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Casa por jaula
por LAURA ALMANZA • Fotografía de Juan Fernando Ospina
Número 135 Julio de 2023
Apenas llegamos salió a nuestro encuentro, frentero. Se movía inquieto, mostrándonos sus dientes a través de la reja, mordiéndola, colgándose de la cola para que viéramos sus güevas de frente. Ahí les está mostrando que tiene con qué defenderse, nos dijo Jorge, que no parecía impresionado por su actitud agresiva. Su reacción no era para menos, un poco más atrás la mona aulladora estaba en una tabla con su cría, pendiente, cautelosa.
Para agarrar una cría de mono aullador hay que matar a su madre y a todas las hembras de la manada que comparten su cuidado. Ese monito tan lindo que le ofrecen a los niños en carretera básicamente viene de una masacre. Y por más pañales, gafas oscuras o correas de perro que le ponga, tener fauna silvestre en casa es un delito.
Jorge Aguirre lleva 28 años trabajando como promotor de bienestar animal. Le pregunto qué se necesita para trabajar cuidando animales en el zoológico y me dice que lo primero es dejar de decirle así, que ahora se llama Parque de la Conservación. Lo otro, entender que los animales silvestres no pueden ser cuidados como mascotas, aunque eso implique dejar a un lado la ternura inevitable que provocan sus miradas curiosas, sus pieles de colores llamativos, sus gestos malinterpretados como cariñosos.
Mientras hablamos, al ver que no somos una amenaza, la actitud del mono aullador pasa a ser indiferente. Se aleja balanceándose por una cuerda y sigue con su vida. Este aullador llegó al Parque en 2012 siendo ya un mono adulto, después de ser decomisado por la autoridad ambiental. Cuando lo encontraron estaba amarrado como un perro, tenía marcas de una soga por todo su cuerpo y desnutrición severa. Las personas que lo tenían pensaron que dándole banano era suficiente.
El problema es que su alimentación es mucho más compleja. Los aulladores son folívoros, o sea que comen principalmente hojas. Rara vez tocan el suelo…, se la pasan de rama en rama por la selva tropical buscando brotes de ojoche, caucho sabanero o yarumo. En el Parque les preparan ensaladas con pepino, papaya, habichuelas, hojas de apio, espinaca, caucho y pomarrosa. A veces también compotas de mango. Cada individuo tiene una dieta especial diseñada por un nutricionista veterinario. En el centro de alimentación animal pican, trocean o trituran cada ingrediente para después pesarlo y servirlo en un horario específico. Después de observarlo, la idea de que un mono solo come banano me parece ridícula.
En El origen del hombre, Charles Darwin describe el sonido de los aulladores como un concierto horrísono que dura a menudo muchas horas. Como no tuve oportunidad de escucharlo, lo busqué en YouTube pensando que me encontraría con un coro de bramidos de perro herido; pero en realidad es un rugido, un sonido gutural que cualquier vocalista de death metal ansiaría tener.
Hace un tiempo este mono aullador rojo perteneció a uno de los grupos que rehabilitaron para regresar a la selva del Magdalena Medio. De algún modo el Parque de la Conservación es también un centro de rehabilitación, un campo de entrenamiento para regresar a la vida al natural. Le presentaron su nueva familia, le trataron los parásitos que le pegaban las palomas y las ratas de la ciudad, le enseñaron a recolectar su propia comida, a no depender ni confiar en los humanos. Tres años y medio le costó a su manada estar lista. Los llevaron por carretera, a cuestas, y hasta en lancha por el río Cauca. Por fin en el sitio, los biólogos pusieron el guacal en el piso y abrieron la puerta con cuidado, expectantes. El macho alfa salió a explorar primero y con un aullido le avisó al resto que sí, que era segura esa nueva casa sin mallas metálicas. Poco a poco la manada fue saliendo a treparse en los árboles, arrancar hojas frescas y balancearse patas arriba. Todos, excepto uno. Los biólogos intentaron darle unos días, quizá se animaba a salir tras los otros. Pero cuando volvieron a monitorear el sitio, seguía ahí, parado en la puerta del guacal esperando una cara conocida que lo montara en lancha para cruzar el Cauca de regreso a Medellín. El tiempo que pasó con los humanos había dejado una huella imborrable.
No hubo más remedio que volver a traerlo al Parque y descartar de una vez que participara en otros grupos de rehabilitación, era un hecho que el resto de su vida sería en cautiverio. Pero su historia no terminó ahí. Ya en su casa de ciudad, por pura casualidad, una de las aulladoras que estaba al lado de su espacio de aislamiento comenzó a hacerle ojitos. Se cortejaban y en las tardes se les veía cogiéndose las manos a través de la reja. Los cuidadores decidieron juntarlos a ver qué pasaba. Parece que en las noches en vez de aparearse se dedicaron a hacer planes de escape, porque la aulladora aprendió a abrir los pasadores de las puertas y huía saltando. Aunque el mono salía detrás, no se trepaba a los árboles. Quizá eso impidió que ambos terminaran en Nutresa robando galletas.
Unas semanas más tarde, ya abandonado el ímpetu de fuga, la barriga de la aulladora empezó a sobresalir. Seis meses después nació la cría, pero a pesar de darle todos los cuidados posibles, no sobrevivió. La que veo hoy es su segunda cría, un monito aullador con nueve meses cumplidos que pronto dejará de estar colgado a la espalda de su madre.
Le pregunto a Jorge cuáles son las probabilidades de que un mono nacido en cautiverio sea liberado en la selva. Desvía la mirada. Me dice que no tiene un número, que tal vez sea posible porque ya han liberado a un par de monos nacidos en el Parque, pero que es difícil. Probablemente la única selva que conozca sea un islote rodeado de tortugas y un par de cisnes, escuchando los carros que pasan por la Avenida Guayabal.
