Brisas de la Iguaná
por REDACCIÓN UC
Número 27 Septiembre de 2011
Un martes lluvioso de febrero, hace 40 años largos, Misael Pastrana llegó a Medellín para entregar una urbanización de edificios medianos para la clase media. Pastrana creía estar cortando la cinta de un suburbio que sería clientela. No sabía que inauguraba un barrio con voz propia y labia larga.
En el principio era La Iguaná. Los viejos mapas de la zona de Otrabanda muestran un hilo negro en medio de un amplio cauce gris. La quebrada hacía de las suyas al menos tres veces cada año y sus vecinos se acostumbraron a vivir con los pantalones remangados hasta la rodilla. La Iguaná era el demonio de la zona y solo quienes estaban obligados a enfrentarla -pobres de solemnidad, campesinos recién bajados, areneros, lavadores de cueros- daban la pelea contra sus embestidas y su mala fama. La leyenda negra la completaban los malos olores y el zumbido de las moscas. Además de las curtimbres y sus aguas fétidas estaban los mataderos y una fábrica de jabones en cercanías de lo que hoy es Suramericana, para terminar de ensuciarlo todo.
Los barrios de Otrabanda que ya lucían rosales en el antejardín preferían mirar más hacia la calle San Juan que hacia Colombia. Laureles y La América le daban la espalda a esas mangas turbias llenas de sauces, pomos, guamos y algunas eras de maíz y fríjol, y arrugaban la nariz frente a los tugurios en las orillas del ferrocarril y los talleres en Naranjal. Pero un buen precio es capaz de vencer todos los prejuicios. Y poco a poco aparecieron los inversionistas decididos a convertir esas tierras malsanas en apetecibles: “de fincas a estancias, de estancias a parcelas, de parcelas a mangones, de mangones a mangas y de mangas a lotes”. Cuando en el centro una vara cuadrada valía 50 pesos, en cercanías de La Iguaná se podía conseguir entre 2 y 5 pesos.
J. B. Londoño, la Compañía Industrial de Sombreros y Lisandro Ochoa, un cronista con buen ojo y buen bolsillo, fueron algunos de los grandes inversionistas en la zona. Era cuestión de arrendar los predios como potreros y esperar. Desde 1932 se hablaba de proyectos urbanísticos en Otrabanda. Un plano de la época dibuja una pequeña ciudadela en el sitio exacto donde hoy está Carlos E. Restrepo. Era apenas un triángulo modesto en una porción de la ciudad que mostraba los tranvías eléctricos de La América, Belén y Robledo, señalaba el estadio Los Libertadores en San Joaquín y le entregaba importancia a la calle Colombia como salida al occidente.
A mediados de los años sesenta llegó la certificación definitiva para esa encrucijada. La Biblioteca Pública Piloto había desafiado el ambiente desde 1952. Luego se vendieron los lotes para los centros comerciales Los Sauces y El Contemporáneo, y el almacén Sears le señaló al Éxito dónde debía montar su local y cómo no debía manejarlo. En 1966 Suramericana todavía tenía dudas sobre su edificio de oficinas y su proyecto de viviendas. Le preguntó, entonces, a una firma consultora llamada Asesorías e Interventorías (AEI). El informe se puede resumir con una frase vieja: “No lo piensen más”. Ya el municipio hablaba de una “zona en pleno desarrollo para uso habitacional” y el Instituto de Crédito Territorial (ICT) anunciaba un “gigantesco plan de vivienda en Medellín”.
En 1970 llegó el gobierno de Misael Pastrana con una frase que hoy bien podría ser propiedad de Angelino Garzón: “Frente social, objetivo el pueblo”. Medellín tenía dos grandes proyectos apoyados por el ICT, uno para familias pobres en López de Mesa en el norte y otro al pie de la Biblioteca Pública Piloto pensado para “la laboriosa clase media de la ciudad”, según los avisos de prensa. En el diario El Correo de 1971 aparecen múltiples avisos con las listas de los “preseleccionados dentro del plan alcancía aplicado a la Urbanización Carlos E. Restrepo”. Medellín era todavía un pueblo en busca de costumbres de ciudad. Las notas sociales dan cuenta de los acontecimientos memorables: “Doña Clementina P. de Ospina ofreció a sus amigas una taza de té. El juego de canasta tuvo lugar ayer en su casa de Perú con El Palo”.
