Primeros planes

por LUIS FERNANDO GONZÁLEZ ESCOBAR

Número 96 Mayo de 2018

Carrera Bolívar. Gabriel Carvajal, 1968. Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto

En 1968 el entonces Departamento Administrativo de Planeación contrató con los arquitectos César Valencia Duque y Jorge Cadavid López el Estudio del centro de la ciudad. El documento fue publicado al final del año siguiente. Se cumplen así cincuenta años del primer intento de estudiar, imaginar y definir qué hacer con el Centro. A partir de esos primeros trazos se han sucedido variados estudios, planes, programas y proyectos. Muchas cosas han dicho los planificadores y otras tantas han hecho las 28 administraciones que se han sucedido entre 1968 y 2018, ya sea siguiendo lo formulado o, simplemente, el capricho del mandatario de turno, los intereses económicos, el cálculo político o simplemente el deseo megalómano. En ese lapso son grandes y dramáticos los cambios sobre el paisaje urbano que diagnosticaron los arquitectos Valencia y López; pero, a pesar de la transformación, también es cierto que se conservan espacios y usos, rutas e hitos de ese Centro de hace medio siglo.

Para aquellos años finales de la década de 1960, el Centro estaba al servicio de una ciudad de un millón de habitantes y contenía una diversidad de usos que lograba un cierto equilibrio. Si bien la actividad comercial era importante — el 33,58 por ciento—, era casi la misma proporción de la ocupación del suelo dedicada a vivienda —34,75 por ciento—, lo demás estaba repartido en usos varios, actividad industrial y su condición de centro institucional, ya religioso o político. Era un centro dinámico y diverso. Donde se concentraban los discursos y los sermones de la ciudad que dejaba de ser villa, donde crecían el comercio y la pequeña industria, y al mismo tiempo se concentraban las actividades educativas y culturales; así, en esa mezcla social había dos clubes de la elite y 16 templos, pero también 17 salas de cine, 58 heladerías y 398 cafés, donde las distintas clases sociales aun convergían.

En las 341 páginas del estudio, con sus anexos y sus 45 planos, se plantearon las grandes preocupaciones del momento para un Centro conformado por 237 manzanas —entre el centro principal y la zona adyacente— en torno a la arquitectura, el urbanismo, la vivienda, la circulación y las sedes institucionales.

Siguiendo el pensamiento predominante del momento, los autores concluían que no había una arquitectura de conjunto, le faltaba carácter y era “inmadura”, pues a una innovación le seguía otra de manera rápida, con materiales de calidades discutibles, lo que implicaba no un conjunto coherente sino una suma de edificaciones, con efectos irremediables en la estética urbana, la que no era sino el reflejo de “una de las características más sobresalientes de nuestra idiosincrasia”, esto es, el “individualismo”. Ya se alzaba en el horizonte la ruptura de la escala urbana debido a los nuevos edificios de Propiedad Horizontal, llamados rascacielos, que tomaban impulso y se construían como alternativa de vivienda para los sectores de “alta categoría”. Cinco décadas después las demostraciones de esa idiosincrasia individualista darían como resultado ese collage complejo que caracteriza hoy el Centro de la ciudad, ya con más torres, menos espaciosas, no para la “alta categoría” sino para sectores medios, y con una estética simplificada al extremo, en donde predomina no la individualidad sino las construcciones en serie.

Para los autores no existía en la ciudad un verdadero urbanismo; por ejemplo, señalaron cómo el Plan Piloto, entregado en 1951 por los urbanistas Paul Weiner y José Luis Sert, fue una reglamentación de tipo general que nunca fue llevada al detalle y a consecuencias sobre el territorio; en otro sentido, la carencia de servicios comunales en los barrios hizo del Centro el lugar con el mayor poder de atracción, el “cual se congestionaba cada vez más”. Pero lo más interesante es cómo reconocieron la carencia de zonas verdes urbanas y la ausencia de planes en ese sentido: “Las nuevas vías y ampliaciones tienen fallas en este aspecto. Como consecuencia la ciudad se ha tornado árida. La temperatura ambiental ha venido aumentando gradualmente”. Sin lugar a dudas una lectura que se anticipó a los tiempos de la ecología urbana y los microclimas. Apenas ahora se trata de entender y mitigar lo que aquel estudio anunció hace cincuenta años.

