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Irreverencia en tiempos autoritarios

Irreverencia en tiempos autoritarios

A proposito del aniversario 33 del asesinato de León Zuleta

por FELIPE CARO ROMERO*


Exclusivo web Septiembre de 2026

*Instituto de Historia Marika de Bogotá

En uno de los textos que escribió antes de ser asesinado, Leon Zuleta se rehusaba a que se usará su nombre para bautizar algún proyecto político específico. Argumentaba que, como anarquista, no le interesaba el reconocimiento personal sino el avance de la lucha contra la opresión del pueblo trabajador. Por encima de su propio ego estaba el proyecto colectivo, un proyecto al que le dedicó toda su vida y finalmente lo llevaría a la muerte. 

Esta petición, una conclusión lógica del giro ácrata de Zuleta en su vida adulta, no fue (ni ha sido) tomada en cuenta por la plétora de proyectos políticos y artísticos que han usado su nombre supuestamente como homenaje pero desconociendo realmente la vida y las posturas políticas de Zuleta. Tristemente ese es actualmente el legado más grande de esta figura: el uso y abuso de su nombre. Pero si nos asomamos a leerle, a estudiar su obra y por sobre todo a seguir sus andares, nos topamos con alguien interesado en la transformación social absoluta, en la eliminación de todas las formas de opresión, en resumen: en la liberación social y sexual. Lejos de ser “el padre del activismo LGBTIQ”, Zuleta era un intelectual irreverente que se propuso entender y transformar su realidad, una realidad llena de prejuicios, violencia e ignorancia. En el aniversario 33 de su asesinato vale la pena recordar tres elementos de su vida que nos pueden servir para enfrentar el crecimiento del movimiento reaccionario en Colombia y el mundo. 

Por un lado su antiautoritarismo, algo que le acompañó toda su vida. Coloquialmente se dice que perteneció a la JUCO y que fue expulsado de allí. Aunque se repite que su orientación sexual fue la razón de ello, en sus propios textos Zuleta reconoce que fue su posición antiautoritaria que el rígido y vertical Partido Comunista Colombiano no condonaba lo que lo llevó a salir de allí. Y esta pulsión por desconocer la jerarquía lo enfrentó luego en los ochentas en Pasto con el obispado nariñense que también cansado de su irreverencia (y su orientación sexual) terminará por lograr su expulsión de la Universidad de Nariño a mediados de los ochenta. 

Por otro lado, es importante resaltar su vocación colectiva. Zuleta priorizó siempre el trabajo colectivo por sobre la alabanza individual. Esto lo vemos tanto en la forma como se desarrolló el MLHC, como en los objetivos políticos que se planteó. Lejos de buscar protagonismo como “fundador” a Zuleta le interesaba la construcción de un proyecto político amplio, democrático y de cobertura nacional. Esto lo vemos en los numerosos documentos de proyección política que escribió al respecto. A él no le interesaba “el movimiento LGBTIQ” sino la alianza entre oprimidxs contra las injusticias del mundo. Zuleta siempre priorizó el trabajo comunitario y la solidaridad, con el movimiento feminista, con el movimiento obrero, con el movimiento estudiantil. La primera marcha del orgullo de Bogotá de 1983 fue un ejemplo de ello, pues contó con apoyo de sindicatos, de feministas y terminó con un llamado a los jóvenes policías que escoltaron la movilización a sumarse a la lucha contra un sistema que también les oprimía. Hasta sus últimos días, trabajando en la Escuela Nacional Sindical de Medellín, Zuleta abogó por una alianza desde abajo contra lxs de arriba. 

Y por último, es importante rescatar su desconfianza con la institucionalidad. Zuleta tenía bastante claro que aunque un gobierno o el estado se presentará en algún momento como benefactor del cambio social, la verdadera transformación provendría de las personas y no de edictos o las urnas. Por eso mismo desconfió de la idea del matrimonio, pues temía que hiciera a los homosexuales y heterosexuales, en lugar de romper la tradición de los heterosexuales y hacerlos más homosexuales. Se rehusó a participar de la política electoral y de hecho insistió que era el estado una de las fuentes más grandes de violencia contra la disidencia sexual y de género, llegando a  denunciar su complicidad con las terapias de conversión que públicamente denunció desde 1980.  Sin su desaparición, la despenalización de 1981 no sería completa, argumentaba, pues se mantenían instituciones dedicadas a la eliminación de la disidencia sexual y de género. Y tristemente la violencia que vemos hoy en día es una muestra de lo correcto que estaba. 

Hoy nos encontramos frente a un panorama oscuro. El ascenso de la ultraderecha en el mundo ha significado el uso de la disidencia sexual y de género como chivo expiatorio de los males de las naciones. La ola fascistoide ha empezado a atacar las mínimas concesiones que se habían conquistado en los estados en materia de derechos sexuales, reproductivos, pero también sociales y políticos.  Frente a gobiernos autoritarios que usan el pánico moral como excusa para restringir libertades, más que nunca necesitamos regresar a figuras como la de Zuleta, no para crear un santo más, otro mártir, un símbolo vacío, un nombre insignificante en la plétora de hiperfraccionamiento político que caracteriza el panorama político progresista, sino como un ejemplo a leer y estudiar de lucha por la liberación. Leamos a Zuleta, estudiemos su vida, que allí encontraremos sin duda herramientas que nos permitan enfrentar estos tiempos oscuros y quizás, a la larga, construir un mundo mejor para todxs. 


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El derecho a la ciudad

El derecho a la ciudad

por LEÓN ZULETA


Número 3 Enero de 2009

Benhur León Zuleta Ruiz fue un escritor, poeta y ensayista que vivió a fondo su vida desde 1952 hasta que lo asesinaron en 1993. Desde antes de egresar como filósofo de la Universidad de Antioquia, se distinguió como defensor de derechos humanos y lanzó con generosidad (diríamos que febrilmente) montones de propuestas libertarias para la sexualidad y el ejercicio público y político, luchando por construir un mundo ético y estético.

UC publica una parte de este ensayo inédito, y para empezar transcribimos el revelador epígrafe de Alfredo de Musset con el que abre: “Esos vastos alambiques que llaman ciudades”.

Cada comunidad se merece la Ciudad que ha forjado en el despliegue de su espiritualidad. Cada Comunidad tiene la ciudad que se merece. Hoy por hoy, el cuadriculamiento urbano, la policialización y el panoptismo de las ciudades parece reflejar la angustia de inseguridad de mentalidades comunitarias, grupales e individuales acorazadas y militarizadas que restringen el disfrute de su ciudad tanto como sus mismos derechos civiles e individuales. Un falso civismo se ha depositado en la cultura moral urbana, pues el fervor cívico si se hace elitista es para proteger intereses de gremios privilegiados. Es falso el vigor cívico que deviene en parroquialismo, en localismo provinciano sectario, como ha ocurrido en las rivalidades metropolitanas regionalistas de las capitales departamentales colombianas.

Pobladores cultivados en el buen sentido del Gusto del Espacio Urbano con seguridad se preocuparán de construir para sí una bella villa en la cual poder instalar la expansión de esos espíritus creadores. Y es muy cierto, también, que una población abandonada es señal de cuervos, de despreocupación y vaciamiento, elogio de la Agonía y de la Muerte aleve, miseria de culturas decadentes y Pereza Absoluta de sus habitantes sin alma.

Porque ser Habitante Urbano es saberse dador de sentido y dueño de la realidad citadina en la que se vive en la vigilia y en el sueño. De cierta manera, la ciudad existe por uno, pues es uno quien la define, la diseña y la construye; es uno quien la desanda, al enmarca, la cultiva, la sueña y la narra en el poema y el dibujo. Si se quiere, uno es quien hace de ella un desierto o un Oasis, un Paraíso o una Cárcel o un Hospital o un Necrocomio, cuando no un contaminado Cuartel.

La Ciudad como Oásis nos permite soñar y crear el Espacio para la Arquitectura Visual y Literaria desde la cual desplegar la condición humana histórica: Escena que apasiona la Mirada y donde el Alma se enamora del Todo y de la Nada. Esquina en la superficie de un Planeta amenazado de Ecocidio, en la cual algún antepasado fantasmal nos juegue una humorada.

La Ciudad es documento e historia monumental viva en cuya Arquitectura la lúdica es potencia de la libertad y del amor. Casas coloniales y republicanas, callejuelas y perspectivas, aceras con aleros y casonas de corredores, ensoñadores escondites en los parques y jardines umbrosos, soledosa plaza en donde el Sol nos juega a la Sombra-que-danza cuando los cuerpos se tienden airados y dispersos sin penurias de tiempo y el pulmón satisfecho permite la risa, el silencio y la palabra, la canción y la música. Dicha de niñas convidadas a la musitación. Encuentro de muchachos a la gloria del partido de fútbol. Jóvenes beodos haciendo serenatas a las enamoradas (así sean siempre las novias o las madres) y tercos obrerospadres con sus bultos al hombro llenos de sorpresas que escapan al terror de la inflación. Mujeres satisfechas elogian los nuevos protagonismos de las Urbes: el trabajo, el gozo, la maternidad y el amor…

El derecho a la calle 

La referencia a la calle nos viene desde un extraño fantasma de nuestros mundos infantiles, como un territorio de los varones adultos al cual accedimos de la mano cuidadora de los padres, literalmente colgados de sus brazos o agarrados a su pulgar cual presagio de una herencia masculina.

Más adelante, el ensueño se tornó real y el mundo maravilloso de la calle se nos convirtió en martirio cotidiano; siendo necesaria para todos y cada uno de nuestros actos cotidianos, devenía así en el escenario de la historia, de la compleja trama de las acciones humanas pues la Calle y el Centro articulaban Poder y Economía del Consumo; el centro urbano, tan distinto de los barrios y de las calles de la periferia y el “suburbio” que eran como una prolongación de la vida hogareña, espacio de vida cotidiana y de juegos a falta de canchas y unidades deportivas. Era también el vecindario reconocido y no el anonimato de la masa no molecularizada.

Porque nos parece o se nos antoja decir que no se trata del derecho a la Calle del Vecindario con sus caras y hechos conocidos, a los gestos y trayectoria memorizadas por los órganos de la vida, sino a la Calle, aquel lugar donde figuramos anónimos y masificados en el apelativo de HOMBRES DE LA CALLE, siendo por su origen y resonancia un Territorio masculino, como quien dice unidad de Anonimato y Masculinidad y coherencia de lo que llega a ser “masa”.

La Calle es el territorio capaz de desubjetivizar a todo individuo y colocarlo en el campo reaccional del inconsciente colectivo. Pero así como despoja de consciencia individual de sí también potencia una suerte de revivificación al poner a cada uno de presente ante lo fáctico y lo fatídico de la cotidianidad.

En la calle hay que saber moverse, actuar. Es un duro aprendizaje como el terror agónico ante lo inusitado. De niños creíamos que era un espacio encantado por el temor, el riesgo y la prohibición. Sólo los varones adultos podrían acaso disfrutarlo sin desmerecer en su integridad. Bien cierto era que los niños (de entonces) pertenecíamos al mundo vecinal femenino y materno en una conveniente cercanía de los universos domésticos no públicos. Un ritual de la iniciación moderna a la adolescencia es el acceso a “El Público”, el ingreso a la calle en la asunción de un lenguaje plural (corporal, gestual, visual, oral, auditivo, orgánico) que son las costumbres y los actos del Hombre Adulto.

Juega hoy la calle el papel de un escenario ritual para el crecimiento y la estratificación psicocultural individual y masivo. En ella se desenvuelve el dramatismo más riguroso de la vida política y de los deslizamientos ideológicos; anverso cultural del hogar y de lo femenino, en cierto modo, reino del Falo y la Acción. La razón está allí, por supuesto, escindida. Porque la calle potencia una cierta irracionalidad ociosa: no es lugar de ciencias ni de Artes ni está domesticada la producción sino un consumismo del tiempo, el espacio, los objetos y los cuerpos.

