros rostros cada vez que dábamos una fumada a los Marlboros.
Allí parado imaginé historias de pasillos. Venían a mi mente almas cansadas buscando el sueño y sudores de parejas mordiéndose los labios bajo sábanas ásperas y con aroma a Descurtol Indio. ¿Acaso aquel hombre que nos encontramos en la recepción venía huyendo de su pueblo?
Los años han pasado
El hotel Gutenberg no era un hotel glamouroso. No servía banquetes ni había room service con pancakes y miel. No. No iban allí gringos blanquiñosos ni europeos mal olientes a drogarse… El hotel Gutenberg no existe. El hotel Gutenberg no ha existido nunca. Se llamaba hotel Universo, pero la gente de estos lados del planeta siempre se refería a él como el Gutenberg. Dicen las historias que en sus salones funcionaban los talleres de la tipografía Bedout, pero ya en los ochenta alojaba a viajeros pueblerinos agotados, que venían a la ciudad a cerrar algún negocio y a parejas de universitarios que buscaban un polvo tranquilo en una habitación barata y limpia. Me gustaba el Gutenberg. Ahora ni se atrevan a mirar lo que hay allí.
ED
G
U
T
E
N
B
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R
G
Leí en letras de molde vaciadas en cemento en lo alto de la ochava, cuando alcé los ojos y la luz del sol me castigó con furia. A esa hora de la mañana sabatina, Calibío ya era el hervidero que recordaba de aquellos días del colegio.
Chicherías, baños públicos, putas y bastardos
por LÍDERMAN VÁSQUEZ
Número 17 Octubre de 2010
A finales del siglo XIX, por los alrededores del Parque Berrío, había muchas chicherías. A ellas acudían los pobres a emborracharse y a liarse con alguna puta vieja, trajinada, devaluada. Eran sitios donde imperaba el desaseo. Desde los periódicos locales las plumas de bien instaban a los ricos de la ciudad a apropiarse de esos sitios y construir modernos edificios acordes con los nuevos tiempos. Por un cuartillo de chicha, y a veces sólo por la compañía, las putas se iban con los hombres a copular en las mangas cercanas al parque, o a callejones oscuros, en medio del ladrido de los perros.
Llegaban a la ciudad, todavía niñas, huyendo del rejo paterno, y entraban a servir en una casa de ricos. Los años, el maltrato, y uno que otro aborto, las iban devaluando, como a Guayaquil, y terminaban sus días en las chicherías. Estos lugares, vestigios de una época colonial que seguía viva en la cabeza de todos, eran el sitio de diversión de los pobres.
Los ricos tenían otros gustos.
En las familias de alcurnia las mujeres, educadas en los principios cristianos de castidad y sometimiento total al varón, constituían el cimiento del edificio familiar. Las relaciones sexuales dentro del matrimonio no tenían como fin el placer sino la concepción, ningún hombre debía despertar pasiones deletéreas en seres tan angelicales. Privativo de ellos, el placer había que buscarlo por fuera del matrimonio. Cuando lo procuraba la sirvienta era seguro, libre de enfermedades venéreas y de piojos: la esposa miraba para otro lado, se hacía la de la vista gorda, eso no era con ella. Si había embarazo la muchacha era expulsada y se convertía en puta. Muchas veces parían en los cañaduzales que bordeaban el río Medellín y cometían infanticidio. Nadie vio, nadie oyó.
Pero lo normal era acudir donde las putas. A procurarse lo que no les daban en casa, a disfrutar de una buena felación que las esposas, formadas a imagen y semejanza de María, madre de Dios, ni se imaginaban que se pudiera hacer, acudían los hombres a los prostíbulos de los que se fue llenando Guayaquil, el barrio residencial de las élites. Allí tuvo su casa Pedro Nel Ospina, presidente de Colombia entre 1922 y 1926. Los domingos, en la misa, putas y castas acudían al misterio de la eucaristía y estas últimas miraban con el rabillo del ojo y un mohín de desprecio a las mujeres perdidas que ofendían con su presencia la casa de Dios. Los esposos fingían indiferencia y con los ojos cerrados se entregaban al recuerdo, delicioso, de los goces comprados. Afuera, en el atrio de la iglesia, perros de todos los colores, con el pelaje del cuello erizado, mostrando los dientes y olisqueándose, medían sus fuerzas alrededor de una perra en calor. Tenían cara de malevos, de hombres lujuriosos, viciosos y pendencieros.