Es cierto que el urbanismo hizo irrupción con el paso de los años y se ha intentado una mirada de conjunto, pero aun así la falta de verdaderas centralidades barriales siguió siendo uno de los factores determinantes para que el Centro fuera y se mantuviera como el mayor factor de atracción. Hoy día muchos siguen sin entender que buena parte de las problemáticas del Centro pasan por las dinámicas barriales, las periferias y la marginalidad urbana.

La vivienda era un uso considerado compatible con la vida del Centro y en su mayor parte, especialmente en el centro principal, era valorada como de alta calidad. Si bien eran aún predominantes las casas de uno y dos pisos, se daba paso a los edificios multifamiliares y a los de renta de cuatro pisos en las áreas adyacentes al centro principal. De ahí que el sesenta por ciento de la población del Centro era permanente y solo un cuarenta por ciento era flotante. No obstante se diagnosticaron sectores en deterioro, tomando como criterio el estado de la infraestructura urbana, y el nivel socioeconómico, para hablar eufemísticamente de la población pobre asentada allí, como los casos de San Antonio, Guayaquil, La Bayadera, los alrededores de la iglesia del Corazón de Jesús, los alrededores del edificio de EPM, aparte del sector de la Estación Villa con sus tugurios y la expansión del barrio Colón. La vivienda hoy es minoritaria en el Centro, el mayor porcentaje de la población es flotante y los sectores señalados, pese a las intervenciones que se han hecho, se mantienen sin resolver sus problemas fundamentales. El 14,2 por ciento de la población económicamente activa de entonces se empleaba en el Centro, de tal manera que la población flotante iba en incremento mientras que la residente ya comenzaba su desplazamiento a Laureles y El Poblado; las rutas de buses convergían especialmente a la Plaza de Cisneros —el centro popular por excelencia—, al Parque de Berrío y la Plazuela Nutibara, lo que hacía que el Centro se saturara por sectores, aunque se consideraba que aún tenía capacidad de crecer por unos diez años más sin colapsar; no ocurría lo mismo en términos peatonales, pues era problemático debido a que los andenes eran insuficientes, no tenían capacidad para albergar tanta demanda, además eran estrechos y estaban deteriorados y ocupados por ventas ambulantes.

La propuesta, hecha para prever el crecimiento futuro y atender esa demanda presente, era el desarrollo combinado de un anillo vial periférico y al interior del mismo la peatonalización de vías. De hecho el anillo periférico ya se había planteado con la idea de la Avenida Oriental, la continuidad por la calle Vélez al norte, la Avenida del Ferrocarril al occidente y al sur por la carrera 33. Con los propósitos de este plan esa idea se fortaleció e incluyó paraderos de buses y zonas de estacionamiento vehicular a lo largo de todo el anillo. Mientras tanto al interior se planteó la peatonalización de la carrera Junín —entre Caracas y La Playa—, la avenida La Playa —entre Junín y Sucre—, la carrera Bolívar para unir el Parque de Berrío y la Plazuela Nutibara, la remodelación del Parque de Bolívar y el pasaje La Bastilla, además del cierre al tránsito de calles como Boyacá, Colombia, Calibío, entre otras.

El anillo vial fue construido cerrando al sur no por la calle 33 sino por la calle San Juan, los efectos sobre el Centro de la ciudad fueron dramáticos por la demolición de cientos de edificios a lo largo de la Avenida Oriental, pero sin las obras de mitigación que se pensaron en el Plan, y sin los paraderos ni las zonas de estacionamiento. Desaparecieron del paisaje hermosos ejemplos de arquitectura histórica y se cercenaron espacios públicos como la plaza de Cisneros o la plazuela de San José, aunque al interior se ganaron los pasajes de Junín o La Bastilla. A la hora de los balances fueron más los saldos en rojo que los positivos. En distintas administraciones esos mismos pasajes han cambiado de material en sus pisos, de amoblamiento y decoración; y esas mismas calles hoy se intentan entregar al peatón, disputándolas a los vehículos y a las ventas ambulantes.