(…)

La Calle Poder es el lugar de encuentro, de hallazgos, de invenciones sutiles. Dirías que la consciencia social anda por allí colgada o agazapada en sus vericuetos. Allí, el vendedor de prensa clandestina (política, pornográfica, disidente) y su correspondiente policía militar o de civil, religioso o moral, para ratificar la vigencia del delito. También la comunicación legal y de moda, la mujer maravilla y supermán, el hombre araña y el fantasma, las páginas rojas, las rosadas y las amarillas, la oficial y la oficiosa información adocenadas unas y liberadoras otras, también la pornocultura de masas, los manuales de rendimiento y reparación de las moléculas gastadas. Con todo, tedio, guerrilla y fútbol.

En la organización y la planeación urbana se disputa el poder de la calle. La guerrilla urbana como guerrilla interior se juega su cuota de aseveración del poder.

(…)

Pero día a día, se me antoja, deben existir nuevas formas de reapropiación de la calle por los poetas, los niños, los jóvenes y las mujeres: Toma Lúdica y Erótica de las Calles Astrales, para construir allí donde se hizo un Metro un Tobogán, allí donde se encerró el amor y la libertad por miedo al riesgo abrir una Casa de Juegos, y en donde se clausuró la vida para conservar la presumida Razón y la Utilidad, inaugurar los Parques del Amor y las Plazoletas de la Libertad. Entonces podríamos creer en la utopía de convertir Cada Ciudad en una Fiesta.


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Las hay, las hay

Las hay, las hay

por LAURA ALMANZA


Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Siempre había querido ir donde un brujo de volante. De esos que prometen, por una módica suma de treinta mil pesos, acabar con el sufrimiento. En realidad era más una curiosidad morbosa que un deseo de bienestar. La idea de recuperar un amor, tener suerte en el chance, o en general acabar con cualquier tipo de amargura no me desvive. Mal influenciada por mis últimas lecturas de Séneca, y encima dieciocho años de educación católica, considero que el dolor hay que sentirlo, pues solo se forja el carácter experimentando las dificultades de la vida. “El fuego prueba el oro; la adversidad, a los valientes”.

En todo caso, lo que yo quería era conocer uno de esos brujos. Cada que pasaba por Junín con La Playa, buscaba un volantero con esos papelitos de colores y los coleccionaba en un cajón de mi escritorio, esperando algún momento de ociosidad para ir a buscar lo que no se me había perdido.

Como no encontraba ninguna excusa para desbocar mi curiosidad brujesca, me inventé una: prometí escribir una historia y pedí la cita.

Dada la concepción negativa sobre la palabra brujería y sus variantes, en todos los papelitos publicitarios estos personajes se nombran más amablemente como videntes, espiritistas o mentalistas. Era el caso de la especialista que me llamó la atención, una tal Sandra Luz, la cual garantizaba que yo no tendría que decirle a qué iba porque ella misma me lo iba a decir.

—Buenas tardes, quisiera separar una consulta.

—Buenas tardes, claro. Para mañana de una a cinco p. m. ¿A qué horas te queda fácil?

—A las dos está bien.

—Deme su nombre por favor.

Titubeé. Si ella no daba su verdadero nombre, ¿por qué yo habría de hacerlo?

—Juanita Ospina.

La oficina de Sandra Luz queda en el tercer piso de un edificio sobre la Avenida Oriental, entre consultorios odontológicos. No llegué puntual pero tampoco afanada. Me recibió un Buda de un metro de alto bañado en bronce, con los brazos levantados, una bata de color rosado metálico y un letrero a sus pies que decía: “Done lo que desee al Buda y sóbale la barriga y pide 3 deseos”.

Toqué el timbre y una mujer se asomó desde la habitación del fondo.

—¿Tienes cita?

—Sí, señora.

—Pasa y espérame cinco minutos que estoy terminando una videollamada.

Me senté en la salita de espera tratando de memorizar el montón de cachivaches esotéricos regados por el consultorio. Una vitrina llena de tarritos de Quereme, una Mano de los Misterios tamaño gigante de color rosa pastel, un cuadro de las pirámides de Guiza flotando en un cielo estrellado.

—Sigue, por favor.

Nos sentamos frente a frente.

—¿Alguien te recomienda?

—No, fue por un volante.

—¿Te vas a hacer lectura de tarot o lectura de cartas? El tarot vale ochenta y las cartas valen treinta.

A diferencia de la sala de espera, el cuarto era estrecho y no tenía mayor cosa. Apenas si cabíamos el escritorio, Sandra Luz y yo. Nada de inciensos, vestuarios aparatosos o bolas de cristal. La bruja era una cuarentona de camisilla blanca, cabello negro queratinado y mirada profunda con pestañas postizas. Los viáticos decidieron la lectura de cartas.

—Bueno, acá veo una separación…, una persona muy importante en tu vida que se aleja. ¿Es tu pareja?

—Era.

Ah, con que así es que ofrecen los amarres…

—¿Y sabías que hay otra persona? Porque bueno, aquí veo otra energía muy negativa. Es de alguien que te quiere hacer daño. No quiere que vos estés bien y te está haciendo todo tipo de cosas para que empieces a meter la pata. O sea, tú quieres tomar decisiones, pero muchas veces esas decisiones que tomas son malas decisiones… ¿Cierto?

(De eso sí no había ninguna duda).

—Esa energía no te deja avanzar. No te deja llegar al punto donde tú quieres estar. Tú quieres felicidad, quieres paz y tranquilidad, pero muchas veces hay personas que no te la van a dar. Tienes que analizarlo muy bien.

Sandra Luz no dejaba de mirarme. Escaneaba cada uno de mis gestos con una atención milimétrica. ¿Se percataría de que también yo la estaba analizando a ella? ¿Se lo advertiría alguna fuerza mística?

—Eh, yo realmente es que vine porque más allá de lo sentimental, tengo un proyecto creativo que no está funcionando muy bien.

—¿Pero ese proyecto creativo tiene de pronto algo que ver con la parte sentimental?

—Pueees… Yo tengo puesto ahí mi corazón, sí. Y la verdad siento que hay algo que no lo deja prosperar.

—Sácame tres cartas…

La bulla de la Oriental se sentía encima.

—Sí. Te está haciendo brujería —me dijo con total seguridad.

Las cartas le respondían como en voz alta. Para mí, en cambio, una ignorante de los símbolos arcanos, un corazón atravesado por tres espadas podría significar un problema cardiovascular.

—¿Por qué? No sé. Porque siento que esa persona no se beneficiaría en nada si te va mal a ti. La parte económica va a salir muy bien, hay un hombre en este momento que va a voltear todo y los va a poner a funcionar. No sé si viene a inyectar dinero, no sé qué es porque no sé qué tipo de proyecto tienes.

—¿Y entonces qué hago?

—A mí no me gusta meterme en el rancho de la gente, pero estabilízate. Lo que yo te recomiendo es limpiarte. Esta persona sí se está moviendo muy feo…, yo no sé qué beneficio le trae. Porque si fuera que te va mal a ti y queda con algo, pero aquí se ve que no va a quedar con nada. Esta persona te está haciendo eso gratuitamente. ¿Has tenido algún problema con alguien?

—Eh, no que yo recuerde.

—Tú eres muy inteligente, entonces eso es. Esa persona quiere el conocimiento que tú tienes, pero no lo va a obtener así. Porque no va a obtener ningún tipo de beneficio de ninguna clase con eso que te está haciendo.

—Qué vaina.

—Si tú no te haces una limpieza en este momento no quiere decir que no vas a progresar. ¿Qué es lo que pasa? Que vas a sentir siempre una piedra en el zapato. Todo lo que consigas va a ser con dificultad y no se trata de eso. Sea conmigo o con otra persona, trata de hacerte una limpieza y una cauterización para que no te entren más de estos trabajos negativos. Ya tú me dirás.

—No, pues, yo creo que tengo que pensar primero en todo esto.

—Claro. Ya tú me dices, tienes el número mío. Yo no cobro el trabajo, el trabajo es lo que usted me quiera dar. El material para eso vale ochocientos. Ya tú me dirás.

Después de pagar los treinta mil de la consulta que duró quince minutos, salí de la oficina de Sandra Luz haciendo cuentas emocionales. Todo lo que supuestamente dijeron las cartas bien podría ser una lectura genérica, pero ¿y si no? ¿Y si de verdad alguien me estaba haciendo la maldad? ¿Qué habría hecho yo para que alguien se pusiera en esas? Yo no creo en las brujas, pero…

Me dañaste, ome, Sandra Luz. Hubiera seguido tranquila tomando malas decisiones y con una piedra en el zapato, pero tranquila al fin y al cabo.

Esa tarde voltié por todo el Centro. En plena hora pico me monté a un bus y alcancé puesto en la esquina de la última fila. Contesté una llamada, cosa que no suelo hacer cuando estoy en la calle, y por casualidad, mencioné mi consulta con la “vidente esa”. Colgué, saqué los audífonos con toda la intención de soportar los tacos de hora pico en Medellín, puse una canción de The Frozen Autumn que tengo pegada. Estaba ya perdida en el sonido de los sintetizadores, cuando sentí que la pelada que estaba sentada a mi lado me tocó el brazo.

—Es que tengo que decirle algo.

Pausé la música, me quité los audífonos y la miré.

—Claro, dígame.

—No vuelva donde esa vidente.

—¿Cómo?

—Es que escuché de lo que estaba hablando y tiene que saber lo que me pasó a mí, porque esas personas lo único que hacen es aprovecharse.

La muchacha no tendría ni treinta años. Llevaba el cabello recogido en una trenza y vestía pantalón de lino negro con camisa blanca, como recién salida de la oficina. Resultó que había consultado a un brujo cualquiera en un momento de crisis, y entre limpiezas, escudos de protección y promesas de buena suerte, se le fueron más de dos millones de pesos.

—Y eso no es todo. Porque ese brujo algo sabía, aunque fuera un aprovechado… La mayoría son estafas, porque he visto cómo las hacen. Atienden las consultas por llamada, ponen voz de viejito y todo pa que les crean, les inventan cualquier remedio, cualquier cura, les cobran un montón de plata y ni una oración les hacen. Yo tengo un vecino que hace eso, y ese man no sabe nada de magia, es más, ¡no sabe nada de nada! Ni habrá terminado el bachillerato… Y yo no lo puedo denunciar porque a esos estafadores los cuidan los combos.

—Ah, cómo así…

—Vea, mientras uno viva va a tener problemas, y si uno no los resuelve cuando le toca, igual va a tener que hacerlo después.

Habiendo dado su mensaje de advertencia, miró de nuevo al frente y no dijo nada más el resto del trayecto. Me puse de nuevo los audífonos y cerré los ojos. Menos mal no creo mucho en nada, pero si esto no era un mensaje del destino, no sé qué más podría serlo. Además solo tuve que pagar tres mil ochocientos pesos del pasaje.


La suerte está echada


Se asegura que las distinciones entre ritos espirituales y mañas ilusionistas son notorias. En la ciudad están desperdigadas fórmulas mágicas para curar enfermedades, recuperar al ser amado o dejar de sufrir. Pero de la veracidad de los milagros solo pueden hablar aquellos que con fe han acudido a buscarlos.
Estamos cansados de soluciones, queremos promesas.


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Las ínsulas extrañas

Las ínsulas extrañas

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ


Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Adaptación de la obra Virgilio leyendo la Eneida a Augusto y Octavia (1787), del artista Jean-Joseph Taillasson.

