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por MAURICIO LÓPEZ RUEDA // Cuenta don Fernando Restrepo Restrepo Restrepo que el bar Perro Negro emergió de la Plaza Cisneros por allá en 1917, como una agencia de abarrotes donde podían comprarse escopetas, revólveres y dinamita; y donde los temerarios podían empujarse tragos de ron o aguardiente antes de marcharse a fusilar a sus enemigos.
Inmunidad de calle
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Por DANILO ARIAS Y PASCUAL GAVIRIA
Fotografías de Juan Fernando Ospina
Durante la primera semana de febrero, en una habitación del albergue operado por la Fundación Hermanos de los Desvalidos, se recuperaba el único caso de covid-19 en habitantes de calle que en los últimos días había identificado la secretaría de Inclusión Social, Familia y Derechos Humanos en Medellín. Separados en otras habitaciones estaban al menos veinte colegas de calle enfermos de tuberculosis.
Mientras que la ciudad y el país esperan por la inmunidad de rebaño, bien sea por el crecimiento de los contagios o la aplicación masiva de vacunas, se podría decir que la población que vive en la calle ha pasado por una pandemia que impuso algunos muros y algunas puertas y que, al parecer, ha dejado altos índices de letalidad. No se trata de una suerte de inmunidad propia, pero sí hay condiciones referidas a la edad, a su forma de vivir, a sus contactos y a sus posibilidades de testeo que los convierten en un rebaño muy singular, un poco alejado de las curvas probables y los modelos más predecibles.
En tiempos en que los protocolos de bioseguridad y los hábitos de higiene se promulgan como una religión, podría pensarse, por lógica elemental, que la población más lejana a los nuevos rituales de la asepsia sería una de las más expuestas a los estragos del coronavirus. No es fácil, además, la aplicación de los protocolos de bioseguridad, en realidad de ningún protocolo, entre quienes viven en una especie de estado de necesidad permanente.
De acuerdo con registros de la alcaldía, desde que inició la pandemia y hasta el pasado 23 de febrero, en la ciudad se habían identificado 230 casos positivos en habitantes de calle y solo uno de ellos ha muerto por coronavirus. En el censo de 2019 el Dane estimó que en la ciudad viven 3214 habitantes de calle. Actualmente la oferta institucional de Medellín atiende, de diversas maneras, a 2054 usuarios, 1160 menos que los señalados por el censo. Respecto a la cifra de contagios es necesario decir que siempre habrá un gran subregistro, una diferencia entre los casos positivos confirmados y los casos totales. El virus va más rápido que las pruebas. Algunos expertos han hecho cálculos —en poblaciones determinadas, bajo parámetros de comportamiento y testeo identificados— según los cuales es necesario multiplicar por siete el número de contagios confirmados para hacerse una idea cercana al total de contagios. Por supuesto no es una regla de tres y para tener relativas certezas se hacen las pruebas de seroprevalencia, especies de muestreos al azar, como si fuera una encuesta, para ver el avance del virus en una muestra representativa.
En los habitantes de calle las condiciones son muy particulares: no hay protocolos pero no comparten en espacios cerrados como transporte, hogares y trabajo donde se sabe se da el mayor número de contagios; buscan atención médica en casos extremos y comparten elementos para el consumo de drogas; tienen poco contacto con población que no hace parte de sus espacios de vida en la calle. Además, como veremos, han tenido un importante acceso a las pruebas para detectar el coronavirus. De modo que no es sencillo hacer comparaciones del comportamiento del virus con la población de la ciudad en general y con quienes pasan por algunos de los sitios de atención que ofrece Medellín para habitantes de calle.
Ante la realidad que impuso la pandemia, la administración municipal, siguiendo la Política Pública Social para los Habitantes de Calle que existe en Medellín desde 2017, continuó con la labor asistencial con cambios necesarios en algunas de sus condiciones.
El Centro Día 2, ubicado en la calle 57 con Cundinamarca, y cercano a la estación Prado del metro, es el espacio más grande de atención, con una capacidad diaria de 440 personas, que por cuestiones de distanciamiento físico se redujo a la mitad.
“Hablamos con ellos y les manifestamos la situación. Si bien les dijimos que esta era su casa, dejamos abierta la posibilidad para que decidieran quiénes debían quedarse y quiénes podían liberar un cupo, con el compromiso de no estar saliendo y entrando constantemente”, recuerda Cristina Cardona, coordinadora general del proyecto Habitante de Calle que, desde inicios de 2020, es operado por la Universidad de Antioquia a través del Parque de la Vida.
Algunos de los que no pudieron acceder al Centro Día, sobre todo adultos mayores y personas con enfermedades preexistentes, fueron ubicados preferencialmente en pensiones y hoteles cercanos, contratados por la alcaldía, que a lo largo de la cuarentena los acogieron con posibilidades de alimentación.
Si para toda la ciudad el confinamiento fue difícil, para la población en situación de calle fue un ofrecimiento de cuidado muchas veces imposible de aceptar. Centro Día pasó de ser un lugar de atención transitoria para convertirse en su hogar. “Muchos, por su nivel de dependencia de la droga, abandonaban la cuarentena, salían a consumir y sabíamos que no podíamos desperdiciar recursos, así que decidimos continuar recibiendo personas en reemplazo de los que salían”, comenta Cristina.
Al principio, las admisiones se abrieron día por medio y posteriormente, con la flexibilización de las medidas gubernamentales y la baja detección de casos positivos, la posibilidad de guardar la cuarentena en el Centro Día se amplió a cualquier día de lunes a viernes. Eso sí, el derecho de admisión fue reservado. Antes de ingresar, no solo había estrictos protocolos de desinfección, sino tamizajes y se hicieron 885 pruebas de covid en todos los niveles de atención del programa. La secretaría de Salud hizo algunas pruebas adicionales de manera aleatoria. Los casos positivos fueron aislados y atendidos en una carpa especial donada por la Organización Internacional para las Migraciones que se mantiene hasta hoy en el patio central de la sede principal. Eso significa que al menos a un 30 por ciento de la población que, según el Dane, vive en las calles de Medellín se le ha realizado la prueba; si se toma en cuenta la cifra de quienes reciben atención institucional el porcentaje de los testeados llegaría casi al 45 por ciento. En Medellín se habían realizado —hasta el 22 de febrero— 628 979 pruebas, según proyecciones del Dane al terminar el 2020 la ciudad tenía 2 930 000 habitantes, de modo que al 21 por ciento de los ciudadanos se les ha realizado la prueba, un poco menos si tenemos en cuenta que algunas personas se han hecho más de un testeo. Es claro entonces que los habitantes de calle han tenido mayores posibilidades de conocer su condición de sanos o contagiados que la mayoría de los habitantes de casa. Y su positividad —casos confirmados frente a las pruebas realizadas— ha sido más baja que la del total de la población en Medellín: mientras para ellos es del 22 por ciento para el total de habitantes es cercana al 29 por ciento.
