por ALFONSO BUITRAGO LONDOÑO // Ser el fotógrafo personal de Pablo Escobar es una revelación que dura toda la vida. El Chino se encontró esa tarea cuando su antiguo compañero ya era dueño de un zoológico. Lo persiguió por plazas y piezas. Va un esbozo de la historia que un gracioso llamó las páginas antisociales.
El acecho de los hombres sombra
por DANIEL CARMONA • Ilustración de Señor OK
Número 99 Agosto 2018
Who loves the sun
Who cares that it is shining
(…)
Who cares that it makes plants grow
Who cares what it does
Since you broke my heart
Who loves the sun
Not everyone
—
Quién ama el sol
A quién le importa que esté brillando
(…)
A quién le importa que haga que las plantas crezcan
A quién le importa lo que hace
Desde que me rompiste el corazón
Quién ama el sol
No todos
(Who loves the sun, Nu & Jo Ke, 2011)
En un diminuto cuarto con la oscuridad del laberinto gotean por las piernas de un muchacho de veintiún años las babas de un hombre sombra que devora su culo como si fuera un manjar. El muchacho alza su mirada buscando su reflejo en el espejo del techo, pero a medida que la respiración se agita el vapor que exhala su cuerpo llena el cuarto y la imagen de su rostro se empaña poco a poco hasta desaparecer. Después de unos minutos de intensos gemiditos, el muchacho, bañado en sudor, termina por venirse a chorros sobre el piso. Toma aire agitado y después de un momento, aún con la lengua del hombre sombra en su culo, se apresura a subirse el jean, mientras le dice sin mirarle a la cara: “Parce, voy a salir ya”.
En Medellín comienza a anochecer a las 6:30 de la tarde, pero en Men´s club siempre está oscuro. A excepción de unos austeros rayos de sol que alcanzan a entrar a algunas zonas del laberinto y el patio, pareciera que siempre es noche cerrada. En el atardecer, a medida que la luz amarilla del día se va extinguiendo al ritmo de los largos sets de electrónica, las luces rojas y azules comienzan a imponerse cegando a quien las mira y la oscuridad termina por cubrir totalmente el lugar.
Men´s abrió en 1991. Siempre ha estado ubicado en el Centro de Medellín, entre las calles Argentina y Perú sobre Girardot, en un edificio de tres pisos que por sus capas de pintura agrietadas y las ventanas selladas da la impresión de ser una vieja bodega o estar abandonado. Pese a esto, cada tanto, en una secuencia apresurada se ve cómo un hombre atraviesa la cuadra de prisa, toca el timbre ansioso y la puerta metálica se abre, dejando ver un destello de luz roja en el interior, un faro.
Al igual que todos, me detengo ante la reja gris y toco el timbre. Unos segundos después abre la puerta un hombre de unos cincuenta años; lleva un gesto de desgano, enmarcado en sus ojos apagados que se asoman a través de unos lentes cuadrados. Entonces anuncia: “Hoy es parche sin camisa”. Me guía a un cuarto, cubierto de lockers, de donde proviene la ráfaga de luz roja. Me entrega unas llaves y un candado. “Guarde la camisa”, me indica. Yo aún sin pronunciar una sola palabra, me quito la camisa y la meto al locker. “Son diez mil pesos”, es lo último que me dice. Después de entregarle el dinero lo sigo a través de una segunda puerta. Al entrar, me da la bienvenida el estridente sonido de la música a cargo de bandas iconos de la electrónica como los son Claptone, Hercules & Love Affair, Salumon y Daft Punk. Me encuentro con lo que antes debió ser el patio de una casa, ahora reformado en un pequeño bar, incrustado en una ventana. Al fondo una sala inspirada en el movimiento pop art, muebles tapizados con fotografías de Elvis Presley y marines americanos. En el techo, colgadas desde el tercer piso, están suspendidas ocho esferas de espejos que se pueden ver desde cada nivel del club.
La sala sirve de lobby para explorar una voluminosa colección de libros de porno y de arte erótico homosexual, con títulos como: Él y el otro. Homohistorias y My buddy, un compendio de fotografías homoeróticas de la segunda guerra mundial.
Al tiempo, en un televisor rojo de manivela de al menos hace cuatro décadas se reproduce a blanco y negro una escena porno gay de los ochenta que nadie mira. Porque en el primer piso, a excepción de algunos clientes que lo visitan de paso el bar para comprar cervezas, cigarrillos o condones, no suele tener mucho movimiento.
Una escalera en espiral lleva al segundo piso. Hay dos ventanales gigantes, en donde algunos visitantes, atentos al sonido aturdidor del timbre, posan la mirada sobre la puerta, a la espera de nuevas presas.
A la derecha se encuentra un cuarto que recrea una tienda de video porno; algunos de los títulos ofrecidos son Los hombres grandes también comen culo, Sorpresa cremosa, ocho horas de hombres amando la verga, Amantes del pene, Doble ataque militar y Pai de crema.
En un televisor gigante se reproduce la escena de un negro siendo cabalgado sobre un sillón rojo por un joven rubio. En la habitación hay un hombre sombra, que alterna la mirada entre el televisor y la pantalla del celular, observando en silencio, a la expectativa de quienes llegan.
Al lado izquierdo, detrás de una cortina negra, aparece una minisala de cine, nueve sillas revestidas con tela roja brillante. Las paredes están tapizadas por carteles que anuncian los “iconos del porno gay”: “Al Parker 70s”, “Rick Donovan 80s”, “Ryan Idols 90s”. En la pantalla del cine se proyecta la selección de la casa. En el momento un hombre de cabello largo se mece en un columpio, mientras es penetrado por una fila de hombres velludos.
El segundo piso, con excepción del hombre del cuarto de la tienda porno y otros dos que observan la puerta desde el ventanal, también permanece vacío. Así que sigo las escaleras de caracol que llevan al tercer piso.
Hay seis caminos posibles, el que decido seguir lleva al patio, de donde viene la luz más fuerte. Allí los hombres sombra, sentados sobre una banca de concreto incrustada en la pared, esconden su mirada en la pantalla del celular. La mayoría toma cerveza, fuma marihuana o cigarrillo formando una nube densa de humo que se esparce lentamente hacia el cielo.
La luz de las lámparas de neón que cuelgan de las paredes permite ver los cuerpos semidesnudos de los hombres sombra. La fluorescencia acentúa la forma de los cuerpos y permite apreciar mejor sus músculos marcados o flácidos, músculos de muchacho o de señor. Se descubre la piel tatuada; rosas en la mano; tribales en los brazos; la palabra “PODEROSO” en la espalda; “Dios le da las peores guerras a los mejores luchadores”, en letra cursiva en el pecho. Despojados de ropa, no desaparecen las jerarquías sociales, se da lugar a una nueva, donde los altos, musculosos y vergones están en la punta; son quienes eligen. En la base, relegados a una noche de suerte, están los cuerpos pequeños, gordos y viejos.
Los hombres sombra se miran los unos a los otros sin pronunciar palabra. No es común escuchar conversaciones, porque los hombres sombra solo buscan descargar el deseo en un cuerpo, con prisa y sin explicaciones; evadiendo las preguntas convencionales: ¿cómo te llamas?, ¿cuántos años tienes?, ¿dónde vives? Aquí las preguntas que importan (y mejor si no se tienen que hacer) son: ¿qué le gusta?, ¿quiere que lo clave?, ¿quiere que lo ponga a mamar?
Dejo atrás el patio y entro al laberinto, tomo el primer camino a la izquierda. Aquí la oscuridad es tan densa como una bruma, pareciera incluso que uno la puede apartar con la mano, como se aparta el humo. Camino lento, las paredes de madera hacen eco de gemidos lejanos, chasquidos y golpecitos repetitivos que lentamente se van sincronizando con los beats de electrónica, formando una sola canción.
Hay dos clases de hombres sombra. Los primeros esperan pacientes sus presas, inmóviles contra la pared, estrechando más los pasillos. Los segundos, al igual que yo, dan vueltas explorando el lugar. En este juego se hace inevitable que los cuerpos se encuentren. La regla es clara: en cada encuentro hay un roce, insinúa una pregunta: ¿quieres? Si decides quedarte, si los cuerpos encajan, las manos buscarán ver lo que los ojos no ven y aun a ciegas encontrarán el camino a los diminutos cuartos que dan forma al laberinto.
Al entrar una lucecita roja se enciende. La cara del hombre sombra aparece, ojos negros, barba corta, músculos firmes, brazos tatuados. Comienza a acariciarme la cara, me intenta besar pero yo lo esquivo. Me sigue acariciando en silencio, desabrocha su pantalón y saca su pene. Sube la mano hasta mi cuello y me da un leve empujón intentando guiar mi cabeza hacia abajo, de nuevo lo esquivo, sin decir nada.
—Mámemelo —me dice finalmente y yo le respondo que no.
—¿Por qué no? ¿Quiere que me lo culee entonces? Venga yo le doy por ese culo —dice sin dejar de buscar mi boca con la suya.
—No quiero —repito sonriendo, pero sin corresponder sus caricias.
—Qué bobo, parce, venga mámemelo —insiste, mientras inútilmente intenta empujar mi cabeza en dirección a su pene—. ¡Mámemelo pues! —dice ya sin ánimo de jugar.
—No, es que usted ya se ha comido mucha gente.
—Oigan pues, solo me he comido a dos y me los comí con condón, además yo ya me lo lavé.
Me río, pero él insiste:
—Mámemelo pues o lo violo. Me va decir que aquí nadie lo ha puesto a mamar —dice y me empuja contra una de las paredes—. ¿Entonces a qué vino?
Blind
As a child, I knew
That the stars could only get brighter
That we would get closer
Leaving this darkness behind
—
Cuando era niño sabía
Que las estrellas solo pueden ser más brillantes
Que nosotros nos acercaríamos
Dejando atrás esta oscuridad
(Blind, Hercules and Love Affair, 2008).
