El pecado de la carne

por ANDRÉS DELGADO • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 22 Abril de 2011

La carne es exquisita. Carne viva y amorosa o carne jugosa y asada. Una semana en blanco, sin llevarnos un buen bocado de carne a la boca, es un penoso trance. Para no tener que soportarlo usted sabrá cómo se las arregla para agenciarse la porción de carne viva. Pero por el otro lado ¿cómo es el proceso para disfrutar del suculento sabor de la carne asada? En UNIVERSOCENTRO se lo contamos.

“Tengo tres años de edad y en pocos minutos seré sacrificado. Seré despellejado, me abrirán en canal, me sacarán el corazón, trozarán mi hígado, me cortarán la cabeza, rebanarán mis patas y me extirparán los ojos. Son las tres de la mañana y el beneficiadero está en plena faena. Otros novillos hacen fila en dirección de una rampa. Los humanos nos sacrifican en la madrugada para que los restaurantes tengan carne fresca al mediodía. Talvez por esa obsesiva puntualidad con los restaurantes es que a mi muerte la llaman beneficio. Y es muy posible que esta misma noche una porción de mí caiga en las brasas de un asadero y unas muelas humanas terminen por triturarme. Tengo tres años, soy un novillo de 400 kilos y eso quiere decir que estoy bueno para comer, literalmente”.

Si un novillo pudiera escribir su diario, esto es lo que más o menos escribiría antes de su muerte:

“Estamos encerrados en la Central Ganadera de Medellín, en un corral lejos de la planta industrial para que no sintamos el olor a sangre de nuestros congéneres y no nerviemos ni comencemos a dar patadas y cabezazos. Nos bañan con agua fresca que cae sobre mi cabeza y me sienta bien. Después del baño estoy más relajado. Un sujeto con bata blanca me alza la cola, mira por debajo, se levanta y me palmotea el lomo. El procedimiento se llama Inspección ante-mortem, para determinar que no tengo ninguna enfermedad y que estoy en condiciones de morir en esta madrugada. En fila, vamos pasando por una rampa. Ahora camino sereno, con dignidad. Ha llegado mi hora”.

Hasta aquí el diario del novillo.

A qué huele el beneficiadero

En la sala de sacrificio el olor es vomitivo. Es un fuerte olor entre boñiga, herrumbre, sangre y químicos que le produce arcadas a quien no esté acostumbrado. Esto es un beneficiadero pero parece una línea de ensamble de Sofasa. Lámparas blancas, sierras crujientes, golpes de troqueles, rieles en la altura; no hay reses en el piso sacudiéndose mientras se desangran; hay pasillos congestionados de operarios con pesados delantales amarillos, guantes largos, botas industriales y cascos de obra civil. El siguiente novillo ingresa a la plataforma y queda atrapado. Un operario retiene su cabeza en la caja de sacrificio y empuña una pistola neumática de perno. Apoya el cañón entre los ojos del animal y dispara. El perno rompe el hueso frontal, destroza los sesos, pero el animal sigue vivo. Al disparo ese se le llama insensibilización; el novillo está y no está. Es un procedimiento diseñado para el bienestar del animal, para que no se angustie con la idea de la muerte, ni se huela lo que le viene después.

El novillo tiene los ojos abiertos pero no ve, ni se da cuenta en qué momento le amarran una pata trasera y lo levantan cabeza abajo. Está atontado y su corazón aún bombea sangre. La lengua le cuelga, casi tocando el piso. Este procedimiento se llama izamiento. Una vez arriba, avanza por el riel elevado entre el sonido industrial de las poleas, los golpes y las sierras. Más adelante, un operario sostiene el cuchillo vampiro. Este pedazo de metal es un tubo con punta diagonal, conectado a una manguera que va a una bolsa plástica transparente. El operario clava el cuchillo vampiro en la yugular. La sangre roja y caliente empieza a descender por la manguera y se recoge en la bolsa. Con este operario sería imposible una pelea a cuchillo. Finalmente el novillo muere por anemia aguda en aproximadamente diez minutos. No quedan rastros de violencia. Aún así no quisiera que un hindú ingresara a la planta de beneficio, ni llorara las reencarnaciones de su madre y su cuñada.

