"El 90% de los hombres son maricas" Historias de La Dayana

por JUANA Y GUILLERMINA • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 8 Diciembre de 2009

Nací en Medellín, en el barrio Belén y a los 9 años yo ya sabía que era homosexual. Por la casa había una travesti que se vestía de mujer total y en ese tiempo eso sí que era un escándalo. Pero yo la veía y me llamaba la atención. Cuando le preguntaba a mi mamá que quién era ella, me decía que era un hombre, una travesti, que cuidado.

Mi mamá lo que hacía era tratar de asustarme, pero yo ya sabía por donde iba yo. Con decirle que a mis 9 años ya me gustaba un señor que vivía debajo de mi casa, un inquilino. Porque lo que es a mí siempre me ha gustado el hombre viejo. A mí no me gustan los pelaos.

Desde esa época empecé a llevar el pelo largo y a depilarme las cejas. A los 12 años tenía el pelo casi en la cintura y el rector del colegio me dijo que me tenía que motilar y yo no quería. Entonces decidí contarle a mi familia. Fue muy duro para todos, aunque mi papá lo tomó más tranquilo y empezó fue a darme consejos: que cuidado con las enfermedades, que no me metiera con hombres casados.

Unos meses después me fui de la casa y empecé a trabajar en la calle, en el centro. Un día me ofrecieron trabajo en una peluquería pero me aburrí. Lo mío es la calle.

Entonces empecé a pararme en la esquina con las travestis y ellas me enseñaron hasta a maquillarme. De pronto venía alguien sin pinta de nada y me decían: “Mire, ese es un cliente. Vaya con él y cóbrele tanto” Todo se aprende, al fin y al cabo es la calle, ¿sí o no?

El hombre que busca a la travesti es el que quiere conocer ese escondido que nosotras guardamos. Puede ser cualquiera: el ejecutivo, el abogado, el médico, el profesor de esto o de aquello.

Cuando yo salí por primera vez a la calle era la época de Pablo y llegaban tipos con plata en camionetas, muy machos ellos. Y como en los sitios donde nos parábamos se conseguía vicio, ellos llegaban y nos decían “cómpreme tantas bichas, tantos bazucos y me acompaña a fumármelos”. Y claro, uno salía de vueltón con ellos y les armaba los bazucos y les hacía y les decía lo que ellos quisieran y nos daban 30, 50 pesos. Yo no me acuerdo ni qué les decíamos. Me imagino que es como si usted se quiere conseguir una novia o diez novias; como sea, a cada una le tiene que decir su bobada.

El cliente que nos busca no quiere aceptar que tiene su maricada. Y lo más raro, sean pelaos o mayores o ya viejos, y esa es es una cosa en la que no he podido hacerle mucho caso a mi papá, la mayoría son hombres casados. Ahora mismo estoy charlando con un viejo que es un cliente que tengo hace 20 años. Me conoció como de 17. Cuando estaba parada en la calle, él llegaba y se quedaba mirándome, y las otras maricas me decían: “mirá, llegó tu marido” y yo, cuál marido, yo pensaba que me iba a matar porque era de chaqueta negra y moto y todo eso, pero ya lleva 20 años viniendo y si estoy afuera me llama y si estoy adentro viene. Y cuando estaba en la cárcel me mandaba plata y eso que es casado y tiene tres hijos y un buen puesto y plata.

Yo me fui para Villavicencio en el 99 y allá los tombos tienen el vicio de pegarle a las travestis y las paisas no nos dejamos pegar. Nosotras peliamos y nos hacemos cortar o los cortamos a ellos, pero no nos dejamos pegar.

Yo bien nueva por allá, bien bisoña, me agarré con un tombo que me la montó. Me hizo varios tiros pero no me dio y yo no sé cómo alcancé a quebrarle una botella en la cabeza. Con el alboroto él sabía que ya no me podía hacer nada y entonces para desquitarse me montó la Ley 30. Estuve como 5 días encanada y me soltaron.

Yo me vine para Medellín y como a los cinco años me cogieron y me dijeron que me habían condenado como reo ausente por lo de Villavicencio. Me encanaron como seis meses en Bellavista.