El martes 16 de febrero de 1971 llegó el presidente Misael Pastrana a la ciudad. Fue recibido por el ceño fruncido del gobernador Diego Calle y la sonrisa conservadora del alcalde Álvaro Villegas. Se fue para el barrio Las Nieves, arriba de Manrique, para hacer la primera visita presidencial a la comuna nororiental. Según El Correo fue aclamado por la multitud y rompió el protocolo para juntarse con el pueblo. Les dejo el cassette del discurso: “En nuestro país la reforma urbana será quizá la más avanzada de América… Hemos pedido al ICT centrar sus esfuerzos en suministrar auténticas viviendas populares y bueno ámbitos para los colombianos más pobres”. Siguió para López de Mesa a entregar las más de 600 casas y remató en Carlos E. Restrepo. Según el cronista de la época fueron 2 horas y 17 minutos de frenesí popular antes de prepararse para el coctel de rigor en el Club Unión.
En Carlos E. Restrepo se entregaban los primeros 216 apartamentos de los 1000 proyectados. Un aviso de página entera lo celebraba: “No estamos prometiendo, estamos cumpliendo”. En el acto público, bajo un toldo y con un edificio como telón de fondo, el director del ICT le explicaba al Presidente Pastrana -“a las 5:40 de la tarde”- que un año y medio atrás esos terrenos estaban ocupados por tugurios cuyos habitantes fueron llevados a otras viviendas. Pastrana admiró el primer piso del edificio marcado con el número 53-14 y “acarició una niña y estrechó docenas de manos” antes de ir a bañarse para estar presentable en el Club Unión.
La lista de los “felices propietarios” que entrega El Correo tiene profesores, jueces, la viuda de un cronista radial, jubilados y un decorador de Fabricato. También hay un estudiante burgués entre esa “laboriosa clase media”. El periódico no se cansa de elogiar el nuevo suburbio: “los apartamentos son cómodos y acogedores. La zona verde es grande y bien distribuida”. Y eso que todavía era un peladero, qué tal que lo vieran hoy cuando ya está cubierto por un toldo verde de 40 años que sembraron sus primeros dueños.
Pocas veces los elogios de la prensa no producen risa una vez han pasado cuatro décadas. Los habitantes de Carlos E. Restrepo supieron construir un barrio abierto y saludable en medio de las recientes emboscadas del miedo, se han resistido a las rejas y a las serpentinas de acero, y ni siquiera la vecina funeraria que ya viene podrá oscurecer su ambiente de cantina y parque infantil, de cafetería universitaria y guarida de jubilados, de primera estación para la fiesta y casa de abuelos. En este caso es la ciudad la que le debe al barrio.
Ciudad vs. pueblo
por PASCUAL GAVIRIA • Fotografías de Juan Fernando Ospina
Número 25 Julio de 2011
“El oro no estaba en las minas sino en el Parque Berrío”.
Frase de un ingenio local alrededor de 1910
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El Parque Berrío todavía entrega su sombra de palmeras a cambio de la mierda inofensiva de las palomas. A simple vista, palmeras y palomas es lo único que le queda de parque de pueblo a esa casilla arrinconada del centro de la ciudad: aplastada por el metro, sitiada por los taxis, animada por el sermón de los vendedores de la pujante industria del porno local. Ahora el parque no es más que una modesta plazuela de paso coronada por un prócer diminuto, empequeñecido por la escala de los edificios y los hombres, de los buses y la gorda de Botero.
Pero en los corrillos espontáneos que se van juntando bajo los árboles se puede encontrar el Medellín más pueblerino, una increíble colección de montañeros que han elegido el ombligo maltrecho de la ciudad para cantarle a su pueblo perdido. Todos tienen los dedos roídos de rasgar las cuerdas y fumarse el cigarrillo hasta la última pavesa. Y entre ninguno de los tríos juntan 32 dientes. Se agrupan según los alientos del día, las complicidades de la botella, los resentimientos de la última gresca. Van y vienen deshaciendo los tríos, conformando los dúos, completando los cuartetos mientras una sinfonía de desocupados los oye con dudoso entusiasmo. Un poco más atrás vigila la horda de tinteras, rondando, las unas ofreciendo el termo, las otras ofreciendo el trono.
Por momentos el centro de Medellín, ignorado por los citadinos que cruzan en busca de una rebaja, parece la plaza de algarabías de un caserío recién fundado por las desgracias del desplazamiento, los azares de la coca o las promesas del contrabando: Cartagena del Chairá, por decir algo, o Remolinos del Caguán, o Medellín del Ariari. Todos se conocen en medio de esa extraña caricatura del pueblo en la ciudad. Los más viejos hablan del ambiente de fiesta que fue creciendo, hace 20 o 25 años, alrededor de los carros de mercado que vendían cerveza, guaro, salchichón, cigarrillos. Poco a poco los músicos callejeros fueron acompañando el chirrido de esas cantinas ambulantes. Muy pronto los surrungueros se hicieron indispensables y lo que era una beba de cartas y alegatos frente a un carro ambulante, se convirtió en baile y cantata. “En ese tiempo algún gracioso le puso el Parque Berrido”, me dice una de las gargantas de vieja data.
