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Relatos de lo innombrable

Medellín, siglo XIX

por FELIPE OSORIO VERGARA • Ilustración de Tobías Arboleda

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Hay un fenómeno incómodo del que no se habla, relegado a los mitos clásicos del toro blanco de Minos y Pasífae, que dio origen al minotauro; a las transfiguraciones de Zeus en cisne y toro para estar con Leda y raptarse a Europa; o incluso al estereotipo que asocia la virilidad en algunas zonas del Caribe colombiano a las relaciones con burras, llevadas a la poesía por Gómez Jattin. En estos relatos, la búsqueda del placer catapultó a dos muchachos de Medellín a saltarse los límites morales, sin importar la censura, el pecado y la vergüenza pública, haciendo santiguar a quienes los vieron y ruborizar a más de un juez.

“No le sorprendió que el padre le preguntara si había hecho cosas malas con mujer, y contestó honradamente que no, pero se desconcertó con la pregunta de si las había hecho con animales”.

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.

I.
La vaca

José María Urrego buscó la sombra de los cámbulos, los sauces y las guaduas y se metió entre las cañas y la hierba alta que crecían en ese meandro pantanoso del río Aburrá. Allí, aprovechando que ya los jornaleros y mayordomos de la finca de Clemente Jaramillo habían terminado turno, fue por la ternera más mansa, la ató de un tronco y le amarró las patas para que no pateara. Luego, se bajó los pantalones de liencillo barato, se sostuvo de la grupa de esa vaca criolla blanca orejinegra y se dispuso a saciar su deseo de muchacho de 17 años. No se sabe si lo delató un mugido, un gemido o el golpeteo rítmico, pero el viudo Francisco Villa, su compañero de trabajo como albañil y que había salido más tarde de la obra, lo alcanzó a pistear entre la manigua, no sin antes santiguarse y quejarse de la degeneración de la juventud. También el zapatero Uladislao Torres, que bordeaba el río para ir a su casa, lo pudo ver y corrió aterrado.

Fue precisamente Francisco Villa quien, tras escuchar de boca de varios vecinos que ya eran de público y notorio los comportamientos del muchacho José María Urrego, compañero suyo y posible aprendiz, que decidió ir un mes después del incidente a denunciarlo ante Mariano Callejas, alcalde de Medellín. “Habiéndose presentado en esta fecha (trece de febrero de 1857) ante el infrascrito alcalde, Francisco Villa denunció el hecho escandaloso de que José María Urrego ha cometido el delito de onanismo o bestialidad”, se lee al iniciar el expediente 9343 del Archivo Histórico Judicial de Medellín (AHJM).

El Código Penal de la Nueva Granada de 1837, vigente entonces, no contemplaba como un delito específico la bestialidad, es decir, las relaciones sexuales entre un ser humano y un animal, pero sí hablaba sobre los delitos contra la moral pública. Por ejemplo, en su Capítulo 1°, Título 9° del Tercer libro trataba sobre las palabras y acciones obscenas, y en su artículo 435 señalaba: “Los que públicamente ejecutaren acciones deshonestas delante de otro, serán castigados con uno a cuatro meses de prisión”; era este artículo por el que se investigaba a Urrego. 

Para dar solidez a sus declaraciones, Francisco Villa dio los nombres de otros testigos que fueron requeridos por el alcalde Callejas para continuar con las pesquisas. El zapatero Uladislao Torres declaró el 16 de febrero de 1857 que: “Hará poco más o menos un mes que vi patentemente a José María Urrego en la playa del río, y por dos veces, cometiendo actos carnales con una vaca”. El sastre Justiniano Villa agregó el 20 de febrero que “sabe que José María Urrego ha tenido actos carnales con una vaca en la playa del río porque Uladislao Torres se lo dijo”, mientras que el carpintero Ulpiano Zuleta añadió que “no presenció el hecho que se trata de averiguar, pero sí lo supo porque Justiniano Villa se lo contó”. Como puede verse, el caso de Urrego había pasado de boca en boca, reflejando a la sociedad antioqueña de entonces donde, como indica la socióloga Gloria Arango en Religión y vida social en Antioquia en el siglo XIX, el control de la conducta individual se ejercía como una tarea colectiva a través de chismes, comentarios y cotilleos que podían traducirse hasta en denuncias. De este modo, Urrego se había vuelto la comidilla del artesanado medellinense, pues entre el denunciante y los cinco testigos convocados, solo había dos personas que afirmaban haberlo visto, mientras que el resto eran solo testigos de oídas. Así pues, convencido de la veracidad de las acusaciones contra Urrego, el alcalde lo llamó a indagatoria el 20 de febrero de 1857.

Por ser menor de edad, a Urrego se le nombró un curador de menores para que lo representara y firmara su declaración. El alcalde inició con el interrogatorio: “¿Sabe usted o ha oído decir o se presume quién sería un hombre que hará poco más o menos un mes y medio que se hallaba en la manga del doctor Clemente Jaramillo y en la playa del río cometiendo actos carnales deshonestos con el animal llamado ‘vaca’?”. Y de la forma más franca y resignada, José María Urrego contestó: “Sí, señor, yo fui quien lo hice sin saber que era pecado, pero una vez nada más, hará como dos meses”.

José María Urrego tenía 17 años, un hermano menor y era hijo de la madre soltera Genoveva Urrego, de la que había heredado el apellido y con la que vivía en Medellín. Era albañil, muy seguramente aprendiz de Francisco Villa, por lo que era posible que también apoyara recogiendo arena, piedra y boñiga de las riberas del Aburrá como material de construcción para los nacientes barrios que se estaban edificando en esa incipiente capital provincial que tenía unas catorce mil almas por allá en los estertores de la República de la Nueva Granada.

José María era analfabeta y su familia era de bajos ingresos, por lo que no era precisamente un buen partido y se encontraba soltero. Las normas sociales en ese entonces, heredadas de la época colonial, restringían la sexualidad solo a la alcoba matrimonial, exhortando la castidad y censurando las pasiones de la juventud. A esto se sumaba el sumo cuidado de la virtud de las mujeres y el temor a los embarazos y a las deshonras públicas, por lo que muchos jóvenes, como José María, además de acudir a la autosatisfacción, veían a los animales domésticos como opciones para liberar sus deseos. “Los jóvenes trabajaban desde muy pequeños en los espacios rurales. Allí tenían a plena vista los coitos de los animales. Todo esto convertía ese largo periodo desde los catorce hasta entrados los veinte años en una época de provocación de las pasiones, la cual daba origen a formas de iniciación y experimentación sexual. Es en ese aspecto donde la bestialidad empezaba a jugar un papel preponderante como práctica de desahogo sexual, una forma masturbatoria para aliviar los deseos juveniles o mostrar la llegada de la masculinidad, operando como un ritual de madurez”, argumenta la historiadora Leidy Torres en Bestialidad y justicia: Nueva Granada (1615-1809).

No obstante, por siglos, y tomando de referencia versículos del Éxodo, Levítico y preceptos teológicos medievales como los de Tomás de Aquino, la bestialidad había sido entendida como una de las formas más graves del pecado contra natura, en tanto implicaba una ruptura del orden moral, natural y del plan divino cimentado en la reproducción y el matrimonio que debía regir la sexualidad humana. De hecho, en el caso colombiano existe un importante antecedente, que puede rastrearse hasta 1615, cuando Hernando, un indígena pijao que habitaba en Antioquia, fue condenado a ser reducido a polvo y cenizas por haber tenido relaciones sexuales con una ternera, considerándolo un delito de lesa majestad: “Hernando fue ahorcado hasta que naturalmente murió. Luego, el cuerpo del indio, quien tendría veinte años ‘poco más o menos’, junto con el de la ternera con la que había cometido el pecado y crimen de bestialidad, fueron abrasados y consumidos por el fuego hasta que se convirtieron en polvo y cenizas”, explica la historiadora Torres en Polvo y cenizas. Bestialidad y orden social en Antioquia colonial

La confesión de Urrego de que efectivamente había estado con la vaca, bastó para suspender la indagatoria y para que el alcalde enviara el sumario directamente al Juzgado 2° del crimen del Circuito de Medellín, para que dictara sentencia. El 25 de febrero, el juez ordenó su sobreseimiento por no considerarse como delito y envió a consulta al Tribunal Superior de la provincia de Antioquia, que confirmó la sentencia el 7 de marzo de 1857: “Pudiera decirse, tal vez, que la acción de Urrego como obscena está codificada en la sección 1, capítulo 1, art. 9, libro 3, del Código Penal, empero no consta que esta haya sido pública y escandalosa. Por esta circunstancia, es mejor condenar este acto de tan pútrida y hedionda inmoralidad con la sanción del silencio más grave y severo, y con la del imprescindible rubor que produce la necesidad de tener que tratar de él. Os pido, pues, que confirméis el auto de sobreseimiento consultado”.

Además de argumentar que la acción de Urrego no fue pública, es posible que el hecho de ser menor de edad, sumado a su pobreza y analfabetismo fueran razones para evitar su condena. Por ejemplo, el mismo muchacho en su declaración afirmó que, si bien era católico, apostólico y romano, actúo así por no saber que lo que había hecho era pecado, lo que lo mostraba ante las autoridades como un ser ignorante y reforzaba que su acción podría tener castigo divino, mas no humano. Adicionalmente, el hecho cometido prefirió ser callado como una especie de castigo simbólico para negarle la oportunidad de hacer parte del discurso público, pues el solo hecho de discutir el tema y ampliar detalles era visto como vergonzoso e inmoral. Esta concepción no es nueva, se cimenta en una tradición jurídica que parte desde la época colonial y hasta la misma Edad Media, en la que el bestialismo era considerado un pecado nefando, es decir, tan abominable y vergonzoso que ni siquiera merecía ser nombrado. En ese sentido, en lugar de analizar lo sucedido o discutir las causas de la conducta de Urrego, se eligió el silenciamiento, convirtiendo el caso en tabú y echándolo bajo el tapete. 

Primera página del expediente 9343, sobre bestialidad con una vaca en 1857. Foto: Felipe Osorio V.

II.
Las gallinas

Una madrugada de marzo de 1893 Susana Rendón sintió golpes en su puerta de madera. Prendió una vela de cebo en el candelero, se calzó las cotizas de fique y preguntó quién era. Al otro lado, escuchó la voz de su vecino, Bruno Arango, de 19 años. En medio del sereno de la madrugada que hacía en ese contorno semirrural de la otra banda del río Aburrá, quitó la tranca, le abrió la puerta con extrañeza y le hizo pasar. Arango, que había llegado con una guitarra después de haber estado de juerga, le pidió que lo dejara pernoctar, y que una vez clareara el día se iría para casa de sus padres, pues temía que no le abrieran la puerta o lo reprendieran. A la mañana siguiente, una vez todos en la casa de Rendón se habían levantado, descubrieron que había una gallina muerta; pero en ese momento nadie sospechó nada.

Bruno Arango era hijo del matrimonio entre Bruno y Marcelina Arango que, como las grandes familias antioqueñas de finales del siglo XIX, se destacaban por su fecundidad, pues además de Bruno habían tenido otros siete hijos. Los Arango Arango vivían en el occidente de Medellín, que por entonces era una zona campestre y agrícola a la que se accedía cruzando los puentes de Guayaquil, Colombia, Acevedo, el Puente colgante de San Juan o incluso a vado por algunos meandros tranquilos. La casa de los Arango tenía solar, donde habían instalado la fragua en la que trabajaban los hombres de la familia y también criaban gallinas. “Tenía Arango (padre) una gallina con pollos, y un día fui yo con el fin de llevarle harina a los pollos y encontré la gallina enferma, y Bruno (padre) me dijo ‘ya para qué, mi señora, si la gallina se está muriendo’, y yo le dije que no tuviera cuidado, que eso le daba siempre a las gallinas. Al otro día volví y ya estaba muerta la gallina y tenía los huesos como despedazados, y yo le dije a Bruno (padre) que esa gallina por qué estaba así, y él me contestó que cuando estaban culecas resultaban de esa manera”, relató Rodolfa Lotero el 17 de abril de 1893. El 4 de mayo, Susana Rendón añadió ante el inspector de la policía del occidente de Medellín, Nacianceno Marín que “en una ocasión me dijo el papá de Bruno que su hijo dizque le había matado una gallina con pollos y que el modo como la había matado no se podía decir porque dizque era vergonzoso”.

A sus 19 años, Bruno se encontraba soltero y viviendo en casa de sus padres, donde había heredado de su papá el oficio de herrero trabajando en la fragua familiar. En esa época, los herreros cumplían un rol fundamental porque forjaban herramientas para minería y labranza, como picos, barretas, palas, azadones, machetes, hachas, arados y herraduras para
caballos y mulas; piezas muy apreciadas en regiones de reciente colonización al sur de Antioquia, donde se ampliaba la frontera agrícola.

El viernes 14 de abril, como a las ocho de la noche, Bruno volvió a visitar a su vecina Susana Rendón, y tras conversar con ella y con algunas de las cocineras de la casa, aprovechó que se ocupaban en asar arepas en la parrilla de carbón que tenían en el corredor y se escabulló hasta la cocina, donde dejaban entrar a las gallinas para que durmieran en la noche. Susana le dijo a Clara Rosa Chalarca, su cocinera, que fuera a mirar en qué andaba Bruno, pues ya tenía sospechas y no quería que le mataran otra gallina como había pasado en marzo. Clara tomó una vela y fue hasta la cocina, pero no vio nada y se imaginó que Arango estaría en el solar. Al cuarto de hora, Arango apareció, tertulió un rato con las mujeres en la sala, merendó y se fue para su casa. “Después, fui yo a la cocina con el fin de ver si había matado alguna gallina y encontré una muerta y se la llevé a Susana, cuya gallina estaba todavía caliente y toda ajada, que demostraba el acto inmoral que Arango había cometido con ella, cosa que no me atrevo a explicar porque me ruborizo”, señaló Clara Rosa Chalarca. Tras el incidente, Susana mandó a una de sus criadas a llamar al policía Benancio Ocampo, que estaba de turno, y este entró y se llevó el cuerpo de la gallina para la Comandancia de la Policía. “Anoche como a las nueve, me dijo Susana Rendón que Bruno Arango (hijo) había cometido un crimen o acto inmoral con una gallina la cual apareció muerta”, relató el policía Ocampo al inspector Nacianceno Marín el sábado 15 de abril de 1893 en la mañana, enterándolo del suceso.

Este hecho llevó a que el inspector abriera una investigación contra Bruno Arango, “Habiéndose informado la policía que Bruno Arango (hijo) cometió un delito inmoral, instrúyase el correspondiente sumario”. Aparte de Rodolfa, Clara Rosa, Susana y el policía Benancio, acerca del caso dieron testimonio otras cuatro personas que habían visto o escuchado sobre la gallina muerta, mas no podían dar fe de que Bruno la hubiera matado ni tampoco podían afirmar si había cometido inmoralidades.

Los tres actos realizados por Arango con las gallinas, donde estas terminaban muertas, revelan algo común en los casos de bestialidad, donde los animales son instrumentalizados hasta el punto de ser considerados meros objetos para obtener placer sexual. Además, el estatus de bienes muebles que tenían en aquel tiempo los hacía ver también como un objeto “desechable”, instrumentalizado a tal punto que se daban casos, sobre todo con aves de corral, en los cuales se mataba al animal durante el acto sexual porque los agresores creían que las contracciones o espasmos de la agonía podrían aumentar el placer.

Aquí entra en juego la distinción entre la bestialidad y la zoofilia, ya que, como indica la sexóloga Hani Miletski en Understanding Bestiality and Zoophilia, el bestialismo hace referencia al comportamiento o acto físico de tener relaciones sexuales con un animal para obtener placer, muchas veces de manera circunstancial ante la falta de parejas humanas o como exploración sexual juvenil; mientras que la zoofilia se refiere a una condición, atracción, fijación o vínculo emocional hacia los animales, pudiendo ser agrupado dentro de los “otros trastornos parafílicos especificados” que hacen parte de la quinta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales.

Las autoridades buscaban investigar si Arango había cometido un delito contra la moral pública, como el del artículo 416 del Código Penal de 1890, que rezaba: “Los que ejecutaren acciones deshonestas delante de otros serán castigados con prisión por ocho días a dos meses”. Y también buscaban determinar si, tras la muerte de las dos gallinas de Susana Rendón en marzo y abril, él era responsable de infringir el artículo 883, que decía: “El que matare o inutilizare, maliciosamente, algún ave doméstica, o domesticada, y otro animal de la misma clase perteneciente a otra persona, pagará una multa del duplo de su valor”. Por eso, se citó a indagatoria a Bruno Arango, que compareció el 18 de mayo en la Inspectoría de Occidente, pero por ser menor de edad, pues en el siglo XIX se consideraba como tal hasta los 21 años, debió ser acompañado por un curador de menores. Allí se le interrogó por la gallina que se le había muerto a su padre, por la gallina que recientemente habían encontrado muerta en casa de Susana Rendón y sobre si conocía quién podría ser el que andaba “cometiendo crímenes inmorales con las gallinas”. A todas las preguntas respondió “no sé”, por lo que el inspector dio por cerrado el interrogatorio y remitió el sumario al Circuito en lo Criminal de Medellín para que se dictara sentencia.

