Entradas

Primeros planes

por LUIS FERNANDO GONZÁLEZ ESCOBAR

Número 96 Mayo de 2018

Carrera Bolívar. Gabriel Carvajal, 1968. Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto

En 1968 el entonces Departamento Administrativo de Planeación contrató con los arquitectos César Valencia Duque y Jorge Cadavid López el Estudio del centro de la ciudad. El documento fue publicado al final del año siguiente. Se cumplen así cincuenta años del primer intento de estudiar, imaginar y definir qué hacer con el Centro. A partir de esos primeros trazos se han sucedido variados estudios, planes, programas y proyectos. Muchas cosas han dicho los planificadores y otras tantas han hecho las 28 administraciones que se han sucedido entre 1968 y 2018, ya sea siguiendo lo formulado o, simplemente, el capricho del mandatario de turno, los intereses económicos, el cálculo político o simplemente el deseo megalómano. En ese lapso son grandes y dramáticos los cambios sobre el paisaje urbano que diagnosticaron los arquitectos Valencia y López; pero, a pesar de la transformación, también es cierto que se conservan espacios y usos, rutas e hitos de ese Centro de hace medio siglo.

Para aquellos años finales de la década de 1960, el Centro estaba al servicio de una ciudad de un millón de habitantes y contenía una diversidad de usos que lograba un cierto equilibrio. Si bien la actividad comercial era importante — el 33,58 por ciento—, era casi la misma proporción de la ocupación del suelo dedicada a vivienda —34,75 por ciento—, lo demás estaba repartido en usos varios, actividad industrial y su condición de centro institucional, ya religioso o político. Era un centro dinámico y diverso. Donde se concentraban los discursos y los sermones de la ciudad que dejaba de ser villa, donde crecían el comercio y la pequeña industria, y al mismo tiempo se concentraban las actividades educativas y culturales; así, en esa mezcla social había dos clubes de la elite y 16 templos, pero también 17 salas de cine, 58 heladerías y 398 cafés, donde las distintas clases sociales aun convergían.

En las 341 páginas del estudio, con sus anexos y sus 45 planos, se plantearon las grandes preocupaciones del momento para un Centro conformado por 237 manzanas —entre el centro principal y la zona adyacente— en torno a la arquitectura, el urbanismo, la vivienda, la circulación y las sedes institucionales.

Siguiendo el pensamiento predominante del momento, los autores concluían que no había una arquitectura de conjunto, le faltaba carácter y era “inmadura”, pues a una innovación le seguía otra de manera rápida, con materiales de calidades discutibles, lo que implicaba no un conjunto coherente sino una suma de edificaciones, con efectos irremediables en la estética urbana, la que no era sino el reflejo de “una de las características más sobresalientes de nuestra idiosincrasia”, esto es, el “individualismo”. Ya se alzaba en el horizonte la ruptura de la escala urbana debido a los nuevos edificios de Propiedad Horizontal, llamados rascacielos, que tomaban impulso y se construían como alternativa de vivienda para los sectores de “alta categoría”. Cinco décadas después las demostraciones de esa idiosincrasia individualista darían como resultado ese collage complejo que caracteriza hoy el Centro de la ciudad, ya con más torres, menos espaciosas, no para la “alta categoría” sino para sectores medios, y con una estética simplificada al extremo, en donde predomina no la individualidad sino las construcciones en serie.

Para los autores no existía en la ciudad un verdadero urbanismo; por ejemplo, señalaron cómo el Plan Piloto, entregado en 1951 por los urbanistas Paul Weiner y José Luis Sert, fue una reglamentación de tipo general que nunca fue llevada al detalle y a consecuencias sobre el territorio; en otro sentido, la carencia de servicios comunales en los barrios hizo del Centro el lugar con el mayor poder de atracción, el “cual se congestionaba cada vez más”. Pero lo más interesante es cómo reconocieron la carencia de zonas verdes urbanas y la ausencia de planes en ese sentido: “Las nuevas vías y ampliaciones tienen fallas en este aspecto. Como consecuencia la ciudad se ha tornado árida. La temperatura ambiental ha venido aumentando gradualmente”. Sin lugar a dudas una lectura que se anticipó a los tiempos de la ecología urbana y los microclimas. Apenas ahora se trata de entender y mitigar lo que aquel estudio anunció hace cincuenta años.

Es cierto que el urbanismo hizo irrupción con el paso de los años y se ha intentado una mirada de conjunto, pero aun así la falta de verdaderas centralidades barriales siguió siendo uno de los factores determinantes para que el Centro fuera y se mantuviera como el mayor factor de atracción. Hoy día muchos siguen sin entender que buena parte de las problemáticas del Centro pasan por las dinámicas barriales, las periferias y la marginalidad urbana.

La vivienda era un uso considerado compatible con la vida del Centro y en su mayor parte, especialmente en el centro principal, era valorada como de alta calidad. Si bien eran aún predominantes las casas de uno y dos pisos, se daba paso a los edificios multifamiliares y a los de renta de cuatro pisos en las áreas adyacentes al centro principal. De ahí que el sesenta por ciento de la población del Centro era permanente y solo un cuarenta por ciento era flotante. No obstante se diagnosticaron sectores en deterioro, tomando como criterio el estado de la infraestructura urbana, y el nivel socioeconómico, para hablar eufemísticamente de la población pobre asentada allí, como los casos de San Antonio, Guayaquil, La Bayadera, los alrededores de la iglesia del Corazón de Jesús, los alrededores del edificio de EPM, aparte del sector de la Estación Villa con sus tugurios y la expansión del barrio Colón. La vivienda hoy es minoritaria en el Centro, el mayor porcentaje de la población es flotante y los sectores señalados, pese a las intervenciones que se han hecho, se mantienen sin resolver sus problemas fundamentales. El 14,2 por ciento de la población económicamente activa de entonces se empleaba en el Centro, de tal manera que la población flotante iba en incremento mientras que la residente ya comenzaba su desplazamiento a Laureles y El Poblado; las rutas de buses convergían especialmente a la Plaza de Cisneros —el centro popular por excelencia—, al Parque de Berrío y la Plazuela Nutibara, lo que hacía que el Centro se saturara por sectores, aunque se consideraba que aún tenía capacidad de crecer por unos diez años más sin colapsar; no ocurría lo mismo en términos peatonales, pues era problemático debido a que los andenes eran insuficientes, no tenían capacidad para albergar tanta demanda, además eran estrechos y estaban deteriorados y ocupados por ventas ambulantes.

La propuesta, hecha para prever el crecimiento futuro y atender esa demanda presente, era el desarrollo combinado de un anillo vial periférico y al interior del mismo la peatonalización de vías. De hecho el anillo periférico ya se había planteado con la idea de la Avenida Oriental, la continuidad por la calle Vélez al norte, la Avenida del Ferrocarril al occidente y al sur por la carrera 33. Con los propósitos de este plan esa idea se fortaleció e incluyó paraderos de buses y zonas de estacionamiento vehicular a lo largo de todo el anillo. Mientras tanto al interior se planteó la peatonalización de la carrera Junín —entre Caracas y La Playa—, la avenida La Playa —entre Junín y Sucre—, la carrera Bolívar para unir el Parque de Berrío y la Plazuela Nutibara, la remodelación del Parque de Bolívar y el pasaje La Bastilla, además del cierre al tránsito de calles como Boyacá, Colombia, Calibío, entre otras.

El anillo vial fue construido cerrando al sur no por la calle 33 sino por la calle San Juan, los efectos sobre el Centro de la ciudad fueron dramáticos por la demolición de cientos de edificios a lo largo de la Avenida Oriental, pero sin las obras de mitigación que se pensaron en el Plan, y sin los paraderos ni las zonas de estacionamiento. Desaparecieron del paisaje hermosos ejemplos de arquitectura histórica y se cercenaron espacios públicos como la plaza de Cisneros o la plazuela de San José, aunque al interior se ganaron los pasajes de Junín o La Bastilla. A la hora de los balances fueron más los saldos en rojo que los positivos. En distintas administraciones esos mismos pasajes han cambiado de material en sus pisos, de amoblamiento y decoración; y esas mismas calles hoy se intentan entregar al peatón, disputándolas a los vehículos y a las ventas ambulantes.

