por FERNANDO MORA MELÉNDEZ // A este noble tubérculo de color amarillo se debe que los índices de hambrientos no perezcan en el intento de coger un colectivo. Y más allá de esto, se trata de una de las golosinas de sal más apetecidas por los mecateros de la urbe.

A uno a veces se le quitan las ganas

por LUIS MIGUEL RIVAS • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 7 Noviembre de 2009

uno a veces se le quitan las ganas de las cosas. Como ese jueves que andaba con Juan Cañola por el Parque del Periodista y nos dio hambre. Eran las once y media de la noche. Fuimos a la calle Girardot, frente a las licoreras, a una chaza que despacha empanadas y arepas de queso a diestra y siniestra todo el día.

Llegamos a la chaza, pedimos arepas, separamos dos sillas plásticas rojas sin espaldar y nos sentamos ahí mismo, casi sobre la acera, en la entrada de un parqueadero. Pusimos otra silla a manera de mesa de centro y sobre ella las gaseosas y la canasta con las arepas. Es lo que llaman salir a comer en la calle. Saqué la arepa de queso con lecherita de la canasta, la levanté y la contemplé con satisfacción. Representaba la feliz conjunción de cuatro circunstancias que no siempre coinciden:

1. Andaba con un amigo.
2. Nos habíamos trabado.
3. Teníamos la cometrapo.
4. Había plata.

Estábamos hablando con la boca llena de no sé qué tema, cuando llega a la chaza un hombre alto con los cartones de una caja recién desbaratada bajo el brazo, rostro embetunado y una camisa negra que alguna vez no fue negra. Se detiene frente a nosotros. Lo miro mientras me llevo la arepa a la boca. Me mira fijo con un dolor punzante y con un desvalimiento agresivo. Miro pasar los carros, le digo algo a Cañola y al volver la cabeza veo al hombre haciendo notar que me está viendo. Aunque nos separan diez metros tengo la sensación de que lo tengo encima. No me importa su hambre. Me ha dañado la arepa. El dueño de la chaza le grita algo y él vuelve la mirada. Le hablo a Cañola pensando más en mis movimientos que en mis palabras. Vuelvo a la arepa. Levanto la cabeza y veo que el hombre ya no está. Lo veo caminar hacia el Parque del Periodista, silbando, desentendido de nosotros. Siento descanso y por allá en el fondo hasta la extraña sensación de haber sido abandonado.

Doy el segundo mordisco a la arepa y veo cruzar la calle a una rubia trajinada que no hace mucho debió haber sido bella y entera. Se agranda a cada paso, directo hacia nosotros. Nos pide dinero o comida. Con la arepa a medio camino le digo que no hay nada en este momento. Se queda haciendo presencia. No la determinamos y de repente se va. Vuelvo a la arepa, doy dos mordiscos más y paso con la gaseosa.

Cañola empieza a contarme un chiste y yo saboreo la arepa cuando aparece un hombre con cachucha roja y raída, alto y flaco, con la expresión de quien acaba de tomar leche cortada. Lleva media camisa por fuera y tiene un palo de escoba en la mano izquierda. Habla firme y seguro, se le nota la intención de arrasar con la voz. Me extiende la mano y levanta las cejas mirándome como desde arriba.

—Entonces qué peludo.

No le contesto. Me concentro en mi arepa. Sigue con la mano estirada.

—Entonces qué peludo.

Tengo claro que no quiero estrechar una mano a las malas. Solo quiero dar otro mordisco a la arepa. Pero la persistencia de la mano extendida en el vacío está diciendo que negar un saludo es ningunear, ofender. Miro la otra mano con el palo de escoba. Extiendo el brazo malamente.

—Todo bien. ¿Entoes que? ¿Me va a colaborar con algo pa comer?

—No tengo nada, hermano.

