El Frente Frío

EDITORIAL

Número 148 Marzo de 2026

Desde las endebles oficinas de Universo Centro ha salido al fin una idea, una iniciativa con principios anémicos y alcance exiguo. Hemos decidido fundar un movimiento para la inacción política. Queremos presentarles a nuestros lectores, nunca electores, el nacimiento del Frente Frío. Fieles a nuestros propósitos no tendremos participación alguna en las próximas elecciones, no se trata de imparcialidad, nos guía el desgano. La abstención indignada no es nuestro faro, preferimos el aburrimiento, la desidia, la indiferencia. Esto, por supuesto, no es un llamado, queremos ser solo un correo no deseado.

Nuestra locha es contra la polarización. No llamamos a la conversación entre distintos ni al diálogo social ni al acuerdo sobre lo fundamental. Nos gusta el diálogo de sordos. Creemos en el mundial de fútbol como una alternativa al debate político. El Frente Frío propone al álbum de Panini como el tarjetón ideal para el 2026. Desde esta tribuna estamos seguros de que ni siquiera las cuatro horas de permiso laboral por el voto valen la pena para buscar incidencia en los próximos cuatro años de poder.

El llamado al cubículo nos parece un abuso propagandístico del Estado y estamos convencidos de que las arengas y la convocatoria a la calle, por parte de partidos y movimientos, es una extravagancia inaceptable. El Frente Frío quiere silencio, no quiere ni palomas en las plazas, ni rugidos en las calles, ni mimos en los parques. Somos ambidiestros y sabemos que el centro es un conjunto vacío. Sobra decir que por simple pereza no somos anarquistas y que solo aceptamos los ultras de las barras bravas del balón.

Respecto a los candidatos en contienda queremos dejar algunas precisiones. No se trata de descalificar, solo de llamar a la indiferencia. La apatía es la salida. Comencemos con Sergio Fajardo y su fundamentalismo. La reincidencia es una forma de violencia. Si la tercera no fue la vencida nos parece un exceso un nuevo intento. No llamamos a la moderación sino al descanso, al reposo para el candidato y los ciudadanos. Y al realismo para sus copartidarios. La alcaldía de Nuquí podría ser ideal para el retiro.

Vamos con Abelardo de la Espriella que desde su nombre nos parece desmesurado. No lo llamaremos Tigre por respeto a Radamel Falcao García. Pero desde ahí sabemos que es un impostor. No se puede ser al mismo tiempo un hombre del Sinú y del Arno. Imitar a Silvestre Dangond y a Andrea Bocelli es doble militancia. Sabemos de su gusto por las pirámides y por eso le hacemos un llamado a la serenidad. Su firma de abogados demostró que la falsificación de firmas es una industria en crecimiento. Le recomendamos una notaría. Hemos probado su ron Defensor, es bueno, pero para su hielo nos gusta más el ron Dictador. Abelardo, con moderación se goza más.

Vamos con el Pacto Histórico y su candidato Iván Cepeda. Un hombre en sordina impulsado por un megáfono. Desde el Frente Frío le proponemos El Frente Frío ser el traductor en lenguaje de señas de Gustavo Petro. Por la concordia nacional proponemos a Álvaro Uribe, su gran impulsor, como fórmula vicepresidencial. Aún hay tiempo para cambios en el tarjetón. Cuba y Nicaragua son naciones hermanas y el Frente Frío, un movimiento naciente contra los estragos del calentamiento global, espera su auxilio para sus costas inundadas. Un poco de gasolina para huir y un periodicazo de Voz Proletaria para Ortega y Díaz-Canel. En política local, le recomendamos al candidato, desde esta orilla lánguida, defender los derechos laborales de Roy, Benedetti, Euclides Torres, Julián Bedoya y otros obreros de la maquinaria, nos gusta el ocio pero queremos la reindustrialización… La gente que trabaja en silencio cobra en silencio. Frente a Venezuela, un abrazo de nuestra parte a Delcy, y que se cuide mucho. Hacemos votos para que a Aida le vaya mejor que a Francia en ese frío y provocativo palacio. Una recomendación: un corrector de estilo para su jefe que quiere dedicarse a escribir libros. El Frente Frío enviará desinteresadas hojas de vida. Y lo último, que los bastones de mando sean mansos.

