Sinfonía porno

por ANDRÉS DELGADO

Número 18 Noviembre de 2010

Doble penetración y Analización sexual son las películas que se presentan esta semana en el Teatro Sinfonía. Las aventuras en el sexo y Juegos de leche son los estrenos para la siguiente. Fernando González, el filósofo de Envigado, decía: “Pornografía es tenerle miedo a la vida, tener los instintos vitales encapuchados en la oscuridad de la vergüenza”.

1

Son las 6:30 de la tarde y el centro de Medellín hierve en la congestión. El Sinfonía está ubicado en Sucre, entre Caracas y Maracaibo, donde a esta hora fluye lenta una cola de carros. Cientos de empleados vuelven a sus casas. La taquilla del teatro es un local al borde de la calle. Los afiches explícitos están a un paso de los transeúntes. En los 90, cuando pasaba con mis amigos del colegio por esta calle, mirábamos con desengaño la taquilla, frustrados por no ser mayores de edad. Siempre tuve curiosidad por esta vaina. Detenido en el corredor del teatro, escucho un taconeo que se aproxima. Giro y cruzo la mirada con un par de secretarias. Miran los afiches, se ríen, y siguen taconeando. Se burlan de mí, que sigo ojeando solitario la cartelera.

El horario se prolonga desde las 10 de la mañana hasta las 11 de la noche, de lunes a lunes, en función continua. A lo largo del día repiten dos pelis. Cada semana se renueva el cartel. Uno podría ingresar a medio día y quedarse la tarde entera encerrado allí, todo por 5 mil quinientos pesos. Según Simón Posada, en su Diccionario arbitrario del porno, “la clasificación triple XXX concierne al grado de desnudez: una x para los senos, otra para el trasero y otra para la vagina”. Por otra parte, Salman Rushdie, el novelista británico que vive en permanente amenaza de muerte por los musulmanes radicales, es uno de los más famosos defensores de la pornografía. Según él, es un indicador de la libertad de expresión en cada país. En la entrada del teatro me acerco al portero y le pregunto cómo están las películas. “Muy buenas, muy buenas”, me dice desganado. Entonces me voy a la taquilla y pago. A juzgar por la indiferencia del portero, en esta sala de cine lo que menos interesa es la proyección en la pantalla.

Boleta en mano, paso al siguiente pasillo. Levanto unas pesadas cortinas rojas y me sumerjo en aberraciones y jadeos. A diferencia de los teatros contemporáneos, al Sinfonía se ingresa por la parte superior. Así que me encuentro de frente con una delirante pareja que folla desde la pantalla. Me detengo a ojear el entorno. Desde atrás, veo cabezas desgranadas por las filas. El Sinfonía es un teatro de antaño. En total hay quinientas sillas —un teatro comercial tiene 170-. La sala es enorme. Alrededor hay sujetos de pie, apoyados en las paredes. Con la escasa claridad puedo verlos y todos ellos me clavan la mirada. Lo mejor es seguir adelante.

Me siento en mitad de una fila desocupada e intento relajarme. El protagonista termina la escena disparando sobre el rostro de la chica un potente chorro de jeringa. Según las costumbres del Japón feudal, para castigar a una mujer infiel varios hombres eyaculaban en su cara.

La película concluye y las luces se encienden. Nadie se levanta. Todos esperamos que comience la siguiente. El recinto queda en silencio. Echo una ojeada y compruebo que todos somos hombres. Aquí y allá hay varias parejas de ellos. Empieza a sonar música de vaqueros, es un far-west de Frank Pourcel. Al cabo de unos minutos se apagan de nuevo las luces. De manera inesperada, un sujeto se acomoda en el extremo de mi fila. “Normal”, pienso y me escurro en la silla, sentándome casi en la espalda. Sé que el tipo me está mirando. Giro la cabeza y lo confirmo. Se trata de un gordo, calvo y barbado, con las cejas tupidas. Respiro con calma y no vuelvo a determinarlo. En la pantalla aparece una chica con cara de folladora profesional. En la oscuridad, el gordo se levanta y recorre la fila para sentarse cerca, a una silla de distancia. Me parece que puedo ser obligado a una locura. Puede ser que sea tiempo de terminar con mi reportería. Para enviarle un mensaje al gordo lo miro con la cara más brava que sé fingir, una cara que he practicado en el espejo de mi baño. El hombre me devuelve la misma expresión. Nos miramos con el cejo fruncido. Resoplando, vuelvo a la pantalla. La protagonista procede a meterse en la boca, por turnos, las vergas de cinco sujetos.