A medida que Guayaquil entraba en decadencia, los hombres de bien refinaban sus gustos. La gente se bañaba una vez a la semana, y, para hacerlo, acudían a baños públicos porque en las casas no había. Esta costumbre de no bañarse nunca, aparece en Europa en el siglo XII cuando la Iglesia, argumentando que durante el baño tocamos nuestros genitales, proscribe el uso del agua para estos menesteres: La cristiandad, hedionda de alma, paso a ser también hedionda de cuerpo.
En el Centro había varios. Ofrecían agua caliente, brandy y empanadas frescas. Eran sitios de encuentro con mujeres que vendían caros sus servicios, algunas de ellas alemanas, francesas, polacas, inglesas y españolas. Aunque parezca extraño, América Latina, desde México hasta Argentina, era el sitio preferido por las mujeres europeas para ejercer la prostitución. Entraban por Barranquilla y subían por el río Magdalena ofreciendo sus servicios a medida que se adentraban al interior del país. En Robledo había un baño muy bueno, frecuentado por don Coriolano Amador, el hombre más rico de Medellín, que se citaba allí con sus amantes. Entre brandy y brandy, saboreando las empanadas recién hechas se entraba en calor.
Menos frecuente que la visita al prostíbulo o a los baños públicos eran las aventuras con actrices. A Medellín llegaban compañías de teatro y de zarzuela y los hombres, vestidos a la manera europea, las seducían. Hubo frecuentes orgías en las quintas de los alrededores. Una muy famosa, pues en ella participó un verdadero contingente de actrices, se prolongó por quince días en la quinta de una de las familias más prestantes de la ciudad. Estas mujeres, igual que las putas, eran duchas en las artes amorosas y poseían la sabiduría que hizo famosas a las mujeres de Lesbo.
La industrialización atrajo a muchas mujeres del campo. La mayoría aspiraba a un empleo en las recientes fábricas textiles, pero la verdad es que muchas de ellas iban a parar a Guayaquil, o terminaban sus días en una chichería ofreciéndose por un cuartillo de chicha. Los dandis de la ciudad, elegantemente vestidos, solían frecuentar la salida de las fábricas y susurrarles palabras calientes al oído y una que otra promesa. Las muchachas, que trabajaban hasta dieciséis horas diarias y ganaban menos de la mitad de lo que ganaba un hombre, accedían a cambio de dinero. En los sitios de trabajo tenían que soportar el acoso de los capataces que bajo amenaza terminaban saliéndose con la suya. Estas historias, de las que no estaba excluido el sentimiento amoroso, terminaban con la muchacha en una residencia de Guayaquil, vendiendo su cuerpo para poder alimentar al hijo bastardo. Como en un poema de Mario Rivero en donde un cliente le dice a la muchacha: “Ven conmigo y te regalaré un vestido y un pañuelo”, y al final ella termina llorando.
Así, la nación colombiana fue nación de bastardos, de hijos naturales. De ellos descienden los policías, los soldados, los guerrilleros, los paramilitares, los maestros, los narcotraficantes, los albañiles, los empleados de grandes almacenes, etc.
Hay putas a pocos pasos de la Plaza Botero, travestis por los alrededores de la Iglesia Metropolitana, prepagos en colegios y universidades, y hasta en El Poblado, según publicación reciente del periódico ADN, adolescentes, hijas de la abundancia, se venden a traquetos y jubilados norteamericanos y españoles por diez billetes de cincuenta. Vengan que estamos en feria, es el bicentenario.
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Porno a la salida de misa
por ANDRÉS DELGADO
Número 16 Septiembre de 2010
Boyacá es la calle del porno en Medellín. Ubicada en el lateral de la iglesia de La Candelaria y desembocando en el Parque de Berrío, Boyacá es un enjambre peatonal y un mercado callejero de ropa, zapatos, lociones, libros, aparatos eléctricos y un resto de cachivaches. Pero la mayor oferta, y demanda, es de pornografía: los viernes y sábados, hay más de 25 improvisados puestos de venta de películas. Todas las películas son copias ilegales en DVD. Con feligreses que salen de misa y pornógrafos ojeando culos y tetas, Boyacá es una calle donde el porno y los rezos son parte de un mismo rito.
