Bebidas energéticas

Archivo Fotográfico BPP

Número 111 Octubre de 2019

Laboratorios Salomón (1942). Fotografía Rodríguez. 

Hubo un tiempo en el que el yerbatero y el farmacéutico confluían en un lugar común: la botica. Y por extensión, en el boticario. Este personaje, que no era un chamán pero tampoco un químico, fue un personaje fundamental en sociedades del pasado pues era una especie de puente entre el conocimiento ancestral y la técnica moderna. En una ciudad a la vez urbana y rural como fue Medellín por tanto tiempo, en cuya población los médicos de facultad no abundaban, los dueños de botica terminaban ofreciendo la solución para el dolor; para los males diarios: la consunción, el patatús, el colerín calambroso, la tontina, el vértigo lila, el descagalete, el cólico miserere. Con sus polvos en papeleta o sus jarabes en frasquito, el boticario purgaba al lombriciento, espulgaba al niguatero, le devolvía el rubor a la empalidecida. Curaba, en fin, las cosas que padecía la gente de a pie. Tan importante era el boticario que por siglos en toda buena obra literaria o teatral hubo uno en el reparto. Y herramienta fundamental en su gabinete fueron los jarabes reconstituyentes: mezclas de todo lo conocido y de sabor almizclado y astringente para cumplir un único fin: alentar al desganado. El Confortativo Salomón y el Eliminol fueron dos ejemplos de tónicos reconstituyentes que se comercializaron con mucho éxito en Medellín en el despunte del siglo XX, aunque para la época de estas fotos eran ya fabricados con todas las de la ley en los Laboratorios Salomón de Francisco Rojas, dueño de la Droguería Universal, que era la evolución de la botica de antaño. Decía la etiqueta del Confortativo Salomón: “Composición química fosfohemogenciokolarsenito”. ¿Qué significaba aquello? Tal vez ni el mismo creador lo sabía, pero en la línea de abajo el bebedizo prometía “restablecer las fuerzas y el color perdidos”. Y en aquel entonces eso equivalía a ir al hospital.

Publicidad de Eliminol (1937).
Confortativo Salomón (1942).

Iceberg masivo

Archivo Fotográfico BPP

Número 110 Septiembre de 2019

Las imágenes que acompañan este texto fueron hechas por el fotógrafo Juan Fernando Ospina a lo largo de varios años, aunque son solo una pequeñísima fracción de su archivo; apenas el ápice que sobresale por fuera del agua de un iceberg masivo y voluminoso que se extiende hacia todos lados y está lleno de aristas.

Se trata de un trabajo que empezó al final de la década de los ochenta y ha continuado hasta hoy. No es broma: una de estas fotos fue tomada hace un par de meses, pero comparte de igual a igual con otra de hace seis años, y con otra de hace quince, y con otra de hace treinta, como la de la mujer y el edificio Coltejer, una fotografía que fue una suerte de ícono local cuando la vimos por primera vez con los ojos impresionables de los noventa, a pesar de que para entonces ya habíamos visto tanto.

Todas estas imágenes, en el buen sentido de la palabra, se parecen. O mejor: están ligadas por una estética similar —la calle como un gran estudio fotográfico, rebosante de personajes y utilería real— y representan una búsqueda sistemática y serial del fotógrafo que se ha pasado la vida reconociendo y señalando la belleza a menudo confusa y rara que producen los ecosistemas humanos que llamamos ciudades. De ahí que un chicle opaco de esmog estampado contra el aviso rasgado de una turbia sala de masajes pueda ser retratado de una manera tan gozosa.

Estas fotos, junto al grueso del archivo, comienzan a formar parte de las colecciones que salvaguarda la Biblioteca Pública Piloto de Medellín en la Torre de la Memoria, el lugar donde se conserva buena parte del patrimonio fotográfico de la ciudad.

El tamaño de la Gota

por PATRICIA NIETO • Ilustración de Elizabeth Builes

Número 106 Mayo de 2019

Antes de los Programas de Alimentación Escolar, los hogares del ICBF y las estrategias de Buen Comienzo, Medellín tuvo una casa con 45 mujeres encargadas de entregar leche a los niños que mendigaban y sobrevivían en una ciudad que comenzaba a alardear. Gota de Leche ha persistido más de cien años en esa tarea en el Centro de Medellín. Un noble hábito de los hábitos.

Una asamblea de niños delibera a las nueve de la mañana del miércoles 10 de abril de 2019. Los cabildantes observan el contenido de una pequeña urna transparente plantada en el centro del círculo que han formado. Ni el ruido que viene del exterior ni el zumbar de una mosca atrapada entre dos cristales interrumpe. Un movimiento que se origina en el fondo arenoso del recipiente anuncia un acontecimiento. Entonces, los presentes cierran el círculo para ver mejor aquello que emergerá de la profundidad. Después de algunos segundos, la superficie luce cuarteada como la tierra después de un terremoto y por las grietas salen a la luz seis líneas marrones que se mueven con dificultad.

Parece que las larvas no responden a los estímulos de afuera; pastan en su planeta de vidrio a la vista de quienes liberan la tensión propia del silencio y especulan: “quieren agua”, “el más grande se come todo”, “¿están tristes?”, “no tienen cachos”, “se van a convertir en cucarrones”, “¡no los toquen!”, “son feos”, “mejor las mariposas”…

En la conversación, en torno a la vida dentro de la urna, participan niños y niñas de tres años de edad, Aventureros, en el lenguaje institucional, que ya recorren su escuela como si fuera un gran jardín en el que deben sobrevivir. La charla a propósito de las larvas da pie a la agenda del día. La maestra recoge las ideas como si fueran miguitas de pan y las convierte en actualidad. Hoy, según su interpretación, la asamblea sugirió que alimentarse bien, proteger la naturaleza, expresarse libremente, proteger a los débiles y preguntar por todo aquello que se ignora pueden ser los temas del día. El avistamiento de las larvas hace emerger las preocupaciones de los niños que habitan un saloncito verde y rosa anclado en el caserón que sirve de hogar diurno a los 540 alumnos de Gota de Leche, la guardería más antigua de Antioquia.

Después de las conclusiones, el corro se disuelve. La maestra lleva las larvas a un lugar fresco donde seguirán transformándose y los niños, como si el tiempo hubiese vuelto a su marcha, se dedican a sus prácticas cotidianas: amarrarse los cordones, patear una pelota o tratar de pronunciar el nombre de la hortaliza que, a pesar de su hermoso color violeta oscuro, no es grata a su paladar: re-mo-la-cha.