Mientras tanto, siento en el cuello la mirada incisiva del gordo. Mi paranoia aumenta. La mujer chupa y chupa. Está feliz. Mi vecino estira la rodilla y, sobre ella, apoya una mano. Mi pierna ha quedado a una breve distancia de su mano regordeta. Su intención es clara. De modo que me levanto de un tirón. Camino apresurado por el flanco contrario y busco la salida por esa interminable fila de sillas. Me largo terriblemente asustado. Cuando cruzo a toda prisa delante de los tipos que están detenidos en las paredes me siguen con la mirada. Me observan, como a una puta pasar por la calle.

2

Luego de la primera experiencia tras las cortinas rojas, vuelvo al día siguiente para hablar con Héctor Sierra, el administrador. Tal vez don Héctor me explique la dinámica en el interior de la sala. A medida que hablamos, detenidos en la taquilla, varios sujetos pagan su ingreso. Al principio de la conversación don Héctor no quiere hablar demasiado, se queja de los reportajes que han dejado por el piso la reputación del Sinfonía. Pienso en el episodio con el gordo. ¿Pudo suceder algo grave ayer? Para suavizar la cuestión, le pregunto por la historia del teatro.

En 1942 se construyó el teatro Salón España, y en los 60 se convirtió en las instalaciones de Radio Sinfonía, una emisora. Al finalizar esa década volvió a ser sala de cine, ahora bajo el nombre de Teatro Sinfonía. Los dueños eran Bernardo Giraldo Zuluaga y Jorge Tobón Villamizar. Inicialmente se presentaron westerns y películas de artes marciales. Más tarde llegó el cine erótico, con películas de argumento, música y exteriores. En 1973, en el gobierno de Misael Pastrana Borrero, llegaron las películas del destape. El Sinfonía se consolidó como el primer teatro de la ciudad que presentaba sólo películas de contenido sexual. Don Héctor dice que las filas llegaban hasta Junín. Actualmente, las películas que se proyectan son de origen norteamericano, italiano y francés, y se alquilan desde Bogotá. Las películas de 35 mm se acabaron. Ahora sólo se proyecta formato DVD. Todo es carreta, porque a mí lo que me interesa son las historias que don Héctor no me quiere contar.

Según don Héctor, la sala es fácil de vigilar.
—¿Le parece fácil? —le pregunto.
—La idea —dice— es que la gente se comporte bien.
—¿Adentro puedo tomar licor?
—No.
—¿Puedo venir con mi novia?
—Sí, siempre y cuando ella se haga responsable de todo lo que le pase.
—¿Y qué podría pasar?
—Entre ustedes dos, se pueden acariciar.
Me dice que si vengo con mi novia seríamos rodeados por algunos espectadores. Según él, es seguro que empezarían a tocarnos. Don Héctor, por fin, suelta la lengua. Los sábados las mujeres entran gratis, pero no pueden cobrar por sus actividades. El teatro es un sitio de recreación y no de trabajo. Recuerdo a una actriz que decía: “La diferencia entre el sexo a cambio de dinero y el sexo gratuito es que el sexo a cambio de dinero resulta más barato”.
Ahora, quiero saber si pude ser acosado físicamente anoche.
—¿Don Héctor —repunto yo—, ¿y si vengo solo?
—Lo mismo dice, alguien vendrá a buscarlo.
—¿Y si me paso de lugar?
—En cualquier parte que se siente, volverán por usted.
—Pero ¿puede suceder una agresión?
—¡No, hombre! don Héctor se ríe. ¡Cómo se le ocurre!

