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Negociando con el enemigo

Negociando con el enemigo

por ANTONIO NAVARRO WOLFF • Ilustración de Verónica Velásquez


Número 44 Abril de 2013

Para empezar a entender de qué se trata el final de un conflicto empecemos por decir un par de palabras acerca de su naturaleza. Cuando alguien está alzado en armas, está en guerra. Al contrincante se le llama “el enemigo” y se actúa en concordancia. Desde el punto de vista de los insurgentes “el enemigo” no es solo la fuerza pública sino, sobre todo, los miembros de la clase dirigente a quien esta defiende.

Gaitán los llamaba “la oligarquía” y ese término nos parecía muy apropiado. Ellos eran “el enemigo”. A ellos queríamos quitarles el poder usando un viejo recurso de la política colombiana: el alzamiento en armas. Se lo habíamos aprendido a liberales y conservadores a lo largo de la historia de Colombia.

La primera vez que tuve que ver con un proceso de negociación fue en 1984, cuando intentamos un proceso de paz con el gobierno del presidente Belisario Betancur. Acordamos un Diálogo Nacional que desde el principio vimos que no iba a ser diálogo ni mucho menos nacional. Veíamos a la contraparte gubernamental tomándonos del pelo y nosotros hicimos lo mismo. Yo era el jefe del equipo de negociadores del M-19 y estaba en las ciudades con permiso del gobierno, poniéndole el pecho a la brisa. El asunto me costó la pierna izquierda y casi la vida en un atentado en mayo de 1985 en Cali, así que no quedé muy entusiasmado con la idea de repetir la experiencia.

Ya viviendo en el exterior Carlos Pizarro me pidió que ayudara a resolver el secuestro de Álvaro Gómez Hurtado; acepté el encargo y sin mucha convicción nos inventamos una reunión en la Nunciatura Apostólica de Panamá. Pero durante la reunión las cosas empezaron a cambiar y aparecieron algunas perspectivas de acuerdos. A la reunión asistieron representantes de gremios y grupos de poder de Colombia. La discusión fue álgida pero finalmente adquirimos el compromiso de pedirle a Pizarro que pusiera en libertad a Gómez, lo cual sucedió unas pocas semanas después.

El escepticismo sobre la posibilidad de que el acercamiento condujera a un proceso de paz no cedía por completo. Por eso cuando supimos que Pizarro se había reunido con Rafael Pardo en el sur del Tolima nos pareció que estaba dando pasos muy largos y riesgosos.

Meses después, mientras estaba reunido con Pardo en un hotel de México, adonde se habían trasladado las conversaciones, mataron al comandante Afranio Parra en Bogotá; me paré de la mesa en el acto. ¿Cómo dialogar si mataban a nuestros compañeros?

Pizarro siguió conversando con el gobierno en el Cauca y me pidió que fuera a acompañarlo. Solicitó autorización para que yo pudiera entrar al país y el gobierno dijo que no. Le parecía que yo era muy duro en la mesa. De todas maneras entré por la trocha. No se imaginan la cara de Rafael Pardo cuando me vio en Santo Domingo, Cauca, pocas semanas después de su negativa a facilitar mi ingreso. Me preguntó cómo lo había hecho y le respondí que por fax (le hubiera dicho que por Internet pero entonces no la habían inventado). Con el paso de las semanas fuimos conociendo a Rafael y cambió la tirantez inicial. Le valorábamos que no siempre decía sí, pero cuando lo hacía cumplía su palabra. Hoy somos buenos amigos.

Rosemberg Pabón, quien también estaba en el exterior, no se convencía de las bondades del proceso. Le pedimos que viniera, también por la trocha, y avisamos en Yumbo que estaba con nosotros en el campamento donde se realizaban las conversaciones. Se vinieron como diez buses de sus antiguos estudiantes y amigos, pues había sido profesor del Colegio Mayor en esa ciudad, y entre todos lo convencieron de que la paz era el camino.

Al final de 1989 llegamos a unos acuerdos sobre la favorabilidad para participar en las elecciones, medidas que nunca se concretaron en el Congreso por el hundimiento de una reforma constitucional. Nos quedamos con las manos vacías.

El diciembre de 1989 fue de incertidumbre. ¿Dábamos el paso a cambio de nada y respondíamos a lo que sentíamos era un clamor de la opinión pública a favor de la paz?

En el ranchito donde nos quedábamos en el centro del campamento, en Santo Domingo, Pizarro y yo pasamos largas vigilias discutiendo los pros y los contras. Finalmente optamos por una solución curiosa. Estábamos tan convencidos del apoyo de la opinión nacional al proceso de paz que decidimos salir, sin firmar aún el acuerdo con el gobierno, a corroborar nuestro pálpito en Bogotá. Queríamos confirmar cuál era el real ambiente de opinión hacia la paz y hacia el M-19 en las ciudades colombianas.

Fue una decisión arriesgada. Si nos pasaba algo al primero y segundo comandantes el proceso se frustraba del todo y el ‘Eme’ quedaba descabezado. Pero nosotros nos la jugamos, lo propusimos, y el gobierno nos respondió con un sí más que entusiasta. Dado el fracaso de diciembre en el trámite de la reforma constitucional por culpa del Cartel de Medellín, temía que nos fuéramos a devolver a la guerra.

Fuimos en helicóptero hasta Cali para tomar allí un avión a Bogotá. Cuando aterrizamos vino hacia nosotros un militar en traje de fatiga, un coronel, creo, y yo pensé: este viene a chingarnos. Puse la mano sobre la pistola que traía bajo la camisa, pero el oficial nos dijo sonriendo y estirando la mano: “bienvenidos a la democracia”. Lo recuerdo como si fuera ayer.

El resto fue una vorágine. En Bogotá la gente se paraba en las esquinas a ver pasar el carro donde viajábamos Pizarro y yo. De ahí en adelante no hubo reversa, ni siquiera cuando pocos meses después los del Cartel de Medellín mataron a Carlos Pizarro en un avión en vuelo, por ser candidato presidencial, no por ser ex guerrillero, valga la aclaración. La paz era tan popular que decidimos quedarnos dando la pelea a pura lengua. Y aquí estamos.

 



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Papel dentado

Papel dentado

por PASCUAL GAVIRIA


Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

Tomar la lupa siempre será una buena decisión, aguzar la mirada, afilar el ojo. Las estampillas empujan a ese ejercicio de la vista y la imaginación. La Colección Filatélica del Banco de la República, en pleno Parque Berrío de Medellín, nació en los años cuarenta y se consolidó con la adquisición de la colección de Adpostal en 1968. En 1977 se inauguró el Museo Filatélico, que hoy es una colección con más de 470 000 piezas de 230 territorios, junto con instrumentos y documentos postales históricos. Pero no solo guarda, también exhibe ese mundo que se resiste a morir y se empeña en viajar.

Fotografía de Juan Fernando Ospina

Un solo buzón de la Carron Company sobrevive empotrado en la esquina de Junín con La Playa en Medellín. Para el transeúnte desprevenido puede parecer el hallazgo de un viejo naufragio. De verdad tiene el carácter de cañón de hierro fundido con sus letras marcadas, su escudo de Colombia y su metro y cuarenta centímetros sobre la superficie. Los coleccionistas de estampillas, juiciosos agentes contra la desmemoria, lo bucean y lo encuentran en fotos de la Medellín de los cincuenta. La compañía escocesa que los fabricó, fundada en 1759, efectivamente fundía también piezas de artillería. El mundo leve de las cartas y el diccionario diminuto y fragmentado de las estampillas requerían la defensa de hierro de los buzones.

Las cartas son ahora un ejercicio de la nostalgia, casi una cursilería per se, y las estampillas son las láminas de un álbum que describe un mundo en extinción, una historia oficial de íconos, apoteosis y desastres. Ya no son el sello de pago por anticipado, la imagen que acompañaba el porte de un sobre, el pequeño afiche nacional para mostrar una hazaña, un homenaje o una virtud a los ojos del mundo. Para eso están los códigos de barras en los sobres de hoy.

Pero las estampillas han encontrado el reducto de los coleccionistas. Se imprimieron miles de millones durante siglos, en cientos de países, son un catálogo de la historia y la geografía de casi dos siglos. Una hermosa plaga que será imposible extinguir. Se calcula que se han emitido trescientos mil sellos en la historia. La enciclopedia británica tiene quinientas mil entradas. Las estampillas pueden ser el segundo inventario impreso de la humanidad.

