Tinto a dos centavos
Historia de los cafés en Medellín (primera parte)

por RAFAEL ORTIZ • Ilustraciones de Jacinta Molina

Número 22 Abril de 2011

No podemos decir que la vieja Villa de la Candelaria haya sido el lugar donde se inventó el café —ese salón de entretenimiento y tertulia donde además se puede tomar tinto—, pues bien se sabe que en Europa ha habido, desde hace mucho tiempo, cafés notables por sus servicios, categoría y ambiente. Pero, con toda seguridad, si allá no los hubieran inventado aquí lo habríamos hecho, pues la estructura social conformada en nuestra tierras desde la colonia es la adecuada.

A la inmensa mayoría de quienes solicitaban permiso para emigrar a las Américas desde España, Portugal y otros países, se les imponía un contrato según el cual debían dedicarse a la agricultura; pero una vez en la aldea o ciudad colonizada, a los seis meses máximo, esos emigrantes encontraban cómo medrar sin tener que trabajar.

Pronto se enrolaban en las huestes de los aventureros cuyo derrotero era enriquecerse robando oro a los indios, o a quienes fuera, para poner un almacén en la plaza de la población. Con una ventaja: en los almacenes no había que trabajar más que un día por semana, el de mercado; el resto lo pasaban en el negocio jugando cartas o en la casa de una amiga.

El almacén era, por tanto, centro de recreación y tertulia, y como en esos entonces no había forma de hacer tinto, allí se consumía sirope, jarabe y, casi a la hora de la Independencia, el famoso té de la sabana descubierto por la Expedición Botánica.

Cuando llegó el café, como producto, a Medellín, la gente lo preparó en el hogar en las formas conocidas de tinto, perico y carajillo. Luego empezó a ser vendido en las calles por muchachos piernipeludos; a muchos de ellos algunas familias ricas les regalaban el tinto con el afán de ayudarles, los demás tenían que comprarlo. Salían con seis termos organizados en una armazón de madera y con media docena de pocillos de porcelana colgada de los soportes laterales; al lado, una olla grande llena de agua para lavarlos cada vez que eran usados.

El café, como establecimiento comercial, sólo surge cuando don Hipólito Londoño (Polito), ya dueño de Café La Bastilla, vio en Caracas, Venezuela, cómo expendían el tinto en establecimientos dedicados al efecto. A su regreso, lo primero que hizo fue comprar vajilla de porcelana y poner venta de tinto a dos centavos, de lo que después se lamentaría, pues la demanda comprobó que el precio inaugural pudo haber sido de cinco.

No había pasado el primer mes del tinto en La Bastilla cuando ya se vendía en todas las tiendas, pulperías y establecimientos similares con gran acogida. Esto obligó a crear nuevos establecimientos, con más mesas y hasta músicos y pistas de baile.

Después, las tertulias que se hacían en las farmacias y las esquinas con los contertulios de pie y sin consumir más que el ocasional tinto vendido por los muchachos, pasaron a hacerse en los cafés. Eso sí, se siguió fumando mucho tabaco negro del doblado en casa y del doblado por profesionales.

Las pulperías

Antiguamente llevaban este nombre los establecimientos que vendían víveres, cacharros, correajes, canastos, forjas, artefactos de cabuya como lazos, enjalmas, arretrancas, cinchones, etc. La mayor parte de los víveres se guardaba en cajones y la panela era encerrada en los armarios.

En algunas también se menudeaban cervezas del país, aguardiente y ron común. Los licores se llevaban en un charol, servidos en copas y vasos a los que se hacía un simulacro de lavado en una ponchera a la que sólo se le cambiaba el agua cuando ya estaba espesa de residuos; la secada de los trastos se hacía con una toalla que no pecaba de limpieza. Era de rigor llenar los estantes con botellas vacías y no podía faltar, como detalle indispensable, la tinaja de barro con la chicha dulce.

Fueron pocas las pulperías en Medellín porque en dichos tiempos casi todas las gentes se proveían de lo necesario, los días martes y viernes, en el mercado de la plaza principal.