Los otros grandes proyectos discutidos en el Plan del Centro de 1968 fueron la Central de transporte interurbano, la plaza de mercado de Cisneros y la construcción del Centro Administrativo Oficial. La Central de transportes implicaba la reubicación de las terminales de buses y del ferrocarril, de hecho el Ferrocarril no se reubicó sino que se acabó y la central dio lugar primero a la terminal de transporte del norte y años después la del sur, alejando de Guayaquil las actividades que habían sido determinantes en su dinámica como puerto seco. Por su parte la plaza de mercado era considerada uno de los más serios problemas urbanísticos de la ciudad, con sus 1200 puestos hacinados adentro y sus más de 400 puestos afuera de la parte cubierta, especialmente en el denominado Pedrero. Se pensaba que con el traslado de sus actividades a una plaza mayorista al sur de la ciudad y un plan de mercados satélites en los barrios Guayabal, Campo Valdés, Castilla, Robledo, La América y Belén, que estaban en construcción, debería desaparecer. Pero no fue así. Algunas plazas funcionaron y otras no. Se incluyó posteriormente la plaza minorista José María Villa, pero muchas de sus actividades se fueron desplazando al Centro en un proceso de años que se llamó la “guayaquilización” del Centro.

Mientras que con el centro administrativo se buscaba solucionar la dispersión de las dependencias oficiales y la dificultad para ampliar las distintas sedes, aparte de las condiciones arquitectónicas de las oficinas, la ausencia de espacios libres en sus inmediaciones, las dificultades de acceso, la falta de zonas de parqueo, entre otras razones que justificaban la creación del centro administrativo en La Alpujarra, como ya había sido contemplado en el Plan Piloto de 1951. Con el Plan del Centro se justificó, por el poco valor de la tierra en La Alpujarra, la posibilidad de la renovación urbana de este sector, la realización de edificios con técnicas modernas de funcionalidad y arquitectura; la libertad arquitectónica para estudiar espacios abiertos y perspectivas exteriores, sus relaciones paisajísticas con el cerro Nutibara, la facilidad de separar el tráfico vehicular y peatonal, y así crear un centro como eje metropolitano. El Plan recomendó la creación de una Junta o Comité Provisional como entidad a cargo de adelantar la obra y se puso una meta de diez años para adelantar el proyecto. Solo en 1975 se hizo el concurso para elegir el proyecto, que se ejecutó entre 1983 y 1987, con otros criterios, diseños y concepciones a las planteadas en este Plan.

En general el Plan del Centro de 1968, siguiendo las concepciones de aquellos años, hace el diagnóstico de la situación, plantea alternativas y define lineamientos para que sean convertidos en proyectos específicos. No hacía urbanismo estrictamente ni diseño urbano. Pero concibió un centro de ciudad a partir de la interpretación de unas realidades que se consideraban adecuadas o problemáticas. Con lo cual nos dejaron un retrato de cómo era el Centro en aquellos años pero también de los imaginarios de aquella sociedad a través del pensamiento de los arquitectos y el equipo a cargo. Al concretarse su ejecución, con cambio de orientaciones, con errores y aciertos, se cambió radicalmente el paisaje urbano. Curiosamente algunas preguntas y respuestas fundamentales sobre transformaciones sociales siguen vigentes, mantienen los mismos sesgos y prejuicios, las mismas ubicaciones y segregaciones socioespaciales mientras se abren y se cierran vías, se amplían calles, se cambian una y otra vez los pisos de aceras y espacios públicos, se reglamentan y mejoran fachadas… obras que parecen un déjà vu. Y queda aún latente la pregunta por la historia, de la que poco o nada hay referencia en aquel Plan del Centro, y la que poco parece significar e incidir en el presente.

