Cinco segundos

por SAÚL ÁLVAREZ LARA • Ilustración de Camila López

Número 64 Abril de 2015

El Cirrus fue restaurante y bar en la esquina de la calle Maracaibo con la avenida Juan del Corral, detrás del Hotel Nutibara, al inicio de la calle. Más arriba, sobre Maracaibo, estaban el cine Ópera y la Librería Aguirre, y dos cuadras más arriba, la Clínica Medellín y lo que acabó siendo la Avenida Oriental. En esos años, década del sesenta, no había metro, ni Plaza Botero, ni hombres estatua a la espera de una moneda para hacer el movimiento ensayado hasta la memoria. Estaban las palmeras de la Plazuela Nutibara que no parecen haber cambiado, ni crecido, ni desmejorado con los años, siguen iguales, menos en número por el paso del viaducto, pero iguales. Eso creo.

El Cirrus ofrecía en aquellos años lo que hoy se conoce como un corrientazo. Era un restaurante con almuerzo para empleados de la zona que en las noches pasaba a cabaret. Lo digo por la exhibición de botellas, adornos, luces y espejos del mostrador, y por el piano en el rincón más alejado de la puerta, la tarima pequeña que insinuaba el lugar del cantante y la pista, también pequeña, que sugería la posibilidad del baile. Nunca estuve allí de noche pero un cierto ambiente Casablanca se sentía en los rincones, mediterráneo, un poco. La penumbra, refrescante al medio día, llegaba hasta las cuatro o cinco puertas sobre la calle Maracaibo, abiertas pero con mesas de banca unida y espaldar alto que impedían la entrada. Los manteles siempre a cuadros, rojos y blancos, la vajilla blanca, las sillas y el resto de la madera azul; las paredes color ladrillo, eran con seguridad lo que contribuía al ambiente de otra parte. A la hora del almuerzo, en lugar de sopa era posible elegir espaguetis. ¿Espaguetis en lugar de sopa? A quién se le ocurriría algo así. También había salsas, boloñesa o napolitana. Lo que parecía una exageración, más tarde lo supe, era una costumbre italiana donde la pasta es una entrada y siempre va acompañada de otro plato: ossobuco, filete o lo que el chef proponga. En El Cirrus después de la pasta venía el seco: arroz, papas, carne y repollo o tomate picado.

Un detalle por fuera de la carta, si así lo pudiéramos llamar, sucedió en una de las puertas del Cirrus, la segunda cuando uno baja por la calle Maracaibo rumbo a la avenida Juan del Corral, un miércoles de septiembre a las 12:45 del día. A esa hora ya habíamos despachado los espaguetis acompañados con salsa napolitana y esperábamos el seco. Silvio, el mesero, estaba desbordado, el tumulto de la hora lo obligaba a ir de un lado para otro esquivando mesas y comensales con agilidad a prueba de obstáculos; había más gente que de costumbre y los choques de voces, cubiertos, platos y vasos tronaban entre las mesas. Silvio, malabarista en su salsa, llegó con el segundo plato a nuestra mesa.

Para quien baje por Maracaibo mi puesto era el más cercano a la calle en la mesa de la segunda puerta, de allí alcanzaba a ver la gente que subía y la espalda de quienes pasaban rumbo a la avenida. De repente algo enorme se abatió sobre mi plato en el momento mismo que Silvio lo dejó en la mesa frente a mí. Fue lo me quedó grabado en la memoria. Aquella fuerza inesperada, oscura y contundente hizo saltar arroces, hilachas de repollo y puré de papa en todas las direcciones. No tuve tiempo de ver el plato. Lo que quedó después de la ráfaga que lo azotó fue algo parecido a lo que deja un terremoto. Levanté la mirada asustado porque era posible que una réplica aún más fuerte se presentara y entonces vi la espalda desenfocada, oscura, casi negra, que se alejaba por la calle Maracaibo hacia abajo, rumbo a la esquina de la avenida Juan del Corral donde se detuvo para mirar el lugar de los hechos. Aunque sea con la mirada, siempre se regresa al lugar del crimen. Fueron unos segundos, cinco, diez, máximo quince. Desde la esquina, la silueta oscura, negra por la ropa desencajada y sucia, me miró con la picardía del triunfo en sus ojos y la carne que arrancó de mi plato a punto del primer mordisco. No fue la última vez que lo vi. En los más de veinte años que siguieron me crucé con él varias veces y aunque nunca se acordó de mí —no había razón—, yo no olvidé su figura.