A las doce del día, cuando el Centro de Medellín se convierte en un río de oficinistas en busca del “ejecutivo”, un almuerzo barato compuesto de sopa, seco y sobremesa, Jerónimo y Thomas Restrepo Cañas ocupan su mesa en el comedor de Gota de Leche, un espacio colorido donde podrían almorzar hasta seiscientos niños. Puntuales y pulcros, los gemelos abordan el plato con la seguridad de quienes saben comer. A punto de cumplir cinco años, estos Constructores son expertos en frutas y verduras, legumbres y hortalizas, huevos y carnes, cereales y aceites, agua y leche.

“A mí me encanta verlos comer”, dijo Kelly Cañas, su mamá, mientras emblocaba libretas en la litografía donde trabaja. Repitió la frase y sonrió con un gesto que iluminó toda su cara. Hace tres años los gemelos, que, según narra la madre, nacieron con solo seis meses de gestación, no lograban consumir el mínimo necesario por día. A veces, los ingresos familiares solo se consolidaban a las siete de la noche después de un largo día de rebusque de sus abuelos; y, en otras ocasiones, la falta de apetito echaba a perder cualquier preparación casera. El ingreso a Gota de Leche, cuando ya tenían un año y seis meses, les salvó la vida. Así lo ve Mónica Acosta, la abuela que los acunó en su pecho cuando medían solo 39 centímetros.

La prioridad de Gota de Leche es la alimentación en dos dimensiones: espiritual y física. De la primera se encargan las Hermanas Dominicas de la Presentación con 101 años en esta casa; de la segunda, Bibiana Escobar, nutricionista y dietista, con ocho años en la guardería.

“Se espera que al cumplir cinco años cada niño haya recibido la alimentación necesaria para garantizar un desarrollo físico y cerebral que le permita ingresar a la escuela en óptimas condiciones”, explica Bibiana mientras va de la cocina al comedor saludando a las quince mujeres encargadas de preparar y servir el menú que ella supervisa según los dictados de Buen Comienzo, el programa que la Alcaldía de Medellín creó en 2004 para atender a la población infantil vulnerable. Los datos actuales muestran que queda mucho por hacer. Según el último informe Medellín Cómo vamos, realizado por una alianza de entidades privadas interesadas en hacer seguimiento a los indicadores de calidad de vida en la ciudad, por lo menos 58 por ciento de los niños entre cero y seis años están hoy en situación de vulnerabilidad y pobreza.

“Los cuatro momentos diarios de alimentación aquí son sagrados. Para los niños son los rituales del autocuidado y para mí la oportunidad de interpretar sus necesidades a través de los gestos”, dice Bibiana mientras se abre paso entre mesones repletos de bandejas. La exploración le da pistas sobre el estado físico y emocional de los niños y también le pone retos. “Les encanta comer fríjoles, arroz con leche, carne molida, espaguetis y frutas. No les provoca comer ni chicharrón ni mazamorra ni re-mo-la-cha”, concluye y se va a su despacho a mirar las estadísticas.

Si bien Gota de Leche proporciona ochenta por ciento de los nutrientes que un niño necesita cada día, no basta con dar comida: es lo que se deduce de lo que Bibiana expresa cada vez que abre uno de sus archivos. El 31 por ciento de los niños, muchos de ellos llevan varios años bajo su cuidado, presenta alteraciones nutricionales llámense obesidad, sobrepeso, riesgo de sobrepeso, riesgo de desnutrición o desnutrición. Para luchar contra eso, Gota de Leche ha involucrado a las familias como agentes educativos y las ha preparado para el cuidado nutricional en las noches, los fines de semana y durante las vacaciones largas; y también ha diseñado un combo de batidos vitamínicos, atención emocional y rutinas de ejercicio físico que ya son una leyenda entre los expertos en nutrición de la ciudad. El año pasado, por ejemplo, once niños desnutridos y 49 en riesgo fueron involucrados en procesos de atención que exigieron atención personalizada.

“¿A usted no le parece una bendición que un niño de cinco años pida sopa, aguacate y lechuga?”, preguntó Kelly Cañas antes de encomendar a los setenta empleados de Gota de Leche a la Virgen María. En el fondo de su fe, ella sabe que no hay milagro sin trabajo; y es consciente de que a partir de 2020, cuando los gemelos dejen la guardería, ella será la responsable de que no les falte ni el pan ni la leche ni el amor.

Veinte mujeres aparecen en una fotografía tomada en 1917. Se cree que posaron para el fotógrafo Melitón Rodríguez en el patio de una casa similar a la que ahora ocupa Gota de Leche en la calle 40 con carrera 50A, en pleno Centro de Medellín. O tal vez lo hicieron aquí mismo, donde hoy los Aventureros observan seis larvas, unos años antes de que fuera adquirida para la obra en 1922. O de pronto se dejaron retratar en el convento de los jesuitas, en la vecina plazuela de San Ignacio, donde empezó esta historia. En todo caso, en la fotografía están ellas con las miradas fijas, las bocas apretadas y sus hijos, sobrinos o hermanos en el regazo.

Dicen las actas que fueron 45 mujeres las primeras en acudir al llamado de la Asociación de Madres Católicas respaldas por el jesuita Gabriel Lizardi. Todas las mañanas se acercaban a un local cerca del convento donde les daban cátedra católica y una botella de leche. En otra foto, de las que reposan en la Biblioteca Pública Piloto, se ven dos mujeres cargando a sus hijos, una mujer con delantal que pudo ser una de las primeras empleadas de Gota de Leche, que para entonces ya se llamaba así, y una religiosa ataviada con una toca blanca estilo cornette propia de las religiosas dedicadas a la caridad. Al fondo, sobre un tablón de madera, se ven varias hileras de botellas de diferentes formas y tamaños.

Un vaso de leche fue, para muchas madres trabajadoras y sus bebés, la única comida de la mañana hace cien años. En los archivos de la guardería han escrito repetitivamente un relato fundacional que quedó sintetizado en el libro Cien años sembrando amor, Jardín Salas Cunas Medellín Gota de Leche, publicado hace dos años. Al mediar la segunda década del siglo XX “en Medellín eran frecuentes las escenas de los niños desnutridos cerca de la quebrada Santa Elena, que acompañaban a sus madres lavanderas a restregar la ropa en las piedras de las orillas; otros muchos permanecían en las calles o al cuidado de algún vecino o familiar mientras sus madres trabajaban en el servicio doméstico, y durante los fines de semana se los veía también en las calles aledañas a la iglesia de San José, donde las señoras los encontraban al salir de la misa dominical, y podían ver el precario estado de salud e higiene de estos niños que pasaban hambre y frío”.

