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La bisagra del deseo

Diez años del Festival de Artes Eróticas


por MARIA ISABEL NARANJO • Fotografías de AEFEST

Exclusivo web Septiembre de 2026

La luz del Planetario de Bogotá se tiñó de rojo una tarde de agosto de 2023. No era un fenómeno astronómico, aunque bajo la cúpula seguían suspendidas las constelaciones. Brigitte Baptiste tomó el micrófono y, en la pantalla, en lugar de estrellas, apareció una flor.

—¿Sí ven esta flor? —preguntó al auditorio—. Es una orquídea muy seductora.

La flor, explicó, produce un olor capaz de hacerle creer a una abeja que allí la espera una pareja. El insecto vuela hacia ella, se posa sobre el pétalo y resbala hasta caer en una especie de pozo lleno de aceite.

—De lubricante —precisó la bióloga.

La abeja intenta salir, pero no puede regresar por donde entró y termina atravesando un túnel estrecho. Al pasar, la orquídea le adhiere el polen a la espalda. Cuando consigue escapar, sale aturdida, casi ebria, y emprende el vuelo hacia otra flor creyendo que ha copulado.

—Esta es una relación, obviamente, inmoral. Estamos hablando de un animal con una planta. Es una cosa que no se les recomienda a los niños. Pero pasa. Pasa de una flor a otra. Es una promiscuidad tremenda.

El auditorio estalló en risas, mientras la bióloga, que habla de tecnotopías, esperó a que bajara el murmullo de los asistentes y añadió:

—La naturaleza no es un ejemplo moral.

La historia de los diez años de AEFEST podría comenzar ahí, con una abeja engañada por una orquídea. Este festival se ha dedicado a juntar cosas que parecían pertenecer a mundos separados. Daniel Tapias, su director, lo dice de una manera menos solemne:

—Lo más interesante es empezar a mezclar cosas.

Este agosto AEFEST cumple diez años, aunque para Daniel la historia empezó bastante antes, cuando recorría lugares movido por una curiosidad casi cartográfica. Entraba a clubes swinger, bares de striptease, sex shops y espacios de distintas comunidades sexuales como quien va descubriendo un mapa. Primero Colombia; después América Latina, Europa y Asia. Check. Check. Check.

En Tokio entró a una sex shop de varios pisos donde cada uno parecía más explícito que elanterior. Le preguntó a una de las mujeres que trabajaban allí cómo veía la sexualidad en Japón. Daniel esperaba encontrarse con una sociedad mucho más abierta que la colombiana. Ella le habló, en cambio, de vergüenza, tabúes y gente conservadora.

—Y yo miraba ese edificio y pensaba: no jodás.

Los viajes le fueron dejando más preguntas que respuestas. De regreso a Medellín comenzó a organizar conversaciones y actividades sobre sexualidad en Sala Sentidos, el teatro que tuvo antes de crear AEFEST. Le interesaba entender por qué otras personas podían vivir el cuerpo y el deseo de maneras tan distintas y, sobre todo, poner esas experiencias a conversar.

Y así empezó la mezcla.

En agosto de 2016 esa curiosidad tomó la forma de un festival: treinta y dos actividades que sacaron la sexualidad del consultorio, el aula y la intimidad para llevarla a museos, teatros, universidades y calles. En 2017 reunió en un mismo escenario a la actriz y activista española Amarna Miller y a Vera Grabe, exintegrante del M-19 y constructora de paz, para hablar del cuerpo, el conflicto y la paz.

Al año siguiente, bajo la premisa de que todos los cuerpos importan, puso en el centro los derechos sexuales de las personas con discapacidad, tantas veces infantilizadas, medicalizadas o imaginadas como ajenas al deseo. Hablar de su sexualidad era también preguntarse quién había decidido que unos cuerpos podían desear mientras otros solo podían ser cuidados.

En 2019, bajo el lema Dejar ser, AEFEST realizó una edición satélite en Valencia, España, y comenzó a tejer relaciones con artistas y organizaciones de otros países. La mezcla empezaba a cruzar fronteras.

La pandemia obligó a cambiar de territorio. Durante el aislamiento de 2020, el placer apareció como una forma de autocuidado y de sostener los vínculos cuando los cuerpos no podían encontrarse. Las pantallas permitieron continuar las conversaciones y explorar otras intimidades, aunque también empezaron a revelar una paradoja que años después sería decisiva: las mismas tecnologías que acercaban a las personas podían vigilar, clasificar y decidir qué imágenes o palabras tenían derecho a circular.