Alcides, imagino que era su nombre, vivía en la calle, era un “desechable” aunque en la época de la carne del Cirrus, nadie los llamaba así, les decían mariguaneros o gamines. Con el tiempo, los cambios de moda, de lenguaje, de costumbres; con la aparición del narcotráfico, el terror y la violencia mafiosa, la gente de la calle quedó valiendo menos que nada y fue entonces cuando los comenzaron a llamar desechables. Volví a ver a Alcides más de doce años después del miércoles de la carne. El Cirrus había clausurado sus puertas. Me crucé con él en la misma calle Maracaibo dos cuadras más arriba del lugar del crimen, estaba igual, por lo menos su silueta parecía igual, flaco, alto, la expresión de la cara era la misma que ya había visto, fugaz, de mirada maliciosa. La ropa hubiera podido ser la que llevaba doce años antes, desencajada y negra por el mugre, estaba sentado sobre cartones en el piso al lado de la puerta de entrada a un edificio; venía de recostarse contra el muro de piedra amarilla pero su cuerpo no parecía en reposo, estaba alerta, quizá esperaba que algo o alguien llegara o pasara cerca, una presa o un enemigo. Recordé la mirada pícara, la cara de gozo con el pedazo de carne a punto del primer mordisco, era el mismo, a pesar de que la expectativa lo dominaba. Me pareció que entre el miércoles del Cirrus y ese momento, el tiempo se había detenido para él. Lo observé desde la esquina disimulado entre un vendedor de periódicos y un poste del alumbrado público. Recordé el día en que lo vi por primera vez y como en una película vi también pasar su sombra de terremoto.

Alcides apareció como un ancla en el tiempo, fue una sorpresa, en realidad nunca más lo había recordado, con seguridad a él también le habían pasado muchas cosas pero seguía siendo, por lo menos en aire y apariencia, el mismo.

Dejé la ciudad y lo perdí de vista de nuevo, cuando lo volví a ver, otro buen número de años había transcurrido y él seguía igual. Regresé a una Medellín que sí había cambiado, había crecido en habitantes, se había extendido hacia las laderas, era una ciudad donde todo parecía reciente y a veces sin terminar porque nada de lo que significara vestigios de historia o de pasado permanecía. Así desaparecieron calles, barrios, casas, en beneficio de una ciudad más moderna con el pasado enterrado debajo de grandes edificios y unidades residenciales, custodiadas por guardianes armados con escopetas que hacían la ronda y parecían cuidar el futuro. Lo vi un martes o un jueves en la mañana, temprano, en una época en que dos o tres veces al mes, en ocasiones una vez por semana, me encontraba para desayunar en Versalles de Junín, cerca del Parque de Bolívar, con Juan Diego, un amigo escritor que con paciencia escuchaba los argumentos de unos cuentos que iba a escribir, leía los ya escritos, hacía comentarios y estimulaba el paso del imaginario visual al escrito. Fue un jueves o un martes, no recuerdo exactamente el día porque durante esos meses, quizá un par de años, con frecuencia me crucé con Alcides, a veces antes, a veces después de los desayunos literarios. Nunca me miró. Nunca le hablé. Nunca supo que yo era el dueño de la carne aquella. Algunas veces le entregué unas monedas que recibía sin decir palabra.

Las últimas veces que lo vi, me pareció que seguía siendo el mismo solo que ya no era él quien acechaba, parecía convertido en presa. Nunca me crucé con él en un lugar distinto, siempre, desde el miércoles del Cirrus, hasta la última vez, Alcides frecuentó el mismo tramo de cuatro cuadras de la calle Maracaibo. Era su territorio. El tiempo en esa calle se detuvo durante los treinta años que duraron nuestros cruces. Para él, esos años debieron durar lo que duran cinco segundos.

*Cinco segundos hace parte de Con los ojos bien abiertos. Cuentos, coincidencias y serendipias.

Santa Cruz terminal

por LUCKAS PERRO • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 63 Marzo de 2015

Esperando, un poco aburridos junto con los perros a la salida de la carnicería. Ellos, velando el guargüero, los huesos que aún quedan manchados de sangre; Pablo y yo, atentos a que don Miguel salga para el otro negocio que tiene más arriba.

Este señor tiene la carnicería más conocida de la zona y su fama llega a muchos lugares, aunque no sé si de un carnicero se puede decir que es famoso, así como los políticos platudos que uno ve en la tele. En todo caso las señoras de por mi casa dicen que al lugar llega gente de Aranjuez, del Centro y de Campo Valdés para surtir sus negocios, hasta de San Javier, me dijo alguna vez la abuela.

A los perros les falta poco. La ansiedad que nos acompaña desde las siete de la mañana se nos siente más a nosotros. Yo los veo ahí, con su mirada de perros, aplastados en el piso, viendo, quizá en blanco y negro, el piso húmedo y los pies de la gente metidos en chanclas y zapatos rotos. Hoy martes no hay mucha gente, pero los domingos a esta hora ya hay una fila que llega hasta la cafetería donde Pablo y yo estamos sentados y siempre está retirada.