Para proteger a los niños vulnerables mientras que sus madres intentaban ingresar al precario mundo laboral, nació Gota de Leche. Hay que decir que en la segunda década del siglo XX, después de la Guerra de los Mil Días, de la entrega forzada del canal de Panamá a Estados Unidos y de la Primera Guerra Mundial que sacudió con sus aplastantes consecuencias a todos los rincones del planeta, la pobreza reinaba en el amplio territorio nacional. El historiador Jorge Orlando Melo describió, en su texto Colombia en el siglo XX: cien años de cambio…, la situación de los niños en esa época: “Las epidemias amenazaban a los menores, y el tifo, la viruela o las enfermedades gastrointestinales mataban a 1 de cada 6 niños antes de cumplir un año. Los médicos solo existían para la minoría que podía pagarlos: para las enfermedades había que resignarse a infusiones de hierbas u otras formas de medicina alternativa y casera”.

Si bien el aliento inicial para Gota de Leche provino de la caridad que enseña el catolicismo, la desoladora situación de los niños obligó a los fundadores, señoras, monjas y curas, a interesarse por las disciplinas dedicadas al cuidado y crianza de los niños, ciencias muy desconocidas en un país que solo abrió sus primeros preescolares asistencialistas en 1930. En este punto vale decir que cuando Colombia creó el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar en 1968, Gota de Leche ya le aventajaba en 51 años de experiencia.

La fotografía en blanco y negro de las madres y sus niños en el patio de la sede es tal vez la más antigua que se conserva en los archivos. La más reciente se podría tomar ahora mismo, a la una y media de la tarde, cuando los 540 niños y niñas, entre los siete meses y los cinco años, duermen la siesta mientras que afuera la ciudad arde bajo un cielo oscuro, señal de que una de las tormentas de abril se aproxima.

Ataviada con una capa verde, Mariángel Ayala Raga recorre los pasillos de Gota de Leche. Es la última en la hilera de los Constructores que, a punto de cumplir cinco años, pasan su último año en la guardería. Su capa, larga y brillante se levanta con el viento que siguió a la lluvia. Mariángel podría ser Iridessa, el hada de la luz que vive en un girasol, en su papel de ayudante en la construcción de los arcoíris. Pero Mariángel no vive en las profundidades de un bosque milenario, ella pasa los días en un laberíntico caserón donde se ha nombrado guardiana del agua.

En los archivos de Gota se lee que en los años veinte se realizó la “compra de una casa de tapias y tejas, con su correspondiente solar, media paja de agua de diez líneas de diámetro de la del Distrito con sus mejoras y anexidades”. Yolanda Gómez Delgado, la experta en Alta Gerencia que asumió la dirección de Gota de Leche después de una saga de veintiún monjas que fueron la autoridad allí durante 97 años, dice que a la casa original se le agregaron a lo largo de un siglo otras de la vecindad amén de locales y solares hasta llegar a los cuatro mil metros cuadrados de hoy.

La casa, el jardín imaginario de Mariángel, se extiende detrás y hacia los lados del pequeño patio que fue el centro. Pasillos con pisos rojos y amarillos techados por tejas de barro conducen a los dieciocho salones donde transcurre la intimidad de cada grupo de niños, niñas, maestras y cuidadoras.

Al paso de Mariángel se puede observar lo que ocurre detrás de las ventanas: la mayoría de los Soñadores recibe masajes para fortalecer las piernas mientras que una de sus cuidadoras Deisy Alejandra Galeano, a punto de cumplir un año en la guardería, se ocupa de los que ya saben ponerse de pie. Los Saltarines recorren las habitaciones en busca de privacidad. Se evaden debajo de las mesas y en los rincones más secretos. Sandra Arenas, la maestra con doce años en Gota de Leche, explica que cuando cae la tarde los niños menores de dos años buscan un refugio para descansar en soledad. Mariángel, guardiana del agua, se pega de la ventana que da al sector de los Exploradores, observa el salón vacío y descubre que las fotografías de los niños y los cartones con sus frases especiales se hacen más visibles cuando todos se han ido a la huerta. La profesora ha puesto en letras lo que Emiliana, de dos años, dijo esta mañana: “La cabra tiene hambre / yo le di zanahoria / el conejo está suave y gordo”. Al llegar al comedor, Mariángel ve que los Aventureros, que ya han tomado el algo, la última comida del día en el jardín, se preparan para regresar a sus casas. Ya en la mesa, ella y su grupo, del que también hacen parte los gemelos, toman leche y comen torta de manzana.

Beber leche es una fiesta en Gota. Cada día se consumen allí 172 litros; una cifra que solo al multiplicarla produce satisfacción: 860 litros por semana, 3440 al mes, 41 280 al año. Mariángel, que no conoce el dato que hace sonreír a Bibiana, la nutricionista, le contesta con otro gesto de plenitud antes de despojarse de su capa y unirse a la fila rumbo a la puerta de la casa donde ya se agolpan las mamás y donde, desde hace rato, espera Martín Rendón, el responsable de cuidar las seis larvas esta noche.

“Samuel Tabares Velásquez”, llaman por el altavoz. El niño de tres años apura el paso y se acerca a la puerta. Al otro lado lo espera María Velásquez, la mamá que lo abraza como si hubiera pasado un siglo sin verlo. María lo levanta de un envión. Samuel aferra las piernas a la cintura de la mamá y así, abrazados, cruzan la calle y entran a la Plaza de Flórez, un mercado popular donde María vende guantes, bolas de icopor, cucharas, bolsas de plástico con agarradera y sin ella, cuadernos con rayas, pliegos de papel globo y cosas así en su pequeña miscelánea. Dos horas más tarde, a eso de las 6:30, María y Samuel treparán en la motocicleta de Edwin Tabares, esposo y papá y, aferrados el uno al otro, viajarán hasta el barrio Santo Domingo Savio en la colina más alta de la ladera oriental de Medellín.

Antes de caer la noche, cuando ya no quedan niños ni maestras en Gota de Leche, Yolanda, la directora, cierra la puerta de su oficina centenaria. Se sumerge en las calles del Centro de Medellín y repara en lo que muchos no ven: mujeres y hombres trabajadores con sus niños en el regazo expuestos a la ciudad ruda que es Medellín. Los ve al pie de los semáforos y en las esquinas custodiando pequeñas ventas; los descubre en los mostradores de los bares y en casetas de ingreso a parqueaderos. Cabe suponer que ante esas fotografías urbanas, la mente de la directora se ocupa de una cifra: cada año cien niños no alcanzan un cupo en Gota.

Entonces, es posible pensar que si bien los treinta mil niños atendidos por Gota de Leche en un siglo son muchos para una obra que nació por caridad, y que hoy recibe 67 por ciento de sus recursos del Estado, también son pocos para una ciudad poblada a fuerza por campesinos víctimas de la guerra. Sería bueno que mañana, en una asamblea formada por los adultos responsables del futuro de Medellín se deliberara sobre este asunto: los niños de Gota pueden enseñarles cómo se hace.