Como muchas otras calles de América Latina, esta tiene nombre de batalla independentista. En Boyacá, Simón Bolívar derrotó definitivamente al ejército español en el norte de Suramérica. El Perú se liberó de los españoles en la batalla de las pampas de Junín. En Medellín, el paseo Junín es un bulevar que cruza por la calle 53, llamada Maracaibo, como la ciudad venezolana.
En uno de los puestos de películas un señor de bigote y buena barriga me muestra lo que tiene. Me entrega un cerro de carátulas para que pueda verlas en mis manos: Sexo duro, jovencitas, anal, maduras, gays, prenatal, pies, faldas, piernas, profesoras y enfermeras. “Gracias” le digo al gordinflón y devuelvo el paquete. Voy a otro puesto: interraciales, porno famosas, aficionadas, masajes, pelinegras, pelirrojas, eyaculaciones faciales, gordas, flacas y tetonas. Los géneros del porno, como los fetiches, son amplios.
El precio: una copia cuesta 3 mil pesos, menos de dos dólares. De pie, en las paredes de la iglesia de La Candelaria, los vendedores sostienen en los brazos docenas de películas o improvisan en la calle una tabla donde exhiben las carátulas con vergas gigantes y tetas redondas.
La venta de estas películas está prohibida por ser copias sin pagos de derechos y por ello los vendedores deben estar a cuatro ojos con los policías. Si llegan a detenerlos, les incautan el material.
Quiero ojear otros culos pero me antojo de entrar a la iglesia. La Virgen de la Candelaria es una virgen negra, como es negro el niño Jesús que sostiene en los brazos. Un Jesús negro y churrusco, un desliz en el racismo romano.
En el atrio hay un viejo sucio, como recién salido de una alcantarilla, pidiendo limosna. Es pelilargo, mugriento y flaco. Tiene las encías peladas y no tiene camisa ni zapatos. Su única prenda de vestir es una roñosa pantaloneta. Levanta la mano y pide una moneda con el rostro desgraciado.
Al entrar a la iglesia el cambio se siente de inmediato: afuera el bullicio, adentro la calma. Se escucha el sermón. Las palabras del cura retumban y hacen eco en la bóveda del cielo raso. El ambiente es solemne. En las paredes hay bustos religiosos. En la cámara del sur está Jesús crucificado, un Jesús idéntico al miserable sujeto de la entrada: pelo largo, cuerpo flaco y sucio. Este Jesús es un mendigo del Parque de Berrío clavado en una cruz.
Mientras tanto, el cura sigue dando su monserga: conferencia con sabiduría sobre la vida familiar y el matrimonio. Parece un ciego hablando de la luna llena, con toneladas de información, pero sin saber absolutamente nada. Es mejor seguir ojeando porno.
A la salida de la iglesia está Jesucristo mugroso pidiendo limosna.
En nuestra ciudad, la educación sexual ha sido manipulada por la iglesia católica, tiñendo de prohibiciones y censuras la naturaleza del cuerpo. Las mujeres bien del barrio Boston llegaban vírgenes al matrimonio. Ya casadas, en las confesiones, consultaban al cura sobre asuntos del sexo. Imagine la calentura del cura escuchando estas historias. Cuando las señoras tenían sexo con el marido, se tapaban el cuerpo con una sábana con un huequito. En el pasado se le llamó Putaísmo a todo acto sexual por fuera del matrimonio. Pero también era considerada puta aquella mujer que tenía sexo con su marido cambiando de posiciones y divirtiéndose, sin esperar la procreación.
En otra iglesia del centro de Medellín, en el atrio de la iglesia de La Veracruz, trabajan las putas más viejas de la ciudad. Son señoras de 50 y 60 años que ejercen la prostitución. Como decía Eduardo Escobar, “todas las putas son católicas y van al infierno de los poetas”.
