Buscando los calzoncitos de Mademoiselle Toní

por PABLO CUARTAS • Fotografías de Ana Salas

Número 36 Julio de 2012

Preparen las músicas;
compongan los himnos,
para que celebremos el gran sacrificio,
el de los calzoncitos de Toní

Fernando González

Fui a Medellín, y me devolví para Marsella, porque se me apareció Fernando González en el Matacandelas y me dijo: “si alguna vez lector viajas a Francia, pasa por Marsella, sube a la Canebière, hacia la iglesia San Vicente de Paúl, no dejes de girar a la derecha por la calle Sénac. A pocos pasos, unos quince o veinte, encontrarás el Hotel Esfinge…”. Pero no llegué a Marsella caminando, anotando lo que pensaba en el camino, haciendo el viaje que ameritaba, en forma de homenaje, el Brujo de Otraparte. No pasé noches en vela en pensiones austeras, pensando en el significado del hombre gordo antioqueño, ni tuve la certeza de que soy táctil, ni entendí en la travesía que el nombre mejor para nuestro siglo es este: el siglo del hombre que hace fortuna. Tampoco viajé de noche, triste, atormentado por la idea de la muerte. No paré en pueblos ni reparé en cementerios desolados. Ni siquiera medité sobre el pecado, ni discurrí a caballo por caminos ni montañas, filosofando en voz alta, evocando exaltado la belleza suramericana. Ningún don Benjamín, ninguna doña Pilar. Al mar no llegué, como el maestro, tras el viaje a pie: llegué en un tren que salió de París temprano en la mañana y cuando me bajé lo vi al fondo, lejos, en el horizonte: el horizonte era su luminosa raya azul. Lo encontré calmo y sumiso ante el cerro donde se levanta la iglesia de Nuestra Señora de la Guarda, coronada por una virgen dorada que reluce de día por el sol y de noche por la luz de inmensos fanales que la alumbran para que este puerto lujurioso no olvide a su patrona. Y vine no por sentirme un filósofo aficionado, o esperando alcanzar por fin la Intimidad, ni para definir mi clima interior, sino entusiasmado por un propósito más humilde: ver para dónde se traía el maestro a ese “poderoso animal”, a esa “mujer demasiada”, a esa alsaciana “en rijo” que envileció las búsquedas místicas del filósofo, excitó la prosa del escritor y alimentó las humoradas de Monsieur González, cónsul de la Colombie. Vine buscando los calzoncitos de Mademoiselle Toní.

Sin tiempo que perder, bajé de la estación por una calle hacia ninguna parte. Miraba la luz, la luz mediterránea, y me preguntaba cómo hizo el maestro para mantener oculto su secreto con Toní. ¡Qué luz! ¡Y qué secreto! Sentía que bajo este cielo nada se podía esconder. Pero sí se puede, sí se pudo. Me di a preguntarles a unos árabes cómo llegar al Puerto Viejo, donde me esperaban, y cuando me dijeron que bajara a la Canebière me imaginé al maestro subiendo y bajando por la misma calle, yendo y viniendo del hotel donde Toní dejó olvidados los calzoncitos. Ella tenía entonces diecinueve años, diecinueve años menos que el maestro. Había llegado como institutriz de sus hijos, llevaba meses viviendo en su casa con ellos, su esposa y su gata Salomé, y en la tórrida primavera marsellesa le había deslizado un papelito con unas siglas inequívocas: JVA, “je vous aime”. Lo demás se quedó escondido para siempre, al abrigo del sol impúdico, en el cuarto con vista al jardín del Hotel Esfinge.

