por ANAMARÍA BEDOYA // Esa mañana de sábado de junio, María no atrapó ninguna chispa con su batea. Durante más de dos horas insistió acuclillada entre las piedras, los pies descalzos cubiertos por las mucilaginosas aguas de La Iguaná. Lavó pacientemente varios tajos de capote expurgándolos con sus ojos castaños verde aceituna.
Sí, acepto
por CAROLINA CALLE • Fotografías por la autora
Número 98 Julio de 2018
Esa no era una boda común y corriente. Si el sacerdote hubiera sabido en qué condiciones se enamoraron los novios, se hubiera ahorrado algunas preguntas. Como no sabía, entonces le preguntó a esa mujer lo de siempre. Que si tomaba a ese flaco por esposo, para amarlo, en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la adversidad. “Sí, acepto”, respondió con un brillo en los brackets. Y así, sin titubeos, Edith se casó con ese hombre recién salido de la cárcel.
A las nueve de la mañana del 20 de agosto de 2010, cuando aún estaba adentro, Diego la llamó, le confesó que estaba nervioso, que sentía un cosquilleo en los pies. Él solo sabía que la misa era a las seis de la tarde. No sabía el resto, ni cómo, ni dónde, ni con qué iba a casarse. Edith y su cuadrilla de amigas se encargaron de toda la logística. Él solo tenía que salir de Bellavista y dejarse llevar.
Diego le hizo la propuesta un año antes. Ella no le creyó, le dijo: “Baboso, sobre todo”. Él insistió, le juró que era en serio. “No se meta con un preso”, “él no está enamorao, él lo que está es amurao”, “la va a dejar cuando salga”, recordó los comentarios de la gente y luego pensó: “Pues de malas, me caso”.
Al día siguiente Edith buscó los anillos en el Centro. Él le sugirió que no fueran de lata, que parecieran finos, que no se doblaran ni se oxidaran con el tiempo. Encargó las argollas, no eran de oro puro pero algo de oro tenían. Se las entregaron en una semana y las guardó por dieciséis meses mientras preparaba la boda.
Diego salió de la prisión un viernes antes del atardecer, como si volviera de la guerra, hambriento y sin equipaje, con ansias, con afán de vivirlo todo a la vez. La responsable del transporte y de la indumentaria del novio lo estaba esperando en un taxi. Lo saludó, le dio un trago de aguardiente y, cuando ya iban en camino, le pasó el traje.
El saco le quedó ancho, los zapatos estrechos y el pantalón corto. Diego no se quejó, solo se reía, nunca en la vida se había visto tan elegante. La amiga que les regaló las fotos del matrimonio se encargaría luego de alargar el pantalón en Photoshop. La familia de Edith estaba triste. Nadie la entregó al novio en la ceremonia, ni su padre, ni sus hermanos. Todos se quedaron en la banca haciendo fuerza por el paso en falso que estaba a punto de dar. No les cabía en la cabeza que eligiera a un hombre que encontró por accidente en la prisión. A las 6:05 de la tarde, Edith vestida de blanco, caminó hacia el altar y se entregó sola.
***
Edith le tiene pánico al agua fría y a las alturas. No sabe montar en bicicleta ni en patines. Les tiene respeto a las arañas y a las mariposas negras que se posan detrás de la puerta de la casa. En cambio, para entrar a un penal no tuvo ningún cuidado, ningún agüero, ningún miedo.
Llegó por primera vez a Bellavista a visitar al sobrino. Entró al patio quinto y en medio del tumulto, del encierro, del barullo, perdió el juicio. Él tenía veintiún años, ella pisaba los treinta, la miró, lo saludó, él le echó un chiste, ella una carcajada. Era el último domingo de enero de 2003 cuando ese joven, alto y desgarbado, coqueto y risueño, cambió la ruta y la historia de Edith.
No fue amor a primera vista. En realidad, ese domingo hubo un reencuentro. La vida volvió a presentarlos con otros ojos y con otra estatura. Se conocieron en el siglo pasado, en una vereda, cuando él era un niño y ella una quinceañera. Fueron vecinos de finca en un pueblo del Oriente antioqueño. Edith era más alta que Diego y él más necio que ella. Él perseguía conejos y arrancaba flores. Ella mataba cucarachas y espantaba culebras.
A pesar de la diferencia de edad, Edith y Diego alcanzaron a coger frutas y a jugar canicas juntos hasta que aparecieron hombres de verde. Tanto la familia de Diego como la de Edith fueron desplazadas por la guerrilla. Cada una llegó a la cumbre de una montaña diferente en Medellín y desde entonces no volvieron a verse.
Edith no pudo terminar la escuela. En la ciudad le tocó vivir en un rancho de tablas, trabajar en casas de familia haciendo el aseo. A los diecisiete años se fue a vivir con un señor, tuvo tres hijos y, antes de cumplir treinta, se separó por el maltrato, por el encierro, por la mala vida.
La mamá de Diego fue la celestina que volvió a presentar a esos viejos amigos. Doña Fabiola reconoció a Edith en la fila dominical para entrar a Bellavista, la llamó, la invitó a reconocer a su muchacho y allá, rodeadas por bolillos, cámaras de vigilancia, concertinas afiladas, empezó el amor por Diego y la amistad con la suegra.
A Edith la rebozó el ímpetu. Cambió de trabajo, dejó los bares, el tufo y el guayabo. Trabajó en confecciones, recogió basuras en las madrugadas, abrió una guardería y cuidó niños en la mañana. En las noches retomó el colegio para terminar su bachillerato.
Edith ingresaba al penal cuatro veces al mes. Cada domingo se convirtió en el mejor día de su vida. Salía de Bellavista como si saliera de un spa o de un motel: radiante, despelucada, caricontenta. Aprendió a ser feliz en la brevedad, a disfrutar la ausencia y a saborear la añoranza entre semana. Cuando no se aguantaba las ansias de volver a verlo lo visitaba a escondidas de la guardia.
En la parte trasera de la prisión se trepaba a un muro, se agarraba de la malla, le silbaba, le acariciaba las manos, le daba besitos a través del alambrado y se despedía echándole la bendición.
