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Porno a la salida de misa

por ANDRÉS DELGADO

Número 16 Septiembre de 2010

Boyacá es la calle del porno en Medellín. Ubicada en el lateral de la iglesia de La Candelaria y desembocando en el Parque de Berrío, Boyacá es un enjambre peatonal y un mercado callejero de ropa, zapatos, lociones, libros, aparatos eléctricos y un resto de cachivaches. Pero la mayor oferta, y demanda, es de pornografía: los viernes y sábados, hay más de 25 improvisados puestos de venta de películas. Todas las películas son copias ilegales en DVD. Con feligreses que salen de misa y pornógrafos ojeando culos y tetas, Boyacá es una calle donde el porno y los rezos son parte de un mismo rito.

Como muchas otras calles de América Latina, esta tiene nombre de batalla independentista. En Boyacá, Simón Bolívar derrotó definitivamente al ejército español en el norte de Suramérica. El Perú se liberó de los españoles en la batalla de las pampas de Junín. En Medellín, el paseo Junín es un bulevar que cruza por la calle 53, llamada Maracaibo, como la ciudad venezolana.

En uno de los puestos de películas un señor de bigote y buena barriga me muestra lo que tiene. Me entrega un cerro de carátulas para que pueda verlas en mis manos: Sexo duro, jovencitas, anal, maduras, gays, prenatal, pies, faldas, piernas, profesoras y enfermeras. “Gracias” le digo al gordinflón y devuelvo el paquete. Voy a otro puesto: interraciales, porno famosas, aficionadas, masajes, pelinegras, pelirrojas, eyaculaciones faciales, gordas, flacas y tetonas. Los géneros del porno, como los fetiches, son amplios.

El precio: una copia cuesta 3 mil pesos, menos de dos dólares. De pie, en las paredes de la iglesia de La Candelaria, los vendedores sostienen en los brazos docenas de películas o improvisan en la calle una tabla donde exhiben las carátulas con vergas gigantes y tetas redondas.

La venta de estas películas está prohibida por ser copias sin pagos de derechos y por ello los vendedores deben estar a cuatro ojos con los policías. Si llegan a detenerlos, les incautan el material.

Quiero ojear otros culos pero me antojo de entrar a la iglesia. La Virgen de la Candelaria es una virgen negra, como es negro el niño Jesús que sostiene en los brazos. Un Jesús negro y churrusco, un desliz en el racismo romano.

En el atrio hay un viejo sucio, como recién salido de una alcantarilla, pidiendo limosna. Es pelilargo, mugriento y flaco. Tiene las encías peladas y no tiene camisa ni zapatos. Su única prenda de vestir es una roñosa pantaloneta. Levanta la mano y pide una moneda con el rostro desgraciado.

Al entrar a la iglesia el cambio se siente de inmediato: afuera el bullicio, adentro la calma. Se escucha el sermón. Las palabras del cura retumban y hacen eco en la bóveda del cielo raso. El ambiente es solemne. En las paredes hay bustos religiosos. En la cámara del sur está Jesús crucificado, un Jesús idéntico al miserable sujeto de la entrada: pelo largo, cuerpo flaco y sucio. Este Jesús es un mendigo del Parque de Berrío clavado en una cruz.

Mientras tanto, el cura sigue dando su monserga: conferencia con sabiduría sobre la vida familiar y el matrimonio. Parece un ciego hablando de la luna llena, con toneladas de información, pero sin saber absolutamente nada. Es mejor seguir ojeando porno.

A la salida de la iglesia está Jesucristo mugroso pidiendo limosna.

En nuestra ciudad, la educación sexual ha sido manipulada por la iglesia católica, tiñendo de prohibiciones y censuras la naturaleza del cuerpo. Las mujeres bien del barrio Boston llegaban vírgenes al matrimonio. Ya casadas, en las confesiones, consultaban al cura sobre asuntos del sexo. Imagine la calentura del cura escuchando estas historias. Cuando las señoras tenían sexo con el marido, se tapaban el cuerpo con una sábana con un huequito. En el pasado se le llamó Putaísmo a todo acto sexual por fuera del matrimonio. Pero también era considerada puta aquella mujer que tenía sexo con su marido cambiando de posiciones y divirtiéndose, sin esperar la procreación.