Los otros grandes proyectos discutidos en el Plan del Centro de 1968 fueron la Central de transporte interurbano, la plaza de mercado de Cisneros y la construcción del Centro Administrativo Oficial. La Central de transportes implicaba la reubicación de las terminales de buses y del ferrocarril, de hecho el Ferrocarril no se reubicó sino que se acabó y la central dio lugar primero a la terminal de transporte del norte y años después la del sur, alejando de Guayaquil las actividades que habían sido determinantes en su dinámica como puerto seco. Por su parte la plaza de mercado era considerada uno de los más serios problemas urbanísticos de la ciudad, con sus 1200 puestos hacinados adentro y sus más de 400 puestos afuera de la parte cubierta, especialmente en el denominado Pedrero. Se pensaba que con el traslado de sus actividades a una plaza mayorista al sur de la ciudad y un plan de mercados satélites en los barrios Guayabal, Campo Valdés, Castilla, Robledo, La América y Belén, que estaban en construcción, debería desaparecer. Pero no fue así. Algunas plazas funcionaron y otras no. Se incluyó posteriormente la plaza minorista José María Villa, pero muchas de sus actividades se fueron desplazando al Centro en un proceso de años que se llamó la “guayaquilización” del Centro.

Mientras que con el centro administrativo se buscaba solucionar la dispersión de las dependencias oficiales y la dificultad para ampliar las distintas sedes, aparte de las condiciones arquitectónicas de las oficinas, la ausencia de espacios libres en sus inmediaciones, las dificultades de acceso, la falta de zonas de parqueo, entre otras razones que justificaban la creación del centro administrativo en La Alpujarra, como ya había sido contemplado en el Plan Piloto de 1951. Con el Plan del Centro se justificó, por el poco valor de la tierra en La Alpujarra, la posibilidad de la renovación urbana de este sector, la realización de edificios con técnicas modernas de funcionalidad y arquitectura; la libertad arquitectónica para estudiar espacios abiertos y perspectivas exteriores, sus relaciones paisajísticas con el cerro Nutibara, la facilidad de separar el tráfico vehicular y peatonal, y así crear un centro como eje metropolitano. El Plan recomendó la creación de una Junta o Comité Provisional como entidad a cargo de adelantar la obra y se puso una meta de diez años para adelantar el proyecto. Solo en 1975 se hizo el concurso para elegir el proyecto, que se ejecutó entre 1983 y 1987, con otros criterios, diseños y concepciones a las planteadas en este Plan.

En general el Plan del Centro de 1968, siguiendo las concepciones de aquellos años, hace el diagnóstico de la situación, plantea alternativas y define lineamientos para que sean convertidos en proyectos específicos. No hacía urbanismo estrictamente ni diseño urbano. Pero concibió un centro de ciudad a partir de la interpretación de unas realidades que se consideraban adecuadas o problemáticas. Con lo cual nos dejaron un retrato de cómo era el Centro en aquellos años pero también de los imaginarios de aquella sociedad a través del pensamiento de los arquitectos y el equipo a cargo. Al concretarse su ejecución, con cambio de orientaciones, con errores y aciertos, se cambió radicalmente el paisaje urbano. Curiosamente algunas preguntas y respuestas fundamentales sobre transformaciones sociales siguen vigentes, mantienen los mismos sesgos y prejuicios, las mismas ubicaciones y segregaciones socioespaciales mientras se abren y se cierran vías, se amplían calles, se cambian una y otra vez los pisos de aceras y espacios públicos, se reglamentan y mejoran fachadas… obras que parecen un déjà vu. Y queda aún latente la pregunta por la historia, de la que poco o nada hay referencia en aquel Plan del Centro, y la que poco parece significar e incidir en el presente.

Carrera Bolívar. Juan Fernando Ospina, 2017.

Cinco segundos

por SAÚL ÁLVAREZ LARA • Ilustración de Camila López

Número 64 Abril de 2015

El Cirrus fue restaurante y bar en la esquina de la calle Maracaibo con la avenida Juan del Corral, detrás del Hotel Nutibara, al inicio de la calle. Más arriba, sobre Maracaibo, estaban el cine Ópera y la Librería Aguirre, y dos cuadras más arriba, la Clínica Medellín y lo que acabó siendo la Avenida Oriental. En esos años, década del sesenta, no había metro, ni Plaza Botero, ni hombres estatua a la espera de una moneda para hacer el movimiento ensayado hasta la memoria. Estaban las palmeras de la Plazuela Nutibara que no parecen haber cambiado, ni crecido, ni desmejorado con los años, siguen iguales, menos en número por el paso del viaducto, pero iguales. Eso creo.

El Cirrus ofrecía en aquellos años lo que hoy se conoce como un corrientazo. Era un restaurante con almuerzo para empleados de la zona que en las noches pasaba a cabaret. Lo digo por la exhibición de botellas, adornos, luces y espejos del mostrador, y por el piano en el rincón más alejado de la puerta, la tarima pequeña que insinuaba el lugar del cantante y la pista, también pequeña, que sugería la posibilidad del baile. Nunca estuve allí de noche pero un cierto ambiente Casablanca se sentía en los rincones, mediterráneo, un poco. La penumbra, refrescante al medio día, llegaba hasta las cuatro o cinco puertas sobre la calle Maracaibo, abiertas pero con mesas de banca unida y espaldar alto que impedían la entrada. Los manteles siempre a cuadros, rojos y blancos, la vajilla blanca, las sillas y el resto de la madera azul; las paredes color ladrillo, eran con seguridad lo que contribuía al ambiente de otra parte. A la hora del almuerzo, en lugar de sopa era posible elegir espaguetis. ¿Espaguetis en lugar de sopa? A quién se le ocurriría algo así. También había salsas, boloñesa o napolitana. Lo que parecía una exageración, más tarde lo supe, era una costumbre italiana donde la pasta es una entrada y siempre va acompañada de otro plato: ossobuco, filete o lo que el chef proponga. En El Cirrus después de la pasta venía el seco: arroz, papas, carne y repollo o tomate picado.

Un detalle por fuera de la carta, si así lo pudiéramos llamar, sucedió en una de las puertas del Cirrus, la segunda cuando uno baja por la calle Maracaibo rumbo a la avenida Juan del Corral, un miércoles de septiembre a las 12:45 del día. A esa hora ya habíamos despachado los espaguetis acompañados con salsa napolitana y esperábamos el seco. Silvio, el mesero, estaba desbordado, el tumulto de la hora lo obligaba a ir de un lado para otro esquivando mesas y comensales con agilidad a prueba de obstáculos; había más gente que de costumbre y los choques de voces, cubiertos, platos y vasos tronaban entre las mesas. Silvio, malabarista en su salsa, llegó con el segundo plato a nuestra mesa.

Para quien baje por Maracaibo mi puesto era el más cercano a la calle en la mesa de la segunda puerta, de allí alcanzaba a ver la gente que subía y la espalda de quienes pasaban rumbo a la avenida. De repente algo enorme se abatió sobre mi plato en el momento mismo que Silvio lo dejó en la mesa frente a mí. Fue lo me quedó grabado en la memoria. Aquella fuerza inesperada, oscura y contundente hizo saltar arroces, hilachas de repollo y puré de papa en todas las direcciones. No tuve tiempo de ver el plato. Lo que quedó después de la ráfaga que lo azotó fue algo parecido a lo que deja un terremoto. Levanté la mirada asustado porque era posible que una réplica aún más fuerte se presentara y entonces vi la espalda desenfocada, oscura, casi negra, que se alejaba por la calle Maracaibo hacia abajo, rumbo a la esquina de la avenida Juan del Corral donde se detuvo para mirar el lugar de los hechos. Aunque sea con la mirada, siempre se regresa al lugar del crimen. Fueron unos segundos, cinco, diez, máximo quince. Desde la esquina, la silueta oscura, negra por la ropa desencajada y sucia, me miró con la picardía del triunfo en sus ojos y la carne que arrancó de mi plato a punto del primer mordisco. No fue la última vez que lo vi. En los más de veinte años que siguieron me crucé con él varias veces y aunque nunca se acordó de mí —no había razón—, yo no olvidé su figura.

