Entradas

Vuelta por el universo

por IGNACIO PIEDRAHÍTA • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 130 Agosto de 2022

Panorámica de San Antonio de Prado desde la piedra Galana. Foto de Ignacio Piedrahíta.

Medellín está dentro de un valle amplio, con la forma de una batea. Desde cualquier punto alto se ve la ciudad de color ladrillo en el fondo de este cuenco natural. Cuando es de noche se ve chispear en dorados sobre negro. La vista es tan cautivadora que las laderas se llenaron de miradores. A menudo la idea de observarse a sí mismo resulta mejor que cualquier programa.

La geografía de Medellín dirige de esta manera parte de nuestras búsquedas y placeres. Los alrededores de la ciudad se han hecho atractivos para coger un poco de aire. Sentirse por fuera del fondo del valle nos da la idea de salirnos temporalmente de nosotros. Esto es posible gracias a las montañas que nos rodean: alejarse de la parte urbana de la ciudad es alzarse sobre la propia cotidianidad.

Un poeta describió la línea de montañas que rodea a Medellín como el “borde de una copa quebrada”, refiriéndose a los contornos abruptos de las cimas que nos confinan. Los alrededores de la ciudad son el límite inicial de su belleza, el esbozo lineal de nuestra naturaleza. No sería lo mismo si esta línea estuviera cubierta de casas y edificios. Debe ser verde de día y negra en la noche.

Este paisaje de nuestras proximidades tiene nombres propios. Al oriente, Santa Elena. Al occidente, San Antonio de Prado, Altavista y San Cristóbal. Y, cruzando hacia Santa Fe de Antioquia, San Sebastián de Palmitas. A estos lugares se les conoce como corregimientos, y son los que custodian nuestros confines en redondo.

Cada corregimiento tiene su parque principal o centralidad, lo que normalmente conocemos de ellos. Pero lo que es más potente en estas fracciones administrativas es su vasto territorio. A ellos pertenecen los bosques y el verdor que le queda a la ciudad. Es desde sus laderas salvajes que la observamos, y es a donde escapamos para soltarnos del ahogo urbanístico. La centralidad de algunos corregimientos está separada de la parte urbana de Medellín, caso de Santa Elena y Palmitas. Otros son prolongación de barrios o de municipios vecinos: las calles de Itagüí pasan a ser territorio de San Antonio de Prado, la comuna de Belén se trueca en Altavista y la parte alta de San Javier muta en la vereda La Loma de San Cristóbal.

Más allá de la centralidad de los corregimientos, cuyo fondo suele ser un territorio rural, de campos, fincas y bosques, comienza la espesura de su follaje, su verdadera mística, su poesía de quebradas y arboledas, promontorios y ramales de montañas, divisorias de aguas y altiplanicies, serranías y collados.

Los caminos

Los corregimientos fueron en algún momento pueblos cercanos a Medellín, por donde entraban y salían mercancías desde y hacia la ciudad en crecimiento. Eran estaciones de arrieros o lugares de descanso para el viajero. Por eso estos lugares están marcados por los caminos antiguos, que cosían por medio de canalones o vallados de piedra las montañas circundantes.

En Santa Elena está el famoso camino de La Cuesta, que pasa por el costado del cerro Pan de azúcar y llega al parque Arví. Por ahí salía todo el mundo a pie o a caballo antes de que hubiera carros en Medellín. Este era nuestro camino de llegada internacional desde el río Magdalena. Casi una semana se echaban los viajeros en mula para llegar desde el río hasta el borde de la ciudad. Pero una vez miraban el valle desde allí, se les quitaban los cansancios.

Por el otro lado está el camino de Guaca, que iba desde Medellín hasta la población del mismo nombre, hoy Heliconia. Este camino pasaba por Belén, subía por Altavista y cruzaba por San Antonio de Prado. Pasaba el alto de Romeral en el filo de la cordillera y caía a Guaca del otro lado. Este camino era importante no solo porque comunicaba con las poblaciones del occidente, sino también porque de Guaca se traía la sal que se consumía en la ciudad.

