Y fuimos como si el desierto floreciera

por EDUARDO ESCOBAR • Fotografías del Archivo fotográfico BPP

El Poder de la Cultura* Diciembre de 2020

Teatro Junín. Fotografía de Jorge Obando, 1926.

Si odiara a Medellín por todo lo que me hizo sufrir con sus insidias y sus acosos, tanto como debiera odiarla por lo que no me dejó hacer con sus flacas bellezas y mis debilidades y mis sueños pertinaces, y si mi vocación fuera la crueldad del humanismo bolchevique o del nacionalista nazi, diría para vengarme, desprestigiándola, que el primer indicio que la muy mezquina pudo ofrecerme de la alta cultura laica, la que florecía más allá de la imaginería del culto, los cantos de iglesia y los himnos de los patios de los colegios, ocurrió una mañana de junio. Entonces me presentó el espectáculo melancólico de unos deprimidos artistas españoles echados del Hotel Europa a la calle, por falta de pago, supongo. Me impresionaron tanto esos fieles del culto de Calíope, Melpómene y Euterpe, que aún tengo fresco el recuerdo como una mancha en mi inocencia. El grupo de desconsolados de ambos sexos, arrojados ahí, como hubiera dicho Jean Paul Sartre, como piedras, como escupitajos, como basuras en plena vía, figuraban la alegoría del abandono. Todos con la misma cara de circunstancia, sentados en el andén sobre baúles que recordaban los sarcófagos, el puño en el mentón, o de pie mirándose las puntas de los zapatos, el rictus de la tragedia en las comisuras, o fumando un cigarrillo como si no pasara nada.

Recuerdo que el silencio circundante se podía cortar con cuchillo. Y recuerdo que una joven, de moña mustia, fuera del eje a esa hora temprana del día, se quedó mirándome mientras le acariciaba la cabeza a un hombre de pelo dorado, corbatín y esclava de plata. El silencio entre los tres parecía un abismo. Otra le daba vueltas a una sortija de boda que debía saber de casas de empeño. Y había dos que me impresionaron sobremanera: una muy vieja para andar en esos litigios con tantas arrugas maquilladas, y la otra, demasiado joven para la desgracia que le estaba tocando vivir. Eran con mucha probabilidad las encargadas de los servicios menudos de la tropa, la pega de botones, las aguas de tilo, el pago de los impuestos en la municipalidad, el envío del correo. Ayudadas por un adolescente enano que tenía todos los aires del consueta, se empeñaban en mantener dentro de un huacal de tablas oscuras y sueltas, enredos de pelucas, campanillas ensartadas en cordones de raso, un zapato rojo muy gastado, los flecos de un mantón mordisqueado por unos ratones que debían haber abandonado el barco porque no parecían por parte alguna, hirsutas peinetas de carey, castañuelas y otro montón de cosas de esas que suelen trastear entre sus corotos los artistas trashumantes en todo el mundo.

Olía a tristeza animal, a resignación, a sudor de escenario, a trapos al sol. El hotel, una edificación incalificable, art déco con reminiscencias rococó, según mi memoria de ahora, estaba situado, simbólicamente, en el mismo lugar donde hoy se yergue todavía victorioso, hasta que Dios quiera o algún talibán despistado lo permita, el emblemático edificio de la aguja de Coltejer, celebración de unos tiempos cuando Medellín aún cosía, no habían soltado el tigre de la China industrializada y los Echavarría todavía eran ricos. En ese lugar, cinco años más tarde, o siete, el pormenor no importa, le dieron un premio a León de Greiff, espantado de la parroquia a Bogotá en tiempos del general Uribe Uribe, para remediarle ese estado del alma que él mismo nombró como la simplatía. Y allí abrió, según mi memoria que sigue siendo buena, pero a veces adorna y desadorna, la Bienal de Coltejer. Muestra del gran arte moderno. Dirigida por un odontólogo narigudo del Opus, llamado Leonel Estrada. Pero estábamos en otro asunto más triste.

En silencio se miraban los unos a los otros con ojos vacíos, como se miran los actores cuando el absurdo les hace perder el rumbo del drama y se les embolata el parlamento y solo esperan que se abra la tierra y se los trague. Una nube de paso se detuvo sobre una ceiba florecida de orquídeas en la avenida. Un par de policías famélicos de uniformes verdes escurridos contemplaban la patética comparsa, azotando sus palos en las palmas de las manos izquierdas. Unas palomas indiferentes al drama hubieran picoteado en el pavimento. Pero no había palomas. Entonces la carrera Junín no era peatonal todavía, no la habían enlosado con los productos de los hornos de los Olarte cuando uno de sus primos fue nombrado gobernador.

Los periódicos del otro día dieron la noticia con pormenores, registraron los nombres de los artistas principales del reparto y contaron la historia del grupo cómico-musical. Así supe que no era la primera compañía de zarzuelas que cerraba una carrera de éxitos en Medellín, después de cosechar aplausos y vítores por las islas del Caribe, las capitales centroamericanas desde México a Panamá y los más exigentes escenarios de la América del sur entre Manaos y Buenos Aires, según el programa de mano que ilustraba la crónica. Por obra y gracia de los desahucios de sus implacables hoteleros, con quienes debería estar agradecida, se enriqueció la radio en Medellín, el radioteatro y los programas de variedades, gracias al aporte de esos genios varados. A veces se quedaban a vivir por pura terquedad o por alguna torcida inclinación sadomasoquista, en esa ciudad que cifraba todo su orgullo en los valores del trabajo práctico, las actividades industriales y financieras y las virtudes superiores del acero comparadas con los pobres, inútiles y rancios intangibles del espíritu, que sirven de alimento a la esperanza.

Fernando González. Fotografía de Gabriel Carvajal, 1949.

Al fin se morían de viejos. Me acuerdo. Cobijados por la discreta admiración de sus habitantes, que tal vez, pensando mal, disfrazaba la lástima que debía inspirar la pátina de pobres perpetuos, sus boinas desmayadas sobre la calvicie y sus corbatines bohemios. Se les veía merodear por La Voz de Antioquia en la calle Maracaibo, cerca de los estudios de RCN en los bordes de la Estación Villa, por los lados de la plazuela donde funcionaba la emisora Nutibara, que a veces pasaba melodramas al mediodía. En busca de un almuerzo de gorra, trastabillando por las cantinas de la bohemia precaria las noches de los viernes, revueltos con los serenateros y las putas de calle, recitando versos de andaluces, parados sobre un charco de vómito, con ínfulas en la pronunciación y muchos ademanes y unas pausas largas, largas, para mantener el suspenso del irrespetable público de los amaneceres municipales. Recuerdo al viejo polaco alcohólico que me hablaba de sus trabajos con Stravinski, de su amistad con Cantinflas, de su pasado glorioso en París. Desprendido de alguna de esas comparsas fracasadas. Irradiaba una gran dignidad de su indigencia. Al fin se regeneró. Y lo encargaron de un grupo de teatro de muchachos descarriados financiado por la alcaldía. Pero antes debió arrastrarse muchos años el pobre hombre por las avenidillas del Parque de Bolívar. Antes de recobrarse y de pasearse ante mí, orgulloso y triunfante, con su chompa de raso y la enhiesta pajarilla recién comprada, en la entrada de la alcaldía. Junto a la cual todavía no hacían guardia los volúmenes mudos de Fernando Botero.

Ahora mientras escribo, tragándome estas lágrimas virtuales, puedo comprender mejor la desesperación de mis padres cuando descubrieron que yo estaba escribiendo poemas. Envejecieron diez años de sopetón. Ellos pensaban que iba a completar la desgracia de elegir un mal oficio, que más parecía un maleficio, con la manía de hacerles odas a los semáforos recién instalados, pintados de amarillo, y a los aviones grises que salían del aeropuerto cercano que reemplazó el que había sido preparado para la incineración de Carlos Gardel. Habiendo mariposas y sinsontes, y tantas flores para rimar, y el cielo de un azul terso y tibio, los nadaístas hablábamos en los poemas de los cigarrillos norteamericanos que nos gustaban. Que poco a poco desplazaban los amargos picadillos de los Pielroja y los Dandy y los Excelsior de cajetilla azul. En sus charlas íntimas sobre la gravedad de mi asunto, cuando trataban mi caso y no estaban tratando de hacerme otro hermanito, mis padres debieron preguntarse a quién se le pasaba por la cabeza publicar esas cosas en los periódicos avergonzando a la familia. Y me pusieron en manos de un siquiatra de una congregación mariana, de piel alabastrina, chivera y una virgen de porcelana en una repisa del consultorio. Este me recetó una temporada en el reformatorio de los terciarios capuchinos en Fontidueño por donde ya habían pasado Dariolemos y Humberto Navarro, por causas parecidas. Allá me ayudarían a ajustar el carácter y me apartarían de los versos hacia la mecánica automotriz o la carpintería, dijo el doctor Robledo, o debió decir el que fue director del hospital mental mucho más tarde, antes de que Dariolemos lo convirtiera en su palacio de invierno bajo la protección del doctor Darío Díez.

Cuando volví a la casa paterna después del encierro, una noche de noviembre, o de mayo, a todos nos da lo mismo el nombre de los meses, encontré a todas las monjas de la parentela revoloteando sobre mis cosas, asperjando mi cama con aguas de San Ignacio, prendiendo medallas y añusdeis en las entretelas de mis chaquetas recién compradas, porque me habían aperado el ropero y conseguido un trabajo de negro en la oficina de un usurero, con la ilusión declarada de que la dicha de la primera quincena indujera en mí el desprecio por lo que llamaron mis veleidades intelectuales. Esa era la lógica en los barrios del mundo. Solo había que cebar el bolsillo del disidente para curarlo de heterodoxias y para que se animara a emplear sus manos y su mente en mejores cosas que los errores demasiado notorios de la retórica convertida en oficio. Ahí estaba el ejemplo de Barba Jacob, para probar los males de esos caminos. Ahí estaba Epifanio Mejía, tan dulce y bueno y confundido. Pero la cosa no funcionó conmigo. La verdad sea dicha.

Por todo eso, siempre que me preguntan por la vida cultural en Medellín mediando el siglo pasado, por eso que llaman las actividades artísticas, en la ya entonces llamada ciudad industrial de Colombia, después de la caída de la dictablanda del general Rojas Pinilla, en los albores del frente nacional que intentó curar las heridas del sombrío período de la violencia liberalconservadora, no sé si acudir a la palabra desierto o a la palabra limbo para describirla. En todo caso, sé que esos años fueron el umbral hacia otras cosas, hacia otros mundos en germen todavía. Y que comenzó la desdemonización de la marihuana que poco a poco dejó de ser la yerba maldita para sacralizarse en panacea. Y entonces aparecieron los nadaístas con sus disfraces, sus pipas envenenadas de media vara, bien cargadas, las greñas de bohemios, las caras de inopes, de miopes, de mal dormidos, gorras ladeadas, libros en el sobaco. Como anuncio impreciso de un relevo de sueños.

Gonzalo Arango. Fotografía de León Ruiz, 1970.

Entonces la única biblioteca pública era la recién fundada Piloto que abría con el patrocinio de la Unesco en una casa vieja de dos patios en la avenida La Playa. La Playa, así llamada no para aludir al mar lejano, al mar no visto del poeta Francisco de Asís Bogislao, sino en recuerdo de la quebrada que corre, o corría, por el subsuelo, empaquetada en tubos de concreto hacia el río densoscuro, donde ya habían dejado de venir los patos canadienses según contaba el Negro Billy, el cantante, bajo profundo, del grupo. El río, dijo un poeta de los contornos de Envigado, partía la ciudad en dos tajos de hierba. En su juventud, me acuerdo yo, el tren aún corría por la orilla del río, gritando.

La biblioteca tenía las cerraduras de color mantequilla. Las ventanas eran altas, celadas. El director Arroyave tenía una motocicleta más poderosa que una enciclopedia, más silenciosa que un libro cerrado, que el vuelo del búho, reluciente como la letra capital de un devocionario de rey húngaro. En el patio trasero estaba la sala de música, espacio cubierto por una marquesina de hierro, donde se podían escuchar discos de música clásica, Beethoven y Dvorak, Bonporti y Vivaldi, sin que molestaran los pájaros de las ceibas de afuera. Una novedad. El villorrio comenzaba a hacerle fieros de urbe al futuro. El villorrio cuyas únicas músicas vivas habían sido hasta entonces las serenatas que les llevaban los novios borrachos a las muchachas con tiplistas contratados en los restaurantes y las cantinas de la avenida Primero de Mayo frente al Teatro Avenida, especializado en las películas de la Metro-Goldwyn-Mayer. En la esquina opuesta a la casa republicana funcionaba, complementando el pequeño milagro, el instituto de bellas artes, un cubo de un rosa demacrado por fuera, corroído por las bacterias del estuco, y por dentro un antro sombrío, de ventanas avaras, donde las niñas bien estudiaban solfeo, para ser pianistas y cantatrices, o aprendían a pintar montañas a la acuarela mientras les llegaba la hora de casarse con un muchacho deformado en el colegio de los jesuitas o en el de los hermanos cristianos, convencido de las dos únicas cosas imprescindibles para vivir en el lugar, en paz y sin contradicciones: que Dios existe y que hay que enriquecerse para honrar a la raza. La raza era una palabra muy traída y llevada en los discursos de los alcaldes a la hora de inaugurar una glorieta, que ya empezaban a proliferar, o en la exhibición anual de vacas de concurso, de ubres beneméritas, y de caballos que caminaban como si bailaran bambucos y que al otro día aparecían en las páginas sociales de los periódicos con su nombre, Casquivana, o Emperador, junto al registro de los nacimientos de los hijos de los comerciantes ricos y de las bodas de dedo parado y la lista de las películas prohibidas para todo católico. En el instituto crecía Teresita Gómez, la pianista. Pero nadie sabía de esa niña milagrosa que asistía a las clases de piano acurrucada detrás de una cortina roja.