Yo no sé este lugar quién lo hizo. Es como una calle muy amplia del tamaño de una cancha de microfútbol, pegadita de la avenida principal, que conecta a Santa Cruz con el Popular Uno en sus partes altas. En el extremo contrario hay dos callecitas pequeñas a cada lado, por donde uno va a dar a Villa del Socorro, y van a los lados porque a todo el frente hay dos graneros que atienden unos manes con cara de marranos, y enseguida, la carnicería. O sea que esto no es cuadrado como una cancha sino que es como una mujer estrechita en la cintura y nalgona de ahí pa abajo.

Voy pensando en todo esto mientras le hago un nuevo mapa a Pablo para que me entienda como es que debemos salir. Él lo mira intrigado, jugando al experto.
—Por detrás es más fácil que nos cojan güevón, y a la hora que queremos hacer la vuelta hay mucha gente mercando —me dice, señalando el cuerpo de la mujer que dibujé; yo le hago un corazoncito por donde va la chimba y este man se emputa.
—¡Dejá de güevoniar marica! ¿Qué hora es ya?

La carnicería cierra temprano. A las diez de la mañana ya no hay nada de solomo, lo único que queda colgado de los ganchos es el tocino más grasoso y menos carnudo, patas secas, mosquitos, y un toque de mañana que parece que fuera la tarde, como esa hora en la que el reloj no se mueve. Adentro eso parece una tumba de indios de las que muestran en la parabólica, o un banco de ahorros volado por guerrilleros a punta de pipetas de gas de esos que salen en el noticiero. ¡Uy sí!, huele a muerto y todo. El piso es de cemento y las baldosas de las paredes y del mesón ya no son blancas sino amarillentas como si tuvieran hepatitis. Cuando no están las voces de las viejitas pidiendo rebaja, ni los gritos de las señoras porque un niño se está metiendo en la fila, solo se escucha ese refrigerador gigante que hay al fondo y eso le da como misterio a la vaina, hace frío y todo, aunque no se sienta el aire. Y don Miguel solito, porque ya Marcelo y Beatriz, los que camellan con él, se han ido. Ahí queda el man, afilando el cuchillo y preparando la carne vieja que mañana va a vender como fresca, apretándola, como a las nalgas de una puta, para que cuando las viejitas la vean en el gancho y le metan sus uñas largas y salga como un juguito, ellas solo sonrían y le digan deme tres libras pero quítemele ese gordo tan feo.

¡Ah juemadre! Don Miguel ahí todo encarretado y el Pablo que llega como cuando ha metido perico y se ha ido a montar cicla —o sea, como entre agitado y fresco… y gato— y le dice que le dé dos y media de mondongo y dos de cerdo, y que rápido que es pal almuerzo, y entonces él se las da y el Pablo se va de espaldas hasta el marco de la puerta, y llego yo y le digo que si compró la libra de copete que le había dicho mi mamá y ¡tan! Nos devolvemos los dos a lo Padrino, boleando rápido y solemnemente bala. Y el carnicero ahí agachadito, escupiendo con sangre sus últimas palabras o sus últimos números —porque lo que tiene es plata— y me le monto por esa rejilla y los tubos de donde cuelga la sangre y cojo el hacha y los ganchos y…
—¡Ey ve!— me interrumpe el Pablo, dañándome la película que ya me estaba haciendo en la cabeza—. Les llegó la hora a esos chandosos.

Los perros lamen los pies de Marcelo, el empleado, que lleva en sus manos dos bolsas negras, dobles y grandes. Él es flaco pero con los músculos rayados y tal. Desde que salió a la puerta de la carnicería, sus ojos bajo la gorra, negra ya de tanta sangre, habían marcado a los perros, sabe que si empiezan a ladrar se van de pateada en la cara porque a don Miguel no le gustan los regueros que hacen los perros cuando se les dan esas bolsas. Don Miguel es bien con los pobres, los fines de semana la gente llega con doscientos, trescientos pesos y él les da buen “güeso” pal caldo, y hasta un toque de pezuña; pero con los perros ni culo, yo creo que prefiere mandar eso pa la comida de su casa que dejársela a estos animalitos.

Y así es, cuando me toque pegarle ese pepazo en la cabeza y cuando lo vea chorreando sangre y moverse en el piso como un cerdo que se estrega la espalda en el chiquero, y así con ese bozo de morsa todo rojo y los labios morados y la piel del color del hueso picado en la piedra y la barriga como gelatina… Cuando todo eso pase, yo me veré como un perro ladrando con la lengua bien larga afuera, con una morisqueta como si fuera a vomitar pero, al contrario, con mucha hambre; un perro que justifica lo que hace porque para matar lo único que se necesitan son razones o estar empepado. A mí me gusta más la primera, yo no sé al Pablo. Yo busco razones en el perro porque es que a veces me da pesar de ese man el carnicero y me pongo todo rosa y veo a su hija como al mediodía, de uniforme, con esas chimbitas de piernas, recién bañada esperando en el control el bus para ir a estudiar, y luego de negro, echándome en la cara su tristeza y de una, así seguido como en las telenovelas, ella, la flaca, yéndome a buscar a la morgue, todo gris, todo, como en una carnicería. ¡Uy no!

