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Yo no nací sino para amar

por PAULA ANDREA MARÍN COLORADO • Ilustración de Hansel Obando

Número 148 Marzo de 2026

Es julio de 1868. Eusebio Liborio viaja de Bogotá a Tocaima (Cundinamarca) para tomar posesión de una hacienda familiar que su mamá Blasina había heredado del abuelo Miguel: La Ceiba. Allí, planea hacer el montaje de un establecimiento de añil. Lleva meses escuchando a Miguel Antonio, su hermano mayor, y a amigos de la familia hablar del éxito del añil en el exterior, especialmente en Londres, a donde le han dicho que es fácil exportarlo. A sus 23 años, Eusebio debe tomar la primera decisión importante de su vida: definir su profesión u oficio. Eusebio no solo piensa en su familia, sino en la mujer de la que está profundamente enamorado: Susana. Si el establecimiento de añil fracasa, no se podrá casar con ella, defraudará a su familia, los dejará en la ruina y no podrá sobrevivir sin el amor de su amada.

Eusebio ha leído varios de los manuales y artículos de prensa que se han publicado, en los que se explica el proceso de cultivo y extracción del añil. Los libros no tienen gráficos ni ilustraciones, pero las descripciones son muy detalladas. Cuando va a llevar las cartas para Bogotá habla con los hombres en el pueblo y todos le dan consejos para el negocio. Dónde conseguir gente de confianza para sembrar el añil, para construir el tanque, para instalar la bomba de agua. Eusebio debe encargarse de fabricar los ladrillos para hacer el tanque, al tiempo que coordina la siembra del añil y la consecución de la bomba de agua que lo surtirá con la suficiente cantidad y presión. A medida que pasa el tiempo no puede ocultar más su desesperación en las cartas a su hermana Margarita, porque el negocio exige más gastos de los que había previsto. A la falta de cálculo presupuestal se suma la inexperiencia y dificultades en el trato con albañiles y jornaleros en la hacienda, la incertidumbre del clima y la llegada de las plagas; se necesita un equilibrio entre la lluvia y el sol para que el añil pueda crecer bien, un factor incontrolable. A todo lo anterior se suma otro reto: exportar el añil a Londres.

En noviembre de 1869 Eusebio recoge la primera cosecha de añil; en julio de 1870 despacha su primera remesa para Europa y en enero de 1871 ya ha exportado varias cajas a Londres, pero las ventas no han sido tan altas como esperaba, así que empieza a vender el añil en Bogotá a un alemán que se encarga de exportarlo. Para junio de 1871, Eusebio comienza a fraguar el plan de vender el establecimiento: “Estoi convencido ya que en este negocio no se gana sino mui poca cosa que luego vendrá a perderse en un fuerte verano”, le escribe a su hermana el 17 de junio de 1871. Para septiembre del mismo año, le explica a su hermana que hacer el avalúo del establecimiento es difícil, pues “esta empresa de añil es calificada de mala por muchos de los que hasta ahora poco la creían tan buena”. Para julio de 1872, Eusebio, si bien se encuentra aún en La Ceiba, ya no menciona nada sobre el añil en sus cartas; sus angustias han desaparecido. Está feliz porque está preparando su matrimonio con Susana, con quien vivirá en la hacienda desde 1873.

El desenlace de la aventura de Eusebio Liborio no es excepcional. El boom del cultivo del añil en Colombia fue efímero: duró menos de una década. A partir de 1850 los países europeos aumentaron su demanda de productos agrícolas y mineros, provenientes de Latinoamérica. En Colombia, esa demanda se concentró en el cacao, el tabaco y la quina, el producto más exportado en el país durante el siglo XIX. A finales del siglo, el café los desplaza a todos. A mediados de la década de 1860, descendió el cultivo del tabaco y se encontraron oportunidades para la producción y exportación del añil en las regiones de Ambalema y Honda (cerca de Tocaima), pero en la década de 1870 la producción se arruinó porque en Prusia inventaron los colorantes artificiales y Bengala se restableció como principal abastecedor de añil para el mercado inglés. A diferencia del tabaco y la quina, el añil requería una inversión de capital significativa y suponía un riesgo de inversión mayor, pues se necesitaba procesar el producto del cultivo y este agotaba muy pronto la productividad de la tierra. Según afirma Carolina Sastoque, en su artículo «Tabaco, quina y añil en el siglo XIX. Bonanzas efímeras», “solo comerciantes y terratenientes de reconocida trayectoria contaban con la acumulación de capital para iniciar tal negocio”. Eusebio Liborio Caro Tobar no encajaba en ninguna de estas posiciones.

Los Caro Tobar no eran una familia muy acaudalada. Desde que llegó a Colombia el primer Caro, proveniente de España, a finales del siglo XVIII, generación tras generación, los hombres habían ocupado distintos cargos como funcionarios públicos (sobre todo, en Hacienda), primero de la Corona española y luego de la república. Con la Independencia, fue Nicolasa Ibáñez, abuela de Margarita, Eusebio Liborio y Miguel Antonio, quien había intercedido por su esposo, Antonio José Caro, ante Simón Bolívar, para que obtuviera un cargo en el gobierno de la nueva república. Luego de su distanciamiento de Bolívar, Nicolasa fue muy cercana a Francisco de Paula Santander, quien también otorgó a su esposo un cargo como funcionario público. Es con José Eusebio Caro (padre de los hermanos Caro Tobar), que los hombres Caro empezarán a ocupar cargos ya no solo como funcionarios públicos, sino también como políticos en el Congreso (adscritos al Partido Conservador) y que se empezarán a desempeñar como escritores públicos (fundadores y redactores de periódicos, y autores de libros), como lo será Miguel Antonio, quien también ocupó el cargo de presidente de la república. Cuando José Eusebio se casa con Blasina Tobar, ella aporta el capital económico a una familia que solo lo tenía en términos sociales, culturales y políticos.