No es que quiera repetir, pero para qué, yo allá pasé rico, porque me hice respetar y llegué como la marica que era y no me dejé de nada. Además allá me encontré con una cantidad de pillos y rateros del centro que me conocían y apenas ellos me vieron, no se imaginan el escándalo. De una me cogieron confianza y empecé a motilar a los hombres. Imagínense. Incluso iba a estudiar allá, pero el día que iba a empezar me llegó la libertad.

Cuando uno llega allá, la primera noche lo llevan donde los cuchos, que son los que mandan en el patio. Ellos ya saben por qué está uno allá. A mí me preguntaron que si tenía marido que me visitara y cuando les dije que no, me dieron tres condones que “por si hay derrumbe”. Siempre me respetaron. No me gritaban ni marica, ni loca, ni nada. Sólamente que “la polla esto”, que “la polla aquello”.

¿Allá? Allá todos quieren, sobre todo después de los domingos que hay visita de las mujeres y se ponen a beber y se emborrachan y ya se imaginan ustedes como amanecen. Entonces todos quieren charlar con uno y lo mandan llamar. Claro que allá hay mucha marica también, de esos pirobos, o sea maricas vestidas de hombre, aunque, claro, yo ¡divina!, yo era la marica del patio, encerrada con mil cien hombres y ustedes saben que donde están los hombres, las maricas reinamos. Finalmente, si se saben llevar las cosas, allá la pasa uno regio. Yo me eché mis canitas al aire y conseguí marido y todo porque allá no falta el que quiere y entonces pues uno también quiere.

Todo empezó charlando y el me llevaba tinto y cigarrillos y me vivía preguntando que qué me lavaba y cuando menos pensé, ya lo tenía encima.

El hombre amanecía conmigo y a las cuatro de la mañana el que cuidaba nos avisaba para que él se pasara y no nos vieran, porque es prohibido dormir en parejas. Él se pasaba para su cama y yo quedaba durmiendo divina como la princesa Diana. Es que así lo de dormir juntos esté prohibido en la cárcel, que los catres suenan de noche en Bellavista ¡avemaría! suenan toda la noche.

Definitivamente es que de 100 hombres, 90 son maricas. Mire, acá vienen clientes buscando un travesti y lo primero que quieren es chuparle la verga a uno y que después se las meta a ellos. Vienen porque quieren ser la mujer y les gusta medirse la ropa de uno y uno por plata, claro que se deja comprar, al fin y al cabo estamos es trabajando. Uno les dice: “claro mi amor, pero como usted me contrata como mujer y ahora quiere ser usted la mujer, entonces le tengo que cobrar más, porque yo hombre no soy”. Eso sí, yo los involucro y los volteo y les hago de todo para hacerlos botar rápido, porque ahí es donde uno muestra la experiencia de tantos años. Uno se los mete un poquito y ya. Entonces el hombre queda bien emocionado y uno le pide más plata para seguir dándole.

En una noche normal tengo 3, 4 clientes y los fines de semana 5, 6 y hasta 7, aunque a veces a uno lo contrata un cliente toda la noche. El sexo oral vale $10.000, eso sí con condón. La pieza vale $10.000, porque yo no trabajo en la calle; a no ser que sea en un carro que es más diferente, porque el hombre va andando y uno va pegado de esa cosa.

Cuando no quieren con condón, tienen que pagar $10.000 más, pero solo por la mamada. La penetración sí es siempre con condón. El cuadre mínimo con un cliente es por $35.000, que incluye chupada y que él me lo meta.

Yo he hecho y deshecho, y si me han pasado cosas es sobre todo por las demás maricas. Una noche a Vianey, que es una que está en Italia ahora, le pegaron unos tiros por una pelea familiar y yo me metí y me gané un changonazo. Me entraron esquirlas al colon y al pulmón y me tuvieron que operar. Luego en Villavicencio, unos hombres me pegaron como cinco puñaladas por culpa de una marica que se robó una cadena de electroplata y me cogieron a mí, la primera que vieron. A pesar de todo, yo ya sé cómo llevarme en la calle. Yo no soy como las novatas de ahora. Yo sé con qué hombres me meto y sé cómo hacerme respetar de los rateros, que son muy groseros.