Hace cinco años fue la primera vez que fui a Men´s, tenía veintidós años. Habíamos escuchado muchas veces hablar del lugar, así que un jueves luego de la universidad, Felipe y yo decidimos ir. Felipe era mi mejor amigo, con él había descubierto el mundo, la primera vez en un bar gay, la primera vez que probé el LSD, fiestas interminables bailando borrachos hasta que salía el sol. Pero no había sido solo eso, él fue mi hombro, mi oído y mi abrazo. Cada vez que mi estómago dio un vuelco al vacío por causa del desamor, Felipe estuvo ahí.
Pero los años pasaron y cuando aquella época universitaria desbordada terminó, nuestra amistad se volvió fría y distante, hasta el punto de no volver hablar.
Tres años después. Un día cargado de ansiedad, cuando caminaba con la mirada gacha por ese mismo laberinto, que habíamos convertido en un campo de juegos y bromas la primera vez que lo visitamos, me volví a encontrar a Felipe. Apoyé de nuevo mi cabeza en su pecho, le conté que me sentía solo y me alegraba verlo. Entonces hice la lista de preguntas que uno suele hacer a los viejos amigos: ¿cómo estás?, ¿cómo está tu mamá, tu hermanita?, ¿cómo va la u? Felipe contestaba que todo iba bien, la familia bien, la hermanita bien, pero últimamente estaba muy aburrido y venía mucho a Men´s, al menos una vez a la semana, otras veces, viernes, sábado y domingo. La universidad tampoco iba bien, se había retirado de estudiar Ingeniería de Sistemas en la Universidad de Antioquia para trabajar vendiendo zapatos en un almacén en El Poblado y estaba empezando una tecnología en sistemas. Con cada palabra que Felipe decía, yo sentía cómo se desvanecía mi amigo, al tiempo que aparecía un desconocido, que traicionaba los sueños que compartió conmigo.
—¿Dani, no sentís que todo sigue siendo igual? —me preguntó.
—No, Pipe —le dije y me alejé un poco. Él me dio un abrazo que no correspondí y siguió su camino por el laberinto.
En estos días de visitar una y otra vez este lugar, tratando de afinar mi visión en la oscuridad, pidiéndole a las sombras develar sus rostros, aparecía una y otra vez Felipe, envejecido, sin mucho cabello y con el abdomen abultado. Esta vez ya no teníamos nada que hablar, así que lo veía pasar ante mí, silencioso y distante. Siempre estaba tomado de la mano con el mismo chico. Siempre con la misma estrategia: se detienen en un lugar iluminado del laberinto, empiezan un acto sexual, atraen otros hombres y propician una orgía: brazos, piernas, torsos, cabezas y sexos fundidos en una masa sin forma, moviéndose al ritmo de los golpes secos y repetitivos de la música.
En la escena final de nuevo aparece Felipe, entra bajo un haz de luz azul, en el cruce de cuatro caminos. El chico que imagino es su novio, se arrodilla frente a él y se lo empieza a mamar, otro hombre se acerca y saca su pene, uniéndose a la escena. En cuestión de segundos, otros dos hombres sombra llegan; uno toma a Felipe por detrás y comienza a frotar su pene en su culo, el mismo destino tiene su novio.
Mientras los observo a tan solo unos metros, escucho un recuerdo de Felipe hablando en mi cabeza. Es una conversación que tuvimos hace más de cinco años.
—Parce, no sé, me siento muy mal. Me he comido a mucha gente estos días. Dani, lo que pasa es que cada vez que estoy con alguien, siento como si se llevara algo de mí —me dice con la voz apagada, cuando intento decirle algo, cambia de tema y el recuerdo se esfuma.
Me quedo observando un poco más la escena. La música retumba en mis oídos y hace eco en el hueco de mi estómago. Algunos hombres se han dispersado, dirigiéndose a los cuartos, pero Felipe sigue ahí, con un hombre sombra detrás de él y otros dos adelante. Se agacha a intervalos para explorar los cuerpos con su boca. La luz azul se refleja en su cara, pero no ilumina su mirada.
Who loves the sun
Who cares that it is shining
(…)
I love the sun
Like everyone
—
Quién ama el sol
A quién le importa que este brillando
(…)
Yo amo el sol
Como todos
Etiquetas: Daniel Carmona , Edición 99 , LGBT , Señor Ok , sexo , vida nocturna
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por ANAMARÍA BEDOYA // Esa mañana de sábado de junio, María no atrapó ninguna chispa con su batea. Durante más de dos horas insistió acuclillada entre las piedras, los pies descalzos cubiertos por las mucilaginosas aguas de La Iguaná. Lavó pacientemente varios tajos de capote expurgándolos con sus ojos castaños verde aceituna.
Sí, acepto
por CAROLINA CALLE • Fotografías por la autora
Número 98 Julio de 2018
Esa no era una boda común y corriente. Si el sacerdote hubiera sabido en qué condiciones se enamoraron los novios, se hubiera ahorrado algunas preguntas. Como no sabía, entonces le preguntó a esa mujer lo de siempre. Que si tomaba a ese flaco por esposo, para amarlo, en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la adversidad. “Sí, acepto”, respondió con un brillo en los brackets. Y así, sin titubeos, Edith se casó con ese hombre recién salido de la cárcel.
A las nueve de la mañana del 20 de agosto de 2010, cuando aún estaba adentro, Diego la llamó, le confesó que estaba nervioso, que sentía un cosquilleo en los pies. Él solo sabía que la misa era a las seis de la tarde. No sabía el resto, ni cómo, ni dónde, ni con qué iba a casarse. Edith y su cuadrilla de amigas se encargaron de toda la logística. Él solo tenía que salir de Bellavista y dejarse llevar.
Diego le hizo la propuesta un año antes. Ella no le creyó, le dijo: “Baboso, sobre todo”. Él insistió, le juró que era en serio. “No se meta con un preso”, “él no está enamorao, él lo que está es amurao”, “la va a dejar cuando salga”, recordó los comentarios de la gente y luego pensó: “Pues de malas, me caso”.
Al día siguiente Edith buscó los anillos en el Centro. Él le sugirió que no fueran de lata, que parecieran finos, que no se doblaran ni se oxidaran con el tiempo. Encargó las argollas, no eran de oro puro pero algo de oro tenían. Se las entregaron en una semana y las guardó por dieciséis meses mientras preparaba la boda.
Diego salió de la prisión un viernes antes del atardecer, como si volviera de la guerra, hambriento y sin equipaje, con ansias, con afán de vivirlo todo a la vez. La responsable del transporte y de la indumentaria del novio lo estaba esperando en un taxi. Lo saludó, le dio un trago de aguardiente y, cuando ya iban en camino, le pasó el traje.
El saco le quedó ancho, los zapatos estrechos y el pantalón corto. Diego no se quejó, solo se reía, nunca en la vida se había visto tan elegante. La amiga que les regaló las fotos del matrimonio se encargaría luego de alargar el pantalón en Photoshop. La familia de Edith estaba triste. Nadie la entregó al novio en la ceremonia, ni su padre, ni sus hermanos. Todos se quedaron en la banca haciendo fuerza por el paso en falso que estaba a punto de dar. No les cabía en la cabeza que eligiera a un hombre que encontró por accidente en la prisión. A las 6:05 de la tarde, Edith vestida de blanco, caminó hacia el altar y se entregó sola.
***
Edith le tiene pánico al agua fría y a las alturas. No sabe montar en bicicleta ni en patines. Les tiene respeto a las arañas y a las mariposas negras que se posan detrás de la puerta de la casa. En cambio, para entrar a un penal no tuvo ningún cuidado, ningún agüero, ningún miedo.
Llegó por primera vez a Bellavista a visitar al sobrino. Entró al patio quinto y en medio del tumulto, del encierro, del barullo, perdió el juicio. Él tenía veintiún años, ella pisaba los treinta, la miró, lo saludó, él le echó un chiste, ella una carcajada. Era el último domingo de enero de 2003 cuando ese joven, alto y desgarbado, coqueto y risueño, cambió la ruta y la historia de Edith.
No fue amor a primera vista. En realidad, ese domingo hubo un reencuentro. La vida volvió a presentarlos con otros ojos y con otra estatura. Se conocieron en el siglo pasado, en una vereda, cuando él era un niño y ella una quinceañera. Fueron vecinos de finca en un pueblo del Oriente antioqueño. Edith era más alta que Diego y él más necio que ella. Él perseguía conejos y arrancaba flores. Ella mataba cucarachas y espantaba culebras.
A pesar de la diferencia de edad, Edith y Diego alcanzaron a coger frutas y a jugar canicas juntos hasta que aparecieron hombres de verde. Tanto la familia de Diego como la de Edith fueron desplazadas por la guerrilla. Cada una llegó a la cumbre de una montaña diferente en Medellín y desde entonces no volvieron a verse.
Edith no pudo terminar la escuela. En la ciudad le tocó vivir en un rancho de tablas, trabajar en casas de familia haciendo el aseo. A los diecisiete años se fue a vivir con un señor, tuvo tres hijos y, antes de cumplir treinta, se separó por el maltrato, por el encierro, por la mala vida.
La mamá de Diego fue la celestina que volvió a presentar a esos viejos amigos. Doña Fabiola reconoció a Edith en la fila dominical para entrar a Bellavista, la llamó, la invitó a reconocer a su muchacho y allá, rodeadas por bolillos, cámaras de vigilancia, concertinas afiladas, empezó el amor por Diego y la amistad con la suegra.
A Edith la rebozó el ímpetu. Cambió de trabajo, dejó los bares, el tufo y el guayabo. Trabajó en confecciones, recogió basuras en las madrugadas, abrió una guardería y cuidó niños en la mañana. En las noches retomó el colegio para terminar su bachillerato.