“Tenemos un proceso muy tecnificado”, me dice el médico veterinario Jorge Mario Escobar, gerente de la Central Ganadera, el beneficiadero de 28 hectáreas fundado en 1954, ubicado en la autopista norte, a 6 kilómetros del centro de Medellín. La usanza de los viejos matarifes consistía en zanjar el cuello sin previa insensibilización. La muerte era traumática. Los novillos perdían el equilibrio, desangrándose a borbotones; caían lanzando patadas y coces, inundando el recinto de sangre. Los novillos sufrían y el organismo, en su agonía, liberaba sustancias que dañaban el sabor y la textura de la carne. Ahora es distinto. El procedimiento de insensibilización fue todo un logro después de muchos años de estar buscando alternativas que mitigaran el sufrimiento del animal. En Medellín, hay grupos de activistas en contra del consumo de carne. No han entendido que es un asunto natural, que comemos carne hace milenios y que los novillos no son mascotas sino bienes de consumo.

La línea de producción

El novillo colgado se desliza por el riel. En la próxima estación de trabajo se despelleja la carne, se apila el cuero, y en la siguiente, se abre la panza en canal. Es un trabajo que requiere un operario con destreza para manejar una poderosa sierra eléctrica que troza los huesos como si se deslizara por un blando y grueso filete. También se necesita cursar en el Sena Operaciones básicas de sacrificio bovino y Buenas prácticas de manufactura, BPM. A los trabajadores se les exige además rasurarse barba y bigote, no portar anillos ni pulseras y mantener las uñas limpias y bien cortadas. Todo esto para cumplir con el decreto 1.500 que regula la oficina del Invima, ubicada dentro del mismo beneficiadero. El operario gana un sueldo de 700 mil pesos mensuales y cubre un turno heroico: de doce de la noche a ocho de la mañana. Lo leímos en el diario del novillo: “La jornada debe hacerse en la madrugada para que los restaurantes tengan carne fresca al mediodía”.

Las regulaciones del Invima obligan a la Central Ganadera a cumplir con las normas de inocuidad y a realizar procedimientos modernos, donde se priorice la muerte digna del animal. La planta tiene capacidad para beneficiar 640 novillos por turno de trabajo; la velocidad del riel es de 80 animales por hora. El doctor Escobar se deleita, como si se tratara de un lomito a la pimienta, con el ritmo de la línea de producción: especialización del trabajo, estandarización de procedimientos, estudios de métodos y tiempos, ergonomía y cero tiempo perdido en cambios de referencia. Si a la sierra de pecho se le parte un tornillo, toda la línea se detiene. La solución: planes de mejoramiento intensivos en el mantenimiento mecánico. Y en verdad el riel elevado, las luces blancas de neón, los operarios uniformados, las estaciones de trabajo, los sonidos de sierras, pistones y golpes, son los mismos que en una fábrica manufacturera.

La diferencia: mientras en Sofasa, a medida que un Renault Logan avanza por el riel, los operarios le adicionan componentes. En el matadero ― el doctor Escobar insiste en que es beneficiadero, pero cada cosa tiene su nombre―, en el matadero, digo, a medida que el novillo avanza, los operarios lo desvalijan. En Sofasa, al final del recorrido, el Logan está ensamblado. En el matadero, al final, no queda nada del novillo. Es desmontado en su totalidad, pieza por pieza.

Y ninguna parte se desperdicia. Con la sangre se produce harina, morcilla, carnes frías y es utilizada en farmacéutica. Con la bilis, laxantes. Con el estiércol, abono orgánico. Con el miembro viril, juguetes para mascotas. Así es, los perros son los que terminan comiéndose el pipí del novillo. Con el intestino delgado se hace la chunchurria de Buenos Aires. Las vísceras del novillo van a dar a la paila de la cocina o son utilizadas como materia prima para los concentrados animales. Nada se desperdicia. El ganado siempre ha sido un excelente negocio. No es gratuito que el oficio de cuidar vacas en corrales se llame ganadero, porque en efecto, quien lo practica, es un indiscutible ganador. Con las patas, se preparan gelatina y colágeno. El cuero va directo a las curtimbres. Con los cachos se producen artesanías y botones porque no creemos, como los chinos, que sean afrodisiacos. La lengua también se come, pero ahora no la ofrecen en las cartas de los restaurantes. No porque sea de mal sabor, sino porque pedirla es un atrevimiento. Imagínense: “Mesero, deme lengua por favor”.