Acá no ganan las más lindas ni las más tetonas. Acá ganan las más actuantes e involucradas. Yo me puse tetas hace poquito. Me las regaló mi hermana. Pero eso es la misma güevonada. Con tetas o sin tetas, los hombres que vienen acá lo que quieren es el miembro de uno.

Hay otros que piden de todo: que les orinen la cara, que les brinquen encima con tacones, que los vistan de mujer, que les desfilen, que les traigan más maricas. Son tan atrevidos los hombres que todos tienen esposa, novia, moza, y no descansan hasta que están con todas las maricas de la esquina y luego van más arriba y luego van a San Diego y a Lovaina y no descansan hasta que están con todas.

Mitos y certezas de un desconcierto

por GLORIA ESTRADA

Latina Stereo 40 de volumen Octubre de 2025

Willie Colón y su banda tras las rejas. Autor desconocido.

Testigos hay que aseguran haber visto, la noche del jueves 5 de octubre de 1985, a un tipo con una conga por la carrera 70, a eso de las once, cuando los alrededor de diez mil asistentes al fallido concierto de Willie Colón en el coliseo Iván de Bedout abandonaron el sitio derrotados y tristes: tras una pequeña inversión de dinero y una enorme cantidad de tiempo y esperanza tuvieron que irse sin ver ni escuchar al Gran Varón.

Se rumora también que en Barrio Antioquia vive un mecánico que tiene plastificada una partitura sonsacada en medio de los disturbios de esa noche. Dicen que no se le alcanza a leer nada de lo deteriorada que está. Podría ser cualquier cosa. Ni certeza ni garantías: el propietario cada tanto cambia su versión sobre el origen del papel.

También en Bello un hombre afirma tener en su poder la partitura de Oh que será. “En una bolsita”, declara alguien, como en secreto, que califica al contador de esta historia como poco confiable.

Tal vez sea verdad que un galeno de Medellín, un tipo serio, se haya robado esa noche, en el despelote, las partituras de Sin poderte hablar y Voló, esta última incluso con algunas correcciones en lápiz hechas presuntamente por el mismísimo Willie, pero todo se reduce a si le creemos o no a esta eminencia médica, pues imposible verlas, tocarlas, analizarlas: las perdió en un trasteo. ¡Vaya!

La que fue la primera visita de Willie Colón y su orquesta a Medellín, hace cuarenta años, está llena de especulaciones y mitos, datos por confirmar, historias que en el fondo lo que tratan es de hacer a cada uno de sus testigos dueño de una verdad, la que sea, aunque no lo sea.

Sobre las razones para la ausencia de Willie Colón, quien nunca llegó a subirse a la tarima en el coliseo, especulan algunos que en el Hotel Nutibara, adonde llegó a hospedarse, conoció a una bella señorita que también era huésped, se encerró con ella en una habitación y se le olvidó el compromiso. Se dijo también, algunos lo sostienen todavía, que se quedó en Bogotá en una fiesta con mafiosos, trago y coca. Sin embargo, si nos atenemos a lo publicado por la prensa regional y nacional, donde se registran las diferentes versiones, el cantante y los miembros de su orquesta llegaron a Medellín, sí, pero no a tiempo para presentarse al concierto convocado para las siete y media de la noche, sino dos horas después, cuando ya en el Iván de Bedout estaban a punto volar botellas de aguardiente por el aire. El retraso en el vuelo desde Bogotá al recién inaugurado José María Córdova fue el culpable: programado para el mediodía, el avión de SAM donde venían los músicos apenas vino a despegar a las 7:15 p. m.

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A las diez de la noche los asistentes al coliseo (unos diez mil promediando los reportes) que habían ido a ver al Malo del Bronx, “directamente desde Nueva York”, estaban todos exhaustos y desilusionados, y algunos, también, borrachos y trabados. La mayoría había llegado a las afueras del Iván de Bedout desde las cinco de la tarde y adentro llevaban casi tres horas de espera, de parcos anuncios en los que más que información se lanzaban engaños: “Ya casi, ya casi”. Ya habían pasado por el escenario un conjunto vallenato, al decir de algunos, contratado a última hora ahí en la 70, ve tú a saber, y unos bailarines de salsa. A los primeros los dejaron cantar tres o cinco temas y se bajaron en medio de la rechifla, a los segundos, unos afirman que los celebraron y trataron de imitar, otros dicen que produjeron más desespero. El público pedía salsa, pedía a Willie y su famosa Gitana. Así que desde las nueve de la noche lo que se escuchó por los amplificadores, unas torres de sonido gigantes, potentes y novedosas, fueron discos.