Edith ingresaba al penal cuatro veces al mes. Cada domingo se convirtió en el mejor día de su vida. Salía de Bellavista como si saliera de un spa o de un motel: radiante, despelucada, caricontenta. Aprendió a ser feliz en la brevedad, a disfrutar la ausencia y a saborear la añoranza entre semana. Cuando no se aguantaba las ansias de volver a verlo lo visitaba a escondidas de la guardia.
En la parte trasera de la prisión se trepaba a un muro, se agarraba de la malla, le silbaba, le acariciaba las manos, le daba besitos a través del alambrado y se despedía echándole la bendición.
Las cartas también ayudaron a matizar la espera. Ambos, ella en su pieza, él en su celda, escribían una bitácora de ausencia. Cada domingo había intercambio de correos. Así comenzó a coleccionar, ordenar, memorizar cartas de amor escritas por Diego. De cada año de noviazgo tenía sus fragmentos preferidos:
2003: “Agradezco a Dios que me haya tenido en este lugar para que nuestras vidas se cruzaran”.
2004: “Algún día, por algún motivo, perdí lo más preciado de todo ser humano, la libertad. Sin embargo y a pesar de haberla perdido salí ganando porque sin buscar o sin pensarlo, te encontré”.
2005: “No te imaginas cuánto le agradezco a mi madre por haberte traído a mi vida esa mañana de enero de 2003, recuerdo que la primera vez que te vi, sentí la necesidad de volverte a ver y luego fue imposible verte y no hablarte, hablarte y no tocarte, tocarte y no besarte, besarte y no enamorarme”.
2006: “Lucho día tras día por salir de esta prisión, para demostrarte no acá sino en tu mundo que este sentimiento es verdadero”.
2007: “No te imaginas las ganas que tengo de estar a tu lado pero afuera”.
2008: “Estos días que tuve que pasar sin verte me sirvieron para darme cuenta de lo mucho que tú vales para mí. Pues las horas son días y los días son años, una semana se pasa pero dos son insoportables”.
2009: “Te amo como eres y qué hps. Y si no te gusta así pues te va a tocar aguantarme porque ni por el putas te voy a dejar”.
2010: “Hoy digo con mucho orgullo y sin temor a equivocarme que en 28 años, 4 meses y 9 días eres lo más hermoso que ha podido pasarme”.
Siete años más tarde, un cura los declaró marido y mujer. Después de la marcha nupcial empezó una tormenta de película de terror. Los invitados y los curiosos comenzaron a cuchichear: “Van a sufrir”, “les va a ir mal”, “no les conviene estar juntos”. El ventarrón, los rayos, los truenos, todo era un mal presagio.
Escampó y a la salida llovió arroz. Ambos parecían felices, convencidos de esa locura que acababan de hacer. “¿Ahora qué hacemos?, ¿para dónde vamos?”, preguntó Diego en el atrio. “Vamos a comprar un pollo asado”, respondió Edith. A Diego no le chocó que la recepción de su boda fuera en el asadero de la esquina.
Caminaron sobre la calle mojada y se desviaron hacia el salón donde sería la fiesta. Al ver las bombas, las flores, el bizcocho, Diego se puso las manos en la cabeza, abrió la boca y lloró. Después de tanto tiempo encerrado había olvidado lo que era un festejo.
No hubo dinero para tarjetas de invitación, Edith simplemente regó la noticia entre vecinas, amigas, colegas, conocidas y esa boda la armaron entre todas como si fuera un convite de cuadra.
A punta de empanadas pagaron el alquiler de los vestidos, los ingredientes de la comida y la luna de miel que empezaría el domingo. Una colega puso el equipo de sonido y la música parrandera. La madrina puso las flores para el yugo y la decoración de las mesas. Las sillas y los manteles los prestó el grupo de la tercera edad del barrio.
Otra amiga puso la vajilla desechable para la cena. El padrino puso una caja con botellas de ron. Y aunque sabían que ese matrimonio tenía las horas contadas, los invitados y los colados se confabularon y brindaron, bebieron y bailaron como si el fin del mundo estuviera cerca.
La pareja llegó al amanecer del sábado y durmió hasta el mediodía. Hacía muchos años a Diego no lo despertaba el sol. Diego desempacó los regalos como un niño, jamás en su vida recibió tantos: perfumes, una licuadora, una olla pitadora, una plancha, vasos de cristal, toallas, un collar, un par de chanclas, un bóxer, unas tangas y algunos sobres con plata.
En la tarde fueron a devolver los vestidos, caminaron cogidos de la mano, Diego estaba aturdido con el sonido del Centro, extasiado con tanta gente, no paraba de mirar el cielo despejado, sin garitas, sin rejas, sin alambres de púas.
***
Diego Sánchez llegó a la cárcel Bellavista de Medellín nueve años antes de su matrimonio. Lo capturaron a finales de octubre de 2001 por un delito que sí cometió, no era inocente, era culpable, autor material e intelectual de los hechos. Las autoridades lo presentaron en sociedad como un asesino. Le tomaron las huellas, le asignaron un número y lo llamaron interno, preso, recluso. No tenía nombre ante el Estado porque nunca hizo un trámite, no tenía cédula de ciudadanía.
Era un N.N., una persona indocumentada, no tenía cómo demostrar su identidad, tampoco su nacionalidad, su edad, su pasado. No era nadie. Tenía veinte años de edad y el único registro de su existencia era un papel que fijaba el 21 de septiembre de 1981 como su fecha de nacimiento.
Sus padres anduvieron por varios pueblos de Antioquia. Su papá, don Antonio, era camionero, alto, flaco y barrigón. Su madre, doña Fabiola, trabajaba la tierra y la casa, tenía la piel blanca y la voz dulce. Emigraron al norte del país. Vivieron en una finca rodeada de cultivos de papaya. El papá viajaba a Medellín en el camión y vendía las frutas que cosechaban.
Diego era el mesero de la finca. La mamá preparaba la comida de los trabajadores. A él le tocaba ir y volver. Llevar y traer platos a un salón repleto de hamacas, machetes, costales. Otros hombres de verde les dieron una orden de salida, los paramilitares necesitaban “limpiar” la zona.
Los padres tragaron saliva y tristeza, miraron el reloj y comenzó la mudanza. Salieron de noche. Empacaron una parte y dejaron casi todo. No había tiempo ni espacio para trasladar un hogar. Así le dijeron adiós al campo y llegaron a Medellín en los años noventa.
El carro fue la casa en la ciudad. Como no había dinero para un hotel durmieron adentro del camión. A los días el papá llegó con el cuento de que tendrían una casa en la montaña.
Les advirtieron que ese terreno era propiedad privada, que no lo podían habitar porque los sacaban. Pero no había otra opción. Cogieron un pedacito de montaña mientras el Estado los desalojaba. Podía pasar un día, o podían pasar años.
Las primeras noches hicieron fuerza para que no lloviera mientras armaban la casa. Les alcanzó para que tuviera paredes de madera, tejas de cartón, piso de tierra. A esa parte de la montaña la llamaron “barrio de invasión”.
Tenían la mejor vista de Medellín. A la mamá le florecieron las matas, aparecieron dalias y rosas amarillas. Tuvieron una ardilla, un perro y un conejo que se murió de viejo.
Diego ingresó a una escuela nocturna. Descubrió que ya sabía leer cuando leyó en la montaña del frente una palabra verde luminosa que decía COLTEJER. A la salida se iba a ver la noche, las estrellas. Planeaba travesuras, le tiraba piedras a la luna. Su sueño era manejar un carro grande, viajar por Colombia con frutas a bordo, ser como su padre al volante.
El proyecto duró poco porque los desalojaron. Bajaron, cruzaron el río y subieron a otra montaña. El papá cambió el camión por una tienda, vendía legumbres a los vecinos del nuevo barrio. Diego ya no podía estudiar, para que la vida fuera posible tenía que trabajar y cumplir responsabilidades de adulto.
Los jóvenes de su edad estaban estudiando, otros estaban en esquinas o en billares, jugando cartas, algunos “vigilando” el barrio. A esos les decían milicianos, eran representantes de las guerrillas en la ciudad. La fama del miliciano era de “matagente”, era el que “limpiaba” el barrio de viciosos, ladrones y extraños. Abajo mandaban unos, arriba otros. Cada sector tenía su dueño, la recomendación era no cruzar las fronteras.
Los fines de semana pedían un dinero a la comunidad. A esa cuota le decían “colaboración” y la destinaban para el sostenimiento de la organización, para seguirlos “cuidando”. Aunque el papá decía que no era justo trabajar para otros, daba su aporte por miedo.
Durante años pagó sin falta la extorsión semanal. Un domingo le cobraron la vacuna y él la pagó. Minutos después se acercaron otros hombres y volvieron a cobrarle. Le advirtieron que quienes habían pasado temprano eran desertores de la organización. El papá se opuso a pagar de nuevo y lo mataron en la tienda.
Diego perdió el equilibrio, quedó en el suelo. El asesinato de su padre lo tumbó. Las autoridades subieron a recoger el cuerpo. Le entregaron unos papeles a la mamá para que pusiera la denuncia. Doña Fabiola no sabía leer ni escribir. Tampoco tenía documentos de identidad. No tenía fuerzas para hacer trámites en medio del duelo. Pedir justicia era perder el tiempo. Dejaron las cosas así.
Ocho días después los asesinos volvieron a la tienda a pedir la “colaboración” de esa semana. Diego estaba desbaratando lo que quedaba del negocio para irse del barrio. Al verlos, recordó los catorce disparos que le dieron al papá, lo imaginó arrastrándose por la calle, pidiendo ayuda mientras los milicianos lo miraban morir, sintió impotencia, explotó, perdió el control y vengó su muerte.