La repartición del caso le correspondió al Juzgado 2° en lo criminal, donde el fiscal Clodomiro Ramírez conceptuó el 25 de mayo de 1893 que: “Los actos inmorales de que da cuenta el presente sumario no están erigidos en delito por nuestra legislación penal. En tal virtud, solicito que a las presentes diligencias se les ponga término por medio de un sobreseimiento que no será consultable”. Acto seguido, el 30 de mayo, el juez ordenó que se sobreseyera el caso bajo los mismos argumentos expuestos por el fiscal.

Si Bruno pagó por las gallinas o no ya es una incógnita que queda sin resolver en el expediente 13345 del Archivo Histórico Judicial de Medellín. Es posible que la vergüenza de solo hablar de eso, sumado al sobreseimiento del proceso, llevaran a que Susana dejara el tema quieto y evitara enfrascarse en discusiones o enemistades con los Arango. Lo que sí es casi seguro es que ya la conducta de Bruno haría parte del cotilleo local y quizá sería sancionado socialmente con una mala reputación y escondiéndole las gallinas cuando visitara cualquier casa del sector.

***

A pesar de que no pueden medirse las acciones del pasado con el rasero moral del presente, vale contrastar cómo algunas discusiones que hoy serían el centro del debate están ausentes en estos procesos del XIX. Por ejemplo, el maltrato a la vaca y las gallinas que integraron estas dos crónicas ni siquiera fue considerado, así como tampoco hay mención a la incapacidad de los animales para dar consentimiento o al estrés o lesiones derivadas de los abusos sexuales interespecie que sufrieron, lo que evidencia el cambio de paradigma frente al relacionamiento con los animales que se ha dado en el último siglo, en el que actualmente son reconocidos como seres sintientes protegidos por la legislación colombiana. Por otro lado, las posibles enfermedades zoonóticas originadas por estos actos sexuales, como la rabia, brucelosis, leptospirosis o salmonela también estuvieron fuera del radar debido a la escasa o nula atención médica que se daba entonces, así como por lo bochornoso que hubiera implicado una revisión genital con peritos. En esencia, los dos muchachos involucrados, de 17 y 19 años, muy posiblemente recurrieron a los animales motivados por una exploración sexual juvenil y en un afán por saciar sus pasiones, censuradas por una sociedad ataviada en almidonados corsés morales que prefirió el manto del silencio sobre ese pecado “innombrable”, antes que entender sus causas y sus consecuencias.

*Esta historia es publicada gracias al apoyo de la Academia Antioqueña de Historia, que se suma al proyecto Adopta una Historia a partir de esta edición.

Quibdó cosmopolita

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ

Número 88 Julio de 2017

Parque de Los Libertadores en 1910, reproducción tomada del Censo General de la República de Colombia, 1912.

Cuesta creer que la ciudad de Quibdó, que asociamos con la desidia estatal, los incendios, el deterioro, la corrupción o la miseria, haya sido, a comienzos del siglo XX, un puerto con vapores de lujo, aserríos, fábricas de bujías, industria de licores, de bebidas gaseosas, cinco hoteles, alumbrado público, escuelas, colegios, bibliotecas, calles asfaltadas, alamedas, cuerpo de bomberos, imprentas, talleres de fotograbado, cines y bares de lujo.

Parece traído de los cabellos decir que, en los tiempos de la primera guerra mundial, tenía un periódico, el ABC, que circulaba en dos ediciones, matutina y vespertina; aunque también algunos diarios de Europa y Estados Unidos llegaban en los aviones Junker, de Scadta, que acuatizaban en el río Atrato. En los barcos, procedentes de Cartagena, se traía un sinfín de mercancías para los comercios florecientes; en estos se vendían toda clase de finuras importadas, vinos, telas o sombreros canotier. Los archivos de la época muestran que nada del mundo exterior les era ajeno a sus pobladores, ni los objetos materiales ni las ideas, literarias o políticas: el socialismo, las vanguardias artísticas o la arquitectura modernista que alborotaba por los años veinte a las metrópolis europeas.

Varias razones ayudan a explicar el curioso esplendor de un lugar orillero, entre la selva chocoana y las aguas torrentosas de un río. Mientras en el siglo XIX la tagua y el caucho atrajeron a los comerciantes foráneos, a comienzos del XX fueron el oro y el platino. Sobre todo este último, pues luego de la revolución bolchevique, en Rusia, las minas de este metal dejaron de explotarse en los montes Urales. Entonces se supo que había en villorrio perdido en las selvas de Suramérica, donde había platino como agua. Ansiosos por explorar estas vetas, llegaron colonos ingleses, alemanes, putas y aventureros, pero también un número apreciable de ciudadanos  siriolibaneses que se afincaron por esos contornos para fundar industrias, comprar metales, vender enseres y abalorios, o montar flotas de navegación entre Quibdó y Cartagena, por el norte; o hacia Condoto, Istmina o Andagoya, el enclave minero, por el sur.

A pesar de que en las primeras décadas del veinte, desde el gobierno de Rafael Reyes, Chocó era considerado solo una intendencia, con el carácter marginal que este título le imponía, en la práctica estaba más conectado con el mundo que Medellín. Desde el siglo XIX ya había imprenta en Quibdó, y se publicaban periódicos como Ecos del Atrato o la revista Chocó.

Mientras la red de carreteras y la del ferrocarril apenas comenzaban en el país, los viajes fluviales eran obligatorios para ingresar desde el Caribe al interior, por el Atrato; o para salir, desde los Llanos Orientales hacia el Atlántico, por el río Orinoco.

Para ilustrar estos contrastes, basta pensar que traer un piano hasta Antioquia implicaba transportarlo por el Magdalena hasta Puerto Berrío, luego en tren hasta el Nare, hacer transbordo en mulas hasta el Nus, y luego retomar los rieles hasta la Villa de la Candelaria. Así, una capital como Medellín era una periferia al lado de Quibdó que tenía el acceso expedito, y albergaba cada vez más gente de toda laya y condición.

Al tiempo que se excavaba la tierra para extraer mineral precioso, la familia Abuchar fundó un ingenio azucarero, el de Sausatá, en el norte de la intendencia, en terrenos que hoy conforman el Parque Nacional de Los Katíos. En la explotación de la caña, se requirió, al comienzo, mano de obra haitiana, luego cubana, además de otros expertos en la zafra.

También desembarcaron carpinteros jamaiquinos llamados chombos, los mismos que habían construido el barrio aledaño a la zona del Canal de Panamá. Sus ciudades de palafitos, con calados que moderaban el calor del trópico, o las normas sanitarias del médico William Gorgas influenciaron tanto la arquitectura chocoana como las medidas para prevenir las enfermedades tropicales, que ya había probado ese salubrista gringo en la región del istmo.

Con la avanzada de progreso fue inevitable el encuentro de los nativos con la música antillana, con las palabras y los relatos afrocaribes, ingleses y siriolibaneses. Eso explica que la música de un sexteto de Urabá nos evoque de repente los sones cubanos, o que en el propio Quibdó se celebraran juegos florales, o circulara plata vieja, libras esterlinas, dólares, y hasta la moneda de aluminio que acuñó la familia Abuchar, dueña del ingenio, para mantener el control de sus ganancias en la población de influencia. A este paso, se amasaron grandes fortunas, se crearon entables de segregación como la zona minera de Condoto e Istmina, pero también, proyectos de una ciudad moderna, como los trazados por el arquitecto catalán Luis Llach.

Paseo en carro por la Alameda Reyes hacia la quebrada El Caraño. Cerca de 1926. Archivo de la familia Martínez Ferrer, Medellín.

Llach vino de Europa, se enamoró de Eloísa, una mulata de Quibdó, con ella se casó, sentó sus reales por un tiempo en la ciudad, e inició un proyecto urbanístico que incluyó la construcción de una iglesia gótica en madera, palacios privados, edificios públicos y el diseño en planos de una urbe con todas las trazas ideales de una metrópoli del gran mundo.

En una foto tomada desde un hidroavión, en 1924, se advierte la Ciudad Jardín, que alcanzó a levantar Llach, para la nueva élite, fruto del mestizaje entre los inmigrantes del Medio Oriente, Europa y los nacidos en el Chocó o Cartagena. Por otro lado, aparecen los suburbios de otros recién llegados como obreros, empleados del gobierno y los nativos del Atrato.

A esta nueva élite, distinta a la esclavista del siglo XIX, el profesor Luis Fernando González la denomina mulatocracia, un nombre que intenta designar no solo la mezcla de etnias sino la irrupción de una modernidad que permitió el encuentro de las hablas locales con el pensamiento universal, el auge de algunas industrias, pero también las mejoras en la educación, un ideario de progreso y hasta el reconocimiento de las identidades. En efecto, fue esa clase ilustrada la que recogió los sones negros, rescató la poesía vernácula y validó las expresiones del Atrato.

González no niega que los primeros intendentes eran foráneos, pero varios de ellos traían ideas progresistas. El primer administrador del Chocó fue Enrique Palacios, el papá de Eustaquio Palacios, autor de la novela El alférez real; el secretario era Benjamín Tejada, padre del célebre cronista Luis Tejada. Ellos dos, en compañía de un impresor manizalita, Carlos Orrego, crearon un cenáculo para promover sus ideales literarios. Organizaron en 1908 los juegos florales, unos torneos para premiar a los mejores rapsodas. Con sus versos, publicaron luego una antología cuyos detractores no dudaron en tildar de afrancesada.

Una hija del arquitecto Luis Llach, Eloísa, fue coronada en una ocasión como la reina de los estudiantes. En sus últimos años vivía en San José de Costa Rica. Y cuando el profesor González la visitó, ella todavía anhelaba al Quibdó futurista, en medio de la selva, ese que su padre había ayudado a levantar.

La mujer aún conservaba el álbum con los poemas que le habían dedicado las plumas más calificadas del Chocó. Había fotos suyas, en el furor de su belleza, trepada en una carroza que desfilaba en esa ciudad idílica, cuyos planos utópicos nunca se concretaron. Su madre, Eloísa Castro Torrijos, era de la misma familia de mulatos que luego llegó al poder en Panamá. Entre lágrimas y ensoñaciones describió la ciudad donde había pasado su infancia y parte de su adolescencia. “Era la ciudad más linda del mundo”, le dijo al profesor, “y eso que yo he conocido ciudades hermosas, pero ninguna como Quibdó. Tenía casas como palacios, con jardines de orquídeas y otras flores, con alamedas y templetes”. Uno de aquellos templetes era, por cierto, el que su padre construyó en honor a Cesar Conto, héroe radical y poeta, que la historia en ese tiempo exaltaba. En los años treinta, don Luis Llach, de talante andariego, abandonó la ciudad con su familia para regresar a San José, donde está enterrado. De su obra, en el Barrio Norte, perduran escasos vestigios.

Muchos edificios públicos, como el Colegio Carrasquilla, la Escuela Modelo, la Prefectura, la Alameda Istmina, fueron obras diseñadas por Luis Llach, pero promovidas por la mulatocracia, de la que hacían parte las familias siriolibanesas, como los Meluk, los Uecher, los Rumié o los Abuchar. Estos inmigrantes llegaron hacia 1880 y ganaron espacio en la sociedad, no solo apoyando las obras sino despertando el interés por las culturas del Atrato y manteniendo las mejores relaciones con el poder político y religioso. Su afán de convertir la ciudad en una urbe moderna se evidencia en los anuncios del periódico ABC. En él se pregonan desde automóviles con “choferes cultos y complacencia con los clientes” hasta viajes por el vapor Sautatá, “seguro y rápido, que ha sido dotado recientemente de amplios camarotes y de todo género de comodidades, y cuya capacidad transportadora es de 150 toneladas”. Aun así, desde su llegada, los siriolibaneses sintieron el estigma de la prensa y de la gente del común que los llamaba turcos.

Como parte de esa élite se considera al grupo de familias cartageneras que migraron al Chocó para buscar fortuna en distintos oficios. Uno de los más recordados descendientes fue el escritor Reinaldo Valencia Rey. Su nombre aparece en el cabezote de ABC como propietario del diario, aunque es además, un animador cultural. A juzgar por los textos que publicaba: noticias, crónicas, poemas, se entiende el interés por poner a Quibdó en la onda de la actualidad mundial, tanto de lo que llegaba por el río o el telégrafo, como de las corrientes literarias que estaban en boga. Un lector desprevenido esperaría que en las páginas de la revista Choconía solo se encontrara poesía costumbrista, nunca textos surrealistas al lado de artículos socialistas de María Cano, Víctor Raúl Haya de la Torre, o ensayos etnográficos de Rogelio Velázquez, pionero de la antropología en Colombia, así como de pensadores antioqueños radicados en el Chocó. También la voz de los jóvenes intelectuales negros, como la de Diego Luis Córdoba tiene un lugar allí. Sorprende el barniz contemporáneo de las publicaciones, además de su tolerancia con autores de miradas opuestas sobre los mismos asuntos. Hasta el nombre de la revista, Choconía, ya parece reflejar la rica mezcla étnica y cultural de la región.

Alrededor de estas publicaciones se crearon tertulias famosas como el Ciempiés, liderada por el intelectual siriochocoano Alfonso Meluk, quien también hizo parte del grupo Los Trabajadores. En aquellas cofradías se discutían las novedades literarias y se leían manuscritos. Cuando el sopor de la selva se replegaba, al final de la tarde, concurrían a sitios públicos, al aire libre, a la manera de cualquier dandi parisino. En las estampas aparecen junto a la reja de un jardín urbano, vestidos de lino blanco, o con paños ingleses, algo insólito en el trópico; o caminando descalzos por la Alameda Reyes donde se sembraría un bosque ordenado, sin el caos hostil de la naturaleza.

Casa comercial A & Meluk, reproducción tomada de la revista Chocó, 1928.

Al decir de Alfonso Melo, la selva representaba, en ese momento, lo incivilizado, lo incomprendido, mientras que una alameda es una creación tan ordenada y racional como los jardines de Versalles. Desde ese pensamiento modernista se entiende lo de organizar, por ejemplo, la Marcha del Árbol, en 1919, en pleno corazón de la selva.

En sus relatos, los miembros de esta élite mulata relatan sus periplos desde Nueva York a Cartagena, o desde Barranquilla hasta Quibdó. Demasiadas cosas revisten la novedad en su travesía, pero, también cuentan los pormenores de la llegada, el asombro de los ribereños ante la descarga de los productos traídos desde lejanos confines. El cemento, por ejemplo, venía de Bélgica, el arroz de Nueva York. Este último, después de que empezó a cultivarse en los pantanos ribereños, se convertiría, con el tiempo, en la base dietaria del lugar, con una denominación de origen: el arroz clavado.

En la misma tónica futurista del arquitecto Llach aparece la novela Quibdó, de Pedro Sonderéguer, hijo de un ingeniero suizo que había venido con su socio y amigo Ferdinand de Lesseps en el primer viaje exploratorio para la construcción del Canal de Panamá. Aunque Sonderéguer nació en Villanueva, Bolívar, y corre el rumor de que nunca pisó Quibdó, logró concebir una novela urbana, que narra el retorno de un joven, por el Atrato, en un vapor de lujo.

Las descripciones del paisaje, la atmósfera y hasta los diálogos de los personajes, en sus hablas locales, las recreó a partir de las descripciones que le hiciera su amigo Reinaldo Valencia, que antes se mencionó como el hombre de letras y propietario del diario ABC. Cierta o no la noticia de que Sonderéguer nunca estuvo en la capital de la intendencia, se le abona la intrépida aventura de fabular el mundo de la élite inmigrante, un barrio bucólico, el Jardín del Norte, donde hay palacios y casas solariegas, autos de motor y ferrocarril. El relato, escrito y publicado en Buenos Aires, en 1927, es en el fondo una novela de anticipación, aunque realista, que narra ese sueño de transformación que proyectaba la mulatocracia en clave de ensoñación futurista. Así que, más allá de enjuiciar los aciertos literarios de Sonderéguer, su novela, Quibdó, se convierte en una metáfora del anhelo de fundar una urbe cosmopolita a la orilla del Atrato. La idea, como hemos visto, no se aleja para nada de las obras arquitectónicas de Luis Llach en la ciudad, de sus planes urbanísticos o de otra serie de invenciones técnicas e industriales que se instauraron en el Chocó antes que en cualquier otra provincia. No hay que olvidar que su autor era ingeniero como el padre, y detrás de este aparente delirio modernista ya existían de verdad algunos inventos asombrosos como los canales interoceánicos, la telegrafía y otros artilugios, difíciles de pensar en un enclave minero y mercantil como Quibdó.