Ojeando las novedades de Jairo, un muchacho que trabaja vendiendo porno en la puerta de la iglesia de la Candelaria, veo un señor que está a punto de salir de misa. Es calvo. Antes de salir de la iglesia, gira hacia el púlpito y se echa una bendición, inclinándose. Luego camina desprevenido por la acera, en nuestra dirección. Esquiva varios peatones y pasa por mi lado. En un reflejo, el señor baja la mirada y los ojos se clavan en una carátula de Jairo. Queda impresionado con un culo enorme. Sigue caminando despacio, pero no puede quitar los ojos de la foto que lo tiene embrujado. Entonces Jairo lo aborda. Le pone en las manos varias carátulas de jovencitas desnudas. Jairo sabe que las películas de niñas follando, vuelven locos a los más viejos. El calvo, con las carátulas en las manos, se avergüenza, devuelve el paquete que antes recibió y camina ahora con más afán.
–No importa –me dice Jairo–, un día cualquiera, cuando salga de misa, me compra un DVD.
Etiquetas: Andrés Delgado , Centro de Medellín , Edición 16 , Juan Fernando Ospina , Parque Berrío , pornografía
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por PASCUAL GAVIRIA // Los siete días a la semana, las 24 horas del día dos despachadores se encargan de llenar los termos de 300 tinteras —el 90% son mujeres— que inician sus recorridos con la esperanza de cambiar los brebajes por monedas de 200 contantes y sonantes.
En el 'esla' perdí a Gabriela
por MAURICIO LÓPEZ RUEDA
Número 11 Abril de 2010
En una noche cargada de luna blanca, una luna colgada de un cielo oscuro y tan blanca, que parecía ser el terrible ojo de un ciego… En esa noche láctea, ay Dios, conocí a Gabriela…
Recuerdo que era sábado y que en mi mente andaban trabados múltiples pensamientos, de pronto, un revoltoso guaguancó de Gilberto Cruz (Resignación) hizo temblar los parlantes del bar y mis pies se fueron despegando del piso y empezaron a golpear suavemente el pegajoso embaldosado gris. Me levanté de mi silla, todavía con una cerveza en la mano, y me fui hasta una mesa repleta de “mango bajito”. Quería sandunguear, “soltar los caballos”, y escogí a una negra de caderas sabrosas para saborear la pista. La negra me hizo dar vueltas, me tiraba y me traía. Yo era feliz nadando en ese mar de trompetas y tambores isleños, pensando en un retozón debajo de las estrellas, sin más compañía que Joe Cuba, sin más abrigo que el vientre de esa negra sandunguera y recia, pero la canción se terminó y tuve que cancelar mi primer arrebato en la tibia noche de sábado por la noche. Volví pues a mi “chela” fría, a mi “tripita” de cebada y alcohol, el mejor energético pa’ menear el esqueleto.
Dejé que pasaran canciones, evité sones y salmueras románticas. Evité la “leche en polvo” y el “hechizo de media luna”, luego me tiré al baldoseo con Margie de Ray Barreto, esta vez con una blanquita francesa que no sabía mover los hombros. Con ella también me inventé un final feliz, quizás entre sábanas, en un apartamento pequeño y con buen olor, escuchando Pink Floyd y Velvet Underground hasta la muerte de la última hora de la madrugada. Le arrimé mi aliento y saboreé el palpitar de su pecho con mis manos flacas; le repasé la espalda con mi dedo anular y ella me miró con ojos de miel brillante. Pude haberle robado el color rosado de sus mejillas pero Tito Puente soltó a Patato Valdés con el Stick on Bongo. La nena se escurrió dulcemente de mis manos de lobo y fue a sentarse junto a la negra de las caderas sabrosas. Yo me quedé petrificado, sintiendo como se erguía la hombría dentro de mis pantalones.
“Sabés qué flaca, dame media de ron y una botella de soda”, le dije a la mesera, ella me hizo una mueca salpicada de malicia y luego desapareció en el tumulto. Después de Patato cayó Rubén Blades con el “Padre Antonio y su monaguillo Andrés”.
A mí se me hizo muy chafa la mezcla de timbales ketaminosos con la suavidad eclesiástica de los xilófonos de los Seis del Solar, pero ya estaba muy cogido de la electricidad de la música como para no dejarme sobornar de las estrellas. Los dos primeros tragos de ron me sacaron una sonrisa de pendejo.
Iban pasando las horas, mis ojos, cada vez más rojos, se plantaron en una línea recta que daba a la puerta de madera del Eslabón. Allá, como una muñeca luminosa, estaba Gabriela, cambiando el aire de sus pulmones por el humo de un cigarrillo húmedo.