En cuestión de minutos lo capturaron. La policía lo presentó como el resultado de un exitoso operativo contra los grupos armados ilegales en las comunas populares de Medellín. Lo hicieron posar junto a una mesa con fusiles, escopetas, granadas. Le tomaron fotos, lo sacaron de la ciudad y la cárcel Bellavista lo recibió con sus rejas abiertas.
***
El domingo Diego y Edith se fueron de luna de miel con veinte personas. Alquilaron un bus y tomaron la vía al mar. Diego se pidió la ventanilla para oír el viento. Salieron a las siete de la mañana y después de un par de horas de camino llegaron a una piscina para pasar un día de sol en San Jerónimo.
“Esto sí es alegría”, “esto es la libertad”, “¿qué más le puedo pedir a la vida?”, exclamaba Diego. Se daba la bendición y miraba al cielo como los futbolistas cuando meten un gol. Bromeaba, corría, saltaba, empujaba, abrazaba, gritaba, nadaba, cantaba, bailaba, reía, sudaba, vivía. Diego era la felicidad en persona.
Cuando Diego llegó a prisión su memoria era un laberinto. Afuera quedaron su infancia, su juventud, su madre. Creyó que ese era el final de todo. Solo quería morirse. Contaba los segundos, los minutos, las horas, los días, las semanas, el tiempo no corría, no encontraba salida, solo podía mirar hacia el pasado, revivir la tragedia, maldecir su suerte, reprochar sus decisiones, llenarse de remordimiento, anhelar la muerte.
Todo le daba vueltas. Lo que hizo, lo que dejó de hacer, lo que quedó atrás, lo que pudo ser. Un compañero de celda le dijo: “De aquí para adelante hay otra vida. Tenemos que morir acá para nacer en el mundo de la libertad”.
Para volver a Medellín debía aprovechar esa temporada de reja. Le hizo caso. Se miró al espejo y empezó a fabricar el hombre que quiso y no pudo ser cuando estuvo libre. Por eso valoró lo que ese presente le daba de sobra: tiempo libre.
Adentro tuvo lo que no encontró afuera: acceso a la educación, a la salud, por primera vez tuvo un trabajo estable. En vez de pensar en las pérdidas, pensó en cuidar lo que quedaba, pensó en su vieja y le juró que algún día lo vería en libertad.
Doña Fabiola lo acompañó a lo largo de seis años. Quedó sola, viuda, sin empleo, enferma. No faltó un domingo en Bellavista, así le tocara irse a pie. Caminaba por horas, al sol y al agua, de ida y vuelta. Visitar a su hijo era su motivo de fuerza mayor.
Edith la invitó a vivir a su casa para cuidarla. Tomó vitaminas, estuvo en quimioterapia, le aplicaron morfina. Con el tiempo perdió el cabello, la fuerza. Aumentaron los dolores, poco a poco, la cama la fue agarrando hasta que no pudo volver a levantarse.
A finales de noviembre de 2007 empeoró. Tenía fiebre y los pies fríos. Le rogó a Edith que de esa casa no la sacara más. Que no le prolongara el sufrimiento. Miraba con pesadumbre al cuadro del Corazón de Jesús y repetía el nombre de su hijo.
—No me lo deje solo —le suplicó doña Fabiola a Edith presintiendo que moriría antes de tiempo.
—Doña Fabiola, váyase tranquila a descansar, yo no lo voy abandonar —le prometió Edith.
Llamó al médico, pidió ayuda: “Está alimentando el cuerpo, dele agua y morfina. Si la lleva al hospital le va a alargar la mala vida”.
—Su mamá está muy mal —le dijo Edith a Diego a través del celular ese jueves en la noche.
—No deje que se muera mi mamá, dígale que me espere —le imploró Diego.
—No la torture más, déjela ir, libérela de esa promesa —le insistió a Diego.
Diego apenas balbuceaba, intentaba hablar, esa impotencia de no estar presente a la hora de una muerte le apabullaba las palabras.
Edith le acercó el celular para que doña Fabiola pudiera escuchar la voz de su hijo.
—Madrecita… yo creo que no te voy a poder cumplir ese sueño…
—Ah… —suspiró un lamento y salieron lágrimas de renuncia.
A primera hora del día siguiente Edith llamó a la cárcel.
—No me cuente nada —le advirtió Diego presintiendo que su madre ya había muerto—. ¿Me va a traer a mi viejita?
Edith llamó al director del penal, explicó el caso y le permitió entrar en coche fúnebre para que Diego pudiera despedirse de su madre. Edith llegó en la tarde con las ojeras del luto, el conductor de la funeraria bajó el ataúd y lo condujo a la primera reja.
Edith estiró los brazos para la requisa. La guardiana hurgó en sus axilas, entre los senos, en el vientre, en los muslos, en las pantorrillas. Le advirtió que no podría entrar con tacones, que a la cárcel se entraba de chanclas. Como Edith no estaba de ánimo para demostrarle que en las suelas no traía droga, dinero, armas, ni celulares, entró descalza.
Mientras un guardián fue al patio a notificar a Diego, otro puso a un perro a oler el féretro. Luego ordenó abrirlo para requisar al cadáver. Diego llegó cabizbajo y esposado. Al encontrar la mirada de Edith se descompuso, la abrazó cuando tuvo las manos libres y sollozaron en coro. Se le acercó a su madre, le acarició las manos, le quitó una cadenita que ella traía en el cuello, le puso un escapulario de él y le habló en voz baja.
—Mi viejita, cuánta falta me vas hacer…
***
El lunes Diego amaneció despierto, callado, pensativo. La sonrisa del primer día ya no era la misma. Después del día de sol y del alboroto, pidió estar un rato en silencio con su mamá. Compró una rosa en las afueras del cementerio y cuando llegó a la bóveda se persignó y se sentó en el piso por un buen rato a hacerle la visita.
Edith asumió la condena de Diego como su causa. No fue difícil cumplirle su promesa a la suegra porque el amor la despertaba y le tenía el ojo abierto desde las dos de la mañana del domingo que salía a hacer la fila para verlo.
Consiguió el Código Penitenciario y Carcelario, estudió el artículo 147 de la Ley 63 de 1993. Supo que el Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario concedía permisos hasta de 72 horas para salir del penal, sin vigilancia, a quienes hubieran trabajado o estudiado durante la reclusión.
Diego cumplía con todo. Estudió y se graduó con honores del colegio de Bellavista. Empezó a descontar días de su pena laborando como reciclador, panadero, barrendero. Como jamás tuvo un llamado de atención, lo ascendieron y trabajó en la granja, en el galpón y en la marranera.
Edith se encargó de hacer la gestión del permiso para que Diego tuviera un respiro, una degustación de libertad: fue, volvió, fotocopió, firmó, entregó, insistió, llamó, reclamó, presionó, esperó, recibió y nueve meses después de papeleos le aprobaron el primer permiso de salida el 20 de diciembre de 2009.
Diego se especializó en hacer rendir los recuerdos, guardaba reservas para prolongarlos en los días venideros de cárcel. De esa primera vez aún tenía memoria del humo y de las luces de la discoteca, de la sazón casera, de la velada romántica, de los alumbrados del río, del amanecer despierto, del horizonte sin muros, del atardecer desnudo.
Ocho meses después, volvió a salir y en 72 horas tuvo una boda, un sol de miel, una luna sin rejas y una separación prematura. De regreso a Bellavista compró una cerveza enlatada y la bebió lentamente mientras miraba la calle a través de la ventana del taxi. En el bolsillo llevaba un pedazo de torta negra que sobró de la fiesta.
A las 4:55 de la tarde ya estaba en las afueras de la cárcel con su esposa. Le pidió el favor al taxista de que la esperara un par de minutos mientras se despedían. Diego la abrazó, la cargó, ella se colgó de su cuello, lo besó. Ambos lloraron, se dieron las gracias, se separaron.
Edith lo vio entrar por la puerta grande. Le agitó la mano y cuando dejó de verlo la desbarató una sensación de vacío.
—Mis respetos señora, yo no haría eso — le dijo el taxista—. ¿Uno recién casado y ya separándose?
—Vamos a ver cómo me va —le respondió y se tragó un suspiro.
Edith no sabía en qué se estaba metiendo y, para ella, eso era lo mejor de esta historia. Apenas ajustaba tres días de casada con un hombre condenado a 38 años y seis meses de cárcel.
Tratado fallido sobre la ensalada del guaro
por ERREMORA • Ilustración de Señor OK
Número 97 Junio de 2018
Cuando se es un insignificante alumno de colegio público que vive en un barrio popular del norte, y la mesada que le da su padre no alcanza para la cerveza porque debe pagar cuatro pasajes diarios para ir al colegio bien al sur y luego volver a casa, uno debe buscar salidas para aliviar la sed recurrente de su garganta de roquero. Durante el segundo semestre del 84, trabajé los fines de semana, junto con un amigo del barrio, en la cocina de una enorme discoteca en decadencia, y decadente, de la ciudad de Medellín.
No hablaré de esos personajes anónimos del mundo malandro de Medellín que pasaban por allí, ni de esos lazos gruesos de oro que colgaban de sus cuellos y les llegaban hasta la mitad del pecho que una camisa con la botonera abierta dejaba ver. No hablaré del hombre guajiro que una noche llevó a toda la familia y se cruzó de brazos en la cabecera de la mesa, se limitó a mirar, nunca habló mientras sus casi veinte invitados vaciaban botellas de ron, fumaban Marlboros y se lanzaban a bailar alegres y gritones.
No hablaré de las parejas que se refugiaban en la oscuridad de las mesas de la sección de reservados, ni hablaré de las historias que llegaban a la cocina en boca de un mesero excitado, narrador de las hazañas de un afortunado que le chupaba las tetas a su novia en la mesa veintisiete. Luis, mi compañero de labores, tiraba su cuchillo dentro de la poceta y salía corriendo al salón porque quería ver aquellas tetas deliciosas.