Los cafés

Permanentemente abiertos al público adulto, son esos lugares donde se vende tinto (café negro), perico (pocillo pequeño de café con leche), licores y algunos alimentos. Allí concurren los clientes no sólo a disfrutar los clásicos productos sino a hacer negocios, tertuliar, leer periódicos y libros, y en general, a encontrar esparcimiento y relacionarse con los demás.

Cantinas, tiendas y billares

Mezcla de tienda de víveres y café, las cantinas son características de los barrios alejados del centro. Algunas, inclusive tenían carnicería.

Las tiendas, también generalmente de barrio, venden al menudeo toda clase de productos alimenticios incluyendo legumbres, licores y cigarrillos.

Los billares ofrecen los mismos servicios de licores que los cafés pero además alquilan, por horas o fracciones, mesas de pool y carambola, tableros de ajedrez, parqués y dominós.

Por conveniencias de publicidad, por esnobismo o por difamación, con el tiempo a algunos cafés se les puso el nombre de bar, taberna y otras denominaciones parecidas traídas por lo general del exterior.

por ANDRÉS DELGADO // Las casas de masajes provocan curiosidad. Bien sea por la atracción que ejercen las mujeres fáciles y desconocidas o simplemente por calmar el deseo de saber cómo son estos lugares. La curiosidad comienza a picar al recibir, en el centro de la ciudad, un papelito de publicidad.

Chicherías, baños públicos, putas y bastardos

por LÍDERMAN VÁSQUEZ

Número 17 Octubre de 2010

Tomada del libro Historia de Bogotá Siglo XX de Fabio Zambrano P.

A finales del siglo XIX, por los alrededores del Parque Berrío, había muchas chicherías. A ellas acudían los pobres a emborracharse y a liarse con alguna puta vieja, trajinada, devaluada. Eran sitios donde imperaba el desaseo. Desde los periódicos locales las plumas de bien instaban a los ricos de la ciudad a apropiarse de esos sitios y construir modernos edificios acordes con los nuevos tiempos. Por un cuartillo de chicha, y a veces sólo por la compañía, las putas se iban con los hombres a copular en las mangas cercanas al parque, o a callejones oscuros, en medio del ladrido de los perros.

Llegaban a la ciudad, todavía niñas, huyendo del rejo paterno, y entraban a servir en una casa de ricos. Los años, el maltrato, y uno que otro aborto, las iban devaluando, como a Guayaquil, y terminaban sus días en las chicherías. Estos lugares, vestigios de una época colonial que seguía viva en la cabeza de todos, eran el sitio de diversión de los pobres.

Los ricos tenían otros gustos.

En las familias de alcurnia las mujeres, educadas en los principios cristianos de castidad y sometimiento total al varón, constituían el cimiento del edificio familiar. Las relaciones sexuales dentro del matrimonio no tenían como fin el placer sino la concepción, ningún hombre debía despertar pasiones deletéreas en seres tan angelicales. Privativo de ellos, el placer había que buscarlo por fuera del matrimonio. Cuando lo procuraba la sirvienta era seguro, libre de enfermedades venéreas y de piojos: la esposa miraba para otro lado, se hacía la de la vista gorda, eso no era con ella. Si había embarazo la muchacha era expulsada y se convertía en puta. Muchas veces parían en los cañaduzales que bordeaban el río Medellín y cometían infanticidio. Nadie vio, nadie oyó.

Pero lo normal era acudir donde las putas. A procurarse lo que no les daban en casa, a disfrutar de una buena felación que las esposas, formadas a imagen y semejanza de María, madre de Dios, ni se imaginaban que se pudiera hacer, acudían los hombres a los prostíbulos de los que se fue llenando Guayaquil, el barrio residencial de las élites. Allí tuvo su casa Pedro Nel Ospina, presidente de Colombia entre 1922 y 1926. Los domingos, en la misa, putas y castas acudían al misterio de la eucaristía y estas últimas miraban con el rabillo del ojo y un mohín de desprecio a las mujeres perdidas que ofendían con su presencia la casa de Dios. Los esposos fingían indiferencia y con los ojos cerrados se entregaban al recuerdo, delicioso, de los goces comprados. Afuera, en el atrio de la iglesia, perros de todos los colores, con el pelaje del cuello erizado, mostrando los dientes y olisqueándose, medían sus fuerzas alrededor de una perra en calor. Tenían cara de malevos, de hombres lujuriosos, viciosos y pendencieros.

