por JUAN FERNANDO RAMÍREZ ARANGO // Desde octubre de 2022, un rumor de canibalismo en Medellín ha campeado por las calles y las redes sociales. Ese rumor, hasta ahora, no ha sido confirmado, y las autoridades tampoco han recibido denuncias al respecto. Lo cual no significa que Medellín haya estado exenta de canibalismo: este artículo, por ejemplo, es la reconstrucción del caso más legendario y mejor documentado.
por MARÍA ALEJANDRA BUILES // En las primeras décadas del siglo XX oleadas de mujeres de la clase baja caminaron a pie limpio, con costales a cuestas hasta llegar a la ciudad en busca de empleo. La joven fémina destacada por su fuerza y vigorosidad fue el prototipo femenino preferido para los empresarios emergentes con anhelo de progreso industrial.
por SANTIAGO RODAS // Medellín ha devenido en el epicentro de los relatos en forma de canciones que la industria musical latina produce ahora mismo bajo el sello del reguetón. Un sinnúmero de ejemplos diluidos en las letras de las canciones, referencias a sus barrios, imágenes y sonidos hablan de esta ciudad “renovada, limpia, multicultural, sexi”.
Rokil
por JULIO CÉSAR DUQUE CARDONA • Ilustración de Gabriel Duque
Número 132 Diciembre de 2022
Les tenía mucho miedo. Hace muchos años, cuando en la familia paterna éramos celadores del viejo Columbus School, al frente del Hospital Pablo Tobón, en la comunidad de Robledo, papá pateó una que fue a caer sobre mi humanidad desnuda cuando, inocente de la persecución, salía de la ducha. La fiera adolorida chilló, me subió por la pierna izquierda, se afincó en mi toalla y en un instante llegó a mis hombros, para saltar desde allí hasta reencontrar una mejor vía de escape. Todavía recuerdo el grito de mi mamá, “bruto”, las patas frías, esas uñas hirientes pegadas de mi pecho y la cola larga y calva cerca de mi cara. Desde entonces nunca he estado a su favor, por miedo, a pesar de que organizaciones de animales griten por las calles contra todo maltrato. No, cualquier método contra ellas a mí me sirve, así sea enfrentarlas a balazos.
La primera víctima de mi miedo se instaló debajo de un horno empotrado que teníamos en mi casa en Envigado. De allí salía ella hacia la despensa de plátanos maduros que protegíamos debajo del lavadero de ropa. Las huellas sobre la cáscara del plátano eran inobjetables: una rata, con unos dientes tan grandes como los rastrillos de un tenedor casero.
Uno siempre cree que tiene en su casa a una sola rata; mentiras, pueden ser varias. Uno cree que es una cucarachita; mentiras, es un nido entero. No te fíes si ves un solo zancudo, alrededor tuyo deben volar por decenas. Azuzados por el terror e inspeccionando su ruta de alimentación, concluimos que el nido estaba tras el horno. Metí la mano enguantada y temblorosa por debajo del electrodoméstico y encontré la puerta de entrada y salida de su nido. Se había instalado allí en los veinte días de nuestras vacaciones. Nadie la iba a molestar en esos días. Tampoco tenemos, ni siquiera, un gato. El horno por debajo tenía una brecha grande que hubiera sido posible controlar con una pestaña de cualquier material que impidiera el paso de un intruso pequeño, pero como no se veía, el constructor solo se interesó en cubrir las defensas visibles de la casa.
Fui donde el especialista que por unos pocos pesos me dio la solución inmediata. “Déjele los plátanos en el mismo sitio. Y a la salida de la cueva, le pone este papel pegante. No lo toque, que se le quedan pegados los dedos. Simplemente levante esta banda protectora y deje el cartón sobre el piso. Caerá de inmediato. No lo dude ni se asuste”.
Cometí el error de dejar la trampa al acostarme, después de las once de la noche.
A la una de la mañana nos despertó un chillido agudo y terrible, como si alguien estuviera siendo torturado; era peor que el llanto de un bebé hambriento. Me levanté pensando que era un mal sueño, esperé, fui hasta la cocina de donde provenían los chillidos y encontré allí, adherida al cartón, a una rata del tamaño de mi brazo. Abría la trompa para chillar de tal manera que toda la urbanización debió haberse dado cuenta del suceso. Yo veía la fila de sus incisivos y a continuación, sus muelas; pero esta vez esa dentadura no me desafiaba, era un lamento. Mi familia se encerró en una de las piezas, bajo la protección de mi esposa. Con una escoba saqué hacia la puerta el cartón pegajoso, con la rata como trofeo de caza, adherida a él por las cuatro patas y la cola, y de allí lo lancé a la calle de algo más que un escobazo. Pensé que con el estrujón el animal se zafaría del cartón, pero no pasó nada. La rata chilló más.
Traté de dormir, pero a los minutos me llamaron de la portería que algunos vecinos se habían despertado con los chillidos y uno de ellos amenazó con ir a quejarse ante la secretaría ambiental del municipio, porque esa no era la manera de abandonar una rata recién caída en una trampa. Le pedí al celador que me ayudara, pero me dijo que a él le daba mucho pesar maltratar a un animal así, pero que, al menos por ahora, dejara de interrumpir el sueño de mis vecinos, y que, si yo mismo no la podía matar, al menos la pusiera lejos de ahí.
Así que a esa hora de la mañana tuve que conseguir una caja y con la ayuda de un rastrillo, hacer malabarismos para meter la hoja de cartón con la rata a la caja, y transportarla a pie, por cien metros, hasta la portería, donde encontré la conducción para tirarla: una alcantarilla de aguas lluvias, y así, dejar de molestar a mis vecinos. Levanté la rejilla metálica y puse la boca de la caja contra el piso. Sin embargo, con los cien metros de caminada, la hoja de pegamento se había volteado un poco contra el cartón y no quería despegarse de la caja, ni siquiera a golpes; qué buen pegamento les vendieron a estos empresarios antirratas. Tuve que golpear con fuerza la pared de la caja donde el pegamento se había adherido, mientras el celador se carcajeaba por los problemas en los que me estaba metiendo a las dos de la mañana. Cuando la rata con pegamento y todo cayó a la conducción, cerré la rejilla. El agua de lluvia haría el resto.
Por las siguientes horas, los chillidos del animal me resonaron como si tuviera una enfermedad grave en los oídos y esa noche literalmente no dormí, aunque ninguno de mis vecinos me dio las gracias al otro día por la aventura de quitarles una rata de su sueño.
Ahí aprendí. El método del pegamento era demasiado cruel e inoperante. Había hecho bien mi papá en sacar a patadas las ratas del Columbus School, así se le atravesara en el camino el hijo más débil, recién bañado y con la toalla en la cintura. Nunca volvería a utilizar ese papel pegante. Ni riesgos.
Al otro día le pagué al trabajador de servicios varios para que sellara esa brecha bajo del horno. Una tablilla sin pulir, de algo más de medio metro de largo por quince centímetros de ancho fue suficiente para cerrar de una vez por todas la posibilidad de que algún roedor volviera a asentar su nido.
Pero el asunto no terminó ahí.