Les ahorro la descripción del Puerto Viejo. Y la del barrio contiguo de callejuelas misteriosas. Les aclaro solamente que lo de “viejo” es un decir. Viejo será el lugar, el espacio, la entrada de mar. Porque el puerto que vio el maestro, del que debió zarpar hacia Colombia, desapareció por los años cuarenta: lo volaron con dinamita los alemanes. De Italia lo habían sacado los esbirros de Mussolini, pero cuando llegaron los de Hitler a Marsella, arrasando con todo, el maestro ya se había embarcado para Barcelona. Se fue definitivamente en 1934, dejando virgen a Toní y a Francia acechada por los nazis. Recuerdo que era sábado cuando llegué al Puerto Viejo, a lo que queda. Era el mediodía y les puedo jurar, señores lectores, que al acercarme vi lo que paso a enumerar: “restaurantes afamados por La Boullabaise, cafés y comercios populosos donde se comen todos los mariscos, desde pulpos hasta caracoles. Exhibidas sobre tendidos de verdes algas, las ilustres ostras portuguesas, osos, almejas, babosas… Viejas gordas y habladoras abren las conchas con pedazos de cuchillos; mozas de carnes abundantes sirven los platos con olor a esencia marina”. En medio del calor y la algarabía de los vendedores me alcanzaron a decir cómo llegar al 70 de la rue Sainte, la calle santa donde me seguían esperando.

Dejé mi maleta y salimos. Pero qué, cuál maleta. Eso suena como a gran cosa y no, lo mío es andar ligero de equipaje. Dejé lo poquísimo que llevaba, cogí El remordimiento y volvimos al Puerto buscando la Canebière que ahí termina. Íbamos como remontando un río desde su desembocadura, siguiendo las indicaciones del maestro, reviviendo los afanes que debía de sentir por el camino. Así, como peregrinos por la Canebière, atravesamos calles afluentes sin desviarnos un palmo de su cauce, el que conduce a la calle Sénac, la del Hotel Esfinge, el de los calzoncitos de Toní. Atrás quedaron la calle Beauvau y la plaza del General De Gaulle. Atrás el Museo de la Marina y la rue Albert 1er. Atrás incluso la calle Paraíso, que tan importante fue para el maestro, pues ahí está la iglesia de San José, el esposo beato de María, la del papelito de Toní: “Vengo a ofrecerte este papelito… a cambio de esto Señor, dame conocimiento”.

Cuando leímos la inscripción en lo alto de la fachada, entendimos que no había mejor lugar en el mundo para venir a ofrecer ese sacrificio: In honorem Sancti Joseph sponsi beatae Mariae Virginis (En honor a San José, esposo de la Santa Virgen María). En pleno atrio, y a propósito de sacrificios, nos acordamos de Fernando Vallejo cuando dice: “Es mi opinión que los santos se hacen santos a fuerza de remordimiento”. ¡Claro! Esa es la mía también. Y para remordimientos el de don Fernando González: “En Envigado tengo un remordimiento de no haberme acostado con Toní, que me está matando”. Se lo propongo entonces a su tocayo para el santoral, ahora que le dio la canonizadera.

Seguimos anhelantes, a contracorriente de la Canebière. El sol buscaba hundirse por detrás del Castillo de If al atardecer, y Marsella parecía a esa hora una inmensa ruina devorada por los años y el salitre. En los puertos todo huele a mar aunque el mar esté lejos. Allá estaba la casa del maestro, frente al mar, al otro lado de la ciudad, junto al parque Borely, a orillas del río Huveaune. Era la amplia casa de dos pisos en que Toní perturbaba al maestro bajando las escalas de tres en tres. Era la sede consular en cuyos jardines acontecieron los agitados calores de la gata Salomé, sus escarceos con el gato Rousseau, tan parecidos a los de don Fernando con Toní. Era la casa en que el cónsul entraba a hurtadillas al cuarto de la institutriz, olía sus ropitas y se medía en su cama “para ver cómo quedaba uno allí”. En esa casa, cierta Nochebuena, Toní pidió con fervor “un marido como Monsieur González”. Cuando no estaba escribiendo o rezando en esa casa, el maestro erraba por Marsella atisbando, meditando, estando ocioso, pero también huyendo de la tentación. Claro que también huía de la casa para reencontrar la tentación lejos, donde fuera menos imposible, en aquellas citas del Hotel Esfinge en que Toní decía “mil veces no” pero entraba “como los alemanes a Bélgica”.

Entonces llegamos a la calle Sénac. Seguimos de largo la primera vez porque nos confundió el nombre: se llama “rue Sénac de Meilhan”, y hace honor a un político dizque adepto de Voltaire. Volvimos a la esquina y empezamos a contar los quince o veinte pasos que decía el maestro. Estrecha, aunque no tanto como las aledañas al puerto, la Sénac es una calle de putas viejas y ariscas que se las saben todas. Se pasan las eternas tardes del Mediterráneo sentadas en los quicios de las ventanas, fumando y esperando, hablando a los gritos con otras asomadas en los balcones. Los edificios están corroídos por el viento de mar y en los marcos de las ventanas altas hay ropa, toallas, sábanas colgadas. En todas, menos en la del Hotel Esfinge.