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Es sábado a las 2 de la tarde y se cuentan más de 20 guitarras entre las activas y las enfundadas. Los corrillos apenas están afinando las historias de la noche anterior: un viaje repentino a tocar en una fiesta en San Pedro, dos horas de música carrilera que resultaron en La Estancia, en el Parque Bolívar, un contacto del tercer tipo con una de las bailarinas ocasionales del parque. Lucely es una de las fundadoras de la escena. Acaba de llegar de un recorrido en buses con su parlante compañero: “Me cansé de tocar con otros músicos, eso es muy difícil, los humores de cada uno, de cada día… Esto no es sino prenderlo y listo, no pone problema.” Parece que antes de la primera canción es necesario una especie de desahogo sin acompañamiento, a palo seco: “Yo empecé a cantar por un desespero, por un hijo enfermo. Estaba lista pa robar, pa ime pa la pieza con el primero que me ofreciera. Y resulté cantando. No sabía, pero cantaba con el corazón”. Sus primeros temas hacen parte de esa inagotable colección de desgracias que se lloran en las cantinas: Mil puñados de oro y Cruz de madera.
Lucely me hace una lista de muertos que no alcanzo a copiar en mi libreta: tres de sus maestros musicales a los que llama el difunto Argemiro, el difunto El Tábano, el difunto tales… Más dos hijos asesinados en Ituango y Medellín. Tiene los ojos chiquitos, esquivos, perfectos para esas canciones de llantos eternos. Abrazada a su parlante canta una alegoría a las madres solteras, sin afán, con la misma parsimonia y concentración con la que me acaba de contar un pedazo de su vida. Su canto y su cuento tienen la misma letra truculenta.
Desde que llegó el metro con sus alardes de trapeadora y su cultura de ascensor, los músicos populares del Parque Berrío fueron perseguidos como la peor de las plagas. Muecos, con tufo a alcohol y canciones de lágrimas y puñales, con sombrero peludo y zapatos sufriendo su tercer dueño, los músicos, los bailarines y los pegados del parche le parecían al metro impresentables para sus alrededores metropolitanos. Recordaban demasiado a los personajes callejeros, algo siniestros y desaliñados, que sólo le gustan a la cultura oficial cuando están pintados por Débora Arango o retratados por Benjamín de la Calle. Los policías comenzaron, entonces, a trabajar en el desalojo del parque y la guitarra se volvió una amenaza: “Es muy difícil conseguir a uno de por aquí que no haya terminado en el comando”, me dice el Segoviano, un cantante vestido con la camisa del Nacional.
En medio de esa purga contra la guasca, la carrilera, la parrandera, el despecho y sus costumbres, surgió una escena que cambiaría un poco la historia del parque. Eran los tiempos en que Lucely aún no había descubierto a su compañero el parlante y andaba con la guitarra a cuestas, su cruz. Un policía trata de arrebatársela y ella da pelea con las pajuelas como única arma. El tombo gana el duelo y amenaza con quebrar la guitarra contra el piso. Una estampa perfecta para un stencil. José Manuel Barrionuevo, un hombre de Barranca curtido en rebusques y caminancia, ve todo el tropel desde una esquina y decide comprar la pelea. Salva la guitarra y se le ocurre que hay una buena posibilidad de pelear por los músicos del Parque. Tiene varias categorías que seducen en el lenguaje burocrático del momento: población vulnerable, desplazados, gestores culturales. Comienza a llenar planillas, sacar carnés, juntar tríos camino a la secretaría de cultura. Barrionuevo se declara analfabeta musicalmente. Tal vez así tenía que ser para animarse a dar la pelea por los músicos en el escalón más bajo de la tarima.
El metro debió resignarse y decidió poner una línea imaginaria que los músicos y su guachafita se comprometieron a no cruzar: “Ese es el paralelo 38”, me dice Barrionuevo entre risas, aludiendo a la línea roja entre las dos Coreas. Ahora los merenderos tienen el compromiso de pensar más en la guitarra que en la copa mientras estén en el Parque, y cumplen con discreción, yendo a enjuagarse la boca cada tanto a una esquina cercana. Incluso lograron recibir clases de técnica vocal en la sede del Banco de la República y lucir los adelantos en un concierto de lujo en la Minorista.
