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Tratado fallido sobre la ensalada del guaro

Tratado fallido sobre la ensalada del guaro

por ERREMORA • Ilustración de Señor OK


Número 97 Junio de 2018

Cuando se es un insignificante alumno de colegio público que vive en un barrio popular del norte, y la mesada que le da su padre no alcanza para la cerveza porque debe pagar cuatro pasajes diarios para ir al colegio bien al sur y luego volver a casa, uno debe buscar salidas para aliviar la sed recurrente de su garganta de roquero. Durante el segundo semestre del 84, trabajé los fines de semana, junto con un amigo del barrio, en la cocina de una enorme discoteca en decadencia, y decadente, de la ciudad de Medellín.

No hablaré de esos personajes anónimos del mundo malandro de Medellín que pasaban por allí, ni de esos lazos gruesos de oro que colgaban de sus cuellos y les llegaban hasta la mitad del pecho que una camisa con la botonera abierta dejaba ver. No hablaré del hombre guajiro que una noche llevó a toda la familia y se cruzó de brazos en la cabecera de la mesa, se limitó a mirar, nunca habló mientras sus casi veinte invitados vaciaban botellas de ron, fumaban Marlboros y se lanzaban a bailar alegres y gritones.

No hablaré de las parejas que se refugiaban en la oscuridad de las mesas de la sección de reservados, ni hablaré de las historias que llegaban a la cocina en boca de un mesero excitado, narrador de las hazañas de un afortunado que le chupaba las tetas a su novia en la mesa veintisiete. Luis, mi compañero de labores, tiraba su cuchillo dentro de la poceta y salía corriendo al salón porque quería ver aquellas tetas deliciosas.

No hablaré de todo el VAT 69 camuflado en Coca-Cola que tomaba gratis después de terminadas mis labores, sentado en el rincón más alejado y oscuro de la barra. Tampoco diré nada del aroma del líquido con el que el hombre del aseo trapeaba unas horas antes de que la discoteca abriera puertas. No, no hablaré de ello, ni del mundo extraño que mis ojos de roquero del Aburrá norte veían bailar al ritmo de Pastor López, Rodolfo Aicardi o el Binomio de Oro, bajo las luces de una pista atestada de parejas. No diré palabra alguna sobre el olor dulzón que despedía el líquido de la máquina de humo, ni de las figuras que flotaban entre los rayos de luz estroboscópica y mucho menos hablaré de las muecas de felicidad que veía en aquellas caras. La pista siempre ardía en su furor. Yo, mientras tanto, intentaba escribir canciones sobre la guerra nuclear en el papel abierto de una cajetilla de cigarrillos Derby, que mis dedos habían desbaratado con paciencia. Tampoco hablaré de ese asunto. Hablaré, sí, de las cientos de ensaladas para el guaro que preparaba antes de ganarme los vasos de VAT 69 completamente gratis que me servía un barman generoso.

Cada viernes, a eso de las cuatro y treinta de la tarde, el administrador de la discoteca, Luis y yo, llegábamos en un taxi al mercado de la calle Tejelo. El mercado estaba al aire libre, el vocerío de la gente se levantaba al cielo y casi apagaba el rugir de los motores de los buses que bajaban por la Avenida de Greiff. El administrador bajaba del taxi, abría su manicartera, sacaba una cajetilla y encendía un Marlboro. Luego empezaba a caminar entre los montículos de frutas y verduras que los vendedores ofrecían con sus gritos. Luis y yo caminábamos tras él y el humo de su cigarrillo a veces se metía en mis ojos. El tipo señalaba las naranjas, los mangos, las piñas y los cocos que debíamos meter a un costal de cabuya. Pagaba con billetes que sacaba de la manicartera, botaba al piso la colilla y regresábamos al taxi que nos esperaba fuera de la calle.

Sí, naranjas, mangos, piñas y cocos. No era muy sofisticada la ensalada que preparábamos. Al fin y al cabo, era solo para maridar aguardiente y ron de tres pesos. Era aquella una ensalada rudimentaria, tosca y clásica, para la cual se debían seleccionar las frutas con el ojo de un experto. Una ensalada sin mucha valoración en el mundo gourmet, pero sin la cual nadie sería capaz de afrontar una bebeta de grandes proporciones.

