En mi lugar

por ÁLVARO CASTILLO • Fotografías por el autor

Número 148 Marzo de 2026

Estar allí, entonces. Fue lo primero que se me vino a la cabeza: “Estar allí, entonces”. El título de las memorias de Gregory Randall sobre sus años en Cuba. Solo que, en mi caso, le agregué una coma que cambia por completo el sentido. Ya no se trata de una afirmación sino de, más bien, la apertura a un diálogo. Una interrogación. Una explicación.

Llevo ya 31 años de experiencia cubana. De ir y virar constantemente. De tener un pie en cada orilla, porque esto, en mi caso, es posible. Una especie de vida dividida. Una vida en pausa mientras la otra continúa. Ese ir y regresar me ha permitido tener dos patrias y habitar, como un caminante que sabe dónde comprar el pan o dónde es posible encontrar un almuerzo barato, en dos lugares que se parecen más que en lo que se diferencian.

¿En qué se parecen Colombia y Cuba? En que vivimos unas realidades tan desmesuradas, extrañas e incomprensibles que nadie, ni nosotros mismos, es capaz de entenderlas o explicarlas. Desafiamos cualquier lógica, toda razón. Esto hace que seamos, entonces, unos seres que vivimos en nuestros espacios “contra toda esperanza” (sí, suena exagerado recurrir al nombre de las memorias de Nadiezhda Mandelstam para buscar una definición). Simplemente vivimos y estamos sin preguntarnos demasiado porque pa qué, porque ya qué. No hay nada que entender.

Creo, además, que estas realidades tan extrañas suscitan en los visitantes una especie de “ansia explicativa”: de repente y sin pudor alguno, cualquiera se siente con la autoridad, la experiencia y el conocimiento para explicar semejante absurdo. Y no hay nada que choque más, a cualquiera. No se trata de que no se pueda opinar sobre nosotros, sino de creer que pueden explicarnos con solo pasar unos días en nuestras calles. Y, por supuesto, es una tentación en la que es fácil caer. Y no voy a caer a estas alturas del partido en ella.

La experiencia de una vida es imposible de transmitir. Cada cual habla de su realidad desde su punto de vista. Desde las pocas calles que puede recorrer. Esto hace que la comprensión de un suceso de carácter nacional sea inatrapable. ¿Cómo, por ejemplo, poder hablar de un país sumido en una crisis energética sin precedentes cuando, por esas cosas de la vida, el sitio que se habita tiene el sistema eléctrico soterrado y no se va la luz? Cuando a los demás sí se les va. ¿Es posible, entonces, asumir la experiencia y tragedia de los demás como propia?

Creo que el testigo tiene el deber de decirlo y contarlo todo (esta frase no es mía y no recuerdo donde la leí). No queda entonces otra posibilidad que la de contar desde la propia orilla o darles la voz a otros, a los demás, que también harán lo mismo. Podría hacer esto, sí. Pero no lo creo honesto. Cuando se trata de la tragedia de un pueblo entero lo primero que hay que tener es decoro y vergüenza.

¿“Estar allí, entonces” qué quiere decir? Ser uno más sin pretender ser el único. Escuchar todas las voces sin pretender poseer la única. Acompañar en el camino. Dando una mano o las dos.

Los momentos que se están viviendo en Cuba son, para cualquiera que no sea de aquí, incomprensibles. Parece que no sucediera nada, pero está sucediendo todo. Parece que todo sigue igual y, aunque no podamos verlo, todo es diferente. El dolor, la tristeza, la incertidumbre, la rabia, la confusión van por dentro. No hay, entonces, nada mejor que vivir como “uno de esos días en que es la vida” porque, así nos esforcemos, no podemos cambiar lo que aún no ha sido escrito.

Y, por sobre todas las cosas, nos falta para acercarnos a vislumbrar alguna explicación, la experiencia de haber sido y ser cubanos durante este tiempo, ya largo y al que algunos “llamarán antiguo” (como escribió el poeta Norberto Codina).

Estoy acá, con los cubanos, como un cubano de a pie más, en medio de la incertidumbre de que algo va a pasar, puede pasar, está pasando y no ha sucedido. Con la certeza plena de que lo que me tocó ahora por la libreta es esto. Y no me queda más remedio ni posibilidad que “estar aquí, entonces”, del lado de ustedes, y a su lado, hermanos cubanos míos.

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Volver a la tierra

por SIMÓN MURILLO MELO • Fotografías por el autor

Número 148 Marzo de 2026

Lo único que le dejaron sus padres a Karleth Izquierdo fue la tierra, más o menos un cuarto de hectárea en Boca de la Ceiba, al borde del río Sinú. Ahí vive en una casa de bloques de concreto con su hijo adolescente. Cuando su papá vivía la casa daba a un pequeño barranco donde crecían unos guamos y donde ahora ella cultiva hojas de biao, que le dan para vivir. A unos metros de sus cultivos, las aguas espesas y marrones del Sinú se estiran acaloradas. Ahí corría un riachuelo que la mayoría de los días no llegaba ni a barro mojado, un minúsculo chorro de agua, el caño Bugre. El bloqueo de su corriente algunos metros aguas abajo por basura y rastrojos cortaron la salida del Bugre al Sinú. Algunos tramos se convirtieron en pantanos. Otros se secaron. En las lluvias de los primeros días de febrero el riachuelo creció y creció. Alarmados, los vecinos construyeron una barrera de costales en su ribera y esperaron lo mejor. Ya antes habían tenido crecidas, pero nunca como esta. En la madrugada, un sonido terrible levantó a Karleth: como si un rayo hubiese caído sobre ella.

La diminuta corriente del caño Bugre se había hecho barrejobo. El río que por años agonizó, ahora era imparable. Karleth y sus vecinos erigieron en la oscuridad una nueva barrera de costales para reemplazar la anterior que había sido arrastrada. Tampoco sirvió. Alguien sacó una canoa de plástico para navegar por donde antes era nada más que tierra firme. El agua devoró todos los cultivos de hojas de biao de Karleth y llegó hasta su casa, a unos cuarenta metros de distancia y por lo menos cuatro de altura. Lo perdieron todo, menos la tierra, todavía. No paraba de llover.

Habían pasado quince días desde las inundaciones y el cultivo de biao de Karleth, ahora podrido, seguía anegado. Ella estaba muy angustiada y había empezado a enfermarse por pasar tanto tiempo metida en el agua, intentando ganar un poco de espacio. Como en el resto de Córdoba, no había ninguna presencia estatal o local apoyando a los inundados. Eran solo ella y sus vecinos contra el río.

Visité Boca de la Ceiba junto a Álvaro Cogollo y su primo José Antonio Cogollo. Este año Álvaro cumple setenta. Es un hombre fuerte, risueño y hablador. Es botánico, uno de los más prolíficos del continente. Tiene unos ojos pequeños e intensos que le han revelado más de doscientas especies nuevas en lugares completamente diferentes de nuestra geografía. Lo que para muchos es la culminación de una carrera, para él es la maravilla usual de ver lo nuevo, una y otra vez. “Cuando estoy en el bosque ya no miro para arriba. Miro para el suelo, a la hojarasca”.

Cuando era muchacho, Cogollo, familia y amigos solían ir con frecuencia a Boca de la Ceiba a recoger agua, a bañarse. Hace años, cuando corría libre, el Bugre era un caño de aguas lentas que bajaba hasta la Ciénaga Grande de Lorica. En Manguelito se dividía en un chorro sin nombre que armó la vida de Álvaro cuando era niño, allá en El Tapón de San Pelayo.

El 24 de diciembre de 1969 Cogollo dormía en la casa de un amigo, no muy lejos de la de sus padres, en la vereda Providencia. Los adultos jugaban dominó cuando alguien se asomó en la noche: “Hay suba”. El afluente del Bugre supuraba bocachicos, tantos que parecían un segundo río. “Vamos a bracearlos”, dijo el amigo de Cogollo, ahora su cuñado. “En par patadas llenamos un costalao de bocachico”. Nunca volvería a ver tantos pescados juntos en su vida.

A veces su abuelo, Fernando Cogollo, hacía un comentario misterioso: “Mañana va a amanecer el caño crecido”. Y en la madrugada la predicción se hacía realidad, las aguas del río se embravecían y el caudal aumentaba. “¿Abuelo, usted por qué sabe?”, le preguntó Álvaro alguna vez. Fernando extendió su dedo hacia el sur, donde las nubes negras se acumulaban: “Está lloviendo en las cabeceras”. La respuesta implicaba más preguntas que se hicieron claras en un libro de geografía de segundo de primaria: en un lugar en Antioquia llamado el nudo del Paramillo nacía el Sinú que en Boca de la Ceiba formaba un ramal, el Bugre, que en Manguelito se dividía en el caño que pasaba frente a su casa. Algún día, se dijo Álvaro, conocería el nacimiento del Sinú. Lo imaginó como una gran laguna, tan bella como la ciénaga.

La Voz de Montería pasaba un jingle que lo maravillaba: “Los valles del Nilo, el Tennessee, el Sinú, las tierras más fértiles del mundo”. Los Cogollo, como era propio de los campesinos acomodados del Sinú, tenían una roza, una parcela para la yuca, el ñame, el plátano, la papaya, el mango y la patilla. Bastaba bajar al río para sacar agua. Siglos de ingeniería hidráulica zenú habían canalizado las aguas del Paramillo a la tierra misma, convirtiéndola en una de las más fértiles del mundo en biomasa. La vida se desbordaba por todas partes y Álvaro aprovechaba, cazando pájaros con la honda y pisingos con la escopeta en la ciénaga El Vichal junto a sus tíos Toño y Rafael.

Ellos eran rianos, los que vivían del río, abacú, gente de chancla tres puntá. Cada día pasaba por el afluente del Bugre una chalupa con motor, el portátil, recogiendo campesinos desde Cotorra hasta Cereté y más allá. El papá de Álvaro, Justiniano, se había enamorado en Chimá, al otro lado de la ciénaga, y para ir a visitar a María del Carmen Pacheco se embarcaba en su portátil con el remo y la palanca. Y si en alguna noche cenagosa sin estrellas llegaba a perderse, torres de las iglesias de Arache, Momil, Cotorra, Sitioviejo y Chimá brillaban como faros, en la oscuridad.