Como mirábamos y mirábamos desde afuera, salió un señor discreto y nos invitó a entrar. Medio le contamos la historia de un escritor colombiano que se venía para acá con una muchacha a darle muchos consejos espirituales.

“Ya no se llama Esfinge pero este es”. Nos invitó al jardín a tomar café y se puso a contarnos lo del cambio de nombre. Que era un hotel muy viejo, que era el mejor que quedaba en la calle Sénac y que en ese momento, sin embargo, estaba completamente vacío. También dijo que los cuartos habían sufrido ciertos cambios. “¿Cuáles?”, le pregunté, y nos dijo que si queríamos ver alguno. “Sí, el del primer piso con vista al jardín”. “Vengan conmigo”.

Dejamos el café servido y subimos palpitantes por una escalera de madera crujiente. El calor seguía poderoso en ese punto de la tarde. Nos mirábamos risueños tras el hombre discreto como diciéndonos: “en el cuarto te voy a decir un secreto”. Se abrió la puerta y lo vimos por fin: la ventana, la cama, la chimenea, el baño diminuto. Abrimos la ventana y entró una bocanada fresca. Vimos las tasas a medias en la mesita del jardín, los solares casi tropicales de las casas vecinas, la fuente con la esfinge de león que desde los tiempos del maestro adorna el patio del hotel. En esas estábamos cuando el señor discreto nos dijo: “búsquenme abajo si necesitan algo”. Y salió.

Solos en el cuarto, en el hotel, en Marsella, nos pusimos a recordar los jaleos del maestro con Toní. El calor se volvió más abrasivo. Empecé con la blusa, azul y humedecida, que le quité por el cuello de un solo jalón. Seguí con el brasier ligero que cedió al primer intento, se cayó solo y me mostró la doble misericordia de Dios. Después llegué a la falda, ya sin nada qué perder, y cuando también se vino abajo, entre un espasmo y otro, empezamos a darnos muchos y muy preciosos consejos espirituales. Fueron consejos rítmicos, cadenciosos, firmes pero suaves, impetuosos y delicados. Y nos olimos, nos olimos mucho porque amar es oler: olemos todo lo que amamos. Me dijo mil veces que no lo hiciera y mil veces me incitó a seguir haciéndolo. Que entonces en la cama no, que sería imposible rehacerla igual, que mejor en el piso. Pues al piso fuimos a dar. Las tablas crujían al ritmo de los consejos como la escalera al de los pasos. Sabíamos que desde abajo se escuchaba el ruido de la visita, y sin embargo nadie subió en esos minutos que parecieron horas. Al final escuché otra vez aquello de “dónde están mis calzoncitos” (où sont mes petites culottes) y agitados todavía por lo vívido del recuerdo, bajamos donde el señor discreto acomodándonos la ropa como pudimos. Nos despedimos de él agradecidos y salimos a desandar el camino en el lento crepúsculo marsellés.

Maestro: Entre las tantas cosas que se han hecho con usted, que va de boca en boca de expresidentes, rectores, muchachas, profesores, actores y poetas, han intentado hasta robarse su cadáver. ¿Se imagina? ¡Unos marihuaneros de Envigado lo querían exhumar! Menos mal que la traba apenas les dio para sacar el cráneo, y que entre los aprendices de sepulturero había un pariente suyo que se lo devolvió a la familia. Cuentan que lo pusieron de adorno encima de un armario, como si fuera un santo de yeso. Veinte años antes, Jean-Paul Sartre, otro canonizador (el que canonizó a Jean Genet) había propuesto su nombre para el Nobel, pero los políticos colombianos se opusieron a la postulación y la truncaron. Otros dicen que usted “usó para pensarnos el dialecto que hablamos”, que era “un alpargatado filósofo viajero”, “un escritor imprescindible”, “un hombre implícito”, un “místico”. Como ve, dicen y hacen muchas cosas que usted a lo mejor no pidió. Pero que yo sepa nadie, nadie se había tomado el trabajo de cumplir este deseo tan sencillo: “Si fuere por allá el lector, pregunte si encontraron les culottes de Mademoiselle (los calzoncitos de la señorita) que se nos quedaron olvidados sobre la chimenea”. Pues sepa maestro que por allí estuve, y que en lugar de ponerme a preguntar los busqué yo mismo. Y le quiero decir que los calzoncitos sí estaban encima de la chimenea, donde los dejaron olvidados por salir de afán. Aquí los tengo. Cuando vuelva a Otraparte se los entrego.