Las cartas también ayudaron a matizar la espera. Ambos, ella en su pieza, él en su celda, escribían una bitácora de ausencia. Cada domingo había intercambio de correos. Así comenzó a coleccionar, ordenar, memorizar cartas de amor escritas por Diego. De cada año de noviazgo tenía sus fragmentos preferidos:
2003: “Agradezco a Dios que me haya tenido en este lugar para que nuestras vidas se cruzaran”.
2004: “Algún día, por algún motivo, perdí lo más preciado de todo ser humano, la libertad. Sin embargo y a pesar de haberla perdido salí ganando porque sin buscar o sin pensarlo, te encontré”.
2005: “No te imaginas cuánto le agradezco a mi madre por haberte traído a mi vida esa mañana de enero de 2003, recuerdo que la primera vez que te vi, sentí la necesidad de volverte a ver y luego fue imposible verte y no hablarte, hablarte y no tocarte, tocarte y no besarte, besarte y no enamorarme”.
2006: “Lucho día tras día por salir de esta prisión, para demostrarte no acá sino en tu mundo que este sentimiento es verdadero”.
2007: “No te imaginas las ganas que tengo de estar a tu lado pero afuera”.
2008: “Estos días que tuve que pasar sin verte me sirvieron para darme cuenta de lo mucho que tú vales para mí. Pues las horas son días y los días son años, una semana se pasa pero dos son insoportables”.
2009: “Te amo como eres y qué hps. Y si no te gusta así pues te va a tocar aguantarme porque ni por el putas te voy a dejar”.
2010: “Hoy digo con mucho orgullo y sin temor a equivocarme que en 28 años, 4 meses y 9 días eres lo más hermoso que ha podido pasarme”.
Siete años más tarde, un cura los declaró marido y mujer. Después de la marcha nupcial empezó una tormenta de película de terror. Los invitados y los curiosos comenzaron a cuchichear: “Van a sufrir”, “les va a ir mal”, “no les conviene estar juntos”. El ventarrón, los rayos, los truenos, todo era un mal presagio.
Escampó y a la salida llovió arroz. Ambos parecían felices, convencidos de esa locura que acababan de hacer. “¿Ahora qué hacemos?, ¿para dónde vamos?”, preguntó Diego en el atrio. “Vamos a comprar un pollo asado”, respondió Edith. A Diego no le chocó que la recepción de su boda fuera en el asadero de la esquina.
Caminaron sobre la calle mojada y se desviaron hacia el salón donde sería la fiesta. Al ver las bombas, las flores, el bizcocho, Diego se puso las manos en la cabeza, abrió la boca y lloró. Después de tanto tiempo encerrado había olvidado lo que era un festejo.
No hubo dinero para tarjetas de invitación, Edith simplemente regó la noticia entre vecinas, amigas, colegas, conocidas y esa boda la armaron entre todas como si fuera un convite de cuadra.
A punta de empanadas pagaron el alquiler de los vestidos, los ingredientes de la comida y la luna de miel que empezaría el domingo. Una colega puso el equipo de sonido y la música parrandera. La madrina puso las flores para el yugo y la decoración de las mesas. Las sillas y los manteles los prestó el grupo de la tercera edad del barrio.
Otra amiga puso la vajilla desechable para la cena. El padrino puso una caja con botellas de ron. Y aunque sabían que ese matrimonio tenía las horas contadas, los invitados y los colados se confabularon y brindaron, bebieron y bailaron como si el fin del mundo estuviera cerca.
La pareja llegó al amanecer del sábado y durmió hasta el mediodía. Hacía muchos años a Diego no lo despertaba el sol. Diego desempacó los regalos como un niño, jamás en su vida recibió tantos: perfumes, una licuadora, una olla pitadora, una plancha, vasos de cristal, toallas, un collar, un par de chanclas, un bóxer, unas tangas y algunos sobres con plata.
En la tarde fueron a devolver los vestidos, caminaron cogidos de la mano, Diego estaba aturdido con el sonido del Centro, extasiado con tanta gente, no paraba de mirar el cielo despejado, sin garitas, sin rejas, sin alambres de púas.
***
Diego Sánchez llegó a la cárcel Bellavista de Medellín nueve años antes de su matrimonio. Lo capturaron a finales de octubre de 2001 por un delito que sí cometió, no era inocente, era culpable, autor material e intelectual de los hechos. Las autoridades lo presentaron en sociedad como un asesino. Le tomaron las huellas, le asignaron un número y lo llamaron interno, preso, recluso. No tenía nombre ante el Estado porque nunca hizo un trámite, no tenía cédula de ciudadanía.
Era un N.N., una persona indocumentada, no tenía cómo demostrar su identidad, tampoco su nacionalidad, su edad, su pasado. No era nadie. Tenía veinte años de edad y el único registro de su existencia era un papel que fijaba el 21 de septiembre de 1981 como su fecha de nacimiento.
Sus padres anduvieron por varios pueblos de Antioquia. Su papá, don Antonio, era camionero, alto, flaco y barrigón. Su madre, doña Fabiola, trabajaba la tierra y la casa, tenía la piel blanca y la voz dulce. Emigraron al norte del país. Vivieron en una finca rodeada de cultivos de papaya. El papá viajaba a Medellín en el camión y vendía las frutas que cosechaban.
Diego era el mesero de la finca. La mamá preparaba la comida de los trabajadores. A él le tocaba ir y volver. Llevar y traer platos a un salón repleto de hamacas, machetes, costales. Otros hombres de verde les dieron una orden de salida, los paramilitares necesitaban “limpiar” la zona.
Los padres tragaron saliva y tristeza, miraron el reloj y comenzó la mudanza. Salieron de noche. Empacaron una parte y dejaron casi todo. No había tiempo ni espacio para trasladar un hogar. Así le dijeron adiós al campo y llegaron a Medellín en los años noventa.
El carro fue la casa en la ciudad. Como no había dinero para un hotel durmieron adentro del camión. A los días el papá llegó con el cuento de que tendrían una casa en la montaña.
Les advirtieron que ese terreno era propiedad privada, que no lo podían habitar porque los sacaban. Pero no había otra opción. Cogieron un pedacito de montaña mientras el Estado los desalojaba. Podía pasar un día, o podían pasar años.
Las primeras noches hicieron fuerza para que no lloviera mientras armaban la casa. Les alcanzó para que tuviera paredes de madera, tejas de cartón, piso de tierra. A esa parte de la montaña la llamaron “barrio de invasión”.