A medida que Guayaquil entraba en decadencia, los hombres de bien refinaban sus gustos. La gente se bañaba una vez a la semana, y, para hacerlo, acudían a baños públicos porque en las casas no había. Esta costumbre de no bañarse nunca, aparece en Europa en el siglo XII cuando la Iglesia, argumentando que durante el baño tocamos nuestros genitales, proscribe el uso del agua para estos menesteres: La cristiandad, hedionda de alma, paso a ser también hedionda de cuerpo.

En el Centro había varios. Ofrecían agua caliente, brandy y empanadas frescas. Eran sitios de encuentro con mujeres que vendían caros sus servicios, algunas de ellas alemanas, francesas, polacas, inglesas y españolas. Aunque parezca extraño, América Latina, desde México hasta Argentina, era el sitio preferido por las mujeres europeas para ejercer la prostitución. Entraban por Barranquilla y subían por el río Magdalena ofreciendo sus servicios a medida que se adentraban al interior del país. En Robledo había un baño muy bueno, frecuentado por don Coriolano Amador, el hombre más rico de Medellín, que se citaba allí con sus amantes. Entre brandy y brandy, saboreando las empanadas recién hechas se entraba en calor.

Menos frecuente que la visita al prostíbulo o a los baños públicos eran las aventuras con actrices. A Medellín llegaban compañías de teatro y de zarzuela y los hombres, vestidos a la manera europea, las seducían. Hubo frecuentes orgías en las quintas de los alrededores. Una muy famosa, pues en ella participó un verdadero contingente de actrices, se prolongó por quince días en la quinta de una de las familias más prestantes de la ciudad. Estas mujeres, igual que las putas, eran duchas en las artes amorosas y poseían la sabiduría que hizo famosas a las mujeres de Lesbo.

La industrialización atrajo a muchas mujeres del campo. La mayoría aspiraba a un empleo en las recientes fábricas textiles, pero la verdad es que muchas de ellas iban a parar a Guayaquil, o terminaban sus días en una chichería ofreciéndose por un cuartillo de chicha. Los dandis de la ciudad, elegantemente vestidos, solían frecuentar la salida de las fábricas y susurrarles palabras calientes al oído y una que otra promesa. Las muchachas, que trabajaban hasta dieciséis horas diarias y ganaban menos de la mitad de lo que ganaba un hombre, accedían a cambio de dinero. En los sitios de trabajo tenían que soportar el acoso de los capataces que bajo amenaza terminaban saliéndose con la suya. Estas historias, de las que no estaba excluido el sentimiento amoroso, terminaban con la muchacha en una residencia de Guayaquil, vendiendo su cuerpo para poder alimentar al hijo bastardo. Como en un poema de Mario Rivero en donde un cliente le dice a la muchacha: “Ven conmigo y te regalaré un vestido y un pañuelo”, y al final ella termina llorando.

Así, la nación colombiana fue nación de bastardos, de hijos naturales. De ellos descienden los policías, los soldados, los guerrilleros, los paramilitares, los maestros, los narcotraficantes, los albañiles, los empleados de grandes almacenes, etc.

Hay putas a pocos pasos de la Plaza Botero, travestis por los alrededores de la Iglesia Metropolitana, prepagos en colegios y universidades, y hasta en El Poblado, según publicación reciente del periódico ADN, adolescentes, hijas de la abundancia, se venden a traquetos y jubilados norteamericanos y españoles por diez billetes de cincuenta. Vengan que estamos en feria, es el bicentenario.

por PASCUAL GAVIRIA // Los siete días a la semana, las 24 horas del día dos despachadores se encargan de llenar los termos de 300 tinteras —el 90% son mujeres— que inician sus recorridos con la esperanza de cambiar los brebajes por monedas de 200 contantes y sonantes.