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Venezuela roja rojita

por DAVID E. GUZMAN • Fotografías por el autor 

Número 31 Febrero de 2012

Desde que abordamos la camioneta, mis tías Carmen y Beatriz nos alertaron y dijeron que tuviéramos mucho cuidado en Caracas, que hoy en día es una de las ciudades más violentas de Suramérica, con altos índices de delincuencia, inseguridad y homicidios. La misma película de Medellín, donde Gloria y yo hemos vivido casi toda la vida, así que no era nada nuevo ese ambiente peligroso que nos pintaban. Minutos antes nos habían recogido en Maracay, la ciudad jardín, en la urbanización El centro, un lugar lleno de palos de mango entre los que vive un gallo que canta a toda hora. Eran las nueve de la mañana del primero de febrero de 2012.

Nosotros íbamos atrás. Adelante, mis tías hablaban sobre su ida a Caracas para cambiar la fecha de unos tiquetes aéreos. Dijeron que regresarían a Maracay antes de las cuatro de la tarde para evitar la cola, el taco que suele hacerse en la autopista y en el que pueden perderse horas y horas.

Tras algunos minutos de recorrido arribamos a un peaje, justo antes de tomar la autopista. Pasamos derecho, sin pagar, como los demás vehículos. Entonces supimos que los peajes en Venezuela no funcionan desde hace varios años, después de que Chávez dijera espontáneamente en una alocución que no se cobrarian más peajes en el país. Mis tías no se apasionaron al mencionar a Chávez y con serenidad opinaron que el cobro era tan irrisorio que no valía la pena, como el precio de la gasolina, que en todo caso no es gratis, pero casi: con el cascajo que en Colombia se paga una limpiada de vidrios en un semáforo, en Venezuela se tanquea una camioneta.

Avanzando por la autopista, la misma de hace veinticinco años, sin un solo cambio, vimos que el pasto seco de los costados ardía en llamas. Las ventanillas estaban cerradas y el aire acondicionado prendido. Desde ahí divisamos algunas invasiones recalentadas por el sol. En las entradas a esos poblados ondeaba siempre una bandera roja, clavada en el suelo polvoriento. “Aragua es un estado rojo rojito”, dijo Carmen, utilizando la expresión que en Venezuela se utiliza para designar al individuo, ciudad, estado, empresa o grupo humano que apoya incondicionalmente y con fervor el gobierno comandado por Hugo Chávez. Supimos que la expresión la dijo por primera vez Rafael Ramírez Carreño, Ministro de Energía y Jefe de Petróleos de Venezuela, Pdvsa, en un ataque de amor desmesurado y autoritario en nombre de ochenta mil venezolanos que trabajaban allí: “Pedevesa es roja rojita, de arriba abajo”. Desde eso, la expresión fue adoptada por “mi comandante en jefe” en sus campañas e interminables alocuciones.

Del rojo de la revolución bolivariana pasamos al rojo de la sangre. Carmen, que es médica y ejerce como anestesióloga en dos centros hospitalarios de Maracay, soltó unas cifras divulgadas hace poco por la prensa: 38 muertos en una noche en Caracas, 5.600 personas asesinadas en 2011, la sexta ciudad más violenta del mundo. “¿Qué quieren hacer exactamente en Caracas?”, preguntó Beatriz, la tía copiloto, mientras comía ciruelas: “estar allá. Hace mucho no voy y Gloria no conoce”. También dijimos que queríamos visitar un par de museos y ver las obras de Armando Reverón, el pintor y escultor venezolano que conocimos gracias a la película Reveròn, de Diego Risquez. La habíamos visto dos días antes en la Cinemateca Nacional de Maracay por ocho bolívares fuertes, menos de 800 pesos colombianos. Fue el lunes que el gobernador de Aragua decretó cívico porque Los Tigres de Aragua, el equipo de béisbol, se había coronado campeón del torneo venezolano la noche anterior. A pesar del feriado, la Cinemateca abrió sus puertas.