Tenían la mejor vista de Medellín. A la mamá le florecieron las matas, aparecieron dalias y rosas amarillas. Tuvieron una ardilla, un perro y un conejo que se murió de viejo.
Diego ingresó a una escuela nocturna. Descubrió que ya sabía leer cuando leyó en la montaña del frente una palabra verde luminosa que decía COLTEJER. A la salida se iba a ver la noche, las estrellas. Planeaba travesuras, le tiraba piedras a la luna. Su sueño era manejar un carro grande, viajar por Colombia con frutas a bordo, ser como su padre al volante.
El proyecto duró poco porque los desalojaron. Bajaron, cruzaron el río y subieron a otra montaña. El papá cambió el camión por una tienda, vendía legumbres a los vecinos del nuevo barrio. Diego ya no podía estudiar, para que la vida fuera posible tenía que trabajar y cumplir responsabilidades de adulto.
Los jóvenes de su edad estaban estudiando, otros estaban en esquinas o en billares, jugando cartas, algunos “vigilando” el barrio. A esos les decían milicianos, eran representantes de las guerrillas en la ciudad. La fama del miliciano era de “matagente”, era el que “limpiaba” el barrio de viciosos, ladrones y extraños. Abajo mandaban unos, arriba otros. Cada sector tenía su dueño, la recomendación era no cruzar las fronteras.
Los fines de semana pedían un dinero a la comunidad. A esa cuota le decían “colaboración” y la destinaban para el sostenimiento de la organización, para seguirlos “cuidando”. Aunque el papá decía que no era justo trabajar para otros, daba su aporte por miedo.
Durante años pagó sin falta la extorsión semanal. Un domingo le cobraron la vacuna y él la pagó. Minutos después se acercaron otros hombres y volvieron a cobrarle. Le advirtieron que quienes habían pasado temprano eran desertores de la organización. El papá se opuso a pagar de nuevo y lo mataron en la tienda.
Diego perdió el equilibrio, quedó en el suelo. El asesinato de su padre lo tumbó. Las autoridades subieron a recoger el cuerpo. Le entregaron unos papeles a la mamá para que pusiera la denuncia. Doña Fabiola no sabía leer ni escribir. Tampoco tenía documentos de identidad. No tenía fuerzas para hacer trámites en medio del duelo. Pedir justicia era perder el tiempo. Dejaron las cosas así.
Ocho días después los asesinos volvieron a la tienda a pedir la “colaboración” de esa semana. Diego estaba desbaratando lo que quedaba del negocio para irse del barrio. Al verlos, recordó los catorce disparos que le dieron al papá, lo imaginó arrastrándose por la calle, pidiendo ayuda mientras los milicianos lo miraban morir, sintió impotencia, explotó, perdió el control y vengó su muerte.
En cuestión de minutos lo capturaron. La policía lo presentó como el resultado de un exitoso operativo contra los grupos armados ilegales en las comunas populares de Medellín. Lo hicieron posar junto a una mesa con fusiles, escopetas, granadas. Le tomaron fotos, lo sacaron de la ciudad y la cárcel Bellavista lo recibió con sus rejas abiertas.
***
El domingo Diego y Edith se fueron de luna de miel con veinte personas. Alquilaron un bus y tomaron la vía al mar. Diego se pidió la ventanilla para oír el viento. Salieron a las siete de la mañana y después de un par de horas de camino llegaron a una piscina para pasar un día de sol en San Jerónimo.
“Esto sí es alegría”, “esto es la libertad”, “¿qué más le puedo pedir a la vida?”, exclamaba Diego. Se daba la bendición y miraba al cielo como los futbolistas cuando meten un gol. Bromeaba, corría, saltaba, empujaba, abrazaba, gritaba, nadaba, cantaba, bailaba, reía, sudaba, vivía. Diego era la felicidad en persona.
Cuando Diego llegó a prisión su memoria era un laberinto. Afuera quedaron su infancia, su juventud, su madre. Creyó que ese era el final de todo. Solo quería morirse. Contaba los segundos, los minutos, las horas, los días, las semanas, el tiempo no corría, no encontraba salida, solo podía mirar hacia el pasado, revivir la tragedia, maldecir su suerte, reprochar sus decisiones, llenarse de remordimiento, anhelar la muerte.
Todo le daba vueltas. Lo que hizo, lo que dejó de hacer, lo que quedó atrás, lo que pudo ser. Un compañero de celda le dijo: “De aquí para adelante hay otra vida. Tenemos que morir acá para nacer en el mundo de la libertad”.
Para volver a Medellín debía aprovechar esa temporada de reja. Le hizo caso. Se miró al espejo y empezó a fabricar el hombre que quiso y no pudo ser cuando estuvo libre. Por eso valoró lo que ese presente le daba de sobra: tiempo libre.
Adentro tuvo lo que no encontró afuera: acceso a la educación, a la salud, por primera vez tuvo un trabajo estable. En vez de pensar en las pérdidas, pensó en cuidar lo que quedaba, pensó en su vieja y le juró que algún día lo vería en libertad.
Doña Fabiola lo acompañó a lo largo de seis años. Quedó sola, viuda, sin empleo, enferma. No faltó un domingo en Bellavista, así le tocara irse a pie. Caminaba por horas, al sol y al agua, de ida y vuelta. Visitar a su hijo era su motivo de fuerza mayor.
Edith la invitó a vivir a su casa para cuidarla. Tomó vitaminas, estuvo en quimioterapia, le aplicaron morfina. Con el tiempo perdió el cabello, la fuerza. Aumentaron los dolores, poco a poco, la cama la fue agarrando hasta que no pudo volver a levantarse.
A finales de noviembre de 2007 empeoró. Tenía fiebre y los pies fríos. Le rogó a Edith que de esa casa no la sacara más. Que no le prolongara el sufrimiento. Miraba con pesadumbre al cuadro del Corazón de Jesús y repetía el nombre de su hijo.
—No me lo deje solo —le suplicó doña Fabiola a Edith presintiendo que moriría antes de tiempo.
—Doña Fabiola, váyase tranquila a descansar, yo no lo voy abandonar —le prometió Edith.
Llamó al médico, pidió ayuda: “Está alimentando el cuerpo, dele agua y morfina. Si la lleva al hospital le va a alargar la mala vida”.
—Su mamá está muy mal —le dijo Edith a Diego a través del celular ese jueves en la noche.