Ahora vamos a hablar de Paloma y su ala moderada. Sabemos que su centro de gravedad ha cambiado. Queremos dejar una felicitación por su gran triunfo en la pequeña consulta. Comparte con Cepeda que Uribe fue su gran impulsor. Desde el Frente Frío admiramos su tesón para vencer a Cárdenas, Dávila, Luna, Gaviria, Galán, Peñalosa, Pinzón y Oviedo. Fue un trabajo fácil y eso nos gusta. Siempre queremos que las promesas se cumplan y el rayo homosexualizador era una deuda de los tiempos del plebiscito. Nos encanta que haya adoptado a Juan Daniel Oviedo. Sentimos mucho que Juan Daniel haya perdido el cien por ciento de su escucha en el oído derecho. Es interesante que la madrina política del Rayito sea María del Rosario Guerra. Lindos apellidos. No nos gusta la Paloma veintejuliera, le sale un poco forzado el discurso, pero sabemos que tiene habilidades para la escritura creativa, la estudió en Nueva York, nuestras páginas están abiertas. Nuestras urnas, cerradas.

Para terminar, dejamos claro que el Frente Frío no cree en las encuestas, lo nuestro son las apuestas. Nos gusta la política como una rama de Bet Play. Pondremos fichas para sacar partido. Pero lo nuestro es la polla del mundial.

P. d.: el Frente Frío no recibe donaciones ni adhesiones.

Entre las regiones invisibles

por SANDRA BOREAL • Ilustración de Wild

Número 148 Marzo de 2026

Mentiría, quizá, si digo que fue por necesidad, al menos no era por una “primera necesidad”, tampoco una “segunda necesidad”. Aunque sí estaba muy corta de dinero; la tarjeta de crédito rayaba en el rojo sangre de su límite: había comprado una nevera, una airfryer y una lavadora por la reciente mudanza después de una predecible separación amorosa, y, sumado a eso, la posterior y triste historia de verme obligada a vivir por más de seis meses con dos rumies que se acercaban peligrosamente a los cuarenta pero vivían su flagrante adolescencia, sin responsabilizarse lo suficiente de las tareas de un hogar, esto es, lavar los platos a tiempo, lavar los baños a tiempo, descolgar la ropa seca del tendedero a tiempo. Y un largo y oprobioso etcétera en el que no vale la pena ahondar. No era del todo cierto que debía robar ese aceite de oliva extra virgen de marca española que se cotizaba al alza sobre los 120 000 pesos, o una moca que imitaba pobremente a las Bialetti italianas pero que funcionaba bien, o esos quesos grana padano de casi una libra que superaban lo que me podría permitir comprar en un mercado con el salario del parque en el que trabajaba escribiendo textos sobre animales, bacterias, el sexo de las plantas y biología en general.      

El caso es que los tiempos se mezclaban como en un estuario, se superponían y desembocaban en la tristeza y un hueco monetario, que para el caso eran lo mismo, y me impulsaron de algún modo a desarrollar una técnica que fui sofisticando hasta hacerme completamente invisible, con una astucia que no reconocía en mí hasta hacía unos meses. Una especie de poder. Para hablar en plata blanca, como diría subrepticiamente Mutis sobre Humboldt: empecé a robar productos de altísima calidad y precio con cada ida a mercar sin levantar la más mínima sospecha.