Los cálculos renales son una verdadera fortuna. Cada gramo de estas piedras cuesta más que uno de oro. Aún así, no hay manera de predecir que un novillo tenga en los riñones o en la vesícula biliar, una de estas valiosas perlas orgánicas. Para evitar robos en la Central Ganadera, la mesa de acero inoxidable donde se abren estas vísceras es vigilada por una cámara. Gracias a esa vigilancia se impide que los cálculos vayan a parar en el mercado negro de la Plaza Minorista, donde se comercializan bajo cuerda. Al matadero llega un sujeto con lentes oscuros y un maletín de cuero, compra la mercancía y se larga. Se lleva en promedio 200 gramos al mes. No se sabe qué hace con ellos. Se especula que son materia prima para microcomponentes japoneses, pero debe ser falso porque los cálculos renales se cuidan con celo desde años antes del desarrollo de la electrónica. El asunto es un misterio; ni el doctor Escobar supo contestar la pregunta.

Vale decir, finalmente, que ningún pedazo, ninguna garra, ninguna excrecencia del novillo cae al rio Medellín, y a eso lo llama el doctor Escobar un buen balance ambiental.

Carne en pie, bistec a caballo

La raza más común en Colombia en cuestión de carne es la brahman, descendiente del cebú; es una raza proveniente de la India y que se diferencia del ganado europeo por su giba. El valor del ganado se mide en la masa muscular que se obtiene en el menor tiempo posible. En Colombia, los novillos alcanzan 400 kilos en tres años. En Argentina, las vacas obtienen ese mismo peso en la mitad de tiempo, gracias al tipo de ganado y a la geografía; en las pampas las vacas argentinas pastan con mansedumbre, son extremadamente perezosas y crecen con los músculos flácidos y pulposos. El filete de calidad debe tener un balance entre grasa y músculo. Esa característica se llama marmórea, como las vetas negras en el mármol blanco, las vetas de grasa blanca en la carne roja.

La Central Ganadera no es dueña de ningún novillo; es la intermediaria. El vendedor y el comprador cierran el negocio en los corrales de la Central. Allí se presta el servicio de corral y se facturan $51.400 pesos por cada res beneficiada, además se adiciona un impuesto con el nombre más truculento de todo el estatuto tributario: Impuesto al degüello, de $17.900 pesos por res.

Ahora bien, todo hay que decirlo, en Medellín también comemos caballo. El matadero La Mosca, en el municipio de Rionegro, por ejemplo, sacrifica caballos y su carne se comercializa en restaurantes y carnicerías. Las deliciosas butifarras callejeras, que nos rescatan de las peores borracheras a las tres de la mañana, son producidas con carne de caballo. En realidad, eso no tiene nada de malo. Evitar meterle el diente a los caballos es un tabú y un despropósito. Es un condicionamiento cultural absurdo como el que tienen los judíos contra el cerdo o como el que tienen los hindúes, que se mueren de hambre mientras engordan vacas y ratas pardas. En la Argentina se cultivan caballos y se los comen en jugosos filetes de diez centímetros de ancho. Sirven el filete con un cuchillo desechable de plástico y el trinchete se desliza entre la carne como si fuera mantequilla. Imagínense la delicia.