Había media docena de librerías: la Editorial Difusión vendía libros mexicanos y argentinos, cosas de Julio Verne y Emilio Salgari y cursos de inglés; la Continental también vendía lápices y borradores y cuadernos y papel mantequilla, mezclados con las biblias de lujo y los textos de mitología; la Nueva la manejaba el hermano astigmático de un clérigo, erudito a la violeta para decirlo a la antigua. En la Científica, en la calle Boyacá, cerca del Parque de Berrío, especializada en libros de medicina, ofrecían a veces entre los manuales de primeros auxilios y los tratados de cirugía y herbolaria y homeopatía, y sobre las virtudes terapéuticas del limón y del ajo, libros de Antonin Artaud, pero no por incongruencia del encargado de los pedidos sino por el intenso contacto que tuvo con los siquiatras el lamentable poeta francés. En la Continental hacían tertulias. Gonzalo Arango intentó integrarse a la tenida de sabios relativos que convocaba Bustamante. Pero le hicieron el cajón. ¿Quiénes? El bueno de Bernardino, el director del coro de la normal de señoritas, y el director de orquesta chileno sin orquesta porque la única orquesta era la banda sinfónica de la Universidad de Antioquia que dirigió hasta que me fui del lindo erial un maestro húngaro pícnico, calvo y rubicundo, de mejillas vibrantes y tersas como culo de recién nacido. Alcohólico de andar tembleque, a veces iba hablando solo bajo la lluvia con el sombrero en la mano. Los chismosos le endilgaban el rasgo de un refinamiento secreto: el gusto por las lolitas, por las muchachas en sazón. Pero la ciudad todavía se parecía mucho a la de León de Greiff: chismes, catolicismo y una total inopia en los cerebros. No había llegado la novela inmortal de Nabokov a las librerías mucho más castas, ni siquiera a la Horizonte del cojo Federico Ospina, liberal de la escuela del Indio Uribe. Porque la Horizonte solo abrirá la semana entrante. O mejor dicho, dos párrafos más abajo.

Gonzalo no tenía la ropa adecuada para la cofradía burguesa de la Continental, ni siquiera tenía una corbata seria, y ya estaba dejando de peinarse. Además fumaba como un demonio loco y el espacio era estrecho y sin ventilación suficiente. Y quedó por fuera de la sociedad de eruditos el hijo del telegrafista conservador llamado Paco. Para ajustar, todo se sabe en la aldea, a veces se le veía coger el rumbo de Guayaquil, el barrio de los perdidos, a gastarse la plata que le regalaba Alberto Aguirre para que se desahogara con una ramerita del baratillo de la carne viva. Otros, cuando se atrevían a darle un respiro a la rigidez moral y a las convenciones del catolicismo, cometían sus pecados carnales en los prostíbulos de postín de Lovaina, los mismos que le sirvieron a Fernando Botero cuando abandonó al arzobispado de quinientos mil habitantes, para las fantasías de su circo de cinco pistas que lo hicieron rico y famoso. Antes de partir, Botero le confesó a Gonzalo Arango que él solo ambicionaba conseguir el dinero suficiente para comprar una tienda en Sonsón, contratar un dependiente honrado y encerrarse a pintar en la trastienda. También se soñaba en la esterilidad del ambiente. Y los sueños a veces se quedan cortos. Botero prometió volver. Y volvió. Y compró una casa cerca del Sonsón del sueño de tendero. Pero se la atracaron y quemaron. Y Botero Angulo retomó las de Villadiego.

Es posible que el autoproclamado profeta de la nueva oscuridad haya tendido el cebo del nadaísmo para tener con quien soñar y conversar sobre todos esos libros que había leído como secretario de la biblioteca de la Universidad de Antioquia, cargo que le concedía el privilegio de las llaves del infierno de los libros prohibidos, confinados en un cuarto reservado, bajo tres cerraduras, para salvarlos de las pesquisas de los agentes del arzobispado. Decían que la curia incursionaba en la Piloto de semestre en semestre para purgarla de los libros impertinentes que podían poner en peligro la pureza de la fe. Pero también es posible que Alberto Aguirre, que lo protegía como a un hermano menor, en su fuero interno, porque de dientes para afuera lo denigraba siempre que podía, comprara la librería Horizonte, frente al teatro Ópera, donde comenzó a heder el nadaísmo en la turbia normalidad, para que Gonzalo tuviera su propia tertulia. Si no me engaño con un falso recuerdo, ahí en el Ópera, Santiago García y Fausto Cabrera montaron la primera obra de teatro de Gonzalo Arango, HK 111. Yo fui al estreno disfrazado con un abrigo de paño inglés que Laureano Gómez le había regalado a mi padre. Era como llevar un sauna puesto.

Festival de Ancón. Fotografía de Horacio Gil, 1971.

Y para qué librerías en esa pobreza de todos los que nos acercamos por afinidad electiva al aullido solitario del profeta. Asomarse a las vitrinas de las librerías era someterse a una variante del clásico suplicio de Tántalo. No tuvimos otro remedio que convertirnos en ladrones cebados. Robábamos los libros a manos llenas sacándolos bajo las camisas, de la librería de Bustamante, de la Marín, o de la misma biblioteca Piloto, por piedad, para poner los mejores a salvo de la purga canónica. Resueltos a perder la virginidad intelectual como fuera, la falsa inocencia, cuyo otro nombre es ignorancia, a la que nos habían acostumbrado los colegios confesionales a los que nos condenaron. Academias regidas por sonetistas profesionales, por autores de tratados de ortografía con cara de quijote, arqueólogos frustrados que a veces publicaban en el suplemento de El Colombiano sus hallazgos cerámicos, sus lamentos de amor. El Colombiano fue siempre el principal diario de la aldea en plan de volverse otra cosa, y entre sus informaciones incluía en ocasiones, junto a la lista de las películas prohibidas para todo católico y las notas sociales donde hasta se contaba de la vida social de los caballos y las vacas, apartes de alguna homilía del director de la Hora Católica, la Horca Católica, la llamó un nadaísta, el espacio radial de más prestigio en el dial, descontando las chambonerías de Montecristo, entre el humor y la tragedia de lo meramente vulgar, y el noticiero meridiano de Martinete, un señor que hacía política barata y clamaba por las loras perdidas y las carteras olvidadas en los taxis. Alguien definió a Medellín como un paraíso sin serpiente. Pero tenía arzobispo. Que ya es algo.

Lo más triste no era la banalidad del bien. Lo peor era que a veces uno creía que era feliz porque el cielo era azul y las muchachas eran bellas y perfumaban las orquídeas y corrían por la calle Junín las motas de los balsos del Parque de Bolívar. Y a veces uno hasta pensaba que estaba viviendo cuando solo agonizábamos entre unas montañas. Fernando González decía que en Medellín los muchachos nacían muertos porque nacían para estudiar, estudiaban para trabajar, trabajaban para casarse y se casaban para morirse. Galerías de arte, ni una sola: a veces un viejo pintor, maestro en el instituto de bellas artes, mostraba sus cuadros en el Club Unión, pero se los hacían descolgar cuando colaba en la selección un desnudo demasiado ambicioso. Conciertos, de cuando en cuando daban alguno en el teatro Lido, a cargo de un maestro norteamericano o un ruso asilado en los Estados Unidos o el grupo de música antigua de Álvaro Villa, mártir del bien y la belleza, y Gustavo Lalinde. Pero la boletería costaba un ojo de la cara. Los del montón como nosotros debíamos contentarnos con la retreta dominical de la banda de la universidad. Las ediciones de poesía estaban limitadas a los cuadernos Horizonte, que publicaba cuando era posible y tenía ganas Federico Ospina. Ospina nos dio a probar contra los hartazgos románticos de Gutiérrez González de las clases del colegio, migajas de la poesía de De Greiff, otro escapado de la ciudad, como al fin y al cabo tuvimos que hacer nosotros para salvarnos de la muerte por aburrimiento.

De año en año venía al teatro Lido la señora Berta Singerman, una declamadora argentina vestida de velos, seguida por un cortejo de suspiros, arrastrando erres por los escenarios, las sombras blancas de la noche bogotana de Silva, alargando las sílabas como si se fuera a desmayar, y arreaba los camellos de Guillermo Valencia por esos desiertos temblorosos de una Nubia ideal con neblinas de Popayán y repetía las canciones marihuanas de Barba. Nunca asistí a los recitales de la Singerman, pero la vi muchas veces en la televisión que comenzó a encender sus grises hogueras en todas partes, como parte del lento proceso democratizador del arte. Qué amargura.

El mundo es como es. Imprevisible. Debajo de la postración aparente, fermentaba lo otro, lo inesperado esperado. La descortesía hacia lo demasiado bien puesto, el descontento de la normalidad, el malestar frente a los engaños metafísicos y la ausencia de estímulos. La ira, de la cual era símbolo Fernando González en el ostracismo de Otraparte, aunque él ya estaba digiriéndose a otra dimensión más allá de la conciencia del grande hombre incomprendido, que retrató en El maestro de escuela, uno de los libros más tristes del mundo. Y que explica estas notas sobre el lugar que representaba el intelectual libre y lo que debía tributar en miserias la conciencia crítica en Medellín mediando el siglo XX.

Por eso cuando el escritor envigadeño supo que existíamos nos invitó a su casa. Él había enfrentado solo la esterilidad medioambiental, la defensa del libre examen; nosotros éramos pandilla. De escándalo en escándalo nos fuimos haciendo entender. Y el establecimiento en consecuencia nos hizo huéspedes de sus cárceles, sus reformatorios y sus manicomios, y nos puso en el velador. Desde aquí contemplo unas imágenes cuyos perfiles no pude discernir entonces como un vaticinio, como un aliciente de un futuro mejor. Debajo de la agonía, la vida empujaba, pugnaba por manifestarse. En lo masivo de la inercia general fulguraban algunas individualidades contra todo. Elaborando lo suyo, en la maraña de lo pragmático, transfiguraban la banalidad del mal en alma y el estupor en aventura. En la aparente escasez, mientras los borrachos repetían los poemas de Jorge Robledo Ortiz a los abuelos, modernismo de repostería, y los poetas de la burocracia oficial coronaban reinas de feria y publicaban epitalamios de frígidos que a veces paraban en pasillos, y los místicos de misa dominical y prostíbulo de viernes celebraban sus contriciones en versos cantarinos, pervirtiendo la mística en espectáculo, se preparaba un tiempo de versos rotos, el de nuestros vicios públicos y los manifiestos podridos y las camisas rojas y los sacrilegios. A veces íbamos al cineclub, Aguirre nos daba entrada franca, sabedor del estado famélico de nuestros bolsillos. Allí ensayamos las primeras películas de Fellini, prohibidas por inconvenientes por el pastor vaticano cuyo palacio blanco dominaba una esquina en la avenida La Playa.

Fernando González, consolado en su soledad por unos contados amigos, era invisible todavía. Era invisible Débora Arango, su vecina, y eran invisibles sus monstruos y miserias amotinadas, educados en escuelas mexicanas; de ellos apenas se hablaba como de un tabú. En la montaña de los caminos que suben a Las Palmas, un pintor bogotano reproducía pacientemente la misteriosa simplicidad del mundo. Se firmaba Mefisto. Era un maestro del secreto. Y había ese hombre largo y rubio que todas las noches iba a sentarse en el Metropol a escribir un libro, ausente, embebido en su tarea hasta el amanecer. Cuando comenzaba a despuntar el sol, recogía las hojas de su fárrago y quién sabe lo que iba pensando mientras sonreía al salir. Me hubiera gustado hablar con Roberto Juarróz, que por ahí andaba enhebrando enigmas gramaticales. Pero era escaso como si no fuera argentino. Ernesto Cardenal a veces bajaba del seminario a visitar a Fernando González y nos dejaba una carta recomendándonos un libro o invitándonos a practicar las virtudes de la poesía exteriorista. Pero era elusivo. En el erial sucedían cosas que la conciencia oficial se negaba a registrar. Sucedían, pero en lo invisible, tácitamente, a la solapa. Y por eso fue que a la larga casi todos los nadaístas tuvimos que irnos, a Nueva York, a San Francisco, a Bogotá que estaba más cerca, los más perezosos. Cansados de las agresiones de los niños bien y del asedio de la policía secreta que una vez confundió los poemas de Jaime Espinel con la correspondencia en clave de una conspiración política. Y en efecto, conspirábamos. Pero sobre todo escapábamos del intolerable vacío de una ciudad que había sido capaz de prohibir como si fueran pecaminosos los libros llenos de inocencia de Fernando González. La voz general de los poetas parroquiales de oficio, cantores del santísimo sacramento, y también los liberales, incluso los corridos en el espectro hacia la izquierda nos apostrofaban de sucios e inanes y decían que no éramos serios, que éramos apenas unos payasos, unos bufones de la burguesía. Los nadaístas nunca nos quejamos por eso. Por una sola razón. Porque tenían la razón. Y porque nosotros jamás nos tomamos en serio. Lo serio era la vida, vivir; lo demás era la literatura o el silencio. Y nos gustó siempre la irreverencia de los bufones. Uno de los contertulios del primer nadaísmo fue Chalupín, el payaso más famoso entonces. Y ya sabíamos que el mundo es verde y sin embargo no hay esperanza, como le gustaba proclamar a Humberto Navarro, una especie de Joyce reviviente a la vuelta del teatro Roma, en el camellón, en una pequeña casa gris de alares decaídos, donde su padre Delio se empleó por cuarenta años en la pintura de un viacrucis al óleo de medio formato, expiando el día lamentable cuando su único hijo varón leyó el primer libro de Kant y se encontró con Gonzalo Arango y se puso a escribir novelas invendibles.

Todo en aquellos tiempos debía suceder en Bogotá. En la Atenas suramericana. Pero el problema no era el centralismo, la culpa del monopolio no fue de Bogotá. Era que en la fenicia Medellín no había tiempo para esas bagatelas espirituales de la cultura y la mímesis estética, ni para preguntarle quién era a Pedro Nel Gómez cuando pasaba como un enigma hacia ninguna parte por la calle Junín como el fantasma del renacimiento. O para detenerse a charlar con Crescencio Salcedo, descalzo, vendiendo flautas de hojalata, echado en un andén y cantando a grito herido sus canciones de pueblo por una moneda, ahí mismo donde vi un día esa comparsa de zarzuelistas españoles echados del Hotel Europa y donde vieron dormir a Dariolemos sus desalientos junto al colmado donde el tenor de moda, que grababa boleros en Sonolux, un muchacho de apellido Restrepo, que trataba de imitar el timbre del médico mexicano Ortiz Tirado, y aspiraba a cantar algún día en Milán, vendía perros calientes y aceitunas de frasco y bizcochuelos que cogía con unas pinzas de aluminio.