Una mañana de sábado fui a comprar en la plaza de La América lo que me hacía falta para la semana y cuando intenté pagar unos sesenta mil pesos en verduras no lo logré, revisé mi cuenta y solo tenía 35 000. El banco había cobrado automáticamente la tarjeta de crédito y me alumbraba un hilito de plata que me permitía comprar la mitad de las cosas que necesitaba. El señor que me atendió vio mi cara hipotecada una vez revisé mi saldo y me entregó, sin decirme nada, una ñapa generosa: cuatro granadillas, un racimo de banano y una libra de papas criollas. A ese señor le debo la esperanza en la humanidad que por esas fechas me tenía más decepcionada que de costumbre, ese poder plebeyo de leer al necesitado y ayudarlo un poco a salir del atolladero. Como me faltaba jabón de cuerpo, unas toallas y crema dental fui al Carulla. Tenía un billete de cincuenta para emergencias y bueno, estaba en una emergencia porque faltaban unos diez días para la próxima quincena. Tomé lo que necesitaba y pasé por la góndola de desodorantes. Sin pensarlo mucho, agarré uno de los pequeños en roll-on, lo miré con detalle y lo puse en mi bolso, sin más. Nunca había robado, nunca en veintinueve años había hecho algo así. Era de algún modo una ciudadana ejemplar, de buen trato con los otros y con costumbres sumisas frente a la autoridad heredadas de mi madre y mi padre. Cumplía las normas ciudadanas a cabalidad, por una ética basada en no hacerles daño a los demás. Nunca necesité ni quise robarme nada. Algo adentro de mí sabía que ese acto no tendría consecuencias reales, sin embargo, divagué un poco para distraerme y no salir con premura del almacén. No mostrar el visaje de primeriza. Sentí un viento helado atravesar mi vejiga, luego se propagó por mi torrente sanguíneo y me alertó, un vacío me creció en el estómago. Estaba nerviosa. Confié en mi apariencia forjada con la estética de la clase media paisa con tendencias hacia la izquierda, esto es, mi ropa un poco europeizada, es decir, de colores neutros y holgada, mi piel blanca, que tiende hacia lo que en los ochenta se conocía como trigueña y mis buenas maneras gestuales, lexicales, y una sonrisa hipócrita que me quedó dibujada en la cara por pasarme casi veinte años en un colegio de monjas. Ese caudal de capital simbólico era, también, el resultado de una educación universitaria en un pregrado en universidad pública y en posgrado en una universidad extranjera, claro, sumado al chiste que hacía mi exnovio cada vez que tenía oportunidad, a saber, que yo terminaría casada con alguien del Partido Verde con buena billetera. Mis gestos eran imperceptibles, pensé. Tengo cara de cualquier cosa menos de ladrona. En fin, caminé con el desodorante en el bolso, debajo de la cosmetiquera, bien escondido. Me sentí como anestesiada, mirando sin ver, auscultando las mercancías para entender el mecanismo de su secreto mientras acumulaba las fuerzas para cruzar los sensores hacia el mundo exterior. En efecto salí sin problema, mostré la tirilla de manera decidida, enseñé el contenido de la bolsa de mercado con el estampado de Magia Salvaje con los productos de aseo y cuidado. La vigilante omitió mi bolso personal, dio una mirada extenuada al piso, le puso su impronta a la tirilla con un lapicero y me entregó media sonrisa para dejarme pasar. Una alegría se me instaló como un viento fresco entre los riñones. La almendra de ese gesto me hizo sentir un poco más liberada, traicionando la obediencia familiar sin hacerle daño a nadie. Algo de pequeña venganza que restauraba la rabia que tenía contra el mundo y los hombres en general, en especial, los antropólogos que cursan doctorados en ambientalismo.

Así empezó a pasar cada vez que iba a una gran superficie, sin importar cuál fuera. Diseñé poco a poco, un sistema en el que podía sacar, incluso, objetos voluminosos como cocas de vidrio, pailas de hierro, un par de libras de carnes importadas, entre otros objetos a los cuales me fui acostumbrando pese a que ya no necesitaba robar para obtenerlos. Se había vuelto una especie de prueba y ensayo, de reto semanal. ¿Qué sería capaz de sacarme esta vez? Mi economía se acomodó poco a poco y logré pagar los enseres de la nueva casa hasta dejar la tarjeta de crédito en cero. Había algo de juego infantil en estas actuaciones en los grandes mercados con las que me vanagloriaba en silencio, porque hasta la escritura de este texto a nadie más que a un par de amigas les había confesado mis hazañas, entre carcajadas que se volvían rápidamente en hipos, en el bajo mundo del hampa de baja intensidad. Nunca, eso sí, robé un mercado pequeño, una plaza, un negocio local. Mi límite ético trazó una línea férrea: solo podría accionar cuando de multinacionales se tratara, sin la más mínima traza de culpa, sin el remordimiento más pequeño. Una diminuta justicia en medio del remolino excesivo del presente.