Las dudas frente al comportamiento del virus, la incertidumbre frente a la vida y el cansancio por el confinamiento también llegó a los habitantes de calle y entre aquellos más receptivos y atentos a la información que circulaba y los más incrédulos y escépticos, se usaron distintas estrategias para soportar el encierro y la abstinencia: videoconciertos, talleres, música, baile, los juegos de mesa y de calle…
“A nosotros nos tocó cambiar el diario vivir. Teníamos que hacer muy amena la estadía de los usuarios, hacer contención emocional y diversificar actividades. Se fueron celebrando las fiestas: Semana Santa, feria de flores, Día de la madre, Día del padre. Dijimos que teníamos que seguir viviendo como todo mundo, pero al interior de la sede”, explica Cristina.
En un pequeño círculo afuera de la oferta institucional están aquellos que no lograron un cupo en el Centro Día o en algún hotel o pensión. Sin embargo, en tiempos de covid cualquier ducha es trinchera. Por eso, apelando a la figura del autocuidado, la administración municipal habilitó puntos transitorios de higiene que se mantienen hasta hoy y atienden un promedio diario de cuatrocientos habitantes de calle.
En contenedores adecuados con duchas y pocetas los usuarios reciben al ingreso en una mano un trozo de jabón, para el aseo personal y su ropa, y en la otra una ración de champú. Los puntos se encuentran instalados en zonas estratégicas del Centro, como las ruinas del Bazar de los Puentes, el sector del río cercano a Barrio Triste, la Oriental con San Juan y otro más que operó hasta el 31 de diciembre en los bajos de la estación Prado del metro.
La posibilidad de un baño, una comida o un momento de descanso marcan la diferencia. Los contrastes son acentuados entre aquellos que pueden y quieren acceder a algún tipo de atención y aquellos que no. Aquí sí alegan una inmunidad de calle. Los que no acuden a los programas parecen no creerle a una pandemia que ya ha cobrado la vida de más de dos millones y medio de personas en el mundo, acaso porque tienen urgencias que solucionar o porque el bicho nuevo llega como una amenaza que se suma a otras viejas conocidas como la tuberculosis o las gripes estacionarias tan comunes en la población habitante de calle.
Tal vez uno de los sectores más críticos en el Centro de la ciudad sea el Bronx, en Cúcuta con La Paz. En un día normal, casi a mediodía y en la cuadra más densa, pueden aglomerarse hasta ochocientas personas para las que no existe el distanciamiento físico ni lavado de manos ni tapabocas, y el alcohol antiséptico no se desperdicia en funciones de lavado sino en la coctelería primitiva.
En la acera de la cuadra con mayor posibilidad de sombra se arruman casi todos; algunos duermen en el piso, la mayoría consume y otros están pendientes de algún juego de azar o de aquello que puedan rebuscarse en la basura. Es tanta la gente que cualquier vehículo que pasa debe hacerlo despacio y pidiendo permiso.
Al frente, en la otra acera, en varias chazas cubiertas con plásticos negros para protegerse del sol, se exhibe como bufé una amplia variedad de estupefacientes que se pregonan y se ofrecen a todo el que pasa ojeando la mercancía. Hasta esa zona también llega la institucionalidad pero de una forma diferente: cada tanto los visita la tanqueta acompañada de hombres de negro que reparten bolillo a todo lo que encuentran en su camino con el fin de “limpiar la zona”, unas horas después del operativo continúa la dinámica como si nada hubiera pasado.
La inexistencia de protocolos mínimos de bioseguridad en medio de una pandemia que podría resultar escandalosa para buena parte de la ciudad está acompañada de una incredulidad ambiente: “Aquí no ha llegado eso, no se han llevado el primero [muerto] por covid”; “Sí nos hemos enfermado de la gripa, pero nos hemos encerrado cuatro o cinco días en la casa, nos pasa eso y a trabajar otra vez”; “¿Covid? No, amor, no sé qué es eso…”; “La pandemia empezó y yo no he escuchado que se murieron diez o veinte. Esa gente se ha muerto es de sobredosis y de ese chirrinchi”.
Las percepciones son compartidas por externos que siguieron la cuarentena de cerca en el sector. “Yo nunca llegué a ver personas enfermas. Creo que esta gente es muy inmune, porque la inmunidad se genera a partir de enfermarte, y vivir en la calle implica estar infectándote todo el tiempo. Más bien los vi afectados en su cotidianidad, porque ellos viven de la actividad del Centro, que estuvo cerrado por un buen tiempo”, menciona Jorge Calle, un fotoperiodista que ha centrado su trabajo documental desde hace más de diez años en esta población.
El interés de Jorge en el tema y la alianza con una abogada, Nataly Cartagena, lo motivaron a iniciar desde hace varios años con Everyday Homeless (Cada día sin casa), un colectivo que hoy reúne a más de treinta voluntarios, entre antropólogos, politólogos, abogados, periodistas y psicólogos, que se hicieron presentes con la población habitante de calle, especialmente en el Centro de la ciudad, durante la pandemia.
“Nosotros salimos casi todos los días de cuarentena y trabajamos con recursos propios o donaciones. Veníamos, los hacíamos hacer una fila ordenada, los desinfectábamos, regalábamos tapabocas y les repartíamos alimentos, algunas veces preparados y otras veces para cocinar”, recuerda Jorge.
A pesar de estar en orillas separadas (institucionalidad y sociedad civil), Cristina Cardona y Jorge Calle coinciden en la respuesta cuando se les pregunta por el motivo del relativo bajo contagio y la alta mortalidad en habitantes de calle por covid, por lo menos en el Centro. Ambos apelan a esa inmunidad de calle.