Las fieras del barrio
Al comienzo era la exhibición. Zoológicos como jaulas para el asombro, para tirar fotos y mecato contra los animales. Prisiones que olvidaban el castigo a cambio de la diversión humana. Ahora es el momento de las lecciones, de las disculpas humanas frente a los demás animales. Se muestra el maltrato, se buscan curas y rehabilitaciones. Tras los muros del Parque de la Conservación, antiguo zoológico de Medellín, encontramos un bestiario de tragedias. Aquí van otras tres historias a pelo y pluma.
Etiquetas: animales , Juan Fernando Ospina , Laura Almanza , Parque de la Conservación , tráfico de fauna
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La felina albina
por FERNANDO MORA MELÉNDEZ • Fotografía de Juan Fernando Ospina
Número 135 Julio de 2023
En los años sesenta, Salvador Dalí se paseaba por las calles de París llevando a un ocelote de la traílla. Decía que se lo había regalado el gobierno de Colombia y no tenía recato en entrar a sitios concurridos con el felino. En Montparnasse, los vecinos de mesa de un restaurante, atemorizados por la presencia del animal, se alejaron, pese a que el genio intentaba calmarlos diciéndoles que se trataba de un gato ordinario con manchas pintadas por él e inspiradas en el arte óptico. En otra ocasión, cuando ese mismo ejemplar, llamado Babou, orinó unos grabados de una galería francesa, el pintor aplacó al dueño prometiéndole que le vendería unos dibujos suyos a buen precio. Corrían tiempos en los que la protección de la fauna silvestre no desvelaba a nadie, menos a Dalí que pintaba lo que soñaba.
Forzados a vivir como mascotas, los ocelotes pueden ser tan dóciles como los gatos caseros. Otra celebridad de Hollywood, Ann Margret, también sucumbió a los encantos del look animal print y aparece retratada con su fierecilla domada en varias poses muy naturales. La especie estaba de moda. En los solares de los pueblos colombianos era frecuente ver a una bestia, menos fiera que el tigre, soportando su cautiverio con dietas blandas, lejos de los platos suculentos de la selva: murciélagos, roedores, pájaros y hasta serpientes. En Antioquia, el bello pelaje era codiciado, pues se decía que el carriel antioqueño debía lucir en su cubierta un retazo de piel de ocelote, al menos si se preciaba de ser original.
Las manchas del ocelote a menudo se confunden con las de otros felinos de Suramérica, como las del tigrillo o margay. Por un ejemplar vivo los traficantes pueden obtener hasta quince millones de pesos. Para saber con precisión de qué felino se trata, luego de algún decomiso de fauna, la policía ambiental de Medellín emplea una prueba genética que permite identificar la prueba del delito. Pero en diciembre de 2021 un gato aún más indescifrable puso en apuros a los zoólogos y cuidadores del Parque de la Conservación.
Era un minino blanco, muy blanco, de pocos días de nacido. La primera inspección arrojó un solo dato: era hembra. Tenía la piel muy suave, y marcaba territorio haciendo pis por los rincones. Entre sus señas particulares había dos más, tenía las garras demasiado grandes para ser un gato casero y, en segundo lugar, sus movimientos, torpes y bruscos, parecían desorientados; de hecho era incapaz de localizar por sí misma su comida.
Desde que la recibieron, en diciembre del 2021, Ana María Sánchez, zoóloga, y el cuidador Carlos Navales, recuerdan que la pequeña lucía indefensa, apaleada por la neumonía y los graves trastornos gástricos. Su cabeza pequeña hizo que la confundieran con un jaguarundi. Unos mineros de Amalfi la encontraron abandonada en el monte. Y acaso porque sabían que tener fauna silvestre es un delito, tuvieron la cautela de entregarla al Municipio. Pocos días más tarde, en un estado deplorable, la autoridad ambiental se la ofreció al parque. No toda la fauna que se decomisa puede albergarse allí, pues el presupuesto mensual para mantener animales en condiciones dignas supera los quinientos millones de pesos. Pero la aceptaron.
Al contrario de lo que quiere creer un mito urbano, a los animales enjaulados no se les lanzan perros vivos ni vacas despeñadas o proteína de desecho. Después del estudio previo, a la cachorra se le dosificó carne de pollo y de res, pesada en básculas de alta precisión, además de vitaminas y baños de sol. “Estábamos ansiosos por identificar de qué animal se trataba”, cuenta Ana María. Y para evitar más trampas de la naturaleza se le hicieron dos exámenes de ADN. Las dos pruebas, una de la policía y otra de la Universidad de Antioquia, determinaron que se trataba de una ocelote, el tercer felino más grande de América, después del jaguar y del puma. ¿Una ocelote? ¿Pero cómo podía existir un ocelote blanco, sin rastro de manchas? Notaron que la cachorra huía de la luz fuerte que le hinchaba los ojos. A punta de un colirio especial, Navales le detuvo la irritación. Y justo ese síntoma, la fotofobia, sirvió para confirmar que era una ocelote albina, la primera en su especie reportada con este signo corporal en el mundo.
Acosados por el deterioro del bosque natural, las manadas ven reducido su territorio y se ven compelidos a aparearse con miembros de su propia familia. Esto, al parecer, es uno de los motivos que trastorna los cromosomas y origina el albinismo animal.
Cada vez más, los cuidados con la ocelote obligaron a los zoólogos a ordenar turnos continuos día y noche. “No nos importó ausentarnos de las fiestas de navidad y fin de año para atender a la criatura”, dice Navales. Y, a pesar de que se habían encariñado tanto con ella, ni siquiera podían bautizarla, como en los tiempos de Agripina, la orangutana de los años setenta, cuando el lugar todavía se conocía como Zoológico Santa Fe. Parte del trato de los silvestres en cautiverio prohíbe nombrarlos como si fueran mascotas. Aun así, los cuidadores usan claves internas y entre ellos empezaron a llamarla “la felina albina”.
Las pocas veces que abrió los ojos, notaron que los tenía de un rojo encendido y con un borde azul en la pupila, un rasgo extraño a sus demás congéneres. Faltaba la pesquisa de un oftalmólogo de felinos quien exploró el fondo de la retina y despejó la última incógnita, la que explicaba su deambular errático: ¡la ocelote, además de albina, era ciega! Parecía una exageración, como la del narrador de un cuento de César Vallejo, cuando dice: “No puede suceder tanto imposible”.
