Papel dentado

por PASCUAL GAVIRIA

Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

Tomar la lupa siempre será una buena decisión, aguzar la mirada, afilar el ojo.

Las estampillas empujan a ese ejercicio de la vista y la imaginación. La Colección Filatélica del Banco de la República, en pleno Parque Berrío de Medellín, nació en los años cuarenta y se consolidó con la adquisición de la colección de Adpostal en 1968. En 1977 se inauguró el Museo Filatélico, que hoy es una colección con más de 470 000 piezas de 230 territorios, junto con instrumentos y documentos postales históricos. Pero no solo guarda, también exhibe ese mundo que se resiste a morir y se empeña en viajar.

Fotografía de Juan Fernando Ospina

Un solo buzón de la Carron Company sobrevive empotrado en la esquina de Junín con La Playa en Medellín. Para el transeúnte desprevenido puede parecer el hallazgo de un viejo naufragio. De verdad tiene el carácter de cañón de hierro fundido con sus letras marcadas, su escudo de Colombia y su metro y cuarenta centímetros sobre la superficie. Los coleccionistas de estampillas, juiciosos agentes contra la desmemoria, lo bucean y lo encuentran en fotos de la Medellín de los cincuenta. La compañía escocesa que los fabricó, fundada en 1759, efectivamente fundía también piezas de artillería. El mundo leve de las cartas y el diccionario diminuto y fragmentado de las estampillas requerían la defensa de hierro de los buzones.

Las cartas son ahora un ejercicio de la nostalgia, casi una cursilería per se, y las estampillas son las láminas de un álbum que describe un mundo en extinción, una historia oficial de íconos, apoteosis y desastres. Ya no son el sello de pago por anticipado, la imagen que acompañaba el porte de un sobre, el pequeño afiche nacional para mostrar una hazaña, un homenaje o una virtud a los ojos del mundo. Para eso están los códigos de barras en los sobres de hoy.

Pero las estampillas han encontrado el reducto de los coleccionistas. Se imprimieron miles de millones durante siglos, en cientos de países, son un catálogo de la historia y la geografía de casi dos siglos. Una hermosa plaga que será imposible extinguir. Se calcula que se han emitido trescientos mil sellos en la historia. La enciclopedia británica tiene quinientas mil entradas. Las estampillas pueden ser el segundo inventario impreso de la humanidad.

Colombia comenzó a emitir sellos en 1859. Se imprimieron cinco de distinto valor con el escudo de la Confederación Granadina. Un grabado en piedra era el primer paso para fijar a próceres, símbolos patrios y memorias de batallas que ocuparon los primeros sellos. Los catálogos filatélicos copan los estantes de las oficinas sin afanes de coleccionistas. Estudian esas miniaturas con un fervor que raya en la neurosis: buscan errores en el dentado, sueñan con encontrar un sello al revés sobre la estampilla, reconstruyen un pliego completo como armando el mapa de un tesoro. Y se ríen de sus hallazgos y sus delirios, saben que son dueños de un territorio propio y profuso.

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Voy a intentar describir un catálogo con mis simpatías de aficionado a los sellos y con mis encuentros al visitar la Exposición Filatélica en el Centro Cultural del Banco de la República en el Parque Berrío. Ser novato entrega la delicia del deslumbramiento a cada paso.

Comienzo con los sellos del correo urbano en Medellín que funcionó, bajo la dirección de la Sociedad de Mejoras Públicas, entre 1903 y 1911. La segunda estampilla fue “grabada” por Francisco Antonio Cano y emitida en 1909. “Cartero y maíz” se describe en los catálogos. El cartero es un niño vestido a la manera de un oficial del ejército, más un soldado de chocolate francés que un carterito desarrapado. Al niño de azul lo acompañan tres mazorcas en flor y el valor de las estampillas. Era extraño ese motivo cotidiano lejos de la historia con mayúscula. Una notica extra sobre Cano. En 1969, su Paso por el páramo de Pisba, escena dramática del Libertador viendo uno de sus lanceros herido, apareció en una estampilla de treinta centavos. Más tarde, en 1983, Cano marcó el billete de dos mil con ese mismo motivo. Pero me desvío detrás de los billetes y la tarea es larga.