Reveròn. Dirigida por Diego Risquez. Venezuela, 2011.

Armando Reverón nació en Caracas en 1889 pero se fue a vivir a La Guaira, cerca al mar, y se alejó de la sociedad caraqueña porque detestaba el ambiente hipócrita, oficial y acartonado en el que se movía el arte. En la costa se casó con una negra hermosa de dientes grandes. Un miquito, que hacía sonar una campana cada vez que alguien llegaba al rancho de Armando, ofició de cura en la ceremonia. Reverón vivió y gozó como un niño, pero también sufrió: su propio mundo lo desbordó mentalmente y para la sociedad perdió el quicio. Fue ingresado a la fuerza en un hospital mental hasta que murió en 1954.

Este personaje, de barba tupida y pocas palabras, nos llegó al alma por su rebeldía, su inteligencia, su originalidad, y también porque nos recordó al poeta Raúl Gómez Jattin. “¿Cuáles son los elementos básicos de su pintura?”, le preguntaron una vez a Reverón y él respondió: “Los elementos básicos de mi pintura son dos. Anote: blanco y mierda”. Con esa respuesta definió perfectamente al mundo, a la humanidad, al menos para nosotros en ese instante de nuestra existencia, en ese teatro. Y ese blanco y mierda era lo que queríamos ver con nuestros propios ojos en la Galería Nacional, eso era lo más importante que íbamos a hacer en Caracas.

Bienvenidos

Sentí que habíamos llegado cuando miré por la ventanilla y vi en los cerros el cordón de ranchos coloridos y apeñuscados. Veníamos por la autopista Valle Coche, a la altura de Los Próceres, un paseo larguísimo con césped bien cortado, monumentos y arcos blancos enormes. A pesar de las advertencias sobre los peligros de la ciudad, estábamos serenos, nos sentíamos fuertes. La experiencia reciente de haber recorrido buena parte de Suramérica sin contratiempos ni sustos nos daba la confianza de tener afilada la intuición.

Desde el carro vimos varios murales con rostros hinchados y caricaturescos de Chávez, consignas socialistas, banderas tricolores y caudillos con patillas largas. Mientras conducía y ante la inminente separación, mi tía Carmen retomó las recomendaciones, pero esta vez se notó más interesada en alertarnos de verdad y aportó un último dato, mirándonos por el retrovisor con los ojos bien abiertos: 450 asesinatos en Caracas en enero, pilas.

Seguimos viendo los edificios con sus ventanas y balcones enrejados desde el primero hasta el último piso, como disfrazados de cárceles, con ropa tendida en lugar de cortinas. Pedí que apagaran el aire acondicionado y abrí la ventanilla: el aire tibio entró con fuerza. Penetramos en la ciudad y tomamos la avenida Francisco Miranda hasta entrar a los parqueaderos de la Torre Provincial. Faltaban instantes para despedirnos de mis tías. “Ya saben pues, moscas”, dijo Carmen dentro del ascensor, justo antes de que abriera sus puertas en el lobby del edificio. Nos abrazamos y quedamos en que al día siguiente volveríamos a Maracay por nuestra cuenta. Eran las once de la mañana.

Antes de abandonar la Torre Provincial, me aseguré de que la billetera estuviera bien metida en el bolsillo de atrás del bluyín. De equipaje solo teníamos un morral con los efectos personales de ambos. Me lo colgué en la espalda y salimos. Ahí mismo nos encontramos con la estación Chacao del metro. Estábamos sobre la misma avenida por la que habíamos llegado, la Francisco Miranda. A pesar del sol picante, decidimos caminar un poco.

En una esquina nos topamos con una carpa amarilla llena de afiches amarillos y gente de camiseta amarilla. Era una manifestación política del Partido PJ, Primero Justicia, de Capriles Radonski, el candidato que ganó el pasado doce de febrero las elecciones primarias de la oposición y tendrá la muy difícil misión de derrotar a Hugo Chávez en las presidenciales del 7 de octubre.