En el nido sellado quedaron ratas atrapadas, seguramente crías sin terminar de amamantar. Por eso era que la rata chillaba de una manera tan lamentosa y nada agresiva: sus crías, caramba, se quedarían solas. La trampa de pegamento había dejado a unos hijos alejados de su madre, sin leche, sin quién los cuidara. No puedo decir que fuera yo el criminal que aceptó la estrategia terrible del especialista, pero todos somos culpables de una medida tan inhumana, desde el inventor del pegamento hasta el comercializador y, obvio, el ejecutor implicado: yo. Entonces las raticas, sin poder encontrar la salida y teniendo hambre, en las siguientes dos semanas destrozaron los cauchos de protección de los cables que traían la electricidad al horno y produjeron un pequeño corto circuito que hizo operar la protección de interruptores, pero que impidió que mi esposa volviera a poner el horno a funcionar.
Tuve que llevar un técnico que se demoró ocho días en cumplir su cita, pues la fábrica de hornos daba garantía al electrodoméstico, solo si los técnicos contratados por ellos eran los que hacían la revisión. Este hombre sacó el horno de su cueva y descubrió, además de los cables pelados por los dientecillos de las ratas hambrientas, tres esqueletos de ratas pequeñas y uno de una rata grande. Así que no pude saber si la rata que cayó en la trampa del pegamento era hembra o macho, pero lo que es seguro es que hacía parte de una familia compuesta por hijos, madre y padre. Y entonces los recuerdos de sus chillidos en mis oídos se hicieron más delirantes.
Pasaron varios años para que a mi casa de Envigado volviera a entrar un roedor. Sucedió en otras vacaciones, cuando me fui con toda la familia a un paseo jubilatorio. Me demoré los noventa días de la visa, exactamente ochenta y nueve. Fue el tiempo preciso para que debajo de mis muebles de cuero se volviera a instalar una familia, esta vez de ratones, que son pequeños y ágiles, pero no tan tontos.
“Me parece que estoy oyendo chillidos y creo que son de ratones…”, me dijo mi esposa. Son sonidos agudos pero sutiles y en la noche en que no hay grillos, se pueden escuchar. Hay pocos grillos en el campo cuando hay luna llena. Mejor dicho, los grillos no salen a la hierba en campo abierto durante las noches de luna llena, porque son fácilmente cazados por los sapos y las ranas, las que logran camuflarse del mismo color del brillo de la luna. Es la mejor oportunidad para detectar ruidos de animales en la casa. En la mía, por ejemplo, yo tengo unas salamandras que hacen unos ruidos inolvidables y románticos, como si alguien tirara besos cuando se acerca la madrugada. Y cuando hay salamandras en una casa, desaparecen los zancudos.
Pues estos ratoncillos se me convirtieron en una verdadera obsesión. Hasta que los vi pasar. Hicieron hueco en la tela que se pone por debajo del mueble de cuero. Tuvieron noventa días para abrir el hueco; robar algunos hilos de algodón los cojines interiores del mueble; hacer nido, enfiestarse de tal modo hasta tener descendencia. Una tía que quedó encargada de remojar las matas una vez por semana no se dio cuenta del desastre que estaba comenzando a vivir nuestra casa.
Entonces volví donde el especialista. Quedé impresionado porque era el mismo, un poco más canoso. Me alegré de la estabilidad laboral que yo pensaba que se había acabado luego de veinte años de poder omnímodo de las clases empresariales en el gobierno. Lo primero que le dije, con rabia, es que ni se le ocurriera aconsejarme el pegamento que me había vendido hacía una década. Ni se acordaba de eso. “No, hombre, eso ya pasó de moda”, me dijo, “ahora tenemos el Rokil, para todo tipo de roedores, con la ventaja de que los animales no morirán en las cuevas, dejándole malos olores. El roedor tendrá que salir del nido”.
—¿Y eso cómo funciona? —le pregunté.
—Es un anticoagulante con eficacia del ciento por ciento. Necesitarán salir a buscar el aire. Por eso morirán fuera del nido.
—¿Me matará unas salamandras y unos sapos que tengo en el patio?
—No. No afecta las mascotas, a menos que ingieran directamente el veneno.
—Bueno, yo no tengo mascotas estrictamente hablando, excepto algunas salamandras y dos sapos que tengo en el patio, que me cayeron de alguna parte y no pudieron volver a salir. Pero el efecto es que no tengo zancudos. Es un antídoto muy eficaz.
—Lleve el Rokil, no se arrepentirá; roedor comido, roedor muerto… —mientras el hombre miraba con orgullo el frasco de polvo blanco.
—¿Y cómo se suministra?
—Simplemente se pone en un recipiente pequeño en el sitio donde el animal come. Puede ser hasta una tapa de gaseosa.
Entonces me dejé convencer. No era un maltrato lo que compré, es algo mucho más discreto que el pegamento. ¿Hasta dónde podrá llegar la inteligencia humana? “La rata tendrá que salir del nido”, como me repitió el hombre. ¿Cómo lo hacen? El asunto no parece ser de forma. ¿No nos están quitando las semillas de maíz para volverse ellos los únicos proveedores? ¿No vienen al trópico para encontrar nuevas especies y patentar sus descubrimientos como si nuestra selva fuera de ellos? Se inventarán el robot que mate a una rata. Son unos genios.
Puse el Rokil polvo en dos tapas de gaseosa, cerca de los plátanos que pongo debajo del lavadero, porque si de algo estoy seguro es que a estos animalejos les gusta todo lo que tenga caloría o azúcar. También puse una tapa cerca del nido, con un poco de agua, como decía en las instrucciones, junto a uno de los muebles, a modo de bebedero y debajo del lavadero para que acompañara el consumo del plátano. Me burlé de mi enemigo. Me iba a vengar de un todo y por todo de aquella rata que me subió por el estómago. Pero ocurrió lo contrario.
Los ratones son más peculiares que las ratas, no sobra anotar que son de diferente especie. No comen todos en el primer encuentro de una nueva variante de comida. Un miembro del nido, que generalmente es el macho, está destinado a probar la comida antes de que la pruebe toda la comunidad. Y ese probador amaneció muerto en medio de nuestra sala, bocarriba, con los ojos vidriosos y la boca completamente abierta y seca, los dientes suplicantes, tratando de aspirar la mínima cantidad de aire que pudiera encontrar en el ambiente. Debió tener una muerte lenta, sin aire. ¿Pero cómo lo lograban?
Yo necesitaba saber más detalles de lo qué había pasado con ese ratón, visitante de mi casa, comensal dueño del mismo derecho de existencia que tengo yo, mis hijos o ahora, mi nieto. No puede ser que otra vez yo cayera en la crueldad y el desapego a lo natural, a la corriente obvia del proceso de nacer, crecer, reproducirse y morir.
Entonces me puse unos guantes amarillos de caucho, de los que se pegan a la piel, los mismos que usan los médicos de consulta para mirarnos el color de la lengua; tomé un bisturí del taller de pintura de mi esposa, y le puse una cuchilla de afeitar, de las viejas, de las que usan en barbería; me armé de un alicate largo de aluminio y de una pinza para depilar, desechada; llamé a mi hija la científica, que me dio instrucciones.
“Primero que todo creo que es una de tus locuras querer saber lo que no vas a poder comprobar, si no tienes pruebas químicas de laboratorio sobre el efecto de los venenos. Pero como te conozco, sé que lo vas a hacer con laboratorio o sin él, conmigo o sin mí. Entonces, para que sigas teniendo en tus manos la estructura ósea del ratón, rompe de abajo hacia arriba y no al contrario. Eso te garantizará que el occiso no se te desintegre”.
Abrí entonces la panza del ratón, apenas rompiendo la tela suave y blanca que les cubre el cuerpo debajo de la piel. Era un héroe machito que había cumplido su función con valor. Honor a su entrega, ninguno más murió.
