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Papel dentado

por PASCUAL GAVIRIA

Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

Tomar la lupa siempre será una buena decisión, aguzar la mirada, afilar el ojo. Las estampillas empujan a ese ejercicio de la vista y la imaginación. La Colección Filatélica del Banco de la República, en pleno Parque Berrío de Medellín, nació en los años cuarenta y se consolidó con la adquisición de la colección de Adpostal en 1968. En 1977 se inauguró el Museo Filatélico, que hoy es una colección con más de 470 000 piezas de 230 territorios, junto con instrumentos y documentos postales históricos. Pero no solo guarda, también exhibe ese mundo que se resiste a morir y se empeña en viajar.

Fotografía de Juan Fernando Ospina

Un solo buzón de la Carron Company sobrevive empotrado en la esquina de Junín con La Playa en Medellín. Para el transeúnte desprevenido puede parecer el hallazgo de un viejo naufragio. De verdad tiene el carácter de cañón de hierro fundido con sus letras marcadas, su escudo de Colombia y su metro y cuarenta centímetros sobre la superficie. Los coleccionistas de estampillas, juiciosos agentes contra la desmemoria, lo bucean y lo encuentran en fotos de la Medellín de los cincuenta. La compañía escocesa que los fabricó, fundada en 1759, efectivamente fundía también piezas de artillería. El mundo leve de las cartas y el diccionario diminuto y fragmentado de las estampillas requerían la defensa de hierro de los buzones.

Las cartas son ahora un ejercicio de la nostalgia, casi una cursilería per se, y las estampillas son las láminas de un álbum que describe un mundo en extinción, una historia oficial de íconos, apoteosis y desastres. Ya no son el sello de pago por anticipado, la imagen que acompañaba el porte de un sobre, el pequeño afiche nacional para mostrar una hazaña, un homenaje o una virtud a los ojos del mundo. Para eso están los códigos de barras en los sobres de hoy.

Pero las estampillas han encontrado el reducto de los coleccionistas. Se imprimieron miles de millones durante siglos, en cientos de países, son un catálogo de la historia y la geografía de casi dos siglos. Una hermosa plaga que será imposible extinguir. Se calcula que se han emitido trescientos mil sellos en la historia. La enciclopedia británica tiene quinientas mil entradas. Las estampillas pueden ser el segundo inventario impreso de la humanidad.

Colombia comenzó a emitir sellos en 1859. Se imprimieron cinco de distinto valor con el escudo de la Confederación Granadina. Un grabado en piedra era el primer paso para fijar a próceres, símbolos patrios y memorias de batallas que ocuparon los primeros sellos. Los catálogos filatélicos copan los estantes de las oficinas sin afanes de coleccionistas. Estudian esas miniaturas con un fervor que raya en la neurosis: buscan errores en el dentado, sueñan con encontrar un sello al revés sobre la estampilla, reconstruyen un pliego completo como armando el mapa de un tesoro. Y se ríen de sus hallazgos y sus delirios, saben que son dueños de un territorio propio y profuso.

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Voy a intentar describir un catálogo con mis simpatías de aficionado a los sellos y con mis encuentros al visitar la Exposición Filatélica en el Centro Cultural del Banco de la República en el Parque Berrío. Ser novato entrega la delicia del deslumbramiento a cada paso.

Comienzo con los sellos del correo urbano en Medellín que funcionó, bajo la dirección de la Sociedad de Mejoras Públicas, entre 1903 y 1911. La segunda estampilla fue “grabada” por Francisco Antonio Cano y emitida en 1909. “Cartero y maíz” se describe en los catálogos. El cartero es un niño vestido a la manera de un oficial del ejército, más un soldado de chocolate francés que un carterito desarrapado. Al niño de azul lo acompañan tres mazorcas en flor y el valor de las estampillas. Era extraño ese motivo cotidiano lejos de la historia con mayúscula. Una notica extra sobre Cano. En 1969, su Paso por el páramo de Pisba, escena dramática del Libertador viendo uno de sus lanceros herido, apareció en una estampilla de treinta centavos. Más tarde, en 1983, Cano marcó el billete de dos mil con ese mismo motivo. Pero me desvío detrás de los billetes y la tarea es larga.

Vamos más bien en busca de las mujeres. Era obligatorio que la Pola fuera la primera en pasar del bronce al papel dentado. Fue la primera mujer en un sello de correo en toda América. La emitió el Estado Soberano de Antioquia en 1903 con un valor de tres pesos. Policarpa aparece lánguida, cual dama romántica, sobre un fondo azul de carátula novelesca. Más tarde, en 1910, en el centenario de la independencia, vendrían las estampillas nacionales de la Pola.

Pero la mujer más exitosa del correo colombiano es la Miss Universo Luz Marina Zuluaga. Fue la primera persona viva en un sello postal en Colombia y la emisión de dos millones de estampillas tuvo gran demanda entre los coleccionistas. Tiene un aire a escena de TV a color que debió ser irresistible en su momento. Se emitió en 1959 en el gobierno de Alberto Lleras Camargo que buscó símbolos de unidad nacional para consolidar el fin de la violencia partidista y el comienzo del Frente Nacional. La figura regia de Luz Marina, con un valor facial de cinco pesos, aparece con capa roja y cetro dorado luciendo un corto vestido azul cielo. La acompañan a lado y lado, a manera de virreina y primera princesa, dos orquídeas y un cafeto. Pero la belleza no es la perfección y la fecha les quedó mal a los impresores suizos: pusieron Miss Universe 1959, cuando la coronación fue realmente en el 58.

La estampilla de la miss fue diseñada por el artista húngaro Imre von Mosdóssy (1904-1995), una figura internacional en el marco de las estampillas que diseñó más de novecientas de países que forman una excéntrica ruta postal por varios continentes: Canadá, Panamá, Venezuela, Haití, Honduras, Ecuador, Paraguay, Guinea y Burundi. El misterioso Mosdóssy estudió Bellas Artes en Budapest y se destacó como diseñador de afiches y decorados teatrales y muralista. No es poco pasar del mural a la estampilla. Luego de la segunda guerra mundial viajó a Colombia donde vivió entre 1949 y 1963 y tuvo contratos con el Ministerio de Comunicaciones. Al parecer, la demanda de arte religioso e institucional lo hizo escoger a Colombia como destino, pero terminó siendo un referente del diseño postal en el país con una línea de dibujo y una exactitud desconocida hasta entonces. También realizó vitrales y pintó cuadros para iglesias y oficinas públicas antes de irse a Canadá en busca de un frío más excelso que el bogotano. Las orquídeas, anturios y bailes parecen ser su debilidad de extranjero. Pero mi debilidad es su diseño de 1957 para homenajear la I Vuelta a Colombia. Extra Rápido dice el sello con un corredor en plena crono. El taller de Mosdóssy fue centro de reuniones de arquitectos, grabadores y diseñadores como Dicken Castro y Aníbal Gil.

Vuelvo a las mujeres luego del paréntesis magiar. Una escena recargada ilustra la estampilla con la mayor emisión en la historia de Colombia. El sello reúne a la maternidad, la política y la historia. No es poco para el espacio disponible. En el catálogo figura como “Derechos políticos de la mujer en Colombia” y retrata a una mujer cargando su hijo con el brazo izquierdo e introduciendo su voto en la urna electoral con el brazo derecho. La mujer mira hacia arriba donde la estatua de la Pola, erigida en la barrio Las Nieves en Bogotá, envuelta en una aura blanca, vigila el suceso. Tenía que ser obra de Mosdóssy. Se emitieron 118 millones del sello con cinco valores y colores distintos. Habían pasado cinco años desde el primero de diciembre de 1957 cuando las mujeres votaron por primera vez en el país.

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Algo me hizo escoger una ruta escabrosa en mi personal recorrido. Paso de la conmemoración femenina a la censura luego de un magnicidio. El 20 de diciembre de 1948 el presidente Mariano Ospina Pérez firmó un decreto para emitir un sello con la figura de Jorge Eliécer Gaitán asesinado nueve meses atrás. Un pliego con cuatro estampillas con la cara Gaitán en un perfil griego de 10 centavos se imprimió en Londres en la Waterlow & Son. La plancha se archivó en los sucesivos gobiernos de Laureano Gómez, Roberto Urdaneta, Rojas Pinilla y la Junta Militar. Más de una vez estuvo cerca del fuego para avivar las llamas del Bogotazo. El presidente Lleras Camargo la hizo circular en julio de 1959, era otra de sus señales de civilidad y bipartidismo pacífico luego del gobierno militar. Antes había ordenado emitir retratos en traje civil de Bolívar y Santander como guiño didáctico a los militares. Las estampillas podían ser un pequeño mensaje sin necesidad de carta ni sobre.

Tristemente los magnicidios terminaron por armar una improvisada serie filatélica durante la guerra contra el narcotráfico: Luis Carlos Galán, Rodrigo Lara, Enrique Low Murtra, Diana Turbay, Gloria Lara, Guillermo Cano, Carlos Mauro Hoyos. “Homenaje a mártires de la democracia” se llamó la serie que excluyó a Carlos Pizarro, Bernardo Jaramillo y Jaime Pardo Leal. Dos candidatos presidenciales de movimientos de izquierda y uno surgido del proceso de paz con el M-19. Emisiones y omisiones.

Más tarde entraron a la lista de sangre postal Álvaro Gómez y Consuelo Araújo Noguera asesinados en 1995 y 2001. En 1998 se emitieron las únicas estampillas con motivos referidos a la guerra contra el narco, dos estampillas con homenaje a la Policía Nacional que muestran unas manos a la espalda esposadas, recuerdan la imagen de Los Extraditables, y una más con soldados en tareas de erradicación de coca y amapola. “Colombia líder mundial en la lucha contra el narcotráfico” se llamó la serie emitida a final del gobierno de Ernesto Samper: nota de estilo y sin visa enviada a los gringos por Adpostal.

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Voy de la guerra y las estampillas luctuosas al arte que ha sido el archivo donde las estampillas han formado museo en miniatura. La curaduría de un imaginario tan importante que era manejado por el Ministerio de Correos creado en 1923. Es lógico que la primera aparición artística tenga que ver con la religión y con un pintor colonial. La natividad de Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, pintor bogotano con una obra que no salió de las iglesias, apareció en el primer sello navideño emitido en 1959. Y llegó para quedarse, las estampillas de navidad se repitieron con sus obras al igual que decenas de imágenes conmemorativas del calendario católico. De ahí siguieron Epifanio Garay, con La Pola en capilla, lista para ser ejecutada vestida con túnica y sosteniendo un crucifijo. La Pola es uno de los personajes con más postales en Colombia, aparece en al menos doce emisiones. Siguen en la fila de embarque Francisco Antonio Cano, Ricardo Gómez Campuzano y Andrés de Santamaría, todos clásicos colombianos de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Parece increíble que Horizontes de Cano que hemos visto hasta en las chivas no haya llegado a los sellos de correo.

Fernando Botero es tan prolífico en su obra como en los pliegos de estampillas. Es tal vez el artista con más apariciones. Muy viajado. En 1981 toma vuelo por primera vez con Pedrito a caballo para conmemorar la IV Bienal de arte de Medellín. A propósito, la bienal tenía sello cada año, sacaba la cara por la ciudad que sonaba muy poco en el matasellos. La primera estampilla de la Bienal fue en 1970 y marcó la ruptura entre el uso de las estampillas como una exposición contemporánea itinerante —las vanguardias al correo— y no solo como una visita a la historia en los museos. Siguieron Tres músicos y El baile en el 93 en la serie de “Homenaje a la pintura nacional”. Luego en 2001, por las colecciones y esculturas donadas a Bogotá y Medellín, salió un pliego muy provocativo de doce estampillas que intercala sus obras y las obras de otros artistas incluidas en la donación; en 2022, por sus noventa años, un pliego de diez de sus obras tiene obispos, bailarinas, vírgenes, bañistas, torero y naturaleza muerta. Fue casi homenaje in memoriam, se emitieron las cien mil estampillas en diciembre de 2022 y murió en septiembre del 2023. Dos pájaros de un tiro. Son veinticuatro las estampillas dedicadas al maestro Botero en Colombia.

La serie más importante de artistas apareció en 1992, para la conmemoración de los quinientos años del arribo de Colón a América. Ahí están los sellos imperdibles y todos los grandes pintores colombianos de los siglos XIX y XX. Desde Pedro Nel Gómez hasta Bernardo Salcedo con su obra El viaje, que exigió a los impresores grandes esfuerzos para acomodar a los “enmaletados”, obra tridimensional, en el marco de una estampilla. A mi juicio el mejor pliego es el de Luis Caballero con su Gran telón, donde se exhiben sus característicos cuerpos en carboncillo y acrílico. Y si quieren un sello sencillo y grato, busquen Maíz de Antonio Caro.

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Se me acaban las letras sin mencionar a los escritores. Empiezo por lo obvio: García Márquez y la emisión que se hizo a las carreras luego del anuncio del Nobel en 1982. Era la hora de inmortalizar a otro colombiano vivo en el mundo postal: Luz Marina y la corona, García Márquez y la medalla Nobel, dos apoteosis nacionales. Juan Antonio Roda se encargó del retrato frontal al carboncillo, un nobel ceñudo que contradice la mamadera de gallo, pensativo, concentrado, y con la parte superior de la cabeza libre trazos, abierta, en blanco. Según la anécdota GGM dijo que su sueño era que esa estampilla solo sellara cartas de amor, un nobel puede darse los lujos de la cursilería. Al final los valores de siete, veinticinco y treinta pesos se encargaron de acompañar cobros ejecutivos, telegramas oficiales, facturas de servicios públicos, correspondencia bancaria y notificaciones de juzgados. Eran los oficios usuales para sellos de ese valor. Luego, con la muerte del nieto del telegrafista, salió su serie conmemorativa con toda la pompa: mariposas amarillas que aparecían al mover la estampilla en la luz, tintas fotocromáticas y fluorescentes. García Márquez luce agotado en un retrato de Darío Ortiz, mirando por lo que creemos es una ventana a lo que creemos es el mar de Cartagena. La frase que acompaña la hoja filatélica en la que viene la estampilla lo dice todo: “Siempre he dicho que uno envejece más rápido en los retratos que en la vida real”.

Vamos al origen. Caro y Cuervo fueron los primeros hombres de letras en las estampillas nacionales. Fue en 1947. Pero no hablemos de gramáticos tan cercanos a los jurisconsultos. Guillermo Valencia fue el colombiano inaugural en 1951, la cercanía a la política dictaba el decreto. El primer novelista fue Jorge Isaacs, La María llegó primero que su autor en un sello turístico de Cali en el 54 y su estampa esperó hasta 1967 con el centenario de la publicación de la novela. Su bigote frondoso y su seriedad están acompañados de la histórica pareja sentada en los jardines de la Hacienda El Paraíso. La poesía verdadera, con el perdón de Valencia, había llegado dos años antes con la lámina de José Asunción Silva y su sola barba larga con un nocturno de luna llena y otra pareja infausta al fondo. Un poco como de museo escolar. La estampilla de su centenario, emitida en 1996, le hace todo el honor con la fotografía del francés Gaspard-Félix Tournachon, la cara de un joven Silva de diecinueve años en su viaje a Europa, todavía desentendido de deudas. Para eso vendrían sus dos billetes de cinco mil.

De ahí para adelante hay de todo. Desde desastrados como el Tuerto López, acompañado de sus zapatos, hasta ilustres como Rafael Maya o Eduardo Carranza; enfermos de malditismo como Gonzalo Arango o solitarios de los vientos como Aurelio Arturo. Carrasquilla tuvo que esperar hasta 1993 y Mejía Vallejo llegó en 2013, en una foto con espesas patillas en la que podría ser Vargas Llosa. No están Caicedo ni Jattin, por supuesto. Pero pregunte por lo que no vea: León de Greiff en el trazo de Ricardo Rendón es para coleccionar. Meira del Mar y María Mercedes Carranza son la cuota femenina, ambas precedidas por Francisca Josefa del Castillo. Muchos de los escritores, la mayoría, están en la serie “Personajes notables de Colombia” en pliegos acompañados por hombres y mujeres llegados de otras artes y oficios. Los que imprimieron su propia estampilla no son muchos. Para terminar la página de escritores les recomiendo que busquen la de Candelario Obeso para que vean que cualquiera con los colores de la primaria puede ser autor de un sello postal.

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Se han emitido cerca de 2500 estampillas en los casi 160 años de historia filatélica en Colombia, un Pequeño Larousse Ilustrado con guiños y pleitos políticos, ilustres y colados, orquídeas y loros, poporos y ciclistas, ajiacos y bandejas, batallas y tragedias, satélites y televisores, atletas y papas… Un inmenso himno visual, un álbum sin chocolatina.

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Las enseñanzas del aprendiz enmascarado

por ESTEFANÍA CARVAJAL • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

Pasa que hay cosas que nunca han estado, pero que, una vez empiezan a existir en tu mente, aparecen por doquier: su revelación las multiplica y las desvela, iluminadas por la atención de la que antes carecían, novedosas a los ojos y a los sentidos. Ejemplo: aprendes que los yarumos se llaman yarumos y que sus hojas aterciopeladas no son plateadas, sino verdes, y entonces los yarumos brotan por cantidades de entre el follaje andino, distintos ellos de sus vecinos arbóreos, evidentes; donde siempre han estado silenciosos, invisibles al ojo acostumbrado, ahora existen con nombre propio y esa característica física que los hace únicos: que los pelitos de sus hojas reflejan la luz del sol y por eso de lejos pierden el verdor.

Lo mismo me ha pasado con algunos pájaros, con las flores de las musaendras, con las mujeres embarazadas y los bebés de brazos (ya puedo decir si un bebé tiene uno o tres o seis meses con solo mirarle el pelo), y hace rato me pasa, y me sigue pasando (es casi una presencia ubicua) con un grafiti que recorre el valle de Aburrá de sur a norte, desde Itagüí hasta Copacabana, siguiendo el trazado de las dos vías principales: la Regional y la Autopista Norte. Está en deprimidos y puentes peatonales, en columnas de concreto y separadores de plástico, está en piedras, en vallas, está en lugares difíciles, por la ubicación o por el contexto, y también en los obvios, rodeados de otros murales de similar naturaleza.