Pero entonces… Fernando González, alentado por la aparición de los nadaístas, publicó con la ayuda de Alberto Aguirre el libro de los viajes y las presencias, después de que se lo hubieran rechazado en la editorial Bedout. Allí dijo: voy a orar por estos jóvenes que se están desnudando. Y lo demás se sabe. Débora Arango fue rescatada del olvido. Fernando González se volvió un autor de culto. Y aunque nadie sabe qué fue de los huesos de Gonzalo Arango, extraviados de tanto andar acarreándolos, aún se consiguen sus libros en las librerías de agache y se vuelven a editar en las universidades. Medellín comenzó a florecer de otro modo. Y se fundaron los primeros grupos de teatro y las primeras bandas de rock y vino al teatro Junín Bill Halley con sus cometas patrocinado por Coca-Cola, y se inauguró el festival de poesía de Rendón, desertado de las cafeterías de los nadaístas donde habíamos hecho proyectos de devastaciones y planeamos revistas y se emborrachó por cuenta de nuestros anfitriones esperanzados en una era de oscuridades nuevas, donde el arzobispo no alumbrara tanto. Porque, en fin, nadie había prometido la luz sino el oscuro caos, la confusión aumentada, no la trivialidad de un orden impuesto sino una búsqueda.

Los urbanizadores arrasaron el Centro donde agonizamos tanto y fuimos tan felices con esa felicidad tan rara de la pobreza, y la avenida Oriental fue como una herida en el alma de ese pasado irredimible. Y fundaron el planetario para que los colegiales pudieran asomarse a las estrellas de los proyectores mecánicos porque las del Gran Arquitecto comenzaban a borrarse en la irradiación de la aldea transfigurada en una ciudad con todas sus gracias y sus desgracias. Es extraño. No puedo ver a Medellín sin superponer a la de ahora la que recuerdo de memoria sin menosprecio ni envidia. Bajo el ruido de La Playa de ahora oigo la quebrada subterránea, y los acordes del profesor Lucrecio Vélez leyendo una tragedia griega en el Teatro Pablo Tobón Uribe ante el público boquiabierto. Cerrado por la pandemia ahora. Y las bombas que vinieron más tarde mataron a mamá. Ah, no puedo no ver en el Medellín de ahora, la descomposición de la poesía en la carne del poeta Dariolemos, cordero propiciatorio en el altar de la nada, mártir de un tiempo bisagra de cambio de sueños que nos abrió la existencia a otros espacios. Pero que quizá solo salió de un sueño manido hacia otro sueño que también se gastó porque ningún sueño dura. Porque todos los sueños a la postre se gastan. Aunque es una cosa obvia que muchas cosas han cambiado mucho en Medellín. ¿Sabe alguien sin embargo en qué clase de sueño andamos? ¿Y cuál es el sueño que sigue?

*Este artículo fue publicado en El Poder de la Cultura, un proyecto de Universo Centro con el apoyo de Comfama, el Museo de Arte Moderno de Medellín, el Museo de Antioquia, la Casa Museo Pedro Nel Gómez, el Teatro Pablo Tobón Uribe, el Teatro Metropolitano José Gutiérrez Gómez, Música Corriente, Parque Explora, la Corporación Otraparte, la Orquesta Filarmónica de Medellín, la Corporación Cultural Nuestra Gente y el Museo de Antropología y Arte de Jericó —MAJA—. 

La bisagra del deseo

Diez años del Festival de Artes Eróticas


por MARIA ISABEL NARANJO • Fotografías de AEFEST

Exclusivo web Septiembre de 2026

La luz del Planetario de Bogotá se tiñó de rojo una tarde de agosto de 2023. No era un fenómeno astronómico, aunque bajo la cúpula seguían suspendidas las constelaciones. Brigitte Baptiste tomó el micrófono y, en la pantalla, en lugar de estrellas, apareció una flor.

—¿Sí ven esta flor? —preguntó al auditorio—. Es una orquídea muy seductora.

La flor, explicó, produce un olor capaz de hacerle creer a una abeja que allí la espera una pareja. El insecto vuela hacia ella, se posa sobre el pétalo y resbala hasta caer en una especie de pozo lleno de aceite.

—De lubricante —precisó la bióloga.

La abeja intenta salir, pero no puede regresar por donde entró y termina atravesando un túnel estrecho. Al pasar, la orquídea le adhiere el polen a la espalda. Cuando consigue escapar, sale aturdida, casi ebria, y emprende el vuelo hacia otra flor creyendo que ha copulado.

—Esta es una relación, obviamente, inmoral. Estamos hablando de un animal con una planta. Es una cosa que no se les recomienda a los niños. Pero pasa. Pasa de una flor a otra. Es una promiscuidad tremenda.

El auditorio estalló en risas, mientras la bióloga, que habla de tecnotopías, esperó a que bajara el murmullo de los asistentes y añadió:

—La naturaleza no es un ejemplo moral.

La historia de los diez años de AEFEST podría comenzar ahí, con una abeja engañada por una orquídea. Este festival se ha dedicado a juntar cosas que parecían pertenecer a mundos separados. Daniel Tapias, su director, lo dice de una manera menos solemne:

—Lo más interesante es empezar a mezclar cosas.

Este agosto AEFEST cumple diez años, aunque para Daniel la historia empezó bastante antes, cuando recorría lugares movido por una curiosidad casi cartográfica. Entraba a clubes swinger, bares de striptease, sex shops y espacios de distintas comunidades sexuales como quien va descubriendo un mapa. Primero Colombia; después América Latina, Europa y Asia. Check. Check. Check.

En Tokio entró a una sex shop de varios pisos donde cada uno parecía más explícito que elanterior. Le preguntó a una de las mujeres que trabajaban allí cómo veía la sexualidad en Japón. Daniel esperaba encontrarse con una sociedad mucho más abierta que la colombiana. Ella le habló, en cambio, de vergüenza, tabúes y gente conservadora.

—Y yo miraba ese edificio y pensaba: no jodás.

Los viajes le fueron dejando más preguntas que respuestas. De regreso a Medellín comenzó a organizar conversaciones y actividades sobre sexualidad en Sala Sentidos, el teatro que tuvo antes de crear AEFEST. Le interesaba entender por qué otras personas podían vivir el cuerpo y el deseo de maneras tan distintas y, sobre todo, poner esas experiencias a conversar.

Y así empezó la mezcla.

En agosto de 2016 esa curiosidad tomó la forma de un festival: treinta y dos actividades que sacaron la sexualidad del consultorio, el aula y la intimidad para llevarla a museos, teatros, universidades y calles. En 2017 reunió en un mismo escenario a la actriz y activista española Amarna Miller y a Vera Grabe, exintegrante del M-19 y constructora de paz, para hablar del cuerpo, el conflicto y la paz.

Al año siguiente, bajo la premisa de que todos los cuerpos importan, puso en el centro los derechos sexuales de las personas con discapacidad, tantas veces infantilizadas, medicalizadas o imaginadas como ajenas al deseo. Hablar de su sexualidad era también preguntarse quién había decidido que unos cuerpos podían desear mientras otros solo podían ser cuidados.

En 2019, bajo el lema Dejar ser, AEFEST realizó una edición satélite en Valencia, España, y comenzó a tejer relaciones con artistas y organizaciones de otros países. La mezcla empezaba a cruzar fronteras.

La pandemia obligó a cambiar de territorio. Durante el aislamiento de 2020, el placer apareció como una forma de autocuidado y de sostener los vínculos cuando los cuerpos no podían encontrarse. Las pantallas permitieron continuar las conversaciones y explorar otras intimidades, aunque también empezaron a revelar una paradoja que años después sería decisiva: las mismas tecnologías que acercaban a las personas podían vigilar, clasificar y decidir qué imágenes o palabras tenían derecho a circular.

Cuando el país volvió a las calles en medio del estallido social, AEFEST propuso un Homenaje a la inconformidad. En alianza con el Museo Casa de la Memoria acercó las preguntas por el deseo a las preguntas por la protesta, la violencia y el duelo. Una de las experiencias de esa edición fue El burdel literario: poesía y performance dentro de las habitaciones de un motel.

Después vendrían el SexTech, la inteligencia artificial, los juguetes conectados, el metaverso y las nuevas formas de trabajo sexual mediadas por plataformas. El cuerpo ya no terminaba necesariamente en la piel: podía prolongarse en cámaras, sensores, dispositivos, bases de datos y algoritmos.

***

Poco a poco, aquel proyecto pequeño y cercano a ciertas escenas contraculturales empezó a atraer públicos cada vez mayores. Para algunos de los que estuvieron al comienzo, esa expansión significó una conquista. Para otros, una pérdida.

Severina estuvo cerca de AEFEST durante sus primeros años y hoy se presenta como una travesti jubilada. Su nombre es Óscar David Tamayo y recuerda aquella etapa como el momento en que el festival todavía le parecía genuinamente contracultural, sin embargo, con el tiempo, empezó a tomar distancia.

—Yo tengo una especie de clasismo cultural del underground. Cuando empezó a crecer tanto, di elegantemente un paso al lado. Ya no me representaba desde el lugar mío, que tiene que ver con la contracultura.

Ese mismo crecimiento, sin embargo, le permitió vivir uno de sus momentos más memorables… Años antes, sentado entre el público del Teatro Jorge Eliécer Gaitán, había visto a unos presentadores de protocolo y pensó: “Yo presento esa vaina mucho mejor que esta gente”. Se dijo que algún día sería rico pararse allí frente a una sala llena.

El deseo quedó guardado hasta que AEFEST llevó al teatro a Hajime Kinoko, uno de los artistas japoneses más reconocidos del shibari, y le pidió a Severina que lo presentara.

—Me consagré como presentador de pacotilla presentando a Kinoko.

Aquella noche también descubrió cuánto había cambiado el festival. Había camerinos, horarios y un equipo encargado de cada tarea.

—Yo vengo de la contracultura. Uno pone las luces, presenta, cobra la entrada, maneja el sonido, vende en la barra.  Acostumbrado a hacer todos los puestos, eso fue ya demasiado profesional.

Y aunque le permitió cumplir aquel deseo, al mismo tiempo, sintió que era un mundo distinto al suyo.

—Se volvió demasiado grande y multitudinario. Ese público masivo no es un público que me interese ni que me represente. ¿Es importante que exista? Sí, evidentemente. Pero uno está en otro lugar.

Carlos Mario Cano, conocido por su personaje de Charly Boy, ha pasado por el festival como músico, organizador, contratado y asistente, y para explicar su importancia utiliza una imagen:

—Es un espacio bisagra de la ciudad.

De un lado están quienes llevan años en comunidades kinky, BDSM, shibari o bondage, conocen sus códigos y tienen sus propios circuitos. Del otro, quienes sienten curiosidad pero nunca han entrado en ellos.

—Es el umbral que une a los que tenemos prácticas kinky, sadomasoquistas, pervertidas de la sexualidad, y a aquellos que quieren curiosear.

Esa apertura, dice Charly, permitió hablar del erotismo por fuera de los lugares donde suele encerrarse —la pornografía, la prostitución, el consultorio— y puso a conversar prácticas y personas que difícilmente habrían coincidido. Pero sí, también transformó aquello que estaba abriendo.

Charly habla de una especie de gentrificación del erotismo. Prácticas que antes exigían conocer ciertos circuitos empezaron a atraer personas que llegaban por una noche, movidas más por la curiosidad que por una pertenencia.

—Son turistas del erotismo. Para los que jugamos en serio se vuelve un poco cansón. Hay mucho principiaje, mucho curioso. Algunos se quedan y buscan otros espacios; muchos no. Para quienes llevan años dentro, la llegada permanente de principiantes puede resultar agotadora.

Charly no cree que esa sea una razón para cerrar la puerta. Al contrario, ahí encuentra precisamente la utilidad de AEFEST: servir de entrada para quienes nunca habrían llegado solos. La condición es que con la apertura circulen también los códigos de cuidado que se han construido.

—El sexo debe ser libre, seguro y consensuado. Yo le agregaría: divertido.

En una escena puede haber cuerdas, dolor, inmovilización o dominación, pero lo decisivo no siempre se ve: qué quiere cada persona, hasta dónde quiere llegar y cómo puede detener lo que está ocurriendo. Ese aprendizaje también obligó a mirar hacia dentro. Las comunidades que se presentan como sexualmente libres no han estado exentas de abusos, maltratos y violencias, y Charly reconoce que el festival ha permitido hablar de algunos de esos casos y discutir las responsabilidades de quienes comparten esos espacios.

Hay otro cambio que valora especialmente. Durante mucho tiempo, dice, buena parte de los bares swinger, las fiestas sexuales y algunos encuentros poliamorosos de Medellín estuvieron pensados alrededor del placer masculino. En los últimos años ha visto al festival insistir cada vez más en el placer y la seguridad de las mujeres.

—Si vas a abrir un espacio de erotismo, tienes que garantizar que las mujeres se sientan seguras. Que puedan decir qué les gusta y qué no; que un no sea un no; que lo que les gusta pase y que lo que no les gusta no pase.

***

Daniel habla de algo parecido cuando recuerda las fiestas que AEFEST ha organizado en los últimos años. Por momentos, dice, ha visto allí algo cercano a la “utopía” que imaginaba desde el comienzo: personas muy distintas compartiendo un mismo lugar sin la culpa ni el prejuicio habituales, preparando durante días la ropa que van a usar, asistiendo incluso a talleres para aprender cómo comportarse en una primera fiesta erótica y llegando con los nervios de quien no sabe muy bien qué va a encontrar.

Con el tiempo descubrió también otro riesgo: que incluso la transgresión se vuelva paisaje. Una asistente escribió alguna vez, en una de las evaluaciones del evento, que no le había gustado porque no había visto nada nuevo. Había velas, masajes, banquete humano, burlesque, BDSM y otras prácticas, pero nada había conseguido sorprenderla.

—Yo pensaba: parce, ¿qué más querés?

Daniel cree que el deseo no debería consumirse como un scroll infinito de Instagram, saltando de una experiencia a otra porque cada una necesita producir un estímulo mayor que la anterior. Parte del placer, dice, consiste justamente en prolongar la fantasía y conservar la capacidad de sorprenderse.

Cuando le pregunto cuál ha sido el mayor reto de AEFEST durante estos diez años, no habla de financiación, públicos, logística ni programación. Habla de censura. Y no empezó con Instagram. La reconoce en los lugares que dudan antes de alquilar una sala, en las dificultades para promocionar determinados eventos, en las instituciones que retroceden cuando estalla una polémica y en las discusiones que reaparecen cada vez que la educación sexual intenta entrar en colegios o espacios públicos.

—Son pequeñas batallas que al final son las más grandes. Uno avanza tres pasos y retrocede dos.