Carrera Bolívar. Juan Fernando Ospina, 2017.

De la curiosidad al aguante

por ROOSEVELT CASTRO

Jugando en casa. Historias de cancha, hazañas de tribuna Enero de 2017

Gradas de la cancha de Miraflores.

Cada domingo, en cualquier rincón del planeta, en los grandes estadios de las metrópolis o en los humildes campos abiertos de las aldeas, en las lustrosas canchas de pastos relucientes o en los pelados potreros de las barriadas, multitudes incontables, y a veces incontrolables, se arremolinan en torno a esa ceremonia ritual y explosiva que es el fútbol.

Juan Gossaín

Cuando mi abuela María Elena, una octogenaria de Anolaima, Cundinamarca, definía el fútbol, no era muy profunda. Solo decía que eran “veintidós piernipeludos detrás de un balón, dándole patadas, y un loquito vestido de negro con un pito tratando de recuperarlo”.

Cualquier hincha de este deporte se llevaría las manos a la cabeza. El fútbol, argumentaría, va más allá del simple gesto de patear un balón. Diría que es arte, poesía, rito, ceremonia. De igual forma, es pasión, amor, odio, exaltación. Cuando el hincha pertenece a una barra se convierte en anónimo, en lo que el ensayista francés Gustave Le Bon llamaría una parte del “alma colectiva”.

El seguidor de fútbol necesita de otros para identificarse con sus símbolos. Se trata de un sentimiento tribal que cohesiona frente al enemigo y que alimenta instintos territoriales y de lucha. Como diría la filosofía popular: “No somos machos, pero somos muchos”.

Pero no siempre fue así. En el camino, el hincha pasó de la curiosidad sana al paroxismo barrista.

Los pañales del aguante paisa

Cuenta el historiador antioqueño Rodrigo de Jesús García Estrada, en su Breve historia del fútbol en Medellín, que la práctica de los deportes en nuestra ciudad surge ligada a los procesos de modernización acelerada experimentados durante las tres primeras décadas del siglo pasado.

Estos procesos tuvieron su expresión más palpable en el incremento inusitado de las áreas urbanizadas, la aparición de la industria, el auge de la exportación cafetera y las cada vez más estrechas relaciones comerciales con Estados Unidos y Europa.

En este contexto aparecen los deportes, rompiendo con una dinámica que se había perpetuado por centurias. Primero fueron el tenis y el golf y posteriormente el fútbol y el baloncesto, como práctica exclusiva de la élite de la capital del departamento de Antioquia.

Por eso cuando el rico comerciante antioqueño Guillermo Moreno trajo el primer balón de fútbol a Medellín, después de un viaje realizado al viejo continente, estaba lejos de imaginar que una lúdica rural cambiaría por una más citadina.

Allí estaba, aunque no lo presentían sus impulsores, el germen de una pasión para muchos y la profesión para otros: el fútbol.

El primer equipo fue el Sporting Foot-Ball Club, creado en 1912 por dos comerciantes suizos: Juan Heiniger y Jorge Herzig. Después surgió el Medellín Fútbol Club.

Los primeros hinchas eran simplemente curiosos de la novedad. Los familiares y amigos de los deportistas veían con asombro cómo la villa acogía una nueva expresión ciudadana, crecía una afición lejos de los moldes sociales y económicos de la época. Los clubes y los sindicatos, los patronos y los obreros, chutaban y gritaban por igual, o reían juntos con cualquier imprevisto que ocurriera en la Manga de los Belgas, lugar de los primeros juegos ubicado en lo que hoy es el Hospital San Vicente de Paul. Los obreros de las nacientes industrias jugaban con los hijos de la élite antioqueña. Muchos de ellos también lo jugaron en la cancha privada de Miraflores, del colegio San Ignacio, oriente de Medellín.

Elegancia en el hipódromo Los Libertadores.