Empecé a entender los mecanismos de vigilancia, la disposición de las cámaras de seguridad, el agotamiento de los porteros en sus jornadas y a partir de su cansancio detecté los puntos débiles, los evidentes celadores disfrazados de civil que rondaban entre las góndolas. Abrí un pequeño libro mental de las fallas en el esquema de seguridad antirrobo, teniendo en cuenta el tamaño de cada almacén, su espacio, puntos ciegos, vigilantes y cámaras, los prejuicios sobre el género y el cuerpo: la sospecha recae casi siempre sobre los hombres, sobre todo los hombres que se visten de una manera que los vigilantes están entrenados para ver. No obstante, hay algo más importante que todo lo anterior y que fui develando en la medida en que me hacía cada vez más invisible: la comunidad ladrona. Aquí es donde creo que está la clave de mi análisis. Y procedo a plantear mi hipótesis: casi todos los almacenes contemplan un margen de robo, un porcentaje mínimo de sus ganancias y dicha fracción la incluyen en sus registros contables. Una especie de gana-gana entre nosotros, los ladrones, y ellos, los dueños; puesto que es más costoso singularizar en el sistema de códigos de barras y sofisticar los detectores para que todo pueda ser rastreado. La mejor y más barata opción es aceptar unos pequeños agujeros que nosotros vamos fraguando mes a mes en las limpias superficies. El sistema de robo, casi infalible, se basa en que, como no es fácil detectar las extracciones mínimas de uno o dos productos por vez, cada ladrón, digamos, encubre al otro en sus espaldas, porque cada robo deviene de una necesidad diferente. Mientras yo sacaba un exprimidor, otro anónimo en cualquier hora y momento de la semana saca un juego de bóxeres, y otro una camiseta y otra un bloqueador solar o una botella de vino. Esa diversidad de gustos va llenando meticulosamente el carrito de robos calculados de antemano, y hace que sea indetectable en los inventarios. En definitiva, la invisibilidad se logra cuando hay una comunidad de anónimos que, sin saberlo, se cuidan una vez hurtan sus cositas, y apoyan la invisibilidad, hacen sutil el mecanismo de extracción. Entonces en la medida en que otros sigan robando, y la gran superficie lo acepte y lo promueva en términos de costo-beneficio, todo seguirá su curso sin el pitido de los censores.

Hoy puedo decir que he ahorrado varios millones de pesos en gastos del hogar. Que si bien a veces me parece que el juego se me fue de las manos y que ya no necesito hacerlo, es mi manera de relacionarme con las mercancías de los grandes espacios comerciales: lo que puedo sacar no lo pago.

A veces me siento observada y perseguida por algunos ojos, pero siempre guardo mi compostura y logro salir sin sospechas, a veces cambian de posición los productos que generalmente voy extrayendo y siento que están tras mi pista, que ya debo estar en las cámaras de seguridad, pero sé, y algo adentro de mí lo sabe, que mis maneras, el ritmo y la intensidad de lo que hago está en la pauta del ladrón “preferencial”; gracias también a la comunidad, se hace muy difícil de detectar. Las cámaras se borran cada semana, no hay capacidad para guardar a alguien que, ante la vista de todos, solo pone algo más en su bolsa de mercado. Sé que así, a punta de microrrobos no hay justicia que restaure el daño que le hacen los centros comerciales a la sociedad en general con su excesiva plusvalía y precios siempre injustos, pero ¿quién me quita la sensación de triunfo, cuando, al salir del mercado, después de pagar cien mil pesos, tengo en mi haber cosas que valen doscientos o trescientos mil? Esa sensación me conmina a seguir con esta pequeña risa, con el gusto infantil de lograr lo prohibido, el triunfo mínimo de que, pese a sus estructuras carcelarias y su manera de meter miedo en cada metro cuadrado de los Éxitos, Carullas, Ikeas, Homecenteres y Panamericanas, hay una pequeña comunidad que crece entre las regiones invisibles y sigue haciendo pequeñas obras de arte criminal. O quizá solo me estoy justificando la tristeza y la culpa de haber creído en las palabras de un antropólogo que ni siquiera había leído bien El Capital.