Mientras Ricardo y yo distraemos la espera de la comida, se arrima un amigo suyo, Saúl, un cincuentón, calvo y locuaz, en cuya parla tintinea su oficio. Intento ponerme a tono con él y acudo a la libre asociación.

—¿Lacaniano? —le pregunto.

—Claro —dice enfático—, hoy no se puede ser de otra manera.

Me sabía algunas anécdotas de sicólogos, pero Saúl no le dio importancia a ninguno de mis apuntes, lo cual, presumo, es frecuente entre gente que adopta ese papel distante junto al diván. A propósito, reveló que en sus terapias les ponía más cuidado a las expresiones no verbales. Habló del caso de una paciente de Freud. Cuando el vienés le preguntó qué tal andaba su vida conyugal. “Bien, muy bien”, contestó la dama, mientras el doctor veía que ella se quitaba y se ponía varias veces la argolla matrimonial.  “Pero veo que usted se está descasando”, le señaló Sigmund.

Y Saúl habló más sobre el silencio.

—Uno contempla la mirada de un esquizo y es tan enigmática y tan terrible como la de ese Ángel de lo Extraño que se le aparece a un ciudadano incrédulo y racional, mientras lee su periódico, en un cuento de Edgar Allan Poe.

La referencia dio pie para que Saúl hablara de su afición por los incidentes inexplicables.

Había visto una escena grabada con el celular por el inquilino de un conjunto residencial. Los habitantes de esa unidad insistían en la rareza de un columpio que se movía solo y con harto impulso. En el video apareció, meciéndose, en imagen borrosa, la pelaíta que había muerto un año antes en ese lugar.

Después, Saúl también dijo haber visto un video de un cadáver tomado por la policía durante un levantamiento. En él se observaba una especie de espiral ondulante que exhalaba el cuerpo del recién fallecido.

—Son entidades —apostilló, con mucha propiedad.

Me pareció gracioso que un sicoanalista hablara de esas escenas en términos tan peregrinos, y bien serio. Tenía repertorio. Y contó la historia de un ruso al que encierran en un hospital mental porque asegura que antes él andaba en Siberia, cuando los alienígenas lo abdujeron, y no recuerda cuándo lo descargaron en Moscú. El tipo dice que es fotógrafo y muestra unos negativos que ha tomado de una nave con forma de campana. Nadie le creyó el cuento, pero más tarde tampoco pudieron explicar cómo hizo para desaparecer del encierro en el manicomio.

Ricardo también sonrió escéptico, pero por la demora del pedido. Hacía rato que habíamos ordenado un pollo a la naranja y un sánduche de rosbif.

—¿Querés comer algo? —le preguntó al amigo sicólogo.

—¿Qué me recomiendas?

—Hay unas julianas de pollo muy buenas, si es que las traen…

—¿Qué son julianas?

—¡No me digás que no sabés!

Ricardo le explicó con gestos cómo eran esas cintas de carne aviar doradas en el wok.

—Está bien, me apunto a unas julianas. Ah, y otra botella de vino.

—¿De cuál vino? —pregunté.

—No es nada del otro mundo —comentó Ricardo—, debe ser de la chaza.

—No importa —concluyó el analista—, aquí nadie es enólogo.

Luego se despachó contra algunos de sus colegas de oficio. Describió pugnas de índole teórica, y otras que degeneraban en riñas afines a cualquier gremio, intrigas de envidia y celos profesionales.

Mientras tanto, Saúl libaba largos tragos, cómo se veía que quería darle gusto a su libido esa noche.

—En mi época de prestigio, cuando tenía un nombre en esta ciudad, atendía hasta treinta pacientes al día. Parece que la terapia daba sus frutos, de lado y lado, y como mi fama se regaba, les desaté una envidia tal que me hicieron la guerra, me tildaron de farsante. Hasta tuve un colega que iba con el pretexto de saludarme, pero con la intención disimulada de saber cuántos pacientes tenían cita y sumar lo que él no podría ganar jamás.

Harto de esta inquina, Saúl volvió de terapeuta al manicomio de Sibaté. Le tenía cariño a ese lugar donde había hecho sus prácticas profesionales. Y recordó entonces que encaró a un paranoico que, en medio de un ataque de terror compulsivo, le arrancó de un zarpazo la oreja a otro paciente.

—Tuvimos que llevar al mutilado al pueblo, con su oreja en hielo, para que se la pegaran.

En ese momento llegó la mesera con el pedido. Saúl, analista o alienista, según se lo mire, iba a atacar sus julianas de pollo. Se las merecía. Y era posible que al comer, por fin callara.

Falsa alarma. Saúl tenía otra carga lista.

Nos dijo que en el edificio donde queda su consultorio se sentían malas energías.

—¿No serían las envidias de tus colegas?

—No, eran otras, más raras. Se oían ruidos, gritos, voces. Hubo que contratar a una síquica y ella constató la presencia de un inquilino invisible. La mujer me pidió que guiara a esa buena alma hasta la salida. Le susurré una oración sufí, luego le rogué que por favor nos dejara en paz, ya que éramos gentecita del montón, pero buena, aunque atormentada por nuestras neurosis. Aléjate de aquí, busca la luz. Y a aquella cosa, lo que fuera, no le quedaron ganas de volver.

Saúl pidió otra botella del vino tinto, y entonces aproveché para meter baza.

—¿Sabía usted que Ricardo tiene el don de la profecía?

—No lo sabía.

—Sí. Lee las suertes virgilianas.

Y era cierto que practicaba hacía rato ese oráculo medieval que según Borges se hacía con la Eneida, pero que ahora él ejercita con cualquier libro.

—Lástima que no tengamos un libro a mano —se lamentó Saúl.

—Yo tengo uno —dije, y saqué de la mochila a Naomi, una novela de Junichiro Tanizaki que me tenía encantado.

—Haga una pregunta cualquiera —le pidió Ricardo.

—¿Tengo que decirla?

—No es necesario.

—Está bien, ya la tengo.

—Piénsela ahora.

Ricardo agarró el libro con ambas manos y ademán de taumaturgo: ya no es el libro de un romance japonés que yo guardaba para leer en tiempos de espera sino un oráculo. Ceremonioso, cariacontecido, como si estuviera de verdad en conexión con las sibilas para que el azar obre con seriedad, repasó las hojas del volumen como una baraja hasta detenerse con gesto terminante en algún lugar de la novela.

El texto que señaló el oráculo habla de un amante que le chupa los dedos de los pies a la protagonista de la novela, la bella y pálida Naomi.

—¿Coincide con algo la respuesta? —le preguntó Ricardo a su amigo.

—No exactamente, aunque habla de algo.

Saúl vacilaba, temeroso o quizás pudoroso. Acaso la penumbra de esa terraza del café evitó delatar el rubor de su rostro. De pronto soltó su confesión.

—Es que yo también le chupaba los dedos de los pies a una mujer.

—¿Es la mujer de la pregunta?

—Sí —confesó Saúl al fin.

—¿Entonces por qué dijo antes que no tiene nada que ver? —replicó el agorero—, si el oráculo no miente.

Ricardo parecía contrariado por la suficiencia del doctor de almas que no quería reconocer el acierto de la respuesta. Y me da risa lo serio que se toma este juego de adivinos. Los dejé un momento para ir al baño y de regreso Ricardo me confirmó que el resto de la página de Tanizaki responde por completo la pregunta que le hizo el psicólogo.

—Quería saber si volvería a ver a esa mujer.

—La va a ver de nuevo —le confirmó Ricardo.

—¿Para chuparle los dedos otra vez? —insistía.

—Sí, claro. Eso fue lo que usted le preguntó, ¿o no?

Ricardo podría abrir su consultorio y dejar fuera de la competencia a síquicos, freudianos o lacanianos, pero lo hace para divertirse. Después de que le confirman sus presagios, días o meses más tarde, él les responde risueño que solo fue un médium, que él no cree en eso, ni cobra, y que además es ateo.

—¿Pedimos la cuenta? —pregunté.

—Está bien —dijo Saúl, antes analista y ahora consultante, como Edipo, del oráculo, y aclaró algo al final—: ¡Cuentas separadas, por favor!


La suerte está echada


Se asegura que las distinciones entre ritos espirituales y mañas ilusionistas son notorias. En la ciudad están desperdigadas fórmulas mágicas para curar enfermedades, recuperar al ser amado o dejar de sufrir. Pero de la veracidad de los milagros solo pueden hablar aquellos que con fe han acudido a buscarlos.
Estamos cansados de soluciones, queremos promesas.



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Médico José Gregorio, cuídanos

Médico José Gregorio, cuídanos

por TOMÁS SHKLOVSKI


Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Fotografía de la serie Visitas y apariciones (1994), del artista Alfonso Suárez.

Es el 29 de junio de 1919 en Caracas. El sol del verano ilumina las avenidas con esa luz filosa de las dos de la tarde, la gente debe poner la mano a modo de visera para ver a la distancia. Por el Ávila se descuelga un lejano aroma del mar de La Guaira que flota entre los árboles. Hace un calor seco. En la esquina Amador, cerca de la parroquia La Pastora, suenan las llantas chirriantes de un carro que maneja Fernando Bustamante, de 28 años. Se escucha un grito primero, luego un golpe húmedo. Unos segundos de silencio espeso y apretado. El mundo se paraliza por un instante, igual que las nubes, las aves, los animales, también los espíritus. El carro frena en seco, pero no alcanza a detenerse a tiempo. Un cuerpo tendido en la calle a varios metros sin el sombrero que siempre lleva puesto. Un día antes, el 28 de junio, se firma el tratado de Versalles que pone fin a la Gran Guerra entre el Imperio Alemán y los países aliados. Dicen, sus más fervientes devotos, que el hombre que yace acostado con una fractura mortal en el cráneo pidió al cielo por el fin de la guerra y que días antes había alzado oraciones a Dios para que ayudara en ese propósito.

El cuerpo pertenece a José Gregorio Hernández, el médico de los pobres. Famoso por su trabajo científico, su fiereza en la fe católica y su capacidad de curación, casi mágica, con los enfermos, sobre todo los más desposeídos. El periódico El Universal, de Caracas, titula: “Duelo de la Patria y de la Ciencia”. Desde ese momento empieza a desarrollarse la idea de su beatificación. Es un santo, vivió como uno, entonces debe santificarse. Su muerte causa un revuelo inusitado. La multitud se aglomera en la Universidad Central de Venezuela al lado del templo de San Francisco, ahí velan su cuerpo. Oran, piden, rezan. Dicen: no puede ser, ¿cómo se va a morir un médico tan bueno? Los médicos también se mueren, responden. Se rumora, con lujo de detalles, en las elegías y las notas necrológicas, que fue quien introdujo el microscopio en Venezuela, también lo designaron padre de la fisiología experimental y la bacteriología, y se le atribuye la construcción de una de las primeras cátedras de histología en la universidad. Lo entierran en el Cementerio General del Sur.

Pasan veinte años raudos del siglo XX. En 1949 intentan hacer un primer traslado de los restos cuando inicia el proceso formal de beatificación por sus milagros. En 1975, luego de un incendio en el cementerio por la aglomeración de velas, el cuerpo es exhumado para trasladarlo a Nuestra Señora de la Candelaria, donde permanece actualmente. El 26 de octubre de 2020 hacen una exhumación reglamentaria, ordenada por la Arquidiócesis de Caracas y el Vaticano, como Dios manda para su beatificación definitiva. El 25 de febrero de 2025 el Vaticano da a conocer la decisión de la canonización de José Gregorio Hernández por el milagro de la niña Yaxury Solórzano Ortega, que sobrevivió a un impacto de bala en su cabeza y el médico desde ultratumba intervino en su inesperada recuperación. Es el primer laico declarado santo de su país, 106 años después de su muerte.