“Desafortunadamente aún no hay un estudio, lo hemos discutido entre el equipo de profesionales del proyecto, no lo sabemos, pero lo que asumimos es que puede ser un asunto de socialización: el habitante de calle no se monta a un metro, no se monta a un bus, ellos están ahí, están agrupados y son los mismos. Pensamos que esto iba a ser una cosa masiva, pero más fácil personas externas al contexto son quienes tienen mayores riesgos de contagiarlos”, manifiesta Cardona.
Los datos de la alcaldía hablan de un solo habitante de calle muerto por covid. Sin embargo, la Funeraria San Vicente, encargada del contrato público con la administración municipal para la cremación o el entierro de habitantes de calle, registra, entre noviembre de 2020 y enero de 2021, 42 servicios prestados a esta población, entre los cuales en siete casos se activaron los protocolos de disposición final por covid confirmado o sospechoso. El año anterior el contrato lo tuvo la Funeraria Medellín y al momento de terminar este artículo no logramos establecer la cifra de habitantes de calle que murieron entre marzo y octubre de 2020 ni a cuántos de ellos se les aplicó el protocolo covid. Sin embargo, es de suponer que se presentaron algunos casos para sumar a la lista de los últimos cuatro meses. Tomando el dato conocido se puede concluir que la letalidad es alta entre los habitantes de calle. El porcentaje se calcula de una forma muy sencilla, el número de muertes sobre el número de pruebas positivas. Medellín tiene uno de los porcentajes más bajos de letalidad entre las capitales de Colombia, hasta el 24 de febrero marcaba 1.81 por ciento; Colombia tiene 2.65 por ciento y en ciudades con un pico que desbordó la atención hospitalaria en algún momento, como Leticia, Barranquilla, Montería, llega a niveles entre el 3 y 4 por ciento. En los habitantes de calle, según el reporte de siete víctimas, la letalidad sería del 3 por ciento, un porcentaje que podría crecer con posibles fallecidos por covid bajo la vigencia del contrato con la Funeraria Medellín. Lo cual podría explicarse por las muy seguras enfermedades de base, por sus condiciones pulmonares y otras muy seguras comorbilidades.
Hay buenos datos, hay pruebas suficientes, hay mejor atención y siete víctimas confirmadas, pero no hay muchas explicaciones, así funcionan las cosas con el covid y la calle, dos incertidumbres en el amplio patio de la ciudad sin techo.
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En medio del océano de imágenes que conserva el Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto hay un mar de parejas posando juntas frente a la cámara. Y entre todas ellas, hay solo una que incluye —además de un hombre y una mujer— una lora. Pero, ¿cómo pasó esto que vemos?
Engullir en Ben-Hur
por ANDRÉS DELGADO • Fotografías de Juan Fernando Ospina
Número 100 Septiembre de 2018
El almuerzo que despacharé al calor del mediodía vale tres mil pesos. El precio de un dólar, una cerveza fría, un paquete de diez cigarrillos Marlboro, doscientos gramos de salsa de tomate. Tres mil pesos. El costo de un kilo de limón Tahití o de lentejas, una libra de maíz pira. La idea es saltarse el desayuno, aguantar hasta el mediodía y salir al bochorno del Centro de Medellín y saciar el hambre con un delicioso almuerzo de combate. Martín Caparrós en su libro El hambre escribió: “Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. No hay nada más frecuente, más constante, más presente en nuestras vidas que el hambre —y, al mismo tiempo, para la mayoría de nosotros, nada más lejos que el hambre verdadero”.
Tejelo es una calle peatonal cerca de la Plaza de Botero. Está dividida por dos ambientes desiguales: un lateral opresivo y atiborrado de legumbres y carnicerías que despachan al calor de las doce del día una libra de garra por setecientos pesos y diez chorizos por cuatro mil setecientos; y otro lateral con una seguidilla de tabernas abiertas y desoladas. Rey de copas, Bar Alaska y Malibú son aburridos bares con pista de baile y mesas solitarias. En la noche todo cambiará. La soledad barrerá el lateral oscuro del mercado y, al frente, el ardor registrará tragos y bailoteo y sonrisas.
Bajando por el lado de las tabernas siento en la panza el dolor de la venganza, el hambre que me reclama. Entonces la veo: Cafetería Ben-hur, mesas y sillas en acero inoxidable y un tablero con precios: sancocho de bagre a seis mil. Entro, me siento y pido “el económico”, sin saber qué carne se sirve. Solo quiero lo más barato.
El señor canoso que me atiende, luego lo sabré, es uno de los hermanos dueños del negocio. Viste camisa de manga corta de botones y pantalón, como si acabara de cobrar la pensión. Tiene gafas gruesas, barriga y un rostro áspero. Traslada mi pedido a la señora detrás de un mostrador. Ella repite su dureza en los ojos. Sobre la esquina plateada de la mesa veo un pegote amarillo, “sopa de ahuyama”, me digo en una apuesta mental.
Arrinconados, dos novios comen sopa y se limpian la boca con besitos. Él tiene gorra, una camiseta ceñida contra su fibra musculosa y los brazos morenos del sol. A sus pies, una caja para limpiar zapatos. Ella con una cola en el pelo que le deja racimos por fuera, una blusa de tiritas sobre los hombros tostados y un tatuaje a medio camino en puntos azules que dice “Brayan”. Qué hambre tan horrible. Al frente una señora espera su almuerzo, resopla de calor, y sobre la mesa, un pequeño canasto hasta el tope de confites y chocolatinas. Por fin llega lo mío. Un plato de sopa de pastas mezcladas con lentejas. Alguna de las dos fue de ayer, nadie adiciona gratuitamente lentejas a las pastas. Y menos en un restaurante de combate. No puedo evitar frotarme las manos. Voy por la cuchara al canasto de los cubiertos y noto que no hay servilleta. En cambio, un papel higiénico blanco envuelve la cuchara. Son cinco pedacitos unidos en una tira. El detalle me conmueve. Y lo aprovecho para darle una severa limpiada a los cubiertos a medio lavar.
La sopa no está mal. Es fresca y alivia mi angustia. El otro plato tiene papa, arroz, una tajada diminuta y frita de plátano maduro, y fría, ojalá no sea también de ayer. Ensalada de zanahoria y repollo. Además, una inquietante y generosa porción de carne cocinada. No sé si comérmela. Pienso en gatos, en caballos, en zarigüeyas. Nada, no importa, nos vamos con ella para adentro, cero-mente-cero-cabeza. Hago fe y me convenzo: es de res. Mastico y vea, me digo, muy rica que está la carne.