En Medellín también abunda el mercado negro de carne de caballo. Si a un campesino en San Pedro de los Milagros se le enferma un potro flaco y acabado y no puede recuperarlo, el campesino no pierde. Lo sacrifica, se lo hecha a los hombros y lo baja en moto hasta San Cristóbal. Un distribuidor pirata lo compra, lo estruja en la maleta de su Mazda 323 y lo transporta a una casa de barrio, como tantas otras, donde funcionan mataderos clandestinos con todo su arsenal de neveras, mesas de faena, sierras eléctricas, cuchillos, operarios, y, por supuesto, buenos clientes en carnicerías y restaurantes. ¿Alguna vez se ha preguntado cómo es posible comerse un sabroso menú ejecutivo por $5 mil pesos? Ya sabe la respuesta.

La carne en cifras

Según Acopi, el consumo de carne per cápita por año en Colombia es de 17 kilos. En Argentina, 55. Brasil es el primer exportador de carne a nivel mundial, lo sigue Australia, y Colombia ocupa el décimo puesto. Argentina no está en el primer renglón exportador porque prefieren comerse las vacas que exportarlas. Aún en las peores crisis económicas, los australes siempre han ostentado el título de primer consumidor de carne del mundo.

El pecado de la carne

Desde hace milenios estamos obsesionados con la carne. Punta de anca, tabla, mondongo, churrasco, solomo, hígado, ojos, nalga, lengua. Incluso la iglesia católica le dio un giro metafórico a la lujuria y la llamó de manera gráfica: El pecado de la carne. En la tradición se recomienda la abstinencia de saborear la carne viva y amorosa o jugosa y asada, durante los viernes de cuaresma.

Según el catecismo del padre Astete, esta regulación debe cumplirse entre los 6 y 60 años. Quien esté por fuera de este rango puede mandarse la carne que quiera y no queda en pecado. La iglesia y sus vainas. Es más, hasta hace pocos años, si durante los viernes de cuaresma usted se comía un par de muslos a punta de picos corría el riesgo de quedar pegado a ellos.

El cuadril es la parte externa y trasversal del cuarto trasero de la vaca. Contiene la tabla, la posta, el huevo de aldana y el solomito. Es un culo delicioso. Andrés Calamaro dice en una canción: “Y así suene muy poco sutil, de tu cuadril no me olvido nunca más”.

La carne es un placer. Y un pecado. De gula y de lujuria. Nuestra costumbre es comernos a nosotros mismos. Gracias a ello y a que nos comemos nuestras vacas, esta especie ha sobrevivido por centurias.

¿Qué quieres comer hoy? Cuello, hoy quiero comerte el cuello.

El hombre y los animales

La vida de los animales es un libro de J.M. Coetzee y narra la relación de los humanos con los animales. Paseando por corrales llenos de vacas dice Coetzee: “No he visto horror alguno, no he visto ningún matadero. Sin embargo, estoy seguro de que están ahí. Simplemente no se anuncian al público”. El asunto es: nos encanta la carne pero nos repudia su sistema de producción. En Discovery Channel hemos visto cómo se produce el cereal, la cerveza y el pan, pero nunca veremos el capítulo de la producción cárnica. Es mejor que otro sujeto mate la vaca, y bien lejos. Obvio. La muerte no es asunto para ver. A menos que usted sea lector de Q´hubo. 

Tinto a dos centavos
Historia de los cafés en Medellín (primera parte)

por RAFAEL ORTIZ • Ilustraciones de Jacinta Molina

Número 22 Abril de 2011

No podemos decir que la vieja Villa de la Candelaria haya sido el lugar donde se inventó el café —ese salón de entretenimiento y tertulia donde además se puede tomar tinto—, pues bien se sabe que en Europa ha habido, desde hace mucho tiempo, cafés notables por sus servicios, categoría y ambiente. Pero, con toda seguridad, si allá no los hubieran inventado aquí lo habríamos hecho, pues la estructura social conformada en nuestra tierras desde la colonia es la adecuada.

A la inmensa mayoría de quienes solicitaban permiso para emigrar a las Américas desde España, Portugal y otros países, se les imponía un contrato según el cual debían dedicarse a la agricultura; pero una vez en la aldea o ciudad colonizada, a los seis meses máximo, esos emigrantes encontraban cómo medrar sin tener que trabajar.