La abuela María Ascención Berrocal era yerbatera y partera. Las plantas que para los demás eran invisibles tenían muchos sentidos para ella y su nieto Álvaro era el alumno más atento que había tenido. Cogollo mantenía una libreta en la que anotaba el nombre de todas las plantas que lo rodeaban, con extensos comentarios sobre “cómo se cortaban de acuerdo con las fases de la luna, cuál era la leña de corazón que daba la suficiente brasa para cocinar el arroz o cuál rama de arbusto lechero era mejor para fabricar una honda”.

Después de la pandemia Cogollo usó la plata de un premio que le habían dado y se compró media hectárea en El Tapón de San Pelayo, a unos metros del río donde aprendió a nadar, justo al lado de la tierra del primo Rafael Antonio Zabaleta Cogollo y cerca de la que fue la tierra de sus abuelos. Las aguas del caño donde aprendió a nadar entre guamos se habían eutrofizado y sedimentado y estaba contaminado con pesticidas y basura, aunque menos que otros de la zona. Apenas tenía corriente ahora, como un pantano.

En San Pelayo muchas cosas han cambiado pero otras se mantienen idénticas. Hay un Cogollo o un Berrocal de todas las edades en cada esquina, el ecosistema agrario y el minifundio persisten, pululan las bandas musicales. Pero los ríos ya no hacen parte de la vida pública, ni de la vida en general. Muchos se han vuelto vertederos. Algunos de los pescados del pasado han desaparecido hasta la memoria de la gente. Como Cogollo me dijo, “Fíjate, ya uno ni siquiera… Si uno pregunta: Oye, ¿conoces la mayupa? La gente ya no la conoce. Tampoco el bocachico rubio, el congo o la alondra. Todo eso se ha perdido”.

Si hace más de mil años los zenú construyeron una civilización junto al agua, algunas décadas del siglo XX habían hecho a los cordobeses ajenos a su pasado anfibio. La moto reemplazó al bote. Tanto los campesinos como los terratenientes fueron ganándole terreno a la ciénaga, con ganado o con barreras de material que secaban las aguas, los jarillones. La productividad del Sinú se dio por hecha y las ciénagas que la generaban aparecieron como impedimento para más y más cultivo. Elías Milani, terrateniente de la zona, llegó a ser tan buen destructor de humedales que la Gobernación de Córdoba lo condecoró.

Los padres de Cogollo estaban montados, como casi todos los campesinos de la zona, en la fiebre del algodón. Impulsada por la política de colonización agraria colombiana y por la Alianza para el Progreso del gobierno de Kennedy, la frase favorita de los políticos y terratenientes era “Habilitar tierras para el cultivo”. Los humedales eran especímenes de un pasado montuno que podía desaparecer, como en el Valle del Cauca, para dar paso a los cultivos del mañana en la forma en que lo hacían los gringos, con pocas manos, muchas máquinas, altas concentraciones de agua y, pronto, el dulce olor de los pesticidas.

“No se me olvida el olor del toxafeno DDT 40-20”, me dijo Cogollo. Primero regado por manos humanas, luego desde un helicóptero y luego del primer avión que Cogollo vio en su vida, dejando una estela de toxafeno detrás de sí. Él cortó una madera de balso y se hizo un avión con una hélice de lata.

A su tío Rafael un sobrino le propuso alquilarle sus tierras. “¿Para sembrar algodón?”, contestó, “No, señor, desde que llegó el algodón todo hay que fumigarlo. Hay que fumigar el maíz, la yuca, el ñame, a todo le cae plagas. Y uno pasa al día siguiente y encuentra el sapo muerto, la rana muerta, lo que se comía las plagas. ¿Tú te comes una mota de algodón? Yo siembro lo que me pueda comer. El maldito va a ser la ruina del Sinú y mientras yo viva no se va a sembrar una mata de algodón en mis tierras”.

En febrero de 1963 Álvaro y su hermana Fausta se fueron a estudiar a Chimá, al otro lado de la ciénaga. Chimá, “tierra bonita”, una de las pocas palabras que nos quedan del zenú, es una zona de transición entre el bosque húmedo del Paramillo y el bosque seco del Bajo Sinú y el golfo de Morrosquillo. Es un pueblo de pescadores y campesinos mecido en el ritmo paciente del calor de las cuatro, donde la vida empieza y termina en la ciénaga. Allí Cogollo escuchó la historia de un pescador que un día le avisó a su familia que iría a “darle la vuelta al mundo”. Salió en la madrugada con su canoa y su familia lo despidió incierta del futuro. Dos días después había vuelto. “Eche, ¿no le ibas a dar la vuelta al mundo?”. “Ya la di, le di la vuelta a la ciénaga”.

Después de unos meses en la escuela de Chimá, Cogollo recorrió varias escuelas de la región antes de hacer parte de la primera promoción del INEM de Montería, otro legado de la Alianza para el Progreso que tenía la enorme novedad de que tenía baños; como nadie tenía ni idea de qué era un lavamanos, los estudiantes orinaban en ellos. En el INEM cultivó una pasión por el vallenato, militó algunos años en la causa de la reforma agraria en las juventudes del MOIR y conoció en un salón de octavo grado a Nohra Guzmán, una de las pocas mujeres del colegio y la compañera de toda su vida.

Por un tiempo pensó que iba a ser ingeniero agrónomo pero decidió ser botánico, como María Ascención. Entró a la Universidad de Antioquia y conoció a Enrique Rentería, el profesor de taxonomía que lo llevó a conocer la selva húmeda por primera vez, en el Magdalena Medio, y lo conectó con Thomas Croat, experto en las aráceas. En su primer viaje al Chocó, acompañando a Croat, Cogollo recolectó un anturio que vio curioso y que Croat identificaría ahí mismo como nuevo para la humanidad. Lo nombró Anthurium cogolloanum.

Volví a Chimá con Cogollo a ver la ciénaga. “Es un árbol críticamente en peligro de extinción”, me dijo de un solitario guayacán azul, el Guaiacum officinale, en la tierra de su hermano Lucho, un campesino. Álvaro fue el único de los hermanos Cogollo Pacheco en irse de Córdoba. El resto hizo su vida en el Medio y Bajo Sinú, como maestros, campesinos o líderes. Con su hermano Óscar, quien nunca se queda quieto, recorrimos un pequeño jarillón que los campesinos habían construido sobre la ciénaga Los Charcos, que en el pasado fue parte de un gran complejo ininterrumpido de humedales que conectaba Lorica con los pueblos del sur. Durante mucho tiempo reducida, las inundaciones la habían hecho crecer hasta confundir el agua con el horizonte.

Los chimalenses aprovecharon el jarillón que le construyeron a la ciénaga para hacer unos pequeños cultivos de algodón y patilla. Con las inundaciones, no habrá esperanza de cosecha este año. Muchas familias del pueblo esperaban esos ingresos para sobrevivir. Sin la patilla, la economía circular de todo el pueblo tambaleaba. Como nos dijo Alexander Jiménez, un activista zenú por el buen vivir con las ciénagas: “El pescador vende al mercado local que le vende al pescadero y el dinero va rotando”.

Isaac, un pescador ya veterano, pasa el calor de la tarde con sus compañeros en una cabaña al borde de la ciénaga. Las inundaciones habían afectado la ecología de los peces y aunque la ciénaga es un refugio de manatíes, las capturas en las atarrayas y trasmallos de los pescadores habían caído significativamente. Otros pescados como el sábalo han desaparecido. Un brillo emanaba del cielo casi despejado. Isaac, con voz pausada, describió con calma la situación: “Ya solo quedaba el hambre”.

La revolución agraria que prometía la Alianza para el Progreso implicaba menos gente para más campo. Ese proceso de desplazamiento masivo se consolidó con la arremetida paramilitar de finales de siglo y la dramática transformación del Sinú por la construcción de la hidroeléctrica de Urrá. Y antes que amilanarse con el cambio climático, la voracidad de los terratenientes continúa sin vergüenza: Erasmo Zuleta, el gobernador de Córdoba, es poseedor de una finca con ciénaga, un gusto mafioso impedido en teoría por la ley colombiana y la Convención Ramsar de los Humedales. Entonces Zuleta construyó jarillones para secarla y que así no le pongan mucho problema por lo que es suyo.

Durante quién sabe cuántos siglos, los habitantes de las ciénagas se movían por ellas con libertad, monteando la liga. Así lo hicieron Alexander, Isaac y Cogollo de muchachos. Buscando asegurar su propiedad, los terratenientes locales han empezado a cerrar la ciénaga con cercas eléctricas. Según Alexander, alrededor de Chimá hay más de doscientas hectáreas electrificadas. Y si los campesinos logran superarlas, vigilancia enfierrada les anuncia que estos humedales son ahora propiedad privada. Ahora vivir al lado de una ciénaga, como de un río, es un encarte.

Las carreteras, como las casas, como las haciendas, se construyeron sobre ellas durante muchos años. Ahora mismo poderes locales planean construir un extenso jarillón de Lorica a Purísima, una traición más a la ciénaga de Lorica, la más grande del bajo Sinú. La Oxy quiere aprovechar que hay pocos interesados y convertir las ciénagas del Medio Sinú en campos de gas conectados con Cartagena.

Entre Ciénaga de Oro y Chimá se abre uno de los paisajes más hermosos que he visto en mi vida, un extenso complejo cenagoso rodeado por guayacanes y sangregallinas en plena floración, sus flores empantanando el agua diáfana del espejo. Pero en la mitad de una ciénaga convertida en el antejardín de una hacienda, una valla publicitaria anuncia para el Senado a Milena Flórez, esposa del condenado Musa Besaile.

En 1991 Cogollo intentó por primera vez subir al alto del Paramillo, a donde nace el Sinú. Solo otras dos expediciones habían logrado coronar antes el alto. Cogollo arrancó la subida por Ituango, por el Bajo Inglés y siguió por Santana y luego La Redonda. Alcanzó a llegar a los 3100 metros pero dio la vuelta. Lo volvió a intentar en el 93, con el botánico valluno Hermes Cuadros y con Alwyn Genthry, del jardín botánico de Missouri, una leyenda de la botánica neotropical del siglo XX. En vez de seguir por La Redonda, remontaron a machete el cauce del río Ituango. La selva húmeda dio paso a los bosques de montaña y los bosques de montaña al páramo más inexplorado del país, donde nace el San Jorge, donde nace el Sinú.