En su libro, Caparrós cuenta que en un pueblito de Níger encontró a una mujer que comía harina de mijo. Le preguntó que si comía eso todos los días. “Bueno, todos los días que puedo”, contestó. Caparrós quiso saber qué le pediría a un mago que le diera cualquier cosa, ella contestó que una vaca que le diera leche. “Pero lo que te digo es que el mago te puede dar cualquier cosa, lo que le pidas”, insistió él. “Pues bueno, dos vacas”, repuso ella. “¿Dos vacas?”, se quedó pensando y la señora le dijo: “Con dos sí que nunca más voy a tener hambre”. Y el periodista se quedó pensando que era tan poco, y luego se dio cuenta de que era mucho.
Cuando despacho mi almuerzo y quedo con la panza aliviada, me levanto con la taza de claro en la mano. Me acerco al mostrador, donde atiende la señora con cara agria, muy parecida al mesero. La que manda en el restaurante es ella, hace rato me di cuenta, y no él. “Muy rico el almuerzo”, le digo para intentar bajar la acidez de su rostro, “muy rico, de verdad, me gustó mucho”, y nos sonreímos. Entonces le pago con un billete de cinco mil. Me devuelve dos y volvemos a sonreír. Entonces puedo comenzar a preguntar.
Se llama Blanca Nubia y me cuenta que el negocio es familiar. Lo tienen hace 42 años. “Ahora todos los hermanos estamos pensionados —dice—, mantenemos el negocio, pero esto no da plata como antes”. Cuando comenzaron, Tejelo era una calle con paradero de buses y comercio. En esa época, cuando el edificio Miguel de Aguinaga era ocupado por las Empresas Públicas de Medellín, venían a comer los obreros y empleados. “Fue una época muy bonita, antes de la violencia, después se puso mal el Centro —dice—, la gente comenta que el sector es un atracadero, pero vea esto, ¿no es muy tranquilo?”. Descubro que Blanca Nubia quiere evitar el tema y la imagen negativa del sector. Entonces entiendo su rostro duro. Los años, el trabajo y el pasado turbio de Tejelo han dejado su huella de desconfianza.
“Néstor fue el que comenzó, teníamos panadería, mi otro hermano Luis era su administrador, también trabajó Víctor y ahora el que nos dirige es Francisco, es el patrón de nosotros hoy por hoy. ¿Y qué es lo que menos me gusta de mi trabajo? ¿Es lo que me está preguntando? Lo que menos me gusta es cuando la gente recatea porque la comida es muy maluca, entonces yo les digo váyanse a comer al Hotel Intercontinental, es que por tres mil pesos qué van a comer pues, sí, los domingos es el único día que fritamos chicharrón, a la gente le gusta mucho venir ese día. ¿Y qué es lo que más me gusta de mi trabajo? Hablar y estar con la gente, porque si una está triste entonces se distrae, se ríe, comenta, critica y echa chisme, es que a esta edad ya no se quiere estar sola, el negocio no da plata pero da compañía”.
En otros puntos del Centro de Medellín un almuerzo de combate cuesta ocho mil. En Ben-hur no son de combate, son de trinchera empantanada y destortillada por las bombas. Y menos mal. Porque cuántas hambres ha calmado. Sabiendo que no son las más graves. Hambres como la mía en este mediodía de calor. Para el postre, Caparrós dice que el hambre “no es un problema de pobreza, sino de riqueza y de la concentración de la misma. Si hay tanta gente que no come, es porque otros lo hacen de manera absolutamente desproporcionada e injusta”.
Antes de salir a la reportería, en la redacción me recomendaron: “La crónica no es solo contar cómo fue el almuerzo sino también cómo fue el daño estomacal”. Puro terror. Por si las moscas me tomo una sal de frutas, remedio que no fue necesario.
Los tres golpes
Almorzar trancado con tres monedas es un sueño para famélicos, caminantes sin rumbo, empleados ahorradores y gorreros de esquina. Aquí no se clasifica ni con estrellas ni con tenedores, lo que vale es el tamaño de la montaña de arroz, el fondo del plato para los frijoles o la sopa de pasta y las promesas de la carne. No se gasten la plata del trago en comida. Sigan esta ruta gastroanémica.
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Sazonando el viaje
por SIMÓN MURILLO MELO • Fotografías de Juan Fernando Ospina
Número 100 Septiembre de 2018
Solo había pasado por allá sin detenerme y con algo de susto por el exceso de bulla y suciedad. Un extraño edificio con forma de huevo, una virgen blanca pelada por el sol y una ceiba rosada enfermiza, como una araña moribunda a punto de dar el último salto. “La mataron de orinarla” dice Margarita, Márgara, que vende lentejas, sancocho y fríjoles en un carrito de mercado en la esquina del parqueadero de la placita.
Antes Margarita vendía en plena plaza, pero hace unos meses la Alcaldía metió la mano y le puso baldosa nueva y matas todavía vivas; la virgen desapareció y el cadáver de la ceiba fue enterrado. A ella la trasladaron unos metros, y dice que no le choca porque hay menos borrachos saliendo de Picar Pollito (donde me comí un consomé con sabor metálico que me hizo botarlo todo por el periodismo). Tampoco ha perdido clientes. “Oiga, que un domicilio pal Tigre en la esquina”, le dice una desdentada. “Dígale que yo no hago domicilios”, responde con la tranquilidad que le da vender más de sesenta platos por noche, todos a menos de cuatro mil pesos. Otro comensal, que la mira con afecto, mete la cucharada: “Y le cuento, platos muy deliciosos”.
Sus lentejas, servidas en un plato de icopor, son gigantes y van coronadas de un espinazo. Se come en un taburete, acompañado de mecánicos y obreros de las litográficas de los alrededores de la plaza, todos conversan con ella con la confianza del tiempo, lleva sin descansar un solo día desde hace seis años. La fuerza de Margarita es enorme: trabaja desde los nueve años y ya pasa por los sesenta. Con más de cuarenta años en Medellín, llegó desde El Santuario a los veintiuno. Además, le da tiempo, o ganas, para estudiar mercadeo en el Politécnico Andino. Cuando le conté lo de la indigestión en Picar Pollito, fue la primera en regañarme: “¡Uno no puede comer pollo en la calle!”.