Poco a poco los gritos de “¡Queremos salsa!” fueron cambiando por los de “¡Ladrones! ¡Pícaros!”. Medios y asistentes coinciden al señalar las 10:10 p. m. como la hora llegada. En ese instante empezó el lanzamiento de botellas desde las tribunas y de sillas metálicas desde la pista. Todos los objetos apuntaban al escenario. En cuestión de segundos grupos de muchachos derribaron las portentosas torres de sonido y enseguida arremetieron contra instrumentos y partituras ya dispuestos en la tarima.

Darío Calderón estuvo allí. “A las ocho y media el animador nos pedía paciencia, que en 45 minutos llegaba. A las nueve y media salió a decir que ya venía y la gente empezó a gritar ¡ladrones!”, relata este contador público que para entonces tenía 40 años.

Para Ricardo Barrios, comunicador, todo fue el resultado de un “error lamentable del promotor y del representante. Ya había habido espectáculos en Medellín, se habían presentado el Gran Combo, Héctor Lavoe, eso en los ochenta era masivo, pero en este caso en particular no lo supieron manejar. El presentador no era claro, que ya viene, que ya viene…”. Barrios, que asistía al coliseo por primera vez a sus 25 años, recuerda que afuera también estaba muy caliente. La policía hizo disparos al aire con el objetivo de dispersar a la gente que salía.

“Los ánimos estaban muy exacerbados. En medio de la espera y cuando menos pensamos voló una garrafa de una de las tribunas… Tumbaron las torres de sonido, arrojaron sillas, había gente dañando los instrumentos en la tarima. Acabaron con el coliseo, el sonido quedó en el suelo”, así lo recuerda Juan Fernando Trujillo, quien tenía 15 años cuando acudió al concierto junto con su hermana.

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Aquel jueves, Willie Colón y sus estrellas llegaron al Hotel Nutibara a las nueve y media de la noche, muy cansados, según informaron después, se dieron un respiro, posiblemente una ducha —minutos valiosos en acicalamiento— y salieron. Eran las 10:20 p. m. cuando arribaron al coliseo, pero ni se bajaron del carro. “La policía lo enteró de lo que estaba pasando adentro y no le permitió entrar. Junto con sus músicos se devolvió para el hotel”, informó El Mundo el sábado 7 de septiembre. Una hora después, a las once y treinta, llegaron al hotel veinte uniformados, según El Tiempo, que detuvieron a Willie y sus trece acompañantes (en otros medios se habla de once, pero el diario bogotano enlista trece nombres) y se los llevaron para el F2 en Belén. La orden la dio el coronel Miguel Carrillo García, comandante de la policía metropolitana. Los cargos: incumplimiento y estafa.

Dieciocho horas estuvo detenido Willie Colón en Medellín en una celda con todos sus compañeros. De pie, incomunicados y sin alimento. Piedad Córdoba, subcontralora municipal, se apareció por allá y le impidieron llevarles pollos asados a los reclusos. “Nos trataron como criminales”, diría a su salida el cantante.

Entre las cinco y seis de la tarde del viernes 6 de septiembre el combo musical fue liberado y en cambio fueron detenidos dos empresarios de la firma Rumba Productions quienes supuestamente deberían responder por los daños ocasionados en el coliseo y ante los espectadores que pagaron sus boletas. Algunos de estos, al parecer, alcanzaron a recibir su reembolso. Willie canceló sus presentaciones en Cali y Barranquilla, previstas para ese fin de semana y voló de regreso a Nueva York, no sin antes dejar entrever que no volvería a Colombia. Su amarga experiencia en Medellín lo inspiraría a componer Especial #5, su versión sobre los hechos, dedicada al coronel Carrillo y lanzada al año siguiente en el álbum con el mismo nombre.