Pero no había laguna por ninguna parte. Apenas unos hilos lentos en el silencio del páramo. Ese era el nacimiento del Sinú. Cogollo tomó fotos apresuradamente. No tenían suficiente agua. Tenían que bajar de nuevo. Después de recargar las cantimploras en el río Ituango, se perdieron. Los morrales les pesaban con las muestras de todo lo que habían recolectado. El bosque espeso se cerraba contra ellos y la comida se había agotado. Ahí encontraron una mora silvestre gigantesca que Cogollo jamás volvió a ver y que les calmó el hambre un instante. Sin signos de camino, Cogollo se acostó en su morral a calmar el cansancio. Cuando caía la noche, un grito lo levantó: “¡Mierda de vaca!”. Era Genthry, que había visto la civilización.

De regreso al caserío de Santa Ana, decidieron cruzar el nudo por un filo menos elevado y salir al otro lado, al pueblo de Juan José en la cuenca del San Jorge. Los interceptó una avanzada de las Farc. Los venían siguiendo. Tuvieron que devolverse y en el camino de regreso Álvaro se volvió a fijar en una planta “que en el trayecto nos estuvo mamando gallo”. Luego sabrían que era una Metteniusa, ahora llamada Metteniusa cogolloi. Cuando Álvaro fue a revelar el rollo de las fotos que tomó en el alto del Paramillo, el rollo estaba quemado. No quedó nada de las aguas del Sinú.

El mismo año que Cogollo escaló el Paramillo el Inderena otorgó una licencia ambiental a la que hasta entonces era la hidroeléctrica más grande del país, una fantasía de control de la naturaleza que bajaba desde la Alianza para el Progreso: Urrá. Abeja en eberá. El aguijón de la abeja destruyó 7400 hectáreas del Paramillo y desplazó a más de tres mil personas, la mayoría indígenas emberá de los resguardos de Karagabí e Iwagadó.

El activismo contra la represa se organizó en Tierralta alrededor de Simón Domicó y Kimy Pernía. En Bogotá el cordobés Paul Sánchez Puche fue financiado por el Cinep para impulsar un movimiento clave en la historia de las luchas ecológicas contra el pillaje energético. El lema de Urrá, “Energía para el desarrollo de Córdoba”, resultó ser poco más que una burla. Durante años la clase alta de Córdoba y Antioquia utilizó escuadrones de la muerte para asegurarse el control de la montaña e imponer el proyecto sobre los cadáveres que fueran necesarios.

Aunque el movimiento logró impedir que se construyera una segunda hidroeléctrica junto a la primera, Urrá 2, en el año 2000 la culminación de la construcción y el cierre de las compuertas le dieron lo que parecía ser la última puñalada al Sinú. Urrá contribuyó al declive de las ciénagas de Córdoba al no suplir el mismo caudal de antes al gran complejo de la ciénaga de Lorica. La población de pescados del Sinú colapsó. Y justo lo opuesto de la agricultura zenú que usaba al río para dar gran fertilidad a las planicies, al descender el nivel freático, las tierras de Córdoba se irán salinizando con cada año de operación de Urrá.

La primera selva húmeda que conoció Cogollo fue cerca del río Carare, en Campo Capote. Nunca había visto nada igual. Estaba en primer semestre y había logrado que lo aceptaran en el semillero de botánica de Enrique Rentería. Incluso para él, que venía de las infinitas ciénagas del Sinú. Esa selva no tuvo par, ni aún hoy, porque en algunas décadas había sido completamente arrasada. Ahora el que vuelva a ver ese paraje se va a encontrar solo con tierra yerma para el ganado y el petróleo. “La vida de un ser humano es demasiado corta ante cambios de esa clase”, me dijo Cogollo.

Más de doscientas mil personas sufrieron las inundaciones y 35 000 hectáreas se inundaron en Córdoba, apenas una muestra de lo que vendrá después. Las ciénagas volverán. El futuro para alguien como Karleth es incierto. La tierra firme está desapareciendo debajo de sus pies. La clase política cordobesa ha reaccionado con el apropiado cinismo: “Borrón y cuenta nueva”, es el eslogan de David Barguil, ahora senador del Partido Conservador.

Hace más de treinta años, Cogollo fue a un evento en Montelíbano. Ahí vio a unos árboles curiosos, sembrados en fila. Veintiséis años después se los volvió a encontrar, en Tierralta. “Ahí mismo me acordé”. Luego en la ciénaga de Betancí los volvió a ver. Eran de una especie nueva, la primera que descubre en su departamento, la Cordia nicandroides. Llega a los veinticinco metros de altura, florece en cientos de flores blancas y su pariente más cercano está a miles de kilómetros de distancia, en la caatinga brasileña. Es un descubrimiento con profundas implicaciones para la conectividad vegetal del continente. Pero ahora Cogollo encuentra el árbol en partes insospechadas de Córdoba y la Costa. Siempre estuvo ahí. Lo único que tuvo que hacer fue volver a mirar.

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Receta de luz

por CARLOS SUÁREZ QUICENO • Ilustración de Alejandra Pérez

Número 148 Marzo de 2026

I

Aunque atravesamos la montaña, el Nevado del Ruiz había permanecido oculto a nuestros ojos. En el segundo día descendíamos por la carretera de Murillo a Armero, en el departamento del Tolima. Ahora el valle del río Magdalena aparecía alternativamente a uno y otro lado de la vía. En el último tramo alcanzamos a ver un restaurante que ofrecía chivo a la brasa.

Acaso porque era la última oportunidad de contemplar ese paisaje o por la proximidad del mediodía, nos detuvimos. Un horno de hierro humeaba a la entrada de una amplia caseta de hierro y lata. Dos árboles de mango guardaban el frente donde se ubicaba un aviso: Doña Luz. Atrás y por ahí dispersos se veían unos arbolitos que luego supimos que eran de moringa, el árbol de la vida.

Una señora, cercana a los setenta años, de cara abrasada por el sol, habló con cierto acento tolimense y nos confirmó que sí había chivo, pero solo costilla o sobrebarriga, porque la carne magra ya se había acabado. Añadió, con cierta confusión, que la sobrebarriga incluía costilla. Al fin entendimos que todo era un mismo plato, y nos conformamos viendo que el asador tenía carbón.

Mientras esperábamos el pedido recorrimos la caseta azul y blanca. Un hombre de bigote estaba sentado en una mecedora de la que se levantó para ir a atender el fuego. En una pared cercana había muchas fotos de álbumes familiares impresas en tres lonas envejecidas y maltratadas. Tenían una leyenda: Memorias de Armero. Eran estampas de los desaparecidos pobladores de Armero en reuniones familiares, en celebraciones, reinados y encuentros deportivos. Las imágenes, medio sostenidas entre la pared y un enrejado contiguo, miraban de soslayo al valle.

Hablamos entonces de las fotos y del paisaje, mientras el costillar rechinaba al carbón. Preguntamos lo obvio y la pareja confirmó que las fotos eran parte del recuerdo de los que perecieron hace cuarenta años.

—Yo perdí veintidós familiares… Y ella once —dijo el hombre señalando a su esposa.

—¿Y sus hijos? ¿Y ustedes cómo se salvaron? —preguntamos.

Entonces siguió hablando el hombre, que para ese momento ya sabíamos que se llamaba Antonio: 

—Yo trabajaba allí, al otro lado de la carretera, en un molino. Ahí vivíamos mientras nuestros dos hijos se quedaban en el pueblo con la abuela. Esa noche habían venido para que les firmáramos un permiso para un paseo de la escuela. Se quedaron a dormir aquí y al otro día ya no encontraron nada.

—¿Y qué pasó con la abuela? —seguimos preguntando.

La abuela esa noche sintió un ruido como el que hacían en las celebraciones de los partidos de fútbol. Salió a la puerta con una linterna y un machete para ver qué pasaba. En ese momento alguien la tomó cargada y la montó a un carro de los bomberos que subía hacia el cerro para escapar de la avalancha. Cuando se pusieron a salvo, las llantas ya tenían pantano.

Pasamos luego a disfrutar del plato de chivo, en franca lucha con la sobrebarriga. La sazón era única, no recordábamos el sabor del chivo. Las costillas huesudas, exiguas, dejaban una promesa.

Ellos debieron estar muy jóvenes en aquel fatídico año 1985. Don Antonio siguió trabajando en el molino. Años más tarde, la tierra aún quería sepultarlo. Un derrumbe lo sorprendió mientras cortaba un tajo de caña. Quedó enterrado de medio lado, apenas sobresalían la cabeza y un hombro.

—Entonces me di cuenta de que podía respirar, pero tenía que hacer como un marrano, suavecito, sin soltar el aire del todo; porque entonces la tierra me aprisionaría. En esas llegó mi hijo y me sacó. Desde entonces quedé con un nudo en la rodilla.

Efectivamente, caminaba con el pie izquierdo en comba. Hace muchos años que abrieron el restaurante. Venden chivo y avena. La avena es una fórmula secreta que tuvieron que descubrir por sí mismos, porque el cuñado de doña Lucila, como oímos que la llamaba su esposo, les cobraba diez millones de pesos por dársela y los obligaba a venderla lejos de allí, para no hacerle competencia. Entonces ellos se indignaron y buscaron por sí mismos la receta. Y como testimonio de su relato, la mujer fue al refrigerador y sirvió dos vasos pequeños de un líquido nebuloso, brillante, casi traslúcido que nos ofreció en silencio. Lo degusté con absoluta sorpresa: una avena fría, de consistencia fluida, con un sabor que no la hacía comparable a ninguna otra. Le pregunté cómo se hacía.

Ya hablábamos con tan amistosa confianza que también nos ofrecieron semillas de moringa. Doña Lucila dijo que ellos no eran egoístas, que les gustaba compartir lo que sabían y ofreció darnos la receta escrita. Así lo hizo. Se levantó de la mesa cercana y fue hasta la cocina que se apreciaba detrás de unas rejas, y volvió con un trozo de papel y un lapicero. Escribía mientras yo escuchaba la conversación que mantenía don Antonio acerca del cultivo de la moringa.

Ella volvió al tema:

—Aquí venían unas señoras a tomar avena y decían “esto sí es avena de verdad”. Y vaciaban el vaso y repetían. Luego entregamos el restaurante y no hace mucho regresamos; pero ya estamos muy viejos y queremos alquilar de nuevo.