La sorpresa fue tremenda: como si hubiera explotado una pequeña bomba de plástico, los intestinos regurgitaron disparados por una presión acuífera incomprensible que por poco me llega hasta los ojos. Las tripas estaban inflamadas, aprisionadas unas contra otras, como en una lata de sardinas. Los riñones y el hígado habían sido diluidos por el anticoagulante, que debió ser el primer efecto del veneno. La verdad es que no los encontré a pesar de las instrucciones de mi hija para que los buscara de las tripas hacia arriba. “No puede ser, papá, si es un mamífero debe tener un hígado y dos riñones, los necesita para procesar las grasas de la leche materna. Sin esos dos órganos no habría sobrevivido ni la especie humana…”, decía mi hija por el celular. Pero esos órganos habían desaparecido. Se lo expliqué removiendo sus tripas, aunque ella no lo podía creer. “¿Qué pasó?”, gritaba, “¡qué cosa tan rara!”.
Llegué hasta el costillar y partí el cartílago que une los hemisferios izquierdo y derecho, repasando el filo de la cuchilla. El corazón era una hilacha. Liberada el aguasangre de su cuerpo, los pulmones parecían recuperar su estado de inhalación, pero encontré que el corazoncito había explotado seguramente por la presión de la masa de agua en que se había convertido su sangre, ante la falta de hígado y riñones, que se confundieron en la disolución de todo lo que fuera coágulo. La presión de los líquidos sanguinolentos de los órganos inferiores impidió el funcionamiento normal de las conducciones respiratorias, las inundó hasta ahogar al animal, que tuvo que salir de su cueva a buscar la zona más rica del oxígeno, abrir manos y patas pidiendo clemencia al cielo; poner contra el piso su columna vertebral, hasta morir con los dientes pelados y secos, cuando sus pulmones aplastados no pudieron pasar algo de aire.
Quedé devastado, sin ganas de volver a hablar, pese a los consejos de mi hija que desde el país en que vive trató de darme ánimos durante varios días. “La ciencia es así, pa, hace descubrimientos dolorosos y alegrías hirientes. Te dije que sería doloroso…”. Yo ya no la oía.
Lo peor de todo es que muchas preguntas me han surgido desde entonces y no sé cómo contestármelas. ¿Quién sigue? No sé si las odio, no sé si les tengo miedo o respeto o lástima, o si correré con la próxima que encuentre en mi camino.
La nube de Darío Gómez
por SILVIO BOLAÑO • Ilustración de mais.criollo
Número 131 Octubre de 2022
Sí, necesitamos canciones populares que nos ayuden a aprender a vivir, que nos enseñen a soportar el abandono, a mirar con resignación los ojos de la pelona, a enfrentar el terror de volver a enamorarnos, a celebrar la ironía de sabernos parte del olvido, a burlarnos del yugo del trabajo, a masticar el fracaso entre sus melodías, a lidiar con los fantasmas que crecen a nuestros pies. Los juglares nos regalan cancioneros que, al poner en escena la tragicomedia de lo habitual, nos recuerdan que este teatro de vanidades es flor de un día y que para celebrarlo tenemos el aquí y el ahora, presente que se asemeja a la eternidad en el carnaval del amor-amor, cuando cantamos para soportar al agujero negro que nos respira en la nuca. Darío Gómez surgió de las montañas de Antioquia como un campeón de coplas que celebran el arte de vivir a contrapelo: acá el folclor dio a luz a un héroe que canta su despecho, no al que se jacta del triunfo, ni a un jeque de la felicidad o del erotismo, sino al que en las calles del amor vive entre comillas, con la corazonada del silencio como respuesta que afronta, cual Sísifo montañero que arrastra su roca hasta el filo de un alto del Cauca para verla desbarrancarse, consciente de que su destino heroico consiste en intentarlo mañana otra vez. Este juglar paisa es un buen perdedor que refleja los valores estéticos de un pueblo al que le gusta enfrentar el fracaso, pues cuando escucha o canta a Darío Gómez se permite pensar o manifestar, entre el coro de barítonos atenorados y sopranos de viacrucis, que somos conscientes de la fragilidad de ser en este mundo. Es proverbial el ejemplo de Nadie es eterno, canción que floreciera como himno popular en una década en la que desde el “Cómo amaneció Medellín” recibíamos las cifras pandémicas de los jóvenes asesinados por la guerra del narcotráfico; desde entonces sus versos: “Sufrirás, llorarás, mientras te acostumbrés a perder…”, son mantras que han logrado, de forma lapidaria y por ende ortodoxa, enseñarnos a tener una actitud ética estoica ante la cotidianidad de la muerte: “Después te resignarás cuando ya no me vuelvas a ver…”, esto a través de un talante vitalista: “No lloren por el que muere / que para siempre se va / velen por los que se queden / si los pueden ayudar…”, que se asemeja a lo que predicaba el Buda, o sea que nos extinguimos como una llama y nos transformamos como una nube.
Darío Gómez fue un rey con sino trágico que, a diferencia de Edipo de Tebas, enfrentó su destino familiar a través del arte. Con su hermano Heriberto formaron Los Legendarios en 1977, cuyo primer éxito, la samba Ángel perdido, está dedicada a su difunta hermana Rosángela. En esta canción usa dos figuras románticas que retomará en otras letras: “Voy por esta senda triste, la senda de mi amargura” y “quítame ya la existencia, pero no me des olvido”. La senda triste, como una sola sombra larga, es la que recorre mientras canta la melancolía que siente por la estrella perdida, esa que iluminara su juventud. Es la hondura que hay en lo simple: Darío Gómez escribe una samba a su hermana Rosángela, pero sin incluir su nombre, que no carece de la riqueza semántica de las Lauras y Beatrices de los poetas coronados, y a ella canta como si fuera un ave migratoria, con la lozanía de la ronda infantil: “¡Vuelve mi ángel perdido / amor mío, ¿dónde estás? / Mi corazón no ha vencido / esta horrible soledad”. Afrontar las tragedias familiares a través de la composición de canciones es una fórmula artística que también encontramos en su himno de abuelo, donde el rey del despecho narra el drama de su nieta huérfana por la violencia y a ella canta en el coro: “Daniela / soy tu abuelo paterno / y aunque nadie reemplaza / ese amor para ti / tu mamá desde el cielo / quiere verte feliz”. Tanto en Ángel perdido como en Daniela el juglar paisa comparte sus infortunios con una solemnidad que nos invita a evocar nuestras fatalidades: la piedad que produce la imagen de una mujer joven desdichada nos hace sentir parte de un ritual en el que contemplamos nuestra experiencia de lo terrible.
A esta materia del arte Darío Gómez sumó un estilo muy suyo con la inclusión de más cuerdas y vientos, lo cual supo escenificar con sus productores en videoclips que presentan una estética hermana de la telenovela latinoamericana. Un caso ejemplar es el video de Sobreviviré (asombrosa versión en castellano de I Will Survive) en el que aparece recortado y pegado sobre la escena en posición de flor de loto, como una nube sobre su público que convulsiona en una histeria de El Show de Las Estrellas de Jorge Barón; luego canta vestido de frac entre la niebla, ante una banca y un farol de parque, como Carlos Gardel o Michael Jackson entre las candilejas de Hollywood; después, sobre un fondo azul, entre luces amarillas y claves de sol; ahora, con una mujer que cabalga a pelo, símbolo de viril optimismo. Acumulación de imágenes que es la apoteosis del estilo montañero con el que decoramos las busetas y los graneros en Antioquia; barroco paisa al que en Medellín la gente gomela bautizara mañé por manierista y que, al exagerar en el uso de símbolos de abundancia, subraya la fuerza que debe tener el amante desdichado para enfrentar a su destino: “Y viviré porque otro amor llegó con fuerza para amar / Y en mi anhelo de vivir, tengo mucho que entregar, lo has de saber / que no haces falta, sin ti sobreviviré…”.