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El asalto

por JUAN VÁSQUEZ • Ilustración de Sebastián Cadavid

Número 148 Marzo de 2026

Como nadie sospecha que una mujer embarazada vaya a atracar un banco a pistola, nadie alzó los brazos cuando Paola entró y dijo: “Arriba las manos, esto es un atraco”, apuntándoles con el ombligo endurecido hacia al cuerpo y con un 38 corto a las caras. “¡Arriba las manos, que esto es un atraco!”, tuvo que repetir, esta vez cargando el revólver al aire; y ahí sí todos alzaron los brazos de un sacudón, menos el vigilante, quien apenas vio a esa mujer ahogada, con un arma en una mano y con la otra en la cintura, sosteniéndose la barriga de ocho meses, corrió para ofrecerle una silla.

Después de ver al vigilante, los clientes se miraron como con ganas de ayudar, sosteniendo aún las manos arriba. Un anciano fue el primero en bajarlas, caminó hasta la caja, pero antes se acercó a Paola: “Tranquila, mija, déjeme le ayudo”, dijo quitándole el revólver. Los demás se miraron de nuevo, seguían en silencio; otra persona bajó las manos para esculcarse los bolsillos, así lo hizo otra persona y después otra, hasta que toda la gente de la fila buscaba algo en su ropa o en sus bolsos. Un joven, con apariencia de mensajero, sacó del morral un talego para entregarlo al anciano en la caja justo cuando este, apuntando el arma, le pedía a la señorita todos los billetes de esa y de las demás taquillas; una señora vestida de falda se encaramó despacio sobre un escritorio, apretando en una mano los recibos de la luz con una camándula fluorescente y dos billetes: “Sean honestos, saquen todo, vayan donde el señor parado en la taquilla, colaboren que él solo tiene dos manos”, dijo desde arriba, persignándose.

Mientras Paola atraca el banco, en la puerta está una compañera de su oficina para avisar si llega la policía; no levanta sospechas porque es mayor de setenta años, su tono de voz es tan dulce que salvaría a un suicida parado al borde del vacío y su mirada es tan apacible como la de alguien que se dispone a hacer una siesta luego de un suculento almuerzo. Esa señora parada en la puerta del banco no tiene cara de haber sido el cerebro de la operación, aunque fue ella quien le propuso todo a Paola: “Claro que va a salir, estás en embarazo, se te nota mucho, claro que va a funcionar”, le decía. Yo estaba ahí y me opuse, pues cómo van a atracar un banco, qué pasa si se viene la niña, cuál es la jurisprudencia sobre fetos ladrones, de dónde van a sacar un arma, nadie nunca vio a una caremonja ni a una embarazada atracar nada. Aunque nadie sospecharía, empecé a pensar. Si eso se fuera a hacer, deberían ir antes del almuerzo, les dije; no manejen ustedes, ahí sí se cagan en todo, les advertí. Como ninguna de las dos sabe manejar bien un carro entonces me ofrecí a conducir el pichirilo de un amigo de la Caremonja. Lo pedimos prestado para ir a una cita médica y luego a un grupo de oración.

Ahora, Paola está adentro; su compañera, en la puerta. Y, en un andén del frente, estoy yo. Soy un hombre nervioso, de barba y con gafas oscuras, adentro de un carro parqueado y encendido, justo en la entrada de un banco. Afuera hay un vendedor de tintos y un joven en bicicleta. Parezco el sospechoso de la operación. Sin embargo, nadie se entera de lo que pasa adentro. Paola sale, baja las escaleras de la mano del vigilante y se encuentra con su compañera. Se despiden. Él se lleva la mano al gorro para decir hasta luego. Después, cuando caminan tranquilas hacia el carro, apenas el vigilante me ve, se le desorbitan los ojos. “¡Jueputa!, nos están atracando”, grita desgañitándose. “Llamen a la policía, nos están atracando”, grita mientras me señala con una mano, desenfundando su arma con la otra. Paola y su compañera alcanzaron ya la puerta del carro, se montan. Arranco. Dejamos atrás el chirrido de las llantas, dos disparos y los gritos del vigilante desvaneciéndose a lo lejos: “Nos atracaron, nos atracaron”.

“¡Cuánto, cuánto!”, es lo primero que pregunto. “Por ahí siete millones”, gritan. “¡Siete millones, todo esto por siete millones!”, refunfuño y acelero. Al llegar a casa, Paola y la Caremonja se tropiezan al intentar bajarse, no se caen. Yo continúo para regresar el carro y esconder la plata.