Las cartas entre los hermanos acompañan los esfuerzos de Eusebio; junto a ellos, hay otros temas importantes, como la salud. Hay una insistencia en el cuidado que Eusebio debe procurarse para no causar sufrimiento a su familia. Según Beatriz Castro (en el libro Historia de la vida cotidiana en Colombia), el periodo 1855-1872 fue una época en la que los ciudadanos padecieron de mucha ansiedad, no solamente por las guerras civiles, sino por las pestes, epidemias (de viruela, sarampión, tosferina, disentería y gripe) y por la mortandad de mujeres y niños durante los partos; la mortalidad infantil era del sesenta por ciento. Ante esta cercanía constante de la experiencia de muerte, la religión católica se convirtió en un refugio. La presencia del credo católico es muy enfática en las cartas entre los hermanos Caro; la virtud cristiana que más se menciona en ellas es la resignación, la “conformidad con la que se deben llevar las muchas amarguras de que está llena la vida” (carta de Eusebio a Margarita, 26 de agosto de 1871). Eusebio se siente menos apto para lograr esta resignación y le escribe a su hermana: “Yo soy malo y tú una santa” (carta del 28 de enero de 1869).

Las cartas entre Margarita y Eusebio no se leen solamente como cartas entre hermanos, sino entre dos seres que han construido una amistad, es decir, un tipo de relación excepcional entre hombres y mujeres en la época (a las mujeres les restringían mucho las relaciones con los hombres, pues se temía por la pérdida de su “virtud”), a través de la cual podemos acceder a su mundo emocional. La complicidad entre Eusebio y Margarita es clara en las cartas desde su niñez, cuando él estaba internado en el colegio; en una de las cartas, le pide a Margarita que interceda por él ante su mamá para que lo saque de interno, porque está muy aburrido de estar encerrado. De esta complicidad y grado de intimidad alcanzado en el vínculo entre los hermanos se desprende otro tema muy importante en las cartas: la relación afectiva que cada uno de ellos estaba comenzando con quienes luego serían sus cónyuges: Susana de Narváez Guerra y Carlos Holguín Mallarino.

Sus nombres no aparecen en las cartas (solo alusiones a ese “él” y a esa “Ella”), sino hasta que el compromiso de matrimonio es oficial en ambas parejas. Susana le había pedido a Eusebio que no le escribiera, porque, al parecer, esto le producía demasiada ansiedad; ella sufría por no ver a Eusebio y manifestaba celos. Por su parte, Eusebio también sufría, no solo por no tener noticias de Susana (que le solicitaba frecuentemente a Margarita), sino por no tener el patrimonio suficiente para casarse con ella: “Espero nuestro matrimonio como una salvación para mí. ¿Que qué me ha faltado para realizarlo? Dinero” (carta a Margarita del 24 de junio de 1871). En mayo de 1870, tras la aprobación de la propuesta de matrimonio por parte de Susana y de sus padres, la familia Caro Tobar la acepta como futura esposa de Eusebio; luego de esto, su hermano Miguel Antonio comienza a visitar la casa de los Narváez Guerra y terminará casándose, en 1872 (un año antes del matrimonio de Eusebio), con la hermana menor de Susana: Ana de Narváez.

El matrimonio católico era un mandato para los hombres y, sobre todo, para las mujeres de la clase social de los hermanos Caro Tobar. Sin esposo, a las mujeres les era difícil gozar de autonomía económica y social; toda su formación tenía como única finalidad la de “cautivar un marido”, según leemos en los manuales de comportamiento de la época.

Margarita se preocupaba porque su hermano, siendo tan joven y sin tener aún un oficio o patrimonio claros estuviera pensando en casarse, guiado por los consejos de un corazón que se sentía enamorado por primera vez. Eusebio expresará durante toda su correspondencia cómo las cartas de Margarita siempre son un consuelo para su alma y lo mucho que extraña verla: “Cada carta tuya me hace una impresión tal, que no podría esplicártela. Cuando veo que ya se acaba casi siempre lloro de aflicción al ver que tú me estás pensando i que me hablas i yo no puedo verte i abrazarte” (carta a Margarita del 14 de marzo de 1869). Lo mismo le sucede a Margarita: “Dulcificas mis disgustos y mis tristezas” (carta a Eusebio del 17 de septiembre de 1873). Cada uno desea ser el mejor amigo del otro y no hacer más pesada “su carga”:

Mi amor por ti, amor que no se funda únicamente en la sangre que corre igual por nuestras venas, y que hace que todos los hermanos, a no ser excepciones monstruosas, se quieran instintivamente, sino también en la simpatía de nuestros sentimientos, en la amistad que hace nacer la estimación, y sobre todo en la extremada ternura y la confianza que tú me has inspirado desde que éramos niños. (Carta de Margarita a Eusebio del 2 de enero de 1870).

Lo que más anhelan es verse para poder hablar muy largamente; las cartas se quedan cortas para sustituir una verdadera conversación, además porque debían ser muy cautelosos con lo que se contaba en ellas, no solo debido al temor de que las palabras llegaran a destinatarios distintos (las cartas se leían en voz alta a familiares y amigos cercanos), sino por el imperativo de no preocupar en demasía a los seres queridos. Margarita le envía a Eusebio, además de las cartas, libros, periódicos y diccionarios para ayudar a paliar un poco la soledad y el aislamiento del hermano. Ambos cumplen con una tarea que, por lo general, se atribuye como propia de las mujeres: una función terapéutica de regulación de la vida emocional del otro. “Hay veces que me dan deseos de contarte ideas que no le contaría ni a mi confesor”, le escribe Margarita a su hermano (carta del 21 de septiembre de 1870).

Esta regulación emocional era un lujo en un contexto en el que hablar abiertamente de las emociones no estaba bien visto; la expresión de las emociones estaba limitada para ambos sexos, aunque especialmente para las mujeres, pese a que históricamente se haya relacionado a la mujer con esta capacidad, pues sobre ellas se ejercía —y se ejerce— mayor vigilancia sobre su comportamiento.