Pues Darío Gómez canta al amor como a un personaje romántico que existe tanto adentro como afuera de sí y necesita compartir con el ser amado, ese que ya ama a otro y en algunos casos está comprometido. La infidelidad es un tema frecuente en sus tonadas, las cuales promueven los valores del amor cortés de forma tan clara que nos permiten evocar los versos de Dante Alighieri sobre Paolo y Francesca, amantes asesinados tras ser sorprendidos en adulterio: “Amor que al corazón gentil prende fácil… Amor que a ningún amante amar perdona…”, canta el florentino en el Infierno. El hijo del pueblo de San Jerónimo, en cambio, lanzó estas coplas 750 años después: “Te recibí el corazón con toda el alma / no me arrepiento a pesar de tu traición / al darme cuenta que (sic) eres una tirana / me enamoré y el destino me engañó…”. Ahora el amante ha sido traicionado, pero reta a la traidora por no haberle quitado la vida: “Me diste el corazón y me lo diste herido / otro amor te engañó / y tú engañaste el mío / ¿Por qué eres tan tirana con el que sabe amarte? / Debías de (sic) matarme para ya olvidarte…”. Es notable que sobre los arquetipos de la traición se han escrito obras de arte pródigas en aquello de ayudarnos a experimentar la catarsis, al punto de que los libros sagrados, las mitologías y las rapsodias parecieran enseñarnos que la miseria de nuestra especie humana proviene de un triángulo amoroso y de una traición primitiva. Luego, además de regalarnos himnos para afrontar las tragedias familiares, Darío Gómez contribuye, desde nuestro cancionero colombiano, a la continuación de la leyenda del amor en Occidente. Pues incluso al celebrar el encuentro del ser amado él debe recordarnos la existencia de un dolor original: “Qué negro fue mi pasado / sin importar mi sufrir / siempre viví fracasado / hasta el día que te vi…”, estado de penuria que el hallazgo del verdadero amor puede borrar, al punto de señalarle el inicio de una vida nueva desde la que atisba su pasado con desdén: “Me hiciste revivir de la nada / ¡Ay de mí cuando no te conocía!…”, y ante su experiencia de resurrección promete el amor eterno, aunque sea consciente de que nuestra existencia es efímera: “Yo quiero ser tu amor hasta la muerte / que si tu corazón no lo derriba / ahí me tienes / entregado de por vida…”. Lo cual es el paradigma de la promesa de amor eterno: tú me has salvado de la miseria, por tu amor he vuelto a nacer y por lo tanto prometo, mientras me lo permitas, que seré tuyo hasta la muerte. Acá la ranchera personifica el ciclo de transformación: muerte, amor, vida, muerte; metamorfosis en la que el pueblo cree y es su forma religiosa, trascendental, de comprender el amor.
Por eso, al enterarse de su transformación el pueblo salió a las calles a reivindicar el pacto artístico con su cantor, cumpliéndole en el volumen de la música y de la ingesta etílica en hogares, graneros y parques de Antioquia, así como en las romerías que llegaron al Yesid Santos durante tres días, en un velorio histórico en la Villa de la Candelaria. Los peregrinos se agolparon alrededor del coliseo de voleibol a cantar, rezar, tomar fotos, videos y guaro, entre gritos de histeria, perros, flores, retratos, ponchos, velas, sombreros, gases lacrimógenos, banderas del Medellín y del Nacional, algarabía de familias y parceros, arepas de queso, turrones de coco, bareta, papita, chicle, violines, guitarrones y trompetas, atletas que hacían calistenia, una mujer a caballo y vecinos que daban guaro a las ánimas del jardín, por no poder bañar el féretro de aguardiente antioqueño, que tal era el deseo de las distintas gentes, como si Darío Gómez fuera el genio de la botella y por eso debiera experimentar su apoteosis sobre mares de anís. Así el pueblo hizo justicia con la estética de su juglar; quien hoy es nube, ayer fuego.
En 1900 la vida era frágil y las condiciones eran incluso precarias para muchos, así que morir siendo bebé, pequeño, adolescente o mayor era un asunto altamente probable que se aceptaba como voluntad de Dios y se recibía con ceremonias y ritos que variaban según la edad y las posibilidades económicas del fallecido.
Cocina como Acción Social: comensalidad a manos llenas
por LUIS R. VIDAL
Número 131 Octubre de 2022
La cocina en la calle y la calle como cocina
Sacar el fogón a la calle es un acto que, a simple vista, no tiene nada de extraordinario. Creo que todos hemos compartido un plato de sancocho o una frijolada. Sin embargo, hay algo más. Prender un fogón a la luz de todos, y sentir el olor a leña y la volatilidad del humo que tizna una olla, nos comunica con el acto primario del fuego y de la vida en comunidad.
Dar de comer al otro siempre me ha parecido un gesto noble. Es como abrazar a alguien a través de la comida, sobre todo cuando es uno quien la prepara. Los alimentos cobran otro sentido. Pienso que, con los afanes del día a día, perdimos parte de nuestra esencia como humanos cuando en su casa cada quien, en vez de ir al comedor, va a un cuarto y come solo, casi que a escondidas. Cocinar no es un acto individual. Siempre habrá alguien que siembre los alimentos, otros que cosechen, otros que los transporten hasta los lugares de acopio, hasta que, por fin, lleguen a nuestras manos para transformarse.
En Medellín, Cocina como Acción Social (CASA) se ha encargado de atizar ese fogón y compartir la comida en las calles de la ciudad por más de seis años. Emmanuel Taborda Blandón es el cocinero y gestor cultural que está detrás de esta iniciativa. Ema, como le dicen sus amigos, cuenta que no ha estado solo en esto. Lo han rodeado un puñado académicos, compinches, cocineras y cocineros tradicionales, venteros de frituras, hortelanos, filósofos, historiadores, poetas, antropólogos, comunicadores, ilustradores y palabreros.
CASA se ha tomado muy en serio que cocinar es un acto comunicante del que nos debemos valer para resarcir broncas innecesarias y carentes de sentido. Es cambiar la estridencia de las armas por los ruidos que producen las cocinas en movimiento. Así, se valen de metáforas para enseñarnos que lo importante de vivir sosegados los amores y las amistades, a fuego lento como las buenas comidas, y que la frugalidad es enemiga de los apuros y los hartazgos, porque como dicen los abuelos: de las carreras no queda sino el cansancio.
Este detenerse para cocinar en las calles de la ciudad se hace con comensales de todos los pelambres. Aquí todos caben y celebran alrededor de la pedagogía de la olla comunitaria: unos lavan, otros pelan, otros atizan el fogón, otros se encargan de las arepas, la ensalada y las bebidas. Al cocinar juntos celebramos la hermandad, reconocemos lo semejante y lo diverso del otro. Alguna vez, al terminar la faena en una de las versiones de CASA en Pedregal, estaba fatigado y olía a leño, pero pensé que un pedazo de la ciudad se había sentado a comer junta. Era una porción pequeña comparada con el tamaño del país. Pero no importa, me dije. Se ha empezado y eso es lo importante.