En el 'esla' perdí a Gabriela

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Número 11 Abril de 2010

En una noche cargada de luna blanca, una luna colgada de un cielo oscuro y tan blanca, que parecía ser el terrible ojo de un ciego… En esa noche láctea, ay Dios, conocí a Gabriela…

Recuerdo que era sábado y que en mi mente andaban trabados múltiples pensamientos, de pronto, un revoltoso guaguancó de Gilberto Cruz (Resignación) hizo temblar los parlantes del bar y mis pies se fueron despegando del piso y empezaron a golpear suavemente el pegajoso embaldosado gris. Me levanté de mi silla, todavía con una cerveza en la mano, y me fui hasta una mesa repleta de “mango bajito”. Quería sandunguear, “soltar los caballos”, y escogí a una negra de caderas sabrosas para saborear la pista. La negra me hizo dar vueltas, me tiraba y me traía. Yo era feliz nadando en ese mar de trompetas y tambores isleños, pensando en un retozón debajo de las estrellas, sin más compañía que Joe Cuba, sin más abrigo que el vientre de esa negra sandunguera y recia, pero la canción se terminó y tuve que cancelar mi primer arrebato en la tibia noche de sábado por la noche. Volví pues a mi “chela” fría, a mi “tripita” de cebada y alcohol, el mejor energético pa’ menear el esqueleto.

Dejé que pasaran canciones, evité sones y salmueras románticas. Evité la “leche en polvo” y el “hechizo de media luna”, luego me tiré al baldoseo con Margie de Ray Barreto, esta vez con una blanquita francesa que no sabía mover los hombros. Con ella también me inventé un final feliz, quizás entre sábanas, en un apartamento pequeño y con buen olor, escuchando Pink Floyd y Velvet Underground hasta la muerte de la última hora de la madrugada. Le arrimé mi aliento y saboreé el palpitar de su pecho con mis manos flacas; le repasé la espalda con mi dedo anular y ella me miró con ojos de miel brillante. Pude haberle robado el color rosado de sus mejillas pero Tito Puente soltó a Patato Valdés con el Stick on Bongo. La nena se escurrió dulcemente de mis manos de lobo y fue a sentarse junto a la negra de las caderas sabrosas. Yo me quedé petrificado, sintiendo como se erguía la hombría dentro de mis pantalones.

“Sabés qué flaca, dame media de ron y una botella de soda”, le dije a la mesera, ella me hizo una mueca salpicada de malicia y luego desapareció en el tumulto. Después de Patato cayó Rubén Blades con el “Padre Antonio y su monaguillo Andrés”.

A mí se me hizo muy chafa la mezcla de timbales ketaminosos con la suavidad eclesiástica de los xilófonos de los Seis del Solar, pero ya estaba muy cogido de la electricidad de la música como para no dejarme sobornar de las estrellas. Los dos primeros tragos de ron me sacaron una sonrisa de pendejo.

Iban pasando las horas, mis ojos, cada vez más rojos, se plantaron en una línea recta que daba a la puerta de madera del Eslabón. Allá, como una muñeca luminosa, estaba Gabriela, cambiando el aire de sus pulmones por el humo de un cigarrillo húmedo.

Yo la esperé atado a mi silla metálica, la detallé línea por línea, hasta que la tuve en frente y comencé a temblar como perro callejero. Ella no dijo nada, o eso creo, tan sólo alzó esos ojos de pantera rabiosa y se sentó a mi lado. Pidió una copa y un vaso con agua, bebió de mi botella sin preguntar. Luego, tras el amargo trago, me cogió de la mano y me tiró a la pista, “vamos a bailar”, dijo, y me apretó contra su cintura. Me dejé dominar por ese cuerpo cálido y me emborraché con el suave olor de su cabello.