*Agradecimiento especial a July Paulin Salazar Duque, coordinadora pedagógica de Gota de Leche.

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El primero y el último

Archivo Fotográfico BPP

Número 103 Diciembre de 2018

El 20 de diciembre de 2018 se realizará la reapertura del edificio central de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América Latina. Luego de un proceso de repotenciación y reforzamiento estructural que duró más de tres años, el edificio construido en los años sesenta —el cual no cumplía con la norma antisísmica para edificaciones públicas— ahora aparece renovado y cool, o como dirían nuestras mamás, un verdadero joven buen mozo.

Pero más allá del edificio, de sus viejas estanterías y corredores, de los entrañables ficheros y sus mesas de estudio, a lo largo de su historia la biblioteca ha albergado miles de libros, algunos ya dados de baja o enviados a otros centros de consulta, otros tantos mutilados o desaparecidos. Todos ellos, en suma, han servido para formar e ilustrar a los medellinenses.

Y como una forma de celebrarlos a todos, presentamos aquí el libro que lleva más tiempo en la Piloto y el más reciente. El primer ejemplar ingresado a la colección, el 3 de mayo de 1954, lleva por título Los amigos de Totó, una suerte de narrativa juvenil con ciertos matices escolásticos propios de la influencia franquista en Hispanoamérica, escrito por la catalana Mercedes Baguer; es una primera edición de la Editorial Librería Religiosa de 1947, impresa en Barcelona.

Este primer libro de la colección general y muchos de los que se pusieron al servicio en los años cincuenta tuvieron una especie de filtro de censura o circulación intencionada hacia la formación de lectores obreros y sus familias. La junta de clasificación bibliográfica de la naciente BPP, además de bibliotecarios experimentados, incluía a sacerdotes como Jaime Serna Gómez, más conocido en columnas de prensa y otras publicaciones de la época con el seudónimo de Humberto Bronx, de tal manera que dicho comité de selección, con la aceptada influencia de la Pastoral Cristiana, revisaba y aprobaba el material bibliográfico que llegaba gracias a los convenios de cooperación internacional y de la Unesco. Para los rechazos la biblioteca habilitó un salón especial donde reposaban las obras de los autores no aceptados, pero de gran valor artístico y literario, al cual no podían entrar los menores de dieciocho años. ¡Qué tiempos aquellos!

Luego de 65 años, y como proyecto colectivo de construcción de una biblioteca más libertaria, el más reciente libro en ingresar a la colección general es una novela gráfica y autobiográfica que expresa las transformaciones sexuales y los cambios e imaginarios generacionales en el naciente siglo XXI, y que al leerse hoja por hoja no escandalizaría a ningún lector de hoy, salvo, obviamente, al padre Bronx: Todo va a estar bien, de Powerpaola. Es una primera edición del año 2015, de Silueta Ediciones y Paola Gaviria, impresa en Bogotá por Escala S.A., su registro de ingreso data del 5 de diciembre de este año. No es coincidencia, más allá de los libros de texto, los de historia, teologías y autoayuda, la Piloto ha privilegiado una colección juvenil permanente y fresca, que ahora se enriquece con la novela gráfica, el cómic y las narrativas creativas y experimentales.

Los gitanos de Itagüí

Archivo Fotográfico BPP

Número 102 Noviembre de 2018

En la memoria de muchos aún estarán los gitanos de Itagüí. Habitaban un descampado amplísimo, no lejos de lo que hoy es la Central Mayorista, colmado de tiendas como si estuvieran de paso, aunque vivían allí de manera permanente. Habían aparecido hacia el final de la década del cuarenta, tal vez como resultado de los grandes éxodos europeos hacia Suramérica durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Se instalaron y siempre vivieron en calma, aunque los acompañó la sospecha heredada que todos los pueblos del mundo suelen tener de los gitanos: tramposos y raponeros. Y en efecto las lenguas flojas de acá les endilgaron lo de siempre, y, como si fuera poco, le sumaron el robo de niños. Pero no era verdad; solo eran distintos. Hacían la vida trabajando metales, en especial calderos y pailas de cobre, y más tarde se convirtieron en negociantes de mulas y ganado.

Desde luego —qué tal que no— también leían la mano. A las mujeres, que eran fáciles de reconocer por las faldas y los pañuelos —los hombres iban más en ropa de paisano—, se les veía a menudo en el Centro de Medellín, sobre todo andando por Junín. Con mucho poder de persuasión conseguían que los peatones les dieran pesos a cambio de contarles el futuro que tenían labrado en los surcos y las líneas de la palma de la mano. El asentamiento gitano de Itagüí se volvió tan permanente que las toldas se tornaron en casas y el descampado en un barrio, que se llamó Santa María y fue famoso. Las cifras hablan de hasta tres mil personas. Pero con el tiempo las familias originales se mezclaron en matrimonios y uniones con locales, y durante la década del noventa los gitanos empezaron a abandonar Santa María en un proceso natural de dispersión que se extendió hasta principios de este siglo. Se trasladaron a otros sectores del valle de Aburrá, especialmente a Envigado, donde aún vive un pequeño enclave gitano amparado y reconocido como minoría étnica.

Gabriel Carvajal. Sin fecha. Archivo fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto

Los tres golpes

Número 100 Septiembre de 2018

Almorzar trancado con tres monedas es un sueño para famélicos, caminantes sin rumbo, empleados ahorradores y gorreros de esquina. Aquí no se clasifica ni con estrellas ni con tenedores, lo que vale es el tamaño de la montaña de arroz, el fondo del plato para los frijoles o la sopa de pasta y las promesas de la carne. No se gasten la plata del trago en comida. Sigan esta ruta gastroanémica.

Afuera de la plaza

por LUIS FERNANDO GONZÁLEZ ESCOBAR • Fotografías del Álbum de la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín

Número 100 Septiembre de 2018

La calle Barbacoas en 1910.

Las historias urbanas como las cartografías parten del centro a las periferias. En pocos casos los mapas dan cuenta de lo que está por fuera del reconocimiento oficial. Unas veces los bordes de los mapas se simplifican, se vuelven difusos, pierden claridad; otras, son rotundos, definidos por diversos límites institucionales, ya sean carreteras circunvalares, cotas de servicios, perímetros verdes, jardines, fuera de los cuales no se reconoce la existencia de nada. En cualquiera de los casos son habitados por fuera de donde se ejerce el poder, del escenario para los rituales y controles religiosos, políticos o sociales, incluso, en los umbrales entre legalidad e ilegalidad.