Suena curioso aceptar que algunos animales silvestres no puedan subsistir en su medio y que requieran de humanos que les brinden lo que nunca tendrían en el bosque natural. Ver a Carlos perseguir a una ocelote con un pañito empapado en aceite Johnson para remover un resto de limo parece excesivo, pero así lo hacen estos abnegados servidores del reino animal. Nos dicen que esta felina, por su condición especial, no sobreviviría en la selva por mucho tiempo. A menudo las madres abandonan a las crías débiles o diferentes, como ella, incapaz de camuflarse con su pelo color leche, un blanco perfecto que pondría en peligro a la manada.
Así fue como la cachorra pasó de tener un kilo y medio hasta alcanzar su tamaño imponente, de cien centímetros de largo y dieciocho kilos de peso. Detrás del vidrio se ve como un enorme gato blanco. Tiene un nicho cubierto, un montículo de roca para rastrillar las garras y el área llana donde le abren la compuerta con la comida. Se mueve con soltura por su espacio. Nadie sospecharía que es ciega. Sus hábitos son fruto de un largo y paciente entrenamiento de año y medio al lado de Alejandro López, quien al describir sus rutinas regulares con el animal evoca la nota de Kafka: “Suelo tener la impresión de que el animal quiere amaestrarme”.
Dentro de su cueva se ve a la inquilina en el quinto sueño. De repente, después de que López se acerca al vidrio, la fiera se levanta, sale del refugio, baja el escalón y se acerca justo al frente. Alza las orejas y apunta su olfato hacia él: ¿cómo creer que no finge su invidencia, como los ciegos de oficio? Separada por la barrera de cristal asombra el alcance de su nariz. “Le encantan las fragancias”, dice López cuando alguien muy perfumado se acerca”, ella al instante captura el aroma”. Este atributo también la hace desconfiar cuando le cambian de turno a su cuidador, pues cada humano tiene una huella odorífera. La ocelote, por más hambre que tenga, no sale a comer. Y el reemplazante debe tener paciencia hasta que le venga en gana.
La felina albina no ruge, solo emite suaves ronroneos. Como otras de su especie, juega a cazar presas invisibles, a probar la finura de sus garras. Pero hace algunos meses, López sintió que hacía movimientos menos bruscos que de costumbre. De pronto le pasaba rozando, suave y cariñosa, por entre sus piernas. El ronroneo se tornó maullido. El juego tenía otra intención. Aunque ciega y solitaria, también el celo acosaba a la ocelote.
A pesar de que hay un macho de su especie en una jaula vecina, con el pelaje intacto, cinco felinos silvestres y una leona exótica, esta blanca fascina por su rareza. Sus paisanos de Amalfi la han convertido en un símbolo; la visitan excursiones de escolares y hasta le esculpieron un monumento en el parque del pueblo, junto a la figura del legendario tigre, cazado en 1949. Pero a diferencia de ese jaguar ominoso que era visto como un enemigo de los ganaderos, depredador de corral a falta de selva, la felina albina conmueve. Acaso inspira más a la protección animal que cualquier celebridad de la fauna local.
Las fieras del barrio
Al comienzo era la exhibición. Zoológicos como jaulas para el asombro, para tirar fotos y mecato contra los animales. Prisiones que olvidaban el castigo a cambio de la diversión humana. Ahora es el momento de las lecciones, de las disculpas humanas frente a los demás animales. Se muestra el maltrato, se buscan curas y rehabilitaciones. Tras los muros del Parque de la Conservación, antiguo zoológico de Medellín, encontramos un bestiario de tragedias. Aquí van otras tres historias a pelo y pluma.
Etiquetas: animales , Fernando Mora Meléndez , Juan Fernando Ospina , medio ambiente , Parque de la Conservación
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El puma de Urabá y el león de Macaco
por SANTIAGO RODAS • Fotografía de Juan Fernando Ospina
Número 135 Julio de 2023
1
Era un gatico de pelaje café con algunas manchas oscuras, juguetón, de apenas unos meses de nacido. Lo encontraron entre el monte, dijeron: solito, abandonado. Lo tenían en una finca en un pueblo de Urabá, de mascota. Jugaba con los niños, profería su amor afelpado sin distinción, decoraba con su gracilidad los espacios de la casa. No maullaba porque los gatos del monte no maúllan. Dormía debajo de una de las camas de la familia y se alimentaba de las sobras de los humanos. Sopas, arroz, pollo cocinado. Pero un buen día, luego de unos meses, el gatico creció y creció. Se percataron de sus orejas afiladas, de su pelaje endurecido, ocre, ya sin manchas, su cara cambió y cobró rasgos amenazantes. No era un gato salvaje como inicialmente creyeron, al menos no uno que conocieran. Empezó a atacar a quienes querían jugar con él, se tornó agresivo, inquieto, su instinto lo reclamó y disolvió la docilidad aparente que lo predecía. Era un puma.
Al principio creyeron que amarrándolo a un árbol de mangos podían restituir su jugueteo inicial, que hablándole con buen español entendería que lo querían, que la familia entera era inofensiva, pues eran sus dueños y le deseaban lo mejor; no obstante, pese a sus orejas puntudas y cada vez más grandes, las palabras no parecían surtir el efecto esperado. Cada vez atacaba con más fuerza, bufaba, sus garras se hacían más afiladas y fuertes y el miedo a que se comiera a la familia también creció después de que matara a una de las mascotas. Logró arañar a un par de campesinos y la cuerda cada vez se veía más inútil para atajar su fuerza y agilidad. Ahora ellos podrían ser la presa.