Su presencia en Colombia es definitiva y se expande como las fake news y el universo. Muchos se confunden y piensan que el médico José Gregorio es colombiano, aunque también lo sea de algún modo. Su imagen se consigna en altares, en camisas, en estampitas, en tatuajes y tiene devotos que se cuentan por cientos de miles. En la obra Visitas y Apariciones (1994), del artista momposino Alfonso Suárez, el médico se encarna en el cuerpo del artista y se confunden ambos para producir un performance fantasmal, que oscila entre lo religioso y lo artístico. Resultó ganador del Salón Nacional de Artistas.

Desde hace unos años en Medellín, Bogotá y Cali, entre otras ciudades, se ven cada vez más, desperdigados entre los barrios, letreros que ofrecen las consultas espirituales, por la módica suma de ocho mil pesos, del médico José Gregorio Hernández. El formato se repite una y otra vez en los postes de la luz. La consulta sirve para sanar alguna enfermedad, pero también curar un mal económico o un lío de amores.

En una de mis recurrentes crisis espirituales, después de meditarlo y no encontrar la respuesta ni en la poesía ni en el viche, fui a una cita. Pagué los ocho mil pesos reglamentarios. Una angeóloga, que sirve de médium, hizo una lectura de mi espíritu. Me señaló, después de observarme por unos minutos y mover sus manos de arriba a abajo con los ojos cerrados, que el médico, cuyas manos se habían encarnado en las suyas, me recomendaba una operación espiritual. Debía pagar ochenta mil para que me revisaran el estómago, pues ahí se evidenciaba el problema. Está cargando con un peso muy grande, dijo. Accedí. Pagué y me hizo pasar atrás, a una camilla. Después de unas oraciones y movimientos con las manos, ponerse guantes y tocarme el abdomen con fuerza sacó un trapo teñido de negro, de unos treinta centímetros. Yo sentí un alivio inmediato y le agradecí a la angeóloga. Me indicó que debía consultar cada cierto tiempo para que no hubiera complicaciones futuras. Y salí más dueño de mí que unas horas antes.

Esa noche, me afeité la barba, me dejé el bigote. Compré un sombrero de fieltro negro y desempolvé el cachaco que no usaba desde el último matrimonio y salí a caminar por el Centro sin rumbo aparente. Ni un carro ni un disparo pudieron detener mis pasos.


La suerte está echada


Se asegura que las distinciones entre ritos espirituales y mañas ilusionistas son notorias. En la ciudad están desperdigadas fórmulas mágicas para curar enfermedades, recuperar al ser amado o dejar de sufrir. Pero de la veracidad de los milagros solo pueden hablar aquellos que con fe han acudido a buscarlos.
Estamos cansados de soluciones, queremos promesas.



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La suerte está echada

La suerte está echada


Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Fotografías de Juan Fernando Ospina

Se asegura que las distinciones entre ritos espirituales y mañas ilusionistas son notorias. En la ciudad están desperdigadas fórmulas mágicas para curar enfermedades, recuperar al ser amado o dejar de sufrir. Pero de la veracidad de los milagros solo pueden hablar aquellos que con fe han acudido a buscarlos.
Estamos cansados de soluciones, queremos promesas.



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La sombra de Briceño

La sombra de Briceño

por FRANCISCO LEBARIO • Fotografías del autor


Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

A diez años de la firma del Acuerdo de Paz en La Habana, la coca y los fusiles todavía dictan la ley en muchos territorios del país. Los grupos armados intercambian miembros y siglas con ligereza, como si fueran una tienda o un taller. Aun así, líderes sociales
y campesinos insisten en cosechar lejos de las grameras y el plomo.

Vista del nudo de Paramillo desde Briceño.

Sentada en su casa, descansando después de un largo día de trabajo, mientras espera que hierva la aguapanela para prepararse un tinto, Flor García, funcionaria de la Alcaldía de Briceño y lideresa de la vereda Buenavista, reflexiona sobre la paz, sobre el significado de esa palabra tan manoseada en los recientes años en Colombia.

“¿Qué es la paz?”, se pregunta y suspira la joven mujer, a quien la tranquilidad le ha sido tan esquiva desde que era apenas una estudiante, y entonces sonríe, nerviosamente.

“Creo que la paz es poder trabajar, progresar, ser una misma sin que nadie llegue a violentarte, sin que nadie te amenace o te ponga obstáculos”, dice finalmente, pero no está tan segura de sus palabras, aunque a mí, que soy su interlocutor, me parecen brillantes.

Esa paz que ha soñado Flor toda su vida, y que ella misma se ha ido construyendo con estoica paciencia, les fue prometida a los briceñitas mucho antes de ese histórico noviembre de 2016, cuando en La Habana, Cuba, el gobierno de Juan Manuel Santos firmó el Acuerdo de Paz con la antigua guerrilla de las Farc. Tras diez años de un tortuoso proceso de implementación, esa palabra esquiva e indefinible parece al borde de consolidarse, pese a que en Briceño, ese pequeño caserío asentado en una de las montañas de la cordillera Oriental, en el corazón del nudo de Paramillo, en el Norte antioqueño, la ley sigue siendo la que dictan los fusiles y la hoja de coca.

Entre el 1 y el 9 de agosto de 2026, Briceño padeció un largo enfrentamiento entre integrantes del Frente 36 de las disidencias de las Farc y un grupo amplio de las Autodefensas Gaitanistas o Clan del Golfo. Guerrilleros y paracos se midieron el aceite en un fuerte tastaseo en cercanías de las veredas El Hoyo y Palmichal, que obligó al desplazamiento de 77 familias hacia el casco urbano del municipio.

El duelo entre los dos poderosos grupos armados cobró la vida de cuatro subversivos y terminó con la rendición del Frente 36, comandado por alias Calarcá. Ese grupo, días previos al cruce de balas y drones cargados de explosivos, había pasado a denominarse Frente 5, pero después de la confrontación, dicen los pobladores de Briceño, se extinguió como guerrilla y sus integrantes pasaron a formar parte del Clan del Golfo.

Gilberto, amigo de Flor desde mucho antes de la primera etapa de la implementación del Acuerdo de Paz, es líder social en la vereda La América y asegura que “ahora sí habrá paz, porque un solo grupo tendrá el control de Briceño”.

Gilberto es beneficiario del Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito (PNIS), y también es presidente de la asociación de cafeteros Cafepazbri, que aglomera a 79 familias, todas ellas en el PNIS, que venden quinientos kilos de grano tostado al mes.

Pero Gilberto no siempre fue cafetero. Nacido en Medellín, fue abandonado por sus padres biológicos con un año de vida, y tras ser acogido por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar pasó por diferentes familias, hasta que la cuarta de ellas lo volvió a abandonar, dejándolo en la humilde casa de un campesino de Briceño, a mediados de los años ochenta.

El campesino no lo tiró a la calle, pero lo puso a trabajar de seis de la mañana a cinco de la tarde, todos los días. Le enseñó a arar la tierra, a sembrar frijol, tomate, plátano y cacao. Para entonces, las Farc ya se habían asentado en las afueras del municipio, cerca de la frontera con Anorí, y empezaron a obligar a los campesinos a sembrar hoja de coca, un producto que quemaba la tierra.

A Gilberto aquello no le gustaba. Prefería bajar a pescar en el Cauca y, de vez en cuando, echarle suerte al baraqueo. Se acostumbró a caminar el monte desde que era un niño y por eso, cuando bajaba al río, hacía esa travesía desde San Fermín, pasando por las quebradas Las Montoya, Cenizas, Los Zapata y el río Briceño, hasta bajar a la represa. No le importaba quedarse acampando en esos matorrales llenos de mapanás y rabos de ají, y cuando el sol calentaba sobre yarumos, balsos y carboneros, él se metía al río y se dejaba refrescar por esas aguas opacas, hasta que se le cansaban los brazos y entonces se acercaba a una orilla pedregosa para buscar las pepitas de oro.

Fue así como conoció a Flor, que también le sacaba granitos y ripio al gran Mono, hasta que llegó Hidroituango y les cortó la veta a fuerza de macanazos del Esmad.

Comenzando los años noventa, con la famosa política de apertura económica impulsada por el entonces presidente César Gaviria Trujillo, el precio del café se fue al piso y a los campesinos de Briceño no les quedó más remedio que meterse de lleno a la siembra de hoja de coca. Gilberto aceptó su destino, pero Flor prefirió volver a su vereda y huyó de la pobreza casándose con uno de sus vecinos.

Mientras Gilberto se ganaba cuarenta o cincuenta mil pesos jornaleando con la hoja de coca, Flor si acaso llegaba a los quince recogiendo con su esposo. Además, el café solo da dos cosechas al año, mientras que la coca puede recogerse hasta siete veces por año.

Hidroituango les había robado el río, la pesca, el oro. La guerrilla les había quitado la cultura del agro y hasta de la guasca. Con el correr de los años, Briceño, pueblo sin nombre y con el apellido de un coronel venezolano de los turbios tiempos de la Independencia, pasó de la música guasca al vallenato y su paisaje se tornó monótono, pálido y oscuro. Y entonces llegó el Acuerdo de Paz y montó su laboratorio en la vereda El Orejón. Todo parecía un pretexto para poder culminar con éxito la megaobra de Hidroituango, pero los briceñitas se tomaron en serio la promesa y la celebraron con bombos y platillos. La paz, por fin la paz.

Reunión de familias con representantes del programa de sustitución de cultivos. Vereda La América.

En 2015, Flor ya había empezado a estudiar gracias una beca que se ganó a través de la alianza Antioquia-Medellín-Bilbao-Bizkaia (AM-BBI), que invirtió cuatro millones de euros en capacitaciones e intercambios.

Tenía 19 años cuando aplicó a las ofertas y terminó siendo elegida para estudiar Tecnología en Gestión Agroforestal en la Universidad Católica del Norte. Fue un reto tremendo para la joven madre, que ni siquiera sabía cómo usar un computador. Entonces no solo tuvo que estudiar la carrera, sino aprender cómo se estudiaba.

“Cuando vinieron con el proyecto de Hidroituango nos dijeron que podíamos vincularnos. Nos capacitaron cuatro años. A mí todo eso me hizo pensar y me abrió los ojos. Cada mes me iba para Medellín a estudiar liderazgo. Después me gané la beca, junto a otras cinco personas. Nos pagaban el cien por ciento de esas capacitaciones. Nos dieron computadores portátiles para poder conectarnos a las clases, pero no sabíamos ni prenderlos”, cuenta entre risas, pero la verdad es que fue un momento de inseguridades, pues muchas veces tuvo que ir hasta el Valle de Toledo para que el sacerdote de ese caserío le ayudara a manejar ese confuso aparato.

Flor se graduó con honores y cuando volvió a su vereda se convirtió en una persona muy importante para la Junta de Acción Comunal; fue secretaria y presidenta. Gracias a sus estudios, aunó esfuerzos con otras mujeres y fundaron MUPA (Mujeres Unidas por la Paz), en agosto de 2009. La organización comenzó con cuarenta socias y recibió apoyo de la Gobernación de Antioquia y Naciones Unidas. Todas eran campesinas, el primer proyecto que emprendieron fue un cultivo de dos hectáreas de mora, en Buenavista.

Sembraron tres variedades: Castilla, San Antonio y mora aceituna. Todo marchó muy bien durante dos años. El suelo que habían tomado en arriendo era fértil y comenzó a dar frutos rápidamente. Lograron obtener varias cosechas y vender muchos kilos de la fruta, hasta que, de un momento a otro, todo se vino abajo.

“La guerrilla nos advirtió que no volviéramos al cultivo porque lo habían minado”, narra Flor con tono melancólico.