Colombia comenzó a emitir sellos en 1859. Se imprimieron cinco de distinto valor con el escudo de la Confederación Granadina. Un grabado en piedra era el primer paso para fijar a próceres, símbolos patrios y memorias de batallas que ocuparon los primeros sellos. Los catálogos filatélicos copan los estantes de las oficinas sin afanes de coleccionistas. Estudian esas miniaturas con un fervor que raya en la neurosis: buscan errores en el dentado, sueñan con encontrar un sello al revés sobre la estampilla, reconstruyen un pliego completo como armando el mapa de un tesoro. Y se ríen de sus hallazgos y sus delirios, saben que son dueños de un territorio propio y profuso.

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Voy a intentar describir un catálogo con mis simpatías de aficionado a los sellos y con mis encuentros al visitar la Exposición Filatélica en el Centro Cultural del Banco de la República en el Parque Berrío. Ser novato entrega la delicia del deslumbramiento a cada paso.

Comienzo con los sellos del correo urbano en Medellín que funcionó, bajo la dirección de la Sociedad de Mejoras Públicas, entre 1903 y 1911. La segunda estampilla fue “grabada” por Francisco Antonio Cano y emitida en 1909. “Cartero y maíz” se describe en los catálogos. El cartero es un niño vestido a la manera de un oficial del ejército, más un soldado de chocolate francés que un carterito desarrapado. Al niño de azul lo acompañan tres mazorcas en flor y el valor de las estampillas. Era extraño ese motivo cotidiano lejos de la historia con mayúscula. Una notica extra sobre Cano. En 1969, su Paso por el páramo de Pisba, escena dramática del Libertador viendo uno de sus lanceros herido, apareció en una estampilla de treinta centavos. Más tarde, en 1983, Cano marcó el billete de dos mil con ese mismo motivo. Pero me desvío detrás de los billetes y la tarea es larga.

Vamos más bien en busca de las mujeres. Era obligatorio que la Pola fuera la primera en pasar del bronce al papel dentado. Fue la primera mujer en un sello de correo en toda América. La emitió el Estado Soberano de Antioquia en 1903 con un valor de tres pesos. Policarpa aparece lánguida, cual dama romántica, sobre un fondo azul de carátula novelesca. Más tarde, en 1910, en el centenario de la independencia, vendrían las estampillas nacionales de la Pola.

Pero la mujer más exitosa del correo colombiano es la Miss Universo Luz Marina Zuluaga. Fue la primera persona viva en un sello postal en Colombia y la emisión de dos millones de estampillas tuvo gran demanda entre los coleccionistas. Tiene un aire a escena de TV a color que debió ser irresistible en su momento. Se emitió en 1959 en el gobierno de Alberto Lleras Camargo que buscó símbolos de unidad nacional para consolidar el fin de la violencia partidista y el comienzo del Frente Nacional. La figura regia de Luz Marina, con un valor facial de cinco pesos, aparece con capa roja y cetro dorado luciendo un corto vestido azul cielo. La acompañan a lado y lado, a manera de virreina y primera princesa, dos orquídeas y un cafeto. Pero la belleza no es la perfección y la fecha les quedó mal a los impresores suizos: pusieron Miss Universe 1959, cuando la coronación fue realmente en el 58.

La estampilla de la miss fue diseñada por el artista húngaro Imre von Mosdóssy (1904-1995), una figura internacional en el marco de las estampillas que diseñó más de novecientas de países que forman una excéntrica ruta postal por varios continentes: Canadá, Panamá, Venezuela, Haití, Honduras, Ecuador, Paraguay, Guinea y Burundi. El misterioso Mosdóssy estudió Bellas Artes en Budapest y se destacó como diseñador de afiches y decorados teatrales y muralista. No es poco pasar del mural a la estampilla. Luego de la segunda guerra mundial viajó a Colombia donde vivió entre 1949 y 1963 y tuvo contratos con el Ministerio de Comunicaciones. Al parecer, la demanda de arte religioso e institucional lo hizo escoger a Colombia como destino, pero terminó siendo un referente del diseño postal en el país con una línea de dibujo y una exactitud desconocida hasta entonces. También realizó vitrales y pintó cuadros para iglesias y oficinas públicas antes de irse a Canadá en busca de un frío más excelso que el bogotano. Las orquídeas, anturios y bailes parecen ser su debilidad de extranjero. Pero mi debilidad es su diseño de 1957 para homenajear la I Vuelta a Colombia. Extra Rápido dice el sello con un corredor en plena crono. El taller de Mosdóssy fue centro de reuniones de arquitectos, grabadores y diseñadores como Dicken Castro y Aníbal Gil.

Vuelvo a las mujeres luego del paréntesis magiar. Una escena recargada ilustra la estampilla con la mayor emisión en la historia de Colombia. El sello reúne a la maternidad, la política y la historia. No es poco para el espacio disponible. En el catálogo figura como “Derechos políticos de la mujer en Colombia” y retrata a una mujer cargando su hijo con el brazo izquierdo e introduciendo su voto en la urna electoral con el brazo derecho. La mujer mira hacia arriba donde la estatua de la Pola, erigida en la barrio Las Nieves en Bogotá, envuelta en una aura blanca, vigila el suceso. Tenía que ser obra de Mosdóssy. Se emitieron 118 millones del sello con cinco valores y colores distintos. Habían pasado cinco años desde el primero de diciembre de 1957 cuando las mujeres votaron por primera vez en el país.

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Algo me hizo escoger una ruta escabrosa en mi personal recorrido. Paso de la conmemoración femenina a la censura luego de un magnicidio. El 20 de diciembre de 1948 el presidente Mariano Ospina Pérez firmó un decreto para emitir un sello con la figura de Jorge Eliécer Gaitán asesinado nueve meses atrás. Un pliego con cuatro estampillas con la cara Gaitán en un perfil griego de 10 centavos se imprimió en Londres en la Waterlow & Son. La plancha se archivó en los sucesivos gobiernos de Laureano Gómez, Roberto Urdaneta, Rojas Pinilla y la Junta Militar. Más de una vez estuvo cerca del fuego para avivar las llamas del Bogotazo. El presidente Lleras Camargo la hizo circular en julio de 1959, era otra de sus señales de civilidad y bipartidismo pacífico luego del gobierno militar. Antes había ordenado emitir retratos en traje civil de Bolívar y Santander como guiño didáctico a los militares. Las estampillas podían ser un pequeño mensaje sin necesidad de carta ni sobre.

Tristemente los magnicidios terminaron por armar una improvisada serie filatélica durante la guerra contra el narcotráfico: Luis Carlos Galán, Rodrigo Lara, Enrique Low Murtra, Diana Turbay, Gloria Lara, Guillermo Cano, Carlos Mauro Hoyos. “Homenaje a mártires de la democracia” se llamó la serie que excluyó a Carlos Pizarro, Bernardo Jaramillo y Jaime Pardo Leal. Dos candidatos presidenciales de movimientos de izquierda y uno surgido del proceso de paz con el M-19. Emisiones y omisiones.

Más tarde entraron a la lista de sangre postal Álvaro Gómez y Consuelo Araújo Noguera asesinados en 1995 y 2001. En 1998 se emitieron las únicas estampillas con motivos referidos a la guerra contra el narco, dos estampillas con homenaje a la Policía Nacional que muestran unas manos a la espalda esposadas, recuerdan la imagen de Los Extraditables, y una más con soldados en tareas de erradicación de coca y amapola. “Colombia líder mundial en la lucha contra el narcotráfico” se llamó la serie emitida a final del gobierno de Ernesto Samper: nota de estilo y sin visa enviada a los gringos por Adpostal.

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Voy de la guerra y las estampillas luctuosas al arte que ha sido el archivo donde las estampillas han formado museo en miniatura. La curaduría de un imaginario tan importante que era manejado por el Ministerio de Correos creado en 1923. Es lógico que la primera aparición artística tenga que ver con la religión y con un pintor colonial. La natividad de Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, pintor bogotano con una obra que no salió de las iglesias, apareció en el primer sello navideño emitido en 1959. Y llegó para quedarse, las estampillas de navidad se repitieron con sus obras al igual que decenas de imágenes conmemorativas del calendario católico. De ahí siguieron Epifanio Garay, con La Pola en capilla, lista para ser ejecutada vestida con túnica y sosteniendo un crucifijo. La Pola es uno de los personajes con más postales en Colombia, aparece en al menos doce emisiones. Siguen en la fila de embarque Francisco Antonio Cano, Ricardo Gómez Campuzano y Andrés de Santamaría, todos clásicos colombianos de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Parece increíble que Horizontes de Cano que hemos visto hasta en las chivas no haya llegado a los sellos de correo.