El tornamesa gorjeaba una dulzura de Roberto Roena y Gabriela y yo nos fuimos envolviendo en un solo sudor al ritmo de la voz de Poncho Sánchez. Casi ni escuchaba la música, encantado que estaba con el vaivén pélvico de ‘Gabi’. Parecíamos en otro espacio, suspensos en otro aire. Yo me imaginé que era Laurent Wolf el que sonaba… o quizás Debussy, y que en vez del Eslabón, estábamos, ella y yo, en medio de una iluminada llanura cercada por robles y cedros.

Pero la salsa me trajo de vuelta a la realidad, ese sonido de tambores y de trompetas me rebotó de nuevo hasta la barra, donde ya no estaban las nalgas duras de Gabriela.

La media de ron iba por la mitad. Yo estaba medio loco, medio aturdido, pero feliz.

A Gabriela no la vi más esa noche, no la vi más ninguna noche, pero al Eslabón volví siempre, me sedujo el bar, el aliento a alcohol petrificado de Carelo y John, el bozo mejicano de Palomino y las banderas del Medellín que se dejan correr silenciosamente por la brisa, pendidas de las vigas de madera añeja que sostienen el largo techo del bar.

Saberes y sabores en el centro: memorias y presencias

Ramiro Delgado Salazar*

Número 8 Diciembre de 2009

…una primera caminadita y unas añoranzas

Aún hoy, después de tantos años, queda en el ambiente el provocador aroma de unas deliciosas crispetas casi acarameladas que se preparaban en la esquina de la Avenida La Playa con la carrera El Palo, hasta tal punto que hoy podemos deambular por estas calles y de repente oler esas deliciosas palomitas de maíz, que siempre provocaban los deseos de grandes y niños, y que traían la memoria de un crispetero vestido de blanco, tenuemente iluminado por la llama azulamarilla que calentaba la olla en la que tanda tras tanda estallaban grano tras grano de maíz.

Hoy también se sienten, en ese caminar por el centro, en horas del atardecer y de la noche, las diversas fritangas de carnes de res y de cerdo, que acompañadas de algunos complementos inundan el aire, o el salchichón o la chunchurria, con arepas o quizás papas, entre otras varias frituras. Una muy variada gama de olores llegan por distintas calles y carreras, y a su vez empiezan a aparecer también muy diversas imágenes que motivadas por estas sensaciones traen otros tiempos, otros gustos, otros antojos. El centro de Medellín nos evoca comidas, sitios, personas que nos abren el camino para descubrir desde los recuerdos y desde rincones insospechados una ciudad que dinámicamente digiere sus anhelos, sus añoranzas y sus momentos globales. El maravilloso paisaje que los sentidos viven, pone a cada uno a vivir un centro de hoy al lado de la memoria de un ayer que contrasta comidas y bebidas, nostalgias y maravillas.

Encontrarnos en la Plazuela de San Ignacio, en su esquina suroriental, al Vecinito con su puesto para freír. Es darle al paladar la oportunidad de saborear unas deliciosas tostadas de papa recién salidas de la paila, a la cual han sido tiradas directamente luego de que la cuchilla corta delgadas tajaditas, y que el aceite caliente no solo tuesta, sino que le da un provocativo color amarillo oscuro. Uno quisiera quedarse ahí y acabar el bulto.

Por otra ruta, sobre la calle Junín, nos ataca la nostalgia de los más deliciosos perros calientes que se podían comer, cuando en medio de alguna diligencia tocaba pasar por un lado del Edificio Coltejer. Lo llamaba a uno el repleto asador de salchichas dando vueltas y el delicioso olor que esparcían, la sabrosa mostaza preparada para marcar exclusividad, el fresco, sabroso y a veces caliente pan, el picado de tomate y de cebolla. Era El Colmado.