Medellín celebra desde los fogones
CASA es algo sui generis en medio de la variedad de eventos de cocina que existen en Medellín. Eclosionó en el barrio y poco a poco ha permeado al resto de la ciudad y el país. Ema cuenta que la iniciativa tiene tres líneas de formación que están integradas. La primera es la comunitaria, que tiene como punto de partida el taller Amasando Paz. En el año 2017, comenzaron a vincular a población diversa (en edad y género, también migrantes) en encuentros constituidos a partir de la cocina comida, donde se abordaron los universos culinarios de cada participante y la relación afectiva y gustativa con sus recuerdos. Tras esa experiencia, se elaboró una metodología de trabajo que se replicó en distintos barrios de Medellín en expresiones como: De la tierra a las cucharas, Cocina y Memoria, Cocinando con lo que hay. En ellas, los distintos talleristas han sumado sus experiencias y transformado el abordaje desde las particularidades de los territorios.
La segunda son las consultorías que CASA les ofrece a distintas organizaciones para dimensionar, entender y crear soluciones a las problemáticas sociales, culturales, económicas, políticas y de violencias basadas en género. Propone una metodología de intervención social que, a través de la cocina, permite compartir ideas y saberes, consolidar acuerdos, brindar soluciones y transformar desde la fuente.
Finalmente, la tercera línea tiene una apuesta por lo comunicacional. En este punto, CASA materializa un discurso cercano a las personas, reconociendo las narrativas, estéticas y modos en que se presenta la alimentación en espacios mal llamados populares. Las voces del barrio y sus protagonistas son fundamentales para comunicar y afirmar que la cocina es un espacio de cohesión social, y también una manera de reconocernos en el otro.
En seis años, CASA ha hecho presencia en quince barrios de Medellín y doce municipios del departamento. Ha participado en cinco foros, una franja radial y varios eventos iberoamericanos, en los que ha mostrado la diversidad de las cocinas y etnicidades del país. Cuando nos sentamos juntos a comer, la conversación también se abre paso. Una de sus ideas centrales ha sido cultivar la sensibilidad para leer las situaciones particulares de los barrios, del departamento y del país, al tiempo que se piensa esos contextos en sus diferencias.
Tiempos de celebración
CASA se reúne anualmente y convoca al sector público, académico (de distintas áreas del conocimiento), estudiantes y colectivos de la ciudad y del país, para dialogar sobre la cocina y su aporte a la generación de vínculos sociales para el desarrollo social. En esos encuentros, por medio de la exploración de ejercicios culinarios, se aborda desde la pregunta y la palabra las dimensiones sociales, culturales, biológicas y emocionales de la cocina, el fogón, las ollas, las texturas y los sabores y, en especial, las historias detrás de quienes producen, transforman y disfrutan los alimentos. Es una fiesta cada encuentro, una oportunidad para ver a los amigos, callejear y abrazarse.
Invitados a conocer, degustar, disfrutar como en su CASA, con Cocina como Acción Social.
Vuelta por el universo
por IGNACIO PIEDRAHÍTA • Fotografías de Juan Fernando Ospina
Número 130 Agosto de 2022
Medellín está dentro de un valle amplio, con la forma de una batea. Desde cualquier punto alto se ve la ciudad de color ladrillo en el fondo de este cuenco natural. Cuando es de noche se ve chispear en dorados sobre negro. La vista es tan cautivadora que las laderas se llenaron de miradores. A menudo la idea de observarse a sí mismo resulta mejor que cualquier programa.
La geografía de Medellín dirige de esta manera parte de nuestras búsquedas y placeres. Los alrededores de la ciudad se han hecho atractivos para coger un poco de aire. Sentirse por fuera del fondo del valle nos da la idea de salirnos temporalmente de nosotros. Esto es posible gracias a las montañas que nos rodean: alejarse de la parte urbana de la ciudad es alzarse sobre la propia cotidianidad.
Un poeta describió la línea de montañas que rodea a Medellín como el “borde de una copa quebrada”, refiriéndose a los contornos abruptos de las cimas que nos confinan. Los alrededores de la ciudad son el límite inicial de su belleza, el esbozo lineal de nuestra naturaleza. No sería lo mismo si esta línea estuviera cubierta de casas y edificios. Debe ser verde de día y negra en la noche.
Este paisaje de nuestras proximidades tiene nombres propios. Al oriente, Santa Elena. Al occidente, San Antonio de Prado, Altavista y San Cristóbal. Y, cruzando hacia Santa Fe de Antioquia, San Sebastián de Palmitas. A estos lugares se les conoce como corregimientos, y son los que custodian nuestros confines en redondo.
Cada corregimiento tiene su parque principal o centralidad, lo que normalmente conocemos de ellos. Pero lo que es más potente en estas fracciones administrativas es su vasto territorio. A ellos pertenecen los bosques y el verdor que le queda a la ciudad. Es desde sus laderas salvajes que la observamos, y es a donde escapamos para soltarnos del ahogo urbanístico. La centralidad de algunos corregimientos está separada de la parte urbana de Medellín, caso de Santa Elena y Palmitas. Otros son prolongación de barrios o de municipios vecinos: las calles de Itagüí pasan a ser territorio de San Antonio de Prado, la comuna de Belén se trueca en Altavista y la parte alta de San Javier muta en la vereda La Loma de San Cristóbal.
Más allá de la centralidad de los corregimientos, cuyo fondo suele ser un territorio rural, de campos, fincas y bosques, comienza la espesura de su follaje, su verdadera mística, su poesía de quebradas y arboledas, promontorios y ramales de montañas, divisorias de aguas y altiplanicies, serranías y collados.
Los caminos
Los corregimientos fueron en algún momento pueblos cercanos a Medellín, por donde entraban y salían mercancías desde y hacia la ciudad en crecimiento. Eran estaciones de arrieros o lugares de descanso para el viajero. Por eso estos lugares están marcados por los caminos antiguos, que cosían por medio de canalones o vallados de piedra las montañas circundantes.
En Santa Elena está el famoso camino de La Cuesta, que pasa por el costado del cerro Pan de azúcar y llega al parque Arví. Por ahí salía todo el mundo a pie o a caballo antes de que hubiera carros en Medellín. Este era nuestro camino de llegada internacional desde el río Magdalena. Casi una semana se echaban los viajeros en mula para llegar desde el río hasta el borde de la ciudad. Pero una vez miraban el valle desde allí, se les quitaban los cansancios.
Por el otro lado está el camino de Guaca, que iba desde Medellín hasta la población del mismo nombre, hoy Heliconia. Este camino pasaba por Belén, subía por Altavista y cruzaba por San Antonio de Prado. Pasaba el alto de Romeral en el filo de la cordillera y caía a Guaca del otro lado. Este camino era importante no solo porque comunicaba con las poblaciones del occidente, sino también porque de Guaca se traía la sal que se consumía en la ciudad.
Esta sal nos lleva al tercer camino que cruzaba por lo que hoy son nuestros corregimientos, el del noroccidente. Este salía de Medellín a pasar por Robledo y San Cristóbal rumbo al Boquerón. Allí se cruzaba la cordillera y ya estaba el viajero en Palmitas, donde descansaba y seguía para Santa Fe de Antioquia. Por allí transitaba la carne en tasajo, es decir la carne salada que se cultivaba en el valle de Aburrá e iba a alimentar a los pueblos mineros a orillas del río Cauca.