—No deje que se muera mi mamá, dígale que me espere —le imploró Diego.
—No la torture más, déjela ir, libérela de esa promesa —le insistió a Diego.
Diego apenas balbuceaba, intentaba hablar, esa impotencia de no estar presente a la hora de una muerte le apabullaba las palabras.
Edith le acercó el celular para que doña Fabiola pudiera escuchar la voz de su hijo.
—Madrecita… yo creo que no te voy a poder cumplir ese sueño…
—Ah… —suspiró un lamento y salieron lágrimas de renuncia.
A primera hora del día siguiente Edith llamó a la cárcel.
—No me cuente nada —le advirtió Diego presintiendo que su madre ya había muerto—. ¿Me va a traer a mi viejita?
Edith llamó al director del penal, explicó el caso y le permitió entrar en coche fúnebre para que Diego pudiera despedirse de su madre. Edith llegó en la tarde con las ojeras del luto, el conductor de la funeraria bajó el ataúd y lo condujo a la primera reja.
Edith estiró los brazos para la requisa. La guardiana hurgó en sus axilas, entre los senos, en el vientre, en los muslos, en las pantorrillas. Le advirtió que no podría entrar con tacones, que a la cárcel se entraba de chanclas. Como Edith no estaba de ánimo para demostrarle que en las suelas no traía droga, dinero, armas, ni celulares, entró descalza.
Mientras un guardián fue al patio a notificar a Diego, otro puso a un perro a oler el féretro. Luego ordenó abrirlo para requisar al cadáver. Diego llegó cabizbajo y esposado. Al encontrar la mirada de Edith se descompuso, la abrazó cuando tuvo las manos libres y sollozaron en coro. Se le acercó a su madre, le acarició las manos, le quitó una cadenita que ella traía en el cuello, le puso un escapulario de él y le habló en voz baja.
—Mi viejita, cuánta falta me vas hacer…
***
El lunes Diego amaneció despierto, callado, pensativo. La sonrisa del primer día ya no era la misma. Después del día de sol y del alboroto, pidió estar un rato en silencio con su mamá. Compró una rosa en las afueras del cementerio y cuando llegó a la bóveda se persignó y se sentó en el piso por un buen rato a hacerle la visita.
Edith asumió la condena de Diego como su causa. No fue difícil cumplirle su promesa a la suegra porque el amor la despertaba y le tenía el ojo abierto desde las dos de la mañana del domingo que salía a hacer la fila para verlo.
Consiguió el Código Penitenciario y Carcelario, estudió el artículo 147 de la Ley 63 de 1993. Supo que el Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario concedía permisos hasta de 72 horas para salir del penal, sin vigilancia, a quienes hubieran trabajado o estudiado durante la reclusión.
Diego cumplía con todo. Estudió y se graduó con honores del colegio de Bellavista. Empezó a descontar días de su pena laborando como reciclador, panadero, barrendero. Como jamás tuvo un llamado de atención, lo ascendieron y trabajó en la granja, en el galpón y en la marranera.
Edith se encargó de hacer la gestión del permiso para que Diego tuviera un respiro, una degustación de libertad: fue, volvió, fotocopió, firmó, entregó, insistió, llamó, reclamó, presionó, esperó, recibió y nueve meses después de papeleos le aprobaron el primer permiso de salida el 20 de diciembre de 2009.
Diego se especializó en hacer rendir los recuerdos, guardaba reservas para prolongarlos en los días venideros de cárcel. De esa primera vez aún tenía memoria del humo y de las luces de la discoteca, de la sazón casera, de la velada romántica, de los alumbrados del río, del amanecer despierto, del horizonte sin muros, del atardecer desnudo.
Ocho meses después, volvió a salir y en 72 horas tuvo una boda, un sol de miel, una luna sin rejas y una separación prematura. De regreso a Bellavista compró una cerveza enlatada y la bebió lentamente mientras miraba la calle a través de la ventana del taxi. En el bolsillo llevaba un pedazo de torta negra que sobró de la fiesta.
A las 4:55 de la tarde ya estaba en las afueras de la cárcel con su esposa. Le pidió el favor al taxista de que la esperara un par de minutos mientras se despedían. Diego la abrazó, la cargó, ella se colgó de su cuello, lo besó. Ambos lloraron, se dieron las gracias, se separaron.
Edith lo vio entrar por la puerta grande. Le agitó la mano y cuando dejó de verlo la desbarató una sensación de vacío.
—Mis respetos señora, yo no haría eso — le dijo el taxista—. ¿Uno recién casado y ya separándose?
—Vamos a ver cómo me va —le respondió y se tragó un suspiro.
Edith no sabía en qué se estaba metiendo y, para ella, eso era lo mejor de esta historia. Apenas ajustaba tres días de casada con un hombre condenado a 38 años y seis meses de cárcel.
Primeros planes
por LUIS FERNANDO GONZÁLEZ ESCOBAR
Número 96 Mayo de 2018
En 1968 el entonces Departamento Administrativo de Planeación contrató con los arquitectos César Valencia Duque y Jorge Cadavid López el Estudio del centro de la ciudad. El documento fue publicado al final del año siguiente. Se cumplen así cincuenta años del primer intento de estudiar, imaginar y definir qué hacer con el Centro. A partir de esos primeros trazos se han sucedido variados estudios, planes, programas y proyectos. Muchas cosas han dicho los planificadores y otras tantas han hecho las 28 administraciones que se han sucedido entre 1968 y 2018, ya sea siguiendo lo formulado o, simplemente, el capricho del mandatario de turno, los intereses económicos, el cálculo político o simplemente el deseo megalómano. En ese lapso son grandes y dramáticos los cambios sobre el paisaje urbano que diagnosticaron los arquitectos Valencia y López; pero, a pesar de la transformación, también es cierto que se conservan espacios y usos, rutas e hitos de ese Centro de hace medio siglo.
Para aquellos años finales de la década de 1960, el Centro estaba al servicio de una ciudad de un millón de habitantes y contenía una diversidad de usos que lograba un cierto equilibrio. Si bien la actividad comercial era importante — el 33,58 por ciento—, era casi la misma proporción de la ocupación del suelo dedicada a vivienda —34,75 por ciento—, lo demás estaba repartido en usos varios, actividad industrial y su condición de centro institucional, ya religioso o político. Era un centro dinámico y diverso. Donde se concentraban los discursos y los sermones de la ciudad que dejaba de ser villa, donde crecían el comercio y la pequeña industria, y al mismo tiempo se concentraban las actividades educativas y culturales; así, en esa mezcla social había dos clubes de la elite y 16 templos, pero también 17 salas de cine, 58 heladerías y 398 cafés, donde las distintas clases sociales aun convergían.