No hablaré de todo el VAT 69 camuflado en Coca-Cola que tomaba gratis después de terminadas mis labores, sentado en el rincón más alejado y oscuro de la barra. Tampoco diré nada del aroma del líquido con el que el hombre del aseo trapeaba unas horas antes de que la discoteca abriera puertas. No, no hablaré de ello, ni del mundo extraño que mis ojos de roquero del Aburrá norte veían bailar al ritmo de Pastor López, Rodolfo Aicardi o el Binomio de Oro, bajo las luces de una pista atestada de parejas. No diré palabra alguna sobre el olor dulzón que despedía el líquido de la máquina de humo, ni de las figuras que flotaban entre los rayos de luz estroboscópica y mucho menos hablaré de las muecas de felicidad que veía en aquellas caras. La pista siempre ardía en su furor. Yo, mientras tanto, intentaba escribir canciones sobre la guerra nuclear en el papel abierto de una cajetilla de cigarrillos Derby, que mis dedos habían desbaratado con paciencia. Tampoco hablaré de ese asunto. Hablaré, sí, de las cientos de ensaladas para el guaro que preparaba antes de ganarme los vasos de VAT 69 completamente gratis que me servía un barman generoso.
Cada viernes, a eso de las cuatro y treinta de la tarde, el administrador de la discoteca, Luis y yo, llegábamos en un taxi al mercado de la calle Tejelo. El mercado estaba al aire libre, el vocerío de la gente se levantaba al cielo y casi apagaba el rugir de los motores de los buses que bajaban por la Avenida de Greiff. El administrador bajaba del taxi, abría su manicartera, sacaba una cajetilla y encendía un Marlboro. Luego empezaba a caminar entre los montículos de frutas y verduras que los vendedores ofrecían con sus gritos. Luis y yo caminábamos tras él y el humo de su cigarrillo a veces se metía en mis ojos. El tipo señalaba las naranjas, los mangos, las piñas y los cocos que debíamos meter a un costal de cabuya. Pagaba con billetes que sacaba de la manicartera, botaba al piso la colilla y regresábamos al taxi que nos esperaba fuera de la calle.
Sí, naranjas, mangos, piñas y cocos. No era muy sofisticada la ensalada que preparábamos. Al fin y al cabo, era solo para maridar aguardiente y ron de tres pesos. Era aquella una ensalada rudimentaria, tosca y clásica, para la cual se debían seleccionar las frutas con el ojo de un experto. Una ensalada sin mucha valoración en el mundo gourmet, pero sin la cual nadie sería capaz de afrontar una bebeta de grandes proporciones.
Si ustedes visualizan un cuenco de la ensalada en cuestión, verán en sus mentes una especie de naturaleza muerta en forma de flor, compuesta por cuatro cascos de naranja dispuestos en cruz, cuatro triángulos de piña, varias julianas de mango alrededor y cubitos de coco dispuestos en el centro. La imagen puede resultar de lo más frugal e inofensiva. Sin embargo, picar un bulto de naranjas en cascos tiene sus riesgos. Las largas exposiciones al ácido cítrico despedazan la piel de las manos. Para un citadino, partir un coco y separar su carne de la cáscara puede convertirse en una gran tragedia moral y física. Puede uno cercenarse un dedo, apuñalarse la palma de la mano o desbaratar la fruta por completo. Sin contar los esfuerzos que se deben hacer para no comerse demasiados pedacitos una vez el coco esté picado. La piña es una asesina despiadada. Una vez cortada en triángulos más o menos simétricos, estos se deben sacar de un recipiente para ser emplatados. La operación, a simple vista, parece sencilla, pero su complejidad es casi extrema. De tanto meter la mano en el recipiente repleto de triángulos de piña, diminutos trozos se incrustan en los intersticios de las uñas y producen heridas dolorosas y sangrantes. Los enormes uñeros atacan sin piedad en el pulgar, en el índice y en el dedo medio. Los ácidos de la piña y de la naranja se entremezclan y atormentan las heridas con un ardor insoportable. El mango hace lo suyo, pero su mayor peligro es el cuchillo que lo corta.
Después de la media noche se acababa la fruta. Lavábamos los cuchillos, las tablas de picar, los cuencos de cristal barato y nos íbamos a la barra. El VAT 69 aliviaba un poco el dolor de las heridas y combinaba bien con nicotina.
No teníamos un salario asignado. Nuestra paga consistía en las propinas que los meseros nos dejaban al final de la noche por mantener los cuencos llenos de fruta picada y algún billete arrugado y de baja denominación que el administrador completamente borracho nos soltaba antes de apagar las luces o mientras el cajero cerraba los candados de la puerta. Así transcurría la noche del viernes. El sábado era una historia semejante, la lucha contra la piña, la naranja, el mango y el coco.
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Primeros planes
por LUIS FERNANDO GONZÁLEZ ESCOBAR
Número 96 Mayo de 2018
En 1968 el entonces Departamento Administrativo de Planeación contrató con los arquitectos César Valencia Duque y Jorge Cadavid López el Estudio del centro de la ciudad. El documento fue publicado al final del año siguiente. Se cumplen así cincuenta años del primer intento de estudiar, imaginar y definir qué hacer con el Centro. A partir de esos primeros trazos se han sucedido variados estudios, planes, programas y proyectos. Muchas cosas han dicho los planificadores y otras tantas han hecho las 28 administraciones que se han sucedido entre 1968 y 2018, ya sea siguiendo lo formulado o, simplemente, el capricho del mandatario de turno, los intereses económicos, el cálculo político o simplemente el deseo megalómano. En ese lapso son grandes y dramáticos los cambios sobre el paisaje urbano que diagnosticaron los arquitectos Valencia y López; pero, a pesar de la transformación, también es cierto que se conservan espacios y usos, rutas e hitos de ese Centro de hace medio siglo.
Para aquellos años finales de la década de 1960, el Centro estaba al servicio de una ciudad de un millón de habitantes y contenía una diversidad de usos que lograba un cierto equilibrio. Si bien la actividad comercial era importante — el 33,58 por ciento—, era casi la misma proporción de la ocupación del suelo dedicada a vivienda —34,75 por ciento—, lo demás estaba repartido en usos varios, actividad industrial y su condición de centro institucional, ya religioso o político. Era un centro dinámico y diverso. Donde se concentraban los discursos y los sermones de la ciudad que dejaba de ser villa, donde crecían el comercio y la pequeña industria, y al mismo tiempo se concentraban las actividades educativas y culturales; así, en esa mezcla social había dos clubes de la elite y 16 templos, pero también 17 salas de cine, 58 heladerías y 398 cafés, donde las distintas clases sociales aun convergían.
En las 341 páginas del estudio, con sus anexos y sus 45 planos, se plantearon las grandes preocupaciones del momento para un Centro conformado por 237 manzanas —entre el centro principal y la zona adyacente— en torno a la arquitectura, el urbanismo, la vivienda, la circulación y las sedes institucionales.
Siguiendo el pensamiento predominante del momento, los autores concluían que no había una arquitectura de conjunto, le faltaba carácter y era “inmadura”, pues a una innovación le seguía otra de manera rápida, con materiales de calidades discutibles, lo que implicaba no un conjunto coherente sino una suma de edificaciones, con efectos irremediables en la estética urbana, la que no era sino el reflejo de “una de las características más sobresalientes de nuestra idiosincrasia”, esto es, el “individualismo”. Ya se alzaba en el horizonte la ruptura de la escala urbana debido a los nuevos edificios de Propiedad Horizontal, llamados rascacielos, que tomaban impulso y se construían como alternativa de vivienda para los sectores de “alta categoría”. Cinco décadas después las demostraciones de esa idiosincrasia individualista darían como resultado ese collage complejo que caracteriza hoy el Centro de la ciudad, ya con más torres, menos espaciosas, no para la “alta categoría” sino para sectores medios, y con una estética simplificada al extremo, en donde predomina no la individualidad sino las construcciones en serie.
Para los autores no existía en la ciudad un verdadero urbanismo; por ejemplo, señalaron cómo el Plan Piloto, entregado en 1951 por los urbanistas Paul Weiner y José Luis Sert, fue una reglamentación de tipo general que nunca fue llevada al detalle y a consecuencias sobre el territorio; en otro sentido, la carencia de servicios comunales en los barrios hizo del Centro el lugar con el mayor poder de atracción, el “cual se congestionaba cada vez más”. Pero lo más interesante es cómo reconocieron la carencia de zonas verdes urbanas y la ausencia de planes en ese sentido: “Las nuevas vías y ampliaciones tienen fallas en este aspecto. Como consecuencia la ciudad se ha tornado árida. La temperatura ambiental ha venido aumentando gradualmente”. Sin lugar a dudas una lectura que se anticipó a los tiempos de la ecología urbana y los microclimas. Apenas ahora se trata de entender y mitigar lo que aquel estudio anunció hace cincuenta años.
Es cierto que el urbanismo hizo irrupción con el paso de los años y se ha intentado una mirada de conjunto, pero aun así la falta de verdaderas centralidades barriales siguió siendo uno de los factores determinantes para que el Centro fuera y se mantuviera como el mayor factor de atracción. Hoy día muchos siguen sin entender que buena parte de las problemáticas del Centro pasan por las dinámicas barriales, las periferias y la marginalidad urbana.
