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Un nuevo cajón de madera en el centro de la huerta, lleno hasta el tope de hojarasca, cortezas y hierbas mezcladas con algunos pedazos de bolsas de plástico, se ha tragado el lombricultivo veinte días después. Adela, expurgando el amasijo vegetal con las manos, murmura que ojalá las lombrices sobrevivan en el fondo y sin comida, aunque pude notar el segundo problema: se les olvidó que existían.
Cuando termina la limpieza manual dice que ha traído un cuaderno donde anotó algunos detalles importantes sobre cómo empezó la huerta. Entonces nos sentamos al borde de la fosa lombricienta donde comienzo a grabar:
—¿Me está grabando? Ejem… —se aclara la carraspera de la voz—. Mi nombre es María Adela Villa y esto que tengo en la mano es el inicio de nuestra huerta acá en el Museo.
—¿Tú lo escribiste?
—Sí, yo lo escribí.
—Vamos a leerlo así tal cual lo escribiste.
—Acá, por ejemplo, dice: “Lunes seis de septiembre del veinte diecisiete. Residencias Cundinamarca. Museo de Antioquia. Relación de la huerta en mi cuaderno. Tema: De nuestra huerta y cómo inició este programa”.
El cuaderno que lleva Adela es una especie de bitácora en la que cada guerrera anota lo que le parece importante. Lo que aprenden en las capacitaciones que les trae el Museo, como la del lombricultivo; los remedios caseros que se dan entre ellas cuando se cuentan sus dolencias, como el día que llegó Gladys Restrepo. Cincuenta y seis años. Dos hijos. Un infarto al corazón.
—Anote pues lo que se va a tomar —le dijo Carmen Bedoya, la mujer curandera que más sabe de remedios en la huerta, cuando la vio llegar debilitada después de un mes y medio de convalecencia—: además de tomar cidrón y toronjil para que se relaje, en un tarro de aluminio seco va a poner un palomo adentro. Lo tapa bien tapao y lo pone al baño María, para que sude. Luego se toma una cucharadita de esa sustancia tres veces al día. Y de a poquitos, porque es muy fuerte.
Hace cuatro años esta huerta que no sabemos todavía cuánto mide era una jardinera de achiras, un desierto ornamental de malamadre en la parte trasera de un parqueadero en el centro contaminado de la ciudad. Ahora es un solar comunitario que ha dado cosechas de prontoalivio, albahaca, yerbabuena, limoncillo, lechugas de cuatro clases: la lisa o india, la crespa, la moradita, la col bogotana casi blanca, ancha. Han sembrado acelgas, flor de jamaica, yuca, plátano, papaya, piña, tomate de árbol. También cebolla de huevo, cebolla de rama, de la bogotana y de la de aquí. Una vez tuvieron zanahoritas, un naranjo con naranjitas, “muy ricas”. Una cilantrada “hermosa”. Hasta que…
—Llegó esta pandemia tan brava y la ratonamenta se apoderó de todo porque solo podíamos venir cada ocho días. —Gritó de lejos Carmen, la curandera. Setenta y tres años. De San Vicente. Ocho hijos. Se vino caminando del otro lado de la huerta, mirándonos atentamente con los ojos negros y brillantes, como embrujados, cuando nos escuchó hablando de las artistas.
Era la época de bonanza, cuando “todo era para todas”.
—Ah, que no hay sino esto, entonces lléveselo usted. O que solo hay esta cosita, entonces llévese usted. Y así no peleábamos —se le alcanza a entender porque trae puesta la mascarilla que dice: Dios cuida de mí.
—¿Qué significa para ustedes ser guerreras? —les pregunto a las dos cuando Carmen se sienta al lado de Adela.
—A ver, yo soy guerrera porque yo me tiré a conocer el mundo sola desde los quince años —responde Adela—. Me fui de mi casa porque me pegaban mucho y me lancé a guerriar la vida de día y de noche. En la vida nocturna estamos en ese peligro, pero uno lo enfrenta. Los hombres, que nos llaman amigas y luego nos llevan a un hotel y nos matan. Ir por ahí con una canasta de cigarrillos de bar en bar de cuatro de la tarde a las cuatro de la mañana. Por eso soy una guerrera.
—Nosotras decimos “somos guerreras” porque “guerreamos” la vida —responde Carmen—, porque en todo momento estamos luchando para conseguirnos un sustento sanamente, sin robarle a nadie, sin matar a nadie.
Carmen está hablando al lado del árbol de tomate que sembró cuando llegó a la huerta, para recordar que su tía no se los dejaba comer.
—Yo fui la causante de que mi madre y mi hermana melliza fallecieran cuando nací.
Así empieza su historia. Primer párrafo. Vamos a cerrar los ojos y a pensar en una nube de palabras que designan seres y acciones para armar su vida: Mamá. Muerta. Hermana. Muerta. Papá solo. Bebé en caneca de basura. Abandono. Padrastro. Intento de violación. Tía. Abandono. La calle. Dormir en parques. Marido. Pobreza. Abandono. Desde que su marido se fue de la casa y la abandonó a su suerte con ocho hijos, los vecinos siempre vieron a Carmen trabajando en bares. De mesera. De despachadora. De salonera. Cuando acababa su turno a veces se quedaba con amigos secretos. Pero nunca en las esquinas. A ella la palabra prostituta no le gusta. Le aterra. Cree que supone siempre una “mala intención” de parte de la mujer. Prefiere decir… mujer fácil.
—¿Por qué?
—Porque un hombre le habla, le propone un trato y ella verá si acepta o no. ¿Ya me entendió? Salen a conseguir su vida sanamente, sin hacerle daño a nadie.
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Además de la ropa de trabajo de la huerta, las guerreras llevan en sus morrales la muda del “nunca se sabe”, más formal. Carmen ya se ha cambiado la camisa de algodón por una blusa de chifón color helado de mandarina, y los tenis por unas sandalias negras.
—¿Qué representa para ti esta huerta ahora? —le pregunto mientras termina de alistarse.
—La huerta y las plantas se llevan toda mi depresión y mis angustias —dice—. Yo me vengo a cultivar, a enseñarles a las otras a sembrar y es una cosa que me saca una carga de encima, ¿me entiende?
—¿Y las plantas la entienden?
—A las plantas se les tiene que hablar, se les tiene que acariciar. Se reprenden si ellas no quieren dar nada. ¿Pero qué pasa? Que no pueden hablar, pero ellas oyen.
—¿Y te entendés mejor con las plantas o con los hombres?
—Ay, con las plantas. Con los hombres es muy difícil, hay mucho problema. Yo ahora vivo sola, libremente y paso muy rico.
—Está muy bacana esa camiseta —la saluda Carmen y termina de pintarse la boca de morado, con un espejito en la mano.
La que llega tiene una blusa rosada estampada. Se lee A night one book save my life. Le pregunto si sabe lo que dice y ella me niega con la cabeza.
—Una noche, un libro me salvó la vida —le leo en voz alta.