En las 341 páginas del estudio, con sus anexos y sus 45 planos, se plantearon las grandes preocupaciones del momento para un Centro conformado por 237 manzanas —entre el centro principal y la zona adyacente— en torno a la arquitectura, el urbanismo, la vivienda, la circulación y las sedes institucionales.
Siguiendo el pensamiento predominante del momento, los autores concluían que no había una arquitectura de conjunto, le faltaba carácter y era “inmadura”, pues a una innovación le seguía otra de manera rápida, con materiales de calidades discutibles, lo que implicaba no un conjunto coherente sino una suma de edificaciones, con efectos irremediables en la estética urbana, la que no era sino el reflejo de “una de las características más sobresalientes de nuestra idiosincrasia”, esto es, el “individualismo”. Ya se alzaba en el horizonte la ruptura de la escala urbana debido a los nuevos edificios de Propiedad Horizontal, llamados rascacielos, que tomaban impulso y se construían como alternativa de vivienda para los sectores de “alta categoría”. Cinco décadas después las demostraciones de esa idiosincrasia individualista darían como resultado ese collage complejo que caracteriza hoy el Centro de la ciudad, ya con más torres, menos espaciosas, no para la “alta categoría” sino para sectores medios, y con una estética simplificada al extremo, en donde predomina no la individualidad sino las construcciones en serie.
Para los autores no existía en la ciudad un verdadero urbanismo; por ejemplo, señalaron cómo el Plan Piloto, entregado en 1951 por los urbanistas Paul Weiner y José Luis Sert, fue una reglamentación de tipo general que nunca fue llevada al detalle y a consecuencias sobre el territorio; en otro sentido, la carencia de servicios comunales en los barrios hizo del Centro el lugar con el mayor poder de atracción, el “cual se congestionaba cada vez más”. Pero lo más interesante es cómo reconocieron la carencia de zonas verdes urbanas y la ausencia de planes en ese sentido: “Las nuevas vías y ampliaciones tienen fallas en este aspecto. Como consecuencia la ciudad se ha tornado árida. La temperatura ambiental ha venido aumentando gradualmente”. Sin lugar a dudas una lectura que se anticipó a los tiempos de la ecología urbana y los microclimas. Apenas ahora se trata de entender y mitigar lo que aquel estudio anunció hace cincuenta años.
Es cierto que el urbanismo hizo irrupción con el paso de los años y se ha intentado una mirada de conjunto, pero aun así la falta de verdaderas centralidades barriales siguió siendo uno de los factores determinantes para que el Centro fuera y se mantuviera como el mayor factor de atracción. Hoy día muchos siguen sin entender que buena parte de las problemáticas del Centro pasan por las dinámicas barriales, las periferias y la marginalidad urbana.
La vivienda era un uso considerado compatible con la vida del Centro y en su mayor parte, especialmente en el centro principal, era valorada como de alta calidad. Si bien eran aún predominantes las casas de uno y dos pisos, se daba paso a los edificios multifamiliares y a los de renta de cuatro pisos en las áreas adyacentes al centro principal. De ahí que el sesenta por ciento de la población del Centro era permanente y solo un cuarenta por ciento era flotante. No obstante se diagnosticaron sectores en deterioro, tomando como criterio el estado de la infraestructura urbana, y el nivel socioeconómico, para hablar eufemísticamente de la población pobre asentada allí, como los casos de San Antonio, Guayaquil, La Bayadera, los alrededores de la iglesia del Corazón de Jesús, los alrededores del edificio de EPM, aparte del sector de la Estación Villa con sus tugurios y la expansión del barrio Colón. La vivienda hoy es minoritaria en el Centro, el mayor porcentaje de la población es flotante y los sectores señalados, pese a las intervenciones que se han hecho, se mantienen sin resolver sus problemas fundamentales. El 14,2 por ciento de la población económicamente activa de entonces se empleaba en el Centro, de tal manera que la población flotante iba en incremento mientras que la residente ya comenzaba su desplazamiento a Laureles y El Poblado; las rutas de buses convergían especialmente a la Plaza de Cisneros —el centro popular por excelencia—, al Parque de Berrío y la Plazuela Nutibara, lo que hacía que el Centro se saturara por sectores, aunque se consideraba que aún tenía capacidad de crecer por unos diez años más sin colapsar; no ocurría lo mismo en términos peatonales, pues era problemático debido a que los andenes eran insuficientes, no tenían capacidad para albergar tanta demanda, además eran estrechos y estaban deteriorados y ocupados por ventas ambulantes.
La propuesta, hecha para prever el crecimiento futuro y atender esa demanda presente, era el desarrollo combinado de un anillo vial periférico y al interior del mismo la peatonalización de vías. De hecho el anillo periférico ya se había planteado con la idea de la Avenida Oriental, la continuidad por la calle Vélez al norte, la Avenida del Ferrocarril al occidente y al sur por la carrera 33. Con los propósitos de este plan esa idea se fortaleció e incluyó paraderos de buses y zonas de estacionamiento vehicular a lo largo de todo el anillo. Mientras tanto al interior se planteó la peatonalización de la carrera Junín —entre Caracas y La Playa—, la avenida La Playa —entre Junín y Sucre—, la carrera Bolívar para unir el Parque de Berrío y la Plazuela Nutibara, la remodelación del Parque de Bolívar y el pasaje La Bastilla, además del cierre al tránsito de calles como Boyacá, Colombia, Calibío, entre otras.
El anillo vial fue construido cerrando al sur no por la calle 33 sino por la calle San Juan, los efectos sobre el Centro de la ciudad fueron dramáticos por la demolición de cientos de edificios a lo largo de la Avenida Oriental, pero sin las obras de mitigación que se pensaron en el Plan, y sin los paraderos ni las zonas de estacionamiento. Desaparecieron del paisaje hermosos ejemplos de arquitectura histórica y se cercenaron espacios públicos como la plaza de Cisneros o la plazuela de San José, aunque al interior se ganaron los pasajes de Junín o La Bastilla. A la hora de los balances fueron más los saldos en rojo que los positivos. En distintas administraciones esos mismos pasajes han cambiado de material en sus pisos, de amoblamiento y decoración; y esas mismas calles hoy se intentan entregar al peatón, disputándolas a los vehículos y a las ventas ambulantes.