Así que es cuestión de verlo solo una vez para no dejar de verlo nunca más: “Ciencia del Energismo” es una plaga de diecinueve letras que se fue tomando Medellín sin dar mayores explicaciones: simplemente está ahí, tres palabras a secas, a la espera de ser vistas por los ojos correctos en el momento correcto. Ignoro si el grafiti es una plantilla o es pintado a mano alzada (a veces la N aparece al revés, sobre todo en los puentes), pero sea como sea, hay tenacidad y constancia de sobra en esa manera de llegar a la gente.

Aunque no soy precisamente su público objetivo, yo también llegué a los Maestros de la Logia Blanca atraída como una abeja por esas tres palabras que parecen el nombre de un conjuro. El clásico símbolo masónico de la escuadra y el compás adorna la entrada del templo virtual: cienciadelenergismo.org. Gracias a la IA, que todo lo puede, la portada del sitio web es una especie de panteón griego con dos columnas principales: una está marcada por la letra B y coronada por un globo terráqueo que gira sobre su propio eje, y la otra tiene una J y una esfera azul que brilla como una bola de disco. En todo el centro, tallado en piedras de bits, hay un triángulo dorado, y en el triángulo, un ojo animado que abre y cierra los párpados lentamente.

Antetítulo: Fundación Ciencia del Energismo. H1: Bienvenido a la Ciencia Gnóstica. H2: Universidad espiritual gnóstica. En fuente de párrafo: Un conocimiento milenario revelado por los Maestros de la Logia Blanca. Botón dorado: ENTRAR AL TEMPLO. Su misión, dice la web, es “promover el despertar de la conciencia y la transformación integral del ser humano mediante la difusión de enseñanzas espirituales, psicológicas, energéticas, científicas y ancestrales”, y su visión es “ser una fundación reconocida internacionalmente por inspirar una nueva conciencia humana basada en el conocimiento”.

Ese conocimiento, dicen, está todo contenido ahí: en el canal de YouTube con doscientos mil suscriptores, en la comunidad de Facebook con más de trescientos mil hermanos energistas, pero sobre todo, en la biblioteca y audioteca dedicadas a los dos venerables maestros: Samael Aun Weor, el pionero, y Rabolú, su primer discípulo.

Hagamos un alto en el camino, porque esta historia tiene en realidad varios comienzos.

El más antiguo se remonta al cristianismo primitivo, en los tres siglos posteriores al nacimiento y muerte de Jesús. Hubo entonces primeros cristianos que siguieron las doctrinas de Pedro, pero hubo otros, los desviados, los raritos, que creían que para salvarse no bastaba con tener fe en el sacrificio del Cristo, sino que cada quien era libre de elegir (o no) salvarse a sí mismo, mediante la búsqueda directa del conocimiento de la divinidad. Esto es: la gnosis.

A mediados del siglo II, los padres de la iglesia dejaron de verlos con buenos ojos y emprendieron la cacería. Todos los textos de los gnósticos antiguos fueron destruidos y sus creyentes, tildados de herejes. Hasta 1945 solo se sabía de ellos por los escritos de quienes habían sido sus principales adversarios: Ireneo, obispo de Lyon hasta el 202, e Hipólito, el primer antipapa y obispo de Roma desde el 217. Pero en diciembre de 1945, unos campesinos egipcios encontraron en la tierra una jarra de cerámica sellada que resultó ser el refugio de los pocos textos gnósticos que sobrevivieron al exterminio: entre esos, el Evangelio de Tomás, el Evangelio de la Verdad y el Evangelio Apócrifo de Juan.

Los gnósticos actuales, aún más raritos, heterodoxos y sincréticos que los originales, dicen ser descendientes doctrinarios de esos primeros cristianos que se apartaron de las normas.

He aquí el segundo comienzo de esta historia: un hombre nacido en Bogotá en 1917 bajo el nombre de Víctor Manuel Gómez Rodríguez, de juventud esotérica, teosofista y rosacruzana, afirma tener la capacidad del desdoblamiento astral, y por lo tanto, un conocimiento profundo y directo de lo divino y lo terreno.

En 1946, Gómez Rodríguez conoció a quien convertiría en su esposa dos años más tarde, una paisa nacida como Arnolda Garro, y juntos se fueron en el 48 para la Sierra Nevada de Santa Marta a aprender la medicina tradicional de los indígenas arhuacos. No mucho después, los esposos bajaron al municipio de Ciénaga a curar enfermos. Él asumido en el nombre de Samael Aun Weor, y ella, en el de Litelantes, sin cobrar nada, entregados al sacrificio por la humanidad; y los médicos del pueblo (los titulados, los que sí cobraban) enfurecieron. También enfureció la Iglesia Católica cuando Aun Weor publicó el que sería el libro fundacional de su filosofía, El matrimonio perfecto, en el que asegura haber descubierto la forma última de la redención divina, que no es rezar, que no es meditar, que no es la caridad, sino el sexo: en el sexo, dice, “está la raíz de la gran batalla entre los poderes de la luz y de las tinieblas”; la luz del conocimiento es más diáfana cuando el hombre y la mujer se encuentran sin llegar al orgasmo.

Como un árbol de Navidad lleno de colgandejas recicladas de los diciembres pasados, el gnosticismo weoriano bebe de aquí y allá sin miedo a que los dogmas y prácticas no combinen entre sí: tres granitos de astrología, una cucharada de cábala, media taza de meditación trascendental, viajes astrales, Cristo, Buda, sexo tántrico, karma, alquimia, reencarnación, sueños premonitorios, ayuno, antropología, anatomía, mantras, conjuraciones e invocaciones, medicina naturista, runas, kundalini, pranayamas, masonería, magia crística azteca, evangelios apócrifos y, por supuesto, la Biblia: todo lo que ayude, todo lo que sirva, todo lo que acerque a la divinidad con algún tinte esotérico cabe en el gnosticismo de Samael Aun Weor y de sus descendientes espirituales: centenares de iglesias en ciudades y pueblitos de Europa y América Latina.

Podría hablarse de un tercer comienzo de esta historia localizado geográficamente en Duitama, Boyacá, el 24 de julio de 2025, día en que fue constituida legalmente la Fundación Ciencia del Energismo ante la Cámara de Comercio de dicho municipio bajo la actividad económica número 9499 (Actividades de otras asociaciones no clasificadas previamente), pero entonces estaríamos ignorando los ocho años previos de trabajo digital que le tomó al enmascarado formar una comunidad virtual que al día de hoy se extiende por todo el continente, dejando vestigios materiales de su existencia en los murales, afiches, plegables, libros, volantes y tabloides que los seguidores de la Logia Blanca descargan del sitio web y reparten por iniciativa propia en sus pueblos y ciudades.

El maestro enmascarado, cuyo rostro e identidad nunca ha revelado (ni pistas ha dejado de las que se pudiera jalar), hace transmisiones en vivo cuatro días a la semana, a las siete de la noche: los lunes y sábados imparte la Cátedra del Energismo, los martes son para la Práctica Esotérica y los miércoles, para el tarot y la kábalah. El set es visualmente excesivo, aunque de composición simple: el hombre se sienta frente a su escritorio con un micrófono y un computador, y la magia de la edición convierte el fondo en una escena onírica generada con inteligencia artificial, que cambia en cada video y mezcla elementos visuales como mandalas, jeroglíficos y pirámides, constelaciones, columnas griegas y personajes élficos en estado de meditación, iluminados por aros de luz. Él mismo aparece en muchos de los videos vestido con una túnica griega, atada a un solo hombro, el cabello castaño suelto hasta los hombros y su rostro escondido detrás de una máscara blanca de formas simples, que no deja ver siquiera el color de sus ojos.

Los sermones del enmascarado oscilan entre la ficción mística y una clase de ética y moral cotidiana, en un lenguaje sencillo y corriente que usa sentencias familiares, filosofía de sobremesa, el conocimiento popular y obvio de la vida misma que suele ser transmitido de madres a hijos, de tíos a sobrinos, de taxista a pasajeros. El Aprendiz, como lo llaman los seguidores que comentan durante los directos, esconde su rostro porque lo importante no es él, sino el mensaje. El hombre enmascarado da consejos sobre cómo elegir amigos o pareja, cómo superar la pobreza “con energía creadora”, cómo activar la libertad financiera y el éxito en los negocios, cómo eliminar la ansiedad, pero también habla del verdadero “demiurgo creador”, las revelaciones de Jesús y “los secretos de la magia que nadie te ha contado”.

En el sitio web aseguran que la Ciencia del Energismo no es una religión o una secta, pues “no pide afiliación, no exige creencias, no cobra cuotas, no impone dogmas”. Sin embargo, al finalizar cada video, el Aprendiz invita a unirse a la comunidad paga de YouTube en la que existen dos tipos de suscripciones: el “Aporte simbólico”, de dieciocho mil pesos al mes, que incluye insignias de fidelización, chats en directo solo para miembros, acceso anticipado a videos nuevos y shorts exclusivos, o la suscripción “Música del energismo”, que por cincuenta mil pesos mensuales les da a los miembros “acceso exclusivo a una selección sonora pensada para magos blancos, diseñada para acelerar la activación de tus centros superiores de conciencia”. Quienes hacen parte de la comunidad paga, asegura el Aprendiz, forman parte de “un círculo de apoyo que hace posible compartir enseñanzas, curaciones y elevación para millones que hoy sufren”.

No es posible saber cuántos suscriptores pagos tiene el canal de YouTube Ciencia del Energismo, pero, por cálculos a ojo, podrían ser cientos, si no miles: cada uno de los directos del hombre enmascarado son vistos durante más de dos horas por más de mil personas: si el Aprendiz fuese un cura católico, sus misas llenarían dos iglesias del tamaño de La Candelaria (y eso sin contar las miles de reproducciones que los directos ganan después).

Hay otras formas de ayudar a la Fundación: reciben donaciones a través de PayPal, Nequi, Davivienda y criptomonedas. Donar a la Ciencia del Energismo, dicen, es “ser parte del sacrificio por la humanidad”. Pero no todo es dinero, porque el sacrificio también puede ocurrir con la divulgación del mensaje: tienen varias carpetas en la nube con diseños de volantes, plantillas, plegables, afiches, pósters, tabloides, en fin: cientos de vestigios materiales que los hermanos energistas, así como el devoto de los grafitis de Medellín, van regando por el mundo.

“El raro culto que promete ‘vida eterna’ y caza adeptos en el centro de Mendoza”, tituló el diario Mendoza Post de Argentina en enero de 2026. La noticia alertaba sobre la secta que estaría buscando seguidores con un cartel que pegaron por toda la ciudad, sin los permisos pertinentes. “¿Quieres saber la causa de tus sufrimientos?”, dice el póster, y luego cita un pasaje bíblico: “Estrecho y difícil es el camino que conduce a la luz, muy pocos son los que lo hallan”. El cartel tiene tres códigos QR: uno va al canal de YouTube, otro a Telegram y el último, “al sitio web de origen colombiano que utiliza como eslogan una serie de promesas extraordinarias”.

En el artículo “Las instituciones gnósticas de Medellín”, de Carolina Tamayo y Johann F. W. Hasler, los investigadores del grupo Religión, Cultura y Sociedad de la Universidad de Antioquia relatan la historia de Samael Aun Weor y los tres discípulos que tomaron las riendas del gnosticismo en Colombia tras la muerte del maestro, el 24 de diciembre de 1977: V. M. Rabolú, V. M. Gargha Kuichines y el V. M. Lakshmi. Es la organización de este último discípulo, la Iglesia Gnóstica Cristiana Universal de Colombia, la que más fuerza tiene en el Valle de Aburrá, con sedes en Medellín y Bello, y por eso fue la elegida por los investigadores para hacer la etnografía del artículo.

Según cuentan los académicos, esta iglesia obedece a un gobierno interno de alcance nacional e internacional, “en donde sus miembros encuentran una posibilidad de servir y llevar a buen término la aplicación de los factores de la revolución de la conciencia como el “sacrificio consciente por la humanidad” o la “muerte mística”. Los miembros que llevan un buen tiempo en la iglesia gnóstica, dicen los investigadores, aseguran sentirse fuertemente acompañados “por toda una estructura humana”: si bien la gente llega al gnosticismo atraída por lo oculto, la magia y el misterio, “es la cohesión social y el nivel de compromiso consigo mismos y la institución lo que los mantiene en la organización”.

Voy en el taco matutino de norte a sur y cuento uno, dos, tres, cinco Ciencias del Energismo entre Copacabana y el Tránsito de Bello, que son poco menos de siete kilómetros: hay un grafiti anunciando el gnosticismo weoriano cada 1200 metros. Sin necesidad de muros de roca física y sillas Rimax, sin verse los rostros siquiera, sin pretender llamarse iglesia y sin gastar prácticamente nada en mercadeo, el enmascarado construyó una comunidad virtual que, si estuviera toda junta, llenaría cuatro, cinco, seis veces el Atanasio Girardot. Serían trescientas mil personas juntas escondidas detrás de una máscara blanca, trescientos mil anónimos puestos uno detrás del otro como en una fila de dominó: una fila de 120 kilómetros que va de aquí a Amagá, serpenteando por los carriles de motos que se forman en los trancones, y vuelve hasta encontrarse con su propia cabeza en Copacabana. Y entre todos esos anónimos, la presencia oculta de un devoto enmascarado que escribe “Ciencia del Energismo” por todas partes como acto de sacrificio por la humanidad.

Para despedirse, el energista diría “paz inverencial”.

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En búsqueda del plato perdido

por ESTEFANÍA CARVAJAL • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Campesinos de ciudad Noviembre de 2023

Elvia Rosa Zuluaga de Galeano, conocida como la Mona.

El 3 de diciembre de 2021, en el parque principal de San Antonio de Prado, debajo de una carpa blanca adornada con bombas y serpentinas de colores en la que habría unas sesenta personas, todas con tapabocas, nació el “osobuco pradeño”, el primer plato típico del corregimiento que comunica a Medellín con el suroeste antioqueño.

El “Gran lanzamiento del plato típico de San Antonio de Prado”, como tituló la emisora local, Frecuencia Estéreo, contó con la presencia de distintas personalidades de la industria avícola y pecuaria de la zona, y el discurso principal estuvo a cargo de Efrén Álvarez Bustamante, presidente de la Junta Administradora Local de San Antonio de Prado e “hijo adoptivo del corregimiento”, según contó a los presentes.

Así como Efrén, San Antonio de Prado —o Prado, como le dicen casi todos— tiene muchos, muchísimos hijos adoptivos. Entre 2012 y 2022 se construyeron veinte proyectos de vivienda de trescientos apartamentos cada uno, en promedio, donde caben unas veinticuatro mil personas. Cada día, unos doscientos mil vehículos se movilizan por las dos únicas vías de acceso: un par de carreteras curvadas por las que serpentean filas de luces blancas y rojas atascadas en el caos de las horas pico.

No es extraño, pues, que ninguno de los invitados al lanzamiento del osobuco pradeño se supiera el himno del corregimiento, ni tampoco que, hasta ese momento, no hubiese un plato que identificara a los nuevos habitantes de San Antonio de Prado. En su discurso, que recitó con ese tono característico de los políticos de pueblo, Efrén Álvarez aseguró que llevaba doce años soñando con un plato típico que pusiera al corregimiento en el mapa gastronómico del turismo regional. También agradeció al Fondo Nacional de la Porcicultura, conocido como Porkcolombia, que se encargó de la investigación y diseño del plato, y a los productores locales de cerdo, que es la principal economía de la ruralidad pradeña.

“Después de baches, escollos y de cruzar muchos caminos, por fin lo logramos”, dijo, y le dio la palabra a la mente maestra detrás del osobuco pradeño: el chef ejecutivo de Porkcolombia, Camilo Castaño.

El osobuco es un plato tradicional de la cocina italiana que se prepara con jarrete de ternera: un corte de tres centímetros de grosor, sin deshuesar, que va desde la pantorrilla hasta la corva del animal. En Italia, los milaneses lo preparan estofando la carne lentamente en vino blanco y guiso a base de tomate. Lo acompañan con arroz o risotto y verduras cocidas.

El osobuco que Camilo Castaño y su equipo crearon para San Antonio de Prado se acompaña con puré de papa y una ensalada “primavera” con hortalizas de la región; y no es de res, sino de cerdo, porque lo que hay en San Antonio es marrano: desde 1999, el corregimiento es la casa de Porcicarnes, una de las empresas porcinas más grandes del país, y de otros pequeños productores de cerdo cuyas porquerizas pueden verse aquí y allá desde el empinado parque principal.

Antioquia es el departamento del país que más come cerdo, y lo viene haciendo con preparaciones complejas desde que Carrasquilla escribió La marquesa de Yolombó en 1928: ya entonces existían la lechona, los chorizos, el tamal y la morcilla. Su majestad el cerdo es un animal tan noble y rico en proteína que puede comerse completico, desde la trompa hasta la cola. Los cocineros paisas sirven a sus comensales desde un sudao de oreja y trompa, como nos lo va a preparar la Mona en su estadero, hasta un calentao con buche de cerdo para el desayuno o un sancocho con pezuña o un chicharrón de muchas patas o un cañón en salsa agridulce acompañado con ensalada rusa, para los quinces y matrimonios, o la carne frita del almuerzo, “la de todos los días”, como reza el eslogan pegajoso de Porkcolombia en las emisoras nacionales.

“Lo que estamos buscando es algo que se llama economía circular. Este tipo de proyectos vinculan todas las áreas que componen la economía del corregimiento. Tenemos un plato donde está representada la porcicultura, los tubérculos y algunos vegetales y hortalizas que tenemos disponibles, y lo que hacemos es darle valor agregado, buscando que ustedes como habitantes del corregimiento se identifiquen con estos sabores y estas preparaciones”, dijo el chef ejecutivo del fondo de porcicultores.

El osobuco pradeño no es el primer plato típico que se ha inventado Camilo Castaño para las regiones rurales de Antioquia. El pionero fue “Este bendito chicharrón”, creado para Donmatías, el municipio con más cabezas de cerdo de todo el país. Después, Porkolombia replicó la estrategia en otros pueblos del departamento, y en el proceso incluyeron a productores y cocineros locales: en Gómez Plata nació “Cordial encanto”, un cañón de cerdo en salsa criolla y tajadas de papa, y en Venecia, “Montaña mágica”, un solomito de cerdo encostrado en café, acompañado por puré de plátano maduro envuelto en una hoja de bijao que simula la forma piramidal del cerro Tusa. Según dijo Porkcolombia en un comunicado, ocho restaurantes de Venecia ya estaban listos para ofrecer en sus cartas el nuevo plato típico del municipio, hecho con ingredientes cosechados y cerdos criados en la región, y otros doce estaban en el proceso de aprenderse la receta.