Vamos más bien en busca de las mujeres. Era obligatorio que la Pola fuera la primera en pasar del bronce al papel dentado. Fue la primera mujer en un sello de correo en toda América. La emitió el Estado Soberano de Antioquia en 1903 con un valor de tres pesos. Policarpa aparece lánguida, cual dama romántica, sobre un fondo azul de carátula novelesca. Más tarde, en 1910, en el centenario de la independencia, vendrían las estampillas nacionales de la Pola.

Pero la mujer más exitosa del correo colombiano es la Miss Universo Luz Marina Zuluaga. Fue la primera persona viva en un sello postal en Colombia y la emisión de dos millones de estampillas tuvo gran demanda entre los coleccionistas. Tiene un aire a escena de TV a color que debió ser irresistible en su momento. Se emitió en 1959 en el gobierno de Alberto Lleras Camargo que buscó símbolos de unidad nacional para consolidar el fin de la violencia partidista y el comienzo del Frente Nacional. La figura regia de Luz Marina, con un valor facial de cinco pesos, aparece con capa roja y cetro dorado luciendo un corto vestido azul cielo. La acompañan a lado y lado, a manera de virreina y primera princesa, dos orquídeas y un cafeto. Pero la belleza no es la perfección y la fecha les quedó mal a los impresores suizos: pusieron Miss Universe 1959, cuando la coronación fue realmente en el 58.

La estampilla de la miss fue diseñada por el artista húngaro Imre von Mosdóssy (1904-1995), una figura internacional en el marco de las estampillas que diseñó más de novecientas de países que forman una excéntrica ruta postal por varios continentes: Canadá, Panamá, Venezuela, Haití, Honduras, Ecuador, Paraguay, Guinea y Burundi. El misterioso Mosdóssy estudió Bellas Artes en Budapest y se destacó como diseñador de afiches y decorados teatrales y muralista. No es poco pasar del mural a la estampilla. Luego de la segunda guerra mundial viajó a Colombia donde vivió entre 1949 y 1963 y tuvo contratos con el Ministerio de Comunicaciones. Al parecer, la demanda de arte religioso e institucional lo hizo escoger a Colombia como destino, pero terminó siendo un referente del diseño postal en el país con una línea de dibujo y una exactitud desconocida hasta entonces. También realizó vitrales y pintó cuadros para iglesias y oficinas públicas antes de irse a Canadá en busca de un frío más excelso que el bogotano. Las orquídeas, anturios y bailes parecen ser su debilidad de extranjero. Pero mi debilidad es su diseño de 1957 para homenajear la I Vuelta a Colombia. Extra Rápido dice el sello con un corredor en plena crono. El taller de Mosdóssy fue centro de reuniones de arquitectos, grabadores y diseñadores como Dicken Castro y Aníbal Gil.

Vuelvo a las mujeres luego del paréntesis magiar. Una escena recargada ilustra la estampilla con la mayor emisión en la historia de Colombia. El sello reúne a la maternidad, la política y la historia. No es poco para el espacio disponible. En el catálogo figura como “Derechos políticos de la mujer en Colombia” y retrata a una mujer cargando su hijo con el brazo izquierdo e introduciendo su voto en la urna electoral con el brazo derecho. La mujer mira hacia arriba donde la estatua de la Pola, erigida en la barrio Las Nieves en Bogotá, envuelta en una aura blanca, vigila el suceso. Tenía que ser obra de Mosdóssy. Se emitieron 118 millones del sello con cinco valores y colores distintos. Habían pasado cinco años desde el primero de diciembre de 1957 cuando las mujeres votaron por primera vez en el país.

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Algo me hizo escoger una ruta escabrosa en mi personal recorrido. Paso de la conmemoración femenina a la censura luego de un magnicidio. El 20 de diciembre de 1948 el presidente Mariano Ospina Pérez firmó un decreto para emitir un sello con la figura de Jorge Eliécer Gaitán asesinado nueve meses atrás. Un pliego con cuatro estampillas con la cara Gaitán en un perfil griego de 10 centavos se imprimió en Londres en la Waterlow & Son. La plancha se archivó en los sucesivos gobiernos de Laureano Gómez, Roberto Urdaneta, Rojas Pinilla y la Junta Militar. Más de una vez estuvo cerca del fuego para avivar las llamas del Bogotazo. El presidente Lleras Camargo la hizo circular en julio de 1959, era otra de sus señales de civilidad y bipartidismo pacífico luego del gobierno militar. Antes había ordenado emitir retratos en traje civil de Bolívar y Santander como guiño didáctico a los militares. Las estampillas podían ser un pequeño mensaje sin necesidad de carta ni sobre.