Los otros grandes proyectos discutidos en el Plan del Centro de 1968 fueron la Central de transporte interurbano, la plaza de mercado de Cisneros y la construcción del Centro Administrativo Oficial. La Central de transportes implicaba la reubicación de las terminales de buses y del ferrocarril, de hecho el Ferrocarril no se reubicó sino que se acabó y la central dio lugar primero a la terminal de transporte del norte y años después la del sur, alejando de Guayaquil las actividades que habían sido determinantes en su dinámica como puerto seco. Por su parte la plaza de mercado era considerada uno de los más serios problemas urbanísticos de la ciudad, con sus 1200 puestos hacinados adentro y sus más de 400 puestos afuera de la parte cubierta, especialmente en el denominado Pedrero. Se pensaba que con el traslado de sus actividades a una plaza mayorista al sur de la ciudad y un plan de mercados satélites en los barrios Guayabal, Campo Valdés, Castilla, Robledo, La América y Belén, que estaban en construcción, debería desaparecer. Pero no fue así. Algunas plazas funcionaron y otras no. Se incluyó posteriormente la plaza minorista José María Villa, pero muchas de sus actividades se fueron desplazando al Centro en un proceso de años que se llamó la “guayaquilización” del Centro.
Mientras que con el centro administrativo se buscaba solucionar la dispersión de las dependencias oficiales y la dificultad para ampliar las distintas sedes, aparte de las condiciones arquitectónicas de las oficinas, la ausencia de espacios libres en sus inmediaciones, las dificultades de acceso, la falta de zonas de parqueo, entre otras razones que justificaban la creación del centro administrativo en La Alpujarra, como ya había sido contemplado en el Plan Piloto de 1951. Con el Plan del Centro se justificó, por el poco valor de la tierra en La Alpujarra, la posibilidad de la renovación urbana de este sector, la realización de edificios con técnicas modernas de funcionalidad y arquitectura; la libertad arquitectónica para estudiar espacios abiertos y perspectivas exteriores, sus relaciones paisajísticas con el cerro Nutibara, la facilidad de separar el tráfico vehicular y peatonal, y así crear un centro como eje metropolitano. El Plan recomendó la creación de una Junta o Comité Provisional como entidad a cargo de adelantar la obra y se puso una meta de diez años para adelantar el proyecto. Solo en 1975 se hizo el concurso para elegir el proyecto, que se ejecutó entre 1983 y 1987, con otros criterios, diseños y concepciones a las planteadas en este Plan.
En general el Plan del Centro de 1968, siguiendo las concepciones de aquellos años, hace el diagnóstico de la situación, plantea alternativas y define lineamientos para que sean convertidos en proyectos específicos. No hacía urbanismo estrictamente ni diseño urbano. Pero concibió un centro de ciudad a partir de la interpretación de unas realidades que se consideraban adecuadas o problemáticas. Con lo cual nos dejaron un retrato de cómo era el Centro en aquellos años pero también de los imaginarios de aquella sociedad a través del pensamiento de los arquitectos y el equipo a cargo. Al concretarse su ejecución, con cambio de orientaciones, con errores y aciertos, se cambió radicalmente el paisaje urbano. Curiosamente algunas preguntas y respuestas fundamentales sobre transformaciones sociales siguen vigentes, mantienen los mismos sesgos y prejuicios, las mismas ubicaciones y segregaciones socioespaciales mientras se abren y se cierran vías, se amplían calles, se cambian una y otra vez los pisos de aceras y espacios públicos, se reglamentan y mejoran fachadas… obras que parecen un déjà vu. Y queda aún latente la pregunta por la historia, de la que poco o nada hay referencia en aquel Plan del Centro, y la que poco parece significar e incidir en el presente.
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De la curiosidad al aguante
por ROOSEVELT CASTRO
Jugando en casa. Historias de cancha, hazañas de tribuna Enero de 2017
Cada domingo, en cualquier rincón del planeta, en los grandes estadios de las metrópolis o en los humildes campos abiertos de las aldeas, en las lustrosas canchas de pastos relucientes o en los pelados potreros de las barriadas, multitudes incontables, y a veces incontrolables, se arremolinan en torno a esa ceremonia ritual y explosiva que es el fútbol.
Juan Gossaín
Cuando mi abuela María Elena, una octogenaria de Anolaima, Cundinamarca, definía el fútbol, no era muy profunda. Solo decía que eran “veintidós piernipeludos detrás de un balón, dándole patadas, y un loquito vestido de negro con un pito tratando de recuperarlo”.
Cualquier hincha de este deporte se llevaría las manos a la cabeza. El fútbol, argumentaría, va más allá del simple gesto de patear un balón. Diría que es arte, poesía, rito, ceremonia. De igual forma, es pasión, amor, odio, exaltación. Cuando el hincha pertenece a una barra se convierte en anónimo, en lo que el ensayista francés Gustave Le Bon llamaría una parte del “alma colectiva”.
El seguidor de fútbol necesita de otros para identificarse con sus símbolos. Se trata de un sentimiento tribal que cohesiona frente al enemigo y que alimenta instintos territoriales y de lucha. Como diría la filosofía popular: “No somos machos, pero somos muchos”.
Pero no siempre fue así. En el camino, el hincha pasó de la curiosidad sana al paroxismo barrista.
Los pañales del aguante paisa
Cuenta el historiador antioqueño Rodrigo de Jesús García Estrada, en su Breve historia del fútbol en Medellín, que la práctica de los deportes en nuestra ciudad surge ligada a los procesos de modernización acelerada experimentados durante las tres primeras décadas del siglo pasado.
Estos procesos tuvieron su expresión más palpable en el incremento inusitado de las áreas urbanizadas, la aparición de la industria, el auge de la exportación cafetera y las cada vez más estrechas relaciones comerciales con Estados Unidos y Europa.
En este contexto aparecen los deportes, rompiendo con una dinámica que se había perpetuado por centurias. Primero fueron el tenis y el golf y posteriormente el fútbol y el baloncesto, como práctica exclusiva de la élite de la capital del departamento de Antioquia.