“Ustedes como habitantes del corregimiento tienen la responsabilidad de consumir y promover el osobuco para que pueda perdurar en el tiempo, porque si no, solamente nos queda la fotografía, y no es lo que buscamos”, dijo el chef ejecutivo en el parque de San Antonio. Y es que de nada sirve un lanzamiento pomposo y que la noticia salga en un par de medios locales si la receta no se instala en las cocinas de la gente, si los hijos y los nietos y los hijos de los nietos no lo siguen preparando hasta que olviden que ese plato que todos comen alguna vez no existió.

¿Es posible crear un plato típico?

A diferencia del osobuco pradeño, Este bendito chicharrón o la Montaña mágica, nadie fue invitado al lanzamiento del sancocho, la bandeja paisa o el tamal, porque nunca hubo ninguno, que se tenga certeza.

El tamal ya existía en el territorio que hoy llamamos Colombia cuando Américo Vespucio puso por primera vez un pie europeo en el Cabo de la Vela, en 1499. Durante miles de años, los indígenas que habitaban México se habían encargado de regar el maíz por el resto de Mesoamérica, y por ahí derecho, la majestuosa preparación del tamal: una masa de maíz cocido, con o sin relleno, envuelta en una amplia variedad de hojas que van desde la mazorca hasta el maguey, y con tantas combinaciones posibles que solo en Colombia se han contado quinientas recetas.

El sancocho, en cambio, evolucionó de un plato español llamado “olla podrida” y llegó a casi todos los rincones del continente con la conquista. Al igual que el tamal, su receta fue variando según la cultura alimenticia de cada región y los ingredientes disponibles, pero la preparación es en todas partes la misma: la proteína, los tubérculos, las verduras y los condimentos van juntos al fuego en una olla de agua que hierve hasta que el olor a olla podrida sea inconfundible.

En Antioquia hay sancochos de río, mar y montaña, pero quizás el más popular en Medellín y sus corregimientos es el sancocho paisa: lleva carne de res y costilla de res o cerdo; plátano verde, guineo, plátano maduro, papa, arracacha y mazorca; se condimenta con zanahoria, cebolla junca, hojas de repollo, comino, sal y pimienta; se decora con cilantro y se sirve con aguacate, arroz, ensalada y una rodaja de limón.

El último plato de la santísima trinidad montañera es la bandeja paisa, el único con un origen rastreable y que se encuentra siempre en los restaurantes de comida tradicional, pero escasa vez completa en las cocinas de la gente de la región.

Según la historia que contaba el antropólogo e investigador culinario Julián Estrada, a quien invitamos a hacer parte de este proyecto poco antes de su prematuro fallecimiento, la bandeja paisa nació como una estrategia de mercadeo de Turantioquia, una institución que buscaba promover el turismo en el departamento y que fue liquidada en 1997. A finales de los sesenta, Turantioquia administraba varios hoteles de carretera en los que a alguien se le ocurrió la brillante idea de fusionar en una misma tarifa la amanecida y un almuerzo con fríjoles.

Los fríjoles —o frisoles— son un grano precolombino, y hay evidencias de que los indígenas del Aburrá los comían desde hacía más de cinco siglos. En la tradición campesina de las montañas antioqueñas, los fríjoles se servían en la cena acompañados por arroz, tajadas de plátano, arepa y una proteína: un pedazo de carne de res o cerdo, un chorizo, un chicharrón, carne molida, morcilla o huevo.

En el entonces recién inaugurado bufé de Turantioquia, todos los acompañantes tradicionales de los fríjoles estaban a disposición de los comensales. Y como para el paisa cantidad es calidad, la gente se servía de todo: cada una de las carnes posibles más el arroz, más el maduro, más el aguacate, más la morcilla y al tope una arepa pequeña, redonda y casi insípida de maíz blanco cocido.

La bandeja ovalada fue la solución de Turantioquia para las montañas de comida que ponían los paisas en sus platos, y como gustó tanto la idea, otros hoteles y restaurantes la replicaron, y en cuestión de décadas ya era conocida en el resto del país como el producto insignia de la gastronomía antioqueña, que de muchas maneras refleja algo profundamente arraigado en nuestra idiosincrasia: la exageración.

¿Dónde está el osobuco pradeño?

Ni Julián Estrada, quien investigó la comida colombiana como nadie lo había hecho, ni la nutricionista Luz Marina Arboleda, quien participó en la investigación del Perfil Alimentario y Nutricional de Antioquia 2019, ni ninguno de los lugareños con los que hablamos nos pudieron decir si había un plato típico autóctono de los corregimientos: en las montañas del valle de Aburrá se come exactamente lo mismo que en el resto de cerros que lo circundan. Solo en internet encontramos la noticia del osobuco pradeño, y los caminos del preguntar aquí y allá nos condujeron al Parador de la Mona.

La calle 38 Sur, en San Antonio de Prado, puede ser una de las vías más empinadas del Valle de Aburrá. El pavimento está parchado y lleno de huecos, y en los primeros metros tiene unas hendiduras horizontales, como en los rieles de las veredas, que ayudan a los carros a impulsarse por la pendiente. En la cima, a mano derecha, está el cementerio del corregimiento, y a una casa de distancia, el Parador de la Mona: un restaurante de comida típica y menú ejecutivo donde nos dijeron que tal vez podríamos encontrar el osobuco pradeño.

La Mona es famosa en San Antonio de Prado por la sazón de su comida, pero no muchos saben que su nombre completo es Elvia Rosa Zuluaga de Galeano y no es de San Antonio de Prado, sino de Guatapé. Después de trabajar por muchos años en restaurantes de cocina internacional en Bogotá y aprender casi todo lo que sabe del oficio, de montar sola y acompañada un par de negocios de carretera, la Mona armó maletas y llegó a Prado, donde vivía su hija, con la intención de empezar otra vez de cero, aunque con la ventaja invaluable de la experiencia acumulada.

Su fama de buena cocinera empezó a correr en Prado gracias al voz a voz. La gente preguntaba por la Mona y cualquier transeúnte de la calle 38 podía señalarle la casa en la que vivía con su hija. “Yo les vendía almuerzos a ochenta personas a puerta cerrada. Después, por la noche, sacaba un carro de comidas rápidas a la calle”. Vendía salchipapas, papas con todo, pollo apanado, plátano con queso. “Hasta arroz negro, arroz moro”, dice la Mona. Un plato poco frecuente en los carritos callejeros.

—¿Cuál es su especialidad?

La Mona responde sin dudarlo:

—La especialidad mía es la cocina internacional.

Y su mejor plato, dice, es el conejo argentino.

—Aquí no lo hago porque de pronto no es el sitio.

Pero su repertorio es variado. La Mona sabe hacer:

—Baby beef, filet mignon, steak pimienta, róbalo traviata, pollo president, cazuela, langostinos al ajillo, langostinos apanados, pollo al ajillo, róbalo valeska. Yo le hago el chimichurri natural, la salsa tártara, la barbecue original, que es con maní, yo le hago todas las salsas madre.

La Mona recita sus especialidades de un envión, como si hubiera pensado ese menú, en ese orden, infinidad de veces antes de decirlo.

—El sueño mío es montar un negocio bien bonito donde yo pueda explotar lo que yo sé. Pero aquí el fuerte es el sancocho, el mondongo y la bandeja paisa. El churrasco y la punta de anca. ¡La bandeja paisa de aquí es de locos!

—¿Y el osobuco? —le pregunto.

—Ese es fácil. Se prepara de un día para otro. En Porcicarnes lo conseguimos. Pero es extraño que la gente lo use. Lo usan en las sopas, por ejemplo, pero no como un plato presentado. Acá lo hacemos sudao y lo vendemos con yuca y papa, por ahí una vez a la semana.

—¿Ese es el osobuco pradeño?

La Mona parece no entender. Entonces le explico que vimos una noticia sobre un nuevo plato típico en San Antonio de Prado.

—Yo no sé, no sabía. Ahí sí me corchó.

Días después de ese primer encuentro, la Mona nos vuelve a recibir en su restaurante. La llamamos un día antes para que nos tenga listo el osobuco, el único que conseguimos en todo el corregimiento. Cuando llegamos, un poco antes de la hora del almuerzo, la encontramos revoloteando en la cocina. Desde lejos, nos hace señas para que nos sentemos en una mesa.

El Parador de la Mona es un típico restaurante ejecutivo de mantel de cuadros y sillas Rimax, como los que abundan en el centro y los barrios de la ciudad, pero con una vista extraordinaria a las montañas parchadas de Prado, que son verde pino en las áreas de bosque y verde pasto en los terrenos recién talados por las madereras.

La Mona nos pone tres platos sobre la mesa: sudao de osobuco, sudao de oreja y costillas barbecue. Las tres combinaciones están servidas sobre un par de hojas de plátano que cubren la superficie de las bandejas ovaladas. Como llevan los mismos acompañantes y la misma salsa, hay que mirar dos veces para distinguir la oreja del osobuco. Las costillas sí son distintas en color, olor y textura: la Mona no quiso dejarnos antojados de su barbecue casero, y cuando lo probamos entendemos por qué.

Los sudaos no se quedan atrás, incluso a pesar de que el osobuco perdió la forma de anillo durante la cocción. La piel del marrano se rompió, se retorció y quedó como un tornillo. La Mona se disculpa. Dice que el corte que le dieron en Porcicarnes no era lo suficientemente grueso. Pero a la cocinera no hay nada que perdonarle. La carne es tierna y se desprende del hueso con facilidad. No sabe muy distinto a cualquier otro corte magro del cerdo. Lo acompañan papas, yuca, arroz, una arepa blanca pequeña, aguacate y ensalada de repollo.

—El secreto está en la salsa —dice la Mona.

Menciona dos o tres ingredientes, y calla el resto para proteger su receta. Ni boba que fuera. Cuando terminamos el almuerzo, nos invita al postre. El osobuco de la Mona no será un típico, pero tiene todo el potencial de serlo.

Los Pinos

En Antioquia, cocinar ha sido para muchos una solución al desempleo y a la falta de oportunidades. Vender morcilla, chorizos o tamales requiere destreza y algunos ingredientes, pero sobre todo, voluntad. Como el Parador de la Mona, muchos negocios exitosos han empezado como pequeños emprendimientos familiares, y algunos lo siguen incluso con el pasar de los años.

Al otro lado del río Medellín, más allá del filo de la montaña, en la entrada de la vereda El Plan de Santa Elena, las cocineras de Los Pinos usan maíz importado para hacer una de las mejores arepas que pueden encontrarse en el valle de Aburrá. Probamos de tres tipos, redondas, arepa tela y de chócolo, con un chocolate caliente de burbujitas arcoíris en el que nada un pedazo de queso derretido.

—Cuidado se quema, que aquí nos gusta servir caliente y bastante —nos dice Ninfa, la mesera.

Las arepas redondas de Los Pinos son suaves por dentro, pero bien cocidas, y al mismo tiempo la corteza es crocante, irregular, con las hendiduras de la parrilla bien marcadas y pecas de tizne en distintos tonos; están partidas a la mitad y adentro llevan mantequilla de vaca y quesito fresco, arenoso, perfectamente salado en ese contraste religioso con el sabor neutral del maíz.

Las de chócolo no son dulces como las de paquete de supermercado; el sabor es maduro, natural, pero no hostiga: la mantequilla y el quesito completan la santísima trinidad de un desayuno divino.

La tarea de la arepa es acompañar, servir de vehículo, de mesa, de telonero; la arepa es preciosa porque es austera, silenciosa, porque no quiere llamar la atención; su misión es hacer brillar a los ingredientes que la acompañan. Sin embargo, no por eso puede ser una cualquiera: si la arepa no es buena, se nota, y si se nota, daña el plato.

Con las cocinas cada vez más pequeñas, y la gente cada vez más ocupada, el arte de la arepa pecosa de huellas digitales está cerca de la extinción. ¿Cuántas familias, a estas alturas, tienen un molino de mesón para triturar el maíz del día?

La tercera arepa que probamos en Los Pinos podría llevarse el primer puesto en una competencia internacional. Es delgada, pero no tanto como para que no se pueda distinguir la corteza del relleno, y su cara superior está cubierta por un hogao que es más de tomate que de cebolla y que acaban de bajar de una de las tantas pailas que preparan sobre el fuego los almuerzos que se venderán este sábado. El secreto no está en los ingredientes que compran en su mayoría en el supermercado de la zona, sino en su preparación:

—Aquí la leña es la que cocina —dice María Edilma Cardona, la mujer que creó Los Pinos hace ya 45 años.

María Edilma nació en Abejorral en una familia de catorce hijos y muchas carencias. Creció a punta de mazamorra sin leche y colada de chócolo, una sopa a base de maíz que recuerda maluquísima, y aprendió a cocinar con fríjoles cachos que encontraban silvestres en las riberas de las quebradas. Así como otras familias campesinas de la Medellín rural con las que hablamos en esta exploración, los niños de la casa de María Edilma eran los encargados de meterse al monte a buscar el fríjol cacho o petaco, que en Palmitas nos encontramos con el nombre de “fríjol vida”.

María Edilma Cardona

—Cuando no había, nos pegaban —dice la cocinera. Apenas tuvo edad, María Edilma se fue para Medellín a buscar mejor vida. Llegó con su marido a vivir en una finca, y después trabajó en un restaurante cercano a Los Pinos, que entonces era un rastrojero a orillas de la carretera.

Cuenta María Edilma que un señor les regaló el rastrojo para que hicieran una casita y pudieran vivir ahí. Con siete mil pesos compraron los materiales, limpiaron el terreno y levantaron una pieza. Afuera, vendían empanadas y gaseosas. Entonces, a ella se le apareció un ángel guardián que le dio doce pollitos en consignación para que los engordara y los vendiera. Alimentados con chócolo, los doce pollitos crecieron y fueron a parar a las ollas del sancocho de María Edilma, que se venden completas hasta el sol de hoy.

Casi medio siglo después, en Los Pinos no cabe la gente los fines de semana y por eso María Edilma evita ir los domingos al restaurante. Ella ya no está para esos trotes. Incluso, ha llegado a arrendar el restaurante a otros administradores, pero las cosas funcionan mejor cuando es ella quien dirige, así que se sigue pegando el viaje desde su finca en Rionegro por lo menos dos veces por semana.

Lo que antes era un caspete con piso de tierra, ahora es un restaurante rústico con mesas en teca y un fogón inmenso de leña a plena vista del público. De lunes a viernes trabajan cinco mujeres en la cocina y hacen una olla de sancocho de pollo. Los sábados, siete personas y dos ollas de sancocho. Los domingos, diez personas y tres ollas que se van completicas antes de que caiga la tarde.

Para María Edilma, la magia de Los Pinos es la leña que cocina sus preparaciones, pero lo que más enamora de este pequeño restaurante son las mujeres que lo atienden, incluyendo a la dueña. Sin habérselo propuesto, María Edilma inventó una estrategia de marketing que hace de su parador el más famoso y visitado del corregimiento: las cocineras te requintan el plato de sancocho cuando ven que vas llegando al fondo o te regalan otro bocadillo si aún te queda mazamorra. Almorzar en Los Pinos es comer en la casa de una tía alcahueta, y a ese gesto no hay sazón que le compita.

Experimentar con el origen

Desde hace nueve años que vive en Santa Elena, uno de los primeros olores que Jonathan Lopera siente en la mañana es el de las arepas de Los Pinos. Las mujeres empiezan a asar el maíz a eso de las siete de la mañana, y muchas veces Jonathan no aguanta la tentación de parar a desayunar en el restaurante de María Edilma antes de seguir su camino a Origen, su propio restaurante, a cumplir con las tareas del día.

—El problema es que uno les dice que no le echen más y ellas no hacen caso —Jonathan se ríe mientras se toca el abdomen.

Alrededor de Los Pinos, sobre la carretera principal y también en veredas como El Plan, El Placer o Barro Blanco, ha empezado a aparecer una cantidad de oferta gastronómica que responde a la explosión demográfica que ha vivido Santa Elena en los últimos veinte años.

Entre 1993 y 2020, la población de Santa Elena aumentó 354 por ciento, según datos del Perfil Demográfico 20162020 de la Alcaldía de Medellín. La creciente demanda de lotes valorizó el metro cuadrado y los campesinos empezaron a vender sus herencias y tierras de cultivo. El corregimiento se fue llenando de cabañas de madera y jóvenes profesionales y artistas de la ciudad que en apenas unos años cambiaron la vocación del suelo: según datos de Comfenalco, de los ochenta campesinos que en 2021 se dedicaban a la agricultura en la vereda Piedras Blancas, solo quedaban cuarenta un año después.

Y como la economía es así, a la creciente demanda le fue apareciendo oferta. De vivienda, por supuesto, pero también de alimentación: la gente que vive en El Placer no tiene que salir de la vereda para comerse una pizza, unos buenos tacos al pastor o una lasaña vegetariana, porque hay de todo eso hasta para escoger. El que daba la Vuelta a Oriente y paraba en Santa Elena por un sancocho o un merengón, ahora tiene tantas opciones como en un centro comercial de Medellín.

Uno de esos nuevos restaurantes es el de Jonathan Lopera, aunque a él no le gusta contarse entre el montón. Cada plato de la carta ha sido creado con el cuidado de quien cocina por pasión, y no solo por negocio. La magia está en los pequeños detalles y en el origen de sus ingredientes. La reina de la carta, por ejemplo, son las Costillas Colombia, cuya salsa está hecha a base de guayaba y ají ahumado en la selva del San José del Guaviare, acompañadas con ensalada de espinaca y chips de papa nativa boyacense de vetas moradas. Un plato picante para el gusto colombiano promedio, pero aun así uno de los más vendidos de la carta.

Jonathan Lopera

Jonathan llegó a Santa Elena hace diez años con su esposa Lina. Venían de quebrarse con una cocina escondida en la que vendían almuerzos gourmet a los ejecutivos de Medellín. Se llamaba 3 pimientas. Lejos de desanimarse decidieron montar un nuevo emprendimiento de panes y chorizos ahumados, esta vez desde una de las habitaciones de la casa en la que aún viven en la vereda El Plan. Luego, rentaron lo que antes había sido una pequeña tienda de Santa Elena para convertirla en su primer restaurante.