Alcides, imagino que era su nombre, vivía en la calle, era un “desechable” aunque en la época de la carne del Cirrus, nadie los llamaba así, les decían mariguaneros o gamines. Con el tiempo, los cambios de moda, de lenguaje, de costumbres; con la aparición del narcotráfico, el terror y la violencia mafiosa, la gente de la calle quedó valiendo menos que nada y fue entonces cuando los comenzaron a llamar desechables. Volví a ver a Alcides más de doce años después del miércoles de la carne. El Cirrus había clausurado sus puertas. Me crucé con él en la misma calle Maracaibo dos cuadras más arriba del lugar del crimen, estaba igual, por lo menos su silueta parecía igual, flaco, alto, la expresión de la cara era la misma que ya había visto, fugaz, de mirada maliciosa. La ropa hubiera podido ser la que llevaba doce años antes, desencajada y negra por el mugre, estaba sentado sobre cartones en el piso al lado de la puerta de entrada a un edificio; venía de recostarse contra el muro de piedra amarilla pero su cuerpo no parecía en reposo, estaba alerta, quizá esperaba que algo o alguien llegara o pasara cerca, una presa o un enemigo. Recordé la mirada pícara, la cara de gozo con el pedazo de carne a punto del primer mordisco, era el mismo, a pesar de que la expectativa lo dominaba. Me pareció que entre el miércoles del Cirrus y ese momento, el tiempo se había detenido para él. Lo observé desde la esquina disimulado entre un vendedor de periódicos y un poste del alumbrado público. Recordé el día en que lo vi por primera vez y como en una película vi también pasar su sombra de terremoto.

Alcides apareció como un ancla en el tiempo, fue una sorpresa, en realidad nunca más lo había recordado, con seguridad a él también le habían pasado muchas cosas pero seguía siendo, por lo menos en aire y apariencia, el mismo.

Dejé la ciudad y lo perdí de vista de nuevo, cuando lo volví a ver, otro buen número de años había transcurrido y él seguía igual. Regresé a una Medellín que sí había cambiado, había crecido en habitantes, se había extendido hacia las laderas, era una ciudad donde todo parecía reciente y a veces sin terminar porque nada de lo que significara vestigios de historia o de pasado permanecía. Así desaparecieron calles, barrios, casas, en beneficio de una ciudad más moderna con el pasado enterrado debajo de grandes edificios y unidades residenciales, custodiadas por guardianes armados con escopetas que hacían la ronda y parecían cuidar el futuro. Lo vi un martes o un jueves en la mañana, temprano, en una época en que dos o tres veces al mes, en ocasiones una vez por semana, me encontraba para desayunar en Versalles de Junín, cerca del Parque de Bolívar, con Juan Diego, un amigo escritor que con paciencia escuchaba los argumentos de unos cuentos que iba a escribir, leía los ya escritos, hacía comentarios y estimulaba el paso del imaginario visual al escrito. Fue un jueves o un martes, no recuerdo exactamente el día porque durante esos meses, quizá un par de años, con frecuencia me crucé con Alcides, a veces antes, a veces después de los desayunos literarios. Nunca me miró. Nunca le hablé. Nunca supo que yo era el dueño de la carne aquella. Algunas veces le entregué unas monedas que recibía sin decir palabra.

Las últimas veces que lo vi, me pareció que seguía siendo el mismo solo que ya no era él quien acechaba, parecía convertido en presa. Nunca me crucé con él en un lugar distinto, siempre, desde el miércoles del Cirrus, hasta la última vez, Alcides frecuentó el mismo tramo de cuatro cuadras de la calle Maracaibo. Era su territorio. El tiempo en esa calle se detuvo durante los treinta años que duraron nuestros cruces. Para él, esos años debieron durar lo que duran cinco segundos.

*Cinco segundos hace parte de Con los ojos bien abiertos. Cuentos, coincidencias y serendipias.

Los días de la Calliandra

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 52 Febrero de 2014

El anciano más venerable del Parque Bolívar no se sienta en las bancas ni en los sardineles. Se la pasa de pie todo el tiempo, cerca de la calle Ecuador, apoyado en dos estacas. Llegó al parque en los años veinte, pero solo en los cuarenta se supo que tenía parentesco con una familia conocida. Y aunque sus otras ramas permanecen en el misterio, los que saben dicen que es de aquí, de una cepa oriunda de la Villa. Cualquier peatón pasa cerca de él sin notarlo. No aparenta los años que tiene, es bajo de estatura y suelta unas pelusitas rojas a manera de publicidad que algunos recogen. Dicen que ha sido estéril. Se le ve muy encorvado, pero no es por la edad. Aquellos que lo conocen saben que es así desde chiquito. Al verlo uno recuerda la canción: “No se puede corregir a la naturaleza / Árbol que nace doblao jamás su tronco endereza”.

Si un fulano se acerca a mirarlo mucho o a tocarlo, tal vez escuche el grito de unos pelados del parque: “¡Ey, home!, ¿qué le vas a hacer al árbol?”. Lo han adoptado como un símbolo de sus vidas, que tampoco se enderezan fácil. La pequeña cofradía impide que nadie atente contra el viejo. “Si vemos que alguno se va a orinar en él, lo sacamos es volando”, aclara uno de la hermandad.

Con todo y esto, los días del árbol están contados. Nadie entiende cómo hace para transportar savia hasta cada una de sus hojas si la mayor parte del tronco está carcomido. “Anda en las venas”, dice un habitante de calle. Por décadas recibió el vapuleo de los que se colgaban de sus ramas, los que hacían fogatas encima de sus raíces, los que lo usaban de retrete. Está en pie de milagro, tal vez porque tiene, como buena leguminosa, la fe del carbonero.

Desaliñado, nudoso y sin una gran fronda, nuestro personaje se parece al de la novela de Chamisso, que vendió su sombra; no se reconoce por sus frutos, ni inspiró jamás un bambuco como El Limonar. Tiene algunos amigos que lo quieren porque es torcido. Pero más allá de eso, hace parte de un curioso y duro hallazgo científico: solo quedan en la Tierra, vivos aunque achacosos, media docena de estos árboles: los cinco del Parque Bolívar y el de Mon y Velarde. Un augurio que confirmó Ramiro Fonnegra, biólogo experto en flora antioqueña.

La historia echó sus primeras hojas en los cuarenta, cuando un botánico local, Rafael Toro, estaba mostrándole a una pareja de gringos las arboledas del Club Campestre. El anfitrión y los viajeros, Britton y Killip, colectaban en sus portafolios las plantas curiosas, a la caza de alguna nueva para reportar a la ciencia. De pronto, desde la copa de un árbol una flor desconocida atrajo la mirada; tenía la forma de un cono o de una brocha roja. Era un carbonero, pero no como los otros que habían visto. Tenía hojas más pequeñas, varias flores pegadas en un mismo gajo o inflorescencia, y era un poco más alto que sus otros parientes. Estaban ante una especie desconocida. La clasificaron como Calliandra medellinensis, pues jamás fue vista fuera de la ciudad. Luego, otros estudiosos intentaron reproducirla con las únicas semillas que se encontraron en las vainas del árbol doblado del parque. Nunca lo han logrado, ni se ha sabido cuál es el agente natural, abeja o colibrí, que lo poliniza. Los cambios ambientales lo alejaron de estas flores.

Digamos, sin temor de irnos por las ramas, que de la especie bautizada como Calliandra medellinensis nacieron pocos y se criaron menos. Además, todos pegaron en el mismo sitio. Un raro endemismo, lo llaman los que saben. Y más raro aun: las semillas que lanza nuestra venerable planta no germinan ni con la buena mano de los científicos. Los árboles hablan poco, ha dicho el poeta Eugenio Montejo, pero estos parecen recordar esa consigna fatal de la ciudad hace unas décadas: “No nacimos pa semilla”.