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A comienzos del siglo XX el Parque Berrío también era un escenario clave en la lucha del pueblo contra la ciudad. Medellín tenía seis “automóviles” y comenzaba a desdeñar las casas de balcones que alojaron durante mucho tiempo los almacenes surtidos y los apellidos ilustres. Cuando los incendios de 1916, 1921, 1922 y 1925 dejaron sus estragos en el Parque, buena parte de la ciudad celebró con el carro de bomberos: “Sobre los escombros se levantaron magníficos edificios modernos que son adorno de la ciudad”. Los incendios eran un mal necesario para abrir paso al Edificio Olano y al primer ascensor de la ciudad, o para el Edificio Henry -llamado rascacielos-, y que algún milagro sostiene todavía en pie.
Ahora, cuando los esplendores del Parque Berrío son imposibles de reconstruir desde la visual de Pedro Justo, cuando la ciudad decidió sepultar su cuna bajo su gran orgullo, los personajes que se reúnen día a día para cantar y bailar sus cuitas, hacen posible vivir en el pueblo pretencioso de Cosiaca, Marañas, Lorita y demás vagos de pata ancha y ruana. Ese Medellín que baila a salticos en los corrillos del Parque, que exhibe la mirada vidriosa de los jubilados sobre las putas jubiladas, que rebusca monedas invocando brujas y resuelve todas las discusiones con el refranero, es un sumidero privilegiado en la ciudad. Ahí no está solo una colección de lo más granado de los montañeros de la provincia, están los campechanos más rebeldes, más bohemios como todavía dicen en los pueblos, los menos obedientes. Intentan mezclarle algo de guitarra al palustre de la semana y no se dejan atortolar por el reguetón ambiente: “A mí me tocó venirme pa Medellín porque uno de músico en el pueblo es visto como un loco, un borracho sin oficio”, me dice El Genuino de Antioquia. Algo parecido dijo el inglés Charles Saffray cuando salió de lo poco que había en este valle a finales del siglo XIX: “… en aquel pueblo ocupado sólo en buscar progreso material, los sabios, los poetas, los músicos, los artistas quedan siempre pobres, sin poder construir una clase separada.” Lo han logrado a medias: ahora tienen carné de desplazados, asociación de músicos populares y el beneplácito a regañadientes de la nueva iglesia local y sus vagones.
Etiquetas: Centro de Medellín , Juan Fernando Ospina , música , Parque de Berrío , Pascual Gaviria , Universo Centro 25
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¿Ratas? ¿Las ve?
por MARIA ISABEL NARANJO RESTREPO
Número 25 Julio de 2011
“Si me preguntan cuál es la comida típica de los paisas,
yo dudaría entre la bandeja paisa y el arroz chino”.
Esteban Zapata – Artista visual
Hubo una época en la que en el norte de China fue muy popular un dicho sobre los habitantes de la Provincia de Cantón: “Comerán cualquier cosa que nade excepto un submarino, cualquier cosa que vuele excepto un aeroplano, y cualquier cosa que ande excepto un tanque”; y otro, cantonés, que reza: “Cualquier animal que torna su cara al sol puede ser comido”.
Entre las décadas del sesenta y ochenta la mayoría de chinos que llegaron a Colombia fueron cantoneses que se dedicaron a la cocina y abrieron restaurantes, los mismos de los que se dice que comen perros y gatos.
Hace pocos días circularon en internet seis fotografías de la terraza del restaurante chino Gran Fogón, ubicado al frente del Edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia. Los elementos captados por la cámara son nítidos e incuestionables: expuestos al sol, y sin ninguna protección, se disponen sobre una placa de aluminio varios cortes de tocino. Minutos después aparecen tres roedores que se acercan a la carne para darse un festín (Blog: www.camiloarango.com).
Las fotografías y un video circularon masivamente, y en menos de una semana se retomó el viejo rumor sobre las prácticas “exóticas” de los chinos, y se llegó a una conclusión apresurada: la carne que entró en contacto con los roedores es la misma que se sirve en el restaurante. También se expresaron otras opiniones que obedecen a los mitos que hay en torno a la comida china, como la de matt87, escrita en el blog donde aparecen las fotografías: “Para mí ellos están criando ratas para venderlas en el arroz chino, y en el techo están cazando las ratas que se les han volado” (sic).