Esta sal nos lleva al tercer camino que cruzaba por lo que hoy son nuestros corregimientos, el del noroccidente. Este salía de Medellín a pasar por Robledo y San Cristóbal rumbo al Boquerón. Allí se cruzaba la cordillera y ya estaba el viajero en Palmitas, donde descansaba y seguía para Santa Fe de Antioquia. Por allí transitaba la carne en tasajo, es decir la carne salada que se cultivaba en el valle de Aburrá e iba a alimentar a los pueblos mineros a orillas del río Cauca.

Los tres caminos aún se pueden visitar y recorrer al menos en parte. El de Santa Elena sigue mostrando su magnífico trazado, el mismo que asustara por lo elegante a los conquistadores hace quinientos años. Está restaurado y muestra a su vera ruinas de su antiguo ajetreo. El de Guaca arranca en la vereda Buga Patio Bonito, en Altavista, y se interna en ascenso a cruzar por el cerro el Barcino en San Antonio de Prado. El del Boquerón —esa despampanante boca natural que invita a cruzar la cordillera— se coge allí mismo, y entre vallados o muros de piedra va llevando al caminante a un viaje en el tiempo.

Panorámica de Altavista.

El agua

Si algo no tenían que llevar los viajeros de aquellos tiempos salvajes era agua. En todos los corregimientos abundan las quebradas cristalinas, recién nacidas de sus bosques. Cada uno de estos territorios tiene su quebrada principal, hito central en las vidas de sus habitantes. La mayoría tiene en estas aguas sus mejores recuerdos de infancia y sus lugares de esparcimiento en la actualidad.

Las quebradas son en los corregimientos un lugar equivalente al centro comercial en la ciudad, pero gratis y más variadas. Están los charcos de música aguardientera y están los remansos para los más contemplativos. En Santa Elena está el famoso Chorro Clarín, que pasó de ser de sancocho de grabadora y leña recogida, a elegantes casetas para asar o irse de pícnic. En cualquier caso, los dientes castañean igual en esas aguas vívidas y frías del altiplano.

San Antonio de Prado y San Cristóbal están dominados por una sola quebrada mayor cada uno, pero ambas de temer por su fuerza y caudal. En Prado está la fragosa Doña María, que lo recorre de norte a sur por su brusco cañón. Allí hay desde estaderos de parlante afuera hasta trucheras menores de mesas rústicas y acentos bucólicos. A esa quebrada mayor le caen muchas otras, que en días de invierno y crecidas la tiñen de marrón.

San Cristóbal por su parte está dominado por la Iguaná. La forma del territorio de San Cristóbal asemeja un teatro griego, cuyas graderías recorre esta Antígona transfigurada en arroyo hasta pasar por la escena de su centralidad. Cuando esta quebrada siente que debe actuar bajo las leyes naturales y no las que le impone la sociedad, se sabe pronunciar. Hoy tanto la Doña María y la Iguaná están domesticadas en su parte baja, con canaletas de cemento a lado y lado.

Igual destino corren todas las quebradas que nacen en los corregimientos. Nacen en los bosques de las cimas de las montañas y bajan salvajes y vivaces por las gargantas estrechas rumbo a la ciudad. Esa alegría sin embargo no les dura mayor cosa. Al tocar la ciudad les ponemos camisa de fuerza y las anulamos, les vaciamos cemento a sus orillas cuando no es que las ocultamos entre tuberías. La primera de ellas fue la Santa Elena, de la que ya ni nos acordamos de que existe, y de ahí siguió el resto. Sometidas y avergonzadas entran estas quebradas en el río tumba que es el Medellín, salvo las de Palmitas, que van a dar al río Cauca.

Montañas salvajes

El valle de Aburrá se formó por un desgarrón en la cordillera. Las montañas se abrieron en la brecha gigantesca que hoy ocupamos, varios millones de años después. Luego comenzó a correr el río por la mitad y se formaron dos ambientes: el de las laderas en los costados del valle y el del río que serpenteaba suavemente en su parte de abajo. Era un valle hermoso, con un clima inigualable, con caza y pesca suficiente para sus primeros pobladores.