Mientras la historia oficial niega y olvida, la forma urbana incorpora y borra. Pero hay casos en los que las memorias quedan inscritas como vestigios de otras historias no contadas. Fragmentos que resisten y que desde su condición singular nos obligan a mirar con más detalle, a profundizar y comprender dejando de lado lo inmediato y aparente. ¿Qué es la calle Barbacoas, con su recorrido sinuoso y su marginalidad dentro del Centro de la ciudad? La pregunta siempre me inquietó. Ahora entiendo que su actual extensión muestra apenas unos tramos de una más calle más histórica y marginal, condición que aún mantiene pese a que hoy es parte del Centro histórico, y a los intentos por reglarla, tanto en la traza como en las normas del decoro y las buenas costumbres urbanas.

Cuando Francisco de Paula Muñoz en 1870, casi cuatro años antes de escribir El crimen de Aguacatal, por el cual se lo considera un pionero del reportaje en Colombia, realizó una memoria descriptiva de Medellín que se publicó en la Crónica Municipal, hizo referencia a cada una de las quince calles transversales que cruzaban la ciudad de norte a sur, y las trece longitudinales, que lo hacían de oriente a occidente. Como buena parte de las descripciones posteriores, fue minucioso en destacar lo que contenían las calles principales que estaban cercanas a la plaza principal y escueto en las calles más alejadas. Cuando describe el límite norte de la villa lo hace de la siguiente manera: “Hay en Villanueva, que es el nombre dado a la parte habitada en la banda septentrional de la quebrada, tres calles longitudinales anónimas y la de Barbacoas que es el límite de la ciudad por aquel lado”. Era apenas razonable que las tres calles que daban a la nueva plaza, que luego sería transformada y convertida en el Parque de Bolívar, no tuvieran nombre pues estaban recién trazadas y construidas, contrario a Barbacoas que ya era una calle antigua, la frontera urbana al norte, la que menciona pero no le da ninguna importancia y por tanto no la describe. Lo mismo hizo al momento de la descripción de la calle Girardot, la que consideraba que simplemente remataba en una calle sin nombre, en el mismo barrio El Chumbimbo que, con su sonoro nombre, no pareciera formar parte del plano urbano descrito, en tanto señalaba Muñoz no tenía nombre oficial. Estaba pero no era. El nombre vulgar no era comparable con los nombres patrióticos otorgados a las demás calles principales, por lo tanto allí no habitaban personajes, ni contaban con arquitecturas significativas, no había nada que resaltar. Solo anonimato.

Las crónicas y las historias de Medellín narran el crecimiento hacia el norte cuando se construyó el puente sobre la quebrada Santa Elena, superando así este límite al prolongar la denominada calle del Resbalón para convertirla en la carrera Junín, que remataba en la plaza de Villanueva, descrita por el mismo Muñoz como “espaciosa, regular y reciente… un cuadrado de 150 metros de lado, excluyendo el espacio que ocupará la iglesia que se pretende construir; el piso ha sido recientemente nivelado y encascajado; y está rodeado de árboles recientemente sembrados”. La plaza era el centro del proyecto de urbanización que se promovió desde 1848 en tierras del inglés Tyrrel Moore, las que la historia rosa dice haber regalado a la ciudad. Al proyecto se le llamó Nueva Londres, pero se le conoció “vulgarmente”, al decir de Muñoz, como Villanueva; no obstante este era un proyecto que reemplazó a otro aprobado por el Cabildo en 1837 y que se comenzó a trazar en 1840, promovido en gran medida por los emergentes artesanos que para entonces comenzaron a tener importancia política y llegaron hasta aquella instancia pública.

El proyecto de Nueva Londres con su traza y pretensiones de un barrio burgués negaba todo el poblamiento anterior. Se ha dicho que entre las quebradas Santa Elena y La Loca no había mayor poblamiento, y los cronistas dan cuenta de algunas casuchas de pobres, de mala factura e infectas, a las que se llegaba por caminos estrechos y pedregosos o por lodazales. De ahí que surgía allí una Villanueva, cuando en realidad había una amplia ocupación cuyo arco espacial iba desde el occidente, con el camino de Guarne, hasta encontrarse al norte con la calle Barbacoas; esta era el límite norte y se prolongaba hacia el occidente hasta encontrarse con el Camino del Monte (hoy carrera Bolívar) que era la salida al norte de la antigua villa, cruce donde estaba ubicada una guarnición, al lado de la cual se ubicó el primer cementerio. La calle Barbacoas se prolongaba más al occidente hasta cruzar en la parte baja de la quebrada Santa Elena, para salir arriba de la iglesia de San Benito.

Pero había dos cosas relevantes en este gran espacio ignorado. La primera, que allí estaba contenido el barrio El Chumbimbo, limitado por una calle del mismo nombre por el oriente (hoy la carrera Girardot), la calle Barbacoas al norte, el camino de Guarne al oriente y al sur la quebrada Santa Elena, pero el cual era cruzado por un callejón paralelo a la Santa Elena, conocido como Niguateral, luego calle El Guanábano (hoy Maracaibo), que se encontraba con el camino de Guarne en donde hoy es el Parque del Periodista. Esta parte fue conocida en una época como barrio Guarne, pues era la salida de Medellín por el camino de Guarne, que luego de encontrarse con la calle Barbacoas, se llamaba camino de La Ladera, para dar inicio al ascenso bordeando el cerro Pan de Azúcar, llegar al Alto de Mora, la laguna de Guarne y seguir por la ruta del altiplano del oriente.

Precisamente la segunda cosa relevante es que las orillas del camino de La Ladera eran habitadas y en ciertos puntos había barrios y lugares con una importante población como La Aguadita —hoy parte del barrio Enciso—, el Pasaje del Infante o el Callejón del Mico. Lugares singulares no solo por su nombre, sino por la misma configuración de los sitios o las actividades que desempeñaban sus habitantes; por ejemplo, el Callejón del Mico era una calle tan estrecha que solo tenía 1.80 metros de ancho y apenas ochenta metros de largo, pero era “profusamente habitado”, como lo narró Alberto Bernal Nicholls en su Miscelánea sobre la historia usos y las costumbres de Medellín (1980); mismo que nos dejó constancia de que La Aguadita, por el nombre de la quebrada, era un barrio muy poblado y lo habitaron “tejedores de lana que fabricaban alfombras y gualdrapas y objetos preciosos por su delicado tejido y por la variedad y combinación de colores”.