Década movida

De un momento a otro, el balón saltó la barda y fue a caer a la barriada. Los obreros, sin los implementos necesarios pero con mucha pasión, empezaron a pegarle a la pelota, siendo observados por sus amigos del barrio.

Afirma el periodista e historiador deportivo Carlos Emilio Serna Serna que las décadas de “los veinte a los treinta fueron de las más movidas del fútbol medellinense. Los partidos eran unos verdaderos carnavales en las pequeñas lomitas que servían de tribunas a los alentadores”.

Fue tanto el auge del fútbol que finalizando los veinte ya se había construido el primer estadio, se llamó Los Libertadores. Ubicado donde hoy está el barrio San Joaquín, fue inaugurado el 24 de febrero de 1929 con el partido entre Lima Associattion del Perú y el ABC Medellín, con la asistencia de casi ocho mil espectadores. El marcador final fue 9-0 a favor de los visitantes. Ese mismo año, el 26 de octubre, se fundó la Federación Antioqueña de Fútbol, rectora del balompié aficionado en el departamento, hoy Liga Antioqueña de Fútbol.

Se suman más simpatizantes

Medellín crecía a pasos agigantados. Pasaba de la villa a la ciudad que se asomaba al mundo con una elegancia recién llegada que apretaba el cuello y los pies. Los seguidores del fútbol también aumentaban. Ya no eran los curiosos que seguían al equipo del barrio o de las fábricas. Los intercambios interdepartamentales de selecciones vinieron con los hinchas que eran convocados a defender los colores blanco y verde del departamento. Ya los unía la pasión por la selección Antioquia.

Atlético Municipal y Medellín captan seguidores

El país futbolero se transformó con la aparición del fútbol profesional en 1948. Los oncenos de Medellín y Atlético Municipal, que dos años más tarde pasaría a llamarse Atlético Nacional, empezaron su senda por los estadios de Colombia.

De locales jugaban en el hipódromo San Fernando, donde hoy se encuentra la Central Mayorista, visitado por hinchas ávidos de ver un espectáculo mejor gracias a la llegada del profesionalismo. Familias enteras y grupos de amigos asistían a cada jornada dominical para ver el choque futbolero y apostar a los caballos.

Cinco años después, el 19 de marzo de 1953, sería inaugurado el estadio Atanasio Girardot, bautizado así en honor al prócer de la patria nacido en San Jerónimo y fallecido en Venezuela. La obra requirió varios años de lucha incesante. El terreno tuvo un costo de ochocientos mil pesos y su construcción costó más de quince millones de pesos. En ella participaron cientos de obreros y doscientos presos de la cárcel La Ladera.

El sector de Otrabanda fue el elegido para la llegada de este anhelo futbolero de miles de hinchas que seguían al equipo de sus afectos. Los procesos de industrialización de las tres primeras décadas del siglo XX y la naciente urbanización ameritaban un escenario deportivo de esta magnitud.

Curiosidad y novelería. Todo Medellín quería asistir a Los Libertadores.

Comienza la fiesta

El primer partido que se jugó en el Atanasio fue un preliminar entre la selección Antioquia y las reservas del América de Cali. Rodrigo Ospina, de Antioquia, convirtió el primer gol. La jornada se completó con la primera fecha de un cuadrangular disputado entre Atlético Nacional, Deportivo Cali, Alianza Lima de Perú y Fluminense de Brasil. El primer gol profesional fue marcado por Jaime ‘Manco’ Gutiérrez, jugador del Atlético Nacional, al equipo Alianza Lima.

Cuentan que en esa ocasión se entregaron 1 500 entradas gratuitas para los jóvenes de los barrios más pobres de la ciudad. “Desde ese día hay revendedores de boletas”, comenta jocosamente Carlos Emilio Serna Serna en su libro 1929-1989. 60 años Fedefútbol Antioquia.