En 2007 un congreso de botánica adoptó a la Calliandra como el árbol oficial del evento. Varios expertos fueron a contemplar los cinco sobrevivientes del parque, incluido el que nació torcido y da semillas hueras. Se asombraron del abandono en que andaban estos ancianos. Además de soportar el acoso de una banda de plantas parásitas, del combo de las epifitas, que les robaban el aire, la especie medellinensis padecía de un mal común en la ciudad: estaba amenazada. Se habló entonces de la reproducción mediante tejidos, en laboratorio, pero la investigación quedó aplazada por los altos costos.

Salvar la flor de Medellín, como se llamó por esos días a esa especie de pelusa roja que da vueltas por el parque, podría ser labor de otra cofradía. En la ciudad hay varios grupos de amigos que los domingos por la mañana no se levantan a lavar el carro sino a darle ronda a los árboles que han sembrado y a otros que quieren revivir. Juan Carlos Velázquez, por ejemplo, es un piloto comercial que aterriza de un vuelo de seis horas para ir con su amigo León Morales, profesor jubilado, a mirar el piñón de oreja de Robledo, el algarrobo del zoológico o la ceiba rosada de Palacé. De pronto suena el teléfono. Es León que llama a Juan Carlos para darle un pésame. “Ya sé qué me vas a decir”, dice el otro. “Sí, era eso. ¿Cómo supiste? ¡Se nos murió el guayacán de Bulerías!”.

Si la Calliandra medellinensis desaparece tal vez alguien lo registre en un cuaderno, como la vez que un borracho de Islas Canarias mató al último dodo que quedaba sobre la Tierra. La frase será lapidaria: murió de pie como todos los árboles.

Y a todas estas, ¿qué pensará la Calliandra? Si los árboles no hablan, Montejo lo hace por ellos:

“Es difícil llenar un breve libro
con pensamientos de árboles.
Todo en ellos es vago, fragmentario.
Hoy, por ejemplo, al escuchar el grito
de un tordo negro, ya en camino a casa,
grito final de quien no aguarda otro verano,
comprendí que en su voz hablaba un árbol,
uno de tantos,
pero no sé qué hacer con ese grito,
no sé cómo anotarlo”.

En el pueblo hay una plaza, en la plaza hay una iglesia y en la iglesia hay un órgano

por RICARDO ARICAPA • Fotografías de Juan Fernando Ospina

El libro de los parques Noviembre de 2013

El dragón de la Catedral

“En el pueblo hay una plaza, en la plaza hay una iglesia y en la iglesia hay un órgano” era una retahíla que se usaba antes para enseñarles a los niños a leer y a escribir, y de paso dejarles claro el orden natural de las cosas.

Ese antes es 1933, el pueblo es Medellín, la plaza es el Parque Bolívar (ya con el Libertador de bronce montado en su caballo), la iglesia es la recién terminada Catedral Metropolitana (tan enorme para la ciudad de entonces que se alcanzaba a divisar desde ambos extremos del Valle de Aburrá), y el órgano es un aparato no menos desmesurado, comprado a la prestigiosa casa alemana Walcker, el más grande y costoso de cuantos se cotizaron, como correspondía al tamaño y prodigio del templo.

El órgano traía incorporado lo último en tecnología, en una época en que los organeros competían por construir un instrumento de sonoridad universal, es decir, que a la par con el sonido romántico que traía del siglo XIX tuviera el brillo metálico del período barroco; mejor dicho, una vuelta al siglo de oro de ese aparato, cuando el devoto Johann Sebastian Bach lo usaba para comunicarse directamente con Dios.

Seis meses tomó en Alemania la construcción del órgano de La Metropolitana, y tres más demoró su traslado a Medellín, primero en buque, luego en barco por el río Magdalena, y después a lomo de mula desde Puerto Berrío, desarmado y empacado en cajas. Con él llegó para armarlo el ingeniero Oskar Binder, quien ordenó reforzar el sotacoro con una estructura metálica capaz de soportar las veintidós toneladas que pesa y la vibración del motor de tres caballos con el que hace trinar sus tres mil 478 flautas, la más grande de seis metros de largo y la más pequeña de seis milímetros, lo que le permite reproducir sonidos de trompetas, bombardas, oboes, clarinetes, flautas, violonchelos, campanas y hasta la voz humana; toda la paleta de colores de una orquesta que se maneja desde una pequeña consola con cuatro teclados, tres para tocar con las manos y uno con los pies.

Es el instrumento más grande del país y el papá de todos los órganos de Antioquia. Mide diez metros de alto, doce de ancho y cinco de fondo, y con su maderamen de palo santo oscuro y sus largos tubos a la vista semeja un dragón echado, al que no le falta sino botar candela cuando retumba con toda su potencia en la inmensidad de la Catedral, su caja de resonancia, una inmensidad de 97 mil metros cúbicos.

Binder, el ingeniero alemán que lo instaló, se quedó un tiempo en Medellín y luego se radicó en Bogotá, donde formó su propia compañía especializada en reparación de órganos. Y eso fue lo mejor que le pudo pasar al órgano de la Catedral: le aseguró buen mantenimiento por muchos años, los que alcanzó a vivir el longevo Binder, quien lo mantenía al pelo, como se dice. En 1975 Binder lo refaccionó y reforzó; le modernizó los mecanismos electrónicos y le adicionó un juego de trompetas de cobre para que sonara más fuerte. Ese mismo año se celebró el Festival Internacional de Órgano de Medellín, que vio desfilar a los mejores organistas del mundo.

Esos festivales, en su primera época, los organizó y dirigió Hernando Montoya, el personaje más entrañable que ha cuidado al dragón, pues lo tocó durante casi cuarenta años y, mientras vivió, fue considerado el mejor organista del país. Quién sabe cuántas de las personas que iban a las misas lo hacían solo para escucharlo tocar, acompañado los domingos por un coro numeroso. Asistía mucha gente en ese entonces, pues la devoción todavía flotaba en el aire y la feligresía llenaba las iglesias; no como hoy, que es cada vez más escasa: a la última misa matutina que se celebra entre semana asisten unas cien personas mal contadas, que vistas desde lo alto del órgano parecen migajas esparcidas.

Los años noventa no fueron buenos. Binder murió, el órgano se desajustó, perdió brillo y vigor, y no tuvo quien lo auxiliara. Se necesitó una circunstancia fortuita para que en el año 2002 la Arquidiócesis decidiera meterle la mano.

Ese año se anunció la gira por Colombia de Pierre Pincemaille, organista titular de Saint-Denis, la catedral de París donde reposan los restos de todos los reyes de Francia y, por lo mismo, plaza obligada para organistas de gran importancia. Y Pincemaille sí que era una celebridad mundial, en especial por sus magistrales improvisaciones. Su gira por el país fue promovida y financiada por la embajada francesa en misión de intercambio cultural. Así que tocó refaccionar el órgano a las carreras y ponerlo a tono para la importante gala.

“Yo no lo reparé totalmente, lo limpié y le hice una intervención técnica puntual para que se pudiera tocar ese concierto”, dice Francisco Serna, el organero que llamaron para realizar el trabajo, cuya mayor recompensa fue que después del concierto el propio Pincemaille lo buscó para felicitarlo. El órgano siguió entonces con sus achaques, a medio sonar, hasta que llegó otro golpe de suerte. Esta vez fue la embajada alemana la que se interesó por él, en razón de que fue catalogado como patrimonio cultural por ser de los pocos órganos construidos antes de la Segunda Guerra Mundial. El gobierno alemán asumió buena parte de su restauración, y lo demás corrió por cuenta del gobierno local y la empresa privada. El trabajo lo realizó la casa organera alemana Oberlinger, que pasó factura por casi 700 millones de pesos. Francisco Serna, paisa al fin y al cabo, dice que él la habría hecho por cien millones de pesos y le habría quedado mejor, porque, a su juicio, la restauración que hicieron los alemanes quedó con fallas.

