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por PASCUAL GAVIRIA • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 29 Noviembre de 2011

Las rejas blancas y recias de una fortaleza, cubiertas de una pelusa de polvo y grasa, separan a la Lonchería Maracaibo de los agites eternos de la carrera Bolívar. En realidad son un alarde innecesario: la Lonchería solo está cerrada durante tres horas muertas en mañana. La alcahuetería es la principal vocación del restaurante que durante más de cuatro décadas ha sido despensa indispensable para noctámbulos de oficio, vampiros de juerga, jugadores insomnes, borrachos de apetito desordenado, choferes con jet lag y otras especies que revolotean alrededor de su teléfono inolvidable. A la 1:30 a.m. se cierran las rejas pero se abre la ventanilla bondadosa por donde se atienden los caprichos del remate de la fiesta. Si la pequeña ventana de la lonchería, luminosa como una caldera, no ofreciera sus botellas y sus cajas varias, Medellín se habría dormido mucho antes muchas veces.

A las 7 p.m., la carrera Bolívar a espaldas del Nutibara es un hervidero de vendedores de frutas, legumbres y celulares. Los voceadores de buses gritan el barrio de destino. Debajo del metro están los dependientes de un tapete que exhibe gangas a punto de ser basura. De pronto se oye una gritería: “cójalo, cójalo”… El ambiente se llena de un entusiasmo general. Salgo de la lonchería en busca de un poco del espectáculo siniestro y me cruzo con un joven que exhibe un garrote en la mano y la sonrisa del deber cumplido en la cara. Pregunto por el ladrón y todo el mundo me alza las cejas. Un cigarrillero me entrega la única respuesta: “Se robó una cadena de plata… ¡Y estaba gruesa!”. No importa que eso suceda día de por medio en las afueras de la Lonchería Maracaibo: la elegancia debe conservarse y los meseros siguen llamando “el salón” a su espacio de 10 mesas, al que le da calor de hogar un pequeño carrusel de pollos asados.

En una mesa del salón, leyendo el periódico del día en la noche, está la señora Laura Rosa Duque. Como los detectives de las comedias mira con ojos desconfiados por encima del pliego: no le dan buena espina los preguntones y mucho menos si son desconocidos. Les pide a los meseros que nos interroguen y los meseros nos dejan las cervezas frías entre murmullos y risas. Uno de ellos me señala con un puchero a la señora de largas trenzas blancas como la mamá de los dueños. Me paro hasta la mesa de la decana de la lonchería y cuando le ofrezco mi mano como saludo ya me ha contado tres historias de su natal Marinilla: “Es que uno tiene que estar pendiente. Mis hijos me decían: mami, vos parecés que hubieras estudiado pa’ fiscalía”. A los 84 años solo se puede alardear con los 12 hijos, los 50 nietos y los 50 bisnietos. Intento que se concentre en el nacimiento del negocio y me dice: “Ah, esto nació después de que se cerró ‘La casa del pollo’, que era allí a la vuelta”. Me deja claro que nunca ha conocido los agites de esa cocina y que los dueños del secreto fueron sus hijos Manuel, Darío y Fernando. Mientras habla de lo dura que está la competencia, le deja caer dos groserías provocadoras a un mesero y me señala con cariño a su nieto mayor, que atiende la registradora. Se despide con un beso en la mano y cuando le pregunto por el mejor plato de la lonchería me responde con un susurro desganado: “Ay no, a mí me gusta es la aguasalita de la casa”.

***

Dos mujeres que se han pasado a vivir al delantal atienden la cocina de la lonchería en el turno de la noche. Una le da vuelta a los borbotones de las ollas de regimiento y entrega las cajas rebosantes al despachador, mientras la otra se dedica a lavar platos en una caneca de agua espumosa. Todo tiene un aspecto de curtida limpieza. Las señoras miran con curiosidad al curioso que se asoma a su rutina. Ellas saben que cocinan para el más pernicioso de los batallones de la ciudad. Las ollas tremebundas de los fríjoles, el arroz, la posta y la sobrebarriga, el consomé y el mondongo, están a fuego lento, con el cucharón dispuesto, espesando para los clientes del último pedido a las 5:30 a.m.: los más necesitados. Los peroles están destinados a darle la famosa vuelta y vuelta al hígado, las chuletas, el cerdo y el pescado para las bandejas.