Un centro urbano en el que contrastan múltiples lugares dándose cita en el paladar y el olfato. Los ires y venires de migrantes que ofrecen sus recuerdos de comidas locales y parentales, otros que llegan y ponen sus sazones, sus gustos y sus papilas. Recordar esas italias que deambularon por las calles céntricas es traer a la memoria restaurantes como Salvatore, Tonino, Piemonte, Guseppi Verdi o Palazzeto de Italia, que aún brinda de forma artesanal pasta hecha en casa y pone a soñar en esos sabores de una salsa bolognesa preparada con cuidado durante muchas horas al fogón. Las sabidurías de Don Bruno Colombari brindando sus recetas a la gente en la sede de su restaurante Guseppi Verdi, en la calle Sucre entre Colombia y Ayacucho, y difundiendo historias sobre lasagna bolognesa, pizza caprichosa, polenta, o un rico strudel alemán; un fragmento de las culinarias italianas que contrastaban con las presencias italianas en la ciudad de Barranquilla, los molinos de trigo y la ruta amarrada a un “rico arroz con fideos” en el que dialogan mundos y culturas apropiadas en estas rutas de la colombianidad.

Un céntrico universo nos sigue evocando las tardes o las mañanas en las que acompañados de un tinto, un café con leche o un jugo de mandarina, los niños y los mayores de hace más de 60 años, y los de hoy, siguieron y seguimos la ruta de otro migrante, en este caso suizo, que nos conquistó con unos moros en forma de sapos color verde intenso, un paladar cremosamente rosado, una lengua roja y unos vivos ojos blancos y negros. Ricos bizcochos rellenos de crema y frutas y vestidos de verde que son ya referentes para propios y visitantes. Los moritos del Ástor son como parte de nuestras identidades multiculturales, que digerimos y apropiamos como si nos fueran nuestras.

Recordar en ese caminar otros sabrosos olores de las tardes noches, en las que unas mujeres impecablemente vestidas de blanco y una maravillosa pañoleta amarrada en sus cabezas, soplaban con una china sobre una hornilla construida de una lata de aceite, unos sabrosos y provocativos chuzos, cuyo aroma inundaba el sector; los chuzos de las mujeres chocoanas esparcían el olor de una sazón que encierra secretos ancestrales reelaborados en un día a día y que tras un brochazo y otro impregnan de su gusto las carnes que ensartadas en un palito de madera rematan en una rica arepa redonda blanca. Allí a su alrededor están esas fiestas, pero están los circos que visitaban la ciudad, los partidos de fútbol, los parques y diversas vías céntricas, así como otra serie de celebraciones entre sagradas y profanas que construyen circuitos ceremoniales en este centro, universo de sabores y saberes.

Caminar entre la calle San Juan y la Avenida Oriental, entre Córdoba y la Avenida del Ferrocarril, es iniciar una ruta en la que saltan sabores y olores, recuerdos que saben a otras épocas o nos acercan a todo tipo de versiones cotidianas de arepas asadas en plena calle, y cuyos ricos aromas y estirados quesos son el antojo todos los días del año y a todas horas.

*Docente e investigador. Departamento de Antropología, Universidad de Antioquia.

por LUIS MIGUEL RIVAS // No señores: la natilla y el buñuelo no están en el mismo nivel. La primera es un adminículo, una rémora, un complemento. Pero el buñuelo es autosuficiente, autónomo. Creo que la natilla solo existe en función del buñuelo, y prueba de ello es que su preeminencia en la vida cotidiana se circunscribe a un mes en el año.

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ // A este noble tubérculo de color amarillo se debe que los índices de hambrientos no perezcan en el intento de coger un colectivo. Y más allá de esto, se trata de una de las golosinas de sal más apetecidas por los mecateros de la urbe.

A uno a veces se le quitan las ganas

por LUIS MIGUEL RIVAS • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 7 Noviembre de 2009

uno a veces se le quitan las ganas de las cosas. Como ese jueves que andaba con Juan Cañola por el Parque del Periodista y nos dio hambre. Eran las once y media de la noche. Fuimos a la calle Girardot, frente a las licoreras, a una chaza que despacha empanadas y arepas de queso a diestra y siniestra todo el día.

