Exilio voluntario
J.D.R. Ortiz
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J.D.R. Ortiz
Fernando Mora
A Eduardo Escobar
Medellín, tan terrenal en cuanto a los intereses de sus habitantes, tiene una profunda relación con el agua. La forma del valle no deja escapar ni una sola gota de la lluvia que lo moja. Los arroyos de montaña bajan sin perder de vista su destino más abajo. Se dice que en la infancia, estos riachuelos reciben instrucción por parte de las arboledas. Ellas les muestran las hazañas de las quebradas mayores como ejemplo a seguir, y les trazan los caminos para llegar a tributar al Medellín mientras descienden por las cañadas. Es, pues, toda una didáctica del agua, que incluye advertencias de lo que les espera al paso por la ciudad.
La fundación de Medellín se vio obligada a tener en cuenta esta telaraña de hilos de agua. Los españoles, dados a construir en puntos altos, eligieron una vega entre el río y la quebrada Santa Elena para levantar las primeras casas. Tenían agua inmediata no solo para las necesidades domésticas, sino que “facilitaba el trabajo a los que buscasen oro en los cauces del Aburrá o de las quebradas”, según Tomás Carrasquilla. Las viviendas campesinas que salpicaban las laderas del valle moraban en una especie de arcadia natural, cuyo curso de agua vecino aún perdura en los dibujos infantiles de todos los que crecimos por estos lados.
Ese brotar constante de agua desde las cumbres, que rara vez se detiene, nos hace invisible su abundancia. Con frecuencia se necesita la mirada del extranjero para advertir la exuberancia de los manantiales. El geógrafo italiano Agustín Codazzi se percató de estas humedades y propuso la tesis según la cual el valle de Aburrá había sido un lago miles de años atrás. De acuerdo con su teoría, entre Caldas y más allá de Barbosa todo eran aguas “reposando tranquilas en aquella prolongada y estrecha cuenca”, con una profundidad que calculaba de 150 metros. Los cerros Nutibara y Volador serían simpáticas islas en medio del gran espejo de agua. Mientras tanto, las entradas de las quebradas en el lago conformarían espléndidas bahías en sus márgenes. La utopía geográfica de Codazzi albergaba aún más agua que la existente, en una especie de mítico pasado diluviano.
La tentación de inundar la hondonada donde hoy está la ciudad cosechó adeptos ilustres durante décadas. El eminente geólogo Juan de la Cruz Posada la suscribió aun a principios del siglo XX. Proponía que antiguos glaciares habrían remolcado una barrera de bloques de piedra hasta la altura de lo que hoy es Moravia, suficiente para remansar el río e inundar el valle. Imaginaba hielos perpetuos bajando por estas montañas antes de la inundación, aguas congeladas que adornaban aún más la imagen del posible gran lago del Aburrá. Aunque nada le caería mejor a la Medellín veraniega que un golpe de nevera o un buen remojón, luego se demostró que sus antiguos terrenos nunca estuvieron inundados. Aquellas especulaciones se conservan hoy como patrimonio poético de nuestra relación con el agua.
Ahora sabemos que Medellín no ha sido de aguas remansadas, sino de las turbulentas. Al contario de Bogotá, ubicada en una planicie, esa sí, producto de lagos desecados, Medellín está marcada por sus virulentas quebradas. El término quebrada es una adaptación local única en esta parte de los Andes que no es equivalente al simple arroyo. Indica que el relieve está quebrado y se profundiza, y se refiere tanto al agua que corre como a la honda brecha que le da cauce. Cuando decimos quebrada, decimos al mismo tiempo agua y montaña, piedra y torrente. El agua que corre por allí tanto salta como se empoza, tanto se arroja como se atasca.
Las quebradas son el rasgo del paisaje que mejor refleja el carácter ambiguo de los naturales de la ciudad. Amables y confiadas en su trato, pueden ser arrebatadas y violentas cuando se lo dictan sus más enquistados principios. En sus partes altas suelen formarse represas de tierra, palos y piedras, que luego pierden pie y se desatan en una avalancha de ira acuática. Ellas solían ser las grandes protagonistas cuando hacían sus dramas en épocas de lluvia. La Iguaná era una de las más temibles. Arrasó varias veces los poblados a sus orillas. En 1880 prácticamente borró del mapa la población de Anápolis, que fue trasladada más arriba para siempre con el nombre de Robledo.
Fernando Vallejo dice que las quebradas de por aquí “son como los niños: berrinchudas”. Como no podría ser otra, el autor describe la que puede ser más representativa de su ciudad: La Loca. Esta quebrada corre paralela a la Santa Elena hacia el norte y, si bien está tapada, su curso lo delata la curvilínea calle Barbacoas. La Loca era “mansa, tersa y cristalina”, como todas, pero “en mayo, en el mes de las lluvias, cambiaba la cosa”, cuentan Los días azules, “saltaba una chispa, brillaba un relámpago, sonaba un trueno y se soltaba un chubasco, el gran chaparrón de gotas grandes, vulgares. […] Y las fuentecitas se volvían arroyos, y los arroyos ríos. […] Rugiendo despeinada, La Loca se lanzaba sobre Medellín amenazante […]. ¡Se soltó La Loca!”.