A propósito, también se evoca en las crónicas el proyecto de Robert White, ingeniero de origen inglés, nacido en Frontino, quien diseñó un sistema de cables aéreos, por encima de la selva, para cruzar de lado a lado el mapa de la intendencia, de un modo similar a como lo hicieran los caldenses de la zona cafetera para acarrear el grano. El trazado y ejecución harían posible en pocos años transportar por el aire el oro y el platino hasta la cuenca del Sinifaná, en Antioquia, y, de vuelta, llevar carbón hacia el Chocó. Proyectos como ese rondaban por las mentes de la época en que Sonderéguer escribió su relato.

Los lectores de la novela Quibdó encontrarán que hay solo algunos negros en su trama, pero los pocos que rondan por esas páginas son gente industriosa que remonta su origen y consigue un lugar en la sociedad, a punta de esfuerzos, educación y algún golpe de suerte. Estos personajes se inspiran en seres reales. Se trata de los primeros negros, hijos de comerciantes, venidos de pueblos como Neguá o Tadó, que logran ser aceptados en esa sociedad. Irrumpen con apellidos como Asprilla, Lozano, Córdoba o Caicedo. Varios de ellos se hicieron célebres, como Camilo Mayo Caicedo, al que un padre acomodado mandó a estudiar a Bogotá, y se convirtió en el primer arquitecto negro de la región.

Otros hijos cultos de chocoanos ricos comenzaron a ascender al poder. Tenían dinero, educación y un ideario político basado en los conceptos raciales de la afrodescendencia. Uno de los más memorables, Diego Luis Córdoba, para obtener votos en la región, apeló a la defensa de un credo negro en defensa de sus paisanos. Durante más de una década representó al Chocó en la Cámara de Representantes. En 1947 consiguió que la antigua intendencia se transformara en departamento. Este hecho, que una mayoría leyó como conquista racial, los hijos de inmigrantes y otras etnias de la mulatocracia lo padecieron hasta el exilio.

Ante la insidia y el acoso, Reinaldo Valencia y otros líderes abandonaron la ciudad. Muchos de los siriolibaneses huyeron a Cartagena. A los nuevos gobernantes les tocó educar mal y a la carrera a un grupo sin demasiados proyectos que buscó deshacer de lapo la memoria de la élite mulata, o su ansia de construir una urbe moderna, acaso diversa, pero que, desde el discurso racialista de Córdoba, simplemente era la ciudad de los blancos.

En 1968, muchos años después de que los mulatos se largaran, cuando ya no había vapores en el río, ni un dandi vestido de lino ni fiestas florales ni alamedas: un incendio redujo a escombros las joyas que aún quedaban del Quibdó cosmopolita, ese que hoy en las fotos no podemos creer, como si se tratara de otra ficción de Pedro Sonderéguer.

En una carta a su amigo Benjamín Arango, que persistía en Quibdó, en labores de tribunal, Gonzalo Arango recordó los consejos que aquel le dio para seducir a los chocoanos con otra clase de incendios, los de la palabra.

“—Oye, bandido, cómo es la cosa en el Chocó, para que te luzcas: primero tienes que hablar bonito del Atrato… de la selva…, de los negros… Diles que son muy inteligentes, qué diablos, eso no te cuesta nada… Luego, le echas un elogio al difunto Diego Luis, que es el ídolo de la negramenta liberal… Ellos le sacaron el corazón antes de enterrarlo y lo metieron en un frasco, o sea, en una urna de cristal… No olvides eso y verás cómo te aplauden… Y para terminar, dedícale una florecita al doctor Mosquera Garcés, para que los godos no se enojen y no digan mañana que eres un ateo y un comunista… Después de los elogios sí puedes decir todas esas carajadas nadaístas que nadie entiende. Pero eso sí, bandido, nada de blasfemar contra Nuestro Señor y los sacerdotes…, ¿me oyes?”.

Día del Árbol. Cerca de 1919. Informe del Prefecto Apostólico del Chocó, Bogotá, Imprenta Nacional, 1924.

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La revolución de los claveles y el sueño mundialista

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Exclusivo web Junio de 2026

Soldados portugueses durante la Revolución de los Claveles en 1974. Tomado de www.litci.org.

Para entender la historia de Cabo Verde y su actual milagro futbolístico hay que instalarse en la década del setenta del siglo pasado, cuando Cruyff y Beckenbauer eran los dueños de la pelota y el Ajax y el Bayern Munich se turnaban para ganar la Copa de Campeones. En esos tiempos, concretamente en 1974, Portugal estaba atascado en la terrible dictadura de António de Oliveira Salazar, quien tras un golpe de Estado en 1933, fundó el Estado Novo, se atornilló en el poder y desató todo tipo de censuras y persecuciones.

Salazar fue conocido como “el dictador que murió dos veces”, porque en 1968 sufrió un accidente casero y sus allegados lo declararon muerto para el pueblo portugués, pero lo mantuvieron vivo en secreto hasta 1970 cuando finalmente falleció. Hasta su último aliento, De Oliveira creyó que seguía gobernando Portugal, pero quien mandaba en realidad era Marcelo Caetano. 

En 1974, cansado de los abusos, el pueblo se sublevó, y en su pacífica rebeldía tuvo como aliado al Ejército. Aquella manifestación es conocida como La revolución de los claveles y se inició el 25 de abril de ese año, con dos canciones censuradas que sonaron en la radio en diferentes horarios. Primero, E depois do adeus de Paulo de Carvalho, a las 10:55 de la noche, y luego Grândola, Vila Morena de José Afonso, a la medianoche. 

El derrocamiento de Caetano no tuvo oposición y Portugal recuperó su democracia al día siguiente. Necesario sería leer a Saramago o a Lobo Antunes, quienes cuentan la historia de manera detallada y poética. 

Durante sus años de febril autoritarismo, De Oliveira se negó a la descolonización de los territorios en África. Hasta su muerte, el dictador se negó a otorgarles la independencia a Mozambique, Angola y Cabo Verde. Tras el derrocamiento de Caetano, esos pequeños países africanos vieron surgir la esperanza de libertad y, en 1975, los tres se independizaron pacíficamente, a través de acuerdos diplomáticos.

António de Oliveira Salazar, primer ministro portugués entre 1932 y 1968. Tomado de Wikimedia Commons.

Sin embargo, las raíces de la cultura portuguesa siguieron marcando la vida de las nuevas repúblicas: el cien por ciento de la población de Cabo Verde tenía al portugués como lengua principal y el catolicismo era la principal religión. 

Pedro Leitao Brito, más conocido como Bubista, tenía cinco años cuando Cabo Verde logró su independencia, pero recuerda la euforia que se vivió en las calles de su natal Boa Vista, la tercera isla más grande del archipiélago caboverdiano y la más cercana al continente africano. 

Pedro no tuvo que ir a la escuela durante varios días, los festejos por la independencia se extendieron casi un mes. Además, el empalme entre la vieja administración portuguesa y la nueva caboverdiana, se tardaría poco más de medio año. 

Cabo Verde es un archipiélago surgido de la actividad volcánica. Sus diez islas están divididas en dos bloques: Barlovento y Sotavento. Praia, la capital, y Boa Vista están en Barlovento, donde golpean con fuerza los vientos alisios. Durante años, los mejores talentos caboverdianos defendieron la camiseta de Portugal: en esa lista se incluyen Nani, Océano, Semedo, Nene, Gelson Martins y Gelson Fernandes. Incluso Cristiano Ronaldo tiene raíces en ese pequeño país, pues su abuela, Rosa Isabel de Piedade, nació allí. 

Tras la independencia, esos talentos emergentes siguieron eligiendo a Portugal para jugar al fútbol, pues consideraban que defender a Cabo Verde les limitaba sus posibilidades de crecimiento. Sin embargo, unos pocos pensaban diferente, y entre ellos estaba Pedro Leitao, a quien a partir de los dieciséis años ya apodaban Bubista, por cosas de su padre, un consumado lector del budismo y quien de manera graciosa solía decirle a su hijo: “Tú deberías ser budista”, y como el niño no sabía pronunciar bien la palabra, decía: “Sí, soy bubista”, y así se quedó. 

El fútbol no fue particularmente bueno con Bubista. Fue un jugador cumplidor, sin demasiado talento, y su carrera transcurrió entre equipos de la segunda división portuguesa y los principales clubes de su natal Cabo Verde. La mejor parte de su carrera como defensor fue un fugaz paso por el Bajadoz en España, en 1996, pero solo jugó ochenta minutos en seis meses de contrato. Ese mismo año, casualmente, Luis de la Fuente, actual entrenador de España, se había retirado del fútbol profesional y se iniciaba como técnico en un club vasco llamado Portuguesa.

Mapa de Cabo Verde. Tomado de Wikimedia Commons.

Bubista continuó su carrera como futbolista en Cabo Verde hasta 2005. Defendió siempre a su país con la camiseta de los Tiburones Azules, pero jamás logró clasificar, ni siquiera, a una Copa de África. Tras retirarse inició su historia en los banquillos, y entonces el éxito, por fin, tocó a su puerta. 

Empezó dirigiendo clubes en su país y luego fue sumado como adjunto en la selección nacional. En 2013, con él como ayudante, Cabo Verde clasificó a la Copa de África y llegó hasta cuartos de final. 

Tras algunos tropiezos, muchos de ellos debido a la falta de recursos y a la pésima estructura del campeonato local, Bubista asumió la dirección técnica del seleccionado a comienzos de 2020. Estaba obsesionado con clasificar al mundial de Catar, pero el covid-19 estropeó todos sus planes, pues los jugadores no podían entrenar, no se podían hacer amistosos y, en resumen, el mundo estaba casi bloqueado. 

Cuando todo volvió a la normalidad, Cabo Verde no fue capaz de competir en igualdad de condiciones y quedó eliminado de Catar. Pese al fracaso, Bubista fue mantenido en el cargo y Mario Mendes, presidente de la Federación de Fútbol, se convirtió en su aliado en el nuevo proceso. Se pusieron manos a la obra con una estrategia austera, pero innovadora. La pandemia había dejado enseñanzas y una de ellas, la comunicación a través de redes sociales, iba a ser clave para formar el nuevo combinado. 

Por medio de LinkedIn y Facebook comenzaron a contactar jugadores con raíces caboverdianas en todo el mundo que hubieran sido descartados por otras selecciones. Se apoyaban en la estadística de la diáspora, pues aunque en Cabo Verde solo hay quinientos mil habitantes, en el resto del mundo hay al menos otro millón. De esa forma encontraron a Steven Moreira, del Columbus Crew de Estados Unidos, quien había pasado por Le Havre y Lille de Francia, y a Pico Lopes, nacido en Dublín, pero de padres caboverdianos.

Josimar José Évora Dias ‘Vozinha’, figura de la selección de fútbol de Cabo Verde. Tomado de www.vozinhaofficial.com.

Bubista continuó su carrera como futbolista en Cabo Verde hasta 2005. Defendió siempre a su país con la camiseta de los Tiburones Azules, pero jamás logró clasificar, ni siquiera, a una Copa de África. Tras retirarse inició su historia en los banquillos, y entonces el éxito, por fin, tocó a su puerta. 

Empezó dirigiendo clubes en su país y luego fue sumado como adjunto en la selección nacional. En 2013, con él como ayudante, Cabo Verde clasificó a la Copa de África y llegó hasta cuartos de final. 

Tras algunos tropiezos, muchos de ellos debido a la falta de recursos y a la pésima estructura del campeonato local, Bubista asumió la dirección técnica del seleccionado a comienzos de 2020. Estaba obsesionado con clasificar al mundial de Catar, pero el covid-19 estropeó todos sus planes, pues los jugadores no podían entrenar, no se podían hacer amistosos y, en resumen, el mundo estaba casi bloqueado. 

Cuando todo volvió a la normalidad, Cabo Verde no fue capaz de competir en igualdad de condiciones y quedó eliminado de Catar. Pese al fracaso, Bubista fue mantenido en el cargo y Mario Mendes, presidente de la Federación de Fútbol, se convirtió en su aliado en el nuevo proceso. Se pusieron manos a la obra con una estrategia austera, pero innovadora. La pandemia había dejado enseñanzas y una de ellas, la comunicación a través de redes sociales, iba a ser clave para formar el nuevo combinado. 

Por medio de LinkedIn y Facebook comenzaron a contactar jugadores con raíces caboverdianas en todo el mundo que hubieran sido descartados por otras selecciones. Se apoyaban en la estadística de la diáspora, pues aunque en Cabo Verde solo hay quinientos mil habitantes, en el resto del mundo hay al menos otro millón. De esa forma encontraron a Steven Moreira, del Columbus Crew de Estados Unidos, quien había pasado por Le Havre y Lille de Francia, y a Pico Lopes, nacido en Dublín, pero de padres caboverdianos.

Cabo Verde empató 0-0 con España en su debut mundialista. Tomado de www.vozinhaofficial.com.

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Granaderos al ataque

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Exclusivo web Junio de 2026

Selección de Haití gana 4-0 a su homónima de Nueva Zelanda en un amistoso previo al Mundial de fútbol de 2026. Tomado de la Fédération Haïtienne de Football.

La primera vez que escuché de los indios taínos fue en una canción emblemática de la salsa, Anacaona, escrita por el maravilloso Tite Curet y popularizada en la entrañable voz de Cheo Feliciano. Esa melodía fue una bomba en mis tiempos de primera juventud, por allá en los lejanos años noventa del siglo pasado, época de festejos y desdichas para la selección Colombia del negro Pacho Maturana.

Volví a saber de esa tribu en las páginas de Las venas abiertas de América Latina, del maestro Eduardo Galeano, quien también escribió de fútbol, y hago mención porque este artículo, pese a todo, también es de fútbol.

En fin, el hecho es que estando en la Universidad de Antioquia, un día me dio por meterme en los libros de historia de la Biblioteca Carlos Gaviria, y leí sobre ese pueblo y sobre su “isla montañosa”, su amada Ayiti, o Quisqueya. Allí llegaron los saqueadores españoles en 1492, en tres pinches carabelas.

Los ibéricos, borrachos, literalmente, y enfermos por el oro y la fama, rebautizaron la isla como La Española y la convirtieron en centro de operaciones. Desde allí, a fuerza de espadas y crucifijos, sometieron y masacraron a los taínos y a todos los pueblos primigenios de América Latina.

Ya establecida la Conquista, los españoles transaron con los franceses para llenar la isla de esclavos traídos de África. Los pusieron a sembrar caña de azúcar.

Tuvieron que pasar casi tres siglos para que esos esclavos, liderados por el jamaicano Dutty Boukman y el Napoleón Negro, Toussaint Louverture, iniciaran una gigantesca rebelión, en 1793, que terminó, diez años después, en la independencia de la isla, proclamada por Jean-Jacques Dessalines y Henri Christophe.

Así se resume la historia de lo que hoy conocemos como Haití, un pequeño país del Caribe, hermanado con República Dominicana.

Haití, que fue nombrado así en homenaje al viejo pueblo Ayiti, parece haber nacido con una perenne maldición. Los esclavos, más de medio millón, echaron a españoles, franceses e ingleses, y a cambio obtuvieron una tierra fértil para el café y el azúcar, pero también para las desgracias.

Tras espantar a los franceses, que tenían el poder sobre la isla, Haití entró en una grave crisis económica, pues los europeos, para reconocer el nuevo Estado, pidieron a cambio una exorbitante y humillante indemnización para la nación de Voltaire, Zola, Baudelaire y Robespierre. Esa deuda, que duró más de cien años, derivó en violencia callejera, golpes de Estado, guerras civiles, enfermedades incurables, diásporas y suicidios.

Pero la venganza francesa no terminó allí. De 1957 a 1986, en Haití se instaló un gobierno autoritario e ilegítimo, el de la familia Duvalier, que gozó del apoyo de diversos mandatarios galos, desde Coty, Charles de Gaulle y Pompidou, hasta Francois Mitterrand. Sin embargo, el principal patrocinador de la carnicería de los Duvalier fue Estados Unidos y uno de sus perros rabiosos, la CIA. Los gringos ocuparon Haití de 1915 a 1935, pero no se fueron de inmediato, sino que tardaron en desalojar la isla, como en las despedidas de los circos malos.

Los Tonton Macoute de Papa Doc. Tomado de www.nuevarevolucion.es.

Francois Duvalier, más conocido como Papa Doc, fue un médico que llegó al poder en 1957, supuestamente elegido democráticamente, pese a múltiples denuncias de fraude. Duvalier, con un discurso populista, logró captar muchos votos, pero su mayor ventaja la tomó de las amenazas a sus opositores, quienes tuvieron que exiliarse en otros países.

Papa Doc montó grupos paramilitares en todo el país para reprimir cualquier conato de rebelión. Los Tonton Macoute torturaron, desaparecieron y asesinaron a cientos de personas, solo por pensar diferente. Por si fuera poco, mientras los Duvalier cada vez se enriquecían más, los haitianos se morían de hambre, de sida o a causa de huracanes y terremotos.

Como era predecible, Papa Doc se atornilló en el poder y, tras su muerte, su hijo Jean Claude ‘Baby Doc’ Duvalier heredó ocupó el gobierno de 1971 a 1986. Durante esos años sucedió el primer milagro haitiano, la clasificación al mundial de Alemania 1974.