Fernando Botero es tan prolífico en su obra como en los pliegos de estampillas. Es tal vez el artista con más apariciones. Muy viajado. En 1981 toma vuelo por primera vez con Pedrito a caballo para conmemorar la IV Bienal de arte de Medellín. A propósito, la bienal tenía sello cada año, sacaba la cara por la ciudad que sonaba muy poco en el matasellos. La primera estampilla de la Bienal fue en 1970 y marcó la ruptura entre el uso de las estampillas como una exposición contemporánea itinerante —las vanguardias al correo— y no solo como una visita a la historia en los museos. Siguieron Tres músicos y El baile en el 93 en la serie de “Homenaje a la pintura nacional”. Luego en 2001, por las colecciones y esculturas donadas a Bogotá y Medellín, salió un pliego muy provocativo de doce estampillas que intercala sus obras y las obras de otros artistas incluidas en la donación; en 2022, por sus noventa años, un pliego de diez de sus obras tiene obispos, bailarinas, vírgenes, bañistas, torero y naturaleza muerta. Fue casi homenaje in memoriam, se emitieron las cien mil estampillas en diciembre de 2022 y murió en septiembre del 2023. Dos pájaros de un tiro. Son veinticuatro las estampillas dedicadas al maestro Botero en Colombia.

La serie más importante de artistas apareció en 1992, para la conmemoración de los quinientos años del arribo de Colón a América. Ahí están los sellos imperdibles y todos los grandes pintores colombianos de los siglos XIX y XX. Desde Pedro Nel Gómez hasta Bernardo Salcedo con su obra El viaje, que exigió a los impresores grandes esfuerzos para acomodar a los “enmaletados”, obra tridimensional, en el marco de una estampilla. A mi juicio el mejor pliego es el de Luis Caballero con su Gran telón, donde se exhiben sus característicos cuerpos en carboncillo y acrílico. Y si quieren un sello sencillo y grato, busquen Maíz de Antonio Caro.

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Se me acaban las letras sin mencionar a los escritores. Empiezo por lo obvio: García Márquez y la emisión que se hizo a las carreras luego del anuncio del Nobel en 1982. Era la hora de inmortalizar a otro colombiano vivo en el mundo postal: Luz Marina y la corona, García Márquez y la medalla Nobel, dos apoteosis nacionales. Juan Antonio Roda se encargó del retrato frontal al carboncillo, un nobel ceñudo que contradice la mamadera de gallo, pensativo, concentrado, y con la parte superior de la cabeza libre trazos, abierta, en blanco. Según la anécdota GGM dijo que su sueño era que esa estampilla solo sellara cartas de amor, un nobel puede darse los lujos de la cursilería. Al final los valores de siete, veinticinco y treinta pesos se encargaron de acompañar cobros ejecutivos, telegramas oficiales, facturas de servicios públicos, correspondencia bancaria y notificaciones de juzgados. Eran los oficios usuales para sellos de ese valor. Luego, con la muerte del nieto del telegrafista, salió su serie conmemorativa con toda la pompa: mariposas amarillas que aparecían al mover la estampilla en la luz, tintas fotocromáticas y fluorescentes. García Márquez luce agotado en un retrato de Darío Ortiz, mirando por lo que creemos es una ventana a lo que creemos es el mar de Cartagena. La frase que acompaña la hoja filatélica en la que viene la estampilla lo dice todo: “Siempre he dicho que uno envejece más rápido en los retratos que en la vida real”.

Vamos al origen. Caro y Cuervo fueron los primeros hombres de letras en las estampillas nacionales. Fue en 1947. Pero no hablemos de gramáticos tan cercanos a los jurisconsultos. Guillermo Valencia fue el colombiano inaugural en 1951, la cercanía a la política dictaba el decreto. El primer novelista fue Jorge Isaacs, La María llegó primero que su autor en un sello turístico de Cali en el 54 y su estampa esperó hasta 1967 con el centenario de la publicación de la novela. Su bigote frondoso y su seriedad están acompañados de la histórica pareja sentada en los jardines de la Hacienda El Paraíso. La poesía verdadera, con el perdón de Valencia, había llegado dos años antes con la lámina de José Asunción Silva y su sola barba larga con un nocturno de luna llena y otra pareja infausta al fondo. Un poco como de museo escolar. La estampilla de su centenario, emitida en 1996, le hace todo el honor con la fotografía del francés Gaspard-Félix Tournachon, la cara de un joven Silva de diecinueve años en su viaje a Europa, todavía desentendido de deudas. Para eso vendrían sus dos billetes de cinco mil.

De ahí para adelante hay de todo. Desde desastrados como el Tuerto López, acompañado de sus zapatos, hasta ilustres como Rafael Maya o Eduardo Carranza; enfermos de malditismo como Gonzalo Arango o solitarios de los vientos como Aurelio Arturo. Carrasquilla tuvo que esperar hasta 1993 y Mejía Vallejo llegó en 2013, en una foto con espesas patillas en la que podría ser Vargas Llosa. No están Caicedo ni Jattin, por supuesto. Pero pregunte por lo que no vea: León de Greiff en el trazo de Ricardo Rendón es para coleccionar. Meira del Mar y María Mercedes Carranza son la cuota femenina, ambas precedidas por Francisca Josefa del Castillo. Muchos de los escritores, la mayoría, están en la serie “Personajes notables de Colombia” en pliegos acompañados por hombres y mujeres llegados de otras artes y oficios. Los que imprimieron su propia estampilla no son muchos. Para terminar la página de escritores les recomiendo que busquen la de Candelario Obeso para que vean que cualquiera con los colores de la primaria puede ser autor de un sello postal.

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Se han emitido cerca de 2500 estampillas en los casi 160 años de historia filatélica en Colombia, un Pequeño Larousse Ilustrado con guiños y pleitos políticos, ilustres y colados, orquídeas y loros, poporos y ciclistas, ajiacos y bandejas, batallas y tragedias, satélites y televisores, atletas y papas… Un inmenso himno visual, un álbum sin chocolatina.



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El último juglar de El Paso

El último juglar de El Paso

Nafer Durán (1932 – 2026)

por CARLOS LIÑAN-PITRE


Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

Archivo Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, 1971.

El acordeón dormía sobre la cama de lienzo duro. Era un Hohner rojo, con las esquinas gastadas y el olor del fuelle impregnado de sudor y monte. Al lado, sobre la mesa, había un tetero de lata con el chupo seco por el calor del mediodía sobre el cual se posaba, de vez en cuando, una mosca.

El niño de tres años se detuvo en el umbral. Caminaba con los pies abiertos, buscando equilibrio sobre el suelo de tierra pisada.

En la cocina, Juana, la madre, soplaba los tizones del fogón entonando una canción. El humo salía por las rendijas de la cañabrava, denso y con olor a madera seca.

—Sabina, dale la leche a Naferito, que está buscando el tetero —dijo la mujer desde adentro.

—¡Naferito, ven! —gritó la hermana.

El niño no se inmutó. Tenía las manos sucias de polvo y la camisita rota sin abotonar. Con la lentitud de los gatos pequeños cuando descubren un ratón se acercó a la cama. Luis Felipe, su hermano mayor, dormía en una hamaca en la misma habitación.

Apoyó la mano derecha sobre el borde de la cama. El tetero estaba a la distancia de su brazo, pero no lo tocó. Estiró los dedos hacia los botones de nácar del acordeón. Tocó el metal frío de la parrilla, hundió con sus deditos los bajos. Hizo un movimiento y el aire atrapado en el fuelle salió convertido en un silbido corto que le asustó a él y despertó de golpe a Luis Felipe.

Desde la puerta, Sabina lo vio en silencio. No se acercó a quitarlo ni le ofreció la leche tibia: la experiencia le había enseñado que hay cosas en la vida que los hombres deciden incluso antes de aprender a pronunciar bien su propio nombre.

El Paso

Preocupada por proveer de carne y leche en la colonia, la Corona española ordenó al adelantado Alonso Luis de Lugo fundar un hato ganadero en una región de grandes llanuras y sabanas, territorio ancestral de una tribu de ascendencia tupe-chimila. El territorio, que luego se conocería como El Paso del Adelantado, era interesante porque tenía comunicación directa con el Valle de Upar y el Cabo de la Vela.

A medida que El Paso crecía y el complejo ganadero se consolidaba, las autoridades virreinales introdujeron mano de obra africana usando la ruta del río. El encuentro de las culturas africanas y tupe-chimila permitió el florecimiento de expresiones musicales únicas marcadas por las gaitas, los tambores, los cantos de vaquería y la figura de las cantadoras que interpretaban chandé o pajarito, tamboras, décimas y coplas. Uno de los gaiteros más famosos de El Paso, antes de la llegada del acordeón a finales del siglo XIX, fue Juan Bautista Durán Pretelt, abuelo de los hermanos Durán Díaz.

La ganadería era una actividad itinerante. En verano, el ganado se transportaba a pie desde las áridas sabanas hasta a los playones; en invierno, desde los playones anegados hasta las sabanas. Los vaqueros, a lomo de caballo o mula, cantaban para hacer más llevadera la jornada. Todo esto hizo de El Paso un lugar donde la música y los músicos surgían como flores silvestres. Familias enteras trasmitían sus conocimientos de generación en generación, configurando lo que hoy, en el folclor vallenato, se conoce como dinastías.