Una población formada por mulatos, mestizos, negros libertos o blancos pobres, pero que no fueron tenidos en cuenta por su condición social, considerada inferior, no solo por el color de su piel sino por sus apellidos, como bien lo describió uno de los cronistas de la ciudad, Carlos J. Escobar, en Medellín hace 60 años (2003), escribiendo desde su propia centralidad: “Después de la dicha ‘quebrada’ de ‘La Loca’, había un pequeño caserío compuesto de ocho o diez ranchos de bahareques y techados con pajas, donde vivían las familias de los Chalarcas, los Veras y los Vegas, pero no pertenecientes aquellos apellidos, ni a los Alarcas, ni a los de Vera, ni a los de Vega, no, ellos eran del arroyo de ‘La Loca’..”; además de no tener apellidos ni abolengos eran tenidos por peleadores y cada sábado según el cronista resultaban dos o tres heridos entre ellos mismos. Pero, en general, por aquellos asentamientos periféricos estaban los labradores, jornaleros, arrieros, tratantes, talabarteros, plateros, sastres, tejedoras, maestros de obra, tapieros, herreros o músicos de Medellín. El camino era el que posibilitaba comunicarse con la ciudad, y permitía por igual llegar a las fincas y casas de campo como la famosa de La Ladera, o a los ranchos, casas o barrios como los descritos, en donde también se ubicaban talleres, tenerías y guarnecerías, lo mismo que pulperías, tiendas, estanquillos y cantinas, de las últimas algunas que se hicieron famosas como La Mar y sus Conchas.

Allá afuera de la plaza también había vida. Los caminos que salían de la misma o llegaban a ella, desde el sur por el camellón de Guanteros y La Asomadera; el oriente, por la Santa Elena o por La Ladera; el norte, por el Camino del Monte y el Llano de los Muñoces, o desde occidente, por la calle por real de San Benito, eran habitados por aquellos que cumplían los oficios en sus propias viviendas, en los sitios inmediatos —ya en los tejares o los salados—, pero también por los que iban a trabajar en los oficios de las casas del marco de la plaza o a vender lo que producían en el mercado de la plaza, primero en la principal, luego en la de Flórez y después en Guayaquil. Ese era el mercado formal. La ruta que llevaba a la plaza, a la misa y al control policivo. Pero había otras rutas que no pasaban por la plaza, y una de las principales fue la San Benito- Barbacoas-La Ladera; esta ruta de occidente a oriente, luego de pasar el río Medellín, no seguía el camino real, sino que se evadía por un callejón lateral en el barrio San Benito para vadear la quebrada y conectar con Barbacoas. Ruta de contrabando de mercancías, armas y, sobre todo, licores, especialmente después de 1788 cuando se instaló la fábrica de aguardientes en Medellín, por lo cual se incrementaron los controles para evitar los fraudes. Tanto en Sopetrán al occidente, al norte en Barbosa, como en Guarne al oriente era famosa la producción doméstica e ilegal de aguardiente y tapetusa, de ahí que esta fuera una de las rutas socorridas para evadir y aprovisionar, y de ahí también los intentos de control con la ubicación de los guardas de estancos por estos lados del norte.

Pero la calle de Barbacoas, con sus conexiones de El Chumbimbo, Guarne y La Ladera, fue lentamente incorporada al orden urbano y a la estructura formal, iniciando por la conversión de El Chumbimbo en la carrera Girardot, y El Guanábano renombrada calle Maracaibo; siguiendo con la construcción de la nueva catedral en el barrio Villanueva, levantada sobre la propia quebrada La Loca, y la apertura de nuevas calles que implicó que los Chalarcas, Veras y Vegas no se extinguieran en las peleas semanales sino que fueran desplazados junto a sus vecinos. De la nueva catedral en construcción hacia el oriente, sucesivas urbanizaciones fueron eliminando los trazos originales de la calle, ya por el nuevo barrio Boston alrededor de la plaza Sucre a partir de 1888, entre el Camino de Guarne y la quebrada La Aguadita; o el barrio La Independencia promovido por Manuel de J. Álvarez en 1898, que supuso el desarrollo de la avenida Echeverri precisamente sobre la misma Barbacoas cambiando su nombre y rectificando tres cuadras con un ancho de veinte metros, hasta el cruce con Girardot; luego este mismo promotor realizó el barrio Majalc, acrónimo de su nombre; entre 1904 y 1919, el barrio La Ladera, que incluyó la apertura de la calle Cuba, sobre la que quedó la casa de Heliodoro Medina (hoy teatro del Águila Descalza), construida mucho antes del desarrollo del barrio Prado; y, a partir de 1920, la construcción del barrio Villa Hermosa, que termina por ordenar, higienizar y barrer los antiguos asentamientos del camino de La Ladera. Lo mismo sería de la catedral hacia occidente, desde 1872 con la apertura de la calle La Paz, detrás de la catedral, y así sucesivamente con la prolongación de las calles que conectaron el Parque de Bolívar con el nuevo y residencial barrio Prado en la década de 1920, especialmente las carreras Ecuador y Palacé; al igual que la apertura de la avenida Juan del Corral en 1932, que sirvió de corredor a la Exposición Industrial que ese año tuvo como sede los pabellones del Hospital San Vicente de Paúl; o el ensanche de Carabobo en la década de 1940.

Así, las nuevas aperturas, ensanches y rectificaciones aportaron su parte para que la calle Barbacoas fuera perdiendo su continuidad. Cada vez más cercenada no podía percibirse en su totalidad, quedando reducida aparentemente a unas pocas calles. Pero basta mirar el mapa de Medellín, desde la calle Tejelo, en la plaza Rojas Pinilla, siguiendo por la llamada calle del Calzoncillo, hasta la parte más reconocida de la calle Barbacoas pasando por detrás de la catedral, salvando la avenida Oriental hasta la avenida Echeverri y continuar por Enciso arriba… para entender su lógica y la permanencia en sus fragmentos de unas determinantes geográficas, históricas y, aun, sociales. Todavía en el Centro siguen habitando las periferias, ahí por los laditos…

Panorámica de Medellín en 1910. Al fondo, el camino.

por ALFONSO BUITRAGO LONDOÑO // Ser el fotógrafo personal de Pablo Escobar es una revelación que dura toda la vida. El Chino se encontró esa tarea cuando su antiguo compañero ya era dueño de un zoológico. Lo persiguió por plazas y piezas. Va un esbozo de la historia que un gracioso llamó las páginas antisociales.

El acecho de los hombres sombra

por DANIEL CARMONA • Ilustración de Señor OK

Número 99 Agosto 2018

Who loves the sun
Who cares that it is shining
(…)
Who cares that it makes plants grow
Who cares what it does
Since you broke my heart

Who loves the sun
Not everyone

—

Quién ama el sol
A quién le importa que esté brillando
(…)
A quién le importa que haga que las plantas crezcan
A quién le importa lo que hace
Desde que me rompiste el corazón

Quién ama el sol
No todos

(Who loves the sun, Nu & Jo Ke, 2011)

En un diminuto cuarto con la oscuridad del laberinto gotean por las piernas de un muchacho de veintiún años las babas de un hombre sombra que devora su culo como si fuera un manjar. El muchacho alza su mirada buscando su reflejo en el espejo del techo, pero a medida que la respiración se agita el vapor que exhala su cuerpo llena el cuarto y la imagen de su rostro se empaña poco a poco hasta desaparecer. Después de unos minutos de intensos gemiditos, el muchacho, bañado en sudor, termina por venirse a chorros sobre el piso. Toma aire agitado y después de un momento, aún con la lengua del hombre sombra en su culo, se apresura a subirse el jean, mientras le dice sin mirarle a la cara: “Parce, voy a salir ya”.