No son muchos los organistas que han posado sus manos y pies en el órgano de la Catedral. Después de Hernando Montoya, el más duradero fue Guillermo Gómez, un sacerdote todoterreno que le revolvía de todo a su labor pastoral: programas de radio, conferencias académicas y devoción por la música. Tocaba muy bien el piano y el órgano, en especial la obra de Bach. Tenía incluso su propio Guinness Records: fue el primer sacerdote pianista del mundo en interpretar las 32 sonatas de Beethoven y los 48 preludios y fugas de Bach. Su último proyecto, maratónico, fue tocar toda la obra de Bach, y para ello programó un ciclo de conciertos el último domingo de cada mes. Cuando la muerte se atravesó en su camino tenía conciertos programados hasta el año 2015.

En la actualidad el organista titular es Octavio Giraldo, pianista y organista jubilado de la Facultad de Música de la Universidad de Antioquia. Su hijo Esteban, de treinta años, es el organista auxiliar, y lo más seguro es que herede el lugar de su padre.

El venerable órgano de La Candelaria

El Parque Berrío fue una apacible plaza pueblerina donde vivían en casas de balcón las más distinguidas familias; había mercado los domingos, manifestaciones públicas, paradas militares y hasta fusilamientos. Entrado el siglo XX, después de varios incendios, se reconstruyó con una nueva vocación: ser el centro de referencia de la pujanza industrial, cafetera y minera de Antioquia, sede de bancos, edificios empresariales y oficinas del gobierno. Y así duró hasta que el Metro se atravesó y lo volvió estación de paso. El desempleo y el rebusque hicieron el resto. Se puede decir que recuperó la vocación de plaza de mercado de antaño, pero al estilo y al ritmo de la economía informal de ahora.

Lo único que ha permanecido invariable es el venerable órgano de la iglesia de La Candelaria, porque hasta esta sufrió cambios importantes; por ejemplo, antes era de ladrillo a la vista y ahora es blanca. Y es venerable porque es el órgano más antiguo que se conserva en la ciudad, traído en 1850 gracias al dinero que donó un rico a la parroquia a cambio de indulgencias. La idea era comprar un órgano acorde con las dimensiones y la importancia de La Candelaria, por entonces el principal templo de Medellín y de Antioquia, tierra abonada para la misa y el rosario. Su construcción se encargó a la casa Walcker de Londres, y llegó por la ruta acostumbrada del Magdalena y las trochas para reemplazar uno modesto que habían construido los organeros jesuitas.

Lo que no está claro es si ese fue el órgano que se pidió a la Walcker. Según una versión, que algunos consideran leyenda, iba para otra ciudad pero por una confusión en los trámites terminó en Medellín. Una posible prueba de ello es su tamaño, que resulta mastodóntico para una catedral de mediano calado como La Candelaria. El caso es que la Walcker tuvo que dejarlo acá. Y así fue como La Candelaria quedó dotada con el órgano más grande y fino de cuantos hasta ese momento se habían importado al país, con quince registros de sonidos diferentes, dos teclados manuales y el pedalero. Lo que no hubo fue quién lo instalara. De esa tarea se tuvo que encargar un arquitecto y mecánico alemán radicado en Medellín que sabía hacer de todo: Enrique Haeusler, el mismo que construyó el Puente Guayaquil y le hizo una reparación importante a la iglesia de La Candelaria. No era organero ni músico pero se le midió a instalarlo, asesorado en el trabajo de afinación por un músico inglés que hacía parte de la comisión científica de Codazzi.

Tampoco faltó quién lo tocara, pues en la ciudad había buenos pianistas que podían hacerlo. El más connotado fue el compositor Gonzalo Vidal, maestro de capilla de La Candelaria por muchos años y autor de la música del himno antioqueño.

En 1914 el órgano se refaccionó y se le adicionó el registro de la voz humana. En 1978 lo restauró Oskar Binder, quien no le modificó nada sustancial, de tal suerte que se conserva casi igual a como era hace 163 años. Una joya afónica, según el organero Francisco Serna, porque la refacción más reciente le dejó escapes.

Pero así estuviera en perfecto estado su sonoridad no se podría apreciar, la bulla que se cuela desde la calle no permite escucharlo en todo su esplendor. No hay que olvidar que el órgano se inventó para la solemnidad y el silencio de las catedrales, necesita ese ambiente como las cometas necesitan el viento, y La Candelaria está rodeada de ajetreo y bulla, siempre expuesta a la formidable banda sonora del rebusque, o sea a los gritos de los fruteros, el pregón de los baratijeros, las guitarras de los merenderos, los tambores de los hare krishna, los pitos de los carros, el perifoneo de los loteros, el “¡cójalo!” que sigue a los carteristas…, en fin, los nuevos mercaderes del templo.

Es una iglesia de paso y de pobres, como la define Yolanda Niño, la secretaria mayor de la parroquia. Y de viejos, se podría agregar, pues casi toda su clientela es gente mayor, el promedio no baja de cincuenta años, con uno que otro joven por ahí entreverado. Para ellos, durante todas las misas de la mañana, toca el órgano Lubín Alzate Sánchez, maestro de capilla desde hace dieciocho años.

Lubín es un hombre bajo, cercano a los setenta años y magro como un arpegio. Pertenece a esa vieja guardia de buenos organistas que se formó a la sombra de Hernando Montoya. De ahí que no le falte algo de razón cuando dice que la gente que lo visita solo se interesa en el órgano, mas no en el ejecutante; se queja de que nadie le pregunta por su salud, sus necesidades y condiciones de trabajo. Sus razones tendrá Lubín para quejarse.

El Merklin que trajeron los jesuitas

En 1905 llegó de Europa el órgano para la iglesia de San Ignacio, templo insigne de los jesuitas en Medellín. Aquel año el templo celebraba cien años de existencia, todavía con la fachada a medio hacer, porque el arquitecto Agustín Goovaerts aún no le había construido el frontis barroco. La compra del órgano hizo parte de la celebración. Y sí que había razones para celebrarlos, considerando lo difíciles que fueron para la Compañía de Jesús, perseguida y expropiada por los liberales radicales durante las guerras civiles del siglo XIX. En una de esas le confiscaron el colegio y el claustro, que estarían dos décadas en manos de la autoridad civil.

Para 1905 solo había dos órganos en el departamento: el de La Candelaria y el de la Basílica de Santafé de Antioquia. Después llegarían muchos más, que obviamente serían ubicados en templos religiosos, porque en nuestro medio el órgano es especie endémica: solo habita en las iglesias. Distinto a Estados Unidos, por ejemplo, donde la industria del cine lo usó en los teatros como banda sonora de las películas mudas, con dispositivos alterados para que diera el sonido de gritos, disparos, estruendos, portazos…

No hay duda de que los jesuitas hicieron una buena inversión con la compra de este órgano, que es un valioso bien patrimonial tanto por sus sonidos como por su constructor, Joseph Merklin, famoso organero alemán que en su tiempo hizo notables aportes al desarrollo de estos aparatos, tan exitoso que no daba abasto para atender los pedidos. Varias iglesias importantes de Europa tienen órganos fabricados por él, y el del templo de San Ignacio fue uno de los últimos que construyó en su taller de París, pocos años antes de morir.

“Sus enflautados son una maravilla, de sonoridad exquisita”, dice Francisco Serna, quien tuvo la oportunidad de meterle la mano en 1999, cuando lo llamaron para que lo reparara. Lo limpió, lo ajustó y cambió la viga del segundo nivel de enflautados, que estaba carcomida por el comején.

Fue el segundo órgano que Francisco reparó en su vida. El primero fue el de La Veracruz, dos años atrás, trabajo que se le encomendó como último recurso para salvar el órgano. Llevaba treinta años fuera de uso y estaba en pésimo estado, tanto que ni la compañía de Oskar Binder lo quiso reparar. Además, en una ciudad en la que los organeros se cuentan en los dedos de una mano y sobran dedos, el párroco de La Veracruz no encontró quién más le hiciera ese trabajo, y menos con el presupuesto tan famélico que había disponible.