A falta de otra opción la familia consideró ponerse en contacto con Corpourabá para solucionar el problema del puma. Una vez llegaron los profesionales se dieron cuenta, con algunos análisis y preguntas, de que el puma no podría regresar a su hábitat natural. No tenía las capacidades para adaptarse luego de tantos meses con la familia, con su dieta y la costumbre a la presencia humana. El animal no sabría socializar con los demás pumas y sus complejidades territoriales, no sabría cazar ni defenderse. En definitiva, tenía cuerpo de un puma, pero su personalidad era la de un gato agresivo. Si se encontraba a una persona entre el monte, en vez de huir o atacar, el puma podría acercarse, acostumbrado a los humanos, y la persona, quizás asustada, podría defenderse con un arma y matarlo.
Trasladar a un animal de esas dimensiones es bastante complejo desde el punto de vista topográfico. No siempre hay carreteras ni placa huellas, el animal debe ir seguro en el guacal para que no se hiera, hay que pensar en sus heces, en su alimentación. Son también complejas las condiciones del clima político, pues la presencia de grupos armado es una constante en los lugares en los que vive la porción más grande de fauna silvestre del país. Lo llevaron al Parque de la Conservación de Medellín, antes Zoológico Santa Fe.
2
Había una vez un bello y fuerte león que vivía en las selvas de Colombia. Su dueño, de paradójico alias, Macaco, lo consentía, le ponía buenos vallenatos y le daba su alimento, pero no era un alimento cualquiera: lo alimentaba de sindicalistas, de guerrillos, de líderes sociales y de enemigos en general. De pronto, se gestó un dudoso proceso de paz en el que se entregaron alias Macaco y sus amigos. Hubo dejación de las armas y compromisos adquiridos. Entonces el león quedó solito entre la selva, sin saber muy bien cómo alimentarse, sin Macaco. Alguien se apiadó de sus tristes rugidos, hizo una llamada, alguien a su vez se comunicó con el extinto Zoológico Santa Fe, y de allí fueron por el león que estaba encerrado en una jaula de buen tamaño. Durante el traslado el león vio con sus ojos selváticos ríos como el Cauca, las nubes de Bolombolo y las breñas verde oscuras de las cordilleras Central y Occidental, luego percibió una gran hondonada que rugía también, pero por el ruido de motores, de fábricas y de gargantas.
Una vez instalado en el zoológico no quiso comer carne muerta, eran tan solo pedazos jugosos, pero sin gracia, no le apetecía ni miraba las presas de pollo, la costilla de res, la pierna de cerdo. Nada. No le interesaba lo muerto, lo quieto. Su alimento debía estar vivo y sazonado con, al menos, la Primera Internacional, pensaron los operarios del zoológico. Pero no podían satisfacerlo así, no estaría bien visto. Hasta que el león cuya hambre se notaba en los huesos forrados, bien visibles en su pelaje, mal que bien, empezó a comer por la necesidad la carne que los cuidadores le ofrecían. Murió después de unos años en una jaula de Guayabal, con los vallenatos de Barrio Antioquia sonando en el fondo de la selva artificial.
3
La jaula está aparentemente vacía. No lo veo, pero el puma percibe cada uno de mis movimientos. “Si hace frío no sale”, me dice quien está encargado de alimentar a los felinos del parque. “El animal nos huele, nos siente en todo momento”, aclara. El león de Macaco murió en una de estas jaulas hace años, al igual que la mayoría de los animales de Nápoles y la triste Agripina que no estoy seguro si vi fumar los cigarrillos que la gente le arrojaba. Así se percibe la ausencia de un puma joven. Me quedo unos minutos mirando su hábitat, las plantas, el encierro.
El encargado me corrige cada vez que digo la palabra jaula, la palabra zoológico. Ahora es el Parque de la Conservación. Me confiesa su tristeza por los animales bajo el yugo de lo humano, pero sin este lugar que les ofrece las mejores condiciones posibles, lo más probable es que estuvieran muertos. El tráfico de fauna es el tercer negocio ilegal más rentable después de la droga y las armas, me explica.
El puma sale de su encierro, muestra su cuerpo entero, elástico, solvente y se recuesta sobre una piedra artificial. Me mira con sus ojos amarillos y profundos. Imagino un encuentro sin las rejas, en el bosque, ¿qué podría hacer un cuerpo citadino y enclenque como el mío? Seguramente nada, esperar a ser devorado, nada más. La palabra majestuoso no le queda grande a este animal. “Él es juguetón, cuando lo alimento. A veces, se comporta como un gato doméstico”, me dice el encargado.
Las fieras del barrio
Al comienzo era la exhibición. Zoológicos como jaulas para el asombro, para tirar fotos y mecato contra los animales. Prisiones que olvidaban el castigo a cambio de la diversión humana. Ahora es el momento de las lecciones, de las disculpas humanas frente a los demás animales. Se muestra el maltrato, se buscan curas y rehabilitaciones. Tras los muros del Parque de la Conservación, antiguo zoológico de Medellín, encontramos un bestiario de tragedias. Aquí van otras tres historias a pelo y pluma.
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Cóndor solo hay uno
por PASCUAL GAVIRIA • Fotografía de Juan Fernando Ospina
Número 135 Julio de 2023
No conoce de majestades, no sabe que sus alas extendidas está en decenas de billetes y escudos, ni que las líneas de Nazca trazan su pico filudo, ni que las momias de Machu Picchu ofrecían sus restos para que los llevaran al cielo, no al cielo azul y terreno, sino al Hanan Pacha, al reino de todos los dioses. Nada sabe de mitos. Solo da la espalda a los visitantes y bosteza con desgano parado en su percha. La modorra de las cuatro de la tarde no da para más. Ya se ha comido sus dos kilos y medio de carne del día. Digiere los ratones, los conejos, la carne del costillar de un caballo recién despresado. Carne fresca eso sí, porque no le gustan las sobras, solo la carroña recién servida. No sabe de dignidades pero tiene claro que merece comida sangrante. Su cabeza pelada se sumerge en la carroña hasta manchar un poco su collar nevado. Tiene una gran ventaja frente a algunos de los animales que viven en el Parque: no extraña la caza, no ha olvidado las habilidades del acecho, no vive lejos de su instinto para la emboscada. Lo suyo han sido siempre los cadáveres, así muchos piensen que pueden robar animales vivos con sus garras. En realidad son patas para caminar y percharse, más planas que prensiles. No sabe de mitos ni de raptos.