Pero ese valle no fue fácil de habitar para la ciudad. En los dominios del río abundaban humedales y pantaneros en los que era un problema construir. Además, sus meandros naturales se iban moviendo con el tiempo como una culebra que reptaba libremente y no armonizaban con la rigidez propia de lo urbano. Como si eso fuera poco, las quebradas se crecían y se desbordaban, y en las partes altas la montaña se desgarraba por su propio peso.

De ahí que hubiéramos decidido encauzar el río. Así quedaba resuelto —a costa de la vida del mismo río— el problema de los humedales. La ciudad creció entonces más tranquila en el fondo del valle y fue cubriendo todo aquello que era plano, encauzando quebradas y dominando la naturaleza. Las laderas más bajas y suaves se mostraron generosas y pronto se llenaron de casas también.

Pero esa tierra buena se fue acabando y la ciudad se encontró con sus laderas más pendientes. A las cuestas más salvajes no se les somete tan fácilmente, pues en su genética está el desgarrarse, el derrumbarse. Torrentes de lodo, movimientos de la tierra, caídas de piedras gigantescas. Esta forma de alzar la voz es propia de las montañas, y se levanta aún más con la urbanización. La tragedia está a la vuelta de cada invierno, especialmente en estos lugares de los contornos.

Muchas de estas catástrofes ocurren en los corregimientos, pues son ellos los que ocupan las laderas de Medellín. Media Luna en Santa Elena es ya un desastre clásico, en los años cincuenta, así como el de Villatina, que a pesar de ser en Medellín es parte del mismo fenómeno. La ciudad asegura más de estos problemas en el futuro conforme avanza sobre estas partes altas de las montañas, rebeldes de suyo.

Laguna de Guarne en Santa Elena.

Bosques y campos

El valle de Aburrá estaba originalmente cubierto de bosques. Salvo quizá ciertas orillas arenosas del río y algunos pedreros traídos por las quebradas, el resto eran arboledas. Para construir la ciudad hubo que ir talando los árboles, lógicamente. Pero también para sacar madera de construcción y carbón para cocinar. Mucha de esa madera vino de lo que hoy son los corregimientos.

Poblaciones que antes fueron mineras por excelencia, como Santa Elena, al acabarse el oro siguieron con los bosques. Se cortaba el bosque nativo y se vendía la madera, y las generaciones siguientes usaban el terreno ya sin árboles para la agricultura. En algunas partes se establecieron fincas de ganado o cultivos de alimentos. Incluso en otras se sembraron pinos o cipreses, que crecían más rápido y podían aprovecharse.

De los bosques nativos quedan algunas reservas en las partes altas de los corregimientos. En Santa Elena está Arví, en San Antonio de Prado El Astillero, en Altavista la Ana Díaz, en San Cristóbal El Moral y en Palmitas toda la parte baja de Las Baldías, entre otras. Desde hace décadas la ciudad ha ido comprando y protegiendo estas zonas altas de las cimas que la rodean. Caminar por allí es un viaje por ese momento anterior a la urbanización de la ciudad. Aves y árboles de incontables especies se expresan en torno al concepto de diversidad, algo tan difícil para el ser humano.

De estos bosques viejos o en recuperación hacia abajo en la ladera vienen las fincas ganaderas y los terrenos de cultivo. Esta es quizá la franja más amplia de verdor de los corregimientos, antes de llegar a sus centralidades. Esa es la zona que hoy está en disputa por las fuerzas urbanísticas de la ciudad y el mercado de tierras. La ciudad no ve la hora de devorarse ese manjar aún sin construir.

El acaparamiento de estas tierras se realiza tanto a manera de urbanizaciones de edificios como de parcelaciones. En Altavista, por ser el corregimiento que está en mayor simbiosis con la ciudad, es más evidente. Los barrios de la comuna de Belén trepan por las pendientes comiéndose a zarpazos las veredas bajas de Altavista. Esta tendencia seguramente continuará en los otros corregimientos cercanos a la ciudad: San Antonio de Prado y San Cristóbal.

En cuanto a Santa Elena y Palmitas, así como las partes más altas de los otros corregimientos, las parcelaciones están de moda. Los precios de la tierra suben y los propietarios de fincas ven la oportunidad de vender. Esto crea un paisaje nuevo en el que conviven la vivienda de estrato alto con la casa campesina de antaño. En una prima el césped cortado a ras y los setos de eugenios que no atraen ni siquiera un ave, las otras parecen una despensa de frutales y arbustos florales más acordes con la diversidad propia de la tierra.

