Como respuesta a esta barbarie, las élites cívicas y progresistas de la ciudad, agrupadas en la Sociedad de Mejoras Públicas, se lanzaron en una campaña civilizatoria. Había que mostrar al pueblo los beneficios probados del árbol. La revista Progreso se convirtió entonces en el medio perfecto de propaganda para declararle la guerra al “hombre estorbo”, ese ciudadano que no hace ni deja hacer y que entre otros muchos rasgos negativos no entiende el poder del árbol. Se crea una nueva empresa en la que se componen himnos, poemas y oraciones para convencer a los medellinenses sobre el papel de este nuevo verde moderno. Igualmente, y solo como medida alternativa ante “la falta de educación de nuestro pueblo”, los árboles y plantas urbanas se hacen sujetos de ley. Decretos y acuerdos son expedidos desde el Concejo y la administración municipal prohibiendo el corte y uso de los árboles colocados en la vía pública, árboles que, a pesar de todo, “grupos de salvajes” se empeñaban en usar como postes eléctricos, soporte de avisos, leña para cocinar o, como ocurre hasta nuestros días, letrina pública.
En 1913 se inauguró el Bosque de la Independencia, hoy Jardín Botánico, coincidiendo su apertura con otra forma de entender los árboles de Medellín. Al nacer el siglo XX las ceibas, pisquines (Albizia carbonaria) o guayacanes (Tabebuia chrysantha) seguían prestando algún servicio a la ciudad, pero ahora eran útiles en cuanto brindaban un espacio para el sano esparcimiento de los obreros que, alejados de la cantina, disfrutaban con un domingo en familia. Así, paradójicamente, cuando el aire del valle comenzaba a enrarecerse de verdad, ya los árboles no eran filtros, ahora no eran más que ornamentación, parte de la utilería en el escenario cotidiano; y así, degradados ante el ciudadano ordinario al nivel de adorno, poco a poco, los árboles de Medellín empezaron a perder terreno ante el nuevo rey de la modernidad: el automóvil.
Desde la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del actual, las ideas sobre el árbol urbano han sufrido cambios y continuidades. Por una parte se afianzaron las formas técnicas, cada vez más necesarias, de manejar y tratar la naturaleza de la ciudad, la silvicultura urbana se consolidó como una práctica indispensable en la regulación de las relaciones, muchas veces conflictivas, entre los árboles y la ciudad con sus cables, techos y tuberías. De otra parte, algunas ideas se han transformado radicalmente. Mientras las antiguas capas de verdes con las que se había pintado la villa y la ciudad estaban hechas indiscriminadamente con plantas y árboles traídos de cualquier rincón del mundo, en un tiempo de éxodos e incontables trasatlánticos atravesando los océanos, ahora son las especies nativas las que se elogian como modelo de verde ideal para la ciudad, así que eucaliptos y pinos despiden un aroma inmigrante que, aunque aromático, es un tanto molesto. Liberados parcialmente de su lastre simbólico como depuradores de los aires y como mera escenografía urbana, los árboles de hoy responden a conceptos como el de biodiversidad, diversidad que paradójicamente es buena solo cuando es la autóctona, la que cabe en las fronteras imaginadas de los países.