Entretanto, me dejó ver la receta y empezó a hablar acerca de un ingrediente que era una esencia de arequipe y de la importancia de que la leche fuera de tal marca y que además le agregara leche en polvo. El primer ingrediente que aparecía en la receta era Yucarina, la tradicional harina de yuca. Los revisé mientras escuchaba las explicaciones. Le advertí que había olvidado escribir el ingrediente principal: la avena.

Entonces ella, como por darme gusto, lo escribió al final del papelito, casi al borde y me dijo.

—Es que si usted quiere le echa avena, pero la verdad es que no la necesita.

Acaso ese era el secreto de la avena de doña Lucila, que no tenía avena, pero estaba llena de luz.

II

Era hora de seguir el camino y la conversación no terminaba. Pagamos el almuerzo y otro poco por todo lo demás. Don Antonio hizo lo propio, salió con nosotros y nos mostró los árboles de la vida. Cortó dos esquejes y nos los ofreció para que lográramos más pronto la cosecha, porque las semillas suelen ser lentas. Esa vida de los árboles era el único robo que había hecho en su vida, recordó mientras nos los obsequiaba. La charla de la avena que sostuve con doña Lucila estuvo combinada con la de la moringa que mantenía don Antonio con mi esposa:

—Yo trabajé con un ingeniero… Estábamos en una finca donde tenían un criadero de cerdos y los alimentaban con moringa y cuidos especiales. Todo era para exportar. Esa finca como que era de un mafioso. A la hora del almuerzo nos hicimos debajo de un árbol para aprovechar la sombra. Entonces, el ingeniero me hizo señas y yo empecé a coger todas las semillas que pude, aunque allá había mucha vigilancia. Pasó luego el tiempo y me olvidé de ellas, hasta que las sembré y logré que crecieran varios arbolitos. En la pandemia venían a comprarme las hojas. Muchos se salvaron del covid con esta planta. Me ofrecían comprarme todas las hojas que tuviera.

Antes de continuar el viaje, también alcancé a ver algo así como las semillas de una casa, unos ladrillos arrumados a la espera del capricho de alguna mano. ¿Qué sería? Más tarde lo entendí: allí construirá una casa doña Lucila, cuando alquilen de nuevo el restaurante. Probablemente se dedique, entonces, pensativa, a mirar el valle.

Habían conservado la vida donde tantos la perdieron, pero debió serles muy difícil continuar tan solos. Ahora la vejez se cierne implacable sobre ellos, acaso lo que más les importe ya sea recordar todo aquello por lo que valió la pena seguir, todo aquello que les permitió sobrevivir mientras se convierten a su vez en un recuerdo.

Al despedirnos sentí que había estado en un lugar donde se cuece la supervivencia, un lugar al que algún día volvería, ¿pero estarán entonces estos viejos valerosos? Un poco más adelante, sin haber dejado aún de pensar en el restaurante Doña Luz, nos encontramos con lo único que pudimos ver de Armero: un peaje que conserva el nombre del desaparecido poblado. Nada quedaba de lo que fue, en todo había algo fantasmal, contradictorio. Nos alejábamos al fin del cerro blanco, de Cumanday como le decían los quimbaya, de las garras del león dormido.

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Yo no nací sino para amar

por PAULA ANDREA MARÍN COLORADO • Ilustración de Hansel Obando

Número 148 Marzo de 2026

Es julio de 1868. Eusebio Liborio viaja de Bogotá a Tocaima (Cundinamarca) para tomar posesión de una hacienda familiar que su mamá Blasina había heredado del abuelo Miguel: La Ceiba. Allí, planea hacer el montaje de un establecimiento de añil. Lleva meses escuchando a Miguel Antonio, su hermano mayor, y a amigos de la familia hablar del éxito del añil en el exterior, especialmente en Londres, a donde le han dicho que es fácil exportarlo. A sus 23 años, Eusebio debe tomar la primera decisión importante de su vida: definir su profesión u oficio. Eusebio no solo piensa en su familia, sino en la mujer de la que está profundamente enamorado: Susana. Si el establecimiento de añil fracasa, no se podrá casar con ella, defraudará a su familia, los dejará en la ruina y no podrá sobrevivir sin el amor de su amada.

Eusebio ha leído varios de los manuales y artículos de prensa que se han publicado, en los que se explica el proceso de cultivo y extracción del añil. Los libros no tienen gráficos ni ilustraciones, pero las descripciones son muy detalladas. Cuando va a llevar las cartas para Bogotá habla con los hombres en el pueblo y todos le dan consejos para el negocio. Dónde conseguir gente de confianza para sembrar el añil, para construir el tanque, para instalar la bomba de agua. Eusebio debe encargarse de fabricar los ladrillos para hacer el tanque, al tiempo que coordina la siembra del añil y la consecución de la bomba de agua que lo surtirá con la suficiente cantidad y presión. A medida que pasa el tiempo no puede ocultar más su desesperación en las cartas a su hermana Margarita, porque el negocio exige más gastos de los que había previsto. A la falta de cálculo presupuestal se suma la inexperiencia y dificultades en el trato con albañiles y jornaleros en la hacienda, la incertidumbre del clima y la llegada de las plagas; se necesita un equilibrio entre la lluvia y el sol para que el añil pueda crecer bien, un factor incontrolable. A todo lo anterior se suma otro reto: exportar el añil a Londres.

En noviembre de 1869 Eusebio recoge la primera cosecha de añil; en julio de 1870 despacha su primera remesa para Europa y en enero de 1871 ya ha exportado varias cajas a Londres, pero las ventas no han sido tan altas como esperaba, así que empieza a vender el añil en Bogotá a un alemán que se encarga de exportarlo. Para junio de 1871, Eusebio comienza a fraguar el plan de vender el establecimiento: “Estoi convencido ya que en este negocio no se gana sino mui poca cosa que luego vendrá a perderse en un fuerte verano”, le escribe a su hermana el 17 de junio de 1871. Para septiembre del mismo año, le explica a su hermana que hacer el avalúo del establecimiento es difícil, pues “esta empresa de añil es calificada de mala por muchos de los que hasta ahora poco la creían tan buena”. Para julio de 1872, Eusebio, si bien se encuentra aún en La Ceiba, ya no menciona nada sobre el añil en sus cartas; sus angustias han desaparecido. Está feliz porque está preparando su matrimonio con Susana, con quien vivirá en la hacienda desde 1873.

El desenlace de la aventura de Eusebio Liborio no es excepcional. El boom del cultivo del añil en Colombia fue efímero: duró menos de una década. A partir de 1850 los países europeos aumentaron su demanda de productos agrícolas y mineros, provenientes de Latinoamérica. En Colombia, esa demanda se concentró en el cacao, el tabaco y la quina, el producto más exportado en el país durante el siglo XIX. A finales del siglo, el café los desplaza a todos. A mediados de la década de 1860, descendió el cultivo del tabaco y se encontraron oportunidades para la producción y exportación del añil en las regiones de Ambalema y Honda (cerca de Tocaima), pero en la década de 1870 la producción se arruinó porque en Prusia inventaron los colorantes artificiales y Bengala se restableció como principal abastecedor de añil para el mercado inglés. A diferencia del tabaco y la quina, el añil requería una inversión de capital significativa y suponía un riesgo de inversión mayor, pues se necesitaba procesar el producto del cultivo y este agotaba muy pronto la productividad de la tierra. Según afirma Carolina Sastoque, en su artículo «Tabaco, quina y añil en el siglo XIX. Bonanzas efímeras», “solo comerciantes y terratenientes de reconocida trayectoria contaban con la acumulación de capital para iniciar tal negocio”. Eusebio Liborio Caro Tobar no encajaba en ninguna de estas posiciones.

Los Caro Tobar no eran una familia muy acaudalada. Desde que llegó a Colombia el primer Caro, proveniente de España, a finales del siglo XVIII, generación tras generación, los hombres habían ocupado distintos cargos como funcionarios públicos (sobre todo, en Hacienda), primero de la Corona española y luego de la república. Con la Independencia, fue Nicolasa Ibáñez, abuela de Margarita, Eusebio Liborio y Miguel Antonio, quien había intercedido por su esposo, Antonio José Caro, ante Simón Bolívar, para que obtuviera un cargo en el gobierno de la nueva república. Luego de su distanciamiento de Bolívar, Nicolasa fue muy cercana a Francisco de Paula Santander, quien también otorgó a su esposo un cargo como funcionario público. Es con José Eusebio Caro (padre de los hermanos Caro Tobar), que los hombres Caro empezarán a ocupar cargos ya no solo como funcionarios públicos, sino también como políticos en el Congreso (adscritos al Partido Conservador) y que se empezarán a desempeñar como escritores públicos (fundadores y redactores de periódicos, y autores de libros), como lo será Miguel Antonio, quien también ocupó el cargo de presidente de la república. Cuando José Eusebio se casa con Blasina Tobar, ella aporta el capital económico a una familia que solo lo tenía en términos sociales, culturales y políticos.

Las cartas entre los hermanos acompañan los esfuerzos de Eusebio; junto a ellos, hay otros temas importantes, como la salud. Hay una insistencia en el cuidado que Eusebio debe procurarse para no causar sufrimiento a su familia. Según Beatriz Castro (en el libro Historia de la vida cotidiana en Colombia), el periodo 1855-1872 fue una época en la que los ciudadanos padecieron de mucha ansiedad, no solamente por las guerras civiles, sino por las pestes, epidemias (de viruela, sarampión, tosferina, disentería y gripe) y por la mortandad de mujeres y niños durante los partos; la mortalidad infantil era del sesenta por ciento. Ante esta cercanía constante de la experiencia de muerte, la religión católica se convirtió en un refugio. La presencia del credo católico es muy enfática en las cartas entre los hermanos Caro; la virtud cristiana que más se menciona en ellas es la resignación, la “conformidad con la que se deben llevar las muchas amarguras de que está llena la vida” (carta de Eusebio a Margarita, 26 de agosto de 1871). Eusebio se siente menos apto para lograr esta resignación y le escribe a su hermana: “Yo soy malo y tú una santa” (carta del 28 de enero de 1869).