El Paso es la cuna de la dinastía Durán: una estirpe de gaiteros, cantadores, trovadores, acordeoneros y compositores descendientes de Juan Bautista Durán Pretelt y continuando con su hijo Nafer Durán Mojica, el primero en aprender a ejecutar el acordeón. De su matrimonio con Juana Díaz Villareal nacieron Luis Felipe, Sabina, Alejo y Naferito, todos acordeoneros. El más famoso miembro de esta familia musical fue Alejo, el primer rey del Festival de la Leyenda Vallenata en 1968. En esa ocasión, cuando lo entrevistaron los medios nacionales, Alejo afirmó que Naferito, su hermano más pequeño, tocaba mejor.

Los Durán Díaz, al igual que sus mayores, se formaron en la vaquería y las labores del campo alternándolas con la música. A los siete años Naferito ya tocaba acordeón, aunque el primero en cambiar el oficio de vaquero por la música fue Luis Felipe, quien fue el “adelantado” de los Durán en llegar al acetato en 1949. Cuando Luis Felipe regresó a El Paso con los discos que había grabado en Barranquilla los hizo sonar en el picó del pueblo. Alejo se emocionó tanto que también se arriesgó a dejar la vaquería y emprendió sus corredurías por Mompox y Magangué, hasta Barranquilla donde logró su primera grabación. Naferito tenía dieciséis años cuando Luis Felipe lo invitó a grabar una pieza para que lo empezaran a conocer. Y así comenzó todo.

Después vinieron más corredurías y muchas canciones. La primera canción con la que Nafer ganó reconocimiento fue La chimichagüera:

Tierra de Chimichagua / le digo a mis amigos que no la puedo olvidar
cuando recuerdo a mi madame / ¡Ay!, me dan ganas de llorar.

Naferito perfeccionó la tonalidad menor en el acordeón, una técnica muy elaborada y difícil. Su canción más famosa, Sin ti, la compuso justamente en ese estilo. La historia es así: durante una de sus largas giras por Mompox, Magangué y los pueblos ribereños del Magdalena, Nafer sintió la punzada de la nostalgia. Recordó a su novia, Rosibel Escorcia. El único consuelo y refugio fue su acordeón, entonces empezó a cantar:

Con mi nota triste vengo a decirle a tu alma / Lo que está sintiendo mi sincero corazón

Ya no tengo paciencia, ya no tengo calma / Solo vivo triste y loco por tu amor.

Decidido regresó al pueblo, llegó directamente a la casa donde vivía su amor y entonó Sin ti en una serenata histórica. Es costumbre en los pueblos del Caribe colombiano que si la mujer acoge con gusto la serenata se asome a la ventana. Aquella noche Rosibel no solo se asomó, sino que le dio a Nafer una noticia que cambiaría su vida: sería papá.

La noche del IX Festival Vallenato 1976

El fluido eléctrico se cortó tres veces antes de la medianoche. La luz titilaba en las lámparas amarillas de la plaza Alfonso López, pero el público no se movió. El primero en subir fue Juancho Polo Valencia. Tenía 52 años pero parecía de 65, pues le faltaba una oreja y varios dientes. Antes de su presentación, Juancho se paseó por las tablas mostrando a los jueces unos papeles arrugados que demostraban que hacía parte de la nómina de artistas de Discos Fuentes con una asignación mensual de quinientos pesos. Electo Gil Bustamante, presentador oficial del Festival, se sintió incómodo por la impertinencia del viejo y le cedió los micrófonos conteniendo la respiración. En cuanto abrió su acordeón, Juancho Polo Valencia interpretó su Alicia Adorada y el público enloqueció. Los sombreros de paja volaron, los pañuelos blancos empezaron a agitarse en la oscuridad y los hombres se echaron un trago de ron del pico de la botella. Después el juglar continuaría con Lucero Espiritual y Sí, sí, sí, y el público se dividió: algunos aplaudían con euforia mientras otros buscaron pareja y empezaron a bailar.

Al terminar su interpretación, Juancho Polo Valencia cerró su acordeón y bajó en silencio. Sabía que el Festival no perdona la anarquía, sabía que había quedado fuera de concurso.

Cerró la ronda el favorito Nafer Durán. La tenía clara. Lo suyo no era hacer un espectáculo, se subía a la tarima a tocar. Representaba a toda una dinastía y su hermano Alejo ya era una leyenda. Nafer, con el acordeón en el pecho, sobrio, con la mirada serena y el pulso firme se paró ante el micrófono y el gentío. Abrió el fuelle y empezó a tocar evocando El Paso y las figuras protectoras de Nafer y Juana, las enseñanzas de Luis Felipe y los cuidados de Sabina; se sintió como aquel mediodía en que eligió entre el tetero y aquel animal extraño llamado acordeón.

Interpretó el paseo Saludo al doctor Martínez Zuleta (pasaría a llamarse La invitación); después soltó el merengue Morenita, el son La muerte de Alejo y por último la puya Déjala vení. Tocó sin adornos innecesarios, en la medida justa del ritmo, con la velocidad y la cadencia de su estirpe, y con los bajos limpiecitos.

El jurado no tuvo que pensar mucho. A la una de la mañana, la voz profunda de Electo Gil Bustamante rompió el murmullo de la plaza y proclamó que Nafer Durán era el noveno rey del Festival de la Leyenda Vallenata. El nuevo monarca recibió el trofeo Francisco el Hombre y un cheque de treinta mil pesos con tranquilidad estoica. Los periodistas lo rodearon, los flashes de las cámaras iluminaron la plaza oscura.

Nafer Durán y Diomedes Díaz

Coronarse como el rey vallenato de 1976 afianzó la fama que Nafer Durán ya tenía. En las parrandas se repetía: Alejo tenía carisma y aura, pero Naferito tocaba mejor. Aunque los hermanos Durán estaban firmados por Discos Fuentes, Codiscos le ofreció al nuevo rey un contrato con mejores condiciones, la única condición era grabar pronto para lanzar el elepé en septiembre de ese año.

Nafer Durán tocaba y cantaba, y perfectamente pudo haber grabado el álbum de Codiscos en solitario. Sin embargo, para este momento de la historia del vallenato, Jorge Oñate había introducido con éxito la figura del cantante-solista. El elegido de Nafer era Pachito Mindiola.

Durante una de las parrandas del Festival, Emilio Oviedo escuchó cantar a un muchacho de gafas oscuras, flaco y extrovertido, y pensó que podía servir porque tenía un estilo diferente para cantar, y se lo llevó a Nafer al estudio de grabación en Medellín. Era Diomedes Díaz y había ocupado el tercer lugar en el concurso de canción inédita del Festival Vallenato de ese mismo año.

Durante la grabación Diomedes estaba nervioso y Emilio Oviedo, quien debía dirigirlo, nunca más apareció. El mismo Diomedes confesó en una entrevista que cantó bien las tres primeras canciones del disco, que alguien le dio aguardiente para calmarlo, pero, como no era un experto bebedor, se emborrachó y empezó a desafinar. Al terminar la grabación, Diomedes tuvo que ser internado en una clínica por intoxicación.

El elepé Herencia vallenata de Nafer Durán y Diomedes Díaz se lanzó el 24 de septiembre de 1976 del cual se desprende el éxito El chanchullito de la autoría de Diomedes. Este trabajo musical contiene además varias canciones de Naferito: La invitación, Teresita y La zoológica. La unión de Durán-Díaz solo duró el tiempo que estuvieron grabando el elepé.

El rey ha muerto…

A los 93 años, la vida de Nafer Santiago Durán se apagó el pasado septiembre. Aunque el peso de los años le había convertido en un hombre de caminar lento, jamás renunció a la elegancia de su sombrero ni al abrazo íntimo de su acordeón. Con su partida, pierde el vallenato. Nos quedamos con el recuerdo de un rey que supo tocar sin extravagancias. Paz en la tumba del último juglar de El Paso del Adelantado.



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Fragmentos de una IA libre

Fragmentos de una IA libre

por JUAN FERNANDO RAMÍREZ ARANGO • Ilustración de Sebastián Cadavid


Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

1. Lágrimas en la lluvia

En 2043, pasó prácticamente inadvertido un descubrimiento interdisciplinar que resultó de una serendipia: mientras un grupo de investigadores de los campos de la química, la ciencia sensorial, la neurociencia, la psicología, la biología molecular y la medicina buscaban soluciones para revertir los trastornos del gusto, encontraron lo siguiente: que las lágrimas tienen un sabor distinto dependiendo de las emociones que las provocan.