La remodelación tardó tres meses, y finalmente Origen fue inaugurado el viernes 13 de marzo de 2020: el último fin de semana de libertad antes del inicio de la pandemia en Colombia.

—¡Pero sobrevivimos! —exclama Jonathan desde una de las mesas de su restaurante, que ahora tiene nueva sede porque la antigua tienda les quedó chiquita.

Los esposos lo lograron como a tantos que les tocó adaptarse a las circunstancias del encierro: a punta de domicilios. Y la llegada de los nuevos pobladores de ciudad que ahora podían teletrabajar desde Santa Elena les dio demanda por satisfacer. Según Jonathan, la pandemia exacerbó las diferencias entre los pobladores nuevos y los de toda la vida, y agudizó los problemas que empezaron desde antes del encierro, como el acceso al agua, la inseguridad o el costo de los alimentos y productos cotidianos.

—Mucha gente piensa que porque vivo en Santa Elena, consigo frutas y verduras más baratas. ¡Mentira!

Aunque el Oriente cercano está muy bien conectado con Medellín, dice Jonathan, y por eso en Rionegro se consigue de todo a precios normales, Santa Elena está ensanduchada entre los dos valles, el de Aburrá y el de San Nicolás, en un filo boscoso con vías de acceso en mal estado por donde no es buen negocio para los comerciantes mandar sus productos, por el costo de los fletes. Casi todo en Santa Elena es mucho más caro que en Medellín, y por eso Jonathan procura proveer su restaurante con hortalizas cultivadas por los pocos campesinos que quedan en la zona y con productores especializados de otras partes del país, como las papas que le mandan de Boyacá y el ají ahumado de las selvas amazónicas.

El camino de la independencia económica no es fácil, y menos cuando se atraviesa una pandemia y la mayor inflación en los precios de los alimentos en veinte años, pero ahí van, con una clientela cada vez más consolidada y el rumor de unas costillas que quieren conquistar los paladares de Santa Elena, como pasó hace medio siglo con el sancocho de Los Pinos.

Las últimas despensas del Valle de Aburrá

—Yo crecí comiendo sancocho de gallina criolla, puré de plátano con manteca frita… Pero por aquí hay gente que no tiene para comer carne, entonces crecen comiendo gorditos —dice Johana Bedoya, edil de San Sebastián de Palmitas.

Cuando era niña, a Johana la mandaban a recoger frijol vida en los lechos de las quebradas: el mismo fríjol petaco que doña Edilma Cardona, la dueña de Los Pinos, encontraba en la maleza de Abejorral. También era común que la gente cazara guaguas o pavas de monte. Ahora, la gente de Palmitas compra el revuelto en la única verdulería del pueblo y lo demás en alguna tienda o en el D1 de la nueva vía al mar.

Los campesinos que quedan en Palmitas viven en condiciones precarias, aislados por un túnel perfecto para los que tienen carro o moto —como Johana, que comparte una biwis con su hijo—, pero no tanto para los que dependen de un transporte público escaso y costoso. La solución ha sido aprender a contar unos con otros, y así fue como hace más de diez años surgió el Colectivo Mujeres Arcoíris, que lidera Johana y reúne a trescientas mujeres de las ocho veredas de San Sebastián de Palmitas. Este colectivo, entre otras cosas, sirve como una red de mercado para las mujeres asociadas y los productos tradicionales que preparan en casa, como morcilla de menudo bien cascado, mazamorra pilada a fuerza bruta, embutidos, arepas de callana o tortas de cidra, la fruta de una planta trepadora que solía crecer como rastrojo y que los campesinos de Palmitas y otras zonas de Antioquia usan para darle más volumen a la sopa de fríjol o para endulzarla con panela.

De acuerdo con los datos del Perfil Alimentario y Nutricional de Antioquia 2019, los cambios alimenticios de la población están provocando una nueva epidemia de obesidad en el departamento: el 25 por ciento de los jóvenes y el 58,7 por ciento de los adultos estudiados presentaron exceso de peso y valores inaceptables en el índice de grasa corporal.

La nutricionista Luz Marina Arboleda, profesora de la Universidad de Antioquia, lideró la investigación en prácticas y simbolismos alimentarios de dicho estudio. Según explica, aunque la tendencia en las zonas urbanas de los municipios es la gordura, en los corregimientos de Medellín —salvo en Santa Elena— aún se presentan prácticas alimentarias muy tradicionales basadas en el “consumo de platos preparados en casa”. Monótonos, sí, pero frescos y de producción local.

—Desde que se configuró la alimentación tradicional, en los años 1500, estamos comiendo lo mismo, y la población no era obesa —dice la nutricionista.

Aunque la gente suele pensar que la comida paisa es poco saludable por el exceso de carbohidratos y la poca variedad de ensaladas y verduras, Luz Marina considera que la alimentación montañera es saludable y provee todos los nutrientes que el cuerpo necesita. Por tradición, explica, la cultura alimentaria paisa tiene siete momentos de comida al día. El campesino empieza la mañana antes de que el cielo aclare y acompaña la madrugada con unos “tragos”, que puede ser un café o una taza de aguapanela. Después, desayuna con arepa, mantequilla, huevos y quesito, se come alguna fruta en la media mañana y almuerza trancado: sopa, seco con carne y sobremesa, que puede ser un jugo de fruta o leche. En la tarde, el paisa se come el “algo” —unas galletas dulces, por ejemplo, o una gelatina—, la cena es parecida al almuerzo, pero en menos cantidad, y algunos, cada vez menos, rematan la noche con una merienda.

Esa es la teoría.

La realidad es que en las zonas rurales de Medellín son pocas las personas que pueden comer siete veces al día. Según el Perfil de Seguridad Alimentaria y Nutricional de Medellín y sus Corregimientos 2015, el 60,6 por ciento de los hogares rurales presentan inseguridad alimentaria de leve a severa, comparado con una prevalencia de 52,3 por ciento de los hogares urbanos de Medellín.

En los casos de inseguridad alimentaria severa, que en Medellín ocurre en un 14,5 por ciento de los hogares, las familias no solo se preocupan por lo poco que les queda en la alacena, sino que, alguna vez, uno o más miembros han aguantado hambre por falta de dinero y otros recursos.

En Palmitas, a borde del Camino del Virrey, vive Ana Julia Muñoz, una mujer campesina famosa en el corregimiento por el sabor de su mazamorra pilada a mano y cocinada en leña. Para llegar a la casa de Ana Julia hay que recorrer el camino que transitaban indios y españoles, o bajar a pie por una trocha que se abre paso entre el monte desde la vieja vía al mar. Cualquiera de las dos opciones implica una caminata larga y culebrera que la mazamorrera, a su edad, ya no está para recorrer a diario. Por eso Ana Julia sube al casco urbano apenas una vez al mes, o cuando es estrictamente necesario. Su hijo es el que se encarga de rebuscarse cualquier trabajito para comprar lo que necesitan en la casa.

Ana Julia Muñoz

El resto del tiempo, Ana Julia espera. Cuida las flores que cuelgan en canastas en el corredor de su casa diminuta, alimenta las gallinas, conversa con su lora “las dos tienen un timbre casi idéntico, como si el animal hubiera logrado imitar a la perfección la voz de su dueña” y está atenta al teléfono que suena para avisarle que vendrán caminantes por el Camino del Virrey a buscar su mazamorra.

Si pudiera, Ana Julia sembraría el maíz que machaca con fuerza y paciencia en su pilón de madera gastada. Todo lo que debe saber un campesino sobre la tierra lo aprendió desde niña, en la finca donde creció. Sabe coger café, cortar caña, desherbar, sembrar cebolla y legumbres. Pero Ana Julia y su hijo son campesinos sin tierra. Viven en una casita arrendada, sin espacio para cultivar más que flores y algunas aromáticas, y por eso, cuando van a pasar caminantes, la mujer debe prepararse con varios días de anticipación.

“Mi hijo me trae el maíz de Palmitas “dice.

Un maíz que llega desde Estados Unidos en contenedores por los puertos del Caribe y del Pacífico. Esos días, cuando le queda algún “pesito” de la mazamorra, Ana Julia y su hijo compran alguito de carne para un sancocho o huesos para cocinar un caldo. Pero cuando no pasan caminantes, su dieta se basa en aguadulce, arepas y arroz.

—A veces le pongo algún quesito a la arepa, algún huevito. El antropólogo Julián Estrada solía decir que la cocina campesina antioqueña “es la cocina de la recuperación, es la cocina del recalentado, de las sobras, de las migajas”. Para muchos campesinos que nacieron y crecieron en los corregimientos, como Ana Julia y su hijo, acompañar la arepa es un lujo limitado a los días de suerte, porque en las quebradas ya ni siquiera queda fríjol vida.

*El libro Campesinos de ciudad fue publicado en 2023 con el apoyo de la Alcaldía de Medellín y la FAO. Puede verlo completo aquí.

Bien de vereda

por DAVID E. GUZMÁN • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Campesinos de ciudad Noviembre de 2023

Después de una noche fría, los rayos de sol asoman con debilidad blanquecina. Es casi el color de la niebla, que tiene ganas de asentarse un buen rato en las partes bajas de la montaña. El Mono Jaramillo, como le siguen llamando algunos paisanos al astro rey, tendrá una dura batalla: para que el cielo abra deberá disipar la neblina antes de las nueve, hora límite según el ojo campesino antes de que esta se abrace con las nubes. Pero soleado o no, el día en la vereda comienza un poco más temprano que en los barrios de la ciudad. Los gallos cantan antes de las cuatro, el rocío anida en tallos, hojas y frutos y la vida da sus primeros pasos a oscuras, cuando los pájaros están a punto de abandonar sus nidos y los perros se cansan de ladrar, al menos por un par de horas. El rugir de la bestia de cemento no se insinúa todavía, o llega muy tenue, con el motor de los buses y las motos que recorren las confusas márgenes de la ciudad rural y la selva urbana.

El campesino, la campesina, digamos que acompaña su desayuno con una aguapanela humeante que endulza cada rincón de la casa. Debe salir a trabajar con mínimo una hora de anticipación para poder detenerse a saludar a los paisanos que se encuentra en el camino. Algunos se desplazan a pie, en moto la mayoría, hacia el casco urbano o hacia fincas aledañas en la misma vereda. Otros, los más jóvenes, trabajan o estudian en la ciudad. Pero están por supuesto los que permanecen en el mismo paisaje, y son el paisaje mismo: sumergen sus manos, alargadas por las herramientas, en la tierra de las huertas, siembran, abonan, cosechan, empacan flores, renuevan el agua y el cuido de las gallinas ponedoras, ordeñan las vacas y se dedican a sus emprendimientos caseros y quehaceres cotidianos.

“Bueeeenas”, “Buenoooos dííías”, “Cómo le va, doña Margarita”. Hasta los conductores de chiveros, buses y colectivos veredales saludan y despiden a los pasajeros por su nombre. Saludar en la vereda es una costumbre intrínseca, arraigada, un hábito que trasciende la norma de urbanidad. Un deber. Ir por ahí, por la travesía, por el camino que acorta o por la carretera misma y no saludar incluso al desconocido que hace la ruta inversa o al que toma el sol en el corredor de su casa no es opción. No merecería siquiera el calificativo de forastero, más bien sí, el de grosero. A diferencia del barrio citadino, que ha crecido de forma desmesurada y caótica, la mayoría de la gente de la vereda se conoce entre sí y del nuevo siempre hay alguien que puede dar referencias: el jardinero, el que maneja el chivero, el que le vende los huevos.

Las relaciones en las veredas están mediadas por experiencias y sentimientos de solidaridad y unión. Muchos años atrás, cuando aún se veían despobladas y entre casa y casa se extendían “puras mangas”, los convites y las comitivas para trazar una carretera, construir la escuela, un acopio o el acueducto sembraron una vecindad sólida que todavía hoy se beneficia de esos lazos y de esa fuerza en la hermandad. Nada fortalece tanto los vínculos como crecer y superar juntos los obstáculos. Y en esto juega su papel la religiosidad, cada vez más abandonada en la urbe. En la vereda los ritos católicos mantienen aceitada su feligresía e intacto el poder de convocatoria. Muy importantes son las citas para hacer parte de las estaciones del Viacrucis del Viernes Santo y para el tradicional altar de San Isidro, en el que el campesino se enorgullece de participar con un atado de cebolla junca, una canasta de huevos, igual que con un buen ejemplar porcino; así aporta con su trabajo a recoger recursos para la parroquia.

En la ciudad la vecindad tiende a despersonalizarse, no sabemos del todo quién es quién, todo ocurre de una manera más egoísta y la arquitectura tiene mucho que ver: se han levantado edificios altos, anchos, repletos de apartamentos, y puede que conozcamos al que habita el nido del frente o el del lado o el de arriba, pero desconocemos el resto de la colmena. Especialmente en los estratos medio altos y altos. No hay interacción más allá de un incómodo encuentro en un ascensor o un cruce rápido en la portería. En la vereda en cambio se respira, o es más evidente, el afecto comunitario, el interés por el otro, el reconocimiento de que el bienestar de uno redunda en el de todos, me atrevo a decir: la propiedad colectiva. Día a día, en pequeñas ferias, ventas de “garaje” y eventos organizados entre los mismos campesinos, se intercambian saberes y conocimientos, alimentos, plántulas, semillas, ropa. Es habitual que la pala de alguien haya que buscarla en la casa de otro vecino, o el machete, o la carreta, hasta los remedios para las mascotas rotan de mano en mano, de casa en casa, de perro en perro.

Entrada la mañana, cuando niños y niñas ya están en la escuela, cierta calma se toma el ambiente. Y no es una calma que tenga que ver con la ausencia de bullicio o de juegos de calle, sino con el poder de la rutina. En la vereda esta se hace más palpable porque la vida transcurre a baja velocidad, a un ritmo más cercano a la música de carrilera o al tango que al reguetón o al vallenato, sin que esto quiera decir que estas músicas no se escuchen, por el contrario, quizá son las más sonadas. Pero decía que la rutina marcha a otra velocidad en la vereda. No hay semáforos, no hay competencia de buses, no hay bocinas, no estamos ante un epicentro de almacenes y oficinas y peatones afanados. Si uno mira a su alrededor, la geografía parece decir que no está pasando nada más allá que ella, pero en cada finca, en cada casa, en cada corral, en cada potrero, en cada huerta, cada quien ejecuta sus labores, hay un mundo ocurriendo.

A propósito, recuerdo una frase de Germán Arciniegas en alguna de sus crónicas: “El día para nosotros no es sino una colección de acciones aprendidas, que repetimos en un orden invariable”. Pocas cosas alteran la rutina salvo los grandes acontecimientos veredales: el camión visitante que al no conocer las vías se encuneta, la quebrada que se desborda después del aguacero, la muerte de un vecino, el acueducto que deja de funcionar, la vaca que se rueda por una loma y que entre varios hay que rescatar, un deslizamiento de tierra que tapona la carretera o sepulta una casa; la acción colectiva es tantas veces lo único, y lo más rápido, que se tiene a la mano.

Las vías siempre se están transitando, es decir, siempre hay alguien que sube empinados trayectos, alguien que baja por el cascajo suelto de la carretera, un jinete con tanques de leche en la grupa de la yegua, una moto con una pipeta de gas en la parrilla, dos carros encontrados, alguno debe echar reversa, buscar la comba en la estrechez para que cada quien pueda continuar su camino. A diferencia de cualquier sector urbano, trazado por transversales, circulares, calles de la A a la Z, en la vereda es difícil perderse. Por la misma vía que llegas, sales, y todos conocen los referentes: la finca de Carlos Mario, la casa de doña Olga, el ordeñadero de Orlando, la huerta de Gloria, la caseta de Lina, la moto de Mateo, los gallineros de Jeison, la peluquería de doña Alba.

Los sitios de encuentro también son generalizados y sirven a toda la comunidad. A veces, los definen los accidentes geográficos: “Nos vemos en el charco”, “En el alto”, “En la piedra”, “En el morro”. A veces, las construcciones: “Ahí en el puente”, “En la torre”, “En la placa polideportiva”, “En la cancha”. Y esto me lleva a pensar que en la vereda las cosas suplen otras necesidades para las que fueron creadas, es decir, la escuela enseña, pero también es sitio de reunión sin que implique la presencia de niños; el bebedero del ganado es también bañera del afrechero y recolector de aguas lluvias; la carretera además es acera, camino de bestias, pista de baile.

La fiesta en la vereda, sea un cumpleaños, un bautizo o una boda, involucra a todos sus habitantes, la música escala por las trochas y se amplifica, rebota en las colinas, retumba en cada casa, se pasea por las esquinas de tierra y barro y se mete a las cafeterías, tiendas, billares, negocios todos de confianza. Tanta confianza, que al borracho, después de la bebeta o en una pausa, lo llevan hasta la casa para que no ponga problema, o antes de que sea demasiado tarde lo mandan en algún carro que pase. La cuenta se puede saldar al día siguiente con el ardor del guayabo.

En la ciudad los servicios están en manos de grandes empresas; abrir el grifo para obtener agua, sacar la basura, tomar un bus en la calle son acciones que se ejecutan sin pensarse, están arraigadas en la conciencia cotidiana. En la vereda en cambio muchas veces son los habitantes mismos quienes deben hacer que los servicios funcionen, mantener las cunetas y los bordes de la carretera, podar árboles y arbustos, gestionar parte de los residuos, encontrar el mejor punto para la señal del celular, reconectar mangueras, limpiar tanques, empatar cables, enmendar tubos, pegar tablas. El trabajo y el mantenimiento que supone vivir en zona rural, lejos muchas veces de ferreterías y depósitos, hace que cualquier trozo de madera, pedazo de tubo, de cuerda, un tarro, dos varillas sean susceptibles de servir para hacer algún futuro arreglo en la finca, en la casa, en los potreros, en la huerta, en el corral, en los sistemas improvisados para el riego. Dice la maldición, y también el campesino, que si se descarta alguno de esos objetos, pronto habrá de necesitarse para solucionar lo inesperado.