Los tres caminos aún se pueden visitar y recorrer al menos en parte. El de Santa Elena sigue mostrando su magnífico trazado, el mismo que asustara por lo elegante a los conquistadores hace quinientos años. Está restaurado y muestra a su vera ruinas de su antiguo ajetreo. El de Guaca arranca en la vereda Buga Patio Bonito, en Altavista, y se interna en ascenso a cruzar por el cerro el Barcino en San Antonio de Prado. El del Boquerón —esa despampanante boca natural que invita a cruzar la cordillera— se coge allí mismo, y entre vallados o muros de piedra va llevando al caminante a un viaje en el tiempo.
El agua
Si algo no tenían que llevar los viajeros de aquellos tiempos salvajes era agua. En todos los corregimientos abundan las quebradas cristalinas, recién nacidas de sus bosques. Cada uno de estos territorios tiene su quebrada principal, hito central en las vidas de sus habitantes. La mayoría tiene en estas aguas sus mejores recuerdos de infancia y sus lugares de esparcimiento en la actualidad.
Las quebradas son en los corregimientos un lugar equivalente al centro comercial en la ciudad, pero gratis y más variadas. Están los charcos de música aguardientera y están los remansos para los más contemplativos. En Santa Elena está el famoso Chorro Clarín, que pasó de ser de sancocho de grabadora y leña recogida, a elegantes casetas para asar o irse de pícnic. En cualquier caso, los dientes castañean igual en esas aguas vívidas y frías del altiplano.
San Antonio de Prado y San Cristóbal están dominados por una sola quebrada mayor cada uno, pero ambas de temer por su fuerza y caudal. En Prado está la fragosa Doña María, que lo recorre de norte a sur por su brusco cañón. Allí hay desde estaderos de parlante afuera hasta trucheras menores de mesas rústicas y acentos bucólicos. A esa quebrada mayor le caen muchas otras, que en días de invierno y crecidas la tiñen de marrón.
San Cristóbal por su parte está dominado por la Iguaná. La forma del territorio de San Cristóbal asemeja un teatro griego, cuyas graderías recorre esta Antígona transfigurada en arroyo hasta pasar por la escena de su centralidad. Cuando esta quebrada siente que debe actuar bajo las leyes naturales y no las que le impone la sociedad, se sabe pronunciar. Hoy tanto la Doña María y la Iguaná están domesticadas en su parte baja, con canaletas de cemento a lado y lado.
Igual destino corren todas las quebradas que nacen en los corregimientos. Nacen en los bosques de las cimas de las montañas y bajan salvajes y vivaces por las gargantas estrechas rumbo a la ciudad. Esa alegría sin embargo no les dura mayor cosa. Al tocar la ciudad les ponemos camisa de fuerza y las anulamos, les vaciamos cemento a sus orillas cuando no es que las ocultamos entre tuberías. La primera de ellas fue la Santa Elena, de la que ya ni nos acordamos de que existe, y de ahí siguió el resto. Sometidas y avergonzadas entran estas quebradas en el río tumba que es el Medellín, salvo las de Palmitas, que van a dar al río Cauca.
Montañas salvajes
El valle de Aburrá se formó por un desgarrón en la cordillera. Las montañas se abrieron en la brecha gigantesca que hoy ocupamos, varios millones de años después. Luego comenzó a correr el río por la mitad y se formaron dos ambientes: el de las laderas en los costados del valle y el del río que serpenteaba suavemente en su parte de abajo. Era un valle hermoso, con un clima inigualable, con caza y pesca suficiente para sus primeros pobladores.
Pero ese valle no fue fácil de habitar para la ciudad. En los dominios del río abundaban humedales y pantaneros en los que era un problema construir. Además, sus meandros naturales se iban moviendo con el tiempo como una culebra que reptaba libremente y no armonizaban con la rigidez propia de lo urbano. Como si eso fuera poco, las quebradas se crecían y se desbordaban, y en las partes altas la montaña se desgarraba por su propio peso.
De ahí que hubiéramos decidido encauzar el río. Así quedaba resuelto —a costa de la vida del mismo río— el problema de los humedales. La ciudad creció entonces más tranquila en el fondo del valle y fue cubriendo todo aquello que era plano, encauzando quebradas y dominando la naturaleza. Las laderas más bajas y suaves se mostraron generosas y pronto se llenaron de casas también.
Pero esa tierra buena se fue acabando y la ciudad se encontró con sus laderas más pendientes. A las cuestas más salvajes no se les somete tan fácilmente, pues en su genética está el desgarrarse, el derrumbarse. Torrentes de lodo, movimientos de la tierra, caídas de piedras gigantescas. Esta forma de alzar la voz es propia de las montañas, y se levanta aún más con la urbanización. La tragedia está a la vuelta de cada invierno, especialmente en estos lugares de los contornos.
Muchas de estas catástrofes ocurren en los corregimientos, pues son ellos los que ocupan las laderas de Medellín. Media Luna en Santa Elena es ya un desastre clásico, en los años cincuenta, así como el de Villatina, que a pesar de ser en Medellín es parte del mismo fenómeno. La ciudad asegura más de estos problemas en el futuro conforme avanza sobre estas partes altas de las montañas, rebeldes de suyo.
Bosques y campos
El valle de Aburrá estaba originalmente cubierto de bosques. Salvo quizá ciertas orillas arenosas del río y algunos pedreros traídos por las quebradas, el resto eran arboledas. Para construir la ciudad hubo que ir talando los árboles, lógicamente. Pero también para sacar madera de construcción y carbón para cocinar. Mucha de esa madera vino de lo que hoy son los corregimientos.
Poblaciones que antes fueron mineras por excelencia, como Santa Elena, al acabarse el oro siguieron con los bosques. Se cortaba el bosque nativo y se vendía la madera, y las generaciones siguientes usaban el terreno ya sin árboles para la agricultura. En algunas partes se establecieron fincas de ganado o cultivos de alimentos. Incluso en otras se sembraron pinos o cipreses, que crecían más rápido y podían aprovecharse.
De los bosques nativos quedan algunas reservas en las partes altas de los corregimientos. En Santa Elena está Arví, en San Antonio de Prado El Astillero, en Altavista la Ana Díaz, en San Cristóbal El Moral y en Palmitas toda la parte baja de Las Baldías, entre otras. Desde hace décadas la ciudad ha ido comprando y protegiendo estas zonas altas de las cimas que la rodean. Caminar por allí es un viaje por ese momento anterior a la urbanización de la ciudad. Aves y árboles de incontables especies se expresan en torno al concepto de diversidad, algo tan difícil para el ser humano.
De estos bosques viejos o en recuperación hacia abajo en la ladera vienen las fincas ganaderas y los terrenos de cultivo. Esta es quizá la franja más amplia de verdor de los corregimientos, antes de llegar a sus centralidades. Esa es la zona que hoy está en disputa por las fuerzas urbanísticas de la ciudad y el mercado de tierras. La ciudad no ve la hora de devorarse ese manjar aún sin construir.
El acaparamiento de estas tierras se realiza tanto a manera de urbanizaciones de edificios como de parcelaciones. En Altavista, por ser el corregimiento que está en mayor simbiosis con la ciudad, es más evidente. Los barrios de la comuna de Belén trepan por las pendientes comiéndose a zarpazos las veredas bajas de Altavista. Esta tendencia seguramente continuará en los otros corregimientos cercanos a la ciudad: San Antonio de Prado y San Cristóbal.