Pablo se ríe mientras se toma la segunda gaseosa.

—¡Mirá ese perro marica! Está es que se lambe a ese man —me dice, como si estuviéramos en la casa viendo un partido de fútbol.
—Sisas —le respondo yo pasito, pensando todavía en la flaca.

—Esos animales son inteligentes, ¿si o qué? Ya saben que si ese man llega hasta la caneca… perdieron —sigue Pablo que parece que no solo me hablara a mí y agita el dedo índice contra su cuello. Yo por dentro solo hago fuerza, como en los últimos minutos de lo que ya dije que parecíamos viendo.

¡Gol hijueputa!, digo duro para adentro, aunque es como si Pablo me hubiera escuchado porque emocionado me da un golpe en la espalda.

Una de las bolsas se rompió y en el descuido uno de los perros se fue de dientes contra la otra. Esa bolsa al principio parecía como las operaciones que muestra esa gente en los buses pa pedir plata, pero luego ya todo era rojo y el Marcelo alzó las manos con putería. Y nosotros cagados de la risa sin disimular.

En los quince días que llevamos detrás de don Miguel yo no sé cómo hemos hecho para que la gente no se azare con tanto visaje. Pero miro para los lados y veo muchos manes parecidos a nosotros ahí sentados, con pura pinta de cargadores de papas.

¡Agh!, me cogió la pereza, ya estoy todo maltratado en esta silla plástica. Cuándo será que nos estamos lamiendo nuestras bolsas, y estamos caminando por esa cuadra pa abajo, todos desbaratados de la llenura, buscando perras… Me digo de nuevo para adentro, mirando mi cuerpo, sobándome los brazos para simular una cobija, bostezando, mostrándole los dientes al aire.

Los sabores de Dolly

por DAVID E. GUZMÁN • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 61 Noviembre de 2014

Un tributo a la comida de mi ciudad
no me puedo morir sin decir la verdad
tengo en mis venas colesterol
porque a mí, ¡me gusta el rock and roll!
Dick my fuck you

 

La rodaja se deshace en su boca como el manjar más exquisito. Mastica suave con los ojos cerrados y levanta la cabeza. Lo único que le falta es darse la bendición con la servilleta en la mano y dejar caer un par de granos de arroz con sangre cocida. Carlos traga y paga con premura. A pocos pasos lo espera un bus de Laureles al que pronto ensolvará con el aroma de dos libras de morcilla que acompañada con arepa será su cena y la de su familia.

Carlos trabaja en el edificio Gaspar de Rodas, ubicado sobre la avenida Oriental entre las calles Ayacucho y Colombia, el sector elegido por Maria Dolly para vender sus productos. Antes de abordar, Carlos dice que la morcilla de Dolly es la única que aceptan en su casa, sobre todo Maria Carolina, su hija médica. “Hace ocho años que le compro morcilla a Dolly, es muy limpia, muy bien hechecita”, cuenta el hombre mientras ve cómo tres señoras se le adelantan y se suben al bus.

Maria Dolly Suaza Ríos colonizó este punto en 1994 y desde entonces viene de lunes a sábado. A las seis de la tarde ya está al pie del Gaspar, sentada en un butaco casi al nivel del piso, rodeando con sus piernas una gran olla cargada con morcillas, buches y “cagaleras”; es tan pesada y voluminosa que dos vendedoras de fruta le ayudan a bajarla del taxi que siempre la trae desde su casa en Enciso.

Atraído por el tripaje generoso y humeante, un transeúnte se acerca y le echa un vistazo a la olla. Como el embutido artesanal es un producto que a veces genera dudas, Dolly siempre le ofrece al interesado una rodaja de prueba. Y a los compradores fijos también. Así es que ha enamorado a la clientela, porque después de probar la morcilla es imposible resistirse a llevar un buen pedazo. El transeúnte pide media libra, paga 2.500 pesos y sigue su camino.

Darío Larrea, frutero de cabeza blanca, le trae a Dolly media papaya envuelta en una bolsa. “Comé papayita”, le dice, y por ahí derecho se lleva dos libras de morcilla. Le queda debiendo seis mil pesos, pero Maria Dolly la tiene clara, “yo después se los cobro en fruta”. De repente hay cinco personas alrededor de la olla. Un señor compra un buche y una libra de rellena. “¿Cuántos comen ahí?”, pregunta uno de los que espera. “Mi señora y yo no más”, responde el señor con sonrisa pícara porque a simple vista parece mucha cena para dos. Odontólogos, asistentes, encorbatados salen del Gaspar de Rodas y mientras unos compran, otros saludan a Dolly con afecto. Vendedores ambulantes, obreros cansados, guardas de tránsito, gente que termina el día y otra que inicia la jornada nocturna: no pasan dos minutos sin que alguien esté probando o comprando morcilla.