El 15 de julio la Secretaría de Salud visitó el lugar y declaró no haber encontrado evidencia de malos hábitos en la manipulación de los alimentos, ni de ninguna acción que represente riesgo para sus clientes; también aseguró que los roedores son ratas de techo que no tienen acceso al interior del edificio. Esta explicación no dejó satisfechas a varias personas que vieron las imágenes del blog de Camilo Arango, y que se niegan a creer que esa carne no fue directamente al estómago de los desprevenidos clientes, quienes podrían estar expuestos a enfermedades letales como el hantavirus o la leptospirosis. Pero el concepto de la Secretaría de Salud, autoridad responsable de evaluar, controlar y prevenir el riesgo en estos establecimientos, asegura que no hay de qué preocuparse. ¿Cómo entender entonces las imágenes?
Felipe Wu es el único miembro de la familia que puede comunicarse conmigo en español al momento de mi visita. Aparenta unos 25 años y es el hermano de Santiago Wu, dueño del restaurante. Felipe fue enviado a la silla donde yo aguardaba por el padre, David Wu, quien a su vez fue enviado por la tímida esposa del señor Wu, quien enrojeció de pena y se escondió, ante mi sorpresiva petición de explicar las fotografías. David Wu lo había intentado sin éxito al llevarme del brazo hasta el fondo del restaurante, con el fin de que yo constatara qué animales echaban al aceite caliente. “Mire usted misma, mire, mire”, decía señalando los espacios llenos de cajas, delantales y estanterías, y vociferaba, con las únicas palabras en español que le escuché, “¿Ratas? ¿Las ve?, ¿Ratas? ¿Las ve?”. Yo solo vi calderos enormes, decenas de pechugas de pollo, y cinco cocineros concentrados cada uno en una actividad diferente: picar, deshuesar, cocinar, freír y empacar.
Felipe Wu me señala a uno de los comensales y me dice: “¿Quién mejor que un cliente que dé fe del restaurante?”. Todas las mesas están vacías, excepto dos: en una hay una pareja, y en la otra está Carlos, de cuerpo voluminoso y tez ennegrecida por el humo de la calle. Come allí desde hace cuatro años y dice, burlón, que no le preocupa que le vendan carne de rata. “Es que hasta en los mejores restaurantes de Las Palmas venden carne de burro enternecida con jugo de papaya, ¡y nadie se da cuenta!”, declara mientras se sirve una generosa porción de arroz chino, chop suey (que en chino significa “trozos mezclados”), medio pollo frito y Cocacola.
Revolviéndose en la silla, el joven Wu explica con escasas palabras lo que aparece en las fotografías: “Es tocino curado. Nosotros comemos la carne así porque es más gustosa, y la dejamos al sol para que tenga un sabor más fuerte y para que se preserve más”. Hace referencia a la salazón, que consiste, según sus palabras, en untar el alimento con cristales de sal y adobarlo con diferentes salsas, para dejarlo al sol varios días hasta que se seque. Esta práctica es muy común en la cocina cantonesa, de donde proviene la familia Wu. Especias como la pimienta, el jengibre, la cebolleta, e ingredientes como la salsa de soja, el vino de arroz y el almidón, son fundamentales en su cocina; así mismo, son tradicionales el pescado fresco y los alimentos en conserva.
Resulta extraño que coman animales como perros, gatos, culebras o tortugas, pero hacen parte de una civilización de más de cinco mil años, y de un país de mil 300 millones de habitantes que ha sido asolado por periodos de pobreza y hambruna, lo que los ha llevado a elaborar recetas con una variedad increíble de ingredientes, y a aprovechar todas las partes comestibles de los animales, como tripas, cartílagos, cabezas y garras de aves.
Felipe vuelve su mirada hacia el techo y lo señala tratando de convencerme de que no hay ninguna grieta que comunique el restaurante con la casa del segundo piso, donde viven siete de sus familiares. Insiste, con desgano, como si hubiera gastado todas las palabras dando explicaciones obvias, en que esa comida fue desechada luego de constatar que las ratas tuvieron contacto con ella. “¿Qué más quiere saber?”, dice, y me da a entender que la conversación ha terminado.
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El idioma es una de las principales barreras para comprender esta cultura milenaria, cuya población en Colombia se estima en diez mil. Dos mil de ellos viven con sus familias en Medellín según datos de la Embajada de China, lo que ya podría ser un barrio chino disperso en las calles de la ciudad; uno similar al de Barranquilla, donde existe el primero y hasta el momento único Chinatown del país.