Cuando el país volvió a las calles en medio del estallido social, AEFEST propuso un Homenaje a la inconformidad. En alianza con el Museo Casa de la Memoria acercó las preguntas por el deseo a las preguntas por la protesta, la violencia y el duelo. Una de las experiencias de esa edición fue El burdel literario: poesía y performance dentro de las habitaciones de un motel.

Después vendrían el SexTech, la inteligencia artificial, los juguetes conectados, el metaverso y las nuevas formas de trabajo sexual mediadas por plataformas. El cuerpo ya no terminaba necesariamente en la piel: podía prolongarse en cámaras, sensores, dispositivos, bases de datos y algoritmos.

***

Poco a poco, aquel proyecto pequeño y cercano a ciertas escenas contraculturales empezó a atraer públicos cada vez mayores. Para algunos de los que estuvieron al comienzo, esa expansión significó una conquista. Para otros, una pérdida.

Severina estuvo cerca de AEFEST durante sus primeros años y hoy se presenta como una travesti jubilada. Su nombre es Óscar David Tamayo y recuerda aquella etapa como el momento en que el festival todavía le parecía genuinamente contracultural, sin embargo, con el tiempo, empezó a tomar distancia.

—Yo tengo una especie de clasismo cultural del underground. Cuando empezó a crecer tanto, di elegantemente un paso al lado. Ya no me representaba desde el lugar mío, que tiene que ver con la contracultura.

Ese mismo crecimiento, sin embargo, le permitió vivir uno de sus momentos más memorables… Años antes, sentado entre el público del Teatro Jorge Eliécer Gaitán, había visto a unos presentadores de protocolo y pensó: “Yo presento esa vaina mucho mejor que esta gente”. Se dijo que algún día sería rico pararse allí frente a una sala llena.

El deseo quedó guardado hasta que AEFEST llevó al teatro a Hajime Kinoko, uno de los artistas japoneses más reconocidos del shibari, y le pidió a Severina que lo presentara.

—Me consagré como presentador de pacotilla presentando a Kinoko.

Aquella noche también descubrió cuánto había cambiado el festival. Había camerinos, horarios y un equipo encargado de cada tarea.

—Yo vengo de la contracultura. Uno pone las luces, presenta, cobra la entrada, maneja el sonido, vende en la barra.  Acostumbrado a hacer todos los puestos, eso fue ya demasiado profesional.

Y aunque le permitió cumplir aquel deseo, al mismo tiempo, sintió que era un mundo distinto al suyo.

—Se volvió demasiado grande y multitudinario. Ese público masivo no es un público que me interese ni que me represente. ¿Es importante que exista? Sí, evidentemente. Pero uno está en otro lugar.

Carlos Mario Cano, conocido por su personaje de Charly Boy, ha pasado por el festival como músico, organizador, contratado y asistente, y para explicar su importancia utiliza una imagen:

—Es un espacio bisagra de la ciudad.

De un lado están quienes llevan años en comunidades kinky, BDSM, shibari o bondage, conocen sus códigos y tienen sus propios circuitos. Del otro, quienes sienten curiosidad pero nunca han entrado en ellos.

—Es el umbral que une a los que tenemos prácticas kinky, sadomasoquistas, pervertidas de la sexualidad, y a aquellos que quieren curiosear.

Esa apertura, dice Charly, permitió hablar del erotismo por fuera de los lugares donde suele encerrarse —la pornografía, la prostitución, el consultorio— y puso a conversar prácticas y personas que difícilmente habrían coincidido. Pero sí, también transformó aquello que estaba abriendo.

Charly habla de una especie de gentrificación del erotismo. Prácticas que antes exigían conocer ciertos circuitos empezaron a atraer personas que llegaban por una noche, movidas más por la curiosidad que por una pertenencia.

—Son turistas del erotismo. Para los que jugamos en serio se vuelve un poco cansón. Hay mucho principiaje, mucho curioso. Algunos se quedan y buscan otros espacios; muchos no. Para quienes llevan años dentro, la llegada permanente de principiantes puede resultar agotadora.

Charly no cree que esa sea una razón para cerrar la puerta. Al contrario, ahí encuentra precisamente la utilidad de AEFEST: servir de entrada para quienes nunca habrían llegado solos. La condición es que con la apertura circulen también los códigos de cuidado que se han construido.

—El sexo debe ser libre, seguro y consensuado. Yo le agregaría: divertido.

En una escena puede haber cuerdas, dolor, inmovilización o dominación, pero lo decisivo no siempre se ve: qué quiere cada persona, hasta dónde quiere llegar y cómo puede detener lo que está ocurriendo. Ese aprendizaje también obligó a mirar hacia dentro. Las comunidades que se presentan como sexualmente libres no han estado exentas de abusos, maltratos y violencias, y Charly reconoce que el festival ha permitido hablar de algunos de esos casos y discutir las responsabilidades de quienes comparten esos espacios.