***

Es lunes y hoy Maria Dolly no tiene gimnasia, a diferencia de los martes y los jueves. Está levantada desde las cinco y media de la mañana, ya despachó a su hijo, arregló la casa y ahora lava una tanda de ropa. Estas labores son bien conocidas para ella, pues desde los doce años hasta los 34 trabajó en casas de familia y en una empresa de aseo.

Nacida el 2 de junio de 1960 en Santa Bárbara, Dolly aterrizó en Medellín siendo bebé. Su infancia la pasó en el barrio Popular Número 1 y antes de llegar a Enciso vivió en Villatina y en el Doce de octubre.

Allí, en este barrio de Robledo, Dolly se quedó sin empleo y le dio un giro a su vida. “Estaba muy aburrida, con tres hijos que mantener y una vecina me dijo ‘venga yo le enseño a trabajar’ y me enseñó a hacer morcilla. Al principio era muy duro, el menudo venía muy sucio, lavarlo era muy difícil”, recuerda Dolly, que empezó a vender en el cruce de Colombia con Cundinamarca antes de emigrar a la Oriental. “Tengo permiso de espacio público, lo conseguí porque tengo una hija especial con problema mental moderado”, Dolly mira a la puerta, su hermana acaba de llegar para ayudarle a preparar lo que venderá en la noche.

Veinte libras de morcilla, cinco buches y dos cagaleras -el último tramo del intestino grueso del cerdo- son las viandas a cocinar. Dolly desempaca y lava tres intestinos enteros, tres tripajes delgados y cinco buches. Con una varilla de hierro voltea las tripas para que el agua limpie hasta la última arruga. Aunque ya el menudo viene prelavado, Dolly nunca deja de pegarle una juagadita. Luego lo reposa durante horas en un balde de guineo licuado con cáscara. Después lo lava de nuevo y le echa piedra lumbre para que amarre y quede suavecito. Previamente ha cocinado y enfriado el arroz, y su hermana ha picado la cebolla de rama, los gordos y el cilantro. Todo lo revuelve en otro balde con ajo, comino y ocho litros de sangre licuada. Con ese guiso rellena las vísceras y las hierve en dos galones de agua durante 35 minutos. Tras dos horas y media de cocción, los manjares están listos para ser consumidos.

***

A las siete de la noche Dolly vende la última cagalera. La mujer que espera frente a la olla observa las manos de Dolly, enguantadas con bolsas, esculcando el tripaje hasta que pesca la presa. “Eavemaría, qué belleza”, exclama la cliente como si estuviera ante un ejemplar único. Dolly se la empaca y la mujer, de bombacho, se va arrastrando sus chanclas contra el baldosín. Han venido otros personajes como Jeison, un obrero que picó y echó pala todo el día en una obra en El Poblado; aunque Dolly lo mínimo que vende son dos mil pesos de morcilla, a veces entrega una porción por quinientos o mil pesos. “Hay gente más necesitada que uno, ahora estoy bien, pero me tocó muy duro, al principio tenía que subirme a los buses por la puerta de atrás y cocinaba a vela”, relata Dolly mientras vende otro buche por cinco mil pesos. Los otros tres quedarán para mañana.

Con pasos apurados llega doña Amparo, saluda con efusividad a Dolly y le pide dos libras de morcilla. Ya es poco lo que queda en la olla. Amparo madrugará mañana al batallón Bomboná y les llevará el almuerzo a sus dos hijos y a otros muchachos. “Lo único que cargamos los pobres es comida como un berraco”, dice Amparo, y guarda la rellena en el bolso. Esta misma noche la troceará y la meterá en cocas plásticas, acompañada de arepa, tajadas de maduro y papa cocida. Con casi todo vendido, Dolly llama al taxista, esta noche quiere dormir temprano. Mañana tiene gimnasia. 

por ALEXANDER OSPINA // Era un cerdo rosado de 120 kilos que refunfuñaba detrás de las estacas de un carro, olfateaba con fuerza la compuerta y cuando se le acercaban retrocedía asustado. Los niños le gritaban: “¡cerdo, marrano!”; mientras jóvenes y adultos se reían y miraban atentos el espectáculo.

por JUAN LUIS MEJÍA //
Vivo con nostalgia de carnaval. Pero no es una nostalgia individual. Es la ausencia de la alegría colectiva de la sociedad de la cual provengo que, un buen día, decidió vivir en una especie de cuaresma perpetua (con todo lo que ello significa). Voy a tratar de explicarles el triple salto mortal que me ha llevado de la indiferencia y —por qué no— del reproche a la nostalgia del carnaval.