Las cartas entre Margarita y Eusebio no se leen solamente como cartas entre hermanos, sino entre dos seres que han construido una amistad, es decir, un tipo de relación excepcional entre hombres y mujeres en la época (a las mujeres les restringían mucho las relaciones con los hombres, pues se temía por la pérdida de su “virtud”), a través de la cual podemos acceder a su mundo emocional. La complicidad entre Eusebio y Margarita es clara en las cartas desde su niñez, cuando él estaba internado en el colegio; en una de las cartas, le pide a Margarita que interceda por él ante su mamá para que lo saque de interno, porque está muy aburrido de estar encerrado. De esta complicidad y grado de intimidad alcanzado en el vínculo entre los hermanos se desprende otro tema muy importante en las cartas: la relación afectiva que cada uno de ellos estaba comenzando con quienes luego serían sus cónyuges: Susana de Narváez Guerra y Carlos Holguín Mallarino.

Sus nombres no aparecen en las cartas (solo alusiones a ese “él” y a esa “Ella”), sino hasta que el compromiso de matrimonio es oficial en ambas parejas. Susana le había pedido a Eusebio que no le escribiera, porque, al parecer, esto le producía demasiada ansiedad; ella sufría por no ver a Eusebio y manifestaba celos. Por su parte, Eusebio también sufría, no solo por no tener noticias de Susana (que le solicitaba frecuentemente a Margarita), sino por no tener el patrimonio suficiente para casarse con ella: “Espero nuestro matrimonio como una salvación para mí. ¿Que qué me ha faltado para realizarlo? Dinero” (carta a Margarita del 24 de junio de 1871). En mayo de 1870, tras la aprobación de la propuesta de matrimonio por parte de Susana y de sus padres, la familia Caro Tobar la acepta como futura esposa de Eusebio; luego de esto, su hermano Miguel Antonio comienza a visitar la casa de los Narváez Guerra y terminará casándose, en 1872 (un año antes del matrimonio de Eusebio), con la hermana menor de Susana: Ana de Narváez.

El matrimonio católico era un mandato para los hombres y, sobre todo, para las mujeres de la clase social de los hermanos Caro Tobar. Sin esposo, a las mujeres les era difícil gozar de autonomía económica y social; toda su formación tenía como única finalidad la de “cautivar un marido”, según leemos en los manuales de comportamiento de la época.

Margarita se preocupaba porque su hermano, siendo tan joven y sin tener aún un oficio o patrimonio claros estuviera pensando en casarse, guiado por los consejos de un corazón que se sentía enamorado por primera vez. Eusebio expresará durante toda su correspondencia cómo las cartas de Margarita siempre son un consuelo para su alma y lo mucho que extraña verla: “Cada carta tuya me hace una impresión tal, que no podría esplicártela. Cuando veo que ya se acaba casi siempre lloro de aflicción al ver que tú me estás pensando i que me hablas i yo no puedo verte i abrazarte” (carta a Margarita del 14 de marzo de 1869). Lo mismo le sucede a Margarita: “Dulcificas mis disgustos y mis tristezas” (carta a Eusebio del 17 de septiembre de 1873). Cada uno desea ser el mejor amigo del otro y no hacer más pesada “su carga”:

Mi amor por ti, amor que no se funda únicamente en la sangre que corre igual por nuestras venas, y que hace que todos los hermanos, a no ser excepciones monstruosas, se quieran instintivamente, sino también en la simpatía de nuestros sentimientos, en la amistad que hace nacer la estimación, y sobre todo en la extremada ternura y la confianza que tú me has inspirado desde que éramos niños. (Carta de Margarita a Eusebio del 2 de enero de 1870).

Lo que más anhelan es verse para poder hablar muy largamente; las cartas se quedan cortas para sustituir una verdadera conversación, además porque debían ser muy cautelosos con lo que se contaba en ellas, no solo debido al temor de que las palabras llegaran a destinatarios distintos (las cartas se leían en voz alta a familiares y amigos cercanos), sino por el imperativo de no preocupar en demasía a los seres queridos. Margarita le envía a Eusebio, además de las cartas, libros, periódicos y diccionarios para ayudar a paliar un poco la soledad y el aislamiento del hermano. Ambos cumplen con una tarea que, por lo general, se atribuye como propia de las mujeres: una función terapéutica de regulación de la vida emocional del otro. “Hay veces que me dan deseos de contarte ideas que no le contaría ni a mi confesor”, le escribe Margarita a su hermano (carta del 21 de septiembre de 1870).

Esta regulación emocional era un lujo en un contexto en el que hablar abiertamente de las emociones no estaba bien visto; la expresión de las emociones estaba limitada para ambos sexos, aunque especialmente para las mujeres, pese a que históricamente se haya relacionado a la mujer con esta capacidad, pues sobre ellas se ejercía —y se ejerce— mayor vigilancia sobre su comportamiento.

En el best seller de la época —que sigue editándose en la actualidad—, el Manual de urbanidad y buenas maneras de Carreño, se afirma: “Los gritos descompasados de dolor, de la sorpresa o del miedo, los saltos o demás demostraciones de alegría y el entusiasmo, los arranques de ira son enteramente características de las personas vulgares y mal educadas”. La expresión de las emociones que muestran vulnerabilidad, como el amor, tal como lo hace Eusebio en sus cartas, la podemos entender como liberación por escrito de aquella expresión que en persona no podía hacer. Sin embargo, lo interesante en el caso de Eusebio es que la expresión exaltada de los sentimientos, que vemos en sus cartas, sobre todo, los de desasosiego, miedo a la locura, pero también amor y alegría máxima, parecen ser un rasgo de su personalidad, tanto escritural como comportamental: “Yo no nací sino para amar”, le escribe a su mamá Blasina (10 de julio de 1870), y luego a su hermana: “Yo sin afectos no podría vivir, como no podría vivir un árbol sin agua” (carta a Margarita, s.f.). Eusebio parece identificarse con su padre José Eusebio Caro, el mayor exponente del romanticismo en Colombia:

¡Me he acordado mucho de papá! Me parecía cuando estaba llorando i sentía una dicha tan grande, que él me miraba desde el Cielo i que me bendecía. Nunca como ahora había podido estimar, ni graduar en todo su valor el profundo sentimiento que a él lo dominaba i que espresó tan bien en su [poema] “Lágrima de felicidad”. (Carta a Margarita del 14 de mayo de 1870).

Eusebio, a quien le gustaba cantar, tocar la cítara y practicar la ebanistería, se sentía “incapaz de hacer nada útil” y se sentía avergonzado cuando se comparaba con su cuñado Carlos Holguín (congresista, luego director del Partido Conservador y más tarde presidente de la república) y con Miguel Antonio. Esta situación expresa las presiones a las que también ha estado sometida la masculinidad dentro del sistema patriarcal.

Margarita es menos expresiva frente a sus emociones y amonesta a Eusebio por sus continuas pesadumbres, quizá también porque temía que la desazón del hermano por la falta de su amada afectara el patrimonio familiar que estaba en juego; sin embargo, en junio de 1869, le expresa que por fin lo entiende y que ya no reconvendrá más su actitud, pues ella misma ha experimentado el sufrimiento por amor, cuando su familia se opone a su matrimonio con Carlos Holguín; si antes instaba a Eusebio a que no pensara en amores tan pronto, siendo tan joven (aunque era mayor que ella) y, más aún, sabiendo que era la primera vez que se enamoraba, a partir de ese momento, será más comprensiva con su situación. Sin embargo, después de casada vuelve al tono serio de reconvención, aunque prudente, para que el hermano sea más ordenado con la economía del negocio, con el orden en el gasto.

Para un hombre —y no solo de la clase social de Eusebio—, el matrimonio demandaba tener un oficio o profesión consolidada socialmente, desde la cual pudiera ofrecerse un futuro estable a la futura esposa (y su familia). No era, pues, suficiente, con ser de la élite social, cultural y política para ser un “buen partido”, sino también demostrar suficiencia económica, como no era el caso, en un principio, de Eusebio frente a Susana, menos habiendo escogido la vía del añil. Margarita, por su parte, debía cuidar muy bien su decisión de con quién casarse, pues de ello dependía no solo su futuro, sino también el de su familia.

Esta relación epistolar entre Margarita y Eusebio Caro Tobar se cuenta a través de las cartas conservadas en el Fondo Holguín y Caro, del Instituto Caro y Cuervo (Bogotá), que apenas ahora empieza a ser explorado, y nos permite cuestionar los prejuicios sobre las relaciones de género en el siglo XIX colombiano. Si bien hubo un régimen emocional que impelía a hombres y mujeres a constreñir la expresión de sus sentimientos, Margarita y Eusebio —como todos los hombres y mujeres de todas las épocas— encontraron formas de negociar con él. En la identidad masculina de Eusebio confluyen el hombre sensible y el hombre productivo; en Margarita, la exigencia de ser el “ángel del hogar” y la mujer práctica que puede sostener el orden y la economía familiar.

El Frente Frío

EDITORIAL

Número 148 Marzo de 2026

Desde las endebles oficinas de Universo Centro ha salido al fin una idea, una iniciativa con principios anémicos y alcance exiguo. Hemos decidido fundar un movimiento para la inacción política. Queremos presentarles a nuestros lectores, nunca electores, el nacimiento del Frente Frío. Fieles a nuestros propósitos no tendremos participación alguna en las próximas elecciones, no se trata de imparcialidad, nos guía el desgano. La abstención indignada no es nuestro faro, preferimos el aburrimiento, la desidia, la indiferencia. Esto, por supuesto, no es un llamado, queremos ser solo un correo no deseado.

Nuestra locha es contra la polarización. No llamamos a la conversación entre distintos ni al diálogo social ni al acuerdo sobre lo fundamental. Nos gusta el diálogo de sordos. Creemos en el mundial de fútbol como una alternativa al debate político. El Frente Frío propone al álbum de Panini como el tarjetón ideal para el 2026. Desde esta tribuna estamos seguros de que ni siquiera las cuatro horas de permiso laboral por el voto valen la pena para buscar incidencia en los próximos cuatro años de poder.

El llamado al cubículo nos parece un abuso propagandístico del Estado y estamos convencidos de que las arengas y la convocatoria a la calle, por parte de partidos y movimientos, es una extravagancia inaceptable. El Frente Frío quiere silencio, no quiere ni palomas en las plazas, ni rugidos en las calles, ni mimos en los parques. Somos ambidiestros y sabemos que el centro es un conjunto vacío. Sobra decir que por simple pereza no somos anarquistas y que solo aceptamos los ultras de las barras bravas del balón.