Por eso cuando el rico comerciante antioqueño Guillermo Moreno trajo el primer balón de fútbol a Medellín, después de un viaje realizado al viejo continente, estaba lejos de imaginar que una lúdica rural cambiaría por una más citadina.
Allí estaba, aunque no lo presentían sus impulsores, el germen de una pasión para muchos y la profesión para otros: el fútbol.
El primer equipo fue el Sporting Foot-Ball Club, creado en 1912 por dos comerciantes suizos: Juan Heiniger y Jorge Herzig. Después surgió el Medellín Fútbol Club.
Los primeros hinchas eran simplemente curiosos de la novedad. Los familiares y amigos de los deportistas veían con asombro cómo la villa acogía una nueva expresión ciudadana, crecía una afición lejos de los moldes sociales y económicos de la época. Los clubes y los sindicatos, los patronos y los obreros, chutaban y gritaban por igual, o reían juntos con cualquier imprevisto que ocurriera en la Manga de los Belgas, lugar de los primeros juegos ubicado en lo que hoy es el Hospital San Vicente de Paul. Los obreros de las nacientes industrias jugaban con los hijos de la élite antioqueña. Muchos de ellos también lo jugaron en la cancha privada de Miraflores, del colegio San Ignacio, oriente de Medellín.
Década movida
De un momento a otro, el balón saltó la barda y fue a caer a la barriada. Los obreros, sin los implementos necesarios pero con mucha pasión, empezaron a pegarle a la pelota, siendo observados por sus amigos del barrio.
Afirma el periodista e historiador deportivo Carlos Emilio Serna Serna que las décadas de “los veinte a los treinta fueron de las más movidas del fútbol medellinense. Los partidos eran unos verdaderos carnavales en las pequeñas lomitas que servían de tribunas a los alentadores”.
Fue tanto el auge del fútbol que finalizando los veinte ya se había construido el primer estadio, se llamó Los Libertadores. Ubicado donde hoy está el barrio San Joaquín, fue inaugurado el 24 de febrero de 1929 con el partido entre Lima Associattion del Perú y el ABC Medellín, con la asistencia de casi ocho mil espectadores. El marcador final fue 9-0 a favor de los visitantes. Ese mismo año, el 26 de octubre, se fundó la Federación Antioqueña de Fútbol, rectora del balompié aficionado en el departamento, hoy Liga Antioqueña de Fútbol.
Se suman más simpatizantes
Medellín crecía a pasos agigantados. Pasaba de la villa a la ciudad que se asomaba al mundo con una elegancia recién llegada que apretaba el cuello y los pies. Los seguidores del fútbol también aumentaban. Ya no eran los curiosos que seguían al equipo del barrio o de las fábricas. Los intercambios interdepartamentales de selecciones vinieron con los hinchas que eran convocados a defender los colores blanco y verde del departamento. Ya los unía la pasión por la selección Antioquia.
Atlético Municipal y Medellín captan seguidores
El país futbolero se transformó con la aparición del fútbol profesional en 1948. Los oncenos de Medellín y Atlético Municipal, que dos años más tarde pasaría a llamarse Atlético Nacional, empezaron su senda por los estadios de Colombia.
De locales jugaban en el hipódromo San Fernando, donde hoy se encuentra la Central Mayorista, visitado por hinchas ávidos de ver un espectáculo mejor gracias a la llegada del profesionalismo. Familias enteras y grupos de amigos asistían a cada jornada dominical para ver el choque futbolero y apostar a los caballos.
Cinco años después, el 19 de marzo de 1953, sería inaugurado el estadio Atanasio Girardot, bautizado así en honor al prócer de la patria nacido en San Jerónimo y fallecido en Venezuela. La obra requirió varios años de lucha incesante. El terreno tuvo un costo de ochocientos mil pesos y su construcción costó más de quince millones de pesos. En ella participaron cientos de obreros y doscientos presos de la cárcel La Ladera.
El sector de Otrabanda fue el elegido para la llegada de este anhelo futbolero de miles de hinchas que seguían al equipo de sus afectos. Los procesos de industrialización de las tres primeras décadas del siglo XX y la naciente urbanización ameritaban un escenario deportivo de esta magnitud.
Comienza la fiesta
El primer partido que se jugó en el Atanasio fue un preliminar entre la selección Antioquia y las reservas del América de Cali. Rodrigo Ospina, de Antioquia, convirtió el primer gol. La jornada se completó con la primera fecha de un cuadrangular disputado entre Atlético Nacional, Deportivo Cali, Alianza Lima de Perú y Fluminense de Brasil. El primer gol profesional fue marcado por Jaime ‘Manco’ Gutiérrez, jugador del Atlético Nacional, al equipo Alianza Lima.
Cuentan que en esa ocasión se entregaron 1 500 entradas gratuitas para los jóvenes de los barrios más pobres de la ciudad. “Desde ese día hay revendedores de boletas”, comenta jocosamente Carlos Emilio Serna Serna en su libro 1929-1989. 60 años Fedefútbol Antioquia.
Pollo asado, gaseosa, arepas eran algunas de las viandas que consumían los asistentes al recién estrenado Atanasio Girardot. “Era una fiesta que se vivía en familia”, recuerda Rubén Darío Elejalde, hincha irreductible del Deportivo Independiente Medellín. “Mi padre Evodio me llevó a un partido contra el Tolima en 1960 y quedé maravillado con el juego”, dice Elejalde, habitante del barrio La Floresta de Medellín.
Ese ritual familiar del hincha rojo era muy similar al del rival de plaza. “Asistíamos entre amigos. No había peleas. Cuando terminaba un partido, incluso un clásico, nos sentábamos con los hinchas contrarios a tomarnos unos aguardientes en las carretillas que había en los alrededores del estadio”, cuenta el rionegrero Guillermo Otálvaro, hincha de Atlético Nacional.
Crece la hinchada
Los títulos del siglo pasado de Deportivo Independiente Medellín (1955 y 1957) y de Atlético Nacional (1954, 1973, 1976, 1981, 1991, 1994, 1999) hicieron crecer los seguidores de ambos bandos con unas características muy marcadas.