Mientras me habla recibe los tiquetes de los espectadores, todos ellos son sujetos que oscilan entre los 30 y 60 años, con presencia muy masculina. Todos saludan. Es muy frecuente encontrar voyeurs que pasan la tarde entera esperando a que suceda algo en la sala para ir a presenciar en vivo. Hay un hombre que trae a otros dos, para verlos acariciarse. El 80% de los espectadores son clientes que vienen regularmente y entre ellos se conocen los gustos. Hay un cliente, un viejito, que pregunta desde la taquilla: “Don Héctor, ¿hay mujeres adentro?” El caso es que no las haya, el cliente responde: “Entonces vuelvo más tardecito”. Si don Héctor afirma, sale disparado para la taquilla. El público, en su mayoría gay, no se conforma sólo con mirar. Lo que sucede entre la silletería supera fácilmente las películas que se proyectan. Con la complicidad de la penumbra los clientes dejan de ser espectadores aburridos y pasan a ser protagonistas de sus propias escenas. Para Andrew Blake, que dirigió varias películas de Playboy, “el ser humano hace pornografía para inmortalizar sus actos sexuales”. Pero en estos teatros lo que menos interesa es el cine.
—Acá se puede hacer de todo le digo. ¿Cuál es el límite?
—Penetraciones, y para evitarlo se vigila constantemente con una linterna.

3

El Teatro Sinfonía es fácil de vigilar porque es de una sola planta, a diferencia del Villanueva, que tiene tres pisos y 600 sillas. Son los últimos dos teatros de cine porno en Medellín. Anteriormente había una pléyade de cinco teatros X: además de los que sobreviven estaban el MetroCine, en Bolívar con San Juan; el Radio City; en Maracaibo; y el Capitol en Palacé. Varios de estos cines se convirtieron en centros de oración. Ahora que las salas X están en vía de extinción por culpa de internet y de las cabinas privadas de videos, ¿adónde van a ir estos sujetos a no ver películas?

En el Villanueva, ubicado en la esquina de Bolívar con Caracas, converso con Hugo Rivera, el administrador. Al contrario de don Héctor, don Hugo no tiene pelos en la lengua para contarme las historias de su teatro. El atractivo de la sala reside en que los asistentes pueden ir rotando libremente por las sillas masturbándose unos a otros. Tomo nota. Me narra la historia de un sujeto que cada ocho días ingresa con su mujer para que la manoseen mientras se masturba. En Tokio hay gente que se gana la vida haciendo donaciones de esperma, a los espectadores del Villanueva se les está escurriendo el dinero entre las manos.

En su libro Plegarias atendidas Truman Capote dijo que “la pornografía ha sido muy mal interpretada, ya que no fomenta maníacos sexuales ni los manda a dar vuelta por las callejuelas, sino que constituye un bálsamo para los sexualmente reprimidos y no correspondidos, ya que, ¿cuál es el fin de la pornografía sino estimular la masturbación?”

Entre historias de pajas, voyeurs, gays y mamadas, don Hugo dice que prohibió la entrada a travestis porque “vienen a pelear por hombres”. En otras ocasiones ha ingresado a la sala con una linterna para lidiar con tres o cuatro herramientas por fuera de sus cremalleras. Además, ha llegado a encontrar pruebas de coprofagia. En varias ocasiones lo han visitado funcionarios de Salud Pública. Le han preguntado por qué hay tanta servilleta en la sala, papel higiénico y condones. Entre una y otra amonestación, los funcionarios públicos se van del teatro. Le pregunto si conoce alguna regulación legal que controle el funcionamiento del negocio. Me dice que no, pero asegura pagar toda clase de impuestos legales.