Pero los grandes secretos de la lonchería no están en la cocina sino en el embalaje de sus raciones. Las cajas blancas se apilan por todas partes con un orden sorprendente: algunas forman flores circulares sobre las repisas en una especie de origami involuntario. Y se llenan a dos manos: en la cocina reciben parte del contenido y en el mostrador les entregan la cuña de ensalada y el cierre definitivo. Guardar una bandeja con posta, salsa criolla, fríjoles, arroz, papas fritas, repollo y arepa en una caja de cartón es un desafío. Cuando la caja está llena y tan compacta que es imposible que algo se mueva en el recorrido, se cubre con un pequeño plástico que impedirá filtraciones. Una vez sellada se mete en una bolsa de papel donde se firma con el garabato que especifica el contenido. Eso para las bandejas. Los caldos tienen sus cocas de icopor, y la tilapia y el cañón su propio empaque estilizado: una caja plana como de camisa fina. Baratísima según el aviso sobre la ventanilla de la cocina: “Todo servicio para llevar en caja vale 300”.

***

Wilson, uno de los repartidores de vieja guardia, me dice que en sus tiempos de apogeo la lonchería llegó a lucir nueve Kawasaki100 frente a su portón. En los bares clásicos de Guayaquil —Paletará, Lucán, Chapultepec, Renobar— no se pedía otra cosa. Y los camioneros que se hospedaban en el Hotel Karen bajaban de Yarumal soñando con las chuletas. Las loquitas de Labios y el Majestic guardaban la línea con una caja de arroz Maracaibo con tajadas de maduro. Pero la lonchería ha criado su propia competencia: “Muchos de los empleados que han salido de aquí han montado restaurante. La lonchería es el papá de Nuevo Milenio, Calibío y La 41. Y ahora solo somos siete mensajeros atendiendo el fin de semana”.

La verdad, siete mensajeros no me parecen pocos. Wilson me dice que puede hacer 15 o 20 viajes en su jornada y, en promedio, en cada viaje va en busca de 4 o 5 direcciones. La suma es sencilla: de las 8:00 p.m. del sábado a las 5:30 a.m. del domingo, la lonchería puede auxiliar más o menos a 540 guaridas que buscan sustento alimenticio para poder tragarse las botellas por venir. Porque la Lonchería ha tirado desde siempre, y eso hace parte de su reputación, el anzuelo de suculentas botellas de aguardiente, ron, vodka, tequila y whisky. Y un consomé de pollo, pasado con tequila a las 4 a.m., es uno de esos milagros que el dinero sí puede comprar.

Hemos hablado de la lonchería como cocina de combate, así que es lógico que Wilson tenga dos deserciones anotadas en su hoja de servicios en el ejército. Me señala los límites de sus misiones en el mapa de la Maracaibo: la Frontera en Envigado, la 10 Sur con la 52 en Guayabal y el Tricentenario por el Norte. Pero de vez en cuando se puede ir un poco más allá y llevar unos tamales o un muchacho en salsa o una ensalada de finas hierbas.

Las Kawasaki100 son historia y ahora cada repartidor trabaja en su propia moto. Wilson tiene un tiesto que parece un pandero recién pisado: “Yo nunca he comprado moto nueva, pa’ qué, a mí me han robado tres o cuatro motos repartiendo pa’ la lonchería. Todavía me roban: se llevan la comida, la carpa y adiós… Esta lambretica ni la miran”, dice, y señala con ternura a su Vespa blanca marcada con el GZV52.

En el salón la seguridad está garantizada. Los policías y los azules comen con el 30% de descuento. Son los únicos que reciben promociones por parte de la lonchería, que siempre ha despreciado las gangas semanales que usa la competencia. La Maracaibo tiene maneras clásicas: hace poco se sometió a la vulgaridad de vender hamburguesas y chuzos. Espero que no moleste la comparación: son un Hatoviejo en caja para los amanecidos, un Doña Rosa con bar abierto.