La agricultura aún sobrevive. Algunos de sus cultivadores producen sin agroquímicos, unidos en cooperativas y fomentando la asociación. Gracias a la cercanía con la ciudad encuentran compradores que pueden pagar un poco más por sus productos limpios. Esos predios donde todavía se cultiva, y donde además se hace de manera orgánica, alimentan la montaña, la enriquecen: dan verdor al barrio, conservan una práctica esencial, un oficio memorable, el del agricultor. Tal vez, así como se hace con los bosques, también estas personas deberían ser reserva protegida, porque allí está la memoria y quizás algo del futuro.

Picos y cerros

Además de las quebradas, los hitos más significativos de los corregimientos son sus peñascos y macizos. Estos testigos naturales e imperecederos han sido la señal de ubicación espacial de la humanidad desde siempre, y aún están presentes en nuestros alrededores. Y, más, en una geografía como la nuestra, donde a las montañas y sus diferentes formas les gusta hacer alarde.

El cerro Pan de azúcar en Santa Elena es un hombro que sobresale de la montaña justo por encima de los últimos barrios de Medellín hacia el oriente. Está hecho de una roca llamada dunita, propensa a las oquedades y pequeñas cuevas hechas por el agua. Justo detrás de la imagen religiosa que hay en la cima del cerro hay una de estas cavernas menores. Considero a esta abertura natural mi oráculo personal, y es ella quien recibe mis rezos cada vez que la visito.

En San Antonio de Prado está la piedra Galana, en lo alto de la reserva El Astillero. Se trata de una saliente rocosa que despunta sobre un claro del relieve, del tamaño de la sala de una casa, con muebles duros y puntudos pero que aseguran un mejor trato que cualquier visita. La roca está partida a lo largo de fracturas paralelas que le dan la forma de un mazo de cartas separado a tramos gruesos. Desde allí la vista de Medellín es bastante particular. En el campo visual se expresan en primer plano una serie de collados montañosos que se alargan hacia un punto de fuga que no es otro que el Centro de Medellín. Desde allí la ciudad aparece como un borrón naranjado entre la bruma contaminada.

En Altavista está el popular cerro de las Tres Cruces. Miles de personas —acaso sin saber que pertenece a Altavista—, lo visitan los fines de semana. Su cima es una meta accesible —sin ser regalada tampoco—, que tiene como premio una preciosa mirada baja sobre el valle de Medellín. Los más epicúreos se sientan a descansar y a contemplar la vista, mientras aquellos de estoica figura pasan a una sesión extra de aparatos. En la parte plana de la cima han sido instalados una serie de bancos y barras para el ejercicio muscular. Allí los relieves de sus practicantes pasan a constituir una discreta parte del paisaje, digna de observación.

En San Cristóbal está el cerro El Picacho, que sobresale de la montaña como el elefante de El Principito que una culebra se ha comido. Aquí lo tenemos en versión montañosa, pues la culebra no va por plano sino bajando la lisa cuesta. Allí también hay una imagen religiosa, que corona el camino que lo asciende entre grandes bloques de piedra. Estas rocas son diferentes a las del Pan de azúcar, y si bien por fuera lucen oscuras, por dentro son rayadas de una belleza que se expresa generosamente a los amantes de las rocas.

Desde cualquiera de estos peñascos en las montañas puede verse la ciudad, mirarse, mirarnos a nosotros mismos como en un cuento de Cortázar. Esencial en este doble juego es el objeto que observamos, pero igualmente el lugar desde donde lo hacemos. Estos contornos que hoy son los corregimientos, balcones naturales, fuentes de agua, alimentos y vida, donde aún asoman los caminos de tierra, los collados rocosos, los charcos y los bosques, son lugares a los que siempre desearemos retornar por mucho que adoremos la comodidad del asfalto. La Medellín endurecida por la historia tiene una oportunidad única de recobrar su suavidad ocupándose de estos territorios como fuentes de un poder proveniente de la tierra misma.