A la salida del Villanueva don Hugo me dice que a la clientela no se le puede pedir que rece un rosario mientras ve una película triple equis. Pienso en el gordo barbado del Sinfonía. Es seguro que anoche libró el pago de la entrada con otro sujeto. Menos mal no fue conmigo.

El cartel de Medellín

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ • Fotografía de Luigi Baquero

Número 17 Octubre de 2010

Los golpes para acabar con el cartel todavía no llegan hasta la carrera 54 con Avenida de Greiff. Allí, en un minúsculo taller en claroscuro, que parece un grabado de Rembrandt, encontramos a todos los tipos reunidos. Son de madera fina y están dispuestos por familias de la A a la Z. El jefe de todos ellos es un artífice a la sombra, que los ordena para sacar a la luz pública toda suerte de anuncios. Ramiro Gómez, también conocido como El Horchero, mueve él solo toda la maquinaria desde hace más de cuarenta años.

Mientras los carteles de Cali y de Bogotá son más vistosos, dice Ramiro, el de Medellín es más barato y efectivo. Se pueden hacer cien por setenta y cinco mil pesos; se entregan en ocho horas y en poco tiempo están pegados por toda la ciudad.

La historia de este cartel empieza en 1926, cuando Mariano Casas, oriundo de Horche, España, viajó a Medellín en busca de fortuna, porque le hablaron de esta ciudad como La Tacita de Plata. Entonces trajo consigo una máquina que ni siquiera los gitanos conocían. El artefacto venía a su vez de Wurzburg, Alemania, de la casa Koenig and Bauer. De la misma estirpe que la imprenta de Johannes Gutenberg, en la que se imprimió la famosa biblia de 45 letras, ésta prometía ser lo último en guaracha. A diferencia de Johannes, un inventor que terminó arruinado por los prestamistas, Casas salió adelante y su cartel produjo la mejor impresión desde entonces.

En los setenta, los movimientos sociales y políticos le dieron mucho trabajo al taller. Ramiro, por esos tiempos recién contratado, recuerda que el cartel era el medio favorito para convocar a las asambleas estudiantiles y de sindicatos. “Era tanto el trabajo que nos apareció la competencia de Carteles Impacto y de la Editorial ABC”.

Diestro en prensa y chibaletes, Ramiro es capaz de armar palabras y componer la diagramación, sin regletas, a puro ojo, en el componedor. Da la impresión de que con los ojos vendados podría encontrar rápidamente una jota o una tilde. Aún así, no faltan los errores ortográficos: “El más berriondo fue una vez que escribimos Manizales con zeta las dos. Ya habíamos impreso 1.500 carteles”. Y como la ortografía corre por cuenta del tipógrafo, desde ese momento se armó de un Pequeño Larousse editado en el cincuenta. “Ahora, en cambio, se ha vuelto moda escribir con errores para llamar la atención”.

En contra del proverbio que señala que una imagen vale más que mil palabras, el cartel Horche parece decir sólo que la letra con tinta entra. Con la mera tipografía ha difundido mil eventos: desde corridas de toros hasta bazares de parroquia. O desde asambleas sindicales hasta encuentros pentecostales. Algunas empresas, ya vacas sagradas, como El Águila Descalza, en su época de vacas flacas tuvieron que acudir a la ayuda del cartel (Horche) para anunciar sus espectáculos.

Ramiro recuerda aquellos días en los que imprimía anuncios de los partidos del Medellín y del Nacional. Ambos le pedían que fuera a cobrar sus letreros en el intermedio de los cotejos, y le pagaban según como les hubiera ido en la taquilla. El entuerto empezaba antes, a la hora de pegar el aviso en la calle, cuando un hincha se lanzaba contra el cartelero y le decía, en tono poco amistoso: “¡Hey, llave, no tapés el de mi equipo!”.