Llegamos a la chaza, pedimos arepas, separamos dos sillas plásticas rojas sin espaldar y nos sentamos ahí mismo, casi sobre la acera, en la entrada de un parqueadero. Pusimos otra silla a manera de mesa de centro y sobre ella las gaseosas y la canasta con las arepas. Es lo que llaman salir a comer en la calle. Saqué la arepa de queso con lecherita de la canasta, la levanté y la contemplé con satisfacción. Representaba la feliz conjunción de cuatro circunstancias que no siempre coinciden:

1. Andaba con un amigo.
2. Nos habíamos trabado.
3. Teníamos la cometrapo.
4. Había plata.

Estábamos hablando con la boca llena de no sé qué tema, cuando llega a la chaza un hombre alto con los cartones de una caja recién desbaratada bajo el brazo, rostro embetunado y una camisa negra que alguna vez no fue negra. Se detiene frente a nosotros. Lo miro mientras me llevo la arepa a la boca. Me mira fijo con un dolor punzante y con un desvalimiento agresivo. Miro pasar los carros, le digo algo a Cañola y al volver la cabeza veo al hombre haciendo notar que me está viendo. Aunque nos separan diez metros tengo la sensación de que lo tengo encima. No me importa su hambre. Me ha dañado la arepa. El dueño de la chaza le grita algo y él vuelve la mirada. Le hablo a Cañola pensando más en mis movimientos que en mis palabras. Vuelvo a la arepa. Levanto la cabeza y veo que el hombre ya no está. Lo veo caminar hacia el Parque del Periodista, silbando, desentendido de nosotros. Siento descanso y por allá en el fondo hasta la extraña sensación de haber sido abandonado.

Doy el segundo mordisco a la arepa y veo cruzar la calle a una rubia trajinada que no hace mucho debió haber sido bella y entera. Se agranda a cada paso, directo hacia nosotros. Nos pide dinero o comida. Con la arepa a medio camino le digo que no hay nada en este momento. Se queda haciendo presencia. No la determinamos y de repente se va. Vuelvo a la arepa, doy dos mordiscos más y paso con la gaseosa.

Cañola empieza a contarme un chiste y yo saboreo la arepa cuando aparece un hombre con cachucha roja y raída, alto y flaco, con la expresión de quien acaba de tomar leche cortada. Lleva media camisa por fuera y tiene un palo de escoba en la mano izquierda. Habla firme y seguro, se le nota la intención de arrasar con la voz. Me extiende la mano y levanta las cejas mirándome como desde arriba.

—Entonces qué peludo.

No le contesto. Me concentro en mi arepa. Sigue con la mano estirada.

—Entonces qué peludo.

Tengo claro que no quiero estrechar una mano a las malas. Solo quiero dar otro mordisco a la arepa. Pero la persistencia de la mano extendida en el vacío está diciendo que negar un saludo es ningunear, ofender. Miro la otra mano con el palo de escoba. Extiendo el brazo malamente.

—Todo bien. ¿Entoes que? ¿Me va a colaborar con algo pa comer?

—No tengo nada, hermano.

Mira, acusador, la arepa, la gaseosa y a mí. Me siento como sorprendido en una vileza. Busco refugio en mi arepa y doy otro mordisco que me sabe maluco. La voz imponente del tipo me dice que tenga la caridad de colaborarle con algo. No levanto la cabeza. Sé que se va a quedar ahí, cada vez más notable, más cerca, hasta que no quede más remedio que darle lo que quiere. Alguien dentro de mí no quiere ceder, no quiere entregarse. Él quiere diezmarme con su asedio. Yo necesito soportar sin ceder. Él tiene la fuerza del que no tiene nada que perder y yo el miedo del que tiene techo, proyectos y gente que lo quiere. No se trata de la arepa. Si me amedrento, pierdo. Si lo vuelvo a mirar o le respondo, pierdo. La solución está en mirarlo derecho y cerrar el asunto diciéndole con firmeza que no tenemos o no podemos o no queremos. Si insiste reiterarle que “no” y decirle que solo queremos estar tranquilos y comernos nuestra arepa en paz. Y si se da el caso estar dispuesto a tropeliar con el tipo, en las condiciones que sea y armado solamente con la fuerza que me dé la rabia. Esa sería la solución si no estuviera amedrentado.