Hay otro cambio que valora especialmente. Durante mucho tiempo, dice, buena parte de los bares swinger, las fiestas sexuales y algunos encuentros poliamorosos de Medellín estuvieron pensados alrededor del placer masculino. En los últimos años ha visto al festival insistir cada vez más en el placer y la seguridad de las mujeres.

—Si vas a abrir un espacio de erotismo, tienes que garantizar que las mujeres se sientan seguras. Que puedan decir qué les gusta y qué no; que un no sea un no; que lo que les gusta pase y que lo que no les gusta no pase.

***

Daniel habla de algo parecido cuando recuerda las fiestas que AEFEST ha organizado en los últimos años. Por momentos, dice, ha visto allí algo cercano a la “utopía” que imaginaba desde el comienzo: personas muy distintas compartiendo un mismo lugar sin la culpa ni el prejuicio habituales, preparando durante días la ropa que van a usar, asistiendo incluso a talleres para aprender cómo comportarse en una primera fiesta erótica y llegando con los nervios de quien no sabe muy bien qué va a encontrar.

Con el tiempo descubrió también otro riesgo: que incluso la transgresión se vuelva paisaje. Una asistente escribió alguna vez, en una de las evaluaciones del evento, que no le había gustado porque no había visto nada nuevo. Había velas, masajes, banquete humano, burlesque, BDSM y otras prácticas, pero nada había conseguido sorprenderla.

—Yo pensaba: parce, ¿qué más querés?

Daniel cree que el deseo no debería consumirse como un scroll infinito de Instagram, saltando de una experiencia a otra porque cada una necesita producir un estímulo mayor que la anterior. Parte del placer, dice, consiste justamente en prolongar la fantasía y conservar la capacidad de sorprenderse.

Cuando le pregunto cuál ha sido el mayor reto de AEFEST durante estos diez años, no habla de financiación, públicos, logística ni programación. Habla de censura. Y no empezó con Instagram. La reconoce en los lugares que dudan antes de alquilar una sala, en las dificultades para promocionar determinados eventos, en las instituciones que retroceden cuando estalla una polémica y en las discusiones que reaparecen cada vez que la educación sexual intenta entrar en colegios o espacios públicos.

—Son pequeñas batallas que al final son las más grandes. Uno avanza tres pasos y retrocede dos.

Aun así, Daniel sigue volviendo a aquella intuición del comienzo. Vivimos, dice, agrupándonos alrededor de lo que ya conocemos: quienes practican BDSM por un lado, quienes se interesan por la sexualidad sagrada por otro. Cada gusto, identidad o comunidad dentro de su propio círculo. Los algoritmos han llevado esa tendencia todavía más lejos: terminan mostrándonos versiones cada vez más parecidas de aquello que ya nos interesa.

—Nos relacionamos a partir de nuestros intereses y lo que no está en esos intereses no existe. Lo bacano es mezclar eso a ver qué sale.

Bajo la cúpula del Planetario, la intervención de Baptiste insistía en que la vida no perdura porque permanezca intacta. Perdura porque establece relaciones, produce diferencias y ensaya combinaciones que antes no existían.

La mezcla que Daniel imaginó al comienzo ha producido algo más difícil de ordenar que una programación sobre erotismo. La promiscuidad creativa que el festival celebra consiste en permitir que saberes, prácticas y experiencias que habían permanecido separadas se contaminen entre sí: la biología con el performance, la tecnología con la filosofía, la memoria del conflicto con el placer, la discapacidad con la autonomía, la poesía con el motel, el museo con la calle y las culturas sexuales clandestinas con personas que apenas se acercan a ellas.

Daniel recuerda que en los primeros años había que remar para reunir treinta o cuarenta personas. Hoy algunos encuentros convocan a cientos, llegan públicos que nunca habían oído hablar de AEFEST y el festival se prepara para cruzar otra frontera y llegar a Ciudad de México. 

—Tuvieron que pasar diez años para estar en el punto en el que estamos —dice—. Apenas ahora la cosa se está poniendo buena.

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Maria Isabel Naranjo

Seis mujeres y una niña nos contaron las heridas que ha dejado en ellas la explotación sexual que comienza desde la infancia. Todas residen actualmente en Medellín, y las menores aún se rebuscan la vida en las calles. También escudriñamos el Archivo Histórico Judicial de la ciudad y, a través de él, hablamos con mujeres de otros tiempos. Con horror comprobamos que es poco lo que ha cambiado.