La vivienda era un uso considerado compatible con la vida del Centro y en su mayor parte, especialmente en el centro principal, era valorada como de alta calidad. Si bien eran aún predominantes las casas de uno y dos pisos, se daba paso a los edificios multifamiliares y a los de renta de cuatro pisos en las áreas adyacentes al centro principal. De ahí que el sesenta por ciento de la población del Centro era permanente y solo un cuarenta por ciento era flotante. No obstante se diagnosticaron sectores en deterioro, tomando como criterio el estado de la infraestructura urbana, y el nivel socioeconómico, para hablar eufemísticamente de la población pobre asentada allí, como los casos de San Antonio, Guayaquil, La Bayadera, los alrededores de la iglesia del Corazón de Jesús, los alrededores del edificio de EPM, aparte del sector de la Estación Villa con sus tugurios y la expansión del barrio Colón. La vivienda hoy es minoritaria en el Centro, el mayor porcentaje de la población es flotante y los sectores señalados, pese a las intervenciones que se han hecho, se mantienen sin resolver sus problemas fundamentales. El 14,2 por ciento de la población económicamente activa de entonces se empleaba en el Centro, de tal manera que la población flotante iba en incremento mientras que la residente ya comenzaba su desplazamiento a Laureles y El Poblado; las rutas de buses convergían especialmente a la Plaza de Cisneros —el centro popular por excelencia—, al Parque de Berrío y la Plazuela Nutibara, lo que hacía que el Centro se saturara por sectores, aunque se consideraba que aún tenía capacidad de crecer por unos diez años más sin colapsar; no ocurría lo mismo en términos peatonales, pues era problemático debido a que los andenes eran insuficientes, no tenían capacidad para albergar tanta demanda, además eran estrechos y estaban deteriorados y ocupados por ventas ambulantes.
La propuesta, hecha para prever el crecimiento futuro y atender esa demanda presente, era el desarrollo combinado de un anillo vial periférico y al interior del mismo la peatonalización de vías. De hecho el anillo periférico ya se había planteado con la idea de la Avenida Oriental, la continuidad por la calle Vélez al norte, la Avenida del Ferrocarril al occidente y al sur por la carrera 33. Con los propósitos de este plan esa idea se fortaleció e incluyó paraderos de buses y zonas de estacionamiento vehicular a lo largo de todo el anillo. Mientras tanto al interior se planteó la peatonalización de la carrera Junín —entre Caracas y La Playa—, la avenida La Playa —entre Junín y Sucre—, la carrera Bolívar para unir el Parque de Berrío y la Plazuela Nutibara, la remodelación del Parque de Bolívar y el pasaje La Bastilla, además del cierre al tránsito de calles como Boyacá, Colombia, Calibío, entre otras.
El anillo vial fue construido cerrando al sur no por la calle 33 sino por la calle San Juan, los efectos sobre el Centro de la ciudad fueron dramáticos por la demolición de cientos de edificios a lo largo de la Avenida Oriental, pero sin las obras de mitigación que se pensaron en el Plan, y sin los paraderos ni las zonas de estacionamiento. Desaparecieron del paisaje hermosos ejemplos de arquitectura histórica y se cercenaron espacios públicos como la plaza de Cisneros o la plazuela de San José, aunque al interior se ganaron los pasajes de Junín o La Bastilla. A la hora de los balances fueron más los saldos en rojo que los positivos. En distintas administraciones esos mismos pasajes han cambiado de material en sus pisos, de amoblamiento y decoración; y esas mismas calles hoy se intentan entregar al peatón, disputándolas a los vehículos y a las ventas ambulantes.
Los otros grandes proyectos discutidos en el Plan del Centro de 1968 fueron la Central de transporte interurbano, la plaza de mercado de Cisneros y la construcción del Centro Administrativo Oficial. La Central de transportes implicaba la reubicación de las terminales de buses y del ferrocarril, de hecho el Ferrocarril no se reubicó sino que se acabó y la central dio lugar primero a la terminal de transporte del norte y años después la del sur, alejando de Guayaquil las actividades que habían sido determinantes en su dinámica como puerto seco. Por su parte la plaza de mercado era considerada uno de los más serios problemas urbanísticos de la ciudad, con sus 1200 puestos hacinados adentro y sus más de 400 puestos afuera de la parte cubierta, especialmente en el denominado Pedrero. Se pensaba que con el traslado de sus actividades a una plaza mayorista al sur de la ciudad y un plan de mercados satélites en los barrios Guayabal, Campo Valdés, Castilla, Robledo, La América y Belén, que estaban en construcción, debería desaparecer. Pero no fue así. Algunas plazas funcionaron y otras no. Se incluyó posteriormente la plaza minorista José María Villa, pero muchas de sus actividades se fueron desplazando al Centro en un proceso de años que se llamó la “guayaquilización” del Centro.
Mientras que con el centro administrativo se buscaba solucionar la dispersión de las dependencias oficiales y la dificultad para ampliar las distintas sedes, aparte de las condiciones arquitectónicas de las oficinas, la ausencia de espacios libres en sus inmediaciones, las dificultades de acceso, la falta de zonas de parqueo, entre otras razones que justificaban la creación del centro administrativo en La Alpujarra, como ya había sido contemplado en el Plan Piloto de 1951. Con el Plan del Centro se justificó, por el poco valor de la tierra en La Alpujarra, la posibilidad de la renovación urbana de este sector, la realización de edificios con técnicas modernas de funcionalidad y arquitectura; la libertad arquitectónica para estudiar espacios abiertos y perspectivas exteriores, sus relaciones paisajísticas con el cerro Nutibara, la facilidad de separar el tráfico vehicular y peatonal, y así crear un centro como eje metropolitano. El Plan recomendó la creación de una Junta o Comité Provisional como entidad a cargo de adelantar la obra y se puso una meta de diez años para adelantar el proyecto. Solo en 1975 se hizo el concurso para elegir el proyecto, que se ejecutó entre 1983 y 1987, con otros criterios, diseños y concepciones a las planteadas en este Plan.
En general el Plan del Centro de 1968, siguiendo las concepciones de aquellos años, hace el diagnóstico de la situación, plantea alternativas y define lineamientos para que sean convertidos en proyectos específicos. No hacía urbanismo estrictamente ni diseño urbano. Pero concibió un centro de ciudad a partir de la interpretación de unas realidades que se consideraban adecuadas o problemáticas. Con lo cual nos dejaron un retrato de cómo era el Centro en aquellos años pero también de los imaginarios de aquella sociedad a través del pensamiento de los arquitectos y el equipo a cargo. Al concretarse su ejecución, con cambio de orientaciones, con errores y aciertos, se cambió radicalmente el paisaje urbano. Curiosamente algunas preguntas y respuestas fundamentales sobre transformaciones sociales siguen vigentes, mantienen los mismos sesgos y prejuicios, las mismas ubicaciones y segregaciones socioespaciales mientras se abren y se cierran vías, se amplían calles, se cambian una y otra vez los pisos de aceras y espacios públicos, se reglamentan y mejoran fachadas… obras que parecen un déjà vu. Y queda aún latente la pregunta por la historia, de la que poco o nada hay referencia en aquel Plan del Centro, y la que poco parece significar e incidir en el presente.
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El Mocho Giraldo
Un ejemplar original
por FERNANDO MORA MELÉNDEZ • Fotografías de Archivo familiar, Jairo Ruiz Sanabria y Juan Fernando Ospina
Número 95 Marzo de 2018
Guayaquil podía convertir a un joven bulteador y vendedor de aguacates maduros en un novel comerciante de libros viejos. No importaba que el Mocho apenas juntara las letras, fue acumulando números y comenzó a distribuir textos escolares en varias ciudades colombianas.
Aprendía rápido. Con el paso de las hojas se hizo magnate y luego pirata para darle lustre a su muñón. Baldor, Krishnamurti y García Márquez fueron sus socios. Murió en diciembre pasado en una de sus bodegas en Medellín. Dejamos un epílogo a manera de epitafio.
No hay auténtico caballero que no se haya comportado como un rufián al menos una vez en la vida. Eso dice Javier Marías cuando se refiere a Robert Louis Stevenson, el escritor inglés, autor por cierto de una de las sagas de corsarios más pirateada: La isla del tesoro. De esos granujas sin tacha, de textos viejos y algunos no tanto, trata la leyenda de Gilberto Giraldo Barrientos, más conocido en los antros de libros y discos viejos como el Mocho.
En diciembre de 2017, muy cerca de cumplir ochenta años, Giraldo dormía al fondo de una de sus bodegas, en la avenida La Playa, pertrechado por torres de libros, y más de quinientos mil discos de vinilo que cuidaba con recelo, aunque sin ningún registro más que su memoria. El hombre ya sordo, sin hijos, con una pensión de seiscientos mil pesos, que además tenía embargada, había aparecido treinta años antes, quién lo creyera, en la revista Dinero, como propietario de una de las quinientas empresas más prósperas del país: la Librería Antaño.
Entre las décadas del ochenta y noventa, el imperio de don Gilberto tenía sucursales en Barranquilla, Cúcuta, Bucaramanga, Cali, Manizales y Pereira, además de otras sedes pequeñas, en ciudades intermedias, y hasta en pueblos como Fredonia. Era el distribuidor autorizado de sellos prestigiosos como McGraw-Hill, Pearson, Planeta, Susaeta, Norma, Santillana y otros más. Los gerentes comerciales de estas empresas le despachaban sus camiones bajo contratos de palabra. Uno de ellos recuerda que bastaba la cédula de Giraldo y su muñón para cerrar un contrato. Las citas comerciales se hacían casi todas en bares del Centro de Medellín. Al inicio de la temporada escolar, los ejecutivos de ventas tenían que esperar su turno, cerveza en mano, en alguna mesa, hasta que el Mocho se dignara a dictarles su pedido, uno por uno, con fondo de bandoneón y canciones de arrabal, en sitios como El Campín o Leomar, cerca de la Plazuela Uribe Uribe.
La intuición que tenía don Gilberto estaba respaldada por el conocimiento del mercado. Le gustaba recorrer el país en carro, tienda por tienda, para averiguar cómo se movían los libros en cada región. Ni corto ni perezoso, el Mocho cruzó fronteras para ampliar su comercio hasta Ecuador, Perú, Argentina y Uruguay. Y aunque era ávido para los negocios, le tenía miedo a los aviones. Como no podía cruzar la selva del Darién por tierra, le tocó volar, como Simbad, hasta Panamá. Desde allá, su mercadeo sobre ruedas llegó hasta Costa Rica, Guatemala y México D.F.