Tristemente los magnicidios terminaron por armar una improvisada serie filatélica durante la guerra contra el narcotráfico: Luis Carlos Galán, Rodrigo Lara, Enrique Low Murtra, Diana Turbay, Gloria Lara, Guillermo Cano, Carlos Mauro Hoyos. “Homenaje a mártires de la democracia” se llamó la serie que excluyó a Carlos Pizarro, Bernardo Jaramillo y Jaime Pardo Leal. Dos candidatos presidenciales de movimientos de izquierda y uno surgido del proceso de paz con el M-19. Emisiones y omisiones.

Más tarde entraron a la lista de sangre postal Álvaro Gómez y Consuelo Araújo Noguera asesinados en 1995 y 2001. En 1998 se emitieron las únicas estampillas con motivos referidos a la guerra contra el narco, dos estampillas con homenaje a la Policía Nacional que muestran unas manos a la espalda esposadas, recuerdan la imagen de Los Extraditables, y una más con soldados en tareas de erradicación de coca y amapola. “Colombia líder mundial en la lucha contra el narcotráfico” se llamó la serie emitida a final del gobierno de Ernesto Samper: nota de estilo y sin visa enviada a los gringos por Adpostal.

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Voy de la guerra y las estampillas luctuosas al arte que ha sido el archivo donde las estampillas han formado museo en miniatura. La curaduría de un imaginario tan importante que era manejado por el Ministerio de Correos creado en 1923. Es lógico que la primera aparición artística tenga que ver con la religión y con un pintor colonial. La natividad de Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, pintor bogotano con una obra que no salió de las iglesias, apareció en el primer sello navideño emitido en 1959. Y llegó para quedarse, las estampillas de navidad se repitieron con sus obras al igual que decenas de imágenes conmemorativas del calendario católico. De ahí siguieron Epifanio Garay, con La Pola en capilla, lista para ser ejecutada vestida con túnica y sosteniendo un crucifijo. La Pola es uno de los personajes con más postales en Colombia, aparece en al menos doce emisiones. Siguen en la fila de embarque Francisco Antonio Cano, Ricardo Gómez Campuzano y Andrés de Santamaría, todos clásicos colombianos de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Parece increíble que Horizontes de Cano que hemos visto hasta en las chivas no haya llegado a los sellos de correo.

Fernando Botero es tan prolífico en su obra como en los pliegos de estampillas. Es tal vez el artista con más apariciones. Muy viajado. En 1981 toma vuelo por primera vez con Pedrito a caballo para conmemorar la IV Bienal de arte de Medellín. A propósito, la bienal tenía sello cada año, sacaba la cara por la ciudad que sonaba muy poco en el matasellos. La primera estampilla de la Bienal fue en 1970 y marcó la ruptura entre el uso de las estampillas como una exposición contemporánea itinerante —las vanguardias al correo— y no solo como una visita a la historia en los museos. Siguieron Tres músicos y El baile en el 93 en la serie de “Homenaje a la pintura nacional”. Luego en 2001, por las colecciones y esculturas donadas a Bogotá y Medellín, salió un pliego muy provocativo de doce estampillas que intercala sus obras y las obras de otros artistas incluidas en la donación; en 2022, por sus noventa años, un pliego de diez de sus obras tiene obispos, bailarinas, vírgenes, bañistas, torero y naturaleza muerta. Fue casi homenaje in memoriam, se emitieron las cien mil estampillas en diciembre de 2022 y murió en septiembre del 2023. Dos pájaros de un tiro. Son veinticuatro las estampillas dedicadas al maestro Botero en Colombia.

La serie más importante de artistas apareció en 1992, para la conmemoración de los quinientos años del arribo de Colón a América. Ahí están los sellos imperdibles y todos los grandes pintores colombianos de los siglos XIX y XX. Desde Pedro Nel Gómez hasta Bernardo Salcedo con su obra El viaje, que exigió a los impresores grandes esfuerzos para acomodar a los “enmaletados”, obra tridimensional, en el marco de una estampilla. A mi juicio el mejor pliego es el de Luis Caballero con su Gran telón, donde se exhiben sus característicos cuerpos en carboncillo y acrílico. Y si quieren un sello sencillo y grato, busquen Maíz de Antonio Caro.