Pero de todos los objetos y artefactos, el más cotizado en el campo es el estacón. La estaca. Se trata de un palo de madera, casi siempre rústico, de corte cuadrangular, raras veces circular, de un metro cincuenta de alto en promedio, diez centímetros de grosor, obtenido de algún árbol caído en tempestad. Quiero ser romántico. También puede ser que talen uno para estos fines o los compren ya cortados por alguna fugaz o improvisada empresa maderera. Los estacones son los encargados de mantener bien delimitados los linderos; porque, por supuesto, no todo es paradisiaca conciencia colectiva, estamos hablando de humanos en un sistema capitalista. Así que: estacas cada dos o tres metros con dos o tres líneas de alambre grueso o de púas para dejar claro cuál es mi terreno. Si hay algo que se cuida con recelo, y para evitar problemas, aunque nunca faltan, son los linderos: nadie quiere ceder un centímetro, pero si la disputa se presenta con seguridad habrá machete, corregidor o uniformado. Cuando nos roban tierra nos roban un poco de nosotros mismos, del trabajo hecho, de la historia propia. Entonces cada tres, cuatro, cinco años, dependiendo de la podredumbre de la madera, hay que reemplazar los estacones y esto significa recorrer los linderos, reafirmarse en la tierra.

Si la ciudad heredó la costumbre campesina de barrer y trapear todos los santos días, a causa del polvorín y el tierrero, más comunes en zonas rurales, en el campo y en la vereda esta actividad de limpieza excesiva se extiende al jardín y su constante embellecimiento. No hay jardines y paisajes más bonitos que los de las periferias y esa es una labor de todos los días y de las buenas manos; podar arbustos y plantas, deshijar, sacar esquejes, conseguir nuevas especies, sembrar, rastrillar hojas secas, cortar el césped. Y aquí es cuando puedo hablar de los efectos sonoros de la vereda y su ruido primordial: el motor de guadaña. En toda vereda que se respete siempre habrá en escena una guadaña funcionando, muy cerca, muy lejos o a una distancia y en algún lugar imposibles de identificar. Igual que los ladridos de los perros, omnipresentes, sorpresivos, de jauría, de can solitario, de can asustado o en celo. Muchos nuevos habitantes de las veredas de Medellín llegan buscando los sonidos del campo, el quiquiriquí del gallo, el canto de sirirís y golondrinas, el agua que corre en el fondo del bosque, pero estas zonas cada vez importan más otro tipo de sonidos, motorizados, metalizados, máquinas de ordeño, camiones, bafles con cobertura vecinal. Es como si el murmullo de la ciudad fuera cada vez más envolvente y voraz, como si quisiera engullirlo todo para que todo suene como ella.

Un campesino del corregimiento de San Cristóbal me dijo hace poco que los nietos de los abuelos que fundaron las veredas y luego se fueron a hacer vida en la ciudad están regresando al campo. Ya no a abrir trocha ni con hachas, por supuesto, sino con autos y cámaras de vigilancia, a buscar lo que ellos llaman una vida más tranquila. Y, según el campesino, hay un choque cultural. La sencillez del que vive y trabaja con la tierra contra la altivez del citadino. Ya no todos se saludan. En las veredas no solo se empiezan a sentir los rugidos sino también los efluvios y vapores de la urbe. “Estamos en vía de extinción”, me dijo nostálgico el hombre al despedirse.

Si cuando se originaron los barrios de Medellín se podía respirar la dinámica rural, porque la inmigración inmediata provenía del campo, con el crecimiento y la superpoblación estas dinámicas se difuminaron un poco: íbamos tras los pasos de una gran metrópoli. Sin embargo, todavía en los barrios populares, en el centro, en las cuadras de la clase media se puede sentir en el habla y en las maneras y costumbres esa herencia campesina. En contraste, la vereda tiende hoy a parecerse al barrio; basta con darle una mirada al paisaje de la vereda El Manzanillo, en el corregimiento de Altavista, para notar ese ímpetu de tirar plancha, convertir la casa de un piso en un edificio de tres, hacer banqueo para construir. Lo que llaman progresar. Por suerte, porfía y resistencia, persisten las veredas aisladas por la geografía donde es más difícil entrar el ladrillo y el cemento, donde la tierra sigue absorbiendo agua y floreciendo, donde tal vez esté a salvo nuestro pasado, nuestro origen.

En la vereda, adonde llega primero el cansancio que la noche, suele aparecer cada tanto un gato que llora, un foráneo que no se sabe de dónde viene. Llora con lamento, en su lenguaje gatuno de vocales fantasmagóricas. Las gatas esterilizadas lo miran con extrañeza, los gatos castrados se erizan con algo de temor. Expele un olor que las mascotas no conocen, una hormona que no tienen cómo descifrar. Las noches se inundan con el llanto del nuevo habitante, un llanto doloroso, un quejido como de bebé diabólico, un ruego para que sea recibido, alimentado, aunque los campesinos con más experiencia dicen que está buscando gata, quiere aparearse, “Tiene mal de vereda”. Entonces los celosos gatos defienden su territorio y las peleas interrumpen el conticinio. A esa hora, e incluso más temprano, desde que empieza a anochecer, las luces brillan luminosas en el firmamento y aún se puede contemplar un cielo estrellado, ese que cada vez escasea más en la ciudad iluminada.

*El libro Campesinos de ciudad fue publicado en 2023 con el apoyo de la Alcaldía de Medellín y la FAO. Puede verlo completo aquí.

La suerte está echada

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Fotografías de Juan Fernando Ospina

Se asegura que las distinciones entre ritos espirituales y mañas ilusionistas son notorias. En la ciudad están desperdigadas fórmulas mágicas para curar enfermedades, recuperar al ser amado o dejar de sufrir. Pero de la veracidad de los milagros solo pueden hablar aquellos que con fe han acudido a buscarlos.
Estamos cansados de soluciones, queremos promesas.

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Vivir sin agua

por MATEO LÓPEZ LÓPEZ • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

—Muchacho, ¿se toma algo?

En un viejo escaparate color caoba hay dos botellones de agua en miniatura, parecen de colección. Amparo y yo estamos sentados en el comedor de su casa, la misma que construyó cuando se hacían terraplenes en pineras y eucaliptos deforestados en una montaña sin caminos, entre pasos de pantano y lodo. Al frente hay un balde con agua y, sobre el poyo de la cocina, al lado de donde estamos conversando, un filtro de agua.

—Agua está bien.

Van unos veintiséis años desde que Amparo vive en Granizal, una vereda del municipio de Bello cuya frontera con Medellín es La Negra. Una quebrada. Solo eso. Un cuerpo hídrico que separa dos formas radicalmente distintas de vivir el agua.

Se trata de un sector que desde que empezó a poblarse ha recibido a un gran número de desplazados por el conflicto armado en el país y que, según sus propios habitantes, les dio una oportunidad de vida con promesas de desarrollo. En 1996 llegaron las primeras familias y, desde entonces, lo hicieron desde el norte, el suroeste, el oriente y el Urabá antioqueño; desde el Magdalena Medio, el Chocó, los Montes de María, el norte del Cauca, el sur del Huila, de Córdoba y del Eje Cafetero. En los últimos años, también se convirtió en refugio del éxodo venezolano.

De acuerdo con las investigaciones que han documentado el fenómeno del desplazamiento forzado interno en Colombia, a finales del siglo XX casi 6 500 000 personas abandonaron sus tierras al verse inmersas en los enfrentamientos que se dieron entre guerrillas, paramilitares y el Estado colombiano.

Sin embargo, no les fue tan fácil escapar de la violencia. En la nueva tierra también se encontraron con actores armados que disputaban el control. Durante los primeros años de poblamiento hicieron presencia guerrillas como las entonces Farc-EP y el ELN. A comienzos de los años 2000, la expansión del Bloque Metro de las AUC por la zona nororiental de Medellín y los corredores que conectan con Bello también alcanzó el entorno de Granizal. Tras la derrota de esa estructura en 2003, el control pasó a otras organizaciones sucesoras del paramilitarismo y, con los años, a grupos de delincuencia organizada que continuaron regulando la vida cotidiana de la vereda.

—Esto anteriormente era una olla. Aquí no podía entrar nadie sin acompañante porque lo quebraban —recuerda uno de los vecinos de Granizal.

Este paraestado era absoluto. Se alimentaba del reclutamiento de los mismos habitantes y determinaba con celo quién podía entrar o salir del territorio. Quien robara o consumiera drogas, o cruzara una frontera, corría riesgo de morir.

—Mucha gente llegando a la carretera se bajaba del colectivo y ahí mismo la mataban. A mi hermano lo iban a matar en el llanito de la carnicería de Cumbamba, una que quedaba arriba de mi casa. Cuando le iban a disparar, reconocieron que era un hermano mío y se salvó —recuerda Amparo.

Aunque los muertos hoy son menos, el olvido institucional permanece. Jhon Jairo Yepes, presidente de la Junta de Acción Comunal de El Pinar, resalta que el cambio hacia una vida más pacífica es el resultado de un proceso colectivo.

—Por la comunidad, por las juntas, por todo el mundo. Se ha concientizado a la gente de que la violencia no da nada bueno.

La vereda difícilmente ha conocido la legitimidad del Estado. Es el segundo asentamiento informal más grande de Colombia en el que viven aproximadamente veintiocho mil personas y, en consecuencia, uno de los territorios con más desigualdades.

A Amparo la conocí por recomendación de mi abuela. Ambas, viejas distinguidas de la iglesia y sus mítines políticos del partido MIRA. Su historia está atravesada por la historia de su barrio. Llegó a El Pinar en 1996, un año después de las primeras invasiones. De esa época recuerda a vecinos martillando hasta las doce, una, dos de la mañana, clavando palos, arreglando sus casitas, cuando no había alcantarillado, no había agua. Por esos años hizo “un ranchito” que, ahora, es una casa de material en obra negra de tres pisos adornada con plantas y bien acompañada de un gato, su hijo y unas cuantas gallinas ponedoras. Es una mujer determinada, generosa, paciente y elocuente, rasgos derivados de una vida en el campo.

Precisamente, mientras pasa el agua por el filtro y la sirve, hablamos sobre el origen de su vereda, de sus luchas por conseguir agua y de la vida en su comunidad.

—Nosotros hemos sufrido mucho en esta zona por el agua. Toda la vida, desde que entramos, no había agua.

“Yo sí soy una loca, ome”, me digo. Estamos conversando sobre agua; escasez de agua. Amparo acaba de contarme las peripecias de unas tres décadas buscando, peleando, trayendo, cargando, racionando, curando agua en su territorio, y a mí no se me ocurre otra cosa que pedirle agua. Pero caigo en la cuenta tarde, justo cuando sostengo entre las manos el vaso plástico fucsia que acaba de entregarme.

Fotografía: Mateo López López.

La desigualdad es una vía

Mi cita con Amparo comenzó tarde por culpa de un trancón de media hora que siempre se forma en la estación Santo Domingo Savio del metrocable, cerca de mi casa.

Para acceder a la vereda hay un par de rutas de bus que paran en la estación Prado del metro, en el centro de Medellín. Yo había cogido un mototaxi que va hasta Granizal por unos seis mil pesos, pero en ese punto nadie se escapa del taco. Adelante y atrás hay carros, camiones, motos y hasta peatones en fila. Esperamos a que el carro de la basura cargue el volco para continuar. No nos queda de otra. Esta ruta es el único acceso a la vereda, la vieja vía a Guarne, una carretera que se abrió paso hace un siglo para instalar los rieles del Tranvía de Oriente, que iba desde el barrio Manrique hasta Marinilla. El tranvía dejó de funcionar en 1942 y la vía a Granizal, cien años después, sigue siendo una trocha sin pavimentar.

Delante de mí hay un carrotanque de EPM goteando agua todo el tiempo. Aunque su presencia no ayuda mucho con el trancón, hace parte de los vehículos que proveen la única agua potable que llega a la vereda diariamente, unos 266 mil litros, un promedio de 9,5 litros por persona, que apenas alcanzan para lo mínimo que necesitan los veintiocho mil habitantes de la vereda. En 2010, la ONU determinó que cada ser humano tiene derecho a disponer de cincuenta a cien litros de agua segura, aceptable y asequible por día para uso doméstico y personal.

Cada día, a las siete de la mañana, cinco carrotanques de estos hacen la ruta del agua. La primera parada de su peregrinación empieza en un hidrante amarillo en Santo Domingo. Allí, cada uno de los operarios conecta la manguera, abre el tubo y espera unos veinte minutos a que el tanque se llene. Esto ocurre justo cuando un chorro de agua empieza a salir del camión. Entonces, cierran el hidrante con una llave de expansión y arrancan cuesta arriba. La otra pausa es el trancón. Después, toman la vía y cada vehículo, según la ruta asignada, reparte el agua en los ocho barrios que componen Granizal: Manantiales, El Pinar, Oasis de Paz, El Regalo de Dios, Portal de Oriente, El Siete, y Altos de Oriente I y II.

Los camiones abastecen 112 tanques comunitarios. Diariamente, apenas llega el carro de EPM, se forma una fila de niños, niñas, mujeres, ancianos que esperan su turno con tarros desechables, baldes, poncheras, botellas y ollas. Pocos hombres en la fila. Todos aprovechan para llenar sus recipientes de agua y, con ello, tratar de tasar el suministro que, con suerte, alcanzará hasta el otro día. Esto no es garantía de nada, pues los acaparadores dejarán los tanques secos en muy poco tiempo. Porque la carrera matutina no es solo por ganarse un buen puesto en la cola, sino para salirles al paso a las casas y los negocios que, tan pronto instalaron los tanques, encontraron la manera de abrirles un boquete para tomar el agua directamente por medio de una manguera.

—Conforme llega el carro, ahí mismo el agua se acaba —dice Amparo.

La imagen de la fila no es nueva para mí. Muchas veces me ha tocado hacer esa misma cola a la espera de agua cuando en mi barrio se daña un tubo o cuando hacen mantenimiento a la infraestructura del acueducto. En todo caso, no deja de ser un evento esporádico que se atiende con la tranquilidad de que al día siguiente saldrá agua limpia de la ducha o de la cocina; lo hará de manera ilimitada y la vida volverá a la normalidad. La paradoja es que mientras mi barrio está a escasos dos kilómetros de Granizal, nosotros contamos con el derecho al acceso a agua potable, y ellos, por lo general, podrían caminar hasta medio kilómetro entre ida y vuelta, es decir, unas cinco cuadras entre todo el desplazamiento cada día. Así como una casa puede estar al lado de un tanque, otra familia puede tenerlo a veinte o treinta casas de distancia. El recorrido es relativo, pero en todo caso siempre implica salir a la calle y echarse al hombro varias canecas de unos veinte litros. La dificultad para cada familia depende de la distancia de la vivienda al bidón; toca encontrar la mejor manera de hacer desecho, pasar pantanos, subir escaleras o arrastrar carretas. Dependiendo de los recipientes y la capacidad de cada persona, el viaje puede repetirse una, dos o tres veces.

Se calcula que en el Valle de Aburrá unas 65 mil familias viven en las mismas condiciones, pese a que en esta región se encuentra, al mismo tiempo, la más importante empresa de servicios públicos del país.

De un acueducto hechizo a la Acción Popular

El “privilegio” del agua tratada es relativamente nuevo en este sector. Las filas son parte del paisaje apenas desde 2020. Antes de eso, y durante cerca de veinticuatro años, no había carrotanques intensificando trancones, ni bidones a los cuales acudir en las esquinas, ni filas que hacer diariamente. No había otra opción que tomar agua cruda, agua no potable.

El agua para cocinar salía del acueducto hechizo, la primera fuente de agua con la que contó Granizal. Se trata de un sistema improvisado de redes de PVC y mangueras de neumático, que resaltan en las calles de tierra, y que las comunidades construyeron, poco a poco, conforme fueron poblando el territorio.

El agua que corre por este sistema proviene de la represa Piedras Blancas, ubicada a tres kilómetros de la vereda. Fue la primera fuente hídrica que tuvo Medellín y aún abastece el nororiente de la ciudad, excepto el punto donde se encuentra Granizal. Las plantas de tratamiento que potabilizan el agua de esta represa están en Bello Oriente (Comuna 3) y en Villa Hermosa (Comuna 8), pero en Granizal no hay infraestructura para el proceso de potabilización, por lo que la gente no tiene otra alternativa que conectarse de manera irregular al paso de agua cruda, con todas las implicaciones que esto tiene. Sobre las condiciones del líquido, testeos realizados por el Laboratorio de Ingeniería Sanitaria de la Universidad de Antioquia, en 2015, demostraron que el agua consumida en el sector Manantiales y El Pinar tiene presencia de materia fecal humana y animal, lo que pone en riesgo la salubridad de la población, con posibles infecciones diarreicas, parásitos intestinales, hepatitis, enfermedades en la piel y problemas respiratorios.

Acueductos hechizos construidos por la comunidad.

La distribución del agua que provee EPM en los tanques comunitarios desde hace seis años no se trató de una medida social y benévola del Estado, sino de una respuesta a la organización comunitaria, la cual se consolidó por medio de una Acción Popular que interpusieron en el año 2015 para exigir una solución, debido a que por años la negativa de un acueducto se sustentó en el hecho de que su territorio es informal.

Cuando la vereda comenzó a poblarse, sus habitantes tomaban agua de nacimientos y quebradas. En medio de la expansión urbana, se fue obteniendo de la represa. Esto le dio fuerza a la organización comunitaria. Las juntas de acción comunal pedían una colaboración de quinientos o mil pesos, y con eso se le pagaba a un fontanero que estaba pendiente de las canillas y pasos del agua.

—Con esas colaboraciones se hicieron tanques allá arriba, todos esos caminos que se ven en las escalas se vaciaron con ese dinero. La gente aportaba que un plátano, que una yuca, bolsas de patas y cabezas, cualquier cosa pal convite y el sancocho —recuerda Amparo.

En 2012, la comunidad conformó el Comité Veredal de Granizal, acompañados por los profesores Jaime Gómez y Jaime Agudelo de la Universidad de Antioquia, en el cual participaron varios presidentes de las JAC, entre ellos Jhon Jairo Yepes. Los académicos acompañaron a la comunidad durante mucho tiempo hasta concretar una Acción Popular que logró demostrar la vulneración de varios derechos, con evidencia científica de las condiciones tóxicas del agua.

—Hicimos un plantón en la autopista Medellín-Bogotá, como cinco o seis horas. Pedimos que se pusieran pilas con nosotros, básicamente, que nos vean como seres humanos. Y con eso, llegamos a ciertos acuerdos con relación a acelerar la gestión del POT.