Es imposible no verlo triste, tan quieto, tan antipático con los visitantes, con ese traje de sala de velación: negro, blanco, negro, con dos coletas de frac a media espalda. La procesión de visitantes no ayuda a mejorar el ambiente. Niños excitados, dándole cuerda a un mono que golpea un tambor con frenesí; abuelas cansinas, tal vez identificadas con la gerontología animal; padres y madres que señalan y retratan. Un cartel informativo describe una pareja de cóndores en ese hábitat protegido que nadie quiere llamar jaula ni pecera de aves ni celda. Los visitantes buscan a la pareja del cóndor, la explicación del cartel deja claro que el espécimen a la vista es el macho y comienzan las preguntas: ¿dónde está la hembra? ¿Y la esposa está dormida? ¿La señora qué se hizo? ¿Se les escondió la dama? Y el cóndor se ve todavía más solo. Tiene el espacio más amplio del Parque, el ave más grande del mundo —solo el albatros real le planta apuesta— puede caminar a sus anchas y abrir sus alas para un baño de sol y desconocer a los tres reyes de los gallinazos que lo vigilan desde la cabina de enfrente. No puede volar, solo saltar de la percha a la gruta y de la gruta al pequeño foso de agua. Saltar es una palabra triste para un cóndor.
Esa soledad exhibida tiene una novela romántica de trasfondo. Una dama lánguida, enferma para responder al amor. La historia de un cortejo fallido, los intentos de los celestinos y la señora muerte que no perdona. La dama que lo acompañó durante al menos cinco años murió en 2020. Pero no debo humanizar esta historia, ni ponerles nombre a los animales del Parque como si fueran mascotas, ni bien vestir las tragedias naturales. Es hora de ser serios. Solo sesenta cóndores libres vuelan sobre Colombia y solo nueve viven bajo los cuidados del cautiverio. El habitante del Parque de la Conservación llegó desde Chile con su posible compañera, su prometida, digamos, hace cerca de ocho años. Hacían parte de un grupo de tres parejas que llegaron al Parque Jaime Duque de Bogotá en un convenio para buscar su reproducción. Una tarea que no es fácil y que se parece más a las complicaciones nupciales que a los afanes del celo. También en estas elecciones son exigentes los cóndores, escogen con cuidado su pareja, es una decisión de toda una vida, no tienen que prometerse nada, su naturaleza les deja clara la monogamia. Y no es poco tiempo, en cautiverio pueden vivir hasta 75 años, y libres vuelan fácilmente hasta los cincuenta.
Pero en el Parque no hubo vida en común para los recién llegados. No fue posible el acople, me dice el etólogo. Hubo intentos, sí, las alas abiertas, el pecho inflado del macho, la cercanía en la gruta. Pero la hembra nunca atendió el llamado. Había química, pero una química mortal. La hembra tenía doce perdigones de plomo en su cuerpo y ese veneno en su sangre la hizo apática, no dejó que su cabeza se pusiera amarillenta como les sucede a los de su especie en momentos aptos para la reproducción. De modo que el macho renunció a sus íntimos deseos. Esa leyenda que los hace animales cazadores, culpables de arrebatar terneros u otros pequeños mamíferos a sus madres, los vuelve blanco de las escopetas campesinas. La radiografía de la hembra deja ver los perdigones como un reguero bajo sus alas. Parece la foto de una autopsia luego de un cruento changonazo. No había forma de evitar que el plomo envenenara la sangre de la hembra con cada latido. También él tiene sus señales de disparos pero son menores, no hay rastro significativo de plomo. La hembra solo vive en el aviso informativo y en las preguntas de los visitantes, es un fantasma que abre las alas en la noche. Ya volvió la fantasía romántica.
No se puede decir que este macho, posado sobre la rama que sostiene sus doce kilos, sea viudo. Es apenas un joven que no ha probado hembra. Quien murió fue su compañera de vuelo en avión y cautiverio. Así que no se pierden las esperanzas de que pueda encontrar una hembra en alguna de sus aventuras en compañía de biólogos y cámaras, hay tres candidatas esperando en Bogotá. Si de verdad fuera viudo, si hubiera tenido una vida en común con su compañera de cabina y ella hubiera muerto después, sería muy difícil que se decidiera a buscar una nueva pareja. El recuerdo puede hacer retroceder a los cóndores que han perdido su dupla. Lo de la monogamia va en serio. Se espera entonces que pueda viajar al Parque Jaime Duque para intentar la hazaña. Porque la reproducción de los cóndores tiene algo de gesta, todo muy planeado, todo muy despacio, todo muy cauto. Solo ponen un huevo cada dos y el ciclo de cortejo, apareamiento, incubación y crecida del polluelo dura cerca de tres años. Cóndores no engendran todos los días. Son parcos en los menesteres de la reproducción, lo suyo son gozos del vuelo, menos agitados y menos pedestres.
Los cuidadores del cóndor hablan de su docilidad y sus comportamientos naturales. No hay nada en su conducta que denote estrés por su condición de cautiverio y su vida lejos de los riscos bajo tres carboneros y algunos platanillos. Si viera una amenaza en los humanos que lo alimentan o tuviera molestia en quienes lo espían detrás del vidrio utilizaría su arma oculta: regurgitar un poco de sus jugos gástricos contra los posibles atacantes. Los carroñeros saben usar sus poderes, cualquiera preferiría un picotazo a un pequeño baño con sus caldos. Según los etólogos que estudian sus comportamientos, el cóndor no está aburrido en su jaula, esos bostezos son normales y esa quietud también. No da muestras de irritación como algunos primates ni merodea sin mucho sentido como algunos felinos del Parque. Intuir su tristeza puede ser también una forma de humanizarlo, de contemplar sus alas plegadas con algo de conmiseración.