Miro el local de la lonchería desde la acera del frente. Parece un comedero más en la inmensa olla aguamacera de los corrientazos. Pero la lonchería es un número, es un nombre, es una solución para otros corrientazos, es una institución invisible debajo del Metro de Medellín. Es el único domicilio que puede llevar la comida, la botella que cierra la rasca y el calentao del desayuno en la misma caja fuerte.

María Isabel Naranjo Restrepo

por ANDRÉS DELGADO // Las casas de masajes provocan curiosidad. Bien sea por la atracción que ejercen las mujeres fáciles y desconocidas o simplemente por calmar el deseo de saber cómo son estos lugares. La curiosidad comienza a picar al recibir, en el centro de la ciudad, un papelito de publicidad.

Sinfonía porno

por ANDRÉS DELGADO

Número 18 Noviembre de 2010

Doble penetración y Analización sexual son las películas que se presentan esta semana en el Teatro Sinfonía. Las aventuras en el sexo y Juegos de leche son los estrenos para la siguiente. Fernando González, el filósofo de Envigado, decía: “Pornografía es tenerle miedo a la vida, tener los instintos vitales encapuchados en la oscuridad de la vergüenza”.

1

Son las 6:30 de la tarde y el centro de Medellín hierve en la congestión. El Sinfonía está ubicado en Sucre, entre Caracas y Maracaibo, donde a esta hora fluye lenta una cola de carros. Cientos de empleados vuelven a sus casas. La taquilla del teatro es un local al borde de la calle. Los afiches explícitos están a un paso de los transeúntes. En los 90, cuando pasaba con mis amigos del colegio por esta calle, mirábamos con desengaño la taquilla, frustrados por no ser mayores de edad. Siempre tuve curiosidad por esta vaina. Detenido en el corredor del teatro, escucho un taconeo que se aproxima. Giro y cruzo la mirada con un par de secretarias. Miran los afiches, se ríen, y siguen taconeando. Se burlan de mí, que sigo ojeando solitario la cartelera.

El horario se prolonga desde las 10 de la mañana hasta las 11 de la noche, de lunes a lunes, en función continua. A lo largo del día repiten dos pelis. Cada semana se renueva el cartel. Uno podría ingresar a medio día y quedarse la tarde entera encerrado allí, todo por 5 mil quinientos pesos. Según Simón Posada, en su Diccionario arbitrario del porno, “la clasificación triple XXX concierne al grado de desnudez: una x para los senos, otra para el trasero y otra para la vagina”. Por otra parte, Salman Rushdie, el novelista británico que vive en permanente amenaza de muerte por los musulmanes radicales, es uno de los más famosos defensores de la pornografía. Según él, es un indicador de la libertad de expresión en cada país. En la entrada del teatro me acerco al portero y le pregunto cómo están las películas. “Muy buenas, muy buenas”, me dice desganado. Entonces me voy a la taquilla y pago. A juzgar por la indiferencia del portero, en esta sala de cine lo que menos interesa es la proyección en la pantalla.

Boleta en mano, paso al siguiente pasillo. Levanto unas pesadas cortinas rojas y me sumerjo en aberraciones y jadeos. A diferencia de los teatros contemporáneos, al Sinfonía se ingresa por la parte superior. Así que me encuentro de frente con una delirante pareja que folla desde la pantalla. Me detengo a ojear el entorno. Desde atrás, veo cabezas desgranadas por las filas. El Sinfonía es un teatro de antaño. En total hay quinientas sillas —un teatro comercial tiene 170-. La sala es enorme. Alrededor hay sujetos de pie, apoyados en las paredes. Con la escasa claridad puedo verlos y todos ellos me clavan la mirada. Lo mejor es seguir adelante.

Me siento en mitad de una fila desocupada e intento relajarme. El protagonista termina la escena disparando sobre el rostro de la chica un potente chorro de jeringa. Según las costumbres del Japón feudal, para castigar a una mujer infiel varios hombres eyaculaban en su cara.