Conversa muy rápido y de todo, moviéndose como una hormiga para atender a los clientes o irse para el sitio donde tiene la cocina, media cuadra arriba. Cuando el ficóptero amenaza justo encima de nosotros, uno de sus clientes ríe nervioso y pregunta: “¿Qué nos irá a hacer ese helicóptero?”, y ella replica: “¡Nosotros no tenemos nada que esconder!”.
La creencia de que la placita del Huevo alberga un crimen escondido va más allá del prejuicio. Frontera última entre ese cuadrante del Centro abierto para las familias de bien y la terra incognita de Niquitao, la placita se parte en cuatro por las épicas arterias que la desangran. Fue hogar de muchos indigentes por un tiempo, tal vez como signo de su naturaleza viajera. Aquí y allá pululan los hoteles, inquilinatos y moteles. Es bien movida pero no surgió como un sitio de encuentro sino como uno de perpetuo paso: fue creciendo con los buses, sus únicos habitantes estables, descargando y cargando gentes a toda hora.
Con los transeúntes, este mercado espontáneo trajo los locales de comida, los vendedores como Margarita y las seis pastelerías que la rodean. Los primeros reflejan el ahorro paisa y el rebusque obligatorio para lograr uno o dos golpes; las últimas, gemelas de luz blanca de las que ahora ocupan cada rincón del Centro, son un reflejo de la monotonía que siempre amenaza a las urbes.
Para la plaza, los vendedores–cocineros como Margarita se convierten en esquinas móviles, centros de actividad, conversa y memoria del sector: una quinceañera bonita de Niquitao apenas la ve le suelta, “¡Carebruja!” y sale corriendo con Margarita detrás riéndose; los mecánicos la molestan pidiendo rebajas. “Solamente nos pega un regaño”, y los caminantes preguntan por las lentejas, cumpliendo el inmemorial ritual de la acera.
El restaurante Tutunendo es una esquina pintada de verde limón. En pleno nacimiento de Amador con la Oriental, fue el primero de una generación de establecimientos chocoanos que se acabarían tomando casi toda la calle y los alrededores. Visitados casi exclusivamente por chocoanos, han construido una embajada cultural negra en mitad del Centro de Medellín. Con música de Bomby a todo taco a las dos de la tarde, los fines de semana cada restaurante se llena de familias que hacen el peregrinaje semanal para almorzar sancocho de guagua. Alegando en la calle por las cuentas, molestando con los meseros, acariciando la mano un poco más a una clienta hermosa, Edwin Rengifo, mesero, fotógrafo y creador de la revista Afrosentido, vino del Chocó para vivir en Medellín.
Los sancochos de carne ahumada son la estrella de los fines de semana, herencia mestiza de quién sabe cuántos cocidos españoles, gallinas chinas, hierbas indígenas y sazones africanas. Ante la pregunta de si ha sentido ecos de la esclavitud en Antioquia, dice que al contrario. Los restaurantes chocoanos de la zona rehabilitaron ese segmento de Amador, llenándolo de gente y limpiando un poquito las aceras.
Si algunos llevan años en Medellín, Luis Kanzler llegó el mes pasado desde Venezuela. Inmigrante nuevo y nieto de refugiados alemanes que escaparon del Holocausto, atiende en un puesto de jugos a mil y dos mil, adjunto a una frutería en El Palo, unos metros arriba de la plaza. Con pinta de vocalista de una banda de Altavoz que escucha a Leo Jiménez y a Pearl Jam a todo volumen, apenas puede, empieza a hablar de Venezuela. Fue dirigente político, barman, le hizo catering al alto mando militar venezolano.
La señora que se detiene a comprar un jugo de guanábana en leche de mil le entrega un billete de dos mil y al saber que es venezolano no espera la devuelta. La solidaridad viene en muchas denominaciones: hace las cuentas de la frutería y trabaja seis días a la semana de seis a. m. a nueve p. m. Insiste en que lo han tratado muy bien, ya conoce a los taxistas y buseteros del sector, conversa con la señora del carrito de helados que suele pasar por El Palo y empezó a salir con la morenita del Cellmax, dos locales hacia la plaza. Se le aguan los ojos y la voz decae cuando habla mucho tiempo de Venezuela. “Si el socialismo del siglo XXI gana acá en cuatro años, no le deseo a ningún colombiano tener que migrar a otro lado”. El inmigrante vendedor de jugos heredero del Holocausto recién enamorado y anticomunista es un hilo más de la trama que viene a ser la placita del Huevo. El nombre es casi pleonástico. No hay nada más aburrido y fácil de quebrar que un huevo. Tal vez, en esas tres cuadras del Centro, feas y manchadas por el hollín y el incesante recorrer, el universo se rehaga cada día. El ruido del big bang acallado por los pitidos de los buses, masas de individuos anónimos engullendo pollo. Una vez acaban con el plato, se limpian con la servilleta que Margarita nunca deja de entregar y se montan al bus.
Los tres golpes
Almorzar trancado con tres monedas es un sueño para famélicos, caminantes sin rumbo, empleados ahorradores y gorreros de esquina. Aquí no se clasifica ni con estrellas ni con tenedores, lo que vale es el tamaño de la montaña de arroz, el fondo del plato para los frijoles o la sopa de pasta y las promesas de la carne. No se gasten la plata del trago en comida. Sigan esta ruta gastroanémica.
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Doña Gloria
por MAURICIO LÓPEZ RUEDA • Fotografía de Juan Fernando Ospina
Número 100 Septiembre de 2018
El sol es picante al mediodía, pero en la carrera 43B con San Juan parece que se ensañara con los trabajadores y caminantes que, a esa hora, solo piensan en resolver el quejido de las tripas y apurarse alguna bebida refrescante que les dé ánimo para continuar la jornada.
Y no hay mejor opción, con la chispa sobre el cuello como un cruel soldador, que meterse al restaurante Doña Gloria, en toda la esquina de San Juan, a cincuenta metros del chequeadero de buses de Cootransmallat, y pedir una mazamorra de mil pesos, con leche y bocadillo veleño. Un tentempié antes de que la señora exponga su menú de suculentos platos recién hechos a tres mil pesos.