La lista de mercado de Universo Centro incluye cabuya, yacón, bagre, cebolla y flores. La compra se hizo en la Minorista, La América, la placita de Flórez y la Mayorista. Cuatro historias con paisaje de campo para la nariz, el bolsillo, el oído y la panza.

por ANDRÉS DELGADO // En la Cevichería Ostras Miramar se venden jugos afrodisiacos. Si fueran más exagerados en su publicidad, dibujarían un cañón de la artillería napoleónica y su eslogan diría: “para la guerra”. Pero no. En la esquina del edificio Portacomidas, en la Plazoleta Nutibara, donde está ubicado el negocio, hay un eslogan mucho más discreto: “Porque es hora de invertir en su salud”.

Un silencio sostenido

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ

Número 45 Mayo de 2013

El maestro llegó del Centro y se puso a sintonizar un radio de tres bandas, de esos en los que se pescan las frecuencias más remotas. Entre el ronquido hertziano alcanzó a oír las notas de Hacia el calvario, transmitidas por Radio Moscú. La música había cruzado la Cortina de Hierro, y en ese momento él la estaba oyendo allí, en su casa de Pichincha, en el barrio El Salvador.

No les dijo nada a sus hijos, apagó el radio, abrió el piano y siguió pulsando las teclas hasta el mediodía, en el almuerzo, cuando le comentó a Raquel, su esposa, que los rusos estaban poniendo esa canción.

Este Carlos tan requeñeque para hablar, diría ella. ¡Cómo es que oye su propia canción por allá, desde el otro lado del mundo, y se queda callado!

Iba al Café La Bastilla todos los días a encontrarse con León Zafir, ‘El Vate’ Gonzalez, Tartarín Moreira o José Mejía y Mejía, los infaltables de esa mesa. Vieco anclaba allí, pedía un tinto, se lo bogaba en silencio, sin dejar de teclear en las rodillas el piano invisible que siempre llevaba consigo. De pronto, se sorbía el poso del café, se paraba y decía: “bueno, hablamos…”. Y esas podían ser las únicas palabras que decía en toda la mañana.

Oía en su cabeza acordes y arpegios todo el tiempo, y pensaba que el resto del mundo también los oía y por eso no hacía falta decir nada. Su cabeza bullía como un panal de notas. “No me pregunte nada, por favor”, decía con frecuencia al gacetillero de turno que soñaba con la entrevista a ocho columnas. “Dígame qué quiere que le toque”, agregaba, para no parecer desatento.

Al cumplir los dieciocho, y ante el temor de ser reclutado para el servicio militar, Carlos Vieco se refugió en casa de sus padres durante tres meses. Allí llegó un pariente a sugerirle que huyera hacia la parte alta del cerro El Salvador. La idea le quedó sonando y se sentó a componer la canción Echen pal morro, un llamado a la desobediencia en ritmo de pasillo.

En la Escuela de música de Santa Cecilia el maestro de Vieco, Jesús Arriola, convenció a unos intérpretes para que la tocaran. La melodía se estrenó con aplauso cerrado en el Circo España, el escenario más popular de Medellín en los años veinte. De golpe, la pieza comenzó a ser parte del repertorio de los rollos de pianola, la música mecánica que sonaba a lo largo de la Villa. Pocos sabían que su autor era un tímido joven que enseñaba guitarra a las señoritas de la alta sociedad.

Carlos intentaba componer desde los siete años, según la leyenda familiar. Su padre, don Camilo Vieco, ebanista de profesión, también interpretaba varios instrumentos, pues había heredado el gusto por la música de su padre Emigdio Vieco, un flautista de origen italiano radicado en Yolombó en el siglo XIX.

Después de emigrar a la capital de Antioquia desde el Nordeste, Camilo conoció a María Teresa y fundaron un hogar curioso en estas tierras. Si para cualquier patriarca antioqueño la idea de que un hijo suyo se vuelva artista es sinónimo de bohemia, pobreza y holgazanería, Don Camilo en cambio pensaba que este era el mejor destino para su prole. Así que no solo matriculó a los nueve en escuelas de arte, sino que además les infundió el gusto estético que lo llevó a tallar en madera el altar mayor de varias iglesias, a tocar guitarra y a componer pasillos. Al cabo del tiempo los hermanos de Carlos no fueron diletantes sino artistas de verdad: músicos, pintores y escultores con obras renombradas. Carlos, el benjamín de la casa, después de estudiar en el Liceo Antioqueño aprendió dictado musical y armonía, como el resto de sus hermanos, para luego conformar la orquesta de los Vieco, que era un furor en los bailes de salón y en los festivales de la canción antioqueña.

Otra de las piezas más celebradas del maestro fue su obra Noches de Agua de Dios, compuesta a beneficio del leprocomio donde estaba recluido el también compositor Luis A. Calvo. Faltaban solo doce días para el acto benéfico cuando desde Agua de Dios encomendaron a un locutor que entregara la letra a Gonzalo Vidal, autor de la música del himno antioqueño. Este pretextó que era muy poco tiempo para inventar una melodía. Sugirió el nombre de ese muchacho que había compuesto Echen pal morro, cuyo talento apenas empezaba a trascender. “Ese lunes llegué a la casa, me senté al piano y me dediqué a escribir –dijo Vieco un día que andaba locuaz–. Francamente no creo que me haya demorado más de media hora. Al día siguiente, martes, madrugué, como suelo hacerlo desde joven, y le llevé la música al locutor”.