En el camino Gloria se sorprendió de que en el país antiyanqui por excelencia hubiera un Wendy’s. Le dije que esperara, que más adelante vería una demostración verdadera de la publicidad capitalista que aún imperaba. Anduvimos tranquilos, atentos pero sin paranoia. Con las frentes derretidas de antisolar llegamos a la estación Altamira y nos metimos al metro con la idea de ir hasta la estación Bellas Artes. Dos tiquetes nos costaron tres bolos, unos seiscientos pesos. De pie en el vagón, optamos por bajarnos antes, en la estación Sabana Grande, para continuar caminando y llegar a pie a la Plaza de los Museos y al Teatro Teresa Carreño, zona de espacio público, arte y movida cultural. La señora de una caseta de prensa y golosinas nos señaló la ruta y nos advirtió que la caminada hasta Bellas Artes era larga. Sin embargo, y sin afanes, iniciamos la caminata, señalando con curiosidad los balcones y ventanas enrejadas, esos aparta—cárceles donde viven miles de venezolanos.

En un lugar llamado Las Terrazas tomamos café negro, muy fuerte, con un pastel de jamón y queso. Estábamos cerca de la Plaza Venezuela, donde quería mostrarle a Gloria los verdaderos animales de la publicidad salvaje, pero por primera vez desde que vengo a Caracas no divisé el logo gigante de Pepsi ni la gran taza de Nescafé que hasta hace un par de años colonizaban los techos de sendos edificios en el sector donde nos encontrábamos. Me pareció lógico y pensé incluso que el gobierno se había demorado en encontrar un pretexto legal para quitar esos infames símbolos del capitalismo que ensucia el cielo con sus latas y sus cacharros.

A pesar de lo poco amigable que es Caracas para caminar, en ningún momento nos sentimos inseguros. Los pocos transeúntes contrastaban con el ronroneo permanente de los carros. Pasamos por el Colegio de Ingenieros y luego bordeamos una mezquita lujosa con una torre blanca, alta y angosta. Unos pasos más adelante un policía nos dijo que ya estábamos cerca del sector de Bellas Artes. Le pedimos un mapa pero dijo que no tenía.

Por la avenida Este 0 empezamos a ver más transeúntes, autobuses, motos, vendedores; el ruido se acrecentó, también el sol y el caos citadino. Gloria, que tenía colgada su cartera en el hombro, agarró las cargaderas y dejó el puño pegado a la axila. Yo volví a palpar la billetera y ahí estaba bien metida. Tratamos de ubicar el Parque Central para buscar El Limón, un hotel que nos recomendaron, pero la señalización era escasa. Un vendedor callejero de carpetas nos indicó que bajáramos por una calle que resultó llamarse Tito Salas, en honor al pintor venezolano que hizo cuadros gigantes de Simón Bolívar y demás próceres.

Bajamos por Tito y llegamos a la avenida Este 2. En la esquina, al pie de un semáforo, había un tumulto y dos policías. Lo primero que pensamos era que habían agarrado un ladronzuelo. La multitud estaba alrededor de algo que no se veía. A pesar del gentío quedaba espacio para pasar por un lado, pegados a un muro, así que no detuvimos la marcha. Entre los cuerpos de los curiosos alcancé a ver unas piernas estiradas en la calle, vestidas con un bluyín índigo oscuro: se desmayó alguien, pensé. De inmediato, por una intuición que ahí mismo me pareció exagerada e incluso maldadosa, le dije a Gloria: “No vayas a mirar”. Ella me hizo caso y clavó los ojos en el piso.

Avanzamos pegados al muro, muy cerca de la escena. Se oía un murmurar continuado de voces variadas, fue como entrar a un ambiente de circulación espesa que no podíamos descifrar porque no se veían más que las miradas dirigidas al piso. No había lamentos ni gritos ni drama. Antes de salir de ahí miré por segunda vez y en una milésima de segundo de horror vi acostada en el pavimento una cabeza morena y calva de la que salía un charco de sangre muy roja, rojísima. De inmediato un zumbido me convulsionó por dentro.