El primer restaurante chino en Medellín fue Chung Wah de Hugo Chan, el mismo del reconocido Restaurante Asia. Cincuenta años después, en el directorio telefónico pueden enumerarse cerca de noventa, un número que evidencia la colonia de extranjeros más grande de la ciudad, y que significa una fuente importante de empleo para cientos de colombianos, quienes encuentran oficio como cocineros, meseros, armadores de cajas y mensajeros.
La necesidad de acercarse a su cultura para garantizar la asimilación de las normas sanitarias hizo que la Secretaría de Salud, en el marco de su campaña “Coma Tranquilo” (2009), dedicara una presentación exclusiva a la colonia china. Al evento llegaron una veintena de dueños de restaurantes para presenciar una obra de mímica, una cumbia colombiana, una canción y homenaje al arroz chino en letra pegajosa –”lo que todo el mundo quiere es comer arroz chino, lo comen universitarios y hasta reinas de belleza. Hasta para un chino lo mejor es el arroz chino”–, y una sección de penaltis contra las bacterias, animado en mandarín por Rafael Chan, uno de los asistentes.
La secretaria de salud, María del Pilar Pastor, asegura que la idea de que los chinos tienen malas costumbres en su cocina es un mito, ya que todos los restaurantes están sujetos a la vigilancia y control de sus prácticas. “Más bien es una idea preconcebida por el desconocimiento de su cultura”, puntualiza la ingeniera Luz Bibiana Gómez, líder de la campaña.
Cualquier persona puede verificar las condiciones sanitarias de un establecimiento mediante unos círculos verdes, amarillos o rojos, que indican un concepto favorable, condicionado o desfavorable. Según el ente de control, el 96 por ciento de los 18.927 establecimientos visitados son catalogados con concepto sanitario favorable y favorable/condicionado. Un círculo rojo significa que el lugar no cuenta con las condiciones adecuadas y es un riesgo para la salud. En este caso el lugar tiene una orden de “clausura inmediata” y si está abierto se debe dar aviso a la Secretaría de Salud.
El Gran Fogón abrió sus puertas en Medellín hace siete años. El año pasado recibió siete visitas y este año tres. Tiene un concepto sanitario favorable/condicionado, debido a detalles como una mesa metálica descascarada y al robo, el mismo día de la visita, de las tapas de los baños.
Del restaurante dependen ocho miembros de la familia Wu y seis empleados paisas que pueden ser ocho, pero con la situación actual no saben si incluso tendrán que despedir algunos. Los Wu están preocupados por la disminución de sus ventas. Días después visitaría nuevamente el restaurante y encontraría sus trece mesas vacías.
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Mientras apila cajas, Santiago Wu me dice que “las mesas vacías que usted ve no es normal. Lo normal es que la gente haga fila. Creo que la persona que puso en internet la información lo hizo de maldad. ¿Por qué no verificó primero con la autoridad competente si era verdad lo que él creía?”.
Santiago me habla de un viaje que hizo el año pasado. Recorrió durante diez meses los lugares que su padre le describía cuando era niño, y aprovechó para hacer un curso de cocina y panadería. Hoy habla con amor de su lejana China, pero no piensa regresar porque después de vivir catorce años en Colombia se siente más de acá que de allá. “Todavía no se me ha ocurrido qué me voy poner a hacer si esto se pone mal”, dice.
El desespero en el rostro de los Wu me recuerda la historia de un grupo de 705 cantoneses que llegó el 30 de marzo de 1854 para agilizar la construcción del ferrocarril de Panamá. El relato del historiador Germán Patiño cuenta que los chinos, lejos de su tierra natal y molestados por los irlandeses que trabajaban en las obras, cayeron en una depresión profunda. Las autoridades confundieron la nostalgia con anhelo de opio y repartieron el narcótico entre el grupo, que comenzó a suicidarse y a pagar a malayos para que cercenaran sus cabezas con un machete. Es una imagen escalofriante, pero más aún lo es saber que hay una cultura milenaria de la que solo hemos conocido la cajita de arroz.
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Historia de los cafés en Medellín (segunda entrega)
por RAFAEL ORTIZ • Ilustración de Lyda Estrada
Número 23 Mayo de 2011
A principios de los años veinte, ya Medellín era una población de cafés, de muchos tipos de cafés, pues no eran lo mismo los del centro que los de los barrios, y en el mismo centro existían variedades. Los de Lovaina y Guayaquil sí que eran distintos.