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Las fotos publicadas por los diarios los días 6 y 7 de septiembre de 1985 dan cuenta de los destrozos en el Iván de Bedout. “Los revoltosos dañaron 16 puertas, los vidrios de seis oficinas, 14 soportes del escenario, cinco baños, el tablado de la cancha de baloncesto, sillas e implementos de las oficinas que funcionan en el coliseo”, compendió El Tiempo. Según el diario que se lea, los daños se calcularon en tres o cinco millones de pesos solo en los equipos de sonido y otros tantos por la destrucción del lugar. Los heridos fueron seis, tal vez siete, es posible que ocho, entre ellos varios técnicos que intentaron proteger los equipos y recibieron el impacto de los objetos lanzados por la turba.

Por su parte, Willie Colón calculó las pérdidas por el deterioro de sus instrumentos en quince mil dólares. Mientras que su apoderado informó que los daños al piano se podían estimar en cuatro millones de pesos y que en aquel episodio se robaron una batería, dos tumbadoras, dos congas y un bombo grande.

La periodista de El Colombiano afirma que a la salida del coliseo, bordeando la medianoche, empezaba a llover, mientras la gente abandonaba el lugar “corriendo hacia los buses, alejándose de la sirena que anunciaba la llegada de los antimotines y las fuerzas del orden, alejándose del ruido de disparos al aire…”. Entre ellos quizás iba la sombra del tipo aquel que nadie sabe quién es ni dónde está, pero que muchos aseguran haber visto con una conga marcada con el nombre de Willie Colón debajo del brazo. O en la cabeza, quién sabe, para protegerse de las primeras gotas de lluvia.

por JORGE IVÁN AGUDELO // En un periodo que va de 1914 a 1925, Tomás Carrasquilla escribe, para el periódico El Espectador, dieciséis piezas breves, habitualmente emparentadas con la crónica, que tienen a Medellín como escenario y protagonista.

por JORGE IVÁN AGUDELO // Avanzando en su diario, Piglia sentencia: para leer hay que aprender a estar quieto. Y los protagonistas de la foto, que a su manera también leen, detenidos en 1962, en su infancia, se mueven, o, para ser más precisos, parecen moverse, expresar bellos desacomodos, gestos sin cálculo, contrarios a lo uniforme o a las poses.

por JORGE IVÁN AGUDELO // Veo la foto, y aunque sé que es Medellín, su plaza, una época lejana, lo que taladra, en azaroso contrapunto, es la sentencia de Juan Rulfo, su descripción de otro pueblo, de Luvina: “Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza”.

Colcha de recetas

por MARITZA SÁNCHEZ HERNÁNDEZ • Fotografías Archivo familiar

Número 143 Marzo de 2025

Estos dos relatos hacen parte de Colcha de recetas, publicación editada por La Bruja Riso y que se presentará el próximo 29 de marzo en su sede. Historias, saberes y trabajos del cuidado; una especie de conjuro para que no nos deshilachemos y nos habite la fuerza de quienes nos trajeron a este mundo.

La abuela Lola en la cocina, en Concordia.

Los pandeyucas de la abuelita Lola

El olor a pandeyuca era el despertador. Significaba que, aún sin salir el sol, la abuelita Lola ya estaba en pie preparando “los tragos”, que era lo que había que meterle al buche al inicio de cada jornada. El radio prendido en la cocina la acompañaba, mientras el resto de la familia se levantaba. Para la abuelita era impensable que por más niña o viejo que alguien fuera, empezara la jornada sin esos tragos, que en su casa incluían aguapanela o tinto con pandeyuca. Las más de buenas, como mi hermana Ana Sofía, tenían la fortuna de repetir, pero esos pandeyucas eran muy contados, porque no éramos poquitas las nietas y nietos (hasta trece) que pasábamos las vacaciones en esa casa, suficiente para toda la familia y visitantes, antes de piso de tabla y después de cerámica, ubicada en el barrio Hoyo Caliente de Concordia, a media cuadra del hospital, a cinco faldas de la plaza principal de ese pueblo cafetero en el que nació mi familia paterna. Más o menos a las nueve y media ya debíamos estar bañadas y listas porque la abuelita nos encomendaba la misión vital de llevar los desayunos de la tía Patricia, en la Alcaldía, y del tío Julio César, en la Cooperativa de Caficultores de Antioquia. Pocas veces esos portacomidas de peltre blanco con florecitas de colores y bordes negros llegaban intactos: el chocolate se chorreaba sobre la arepa con quesito y otras goteras podían resbalar hasta el compartimento del calentado (de frijoles, arroz, huevo revuelto, carne). No era con mala intención, éramos adolescentes torpes y la geografía de Concordia es falduda y resbaladiza por el rocío de la madrugada. Ni la tía Patricia ni el tío Julio nos regañaban, pero en algún momento de diciembre o de julio le ponían la queja a la abuelita y ella nos advertía, pero la revoltura volvía a repetirse.