En aquellos tiempos no había ni atisbos de internet. La gente todavía compraba enciclopedias a crédito, alquilaba revistas de historietas y ni por asomo se hablaba de libros electrónicos. El Mocho era una especie de jeque tropical de los libros. Le gustaba vestir Kosta Azul y Everfit, tener su propio chofer y pavonearse de su fortuna con los libreros pobres del pasaje La Bastilla, a los que de vez en cuando invitaba a beber. En aquellos raptos de generosidad, cuando le anunciaban que ya era hora de cerrar el local, se encerraba con los convidados a tomar pola o a jugar billar hasta el amanecer: “Yo pago todo”, anunciaba.
Celina, la última mujer de Giraldo, evoca sus juergas disparatadas: “Después de trabajar como un burro, bebía hasta ocho días seguidos. Andate que ya voy para la casa, me decía, cuando iba a sacarlo del Campín. Y después aparecía con mariachis o con amigos músicos. Otras veces íbamos a Tierras Colombianas, en la época de los ochenta, cuando había plata para dar y convidar”.
Lo conoció en Cali, cuando ella era una madre soltera, paisa y sin fortuna. A Gilberto le cayó en gracia, pero adujo estar ocupado en ese momento. Le puso una cita en La Viña, en Medellín. Vio que era un tipo de pocas palabras, aunque agradable, a pesar de la mano que le faltaba. Luego supo que la había perdido de niño, durante la molienda de caña en un trapiche, una de las tantas faenas que le imponía su padre en la finca de Ituango donde había nacido.
Quince días más tarde, Gilberto cumplió su cita en la repostería. Mientras tomaban el algo, el hombre le propuso a Celina que le ayudara a manejar una bodega en el Edificio Cuartas. Andaba más suelto de lengua, y contó episodios sobre su pasado rural. El rigor de esas labores de campo excedía su cuerpo de niño, pero talló en él ese carácter duro, que por momentos rayaba en la hosquedad, y que solo los más cercanos comprendían. Manco y agrio, Gilberto migró a buscar futuro en la Bella Villa.
Era poco más que un adolescente cuando llegó a trabajar en el mercado de Guayaquil como mensajero, bulteador y vendedor de aguacates. Un tío que pasaba, Roberto Giraldo, cantante de música vieja, lo vio con una carga enorme al hombro y se conmovió: ¿Por qué no vendés libros más bien? El joven Giraldo Barrientos tuvo su epifanía. Los puestos de libros callejeros ya anidaban entre los de verduras. A diferencia de los vegetales, que los clientes buscan cada vez más frescos, los libros, aún envejecidos, cobraban el interés de algún peatón. Un vagabundo pasó ofreciendo un directorio telefónico y el Mocho se lo compró. Luego pasó alguien que necesitaba hacer una llamada y, cuando le pidió prestado el mamotreto, Gilberto le dijo: “No se lo presto, se lo vendo”. Le dobló el precio. Tomó aquel golpe de suerte como un augurio. Fue el inicio de su carrera y un episodio de leyenda que a él le encantaba comentar.
Como vendedor a granel, Giraldo anduvo en aceras y ferias callejeras de todo el país. En Bogotá fue compañero de andanzas de Carlos Federico Ruiz, que a la postre sería el fundador de Panamericana. “Tenía olfato y buena memoria —dice Gustavo Zuluaga, el Hamaquero— para saber qué libros se vendían mejor. Sabía detectar el aire intelectual de su época, sin haber leído casi nada”. Era un lector solapado, apenas leía solapas. A ojo de buen cubero, lograba calcular el costo de cada ejemplar en un lote inmenso de libros. Más que librero era un saldero. Una vez, según cuenta el mismo Gustavo, compró veinticinco cajas de Plaza y Janés sin mirarlas. Con vender solo una parte libraba el costo, mientras el resto de volúmenes, a cualquier precio, era una ganancia neta. Las bodegas de Giraldo empezaban a llenarse. Mientras tanto, cuando un autor se ponía de moda, él iba preguntando: “Ole, ¿y ese Krishnamurti quién diablos es?”.
Antes de que la autoayuda colmara los estantes con sus recetas de felicidad, era el espiritismo el que atrapaba al lector. El ansia por encontrar cualquier luz en el camino hizo que varios autores pescaran incautos para obnubilarlos. De aquí y de más allá llegaron toda clase de propuestas: viajes astrales, la ampliación del tercer ojo, citas con los muertos, ocultismo recién revelado, sexo tántrico y toda suerte de oráculos y regresiones. Esta fiebre popular de metafísica no solo le brindó pingües ganancias a don Gilberto, sino que le despertó el interés como lector, algo insólito en un librero de su calaña.
Samael Aun Weor, seudónimo de Víctor Manuel Gómez fue el profeta que lo sedujo. Su discurso era una mezcla de esoterismo, evangelios apócrifos, astrología y doctrinas orientales. Se decía en los bajos fondos que este personaje era un hermano bastardo de Laureano Gómez. Tenía más de treinta títulos en circulación, entre los que se encontraban: Tratado de alquimia sexual, Rosa Ígnea, Curso esotérico de Kábala, Magia crística azteca, Las respuestas que dio un lama, La piedra filosofal, Matrimonio, divorcio y tantrismo. Sus enseñanzas hacían parte de la doctrina de una secta neognóstica que tenía sedes en Bogotá y Ciudad de México.
A mediados de los setenta, los libros de Samael se vendían como pan. Don Gilberto sabía conseguirlos y despacharlos a todo el país y a los países vecinos. El aura de este gurú era la que más brillaba en el mercado del libro popular, mucho antes de que se ungiera a Paulo Coelho. Ningún tiraje parecía suficiente, los adeptos se multiplicaban, así que alguno de ellos le dio al Mocho la idea de sacar sus propias ediciones. Correcto como había sido, averiguó quién podría detentar los derechos de autor de su admirado maestro. Una voz al otro lado de la línea se identificó como el albacea literario y único heredero de los derechos, un teniente del ejército de apellido Gómez, hijo de Aun Weor, quien se conformó con un cheque por setenta millones de la época. A partir de entonces, el Mocho Giraldo contrató los servicios de un taller litográfico. Fue un negocio redondo, uno de los que impulsó en su carrera de magnate de los libros.
Celina recuerda el día en que don Gilberto la llevó a conocer su oficina en el Edificio Cuartas. Eran cuatro pisos atiborrados de libros hasta los baños, como a él le gustaba, sin orden ni concierto. Desde ese sancta sanctórum, el hombre manejaba solo y con una mano aquel reino de papel. Venía de Cali, donde acababa de abrir otra sucursal de la Librería Antaño, pero también había fundado ya, en la misma ciudad, con Orlando Vázquez, el Tuerto, la mítica librería Atenas. Frente a esos arrumes polvorientos, lo primero que le dijo a ella, con el rictus serio fue: “¿Por qué no me ayudás a hacer un inventario?”. Ella no supo si reír o llorar.
Desde luego que don Gilberto hablaba en serio. Siempre trató de que las mujeres le ayudaran a ordenar su vida, pero a excepción de Celina, todas terminaban por robarle mercancía, chantajearlo o hacer contabilidades dobles de sus admirables dividendos. Con la última pareja de Cali, una nativa del Pacífico, sufrió una decepción que acentuó su melancolía. Tuvo con ella una hija y, muchos años después de la ruptura, el hombre trató de encontrar a su heredera, acaso para acogerla y llevarla a vivir con él. Atando cabos logró llegar hasta un inquilinato donde le contaron que la pelada andaba más en la calle que allí, que se había extraviado entre las drogas, hasta que en alguna mala noche un fulano la contagió del sida que la mató poco después.
La tragedia de la hija fue tan dolorosa como el accidente en el trapiche. Regresó a Medellín, pero antes le ofreció trabajo a Celina. Ella iba a darle una mano con las facturas, a atender las llamadas de las sucursales, a despachar textos de temporada, o a pasar el trapo por algunos volúmenes que él se empecinaba en guardar para las próximas ferias. De esa época recuerda que escribía las cuentas, con un mocho de lápiz, en las paredes: Zutano me debe tanto, escribía.
El Mocho parecía adoptar aquella frase: Témele al hombre de un solo libro. Quería tenerlos todos con él. Compraba por una bicoca los restos que quedaban del regreso al colegio, o los discos en acetato de Los 14 cañonazos que ya nadie bailaría; siempre encontraba un sitio dónde ubicarlos. Tuvo hasta ocho bodegas solo en Medellín. Tal vez se sentía seguro con las bases ocupadas. Otros lanzarán teorías sobre su pasión por acumular; baste decir que los bibliófilos que asomaban la nariz por sus recovecos no hallaban por dónde caminar.
Las torres de papel siempre lo atrajeron. Pablo Quintero, ejecutivo de ventas, recuerda la época de oro de don Gilberto. Alguna vez le facturó un pedido por dos mil millones de pesos para la Editorial Pearson. “Eran libros de ciencias básicas, como el famoso Cálculo de Leithold, o el de Swokowski, y libros técnicos de ingeniería. Nunca tuvo una visión comercial de los negocios, todo lo tercerizaba con porcentajes. No era un estudioso, pero tenía una intuición absoluta”.