En otra iglesia del centro de Medellín, en el atrio de la iglesia de La Veracruz, trabajan las putas más viejas de la ciudad. Son señoras de 50 y 60 años que ejercen la prostitución. Como decía Eduardo Escobar, “todas las putas son católicas y van al infierno de los poetas”.

Ojeando las novedades de Jairo, un muchacho que trabaja vendiendo porno en la puerta de la iglesia de la Candelaria, veo un señor que está a punto de salir de misa. Es calvo. Antes de salir de la iglesia, gira hacia el púlpito y se echa una bendición, inclinándose. Luego camina desprevenido por la acera, en nuestra dirección. Esquiva varios peatones y pasa por mi lado. En un reflejo, el señor baja la mirada y los ojos se clavan en una carátula de Jairo. Queda impresionado con un culo enorme. Sigue caminando despacio, pero no puede quitar los ojos de la foto que lo tiene embrujado. Entonces Jairo lo aborda. Le pone en las manos varias carátulas de jovencitas desnudas. Jairo sabe que las películas de niñas follando, vuelven locos a los más viejos. El calvo, con las carátulas en las manos, se avergüenza, devuelve el paquete que antes recibió y camina ahora con más afán.

–No importa –me dice Jairo–, un día cualquiera, cuando salga de misa, me compra un DVD. 

por PASCUAL GAVIRIA // Los siete días a la semana, las 24 horas del día dos despachadores se encargan de llenar los termos de 300 tinteras —el 90% son mujeres— que inician sus recorridos con la esperanza de cambiar los brebajes por monedas de 200 contantes y sonantes.

por RUBÉN VÉLEZ // No creo que Medellín sea la más educada. Eso sí, es la menos aburrida. Su parque principal ya es el escenario de dos circos. Uno de ellos, el más conocido, se llama “El show de La Danny”. ¿Qué nombre darle al otro? ¿”El don de la vida” o “La alharaca de Vallejo?”

Saberes y sabores en el centro: memorias y presencias

Ramiro Delgado Salazar*

Número 8 Diciembre de 2009

…una primera caminadita y unas añoranzas

Aún hoy, después de tantos años, queda en el ambiente el provocador aroma de unas deliciosas crispetas casi acarameladas que se preparaban en la esquina de la Avenida La Playa con la carrera El Palo, hasta tal punto que hoy podemos deambular por estas calles y de repente oler esas deliciosas palomitas de maíz, que siempre provocaban los deseos de grandes y niños, y que traían la memoria de un crispetero vestido de blanco, tenuemente iluminado por la llama azulamarilla que calentaba la olla en la que tanda tras tanda estallaban grano tras grano de maíz.

Hoy también se sienten, en ese caminar por el centro, en horas del atardecer y de la noche, las diversas fritangas de carnes de res y de cerdo, que acompañadas de algunos complementos inundan el aire, o el salchichón o la chunchurria, con arepas o quizás papas, entre otras varias frituras. Una muy variada gama de olores llegan por distintas calles y carreras, y a su vez empiezan a aparecer también muy diversas imágenes que motivadas por estas sensaciones traen otros tiempos, otros gustos, otros antojos. El centro de Medellín nos evoca comidas, sitios, personas que nos abren el camino para descubrir desde los recuerdos y desde rincones insospechados una ciudad que dinámicamente digiere sus anhelos, sus añoranzas y sus momentos globales. El maravilloso paisaje que los sentidos viven, pone a cada uno a vivir un centro de hoy al lado de la memoria de un ayer que contrasta comidas y bebidas, nostalgias y maravillas.

Encontrarnos en la Plazuela de San Ignacio, en su esquina suroriental, al Vecinito con su puesto para freír. Es darle al paladar la oportunidad de saborear unas deliciosas tostadas de papa recién salidas de la paila, a la cual han sido tiradas directamente luego de que la cuchilla corta delgadas tajaditas, y que el aceite caliente no solo tuesta, sino que le da un provocativo color amarillo oscuro. Uno quisiera quedarse ahí y acabar el bulto.