En el best seller de la época —que sigue editándose en la actualidad—, el Manual de urbanidad y buenas maneras de Carreño, se afirma: “Los gritos descompasados de dolor, de la sorpresa o del miedo, los saltos o demás demostraciones de alegría y el entusiasmo, los arranques de ira son enteramente características de las personas vulgares y mal educadas”. La expresión de las emociones que muestran vulnerabilidad, como el amor, tal como lo hace Eusebio en sus cartas, la podemos entender como liberación por escrito de aquella expresión que en persona no podía hacer. Sin embargo, lo interesante en el caso de Eusebio es que la expresión exaltada de los sentimientos, que vemos en sus cartas, sobre todo, los de desasosiego, miedo a la locura, pero también amor y alegría máxima, parecen ser un rasgo de su personalidad, tanto escritural como comportamental: “Yo no nací sino para amar”, le escribe a su mamá Blasina (10 de julio de 1870), y luego a su hermana: “Yo sin afectos no podría vivir, como no podría vivir un árbol sin agua” (carta a Margarita, s.f.). Eusebio parece identificarse con su padre José Eusebio Caro, el mayor exponente del romanticismo en Colombia:

¡Me he acordado mucho de papá! Me parecía cuando estaba llorando i sentía una dicha tan grande, que él me miraba desde el Cielo i que me bendecía. Nunca como ahora había podido estimar, ni graduar en todo su valor el profundo sentimiento que a él lo dominaba i que espresó tan bien en su [poema] “Lágrima de felicidad”. (Carta a Margarita del 14 de mayo de 1870).

Eusebio, a quien le gustaba cantar, tocar la cítara y practicar la ebanistería, se sentía “incapaz de hacer nada útil” y se sentía avergonzado cuando se comparaba con su cuñado Carlos Holguín (congresista, luego director del Partido Conservador y más tarde presidente de la república) y con Miguel Antonio. Esta situación expresa las presiones a las que también ha estado sometida la masculinidad dentro del sistema patriarcal.

Margarita es menos expresiva frente a sus emociones y amonesta a Eusebio por sus continuas pesadumbres, quizá también porque temía que la desazón del hermano por la falta de su amada afectara el patrimonio familiar que estaba en juego; sin embargo, en junio de 1869, le expresa que por fin lo entiende y que ya no reconvendrá más su actitud, pues ella misma ha experimentado el sufrimiento por amor, cuando su familia se opone a su matrimonio con Carlos Holguín; si antes instaba a Eusebio a que no pensara en amores tan pronto, siendo tan joven (aunque era mayor que ella) y, más aún, sabiendo que era la primera vez que se enamoraba, a partir de ese momento, será más comprensiva con su situación. Sin embargo, después de casada vuelve al tono serio de reconvención, aunque prudente, para que el hermano sea más ordenado con la economía del negocio, con el orden en el gasto.

Para un hombre —y no solo de la clase social de Eusebio—, el matrimonio demandaba tener un oficio o profesión consolidada socialmente, desde la cual pudiera ofrecerse un futuro estable a la futura esposa (y su familia). No era, pues, suficiente, con ser de la élite social, cultural y política para ser un “buen partido”, sino también demostrar suficiencia económica, como no era el caso, en un principio, de Eusebio frente a Susana, menos habiendo escogido la vía del añil. Margarita, por su parte, debía cuidar muy bien su decisión de con quién casarse, pues de ello dependía no solo su futuro, sino también el de su familia.

Esta relación epistolar entre Margarita y Eusebio Caro Tobar se cuenta a través de las cartas conservadas en el Fondo Holguín y Caro, del Instituto Caro y Cuervo (Bogotá), que apenas ahora empieza a ser explorado, y nos permite cuestionar los prejuicios sobre las relaciones de género en el siglo XIX colombiano. Si bien hubo un régimen emocional que impelía a hombres y mujeres a constreñir la expresión de sus sentimientos, Margarita y Eusebio —como todos los hombres y mujeres de todas las épocas— encontraron formas de negociar con él. En la identidad masculina de Eusebio confluyen el hombre sensible y el hombre productivo; en Margarita, la exigencia de ser el “ángel del hogar” y la mujer práctica que puede sostener el orden y la economía familiar.

Polvo eres

por PASCUAL GAVIRIA 

Número 148 Marzo de 2026

La aparición de Cristo a María Magdalena, Juan de Flandes. Archivo Galería de las Colecciones Reales de Madrid. 1496-1504.

“Padre, ¿por qué me has abandonado?”, dijo Jesús en uno de sus momentos de debilidad. La más importante de sus certezas estaba flaqueando, el dolor nublaba la fe. Otro día agitó el látigo contra los mercaderes en el templo, nada de templanza, ira santa. Un momento de fiereza muy lejano a la beatitud. Frente a las tentaciones de la carne nada se dice en los evangelios oficiales ni en los apócrifos más plausibles. Pero el evangelio según Gustavo Francisco lo puso hace unas semanas en brazos y piernas de María Magdalena. El presidente insistió, en medio de sus soliloquios, en la necesidad de un Jesús presto a saciar sus necesidades, en un dios humanado, demasiado humanado. “Un hombre así sin amor no podría existir”, dijo Gustavo Francisco, “murió rodeado de las mujeres que lo amaban y eran muchas… Jesucristo hizo el amor… A lo mejor con María Magdalena”, terminó el presidente en un arrebato de lujuria verbal.

La Conferencia Episcopal puso el grito en el cielo con una carta en defensa del Dios hecho hombre célibe: “Los Obispos de Colombia invitamos a todos a leer asiduamente los evangelios y a repasar las enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica para poder llegar a la única figura de nuestro Señor Jesucristo. Y, por otra parte, invitamos a todos los que tienen dudas sobre la persona de Jesús, Señor y Mesías, a que se informen en las fuentes objetivas de los evangelios y a evitar cualquier ligereza al respecto”. Al final de la comunicación, reclamaban respeto por sus creencias así como ellos profesan respeto por las instituciones democráticas.

Sin embargo la posible relación entre Jesús y María de Magdala es un chisme histórico que ha desvelado a historiadores, hagiógrafos, creyentes y fabuladores. Lo que es claro es que María Magdalena era una preferida entre los seguidores de Jesús. Su papel era tan importante que fue la única en tocar su cadáver, la primera en ver el sepulcro vacío luego de la resurrección y la única entre sus seguidores a quien Cristo resucitado se le apareció, con su humilde atuendo de jardinero y su pala. Y en algunos escritos apócrifos se dice que Jesús la llamaba “compañera”, con la palabra griega koinônos, que no excluye la condición de esposa pero tampoco la confirma.