“Pero me le medí”, dice Francisco, cuya única experiencia en la materia era el año que había sido ayudante en la reparación del órgano de la iglesia del barrio Manrique, de la misma marca que el de La Veracruz: un Casavant canadiense. También había adquirido conocimientos teóricos como autodidacta y desarrollado algunas habilidades en tecnología aplicada. Aprendió desde muy joven a tocar el piano y el clavicémbalo en el Conservatorio Nacional de México. El organero es un artesano que debe conjugar varios saberes, desde la mecánica, la carpintería y el manejo del cuero, hasta la ingeniería eléctrica, la música y la acústica.

Dos años le tomó a Francisco la reparación del órgano de La Veracruz. En la sola limpieza se demoró un mes, por el hollín acumulado en los tubos y el excremento de ratas, murciélagos y palomas, que en algunas partes formaba un tapiz de hasta un centímetro de espesor. Este aprendizaje le permitiría luego encarar la reparación de los órganos de la iglesia de San Ignacio y la Catedral Metropolitana.

Hoy, el órgano de San Ignacio se encuentra otra vez desarmado y en reparación. Según Francisco, otro organero con más créditos académicos (pero no con más conocimientos, enfatiza) diagnosticó que su trabajo anterior había quedado mal hecho y propuso una nueva. Gajes de la competencia entre organeros.

Pobreza franciscana

Además de organero, Francisco Serna es egresado de historia de la Universidad Nacional y autor de una tesis sobre los órganos en Antioquia. Contó 37 en Medellín y los demás municipios; la mayoría están en un estado deplorable, tanto que las reparaciones que les han hecho a algunos ha sido más labor de salvamento que de mantenimiento.

El que está en peor estado tal vez sea el órgano de la iglesia de San Antonio, el insigne templo de la orden de San Francisco en Medellín consagrado a San Antonio de Padua, un monje del siglo XIII que toda su vida hizo milagros y alguna vez se anotó uno portentoso: para convencer a un marido celoso de que el bebé que acababa de tener su esposa sí era suyo, hizo que el bebé hablara y le confirmara que sí, que verdaderamente él era su padre.

Este templo data de finales del siglo XIX pero fue reformado totalmente entre los años 1929 y 1945, cuando se construyeron sus amplias naves, sus preciosos altares de madera y su gran cúpula. Sobre el sotacoro se instaló el órgano, instrumento construido en España por Esteban Dourte, un artesano vasco que, según Francisco Serna, encarnó el momento culminante de la vieja escuela organera catalana-aragonesa. Por eso es interesante y vale la pena recuperarlo.

Este órgano no suena desde hace más de treinta años. Lleva todo ese tiempo dañado y a merced del comején. Y aunque desde abajo uno lo vea impecable en su elegante maderamen repartido en dos cuerpos, al acercarse ve la ruina en que se encuentra: la consola está carcomida y en harinas, y tiene malas las secretas, los fuelles, el motor, las bases, todo. Lo único bueno es su tubería, que es muy valiosa. “Y si hay tubería, hay órgano, se puede restaurar”, dice Francisco, quien tiene razones para decirlo porque hace quince años lo llamaron para que lo revisara y cotizara la restauración. También tiene como experiencia haber restaurado un órgano similar en Aguadas, Caldas. Según sus cálculos, restaurar este órgano puede costar 120 millones de pesos, “y eso bajita la mano porque yo no soy carero”.

De todas maneras, 120 millones es un billete largo para una comunidad como la de San Francisco de Asís, que vive de la caridad. Su pobreza es proverbial. Además, la ponchera tampoco es que ayude mucho, porque el templo de San Antonio es tal vez el menos concurrido del Centro. Los usos que ha adquirido el parque en los últimos años aislaron el templo del contexto urbano y lo vaciaron de feligreses. La mañana en que lo visitamos, a eso de las siete y media, había catorce personas en misa –o trece, porque uno de los señores roncaba plácidamente en una de las bancas–.

Sin embargo, esos pocos feligreses tienen un órgano que acompaña las misas. La parroquia compró uno eléctrico cuyo sonido se amplifica con altoparlantes, y que interpreta el hermano Julián enfundado en el tradicional hábito café con cordoncillo blanco de la orden.

El hermano Julián abrazó desde muy joven la causa religiosa, y lleva varios lustros sirviendo como sacristán en el templo de San Antonio. Es un hombre fornido y de pocas palabras, además de arisco, quien aparte de preparar las misas tiene en la responsabilidad de tocar el órgano eléctrico, un aparato que apenas si zurrunguea, como él mismo lo reconoce.

Teclado y pedalero, órgano de la Iglesia de San Antonio.

El gran órgano de San José

En 1955 las familias pudientes que vivían en torno a la iglesia de San José decidieron reunir el dinero necesario para dotarla de un órgano digno de su importancia. La mejor oferta que recibieron fue un órgano español construido en 1922, restaurado y mejorado, y casi tan grande y rico en sonoridad como el de la Catedral Metropolitana: tres mil flautas y 44 registros; un portento de aparato, el segundo más grande de Antioquia. El organero Oskar Binder estuvo a cargo de su restauración, lo que lo cotizó más. No en balde lo utilizaron para acompañar la grabación de un disco, el primero de esas características que se grabó en Colombia.

En el año 2002 tuvo un daño eléctrico que afectó parcialmente su funcionamiento, pero ahí estuvo Francisco Serna para repararlo y de paso hacerle algunos ajustes. En 2010 la junta de arte de la Arquidiócesis decidió restaurarlo en su totalidad, un trabajo que costó 500 millones de pesos y le fue encomendado a otro organero.

El cuarto de hora de Francisco como reparador de órganos al parecer ya pasó, hace rato no utilizan sus servicios. Reconoce que el mercado de la reparación, que de por sí es escaso, está copado por nuevos organeros: “lo malo –se queja– es que quieren acreditar su trabajo desacreditando el mío”.

Entretanto sigue alimentando un capricho personal: terminar el órgano que empezó a construir de manera artesanal, pieza por pieza, hace algunos años. Es la réplica de un órgano cortesano español de la época de la Colonia, que lleva apenas en la mitad por falta de recursos, pues hoy se tiene que ganar la vida como profesor de música.

También ha empezado a incursionar en el mercado de los detergentes. Le hizo caso a la recomendación de un amigo y empezó a fabricar un jabón líquido cuya fórmula él mismo ideó. La creó para limpiar órganos, pero descubrió que también funciona para lavar platos porque es biodegradable y no es hostil con las manos. Ya lo patentó y lo fabrica en su propia casa. “Facilín”, se llama, y valga la cuña. “A lo mejor tengo más futuro con los detergentes que con los órganos”.

Dos avenidas y un parque con éxito

por GUILLERMO CARDONA

El libro de los parques Noviembre de 2013

Torso masculino, obra de Fernando Botero. Fotografía de Juan Fernando Ospina.

El centro histórico de Medellín y el barrio San Antonio se conservaron más o menos intactos y con cierta coherencia urbana, paisajística y social hasta los años cincuenta, cuando Paul Lester Wiener y José Luis Sert presentaron su Plan Piloto para la ciudad en 1954.

La tradición de esta villa había sido mirar los modelos de ciudades europeas, con centros históricos protegidos y desarrollos industriales en los suburbios para defender la habitabilidad de los espacios de memoria. El nuevo Plan Piloto, sin embargo, parecía más inspirado en el modelo norteamericano. Su apuesta apuntaba a la concentración de usos del suelo y a la expansión territorial, a partir de la construcción de avenidas de tránsito rápido para el transporte público y el creciente transporte privado, entre los sitios de habitación en los barrios periféricos y los lugares de trabajo, comercio, servicios bancarios y oficinas estatales del Centro.