* Este fragmento escrito para Universo Centro hace parte del proyecto para la recuperación de la memoria histórica y la identidad campesina de los corregimientos de Medellín, en convenio con la FAO.

Vista de Medellín desde el alto de Boquerón en Palmitas.

El fin tendrá nombre

por SANTIAGO RODAS • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 129 Junio de 2022

Esos ojitos negros, que me miraban.
Esa mirada extraña, que me turbaba
El Gran Combo de Puerto Rico

El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve.
Antonio Machado

Algún día no muy lejano el valle del Aburrá estará cubierto por un manto compacto y vegetal, verdoso en sus tallos y de fluorescencia anaranjada, fulgurosa, con núcleos negruzcos y chiclosos en el interior de cada flor madura. No habrá edificio que no esté forrado por el velo ni árbol ni calle ni iglesia ni tienda ni placa deportiva. Será inevitable su propagación natural sobre las ruinas y los escombros. Y será hermoso el resplandor naranja que rebotará por todas partes con sus chispas a manera de pétalos y también será siniestro pues no habrá nadie para contemplar su triunfo sobre todas las cosas, su reino monocultivado y hambriento. Un silencio terrible amasará esta ciudad y solo se escuchará la lenta propagación de las esporas de la planta mientras rasgan el aire límpido, arañando cualquier espacio nuevo para su arado. Los ojos negros de su cuerpo desproporcionado mirarán con suficiencia atávica lo que queda, pues será poco lo que le falte por colonizar.

El fin tendrá nombre: Ojo de poeta. Y podremos afirmar, también, que estaremos ante el último estertor de la historia; no habrá futuro ni presente ni pasado pues cuando esto suceda las demás plantas, la mayoría de animales y humanos no existirán más, quizá solo algunos insectos que se alimentarán de la savia dentro de sus flores puedan mantenerse con vida, dependiendo enteramente del lecho de la Thunbergia alata. El viejo Dios habrá muerto otra vez y lo remplazará una planta verde anaranjada que deshilachará el tiempo. Tan solo quedará su cuerpo soberano anegando cada metro cuadrado de lo que alguna vez fue la vida humana en estas calles vanidosas. La imagen de la fronda es hermosa y terrorífica: un ejército de ojos floridos que vigilan el vacío entre las ruinas. El fin de los tiempos tendrá su esplendor: este valle vestido de dos colores. Y después de tantos trasiegos por fin reinará la paz, el silencio vegetal y la belleza.

Ahora mismo, en el 2022, la planta espera pacientemente entre los pliegues de las montañas y se reproduce por los bosques nativos de todas las laderas con sus diferentes estrategias, los va ahogando, carcomiendo, los devora palmo a palmo con su podredumbre grácil, con su encanto, hasta remplazarlos con sus tintes chispeantes e hipnóticos. Un matute inevitable. Su conciencia es darwiniana: el más fuerte sobrevive. Cada uno de sus brazos musculados se extiende sobre los postes de la luz, las paredes de las casas, árboles y plantas sin distinción, los seres vivos son su alimento, toda la materia es soporte para su dispersión.

La Thunbergia alata llegó desde el este de África a las Indias Occidentales a mediados del siglo XIX, sus primeros registros están consignados en colecciones de herbarios en Martinica en 1870 y un año después está registrada en República Dominicana, para 1874 ya estaba depositada en el Herbario Nacional de Trinidad. Hacia 1876 se le consideraba una planta con fines ornamentales asentada en el territorio. Con tan solo seis años de estancia la plaga de Susanita de ojos negros se volvió parte del paisaje caribeño. Posteriormente, con la premisa probada de su resistencia al clima de América, su fácil adaptación a los diferentes pisos térmicos por arriba de los mil metros sobre el nivel del mar y su belleza exuberante que atrajo fácilmente la mirada para decorar toda clase de construcciones, comenzó su onda expansiva a lo largo del continente. Se calcula que promediando el año 1900 la planta trepadora dejó de necesitar al humano y empezó su reproducción de manera espontánea, independizó su marcha ocular y se reguló bajo sus propias leyes para aumentar el caudal de sus flores; se sabe que no tiene depredadores naturales en la región y por lo tanto, tampoco límites. Un dios oscuro, radiante y famélico es el Ojo de poeta, sin necesidad de las oraciones de devotos y feligreses.