Pero no todo es silencio y soledad. El cóndor tiene visitas desde el exterior. Como si viviera en una película de Disney donde los animales de distintas especies se hermanan y se ayudan, donde hablan con los mismos graznidos. En las tardes es normal que arrimen a su jaula piguas y guacamayas, visitantes con curiosidad por ese gigante que tiene un pico similar y que extiende sus alas en una ceremonia diaria. Por las rejas tocan sus picos para socializar. ¿Qué significa ese contacto? ¿Hay algo de fraternidad? ¿Es un simple choque de dos garfios que intentan medirse, oír el ruido que producen al chocar? Es difícil saberlo, pero la imagen de una guacamaya y un cóndor mirándose con interés y cuidado deja algo de la alegría que puede entregar eso que llamamos reino animal.
Las fieras del barrio
Al comienzo era la exhibición. Zoológicos como jaulas para el asombro, para tirar fotos y mecato contra los animales. Prisiones que olvidaban el castigo a cambio de la diversión humana. Ahora es el momento de las lecciones, de las disculpas humanas frente a los demás animales. Se muestra el maltrato, se buscan curas y rehabilitaciones. Tras los muros del Parque de la Conservación, antiguo zoológico de Medellín, encontramos un bestiario de tragedias. Aquí van otras tres historias a pelo y pluma.
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Vuelta por el universo
por IGNACIO PIEDRAHÍTA • Fotografías de Juan Fernando Ospina
Número 130 Agosto de 2022
Medellín está dentro de un valle amplio, con la forma de una batea. Desde cualquier punto alto se ve la ciudad de color ladrillo en el fondo de este cuenco natural. Cuando es de noche se ve chispear en dorados sobre negro. La vista es tan cautivadora que las laderas se llenaron de miradores. A menudo la idea de observarse a sí mismo resulta mejor que cualquier programa.
La geografía de Medellín dirige de esta manera parte de nuestras búsquedas y placeres. Los alrededores de la ciudad se han hecho atractivos para coger un poco de aire. Sentirse por fuera del fondo del valle nos da la idea de salirnos temporalmente de nosotros. Esto es posible gracias a las montañas que nos rodean: alejarse de la parte urbana de la ciudad es alzarse sobre la propia cotidianidad.
Un poeta describió la línea de montañas que rodea a Medellín como el “borde de una copa quebrada”, refiriéndose a los contornos abruptos de las cimas que nos confinan. Los alrededores de la ciudad son el límite inicial de su belleza, el esbozo lineal de nuestra naturaleza. No sería lo mismo si esta línea estuviera cubierta de casas y edificios. Debe ser verde de día y negra en la noche.
Este paisaje de nuestras proximidades tiene nombres propios. Al oriente, Santa Elena. Al occidente, San Antonio de Prado, Altavista y San Cristóbal. Y, cruzando hacia Santa Fe de Antioquia, San Sebastián de Palmitas. A estos lugares se les conoce como corregimientos, y son los que custodian nuestros confines en redondo.
Cada corregimiento tiene su parque principal o centralidad, lo que normalmente conocemos de ellos. Pero lo que es más potente en estas fracciones administrativas es su vasto territorio. A ellos pertenecen los bosques y el verdor que le queda a la ciudad. Es desde sus laderas salvajes que la observamos, y es a donde escapamos para soltarnos del ahogo urbanístico. La centralidad de algunos corregimientos está separada de la parte urbana de Medellín, caso de Santa Elena y Palmitas. Otros son prolongación de barrios o de municipios vecinos: las calles de Itagüí pasan a ser territorio de San Antonio de Prado, la comuna de Belén se trueca en Altavista y la parte alta de San Javier muta en la vereda La Loma de San Cristóbal.
Más allá de la centralidad de los corregimientos, cuyo fondo suele ser un territorio rural, de campos, fincas y bosques, comienza la espesura de su follaje, su verdadera mística, su poesía de quebradas y arboledas, promontorios y ramales de montañas, divisorias de aguas y altiplanicies, serranías y collados.
Los caminos
Los corregimientos fueron en algún momento pueblos cercanos a Medellín, por donde entraban y salían mercancías desde y hacia la ciudad en crecimiento. Eran estaciones de arrieros o lugares de descanso para el viajero. Por eso estos lugares están marcados por los caminos antiguos, que cosían por medio de canalones o vallados de piedra las montañas circundantes.
En Santa Elena está el famoso camino de La Cuesta, que pasa por el costado del cerro Pan de azúcar y llega al parque Arví. Por ahí salía todo el mundo a pie o a caballo antes de que hubiera carros en Medellín. Este era nuestro camino de llegada internacional desde el río Magdalena. Casi una semana se echaban los viajeros en mula para llegar desde el río hasta el borde de la ciudad. Pero una vez miraban el valle desde allí, se les quitaban los cansancios.
Por el otro lado está el camino de Guaca, que iba desde Medellín hasta la población del mismo nombre, hoy Heliconia. Este camino pasaba por Belén, subía por Altavista y cruzaba por San Antonio de Prado. Pasaba el alto de Romeral en el filo de la cordillera y caía a Guaca del otro lado. Este camino era importante no solo porque comunicaba con las poblaciones del occidente, sino también porque de Guaca se traía la sal que se consumía en la ciudad.
Esta sal nos lleva al tercer camino que cruzaba por lo que hoy son nuestros corregimientos, el del noroccidente. Este salía de Medellín a pasar por Robledo y San Cristóbal rumbo al Boquerón. Allí se cruzaba la cordillera y ya estaba el viajero en Palmitas, donde descansaba y seguía para Santa Fe de Antioquia. Por allí transitaba la carne en tasajo, es decir la carne salada que se cultivaba en el valle de Aburrá e iba a alimentar a los pueblos mineros a orillas del río Cauca.