Aun así, Daniel sigue volviendo a aquella intuición del comienzo. Vivimos, dice, agrupándonos alrededor de lo que ya conocemos: quienes practican BDSM por un lado, quienes se interesan por la sexualidad sagrada por otro. Cada gusto, identidad o comunidad dentro de su propio círculo. Los algoritmos han llevado esa tendencia todavía más lejos: terminan mostrándonos versiones cada vez más parecidas de aquello que ya nos interesa.

—Nos relacionamos a partir de nuestros intereses y lo que no está en esos intereses no existe. Lo bacano es mezclar eso a ver qué sale.

Bajo la cúpula del Planetario, la intervención de Baptiste insistía en que la vida no perdura porque permanezca intacta. Perdura porque establece relaciones, produce diferencias y ensaya combinaciones que antes no existían.

La mezcla que Daniel imaginó al comienzo ha producido algo más difícil de ordenar que una programación sobre erotismo. La promiscuidad creativa que el festival celebra consiste en permitir que saberes, prácticas y experiencias que habían permanecido separadas se contaminen entre sí: la biología con el performance, la tecnología con la filosofía, la memoria del conflicto con el placer, la discapacidad con la autonomía, la poesía con el motel, el museo con la calle y las culturas sexuales clandestinas con personas que apenas se acercan a ellas.

Daniel recuerda que en los primeros años había que remar para reunir treinta o cuarenta personas. Hoy algunos encuentros convocan a cientos, llegan públicos que nunca habían oído hablar de AEFEST y el festival se prepara para cruzar otra frontera y llegar a Ciudad de México. 

—Tuvieron que pasar diez años para estar en el punto en el que estamos —dice—. Apenas ahora la cosa se está poniendo buena.

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Irreverencia en tiempos autoritarios

A propósito del aniversario 33 del asesinato de León Zuleta

por FELIPE CARO ROMERO • Instituto de Historia Marika de Bogotá

Exclusivo web Septiembre de 2026

Fotografía de Jairo Osorio. 1979.

En uno de los textos que escribió antes de ser asesinado, León Zuleta se rehusaba a que se usara su nombre para bautizar algún proyecto político específico. Argumentaba que, como anarquista, no le interesaba el reconocimiento personal sino el avance de la lucha contra la opresión del pueblo trabajador. Por encima de su propio ego estaba el proyecto colectivo, un proyecto al que le dedicó toda su vida y finalmente lo llevó a la muerte. 

Esta petición, una conclusión lógica del giro ácrata de Zuleta en su vida adulta, no fue (ni ha sido) tomada en cuenta por la plétora de proyectos políticos y artísticos que han usado su nombre supuestamente como homenaje pero desconociendo realmente su vida y sus posturas políticas. Tristemente ese es el legado más grande de esta figura: el uso y abuso de su nombre. 

Pero si nos asomamos a leerle, a estudiar su obra y sobre todo a seguir sus andares, nos topamos con alguien interesado en la transformación social absoluta y en la eliminación de todas las formas de opresión. Lejos de ser “el padre del activismo LGBTIQ”, Zuleta era un intelectual irreverente que se propuso entender y transformar su realidad, una realidad llena de prejuicios, violencia e ignorancia. 

A 33 años de su asesinato, vale la pena recordar tres elementos de su vida que nos pueden servir para enfrentar el crecimiento del movimiento reaccionario en Colombia y el mundo. 

Por un lado, el antiautoritarismo que le acompañó toda su vida. Se dice que perteneció a la JUCO y que fue expulsado de allí. Aunque se repite que su orientación sexual fue la razón de ello, en sus propios textos Zuleta reconoce que en realidad fue su posición antiautoritaria que el rígido y vertical Partido Comunista Colombiano no condonaba. Esta pulsión que desconocía la jerarquía lo enfrentó luego en los ochenta con el obispado nariñense, que también cansado de su irreverencia, y su orientación sexual, terminó por lograr su expulsión de la Universidad de Nariño. 

Por otro lado, es importante resaltar su vocación colectiva. Zuleta priorizó siempre el trabajo colectivo sobre la alabanza individual. Esto lo vemos tanto en la forma como se desarrolló el Movimiento de Liberación Homosexual de Colombia – MLHC, como en los objetivos políticos que se planteó. Lejos de buscar protagonismo como “fundador”, a Zuleta le interesaba la construcción de un proyecto político amplio, democrático y de cobertura nacional.

Esto no solo lo vemos en los numerosos documentos de proyección política que escribió al respecto. Sino en cómo incentivaba la alianza entre las personas oprimidas contra las injusticias del mundo. A él no le interesaba únicamente “el movimiento LGBTIQ”, Zuleta priorizaba el trabajo comunitario y la solidaridad, con el movimiento feminista, el movimiento obrero, y el movimiento estudiantil. La primera Marcha del Orgullo de Bogotá de 1983 fue un ejemplo de ello, pues contó con apoyo de sindicatos, de feministas y terminó con un llamado a los jóvenes policías que escoltaron la movilización a sumarse a la lucha contra un sistema que también les oprimía. Hasta sus últimos días, trabajando en la Escuela Nacional Sindical de Medellín, Zuleta abogó por una alianza desde abajo contra los de arriba. 

Y por último, es importante rescatar su desconfianza con la institucionalidad. Zuleta tenía bastante claro que aunque un Gobierno o el Estado se presentara en algún momento como benefactor del cambio social, la verdadera transformación provendría de las personas y no de edictos o las urnas. Se rehusó a participar de la política electoral e insistió que el Estado era una de las fuentes más grandes de violencia contra la disidencia sexual y de género, llegando a  denunciar su complicidad con las terapias de conversión que públicamente denunció desde 1980. Argumentaba que si no desaparecían, la despenalización de la homosexualidad en 1981 no estaría completa. Tristemente, la violencia que vemos hoy en día es una muestra de que estaba en lo correcto. 

Hoy nos encontramos frente a un panorama oscuro. El ascenso de la ultraderecha en el mundo ha significado el uso de la disidencia sexual y de género como chivo expiatorio de los males de las naciones. La ola fascistoide ha empezado a atacar las mínimas concesiones que se habían conquistado en los estados en materia de derechos sexuales y reproductivos, pero también sociales y políticos.

Frente a gobiernos autoritarios que usan el pánico moral como excusa para restringir libertades, más que nunca necesitamos regresar a figuras como la de Zuleta, no para crear un santo más, otro mártir, un símbolo vacío, o un nombre insignificante en la plétora de hiperfraccionamiento político que caracteriza el panorama político progresista, sino como un ejemplo para leer y estudiar la lucha por la liberación.

Leamos a Zuleta, estudiemos su vida, que allí encontraremos sin duda herramientas que nos permitan enfrentar estos tiempos oscuros y quizás, a la larga, construir un mundo mejor. 

Revista El Otro. Director: León Zuleta. 1977.

Sin escatimar esfuerzos y a pesar de las persecuciones, El Otro anunció la liberación del cuerpo y del placer sometidos por los regímenes. Intrínsecamente deslumbrante en sus planteamientos hoy desconocidos o ignorados.

Los 10 del Watford

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Exclusivo web Julio de 2026

De izquierda a derecha, de arriba a abajo: Ken Sema, Ismaila Sarr, Ismael Koné, Edo Kayembe, Yáser Asprilla, Hassane Kamara, Imran Louza, Jeremy Ngakia, Joao Pedro y Leandro Bacuna.

Al final, el destino no se apegó al guion que habían escrito esa tarde sobre el pasto del Vicarage Road los diez amigos, ya vestidos para el entrenamiento del lunes 11 de marzo de 2023. Preparaban el partido del jueves, por la fecha 36 de la Championship de Inglaterra, la segunda división del Reino Unido, campeonato al que había caído el Watford, desde la Premier League, en 2022. De los diez, ocho eran nuevos en la nómina del equipo del condado de Hertfordshire, los amados Hornets, avispones en español.

El equipo había ascendido en 2018 y en 2019 disputó la final de la FA Cup, contra el Manchester City de Guardiola, y tras perderla entró en una crisis deportiva que finalmente se selló con el descenso en 2022. Los hinchas estaban molestos y los dueños, Gino Pozzo y su padre, entendieron que debían contratar talento joven y barato. Llegaron entonces el canadiense Ismael Koné, un volante menudito, veloz, muy técnico, nacido en Abiyán, Costa de Marfil, refugiado en Canadá desde pequeño; Joao Pedro, brasileño surgido en las calles de Riberao Preto, en una familia sofocada por la extrema pobreza y cuyo padre, exfutbolista, había sido encarcelado por robo y homicidio; Jeremy Ngakia, joven lateral nacido en Londres, de origen congoleño, quien había renunciado al West Ham United para jugar al lado de su amigo Edo Kayembe; Yáser Asprilla, delantero chocoano, del Alto Baudó, surgido de las divisiones juveniles del Envigado; Hassane Kamara, lateral izquierdo nacido en Saint-Denis, barrio de París, en Francia, de raíces marfileñas. Kamara había vivido durante trece años en Toulouse para hacerse futbolista; Imran Louza, un volante marroquí que creció en Nantes y que cada mes viajaba con su padre a Marruecos, para vender frutas y verduras; Ismaila Sarr, delantero senegalés que pasó un mes secuestrado por un grupo extremista en Ruanda cuando tenía diez años y quien, tras ser liberado, fue llevado a Francia donde se formó en la academia del Metz; y Leandro Bacuna, volante nacido en Groningen, Países Bajos, pero con raíces en Curazao. Leandro tuvo que convertirse en futbolista a escondidas y gracias a la ayuda de su hermano, quien le mantuvo el secreto hasta los quince años de edad, cuando entró a la academia del Ajax. Los padres de Leandro no querían que fuera deportista, preferían que siguiera la carrera de pastor en una iglesia pentecostés.

Ellos se unieron a Edo Kayembe, congoleño criado en Francia, cuyos padres fueron víctimas de desplazamiento forzado por los asedios de la milicia armada M23, y a Ken Sema, también de origen congoleño, refugiado desde pequeño en Suecia y con problemas para hablar la lengua de su país de acogida

Vicarage Road, la casa del Watford desde 1922. Tomado de clubsfromabove.com.

Los diez se hicieron amigos de inmediato. Todos afrodescendientes, todos con una historia repleta de dificultades, de hambre, de muerte y exilio. Llegaron a finales de 2022, justo antes del mundial de Catar, con la firme ilusión de devolver al Watford a la Premier League.

Pero ese lunes en Vicarage Road, previo a un partido contra el Sunderland, por la fecha 36 de la Cahmpionship, los diez se sentaron a hablar en medio de la cancha, cabizbajos porque las chances de ascender se habían esfumado y el club naufragaba en la mitad de la tabla del campeonato. Habían perdido la meta y solo querían que acabara el torneo para iniciar un nuevo objetivo.

El fin de semana, Gino Pozzo los había llevado de paseo a los estudios de la Warner ahí mismo en Watford, justo donde se habían grabado varias de las películas de Harry Potter. En el parque temático del joven mago conocieron a J.K. Rowling, la autora de la obra, quien le regaló a cada uno una copia autografiada de La piedra filosofal. Conectados con esa historia de brujas, magos y animales fantásticos, los diez amigos hicieron una nueva promesa. Todavía con el recuerdo del mundial de Catar tibio en la memoria, estrecharon las manos y dijeron que en 2026 todos ellos se reencontrarían en el mundial, pasara lo que pasara con el Watford.

Al final de ese 2023, casi todos salieron del equipo. Joao Pedro se fue al Brighton, Sema fichó con el Pafos, Asprilla se fue al Girona, Koné se fue a Italia, con el Sassuolo, y Hassane Kamara viajó al Udinese. Los demás se quedaron, pero tampoco lograron ascender al Watford. Entonces Sarr se fue al Crystal Palace y Bacuna se marchó a la liga árabe.

La cosa empezó a marchar bien para casi todos, al menos de forma individual. Los diez fueron convocados por sus respectivas selecciones y no solo de forma nominal o protocolaria. Nada de eso, en verdad eran importantes para sus países. A excepción de Asprilla y Joao Pedro, los demás eran titulares con sus combinados.

Yáser Asprilla (izquierda) y Joao Pedro (derecha) durante su paso por Watford. Tomado de watfordfc.com.

El Watford, en cambio, seguía sin ascender. A pesar de los talentos que cada año llegaban, el equipo nunca avanzaba más allá del puesto once. En Hertfordshire solo les quedaba el recuerdo de 1984 para enorgullecerse por la camiseta. Ese año, con Elton John como presidente del club, Graham Taylor como entrenador y John Barnes como principal figura, los Avispones habían logrado el subcampeonato de Liga, tras el Liverpool, y el subtítulo de la FA Cup, tras el Arsenal. Pero esa felicidad fue fugaz y el club volvió al ostracismo de la segunda y la tercera división.

Tras la FA Cup del 2019, los ciudadanos de Hertfordshire se ilusionaron con nuevas alegrías, pero el equipo no respondió y se hundió en la Championship.

Al final, solo Kayombe y Ngakia se quedaron en el equipo, que entre 2022 y 2024 vio pasar a cuatro entrenadores y a más de cincuenta jugadores.

Mientras tanto, en la lucha mundialista, las selecciones de los diez amigos seguían adelante con paso firme: Congo, Colombia, Brasil, Senegal, Canadá, Suecia, Marruecos y Curazao, increíblemente, se mantenían en los primeros puestos de sus eliminatorias. Los diez se enviaban mensajes cada fecha para felicitarse, o para darse ánimos. La recta final fue un dolor de muelas para varios de ellos. La Suecia de Sema tuvo que ir al repechaje, al igual que Curazao y Congo. Sin embargo, todos clasificaron.

Yáser disputa el balón en un partido de la FA Cup entre el Watford y el Reading, en 2023. Tomado de watfordfc.com.
Yáser celebra un gol con los Hornets. Tomado de watfordfc.com.

Lo de Congo fue épico. El equipo de Kayombe venció a Nigeria en semifinales y a Camerún en la final de la clasificación, y avanzó al repechaje con Jamaica y Nueva Caledonia. Con Kayombe, Bakambu y Wisa como figuras, los Leopardos se quedaron con el cupo y cayeron al grupo de Colombia. Kayombe, de inmediato, llamó a Asprilla para celebrar la noticia.