De día, los cafés de los barrios vendían normalmente algunos alimentos ya hechos, acompañados de café con leche, chocolate o gaseosa, y por la noche atendían el consumo de licores y tinto de los señores, antes o después de la comida, hasta las diez de la noche, cuando era obligatorio apagar el piano (que después fue rocola). Los fines de semana la vida en estos establecimientos cambiaba. Los sábados llegaban los muchachos desde temprano en la tarde, una o una y media, a tomar para luego marchar a los distintos barrios de prostitución —Lovaina, Guayaquil, Tierrabaja, etc.—. Cuando se iban, entraban los obreros y empleados, y en general quienes trabajaban hasta después de las tres de la tarde, y armaban fiestas y algazaras hasta altas horas de la noche y la madrugada.
Los domingos el movimiento de los cafés tenía dos fases: En la primera, la gente que salía de misa entraba a tomar cerveza o a comer mecato y prolongaba su permanencia hasta la hora de almorzar. La segunda correspondía a quienes salían por la tarde a buscar cómo calmar el guayabo causado por la parranda de la víspera, obtenida generalmente gorriando a los amigos o fiando hasta el próximo pago.
Bastante diferentes eran los cafés con billar, que a su vez eran distintos a las salas de billar, aunque con el tiempo ambos acabaron siendo lo mismo. Quizá la diferencia radicaba simplemente en que los cafés con billar eran los preferidos de los estudiantes, que solo jugaban a ratos (eso sí, los sábados y domingos, todo el día).
Al lado de estos cafés había otra variedad, mitad comedero rápido, mitad bar y con billar para algunos clientes que preferían jugar sin mirones. Era un local pequeño pero acogedor, con máximo cuatro mesas y eventualmente con piano. Los alimentos que se vendían eran de fácil manejo y se combinaban perfectamente con las gaseosas, cervezas y licores, que no faltaban: papas rellenas, papas, yucas y carne sudadas, plátanos maduros sudados o calados, tamales, chorizos, rellena y a veces arroz. En algunos también servían desayuno: huevos revueltos, pan, bizcochos y chocolate o perico.
Los cafés de Guayaquil funcionaba normalmente de cinco de la mañana hasta las doce de la noche y estaba dividido en tres partes: adelante, un salón donde se prestaban todos los servicios de café propiamente dicho, seguido de un espacio constituido por el mostrador o barra, la cocina y los servicios sanitarios, y de allí para atrás los cuartuchos o reservados, separados por delgados canceles, casi siempre con una mesa y dos sofás, uno a cada lado, que prácticamente se convertían en camas; en la mitad de la mesa una lámpara miserable, tipo cocuyo —alumbraba más la cusca de una vieja que fumara con la brasa entre la boca—, y en la pared un foco común y corriente, que cuando se veía encendido indicaba que el reservado estaba desocupado. Por lo general las parejas preferían la iluminación de cocuyo, la de foco en la pared era preferida por los tahúres profesionales para limpiarle el bolsillo a su clientela. En todas las mesas, incluidas las de los reservados, había una campana, desplazada cuando se generalizaron los timbres eléctricos. De lo que pasaba en el reservado, a pesar de que todo el mundo se enteraba, nadie comentaba; su uso, según para lo que fuera, aumentaba la tarifa básica y el precio de los servicios. Además de los mencionados cubículos, algunos cafés ofrecían servicios de boletería para toros, fútbol y circos, y de apuestas para las carreras de caballos y los partidos de fútbol.
El típico café guayaquileño era ante todo vistoso, lleno de afiches, decorado las más de las veces de acuerdo con el tipo de música que sonaba en su piano, aparato infaltable en todo café, así hubiera orquesta o conjunto musical. Era un aparato costoso que los dueños procuraban defender con una poderosa caparazón hecha con barras de hierro que de alguna manera remedaban su forma; por entre ese enrejado formidable asomaba toda la belleza del aparato de colores, en cuyo interior había un conjunto de luces y algunas piezas que giraban una veces con el calor de las luces, otras por medio de un pequeño motor que las accionaba. El resultado final era un conjunto caleidoscópico de luces, colores y formas en movimiento, que daba un extraño atractivo al interior del establecimiento por las noches, cuando la iluminación era escasa y los reflejos cambiantes creaban en la realidad figuras fantásticas, que con la ayuda de los tragos se volvían mas fantasiosas y que a todo daban un aire espectacular.
Las mesas eran de las más robustas que se vendían en el mercado, con patas de hierro macizo y tapa del mismo metal, para evitar de esa manera que pudieran ser manejadas muy fácilmente por los hercúleos clientes que allí se congregaban cuando se armaban las grandes batallas de borrachos y se agotaban las botellas y demás objetos menudos para tirar, y trataban de hacerlo con los muebles.