En El evangelio según Jesucristo, novela de José Saramago publicada en 1991, la relación entre Jesús y María de Magdala tiene un pausado y didáctico coito de tres páginas. Jesús viene caminando de regreso a casa por la orilla del Jordán. Han pasado cuatro años de peregrinaje, es un andariego de dieciocho años que quiere abrazar a su madre. Sus pies están heridos de todas las maneras, tienen la prueba de sangre de sus andares. Nunca ha visto a una mujer desnuda y su cuerpo ha comenzado a sufrir algunos temblores. Bañándose en el Jordán Jesús oye los cantos de una mujer y comienza a imaginar sus “minucias”. La erección se hace evidente: “El cuerpo de Jesús dio una señal, se hinchó lo que tenía entre las piernas, como les sucede a todos los hombres y a todos los animales, la sangre corrió veloz a un mismo sitio hasta el punto de que se le secaron súbitamente las heridas”.

Ahora imagina a la mujer viéndolo salir del río con una señal inequívoca en su túnica. Quiere buscar un rincón, un matorral para su urgencia, hasta que recuerda que el Señor le quitó la vida a Onán por derrochar su semilla. Ahora el hombre sigue el camino con una nueva ansiedad. Llegando a la ciudad de Magdala sus sandalias le reventaron una herida que tardaba en sanar. Jesús llamó a la puerta de esa casa aislada de las demás, señalada por las demás. Una mujer abrió muy pronto, Jesús estaba sentado apretando la herida que no dejaba de sangrar. Ayúdame, le dijo, y María le tendió la mano para ayudarlo a levantarse. El olor de esa mujer lo aturdió, entró en su casa apoyado en sus hombros y ceñido por su brazo. María le lavó el pie en el patio y se lo secó con un paño blanco, un sudario pedestre podría decirse.

Ese Jesús del evangelio según Saramago está indefenso frente a María de Magdala. Herido en el pie y maltrecho de ansiedad por sus recuerdos en el río. Es un adolescente cualquiera a merced de una prostituta que lo ha de curar del cuerpo y el espíritu. También él ha de redimirla, ha surgido un amor nuevo y recíproco. María vuelve con un ungüento y Jesús ya sabe que “se trata del cuerpo de una bailarina, de la risa de una mujer liviana”. Luego de la curación Jesús le pregunta cómo podía agradecerle: “Guárdame en tu recuerdo, nada más, y Jesús, no olvidaré tu bondad, y luego, llenándose de ánimo, no te olvidaré, por qué, sonrió la mujer, porque eres hermosa”. Jesús no conoce de cortejos pero parece intuirlos muy bien.

Sabía que era prostituta y que no tenía con qué pagarle, tranquilo, todos llegan igual, le dijo María. Pero Jesús no era como todos, ni por la bolsa, ni por la cara, ni por las llagas en sus pies, ni por el ritmo de su corazón. “No conozco mujer”, le dijo el hijo de Dios. “Así tenemos que empezar todos, hombres que no conocían mujer, mujeres que no conocían hombre, un día el que sabía enseñó, el que no sabía aprendió”.

Ya no es momento para testamentos ni papiros ni pruebas… Solo rumores entre Magdala y Nazareth. María lo lava, lo desnuda y lo lleva a la cama. Es su cordero, ya vendrá la comunión. Jesús cree que sus párpados lo salvarán. Su celibato, dicen los expertos, no era una elección propia sino un designio. “Eres hermoso, pero para ser perfecto tienes que abrir los ojos”, le dice la prostituta que cura su ardor.

María lo guía y le susurra, “aprende mi cuerpo… El pubis donde se demoró enredando y desenredando sus dedos”. Y luego pone sus manos en el centro del Salvador, manos que van y vienen al mismo ritmo. Es seguro que frente a la escena que se acerca, Saramago pensó en el mármol, en los viejos lienzos que retratan a Jesús y a María Magdalena: tiernos, en éxtasis espiritual, ella en cuerpo, él en espíritu. Lograr mover esos cuerpos, convertirlos en jadeos y sudor.

Pero Saramago cierra los ojos a la divinidad y describe el momento en el lecho de esa casa marcada: “… Aprende de tu cuerpo, y él lo tenía ahí, su cuerpo, tenso, duro, erecto, y sobre él estaba, desnuda y magnífica, María de Magdala, que decía, calma, no te preocupes, no te muevas, déjame a mí, entonces sintió que una parte de su cuerpo, esa, se había hundido en el cuerpo de ella, que un anillo de fuego lo envolvía, yendo y viniendo, que un estremecimiento lo sacudía por dentro, como un pez agitándose, y que de súbito se escapaba gritando, imposible, no puede ser, los peces no gritan, él, sí, era él quien gritaba, al mismo tiempo que María, gimiendo, dejaba caer su cuerpo sobre el de él, yendo a beberle en la boca el grito…”.

En la mañana repitieron el arte recién aprendido. Jesús acaba de salvar a María, su pecado la ha redimido, al menos eso podría decirle Jesús a su Dios, todo había sido por una buena causa, un cambio de sexo por conversión. Una semana duraron en la casa maldita. Lo suficiente para curar las heridas y acostumbrar los cuerpos. Luego de un largo abrazo, parte Jesús a la casa de su madre y María Magdalena le asegura que nadie volverá a la suya, ha puesto la seña en la ventana para que todos sepan que un hombre ha entrado y nunca saldrá.

María no solo le entregó su cuerpo, su oficio, su curación. Al escondido amarró veinte monedas en un nudo de la túnica de su amado, monedas impuras. Jesús llegó a casa y su madre y sus hermanos se negaron a creerle que había visto a Dios. Jesús lo repitió ante ellos y solo obtuvo burlas y rechazo. Entonces, volvió a Magdala y María le dio su don más importante: creyó en su palabra.

Quince años después, Jesús, convertido en jardinero, se le aparece a María de Magdala en el huerto donde está su tumba. Ella estira su mano para tocarlo. Tres palabras imperiosas marcan una nueva relación: “No me toques”, le dice Jesús resucitado. María de Magdala acaba de convertirse en santa.