Adrian Carvajal, cartelero de oficio, ha vivido desde chiquito la guerra de carteles. “Aquí gana el que más pegue, dice, y cada vez es más difícil. Quitaron los sitios donde podíamos pegar y enseguida nos regañan”.

A veces cuando un cartelero se encuentra con otro, en la pugna por un pedazo de muro, se escucha una frase como: “No me rompa el mío, más bien péguemelo encima”. En ocasiones Adrián ha visto los carteles que acaba de pegar con tachones e injurias. “Una vez en la plazuela de San Ignacio puse un cartel del senador Robledo, del Polo Democrático, y luego lo encontré todo rayado con una frase: Farsante de las Farc”.

El cartel artesanal, como se sabe, fue el soporte de los libelos políticos y de las proclamas de independencia en el Nuevo Reino de Granada. Dos siglos después, por estos lares, en épocas reeleccionistas, don Ramiro se sorprendió de ver entrar a un tropel de periodistas de televisión que venían a interrogarlo por un aviso Horche que decía: “No más Uribe Vélez, no a la reelección”. ¿Quién había sido el osado que pretendía ir en contra del rebaño? Los reporteros querían saberlo de inmediato, nombres y teléfonos. Pero don Ramiro, hombre de letras, se quedó más mudo que una hache.

El Horchero, por fortuna, no ha recibido mayores agravios. Extraña sí, aquellas décadas en las que todavía le daban propina por el cumplimiento y podía tirarse alguna canita al aire. “Al cartel le han dado muy duro, comenta. Antes había muchos bailes en los barrios que hacían propaganda con él. Había bingos también; pero todo eso se ha ido acabando. La gente tiene miedo y si dejan bailar reguetón, es sólo de seis a nueve. ¿A quién se le ocurre?”.

Por eso, el taller se ha vuelto un sitio más silencioso, donde se va a jugar ajedrez, a conversar y a recordar las viejas épocas del propietario español, don Mariano Casas, que se pavoneaba por su empresa comiendo pan negro con cerveza.

Mientras se le reducen espacios al cartel, hay otros que ya lo declaran anacrónico, dicen que éste, al lado de internet, ya huele a gladiolo. Ver a alguien en una esquina, con un montón de avisos por pegar, un tarrito de engrudo y la moto prendida por si acaso llega Espacio Público, puede que sea ya una estampa pastoril, digna de Melitón Rodriguez. Y aún así, el cartel de Medellín es tal vez, como los discos de acetato y el dequeismo, un bien preciado que no quiere morir.

Fernando Mora Meléndez

Terremoto

por CRISTIAN ALARCÓN

Número 12 Mayo de 2010

Crecí escuchando relatos de terremotos y tsunamis. Sonia Casanova, mi madre, me debe haber narrado una decena de veces lo que pasó esa tarde del domingo 22 de mayo de 1960, cuando mi tío Raúlcho dejó una botella de chicha de manzana sobre la mesa antes de que el terremoto comenzara. Los Casanova habían sentido un primer temblor, apenas un aviso de lo que se vendría. Raúlcho, que tenía diez años, avisó: “¡Ahí se viene el otro!”.

Y la botella de chicha comenzó a agitarse como si la batieran. Mi madre lo recuerda porque temió que se quebrara y eso desatara un huracán de mal humor en mi abuelo Isaías, que por ese tiempo, sin un trago cerca se ponía de mal genio y no había santo que lo aguantara.

Aquel 22 de mayo, pasado el mediodía, mi madre, mis abuelos y mis tíos apenas habían escuchado un rumor sobre que en Concepción, al norte, había temblado la tierra. Nadie sabía que el día anterior, a las 6.06 de la mañana, un sismo de 7,75 grados había derrumbado dos mil casas, un puente de dos kilómetros sobre el río Biobío, y matado a 125 personas. Al fin y al cabo, en el sur de Chile, no es nada raro que la tierra se mueva, un poco, de vez en cuando.