Después del estreno en el Teatro Bolívar, la facilidad para componer y el talento que resonaba en las melodías de Vieco empezaron a pregonarse por todo el país. El propio Luis A. Calvo, autor del Intermezzo número dos, vino a conocer a ese prodigio de la lied paisa. Tocaron a cuatro manos varias piezas, pero después de la visita las tías de Carlos lo obligaron a bañarse en alcohol, porque cómo se le ocurría tocar en el mismo piano con un leproso. Vieco quedó contagiado del deseo de hacer una música refinada como la de Calvo. Varias circunstancias se cruzaron para frustrar la obra que quería hacer, a la que le dedicaba largas horas y que guardaba con orden en un secreter de tres piezas. Esta música, compuesta en más de tres mil partituras, tiene un aire algo distinto de las canciones del sentir popular, las que el mercado y los poderosos le impusieron, junto con las medallas para adoptarlo como un símbolo de la raza montañera.

Hasta hoy la imagen que tenemos de Vieco es la de un compositor popular. Sus piezas aluden a escenas bucólicas que recuerdan lo que se va quedando atrás por el delirio de modernidad y la migración de los campesinos hacia la urbe. A eso tal vez se deba el eco emotivo de canciones como Adiós casita blanca o Tierra labrantía, que obligaron al maestro a hacerle más caso a ese sentimiento que a su propio deseo de hacer otra clase de música.

En 1937, en otra sesión con sus amigos del Café, León Zafir le entregó una letra para que la enviaran a un concurso que organizaba Bellas Artes. En la misma mesa el autor sacó las notas en veinte minutos. No pasó nada esa vez, y entonces Vieco, algo dolido, la mandó a un concurso en Estados Unidos, porque le gustaban las competencias. Para este segundo concurso sí les avisó a los suyos que iban a dar el veredicto por radio. Se reunieron en la sala alrededor del transistor. Un locutor de una cadena americana anunció en español los nombres de las canciones. El grito unánime se escuchó en todo el barrio. Te vi cultivando rosas había quedado de tercera entre quinientas canciones de Latinoamérica.

El reconocimiento público no disipó su inspiración, que ya tenía domesticada a punta del ejercicio cotidiano frente al piano y la escucha intensiva de las piezas en el almacén musical de su hermano Alfonso, en la Avenida De Greiff. Vieco se sentía atraído por la música europea, en especial por el vals, la zarzuela y la opereta. En alguna ocasión comentó: “qué dirá la gente si escucha estas cosas, les debe sonar muy raro”.

En 1937 se estrenó en el Teatro Junín como director de su opereta El romance esclavo, con letra de Arturo Sanín. La trama de la obra es la historia de una dama de alcurnia que en un veraneo en Santa Fe de Antioquia se enamora hasta la perdición de un esclavo. Al regresar a la Villa de la Candelaria sus padres la destierran, pues la noticia de su aventura ha llegado antes que ella. Entonces interviene Juan del Corral, quien pugna por abolir la esclavitud y favorece el encuentro de los amantes furtivos. El arrebato amoroso se convierte en el detonante principal de la independencia de Antioquia.

Aunque a las funciones iba poca gente, Vieco estaba contento con su labor de director de opereta, mientras su esposa Raquel llevaba con firmeza la batuta de un hogar con diez hijos y otras cargas de las que no podía entenderse alguien que solo pensaba en componer otra melodía aún más pegajosa que la anterior, o una contradanza para su secreter. La posteridad daría cuenta de otro Vieco, más sutil y profundo, un autor refinado a la altura de Schubert y otros maestros vieneses. Raquel entendía con admiración los largos silencios de su marido, y hasta se reía de ellos en público. Contaba que Carlos se hacía el que escuchaba las confidencias de ella mientras oía esa música interior.

El mutismo del maestro se hizo más hondo después de una tragedia familiar de la que no logró reponerse. Al regresar de su recorrido por el Centro no encontró a nadie en casa, y algunos vecinos de la calle Pichincha le contaron que a uno de sus hijos menores lo había arrollado un bus de servicio público al volver del colegio. La muerte del pequeño lo sumergió en la honda pena de la que habla una de sus canciones. Desde entonces, Vieco, triste y lejano, se refugió otra vez en la creación de una música que parece replicar el tono de su emoción de esos años.