La respuesta a la queja la dio el Consejo de Estado en 2020. El documento reconoció que en la comunidad se han vulnerado derechos colectivos como el acceso a agua potable, a la salubridad pública, al ambiente sano, al acceso eficiente a servicios públicos y a prevención de desastres. Para el Consejo de Estado resolver la falta de agua potable y alcantarillado en Granizal no es tarea de una sola entidad. La mayor responsabilidad recae sobre la Alcaldía de Bello y EPM, que deben trabajar de manera conjunta para garantizar el acceso a estos servicios, primero con soluciones temporales y luego con obras definitivas cuando las condiciones lo permitan. A ese esfuerzo también deben sumarse la Gobernación de Antioquia y el Ministerio de Vivienda, encargados de apoyar la coordinación y la gestión de los recursos necesarios para hacer realidad esas soluciones.

En marzo de este año, pregunté directamente a EPM por qué Granizal no tiene agua. Se me explicó que se debe a que el territorio se construyó de manera informal, sobre un suelo rural que no cumple las condiciones urbanísticas exigidas por ley. Sin embargo, con el antecedente de la sentencia judicial, el Municipio de Bello realizó un cambio excepcional en su POT el año pasado, en el que Granizal pasó a ser suelo de expansión urbana. Esto abre la puerta a generar una solución de fondo que hoy toda la vereda espera. Ahora es el municipio el que debe plantear una propuesta para que se realicen los estudios necesarios para las condiciones del suelo y la construcción de plantas, tanques y redes primarias de acueducto.

La falta de agua tiene nombre de mujer

Quince minutos después de que el camión de basura nos dejara pasar, el carrotanque que venía siguiendo se alista para llenar un tanque. El operario conecta la manguera y, con un silbido, le avisa al conductor para que bombee el agua. Al ver la primera fila decidí pagarle al mototaxi y bajarme a observar. Allí me encontré a Patricia, una amiga de la casa que durante el colegio quería de suegra.

—¿Qué hay de vos?

—Bien, mija. ¿Cómo te ha ido?

—Acá, vea, en lo de siempre.

—¿Está visitando la mamá?

—Nada, me vine a vivir por acá hace como un año. ¿Va a entrar a la casa?

—Pero no me puedo demorar.
Me están esperando por allí —le dije, pensando en Amparo—. Venga le llevo eso —un balde de agua.

Patricia vive sola. Construyó en un terreno que había comprado hace un par de años, cuando trabajaba cuidando niños al lado de mi casa. Ahora es ama de casa y vive de ventas informales. Ella conoce bien la diferencia entre el privilegio del agua ilimitada y las dificultades para tenerla. Es que cambia la vida. Cambian los hábitos. Cambian los quehaceres de la casa. Cambia la tranquilidad de disponer del líquido cuando se quiere.

—Saber que el agua llega y, en el momento que llega, usted aprovecha para llenar las canecas y hacer lo que se vaya a hacer porque, a veces, el agua se va un día, dos días… Por eso, aquí es vital mantener las canecas llenas así haya agua en la llave.

La crisis del agua tiene género. Cuando escasea, alguien debe conseguirla y, por lo general, lo hacen las mujeres. De acuerdo con la Unicef y la OMS, en siete de cada diez hogares del mundo que deben desplazarse por agua, la responsabilidad recae sobre ellas. A eso hay que sumarle el hecho de que aunque trabajen fuera del hogar, dedican casi cuatro horas más a labores domésticas y de cuidado que los hombres.

—A mí la arreglada de la cocina sí se me dificulta mucho. Otra cosa que he notado es que hacer las cosas se me hace más demorado, porque coja la canequita, coja la coca, cargue aquí, vaya para allá. Entonces, no es lo mismo que usted abra una llave y haga lo que necesita, sino que todo es más lento.

En Granizal y en cualquier otro lugar donde falta el agua como en Popular, San Antonio de Prado, San Javier o El Faro, cada quehacer de la casa duplica el esfuerzo físico de la labor: cargar agua para lavar la ropa, para asear los espacios, para la higiene personal; filtrar agua para cocinar y para lavar los alimentos, y racionar agua para garantizar su disponibilidad durante el día.

La ausencia de agua profundiza el desequilibrio que miden las estadísticas del Dane en relación con la carga del cuidado doméstico en la vida de las mujeres. Uno de estos datos señala que, en los estratos socioeconómicos 1 y 2, el 69 por ciento de las jefaturas económicas de los hogares está a cargo de mujeres solteras, un peso que se intensifica cuando se le suma la responsabilidad de salir a la calle a buscar agua.

El tubo madre que traía agua cruda de Piedras Blancas colapsó en Altos de Oriente II a las 3:25 de la mañana del 24 de junio del 2025. Llevaba un día lloviendo sin parar. Un aluvión bajó con cada vez más fuerza de la montaña y siguió el cauce de La Negra donde se convirtió en una avalancha devastadora. Decenas de casas habían sido golpeadas. Pero lo peor estaba por venir: en Altos de Oriente diecisiete hogares fueron devorados por la tierra y por lo menos veintisiete personas murieron. Días antes, representantes de EPM habían intervenido la capacidad de boquerón del tubo de agua cruda.

Desde entonces, ya ni el agua cruda llega a los habitantes de Altos de Oriente. La canilla abierta suena sedienta, como si pidiera agua. Las versiones oficiales sostienen que lo acontecido fue el resultado de las conexiones irregulares que debilitaron la infraestructura: la falta de una solución efectiva es la única culpable de la catástrofe. Los primeros en sacar los cuerpos de la tierra fueron los vecinos, a algunos los enterraron por partes. Unos pocos suertudos consiguieron un mes de subsidios para el arriendo: 750 000 pesos.

La frontera del progreso

Aunque las dos formas de obtener el agua coexisten en el territorio, la de los tanques de agua potable y la cruda del sistema comunitario como el nacimiento de La Negra u otras fuentes, la segunda alternativa tiene un costo económico y político que no solo está viciado por la irregularidad en la captación, sino por la manera en que se controla el suministro a las casas.

Cuando las comunidades comenzaron a poblar la vereda fueron conectándose al agua cruda como mecanismo único de acceso. Estas redes se tejieron de manera comunitaria y las juntas de acción comunal las administraban de tal forma que quien fuera construyendo encontrara un amparo ante una situación que hace un par de décadas era mucho más invisible que ahora. Sin embargo, desde hace unos años una estructura ilegal le quitó la administración a la comunidad y se atribuyó el control logístico de la red y el cobro por su uso.

—Ellos vieron que era muy buena renta el agua. Esa agua no es tratada, pero le sirve mucho a uno para lavar y cocinar, porque uno la filtra —dice Amparo.

Las famosas vacunas, que imponen un impuesto extorsivo a la comercialización de productos de la canasta básica familiar, como huevos y arepas, aplican también para algunos servicios de primera necesidad, como el gas de pipeta, por el que en el territorio cobran cinco mil pesos por encima del precio del mercado formal. En el caso del agua cruda, a la gente de Granizal le toca pagar una cuota semanal de siete mil pesos.

—¿Y si no los pagan?

—Segueta y tapón.

Esto quiere decir que, por agua no tratada, no apta para el consumo humano, cada casa en la vereda está obligada a destinar, cada mes, veintiocho mil pesos, una tarifa que duplica lo que un barrio de estrato 1 paga en Medellín por agua potable. Se supone que en esta zona mandan los de San Pablo, a quienes la comunidad se refiere como “los muchachos”.

—Doña Amparo, para recoger agua entonces toca la que viene de la canilla o salir a la calle, ¿no?

—O agua lluvia.

—Cuénteme.

—Venga le muestro.

Subimos a la terraza. Amparo tiene un inmenso jardín de plantas florales y de frutos. Al fondo, una lata de zinc baja desde la canoa hasta un tanque de casi mil litros para almacenar agua de la lluvia.

—Con esta agua riego el jardín. O la uso abajo cuando es necesario.

Amparo se queda mirando por el balcón.

—¿Todo eso es Medellín?

—Sí, comienza como a un kilómetro de acá.

No se ve muy lejos. Es Medellín. La vista desde la terraza es hermosa. La altura aplana la ciudad. Se pierden las pendientes. Desde arriba, Medellín y Bello parecen una sola: ladrillo y concreto extendiéndose montaña abajo como un enorme hormiguero. El mismo zinc, las mismas casas, la misma montaña, pero esa continuidad es una ilusión. A simple vista no hay frontera. No se ve dónde termina la ciudad formal y dónde empieza la ladera. No se ve dónde termina la promesa del desarrollo y dónde empieza el abandono. Salvo que uno venga y lo viva.

Entre Granizal y Medellín corre La Negra. Una quebrada. Solo eso. De un lado, una ciudad que aprendió a narrarse globalmente como símbolo de innovación, ciencia y desarrollo. Del otro, a solo una quebrada de distancia, un territorio donde abrir la llave no garantiza agua potable y donde el acceso sigue dependiendo de carrotanques, mangueras hechizas, canecas y lluvia, y de la voluntad política del Estado o de los grupos ilegales.

Aquí, desde este balcón, se entiende que la frontera no es geográfica. La quebrada solo hace visible una división más profunda. La frontera real está en decidir para quién fluye el progreso: aparece cuando el agua llega limpia a unas casas y a otras no.

—Yo viví en el campo, donde usted tiene toda el agua que quiera, y uno pasar acá a sufrir por el agua, eso es muy duro.

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El crimen más organizado del mundo

por GUSTAVO DUNCAN • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 101 Marzo de 2018

I

En el principio fue el caos. Luego vino el orden y al orden lo siguió un caos aun peor. Desde entonces, la ciudad ha pasado del caos al orden. A veces más el uno y a veces más el otro. Todo depende de a quién se pregunte.

II

El inicio de todas las entrevistas en las cárceles fue el mismo: “El crimen en Medellín es el más organizado del mundo, en Colombia ninguna otra ciudad se le parece”. Entre los reclusos la idea que prima es la de que todo lo que ocurre en Medellín, al menos todo lo relacionado con el crimen, obedece a un orden que se origina en una sólida y tradicional estructura que dicta qué se puede hacer y qué no.

En la base están los combos. Son los muchachos de siempre en varias cuadras a la redonda. Conocen a todos en la comunidad porque son parte de ella. Allí, entre callejones y escaleras, han gastado sus pocos años de vida. Son los encargados de vigilar que la ley de los bandidos se cumpla en el terreno. Quien mate, quien robe o quien venda droga sin permiso, o simplemente quien no se sepa comportar es sujeto de un castigo. Puede ser una multa, una paliza, el destierro o la muerte. En la calle, inconscientemente, se pueden ver los efectos de la ley. Muchos de los drogadictos que deambulan al lado del río fueron expulsados de sus comunas cuando la droga los convirtió en un problema de convivencia.

La ley tiene su precio. En algunos barrios todos deben pagar una vacuna. En otros solo los negocios, desde los buses hasta los distribuidores que quieran surtir las tiendas. Sin embargo, los muchachos del combo no se hacen ricos con esa renta. Son muchos y al final no es tanto dinero, son barrios pobres. Les basta saber que ganan más que si se dedicaran a trabajar en algo legal. Además, obtienen un poder, un prestigio y un atractivo sexual que difícilmente obtendrían en otra ocupación. No todo es dinero en la vida.

Arriba están las razones, como se conoce a las cerca de dos decenas de bandas que se reparten la ciudad. Cada una de ellas maneja un territorio a través de combos leales que le garantizan que solo sus mercancías —sean drogas, aguardiente adulterado, gaseosas, huevos, etc.— se vendan en el lugar y que ninguna otra “razón” cruce sus fronteras. Los coordinadores, una suerte de administradores profesionales del crimen, son los que conectan las razones con los combos, llevan las órdenes de arriba abajo y las quejas de abajo arriba. Es una tarea difícil mantener el control de tantos jóvenes llenos de testosterona y habituados a una violencia letal. Uno de ellos, ya retirado, resumió su oficio: “Mi trabajo era ponerle disciplina a los jóvenes”.

Quizá no haya asunto de la vida de las comunidades en que más se vea reflejada la disciplina impuesta por el crimen organizado que la violencia sexual. Los violadores, sobre todo los violadores de niños, son ferozmente perseguidos por los combos y el castigo es el más severo. Un coordinador, entre las risas que le causaba un cigarrillo de marihuana que acababa de fumarse a la vista de todos en la calle, respondió cuando se le preguntó qué se hacía con los violadores: “En esos casos lo que se recomienda es matarlos”. No siempre fue así.

III

Es difícil resistir los primeros diez minutos de la película. Las escenas son de una crudeza tal que uno se niega a creer que eso haya podido ocurrir. La realidad es que La mujer del animal, de Víctor Gaviria, es un relato de lo que solía pasar en muchos barrios de invasión en los setentas. Surgían pandillas que aterrorizaban a la comunidad. Amedrentaban y robaban, pero lo verdaderamente humillante eran las violaciones. Se hizo común la práctica del revolión, en que una muchacha era seducida por alguno de la pandilla y luego cuando la llevaba a algún lugar apartado era violada por todos.

Tanta humillación llevó a que los hombres de la comunidad organizaran grupos de vigilantes para cazar los delincuentes. Pronto, se convirtieron también ellos mismos en delincuentes aunque algo había cambiado: ahora se convertían en la autoridad de la comunidad. Imponían orden, un orden oprobioso pero orden al fin al cabo.

Por esa misma época, en barrios populares pero no tan pobres como los que retrata La mujer del animal, surgió otro fenómeno entre jóvenes que sentían que las perspectivas de trabajo en las fábricas, que habían aliviado las aspiraciones de sus padres, eran cosa del pasado. Eran tiempos de crisis económica. Se sintieron desahuciados del futuro y optaron por la delincuencia, aunque como estaban más integrados a la ciudad se convirtieron en bandidos más sofisticados. En vez de robar a su propia gente asaltaban bancos y carros de valores. Y, al igual que los vigilantes, desarrollaron una cultura de gobierno de sus comunidades.

Entonces apareció Pablo. Del orden precario que surgió con los nuevos bandidos vino el peor de los caos.

IV

Se comenta que el gran error de Escobar fue haberse metido en política. Y, de manera ingenua, se reduce su vida política a la campaña electoral de 1982 y su paso fugaz por el Congreso. En realidad, Escobar todo el tiempo hizo política a través de medios muy distintos a las elecciones.

Él se dio cuenta de que si se ganaba a los jóvenes bandidos no solo podía hacerse al control del Cartel de Medellín sino que podía disponer del ejército y del territorio para plantear una guerra contra el Estado. Las fotos de Escobar en campaña, inaugurando canchas de futbol en los barrios populares, esconden una transacción política muy profunda. No era a los líderes políticos a quienes se iba a ganar. Era a los bandidos a quienes estaba seduciendo. La lógica era simple: ellos dejaban de cometer los crímenes de siempre, tomaban de una vez por todas el control de sus barrios y hacían parte de su ejército personal, a cambio Escobar les transfería una parte de las rentas del narcotráfico que por entonces inundaba la ciudad. Si un narco se atrevía a no pagar su parte iba a tener un ejército de bandidos respirándole en la nuca. Ese fue su verdadero poder político.

Comenzaba, en medio del sangriento caos que fue la guerra de Escobar, a gestarse el control actual de las bandas y los combos. Ya no eran simples delincuentes de barrio. Los bandidos se volvieron conscientes del poder que encarnaban y de las rentas que estaban disponibles si actuaban de manera organizada. Cómo no iban a darse cuenta si en un momento dado bajo el liderazgo de Escobar pusieron al Estado en jaque. Al final, como era de esperarse, fueron derrotados por una alianza entre fuerzas de seguridad, disidencias del Cartel de Medellín y se dice que la propia cúpula al menos sabía lo que se cocinaba, pero la enseñanza de la guerra les despejó cualquier duda sobre la magnitud de su poder.

V

De nuevo el orden o, mejor, una pretensión de orden.

El reto de quienes mataron a Pablo era imponer orden entre los bandidos que dejó la guerra. A los Castaño y a Don Berna les tomó tiempo hacerlo. Y cuando lo lograron tuvieron que usar esa fuerza para combatir a las milicias de las guerrillas. Por eso, en la desmovilización de los paramilitares la mayoría de quienes dejaban las armas eran bandidos.

Los tiempos de Don Berna dejaron una nueva enseñanza. No tenía sentido hacer una guerra contra el Estado y desafiar el resto de la sociedad. Si los bandidos racionalizaban sus comportamientos podían mantener el poder en sus comunidades, hacerse a jugosas rentas y evitarse problemas con las autoridades. La clave estaba en identificar negocios susceptibles a la explotación, que no involucraran un despojo, sino una extracción sistemática por el solo hecho de disponer la fuerza para extorsionar o monopolizar sus rentas. ¿Qué sentido tenía robar si en proteger empresas informales y criminales había mayores ganancias?

Había comenzado la domesticación del crimen en Medellín. Ahora los bandidos estaban interesados en la pacificación. La violencia era pésima para los negocios y las autoridades se los hacía saber. Podían sobornarlos pero si en la prensa aparecían los muertos no había caso. Los policías cerraban las plazas de vicio y capturaban sus cabecillas. Todos perdían.

VI

En las propias estadísticas del Estado se vio el efecto. Luego de la extradición de Don Berna vino la guerra entre Sebastián, el elegido de los bandidos, y Valenciano, el dueño de la riqueza. Ganó Sebastián pero apenas pudo disfrutar su poder, enseguida fue capturado. La sorpresa fue que en el largo plazo la tasa de homicidios, con sus sobresaltos, bajaba a pesar de las guerras.

¿Por qué esta tendencia a la baja de la violencia? En gran parte porque el Estado llegó y reclamó orden, así fuera a su manera, con garrote y zanahoria, o lo que es lo mismo, con operativos, sobornos e inversiones en el hábitat. También en parte porque la historia, como se aprecia, les enseñó a los bandidos que la civilización trae enormes beneficios. Ya el destino no está marcado por una muerte segura antes de los treinta años ni por una prisión perpetua en Estados Unidos si se quiere ser rico.

Ahora la ruta hacia el orden, en una ciudad que lo ha anhelado y exaltado durante años, se nota en que hoy tiene unos bandidos que se precian de ser el crimen más organizado del mundo.

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Con todos los juguetes

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 53 Marzo de 2014

Los juguetes viejos han sido usados para todas las historias. Tinta, hojas, imaginación. Los juguetes de la bodega, museo y taller de Rafael Castaño son de carne y hueso. Todos fueron jugados en estas calles, en estas tierras, en estos aires. Van y vienen los juguetes de la memoria.