Eran las 14.55 del domingo cuando Raúlcho gritó que se venía el otro, y la familia Casanova salió corriendo del inquilinato cercano a la estación del pueblo de La Unión, donde todavía viven muchos de ellos. Mi abuela Aura había parido a los mellizos, Ivonne e Iván, hacía pocos días. Había sido un parto terrible. Mi madre, de doce años, había tenido que asistir como enfermera a la matrona en un cuarto de la casa. Todos estaban obnubilados con la niña, Ivonne, porque era la primera mujer después de seis varones. Y porque había nacido por el milagro que logró un conjuro: como la beba venía atravesada, la meica —el nombre mapuche de las parteras— mandó a mi madre al patio a traer una gallina negra con la que santiguó el vientre de Aura para que Ivonne saliera. La bebé se enderezó de pronto y nació, pero azul y sin aire. La meica puso el pico de la gallina sobre la boca de la niña y la exhalación del animal la hizo respirar. Lloró, vivió y hoy es mi adorada tía Ivonne.

La fascinación por la niña Ivonne hizo que, al escapar, los Casanova de la casa que se doblaba y crujía sobre sí se olvidaran del mellizo, Iván. Mi madre se dio cuenta cuando ya estaba en la calle y sin pensarlo regresó por el bebé. Iván lloraba en una cuna bajo los techos de una madera que comenzaba a astillarse. Ella lo abrazó y salió dando los trancos más largos que pudo, con el niño en brazos. Corría por la calle Caupolicán cuando sintió el rugido del terremoto, un sonido sordo y cavernoso que aterroriza antes de remecer. Mi padre, que lo vivió entonces en medio del campo, lo describe como “miles de caballos galopando al mismo tiempo”. Entonces —y ésta es la imagen que Sonia Casanova jamás olvidará, que jamás olvidaré— la tierra se rajó bajo sus pies. Sonia simplemente abrió las piernas, como quien juega a la rayuela dispuesto a llegar al cielo. La tierra volvió a cerrarse sobre sí. Los Casanova se salvaron. Subieron a una colina del pueblo y allí pasaron los siguientes días, soportando, como los sobrevivientes de hoy en el Biobío y el Maule, las incontables réplicas del terremoto. Luego pasaron dos años como allegados en casas de parientes y amigos. Hasta que les entregaron una nueva y reluciente, en la Aldea Campesina Georgia, que lleva el nombre del estado norteamericano que la hizo construir. Sus habitantes son sobrevivientes del Gran Terremoto de Chile, como se conoció el sismo del 60.

El tiempo pasó, mi madre, ya una joven, se volvió enfermera, y luego, al comienzo de la dictadura, nos refugiamos en la Patagonia argentina. No volvió a sentir movimientos de la tierra y quedaron las historias que nos contó. Hasta estos días, en que se le hace difícil dormir y no puede evitar tener el canal chileno las 24 horas puesto en su casa de Cipolletti. Ayer me recordó algo de lo que hoy les cuento. Y se confesó, entre risas, un tanto asustada por los rumores que circulan en el Alto Valle: dicen que harán sonar la sirena de emergencias porque el temblor en el lago Huechulafquen del lunes pasado produjo una fisura en la represa del Chocón, que podría desbordarse. Dicen que habría que correr hacia las zonas altas del valle. El Organismo Regulador de Seguridad de Presas (Orsep) ya desmintió esos infundios. Igual, verdad o mentira, ahí sigue mi madre, valiente como entonces, jugando a la rayuela desde la tierra al cielo, ida y vuelta, a salvo del temblor.

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por RUBÉN VÉLEZ // No creo que Medellín sea la más educada. Eso sí, es la menos aburrida. Su parque principal ya es el escenario de dos circos. Uno de ellos, el más conocido, se llama “El show de La Danny”. ¿Qué nombre darle al otro? ¿”El don de la vida” o “La alharaca de Vallejo?”