Antoine Tassy fue designado como entrenador del seleccionado dos años antes. En las eliminatorias de la Concacaf, Haití compartió grupo con México, Trinidad y Tobago, Honduras, Guatemala y Antillas Neerlandesas. La presión sobre los jugadores era tremenda. Duvalier quería que su equipo fuera a Alemania para utilizarlo como símbolo del falso progreso haitiano. Hombres encapuchados aparecían en las casas de los jugadores y tiraban panfletos bajo las puertas. Las cosas llegaron tan lejos que incluso, antes del partido con Honduras, el 7 de diciembre de 1973, integrantes del Tonton Macoute golpearon en plena calle al defensor Pierre Bayonne, quien había cometido un error durante el duelo que Haití le había ganado 2-1 a Trinidad y Tobago cuatro días antes.

Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, presidente de Haití entre 1971 y 1986. Tomado de Wikimedia Commons.

En medio de ese ambiente de terror, Haití ganó su grupo con ocho puntos. Ganó cuatro partidos y solo perdió uno, contra México. El viaje fue escoltado por el escuadrón élite del gobierno de Duvalier, Los Leopardos, quienes supervisaban con cara de malos a todos los jugadores, sobre todo cuando iban a las entrevistas. Vigilaban que no criticaran al régimen, o que se escaparan de la concentración para buscar la libertad en otros países.

En el mundial les correspondió el grupo 4, con Argentina, Italia y Polonia, tres equipos con amplia tradición futbolera. Italia tenía a cracks como Gianni Rivera, Fabio Capello, Luigi Riva y Dino Zoff; Argentina tenía a Kempes, Perfumo, a Houseman; y Polonia contaba con estrellas como Lato, Zmuda, Deyna y Szarmach.

Duvalier sabía que su selección no tenía ningún chance, pero aprovechó el viaje para entablar relaciones y dejar en limpio su gobierno ante todo el mundo. En la cancha, los haitianos lucharon con valentía, pero la distancia con las potencias era demasiada. Italia les ganó 3-1, pese a irse en ventaja con gol de Emmanuel Sanon, uno de los dos únicos futbolistas que jugaban en el exterior. Sanon era hijo de migrantes haitianos pero había nacido en Bélgica y jugaba para el Beerschot. El otro era el capitán Wilner Nazaire, quien jugaba para el Valenciennes francés.

Contra Polonia fue un desastre. Lato, Szarmach y compañía los vencieron 7-0. No tuvieron piedad. Por último, Argentina les ganó 4-1. Sanon, otra vez, hizo el de la honra.

El lunar fue el positivo por efedrina de Ernst Jean-Joseph, volante del Violette haitiano. Tras la confirmación de los médicos de la Fifa, el jugador fue expulsado del torneo, pero eso no fue lo peor. Los Leopardos lo sacaron a patadas de la concentración, lo encerraron en un garaje y lo golpearon durante dos noches. Cuando lo iban a mandar de regreso a Haití, quizás para matarlo, el agregado haitiano en Alemania, Kurt Renner, dio aviso a la prensa. Renner le salvó la vida al apodado “mulato del pelo rojo”, pero fue destituido de su cargo inmediatamente.

Selección de Haití en su debut mundialista en Alemania 1974. Tomado de https://www.facebook.com/futbolero.nacional.2025.
Haití vs. Argentina en el Mundial de Alemania 1974. Tomado de ESPN.

Baby Doc Duvalier fue derrocado en febrero de 1986, el año de La mano de Dios. Tras muchos abusos de poder, y en medio de una crisis económica y de salud pública sin precedentes, se produjo un levantamiento popular que hizo que el dictador huyera a Francia, en un avión estadounidense.

Haití siguió participando de las eliminatorias de la Concacaf, pero el éxito era esquivo. Para colmo, el “país maldito” seguía sufriendo por hambre, inundaciones, tormentas, maremotos, huracanes y terremotos. En 2010, por ejemplo, un temblor de 7.0 arrasó con Puerto Príncipe y dejó más de doscientos mil muertos. En 2016, el huracán Matthew dejó a dos millones de damnificados y, en 2021, otro terremoto cobró la vida de cerca de cinco mil personas.

Lo peor de esos años, sin embargo, fue el gobierno corrupto de Jovenel Moise, quien ganó las elecciones de 2017, apoyado por el entonces presidente Michel Martelly, del partido PHTK – Partido Haitiano Tèt Kale. Martelly era un aliado incondicional del chavismo venezolano y Moise, que ganó las elecciones en medio de un contexto turbulento, con violencia en las calles, damnificados por los desastres naturales y graves acusaciones de fraude, siguió los pasos de su padrino Martelly y firmó varios acuerdos con Nicolás Maduro.

En 2019, como era de esperarse, explotó un escándalo llamado Petrocaribe. Moise fue acusado de malversar miles de millones de dólares de esos acuerdos con el gobierno venezolano. Los haitianos salieron a las calles a protestar y Moise, que tenía arreglos con algunas de las pandillas más poderosas del país, hizo represión con violencia. En 2020, el incendiario Moise le echó más leños al fuego y suprimió el Parlamento. Entonces el país explotó. Las pandillas tomaron el poder en el setenta por ciento del país y Moise tuvo que atrincherarse por miedo a un golpe de Estado.

En 2021, veintiocho mercenarios colombianos, exintegrantes del Ejército, fueron contratados para matar a Moise, y no fallaron. En julio de 2021, en una rápida incursión, los mercenarios llegaron a la casa de Moise, en Puerto Príncipe, y lo acribillaron. Los asesinos fueron capturados en el acto y están cumpliendo condenas en Haití y Estados Unidos. Pasados algunos meses, más de cincuenta personas fueron imputadas por conspiración en el magnicidio, incluyendo a la esposa de Moise, Martina, y al exprimer ministro Claude Joseph.

En las declaraciones de los acusados, se mencionó que la muerte de Moise era necesaria porque estaba aliado con las bandas criminales del país, sobre todo con la G9 Fanmi e Alye (Familia y Aliados), cuyo jefe es el expolicía Jimmy Chérizier, alias Barbacoa.

Tras la muerte de Moise, la violencia en Haití se salió de control. Las cinco principales bandas se tomaron el noventa por ciento de la pequeña isla y, claro, la selección de fútbol también se vio afectada. La G9 se adueñó del estadio Sylvio Cator y del complejo de entrenamiento El Rancho. El equipo tuvo que exiliarse en Curazao para jugar allí las eliminatorias hacia el mundial de 2026 y muchos jugadores sufrieron saqueos en sus viviendas de Puerto Príncipe.

Era imposible acercarse a Puerto Príncipe porque no solo era la G9 con su poder militar enfrentando al Ejército y la Policía, sino que también había una guerra declarada entre los cinco grupos armados ilegales. El G-Pep, por ejemplo, de alias Ti Gabriel, estaba enfrentado con el G9; mientras que Baz Pilatos, Nan Ti Bwa y Delmas 6, con apoyo de las maras salvadoreñas, estaban en guerra por el control de las rutas del narcotráfico.

Alix Didier Fils-Aimé, jefe de Estado y de gobierno tras el magnicidio de Moise, no ha sabido qué hacer para controlar a las pandillas y por eso Haití es considerado uno de los tres países más peligrosos del planeta.

Al igual que en el 74, otra vez el fútbol se convirtió en la mejor noticia para un país en crisis humanitaria, para un Estado fallido y maldito. Otra vez la pelota fue la esperanza para esos doce millones de habitantes de Quisqueya.

En los años de la dictadura de Duvalier, fueron cientos los haitianos que emigraron a otros países buscando asilo. Tras la caída de Baby Doc, el país no pudo salir adelante porque la deuda externa era insostenible. La crisis se agravaba con cada desastre natural, y las ayudas humanitarias, casi siempre, eran robadas por políticos corruptos y por los grupos armados. La diáspora haitiana se cuenta por millones. La cifra oficial es de dos millones de ciudadanos, pero las extraoficiales hablan de tres. Los destinos predilectos son Francia, Canadá y Estados Unidos.

Después de la muerte de Moise, el técnico de la selección, Jean Jacques Pierre, fue echado por el mal rendimiento del equipo. Su reemplazo fue el español Calderón Pellegrino, quien tampoco pudo sacar frutos de los talentos emergentes de los Granaderos. Entonces, en marzo de 2024, la Federación de Fútbol decidió ir por el técnico francés Sebastien Migné, un exjugador de la segunda división francesa, con un palmarés como asistente muy pobre y que antes de recibir la llamada estaba dirigiendo en Togo.

Migné fue contratado por teléfono, y por teléfono comenzó a dirigir. Hacía videoconferencias para dar las indicaciones antes de cada partido, y solo se veía con sus jugadores en los partidos eliminatorios. Haiti, cuya selección es cincuenta por ciento haitiana y cincuenta por ciento francesa, tuvo que exiliarse en Curazao para jugar la fase clasificatoria hacia el mundial de 2026, en el estadio Ergilio Hato.

Migné ya había pasado por momentos difíciles, turbulentos, en otros países. Había dirigido en Togo, Congo, Guinea Ecuatorial y Chad. Era conocedor de los estragos de la guerra, de modo que dirigir a Haití era un reto asumible para él. Lo primero que hizo fue buscar a jugadores con raíces haitianas nacidos en otros países. En ese ejercicio encontró a dos figuras de la Premier League: Jean Bellegarde, del Wolverhampton, y Wilson Isidor, del Sunderland.

Pero su mejor jugador, su estrella, es Duckens Nazon, delantero del Esteghlal de Irán. Los padres de Nazon huyeron a Francia en los años ochenta y por eso él nació allí, en las calles de Chatenay Malabry. En Altos del Sena.

Durante su niñez conoció la historia de Haití, de sus ancestros, y juró que jamás representaría a un país diferente. Sus primeros años los pasó en el Vannes, pero luego pasó al Lorient, un equipo de amplia trayectoria. En esos años fue convocado varias veces a las juveniles de Francia, pero rechazó cada oferta que le pusieron sobre la mesa. Su misión, afirmaba en esa época, era llevar a Haití a un mundial.

En Francia lo dejaron en paz y él continuó avanzando en su carrera. Jugó en el Wolverhampton y en el Coventry, en Inglaterra, y en el Sint Truiden de Bélgica. También pasó por Escocia y por Bulgaria, antes de iniciar su declive.

Con Haití ha jugado más de ochenta partidos y ha marcado más de cuarenta goles. Es el capitán, la estrella y el líder espiritual.

“Solo nos tienen a nosotros. Si no hay fútbol, no tienen nada, pero si juega la selección, tienen esperanza. Nosotros podemos hacerlos sonreír”, arenga Nazon antes de cada encuentro.

Nazon fue el héroe de la clasificación haitiana para el mundial 2026. Su hat trick en el duelo contra Costa Rica, en San José, ante el arquero Keylor Navas, en el 3-3, y su gol en el agónico 1-0 en Curazao, en el partido de vuelta, le dieron el tiquete a los Granaderos, lo que desató la euforia no solo en Haití, sino en el resto del mundo.

Sin dictaduras, pero con muchos problemas por resolver, Haití vuelve a un mundial más de cincuenta años después. Esta vez no habrá presiones, ni amenazas. Esta vez solo hay espacio para la esperanza, para la ilusión de tantos exiliados. También es la esperanza para esos doce millones de habitantes que viven presos en su propia isla, como los esclavos en los tiempos de La Española. Ahora los conquistadores son otros, hablan la misma lengua y tienen el mismo color de piel que sus víctimas, pero son tan malos como los saqueadores que bajaron de las tres carabelas. Quizás por eso es que el grito de victoria de la selección de Migné es el mismo que gritaban los esclavos en 1803: “Grenadye, alaso”, que en español es “Granaderos al ataque”.

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El sueño cumplido de Isakov

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Exclusivo web Junio de 2026

Plantel clasificado al Mundial de México/Estados Unidos/Canadá 2026.

Uzbekistán, “la tierra de los verdaderos líderes”, es un país de Asia Central, de origen mongol, que se independizó de la Unión Soviética en agosto de 1991. Hasta ese año, la URSS había participado en siete citas mundialistas, incluida aquella de Chile 62, cuando empató 4-4 con Colombia. En esas siete apariciones soviéticas en los mundiales, hasta Italia 90, jamás un jugador uzbeko fue convocado para vestirse con la camiseta de la hoz y el martillo, aunque en 1978, Vladymir Fedorov, un delantero del FC Pakhtakor de Tashkent, había sido llamado para un partido eliminatorio y tenía grandes chances de asistir al mundial de Argentina 78, pero la Unión Soviética no clasificó.

Fedorov es una leyenda del fútbol uzbeko, y claro, del Tashkent, el club de la capital, el más laureado de la historia de ese país. Fedorov, cuenta la leyenda, iba a declinar el llamado para el mundial de Argentina como respuesta a la agresiva rusificación de Uzbekistán, y a la constante discriminación por parte de Moscú. Los uzbekos siempre fueron despreciados por su origen y por su idioma. Los obligaban a ser campesinos y les negaban el acceso a los estudios superiores. La madre de Fedorov, de origen musulmán, había sido obligada a despojarse de su burka y su hiyab durante una visita gubernamental a Tashkent, en 1970.

Pero la venganza simbólica del delantero, algún gol definitivo, alguna celebración en clave de mongol, fue truncada por una desgracia. El 11 agosto de 1979, un choque de dos aviones en cielo ucraniano terminó en desastre. Murieron 178 personas, entre ellas, diecisiete jugadores del Pakhtakor de Tashkent, quienes se dirigían a Bielorrusia para un partido de la liga soviética contra el Dinamo Minsk. La noticia tardó en confirmarse porque era necesario descartar un ataque extranjero, pues en el momento del accidente, un avión oficial, con Leonid Brézhnev como pasajero, se dirigía hacia Moscú. La Guerra Fría estaba en su apogeo y Brezhnev, líder del Partido Comunista y presidente de la Unión Soviética, era el mayor blanco posible.

Equipo de Pakhtakor de Tashkent, víctima del accidente de avión de 1979. Tomado del Diario deportivo OLÉ.

Algunos investigadores llegaron a pensar que el accidente del Tashkent había sido un error de los enemigos más allá del Atlántico, pero con el tiempo se concluyó que todo fue un desafortunado error de los controladores aéreos, quienes fueron condenados a quince años de prisión por homicidio involuntario.

Tulyagan Isakov, goleador y capitán del Pakhtakor, fue el único sobreviviente del equipo, pues se encontraba lesionado y no tomó parte del grupo de viajeros. Antes de su fallecimiento en noviembre del año pasado, a los 76 años, el exdelantero contó que su equipo era un grupo de amigos, todos uzbekos, y que soñaban con ganar, al menos, la Copa Soviética, pues la liga era prácticamente imposible.

“Nos solíamos reunir en la taberna del pueblo a planear nuestros encuentros. Sabíamos que los equipos de Moscú y de Ucrania eran casi invencibles, pero creíamos que si salíamos a atacar desde el comienzo, al menos nuestros vecinos se iban a sentir orgullosos”, narró Isakov en una entrevista de 2019, durante un acto de conmemoración del accidente.

Soñaban también con meter uno o más jugadores en el seleccionado soviético, como respuesta a la discriminación. Los llamaban “los rusos de cabezas negras”. Fedorov había sido el primero el lograrlo, pero no alcanzó la meta mundialista. También tenían a Mikhail An, un uzbeko de 19 años, de origen coreano, que era capitán de la selección soviética sub-20. Esos jugadores habían logrado notoriedad nacional después de un partido que el Pakhtakor de Tashkent le había ganado 5-0 al poderoso Dinamo Kiev, que venía de vencer al Bayer Münich en la Supercopa de Europa.

“Logramos ser un equipo de media tabla en los años setenta. Éramos famosos en toda la Unión Soviética por nuestro estilo alegre y un poco descuidado. Pero no había estadio que no se llenara para vernos jugar. El 5-0 al Dinamo Kiev, el equipo de Oleg Blokhin, ganador de un Balón de Oro, fue nuestro gran logro”, dice Isakov.

Después de la tragedia, el Pakhtakor de Tashkent se convirtió en un símbolo de resistencia para los uzbekos. La liga soviética le donó dinero para que contratara nuevos jugadores y les dio cinco años de gracia en el campeonato, es decir, no podían descender, aunque quedaran en el último puesto.

Isakov lideró el equipo un par de años, pero la tristeza no le permitió seguir. Se retiró y se fue a vivir a las montañas, lejos de los focos de la prensa.

El Estadio Pakhtakor Markaziy en donde juega la selección uzbeka y el Pakhtakor de Tashkent.

Tras la desintegración de la Unión Soviética, en 1991, el equipo se convirtió en el más poderoso de Uzbekistán, la nueva república. Hasta hoy ha conquistado 33 títulos, de los cuales dieciséis son de liga. Su academia sigue siendo productora de grandes talentos y ha llevado al fútbol uzbeko a lo más alto de Asia. Han clasificado a cinco mundiales sub-20 y han conquistado la Copa de Asia Central Sub-20. Sin embargo, lo más importante ha sido el impulso al fútbol de mayores. El Tashkent es la fuente principal de talentos para la selección nacional y, en junio de 2025, lograron lo impensado: clasificar al mundial de 2026. Jamás un jugador uzbeko había tenido el honor de ir a la Copa del Mundo y ahora, gracias al Pakhtakor de Tashkent, irán 26.