Mira, acusador, la arepa, la gaseosa y a mí. Me siento como sorprendido en una vileza. Busco refugio en mi arepa y doy otro mordisco que me sabe maluco. La voz imponente del tipo me dice que tenga la caridad de colaborarle con algo. No levanto la cabeza. Sé que se va a quedar ahí, cada vez más notable, más cerca, hasta que no quede más remedio que darle lo que quiere. Alguien dentro de mí no quiere ceder, no quiere entregarse. Él quiere diezmarme con su asedio. Yo necesito soportar sin ceder. Él tiene la fuerza del que no tiene nada que perder y yo el miedo del que tiene techo, proyectos y gente que lo quiere. No se trata de la arepa. Si me amedrento, pierdo. Si lo vuelvo a mirar o le respondo, pierdo. La solución está en mirarlo derecho y cerrar el asunto diciéndole con firmeza que no tenemos o no podemos o no queremos. Si insiste reiterarle que “no” y decirle que solo queremos estar tranquilos y comernos nuestra arepa en paz. Y si se da el caso estar dispuesto a tropeliar con el tipo, en las condiciones que sea y armado solamente con la fuerza que me dé la rabia. Esa sería la solución si no estuviera amedrentado.

Entonces queda la opción de anularlo por la vía de la indiferencia absoluta. Es difícil porque el hombre se nota demasiado. Me hace una pregunta directa mirando a la gente. Empieza a usar el arma del bochorno. No le contesto. La gente que come de pie en la acera y los que están sentados en las otras sillas plásticas sin espaldar, nos mira. Cuando está diciendo algo relacionado con que por eso es que uno se vuelve malo, giro el cuerpo y nuestras miradas se encuentran. Hay odio puro en esos ojos. Un odio sin fondo que no le cabe en el cuerpo. Tan fuerte que suelta las rabias que yo mantengo amarradas. Somos la misma rabia con ganas de matarse a sí misma. Ninguno de los dos odia realmente a ese desconocido que tiene al frente. Para él yo soy rico. La vida mía que él no tiene le produce odio. Yo tengo rabia porque siento que su dolor daña mi momento. Y porque me ataca, con o sin razones.

Concentro todos mis sentidos en la arepa. Él habla cada vez más fuerte, más dirigido a mí. La arepa se ha enfriado, las palabras son cada vez más ofensivas, la gente nos mira. Estoy a punto de decirle: “Bueno, pida dos empanadas y una gaseosa” y quedarme aplastado con el peso de mi poquedad. Clavo la mirada en el suelo. El hombre sigue hablando en voz alta y de un momento a otro corta su perorata en mitad de una frase. Por un rato solo se escucha el silencio de los carros pasando. Miro de reojo y lo veo alejarse. No entiendo. Tal vez descubrió algo temible en mí. Lo vencí por resistencia, me digo. Alcanzo a sopesar la dimensión de mi fortaleza, la firmeza de mi actitud.

Levanto la cabeza y veo que el tipo de los cartones, que está en la acera opuesta, habla mientras camina para atrás.

—¡No le tirés! ¡No le tirés!

Frente a él avanza un tipo de chaqueta de cuero café y camisa de cuadros metida dentro del pantalón, motilado con la cuchilla número dos de la maquinita. Da pasos seguros como de patrón, mirando al hombre de los cartones, que retrocede. Se nota que le habla en vez de pegarle solo porque hay mucha gente alrededor.

—¡Yo no le tiro a nadie! —le grita al de los cartones pero lo dice para que lo oiga todo el mundo.

Ahora mira hacia el fondo de la calle. El hombre de la cachucha roja se va alejando. El de la chaqueta grita:

—¡Te abrís!

Luego vuelve al hombre de los cartones. Estira la mano y chasquea los dedos.

—¡Vos también te abrís! ¡Aquí no pidás!

El de los cartones da la vuelta y se aleja con pasos rápidos. Más adelante, ya casi en la esquina, se encuentra con el de la cachucha roja que vuelve la cabeza de vez en vez para mirar con odio al de la chaqueta café.

La gente sigue normal, comiendo y conversando. Ahora estoy a solas con mi arepa. No hay nadie que me pida. Miro al hombre de la chaqueta café que está ahí para evitar que nos pidan. Veo a los que se alejan amedrentados: el de la cachucha roja, el de los cartones, la mona trajinada. Van más humillados, más derrotados y con más rabia que siempre y que nunca. El hombre de la chaqueta café camina firme, dando pasos concretos, cabeza levantada, ufano, dueño de sí mismo y de esta cuadra y no sé de cuantas cuadras más. Es solo un tipo, un hombre, pero actúa como si fuera el mensajero de una fuerza más fuerte que él, como si representara la presencia de los dueños de todo. El chasquido de sus dedos y su voz sin matices ni dudas le bastarían para desocupar la cuadra. Y si se le antojara, la ciudad y el país. Descargo en la canasta la arepa sin terminar. La llevamos junto con los envases hasta la chaza. Pagamos y nos vamos.