En Medellín comienza a anochecer a las 6:30 de la tarde, pero en Men´s club siempre está oscuro. A excepción de unos austeros rayos de sol que alcanzan a entrar a algunas zonas del laberinto y el patio, pareciera que siempre es noche cerrada. En el atardecer, a medida que la luz amarilla del día se va extinguiendo al ritmo de los largos sets de electrónica, las luces rojas y azules comienzan a imponerse cegando a quien las mira y la oscuridad termina por cubrir totalmente el lugar.

Men´s abrió en 1991. Siempre ha estado ubicado en el Centro de Medellín, entre las calles Argentina y Perú sobre Girardot, en un edificio de tres pisos que por sus capas de pintura agrietadas y las ventanas selladas da la impresión de ser una vieja bodega o estar abandonado. Pese a esto, cada tanto, en una secuencia apresurada se ve cómo un hombre atraviesa la cuadra de prisa, toca el timbre ansioso y la puerta metálica se abre, dejando ver un destello de luz roja en el interior, un faro.

Al igual que todos, me detengo ante la reja gris y toco el timbre. Unos segundos después abre la puerta un hombre de unos cincuenta años; lleva un gesto de desgano, enmarcado en sus ojos apagados que se asoman a través de unos lentes cuadrados. Entonces anuncia: “Hoy es parche sin camisa”. Me guía a un cuarto, cubierto de lockers, de donde proviene la ráfaga de luz roja. Me entrega unas llaves y un candado. “Guarde la camisa”, me indica. Yo aún sin pronunciar una sola palabra, me quito la camisa y la meto al locker. “Son diez mil pesos”, es lo último que me dice. Después de entregarle el dinero lo sigo a través de una segunda puerta. Al entrar, me da la bienvenida el estridente sonido de la música a cargo de bandas iconos de la electrónica como los son Claptone, Hercules & Love Affair, Salumon y Daft Punk. Me encuentro con lo que antes debió ser el patio de una casa, ahora reformado en un pequeño bar, incrustado en una ventana. Al fondo una sala inspirada en el movimiento pop art, muebles tapizados con fotografías de Elvis Presley y marines americanos. En el techo, colgadas desde el tercer piso, están suspendidas ocho esferas de espejos que se pueden ver desde cada nivel del club.

La sala sirve de lobby para explorar una voluminosa colección de libros de porno y de arte erótico homosexual, con títulos como: Él y el otro. Homohistorias y My buddy, un compendio de fotografías homoeróticas de la segunda guerra mundial.

Al tiempo, en un televisor rojo de manivela de al menos hace cuatro décadas se reproduce a blanco y negro una escena porno gay de los ochenta que nadie mira. Porque en el primer piso, a excepción de algunos clientes que lo visitan de paso el bar para comprar cervezas, cigarrillos o condones, no suele tener mucho movimiento.

Una escalera en espiral lleva al segundo piso. Hay dos ventanales gigantes, en donde algunos visitantes, atentos al sonido aturdidor del timbre, posan la mirada sobre la puerta, a la espera de nuevas presas.

A la derecha se encuentra un cuarto que recrea una tienda de video porno; algunos de los títulos ofrecidos son Los hombres grandes también comen culo, Sorpresa cremosa, ocho horas de hombres amando la verga, Amantes del pene, Doble ataque militar y Pai de crema.

En un televisor gigante se reproduce la escena de un negro siendo cabalgado sobre un sillón rojo por un joven rubio. En la habitación hay un hombre sombra, que alterna la mirada entre el televisor y la pantalla del celular, observando en silencio, a la expectativa de quienes llegan.

Al lado izquierdo, detrás de una cortina negra, aparece una minisala de cine, nueve sillas revestidas con tela roja brillante. Las paredes están tapizadas por carteles que anuncian los “iconos del porno gay”: “Al Parker 70s”, “Rick Donovan 80s”, “Ryan Idols 90s”. En la pantalla del cine se proyecta la selección de la casa. En el momento un hombre de cabello largo se mece en un columpio, mientras es penetrado por una fila de hombres velludos.

El segundo piso, con excepción del hombre del cuarto de la tienda porno y otros dos que observan la puerta desde el ventanal, también permanece vacío. Así que sigo las escaleras de caracol que llevan al tercer piso.

Hay seis caminos posibles, el que decido seguir lleva al patio, de donde viene la luz más fuerte. Allí los hombres sombra, sentados sobre una banca de concreto incrustada en la pared, esconden su mirada en la pantalla del celular. La mayoría toma cerveza, fuma marihuana o cigarrillo formando una nube densa de humo que se esparce lentamente hacia el cielo.

La luz de las lámparas de neón que cuelgan de las paredes permite ver los cuerpos semidesnudos de los hombres sombra. La fluorescencia acentúa la forma de los cuerpos y permite apreciar mejor sus músculos marcados o flácidos, músculos de muchacho o de señor. Se descubre la piel tatuada; rosas en la mano; tribales en los brazos; la palabra “PODEROSO” en la espalda; “Dios le da las peores guerras a los mejores luchadores”, en letra cursiva en el pecho. Despojados de ropa, no desaparecen las jerarquías sociales, se da lugar a una nueva, donde los altos, musculosos y vergones están en la punta; son quienes eligen. En la base, relegados a una noche de suerte, están los cuerpos pequeños, gordos y viejos.

Los hombres sombra se miran los unos a los otros sin pronunciar palabra. No es común escuchar conversaciones, porque los hombres sombra solo buscan descargar el deseo en un cuerpo, con prisa y sin explicaciones; evadiendo las preguntas convencionales: ¿cómo te llamas?, ¿cuántos años tienes?, ¿dónde vives? Aquí las preguntas que importan (y mejor si no se tienen que hacer) son: ¿qué le gusta?, ¿quiere que lo clave?, ¿quiere que lo ponga a mamar?

Dejo atrás el patio y entro al laberinto, tomo el primer camino a la izquierda. Aquí la oscuridad es tan densa como una bruma, pareciera incluso que uno la puede apartar con la mano, como se aparta el humo. Camino lento, las paredes de madera hacen eco de gemidos lejanos, chasquidos y golpecitos repetitivos que lentamente se van sincronizando con los beats de electrónica, formando una sola canción.