La cosecha, abundancia y multiplicación de la comida en la casa de la abuelita empezaba en El Brechón o en El Morro, las fincas entre las que vivía, labraba y se movía el abuelito Félix. En la plaza del pueblo, él sostuvo por muchos años un toldo en el que vendía revuelto los domingos, como complemento del café que en tiempos de cosecha le compraban en la Cooperativa más temprano. En el toldo, según la época del año, se vendía kiliado lo que diera la tierra: plátanos, yucas, guineos, bananos, arracachas, zapotes, mangos, aguacates, limones, piñas, guamas, aguacates, guanábanas, carambolos, mandarinas, naranjas, estropajos y hasta quesitos traídos de Urrao. Con interés, seguro, pero también con ese amor infinito que le teníamos al abuelito, lo visitábamos para que nos enseñara a calcular el precio según gramos y kilos, a envolver en periódico y a despachar el revuelto. Al final de nuestra ayuda, floja y escasa, nos repartía la ración igualita para cada nieta y nieto: 50, 100, 200, 500 pesos. Muchas veces la abuelita nos mandaba por el revuelto para el almuerzo y nos entreteníamos entre los toldos o loleando en el supermercado El Cafetero, viendo —y a veces robando— credenciales y chocolatinas Ítalo en los almacenes, o mecatiando en la panadería La Mía. Tarde, y con la barriga medio llena, llegábamos por fin con el revuelto, y la abuelita, aunque no nos regañaba, nos decía con la mirada que si el sancocho o el sudao estaban retrasados era por culpa nuestra.

Esa casa, levantada a punta de los trabajos de modistería de la abuelita Lola y el trabajo en el campo del abuelito Félix, luego también por la suma de esfuerzos de los tíos, tías y papá cuando se hicieron mayores, era de la familia, pero también era la casa del pueblo: allí, antes de que abriera la primera sala de velación concordiana y fuera prohibido velar los muertos en las casas, se hacían los velorios de parientes cercanos y lejanos; llegaban familiares enfermos desde veredas distantes; se hacían las fiestas por bautizos, matrimonios, primeras comuniones, grados o aniversarios. Allí se rezaban las novenas navideñas al lado del pesebre sencillo y muy alumbrado que armaban el tío John Jairo y la abuelita Lola; y allí llegábamos nietas y nietos cada vez que empezaban las vacaciones de mitad y fin de año, también en Semana Santa. En esa acera, coronada por un curazao morado que daba flores todo el año, jugamos, peleamos, conseguimos novios prohibidos, lloramos, cantamos y nos dimos cuenta de que la vida no era eterna y se ponía más y más dura a medida que crecíamos y se morían la abuela Lola, mi mamá, el abuelo Félix, mi primo Felipe, la gente del alma.

En cada velorio, en cada fiesta, cuando fuimos niñas y adolescentes, la comida alcanzó para cuanta gente llegara y nunca se le negó ni un vaso de agua a ningún forastero. “Se me lo comen todo. La comida no se bota, eso es pecado”, nos insistía la abuelita Lola mientras escuchaba la misa por el radio y hacía oficios en la cocina o bajaba de descolgar la ropa seca y coger las cebollas de rama que tenía sembradas en una ponchera, en la terraza.