por PAULA CAMILA O. LEMA // No sé si les pasa, pero cuando llega diciembre, y en tiendas y cantinas resuena un chucu chucu de esos cuya letra todos nos sabemos, de repente me entra lo que me gusta llamar el “síndrome decembrino”: instintivo meneaíto chucuchuquero, que las tías, casi siempre en diciembre, casi siempre al calor de un aguardientico, acompañan de un siseo, muy de tía: ps, ps, ps.

Líbido, un antro sin máscaras

por EDWIN VÉLEZ

Número 4 Febrero de 2009

Corre la voz. Unos metros abajo del Bosque de la Independencia, hoy Jardín Botánico, se encuentra Líbido. El lugar donde concluye la noche, o mejor donde comienza para aquellos que no quieren dejarla ir.

El lugar está al costado izquierdo sobre una de las vías principales que conducen a Campo Valdez, Aranjuez, Santa Cruz y los Populares. Sólo abre los viernes y sábados. No tiene ningún aviso en su fachada. Para llegar allí es necesario conocer la ubicación precisa. Es una casa vieja, con dos ventanas con rejas de hierro y una puerta de aluminio. Al frente un árbol gigante de caucho. Pero si vas demasiado ebrio, quizá la próxima vez no puedas llegar de nuevo, conozco algunos amigos que han tenido que devolverse, frustrados por no dar con la casa, a pesar de haber pasado por su frente varias veces.

Tampoco hay teléfono allí, sólo un armazón de plástico que sirve de adorno. Y, es posible, que al entrar dejes de recibir tu señal de celular. Esto le ha significado a muchos la separación o la prohibición de volver allí.

Líbido se ha convertido en un referente en la Ciudad. Es el sitio para rematar, pero no es para todos los gustos. Quienes lo conocen no hacen alarde y quienes nunca han ido crean imaginarios sobre sexo desenfrenado, drogas ilimitadas y rock mucho rock. La verdad es más compleja y quizá lo único cierto sea el rock and roll y la vivencia de un sitio oscuro, denso y gótico.

En Líbido confluyen todas las ansias de libertad y a veces se produce la chispa que desata todas las inhibiciones y la rumba puede llegar hasta las diez de la mañana; eso sí, casi siempre empieza mucho después de la medianoche. Por eso para llegar a Líbido es necesario beber bastante y entrar en ese estado de desenfreno en el cual todo es posible y la vida es bella y eterna. El periplo puede empezar en el Parque del Periodista o del Poblado, seguir en algún bar de rock o de salsa y finalizar en Líbido a las 3 am, hora pico del lugar.

No se puede definir este antro. Siempre es un lugar que se le ocurre a uno de los ebrios que nos acompañan y que guarda un buen recuerdo, pues allí, en medio de las paredes húmedas y descascaradas, los baños mugrosos y llenos de orín, y el ambiente denso por el humo, sintió esa energía que te conecta con los dioses y se hizo adicto.

Tocas la puerta y entras. Dos personajes indefinibles como el lugar te cachean y te cobran un cóver mínimo; no entiendes por qué. Sigues y tus ojos intentan acostumbrarse a la oscuridad, estás en la sala de una casa, al fondo un closet se mueve, pero no puedes asegurarlo. En la habitación contigua hay una cama y algunos muebles, está iluminada solo por una luz negra, las paredes pintadas con motivos fantasmales te invitan a perderse en ellas.

Enseguida, otra habitación amoblada y al fondo un pasillo donde reconoces las filas para el baño y con el poco olfato que te queda, el olor ácido a orín, cigarrillo y alcohol. Hay gente, mucha gente, pero no distingues a nadie. Está demasiado oscuro.

Sigues y encuentras el patio, también lleno de pinturas de fantasmas oscuros, decorado con baldosas de arabescos, como las de la casa de la abuela, y al fondo una barra y en ella Mario Líbido, que parece alguien que se ha salido de la fiesta para ser el barman y poner la música; pero no, es el dueño. Estamos en Líbido, la casa de Mario, y esa es talvez la definición más aproximada de este lugar de la noche.