Todavía hoy muchos se preguntan por qué se desechó la idea del tranvía eléctrico siendo este tipo de energía un recurso propio y barato, por qué prácticamente prohibieron el uso residencial del centro histórico, y sobre todo por qué nadie, además del arquitecto Nel Rodríguez en su cátedra de la Universidad Pontificia Bolivariana, alertó sobre el peligro de tener un centro sin habitantes, abandonado en manos del comercio que cierra a las seis de la tarde, bajo el supuesto medieval de que nadie tiene nada qué estar haciendo en sus calles después de las nueve de la noche.

Habría muchas otras objeciones frente el accionar urbanizador de los últimos cincuenta años en el centro histórico; por ejemplo, la escasez de espacio público, zonas verdes y andenes. La lista es larga, pero concedamos que resulta muy fácil criticar lo que se hizo a mitad del siglo XX basados en los conocimientos que tenemos en el XXI.

No queda casi nada

No faltan quienes aseguran (y no hay forma de contradecirlos) que si en Medellín no queda memoria arquitectónica de la Colonia es básicamente porque en esa época, además de unas pocas iglesias, no se construyó en esta villa ninguna edificación que valiera la pena conservar. Y algo similar se dijo de otros hitos arquitectónicos e históricos que se fueron con el Plan Piloto. Algunos los tumbaron del todo, como pasó con el Teatro Junín y el Hotel Europa; otros a medias, como sucedió con el Seminario Mayor, demolido en parte para construir la Oriental cuando de carrera se convierte en calle a la altura de la avenida Echeverri; lo que sobrevivió pasó a ser centro comercial y su capilla terminó en restaurante. Lo poco que quedó en pie se fue haciendo más pequeño, como las aceras, la Catedral Metropolitana, el Paraninfo, la iglesia del Sagrado Corazón, y otros hitos de la vieja Medellín terminaron simplemente arrinconados, como la iglesia de San José, La Veracruz y la misma iglesia de San Antonio, que es el caso más extremo.

Si en ese afán modernizador no había lugar para el respeto a los símbolos de la fe católica, ni se diga para lo demás. ¡Cuál nostalgia! La consigna era acabar con lo viejo y empezar de cero. Todo era práctico, con fines económicos, industriales y comerciales.

Eran tiempos de posguerra y la producción industrial mundial crecía a pasos agigantados, así que el futuro les debió parecer diáfano a los empresarios de Medellín. La prosperidad y la riqueza iluminaban el horizonte, y nuestra ciudad estaba en la obligación de prepararse para un crecimiento sostenido. No era tiempo de pararse en consideraciones socioculturales y urbanísticas.

Barranca

La primera referencia del sector de San Antonio aparece en 1770, en el primer plano que se conoce de la ciudad, y las únicas calles que existían eran San Félix (hoy parte de la Avenida Orienta), Abejorral (hoy desaparecida) y San Roque (hoy Palacé).

Una vez sellada la independencia de la Provincia de Antioquia, las calles fueron rebautizadas con los nombres de las grandes batallas de la gesta libertadora. Para 1820 ya existía Maturín, y desde entonces comenzaron a vivir en sus costados familias de una incipiente clase media: artesanos, oficinistas y empleados del comercio. Al tiempo aparecieron las primeras posadas en el sector, que pasó a llamarse Barranca, para atender a los agentes viajeros y a los arrieros que llegaban de Envigado, y aun más lejos, llevando y trayendo mercancías y ganados.

Templo de San Antonio. 1932. Fotografía de Jorge Obando.

La iglesia

La construcción de la iglesia de San Antonio de Padua arrancó en 1874 por iniciativa de fray Benjamín Masciantonio, quien concibió también el convento de franciscanos de Tierra Santa al lado de lo que sería la capilla.

A partir de entonces la iglesia, todavía en construcción, se convirtió en el centro de un sector que seguía creciendo hacia el oriente y el norte, bajo el nombre y protección del edificio que en 1889 era una simple capilla. Solo en 1920 el arquitecto Arturo Longas construyó la que sería su fachada definitiva sobre Abejorral, y sus reformas, agregados y refacciones posteriores culminarían en 1938.

Eran tiempos de tranquila felicidad para un barrio de casas en su mayoría de una planta, muchas de ellas construidas en tapia desde el siglo XVIII, con grandes solares y calles estrechas, en el que prosperaban las tiendas y los graneros, algunos cafés, peluquerías, panaderías, zapaterías y montepíos. Esta estructura se conservaría hasta bien entrados los años sesenta.

Viejo barrio

Muchos de los niños y jóvenes que correteaban por San Antonio cuando todavía era un barrio viven aún, y cuando visitan el parque tratan de ubicar sus casas sobre lo que fue la carrera Abejorral, que subía desde San Juan hacia Amador y pasaba frente a la iglesia, ubicada varios metros por encima del nivel de la calzada.

Descontando los eventuales enfrentamientos entre la policía y los estudiantes de la sede de estudios generales de la Universidad de Antioquia –que funcionaba en los terrenos donde hoy se levantan las Torres de Bomboná–, para finales de la década del cincuenta la vida estaba prevista y organizada según los rituales de la iglesia: peregrinaje dominical, contrición y recogimiento en Semana Santa, y alegría, regocijo y villancicos en Navidad.

Los viejos habitantes también recuerdan los juegos en la calle (golosa, chucha, escondidijo, pelota quemada, vuelta a Colombia con tapitas de refresco), como recuerdan la barbería de Juan N., la fábrica de turrones y la panadería La Marquesa. Y se rascan la cabeza evocando una constante y persistente epidemia de piojos que asolaba las escuelas. Una vida tranquila e inocente.

Había tan pocos carros que hasta la leche la repartían en un coche tirado por caballos que anunciaba su paso con campanas, y pasaban las negras con sus pregones y grandes cestos en la cabeza, cubiertos con manteles a cuadros rojos o azules, con la parva todavía humeante para el desayuno o el algo.

A comienzos de los sesenta los residentes y habitantes de San Antonio ya sabían que el barrio sería atravesado por una gran avenida, y que buena parte de las manzanas comprendidas entre Abejorral, San Félix y El Palo, desde San Juan hasta Bomboná, serían abatidas por las cuadrillas de demolición. También se sabía que en el centro histórico de Medellín estaba casi prohibido fijar residencia, y que con avenida o sin ella el barrio mismo estaba condenado a desaparecer.

Para finales de los setenta muchas familias ya habían encontrado otras alternativas de vivienda. Solo quedaban unas cuantas que se resistían a abandonar el barrio de toda la vida, mientras el comercio se apoderaba de los caserones para convertirlos en bodegas y almacenes, talleres de mecánica y colchonerías.

Cuando todavía no se iban los últimos vecinos, que estorbaban con su presencia en el día y con su manía de dormir en la noche, hicieron su arribo los bares, los prostíbulos, los primeros expendios de marihuana y las famosas “zonas libres” donde jamás entraba la policía, de manera que la seguridad quedó en manos de nadie porque en las noches el viejo barrio de San Antonio ya no tenía dolientes.

Iglesia de San Antonio. 1983. Fotografía de Gabriel Carvajal.
San Antonio. S. f. Fotografía de Gabriel Carvajal.

La construcción de la Oriental, concebida desde el Plan Piloto e iniciada en 1973, le dio el golpe de gracia al sector. A todo lo largo y ancho de la avenida se dieron transformaciones que dejaron prosperidad para algunos y escombros para otros.

Ese rompimiento de la estructura urbana y los tejidos sociales tuvo gran repercusión en la seguridad y habitabilidad del Centro, proceso que se repetiría años después con la desaparición de la Plaza de Cisneros debido a las sucesivas ampliaciones de la calle San Juan y a las proyecciones del plan de 1954.

La intención de los planificadores con la Avenida Oriental era promover el desarrollo urbanístico de los sectores de San Antonio y Estación Villa, “que han permanecido hasta ahora en un lamentable estado de atraso, y valorizará comercialmente todas las propiedades ubicadas dentro de su zona de influencia, en mayor o menor proporción según su proximidad al lugar de ejecución del plan”, como lo señala un folleto publicado en 1974 que daba cuenta de la importancia de la obra.