Ya sin el barullo del atraco, la ropa negra y la barba no parecen de ladrón sino de cualquier persona, un profesor, por ejemplo. Camino de regreso a casa, sin el carro, más tranquilo, por el andén que da al lado de un pequeño riachuelo de ciudad, a unas cuantas cuadras del sitio del atraco. A casi a nadie le gusta caminar al lado de los ríos, mucho menos si ya es de noche, como ahora, cuando las ramas de los árboles ensombrecen las lámparas que iluminan la calle y no se ve nada detrás de sus gruesos troncos, ni en las casas frente a la canalización. Siete millones, todo esto por siete millones, pienso al tantear la bolsa de tela gris. Entre las sombras de la calle aparecen unos tipos en bicicleta. Me miran, susurran entre ellos, vuelven a mirar, susurran de nuevo, pasan por el lado, me examinan con misterio. Yo arranco a correr. Es de noche, parezco un profesor, no hay nadie más en toda la cuadra y llevo un talego con siete millones de pesos. ¡Siete millones! Eso es mucha plata. Los tipos arrancan la persecución. La luz de uno de los postes despeja la noche de la calle, corro hacia allá; afuera de los balcones comienzan a asomarse, tímidas, algunas personas. Uno de los tipos grita: “Si llega a la luz, se salva”; “no dejen que llegue a la luz”, grita otro. Entonces enfilo mis zancadas directo hacia allá, corro como nunca nadie antes ha perseguido una luz. Cuando llego al poste se ilumina mi cara. “Ese es el del atraco, ese es el del banco, cójanlo, está luquiao”, grita el más joven. Toda la ciudad debe estar ya enterada. Aceleran el paso hasta alcanzarme. “Soy el papá del bebé de la mujer embarazada, yo soy el papá”, grito agitado, tratando de soltar el brazo que el más viejo de ellos me sujeta. Pero después de que dije lo que dije, sus caras cambian, quien me agarraba extiende las manos para abrazarme, me abraza también uno que suelta su bicicleta, y luego el otro. En los balcones de las casas se distingue la gente asomada. Estoy de pie, firme, en medio de tres tipos que me abrazan. “Frescos, este no es el del banco”, dice uno de ellos desde el amasijo grupal. Al escucharlo, la gente en los balcones comienza a desaparecer. Los tipos también se apartan. Cuando saco unos billetes para entregárselos, sonríen, me abrazan de nuevo y se alejan caminando con las bicicletas al lado. Van hacia la oscuridad, yo me quedo parado bajo la luz del poste.

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Presidente de la Corte Constitucional acusó a la madre de su primogénito de haberlo drogado y abusado

por JUAN PABLO BARRIENTOS Y JOSÉ ALEANDRO CASTAÑO

Febrero de 2026

Según la versión del magistrado Ibáñez Najar —que la mujer desmiente categóricamente— él aceptó tomarse un café con ella y despertó al día siguiente sin conciencia de lo ocurrido.

Nota editorial de la La Liga Contra el Silencio y sus aliados:

Cuando intentan silenciar a uno, nos encuentran a todos. El pasado 14 de febrero, el portal CasaMacondo anunció el retiro de una parte su investigación sobre el magistrado de la Corte Constitucional, Jorge Enrique Ibáñez, tras recibir una notificación judicial derivada de una acción de tutela. 

El retiro de una investigación bajo presión no solo es un ataque a la libertad de prensa, sino que vulnera el derecho de toda la ciudadanía a estar informada sobre asuntos de alto interés público.

Por esta razón, y amparados en el artículo 20 de la Constitución Nacional, los medios que integramos la alianza de La Liga Contra el Silencio republicamos de manera íntegra la nota censurada. Nos oponemos a que los mecanismos judiciales se utilicen para silenciar historias y para amedrentar a las redacciones independientes. Frente al silencio impuesto, respondemos con más periodismo. Esta es una de las seis partes de esta investigación, que pueden leer completa en el portal de CasaMacondo.