El clima templado y la profusión de agua fresca y corriente fue un referente de la diversión local en el pasado. Había numerosos baños por toda la ciudad. Los más famosos eran los de Cipriano Álvarez, Amito, en lo que hoy es Aranjuez, más abajo del manicomio, y los de El Edén, en los predios del actual Jardín Botánico. Allí, cuenta Libardo Ospina en sus Baños públicos del viejo Medellín, acudían los caballeros “en grata compañía femenina, para refrescar y comer bocadillos… previa una buena copa de brandy que luego los caballeros repetían, cuando no consumían la botella entera”. Los de El Edén se surtían de las quebradas que bajaban por Campo Valdés, y eran igualmente elegantes. Se reunían allí “casi a diario los principales señores de la Villa, que mientras se bañaban apuraban sus copetines, platicaban de literatura y de arte y concertaban negocios y alianzas matrimoniales”. Además, estaban los de don Coriolano, de Palacio, de Villa, El Jordán y La Mansión, en Villa Hermosa. El de la Bastilla, en el centro, “era tertulia de intelectuales, bohemios, políticos y traficantes”. Por lo visto, el agua, en Medellín, tenía un carácter salutífero que difería en sus maneras de los balnearios de los Alpes suizos.
Estos baños públicos sobrevivieron en su versión más popular, los charcos naturales. Las quebradas bajan por lo general dando saltos entre rocas grandes, y entre los escalones se forman chorros emparejados con su remanso. A este conjunto se le conoce como charco, y es un hito en la cultura local. Quizá el primer charco que está documentado es el de la Peña de los Monjes, que funcionó al menos desde principios del siglo XIX. Byron White y Jorge Ortiz lo ubican en lo que hoy es el cruce de la carrera Palacé con San Juan, en la parte de atrás de la iglesia de San Antonio. Estos autores sostienen que el charco estaba en aguas del río Medellín, con lo cual respetuosamente disiento. Más bien, estaría en aguas de un afluente de la quebrada El Zanjón, que a su vez daba a Los Ejidos y finalmente al río.
El charco natural es la más democrática de nuestras instituciones. El charco no exige, como la piscina o la playa, un traje especial, caro o a la moda. Al contrario, acoge cualquier mocho o vestimenta casual. La piedra grande hace las veces de camerino para el cambio de ropa de los mayores, de asoleadora para otros y de grada para lanzarse en clavado o en plancha para los más jóvenes. Las piedras pequeñas sirven para montar el sancocho y acomodar la grabadora. El agua fría de montaña pone a tiritar y castañear los dientes, lo cual favorece el abrazo, ya sea consigo mismo o con el otro. La ingesta del agua ardiente compensa la temperatura y sazona el encuentro. El baño de charco es quizá el momento de mayor libertad para el habitante de la ciudad. Allí se verifican rituales a nivel individual y de la sociedad en su conjunto. El festival de Ancón, en 1971, mostró que el salto a la modernidad debía ser ungido por una celebración con agua bendita a la manera más tradicional. El rock and roll y la mariguana se recibieron por medio un bautizo al desnudo en el mayor bañadero de la ciudad, el río Medellín.
Si bien todavía quedan charcos, como el emblemático La Cascada, en la quebrada Santa Elena, subiendo al alto, la mayoría han cerrado. Incluso dos, que surtieron los paseos de las comunas noroccidental y nororiental para más de una generación, ya no existen: Charco Verde en San Félix y Chorro Clarín en Santa Elena, que se convirtió en zona de pícnic. En los corregimientos cercanos subsisten algunos, pero ya no son patrimonio urbano como en otro tiempo. En la Medellín turística de hoy son más famosas las piscinas en las terrazas de los hoteles, que vinieron a reclamar esa ventaja acuática semiolvidada de la ciudad. No ocurre allí como en los primeros tiempos en las quebradas, que se bañaban hombres por un lado y mujeres por el otro. Muy al contrario, la sirena, ser fantástico propio del agua, ha entrado a jugar un papel protagónico como ninfa adaptada al cloro y el baldosín.
Otro cambio interesante en la relación con el agua en la ciudad es la construcción de edificios altos en las orillas del Medellín. Por primera vez en su historia, ciertas aguas del río no tienen vista directa a su lugar de nacimiento en las cimas de las montañas. Y, de igual manera, los jóvenes riachuelos que pasan su infancia en la montaña se ven privados de atisbar a sus mayores en el fondo del valle. La fantasía de las ondas de la corriente que replican el perfil del relieve de la cordillera se pierde con cada torre que se levanta. Al cortar esa sociedad de las formas del paisaje, nos alejamos cada vez más de las maneras cíclicas del agua a las que hemos estado enlazados desde siempre.
Un río flanqueado por edificios de apartamentos podría sin embargo traer alguna ventaja inesperada. Con suerte, las personas en los balcones con vista al agua comenzarían a reclamar una corriente limpia, aunque fuera para mejorar la panorámica y valorizar la propiedad. Los paseos de las mascotas incluirían una estación para beber y jugar en los playones del río. O podría pasar que el mismo turismo exija ríos y quebradas limpios en los que darse un chapuzón. A lo mejor sean los extranjeros, una vez más, los que nos muestren las ventajas del agua corrida en estas lomas. En lo que respecta al cuidado de nuestros ríos y quebradas, en Medellín hacemos agua, paradoja que nos dice que las cosas pueden ir a mejor, después de tocar fondo.
Etiquetas: historia de Medellín , Ignacio Piedrahíta , Juan Fernando Ospina , medio ambiente , Río Medellín
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