Colombia y Brasil no necesitaron de dramas para llegar a la cita mundialista, pero Joao Pedro y Asprilla, debido a lesiones y a bajos rendimientos, empezaron a perder fuerza en sus selecciones. A un mes de la fiesta futbolera, ambos cracks quedaron por fuera de las listas definitivas. El pacto de los Avispones de Vicarage Road no iba a cumplirse. Solo ocho lograron lo prometido, los dos que parecían más seguros, por su inmenso talento, se quedaron sin boletos para el viaje.

El grupo de WhatsApp, pese a todo, no se cerró, y tanto Asprilla como Joao Pedro se resignaron a enviarles buenos deseos a sus excompañeros. “Otra vez será”, dijo Asprilla, ahora en el Galatasaray. Joao Pedro fue más lejos: “En el próximo yo seré el goleador”. El brasileño, ahora en el Chelsea, tiene apenas 21 años y sabe que en 2030 tendrá una nueva oportunidad.

El Watford mandará a tres jugadores al mundial. Además de los congoleños Kayombe y Ngakia, el arquero noruego Egil Selvik también está apuntado. Por el equipo inglés también pasó el Cucho Hernández y el belga Dodi Lukébakio, quienes estarán en la fiesta de la Fifa.

Así es el destino, no siempre los pactos, por mágicos que sean, llegan a cumplirse.

Yáser formó de titular con el número 22 en el amistoso que Colombia ganó 3-0 a Australia, en 2025. Tomado de Federación Colombiana de Fútbol.

La revolución de los claveles y el sueño mundialista

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Exclusivo web Junio de 2026

Soldados portugueses durante la Revolución de los Claveles en 1974. Tomado de www.litci.org.

Para entender la historia de Cabo Verde y su actual milagro futbolístico hay que instalarse en la década del setenta del siglo pasado, cuando Cruyff y Beckenbauer eran los dueños de la pelota y el Ajax y el Bayern Munich se turnaban para ganar la Copa de Campeones. En esos tiempos, concretamente en 1974, Portugal estaba atascado en la terrible dictadura de António de Oliveira Salazar, quien tras un golpe de Estado en 1933, fundó el Estado Novo, se atornilló en el poder y desató todo tipo de censuras y persecuciones.

Salazar fue conocido como “el dictador que murió dos veces”, porque en 1968 sufrió un accidente casero y sus allegados lo declararon muerto para el pueblo portugués, pero lo mantuvieron vivo en secreto hasta 1970 cuando finalmente falleció. Hasta su último aliento, De Oliveira creyó que seguía gobernando Portugal, pero quien mandaba en realidad era Marcelo Caetano. 

En 1974, cansado de los abusos, el pueblo se sublevó, y en su pacífica rebeldía tuvo como aliado al Ejército. Aquella manifestación es conocida como La revolución de los claveles y se inició el 25 de abril de ese año, con dos canciones censuradas que sonaron en la radio en diferentes horarios. Primero, E depois do adeus de Paulo de Carvalho, a las 10:55 de la noche, y luego Grândola, Vila Morena de José Afonso, a la medianoche. 

El derrocamiento de Caetano no tuvo oposición y Portugal recuperó su democracia al día siguiente. Necesario sería leer a Saramago o a Lobo Antunes, quienes cuentan la historia de manera detallada y poética. 

Durante sus años de febril autoritarismo, De Oliveira se negó a la descolonización de los territorios en África. Hasta su muerte, el dictador se negó a otorgarles la independencia a Mozambique, Angola y Cabo Verde. Tras el derrocamiento de Caetano, esos pequeños países africanos vieron surgir la esperanza de libertad y, en 1975, los tres se independizaron pacíficamente, a través de acuerdos diplomáticos.

António de Oliveira Salazar, primer ministro portugués entre 1932 y 1968. Tomado de Wikimedia Commons.

Sin embargo, las raíces de la cultura portuguesa siguieron marcando la vida de las nuevas repúblicas: el cien por ciento de la población de Cabo Verde tenía al portugués como lengua principal y el catolicismo era la principal religión. 

Pedro Leitao Brito, más conocido como Bubista, tenía cinco años cuando Cabo Verde logró su independencia, pero recuerda la euforia que se vivió en las calles de su natal Boa Vista, la tercera isla más grande del archipiélago caboverdiano y la más cercana al continente africano. 

Pedro no tuvo que ir a la escuela durante varios días, los festejos por la independencia se extendieron casi un mes. Además, el empalme entre la vieja administración portuguesa y la nueva caboverdiana, se tardaría poco más de medio año. 

Cabo Verde es un archipiélago surgido de la actividad volcánica. Sus diez islas están divididas en dos bloques: Barlovento y Sotavento. Praia, la capital, y Boa Vista están en Barlovento, donde golpean con fuerza los vientos alisios. Durante años, los mejores talentos caboverdianos defendieron la camiseta de Portugal: en esa lista se incluyen Nani, Océano, Semedo, Nene, Gelson Martins y Gelson Fernandes. Incluso Cristiano Ronaldo tiene raíces en ese pequeño país, pues su abuela, Rosa Isabel de Piedade, nació allí. 

Tras la independencia, esos talentos emergentes siguieron eligiendo a Portugal para jugar al fútbol, pues consideraban que defender a Cabo Verde les limitaba sus posibilidades de crecimiento. Sin embargo, unos pocos pensaban diferente, y entre ellos estaba Pedro Leitao, a quien a partir de los dieciséis años ya apodaban Bubista, por cosas de su padre, un consumado lector del budismo y quien de manera graciosa solía decirle a su hijo: “Tú deberías ser budista”, y como el niño no sabía pronunciar bien la palabra, decía: “Sí, soy bubista”, y así se quedó. 

El fútbol no fue particularmente bueno con Bubista. Fue un jugador cumplidor, sin demasiado talento, y su carrera transcurrió entre equipos de la segunda división portuguesa y los principales clubes de su natal Cabo Verde. La mejor parte de su carrera como defensor fue un fugaz paso por el Bajadoz en España, en 1996, pero solo jugó ochenta minutos en seis meses de contrato. Ese mismo año, casualmente, Luis de la Fuente, actual entrenador de España, se había retirado del fútbol profesional y se iniciaba como técnico en un club vasco llamado Portuguesa.

Mapa de Cabo Verde. Tomado de Wikimedia Commons.

Bubista continuó su carrera como futbolista en Cabo Verde hasta 2005. Defendió siempre a su país con la camiseta de los Tiburones Azules, pero jamás logró clasificar, ni siquiera, a una Copa de África. Tras retirarse inició su historia en los banquillos, y entonces el éxito, por fin, tocó a su puerta. 

Empezó dirigiendo clubes en su país y luego fue sumado como adjunto en la selección nacional. En 2013, con él como ayudante, Cabo Verde clasificó a la Copa de África y llegó hasta cuartos de final. 

Tras algunos tropiezos, muchos de ellos debido a la falta de recursos y a la pésima estructura del campeonato local, Bubista asumió la dirección técnica del seleccionado a comienzos de 2020. Estaba obsesionado con clasificar al mundial de Catar, pero el covid-19 estropeó todos sus planes, pues los jugadores no podían entrenar, no se podían hacer amistosos y, en resumen, el mundo estaba casi bloqueado. 

Cuando todo volvió a la normalidad, Cabo Verde no fue capaz de competir en igualdad de condiciones y quedó eliminado de Catar. Pese al fracaso, Bubista fue mantenido en el cargo y Mario Mendes, presidente de la Federación de Fútbol, se convirtió en su aliado en el nuevo proceso. Se pusieron manos a la obra con una estrategia austera, pero innovadora. La pandemia había dejado enseñanzas y una de ellas, la comunicación a través de redes sociales, iba a ser clave para formar el nuevo combinado. 

Por medio de LinkedIn y Facebook comenzaron a contactar jugadores con raíces caboverdianas en todo el mundo que hubieran sido descartados por otras selecciones. Se apoyaban en la estadística de la diáspora, pues aunque en Cabo Verde solo hay quinientos mil habitantes, en el resto del mundo hay al menos otro millón. De esa forma encontraron a Steven Moreira, del Columbus Crew de Estados Unidos, quien había pasado por Le Havre y Lille de Francia, y a Pico Lopes, nacido en Dublín, pero de padres caboverdianos.

Josimar José Évora Dias ‘Vozinha’, figura de la selección de fútbol de Cabo Verde. Tomado de www.vozinhaofficial.com.

Bubista continuó su carrera como futbolista en Cabo Verde hasta 2005. Defendió siempre a su país con la camiseta de los Tiburones Azules, pero jamás logró clasificar, ni siquiera, a una Copa de África. Tras retirarse inició su historia en los banquillos, y entonces el éxito, por fin, tocó a su puerta. 

Empezó dirigiendo clubes en su país y luego fue sumado como adjunto en la selección nacional. En 2013, con él como ayudante, Cabo Verde clasificó a la Copa de África y llegó hasta cuartos de final. 

Tras algunos tropiezos, muchos de ellos debido a la falta de recursos y a la pésima estructura del campeonato local, Bubista asumió la dirección técnica del seleccionado a comienzos de 2020. Estaba obsesionado con clasificar al mundial de Catar, pero el covid-19 estropeó todos sus planes, pues los jugadores no podían entrenar, no se podían hacer amistosos y, en resumen, el mundo estaba casi bloqueado. 

Cuando todo volvió a la normalidad, Cabo Verde no fue capaz de competir en igualdad de condiciones y quedó eliminado de Catar. Pese al fracaso, Bubista fue mantenido en el cargo y Mario Mendes, presidente de la Federación de Fútbol, se convirtió en su aliado en el nuevo proceso. Se pusieron manos a la obra con una estrategia austera, pero innovadora. La pandemia había dejado enseñanzas y una de ellas, la comunicación a través de redes sociales, iba a ser clave para formar el nuevo combinado. 

Por medio de LinkedIn y Facebook comenzaron a contactar jugadores con raíces caboverdianas en todo el mundo que hubieran sido descartados por otras selecciones. Se apoyaban en la estadística de la diáspora, pues aunque en Cabo Verde solo hay quinientos mil habitantes, en el resto del mundo hay al menos otro millón. De esa forma encontraron a Steven Moreira, del Columbus Crew de Estados Unidos, quien había pasado por Le Havre y Lille de Francia, y a Pico Lopes, nacido en Dublín, pero de padres caboverdianos.

Cabo Verde empató 0-0 con España en su debut mundialista. Tomado de www.vozinhaofficial.com.

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El regreso del puma a la amazonía ecuatoriana

por FELIPE CARDONA • Imágenes del autor

Exclusivo web Junio de 2026

Cuando el puma llora, la selva entera lo acompaña en su lamento. Basta un mínimo sollozo  del felino para que todo quede inmóvil: los insectos interrumpen su canto, las hojas  suspenden su caída. Las criaturas parecen apagarse para rendir tributo a su desdicha.  

Leodan Vargas, líder de la comunidad indígena Lisan Wasi —cuyo nombre significa “Casa de  la Hoja” en español—, habita en la Amazonía ecuatoriana y es uno de los pocos testigos de  este acontecimiento. El hombre, que ronda la treintena, parece frágil; su contextura  diminuta no hace justicia a la magnitud de su determinación. De sus manos —pequeñas,  casi invisibles— ha germinado un bosque. Árboles que hoy se yerguen como pilares vivos y se extienden hasta donde la vista no alcanza.

Todo en él sugiere mesura, la timidez lo acompaña como una sombra silenciosa. Es  cauteloso al hablar y viste casi siempre con ropa de jornalero, como si su destino estuviera atado al pulso de la tierra y al ritmo de la selva que no cesa. 

Leodan recuerda que, tras escuchar unos alaridos que le helaron la sangre, la selva se sumió en un silencio tan hondo que pudo sentir los latidos de la tierra bajo sus pies. No todos acceden a este privilegio: oír al puma es inusual. Generaciones enteras de la Amazonía vivieron y murieron sin percibir las agudas tribulaciones de la bestia. Por eso, cuando ocurre, los sabios dicen que no es un animal quien llama, sino la selva misma.  

Los abuelos —guardianes de la memoria, guías espirituales y consejeros de las tradiciones en los pueblos indígenas— cuentan que el felino pertenece al Amo de la Amazonía, una  presencia ancestral que habita la montaña donde la vida humana apenas se percibe como un susurro. Dicen que es el vigilante del equilibrio, custodio de las criaturas más preciosas, resguardadas en cavernas ocultas bajo la tierra, lejos de los apetitos desmedidos del hombre.

Durante años, los clamores del puma dejaron de escucharse y su presencia se volvió un mito desdibujado en la memoria de los ancianos. La bestia permaneció confinada mientras la  selva enfrentaba la piel dura de los forasteros, quienes, con papeles de membrete, botas  relucientes y rifles cruzados al pecho, intentaron borrar del mapa todo aquello cuyo nombre  no sabían pronunciar.  

Fueron los años de los terratenientes y ganaderos descendidos de la sierra ecuatoriana, un flujo silencioso que atravesó los últimos compases de los ochenta y se prolongó hasta la primera década de este siglo. Con ellos llegó también la sombra de las empresas petroleras extranjeras —Andes Petroleum, Compañía General de Combustibles y la argentina holandesa Pluspetrol—, esta última quizá la que más profundamente trastocó los dominios ancestrales de la comunidad kichwa. La selva, paciente y antigua, sufrió ultrajes  imborrables; y los pueblos indígenas, seducidos por promesas de abundancia fácil, olvidaron los consejos ancestrales que los ligaban a la tierra. Leodan Vargas confiesa que él y muchos miembros de su comunidad perdieron el rumbo y emigraron a la ciudad de Puyo en busca de un progreso que los alejaba de su verdadera naturaleza.  

Pero en este extravío hubo alguien que recordó la voz  de Pedro, el abuelo, último chamán de Lisan Wasi. Los que lo conocieron cuentan que era  un hombre que destilaba bondad, que sus dones jamás servían al capricho, sino a la sanidad  de los enfermos, el consejo en los momentos de zozobra y la defensa de las tradiciones ante  la amenaza externa. Fue uno de los hombres más poderosos de las comunidades indígenas  que flanquean el río Puyo, y su poder, intangible pero cierto, despertó la envidia de otros  seis chamanes —oscuros y ambiciosos— que, en su codicia, se reunieron para tramar un  hechizo de enfermedad que al final terminó por diezmarlo. A finales de los años noventa, presintiendo la proximidad de la muerte, el sabio realizó un gesto destinado a perpetuar la  sabiduría de los antiguos. Fue Luz Vargas, hermana de Leodan, quien recogió esta semilla y mantuvo vivos los actos y las palabras del anciano.  