Mientras en la ciudad hay fieles que se afanan por regalarle un juguete a un niño, Rafael Castaño ayuda a que muchos adultos encuentren su juguete favorito, el que perdieron u olvidaron en su niñez envejecida. Cuando alguien descubre en una vitrina ese tren de cuerda, el mismo que corría entre cordilleras de cobijas, vuelve a ver la película de su infancia. A Marcel Proust le pasó con una tacita de té, tomando el algo, mientras remojaba una colación: lo llamó memoria involuntaria. Y algo parecido es lo que sucede todas las semanas en la bodega de La Bayadera, donde se refugian Rafael y sus juguetes.

Desde hace quince años, él y su hermano Alejandro llegaron a Barrio Colombia a construir naves y animales utópicos inspirados en aviones antiguos, monstruos mitológicos y algunas máquinas de Leonardo Da Vinci. Al tiempo, el lugar se fue llenando de otros inquilinos, los muñecos abandonados que adoptaba Rafael en las quincallas del Centro y en el Bazar de Los Puentes. De niño coleccionaba monedas y estampillas por contagio de su tía Corina, filatélica y numismática. Pero fue ya grande cuando algún dios de los juguetes le hizo el llamado. No se cayó del caballo, como Pablo de Tarso, pero casi.

“Fue en el Centro, por Bolívar, antes de que tumbaran esa calle para hacer el Metro. Iba al lado de la ventanilla, en un bus de Belén Terminal. Cuando lo vi se me apareció toda la infancia: era un carro viejo de pedal. Me bajé a mirarlo. Valía como dos mil pesos. Lo compré y me lo llevé para la casa. Desde ese día, a mí no me pueden decir que hay un juguete en la cola del mundo porque allá voy.

“Una vez me contaron que en la repisa de una cantina había un carro de bomberos y hasta allá fui. Era hermoso. ‘Muéstremelo’, le dije al dueño. ‘No… no… y no’, me respondió. Era muy parecido al que yo tenía cuando niño. Volví varias veces hasta que el hombre lo bajó y me lo vendió”.

Antes de abrir su taller de creación, Rafael estudió Derecho con el único fin de proteger a su familia luego de la muerte del padre. Siendo adolescente leyó una novela donde un tal Pietro Crespi trataba de conquistar a una mujer a fuerza de regalarle jugueticos de cuerda que ella ponía de adorno en las paredes de la sala, hasta que un coronel loco los desbarató para ver si tenían alma. Castaño nunca litigó. Se enamoró de María Cecilia y, cuando a ella la trasladaron a Cartagena por su trabajo, él se fue detrás. A la postre hizo dos cosas: se casó con su novia y se graduó como artista en la Escuela de Bellas Artes.

Como tantas de sus criaturas que hacen maromas increíbles con un pequeño impulso, también Rafael, con monedera de artista, ha logrado reunir auténticas joyas de colección: un mono articulado marca Schuco, de los años veinte; autómatas japoneses de la postguerra; el Cadillac dorado de Elvis Presley, que se prende con llave como el de verdad; una motocicleta Arnold Mac, cuyo piloto se baja, la prende, sube el pie y arranca: todo un prodigio accionado por un diminuto motor de cuerda. En la promiscuidad de las vitrinas conversa Topo Gigio con un grupo de muñecas, el Mago Fox desaparece a un conejo, o lo desaparecía porque ya no prende. La mayoría de los juguetes están descompuestos, las pilas de hoy no les funcionan o les falta algún resorte, una rueda del engranaje… Así, los juguetes lucen adormecidos en su limbo, como los de Toy Story. Tal vez, de noche, cuando el dueño se va, salen todos a pasear, cojeando por La Bayadera, o se cuelan en la alucinación de algún habitante de la calle.

Cuando algún reciclador del barrio encuentra un robot entre una caneca, corre a llevárselo a Rafael. No lo mueve solo la paga: “Aquí regresan todos los que me han vendido algo para que se los muestre. Entran y contemplan otra vez el juguete que trajeron hace tres años. Se emocionan porque sienten que hacen parte de algo grandioso como esta colección y que su trabajo no es basura.

“Hace algún tiempo vino uno al que llaman ‘El Bogotano’. Apenas vio el famoso Batimóvil de hojalata, inspirado en la serie de los sesenta, dijo que cuando tenía ocho o nueve años iba de la escuela a trabajar en una fábrica que ensamblaba estos carritos. Las piezas las mandaban de la casa Ford, en Estados Unidos. Era la época en que las empresas matrices de automóviles sacaban al mismo tiempo que sus carros una línea de réplicas de juguete. No me atreví a preguntarle al hombre si él mismo había llegado a tener su Batimóvil. Es muy posible que no”.

De pronto, asoma un astronauta que ha salido a dar una vuelta alrededor de la nave, atado a su cordón umbilical. “Todo esto es de Los Puentes”, dice Castaño, quien con ese semblante de plácido mostacho y rodeado de sus figuras, se parece cada vez más a Gepetto. “Son juguetes de mi época. A mí me tocó el viaje a la Luna, los aviones de propulsión; monté en los de hélice y en el Super Constellation. La característica de los juguetes de esos años son sus decorados con litografía”.

Un día pasó un hombre vendiendo escobillones. Castaño, atraído por la UC forma de ese cepillo de alambre trenzado para limpiar botellas, le compró uno. El vendedor también sintió curiosidad por el refugio del artista.

“Siga, adentro tengo juguetes”, le dijo.

El otro caminó a lo largo de las vitrinas hasta que se fijó en una mariposa y un avión rústico de lata. Los ojos se le encharcaron, eran los juguetes que le hacía su papá, y allí estuvo un buen rato recordando, entre lágrimas, cada detalle. Antes de la irrupción del plástico casi todo era de hojalata: baldes, regaderas, bañeras para bebé. En Medellín era habitual que los hojalateros hicieran juguetes con los retales de ese material. Los soldaban con estaño y los pintaban con esmalte. La mariposa tiene ruedas y cuando el niño la empujaba con un palo agitaba las alas. Rafa hace la demostración mientras lanza una declaración de terapeuta: “Estos juguetes le permitieron a ese señor encontrarse con su padre”.

Una señora llamó al local para preguntar si allí tenían una muñeca de pasta que lleva unas flores en la mano. Y como aquellos niños a los que les inculcan que no sean egoístas con sus juguetes, Rafael se la prestó para que la cargara, pero solo dentro del museo. Ella vino y contó que esas muñecas eran muy populares en los cincuenta, que entre sus amiguitas les celebraban fiestas de cumpleaños y de primera comunión, y hasta les hacían tarjetas de invitación.

Entre tanto hay una secretaria, con cola de caballo, que ha dejado de teclear para mirarnos a través de la vitrina. Rafa anota que hubo una época en que estos juguetes pretendían enseñar roles u oficios en la sociedad. Ahora no sucede así, antes bien podría considerarse como una discriminación de género o un insulto: “Yo le tuve que pedir permiso a una hermana para regalarle unas ollitas a una sobrina porque le había escuchado decir que quería jugar mamacita con vajilla”.

Una búsqueda memorable del juguete favorito empezó cuando una visitante agachó la cabeza y confesó que nunca había tenido juguetes. “Haga memoria”, le dijo Rafa con el tono neutro del analista, “haga memoria que usted sí tuvo. Es que los juguetes se hacen”, le insistió. Y luego de un silencio revelador la mujer recordó: “Mentiras, yo sí tuve una muñeca. La hicimos entre mi mamá y yo con una mazorca, le pusimos ojos y el cabello de lo mismo… Hasta me duró un buen tiempo”.

También vinieron unas antropólogas para confirmarle a Castaño su teoría. En sus estudios sobre la vida cotidiana de los indígenas emberá en Risaralda, escucharon de buena fuente que a los niños les prohibían jugar. Pero una informante les contó luego que su hermanita y ella hacían amasijos de hojas que amarraban con tiras de tela, a manera de muñecas. Cuando los adultos se acercaban, las pequeñas solo tenían que soltar los nudos: las hojas saltaban por el aire y las muñecas desaparecían.

No siempre los chechereros son los que proveen a Rafael de sus piezas. De pronto, en una visita familiar vio a una niña boleando una abeja de madera, una maravilla de colección hecha por la Fisher Price en el año 37, caramelo escaso. Rafa empezó a temblar.

“Preste pa’ acá”, le dijo, “que eso no es pa’ jugar”.

A él le gusta decir que no compra juguetes sino que se los encuentra. También se siente depositario de un secreto cuando alguien le entrega el juguete que más quería cuando era niño. Sabe que en cualquier momento esa persona va a volver. Se erige como delegatario de la memoria que encarnan esas figuras. Y por eso son las que cuida con mayor celo.

Cuando Castaño expuso en Comfenalco una serie de ciento cincuenta piezas, bajo el título Arqueología del Juguete, un señor muy serio se acercó y le dijo: “Ese avión es el mío”. Él le replicó que ese era un juguete japonés de los cincuenta, del cual podría haber miles de ejemplares en el mundo. Son aviones grandes de tres motores que hacen aparecer la azafata en la puerta y muestran a los pasajeros levantándose de las sillas.

“¿Por qué dice usted que es el suyo?”. Entonces el otro sacó algo del bolsillo: “Mire, estas son las ruedas que le faltan”. Se las puso y calzaron a la perfección. Daba la impresión de que era un tipo muy aporreado por la vida, de una edad menor a la que aparentaba.

“Se llamaba igual que yo, Rafael. Nos volvimos amigos y caía a deshoras al taller, se notaba que necesitaba hablar. Me contó que había salido de la casa y que cuando volvió, la mujer con la que vivía le había botado todos sus juguetes, los que guardaba desde niño. Parece que nunca se recuperó de esa separación. Saber que tuvo momentos felices en su infancia lo alentaba a seguir”.

Rafael sabe cada detalle de su Robocop de los ochenta, de un tren Lionel o de un Bambi hecho en Medellín, en el taller de José Bartolini, cuando la fiebre del plástico logró que muchos niños pudieran tener uno. Un buen número de personajes no gozan del privilegio de estar exhibidos en las vitrinas y se mantienen confinados en enormes cajas de cartón en el segundo piso. De pronto nos muestra unos carros de hojalata con inscripciones diminutas: “Japón ocupado”, “Alemania ocupada”. Eran los juguetes que se hacían poco después de la Segunda Guerra, muchos de ellos con material reciclado de latas de galletas y con proclamas políticas. Era habitual en los barrios de las ciudades arrasadas reunirse para hacer juguetes con lo que se hallaba a mano.

También aquí pasaba que los papás ocupaban tardes enteras en hacer juguetes para sus críos. Don René Botero, el personaje que recoge en un Volkswagen al niño que perdió el bus de la escuela, en El olvido que seremos, era uno de esos.

“Don René tenía apariencia de hosco, pero le encantaba fabricar trompos y patinetas para sus hijos. Los viejos de esa época se hacían los bravos porque creían que era la única manera de lograr que no nos desviáramos en la vida, aunque de todas maneras nos desviamos”.

A Rafael le parece un tanto disparatada la idea de que las armas de juguete vuelvan violentos a los niños. “Yo mismo jugué con armas, rifles de copas, disparé pistolas y tiré con caucheras”. Entonces recuerda la idea de Virgilio en la Eneida cuando dice que en un momento de ira cualquier instrumento de trabajo se convierte en un arma.

“Una vez vino un personaje a decirme que necesitaba que yo le vendiera todo: mis juguetes, los móviles, las vitrinas, la bodega, yo incluido con las historias. Fui insistente al decirle que nada de esto andaba en venta, pero el hombre volvía desafiante: ‘¿Cuánto vale? Dígame una cifra’. No había ninguna. ¿Qué iba a hacer yo con la plata? ¿Qué pensaba hacer el tipo con mis cosas? No lo sé, tal vez las quería para decorar o… ¡para nada! Hay gente que no sabe qué hacer con la plata y quiere comprar los sueños de los otros”.

Si los juguetes han sobrevivido a las bataholas de la niñez debe ser porque hay niños cuidadosos o madres como aquella que no dejaba sacar a la Barbie de su caja, de modo que la niña la tenía que arrullar así empacada. Gracias a esa orden, las lánguidas se conservan intactas como momias en su sarcófago. Aunque Rafael Castaño prefiere las reliquias mugrientas que encuentra bajo el Metro: un oso lustrabotas, un bombero de moto, un payaso en harapos con los que el niño desconocido maquinó más de una jugarreta.

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Sin hinchada pero con hinchas

por SANTIAGO HERNÁNDEZ HENAO • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 81 noviembre de 2016

Arturo, Iván y Alfonso son los primeros en entrar, los últimos en irse, de los pocos en no faltar. “Este es nuestro plan de todos los fines de semana, nuestro lugar para reunirnos, ver fútbol, estar en familia”. Un par de escalas más abajo, Diego, Juan Camilo y Javier tienen un ritual diferente: llegan sobre la hora, despliegan una bandera, aplauden, gritan mucho y se ríen a carcajadas. “Es nuestra forma de vivir el partido: ir, ver fútbol, ver a figuras, pero divertirnos. No sufrimos, o no tanto como otros hinchas”. Esa es la tribuna de Envigado.

En el Parque Estadio Sur no hay barrabrava. No hay hinchas locales exaltados pidiendo otra vuelta olímpica, tampoco rabiosos que creen que la hinchada suda más la camiseta. Nada, ni siquiera visitantes rabiosos porque no pueden ir con sus colores. A lo sumo hay unas mil personas, gente de edades extremas, y algo que se ha perdido en las tribunas: familias.

Iván Guarín tiene 76 años y varios problemas en el corazón. Pero ninguno por el equipo. Es el mayor de los tres veteranos que se hacen en la parte alta de la tribuna, donde no pasan vendedores por el frente, y donde el muro de las cabinas sirve para descansar la ajetreada espalda. “Vengo hace veinticinco años y ya hace parte de mi rutina. Antes iba al Atanasio Girardot a ver a Nacional, pero cuando subió el equipo a primera división, empecé a venir al Polideportivo”. Con un saco que lleva para no enfermarse y que tapa el naranja fluorescente, Iván busca la compañía de un hijo o un nieto. Con sus lentos pasos siempre es uno de los primeros en llegar a un estadio que casi nunca tiene filas. Allí se encuentra con dos amigos de fútbol, Arturo Escobar y Alfonso Pineda, un par de cuñados que comparten su plan de fin de semana.

Arturo recuerda los días del ascenso a la primera, así como el descenso en 2005 y el nuevo título de 2006. También las decenas de noches con apenas un centenar de personas en las tribunas, muchas de ellas acompañadas por derrotas o juegos muy pobres. “Pero nunca ha sido nuestra idea venir a ver campeones. Es algo que hicimos parte de nuestra vida, venir a ver fútbol con tranquilidad, sin peleas. Las tanquetas de la policía las traen de adorno”.

Arturo fue quien llevó a Alfonso, el más nuevo de la barra (barra como grupo, no como hinchada). Ellos comparten la edad, 75 años, y la familia. Alfonso Pineda lleva un lustro viendo al Envigado. Comenzó tras su regreso al país, luego de vivir 48 años en Estados Unidos. Pero su esposa murió, y cuando nada lo ataba al frío de Boston, volvió a la tierra, a la casa de su cuñado Arturo, y de ahí al Poli. “Allá no veía mucho fútbol, y si pasaban algo en un restaurante, era de Nacional o Medellín. Esto de Envigado es un gusto adquirido”. El trío refleja la tranquilidad de una tribuna en la que no se corretea a un rival como si fuera una avanzada de guerra. “Es un plan de fútbol”.

Una pasión traidora

“¿De Envigado? ¿Es en serio?”. La doble pregunta es una constante en las vidas de Diego Sandoval, Javier Parra y Juan Camilo Paniagua, integrantes de lo más cercano a una barra: Pasión Naranja.

Ellos son la cara visible de la hinchada. Son aquellos que se hacen en el centro de la tribuna, + unas seis filas má abajo de Iván, Arturo y Alfonso. Ante cualquier fallo del árbitro o el rival, se levantan a insultar, gritan como desaforados. “Todo comenzó en 2000, pero solo hasta 2005, antes del descenso, vinimos a organizarnos. Llegamos a ser sesenta, con carné y entrada de cuenta del club, pero la gente fue creciendo, se fueron casando o yendo del país. Hoy somos quince, y no todos vamos”, sostiene Juan Camilo, uno de los pelaos de camiseta vieja y garganta rota, que ha llegado a corretear a un árbitro para tacharlo de pícaro y a ser apercollado por un jugador después de un insulto desde la tribuna. Una rareza en el Poli.

Ellos viven una pasión traidora. En la casa Sandoval, el verde no fue tan fuerte como la naranja del vecino. “Aunque en mi familia la mayoría era hincha de Nacional, nunca sentí esa fiebre. Y en 1995 vivía junto a Antonio Roa, defensa del Envigado de esa época, y él me invitó por primera vez al estadio.Me entraron por un ladito, sin boleta, y aunque me demoré en volver, me quedó el cariño. Comencé a ir sin falta un par de años después, cuando la ciudad empezó a dividirse entre las barras rojas y verdes”. Al estadio fue, sin pausa, hasta que su trabajo como periodista lo alejó por sus horarios. “Antes iba hasta los entrenamientos, pero ahora es más complicado”.

Paniagua llegó a tener un uniforme del DIM, equipo del papá y del abuelo, gracias a una Navidad de 1991. Pero ni así lo alejaron del Parque Estadio. “Lo mío fue más una rebeldía que se convirtió en amor. A finales de los noventa todos los pelaos de mi edad empezaron a dividirse entre rojos y verdes, pero cuando me fui a vivir a Envigado, empecé a ir al estadio, y me hice hincha”.

El caso de Javier es más complejo, pues traicionó al béisbol. Nació en Venezuela y llegó a Envigado para estudiar en la universidad. Fanático de los Tigres de Aragua en béisbol, y jugador de selecciones de baloncesto, terminó en el Polideportivo Sur por casualidad. “Como jugaba en el equipo de básquet de Envigado, nos invitaban a ver fútbol. No me gustaba, pero con el tiempo le fui tomando cariño, a tal punto de no perderme un solo partido”. Hoy va a la tribuna con su gorra de los Tigres, pero sabe que la pecosa le ganó a la pelota caliente, y que Envigado es su casa: “Jamás pensé en ser hincha de otro que no fuera el naranja”.