Si ustedes visualizan un cuenco de la ensalada en cuestión, verán en sus mentes una especie de naturaleza muerta en forma de flor, compuesta por cuatro cascos de naranja dispuestos en cruz, cuatro triángulos de piña, varias julianas de mango alrededor y cubitos de coco dispuestos en el centro. La imagen puede resultar de lo más frugal e inofensiva. Sin embargo, picar un bulto de naranjas en cascos tiene sus riesgos. Las largas exposiciones al ácido cítrico despedazan la piel de las manos. Para un citadino, partir un coco y separar su carne de la cáscara puede convertirse en una gran tragedia moral y física. Puede uno cercenarse un dedo, apuñalarse la palma de la mano o desbaratar la fruta por completo. Sin contar los esfuerzos que se deben hacer para no comerse demasiados pedacitos una vez el coco esté picado. La piña es una asesina despiadada. Una vez cortada en triángulos más o menos simétricos, estos se deben sacar de un recipiente para ser emplatados. La operación, a simple vista, parece sencilla, pero su complejidad es casi extrema. De tanto meter la mano en el recipiente repleto de triángulos de piña, diminutos trozos se incrustan en los intersticios de las uñas y producen heridas dolorosas y sangrantes. Los enormes uñeros atacan sin piedad en el pulgar, en el índice y en el dedo medio. Los ácidos de la piña y de la naranja se entremezclan y atormentan las heridas con un ardor insoportable. El mango hace lo suyo, pero su mayor peligro es el cuchillo que lo corta.

Después de la media noche se acababa la fruta. Lavábamos los cuchillos, las tablas de picar, los cuencos de cristal barato y nos íbamos a la barra. El VAT 69 aliviaba un poco el dolor de las heridas y combinaba bien con nicotina.

No teníamos un salario asignado. Nuestra paga consistía en las propinas que los meseros nos dejaban al final de la noche por mantener los cuencos llenos de fruta picada y algún billete arrugado y de baja denominación que el administrador completamente borracho nos soltaba antes de apagar las luces o mientras el cajero cerraba los candados de la puerta. Así transcurría la noche del viernes. El sábado era una historia semejante, la lucha contra la piña, la naranja, el mango y el coco.


Autobiografía de la Villa

por ROBERTO LUIS JARAMILLO // Yo, Medellín, tuve una gestación anormal. No nací como muchas ciudades y pueblos, no fui fundada, y por eso no existe acta o documento oficial que diga que nací. Yo era un valle interandino, aluvial, muy distinto de otros conocidos. Los indígenas o naturales de mi seno, agricultores, cazadores, textileros y salineros, me llamaban Aburrá.

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Cuando a Medellín le salieron árboles

Cuando a Medellín le salieron árboles

por DIEGO MOLINA • Fotografías del Archivo Fotográfico BPP


Número 89 Agosto de 2017

Parque Bolívar. Francisco Mejía, 1922.

Los primeros árboles que se sembraron en Medellín, según fuentes escritas, fueron unas ceibas (Ceiba pentandra) que Gabriel Echeverri (colonizador antioqueño y fundador de Caramanta) hizo traer hacia 1857 desde las riberas del río Cauca, y que, posteriormente, mandó plantar en la avenida derecha de la quebrada Santa Elena. Poco tiempo después, Pastor Restrepo plantó otras cuatro ceibas en el costado sur del Parque de Bolívar, dos de las cuales aún se encuentran en pie. Por la misma época, en 1878, Pedro Restrepo Uribe inició la arborización de la carretera del norte, sembrando árboles en buena parte de su extensión.

Y claro, no es que Medellín no hubiera tenido árboles antes de las iniciativas de los señores y los dones de la Villa. Solo que antes del siglo XIX los árboles crecían digamos de forma orgánica. Unos eran sembrados como fuente de alimento en los solares y patios, mientras otros brotaban espontáneamente tras alguna semilla de mango o mamoncillo lanzada por ahí a su suerte. De esos árboles de otros tiempos aún quedan señales. Hoy en día hay lugares cuya toponimia recuerda, como en el caso del chagualo (Clusia sp.), algún árbol que por largo tiempo sirvió a los habitantes como mojón espacial. Sin embargo, la ciudad antigua, la ciudad colonial, no tenía a los árboles como una de sus prioridades. No es sino caminar por las calles estrechas de Santa Fe de Antioquia para darse cuenta de que en lo que hoy conocemos como espacio público son notorios, por su ausencia, los árboles. Cabe entonces preguntarse, ¿por qué la ciudad se pobló de árboles?