Por otra ruta, sobre la calle Junín, nos ataca la nostalgia de los más deliciosos perros calientes que se podían comer, cuando en medio de alguna diligencia tocaba pasar por un lado del Edificio Coltejer. Lo llamaba a uno el repleto asador de salchichas dando vueltas y el delicioso olor que esparcían, la sabrosa mostaza preparada para marcar exclusividad, el fresco, sabroso y a veces caliente pan, el picado de tomate y de cebolla. Era El Colmado.

Un centro urbano en el que contrastan múltiples lugares dándose cita en el paladar y el olfato. Los ires y venires de migrantes que ofrecen sus recuerdos de comidas locales y parentales, otros que llegan y ponen sus sazones, sus gustos y sus papilas. Recordar esas italias que deambularon por las calles céntricas es traer a la memoria restaurantes como Salvatore, Tonino, Piemonte, Guseppi Verdi o Palazzeto de Italia, que aún brinda de forma artesanal pasta hecha en casa y pone a soñar en esos sabores de una salsa bolognesa preparada con cuidado durante muchas horas al fogón. Las sabidurías de Don Bruno Colombari brindando sus recetas a la gente en la sede de su restaurante Guseppi Verdi, en la calle Sucre entre Colombia y Ayacucho, y difundiendo historias sobre lasagna bolognesa, pizza caprichosa, polenta, o un rico strudel alemán; un fragmento de las culinarias italianas que contrastaban con las presencias italianas en la ciudad de Barranquilla, los molinos de trigo y la ruta amarrada a un “rico arroz con fideos” en el que dialogan mundos y culturas apropiadas en estas rutas de la colombianidad.

Un céntrico universo nos sigue evocando las tardes o las mañanas en las que acompañados de un tinto, un café con leche o un jugo de mandarina, los niños y los mayores de hace más de 60 años, y los de hoy, siguieron y seguimos la ruta de otro migrante, en este caso suizo, que nos conquistó con unos moros en forma de sapos color verde intenso, un paladar cremosamente rosado, una lengua roja y unos vivos ojos blancos y negros. Ricos bizcochos rellenos de crema y frutas y vestidos de verde que son ya referentes para propios y visitantes. Los moritos del Ástor son como parte de nuestras identidades multiculturales, que digerimos y apropiamos como si nos fueran nuestras.

Recordar en ese caminar otros sabrosos olores de las tardes noches, en las que unas mujeres impecablemente vestidas de blanco y una maravillosa pañoleta amarrada en sus cabezas, soplaban con una china sobre una hornilla construida de una lata de aceite, unos sabrosos y provocativos chuzos, cuyo aroma inundaba el sector; los chuzos de las mujeres chocoanas esparcían el olor de una sazón que encierra secretos ancestrales reelaborados en un día a día y que tras un brochazo y otro impregnan de su gusto las carnes que ensartadas en un palito de madera rematan en una rica arepa redonda blanca. Allí a su alrededor están esas fiestas, pero están los circos que visitaban la ciudad, los partidos de fútbol, los parques y diversas vías céntricas, así como otra serie de celebraciones entre sagradas y profanas que construyen circuitos ceremoniales en este centro, universo de sabores y saberes.

Caminar entre la calle San Juan y la Avenida Oriental, entre Córdoba y la Avenida del Ferrocarril, es iniciar una ruta en la que saltan sabores y olores, recuerdos que saben a otras épocas o nos acercan a todo tipo de versiones cotidianas de arepas asadas en plena calle, y cuyos ricos aromas y estirados quesos son el antojo todos los días del año y a todas horas.

*Docente e investigador. Departamento de Antropología, Universidad de Antioquia.

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ // A este noble tubérculo de color amarillo se debe que los índices de hambrientos no perezcan en el intento de coger un colectivo. Y más allá de esto, se trata de una de las golosinas de sal más apetecidas por los mecateros de la urbe.

por TOMÁS CARRASQUILLA // El relato de una juerga de un día completo con final en la cárcel y jóvenes alebrestados por el anís y el respaldo de la pistola en la pretina, es la historia de Tomás Carrasquilla más cercana a los alborotos del Medellín de nuestros días.