Yo la esperé atado a mi silla metálica, la detallé línea por línea, hasta que la tuve en frente y comencé a temblar como perro callejero. Ella no dijo nada, o eso creo, tan sólo alzó esos ojos de pantera rabiosa y se sentó a mi lado. Pidió una copa y un vaso con agua, bebió de mi botella sin preguntar. Luego, tras el amargo trago, me cogió de la mano y me tiró a la pista, “vamos a bailar”, dijo, y me apretó contra su cintura. Me dejé dominar por ese cuerpo cálido y me emborraché con el suave olor de su cabello.
El tornamesa gorjeaba una dulzura de Roberto Roena y Gabriela y yo nos fuimos envolviendo en un solo sudor al ritmo de la voz de Poncho Sánchez. Casi ni escuchaba la música, encantado que estaba con el vaivén pélvico de ‘Gabi’. Parecíamos en otro espacio, suspensos en otro aire. Yo me imaginé que era Laurent Wolf el que sonaba… o quizás Debussy, y que en vez del Eslabón, estábamos, ella y yo, en medio de una iluminada llanura cercada por robles y cedros.
Pero la salsa me trajo de vuelta a la realidad, ese sonido de tambores y de trompetas me rebotó de nuevo hasta la barra, donde ya no estaban las nalgas duras de Gabriela.
La media de ron iba por la mitad. Yo estaba medio loco, medio aturdido, pero feliz.
A Gabriela no la vi más esa noche, no la vi más ninguna noche, pero al Eslabón volví siempre, me sedujo el bar, el aliento a alcohol petrificado de Carelo y John, el bozo mejicano de Palomino y las banderas del Medellín que se dejan correr silenciosamente por la brisa, pendidas de las vigas de madera añeja que sostienen el largo techo del bar.
Etiquetas: bar El Eslabón Prendido , bares , Edición 11 , Mauricio López Rueda
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"El 90% de los hombres son maricas" Historias de La Dayana
por JUANA Y GUILLERMINA • Fotografías de Juan Fernando Ospina
Número 8 Diciembre de 2009
Nací en Medellín, en el barrio Belén y a los 9 años yo ya sabía que era homosexual. Por la casa había una travesti que se vestía de mujer total y en ese tiempo eso sí que era un escándalo. Pero yo la veía y me llamaba la atención. Cuando le preguntaba a mi mamá que quién era ella, me decía que era un hombre, una travesti, que cuidado.
Mi mamá lo que hacía era tratar de asustarme, pero yo ya sabía por donde iba yo. Con decirle que a mis 9 años ya me gustaba un señor que vivía debajo de mi casa, un inquilino. Porque lo que es a mí siempre me ha gustado el hombre viejo. A mí no me gustan los pelaos.
Desde esa época empecé a llevar el pelo largo y a depilarme las cejas. A los 12 años tenía el pelo casi en la cintura y el rector del colegio me dijo que me tenía que motilar y yo no quería. Entonces decidí contarle a mi familia. Fue muy duro para todos, aunque mi papá lo tomó más tranquilo y empezó fue a darme consejos: que cuidado con las enfermedades, que no me metiera con hombres casados.
Unos meses después me fui de la casa y empecé a trabajar en la calle, en el centro. Un día me ofrecieron trabajo en una peluquería pero me aburrí. Lo mío es la calle.
Entonces empecé a pararme en la esquina con las travestis y ellas me enseñaron hasta a maquillarme. De pronto venía alguien sin pinta de nada y me decían: “Mire, ese es un cliente. Vaya con él y cóbrele tanto” Todo se aprende, al fin y al cabo es la calle, ¿sí o no?
El hombre que busca a la travesti es el que quiere conocer ese escondido que nosotras guardamos. Puede ser cualquiera: el ejecutivo, el abogado, el médico, el profesor de esto o de aquello.
Cuando yo salí por primera vez a la calle era la época de Pablo y llegaban tipos con plata en camionetas, muy machos ellos. Y como en los sitios donde nos parábamos se conseguía vicio, ellos llegaban y nos decían “cómpreme tantas bichas, tantos bazucos y me acompaña a fumármelos”. Y claro, uno salía de vueltón con ellos y les armaba los bazucos y les hacía y les decía lo que ellos quisieran y nos daban 30, 50 pesos. Yo no me acuerdo ni qué les decíamos. Me imagino que es como si usted se quiere conseguir una novia o diez novias; como sea, a cada una le tiene que decir su bobada.