También se mencionaba en los folletos la intención de remodelar la iglesia San Antonio, y se anunciaba que el Fondo Rotatorio de Remodelación Urbana de Valorización estaba comprando predios entre la Oriental, Junín, San Juan y Pichincha, para un total de 4,2 hectáreas.

Se presentaban dos alternativas. La primera consistía en hacer un reloteo más organizado, “que agilice el mercadeo y permita que la iniciativa individual desarrolle de nuevo la zona”. Pero como con esta alternativa “se limitan las posibilidades de densificación; no hay aportes al diseño integral al desarrollo de la ciudad; se restringen las zonificaciones óptimas y las adecuadas interrelaciones de espacios”, entonces se decidió darle mayor despliegue a la alternativa dos: “…una remodelación y renovación total de la zona, en su trama, volumetría, usos y densidades. Esto significará un cambio en la estructura social, física y económica de este sector, con una consecuente influencia benéfica sobre la ciudad y su futuro”.

Según algunos cálculos, en el espacio ocupado hoy por el parque y el Éxito habría sido posible construir mil 250 viviendas en altura para una población de seis mil 500 personas; treinta mil metros cuadrados de comercio; cuarenta mil de oficinas; dieciocho mil de parqueadero cubierto; y quince mil de áreas complementarias para diversión, asistencia, seguridad, guarderías infantiles, entre otros.

Según antiguos funcionarios de la Empresa de Desarrollo Urbano del Valle de Aburrá, Eduva, estos eran bocetos para los cuales sencillamente no había plata; así que de semejante catálogo de sueños solo quedó un cementerio de carros y parqueadero al aire libre al costado de la Oriental, que durante muchos años ocultó lo que quedaba de San Antonio y la carrera Abejorral tras las chatarras que se pudrían en los solares del tránsito.

Terrenos que ocupa hoy el Parque San Antonio. S. f. Fotografía de Jairo Osorio Gómez.

Durante más de dos décadas concejales y funcionarios de planeación desempolvaron los viejos proyectos de intervención para el sector, pero no volvieron a ser prioritarios y a nadie pareció importarle la degradación de la zona en los años setenta, cuando hizo su aparición el narcotráfico y se disparó el consumo de bazuco, y las calles de San Antonio se convirtieron en territorio zombi.

En el Acuerdo número 5 de 1989 volvió a hablarse de renovación, pero esta vez le asignaron el uso de parque, y entre acuerdos, autorizaciones y compras pasaron varios años. En 1992 el municipio terminó de comprar los terrenos y se inició el tire y afloje para definir qué figura jurídica se debía utilizar para sacar los pliegos a licitación, pues tampoco había plata. Se resolvió entonces abrir una licitación donde se entregaban los terrenos y se pagaba cierta cantidad de dinero. Según declaró Gabriel Arango, el diseñador de la obra, en una entrevista concedida en 1996, las únicas exigencias eran “diseñar un parque, utilizar el subsuelo con unos parqueaderos, algunos locales comerciales, que se conservara Amador como vía vehicular y que se conservara la iglesia y el convento. A partir de ahí, todo era libre”. De hecho, el diseño que ganó fue el que ofreció la mayor posibilidad comercial y la menor complicación en el mantenimiento, lo que incluía no hacer otro Parque Bolívar y mucho menos una especie de Central Park, porque en estos andurriales las zonas verdes y los árboles son sinónimos de inseguridad y guarida de malhechores.

De esta manera, lo que iba a ser parque se convirtió en un proyecto comercial a causa de una coyuntura política, dada la presión que sufría el municipio para cumplir con el compromiso de ejecutar una obra sin presupuesto.

Cuando la licitación se abrió, Almacenes Éxito ya había comenzado la construcción de su sede de San Antonio, y los diseñadores de la propuesta ganadora afirmaron sin titubeos: “nosotros queríamos que lo que se hiciera en el Parque de San Antonio empezara a integrar más las construcciones existentes en el lugar y formara una continuidad del tejido y del lenguaje que se estaba presentando, esa era la circunstancia, no nos interesaba diferenciarnos del Éxito, nos interesaba matizarnos con el Éxito”.

A decir de muchos, el Éxito ha contribuido a la “nueva cara” del sector, y además fomenta una actividad que por décadas ha sido sinónimo de diversión en Medellín: juniniar, loliar, o como quiera que se le diga ahora a esa costumbre de mirar vitrinas.

Fotografía aérea de la construcción del Parque San Antonio. S. f. Fotografía de John Jairo Jaramillo.

La tierra éramos nosotros

Una vez entregado el Parque San Antonio volvieron a circular los folletos que exaltaban la contribución de la obra a la seguridad, la integración urbana, el fomento del comercio, la recuperación del sector para el turismo y los encuentros en familia, y la subsecuente valorización de las propiedades.

Desde su apertura en 1994 los visitantes usan indistintamente las acepciones de parque y plaza, si bien algunos llaman Parque San Antonio a la plazoleta ubicada a las puertas del convento y de la iglesia, con su fuente, sus bancas, sus árboles y su aire pueblerino. La calle Amador separa ese pequeño parque de la plaza propiamente dicha, una explanada donde se exhiben las cuatro esculturas de Fernando Botero, entre ellas las dos versiones de Pájaro, uno ileso y otro con las marcas de la metralla del bombazo que el 10 de junio de 1995 segó la vida de veintitres personas, dejó heridas a 200 y le torció el destino a muchas más.

Parque o plaza, por un lado no hay zonas verdes y por el otro la explanada no se utiliza ni como foro ni como ágora, y la plaza del parque hace mucho no se llena. Sin embargo, se trata de un lugar agradable, cargado de historia a pesar de las múltiples intervenciones, con árboles y jardines y bancas que invitan al recogimiento y al descanso en medio de ese caos que es el Centro de Medellín. Pero en las noches, hoy como entonces, se queda sin un alma, por la sencilla razón de que, además de los vigilantes y los habitantes de calle, ya no vive nadie en ese inmenso cuadrante encerrado y aislado por vías rápidas como las avenidas San Juan, Oriental, Ferrocarril y Regional.

Vuelve y juega

La acelerada industrialización nunca se dio, y aún hoy, pese a los esfuerzos de las últimas administraciones y los nuevos planificadores urbanos por equilibrar las cargas, el centro histórico de Medellín sigue siendo un lugar casi exclusivamente diurno, dedicado al trabajo y el comercio, los trámites legales y, fundamentalmente, el tránsito. Como parte integral de ese centro, San Antonio obviamente conecta territorios y posee una fuerte carga simbólica, pero es, sobre todo, una ruta, un itinerario, un entramado de recorridos definidos por la movilidad.

De ese afán demoledor personificado en el Plan Piloto bajo la promesa de realizar obras monumentales, quedan ejemplos de lo que no se debería hacer, como la canalización de caños y quebradas, así como la del río Medellín para hacer de él un eje técnico, sin ningún arraigo ciudadano, sin ningún espacio para el peatón, imposible para los niños. Quedan la Avenida Oriental y la ampliación de San Juan, y la construcción de un complejo administrativo donde no vive nadie, cercado por vías que en lugar de comunicar impiden el ingreso y en las noches convierten el sector en espacio público en manos del vigilante de turno; y cuando no hay vigilante o policía, se vuelve reino del habitante de calle o lugar de trabajo de los infaltables maleantes, que nunca duermen.

Ojalá algún día el Parque San Antonio deje de ser lugar de paso y vuelva a ser posible vivir en sus alrededores. Ojalá que en el futuro no todo sea comercio, y nuestros jóvenes emprendedores trasciendan la simple compra venta para explorar la infinidad de posibilidades que ofrecen los servicios culturales, informativos, recreativos, deportivos, turísticos, gastronómicos, hoteleros y de rumba, para que este rincón de Medellín sea por fin un espacio libre para el disfrute. Ojalá sus sucesivas y bruscas transformaciones se queden en el pasado, y al fin superemos esa imagen que bien podría resumir la destrozada escultura de Botero, donde se refleja la historia del centro histórico de Medellín como en un espejo roto.

Fotografía de Juan Fernando Ospina.