La película concluye y las luces se encienden. Nadie se levanta. Todos esperamos que comience la siguiente. El recinto queda en silencio. Echo una ojeada y compruebo que todos somos hombres. Aquí y allá hay varias parejas de ellos. Empieza a sonar música de vaqueros, es un far-west de Frank Pourcel. Al cabo de unos minutos se apagan de nuevo las luces. De manera inesperada, un sujeto se acomoda en el extremo de mi fila. “Normal”, pienso y me escurro en la silla, sentándome casi en la espalda. Sé que el tipo me está mirando. Giro la cabeza y lo confirmo. Se trata de un gordo, calvo y barbado, con las cejas tupidas. Respiro con calma y no vuelvo a determinarlo. En la pantalla aparece una chica con cara de folladora profesional. En la oscuridad, el gordo se levanta y recorre la fila para sentarse cerca, a una silla de distancia. Me parece que puedo ser obligado a una locura. Puede ser que sea tiempo de terminar con mi reportería. Para enviarle un mensaje al gordo lo miro con la cara más brava que sé fingir, una cara que he practicado en el espejo de mi baño. El hombre me devuelve la misma expresión. Nos miramos con el cejo fruncido. Resoplando, vuelvo a la pantalla. La protagonista procede a meterse en la boca, por turnos, las vergas de cinco sujetos.

Mientras tanto, siento en el cuello la mirada incisiva del gordo. Mi paranoia aumenta. La mujer chupa y chupa. Está feliz. Mi vecino estira la rodilla y, sobre ella, apoya una mano. Mi pierna ha quedado a una breve distancia de su mano regordeta. Su intención es clara. De modo que me levanto de un tirón. Camino apresurado por el flanco contrario y busco la salida por esa interminable fila de sillas. Me largo terriblemente asustado. Cuando cruzo a toda prisa delante de los tipos que están detenidos en las paredes me siguen con la mirada. Me observan, como a una puta pasar por la calle.

2

Luego de la primera experiencia tras las cortinas rojas, vuelvo al día siguiente para hablar con Héctor Sierra, el administrador. Tal vez don Héctor me explique la dinámica en el interior de la sala. A medida que hablamos, detenidos en la taquilla, varios sujetos pagan su ingreso. Al principio de la conversación don Héctor no quiere hablar demasiado, se queja de los reportajes que han dejado por el piso la reputación del Sinfonía. Pienso en el episodio con el gordo. ¿Pudo suceder algo grave ayer? Para suavizar la cuestión, le pregunto por la historia del teatro.

En 1942 se construyó el teatro Salón España, y en los 60 se convirtió en las instalaciones de Radio Sinfonía, una emisora. Al finalizar esa década volvió a ser sala de cine, ahora bajo el nombre de Teatro Sinfonía. Los dueños eran Bernardo Giraldo Zuluaga y Jorge Tobón Villamizar. Inicialmente se presentaron westerns y películas de artes marciales. Más tarde llegó el cine erótico, con películas de argumento, música y exteriores. En 1973, en el gobierno de Misael Pastrana Borrero, llegaron las películas del destape. El Sinfonía se consolidó como el primer teatro de la ciudad que presentaba sólo películas de contenido sexual. Don Héctor dice que las filas llegaban hasta Junín. Actualmente, las películas que se proyectan son de origen norteamericano, italiano y francés, y se alquilan desde Bogotá. Las películas de 35 mm se acabaron. Ahora sólo se proyecta formato DVD. Todo es carreta, porque a mí lo que me interesa son las historias que don Héctor no me quiere contar.

Según don Héctor, la sala es fácil de vigilar.
—¿Le parece fácil? —le pregunto.
—La idea —dice— es que la gente se comporte bien.
—¿Adentro puedo tomar licor?
—No.
—¿Puedo venir con mi novia?
—Sí, siempre y cuando ella se haga responsable de todo lo que le pase.
—¿Y qué podría pasar?
—Entre ustedes dos, se pueden acariciar.
Me dice que si vengo con mi novia seríamos rodeados por algunos espectadores. Según él, es seguro que empezarían a tocarnos. Don Héctor, por fin, suelta la lengua. Los sábados las mujeres entran gratis, pero no pueden cobrar por sus actividades. El teatro es un sitio de recreación y no de trabajo. Recuerdo a una actriz que decía: “La diferencia entre el sexo a cambio de dinero y el sexo gratuito es que el sexo a cambio de dinero resulta más barato”.
Ahora, quiero saber si pude ser acosado físicamente anoche.
—¿Don Héctor —repunto yo—, ¿y si vengo solo?
—Lo mismo dice, alguien vendrá a buscarlo.
—¿Y si me paso de lugar?
—En cualquier parte que se siente, volverán por usted.
—Pero ¿puede suceder una agresión?
—¡No, hombre! don Héctor se ríe. ¡Cómo se le ocurre!