El cliente que nos busca no quiere aceptar que tiene su maricada. Y lo más raro, sean pelaos o mayores o ya viejos, y esa es es una cosa en la que no he podido hacerle mucho caso a mi papá, la mayoría son hombres casados. Ahora mismo estoy charlando con un viejo que es un cliente que tengo hace 20 años. Me conoció como de 17. Cuando estaba parada en la calle, él llegaba y se quedaba mirándome, y las otras maricas me decían: “mirá, llegó tu marido” y yo, cuál marido, yo pensaba que me iba a matar porque era de chaqueta negra y moto y todo eso, pero ya lleva 20 años viniendo y si estoy afuera me llama y si estoy adentro viene. Y cuando estaba en la cárcel me mandaba plata y eso que es casado y tiene tres hijos y un buen puesto y plata.
Yo me fui para Villavicencio en el 99 y allá los tombos tienen el vicio de pegarle a las travestis y las paisas no nos dejamos pegar. Nosotras peliamos y nos hacemos cortar o los cortamos a ellos, pero no nos dejamos pegar.
Yo bien nueva por allá, bien bisoña, me agarré con un tombo que me la montó. Me hizo varios tiros pero no me dio y yo no sé cómo alcancé a quebrarle una botella en la cabeza. Con el alboroto él sabía que ya no me podía hacer nada y entonces para desquitarse me montó la Ley 30. Estuve como 5 días encanada y me soltaron.
Yo me vine para Medellín y como a los cinco años me cogieron y me dijeron que me habían condenado como reo ausente por lo de Villavicencio. Me encanaron como seis meses en Bellavista.
No es que quiera repetir, pero para qué, yo allá pasé rico, porque me hice respetar y llegué como la marica que era y no me dejé de nada. Además allá me encontré con una cantidad de pillos y rateros del centro que me conocían y apenas ellos me vieron, no se imaginan el escándalo. De una me cogieron confianza y empecé a motilar a los hombres. Imagínense. Incluso iba a estudiar allá, pero el día que iba a empezar me llegó la libertad.
Cuando uno llega allá, la primera noche lo llevan donde los cuchos, que son los que mandan en el patio. Ellos ya saben por qué está uno allá. A mí me preguntaron que si tenía marido que me visitara y cuando les dije que no, me dieron tres condones que “por si hay derrumbe”. Siempre me respetaron. No me gritaban ni marica, ni loca, ni nada. Sólamente que “la polla esto”, que “la polla aquello”.
¿Allá? Allá todos quieren, sobre todo después de los domingos que hay visita de las mujeres y se ponen a beber y se emborrachan y ya se imaginan ustedes como amanecen. Entonces todos quieren charlar con uno y lo mandan llamar. Claro que allá hay mucha marica también, de esos pirobos, o sea maricas vestidas de hombre, aunque, claro, yo ¡divina!, yo era la marica del patio, encerrada con mil cien hombres y ustedes saben que donde están los hombres, las maricas reinamos. Finalmente, si se saben llevar las cosas, allá la pasa uno regio. Yo me eché mis canitas al aire y conseguí marido y todo porque allá no falta el que quiere y entonces pues uno también quiere.
Todo empezó charlando y el me llevaba tinto y cigarrillos y me vivía preguntando que qué me lavaba y cuando menos pensé, ya lo tenía encima.
El hombre amanecía conmigo y a las cuatro de la mañana el que cuidaba nos avisaba para que él se pasara y no nos vieran, porque es prohibido dormir en parejas. Él se pasaba para su cama y yo quedaba durmiendo divina como la princesa Diana. Es que así lo de dormir juntos esté prohibido en la cárcel, que los catres suenan de noche en Bellavista ¡avemaría! suenan toda la noche.