Una vez adentro nadie te mira ni determina. Puedes contorsionarte, saltar de cabeza o hablarle a cualquiera de las pinturas y será totalmente normal. Puedes fundirte en un abrazo con un desconocido, con un metalero, un punkero, un abogado, un artista o un pillo y todo será natural. En Líbido puedes quitarte las máscaras y ser sólo uno más de la jauría humana; ser libre y mirar hacia arriba y claro ver el techo lleno de humedad y la pintura cayéndose y formando diseños abstractos que nunca te imaginabas contemplar, hermosos te dices. Te preguntas sobre lo divino, lo humano ha dejado de importar.

Luego suena The Doors. Te desconectas:

You know the day
destroys the night
Night divides the day.
Tried to run, tried to hide
Break on through to the other side

Cantas y sólo puedes brincar y contorsionarte. Luego te rodea un tumulto, no te das cuenta y empieza el pogo. Pero no te importa, es como una forma de comunicación, no sientes dolor, te caes y te paras y buscas los cuerpos con ansia de golpear y ser golpeado. Gritas un coro que no escuchabas hace mucho tiempo:

Hit Man Hit Man
You’re Not Afraid To Die

Todo se hace más suave, el dulce olor de la hierba te atrapa. Recuerdas épocas pasadas. Las canciones se suceden, bailas y luego te sientas, bebes otro poco. Miras el reloj y te das cuenta de la hora, pero no importa. Suena Nirvana y quieres pararte al pogo, pero todos se abrazan y gritan:

With the lights out,
it’s less dangerous
Here we are now, entertain us
I feel stupid and contagious
Here we are now, entertain us
A mulatto, an albino
A mosquito, my libido, yeah

Te dices que esa canción siempre debe sonar allí. No hay ninguna más apropiada.

En cualquier momento de la noche llega la policía. Pero no hay requisas. La música rebaja un poco, el humo denso escapa por el patio y te das cuenta que se puede ver un pedacito de cielo desde adentro y con suerte la luna y con más suerte sentir la lluvia allí mismo mientras suena Shadowplay de Joy Division.

Mario te dice que allí es el lugar de la tolerancia, Sin máscaras, sin pretensiones. Que esa es su casa y donde tiene la vida y el alma. Te cuenta que estudió pedagogía y que quiere trabajar, ser maestro; mientras tanto piensas en dejar de trabajar y tener un lugar así para liberarte.

Siempre fue su sueño tener este lugar; empezó hace trece años con una grabadora en el garaje y ha tenido público sólo desde hace 5 años; los otros 8 los pasó solitario en Líbido. “Hice esto en contra de la familia, los vecinos y la iglesia de la esquina, en la que me acusaban de satánico cada fin de semana. Pero seguí constante, aquí encontré mi energía. Quizá porque en esta casa velaron a mi padre, en esa sala”.

Los policías beben gaseosa en un rincón. Uno de ellos le pregunta a Mario si las paredes y el techo están descascarados intencionalmente como decoración. Mario le contesta que las paredes y el techo de Libido están vivos y que le agradecen cada vez que pone música, pues se les va la humedad y el tiempo que las corroe. Los policías ríen y se marchan. Por esta noche han dejado tranquilo a Líbido y la gente sigue llegando.

Sube de nuevo el volumen y Mario toma un micrófono, con voz ronca grita frases de tolerancia, invita a hacer el amor detrás de las cortinas, en el closet. “Cuidado con el dedo gordo de la Novia” y concluye con una canción de Metallica que suena atronadora y maravillosa.

Luego suenan grupos de rock, punk y underground de Medellín. Frankie ha Muerto. Encisos After The Rain. Nepentes. IRA. Fértil Miseria. Luego el pogo y en medio de todo una canción de Héctor Lavoe. Algunos se acercan y hablan con Mario; él dice que eso es pedagogía de la tolerancia.

Cuando el primer rayo de sol despunta por el patio, huyo hacia la salida. Con los ojos inyectados de sangre, miro a Mario y me despido. Levanta la mano y me recita una poesía de la que recuerdo sólo el final: Dios te bendiga y te deje en el infierno 78 años.