A mediados de los noventa, Giraldo Barrientos viajó al Cono Sur, hizo contactos con la Editorial Kier, de Argentina, que publicaba a escritores esotéricos como Max Heindel, autor de El secreto rosacruz del cosmos, o a Rudolf Steiner, inventor de Antroposofía. El sello gaucho era uno de los más buscados por las almas extraviadas de la Nueva Era. Ante la demanda de los lectores, otros libreros también importaron los títulos. Varios de ellos, que no eran tan serios como el Mocho, les incumplieron con el pago a los impresores. Y cuando Giraldo intentó renovar los pedidos, le contestaron que habían suspendido cualquier negocio con colombianos. La sequía de las almas se dejó sentir en las vitrinas. Los gurúes dejaron de hablar en sus páginas hasta el día que a Giraldo se le dañó el corazón e inició su carrera de pirata.
“Gracias a él pude leer Por el camino del zen, de Alan Watts, o El libro tibetano de los muertos —dice Gustavo Zuluaga, quien en esos años andaba arañado por el esoterismo—. Las ediciones del Mocho se volvieron imprescindibles para iniciados y no iniciados. Don Gilberto era muy osado. Mientras un pirata timorato imprimía doscientos ejemplares, él sacaba cinco mil. Así pasó, por ejemplo, con Ibis, de Vargas Vila, o con Lobsang Rampa, ambos de Ediciones Beta, de México”. Los hippies bajaban de Santa Elena a buscar en sus anaqueles un Tao te king o un Popol Vuh de bolsillo, para leer en sus ratos de incienso. Y solo una vez, don Gilberto recibió una llamada intimidante de Bogotá. Alguien con una voz socarrona le dijo que ostentaba los derechos de una obra, y le anunció su demanda: el libro era el I ching, escrito hacia el año 1200 antes de Cristo.
Para no ignorar a los profetas en su tierra, el Mocho también hizo sus tirajes de Fernando González, mientras la familia del filósofo andaba agarrada con la Editorial Bedout por los derechos.
Entre otros autores que pudieron entablar pleitos contra Giraldo se cuenta al poeta Juan Manuel Roca. Solo que él vivía agradecido porque cada vez que visitaba algún país vecino lo recibían con honores. No entendía cómo lo habían leído. Luego supo que hacía rato circulaba por Latinoamérica la primera edición casi original de su Antología poética, obra del Mocho. Ningún editor se había arriesgado a publicar un libro de poesía con un tiraje de cinco mil ejemplares. Y, cuando se encontraban, Giraldo le decía en broma al vate: “Juan Manuel, casi no se ha vendido tu libro…”.
El juego tuvo su primer revés de fortuna la mañana del 27 de agosto de 1992. De improviso, varios camiones de la Fiscalía y de la Policía Metropolitana llegaron a rodear una zona entre la calle Colombia y la carrera Junín, justo en el área donde don Gilberto tenía tres de sus bodegas. La noticia contaba que habían decomisado 2242 cajas con libros piratas por un valor de 1740 millones de pesos. Entre los textos decomisados figuraban ejemplares de Doce cuentos peregrinos, para el momento el libro más reciente de García Márquez. También se informaba de la detención de Giraldo Barrientos y el inicio de una investigación en su contra por el delito de plagio.
Fue cierto que don Gilberto empezó a vender Doce cuentos un día antes de que este se presentara en sociedad, mediante una tropa de jóvenes que voceaban el título, a grito pelado, por el Paseo Junín. Los lectores afiebrados lo cogían en las manos y dudaban cuando los muchachos les advertían que no eran copias piratas sino originales. Escépticos, pagaban su ejemplar, aunque advertían algo en la calidad de la impresión. Meses después, con el Mocho en la cárcel, empezó a tejerse una trama que parecía otro cuento peregrino.
En las pesquisas iniciales, de acuerdo con la noticia, no se hallaron evidencias ni pruebas de que los acusados fueran los responsables de la reproducción fraudulenta. Además, las planchas hurtadas todavía figuraban en el inventario de la Oveja, sin que nadie antes hubiera denunciado su pérdida.
En otra diligencia, los investigadores le preguntaron a Kataraín cómo podía explicar el robo teniendo en cuenta que para llevarse unas planchas tan pesadas se necesitaban varios montacargas. El editor cambió su versión y dijo que solo le habían robado los negativos fotográficos. A pesar de lo dicho, luego se hallaron las pruebas en las empresas donde Oveja Negra imprimía a Gabo: los talleres Printer y Retina. A propósito, la Fiscalía aclaraba que no había ediciones piratas entre los materiales confiscados a don Gilberto, luego: ¿cómo habían llegado a sus bodegas estos libros originales?
La mañana en que lo detuvieron lucía atolondrado. Y aunque esta vez él sabía que era una falsa acusación, se doblegó a tal punto que los verdaderos culpables se aprovecharon. El Tiempo de esos días soltó el cuento caliente:
“En este episodio de Medellín, Patricia Salazar, Fiscal de Investigaciones Especiales, hizo una serie de acusaciones contra Kataraín. Los detectives de la Dijín sacaron de su oficina a Giraldo y lo llevaron a una casa donde funciona un negocio de apuestas permanentes. Allí Kataraín redactó un documento en manuscrito donde consta que Giraldo cede todos sus bienes por un valor de dos mil millones de pesos como pago por los libros que supuestamente había pirateado. Y lo obliga a firmar una confesión donde él acepta que es un editor pirata”.
“A pesar de que Kataraín pone a disposición de la Fiscalía dichos comprobantes y títulos valores, esta considera que pudo haber un constreñimiento ilegal contra Giraldo, es decir, que lo presionaron con la Dijín, para actuar contra su voluntad, prefabricar pruebas, y entregar sus bienes”.
Era curioso que los tiquetes aéreos y los gastos de hospedaje, en el Hotel Nutibara, y la alimentación de los sabuesos del caso, los pagara el mismo Kataraín, en una conducta que se insinuó como un caso de cohecho. La Fiscalía solicitó entonces que la Procuraduría Delegada para la Policía Judicial investigara la conducta de los miembros de la Policía.
El editor catalán y su abogado obtuvieron de Giraldo no solo los cheques sino su cédula, con la cual hicieron retiros de dinero de sus cuentas. Como parte de la patraña, después entregaron el dinero a la Fiscalía. Luego, Kataraín intentó demostrar que los libros del Mocho Giraldo no eran originales. Para comparar, les enseñó a los agentes del DAS, un libro de Crónica de una muerte anunciada producido en Oveja Negra.
Cuando los agentes examinaron el ejemplar encontraron un error que les llamó la atención. En el libro se leía: “Impreso en 1989, en Santa Fe de Bogotá”, nombre que se retomó para la ciudad solo después de la Constitución de 1991. A juicio de los investigadores se trataba de una seria evidencia de que el libro había sido impreso de manera fraudulenta por Kataraín.
La fiscal Salazar, en su providencia, decidió dejar en libertad a todos los implicados. Y aunque la falsa denuncia quedó sin pista, nunca se volvió a hablar de los ochocientos mil ejemplares distribuidos por toda América, y que, según los cálculos de la agente literaria del nobel, Carmen Balcells, jamás se declararon a su autor.
Confundido e indignado con el embrollado cuento de los piratas, García Márquez envió a los diarios un mensaje: “Ante la legalización de las ediciones piratas por la justicia colombiana, no me queda otro recurso que retirar del mercado de Colombia todos mis libros legales”. Después también le dio la espalda a su editor de confianza.
Celina recuerda que mientras estuvo en la celda de la Cárcel Modelo las librerías siguieron abiertas, y que a don Gilberto lo visitaban los proveedores para tomarle sus pedidos: a pesar de todo, no le retiraron su estima de hombre correcto. Fue incluso el propio gerente de la McGraw-Hill el que ayudó en la defensa.
En medio del escándalo de los piratas de Macondo, Margarita Vidal, en la revista Cromos, lo bautizó: “El Pablo Escobar de los libros”, un título nobiliario que él repetía con gracia, aunque solo después de que los abogados le arrancaran hasta un último peso, y que la Fiscal 266 dijera que no había encontrado méritos para mantenerlo en prisión.
Volvió a respirar el aire de sus bodegas, aunque “arrinconado por esa mala fama”, según Gustavo Zuluaga, que se precia de ser el único amigo de sus últimos tiempos. “No podía ver una foto de García Márquez porque le daba maluquera”, dice Celina. Se acordaba de esos días sin sosiego, entre celdas y juzgados, o de las bandas que lo extorsionaban porque todavía lo veían como un magnate.
De las ventas al por mayor pasó al comercio de libros y discos viejos. Ahora tenía tratos con recicladores y carretilleros. Ante la fiebre por los discos de vinilo, se dio a la tarea de llenar cuartos enteros con música. Los coleccionistas lo buscaban en el local de Palacé o en el de La Playa con Girardot. Siempre había un melómano dispuesto a perder horas, desafiando la rinitis para encontrar alguna joya envuelta en el celofán original. En cuanto a las vejeces de papel, hay quien recuerda haber comprado una primera edición por una bicoca, y otros que vieron una edición común de Don Quijote por un precio delirante. El Mocho escribía sus precios a lápiz, con números burdos, arbitrarios y enfáticos. Todos sabían que no habría rebaja.
Entre las amantes, las bandas y los abogados, su fortuna se volvió hilachas. Pablo Quintero recuerda haber visto en un local, al lado suyo, a una mujer díscola y furiosa: ¿Es tu novia? Le preguntó, con discreción, a don Gilberto: “¡Qué novia va a ser Margarita! ¡Esa es una loca de la que no me he podido zafar!, pero como ella es tan brava, la mando a torear a los clientes malapagas”. De pronto, entre polas, los amigos del Mocho, que lo querían más que él a ellos, hacen un inventario de sus amores fugitivos.
Cuando vino la Señora Muerte, como ropavejera, a buscarlo en su bodega, don Gilberto no opuso ninguna resistencia. Le dijo a Celina que se quería quedar allí. Como reencarnacionista, siempre creyó en otras ediciones póstumas. Después agregó un comentario de su prosa comercial: “Al final me voy quebrado, pero no le debo un peso a nadie”.
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