Una de las grandes estrellas de la selección uzbeka, que compartirá grupo con Colombia, Portugal y RD Congo, es Abdukodir Khusanov, nacido el 29 de febrero de 2004 en Tashkent. Kushanov, defensa del Manchester City de Inglaterra desde el 2022, es producto de la academia del Tashkent e hijo de uno de sus ilustres jugadores, Khikmatdjon Khoshimov.

Kushanov fue convocado por primera vez en 2023, y lo primero que hizo fue visitar, con su padre, el monumento a los caídos de 1979. Ese día prometió que, de llegar al mundial, llevaría una cintilla conmemorativa del Tashkent, como una forma de cumplir el sueño de Fedorov, Isakov y An.

En junio de 2025, tras un vibrante partido, Uzbekistán empató sin goles con Emiratos Árabes Unidos, rival de Colombia en Italia 90, y se clasificó para el mundial. Esa fue la venganza deportiva para los uzbekos ya que Rusia no puede participar de los eventos Fifa desde que invadió a Ucrania en 2022.

Tras ese partido, Isakov bajó de su montaña y habló con la prensa. “Estoy orgulloso de estos jóvenes, porque ellos llevarán al mundial el espíritu de la generación del 79”. Luego se fue a su casa y falleció cinco meses después, por fin satisfecho.

La Federación de Fútbol de Uzbekistán celebra la clasificación de su selección al primer mundial de su historia. Tomado de XXXXX

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De capos y capitanes

por PASCUAL GAVIRIA

Número 149 Mayo de 2026

La pelota no se mancha, pero se empaña, se vende, se ubica en el ángulo conveniente, se chuza, se utiliza para ganar más allá de las páginas deportivas. Dictadores, mafiosos, presidentes, directivos y jugadores han sacado la pelota del rectángulo para convertirla en discurso y telón, saben muy bien que el fútbol es el pan de cada día y la política es el circo de temporada. Dejamos unas cuantas historias cargadas de goles y dolores.

1934, versión de Mussolini del afiche del mundial de Italia 34.

1928. El de la honrilla

El fútbol samario tiene una gran historia con la camisa de Colombia. La antorcha del Pibe ilumina la lista a la que se suman Falcao García, el Pitufo de Ávila, Eduardo Emilio Vilarete, Didí Valderrama, Aldo Leao, Jorgito Bolaño y los pioneros Carlos Arango, quien marcó para Colombia el primer gol en eliminatorias mundialistas, y Rafael Gabino, que vistió la tricolor con solo 16 años. Pero la Historia con mayúscula de los jugadores samarios tiene que ver con un triunfo por partida doble. En 1928 un grupo de futbolistas reclutados en colegios de Santa Marta viajó a los primeros Juegos Olímpicos Nacionales en Cali. La región afrontaba la huelga de cerca de veinte mil trabajadores de la United Fruit Company que controlaba desde hacía una década la exportación de banano en Colombia. Se pedían condiciones de higiene en los campamentos, el fin del pago con vales para comprar en los comisariatos y la contratación directa por parte de la empresa. Las demandas de los trabajadores terminaron en la Masacre de las Bananeras: el 6 de diciembre los soldados dispararon contra los obreros y provocaron la muerte de cientos de ellos. La cifra nunca fue clara, El Espectador habló de cien muertos, mientras en los debates políticos de la época se habló de una tragedia aún mayor.

Mientras tanto el equipo de los samarios triunfaba en Cali contra todo pronóstico. Los jugadores volvieron invictos con el título luego de vencer 2-0 a Barranquilla en el partido final. Fueron recibidos como héroes en Santa Marta, los pelaos del viento y la arenilla había vencido a la gente de la grama. Al llegar, ya en febrero del 29, vinieron los bailes y desfiles en honor a los sorpresivos campeones. El general Carlos Cortés Vargas ofreció una gracia para los jóvenes, quienes no dudaron en pedir la libertad para algunos de los huelguistas que estaban detenidos en Ciénaga.

El cierre de la gesta samaria queda para la oratoria de Jorge Eliécer Gaitán: “En Bogotá se encuentra el equipo de futbolistas samarios y ellos no me dejarán mentir. Cuando estos bravos muchachos llegaron, después de haber vencido en Cali, el señor Cortés hizo festonar la ciudad (…) Este señor les dijo entonces a los futbolistas ‘pedid una gracia’. Los generosos muchachos comprendieron que podían salvar algunas de las víctimas y demandaron la libertad de los prisioneros, la cual les fue concedida”.

Italia 34. Los de negro

Días antes del comienzo del torneo, Mussolini se reunió con el entrenador italiano, Vittorio Pozzo, para advertirle: “Usted es el único responsable del éxito, pero que Dios lo ayude si llega a fracasar”. Il Duce, cual DT en el vestuario, también apretó a los jugadores. Mussolini pensaba en el mundial como una demostración obligatoria del poderío fascista. Pero ni el grito de ¡Forza Azzurri! de los Camisas Negras ni la amenaza de Mussolini fueron suficientes. Un árbitro belga y uno suizo hicieron la tarea para que Italia eliminara a España en cuartos de final: el primer juego terminó 1-1 y fueron a prórroga para confirmar el empate, no existía la definición por penaltis y el partido de desempate se programó para el día siguiente. Italia 1-0 con Mussolini vigilando en la tribuna. Siete españoles molidos a patadas no pudieron jugar el segundo partido luego de la llamada Batalla de Florencia. En los dos juegos le anularon tres goles a España, su arquero, el Divino Zamora, terminó con las costillas quebradas, se vio a los jueces de línea presionando al juez para validar un gol azzurro. Los italianos celebraron el triunfo con el saludo fascista en la mitad del campo y los españoles hicieron lo mismo señalando al juez suizo, a quien su federación le quitó el silbato de por vida. La política había debutado en la cancha de la manera más brutal. Italia ganó el título luego de vencer 2-1 a Checoslovaquia ante cincuenta mil hombres y Mussolini en el estadio del Partido Nacional. El árbitro sueco hizo obediente el saludo fascista antes de iniciar el juego. Todo estaba dicho. Cuatro argentinos y un brasilero nacionalizados celebraron el título. Aunque parezca increíble a Italia la reforzaron San Lorenzo, Gimnasia, Estudiantes e Independiente. Mussolini le había dictado cátedra a Hitler para los Olímpicos de 1936.

Francia 38. Perder es vivir un poco

Argentina fue el único país que presentó la candidatura por América. Los gauchos confiaban en su elección como sede porque el anterior mundial había sido en Europa y se había acordado la alternancia entre estos dos continentes. Sin embargo, el ambiente político del momento y un homenaje al francés Jules Rimet, presidente de la Fifa, derivaría en la sede para Francia y la ausencia de todos los países americanos en solidaridad con los argentinos. Por este lado del mundo solo asistió Brasil, no muy solidario con su eterno rival, y Cuba… Sí, Cuba que solo encontró quince jugadores de los veinte reglamentarios, al final fue saludo y despedida para los isleños. No había un lindo clima deportivo: Austria, que había clasificado, fue anexionada por Alemania y perdió su cupo por W. Italia jugó con uniforme completamente negro su partido de cuartos contra el anfitrión, los Camisas Negras metían miedo. Un detalle deja ver que no todo era muy ortodoxo: Suecia fue cuarta con un partido ganado (8-0 frente a Cuba) y dos perdidos. Una Italia silbada en todos los estadios, Mussolini no era popular en Francia, fue campeona tras ganar todos los juegos. “Vencer o morir”, decía el telegrama de Mussolini al técnico italiano antes de la final con Hungría. Fue triunfo 4-2 para Italia y el arquero húngaro fue elocuente al llegar a Budapest: “Nunca en mi vida me sentí tan feliz por haber perdido. Con los cuatro goles que me hicieron, salvé la vida a once seres humanos”. En casa esperaban ocho mil liras para cada jugador italiano. Mussolini acababa de inaugurar el “plata o plomo”.

1938, selección de Alemania haciendo el saludo nazi en el mundial de Francia.

1948. Del Bogotazo al pitazo inicial

La intriga entre ligas y clubes, la duda metódica entre aficionados y profesionales, el ser o no ser entre diversión y obligación había terminado, llega el momento del carné y el cheque a fin de mes.

Cuatro meses después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán comenzaba el rentado profesional colombiano que pasó muy rápido de la camisa descuellada al frac de los más grandes del mundo.

Medellín fue la ciudad que más equipos propuso para la fundación de la División Mayor del Fútbol Colombiano: el Medellín F.B.C., el Atlético Municipal, el Huracán y el Victoria harían parte de los trece clubes que se presentaron el 26 de junio de 1948 en la ciudad de Barranquilla.

El primer partido profesional se jugó el 15 de agosto de 1948 a las 9:15 de la mañana, en la cancha del hipódromo San Fernando de Itagüí. Se enfrentaron el Atlético Municipal (hoy Atlético Nacional) y Universidad de Bogotá. Pocos aficionados madrugaron para el primíparo encuentro. El fútbol era apenas el preliminar de las carreras de caballos.

Independiente Santa Fe se coronó primer campeón por encima de Millonarios que era el gran favorito. Municipal ocupó el quinto puesto y Medellín fue el séptimo entre los diez participantes. Tocaron la cancha 222 jugadores y treinta se quedaron calentando. De los futbolistas que se inscribieron 182 eran colombianos, trece argentinos, ocho peruanos, ocho costarricenses, cinco uruguayos, dos chilenos, dos ecuatorianos, uno dominicano y uno español.

El primer gol lo marcó el antioqueño Rafael Serna del Atlético Municipal de tiro penalti, a los quince minutos del primer tiempo. No sabemos si cobró como un 10 o como un 2. Las camisetas solo tenían el número de la talla.

1978. Goles de camerino

Desde comienzos de los setenta los kepis militares mandaban en varios países de América Latina: Argentina, Chile, Paraguay y Perú tenían los uniformes más brutales. Estados Unidos alentaba el plomo y las torturas por medio de la Operación Cóndor, una de sus estrategias anticomunistas.

Jorge Rafael Videla llegó al poder en Argentina en 1976 cuando la sede del mundial ya era un hecho desde hacía al menos una década. Amnistía Internacional denunciaba la desaparición de 365 personas desde el inicio del golpe militar hasta enero de 1977. Videla tenía claro que la fiebre albiceleste podría cubrir los crímenes de la dictadura. Fillol, Passarella, Ardiles, Kempes y los demás de la legión albiceleste harían con la camisa el trabajo para que el uniforme no se manchara. En el 78 la dictadura tenía cierto apoyo en la opinión pública y la fascinación futbolera ayudó a que el fascismo tuviera soporte y conservara el poder hasta 1983. El titular de la revista Extra, luego del título argentino, mostraba la idea de que el país había demostrado su valía frente a los señalamientos internacionales: “REALIDAD ARGENTINA: 6 – LA CALUMNIA: 0”.

Pero el verdadero 6-0 fue el resultado que selló el partido Argentina vs. Perú en Rosario, en el Gigante de Arroyito, el 21 de junio de 1978. Argentina tenía que ganar por una diferencia de al menos cuatro goles para pasar en el grupo B por encima de Brasil. El dictador Videla visitó a Perú en el camerino antes del partido para desearle suerte y leer un mensaje del dictador peruano, el general Morales Bermúdez, sobre la hermandad entre los dos países. “Videla entró al vestuario con el secretario de Estado de Estados Unidos, Henry Kissinger, supuestamente a desearnos suerte. ¿Qué tenían que hacer ahí?”, dijo el jugador peruano José Velásquez quien un año después jugó en Medellín.

Juan Carlos Oblitas, una de las figuras de los peruanos, dijo que el partido “no fue normal” y varios jugadores dijeron años después que al menos seis compañeros se habían dejado untar. También hubo donaciones de trigo del gobierno argentino al Perú luego del mundial. Para la época era bien favorable la tasa de cambio trigo/goles. La figura del partido fue Ramón ‘el Chupete’ Quiroga, el arquero peruano nacido en Argentina. Quiroga dice que no se vendió y señala al árbitro por dos goles en supuesto fuera de lugar. También ha señalado a dos compañeros que fueron más atacantes argentinos que defensas peruanos. Lindo ambiente laboral. Desde ese día Quiroga, al que también llamaban el Loco, pasó a llamarse Ramón ‘se hizo el loco’ Quiroga.

Argentina fue campeona en la final frente a Holanda y la dictadura llamó a la unidad nacional. El Flaco Menotti, técnico argentino, celebró con el pucho de la vida apretado entre los labios luego de dejar a Maradona, de 17 años, por fuera de la convocatoria.

Se ha dicho que Johan Cruyff no fue a Argentina por rechazo a la dictadura, sin embargo fueron motivos personales los que lo llevaron a renunciar a la selección. Paul Breitner, legendario 5 alemán, fue quien de verdad se negó a acompañar el mundial de Videla. Se recuerda además el gesto del arquero sueco Ronnie Hellström, quien se fue a acompañar a las Madres de la Plaza de Mayo el día de la inauguración.

1978, afiche en contra de la dictadura argentina, boicot a la copa del mundo.

1982. La gambeta de Belisario

Luego de catorce años de la elección de Colombia como sede del mundial y de la leyenda en el tablero electrónico de la final de Madrid en 1982, “nos vemos en Colombia 1986”, el presidente Belisario Betancur anunciaba la renuncia de Colombia a ser anfitrión mundialista: “Anuncio a mis compatriotas que el Mundial de Fútbol de 1986 no se hará en Colombia, previa consulta democrática sobre cuáles son nuestras necesidades reales: no se cumplió la regla de oro, consistente en que el Mundial debería servir a Colombia y no Colombia a la multinacional del Mundial. Aquí tenemos otras cosas que hacer, y no hay siquiera tiempo para atender las extravagancias de la FIFA y de sus socios. Y García Márquez nos compensa totalmente lo que perdamos de vitrina con el Mundial”.

Colombia era el nuevo Nobel del balón.

1982, declinación de Colombia para ser sede del mundial del 86. El Tiempo.

1983. La mejor defensa es el ataque

Rodrigo Lara Bonilla: “El narcotráfico está infiltrado en la política y el fútbol”. Era 1983, cuando mencionó sin titubear a Atlético Nacional, Millonarios, Santa Fe, Deportivo Independiente Medellín, América de Cali y Deportivo Pereira. Luego, cuestionó la curul del representante a la Cámara suplente Pablo Escobar, a quien acusaba de haber recibido dineros de la mafia. A los pocos meses, en abril de 1983, con tan solo 39 años, Lara Bonilla fue asesinado por un sicario adolescente con la complicidad de agentes del Estado. El fútbol estuvo presente en el primer magnicidio del narcotráfico en Colombia. Al año siguiente Escobar y otros capos pidieron a los hermanos Rodríguez Orejuela armar una huelga futbolera como presión al gobierno. Los caleños, dueños de América, rechazaron la propuesta de punta y pa arriba: “Olvídelo, Pablo, recuerde la plata que deja el fútbol y los compromisos que tenemos con patrocinadores y medios”. El América tenía una banda digna de los Rodríguez: los paraguayos Roberto Cabañas, Juan Manuel Battaglia y González Aquino, los argentinos Ricardo Gareca, Julio César Falcioni y al gran Willington Ortiz. Sin contar que le habían sacado a Herrera y Sarmiento a Nacional. Billete era lo que había. El oscuro Segundo Dorado había llegado. Gonzalo Rodríguez Gacha era el “director operativo” de Millonarios. Octavio Piedrahíta era el duro del Pereira. Los narcos pagaban muchas nóminas. El chiste de la época era diciente: “Vos de qué mafioso sos hincha”.

1983, Pablo Escobar en el estadio Atanasio Girardot. Fotografía de Iván Restrepo, Archivo BPP.

1985. Colombianos al exterior

Había comenzado la guerra de los narcos contra el Estado y el primer extraditado fue Hernán Botero Moreno, máximo accionista de Nacional entre 1962 y 1983. Se le acusó de lavado de dinero cuando el delito no existía en Colombia. Fue más una medida simbólica que un golpe a la mafia. Octavio Piedrahíta, uno de los nuevos dueños de Nacional, moriría asesinado tres años después en Medellín. La plata de los narcos seguía acompañando las nóminas, fue el tiempo del “otro Dorado”. Nóminas nacionales con grandes figuras de Suramérica, hombres de camisa de selecciones nacionales se pusieron de nuevo las casacas criollas.