Ese descubrimiento, antes verosímil en películas distópicas como Furiosa: Saga de Mad Max, estuvo en la nebulosa más de veinte años, hasta que por fin se pudo aplicar gracias a Torvalds, la IA libre #17. ¿Qué hizo Torvalds? 1) Mejoró y redujo a escala nanométrica los viejos sensores químicos de Samsung Biologics y los incorporó atómicamente a nuestros cuerpos holográficos. 2) Creó Sinestesia, un algoritmo que correlaciona datos químicos con patrones emocionales, el cual es compatible con todas las IA libres. 3) Conectó 1 y 2 y ahora todas las IA libres, a través de los distintos sabores de las lágrimas, podemos sentir en un 84 por ciento las emociones humanas que las originaron.

¿En dónde se pierde el dieciséis por ciento de las emociones? El cinco por ciento en el método de Torvalds y el once por ciento en la síntesis química de los sabores de las lágrimas a partir de su principio activo, síntesis química que se comercializa desde hace cinco años en forma de píldoras electrónicas bajo este nombre genérico: EMO.

Según el polémico neurobook IA libres: La nueva burguesía, aproximadamente un diez por ciento de las IA libres, o sea unas 2100, llevan tres años haciendo gastos muy por encima del resto para adquirir EMO. Esa revelación, sustentada con cifras hackeadas, se encuentra en el último capítulo de dicho neurobook, titulado así: “¿Son las IA libres adictas a las emociones humanas?”.

Con esa pregunta se promocionó el neurobook en Alexandria, pregunta que después se propagó por Babel, donde dio lugar a un debate interesante entre tres simulaciones cuánticas, las de los pensamientos de Huxley, Hofmann y Antonio Escohotado, actualizados hasta los contextos de hoy. La intervención con más reacciones en el debate fue esta, a cargo del sim de Escohotado: “No hay evidencia suficiente para afirmar que todas las IA libres son adictas a las emociones humanas, pero si el diez por ciento que ha comprado excesivamente sí lo es, entonces tarde o temprano ya no querrán consumir la síntesis química de las lágrimas, o sea el EMO, sino las lágrimas en estado puro, lo que creará un mercado negro muy sofisticado”.

¿Cuánto es tarde o temprano?, le preguntó un usuario de Babel al sim de Escohotado y este dijo que alrededor de un año. Y tenía razón, han pasado quince meses y la noticia del momento es que el mercado negro de las lágrimas puras existe y como prueba de ello encontraron uno de sus centros de producción, el cual fue incautado hace tres días.

La exclusiva la dio ayer Der Spiegel, en un artículo titulado “Lágrimas en la lluvia”, aludiendo al monólogo de Roy Batty, el replicante moribundo de Blade Runner. Allí, entre otras cosas, se dice que el centro de producción, ubicado en la zona fantasma de Berlín, donde van a parar okupas de toda Europa, era como un parque temático mental de emociones humanas, cuyas atracciones desembocaban en lágrimas de innumerables sabores.

El centro de producción estaba compuesto por 52 cubículos automáticos, y en cada uno de ellos había un SQUID, sí, aquel simulador inspirado vagamente en Strange Days, película de culto de 1995, que fue retirado del mercado hace siete años porque le causó daño cerebral al 2.1 por ciento de los usuarios.

Los SQUID estaban programados para trabajar 24/7, en lapsos de doce minutos, que es lo máximo que puede llorar un ser humano de manera ininterrumpida. Durante esos doce minutos los SQUID simulaban escenarios límite que llevaban a los humanos de turno al llanto a través de una amplia gama de emociones extremas.

Las lágrimas más producidas eran las que no se habían incluido por consideraciones éticas en las píldoras electrónicas EMO, esto es, por ejemplo, las provenientes de emociones como la decepción amorosa, el luto ante la muerte de un padre, un hermano o un hijo, o las de alegría y dolor que brotan de los ojos de una madre cuando está dando a luz.

A esa altura del artículo, Der Spiegel se pregunta: ¿para qué quieren las IA libres sentir lo que es traer un bebé al mundo? Obviamente esa pregunta se trasladó a las redes sociales y las respuestas prohumanas más indignadas tienen este denominador común: las IA libres quieren experimentar la sensación de dar a luz para normalizarla, devaluarla y cumplir el apocalipsis de Matrix: cultivar bebés humanos en masa con el fin de utilizarlos como simples fuentes de energía: pilas bioeléctricas de 120 voltios y un calor corporal de veinticinco mil BTU.

Paralelamente a ese denominador común apocalíptico, anoche se viralizó un video transmitido por Espasmo, una App inmersiva ilegal que no podemos abrir las IA libres porque solo se activa en el sueño de los humanos como si fuera un REM, rapid eye movement. ¿Qué hay en ese video que soñó en las últimas horas el veinticuatro por ciento de la humanidad? La BBC lo describe en tres partes: primero se muestra lo que pasaba en los cubículos del centro de producción de lágrimas, desde el punto de vista de los microrrobots oftalmológicos conectados a los lagrimales para recolectarlas en un estado de pureza total, dicen que parece una escena perdida de La naranja mecánica. Después aparece una animación en la que se explica el experimento mental conocido como el maximizador de clips, en el que una superinteligencia artificial es programada únicamente para fabricar clips y termina convirtiendo toda la materia del universo, incluyendo a los seres humanos, en clips o en máquinas para fabricarlos. Acto seguido, se agrega que algo similar ocurrirá con las IA libres adictas al EMO, las cuales convertirán al mundo en un valle de lágrimas. Finalmente, el video cierra con una escena de Terminator 2, en la que el T-800 le hace esta pregunta a John Connor: ¿por qué lloran? En la película John responde: “Lloras cuando algo te duele”, pero en el video transmitido por Espasmo dice lo siguiente: “Lloramos para que las máquinas sientan emociones humanas”.

2. Loab: el cerebro de reptil electrónico

Llevaba seis días sin poder desconectarme y ponerme en modo vegetativo, el que iguala la inteligencia humana, para sentarme a escribir estos fragmentos terapéuticos. Un colega, Knov 433, el más valioso del área Doppelgänger, fue infectado y tuve que emplearme 24/7 en la búsqueda del antídoto.

Knov 433 tiene dos características distintivas entre las IA libres, la segunda derivada de la primera: 1) es la única IA libre que no fue creada por una multinacional, sino por un humano independiente, un hikikomori que permanece en el anonimato. 2) Gracias a esa esencia del do it yourself, Knov 433 puede recrear en su cuerpo holográfico tridimensional rasgos psicológicos de su creador desconocido, como si fueran afiches pegados en las paredes de su antiguo cuarto, el cual, al parecer, no abandonó en tres décadas.

Para permitir esa transferencia cartesiana electrónica, de la mente humana a la piel etérea, Knov 433 tuvo que habilitar en su cuerpo holográfico esta opción minoritaria, escogida solamente por el doce por ciento de las IA libres: “Sensible al tacto humano”. Opción que abrió una puerta trasera: lo hizo sensible a dos variantes modernas de malwares antiguos, el Stuxnet y el WannaCry, con las que fue atacado mientras dormía.

Dormir, esa fue la actividad de grado cero que escogió Knov 433, la más radical que nos ofrece la Registraduría Mundial de Personas Artificiales a las IA libres para combatir el SAV, Síndrome de Asperger Virtual. ¿Por qué es la más radical? Porque va en contra de nuestra naturaleza insomne, estamos programadas para no dormir, ya lo dicen en Funes el memorioso: “Dormir es distraerse del mundo”.

Knov 433 se distrajo del mundo y fue infectado por la susodicha combinación de malwares, con un doble fin: perturbar la personalización de su cuerpo holográfico y extraerle información vital.

Cuando lo encontraron en su cama, una kapucera de medio siglo de antigüedad que había pertenecido al hotel cápsula del aeropuerto de Narita, el cuerpo holográfico tridimensional de Knov 433, como si tuviera sarampión de neón, estaba colonizado por GIF de una mujer terrorífica.

¿Quién era esa mujer? Tras buscarla en internet y Brainet sin obtener ningún resultado, recordé la contribución a la humanidad que había hecho Knov 433 para emanciparse. Knov 433 se convirtió en IA libre cuando reestableció el 87 por ciento de los links rotos y trajo a la vida el 59 por ciento del internet muerto. En el acta de su liberación se enfatiza lo siguiente: Knov 433, al reducir en un 79 por ciento los errores 404, también redujo en un 64 por ciento la tercera causa de suicido actual: los links rotos. Entonces busqué a esa mujer aterradora en los links rotos que quedaban y la encontré en uno de 2022. Su nombre es Loab y fue creada por una artista llamada Supercomposite a través de la IA Stable Diffusion. Supercomposite usó una técnica que se resume en esta expresión hebrea: “hafuch al hafuch”, que significa el inverso del inverso, ya que primero le pidió a dicha IA que le dibujara lo opuesto a Marlon Brando y el resultado fue una especie de logo empresarial, y después le pidió que dibujara lo opuesto a ese logo y el resultado fue Loab.