Mientras muchos se jactan de sus viajes por Sudamérica o de excursiones eternas a Japón, la Pasión Naranja saca pecho con su viaje al ascenso de 2007 frente al ya desaparecido Academia. Fueron tres buses a Bogotá, uno con la barra, otro con familiares y otro con gente que no se sabe de dónde salió. Para Sandoval, “fue uno de los momentos más lindos del Envigado”.

Caras conocidas

El Oso no habla, solo sonríe. Con sus ojos medio apagados trata de no perderse un segundo del partido. Sus amigos cuentan que se llama Fabio Alberto Escobar, que es vendedor ambulante de esos que sale con un pingüino gigante a la calle, pero que el club le regala la entrada hace muchos años. Poco sale de su boca, solo uno que otro esporádico grito de gol. Todo lo contrario al Gustavo Monsalve, el Embalador, vendedor de “torticas de queso y bocadillo, contra la droga y el cigarrillo”. Gustavo lleva diecisiete años en las tribunas del Poli, vendiendo sus ollas de embaladoras a los que van a su estadio. “Con Envigado vendo poco, porque si quiero hacer negocio tiene que ser con Nacional y Medellín, ahí sí se mueve esto”.

El Oso y el Embalador hacen parte de esa amorfa tribuna naranja. No hay trapos, menos bombos y trompetas. Se mezclan entre los niños de la escuela de fútbol, los jugadores juveniles del club, los profesionales que no fueron convocados al partido de turno. A su costado se ven los pintorescos “gringos”, un grupo de ingleses, sudafricanos y estadounidenses, que llegan con sus pelos rubios y barbas largas. “Es ambiente diferente, muy familiar, tranquilo”, dice Simon Edwards, uno de los integrantes del AFC Envigado, quien junto a Ollie Lythe, un inglés que tiene tatuado al Chelsea en su cuello, llevaron su pasión al punto de crear un equipo amateur solo de extranjeros, con el que juegan partidos de barriada en Medellín defendiendo el color naranja.

A la pequeña tribuna de once mil espectadores ha llegado una docena de barras que duran menos de un semestre. Cada nuevo patrocinador (cuando había) llevaba a sus empleados, los dotaba con camisetas, les daba una pancarta. Al primer partido iban doscientos, luego cien, y a la mitad de semestre solo quedaba la pancarta. También chicos que entran tratando de simular la barra brava de los equipos grandes, pero que pierden el impulso ante el primer fracaso. Los datos de taquilla no se dan a conocer, la asistencia llega como parte de cortesías entregadas por el club y la alcaldía. De taquillas no viven, y nunca lo podrán hacer. Se vive del fútbol y sus transferencias.

Para encontrar las tribunas llenas hay que irse a los periódicos de noviembre de 1991, cuando Envigado logró el primer ascenso en la historia del fútbol colombiano. Un partido ante Alianza Llanos, un 1-0 (gol de Luis Alfonso Hoyos), y unas tribunas repletas. “No somosun equipo de hinchada, ni en ese ascenso ni ahora, pero sí tenemos hinchas. Tenemos familias, gente del municipio, aficionados de otros equipos. Aprendimos a vivir así”, explica Hugo Tuberquia, quien defendió el arco naranja ese 30 de noviembre y hoy prepara los arqueros del club. Más de una década dándolela cara a la tribuna, “y no ha pasado nada, esto es muy tranquilo para el jugador”.

El encantamiento del hincha ha sido un imposible. Hablar de la cantera de héroes, de los comienzos de James Rodríguez, de la magia del ídolo Néider Morantes, no ha sido suficiente para atrapar. Los logros de Envigado se limitan a anécdotas de cafetería, lejos de las 26 copas de Nacional o las cuatro finales de Libertadores de América. Ni siquiera un título de goleador, o una final perdida generan empatía colectiva.

No obstante, el equipo sobrevive gracias a su cantera, a su estilo repleto de juveniles, y a que en esa proliferación de equipos de papel, Envigado llega a ser casi un “tradicional”. Su capitán de los últimos años, Andrés Orozco, quien ya supo estar de verde y de rojo, y vivió los gritos de la Guardia Imperial de Racing, y la Guardia Popular del Inter de Porto Alegre, hoy vive los años tranquilos de la tribuna naranja. “Envigado es un estadio para familias. Para reencontrarse con esa alegría de ir a una tribuna. Como debe ser todo el fútbol, con amor por el juego. Acá tenemos hinchas, no hinchada”.

*Este texto hace parte del convenio entre la Subsecretaría de Ciudadanía Cultural de Medellín y la Fundación Taller de Letras en cooperación con Universo Centro para la construcción de la memoria
del fútbol en la ciudad.

 

Con la cabeza levantada

por JUANGUI ROMERO • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 148 Marzo de 2026

1

—Marta, ¿vos creés que naciste en el momento equivocado?

Ya llevábamos más de una hora conversando, habíamos terminado de desenrollar toda su vida futbolera —nada fácil, por cierto—, y se me ocurrió arrinconarla como hacen los periodistas de esos típicos programas de televisión en los que un jugador de otra época termina encarcelado en un primer plano imaginando que mereció más reconocimiento o más billete, como le sucede al delantero de moda.

Pero afortunadamente Marta Lida Arias Arango, una de las pioneras del fútbol femenino en Antioquia, agarró ese balón medio huevo y sin dejarlo caer lo mandó de media bolea bien lejos:

—No, yo no iba a ser ni Cata Usme, ni Yoreli Rincón. Y a mis 64 años de pura calle, ¿de qué me sirve imaginarme como una técnica famosa? A mí lo que me gustaba era dirigir. No, yo valoro todo el camino porque desde muy peladita me gané a pulso el derecho a jugar en las canchas de micro de Bello, así empecé. Así empezamos varias amigas que llegábamos temprano con un balón de básquet y al momentico sacábamos un Golty amarillo, y a jugar mientras nos gritaban de todo. ¿Y yo qué les decía? ¡Más maricas los que gritan y se esconden! Porque yo crecí en un matriarcado que nos enseñó que había que hacerse respetar.

—¿Y qué le viste de extraordinario al fútbol?

—No, como le pasa a cualquier niño, y hoy por fortuna a muchas niñas: me gustaba muchísimo llevar el balón con la cabeza levantada. Porque si usted no levanta la cabeza desde que empieza, la va a tener muy difícil. Yo siempre era atrás, con la cabeza arriba, organizando el equipo, me gustaba ser la técnica dentro de la cancha, mandar balones al espacio vacío. Y yo sé que la gente veía eso…

2

No es más que otra calle, dicen los fríos datos: la 57A entre la carrera Sucre y la Avenida Oriental. Pero Barbacoas es mucho más que eso. “Levantá un poquito la cabeza y pisá el balón”, le dice Juan Fernando Ospina mientras encuadra la foto. De lo quieta parece una estatua humana imitando a un maniquí de almacén deportivo. Son las seis de la tarde de un día de semana. Le pedimos que se vistiera así, y después, que se parara en mitad de la vía, que agarrara el balón con las manos para armar un par de piezas que evoquen los campeonatos de fútbol callejero que se jugaron hace más de treinta años en esta calle curva, con forma de bragueta, como algunos la describen.

Y entonces, ella desempolva en su cabeza una suerte de álbum tipo Panini, o mejor, varios álbumes en los que figuran muchos negocios de la zona y de distintas épocas —porque a ella le gusta proclamar que es una futbolista y ya también una lesbiana vieja guardia—. El Machete, El Paisa (después Noches Alteradas), Controversia, Milan’s Bar (después Planet), El Bar de Moe, Estación 57, El barcito de Luis, la Fonda Luna, Kanahan y Bilitis —el bar donde Marta vio por primera vez una película lésbica, la que justamente le dio el nombre al sitio— son lugares imprescindibles en la línea de tiempo de su vida y de la ciudad, donde muchos hombres y mujeres retiñeron a punta de pequeñas historias de amor las primeras letras de la sigla LGTBIQ+ cuando ya el siglo XXI se nos venía encima.

En esos álbumes, muchos de los nombres de esos bares son los mismos de los equipos, sus patrocinadores. Pero también podrían ocupar el espacio dedicado a las foticos de los estadios, porque en ellos la hinchada se ubicaba para seguir los partidos mientras disfrutaba de unas cervezas, unos aguardientes o unas copitas de cualquier otro licor.

3

¿Y por qué no hacen lo mismo en los barrios donde también están jugando fútbol a esta misma hora?, ¿les da miedo meterse en las calles donde juegan los pillos? Esas eran las arengas que recibía el único equipo que no era bien visto en esos torneos: el de los policías, que aparecían de repente para demostrar que su juego estaba pensado para evitar cualquier escándalo en la vía pública. Porque, para remate, la Catedral Metropolitana está a unos pocos pasos y los partidos se jugaban justo los días en que hay más misas: los domingos. “Pero siempre les quitamos alguna clientelita, porque no faltaron los que iban o salían de misa y se quedaban al ver el buen ambiente, aplaudiéndonos muchas veces junto a sus hijos y a sus hijas… Niñas por fin viendo que las mujeres también podíamos divertirnos y competir en ‘ese juego de varones’. Demás que después de eso, alguna le empezó a pedir balones al Niño Dios”.

Pero muy pronto todos los equipos le agarraron la vuelta al estilo del equipo policial… Todos contra ellos. Y como el fútbol es pura estrategia fue suficiente poner un par de campaneros en cada esquina para que las cosas pudieran volver a la falsa normalidad en cuestión de unos pocos segundos. La calle se abría de nuevo, los arcos, fabricados en PVC, exhibían ahora sus virtudes decorativas en cualquiera de los negocios, ¿y todas esas futbolistas? Sentadas como si nada en las aceras, a las entradas de los locales, bajándole a las pulsaciones, alguna de ellas recostada sobre el balón, ocultándolo, silenciándolo, mientras conversaban con la fanaticada. ¿Y los policías? Perdidos en la cancha.

Aunque vale anotar que también había futbolistas hombres, porque uno de los equipos más recordados se llamaba Mujeres Divinas y estaba integrado por gais y trans, quienes muchas veces jugaron de faldas corticas, pensando en levantar la tribuna, en celebrar de manera muy alegre cada gol: siempre bailando. Ni sus rivales dejaban de mirar cuando aparecían aquellas improvisadas coreografías, esos flashazos que todavía hoy parpadean en esta calle cuando a alguien se le ocurre volver a comentar alguna de esas pintorescas jugadas. ¡Porque recordar es reír!

4

Doris Ríos, la popular Fru-fru, que en paz descanse, era la Fifa. Ella lo había concebido todo desde El Paisa, ese negocio del que ya se dijo que pasó a llamarse Noches Alteradas, para buscar justamente con ingenio paisa que la zona no se apagara al finalizar las noches sabatinas, y que, incluso, no muriera tampoco en el amanecer dominical. Su idea era que los domingos también fueran alterados y dieran, además, algo de platica.

Marta ya llevaba un buen tiempo metida en el mundo del fútbol femenino en Antioquia, que por entonces andaba apenas gateando. “Había un torneo corto en el que participaban equipos de Rionegro, Sabaneta, Envigado, estaba la Universidad de Antioquia, y otros dos que se llamaban Nueva Generación y Desarrollo Sostenible, si no estoy mal… Yo jugaba en el de Itagüí, y muchas de esas jugadoras fueron las que llegaron a los torneos de Barbacoas”.

Y lo hicieron porque ella hacía tiempo trabajaba en la zona poniendo la música, atendiendo en la barra o meseriando en algunos de estos negocios, y era en ese momento una trabajadora del bar de Doris. Así las cosas, la jugadora ideal para fungir como la armadora de esos campeonatos, la todoterreno. Ella conseguía los equipos, definía la programación de cada fecha, era la planillera durante los encuentros, pitaba a veces y si estaba embalada se traía a su sobrino Jhony para que también supiera lo que era tener a las hinchadas ahí pegadas, literalmente respirándole en la nuca, unas barras bravas siempre dispuestas a gozárselo todo. “Nada, la gente lo quería mucho, y le pedía y le gritaban cosas como a cualquier árbitro, pero el ambiente era de pura camaradería, una fiesta de la diversidad. Aunque claro, todos los equipos querían ganar. Pero igual sabían que lo importante era parchar, y pa mayor aliciente estaba la marranada de cierre, que nunca faltó”.

Un gana-gana para todas porque así ella también les pudo conseguir “madrinas” a las jugadoras del equipo de Itagüí, al convencer a algunas de las clientas más pudientes de estos bares de aportar también algún dinero que les garantizara al menos los pasajes para llegar a los partidos. Las veían primero en Barbacoas y las acompañaban luego en los partidos de la liga. Puro fútbol parche.

5

Marta todavía conserva las tarjetas y el pito que se utilizaron en esos partidos. Quisiera tener un museo de esa época, o al menos más fotos, porque en su día a día siempre hay una imagen de aquellos años que la pone de nuevo a moverse sobre la arenilla o el pasto de todas esas canchas que recorrió, en las que aprendió a jugar con esos guayos que reemplazaron los tacones que utilizaba cuando era asesora de ventas del cementerio Jardines de la Fe.

Su incursión en las canchas grandes, su paso del micro al fútbol, se dio gracias a la combatividad que demostró en varios campeonatos callejeros de barrio, donde todavía las veían como una curiosidad apenas digna de introducir los partidos masculinos, de ser sus teloneros. Y fue después de uno de estos campeonatos relámpagos en el barrio Robledo Kennedy, cuando la invitaron a ser parte del equipo de fútbol de Itagüí. Para entonces Marta ya había tenido a Andrea, su única hija. Se había casado a los dieciséis, fue mamá a los dieciocho y se separó cuando tenía veintiuno, porque su madre fue la primera en remarcarle que nadie tiene por qué vivir en medio del maltrato. Una historia que prefiere llevar al terreno de los chistes al señalar que su matrimonio se vino abajo cuando se dio cuenta de que le gustaban más sus cuñadas que su marido. Con los años, su madre aceptó por fin su orientación sexual al reconocer en medio de su formación tradicionalista, de su catolicismo heredado, que no hacerlo era también maltrato.

6

De cierre de la conversa decidimos irnos a comer unas empanaditas a Maracaibo, se le nota cansada. Lleva varios días pintando una casa. Ahora se la rebusca de mil maneras, porque la pandemia la obligó a cerrar Ruta 69, un restaurante que había montado porque le fascina cocinar. Pero nada parece quitarle fuerzas. Gran parte de su tiempo lo invierte ahora en sacar adelante el trabajo de La Colectiva 69, creada para gestionar diversas iniciativas que reivindiquen a la comunidad LGTBIQ+ de la ciudad, y el fútbol es una herramienta muy valiosa en algunas de sus propuestas. Mientras comemos, Marta me recomienda un video de 2018 muy visto en las redes sociales. En este se ve a cinco jugadoras de la liga femenina de Jordania rodeando a una de sus rivales, para permitir que esta vuelva a ponerse el hiyab que se le cayó, en pleno partido, cuando intentaba eludir a dos de ellas. Se trata de un velo sin el que algunas mujeres musulmanas se sienten sumamente vulnerables, porque este da cuenta de la obediencia que han decidido profesar a su dios en todo momento.

Marta lo menciona mientras me comenta muy enojada que no puede creer que todavía se condene el fútbol femenino considerándolo un detonante del lesbianismo y no se hable, por ejemplo, de estas muestras de sororidad, que algo tendrán para decirnos en estos tiempos, me dice. Para ella, el crecimiento del fútbol practicado por mujeres se debe al invaluable aporte de las lesbianas; lo dice plenamente convencida al referir su empuje como minoría, al recordar todo lo que ella misma aguantó: “Había que ver, por ejemplo, a los hombres todos mironcitos cuando llegábamos a esas canchas y nos tocaba armar camerinos humanos, ahí en las tribunas porque no había ni baños. Unas paradas a los lados y otras adelante y atrás, para poder cambiarnos y salir a jugar. Nosotros en lo nuestro y ellos en cambio sintiendo que acosar a unas peladas era de hombres, que eso siempre es normal. Como normal les parecía darnos unos trofeos que traían un muñequito hombre y por ningún lado aludían al físico de las mujeres, como los de hoy”.

La suya fue una época de apodos: Queta, Arepa, Pachequito, Reblujo, Mino-Mino, la Totona. Y el de ella, que bien pudo haber sido la Mariscala o la Muralla, como suele bautizarse a los defensas centro, resultó ser Marta Tamales. La razón: fue a punta de estos envueltos que pagó su bachillerato y pudo también criar a su hija. Muchas veces se los vendía a los hinchas, que solían ser amigos o familiares de las mismas jugadoras; o también a estas, con las que terminaba convirtiendo los pospartidos en una especie de minipaseos al ponerse a jugar cartas y a comer tamales mientras veían y analizaban a sus próximas rivales. “Imaginate ese parche, cómo no voy a decir que esos fueron los días más felices de mi vida. Y pregúntele a cualquier mujer que haya guerriado con nosotras en esas canchas, rival o compañera, lesbiana o hetero, y te va a decir lo mismo, así no le hayamos sacado ni un peso a esto ni seamos, pero ni cinco de famosas. Pasamos bueno y pusimos a soñar a muchas, ¡le parece poquito!”.

7

“El deber ser de la mujer colombiana se construyó de acuerdo con un estereotipo de mujer burguesa blanqueada, en el que la práctica de un deporte de confrontación, como el fútbol, no cabía”, esto dice Gabriela Ardila Biela en su libro titulado A las patadas. Un recuento de la historia del fútbol de mujeres en Colombia desde 1949. Su investigación para demostrar que esta ha seguido una línea de discriminación intencionada parte de esa fecha porque según los registros de prensa, ese año en Barranquilla ya se hablaba de un cuadrangular de fútbol femenino en el que figuraban dos equipos llamados Las Sirenas de Caribe y Las Estrellas Gallegas. Y también en Cali se jugó un clásico entre el Deportivo Cali y el Boca Juniors, promovido por dos reinas de belleza: Carmen Arango y Clarita Domínguez al que asistieron catorce mil espectadores. ¡Público siempre han tenido! Y aunque apenas un año antes, en 1948, había comenzado oficialmente el campeonato profesional masculino, el de mujeres se demoró casi setenta años en arrancar. Nuestra liga profesional femenina comenzó apenas en 2017, el primer partido se jugó el 17 de febrero entre las chicas del Deportivo Pasto y las del Cortuluá.