En la antesala de la muerte, cuando el aire se le volvía espeso, Pedro reunió nueve variedades de ají y creó un potaje ardiente. Mandó traer a sus nietos y tomó en brazos a  uno de los más pequeños. En la mirada del niño descubrió una humildad antigua, una modestia capaz de soportar potencias invisibles. Entonces lo recostó y vertió el brebaje en  sus ojos abiertos. El llanto del niño fue absorbido por la algarabía de la comunidad: Pedro había elegido al futuro chamán de Lisan Wasi. Luz, que entonces era una niña, fue testigo de cómo su hermano Leodan quedaba vinculado para siempre con la selva y sus ancestros.

El abuelo no se equivocó. La naturaleza traza planes que escapan al capricho humano. Corría el año 2012 cuando la selva, agobiada por su largo cautiverio, lanzó un llamado de liberación y sus hijos fueron llegando, uno por uno, dispuestos a jugarse la piel para recuperar el paraíso arrebatado.  

La primera fue Luz. Llegó al caserío con el paso firme de quien ha transitado entornos  hostiles. Tras años en las aulas entre códigos, expedientes y signos ajenos a la selva aprendió que las armas legales, pueden ser, a veces, más implacables que la fuerza bruta. Emprendió una batalla contra los ganaderos que la llevó al límite de su paciencia y logró que los tribunales restituyeran ochenta hectáreas de tierra. Ese espacio recuperado se convirtió en el cimiento de una nueva generación que dejaba atrás las fracturas de identidad  y restauraba, con dignidad, su condición indígena.  

Como Luz, mujeres de comunidades vecinas también alzaron el puño y se embarcaron en la defensa del territorio: en la región selvática ecuatoriana de Pastaza, al sur de la ciudad de  Puyo, los pueblos Sarayaku y Waorani lograron lo impensable: la Corte Interamericana de Derechos Humanos reconoció la potestad sobre sus territorios, marcando un claro límite a  la voracidad de las multinacionales. No sólo fue un triunfo jurídico, sino una gesta de  esperanza en medio del despojo.  

Luego fue el turno de Leodan. No regresó solo: volvió impulsado por la voz de su hermana  Luz, una voz que sembró en su corazón el anhelo de liderar a su pueblo. El retorno no fue  sencillo. Cada paso, cada palabra fueron prendas arrebatadas a la incertidumbre. Había crecido mancillado por la estrechez mental de la ciudad, donde su vida se reducía a trabajar  como obrero de construcción, alimentando sueños ajenos mientras los propios se desvanecían. 

Poco a poco la memoria regresó, el cauce extraviado encontró su río. Sin prisa, pero con una potencia inevitable, Leodan se acopló al ritmo de la selva. Volvieron las madrugadas  consagradas a descifrar los sueños bajo el amparo de la Guayusa, la bebida ceremonial que aclara el pensamiento y otorga vigor para el día naciente. Volvieron también las manos  llenas de tabaco, limpieza y protección; los rostros pintados con achiote, rojo inmortal de la tierra, símbolo de una identidad que se elige, se habita y se defiende.

Su padre lo encaminó también en la medicina ancestral. Le presentó la ayahuasca, liana sagrada que no trepa, sino que desciende a la tierra, raíz que sumerge a los seres en la  vastedad de la conciencia para enfrentar los miedos enquistados en lo profundo. Fueron noches de inmersión total, vigilias que escapaban al tiempo. Leodan se habituó a los seres de otros planos que le susurraban ícaros antiguos cantos de curación capaces de alterar el curso del pensamiento y de la vida. 

Una noche supo que el tiempo de aprendiz había terminado. La revelación llegó mientras guiaba una toma de ayahuasca junto a una mujer que se declaraba escéptica de sus  plegarias. Tras beber la medicina, Leodan sintió un estremecimiento que le encendió la espina dorsal. Una fuerza salió de su cuerpo y tomó forma. En la visión se contempló a sí mismo en el plano espiritual. Era como verse en un espejo; sus facciones eran las mismas, pero su doble llevaba un tocado de plumas digno de la realeza prehispánica; en la mano, un  bastón de madera tallado con esmero; en el cuello, collares cuyo destello competía con el de los astros. No hubo duda ni sobresalto. Fue la confirmación de una sospecha que siempre  lo acompañó.  

Desde entonces, Leodan junto a Luz, su hermano Inti y un puñado de jóvenes animados por  el mismo ardor, rasgó la tierra para plagarla de árboles, abrió cauces de agua cristalina  donde el cielo pudiera contemplarse y levantó un bohío para resguardar los maderos que  hasta el día de hoy avivan una llama inextinguible. Sin miedo a perderse abrieron la selva a  quienes llegaban desde tierras remotas y hablaban lenguas extrañas. La premisa ya no fue  la reverencia sino la hermandad: el intercambio de saberes bajo el manto de las prácticas ancestrales.  

Faltaba una última señal.  

Llegó cuando Luz y otras mujeres preparaban la chicha en una choza internada en la espesura. Mordían el maíz y lo escupían en bateas de madera para macerarlo. Estaban solas:  la tradición lo exige. Ningún hombre puede participar. Entonces ocurrió: Desde las ramas  una figura se deslizó hacia ellas. Un ruido seco, unas pisadas ágiles. Era el puma. Las mujeres  treparon a la parte alta del refugio. Luz se quedó abajo. Apretó el pilón y lo convirtió en una lanza improvisada. Alzó la mirada y sostuvo los ojos de la criatura. No retrocedió. El animal  quedó inmóvil unos instantes y luego se internó en la maleza.  

Los hombres llegaron alertados por los gritos, con carabinas en las manos. Luz los detuvo. A pesar del miedo, la señal era inequívoca: El puma había descendido de la montaña para  anunciar su regreso. El pueblo Lisan Wasi ya no estaba sólo. 

En el plano espiritual Leodan también recibió el aval de la selva. En las tomas de ayahuasca y San Pedro otra medicina sagrada heredada de los incas la presencia del felino se volvió  recurrente. Comprendió entonces que el puma era su animal de poder, su tótem. Desde ese momento el joven chamán se presenta como “el puma” frente a todos aquellos que vienen a conocerlo.  

Nunca sabremos si su mirada es la misma que conmovió al abuelo Pedro. Pero sus ojos  transmiten un sosiego que repara el alma. Basta compartir unos instantes con él para  comprender el vínculo que lo une al felino. Para los kichwa, el puma no gobierna: custodia. Así camina Leodan por la selva. Cada vez que llega a un lugar, lo hace sin alboroto, sin que  nadie lo advierta. Se integra en las conversaciones con discreción y dice solo lo necesario. Su liderazgo no empuja: es una presencia sin apuros. 

Como el puma aprendió a custodiar el mundo desde la calma, con pasos que no alertan, pero con la firmeza inamovible de quien conoce los caminos de la selva.

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Granaderos al ataque

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Exclusivo web Junio de 2026

Selección de Haití gana 4-0 a su homónima de Nueva Zelanda en un amistoso previo al Mundial de fútbol de 2026. Tomado de la Fédération Haïtienne de Football.

La primera vez que escuché de los indios taínos fue en una canción emblemática de la salsa, Anacaona, escrita por el maravilloso Tite Curet y popularizada en la entrañable voz de Cheo Feliciano. Esa melodía fue una bomba en mis tiempos de primera juventud, por allá en los lejanos años noventa del siglo pasado, época de festejos y desdichas para la selección Colombia del negro Pacho Maturana.

Volví a saber de esa tribu en las páginas de Las venas abiertas de América Latina, del maestro Eduardo Galeano, quien también escribió de fútbol, y hago mención porque este artículo, pese a todo, también es de fútbol.

En fin, el hecho es que estando en la Universidad de Antioquia, un día me dio por meterme en los libros de historia de la Biblioteca Carlos Gaviria, y leí sobre ese pueblo y sobre su “isla montañosa”, su amada Ayiti, o Quisqueya. Allí llegaron los saqueadores españoles en 1492, en tres pinches carabelas.

Los ibéricos, borrachos, literalmente, y enfermos por el oro y la fama, rebautizaron la isla como La Española y la convirtieron en centro de operaciones. Desde allí, a fuerza de espadas y crucifijos, sometieron y masacraron a los taínos y a todos los pueblos primigenios de América Latina.

Ya establecida la Conquista, los españoles transaron con los franceses para llenar la isla de esclavos traídos de África. Los pusieron a sembrar caña de azúcar.

Tuvieron que pasar casi tres siglos para que esos esclavos, liderados por el jamaicano Dutty Boukman y el Napoleón Negro, Toussaint Louverture, iniciaran una gigantesca rebelión, en 1793, que terminó, diez años después, en la independencia de la isla, proclamada por Jean-Jacques Dessalines y Henri Christophe.

Así se resume la historia de lo que hoy conocemos como Haití, un pequeño país del Caribe, hermanado con República Dominicana.

Haití, que fue nombrado así en homenaje al viejo pueblo Ayiti, parece haber nacido con una perenne maldición. Los esclavos, más de medio millón, echaron a españoles, franceses e ingleses, y a cambio obtuvieron una tierra fértil para el café y el azúcar, pero también para las desgracias.

Tras espantar a los franceses, que tenían el poder sobre la isla, Haití entró en una grave crisis económica, pues los europeos, para reconocer el nuevo Estado, pidieron a cambio una exorbitante y humillante indemnización para la nación de Voltaire, Zola, Baudelaire y Robespierre. Esa deuda, que duró más de cien años, derivó en violencia callejera, golpes de Estado, guerras civiles, enfermedades incurables, diásporas y suicidios.

Pero la venganza francesa no terminó allí. De 1957 a 1986, en Haití se instaló un gobierno autoritario e ilegítimo, el de la familia Duvalier, que gozó del apoyo de diversos mandatarios galos, desde Coty, Charles de Gaulle y Pompidou, hasta Francois Mitterrand. Sin embargo, el principal patrocinador de la carnicería de los Duvalier fue Estados Unidos y uno de sus perros rabiosos, la CIA. Los gringos ocuparon Haití de 1915 a 1935, pero no se fueron de inmediato, sino que tardaron en desalojar la isla, como en las despedidas de los circos malos.

Los Tonton Macoute de Papa Doc. Tomado de www.nuevarevolucion.es.

Francois Duvalier, más conocido como Papa Doc, fue un médico que llegó al poder en 1957, supuestamente elegido democráticamente, pese a múltiples denuncias de fraude. Duvalier, con un discurso populista, logró captar muchos votos, pero su mayor ventaja la tomó de las amenazas a sus opositores, quienes tuvieron que exiliarse en otros países.

Papa Doc montó grupos paramilitares en todo el país para reprimir cualquier conato de rebelión. Los Tonton Macoute torturaron, desaparecieron y asesinaron a cientos de personas, solo por pensar diferente. Por si fuera poco, mientras los Duvalier cada vez se enriquecían más, los haitianos se morían de hambre, de sida o a causa de huracanes y terremotos.

Como era predecible, Papa Doc se atornilló en el poder y, tras su muerte, su hijo Jean Claude ‘Baby Doc’ Duvalier heredó ocupó el gobierno de 1971 a 1986. Durante esos años sucedió el primer milagro haitiano, la clasificación al mundial de Alemania 1974.

Antoine Tassy fue designado como entrenador del seleccionado dos años antes. En las eliminatorias de la Concacaf, Haití compartió grupo con México, Trinidad y Tobago, Honduras, Guatemala y Antillas Neerlandesas. La presión sobre los jugadores era tremenda. Duvalier quería que su equipo fuera a Alemania para utilizarlo como símbolo del falso progreso haitiano. Hombres encapuchados aparecían en las casas de los jugadores y tiraban panfletos bajo las puertas. Las cosas llegaron tan lejos que incluso, antes del partido con Honduras, el 7 de diciembre de 1973, integrantes del Tonton Macoute golpearon en plena calle al defensor Pierre Bayonne, quien había cometido un error durante el duelo que Haití le había ganado 2-1 a Trinidad y Tobago cuatro días antes.

Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, presidente de Haití entre 1971 y 1986. Tomado de Wikimedia Commons.

En medio de ese ambiente de terror, Haití ganó su grupo con ocho puntos. Ganó cuatro partidos y solo perdió uno, contra México. El viaje fue escoltado por el escuadrón élite del gobierno de Duvalier, Los Leopardos, quienes supervisaban con cara de malos a todos los jugadores, sobre todo cuando iban a las entrevistas. Vigilaban que no criticaran al régimen, o que se escaparan de la concentración para buscar la libertad en otros países.

En el mundial les correspondió el grupo 4, con Argentina, Italia y Polonia, tres equipos con amplia tradición futbolera. Italia tenía a cracks como Gianni Rivera, Fabio Capello, Luigi Riva y Dino Zoff; Argentina tenía a Kempes, Perfumo, a Houseman; y Polonia contaba con estrellas como Lato, Zmuda, Deyna y Szarmach.

Duvalier sabía que su selección no tenía ningún chance, pero aprovechó el viaje para entablar relaciones y dejar en limpio su gobierno ante todo el mundo. En la cancha, los haitianos lucharon con valentía, pero la distancia con las potencias era demasiada. Italia les ganó 3-1, pese a irse en ventaja con gol de Emmanuel Sanon, uno de los dos únicos futbolistas que jugaban en el exterior. Sanon era hijo de migrantes haitianos pero había nacido en Bélgica y jugaba para el Beerschot. El otro era el capitán Wilner Nazaire, quien jugaba para el Valenciennes francés.

Contra Polonia fue un desastre. Lato, Szarmach y compañía los vencieron 7-0. No tuvieron piedad. Por último, Argentina les ganó 4-1. Sanon, otra vez, hizo el de la honra.

El lunar fue el positivo por efedrina de Ernst Jean-Joseph, volante del Violette haitiano. Tras la confirmación de los médicos de la Fifa, el jugador fue expulsado del torneo, pero eso no fue lo peor. Los Leopardos lo sacaron a patadas de la concentración, lo encerraron en un garaje y lo golpearon durante dos noches. Cuando lo iban a mandar de regreso a Haití, quizás para matarlo, el agregado haitiano en Alemania, Kurt Renner, dio aviso a la prensa. Renner le salvó la vida al apodado “mulato del pelo rojo”, pero fue destituido de su cargo inmediatamente.

Selección de Haití en su debut mundialista en Alemania 1974. Tomado de https://www.facebook.com/futbolero.nacional.2025.
Haití vs. Argentina en el Mundial de Alemania 1974. Tomado de ESPN.