1986. Justicia con la divina mano

El árbitro Ali Bennaceur venía de pitar la final de la Copa África entre Egipto y Camerún en marzo de 1986. Ese día, en El Cairo, el tunecino tomó una difícil decisión: “Fiel a mis principios, anulé un gol a los anfitriones por una falta sobre el portero camerunés N’Kono. El estadio estaba hirviendo de fervor. Me sentí como atrapado en una jaula y por primera vez tuve miedo por mi vida”. Al final los locales ganaron por penales. Pero Bennaceur no sabía la prueba que tendría el 22 de junio en el estadio Azteca. Sabemos que tomó la decisión correcta. El fútbol necesita un poco de mito.

Las Malvinas eran protagonistas antes del juego, preguntas de los periodistas, recuerdos, venganzas. Maradona cerró el tema bélico con una mentira: “No, no, no, es solo fútbol y punto”.

Los dos capitanes, Peter Shilton y Maradona, se dieron la mano en el círculo central antes del inicio del juego por cuartos de final. A los 61 minutos los puños definirían el juego y la historia. El puño izquierdo agazapado de Maradona, el puño derecho tardío de Shilton. Un metro sesenta y cinco venció a un metro ochenta y tres. “Shilton ya la tenía en las manos y yo dije ‘esta es mía papá’”, recordó Maradona años después. Jorge Valdano, el goleador de aquella selección, dijo que Maradona lo había hecho en algunos entrenamientos. ¿Qué había pasado? “Pude sentir alguna duda en la celebración de su gol, y lo insinuó cuando nos abrazamos. Dijo: ‘Para el saque inicial, rápido’”, dijo Valdano. Shilton tampoco supo que lo habían birlado con delicadeza. “Nació La mano de Dios, Maradó, Maradó…”.

Bennaceur, por supuesto, culpa a Bogdan Gotchev, el línea búlgaro, que estaba frente a la jugada. El hombre duerme el sueño de los justos desde 2017. El asistente por su parte dijo que no podía contradecir al árbitro. Los cuatro jueces recibieron una camisa firmada por el Diego después del partido. Merecían algo más.

Cuatro minutos después, Maradona saldó la deuda con su corrida desde medio campo, doce toques, diez segundos y cinco rivales regados. Esta vez con la zurda. El descuento de Gary Lineker llegó a los 81 minutos y Argentina se defendió hasta con el Narigón Bilardo. Al terminar, en el túnel, el volante inglés Steve Hodge le pidió a Diego cambiar las camisetas, el argentino aceptó con desapego y Hodge se llevó la derrota y un tesoro.

En la zona mixta rodeado de micrófonos vino la tercera genialidad: “Un poco con la cabeza de Maradona y otro poco con la mano de dios”. También los eludió a todos.

1986, La mano de Dios en el mundial de México. Archivo particular.

1989. Final, final, final, no va más

El 15 de noviembre de 1989 fue asesinado a sus 32 años en Medellín el árbitro cartagenero Álvaro Ortega. Ese domingo había sido juez de línea número 1 del partido Medellín-América, que con los dos equipos ya eliminados terminó con empate sin goles. Tres semanas atrás Ortega dirigió el mismo duelo en Cali y fue criticado por supuestamente beneficiar al cuadro escarlata que terminó ganando 3-2. El año anterior había sido secuestrado el árbitro Armando Pérez y liberado después de veinte horas con un mensaje para los árbitros: “Al árbitro que pite mal, lo borramos”. Ortega recibió amenazas telefónicas esa misma tarde y les dijo a sus compañeros que después del partido les contaría de la llamada. Fue asesinado a las once de la noche en el Centro de Medellín cuando caminaba al hotel acompañado de Jesús ‘Chucho’ Díaz, el mejor árbitro colombiano del momento: “Apártese, Chucho”, gritó el sicario antes disparar la ametralladora. Esa misma noche Díaz se retiró del fútbol con una frase contundente: “No han matado un árbitro, sino a dos”. El torneo se canceló y el título de declaró desierto. Las versiones hablaron de apostadores ligados a la mafia e incluso de Pablo Escobar como culpable del crimen. Así terminaba el terrorífico 1989 que había dejado la masacre de La Rochela, el asesinato de Galán, la bomba contra El Espectador, el asesinato del comandante de la policía en Antioquia y 88 bombas en todo el país. Veinte años después de la muerte de Ortega, el fiscal 176 de Medellín archivó la investigación. La mayoría de los clubes colombianos estaban pasando de los mafiosos de primera plana a sus testaferros y socios ocultos.

1994. Tragedia tricolor

Colombia era la sorpresa mundial. Jugaba un fútbol en desaparición, tenía jugadores que ya cobraban en Europa, venía de golear a Argentina y había perdido un juego de sus últimos 39. “Colombia es mi favorita para ser campeona del mundo”, dijo Pelé meses antes del mundial y nos sentenció. Todos nos creímos el cuento, Colombia era trasteada como un circo ambulante, jugó veintiún partidos amistosos antes del mundial y la concentración en Barranquilla se parecía al reinado en Cartagena.

Pero todo terminó en tragedia. Solo Colombia podría tirar un manto tan negro sobre la eliminación de un mundial.

Corría el minuto 34 del primer tiempo del partido que enfrentaba a las selecciones de Estados Unidos y Colombia en la primera fase del mundial de Estados Unidos 1994. Aquel 26 de junio de 1994, más de noventa mil espectadores presentes en el estadio Rose Bowl de Los Ángeles, California, vieron cómo el ‘Caballero del fútbol’, como se le conoció al defensa Andrés Escobar, anotó un gol en su propia portería, defendida por el arquero Óscar Córdoba. El partido terminó 2-1 a favor de los norteamericanos, después de que consiguieran ampliar la diferencia en el minuto 52 por medio de Stewart. El descuento del equipo colombiano llegó en el minuto 90, gracias a Adolfo ‘Tren’ Valencia. Previamente, en su primer partido en el certamen, Colombia había caído con Rumania 3-1. En el tercer y último choque, ante Suiza, Colombia se impuso 2-0. Días después de la llegada de la selección al país, en la madrugada del 2 de julio de 1994, el zaguero Andrés Escobar Saldarriaga, quien en ese momento tenía 27 años, recibió doce impactos de bala en el parqueadero del estadero El Indio, de la ciudad de Medellín, ubicado en la vía Las Palmas. La investigación de las autoridades dio como resultado la captura del autor material del asesinato, Humberto Muñoz Castro, quien fue condenado por homicidio agravado y falsa denuncia a 43 años, dos meses y quince días de prisión el 4 de octubre de 1995. Seis años más tarde, en 2001, la pena fue modificada, según la ley, a veintiséis años, cinco meses y quince días. En octubre de 2005 un juez de Medellín le concedió la libertad condicional después de once años tras las rejas, había purgado tres quintas partes de la pena.

Detrás del asesinato estaban los hermanos Pedro y Santiago Gallón Henao, narcotraficantes que sonaron durante tres décadas en el país. Fueron condenados a quince meses por encubrir el homicidio cometido por su conductor. Santiago Gallón fue asesinado en México en febrero del 2026.

El 29 de junio, cuatro días antes de su asesinato, Andrés Escobar había escrito una columna para el diario El Tiempo que terminaba así: “Pero, por favor, que el respeto se mantenga… Un abrazo fuerte para todos y para decirles que fue una oportunidad y una experiencia fenomenal, rara, que jamás había sentido en mi vida. Hasta pronto porque la vida no termina aquí”.

1994, titular de El Colombiano, funeral de Andrés Escobar, Archivo Sala Antioquia – BPP.

2015. En el área penal

El 27 de mayo de 2015 siete altos directivos de la Fifa fueron detenidos en el hotel Baur au Lac en Zúrich. Todo estaba listo para el congreso número 65 de la federación donde se reelegiría a Joseph Blatter como presidente. Una investigación del FBI y el Departamento de Justicia de Estados Unidos los acusaba de recibir cerca de 150 millones de dólares en sobornos para entrega de derechos de televisión, patrocinios y sedes de eventos. Blatter fue reelegido.

La historia era larga, desde los tiempos del brasilero Joao Havelange como presidente de la Fifa se hablaba de sobornos en la Conmebol y la Concacaf. Eran al menos veinticuatro años de juego sucio. En 2010 la BBC transmitió un reportaje sobre posibles sobornos por más de cien millones de dólares. Tres días después se otorgaron las sedes de los mundiales de Rusia 2018 y Qatar 2022. Nunca se habían otorgado dos sedes en una misma fecha. Fue una promoción dos por uno. La presión sobre la BBC para aplazar la publicación del informe llegó hasta del primer ministro David Cameron.

Pero en 2015 ya los rumores y las pruebas periodísticas eran acusaciones legales. Siete presidentes de las federaciones de la Concacaf terminaron condenados, al igual que los presidentes de las federaciones de Ecuador, Bolivia, Chile, Colombia, Uruguay, Brasil y Perú. También dos expresidentes de Conmebol terminaron en la cárcel, entre ellos el dinosaurio paraguayo Nicolás Leoz.

El 2 de junio Joseph Blatter renunció a la presidencia de la Fifa. Terminaban más de cuarenta años de trabajo en la federación con catorce altos funcionarios acusados de fraude, pago de sobornos y lavado de activos. La chequera sí se mancha.

*Estos hechos históricos son una selección de la Cronología del balón, que también hace parte de Campo en Juego: Fútbol, vida, barrio, una exposición organizada por la Universidad EAFIT con la investigación y curaduría de Universo Centro.

2015, renuncia de Joseph Blatter después del escándalo de la Fifa.
Foto tomada de cnnespanol.cnn.com.

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Como un brillo escaso y parpadeante

por JORGE IVÁN AGUDELO • Archivo Fotográfico BPP

Número 149 Mayo de 2026

El Fondo de la familia Duperly, donado el 9 de diciembre de 2019 a la Biblioteca Pública Piloto, constituye un importante conjunto documental y fotográfico que evidencia la evolución de los procesos de reproducción de imágenes y el ejercicio de la fotografía a través de cinco generaciones.

A través de viajes y exploraciones, especialmente vinculados al Caribe y otros territorios, los integrantes de esta familia construyeron un amplio registro visual de personas, paisajes, sucesos, actividades comerciales e industriales y escenas de la vida cotidiana.

“—¡Arre, mulitas maganzonas qui hay que llegar hoy a Playalarga! ¡Ah, táparo jediondo: solíviale, Toño, la carg’a a l’ Algarroba! ¡Y vos, niguater’ uel diablo —al sangrero— apurá que nos cogió la noche!”, dice, mejor sería decir, grita, Perucho, en “El último arriero”, relato de Tulio González publicado a finales de 1930, dos décadas después, poco más poco menos, de haber sido tomada la foto Arrieros por Óscar Duperly, en un momento en que, como también sucede con Horizontes, la pintura de Francisco Antonio Cano, la rudeza del paisaje, de los caminos, de la colonización, ha dado paso, en el mundo de las carreteras y de la industria, a la fascinación nostálgica y al mito del hombre venciendo, mediante la voluntad y el trabajo tesonero, la autonomía, la feracidad y el desorden de la naturaleza.

Sin embargo, aunque nos hablen de lo mismo, entre otras cosas, de que, como diría James J. Parsons en su famoso libro La colonización antioqueña en el occidente de Colombia: “Aun los rancheros antioqueños más ricos, prefieren las mulas de silla a los caballos, porque la firmeza de sus remos y su vigor, les dan ventaja decisiva para los fangosos caminos de herradura de las montañas”, relato y foto, más allá de su particular medio expresivo, develan distintos matices de una misma faena.

En el primero, la jerga propia de la arriería, con las palabras como suenan, sin caer, eso sí, en un folclorismo a ultranza, pinta, entre la jovialidad y el deber, la relación del hombre con los animales, la voz de mando que, en la historia y en la vida, terminará por quebrarse o, para ser más justos, por desplazarse, porque el mundo y las carreteras y la velocidad y el tráfico lo exigen, al certamen de otros oficios, en el caso de Perucho, que corrió con suerte y supo acomodarse a los nuevos tiempos, al de chofer de camión, no de cualquier camión, de uno “con bocina sonora, pintado de verde con un letrero rojo que decía: El rayo”, que pudo comprar, es sabido, con la venta de sus mulas.

En la segunda, la imagen construida con una composición diagonal y profunda que guía la mirada desde el primer plano hasta el fondo, permite dimensionar la extensión de una caravana viboreando por un paisaje que, por su relieve montañoso, su vegetación dispersa y el camino quebrado, refuerza la idea del paso lento y difícil, de la repetición y de la sincronía, al tiempo que genera, si seguimos la disposición de los animales, un ritmo visual de escala.

Aunque la imagen, lejos de ser una captura casual, sugiera la intención del fotógrafo de registrar una actividad económica representativa de la época, vinculada al transporte de mercancías, de productos como el café, la panela, la sal, y, en este sentido, funcione como un documento para evidenciar la circulación de bienes, registrar prácticas tradicionales y dar testimonio de infraestructuras precarias, caminos de herradura, también destaca la magnitud del territorio por encima del individuo, valiéndose para esto de un punto de vista elevado, que permite abarcar la longitud de la recua, y de una profundidad de campo amplia, que mantiene visible todo el recorrido, creando así, muy seguramente sin buscarlo, una atmósfera de fantasmas.

La espectralidad marca la caravana y hace enmudecer los ocurrentes y precipitados gritos de Perucho, porque aquí, como en una procesión fúnebre o en una silvestre corte de los milagros, arriero y animales se presentan avasallados por la lógica del trabajo y del paisaje, pero al tiempo, no podría ser de otra forma, intuimos, con las palabras del filósofo Georges Didi-Huberman, que nos habla de otros mundos que también son este mundo, la vida, como un brillo escaso y parpadeante, entre despeñaderos, pantanos y medidos pasos: “De súbito la vida de las luciérnagas parece extraña e inquietante, como si estuviera hecha de la materia superviviente —luminiscente pero pálida y débil, a menudo verdosa de los fantasmas—. Fuegos debilitados o almas errantes”

Sacrilegio a la milagrosísima morenita

Sopetrán, 1738

por FELIPE OSORIO VERGARA • Ilustración de Tobías Arboleda

Número 149 Mayo de 2026

La imagen más sagrada de Antioquia había sido profanada. Las ansias por oro y perlas habían hecho que alguien superara el temor al desprecio colectivo, a la excomunión y a los fuegos infernales en una sociedad dominada por la monarquía y la Iglesia. El relato de un hurto perdido entre folios coloniales.

Al darse cuenta de tantos sacrilegios, entra en un solo temblor y un sudor frío le pasa y otro le sobreviene. El espanto no lo deja levantarse y la lengua se le traba, como en una pesadilla. Así se queda, contra un escaño, medio de hinojos, medio desmayado. Cuando la iglesia queda sola, logra levantarse; va a la sacristía y los frailes han desaparecido. Ornamentos, vasos y misal están tirados por ahí, y abierta la puerta que da a una manga. ¡Virgen Santísima!

Tomás Carrasquilla en La Marquesa de Yolombó.

La gente se agolpaba en medio del calor y se empujaban los unos a los otros a las puertas de la iglesia de Sopetrán. Los murmullos contrastaban con los lamentos de mujeres vestidas de luto y mantilla que, incrédulas como Santo Tomás, esperaban confirmar si podía ser cierto ese chisme que de público y notorio había corrido y que había roto esa monotonía colonial. Una vez los cofrades sacaron el retablo de la virgen, la multitud atestiguó a la Milagrosísima Imagen de Nuestra Señora de Sopetrán despojada de sus sortijas y alhajas de oro y perlas. La virgen a la que tantos testamentarios habían legado ríos de oro para que se le ofrecieran misas y salmodias, y por la que un nutrido número de peregrinos antioqueños dedicaba días de camino para visitarla y pedirle favores, había sido despojada. ¿Quién se había atrevido a hurtar, no a un innoble mortal, sino a la mismísima Madre de Cristo, intercesora de los cristianos y patrona del pueblo?

El párroco y su séquito habían sacado a la virgen en procesión por Sopetrán, no solo por ser día de su fiesta, sino para hacer una rogativa por la devolución de sus joyas, pero era más el temor de la feligresía que, entre la bruma del incienso, se persignaba y rezaba el Salve Regina, el Avemaría o el Rosario, cuchicheando que, si aun la virgen era profanada dentro del templo en el día de su fiesta patronal, ¿qué podría esperarle al resto de pecadores que poblaban la tierra? Las gentes, ruanetas o nobles, blancos, esclavizados o libres de todos los colores, temían que ese hurto atrajera castigos divinos, mientras que el clero, encabezado por el párroco Gerónimo de Castañeda, aprovechaba para decir que no solo habían roto el séptimo mandamiento, sino que era un sacrilegio, encarnación de la descomposición social y pérdida moral de la que tanto profetizaban en el púlpito.

No se sabe si fue fruto de la rogativa, de la culpa, temor a la paila ardiente o solo como una artimaña para desviar la atención de ese asentamiento católico perdido en las montañas salineras del occidente de Antioquia, pero al día siguiente, en la tarde del 15 de agosto de 1737, una vez terminada la misa mayor, el doctrinero Miguel Guillén encontró cuatro sortijas de oro de la virgen en la sacristía del templo. 