Con ideas poco claras sobre las enfermedades contagiosas y los microorganismos, la gente enfermaba física y moralmente por unos elementos invisibles que flotaban y se transmitían en el aire. Según la concepción médica de la época eran “efluvios telúricos, aires mefíticos y miasmas” que llevaban al marchitamiento y la muerte. Estas ideas de los aires oprobiosos tuvieron, por supuesto, gran aceptación en las regiones malsanas del trópico. En nuestro ambiente particular, con unos soles incandescentes y una considerable humedad, la ciudad era el caldo de cultivo donde pululaban esos elementos perniciosos que eran considerados una de las principales causas de la debilidad de nuestro carácter físico y moral. Y es que nosotros, pobres descendientes de razas inferiores, viviendo en un cochambroso ambiente natural, no teníamos cómo expresar los rasgos de grandeza de otros pueblos. Esta condición quedó bien expresada por el eminente médico y geógrafo envigadeño Manuel Uribe Ángel: “En las elevadas montañas […] los efectos de los agentes físicos multiplican su acción hasta el infinito, pero casi siempre en el sentido de dar robustez y fuerza al hombre que las habita. Lo contrario acontece en las dilatadas planicies de la zona tórrida, cuyos moradores en general son más débiles y la pobreza fisiológica más notable […] Aseguramos haber notado que no debe ser uno mismo el tratamiento médico aplicado a los habitantes de las zonas tórridas, que el que debe ser empleado con nuestros compatriotas suecos y noruegos, daneses y alemanes, rusos y austriacos, ingleses y franceses están (sic) en general dotados de órganos más resistentes que los nuestros”. Sumado a esto, se retomaron los hallazgos que a finales del siglo XVIII hicieron los holandeses Van Helmont Priestley y Jan Ingenhousz, sobre el poder de las plantas para producir oxígeno, es decir, para “purificar” el aire. El descubrimiento de lo que hoy conocemos como fotosíntesis transformó la manera de entender las ciudades. Poco a poco los árboles se establecieron en las urbes como medios poderosos para purificar el ambiente y crear espacios saludables.

Barrio Manrique. Benjamín de la Calle, 1920.

El árbol-filtro apareció en escena para salvar a los habitantes de la ciudad de su infausto ambiente y destino. Se entronizó dentro de las élites el poder del árbol. La burguesía local se sorprendía con los bulevares —todos sembrados de plátanos (del árbol, no de la mata de plátano)— construidos en el París del Barón Haussmann, se maravillaban con el Hyde Park de Londres o con la Villa Borghese de Roma. Así se dio la importación de ideas sobre la naturaleza que transformaría a la Medellín que a pesar de su marcada realidad rural se soñaba moderna.

Nosotros no teníamos realezas a la cuales expropiarles sus jardines para hacerlos parques públicos. Lo que teníamos eran ejidos, en otras palabras, potreros, los cuales no eran adecuados para la representación de una naturaleza moderna. La solución entonces fue convertir las plazas coloniales en parques modernos, o simplemente cercar, ordenar y civilizar los potreros. Así fue como surgió el Parque Bolívar —en un principio sin su famosa Calliandra medellinensis—, en un terreno donde antes pastaban las vacas y se fusilaba a los indeseables, y que se transformaría en un espacio respetado al que se fueron a vivir los más prestantes mercaderes de la ciudad. Lo mismo ocurrió con la plaza de Berrío. Igualmente se hicieron tímidos intentos para convertir algunas avenidas en algo similar a los bulevares europeos. Para los años veinte del siglo pasado se arborizó con palmas reales la calle Bolivia y se sembraron chingales (Jacaranda mimosifolia) en Ayacucho, convirtiendo una simple calle en el popular Paseo de Buenos Aires; lo mismo ocurrió para 1929 con la avenida Libertadores (hoy Regional) que se transformó en el Paseo Los Libertadores.