Pronto se enrolaban en las huestes de los aventureros cuyo derrotero era enriquecerse robando oro a los indios, o a quienes fuera, para poner un almacén en la plaza de la población. Con una ventaja: en los almacenes no había que trabajar más que un día por semana, el de mercado; el resto lo pasaban en el negocio jugando cartas o en la casa de una amiga.

El almacén era, por tanto, centro de recreación y tertulia, y como en esos entonces no había forma de hacer tinto, allí se consumía sirope, jarabe y, casi a la hora de la Independencia, el famoso té de la sabana descubierto por la Expedición Botánica.

Cuando llegó el café, como producto, a Medellín, la gente lo preparó en el hogar en las formas conocidas de tinto, perico y carajillo. Luego empezó a ser vendido en las calles por muchachos piernipeludos; a muchos de ellos algunas familias ricas les regalaban el tinto con el afán de ayudarles, los demás tenían que comprarlo. Salían con seis termos organizados en una armazón de madera y con media docena de pocillos de porcelana colgada de los soportes laterales; al lado, una olla grande llena de agua para lavarlos cada vez que eran usados.

El café, como establecimiento comercial, sólo surge cuando don Hipólito Londoño (Polito), ya dueño de Café La Bastilla, vio en Caracas, Venezuela, cómo expendían el tinto en establecimientos dedicados al efecto. A su regreso, lo primero que hizo fue comprar vajilla de porcelana y poner venta de tinto a dos centavos, de lo que después se lamentaría, pues la demanda comprobó que el precio inaugural pudo haber sido de cinco.

No había pasado el primer mes del tinto en La Bastilla cuando ya se vendía en todas las tiendas, pulperías y establecimientos similares con gran acogida. Esto obligó a crear nuevos establecimientos, con más mesas y hasta músicos y pistas de baile.

Después, las tertulias que se hacían en las farmacias y las esquinas con los contertulios de pie y sin consumir más que el ocasional tinto vendido por los muchachos, pasaron a hacerse en los cafés. Eso sí, se siguió fumando mucho tabaco negro del doblado en casa y del doblado por profesionales.

Las pulperías

Antiguamente llevaban este nombre los establecimientos que vendían víveres, cacharros, correajes, canastos, forjas, artefactos de cabuya como lazos, enjalmas, arretrancas, cinchones, etc. La mayor parte de los víveres se guardaba en cajones y la panela era encerrada en los armarios.

En algunas también se menudeaban cervezas del país, aguardiente y ron común. Los licores se llevaban en un charol, servidos en copas y vasos a los que se hacía un simulacro de lavado en una ponchera a la que sólo se le cambiaba el agua cuando ya estaba espesa de residuos; la secada de los trastos se hacía con una toalla que no pecaba de limpieza. Era de rigor llenar los estantes con botellas vacías y no podía faltar, como detalle indispensable, la tinaja de barro con la chicha dulce.

Fueron pocas las pulperías en Medellín porque en dichos tiempos casi todas las gentes se proveían de lo necesario, los días martes y viernes, en el mercado de la plaza principal.

Los cafés

Permanentemente abiertos al público adulto, son esos lugares donde se vende tinto (café negro), perico (pocillo pequeño de café con leche), licores y algunos alimentos. Allí concurren los clientes no sólo a disfrutar los clásicos productos sino a hacer negocios, tertuliar, leer periódicos y libros, y en general, a encontrar esparcimiento y relacionarse con los demás.

Cantinas, tiendas y billares

Mezcla de tienda de víveres y café, las cantinas son características de los barrios alejados del centro. Algunas, inclusive tenían carnicería.

Las tiendas, también generalmente de barrio, venden al menudeo toda clase de productos alimenticios incluyendo legumbres, licores y cigarrillos.

Los billares ofrecen los mismos servicios de licores que los cafés pero además alquilan, por horas o fracciones, mesas de pool y carambola, tableros de ajedrez, parqués y dominós.

Por conveniencias de publicidad, por esnobismo o por difamación, con el tiempo a algunos cafés se les puso el nombre de bar, taberna y otras denominaciones parecidas traídas por lo general del exterior.

por ANDRÉS DELGADO // Las casas de masajes provocan curiosidad. Bien sea por la atracción que ejercen las mujeres fáciles y desconocidas o simplemente por calmar el deseo de saber cómo son estos lugares. La curiosidad comienza a picar al recibir, en el centro de la ciudad, un papelito de publicidad.