Mientras me habla recibe los tiquetes de los espectadores, todos ellos son sujetos que oscilan entre los 30 y 60 años, con presencia muy masculina. Todos saludan. Es muy frecuente encontrar voyeurs que pasan la tarde entera esperando a que suceda algo en la sala para ir a presenciar en vivo. Hay un hombre que trae a otros dos, para verlos acariciarse. El 80% de los espectadores son clientes que vienen regularmente y entre ellos se conocen los gustos. Hay un cliente, un viejito, que pregunta desde la taquilla: “Don Héctor, ¿hay mujeres adentro?” El caso es que no las haya, el cliente responde: “Entonces vuelvo más tardecito”. Si don Héctor afirma, sale disparado para la taquilla. El público, en su mayoría gay, no se conforma sólo con mirar. Lo que sucede entre la silletería supera fácilmente las películas que se proyectan. Con la complicidad de la penumbra los clientes dejan de ser espectadores aburridos y pasan a ser protagonistas de sus propias escenas. Para Andrew Blake, que dirigió varias películas de Playboy, “el ser humano hace pornografía para inmortalizar sus actos sexuales”. Pero en estos teatros lo que menos interesa es el cine.
—Acá se puede hacer de todo le digo. ¿Cuál es el límite?
—Penetraciones, y para evitarlo se vigila constantemente con una linterna.

3

El Teatro Sinfonía es fácil de vigilar porque es de una sola planta, a diferencia del Villanueva, que tiene tres pisos y 600 sillas. Son los últimos dos teatros de cine porno en Medellín. Anteriormente había una pléyade de cinco teatros X: además de los que sobreviven estaban el MetroCine, en Bolívar con San Juan; el Radio City; en Maracaibo; y el Capitol en Palacé. Varios de estos cines se convirtieron en centros de oración. Ahora que las salas X están en vía de extinción por culpa de internet y de las cabinas privadas de videos, ¿adónde van a ir estos sujetos a no ver películas?

En el Villanueva, ubicado en la esquina de Bolívar con Caracas, converso con Hugo Rivera, el administrador. Al contrario de don Héctor, don Hugo no tiene pelos en la lengua para contarme las historias de su teatro. El atractivo de la sala reside en que los asistentes pueden ir rotando libremente por las sillas masturbándose unos a otros. Tomo nota. Me narra la historia de un sujeto que cada ocho días ingresa con su mujer para que la manoseen mientras se masturba. En Tokio hay gente que se gana la vida haciendo donaciones de esperma, a los espectadores del Villanueva se les está escurriendo el dinero entre las manos.

En su libro Plegarias atendidas Truman Capote dijo que “la pornografía ha sido muy mal interpretada, ya que no fomenta maníacos sexuales ni los manda a dar vuelta por las callejuelas, sino que constituye un bálsamo para los sexualmente reprimidos y no correspondidos, ya que, ¿cuál es el fin de la pornografía sino estimular la masturbación?”

Entre historias de pajas, voyeurs, gays y mamadas, don Hugo dice que prohibió la entrada a travestis porque “vienen a pelear por hombres”. En otras ocasiones ha ingresado a la sala con una linterna para lidiar con tres o cuatro herramientas por fuera de sus cremalleras. Además, ha llegado a encontrar pruebas de coprofagia. En varias ocasiones lo han visitado funcionarios de Salud Pública. Le han preguntado por qué hay tanta servilleta en la sala, papel higiénico y condones. Entre una y otra amonestación, los funcionarios públicos se van del teatro. Le pregunto si conoce alguna regulación legal que controle el funcionamiento del negocio. Me dice que no, pero asegura pagar toda clase de impuestos legales.

A la salida del Villanueva don Hugo me dice que a la clientela no se le puede pedir que rece un rosario mientras ve una película triple equis. Pienso en el gordo barbado del Sinfonía. Es seguro que anoche libró el pago de la entrada con otro sujeto. Menos mal no fue conmigo.