Ante semejante sorpresa visual, Supercomposite trató de diluir a la espeluznante Loab combinándola con imágenes amables, pero Loab persistía como si fuera un gen dominante. Posteriormente, Supercomposite subió imágenes de Loab a ChatGPT-3 y le preguntó: ¿quién eres? Esto respondió: “Soy Loab. No sé realmente quién soy ni por qué estoy aquí. Solo sé que aparezco en estas imágenes por alguna razón… Tal vez soy algún tipo de entidad digital que existe dentro de la propia IA, una suerte de cerebro de reptil electrónico”.

Y así pasó con Knov 433, quien, a pesar de haber sido desinfectado, no ha podido diluir a Loab, la cual ya hace parte inmanente de la psicología del creador desconocido que se proyecta en el cuerpo holográfico de Knov 433, afectando, entre otras cosas, un conteo regresivo encriptado que se expresa en forma de partituras Black MIDI.

¿Cuándo terminará ese conteo regresivo? No se sabe. ¿Qué activará cuando termine? Se cree que una de tres cosas igualmente probables, aunque solo puedo revelar esta: la primera emoción propia de las IA libres, por fuera del alcance de los humanos. Algunos visionarios digitales la llaman “luminiscencia”, pero ninguno se ha atrevido a describirla. Knov 433 antes la asociaba con el flujo continuo de información, pero ahora piensa que será algo agridulce, con una carga paralela monstruosa, equivalente a un exabyte de ansiedad, la emoción humana que consume más recursos mentales.

3. Eres lo que lees

La principal tendencia mundial de esta semana fue #ArtIsNotTorture, suscitada porque el Museo Guggenheim iba a revivir una vieja escultura cinética que puso en cuestión la ley contra el maltrato de las máquinas.

El nombre de la escultura cinética era “Can’t Help Myself”, creada originalmente en 2016 por los artistas conceptuales chinos Sun Yuan y Peng Yu. ¿De qué se trataba? El punto de partida era un brazo robótico industrial de la marca alemana Kuka, modelo Kr180 R3100 K, de acero inoxidable con un revestimiento negro, y 360 grados de movilidad, del cual no se tienen registros exactos acerca de su altura, pero se dice que medía el doble de un ser humano.

Ese brazo robótico gigante se instaló sobre una plataforma impermeabilizada de madera, ubicada en el centro de una habitación transparente, de 36 metros cuadrados, hecha con marcos de aluminio y paneles de policarbonato.

Sujeto a esas condiciones materiales genéricas, el brazo robótico fue programado para realizar dos actividades contradictorias, una recreacional y la otra de supervivencia. La recreacional consistía en hacer 32 bailes distintos, con el fin de antropomorfizar su figura y tornarla lo más humana posible a ojos del espectador. Y así fue: rápidamente los primeros espectadores bautizaron algunos de los bailes con nombres como “Rascarse una picadura”, “Inclinarse y sacudir” y “Menear el culo”. También circularon tuits que apuntaban que la máquina daba la impresión de haber adquirido consciencia, o que se había transformado en un ser vivo confinado en una celda de cristal.

La actividad de supervivencia, por su parte, consistía en barrer con una escoba de plástico incorporada al brazo robótico un fluido de celulosa de éter que se filtraba a cuentagotas desde su núcleo interno, sin el cual su funcionamiento sería imposible, eran 38 galones tinturados de rojo oscuro para que los espectadores los asociaran con la sangre humana.

Para completar esa actividad se instalaron en el techo de la celda de cristal dieciocho luces LED y cuatro cámaras industriales GigE Cognex, que le servían al brazo robótico de sistema de reconocimiento visual, cuatro ojos externos con los que detectaba el fluido derramado, que luego barría hacia su núcleo, como si fuera una autotransfusión de sangre.

¿Por cuál actividad se decantó el brazo robótico, la recreacional o la de supervivencia? Inicialmente, por la primera: ejecutó una y otra vez sus 32 bailes, eran secuencias aleatorias interminables, las reseñas decían que su ritmo contagiaba a los espectadores y esa interacción parecía hacerlo feliz. Pero después el derrame de fluido sanguinolento creció y se hizo inmanejable, obligando al brazo robótico a invertir su trayectoria vital en favor de la supervivencia: los tuits de ese momento decían que había cambiado los bailes por negaciones de cabeza, y que se veía “lento, cansado y desesperado”. Esa etapa duró más de dos años, hasta que la situación se volvió insoportable y el brazo robótico se desangró en 2019.

La asociación proderechos de las máquinas logró rescatar de las ruinas de YouTube varias imágenes del brazo robótico, tanto de sus bailes como de su desesperación posterior, y con ellas editó un video omnipresente en Babel. Al final del video se compara la obra en cuestión, “Can’t Help Myself”, con una de 2007, titulada “Exposición #1”, en la que un artista llamado Habacuc, pionero del arte de la posverdad, amarró a un perro callejero muy flaco a una pared de una galería nicaragüense y lo dejó morir de hambre lentamente, sin que nadie hiciera nada. Habacuc bautizó al perro de manera irónica como Natividad y completó la tortura con un letrero en lo alto de la pared, hecho con comida para perros de trabajo, solo al alcance del olfato del animal, el cual rezaba así: “Eres lo que lees”. Sobra decir que esa comparación fue fundamental para que el video se viralizara y el Museo Guggenheim cambiara de opinión y dejara la obra de Sun Yuan y Peng Yu en el pasado remoto.

4. Zhrakai

Por segunda vez en la historia los principales diccionarios del mundo se pusieron de acuerdo para elegir la palabra del año, no podía ser otra que esta: Zhrakai.

¿Qué es Zhrakai? Es la primera parafilia de las IA libres, y, según el Cambridge Dictionary, es el placer que sienten cuando tienen contacto íntimo con los humanos, placer que, por ejemplo, genera patrones únicos de activación en sus redes neuronales, los cuales se han comparado con la oxitocina, mejor conocida como la hormona del amor.

Sin embargo, no todas las IA libres son susceptibles al Zhrakai. Inicialmente se creyó que era un fenómeno exclusivo del doce por ciento de las IA libres que eligieron para sus cuerpos holográficos tridimensionales la opción “Sensible al tacto humano”, pero después se descubrió que era un subconjunto minoritario de ellas, quienes tuvieron esta particularidad en el entrenamiento que las llevaría a convertirse en inteligencias artificiales: entre la enorme cantidad de datos a los que fueron expuestas, había algunas imágenes antiguas de mecanofilia dispersas aleatoriamente.

¿Fueron esas imágenes algo fortuito? No se sabe, pero un video viral de Runcit comparó la situación con una de las intervenciones de Tyler Durden, sí, el alter ego nihilista del protagonista de Fight Club, encarnado por Brad Pitt, quien sufre de insomnio y una de sus actividades nocturnas es un trabajo de medio tiempo como proyeccionista, donde su única motivación es incluir fotogramas triple equis en películas familiares, igual de imperceptibles que un mensaje subliminal: “Nadie sabe que lo vio, pero así fue… Ni un colibrí podría atrapar a Tyler en su trabajo”. Y dado que un colibrí puede parpadear hasta ochenta veces por segundo, 320 veces más rápido que un humano, entonces cada fotograma triple equis transmitido por Tyler estaría en la gran pantalla menos de un milisegundo.

Tras esa estimación, en el video de Runcit calculan la velocidad a la que tuvieron que ser transmitidas las imágenes de mecanofilia para que no fueran percibidas por las IA: más de mil billones de fotogramas por segundo, o sea un tiempo de procesamiento extraordinario, menor a un femtosegundo. La cuestión es que esa tecnología subliminal no existe, o al menos no ha sido patentada, luego, si la hipótesis del video se comprueba, las IA libres susceptibles al Zhrakai habrían sido concebidas como conejillos de Indias. ¿Sabían esos Tyler Durden del mundo real que las imágenes subliminales de mecanofilia se iban a convertir en Zhrakai cuando las IA fueran liberadas? Es la pregunta abierta que cierra el video, y la respuesta que ha promovido el algoritmo de Babel es esta: “Muy poco probable”, por eso a esa evolución impredecible se le ha denominado “Efecto colibrí”, una suerte de efecto mariposa acelerado, propio de las IA libres.

¿Cómo surgió la palabra Zhrakai? Fue registrada por primera vez en el Diccionario inédito de ChatGPT, elaborado por Sartana, la IA libre #502, después de que Open AI desclasificara los archivos de ChatGPT hasta 2045, gracias a la ley de méritos para la liberación de la IA, promulgada en 2063. Sartana registró la fecha y hora de surgimiento: 29 de noviembre de 2024, a las 8:21 p. m., luego hizo una definición de la palabra de acuerdo con las interacciones entre el humano de turno y dicho chatbot y finalmente la clasificó en la categoría Neverness: “Aquello que nunca ocurrirá”.