No se sabe con certeza cuándo la planta descendió hacia el sur, desde el Caribe hasta la Cordillera de los Andes, y se aferró con su fuerza trepadora a los suelos colombianos. No obstante, el médico Manuel Uribe Ángel da pistas para pensar que el Ojo de poeta llegó a las breñas antioqueñas, como queda consignado en el compendio de Geografía general del Estado de Antioquia en Colombia, en 1885, con el nombre “La colombiana”, y desde ese momento está incluida en las descripciones sobre la flora del departamento de Antioquia.

Como se escribe en el libro Historia, vida y poderes de una especie invasora, editado por Mario Alberto Quijano Abril, “acorde a los registros del Herbario Nacional Colombiano, el primer individuo de T. alata para nuestro país, corresponde a un ejemplar herborizado en 1939 por Enrique Pérez Arbeláez y José Cuatrecasas en alrededores de La Vega, Cundinamarca (Baptiste et al., 2010), y para el caso de Antioquia se tenía un registro en 1940 por parte de Lorenzo Uribe Uribe”. Con ochenta años del primer registro de la especie ahora mismo es bastante difícil salir a una ladera y no toparse con las flores desparramadas por rejas, árboles, construcciones abandonadas, sus ojos están ahí, veedores de su propia persistencia, oteando cualquier movimiento, desplazándose a pasos lentos y seguros e inevitables.

Su fuerza reside en que tiene una capacidad de reproducción temible y que una vez la planta está asida en determinado lugar es casi imposible erradicarla. Se ha demostrado que sobrevive a los incendios, a los venenos, a la erradicación manual, a otras especies monocultivadas. Su persistencia y reproductibilidad demuestran que es una de las plantas más fuertes del ecosistema y crece sin control, sin que ni el humano pueda detenerla con facilidad. En un metro cuadrado puede arrojar más de mil semillas, que germinan en uno o dos días, y cuando sus vainas explotan como catapultas pueden diseminarse hasta una distancia de once metros. Con esta profusión excesiva, barroca, se garantiza el mantenimiento de su vida en constante expansión.

Otra de sus estrategias de éxito consiste en que nunca detiene su floración y, por lo tanto, no se detiene su fecundidad. Los insectos que se alimentan de ella la diseminan en diferentes lugares de la montaña. Su belleza es la condena y el precio que se paga por la cercanía con lo sublime, con algo que se salió de nuestras manos y que posiblemente nos sobreviva. El ornamento que deseamos para decorar los jardines en Antioquia terminará por abrazar lo que se interponga a su paso, hasta matarlo. El Ojo de poeta se asemeja bastante a un pacto con el diablo: nos entrega el tesoro deslumbrante de su belleza en jardines y cercos vegetales y sin darnos cuenta, de manera silenciosa, como le gustan las cosas Al-que-no-tiene-nombre, pagamos con la vida.

En mis viajes en bicicleta siempre encuentro especímenes de la Thunbergia alata en cualquier parte, al borde de la carretera o bien metida en el corazón de algún bosque, no importa si es en el oriente, en el occidente, en el sur o en el norte del valle. Se encuentra en El Escobero, en El Chuscal, en Santa Elena, en Las Palmas. No hay manera de eludirla. Todas las montañas de este valle están anegadas de su presencia.

Para escribir este texto me quedé contemplando por largos ratos las formas de sus tallos, la estructura dentada de sus hojas, el color intenso de sus flores y su misterioso núcleo oscuro. Pensé bastante en las razones para que se decidiera nombrarla Ojo de poeta, quizá haya una correlación en la pulsión de muerte que habita la poesía, pues, de algún modo, esta planta, igual que la poesía, conduce, después del deslumbramiento de la belleza, irremediablemente hacia la muerte. Quizá estoy exagerando por el influjo del resplandor naranja de sus ojos negros. O quizá, como quienes la trajeron a América, estoy bajo el designio de sus encantos monstruosos, igual que los personajes del cuento La llamada de Cthulhu de Lovecraft, a un paso de la conquista silenciosa de una extraña locura producida por la T. alata. Tal vez los susurros del Ojo de poeta son lo que, con su lenguaje secreto, nos tenga embrujados hasta que perdamos, definitivamente, la cabeza y le dejemos, por fin, el espacio para su estancia definitiva.