Como saben los pocos conocedores de su obra, los que han repasado las partituras que solo interpretó en su cabeza, Vieco compuso obras en todos los géneros de la música andina. Les puso melodía a poemas de Barba Jacob cuando este aún vivía, y a los de cientos de escritores anónimos que tocaban a su casa para entregarle un papelito o se lo tiraban por debajo de la puerta, con la pretensión de que el maestro pusiera a sonar sus estrofas. Cuando alguna letra le gustaba empezaba a agitar el índice para medir los compases.

En los sesenta, el pasillo, el bambuco y la guabina fueron quedando a un lado por la irrupción de la música costeña de la mano de Lucho Bermúdez, otro prolífico. Vieco, que también hizo galerones, torbellinos, marchas, valses y zarzuelas, e incluso un réquiem de broma para un contertulio del Café La Bastilla, sufrió un traspié creativo. Cuando los productores empezaron a pedirle ritmos que surtieran la fiebre tropical, el maestro, por primera vez en su larga historia de genio repentista, se declaró impotente para traer una cumbia al mundo. Llegó a componer tangos para Agustín Magaldi y obras para Juan Pulido, el divo de Columbia Records, pero pedirle cumbias era demasiado.

Mientras tanto, con su clarinete caribeño, Bermúdez se hacía seguir de un séquito de muchachas hasta el lugar de la pachanga, como en el cuento El flautista de Hamelín. Una tarde el músico costeño y su cola de embrujadas llegaron hasta una finca que tenía Bernardo Vieco, hermano de Carlos, en las lomas de Robledo. El recato de la época los obligaba a hacer los bailes de día para que dejaran ir a las mujeres. Cuando ya la fiesta estaba prendida, se largó un aguacero que se extendió hasta por la noche. Las niñas dejaron de bailar, empezaron a agitarse nerviosas de un lado a otro del zaguán, con temor a la sanción de sus padres por la tardanza. Entonces Lucho Bermúdez, que no pudo convencerlas de que siguieran la rumba, se sentó a componer, en media hora, un tema a manera de crónica sobre lo que estaba pasando: Sal si puedes, un porro que se volvió inmortal. Pedirle a Carlos Vieco una pera de esas era el colmo, sobre todo después de la muerte de su hijo.

Los figurones del espectáculo que visitaban Medellín tenían en sus agendas una visita obligada a la casa del maestro, y se hacían tomar fotos con él mientras Vieco, como siempre, callaba y volvía a preguntar “qué quiere que le toque”. Al final de sus días, cuando una enfermedad lo postró, eran sus hijos los que iban a tocarle sus canciones. Vieco se sintió desesperar con los sonidos de sus propios ritmos, y ordenó que nadie volviera jamás a tocar ese piano.

En una de las escenas de La puntual inspiración, un documental que estaba grabando en casa del maestro, su hijo Julián Vieco, violinista jubilado de la Orquesta sinfónica de Bogotá, extrajo del secreter una partitura, la ensayó en su cabeza un rato y luego se puso a tocar una fantasía colombiana indescriptible, porque como decía el mismo Vieco, “hay otros que tienen palabras para todo, pero yo no he podido”.

“Creo que es la única vez que eso se ha escuchado –me dijo Julián, conmovido–. Lástima que usted no sea músico para entender lo que yo siento”.

A su funeral de tres días asistieron, además de sus amigos, próceres de la república, tunas, coros, reinas de belleza. La multitud tarareaba entre llantos la música de Hacia el calvario, que acompañaba el cortejo. Los amigos del Café sabían que esa obra no tenía una intención religiosa sino que era otro de los poemas de León Zafir, en el que el poeta describía su ascenso por una montaña hacia la cárcel de Concordia mientras la policía de rentas lo llevaba a empellones. Al bohemio Zafir lo habían sorprendido por esos caminos transportando tapetusa de contrabando.

El diario de la parroquia tituló No faltó nadie. Y eran tales los duelos y gemidos, que la propia viuda tuvo que tomar un megáfono para pedir que por favor no crecieran el dolor con tanto llanto porque lo que más quería Carlos Vieco era silencio.

Familia Vieco Ortiz. Fotografía Rodríguez. Carlos en el extremo izquierdo. 1944.

por ANDRÉS DELGADO // Desde el fondo oscuro me mira un cúmulo de ojos intimidantes, así que no hay de otra que gastarse una cerveza. Avanzo muy despacio por el pasillo. Así debe ser el infierno: largo, estruendoso y rojizo. No sé dónde sentarme. Este infierno tiene ventiladores y mujeres que cuchichean en las mesas y me miran como colegialas, las coperas.

por DORA LUZ ECHEVERRÍA // Aunque el Gordo Aníbal era bien ducho en el oficio, los de la mesa del fondo lo retaron cuando comenzó a tratar de calmar los ánimos, y uno de ellos, ya de pie, dijo mirándome provocador: “también traen niñas a Guayaco, ¿será que brindamos con ella?”, “hombre negro, yo no creo, no ves que ni tan niña será, con esa culifalda”…