La identidad del ladrón se había convertido en prioridad pública, tanto para las autoridades civiles como eclesiásticas. El único indicio existente provenía de Teresa Lezcano, mujer rezandera de ochenta años que frecuentaba la iglesia y que, la mañana antes del robo, después de misa, había visto merodeando un hombre. “Francisca de Lezcano le había dicho que había visto a un hombre blanco quitándole las joyas a la virgen”, declaró María Gertrudis de la Higuera el 12 de enero de 1738. Aunque el robo había sucedido en agosto de 1737, para enero del año siguiente el caso seguía activo y había dado dos sospechosos por su cercanía a la iglesia y por cotilleos locales: Juan Calixto Urquijo y Miguel Guillén.

La defensa del buen nombre

Juan Calixto Urquijo, español, era el mayordomo de la cofradía de Nuestra Señora de Sopetrán y era muy respetado en el pueblo. Viajaba con frecuencia a la Villa de la Candelaria de Medellín, donde también tenía residencia. Sin embargo, a propósito del robo de las joyas de la virgen, fue uno de los acusados porque contaba con llaves de la sacristía y la cercanía a la iglesia. “Ha llegado a mí, noticia de que Francisco García, de color pardo, residente en el sitio de El Salado, anda con ningún miramiento […] y sin temor de Dios, difamando mi buen obrar y procedimientos […] y su mujer llamada Teresa se ha dejado decir con Francisco Leal, el moro, y doña Gertrudis de la Higuera y otras personas, palabras injuriosas y ofensivas que me escandalizan e inquietan el pronunciarlas […] pues andan diciendo y relacionándome del usurpo y robo de las joyas de mi madre y señora de Sopetrán”, se quejaba Urquijo el 11 de enero de 1738 ante Diego de Cepeda, alcalde ordinario de Santa Fe de Antioquia.

Además, Urquijo los denunció por injuria y pedía que fueran castigados por dañar su buen nombre y reputación. “A vuestra merced pido y suplico se sirva de prestar atención a pedimiento tan justo y quede mi crédito y buen obrar en limpio […] y que estas personas sean compulsas, apremiadas […] y castigadas”. Asimismo, pedía que se indagara sobre el robo con el indígena Miguel Guillén y que este declarara las sortijas que había encontrado en la sacristía.

Entre el 11 y 12 de enero, el alcalde de Santa Fe de Antioquia visitó las casas de Francisco García, Teresa Caballero, Francisco Leal y Gertrudis de la Higuera para interrogarlos si sabían sobre el robo y el motivo por el cual estaban acusando al español Urquijo. Todos se retractaron y negaron las acusaciones que habían hecho, argumentando que solo habían repetido la información que les había dicho Francisca Lezcano, de ochenta años. Cuando el alcalde acudió donde esta última, ella argumentó: “Estando la que declara sola en la santa iglesia después de misa mayor, vio entrar al mayordomo, Calixto Urquijo, una mañana apartando un cuadro y que estaba viendo la virgen y que no le vio otro movimiento”, declaró Lezcano. 

El 13 de enero el alcalde citó a Lezcano para que, ante el cura y otros testigos, recreara la acción que había visto hacer al español Urquijo cerca de la pintura de la virgen. “Y habiéndonos ella mostrado un cuadro de San Ignacio, paramos a reconocerlo y le hallamos imposible de poder quitar ni rebullir […] en cuyo estado hicimos varias industrias y no le pudimos mover ni hallar resquicio de poder robar las joyas de la virgen, sino que debió ser por la puerta del camarín, abriéndola con su llave o con otra falsa”, concluyó el alcalde Cepeda. En ese sentido, se ordenó que Teresa Lezcano fuera castigada porque sus rumores habían atentado contra la reputación del español Urquijo, siendo obligada a no poder salir de Santa Fe de Antioquia y estando bajo el depósito de Francisco Ruiz, quien debía vigilar que cumpliera su condena, pues por su avanzada edad se había librado de la cárcel.

Así, el mayordomo Juan Calixto Urquijo fue absuelto, por lo que solo quedaba un sospechoso: Miguel Guillén.  

La morenita protectora de los indígenas

Sopetrán fue uno de los pueblos de indígenas que se crearon durante la visita del oidor Francisco Herrera Campuzano al occidente antioqueño. Allí reunieron a diferentes comunidades indígenas —como guamas, ebéjicos y peques— que habían sobrevivido a las enfermedades y al abuso de los encomenderos para facilitar su evangelización y tributación, pero también para protegerlos, al menos en el papel, del usurpo de sus tierras. “Los pueblos de indios están encomendados a los españoles, con calidad de que los doctrinen y defiendan”, se lee en el Libro VI, Título tercero de la Recopilación de Leyes de Indias. Y se añadía que, “aunque los indios sean pocos, se ha de hacer iglesia donde se pueda decir misa con decencia y tenga puerta con llave […] y que cerca de donde hubiere minas, se procuren fundar pueblos de indios”. De este modo, la fundación de Sopetrán fue promovida porque en su territorio había presencia de comunidades indígenas, estaba cerca del centro minero de Buriticá y también por ser una zona productora de sal.

Herrera Campuzano, oriundo de Hita, en Castilla-La Mancha, era creyente de la virgen de Sopetrán, cuya advocación tenía adeptos en el interior de España desde la Edad Media por el relato de su aparición milagrosa a un príncipe musulmán que se había convertido al cristianismo y liberado a los cristianos que tenía cautivos. El oidor Herrera encargó en Santa Fe de Antioquia un retablo de la virgen de Sopetrán a partir de una estampa que él había traído desde España para ponerlo en la pequeña capillita de paja, palma y tierra que se había fundado en Sopetrán. Una vez terminada la pintura, esta fue llevada hasta el pueblo, donde llegó el 14 de agosto de 1616 en medio de una procesión y gran alboroto.

Desde ese entonces, se dice que el retablo pintado comenzó a hacer milagros. “Nuestra Señora de Sopetrán, a devoción de la que tiene el oidor don Francisco de Herrera Campuzano […] salió tan admirable que aquella tierra ha experimentado continuos favores, y el primer milagro fue que su lámpara ardió tres días sucesivos sin tener materia en qué cebar su luz, y se han seguido otros”, relató en 1672 en sus Genealogías del Nuevo Reino de Granada el escribano y custodio de los archivos de la Real Audiencia de Santa Fe, Juan Flórez de Ocáriz.

A este primer milagro de la lámpara que ardió sin combustible, se sumó el más famoso, cuando a mediados del siglo XVII el entonces gobernador de Antioquia don Diego Radillo y Arce, caballero de la Orden de Calatrava, estaba de paso por Sopetrán y se le enfermó de gravedad una hija suya todavía niña. “El padre, afligido al ver la gravedad de su hija, invocó la protección de la Virgen de Sopetrán y prometió que si le daba la salud a su hija haría traer de España la imagen y la colocaría en aquel pueblo. La Virgen Santísima no desoyó la súplica de su devoto, la niña recuperó la salud y el padre cumplió la promesa”, narró en 1919 el académico Julio César García en María a través de nuestra historia.

Estos milagros habían hecho de Sopetrán el corazón de romerías de cientos de fieles antioqueños que atravesaban la provincia para ver la imagen, pedirle favores o entregar exvotos. Pero el retablo tuvo también la finalidad de favorecer el proceso de conversión de los indígenas del pueblo y de contornos cercanos como Buriticá, Sabanalarga y San Jerónimo, pues las imágenes, en tanto representaciones de la fe, eran instrumentos para imponer la religión católica desde el discurso visual a una población analfabeta y que, en muchos casos, estaba a medio camino entre el español y su lengua propia; la iconografía virreinal era la Biblia de los analfabetos. Así, los supuestos milagros de la virgen, ocurridos en una zona con presencia indígena, reforzaban la creencia de que ella era madre y protectora de los pueblos originarios, facilitando su evangelización y dando lugar a procesos sincréticos donde los santos y figuras religiosas tomaban elementos americanos como la tez mestiza, la flora nativa o los paisajes locales para generar identidad, mientras que algunos indígenas, como ejercicio de resistencia cultural, resignificaron estas imágenes asociándolas a sus propias deidades y cosmovisión. “Estos milagros de Sopetrán tienen también un sentido político, y es que la virgen está presente al lado de los indios, lo que se refuerza con el hecho de que ella fue pintada como morena para que los indígenas la vieran como alguien próximo”, propone el historiador y presidente del Centro de Historia de Sopetrán, Carlos Mario Guevara. De hecho, este caso de una virgen cobriza se corresponde con otras advocaciones marianas en Colombia, como la de Chiquinquirá o Las Lajas, donde su presencia contribuyó a la cristianización de áreas habitadas por comunidades indígenas.

Un indígena doctrinero

Miguel Guillén era indígena y había nacido hacia 1696 en el pueblo de indios de Nuestra Señora de Sopetrán, que pertenecía a la jurisdicción de Santa Fe de Antioquia. Estaba casado con Petronila Sisquiarco, también indígena, con la que había tenido numerosa descendencia. Guillén era doctrinero de la parroquia de Sopetrán, y entre sus funciones estaba enseñar la doctrina cristiana a los indígenas y asistir a todo lo que se ofreciera en la iglesia, aunque por no saber leer ni escribir, dictaba la catequesis de memoria. Además, finalizando 1737 había sido designado como fiscal de la iglesia por sus buenas labores. Por su cercanía eclesiástica, Guillén tenía en su poder una copia de las llaves de la sacristía y del nicho donde se colgaba la imagen de la virgen, hecho que sumado a su descubrimiento de las cuatro sortijas y a los señalamientos del mayordomo Urquijo, lo convirtieron en el principal sospechoso del hurto.

El 13 de enero de 1738 el alcalde Diego de Cepeda lo interrogó sobre el caso, a lo que Guillén respondió: “No ha oído culpar a ninguna persona, que lo más que oyó decir inmediatamente de la sustracción de dichas alhajas fue que quizá sería el negro del cura”, respondió Guillén. Una vez fue preguntado sobre las sortijas que él había encontrado, respondió: “El declarante las encontró en la sacristía en día de función, había muchas personas de varias partes y las guardó pensando que serían de alguna de ellas. Después que todos se fueron sin solicitar dichas sortijas, entró en malicia el declarante de que podrían ser de la Madre de Dios y pasó con ellas a mostrárselas a doña Juana Díez de la Torre, con la deshecha de que sobre dichas sortijas le prestase dos pesos, y que la señora las reconoció y dijo que eran de la virgen, y que el declarante […] se las dejó a la dicha Juana”.

Para el alcalde, la versión de Guillén no tenía sentido, ya que su labor como doctrinero y fiscal de la parroquia lo hacía permanecer en contacto con la dotación de la iglesia y conocer casi que de memoria cada uno de los elementos utilizados para las funciones religiosas, por lo que lo cuestionó: “Cómo diciendo que ha sido mucho tiempo fiscal y que como tal asistía a todas las funciones de iglesia y adornar a la virgen, y abrir y cerrar el camarín y que a su vista se ponían todas las alhajas, ¿cómo no reconoció dichas sortijas, más cuando dice que estaban juntas, atadas en un cordón de hilo?”. A esto, Guillén respondió con un escueto: “No acató a tal cosa porque tiene mala memoria”.

Para corroborar la versión de Guillén, el alcalde visitó la casa de doña Juana Díez de la Torre para recoger su testimonio. Ella confirmó que Guillén le había llevado las joyas, pero que era mentira que él le hubiera pedido dinero prestado a cambio de tenerlas como prenda. Esta contradicción en el relato de Guillén bastó para que el alcalde ordenara su encarcelamiento en Santa Fe de Antioquia mientras se definía su sentencia. “Habiendo conducido a Miguel Guillén, indio natural del pueblo de Sopetrán y fiscal en su santa iglesia y por las incidencias que constan de su declaración, mando se asegure en la cárcel pública de esta ciudad, con las prisiones que en esta hubiere, y en consideración a no haber otras que cepo y grillos, hice que se le pusieran”, ordenó el alcalde Cepeda el 14 de enero de 1738. Allí, aparte del cepo y las cadenas, Guillén tendría que dormir en el suelo y su familia debía sustentarlo, pues en la Colonia, la alimentación corría por cuenta de la familia del reo.

El hurto de las joyas de la virgen era un delito grave que no solo involucraba una pena legal, sino que también podría acarrear castigos de índole religioso: “Hurtar cosa sagrada, se llama sacrilegio. Maldad que, aunque abominable y enorme, está tan cundida, que los bienes que piadosa y sabiamente estaban como destinados como necesarios para el culto divino, ministros de la iglesia o socorro de los pobres, se ven convertidos en conveniencias privadas y perniciosas liviandades”, señala el Catecismo Romano del Concilio de Trento de 1566. Adicionalmente, Las Siete Partidas, cuerpo jurídico castellano de origen medieval pero empleado también en América para impartir justicia, coincidía en que el robo de objetos sagrados era sacrilegio, a la vez que afirmaba que quienes lo hacían, merecían la pena de excomunión. 

Sentencia del corregidor Bernardo Villa, dada en Santa Fe de Antioquia el 22 de febrero de 1738.

Una persona de naturaleza “sincera e ignorante”

La legislación colonial habitualmente tomaba a los indígenas, llamados también “naturales”, como menores de edad y “miserables”, que requerían de protección debido a que consideraban que eran vulnerables, iletrados y que no comprendían de manera plena los delitos; de ahí que fuese necesario la intervención de un representante o protector para poder defenderse en los procesos que se adelantaban contra ellos. “Como consecuencia de categorizar a los indios como miserables y menores de edad, estos debían ser representados en sus actuaciones legales. Para tal fin se creó la Institución de los Protectores y Defensores de Naturales”, apunta el historiador Nicolás Ceballos en Indios y defensores ante la justicia criminal por delitos de hurto (1750-1810). Como Miguel Guillén no había nombrado un defensor para la causa que contra él se seguía, el 29 de enero de 1738, el alcalde Diego de Cepeda envió copia de su expediente a Bernardo de Villa, corregidor de los pueblos de indios de Sopetrán, Buriticá y Sabalanarga para su conocimiento y búsqueda de un protector de indios de oficio. Villa, quien continuó la investigación del caso, nombró a Pedro Zapata como defensor, quien fue aceptado por Guillén. Zapata esgrimió varias razones para desestimar la acusación contra su defendido:

“El dicho Miguel Guillén no se halla cooperado en el robo de las joyas de Nuestra Señora de Sopetrán, pues aunque el mismo Guillén se contradice en un punto de su confesión, hallará vuestra merced que:

El dicho ignora la religión del juramento como persona que es de naturaleza sincera.

En el dicho tiempo que sucedió el robo, no era fiscal de la santa iglesia de Sopetrán.

Si hubiera sido el ladrón, no hubiera manifestado las sortijas, ni menos hubiera pasado en el pueblo con ellas […] pues este no las hubiera robado para tenerlas guardadas, pues el que se expone a tal, lo hará movido por su mucha necesidad o de mala inclinación, lo cual no le asiste al dicho, pues si tal le asistiera, ya hubiera ejecutado el robo en tanto tiempo que hace que ejerce el oficio de fiscal, y si lo hubiera hecho por necesidad, hubiera machucado, fundido o trocado a oro en polvo”.

Para darle fuerza a sus argumentos, el defensor Zapata pidió que se citara a diferentes vecinos de Sopetrán en aras de que dieran fe de la intachable reputación de Guillén y se averiguara con mercaderes y comerciantes para descartar que este les hubiera vendido oro o las joyas robadas. Y pedía al corregidor: “Se ha de servir vuestra merced de absolver al dicho Guillén del delito que se le ha querido atribuir, teniendo presente para usar de conmiseración con el dicho la grande ignorancia que le asiste y que solo en esta ocasión ha habido querella contra el dicho, conmutándole la pena en que puede haber incurrido, en la larga prisión que padece”.

Atendiendo la petición, el corregidor Bernardo Villa citó a cuatro testigos (dos hombres y dos mujeres) para conocer sobre la reputación de Guillén y la posible venta de oro. “Conoce a Miguel Guillén desde que nació y que hasta lo presente no ha oído decir ni ha visto que el dicho haya tenido malas operaciones ni dado motivo a quejas, y que ha sido muchas veces fiscal en esta santa iglesia y que nunca en su tiempo faltó cosa ninguna”, declaró el alférez de 68 años, Juan de Cepeda. Por otro lado, la comerciante de 36 años, Petronila de Legarda, expresaba que “no ha visto al dicho Guillén comprar ni trocar con oro labrado”, mientras que Bárbara Pereañez, de sesenta años, complementó que “no ha visto ni oído decir que Guillén haya comprado con oro fundido ni machucado ni con joya”.

Tras conocer las declaraciones de los testigos, el defensor de Miguel Guillén solicitó nuevamente al corregidor que lo absolviera, pues los testimonios habían demostrado sus buenas costumbres y buen obrar como fiscal y doctrinero. Asimismo, reiteraba la ignorancia y sinceridad de su espíritu y apelaba a la piedad, señalando las muchas semanas que llevaba encarcelado y a que su esposa e hijos se habían visto privados de sustento y abrigo por la cárcel de este.