Chicherías, baños públicos, putas y bastardos

por LÍDERMAN VÁSQUEZ

Número 17 Octubre de 2010

Tomada del libro Historia de Bogotá Siglo XX de Fabio Zambrano P.

A finales del siglo XIX, por los alrededores del Parque Berrío, había muchas chicherías. A ellas acudían los pobres a emborracharse y a liarse con alguna puta vieja, trajinada, devaluada. Eran sitios donde imperaba el desaseo. Desde los periódicos locales las plumas de bien instaban a los ricos de la ciudad a apropiarse de esos sitios y construir modernos edificios acordes con los nuevos tiempos. Por un cuartillo de chicha, y a veces sólo por la compañía, las putas se iban con los hombres a copular en las mangas cercanas al parque, o a callejones oscuros, en medio del ladrido de los perros.

Llegaban a la ciudad, todavía niñas, huyendo del rejo paterno, y entraban a servir en una casa de ricos. Los años, el maltrato, y uno que otro aborto, las iban devaluando, como a Guayaquil, y terminaban sus días en las chicherías. Estos lugares, vestigios de una época colonial que seguía viva en la cabeza de todos, eran el sitio de diversión de los pobres.

Los ricos tenían otros gustos.

En las familias de alcurnia las mujeres, educadas en los principios cristianos de castidad y sometimiento total al varón, constituían el cimiento del edificio familiar. Las relaciones sexuales dentro del matrimonio no tenían como fin el placer sino la concepción, ningún hombre debía despertar pasiones deletéreas en seres tan angelicales. Privativo de ellos, el placer había que buscarlo por fuera del matrimonio. Cuando lo procuraba la sirvienta era seguro, libre de enfermedades venéreas y de piojos: la esposa miraba para otro lado, se hacía la de la vista gorda, eso no era con ella. Si había embarazo la muchacha era expulsada y se convertía en puta. Muchas veces parían en los cañaduzales que bordeaban el río Medellín y cometían infanticidio. Nadie vio, nadie oyó.

Pero lo normal era acudir donde las putas. A procurarse lo que no les daban en casa, a disfrutar de una buena felación que las esposas, formadas a imagen y semejanza de María, madre de Dios, ni se imaginaban que se pudiera hacer, acudían los hombres a los prostíbulos de los que se fue llenando Guayaquil, el barrio residencial de las élites. Allí tuvo su casa Pedro Nel Ospina, presidente de Colombia entre 1922 y 1926. Los domingos, en la misa, putas y castas acudían al misterio de la eucaristía y estas últimas miraban con el rabillo del ojo y un mohín de desprecio a las mujeres perdidas que ofendían con su presencia la casa de Dios. Los esposos fingían indiferencia y con los ojos cerrados se entregaban al recuerdo, delicioso, de los goces comprados. Afuera, en el atrio de la iglesia, perros de todos los colores, con el pelaje del cuello erizado, mostrando los dientes y olisqueándose, medían sus fuerzas alrededor de una perra en calor. Tenían cara de malevos, de hombres lujuriosos, viciosos y pendencieros.

A medida que Guayaquil entraba en decadencia, los hombres de bien refinaban sus gustos. La gente se bañaba una vez a la semana, y, para hacerlo, acudían a baños públicos porque en las casas no había. Esta costumbre de no bañarse nunca, aparece en Europa en el siglo XII cuando la Iglesia, argumentando que durante el baño tocamos nuestros genitales, proscribe el uso del agua para estos menesteres: La cristiandad, hedionda de alma, paso a ser también hedionda de cuerpo.

En el Centro había varios. Ofrecían agua caliente, brandy y empanadas frescas. Eran sitios de encuentro con mujeres que vendían caros sus servicios, algunas de ellas alemanas, francesas, polacas, inglesas y españolas. Aunque parezca extraño, América Latina, desde México hasta Argentina, era el sitio preferido por las mujeres europeas para ejercer la prostitución. Entraban por Barranquilla y subían por el río Magdalena ofreciendo sus servicios a medida que se adentraban al interior del país. En Robledo había un baño muy bueno, frecuentado por don Coriolano Amador, el hombre más rico de Medellín, que se citaba allí con sus amantes. Entre brandy y brandy, saboreando las empanadas recién hechas se entraba en calor.