Sinfonía porno

por ANDRÉS DELGADO

Número 18 Noviembre de 2010

Doble penetración y Analización sexual son las películas que se presentan esta semana en el Teatro Sinfonía. Las aventuras en el sexo y Juegos de leche son los estrenos para la siguiente. Fernando González, el filósofo de Envigado, decía: “Pornografía es tenerle miedo a la vida, tener los instintos vitales encapuchados en la oscuridad de la vergüenza”.

1

Son las 6:30 de la tarde y el centro de Medellín hierve en la congestión. El Sinfonía está ubicado en Sucre, entre Caracas y Maracaibo, donde a esta hora fluye lenta una cola de carros. Cientos de empleados vuelven a sus casas. La taquilla del teatro es un local al borde de la calle. Los afiches explícitos están a un paso de los transeúntes. En los 90, cuando pasaba con mis amigos del colegio por esta calle, mirábamos con desengaño la taquilla, frustrados por no ser mayores de edad. Siempre tuve curiosidad por esta vaina. Detenido en el corredor del teatro, escucho un taconeo que se aproxima. Giro y cruzo la mirada con un par de secretarias. Miran los afiches, se ríen, y siguen taconeando. Se burlan de mí, que sigo ojeando solitario la cartelera.

El horario se prolonga desde las 10 de la mañana hasta las 11 de la noche, de lunes a lunes, en función continua. A lo largo del día repiten dos pelis. Cada semana se renueva el cartel. Uno podría ingresar a medio día y quedarse la tarde entera encerrado allí, todo por 5 mil quinientos pesos. Según Simón Posada, en su Diccionario arbitrario del porno, “la clasificación triple XXX concierne al grado de desnudez: una x para los senos, otra para el trasero y otra para la vagina”. Por otra parte, Salman Rushdie, el novelista británico que vive en permanente amenaza de muerte por los musulmanes radicales, es uno de los más famosos defensores de la pornografía. Según él, es un indicador de la libertad de expresión en cada país. En la entrada del teatro me acerco al portero y le pregunto cómo están las películas. “Muy buenas, muy buenas”, me dice desganado. Entonces me voy a la taquilla y pago. A juzgar por la indiferencia del portero, en esta sala de cine lo que menos interesa es la proyección en la pantalla.

Boleta en mano, paso al siguiente pasillo. Levanto unas pesadas cortinas rojas y me sumerjo en aberraciones y jadeos. A diferencia de los teatros contemporáneos, al Sinfonía se ingresa por la parte superior. Así que me encuentro de frente con una delirante pareja que folla desde la pantalla. Me detengo a ojear el entorno. Desde atrás, veo cabezas desgranadas por las filas. El Sinfonía es un teatro de antaño. En total hay quinientas sillas —un teatro comercial tiene 170-. La sala es enorme. Alrededor hay sujetos de pie, apoyados en las paredes. Con la escasa claridad puedo verlos y todos ellos me clavan la mirada. Lo mejor es seguir adelante.

Me siento en mitad de una fila desocupada e intento relajarme. El protagonista termina la escena disparando sobre el rostro de la chica un potente chorro de jeringa. Según las costumbres del Japón feudal, para castigar a una mujer infiel varios hombres eyaculaban en su cara.