Los tres caminos aún se pueden visitar y recorrer al menos en parte. El de Santa Elena sigue mostrando su magnífico trazado, el mismo que asustara por lo elegante a los conquistadores hace quinientos años. Está restaurado y muestra a su vera ruinas de su antiguo ajetreo. El de Guaca arranca en la vereda Buga Patio Bonito, en Altavista, y se interna en ascenso a cruzar por el cerro el Barcino en San Antonio de Prado. El del Boquerón —esa despampanante boca natural que invita a cruzar la cordillera— se coge allí mismo, y entre vallados o muros de piedra va llevando al caminante a un viaje en el tiempo.
El agua
Si algo no tenían que llevar los viajeros de aquellos tiempos salvajes era agua. En todos los corregimientos abundan las quebradas cristalinas, recién nacidas de sus bosques. Cada uno de estos territorios tiene su quebrada principal, hito central en las vidas de sus habitantes. La mayoría tiene en estas aguas sus mejores recuerdos de infancia y sus lugares de esparcimiento en la actualidad.
Las quebradas son en los corregimientos un lugar equivalente al centro comercial en la ciudad, pero gratis y más variadas. Están los charcos de música aguardientera y están los remansos para los más contemplativos. En Santa Elena está el famoso Chorro Clarín, que pasó de ser de sancocho de grabadora y leña recogida, a elegantes casetas para asar o irse de pícnic. En cualquier caso, los dientes castañean igual en esas aguas vívidas y frías del altiplano.
San Antonio de Prado y San Cristóbal están dominados por una sola quebrada mayor cada uno, pero ambas de temer por su fuerza y caudal. En Prado está la fragosa Doña María, que lo recorre de norte a sur por su brusco cañón. Allí hay desde estaderos de parlante afuera hasta trucheras menores de mesas rústicas y acentos bucólicos. A esa quebrada mayor le caen muchas otras, que en días de invierno y crecidas la tiñen de marrón.
San Cristóbal por su parte está dominado por la Iguaná. La forma del territorio de San Cristóbal asemeja un teatro griego, cuyas graderías recorre esta Antígona transfigurada en arroyo hasta pasar por la escena de su centralidad. Cuando esta quebrada siente que debe actuar bajo las leyes naturales y no las que le impone la sociedad, se sabe pronunciar. Hoy tanto la Doña María y la Iguaná están domesticadas en su parte baja, con canaletas de cemento a lado y lado.
Igual destino corren todas las quebradas que nacen en los corregimientos. Nacen en los bosques de las cimas de las montañas y bajan salvajes y vivaces por las gargantas estrechas rumbo a la ciudad. Esa alegría sin embargo no les dura mayor cosa. Al tocar la ciudad les ponemos camisa de fuerza y las anulamos, les vaciamos cemento a sus orillas cuando no es que las ocultamos entre tuberías. La primera de ellas fue la Santa Elena, de la que ya ni nos acordamos de que existe, y de ahí siguió el resto. Sometidas y avergonzadas entran estas quebradas en el río tumba que es el Medellín, salvo las de Palmitas, que van a dar al río Cauca.
Montañas salvajes
El valle de Aburrá se formó por un desgarrón en la cordillera. Las montañas se abrieron en la brecha gigantesca que hoy ocupamos, varios millones de años después. Luego comenzó a correr el río por la mitad y se formaron dos ambientes: el de las laderas en los costados del valle y el del río que serpenteaba suavemente en su parte de abajo. Era un valle hermoso, con un clima inigualable, con caza y pesca suficiente para sus primeros pobladores.
Pero ese valle no fue fácil de habitar para la ciudad. En los dominios del río abundaban humedales y pantaneros en los que era un problema construir. Además, sus meandros naturales se iban moviendo con el tiempo como una culebra que reptaba libremente y no armonizaban con la rigidez propia de lo urbano. Como si eso fuera poco, las quebradas se crecían y se desbordaban, y en las partes altas la montaña se desgarraba por su propio peso.
De ahí que hubiéramos decidido encauzar el río. Así quedaba resuelto —a costa de la vida del mismo río— el problema de los humedales. La ciudad creció entonces más tranquila en el fondo del valle y fue cubriendo todo aquello que era plano, encauzando quebradas y dominando la naturaleza. Las laderas más bajas y suaves se mostraron generosas y pronto se llenaron de casas también.
Pero esa tierra buena se fue acabando y la ciudad se encontró con sus laderas más pendientes. A las cuestas más salvajes no se les somete tan fácilmente, pues en su genética está el desgarrarse, el derrumbarse. Torrentes de lodo, movimientos de la tierra, caídas de piedras gigantescas. Esta forma de alzar la voz es propia de las montañas, y se levanta aún más con la urbanización. La tragedia está a la vuelta de cada invierno, especialmente en estos lugares de los contornos.
Muchas de estas catástrofes ocurren en los corregimientos, pues son ellos los que ocupan las laderas de Medellín. Media Luna en Santa Elena es ya un desastre clásico, en los años cincuenta, así como el de Villatina, que a pesar de ser en Medellín es parte del mismo fenómeno. La ciudad asegura más de estos problemas en el futuro conforme avanza sobre estas partes altas de las montañas, rebeldes de suyo.
Bosques y campos
El valle de Aburrá estaba originalmente cubierto de bosques. Salvo quizá ciertas orillas arenosas del río y algunos pedreros traídos por las quebradas, el resto eran arboledas. Para construir la ciudad hubo que ir talando los árboles, lógicamente. Pero también para sacar madera de construcción y carbón para cocinar. Mucha de esa madera vino de lo que hoy son los corregimientos.
Poblaciones que antes fueron mineras por excelencia, como Santa Elena, al acabarse el oro siguieron con los bosques. Se cortaba el bosque nativo y se vendía la madera, y las generaciones siguientes usaban el terreno ya sin árboles para la agricultura. En algunas partes se establecieron fincas de ganado o cultivos de alimentos. Incluso en otras se sembraron pinos o cipreses, que crecían más rápido y podían aprovecharse.