Baby Doc Duvalier fue derrocado en febrero de 1986, el año de La mano de Dios. Tras muchos abusos de poder, y en medio de una crisis económica y de salud pública sin precedentes, se produjo un levantamiento popular que hizo que el dictador huyera a Francia, en un avión estadounidense.

Haití siguió participando de las eliminatorias de la Concacaf, pero el éxito era esquivo. Para colmo, el “país maldito” seguía sufriendo por hambre, inundaciones, tormentas, maremotos, huracanes y terremotos. En 2010, por ejemplo, un temblor de 7.0 arrasó con Puerto Príncipe y dejó más de doscientos mil muertos. En 2016, el huracán Matthew dejó a dos millones de damnificados y, en 2021, otro terremoto cobró la vida de cerca de cinco mil personas.

Lo peor de esos años, sin embargo, fue el gobierno corrupto de Jovenel Moise, quien ganó las elecciones de 2017, apoyado por el entonces presidente Michel Martelly, del partido PHTK – Partido Haitiano Tèt Kale. Martelly era un aliado incondicional del chavismo venezolano y Moise, que ganó las elecciones en medio de un contexto turbulento, con violencia en las calles, damnificados por los desastres naturales y graves acusaciones de fraude, siguió los pasos de su padrino Martelly y firmó varios acuerdos con Nicolás Maduro.

En 2019, como era de esperarse, explotó un escándalo llamado Petrocaribe. Moise fue acusado de malversar miles de millones de dólares de esos acuerdos con el gobierno venezolano. Los haitianos salieron a las calles a protestar y Moise, que tenía arreglos con algunas de las pandillas más poderosas del país, hizo represión con violencia. En 2020, el incendiario Moise le echó más leños al fuego y suprimió el Parlamento. Entonces el país explotó. Las pandillas tomaron el poder en el setenta por ciento del país y Moise tuvo que atrincherarse por miedo a un golpe de Estado.

En 2021, veintiocho mercenarios colombianos, exintegrantes del Ejército, fueron contratados para matar a Moise, y no fallaron. En julio de 2021, en una rápida incursión, los mercenarios llegaron a la casa de Moise, en Puerto Príncipe, y lo acribillaron. Los asesinos fueron capturados en el acto y están cumpliendo condenas en Haití y Estados Unidos. Pasados algunos meses, más de cincuenta personas fueron imputadas por conspiración en el magnicidio, incluyendo a la esposa de Moise, Martina, y al exprimer ministro Claude Joseph.

En las declaraciones de los acusados, se mencionó que la muerte de Moise era necesaria porque estaba aliado con las bandas criminales del país, sobre todo con la G9 Fanmi e Alye (Familia y Aliados), cuyo jefe es el expolicía Jimmy Chérizier, alias Barbacoa.

Tras la muerte de Moise, la violencia en Haití se salió de control. Las cinco principales bandas se tomaron el noventa por ciento de la pequeña isla y, claro, la selección de fútbol también se vio afectada. La G9 se adueñó del estadio Sylvio Cator y del complejo de entrenamiento El Rancho. El equipo tuvo que exiliarse en Curazao para jugar allí las eliminatorias hacia el mundial de 2026 y muchos jugadores sufrieron saqueos en sus viviendas de Puerto Príncipe.

Era imposible acercarse a Puerto Príncipe porque no solo era la G9 con su poder militar enfrentando al Ejército y la Policía, sino que también había una guerra declarada entre los cinco grupos armados ilegales. El G-Pep, por ejemplo, de alias Ti Gabriel, estaba enfrentado con el G9; mientras que Baz Pilatos, Nan Ti Bwa y Delmas 6, con apoyo de las maras salvadoreñas, estaban en guerra por el control de las rutas del narcotráfico.

Alix Didier Fils-Aimé, jefe de Estado y de gobierno tras el magnicidio de Moise, no ha sabido qué hacer para controlar a las pandillas y por eso Haití es considerado uno de los tres países más peligrosos del planeta.

Al igual que en el 74, otra vez el fútbol se convirtió en la mejor noticia para un país en crisis humanitaria, para un Estado fallido y maldito. Otra vez la pelota fue la esperanza para esos doce millones de habitantes de Quisqueya.

En los años de la dictadura de Duvalier, fueron cientos los haitianos que emigraron a otros países buscando asilo. Tras la caída de Baby Doc, el país no pudo salir adelante porque la deuda externa era insostenible. La crisis se agravaba con cada desastre natural, y las ayudas humanitarias, casi siempre, eran robadas por políticos corruptos y por los grupos armados. La diáspora haitiana se cuenta por millones. La cifra oficial es de dos millones de ciudadanos, pero las extraoficiales hablan de tres. Los destinos predilectos son Francia, Canadá y Estados Unidos.

Después de la muerte de Moise, el técnico de la selección, Jean Jacques Pierre, fue echado por el mal rendimiento del equipo. Su reemplazo fue el español Calderón Pellegrino, quien tampoco pudo sacar frutos de los talentos emergentes de los Granaderos. Entonces, en marzo de 2024, la Federación de Fútbol decidió ir por el técnico francés Sebastien Migné, un exjugador de la segunda división francesa, con un palmarés como asistente muy pobre y que antes de recibir la llamada estaba dirigiendo en Togo.

Migné fue contratado por teléfono, y por teléfono comenzó a dirigir. Hacía videoconferencias para dar las indicaciones antes de cada partido, y solo se veía con sus jugadores en los partidos eliminatorios. Haiti, cuya selección es cincuenta por ciento haitiana y cincuenta por ciento francesa, tuvo que exiliarse en Curazao para jugar la fase clasificatoria hacia el mundial de 2026, en el estadio Ergilio Hato.

Migné ya había pasado por momentos difíciles, turbulentos, en otros países. Había dirigido en Togo, Congo, Guinea Ecuatorial y Chad. Era conocedor de los estragos de la guerra, de modo que dirigir a Haití era un reto asumible para él. Lo primero que hizo fue buscar a jugadores con raíces haitianas nacidos en otros países. En ese ejercicio encontró a dos figuras de la Premier League: Jean Bellegarde, del Wolverhampton, y Wilson Isidor, del Sunderland.

Pero su mejor jugador, su estrella, es Duckens Nazon, delantero del Esteghlal de Irán. Los padres de Nazon huyeron a Francia en los años ochenta y por eso él nació allí, en las calles de Chatenay Malabry. En Altos del Sena.

Durante su niñez conoció la historia de Haití, de sus ancestros, y juró que jamás representaría a un país diferente. Sus primeros años los pasó en el Vannes, pero luego pasó al Lorient, un equipo de amplia trayectoria. En esos años fue convocado varias veces a las juveniles de Francia, pero rechazó cada oferta que le pusieron sobre la mesa. Su misión, afirmaba en esa época, era llevar a Haití a un mundial.

En Francia lo dejaron en paz y él continuó avanzando en su carrera. Jugó en el Wolverhampton y en el Coventry, en Inglaterra, y en el Sint Truiden de Bélgica. También pasó por Escocia y por Bulgaria, antes de iniciar su declive.

Con Haití ha jugado más de ochenta partidos y ha marcado más de cuarenta goles. Es el capitán, la estrella y el líder espiritual.

“Solo nos tienen a nosotros. Si no hay fútbol, no tienen nada, pero si juega la selección, tienen esperanza. Nosotros podemos hacerlos sonreír”, arenga Nazon antes de cada encuentro.

Nazon fue el héroe de la clasificación haitiana para el mundial 2026. Su hat trick en el duelo contra Costa Rica, en San José, ante el arquero Keylor Navas, en el 3-3, y su gol en el agónico 1-0 en Curazao, en el partido de vuelta, le dieron el tiquete a los Granaderos, lo que desató la euforia no solo en Haití, sino en el resto del mundo.

Sin dictaduras, pero con muchos problemas por resolver, Haití vuelve a un mundial más de cincuenta años después. Esta vez no habrá presiones, ni amenazas. Esta vez solo hay espacio para la esperanza, para la ilusión de tantos exiliados. También es la esperanza para esos doce millones de habitantes que viven presos en su propia isla, como los esclavos en los tiempos de La Española. Ahora los conquistadores son otros, hablan la misma lengua y tienen el mismo color de piel que sus víctimas, pero son tan malos como los saqueadores que bajaron de las tres carabelas. Quizás por eso es que el grito de victoria de la selección de Migné es el mismo que gritaban los esclavos en 1803: “Grenadye, alaso”, que en español es “Granaderos al ataque”.

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El milagro de los “francotiradores” de Zenica

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Exclusivo web Junio de 2026

Selección de Bosnia y Herzegovina celebrando la clasificación al mundial de fútbol 2026. Tomada de Sofascore News.

Lesionado del tobillo derecho, el veterano arquero del Leicester City de Inglaterra, Asmir Begovic, viajó hasta Zenica, Bosnia, para ver a su selección contra Italia, en el emocionante repechaje europeo hacia la Copa del Mundo 2026. Begovic, quien sigue recuperándose, se ubicó en la tribuna popular, junto a miles de hinchas bosnios en el Bilino Polje, mítico estadio de la selección y del Celik. A unos tres pasos de distancia de Begovic estaba Nole, Novak Djokovic, parado casi todo el partido porque el público estaba enardecido y no permitía ver sentado el espectáculo. Nole, serbio de nacimiento, no tuvo problema en ir a apoyar a sus vecinos, sitiados y masacrados por su país entre 1992 y 1995, cuando murieron alrededor de cien mil personas y fueron desplazadas más de un millón. Se ha comprobado este año que durante ese inhumano asedio los comandantes del ejército serbio Stanislav Galic, Ratko Mladic y Dragomir Milosevic recibieron dinero de algunos millonarios italianos, de perversas excentricidades, para poder divertirse matando civiles disparando desde los cerros aledaños a Sarajevo, o desde edificios altos custodiados por las tropas serbias que comandaban, desde Belgrado, Radoslav Karadzic y Slobodan Milosevic.

Los valientes periodistas del diario Oslobodjenje, quienes cubrían la tragedia de la guerra y defendían a los suyos con lo que tuvieran a mano, divulgaron el primer informe de los “safaris humanos” en abril de 1995. Contaban cómo los ricos italianos pagaban grandes sumas a los oficiales serbios para matar ancianos, mujeres, soldados enfermos y, sobre todo, niños.

Unos pocos periódicos italianos replicaron aquel informe, pero nada pasó hasta 2022, cuando la alcaldesa de Sarajevo, Benjamina Karic, vio un documental sobre los hechos y quedó conmovida. Karic ordenó a la fiscalía de Sarajevo abrir una investigación profunda e hizo una denuncia pública ante las autoridades italianas, a través de la embajada de su país. Todo eso ocurrió mientras el covid se cargaba cientos de vidas en ambas orillas del Adriático.

Miran Zupanic, director del documental, acompañó a Karic en las denuncias, que fueron reiterativas hasta agosto de 2022, cuando el juez Guido Salvini apoyó las acusaciones y abrió un expediente con la ayuda del periodista Ezio Gavazzeni.

Hoy se sabe que un banquero, un abogado, el exdirector de una clínica de Turín, un dueño de camiones de Milán y otros multimillonarios de Trento, Turín y Milán tomaron parte de los “safaris”.

La portada del 1 de abril de 1995 del diario serbio Oslobodjenje llevaba el título: “Safari de francotiradores en Sarajevo”. Archivo Museo Alija Izetbegovic.

Varios futbolistas bosnios jugaban en Italia mientras su país estaba ocupado por los serbios. Muchos leyeron el informe del Oslobodjenje. Dos de ellos, Haris Skoro (Torino) y Mustafa Arslanovic (Ascoli), se marcharon de Italia para jugar en otros países, pues no podían con la vergüenza.

Bosnia hizo parte de la poderosa Yugoslavia de Tito hasta 1992, y desde su independencia, muchos bosnios se fueron a Italia a jugar fútbol, balonmano y waterpolo. Otros se unieron a las mafias del sur y la gran mayoría se hicieron obreros en la industria automotriz, recolectores en los viñedos, operarios del sistema ferroviario.

Había cerca de ciento cuarenta mil bosnios en Italia en los tiempos de la guerra, pero cuando se publicaron los primeros informes de los “safaris humanos”, no hubo marchas ni protestas, todos lloraron en silencio, menos los deportistas, quienes emigraron a otros países.

Grandes estrellas bosnias han dejado huella en el fútbol italiano en el siglo XXI. Edin Dzeko, Miralem Pjanic, Senad Lulic, Rade Krunic y Sead Kolasinac. Ya no hay rencores ni sed de venganza, pero alguna espinita quedó tras la guerra, luego de conocerse la verdad de los “safaris”.

Estadio Bilino Polje. Tomada de Flickr.

Por eso, cuando las dos selecciones se encontraron en la cancha de Zenica, algo muy poderoso surgió en los corazones de los jugadores bosnios, algo dormido, aplazado, algo muy parecido a la dignidad.

Sin embargo, al minuto catorce, Italia se adelantó con un gol de Moise Kean, un hijo de inmigrantes marfileños que llegaron a Italia en 1990, huyendo de otra guerra. Irónicamente, Italia, junto a otros países europeos, era culpable de esos conflictos en Costa de Marfil, en su afán por conseguir recursos minerales, joyas y productos agrícolas baratos.

Pero la alegría por el gol de Kean se diluyó promediando el partido, cuando el árbitro Turpin, de Francia, expulsó al zaguero del Inter, Bastoni, por una entrada sobre Dedic. Bosnia estaba a un gol de distancia.

El suspenso por el empate se extendió hasta poco antes del minuto ochenta, cuando un tiro libre desde la derecha llegó al área, justo a los pies de Dzeko, quien disparó a quemarropa. El tiro fue bloqueado por Donnarumma, pero el rebote le quedó a Tabakovic, quien disparó con el arco vacío y puso el empate, el maravilloso y milagroso empate.

Edin Dzeko, capitán de la selección. Tomada de Footballfancast.

Italia entró en pánico. Los fantasmas de otras eliminaciones surgieron en el área de Donnarumma y los bosnios cargaron con todo. Los centros llovían, los cabezazos hacían sufrir a los defensas, pero el tiempo en el reloj se acabó y el partido se fue al alargue.