Pollo asado, gaseosa, arepas eran algunas de las viandas que consumían los asistentes al recién estrenado Atanasio Girardot. “Era una fiesta que se vivía en familia”, recuerda Rubén Darío Elejalde, hincha irreductible del Deportivo Independiente Medellín. “Mi padre Evodio me llevó a un partido contra el Tolima en 1960 y quedé maravillado con el juego”, dice Elejalde, habitante del barrio La Floresta de Medellín.

Ese ritual familiar del hincha rojo era muy similar al del rival de plaza. “Asistíamos entre amigos. No había peleas. Cuando terminaba un partido, incluso un clásico, nos sentábamos con los hinchas contrarios a tomarnos unos aguardientes en las carretillas que había en los alrededores del estadio”, cuenta el rionegrero Guillermo Otálvaro, hincha de Atlético Nacional.

Crece la hinchada

Los títulos del siglo pasado de Deportivo Independiente Medellín (1955 y 1957) y de Atlético Nacional (1954, 1973, 1976, 1981, 1991, 1994, 1999) hicieron crecer los seguidores de ambos bandos con unas características muy marcadas.

Gilberto Pulgarín, un acérrimo seguidor escarlata, creó la primera barra organizada de la región a principios de 1972. Poderosos del DIM se llamó el grupo de amigos que se dedicaron a alentar en la tribuna lateral Norte. “Ellos, al igual que nosotros, queríamos que el Medellín se quedara en nuestra ciudad, luego de su paso por Barrancabermeja el año anterior como Oro Negro”, evoca Rubén Elejalde, socio fundador de la barra Danza del Sol, el 11 de junio de 1972. “Nosotros siempre nos ubicamos en Popular Centro ahora llamada Oriental Baja y para el 2017 estaremos cumpliendo 45 años de seguir en cada jornada a nuestro DIM, somos la barra más antigua del fútbol en Medellín”, dice Elejalde, tecnólogo industrial del Politécnico Jaime Isaza Cadavid.

La Danza del Sol fue pionera en viajar a otras ciudades. “Vendíamos los tiquetes para acompañar al equipo. Recuerdo que el primer viaje fue a Pereira, empatamos 0-0. Fuimos a Cali, Ibagué, Manizales, Armenia, pero por problemas de orden público no lo volvimos a hacer desde hace ocho años”, cuenta Rubén.

En 1976 desapareció Poderosos del DIM y en los siguientes años emergerían otros grupos de seguidores. Escuadrón Rojo, Putería Roja, Kid Chance, Llave Roja, entre otras barras, fueron surgiendo para alentar al llamado Equipo del Pueblo.

Los seguidores verdes no se quedaron atrás. “Recuerdo que una de las primeras barras de Nacional fue la Academia Verde creada por Héctor Gómez, el popular Radiolo. Se hacían en la tribuna Oriental. Nosotros, con unos amigos del barrio Buenos Aires y compañeros de trabajo de Coltejer, fundamos la barra Comando Tribuna Verde y empezamos a alentar al equipo en Popular Centro”, afirma Guillermo Otálvaro, hincha verde desde 1976.

Después aparecieron otras barras como la Oswaldo Juan Zubeldía y Escándalo Verde, entre otras.

Policías contienen aficionados en Los Libertadores.

Las barras se asocian

Con la construcción de la tribuna Oriental para los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1978 y la ampliación de las tribunas Norte y Sur por recomendación de la Confederación Suramericana de Fútbol a principios de los noventa, el aforo del Atanasio Girardot se duplicó hasta llegar a los cerca de cincuenta mil aficionados.

Unido a ello, los triunfos internacionales del Atlético Nacional en la Copa Libertadores de América, la Merconorte y la Interamericana motivaron a que los aficionados, con el fin de obtener una boleta, se adscribieran o conformaran una barra. Con el auge, surgieron poco después las entidades responsables de ser el puente entre los equipos y los grupos de hinchas: Ubanal y Asobdim.

La Unión de Barras de Nacional surgió a finales de 1989 luego del título continental del cuadro verde, pero fue el 4 de diciembre de 1990 cuando obtuvo su personería jurídica. Cuarenta y cinco grupos de seguidores del cuadro verdolaga firmaron el acta de fundación de Ubanal.