De los bosques nativos quedan algunas reservas en las partes altas de los corregimientos. En Santa Elena está Arví, en San Antonio de Prado El Astillero, en Altavista la Ana Díaz, en San Cristóbal El Moral y en Palmitas toda la parte baja de Las Baldías, entre otras. Desde hace décadas la ciudad ha ido comprando y protegiendo estas zonas altas de las cimas que la rodean. Caminar por allí es un viaje por ese momento anterior a la urbanización de la ciudad. Aves y árboles de incontables especies se expresan en torno al concepto de diversidad, algo tan difícil para el ser humano.
De estos bosques viejos o en recuperación hacia abajo en la ladera vienen las fincas ganaderas y los terrenos de cultivo. Esta es quizá la franja más amplia de verdor de los corregimientos, antes de llegar a sus centralidades. Esa es la zona que hoy está en disputa por las fuerzas urbanísticas de la ciudad y el mercado de tierras. La ciudad no ve la hora de devorarse ese manjar aún sin construir.
El acaparamiento de estas tierras se realiza tanto a manera de urbanizaciones de edificios como de parcelaciones. En Altavista, por ser el corregimiento que está en mayor simbiosis con la ciudad, es más evidente. Los barrios de la comuna de Belén trepan por las pendientes comiéndose a zarpazos las veredas bajas de Altavista. Esta tendencia seguramente continuará en los otros corregimientos cercanos a la ciudad: San Antonio de Prado y San Cristóbal.
En cuanto a Santa Elena y Palmitas, así como las partes más altas de los otros corregimientos, las parcelaciones están de moda. Los precios de la tierra suben y los propietarios de fincas ven la oportunidad de vender. Esto crea un paisaje nuevo en el que conviven la vivienda de estrato alto con la casa campesina de antaño. En una prima el césped cortado a ras y los setos de eugenios que no atraen ni siquiera un ave, las otras parecen una despensa de frutales y arbustos florales más acordes con la diversidad propia de la tierra.
La agricultura aún sobrevive. Algunos de sus cultivadores producen sin agroquímicos, unidos en cooperativas y fomentando la asociación. Gracias a la cercanía con la ciudad encuentran compradores que pueden pagar un poco más por sus productos limpios. Esos predios donde todavía se cultiva, y donde además se hace de manera orgánica, alimentan la montaña, la enriquecen: dan verdor al barrio, conservan una práctica esencial, un oficio memorable, el del agricultor. Tal vez, así como se hace con los bosques, también estas personas deberían ser reserva protegida, porque allí está la memoria y quizás algo del futuro.
Picos y cerros
Además de las quebradas, los hitos más significativos de los corregimientos son sus peñascos y macizos. Estos testigos naturales e imperecederos han sido la señal de ubicación espacial de la humanidad desde siempre, y aún están presentes en nuestros alrededores. Y, más, en una geografía como la nuestra, donde a las montañas y sus diferentes formas les gusta hacer alarde.
El cerro Pan de azúcar en Santa Elena es un hombro que sobresale de la montaña justo por encima de los últimos barrios de Medellín hacia el oriente. Está hecho de una roca llamada dunita, propensa a las oquedades y pequeñas cuevas hechas por el agua. Justo detrás de la imagen religiosa que hay en la cima del cerro hay una de estas cavernas menores. Considero a esta abertura natural mi oráculo personal, y es ella quien recibe mis rezos cada vez que la visito.
En San Antonio de Prado está la piedra Galana, en lo alto de la reserva El Astillero. Se trata de una saliente rocosa que despunta sobre un claro del relieve, del tamaño de la sala de una casa, con muebles duros y puntudos pero que aseguran un mejor trato que cualquier visita. La roca está partida a lo largo de fracturas paralelas que le dan la forma de un mazo de cartas separado a tramos gruesos. Desde allí la vista de Medellín es bastante particular. En el campo visual se expresan en primer plano una serie de collados montañosos que se alargan hacia un punto de fuga que no es otro que el Centro de Medellín. Desde allí la ciudad aparece como un borrón naranjado entre la bruma contaminada.
En Altavista está el popular cerro de las Tres Cruces. Miles de personas —acaso sin saber que pertenece a Altavista—, lo visitan los fines de semana. Su cima es una meta accesible —sin ser regalada tampoco—, que tiene como premio una preciosa mirada baja sobre el valle de Medellín. Los más epicúreos se sientan a descansar y a contemplar la vista, mientras aquellos de estoica figura pasan a una sesión extra de aparatos. En la parte plana de la cima han sido instalados una serie de bancos y barras para el ejercicio muscular. Allí los relieves de sus practicantes pasan a constituir una discreta parte del paisaje, digna de observación.
En San Cristóbal está el cerro El Picacho, que sobresale de la montaña como el elefante de El Principito que una culebra se ha comido. Aquí lo tenemos en versión montañosa, pues la culebra no va por plano sino bajando la lisa cuesta. Allí también hay una imagen religiosa, que corona el camino que lo asciende entre grandes bloques de piedra. Estas rocas son diferentes a las del Pan de azúcar, y si bien por fuera lucen oscuras, por dentro son rayadas de una belleza que se expresa generosamente a los amantes de las rocas.
Desde cualquiera de estos peñascos en las montañas puede verse la ciudad, mirarse, mirarnos a nosotros mismos como en un cuento de Cortázar. Esencial en este doble juego es el objeto que observamos, pero igualmente el lugar desde donde lo hacemos. Estos contornos que hoy son los corregimientos, balcones naturales, fuentes de agua, alimentos y vida, donde aún asoman los caminos de tierra, los collados rocosos, los charcos y los bosques, son lugares a los que siempre desearemos retornar por mucho que adoremos la comodidad del asfalto. La Medellín endurecida por la historia tiene una oportunidad única de recobrar su suavidad ocupándose de estos territorios como fuentes de un poder proveniente de la tierra misma.
* Este fragmento escrito para Universo Centro hace parte del proyecto para la recuperación de la memoria histórica y la identidad campesina de los corregimientos de Medellín, en convenio con la FAO.
Etiquetas: corregimientos , geografía , Ignacio Piedrahíta , Juan Fernando Ospina , Medellín , medio ambiente , Valle de Aburrá
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