Le apreté la mano a mi compañera y la jalé para caminar más rápido. Siguieron tres arcadas. Iba con la mano derecha en la frente. “No, no, no”, era lo que decía o lo que pensaba. Ensordecido, adolorido, sólo escuchaba el zumbido que se mezclaba con el aire caliente. Las personas eran manchas que se movían. Sentí terror en cada paso que daba para alejarme de allí. En la siguiente avenida, México, el caos vehicular y el tránsito en general, que al principio era manejable, se complicaba. El miedo ya estaba instalado en nosotros. La mente solo me mostraba ese charco de sangre roja intensa, caliente, y esa cabeza de muerto fresquecito. Baleado. Cada persona que veía acercarse me la imaginaba desenfundando un fierro, veía mi cabeza en el pavimento con el pelo ensangrentado.

Cruzamos la avenida México abrazados, nos sentíamos desprotegidos y vulnerables. Las piernas temblaban. Los edificios parecían gigantes, o nosotros pequeñitos. Caminamos hasta la Galería Nacional pero no para entrar a ver las pinturas de Reverón. La sensibilidad había quedado en ese corrillo. Trastornada. Tampoco teníamos hambre. Le preguntamos al vigilante y nos dijo que nos metiéramos debajo de un puente para encontrar el Parque Central.

Nos dirigimos al puente pero su soledad nos hizo devolver. Dimos una vuelta enorme para llegar a la avenida Bolívar. En medio del aturdimiento alcancé a ver unos tubos grandes, de colores vivos, empotrados en un edificio. Todo se me hizo familiar. Era el Museo de los niños, había estado allí en 1987, de once años, y el recuerdo que tengo es que pasé muy bueno con mis primos y salí descrestado. Eran cuatro pisos de ciencia, juegos y conocimiento. De esa edad había visto el primer muerto, en el barrio San Germán de Medellín, tendido en la calle, bocabajo y con agujeros de bala en la espalda.

Entramos al Museo de los niños huyendo de la ciudad y buscando sosiego en los juegos y exposiciones didácticas interactivas. Dos entradas costaron 80 bolívares, unos dieciséis mil pesos. Poco a poco se fue esfumando la imagen del muerto, la risa empezó a acomodarse en nosotros y jugamos. Volvimos a vivir.

El Museo, al igual que Venezuela, parecía estancado en el tiempo, como un lugar fantasma que funciona a medias porque la otra mitad de las cosas se las tragó la falta de inversión y cuidado. Los mismos botones que hundí en el 87, los volví a hundir ahora. Me trasladé a mi época de infancia, a mis viajes a Venezuela llenos de fraternidad.

A las tres de la tarde almorzamos pollo asado. El mesero nos dijo cómo llegar a El Limón que resultó ser una pocilga asquerosa, así que huimos. Los hoteles aledaños al Teatro Teresa Carreño, expropiados por el gobierno nacional y ahora administrados por la estatal Venezolana de Turismo, estaban llenos. Dando vueltas por el sector dimos con el hotel Renovación. Tenía una pieza disponible, pero con jacuzzi. Ante el cansancio y el precio, 450 bolos, como noventa mil pesos, decidimos meternos ahí. Los pies nos palpitaban. En la habitación prendí la piscinita motorizada y nos sumergimos en ese ronquido silencioso por lo menos media hora.

Renovados volvimos a las calles de Caracas. Fuimos al Parque Los Caobos, arborizado y extenso, donde nos sorprendió la noche. De salida del parque nos sentimos en peligro, la iluminación pública era pobrísima y en medio de la oscuridad nos empezamos a llenar de miedo. Yo llevaba la billetera atrás y me la pasé para el bolsillo de adelante. Cuando me miré, vi que se veía muy gorda y aparatosa, entonces me la volví a llevar atrás. En ese momento levanté la mirada y dos tipos jóvenes me observaban. Seguimos caminando. No pudimos con la soledad del sector, ni con la oscuridad, ni con la paranoia que se apoderó de nosotros, así que decidimos entrar a un restaurante pequeño donde comimos arepa con carne desmechada. Algunas cuadras que transitamos hacia el hotel estaban solas y negras. El día tenía que terminar.