Una investigación abierta

El 22 de febrero de 1738, Bernardo Villa, corregidor de Sopetrán, sentenció: “Declaro al expresado Guillén por libre, mediante a no resultar contra él otro indicio ni malicia que le culpe, sin el de la implicación que consta de su confesión y el haber en su poder las cuatro sortijas que conoció doña Juana Díez de la Torre ser de las joyas perdidas, lo que queda por la mucha sencillez que en el susodicho se reconoció en la dicha confesión, y con lo dicho y alegado por el referido su defensor […] y teniendo a la vista como tengo las declaraciones hechas en el pueblo de Sopetrán a pedimento del dicho Pedro, las que resultaron a favor del expresado Guillén, mando sea suelto de la prisión en que se halla, conmutándole en lo que ha padecido toda la pena que por los no averiguados indicios le correspondía usando de dicha piedad en nombre de nuestro rey y señor por la mucha que su majestad acostumbra con los indios”. Y remataba escribiendo que la causa seguiría abierta y se le tomaría testimonio al esclavizado del párroco de Sopetrán y al indio Pío Quinto, quien había hecho las veces de fiscal durante el robo de las joyas en 1737, antes del nombramiento de Guillén.

A pesar de las inconsistencias en su confesión, la cercanía a la iglesia y la tenencia de las sortijas de la virgen, Guillén fue absuelto gracias a los argumentos del defensor de naturales, anclados en que no tenía necesidad de ejecutar el robo, no era el fiscal en ese momento, ya llevaba tiempo en prisión y, sobre todo, por la supuesta ignorancia e inconsciencia sobre el concepto de delito que se creía que tenían los indígenas.

Solo la historia sabrá si realmente Guillén fue culpable; o si quizá Urquijo planeó todo, aprovechando su estatus y quejándose de que estaba siendo injuriado como cortina de humo para desviar la atención e incriminar al indígena, dejando las cuatro sortijas como señuelo y llevándose el resto del botín en sus constantes viajes a Medellín; o quién sabe si sería el esclavizado del cura, el antiguo fiscal Pío Quinto, el mismísimo párroco o cualquier otro. Lo cierto es que en documentos eclesiásticos se registró que Miguel Guillén siguió viviendo con su esposa en Sopetrán hasta su muerte en 1765, aunque es probable que fuera condenado por murmullos persistentes de una comunidad dolida por el expolio. Por otro lado, el documento 18, carpeta 2, caja 34 del fondo de Miscelánea Criminal del Archivo Histórico de Antioquia termina allí y ni en ese ni en otros expedientes del fondo se encontró si continuaron las investigaciones, si se recuperaron las joyas o si se encontró al ladrón. Sin embargo, lo más probable es que este sacrilegio quedara en la impunidad, privando a la virgen de sus joyas, pero, especialmente, dejando a los sopetraneros de entonces con la certeza de que ni aun lo más sagrado, estaba libre de la codicia humana.

Ni oficio ni beneficio

Vagos, ociosos y malentretenidos en Rionegro, 1875

por FELIPE OSORIO VERGARA • Ilustración de Tobías Arboleda

Número 148 Marzo de 2026

¿Cuántas historias dejó por fuera el relato oficial de Antioquia? La memoria de esa provincia pujante que fue construida a pulso por habitantes que se encomendaban a la virgen y al santoral católico no podía permitirse darles relevancia a personajes indeseables que se salían de lo moralmente aceptable. Los vagos, los borrachos, las trabajadoras sexuales, los ladrones, los homosexuales y los leprosos “afeaban” las ciudades y los pueblos y chocaban con ese ideal de progreso, modernidad y buenas costumbres del que se ufanaban esos incipientes villorrios antioqueños. Iniciamos una saga que saca de debajo del tapete a estos seres despreciados por sus contemporáneos y de los que solo sabemos gracias a los archivos judiciales e históricos.

«Ahora es preciso que te despereces —dijo el maestro—, pues que andando en plumas no se consigue fama”.

Dante Alighieri, La Divina Comedia, Canto XXIV.

Esa calle ya era conocida. La que décadas después bautizarían como calle Obando en honor al expresidente José María Obando y que en el siglo XX sería llamada de la Chirria por el chirrido de los catres de metal de los hoteles de mala muerte y los burdeles era ya desde finales del siglo XIX un foco de “indeseables” en Rionegro, por entonces bastión liberal antioqueño y lugar donde en 1863 se había firmado la Constitución de los Estados Unidos de Colombia. Si bien era una calle comercial importante, que partía del parque principal hacia el noroeste, poco a poco esa misma actividad de comercio había enquistado allí una colonia de personajes incómodos para las autoridades y las élites rionegreras. “La calle Obando era un espacio dedicado y dirigido al comercio en el que se reunían tahúres, ladrones, vagos, borrachos, prostitutas, comerciantes y compradores, entre muchos otros, revelando la otra cara, el comercio ilegal y las diferentes practicas punibles”, explica el historiador Miguel Ángel Hincapié en Obando, sobando y metiendo. Historia de la calle Obando en la Ciudad Santiago de Arma de Rionegro. Allí se reunían los vagos de Rionegro y, precisamente, en diciembre de 1874 las autoridades tomaron cartas en el asunto, cansadas de las quejas de los rionegreros y buscando ejercer un control sobre esa población que consideraban opuesta al espíritu trabajador y modernizador de la ciudad: “Llámese a declarar a las personas más conocedoras de los habitantes de la población para que, bajo la gravedad de juramento, digan qué individuos pueden ser reputados como vagos de este distrito”, se lee en un expediente del tomo 309 del Fondo Judicial del Archivo Histórico de Rionegro.

Era ese sector el que frecuentaban Félix García, José Ochoa y María Lucía Montoya, individuos que el gobierno municipal quería escarmentar. Lo más probable es que se conocieran, bien porque coincidieran en esa misma calle, bien porque en un pueblo de poco más de nueve mil habitantes, según el censo de 1870, casi todos se conocían.

Félix García, de 18 años, fue el primer acusado como vago, y como la ley es para los de ruana, le tocó un proceso de policía inusualmente ágil, pues en solo seis días hábiles se pasó de la acusación al castigo. La palabra de dos testigos bastó para que sobre él cayera el rigor de la contravención de vagancia, pues era considerado un “joven suelto” y holgazán. “Este individuo no tiene renta, hacienda, oficio ni beneficio que le produzca honrosamente la subsistencia”, declararon José María Bernal y el profesor Miguel Valencia. Así, el 15 de diciembre de 1874 fue castigado con nueve meses de prisión en las colonias penales del Estado de Antioquia porque su conducta era “perniciosa para la sociedad”. El 6 de marzo de 1875, este castigo fue reafirmado por la prefectura del departamento del Oriente por ser “estrictamente legal la sentencia”.

Trabajar como hormiga arriera ha sido símbolo de los antioqueños, que han asociado el trabajo, más que como medio de subsistencia, en un mantra y un deber ser. Ya en el siglo XIX, exploradores nacionales y extranjeros habían gastado tinta destacando el espíritu industrioso de los antioqueños: “Es trabajador, sobrio, fuerte, robusto”, describía la Comisión Corográfica en 1858 en su Geografía física y política de las provincias de la Nueva Granada; mientras que el explorador francés Pierre d’Espagnat escribió en 1897 en sus Recuerdos de la Nueva Granada que “esta raza antioqueña respira actividad y trabajo”. La vagancia se oponía a este andamiaje y fue rechazada en la época colonial y republicana por los diferentes estamentos. Para la Iglesia, los vagos eran contraventores del sistema de valores del cristianismo que, desde el Génesis, dictaba ganarse el pan con el sudor de la frente y que solo admitía el día de descanso para el culto religioso, amén de ser la personificación del pecado capital de la pereza. Los diferentes gobiernos, por su parte, tachaban a los Cosiacas que pasaban los días callejeando, gastando suela o “mal parqueados” en las aceras como obstáculos del progreso y antítesis del buen ciudadano en tanto distaban de los pilares del orden social establecido, soportado en la familia, la propiedad, el trabajo, la moralidad y la fe católica. “La promoción de los ideales de la ciudadanía se basó en la exaltación de ciertos valores y la reprobación de ciertos comportamientos a través de la creación de una imagen de lo que era bueno y malo, con una moral que aceptaba o rechazaba formas de ser. Para lograrlo, se consideró necesario extirpar la vagancia y difundir la moralidad”, expone el historiador Leonardo Zapata en Criminalización, instrumentalización y moralización: el manejo de la vagancia en Antioquia, 1825-1858.

Otro rionegrero acusado de vagancia, pero esta vez anclada en el malentretenimiento, fue José Ochoa, un cincuentón casado con Juliana Vallejo, con quien tenía dos hijas: Rita y Teresa. Ochoa vivía en San Antonio de Pereira donde, a veces, cultivaba la tierra. Sin embargo, daba mala vida a su familia y eran frecuentes sus alborotos y embriaguez. “Este hombre es de muy mala conducta, casi no trabaja y si lo hace es una que otra vez, pasando la mayor parte del tiempo en la ociosidad, jugando en los garitos o tomando licor hasta embriagarse; en este estado es que causa más escándalos públicos. Da malos tratamientos a su esposa y a sus dos hijas, amenazándolas continuamente e insultándolas sin motivo alguno, lo mismo que a los particulares. En pocas palabras, es un hombre dañado y corrompido”, señalaba el agricultor José María Sosa el 30 de junio de 1875.

Desde la Colonia, especialmente bajo las Reformas Borbónicas del siglo XVIII, la vagancia había sido criminalizada porque se asociaba a la delincuencia y la degradación social. Por eso, surgieron diferentes conceptos, vigentes hasta el siglo XIX, para precisar la categoría del vago. Sobre esto, la socióloga Patricia Rodríguez reunió en Reconstrucción de la objetivación del sujeto vago en Colombia las cuatro grandes clasificaciones: el holgazán, para las personas renuentes al trabajo o que se aprovechaban del prójimo y su caridad para evitar laborar; el vago, para quienes andaban de pueblo en pueblo, viviendo en la ociosidad; el malentretenido encarnaba esa figura transgresora de las normas sociales de convivencia pública (como los jugadores y borrachos), los horarios (trasnochadores) y los espacios (asistentes a burdeles, galleras, garitos, billares), lo que les restaba tiempo dedicado al trabajo; por último el joven suelto definía a los muchachos rebeldes que no se sujetaban a la disciplina del hogar, eran altaneros con sus padres y no ejercían actividades consideradas como útiles.

La mala conducta de Ochoa y sus frecuentes escándalos en garitos, galleras y billares del centro de Rionegro hicieron que la población se quejara de él ante las autoridades argumentado que, más que vago, Ochoa era un malentretenido. “Ochoa trabaja algo la agricultura, pero el día que se pone a jugar, bota el producto de él y lo despilfarra todo”, narraba el carpintero Eusebio Castrillón. El expediente de Ochoa está incompleto, por lo que se pierde el rastro sobre el castigo asignado, aunque lo más probable es que recibiera prisión en las colonias penales del estado de Antioquia entre tres meses y máximo un año, tal y como dictaban las disposiciones de policía de aquella época, donde sería obligado a trabajar en obras públicas como vías o líneas telegráficas que se extendían como telarañas por el quebrado paisaje antioqueño.

Portada del expediente de José María Ochoa por vagancia. Archivo Histórico de Rionegro, Fondo Judicial, tomo 309.

La Ley General de Policía del Estado de Antioquia de 1856, válida en ese entonces, dedicaba su décimo capítulo a la vagancia, donde en veinticinco artículos dictaba los pormenores de su clasificación, sanciones y consideraciones. Por ejemplo, en el artículo 81 se describían los doce tipos de vagos que debían ser castigados. Estos iban desde los holgazanes sin “oficio ni beneficio”, de los que no se sabía de dónde venía su sustento; pasando por las prostitutas, los errantes, los limosneros, los jugadores, los ebrios y escandalosos; hasta aquellos jóvenes con poco respeto a sus padres o patrones, que poseían malas costumbres y que, si trabajaban un día, pasaban el resto de la semana dedicados a la “ociosidad”. Además, enumeraba los seis posibles castigos que recibirían por este delito: trabajarles a particulares por uno o dos años en calidad de concertados y recibiendo alimento, vestido, pero no necesariamente salario; trabajar en obras públicas o en el centro de reclusión, pagar una multa o una fianza y comprometerse a tener una buena conducta; o hasta ser desterrados en poblaciones de reciente fundación en zonas baldías y lejanas.

Y aunque la Ley de Policía de Antioquia de1856 marcó un hito, toda vez que la vagancia dejó de ser un delito contemplado en códigos penales para considerarse una contravención —una falta a la convivencia que debía ser atendida y corregida por la policía y no por jueces ni tribunales—, esto no significó que la vagancia no fuera reprimida, especialmente cuando se trataba de mujeres.

A las mujeres se les exigía ser hacendosas, administradoras de su hogar y reflejo de buenas costumbres ante el ojo escrutador de la sociedad. Por eso, cualquier resquicio de “inmoralidad” o vagancia dentro del “bello sexo”, como se hacía referencia en el siglo XIX a las mujeres, debía ser inmediatamente extirpado. Fue el caso de María Lucía Montoya, de 43 años, tachada de “pedigüeña” y limosnera. “Conozco a María Lucía Montoya y me consta que es mujer de muy malas costumbres, que pide limosna aun siendo sana y robusta, haciendo esto en compañía de un niñito a quien ha acostumbrado a mendigar sin necesidad. Sé que, aunque se le ha proporcionado trabajo, no trabaja”, declaraba el agricultor Rafael Arenas. Así, el 12 de abril de 1875, la Jefatura Municipal de Rionegro decidió abrir una causa con el fin de determinar si, efectivamente, era vaga y poderla castigar. Las autoridades de Rionegro llamaron a declarar a tres testigos, todos hombres casados y de buena reputación entre las gentes del pueblo, con el fin de que corroboraran las noticias de la vagancia de “la Montoya”. Tanto el agricultor Arenas, como el alcaide Juan Peña y el alguacil José Sosa coincidieron en que Lucía era joven, sana, en edad y con las condiciones de trabajar, pero que se negaba así se le ofreciera trabajo. Argumentaban que salía siempre acompañada de un niño, presumiblemente hijo suyo, al que ya estaba malacostumbrando a la pedigüeñería. A lo largo de la causa, los testigos enfatizaron en que ella era una mujer sana y robusta, porque sabían que en la Ley General de Policía se leía que solo podían aceptarse como mendigos aquellos que, por imposibilidad física, no podían trabajar y no tenían quién viera por ellos, debiendo contar con la licencia o permiso por parte de la policía municipal para ejercer la mendicidad.

La Jefatura Municipal de Rionegro notificó del inicio de la causa a María Lucía al mediodía del lunes 12 de abril con el fin de que tuviera el derecho de defensa. Esta manifestó que: “No me conformo con el cargo que se me hace”, por lo que las autoridades le concedieron tres días para presentar descargos. El 15 de abril a las dos de la tarde venció el plazo y Lucía no presentó ninguna defensa, por lo que al lunes 20 las autoridades municipales determinaron: “Esta jefatura, administrando justicia en nombre del Estado y por autoridad de la ley, falla condenándose a María Lucía Montoya a sufrir la pena de seis meses de reclusión, que sufrirá en las colonias penales del Estado”.

El Censo de Rionegro de 1870 registra que María Lucía Montoya era ama de casa, casada con el agricultor Vicente Echeverri desde 1867, mientras que en el libro de Bautizos de 1870 se señala que tenían un hijo llamado Gregorio. Si su hijo la acompañaba a pedir, y en el expediente no hay registro o mención alguna a su marido, ¿será que acaso perdió a su esposo y se vio obligada a mendigar para sobrevivir? ¿Será que en lugar de buscar trabajo eligió vivir de la limosna y apelar a la lástima, aprovechando a su hijo pequeño, como expresan los testigos? Nunca se sabrá, así como tampoco se sabe qué pasó con el niño una vez María Lucía fue encarcelada, donde el trabajo no sería oficio ni sustento, sino condena.

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Félix, José y María Lucía fueron usados de ejemplo para moralizar a la población rionegrera de finales del XIX, mientras se imponía un ideal de civilidad anclado en la productividad, que valoraba al individuo en tanto este fuera útil dentro del engranaje del trabajo. Por eso, en su mayoría, el control de la vagancia fue un disfraz que beneficiaba los intereses económicos de las clases dirigentes, buscando integrar mano de obra a los proyectos productivos del Estado y valiéndose de su fuerza para la apertura en zonas de frontera o empleando su trabajo en colonias penales. Además, condenar a los vagos no atacaba de raíz los problemas estructurales de entonces, donde el desempleo entre las grandes masas de personas sin tierra dejaba a un buen número de población flotante en la delgada línea entre el desempleo y la vagancia, y donde los espacios de ocio, aun entre las personas trabajadoras, eran censurados bajo un sistema de valores que alababa el trabajo y reprochaba el descanso.

Felipe Osorio Vergara