Pero la cosa no era abrir un hueco y sembrar un árbol. Los árboles, en aquella imagen de la ciudad moderna, tuvieron que enfrentarse a la tradición. Lo primero fue la lucha contra las vacas. Estos rumiantes que de cuando en cuando cobraban una que otra vida en la Villa, aburridos ya de la misma pobre hierba del valle, encontraron en los árboles recién plantados una alternativa gourmet a su monótona dieta. Ya para 1915 la Sociedad de Mejoras Públicas se quejó ante el Concejo de la ciudad “manifestándole que las bestias que han estado pastando en el Bosque de la Independencia están impidiendo la marcha de los trabajos que allí se adelantan, y que ya han destruido muchos de los árboles que se han plantado cuidadosamente para su ornato”. Igualmente, el empresario Ricardo Olano, conocido en toda Colombia como “el apóstol del árbol”, se lamentaba en 1947 de cómo “el gran parque del Cerro Nutibara, donde la Sociedad de Mejoras Públicas sembró más de cinco mil árboles, fracasó porque el cerro está dividido por cercos de alambre por los potreros que lo rodean y el distrito no los sostuvo y el ganado destruyó los árboles”. En conclusión, las vacas fueron los enemigos de los árboles por muchos años.

La cuestión de las vacas deja ver una realidad que los entendidos no entendían y era el hecho de que la Medellín urbana, la Medellín de la industria y el comercio, era aún una ciudad montañera, habitada por hombres y mujeres que recién habían bajado de la montaña. Y así, para el ordeñador y arriero convertido en operario, un árbol sembrado en la calle, al son de los cocos, resultaba menos que absurdo, y es que los árboles eran para algún tipo de usufructo: para madera, leña o carbón vegetal; de ese modo un árbol-filtro purificador de los cuerpos era un chiste. Este hecho lo recoge el agudo Tomas Carrasquilla cuando afirmaba que “esto de la siembra sin cogienda es signo palmario del adelanto urbano: arborizar no es verbo para el campesino utilitarista e intonso. Supone, hasta en los mismos que lo conjugan, algún arbitrio culto de gentes que no viven en el monte”.

La Playa. Óscar Duperly, s.f.

Como respuesta a esta barbarie, las élites cívicas y progresistas de la ciudad, agrupadas en la Sociedad de Mejoras Públicas, se lanzaron en una campaña civilizatoria. Había que mostrar al pueblo los beneficios probados del árbol. La revista Progreso se convirtió entonces en el medio perfecto de propaganda para declararle la guerra al “hombre estorbo”, ese ciudadano que no hace ni deja hacer y que entre otros muchos rasgos negativos no entiende el poder del árbol. Se crea una nueva empresa en la que se componen himnos, poemas y oraciones para convencer a los medellinenses sobre el papel de este nuevo verde moderno. Igualmente, y solo como medida alternativa ante “la falta de educación de nuestro pueblo”, los árboles y plantas urbanas se hacen sujetos de ley. Decretos y acuerdos son expedidos desde el Concejo y la administración municipal prohibiendo el corte y uso de los árboles colocados en la vía pública, árboles que, a pesar de todo, “grupos de salvajes” se empeñaban en usar como postes eléctricos, soporte de avisos, leña para cocinar o, como ocurre hasta nuestros días, letrina pública.

En 1913 se inauguró el Bosque de la Independencia, hoy Jardín Botánico, coincidiendo su apertura con otra forma de entender los árboles de Medellín. Al nacer el siglo XX las ceibas, pisquines (Albizia carbonaria) o guayacanes (Tabebuia chrysantha) seguían prestando algún servicio a la ciudad, pero ahora eran útiles en cuanto brindaban un espacio para el sano esparcimiento de los obreros que, alejados de la cantina, disfrutaban con un domingo en familia. Así, paradójicamente, cuando el aire del valle comenzaba a enrarecerse de verdad, ya los árboles no eran filtros, ahora no eran más que ornamentación, parte de la utilería en el escenario cotidiano; y así, degradados ante el ciudadano ordinario al nivel de adorno, poco a poco, los árboles de Medellín empezaron a perder terreno ante el nuevo rey de la modernidad: el automóvil.