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El Frente Frío

EDITORIAL

Número 148 Marzo de 2026

Desde las endebles oficinas de Universo Centro ha salido al fin una idea, una iniciativa con principios anémicos y alcance exiguo. Hemos decidido fundar un movimiento para la inacción política. Queremos presentarles a nuestros lectores, nunca electores, el nacimiento del Frente Frío. Fieles a nuestros propósitos no tendremos participación alguna en las próximas elecciones, no se trata de imparcialidad, nos guía el desgano. La abstención indignada no es nuestro faro, preferimos el aburrimiento, la desidia, la indiferencia. Esto, por supuesto, no es un llamado, queremos ser solo un correo no deseado.

Nuestra locha es contra la polarización. No llamamos a la conversación entre distintos ni al diálogo social ni al acuerdo sobre lo fundamental. Nos gusta el diálogo de sordos. Creemos en el mundial de fútbol como una alternativa al debate político. El Frente Frío propone al álbum de Panini como el tarjetón ideal para el 2026. Desde esta tribuna estamos seguros de que ni siquiera las cuatro horas de permiso laboral por el voto valen la pena para buscar incidencia en los próximos cuatro años de poder.

El llamado al cubículo nos parece un abuso propagandístico del Estado y estamos convencidos de que las arengas y la convocatoria a la calle, por parte de partidos y movimientos, es una extravagancia inaceptable. El Frente Frío quiere silencio, no quiere ni palomas en las plazas, ni rugidos en las calles, ni mimos en los parques. Somos ambidiestros y sabemos que el centro es un conjunto vacío. Sobra decir que por simple pereza no somos anarquistas y que solo aceptamos los ultras de las barras bravas del balón.

Respecto a los candidatos en contienda queremos dejar algunas precisiones. No se trata de descalificar, solo de llamar a la indiferencia. La apatía es la salida. Comencemos con Sergio Fajardo y su fundamentalismo. La reincidencia es una forma de violencia. Si la tercera no fue la vencida nos parece un exceso un nuevo intento. No llamamos a la moderación sino al descanso, al reposo para el candidato y los ciudadanos. Y al realismo para sus copartidarios. La alcaldía de Nuquí podría ser ideal para el retiro.

Vamos con Abelardo de la Espriella que desde su nombre nos parece desmesurado. No lo llamaremos Tigre por respeto a Radamel Falcao García. Pero desde ahí sabemos que es un impostor. No se puede ser al mismo tiempo un hombre del Sinú y del Arno. Imitar a Silvestre Dangond y a Andrea Bocelli es doble militancia. Sabemos de su gusto por las pirámides y por eso le hacemos un llamado a la serenidad. Su firma de abogados demostró que la falsificación de firmas es una industria en crecimiento. Le recomendamos una notaría. Hemos probado su ron Defensor, es bueno, pero para su hielo nos gusta más el ron Dictador. Abelardo, con moderación se goza más.

Vamos con el Pacto Histórico y su candidato Iván Cepeda. Un hombre en sordina impulsado por un megáfono. Desde el Frente Frío le proponemos El Frente Frío ser el traductor en lenguaje de señas de Gustavo Petro. Por la concordia nacional proponemos a Álvaro Uribe, su gran impulsor, como fórmula vicepresidencial. Aún hay tiempo para cambios en el tarjetón. Cuba y Nicaragua son naciones hermanas y el Frente Frío, un movimiento naciente contra los estragos del calentamiento global, espera su auxilio para sus costas inundadas. Un poco de gasolina para huir y un periodicazo de Voz Proletaria para Ortega y Díaz-Canel. En política local, le recomendamos al candidato, desde esta orilla lánguida, defender los derechos laborales de Roy, Benedetti, Euclides Torres, Julián Bedoya y otros obreros de la maquinaria, nos gusta el ocio pero queremos la reindustrialización… La gente que trabaja en silencio cobra en silencio. Frente a Venezuela, un abrazo de nuestra parte a Delcy, y que se cuide mucho. Hacemos votos para que a Aida le vaya mejor que a Francia en ese frío y provocativo palacio. Una recomendación: un corrector de estilo para su jefe que quiere dedicarse a escribir libros. El Frente Frío enviará desinteresadas hojas de vida. Y lo último, que los bastones de mando sean mansos.

Ahora vamos a hablar de Paloma y su ala moderada. Sabemos que su centro de gravedad ha cambiado. Queremos dejar una felicitación por su gran triunfo en la pequeña consulta. Comparte con Cepeda que Uribe fue su gran impulsor. Desde el Frente Frío admiramos su tesón para vencer a Cárdenas, Dávila, Luna, Gaviria, Galán, Peñalosa, Pinzón y Oviedo. Fue un trabajo fácil y eso nos gusta. Siempre queremos que las promesas se cumplan y el rayo homosexualizador era una deuda de los tiempos del plebiscito. Nos encanta que haya adoptado a Juan Daniel Oviedo. Sentimos mucho que Juan Daniel haya perdido el cien por ciento de su escucha en el oído derecho. Es interesante que la madrina política del Rayito sea María del Rosario Guerra. Lindos apellidos. No nos gusta la Paloma veintejuliera, le sale un poco forzado el discurso, pero sabemos que tiene habilidades para la escritura creativa, la estudió en Nueva York, nuestras páginas están abiertas. Nuestras urnas, cerradas.

Para terminar, dejamos claro que el Frente Frío no cree en las encuestas, lo nuestro son las apuestas. Nos gusta la política como una rama de Bet Play. Pondremos fichas para sacar partido. Pero lo nuestro es la polla del mundial.

P. d.: el Frente Frío no recibe donaciones ni adhesiones.

Entre las regiones invisibles

por SANDRA BOREAL • Ilustración de Wild

Número 148 Marzo de 2026

Mentiría, quizá, si digo que fue por necesidad, al menos no era por una “primera necesidad”, tampoco una “segunda necesidad”. Aunque sí estaba muy corta de dinero; la tarjeta de crédito rayaba en el rojo sangre de su límite: había comprado una nevera, una airfryer y una lavadora por la reciente mudanza después de una predecible separación amorosa, y, sumado a eso, la posterior y triste historia de verme obligada a vivir por más de seis meses con dos rumies que se acercaban peligrosamente a los cuarenta pero vivían su flagrante adolescencia, sin responsabilizarse lo suficiente de las tareas de un hogar, esto es, lavar los platos a tiempo, lavar los baños a tiempo, descolgar la ropa seca del tendedero a tiempo. Y un largo y oprobioso etcétera en el que no vale la pena ahondar. No era del todo cierto que debía robar ese aceite de oliva extra virgen de marca española que se cotizaba al alza sobre los 120 000 pesos, o una moca que imitaba pobremente a las Bialetti italianas pero que funcionaba bien, o esos quesos grana padano de casi una libra que superaban lo que me podría permitir comprar en un mercado con el salario del parque en el que trabajaba escribiendo textos sobre animales, bacterias, el sexo de las plantas y biología en general.      