“Recuerde mija, es una cucharadita de sal por libra de arroz. Si quiere le echa pimentón, pero unas dos pizquitas, no más. Y los frijoles, una hora después de que pite la olla, les licúa zanahoria, les echa ‘sorfrito’ de cebolla y listo, así quedan bien ricos. Hoy vamos a vender carne sudada, de cerdo que es la que más gusta. No se olvide de echarle cilantro, cebolla y pimentón. Acá la comida es barata pero rica y sustanciosa, porque recuerde que el alimento es bendición”, repite la dueña del lugar, Gloria Esther Cruz Ramos, como si estuviera recitando un antiguo conjuro mágico, mientras mueve de un lado a otro su cuerpo de noventa kilos de peso y 59 años de edad.
Doña Gloria es cordobesa, de Montelíbano, y es hija de un carnicero y una cocinera. Nació el 8 de febrero de 1959 y es madre de Yuliana, una joven transexual que vive en Italia, país en el que se ha abierto paso como chef.
Yuliana a veces visita a su madre y le ayuda en los quehaceres del restaurante. También le muestra recetas de pastas y de sopas que jamás podrían venderse en Niquitao, donde los estómagos parecen estar diseñados para tolerar solo frijoles, sancochos, sudados y secos con carne asada.
Todavía repitiendo su credo culinario, su inefable sortilegio, doña Gloria saluda a cada comensal inclinando levemente la cabeza. Luego los acompaña hasta el comedor y les explica detalladamente el menú.
“Hoy hice frijolitos con un poquito de coles y trozos de carne de cerdo. El seco también trae carne, con una salsita que se inventó mi marido, muy rica. Pero también tenemos sopita de verduras y seco con carne de res o pollo. Para tomar hay juguito, gaseosa y mazamorra”, expresa la señora, ataviada con un fino delantal y una pañoleta que oculta su pelo castaño y canoso.
El restaurante es una casa de tres pisos, pintada de blanco con franjas verdes, anaranjadas y azules. En el tercer piso viven Gloria y su actual esposo, José Alberto Cartagena, quien por amor tuvo que aprender a cocinar y además se encarga de hacer mercado, cada martes o miércoles, en la Plaza Minorista. En los pisos restantes queda el restaurante, que abre en semana de ocho de la mañana a ocho de la noche, y los domingos y festivos de ocho a seis.
Todos en el restaurante deben saber cocinar. Doña Gloria, quien lleva cocinando desde que tenía trece años, no admite que ninguna de sus trabajadoras no sepa “ni prepararse un huevo”. Por eso la inducción al empleo es en la cocina, y allí deja a los recién llegados hasta que aprendan a hacer un arroz con la sal justa o unos frijoles calados al punto.
A los tres años llegó a vivir a Medellín, en Niquitao, pero luego se fue para Cisneros, Nordeste antioqueño, donde su madre había abierto un restaurante. Allá conoció a su primer esposo, con quien montó dos carnicerías en Turbo. Luego de separarse volvió a Medellín, de nuevo a Niquitao, y durante 26 años vivió en un inquilinato donde montó su primer restaurante, Lobo Marino.
Gloria también vendió almuerzos en los ochenta en las afueras del Hotel Nutibara, frente al Centro Comercial Veracruz. Junto a otras mujeres, la mayoría madres solteras, vendía almuerzos a cien y ciento cincuenta pesos. Eran tantas que la gente empezó a conocer la esquina donde se ubicaban como “el portacomidas”.
“Mi vida ha sido cocinar, dar de comer”, les cuenta a sus clientes animosos de conversación, pues la comida que sirve Doña Gloria genera una inexplicable sensación de bienestar, como si los ingredientes produjeran un desbordamiento de dopamina en el cerebro.
“Ahh, qué comida más rica doña Gloria, así sí da gusto volver a trabajar”, le suelta uno de sus clientes frotándose la barriga como un buda grasoso y bigotón. Y la señora responde: “El ingrediente es cariño don Roberto, mucho cariño”.
La única verdad es que sus almuerzos tienen tres características, la limpieza de su presentación, el sabor y la frescura de sus productos. Como bien dice: “Acá se le pone tanto amor a la comida como a la limpieza. Todas las mañanas y todas las noches, entre todos dejamos el restaurante reluciente, como si fuera nuevo”.
Las comidas se sirven segmentadas y en platos de loza. Las mesas son de plástico y están desprovistas de manteles. Las cocinas del primer y segundo piso están ubicadas sobre la pared del fondo, a unos cinco metros del comedor principal.
Doña Gloria tiene unas diez trabajadoras, todas madres solteras y habitantes de la periferia de la ciudad. Le gusta ayudarles, enseñarles cada truco de la cocina. Con el tiempo, todas ellas han ido asimilando su carácter. Sonríen amablemente, mantienen sus manos y sus uniformes pulcros y a cada cliente le dan la bienvenida como si fuera un amigo de toda la vida.
Es el restaurante más antiguo de Niquitao, donde uno puede gozar de una buena comida a un precio ínfimo y, al mismo tiempo, puede escaparse, al menos por una hora o dos, de la rutina agobiante de ese sector del Centro de Medellín.
Los tres golpes
Almorzar trancado con tres monedas es un sueño para famélicos, caminantes sin rumbo, empleados ahorradores y gorreros de esquina. Aquí no se clasifica ni con estrellas ni con tenedores, lo que vale es el tamaño de la montaña de arroz, el fondo del plato para los frijoles o la sopa de pasta y las promesas de la carne. No se gasten la plata del trago en comida. Sigan esta ruta gastroanémica.
Etiquetas: Centro de Medellín , comida , Edición 100 , Juan Fernando Ospina , Mauricio López Rueda , restaurante Doña Gloria
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Afuera de la plaza
por LUIS FERNANDO GONZÁLEZ ESCOBAR • Fotografías del Álbum de la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín
Número 100 Septiembre de 2018
Las historias urbanas como las cartografías parten del centro a las periferias. En pocos casos los mapas dan cuenta de lo que está por fuera del reconocimiento oficial. Unas veces los bordes de los mapas se simplifican, se vuelven difusos, pierden claridad; otras, son rotundos, definidos por diversos límites institucionales, ya sean carreteras circunvalares, cotas de servicios, perímetros verdes, jardines, fuera de los cuales no se reconoce la existencia de nada. En cualquiera de los casos son habitados por fuera de donde se ejerce el poder, del escenario para los rituales y controles religiosos, políticos o sociales, incluso, en los umbrales entre legalidad e ilegalidad.