Respecto a los candidatos en contienda queremos dejar algunas precisiones. No se trata de descalificar, solo de llamar a la indiferencia. La apatía es la salida. Comencemos con Sergio Fajardo y su fundamentalismo. La reincidencia es una forma de violencia. Si la tercera no fue la vencida nos parece un exceso un nuevo intento. No llamamos a la moderación sino al descanso, al reposo para el candidato y los ciudadanos. Y al realismo para sus copartidarios. La alcaldía de Nuquí podría ser ideal para el retiro.

Vamos con Abelardo de la Espriella que desde su nombre nos parece desmesurado. No lo llamaremos Tigre por respeto a Radamel Falcao García. Pero desde ahí sabemos que es un impostor. No se puede ser al mismo tiempo un hombre del Sinú y del Arno. Imitar a Silvestre Dangond y a Andrea Bocelli es doble militancia. Sabemos de su gusto por las pirámides y por eso le hacemos un llamado a la serenidad. Su firma de abogados demostró que la falsificación de firmas es una industria en crecimiento. Le recomendamos una notaría. Hemos probado su ron Defensor, es bueno, pero para su hielo nos gusta más el ron Dictador. Abelardo, con moderación se goza más.

Vamos con el Pacto Histórico y su candidato Iván Cepeda. Un hombre en sordina impulsado por un megáfono. Desde el Frente Frío le proponemos El Frente Frío ser el traductor en lenguaje de señas de Gustavo Petro. Por la concordia nacional proponemos a Álvaro Uribe, su gran impulsor, como fórmula vicepresidencial. Aún hay tiempo para cambios en el tarjetón. Cuba y Nicaragua son naciones hermanas y el Frente Frío, un movimiento naciente contra los estragos del calentamiento global, espera su auxilio para sus costas inundadas. Un poco de gasolina para huir y un periodicazo de Voz Proletaria para Ortega y Díaz-Canel. En política local, le recomendamos al candidato, desde esta orilla lánguida, defender los derechos laborales de Roy, Benedetti, Euclides Torres, Julián Bedoya y otros obreros de la maquinaria, nos gusta el ocio pero queremos la reindustrialización… La gente que trabaja en silencio cobra en silencio. Frente a Venezuela, un abrazo de nuestra parte a Delcy, y que se cuide mucho. Hacemos votos para que a Aida le vaya mejor que a Francia en ese frío y provocativo palacio. Una recomendación: un corrector de estilo para su jefe que quiere dedicarse a escribir libros. El Frente Frío enviará desinteresadas hojas de vida. Y lo último, que los bastones de mando sean mansos.

Ahora vamos a hablar de Paloma y su ala moderada. Sabemos que su centro de gravedad ha cambiado. Queremos dejar una felicitación por su gran triunfo en la pequeña consulta. Comparte con Cepeda que Uribe fue su gran impulsor. Desde el Frente Frío admiramos su tesón para vencer a Cárdenas, Dávila, Luna, Gaviria, Galán, Peñalosa, Pinzón y Oviedo. Fue un trabajo fácil y eso nos gusta. Siempre queremos que las promesas se cumplan y el rayo homosexualizador era una deuda de los tiempos del plebiscito. Nos encanta que haya adoptado a Juan Daniel Oviedo. Sentimos mucho que Juan Daniel haya perdido el cien por ciento de su escucha en el oído derecho. Es interesante que la madrina política del Rayito sea María del Rosario Guerra. Lindos apellidos. No nos gusta la Paloma veintejuliera, le sale un poco forzado el discurso, pero sabemos que tiene habilidades para la escritura creativa, la estudió en Nueva York, nuestras páginas están abiertas. Nuestras urnas, cerradas.

Para terminar, dejamos claro que el Frente Frío no cree en las encuestas, lo nuestro son las apuestas. Nos gusta la política como una rama de Bet Play. Pondremos fichas para sacar partido. Pero lo nuestro es la polla del mundial.

P. d.: el Frente Frío no recibe donaciones ni adhesiones.

Entre las regiones invisibles

por SANDRA BOREAL • Ilustración de Wild

Número 148 Marzo de 2026

Mentiría, quizá, si digo que fue por necesidad, al menos no era por una “primera necesidad”, tampoco una “segunda necesidad”. Aunque sí estaba muy corta de dinero; la tarjeta de crédito rayaba en el rojo sangre de su límite: había comprado una nevera, una airfryer y una lavadora por la reciente mudanza después de una predecible separación amorosa, y, sumado a eso, la posterior y triste historia de verme obligada a vivir por más de seis meses con dos rumies que se acercaban peligrosamente a los cuarenta pero vivían su flagrante adolescencia, sin responsabilizarse lo suficiente de las tareas de un hogar, esto es, lavar los platos a tiempo, lavar los baños a tiempo, descolgar la ropa seca del tendedero a tiempo. Y un largo y oprobioso etcétera en el que no vale la pena ahondar. No era del todo cierto que debía robar ese aceite de oliva extra virgen de marca española que se cotizaba al alza sobre los 120 000 pesos, o una moca que imitaba pobremente a las Bialetti italianas pero que funcionaba bien, o esos quesos grana padano de casi una libra que superaban lo que me podría permitir comprar en un mercado con el salario del parque en el que trabajaba escribiendo textos sobre animales, bacterias, el sexo de las plantas y biología en general.      

El caso es que los tiempos se mezclaban como en un estuario, se superponían y desembocaban en la tristeza y un hueco monetario, que para el caso eran lo mismo, y me impulsaron de algún modo a desarrollar una técnica que fui sofisticando hasta hacerme completamente invisible, con una astucia que no reconocía en mí hasta hacía unos meses. Una especie de poder. Para hablar en plata blanca, como diría subrepticiamente Mutis sobre Humboldt: empecé a robar productos de altísima calidad y precio con cada ida a mercar sin levantar la más mínima sospecha.

Una mañana de sábado fui a comprar en la plaza de La América lo que me hacía falta para la semana y cuando intenté pagar unos sesenta mil pesos en verduras no lo logré, revisé mi cuenta y solo tenía 35 000. El banco había cobrado automáticamente la tarjeta de crédito y me alumbraba un hilito de plata que me permitía comprar la mitad de las cosas que necesitaba. El señor que me atendió vio mi cara hipotecada una vez revisé mi saldo y me entregó, sin decirme nada, una ñapa generosa: cuatro granadillas, un racimo de banano y una libra de papas criollas. A ese señor le debo la esperanza en la humanidad que por esas fechas me tenía más decepcionada que de costumbre, ese poder plebeyo de leer al necesitado y ayudarlo un poco a salir del atolladero. Como me faltaba jabón de cuerpo, unas toallas y crema dental fui al Carulla. Tenía un billete de cincuenta para emergencias y bueno, estaba en una emergencia porque faltaban unos diez días para la próxima quincena. Tomé lo que necesitaba y pasé por la góndola de desodorantes. Sin pensarlo mucho, agarré uno de los pequeños en roll-on, lo miré con detalle y lo puse en mi bolso, sin más. Nunca había robado, nunca en veintinueve años había hecho algo así. Era de algún modo una ciudadana ejemplar, de buen trato con los otros y con costumbres sumisas frente a la autoridad heredadas de mi madre y mi padre. Cumplía las normas ciudadanas a cabalidad, por una ética basada en no hacerles daño a los demás. Nunca necesité ni quise robarme nada. Algo adentro de mí sabía que ese acto no tendría consecuencias reales, sin embargo, divagué un poco para distraerme y no salir con premura del almacén. No mostrar el visaje de primeriza. Sentí un viento helado atravesar mi vejiga, luego se propagó por mi torrente sanguíneo y me alertó, un vacío me creció en el estómago. Estaba nerviosa. Confié en mi apariencia forjada con la estética de la clase media paisa con tendencias hacia la izquierda, esto es, mi ropa un poco europeizada, es decir, de colores neutros y holgada, mi piel blanca, que tiende hacia lo que en los ochenta se conocía como trigueña y mis buenas maneras gestuales, lexicales, y una sonrisa hipócrita que me quedó dibujada en la cara por pasarme casi veinte años en un colegio de monjas. Ese caudal de capital simbólico era, también, el resultado de una educación universitaria en un pregrado en universidad pública y en posgrado en una universidad extranjera, claro, sumado al chiste que hacía mi exnovio cada vez que tenía oportunidad, a saber, que yo terminaría casada con alguien del Partido Verde con buena billetera. Mis gestos eran imperceptibles, pensé. Tengo cara de cualquier cosa menos de ladrona. En fin, caminé con el desodorante en el bolso, debajo de la cosmetiquera, bien escondido. Me sentí como anestesiada, mirando sin ver, auscultando las mercancías para entender el mecanismo de su secreto mientras acumulaba las fuerzas para cruzar los sensores hacia el mundo exterior. En efecto salí sin problema, mostré la tirilla de manera decidida, enseñé el contenido de la bolsa de mercado con el estampado de Magia Salvaje con los productos de aseo y cuidado. La vigilante omitió mi bolso personal, dio una mirada extenuada al piso, le puso su impronta a la tirilla con un lapicero y me entregó media sonrisa para dejarme pasar. Una alegría se me instaló como un viento fresco entre los riñones. La almendra de ese gesto me hizo sentir un poco más liberada, traicionando la obediencia familiar sin hacerle daño a nadie. Algo de pequeña venganza que restauraba la rabia que tenía contra el mundo y los hombres en general, en especial, los antropólogos que cursan doctorados en ambientalismo.

Así empezó a pasar cada vez que iba a una gran superficie, sin importar cuál fuera. Diseñé poco a poco, un sistema en el que podía sacar, incluso, objetos voluminosos como cocas de vidrio, pailas de hierro, un par de libras de carnes importadas, entre otros objetos a los cuales me fui acostumbrando pese a que ya no necesitaba robar para obtenerlos. Se había vuelto una especie de prueba y ensayo, de reto semanal. ¿Qué sería capaz de sacarme esta vez? Mi economía se acomodó poco a poco y logré pagar los enseres de la nueva casa hasta dejar la tarjeta de crédito en cero. Había algo de juego infantil en estas actuaciones en los grandes mercados con las que me vanagloriaba en silencio, porque hasta la escritura de este texto a nadie más que a un par de amigas les había confesado mis hazañas, entre carcajadas que se volvían rápidamente en hipos, en el bajo mundo del hampa de baja intensidad. Nunca, eso sí, robé un mercado pequeño, una plaza, un negocio local. Mi límite ético trazó una línea férrea: solo podría accionar cuando de multinacionales se tratara, sin la más mínima traza de culpa, sin el remordimiento más pequeño. Una diminuta justicia en medio del remolino excesivo del presente.