Entonces queda la opción de anularlo por la vía de la indiferencia absoluta. Es difícil porque el hombre se nota demasiado. Me hace una pregunta directa mirando a la gente. Empieza a usar el arma del bochorno. No le contesto. La gente que come de pie en la acera y los que están sentados en las otras sillas plásticas sin espaldar, nos mira. Cuando está diciendo algo relacionado con que por eso es que uno se vuelve malo, giro el cuerpo y nuestras miradas se encuentran. Hay odio puro en esos ojos. Un odio sin fondo que no le cabe en el cuerpo. Tan fuerte que suelta las rabias que yo mantengo amarradas. Somos la misma rabia con ganas de matarse a sí misma. Ninguno de los dos odia realmente a ese desconocido que tiene al frente. Para él yo soy rico. La vida mía que él no tiene le produce odio. Yo tengo rabia porque siento que su dolor daña mi momento. Y porque me ataca, con o sin razones.

Concentro todos mis sentidos en la arepa. Él habla cada vez más fuerte, más dirigido a mí. La arepa se ha enfriado, las palabras son cada vez más ofensivas, la gente nos mira. Estoy a punto de decirle: “Bueno, pida dos empanadas y una gaseosa” y quedarme aplastado con el peso de mi poquedad. Clavo la mirada en el suelo. El hombre sigue hablando en voz alta y de un momento a otro corta su perorata en mitad de una frase. Por un rato solo se escucha el silencio de los carros pasando. Miro de reojo y lo veo alejarse. No entiendo. Tal vez descubrió algo temible en mí. Lo vencí por resistencia, me digo. Alcanzo a sopesar la dimensión de mi fortaleza, la firmeza de mi actitud.

Levanto la cabeza y veo que el tipo de los cartones, que está en la acera opuesta, habla mientras camina para atrás.

—¡No le tirés! ¡No le tirés!

Frente a él avanza un tipo de chaqueta de cuero café y camisa de cuadros metida dentro del pantalón, motilado con la cuchilla número dos de la maquinita. Da pasos seguros como de patrón, mirando al hombre de los cartones, que retrocede. Se nota que le habla en vez de pegarle solo porque hay mucha gente alrededor.

—¡Yo no le tiro a nadie! —le grita al de los cartones pero lo dice para que lo oiga todo el mundo.

Ahora mira hacia el fondo de la calle. El hombre de la cachucha roja se va alejando. El de la chaqueta grita:

—¡Te abrís!

Luego vuelve al hombre de los cartones. Estira la mano y chasquea los dedos.

—¡Vos también te abrís! ¡Aquí no pidás!

El de los cartones da la vuelta y se aleja con pasos rápidos. Más adelante, ya casi en la esquina, se encuentra con el de la cachucha roja que vuelve la cabeza de vez en vez para mirar con odio al de la chaqueta café.

La gente sigue normal, comiendo y conversando. Ahora estoy a solas con mi arepa. No hay nadie que me pida. Miro al hombre de la chaqueta café que está ahí para evitar que nos pidan. Veo a los que se alejan amedrentados: el de la cachucha roja, el de los cartones, la mona trajinada. Van más humillados, más derrotados y con más rabia que siempre y que nunca. El hombre de la chaqueta café camina firme, dando pasos concretos, cabeza levantada, ufano, dueño de sí mismo y de esta cuadra y no sé de cuantas cuadras más. Es solo un tipo, un hombre, pero actúa como si fuera el mensajero de una fuerza más fuerte que él, como si representara la presencia de los dueños de todo. El chasquido de sus dedos y su voz sin matices ni dudas le bastarían para desocupar la cuadra. Y si se le antojara, la ciudad y el país. Descargo en la canasta la arepa sin terminar. La llevamos junto con los envases hasta la chaza. Pagamos y nos vamos.

por PAULA CAMILA O. LEMA // No sé si les pasa, pero cuando llega diciembre, y en tiendas y cantinas resuena un chucu chucu de esos cuya letra todos nos sabemos, de repente me entra lo que me gusta llamar el “síndrome decembrino”: instintivo meneaíto chucuchuquero, que las tías, casi siempre en diciembre, casi siempre al calor de un aguardientico, acompañan de un siseo, muy de tía: ps, ps, ps.