Menos frecuente que la visita al prostíbulo o a los baños públicos eran las aventuras con actrices. A Medellín llegaban compañías de teatro y de zarzuela y los hombres, vestidos a la manera europea, las seducían. Hubo frecuentes orgías en las quintas de los alrededores. Una muy famosa, pues en ella participó un verdadero contingente de actrices, se prolongó por quince días en la quinta de una de las familias más prestantes de la ciudad. Estas mujeres, igual que las putas, eran duchas en las artes amorosas y poseían la sabiduría que hizo famosas a las mujeres de Lesbo.

La industrialización atrajo a muchas mujeres del campo. La mayoría aspiraba a un empleo en las recientes fábricas textiles, pero la verdad es que muchas de ellas iban a parar a Guayaquil, o terminaban sus días en una chichería ofreciéndose por un cuartillo de chicha. Los dandis de la ciudad, elegantemente vestidos, solían frecuentar la salida de las fábricas y susurrarles palabras calientes al oído y una que otra promesa. Las muchachas, que trabajaban hasta dieciséis horas diarias y ganaban menos de la mitad de lo que ganaba un hombre, accedían a cambio de dinero. En los sitios de trabajo tenían que soportar el acoso de los capataces que bajo amenaza terminaban saliéndose con la suya. Estas historias, de las que no estaba excluido el sentimiento amoroso, terminaban con la muchacha en una residencia de Guayaquil, vendiendo su cuerpo para poder alimentar al hijo bastardo. Como en un poema de Mario Rivero en donde un cliente le dice a la muchacha: “Ven conmigo y te regalaré un vestido y un pañuelo”, y al final ella termina llorando.

Así, la nación colombiana fue nación de bastardos, de hijos naturales. De ellos descienden los policías, los soldados, los guerrilleros, los paramilitares, los maestros, los narcotraficantes, los albañiles, los empleados de grandes almacenes, etc.

Hay putas a pocos pasos de la Plaza Botero, travestis por los alrededores de la Iglesia Metropolitana, prepagos en colegios y universidades, y hasta en El Poblado, según publicación reciente del periódico ADN, adolescentes, hijas de la abundancia, se venden a traquetos y jubilados norteamericanos y españoles por diez billetes de cincuenta. Vengan que estamos en feria, es el bicentenario.

Porno a la salida de misa

por ANDRÉS DELGADO

Número 16 Septiembre de 2010

Boyacá es la calle del porno en Medellín. Ubicada en el lateral de la iglesia de La Candelaria y desembocando en el Parque de Berrío, Boyacá es un enjambre peatonal y un mercado callejero de ropa, zapatos, lociones, libros, aparatos eléctricos y un resto de cachivaches. Pero la mayor oferta, y demanda, es de pornografía: los viernes y sábados, hay más de 25 improvisados puestos de venta de películas. Todas las películas son copias ilegales en DVD. Con feligreses que salen de misa y pornógrafos ojeando culos y tetas, Boyacá es una calle donde el porno y los rezos son parte de un mismo rito.

Como muchas otras calles de América Latina, esta tiene nombre de batalla independentista. En Boyacá, Simón Bolívar derrotó definitivamente al ejército español en el norte de Suramérica. El Perú se liberó de los españoles en la batalla de las pampas de Junín. En Medellín, el paseo Junín es un bulevar que cruza por la calle 53, llamada Maracaibo, como la ciudad venezolana.

En uno de los puestos de películas un señor de bigote y buena barriga me muestra lo que tiene. Me entrega un cerro de carátulas para que pueda verlas en mis manos: Sexo duro, jovencitas, anal, maduras, gays, prenatal, pies, faldas, piernas, profesoras y enfermeras. “Gracias” le digo al gordinflón y devuelvo el paquete. Voy a otro puesto: interraciales, porno famosas, aficionadas, masajes, pelinegras, pelirrojas, eyaculaciones faciales, gordas, flacas y tetonas. Los géneros del porno, como los fetiches, son amplios.

El precio: una copia cuesta 3 mil pesos, menos de dos dólares. De pie, en las paredes de la iglesia de La Candelaria, los vendedores sostienen en los brazos docenas de películas o improvisan en la calle una tabla donde exhiben las carátulas con vergas gigantes y tetas redondas.