Agarré un esqueje de la planta que tenía unas cuantas hojas y una flor abierta, sentí su dureza, sus tricomas casi transparentes y ásperos, la metí en mi bolsillo y me la llevé a casa. Pensé que la podría sembrar para observar su crecimiento y su reproducción en una escala controlada, pero llegó aporreada y se secó rápidamente. La flor se arrugó hasta casi desaparecer y sus hojas se encogieron. Murió bastante rápido y me impactó su fragilidad después de estudiar sus temibles poderes por semanas. La enterré al día siguiente en una de las macetas del balcón. Unos días después vi un pequeño brote, su muerte era pura apariencia, un capullo verde crecía justo donde la enterré, ahí estaba confirmada su reproductibilidad. Su existencia zombi me estremeció, su fuerza probada por la ciencia ahora crecía indefectiblemente en mi casa. Y tuve miedo, no sabía si arrancarla de una buena vez y deshacerme de ella o esperar unos días para ver si se consumía la planta de la misma matera, después las matas vecinas sembradas en el balcón y después las de la casa entera. No hice nada y ahora espero para ver si logra brotar su primera flor.

A casi un siglo de su llegada, el Ojo de poeta, con una conciencia de sí, va ahogando lentamente la vegetación que se interpone en su camino, construye una arquitectura que le impide el alimento a cualquier otra especie vegetal siempre inferior, siempre más débil, tapona sus fuentes de luz solar para luego devoralas. Cuando la especie humana llegue a su fin, la Thunbergia alata será su remplazo y cubrirá con su veta perenne lo que alguna vez hicimos como especie. Un remplazo equivalente, chan con chan, un naranja espeluznante colmado de núcleos negros será el síntoma de nuestra liquidación en esta tierra. Solo falta tiempo en las laderas, en las calles, en la matera de mi balcón para que su atractiva hipnosis dé el paso definitivo.

Estefanía Carvajal

La otra lucha del Titán

por RAFAEL GONZÁLEZ TORO

Exclusivo web

Foto de Juan Fernando Ospina, 1989.
El momento se repite pasado el mediodía. Sentado en una de las cuatro sillas amarillas de la mesa circular de la cocina de doña Oliva Zapata, Elkin mira a su mamá y después de un gesto cómplice, que solo ellos dos entienden, empiezan a cantar.

Cantan en voz baja. Tranquilos, sin afanes, mientras la sopa de papa, yuca y plátano suelta los primeros vapores que se dispersan con los rayos de sol que entran por una puerta que comunica al patio contiguo. Doña Oliva no descuida los alimentos. Tampoco deja de cantar. Elkin y su madre repiten una estrofa y el coro. Entonan suavemente Vestido de cristal.

Así pasan los días de Elkin Ramírez, alma, nervio y voz de Kraken, la banda más importante del rock nacional. Acompañado del cariño y los cuidados maternos, sus fuerzas se centran, desde julio de 2015, en su proceso de recuperación tras ser intervenido quirúrgicamente por la aparición de un gliosarcoma, un tumor alojado en el lóbulo temporal del cerebro.

El 17 de julio del año pasado, minutos antes de entrar al quirófano en el Instituto Neurológico de Colombia, con serenidad y una sonrisa en la cara, no se cansó de repetir: “Tranquilos, de esta salimos bien”.

Tras la cirugía y el posoperatorio, Elkin retomó un proyecto que había quedado postergado con la aparición de la enfermedad: la grabación de un nuevo álbum de Kraken. De esta producción, la novena en estudio del grupo creado en 1984, ya había maquetas y Rubén Gélvez, tecladista de la banda, tenía un buen porcentaje adelantado de las composiciones y los arreglos.

En el primer trimestre de este año la banda se metió de lleno en el estudio Pocket Audio, de Bogotá, ciudad donde residen los músicos. Con el material grabado, solo quedaba confiar en la recuperación de su líder y vocalista para que con el aval de los médicos pudiera grabar las voces.