Empecé a entender los mecanismos de vigilancia, la disposición de las cámaras de seguridad, el agotamiento de los porteros en sus jornadas y a partir de su cansancio detecté los puntos débiles, los evidentes celadores disfrazados de civil que rondaban entre las góndolas. Abrí un pequeño libro mental de las fallas en el esquema de seguridad antirrobo, teniendo en cuenta el tamaño de cada almacén, su espacio, puntos ciegos, vigilantes y cámaras, los prejuicios sobre el género y el cuerpo: la sospecha recae casi siempre sobre los hombres, sobre todo los hombres que se visten de una manera que los vigilantes están entrenados para ver. No obstante, hay algo más importante que todo lo anterior y que fui develando en la medida en que me hacía cada vez más invisible: la comunidad ladrona. Aquí es donde creo que está la clave de mi análisis. Y procedo a plantear mi hipótesis: casi todos los almacenes contemplan un margen de robo, un porcentaje mínimo de sus ganancias y dicha fracción la incluyen en sus registros contables. Una especie de gana-gana entre nosotros, los ladrones, y ellos, los dueños; puesto que es más costoso singularizar en el sistema de códigos de barras y sofisticar los detectores para que todo pueda ser rastreado. La mejor y más barata opción es aceptar unos pequeños agujeros que nosotros vamos fraguando mes a mes en las limpias superficies. El sistema de robo, casi infalible, se basa en que, como no es fácil detectar las extracciones mínimas de uno o dos productos por vez, cada ladrón, digamos, encubre al otro en sus espaldas, porque cada robo deviene de una necesidad diferente. Mientras yo sacaba un exprimidor, otro anónimo en cualquier hora y momento de la semana saca un juego de bóxeres, y otro una camiseta y otra un bloqueador solar o una botella de vino. Esa diversidad de gustos va llenando meticulosamente el carrito de robos calculados de antemano, y hace que sea indetectable en los inventarios. En definitiva, la invisibilidad se logra cuando hay una comunidad de anónimos que, sin saberlo, se cuidan una vez hurtan sus cositas, y apoyan la invisibilidad, hacen sutil el mecanismo de extracción. Entonces en la medida en que otros sigan robando, y la gran superficie lo acepte y lo promueva en términos de costo-beneficio, todo seguirá su curso sin el pitido de los censores.

Hoy puedo decir que he ahorrado varios millones de pesos en gastos del hogar. Que si bien a veces me parece que el juego se me fue de las manos y que ya no necesito hacerlo, es mi manera de relacionarme con las mercancías de los grandes espacios comerciales: lo que puedo sacar no lo pago.

A veces me siento observada y perseguida por algunos ojos, pero siempre guardo mi compostura y logro salir sin sospechas, a veces cambian de posición los productos que generalmente voy extrayendo y siento que están tras mi pista, que ya debo estar en las cámaras de seguridad, pero sé, y algo adentro de mí lo sabe, que mis maneras, el ritmo y la intensidad de lo que hago está en la pauta del ladrón “preferencial”; gracias también a la comunidad, se hace muy difícil de detectar. Las cámaras se borran cada semana, no hay capacidad para guardar a alguien que, ante la vista de todos, solo pone algo más en su bolsa de mercado. Sé que así, a punta de microrrobos no hay justicia que restaure el daño que le hacen los centros comerciales a la sociedad en general con su excesiva plusvalía y precios siempre injustos, pero ¿quién me quita la sensación de triunfo, cuando, al salir del mercado, después de pagar cien mil pesos, tengo en mi haber cosas que valen doscientos o trescientos mil? Esa sensación me conmina a seguir con esta pequeña risa, con el gusto infantil de lograr lo prohibido, el triunfo mínimo de que, pese a sus estructuras carcelarias y su manera de meter miedo en cada metro cuadrado de los Éxitos, Carullas, Ikeas, Homecenteres y Panamericanas, hay una pequeña comunidad que crece entre las regiones invisibles y sigue haciendo pequeñas obras de arte criminal. O quizá solo me estoy justificando la tristeza y la culpa de haber creído en las palabras de un antropólogo que ni siquiera había leído bien El Capital.

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El asalto

por JUAN VÁSQUEZ • Ilustración de Sebastián Cadavid

Número 148 Marzo de 2026

Como nadie sospecha que una mujer embarazada vaya a atracar un banco a pistola, nadie alzó los brazos cuando Paola entró y dijo: “Arriba las manos, esto es un atraco”, apuntándoles con el ombligo endurecido hacia al cuerpo y con un 38 corto a las caras. “¡Arriba las manos, que esto es un atraco!”, tuvo que repetir, esta vez cargando el revólver al aire; y ahí sí todos alzaron los brazos de un sacudón, menos el vigilante, quien apenas vio a esa mujer ahogada, con un arma en una mano y con la otra en la cintura, sosteniéndose la barriga de ocho meses, corrió para ofrecerle una silla.

Después de ver al vigilante, los clientes se miraron como con ganas de ayudar, sosteniendo aún las manos arriba. Un anciano fue el primero en bajarlas, caminó hasta la caja, pero antes se acercó a Paola: “Tranquila, mija, déjeme le ayudo”, dijo quitándole el revólver. Los demás se miraron de nuevo, seguían en silencio; otra persona bajó las manos para esculcarse los bolsillos, así lo hizo otra persona y después otra, hasta que toda la gente de la fila buscaba algo en su ropa o en sus bolsos. Un joven, con apariencia de mensajero, sacó del morral un talego para entregarlo al anciano en la caja justo cuando este, apuntando el arma, le pedía a la señorita todos los billetes de esa y de las demás taquillas; una señora vestida de falda se encaramó despacio sobre un escritorio, apretando en una mano los recibos de la luz con una camándula fluorescente y dos billetes: “Sean honestos, saquen todo, vayan donde el señor parado en la taquilla, colaboren que él solo tiene dos manos”, dijo desde arriba, persignándose.

Mientras Paola atraca el banco, en la puerta está una compañera de su oficina para avisar si llega la policía; no levanta sospechas porque es mayor de setenta años, su tono de voz es tan dulce que salvaría a un suicida parado al borde del vacío y su mirada es tan apacible como la de alguien que se dispone a hacer una siesta luego de un suculento almuerzo. Esa señora parada en la puerta del banco no tiene cara de haber sido el cerebro de la operación, aunque fue ella quien le propuso todo a Paola: “Claro que va a salir, estás en embarazo, se te nota mucho, claro que va a funcionar”, le decía. Yo estaba ahí y me opuse, pues cómo van a atracar un banco, qué pasa si se viene la niña, cuál es la jurisprudencia sobre fetos ladrones, de dónde van a sacar un arma, nadie nunca vio a una caremonja ni a una embarazada atracar nada. Aunque nadie sospecharía, empecé a pensar. Si eso se fuera a hacer, deberían ir antes del almuerzo, les dije; no manejen ustedes, ahí sí se cagan en todo, les advertí. Como ninguna de las dos sabe manejar bien un carro entonces me ofrecí a conducir el pichirilo de un amigo de la Caremonja. Lo pedimos prestado para ir a una cita médica y luego a un grupo de oración.

Ahora, Paola está adentro; su compañera, en la puerta. Y, en un andén del frente, estoy yo. Soy un hombre nervioso, de barba y con gafas oscuras, adentro de un carro parqueado y encendido, justo en la entrada de un banco. Afuera hay un vendedor de tintos y un joven en bicicleta. Parezco el sospechoso de la operación. Sin embargo, nadie se entera de lo que pasa adentro. Paola sale, baja las escaleras de la mano del vigilante y se encuentra con su compañera. Se despiden. Él se lleva la mano al gorro para decir hasta luego. Después, cuando caminan tranquilas hacia el carro, apenas el vigilante me ve, se le desorbitan los ojos. “¡Jueputa!, nos están atracando”, grita desgañitándose. “Llamen a la policía, nos están atracando”, grita mientras me señala con una mano, desenfundando su arma con la otra. Paola y su compañera alcanzaron ya la puerta del carro, se montan. Arranco. Dejamos atrás el chirrido de las llantas, dos disparos y los gritos del vigilante desvaneciéndose a lo lejos: “Nos atracaron, nos atracaron”.

“¡Cuánto, cuánto!”, es lo primero que pregunto. “Por ahí siete millones”, gritan. “¡Siete millones, todo esto por siete millones!”, refunfuño y acelero. Al llegar a casa, Paola y la Caremonja se tropiezan al intentar bajarse, no se caen. Yo continúo para regresar el carro y esconder la plata.

Ya sin el barullo del atraco, la ropa negra y la barba no parecen de ladrón sino de cualquier persona, un profesor, por ejemplo. Camino de regreso a casa, sin el carro, más tranquilo, por el andén que da al lado de un pequeño riachuelo de ciudad, a unas cuantas cuadras del sitio del atraco. A casi a nadie le gusta caminar al lado de los ríos, mucho menos si ya es de noche, como ahora, cuando las ramas de los árboles ensombrecen las lámparas que iluminan la calle y no se ve nada detrás de sus gruesos troncos, ni en las casas frente a la canalización. Siete millones, todo esto por siete millones, pienso al tantear la bolsa de tela gris. Entre las sombras de la calle aparecen unos tipos en bicicleta. Me miran, susurran entre ellos, vuelven a mirar, susurran de nuevo, pasan por el lado, me examinan con misterio. Yo arranco a correr. Es de noche, parezco un profesor, no hay nadie más en toda la cuadra y llevo un talego con siete millones de pesos. ¡Siete millones! Eso es mucha plata. Los tipos arrancan la persecución. La luz de uno de los postes despeja la noche de la calle, corro hacia allá; afuera de los balcones comienzan a asomarse, tímidas, algunas personas. Uno de los tipos grita: “Si llega a la luz, se salva”; “no dejen que llegue a la luz”, grita otro. Entonces enfilo mis zancadas directo hacia allá, corro como nunca nadie antes ha perseguido una luz. Cuando llego al poste se ilumina mi cara. “Ese es el del atraco, ese es el del banco, cójanlo, está luquiao”, grita el más joven. Toda la ciudad debe estar ya enterada. Aceleran el paso hasta alcanzarme. “Soy el papá del bebé de la mujer embarazada, yo soy el papá”, grito agitado, tratando de soltar el brazo que el más viejo de ellos me sujeta. Pero después de que dije lo que dije, sus caras cambian, quien me agarraba extiende las manos para abrazarme, me abraza también uno que suelta su bicicleta, y luego el otro. En los balcones de las casas se distingue la gente asomada. Estoy de pie, firme, en medio de tres tipos que me abrazan. “Frescos, este no es el del banco”, dice uno de ellos desde el amasijo grupal. Al escucharlo, la gente en los balcones comienza a desaparecer. Los tipos también se apartan. Cuando saco unos billetes para entregárselos, sonríen, me abrazan de nuevo y se alejan caminando con las bicicletas al lado. Van hacia la oscuridad, yo me quedo parado bajo la luz del poste.