Jorge Enrique Ibáñez Najar, presidente de la Corte Constitucional, atendió una entrevista con CasaMacondo el miércoles 13 de agosto, a eso de las ocho de la noche. Fue una conversación telefónica. Hacía meses que queríamos preguntarle por la demanda de paternidad en su contra y la pérdida del expediente en el que un juez de familia de Ibagué había decretado el parentesco con Jorge Enrique Robles, su hijo primogénito, basado en una prueba genética inobjetable. 

El magistrado más poderoso del país —cuya palabra es ley en el sentido más literal— respondió con desconcierto, como quien recién se enteraba de los hechos. Negó la certeza del fallo judicial, cuestionó la legalidad de la prueba genética —de la que afirmó que pudo ser manipulada— y dijo que solo se había enterado de la existencia de su primogénito tras la demanda, cuando el joven tenía veinte años. Esas fueron solo unas de sus respuestas mentirosas. 

Después nos contó una historia tan impactante, que la noticia sobre la demanda de paternidad y la pérdida del expediente quedaron opacadas. El presidente del máximo tribunal constitucional de la nación dijo que la madre de su hijo lo había drogado y abusado.

Pero algo debió quedar resonando en su cabeza de jurista experto, porque un par de horas más tarde nos llamó para pedir que, por favor, omitiéramos esas declaraciones. No las desmintió, no se retractó. Pidió que no las publicáramos. Y aceptamos. 

En ese momento carecíamos de los elementos suficientes para contrastar la veracidad de sus acusaciones, que tipifican delitos penales. Pero el escenario cambió tras la publicación de la primera entrega de nuestra investigación, el 16 de agosto: «Un hijo negado y un expediente desaparecido interrogan a Jorge Enrique Ibáñez, presidente de la Corte Constitucional».  

Ocho días después, el 27 de agosto, el magistrado intentó silenciarnos mediante una exigencia de rectificación. Alegó que habíamos mentido y que habíamos vulnerado su esfera personal. No era verdad. En la carta de respuesta, en la que argumentamos nuestro rechazo a su solicitud, le recordamos que el foco de la publicación de CasaMacondo no era su vida privada, irrelevante y desprovista de interés para nuestra investigación. Lo central era la desaparición del expediente en el que lo obligaron a reconocer un hijo negado y en el que se detallan actos de manipulación de su parte.

El 10 de septiembre apareció el expediente, de la misma forma en la que había desaparecido: de manera sorpresiva. Entonces pudimos constatar detalles desconocidos del proceso y, más tarde, entrevistar al hijo negado y conocer la versión de la madre. Ese texto, con detalles que desnudan las mentiras que nos dijo el magistrado en la entrevista que nos concedió, fue publicado el 18 de octubre: «Ha sido torpe, mentiroso y manipulador»: Habla el hijo de Jorge Enrique Ibáñez Najar, presidente de la Corte Constitucional.

Ahora sabemos que la relación que Ibáñez Najar y la madre de su primogénito mantenían a escondidas fue conocida por personas cercanas a la pareja, lo mismo que el embarazo y el nacimiento del hijo mutuo, que el padre cargó recién nacido, en un acto político, frente a varios testigos, entre ellos Édgar Robles Ramírez, tío del niño y actual magistrado del Tribunal Administrativo del Huila. También sabemos con toda certeza que el padre le propuso al hijo pagarle sus estudios universitarios a cambio de que renunciara al derecho de usar su apellido. Esos pagos fueron mensuales, y siempre por un salario mínimo.

Comprobar que las afirmaciones del presidente de la Corte Constitucional habían sido un intento de engaño y de manipulación nos obligó a reconsiderar nuestra primera decisión de no hacerlas públicas. Tras un consejo editorial, CasaMacondo resolvió abordar nuevamente al magistrado para advertirle que las publicaríamos. Quisimos saber, además, si tenía algo más por decir. Su respuesta fue que nos prohibía la divulgación de esas aseveraciones, argumentando que las había planteado como hipótesis y en un contexto informal, sin la advertencia de que podrían hacerse públicas. Mintió otra vez.

El tono de su voz fue categórico. En su caso, ese modo de decir es aún más certero, tratándose de un magistrado con su formación académica y su experiencia profesional. Justamente por eso, tampoco puede alegar que la conversación con un periodista, que le advierte las razones de su llamada, en el contexto de una investigación, necesita su autorización para ser divulgada. La entrevista nunca se planteó off the record o de modo confidencial.