Tras los tratamientos de quimio y radioterapia, sumados a terapias físicas y ejercicios, en abril de 2016, Elkin obtuvo la autorización para cantar. Matthias Krieger, ingeniero de grabación y mezcla, viajó desde Bogotá y en el Oriente antioqueño logró la captura de las voces del cantante. Días después, tras un viaje de tres días de Elkin a Bogotá, se grabaron los coros, en los que participó toda la banda.

Así vio la luz la producción titulada Kraken VI. Sobre esta tierra. En ella, de manera paradójica, el que Elkin hubiera estado alejado de los escenarios por casi ocho meses hasta esa grabación le favoreció porque logró tonalidades de su voz que hace algún tiempo no obtenía, debido al desgaste de la giras y presentaciones en vivo.

Fue un gran momento volver a ver al jefe cantando. Las capturas de su voz quedaron de gran calidad. Logró unos registros que hace unos diez años no tenía. Nos sorprendió mucho. Se logró un trabajo con un gran sonido y el resultado es un álbum de excelente factura. Todos quedamos muy contentos”, dice Germán Morales, mánager del grupo.

Con el trabajo en posproducción y presupuestado para salir en septiembre, Elkin siguió con el tratamiento. El amor de Oliva y Daniel, los padres, y de sus hermanos ha sido el impulso que ha necesitado el Titán del rock colombiano para proseguir su lucha. También las constantes visitas de los amigos más cercanos a la casa de su madre en el barrio Belén son un motor para que este mal rato quede superado.

Sin embargo, en agosto pasado una evaluación médica hizo necesaria una nueva intervención. El 8 de ese mes Elkin fue operado de nuevo. Y la lucha por su recuperación definitiva comenzó de nuevo. “Los hermanos, el papá y la mamá le damos mucho cariño. Los médicos se han portado de gran manera. Es admirable la atención que han tenido con él. Es difícil, pero confiamos en que todo va a salir muy bien”, comenta Daniel Ramírez, padre del cantante.

En los primeros días de octubre, Elkin pudo tener en sus manos el esperado Kraken VI. Sobre esta tierra. Se puso muy contento al escuchar los nueve cortes de la producción. Los músicos del grupo, formación con la que ya completó más de una década de amistad y trabajo, viajaron desde Bogotá para vivir juntos ese histórico momento junto a su líder.

Después de todos los contratiempos generados por la enfermedad, la producción logró ver la luz con un Elkin esplendoroso en la interpretación vocal y un sonido potente y muy cuidado en general. Una vez más logró sacar adelante ese proyecto, como hace tres décadas cuando junto a la primera formación de Kraken cambió para siempre la historia del rock colombiano. Como cuando después de la partida de muchos de los integrantes mantuvo vivo el fuego del Titán que emergió de las profundidades para seguir adelante.

Hoy, con 54 años recién cumplidos, la lucha continúa. Elkin dedica los días a su recuperación. Las jornadas pasan entre citas, terapias y sesiones de ejercicios en casa. Por momentos escucha música o recibe visitas de amigos cercanos a quienes les repite constantemente: “Tranquilos, de esta salimos bien”. El amor de doña Oliva no lo desampara.

Es por eso que al mediodía llega uno de los momentos preferidos para él. Es ahí cuando comparte esos minutos en los que madre e hijo juntan sus voces para cantar las canciones que lo hicieron grande. Los mismos temas que lograron que Elkin Ramírez, que es lo mismo que decir Kraken, se convirtiera en el estandarte del rock nacional.

*Texto tomado de Medellín, movida cultural. Proyecto de la Secretaría de Cultura Ciudadana en coedición con Universo Centro. Edición 3, noviembre de 2016.

Foto de Julián Gaviria, cortesía libro Kraken 30 años.

por ESTEFANÍA CARVAJAL // Encontrar un buen sumiso no es cosa fácil. O mejor: encontrar un buen sumiso para uno no es cosa fácil. No a todo el mundo le gustan las mismas cosas. El mundo kinky es complejo por lo específico. Hay masoquistas a los que les gusta el dolor, pero no les gusta seguir órdenes, por ejemplo. Por eso no sirven de sumisos.

Simón Murillo

Fernando Mora Meléndez