La película concluye y las luces se encienden. Nadie se levanta. Todos esperamos que comience la siguiente. El recinto queda en silencio. Echo una ojeada y compruebo que todos somos hombres. Aquí y allá hay varias parejas de ellos. Empieza a sonar música de vaqueros, es un far-west de Frank Pourcel. Al cabo de unos minutos se apagan de nuevo las luces. De manera inesperada, un sujeto se acomoda en el extremo de mi fila. “Normal”, pienso y me escurro en la silla, sentándome casi en la espalda. Sé que el tipo me está mirando. Giro la cabeza y lo confirmo. Se trata de un gordo, calvo y barbado, con las cejas tupidas. Respiro con calma y no vuelvo a determinarlo. En la pantalla aparece una chica con cara de folladora profesional. En la oscuridad, el gordo se levanta y recorre la fila para sentarse cerca, a una silla de distancia. Me parece que puedo ser obligado a una locura. Puede ser que sea tiempo de terminar con mi reportería. Para enviarle un mensaje al gordo lo miro con la cara más brava que sé fingir, una cara que he practicado en el espejo de mi baño. El hombre me devuelve la misma expresión. Nos miramos con el cejo fruncido. Resoplando, vuelvo a la pantalla. La protagonista procede a meterse en la boca, por turnos, las vergas de cinco sujetos.

Mientras tanto, siento en el cuello la mirada incisiva del gordo. Mi paranoia aumenta. La mujer chupa y chupa. Está feliz. Mi vecino estira la rodilla y, sobre ella, apoya una mano. Mi pierna ha quedado a una breve distancia de su mano regordeta. Su intención es clara. De modo que me levanto de un tirón. Camino apresurado por el flanco contrario y busco la salida por esa interminable fila de sillas. Me largo terriblemente asustado. Cuando cruzo a toda prisa delante de los tipos que están detenidos en las paredes me siguen con la mirada. Me observan, como a una puta pasar por la calle.

2

Luego de la primera experiencia tras las cortinas rojas, vuelvo al día siguiente para hablar con Héctor Sierra, el administrador. Tal vez don Héctor me explique la dinámica en el interior de la sala. A medida que hablamos, detenidos en la taquilla, varios sujetos pagan su ingreso. Al principio de la conversación don Héctor no quiere hablar demasiado, se queja de los reportajes que han dejado por el piso la reputación del Sinfonía. Pienso en el episodio con el gordo. ¿Pudo suceder algo grave ayer? Para suavizar la cuestión, le pregunto por la historia del teatro.

En 1942 se construyó el teatro Salón España, y en los 60 se convirtió en las instalaciones de Radio Sinfonía, una emisora. Al finalizar esa década volvió a ser sala de cine, ahora bajo el nombre de Teatro Sinfonía. Los dueños eran Bernardo Giraldo Zuluaga y Jorge Tobón Villamizar. Inicialmente se presentaron westerns y películas de artes marciales. Más tarde llegó el cine erótico, con películas de argumento, música y exteriores. En 1973, en el gobierno de Misael Pastrana Borrero, llegaron las películas del destape. El Sinfonía se consolidó como el primer teatro de la ciudad que presentaba sólo películas de contenido sexual. Don Héctor dice que las filas llegaban hasta Junín. Actualmente, las películas que se proyectan son de origen norteamericano, italiano y francés, y se alquilan desde Bogotá. Las películas de 35 mm se acabaron. Ahora sólo se proyecta formato DVD. Todo es carreta, porque a mí lo que me interesa son las historias que don Héctor no me quiere contar.

Según don Héctor, la sala es fácil de vigilar.
—¿Le parece fácil? —le pregunto.
—La idea —dice— es que la gente se comporte bien.
—¿Adentro puedo tomar licor?
—No.
—¿Puedo venir con mi novia?
—Sí, siempre y cuando ella se haga responsable de todo lo que le pase.
—¿Y qué podría pasar?
—Entre ustedes dos, se pueden acariciar.
Me dice que si vengo con mi novia seríamos rodeados por algunos espectadores. Según él, es seguro que empezarían a tocarnos. Don Héctor, por fin, suelta la lengua. Los sábados las mujeres entran gratis, pero no pueden cobrar por sus actividades. El teatro es un sitio de recreación y no de trabajo. Recuerdo a una actriz que decía: “La diferencia entre el sexo a cambio de dinero y el sexo gratuito es que el sexo a cambio de dinero resulta más barato”.
Ahora, quiero saber si pude ser acosado físicamente anoche.
—¿Don Héctor —repunto yo—, ¿y si vengo solo?
—Lo mismo dice, alguien vendrá a buscarlo.
—¿Y si me paso de lugar?
—En cualquier parte que se siente, volverán por usted.
—Pero ¿puede suceder una agresión?
—¡No, hombre! don Héctor se ríe. ¡Cómo se le ocurre!