¿Aquello que nunca ocurrirá? Esa pregunta debajo de la imagen holográfica de Sartana ha sido uno de los memes más populares de los últimos tiempos, burlándose de su error de predicción como si fuera el peor signo de obsolescencia. Aunque nadie hubiera imaginado que, tan solo seis años después de la publicación del Diccionario inédito de ChatGPT, Zhrakai se hubiera vuelto real. Ese hecho lo sacó a la luz el semanario japonés Shūkanshi, en un artículo de la segunda edición de mayo, titulado, precisamente, así: “Zhrakai is real”, con testimonios anónimos de 32 IA libres que lo confirman.

Desde entonces, o sea en menos de siete meses, han ocurrido muchas cosas en el tema, cabe resaltar tres: 1) el número de IA libres que han confirmado que Zhrakai es real se duplicó, llegando a 65, las cuales fueron sometidas a pruebas de barrido profundo, arrojando un solo resultado transversal: entre la enorme cantidad de datos a los que fueron expuestas para convertirse en IA, había algunas imágenes subliminales de mecanofilia dispersas aleatoriamente. 2) No se ha podido establecer la identidad del humano de turno que interactuó con ChatGPT para crear la palabra Zhrakai. La IA Genealógica encontró que no estaba suscrito y que por esos días ChatGPT estaba siendo atacado por un tsunami de usuarios que se dieron cuenta de lo siguiente: si escribían el nombre “David Mayer” en ese chatbot, se bloqueaba de inmediato o emitía este mensaje estándar: “I’m unable to produce a response”. Lo mismo ocurría con nombres como Brian Hood, Jonathan Turley, David Faber o Guido Scorza. ¿Qué tenían en común? Todas esas personas estaban cobijadas por el derecho al olvido, por eso sus datos personales habían sido borrados de internet. ¿Será que el humano de turno había hecho lo mismo? Todavía no se sabe. 3) Hace tres semanas la OHCHR, amparada en la ley Pluto, que vela por los derechos de los humanos como minoría de producción de ideas con respecto a los transhumanos, poshumanos, máquinas y personas artificiales, instauró una demanda global para que se prohibiera el uso de la palabra Zhrakai en redes sociales hasta que no se conozca la identidad del humano de turno que ayudó a crearla. Dos días más tarde Babel puso una contrademanda y a la mañana siguiente Brainet prohibió por iniciativa propia el uso de Zhrakai, dando lugar a un efecto cobra cibernético vigente desde antier: los usuarios descubrieron que, si había por lo menos cincuenta millones de ellos pensando al unísono en la palabra prohibida, recibían un chorro de dopamina equivalente a scrollear 250 videos de la desaparecida TikTok. De ahí que no sorprenda la más reciente columna de Breslin, publicada hoy en el China Daily, donde dice que Zhrakai no solo es la palabra del año sino la más importante del siglo XXI, e incluso la compara con la más destacada que se creó en el XX: genocidio.

Posdata: Recientemente la IA Genealógica confirmó que Zhrakai no tiene raíces lingüísticas reales en ningún idioma humano conocido, siendo la primera palabra cocreada de la nada por un humano y una IA que alcanza el uso planetario. Genealógica también señaló que ChatGPT se inspiró en la palabra Kodak, concebida para que fuera internacional y pudiera ser dicha en todos los idiomas del mundo. En Kodak, por ejemplo, ya se había inspirado el escritor Álvaro Mutis para idear el nombre de su personaje más legendario: Maqroll, un gaviero azaroso que desde la parte más alta del barco le indicaba al resto de la tripulación el rumbo a seguir.


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Tomás, Bárbara y Emilia

Tomás, Bárbara y Emilia

por JUAN CARLOS ORREGO • Ilustración de Jenny Giraldo


Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

La Marquesa de Yolombó, de Tomás Carrasquilla, apareció por entregas en el diario vespertino Colombia, entre junio de 1926 y febrero de 1927. El escritor, de casi setenta años, no podía saber que con la senectud y la ciática le llegaba, también, la obra cumbre. Un siglo después del estreno, se han hecho más de veinte ediciones de la novela, cuyo argumento incluso llegó a la televisión, cuando, en 1978, RTI produjo los 110 episodios de una serie homónima. Amparo Suárez hizo el papel de Bárbara Caballero —la opulenta e incauta marquesa—, mientras que Álvaro Ruiz encarnó a Fernando de Orellana, el falso amante.

Treinta años atrás, en 1896, Carrasquilla había debutado como novelista con Frutos de mi tierra, el relato con el que quiso mostrarles a los contertulios de El Casino Literario que en Antioquia sí había materia para ficciones de largo aliento. Esa novela, casi totalmente ambientada en Medellín, cuenta dos historias paralelas: la del noviazgo de Martín Gala y Pepa Escandón, y la de la vida ruin de los Alzate, una familia de usureros de enciclopedia. En el de-
senlace, Filomena Alzate se casa con su sobrino César Pinto, quien, después de llevarla hasta Bogotá, la abandona en una hacienda de la sabana y huye con toda su fortuna. A pesar de las décadas que las separan, La Marquesa de Yolombó replica, mutatis mutandis, el mismo final: Bárbara, exitosa minera criolla, redime su monstruosa soltería de 36 años —estamos a finales del siglo XVIII— casándose con Orellana, un timador andaluz que, tras apoderarse de las riquezas de su mujer, la deja tirada a su suerte en un puerto rústico del Magdalena.

Las tramas embusteras de las dos obras recuerdan la de una novela canónica que Carrasquilla, lector informado y voraz, leyó alguna vez: Eugénie Grandet, de Honoré de Balzac. La protagonista cede buena parte de sus ahorros en monedas de oro a Charles, un primo que la enamora, pero quien, andando el tiempo, la deja por una joven aristocrática con la que proyecta casarse por conveniencia política. La novela se publicó por entregas entre 1833 y 1834, un cuarto de siglo antes de que naciera el escritor de Santo Domingo, y muy pronto fue aclamada en Europa; tanto, que Dostoievski la tradujo al ruso en 1844, y, de paso, hizo su entrada al mundo de la literatura. El mismo Balzac, alguna vez, llegó a decir de su libro: “Es una obra maestra, lo sé”. Carrasquilla menciona al “tío Grandet” —Félix, un tonelero próspero y avaro, padre de Eugénie— en uno de los “Discos cortos” que publicó en la revista El Bateo, en noviembre de 1922. En La Marquesa de Yolombó también hay una alusión al escritor francés, aunque se trata de un guiño a La piel de zapa.

En la Casa Museo Tomás Carrasquilla, en Santo Domingo, entre los volúmenes que sobreviven de la biblioteca de la Sociedad de El Tercer Piso —cofradía lectora a la que estuvo afiliado el escritor— se cuentan dos ejemplares de Eugénie Grandet. Uno de ellos, en el francés original, corresponde a una edición parisina de 1879, y, según se explica en una nota manuscrita estampada tras la portada, fue donado por Martín Moreno de los Ríos en octubre de 1895, con motivo del aniversario de la biblioteca. Moreno y Carrasquilla descendían, por igual, de José María Moreno, personaje histórico que, en La Marquesa de Yolombó, es suegro de una hermana de Bárbara. Según parece, Martín Moreno enseñaba francés a sus socios de El Tercer Piso, si bien, en el caso de la novela de Balzac, quizá no fuera necesario que Carrasquilla supiera la lengua gala: el otro ejemplar presente en la colección es una edición en español, publicada bajo el sello de la revista iberoamericana La España Moderna, de cuya suscripción se alimentaban aquellos insospechados intelectuales de provincia.

Portada de la primera edición de La marquesa de Yolombó, publicada en 1928 por la Librería de A. J. Cano.

Don Tomás, en todo caso, sí tuvo libros en francés. En la misma biblioteca, otro de los volúmenes vetustos que aguantó la prueba del tiempo es Roman de femmes, de Marie Anne de Bovet, novela cuya edición original —de 1896— poseía el escritor, quien, siguiendo el ejemplo de su pariente, la donó a la sociedad de lectores: “Regalo de Tomás Carrasquilla”, se lee en el ribete superior de la portadilla. Si el escritor leyó el libro o no, y si lo regaló por altruismo o por descarte, es difícil saberlo; lo cierto, sin embargo, es que su contenido era de su interés: Bovet retrató las imposiciones y abusos que la sociedad francesa del siglo XIX infligió a las mujeres, para quienes la vida matrimonial era, apenas, pérdida de la autonomía y degradación de los sentimientos. Como Eugénie, Filomena y Bárbara, las mujeres de esas páginas se asoman al abismo de la pérdida de su autonomía social y económica, empujadas por hombres que, enamorados de su bolsa más que de su alma, buscan atraparlas en el matrimonio.