El recuerdo de los años alegres y andareguiados en Concordia y en la casa de la abuelita Lola me sabe a pandeyuca recién horneado con chocolate negro, caliente, batido a mano en una mañana con mucha neblina.

Pandeyucas con cinco ingredientes y sin afán*

Lo primero: el almidón. Se debe pelar la yuca cruda, rallar y colar con ayuda de un cedazo o paño. Es preciso sacar los pabilos —parte central fibrosa que se encuentra en el interior de algunos tubérculos— y distribuir con uniformidad la yuca rallada sobre un charol. Lo segundo, y para esto puede ser buena idea usar una escalera si es del caso, es ubicar el charol en el techo de la casa (el de mi abuelita Lola era de zinc). Si no se tiene acceso al techo ni a una escalera, no importa; es posible buscar para el secado del almidón un lugar fresco, seco y bien ventilado. Funciona hacerlo en terrazas, patios, balcones y ventanales. Es necesario voltear la yuca rallada cada cierto tiempo para buscar un secado uniforme. En este paso del proceso es necesario cuidar el charol de aves, gatos, perros u otras especies. El tiempo de secado de la yuca rallada varía según varios factores: la cantidad de yuca, que caiga un aguacero o que pasen gatos o pájaros que devuelvan todo el proceso hasta el primer paso, la temperatura del territorio, la paciencia. En un estimado muy general, este secado puede tardar entre ocho y veinticuatro horas. Si la textura aún es húmeda o pegajosa, se necesita más tiempo de secado. Se sabe que está lista cuando está bien seca y quebradiza.

Ya listo el almidón, el siguiente paso para llegar a los pandeyucas es mezclar una taza de almidón de yuca con dos de queso rallado —queso fresco campesino, cuajada, queso costeño o el que se prefiera y se consiga sin líos—. También se agrega panela raspada, un huevo y una pizca de polvo de hornear. Antes de amasar se puede precalentar el horno. La textura de la masa debe ser suave y sin grumos y para esto no es necesario amasar por largo tiempo. Con pequeñas porciones de la masa se forman bolitas que luego se pueden convertir en cilindros, en la letra C o en rosquillas pequeñas si se unen los extremos de los cilindros. Según cada horno, los pandeyucas se deben hornear por entre 15 y 25 minutos.

*Esta receta se originó en el relato y saberes de mi tía Olga Patricia Sánchez Vergara, hermana menor de mi padre, que vivió y cuidó de mi abuelita Lola, María Aurora Vergara, desde siempre y hasta el día de su muerte en el año 2008. Mi tía Patricia vive en la zona urbana de Concordia.

Sabores de El Silencio

Todo pasaba entre la cocina, el corredor y el lavadero. A esa triple frontera, que hasta entonces para mí había sido la vida contenta y sin preocupaciones, llegó Cagao, un trabajador de la hacienda El Orillo que, con gritos tristes y sin bajarse del caballo, avisó que mi abuelita Leonor se había muerto. Mamá, papá y el tío Toño estaban de pesca en el río Cartama. Rosa María, la esposa del tío Toño, cuidaba de mí mientras hacía oficio en El Silencio. A pocos metros de esa casa, en una chocita de tablas y paja, había nacido mi mamá 31 años antes. Con cinco años, vi a mi mamá partirse en pedacitos cuando esa misma noche, en medio de un aguacero afilado, llegó el ataúd con la abuelita muerta: un infarto fulminante se la llevó pocos días antes de cumplir los sesenta años. A mi hermana Ana, en Itagüí, le tocó escuchar la caída de la muerte y pedir ayuda. Como luego pasó con mamá, la abuelita Leonor murió por males del corazón muy, muy pronto.

El Silencio es mi raíz materna y el espacio-tiempo en donde aprendí lo más amable y terrible de la existencia: el juego y la dicha prolongada de las vacaciones; las angustias pasajeras o enquistadas de las disputas familiares más mezquinas o más inocuas; la fiesta navideña eufórica e irrepetible; el descubrimiento de amores y amistades que prometían ser para toda la vida; la crueldad y la cofradía que brotaban de un mar de aguardiente; la comitiva y el amor por la comida compartidos con primas y primos debajo de la sombra de un palo de mangos; el sonido atronador de la pólvora; la incomprensión de la enfermedad más atroz que cae sobre la gente más noble y buena; la barbarie con la que los paramilitares exterminaron la tranquilidad y a familias como la de doña Marta; el dolor que diluye y nubla para siempre la existencia cuando se muere la madre.