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Presidente de la Corte Constitucional acusó a la madre de su primogénito de haberlo drogado y abusado

por JUAN PABLO BARRIENTOS Y JOSÉ ALEANDRO CASTAÑO

Febrero de 2026

Según la versión del magistrado Ibáñez Najar —que la mujer desmiente categóricamente— él aceptó tomarse un café con ella y despertó al día siguiente sin conciencia de lo ocurrido.

Nota editorial de la La Liga Contra el Silencio y sus aliados:

Cuando intentan silenciar a uno, nos encuentran a todos. El pasado 14 de febrero, el portal CasaMacondo anunció el retiro de una parte su investigación sobre el magistrado de la Corte Constitucional, Jorge Enrique Ibáñez, tras recibir una notificación judicial derivada de una acción de tutela. 

El retiro de una investigación bajo presión no solo es un ataque a la libertad de prensa, sino que vulnera el derecho de toda la ciudadanía a estar informada sobre asuntos de alto interés público.

Por esta razón, y amparados en el artículo 20 de la Constitución Nacional, los medios que integramos la alianza de La Liga Contra el Silencio republicamos de manera íntegra la nota censurada. Nos oponemos a que los mecanismos judiciales se utilicen para silenciar historias y para amedrentar a las redacciones independientes. Frente al silencio impuesto, respondemos con más periodismo. Esta es una de las seis partes de esta investigación, que pueden leer completa en el portal de CasaMacondo.

Jorge Enrique Ibáñez Najar, presidente de la Corte Constitucional, atendió una entrevista con CasaMacondo el miércoles 13 de agosto, a eso de las ocho de la noche. Fue una conversación telefónica. Hacía meses que queríamos preguntarle por la demanda de paternidad en su contra y la pérdida del expediente en el que un juez de familia de Ibagué había decretado el parentesco con Jorge Enrique Robles, su hijo primogénito, basado en una prueba genética inobjetable. 

El magistrado más poderoso del país —cuya palabra es ley en el sentido más literal— respondió con desconcierto, como quien recién se enteraba de los hechos. Negó la certeza del fallo judicial, cuestionó la legalidad de la prueba genética —de la que afirmó que pudo ser manipulada— y dijo que solo se había enterado de la existencia de su primogénito tras la demanda, cuando el joven tenía veinte años. Esas fueron solo unas de sus respuestas mentirosas. 

Después nos contó una historia tan impactante, que la noticia sobre la demanda de paternidad y la pérdida del expediente quedaron opacadas. El presidente del máximo tribunal constitucional de la nación dijo que la madre de su hijo lo había drogado y abusado.

Pero algo debió quedar resonando en su cabeza de jurista experto, porque un par de horas más tarde nos llamó para pedir que, por favor, omitiéramos esas declaraciones. No las desmintió, no se retractó. Pidió que no las publicáramos. Y aceptamos. 

En ese momento carecíamos de los elementos suficientes para contrastar la veracidad de sus acusaciones, que tipifican delitos penales. Pero el escenario cambió tras la publicación de la primera entrega de nuestra investigación, el 16 de agosto: «Un hijo negado y un expediente desaparecido interrogan a Jorge Enrique Ibáñez, presidente de la Corte Constitucional».  

Ocho días después, el 27 de agosto, el magistrado intentó silenciarnos mediante una exigencia de rectificación. Alegó que habíamos mentido y que habíamos vulnerado su esfera personal. No era verdad. En la carta de respuesta, en la que argumentamos nuestro rechazo a su solicitud, le recordamos que el foco de la publicación de CasaMacondo no era su vida privada, irrelevante y desprovista de interés para nuestra investigación. Lo central era la desaparición del expediente en el que lo obligaron a reconocer un hijo negado y en el que se detallan actos de manipulación de su parte.

El 10 de septiembre apareció el expediente, de la misma forma en la que había desaparecido: de manera sorpresiva. Entonces pudimos constatar detalles desconocidos del proceso y, más tarde, entrevistar al hijo negado y conocer la versión de la madre. Ese texto, con detalles que desnudan las mentiras que nos dijo el magistrado en la entrevista que nos concedió, fue publicado el 18 de octubre: «Ha sido torpe, mentiroso y manipulador»: Habla el hijo de Jorge Enrique Ibáñez Najar, presidente de la Corte Constitucional.

Ahora sabemos que la relación que Ibáñez Najar y la madre de su primogénito mantenían a escondidas fue conocida por personas cercanas a la pareja, lo mismo que el embarazo y el nacimiento del hijo mutuo, que el padre cargó recién nacido, en un acto político, frente a varios testigos, entre ellos Édgar Robles Ramírez, tío del niño y actual magistrado del Tribunal Administrativo del Huila. También sabemos con toda certeza que el padre le propuso al hijo pagarle sus estudios universitarios a cambio de que renunciara al derecho de usar su apellido. Esos pagos fueron mensuales, y siempre por un salario mínimo.

Comprobar que las afirmaciones del presidente de la Corte Constitucional habían sido un intento de engaño y de manipulación nos obligó a reconsiderar nuestra primera decisión de no hacerlas públicas. Tras un consejo editorial, CasaMacondo resolvió abordar nuevamente al magistrado para advertirle que las publicaríamos. Quisimos saber, además, si tenía algo más por decir. Su respuesta fue que nos prohibía la divulgación de esas aseveraciones, argumentando que las había planteado como hipótesis y en un contexto informal, sin la advertencia de que podrían hacerse públicas. Mintió otra vez.

El tono de su voz fue categórico. En su caso, ese modo de decir es aún más certero, tratándose de un magistrado con su formación académica y su experiencia profesional. Justamente por eso, tampoco puede alegar que la conversación con un periodista, que le advierte las razones de su llamada, en el contexto de una investigación, necesita su autorización para ser divulgada. La entrevista nunca se planteó off the record o de modo confidencial.

A continuación compartimos los audios y las transcripciones de algunos fragmentos de la entrevista que tuvimos con Jorge Enrique Ibáñez Najar el 13 de agosto, justo el día internacional de la zurdera, pero es posible que esa fiesta nada le diga al presidente de la Corte Constitucional, que es diestro, lo sabemos. ¿En qué lugar ético queda su magistratura tras los reiterados intentos por negar la paternidad de su primogénito, incluso tras un fallo judicial? ¿Cómo puede sustentar las acusaciones en contra de la madre de haberlo drogado y abusado? 

Las acusaciones en voz de Ibáñez Najar

AUDIO 1

«Este es un asunto de la paternidad que aparece y se lo pongo con toda la transparencia. Aparece como consecuencia de una conducta de la que yo fui víctima. Especialmente, digamos, es una víctima de abuso sexual por parte de una señora. Porque la mamá de este muchacho, que me lleva como diez o trece años. Trece años siendo yo estudiante de primer año de derecho, pero yo siendo a su entorno político, muy joven, se empezó a hacer una perseguidora y finalmente me encontró aquí en Bogotá y me invitó a que nos tomamos algo y seguramente yo terminé metido en una situación de indefensión donde yo pude haber tenido una relación con ella. Eso yo lo reconozco y lo dije así en el juicio».

 

AUDIO 2

 «Y yo me vi con ella. Y ella me invitó a tomarme un café o alguna cosa. Yo con mucho gusto fui. Yo estaba por esos días, estaba en la Javeriana. Yo era estudiante de la Javeriana.  Nos vimos por ahí, como en la 48, 49 y yo terminé perdido. Después al día siguiente salí metido en la calle. Yo decía, “miércoles, ¿yo dónde estoy?”

Yo no sabía si me había intoxicado, qué me ha pasado, no tenía nada. Me vine a enterar después, justamente, esa una con confidencia porque es confidencia.

Me vine a enterar después, precisamente con Jorge […] cuando yo le dije: mire yo con su mamá no tuve ninguna relación de ninguna naturaleza, salvo que estuve un día tomándome un café con ella, y no sé si producto de después de tomarme el café me pasó esto. Y entonces me dijo: sí, sabe que en mi casa, mi mamá me comentaba algún día que usted de sexo no tenía ni idea, que usted había llegado como usted y lo había llevado a tal parte, a algún sitio y usted no sabía cómo manejar el tema.

Entonces, qué iba a saber si yo estaba atontado o alguna cosa, pero además es que efectivamente yo no había tenido ninguna relación con nadie. Entonces, si a mí me dan algo y me atonto, alguna cosa, entonces yo digo, terminé afectado por eso. Ahora pruébelo. ¿Dónde estuve? En algún lugar que no sé dónde. ¿Quién me dio eso? No sé. Que estuve con ella, no lo sé». 

 

AUDIO 3

«Y por esa misma razón, además, sabía que no debía meterme con esa persona. Era una persona mucho mayor de mí. Es que cuando usted tiene 18 años y se encuentra con una persona de 30, 31, 32 años, mujer que lo busca y tal cosa, sí, no, yo con esta señora qué pena no me meto. Nada, absolutamente nada. Pero por alguna circunstancia, yo la encontré en Bogotá, me invitó a tomar alguna cosa, y ahí fue donde yo tuve pues lastimosamente esa situación.

De la cual deduzco, por lo que su propio hijo me confesaría después, cuando ya conversando muchas cosas, que yo terminé siendo víctima de esa señora. Obviamente  hay cosas que uno las maneja con toda la privacidad. Usted se ha dado cuenta en los testimonios que seguramente ha recibido de los muchachos que han sido víctimas de sacerdotes, que se lo guardan todo y uno no, cuando uno es víctima de este tipo de cosas y uno se lo guarda y no se lo cuenta a nadie, solo por allá, cuando está grande y eso. Así de sencillo».

por Bram Ebus, Jeanneth Valdivieso y Sinar Alvarado