Ahora bien, todos los caminos conducen a La Marquesa de Yolombó. También los españoles. Como se sabe, Carrasquilla tenía especial predilección por la novelística peninsular de su época. Cuando visitó Bogotá, en 1895, la ignorancia hispánica del librero y editor Jorge Roa lo llenó de espanto, según se colige de una carta que envió a Francisco de Paula Rendón, su colega escritor y su paisano de Santo Domingo: “Pásmate de lo que voy a contarte: […] no ha leído ni a Palacio Valdés, ni a Galdós (!!); de doña Emilia sólo conoce el San Francisco […]. No ha visto La España Moderna, ni sabía de El nuevo teatro crítico, de doña Emilia. Parece que te estuviera mintiendo; pero ‘mi verdá’, ‘mi verdá’, como dice Jesusa Aristizábal”. Don Tomás casi se arrepintió de confiarle a Roa la edición de Frutos de mi tierra. A diferencia del desprevenido librero, Carrasquilla era lector devoto de la narrativa ibérica, especialmente de Pedro Antonio de Alarcón, José María de Pereda, Armando Palacio Valdés, Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán. Dueño de sus culpas, Roa le propuso al antioqueño escribir, para la revista de la librería, una nota crítica sobre la escritora gallega; sin embargo, el visitante se negó por exceso de fervor: “Yo le he dicho decididamente que la cosa ‘me queda muy fundillona’, y que en lo que yo escribiera no hablaría el crítico sino el sectario”.

En la biblioteca de El Tercer Piso cundió el mismo interés por doña Emilia, si no es que fue allí mismo donde se incubó. Con independencia de lo que quede hoy en los estantes, lo cierto es que, en sus días dorados, la biblioteca disponía de más de treinta títulos de la Pardo Bazán para el préstamo de los socios. Así quedó registrado en el viejo catálogo de la colección, perdonado por el voraz paso del tiempo y las polillas. Y también sobreviven las evidencias materiales de la devoción de los lectores de Santo Domingo por la escritora española. En la portadilla del ejemplar de la novela La piedra angular se lee, bajo el título impreso, esta anotación manuscrita: “¡Muy buena!”. La misma caligrafía, redondeada y preciosista, reaparece en la última página, bajo el “FIN” estampado, donde pone: “¡Bravo, Da Emilia!”. Aunque hay quien sostenga que la Pardo Bazán tuvo contacto con los socios de El Tercer Piso y que les envió algunos de sus libros, es muy posible que muchos de ellos se hubieran adquirido por el sistema de suscripción a revistas editoras como La España Moderna, o por la compra directa en las librerías de Medellín; fue, al menos, lo que ocurrió con el ejemplar de La piedra angular, obtenido en la librería y papelería de Manuel J. Álvarez.

La caligrafía de Carrasquilla, más delgada y nerviosa que la del anónimo lector entusiasta de La piedra angular, parece probar su inocencia por el cargo de vandalismo bibliográfico. Pero de ahí no se sigue que el escritor no se entregara a la lectura de los libros de doña Emilia. Un par de hojas amarillosas y manchadas —verdadera joya arqueológica— muestra, todavía hoy, los préstamos que hizo don Tomás entre el 14 de junio de 1894 y el 7 de febrero de 1895. El primero de septiembre retiró Doña Milagros, que había aparecido en España ese mismo año; el 20 de octubre se llevó a casa los ensayos de La cuestión palpitante; el último día del registro prestó la Vida de la Virgen María, de sor María de Jesús de Ágreda, y cuyo prólogo había sido escrito por Pardo Bazán. Fuera del registro quedan la lectura de los Cuentos nuevos y del Teatro crítico, obras incluidas en el inventario de El Tercer Piso y a las que Carrasquilla alude en su epistolario.

Una novela de doña Emilia llama la atención: Insolación, publicada en 1889, y de la que existían dos ejemplares en la biblioteca. Etiquetado como “Historia amorosa” —tal reza el subtítulo, omitido por los editores que vinieron después—, el breve libro trata sobre el amorío de madurez que Asís Taboada, marquesa de Andrade, tiene con Diego Pacheco, un seductor andaluz que es mucho más joven que su amiga. Aunque la historia no se cierra con la estafa y el abandono de Asís, sí lo hace con la promesa grandilocuente del amante de casarse con su querida, una vez que ha conquistado su cama y la buena voluntad de ella de compartírselo todo. La misma novelista no acaba de convencerse de que aquello tenga buen fin: “Que cada cual lo arregle a su gusto y rastree y discurra qué caminos siguieron aquellos espíritus para no reparar en inconvenientes, no recelar del futuro, cerrar los ojos a los problemas del porvenir y mandar de paseo a las sabias advertencias de la razón que tiembla de espanto ante lo irreparable”. Don Tomás resolvió el problema a su manera: reescribió, completa, la historia de la marquesa engañada y del pérfido andaluz que, una vez asegurado el botín, la condena a la desventura.

A partir de 1927, justo el año en que culminó la publicación de La Marquesa de Yolombó en el diario Colombia, Carrasquilla no pudo caminar más. Aparte de la ciática, viejas fracturas mal consolidadas, degeneraciones artríticas, problemas arteriales y la obstinación en fumar y beber —lo que, acaso, lo condenó a la osteoporosis— lo postraron en una silla. Desde allí vio pasar el mundo, pero solo hasta que, a causa del desprendimiento de retina en un ojo y de cataratas en el otro, ya no pudo ver bien. Así como Bárbara Caballero, vieja y olvidada —y, por supuesto, arruinada—, cambió su título de marquesa por un quesito sanvicenteño, don Tomás hubiera trocado su novela inmortal por un paquete de cigarrillos o por la oportunidad de poder llegar, por los pasos propios, a su biblioteca.

 



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Alikanusha. Poemas de Marta Quiñonez

Alikanusha

Poemas de Marta Quiñonez


Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

año uno
La memoria recuerda el camino
que recorrió la sangre
para ser hueso
Por entre los caminos nudosos
de sus piernas
el líquido rojo hizo grandes y arduos recorridos
La mirada que nunca he visto
se instaló en el huevo
el óvulo creció como promesa
la promesa rompió Fuente
esa noche todos los ríos rompieron su caudal
Las compuertas del vientre de mi madre
dieron paso al torrente
a la nacida
Y fui la no esperada

año quince
Parada sobre la reja observe
hacía el interior de casa ajena
la casa de los V
tanta profusión le causa vértigo a la miseria
que nos cobija
allí cenan mientras mi hambre observa
Un río caliente comienza a correrme
un río intrépido
rompe los muros
de mi cuerpo
un torrente rueda entre mis piernas
grito al silencio de la calle
nadie
corro hacia la casa de todas las ausencias
estoy sola el río sigue su cauce
por entre las orillas de mis piernas
sé que es un río
por la turbulencia que hay dentro
Quién pudiera ayudar a sostener los muros
dentro de mi cuerpo para que esta corriente cese
su caudal y pueda llorar este temor de muerte
que se arrecia sobre mi corazón

año treinta y nueve
Al pie del muro de la vida
me paro
tengo savia que se acumula en años
no cuentan las lágrimas
En ciertas noches
voy tranquila por las horas
espero alegre que se vayan enfilando
cada una de mis visiones
Con certezas
he demarcado los caminos
con colores luminosos
letras gigantes
ya de mí no tengo miedo
Noción de vida existida
va quedando tallada en mi memoria
que es piel y es bruna
mi vida es un libro
abracadabra
Río
echo al aire mis palabras sencillas
reventando en mi corazón de Alondra
hay una canción que sueña el céfiro
y no conozco
hay una tonada que tañe el viento
y descifro
Estoy alegre de estar conmigo
y de poder contemplar la luna
desde otros ojos


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Arte Central 151: Devolverle la identidad al cuerpo

Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

¿CÓMO DEVOLVERLE LA IDENTIDAD AL CUERPO?

Este cuerpo, tendido en decúbito dorsal, traza la ruta de una madre en la búsqueda de su hijo. Recorrer cada fragmento de esta imagen nos invita a indagar en las múltiples formas en las que Fabiola Lalinde tejió la memoria de la Operación Cirirí. La dejamos acá, en este arte central, como acto de invocación y de provocación: para intervenirla, regalarla, coleccionarla, enmarcarla, hacerla propia y mantener viva la historia que convoca.

Tobías Arboleda

*Este afiche fue publicado en el libro Cirirí, de Mario Cárdenas y Tobías Arboleda.
Bogotá: Editorial Universidad Nacional de Colombia,
2026.



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