Los grupos armados ilegales habían regresado al territorio, con los viejos nombres, aunque con otros cabecillas. Ahora eran llamados disidencias, pero mantenían los apelativos de frentes 4, 5, 18 y 36. Los paramilitares también regresaron, pero ahora como Clan del Golfo.

No habían transcurrido ni dos años de la implementación del Acuerdo y Briceño ya estaba plagado de minas, de hombres armados y de cultivos de hoja de coca. La paz se había ido al carajo, como el río Cauca.

Sin embargo, a Flor la vida le había cambiado. Eso de volver a las labores del hogar ya no era para ella. Quería estudiar más, iniciar más proyectos, liderar.

Por su parte, Gilberto estaba en ascuas. Había dejado el cultivo de coca y había vuelto a sembrar plátano, frijol y café. Se había inscrito en el PNIS, muy emocionado, pues para él, “la paz es tener salud y tranquilidad, y eso de estar escuchando balaceras en el monte no es paz para nadie”.

En 2020, Flor y sus amigas volvieron a su cultivo de moras. El Acuerdo había propiciado un desminado humanitario y la noticia era que podían regresar a la vereda Buenavista. Cuando se asomaron al cultivo ya no había nada, las plantas se habían marchitado, la tierra se había quemado. Muchas de las socias de MUPA decidieron irse del pueblo, pero Flor continuó. Entregó las dos hectáreas al anterior dueño, quien inmediatamente las llenó de ganado, y se metió al programa PNIS para reiniciar su vida a través del café.

“No fue fácil porque la coca había dejado contaminados los suelos, pero poco a poco salimos adelante y nos ha ido bien. Sin embargo, muchas de mis compañeras abandonaron el proyecto por miedo, y porque les dolió ver todo destruido. Ahora tenemos un avance significativo con el café, y eso nos ha generado mucha tranquilidad. Podemos sostener nuestras familias”, afirma.

Es difícil determinar si el Acuerdo de Paz fue un fracaso total. Bajo la fría lupa de las estadísticas, pareciera que no, pues en el enclave del Bajo Cauca, Norte y Nordeste antioqueño se lograron impulsar más de 7800 proyectos del Programa de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET) y se beneficiaron más de once mil familias con el PNIS, todo eso con una inversión cercana a los dos billones de pesos.

Sin embargo, en el caso de Briceño, la década del Acuerdo ha estado marcada por el asesinato de once líderes sociales, incluidos cuatro inscritos en el PNIS, el exalcalde del municipio en el periodo 2016-2019, José Danilo Agudelo Torres, y del periodista y poeta Mateo Pérez Rueda. Además, asesinaron a un firmante del Acuerdo de Paz y desplazaron forzosamente a 6183 personas, en nueve hechos diferentes.

Y en todo ese territorio PDET, que comprende trece municipios desde Caucasia hasta Segovia, desde 2016 hasta la fecha van 42 masacres, 35 375 personas desplazadas, 116 líderes sociales y 23 firmantes del Acuerdo asesinados, una calamidad.

Por su parte, Flor ya tiene dos hijos, sigue casada y su proyecto de café produce cuatrocientos kilos mensuales para las veinticuatro familias que están asociadas en MUPA. Vive relativamente feliz y continúa estudiando. Gilberto extraña la pesca y el barequeo, pero en Cafepazbri logra vender quinientos kilos mensuales durante los periodos de cosecha. Para ambos, el problema es que siguen siendo los más débiles de la cadena de producción, pues el kilo lo venden a diecinueve mil pesos, mientras que el intermediario, la Federación Nacional de Cafeteros, lo vende por veinte, treinta o hasta cuarenta dólares.

“La paz fue un fracaso, un total fracaso. Yo sigo estando igual que cuando comencé, pero con menos plata. La coca me dejaba ochocientos mil pesos quincenales y con eso compré mi finca y mi casa, pero ahora ni plata ni paz”, menciona Gilberto, un huérfano que ahora también tiene familia, terruño y un montón de personas a las cuales cuidar.

En tres meses se cumplen diez años del Acuerdo de Paz en La Habana y en Briceño, laboratorio de esa ilusión, siguen sumidos en la zozobra de la guerra y en la pobreza de ser campesinos, porque la riqueza de la tierra no es para ellos, nunca lo fue y nunca lo será.



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Oculto canto de las aves

Oculto canto de las aves

por SANTIAGO RODAS
Ilustración: Adaptación del retrato de Mutis por Cristobal R. con las aves ilustradas de Miles McMullan


Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

su vuelo
de recios aletazos
hace sonar el aire
como una carcajada

José Manuel Arango

La primera respuesta sería el exclusivo interés botánico por sus posibles usos medicinales y agrarios. La focalización en el verdor hechicero de las plantas, la explotación de sus milagrosos menjunjes para extirpar las enfermedades humanas. La quina, la canela, el tabaco, por ejemplo, tan apetecidos por la Corona española pueden explicar por qué los europeos del siglo XVIII estaban tan interesados, por encima de lo demás, en las plantas de la Nueva Granada. Una segunda respuesta, igual de rápida, podría ser el poco interés por los animales (entre ellos los humanos) en el Nuevo Mundo, pues se tenía aún la consideración de que las especies en América eran menores; un continente niño, en desarrollo. Lo sostenía Hegel y la trama filosófico-científica de corte imperial de su época. Como lo planteó el conde de Buffon, con su Teoría de la degeneración, consignada en su texto Historia Natural en la que culpaba a los climas de América, sus pantanos y sus tierras de aguas estancadas: aquí todo era más débil y degenerado. La danta era más pequeña que el elefante, el indígena que el europeo, el jaguar inferior en tamaño al león; en términos de escala nuestros animales americanos estaban en condiciones de inferioridad.
Esto demuestra, de algún modo, el desequilibrio del porcentaje de recolecciones zoológicas de la Real Expedición Botánica de la Nueva Granada (1783-1813) que no alcanza las quinientas, o seiscientas especies y unas 7000 muestras. En contraste con las más de 23 000 muestras de plantas de unas 3500 hasta 4000 especies. Los animales eran difíciles de capturar, engorrosos de embalar y bastante complejos de transportar hacia el viejo continente. Y adentro de ese espectro zoológico, las aves, en oposición con el voluminoso interés del presente por sus colores y sus cantos, representan un registro ínfimo. No estaban entre las prioridades de las expediciones pese a su exuberancia, extrañeza, colorido.
¿Por qué si Colombia es el mayor exponente en especies de aves del planeta, en nuestro pasado ocupan un lugar tan accesorio? Esta pregunta me surgió hace unos días al terminar la lectura de los dos tomos de los Estudios Científicos del médico antioqueño Andrés Posada Arango (1839 -1922). Sus páginas constituyen un archivo de observaciones sobre el mundo natural colombiano, heredada de la ciencia europea de su tiempo. El Doctorcito, como le decían de cariño sus amigos y enemigos, despliega un inventario exhaustivo de plantas medicinales, enfermedades tropicales y sus posibles formas de aliviarlas, reptiles venenosos, peces endémicos, se leen apuntes sobre astronomía y consejos de cultivo de algunas plantas benefactoras. Se describen desde la anemia de las tierras cálidas llamada “tuntún”, hasta las plagas de langostas y cómo sortearlas; la clasificación de nuevas especies de bagres, los remedios contra las ponzoñas de serpientes, los males de tierras putrefactas y la rana venenosa del Chocó. Sin embargo, hay una ausencia bastante significativa: las aves. Quizá una de especies más sofisticadas de la biodiversidad colombiana. Resulta llamativo que, en cerca de ochocientas páginas dedicadas a delinear con detalle la naturaleza del país, las aves no ocupen ningún apartado especial sobre ellas. Ningún otro grupo animal posee una presencia tan extendida en los paisajes de la nación. Hay registros en los páramos y las selvas, los valles interandinos y las costas; son una de las expresiones más sofisticadas desde el punto de vista evolutivo de la vida tropical. Sin embargo, durante buena parte del período en que se fundaron las ciencias naturales nacionales parecieron estar cubiertas por un velo de invisibilidad.
Desde el siglo XVIII, la naturaleza del Nuevo Mundo fue concebida como un laboratorio de recursos para el Virreinato. Inspirados por los sistemas de clasificación de Linneo y por el espíritu ilustrado europeo, naturalistas, expedicionarios y regidores coloniales emprendieron la tarea de describir y “ordenar” el territorio exuberante de la Nueva Granada. Mapas topográficos e hidrográficos, taxonomías de plantas y animales, descripciones de cuerpos y paisajes. La naturaleza debía ser inventariada y enviada a Europa para ser “entendida”. De ahí las sucesivas expediciones al Nuevo Mundo bajo el espíritu que oscilaba entre la ilustración y el romanticismo. En este contexto, las plantas ocuparon el centro gravitacional del universo científico.
La Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, dirigida por el gaditano José Celestino Mutis, constituye el síntoma más evidente de la preponderancia de las plantas. Miles de láminas fueron elaboradas por diferentes artistas y copistas en su taller en Mariquita para registrar la flora del reino, sus propiedades y sus posibles aplicaciones en la medicina. La empresa hizo un refajo de arte pictórico y descripciones científicas que cambiaron la concepción de la flora del mundo entero. Por el contrario, las aves ofrecían beneficios mucho menos evidentes. Su observación exigía métodos en un momento en el que no existía la fotografía, por ejemplo, y requería técnicas para su cacería y la conservación de sus cuerpos que excedían en términos prácticos los alcances de la Expedición. No significa que estuvieran ausentes de los registros, aún se conservan en el Real Jardín Botánico de Madrid láminas de varias de las aves del Nuevo Mundo. Pero algo en sus aleteos, en sus cantos, le era esquivo al hombre blanco desde ese primer encuentro.
En sus anotaciones, que empiezan en 1761, Mutis elabora un listado de aves vernáculas de las orillas de río Magdalena y clasifica 81 especies, entre ellas el “gallinazo” (Vultur sp.), el paujil (Crax sp.), el “gallo de ciénagas” o “gallinazo negro” (Coragyps atratus), el “guazale” o tucán (Ramphastus swainsonii) y el “copetón” (Zonotrichia capensis), también aves mochileras (Psarocolius decumanus). Sin embargo, no hace un estudio sistemático y tan solo enlista lo que encuentra.
En una lectura de la correspondencia entre Mutis y su admirado Linneo se puede constatar que, después de envíos de diferentes especies de plantas e insectos y unos pocos animales a Suecia, el maestro, taxativo, le sugiere a Mutis hacer un profundo estudio de las hormigas; señala, enfático, que dicha investigación le ayudará a entrar en los círculos de sabios europeos. Esto seduce a Mutis que se contamina por el veneno del orgullo, piensa en la imagen de su posteridad y se decanta por el estudio mirmecológico y botánico dejando a un lado la zoología. En 1773 Mutis le envió a Linneo otra remesa, con la inclusión de aves disecadas mediante un método de preservación hechizo que consistía en sacar las vísceras y la sangre, rellenar a los animales con algodón embebido en polvos de tabaco y pimienta. Entre las aves enviadas figuraban la “tijereta pequeña de Bogotá” (Tyrannus savana), la “pollita de agua” (Fulica sp.) y el “coclí negro” (Ardea sp.) y unas plumas de cóndor (Vultur gryphus). Linneo, de todos modos, y pese a su gran interés por la clasificación de las especies, estaba mucho más cautivado por las plantas y las hormigas que cualquier otro espécimen que se pudiera hallar en América. Mutis no era un gran zoólogo, en contraste con su obsesión botánica respaldada con investigaciones que trascendieron el territorio nacional. Por ejemplo, con el descubrimiento de la quina roja que causaría un gran impacto en el mundo científico europeo. Su experiencia con los animales se limitaba, de algún modo, a las listas con someras descripciones y a los textos de manual que venían de Europa. Sobre todo, influenciado por el Systema Naturae de Linneo, quien moriría en 1778 y dejaría empezada la revisión de las especies enviadas por Mutis para que las clasificara en su compleja red de taxonomías.
Fray Diego García, un religioso de la orden franciscana oriundo de Mompox, a quien se le designó el ámbito zoológico de la Expedición Botánica en el alto valle del río Magdalena, es en realidad quien ofrece una mirada más enfática sobre los animales de la región. German Amat García y Henry D. Agudelo Zamora, en su ensayo sobre la zoología del Nuevo Reino de Granada, encomian la labor del franciscano: “Durante el período entre 1783 y 1789 Fray Diego García logró obtener la información más completa sobre la historia natural de más de doscientas especies a partir del material recolectado de animales, entre los que se cuentan artrópodos, peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos. De ellos, el clérigo describió detalladamente dos especies de reptiles, 53 de aves y dos de mamíferos”.
También Benjamín Villegas, en el libro Aves de Colombia, dice que “cronológicamente, la ornitología autóctona comenzó con el trabajo de Fray Diego García, durante la Expedición Botánica. Su contribución más importante la constituyó su estudio de las aves: remitió varios envíos de especímenes al Gabinete Real, junto con descripciones minuciosas de su apariencia, y una recopilación de información sobre sus costumbres, obtenida, en buena parte, personalmente. Este fraile franciscano tuvo que luchar tanto contra las plagas y enfermedades que atacaron sus colecciones, como contra los celos y la incomprensión de sus contemporáneos que incluía al propio Mutis, quien nunca exaltó sus méritos ante el Virrey, y rara vez lo defendió”.
Los archivos de la expedición contienen referencias dispersas a distintas especies de aves y existen indicios de que numerosas ilustraciones ornitológicas se perdieron durante la violencia política que siguió a la Independencia. En medio de los enfrentamientos las colecciones, dibujos y documentos fueron enviados a España en el contexto de la reconquista liderada por Pablo Morillo en 1816. Buena parte de ese patrimonio se encuentra aún en el Real Jardín Botánico de Madrid, y la información allí consignada permaneció cerrada por más de un siglo para los científicos por fuera de España. Pareciera que las aves torpedeaban a los humanos en sus búsquedas y el conocimiento sobre la avifauna se saboteaba con cada intento de avance. Como si la escritora británica Daphne du Maurier hubiese escrito la historia de la naciente ornitología en Colombia. Su relato llamado Los Pájaros lo llevaría al cine Hitchcock, con un éxito inusitado.
Uno de los primeros en reconocer la singularidad de las aves fue el naturalista francés Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon y enemigo acérrimo de Linneo, (tal vez fueron los astros quienes los designaron para la contienda científica. Nacieron el mismo año: 1707). En su mamotreto Historia Natural, publicado durante la segunda mitad del siglo XVIII en tantísimos tomos, Buffon dedicó su estudio a las aves, describiéndolas no solo desde la anatomía sino también desde sus comportamientos, migraciones y relaciones con los ambientes en los que se desenvolvían. Frente al rígido sistema clasificatorio de Linneo, Buffon introdujo una mirada narrativa, si se quiere, disputando la taxonomía rígida de su antagonista sueco, interesada más en las conexiones entre los organismos y el mundo que habitaban. Aunque sus conocimientos sobre América eran limitados e indirectos, su teoría de la degeneración lo cegaba y dependía de las remesas con especies que le enviaban embalsamadas y sin su contexto, contribuyó a otorgar a las aves una relevancia inédita en la ciencia del XVIII.
Durante su viaje por los territorios equinocciales entre 1799 y 1804, Humboldt desarrolló una visión que rompía con la enumeración de especies, y que solo pudo entender en su correría por la Nueva Granada. Como señala Jorge Cañizares, el barón alemán robaba un poco de los científicos locales como Caldas, Mutis y los indígenas, para luego publicar ese conocimiento en Europa y llevarse el crédito científico. Sin embargo, entre los terrenos equinocciales, Humboldt llegó a la conclusión de que la naturaleza constituía una red de relaciones dinámicas entre clima, altura, geografía, vegetación. Aunque sus investigaciones se concentraron principalmente en la geografía física, la botánica y la climatología, sus publicaciones coadyuvaron a comprender que los organismos debían estudiarse dentro de sistemas ecológicos mayores y más complejos.
En el siglo XIX, como señala Una breve historia de la Ornitología Colombiana, de Jorge Enrique Avendaño, el interés en las aves estuvo a cargo del comercio de plumas denominado genéricamente “pieles de Bogotá”. Consistía en la venta de las plumas de diferentes especies que, sin importar el lugar de Colombia donde habían sido cazadas, y sin dato alguno, fueron vendidas en Europa para decorar primordialmente sombreros y prendas de vestir. Entre 1846 y 1912 se exportaron por millones las famosas pieles de Bogotá para uso exclusivamente decorativo. Sin embargo, la consolidación de la ornitología en nuestro país tendría que esperar varias décadas más. Durante gran parte del siglo XIX, el país atravesó guerras civiles intestinas y fragmentaciones territoriales que dificultaron la construcción de programas políticos-científicos, pues la toma del poder era la prioridad. Mientras esto ocurría en nuestra república, Europa y Estados Unidos desarrollaban museos, colecciones especializadas en animales y sociedades científicas dedicadas en concreto al estudio de las aves.
El punto de inflexión, para la ciencia de las aves en Colombia, llegó a finales del siglo XIX y comienzos del XX con las expediciones realizadas por el ornitólogo estadounidense Frank Michler Chapman. Cuyos trabajos estaban vinculados al Museo Americano de Historia Natural de Nueva York. Chapman recorrió las regiones de Colombia entre 1910 y 1915. Sus investigaciones produjeron uno de los primeros inventarios de la avifauna nacional y permitieron documentar centenares de especies en distintas regiones biogeográficas. Chapman, con sus estudios situados, demostró que los Andes colombianos eran uno de los mayores centros de diversificación de aves. Sus trabajos ayudaron a establecer relaciones entre la distribución geográfica de las especies y la estriada topografía andina. Las tres cordilleras, los valles interandinos, las selvas húmedas y las tierras bajas aparecieron como escenarios para comprender la evolución biológica del continente después de los estudios de Darwin y Humboldt.
A partir de la primera mitad del siglo XX, la ciencia criolla comenzó lentamente a apropiarse del conocimiento de las aves. Instituciones universitarias e iniciativas personales desarrollaron procesos sistemáticos de clasificación y estudio de la avifauna nacional. En conjunción emprendieron la tarea de completar el inventario iniciado por los naturalistas extranjeros del siglo anterior para comprender las dinámicas ecológicas de las especies. La ciencia superó el inventario de cuerpos y estableció interpretaciones de cómo vivían, cómo migraban, cómo interactuaban con los bosques, sus relaciones simbióticas con otras especies, esto es, una mirada que abarcaba la trama de los complejos ecosistemas andinos y tropicales.
Chapman dirigió entre 1911 y 1915 ocho expediciones en el país. Con un grupo de diecisiete naturalistas recolectó en cuatro años 15 775 especímenes de 1285 especies y subespecies. En su texto, publicado en 1917, The distribution of bird-life in Colombia: a contribution to a biological survey of South America, propone las bases científicas con las que se va a producir, ahora sí, esta nueva ciencia en el país, con descripciones más detalladas de la taxonomía y de los endemismos de algunas de las aves. La obra de Chapman se nutrió también de los estudios del hermano lasallista Apolinar María, fundador del Instituto de La Salle, de Bogotá. Desde allí se recolectaron unos 3150 ejemplares en la primera década del siglo XX. Apolinar María publicó sus trabajos con los nuevos hallazgos en el Boletín de la Sociedad de Ciencias Naturales del Instituto de la Salle. Esta nueva mirada de las aves cobra una preponderancia al ser más exhaustiva la investigación alrededor de sus costumbres. Sin embargo, y como si las aves tuvieran conciencia de los avances del conocimiento que trataba de entenderlas, las consecuencias del Bogotazo también tocaron la nueva ciencia alada y con el incendio del Museo de La Salle el 9 de abril de 1948, en una sola noche, 8000 especímenes de aves ardieron al mismo tiempo. Parecía que las aves no querían ser vistas. Aves de mal agüero. Sostenía un susurro oscuro para seguir ocultándose entre los follajes, incluso después de muertas.
Esta genealogía de la imposibilidad de hacer ornitología en el país siembra una duda de cuáles son las razones de la forma variada y escurridiza que encuentra esta especie para burlarse de la mirada de la ciencia en Colombia. Con cada oportunidad de clasificación pareciera que las aves encontraran una manera de sabotaje para conservar su invisibilidad. El incendio producto del Bogotazo y la posterior muerte de Apolinar María en 1949 impidieron que esos nuevos aires pudieran sentar las bases para el avance de la ornitología.
La Violencia entre liberales y conservadores hizo que fuera bastante difícil acceder a los territorios en los que habitaban las aves y por lo tanto la imposibilidad de recolección y clasificación obstaculizó, de nuevo, las posibilidades de entendimiento de las aves.
A finales del siglo XX y principios del XXI la ornitología definitivamente se instaló en la ciencia colombiana como consecuencia de los estudios ornitológicos mundiales y la masiva presencia de aves en el territorio. Hay estudios especializados de nuevas especies y comportamientos particulares, se describen muchas aves en peligro de extinción y aumentan los estudios de relaciones interespecie. Hoy Colombia es una potencia en sus estudios de avifauna y ornitólogos y aficionados de todo el mundo vienen a hacer avistamientos de las especies endémicas que habitan a lo largo y ancho del mapa.
Los avances de los estudios avifaunísticos se evidencian en todas las disciplinas relacionadas. Por ejemplo, la neurociencia propone un estudio sobre el sueño de las aves. Todo parece indicar que sus cerebros sostienen vocalizaciones aun cuando están dormidas. Es decir que siguen cantando mientras sueñan, pero no cantan, sueñan que cantan y sus estímulos eléctricos adentro de sus cráneos son observados y clasificados para intentar entender su trinar. Esto podría ayudar a entender el tipo de lenguaje que usan en sus vocalizaciones para comunicarse entre sí, y se aventura una posible traducción de esa música al lenguaje humano para saber qué es lo que cantan y si se puede extraer un mensaje de sus sueños. La investigación está en una etapa embrionaria. Sin embargo, no me quiero imaginar lo que las aves en sus mensajes nos quieran comunicar, pues, después de más de dos siglos de ocultamientos y saboteos científicos constantes, asumo que no serán buenas noticias.
En la escena final de la película de Hitchcock, mientras el carro se aleja de la casa en la que se refugiaban los protagonistas, miles de aves graznan, nerviosas y estáticas, mientras parecen esperar algo. Quietas sobre los postes de la luz, los techos, los árboles y el suelo. Sus siluetas se recortan afiladas en el atardecer. Quizá esperan alguna señal.
En las páginas de Estudios Científicos de Posada Arango aparecen descritos peces, serpientes, plantas medicinales y enfermedades tropicales. Pero, entre líneas, también se evidencia el silencio de miles de aves que atravesaban los mismos bosques, los mismos ríos y las mismas montañas. Es probable que el Doctorcito Posada omitiera a las aves de sus investigaciones por una razón importante. Quizá ese camuflaje de su especie venga de allí, de su inteligencia casi maligna: ser tan absolutamente visibles y ruidosas como para no ser vistas de verdad, ser tan evidentes en medio del verdegal, para alcanzar otro tipo de invisibilidad. Y aun cuando fueron cazadas y asesinadas para ser estudiadas por el hombre durante dos siglos, hoy por hoy seguimos descubriendo nuevos indicios y señales inesperadas sobre las aves de nuestro país. Quizá lo mejor sea dejarlas en paz, quizá no. Quizá esperen alguna señal.