Rosa María era capaz de hacer mucho, de todo, en tiempo récord: despescuezar una gallina criada por ella misma, despresarla y alzar un sancocho en fogón de leña, lavar cantidades incompresibles de ropa con jabón azul y a mano, preparar un remedio para el guayabo o la picadura de un tábano, correr a la finca vecina a cocinarle a los ricos que la contrataban en temporada alta, volver para darnos el almuerzo, correr de nuevo a donde los patrones ricos, imaginar nuevas obras en la finca solo posibles con dinero imaginario, armar arepas a mano, coser vestidos de baño, mermar volumen al radio, contarnos historias de mi abuelita Leonor o de los tiempos de noviazgo con el tío Toño. Rosa podía con todo, nunca nos mandaba a nada y nos enseñaba algunas cosas de buena gana, como no interrumpir a las gallinas cuando dan señas de que van a poner el huevo, nunca arrancar las frutas de los árboles acalorados, pasar en cierta dirección el cuchillo para limpiar el pescado sin que las escamas vuelen en todas las direcciones y batir con mucha fuerza, con tenedor y sin descanso, las claras de huevos con azúcar para lograr un ponche muy esponjoso.

El recuerdo de los días de vacaciones en El Silencio me sabe a un transistor que sintoniza Radio Santa Bárbara en la mesa del corredor, y a unos huevos amarillitos revueltos en manteca de los cerdos criados por el tío Toño y Rosa María.

Chocolatinas caseras de tierra templada*

Lo primero, luego de cosechar el cacao y extraer sus granos frescos, es lavarlos muy bien y secarlos con un paño. Lo segundo es el secado del cacao con mucha paciencia, al sol, durante varios días y hasta que estén bien secos y crujientes. Este proceso puede tardar una o dos semanas, dependiendo del clima. El tostado es el tercer paso, ahí se calientan los granos sobre una callana o parrilla de hierro en las brasas del fogón de leña sin permitir que se quemen; el olor que se expande por la cocina, los corredores y cercanías es muy agradable en este punto. Lo cuarto es el descascarillado. Cuando los granos están fríos, se pueden frotar con las manos o con ayuda de un molino para retirarles la cáscara, pues esta no es comestible y puede afectar para mal el sabor de las chocolatinas. En el quinto paso se muele el cacao con ayuda de una máquina de moler bien limpia y seca; se puede pasar varias veces por el molino para lograr una pasta muy moldeable y uniforme a la que se le agrega panela raspada al gusto. También se le pueden integrar especias como canela. En estos últimos instantes, quizá por la cercanía al calor del fogón de leña y al manipularlo con manos, ya el cacao libera sus aceites y se hace moldeable. Según el gusto, es posible armar bolas, pastas o pastillas que se pueden almacenar en un lugar fresco para luego hacer chocolate de taza. Las que están en esta memoria familiar son unas chocolatinas recién hechas, naturales por completo, que comíamos en El Silencio de inmediato y con todo el gusto.

*Esta receta se originó en el relato y saberes de mi papá, Fernando Antonio Sánchez Vergara, quien presenció varias veces la cosecha del cacao en El Silencio (Támesis) y el modo en el que preparaban las chocolatinas entre mi abuelita Leonor (su suegra), mi tío Toño (su cuñado) y mi mamá, Lucía, su esposa. Mi papá, ahora que es pensionado, cocina con pereza pero muy rico.

Sentadas con ropa oscura se ven de izquierda a derecha la abuela Leonor y la tía Margarita. Adelante y de pie, mi mamá, Lucía. Más atrás, el abuelo Ramón y el tío Toño.

Gladis Rojas tenía seis años cuando llegó con su familia a Moravia. Una cuadra que se pagaría con la siembra de legumbre y la recolección en el basurero. El tren era el gran personaje del barrio. Pero de pronto se enteró de que no solo dejaba ropa usada, confites o galletas a su paso.