El caso es que los tiempos se mezclaban como en un estuario, se superponían y desembocaban en la tristeza y un hueco monetario, que para el caso eran lo mismo, y me impulsaron de algún modo a desarrollar una técnica que fui sofisticando hasta hacerme completamente invisible, con una astucia que no reconocía en mí hasta hacía unos meses. Una especie de poder. Para hablar en plata blanca, como diría subrepticiamente Mutis sobre Humboldt: empecé a robar productos de altísima calidad y precio con cada ida a mercar sin levantar la más mínima sospecha.

Una mañana de sábado fui a comprar en la plaza de La América lo que me hacía falta para la semana y cuando intenté pagar unos sesenta mil pesos en verduras no lo logré, revisé mi cuenta y solo tenía 35 000. El banco había cobrado automáticamente la tarjeta de crédito y me alumbraba un hilito de plata que me permitía comprar la mitad de las cosas que necesitaba. El señor que me atendió vio mi cara hipotecada una vez revisé mi saldo y me entregó, sin decirme nada, una ñapa generosa: cuatro granadillas, un racimo de banano y una libra de papas criollas. A ese señor le debo la esperanza en la humanidad que por esas fechas me tenía más decepcionada que de costumbre, ese poder plebeyo de leer al necesitado y ayudarlo un poco a salir del atolladero. Como me faltaba jabón de cuerpo, unas toallas y crema dental fui al Carulla. Tenía un billete de cincuenta para emergencias y bueno, estaba en una emergencia porque faltaban unos diez días para la próxima quincena. Tomé lo que necesitaba y pasé por la góndola de desodorantes. Sin pensarlo mucho, agarré uno de los pequeños en roll-on, lo miré con detalle y lo puse en mi bolso, sin más. Nunca había robado, nunca en veintinueve años había hecho algo así. Era de algún modo una ciudadana ejemplar, de buen trato con los otros y con costumbres sumisas frente a la autoridad heredadas de mi madre y mi padre. Cumplía las normas ciudadanas a cabalidad, por una ética basada en no hacerles daño a los demás. Nunca necesité ni quise robarme nada. Algo adentro de mí sabía que ese acto no tendría consecuencias reales, sin embargo, divagué un poco para distraerme y no salir con premura del almacén. No mostrar el visaje de primeriza. Sentí un viento helado atravesar mi vejiga, luego se propagó por mi torrente sanguíneo y me alertó, un vacío me creció en el estómago. Estaba nerviosa. Confié en mi apariencia forjada con la estética de la clase media paisa con tendencias hacia la izquierda, esto es, mi ropa un poco europeizada, es decir, de colores neutros y holgada, mi piel blanca, que tiende hacia lo que en los ochenta se conocía como trigueña y mis buenas maneras gestuales, lexicales, y una sonrisa hipócrita que me quedó dibujada en la cara por pasarme casi veinte años en un colegio de monjas. Ese caudal de capital simbólico era, también, el resultado de una educación universitaria en un pregrado en universidad pública y en posgrado en una universidad extranjera, claro, sumado al chiste que hacía mi exnovio cada vez que tenía oportunidad, a saber, que yo terminaría casada con alguien del Partido Verde con buena billetera. Mis gestos eran imperceptibles, pensé. Tengo cara de cualquier cosa menos de ladrona. En fin, caminé con el desodorante en el bolso, debajo de la cosmetiquera, bien escondido. Me sentí como anestesiada, mirando sin ver, auscultando las mercancías para entender el mecanismo de su secreto mientras acumulaba las fuerzas para cruzar los sensores hacia el mundo exterior. En efecto salí sin problema, mostré la tirilla de manera decidida, enseñé el contenido de la bolsa de mercado con el estampado de Magia Salvaje con los productos de aseo y cuidado. La vigilante omitió mi bolso personal, dio una mirada extenuada al piso, le puso su impronta a la tirilla con un lapicero y me entregó media sonrisa para dejarme pasar. Una alegría se me instaló como un viento fresco entre los riñones. La almendra de ese gesto me hizo sentir un poco más liberada, traicionando la obediencia familiar sin hacerle daño a nadie. Algo de pequeña venganza que restauraba la rabia que tenía contra el mundo y los hombres en general, en especial, los antropólogos que cursan doctorados en ambientalismo.

Así empezó a pasar cada vez que iba a una gran superficie, sin importar cuál fuera. Diseñé poco a poco, un sistema en el que podía sacar, incluso, objetos voluminosos como cocas de vidrio, pailas de hierro, un par de libras de carnes importadas, entre otros objetos a los cuales me fui acostumbrando pese a que ya no necesitaba robar para obtenerlos. Se había vuelto una especie de prueba y ensayo, de reto semanal. ¿Qué sería capaz de sacarme esta vez? Mi economía se acomodó poco a poco y logré pagar los enseres de la nueva casa hasta dejar la tarjeta de crédito en cero. Había algo de juego infantil en estas actuaciones en los grandes mercados con las que me vanagloriaba en silencio, porque hasta la escritura de este texto a nadie más que a un par de amigas les había confesado mis hazañas, entre carcajadas que se volvían rápidamente en hipos, en el bajo mundo del hampa de baja intensidad. Nunca, eso sí, robé un mercado pequeño, una plaza, un negocio local. Mi límite ético trazó una línea férrea: solo podría accionar cuando de multinacionales se tratara, sin la más mínima traza de culpa, sin el remordimiento más pequeño. Una diminuta justicia en medio del remolino excesivo del presente.