En cuanto a Santa Elena y Palmitas, así como las partes más altas de los otros corregimientos, las parcelaciones están de moda. Los precios de la tierra suben y los propietarios de fincas ven la oportunidad de vender. Esto crea un paisaje nuevo en el que conviven la vivienda de estrato alto con la casa campesina de antaño. En una prima el césped cortado a ras y los setos de eugenios que no atraen ni siquiera un ave, las otras parecen una despensa de frutales y arbustos florales más acordes con la diversidad propia de la tierra.
La agricultura aún sobrevive. Algunos de sus cultivadores producen sin agroquímicos, unidos en cooperativas y fomentando la asociación. Gracias a la cercanía con la ciudad encuentran compradores que pueden pagar un poco más por sus productos limpios. Esos predios donde todavía se cultiva, y donde además se hace de manera orgánica, alimentan la montaña, la enriquecen: dan verdor al barrio, conservan una práctica esencial, un oficio memorable, el del agricultor. Tal vez, así como se hace con los bosques, también estas personas deberían ser reserva protegida, porque allí está la memoria y quizás algo del futuro.
Picos y cerros
Además de las quebradas, los hitos más significativos de los corregimientos son sus peñascos y macizos. Estos testigos naturales e imperecederos han sido la señal de ubicación espacial de la humanidad desde siempre, y aún están presentes en nuestros alrededores. Y, más, en una geografía como la nuestra, donde a las montañas y sus diferentes formas les gusta hacer alarde.
El cerro Pan de azúcar en Santa Elena es un hombro que sobresale de la montaña justo por encima de los últimos barrios de Medellín hacia el oriente. Está hecho de una roca llamada dunita, propensa a las oquedades y pequeñas cuevas hechas por el agua. Justo detrás de la imagen religiosa que hay en la cima del cerro hay una de estas cavernas menores. Considero a esta abertura natural mi oráculo personal, y es ella quien recibe mis rezos cada vez que la visito.
En San Antonio de Prado está la piedra Galana, en lo alto de la reserva El Astillero. Se trata de una saliente rocosa que despunta sobre un claro del relieve, del tamaño de la sala de una casa, con muebles duros y puntudos pero que aseguran un mejor trato que cualquier visita. La roca está partida a lo largo de fracturas paralelas que le dan la forma de un mazo de cartas separado a tramos gruesos. Desde allí la vista de Medellín es bastante particular. En el campo visual se expresan en primer plano una serie de collados montañosos que se alargan hacia un punto de fuga que no es otro que el Centro de Medellín. Desde allí la ciudad aparece como un borrón naranjado entre la bruma contaminada.
En Altavista está el popular cerro de las Tres Cruces. Miles de personas —acaso sin saber que pertenece a Altavista—, lo visitan los fines de semana. Su cima es una meta accesible —sin ser regalada tampoco—, que tiene como premio una preciosa mirada baja sobre el valle de Medellín. Los más epicúreos se sientan a descansar y a contemplar la vista, mientras aquellos de estoica figura pasan a una sesión extra de aparatos. En la parte plana de la cima han sido instalados una serie de bancos y barras para el ejercicio muscular. Allí los relieves de sus practicantes pasan a constituir una discreta parte del paisaje, digna de observación.
En San Cristóbal está el cerro El Picacho, que sobresale de la montaña como el elefante de El Principito que una culebra se ha comido. Aquí lo tenemos en versión montañosa, pues la culebra no va por plano sino bajando la lisa cuesta. Allí también hay una imagen religiosa, que corona el camino que lo asciende entre grandes bloques de piedra. Estas rocas son diferentes a las del Pan de azúcar, y si bien por fuera lucen oscuras, por dentro son rayadas de una belleza que se expresa generosamente a los amantes de las rocas.
Desde cualquiera de estos peñascos en las montañas puede verse la ciudad, mirarse, mirarnos a nosotros mismos como en un cuento de Cortázar. Esencial en este doble juego es el objeto que observamos, pero igualmente el lugar desde donde lo hacemos. Estos contornos que hoy son los corregimientos, balcones naturales, fuentes de agua, alimentos y vida, donde aún asoman los caminos de tierra, los collados rocosos, los charcos y los bosques, son lugares a los que siempre desearemos retornar por mucho que adoremos la comodidad del asfalto. La Medellín endurecida por la historia tiene una oportunidad única de recobrar su suavidad ocupándose de estos territorios como fuentes de un poder proveniente de la tierra misma.
* Este fragmento escrito para Universo Centro hace parte del proyecto para la recuperación de la memoria histórica y la identidad campesina de los corregimientos de Medellín, en convenio con la FAO.
Etiquetas: corregimientos , geografía , Ignacio Piedrahíta , Juan Fernando Ospina , Medellín , medio ambiente , Valle de Aburrá
¡Comparte esta historia!
Claro que sí. Hasta 1950 Colombia era un país rural, donde era común que los hombres anduvieran sin zapatos o que los usaran solo para ir a misa. Las mujeres, flexibles para adoptar nuevas ideas, decidieron ponerse botas y botines mucho antes… ¿Cómo lo sabemos?
El fin tendrá nombre
por SANTIAGO RODAS • Fotografías de Juan Fernando Ospina
Número 129 Junio de 2022
Esos ojitos negros, que me miraban.
Esa mirada extraña, que me turbaba
El Gran Combo de Puerto Rico
El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve.
Antonio Machado
Algún día no muy lejano el valle del Aburrá estará cubierto por un manto compacto y vegetal, verdoso en sus tallos y de fluorescencia anaranjada, fulgurosa, con núcleos negruzcos y chiclosos en el interior de cada flor madura. No habrá edificio que no esté forrado por el velo ni árbol ni calle ni iglesia ni tienda ni placa deportiva. Será inevitable su propagación natural sobre las ruinas y los escombros. Y será hermoso el resplandor naranja que rebotará por todas partes con sus chispas a manera de pétalos y también será siniestro pues no habrá nadie para contemplar su triunfo sobre todas las cosas, su reino monocultivado y hambriento. Un silencio terrible amasará esta ciudad y solo se escuchará la lenta propagación de las esporas de la planta mientras rasgan el aire límpido, arañando cualquier espacio nuevo para su arado. Los ojos negros de su cuerpo desproporcionado mirarán con suficiencia atávica lo que queda, pues será poco lo que le falte por colonizar.
El fin tendrá nombre: Ojo de poeta. Y podremos afirmar, también, que estaremos ante el último estertor de la historia; no habrá futuro ni presente ni pasado pues cuando esto suceda las demás plantas, la mayoría de animales y humanos no existirán más, quizá solo algunos insectos que se alimentarán de la savia dentro de sus flores puedan mantenerse con vida, dependiendo enteramente del lecho de la Thunbergia alata. El viejo Dios habrá muerto otra vez y lo remplazará una planta verde anaranjada que deshilachará el tiempo. Tan solo quedará su cuerpo soberano anegando cada metro cuadrado de lo que alguna vez fue la vida humana en estas calles vanidosas. La imagen de la fronda es hermosa y terrorífica: un ejército de ojos floridos que vigilan el vacío entre las ruinas. El fin de los tiempos tendrá su esplendor: este valle vestido de dos colores. Y después de tantos trasiegos por fin reinará la paz, el silencio vegetal y la belleza.
Ahora mismo, en el 2022, la planta espera pacientemente entre los pliegues de las montañas y se reproduce por los bosques nativos de todas las laderas con sus diferentes estrategias, los va ahogando, carcomiendo, los devora palmo a palmo con su podredumbre grácil, con su encanto, hasta remplazarlos con sus tintes chispeantes e hipnóticos. Un matute inevitable. Su conciencia es darwiniana: el más fuerte sobrevive. Cada uno de sus brazos musculados se extiende sobre los postes de la luz, las paredes de las casas, árboles y plantas sin distinción, los seres vivos son su alimento, toda la materia es soporte para su dispersión.