Mientras la historia oficial niega y olvida, la forma urbana incorpora y borra. Pero hay casos en los que las memorias quedan inscritas como vestigios de otras historias no contadas. Fragmentos que resisten y que desde su condición singular nos obligan a mirar con más detalle, a profundizar y comprender dejando de lado lo inmediato y aparente. ¿Qué es la calle Barbacoas, con su recorrido sinuoso y su marginalidad dentro del Centro de la ciudad? La pregunta siempre me inquietó. Ahora entiendo que su actual extensión muestra apenas unos tramos de una más calle más histórica y marginal, condición que aún mantiene pese a que hoy es parte del Centro histórico, y a los intentos por reglarla, tanto en la traza como en las normas del decoro y las buenas costumbres urbanas.
Cuando Francisco de Paula Muñoz en 1870, casi cuatro años antes de escribir El crimen de Aguacatal, por el cual se lo considera un pionero del reportaje en Colombia, realizó una memoria descriptiva de Medellín que se publicó en la Crónica Municipal, hizo referencia a cada una de las quince calles transversales que cruzaban la ciudad de norte a sur, y las trece longitudinales, que lo hacían de oriente a occidente. Como buena parte de las descripciones posteriores, fue minucioso en destacar lo que contenían las calles principales que estaban cercanas a la plaza principal y escueto en las calles más alejadas. Cuando describe el límite norte de la villa lo hace de la siguiente manera: “Hay en Villanueva, que es el nombre dado a la parte habitada en la banda septentrional de la quebrada, tres calles longitudinales anónimas y la de Barbacoas que es el límite de la ciudad por aquel lado”. Era apenas razonable que las tres calles que daban a la nueva plaza, que luego sería transformada y convertida en el Parque de Bolívar, no tuvieran nombre pues estaban recién trazadas y construidas, contrario a Barbacoas que ya era una calle antigua, la frontera urbana al norte, la que menciona pero no le da ninguna importancia y por tanto no la describe. Lo mismo hizo al momento de la descripción de la calle Girardot, la que consideraba que simplemente remataba en una calle sin nombre, en el mismo barrio El Chumbimbo que, con su sonoro nombre, no pareciera formar parte del plano urbano descrito, en tanto señalaba Muñoz no tenía nombre oficial. Estaba pero no era. El nombre vulgar no era comparable con los nombres patrióticos otorgados a las demás calles principales, por lo tanto allí no habitaban personajes, ni contaban con arquitecturas significativas, no había nada que resaltar. Solo anonimato.
Las crónicas y las historias de Medellín narran el crecimiento hacia el norte cuando se construyó el puente sobre la quebrada Santa Elena, superando así este límite al prolongar la denominada calle del Resbalón para convertirla en la carrera Junín, que remataba en la plaza de Villanueva, descrita por el mismo Muñoz como “espaciosa, regular y reciente… un cuadrado de 150 metros de lado, excluyendo el espacio que ocupará la iglesia que se pretende construir; el piso ha sido recientemente nivelado y encascajado; y está rodeado de árboles recientemente sembrados”. La plaza era el centro del proyecto de urbanización que se promovió desde 1848 en tierras del inglés Tyrrel Moore, las que la historia rosa dice haber regalado a la ciudad. Al proyecto se le llamó Nueva Londres, pero se le conoció “vulgarmente”, al decir de Muñoz, como Villanueva; no obstante este era un proyecto que reemplazó a otro aprobado por el Cabildo en 1837 y que se comenzó a trazar en 1840, promovido en gran medida por los emergentes artesanos que para entonces comenzaron a tener importancia política y llegaron hasta aquella instancia pública.
El proyecto de Nueva Londres con su traza y pretensiones de un barrio burgués negaba todo el poblamiento anterior. Se ha dicho que entre las quebradas Santa Elena y La Loca no había mayor poblamiento, y los cronistas dan cuenta de algunas casuchas de pobres, de mala factura e infectas, a las que se llegaba por caminos estrechos y pedregosos o por lodazales. De ahí que surgía allí una Villanueva, cuando en realidad había una amplia ocupación cuyo arco espacial iba desde el occidente, con el camino de Guarne, hasta encontrarse al norte con la calle Barbacoas; esta era el límite norte y se prolongaba hacia el occidente hasta encontrarse con el Camino del Monte (hoy carrera Bolívar) que era la salida al norte de la antigua villa, cruce donde estaba ubicada una guarnición, al lado de la cual se ubicó el primer cementerio. La calle Barbacoas se prolongaba más al occidente hasta cruzar en la parte baja de la quebrada Santa Elena, para salir arriba de la iglesia de San Benito.
Pero había dos cosas relevantes en este gran espacio ignorado. La primera, que allí estaba contenido el barrio El Chumbimbo, limitado por una calle del mismo nombre por el oriente (hoy la carrera Girardot), la calle Barbacoas al norte, el camino de Guarne al oriente y al sur la quebrada Santa Elena, pero el cual era cruzado por un callejón paralelo a la Santa Elena, conocido como Niguateral, luego calle El Guanábano (hoy Maracaibo), que se encontraba con el camino de Guarne en donde hoy es el Parque del Periodista. Esta parte fue conocida en una época como barrio Guarne, pues era la salida de Medellín por el camino de Guarne, que luego de encontrarse con la calle Barbacoas, se llamaba camino de La Ladera, para dar inicio al ascenso bordeando el cerro Pan de Azúcar, llegar al Alto de Mora, la laguna de Guarne y seguir por la ruta del altiplano del oriente.
Precisamente la segunda cosa relevante es que las orillas del camino de La Ladera eran habitadas y en ciertos puntos había barrios y lugares con una importante población como La Aguadita —hoy parte del barrio Enciso—, el Pasaje del Infante o el Callejón del Mico. Lugares singulares no solo por su nombre, sino por la misma configuración de los sitios o las actividades que desempeñaban sus habitantes; por ejemplo, el Callejón del Mico era una calle tan estrecha que solo tenía 1.80 metros de ancho y apenas ochenta metros de largo, pero era “profusamente habitado”, como lo narró Alberto Bernal Nicholls en su Miscelánea sobre la historia usos y las costumbres de Medellín (1980); mismo que nos dejó constancia de que La Aguadita, por el nombre de la quebrada, era un barrio muy poblado y lo habitaron “tejedores de lana que fabricaban alfombras y gualdrapas y objetos preciosos por su delicado tejido y por la variedad y combinación de colores”.