La venta de estas películas está prohibida por ser copias sin pagos de derechos y por ello los vendedores deben estar a cuatro ojos con los policías. Si llegan a detenerlos, les incautan el material.

Quiero ojear otros culos pero me antojo de entrar a la iglesia. La Virgen de la Candelaria es una virgen negra, como es negro el niño Jesús que sostiene en los brazos. Un Jesús negro y churrusco, un desliz en el racismo romano.

En el atrio hay un viejo sucio, como recién salido de una alcantarilla, pidiendo limosna. Es pelilargo, mugriento y flaco. Tiene las encías peladas y no tiene camisa ni zapatos. Su única prenda de vestir es una roñosa pantaloneta. Levanta la mano y pide una moneda con el rostro desgraciado.

Al entrar a la iglesia el cambio se siente de inmediato: afuera el bullicio, adentro la calma. Se escucha el sermón. Las palabras del cura retumban y hacen eco en la bóveda del cielo raso. El ambiente es solemne. En las paredes hay bustos religiosos. En la cámara del sur está Jesús crucificado, un Jesús idéntico al miserable sujeto de la entrada: pelo largo, cuerpo flaco y sucio. Este Jesús es un mendigo del Parque de Berrío clavado en una cruz.

Mientras tanto, el cura sigue dando su monserga: conferencia con sabiduría sobre la vida familiar y el matrimonio. Parece un ciego hablando de la luna llena, con toneladas de información, pero sin saber absolutamente nada. Es mejor seguir ojeando porno.

A la salida de la iglesia está Jesucristo mugroso pidiendo limosna.

En nuestra ciudad, la educación sexual ha sido manipulada por la iglesia católica, tiñendo de prohibiciones y censuras la naturaleza del cuerpo. Las mujeres bien del barrio Boston llegaban vírgenes al matrimonio. Ya casadas, en las confesiones, consultaban al cura sobre asuntos del sexo. Imagine la calentura del cura escuchando estas historias. Cuando las señoras tenían sexo con el marido, se tapaban el cuerpo con una sábana con un huequito. En el pasado se le llamó Putaísmo a todo acto sexual por fuera del matrimonio. Pero también era considerada puta aquella mujer que tenía sexo con su marido cambiando de posiciones y divirtiéndose, sin esperar la procreación.

En otra iglesia del centro de Medellín, en el atrio de la iglesia de La Veracruz, trabajan las putas más viejas de la ciudad. Son señoras de 50 y 60 años que ejercen la prostitución. Como decía Eduardo Escobar, “todas las putas son católicas y van al infierno de los poetas”.

Ojeando las novedades de Jairo, un muchacho que trabaja vendiendo porno en la puerta de la iglesia de la Candelaria, veo un señor que está a punto de salir de misa. Es calvo. Antes de salir de la iglesia, gira hacia el púlpito y se echa una bendición, inclinándose. Luego camina desprevenido por la acera, en nuestra dirección. Esquiva varios peatones y pasa por mi lado. En un reflejo, el señor baja la mirada y los ojos se clavan en una carátula de Jairo. Queda impresionado con un culo enorme. Sigue caminando despacio, pero no puede quitar los ojos de la foto que lo tiene embrujado. Entonces Jairo lo aborda. Le pone en las manos varias carátulas de jovencitas desnudas. Jairo sabe que las películas de niñas follando, vuelven locos a los más viejos. El calvo, con las carátulas en las manos, se avergüenza, devuelve el paquete que antes recibió y camina ahora con más afán.

–No importa –me dice Jairo–, un día cualquiera, cuando salga de misa, me compra un DVD. 

por PASCUAL GAVIRIA // Los siete días a la semana, las 24 horas del día dos despachadores se encargan de llenar los termos de 300 tinteras —el 90% son mujeres— que inician sus recorridos con la esperanza de cambiar los brebajes por monedas de 200 contantes y sonantes.

por RUBÉN VÉLEZ // No creo que Medellín sea la más educada. Eso sí, es la menos aburrida. Su parque principal ya es el escenario de dos circos. Uno de ellos, el más conocido, se llama “El show de La Danny”. ¿Qué nombre darle al otro? ¿”El don de la vida” o “La alharaca de Vallejo?”