Gilberto Pulgarín, un acérrimo seguidor escarlata, creó la primera barra organizada de la región a principios de 1972. Poderosos del DIM se llamó el grupo de amigos que se dedicaron a alentar en la tribuna lateral Norte. “Ellos, al igual que nosotros, queríamos que el Medellín se quedara en nuestra ciudad, luego de su paso por Barrancabermeja el año anterior como Oro Negro”, evoca Rubén Elejalde, socio fundador de la barra Danza del Sol, el 11 de junio de 1972. “Nosotros siempre nos ubicamos en Popular Centro ahora llamada Oriental Baja y para el 2017 estaremos cumpliendo 45 años de seguir en cada jornada a nuestro DIM, somos la barra más antigua del fútbol en Medellín”, dice Elejalde, tecnólogo industrial del Politécnico Jaime Isaza Cadavid.
La Danza del Sol fue pionera en viajar a otras ciudades. “Vendíamos los tiquetes para acompañar al equipo. Recuerdo que el primer viaje fue a Pereira, empatamos 0-0. Fuimos a Cali, Ibagué, Manizales, Armenia, pero por problemas de orden público no lo volvimos a hacer desde hace ocho años”, cuenta Rubén.
En 1976 desapareció Poderosos del DIM y en los siguientes años emergerían otros grupos de seguidores. Escuadrón Rojo, Putería Roja, Kid Chance, Llave Roja, entre otras barras, fueron surgiendo para alentar al llamado Equipo del Pueblo.
Los seguidores verdes no se quedaron atrás. “Recuerdo que una de las primeras barras de Nacional fue la Academia Verde creada por Héctor Gómez, el popular Radiolo. Se hacían en la tribuna Oriental. Nosotros, con unos amigos del barrio Buenos Aires y compañeros de trabajo de Coltejer, fundamos la barra Comando Tribuna Verde y empezamos a alentar al equipo en Popular Centro”, afirma Guillermo Otálvaro, hincha verde desde 1976.
Después aparecieron otras barras como la Oswaldo Juan Zubeldía y Escándalo Verde, entre otras.
Las barras se asocian
Con la construcción de la tribuna Oriental para los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1978 y la ampliación de las tribunas Norte y Sur por recomendación de la Confederación Suramericana de Fútbol a principios de los noventa, el aforo del Atanasio Girardot se duplicó hasta llegar a los cerca de cincuenta mil aficionados.
Unido a ello, los triunfos internacionales del Atlético Nacional en la Copa Libertadores de América, la Merconorte y la Interamericana motivaron a que los aficionados, con el fin de obtener una boleta, se adscribieran o conformaran una barra. Con el auge, surgieron poco después las entidades responsables de ser el puente entre los equipos y los grupos de hinchas: Ubanal y Asobdim.
La Unión de Barras de Nacional surgió a finales de 1989 luego del título continental del cuadro verde, pero fue el 4 de diciembre de 1990 cuando obtuvo su personería jurídica. Cuarenta y cinco grupos de seguidores del cuadro verdolaga firmaron el acta de fundación de Ubanal.
Luego de la desaparición de unas y la aparición de otras, apoyadas por los programas impulsados desde la administración municipal, las doce barras y los casi mil seguidores que aglutina Ubanal quieren seguir aportando a la paz y la convivencia en el fútbol.
La Asociación de Barras del Deportivo Independiente Medellín, Asobdim, es la otra entidad que surgió para agrupar las barras rojas. Diecisiete delegados de barras compuestas por grupos familiares se reunieron un día de 1990 para concretar la idea y firmar la resolución 37413 que le daba vida jurídica a la entidad sin ánimo de lucro.
Ha pasado más de un cuarto de siglo y Asobdim y sus más de siete mil asociados contribuyen con una labor social importante en beneficio del hincha y del fútbol. “Hemos trabajado muy duro para que el hincha se sienta cómodo y respaldado en el estadio. De igual forma, que la boletería se le respete, lo mismo que su lugar en el Atanasio. También realizamos un torneo de niños en tres categorías que van desde los diez hasta los doce años y en el que hemos contado con casi 152 equipos inscritos. Además, tenemos un club deportivo que participa activamente en los campeonatos de la Liga Antioqueña con casi 230 niños beneficiados”, indica Jorge Hoyos, presidente de Asobdim.
¿Barras bravas?
Las primeras barras con influencias de culturas futboleras como la argentina o la europea fueron Putería Roja, creada en 1989, y Escándalo Verde, fundado dos años después. En ese tiempo las barras aún podían compartir la tribuna Oriental y los desmanes no pasaban a mayores.
En 1998 desertores de la Putería Roja y otros hinchas rojos crearon un movimiento para apoyar al DIM desde la tribuna Norte, el cual recibió el nombre de Rexixtenxia Norte. Un año antes, en el mes de noviembre, había nacido el contingente juvenil de Los del Sur. Varios adolescentes fanáticos del cuadro verdolaga, adscritos al Escándalo Verde, decidieron separarse y, en la urbanización Villa de Aburrá, crearon la nueva barra que empezó a animar al club Atlético Nacional en la tribuna Sur del Coloso de la 74.
Estas barras populares crecieron y, con una pasión desbordada, los hechos violentos empezaron a ser más comunes, especialmente en los clásicos. En poco tiempo las barras, denominadas bravas como en Argentina, se convertirían en un problema para la ciudad. Sin embargo, las políticas públicas y el interés de los líderes de las barras para contrarrestar esa violencia sirvieron para empezar a cambiar el rumbo con trabajo social organizado.
“Yo no las califico como barras bravas, pues tienen unas características diferentes a otras y están marcadas por nuestra idiosincrasia. Recordemos que en la época cruenta y violenta en Medellín por parte del narcotráfico el fútbol sirvió de bálsamo para la ciudad y le hizo una gambeta a la muerte”, asevera Gonzalo Medina Pérez, politólogo y profesor universitario especialista en el tema.
“Debemos aceptar que es una nueva generación de hinchas del fútbol, que lo ven con otros matices y de una manera distinta”, sentencia Guillermo Otálvaro, presidente de Ubanal.
Este rápido recorrido evidencia cómo el hincha de fútbol en Medellín pasó de la curiosidad por el juego al fanatismo juvenil que impulsa y da sentido a la vida de cientos de aficionados.
*Este texto hace parte del libro Jugando en casa. Historias de cancha, hazañas de tribuna, coeditado con la Subsecretaría de Ciudadanía Cultural de Medellín. Enero de 2017.