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El certamen de los muchos oficios

El certamen de los muchos oficios

por JORGE IVÁN AGUDELO • Archivo Fotográfico BPP


Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Como si hubiera dejado su máquina de coser —no del todo, un momento—, solo para atender la solicitud de un amigo fotógrafo, el hombre que en la década de los ochenta trabajaba en la remontadora de zapatos La Florida, sin la zalamería ni la incomodidad del que posa, cual si se tratara de una nueva, también pacífica y necesaria labor, mira a la cámara de León Ruiz, de la misma manera en que tantos otros, mecánicos, vendedores, mensajeros, en el certamen de los oficios, lo hicieran, lejos de esconder que trabajar cansa y muchas veces muele, pero, así y todo, o por esto mismo, en esos retratos de Barrio Triste, no hay expresión de sumisión sino más bien una latente fuerza muda que contrasta con los versos de Tartarín Moreira —bardo que paseaba por esas calles su malhadada figura— donde la
vida es romántico lamento y entrega desvaída:

 

Barrio Triste

De hastío seca la copa
taciturno, a pasos lentos
sigo adelante mi ronda
por Barrio Triste…

¡Y qué triste!
El nombre mide su
forma real, porque la tristeza
se agazapa entre las sombras,

y en sus días el silencio
como un ofidio se enrosca.

Distantes de las rondas melancólicas del poema, la composición centrada, el plano medio y la iluminación natural de la imagen integran al trabajador con su entorno. Nada allí es producto de improvisada escenografía o de cálculo; todo —la mesa de trabajo, la puerta verde con un postigo aparentemente cerrado y el otro abierto, la pared manchada, el cable que la atraviesa, lo que bien pudieran ser dos viejos recortes de prensa, el hombre mismo—, sin duda, ha sido limado, pacientemente, por la labor y unos días —quién sabe cuántos— que trascienden la estampa individual y, sin perderla en un vago homenaje al trabajador, hablan, a su modo, a contraluz, de una atmósfera industrial y comercial, asociada con talleres metalmecánicos, carpinterías, bodegas, pequeños establecimientos dedicados a diversos oficios, y, al tiempo, las márgenes, los detritos, la droga, que van creando, todo mezclado como en un mortero, el barrio que León Ruiz buscó en los rostros y en los cuerpos y supo retratar en su rotunda e inalterable pertenencia a ese paisaje que los circunda.

*El valioso archivo fotográfico de León Ruiz, adquirido por la empresa Argos y donado a la Biblioteca Pública Piloto, ha sido organizado y preservado. Para facilitar su consulta e investigación, se digitalizaron 3911 de sus imágenes. Este fondo, compuesto por negativos y fotografías, documenta la transformación de Medellín entre las décadas de 1950 y 1990, al registrar su arquitectura, crecimiento urbano, personajes y oficios tradicionales.


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Una grilla buena gente

Una grilla buena gente

por DIANA CARMONA • Ilustraciones de Titania


Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Corría el año 1989, yo contaba con escasos dieciséis años y estaba a punto de graduarme como bachiller en el Colegio de María, adonde había logrado ingresar en el último año luego de dar tumbos por varias instituciones de la ciudad. 1989 ha sido catalogado por muchos investigadores del conflicto en Medellín como el peor año de la historia reciente de la ciudad, y no por nada, pues la escalada terrorista declarada desde las filas de la mafia desplegaba sus más terribles e infames acciones: una guerra contra el Estado era la consigna cuya máquina de muerte y dolor se disponía mediante carros bomba, estallidos de aviones en pleno vuelo, consolidación del paramilitarismo, recompensas por muerte a policías y asesinatos selectivos de jueces, magistrados, profesores, líderes estudiantiles, jóvenes… Los muertos se sumaban por miles, y aunque los de un barrio como Aranjuez no aparecían en los noticieros o en el periódico —que eventualmente comprábamos—, solo había que salir de la casa para encontrarlos en alguna esquina, en la panadería, donde los Vélez, frente a la iglesia o en la “curva del diablo” —llamada luego sofísticamente la “curva de la Virgen”—, que fungió como depósito de cadáveres no solo de personas ejecutadas en el barrio sino en otros lados de la comuna y la ciudad.

Ese fue mi último año de adolescencia, pues lo que se vino a finales de ese 1989 me sacaría definitivamente de esa condición y me arrojaría a una adultez precipitada y constreñida por lo real de la sobrevivencia. En ese tránsito imposible de anticipar estaba y como una pelada de dieciséis años intentaba despegarme del pegote de la infancia para tomar un lugar como mujer, entonces, adolescente. Las opciones eran más bien precarias: una, guardar la idea de decencia y sanidad inculcada desde muchos de nuestros hogares (compuestos la gran mayoría por madres solteras con abuelos y abuelas a cargo de la manutención y la educación de dos generaciones en valores familiares aún derivados de la vida campesina), que implicaba quedarse en casa, no relacionarse mal, no pararles bolas a los pillos, no andar con las grillas del barrio, no ir a fiestas ni a bares, no dormir en casas ajenas, y guardar otra serie de recatos para evitar ir de boca en boca y de mano en mano; la otra opción, desoír esa pobre pero a veces efectiva eugenesia social femenina y dejarse arrastrar por la atracción que producían los pillos (muchos de ellos pares, amigos que estaban creciendo al unísono con nosotras), las motos, el estatus que daba ser la novia de tal o cual, el sexo y la libertad incluso de consumir marihuana o licor. Así que la división para las mujeres era clara en el barrio: la puta o la santa, o dicho de otro modo, la grilla o la sana, elección no muy distante de la que a su manera vivían también los pelaos.

Bueno, pues la estrecha posibilidad de maniobra no se concede necesariamente con la decidida elección, y en mí, como en el resto de mis amigas, reinaba la ambigüedad, me debatía entre una y otra cosa. Esa suerte de habitanza del borde, de ese margen entre perspectivas de futuro tan opacas como aciagas me invadía e inquietaba. Tenía un novio de los sanos, el primero que tuve, con quien me conocí yo teniendo catorce y él diecinueve, y estaba en una relación estable en la que, a pesar de todo, me sentía amada y acogida. Sin embargo, y como dicen por ahí, “la suerte de la fea la bonita la desea”, hice también mis incursiones de grilla, al menos en tres ocasiones, la primera en el funesto año en cuestión.

Una mañana de domingo decidimos con algunas amigas irnos a patinar por los lados del Estadio (una de las pocas actividades que aprobaban nuestras familias por considerarla sana) y en medio de la jornada fuimos abordadas por un par de hombres mayores que venían transitando por el sector en un carro “lujoso” (váyase a saber qué tipo de carro era, probablemente cualquier Mazda bien tenido, tampoco sabía yo de carros para tener buenos gustos en aquella época), estaban bien vestidos y presentados, no como los pillos del barrio cuyas estéticas dejaban mucho qué desear. Aquellos desconocidos comenzaron a hablarnos y a admirar nuestra belleza juvenil; yo era una flaca de 1.68 que pesaba 45 kilos para la época y no me sabía especialmente bonita, pues, al contrario, la estética femenina que se incubaba fuertemente en esos tiempos era la de mujeres voluptuosas —tetonas, piernonas y culonas— y en eso yo no daba pie con bola; nos pidieron el número de teléfono —fijo para la época—, o nos dieron el suyo, no lo recuerdo bien, pero seguro fue lo segundo, pues habría sido una situación muy riesgosa con nuestras familias que nos llamaran a nuestras casas.

Lo cierto es que, días después, una amiga y yo quedamos con estos dos hombres en salir a La 70, uno de los lugares de rumba más populares de la ciudad; si mal no recuerdo, fuimos a Oro Sólido, una de las mejores discotecas de salsa para el momento y adonde, pensábamos, nunca nos habría llevado ninguno de los pelaos del barrio, ni tampoco el novio de turno. Fuimos con susto, claro está, cualquier cosa podía pasar: que nos llevaran para otro lado, que nos drogaran, nos violaran…, además, éramos menores de edad, mentimos a nuestras familias sobre a dónde íbamos y solo una que otra amiga sabía lo que estábamos haciendo. Lo inusitado de esta experiencia es que nada de lo que podía pasar pasó y el encuentro, por el contrario, se desenvolvió de un modo respetuoso y cordial; hubo conversa, baile, algunos tragos y ningún tocamiento por parte de estos extraños; luego, no siendo muy tarde, nos regresaron al barrio en su “lujoso” auto y les pedimos que nos dejaran a unas cuadras lejos de la nuestra, para despistar al enemigo que en mi caso, suponía, serían mi abuela o mi madre.

Lo que pasó después es ahora un poco confuso. Recuerdo que veníamos caminando por la parte trasera del Alzate Avendaño (uno de los colegios en que estudié, al menos una parte del quinto de bachillerato, y de donde me fui antes de terminar el año debido a la creciente situación de peligro del colegio, con tan buen tino de matricularme en un colegio en el Centro que llamaban popularmente “Prostituto América”); traíamos la contentura de habernos sentido cortejadas pero también respetadas, los tipos bailaban muy bien y nosotras éramos tremendos trompos, así que habíamos disfrutado la fiesta. De pronto, de la nada, apareció mi novio a unos metros frente a mí (alguien, quizás alguna de las otras amigas, tenía que haberle campaniado dónde estaba yo y en qué momento llegaba al barrio), el gesto de furia y desprecio en su rostro era implacable. Me inquirió acerca de dónde venía y yo balbuceé una y otra mentira, pero él decidió tomar propiedad de su lugar de novio y no dejarse ver como un güevón por sus amigos (quienes, si no sabían ya, se iban a enterar, porque en ese barrio la intimidad era tan escasa como anhelada); así que, sin advertirlo, recibí un puño en la cara que me tiró al borde de la calle. En esos casos nadie se metía, no hablábamos de violencia de género ni cosas similares, las vainas eran entre el hombre y su hembra, y el orgullo de varón debía ser restablecido a cualquier costo. Luego del primer cimbronazo, me levanté del piso bastante mareada y, sobre todo, avergonzada, no por lo que había hecho, sino por lo que estaba pasando, nunca antes Carlos me había golpeado…

De ahí el camino a mi casa fue eterno, las miradas se posaban sobre mí con reproche y Carlos me insultaba e increpaba para que le dijera dónde, con quién y en qué había estado. Llegamos a mi casa y yo traté de ocultar la situación frente a mi abuela y mi madre, pero eso era prácticamente imposible, por lo que Carlos me dijo que fuéramos a su casa, en el barrio El Salvador, a donde nos dirigimos a pie desde Aranjuez como parte del castigo. Lo que pasó allí en ese lugar más privado que era su casa y su habitación no es necesario enunciarlo, solo sumó a una serie de conversaciones incoherentes, insidiosas y actos de agresión que, sin duda, minaron mi amor por él y precipitaron nuestra ruptura al año siguiente, una vez yo había ingresado a la Nacional, gracias a la orientación y acompañamiento de Carlos, a estudiar Geología. Esa excursión de grilla dejó como resultado una ambigüedad: la conciencia de la mujer como posesión de un hombre —que hasta entonces no había experimentado—, así como el desamor y la destitución de este hombre por el que, aún hoy, guardo profundo agradecimiento, pues me enseñó unas formas de estar en el mundo alternas a las que el barrio me ofrecía.