Empecé a entender los mecanismos de vigilancia, la disposición de las cámaras de seguridad, el agotamiento de los porteros en sus jornadas y a partir de su cansancio detecté los puntos débiles, los evidentes celadores disfrazados de civil que rondaban entre las góndolas. Abrí un pequeño libro mental de las fallas en el esquema de seguridad antirrobo, teniendo en cuenta el tamaño de cada almacén, su espacio, puntos ciegos, vigilantes y cámaras, los prejuicios sobre el género y el cuerpo: la sospecha recae casi siempre sobre los hombres, sobre todo los hombres que se visten de una manera que los vigilantes están entrenados para ver. No obstante, hay algo más importante que todo lo anterior y que fui develando en la medida en que me hacía cada vez más invisible: la comunidad ladrona. Aquí es donde creo que está la clave de mi análisis. Y procedo a plantear mi hipótesis: casi todos los almacenes contemplan un margen de robo, un porcentaje mínimo de sus ganancias y dicha fracción la incluyen en sus registros contables. Una especie de gana-gana entre nosotros, los ladrones, y ellos, los dueños; puesto que es más costoso singularizar en el sistema de códigos de barras y sofisticar los detectores para que todo pueda ser rastreado. La mejor y más barata opción es aceptar unos pequeños agujeros que nosotros vamos fraguando mes a mes en las limpias superficies. El sistema de robo, casi infalible, se basa en que, como no es fácil detectar las extracciones mínimas de uno o dos productos por vez, cada ladrón, digamos, encubre al otro en sus espaldas, porque cada robo deviene de una necesidad diferente. Mientras yo sacaba un exprimidor, otro anónimo en cualquier hora y momento de la semana saca un juego de bóxeres, y otro una camiseta y otra un bloqueador solar o una botella de vino. Esa diversidad de gustos va llenando meticulosamente el carrito de robos calculados de antemano, y hace que sea indetectable en los inventarios. En definitiva, la invisibilidad se logra cuando hay una comunidad de anónimos que, sin saberlo, se cuidan una vez hurtan sus cositas, y apoyan la invisibilidad, hacen sutil el mecanismo de extracción. Entonces en la medida en que otros sigan robando, y la gran superficie lo acepte y lo promueva en términos de costo-beneficio, todo seguirá su curso sin el pitido de los censores.

Hoy puedo decir que he ahorrado varios millones de pesos en gastos del hogar. Que si bien a veces me parece que el juego se me fue de las manos y que ya no necesito hacerlo, es mi manera de relacionarme con las mercancías de los grandes espacios comerciales: lo que puedo sacar no lo pago.

A veces me siento observada y perseguida por algunos ojos, pero siempre guardo mi compostura y logro salir sin sospechas, a veces cambian de posición los productos que generalmente voy extrayendo y siento que están tras mi pista, que ya debo estar en las cámaras de seguridad, pero sé, y algo adentro de mí lo sabe, que mis maneras, el ritmo y la intensidad de lo que hago está en la pauta del ladrón “preferencial”; gracias también a la comunidad, se hace muy difícil de detectar. Las cámaras se borran cada semana, no hay capacidad para guardar a alguien que, ante la vista de todos, solo pone algo más en su bolsa de mercado. Sé que así, a punta de microrrobos no hay justicia que restaure el daño que le hacen los centros comerciales a la sociedad en general con su excesiva plusvalía y precios siempre injustos, pero ¿quién me quita la sensación de triunfo, cuando, al salir del mercado, después de pagar cien mil pesos, tengo en mi haber cosas que valen doscientos o trescientos mil? Esa sensación me conmina a seguir con esta pequeña risa, con el gusto infantil de lograr lo prohibido, el triunfo mínimo de que, pese a sus estructuras carcelarias y su manera de meter miedo en cada metro cuadrado de los Éxitos, Carullas, Ikeas, Homecenteres y Panamericanas, hay una pequeña comunidad que crece entre las regiones invisibles y sigue haciendo pequeñas obras de arte criminal. O quizá solo me estoy justificando la tristeza y la culpa de haber creído en las palabras de un antropólogo que ni siquiera había leído bien El Capital.

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El asalto

por JUAN VÁSQUEZ • Ilustración de Sebastián Cadavid

Número 148 Marzo de 2026

Como nadie sospecha que una mujer embarazada vaya a atracar un banco a pistola, nadie alzó los brazos cuando Paola entró y dijo: “Arriba las manos, esto es un atraco”, apuntándoles con el ombligo endurecido hacia al cuerpo y con un 38 corto a las caras. “¡Arriba las manos, que esto es un atraco!”, tuvo que repetir, esta vez cargando el revólver al aire; y ahí sí todos alzaron los brazos de un sacudón, menos el vigilante, quien apenas vio a esa mujer ahogada, con un arma en una mano y con la otra en la cintura, sosteniéndose la barriga de ocho meses, corrió para ofrecerle una silla.

Después de ver al vigilante, los clientes se miraron como con ganas de ayudar, sosteniendo aún las manos arriba. Un anciano fue el primero en bajarlas, caminó hasta la caja, pero antes se acercó a Paola: “Tranquila, mija, déjeme le ayudo”, dijo quitándole el revólver. Los demás se miraron de nuevo, seguían en silencio; otra persona bajó las manos para esculcarse los bolsillos, así lo hizo otra persona y después otra, hasta que toda la gente de la fila buscaba algo en su ropa o en sus bolsos. Un joven, con apariencia de mensajero, sacó del morral un talego para entregarlo al anciano en la caja justo cuando este, apuntando el arma, le pedía a la señorita todos los billetes de esa y de las demás taquillas; una señora vestida de falda se encaramó despacio sobre un escritorio, apretando en una mano los recibos de la luz con una camándula fluorescente y dos billetes: “Sean honestos, saquen todo, vayan donde el señor parado en la taquilla, colaboren que él solo tiene dos manos”, dijo desde arriba, persignándose.