Definitivamente es que de 100 hombres, 90 son maricas. Mire, acá vienen clientes buscando un travesti y lo primero que quieren es chuparle la verga a uno y que después se las meta a ellos. Vienen porque quieren ser la mujer y les gusta medirse la ropa de uno y uno por plata, claro que se deja comprar, al fin y al cabo estamos es trabajando. Uno les dice: “claro mi amor, pero como usted me contrata como mujer y ahora quiere ser usted la mujer, entonces le tengo que cobrar más, porque yo hombre no soy”. Eso sí, yo los involucro y los volteo y les hago de todo para hacerlos botar rápido, porque ahí es donde uno muestra la experiencia de tantos años. Uno se los mete un poquito y ya. Entonces el hombre queda bien emocionado y uno le pide más plata para seguir dándole.
En una noche normal tengo 3, 4 clientes y los fines de semana 5, 6 y hasta 7, aunque a veces a uno lo contrata un cliente toda la noche. El sexo oral vale $10.000, eso sí con condón. La pieza vale $10.000, porque yo no trabajo en la calle; a no ser que sea en un carro que es más diferente, porque el hombre va andando y uno va pegado de esa cosa.
Cuando no quieren con condón, tienen que pagar $10.000 más, pero solo por la mamada. La penetración sí es siempre con condón. El cuadre mínimo con un cliente es por $35.000, que incluye chupada y que él me lo meta.
Yo he hecho y deshecho, y si me han pasado cosas es sobre todo por las demás maricas. Una noche a Vianey, que es una que está en Italia ahora, le pegaron unos tiros por una pelea familiar y yo me metí y me gané un changonazo. Me entraron esquirlas al colon y al pulmón y me tuvieron que operar. Luego en Villavicencio, unos hombres me pegaron como cinco puñaladas por culpa de una marica que se robó una cadena de electroplata y me cogieron a mí, la primera que vieron. A pesar de todo, yo ya sé cómo llevarme en la calle. Yo no soy como las novatas de ahora. Yo sé con qué hombres me meto y sé cómo hacerme respetar de los rateros, que son muy groseros.
Acá no ganan las más lindas ni las más tetonas. Acá ganan las más actuantes e involucradas. Yo me puse tetas hace poquito. Me las regaló mi hermana. Pero eso es la misma güevonada. Con tetas o sin tetas, los hombres que vienen acá lo que quieren es el miembro de uno.
Hay otros que piden de todo: que les orinen la cara, que les brinquen encima con tacones, que los vistan de mujer, que les desfilen, que les traigan más maricas. Son tan atrevidos los hombres que todos tienen esposa, novia, moza, y no descansan hasta que están con todas las maricas de la esquina y luego van más arriba y luego van a San Diego y a Lovaina y no descansan hasta que están con todas.
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Saberes y sabores en el centro: memorias y presencias
Ramiro Delgado Salazar*
Número 8 Diciembre de 2009
…una primera caminadita y unas añoranzas
Aún hoy, después de tantos años, queda en el ambiente el provocador aroma de unas deliciosas crispetas casi acarameladas que se preparaban en la esquina de la Avenida La Playa con la carrera El Palo, hasta tal punto que hoy podemos deambular por estas calles y de repente oler esas deliciosas palomitas de maíz, que siempre provocaban los deseos de grandes y niños, y que traían la memoria de un crispetero vestido de blanco, tenuemente iluminado por la llama azulamarilla que calentaba la olla en la que tanda tras tanda estallaban grano tras grano de maíz.
Hoy también se sienten, en ese caminar por el centro, en horas del atardecer y de la noche, las diversas fritangas de carnes de res y de cerdo, que acompañadas de algunos complementos inundan el aire, o el salchichón o la chunchurria, con arepas o quizás papas, entre otras varias frituras. Una muy variada gama de olores llegan por distintas calles y carreras, y a su vez empiezan a aparecer también muy diversas imágenes que motivadas por estas sensaciones traen otros tiempos, otros gustos, otros antojos. El centro de Medellín nos evoca comidas, sitios, personas que nos abren el camino para descubrir desde los recuerdos y desde rincones insospechados una ciudad que dinámicamente digiere sus anhelos, sus añoranzas y sus momentos globales. El maravilloso paisaje que los sentidos viven, pone a cada uno a vivir un centro de hoy al lado de la memoria de un ayer que contrasta comidas y bebidas, nostalgias y maravillas.