El segundo envión de grilla sucedió probablemente al año siguiente, cuando ya había terminado mi relación de cinco años con Carlos. Entonces había comenzado a salir con un pelao del barrio, llamado Hugo, que estudiaba en la Universidad de Antioquia, pero que, a pesar de su calidad de estudiante, tampoco había podido renunciar definitivamente a la opción opuesta a la sanidad, y si bien no estaba en vueltas de pillaje, sí chicaneaba con las hembras que levantaba y hacía alarde de su moto (de carenaje blanco, siempre impecable, que incluso limpiaba y brillaba afectuosamente durante las visitas que me hacía afuera de la casa, y que me dejó marcada la imperdible e indeleble quemadura de mofle que toda grilla llevaba como sello de su experiencia). Este Hugo era, por las mismas razones geográficas y de azar que mis amigas y yo, vecino de Los Priscos, y también era amigo íntimo de alguno de los hermanos menores de esta familia, a quien, valga decir, tampoco vi nunca en vueltas de pillos; Hugo y su amigo eran, podría decirse con Andy Montañez, “pillos buena gente”… Con este Hugo pasé la tusa de Carlos y él conmigo la de una novia que había tenido con más carnes —tetas, piernas y culo— que yo, lo que no dejaba de informarme cada vez que le era posible. Ahora que lo pienso, creo que era un hombre un poco triste, atribulado quizás por la pérdida de su madre, y bastante influenciado por los estereotipos de las mujeres que “valían la pena” para los pillos. No tardamos mucho en separarnos, dadas múltiples incompatibilidades.

Por esa misma época conocí a otro Hugo, era un hombre mayor que yo, debía rodear los cuarenta años, y aunque no vivía en el barrio, lo habitaba constantemente pues iba a hacer vueltas con algunos de los pillos y sus patrones. Tenía una DT-175, envidia de buena parte de los pelaos y pillos de la cuadra, que acompañaba de un atuendo perfecto y fino compuesto por camisas coloridas de chalís, jeans Levi’s y mocasines Lacoste o zapato tipo Zodiac. También era un pillo buena gente, decente y atento en el trato. No me acuerdo cómo lo conocí (probablemente de la manera en que se conocía a los hombres como él, al pasar por la esquina del barrio a merced del ametralleo de la mirada despresadora de cada uno de aquellos que —apostados en las paredes por interminables horas— disfrutaban de la música salsa, la bareta, y de acosar los cuerpos de las recién hechas mujeres), lo cierto es que Hugo me gustaba y cuando iba al barrio me buscaba para conversar, darme alguna vuelta en la moto o invitarme a comer un helado. Nunca tuvimos intimidad, pero sí algún que otro beso, y, aunque había coqueteo, quizás algún prurito moral le hacía pensar que aún era muy pequeña para él. La última vez que vi a este Hugo fue la tarde en que alguna de mis amigas, después de que escuchamos una balacera a un par de cuadras de la casa, me llamó para decirme que a quien le habían disparado era a él. Fui inmediatamente hasta el lugar (lo más usual cuando había un muerto era ir a mirar cuál amigo, vecino o familiar de uno era), supe que le dispararon mientras iba en la moto, así que cuando lo vi, como siempre perfectamente vestido, pero con un zapato fuera del pie, estaba entre el pavimento y la DT-175; allí me despedí de él, en una lejanía vergonzante y un poco afligida, nunca supe dónde vivía, ni tampoco si tenía una familia. Con esa muerte se cerró el segundo intento de grilla.

El tercer y último envión de grilla advino unos años después, 1993 —mismo en el que asesinaron a Pablo Escobar—, ya estando de lleno en la vida laboral y de sostenimiento de mi madre, luego de que en diciembre de 1989 falleciera mi abuela, mi refugio y sustento en la niñez y precoz adolescencia. Yo trabajaba como mesera en un restaurante mexicano en El Poblado, con lo que pagaba mis estudios ya en la de Antioquia (a donde me había pasado a estudiar Psicología) y mantenía a duras penas la casa, pues solo alcanzaba para pagar algunos meses al año los servicios y llevar algo de comida para mi madre y yo. Ya para esa época tenía experiencia como mesera y bartender y había pasado, desde los diecisiete años, por varios bares, tanto en el Centro como en Envigado y ahora en El Poblado. En la taberna en Envigado donde trabajé un par de años había conocido a un hombre también mayor, del cual me hice amante durante un tiempo; más que amantes éramos amigos y disfrutábamos largas conversaciones sobre literatura, filosofía, psicoanálisis y otras materias en las que este hombre se movía con interés, fluidez e inteligencia, las excursiones sexuales entre ambos eran para mí fuente de exploración y de vivencia de un cuerpo libre y placentero. Luego de que me retiré del bar en Envigado comencé a trabajar en este restaurante mexicano situado en el Parque Lleras, pero mi amigo y yo seguimos en contacto y a veces iba a visitarme o conversábamos por teléfono. Era también un pillo buena gente, pero a otro nivel…, ya no se trataba de la vida pilla del barrio, del calentón, del sicario, sino de un hombre inmiscuido en negocios de narcotráfico internacional.

Una noche que estaba trabajando en el restaurante recibí una llamada suya en la que me hacía una invitación a Cartagena “con todo pago”, necesitaba que le dijera si quería acompañarlo a un viaje y le diera los datos para comprarme el tiquete aéreo; eso significaba pedir permiso en el restaurante y ausentarme el fin de semana, que eran los días de mayores entradas por propinas, él lo sabía y previendo la dificultad me dijo que no me preocupara, que él me daba una platica al regreso para que estuviera tranquila. Yo no había ido nunca a Cartagena, no había viajado en avión, y el mar lo había conocido apenas ese mismo año de la mano mi amada amiga Mila (quien, en una arrebolada tarde en San Bernardo, me había llevado a conocerlo, con los ojos tapados y el corazón rebosante por el rugido de lo que, al abrirlos, me pareció un inmenso jugo de lulo); así que, luego de pedirle permiso a quien administraba el restaurante, le avisé a mi amigo Jorge que lo acompañaría al viaje.

Me indicó qué día y a qué hora debía dirigirme al aeropuerto de Medellín y que allí un amigo suyo, conocido para mí, me entregaría los tiquetes y un dinero para gastos. Llegué y encontré a nuestro conocido en común en compañía de un par de mujeres despampanantes, de mi edad, pero finamente vestidas y peinadas como aquellas muñecas Barbies —aunque morenas— que en mi infancia solo veía en los comerciales, me las presentó y me dijo que viajaríamos juntas. Hicimos buenas migas desde el principio y luego del vuelo fuimos recogidas en el aeropuerto de Cartagena por mi amigo y un amigo suyo —conocido previamente de las muñecas—; nos llevaron al casco histórico con el fin de comprar lo que necesitáramos: ropa, productos de aseo y belleza, zapatos, etc., después de lo cual nos desplazamos al muelle y abordamos un yate. Me río ahora al recordar aquella escena, algo surreal para mí —intuyo que no para mis acompañantes—: una humilde muchacha del barrio Aranjuez abordando un yate de lujo rumbo a lo desconocido… Por unos días, al parecer, fui una “muñeca de la mafia”.

De Cartagena pasamos en el yate a una isla privada con una casa preciosa y una flotilla de otras embarcaciones pequeñas y motos de agua, era un paraíso de comidas exquisitas y licores venidos de diversos confines del mundo. Apenas llegamos, las dos muñecas, mi amigo, su amigo y yo nos encontramos con un hombre mayor, de origen mexicano, cincuentón para ese momento, de muy bello porte y elegancia, que nos recibió sin camisa, exhibiendo aún un espléndido cuerpo, pantalones cortos de lino y mocasines de cuero finos. Era un hombre del que emanaba, además de belleza y sensualidad, una fuerza sobrecogedora, y no tardé en comprender que se trataba del jefe, no sabía de qué exactamente, pero todo lo que veía le pertenecía.

El fin de semana se desarrolló para nosotras las mujeres a la manera de una fiesta permanente, pasábamos todo el día a media caña, bien fuera a punta de vodkas con naranja, tequilas reposados o whiskies, y las noches las amenizábamos con bailes, risas y cocteles que yo preparaba para todos y cuya experiencia fue de las delicias de los asistentes y me dio un lugar especial en aquella peculiar escena. Por su parte, los hombres estaban muy ocupados durante el día en sus negocios: luego de los primeros vodkas para paliar la resaca derivada de la noche anterior, se encerraban largas horas en la casa o en el yate, nosotras no sabíamos de qué hablaban, pero no teníamos que hacer mucho esfuerzo para saber que los negocios que se estaban cociendo allí tenían que ver con muchos kilos de droga. Al parecer, cada uno de estos tres hombres tenía en cada una de nosotras a su pareja de viaje, yo estaba con mi amigo y dormíamos en un pequeño yate juntos, donde también disfrutábamos de otras delicias. Tampoco, como en el caso de aquellos otros enviones de grilla, sentí en algún momento el peligro de que me pidieran u obligaran a hacer algo que no quisiera, ni hubo nada por la fuerza, por el contrario, nos sentimos siempre respetadas y mimadas. El fin de semana se fue en un abrir y cerrar de ojos y a la semana siguiente yo ya estaba nuevamente despachando margaritas, bloody marys, cucarachos y dry martinis a diestra y siniestra, y retomando sin pena ni gloria mi vida de estudiante y trabajadora. Con mi amigo vino luego una distancia, no supe si hubo algún percance en su vida de pillo buena gente, o si simplemente se casó con alguna mujer y dejó las andadas; lo cierto es que no pude volver a tener noticias suyas, desde entonces he pensado que ojalá pueda alguna vez encontrarlo de nuevo y recordar aquellos extraños y felices tiempos. De los demás personajes de la escena tampoco volví a saber nada: las muñecas se fueron como llegaron, los amigos de mi amigo desaparecieron con él, y del jefe, el mexicano, no volví a tener señales, aunque busqué durante un buen tiempo su nombre y fotografía en las noticias nacionales sobre incautaciones de drogas y capturas de personas asociadas al mundo de la mafia.

Muchas veces en la vida me he preguntado cómo, en medio de tantos dolores y mierda en común, unas o unos tomamos unas decisiones y otras u otros tomaron otras; es un enigma que me sobrevive a pesar de varios años de vida y de análisis. Lo cierto es que algo hacía obstáculo a mi factible carrera de grilla. Una cosa fue el encuentro con Carlos, quien fue para mí un flotador durante mi adolescencia en un barrio pobre y violento como fue Aranjuez, y que me permitió ver a la universidad como una vía posible para hacer algo distinto, para soñar un futuro diferente. La otra, la honestidad de mi abuelo Manuel Salvador, un hombre sumamente trabajador, arrendador de caballos que durante toda su vida trabajó para Fabio Ochoa, y quien a la edad de 77 años murió con las riendas en sus manos, que me enseñó con su ser el valor del trabajo y la decencia. “Mija, ¡no se vaya a meter con un cargaleña!”, me decía siempre, y aunque yo no sabía muy bien eso qué significaba en su jerga campesina, se aproximaba a la idea que tenía ya sobre ciertos hombres de poca aspiración, “patos” en nuestra jerga animalaria de la época. Tampoco creo que la abuela Argemira hubiera resistido el embate de una nieta grilla, no solo porque ella había sido criada bajo unos principios religiosos recalcitrantes, sino, sobre todo, porque le importaba mucho el qué dirán. Lo cierto es que el obstáculo se incorporó en mí a la manera de un mal carácter, de una repelencia que ahuyentaba a los pelaos —y especialmente a los patos y pillos—, gesto que aún conservo como una tormenta en la mirada y que hace pensar a la gente que me ve, o apenas conoce, que soy brava; y sí, quizás esa fiereza logró alejarme de los caminos de la grillería en que la mayoría de mis amigas cayeron y en que varias de ellas perdieron la vida en aquellos trágicos años en Medellín.


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