Mientras Paola atraca el banco, en la puerta está una compañera de su oficina para avisar si llega la policía; no levanta sospechas porque es mayor de setenta años, su tono de voz es tan dulce que salvaría a un suicida parado al borde del vacío y su mirada es tan apacible como la de alguien que se dispone a hacer una siesta luego de un suculento almuerzo. Esa señora parada en la puerta del banco no tiene cara de haber sido el cerebro de la operación, aunque fue ella quien le propuso todo a Paola: “Claro que va a salir, estás en embarazo, se te nota mucho, claro que va a funcionar”, le decía. Yo estaba ahí y me opuse, pues cómo van a atracar un banco, qué pasa si se viene la niña, cuál es la jurisprudencia sobre fetos ladrones, de dónde van a sacar un arma, nadie nunca vio a una caremonja ni a una embarazada atracar nada. Aunque nadie sospecharía, empecé a pensar. Si eso se fuera a hacer, deberían ir antes del almuerzo, les dije; no manejen ustedes, ahí sí se cagan en todo, les advertí. Como ninguna de las dos sabe manejar bien un carro entonces me ofrecí a conducir el pichirilo de un amigo de la Caremonja. Lo pedimos prestado para ir a una cita médica y luego a un grupo de oración.

Ahora, Paola está adentro; su compañera, en la puerta. Y, en un andén del frente, estoy yo. Soy un hombre nervioso, de barba y con gafas oscuras, adentro de un carro parqueado y encendido, justo en la entrada de un banco. Afuera hay un vendedor de tintos y un joven en bicicleta. Parezco el sospechoso de la operación. Sin embargo, nadie se entera de lo que pasa adentro. Paola sale, baja las escaleras de la mano del vigilante y se encuentra con su compañera. Se despiden. Él se lleva la mano al gorro para decir hasta luego. Después, cuando caminan tranquilas hacia el carro, apenas el vigilante me ve, se le desorbitan los ojos. “¡Jueputa!, nos están atracando”, grita desgañitándose. “Llamen a la policía, nos están atracando”, grita mientras me señala con una mano, desenfundando su arma con la otra. Paola y su compañera alcanzaron ya la puerta del carro, se montan. Arranco. Dejamos atrás el chirrido de las llantas, dos disparos y los gritos del vigilante desvaneciéndose a lo lejos: “Nos atracaron, nos atracaron”.

“¡Cuánto, cuánto!”, es lo primero que pregunto. “Por ahí siete millones”, gritan. “¡Siete millones, todo esto por siete millones!”, refunfuño y acelero. Al llegar a casa, Paola y la Caremonja se tropiezan al intentar bajarse, no se caen. Yo continúo para regresar el carro y esconder la plata.

Ya sin el barullo del atraco, la ropa negra y la barba no parecen de ladrón sino de cualquier persona, un profesor, por ejemplo. Camino de regreso a casa, sin el carro, más tranquilo, por el andén que da al lado de un pequeño riachuelo de ciudad, a unas cuantas cuadras del sitio del atraco. A casi a nadie le gusta caminar al lado de los ríos, mucho menos si ya es de noche, como ahora, cuando las ramas de los árboles ensombrecen las lámparas que iluminan la calle y no se ve nada detrás de sus gruesos troncos, ni en las casas frente a la canalización. Siete millones, todo esto por siete millones, pienso al tantear la bolsa de tela gris. Entre las sombras de la calle aparecen unos tipos en bicicleta. Me miran, susurran entre ellos, vuelven a mirar, susurran de nuevo, pasan por el lado, me examinan con misterio. Yo arranco a correr. Es de noche, parezco un profesor, no hay nadie más en toda la cuadra y llevo un talego con siete millones de pesos. ¡Siete millones! Eso es mucha plata. Los tipos arrancan la persecución. La luz de uno de los postes despeja la noche de la calle, corro hacia allá; afuera de los balcones comienzan a asomarse, tímidas, algunas personas. Uno de los tipos grita: “Si llega a la luz, se salva”; “no dejen que llegue a la luz”, grita otro. Entonces enfilo mis zancadas directo hacia allá, corro como nunca nadie antes ha perseguido una luz. Cuando llego al poste se ilumina mi cara. “Ese es el del atraco, ese es el del banco, cójanlo, está luquiao”, grita el más joven. Toda la ciudad debe estar ya enterada. Aceleran el paso hasta alcanzarme. “Soy el papá del bebé de la mujer embarazada, yo soy el papá”, grito agitado, tratando de soltar el brazo que el más viejo de ellos me sujeta. Pero después de que dije lo que dije, sus caras cambian, quien me agarraba extiende las manos para abrazarme, me abraza también uno que suelta su bicicleta, y luego el otro. En los balcones de las casas se distingue la gente asomada. Estoy de pie, firme, en medio de tres tipos que me abrazan. “Frescos, este no es el del banco”, dice uno de ellos desde el amasijo grupal. Al escucharlo, la gente en los balcones comienza a desaparecer. Los tipos también se apartan. Cuando saco unos billetes para entregárselos, sonríen, me abrazan de nuevo y se alejan caminando con las bicicletas al lado. Van hacia la oscuridad, yo me quedo parado bajo la luz del poste.

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Con los tacos arriba

por FEDERICO MONTOYA URIBE • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 148 Marzo de 2026

Celina es dueña de su balón y lo lleva a todas partes en taconazos de punta. Se acostumbró desde chiquita, como también se acostumbró a jugar futbol en soledad, chutando contra una pared porque era la única que le devolvía la pelota. En el colegio nadie la escogía para los partidos: adelante no la ponían, porque le pegaba como niña, y no la dejaban ir al arco, porque era maniquebrada.

Desde entonces juega sola, es delantera, arquera, a veces lateral y, cuando toca, volante de marca, para dar codazos y patadas a quienes la intentan sacar de la cancha por ser “maricón”, “cacorro” o “cagón”. Ya no sueña con jugar un mundial ni con escuchar a miles corear su nombre tras un gol, sino con entrar a una tribuna con la amarilla puesta, los cachetes azules y los labios rojos, unirse a la masa que por noventa minutos se olvida de sus miedos.

Pero para ella parece imposible, porque sus miedos están ahí, sentados en un banquito de plástico sucio y chupando paleta. Todos cantan el himno con una mano en el corazón, se abrazan cuando celebran con sus hermanos de camiseta, pero en su caso el escudo no basta para hacer parte de la barra. Ella siempre es tratada como visitante.

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