Mientras me habla recibe los tiquetes de los espectadores, todos ellos son sujetos que oscilan entre los 30 y 60 años, con presencia muy masculina. Todos saludan. Es muy frecuente encontrar voyeurs que pasan la tarde entera esperando a que suceda algo en la sala para ir a presenciar en vivo. Hay un hombre que trae a otros dos, para verlos acariciarse. El 80% de los espectadores son clientes que vienen regularmente y entre ellos se conocen los gustos. Hay un cliente, un viejito, que pregunta desde la taquilla: “Don Héctor, ¿hay mujeres adentro?” El caso es que no las haya, el cliente responde: “Entonces vuelvo más tardecito”. Si don Héctor afirma, sale disparado para la taquilla. El público, en su mayoría gay, no se conforma sólo con mirar. Lo que sucede entre la silletería supera fácilmente las películas que se proyectan. Con la complicidad de la penumbra los clientes dejan de ser espectadores aburridos y pasan a ser protagonistas de sus propias escenas. Para Andrew Blake, que dirigió varias películas de Playboy, “el ser humano hace pornografía para inmortalizar sus actos sexuales”. Pero en estos teatros lo que menos interesa es el cine.
—Acá se puede hacer de todo le digo. ¿Cuál es el límite?
—Penetraciones, y para evitarlo se vigila constantemente con una linterna.

3

El Teatro Sinfonía es fácil de vigilar porque es de una sola planta, a diferencia del Villanueva, que tiene tres pisos y 600 sillas. Son los últimos dos teatros de cine porno en Medellín. Anteriormente había una pléyade de cinco teatros X: además de los que sobreviven estaban el MetroCine, en Bolívar con San Juan; el Radio City; en Maracaibo; y el Capitol en Palacé. Varios de estos cines se convirtieron en centros de oración. Ahora que las salas X están en vía de extinción por culpa de internet y de las cabinas privadas de videos, ¿adónde van a ir estos sujetos a no ver películas?

En el Villanueva, ubicado en la esquina de Bolívar con Caracas, converso con Hugo Rivera, el administrador. Al contrario de don Héctor, don Hugo no tiene pelos en la lengua para contarme las historias de su teatro. El atractivo de la sala reside en que los asistentes pueden ir rotando libremente por las sillas masturbándose unos a otros. Tomo nota. Me narra la historia de un sujeto que cada ocho días ingresa con su mujer para que la manoseen mientras se masturba. En Tokio hay gente que se gana la vida haciendo donaciones de esperma, a los espectadores del Villanueva se les está escurriendo el dinero entre las manos.

En su libro Plegarias atendidas Truman Capote dijo que “la pornografía ha sido muy mal interpretada, ya que no fomenta maníacos sexuales ni los manda a dar vuelta por las callejuelas, sino que constituye un bálsamo para los sexualmente reprimidos y no correspondidos, ya que, ¿cuál es el fin de la pornografía sino estimular la masturbación?”

Entre historias de pajas, voyeurs, gays y mamadas, don Hugo dice que prohibió la entrada a travestis porque “vienen a pelear por hombres”. En otras ocasiones ha ingresado a la sala con una linterna para lidiar con tres o cuatro herramientas por fuera de sus cremalleras. Además, ha llegado a encontrar pruebas de coprofagia. En varias ocasiones lo han visitado funcionarios de Salud Pública. Le han preguntado por qué hay tanta servilleta en la sala, papel higiénico y condones. Entre una y otra amonestación, los funcionarios públicos se van del teatro. Le pregunto si conoce alguna regulación legal que controle el funcionamiento del negocio. Me dice que no, pero asegura pagar toda clase de impuestos legales.

A la salida del Villanueva don Hugo me dice que a la clientela no se le puede pedir que rece un rosario mientras ve una película triple equis. Pienso en el gordo barbado del Sinfonía. Es seguro que anoche libró el pago de la entrada con otro sujeto. Menos mal no fue conmigo.