Hay dos clases de hombres sombra. Los primeros esperan pacientes sus presas, inmóviles contra la pared, estrechando más los pasillos. Los segundos, al igual que yo, dan vueltas explorando el lugar. En este juego se hace inevitable que los cuerpos se encuentren. La regla es clara: en cada encuentro hay un roce, insinúa una pregunta: ¿quieres? Si decides quedarte, si los cuerpos encajan, las manos buscarán ver lo que los ojos no ven y aun a ciegas encontrarán el camino a los diminutos cuartos que dan forma al laberinto.

Al entrar una lucecita roja se enciende. La cara del hombre sombra aparece, ojos negros, barba corta, músculos firmes, brazos tatuados. Comienza a acariciarme la cara, me intenta besar pero yo lo esquivo. Me sigue acariciando en silencio, desabrocha su pantalón y saca su pene. Sube la mano hasta mi cuello y me da un leve empujón intentando guiar mi cabeza hacia abajo, de nuevo lo esquivo, sin decir nada.
—Mámemelo —me dice finalmente y yo le respondo que no.
—¿Por qué no? ¿Quiere que me lo culee entonces? Venga yo le doy por ese culo —dice sin dejar de buscar mi boca con la suya.
—No quiero —repito sonriendo, pero sin corresponder sus caricias.
—Qué bobo, parce, venga mámemelo —insiste, mientras inútilmente intenta empujar mi cabeza en dirección a su pene—. ¡Mámemelo pues! —dice ya sin ánimo de jugar.
—No, es que usted ya se ha comido mucha gente.
—Oigan pues, solo me he comido a dos y me los comí con condón, además yo ya me lo lavé.
Me río, pero él insiste:
—Mámemelo pues o lo violo. Me va decir que aquí nadie lo ha puesto a mamar —dice y me empuja contra una de las paredes—. ¿Entonces a qué vino?

Blind

As a child, I knew
That the stars could only get brighter
That we would get closer
Leaving this darkness behind

—

Cuando era niño sabía
Que las estrellas solo pueden ser más brillantes
Que nosotros nos acercaríamos
Dejando atrás esta oscuridad

(Blind, Hercules and Love Affair, 2008).

Hace cinco años fue la primera vez que fui a Men´s, tenía veintidós años. Habíamos escuchado muchas veces hablar del lugar, así que un jueves luego de la universidad, Felipe y yo decidimos ir. Felipe era mi mejor amigo, con él había descubierto el mundo, la primera vez en un bar gay, la primera vez que probé el LSD, fiestas interminables bailando borrachos hasta que salía el sol. Pero no había sido solo eso, él fue mi hombro, mi oído y mi abrazo. Cada vez que mi estómago dio un vuelco al vacío por causa del desamor, Felipe estuvo ahí.

Pero los años pasaron y cuando aquella época universitaria desbordada terminó, nuestra amistad se volvió fría y distante, hasta el punto de no volver hablar.

Tres años después. Un día cargado de ansiedad, cuando caminaba con la mirada gacha por ese mismo laberinto, que habíamos convertido en un campo de juegos y bromas la primera vez que lo visitamos, me volví a encontrar a Felipe. Apoyé de nuevo mi cabeza en su pecho, le conté que me sentía solo y me alegraba verlo. Entonces hice la lista de preguntas que uno suele hacer a los viejos amigos: ¿cómo estás?, ¿cómo está tu mamá, tu hermanita?, ¿cómo va la u? Felipe contestaba que todo iba bien, la familia bien, la hermanita bien, pero últimamente estaba muy aburrido y venía mucho a Men´s, al menos una vez a la semana, otras veces, viernes, sábado y domingo. La universidad tampoco iba bien, se había retirado de estudiar Ingeniería de Sistemas en la Universidad de Antioquia para trabajar vendiendo zapatos en un almacén en El Poblado y estaba empezando una tecnología en sistemas. Con cada palabra que Felipe decía, yo sentía cómo se desvanecía mi amigo, al tiempo que aparecía un desconocido, que traicionaba los sueños que compartió conmigo.
—¿Dani, no sentís que todo sigue siendo igual? —me preguntó.
—No, Pipe —le dije y me alejé un poco. Él me dio un abrazo que no correspondí y siguió su camino por el laberinto.

En estos días de visitar una y otra vez este lugar, tratando de afinar mi visión en la oscuridad, pidiéndole a las sombras develar sus rostros, aparecía una y otra vez Felipe, envejecido, sin mucho cabello y con el abdomen abultado. Esta vez ya no teníamos nada que hablar, así que lo veía pasar ante mí, silencioso y distante. Siempre estaba tomado de la mano con el mismo chico. Siempre con la misma estrategia: se detienen en un lugar iluminado del laberinto, empiezan un acto sexual, atraen otros hombres y propician una orgía: brazos, piernas, torsos, cabezas y sexos fundidos en una masa sin forma, moviéndose al ritmo de los golpes secos y repetitivos de la música.

En la escena final de nuevo aparece Felipe, entra bajo un haz de luz azul, en el cruce de cuatro caminos. El chico que imagino es su novio, se arrodilla frente a él y se lo empieza a mamar, otro hombre se acerca y saca su pene, uniéndose a la escena. En cuestión de segundos, otros dos hombres sombra llegan; uno toma a Felipe por detrás y comienza a frotar su pene en su culo, el mismo destino tiene su novio.

Mientras los observo a tan solo unos metros, escucho un recuerdo de Felipe hablando en mi cabeza. Es una conversación que tuvimos hace más de cinco años.
—Parce, no sé, me siento muy mal. Me he comido a mucha gente estos días. Dani, lo que pasa es que cada vez que estoy con alguien, siento como si se llevara algo de mí —me dice con la voz apagada, cuando intento decirle algo, cambia de tema y el recuerdo se esfuma.

Me quedo observando un poco más la escena. La música retumba en mis oídos y hace eco en el hueco de mi estómago. Algunos hombres se han dispersado, dirigiéndose a los cuartos, pero Felipe sigue ahí, con un hombre sombra detrás de él y otros dos adelante. Se agacha a intervalos para explorar los cuerpos con su boca. La luz azul se refleja en su cara, pero no ilumina su mirada.

Who loves the sun
Who cares that it is shining
(…)
I love the sun
Like everyone

—

Quién ama el sol
A quién le importa que este brillando
(…)
Yo amo el sol
Como todos

por ANAMARÍA BEDOYA // Esa mañana de sábado de junio, María no atrapó ninguna chispa con su batea. Durante más de dos horas insistió acuclillada entre las piedras, los pies descalzos cubiertos por las mucilaginosas aguas de La Iguaná. Lavó pacientemente varios tajos de capote expurgándolos con sus ojos castaños verde aceituna.