Una población formada por mulatos, mestizos, negros libertos o blancos pobres, pero que no fueron tenidos en cuenta por su condición social, considerada inferior, no solo por el color de su piel sino por sus apellidos, como bien lo describió uno de los cronistas de la ciudad, Carlos J. Escobar, en Medellín hace 60 años (2003), escribiendo desde su propia centralidad: “Después de la dicha ‘quebrada’ de ‘La Loca’, había un pequeño caserío compuesto de ocho o diez ranchos de bahareques y techados con pajas, donde vivían las familias de los Chalarcas, los Veras y los Vegas, pero no pertenecientes aquellos apellidos, ni a los Alarcas, ni a los de Vera, ni a los de Vega, no, ellos eran del arroyo de ‘La Loca’..”; además de no tener apellidos ni abolengos eran tenidos por peleadores y cada sábado según el cronista resultaban dos o tres heridos entre ellos mismos. Pero, en general, por aquellos asentamientos periféricos estaban los labradores, jornaleros, arrieros, tratantes, talabarteros, plateros, sastres, tejedoras, maestros de obra, tapieros, herreros o músicos de Medellín. El camino era el que posibilitaba comunicarse con la ciudad, y permitía por igual llegar a las fincas y casas de campo como la famosa de La Ladera, o a los ranchos, casas o barrios como los descritos, en donde también se ubicaban talleres, tenerías y guarnecerías, lo mismo que pulperías, tiendas, estanquillos y cantinas, de las últimas algunas que se hicieron famosas como La Mar y sus Conchas.
Allá afuera de la plaza también había vida. Los caminos que salían de la misma o llegaban a ella, desde el sur por el camellón de Guanteros y La Asomadera; el oriente, por la Santa Elena o por La Ladera; el norte, por el Camino del Monte y el Llano de los Muñoces, o desde occidente, por la calle por real de San Benito, eran habitados por aquellos que cumplían los oficios en sus propias viviendas, en los sitios inmediatos —ya en los tejares o los salados—, pero también por los que iban a trabajar en los oficios de las casas del marco de la plaza o a vender lo que producían en el mercado de la plaza, primero en la principal, luego en la de Flórez y después en Guayaquil. Ese era el mercado formal. La ruta que llevaba a la plaza, a la misa y al control policivo. Pero había otras rutas que no pasaban por la plaza, y una de las principales fue la San Benito- Barbacoas-La Ladera; esta ruta de occidente a oriente, luego de pasar el río Medellín, no seguía el camino real, sino que se evadía por un callejón lateral en el barrio San Benito para vadear la quebrada y conectar con Barbacoas. Ruta de contrabando de mercancías, armas y, sobre todo, licores, especialmente después de 1788 cuando se instaló la fábrica de aguardientes en Medellín, por lo cual se incrementaron los controles para evitar los fraudes. Tanto en Sopetrán al occidente, al norte en Barbosa, como en Guarne al oriente era famosa la producción doméstica e ilegal de aguardiente y tapetusa, de ahí que esta fuera una de las rutas socorridas para evadir y aprovisionar, y de ahí también los intentos de control con la ubicación de los guardas de estancos por estos lados del norte.
Pero la calle de Barbacoas, con sus conexiones de El Chumbimbo, Guarne y La Ladera, fue lentamente incorporada al orden urbano y a la estructura formal, iniciando por la conversión de El Chumbimbo en la carrera Girardot, y El Guanábano renombrada calle Maracaibo; siguiendo con la construcción de la nueva catedral en el barrio Villanueva, levantada sobre la propia quebrada La Loca, y la apertura de nuevas calles que implicó que los Chalarcas, Veras y Vegas no se extinguieran en las peleas semanales sino que fueran desplazados junto a sus vecinos. De la nueva catedral en construcción hacia el oriente, sucesivas urbanizaciones fueron eliminando los trazos originales de la calle, ya por el nuevo barrio Boston alrededor de la plaza Sucre a partir de 1888, entre el Camino de Guarne y la quebrada La Aguadita; o el barrio La Independencia promovido por Manuel de J. Álvarez en 1898, que supuso el desarrollo de la avenida Echeverri precisamente sobre la misma Barbacoas cambiando su nombre y rectificando tres cuadras con un ancho de veinte metros, hasta el cruce con Girardot; luego este mismo promotor realizó el barrio Majalc, acrónimo de su nombre; entre 1904 y 1919, el barrio La Ladera, que incluyó la apertura de la calle Cuba, sobre la que quedó la casa de Heliodoro Medina (hoy teatro del Águila Descalza), construida mucho antes del desarrollo del barrio Prado; y, a partir de 1920, la construcción del barrio Villa Hermosa, que termina por ordenar, higienizar y barrer los antiguos asentamientos del camino de La Ladera. Lo mismo sería de la catedral hacia occidente, desde 1872 con la apertura de la calle La Paz, detrás de la catedral, y así sucesivamente con la prolongación de las calles que conectaron el Parque de Bolívar con el nuevo y residencial barrio Prado en la década de 1920, especialmente las carreras Ecuador y Palacé; al igual que la apertura de la avenida Juan del Corral en 1932, que sirvió de corredor a la Exposición Industrial que ese año tuvo como sede los pabellones del Hospital San Vicente de Paúl; o el ensanche de Carabobo en la década de 1940.
Así, las nuevas aperturas, ensanches y rectificaciones aportaron su parte para que la calle Barbacoas fuera perdiendo su continuidad. Cada vez más cercenada no podía percibirse en su totalidad, quedando reducida aparentemente a unas pocas calles. Pero basta mirar el mapa de Medellín, desde la calle Tejelo, en la plaza Rojas Pinilla, siguiendo por la llamada calle del Calzoncillo, hasta la parte más reconocida de la calle Barbacoas pasando por detrás de la catedral, salvando la avenida Oriental hasta la avenida Echeverri y continuar por Enciso arriba… para entender su lógica y la permanencia en sus fragmentos de unas determinantes geográficas, históricas y, aun, sociales. Todavía en el Centro siguen habitando las periferias, ahí por los laditos…