A continuación compartimos los audios y las transcripciones de algunos fragmentos de la entrevista que tuvimos con Jorge Enrique Ibáñez Najar el 13 de agosto, justo el día internacional de la zurdera, pero es posible que esa fiesta nada le diga al presidente de la Corte Constitucional, que es diestro, lo sabemos. ¿En qué lugar ético queda su magistratura tras los reiterados intentos por negar la paternidad de su primogénito, incluso tras un fallo judicial? ¿Cómo puede sustentar las acusaciones en contra de la madre de haberlo drogado y abusado? 

Las acusaciones en voz de Ibáñez Najar

AUDIO 1

«Este es un asunto de la paternidad que aparece y se lo pongo con toda la transparencia. Aparece como consecuencia de una conducta de la que yo fui víctima. Especialmente, digamos, es una víctima de abuso sexual por parte de una señora. Porque la mamá de este muchacho, que me lleva como diez o trece años. Trece años siendo yo estudiante de primer año de derecho, pero yo siendo a su entorno político, muy joven, se empezó a hacer una perseguidora y finalmente me encontró aquí en Bogotá y me invitó a que nos tomamos algo y seguramente yo terminé metido en una situación de indefensión donde yo pude haber tenido una relación con ella. Eso yo lo reconozco y lo dije así en el juicio».

 

AUDIO 2

 «Y yo me vi con ella. Y ella me invitó a tomarme un café o alguna cosa. Yo con mucho gusto fui. Yo estaba por esos días, estaba en la Javeriana. Yo era estudiante de la Javeriana.  Nos vimos por ahí, como en la 48, 49 y yo terminé perdido. Después al día siguiente salí metido en la calle. Yo decía, “miércoles, ¿yo dónde estoy?”

Yo no sabía si me había intoxicado, qué me ha pasado, no tenía nada. Me vine a enterar después, justamente, esa una con confidencia porque es confidencia.

Me vine a enterar después, precisamente con Jorge […] cuando yo le dije: mire yo con su mamá no tuve ninguna relación de ninguna naturaleza, salvo que estuve un día tomándome un café con ella, y no sé si producto de después de tomarme el café me pasó esto. Y entonces me dijo: sí, sabe que en mi casa, mi mamá me comentaba algún día que usted de sexo no tenía ni idea, que usted había llegado como usted y lo había llevado a tal parte, a algún sitio y usted no sabía cómo manejar el tema.

Entonces, qué iba a saber si yo estaba atontado o alguna cosa, pero además es que efectivamente yo no había tenido ninguna relación con nadie. Entonces, si a mí me dan algo y me atonto, alguna cosa, entonces yo digo, terminé afectado por eso. Ahora pruébelo. ¿Dónde estuve? En algún lugar que no sé dónde. ¿Quién me dio eso? No sé. Que estuve con ella, no lo sé». 

 

AUDIO 3

«Y por esa misma razón, además, sabía que no debía meterme con esa persona. Era una persona mucho mayor de mí. Es que cuando usted tiene 18 años y se encuentra con una persona de 30, 31, 32 años, mujer que lo busca y tal cosa, sí, no, yo con esta señora qué pena no me meto. Nada, absolutamente nada. Pero por alguna circunstancia, yo la encontré en Bogotá, me invitó a tomar alguna cosa, y ahí fue donde yo tuve pues lastimosamente esa situación.

De la cual deduzco, por lo que su propio hijo me confesaría después, cuando ya conversando muchas cosas, que yo terminé siendo víctima de esa señora. Obviamente  hay cosas que uno las maneja con toda la privacidad. Usted se ha dado cuenta en los testimonios que seguramente ha recibido de los muchachos que han sido víctimas de sacerdotes, que se lo guardan todo y uno no, cuando uno es víctima de este tipo de cosas y uno se lo guarda y no se lo cuenta a nadie, solo por allá, cuando está grande y eso. Así de sencillo».

por Bram Ebus, Jeanneth Valdivieso y Sinar Alvarado

Felipe Osorio Vergara

Alejandro Gaviria

Jorge Iván Agudelo

Laura Almanza