La atención del café estaba encomendada única y exclusivamente a las mujeres, las cuales servían de anzuelo a la clientela ruda y sexualmente hiperactiva que los frecuentaba. Decía un amigo criado y curtido en esos cafés: “Tenían saloneras muy bonitas, y uno como hombre y todos los hombres que entraban a un café, pues siempre mirábamos a las saloneras y uno era atraído por ellas pues una salonera buena moza no se le puede quitar a ningún hombre que la mire, así ella tenga ‘amigos’ o marido, pero tiene uno que deleitar el ojo, así no les parezca”.
Imposible encontrar un café en ese sector donde no se vendieran los más grasosos y fuertes comistrajos. Allí se consumían en cantidades increíbles el famoso chorizo antioqueño, alias “no me olvides”, el chicharrón frito a primera fritura, o mejor dicho sofreído, de modo que conservara abundante grasa; las famosas chuletas guayaquileñas también muy apetitosas y todo abundante en grasa. Cuánto se consumían tamales, rellena, papas rellenas y muchas otras especialidades, pero estas no llamaban tanto la atención como aquellas, debido principalmente a los efectos desintoxicantes que tenían las altamente grasosas.
En estos cafés a veces había una pequeña pista de baile, pero tal vez no pasaban de tres los que tenían especial atractivo por esta circunstancia. El que servía de imán a los bailarines de toda la ciudad era el Café Tropical, que se preciaba de tener catorce puertas.
En este café se organizaban los campeonatos de baile según las distintas modalidades de la época: tango, fox trot, bolero, etc. Había domingos cuando llegaban los más afamados bailarines de los barrios a dirimir supremacía con sus pares, y la cosa era de coger tribuna. Nadie se dejaba vencer, y al fin, para evitar injusticias que provocaran hechos mayores, se declaraba empatado el concurso.
En la sola calle San Juan los principales cafés que existieron, con peligro de alguna omisión, fueron:
Estos establecimientos fueron los más famosos, los más grandes, donde los hombres muchas veces pasaban la noche bebiendo abundantemente, para luego, tras tomar un baño improvisado ,salir a trabajar en mecánica, en las cómodas de la plaza de mercado, como coteros, en fin, en toda esa formidable gama de trabajos con que Guayaquil engrandecía a sus hijos, esposos y adoradores.
En contraste con estos establecimientos existían los cafés de Lovaina, El Fundungo, Venecia, La Toma, Las Palmas, etc, típicos de zona de prostitución. Todos ellos vendían licor y eran utilizados para hacer contacto con sus pupilas o con las muchachas de las casas que estaban mal. Ellas salían al rebusque de clientes y entre baile y baile los entusiasmaban y… nuevamente regresaban a la casa donde había un salón o al comedor, incluso en un patio cubierto con vidrios con un café y los mismos servicios de los accesos directo desde las calles, solo que la alcoba a mano y manejado por un marica que no toleraba ni cantinazo ni conejo.
Fuera de estos cafés, estaban los que podríamos llamar la élite, no por discriminación racial sino por la calidad del servicio. Los dos mejores exponentes fueron el Café Londres y el Mora Café.
Antiguamente los cafés, al menos los más importantes, tenían, fuera del salón comunitario donde se atendía la clientela, un servicio de baños públicos con muy buena demanda debido al hecho de que disponían permanentemente de agua fría y caliente, siendo esta última bastante escasa en las casas de familia, aunque tuvieran la famosa tina del fogón de reverbero, dado el número de hijos y parientes que vivían en la misma. A causa de ello, el agua caliente se terminaba rápido, y normalmente el padre y los hijos mayores se bañaban en los cafés cuando no querían esperar hasta la hora del almuerzo.
Estos establecimientos suministraban todo en calidades óptimas, por ello, en los baños se encontraban las toallas lavadas, planchadas, aromatizadas y precintadas con una garantía de perfecto aseo y limpieza. Los asientos eran muebles de Viena y las mesas tenían sus tapas en mármol y ciertos licores se vendían en copas de cristal, el brandy por ejemplo. Los servicios fueron atendidos por meseros hasta su desaparición, la cual coincidió con la generalización de las meseras en todos los cafés de bohemia, siendo muy contados aquellos en que sobrevivió tal costumbre. Claro que las meseras no dejan de dar un encanto especial al servicio… aunque cuando tienen el amigo al pie el servicio se va al traste.
Tal vez el primer café del centro que dio las pautas para los cafés importantes fue La Viña.
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