Luego de la desaparición de unas y la aparición de otras, apoyadas por los programas impulsados desde la administración municipal, las doce barras y los casi mil seguidores que aglutina Ubanal quieren seguir aportando a la paz y la convivencia en el fútbol.

La Asociación de Barras del Deportivo Independiente Medellín, Asobdim, es la otra entidad que surgió para agrupar las barras rojas. Diecisiete delegados de barras compuestas por grupos familiares se reunieron un día de 1990 para concretar la idea y firmar la resolución 37413 que le daba vida jurídica a la entidad sin ánimo de lucro.

Ha pasado más de un cuarto de siglo y Asobdim y sus más de siete mil asociados contribuyen con una labor social importante en beneficio del hincha y del fútbol. “Hemos trabajado muy duro para que el hincha se sienta cómodo y respaldado en el estadio. De igual forma, que la boletería se le respete, lo mismo que su lugar en el Atanasio. También realizamos un torneo de niños en tres categorías que van desde los diez hasta los doce años y en el que hemos contado con casi 152 equipos inscritos. Además, tenemos un club deportivo que participa activamente en los campeonatos de la Liga Antioqueña con casi 230 niños beneficiados”, indica Jorge Hoyos, presidente de Asobdim.

¿Barras bravas?

Las primeras barras con influencias de culturas futboleras como la argentina o la europea fueron Putería Roja, creada en 1989, y Escándalo Verde, fundado dos años después. En ese tiempo las barras aún podían compartir la tribuna Oriental y los desmanes no pasaban a mayores.

En 1998 desertores de la Putería Roja y otros hinchas rojos crearon un movimiento para apoyar al DIM desde la tribuna Norte, el cual recibió el nombre de Rexixtenxia Norte. Un año antes, en el mes de noviembre, había nacido el contingente juvenil de Los del Sur. Varios adolescentes fanáticos del cuadro verdolaga, adscritos al Escándalo Verde, decidieron separarse y, en la urbanización Villa de Aburrá, crearon la nueva barra que empezó a animar al club Atlético Nacional en la tribuna Sur del Coloso de la 74.

Estas barras populares crecieron y, con una pasión desbordada, los hechos violentos empezaron a ser más comunes, especialmente en los clásicos. En poco tiempo las barras, denominadas bravas como en Argentina, se convertirían en un problema para la ciudad. Sin embargo, las políticas públicas y el interés de los líderes de las barras para contrarrestar esa violencia sirvieron para empezar a cambiar el rumbo con trabajo social organizado.

“Yo no las califico como barras bravas, pues tienen unas características diferentes a otras y están marcadas por nuestra idiosincrasia. Recordemos que en la época cruenta y violenta en Medellín por parte del narcotráfico el fútbol sirvió de bálsamo para la ciudad y le hizo una gambeta a la muerte”, asevera Gonzalo Medina Pérez, politólogo y profesor universitario especialista en el tema.

“Debemos aceptar que es una nueva generación de hinchas del fútbol, que lo ven con otros matices y de una manera distinta”, sentencia Guillermo Otálvaro, presidente de Ubanal.

Este rápido recorrido evidencia cómo el hincha de fútbol en Medellín pasó de la curiosidad por el juego al fanatismo juvenil que impulsa y da sentido a la vida de cientos de aficionados.

*Este texto hace parte del libro Jugando en casa. Historias de cancha, hazañas de tribuna, coeditado con la Subsecretaría de Ciudadanía Cultural de Medellín. Enero de 2017.

La fidelidad del hincha, 1982.

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Felipe Chica Jiménez

por ALFONSO BUITRAGO LONDOÑO // La vida de Orlando Patiño está tan ligada a la Sonora Matancera —de sus 65 años, 42 los ha dedicado a la difusión de la música del conjunto cubano—, que uno podría hacerle un breve perfil a partir de un puñado de canciones matanceras.