La Thunbergia alata llegó desde el este de África a las Indias Occidentales a mediados del siglo XIX, sus primeros registros están consignados en colecciones de herbarios en Martinica en 1870 y un año después está registrada en República Dominicana, para 1874 ya estaba depositada en el Herbario Nacional de Trinidad. Hacia 1876 se le consideraba una planta con fines ornamentales asentada en el territorio. Con tan solo seis años de estancia la plaga de Susanita de ojos negros se volvió parte del paisaje caribeño. Posteriormente, con la premisa probada de su resistencia al clima de América, su fácil adaptación a los diferentes pisos térmicos por arriba de los mil metros sobre el nivel del mar y su belleza exuberante que atrajo fácilmente la mirada para decorar toda clase de construcciones, comenzó su onda expansiva a lo largo del continente. Se calcula que promediando el año 1900 la planta trepadora dejó de necesitar al humano y empezó su reproducción de manera espontánea, independizó su marcha ocular y se reguló bajo sus propias leyes para aumentar el caudal de sus flores; se sabe que no tiene depredadores naturales en la región y por lo tanto, tampoco límites. Un dios oscuro, radiante y famélico es el Ojo de poeta, sin necesidad de las oraciones de devotos y feligreses.
No se sabe con certeza cuándo la planta descendió hacia el sur, desde el Caribe hasta la Cordillera de los Andes, y se aferró con su fuerza trepadora a los suelos colombianos. No obstante, el médico Manuel Uribe Ángel da pistas para pensar que el Ojo de poeta llegó a las breñas antioqueñas, como queda consignado en el compendio de Geografía general del Estado de Antioquia en Colombia, en 1885, con el nombre “La colombiana”, y desde ese momento está incluida en las descripciones sobre la flora del departamento de Antioquia.
Como se escribe en el libro Historia, vida y poderes de una especie invasora, editado por Mario Alberto Quijano Abril, “acorde a los registros del Herbario Nacional Colombiano, el primer individuo de T. alata para nuestro país, corresponde a un ejemplar herborizado en 1939 por Enrique Pérez Arbeláez y José Cuatrecasas en alrededores de La Vega, Cundinamarca (Baptiste et al., 2010), y para el caso de Antioquia se tenía un registro en 1940 por parte de Lorenzo Uribe Uribe”. Con ochenta años del primer registro de la especie ahora mismo es bastante difícil salir a una ladera y no toparse con las flores desparramadas por rejas, árboles, construcciones abandonadas, sus ojos están ahí, veedores de su propia persistencia, oteando cualquier movimiento, desplazándose a pasos lentos y seguros e inevitables.
Su fuerza reside en que tiene una capacidad de reproducción temible y que una vez la planta está asida en determinado lugar es casi imposible erradicarla. Se ha demostrado que sobrevive a los incendios, a los venenos, a la erradicación manual, a otras especies monocultivadas. Su persistencia y reproductibilidad demuestran que es una de las plantas más fuertes del ecosistema y crece sin control, sin que ni el humano pueda detenerla con facilidad. En un metro cuadrado puede arrojar más de mil semillas, que germinan en uno o dos días, y cuando sus vainas explotan como catapultas pueden diseminarse hasta una distancia de once metros. Con esta profusión excesiva, barroca, se garantiza el mantenimiento de su vida en constante expansión.
Otra de sus estrategias de éxito consiste en que nunca detiene su floración y, por lo tanto, no se detiene su fecundidad. Los insectos que se alimentan de ella la diseminan en diferentes lugares de la montaña. Su belleza es la condena y el precio que se paga por la cercanía con lo sublime, con algo que se salió de nuestras manos y que posiblemente nos sobreviva. El ornamento que deseamos para decorar los jardines en Antioquia terminará por abrazar lo que se interponga a su paso, hasta matarlo. El Ojo de poeta se asemeja bastante a un pacto con el diablo: nos entrega el tesoro deslumbrante de su belleza en jardines y cercos vegetales y sin darnos cuenta, de manera silenciosa, como le gustan las cosas Al-que-no-tiene-nombre, pagamos con la vida.
En mis viajes en bicicleta siempre encuentro especímenes de la Thunbergia alata en cualquier parte, al borde de la carretera o bien metida en el corazón de algún bosque, no importa si es en el oriente, en el occidente, en el sur o en el norte del valle. Se encuentra en El Escobero, en El Chuscal, en Santa Elena, en Las Palmas. No hay manera de eludirla. Todas las montañas de este valle están anegadas de su presencia.
Para escribir este texto me quedé contemplando por largos ratos las formas de sus tallos, la estructura dentada de sus hojas, el color intenso de sus flores y su misterioso núcleo oscuro. Pensé bastante en las razones para que se decidiera nombrarla Ojo de poeta, quizá haya una correlación en la pulsión de muerte que habita la poesía, pues, de algún modo, esta planta, igual que la poesía, conduce, después del deslumbramiento de la belleza, irremediablemente hacia la muerte. Quizá estoy exagerando por el influjo del resplandor naranja de sus ojos negros. O quizá, como quienes la trajeron a América, estoy bajo el designio de sus encantos monstruosos, igual que los personajes del cuento La llamada de Cthulhu de Lovecraft, a un paso de la conquista silenciosa de una extraña locura producida por la T. alata. Tal vez los susurros del Ojo de poeta son lo que, con su lenguaje secreto, nos tenga embrujados hasta que perdamos, definitivamente, la cabeza y le dejemos, por fin, el espacio para su estancia definitiva.
Agarré un esqueje de la planta que tenía unas cuantas hojas y una flor abierta, sentí su dureza, sus tricomas casi transparentes y ásperos, la metí en mi bolsillo y me la llevé a casa. Pensé que la podría sembrar para observar su crecimiento y su reproducción en una escala controlada, pero llegó aporreada y se secó rápidamente. La flor se arrugó hasta casi desaparecer y sus hojas se encogieron. Murió bastante rápido y me impactó su fragilidad después de estudiar sus temibles poderes por semanas. La enterré al día siguiente en una de las macetas del balcón. Unos días después vi un pequeño brote, su muerte era pura apariencia, un capullo verde crecía justo donde la enterré, ahí estaba confirmada su reproductibilidad. Su existencia zombi me estremeció, su fuerza probada por la ciencia ahora crecía indefectiblemente en mi casa. Y tuve miedo, no sabía si arrancarla de una buena vez y deshacerme de ella o esperar unos días para ver si se consumía la planta de la misma matera, después las matas vecinas sembradas en el balcón y después las de la casa entera. No hice nada y ahora espero para ver si logra brotar su primera flor.
A casi un siglo de su llegada, el Ojo de poeta, con una conciencia de sí, va ahogando lentamente la vegetación que se interpone en su camino, construye una arquitectura que le impide el alimento a cualquier otra especie vegetal siempre inferior, siempre más débil, tapona sus fuentes de luz solar para luego devoralas. Cuando la especie humana llegue a su fin, la Thunbergia alata será su remplazo y cubrirá con su veta perenne lo que alguna vez hicimos como especie. Un remplazo equivalente, chan con chan, un naranja espeluznante colmado de núcleos negros será el síntoma de nuestra liquidación en esta tierra. Solo falta tiempo en las laderas, en las calles, en la matera de mi balcón para que su atractiva hipnosis dé el paso definitivo.