A los italianos se les notaba el cansancio y el miedo, pero Bosnia no lograba marcar el gol de la victoria. En las tribunas, Begovic se comía las uñas y Nole temblaba de la impotencia. Se fueron a penales. Sí, fatídicos disparos, como aquellos de los francotiradores en los “safaris humanos”. Bosnia comenzó pateando: gol. Italia, en cambio, falló su turno. Otra vez Bosnia, gol. Italia marcó, puf. Pero Bosnia siguió sin fallar y el tercer disparo de Italia, a cargo de Cristante, pegó en el palo. A Bosnia solo le bastaba marcar para ir al mundial, y Muharemovic, estrella del Sassuolo, no falló. Bosnia 4, Italia 1, en penales, una masacre. Bosnia tomó su boleto para el mundial mientras los italianos se derrumbaron en el campo ante una nueva deshonra para la Azzurra.

El equipo de Barbarez y de Dzeko le devolvía un poco de dignidad a un pueblo masacrado, y Nole, que sabe cosas, dijo: “Algo de justicia hay en el fútbol”. Begovic bajó a la cancha y se abrazó con sus compañeros. Estarán en el mundial, en el grupo B, junto a Canadá, Catar y Suiza. Un grupo para seguir soñando con milagros, para seguir recuperando el orgullo de una nación aplastada.

Este es Bajraktevic, que marcó el penal decisivo. Bajraktarević es un delantero de 21 años que actualmente juega para el PSV Eindhoven. Nacido en Wisconsin de padres refugiados bosnios. Tomada de Sofascore News.

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El sueño cumplido de Isakov

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Exclusivo web Junio de 2026

Plantel clasificado al Mundial de México/Estados Unidos/Canadá 2026.

Uzbekistán, “la tierra de los verdaderos líderes”, es un país de Asia Central, de origen mongol, que se independizó de la Unión Soviética en agosto de 1991. Hasta ese año, la URSS había participado en siete citas mundialistas, incluida aquella de Chile 62, cuando empató 4-4 con Colombia. En esas siete apariciones soviéticas en los mundiales, hasta Italia 90, jamás un jugador uzbeko fue convocado para vestirse con la camiseta de la hoz y el martillo, aunque en 1978, Vladymir Fedorov, un delantero del FC Pakhtakor de Tashkent, había sido llamado para un partido eliminatorio y tenía grandes chances de asistir al mundial de Argentina 78, pero la Unión Soviética no clasificó.

Fedorov es una leyenda del fútbol uzbeko, y claro, del Tashkent, el club de la capital, el más laureado de la historia de ese país. Fedorov, cuenta la leyenda, iba a declinar el llamado para el mundial de Argentina como respuesta a la agresiva rusificación de Uzbekistán, y a la constante discriminación por parte de Moscú. Los uzbekos siempre fueron despreciados por su origen y por su idioma. Los obligaban a ser campesinos y les negaban el acceso a los estudios superiores. La madre de Fedorov, de origen musulmán, había sido obligada a despojarse de su burka y su hiyab durante una visita gubernamental a Tashkent, en 1970.

Pero la venganza simbólica del delantero, algún gol definitivo, alguna celebración en clave de mongol, fue truncada por una desgracia. El 11 agosto de 1979, un choque de dos aviones en cielo ucraniano terminó en desastre. Murieron 178 personas, entre ellas, diecisiete jugadores del Pakhtakor de Tashkent, quienes se dirigían a Bielorrusia para un partido de la liga soviética contra el Dinamo Minsk. La noticia tardó en confirmarse porque era necesario descartar un ataque extranjero, pues en el momento del accidente, un avión oficial, con Leonid Brézhnev como pasajero, se dirigía hacia Moscú. La Guerra Fría estaba en su apogeo y Brezhnev, líder del Partido Comunista y presidente de la Unión Soviética, era el mayor blanco posible.

Equipo de Pakhtakor de Tashkent, víctima del accidente de avión de 1979. Tomado del Diario deportivo OLÉ.

Algunos investigadores llegaron a pensar que el accidente del Tashkent había sido un error de los enemigos más allá del Atlántico, pero con el tiempo se concluyó que todo fue un desafortunado error de los controladores aéreos, quienes fueron condenados a quince años de prisión por homicidio involuntario.

Tulyagan Isakov, goleador y capitán del Pakhtakor, fue el único sobreviviente del equipo, pues se encontraba lesionado y no tomó parte del grupo de viajeros. Antes de su fallecimiento en noviembre del año pasado, a los 76 años, el exdelantero contó que su equipo era un grupo de amigos, todos uzbekos, y que soñaban con ganar, al menos, la Copa Soviética, pues la liga era prácticamente imposible.

“Nos solíamos reunir en la taberna del pueblo a planear nuestros encuentros. Sabíamos que los equipos de Moscú y de Ucrania eran casi invencibles, pero creíamos que si salíamos a atacar desde el comienzo, al menos nuestros vecinos se iban a sentir orgullosos”, narró Isakov en una entrevista de 2019, durante un acto de conmemoración del accidente.

Soñaban también con meter uno o más jugadores en el seleccionado soviético, como respuesta a la discriminación. Los llamaban “los rusos de cabezas negras”. Fedorov había sido el primero el lograrlo, pero no alcanzó la meta mundialista. También tenían a Mikhail An, un uzbeko de 19 años, de origen coreano, que era capitán de la selección soviética sub-20. Esos jugadores habían logrado notoriedad nacional después de un partido que el Pakhtakor de Tashkent le había ganado 5-0 al poderoso Dinamo Kiev, que venía de vencer al Bayer Münich en la Supercopa de Europa.

“Logramos ser un equipo de media tabla en los años setenta. Éramos famosos en toda la Unión Soviética por nuestro estilo alegre y un poco descuidado. Pero no había estadio que no se llenara para vernos jugar. El 5-0 al Dinamo Kiev, el equipo de Oleg Blokhin, ganador de un Balón de Oro, fue nuestro gran logro”, dice Isakov.

Después de la tragedia, el Pakhtakor de Tashkent se convirtió en un símbolo de resistencia para los uzbekos. La liga soviética le donó dinero para que contratara nuevos jugadores y les dio cinco años de gracia en el campeonato, es decir, no podían descender, aunque quedaran en el último puesto.

Isakov lideró el equipo un par de años, pero la tristeza no le permitió seguir. Se retiró y se fue a vivir a las montañas, lejos de los focos de la prensa.

El Estadio Pakhtakor Markaziy en donde juega la selección uzbeka y el Pakhtakor de Tashkent.

Tras la desintegración de la Unión Soviética, en 1991, el equipo se convirtió en el más poderoso de Uzbekistán, la nueva república. Hasta hoy ha conquistado 33 títulos, de los cuales dieciséis son de liga. Su academia sigue siendo productora de grandes talentos y ha llevado al fútbol uzbeko a lo más alto de Asia. Han clasificado a cinco mundiales sub-20 y han conquistado la Copa de Asia Central Sub-20. Sin embargo, lo más importante ha sido el impulso al fútbol de mayores. El Tashkent es la fuente principal de talentos para la selección nacional y, en junio de 2025, lograron lo impensado: clasificar al mundial de 2026. Jamás un jugador uzbeko había tenido el honor de ir a la Copa del Mundo y ahora, gracias al Pakhtakor de Tashkent, irán 26.

Una de las grandes estrellas de la selección uzbeka, que compartirá grupo con Colombia, Portugal y RD Congo, es Abdukodir Khusanov, nacido el 29 de febrero de 2004 en Tashkent. Kushanov, defensa del Manchester City de Inglaterra desde el 2022, es producto de la academia del Tashkent e hijo de uno de sus ilustres jugadores, Khikmatdjon Khoshimov.

Kushanov fue convocado por primera vez en 2023, y lo primero que hizo fue visitar, con su padre, el monumento a los caídos de 1979. Ese día prometió que, de llegar al mundial, llevaría una cintilla conmemorativa del Tashkent, como una forma de cumplir el sueño de Fedorov, Isakov y An.

En junio de 2025, tras un vibrante partido, Uzbekistán empató sin goles con Emiratos Árabes Unidos, rival de Colombia en Italia 90, y se clasificó para el mundial. Esa fue la venganza deportiva para los uzbekos ya que Rusia no puede participar de los eventos Fifa desde que invadió a Ucrania en 2022.

Tras ese partido, Isakov bajó de su montaña y habló con la prensa. “Estoy orgulloso de estos jóvenes, porque ellos llevarán al mundial el espíritu de la generación del 79”. Luego se fue a su casa y falleció cinco meses después, por fin satisfecho.

La Federación de Fútbol de Uzbekistán celebra la clasificación de su selección al primer mundial de su historia. Tomado de XXXXX

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El Chacho: primer hipopótamo de Pablo Escobar

por JUAN FERNANDO RAMÍREZ ARANGO

Exclusivo web

“El Chacho”, su primera cría y la hermana de Pablo Escobar.

A propósito de hipopótamos colombianos, de los cuales ochenta van a ser sacrificados, vale la pena recordar la foto que adorna este texto, donde aparece la cabeza del patriarca o macho fundador de todo ese linaje junto a su primera cría, cría que, como se lee en el pie de foto, “murió asfixiada por su madre”.

Ambos, tanto la cabeza del patriarca como el cuerpo disecado de su cría, se exhiben en la sala del tercer protagonista de la foto, esto es, Luz María Escobar, la hermana menor de Pablo Escobar.

Según ella, ese primer hipopótamo, el patriarca, llegó a Colombia cuando el presidente de la República era Belisario Betancur y el alcalde de Medellín era Álvaro Uribe Vélez, o sea en el segundo semestre de 1982. Venía en un avión Hércules de matrícula estadounidense, al que la prensa denominó “narcoarca”, ya que también traía una hipopótama y otras 35 especies exóticas, que incluían elefantes, jirafas, camellos, avestruces, gacelas, canguros, etc.

Inicialmente, el Hércules iba a aterrizar en Pereira, pero se desvió a último momento y aterrizó en Medellín, en el aeropuerto Olaya Herrera, rayando la medianoche. Al ser advertidos de la magnitud del avión, las autoridades montaron un gran operativo, en el que esperaban decomisar armas, químicos o dinamita, y no un cargamento de animales exóticos.

Tras el decomiso, los animales fueron trasladados al Zoológico Santa Fe. ¿Qué hizo Pablo Escobar al respecto? Ese mismo día, según El Tiempo, ideó el siguiente plan tripartito para recuperarlos: 1) Les pidió a sus lugartenientes que reunieran tantos animales autóctonos como los que le habían decomisado. 2) Les ordenó que le pagaran al vigilante del zoológico cinco años de sueldo para que les entregara las llaves y se perdiera. Y 3) con el zoológico a su disposición, los lugartenientes del capo di tutti capi hicieron el cambiazo, reemplazaron a los animales autóctonos por los importados y chao, se largaron impunemente: “Hasta pintaron dos burros de blanco y negro para que parecieran cebras”. 

Dos días después, cuando los animales ya estaban instalados en la hacienda Nápoles, ocurrió la primera tragedia: el patriarca, macho seminal de todo el linaje de hipopótamos colombianos, hizo gala de su territorialidad y reclamó el sitio para él solo: “Le enterró los colmillos a un camello y a un caballo y los mató”. Por eso, por ser el autor de esas dos muertes fundacionales, lo bautizaron así: “El Chacho”. Expresión que, según el Diccionario de Parlache, significa “Persona joven, poderosa y sobresaliente”.           

Se estima que El Chacho pudo ser el padre de veinte crías, y que vivió unos 18 años en Colombia, o sea que estuvo en el mundo siete años más tras la muerte de su dueño, el capo di tutti capi. Su partida fue un caso edípico, uno de sus hijos, el nuevo macho alfa, lo atacó, le propinó heridas graves y los veterinarios no pudieron hacer nada. 

¿Qué debían hacer con el cadáver? Horas más tarde, ya de noche, Leonardo Arteaga, el esposo de Luz María Escobar, arribó a la hacienda Nápoles junto a la respuesta a esa pregunta, el taxidermista Miguel Parra: “Estaba cayendo un monumental aguacero y con solo la luz de una Toyota y unas herramientas insuficientes perforamos la piel de 12 centímetros, la carnosidad y separamos la cabeza del cuerpo”.

El proceso de disecado de la cabeza fue excepcional, tardó dos años, tras los cuales, finalmente, como se aprecia en la foto, El Chacho cerró el círculo vital que no han podido controlar las autoridades del país durante décadas: se reencontró para siempre con su primera cría colombiana.   

Posdata 1: El hijo más famoso de El Chacho se llamaba Pepe, borrado del mapa el 18 de junio de 2009, durante el gobierno necro-político de Álvaro Uribe, cuando el Ministerio de Ambiente, respaldado por Corantioqua, dio el aval para su caza, la cual fue llevada a cabo por dos hermanos alemanes, Federico y Christian Pfeil-Schneider, altos ejecutivos de Porsche en Colombia, quienes iban escoltados por soldados del Batallón Calibío. Ese par de canallas lo mataron, según Semana del 27 de julio de 2009, de cuatro balazos calibre .375, uno en el corazón, otro en el agujero lagrimal derecho, “apagando su mirada”, y los dos restantes a quemarropa, “para rematarlo”. Ellos se quedaron con la cabeza y el cuerpo como trofeos, una pata fue enviada al Ministerio de Ambiente como prueba y las demás desaparecieron. Posteriormente, cuando la noticia se convirtió en un escándalo internacional, una caricatura de Papeto, publicada por El Tiempo, tildó el caso como un nuevo falso positivo. 

Posdata 2: ¿Quiénes fueron los encargados de gestionar la importación de El Chacho y el resto de los animales exóticos? Según Luz María Escobar, fueron Fernando Avendaño y Gustavo Upegui, quien fue testaferro del capo di tutti capi, fundador y líder de la oficina de Envigado y presidente del Envigado Fútbol Club hasta 2006, cuando murió a manos de sicarios. Otras versiones de la historia, por ejemplo, la de Daniel Coronell, señalan a el automovilista Ricardo Cuchilla Londoño como el encargado de importar los animales exóticos, y no en 1982 sino en 1981. Curiosamente, Cuchilla Londoño fue asesinado por sicarios el 18 de julio de 2009, un mes exacto después de la muerte de Pepe.

Posdata 3: En julio de 2009, cuando había 28 hipopótamos heredados por Pablo Escobar, el biólogo Axel H. Antoine Feill le dijo a El Espectador que tenía una base de datos con más de 200 haciendas dispersas por toda Colombia que ofrecían las condiciones ideales para recibir a los hipopótamos. ¿El Ubérrimo era una de ellas? No se sabe, pero sería una buena medida de reparación para el país.

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