Mierda y blanco

El jueves dos de febrero nos levantamos temprano y salimos del hotel. A las dos cuadras llegamos a una esquina que se nos hizo conocida. Era la calle Tito Salas con Este 2, el mismísimo lugar de los hechos. Lo reconocí por el muro que rozamos y luego por el reguero de sangre en la vía, con puntos más secos que otros. Al frente, una venta de empanadas y parva llamada “El Paisa” estaba atiborrada de clientes, y del poste del semáforo involucrado colgaban dos afiches políticos, uno de ellos contrincante de Radonski, Pablo Pérez, cuyo lema rezaba “Por tu futuro seguro”.

Pasamos de largo porque íbamos llenos de buena energía a ver las obras de Reverón. En el camino compramos dos periódicos y los metimos al morral. Llegamos a la Galería Nacional y empezamos el recorrido hasta que nos topamos con una sección dedicada a Armando. Incluía algunas pinturas, la muñeca Seferina, que había diseñado para no tener que llevar modelos a la casa y evitar que su negra Juanita lo celara, y un par de esculturas. Aquella experiencia nos produjo el sentimiento alegre y sencillo de ver con nuestros propios ojos las obras de aquel pintor venezolano que nos había enamorado. Haber visto estas obras de Reverón fue un triunfo. Y el viaje a Caracas fue para nosotros como él dijo alguna vez que eran los elementos de su pintura: mierda y blanco.

Nos fuimos para el Capitolio en metro. Almorzamos pabellón, un plato con caraotas, carne desmechada, tajadas de maduro y arroz. De repente sonó el celular que nos habían prestado mis tías. Eran ellas. Estaban de regreso en Caracas porque se les había quedado un papel y nos dijeron que fuéramos a las cuatro de la tarde a la Torre Provincial para que regresáramos juntos a Maracay. Nos quedaban un par de horas más en la ciudad. El tiempo suficiente para conocer el Parque Bolívar.

Al llegar allí escuchamos un rock escuálido. Era uno de los eventos conmemorativos del Febrero de la Revolución decretado por Chávez, y en el que todos los asistentes tenían camisetas rojas. En un costado del parque leímos la prensa. A veces, unas confianzudas ardillas negras bajaban de los árboles y comían maní de la mano de la gente. También visitamos el caserón natal del Libertador y el Museo Bolivariano, y pudimos ver una venta móvil de arepas y un mercado popular de alimentos, ambos subsidiados por el gobierno y con largas filas de compradores.

Escurridos de calor y de cansancio nos metimos al metro con rumbo a la Torre Provincial. La visita a Caracas llegaba a su fin. Como faltaban quince minutos para que mis tías salieran de su diligencia, dimos una vuelta a la manzana y encontramos una tienda de video. Preguntamos por cine venezolano y nos mostraron cuatro películas: Secuestro Express, El Hermano, Sumas y Restas y la Virgen de los Sicarios. La misma sangre.

En el hermano país de la República Bolivariana de Venezuela estuvimos unos días más. El sábado 4 de febrero, en el paseo Los Próceres, se celebraron los veinte años del fallido golpe de Estado que encabezó Hugo Chávez en 1992, el que lo catapultó a la presidencia y lo hizo merecedor del afecto de la mitad del pueblo venezolano que hoy, rojo rojito, lo apoya con devoción, mientras que la otra mitad, fuerte opositora, le reprocha cada acción a su gobierno.

Ese mismo día, mientras todos los canales nacionales transmitían el desfile militar conmemorativo, revisé prensa en Internet. En El Universal, al final del reporte del asesinato de un ex policía, encontré el entretítulo “Otros casos”, que decía así: “En Bellas Artes, frente al centro comercial Parque Caracas, ultimaron la tarde del miércoles a Richard Sanoja Istúriz, de 23 años. Era mototaxista y lo atacaron a tiros delante de transeúntes. La zona fue acordonada por la policía. Por ese caso no hubo detenidos”. El muerto que vi. Leí también que doce cadáveres habían entrado a la morgue de Bello Monte en las primeras 36 horas de febrero. Apagué el computador y con una incomodidad en el pecho, escuchando a Chávez decir que hay que seguir la marcha con los muertos dentro de nosotros mismos, me dispuse a empacar la maleta para regresar a Colombia.

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