Encontrarnos en la Plazuela de San Ignacio, en su esquina suroriental, al Vecinito con su puesto para freír. Es darle al paladar la oportunidad de saborear unas deliciosas tostadas de papa recién salidas de la paila, a la cual han sido tiradas directamente luego de que la cuchilla corta delgadas tajaditas, y que el aceite caliente no solo tuesta, sino que le da un provocativo color amarillo oscuro. Uno quisiera quedarse ahí y acabar el bulto.
Por otra ruta, sobre la calle Junín, nos ataca la nostalgia de los más deliciosos perros calientes que se podían comer, cuando en medio de alguna diligencia tocaba pasar por un lado del Edificio Coltejer. Lo llamaba a uno el repleto asador de salchichas dando vueltas y el delicioso olor que esparcían, la sabrosa mostaza preparada para marcar exclusividad, el fresco, sabroso y a veces caliente pan, el picado de tomate y de cebolla. Era El Colmado.
Un centro urbano en el que contrastan múltiples lugares dándose cita en el paladar y el olfato. Los ires y venires de migrantes que ofrecen sus recuerdos de comidas locales y parentales, otros que llegan y ponen sus sazones, sus gustos y sus papilas. Recordar esas italias que deambularon por las calles céntricas es traer a la memoria restaurantes como Salvatore, Tonino, Piemonte, Guseppi Verdi o Palazzeto de Italia, que aún brinda de forma artesanal pasta hecha en casa y pone a soñar en esos sabores de una salsa bolognesa preparada con cuidado durante muchas horas al fogón. Las sabidurías de Don Bruno Colombari brindando sus recetas a la gente en la sede de su restaurante Guseppi Verdi, en la calle Sucre entre Colombia y Ayacucho, y difundiendo historias sobre lasagna bolognesa, pizza caprichosa, polenta, o un rico strudel alemán; un fragmento de las culinarias italianas que contrastaban con las presencias italianas en la ciudad de Barranquilla, los molinos de trigo y la ruta amarrada a un “rico arroz con fideos” en el que dialogan mundos y culturas apropiadas en estas rutas de la colombianidad.
Un céntrico universo nos sigue evocando las tardes o las mañanas en las que acompañados de un tinto, un café con leche o un jugo de mandarina, los niños y los mayores de hace más de 60 años, y los de hoy, siguieron y seguimos la ruta de otro migrante, en este caso suizo, que nos conquistó con unos moros en forma de sapos color verde intenso, un paladar cremosamente rosado, una lengua roja y unos vivos ojos blancos y negros. Ricos bizcochos rellenos de crema y frutas y vestidos de verde que son ya referentes para propios y visitantes. Los moritos del Ástor son como parte de nuestras identidades multiculturales, que digerimos y apropiamos como si nos fueran nuestras.
Recordar en ese caminar otros sabrosos olores de las tardes noches, en las que unas mujeres impecablemente vestidas de blanco y una maravillosa pañoleta amarrada en sus cabezas, soplaban con una china sobre una hornilla construida de una lata de aceite, unos sabrosos y provocativos chuzos, cuyo aroma inundaba el sector; los chuzos de las mujeres chocoanas esparcían el olor de una sazón que encierra secretos ancestrales reelaborados en un día a día y que tras un brochazo y otro impregnan de su gusto las carnes que ensartadas en un palito de madera rematan en una rica arepa redonda blanca. Allí a su alrededor están esas fiestas, pero están los circos que visitaban la ciudad, los partidos de fútbol, los parques y diversas vías céntricas, así como otra serie de celebraciones entre sagradas y profanas que construyen circuitos ceremoniales en este centro, universo de sabores y saberes.
Caminar entre la calle San Juan y la Avenida Oriental, entre Córdoba y la Avenida del Ferrocarril, es iniciar una ruta en la que saltan sabores y olores, recuerdos que saben a otras épocas o nos acercan a todo tipo de versiones cotidianas de arepas asadas en plena calle, y cuyos ricos aromas y estirados quesos son el antojo todos los días del año y a todas horas.
*Docente e investigador. Departamento de Antropología, Universidad de Antioquia.
por LUIS MIGUEL RIVAS // No señores: la natilla y el buñuelo no están en el mismo nivel. La primera es un adminículo, una rémora, un complemento. Pero el buñuelo es autosuficiente, autónomo. Creo que la natilla solo existe en función del buñuelo, y prueba de ello es que su preeminencia en la vida cotidiana se circunscribe a un mes en el año.