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Se me acaban las letras sin mencionar a los escritores. Empiezo por lo obvio: García Márquez y la emisión que se hizo a las carreras luego del anuncio del Nobel en 1982. Era la hora de inmortalizar a otro colombiano vivo en el mundo postal: Luz Marina y la corona, García Márquez y la medalla Nobel, dos apoteosis nacionales. Juan Antonio Roda se encargó del retrato frontal al carboncillo, un nobel ceñudo que contradice la mamadera de gallo, pensativo, concentrado, y con la parte superior de la cabeza libre trazos, abierta, en blanco. Según la anécdota GGM dijo que su sueño era que esa estampilla solo sellara cartas de amor, un nobel puede darse los lujos de la cursilería. Al final los valores de siete, veinticinco y treinta pesos se encargaron de acompañar cobros ejecutivos, telegramas oficiales, facturas de servicios públicos, correspondencia bancaria y notificaciones de juzgados. Eran los oficios usuales para sellos de ese valor. Luego, con la muerte del nieto del telegrafista, salió su serie conmemorativa con toda la pompa: mariposas amarillas que aparecían al mover la estampilla en la luz, tintas fotocromáticas y fluorescentes. García Márquez luce agotado en un retrato de Darío Ortiz, mirando por lo que creemos es una ventana a lo que creemos es el mar de Cartagena. La frase que acompaña la hoja filatélica en la que viene la estampilla lo dice todo: “Siempre he dicho que uno envejece más rápido en los retratos que en la vida real”.

Vamos al origen. Caro y Cuervo fueron los primeros hombres de letras en las estampillas nacionales. Fue en 1947. Pero no hablemos de gramáticos tan cercanos a los jurisconsultos. Guillermo Valencia fue el colombiano inaugural en 1951, la cercanía a la política dictaba el decreto. El primer novelista fue Jorge Isaacs, La María llegó primero que su autor en un sello turístico de Cali en el 54 y su estampa esperó hasta 1967 con el centenario de la publicación de la novela. Su bigote frondoso y su seriedad están acompañados de la histórica pareja sentada en los jardines de la Hacienda El Paraíso. La poesía verdadera, con el perdón de Valencia, había llegado dos años antes con la lámina de José Asunción Silva y su sola barba larga con un nocturno de luna llena y otra pareja infausta al fondo. Un poco como de museo escolar. La estampilla de su centenario, emitida en 1996, le hace todo el honor con la fotografía del francés Gaspard-Félix Tournachon, la cara de un joven Silva de diecinueve años en su viaje a Europa, todavía desentendido de deudas. Para eso vendrían sus dos billetes de cinco mil.

De ahí para adelante hay de todo. Desde desastrados como el Tuerto López, acompañado de sus zapatos, hasta ilustres como Rafael Maya o Eduardo Carranza; enfermos de malditismo como Gonzalo Arango o solitarios de los vientos como Aurelio Arturo. Carrasquilla tuvo que esperar hasta 1993 y Mejía Vallejo llegó en 2013, en una foto con espesas patillas en la que podría ser Vargas Llosa. No están Caicedo ni Jattin, por supuesto. Pero pregunte por lo que no vea: León de Greiff en el trazo de Ricardo Rendón es para coleccionar. Meira del Mar y María Mercedes Carranza son la cuota femenina, ambas precedidas por Francisca Josefa del Castillo. Muchos de los escritores, la mayoría, están en la serie “Personajes notables de Colombia” en pliegos acompañados por hombres y mujeres llegados de otras artes y oficios. Los que imprimieron su propia estampilla no son muchos. Para terminar la página de escritores les recomiendo que busquen la de Candelario Obeso para que vean que cualquiera con los colores de la primaria puede ser autor de un sello postal.

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Se han emitido cerca de 2500 estampillas en los casi 160 años de historia filatélica en Colombia, un Pequeño Larousse Ilustrado con guiños y pleitos políticos, ilustres y colados, orquídeas y loros, poporos y ciclistas, ajiacos y bandejas, batallas y tragedias, satélites y televisores, atletas y papas… Un inmenso himno visual, un álbum sin chocolatina.

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