Desde la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del actual, las ideas sobre el árbol urbano han sufrido cambios y continuidades. Por una parte se afianzaron las formas técnicas, cada vez más necesarias, de manejar y tratar la naturaleza de la ciudad, la silvicultura urbana se consolidó como una práctica indispensable en la regulación de las relaciones, muchas veces conflictivas, entre los árboles y la ciudad con sus cables, techos y tuberías. De otra parte, algunas ideas se han transformado radicalmente. Mientras las antiguas capas de verdes con las que se había pintado la villa y la ciudad estaban hechas indiscriminadamente con plantas y árboles traídos de cualquier rincón del mundo, en un tiempo de éxodos e incontables trasatlánticos atravesando los océanos, ahora son las especies nativas las que se elogian como modelo de verde ideal para la ciudad, así que eucaliptos y pinos despiden un aroma inmigrante que, aunque aromático, es un tanto molesto. Liberados parcialmente de su lastre simbólico como depuradores de los aires y como mera escenografía urbana, los árboles de hoy responden a conceptos como el de biodiversidad, diversidad que paradójicamente es buena solo cuando es la autóctona, la que cabe en las fronteras imaginadas de los países.

Calle Bolivia. Francisco Mejía, 1928.

La historia de los árboles de Medellín demuestra cómo la concepción de la naturaleza no surge espontáneamente como un producto de la cultura y es más bien un constante proceso de resignificación. Así, las ideas sobre la naturaleza y las plantas en particular no son estáticas. En el futuro tal vez se narrarán los tremendos esfuerzos adelantados por el Jardín Botánico en las siembras de cientos de árboles nativos en Medellín. En unas cuantas décadas quizás, o tal vez dentro de un siglo, los árboles con los que compartimos las calles de la cada vez más poluta Medellín ya no existirán. Y es que ya se escuchan voces como la del profesor Prashant Kumar, de la universidad de Surrey en el Reino Unido, quien afirma que en las ciudades encañonadas (como Medellín) los árboles grandes pueden atrapar perjudicialmente la contaminación a nivel de la calle, por lo que sería preferible plantar cercas vivas y arbustos en su lugar. Quizás nos acercamos al tiempo del arbusto, quién sabe. Lo que sí es seguro es que las plantas de la Medellín de hoy no serán (como no serán los edificios, los vestidos ni la tradiciones) las plantas del Medellín del mañana.

Parque Bolívar. Fotografía Rodríguez, 1916.


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El galán de la salsa

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ // La voz ya estaba allí cuando nacieron los más jóvenes. Otros se precian de haberla oído desde los primeros días, cuando sonó por vez primera, sin que nadie supiera qué tenía y de dónde traía ese don que fascina. Pero desde que se oyó, supieron que venía para quedarse, y que él sería, a la larga, el auténtico rey del bembé: Jairo Luis García.

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A mí lo que me mató fue ese salsaludo

por LUIS MIGUEL RIVAS // Ustedes no saben lo que es oír el nombre de uno saliendo de ahí, de la radio. O sea, que las palabras con las que a uno lo bautizaron las esté escuchando todo el mundo en todas partes: “Un saludo para Manuel, ‘El Muelas’”. Uno como que existe más, uno es más grande que uno. A uno lo están diciendo en la radio.

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Salsaludando

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ // Los nombres de pila, o los apodos, empezaron a oírse los sábados en el horario de seis a diez de la noche. Desde el inicio los oyentes sintieron que aquel gesto era algo más que saludarse; se estaban reconociendo como parte de una tribu urbana en torno a los ritmos afrolatinos y caribeños

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Explicaciones a un cerdo

por ALEXANDER OSPINA // Era un cerdo rosado de 120 kilos que refunfuñaba detrás de las estacas de un carro, olfateaba con fuerza la compuerta y cuando se le acercaban retrocedía asustado. Los niños le gritaban: “¡cerdo, marrano!”; mientras jóvenes y adultos se reían y miraban atentos el espectáculo.

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Nostalgia de carnaval

por JUAN LUIS MEJÍA //
Vivo con nostalgia de carnaval. Pero no es una nostalgia individual. Es la ausencia de la alegría colectiva de la sociedad de la cual provengo que, un buen día, decidió vivir en una especie de cuaresma perpetua (con todo lo que ello significa). Voy a tratar de explicarles el triple salto mortal que me ha llevado de la indiferencia y —por qué no— del reproche a la nostalgia del carnaval.

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Lista de mercado

La lista de mercado de Universo Centro incluye cabuya, yacón, bagre, cebolla y flores. La compra se hizo en la Minorista, La América, la placita de Flórez y la Mayorista. Cuatro historias con paisaje de campo para la nariz, el bolsillo, el oído y la panza.